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OBRAS COMPLETAS
DE
DON MIGUEL ANTONIO CARO
TOMO II
ESTUDIOS LITERARIOS
rriis/ie:ra serie:
EDICIÓN OFICIAL
hecha bajo la dirección de Víctor C. Caro
y Antonio Gómez Restrcpo
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ti-
BOGOTÁ
IMPRENTA NACIONAL
1920
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ELOGIO
DEL SEÑOR DOCTOR DON MIGUEL ANTONIO CARO, PRONUNCIADO
EL 12 DE OCTUBSE DE 1909 EN LA ACADEIUA DE HISTORIA POR
EL SEÑOR DON MARCO FIDEL SUÁREZ
Señores:
Al señalarme la ardua y honrosa tarea de hacer el elo-
gio del señor doctor don Miguel Antonio Caro, miembro
de esta docta corporación y ciudadano egregio a quien
lloran la Patria, la Iglesia, la Ciencia y la Literatura, ha-
béis puesto en contraste la alteza del asunto con la debili-
dad del desempeño. Supongo asimismo que habéis consul-
tado la mayor espontaneidad del homenaje, no confiándolo
a uno de los individuos que forman vuestro ilustrado gre-
mio, sino a un aspirante que está parado hace años en vues-
tro vestíbulo, sin atreverse a entrar en el recinto per ca-
recer de ofrenda digna de la Historia a quien servís.
Atrévome, sin embargo, a la labor, confiado en que
el caudal de los afectos suplirá en algo la falta de ideas.
Afectos acendrados sí traigo, pues me animan la grati-
tud del ciudadano, lo mismo que la admiración a méritos
sublimes y una deuda sagrada de reconocimiento personal,
Habréis extrañado que al pronunciar el nombre de
vuestro ilustre colega le haya yo antepuesto el título de
Doctor (\Vit jamás le dio nuestra sociedad, la cual benévolo
e ilustrada, suele en el uso ordinario honrar con ese trata-
miento a todo individuo de notoria ilustración profesional.
¿Era pues doctor el señor Caro? Sí, lo era, y de una de las
Facultades más acreditadas de la República de las Letras;
era uno de los doctores de la Universidad de Chile. El re-
conocía que su Patria, aunque atrasada en industria, estaba
avanzada en literatura; reconocía las eximias facultades
intelectuales de Colombia, délas cuales debía enorgullecer-
se la República; no tomaba a chanza la expresión de Eliseo
Reclus, quien dice que el continente hispanoamericano se
jacta de tener varias Atenas, entre ellas dos principales:
Buenos Aires y Bogotá. Pero a pesar de ese concepto que
le merecía su Patria, jamás hizo ante ella ostentación de
un título que habría podido exhibir, apoyado en singula-
res méritos y emanado de una Facultad ¡lustre.
IV —
Razón tuvisteis, señores académicos, en poner entre
vuestros fundadores al eximio escritor que cultivó la His-
toria en sus diversos ramos con excepcional competencia,
brillando lo mismo en el análisis de los hechos que en la
síntesis de una crítica consumada. Recordad, por ejemplo,
sus variados estudios coloniales; recordad su monografía tan
erudita como nueva, sobre Castellanos, cuya vida completó
agregando multitud de datos, por él adquiridos^, a los que ^
halló el doctísimo Vergara. Allí mismo veréis cómo desva-
nece, aumentando las reflexiones de Navarrete, la fábula
de Alonso Sánchez, mito engendrado por una fantasía pa-
triótica y conato de usurpación a la gloria sin par de
Cristóbal Colón. Allí también halla el señor Caro el caduceo
para dirimir la contienda relativa al gran Las^ Casas, a
quien unos miran como infalible defensor del género hu-
mano y otros como indiscreto político e injusto detractor
de los españoles. En ese mismo estudio, mostrándose siem-
pre cultivador admirable de la filosofía de la historia, pone
en BU punto el mérito de varios historiadores de Indias y
aquilata el valor de Castellanos como fuente de la historia
americana.
Volved ahora los ojos a sus estudios referentes a la an-
tigua historia del Cristianismo, en los cuales elucida intere*
santes y debatidos problemas, levantándose en método y
erudición a la altura de un Gibbon. Sí. a esa altura se elevó
en su estudio sobre las célebres luchas políticas, filosóficas
y religiosas del siglo iv, cuando en Alejandría, centro geo-
gráfico e intelectual del orbe, entraban en definitiva pugna
los postreros esfuerzos de la filosofía griega, personificada
en la bella Hipatía, y las corrientes invencibles del Cristia-
nismo, defendido por el Patriarca San Cirilo. Al estudiar
esos puntos, aparentemente demasiado remotos de nuestras
necesidades y circunstancias, propúsose el señor Caro ata-
jar el curso de la propaganda anticristiana de Dráper entre
nuestra juventud.
Sin tiempo para mencionar otros estudios de histoiia
patria, americana y universal, básteme, para mostrar el
mérito de nuestro sabio, apuntar el hecho de que todos
sus estudios reposan sobre el método histórico. No hay en
él trabajo alguno que pueda decirse abstracto; todos se
apoyan en la experiencia de los sucesos, sobre la cual se
ostenta la ley o síntesis intelectual, el fallo de una crítica
tan sagaz como profunda. Si estudia el importante proble-
ma de la libertad de imprenta, ilustra desde luego el asun-
to, dándonosla historia de nuestra legislación en la materia
y comparando nuestras leyes con las extrañas. Si analiza la
autoridad de los grandes escritores en punto de lenguaje;
si estudia la cuestión del uso como criterio gramatical, sus
interpretaciones se asociarán aun a la biografía de los au-
tores. Virgfilio u Horacio, Cervantes o Luis de León. ¿Di-
serta sobre política o sobre el carácter de nuestros parti-
dos? Allí se exhibirá su conocimiento personal, puede de-
cirse, de trato y comunicación con los fundadores y orga-
nizadores de la República, ccn Bolívar, con Santander, con
Herrán, con Márquez y con todos los gfrandes repúbli-
C08 de la Nación.
Ese mismo criterio aplicado a la literatura, formó en
el señor Caro al erudito cuya sabiduría no hay exagera-
ción en calificar de pasmosa. Parecería natural, verbigra-
cia, que los versos de don Diego Fallón A ¡as rocas de SueS'
ca fuesen género nuevo, propio de aquel talento original;
sin embargo, el señor Caro halla ya ese género represen-
tado en recónditos lugares de la historia literaria. Ipandro
Acaico, peregrinando en sus visitas pastorales, hará resonar
la lira de los bucólicos griegos en los valles mejicanos; y del
mismo modo Diego Mejía traducía en el siglo xvi a Ovidio,
viajando, como observa Caro, por las vertientes americanas
del Pacífico. En una gran Revista inglesa se lee una mono-
grafía acabada acerca de San Agustín, considerado en as-
pecto novísimo; la lee un amigo del señor Caro, y en son de
hallazgo se apresura a transmitirle aquellas especies que le
parecen más interesantes; entonces vuestro sabio colega
le habla a su amigo de varias ideas del artículo como si lo
hubiese leído y de muchas ideas del estudio que siguieron
viniendo en entregas posteriores de la Revista.
Fue campo especial de su erudición la historia literaria
de España, ramo que conoció con extensión y profundidad
comparables acaso a las del sabio Menéndez Pelayo. No
sólo los poetas y prosistas de los siglos xvi y xvii, no sólo
los escritores de la moderna restauración literaria, sino los
monumentos del período a: teclásico de la literatura caste-
llana fueron objeto de sus lecturas y meditaciones, como
asuntos de crítica gramatical y literaria. Y no sólo los
grandes clásicos de la lengua, los Cervantes y Calderones,
los Leones y los Garcilasos, sino escritores de orden infe"
rior y aun casi desconocidos, pasaron por aquel examen
consciente y prolijo del que fue uno de los primeros críti-
cos modernos.
Esta afirmación no encierra la menor hipérbole y la
comprobará quienquiera que lea sus obras. Tómese, por
ejemplo, su tratado referente a las Silvas amertcanas de don
Andrés Bello, y se verá con admiración, no sólo la claridad
y exactitud con que se avaloran esas obras magistrales, sino
el prodigioso caudal de comparaciones en que se parango-
nan y cotejan. En él se ofrece Bello como poeta descriptivo,
apareado con Virgilio y con Hesíodo, con los poetas latinos
— VI —
del Renacimiento, con Delille, Andrés Chenier y Bernar-
dino de Saint-Pierre; allí se le presenta como modelo del
género en la literatura española, seguido por Collado y Hej
redia; y rastreando el origen de su mérito, se encontrará
el principio de sus aficiones en la lectura de los cuadros de
Alejandro de Humboldt, rebosantes de ciencia e impregna-
dos de cierta poesía.
La obra literaria del señor Caro, su obra monumental,
está toda escrita por estilo magistral, nítido y a la vez pro-
fundo, vigoroso y también preciso, como aquella estatua
de Fidias, labrada de oro y mármol.
Pensador profundo y erudito, realizó el origen del buen
estilo que, según los antiguos, consistía en la verdadera ilus-
tración, según aquello del Saibendi rede. De aquí resultó
que en la edad moderna de la lengua castellana no hay tal
vez pluma alguna en el mundo hispano que venza la de
nuestro compatriota, y habrá no muchas que la igualen.
Los modelos de fluidez y tersura, como Jovellanos y Ro-
dríguez Marín, tienen en las obras de Caro pasajes que
no les van en zaga. El gran Quintana, al referir las vi-
das de españoles célebres, luce el vigor y atavíos del caste-
llano más puro; pero suele ser demasiado retórico, mien-
tras que en el escritor colombiano el pensamiento enfrena
la imaginación y deja más sencillo y natural el período.
Muñoz en su Historia del Ntievo Mundo, Ríos y Navarrete
en sus biografías de Cervantes, dejaron obras primorosas de
estilo y de lengua, en las cuales se ve, sin embargo, cierto
trabajo y esfuerzo. Moratín, como prosista, es feliz imitador
de los antiguos, aunque sus asuntos no se compadecen con
la profundidad y filosofía de los temas que trató la plu-
ma de nuestro compatriota. Larra, el crítico fogoso e ini-
mitable, dejó una labor brillante por la gracia de su castiza
forma, por más inspiraciones que recibiera de la literatura
francesa; pero por eso mismo corre en un campo muy
apartado del que el señor Caro recorrió. Los eruditos y
polígrafos, como don Adolfo de Castro, Amador de los
Ríos y don Agustín Duran, no llegan ni con mucho a la
corrección y profundidad del escritor americano. En Bal-
mes la filosofía se contenta con la sencillez; en Donoso se
reviste de excesiva pompa, y el patriotismo de Toreno, aun
cuando ostenta un estilo ejemplar, no alcanza la origi-
nalidad que suele exhibir el pensamiento del autor que es-
tamos considerando. Pereda y Valera forman el glorioso
par del estilo limpio, fluido y gracioso, así como Trueba y
Fernán Caballero son el vaso cristalino en que se cstenta
el habla popular ennoblecida; pero no poseen la robustez
vn —
y precisión de la pluma de Caro, cuyo parangóa más justo
y espontáneo tiene que hacerse con la inteligencia más
análoga a la suya de la moderna España, con el autor de la
Ciencia española y de los Heterodoxos.
Si la erudición fue como el minero de su estilo, su cri-
sol fue la ciencia del lenguaje, la grado
cual cultivó en el
que revela su especie de fraternidad literaria con el sabio
Cuervo y sus tratados sobre temas de filología.
Para él la lengua es la Patria, por cuanto constituye el
elemento primordial de la nacionalidad, revelando el pen-
samiento y las pasiones, que son la índole de los pueblos, por
medio del habla y la literatura. Contribuyó por eso en pri-
mera línea a la purificación del castellano en América, y
secundó eficazmente la mejora de la ortografía y del len-
guaje, tomando por norma el idioma de Castilla y por regla
los cánones académicos. Consideraba, con Federico Schle*
gel, que el cultivo de la lengua patria es una especie de
deber moral, porque lengua que decae es pueblo que tam-
bién decae y porque en la historia andan paralelos el pre-
dominio literario y el predominio político. Considerábala
conservación del castellano en la América como augurio y
prenda de futura grandeza para una gran comunidad de
naciones, y miraba a Cervantes como centro refulgente de
ese organismo étnico y literario, de esa confederación po*
sible de España y de sus hijas. Según él, Cervantes debía
ser para la gente hispana lo que es Shakespeare para la
inglesa y Dante para Italia. Contra la tesis de su admirador
y amigo Juan María Gutiérrez, defendía la de que entre
los americanos debía exaltarse la influencia de la Real
Academia Española para retardar en lo posible la descom-
posición del romance en el Nuevo Mundo, fenómeno que
veía remotísimo, por no ser de temer, en este caso, las in-
fluencias violentas que apresuraron la corrupción del latín
a los golpes de los bárbaros.
Probablemente no hay un tratado tan completo )' tan
perfecto sobre el uso en materias de lenguaje como el que
acerca de ese asunto escribió el señor Caro. En su sistema
un idioma se fija cuando alcanza la perfección literaria en
las mejores obras de un siglo privilegiado; pero esa fijeza
no excluye el adelanto y la mejora. El uso de los eruditos
es para lalengua lo que la costumbre de los hombres buenos
es para la moral, y forma como el filtro por donde deben
pasar a una lengua fija, los elementos nuevos asimilables.
La etimología de las voces, la lógica del sentido común, la
comparación con las lenguas hermanas, el buen gusto, el
respeto a los maestros y hasta las influencias de orden
— VIII
—
moral eon otros tantos criterios que el uso erudito debe
buscar de compañeros, a fin de hacer progresar el idioma,
fliu desnaturalizarlo ni degradarlo.
Derivó el señor Caro este luminoso sistema de aquellas
palabras del Quijote <La discreción es la gramática del len-
guaje que se acompaña con el uso,> donde se ve que, fuera
del imperio de la costumbre, debe intervenir en el idioma
el elemento de la discreción, o sea un criterio racional y
reflexivo, no empírico y dictatorial.
Reconociendo a Cervantes como el primer modelo de
la lengua castellana, como arco toral del edificio literario,
hizo de él especial estudio. Para él, como para Tícknor, el
autor del Quijote descuella tanto entre los autores, que en
algunos aspectos es único, y prevalece quizá sobre el mismo
Homero. Sucede así en punto de popularidad, pues la po-
pularidad de Cervantes en los pueblos modernos, avaluada
con toda exactitud, resulta tal vez más grande que la de
aquel autor semidivino, y la prueba es que los niños y loi
ignorantes no conocen a Aquiles ni a Héctor, en tanto que
sí suelen tener en su mente, como las de seres vivos, las
imágenes de Sancho y don Quijote. Para el señor Caro este
libro es una especie de poema nacional y el libro de una
raza entera. En el castellano de América se ostenta gran
caudal de idioma cervantino, sustraído aquí y preservado,
de un modo dichoso, de influencias extrañas. Como crítica
de Cervantes, la obra del señor Caro no tiene la extensión
de otros autores especiales pero sus observaciones filosófi-
;
cas y profundas superan a veces a los de Ríos, Navarrete,
Clemencín o Sbarbi, y son del género de las de Hegel o
Gioberti.
Ciñó a sus sienes el laurel de la poesía, no de la popu-
lar en la forma y en las ideas, sino de aquella que se profesa
como arte divino. En el señor Caro se realizó la definición
que de ella da Sully-Prudhomme cuando dice que la poesía
tnnn^ aspijiióótt expresada bajo la forma del verso. El
sentimiento de la poesía, como el de las demás artes de be-
lleza, es el imán de lo suprasensible, la voz misteriosa de
una vida ulterior, que se entreoye a reces en las misteriosas
emociones, tristes e inafables, que siente el alma al contem-
plar un cielo estrellado o las lontananzas de la tierra. Por
eso no tienen los poetas en su lira una cuerda que armonice
tanto con el corazón humano como la del dolor,
y por eso
lasprimeras obrasliterarias han tenido todas ese tema, pues
Dante exprime los eternos dolores, Virgilio los grandes do-
lores nacionales y el dramaturgo inglés los dolores más in-
tensos del individuo. Dijérase que es instintivo el placer
misterioso del dolor, como manifestación de no hallarse
— IX —
aquí nuestro destino y como eco al mismo tiempo de reden-
ción y de esperanza.
Las poesías del señor Caro son aspiraciones de esta cla-
se, como puede verse en su oda al Tequendama, en su him-
no a las Estrellas y en su romance a Calderón, poemas ins-
pirados por dulces y melancólicos sentimientos, expresados
del modo más fiel. La oda a la estatua de Bolívar forma
una triple y feliz asociación, en que Bolívar aparece como
héroe semidivino, Tenerani como rival de Fidias y el autor
de la oda como émulo de Manzoni; es monumento del par-
naso hispanoamericano y pertenece a aquel mismo género,
pues expresa en forma sublime la admiración a la grande-
za y a la desgracia de nuestro Libertador, traducidas fiel-
mente en el bronce de Tenerani. El escultor, según el se-
ñor Caro, buscó la mejor imagen de Bolívar <en el abismo
de recónditas luchas y dolores>; y el sello mejor que pudo
hallar para inmortalizar la memoria de aquel héroe se osten-
ta en esta estrofa
Con ese aspecto y esa
Melancólica nube de tu ceño
Que desengaño y abandono expresa,
Descendiste a la huesa
Y aún te acompaña en el eterno sueño.
Tal vez estos sentimientos del señor Caro provinieron
en mucho de la contemplación de los inmortales cuadros de
la Eneida, epopeya de dolores y gloria, y los aquilatarían
también su filosofía espiritualista, su acendrada fe católica.
Segíin él, poeta y materialista forman una antinomia, un
imposible; el filósofo, lo mismo que el poeta, estudiando y
conociendo al hombre interior, tienen la convicción o el
sentimiento de lo sobrenatural, y de suyo tienden a regiones
superiores a lo terreno.
Poseyó pues el numen poético en su más verdadera
acepción y lo expresó en forma clásica, que a veces no fue
del agrado popular, pero que sí fue glorificada en el más
solemne tribunal del buen gusto, pues en las fiestas latinas
de Provenza, celebradas en 1878 para premiar las mejores
poesías escritas en las seis lenguas hijas del latín, fueron
honradas tres obras, una en rumano, otra en catalán y otra
en castellano. Esta se titula /./ himno dellaiino, tiene por
autor al señor Caro y fue, entre las poesías castellanas, la
única que mereció aquel honor.
Una sola de las hojas de su guirnalda poética, la que
representa sus bellísimos sonetos, bastaría a formar una
envidiable reputación. Perdonad que me extienda tal vez
demasiado en este elogio; pero para ahorraros el oír un aná-
lisis supe»-ficial y desacertado, quiero meramente queme
digáis 8Í tienen Lope de Vega o Moratín, Arguijo o Gómez
— X —
Restrepo algo mejor que estos dos hermosísimos cuadros,
que escojo del ramillete llamado Los Padres de la Patria:
En vano, ¡oh TiemfX) victorioso! en vano
Sepultas bajo lápida de 3elo
Los siglos, y derribas por el suelo
Los monumentos del orgullo humano.
Matas al hombre; el genio soberano
Elévase radiante en manso vuelo;
Inmóvil brilla en el empíreo cielo,
Y allá no alcanza tu poder tirano.
Viven por cima de tus yermas zonas.
De la gloria los fúlgidos fanales,
De la virtud las palmas y coronas.
¡Oh Tiempo a los varones inmortales
!
Con los mismos escombros que amontonas
Labras, a tu despecho, pedestales.
Y resonando el eco prepotente.
Inflamarse sentí mi fantasía,
Y que insólita fuerza la impelía
En mudo vuelo al porvenir latente.
Dos sendas se abren a mi absorta mente,
A ti de triunfo o muerte, Patria mía.
Según que al nuinen que tus pasos guía
Dócil haj-as de ser o inobediente.
Miré al izquierdo lado,y vi a tu raza
Que de su liermosa tradición reniega,
Y con el monstruo del error se abraza;
Y, suicida Nación, convulsa, ciega,
Sus armas y blasones despedaza
Y a desalmado mercader se entrega.
[Link], después de escuchar este último soneto, me per-
mito preguntaros si entre sus notas broncíneas j^ solemnes
no habéis percibido también el vaticinio del patriota que
hace veinticinco años previo uno de los mayores peligros
actuales de Colombia.
Yo sería demasiado prolijo si apuntara una que otra
belleza de la clásica traducción de Virgilio, la cual coloca
al señor Caro en la línea de Dryden y Delille; si mencio-
nara la traducción inédita de Horacio, no inferior proba-
blemente a aquélla, y si me refiriera a las variadas y per-
fectas versiones de muchos poetas del siglo xix, en que
nuestro sabio se exhibe grande humanista y traductor fiel
e inspirado. Tampoco he de mencionar sus poesías latinas,
capaces de aparearlo con los poetas del Renacimiento y de
comprobar, al mismo tiempo, sus acrisolados afectos, pues
— XI —
se valió de ellas para vaciar en perdurable molde obras
maestras, caras algunas para él, como el Hedor de su pa-
^
dre; La Monja desterrada, del doctor José Joaquín Ortiz;
El 5 de Mayo, de Manzoni. y la canción a A las ruinas de Itá-
lica. Estas dos últimas están inéditas y forman, con sus co-
mentarios, monumentos de erudición portentosa.
De todo esto se infiere que su obra poética, por su ex-
tensión y excelencia y por los fallos aprobatorios y decisiyos
que la favorecen, es uno de los más importantes blasones de
la literatura española en los modernos tiempos. Y todo esto
da también idea de sus facultades y de su grande apti-
tud mental, pues llevaba a cabo varias de esas obras al mis-
mo tiempo que desempeñaba los más altos cargos públicos
y tareas oficiales, como lo hicieron en otro tiempo Hurtado
de Mendoza y Quevedo, y en los modernos, Martínez de la
Rosa y Cánovas del Castillo.
El clasicismo de sus estudios y de sus imperecederas
obras es sistemático y acorde en todo con las ideas del doc-
tor Newman, extractadas por el señor Caro, así:
«Para Newman la Religión y la Cultura son cosas distin'
tas,pero paralelas y hermanas en cierto modo. No hay más
que una Cultura verdadera, así como no hay más que una
verdadera Religión, y ambas progresan tradicionalmente.
La Cultura, como el Cristianismo, tiene, humanamente ha-
blando, sus apóstoles y, por decirlo así, sus libros canónicos.
Como los apóstoles de otro orden superior, el ciego y ancia-
no Homero fue pobre, y anduvo errante y estaba desti-
nado a vivir en centenares de generaciones y en millares de
tribus. A su ejemplo formáronse los grandes escritores de
Atenas, y después los de Roma, y alrededor de Homero y
Aristóteles giran los filósofos y poetas que son los maestros
de todas las generaciones en todos los tiempos.»
A esa escuela clásica fundamental, en que andan armó-
nica e intensamente unidas la filosofía, la literatura y la fe
católica; a esta escuela de la unidad en la variedad; de lo
verdadero, lo bello 3' lo bueno relacionados esencialmente y
en consonancia perfecta, pertenecía el doctor Caro. De allí
mismo brotaban la consecuencia inalterable de sus ideas, el
sistema no interrumpido de su conducta, lo mismo que su
carácter uno y grande. En vano buscaremos en él las incon-
secuencias de un Littré o de un Voltaire, conservadores en
literatura y revolucionarios en política o filosofía o vice-
;
versa, la contradicción de algunos modernos, demócratas
en literatura y absolutistas en política. El, si la palabra
significa lo que debe significar y si algún día la acepción
— XII
se incluye en el Diccionario oficial de la lengua, era conser-
ador en todo orden de ideas.
Como filósofo es todavía más admirable, porque en ege
campo era donde más claro brillaban sus dotes espiritualeí
eximias. La profundidad admirable de sus observaciones
la novedad sorprendente de sus ideas, hacen que uno siga su
lectura con admiración y deleite pero después de llegar a
;
ciertas regiones, él marcha solo. y su mente sigue sola el viaje
por los cielos luminosos de lo verdadero. Sus obras son fru-
to sazonado y sólido del pensamiento y del amor acendrado
a la verdad, es decir, de la filosofía genuina y pura. Por
eso decía un amigo nuestro, morador también a esta hora
de la tierra de los vivos, que los escritos del señor Caro se
leían como comiendo y saboreando un alimento deleitable
y nutritivo.
La piedra fundamental de su pensamiento fue la fe
católica, ilustrada por la ciencia y fomentada por el entu-
siasmo y los afectos del luchador cristiano y del apologista
desinteresado y valeroso. Fue alumno privilegiado de la
filosofía cristiana, es decir, de la filosofía de Aristóteleí
aplicada por los genios de Hipona y de Aquino a la exposi-
ción y demostración del cristianismo. Entre los rriodernos
filósofos el que más cautivaba su talento era José de Maia-
tre, a quien él no acababa de admirar, y de quien decía que
en lo dogmático era lo que Kempis en lo místico.
La más exacta pintura de su independiente y definido
carácter, tanto en lo moral como en lo intelectual ; de su
mente filosófica y noble, que detestaba todo empirismo en
la ciencia, lo mismo que toda tiranía intelectual y todo des-
potismo individual o colectivo, la encontramos en estas pa-
labras suyas, radiantes de belleza y perfectas de exactitud
y de verdad
<EI hecho cuando no tiene, ni admite, ni consiente fun-
damento alguno, alegado ce mo razón única, es un insulto
ala razón verdadera. Para que el hecho lleve mis obse-
quios racionales, yo le exijo que en lo sustancial se apoye
en una ley preexistente, o con ella se enlace de algún modo,
aun cuando yo no la penetre en sus causas finales. Leyes
solicito, cualesquiera que sean, porque legalidad es forma
de justicia, y justicia realización de derecho; y cuanto más
antigúala ley que descubro, más me satisface, porque por
iu antigüedad mido la alteza de su origen y lo benéfico de
•u institución. No sólo con el jurisconsulto aclamaré a la
legalidad justa, sino con el filósofo la reconoceré luminosa
y
con el teólogo la acataré divina. Cuando de lo casual pasa-
— xin -
mo8 a lo providencial, cuando de lo que es pasamos a lo que
debe ser, cuando del caos, en fin, salimos para entrar en el
orden, que es calor y es luz, el corazón naturalmente se re-
gocija, sosiega y descansa el entendimiento.*
Durante cincuenta años del siglo pasado puede decirse
que se mantuvo agitada la República por una tesis de mo-
ral, que sin constituir propiamente un principio político
llegó sin embargo a ser casi diferencia entre nuestros par-
tidos y a conmover los entendimientos en lucha tenacísima,
que hacía recordar las controversias políticorreligiosas del
Imperio de Oriente. Esa tesis fue el utilitarismo, explicado
en los libros de Béntham y trasplantado a la enseñanza ofi-
cial de Colombia desde los primeros años de la República.
Tal sistema contrarió no sólo a la verdadera ciencia, sino
que alarmó el patriotismo y escandalizó justamente la con-
ciencia cristiana de la Nación. Tuvo impugnadores, insig-
nes por su sabiduría y alta categoría política y social el :
señor don Joaquín Mosquera, padre de la Patria y Presi-
dente de la Gran Colombia el presbítero doctor José Ma-
;
ría Botero, especie de Savonarola antioqueño, tan sabio
como vehemente el señor don José Ensebio Caro, causa
;
grande de este grande efecto, a quien honramos; el doctor
Ospina, sabio en los varios ramos de las ciencias y de la po-
lítica el señor don Mario Valenzuela, luminar hoy y glo-
;
ria de la Compañía de Jesús ; el elocuente e inspirado poeta,
don José Joaquín Ortiz el doctor Ricardo de la Parra, ad-
;
mirable por sus talentos originales; el sabio Prelado don
Juan Buenaventura Ortiz. Pero la refutación más formal
y concluycnte del principio de utilidad fue el libro en que
el señor Caro analizó esa doctrina con tal vigor y método,
que no llegó a tener réplica. Sobre el mismo asunto le tocó
dar, como Profesor de la Universidad Nacional y de acuer-
do con el doctor Ancízar, cuya pluma llamó Bello pluma de
oro, un informe relativo más bien que a la doctrina utilita-
ria, a la calidad de los respectivos textos en el aspecto metó-
dico, informe que demuestra que tales libros eran inade-
cuados por no hallarse al orden del día, como se dice. Des-
pués acabó esta malhadada contienda que llegó a desvirtuar
hasta la noción de gobierno, pues convirtió a éste en secta-
rio, y en sectario rezagado y pernicioso.
Con vigor de entendimiento y con tan plena pose-
tal
sión del idioma, dejó esparcida en sus obras una multitud
de pensamientos originales y profundos. La meditación j
el pensar habitual se anunciaron en él desde su primera
infancia, según lo observó el sabio patricio don Pedro Fer-
nández Madrid. Para él, pensar era una especie de ocupa-
— XIV —
ción 3' de trabajo. Por eso, al oír decir que alguien traba-
jaba veinte horas diarias, diz que preguntó: «¿Yaque
horas piensa?» Por eso, orando a los alumnos del Colegio
del Espíritu Santo, observó que las turbaciones políticas y
aquellas locuras que de tiempo en tiempo y a manera de
epidemias morales contagian la sociedad, pueden mover al
hombre a encerrarse en el asilo inviolable del pensamiento.
Su gusto por la meditación lo medímos cierta vez, al oírle
ponderar la expresión de una inteligente señora, que le
dijo: «Ahoia 3'a no puede uno tener ni aun el placer de pen-
sar.» He aquí algunos pensamientos, entresacados de los
muchos que hay en sus obras :
«Organicemos las cabezas, para que ellas a su vez reor-
ganicen la sociedad conforme a razón y no delirando, y en-
tonces no llevará el cetro aquel a quien brazos pretorianos
levanten sobre sus escudos.
«Pueblo falto de dirección crítica da injusta o confusa-
mente la alabanza o el vituperio.
«La libertad en la unidad es rumbo necesario de una
sociedad que aspira a alcanzar un alto grado de civili-
zación.
«La atmósfera de la historia es tan sana y tranquila,
que hace reinar la paz entre aquellas páginas mudas, dicta-
das por la razón apasionada de los que fueron contendores
en polémicas ardientes.
«El lenguaje no es invención del hombre sino tradición
inmemorial,
«La obra literaria se transmite al través de las edades
como la luz de los astros por el éter, en viajes seculares, a
inconmensurables distancias.
«El arte de gobernar es una especie de violencia que
la razón hace a la naturaleza.
«La impiedad tiene sus modas.
«Malo es salir un hombre de su esfera, porque se ex-
pone a no hallar reposo ni llegar a ninguna parte.
«El filósofo y el poeta estudian al hombre por dentro,
y tienen la convicción o el sentimiento profundo de lo sobre-
natural.
«La verdadera ciencia es benévola.
«Los filántropos no serán jamás misioneros.
«La filantropía es la benevolencia, expuesta a todo
viento de doctrina en la noche de la incredulidad.
«La fuerza del misionero es un poder sobrenatural.
«El que es enemigo de la Religión es enemigo de la
Patria.»
XV —
Este último pensamiento nos descorre el velo para con-
siderar en él la faz nobilísima del patriota que luchó por el
altar y que guardó, antes que todos, los deberes para con
la Relig'ión y la Iglesia. Vimos ya cómo se enlazaban en él y
se compenetraban la cultura y la Religión: del mismo modo
se unían y aliaban la Religión y el patriotismo. Ese fue el
estudio primero donde, como caballero de Dios y del cris-
tianismo, lució sus vigorosas fuerzas intelectuales y alcanzó
inmarcesibles lauros. A la Religión católica ofrendó su ju-
ventud brillante y hermosa, su maravilloso talento e ilus-
tración vastísima y hasta su porvenir, en cierto modo, pues
cerró para sí las puertas del lucro lícito para darse todo a
Cristo, con su mente, con su corazón, con su tiempo y con
su pluma. ¡Oh! ¡cuan grande se presenta aquí, vuestro
ilustre colega! ¡cómo fascina y entusiasma este aspecto no-
bilísimo de la abnegada fe, de la religiosidad sincera y des-
interesada del inmortal Caro! Razón tuvo de sobra el Ilus-
trísimo señor Paúl para premiar tamaño mérito, con una
alabanza pública, al iniciarse cierta confusión y olvido.
«El que es enemigo delaReligión es enemigo de la Pa-
tria.» Ese fue el lema tácito y fielmente guardado, sin
ostentación ni ficciones, que siguió en sus estudios y polé-
micas, así como fue la regla que observó como legislador y
gobernante. Durante largos años fue centro vivo y poderoso
de la apología cristiana entre nosotros y capitán esforzado
de los periodistas católicos, cuyo mejor trofeo es E¿ Tra-
dicionista. Al par de sus ideas iban sus afectos, pues los
profesaba sinceros a la clase sacerdotal, y miraba la sotana
como toga gloriosa. El misionero pobre y abnegado cauti-
vaba su cariño y era objeto de sus cuidados. En su gobier-
no fue Ministro de Instrucción Pública, primer Ministro
en cierta manera, un sacerdote eminente. Salía a veces a
la defensa personal de los eclesiásticos, y así lo hizo en favor
del señor Celedón, al ver que se ponían en duda su ciencia
y patrióticos servicios. Alguna vez un eclesiástico, harto
instruido, pero que curaba poco de escribir como Rivade-
neira o Granada, fue analizado severamente por una pluma
competente en alto grado y muy autorizada; entonces el
señor Caro, de Presidente de la República, salió a la posi-
ble defensa del sacerdote, apareando sus armas en letras y
en posición política con el severísimo censor. Hace poco
resonó en las bóvedas de la Capilla Sixtina la letra de su
Himno latino a Pío x, ofrenda con que nuestro sabio con-
tribuyó para celebrar el jubileo sacerdotal del Sumo Pon-
tífice.
La discusión de más de medio siglo referente al prin-
cipio de la utilidad prueba lo inflexible que es nuestra
índole nacional en estas materias, así como los efectos que
produjo cierta política bizantina demuestran que el Estado
— XVI —
8in Dios es una calamidad para todo pueblo, y especialmente
para Colombia. Ese concepto del Estado sin Dios es, segrún
el señor Caro y según la historia,
una cosa peregrina y
antinatural, opuesta a las leyes y a las costumbres de la sa-
bia Roma, lo mismo que a las prácticas de las naciones
cultas, inclusive las que más se distinguen hoy por su sabi-
duría; y fue la Revolución Francesa quien implantó este
sistema, aumentado entre nosotros, con aplauso de Víctor
Hugo, y fuente de hostilidades, querellas y pugnas, unas
veces espirituales y otras sangrientas.
La obra del doctor Caro durante esa peregrinación,
amarga e intranquila, fue la del abnegado y valeroso cam-
peón que no duerme por defender la causa de sus herma-
Hos y de la Patria misma. De este modo conservó vivas las
convicciones y las esperanzas; y cuando el tiempo las trocó
en realidades, el doctor Núñez, resuelto corifeo de una re-
forma patriótica y justa, declaró El Tradidoyitsta como
enseñanza victoriosa, y al señor Caro como columna de la
misma reforma.
En el estudio de la nueva Constitución tuvo el señor
Caro una participación insigne, y fue parte principal para
que individuos moderados de ambos partidos tradicionales
adoptasen una solución permanente y definitiva, sin reser-
vas y como reconocimiento de hechos indiscutibles, de la
cuestión más importante y delicada entre todos los proble-
mas políticos. Así permitió la Providencia y quisieron las
buenas voluntades que los esfuerzos del noble batallador
se coronasen con una constitución y con un concordato con-
siderado por el Papa León xin como ejemplar y modelo
de los que debieran regir en las naciones católicas.
Otras reformas de suma importancia se adoptaron de-
bido principalmente a los esfuerzos de vuestro sabio colega,
referentes, verbigracia, ala unidad nacional y a las respon-
sabilidades de las libertades públicas. Ellas no serán, como
ningún sistema de esa especie lo es, irreformables y perfec-
tas; pero lo que es su parte sustancial, su espíritu, ha triun-
fado del antiguo sistema, aplaudido en sus días por el gran
poeta Víctor Hugo, y deplorado hoy tal vez solamente por
muy contados políticos. Ese sistema del 63 fue repudiado
por muchos de sus mismos autores y antiguos secuaces an-
tes de su demolición, y tuvo en su contra no sólo la ciencia
consumada del señor Caro, sino la crítica, competente tam-
bién en alto grado, del egregio publicista doctor Justo
Arosemena. Baste, pues, decir que las reformas legales y
constitucionales en que cooperó principalmente el señor
Caro, son en general mucho más armónicas con las leyes
y
— xvn -
costumbres de la sesuda Inglaterra o de la liberal República
Francesa, que las prácticas y legislación casi exclusivamen-
te colombianas de 1863.
Su obra, inspirada en el patriotismo y desarrollada del
modo más desinteresado, no es de las que desaparecen a
cualquier soplo, pues reposa en firmes fundamentos de
verdad y de justicia, y porque siendo una rectificación ne-
cesaria, forma una corriente natural y poderosa. El espí-
ritu de la reforma que dirigió el señor Caro subsiste aún
en esta hora de patriótica agitación, de la propia manera
que persiste la corriente de un río sereno aun cuando el
viento perturbe la tabla de sus aguas.
Tocóle al señor Caro gobernar la República, llamado
a ese cargo por el voto de sus partidarios, sin la menor ini-
ciativa suya. En ese puesto se ostentaron su probidad y
previsión, así como su magnanimidad para soportar los
embates de la reacción que surgió, como era natural que
surgiera, y más entre nosotros, contra el concierto y la
reforma que le debían el ser. Varios de sus actos oficia-
les fueron impugnados con singular vehemencia; pero el
tiempo se ha encargado de justificarlo contra muchos de
esos cargos. Permitidme que camine unos pasos sobre
ascuas, porque así lo exigen la verdad y la justicia, por-
que así lo reclaman la memoria gloriosa y triunfante del
señor Caro.
Se le criticó a causa de la convención sobre el fuero
eclesiástico, celebrada con la Santa Sede pero no se miró
;
que no fue su Gobierno el que propuso ni el que celebró
ese arreglo; y se olvidó que en todo el mundo católico
están hoy recibidas convenciones de esa especie. Además,
si esa crítica hubiera sido justa, habría comprendido al
Sumo Pontífice, con quien se celebró dicho pacto, y al ca-
tólico García Moreno, autor de un arreglo que sirvió de
modelo para el que celebró Colombia.
Se le censuró asimismo por haber procurado que los
derechos políticos del clero se ciñesen a la educación pú-
blica y a la beneficencia, excluyendo cargos militares, ju-
diciales y de mando. Empero, la experiencia ha demostrado
que él tenía razón, pues el partidario más ardiente de la
respectiva reforma se abstuvo de proponerla en época
posterior, cuando estaba en su querer y en su mano el
alcanzarla.
El concierto con una República hermana, relativo a
la navegación y al comercio, fue también acerbamente
criticado. Mas hoy se ve que esa negociación fue, ante todo,
un certamen de lealtad y franqueza entre las partes inte-
resadas y que terminó con la ejecución de un laudo, obli-
gatorio por los títulos más sagradosy premiosos también;
Estudios literarios — Prólogo— ii
— xvra —
se ve que todo lo referente a navegación y comercio tenía
que quedar insoluto, por ser asunto extraño a aquel fallo;
y se palpa, finalmente, que arreglos así, en vez de ser esen-
cialmente antipatrióticos, comienzan a ser practicados por
las naciones, como lo demuestra el caso de estos días entre
laArgentina. Bolivia y el Perú.
La ruidosa reclamación de un subdito italiano, contro-
versia que encontró ya planteada el señor Caro, y en que
Colombia defendía su jurisdicción y principios obvios de
nacionalidad, lúe también para él causa de censuras. Sin
embargo, bajóla dirección del señor Caro se hizo un arre-
glo conforme al cual debían ser calificados por los jueces
colombianos los derechos de la compañía nacional que figu-
raba en la controversia, y de un modo administrativo los
derechos exclusivos del individuo extranjero. No aceptado
en definitiva ese arreglo por la parte contraria, comprome-
tieron ellas sus derechos, inclusive la cuestión doctrinaria,
en el fallo arbitral del acreditado Presidente Cleveland.
El señor Caro no tuvo la culpa de que aquel estadista se;i ten-
ciara, según se afirm i, en las últimas horas de su Gobierno
y profiriera un fallo^voluntario, un fallo sin considerandos.
Finalmente, fue atacado con verdadero frenesí cuando
permitió que su nombre se lanzase para una reelección
constitucional ; mas no se atendió a que el móvil evidente
de aquella conducta no era otro que mantener en la polí-
tica y en el Gobierno un rumbo definido, desde que se vio
que su beneméritoantagonista proclamaba aquí unos prin-
cipios y allá otros, hoy un prt grama y después uno diverso.
Después de su Administración siguió el señor Caro in-
fluyendo en la política con dignidad y franqueza, con pa*
triotismo y humanidad. Su v^z se alzó para improbar los
desafueros contra la legitimidad, pues los miraba como
iniciación de la barbarie y como estancamiento del espíritu
revolucionario. Trabajó por que se civilizase la guerra y
porque el Coaigo Militar fuese norma de ella, en vez de las
disposiciones voluntarias. En momento? de un draconianis-
mo alarmante defendió la causa de la justicia con denuedo,
por medio de su palabra poderosa.
En este campo de la elocuencia realizó el señor Caro
la definición clásica del orador, pues fue el varón bueno,
esto es, ilustrado y justo, perito en el decir. No era su elo-
cuencia la gárrula expresión que pasa por las cañas y que,
vacía de verdad y de razón, arrastra por la música de los
períodos y por el brillo de las imágenes. Era la frase per-
fecta y precisa, fluida y espontánea pronunciada de ua
modo enérgico, y expresiva de ua razonamiento formado
— XIX —
de conceptos sorprendentes, por lo claros, nuevos y pro-
fundos.
Entre sus piezas oratorias sobresale tal vez la Oración
de estudios pronunciada en 1880 en la distribución de pre-
mios del Colegio del Espíritu Santo. Clásico es el discurso
de Bell© al inaugurar la Universidad de Chile; bella y ele-
gante la oración que el autor de la Ley agKiria dijo sobre
el estudio de las ciencias naturales en el Instituto Asturia-
no; pero creemos que la de nuestro ilustre compatriota
aventaja y supera esas otras, porque en tanto que ellas son
sublimes sólo en cortas extensiones, ésta es una cadena no
interrumpida de grandiosas ideas, tomadas en mucha par-
te de la sabiduría antigua y expresadas en puro lenguaje
ciceroniano.
De sus discursos parlamentarios los más notables, por
la importancia de los contendores y por la grandeza del
objeto, así como por la eficacia en el resultado, fueron los
que pronunció en el Consejo Nacional Constituyente en
defensa del título iv y del artículo 38 de la Constitución.
Escuchando aquellas sabias exposiciones, en que destella-
ban el derecho público y eclesiástico, la Historia patria y
la más sana filosofía, solía decir don Diego Fallón, alterna-
tivamente y aludiendo a las semejanzas hereditarias exhi-
bidas por el orador: «Aquí habla el doctor Tobar, > «aquí
habla don José Ensebio Caro.»
Alta y grande fue su emoresa contra el penúltimo tra-
tado de Colombia con los Estados Unidos, en la cual su
actitud se conformó enteramente con la justa opinión, pues
se trataba de un pacto exoosito e inconstitucional. Por su
parte, como por parte del Gobierno y de la opinión publi-
ca, a todos tres los amparaba entonces, y los amparará ante
la posteridad, la imposibilidad moral en que se hallaban de
sospechar que el Gobierno de la Nación donde Guillermo
Penn pagó al indígena la tierra conquistada, fuera capaz
de violar, contra una parte débil, las más sagradas obliga-
ciones y las promesas más solemnes. Y por su parte exclu-
siva, el señor Caro dio prueba de especial prudencia al
formular, en el momento de cerrarse los debites, una pro-
posicióa según la cuil la República permanecía dispuesta
a tratar con la Unión Americana, con tal que el asunto se
situara en un campo permitido por la Constitución.
Después de la religiosidad de que hablamos arriba, su
gran virtud fue el patriotismo, la adhesión a esa patria de
cuyas entrañas decía ser pedazo y a la sombra de cuyo
manto era aspiración de su alma morir, como murió, po-
bre y desnudo. La única vez que de sus labios salió la ex-
— XX —
presión del sufrimiento fue dirigfiéndose a la Patria. Deri-
vación de esa virtud fue el desinterés y el desprendimiento
del dinero, pues consideraba indigne de un verdadero pa-
triota el mezclar entre sus móviles el de la g-anancia y el
lucro. Servir a la justicia y a la Patria y aguardar lo de-
más por aííadidura. hubiera podido ser su divisa, porque en
el señor Caro las letras, las ciencias y el patriotismo eran
una especie de profesión, a la cual se consagró sin pensar
en resultados egoístas. Amaba la Ciencia, la Religión y la
Patria por ellas mismas, como el artista que cultiva el arte
por el arte.
ICosa singular! El hombre a quien se refiere este ho-
menaje poseyó tanta consecuencia en su ser intelectual y
moral, que hasta sus más aquilatadas virtudes recibían en
él la influencia no sólo religiosa, sino literaria. De Horacio
sacó y en Horacio fundó el consejo que dirigió a los alum-
nos del Colegio del Espíritu Santo cuando les dijo:
«Lejos de vosotros el vil prepósito del lucro, que tod
lo esterilizay degrada y que fue la causa de la decadenci
intelectual de la juventud romana.»
Aquellas manos, llamadas puras en ocasión solemne y
por excepcional testimonio, no sentían la avasalladora atrac-
ción del oro. Una vez estuvo casi resuelto a aceptar el cargo
de abogado para preparar el alegato de la República en el
pleito de límites con Costa Rica; pero todo fue uno, oír
hablar de honorarios y desistir de su resolución. Algo pa-
recido le sucedía en materia de trabajos literarios, pues no
se preocupaba de la utilidad correspondiente, ni del núme-
ro de lectores, bastándole que su obra fuese buena y me-
reciese la aprobación del público ilustrado.
En Europa o los Estados Unidos hubiera podido bri-
llar en los centros intelectuales más sabios, en las más afa-
madas Academias, alcanzando para su nombre mayor re-
putación y fama mayor para su Patria; pero aunque ésta
le ofreció varias veces los medios de alcanzar esos objetos,
confiandole elevadas misiones, siempre rehusó esos cargos,
y prefirió a todo el vivir bajo su techo humilde.
Fue hombre de gran valor y ánimo constante y deno-
dado, sin sombra de jactancia, armado de silenciosa ener-
gía y dotado de gran sufrimiento. Alguna vez cierto Casio
popular manifestó, según se dijo, intenciones alarmantes
contra el; un amigo ausente le avisó por telégrafo que se
guardase; él le contestó a pocos días, convirtiendo en bur-
las el negocio, poco maso menos así:
«Anoche estuve con Casio, y hablamos los dos, solos,
durante media hom; después fuese y no hubo nada.» Otra
vez, en un pueblo vecino a Bogotá, se paseaba por el cam-
po acompañado de un amigo, cuando pasó muy cerca de
ellos una bala de origen desconocido; su compañero le ins
- XXI —
taba para que inmediatamente se averiguase la causa de
aquel hecho, pero él lo rehusó. Si no hubiera domado a
Casio, mirándole de frente, o si hubiese abierto una pes-
quisa bien activa para averiguar lo de la bala, la historia
patria contaría un capítulo nuevo a costa de la tranquili-
dad social.
El denuedo y inclemencia con que improbaba la
la
mentira, la el sórdido interés y la corrupción
indignidad,
pudieran hacer atribuirle una arrogancia que no tuvo,
pues, al contrario, el señor Caro era humilde en la acep-
ción evangélica. Escuchaba las observaciones que sus ami-
gos hacían a sus obras, y muchas veces satisfacía a sus
mismos inferiores.
Desus afectos patrios y domésticos (así se titula una
sección de uno de sus libros) no hay para qué hablar, pues
al fuego purísimo de ellos se consumió literalmente su gran
corazón. Otro género de afectos desbordaba en él, y eran
los que pudiéramos llamar afectos literarios. De Sully-
Prudhomme puso en castellano varias poesías, movido en
mucho por la semejanza que aquel poeta mostraba con su
padre. Cuando el señor Menéndez Pelayo se levantó como
un gigante de erudición y divisó aquende del Atlántico la
obra maravillosa de vuestro sabio colega, se estableció en-
tre ellos activo comercio de ideas fomentado por mutuo
aprecio. A
Bello, ya en la tumba, le profesó no sólo admi-
ración, sino amor de discípulo. El Contradiálogo de las le-
tras, joya de erudición, fue dictado por la ciencia y tam-
bién por la amistad, pues lo escribió para defender la re-
putación literaria de sus amigos don José Manuel Marro-
quín y don Rufino José Cuervo. A don Juan Pablo Restre-
po, personificación de la austeridad y del saber jurídico, le
profesó especial aprecio.
«Nuestras palabras llevan el sello de todo lo que es sin-
cero, y salen del fondo del alma,» dijo enérgicamente en
una memorable controversia. Y
en efecto, para él el culto
del bien implicaba un desinterés completo, y el culto de la
verdod la sinceridad más pura; de manera que el señor
Caro no sólo era un ejemplar ordinario de virtudes, sino
que en razón de su desinterés y de su sinceridad era como
una enseñanza necesaria en nuestro tiempo, como una rec-
tificación viviente de los dos grandes males morales de
nuestra edad, la ficción y la codicia.
Su conversación cautivaba por lo amena e instructiva.
Tenía de su tierra la gracia andaluza, y sus donaires y agu-
dezas eran de lo más ingenioso, en lo cual se parecía al gran
orador de Roma, con quien le asemejaron también los efec-
— xxn —
tos de ese mismo ingrenio, pues aquellas sales llegaron a
enajenarle, como a Cicerón, amistades vidriosas y delicadas.
La letra del señor Caro era argumento en favor de la
grafología, pues se conformaba con su carácter, revelando
a un tiempo su culto a la belleza, su sinceridad y hasta su
espíritu especialmente conservador. F^sa letra era del más
genuino carácter español, clara, bellísima y vigorosa. Así
puede decirse que desdesu religión basta su firma, desde
el clasicismo acendrado de su sabiduría basta su elegante
letra, todo era consecuencia y sistema en aquel varón pri-
vilegiado. El gusto y aptitudes caligráficas fueron tradicio-
nales en su familia paterna, que produjo en ese ramo artis-
tas tan notables como Palomares, de reputación europea en
el siglo XVIII.
