Deshonor - Julieta M. Steyr
Deshonor - Julieta M. Steyr
Steyr
Deshonor
Para el Word,
Capítulo uno
Ella tenía razón. Así que él observó en silencio a la agente alta, con el cabello con una franja de
color verde en un montón de negro y que además tenía un acné inflamado en la nariz que
amenazaba con reventar. Estaba más delgada, pero seguía siendo la misma perra que había
conocido… Bueno, quizá un poco peor. Ella intentó verse desafiante, pero su ojo medio visco le
impedía dar un aspecto atemorizante. Sobre la mesa estaba la carpeta que mostraba toda su
carrera profesional, pero como el director no tenía ganas de verla. Poco importaba si ella casi
había muerto en misión o no, puesto que era su deber y ya, sumado a ello, la mujer no
suministraba demasiada información como para comprender exactamente qué había sucedido. Y
eso estaba bien con todos allí, sólo serían palabrerías de una mujer, posiblemente inventaría
dragones o algo por el estilo.
- La orden es más clara que el agua – dijo Chichester totalmente cansado de verla – No
tiene opciones. ¡Cualquiera podría hacer ese trabajo!
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“Deshonor” de Julieta M. Steyr
- ¿Es un castigo? – Era inaudito hablarle así al jefe, pero ya le importaba un comino.
Necesitaba una misión más como en las películas de Vietnam, no como el
Guardaespaldas porque realmente odiaba esa película, inclusive todavía podía escuchar
a Whitney Houston rompiendo sus tímpanos si se esforzaba – Tarde para castigarme,
¿no cree?
- La mayoría de las personas mataría por ese trabajo.
- Yo no. ¿Es culpa de mi apendicitis inoportuna? ¿Por las doscientas balas que recibí en
acción? ¿Creen que pueden descartarme de misiones de verdad? ¡Estoy preparada!
- ¿Lo está?
- ¡See! Tengo el alta de rehabilitación y el psicólogo dijo que ahora que las voces
disminuyeron podría tratar de ser un poco menos psicótica – aunque no habían
disminuido en absoluto, e incluso su cuerpo parecía una máquina sin engrasar cada vez
que se despertaba, y el ocio era casi insoportable puesto que su colección de
videojuegos se había terminado. Pero él no tenía por qué saber eso - Estoy más que
lista.
- Me alegra oírlo. Empieza mañana – dijo levantándose del asiento con una sonrisa – Que
tenga un buen viaje a New York.
- ¿Stewart? ¿Por favor? – trató con ojos de cachorro.
- Lo siento – dijo él con un meneo de cabeza, acompañándola hacia la puerta – Qué tenga
un buen viaje.
Así nomás, con ella del otro lado del marco, la puerta se cerró en su rostro y escuchó la
carcajada maléfica del otro lado.
***
Ella asintió, colocándose con deliberada lentitud los guantes y las gafas y tomando la pistola en
su hombro con comodidad. Vestía los protectores sobre el traje militar y el sudor por haber sido
rechazada por la camarera de la tienda de café empapaba su espalda. Sin mirar a ningún lado se
dirigió a su destino.
Al entrar en el terreno del paintball, tropezó y su lengua se inundó con gusto a tierra. El juego
dio inicio sin que pudiera ponerse de pie, con la pintura revotando justo al lado de su cabeza.
Entonces las risas frenéticas y juveniles comenzaron. «¡Malditos niños, ahora verán lo que es
bueno!»
Corrió las distancias, disparando y riendo como una maníaca mientras les daba a los niños con
las municiones de pintura en sus rostros y pechos. Cuanto más se acercaba a la bandera, más se
divertía de ver esos rostros juveniles cayendo poco a poco en la derrota, nada más y nada menos
por una persona que podría ser su madre. Al izar la bandera, la arrojó al suelo mientras que
comenzó a saltar como un simio.
- ¡Les gané! ¡Malditos elfos estúpidos! ¡Soy la reina del lugar! ¡Soy invencible!
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“Deshonor” de Julieta M. Steyr
***
Recién salida de la ducha, se dirigió desnuda hacia el bar. Su departamento ocupaba el piso más
elevado del edificio, el que alguna vez había pertenecido a la lavandería, las ventanas no tenían
cortinado porque ella decía que no le pagaban lo suficiente, así que podía ver el horizonte de
Washington. La vista era impresionante. Vertió una medida de vodka barato en un vaso de
plástico que había reciclado de su último café y se apoyó en la barra, contemplando las luces de
la ciudad porque no tenía televisor en su hogar. En otro tiempo habría adorado aquella vista.
