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Fuentes de la Hispania Romana

Este documento resume las principales fuentes literarias para el estudio de la Hispania romana. Las fuentes son en su mayoría relatos de autores externos que proporcionan una visión sesgada desde la perspectiva romana. Las fuentes más importantes son los escritos de Polibio, que acompañó a las tropas romanas y ofrece testimonios de primera mano, y las obras de César, quien narró sus propias campañas en Hispania. Sin embargo, gran parte de la producción literaria antigua se ha perdido, dej
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Fuentes de la Hispania Romana

Este documento resume las principales fuentes literarias para el estudio de la Hispania romana. Las fuentes son en su mayoría relatos de autores externos que proporcionan una visión sesgada desde la perspectiva romana. Las fuentes más importantes son los escritos de Polibio, que acompañó a las tropas romanas y ofrece testimonios de primera mano, y las obras de César, quien narró sus propias campañas en Hispania. Sin embargo, gran parte de la producción literaria antigua se ha perdido, dej
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TEMA 1: FUENTES DOCUMENTALES Y RECURSOS PARA EL ESTUDIO DE

LA HISPANIA ROMANA

1.- Las fuentes literarias: el discurso historiográfico antiguo

Los testimonios del pasado nos llegan a través de las fuentes primarias y secundarias. Las
primeras nos llegan habitualmente de forma parcial y dan una visión, por lo tanto,
sesgada, de la realidad. En su mayor parte son fuentes literarias y restos arqueológicos.
Las fuentes secundarias no son sino la recreación de las fuentes primarias a través de su
estudio.

Las fuentes literarias son el núcleo del estudio del pasado. El discurso historiográfico
antiguo tiene un gran peso en el estudio de Roma, pero la parte que nos ha llegado es una
mínima porción de la producción de la Antigüedad, en torno al 4,6%. Además, a
diferencia de los planteamientos positivistas imperantes hasta el siglo XIX, las fuentes
literarias se deben considerar como un producto cultural que tiene, por tanto, un carácter
subjetivo relacionado con un sesgo ideológico, cultural, cronológico y político. La clave
es, por tanto, la contextualización.

Con respecto a la Hispania antigua, su conocimiento resulta una tarea complicada debido
a la escasez de fuentes de información y a sus limitaciones. La mayor parte son fuentes
literarias, llegadas hasta nosotros a través de un largo proceso de transmisión en el que el
azar y los acontecimientos históricos juegan a menudo un papel decisivo. Tenemos que
dar por perdidos los textos de los Periplos arcaicos, que probablemente contenían valiosa
información sobre las costas y sus principales accidentes topográficos, así como las obras
de Hecateo de Mileto o Eratóstenes, Artemidoro o Posidonio, viajeros de excepción a la
Península y conocedores de primera mano de sus principales accidentes geográficos, y su
pérdida no se puede compensar con unos pocos fragmentos descontextualizados
rescatados de citas de otros autores.

La mayor parte de las fuentes que conservamos no son testimonios de primera mano: o
bien se escribieron mucho después que los acontecimientos que relatan o bien ni siquiera
fueron sus autores testigos directos de los mismos y, si bien parece lógico suponer que
los testimonios de Polibio o Posidonio pudieron ser el origen de las noticias más extensas
que sobre la Península Ibérica encontramos en autores como Estrabón o Apiano, no lo es

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menos que pudieron utilizar también tradiciones alternativas hoy desaparecidas, como los
testimonios de los historiadores griegos al servicio de Aníbal, por poner un ejemplo, sin
olvidar la carga ideológica que sin duda añadirían a sus textos. Incluso con los textos de
primera mano encontramos problemas, ya que sus autores, en una tierra con gentes y
costumbres extrañas a las suyas, adaptaron sus instituciones y su realidad a su propio
contexto cultural, social e ideológico y siempre desde la distancia que les proporcionaba
una supuesta superioridad moral frente a gentes y costumbres que consideraban como
bárbaras. La percepción de Iberia es pues, de forma mayoritaria, una visión exógena, a
través de los ojos de fenicios, cartagineses, griegos y finalmente romanos, lo que da una
imagen peculiar, una visión ethic de su realidad, proyectando un análisis desde una visión
externa que con toda seguridad contrastaría con las fuentes emic que, por desgracia,
desconocemos en su mayor parte. Esta visión aparece, desde un punto de vista narrativo,
como una visión en construcción que se desarrolla en diferentes fases que nos llevan de
la Iberia bautizada por los griegos a la Hispania romana:

