Este monumento histórico fundado en 1621, fue declarado «Patrimonio Nacional» en 1937,
mediante la Ley 29 de 28 de enero, y actualmente se encuentra bajo estudio para ser incluido
como «Patrimonio Cultural de la Humanidad» por la UNESCO.
Como distrito, San Francisco está dividido en seis corregimientos: San Francisco cabecera, Corral
Falso, Los Hatillos, Remance, San Juan y San José. Tiene una población de más de 10mil habitantes,
quienes se dedican a la agricultura, el comercio y la ganadería principalmente.
La Parroquia mide apenas 26 metros de largo por 12 de ancho y atrae cada año a cientos de
turistas y visitantes, deseosos de contemplar sus nueve espectaculares altares, su púlpito de
madera tallada y conocer así, un poco de nuestra historia e identidad.
Los documentos históricos nos permiten saber que la primera iglesia de San Francisco de la
Montaña se empezó a construir en el año 1630 por Fray Adrián de Santo Tomás, cuando San
Francisco era apenas un conjunto de chozas de paja que contaba con una población de 30
indígenas.
Pero el poblado fue creciendo. En 1691, ya tenía 50 habitantes. En 1736, era un pueblo grande de
más de 100 casas y 800 habitantes. En el año 1756, tenía 2,277 habitantes, dos curas, un sacristán
mayor, siete notables con sus familias, 33 esclavos, 28 pobladores españoles y mestizos, y 208
familias indígenas.
Se presume que fue en el año 1773 que se empezaron a construir los altares barrocos y que el
periodo de esplendor de la iglesia llegaría probablemente entre 1864 y 1865, año en el que San
Francisco de la Montaña llegó a convertirse en la capital de Veraguas, en virtud de una ley
impuesta por el Coronel Vicente Olarte Galindo.
A pesar de su limitada población y lejanía de los principales centros urbanos, San Francisco de la
Montaña destacaba por la fertilidad de sus tierras y por su cercanía a las ricas minas de oro
veragüenses.
La iglesia católica mantenía enormes campos de cultivo en esta área, así como varios cientos de
cabezas de ganado. Los altares de la iglesia fueron ideados como un libro abierto con los que se
trataba de impresionar a los nativos y adoctrinarlos en la fe.
Y es que San Francisco de la Montaña no es un sitio cualquiera. Lugar hermoso de noches
perfectas, donde la sabana se besa con la cordillera, fue construido sobre una historia fascinante
que no ha sido aún escrita.
Los altares de la iglesia, confeccionados en madera fina y por partes cubiertos en oro de 23 kilates,
presentan escenas bíblicas, efigies de santos, soportes, dragones y follaje abundante. Estos son: el
Altar Mayor, el Altar de Santo Cristo, el Altar de San José, el Altar de la Purísima, el Altar de Las
Ánimas, el Altar de Santa Bárbara, el Altar de la Virgen del Rosario y el Altar de San Antonio. Cada
uno es más bello que el otro.
El sitio donde se ubica la comunidad y su templo pertenece a una región húmeda y selvática, cuyos
fenómenos pudieron influir en las lluvias y nacimiento de abundantes cursos de aguas que dan el
nombre de Veraguas.
Fue un misionero de la orden dominica Fray Pedro Gaspar Rodríguez y Valderas quien funda en
1621 el poblado de San Francisco de la Montaña con aborígenes guaimíes de la zona,
convirtiéndolo en uno de los más ricos centros poblados de esta región por su cercanía a las
grandes minas de oro que hicieron conocer a la región como el Potosí de Tierra Firme.
Durante el siglo XVIII, los franciscanos establecieron los servicios religiosos para la comunidad de
los guaimíes. Siempre con el objetivo de adoctrinarlos en la fe cristiana, organizaron un calendario
de fiestas, tanto civiles como religiosas, en las cuales, hasta la fecha, están involucradas las
tradiciones folklóricas aborígenes, incluyendo el vestido, las lenguas, la música con sus
instrumentos autóctonos y teniendo como fondo, en algunas rancherías, su típica vivienda
vernácula.
Al entrar a las naves del templo descubrimos cómo el colorido de la forma de vida de este poblado
indígena, así como la exuberancia de la vegetación que los rodea se convierten en hábil talla de
rico colorido con efectos de luz y sombra por la presencia del lujoso laminado de oro en esculturas
envueltas en ramas y flores.
Así nace el idioma del arte mestizo, a través del cual, el nativo, como en todos los tiempos, y como
el más distinguido teólogo, usa su admirable capacidad de interpretar los conceptos religiosos y
estéticos cristianos y, con la guía de su maestro, el misionero franciscano, crea los retratos de
santos e imágenes dentro de un orden donde el arte se convierte en el medio a través del cual la
divinidad habla con sus fieles.