Muchas noches había dejado que el cansancio del día se fuera haciendo exactamente lo mismo,
las luces parpadeantes e imaginando estar en Las Vegas en una despedida de solteros. Solía ser
lo último que veía antes de ir a la cama, pero entonces no estaba sola, iba a la cama con Mulder
y Scully… bueno, también con la familia Ingalls, pero no venía al caso.
En aquel momento, al mirar por la ventana vio el reflejo de sus memorias: inaguantable,
innoble, intrascendente – había abierto el diccionario en la “i”. No deseaba contemplar aquello
que no tenía remedio. No quería pensar en nada. Esa noche no. Tendría que imaginarse un
reality show con personas encerradas dentro de una casa.
Iba a ponerse la ropa interior desgastada que estaba secando en la silla, pero se lo pensó mejor
justo cuando alguien llamó a la puerta. Su alma de exhibicionista no le permitía hacer otra cosa.
Pronto tendría que volar a New York y la reunión con el equipo sería a las ocho y aún no había
revisado el informe que le habían dado. No tenía mucho tiempo y probablemente no dormiría.
Miró el reloj de pared que le había ganado a otro agente en una apuesta: la una de la madrugada.
Su invitada – si así podía decirle – era puntual, como siempre. Abrió la puerta y entró una mujer
de más de treinta, vestida con un traje rojo de lentejuelas que dejaba ver sus pezones y unas
botas de leopardo. Fumaba como una chimenea. La mujer la saludó con una sonrisa con dientes
manchados en carmín y se estiró el cabello rubio platino.
- Hola.
- Ho… hola – dijo como una niña tímida, entonces cerró la puerta y empezó a hablar
demasiado rápido – ¿Puedo servirte algo? ¿Agua? ¿Vodka? El agua tiene un poco de
gusto a cloro pero dicen que es bueno quemando las grasas.
- ¿De verdad vamos a hablar esta noche?
- Yo… eh…
- Eso responde a mi pregunta – replicó la invitada. Con una mirada experta se fijó en las
ojeras que le daban un aspecto de dálmata a su interlocutora, en la rigidez de su
mandíbula y cómo cambiaba de una pierna a otra, molesta por los chorros que salían de
su entrepierna – Siéntate delante de la ventana, sé que te gusta el exhibicionismo.
Sin decir palabra porque no podía, apagó las luces y se sentó donde la mujer le ordenó. La
habitación estaba casi a oscuras salvo por la luz nocturna. Un cuerpo se acomodó entre sus
muslos. Al primer movimiento del contacto de los dedos sobre su piel pegó un respingo.
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“Deshonor” de Julieta M. Steyr
Cuando las caricias en su abdomen con cicatrices y sobre la parte interior de sus muslos
sintieron el roce de las uñas de fantasía, se arqueó hacia la mujer que había abierto sus piernas
cuando los labios se apoderaron de ella.
- ¡Auch!
- Lo siento – dijo la invitada, arrojando el cigarrillo a un lado.
Poco importó segundos después porque la mujer parecía un lagarto con su lengua, sintió que la
noche se hacía de día con tantas estrellas que veía tras sus párpados cerrados con el agonizante
placer. Soltó un gemido que parecía un aullido de una gata en celo y dejó caer la cabeza sobre el
sillón – que apareció misteriosamente – mientras olvidaba los problemas y dejaba la mente tan
en blanco como una modelo. Los latidos de su corazón parecían ser los de un maratonista
olímpico en carrera por una medalla y su respiración se hizo tan audible como la de Darth
Vader. Quiso reprimir la punzada en el clítoris, pero su calentura no se lo permitió, deslizó una
mano sobre los cabellos platinados y presionó más.
***
Acompañó a la platinada hasta la puerta caminando como un cowboy y recogió un cheque que
estaba en la mesa del vestíbulo – que también apareció misteriosamente – y se lo tendió a la
invitada que lo tomó con una ceja alzada.