Leía como Balmes, es decir, buscando en prólogos e
índices la clave de los libros, y apoderándose de su conteni-
do de un modo admirable, que hacía recordar la facultad
que poseía el sapientísimo Padre Diego Laínez para devo-
rar la ciencia atesorada en obras enormes.
De altura mediana y complexión robusta, alcanzaba
grandes fuerzas y mucha agilidad. Su fisonomía era seria y
varonil: cabeza admirablemente modelada, que recordaba
los retratos de su padre; desarrollada frente; mirada velada
a veces por la miopía pero profunda al influjo de la medita-
ción; voz clara en la conversación y poderosa para la ora-
toria; manos bellas, color pálido, que contrastaba con el
negror de los cabellos y barba. Vestía con aseo y decencia.
Tal le representan sus retratos en la plenitud de su edad,
cuando atraía las miradas por la distinción de su persona y
por su merecida fama.
Como hombre de méritos extraordinarios, como bata*
llador verdaderamente heroico, le siguieron profundos sen-
timientos de amor u odio. Era, sin embargo, amado de al-
gunos de sus enemigos, paradoja que se realizó en indivi-
duos de partido adverso al suyo, que admiraban sus méri-
tos insignes, y en fogosos políticos de noble corazón. Lo
mismo respecto de sus relaciones literarias, pues tuvo por
admiradores constantes a escritores insignes, afiliados en
escuela política opuesta a la suya, tales como Merchán, En-
rique Fiñeyro y Juan María Gutiérrez. Los dos últimos
hicieron largos estudios aceren de la obra virgiliana del se-
ñor Caro.
En su vida experimentó las vicisitudes del aprecio pú-
blico, inconstante como los vaivenes de la política de nues-
tra tierra, donde puede repetirse aquel dicho de las Cróni-
cas antiguas: «Esta es Castilla que hace a los hombres y los
deshace.» Su muerte ha sido gloriosa como el ocaso de un
sol de verano, seguido de irradiaciones luminosas y tran-
quilas.
— xxin —
Al delinear este bosquejo, trazado con torpe mano,
pero al calor del corazón, no creáis, señores, que haya yo
recorrido el campo todo en que trabajó y en que brilló el
señor Caro. Apenas he espigado en los escritos con que
colaboró durante seis años en el Repertorio Colombiano^ y
sólo me he atenido a recuerdos y observaciones personales.
Leyendo las monografías que dejó en esa Revista he senti-
do lo que se sentirá al ver un museo de obras maestras,
cuya mejor crítica consistiría en presentarlas a la vista de
todos. Sólo he leído esos escritos. No he registrado el gran
Tradidonista ni otros numerosos periódicos en que colabo-
ró; me han faltado sus piezas oratorias magistrales; sus
trabajos de jurisprudencia, sus mensajes oficiales y estu-
dios parlamentarios, sus obras inéditas ; en suma, la mayor
parte del caudal de sus escritos.
Aplicando al señor Caro parte de un símil referido por
un grande escritor, diríase que las hadas velaron su cuna y
que cada una derramó sobre ésta un don precioso de inge-
nio, de inspiración y de virtudes; pero que en lugar de ha-
berla colocado en alguna de las dos Hesperias, o alas orillas
del Támesis o el Sena, adonde parecía destinado, la deja-
ron en esta tierra hermosa y nueva, donde aquel hombre
constituirá una gloria secular de su patria, al modo que el
Tequendama es gloria de su bello suelo.
Sus talentos, su ilustración, su magnanimidad y su ex-
periencia; la participación que le tocó en la administración
pública y en la legislación; el carácter doctrinario y desinte-
resado de sus luchas y enseñanzas; la probidad inmaculada
de su conducta y la elevación de miras que guiaron su obra;
todo esto le comunicó influencia decisiva sobre la opinión
colombiana, de modo que puede afirmarse que él más que
nadie se acercó a la formación de la conciencia nacional como
maestro de ideas y como modelo y ejemplar de costumbres.
Era por eso en cierta manera, no sólo una poderosa mente
individual, sino la mente de la patria y su criterio y en
presencia de todo asunto público de extraordinario mo-
mento. Quiera la Providencia que al quitarnos esa mente
no se realice entre nosotros el funesto oráculo de los anti-
guos!
He dicho.
ADVERTENCIA
Comprende este volumen la primera serie de los estu-
dios literarios e históricos de don Mig^uel Antonio Caro.
Se
esta serie con algunos artículos, casi infantiles, publi-
abre
cados en diversos periódicos de esta ciudad, y que revelan la
admirable precocidad intelectual y la grande erudición de
ciuien en esos primeros ensayos se exhibía ya como un
maestro en cuestiones literarias y filosóficas. Llega esta serie
hasta la época en que el señor Caro inició su colaboración
en el Reperioi^o Colombiano, revista en donde publicó mu-
chos y admirables estudios, que formarán la parte princi-
pal de la segunda serie. Completarán la colección otros
estudios y artículos que se hallan esparcidos en revistas li-
terarias o en periódicos de carácter religioso o político.
ESTUDIOS LITERARIOS
Estudios literarios —M . —
A. Caro
Señor Redactor de La Caridad.
En elcapítulo xxvi de Homhies distinguidos, publica-
do en el número
del periódico religioso, o si se quiere,
civilizador, que usted redacta, correspondiente al día de
ayer (octubre 20). hallo algunos conceptos a mi modo de
ver inexactos, y no de poca importancia, si se atiende a
que se rozan directamente con la gran cuestión literaria
que. resuelta sin discusión, en sentido negativo, ha dado al
traste con nuestra literatura y ha hecho malograrse mu-
chos ingenios; conviene a saber: Si pata que las letras y los
ins^enios florezcan son indispensables el estudio, las reglas y
la imitación.
Por esta razón espero que usted tenga la bondad de
dar cabida en sus columnas a las observaciones siguien-
tes que. esté o nó yo equivocado al escribirlas, en todo caso
pueden dar sobre el asunto la luz que debe esperarse de
toda discusión dictada no por pasión, sino por el amor de
la verdad y por el convencimiento.
Esto supuesto, entro en materia. Dice el articulista que
en la época en que floreció el señor Andrés María Marroquín,
poco más o menos en la década 1820-30, <dominaba aún
aquella escuela literaria que obraba por reacción contra
el gongorismo. escuela circunspecta y erudita cuya in-
fluencia cortó las alas al ingenio de Moratín.» Hallo aquí al-
guna equivocación por io que hace a España y por lo que mira
a nuestra Patria. En efecto, la escuela que obró por reacción
contra el gongorismo. que supongo será el renacimiento
del buen gusto que presidieron Luzán y Moratín padre,
no pudo cortar las alas a Moratín hijo, que es de quien sin
duda habla el articulista. Cuando don Leandro empezó a
escribir no recibió influencia de los escritores coetáneos;
bien al contrario, inició una vía nueva, combatiéndolos a
todos, a los unos como -prosaicos (la escuela de Iriarte), a los
otros como afectados (la escuela de Cienfuegosy Meléndez):
a los primeros con el ejemplo de escritos correctos, sensa-
tos, elegantes y doctos; a los segundos con eso y con la sá-
tira: la epístola a Andrés contiene versos de les dos poetas
últimamente citados y de Quintana mismo. Así que lo que
realmente sucedió fue que Moratín con su ingenio, y no
ingenio comoquiera, pues se sobrepuso a las influencias de
su época, cortó las alas al mal gusto en poesía; el de aque-
llos que, como Iriarte, no podían volar muy alto, y el de
— 4 —
los que, como Meléndez. se remontaban o extraviaban con
la imprudencia de Icaro. Por lo demás, sabido es que Mo-
ratín con las reglas y la imitación instauró de nuevo el tea-
tro español, que había sido reducido por el gen^o al estado
tan bellamente descrito en La Comedia Nueva o "El Café.
Respecto a n: estra Patria, hay equivocación, porque
la restauración de las letras no se dejó sentir aquí. Ade-
más, en Nueva Granada no ha habido nunca escuelas lite-
rarias; a no ser que así llamemos a cierto vago prosaísmo
que reinaba antes, y a cierta vaga afectación que reina hoy
día; y los llamo vagos, porque se sienten pero no se ve
ehciilo, núcleo o escuela que representen: son vicios sin edi-
tor responsable. Los poetas que hemos tenido, como Var-
gas Tejada, Caro y J. J. Ortiz (perdone usted le trate aquí
en tercera persona), que se han formado, supuesto siempre
el talento natural, por medio del estudio y la imitación
como demostraré si es preciso, no pertenecen a escuela
alguna, porque sus estudios fueron aislados y solitarios; y
así, cada uno de ellos tiene su manera particular. Creo
pues que no se debió decir que<el señor Marroquíu. lejos
de afiliarse en ninguna de las escuelas dominantes,» etc..
porque no había ni una escuela, y por consiguiente no ha-
bía tampoco más de una y mucho menos dominante.
Dos palabras acerca del juicio crítico sobre el señor
Marroquín.
Dice el articulista: «Si hubiera compuesto poemas; si
hubiera escrito mirando más allá de su escritorio las cajas
de la imprenta y el juicio de los críticos. Dios sabe si no
hubiera entrabado malamente su ingenio.» Este principio
que en ciertos casos y hasta cierto funlo encierra verdad, ex-
presado sin limitación, es inexacto y, literariamente ha-
blando, inmoral. El articulista lo contradice más adelante
escribiendo: «Las (obras) del señor Marroquín, escritas en
lo general para una circunstancia pasajera y no destinadas
por él para otra cosa que para ser leídas por algunos de
aus amigos, son casi siempre inferiores a lo que hubieran
podido ser trabajadas con esmero, con un poco de amor a
la gloria con algún objeto que hubiera sido digno y ca-
5"^
paz de posesionarse de su alma.»
El señor Marroquín escribió cosas de mucho mérito,
entre ellas su Oda al Chocolate: pero ésta no me induce a
creer con el articulista, que hubiera cantado a maravilla
los héroes y los infortunios Porqué? Porque no era su
cuerda, y los finales de sonetos que cita el articulista, no
exentos de prosaísmo, lo corroboran: los dos bellísimos
cuartetos del dirigido a la señora Villa, no son elegiacos ni
líricos. Hay inexactitud en decir que en la composición
mencionada como si fuese una olimpíaca de Píndaro o una
oda de Horacio, «se halla la entonación lírica más elevada.»
— 5 —
Esa composición no es propiamente lírica, está en un gé-
nero templado, que se acerca más a la epístola que ala
oda. No por prurito de criticar, sino para que las cosas se
juzguen con imparcialidad y verdad, notaré al articulista
que la primera estrofa que copia adolece de graves de-
fectos. Veamos:
Del vence-lor de Troya esclarecidu
Hizo Homero perpetua la memoria:
De publicat su histeria
El clarín de la Fama está cansado;
Y su nombre ha ilustrado
Ivlás que de Ilion el encendido fue.üfo
La épica lira üqX fa'>noso griego.
Los versos 3", 4° y 5*=*.
y especialmente lo señalado con
distinto tipo, serían prosaicos en demasía para una oda «de
la entonación lírica más elevada»; y son tolerables en una
composición del género de la presente. El primero y el
último epíteto señalados, son ripios; el antepenúltimo no sé
cómo calificarlo, pero es malo; el penúltimo malísimo, ab-
surdo: debió decir musa o trovi-pa y no lira. Hay más: si se
habla del «hijo de Peleo, > la expresión vencedor de Troya
(por de Héctor) es falsa; e impropio el fuego de Ilion; pues
Aquiles murió antes que Troya ardiese, según el mismo
Homero, Odys. xxiv. 36, y Virgilio A En. n, 197,547-9. Kn la
estrofa que en segundo lugar cita el articulista ocurren
también locuciones prosaicas, entre otras dos antepresen-
tes de que ya hemos visto ejemplo en la anterior y un da-
tivo pronominal pleonástico; y no sé si la metáfora con que
termina, expresada en sonoros versos, sea recomendable.
¿Quiere decir esto que la Oda al Chocolate (dudo que este
nombre le diera su autor) sea una composición de poco méri-
to? Nó: lo que quiere decir es que no es lírica, que node-
bemos encomiarla ciegamente, que tiene algunos defectos
a pesar de los cuales es magnífica ¿«s?¿ género y evidente-
mente una de las mejores de nuestro Parnaso; una de las
que más bien parados nos dejaran, si se presentase como
muestra de la literatura americana.
Pero hay un párrafo que da lugar y me llama a consi-
deraciones más generales. Dice el articulista: «Muchos de
sus contemporáneos, ingenios distinguidos por otra parte,
dieron en sus escritos la prueba de que los modelos que
entonces se imitaban entre nosotros eran más a propósito
para pervertir el gusto que para formar buenos poetas.»
Prescindiendo de si es o nó verdadero el hecho histórico
así indicado, me fijo sólo en que a renglón seguido dice lo
de que aún dominaba la escuela de Moratín, «escuela que
sacrificaba la imaginación y el sentimiento a la cordura y
a los preceptos, y que a las veces fincaba todo el punto en
las reminiscencias del clasicismo griego y latino.» Dejando
— 6 -
a un lado, con la tristeza que causa el oír repetir tan in-
consultamente esos lugares comunes, el examen de la parte
crítico-histórica, reparo sólo en la doctrina: Los modelos
más -perfedoSs tales como Moratln, son perjudiciales. Esto
se deduce de la letra misma, y sobre todo del tono revolucio-
nario (literariamente hablando) que se nota en el artículo.
Debo sin embargo hacer al autor de éste la justicia de
creer que ese principio no es originariamente suyo, y que
si lo emite, es por influencias que sin sentirlo recibe. El
articulista se deja arrastrar por las ideas dominantes, y
pone su pluma, sin saberlo, al servicio de un partido que
no es el suyo.
Examinemos.
El estudio de los buenos escritores es el estudio de los
medios de expresar perfecta y hermosamente el pensamien-
to; este estudio es una ampliación del de la lengua patria;
5' éste, en fin, la continuación, el perfeccionamiento del
aprendizaje que hacemos de la misma cuando niños, en
virtud de la imitac'ón. Luego estas dos proposiciones: Las
yeglasy la imitación -periudican al genio; y El habla
petjudica al genio, son evidentemente fórmulas de un mis-
mo principio, y la primera conduce a la segunda. El prin-
cipio general es éste:
La -palabra perjudica al pensamiento, y el método al
desatroUo de las facultades intelectuales.
Esta reflexión bastaría para demostrar lo absurdo del
principio. Sin embargo hay que disipar ciertas preocupa-
ciones. En efecto, solemos fijarnos mucho en los nombres
sin meditar en la esencia de las cosas, 3' de aquí provienen
graves errores. Así como nos suena bien la palabra Hbertad,
que lisonjea nuestras pasiones, la de í'w/Ví/c/Jw nos lastima
el orgullo y el oído. Pues bien: supongamos que un joven
se cría entre fieras; es lo natural que salga educado más
o menos leiczínente: si ese mismo joven crece entre per-
sonas cultas, saldrá educado más o menos cultament( Un .
hombre con grandes disposiciones músicas que no haya oído
sino el concierto de los vientos y las aves, no podrá adelan-
tar gran cosa: si estudia, oye e imita, podrá llegar a ser un
Beethoven o un Rossini. Esa es la imitación que tan degra-
dante y mezquina parece a la generación presente, hom-
bres por linaje, demonios en soberbia; y que, sin embar-
go, es una condición necesaria, a menos que suprimamos
la humana naturaleza.
Un hombre, por extraordinarios talentos que posea,
tiene que hablar lengua que encuentra ya formada, y
la
sujeta a reglas, y solóle es dado contribuir a perfeccionar-
la, nunca a inventar una nueva. Del mismo modo un gran
poeta tiene que estudiar el idioma de los otros poetas que
— 7 —
le han precedido, y sólo por esa f /a podrá aspirar al os
magna sonatorum. Sófocles, Virgilio, el Tasso, Pope, Ra-
cine,Luis de León.... estudiaron e imitaron mucho, e
imitando fueron originales en cuanto cabe, mientras no se
reniegue de la propia naturaleza renegando de los que nos
han precedido. Si pretendemos otigiimlidad individual ab-
soluta^ no hay otro medio de adquirirla sino convertirnos en
ángeles o en bestias: lo primero es difícil.
Se objetará:
/." Ha habido hotnbres que estudian e imitan y son sin
embargo pesiónos escritores. Respondo: quiere decir que esos
tales no tienen talento natural: han estudiado el quomodo
sin el quid previo. Si estudiando hacen a/jg"*? wa/o, no es-
tudiando nada hicieran,
2^ Los geftios han siempre abierto vías nuevas. Respondo:
no es oro todo lo que reluce, ni nuevo todo lo que lo parece.
Las más veces la originalidad literaria no ha sido más que
la fusión de las ideas innatas o propias con las ajenas. Las
que parecen vías nuevas se confunden en muchos puntos
con las antiguas, y sobre todo, no se abrieran nunca si estas
últimas no hubiesen sido antes transitadas. Concedo que
debamos salir de la « escuela erudita )' circunspecta »;
pero es el caso que no puede uno salir de allí donde nunca
ha estado. Luego si queremos reformas, es preciso estu-
diar bien lo que ha de ser reformado, o mejor dicho, no ha-
blemos de reformas en tanto que no podamos demostrar
que son necesarias. Lo demás es ensillar mientras traen
las bestias. Sucede además que la reforma tiene muchos
factores comunes nada menos que la esencia de la cosa con
lo que se reforma; el nombre mismo lo indica (1),
Pero veamos algunos ejemplos de los más notables, de
genios poéticos novadores, a fin de saber si su originalidad
les vino del cielo, o si fue hija del instinto o de la reflexión
previo prolijo estudio de la cuestión. Está en moda hablar del
Dante: no discutiré sobre su mérito; sólo preguntaré a sus
admiradores: ¿A quién el Dante reconoce por maestro?
¿quién le dio la idea de su infierno? ¿quién le acompañó en
el difícil viaje, enseñándole, confortándole, y habiéndole
sacado de la selva donde andaba perdido en medio del cami-
no déla vida? Habrán de responder a una: Virgilio, Pase-
mos de Italia a Francia: ahí está Víctor Hugo haciendo
dramas originales. Pues entiéndase que Víctor Hugoestudió
(1) Ritter, Historia de la Filosofía, hablando de ios que en filo-
sofía sostienen el principio de destrucción paralelo al que combato en
literatura, «Si quieren, > dice muy bien, «que el mundo los entienda,
deben al menos conocer la leng^ua tal como con el transcurso de los si-
glos se ha formado; empero, una lengua no puede aprenderse sino ad-
quiriendo las ideas y pensamientos que está destinada a expresar.
—8—
bastante antes de escribir: él mismo nos cuenta en una de
sus poesías que por mucho tiempo hubo de lidiar con el Gra-
dus\ entiéndase que es clásico en la economía de las partes, en
las figuras, en la versificación, etc. En una palabra, el arte
de Hugo es el mismo de Esquilo, Sófocles y Eurípides, el
mismo de Racine y Corneille, con la única diferencia de que
pinta en el lienzo de la civilización moderna. El arte es el
mismo: sus producciones son distintas de aquéllas, no diver-
sas. Víctor Hugo respeta las reglas, desde la poética de Aris-
tóteles (1) hasta la Gramática Francesa. Si alguna vez las
infringe, atiéndase bien a esto, es porque las conoce:
Hijo es del arte su desorden bello (2).
Pasemos a Inglaterra, y hallaremos a Lord Byron con
su original fuego que tizna. Pues entiéndase que Byron es-
tudiaba, amaba, imitaba y traducía a los clásicos griegos,
latinos e italianos. Así fue, y no en la ignorancia, como
educó su genio. En sus Hours oj idleness se hallan traduc-
ciones en verso de Esquilo, Virgilio, Catulo, etc; y aun de
anacr eónticas del propio Anacreonte «escritas, ¡mal pecado,
cabalmente a la luz de la aurora del siglo xix!* En los Mis-
cellaneoiis -poems hay otras traslaciones, y hasta unos dísti-
cos latinos: Carmina Bytonis in C. Elgin. ^y ron pues cono-
ció muy bien las reglas, e imitó para ser original. Suplico a
sus admiradores no olviden el siguiente testimonio suyo en
favor de los estudios clásicos: hablando de Pope, el poeta
clásico por excelencia, el que en Inglaterra ha imitado, ve-
nerado y estudiado más a los antiguos, dijo no una vez sola:
«siempre le he considerado como el hombre más eminente
de nuestro Parnaso. Contad con eso; los demás son bár-
baros.» Y
añadía: «Llamad si os place pirámides a Shakes-
peare, a Milton: por mi parte prefiero el templo de Teseo o
el de Partenón a montes de baldosas calcinadas» (3). ¡Mag-
nífico homenaje rendido por uno de los genios más extraor-
dinarios de la moderna Europa a la excelencia de la antigüe-
dad clásica, ala necesidad de la imitación y de las reglas,
en suma, al principio del orden aplicado a la literatura !
(1) Aristóteles no prescribe la unidad del lugar; y cuando ha-
bla sobre la de tiempo no es en el sentido que se le ha solido atri-
buir.
Í2) Boileau, Arte Poética, traducción de Arriaza, canto ii.
(3) As to Pope, I have always re^arded him as the greatest
man in our poetry. Depend upen it, therest are barbarians. You . . .
may cali Shakspeare and Milton pyramids, but I prefer the temple
cf Theseus or the Parthenon toamountain of burnt brickwork. De
los que ha dicho Cantú que, cno llevando más regla que el capricho,
sólo aciertan a hacer caricaturas, > Byron decía: The grand dis-
tinction of the underforms of the new school of poets, is their vul-
garity.
— 9 —
¿Habrán pensado los aspirantes detractores de la sabida
antigüedad en que, como dice el refrán, «la cabra tira al
monte? > En efecto, no es buena señal de talento poético
odiar a los corifeos; como no lo es de predestinación el empe^
zar por negar homenaje ales santos. Por eso con mucha
razón dice Boileau:
Ama sus versos, ámalos sincero.
Que es sacar fruto ya, saber gustarlos (1).
Si el pintor no excusa consultar las obras maestras, o
el músico oír composiciones acreditadas, ¿ cómo hay pseudo
poetas que no quieren leer a los antiguos, que hablan siem-
pre mal de ellos, y lo que es peor, siempí e están separando a
los demás de seguir los caminos conocidos? ¿Será por pereza
de estudiar? ¿Será por prurito de demolición? No lo sé.
Hay más. Que en naciones donde se abusa, se combata
el abuso, enhorabuena. Así en Italia, donde el amor filial
hacia los antiguos romanos, el carácter nacional, el clima
si se quiere y otros motivos han solido dar a la adoración
de la belleza y a la imitación de las formas perfectas, pro-
porciones indebidas, bueno es que se combata el abuso, que
se pode el árbol adornado de viciosa pompa. Empero, en te-
rrenos como el nuestro conviene ante todo abonarlos, im-
portar semillas, cuidar la planta en cuanto nazca, regarla
oportunamente; que aclimatándose echará raíces y dilatará
sus ramas y vendrán sobre ella las aves del cielo y se obten-
drán variedades de frutos y de flores. ¡Oh, cuánto tiempo
falta para que sea ocasión de escamondar el árbol de nues-
tra literatura
Ni se crean tan aisladas estas cuestiones literarias: son
de más importancia de lo que se piensa. Según son varias
las manifestaciones de la civilización en la sociedad y el
individuo, varias son también las del principio destructor
que la combate. Ese principio único presenta distintas fa-
ces, así:
En religión i Abafo el culto !
:
En costumbres / Abajo la moral!
:
En política: ¡ Abajo los gobiet tíos!
En filosofía: ¡Abajo el método!
En literatura ¡Abajo las reglas!
:
Se ataca el edificio por todos sus flancos; y por eso
quien defiende o ataca uno de ellos acude a la defensa o a
la destrucción del edificio entero.
Si al combatir las ideas de un escritor anónimo he
combatido las de un amigo mío, su persona queda ¡lesa,
(1) Poética. Trad. cit. Cant. m.
— 10 —
entera mi amistad y la estimación de sus talentos. Le
hago la justicia de creer que él juzgará lo mismo,
tenga o nó a bien, contestarme. No tengo inconveniente
en ent?ar en una discusión franca sobre el particular, siem-
pre que pareciesen débiles las observaciones que dejo apun-
tadas. Comoquiera, entre gentes civilizadas no se excluyen
la amistad personal, por una parte, y por otra la diversidad
de opiniones, cuando procediendo cada cual con honradez,
acarrea, bien como hormiga labori:sa, las ideas que juzga
puedan servir a la causa de la civilización, y dando a Dios lo
que es de Dios, no niega al César lo que al César pertenece.
Bogotá, octubre 21 de 1865.
(De La Caridad, de 27 de octubre de 1865).
AVIARIA GATULLIANA
Birds, birds! ye are beautiful things.
Eliza Cook
—¿Ha leído usted los Funerales deunfajarito en La Ca-
ndad de ayer?
— Y con verdadero placer, amigo mío; porque en mate-
ria de versos me
gusta en extremo aquella facilidad aificul-
losa de que hablaba el menor de los Argensolas, la cual no
se adquiere afectando sencillez, sino con la costumbre de
vencer dificultades. Cuando un escritor, después de largos
años de práctica y estudio, toma la pluma para componer
un juguete, puede decírsele con Ovidio: Sfonte diserius
eris (1). Por lo que hace al asunto, fuera curioso recogerte"
das las lágrimas derramadas por los poetas, almas generosas
y sensibles, en la muerte de algún animal querido. Desde
luego habría que copiar aquel magnífico pasaje de la Odi-
sea en qae nos cuenta Homero cómo el viejo perro de Ulises
fue el primero en reconocerle después de tan larga ausencia;
cómo meneando la cola 3^ las orejas trató de ir a agasajarle,
muriendo de gozo allí mismo; y cómo el prudente viajero
no pudo contener algunas lágrimas que «secó furtivamen-
te. > Estacio lloró la muerte de un papagayo; Millevoye, la
de una paloma; Cienfuegos, y después dt él Lamartine, la
del ciervo acosado por los lebreles y el cazador; Quintana,
la de la tórtola herida por el «plomo mortífero»; Silvio Pe-
llico (este es el non plus ultra), el fallecimiento natural de
una araña
— Vaya, que usted tiene memoria; sin embargo de lo
cual su lista es muy incompleta. No ha mentado usted
ni un poeta inglés; y^ éstos son cabalmente los que en punto
a efectos delicados, más ejemplos y materia suministran.
Son un rasgo de la naturaleza de aquella raza estos versos
de Cowper que traduzco literalmente «No cuento en el
número de mis amigos aunque dotado de cultas maneras
|
y delicado gusto si bien falto de sensibilidad, al hombre
|
que por mero gusto pisa un gusano. Puede un paso inad-
|
vertido aplastar el caracol que al morir el día se arras-
I |
tra en el camino público; mas quien sea verdaderamente
|
.humano, como repare en ello echará por un lado y deja-
|
(1) Elocuente serás improvisando.
- 12 —
rá vivo el animalito.» Así, por ejemplo, no habría que olvi-
dar aquella elegía de Coleridge dirigida a un pollino, y que
empieza:
¡Poor little foal of an oppressed race! (1)
Y
si no sólo se hubieran de recoger trozos de elegiacos
sino cuanto los poetas han hablado del reino animal, Iqué
canto tan vasto, desde el Leviathan de Job hasta el ratonci-
11o de Burns!
¡Breve, resbaladizo y azorado|i
Las aves no más, ¿qué de imágenes, ora alegres y bri-
llantes,ora dulces y melancólicas, no han sugerido a los
hijos de Apolo? Virgilio, como usted recordará muy
bien, determina el principio de la primavera con las cir-
cunstancias de «pintarse los prados de nuevos matices y
tornar a suspender su nido en los techos la gárrula golon-
drina» la golondrina de la cual en otro lugar observa que
;
«traviesa revolotea sobre la faz de los lagos.» El mismo nos
cuenta que las sombras del Averno acudían al canto de Or-
feo (y lo diré en versos castellanos que usted perdone),
Como al c:ier la tarde, O espantadas
Del temporal, las aves con presura
En el bosque se acog'en a bandadas.
El Dante, quizá recordando esto, dice que la sombra
de Francisca de Rímini y la del que junto estaba, volaron
hacia él al oír su gemido.
Como llamaclas de amoroso acento
Van las palomas hacia el caro nido
Con raudo aletear rasgando el viento.
El mismo Virgilio nos pinta a Hécuba y sus hijas api-
ñándose en torno de un altar del real palacio, en la noche
postrera de Troya,
Bien cual palomas que hacia el nido ahuyenta
El repentino son de la tormenta.
Todo el mundo conoce el episodio bellísimo del libro iv
de las Geórgicas en que después de referirnos el poeta el
triunto y posterior imprudencia de Orfeo, y siguiendo las
huellas de Homero (2), salvo que en vez del águila o buitre
que grita en áspera sierra, elige al armonioso ruiseñor, nos
dice que el célebre músico lloraba la pérdida de su Eurídice^
(1) ¡Hijo infelice de oprimida raEa!
(2) Odys. XVI, 215 sqs.
- 13 —
Cual de olmo anciano sobre rama umbría
Filomena la pérdida deplora
De sus poUuelos que con mano impía
Del nido el labrador robó, en malhora
Implumes observándolos; mas ella
Toda la noche se lamenta y llora
Sin desviarse de la rama aquella,
Y hasta el confín postrero el eco triste
Su voz va repitiendo y su querella.
—A las lágrimas y a las imágenes pudiera agregarse
una sección de deseos, porque ¿quién no ha sonado volan-
do? ¿ quién no ha exclamado con Beranger?
Je volerais vite, vite, vite,
Si j'étais petit oiseau (1).
Pero, pues usted prefiere lo descriptivo, le llamo la aten-
ción a la parte pintoresca de los Funerales de un pajarito.
Martínez de la Rosa nos ha dicho en su Poética:
Imitad al pintor: si de Ariadna
El triste caso retratar intenta.
De cerca, a la luz clara, el bello rostro
Muestra el grave dolor que le atormenta.
Un grupo de amorcillos más distante
La fugfa llora del infiel amante,
Y entre las sombras del confín perdido
Divisas el bajel del fementido.
Pudiera establecerse cierto paralelismo gracioso entre
y el cuadro de los Funerales. Lola derrama lágrimas
liste
que no son fingidas: un mastinillo de orejas gachas la acom-
paña en su dolor; mientras allá a lo lejos
¡El carro se divisa del difunto !
— Cate usted, amigo, que olvidáramos lo mejor si el
caso de Ariadna no me despertase el recuerdo de aquel
gran poeta en cuyo honor encendía Navajero todos lósanos
una hoguera de ejemplares de Marcial. Repararemos la fal-
ta como el que, enumerando los navegantes más célebres,
pusiese por vía de -postdata a Cristóbal Colón. Nadie podrá
disputar a Catulo la gloria de haber sido el primero que
en dulces versos haya llorado la muerte de un pajarito; ver-
sos que todo el mundo sabe de memoria y que han sido ce-
lebrados desde Juvenal hasta Delille, quien les dedica los
últimos del canto vn de su poema sobre Los tres reinos de la
naturaleza.
—Si en su colección de traducciones tiene usted la del
gorrión de Lesbia, me alegraría de verla.
(1) Travieso yo volara por doquiera
Si pajarito fuera.
— 14 —
—Óigala usted, pero advierta de antemano que no pue-
de compararse con el original, lo que digo no por modestia :
¡Llorad, Gracias! Amores Y ¡ay !agora camina
Llorad el duro caso! Por los umbrosos campos
Mancebos elegantes De do tcrnar al mun<lo
¡Todos venid, lloradlo I Es a todos vedado
Muriósele a mi Lesbia Tinieblas maldecidas
Su gorroncillo caro Del Aqueronte avaro
La niña de sus ojos Que os lleváis cuanto tienen
Y todo su cuidado. De bello los humanos;
Era alegre, halagüeño; ¡Qué bello gorroncillo
La conocía tanto Me habéis arrebatado!
Como conoceniño
el ¡Ay víctima infelice !
El maternal reclamo. ¡Ay enemigos hados !
Jugaba en torno de ella, Tal pérdida mi Lesbia.
Posaba en su regazo, Lamenta sin descanso.
Con su piar continuo Y sus dulces ojuelos
Su cariño mostrando. Hincha el asiduo llanto.
-Me gusta la transición: T
¡ay! agora camina; pero
siento que usted haya convertido en camfos aquel camino.
aquel Uer íenehrt costón, que es la pincelada maestra de la
composición. La traducción por lo demás no puede ser más
literal.
— Dos contrastes me han llamado siempre la atención en
esa odita elegiaca: primero, el que resulta de la naturaleza
del asunto y el tono serio con que está tratado, sin que por
otra parte se excluya el sentimiento; segundo, el de las imá-
genes alegres primero expresadas y las lúgubres y melan-
cólicas con que se acabala el cuadro.
— Y yo rae atrevo a agregar que en esos contrastes se
percibe cierto sentimiento religioso que agrada. Es eviden-
te que en las falsas religiones se han conservado siempre,
aunque incoherentes y confusas, ciertas ideas procedentes
de la luz primitiva: entre ellas, la inmortalidad del alma y
la existencia de una vida futura. Y aunque estas ideas es-
tén aplicadas en el caso presente a los manes imaginarios
de un pajarito, no por eso dejan de representar poéticamen-
te una verdad religiosa. Ese pajarito caminando por la v^a
tenebrosa de la eternidad debe recordarnos que en resumi-
das cuentas no es mucho lo que en longevidad le aventaja-
mos, y que debemos estar listos a toda hora para aquel via-
je postrero, porque puede la muerte sorprendernos como
a él en la flor de los días.
— Ideas semejantes a la de Catulo se hallan en la elegía
de Ovidio A la muerte de un -papagayo (de que tampoco nos
habíamos acordado), si bien prevaleciendo como en todas
lasobras de aquel autor, la imaginación sobre el sentimiento.
Yo tengo una traducción en la que procedí coa menos fide-
lidad que en la de Catulo, exprimiendo con sobriedad algu-
nas ideas a fin de evitar repeticiones. Dice así:
— 15
¡Murió mi papagayo ! Y, nuncio de aguacero,
Llorad, aves del cielo, Vive el grajo; el milano,
Al hijo docto y gayo Que amenazante y fiero
Del remoto indo suelo. Gira en el éter vano;
Con voces plañideras El buitre, que de presa
Dadle, abatida el ala, En pos hambriento vaga;
Vuelta en luto la gala, Y la corneja aciaga
Las honras postrimeras. ¡Siglos morir ve ilesai
Grande fue, mas añeja Que es ley indeficiente
La causa es de tu llanto, En toda la natura
¡O Filomela! deja Que acabe lo excelente
De recordarla tanto. Mientras lo inútil dura.
Tus gemidos convierte Burlón Tersites mira
Que escucha el bosque umbrío, Muerta a Pentesilea;
Del papagayo mío Y Paris gallardea
A lamentar la muerte. Mientras Héctor expira.
Aves, cuantas la esfera Lleváronse los vientos
Cruzáis, llorad ahora; Los votos de mi amada;
Pero tú la primera. Sus votos, sus lamentos.
Tórtola, amante llora: De muerte al ver postrada
En el dulce recreo Al ave peregrina
Vivió siempre contigo. Que con voz lastimera
No fue mejor amigo Habló por vez postrera
Oreste ni Teseo. Diciendo: ¡adiós, Cokina!
Mas ¿ qué contra la muerte En el Elíseo existe
Pudo, mísero, aquella, Opaco un bosque: el suelo •
Fidelidad valerte? De yerba y flores viste
¿Qué el amor de mi bella? Inmortal arroyuelo.
Es inflexible al hado: Ni a pájaros da entrada
¡Llega el cruel momento, O inmundos o inclementes,
Y caes, ornamento Que es de los inocentes
Del ejército alado ! Pacífica morada.
¡Tú el zafrán con tu pico Allí en concordia suma,
Y el múrice afrentaras; Fénices vividores
Con tu plumaje rico Cisnes de blanca pluma:
Las esmeraldas raras. El pavón sus colores
Con tu lengua el sonido Despliega campeando,
Que hubieses escuchado. Y la paloma tierna
Lo dabas imitado Sus ósculos alterna
Engañando el oído. Con el arrullo blando.
Apenas si un momento Entre ellos recibido
Al cultivo negabas El papagayo ahora.
Del habla, y al sustento Empieza agradecido
Apenas si lo dabas. A hablar de su señora;
Pues te satisfacías Y el vulgo circunstante,
Con una nuez que fuera, Atónito y atento.
Y con adormidera Oye su claro acento
Al punto te dormías Al nuestro semejante.
¡Ay! te robó la vida Honra Corina en tanto
Tiro de Envidia artero. Sus despojos mortales,
Pues de la paz garrida Y en el mármol con llanto
Fuiste amador parlero. Inscribe líneas tales:
¡Y éstos así perecen. ¡Llorad, aves del cielo,
Mientras las pendencieras A mi fiel papagayo
Codornices en fíeras Al hijo docto y gayo
Batallas envejecen! Del remoto indo suelo.'
16
—Recuerdo ahora un epitafio de un gorrioncillo que
dice todo lo contrario:
L'oiseau sous ees fleurs enterré
N'étonnait point par son plumage,
N'enchantait point par son ramage:
Mais il aimait.... il fut pleuré.
Es decir, que no fue ingfrato como aquel que, si hemos
de creer a Lope, se le escapó a Lucinda de la jaula a tiem-
po que ella iba a darle de comer abriendo la portezuela.
El cual sin embargo, de contarse tiene en el número de los
arrepentidos, pues como oyese los ruegos de su señora,
A la antigua prisión volvió las alas;
¡Que tanto puede una mujer que llora !
Mas si de éste consta que volviese las alas, no así de aque-
lla tórtola a quien el dulce poeta habanero Milanés decía:
¡Tórtola mía! sin estar presa.
Hecha a mi cama y hecha a mi mesa,
A un beso ahora y a otro después,
¿Porqué te has ido ? ¿qué fuga es esa,
Cimarronzuela de rojos pies ?
—
Harto crueles somos con ellos; no los culpe usted de
ingratos, si con razón nos temen. Recuerde usted aquella
—
bellísima cantilena de Villegas y no era pájaro el pintor,
que dice:
Yo vi sobre un tomillo Ya cansado callaba
Quejarse un pajarillo Y al nuevo sentimiento
Viendo su nido amado Ya sonoro volvía:
De quien era caudillo Ya circular volaba,
De un labrador robado. Ya rastrero corría.
Vilo tan congojado Ya pues de rama en rama
Por tal atrevimiento Al rústico seguía,
Dar mil quejas al viento, Y saltando en la grama
Para que al cielo santo Parece que decía:
Lleve su tierno canto
Lleve su triste acento. «Dame, rústico fiero,
Ya con triste armonía Mi dulce compañía» :
Empezando el intento ¿ Y que le respondía
Mil quejas repetía; El rústico ? «no quiero.»
—
Ya que usted protesta contra tamaña tiranía, empie-
ce usted por casa, soltando el gorrión de Lesbia y^ la coto-
rra de Corina, que tiene ahí prisioneros entre sus papeles.
Acompáñeles usted con los pajarillos a que hemos pasado
revista, y si nacionales quiere, con el Loriio de Laura de
Madrid, el /«r;>ía/ de Isaacs, el sabanero cuya muerte llora
Angelo en un número de La Restauración de Medellín, del
presente año, y cuantos más le plazca. Pero solos o acom-
pañados, envíelos usted luego, hoy mismo, al redactor de
La Caridad^ para que solemnicen los Funerales de un faja-
rito.
— 17 —
'
— ¿Y qué nombre pondremos memorial? al
— El nombre es de menos. Ponga usted Aviaria Ca-
lo
¿ulüana, que es como SI dijera bosquecillos de poéticas aves
defendientes de Catulo, -parentela del gorrioncUlo de Lesbia,
o cosa semejante. Y aun me atrevo a ampliar el consejo.
Dedique usted las aves a los lectores curiosos; y si tuvieren
favorable acogida, prepare usted un rebusco de flores, es
decir, de pasajes selectos sobre las mismas, sacados de poe-
tas antiguos y modernos: rebusco que dedicará usted a las
lectoras benévolas intitulándole: Hortensia Virgiliana.
Significando Hortensia lo que crece y florece en los jardines,
queda bien el epíteto vlrgiUano: 1*?, porque Virgilio fue
muy amante y observador de las flores, con las cuales ma-
tizó, por decirlo así. las primeras producciones de su inge-
nio; 2^, porque así hará juego este título con el de Aviaria
Catulliana; y últimamente, porque ese adjetivo por exten-
sión ha venido a aplicarse a las cosas bellas y delicadas. ¿Y
cuál lo es más que las flores?
—
La mujer, amigo mío, cuando está redomada de ino-
cencia y de piedad, que son su matiz y su fragancia.
Bogotá, octubre 29 de 1865.
(De La Caridad, de 3 de noviembre de 186S).
Estudios literarios— M. A. Caro—
AFRANGESAMIENTO EN LITERATURA
Son idiomas muy diferentes uno de otro el francés y el
castellano.
Aquél, que en su origen tomó mucho del bajo alemán,
generalizóse rápidamente, y acomodándose a las necesida-
des sucesivas de la cultura intelectual, no fue tardío en de-
terminarse, manejado por hábiles y fecundos escritores.
Admirable por su precisión, es rico en el dialecto científico,
y sirve a maravilla para el raciocinio y la exactitud lógica.
A esto contribuye especialmente la invariabilidad en la
construcción gramatical, que regulariza las ideas y de ellas
a su vez emana. Siendo tan lógico, no es nada poético. Mo-
nótono en sonidos, modulación e inflexiones, inalterable en
la coordinación de las partes del discurso, falto por consi-
guiente de ritmo, lo más a que puede aspirar en verso es a
vencer dificultades, y a hacerse perdonar lo que niega al
oído, hablando directamente al corazón, y evitando en lo
posible el desagradable tropiezo de sílabas ásperas y de re-
petidas cadencias; en las cuales tal vez lo rebuscadas deslu-
ce lo imitativas. Engalánase, en los géneros más nobles de
la poesía, con consonancias pareadas, y así como en prosa
no admite elegantes transposiciones, en el metro evita aque-
llas cesuras que, dentro de los límites de la prosodia, sa-
ben distribuir en lenguas más flexibles el buen gusto y la
necesidad de dar a un pensamiento lugar y realce oportu-
nos. Ni arguye en contra de lo dicho, el que se preste tal
vez a expresar sentimientos apacibles y tiernos: ya porque
su nomenclatura, digámoslo así, de las delicadas fibras del
corazón proviene del refinamiento de la civilización, refina-
miento tan opuesto a ficciones inocentes, a la riqueza de
imaginación y a la majestad del lenguaje; ya porque el so-
llozo mal formado, puede expresar más que una pala-
bra, por razón de su origen y no de su naturaleza; que es lo
que tiene a las veces de superior la poesía popular sobre la
docta. En suma, el francés, más que de suyo, ha llegado a
ser lengua poética por el doble e ímprobo trabajo de ven-
cer y ocultar tamañas dificultades, a que se han consagra-
do eminentes escritores.
La lengua castellana, hermana legítima de la italiana,
no es otra cosa que el progresivo desarrollo del antiguo ro-
mance, o mejor dicho, de alguna de las variedades del latín
vulgar, bajo la influencia de los tiempos y de las invasiones
extranjeras. Modificada por los godos septentrionales, mu-
cho menos de lo que se piensa, alterada, no en los gérme
— 19 —
nes. por decirlo así. mas en las formas prosódicas, por la
dominación de los árabes, conservó siempre la índole lati-
na. Filólogos escrupulosos hay que, con miras poco eleva-
das y fundándose en etimologías y otros testimonios aisla-
dos, ponderan el influjo que pudo ejercer, ya la indígena
lengua española, ya la de los bárbaros invasores, sobre la
que actualmente hablamos; o bien quieren que sea dialecto
del árabe. Mas es lo cierto que si buscamos los siglos de oro
de nuestra literatura, la vemos crecer y florecer asombro-
samente después del renacimiento de las letras en Italia.
Ella nos dio el endecasílabo, entre cuyas combinaciones se
cuenta, y es la originaria, la sáfica latina; y ni la rima aso-
nante, rasgo característico de nuestra poesía popular, y
tomada del árabe, ni las coplas de arte menor que en Cas-
tillejo y los suyos tuvieron entonces animosos defensores,
fueron bastantes a impedir la introducción de aquel metro,
nuevo a primera vista, pero tan del genio de la lengua, que
luego a luego se adoptó aplicándose a diferentes géneros, y
con el tiempo llegó a un perfeccionamiento no visto en
otras naciones, de tal forma que, vigorizado con pausas y
simétrica fluidez, que con mayor esmero le dieron los res-
tauradores de la poesía castellana en el siglo xviii, remedó
felizmente la pompa y majestad del exámetro latino, des-
deñando la postiza gala de la rima. Esta prosodia tan mar-
cada ¿no es una prueba de su semejanza con el latín, y de
que al través de los tiempos, ha conservado aún el acento
prosódico, que es uno de los accidentes al par que determi-
nativos, más delicados de un idioma? Por lo que hace a la
construcción, nadie nos tildará de dificultad en los movi-
mientos, y de falta de libertad. El período de Cervantes con
sus espontáneos enlaces, sus pausas armoniosamente distri"
buidas, sus elegantes inversiones, ¿no nos recuerda el nu-
meroso 3^ bien sentado período ciceroniano? Si esto en la
prosa ¡qué riqueza de lenguaje, qué variedad de cadencias,
qué brillantez de imaginación en el verso! No es menester
un examen anatómico de los pormenores, basta una rápida
ojeada sobre las páginas de nuestros buenos escritores,
para conocer la procedencia y el genio del habla nuestra
castellana.
De lo dicho puede deducirse qué daños es capaz de acá-
rrearnos la continua y mal atinada imitación que hacen de
la lengua francesa los que, como dice el Padre Isla, «por
aprenderla han olvidado la propia, llegando la extravagan-
cia a mirar con asco el idioma castellano, si en su pronun-
ciación no fingen el dialecto y no remedan los barbarismos
franceses.» Mas para hablar con toda propiedad, habiendo
diferencia entre el lenguaje científico, el poético y el tesoro
común de la lengua, no debemos cerrar las puertas del pri-
mero, ni impedir su enriquecimiento, siempre que amolde-
— 20 —
oíoslas palabras que necesitemos introducir, a las reg-las
generales de derivación y eufonía; mas circunscribiéndolas
a su uso y manteniendo en su genial pureza el dialecto de
la poesía. ¿Adopta el francés un vocablo de formación grie-
ga para expresar una nueva idea? No debemos por eso re-
chazarlo: sería esto tanto como privarnos, por excesiva es-
crupulosidad, de una fuente común. En suma, ya lo dijo
Horacio:
Cual periódicamente el vario otoño
De la selva primero la hoja arranca
Que primero brotó, del mismo modo
Envejecen y mueren las palabras.
(Ad. Pis. Traducción de Burgos).
Y el mismo preceptista, que estableciera versos antes,
«1 modo como éstas deben derivarse,
Graeco fonte cadant, pare detorta.
con tan Oportuna comparación manifiesta que las lenguas
deben parecerse a los árboles, cuyo follaje se renueva, sin
que éste, sin embargo, ni los periódicos frutos que adorna,
degeneren.
No ha sido tanto en la admisión de vocablos forasteros
«n lo que ha consistido el abuso, cuanto en nuevas acepcio-
nes dadas a un mismo signo, en diferentes regímenes apli-
cados a los verbos, enfadosas repeticiones, circunloquios
excusados que quitan el puesto al hablar castizo, y por últi-
mo en muchos otros vicios de construcción ocasionados por
la generalización del francés por otra parte ventajosa, e
introducidos directamente por mediocres traductores, que
a pesar de las recriminaciones de los prudentes, nunca es-
casean. Ellos comunican sus desaciertos a los lectores, há-
cenlos trascendentales en el pueblo, el cual siendo quien
forma y transforma las lenguas, llega al fin a autorizarlos.
Esta corrupción, si no se logra detenerla, llegará aponer
entre los escritos de los clásicos españoles y el idioma nues-
tro la barrera que separa los muertos de los vivos. Además,
como una disolución tal no sigue iguales caminos, mucho
menos en pueblos que entre sí no tienen frecuentes ni
amistosas relaciones, cada uno de los Estados hispanoame-
ricanos formaría su dialecto (no hay que olvidar cuan in-
sensiblemente se transforman las lenguas), cada uno se
desviaría hasta necesitar diccionario y gramática exclusiva;
y vendría el castellano a ser un nuevo tronco, como lo fue
el latín, de ramos menos ñexibles y lujosos aún. diversos
unos de otros. Triste, pero posible resultado, que nos pri-
varía de este lazo de fraternidad otorgado por la Providen-
cia a los pueblos americano.s, la lengua de Castilla, que no
queremos aprovechar, ni legar pura a otras generaciones.
— 21 —
No se creanpues tan superficiales estas cuestiones.
Una de causas tal vez la más influente, del mal que se-
las
ñalo, es nuestro odio insensato hacia la madre España,
prolongado ya indefinidamente. Con ella hemos cortado
toda clase de relaciones, no leemos sus escritores clásicos,
no respetamos la autoridad de su Academia, ni aun su orto-
grafía seguimos. .. qué digo seguimos? no la conocemos.
.
La ortografía, siendo punto, digámoslo así, de disciplina
literaria, conviene y aun es menester que sea constante.
Aunque ella se refiere a accidentes, cuando se viola no deja
de lastimarse la sustancia. Tal vez indiscretamente, por
suavizar una dicción, o por simplificar los signos, introdu-
cimos la anarquía, y cada uno creerá tener derecho para
hacer la reforma a su talante; y rompemos además un es-
labón en la cadena de las etimologías, dando trabajo a los
que quieran reanudarla. Lectores no me faltarán que co-
nozcan la memoria leída en 1843 por el licenciado D. F.
Sarmiento a la Facultad de Humanidades de Santiago de
Chile; y el desbaratamiento de la lengua, si se me permite
la expresión, autorizado por la. O? ío£-ra/fa Americana.