− Desarrollo previo a la llegada de los romanos: entre los siglos IX al III a.C. los
fenicios y los griegos vuelven a surcar los mares adentrándose en los confines del
Mediterráneo, donde establecen colonias comerciales y entran en contacto con
poblaciones autóctonas. El discurso se establece todavía en clave mítica, pero
introduciendo ya elementos reales fruto de su relación con el entorno. No
conservamos narraciones originales de estas primeras exploraciones, pero sí sus
huellas en ciclos míticos como el de Heracles, dos de cuyas aventuras se sitúan en
Occidente: la captura de los bueyes de Gerión y el robo de las manzanas de las
Hespérides, ambas en las inmediaciones de la isla Eritrea, nombre mítico de la
antigua Cádiz. Las aventuras de Coleo de Samos y su amistad con Argantonio,
mítico rey de Tarteso, nos las transmite el propio Heródoto en sus Historias y de
este modo se va configurando una geografía mítica paralela al descubrimiento de
facto del Mediterráneo occidental, que va lentamente dirigiendo sus pasos hacia
la narración histórica. Con todo, este conocimiento se extiende únicamente por la
zona mediterránea y limítrofe de la Península, lo que evidencia el
desconocimiento del interior de la misma.

− Espacio de conquista: de Cartago a Roma (de fines del s. III hasta época de
Augusto). En este momento asistimos a un cambio en el sentido del discurso, que
pasa, desde un planteamiento historiográfico, a un relato de corte militar y de

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expansión territorial. Es cuando Roma decide intervenir en Iberia en el marco de
la Segunda Guerra Púnica cuando Iberia deja de ser un espacio idealizado y un
ámbito exclusivamente comercial para convertirse en teatro del discurso
historiográfico antiguo como tierra de conquista. La lucha de Roma, primero
contra Aníbal y después contra los pueblos del interior peninsular, generan una
literatura al servicio del poder como instrumento de propaganda romana. Con
todo, la presencia en la Península de historiadores como Polibio acompañando a
las tropas romanas constituyen el punto de partida para el conocimiento histórico
y científico de la Península Ibérica de la Antigüedad, y serán sus relatos los que
tomarán como base autores como Estrabón, Tito Livio, Plinio o Apiano, que son,
sin duda, nuestras principales fuentes.

− Espacio pacificado y provincial: Hispania, parte del Imperio Romano (s. I a.C.-s.
IV d.C.). Cuando, en palabras de Cicerón, Hispania dejó de ser provincia para
parecer más Italia, los autores antiguos perdieron todo interés en ella porque
dejaron de ocurrir cosas extraordinarias. Cuando se impusieron la paz y la
prosperidad, paradójicamente, Hispania desapareció de las crónicas, de modo que
la mayor parte de información de este periodo es de naturaleza legislativa y
administrativa, con un especial protagonismo de las inscripciones.

1.1.- Principales autores

− Polibio de Megalópolis. Su vida ocupó la práctica totalidad del s II y fue


testigo de excepción de la expansión romana, que vivió en primera persona al
ser capturado en Pidna y llevado como rehén a Roma como uno de los líderes
de la Liga Aquea. Esta circunstancia, sin embargo, le llevó a intimar con
Escipión Emiliano, de la poderosa gens Cornelia, y en esa condición de amigo
y colaborador, se convirtió en testigo de excepción de algunos de los
acontecimientos más importantes de su tiempo protagonizados por Emiliano,
como la destrucción de Cartago en 146 a.C. o el asedio de Numancia en 133
a.C. Su relato tiene un enorme interés, más si cabe teniendo en cuenta que se
trata de un relato de primera mano, ya que visitó la Península al menos en dos
ocasiones, la primera con Lúculo hacia 155 a.C. y la segunda, como ya ha
quedado dicho, con Escipión. Es autor de las Historias, una ingente obra en