«Caíste, tonta», se burló la invitada. La platinada observó la figura que ahora tenía las piernas
chuecas y una sonrisa boba de satisfacción, había estado con ella tantas veces en medio de la
oscuridad – en ese cuchitril, en moteles baratos con cucarachas – en habitaciones que eran o no
eran – filosofando como gurú de moda un rato. Prácticamente no la conocía y la verdad que
siendo prostituta no le importaba un comino, pero tenía que fingir por el bien de su historia. Sí
conocía los músculos tensos, los aullidos como perro herido cuando tocaba partes sensibles, la
fea cicatriz en el estómago que se iba borrando. Sabía que cualquier cosa que hiciera la dejaba
sin la capacidad del habla porque era más calentona que un hombre en un club de strippers.
Sabía que ella se sumía en silencio recordando seguramente a alguna zorra de su pasado. Pero
esta vez, si iba a ser su última reunión, debía dejar algo de sí misma.
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“Deshonor” de Julieta M. Steyr
- Me llamo Debbie.
- Debbie – susurró la desconocida de ojos extraviados. Había una expresión casi tétrica
en esa mirada cuando se inclinó a besarla por primera vez. Fue una unión de labios
babosa y llena de lengua que la asqueó, apartándola con sus manos en los hombros y
fingiendo una sonrisa. Entonces, también rompiendo todas las reglas dijo – Me llamo
Camarón, piensa siempre en mí como un crustáceo comestible.
La respuesta fue una risita forzada. Cuando la puerta se cerró, el recuerdo de aquel beso
permaneció con ambas, una por el asco, la otra por lo enamorada.
***
Capítulo dos
A las seis y cinco de la mañana, la agente del Servicio Secreto de los Estados Unidos, Camarón
“le robé el apellido a Dar” Roberts subió a un pequeño jet con destino a New York – porque los
agentes viajan de lujo siempre, no como simples mortales. Llevaba su placa de identificación
sujeta al pecho del traje que la hacía sentir poderosa, casi como Scully, su gabardina para
recordar a las épocas que la pelirroja estaba embarazada y un maletín que sólo contenía
panfletos eróticos dentro, porque tenía que estar bien provista por si acaso, junto con su
ordenador repleto de pornografía. El resto de las pertenencias viajarían en un vuelo diferente y
alguien se las trasladaría a su nueva vivienda en el Hotel boutique Gramecy Park – situado
frente al parque y era exclusivísimo sólo para darse una vida de millonaria. Además, ahora sí
estaba en la cúspide y el Servicio Secreto también hacía las veces de botones personales sólo
porque ella era… bueno, ¡ella! – Tras dormir cuatro horas con una mosca zumbando en su oreja,
se sentía horriblemente pero tenía que ir a trabajar. Que su misión no le gustara una mierda era
algo fuera de su alcance. Tenía trabajo que hacer y ella representaría el papel.
El avión no iba lleno – tampoco iba vacío porque hay que rellenar hojas – Sólo unos cuellos
blancos del gobierno. Ocupó un asiento frente a un hombre con la placa del FBI y deseó poder
ser él. Se fijó que el hombre miraba con la misma envidia hacia su propia placa. Las mujeres
agentes no eran raras, pero desde Scully habían aumentado en número.
Estuvo a punto de decir que sí, que ella trabajaba en los Expedientes X sólo para burlarse, pero
se abstuvo. Durante doce años había sido casi cierto, aunque lo era en sus fantasías, ya no.
El hombre no supo si bromeaba, así que soltó una risa. «¡Y dicen que los agentes del FBI son
todos iguales que Mulder que no coquetean!»
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Abrió el ordenador portátil, ocultando la pantalla con la imagen de la gatita sexual de piernas
abiertas como fondo de pantalla. Él se dio cuenta por lo que tomó un periódico y ella mientras
ingresó su contraseña.
Después de mirar la lista de nuevos videos porno, entró al Servicio Secreto para ver los perfiles
de su nuevo personal a cargo. Nada extraordinario. Cuatro hombres y dos mujeres aparte de ella,
la mayoría con más de cinco años en el área. Todos universitarios, con adiestramiento médico
de emergencia y, como ella, todos portando armas. Dos hombres y una mujer estaban casados –
y para hacerlo menos racista y más inclusivo – había un agente hispano y uno afroamericano. Le
puso un mote a cada rostro y salió de la página.
Tras introducir otra contraseña protegida, abrió el archivo cifrado de la noche anterior – porque
todavía no había hecho la tarea culpa de su invitada.