Cuanto nos llegue por casualidad de la Península sin-
el timbre francés, no hay que examinarlo, desde luego lo
condenamos y proscribimos. Españoles americanos somos,
pero estamos empeñados en borrar el primer título de
nuestra nacionalidad, y como el segundo en realidad de
verdad no puede cuadrarnos solo, nos vemos obligados a
arrojarnos, so capa de originalidad, en brazos del primer
advenedizo. Francia nos inunda de novelas, y esto es lo que
casi exclusivamente leemos e imitamos para ser originales.
La lengua de esa nación, siendo la más universalmente de-
rramada y conocida en el orbe, es a un mismo tiempo la
lengua de la religión y de la impiedad, del pudor y de la
desnudez; imitamos las formas y las ideas, la letra el es°
5'^
piritu; y quien sabe si en esta continua imitación no guian
siempre nuestra pluma el amor a la patria y a la pureza de
las costumbres, el respeto a nuestras tradiciones, en suma,
el deseo de progreso, de civilización, la cual no es otra cosa
que el cristianismo aplicado a las sociedades, o para decirlo
todo en una palabra, ¡la Caridad!
En efecto, nuestra literatura se reduce a obras por lo
común frivolas, extranjeras en las formas, y triste, pero
-
lógico resultado, —extranjeras en el fondo. Nuestra prosa
ha degenerado mucho; aun aplicada a asuntos de pura ima-
ginación, no da muestras de la lozanía, brillantez y donaire
con que escritores de otras épocas supiei'on caracterizarla.
¿Y cómo no había de ser así? Hojas periódicas están salien-
do de nuestras prensas desde nuestra emancipación políti-
ca, hojas que escribimos a toda priesa y como a destajo,
sin meditar, sin corregir. ... sin pensar siquiera muchas
- 22 -
veces, permítaseme decirlo. Ni debemos con tan alto y en-
fático acento hablar de movimiento literario. ¡Funesto mo-
vimiento que redunda en daño de la verdadera literatura,
y en fomento de la audaz ignorancia, dando al traste con la
lengua! Además de que entre nosotros, enemigos siempre
de la paz y la concordia, suelen ser los periódicos las armas
que sustituímos al fusil o la espada fratricida, cuando sin
acallar la cólera en el corazón, acallamos a intervalos el sil"
bido de las balas. Y
suele acontecer que si un hombre hon-
rado y generoso, con miras elevadas y sólidas razones levan-
ta la voz para invocar unión y dignidad, para dar instruc-
ción al pueblo y buenos consejos a la patria, no faltan escri-
tores que, poseídos de vilísima pasión, le dirijan procaz-
mente los más inmundos denuestos que, o inventan o prohi-
jan para su propia deshonra y en agravio al honor nacional.
¡Desgraciado el país cuyos hijos llaman enemigo al que so-
bresaliendo en virtud quisiera dar gloria y felicidad a los
que él da título de hermanos! ¡Desgraciado y muy desgra-
ciado el país cuyos hijos han sido imitadores en todo, y
sólo en el campo de la injuria han alcanzado la palma de la
originalidad !
Algo me he desviado de mi propósito: tan íntimamente
ligadas están las formas literarias con la naturaleza de las
cosas. Vuelvo a tomar el hilo interrumpido, y me contraeré
a la poesía, para hacer algunas observaciones, sin profundi-
zar en la materia.
El filosofismo, o sea la manía de hacer enfáticamente
trascendentales las más
frivolas cuestiones, será todo lo que
se quiera, menos poético, y sin embargo ¡cuan socorrido no
se ve por nuestros escritores de verso! Y
digo filosofismo,
no filosofía, porque no es propiamente el espíritu razonador
del siglo, sino un reflejo, si se me permite decirlo, insensa-
to, de formas y manifestaciones que las necesidades so-
las
ciales o la moda le han hecho tomar en el Viejo Continente.
De suerte que en nuestras narraciones poéticas, en nues-
tras poesías épicas en la idea, siquiera sean líricas por la
falta de extensión y del progresivo desarrollo de un plan
preconcebido, se nota más bien el tono oratorio que el ver-
dadero lenguaje de una no extraviada fantasía. En cuanto
a las que merecen más el nombre de líricas, atento a los
fugaces asuntos sobre que versan, se reducen general-
mente a consecuencias de una tesis, ligadas por lo dichot
más bien que lógica, ostensiblemente. No hay tal vez en la
actualidad composición métrica alguna en que no salten a
la vista las expresiones I^of eso, Es que, la mal atinada repe-
tición de la conjunción 2' con otros términos que forman
una trabazón nada lujosa y elegante, y que recuerdan el
Sed y el Ergo de la escuela; términos de transición tanto
menos frecuentes cuanto más vivas son las impresiones de
la fantasíay del corazón. Sin esos auxiliares del rig-orismo
lógico, cantaba David sus celestiales inspiraciones; sin ellos
escribieron sus odas los líricos profanos. En auxilio de esa
manía, cunde otra, tomada también de los franceses y que
le es aparentemente contradictoria, cual es el sentimenta-
lismo, aquella afectación de sensibilidad, que empieza a
dejarse ver por los monosílabos Oh! Ah! Sí- No! con otras
interjecciones y reticencias propias de lenguas no forma-
das aún, de salvajes imposibilitados para expresarse desem-
barazadamente, y que sin embargo menudean hermanadas
con locuciones muelles, enervadas y mentirosas, fruto de
la más refinada civilización. La sensatez, la naturalidad y
el buen gusto no pueden conciliarse con tan lastimoso des-
arreglo.
El primero que introdujo de una manera notable en
nuestra poesía, esa afectación de sentimiento, esa filantro-
fia literaria, que no tiene el bálsamo de los cantos cristia-
nos ni el esplendor de las letras profanas de la docta anti-
güedad, fue don Nicasio Cienfuegos; si bien, con alguna an-
terioridad, Meléndez ofrece preludios no dudosos del con-
tagio. En general, los restauradores de la poesía castellana
en el siglo pasado, pecaron por afrancesamiento, más em-
pero en las ideas, que en las formas, porque si las fuentes
que escogieron no eran las más puras, no bebieron de ellas
tampoco exclusiva y servilmente.
Veamos a Cienfuegos, el más exagerado de todos. Ha-
llamos en sus obras muchas locuciones viciosas, verbos neu-
tros con complemento directo, repeticiones enfáticas en
demasía, adjetivos, en especial los en oso^ que bastardean
de sus acepciones, y por último muchos términos sentimen-
tales de aquellos que censuramos; mas en cambio los versos
son tan robustos y sonoros, cuales no los hicieran los mejo-
res versificadores de otras épocas; la versificación llena y
simétrica, la elocución nunca prosaica, el lenguaje abun-
dante y rico, espontánea la rima y bien manejado el verso
libre. Porque Cienfuegos, además de estar felizmente do-
tado por Naturaleza de viva y robusta fantasía y delicado
oído, estudiaba a los clásicos, leía y releía a Hei rera y Rioja,
y con ser novador, respetaba y aun imitaba lo antiguo.
Ni faltaron quienes censuraran sus vicios: sus imitadores
mismos fueron más correctos. Grande es la distancia que
va de aquellos poetas, mejor dicho, de sus vicios y corrupte-
las, al romanticismo novel, que estando lejos de ser la litera-
tura española actual, trata de usurparla el puesto, y se lo
usurpa en efecto en la inmerecida estima que se capta ex-
clusivamente de los suramericanos. Nueva y no menor dis-
tancia media entre esos que escogemos por modelos y
nosotros
viox datiiri
Progeniem vitwsiorem.
— 24 -
Prescindiendo del fondo de ideas y sentimientos que
son el alma de toda poesía, débese observar que en la copia
de voces y modismos, hemos renunciado alo que tenemos
con una abnegación nada laudable. Hay ciertas fig-uras ele-
gantes de inversión, de omisión y aumento, exclusivas de la
poesía. Entre muchas de las que hemos desterrado escojeré
como ejemplo una de la mas sencillas e insignificantes, para
que por esto pueda juzgarse del empobrecimiento de nues-
tro Parnaso. Nada en efecto es más sencillo, nada más fre-
cuente en los poetas españoles, que la interposición del ver-
bo o del sustantivo entre los complementos de aquél o los
epítetos de éste, enlazados por las conjucionesj», o^ ni, como
se ve en los pasajes siguientes:
Rodéase en la cumbre
Saturno, padre de los sig'los de oro:
Tras él la muchedumbre
Del reluciente coro
Su luz va repartiendo y su tesoro.
León
¿A dó el favor antiguo, a dó la gloria
De mi pasado tiempo j/ venturoso?
Herrera
Yo si que tengo crespa barba j/ yerta,
Como ha de ser en hombres belicosos.
Lope
Cual infausto cometa y espantoso.
Quintana
;Ay! vendrá el día,
Vendrá y mis ojos de velar cansados,
Su luz no sostendrán ni su alegría
Quintana
Aromas vierte agradecido y flores.
MORATÍN (hijo).
En los dos ejemplos siguientes resalta aquella imitación
involuntaria que se produce cuando la memoria del que es-
cribe está enriquecida por la lectura; notándose en el pri-
mero la huella de León, y en el segundo la de Herrera:
Sale con su pura
el sol
Llama a dar vida y fecundar el suelo;
Pero al punto la oscura
Tempestad cubre el suelo
Y de su luz nos priva y su consuelo.
[Link]
Que aflige al triste corazón cuitado
Ver a dó fueron sus antiguos días;
Del fugitivo tiempo y olvidado
Sombras ya vanas y memorias frías,
Y en los años eternos pensar luego
Que pondrán fin a tantas demasías!
Carvajal (Salmos).
— Po-
pero no sólo hemos desterrado los giros y modismos
poéticos, sino Ihasta las trasposiciones más naturales que
abundan en los buenos prosadores. Basta decir que aun he-
mos reducido los tiempos de la conjugación, pues el futuro
condicional subjuntivo amare que como el latino amavetiin
es muyelegante a veces, hoy casi no tiene uso alguno. Y
como no bastara la rigorosa y acompasada construcción
si
de la oración, la rodeamos aún de más dificultades y la ha-
cemos andar más perezosamente, llenándola de partículas,
que, como se sabe, son una de las desventajas de las lenguas
romances con respecto a la latina. Los artículos, sobre todo
el indefinido, suelen ser indicios de prosaismo, y hacen los
versos arrastrados.
Esto en cuanto a las formas puramente gramaticales:
las métricas, que con aquellas se enlazan tan íntimamente,
así como con ambas stí funde el pensamiento, darán lugar a
no menos desconsoladoras observaciones. El endecasílabo,
verso el más noble de nuestra versificación, que ha reem-
plazado al exámetro en la poesía moderna, y que se halla
autorizado por los mejores autores, no lo hemos abolido del
todo, pero no sería fácil decir cuánto ha degenerado en
nuestras manos de su natural majestad y lozanía. «Si con el
vario juego de los acentos rítmicos (dice muy bien el se-
ñor Bello en su Métrica^ juntamos el de los accidentales c-
antirrítmicos, de que se valen a menudo los buenos poetas
para dar variedad y armonía imitativa a sus versos, hallare-
mos que no es fácil enumerar la diversidad de cadencias,
de que es susceptible el endecasílabo.» Puede servir de
ejemplo y aclaración el siguiente pasaje de la elegía de don
Leandro Moratín al nacimiento de la Condesa de Chinchón:
¡Oh Musas! adornad de nuevas flores
La móvil cuna, y al rumor suave
Que al aire esparcen las heridas cuerdas,
Descanse en oro y púrpura la dulce
Prenda de vuestro numen generoso.
Grato sueño inspiradla al blando arrullo
De acorde voz, sombra la cerque oscura,
Reine muda quietud, ni el viento mueva
Fugaz sus alas, ni retumbe el río.
Nótese en este magnífico trozo la sonoridad de los ver-
sos 2° y 3° de combinación idéntica, equilibrados en ambos
los acentos de la 2^ y 4^ sílabas por el de la 8^; obsérvese la
fluidez de los dos siguientes; párese la atención en los varios
cortes y acentos antirrítmicos de los tres penúltimos, que
preparan el oído a recibir agradablemente el postrero, cuya
forma es igual a del 2° y 3*?, con la diferencia de que el
la
acento de la sílaba octava está oportunamente apoyado por
las dos consonantes mh de la voz retumbe^ formándose una
admirable armonía imitativa. Estas bellezas que no pueden
— 26 —
producir los franceses en sus acompasados alejandrinos,
nosotros las renunciamos, circunscribiendo lastimosamente
a determinado niümero tanta variedad de cadencias. Este
punto pide un trabajo más detenido y analítico. Por ahora
básteme decir que a ello contribuye por una parte la
falta de elocución, estilo y lenguaje poéticos, la imitación
tal vez involuntaria del invariable martilleo francés, y por
otra el género de estrofas, imitación también del francés,
que hemos adoptado. El endecasílabo terminado en sílaba
aguda fue desconocido de nuestros buenos 3' correctos versi-
ficadores. Nosotros no sólo lo hemos adoptado, sino que como
que lo hacemos necesario. Con él cerramos estrofas, intro-
duciéndolo en ellas periódica )' frecuentemente. Esta ñnal
aguda, que por necesidad emplean los franceses para seña-
lar los dos hemistiquios de su verso heroico, impide en los
nuestros la libertad de movimiento, el calor y la vida que
les comunican los cortes, pausas y cesuras que imitan del
latín los buenos autores, y que tan bien se les adaptan. No
condeno absolutamente el endecasílabo agudo; usado con
parsimonia en composiciones líricas, está bien; mas el em-
plearlo por todo y para todo sin tino ni mesura, sí creo que
nos es funesto, por cuanto acostumbra a mal el oído y el
gusto, con ruina de nuestra prosodia y desdoro de las
Musas.
Sin variedad de cadencias, sin cortes ni cesuras, que
constituyen el mecanismo del endecasílabo, éste no puede
desprenderse de la rima, único adorno que le queda, y en-
tre la asonante j la consonante, preferimos generalmente
la primera. Con respecto a esto me parece muy atinada la
opinión de don José Joaquín de Mora. « Es cierto (dice en
el prólogo de sus leyendas) que el romance tiene entre nos-
otros muy celosos partidarios, y que no goza de menos re-
putación entre los extranjeros; y con razón, si el objeto de
este aprecio es el romance antiguo, ya se considere como
monumento histórico, ya como muestra del genio poético
de la nación española. Nuestros antiguos romances forman
en efecto el cuerpo de poesía popular más perfecto, más
característico y más interesante de cuantos poseen las na-
ciones de Europa. Pero en estos límites se encierra su mé-
rito, y de ello no se infiere que en el siglo presente, cuan-
do las necesidades intelectuales son tan diferentes de las
que existían en tiempo de los romanceros, debamos reba-
jarnos al nivel de que ellos no podían salir, ni privarnos de
los recursos que las vicisitudes de los siglos han puesto a
nuestra disposición, y de que ellos no podían hacer uso.>
Mas bien que vicisitudes de los siglos, hubiera yo dicho
el restablecimiento de nuestra verdadera y legítima pro-
sodia. Sea de ello lo que fuere, no es justo que la predilec-
ción de la rima asonante, ponga en desprecio y en olvido la
— 27 —
consonante, y las combinaciones métricas que con ella for-
mamos. Entre las más hermosas se cuenta el terceto, molde
el más a propósito para vaciar en castellano los dísticos grie-
u^os y latinos. ¡Cuan poéticamente filosofó en tercetos Rioja!
¡Cuan dulcemente suspiraba en ellos Fernando de He-
rrera!
¡Cuan fácil y g^raciosamente los enlazaba el Obispo Bal-
buena, remendando el acento pastoral! Véanse por eiemplo
éstos, puestos en boca de
Yo también, si alabarme pretendiese,
Mi Filis tengo y soy enamorado,
Y aun holgaría que ella lo supiese.
[Link] llevo a casa mi ganado.
Suele aguardarme sola en el camino,
Y me asombra si paso descuidado.
Rosas le llevo y flores de contino,
Y pongo mis guirnaldas a su puerta,
Y me huelgo de hablar con su vecino;
Y de la primer fruta de mi huerta
Una cestilla le enviaré colmada,
Toda de flores y azahar cubierta.
(Egl. 1).
En nuestro empeño de revelarnos contra todo lo anti-
guo, contra toda autoridad, miramos, en literatura, coa
profundo desdén, los géneros bucólico y elegiaco^ y sus nom-
bres, o nos sorprenden o nos escandalizan. Pero como esas
divisiones están fundadas en la naturaleza, las ideas que re-
presentan no pueden desaparecer, durando el arte, cuya
decadencia las hace degenerar, y sólo simultáneamente con
él se extinguen. Tenemos, aunque triste y desventajosa-
mente transformado el género pastoral: en vez de pastores
inocentes, pero despojados de rudeza y de miseria, intro-
ducimos en escena muchachos balbucientes; en lugar del
canto y la dulce avena, campanas de aldea, no muy bien re-
picadas acaso. A la música hablada, que formaba en lo an-
tiguo una parte indispensable en tales composiciones, sus-
tituímos por lo general la insípida seguidilla, combinación
demasiado artificiosa para que pueda proceder del instinto
e inspiración populares, 3' demasiado trivial para que agra-
de a oídos bien adoctrinados. Por lo común nos servimos de
la misma estrofa para la elegía; de modo que, perdida la
dignidad en todo, lloramos 5' repicamos en seguidillas. Es-
tas sólo ceden su puesto a la octava llamada betinudina, con
la que también reemplazamos la magnífica estrofa lírica de
fray Luis de León, y la épica en que cantaron Lope y el
Tasso, Balbuena y el Aristo.
— 28 —
Pudiera exteiiderme mucho más; pero lo expuesto bas-
ta por ahora a mi propósito. Sólo sí debo justificarme del
atrevimiento de escribir en mis juveniles años sobre mate-
rias que exigen largfa y madura experiencia. Conozco mi
insuficiencia, y confieso que no propondría éstas que aig-u-
nos creerán innovaciones indebidas, si viera que alguno com-
batía los abusos literarios que nos invaden. No creo que es-
temos en tan deplorable situación que «se haya hecho la
indulgencia general por serlo la infracción»; más bien me
inclino a culpar a la indolencia, no a la falta total de inge-
nio y de instrucción, del silencio que todos guardan con
respecto a crítica literaria. iOjalá que mis palabras anima-
sen a los inteligentes, a cuyo juicio las someto; y que ora
las juzguen convenientes, ora importunas, me amaestrasen
o me persuadiesen, para el bien de todos. 3" permitiéndome
retirarme de un campo donde sino soy fuerte en combatir,
me queda a lo menos la satisfacción de haber entrado el
primero!
Mas si conozco mi insuficiencia y me someto a los in-
teligentes y bien intencionados, conozco también mis dere-
chos, y no cejaré ante los que, llamándose amigos de la
crítica elevada, desdeñan y embarazan al que, sin echarla
de arquitecto, acarrea una piedra para el común edificio.
Aquella crítica literaria que considera más bien el genio de
las naciones y de los tiempos que el de los individuos; que
no desciende a la investigación de las formas, del lenguaje,
de la dicción ni del metro, cuyo espíritu es generalizarlo
todo, ha producido en Kuropa en estos últimos tiempos,
obras de relevante mérito, pero que son estériles cuando
no van precedidas y acompañadas de otras más modestas 3'
didácticas. Perniciosa suele ser la estudiada separación del
análisis y la síntesis que deben obrar de consuno: lo que
importa es saber combinarlos. Las reglas serán siempre
«tiles, por más que se diga, a los ingenios nacientes, los
que pueden compararse con los globos aéreos, que necesitan
se les dé dirección al empezar el viaje, aun que sea para
luego perderse o extraviarse. En último resultado, y gene-
ralmente hablando, proscribir las reglas de elocución como
tiranas del genio, es proscribir la palabra como tirana del
pensamiento.
Por lo demás, entre nosotros, los que generalmente
hablan de crítica elevada, en todo sentido son los más igno-
rantes, 3' hallan en ello un medio de fecundizar su pobreza,
llamando elevación la vaga frivolidad, escribiendo varieda-
des como si fueran axiomas, y condenando con una sola
plumada los sistemas más respetables, las obras más medi-
tadas, las creencias más santas. Con anematizar a un es-
critor llamándole traidor o retrógrado, está todo concluido,
toda discusión es inútil; del mismo modo cualquier abuso es
— 29 —
santo coa tal que se le llame libertad. Este modo bárbaro
de juzgar esta critica elevada, es una de las modas que
reinan por desg-racia hoy entre nosotros.
Se comprende fácilmente que en literaturas como la
italiana, en que el arte ha prev^alecido sobre el ingenio, se
predique audacia, originalidad y esparcimiento, para resta-
blecer el equilibrio necesario de los dos elementos que, a
imagen y semejanza del hombre, el que lo es de su Creador,
constituyen las creaciones de su inteligencia, a saber: el
espíritu y la materia, el pensamiento y la palabra. Pero si
es cierto que por otra causa hemos destruido ese equilibrio;
si rechazando toda autoridad en materia de buen gusto y
de sentimiento y proclamándonos independientes, hemos
dado en ignominioso servilismo; si olvidando a nuestros
progenitores y maestros, hemos ido a buscar riqueza y
abundancia en la naturaleza misma, y no hemos hecho sino
caer en el más deplorable empobrecimiento; justo es que
reconozcamos nuestro error, que busquemos fundamentos
más sólidos a nuestra literatura, así en las tradiciones reli-
giosas en las verdades en donde hayan de reposar o de las
que deban emanar nuestras inspiraciones, como también
en las tradiciones literarias, en las bases verdaderas de
nuestro idioma, de donde saquemos recursos para vertir y
desarrollar nuestros pensamientos. Tiempo es que invoque-
mos el orden, no para matar la libertad, sino para meterla
en buen sendero, corrigiendo oportunamente sus ex-
travíos.
Terminemos, más bien que siguiendo el hilo de las
ideas expuestas, apoyando en ellas algunas consideraciones
generales.
No hay literatura sin creencias: el materialismo 5' el frío
egoísmo son los enemigos más declarados de la poesía, la
cual se alimenta de bellezas las más puras y elevadas, de
tiernos y generosos sentimientos. Ella que todo lo hermosea
y ennoblece, que nos lleva a otras edades, y siempre tiene
lágrimas y flores para la tumba de los que amamos, )' luz
para guiarnos aun más allá, a la región de inmortalidad,
contribuye siempre directa o indirectamente al triunfo del
bien entre los hombres. Y si ha vagado en bosques encanta-
dos y rodeada de volanderas ficciones, sólo en el cristianis-
mo halla la fe, la esperanza y el amor en toda su pureza y
sublimidad. Noquiere decir esto que el cristianismo la suje-
te a la cruz con firme cadena, ni la imponga como único
asunto el encomio de sus mártires y de sus heroicas virtu-
des; porque él no es poesía ni filosofía, ni ciencia alguna, sino
la luz que sobre todo se eleva y todo lo vivifica. Nuestra san-
ta religión no nos impide escudriñar con Kepler el firma-
mento o recoger con Linneo la yerba del campo, mas sí nos
enseña a leer el adorable nombre de Dios, con aquél en los
— 30 —
astros, con éste en las gotas de rocío: no nos impide que to-
quemos los vasos de las divinidades egipcias, mas sí nos ins-
pira el que con ellos levantemos altares al Dios verdadero.
Es el respeto a la fe y a la moral lo que nos impone la reli-
gión, y él, en vez de ser obstáculo al levantamiento intelec-
tual, nos anima entre dificultades y peligros.
Calumnia a la Iglesia Católica quienquiera que la llame
opuesta al progreso de la humanidad, y no comprende su
espíritu el que lo juzgue incompatible con el estudio de la
literatura griega y latina, como el de cualquiera otra. Hay
más: la Iglesia de Cristo, al vencer el paganismo, aprovechó
sus despojos, por miras providenciales; colocó la Sede de
su Jefe visible en la que fuera capital del Imperio Romano,
y adoptó la lengua latina para la propagación de la fe, y
como vínculo de las naciones. Los primeros santos Padres
aplicaron la retórica ala defensa de la verdad, y los monjes
de la Edad Media nos conservaron y transmitieron los teso-
ros literarios de los antiguos. En los tiempos moderno?, los
jesuítas, que extirpando abusos y combatiendo a los herejes,
demostraron que el enmendar y el destruir son cosas las más
opuestas., no sólo enseñaron y enseñan hoy con fervor las
letras griegas y romanas, enseñanza cuyos frutos conoce el
mundo, sino que fueron también los más felices cultivadores
de las musas de Iliso y del Tíber. Esta sola rápida ojeada
basta a mostrar que la literatura cristiana está fundada en
la tradición religiosa del Oriente, depositario de la verdad
eterna, y en la literaria del Occidente, custodio que fue de
la belle.':a artística y de la delicadeza estética; subordinán-
dose la última a la primera, como se subordina la palabra he-
redada al pensamiento innato; esa literatura, haciendo el en-
lace del Mundo Antiguo con el Moderno, a pesar de tantas
vicisitudes, es también la que da a la civilización del último
la unidad que tiene. Una de las causas que a esto contribu-
yeron fue el uso constante del latín más o menos bien ha-
blado, y la versión que se hizo del Evangelio, tanto en ese
idioma como en los modernos europeos, obra todo de la Igle-
sia. Ella no destruye, purifica; nc esclaviza, ordena; en su
dominio espiritual es, después de la rehabilitación, lo que el
Sol después de salir del caos, en el sistema planetario, foco
de vida y de luz, astro en sí inmóvil, cuya fuerza no obstan-
te armoniza en los demás la libertad con el orden.
Esto Sentado, volvamos los ojos al Nuevo Continente,
cuya civilización se debe completamente al Antiguo, y Ajé-
moslos especialmente en la parte española. Desde luego no*
tamos que todos estos diferentes pueblos profesan una mis*
ma religión y hablan un mismo idioma, elementos los más
esenciales de nacionalidad. Si se ha considerado en todos los
tiempos reo de lesa patria el que ataca la religión del pue-
blo, en estos países hay circunstancias que agravan ese cri-
— si-
men, a saber: primero, que la religión universalmente pro-
fesada es la que ha civilizado el mundo; segunda, que estos
pueblos necesitan de unidad, y puesto que la Providencia
nos ha otorgado la unidad religiosa, es un deber fomentarla
y robustecerla. Ni es sólo que profesamos una misma reli-
gión, sino que esta, la católica, es la única que puede darnos
unidad religiosa. Como escribo en el siglo xix, no me
es lícito, sin ofender al lector y a mí mismo, examinar el
caso, moralmente imposible, de que entre nosotros resuci-
tara la idolatría o fructificase el islamismo. Si hemos de
tener alguna religión, tiene que ser ésta el Cristianismo;
así pues sólo podemos ocuparnos en la suposición de que
el protestantismo se estableciese entre nosotros. El no se
presta a la predicación, ni da frutos de ninguna especie,
porque es negación, separación; de donde puede compren-
derse porqué no goza de las prerrogativas del catolicismo,
único principio conservador y generalizador délas creencias
cristianas; y porqué es imposible, moralmente hablando,
que se establezca en los Estados de Hispano America. El
protestantismo puede ser enfermedad hereditaria, pero
nunca es contagiosa; es decir, nunca se propaga, aunque su
influencia pueda privar de la salud al que de ella gozaba: no
hace variar los frutos del árbol en que se injerta, pero pue-
de esterilizarlo. Su doctrina es una contradicción, y su con-
servación la es también. En los países donde él vive, ten-
diendo por una parte a emanciparse completamente de la
idea cristiana, y por otra a volver al centro de donde se ha se-
parado, el único medio de conservarse en medio de estas dos
fuerzas opuestas, es el reconocimiento de la autoridad, pero
de una autoridad diferente del centro común de la Iglesia;
contradicción únicamente sostenible por el orgullo nacio-
nal: quitado ese orgullo, el hombre tiene que entrar al seno
de la Iglesia o permanecer fuera: no hay medio. Por eso he
dicho, y lo demuestra la Historia, que el protestantismo se
hereda, pero no se propaga; porque al transmitirse por la
predicación (si esto fuera posible), libre ya de la coyunda
formada por el orgullo, coyunda que amarra los dos ele-
mentos contradictorios que en sí encierra, tendría que de-
terminarse por uno de ellos, y sería o catolicismo o raciona-
lismo, afirmación o negación absolutas No puede alegarse en
contra de lo dicho a los norteamericanos, porque ellos son
hijos de la Inglaterra como nosotros de la España: ellos han
recibido el protestantismo por herencia, al paso que la pre-
dicación lleva el catolicismo hasta los últimos confines del
mundo.
El protestantismo únicamente puede ser predicado por
En efecto, es el primer paso que da la incre-
la hipocresía.
dulidad disfrazada cuando sola y tímida se espanta aun de
su mismo nombre, y toma otro que le ofrezca garantías, en
— 32 —
tanto que explora el campo y adquiere fuerzas. Esto ha su^
cedido en nuestra tierra; todos lo hemos visto; los que ayer
protestaban ser cristianos de corazón, y que sólo atacaban
el despotismo, la inmovilidad de la Iglesia Católica, hoy ha-
llándose con fuerzas suficientes, derriban los altares de
Cristo. Supongamos que ese filosofismo incrédulo se exten-
diese por sobre el haz de la América (confiemos en la Pro-
videncia, que el continente de Colón, después de haber r^e-
cibido la luz, no volverá al caos), o que solamente, lo que sí
es posible, y aun sucede, extinguiese la fe en algunos de sus
hijos, siquiera su número sea despreciable en presencia de
una inmensa mayoría. Lo primero sería entregarse la Amé*
rica en brazos de desesperante y vertiginosa anarquía; lo
segundo es una tendencia manifestada ya, de una manera
más que imponente, criminal, hacia el rompimiento de la
unidad religiosa, unidad que existe, aunque apagada por las
discordias civiles, por la persecución de la Iglesia, por la
falta de comunicaciones y comercio internacionales, y que
únicamente es dado conseguir en la Religión Católica. El
hombre que se muestra enemigo del Cristianismo, lo es tam-
bién de la causa de la civilización del mundo; mas si ese
hombre fuere americano, sepa que emplea su actividad, ten-
ga o no tenga resultado, pero en todo caso con infamia, en
contra también de la independencia y del engrandecimien-
to de América.
Examinemos la cuestión de idioma. La lengua es la pa-
ha dicho con mucha razón; y la Historia nos enseña
tria, se
que su pérdida apresura o acompaña en los pueblos la de la
independencia. Tesoro es pues preciosísimo, y deber sagra-
do el conservarla. Quiero valerme aquí de la autorizada pa-
labra de Federico Schlegel:
«Considero (dice aquel ilustre alemán; como un verda-
dero deber, al|que es preciso someterse, el cuidado de la len-
gua patria, mayormente en las clases elevadas de la sociedad:
todo hombre instruido debiera esforzase continuamente en
hablar su lengua con pureza y corrección, y aun, en cuanto
le fuese posible, de un modo correcto y brillante. Debiera
adquirir un conocimiento general, si bien no demasiado li-
gero, de la lengua y de la literatura de su país, como tam-
bién de su historia; deber que en el fondo es tanto más fá-
cil de llenar cuanto más se ha ejercitado el espíritu y culti-
%'ado el talento enunciativo por el estudio de las lenguas ex-
tranjeras, cuyo uso debiera limitarse a lo indispensable en
la vida.. La nación que se deja despojar de su idioma
,
propio pierde el último apoyo de su independencia intelec-
tual y deja, propiamente hablando, de existir.»
Hice notar desde el principio que la lengua castellana
•€s hija legítima de la latina y que heredó su índole y carác-
33 —
ter; previniendo las objeciones de ciertas personas cuyo celo
toca en imprudencia e intolerancia, patenticé en breves pa-
labras que el espíritu de la Ig-lesia y el desarrollo fecundo
del catolicismo no están en manera alguny opuestos al estu-
dio de la literatura griega y romana, que, como queda ex-
puesto, es una de las bases en que está cimentada la moder-
na Europa literaria; y dicho sea de paso, al abogar por mi
parte en favor de los estudios clásicos, tengo el alto honor y
la gran satisfacción de ver sostenidas las mismas opiniones
portan ilustrescontemporáneos como el Obispo de Or-
leáns y elCardenal Wiseman. Demás de esto, en el curso de
este escrito habrá notado el lector mi intención dirigida a
demostrar lo mucho que nos hemos extraviado, olvidando
las verdaderas fuentes de enriquecimiento para nuestro
idioma, cuales son la literatura latina y los clásicos españo-
les. Fuera yo un insensato si deseara que se hablase en la
actualidad de la misma manera que en tiempo de Cervan-
tes: lo que creo conveniente y aun necesario es el estudio
Jundamental áo. la lengua, para que por más que se desarro-
lle (nótese bien) nunca degenere, especialmente en el dia-
lecto poético; de tal modo que siempre hallemos gusto en la
lectura de los clásicos españoles, 3' siempre mantengamos
con ellos relaciones; lo que contribuiría en alto grado a que
el desenvolvimiento de la lengua en los diversos estados don-
de se habla el castellano, sea paralelo y uniforme, mante-
niéndose en lo posible y fomentándose de este modo la Utit-
dad Americana por lo tocante al idioma. Resumiendo lo di-
cho en pocas palabras, es de primera necesidad entre los
americanos el tsi\xá\o fundmnental á.t la lengua, para que el
desarrollo de ésta sea legitimo y uniforme. Ahora bien: el
estudio fundamental del castellano abraza por lo menos el*
aprendizaje de su gramática, de la que en Bello tenemos tan
buen texto, y juntamente el del latín, y la incesante lectura
de buenos autores, acerca de los cuales siempre será bueno
repetir aquel tan conocido consejo de Horacio:
Nocturna vérsate manu, vérsate diurna (1).
Amo la independencia de la patria, sin que importe ma-
nifestar aquí mis opiniones particulares sobre cuáles for-
mas de gobierno sean más a propósito para robustecer esa
independencia, o cuáles gobiernos de los establecidos en la
América Española ofrezcan más garantías al pueblo para lo
por venir. Dejando a un lado ese problema político, no muy
difícil tal vez de resolver, para hombres bien intencionados
e imparciales, pero rodeado por la mala fe y la ambición,
de dificultades, sombras y amenazas, básteme decir con
(1) Además de lo dicho con respecto a religión y a idioma, con-
vendría que algún inteligente patentizase los gravísimos inconvenien-
tes que nos ha acarreado en legislación el sistema federativo.
Estudios literarios — M. A. Caro—
— 34 —
toda franqueza que no [Link] defienda una causa santa,
deshonrándola. No hay fe donde no hay justicia; y no pue-
de ser justo el que se desaten no meditados ni generosos in-
sultos contra la madreEspaña, nación que no tiene voluntad
ni posibilidad de conquistar la América, nación que otras
veces hemos llamado retrógrada, bárbara, impotente, y que
es hoy, porque nos conviene, un gigante invencible; si se tra-
ta a renglón seguido de justificar y encomiar el caso posi-
ble de que los estados americanos se desbordaran sobre nos-
otros; raza intratable y enemiga por la que estaraos verda-
deramente amenazados, y que dada una conquista semejan-
te, nos devoraría, por valerme de la expresión bíblica. En
ese proceder hallo yo no sólo una contradicción, un ultraje
irrogado a la independencia en cuyo favor se dice que se
aboga, sino también una grave injusticia. Eso no es defen-
der la independencia americana, sino rechazar una deter-
minada agresión, para aceptar otra más temible y menos
remota. Que para representar una nación es preciso recibir
sus poderes por el órgano debido, lo dicta la razón; por lo
demás, es inútil o inaceptable lo que se pacte por dos o más
plenipotenciarios, cuando la voluntad mc\om\ no autoriza o
ratifica de alguna manera sus instrucciones y sus convenios.
Absolutamente considerada, es noble y grande la idea de un
Congreso Americano de Plenipotenciarios; el cual, empero,
no debe ser una ridicula, inoficiosa farsa, sino el emblema y
la representación del Congreso Americano de Pueblos. Por
tanto, cuando veo que los que en Colombia han promovido y
encomian el referido Congreso, son los mismos que persi-
guen el catolicismo atacando tan violentamente la unidad
religiosa, los que han trastornado toda idea de dignidad y
de justicia, los que han convertido las colegios en cuarteles,
desconfío naturalmente de sus intenciones, y temo que una
proclamación tan exagerada de nuestro derecho tienda sólo
a la violación del ajeno. Creo que el haber seguido el ejem-
plo de repúblicas vecinas en promover el reconocimiento de
nuestra independencia por parte de España, nos fuera
más saludable que el exigir a la juventud como muestra de
ingenio y título de patriotismo la maldición del nombre es-
pañol. Relaciones amistosas con aquélla nos serían de mucha
utilidad bajo el punto de vista comercial, y sobre todo para
que tomasen mejor rumbo los estudios literarios, lo cual
contribuiría, como creo haber demostrado, a la Unidad
Americana. jQué! ¿el patriotismo es|la injusticia? ¿La voz del
rencor o de bastardos intereses contituye la dignidad de un
pueblo? ¿Para hacernos respetables necesitamos ser plagia-
rios del doctor Francia y de los japoneses?
No creo que la cencerrada que se ejecutó en Panamá,
ni mucho menos su aprobación por parte de la autoridad o
de los particulares, como ni tampoco las fanfarronadas y
protestas publicadas por la imprenta en la capital, sean me-
— 35 —
dios conciliatorios propios para intervenir en desavenencias
de fuera, ni menos procedimientos que nos den honra ni po-
der. Tengo una idea tan alta de la causa de América, creo
que es cosa tan noble el amarla y tan sagrada el respetarla,
que tropeles inmundos y necias baladronadas no pueden
parecerme nunca legítimas inspiraciones de tan augusto
deber.
Tales son las opiniones que abrigo con respecto a la in-
dependencia de Hispano América y a los medios que sir-
ven a robustecerla y a hacer a sus hijos grandes y felices;
opiniones que emito con tanta más satisfacción cuanto
otros las callan por temor de la tiranía que entre nosotros
hace algún tiempo reina con diferentes fases. Por mi parte,
si los tiranos de la opinión, servidores ayer de los tiranos de la
fuerza, trataren de denigrar mis intenciones y enlodar mi
nombre, yo no reconozco la gritería como razón. Cuando un
hombre emite un pensamiento independiente con decoro y
con franqueza, sin que lo mueva otra causa que el amor pa-
trio; cuando nadie puede echarle en cara miras ambiciosas ni
sórdidos intereses; cuando negando homenaje al ídolo de la
moda no puede esperar de los que la adoran sino imprope-
rios y denuestos, quédale en su sendero solitario, a pesar de
las espinas que huella, una gran satisfacción interior, la
aprobación de su conciencia, y la estima de quienquiera que
aprecie la honradez, la dignidad.
Lo repetiré cien veces, con profunda convicción. Mien-
tras no seamos cristianos no podremos ser buenos herma-
nos, y mientras este nombre, generalizado por doquiera que
se adore a aquel que nos dijo Amaos los tmos a los otros, no
se repita por todos los ángulos del continente, pronunciado
sinceramente por el mejicano y el argentino, por el que vive
a orillas del Amazonas y el que en las raíces del Chimbora-
zo, no podremosser verdaderamente grandes y felices. Creo
también que nuestra literatura será tanto más floreciente
cuanto seamos más ilustrados y respetuosos; y tanto más fe-
cunda cuanto más nos esforcemos en mantener pura la len-
gua castellana, como lazo bendecido de unión, poniendo los
medios más propios para que se desarrolle uniforme y legí-
timamente, corregidos los extravíos que ya he indicado en
el curso de este escrito. Cuando adoremos a la Previdencia;
cuando dejemos la funesta ¡dea de creer que hemos brotado
de la tierra sin deber nada a progenitores ni a descendien-
tes; cuando respetemos a aquéllos por lo que de ellos here-
damos, y a éstos por lo que hemos de legarles; cuando, en
una palabra, hermanemos la fe con la ciencia, la filosofía
con la erudición, la poesía con el estudio y las sanas doctri-
nas, entonces habremos hermanado la libertad con el or-
den, y seremos merecedores a nuestro turno del respeto de
las naciones y de la gratitud de la posteridad.
(De La Voz de la Patria, diciembre de 1864).
VIRGILIO Y EL NACIMIENTO DEL SALVADOR
INTRODUCCIÓN
En conmemoración de la Pascua de Navidad, que cele-
bra de diciembre, tuvo La Voz del Catolicis-
la Iglesia el 25
mo la buena idea de llamar la atención de los lectores hacia
la Égloga IV de Virgilio, en la cual se encierra un vaticinio
misterioso que conviene al gran día del advenimiento de
nuestro Divino Redentor; día tan suspirado y tantas veces
anunciado por los profetas, cuanto venerado por los siglos
que desde entonces ha empezado a contar la regenerada hu-
manidad. Mas si son atinadas las observaciones que el pe*
riódico mencionado trae sobre la materia, la traducción
que reproduce, hecha por Hernández de Velasco, es indig-
na del original latino. Como todos los que salieron de su plu-
ma, sus versos aquí son apenas medianos, a lo que se agrega
la abrumadora traba que se impuso, aconsonantando el final
de cada uno de ellos con el hemistiquio del seguiente, lo que
menoscaba la fidelidad, fluidez y armonía que pudieran te-
ner. No es muy superior a esta la traducción de fray Luis
de León, ingenio tan feliz en las imitaciones que hizo de Ho-
racio en La vida descansada y la Profeda del Tajo, cuanto
desgraciado siempre que se ligó al original que traducía.
No conociendo otras versiones castellanas de aquella Églo-
ga que las dos referidas y una en prosa por Diego López,
quien dejó en ella a Virgilio más oscuro que lo estaba en
latín, ofrecemos al público una nueva, no como cosa acaba-
da, sí sólo como un ensayo, al que hemos procurado dar
más claridad y fidelidad que obtuvieron los traductores que
nos han precedido, cuyo estilo y dicción, además, son ya so-
brado añejos para el gusto reinante. Cuanto más difícil de
imitar es un autor, tanto más debemos esforzarnos en imi-
tarle. Nuestra versión está en verso, porque procuramos
ser fieles en la esencia y en el modo; y la prosa, por elegan-
te que sea, no puede remedar aquella elegancia que es pro-
pia y exclusiva del metro: una cosa es elocuencia y otra es
poesía. Está además puesta en endecasílabos, y éstos distri-
buidos en estrofas; porque tratamos de conservar en lo po-
sible la solemne gravedad que en toda la composición reina,
requerida por el asunto y anunciada desde el principio por
el poeta.
— 37 —
Para la mejor inteligencia, conviene que resumamos
primero y expliquemos el plan de la Égloga, reservando tal
cual aclaración que embarazaría este resumen, para apun-
tarla al fin por vía de nota. Los números que anotamos, re-
lativos a los versos, se refieren a nuestra traducción, puesto
que ésta la dedicamos al curioso lector de La Voz de la Pa-
tria que no se halle en estado de leer el original latino.
Empieza el poeta invocando a las musas pastorales para
cantar un alto asunto: ruégalas que, aunque exornándolo
con ideas tomadas del campo, ennoblezcan el canto y le ha-
gan digno de ser oído por el Cónsul a quien se dirige: ver-
sos de uno a cinco. Anuncia en seguida la renovación del
mundo como objeto de su canto: la última edad vaticinada
por la sibila, fenece, y ya debe empezar la nueva de oro
que no tendrá fin; nuevo orden de siglos; nuevo linaje en-
viado del cielo. Para que esto se verifique, nacerá un niño:
6-12. Siendo llegado ya el tiempo señalado, ruega el poeta a
la diosa que favorece a las parturientes, que sonría a este
fausto nacimiento; e inmediatamente pasa a congratularse
con el Cónsul Asinio Pollón, por la honra que ha de resul-
tar a su consulado por tan próspero suceso, como que dará
principio a una nueva era, la más feliz para los hombres, los
que en adelante no deben temer más por el antiguo crimen,
cuyos vestigios quedarán borrados para siempre: 12-20. El
será contado entre los dioses, y gobernará en paz el mun-
do: 21-25. Mas la nueva edad de oro vendrá por grados: el
niño recibirá en su cuna dones y presentes, la tierra le ofre-
cerá sus flores, y el león empezará a respetar a la mansa
oveja: 26-37. En llegando a la adolescencia, florecerá la tie-
rra: 38-46. Todavía, sin embargo, quedarán vestigios de
mal, y se renovarán las guerras y las empresas marítimas:
46-55. Sólo cuando el prometido llegue a la edad madura,
se dilatará el imperio de la paz. El desarrollo de la paz y la
hermandad de los hombres es lo que el poeta describe en
estos tres períodos, valiéndose de imágenes pastorales como
anunció desde el principio, con una riqueza de elocución y
un colorido mu3^ semejantes al estilo de Isaías: uno y otro
pintan al león y al cordero místicamente enlazados, figura
de la fraternidad; hacen florecer la soledad, símbolo del
culto, y quebrantan la cabeza de la serpiente, anuncio de
redención: 56-70. Mas ya las diosas que presiden a los hu-
manos destinos, avivan el movimiento de sus husos, hilando
la lana que corresponde a tan venturosas edades. El poeta,
arrebatado con esta idea, apostrofa al futuro huésped lla-
mándole Renuevo de los cielos Hijo del Omnipotente, a quien
y
es-peían el mundo vacilando en sus ejes, y las tierras, y los ca-
y
minos delinar y el alto cielo. Todo cuanto existe sonríe ya a
la aurora del siglo que va a empezar: 71-80. ¡Oh! (exclama
el poeta en seguida), si me alcanzaran la vida y el aliento
- 38 —
para cantarte, yo vencería todos los poetas del mundo: 81-94.
Del deseo que concibe de que se retardara su muerte, vién-
dolo irrealizable, pasa al anhelo de que el infante anunciado
apresure su nacimiento. Ya (üícele) tu madre ha entrado
en el décimo mes; tiempo es que nazcas. Si no te apresuras
a obtener sus sonrisas, ¿cómo es posible que se cúmplanlos
magníficos destinos que de ti espera el universo? 95-100.
Tal es el plan y el desenvolvimiento de este Égloga, tan mis-
teriosa en el fondo, que nadie da de ella una interpretación
cabal y en todos los puntos satisfactoria; y al propio tiempo
tan sublime en los conceptos, tan elegante en las formas,
que algunos críticos la colocan independiente de las Bu-
cólicas.
Ahora bien: ¿a quién se refieren tan grandiosos pronós-
ticos y alabanzas? ¿Virgilio, eco de la tradición y de las pro-
fecías antiguas que, más o menos viciadas, se introdujeran
en los librossibilinos, anuncia la persona del Mesías? ¿O bien
hace de ellas una aplicación falsa a un caso particular? O
finalmente, ¿la alusión a la sibila tiene poco que ver con la
especie de vaticinios subsiguientes? La primera opinión ha
sido muy válida desde remota antigüedad. Lactancio en sus
Divinas Institucipnes (Lugd. 1543, página 483) interpreta un
pasaje de esta Égloga según el sistema milenario que él se-
guía. Dejando a un lado ese sistema, están por lo demás
conformes con él en aplicarla a Jesucristo muchos autores,
como Chandler en su V'ndicat'on ofthe déjense of Chrisüani-
ihy, Wishton en el Siif-plement lo Ihe Uleral accomfhshment
ot Soi^lure Prophecies, y otros varios citados en la Bibliote-
ca Lalina de Lemaire.
Por intitularse PoUon esta Égloga, y por estar dirigida
a él, cuando Cónsul, según consta de los primeros versos, los
críticos la asignan el año 714 de Roma, que corresponde a
aquel consulado. De aquí han tomado margen algunos, Ser-
vio el primero, para creer que Virgilio festejaba el naci-
miento de un hijo del mismo Asinio Folión. Suponen otros
que alude a las nupcias que como mejor prenda de la paz
de Brindis, celebró Antonio con Octavia, hermana de Octa-
viano, la cual estaba encinta de su anterior matrimonio con
C. Claudio Marcelo. El sólo considerar que no es por lo vis-
to, ni aun de un hijo del triunviro de que se trata, quita
todo fundamento a esta suposición. Otros, para explicar el
misterio, recurren al enlace que contrajo Octavio con Stri-
bonia, a principios de aquel año. No hallando acomodadas a
objetos tan humanos predicciones tan divinas, tanto más
grandiosas que salen de los labios del comedido Virgilio, y
no queriendo por otra parte colocarlas en el rango de la
profecía, las refieren otros al advenimiento de una era nue-
va, o de una época feliz, hermoseada por una brillante ima-
ginación; opinión únicamente libre del absurdo, en parte.
es decir, en cuanto así se traten de explicar los períodos co-
rrespondientes a la infancia, adolescencia y edad varonil de
aquel CU5'0 nacimiento se anuncia; pero fundándose siempre
en ese nacimiento, tomado literalmente, como que con tan-
ta precisión y a cada paso se determina. Pero estosería de-
jar en pie la dificultad; porque cabalmente lo que se trata
de averiguar es quién sea ese personaje cuya aparición en
el mundo anuncia el vate con tanta majestad, con tan gran-
de entusiasmo y regocijo.
Cualquiera que sea la hipótesis que más nos satisfaga,
la verdad es que en esta Égloga hay vaticinios y esperanzas
que la antigüedad pagana no podía tomar sino como sueños
de un poeta, y que los cristianos hemos visto realizarse, ha-
llándolos no sólo bellos sino ciertos, y perfectamente acor-
des con las santas profecías y con su cumplimiento. Mezcla-
da desde el principióla modulación pastoral con el tono pro-
fético, las imágenes rurales con las grandiosas ideas de re-
dención, imperio universal de la virtud y fraternidad entre
los hombres, embellecido todo con aquellas armonías que
sólo Virgilio ha sabido producir, resulta cierto colorido muy
semejante, como hemos dicho, al de David e Isaías. A veces
tiene una dulzura y gracia inimitables:
Ipsa tibí blandos fundent cunabula flores. . .
Molli paulatim flavescet campus arista. . .
A veces toma la entonación épica:
Pacatumque reget patriis virtutibus orbem. . .
Aspice convexo nutantem pondere mundum. . . .
Quienquiera que lee esta Égloga en su original, del que
la traducción que presentamos no es ni puede ser otra cosa
que un pálido reflejo, no puede menos de participar de ese
entusiasmo que anima al poeta, sintiéndose cercano a la luz
que regeneraría el mundo. Dante en la inmortal historia
que escribió de aquel viaje fantástico que emprendió llevan-
do de guía a Virgilio, aludiendo a esta Égloga, pone en boca
de Estacio algunos tercetos, que traducidos literalmente di-
cen así:
... .A beber me enviaste ,
Tú del Parnaso a la florida gruta
Y al verdadero Dios me revelaste.