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40 volúmenes cuyo hilo conductor es el ascenso de Roma como potencia
hegemónica del mundo conocido en apenas siglo y medio. El análisis que
efectúa Polibio quiere ser racional y en lo que respecta a la Península Ibérica,
al insertar su relato en el marco general de la evolución histórica del
Mediterráneo, este adquiere una gran profundidad cronológica y temática. Por
desgracia, hemos perdido buena parte de su obra, sólo tenemos los cinco
primeros libros íntegros y fragmentos o pasajes de los restantes citados por
otros autores. Entre los perdidos se encuentra el relativo a la conquista final
de Hispania, uno de los últimos. Tampoco nos ha llegado su monografía sobre
el episodio de Numancia, que conocemos por Apiano, pero, afortunadamente,
en los primeros libros se encontraban todos los prolegómenos de la guerra con
Aníbal, la expansión púnica por el sur de la Península, los recursos que
encontraron a su paso y sus actos que, finalmente, desembocaron en el
enfrentamiento con Roma. Con todo, su conocimiento de Iberia no va más allá
del Tajo, de esa zona seguía sin haber un conocimiento directo. Su visión del
conflicto, pero su relato sobre esos años sirvió de base a los posteriores
escritos de autores como Livio, Estrabón, Diodoro o Apiano. Su espíritu
curioso le llevó a no fiarse de las explicaciones inmediatas de los sucesos y
buscar las verdaderas causas, separando propaganda de realidad. Sin embargo,
como hijo de su tiempo, hace únicos protagonistas de su relato a romanos y
cartagineses (ocasionalmente a los griegos), siendo los que considera bárbaros
(hispanos, galos, númidas…) mencionados sólo de forma tangencial y en
relación con su relación con Roma.
− César Podemos considerar a Julio César como uno de los pocos casos en los
que disponemos de una narración de primera mano de acontecimientos
históricos narrados por su propio protagonista. El hábil militar y político era
además un buen escritor que puso sus dotes al servicio de su propia causa en
sus dos series de Comentarii, escritos en tercera persona acerca de la Guerra
de las Galias y, en lo que nos interesa, a la Guerra Civil contra Pompeyo desde
que atraviesa el Rubicón hasta el enfrentamiento en Farsalia. La campaña del
año 49 a.C. se desarrolla en Hispania cuando César, en un movimiento
inesperado, se vuelve hacia Occidente en lugar de perseguir a los partidarios
de Pompeyo que huían hacia Oriente. La campaña de Ilerda le dio el control
de las dos provincias hispanas y reforzó sus tropas con el contingente vencido.

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De la batalla de Munda no tenemos un relato directo de César, sino de uno de
sus oficiales en “De bello Hispaniense”.
− Tito Livio: Es el gran compilador de la tradición historiográfica de Roma
siguiendo la corriente analística en su “Ab urbe condita”, que abarcaba desde
los orígenes míticos y la fundación de la ciudad hasta sus días. En los libros
XX a XXXXV hace un relato continuado de la expansión romana en Hispania
hasta el año 167 a.C. A partir de aquí hay una pérdida importante, el relato de
la expansión por el Mediterráneo se interrumpe y es necesario acudir para
completarlo a los epítomes de otros autores.
− Estrabón: Contemporáneo de Augusto, transmite buena parte de la ideología
de su época. Su obra, que conservamos íntegra, está escrita en griego; en ella
hace un balance conjunto de todos los territorios dominados por Roma
introduciendo el concepto griego de la ecúmene, en el que Augusto reorganiza
su dominio en todos los ámbitos. Su libro III está dedicado a Iberia, que
analiza desde una perspectiva augustea, ya que Roma ya ha civilizado este
espacio. Nunca la visitó, por lo que debió recoger noticias de otros autores que
sí lo hicieron como Polibio, Posidonio o Artemidoro. Trata de la fisonomía de
la Península, pero sobre todo de los modos de vida de sus habitantes, y es
gracias a él como conocemos la mayor parte de los nombres, rasgos esenciales
y localización de la mayor parte de los pueblos hispanos, aunque sus prejuicios
ideológicos en favor de la Pax augusta prevalecen sobre la voluntad de narrar
los hechos y sus protagonistas.
− Plinio: miembro de una destacada familia romana, prestó sus servicios al
Imperio en tiempos de Vespasiano desempeñando una procuratela en
Hispania. De su ingente obra conservamos la monumental Historia Natural,
en 37 volúmenes. La información relativa a Hispania se concentra,
fundamentalmente, en los Libros III y IV, en los que se alude a la organización
administrativa de las tres provincias, con la lista más completa de ciudades
que nos ha llegado de la Antigüedad. Su obra es fidedigna, ya que obtuvo la
información de forma directa durante su estancia en Hispania, además de
haber consultado, probablemente, el Orbis Pictus de Agripa.
− Tácito: trata en sus Historias el periodo que transcurre entre los reinados de
Nerón y Domiciano. En los Anales estudia el periodo comprendido entre los