Ocupaci ón: Ar t i st a
Cabel l o: Rubi o.
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“Deshonor” de Julieta M. Steyr
Educaci ón: Dana Hi l l School Musi cal , Wel l esl ey, Massachuset t s.
Al er gi as: Ni nguna
Rel aci ones sent i ment al es: * i nt enci onal ment e omi t i do *
Rel aci ones si gni f i cat i vas: ( Véase l os i nf or mes adj unt os)
Enl ace de comuni caci ón: j ef e del equi po, sól o a pet i ci ón del
suj et o. Ví ncul os de comuni caci ón per sonal r echazados.
El informe se reducía a lo mínimo, lo cual parecía sospechoso para Cam. Pronto tendría que
averiguarlo puesto que se reuniría con su predecesor en el aeropuerto para relevarlo.
Bebió el café frío y sacó del maletín el informe confidencial de la última relación conocida de
Garceta. Lo leyó con aburrida y sin ganas. Al parecer, la hija del presidente había mantenido
una relación clandestina con la esposa del embajador francés dieciocho meses atrás. Todo eso se
había mantenido oculto, pero en los círculos de seguridad hacía años que se burlaban que Blair
Cox prefería aprender lenguas de primera mano sin importar con quién. Cam los había oído al
pasar porque nada tenían que ver con ella. Ahora, viendo que eran algo más que conjeturas no
podía continuar ignorándolo. Parte de su trabajo era tapar toda la mierda política al servicio de
su país para que continuaran siendo rumores. Su tarea era el doble de molesta si el sujeto en
cuestión se negaba a cooperar.
«Y si no me equivoco leyendo entre líneas, al agente anterior le pareció una mocosa de mierda».
Se preguntó si su nombramiento como jefa del equipo – hay que remarcar quién es la hembra
alfa – no había sido por sus inclinaciones sexuales. Naturalmente, los funcionarios del gobierno
eran espiados peor que el Gran Hermano y ella no había sido paranoica con su vida personal.
Después de lo ocurrido el año anterior, dudaba que no lo supiesen todo ya. Pero especular era un
método para seguir dando vueltas. Desde luego que no importaba.
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“Deshonor” de Julieta M. Steyr
Al salir, introdujo el informe de Blair en la trituradora de la parte delantera del avión, molesta
que no había fotos para tener una fantasía extra.
***
- Siento mucho lo de la transición – dijo Daniel Lawless casi feliz cuando se acomodaron
en unas sillas en la cafetería del aeropuerto – Pero debo tomar un vuelo.
- No hay problema – respondió Cam. No conocía a Lawless. No conocía a casi nadie en
el área de protección, lo cual podía ser bueno o malo. Le habían dado esa misión casi
obligándola y ella cumpliría desempeñarla.
- Philips es el segundo al mando y básicamente será su asesor, a menos que decida
escoger a otro. Tiene los planos del edificio, las rutas de evacuación e información
hospitalaria para cuando usted llegue.
- ¿Y las donas?
- También las donas.
- Su contacto en la policía de New York es la capitana Stacie Malibú, especialista en
rescate de rehenes. Suele trabajar con el jefe de la patrulla, Chuck Norris, cuando
Garceta participa en alguna ceremonia pública. Son buenas personas los dos. En
cualquier otro contexto nos tenemos que arreglar solos. Los turnos son rotativos y de
ocho horas, con un agente principal asignado a ella que puede variar cuando no hay
actos programados.
- Ahá – dijo Cam bostezando. Eso se lo podía haber dicho cualquiera de los otros en el
equipo.
El hombre advirtió que estaba bajo escrutinio de la mujer del cabello negro bien recortado con
una franja de color verde, en redondo sobre las orejas que le daba un aspecto de hongo y a la
altura del cuello por detrás; el traje no tenía arrugas y se adaptaba a su cuerpo esbelto; ella no
presentaba ningún tipo de nerviosismo mientras lo observaba con sus ojos grises: uno mirándolo
y otro hacia un lado. Sólo el grano ese parecía algo peligroso en ella. El informe sobre ella
hablaba de lo buena que era en investigación pero nadie entendía por qué la trasladaron a
protección. Aparte de esa pobre información, ella era un misterio. Ninguno de los pocos que la
conocían decían más que ella era una loca de su trabajo, como Mulder antes de conocer a
Scully, igual.