Como aquel que cruzando oscura ruta
Inútil luz a sus espaldas lleva.
Empero, el que le sigue la disfruta.
Cuando dijiste: £1 ^iglo se renueva.
Recobra ¡a equidad su imperio hutnano.
Baja del cielo una progenie nueva.
Por ti poeta fui. por ti cristiano.
Purg, 22.
— 40 —
Cantú, en upa aclaración al Libro v de su Historia,
adonde remitimos al lector curioso de noticias sobre las si-
bilas y sobre la especie de culto que dio la Edad Media a
nuestro vate, después de citar los versos que copiamos, dice
que hasta el siglo xv se cantaba en Mantua un himno en la
misa de San Pablo, suponiendo que el apóstol de las gentes,
a su lleg-ada aNápoles, había dirigido una mirada hacia Pau-
silipo, donde descansaban las gloriosas cenizas de Marón,
doliéndose de no haber llegado a tiempo para conocerle y
convertirle. Esta idea es muy tierna para el que esté fami-
liarizado con la lectura del apóstol y del poeta. ¡Virgilio
convertido al cristianismo! Episodio hubiera sido éste digno
de ser historiado por la misma pluma que escribió el de
Niso y Enríalo. Pero aquí también llega el vaticinio, si lo
hay, de nuestro poeta, pues en la Égloga que traducimos da
a colegir que no le alcanza la vida para cantar los magnífi-
cos destinos que anuncia. Esto y el himno de la Iglesia men-
cionado, en que se introduce a San Pablo vertiendo sobre
aquella tumba el rííc/f? de sus piadosas lágrimas, forma un
contraste conmovedor. El uno vislumbrando una cuna, de-
plora haber llegado demasiado temprano; el otro, sobre una
tumba, se lamenta de haber llegado demasiado tarde. No
quiso, en efecto, la Providencia que el príncipe de los poe-
tas latinos, a quien en cierto modo podríamos llamar cris-
tiano, por sus intachables costumbres y por la pureza de su
filosofía,pudiese como los reyes magos prostenarse delante
de aquella cuna que él se figuraba coronada de presentes,
entrelazándose en rededor la hiedra, el nardo y el acanto; y
sólo le concedió que saludase a alguna distancia, como Moi-
sés, la aurora bendita del siglo de promisión; y lo que e&
más, que la Iglesia consagrase una armonía y una lágrima
a su venerado sepulcro.
II
Traducción en verso de la Égloga iv de Virgilio, inti-
tulada
POLION
Musas! el tono pastoral un tanto
Alcemos; que no a todos lisonjea
La cantinela humilde campesina:
Si las selvas cantamos, nuestro canto
5 Del Cónsul que nos oye digno sea!
La postrimera edad que vaticina
La Sibila de Cumas, ya fenece;
Nuevo día a las gentes amanece,
En pos trayendo, con la Virgen pura,
10 Áureas edades de inmortal ventura.
— 41 —
Nueva generación baja del cielo!
Tú al nacimiento de éste, a cuya Tista,
Casta L/ucina, el mal exerminado,
Varones justos poblarán el suelo,
15 Los ojos vuelve y tu favor le asista:
Reina tu Apolo ya! — Tu consulado.
Folión, producirá de nuestra era
La alta futura gloria: su carrera
Dilatarán los meses, y borrada
20 Será la huella de maldad pasada.
El de los dioses tomará la vida,
Y en medio de los dioses asentado,
Se mostrará a los hombres. Sabio y fuerte
Con la virtud del Padre recibida,
25 Regirá en paz el orbe dilatado.
Ya empezará sus dones a ofrecerte
No labrada la tierra, oh bello infante,
Brotando el bácar y la hiedra errante,
Y, a la profusa colocasia unido,
30 El acanto aromático y florido.
La oveja ofrecerá sus ubres llenas,
Tornándose a los setos repastada.
Sin que se espante del león rugiente.
Tu cuna en tanto se verá de amenas
35 Blandas flores en torno coronada:
Ni fruta amarga ni falaz serpiente
Habrá, sino el amomo peregrino
Que en todas partes nazca de contino.
Tú crecerás, y los heroicos hechos
40 Repasarás de generosos pechos.
Qué es la virtud, entonces, quién tu noble
Genitor fue, sabrás. Rubia, ondeante
Susurrará la mies; racimo blando
De uvas la zarza abrumará, y el roble
45 Del duro tronco sudará fragante
Miel abundosa. De maldad quedando
Algún vestigio, lanzaráse el hombre
En frágil tabla a piélagos sin nombre,
Y abrirá de la tierra el seno duro,
50 Y al asalto opondrá sólido muro.
Nuevo Tifis vendrá, y agigantada
Argos nueva, y osados navegantes
Que corten de la mar la azul llanura,
Y nuevo Aquiles a blandir la espada
55 Irá a las playas de Ilion distantes.
Mas cuando llegues a la edad madura,
Olvidará las olas el marino.
Ni por sobre ellas se abrirá camino
Bajel mercante, que del mismo modo
60 En todas partes se dará de todo.
Ni el suelo romperán los azadones,
Ni ya segures podarán la viña.
Ni al yugo atados andarán los bueyes,
Ni habrá porqué los candidos vellones
65 El extranjero múrice retiña.
— 42 —
Que las errantes baladoras greyes.
Sin saber cuándo, en el florido prado
De purpúreo color u azafranado
Vestidas quedarán, y al cabritillo
70 De grado el sándix prestará su brillo.
Y ya a sus husos las eí^tig'ias diosas,
Con poder que el hado les confía,
el
Hilad, dijeron, en veloz presura
Albos copos de edades ventufosas.
75 ¡Vén, g-loria y triunfos a obtener, que el día
Llega, oh renuevo de la etérea altura,
Claro hijo del Tonante! Mira el mundo
Vacilante en sus ejes, y el profundo
Cielo y el mar, que esperan tu venida,
80 Y a la luz ríen de futura vida!
¡Oh! si mis años dilatar pudiera,
Mis fatigados años, y si tanto
Fuego de inspiración me conservaran.
Como alentó mi alegre primavera!
85 Lino ni Orfeo, si en alterno canto
Contendieran conmigo, me eclipsaran,
Por más que a aquél el rubicundo padre
Prestase alientos, y la diva madre
A éste inspirase célica armonía:
90 ¡Yo, cantándote a ti, los vencería!
Y vencería al dios de los pastores
A quien el coro de Arcades acata,
Y aun si éstos decidieran, con largueza
Yo obtendría del triunfo los honores.
95 Mas ya con risa, a que responda grata,
Tu madre, oh niño! a conocer empieza,
Y diez meses de afán torna en dehcia;
Que quien no obtuvo maternal caricia
Ni a su mesa los diosas, ni amorosas
100 Le admiten a su tálamo las diosas.
III
ALGUNAS ACLARACIONES
V. 6*? La -postrimera edad. ... La de hierro que debía
terminar, según las sibilas, para que se renovase la de oro,
que no tendría fin. Si por esta üliinia época entienden algu-
nos la misma renovación, no obstante que el verbo está en
el original en pretérito, pueden leer en nuestra traducción
aparece en vez át fenece. Sannazaro en su poema Z)e Partus
Virginisy responde a estos anuncios del poeta, y confirma su
cumplimiento:
— la postrimera
Edad por las sibilas anunciada
Llegó: con luz de perdurable vida
Renoval on los siglos su carrera:
Esta es la era feliz pronosticada!
Esta es, ésta, la virgen prometida!
— 43 -
Excusado es decir que Sannazaro habla aquí de la Vir-
gen Santísima.
V. 16 ¡ Reina tu Afolo ya! O porque se considerase
que Apolo presidía a aquella edad, como Saturno y Júpiter
alas precedentes; o bien porque así quisiese el poeta signi-
ficar el reinado de Octavio, de cuya familia se tenía a aquel
dios por inmediato protector y padre.
V. 51 Nuevo Tifis .. Por cualquier marinero. . . Argos
por cualquier nave, Aquiles por cualquier guerrero. Figura
es ésta la más común en los poetas antiguos. Todo es una
amplificación de esto: habrá guerras y empresas marítimas
en el mundo.
V. 77 Claro hijo del Tonante. Aquí es de advertir- . .
se que siendo Júpiter el rey de los dioses, según el rito, los
filósofos y poetas solían personificar en él una idea más cla-
ra de la divinidad. Entre los pasajes sibilinos citados por
antiquísimos autores hay uno que dice así, traducido lite-
ralmente del griego:
No hay más que un Dios de soberana alteza
Que hizo el sol y los astros y la luna
Y el ancho cielo y la fecunda tierra
Y las olas del mar.
(Lactancio: edic. cit., p. 23).
Dúdese, si se quiere, de la autenticidad de este pasaje;
pero recuérdese lo que el mismo Virgilio decía en la Églo-
ga 3:
Por Júpiter, o Musas, comencemos:
Júpiter todo con su ser lo llena.
¡Y de un dios de tal naturaleza era de quien debía ser
hijo el niñoque iba a nacer! Esto dicho, lo repetimos, por
el comedido Virgilio y con el tono que esta vez da a su
acento, no puede menos de sorprender al más despre-
ocupado.
Ib . . . Mira el mundo
vacilante en sus ejes y el -profundo
cielo y el mar . . . No puede decirse ni imaginarse cosa más
grandiosa. Los versos del original son inimitables:
Aspice convexo nutantem pondere mundum,
Terrasque tractusque maris coelumque profundum;
Aspice, venturo laetentur ut omnia sseclo!
Los críticos han admirado a Horacio cuando para pintar
el poder de Júpiter, dijo que
Laa cejas al fruncir conmueve el mundo.
— 44 —
Mucho más admirable nos parece Virgilio en este lu-
gar, mostrando universo todo en la expectativa de la au-
al
rora de redención. El maestro León tradujo aquí con bas-
tante acierto:
Mira el redondo mundo, mira el suelo,
Mira la mar tendida, el aire, y todo
Ledo esperando el siglo de consuelo.
Por lo demás, el original no dice simplemente el niar,
sino las corrientes de/ mar expres\6n poética, pero demasiado
,
atrevida en castellano, y que nos recuerda la de cavihios del
mar de la Escritura. Volnetes caeli, et -pisces tnaris gui fe-
tainbulant semUas mart's, canta la Iglesia repitiendo las pa-
labras de David.
V. 95-100 Mas ya con risa .. Vulcano, cuenta la fá-
.
bula, habiendo nacido deforme, noobtuvo la sonrisa de Juno
su madre y fue arrojado del cielo: después de este suceso
de cuyas resultas quedó cojo, no logró ni ser admitido a la
mesa de los dioses ni casarse con Minerva como pretendía:
a esto alude aquí Virgilio. El sentido es:
*Náce presto, que ya es llegado el tiempo: empieza a
conocer a tu madre por las sonrisas que prodigue a tu nati-
va belleza; y ¿cómo no has de merecerlas, si el que no las
obtuvo es arrojado del cielo, ya ti te está reservado el sen-
tarte al lado de los dioses y gobernar en paz el mundo que
espera tu venida?>
Tal es el pensamiento, como se deduce de la manifiesta
alusión a la fábula referida, y de los conceptos anterior-
mente emitidos por el poeta.
(De La Voz de lá Patria, enero de 1865).
ALGO AGERGA DE HORAGIO
— —
«Pocos poetas dice Bello bandado muestra de un ta-
lento tan vario y flexible como el de Horacio. Aun sin salir
del género lírico, bajo cuánta multitud de formas se nos
presenta! No es posible pasar con más facilidad que él lo
hace, de los juegos anacreónticos a los raptos pindáricos o a
la majestuosa elevación de la oda moral. El posee los varios
tonos en que sobresalieron el patriótico Alceo, el picante
Arquíloco y la tierna Safo, haciéndonos admirar en todos
ellos una fantasía rica, un entendimiento cultivado, un esti-
lo que se distingue particularmente por la concisión, la be-
lleza y la gracia, pero acomodado siempre a los varios asun-
tos que trata, y en fin, una extremada corrección y pureza
de gusto. Pero mucho más raras deben ser sin duda la
flexibilidad de imaginación y la copia de lenguaje necesa-
ria para transportarnos como él nos transporta, de la mag-
nificencia y brillantez de la oda, a la urbana familiaridad,
la delicada ironía, la negligencia amable de la especie de sá-
tira que él levantó a la perfección y en que la literatura
moderna no tiene nombre alguno que oponer al de Hora-
cio. No es grande la distancia entre las sátiras y las epísto-
las, y con todo, el poeta ha sabido variar diestramente el
tono y el estilo, haciéndonos percibir a las claras la diferen-
cia entre la libertad del razonamiento o la conversación y la
fácil cultura de la carta familiar, que sin dejar de ser suel-
ta y libre, pide cierto cuidado y aliño, como el que distingue
lo escrito de lo hablado.
En cada uno de los géneros (lírico, satírico y epistolar)
tan hábilmente determinados y caracterizados por el ilus-
tre Bello en las líneas que preceden, nos dejó Horacio algu-
na composición íntegra consagrada a las alabanzas de la
vida campestre, amén de los muchos lugares en que ponde-
ra las ventajas de una honrada medianía. De tales composi-
ciones, como de las traducciones poéticas que de ellas en
lengua castellana se conocen, vamos a dar una ligera noticia
y alguna muestra a los lectores de El Iris, que simpaticen a
un mismo tiempo con aquel asunto y con la poesía clásica.
La oda ii del libro de los Epodos es una de las más fa-
mosas de Horacio. Lleva en el común de las ediciones el
epígrafe de Rusticcü vUce laudes, esto es, Alabanza de la vida
rúsíica, y no es otra cosa sino una poética relación de las ocu"
paciones diurnas de un campesino. No se sabe porqué la dio
— 46 —
remate el poeta con un epigrama satírico que, destruyendo
la ilusión, sorprende desagradablemente; dice así:
«Habiendo razonado de esta manera Alfio el usurero,
resuelto y listo a abrazar la vida de labrador, recogió en los
idus todo su dinero.... Y
en la calenda andaba buscando
cómo darle a logro!*
Lupercio de Argensola hizo de esta oda una imitación
parafrástica, y otra compendiosa en el soneto que empieza:
Tras importunas lluvias amanece
Coronando los montes el sol claro.
La traducción de Burgos es bastante buena: las dos es-
trofas siguientes nos parecen felices:
Alguna vez de la frondosa encina
Al pie se acuesta o sobre el musgo blando;
Y
las aves trinando
Y bullendo la fuente cristalina,
Y despeñada de la altiva sierra
Rodando al valle la argentada espuma,
Sus párpados abruma
El blando sueño que sus ojos cierra.
Fray Luis de León fue con respecto a esta oda. como
de costumbre, mal traductor, pero imitador admirable. En
corroboración de este último dictado, compárese con el pa-
saje cuya traducción queda copiada, el siguiente de La
vida descansada, que le es paralelo, y en el cual, si no nos
engañamos, el fraile español es superior al lírico latino:
El aire el huerto orea
Y ofrece mil olores al sentido:
Los árboles menea
Con un manso ruido
Que del oro y del cetro pone olvido.
Varios críticos han hecho notar la oportunidad del ver"
bo menear, que desdijera del tono lírico a no haberlo enno-
blecido la pluma clásica del escritor. El verso penúltimo es
de una suavidad extrema, y en el último hallamos una ex-
presión de aquellas con que los buenos poetas enriquecen el
lenguaje humano. Superior a la oda de Horacio y a la de
León es, en nuestro concepto, la Silva a la agriculUira de la
zona tórrida, de Bello, si bien por su plan y dimensiones,
por las miras filosóficas que se propone y los pedazos des-
criptivos que encierra, debe considerarse como composición
de un género distinto y más elevado.
En la sátira vi del Libro ii presenta y desenvuelve Ho-
racio el mismo sujeto, bajo un aspecto distinto, como solía
hacerlo con todos los que trataba más de una vez. A las in-
— 47 —
comodidades de que era víctima en Roma, y que describe
sucinta y satíricamente, opone los placeres inocentes de
que gozaba en su casa de campo. Todos los críticos han ob-
servado la ingfenuidad y sentimiento que respira aquella ex-
clamación: «O rus, quando egfo te aspiciam?* Traducida así
por Burgos:
Cuándo quintafeliz, tornaré a verte,
Y de la antigüedad en la lectura,
O en el sueño y el ocio adormecido,
De aquesta vida fatig^ante y dura
Podré gustar el delicioso olvido?
Y continúa, según el mismo traductor:
Cuándo las habas comeré carnales
Parientas de Pitágoras divino,
O berzas rehogadas con tocino?
Oh noches, oh banquetes celestiales!
Con mis amigos al fogón sentado
Ceno y con mis esclavos decidores.
De trabas libre cada convidado.
Uno el tazón enorme vacia, aprisa
Otro la copa apura lentamente;
Cada cual humedécese a su guisa.
Dulce conversación sigue a la cena,
No de la casa o la heredad ajena.
Ni de si Lepos para el baile es listo.
Mas de aquello que a cada cual le toca
E ignorar es ínal visto:
Si en la riqueza o la virtud consiste
Del hombre la ventura;
Si es honradez o conveniencia triste
Lo que amistades forma y asegura;
Dónde el bien se hallará siempre anhelado,
Cuál es su esencia y su supremo grado.
Sazona con apólogo oportuno
Las pláticas tal vez Servio el vecino;
Y si de Arelio alguno
El cuitoso caudal loa o pondera,
Servio se explica al fin de esta manera.
Es de sentirse que Burgos no volviese todas las gracias
del original. No nos gusta quinta en vez de la idea genérica
de camto, ni antigüedad por los libros u obras de los antiguos,
ni el epíteto divino, aplicado a un filósofo de quien, por
haber enseñado que el haba había nacido al mismo tiempo
y de la misma corrupción que el hombre, y que en ella po-
dían transmigrar las almas, se burla de paso nuestro poeta
con gracejo cómico, ni nos parece bien aquel iazÓ7i enorme,
ni honradez como equivalente de rectmn, ni conveniencia
triste. Agreguemos que ser algo malo no vale ser mal visto,
y que el adverbio al fin es inoportuno. Además, según la in-
terpretación que el mismo Burgos da en sus notas Cque es
también la de Batteux), dice Horacio que pasaba a sus cria.
— 48 —
dos los platos ea que ya había comido; pero ni ésta ni otra
algfuna interpretación del libat's dap^hus aparece en la tra-
ducción: echamos menos igualmente la atrevida y significa-
tiva expresión añiles fahellas, es decir, cuentos de antaño^
que es cosa distinta de apólogos oportunos; y e! adjetivo ig-
narus del verso 79. Pero si en obra larga es disculpable,
como dice el propio Horacio, que se insinúe a veces el sue-
ño, lo que sí no cede en alabanza de don Javier de Burgos
es que, habiendo dado una edición refundida de su Hora-
cio (la que ahora mismo tenemos a la vistan, y no habiendo
casi dejado pasaje sin retocar, aparezcan aún intactos aque-
llos que por vía de ejemplo le señaló como defectuosos el
Repertorio Americano, tomo 3*? Examinando allí el ¡lustre
crítico americano Bello la parte de aquella traducción co-
rrespondiente a la fábula de los dos ratones que sigue in-
mediatamente al pasaje copiado arriba, como un ejemplo
de cuentos del buen vecino de Horacio, observa entre
los
otras cosas que de estos dos versos:
Para llegar después de oscurecido. . .
Pues oyen de los perros los ladridos. .
ni el primero nos pone a la vista dos ratoncillos, metiéndose
furtivamense en una ciudad; ni el segundo nos hace oír el
ladrido de los perros de presa que llena todo el ámbito de
un vasto palacio.
Tenemos de este apólogo algunas imitaciones en caste-
llano; entre ellas las del Arcipreste de Hita y la de Sama-
niego.
En la epístola x del Libro i, respondiendo nuestro poeta
a las insinuaciones de su amigo Aristio Fusco, que gustaba
de vivir en la ciudad, justifica su adhesión a la vida campe-
sina. En esta composición dice Burgos:
«Los consejos de la moral y las lecciones de la sabiduría
se ostentan sin otras galas que una dicción purísima, y ca-
dencias graves y armoniosas que hacen recibir con agrado
y grabar en la memoria preceptos de que a veces se resiente
el orgullo de nuestra condición.»
A la oda, la sátira y la epístola
de que hemos hecho mé-
rito, debiéramos, para completarla enunciación, agregar la
epístola XIV, también del Libro i, en que, dirigiéndose Hora-
cio al mayordomo de su labor, le echa en cara su inconstan-
cia y sus deseos de valver a la ciudad en donde por tanto
tiempo había permanecido en clase de ínfimo esclavo y sus-
pirando por vivir en el campo. Empieza así, según la tra-
ducción de Burgos:
— 49 —
Veamos, mayoral de mí hacenduela
Que a mí la paz me vuelve y la alegría,
Y que a ti te fastidia y desconsuela
Aunque es de cinco fuegos la alquería
Y de Varia al concejo lugareño
Cinco votantes enviar solía;
Veamos si espinas yo con más empeño
Del alma arranco o tú yerbas del prado;
Si está mejor la hacienda o lo está el dueño.
Por último, recordaremos la descripción que al princi-
pio de la epístola 16^ del Libro i hace el poeta de su pose*
sión rural, satisfaciendo la curiosidad de su amigo Quintio,
a quien pasa en seguida a hablar sabia y amenamente sobre
lo que constituye la honradez. La descripción es ésta, tra-
ducida por nosotros:
— Una cadena
Figúrate de montes que interrumpe
Valle profundo; la derecha siempre
El sol le dora con temprana lumbre
Y la izquierda le baña en rayos tibios
Cuando su carro en Occidente hunde.
El clima es de encantar. Y pues, en grupos
Arboles imagina que se cubren
De cerezas retintas y ciruelas:
Robles, carrascas que a distancias lucen
Y a su dueño con sombra dilatada
Y con sustento al ganadillo acuden.
Creyeras que los bosques de Tarento
Yo me hubiese robado. Alegre bulle
Fuente que respetable al riachuelo
Hace, con cuyas aguas se confunde.
El claro río que la Tracia riega
No será que en frescura sobrepuje
Ni en transparencia su caudal modesto.
Además, acredítase salubre
Contra males de vientre y de cabeza.
A este retiro atribuir no dudes
La salud que conservo en el otoño;
Retiro ameno y para mí tan dulce.
Al fin de la traslación en versos castellanos de la epís-
tola a Aristio Fusco que a continuación hallarán los lecto-
res, nos hemos tomado la libertad de convertir en presente
el copretérito epistolar de los latinos. Para la traducción de
la fábula de los dos ratones, hemos tenido en cuenta las ob-
servaciones del ilustre Bello (1).
(De El Iris de 19 de octubre de 1867).
(1) Las dos traducciones con que termina este escrito se publica-
ron en el tomo i de las Obras completas, páginas 282 y 301 — (Nota
de los editores)
Estudios literarios— M. A. Caro—
LA CRITICA LITERARIA
Si estudiamos el origen 3-^ progresivo adelantamiento de
la crítica literaria en las naciones civilizadas, la hallaremos
contemporánea, en su aparición, a las ciencias de inducción
y raciocinio. Esta verdad que la historia nos enseña, se ex-
plica por la naturaleza misma de las cosas. El progreso in-
telectual de un pueblo reproduce en grande escala el des-
arrollo de las facultades del hombre: cada nación tiene,
pues, su niñez, su edad adulta, su decrepitud. Los pueblos
jóvenes son naturalmente creadores; los pueblos adultos,
analizadores y racionalistas. La literatura de los primeros
es de pura imaginación: es la expresión de "Vas impresiones
que la naturaleza produce en inteligencias lozanas: de ahí
los mitos, y los ciclos de ficciones que caracterizan la aurora
de toda civilización.
Procediendo de la percepción a la reflexión, pasa un
pueblo de la poesía a las ciencias metafísicas: introducidos
en su línea de conducta los motivos del interés bien enten-
dido, que modifican las naturales tendencias, pasa del esta-
do de tribu al de nación, y comienzan las ciencias políticas
y sociales. Hablamos del desarrollo natural de los pueblos,
porque no es nuestro ánimo examinar la influencia de la re-
velación primitiva, de que se encuentran en los distintos
países vestigios más o menos significante?. Prescindiendo
igualmente del origen común de los idiomas, es decir, de la
inspiración divina que preside a su formación, sólo cumple
a nuestro propósito observar que las ciencias los hallan
siempre más o menos bien formados por la poesía. Tomán-
dolos ellos como su órgano, los modifican según sus necesi-
dades adelantos, y de ahí la poesía empieza a degenerar y
3''
a decaer.
Esa es la razón por qué las naciones adelantadas para
hacer florecer las artes de imitación necesitan rejuvenecer-
se, volver atrás, admitir las creencias mitológicas de las
edades remotas: en una palabra, el estudio y la imitación
del ^ntigno. Algunos censuran estos esfuerzos, guiados por
un prejuicio falso. Aferrados a las ideas nacidas de las cien-
cias, miran en tales esfuerzos una retrogradación perjudi-
cial. Esio demuestra que el tiempo de la poesía y de la be-
lleza ha pasado; pero no demuestra que haya otro camino
para reconquistarla que el de volver atrás. Si ese camino
no tiene buenos resultados, menos puede tenerlos el de con-
— 51 —
fesar nuestra decrepitud, y renunciar para siempre al cul'
tivo de lo bello (1).
Tal fue el movimiento literario que se efectuó en Eu-
ropa en los siglos xv y xvi y que se conoce con el nombre
justo y exacto de Renacimiento. Necesario fue un esfuerzo
supremo y simultáneo: necesario hasta el detrimento de las
ciencias de inducción para poder elevarse al nivel de losan-
tiguos. Menester fue hacer renacer la antigüedad que ya-
cía cubierta con el polvo de los años.
Movimiento tan poderoso no pudo menos de producir
un sacudimiento general en la humana naturaleza. Aquel
movimiento ba continuado en el mundo, pero en distinta
dirección: las bellas artes resucitaron para morir luego; las
ciencias nacieron a su sombra y no han muerto porque su
aparición fue oportuna y legítima en el orden de los tiem-
pos. En rigor, hubo dos movimientos: uno de retroceso: el
estudio de la belleza, la reflorescencia de las facultades ima-
ginativas: movimiento hermoso, pero instantáneo y artifi-
cial; otro de progreso: la crítica literaria, la filosofía, las
ciencias físicas: movimiento continuado hasta nuestros días
y que aún continúa.
Si la crítica en el Renacimiento apareció al mismo tiem-
po y no después que la poesía, dependió de que, como se
deja fácilmente comprender, ésta y las bellas artes no fue-
ron sino una continuación, aunque gloriosa, forzada, de la
poesía greco-latina. La ciencia aunque no había adelantado
en los siglos medios sino mu}' poco, atada por la escolástica,
es decir, circunscrita por métodos insuficientes, empezca
adquirir cierto incremento, cuando renaciendo artificial
pero vigorosamente las artes de lo bello, acabaron de rom-
per las ataduras del entendimiento. Libre éste siguió el im-
pulso natural de la civilización: en lugar de despertar niño,
despertó adulto: los siglos habían corrido, y aunque salien-
do de un sueño, se sintió con fuerzas varoniles. Por eso las
altes duraron un momento, y las ciencias, merced al sacu-
(1) El popular poeta Selgas, siendo tan original como es, en la
invención y el colorido, es al mismo tiempo eminentemente mitológi-
co en el genio de su poesía; supuesto que, como observa Cañete,
ca sus ojos los árboles, las flores, las fuentes, los arroyos, todo en
fin, se halla animado de un espíritu, todo se personifica y se ostenta
con los atributos propios del hombre.» ¿Y esta personificación no es
el resultado de una imaginación viva y lozana? Selgas no repite (y
en esto anda muy atinado) los nombres y cuentos de la antigüedad;
pero inventa otros análogos no menos fabulosos. Veamos: el arroyo
perseguido por un torrente en I^a caridad y Xz. gratitud ¿no es una
miniatura que recuerda la grandiosa aventura de Aquiles perseguido
por el Simoente y el Xanto? El aire y el agua ¿no tienen afinidad con
el episodio de Bóreas y Orithya en Ovidio? (Met., lib. 6 fin). Selgas
en sus poesías está a cien siglos de la ciencia moderna: esto es lo
que llamamos volver atrás.
— 52 —
dimiento, siguieron prosperando. Esa y no otra es la histo-
ria de la civilización europea.
Así pues, al paso que ha decaído la poesía, la crítica se
ha desarrollado prog-resivaraente. Durante el Renacimiento
apareció, aunque más erudita, en el mismo peldaño en que
la habían dejado los antiguos gramáticos que siguieron al
siglo de Augusto; y de entonces para acá se ha desarrollado
más o menos según el espíritu y progreso intelectual de las
distintas naciones europeas. La crítica gramatical y filosófi-
ca de Escalígero y La Cerda (.nos referimos al sapientísimo
jesuíta toledano comentadoi de Virgilio) se fue paulatina-
mente transformando en la más atrevida y filosófica de
Walkenaer, Heyne y demás sabios que tratando de resti-
tuir los textos e inscripciones, empezaron a penetrar en el
espíritu de las obras. El iíltimo paso de la crítica literaria
es el que ha dado de pocos años a esta parte, aunque con
poca seguridad, y, a nuestro juicio con mal suceso, en Ale-
mania y Francia, convirtiéndose en lo que hoy se llama crí-
ticafilosófica; la cual del examen del espíritu de las obras
ha querido penetrar en el de los autores mismos y juzgar
por el escritor al hombre procediendo por abstracción y re-
composición simultáneas. Pensamiento es éste elevado, pero
cuya realización está aún muy lejos de verificarse satisfac-
toriamente. En Francia sus resultados han sido funestos
por una parte, y por otra, bajo el punto de vista meramen-
te científico, muy distantes de corresponder a la altura de
la idea iniciativa. Así por ejemplo la Vida de Jesiis, obra de
la pretendida crítica filosófica, ha resultado ser nna mera
novela con ínfulas de historia crítico-filosófica. El espíri-
tu novelesco y falaz de los franceses, no es por cierto el
alto talento de abstracción y de observación que se requie-
re para este nuevo y peligroso paso de la ciencia.
Tal es en resumen la historia de la crítica literaria en
Europa.
España en los tiempos modernos es quizá la nación en
que más tarde ha aparecido la crítica; y esto precisamente
porque es una nación de carácter propio, personal; nación
eminentemente poética, eminentemente heroica y creyen-
te. La civilización española tiene mucho que es suyo pro-
pio, mucho que no debe a la civilización europea y que la
caracteriza notablemente.
Tres son las ramificaciones o géneros en que, atendien-
do al espíritu más que a la letra, puede dividirse la litera-
tura española, a saber: el género clásico, el místico )' el pu-
ramente nacional. Explicaremos nuestro pensamiento.
El renacimiento de las letras en Italia ejercicio su in-
fluencia en España como en el resto de la Europa. Boscán y
Garcilaso introdujeron una nueva versificación y el gusto
del antiguo. En esta clase de poesía sobresalieron Herrera,
Rioja, León y otros escritores de primera nota, pero no
— 53 -
originales, nacionalmente hablando, es decir, en cuanto no
se manifiesta en sus obras, sino muy accidentalmente, el
g-enio de la nación. He aquí lo que hemos llamado género
clásico.
El elemento religioso, infiltrado en la España hasta la
medula de los huesos, ha venido a convertirse en su propia
sustancia; de tal manera que no puede concebirse a España
protestante o de cualquier manera infiel a las creencias de
los viejos españoles. A este elemento debemos otro género
de literatura que pudiera llamarse mística, en que sobresa-
lieron como prosadores Luis de Granada, Santa Teresa y
otros muchos, y como poetas, multitud de escritores de ro-
mances, letrillas y villancicos, cuyos nombres son poco me-
nos que desconocidos. En este género, original ya, por ser
la manifestación de sentimientos connaturalizados con el
carácter español, hermanados con sus glorias, y por decirlo
así, venerablemente tradicionales, posee la España riquísi-
mos tesoros.
En género que llamamos nacional entra el elemento
el
religioso, pero no por sí solo, sino en asocio de todos los que
forman el carácter español. En este génei'o débese enume-
rar en primer término el antiguo teatro español, el Roman-
cero y el Quijote; y en segunda línea. La Araucana de Erci-
11a, los antiguos historiadores y algunos novelistas. Nombra-
mos en primer lugar a los dramáticos, porque éstos, traba-
jando en un campo vastísimo, gozando una amplia libertad
de que tal vez abusaron UeUx culpa), levantaron un monu-
mento ciertamente colosal a la gloria literaria de su nación
representándola bajo todas sus fases, en su verdadero ca-
rácter, con su espíritu conquistador y magnánimo, con sus
creencias y sus costumbres. García del Castaña^, o El Buy-
ladoy de Sevilla, o El Valiente justiciero, es mejor retrato de
la antigua España que todos los libros de historia juntos.
En seguida de los dramáticos, cuyas obras forman el reper-
torio más admirable en los tiempos antiguos y modernos,
hemos mencionado el Romancero, moviéndonos a ello el
conceptuarlo la colección más bella, la más original de can-
tos populares: bella, porque todos esos romances están lle-
nos de sentimiento, y de aquel espíritu caballeresco de la
guerrera España; original, porque lo es hasta en el género
de versificación, privativo nuestro, por el manejo gracioso
del verso octosilábico y por la introducción de la rima aso-
nante. P^n tercer lugar citamos el Quijote, que es nuestra
epopeya. Tampoco debemos omitir, como muy notables en
la literatura española propiamente dicha, a Moneada, Hur-
tado de Mendoza y demás prosadores; hubiera sido injusto
también olvidar a aquel que escribió sus valientes cantos,
— Al ruido temeroso
De cruda lid donde vibró su lanza.
— 54 —
Si bien en la literatura de imitación la España no va en
zagfa a las demás naciones, no es en ella en la que se cifra
todo su mérito, bien al contrario, su gran tesoro literario
consiste en los dos géneros cuj'as principales obras acaba-
mos de enumerar: el místico y el que hemos denominado
nacional por no hallar otro calificativo que corresponda a
nuestra idea. Y todas estas obras no solamente son orig-ina-
les, no solamente son bellas, sino que son todas suyas. Si la
España como la fabulosa Atlántida se sumerg-iera en el
mar, quedaría sobrenadando en estas obras en que se ha
transfundido toda entera.
Ahora pues: si la España es la nación más original en
los tiempos modernos, si aun hoy apenas si acaba de salir
de sus tiempos heroicos; porqué admirarnos de que la críti-
ca haya empezado para ella tan tarde? La España trata de
adelantarse en su camino, como avergonzada por las incul-
paciones que la hacen sus vecinas; y al cruzar su fértil suelo
con vías férreas e hilos eléctricos, no advierte (y no se en-
tienda por esto que desaprobamos las meioras materiales;
formulamos en una imagen un hecho histórico), no advier-
te, decimos, que hace el papel de quien, saliendo apenas de
la juventud, creyera deber parecer respetable con una bar*
ba blanca.
Hay un hecho no importante en sí mismo, pero muy
significativo. La Grecia tuvo su Aristóteles; Roma su Hora-
cio. En los tiempos modernos, la Francia no tardó en poseer
una arte poética, la de Boileau; la Inglaterra tuvo a Pope, la
Italia a Escalígero y a Vida. Todos esos códigos literarios
señalan un siglo de oro: indican la existencia del arte, la in*
troducción del elemento razonante y reflexivo en una so-
ciedad literaria. En España no aparece ese elemento hasta
fines del siglo xviii, personificándose en Luzán y sus com-
pañeros. No es que queramos negar la importancia y méri-
to de la crítica: somos los primeros en reconocerlos. Pero
¿cómo no reconocer también que la crítica, ciencia de re-
flexión, es posterior a la poesía, hija de la imaginación, de la
libertad, de la juventud? Nada más bello, nada más consola-
dor que ver un país bien constituido y organizado; y sin em-
bargo, no podemos menos de confesar que la legislación más
sabia, nos indicaque el tiempo de las glorias militares, de las
conquistas de la espada como del genio, ha pasado irremisi-
blemente: y todo esfuerzo en ese sentido, el de Napoleón i,
por ejemplo, es un anacronismo, un esfuerzo vigoroso tal
vez. pero pasajero siempre, porque contraría el curso natu-
ral del progreso humano.
La Italia del renacimiento, la Francia de las conquis-
tas, son dos anacronismos.
Comoquiera, al historiar el progreso de la crítica lite-
raria en España, deben tenerse en cuenta las consideracio-
— 55 —
nes que preceden. La inmensa gloria militar de España no
se halla en su ciencia estratégica, sino en sus guerras y con-
quistas: lo mismo puede decirse de su ciencia crítica con
respecto a las producciones de sus grandes genios; Calderón
fue en su campo lo que Hernán Cortés en el suyo. La época
de creación, lo repetimos, precede a las de organización; y
para España apenas ha empezado la segunda.
La historia de la crítica literaria en España es uno de
los temas propuestos por la Academia Española en el con-
curso de premios abierto en el corriente año. Esta idea ha
dado ocasión a las consideraciones que, trazadas a grandes
rasgos, dejamos consignadas en el presente artículo.
(De El Iris del 12 de octubre de 1867,
JOSÉ EUSEBIO GARÓ
Caro nació en Ocaña (Nueva Granada, hoy Colombia)
el 5 de marzo de 1817. Su padre, don Antonio José, fue el pri-
mer americano emigrado de Santafé de Bogotá al estallar
la revolución que trajo la independencia el año de 1810, en
tiempo que servía la plaza de Oficial Mayor de la Contadu-
ría Principal de Ejército y Real Hacienda. No es de este
lugar referir las persecuciones de que fue objeto en aque-
lla emigración, y el singular denuedo y serenidad con que
se distinguió en varios combates. Estuvo sucesivamente en
Santa Marta y Tenerife en calidad de Oficial Real. Noti-
cioso de sus prendas y servicios, llamóle de Panamá, nom-
brándole su Secretario, el Virrey don Benito Pérez. Excu-
sóse don Antonio, y obtuvo permiso para dirigirse a Ocaña
a contraer su matrimonio contratado a su paso por aquella
ciudad, con la señora doña Nicolasa Ibáñez y Arias (l). José
Ensebio fue el segundo hijo de este matrimonio, efectuado
en 1813, después de varios contratiempos y en medio de los
azares de la guerra.
Terminada ésta con la gloriosa jornada de Boyacá
(1819), don Antonio, que con su familia, y venciendo mil
dificultades, se había restituido a la capital, fue elegido Di-
putado al Congreso de Colombia por la Provincia de Santa
Marta. Desempeñó, en unión de los señores Soto y Santa-
maría, el cargo de Diputado Secretario en Cúcuta, y divi-
dido el Congreso en dos Cámaras, siguió desempeñándole
en la del Senado. Comisionado para publicar en Europa las
leyes expedidas, partió para Londres, donde hizo de ellas
una bella y correcta edición. En aquella ciudad permaneció
algún tiempo, honrándole con su amistad 3^ estimación los
más distinguidos españoles y americanos, que muchos y casi
todos emigrados, se refugiaron en aquella época de convul-
siones políticas, bajo techo común, en la isla de la Libertad.
Durante su ausencia, José Ensebio vivió al lado de su
abuelo paterno don Francisco Javier, Oficial Mayor que fue
de la Secretaría de la Cámara y del Virreinato, y Secreta-
rio luego; del cual empleo se retiró a la vida privada algún
tiempo antes de la revolución: era hombre no menos ins-
truido que religioso, de carácter firme y costumbres auste-
ras. Fue el único español que, viéndose obligado a permane-
(1) Hoy esta señora vive en Europa con una rama de su familia.
— 57 —
cer en el país, a causa de su avanzada edad, se negó a jurar
la Independencia, prefiriendo antes toda clase de peligros
y la honrada mendicidad a que se vio reducido, hasta el
punto de malbaratar sus libros para procurarse la subsis*
tencia. Y según consta de una carta existente de don Juan
Jurado, habiendo este célebre Oidor, como íntimo y leal
amigo suyo, suplicádole varias veces cobrase el sueldo que
en calidad de jubilación le había asignado el Gobierno es-
pañol, haciéndole ver, son sus palabras, «que en eso no co-
metía un acto de connivencia, antes bien, privaba a los re-
beldes de aquel recurso, aunque corto, > lo llevó muy a mal.
«Tanto (agrega Jurado), que llegó a hacerme la repulsa en
términos muy desagradables.»
El niño José Eusebio le amaba entrañablemente, y por
un generoso instinto gustaba de vivir al lado del pobre an-
ciano, retirado del bullicio, más bien que en el seno de su
familia materna, una de las más distinguidas entre las pa-
triotas, y en cuya casa se reunía la más escogida sociedad
de aquellos tiempos.
Don Francisco, que, como queda dicho, poseía una vasta
erudición y decidido amor por las ciencias, tradicional en su
familia, al mismo tiempo que atendía a la educación moral
y religiosa del nieto, le enseñaba los primeros rudimentos
de las letras. Este mostró desde luego precoces disposicio-
nes poéticas, estimuladas sin duda por las conversaciones,
lecturas y trabajos literarios de su abuelo y sus tíos. Hé
aquí una muestra de sus versos, por decirlo así, infantiles:
¡Oh dulcísimo Jesús
Que en la cruz estás clavado
Por redimir nuestras almas
De maldad del pecado!
la
Yo adoro como a Hijo
te
Del Padre Eterno increado.
Tú eres el Dios de los cielos
Y la tierra. Mas tu brazo
Se enoja si el pecador
Nc guarda bien tus mandatos.
Al pie de estos versos, escritos en letra mal formada, en
imitación de la de imprenta, dice: «Esta décima la compuso
Pepe Caro»; y según la fecha que llevan otros papeles ad-
juntos, resultan ser de noviembre de 1825.
Sus lecturas favoritas en aquella época eran las Guerras
de Granada, los Romances moriscos y los del Cid. Así en el
niño empieza a dibujarse la seriedad del hombre y el buen
gusto del literato. Muerto el abuelo, siguió viviendo con la
tía doña María, mujer instruida y severa. Carola recordo-
ba siempre con la mayor gratitud y veneración.
Por los años de 1827 volvió su padre de Europa. Había
cegado en las playas de Santa Marta, y vivía solo y triste.
- 58 -
Sus hijos, Manuelita y Pepe, eran su consuelo. Este le saca-
ba a pasear sirviéndole de lazarillo. Ciego como estaba, le
enseñó principios de latinidad, y a traducir el francés ha-
ciéndoselo leer tal como se escribe, lo cual le proporcionó
el llegar a escribirlo con facilidad
5' sin faltas ortográficas.
Por aquella época conoció a José Eusebio el doctor Arganil,
francés de cierta ilustración, pero impío como buen hijo
del 89. Comprendiendo sus buenas partes intelectuales, le
cobró afición, y le enviaba en su lengua nativa, para que los
tradujese, varios artículos de los que por aquel tiempo vie-
ron la luz en El Agíala de jíúpitet\ periódico antiboliviano.
Para recreo de su padre leyó muchas obras francesas y es"
pañolas, y entre estas últimas el repertorio de dramas anti-
guos. Esto le sirvió mucho para aprender bien el habla cas-
tellana, bebiéndola en su más rico manantial.
Hé aquí un soneto posterior a los versos cortos arriba
copiados, del año 28, poco más o menos:
Higinio! trae el bayo en el momento.
Que le pongan la silla de mi padre.
¿Qué se hizo el freno aquel de mi compadre?
— Se lo llevaron. — Ah! cuanto lo siento!
—Hijo (dice mi padre) escarmiento
el
Al fin se encuentra; pero si es tu madre. . .
— Venga Caruja que a Junín le ladre
Y haga ir al morcillito con el viento.
Cojo el caballo, vuelvo; mas mi hermana
Ruega mucho a mi padre que me pida
Que escriba por lo menos una plana.
Escribo la palabra Fratricida.
Nada más, nada más; no tengo gana.
Me desnudo y me acuesto. Esta es mi vida.
El siguiente es de I80O:
¿Qué lúgubre rumcr sonó en mi oído?
Murió! repite el eco prolongado,
Y un son confuso en el sepulcro helado
Murió, retumba, Sucre esclarecido.
Ay! el que en Ayacucho vio vencido
Al león ibero y a sus pies postrado,
Cuyo valor el mundo ha proclamado.
Que de su patria la columna ha sido.
Que nunca a la maldad prestó sus manos,
Que nunca al yugo doblegó su frente,
Hoy en un negro monte entre puñales
De sus ingratos pérfidos hermanos.
Expira, cielos! víctima inocente:
Tal premio dais a la virtud, mortales!
— 59 —
Entre los recuerdos que de su niñez conservaba Caro,
no podemos resistir a la tentación de reproducir el consig-
nado por él en las sig-uieiites líneas, como que se relaciona
con el inmortal Bolívar:
<0h! cuando de vuelta de sus expediciones en Bogotá,
lo veíamos saludando rápidamente a todos, pasar al escape
de su caballo bajo los arcos triunfales que se le habían le-
vantado; cuando después en la casa presidencial le oíamos
responder a todos los militares, a todos los magistrados, a
todos los sacerdotes que venían a felicitarle y a bendecirle
aclamándole padre de la patria, nosotros jóvenes de aho-
ra (1) y que niños entonces lo vimos, éramos incapaces de
comprender cuan ardiente y vasta era el alma que se ence-
rraba en aquella inquieta figura, y que sólo a medias se ma-
nifestaba por aquellos ojos de relámpago y aquella voz de
clarín (2).»
El 30 de noviembre de 1830 murió su padre. Este acon-
tecimiento causó en él una impresión tan profunda que el
tiempo, las pasiones y los viajes no alcanzaron a borrarla.
El año de 40, recordando aquella noche terrible para él, es-
cribió una poesía llena de sentimiento y de verdad: Desfiles
de dhz años. En fecha posterior decía:
Vuelvo mi padre a ver. Su faz augusta
A un tiempo mismo afectuosa y seria
A presentarse torna ante mis ojos
Radiante de virtud e inteligencia.
al mirarle así prorrumpo en llanto;
Ay!
Que es de mi vida la incurable herencia
El no poder vivificar la tumbr:
Y conseguir que lo que fue no sea.
En las diversas situaciones de su agitada vida, amante,
esposo, padre, siempre tuvo presente al «amigo de su infan-
cia.> En sus últimos años cuando corregía en Nueva York
las composiciones de su primera juventud, volviendo a leer
aquella solemne elegía, no hizo otra variación que la del tí*
tulo, escribiendo con lágrimas: Después de vííinte años; y
y repetía con la misma verdad con que lo dijo la prime-
ra vez:
Y en medio de placeres y peligros,
De fatigas, de glorias, de miserias,
Tu voz, tu imagen siempre fue conmigo,
En íntima y tenaz reminiscencia!
Caro al ver morir a su padre, se vio a sí propio en una
soledad aterradora:
(1) 1840.
(2) El Granadino, septiembre de 1840.
— 60 —
Atrás la luz, mi infancia y un amigo!
Delante el mundo, solo y en tinieblas!
Y que era, por decirlo así, su pan de cada día,
esta idea
le hizo por mucho tiempo habitualmente melancólico en su
aire y profundamente sombrío en sus producciones. Obser-
va Chateaubriand que una de las causas de la melancolía de
Virg^ilio debió de ser el sentimiento y memoria de las des-
gracias que experimentó en su primera juventud: observa-
ción aplicable a Caro por el recuerdo que conservó siempre
de la muerte de su padre.
A poco de aquel suceso entró en el colegio de don José
María Triana. Hizo progresos rápidos en sus estudios, y lo-
gró hablar correctamente el francés: lengua que cultivó
toda la vida y en la cual llegó a escribir con tanta facilidad
como en la suya propia ). Sus exámenes fueron siempre
( I
sorprendentes. Obtenido el correspondiente diploma, pasó
a cursar filosofía y jurisprudencia en la Universidad de San
Bartolomé, en 1834. A este año corresponden las siguientes
composiciones: Año Ntievo^ El Ciptés, Deses-peración, Ja- A
vier Caro^ La Despedida (cuyo título cambió luego en Bue-
nas noches. Pabia miá), y algunas otras, en todas las cuales
predomina cierto tono melancólico, ciertas tintas sombrías;
y por lo que mira más de cerca a las formas, nótase en ellas
el giro de los restauradores de la poesía castellana en el si-
glo xviii, su mismo lenguaje mitad arcaico, mitad francés;
su mismo modo de versificar. Se conoce que tenía siempre
a la vista y en la memoria a Martínez de la Rosa, a quien
estudiaba y veneraba por aquel tiempo como a príncipe de
los hijos de Apolo.
No se crea sin embargo que por estas reminiscencias
dejase de ser original en el fondo y en el estilo mismo,
que resulta de la combinación de las formas con el pensa-
miento, no de éste ni de aquéllas separadamente. Caro en
aquella época vivía sobretodo de imágenes, nacidas entre el
triste recuerdo de lo pasado y el vago, aéreo y extraño pre-
sentimiento de lo por venir. Siendo de fibra delicada y sen-
sible corazón, las primeras impresiones de la vida no pudie-
ron menos de quedarle profundamente grabadas. Su bri-
llante y robusta imaginación era como un espejo de aumen-
to que reproducía aquellas impresiones en dimensiones ex-
traordinarias. De aquí la exageración de que efectivamente
(1) «Desde la. edad de diez años, gracias a la previsión y ternura
del mejor de los padres, la inteligencia y el habla de la lengua fran-
cesa me eran tan familiares cuanto pueden llegar a serlo al que nun-
ca haya puesto pies en Francia. Después, y cuando la muerte me
había arrebatado mi protector y mi amigo, me dediqué a la adquisi-
ción de la lengua inglesa que no he dejado de estudiar desde enton-
ces.» (Carta particular de 1840\
— 61 -
adolece en algunos de sus primeros ensayos. No conocía el
mundo sino por lo que leía en los poetas: vivía, pues, en una
región ideal de donde tomaba, sin pensarlo, cuando escri-
bía, las tintas de lo peregrino y lo maravilloso. Había visto
y muy de cerca la muerte, el dolor y la pobreza, y estos
fantasmas que su facultad imaginativa figuraba y engran-
decía, parece como que le rodeasen a todas horas aterrán-
dole: veía a su padre
Del sol sentado en el inmenso disco;
imaginaba la eternidad como una inmensa región de paz y
de silencio:
Sus dilatadas soledades nunca
Barrió el dolor con fúnebres Testidos.