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mandatos de Augusto y Nerón. Por desgracia, su obra se conserva sólo
parcialmente, aunque los Anales contienen la información más precisa con la
que contamos sobre los primeros tiempos del Imperio. La extensión de la
ciudadanía en Hispania, por desgracia, debió estar incluida en la parte perdida
de sus Historias.
− Apiano de Alejandría: es el gran el escritor de la Historia Militar de Roma.
Vivió en el siglo II d.C., en la época de los Antoninos y fue un alto cargo de
la administración que, en su Historia Romana, narró las guerras que afrontó
Roma hasta el reinado de Trajano. El libro relativo a la conquista de Hispania
(Iberiké), se conserva íntegro. En él sintetiza la obra de Polibio y Livio,
haciendo un relato resumido de la intervención militar romana en la Península
Ibérica, desde la Guerra de Aníbal a las Guerras Civiles. Es nuestra única
fuente para episodios como las Guerras Lusitanas o la Guerra de Sertorio.
− Dion Casio: Es el último gran historiador griego, a quien le debemos la última
gran Historia de Roma. Con clara influencia de Demóstenes y Tucídides, le
debemos la información relativa a los últimos años de la República, los
primeros del principado de Augusto y las Guerras cántabras, así como la
organización provincial de la época.
− Orosio e Hidacio: son historiógrafos cristianos e hispanos que escriben en los
s. IV y V sobre la descomposición del Imperio.
− Isidoro de Sevilla: En sus Etimologías, ya del s. VI, tenemos un compendio
de todo el saber occidental.

1.2.- Colecciones

Existen dos colecciones principales con las fuentes de la Hispania Antigua


traducidas y comentadas. La primera son las Fontes Hispaniae Antiquae (FHA),
editadas por la Universidad de Barcelona en 9 fascículos bajo la dirección de
Adolf Schulten, obra de referencia durante muchas décadas, pero necesitada hoy
en día de una profunda revisión. La segunda son los Testimonia Hispaniae
Antiquae (THA), obra de mucha mayor envergadura, en elaboración desde los
años 90 y con 20 títulos programados, dirigida por Julio Mangas y Domingo
Plácido desde la Universidad Complutense de Madrid.

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2.- Fuentes geográficas, cartográficas y viarias

Desde finales del s. VI a.C. hasta época tardohelenística, la geografía fue una disciplina
que, además de proporcionar descripciones físicas de los más variados territorios,
proporcionó datos etnográficos e históricos sobre distintos pueblos y culturas. De estos
primeros estudiosos, son pocas las obras que se refieren a Iberia, como la obra de
Heródoto o las Ora maritima de Avieno, la obra de Posidonio de Apamea. Del s. II d. C.
es la obra de Claudio Ptolomeo, que realiza un análisis cartográfico incluyendo la
localización geográfica de un gran número de ciudades del Imperio Romano en las
conocidas como “Tablas de Ptolomeo”. Sus cálculos no han permitido obtener un mapa
geográfico ajustado a la realidad, tal vez por partir de datos equivocados, pero su forma
de agrupar las localidades conforme a criterios tribales o regionales ha permitido, en el
caso de la Península, ha permitido conocer la importancia de los diferentes grupos que
encontraron los romanos al llegar a la Península.

Otra fuente importante son los itinerarios, que en realidad no son una fuente literaria, sino
una recopilación de calzadas y caminos, de gran utilidad por la información viaria y
toponímica que proporcionan. De estos repertorios, que detallan ciudades, paradas y
caminos de posta que jalonan el Imperio, el Itinerario de Antonino, que algunos creen
escrita en el s. II d.C. y otros en época de Caracalla o incluso de Diocleciano, enumera 34
grandes rutas que atraviesan Hispania uniendo sus poblaciones más destacadas, hasta un
número de 300. Una versión más tardía la constituye el Ravennate o Anónimo de Rávena,
y las Tablas Peutingerianas, o los vasos de Vicarello, cuatro pequeños cilindros de plata,
tal vez con función votiva, en los que se detalla el itinerario entre Roma y Gades con sus
distintas etapas.