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«¡Al fin lo bueno!» Cam miró las fotos, la primera era publicitaria, la típica de la nena bien con
vestido largo y rostro angelical que había visto cientos de veces. En primer plano estaba Blair
Cox en la inauguración del refugio acuático para indigentes que había fracasado, ella llevaba
poco maquillaje, mostrando su piel clara y lisa. El vestido de marca subrayaba su cuerpo
seductor que tenía un aire atlético. En una palabra, era sobria.
La segunda era una foto natural, tomada cuando ella estaba distraída o drogada. El granulado
decía que se había sacado de lejos con un súper objetivo en la cámara. Los detalles se
distinguían claramente porque de otro modo no tiene gracia. La mujer de la foto salía de unos
departamentos anónimos mientras bajaba la escalera picándose la nariz con un dedo, llevaba
puesto unos jeans que parecían de algún miserable y una remera blanca rota que dejaba ver un
abdomen para babearse. Los pechos se veían cómo revotaban bajo la tela y, su ojo de visión de
rayos X captó que no tenía sujetador. La ropa mostraba piernas largas, torso elegante,
esculpidos músculos, huesos perfectos y un ADN prolijamente encadenado. El cabello rubio le
llegaba a la altura del cuello, colgando sobre el rostro como un perro pastor, levemente rizado
como si no supiera lo que es el peine. No iba maquillada, ni le hacía falta. Incluso la foto
proyectaba la energía de una gata salvaje, peligrosa, un reto para ser domada por Cam o quizá
eran las uñas que pensó que sobresalían de la imagen. Apenas se parecía a la mujer refinada de
la primera fotografía.
Cam le devolvió las fotos en silencio, esperando que él se las regalara así lucraba con éstas en
Ebay.
- Nadie del público la reconocería así, incluso nosotros tardamos un poco en hacerlo. En
un par de minutos, ella puede desaparecer entre la multitud, entrar a un prostíbulo sin
que la vean o subirse a un taxi sin el más mínimo alboroto. Por eso nos despista, no es
que seamos tarados y estemos aquí sólo para que usted nos humille también. Nadie la
señala con el dedo y corre tras de ella.
- No es Britney Spears.
- No, no lo es.
- Pero usted y sus agentes saben cómo es, pueden encontrarla – dijo lo obvio sólo para
llenar los vacíos.
- Claro que podemos. Casi siempre. El problema es proteger su intimidad y reputación.
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“Deshonor” de Julieta M. Steyr
Él descartó la ligera elevación de cejas de Cam. Blair Cox no tenía intimidad. Ambos sabían
que el presidente era un culo que no se debía tocar. Cualquier escándalo con su hija repercutiría
en él porque no era como en los países hispanoparlantes. El menor atisbo de mala prensa e
influiría en la opinión pública. Los destinos políticos caían por menos, salvo en casos como
Berlusconi, pero él era italiano.
- Ella es lesbiana. Si centramos mucho la atención sobre ella podría quedar al descubierto
que le gusta más la almeja que la salchicha. Ella lo sabe y lo utiliza.
- ¿Cómo?
- Frecuenta los bares gays. Los agentes secretos no quieren ir ahí porque es tarea
imposible con todas esas plumas, los torsos sudados – se acomodó el cuello de la
camisa con nerviosismo – Además, no quiero que todo el mundo se entere que Blair
Cox es gay – pero lo digo en medio de un bar en el aeropuerto con nombre y apellido –
Elige a mujeres de paso y no las podemos identificar. Tampoco podemos enviar agentes
por adelantado al lugar. Nos pasamos corriendo detrás de ella como Willy Coyote y
rogando a todos los dioses que no se meta en problemas antes que lleguemos a ella.
- ¿Es promiscua? – preguntó Cam sin alterarse, interiormente frotándose las manos.
- Se le dan mejor las mujeres que a mí – respondió en tono frustrado – Es imposible para
mí ir a esos lugares por… ¡No importa! No tiene novia estable y todos oramos para que
suceda. Quizá así podríamos seguirle la pista. No se acuesta con todo el mundo, pero es
bastante ninfómana.
- ¿Qué intenta decirme, Agente Mulder… digo, Lawless? Aparte de que ella es
problemática y no coopera.
- Ella es la bestia enjaulada y usted es la nueva guardiana del zoo. Hace años que intenta
escapar, y cuando lo haga, alguien resultará herido… Pero no seré yo.