El sol le mira con ojo sangriento; el rayo le amenaza
en su estallido. De noche suda y tiembla en su lecho:
De alg'uno que callado se aproxima
Oigo los sordos pasos; y apartando
De mi pecho las ropas que lo abrigan,
De una mano fatal que no conozco
Los fríos huesos sobre mí se estiran.
Yo tiemblo y callo. El corazón me hielan
Sus dedos de esqueleto. Mis mejillas
Baña sudor mortal: todo encogido,
No oso mover mis palpitantes fibras-
Esa exuberancia de imágenes gigantescas o sombrías:
labandera de la patria flameando sobre el Chimborazo, el
orbe cubierto e inundado por las aguas del océano; ese vago
sentimiento de lo infinito; ese modo en fin de ver las cosas
con sorpresa y con temor al mismo tiempo, propio de una
alma nueva y joven, pero que ha sufrido y visto sufrir, tales
son los principales caracteres de la primer manera poética de
Caro.
Como buscando espacio suficiente a esos vuelos de su
imaginación, ensayó Caro ensanchar el verso heroico caste-
tellano asimilándole al exámetro antiguo, como se ve en este
ejemplo:
Oh! morir en el mar! morir terrible y solemne.
Digno del hombre! Por tumba el abismo, el cielo por palio!
Nadie que sepa dónde nuestro cadáver se halla,
Que echa el mar encima sus ondas, y el tiempo sus años! (1)
(1) Final de El mat Véase igualmente La Gloria y la Poesía y
.
Eterno «í/íoí, donde se hallan alternados con endecasílabos. El nú-
mero aproximado de sílabas, ciertos cortes y el final adonio es loque
asimila estos versos a exámetros: la asimilación es mucho más per-
fecta en aquellos tar conocidos de Villegas:
Siete veces el verde soto coronó su cabeza
— 62 —
Comenzó a moderar los ímpetus de su fantasía el estu-
dio de la metafísica, para el cual tenía Caro un talento so-
bresaliente, lo mismo que para las matemáticas: consagróse
a estas ciencias con fervorosa decisión, sin que por tal moti-
vo se amortigfuasen sus talentos poéticos; antes bien les dio
mejor dirección. Porque no es verdad que éstos y esotros se
excluyan, como algunos pretenden. Es cierto que hay poe-
tas en quienes prevalece el sentimiento y la imaginación,
con detrimento de las facultades de abstraer y analizar, y
que por lo tanto no pueden sin un positivo disgusto entre-
garse a la meditación y a la investigación; así como hay filó-
sofos y matemáticos que no tienen sino escasamente el sen-
timiento de la belleza artística; pero esto no quiere decir
que las dos cosas no puedan avenirse bien. Con efecto, en la
poesía y en las bellas artes, la imaginación que crea y el
sentimiento que anima desempeñan un papel muy princi-
pal; mas si ellos bastan para producir lo agradable, para lo-
grar lo perfecto es preciso concurra una razón ilustrada.
Los grandes poetas han sido muy pensadores y muy metó-
dicos; lo mismo los grandes artífices. La división de la dura-
ción temporal y la ciencia de la armonía en la música; la
unidad de la composición y el equilibrio de los grupos en la
pintura; las reglas de la escultura y arquitectura; y en la
poesía la distribución simétrica de cantos, estrofas, ver-
sos y pies; ¿qué son todas esas cosas sino manifestado'
nes del gran principio del orden, que Leibnitz definió
diciendo que era la unidad en la variedad; principio sin el
cual no se concibe el mundo físico ni moral, y cuyo proto-
tipo en fin. rastreando el pensamiento de Platón, hallare-
mos en la Trinidad Divina? Hé ahí la base fundamental de
las reglas de las bellas artes, que consideradas y estudiadas
en ese aspecto se elevan a la clase de ciencia, al nivel de la
filosofía y de la matemática. Por su lado, los que a éstas se
dedican, tienen poderosos auxiliares en la imaginación y el
sentimiento: la una adivina, el otro mueve y fecundiza coa
su calor el entendimiento. Galileo, Baimes y otros grandes
pensadores así lo han reconocido.
El señor don Lino de Pombo, insigne matemático, y el
señor don Mariano Ospina, filósofo eminente, decían gus"
tar sobremanera de las poesías de Caro; el primero las cali-
ficaba de inateniátLcas ; el segundo confesaba ser las únicas
que le satisficiesen. Esto se explica muy bien por la doctri-
na que dejamos brevemente expuesta. Las composiciones de
Caro, especialmente las que escribió en su segunda manera,
son, como lo confirmarán observaciones que sobre ellas ha-
remos en el curso de este ensayo, eminentemente simétri-
cas así en el fondo como en las formas, merced al cultivo de
su talento filosófico, al hábito severo de metodizar el racio-
cinio y el discurso, al uso, en fin, del compás y de la re"
— 63 —
g\a así en el orden físico como en el intelectual. El corazón
del poeta llora lág-rimas que el arte embellece; su imagina-
ción crea ficciones que el arte ordena y perfecciona: de
aquí la calificación del señor Pombo. La profundidad de
los pensamientos era sin duda lo que fijaba mayormente la
atención del doctor Ospina. Si los talentos como el de Caro,
que confundía en uno el camino de la verdad y el de la be-
lleza, son raros, esto no prueba sino que las inteligencias
elevadas no son comunes; pero en manera alguna debe de-
ducirse de ahí que verdad y belleza son incompatibles. Poe-
tas hay demasiado razonadores y ergotistas en sus obras:
otros son demasiado artísticos, y pecan por falta de ilación
o de profundidad. Pocos son los que, como Horacio, como
Caro, hermanan lo uno y lo otro, uniendo a la alteza del
pensamiento lo castizo de la expresión con que le revisten,
y la belleza de la forma (o llámese metro) a que reducen esa
misma expresión. Las producciones de tales autores seme-
jan aquellas admirables estatuas en que la grandiosidad de
la concepción del artífice compite con la excelencia del már-
mol y los primores debidos al cincel. El lenguaje es por decir-
lo así la materia; el metro la forma. El poeta crea, no sólo con-
cibiendo una idea, no sólo encarnándola por la palabra, sino
amoldándola con sus manos a semejanza de su propio Hace-
dor: Fonnavit igihir Dominus Deiis hominem de Hmo terrea,
et inspiravU iiifadein ejus sphacuhnn viicr, ei facins est homo
ifi animaní viventevi. En eso consiste a nuestro modo de ver,
la verdadera superioridad del verso sobre la prosa. Si la
poesía antigua lleva a la moderna grandes ventajas, es pre-
cisamente por lo exacto y minucioso de su prosodia.
Caro pues siguió dividiendo la atención de su espíritu
entre la literatura y la filosofía. Hizo en esta tan rápidos
progresos, que llegó asostener (,1835) en singular certamen
y en lengua francesa, las materias correspondientes a los
tres años del curso. Por lo que hace a los autores de su pre-
dilección, éranlo, entre los poetas, Moratín j Martínez de
la Rosa. Queda dicho que éstos y los restauradores forma-
ron su primer manera, la cual empieza en sus obras de 1834
y se va modificando insensiblemente desde 1837 hasta des-
aparecer por completo en 1840.
Entre las causas que produjeron esa modificación y
pérdida de su primer manera, débense enumerar desde lue-
go: primero, sus especulaciones filosóficas; segundo, la lec-
tura de las obras maestras de otras literaturas. Porque por
aquel tiempo se dedicó al italiano, y a fuerza de aplicación
y trabajo, leyó el Orlando Fmioso, la Jcrusalén Libcttada, las
tragedias de Alfieri, el Pastor Fido y otras obras obras clá-
sicas de aquella nación. Posteriormente leyó algunas poesías
de Delavigne, Lamartine y Hugo, y empezó a mirar con
menos aprecio aqu^Mos autores en donde había aprendido
— 64 —
labuena y castiza elocución. Si no se apertrechara desde
temprano con ese tesoro, pecara después por falta de len-
guaje decoroso y puro. Lo mismo sucedió a Bello con su
afición desde niño a la lectura deCalderón y otros dramáti-
cos antiguos. El estudio concienzudo de la propiedad de la
lengua en su gramática, y más todavía, en sus autores clá-
sicos, es a la manera de un andamio sin el cual no es posible
levantar monumento literario que dure. «Estos bastardos
españoles (decía Capmany) confunden la esterilidad de su
cabeza con la de su lengua, sentenciando que no hay tal
o tal voz porque no la hallan. ¿Y cómo la han de hallar si
no la buscan o no la saben buscar? Y
¿dónde la han de bus-
car si no leen nuestros libros? Y
¿cómo los han de leer si los
desprecian? Y no teniendo hecho caudal de su inagotable
tesoro, ¿cómo han de tener a mano las voces que necesitan?>
A Caro nadie podrá acusar de ese desprecio por los es-
tudios clásicos tan frecuente en Hispano América. Desde
temprano se aplicó al de la lengua patria, y no le abandonó
nunca. En el último período de su vida, durante su resi-
dencia en Nueva York, daba allí en un colegio lecciones de
castellano, a que asistían algunas personas notables para
admirar su fácil manejo del inglés e instruirse en su sólida
doctrina. Convencido él de la relación íntima que existe en-
tre el pensamiento y la palabra, no abandonó por frivolos
aquellos estudios aun en medio de las más importantes ocu-
paciones. Cuando cayó en sus manos la admirable obra del
gran Bello sobre la conjugación castellana, leyóla con avi-
dez, prendado de la lucidez, profundidad y método del au-
tor; y meditando detenidamente sobre aquel sistema, hizo
algunas luminosas apuntaciones sobre el mismo tema. Dejo
también entre sus manuscritos varios apuntes sobre articu-
laciones, sobre terminaciones castellanas, sinónimos y otras
materias análogas. Resultado de estudios tan serios y asi-
duos fue aquella perspicuidad de estilo, aquella propiedad
en el lenguaje que se observa en la oportunidad de los epí-
tetos, y en la admisión y abstención de ciertos vocablos en
ciertos lugares, no sólo según el color que del uso han reci-
bido, sino en atención a aquella más completa, genuina y
embozada significación que entrañan en virtud de su etimo-
logía aunque deficientes diccionarios no la recen. Dotes
eminentes en cualquier escritor y sobre todo en un poeta
que está obligado a no dar ripios en vez de oro puro; dotes
desatendidas, como es natural, por el vulgo de los que leen y
juzgan, y que los inteligentes tendrán a menudo ocasión de
admirar en Caro.
En el propio año de 1835 escribió sus primeras compo-
siciones no sabemos si decir amorosas, pues son como ñores
inocentes, que más bien que una verdadera pasión revelan
un sentimiento delicadísimo de amistad y de ternura: son
— 65 —
las intituladas: Mi Lira La Mañana, La
^ venida a la dudad.
La primerafue posteriormente limada, y es la razóa por que
se separa un poco del estilo de Caro en aquella época. Aquel
fue pues el primer amor de nuestro poeta, que cantó su
muerte en Mi amor y Pobre amor tan bello I Estas dos deli-
cadas elegías comparecen en el manuscrito origfinal bajo el
encabezamiento comúü de Transición. En la primera dice
Caro, retratando, cual Tintoreto a su hija muerta, aquel
celaje tan pronto desvanecido:
Como tras las montañas
Hundiéndose la luna
Se pinta en la laguna
Que cercan tristes cañas;
Como el dormido infante
En rápido embeleso
Aun de la madre amante
Recuerda el primer beso;
Como la voz del mundo
Entorno al moribundo,
Tal con vivo fulgor
Brilló fugaz mi amor.
Y fugaz fue cierto, dado que no inspiró sino las tres ci-
tadas composiciones, todas por febrero de 1835.
En 1836 en unión de otros jóvenes aficionados a la lite-
ratura, entre ellos Francisco Javier y Antonio José Caro,
poetas distinguidos, primos hermanos suyos, y José Joaquín
Ortiz, que después tan alto nombre ha conquistado como li-
terato, emprendió la publicación de la Estrella Nacional,
primer periódico exclusivamente literario en su patria, y
cuya duración fue de pocos meses. A
ñn del año presentó
examen de Legislación, ciencia que enseñaba don Ezequiel
Rojas; abriéndose el acto con un discurso compuesto y pro-
nunciado por Caro, en el cual defendía enérgicamente
el sistema egoísta de Bentham, llamado de utilidad; siste-
ma que andando el tiempo debía rebatir victoriosamen-
te, según luego veremos. En el 37 presentó examen de De-
recho Civil patrio, pronunciando otro discurso no menos
aplaudido que el anterior. Por aprobación unánime obtuvo
el grado de bachiller; mas nunca quiso recibirse de aboga-
do, ni ejercer la profesión. Los dos discursos aludidos con
otros artículos suyos sobre economía política, se hallan en
El Amigo del Pueblo, periódico que se publicaba por aque-
lla época.
En este punto la figura de Caro, estudiante-poeta (1),
(1) — Joven escolar que en todas partes
Piensa en patria, virtud y bellas artes.
(Mitanes).
Estudios literarios — M. A. Caro —
- 66 —
nos interesa en medio de la modesta oscuridad deque se
rodea. Hay en la vida de casi todos los grandes ingenios, al-
gún período consagrado exclusivamente al culto de la amis-
tad y las musas; período de entusiasmo juvenil en que des-
conocido el hombre, pero no ignorante de cuanto es capaz
de dar, busca instintivamente cierto círculo de almas que le
son simpáticas. Muy desventajosamente se subroga el aura
popular a esta amable familiaridad de quienes se aislan,
grupo privilegiado, en medio de sus contemporáneos. Des-
pués, cuando no ha quedado de los hechos sino un vago ves-
tigio, los actores de aquella escena, preludio de un drama
glorioso, vuelven a verla con una especie de ternura; y el
historiador mismo prescinde por un momento del carácter
severo que le corresponde para consagrarle un recuerdo
afectuoso.
Terminados sus estudios universitarios se consagró a la
y a la literatura, desempeñando al mismo tiempo
filosofía
un empleo subalterno que se le confirió en el ramo de Ha-
cienda. Habíale admitido para acudir con el sueldo a su
subsistencia; y en él prestó el servicio importante de regu-
larizar la contabilidad (l). Por aquel tiempo vivía solo en
Bogotá: su familia estaba en Girón. Una librería puesta a
su disposición por un amigo, le proporcionó el amargo pla-
cer de leerse (1837) lo más malo que ha salido de las pren-
sas francesas: las obras de Voltaire y muchas de los enciclo-
pedistas contemporáneos o discípulos de aquél: Holbach,
Volney, Condorcet. Este último, padre de las modernas
utopías basadas en el principio de la perfectibilidad de la
humanidad, hizo fuerte impresión en el ánimo de Caro.
Agregúese a esto que había estudiado legislación e ideo-
logía por Bentham y Tracy. Perdida la clave de la fe,
trataba en vano con largas cavilaciones de hallar camino
seguro a su razón. Su carácter era demasiado indepen-
diente para seguir ciegamente a sus maestros, a quienes
por o^ra parte hallaba contradictorios; su corazón demasia-
do noble para abjurar el cristianismo; sí, Caro siempre fue
cristiano de corazón, aunque alguna vez su razón se rebela-
se orgullosa. Como Jouffroy, llegó a ser incrédulo odiando la
(1) «Habiendo sido empleado de la Dirección de Crédito Público
Nacional, los incoherentes y confusos métodos planteados en aquella
oficina por su primer Director me obligaron a estudiar profunda-
mente el método de contabilidad universalmente seguido en el comer-
cio y conocido con el nombre de partida doble. Mas la partida doble
fundada en ficciones como las legales de los romanos, no podía satis-
facer a un espíritu acostumbrado al ejercicio del análisis, a la pre-
cisión de las nomenclaturas y a la exactitud de los resultados. Esto
me condujo a meditar más y más sobre los verdaderos principios de
la contabilidad, y después de muchos esfuerzos, ensayos y trabajos,
creo por fin haberlos descubierto.» (Carta particular, 1840).
- 67 -
incredulidad. Sintiendo en sí la necesidad imperiosa de
creer, no desdeñaba las obras de la filosofía católica; bien al
contrario, meditó las de Senac, Gerbet, Bonald y De Mais-
tre: posteriormente leyó a Balmes, y como buscaba ia ver-
dad de buena fe, volvió a sus antiguas creencias: circumftih
sH eu7n lux de ¿:a?/o ,-pudiendo con tranquila serenidad decir
adiós a sus antiguos maestros y amigos:
—Vivo et re^no simul ista reliqui
Quée vos ad coelum fertis rumore secundo.
Vuelto así por convicción al seno de una religión que
no había podido dejar de ver con simpatía, propúsose escri-
bir una obra con este título: Filosofía del Cristianismo, de la
cual no dejó más que el plan razonado a trechos (1839).
Adoptando el método ontológico, es decir, procediendo de
la cuestión del Ser y las existencias hasta dar en el hombre,
para considerarle por todas sus faces y en todas sus rela-
ciones, se proponía destruir Jílosó_^ca9neji¿e la aparente con-
tradicción entre el principio científico y el principio religio-
so. El plan de aquella obra que quedó en proyecto concuer-
da bastante con el de los Estudios filosóficos de M. Nicolás.
Si las convulsiones políticas y otras circunstancias le im-
pidieron llevar a cabo un plan tan vasto y que demanda
para su completo desarrollo tiempo, estudio y reposo, no
por eso dejó de combatir por la prensa el sistema sensualista
de Locke, Tracy y Bentham. En 1840 publicó su carta al
señor don Joaquín Mosquera «sobre el principio utilitario
enseñado como teoría moral en nuestros colegios, y sobre la
relación que hay entre las doctrinas y las costumbres.»
La carta puede dividirse en tres partes: introducción,
estado de la cuestión y discusión. En la primera se concilia
laatención de su interlocutor y de sus lectores; recuerda a
sus jóvenes compatriotas la historia de sus estudios, queján-
dose enérgicamente, por experiencia propia, de la coacción
tiránica ejercida sobre las inteligencias por los directores
— —
de instrucción pública. «Jamás decía fue responsable el
que cae sino el que empuja. La pobre juventud ha sido em-
pujada.»
Presenta en seguida el estado de la cuestión. Expuesta
a grandes rasgos la historia de la filosofía moral en el mun-
do, tomando por punto de partida la Grecia antigua y la
moderna Francia, pasa Caro antes de entrar en discusión
a determinar la filiación de nuestra irreligiosidad, que no
ha sido ni es aún otra cosa (vergüenza da decirlo) sino un
eco inoportuno y demasiadamente tardío de la filosofía de
un siglo difunto, de una nación que adelanta en el camino
de la civilización, sin que los hombres incrédulos en estas
remotas comarcas adviertan en ello, a semejanza de ?a vieja
— 68 —
aquella de Larra que se había quedado años atrás en la lec-
tura de sus gacetas.
Entra en seguida en discusión, y después de refutar el
error, asienta y desenvuelve la verdadera doctrina, la doc-
trina cristiana que localiza el bien, no en el placer como los
sensualistas, sino en la virtud, y hace responsable al hom-
bre, no según los resultados de una acción, sino según las
intenciones.
Defensores y^ muy ardientes tuvo la Iglesia en nuestra
Patria antes de 1840. pero ninguno a la altura de la época y
de la situación; ninguno que jugara el arma de la filosofía,
no las entonces mal vistas de la autoridad y el buen sentido,
contra los sedicientes filósofos. Habíamos tenido al doctor
Margallo, el hombre verdaderamente evangélico, el apóstol
infatigable, «el orador del pueblo, > según la expresión de
Caro; en suma, habíamos tenido un apóstol, nos faltaba un
filósofo. Combatiendo las mismas doctrinas que había en
los colegios aprendido, oponiéndolas filosóficamente al prin-
cipio de la moral cristiana, como única y verdadera base de
todas las ciencias que tienen por objeto la sociedad y el
hombre, Caro se ha hecho justamente acreedor al título de
primer adalid en su patria, de la reacción católica del siglo
XIX en Europa. Fue así el iniciador y después jefe del par-
tido moral doctrinario en nuestra tierra.
Fue también el primero que hizo justicia a la causa de
España y al partido que la sostuvo en América. Oigámosle:
«Hecha la revolución de 1810 (dice en Los ParVdos Po-
de la Nueva Grmiada), explicado claramente el pen-
líticos
samiento oculto que los directores de la revolución solos co-
nocían, el país se vio por la primera vez dividido en dos
partidos políticos que merecen con toda propiedad este
nombre. El uno quería la independencia y la república, y
el otro la monarquía y la unión con la metrópoli. Que no
haya rey ni dependencia de España, esta cuestión era clara,
precisa, al alcance de todos; era además gravísima y de
sumo interés para cada habitante; por consiguiente en esta
ocasión la población ha debido estar real y positivamente
dividida en dos grandes bandos; no pudo haber persona indi-
ferente ni quedar espectador neutral. Los sinceros y hon-
rados ciudadanos que habían preparado la revolución, re-
bosaban en las más grandiosas y halagüeñas ilusiones. Ima-
ginábanse que apenas se lograse la independencia y la pro-
mulgación de instituciones liberales todo sería paz y ventu-
ra; la concordia y la unión reinarían entre todos los grana-
dinos; la libertad y la seguridad harían de este país su
mansión favorita; las ciencias y las artes se extenderían con
rapidez por todo el territorio derramando a manos llenas
sus preciados beneficios; la población industriosa de la Eu-
ropa dejaría apresurada una sociedad envejecida y esclava.
— 69 —
y vendría a buscar una patria en este nuevo edén de liber-
tad y de abundancia; las selvas y zarzales se transformarían
en poco tiempo en ricos bosques de cacao y de café, en in-
mensos plantíos de caña dulce y de todo género de mieses;
los almacenes de los puertos se verían llenos de preciosas
maderas, de resinas exquisitas, de plantas medicinales va-
liosas; las naciones extranjeras vendrían solícitas a comprar;
nuevos potosíes descubiertos en cada cordillera harían na-
dar nuestro comercio en oro y plata; nuestros buques reco-
rriendo seguros, bajo la egida de nuestro pabellón, los
grandes y pequeños mares, llevarían nuestros productos a
todas las partes del mundo. Libres, ricos, virtuosos, respe-
tados y felices, los granadinos seríamos la envidia del mun-
do. La fe de los patriotas en estas ilusiones era grande, y
en proporción era su entusiasmo por la independencia y la
república; aunque al principio eran pocos los afiliados en
el bando, su exaltación ardiente y sinceralogró bien pronto
allegar a su causa numerosos y decididos partidarios. El
partido opuesto era sin duda mucho mayor en número, pero
era un partido puramente negativo, que nada nuevo, nada
desconocido esperaba ni prometía; que reducido a negar la
realidad de la nueva y maravillosa ventura que el contra-
rio anunciaba con resuelta confianza, no podía tener ni co-
municar entusiasmo; era un partido que limitado a la defen-
siva cada día debía ir a menos si su contrario no destruía
por sí mismo las esperanzas que hacía concebir. Uno y otro
partían de razones verdaderas o imaginarias de bien públi-
co, uno y otro eran sinceros; y se incurre en un ertor muy
grave cuando se atribuyen miras perversas, intenciones ma-
lévolas al partido inmenso que repugnaba la independencia.
Nada más natural y más excusable que esa repugnancia
en pueblos habituados a mirar con respeto religioso al mo-
narca, y como una honrosa dicha el pertenecer a una gran
nación, que en su concepto era la más poderosa, rica y mo-
ral del mundo.»
Muy digno es de observarse y admirarse el que, salvo
las dos tituladas ^ 0(:awa y A /l/(rz;«£:a/¿í?, todas las poesías
de Caro comprendidas bajo el lema El Desterrado, estuvie-
sen escritas el año 3S. Porque todas ellas fueron dictadas
por un triste y fiel presentimiento: son por decirlo así, pro-
féticas, cuadrándole hasta bajo este punto de vista a nues-
tro autor el divino nombre de vate o poeta. Hé aquí una de
aquellas estrofas, y atiéndase a que podríamos citar cual-
quiera otra; pues no hay una palabra que no se haya reali-
zado:
Ah! que esta gran marabilla conmigo forma armonía!
Yo proscripto, prófugo, pobre, infeliz, desterrado.
Lejos voy a morir del caro techo paterno,
Lejos, ay! de aquellas prendas que amé, que me amaron!
— 70 —
Cuando en 1851 limaba en Nueva York sus produccio-
nes, la única corrección sustancial que hizo en éstas, se re-
dujoasustituír al siguiente verso de La Imagen de la Patria:
De los malos los negros antojos
estotro:
El furor de las déspotas rojos.
¡Cuan bien realizado hallaría el contenido de aquellas
poesías, cuando las adoptaba, digámoslo así, haciendo una
variación como esa que fija, para los lectores que en ello no
estén instruidos, la fecha de la composición entera, en época
posterior a la en que se escribió!
En el propio año de 1838 compuso El huérfano sobre el
cadáver y Ca;parrota. Yahemos^dicho que siempre llevó con-
sigo la memoria de su buen padre.
En ese mismo año mudó las cuerdas de su lira; y de
entonces data su segunda manera poética, que veremos des-
pues más determinada en las inspiraciones de Delina. Esta
segunda manera empieza a señalarse poruña mayor pro-
fundidad de concepción e intensidad de sentimiento, más
naturalidad y dulce entonación en el estilo, y una tendencia
marcada a la simetría, reflejo, comeantes dijimos, del prin-
cipio del orden. La existencia e influjo del sentimiento de
este principio en la poesía como en las artes liberales, no ha
sido todavía observado tanto cual merece; y así a lo que lle-
vamos dicho sobre el particular agregaremos aquí que aun
en los poetas más libres 3' aparentemente descuidados, un
observador perspicaz puede hallar vestigios del indicado
sentimiento prescindiendo de su manifestación er el mero
hecho de versificar en vez de escribir soluta oraVone. Así
por ejemplo el gran Dante «poetiza (según nota C. Cantú
con otra ocasión), masque por instinto, por cálculo y racio-
cinio. Combina su poema uno y trino en tres veces treinta
y tres cantos, además de la introducción, y cada uno de ellos
casi en igual número de tercetos. Las combinaciones numé-
ricas que comienzan en el primer verso, le acompañan al
través de los abismos, de los precipicios, de los cielos coor- —
dinadas siempre de nueve en nueve. > Byron mismo admira-
ba a Pope como al primer poeta inglés por encontrarle
compasado y regular en todas sus obras. Le prefería por
eso a Shakespeare y a Milton motivando su juicio en este
exactísimo símil: «Prefiero (decía) el templo de Teseo o el
Partenón, a montes de baldosas calcinadas.» Hemos leído
que la línea para formar la bóveda más firme y segura se
ha calculado ser la misma que Miguel Ángel eligió para
formar la más bella.
Pero esta tendencia de Caro a la uniformidad, por lo
que respecta a la versificación, que es uno de los caracteres
— 71 —
de su segunda manera, requiere alguna aclaración, ya que
no faltan quienes le hayan tachado de duro y poco flexible
en sus versos, precisamente por lo cadenciosos que solía ha-
cerlos. Este error depende por una parte de haber, los que
así juzgan, acostumbrado el oído a cierto linaje de versifi-
cación, preocupados por el cual, no atinan a coger el com-
pás de cadencias más rítmicas, es decir, más musicales.
Agregúese a esta costumbre que mira al oído, la de leer
precipitadamente así la prosa como el verso; de donde nace
que los que hoy se escriben en nuestra lengua sean gene-
ralmente rápidos y dactilicos. Tan bárbara manera de oír
y de leer porva-pot, hija legítima de la irreflexión que ca-
racteriza el siglo, hace que se gradúe de pesada la versifi-
cación más cadenciosa, como la de Caro en su segunda ma-
nera; y de dura la más nutrida y vigorosa, como la de
Arriaza en su traducción del arte poética de Boileau.
Cierto que en la versificación latina (nos referimos al
exámetro) observaban los poetas, independientemente de
las cesuras indispensables, una gran variedad en los cortes
y distribución de pies, buscando por una especie de instin-
to, aun no sometido a reglas, cierta sonora rotundidad al
período poético, como la buscaban, aunque de distinta cla-
se, los prosadores a las frases oratorias. Esto que puede lla-
marse número para diferenciarlo del ritmo o cadencia musi-
cal, ha sido conocido y practicado por los italianos y españo-
les: es a quien se debe el elegante manejo del endecasílabo
blanco y la silva; los de Moratín, por ejemplo, y los de Quin-
tana y Gallego. Faltando él, todo poema largo sería pesado
y monótono: Caro en su primera manera sobresale mucho
por ese modo de versificar. El fragmento titulado Lara, es-
crito en silva, es notable por la antedicha sonora y varia ro-
tundidad de cada estancia. Obsérvase asimismo en Desespe-
ración, El Ciprés y otras producciones de la primera mane-
ra. A medida que su espíritu se hacía reflexivo, miraba con
menos interés aquel estilo elegantemente pomposo, prefi-
riendo el encanto del orden. De aquí el abandonar la silva
y el endecasílabo asonantado, y el inclinarse a dividir sus
composiciones en partes iguales, éstas en estrofas, y no
comoquiera, sino estrofas difíciles sin dejar verso blanco,
ni rima imperfecta, ni cosa, en fin, que infringiese la ley se-
vera que al empezar se hubiera impuesto. De manera que
no rimaba z con 5, ni dejaba suelto el primer verso de cada
uno de los dos cuartetos que forman la octava llamada ber-
mudina, no obstante estar esta libertad admitida y auto-
rizada. De ahí el ser sus endecasílabos extremadamen-
te rítmicos, es decir, el que lleven las sílabas pares general-
mente acentuadas, al modo de los buenos endecasílabos in-
gleses, los de Pope, por ejemplo. También dejó de montar
los versos, lo cual ejecutado con habilidad contribuye mu-
— 72 --
cho a la perfección del número poético; pero destruye el
ritmo de cada verso considerado aisladamente. La segunda
manera de Caro, por lo que mira a la versificación, es un
reflejo del carácter serio de los poetas anglosajones con el
cual sintió que armonizaba el suyo, luego que leyó a algu-
nos de ellos: lectura que hubo de olvidarle casi por completo
de Martínez de la Rosa y demás ídolos de su primera ar-
diente juventud. Verdad es que el número poético es uno
de los más bellos privilegios de la poesía latina (compren-
diendo bajo este nombre la italiana y española): Caro lo sa-
bía y si se separó de aquella práctica fue después de haber-
la entendido y cultivado con éxito. Adoptó esta segunda ma-
nera porque la conceptuó más adecuada a la poesía lírica,
género que cultivaba. Y lo es en efecto, porque por una
parte da más aire de perfección y simetría a las composi-
ciones, y por otra las hace más fáciles de retener de memo-
ria y de cantar. Sabido es que la oda y la lira se han hecho
la una para la otra. Últimamente, si la otra manera se adap-
ta más a seguir los vuelos de la fantasía, ésta sirve mejor
para expresar con la propiedad y delicadeza convenientes,
los sentimientos del corazón (1).
(í) El carácter eminentemente rítmico de su segunda manera,
no es circunstancia casual sino procurada de deliberado propósito,
como lo patentiza esta obaervación suelta que hallamos en sus borra-
dores:
«VERSIFICACIÓN CASTELLANA
«Es evidente que lo que constituye el verso no es la medida en
cuanto al número de sílabas. Los renglones siguientes tiene cada uno
once sílabas y ninguno es verso endecasílabo:
3 5 8 10
«Alejandro el grande venció a Darío
3 5 8 10
«Cristalinas, puras, corrientes aguas
3 5 7 10
«Cristalinas, puras, aguas corrientes
«Es decir, ninguno tiene la cadencia que tienen por ejemplo los
siguientes:
2 ^ 8 10
f
«Entonce en mí de amor potencias nuevas,
2 4 8 10
«En perfecta tu beldad hoy trunca;
ti
2 4 6 8 10
«Hermosa tú y hermosa más que nunca,
2 4 6 8 10
«Amante yo cual hoy quisiera amar.
«Tampoco lo constituye la medida en cuanto a la naturaleza o
cantidad de las sílabas. Los dos versos siguientes:
2 4 6 8 10
«Y tú, Dorila, cuya leve cuna
4 8 10
«Entre el silencio de las selvas calmas.
— 73 —
Estas inspiraciones de la segunda época son todas de
fines delaño 38. Sus títulos son: El Valse, Declaración, El
Robo, 7 US OJOS y tu amor. Todo mi corazón. Los Juegos de
niños. Eterno Adiós, La hurí representa la segunda transi-
ción, como Adi Amor Y ¡Pobre amor tan bello! habían repre-
sentado la primera. Cuando nuestro poeta decía:
Murió mi amor, mi corazón me resta,
Capaz de dar aun más de lo que ha dado;
era que se apagaba en su pecho, para encenderse en él
otro inextinguible. Un presentimiento fiel, como solían ser
sus presentimientos, como lo fue el que le inspiró los cantos
del proscrito, como había de serlo el que le anunciaría su
muerte, fue el que dictó el segundo verso de los dos trans-
critos, y toda esa composición, o mejor dicho fragmento,
pues antes de terminarla (1839) se halló con la mujer pre-
sentida, con la que haría dar a su corazón «aun más de lo
que había dado.» Presentía aquel amor entonces, y poco
después lo cantaba realizado en La sonitsa de la mujer y el
alma del -poeta.
¿Quién era aquella mujer predestinada? preguntará
algián lector. ¿Cómo la conoció Caro? Era una señorita, dos
años menor que Caro, hija de uno délos abogados notables
de aquella época, el doctor Tobar, Ministro Juez que fue
de la Alta Corte de Justicia; sujeto de una honradez a toda
prueba, costumbres sencillas y amenísimo ingenio. Fue uno
de los fundadores de la independencia americana.
«se componen: el primero todo de sílabas breves o simples, el según
do todo de sílabas larg-as o compuestas; y a pesar de eso ambos son
versos completos y como tales suenan.
«Lo que constitu3'e el verso esencialmente es la distribución de
los acentos en serie regular; eso es lo que se llama ritmo. Quien dice
ritmo dice verso. La medida no es una cualidad primitiva en el ver-
so sino simplemente una consecuencia del ritm^. Así pues la diferen-
cia esencial que hay entre el verso y la prosa es la misma que hay
entre la marcha militar y el paso ordinario; la igualdad de los com-
pases que hay en aquélla y falta en ésta. Lo que hay de común en-
tre el verso y la miisica es el compás. Lo que hay de más en la mú-
sica es el tono. La conversación, o sea la prosa, carece de ambas
condiciones.»
No puede tachársele a Caro, como a Burgos en su discurso d^
recepción en la Academia, haber puesto aquí de ejemplo sus propio
versos: 1?, porque éste era un papel de su uso particular, no un do-
cumento público; 2"=', porque, como se observará más adelante, le hu-
biera sido muy difícil hallar en los autores españoles cuatro versos
seguidos tan rítmicos como los copiados; a lo sumo hubiera podido
citar, a tenerlo presente, uno que otro suelto, como aquel de Rioja:
Naciste entre la espuma
De las ondas sonantes
2 4 6 8 10
Que blandas tiende y rompe el ponto en Quío.
— 74 -
En carta particular de Caro (1840) leemos:
<Yo me he acercado a las más celebradas mujeres de
Bogotá: he visto a las más hermosas, he tratado a las más
inteligentes. Algunas habrán podido divertirme; ninguna
había logrado sorprefiderme. En ella, sólo en ella, he podido
admirar aquella exquisita finura de observación que sabe
caracterizar con una mera palabra el objeto a que se aplica;
aquel tacto de las situaciones, tan raro como precioso, por
el cual adivina más bien que descubre el mejor procedi-
miento en cada caso dado; aquel entendimiento despejado y
sin nubes, que sin envanecerse y sin humillarse sabe poner
cada consejo, cada recomendación, cada elogio en el lugar
que le corresponde; aquella sagacidad penetrante que de
una sola ojeada y deduciendo de un solo dato el carácter
entero de una persona, en una acción toma principio para
desenvolver una conducta Su maravillosa hermo-
sura es la menos notable de sus cualidades, la menor de sus
perfecciones.»
Las primeras visitas de Caro a Delina inspiraron las
piezas siguientes: Estar contigo. Sociedad y soledad. La Glo-
ria y la poesía, La sonrisa de la mujer (julio y agosto, 1839).
Y aquí empieza a determinarse más su segunda mane-
ra. El amor inspiraba; la razón escribía. Caro experimen-
taba la pasión más intensa; y sin embargo sus versos no son
obra directa de esa pasión: formábalos mediante la re-
flexión, sin que por eso se resientan de frialdad, a manera
de un pintor que hiciese un buen retrato, ausente el origi-
nal. Sus versos no son la expresión espontánea, el grito de
sus sentimientos; son una imagen bella y pura de esos sen-
timientos convertidos eu ideas; pero imagen que lleva el
calor y el aroma de un corazón apasionado.
El año 1840 aún se hallaba Caro ejerciendo el destino
de Hacienda de que hemos hecho mención más arriba. Pen-
só por aquel tiempo dedicarse al comercio; pero la dificul-
tad de obtener un capital con la sola garantía de su honra-
da firma, esto por una parte, y por otra los acontecimientos
que se sucedieron, trastornaron aquel plan 3^ dirigieron en
otro sentido sus propósitos (1).
(1) Si el abrazar una profesión fuese negocio de elección y de
voluntad, la profesión que yo sin vacilar habría abrazado sería el
comercio. Es una profesión independiente, moral y lucrativa. Inde-
pendiente, porque un comerciante de nadie más depende en el mun-
do que de su honradez, de su actividad y de sus cálculos. Moral,
porque el comercio contiibuye eminentemente a desenvolver todos los
hábitos de orden, de frugalidad y de economía. [Link], porque en
elcomercio es regularmente donde se han acumulado grandes fortu-
nas, y es la carrera cuyo horizonte presenta más halagüeñas y lar-
cas perspectivas para una ambición honrada- Además, el comer-
El Jefe de la Administración era en aquella época el
doctor don José Ig^nacio Márquez, que no obstante haber
sido liberal avanzado en épocas anteriores, asumió, por una
de esas combinaciones inesperadas tan frecuentes en la his-
toria de las naciones, el carácter de jefe del partido conser-
vador. Caro, empleado público entonces, realista en su ni-
ñez, ferviente republicano en su adolescencia, se alistaba en
aquella función política por motivos no idénticos a los que
guiaban para converger al mismo punto a los antiguos rea-
listas y bolivianos. «Soy partidario, decía, de la actual Ad-
ministración, porque ella es la Administración del pueblo;
porque ella es el primer ensayo en Colombia de un gobier-
no no militar que haya tenido apariencias de ser estable.
Aquel año (1840) estalló en varios puntos de la Repúbli-
ca una revolución de carácter liberal separatista: encabezá-
banla diversos jefes con el título de Supretnos. Caro con otros
jóvenes patriotas se alistó en el ejército nacional, e hizo la
campaña del Sur (1841), y luego la del Norte (1842), arros-
trando todo género de privaciones.
El entusiasmo con que abrazó esta causa puede colegir-
se del documento siguiente:
«Excelentísimo señor Presidente de la República.
«Señor:
«Con fecha 4 del corriente elevé a Vuestra Excelencia
una representación en que hacía la renuncia del destino que
hoy ocupo, y solicitaba m? incorporación en el primer ba-
tallón que marchase para Pasto. Al presentar esa solicitud
esperaba fuese la primera y la última. Mas la resolución
que sobre esa solicitud ha recaído, me obliga a presentar-
me de nuevo ante Vuestra Excelencia reclamando para mí,
por favor, una resolución contraria.
«Y con la franqueza republicana que cuento entre las
bases de mi carácter, permítame Vuestra Excelencia ha-
cer algunas observaciones sobre la resolución que ha dicta-
do. Esa resolución comprende varios puntos: las gracias,
los -logios, la negativa y la orden de que la solicitud se pu-
blique en la Gaceta.
«Permítame, pues, Vuestra Excelencia empiece mani-
festándole que, con respecto a las gracias y a los elogios, no
ciante es viajero, y en sus viajes halla la más favorable ocasión
para ensanchar su inteligencia, para instruirse en las lenguas, le-
yes y costumbres de los diferentes pueblos; para adquirir la pru-
dencia que calcula los peligros y la intrepidez que los arrostra; para
estudiar a los hombres; para comp?rar unos países con otros, y pre-
senciando el espectáculo de la civilización y de la libertad a que han
llegado los unos, comprender el punto final a que pueden encami-
narse los otros.» (Carta privada, 1849).
— re-
gusto de recibirlos sino de merecerlos, y que en la presente
cuestión no creeré haberlos merecido, ni los daré por reci-
bidos, en consecuencia, hasta no haber disparaco siquiera
un tiro contra los asesinos que intentan hacer una propie-
dad de la patria. Y así espero que esas gracias y esos elo-
gios se me reserven para entonces (l) y que por ahora se
me evite el rubor de escuchar lo que aún no merezco.
«Acerca de la publicación de mi solicitud en la Gaceta-
espero también que eso no se haga hasta que sobre esa soli-
citud, con respecto a mí, haya recaído una resolución fa-
vorable. Porque al presentar esa solicitud no fue mi objeto
lucirme sino alistarme; no fue el que se viese mi nombre
en el rincón de alguna columna de nuestra publicación ofi-
cial, sino el que se viese mi persona en las filas de los que
primero partiesen a escarmentar a un general bandolero y
a unos granadinos traidores. Yo, en mi solicitud, atenté a
servir a mi patria con un ejemplo. Sí, con orgullo, lo repi-
to; ahora quiero servir a mi patria siquiera con un noble
ejemplo; quiero que en el ejército haya un representante
más de la clase social a que pertenezco; quiero manifestar
que no todos los granadinos entienden por valor la insolen-
cia, como los señores de la oposición. Quiero convidar a
unos, desafiar a otros. Quiero decir a la juventud de mi edad
y de mis principios: "ün esfuerzo y todo está hecho; un es-
fuerzo y Bogotá puede dar de sí 2,000 o 3,000 jóvenes que
sin descargar un fusil pongan en paz la República y hagan
cumplir la justicia; un esfuerzo espontáneo, pues, y la opi-
nión acaba de uniformarse y fortalecerse para que la Cons-
titución y las leyes descansen en adelante únicamente sobre
ella. Quiero decir a la oposición: General Santander, mi
venerando ex-Presidente, si usted es patriota, a las armas!
Doctor González, mi querido tío, si usted es patrióla, a las
armas! Doctor Ezequiel Rojas, mi buen catedrático, si us-
ted es patriota, a las armas. A las armas si ustedes quieren
probar ahora que saben manejar de día el fusil y el sable,
como en otra ocasión supieron manejar de noche el puñal.
A las armas, si quieren ustedes probar ahora que tan dis-
puestos están a derramar en el campo la sangre de los re-
beldes, como dispuestos estuvieron a derramar en su lecho
la noble sangre del Libertador de Colombia!" Ah, si Vues-
tra Excelencia no acoge con un sí esta mi nueva solicitud,
yo no tendré derecho para decir nada de eso. Espero, pues,
que Vuestra Excelencia la acoja ... .Bogotá, febrero 7
.
de 1840— J. E. Caro.»
(1) Sele tributaren en efecto por el Secretario del Interior a
nombre del Gobierno, luego que concluyó la campaña, y entonces
Caro, entre otros conceptos que le honran, respondía: «Oh! ¿ qué
mérito es haber sido soidado en una época, en un país en que tantos
han sido mártires?>
— 77 —
Entre otras aflicciones tuvo Caro la de ver desaparecer
en corriente del San Gil a su primo Antonio José, al tra-
la
tar de pasarla a nado para restablecer provisionalmente un
puente cortado por el enemigo Cl). Anduvo al lado del Ge-
neral en Jefe, don Pedro Alcántara Herrán, en calidad de
Ayudante de Campo. Restablecido accidentalmente el or-
den constitucional, se restituyó a Bogotá y continuó la re-
dacción de El Granadino, periódico exclusivamente suyo,
interrumpido durante la guerra (2), el cual hubo de gran-
jearle la estima de los inteligentes y la simpatía de los bue-
nos corazones. Allí al lado de artículos políticos y filosóficos,
en que se debatían cuestiones trascendentales con una am-
plitud, severidad y método desacostumbrados en el palen-
que periodístico, aparecieron varias de laf5 poesías de nues-
tro autor. No es la primera vez que se ven andar juntas la
pasión política y la del amor (3),
El señor Caicedo Rojas en sus Apuntes de Ranchería, rela-
(1)
tivos a aquellas campañas, consagra a sus amigos y compañeros José
Eusebio y Antonio un bello capítulo intitulado Los dos Caí os. Véa-
se El Mosaico de Bog'otá, año ii, números 33 y 42.
^2) «Mas en la capital se toca generala; el redactor de El Gra-
nadino deja la pluma y va a tomar con todos los bogotanos las ar-
mas {El Granadino)
(3) Hé aquí un resumen cronológico del contenido de aquel pe"
riódico:
Número 1, 1840, septiembre 24, Política, Insensatez, Aniversario
(25 <leseptiembre de 1828)— 2° 1840, octubre 1?, Carta al doctor Vi-
cente Azuero sobre su candidatura para la Presidencia de la Repú-
—
blica 39, 1840, octubre 8, Carta al Excelentísimo señor Presidente
de la República, José I. Márquez, sobre educación pública en Nueva
Granada — 4?, 1840, octubre 18, Anarquía, Cuál debió haber sido la
conducta del Presidente en 1837—59, 1840, octubre 22. Poesías, Refor-
ma de la Constitución 6?, 1840, noviembre 12. El Granadino — 7?. 1840,
—
noviembre ly. Carta al señor General P. A. Herrán sobre el papel que
—
está llamado a desempeñar en Nueva Granada 8°, 1841, febrero 25.
La prueba. Una idea. Cámara de Provincia— 9", 1841, mayo 6. A Su
Excelencia el señor Presidente de la República, P. A. Herrán, sobre
el castigo de los facciosos. Al Senado de la República, sobre el juzga-
miento y castigo de un Ministro del Tribunal de Cundinamarca— 10,
1841, junio 27, Una tarde en Bogotá— 11, 1841. julio 8. Mi última carta
—
al señor Presidente de la República 12, 1841, julio 16, Poesías, Lo
—
que vimos y lo que vemos 13, 1842, septiembre 16, Al señor doctor
Ezequiel Rojas, sobre reconciliación general entre los granadinos,
14, 1842, octubre 23, Al señor Joaquín Mosquera, sobre el principio
de utilidad— 15, 1842, octubre 30. Continuación— IG, 1842, noviembre
13. Al señor Gobernador Alfonso Acebedo Tejada, sobre la ley de
medidas de seguridad— 17, 1842, noviembre 20, A El Día sobre la si-
tuación política de la Nueva Granada desde la conquista hasta la
—
emancipación y desde 1810 hasta hoy 18, 1842, noviembre 27, Al se-
ñor doctor José Rafael Mosquera, sobre los principios generales de
organización social que conviene adoptar en la nueva Constitución
—
de la República 19, 1842, diciembre 18, Al señor doctor J. I. Már-
quez, sobre la organización que entre nosotros conviene dar al Poder
Ejec utivo— 20, 1845, marzo 23. Al señor General T. C de Mosquera,
78 —
Sin embargo de las atenciones que recibía Caro de la
familia Tobar, su temor de no ser el preferido iban to-
mando cuerpo, y las primeras esperanzas menguaban. En-
tonces buscando consuelos a su espíritu, sólo pudo hallarlos
en el seno de la filosofía cristiana; y escribió el Adiós y la
Proposición de maí)J?7ionio, composición bellísima que dos
escritores chilenos, autores de una obra de crítica premia-
da por la Facultad de Humanidades, de Santiago, proce-
diendo de ligera califican de «absurda y mal concebida» y
de «parodia que el autor quiso hacer de Petrarca con el
idealismo inverosímil.* (l) Nó: la situación de Caro no era
ni podía ser una parodia: el grito aquel de «quien muere
pero no se rinde» de un amor nobilísimo y profundo no es
un idealismo inverosímil sino para almas menos capaces de
comprender aquellos grandes recursos. Dos años después,
cuando Delina había pronunciado la dulce promesa, el poeta
volvía a mirar el conñicto pasado para compararlo con la
bonanza actual, y escribía:
Era tu amante. Destleñado, triste,
Y el triunfo viendo de un feliz rival,
La esperanza perdí de hacerte mía
Y de obtener tu corazón jamás;
Y arrancar no pudiendo de mi pecho
Ni tu memoria ni mi amor fatal.
Siéndome odiosa ya sin ti la vida
Y un infierno sin ti la eternidad;
Presidente de la República, sobre los principios que en concepto de
redactor conviene adoptar a la Administración entrante, para rea
lizar el sistema representativo, consolidar el orden público y dar
—
principio a la prosperidad material en la República 21, 1845, mar-
zo 30. Continuación.
Quedó anunciado el número 22 que debía contener una carta
(que se halla a medio bosquejar entre los borradores del autor) «al
doctor Mariano Ospina, sobre esta importante cuestión: Si es cierto,
como lo es, que en Hispano América y particularmente en Nueva
Granada, falta al Poder Público al^^o que nos obliga a nombrar pre-
sidentes a hombres de espada; ¿Qué es eso que falta al Poder Públi-
co? ¿son facultades arbitrarias? ¿o es otra cosa?» Quedaron asimis-
mo en proj'ecto en cabeza del autor las cartas siguientes: al señor
Ignacio Gutiérrez, sobre el trabajo; al señor Ordóñez (su cuñado),
sobre administración local; al Ilustrísimo Mosquera, sobre la Igle-
sia; al doctor Tobar, sobre el Poder Judicial; al señor Aranzazu, so-
bre el poder constitu3'ente; al señor Pinzón, sobre los destinos de la
Nueva Granada y de la América, y de la humanidad en general.
(1) En cuanto a Petrarca, dejamos su defensa a Víctor Hugo,
juez nada sospechoso:
Quand d'une aube d'amour mon ^me se colore,
Quand je sens ma pensée, o chaste amant de Laure,
Loin du sonffle glacé d'un vulgaire moqueur, etc.. etc.
(Véase Víctor Hugo, Les Ckatils du crépuscule, xxxiv).
— 79 —
Volví mi corazón y alcé mis ojos
Con lágrimas al Padre universal,
Y le pedí que me tornase en nada
O se dignase verme con piedad.