3.- Fuentes arqueológicas

La arqueología permite conocer los paisajes sociales y la cultura material de los mismos.
La organización del territorio nos proporciona claves sobre la historia social, política y
económica de las poblaciones. Ya con anterioridad a la llegada de los romanos, existían
en la Península formas complejas de organización protourbanas que darán lugar a
realidades urbanas. Los sustratos locales, a partir de la llegada de pueblos mediterráneos
como griegos y fenicios, van a desarrollar y a hacer más complejos esos modos de vida,
en algunos casos de forma continuada, pero en otros, es a partir de la llegada de Roma
cuando vemos la implantación de un modelo urbano sobre el sustrato local. El

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poblamiento se estructura a partir de unidades ciudadanas y políticas. Si contamos con un
estudio amplio de estos espacios, es posible reconstruir esas ciudades desde un punto de
vista urbano (muros, necrópolis…). El panorama es heterogéneo, de forma que conviven
ciudades emergentes de nueva creación con aldeas y poblamientos muy tradicionales. El
paisaje social y natural se transforma con ciudades de nueva planta en función de los
intereses políticos, administrativos o militares del momento. El estudio de estos espacios
proporciona datos sobre las diferencias sociales, los distintos estamentos y actividades.
Se trata de un elemento complementario e imprescindible no sólo en el ámbito humano,
sino también desde el punto de vista del impacto en la transformación del paisaje, como
podemos ver en el paraje de Las Médulas, configurado a través de siglos de explotación
minera por el procedimiento de la ruina montium, como transmite Plinio.

Dentro de la cultura material romana, tiene un importante papel la cerámica sigillata,


hecha a molde, se trata de una cerámica estandarizada y muy característica que da
información sobre hábitos de consumo, distribución de productos, centros alfareros y
lugares de venta.

Las conexiones comerciales entre los distintos centros urbanos se pueden adivinar a través
de los hallazgos de ánforas, que podían contener aceite, vino o pescado. Estos objetos
permiten conocer las redes comerciales e indican las fechas de fabricación (tituli picti),
control esencial en la producción y distribución del aceite de oliva. En los pecios se
pueden encontrar datos esenciales para reconstruir esos ámbitos.

4.- Fuentes epigráficas

Son una fuente de información primaria fijada en soportes duros y duraderos. Tienen un
valor añadido desde el punto de vista de su carácter histórico. Podemos diferenciar varios
tipos de registros:

− Etapa previa y coetánea a Roma: corresponden a poblaciones que desarrollan la


escritura (la mayoría eran ágrafas). Entre las escrituras paleohispánicas destacan
las tartésicas, ibéricas y celtibéricas, todas ellas mal conocidas y sin descifrar (se
pueden leer sus signarios, pero no se entienden)
− Inscripciones fenicias y griegas, de poblaciones que se mantienen y llegan a época
romana integrándose en su ámbito de dominio pero manteniendo sus tradiciones.

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Con la llegada de Roma se produce una extensión del latín y del hábito epigráfico como
manifestación específica de la actuación de Roma sobre los territorios dominados (en su
mayor parte desde época de Augusto). El interior de la Península fue inicialmente
anepígrafo hasta la llegada de Roma. A medida que se generaliza el dominio romano, el
hábito epigráfico se va extendiendo, sin distinción entre indígenas y romanos. El uso
epigráfico es especialmente significativo en los epitafios y en las inscripciones votivas,
dos aspectos esenciales de la Hispania Romana, al igual que el panorama religioso, con
integración de dioses, cultos y ritos muy variados.

Todas estas inscripciones se recogen en diversas bases de datos y colecciones, como el


Corpus Inscriptiorum Latinarum (CIL II) o el Archivo Epigráfico de Hispania. A día de
hoy están registradas más de 30.000 inscripciones latinas en Hispania en el CIL II de
Alcalá de Henares, operativo desde los años 80. En la base Hispania Epigráfica se
encuentran registradas unas 2500 inscripciones paleohispánicas.

4.- Registro numismático

Aglutina una realidad, un objeto arqueológico metálico, que responde a la acción de un


poder determinado. Tiene dos elementos de información claves, la leyenda (ceca que la
acuña, ya que es un producto oficial del Estado), generalmente con el nombre de la ciudad
que las emite. Antes de Roma, la influencia griega lleva a ciertas ciudades ibéricas a
acuñar moneda con desarrollo de imágenes (tipos monetales) en anverso y reverso.
Podemos citar como ejemplos para el anverso las cabezas masculinas, ya sean de héroes
o divinidades, aristócratas… y en el reverso habitualmente jinetes. Es una unidad de peso
y valor relacionada con necesidades políticas (generalmente se acuñan en contextos
militares, como en la II Guerra Púnica), que difunde propaganda política a través de las
imágenes. El mayor número de emisiones se corresponde con el sur costero y el noreste
en época paleohispánica. Con las emisiones municipales se introducen cambios como el
uso del latín y la iconografía romana.

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