Cam asintió en reconocimiento del por qué Lawless estaba tan feliz de irse. No podía
identificarse con la chica. Blair Cox había tenido vigilancia desde que su padre se convirtió en
vicepresidente, y antes de eso, cuando fue gobernador de New York. Era un presidente recién
electo y a Blair le quedaban al menos tres años de seguimiento detallado. Ella era la prisionera,
por lo que Cam dudaba que alguien pudiese aguantar así demasiado tiempo. Sumado, la presión
para ocultar su homosexualidad, pero la felicidad de Blair no era cosa suya.
- Claro que alguien podría salir herido – repuso Cam – Procuraré que no sea ella.
***
- ¿Agente Roberts? – preguntó un hombre enano cuando Cam salió del ascensor en el
piso octavo de un edificio de departamentos de piedra color diarrea que lindaba al sur
del Parque Gramercy. Extendió una mano, arrugando su rostro con su sonrisa – Soy
“Gollum” Philips. Los demás están en la sala de instrucciones del puesto de mando.
Bienvenida al edificio Aguilera.
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- Agente Philips – Cam estrechó la mano extendida con repulsión y sonrió ante el símil
del “nido de adefesios – Camarón “le robé el apellido a Dar” Roberts… ¿es este el
edificio de Christina Aguilera?
- No, no lo es. Pero ella se parece bastante a Miley Cyrus de promiscua según lo que dice
Katy. Y por favor, llámeme “Gollum”, comandante.
- Muy bien, ¿qué tenemos en agenda, Gollum?
Mientras caminaba, tomó nota de las hileras de monitores de video, grabadoras, simuladores y
de un gran mapa de New York que mostraba en tiempo real la simulación de un juego de
policías mientras que uno de los agentes jugaba en una consola. Era el mismo equipo utilizado
para vigilar la Casa Blanca y los alrededores, por la misma razón. El presidente era vulnerable a
través de su familia. Para no demostrar la vulnerabilidad, ellos debían actuar como si nada
sucediese aunque estuvieran rodeados del equipo SWAT pero con agentes encubiertos. Por
tanto, ellos usaban un perfil poco reconocible: lentes negros, trajes negros, mirada severa y
camisas blancas, bien al estilo de los Hombres de Negro. La apariencia de la libertad sólo estaba
en los logotipos repartidos por toda la nación y a ellos les gustaba que fuera así, a todos menos a
Blair Cox.
Philips abrió la puerta de reuniones y entró, con Cam casi tropezando con él por su falta de
caballerosidad. Aquél era el terreno en el que ella iba a mandar.
- Buenos días a todos. Soy Camarón Roberts – se situó a la cabeza de la mesa porque ella
era una jefa tiránica, estableciendo contacto visual con ambos lados de la mesa debido a
su estrabismo y dejó a su vez, que ellos la mirasen bien al ojo que les tocaba. Cuando
tuvo la certeza que se horrorizaban, se sentó y habló en tono enérgico, escupiendo a los
de los lados – Disponen de una hora para contarme todos los chismes que debo saber de
ésta operación y también, si ella siempre que está de entrecasa deja de usar sostén o si
se extiende a toda su ropa interior. Empecemos.
***
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Al final de esa hora, Cam se la pasó ignorando, preguntando bobadas como actualizaciones para
sus juegos y dando un par de órdenes comunes, así los agentes que constituían el equipo se
percataron que las cosas cambiaron. Todos los presentes se fascinaron con la ociosidad de su
nueva jefa, aunque sea sólo para mantener sus puestos laborales, y confesaron su frustración con
el jefe saliente. El descontento era peor porque a ellos no les gustaba Blair Cox, aunque nadie lo
diría en voz alta. Durante los seis meses que el equipo se había encargado de la protección de la
primera hija – porque está la primera dama, tendría que haber una primera hija – la actitud
obstruccionista y no cooperativa de Blair podría dar lugar a un libro, esperen… Una hora más
tarde, Camarón Roberts les proporcionó el primer golpe de optimismo en semanas.
- Resumiendo – Cam se levantó y se fue hasta la ventana que daba hacia el jardín
privado, que constituía el Parque Gramercy. Mientras miraba, una vieja abrió la puerta
de hierro forjado que rodeaba al parque y se rascaba el trasero sugerentemente. Habló
de espaldas a los reunidos, pero su voz se oía claramente – a la señorita Cox le molesta
nuestra intromisión en su vida. Le molesta nuestra presencia en actos públicos o
privados. No cabe duda que también le molesta que vigilemos sus relaciones personales
y encuentros amorosos. No la culpo.