Y él me escuchó, la voz oyó de su hijo;
Tornó mi corazón a palpitar
Y una esperanza angélica, divina,
Bajó del cielo y serenó mi afán.
hermosa mujer que tanto amaba
A}'! la
De improviso ante mí despareció,
Y en su lugar brillante alzóse un ángel,
Un ángel, sí, brillante más que e! sol.
Cayó la carne: el alma presentóse;
Yo comprendí la gran bondad de Dios.
Yo comprendí que todo aquí no acaba,
Que hay otro mundo de inmortal amor.
Y ya inspirado con tan grande idea,
Pulsé mi lira y levanté mi voz,
Y te cité para el postrero día
Para el reino infinito del Señor.
Y aunque lloraba, dulce me era el llanto,
Que iba mezclado con mi triste adiós
Un dulce sentimiento de esperanza
Que aliviaba el pesar del corazón.
Estos suavísimos versos, primera parte de El Serafín y
la Mujer, ¿no llevan irrecusable el timbre de lasinceridad?
Pues ellos no son sino la historia de las circunstancias que
produjeron la Proposición de matihnonio. A ésta hacen re-
lación las últimas pinceladas; no obstante que aquello de
«mi triste ad¡ós,> es alusión a la poesía que con este nombre
había escrito por el mismo tiempo eso sí, y con idénticas
miras que la Proposición. Estay el Adiós deben considerar-
se como hermanos gemelos. Puntualmente lo que caracte-
riza a Caro, según voto de persona muy competente y que
lo ha estudiado mucho, es que en él el poeta nunca traicio-
na al hombre, sus poesías son crónica auténtica de la histo-
ria de su corazón; cantaba lo que sentía; después narraba lo
que había sentido, y arranques y recuerdos consuenan en
la unidad que sólo la verdad pudiera darles.
¿Quién no ha admirado aquel valiente rasgo de Proper-
cio cuando viendo embarcarse a su querida en compañía de
su rival exclama a impulsos del amor y del dolor:
Nam me non ullae poterunt corrumpere tíedse,
Quin ego, vita, tuo limine verba querar;
Nec me deficietnautas rogitare citatos:
Dicite: quo portu clausa puella mea est?
Et dicam: Licet Atraciis considat in oris,
Et licet Eleis, illa futura mea est!
{Eleg. i. 8)
— 80 —
Caro exclama semejantemente pero con más elevación:
Oh! qué me importa, pues, que aquí y ahora
El cetro del destino nos aparte.
Si en otro tiempo, al fin, y en otra parte,
Me darás tanto y más que puedes hoy.
Ni qué me importa que por una hora
Hayas de ser de algún rival más listo,
Si él no tendrá lo que él en ti no ha visto.
Lo que yo vi, lo que esperando estoy!
El sentimiento impulsivo es uno mismo en ambos casos;
allá como acá el poeta expresa la necesidad de una unión
que las circunstancias actuales parecen eludir: «Illa futura
mea est!» Decretado está que ella sea mía! Consiste la dife-
rencia en que el americano, con el auxilio de la fe, de que
el romano carecía, puede desarrollar su sentimiento, expli-
cando la razón de su esperanza en estos términos:
El hombre es una lámpara apagada;
Toda su dará la muerte,
luz se la
Y un nuevo nombre y una nueva suerte,
Y un nuevo ser; demonio, o serafín.
AI alma el tiempo tiene aquí tapada;
La eternidad, del tiempo rompe el velo:
¡La eternidad. ¡Oh Dios, infierno y cielo!
Odio y amor completos y sin fin!
¡Odio y amor! Del gran linaje humano
Que viejo cubre desde Adán la tierra.
Cada individuo el signo oculto encierra,
Del mal o el bien, de Satanás o Dios.
De eternidad al lóbrego océano
Llega el momento en que las velas tiende;
Lo que es. entonces súbito comprende,
Y al barro vil por siempre dice adiós!
Tanta verdad que hoy duda, teme, espera,
Tantos oscuros, hondos pensamientos.
Tantos inquietos, vagos sentimientos
El hombre entonces faz a faz va a ver.
Sin nube j'a ni incómoda barrera
El justo entonces se verá a sí mismo;
De Dios entonce el grande, inmenso abismo,
Su corazón podrá satisfacer.
!0h, tú de Dios el signo impreso lleras
En tu voz, tu mirada, tu sonrisa;
Y en lo que hoy eres, débil se divisa
Toda que entonce habrás de dar.
la luz
Entonce! En míde amor potencias nuevas,
En ti perfecta tu beldad hoy trunca;
Hermosa tú y hermosa más que nunca!
Amante yo cual hoy quisiera amar!
Para no enumerar una a una todas las poesías dirigidas
a Delina, basta decir que lo son las fechadas de 1839 en ade-
lante. Sobresale entre ellas La he z^wc//¿> <z z'gr, que puede
considerarse como el mejor modelo de su segunda manera.
— 81 —
El matrimonio de Caro se efectuó en 3 de febrero de
1843.
Desde aquel entonces se consagró casi exclusivamente
al servicio déla República. Fue, sucesivamente, Diputado al
Congreso durante la Administración Herrán, y en la de
Mosquera, Director del Crédito Nacional y Secretario de
Hacienda. A él privativamente se debe el conocimiento e
implantación en este país del sistema de contabilidad pú-
blica, adoptado en Francia en tiempo de Luis xviii. Este
sistema, que perfeccionó y modificó luego, lo estudió en el
informe presentado al Parlamento inglés por el comisiona-
do que lo llevó de B^rancia, doctor Bowring". Llevó a cabo el
censo de población en 1843, formando los cuadros anexos.
Débensele igualmente el Reglamento de la Cámara de Re-
presentantes, obra modelo en su g'énero; la Ley de Hacienda,
y varios reglamentos de contabilidad; sostuvo la reforma
de las monedas de oro y plata; defendió la ley sobre explo-
tación del oro, y fue quien más poderosamente contribuyó
a la libertad del cultivo del tabaco. Opinó asimismo en fa-
vor de la independencia de la Ig^lesia y del Estado, lamen-
tando sin embarg-o la violencia de procedimientos del Gene-
ral Mosquera. De este funcionario decía que era uno de sus
defectos «desacreditar el camino de las reformas» (1). Son
también suyos algunos luminosos artículos publicados en
1847, sobre la cuestión Bancarrota. En 1849 fundó, en aso-
cio del benemérito doctor Ospina, La Civilización, periódi-
co demasiado conocido en el país para que nos detengamos
a dar razón de su carácter y a historiar sus triunfos.
Con el ejercicio de sus facultades y de su pluma, logró
Caro por aquel tiempo formarse un estilo propio que pocos
de los que hayan leído sus obras dejarán de conocer fácil-
mente, sobresaliendo por aquella lógica que dejaba sin ré-
plica al adversario, y por aquella perspicuidad que es el co-
lor que toma la verdad metódicamente expuesta: hicldus
ordo. La amenidad de su prosa consiste en una sobriedad
que no degenera en aridez. Cuanto salió de su pluma en
aquella época, se deja leer con gusto, aun las leyes y regla-
mentos que redactó.
Modificada la del amante en los sentimientos
pasión
más dulces y tranquilos de esposo, Caro no experimentaba
ya aquella necesidad de escribir versos que produjo, como
brotes ardientes de su alma, muchos de los escritos en su
segunda manera. Tiene el alma, como el organismo, una
época en que hay necesidad de producir; esa necesidad pasa
en unos más temprano que en otros. Consagrada su activi-
(1) Posteriormente decía del mismo Mosquera: cLa Presiden'
cia de ese desdichado nos perdió.» (Carta particular de Nueva York»
noviembre 1851).
Estudios literarios —M. A. Caro—
— 82 —
dad, por otra parte, a las luchas políticas y al estudio pro-
fundo de obras de interés trascendental, fueron pocas las
producciones poéticas que hubo de llevar a cabo. En El Se-
rafín y la Mujef\ ya citada, y en la Lágrima de felicidad, se
observa aún, aunque algo modificada, la segunda manera del
poeta, y pueden considerarse como el punto de tránsito a la
tercera, que caracteriza los versos de la última década de
su vida.
Nuevos hábitos, estudios serios que maduraron su ta-
lento, y cultivo de la prosa, el cual presupone, si ha de
el
ser cual conviene, el olvido del giro poético, contribuyeron
a la fijación de su tercera manera, en la cual aparecen mt A
primogénito. El Bautismo, La Bendición Nu-pcial, Al doctor
Cheyne (1).
La primera de esas composiciones en el orden en que
acabamos de enumerarlas, es una mezcla sublime de placer
y dolor, de ternura paterna y piedad filial, de reciocinio y
sentimiento. El poeta, advirtiendo que existe una criatura
de quien por primera vez va a llamarse padre, aunque sin
conocerla aún, se engolfa en meditaciones sobre el tránsito
de la nada a la existencia, sobre la naturaleza y origen del
alma humana: cuestiones siglos há formuladas, y discuti-
das aun hoy día:
Ignoratur enira qu^ sit natura animal;
Nata sit, an contra nascentibus insinuetur.
Convierte sus investigaciones hacia lo por venir, y pre-
ocupado de la suerte que haya de reservarse a la criatura,
la hace varias preguntas acerca de sus futuros destinos. El
silencio, única respuesta que obtiene su curiosidad, le re-
cuerda el que ha guardado el sepulcro de su padre a sus re-
petidas instancias, y exclama:
Nó; lo que un vientre o una tumba esconde
A la voz de los vivos no responde;
A otra cosa debemos preguntar:
De un corazón amante a la esperanza,
Que sólo un corazón que espera, alcanza
El tremendo misterio a penetrar.
Oh! yo que vives, padre, espero y creo;
Con mi esperanza y con mi fe te veo
Ensalzando la gloria del que es.
No aniquilado en sueño eterno y vano;
No gota absorta su lóbrego océano,
Sino distinto, en éxtasi a sus pies.
(1) El tránsito de la segunda a la tercera manera se conoce en
el libro manuscrito de sus poesías, por la circunstancia material de
la diferencia en la forma de la letra. Usaba Caro la española, que le
enseñaran su abuelo y su padre, pendolistas habilísimos, y por
aquella época se propuso aprender y adoptar el carácter inglés, en
que se ejercitó hasta escribir con mucha soltura y elegancia.
— 83 —
¡Oh padre mío, de mi infancia amigo!
Que al fin también me reuniré contigo
Espero en la clemencia Divinal.
Si alguna culpa expías entretanto,
Hoy de rodillas, de mi lira al canto,
Por ti se eleva mi oración filial.
Y tú, pequeño ser desconocido.
Tú, dulce primogénito querido,
Tú, dulce prenda de mi dulce amor!
Oh! cualquiera que aquí fuere tu suerte,
Que hayas de padecer hasta la muerte,
O que te aguarde el porvenir mejor;
Que hayas de ser de tu nación la gloria
O que muera contigo tu memoria
Cual muere en el desierto el aquilón;
De madre en el vientre desde ahora
tu
En el nombre del Dios que mi alma adora
Recibe mi paterna bendición.
Los críticos chilenos arriba aludidos censuran este can-
to con notable acritud. En la bendición que da el poeta a su
futuro hijo no aciertan a ver sino una actitud repugnante; z
la manera de aquellos historiadores que interpretan la coro-
na de laurel conferida por el Senado romano a César come
un medio de que éste se valía para encubrir su prematura
calvicie. Aquí, como siempre, la verdad justifica a Caro. «EJ
(nos dice un amigo en carta particular) no escribió para
lectores maliciosos, y tales lectores no merecen que por
consideración a ellos se destruyan sentimientos y frases
dignas del Paraíso por su candor y por su fuerza.> si se Y
quieren razones de autoridad para reforzar el voto déla na-
turaleza misma, ahí está Goethe que en sus Epigramas^ nú"
mero 103, dice:
«Hay una delicia en estrechar en nuestros amantee
brazos la mujer que amamos cuando su corazón palpitante
nos confía sus primeras ternezas; pero todavía es mayor de-
licia sentir los movimientos de la criatura que se agita y se
alimenta en el seno de la que amamos, cuando empieza £i
ensayar los saltos de la alegre juventud y en su impaciencia
toca ya a la puerta, como aspirando a gozar la luz de los
cielos.>
Por lodemás, la censura carece del mérito de la origi-
nalidad, no es en el lenguaje. Ya la había lanzado, si bien
si
es verdad que en son de defensa, cierto Gobernador de \z
Provincia de Bogotá, el cual, herido por la franca y ruda
oposición que nuestro autor hizo a sus arbitrariedades ofi-
ciales, no obstante pertenecer ambos a una misma comunión
política, buscó, a falta de otras, acusaciones de este género,
para así desahogar su mal humor.
— 84 —
Y Caro le respondía (copiamos textualmente sus pala-
bras, de su célebre carta publicada bajo el título de Casca-
fuerte, en 1845):
«Me acusa Vuestra Señoría de haber escrito versos obs-
cenos. ¡Ah! ¿Vuestra Señoría también quiere darme leccio*
aes de moralidad y de rigidez de costumbres? Creo estar
soñando, porque en fin, entre el desorden de los cuarteles,
entre la relajación de las campañas. Vuestra Señoría ha visto
mis costumbres, como 3'o he visto las suyas . . . Impuse (con
tinúa) mis manos paternales sobre el seno que encerraba el-
fruto de un amor legítimo para bendecirlo desde entonces
en nombre de Dios; y la imaginación de Vuestra Señoría
empañada con sucias nubes, no ve en este acto sublime de un
padre, sino el acto indecente de un libertino. ¿Y queréis
que la pluma con que escribí mis mejores versos, versos —
para siempre grabados en vuestra memoria a despecho de
vuestros rencores (sí, porque esos versos no los olvidaréis
jamás; y los repetiréis involuntariamente como una oración
cuando vuestra esposa os anuncie que tenéis un hijo), que- —
réis que esa pluma la queme! Nó, no puedo quemarla ....
Esa pluma la guardo para legársela a mi hijo; la guardo
para que conozca la pluma con que su padre escribió los
versos en que le bendecía desde el seno de su madre.
Vemos aquí que el crítico bogotano no tenía hijos; de
aquí su incompetencia, según Caro. Tal vez lo que es tener-
los no lo saben tampoco los críticos chilenos. Sólo un poeta
puede juzgar de poesía; sólo un padre, de sentimientos pa-
ternales. La naturaleza es madre común de la poesía y de
la crítica.
Esta y las otras tres citadas producciones son obra de
la más elevada filosofía documentos de la moral más pura-
3^
El bien y la paz social, que no consiste sino en el afianza,
miento definitivo del Cristianismo, fueron el objeto prefe-
rente de las meditaciones de Caro, en el tiempo transcurri-
do desde su matrimonio hasta su muerte; de aquí aquel
timbre eminentemente moral que llevan estas poesías. -£"/
Bautismo es una apología del Cristianismo, la historia com-
pendiosa de los grandes adelantos que la civilización le debe.
Al doctor Cheyne es un panegírico de la virtud cristiana y
una exposición la más poética de la enseñanza católica res-
pecto del carácter probatorio de la vida presente y las jus-
tas compensaciones de la futura. Ambas son de 1845.
La Bendición Nupcial se empezó en 1843 y quedó incon-
clusa hasta 1846, en que su autor la terminó y dio la última
mano. El la consideraba su obra maestra. Imposible pare-
ciera, si no se viese, que el talento poético alcanzase a abra-
car, sin extralimitar su esfera y sin bastardearlas, las gran-
des cuestiones metafísicas y morales. La Bendición Nupcial
— 85 —
es una espléndida refutación del principio egoísta, o llámese
utilitario,de Bentham. Los consabidos críticos chilenos,
que parece buscasen el lado fuerte de nuestro autor para
atacarle, se ceban también en este poema. Hagámosles la
merced de suponer que no lo comprendieron, pues otra en-
plicacicn hubiera de serles ofensiva. Juzgan ellos que en el
acto de recibir el sí de los labios de su amada, delante del
ministro de Dios, no debiera engolfarse en cavilaciones so-
bre el porvenir, melancólicas en gran parte. Respondemos
lo primero que aquella composición no se escribió para de-
clamarla a guisa de epitalamio en el banquete nupcial. Caro
no era un improvisador: era un poeta. Aquella composición
es el desarrollo de sus creencias en la cuestión moral fun-
damental; desarrollo meditado en el fondo, cuidado en las
formas, sin que por eso dejase de ser motivado por los sen-
timientos que experimentó el poeta en el paso más solemne
déla vida. Que un mozalbete irreflexivo no mire ese acto con
la seriedad que demanda, fácilmente se comprende; cum-
ple a él no pensar en ese momento sino en «los abrazos deli-
rantes y besos de placer»; pero eso no estaría bien en un
poeta filósofo como Caro, ni lo está el pretenderlo, en quie-
nes se arrogan el título de críticos. Newton de sólo ver
derribarse a tierra la fruta de un árbol infiere la ley de
atracción universal; Horacio, con ocasión de la súbita caída
de un tronco carcomido, escribe una oda elegante sobre la
facilidad de visitar los reinos del espanto, extrañando la
seguridad con que vive el hombre amenazado de ocultos pe-
ligros a toda hora y!en toda parte; Linneo, de la observación
de una hierbezuela toma pie para entonar un himno al
Creador, ¿y ha de serle vedado al poeta cristiano pensar en
algo más elevado que los goces materiales, en la suerte
futura de la compañera que Dios le depara a tiempo de
acercarse al altar para jurarle fidelidad eterna?
Al arrancarla del solar paterno
Voy a exponer acaso a crudo invierno
Esta indefensa flor.
Hoy nos sonríe mi mejor estrella;
Acaso el pan mañana para ella
Mendigue del dolor.
El sentimiento del deber, de que no puede prescindir
un corazón honrado, y el verdadero amor, que excluye el
egoísmo, dictaron esas estrofas, en que el poeta, dudando
por un momento no de sus intenciones, sino de las falaces
apariencias del porvenir, teme por el objeto amado, consa-
grándole al verle bajo su protección, una lágrima de amo"
rosa y santa ternura. No negamos que en el cuadro apare-
cen tintas sombrías; pero ¿son éstas acaso producto de una
imaginación enfermiza? Nó, copia son de la realidad. En-
— 86 —
g-olfándose en el realmente oscuro mar de la vida, ¿es él cul-
pable de esa oscuridad? No echarla de ver sería asimilarse
al topo; no hacer cuenta de ella fuera obrar como el aves-
truz.
Juntos pues ella y yo, sin piloto, los ojos vendados.
De un barquillo al vaivén y del soplo del viento al azar,
En el pecho el amor, dulcemente uno en otro apoyados.
Vamos pues ella y yo de la vida el abismo a surcar.
Cuanto más que, no se oculta las amenazas del abismo
si
e inciertos celajes del horizonte, no por eso ama menos, ni
tampoco desespera. Bien al contrario, declara poseer la
aguja salvadora:
Esta es la regla, la alta ley es ésta:
No conseguir el bien sino buscarlo.
Que en buscarlo de veras, no en hallarlo.
El mérito consiste y la salud.
Oh! gloria a aquel por quien la ley fue impuesta;
Que en esa ley que todo lo reparte.
Cada cual se llevó la mejor parte:
Dios elpoder, el hombre la virtud.
virtud! la virtud! clama el poeta entusiasmado, como
La
felizposeedor del alto secreto de la ciencia moral: Bureta/
eureka! El poeta desarrolla esta idea con toda la valentía de
que la humana razón es capaz, decorando la exposición con
aquellas galas sencillas de que nos da ejemplo Horacio en
sus inmortales Epístolas.
Lo injusto de las apreciaciones de los críticos chilenos,
puede decirse que consiste en un error de método. El que
hace oficios de juez ha de colocarse en el puesto conveniente
para ver las cosas en su verdadero punto de vista. ¿Qué di-
ríamos del que pretendiese medir a varas la belleza artísti-
ca? Así el amor desinteresado y puro no puede, no debe
apreciarse en el punto de vista de las inclinaciones neta-
mente sensuales. De aquí el injusto calificativo de «idealis-
mo inverosímil.» A este tenor ¿qué nombre habíamos de
dar a los afectos sublimes de un Ignacio de Loyola o una
Teresa de Jesús? La verdad es que para almas prosaicas la
poesía es de suyo «inverosímil.»
El año 1845 hallamos en la vida de Caro una circunstan-
cia que aunque parezca baladí a muchos, traeremos a
cuento por pertenecer especialmente a su historia literaria.
Había llegado a Bogotá por aquellos años tal cual ejemplar
de la «Memoria leída en la Facultad de Humanidades de la
Universidad de Santiago de Chile el 17 de octubre de 1843
por el licenciado Domingo F. Sarmiento» sobre reformas
ortográficas. Caro, que en ocasión de los artículos sobre el
asunto publicados por Bello y García del Río en el Reper-
torio Americano, había meditado sobre ello y héchose no-
— 87 —
vador, creyó llegada la coyuntura de introducir la reforma
en Nueva Granada, y al efecto hizo imprimir, de conformi-
dad con sus reg-las, los números 20 y 21 de El Granadino.
También escribió en defensa del sistema, un razonado artí-
culo que entendemos no llegó a publicarse; existe entre sus
papeles. Este ejemplo no fue seguido sino en parte, y Caro,
por motivos que no conocemos, desistió en sus publicaciones
ulteriores de aquellas innovaciones que afortunadamente no
lograron aceptación (1).
El triunfo obtenido en 1840 por el Gobierno legítimo
sobre la revolución liberal, afianzó en el poder al partido
conservador. Pero durante el período de la Administración
Mosquera la reacción liberal tomó proporciones alarman-
tes, debido a ciertos abusos por una parte, por otra al des-
borde de ambiciones esperanzadas; ya a la alucinación pro-
ducida en las masas por predicaciones socialistas, ya a la
separación indirecta en unos, absoluta en otros, de las filas,
conservadoras; bien por la indolencia consiguiente a un
comparativamente largo período de dominación, bien por
las rarezas y excesos del Presidente Mosquera. Todo esto
preparaba una tempestad que estalló al fin de un modo más
trascendental por los resultados que ruidoso en les momen-
tos críticos, en el seno del Congreso de 1849, que asediado
por una barra insolente, mal compactada su mayoría, pro-
clamó contra lo que se esperaba. Presidente de la Repúbli-
ca al General López (7 de marzo). La historia de esta revo-
lución se halla referida por extenso en la Civilización, y con
menos pormenores, pero con más vivo colorido, en el texto
y las notas de La Libertad v el Socialismo, última poesía de
Caro.
El ardor febril, propio de toda gran revolución, que
fomentó la de 1810, parece como si hubiese aguardado para
(1) Caro planteó la reforma con las restricciones con que fue
aceptada por la Universidad, a reserva de perfeccionarla luego. Los
cánones principales modificados por Caro son los siguientes: i. No
debe haber sonido que no esté representado por una letra distinta;
II. No debe haber sonido que esté representado por más de una le-
tra. Contra esta regla pecan: 1? Los alfabetos mayúsculos, góticos,
romanos, etc., que deben desterrarse, quedando sólo el cursivo mi-
núsculo: a las mayúsculas, en los casos en que se usan, pudieran
sustituirse letras grandes. 2? La letra H, que debe desterrarse. 3.?
Las combinaciones ge, gi, que deben sustituirse con je, ji. 4? Las
combinaciones ce, ci, que deben ser reemplazadas por ze, zi. 5? Las
combinaciones ra, re, ri, ro, ru {r fuerte), que en principio de dic-
ción y otros casos deben sustituirse con rra, rre, iri, tro, rru. 6?
Las combinaciones que, qui, que deben ser sustituidas por ce, ci,
(no por qe, qi, como propone Sarmiento). 7? Las combinaciones ¿-«í*,
gui;en su lugar ^^, ^¿. 8? La x, que debe representarse es, o gs,
—
según el caso. 9? La letra j/, sonido vocal; en su lugar, i. De estos
artículos ha logrado aceptación en algunas partes de América, el
contenido del primero y del último. Impropio sería de este lugar
examinar si conviene o nó reformar la ortografía castellana.
- 88 —
exacerbarse, a los anos de 1850. Hoy aún no han cesado
por completo entre nosotros las revoluciones, pero esto a
causa de la falta de gobierno; que por lo que hace a las
gentes en general y a la juventud acomodada en particu-
lar, adoctrinadas en escuela de desengaños, son más sensa-
tas y reportadas. Una especie de revulsión de humores se
sintió entonces en el cuerpo social; las producciones de
aquel tiempo llevan señales de mal fuego. Sincero pudo ser
en algunos este furor, pero en todos insano; de suerte que,
parodia mezquina y tardía de la revolución francesa, se
perseguía, se desterraba, se azotaba en suma con avilantez
extrema, a título de democracia pura (1).
Caro hizo una oposición enérgica a aquella Administra-
ción. No opinó por la guerra, sino en los iáltimos momen-
tos, medio propuesto desde un principio por espíritus impa-
cientes para vindicar derechos pisados; y que al fin estalló
con mal éxito en algunos puntos de la República. Escribía
en asocio del benemérito doctor Ospina, como antes se
dijo, en el periódico La OvUización^ valiente vulgarizador
de la idea conservadora, muy digno de su nombre y de su
causa.
Crítica era la época: Caro se había hecho blanco de
odio como de amor profundo; y no esquivando, naturaleza
ardiente y decidida, ningún género de lucha, ningún linaje
de compromisos, éstos se complicaron de un modo decisivo.
En abril de 1850 dos personas honorables denunciaron por
la prensa la criminal conducta de un empleado del Gobier-
no. Los autores de tales publicaciones fueron acusados de
calumnia por aquel empleado, y para el juicio de imprenta
que se siguió, fue Caro nombrado por ellos su defensor. La
celebración del juicio se retardaba estorbada por alborotos
que hubo en el sorteo de los jurados, y Caro hizo una repre-
sentación al Gobernador pidiendo seguridades y solicitan-
do se invigilase a los principales alborotadores. Tal repre-
sentación fue a su vez denunciada a la autoridad por uno de
éstos, y se ordenó la prisión del defensor. Había una evi-
dente conjuración oficial para perderle.
En junio de 1850, optando entre las penalidades del
destierro y las consecuencias inevitables del juicio, se re-
solvió pues Caro por lo primero. Los días de preparativo de
viaje los pasó en casa del Ministro inglés, señor O'Leary, y
en el álbum de Miss Bolivia, hija de éste, dejó como un re-
cuerdo de amistad y gratitud la elegante improvisación
que aparece entre sus poesías.
En La Civilización de la época y en las notas a La Uhe^-
(1) Conocida es la frase «retozos democráticos» con que un Minis-
tro de Estado despachaba las reclamaciones que se le elevaban con
njotivo de los escandalosos desórdenes del Cauca.
— 89 —
ead y el socialismo ^t refieren circunstanciadamente los su-
cesos que hemos sumariamente relacionado.
Desde aquella época las poesías que escribió no pasan
de tres: A Maracaibo y El valse del dolor en el álbum de
las señoritas Montovios, y Ceniza y llama en el de la señora
del Río de Narváez. En la ciudad de Nueva York, donde
fijósu residencia, dividía el tiempo entre la enseñanza, su
trabajo en una oficina de comercio y el estudio. Proyectó
dos obras de que apenas escribió ciertos materiales a mane-
ra de datos; la una sobre ciencia moral; titulábase la otra
La paz Escribió asimismo uno que otro opúsculo,
social.
como Catecismo Revolucionario T contra López); pensa-
el
mientos sobre la sociedad (inéditos), y la introducción y las
primeras lecciones de la Cartilla progresiva o método nue-
vo, gradual y sencillo para enseñar a leer pronto y bien.
En cuanto a composiciones poéticas, la única que produjo
fue la citada oda La libertad y el socialismo. Es ésta un feliz
ensayo de aplicación de la poesía a un asunto político, no
menos acertada que la que había hecho a materias filosófi-
cas. Está escrita con pulso más firme que de costumbre y
en un estilo un tanto modificado, que puede considerarse
como su cuarta manera. Fue tan poco así lo que compuso
en verso en aquella época, porque con una especie de
presciencia admirable, como si sintiese próxima su muerte,
se dedicó a ordenar y limar sus composiciones (l). Fue en
esta labor infinitamente más afortunado que de ordinario
lo han sido los poetas. Entre los españoles, por ejemplo, sa-
bido es el desacierto con que corrigieron sus obras Jáure-
gui, Meléndez y el mismo Quintana, siendo por tal motivo
sólo o preferentemente estimadas las ediciones primitivas.
La sustitución de epítetos más propios y la perfección de la
cadencia rítmica fue lo que principalmente tuvo en cuenta
en aquella refundición. Lo que queda dicho sobre la natura-
leza y observancia del ritmo debe entenderse con especia-
lidad de los versos cortos, como el octosílabo. Los poetas
españoles le han manejado con bastante libertad. Ya rima-
dos, ya asonantados, los que se leen (y son los más) en el
antiguo teatro, andan con soltura, parando el sentido y la
pausa a mayores menores distancias y en lugares cuya
5''
aproximación presiente y toca agradablemente el oído. En
punto a versificación, es este un gran mérito en nuestros
dramáticos, porque así concilian la observancia de la proso-
dia con la gracia y desembarazo del habla familiar. Sin em-
bargo, los poetas españoles no se han hecho bien cargo de
(1) Con todo en sus borradores hallamos agrejíados a los títu-
los de sus poesías, de proyectos sin ilustración algu-
los siguientes,
na: Desenibarco, La mesa del extranjero, La montaña. El mar (otra
vez), La estatua de Bolívar, Monserrate, El Magdalena, La mesa del
rico.
— 90 —
la diferencia entre el gfénero dramático, que sirve a la de-
clamación y recitación, y el lírico, que como su nombre lo
dice, ha de ajustarse lo posible al acompañamiento de mú-
sica. El drama es una imitación del diálogo; la oda, del can-
to. Quiere decir que los líricos españoles han seguido el
rumbo de los dramáticos, y no se han sujetado nunca al
rigor del ritmo ni en los versos endecasílabos ni en los octo-
sílabos, a diferencia de los ingleses que lo observan en aqué"
líos, y de los italianos que suelen procurarlo en éstos, gra-
cias al ejemplo de Metastasio. Claro es que de la repetición
periódica de acentos no puede argüírse monotonía en com-
posiciones líricas, siendo éstas por su naturaleza breves.
Son las de larga extensión las que requieren el encanto que
la variedad produce. Comoquiera, el Parnaso Español no
ha dado tan siquiera una poesía endecasílaba que merezca
el calificativo de rítmica, y sólo una octosílaba, a saber, la
intitulada A nuestra Señora de Fuencisla, por Hartzenbusch,
cuya idea parece haberse tomado de uno de los coros de
los Padres del Limbo de Moratín, del que no hacemos cuen-
ta para enumerarlo con aquélla, porque si bien es un mo-
delo en el sentido indicado, apenas consta de una sola estro-
fa, y es como sigue:
Virgen madre, casta esposa,
Sola tú la venturosa
La escogida sola fuiste
Que en tu seno concebiste
El tesoro celestial.
Sola tú con tierna planta
Oprimiste la garganta
De la sierpe aborrecida
Que en la humana, frágil vida
Esparció dolor mortal.
En
donde, como se ve, los acentos aparecen distribuidos
3'"?-, 5^
en las sílabas 1^, y 7^, esto es en las impares de cada
verso, que es lo que constituye la cadencia rítmica del octo-
sílabo.
Puede decirse pues que Caro, es el poeta castellano más
rítmico; primero que ha introducido la observancia del
el
ritmo en los versos octosílabos j héchole prevalecer a tre-
chos en odas endecasílabas.
Para mejor inteligencia de esta materia y como una
muestra del tino con que Caro corrigió sus versos, van a
continuación el principio del romance El Hacha, tal cual
se escribió originariamente, y al lado el principio de la mis-
ma composición tal como quedó en definitiva; de modo que
el lector coteje por sí mismo y juzgue:
— 91 —
decía: dice:
Soberbia estás, hacha mía, Fina brillas, hacha mía,
Ancha, afilada, brillante, Ancha, espléndida, cortante,
Que puedes partir la frente Que abrirás la frente al toro
Al toro que ose probarte. Que probar tu filo osare.
Sólo contigo en los bosques En los bosques para siempre
Voy por siempre a sepultarme Voy contigo a sepultarme,
Ya que los hombres me niegan Que los hombres ya me niegan
Una tumba en sus ciudades. Una tumba en sus ciudades.
Otro ejemplo tomado de la intitulada Buenas noches:
DECÍA: dice:
Lejos del sagrado techo Lejos, ¡ay! del sacro techo
Que mi cuna mecer vio. Que mecer mi cuna vio,
Yo, pobre proscrito, arrastro Yo, infeliz proscrito, arrastro
Mi miseria y mi dolor. Mi miseria y mi dolor.
Sentado en el alta popa Reclinado en la alta popa
Del bajel que huye veloz. Del bajel que huye veloz.
Ya apenas diviso un monte Nuestros montes irse miro
Iluminado del sol. Alumbrados por el sol.
i Adiós, adiós, patria mía Buenas noches, patria mía,
Aun no te aborrezco, adiós! Aun no puedo odiarte; adiós!
A
este tenor corrigió otros romances, como La Hama-
ca y El
Valse. Con estas correcciones uniformó bastante el
estilo de toda la colección, borrando en parte las diferen-
cias de matices entre sus distintas maneras. Sin embargo,
algunas piezas dejó intactas, entre ellas La -pto-posidónde
matrimonio. La he vuelto a vei\ y todas las de su tercer ma-
nera. En general, es rara la enmendadura que llega a ob-
servarse en algún endecasílabo, al paso que los versos cor-
tos están completamente refundidos.
En octubre del mismo año (I850j salió Caro de Nueva
York con dirección a la Nueva Granada; pero se volvió de
Cartagena a virtud de informes que allí le llegaron del es-
tado de las cosas en Bogotá. En 1853 resolvió regresar de-
finitivamente a su patria: la ausencia de su familia era ya
para él un peso insoportable. Al arribar a Santa Marta le
postró una fiebre, y murió en 28 de enero, cumpliéndose
así aquella triste predicción:
Lejos voy a morir del caro techo paterno!
Resumiendo lo dicho sobre las tres maneras de Caro,
en la primera de ellas predomina la imaginación; la segun-
da se distingue por el sentimiento; en la tercera habla la
razón. Esta no enamora al lector, como la segunda; pero ea
cambio le eleva, le admira, le adoctrina; es eminentemente
moral y filosófica; y con ella Caro ha logrado la solución de
un problema que parecía insoluble. Mostremos cómo.
— 92 —
Por grande que sea la importancia del arte (y nosotros
nos hemos adelantado a reconocerla al principio de este es"
tudio), sin embargo desempeñando un papel temporalmente
secundario, la imaginación que crea y el sentimiento que
anima son las fuentes de la poesía; de donde puede inferir-
se que ésta es patrimonio de naturalezas jóvenes (compren-
diendo bajo esta calificación así los individuos como las na-
ciones): patrimonio cabal cuando aquellas dotes que a prio-
ri les pertenecen, van acompañadas, como sucedió en la
Grecia, con la del buen gusto, hijo allí de una razón precoz.
A-lmas hay al presente, y seguirá habiéndolas, que sonrían
sensibles a la belleza ideal; hay todavía poetas, pero son po-
cos y pocos quienes los amen y comprendan. Vivimos en
una época demasiadamente adelantada: pasó la de los Ho-
rneros y Tirteos. En balde suspiramos por los «venerables
días> de que habla Quintana en su Elogio a la poesía a don
Ramón Moreno. A medida que la civilización progresa, ob-
serva Macaulay, la poesía decae. Ordinariamente nos figu-
ramos las generaciones que se suceden en la historia, bajo
un concepto diametralmente opuesto a lo que son en reali-
dad. Los modernos somos los antiguos mismos envejecidos:
ellos gozaron nuestra juventud. Tan cierto es esto, que
cuando queremos ser poetas volvemos a las antiguas ficcio-
nes, a los cuentos de la infancia. El Renacimiento no fue
más que un movimiento general y simultáneo que hizo la
Europa, a órdenes de laltalia, para rejuvenecerse, bebiendo
otra vez en las fuentes milagrosas, volviendo a invocar alas
Ninfas, y reanimando una a una las extintas ilusiones. En-
tonces, bajo el imperio de la belleza y el amor, a vista de los
poemas restaurados, delante de las estatuas desenterradas,
al eco de /<?.'' trUimf>hc! que por doquiera resonaba, pudo
cada uno decir Anchho so7i ;pitiore, y arrebatar la palma de
la inmortalidad.
Pero así como pasó la juventud pasó también aquella
reflorecencia, digamos, o primavera artificial llamada Re-
nacimiento. La poesía mitológica vive aún en algunas al-
mas, pero no tiene eco en la sociedad: hay quien consagre
lágrimas a los héroes homéricos: sunt lacrimcr rernni ; pero
el mundo se ríe de todo eso y quema incienso al Interés. El
universo está desencantado: las leyes de la naturaleza son
las del destino inexorable; las fuentes, las flores, los ecos
han perdido sus historias; y como dice un gran poeta es-
pañol:
No hay ya ilusión, ni encanto ni liermosura;
La Muerte reina ya sobre natura
Y la llaman Verdad.
Naturalmente, pues, se presenta este problema: ¿hay
algún medio de conciliar la civilización con la poesía? Kn
— 93 —
otros términos: ¿hay algún medio de que la poesía, sin per-
der en un todo su arreo juvenil, interese a la sociedad
moderna? Desde luego, importa distinguir en la socie-
dad la parte materialista de aquellos en quienes la cien-
cia no ha embotado del todo el sentimiento, de lo bello,
pero que no aceptan lo bello sin un fondo de verdad y
de utilidad. Queda pues reducida la cuestión a saber
si hay algún medio de que se satisfaga por una parte
a las exigencias de la imaginación y el sentimiento, y por
otra a las necesidades del espíritu filosófico actual. En-
tre los métodos ensayados en este sentido, reseñaremos
algunos señalando sus vicios o defectos. Hay desde lue-
go quienes filosofando en verso, emplean un lenguaje y
estilo inadmisibles. Esta escuela filosofante peca por su
base, pues una de las condiciones propuestas para desatar
la dificultad, es la de conservar la belleza en las formas, esto
es, en el giro de los pensamientos y en la expresión de las
ideas. Otros hay que agigantan las pasiones y complican el
enredo de sus historias, buscando por este medio estímulos
para despertar la sensibilidad amortiguada; esta escuela,
que podemos llamar romántico-dramática, se extravía tam-
bién, supuesta la diferencia que hay entre lo exagerado y
lo bello, y entre la impresión que causa lo uno y el inñujo
de lo otro, y si hemos de repetir la frase de Boileau, entre
Virgilios y Lucanos. Finalmente, hay quienes acuden por
una parte a la necesidad filosófica con cierto escepticismo
aéreo, y al corazón por otra con cierto sentimentalismo des-
alentado. Esta escuela querellante y ensimismada, adolece
de una verdadera enfermedad de espíritu contraída acaso
en los escritos de Rousseau, que hace al hombre incapaz de
heroísmo, de virtud y de amor.
Caro, en su tercera manera, evitando esos escollos re-
suelve el problema: razona sin ergotismo, interesa sin em-
brollar ni recargar, 3-^ mueve sin lastimar ni envenenar. En
el orden moral, ya hemos visto, aunque superficialmente el
plan de su Bendición nupcial, notable exposición de la cari-
dad católica. En el orden puramente metafísico, ¿con qué
sencillez, fuerza y elegancia no rechaza en la Bendición del
feto^ los diversos sistemas que se han producido sobre el
alma, su principio, sus funciones y destinos para terminar
con aquella profesión de fe:
¡Oh, yo que vives, padre, espero y creo!
Para patentizar cuánto y cómo se aparta el rumbo filo-
sófico deCaro del adoptado por otros poetas modernos, com-
párense los dos pasajes que aquí copiamos, el uno de La-
martine en B'homme, dirigido a Lord Byron; el otro de
nuestro autor Al doctor Cheyne, Dice el primero:
— 94 —
J'ai cherché vainement le mot de l'univers,
J'ai demandé sa cause a toute la nature
Des empires détruits je méditai la cendre;
Dans ses sacres tombeaux Rome m' a vu descendre;
Des manes les plus saints troublant le froid repos,
J'ai pesé dans mes mains la cendre des héros;
J'allais redemander a leur vaine pousi¿re
Cette inmortalité que tout mortel espere.
Que dis-je? suspendu sur le lit des mourants,
Mes regards la cherchaient dans des yeux expirants;
Sur ees sommets noircis par d'éternels nuages,
Sur cer flots sillones par d'éternels orages.
J'appelais, je bravais le choc des éléments.
Sembable a la Sibylle en ses emportements,
J'ai cru que la Nature, en ees rares spectacles
Laissait tomber pour nous quelqu'un des ses oracles:
J'aimais a m'enfoncer dans ees sombres horreurs!
Mais un jour que plongé dans ma propre infortune,
J'avais blessé le ciel d'une plainte importune,
Une ciarte d'en haut dans mon sein descendit,
Me tenta de bénir ce que j'avais maudit.
Dice el segundo:
Si todo cesa aquí, si noche eterna
Es de justo y malvado el porvenir,
Si de las tumbas en la hierba tierna.
El hombre entero se ha de trasfundir;
Sabio entonce el malvado, necio el justo!
Necio de ti que con tan necio afán
De negra muerte en incesante susto
Sufres, y haces el bien sin esperar!
Pero si nunca tu escalpelo ha hallado
Cuando un cadáver fétido rompió
En la albúmina del cerebro helado
La centella inmortal que le animó;
Si ese cerebro pesa cual pesaba,
Si sólo falta el pensamiento en él,
¡Oh, si ese pensamiento aquí no acaba.
Sufre, y espera en tus dolores, Cheyne!
Ambos poetas en estos pasajes echan una ojeada al gran
problema de la vida para resolverlo por la fe. Pero qué
vaguedad en el primero y qué precisión en el segundo! Allá
qué deducción tan débil, acá qué energía de convicción,
qué fuerza de raciocinio, qué lección moral tan elevada
El uno pesa la ceniza de los héroes buscando alguna chispa
de inmortalidad; y todo guarda silencio. Estotro del cere-
bro de un cadáver oscuro saca uno de los argumentos más
directos ymás fuertes en favor de la inmaterialidad e in-
mortalidad del alma: su imponderabilidad; y de ese argu-
mento nacen instantáneamente la esperanza y la conformi-
dad:
Sufre y espera
— 95 —
Ni se crea que nuestro poeta se limita a sostener, em-
belleciéndolos, los dog^mas fundamentales de la sana filoso-
fía, como la inmortalidad del alma, que el Cristianismo ha
sancionado. Las creencias netamente católicas tienen tam-
bién sus vibraciones en la lira de Caro. Nadie ha aludido al
purgatorio bajo un concepto tan bello y bellamente expre-
sado, como nuestro poeta en aquella estrofa arriba citada,
que empieza:
¡Oh padre mío, de mi infancia amigo
Era Caro tan serio en su manera de ver las cosas, que
no podía orillar asuntos plebeyos o siquiera triviales; ni en-
sayó el género festivo. Era asimismo así veraz por instinto
como por educación, que no sólo se ofendía de que se le pi-
diesen versos de circunstancias, que nunca se sujetó a es'
cribir, sino que no cultivó el género dramático, ni otro al-
guno fuera del lírico, manifestación franca de sentimientos
personales: exageración fue esta de veracidad, resultado
lógico de su naturaleza excepcional. Desde 1839 observó la
costumbre de escribir primero en prosa sus composiciones;
preparaba la materia para poder labrarla a espacio, apro-
vechaba la inspiración sin dañarla, festinando la forma que
debiera conservarla. Por eso en sus poesías se observa que
el plan es acabado, simétricas las partes. Atendía a las le-
yes de la razón sin lastimar los preceptos de la prosodia.
Nunca se allanaba a introducir un epíteto que no dijese
algo; ni idea bella, pero inconducente; por lo cual no ado-
lece de ripios en el fondo ni en la forma; pues ellos provie-
nen o de impremeditación o de ignorancia. Sus versos son
pues la historia, no la fábula de su vida: son el libro en que
iba consignando sus ideas, sus sentimientos, embellecién-
dolos y eternizándolos. Así llegó él a comprender la poesía.
En una carta (julio de 1852) dirigida a su amigo Julio Ar-
boleda, sobre este asunto: la frivolidad, expone sus ideas
en la materia.
Tales ideas eran el resultado de la austeridad de su
carácter. Sus facultades morales estaban a nivel de sus
facultades intelectuales. El sentimiento del deber fue siem-
pre su regla invariable de conducta. Nunca dijo mentira,
jamás transigió con lo que él creyera malo. Por la severi-
dad de sus costumbres le señalaban con el dedo como hom-
bre excepcional bajo ese respecto. Los paisanos y amigos
que le trataron de cerca en Nueva York se admiraron más
de una vez de la reprobación dura y seca con que acostum-
braba responder a cualquiera insinuación menos digna, y
de la indomable virtud que dictaba su palabra y dirigía sus
pasos. Todos los días examinaba escrupulosamente su con-
ducta. Tenía escrito un breve Código de leyes de actividad^
— 96 —
resultado de sus convicciones y escrito con madura re-
flexión, al cualamoldaba su conducta, siempre ejemplar.
En presentándosele algún lance difícil en que pudiere va-
cilar sobre el mejor camino que debía seguir, examinaba
el caso concienzudamente,le consultaba, le meditaba; pero
una vez obtenida certidumbre de cuál era su deber, escri-
la
bía su resolución razonada, y la seguía con estoica abnega-
ción. He aquí una de esas resoluciones o fallos inapelables
que hallamos entre sus manuscritos; la copiamos aquí omi-
tiendo únicamente alusiones personales:
«El señor ,a consecuencias de ciertas ex-
presiones relativas a él que se hallan en el último número
de (aquí el nombre de un periódico), me ha hecho decir,
hoy lunes 21, por la tarde, en el altozano de la Catedral,
por medio del señor que exige una satisfac-
,
ción de mi parte por aquellas expresiones. Yo he dicho al
señor que a pesar de la repugnancia que sien-
to en entrar en relaciones con el señor estaba
pronto a darle aquella satisfacción. Esto quiere decir que
el señor considerando que aquellas expresiones
,
mías deben tomarse naturalmente en un sentido que no le
es honroso, desea o que yo las explique o las retire, o las
reitere, poniéndome en el peligro de ser muerto o herido
por él. Yo no puedo explicarlas sino en un sentido que le
es desfavorable. Tampoco puedo retirarlas. Estoy pues dis-
puesto a reiterarlas en situación de poder ser muerto por
el señor Este tirará contra mí hasta dos pisto-
letazos con bala, con las pistolas, en el lugar y a la distancia
que determine el señor de acuerdo con el se-
,
ñor a quien doy todo poder al efecto. Si que-
dare yo vivo reiteraré lo que he dicho, explicando como
explico ahora que aquellas palabras significan
Esa declaración repetida dos veces equivaldrá a los dos pis-
toletazos que yo hubiera de tirarle. Yo no puedo ni debo
hacer contra él otra especie de tiro. No tengo deseo, ni
interés, ni obligación de herir o matar al señor
bien al contrario. Pero sí tengo interés y obligación positi-
va de sostener en todo caso lo que he dicho, porque es la
VERDAD. El señor tiene, según la opinión, de-
recho a que yo lo satisfaga, es decir, a que lo deje satisfe-
cho de que lo que he dicho lo dije sin ligereza ni pasión,
sino antes bien, con toda premeditación y con pleno conoci-
miento de causa y resuelto a correr todas las consecuencias
de mi dicho, es decir, al peligro de ser herido o muerto por
el señor Esa especie de satisfacción tengo mu-
cho gusto en dársela al señor y en dársela com-
pleta. Bogotá, 21 de enero de 1850.
«José EusEBio Caro»
— 97 —
Y así se verificó el duelo, salvoque el señor
no disparó sino una vez, dejándole desarmado la extraña
resolución de su adversario.
He aquí otro hecho que le caracteriza suficientemente:
Cuando en 1844 se discutía en la Cámara de Represen-
tantes el proyecto de división territorial del doctor Ospina,
proyecto que Caro defendió con todas sus fuerzas, habiendo
hecho el señor A. la suposición en el autor del proyecto de
maquiaválicos fines contra la Constitución Nacional, indig-
nado Caro le observó al señor A. que no era a un propieta-
rio de esclavos a quien correspondía suponer a nadie ene-
migo de la libertad. El señor A. no halló a mano otra cosa
que replicar sino inculpar a Caro como parásito de la Ad-
ministración Herrán, aunque a éste Caro le había tratado
de nulo y aunque sus antecedentes en la misma Cámara y
su conocido carácter lo ponían a cubierto de toda tacha de
adulación; como nadie adula al Poder Ejecutivo si no es por
algún empleo, y como él «prefería (,son sus expresiones) al
silencio la palabra y a la palabra el acto,» hizo allí mismo
renuncia del destino que ocupaba en la Secretaría de lo In-
terior (aprovechando la presencia del señor Secretario, el
doctor Ospina, amigo suyo, quien la aceptó incontinenti); y
prometió no desempeñar cargo alguno público durante
aquella Administración; exponiéndose así con su familia a la
indigencia, pues él no contó nunca para subsistir sino con el
provento de sus ocupaciones. Muchos le persiguieron con
enojosos pésames; no faltaron amigos que le dieran nobles
parabienes. En cuanto al señor A., a pocos días se presentó
en su casa, deseoso de una reconciliación: a invitación suya
recitó cada uno algunas de sus poesías favoritas, y concluyó
la entrevista con un afectuoso abrazo.
Si en sus sentimientos morales, mejor dicho, en la con-
comitancia de la conciencia del deber y la energía de la vo-
luntad hallamos la clave de la conducta privada de Caro, en
el orden de sus ideas morales hallamos la base de sus ideas
religiosas y políticas. Comprendió que en nuestras repúbli-
cas, lo que más divide los ánimos, lo que esencialmente for-
ma los partidos no es cuestión de forma de gobierno, cues-
tión política, sino cuestión de costumbres, cuestión moral.