Los nueve altares de San Francisco, el púlpito, los candelabros y el hoy restaurado bautisterio,
hacen de este conjunto la más significativa expresión del barroco popular en Panamá. Al sur, en el
área del presbiterio, se encuentran: el altar de La Pasión-, el increíble altar mayor dedicado a San
Francisco con sus 480 piezas exquisitamente talladas, doradas y policromadas y el altar de La
Purísima. A la entrada, por la puerta oeste, está situado el altar de San Antonio; le sigue el altar de
la Virgen del Carmen y para terminar se encuentra el altar de San José. Entrando por la puerta este
se ubica el altar dedicado a las Ánimas del Purgatorio; le sigue el de la Virgen del Rosario y cierra la
secuencia de los altares con el de Santa Bárbara, único retablo que posee puertas pintadas en
ambos lados describiendo la historia de la Santa.
El púlpito es de madera de cedro y se localiza en la nave central entre los altares de Santa Bárbara
y la Virgen del Rosario. Llama la atención la base o columna sobre la cual se sostiene la tribuna por
ser una cariátide o indiátide, por sus facciones de chola, envuelta en hojas de acanto y flores.
La capilla Bautismal hace esquina entre la puerta central y la puerta este. Dentro de ella hay una
espectacular pila bautismal tallada en piedra con la fecha esculpida de 1727. En un nicho, dentro
de esta capilla, se encuentra una talla en madera de San Juan bautizando a Jesús con sus pies
dentro de un río.
Hace un par de siglos capital del Ducado de Veraguas, San Francisco de la Montaña fue fundado
formalmente en 1621 por el sacerdote Gaspar Rodríguez y Valderas, aunque la verdadera fecha de
su origen se ha perdido para siempre. Región muy rica en el oro codiciado por los españoles que se
acercaron al sitio en 1501 y que durante más de cien años fueron derrotados una y otra vez en
batallas que jamás serán contadas y de las que sólo quedan los nombres legendarios que se han
repetido por generaciones, como ese del jamás vencido cacique Urracá.
Resultado del encuentro entre América y Europa, ubicado en la provincia en la que nacieron
algunas de las tradiciones que nos definen hoy como nación, conserva un rico legado indígena y
español: altares churriguerescos en la iglesia desde los que nos observan infinidad de rostros
indígenas tallados hace más de trescientos años; sofisticados quesos y tradicionales postres en los
que los frutos más autóctonos son mezclados de forma original con las especias más exóticas;
amplios ríos cuyas aguas todavía llevan el oro que lavan de las montañas en las que nacen; y una
historia que se escucha, si se presta suficiente atención, en las formaciones rocosas en los
balnearios, en las esquinas dormidas del pueblo colonial, en el murmullo del viento que pasa y
deja una huella imborrable.
Durante muchos años se ha especulado sobre las razones que llevaron a los colonizadores
españoles a construir un templo tan elaborado en un poblado tan remoto.
En su momento, la doctora Reina Torres de Arauz llamó a esta iglesia “un prodigio de
manifestación estética y fe cristiana” y se preguntaba “cómo era posible que se hubiera producido
en este apartado rincón de la geografía istmeña”.
Hay quienes aseguran que en realidad no es una iglesia, sino una capilla privada construida en los
terrenos de un rico hacendado. Pero la verdad es que hay numerosos testimonios escritos que
explican perfectamente la razón de ser de esta iglesia.
Aunque en el año 1937 la iglesia fue nombrada “Monumento Nacional” y se realizaron algunos
esfuerzos por conservarla, reconstruyéndose algunas de sus ya ruinosas paredes, las obras no
estuvieron bien hechas y, en la madrugada del 2 al 3 de noviembre del año 1944, la torre del
campanario se derrumbó. El resto de la iglesia hubiera seguido el mismo triste destino, de no
haber sido por la intervención de la doctora Reina Torres de Araúz, que se esforzó por la
restauración de la misma.
Parte de esto nos contó amablemente una joven que sirve de guía y explica una a una las obras
talladas y pintadas en la capilla. Cada imagen que llamaba nuestra atención era explicada
pacientemente por la joven, quien nos contó que la iglesia aún sigue usándose para algunas misas,
lo cual es peligroso e inaudito pues esto produce un desgaste del patrimonio.
Nos habló acerca de una pintura que fue robada hace más de 30 años y aún no ha sido
recuperada, pero guardan el espacio intacto por si algún día la recuperan.
Al contemplar el maravilloso ejemplo de arte barroco popular americano constituido por el
conjunto de altares, retablos y púlpito de la pequeña iglesia del siglo XVIII, uno no puede menos
que preguntarse cómo fue posible que se produjera en este apartado rincón de la geografía
istmeña tal prodigio de manifestación estética y de fe cristiana. Hoy, recuperados los altares para
nuestro patrimonio histórico, nos quedan como testimonio de ese estilo de vida, que aquí en
América adquirió tonalidades de indigenismo y criollismo.
De esta forma, el templo se convierte en un verdadero relicario por las joyas que guarda. Aquí la
sensibilidad aborigen quedó marcada en hondos caracteres sobre los moldes del barroco español,
como productos se un autentico mestizaje artístico.