Todos los ojos quedaron fijos en ella cuando puso las palmas sobre la mesa y se inclinó hacia
delante. Al terminar su discurso su mirada veía una hacia la ventana y la otra a un lado del
grupo.
- ¡Somos los All Blacks y cantaremos el maldito Haka! ¡La lluvia no nos detendrá y
cantaremos canciones de Enrique Iglesias! Debemos hacerlo, para eso nos pagan.
Sonrió ligeramente y volvió a sentarse, de pronto, comprendió al menos uno de los motivos por
la que había sido asignada.
- Recuerden que se trata de un sujeto que no coopera. No esperen que quiera sacarse una
selfie con ustedes sonriendo. Ya ha dejado bien en claro que no nos quiere alrededor.
¡Así que pondremos cámaras por todos lados, la filmaremos más que el Gran Hermano
el día de un especial y veremos todo! Quiero las descargas en un archivo portable. Si
ella molesta mucho, o me hace enfadar mucho, o me da cualquier buena excusa la
subiremos a PornTube y haremos dinero de eso. Seamos sinceros, nos pagan una
miseria y de algo hay que vivir. Así que cambiaremos algunas tácticas para hacernos
invisibles.
Miró a cada uno de los agentes a ambos lados a la vez, mejor que lo que podría hacer Blair Cox.
Parecían un grupo de nerds incapaces de lavar sus propios calzones.
- Tienen que estar a su lado para protegerla. Por tanto, tienen que cambiar esos rostros de
nenes de mamá y vestirse acorde a los lugares donde ella va: cabellos de colores y mal
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cortados, ropas rotas, piercings y cosas de siete colores ayudarán. Su trabajo es que sean
secretos. Salvo en actos públicos en los que la señorita Cox desempeñe una función
oficial, nada de trajes, corbatas, ni faldas. Deberán encajar en los sitios donde ella va.
Observó el leve tic nervioso en algunos y continuó impasible. Era hora de dejar de dar vueltas –
pero era un decir nomás.
- Para empezar, sería conveniente que los hombres se vistieran más a la moda,
escucharan Madonna y practicaran quebrar la muñeca. No pueden seguir con ese
aspecto de policías salidos de YMCA, eso quedó en los ’80 – bebió lo que le quedaba
de café e hizo la mímica de tirar el vaso de polietileno que, en realidad, guardó en su
bolsillo. Tras eso ordenó unos papeles porque así lo hacían en las películas – También
haría falta un poco de investigación. Necesito información sobre todos los bares y cosas
gays de New York, sobre todo los sex-shop: horas de apertura, clientela, tráfico de la
zona, página web, si aceptan o no tarjetas de crédito y cheques, etc. Empiecen con
aquellos que visitaron y denme una descripción detallada del promedio aproximado de
mujeres en el lugar. Lo quiero en mi mesa antes que acabe el día. Si conocen su
objetivo, señoras y señores, demostrarán que no son retrasados.
Todos se relajaron un poco cuando Cam abrió la puerta de la sala de reuniones. Se detuvo en la
puerta sólo para fastidiar y se volvió con un gesto indiferente.
Gollum la miró sorprendido. «¿Cómo se había dado cuenta si pasó rápidamente por la sección
de control? Ah, claro, es la protagonista».
- Lo dudo – respondió en voz baja. «Si supiera que hay micro cámaras en el techo del
departamento no podríamos ver esos jamones cuando se pasea desnuda, como suele
hacer».
- Quiero backups – ordenó Cam rotundamente – Menos del video del ascensor, las salidas
del edificio, las escaleras de incendios y el garaje.
- Umm, comandante, tenemos órdenes específicas de la Casa Blan…
- Lo quiero. Bajo su responsabilidad, yo no me haré responsable, eso ya estaba cuando
llegué.
Y con eso se fue, mientras que ellos se preguntaban de dónde había sacado los huevos para
contradecir una orden directa del jefe de personal de la Casa Blanca. Quizá ella era peor de
voyerista.
***
Hasta ahí llega. Si quieren más, me lo hacen saber en mi página de Scribd, en Twitter
@VsHombreMasa o al Facebook.
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