En efecto, todos en la América Española son decididos re-
publicanos; todos, conservadores y liberales, han votado
promiscuamente en pro y en contra de las cuestiones se-
cundarias agitadas dentro de la esfera del sistema repre-
sentativo alternativo. Nunca un partido ha podido fijar su
programa político: en estos últimos tiempos el liberal quiso
en Colombia procurarse una divisa proclamando la federa-
ción, y resultó que liberales hubo centralistas, al paso que
la provincia más conservadora y el jefe más caracterizada
de este partido, sufragaron en favor de la descentraliza-
Estudios literarios— M. A. Caro—
— 98 —
ción. Prescindiendo pues de los individuos que por cual-
quier linaje de compromisos se alistan a ciegas en éste o
aquel partido, la diferencia consiste en que el uno proclama
la repiíblica como la forma que en su opinión representa
mejor la justicia, como un sistema esencialmente bueno; los
otros también la preconizan, mas no ya por consideraciones
de justicia sino porque la gradúan de sistema esencialmen-
te útil; como un medio el más expedito de asaltar los pues-
tos piíblicos.
Estas apreciaciones pudieran parecer injustas si la bis*
toria y la experiencia no las comprobasen.
Penetrado Caro de esta idea, consagró sus facultades y
su pluma a la moralización de la sociedad. Ya hemos visto
cómo en ^/ Granadino refutó el principio utilitario (1840),
y cómo volvió a tratar esta cuestión en la Bendición nupcial.
Continuó su tarea moralizadora siempre 5'^ en todas partes.
Digno de notarse es especialmente el artículo La cuestión
moral, publicado en La Civilización niimero 2.°
Veamos ahora el desarrollo y modificaciones de los
principios morales de Caro así en el orden religioso como
en el político:
Dos ideas dominaron su espíritu en sus estudios socia-
les: la justiciay el progreso. Aquella puede considerarse
como la idea innata, ésta como la idea adventicia. Hemos
hecho notar que en su primera excursión fuera del catoli-
cismo (1838), la lectura de Condorcet, decidido promotor
del sistema de perfectibilidad, fue uno de los motivos más
poderosos que lo apartaron de la doctrina católica. En 1849
vuelve a aparecérsele este demonio tentador; y empieza por
preocuparle contra el dogma del pecado original. Confun-
diendo la doctrina fatalista, la doctrina calvinista, con la
doctrina católica, Caro formula ésta, en cuanto a libertad,
en los siguientes términos:
«Ese partido dice: "El hombre es esencial y radical-
mente malo," y dando a las Santas Escrituras una interpre-
tación blasfematoria, espantosa y detestable, sostiene que
la razón del hombre está perfectamente oscurecida, inca-
pacitada para llegar a la verdad; que su voluntad está de
tal modo quebrantada, que no puede por sí misma llegar
jamás al bien; que el hombre nace no sólo débil sino culpa-
ble; que Dios hace nacer al hombre criminal, perverso, me-
recedor de las penas del infierno. ... De todo lo cual dedu-
ce que pues el hombre es esencialmente malo, su libertad
es esencialmente mala; que esa libertad siempre es desor-
den, y debe, no dirigirse o reprimirse cuando convenga,
sino estorbarse y comprimirse en todo caso.»
A virtud del sentimiento de justicia y orden que le do-
minaba, Caro no podía rechazar un dogma de la doctrina
católica, que funda y explica la ley moral, sino a condición
— 99 —
de dejar en por alg^ún otro medio, la verdad de esta
pie,
misma rechazado el dogma de la caída y viéndose
ley. Así,
obligado en consecuencia a modificar el de la reparación
que le corresponde, y con esto todo el cuerpo de la doctrina,
se esforzaba por conciliar aquella negación con la afirma»
ción de una ley obligatoria, y en resumen, vino a formulai
así su sistema:
«El hombre es bueno, pero es flaco; es bueno, pero
puede extraviarse, y entonces necesita de regla que lo en-
derece y de castigo que lo escarmiente y corrija. Las facul-
tades del hombre revelan toda la bondad de Dios, pero no
hay de esas facultades una sola de que el hombre no pueda
abusar y de que no abuse en efecto muchas veces. El hom-
bre no está colocado en la tierra sólo para gozar sino tam-
bién para merecer. Y aun la bondad divina es tan grande
que casi siempre procura en la tierra al hombre el conten-
to, la alegría, la dicha, aun antes que las haya merecido.
El pecado original no significa que el hombre sea pecador
antes de haber pecado, sino que nadie merece el cielo mien-
tras no haya sido virtuoso. Esa ley no es una injusticia de
Dios sino la estricta aplicación de su justicia; no es la con-
denación de los inocentes al infierno sino la simple no ad-
misión en el cielo de los que nada han merecido en la tie-
rra. La redención de Cristo no significa la salvación de los
infiernos para el que no haya pecado todavía, sino la aper-
tura de los cielos aun para el que no los haya merecido coa
sus virtudes, con tal que no haya pecado, o que habiendo
pecado se haya arrepentido sinceramente. La libertad en
el hombre es un derecho; el hombre es libre ante los hom-
bres, puesto que es libre ante Dios mismo; pero por lo
mismo que es libre es responsable ante Dios y ante los
hombres del abuso que haga de su libertad. Toda doctrina
que tienda a hacer al hombre irresponsable o esclavo, toda
doctrina que tienda a presentar al hombre como un dios, o
a Dios como un tirano, debe rechazarse con igual execra-
ción.
Con esta explicación cristiano-sociniana, trataba de sa-
car a salvo la moral.
Cuando Caro visitó los Estados Unidos del Norte, el
gran progreso industrial y comercial de aquel pueblo le
deslumhró sobremanera. Si a esto se agrega la lectura de
algunas obras positivistas y sansimonianas, se habrá com-
prendido el motivo que le impulsó a separarse aún más del
catolicismo arrimándose a la doctrina, o mejor escuela, de
Augusto Compte. Aquí empezó para él una lucha interior
respecto de la cuestión moral, eje sobre que giraban sus
meditaciones filosóficas. Por nna parte repugnaba de todo
corazón el sistema sensualista de Bentham, que identificaba
el Bien con el Placer; la fascinación de su espíritu, por otro
— 100 —
lado, le movía a rechazar el sistema católico: pensaba que
decadencia y progreso son términos opuestos, incompatibles;
incurriendo en el error, a lo que alcanzamos, de confundir
en uno la decadencia progresiva de la humanidad, en cuan-
to a actividad intelectual y material, con la caída, la degra-
dación moral del hombre. Caédano esdecadencüi. Que exis-
tió aquélla, lo confirma la observación. La antigüedad pa-
gana, al paso que progresaba en lo intelectual y material,
moralmente estaba degradada, mancillada. ¿Quién puede
negar la rehabilitación moral de la humanidad en las aguas
del bautismo? La historia nos dice: la humanidad estaba de-
gradada antes de la aparición del Cristianismo; con él viene
el ennoblecimiento de la raza. La Iglesia explica el primer
fenómeno por el Pecado Original, el segundo por la Reden-
ción. Aún más: tan íntima es la relación que existe en el
hombre entre el modo de ser moral y el intelectual, que lo
uno no ha podido menos de influir sobre lo otre; de tal ma-
nera que las naciones cristianas no sólo les llevan esa venta-
ja inmensa a las gentiles en materia de costumbres y afec-
ciones, sino también en materia de adelantamientos inte-
lectuales: hechos son estos inconcusos, de que el mismo Caro
hizo, especialmente en El Bautismo, una brillante exposi'
cíón. Ahora los reduce a una ley universal, fatal, de pro-
greso indefinido; y negándose a salir de la esfera de esta
misma ley, fija como único objeto del culto del hombre la
totalidad humana; localizando la noción del Bien en el pro-
gresivo desarrollo y perfeccionamiento de la humanidad
misma: en lo que él llamaba la Vida. Pero esta ficción le
duró poco- no era una convicción de su espíritu; no una
verdad que presentándosele espontánea, luminosa a su ra-
zón, le arrancase su asentimiento: era, y él mismo así lo re-
conocía, una ficción bella al entendimiento por su estructu-
ra sencilla, a que recurría tratando de evitar por una par-
te graves dificultades metafísicas, y por otra de satisfacer
en algo la necesidad imperiosa de la razón que no se coa-
forma con la idea de la nada y el estado de duda. Huyendo
d.e ciertas dificultades, empezó a ver que tropezaba con
otras mayores. Comprendió que admitiendo la nueva doc-
trina, quedaban insolubles, implanteables, problemas tan
importantes como el del origen de las cosas. Dios mismo
quedaba fuera de la escena; bien se le excluyese formal,
bien hipotéticamente; sea que se le oscureciese en sentido
panteísta como potencia ciega, en el fondo de las leyes na-
turales; sea que, en sentido deísta, se prescindiese de él
como agente prescindente él mismo; comoquiera que fuese,
en ese sistema se veía obligado a ver desaparecer la verda-
dera noción de Dios. Así como en su primera juventud ha-
bía llegado a comprender que la senda del sensualismo lle-
vaba al ateísmo, comprendió, en este segundo extravío, que
— 101 —
el camino del positivismo conducía al mismo fin; y como coa
estas conclusiones nuncapudo convenir, volvió atrás,
«Mi carácter 5^ mis convicciones me alejan del indife-
rentismo; es preciso volver al catolicismo.* Esto decía al
señor Torres Caicedo (l).
Enesta vuelta definitiva a la fe católica, más que su
cabeza fue su corazón (siempre cristiano, siempre rebelde
a las sugestiones de una filosofía descreída) instrumento
eficaz de la Gracia. Fortalecido con las lecciones del infor-
tunio, sus sentimientos católicos crecieron, y con amorosa
violencia arrastraron y confundieron las últimas dudas de
su inteligencia. Así lo comprueba su correspondencia ínti"
ma; véase, por ejemplo, este pasaje de una carta a su espo-
sa, fechada a 11 de diciembre de 1850 en Cartagena:
«Oh! cuando se llega a creer irrevocable y firmemente
en verdad del Evangelio, en el carácter sobrenatural de
la
Cristo, en la infinita misericordia del Padre universal, en la
renovación del hombre por la muerte, la muerte, lejos de
ser horrible, se presenta al desgraciado como la puerta de
la verdad y de la vida. El mal presente no es entonces más
que una prueba; el bien presente, un rápido y débil anun-
cio del bien que nada turba y que siempre dura. La muer-
te entonces no es más que el consuelo seguro y eficaz del
desgraciado!
«¡Dichosos los que mueren, porque esos son los únicos
que viven! ¡Dichosos los que mueren primero, porque esos
son los primogénitos!
«Adiós. Empecé esta carta lleno de tristeza, la concluyo
lleno de consuelo. Los hombres nunca podrán hacer com"
pletamente infeliz al que tiene fe en la palabra del Hijo y
en la bondad del Padre. Adiós. Hoy no sé cuando volvere-
mos a vernos, pero sí sé cuándo será que no volveremos a
separarnos.*
El nombre de Caro puede incluirse en la lista de sansi-
monianos vueltos al seno del catolicismo, como Transon,
Dugied, Margerin y otros muchos. Esta secta, en medio de
sus errores, no ha carecido de buena fe y celo desinteresado.
Resumiendo: Caro fue católico en su infancia y en su
primera juventud; adhirió a la filosofía de los enciclopedis-
tas por su educación universitaria reforzada por malas lec"
turas; por reflexión y con estudios más serios volvió al ca-
tolicismo y fue su primer campeón filosófico en Colombia.
De ahí, pasados algunos años, empezó a inclinarse al soci"
nianismo hasta dar gradualmente en el positivismo, de don-
de a pocas vueltas volvió definitivamente a la verdad católi"
ca. Con esta rápida reseña no hemos hecho otra cosa, sin
(1) Ensayos Biográficos, etc. Tomo i, página 183.
— 102 —
pensarlo, que repetir el resumen de las variaciones religio-
sas del ilustre Marqués de Valdegamas. Donoso, en efecto,
tuvo dos extravíos idénticos por sus motivos y su naturale-
za, a los de Caro: racionalista el primero (resultado de las
ideas demoledoras del pasado siglo); fosHivista el segundo
(resultado de las falsas ideas reorganizadoras nacidas a prin-
cipios del presente). Donoso decía haberle salvado «su ex-
quisito sentimiento de la belleza moral>; el mismo que salvó
a Caro; sólo que la muerte vino a sorprenderle momentos
después de la nueva reacción de su espíritu. Hombres fue-
ron ambos altivos, sinceros, rectos en sus intenciones y en
su conducta. Confirma la conversión de ambos aquel célebre
dicho de Bacon: «Certissimum est leves gustus in philoso-
phia moveré fortasse ad atheismum; sed pleniores haustus
ad religionem reducere.»
Hemos dicho que el sentimiento de la justicia y del de-
ber es la clave de las ideas sociales de Caro; transcribiendo
sus propias palabras, manifestamos que él consideraba la
cuestión moral como la cuestión madre, y la moralidad
como el principal elemento de la civilización. Sus opiniones
políticas pueden estudiarse especialmente en los numerosos
artículos suyos publicados en El Granadino ^ La Civiliza-
ción: aquí nos limitaremos a hacer, a ese respecto, algunas
indicaciones generales.
En nuestra América, no bien ha entrado el hombre en
el uso de la razón, se le inculca como verdad fundamental
el llamado dogma de la democracia. Ya se ha visto la espe-
cie de filosofía que estudió Caro, y fácilmente puede ras-
trearse qué género de lecciones de derecho público recibi-
ría de sus maestros, algunos de ellos furiosos demagogos.
Caro bebió aquellas ideas y se hizo ardiente demócrata; mas
desde que abjuró el utilitarismo, moderó, como consecuen-
cia natural, su liberalismo. Estudios serios y una dolorosa
experiencia empezaron a hacerle entender que la llamada
soberanía popular no es la soberanía de la justicia ni de la
inteligencia; y que tal como entre nosotros se halla estable-
cida, confundiéndose en ñuctuación constante, ya con la
anarquía y el desorden, ya con el despotismo, hace impo-
sible el bienestar social. «En las Repúblicas suramericanas
(decía en La Civilización número 2*=*) se ven cada día re-
compensados con destinos honoríficos, con poderes exten-
sos, loshombres que han cometido los delitos más vergonzo-
sos, más atroces y más notorios. A hombres a quienes nin-
gún ser honrado querría tener por hermanos o por hijos,
ni aun por amigos ni por compañeros siquiera en la misma
casa, se les ve no escandalizando con su impunidad, sino es-
candalizando con su gobierno!> Como una de las causas de
esta no menos verdadera que repugnante situación, señala-
ba en seguida del trozo copiado, la facilidad con que en
— 103 —
nuestras Repúblicas se propagfan, crecen y se sobreponen
las malas doctrinas; y después de recomendar como necesi-
dad suprema, en contraposición, la difusión, la vulgfariza-
ción asidua y eficaz de las sanas ideas, concluye: «No hay
pues para la América Española más que dos remedios: o de-
sistir del gobterno democrático; o adquirir las virtudes públi-
cas y privadas necesarias para sobrellevar la libertad»: di-
lema que formulaba también en esta graciosa alegoría: «No
hay más que dos caminos: o desmontar la maroma y dejar
el baile; o adestrar tanto y fortificar al volatín con el ejer-
cicio que la caída venga a ser casi imposible.» De los dos
remedios propuestos, la adopción del primero ofrece incon-
venientes como Caro lo reconoce; pero el segundo implica
contradicción. Porque ¿qué cosa es oponer al mal social las
virtudes de todos los ciudadanos, o a lo menos, de la mayo-
ría? ¿No es eso reconocer que las instituciones existentes
no satisfacen a las necesidades de la asociación? ¿No es ca-
lificarlas de esencialmente ineficaces para impedir el mal;
de esencialmente inmorales? ¿No es eso tratar de hacer una
confederación, una sociedad, un gobierno de hombres vir-
tuosos? ¿No es sustituir a la soberanía de la voluntad popu-
lar la soberanía de la virtud? ¿Y cómo se hace virtuoso a un
pueblo sino enseñándole la virtud en la paz por medio de la
educación; es decir, gobernándolo bien? Tal es el sistema
del abate Saint Martin: la soberanía de los justos; y la so-
beranía de los justos no es la soberanía de los muchos. Caro
quería conciliar lo uno con lo otro sin advertir que para ha-
cer que los muchos sean justos es menester a priori que los
justos gobiernen.
Hay quienes propongan la tangente de la abstención o
prescindencia de los gobiernos: doctrina puesta en boga por
los economistas, especialmente por Bastiat, y que corres-
ponde al método de expectación en la medicina. Ni ha sido
malquista en nuestra República en estos últimos años, mer-
ced a la desconfianza en los hombres públicos, al cansancio
producido por la guerra y los abusos del poder; pero si en
época excepcional, y como mhiimum de malis, puede ser
aceptable, en general, en absoluto, es completamente ab-
surda; ni Caro la aceptó nunca. No hacer bien, en un Go-
bierno, es virtualmente hacer mal; no sembrar es dejar
crecer las malas yerbas. Ni las funciones de los Gobiernos
son obras de caridad; son deberes señalados por la naturale-
za de las cosas e impuestos por Dios. ¿Creéis que virtud y
conjunto de palabras son uno mismo? preguntaba el poeta:
—Virtutem verba putas, ut
Lucum ligna?
Así podemos también preguntar: ¿creéis que sociedad
y pluralidad de hombres son una misma cosa? Evidente-
— 104 —
mente no: una ópera es algo más que pluralidad de sonidos;
la Compañía de Jesús es algo mas que una reunión de ecle-
siásticos. Luego si la sociedad como sociedad tiene una exis-
tencia y naturaleza propias, debe llenar los fines de su natu-
raleza; fines no contrarios sino adicionales, superiores y pa-
ralelos a los que deben llenar la familia y el individuo: tal
es la misión de los Gobiernos. Así raciocinaba Caro. Pero,
aun sin intrincarse en la esfera privativa de la economía, en
la cual tampoco es completamente exacta, él combatió la
doctrina de la abstinencia en el terreno de la política, con-
tra los que sostienen que siendo los intereses sociales armó-
nicos, debe dejárseles desarrollar espontáneamente.
«La solución del problema, concluía, está en estos dos
puntos:
«1*? En la doctrina de la soberanía de la sociedad, que
mira a la especie sobre el individuo que sólo se ve a sí
mismo.
«2° En la división y subdivisión del poder público.
Así creyó un tiempo Caro poder resolver el problema:
por esa ficción de equilibrio: la libertad en la federación. Y
como complemento de su doctrina de la perfectibilidad y
como medio de evitar la anarquía, no ya de los hombres,
sino de las naciones, llegó a creer de inmensa trascendencia
la idea del cosmopolitismo de Kant, o sea de una Confede-
ración Universal. «La Unión Americana, decía, es la espe-
ranza del mundo, porque en ella están ya realizadas todas
las sociedades posibles, y cada una de ellas en una perfección
asombrosa. De aquí sus progresos sin ejemplo. A vista délos
males del hombre y para remediarlos Rousseau concluye
por el estado salvaje, Proudhon por la anarquía; los ameri-
canos por la familia, la educación, la propiedad, el gobier,
no, la representación y la federación, es decir, por la socie-
dad perfecta y universal.»
Pero estudiando más de cerca la organización política
de los Estados Unidos, observó que, en medio de sus inne-
gables ventajas, estaba muy lejos de ser perfecta y saluda-
ble y que los progresos de aquella nación no se habían al-
canzado por la República sino a pesar de ella. «La Repúbli-
ca, decía, se ha salvado en los Estados Unidos: 1^, por las
tradiciones de estabilidad que les legó la Inglaterra y que
han conservado en el orden judicial y en la constitución del
Senado; 2°, por la infinita subdivisión del poder público y la
falta de centralización administrativa; 3°, por las influencias
conservadoras de la religión y el comercio; 4*?, por su aisla*
miento y por la inmensidad y ventajas de su territorio.» La
alternabilidad incesante y violenta en la ocupación de los
puestos públicos, que entorpece la administración e inmo-
raliza la sociedad dando ancho campo a la ambición tumul-
— 105 —
muchedumbres, le pareció siempre inmensa-
tuosa de las
mente inmoral y funesta. «La causa originaria del mal
(decía en La Civilización número 2°) es muy profunda:
esa causa está en los furores sordos de la envidia, en las ten-
taciones ambiciosas que sopla y excita ardientemente y sin
descanso en los corazonos de los hombres el g^obierno de-
mocrático. ¿Eres Arzobispo? ¿eres Canónigo? Par? ocupar
yo tu lugar es necesario que tú mueras o muera el que te
suceda: lo largo del plazo, lo incierto del éxito arruinan en
mi corazón la esperanza, facilitan la resignación. Pero
nó.... eres presidente, eres secretario de Estado, gober-
nador, juez, escribiente, portero.... Si durases como
dura un arzobispo, la imposibilidad por un lado, la necesi-
dad por el otro, me harían volverte la espalda, olvidarte, y
caminar toda la vida, lejos de ti, en una dirección distinta,
Pero nó.... tú debes salir mañana y otro debe sucederte;
otro te sucede en efecto; a ese se suceden rápidamente otro
y otro y otro; los que estaban junto a mí, van pasando, y
sólo yo me aguardo; todos van y yo me quedo! De esta ma-
nera, cada puesto público, cada dignidad, cada sueldo, es
un poder que grita, es una bolsa en que está escrito en pú-
blico a cada hombre, al más capaz como al más inepto, al
más virtuoso como al más indigno: "Todos suben aquí, y tú
no vienes." "Yo he sido de todos >' tú no me has poseído!"»
El sentimiento moral que le dictó estas líneas y le hizo
aceptar como la verdadera regla del progreso humano y de-
finición de la civilización aquel sublime precepto y prome-
sa: «Buscad el reino de Dios, y todo lo demás se os dará por
añadidura,» ese sentimiento del bien, de la justicia, fue,
como hemos dicho, el que disipó el señuelo de progreso y
libertad que deslumhró un momento sus ojos al arribar
a los Estados Unidos. Empezó muy luego a ver los males so-
ciales y no se le ocultó (son sus palabras) <la -pequenez polí-
tica y moral de sus hombres públicos.^ ¿A qué causa atribuir
esto sino a las antes señaladas? Así que en un escrito suyo
posterior al año 1850 hallamos las siguientes bases de teoría
constitucional: en esta manifestación no acepta a las claras
la forma monárquica, pues siempre receló que ella tenía a
su vez algún defecto radical; pero sí asienta condiciones in-
compatibles con los elementos dealternabilidad y soberanía
del stcvolumus, constitutivos del gobierno democrático.
«La libertad tiene tres condiciones: regularidad, esta-
bilidad, responsabilidad: en donde se llegue a los puesto^
públicos ae una manera gradual y regular; en donde la po-
sición del empleado sea permanentemente asegurada y es-
table; y en donde ese empleado sea responsable por su ma-
nejo, allí hay libertad verdadera. La falta de la primera
condición produce intrigas, convulsiones y guerras civiles;
la falta de la segunda produce, degradación, servilismo, es-
— 106 —
píritu de abyección y de lisonja; la falta de la tercera pro-
duce abusos, peculado, opresión y tiranía. Regularidad en
la adquisición de los empleos; estabilidad en su posesión;
responsabilidad en su servicio: eso es la libertad, y más que
la libertad, eso es la libertad combinada con la dignidad,
con el orden, con la seguridad y con el bienestar social.>
Los que conocen su correspondencia de Nueva York
saben que en ella es todavía más explícito.
En su acatamiento al derecho, en su amor a la libertad,
Caro, con su penetrante vista mental, no podía desconocer
que hay algo superior a la libertad y al derecho: no podía
dejar de ver el vínculo que liga el derecho humano con el
divino, la naturaleza con la gracia. <Hay una cosa, pensaba,
superior a la libertad y al eterno amor que por ella siente
el hombre, y es lo que asegura la conservación y la buena
dirección de la misma libertad: la virtud y el amor de la vir
tud.» En su artículo sobre el partido conservador^ después
de presentar la noción del derecho como fundamental en di-
cho partido, sienta la necesidad de asegurar el derecho; y
concluye así:
<E1 ejercicio simultáneo, armonioso de todos los dere-
chos, es la paz: el respeto de todo derecho existente, el res-
tablecimiento de todo derecho violado, es la justicia.
<Por eso el partido conservador, el partido del dere-
cho, es naturalmente pacífico y justo.
«Pero ¿qué es lo que puede inducir al hombre a ser pa-
cífico, a ser veraz, a ser justo, siempre, en toda circunstan-
cia? ¿Qué es lo que hace entrar la paz, la verdad y la justi-
cia en el carácter?
«No hay más que una sola causa que produzca esos
efectos: la conciencia moral fortalecida por el sentimiento
religioso.
«La justicia se halla con frecuencia en oposición con el
interés: los motivos que inducen al hombre a ser siempre
justo, son motivos desinteresados.
«De aquí la tendencia natural del partido conservador
a la Religión; de aquí su odio a las enseñanzas irreligiosas
y disolventes.
«El día en que el sentimiento religioso penetre real-
mente en la vida práctica; el día en que la juventud se per-
suada bien de que negar a Dios es degradarse, y que reco-
nocerle es elevarse y engrandecerse; el día en que nuestros
hombres de Estado tengan presente siempre la noción de
Dios como fuente de toda verdad, de todo derecho, de toda
de toda virtud: ese día no habrá partido rojo: to-
justicia,
dos serán conservadores; todos serán cristianos: ese día
alumbrará en la República el espectáculr de la paz verda-
dera y de la verdadera libertad!>
— 107 —
Ya que el hombre corpóreo y visible es indicio del hom-
bre intelectual, del hombre interior, conviene no terminar
este ensayo sin dar al lector alguna idea de la persona y tra-
to familiar de Caro. Dejamos hablar en esta parte al señor
don Pedro Fernández Madrid, uno de sus íntimos amigos,
autor de una sentida página escrita con motivo de haber
llegado a esta capital la nueva del fallecimiento de Caro: de
ella tomamos las siguientes líneas:
<Era Caro de estatura más que mediana; bien forma-
do, robustos miembros y continente varonil; firme en el an-
dar y de apostura fácil y descuidada. Aseado en su persona
y traje, gustaba, sin embargo, muy poco de afeites; y ves-
tía como lo quería la casualidad o como lo disponían sus
allegados. Tenía los cabellos ensortijados y negros como los
ojos; blanca la cutis'y espesa la patilla, que le ceñía el ros-
tro; la frente elevada y prominente; regular pero algo
aguda perfecta la dentadura y bien delineados y
la nariz;
expresivos los labios. El aire habitual de su fisonomía, con-
traído con frecuentes raptos de distracción, era severo e
imponente, como su metal de voz; modulábase éste sin em-
bargo, hasta tocar en una dulzura casi musical, e iluminá-
basele aquélla, relumbrábanle los ojos con una expresión
altamente espiritual, bajo las ya desarrugadas cejas; la
color se le encendía suavemente y las fibras todas se le di-
lataban con agrado bajo un soplo cordial, desde que entra-
ba en conversación y se conmovían las aparentemente re-
cónditas pero siempre vivas simpatías que su generoso pe-
cho abrigaba por todo lo bello, por todo lo verdaderamente
digno de aprecio.
«En el Caro era cariñoso; accesible y
trato familiar,
placentero en amistad; y franco, pundonoroso y leal en
la
las demás relaciones sociales. Austero en sus costumbres,
recto y veraz hasta rayar en la exquisita susceptibilidad de
una conciencia en extremo delicada, no sólo "pudo alzar al
cielo su mano libre de toda mancha," sino que nadie des-
confió jamás de su palabra, nadie formó nunca queja justa
de él. Sus virtudes domésticas como esposo, hijo, padre y
hermano, testifican un corazón sensible y amoroso, capaz
de captarse los dulcísimos afectos que tan gratos vínculos
producen, ¡Viviera unos años más y hubiérase indemnizado
con usura de las agudas penas del destierro y de las zozo-
bras de su agitada carrera, satisfecho en medio de las deli*
cias con que la ternura conyugal y el cariño filial santifican
y embellecen el hogar doméstico.
«La Providencia (continúa el señor Madrid) lo dispuso
de otra suerte. Respetemos sus inescrutables designios j
sometiéndonos humildemente a sus divinos decretos, limite-
monos a lamentar la inmensa pérdida que nos ha impuesto.
— 108 —
Inmensa pérdida, hemos dicho; porque si todo hombre po-
see alguna virtud y puede ejercer con ella alguna influen-
cia sobre los demás, la que con sus espléndidas facultades
hubiera podido ejercer en bien del país, supera a toda pon-
deración. Aunque lo quisiera, él no habría logrado con-
traerla al recinto doméstico, pues aun luciendo solamente
en esa estrecha esfera, los bellísimos destellos de su mara-
villoso ingenio se hubieran esparcido y reflejado por do-
quiera, al modo que las suaves undulaciones del agua heri-
da se extienden insensible y blandamente en todas direc-
ciones.
«Acaso habrá quien juzgue que hay exageración en
este encomio. ¡Somos tan propensos a menospreciar el mé-
rito de los hombres de talento a quienes vemos diariamen-
te!Echando de menos en ellos el boato de que otros hacen
alarde y viéndolos portarse con sencillez solemos confundir-
los con los demás. Recuérdese, sin embargo, que Caro no
era solamente un hombre de talento e ilustración, sino que,
entre nosotros, era un ser privilegiado por su originalidad
mental; y atendida la relajación de nuestras costumbres y
nuestra proverbial ductilidad, era también por su fibra y
por su índole inflexiblemente recta y digna, un hombre
completamente excepcional de quien no se puede hablar
con indiferencia o con frialdad. Nó; Caro no era un hom-
bre vulgar. Era uno de esos espléndidos caracteres que se
ostentan a nuestra imaginación radiantes con las emana-
ciones de su propio ingenio, y rodeados por la fúlgida au-
réola de la virtud, como los brillantes fenómenos que ilu-
minan de vez en cuando el firmamento, que no se suceden
con reguluridad, que carecen de tipo 5^ no pueden ser
reemplazados.>
1873.
JOSÉ MANUEL GROOT
El benemérito ciudadano y eminente escritor cuyas
obras escogidas componen el segundo tomo de la Biblioteca
de Autores Colombianos^ que ha empezado a publicar El Tra-
í//¿:/í?«/5/a, nació en Bogotá, o Santafé, como entonces inva-
riablemente se decía, el día 25 de diciembre de 1800. x\sí, el
señor don José Manuel Groot, que hoy por dicha de cuantos
le conocen y para bien de su patria, goza de vejez recia y
lozana con aquella virtáis senedus áx^m. ú.q un H\os, át qnt
nos habla el poeta, nació y ha venido, digámoslo así, la-
deándose con un siglo a quien los hombres de la escuela del
señor Groot miran tal vez con poco agrado, por los títulos
pomposamente huecos con que la impiedad le ha condecora-
do, y por las tendencias que en él han triunfado en el orden
político, si bien en las condiciones de la Iglesia, en la reunión
de sus hijos en unos mismos sentimientos, y en la propaga-
ción de éstos por remotas regiones, hallaremos tal vez más
razones favorables que adversas al juzgar esta época de cien
años, singular de todos modos, y fecunda en asombrosas vi-
cisitudes.
Fue la familia del señor Groot una de las más distingui-
das de Santafé en aquellos tiempos de la dominación espa-
ñola en América, así por virtudes propias como por las de
tradicional lustre en que se fincaban los timbres de la no-
bleza.
Su abuelo paterno, don José Groot, natural de Sevilla,
vino como Capitán de coraceros, con el Virrey Pizarro a
estas comarcas; y el materno, don Francisco de Urquinao-
na. vizcaíno, se traslado asimismo a América, en compañía
del Padre Manuel Balzátegui, tío suyo y Superior de los
jesuítas de esta Provincia a tiempo de la expulsión. Fue
este don Francisco alto empleado de Hacienda bajo Ezpele-
ta y Mendinueta, empleado sin tacha, como había muchos
en esos tiempos, cuando las caballerescas leyes del honor
habían sido sustituidas en la monarquía española por la
fidelidad católica (1).
(1) Una irreflexiva involucración del nombre del señor Urquinao-
na en una reminiscencia histórica en que se hacían cargos fuertes a
varios funcionarios españoles de la. épxjca de 1810 a 16, motivó una
concluyente réplica que escribió el señor Groot en defensa de su
abuelo Urquinaona.
Casi todas las ramas masculinas de la familia Urquinaona se
restituyeron a España en la época de la revolución: el actual emi-
nente Obispo de Canarias, don José M. Urquinaona, es primo del
eñor Groot.
— iiu —
Cúpole al señor Groot la suerte de ser criado por una
santa madre, doña Francisca, quien siguiendo una costum-
bre que no se ha perdido en las familias piadosas de nuestra
raza y relig-ión, enseñaba la doctrina a los hijos, todas ias no-
ches, después de rezar el Rosario, y luégfoleíala vida del san-
to del día y las reflexiones del Año Crisíiano de Croisset, li-
bro traducido por el clásico Isla, cuyas repetidas ediciones
apenas satisfacen la demanda de la piedad tradicional dejas
familias católicas de España y América. Criábase el señor
Groot bajo la dirección inmediata de su padre, que temien-
do las malas compañías de los vagabundos escolares, empezó
él mismo a enseñar a su hijo José Manuel los rudimentos
del latín en la gramática de imperecedera memoria que lle-
va el nombre de Nebrina. Le hemos oído contar algunas ve-
ces al señor Groot estos pormenores con la ingenua sejici-
llez que hace tan grata su conversación, y si no nos engaña la
memoria, nos parece haberle oído decir: «Cuando mi madre
me leía aquellos devotos libros, me encantaban Jas vidas de
los ermitaños, y las de mártires me edificaban; casi sentía
yo que no los hubiese en nuestros tiempos; ¡quién sabe si
al fin volverá a haber de ellos? Dios me dé los sentimientos
que de niñol»
Más tarde aquel niño sería joven, la fe de este joven co-
rrería peligros en el agitado teatro del mundo. Pero los re-
cuerdos de las lecciones maternales, reliquias milagrosas
colgadas al cuello del infante, le confortarían, le salvarían;
si la fe se amortiguaba, ellas le harían revivir.
La Providencia da un poder infinito a las enseñanzas de
las madres: las cosas buenas que en la leche se mamsn, allí
permanecen en el corazón, y es sentimiento más fuerte
que la muerte. Repítale una madre a su hijo consejos sa-
ludables, y el eco de esas palabras resonará en sus oídos al
través de los tiempos, y será intimación tremenda en pre-
sencia de las tentaciones. Oh! si las madres tuvieran con-
ciencia de su poder inmenso, en países donde todas las ma-
dres son católicas, la salvación de la sociedad no se haría es-
perar largos años!
No aceleremos los tiempos. Aquella amena tranquilidad
de la vida infantil bajo el ala protectora de padres tan bue-
nos, sintió bien pronto una terrible conmoción. Estalló en
1810 la revolución, que todo lo sacó de quicio, hasta en el
recinto doméstico: novedades de tamaña trascendencia, en
sí mismas y por su relación con los sucesos de Europa,
preocupaban a todos y comprometieron a muchos.
Don Pedro Groot, tío de nuestro autor, fue uno de los
principales actores en los movimientos revolucionarios de
aquella época. Don Primo, padre del señor Groot, se vio
con tal motivo envuelto en el turbión político, y la Junta
Suprema le nombró Teniente Coronel de Caballería. ¡Qué
— 111 —
tiempos aquellos en que hombres pacíficos y candorosos
como el padre de nuestro autor eran llamados a ejercer al-
tos cargos militares, y en que, como sucedió más tarde,
personas de la piadosísima condición y de las hurañas y
monásticas costumbres de un don Manuel Benito de Castro,
regían la nave del Estado en aciagos y medrosos momen-
tos! ¡Que singular fue aquella época de transición que lla-
mar solemos Patria Boba, en que la continuación de lo exis-
tente y los asomos de lo por venir, la sencillez de las inten'
ciones y la latente grandeza de las empresas, la acendrada
religión y el ímpetu revolucionario formaban un compues-
to efervescente de discordantes y peregrinos elementos!
Nariño, el célebre Nariño, el mejor representante de aquel
conjunto de sentimientos, atraía hacia sí y bajo su autori-
dad, tanto a los españoles, que caído el árbol del poder real,
veían en él el mejor arrimo, como a los americanos que lo
contemplaban por natural patrono y jefe. Fue él quien
nombró a don Primo en 1812 Jefe Civil de Zipaquirá y Co-
ronel de sus milicias. Trasladada a aquella ciudad la fami-
lia de Groot, don Primo notó en José Manuel una decidida
afición a la pintura, y la impulsó dedicándole al estudio de
este arte y de la geometría, su auxiliar, bajo la dirección
de don José María Triana, que fue maestro de aquella y de
subsiguientes generaciones. Voló don Pedro ala capital con
motivo de la aproximación de Bolívar y sus tropas, de quien
los nariñistas recelaban, ya como empleados del Gobierno
antifederal, ya por las crueldades que imputaba la fama
voladora al jefe venezolano. Groot continuó en Bogotá sus
estudios de pintura, recibiendo lecciones de don Mariano
Hinojosa, pintor del antiguo Instituto Botánico, fundado
por el Gobierno español.
Retiróse muy luego don Primo a su hacienda de Stisa-
iá y dedicóse Groot a negocios campestres. En sus roman-
ces de costumbres rústicas se observa cuan familiarizado
está su autor con las de nuestros sabaneros, y cuánto le de-
leita el aire «puro, alegre y libre» de la vida campesina.
La ocupación de la capital por el ejército pacificador
en 1816 trajo persecuciones y ruinosas consecuencias a la
familia de Groot, por la ingerencia de su tío y la menos no-
table de su padre en los acontecimientos políticos. Ambos
fueron reducidos a prisión. La ingenua y fidelísima pluma
del señor Groot nos da a sentir en el Tomoiii de su Historia^
los sufrimientos de las familias patriotas en aquellos días de
acerba prueba; pero sobre todo, con qué frescura y movi-
miento nos describe la entrada de Bolívar en 1819! Fue
aquel año también el déla muerte de su buen padre, acele-
rada sin duda por los padecimientos en la prisión.
La falta de un buen padre abre siempre a los hi-
jos nuevos y tristes horizontes. Peligroso fue el camino que
— 112 —
sin el apoyo y la preciosa vigilancia paterna emprendió
Groot, ya abandonándose a sus juveniles inspiraciones, ya
bajo la dirección de su tío materno don Francisco de Ur-
quinaona, persona instruida pero contagiada de la irreli-
gión que el odio a todo lo antiguo y a todo lo que dice rela-
ción con España, había puesto de moda. Alternaba sus es-
tudios de humanidades, y en especial de lengua francesa,
que hacía con don Fr;?ncisco, con ocupaciones de comercio
en la tienda del mismo su tío. Tuvo ocasión con este empleo
de adquirir amistades y participar de las ideas noveles y
halagadoras; por consejos de los camaradas y dando rienda
a la curiosidad juvenil, leyó Groot varios libros de mérito
desigual, que entonces eran tenidos en estima por los semi-
literatos y filosofastros: gustábase entonces de EloUa y Abe
lardo, los Viajes ae Anténor, la Cornelia Bororquia, la Julia
de Rousseau, las Ruinas de Palmi*'a, y otros de extracción
francesa y dañado jugo. No estaba Groot apertrechado con-
tra las sugestiones del Hb^'o impío, serpiente que se desliza
en la sociedad con suaves matices y voz de fingida autori-
dad; y la obra de la piedad materna sucumbió momentá-
neamente bajo el imperio de las seducciones conjuradas de
la falsa filosofía y de la irreflexiva adolescencia.
En 1821 se fundó en Bogotá la Logta; y Groot, que
en años anteriores, 1817 y 18, había continuado ejercitán-
dose en la pintura al lado de don Pedro Figueroa, fue lle-
vado por su tío, uno de los fundadores de la Logia, a la
casa que al intento se preparaba, a que pintase las decora-
ciones del iemplo. Ocultósele el verdadero propósito, pero a
poca diligencia comprendió el joven pintor lo que aquello
significaba, y declarándosele a su tío y rogándole le intro-
dujese en la misteriosa asociación, logró ser admitido, aun-
que por la edad inhábil, como mozo formal y de buenas
partes por su manifiesta irreligiosidad. Hacían en aquel en-
tonces excursiones a Jamaica los negociantes importadores,
y en uno de ellos, en aquel mismo año, acompañó nuestro
novel francmasón a su tío, excursión que duró diez meses,
y no fue para el joven improductiva en adelantamientos de
incredulidad.
Dos mercaderes de aquellos que siempre abundan,
prontos a toda especulación lucrativa, por sacrilega que
sea, catando la disposición irreligiosa de los ánimos en
aquella época, inundaron el país de obras impías, al mismo
tiempo que un judío vendía figuras obscenas en libros, es-
tampas y otros objetos de uso manual. Groot y muchos de
los jóvenes coetáneos suyos se vieron envueltos en esta red
de perdición, en que la impiedad pescaba almas, mientras
los mercaderes recogían dineros.
— 113
Groot casó en 1828 con la señora Petronila Cabrera,
hoy respetable madre de su digna familia. Entonces por la
amistad que profesaba a Urquinaona, y por la hermandad
masónica, dio Santander a Groot el destino de Oficial Es-
cribiente en la Secretaría de Guerra y Marina, y allí per-
maneció cuatro años. No dejó por esto de mano sus estu-
dios; )' tomando por director en los de matemáticas, a que
era singularmente aficionado, al sabio cuanto desgraciado
don Julián Torres (1), aprovechó notablemente: leía a Va-
llejo, que era el texto de la época, y consultaba a Bails, La-
grange y otros autores. Estudió también la perspectiva por
Coclet, por su importancia en la pintura, como fundamento
suyo científico. Ni le valió su decidido amor a la ciencia
para salvarlo de la epidemia reinante entonces, como ahora,
la folitiqueria; así que si utilizaba las tardes en casa del se*
ñor Torres, las mañanas se iban en medio de los empleados
de la oficina, en ocupaciones y animadas conversaciones po-
líticas. Indujéronle su posición y sus aspiraciones a ins-
truirse en las ciencias sociales, y estudió el Derecho Público
por Lepage, el Espíritu de las leyes de Montesquieu, el De-
recho Internacional -^Qx Watel, y la Legislación de Bentham,
el autor de más prestigio entonces, difunto hoy en Europa
y superviviente entre nosotros. Nada saciaba a su espíritu
sediento de saber, y la lógica y la poética fueron también
objeto de su atención y recreo.
Del año en que contrajo matrimonio al de 1830 corrió
para Groot una época de mejoramiento intelectual, y de re-
torno a la fe perdida. La circunstancia principal de que se
sirvióla Providencia para volverle al buen camino, a que él
mismo después había de traer a tantos como valiente apolo-
gista y periodista católico infatigable, fue, según él recono-
ce, las estrechas relaciones que contrajo con su suegro po-
lítico, doctor don Miguel Tobar, quien le cobró cariño de
padre a hijo, noblemente correspondido por quien de él
habla con efusión de viva gratitud, acreditándole también
con el justo recuerdo que consagra a su memoria en la His-
to7Ía Eclesiástica.
Era el doctor Tobar hombre eminente en virtud y
ciencia, de una erudición vastísima, especialmente como ju-
risconsulto, y de amenísimo ingenio, que por largos años
sazonó con sus sales y popularizadas parábolas, las más gra-
ves discusiones parlamentarias. Tan estrechas relaciones
proporcionaron a Groot un padre afectuoso, un sabio maes-
(1) Padre del señor don José María Torres Caicedo.
Estudios literarios — M. A. Caro—
— 114 —
tro y un prudente guía. Puso el doctor Tobar a Groot en
el camino de los buenos estudios, abrió sus ojos sobre cam-
pos desconocidos, revelóle la relación entre el mundo de la
materia y otro mundo sobrenatural, y le preparó en suma
a volver con paso lento pero firme a las creencias de
vida eterna. Groot había leído a Condillac y a Tracy;
habíase embebido en sus doctrinas materialistas, solazábase
con las burlas malignas de Voltaire, encantábale Volney
con sus viajes pintorescos, y gustaba de las sátiras de los li-
berales españoles contra el clero a par de las más sabrosas
páginas del ingenio español. Una obra que hizo en su espí-
ritu honda mella, por hallarlo mal provisto de sólida arma-
dura filosófica, fue el Origen de todos los aillos^ de Dupuys,
en que este ingenioso autor trató de probar que toda la his-
toria evangélica era una ficción alegórica, ensayo de habili-
dad maligna, que corre parejas con el más diminuto y me-
jor intencionado, que después se escribió explicando como
una leyenda simbólica la vida de Napoleón. El doctor Tobar
desimpresionó a Groot enseñándole pasajes incontestables
de Flavio Josefo, 3' otros testimonios de escritores gentiles
en favor de las narraciones evangélicas. Fue este un princi-
pio de más general desengaño, pero Groot temía desenga-
ñarse, adherido a la mala doctrina, bien que al mismo tiem-
po, según le hemos oído decir, sentía la secreta reprensión
de la conciencia que le decía: Busca ¡a verdad.
Sus lecturas favoritas le habían inculcado repugnancia
casi invencible a los escritos de los Santos Padres y a las co-
sas de la Iglesia, y creía en la ciencia de los ignorantes (1)
y en la buena fe de los falsarios que entonces privaban con
el pomposo título de filósofos. Había en Groot un gran fon-
do de buena fe por «ignorancia en su incredulidad,* como
dice San Pablo; quiso Dios en un hecho insignificante en
apariencia, abrirle una gran puerta, y comunicarle un rayo
de luz vivífica. Y fue el caso que leyendo en la Apología de
la Constitución jeligiosa de Llórente, se le ocurrió sin deter-
minado objeto verificar una de las muchas citas con que en
esa y sus otras obras apoya aquel canónigo escritor, sus
aficiones jansenistas. Antojósele a Groot hacer el cotejo sólo
por tener en aquel momento una Biblia de edición protes-
tante que acababa de adquirir. Varias veces hemos oído a
nuestro amigo referir este caso, por la impresión profunda
que le causó, y sus efectos saludables. ¡Cuan sorprendido
quedaría nuestro confiado lector cuando halló que el texto
citado estaba trunco en Llórente, y daba así un sentido
contrario al de la frase completa! Hizo otros cotejos, y per-
suadióse de la mala fe del escritor. Nació de aquí en su es-
píritu una justa desconfianza de los escritores a quienes se.
^1) Cantú llama ignorante a Voltaire, y demuestra con ejemplos
la razón de su dicho.
- 115 —
guía alucinado, y con ella se formó la resolución de estudiar
a los impugnadores de aquellos falsificadores. Hízolo empe-
zando por leer las célebres Cartas de irnos judíos a Voltaire;
y admiróle descubrir una ignorancia grosera bajo el tono
magistral de las decisiones del filósofo de Ferney. Continuó
en sus lecturas. 3" siguieron los útiles desengaños. No Vol*
taire y los enciclopedistas con su simulada ciencia, sino
Bentham con su mezcla de verdades palmarias y de pérfido
sensualismo, fue el autor cujeas doctrinas tuvo más dificul-
tades en repudiar, por la mismasencillez y falso candor con-
que las expone ocultando con maña sutil el ponzoñoso prin-
cipio. Hemos oído al señor Groot: «Ningún autor más lleno
de peligros que Bentham; ninguno más malicioso. Casi se
necesita de un milagro para que los jóvenes que le han es
tudiado salgan felizmente del remolino en que los envuel-
ve el capcioso principio de utilidad.»
La obra de la Providencia llegaba a dichoso término,
Preparábase Groot a entrar a ejercicios espirituales, sólo
con un amigo, en el tranquilo convento de los recoletos de
San Diego, extramuros de la ciudad (hoy edificio desamor-
tizado). Los ejemplos de una virtuosísima esposa debieron
también modificar su espíritu y prepararle a la virtud. La
muerte había visitado su familia y añadía a sus disposiciones
mentales, el dolor que inclina a la melancolía religiosa y al
amor de Jesucristo. Preparábase a hacer confesión general;
y así lo hizo el año de 1834. De allí debía salir armado con
poderosas armas a pelear la buena batalla.
m
El regreso del señor Groot a la fe y a la piedad católi-
ca convida a interesantes reflexiones. Dejando abierto al
lector este campo, nos ceñiremos a observar, porque es he-
cho que nos ha impresionado, cómo los gigantes de la im-
piedad tienen la vida de efímera, y pasan desapareciendo
uno tras otro en rápido desfile, ante la verdad que subsiste
inalterable, y a quien el tiempo no hace injurias sino rinde
tributos. El señor Groot ha llegado a una edad bastante
avanzada para poder palpar en un largo período este fenó-
meno, que equivale a una práctica demostración de la ver-
dad del Cristianismo. ¿Quién lee hoy a Rousseau, a Voltaire,
a Volney? ¿Quién saborea hoy aquellos enciclopedistas que
formaron las delicias ponzoñosas de los jóvenes en los albores
y la mañana del siglo xix? Cayeron aquellos escritores en
olvido; sólo el recuerdo de los erudito» y el polvo de las bi-
bliotecas les conceden una apariencia de duración. Tras
ellos han venido otros y otros: todos deslumhrando un día y
oscureciéndose al siguiente. Y cuenta que aquellos que pa-
saron no son muchas veces inferiores en mérito literario o
— 116 —
antes quizá muy superiores, a los más modernos;
filosófico,
así, elque como el señor Groot conoció de cerca aquellos
paladines, y los ha visto pasar, sucederles otros que me"
5'-
nos gallardos y de menos brío cautivan ala frivola juven-
tud, bien quisiera revestirla de su propia experiencia, para
precaverla de estas invasiones de cada época, que el hom-
bre prudente deja pasar
Como a la fiera
Corriente del gran Batís cuando airada
Dilata hasta los montes su ribera.
Hemos resumido la conversión del señor Groot en su
aspecto histórico. Como toda conversión, ella tiene una par-
te íntima: la obra de la gracia. Supo en 1865 que había
vuelto al seno de la Iglesia un antiguo discípulo y amigo
suyo (que posteriormente ha incurrido, si no en la impie-
dad primera, sí en un catolicismo lihoal que corresponde
mal a las esperanzas que hizo concebir); y rebosando en
afectuoso júbilo, le dirigió una carta de parabién, que a
vueltas contiene la historia íntima de su propia conversión.
Copiamos de ella una parte, página elocuente llena de fe
sencilla y de gratísimo aroma:
«Sí, mi amigo; 3^0 anduve por esos caminos anchurosos
pensando encontrar en ellos la luz de la verdad, porque mis
errores no eran de mala fe; mas no hallé sino aflicción de
espíritu: más dudas: más dificultades: más oscuridad, y fa-
tales desengaños; o más bien, felices desengaños, porque
ellos me condujeron al conocimiento de dos cosas: primera,
que en la escuela escéptica no había buena fe; y segunda,
que fuera de la escuela de Cristo no hay consuelo, no hay
paz para el alma, ni pueden conocerse aquellas dulzuras que,
aun en medio de las mayores tribulaciones, proporciona la
religión al hombre de fe. El mundo no acaricia sino a los
poderosos, a los felices, y abandona al pobre y desgraciado.
Sólo Jesucristo es el padre y abogado de los pobres, de los
atribulados, de todos los desgraciados; sólo El es quien les
dice: "Venid a mí todos los que padecéis, que yo os aliviaré."
En efecto, ¿quién ha ocurrido a los pies de Jesucristo que no
haya vuelto consolado?
«¡Qué grande es la filosofía de la Cruz! Por eso decía
San Buenaventura que su mejor libro era Jesucristo cruci-
ficado. Los filósofos gentiles la tuvieron por locura; pero
ella ha hecho la felicidad del mundo. Yo fui traído a su co-
nocimiento por medios muy extraños y en los cuales vi, sen-
tí, la mano de Dios que me retiraba del precipicio. Largo
sería de referir todo lo que por mí pasó, y acaso se tendría
por un delirio de imaginación; mas yo conocía muy bien
que era Dios el que hablaba a mi alma, y no fui rebelde a su
voz ni remiso a su llamamiento. Sin embargo ¡qué indeci-
— 117 —
sión por momentos! ¡Qué multitud de abstáculos se presen-
taban a mi imaginación cuando pensaba en otro método de
vida! Así como sentía la mano de Dios por una parte, sentía
por otra la del espíritu malo que quería retenerme en sus
lazos ponderándome las dificultades, las molestias, los sinsa-
bores que se me ofrecerían entre las gentes con quienes
trataba y con quienes estaba unido, no sólo por los vínculos
de la amistad, sino por razón de opiniones; pero todo lo
pude por amor de Jesucristo, que me confortaba de un modo
eficaz.
«Esta lucha no fue de muchos días. Resuelto ya a ser
buen cristiano, me dediqué al estudio del Evangelio y a la
lectura de los maestros de espíritu. ¡Qué satisfacción sentía
entonces! ¡Mi alma se saciaba en aquellas puras fuentes de
la Santa Escritura, y las lecciones piadosas la confortaban.
Mientras más leía más riquezas encontraba en el campo de
la religión. Más torrentes de luz venían sobre mi razón; so-
bre esa razón orgullosa que antes blasfemaba de lo que no
conocía. Todas las dificultades se iban deshaciendo como los
montones de granizo ante los rayos del sol. En aquella pa-
rábola divina del hijo pródigo, que me parecía escrita para
mí, encontraba explicadas 5^ verificadas aquellas otras pala-
bras de la Santa Escritura: "Desde que el pecador gimiere
arrepentido, no me acordaré más de sus iniquidades." El
amoroso padre de aquel hijo ingrato apenas lo ve venir a él
corre a encontrarlo y lo estrecha entre sus brazos. El hijo
arrepentido le dice: "Padre, no soy digno de ser llamado
hijo vuestro." El padre no se acuerda más de su iniquidad
y no piensa sino en acariciarlo.
«Todo esto me llenaba de confianza y de amor hacia Je-
sucristo mi Salvador, y no dudaba de que en sus misericor-
dias me hubiese perdonado. Mas no podía estar enteramen-
te satisfecho hasta no someter mi causa al santo tribunal de
la penitencia para dar al Señor la mayor prueba de mi
arrepentimiento. Pero ¡qué trabajo para el examen! Sin
embargo, todo lo venció el ansia que tenía por recibir la ab-
solución sacramental y aquel pan que descendió del cielo
para dar vida al mundo.
«Retiróme al convento de San Diego, acompañado de un
amigo que se interesaba en mi salvación, y allí, entrando en
cuentas conmigo mismo, escribí la relación de mi criminal
vida, e hice mi confesión con un santo religioso que me oyó
con paciencia y caridad, y me dio la absolución mezclando
sus lágrimas de gozo con las de mi arrepentimiento.
«¡Ah, mi amigo! Ahora mismo me siento conmovido al
recordar aquel momento solemne de mi vida en que me pa-
recía descender el rocío del cielo sobre mi cabeza. ¡Qué
descanso el que sentí desde aquel instante! Yo no era el
mismo que antes. Me parecía estar en comunicación con los
— 118 —
espíritus celestiales, que en otro tiempo se horrorizaran de
verme. Esa noche no pude dormir. Recogido en la celda
con mi compañero, mientras él dormía, yo meditaba, no po-
día pegar mis ojos. Si a Chateaubriand la primera noche
que pasó en las cercanías de Esparta se le quitó el sueño
pensando en que oía ladrar los perros de Laconia y que
respiraba el viento de Elide, ¿cómo no me lohabía de quitar
a mí la consideración de que a la mañana siguiente iba a re-
cibir al que murió por mí en la cruz; al Dios omnipotente
cuya majestad y gloria publican los cielos y la tierra?
«Me parecía estar viendo al Salvador como me lo figu-
raba al leer el Evangelio, lleno de amor, de bondad y de
mansedumbre para con los hombres, y que yo estaba a sus
pies sin seperarme de el un instante, como el hijo peque-
ñito gozando de las caricias de su padre.
«Esta celestial ilusión, que duró toda la noche, vino a
ser una realidad por la mañana. ¡Oh fe, cuánto es tu impe-
rio! IQué feliz el que te posee! ¡Qué desgraciado el que no
te conoce! Al toque del alba me levanté de la cama, y atra-
vesando el oscuro y silencioso claustro, bajé a la iglesia y
me postré ante la madre de Jesús pidiéndole que así como
en bodas de Cana había representado a su hijo la nece-
las
sidad en que estaban aquellos convidados, le representase
las mías, no para que me diese el agua convertida en vino,
sino el vino convertido en su sangre, y que santificada mi
alma en el celestial convite me diera fuerzas para seguir
el camino de mi salvación.
«Después de la debida preparación me acerqué ala
sagrada mesa en lucha del temor con el amor. Temía por
mi indignidad, y quería invenciblemente unirme a mi Sal-
vador, que me decía: "El que come mi carne y bebe mi san-
gre en mí está y yo en él." No podré explicar a usted la
conmoción que sintió mi alma al ver al sacerdote que se
acercaba a mí con la sagrada hostia en sus manos. ¡Cómo
recordaba entonces las palabras del centurión romano:
"Señor, no so}^ digno de que entres en mi casa!" y, cómo
tenía fijasen mi oído éstas de Jesús: "Venid a mí todos los
que trabajáis y estáis agobiados que yo os aliviaré"....
"El pan que os daré es mi carne. Tomad y comed: este es
mi cuerpo". . .
«Recibida la comunión, quedé como anonadado y con
fundido en la grandeza de Dios, como el arroyuelo que en-
tra en el grande Océano y se pierde en su inmensidad-
iQué paz! ¡Qué dicha! Creía oír estas palabras de Jesús a
Zaqueo el publicano: "Hoy ha entrado lasalud en esta casa."
«Con estas impresiones salí del silencio del claustro al
bullicio de la sociedad, que me parecía una máquina an-
dando. No hallaba vida sino en las cosas del espíritu, que
elevan el alma hasta su Dios, y decía con San Ignacio: "¡Qué
triste me parece la tierra cuando miro para el cielo!"
— 119 —
<Desde entonces para acá he procurado vivir como
cristiano, hijo de la Ig^lesia Católica, y no me he aver-
fiel
gonzado de la Cruz de Cristo; antes me he gloriado con ella.
Algunos amigos se me separaron; pero en cambio tuve
otrosmás sinceros de entre aquellos que me aborrecían
cuando no aborrecían sino mi iniquidad. Yo no encontré
entre los hombres de fe aquellos fanáticos adustos e into-
lerantes que me había figurado, sino hermanos que me re"
cibieron con los brazos abiertos, llenos de interés por mí.
La mayor parte de los que me habían abandonado volvie-
ron después a mi amistad, desengañados.
*lGraciasa Dios! que me ha ayudado para perseverar
en su amor, aunque no con la lealtad que debiera después
de tantos beneficios capaces de hacer santo a cualquiera
otro. ¡Gracias a Dios! porque me ha concedido algunas fuer-
zas para defender la causa de su santa Iglesia sin arredrar-
me humanas consideraciones ni más interés que el de la
salvación de las almas y gloria del nombre de Jesucristo.
¡Bendito sea el Señor! que me abrió el campo donde po-
der trabajar en satisfacción de tanto mal como había he-
cho y de tanto escándalo como había dado al prójimo.
«Este es el campo que se abre a usted ahora. El Señor
lo ha llamado y usted ha oído su voz. Es preciso seguir
como Saulo y no pararse en el camino para poder decir
como él "He peleado buena batalla: he acabado mi carrera:
he guardado la fe. Por lo demás me está reservada la co"
roña de justicia que el Señor justo Juez me dará en aquel
día."»
IV
El señor Groot adquirió gran reputación como institu-
tor. En 1827 renunció su empleo, no obstante el ascenso
que se le ofreció a Jefe de Sección, y abrió la Segunda casa
de educación de alumnos internos pensionistas, montada
sobre la misma planta que la que acababa de abrir el señor
don José María Triana. Dieron estos dos establecimientos
gran vuelo a la instrucción pública. Apartóse ésta de la
rutina, adoptóse un sistema de enseñanza más eficaz y filo"
sófico, e incluyéronse en ella les ramos de música y dibujo,
antes menospreciados y mal conocidos. Fueron alumnos
del señor Groot muchos que después han figurado nota"
blemente, ya en el partido católico, como el señor Caicedo
Rojas, ya en el liberal, como el señor Samper. Fomentó el
Libertador Bolívar aquellos establecimientos de educación,
y fundó una Sociedad didascálica para fomentar la difu'
sión de los conocimientos. Presidente de ella era el Inten-
dente General Herrán, Vicepresidente el doctor Herrera
Espada. Celebrábanse las sesiones en el colegio de Groot,
y propuso éste se habilitasen los estudios de filosofía de los
— 120 —
dos establecimientos particulares de educación, para la pro-
secución de los cursos universitarios. Opusiéronse a la me"
dida, como era de presumirse, los profesores de la Univer-
sidad, que monopolizaban la enseñanza, situación bien aná-
loga a la del corriente año de 1873, en que la Universidad
Nacional ejerce implícitamente un funesto monopolio en la
enseñanza. Mas no se sufría entonces, como ahora se sufre,
la dominación sistemática y terca de un partido sordo y
ciego: la razón luchaba, abría campo, y persuadiendo ven"
cía. La medida propuesta por el señor Groot fue comba-
tida enérgicamente, mas luego se adoptó.
Cerró el señor Groot su colegio en 1830, a causa de los
alborotos y trastornos de la época, y volvióle a abrir en
1834. Fue ese intervalo un oasis saludabilísimo a su espíri-
tu: fue la época que decidió de sus opiniones religiosas; fue
la soledad de meditación y de estudio a que le llamó la di-
vina Misericordia, que preparaba en él un hombre nuevo y
un ilustre apologista de la Iglesia.
Las diversas fases y las diferentes ocupaciones de la
vida del señor Groot son todas secundarias comparadas con
su carácter de escritor público. Tarde empezó a serlo, pero
con tanto aliento comenzó esta carrera, que apenas habrá
entre nosotros otro más fecundo ni consecuente en sus doc-
trinas. Por fortuna de su país y para su propia satisfacción,
en la época de sus dudas y de su incredulidad nada pro-
dujo. Ño ha tenido que retractarse de sus escritos, como lo
hubiera hecho en desagravio de la Iglesia, y pública satis-
facción, si algunos hubiese publicado en aquella época de
incredulidad. Porque el señor Groot, franco, ingenuo, ve-
raz, justo siempre, no es de los que se convierten con re-
servas y que, siempre que se llaman católicos, hacen salve-
dades que delatan cobardía o arguyen deslealtad. Kl señor
Groot es convertido de veras al estilo del ilustre Luis Veui-
llot. Nada de tartamudeos en la profesión de su fe, nada
de amistades viejas, nada de viciosos restos de mundanas
aficiones. De lo que ha tenido que retractarse se ha retrac-
tado; nunca ha excusado las ocasiones de declarar que no
tiene parte con la secta masónica, que la repudia y detesta,
como detesta 3' repudia cuanto la Iglesia condena. Nunca
ha tenido ambiciones políticas: su única ambición es la de
pelear como buen soldado de la Iglesia. No há mucho,
cuando El Tvadicionista tremoló la gloriosa bandera del
partido católico, vimos al señor Groot con bríos extraños a
su edad, correr con entusiasmo a incorporarse en el avan-
zado grupo compuesto casi sólo de jóvenes que defendían
la doctrina del Syllahus como la única doctrina capaz de
— 121 —
salvar la sociedad moderna de los estragos del liberalismo;
y era bello espectáculo ver lidiando al viejo campeón al
lado de los jóvenes católicos:
Ausus et ipse manu juvenum tentare laborera!
Hemos dicho que el señor Groot es uno de nuestros
más fecundos escritores. Ha servido infatigablemente a la
causa de la religión y de la moral desde 1836, en que por
primera vez publicó una hoja en que excitaba a los electo"
res y especialmente al pueblo a concurrir con sus votos a
la elección del doctor Márquez. Grandes esfuerzos hubo
que hacer para triunfar, en las urnas, de la facción libe-
ral capitaneada por el General Santander, de triste recor-
dación, pues su candidato, el General Obando, contaba con
el voto unánime del ejército, numeroso entonces, y el de
los empleados públicos, criaturas de Santander, y la gran
cola de áulicos y amigos de éste. Fundóse entonces un pe-
riódico de oposición, «El imperio de los principios,» y ue
el señor Groot uno de los colaboradores. Aquí empiezan sus
tareas periodísticas, en que después ha adquirido una re-
putación grande y sin las manchas a que este oficio está
expuesto.
Ha sido, que sepamos, colaborador de los siguientes
periódicos:
«El imperio de los principios,» ya citado, 1836.
«El Investigador Católico,» 1838.
«El Día,» 184 -1851.
«Las Tardes de Tunjuelo,^ 1843.
«El Duende,» periódico burlesco y festivo, de fama
tradicional, 1847.
«El Nacional.» 1848.
«El Charivari,» 1848.
«La Civilización,» 1849 y años siguientes.
«La Sociedad Popular,» 1850.
«La Esperanza,» 1855.
«El Álbum,» 1856.
«La Patria,» 1858.
«El Loco,» 1858.
«El Mosaico,» 1859.
«El Católico,» 1863.
«El
Bogotano.» 1863.
«El
Conservador,» 1864.
«El
Símbolo,» 1865.
«La Caridad,» 1867 y siguientes.
«El Tradicionista,» desde su fundación en 1871.
En unión de otros escritores católicos, primero, y sólo
después en los últimos años, redactó «El Catolicismo,» de
1850 a 1859.
— 122 —
Fue también redactor de los siguientes:
«Los Cubiletes,> 1837.
«La Bodoquera,» 1843.
«La Verdad y la Razón, > 1846.
«Conversaciones entre un Cura, un barbero y un agrí-
cola,* 1847.
Ha escrito adeoaás infinidad de papeles y folletos.
Y aquí, para que se admiren no sólo los escritores ve'
nales sino también los que honradamente viven de su plu-
ma, advertimos que el señor Groot, en tanto como ha es-
crito,no ha derivado nunca un solo centavo de remune-
ración!
VI
En nuestras Repúblicas hispanoamericanas, los perio-
distas abundan, los autores de libros escasean. No entramos
a averiguar si a esto contribuye nuestra educación política,
frivola como las instituciones, o bien la incomunicación
comercial, y por lo mismo libreresca, entre estos países,
así como la falta de un tratado internacional que asegure la
propiedad literaria (l), pacto cuyas conveniencias serán
mayores el día en que se haga extensivo a España, pues ya
en aquella nación, cuya maternidad no podemos repudiar
sin repugnante ofensa de la naturaleza, empiezan a ser
apreciados nuestros buenos escritores, cu3'as obras, por el
idioma, son tan nativas y pueden ser tan populares allá
como acá. Comoquiera que sea, y en medio de otras a veces
apremiantes ocupaciones, el señor Groot ha escritos libros,
y libros eruditos y voluminosos. Son obras suyas de singu'
lar mérito los «Misioneros ds la Herejía» y la «Refutación
de la Vida de Jesús de Renán.»
Pero su obra capital, la más interesante por lo nacio-
nal del asunto que trata y la novedad de los datos que con-
tiene, la más importante por el contingente que ofrece al
esclarecimiento de lo mucho que debe la civilización a la
Iglesia católica, así como en Europa, en estas regiones
americanas; la más laboriosa también, y la más extensa de
sus obras, y aquella que inmortalizará su nombre, cuando
otros escritos SU5'0S se hayan oscurecido y olvidado, es la
«Historia,» que con título menos lato que el contenido, ha
intitulado «Eclesiástica y Civil de la Nueva Granada» (2).
(1) Entendemos que el actual Secretario de Relaciones Exterio-
res, señor don Gil Colunje, ha iniciado ya este pensamiento, y pro-
movido su ótil consumación. Merece por ello nuestro sincero aplauso.
(2) El título de esta obra es uno de los ejemplos que pueden ale-
garse para demostrar los inconvenientes literarios, históricos y geo-
gráficos (fuera de los políticos y de las consideraciones que el pa-
triotismo sugiere) del cambio del nombre de la nación introducido
— 123 —
Monumento grandioso, elevado en vindicación de la Iglesia
y en gloria de la patria, con materiales acumulados en lar-
gos aSos, y concluido por su autor en avanzada edad, cuan-
do la razón experimentada sólo aprueba lo que es verdade-
ro, y la pluma desapasionada sólo estampa lo que es justo.
El señor Groot, por estas obras, y especialmente por la
última, ha recibido alabanzas que él sólo se contenta con
merecer, de jueces competentes y varones ilustres, princi-
piando por el gran Pío ix, que más de una vez ha aprobado
sus escritos y estimuládolo a seguir adelante.
Uno de nuestros más eminentes publicistas, y entre
escritores elegantes elegantísimo escritor, hombre robado
a la Religión, a la Patria y a las letras, largos años há, por
una tiránica dolencia que abate las alas de su ingenio,
atándole al sufrimiento físico, el señor don Pedro Fernán-
dez Madrid, en carta que de Serrezuela, con fecha 2 de
abril de 1869, dirigió al autor de la «Historia Eclesiástica y
Civil,» juzga esta obra en términos tan gratos al señor
Groot por su origen y por los conceptos que expresa, como
lo serán a nuestros lectores por la miel del lenguaje y el
esplendor del estilo. Copiaremos de dicha carta los princi-
pales párrafos, que cerrarán el presente de nuestra deseo*
lorida Introducción.
«Mucho me prometí siempre de ella (la Historia men-
cionada)— dice el señor Madrid — especialmente desde que
vi las dos páginas que constituyen su prólogo, acerca de
las cuales, si pudiera dilatarme cuanto quisiera, escribiría
diez o doce; tanto meollo así les encuentro y tan prolíficas
me parecen. El plan que usted se traza, y para cuyo amal-
gama busca modestamente excusas, es, a mi ver, como us-
ted lo presentía, el que corresponde a esa clase de obras
que, cuando se trata de exhibir en ellas no sólo la cronolo-
gía sino también el espejo de una sociedad, tienen que ser
abigarradas, como es la suya. Ese plan está fielmente cum-
plido en la triple pero armoniosa narración eclesiástica,
civil y política que usted desarrolla, y en la gran copia de
episodios y noticias que tanta vivacidad y realce le dan.
Hay en efecto de todo en la Historia que usted ha escrito;
pero esa es una desús principales recomendaciones, pues
así debía escribirse para reflejar nuestras costumbres y
hacernos saber "cómo éramos en antes." Y si en esaparte
por nuestros legisladores en obsequio a un capricho del dictador
Mosquera. Una nación debe tener un solo nombre, y no es lícito de-
signarle uno especial según el período de su existencia. Una nación
así como la nuestra, que cambia a cada paso de nombres y de Cons-
tituciones, denuncia que en sus hijos se ha perdido, o interrumpido
bruscamente por influencia antipatriótica, la respetable tradición
que de una en otra generación transmite intacto y glorioso el nom-
bre de la Patia.
— 124 —
fundamental del libro ha logrado usted ser fiel a su propó-
sito,no lo ha sido menos en la imparcialidad e independen-
cia de sus juicios, que me han parecido justos, sólidos y
desapasionados. En cuanto a los accesorios de estilo 5^ len-
guaje, aunque se haya dicho que usted poco se cuida de
redondear frases, hallo que las suyas son lo que en la ma-
teria debían ser, dóciles siervas y no remilgadas señoras de
usted: limpias, sencillas y esbeltas por lo mismo que no
llevan corsé y nada hay en ellas que sea artificial.
«Hecha esta indicación general, me permitiré unas
pocas observaciones más, sin método ni coherencia, porque
no lo consiente el triste estado de mi exangüe máquina y
debilitada cabeza; pero sí con íntima convicción y entera
sinceridad.
«Una de las cosas que en mi opinión dan más valor a la
obra de usted imprimiéndole cierto carácter excepcional,
es la impavidez con que usted arrostra "la preocupación de
los despreocupados," para emitir sus conceptos y hacer sus
apreciaciones sin vanos respetos ni contemplaciones, y sin
desdeñarse de emplear de vez en cuando esas agudezas
de pura cepa castellana, en que bajo una figura expresiva
se encubren hondas reñexiones.
«Así son las que hace usted a propósito de una reli
gión, "sin la cual no se puede gobernar sino por medio de
la fuerza y los castigos, cosa que repugna a los filósofos
modernos, al mismo tiempo que se afanan en quitar la san-
ción de la conciencia," y las que también hace sobre la po-
derosa influencia que en la civilización de esta tierra tuvie-
ron las órdenes monásticas y demás fundaciones piadosas
de que con tanta razón se ocupa usted preferentemente,
supuesto que los claustros estaban llenos de gente de valer
y la catequización de los indígenas era la necesidad capital
del país.
«El paralelo que usted establece entre la suerte que
a éstos cupo bajo el régimen colonial y la que les ha tocado
en estos tiempos de orden y libertad, es un trozo digno de
melancólica meditación. Como dice usted: "todo se entiende
al revés entre nosotros, pero más que todo la frateynidad^
que el egoísmo filosófico invoca para despedazar las entra-
ñas del hermano y despojarlo de sus intereses."
«Después de quejarse usted de la injusticia con que
algunos de nuestros escritores repiten que los monarcas
españoles no se ocupaban de estas colonias sino para esquil-
marlas y arruinarlas, oprimiendo y vejando a los america-
nos: "idea bien extraña en hombres que no han perdido el
juicio!" exclama usted, "porque sólo perdiéndolo puede sos-
tenerse que haya hombres racionales empeñados en arrui-
nar aquello de cuyo progreso resulta el aumento de sus in*
tereses." El pensamiento condensado en esta breve frase,
— 125 —
vale por todo un tratado político, así como valen por un
buen manual de criterio histórico estas expresiones de
usted: "Es mal modo de juzgar sobre los hechos y los hom-
bres de otra época, traerlos a la presente sin considerar el
teatro en que figuraron, ni las condiciones a que estuvie-
ron sujetos," expresiones cuyo alcance y significación com-
prendo, y que pueden servir para rectificar muchos jui-
cios ligeros o apasionados, como lo ha hecho usted en lo
tocante a la revolución de los Comuneros y la conducta que
en ella observaron el Arzobispo, el Virrey y otros funcio-
narios españoles.
«A esa calma filosófica en las apreciaciones, a esa im-
perturbable imparcialidad y al diligente espíritu de inves-
tigación con que usted ha descifrado tantos enigmas y ex-
humado tantos datos, añade usted imaginación de poeta y
vista de pintor. Por esto y por el buen uso que usted ha
sabido hacer de las leyes de la perspectiva para presentar-
nos los hechos con las proporciones debidas a su relativa
importancia, es por lo que ellas nos dejan tan viva 5'-tenaz
impresión. Los cuadros que usted traza y en que se en-
cuentran a un tiempo la exactitud del mapa y los amenos
atractivos del paisaje, comprenden por lo mismo tanto en-
tretenimiento como instrucción; así como sus personajes
nos inspiran interés 5^ simpatía, porque vemos en ellos indi-
viduos de nuestra especie y no meros nombres que hayan
de confiarse inútilmente a la memoria. ¡Con cuan enérgico
buril está grabada en esas gentes la expresión, ora del bien,
ora del mal, desde el santo Prelado hasta el humilde ceno-
bita o monje; desde el encomendero hasta el indígena la-
brador; desde el maestro mayor hasta el simple aprendiz;
desde el Virrey hasta el alguacil; desde el Capitán filibus-
tero hasta el negro bozal o cimarrón! IQué sabrosa fuente
de observación y cuan encantadores juegos de luz en esos
corrillos de caballeros que con su arrogante "voto a Dios,
señores, "se echan el canto de la capa al hombro y reve-
soberbia, la codicia, la as-
lan, bajo mil rasgos diversos, la
tucia intrigante, y otras veces la mansa reflexión, la pie-
dad fervorosa, el genuino civismo y las demás pasiones y
sentimientos de nuestra trabajosa humanidad! ¡Qué rin-
concitos de tierra aquellos en que divisamos ya un vergel
y monasterio arruinados, y el anciano sacerdote que espe-
ra, llave en mano, al desapiadado desamortizador: ya los
cenagosos atolladeros por donde transcurre el amartelado
Oidor que se "adelantó a su época"; ya la siesta de cazadores
pamploneses que bajo la copa de los árboles contemplan a
excavador de oro; ya, en fin, porque decirlo todo sería
nunca acabar, la preciosa viñeta en que aparece el Sargen
to Mayor Sandoval arrodillado en el dintel de la Capilla del
Sagrario dando gracias a Dios por haber bendecido y coro-
— 126 —
nado su obra! ¡Qué sombras de ogiva y qué resinosas ráfa-
gas se desprenden del capítulo (no sé si apellidarlo drama
o pesadilla) en que usted nos da con el pincel de Salvador
Rosa, la hasta ahora desconocida leyenda de las monjas de
Santa Clara de Cartagena y su tan martirizado Obispo! Al
terminarla recordé con cuánta razón se ha dicho que la
realidad es frecuentemente más horrorosa y en ocasiones
más inverosímil que la ficción; y cada vez que pienso en los
arrobadores bocetos y retratos que ncs ha regalado usted,
pienso también cuan cierto es que conviene estar un poco
distante de su modelo para pintarlo bien.
«Otra cosa que me complace es ver lo completamente
emancipado que está usted de tantos absurdos estatutos
acerca de la dignidad de la historia; y rae atrevo a califi-
carlos de absurdos, porque respetándolos, lejos de poner-
nos en capacidad de codearnos con la antigua sociedad de
este país y de hacérnosla conocer a fondo, sólo hubiera
logrado usted agregar un tomo más a los que yacen em-
polvados en nuestras bibliotecas. Mucho me agrada, pues,
que riéndose de semejantes oráculos, no haya vacilado us-
ted en introducirnos a la alcoba del desdichado Juan de
Arenas, para mostrarnos entre los bienes embargados la
cuja de cuero con pabellón de manta del Socorro y la ca-
mándula engarzada en la barandilla de la cabecera. Agrá-
dame también, por igual motivo, ver figurando en el apén-
dice al lado de las sinodales de los tres primeros Arzobis-
pos y frente a frente de otros graves documentos, la tan
cómica como lacrimosa carta del Oidor desterrado a Soga-
moso; y en el cuerpo de la obra, como lugar correspondien-
te a su mérito, cierto billete de desafío, que si hubiera de
pagarse en lo que vale, sería preciso dar por él tantos cas-
tellanos de oro cuantas letras cuenta.
«Es igualmente de agradecerle a usted que para dar
a conocer las costumbres de la época, que con tanta pro-
piedad denomina usted la Edad Media de estos países, nos
haya expuesto usted en su original lenguaje y por consi-
guiente con su colorido firme y fresco, varios retazos de
nuestras antiguas crónicas tan hábilmente intercalados que
hacen con el contexto de la obra el mismo ensamble perfec-
to que en el cuerpo de un ave las plumas de diferentes
matices. Así comunica usted cierto gusto salpimentado al
libro y derrama en él un perfume de vetustez tanto más
balsámico y grato, cuanto más hostigados estamos con el
pachulí moderno. Esos extractos literales (ojalá fueran
más numerosos), aumentando la variedad, acrecientan el
agrado e instrucción del lector; son como esos panes de
lonjas alternadas de mogollo, torta, retorita y mojicón, en
que sin variar de naturaleza la masa, se muda de aliño y
por lo mismo de sabor, siendo sin embargo todo sano, nu-
tritivo y nacional.
— 127 —
«En conclusión, y después de felicitar a usted, como he
tenido intención de hacerlo por su triple talento de obser-
vador de caracteres, paisajista expresivo, zumbón )' pers-
picaz que no perdona las "intenciones de reales," ni se olvi-
da de citar el Quijote; y después de felicitarle también por
sus sólidas dotes de filósofo historiador y moralista sagaz,
que sabe sacar de sus materiales ya la sabrosa miel, ya la
saludable amargura, me congratularé con usted por haber
demostrado sin pretenderlo, que con un espíritu justo, con
un corazón recto ejercitado en las reglas del cristianismo e
iluminado por ellas, puede salirse uno con ser más avisado
que los maliciosos, más diestro que los hábiles, y de pru-
dencia, tino y vigilancia suficientes para vindicar la verdad
histórica "dondequiera que se halle ultrajada."»
Hasta aquí el señor Madrid.
VII
La clasificación que suele hacerse de los historiadores,
distinguiendo aquellos que escriben la verdad por amor a
la verdad, de aquellos que falsifican los hechos por intere-
sadas miras o por gusto de novelizar, puede extenderse con
rigor lógico a toda clase de escritores: la cualidad que los
retóricos llaman candor en la historia, es preciosa joya no
sólo en ése sino en todos los ramos de las letras humanas.
Hay una literatura honrada, sincera y pura; y hay una li-
teratura viciosa, maligna y venal. Vivimos en el siglo del
metálico y de la utilidad, en que esa literatura buena esca-
sea en la misma proporción y por los mismos pasos que
faltan en la sociedad moderna las virtudes severas que la
práctica del cristianismo fomenta y educa. El liberalismo
doctrinario ha inspirado acerca de la literatura una idea
congruente con las definiciones que da de la religión, del
gobierno, de todas las cosas más sagradas y respetables.
Concíbese, pues, la literatura, en el escritor, como una in-
dustria, y en la obra misma, como un producto que será
tanto más apreciable cuanto más pedido logre, y más uti-
lidad granjee al autor. El pedido nace de satisfacerse una
necesidad, y como las necesidades naturales no bastan a la
codicia cavilosa, se las crea ficticias, se despiertan en el co-
razón estímulos viciosos, se promueven en la mente pro-
pensiones extravagantes: de aquí el loco amor a la novela,
la caza de noticias frescas, y las publicaciones de sensación,
género de extracción reciente, cuyo nombre manifiesta el
carácter materialista y desconsolante que se quiere impri-
mir a la literatura, es decir, al uso de los divinos dones de
la razón y el lenguaje. Bajo tan menguadas inñuencias, y
entre el ruido de la infinidad de publicaciones de ese gene-
— 128 —
ro infame, figuras como la del señor don José Manuel
Groot, modelo del escritor desinteresado y amante de la
verdad, van siendo todos los días más raras, y aparecen
más venerables.
Unidas esta veracidad y su memoria prodigiosa, cons-
tituyen juntas en el señor Groot el historiador fidelísimo
y minucioso. No hay cosa en que tanto importe la verdad
como en la historia, llamada ya por Cicerón hix vetUaíh, y
no hay por desgracia departamento de la literatura tan
profanado por la mentira, como la historia. Los escritores
que falsifican y alteran los hechos, los que bajo el título de
historia escriben novelas históricas, cometen el doble cri-
men de oscurecer la verdad y tratar de engañar al lector,
o de divertirle como a un niño. ¡Qué grosero irrespeto a
los tiempos pasados! y iqué pérfida preparación para los ve-
nideros! Por nuestra parte declaramos que nada nos mueve
tanto a tirar un libro con indignación, como el descubri-
miento de que el autor pretende amenizar su estilo y re"
crear al leyente a costa de la verdad. La cualidad contraria
a este defecto, es decir, el amor a la verdad, es lo que más
amable hace la Historia de Groot. Realza esta condición,
como hemos dicho, una memoria prodigiosa, que sobre ser
tenaz, es también artística. Los que como don Ángel Saave-
dra, como el señor Groot, son escritores y pintores, con-
traen el hábito de recordar de las cosas los contornos y co-
lores que las caracterizan y embellecen, 5'^ cuando escriben
puede decirse que pintan con la pluma. En la HHtotia del
señor Groot. en sus Cuadros de costiimbtes y en sus Roman-
ces verificará el lector la exactitud de nuestra observación.
Mucho le ha servido también su memoria al señor
Groot en sus estudios religiosos. Hace años que no deja
pasar día sin leer una o más páginas de la Biblia con tanto
provecho que no se toca cuestión teológica sin que él aduzca
los más adecuados textos. Los tiene clasificados en la men-
te, y esta circunstancia hace del señor Groot un eminente
escriturario.
Otra lectura que ha frecuentado es la del Quijote, que
lee con la perpetua afición con que los ingleses leen a Sha-
kespeare, y con que todo español lee, o debiera leer, al
autor de aquel libro inmortal. El señor Groot es aficionadí-
simo al género festivo y reidor, y tiene páginas que no des-
deñaría Cervantes. Sólo es de sentir que en sus obras serias
haya interpolado quizá con algún exceso y no con cabal
oportunidad, sus habituales agudezas y juegos del vocablo,
muy graciosos por lo demás, sed non erat his locas.
Se ha tachado de incorrecto eo ocasiones el lenguaje
del señor Groot. En esta materia de corrección y pureza
de estilo, ¿quién en los tiempos que alcanzamos osará tirar
la primera piedra? Los grandes escritores castellanos de
— 129 —
los siglos de oro de la literatura española son emioeote-
mente castizos, es decir, originales con una originalidad
más nacional que personal; son ricos, con la riqueza de un
idioma acaudalado por el pueblo y educado por la religión,
pero por lo general no son correctos. Tienen un sabor ex-
quisito, una abundancia majestuosa, y una buena fe ama-
bilísima; pero faltan a menudo a las conveniencias grama-
ticales. En esta materia el defecto del señor Groot es, a
nuestro juicio, el ser desigual. En sus escritos políticos se
notan aquellos galicismos que son hoy tan frecuentes en
las personas de mucha lectura, por ser el francés el idioma
vulgarizador de las ideas. Pero en sus cuadros de costum-
bres hay páginas de tan castizo sabor y genuina gracia es-
pañola, que, como antes dijimos, empalmarían bien con las
donosas descripciones de Cervantes. En su Histot*a hay
también de todo, y transiciones rápidas se notan a cada
paso del estilo elevado al estilo llano, de lo serio a lo fes-
tivo: siéntese uno tentado a decir con Marcial: sunt bona,
sunt medtocria, etc. Tal vez uniformando el estilo y puli-
mentando el lenguaje, el autor hubiera hecho desaparecer
a par de los defectos no pocas bellezas. El talento humano
buscando la perfección, <siempre la ve distante,» dice Mo-
ratín, y huyendo de un efecto da en otro, según el pensa-
miento de Horacio.
Como razonador y apologista católico, el señor Groot
no pertenece a la escuela -poética de Chateaubriand; escue-
la expuesta a confundir la belleza que adorna a la verdad
con la verdad misma. El señor Groot, no brillante, pero
sólido, viste la aridez de la razón no con prestigios poéti-
cos, no con lujoso y dorado estilo, sino con toques valien-
tes y agudas ocurrencias. Prefiere ridiculizar al adversario,
a dejarle postrado en una posición interesante y con hono-
res que pueden valer más que el triunfo mismo. Burlón a
veces en el lenguaje, es siempre serio, muy serio en la in-
tención: para él la polémica religiosa es combate del Se-
ñor, no escaramuza de sofismas, ni discusión académica. El
ilustre escritor contemporáneo, don Vicente de la Fuente,
es entre los europeos de nota, aquel con quien nos parece
que el señor Groot tiene más visibles afinidades.
El señor Groot es uno de aquellos hombres que inspi^
ran confianza desde el punto en que se entra en conversa-
ción con ellos: sencillo, sincero, comunicable, amigo de los
jóvenes; su trato, siempre igual, libre del intolerable re-
sabio de una afectada gravedad, como de la pedantesca
charlatanería, cautiva insensiblemente y tiene todo el agra-
do de la amistad sincera. ¡Cuántas de las noticias que he-
mos consignado de su vida, las hemos recogido en esas
efusiones en que recuerda con tanta frescura como inge-
nuidad sus antiguos días!
Estudios literarios— M. A. Caro—
9»
— 130 —
El señor Groot es de estatura pequeña y fornidos
miembros: su tez muy blanca, sus ojos azules y su denta-
dura perfecta, con el aire de salud que respira y las canas
que en su aborrascado pelo y la barba denuncian sus años,
le dan una apariencia medio alemana (que no desmiente
su apellido), y el aspecto de aquellos hombres que en Eu*
ropa llegan a avanzada edad, robustos de entendimiento
y de cuerpo, como tantos que han figurado, ya en un lado
ya en otro, de la guerra francoprusiana a esta parte.
El pintor mejicano don Felipe Gutiérrez, ahora mis-
mo residente en Bogotá, ha hecho del señor Groot un re-
trato al óleo, magnífico como pintura e inmejorable por el
parecido, con lo cual ha prestado un importante servicio
a la Nación, a quien cumple conservar agradecida las se-
mejanzas de sus hijos ilustres.
1873
FUNDACIÓN
DE LA ACADEMIA COLOMBIANA (1).
¡La lengua es la patria! Si este grito de los polacos opri-
midos, sentimiento de todo pueblo avasallado por armas
extranjeras, puede parecer una exageración, es indubita-
bleque la lengua es a lo menos una segunda patria, una
madre que nunca nos abandona, que nos acompaña en la
desgracia y en el destierro, alimentándonos siempre con
sagrados recuerdos, y halagando nuestros oídos con acentos
de inefable dulzura.
Quiso la imaginación del poeta de Roma dejar esculpi-
das con arte maravilloso las grandezas de su nación en el es-
cudo que para el héroe de su canto hizo forjar a los Cíclo-
pes: nos describe al César, que llevado en triunfo a las mu-
rallas, y sentándose luego en el resplandeciente pórtico de
Apolo, reconoce las ofrendas de los pueblos y va suspendién-
dolas en las soberbias puertas; y al pintar a las gentes ven-
cidas que solemnizan el espectáculo, se contenta con decir-
nos que marchan en larga hilera, con la variedad de armas
y de trajes que corresponde a la variedad de sus lenguas:
incedunt vita longo ordme gentes^
Quam varia linguh, habitii tam vestís et arniis (2).
Rasgo admirable, por la lección que envuelve de filosofía
déla historia. Sólo careciendo de la unidad de lenguaje que
en los primitivos tiempos hizo del género humano una sola
familia, se concibe el vencimiento de muchos pueblos, ata-
dos al carro de un señor universal; del mismo modo que.
sólo cuando un grupo de naciones tiene un idioma común,
puede la una pasear por el territorio de la otra sus bande-
ras como amigas, no ya como conquistadoras. Nunca tuvo
toda su fuerza salvaje el Vce vicUs! sino cuando sonó con
acento extraño en boca del invasor.
Como amigas y como libertadoras pudieron por esa ra-
zón ir las armas colombianas a las regiones del Rímac y el
Potosí. Si ellas hubieran ido como auxiliares a los Estados
(1) Introducción al tomo i del Anuario.
(2) Virg., yJE"»., viii, 722-3.
-- 132 —
Unidos de América, no habrían carecido allí de la enojosa
condición de extranjeras, porque la diversidad de lenguas
impedía que se identificasen la causa de éstos y la de aque-
llos pueblos. Condición de extranjeros tuvieron en España
Wellington y las legiones británicas que por aquella misma
época concurrieron en auxilio de esa nación, empeñada en
defender su propia independencia. Verdad es que los espa-
ñoles en la guerra de emancipación sostenida por los ame-
ricanos, hablaban la misma lengua que éstos, no otra que la
de su patria y la de nuestros comunes abuelos. Pero no es
menos cierto que los americanos buscaron fuerza contra Es-
paña en la unidad misma de lenguaje que a España debían.
De unidad semejante estuvieron privados los primeros mo-
radores de estas comarcas, cuya impotencia para resistirá]
empuje del conquistador europeo, fue proporcionada a la
variedad prodigiosa de sus lenguas. Singular espectáculo,
que simbolizó la importancia de la unidad, presentan en
nuestra historia los tres conquistadores que asomaron a un
mismo tiempo sobre la explanada de Bogotá: en el primer
momento sintieron impulsos de poner mano a la espada
para disputar el prez del descubrimiento; pero no faltó allí
voz que impusiese la conciliación, porque había una lengua
que todos ellos entendían, y que a todos ellos hablaba en
nombre de la Religión y de la Patria. Que si la unidad de
lenguaje ha sido siempre una bendición de Dios, un princi-
pio de fuerza incontrastable, la multiplicación de dialectos
ha sido a su vez, desde la ruina de Babel, castigo providen-
cial, anuncio de debilidad y presagio de destrucción de na-
ciones enteras.
Fastas consideraciones, en lo que se refieren a los pue-
blos americanos, pueden apoyarse en la respetable opinión
que consignó el señor Bello en estas expresivas frases:
<E1 que observe con ojos filosóficos la historia de nues-
tra lucha con la Metrópoli, reconocerá sin dificultad que lo
que nos ha hecho prevalecer en ella es cabalmente el ele-
mento ibérico. Los capitanes y las legiones de la Iberia
transatlántica fueron vencidos por los caudillos"y los ejérci-
tos improvisados de otra Iberia joven, que abjurando el
nombre, conservaba el aliento de la antigua. La constancia
española se ha estrellado contra sí misma > (1).
Ofreciéndose la independencia de un mundo como ter-
mino natural del crecimiento de sus pueblos en
unidad, y la
como legítimo objeto de las aspiraciones viriles de sus ciu-
dadanos, ¡pluguiese a Dios que ella hubiese venido como ad-
quisición pacífica, y no como conquista sangrienta! pues Y
hubo de ser esto y no aquello, ¡ojalá que hubiésemos apli-
(1) Bello, Opúsculos.
- 133 —
cado al cultivo de fraternales y fecundas relaciones entre
todos los pueblos de la familia ibérica, el tiempo y las fuer-
zas vergonzosamente empleadas, acá y allá de los mares, en
desastrosas luchas civiles!
Pueden hermanos menores obligar al mayor a recono-
cerles su libertad; pero no les es lícito insultar a la madre.
Derecho tuvieron los americanos a emanciparse del gobier-
no español, pero no les es dado, sin maldecirse a sí mismos,
maldecir la tierra y el nombre de España. Porque si en las
modernas legislaciones ha caducado el precepto que en la
de Moisés imponía pena de la vida al que ofendiese al pa-
dre o a la madre (l), no caduca el mandamiento divino de
honrarlos, ni la promesa de que vivirá largos años sobre la
tierra quien lo cumpliere. Maldito será siempre, nuevo
Cara, el hijo que se burle de la desnudez de su padre, cuan-
to serán benditos los que extiendan sus capas a cubrirla,
vueltos los rostros, como Sem y Jafet (2). Obligan a las na-
ciones las leyes morales que obligan a los hombres, y para
ellas como para éstos está escrito: «No te alabes de aquello
que es afrenta de tu padre, porque no es gloria tuya su ig-
nominia» (3). «¡Oh, cómo es maldito de Dios aquel que in-
sulta a su madre!> (4).
Si para conquistar la independencia hallamos fuerza en
nuestra unidad ibérica, en ella, complementada por una
cristiana reconciliación con nuestros hermanos de ultramar,
debemos mirar el medio más eficaz de conservar la indepen-
dencia adquirida, y de darle nuevo esplendor. Sabe cubrir
la diplomacia con flores risueñas los rastros de guerras atro-
ces; ¿y no sabrá el deudo de sangre extinguir los restos de
furores fratricidas?
Asegurada nuestra independencia, ni tenemos qué te-
mer de España, ni porqué odiarla, a ella ni a nación alguna,
por un espíritu de fanatismo nacional. Solicitado Washing-
ton por la Francia para que declarase guerra a Inglaterra,
se mantuvo neutral. Previo con aquel amor sincero y leal a
la libertad que no gusta de exageraciones teatrales, que
alejar la inmigración angloirlandesa de las costas de aque-
llas comarcas, hoy grandes Estados, hubiera sido un crimen
de lesa patria; y con tan sabia conducta dejó un ejemplo
importante a la imitación de todos los pueblos del conti-
nente.
¿Qué vemos en nuestras Repúblicas hispanoamerica-
nas? Venezuela, que con razón se gloría de haber sido ma-
(1) Exod., XX. 17.
(2) Gen., ix, 21-27.
(3) Ecclus., III, 12.
(4) Ecclus., in, 18.
— 134 —
dre de muchos héroes, no tiene, empero, qué agradecer a la
forma cruel que en su territorio tomó la guerra de inde-
pendencia, heciéndose guerra a muerte; porque de los hue-
sos que emblanquecieron su suelo parece haber nacido,
como de las piedras de Deucalión, una raza que acostum-
brada a las armas no se aviene a deponerlas. El progreso
de la República Argentina, próspera entre sus hermanas,
tiene múltiples causas; pero no es de olvidarse, al contem-
plarlo, la creciente inmigración de españoles, que de años
atrás han hallado allí una segunda patria en la patria de sus
hermanos independientes. ¿Qué sería de la fisonomía pro-
pia de esa República si en esta masa auxiliar de gentes con-
sanguíneas, no hubiese hallado vigor bastante para dominar
el extrajerismo de otras inmigraciones que sobre ella se de-
rraman? ¿Ni qué significaría la estatua de Bolívar en nues-
tras plazas públicas, o qué los cantos de Olmedo en nuestras
bibliotecas, el día en que corrompida y desfigurada la len-
gua que ellos hablaron, fuese muda a nuestros oídos la elo-
cuencia del uno, y muda también la inspiración del otro?
Bajo un protectorado angloamericano, con otro culto, otra
lengua, otras costumbres, serían tal vez felices, corriendo
el tiempo, pueblos que hoy gozan de independencia, o que
a ella aspiran: pero no serían los mismos que son ho)% sino
extrañas gentes, implantadas con incruenta pero asoladora
fuerza, sobre la ruina no llorada, pero completa, de las pre-
sentes generaciones.
Sí: todo se hereda, todo se transmite por la generación.
El hijo que para salir de la patria potestad pretenda renun-
ciar cuanto a sus padres debe, tendrá que desechar su pro-
pia sangre y su misma vida. Bien al contrario, los pueblos
como los hombres, si han de cumplir con gloria su misión
sobre la tierra, tienen que cultivar las facultades que han
heredado. De las que España nos comunicó, de los bienes
que de ella recibimos, sólo el precioso don de la lengua cae
bajo la jurisdicción de nuestra Academia, y sólo de esto le
cumple hablar. Pero el individuo encargado por ella de es-
cribir esta introducción ha estimado conveniente consig-
nar estas reñexiones preliminares, como naturales premi-
sas, tratándose de la apología de nuestra hermosa lengua j
de su importancia americana^ y también como expresiones
de sentimientos cristianos de siempre útil recordación.
II
Si la lengua es una segunda patria, todos los pueblos
que hablan un mismo idioma, forman en cierto modo una
misma nacionalidad, cualesquiera que sean por otra parte
la condición social de cada uno y sus mutuas relaciones po-
líticas. Institutos que, como la Academia Española, están
— 135 —
encargados del depósito de la leng:ua, y que, también como
ella, tienen antigüedad y tradiciones bastantes a crear vida
independiente de los vaivenes de la política, son los llamados
por su naturaleza y sus antecedentes, a representar esta es-
pecie de nacionalidad, que llamaremos literaria.
Tal ha sido la misión de la Academia Española. Fundada
en 1713 bajo la dirección de don Juan Manuel Fernández Pa-
checo, Marqués de Villena, se aplicaron desde luego sus doc-
tos individuos a la composición de un Diccionario «copioso y
exacto, en que se viese la grandeza y poder de la lengua, la
hermosura y fecundidad de sus voces, y que ninguna otra la
excede en elegancia, frases y pureza» (1). Publicado de
1726 a 1739, en seis grandes volúmenes, refundióle después
la misma Academia, con la supresión total de los ejemplos,
y con diarias adiciones y correcciones, en el que ha reimpre-
so muchas veces, conocido con el nombre de Diccionario
Vulgar, para diferenciarlo de aquella primera monumental
edición, llamada de Autoridades ; y, explotado él no pocas
veces subrepticiamente por manos extrañas, otras a las cla-
ras estropeado, no ha habido hasta ahora otro que le supe-
re, ni aun le emule, y subsiste como libro clásico en su lí-
nea (2). Fijó la Academia la ortografía castellana, a la sa-
zón irregular y vacilante, en el excelente Tratado ^o. la ma-
teria, cuya publicación siguió de cerca a la del Diccionario;
y con su Gramática abrió la carrera a más profundos estu-
dios sobre el romance castellano, hasta entonces no someti-
do a ley escrita. En 1777 con su magnífica, y de todo en
todo española edición del Quijote, ilustrado con la vida y
juicio del gran Cervantes, escritos por su individuo del nú-
mero don Vicente de los Ríos (3), dio principio a su BihUo'
teca de autores clásicos, que entre otras obras contiene, pu-
blicadas ya, el Fuero Juzgo, las comedias de Calderón, y la
Araucana de Ercilla.
Desde 1777 propuso premios a la elocuencia y a la poe-
sía. Ella coronó a Meléndez y a Moratín, entonces; y no há
mucho descendió de sus manos lauro glorioso sobre las sie-
nes de den Luis Fernandez Guerra y Orbe (4) por su libro
sobre el mejicano Alarcón, obra erudita y elegante que co-
rre en edición magnífica costeada por la misma Academia.
(1) Diccionario de la Academia, edición 1^, Proemio.
Los individuos de la Academia Colombiana, señores Cuervo
(2)
y Manrique, publicaron una Muestra de Diccionario, sobre traza am-
plísima, pero no ha salido a luz más que esta muestra.
(3) Clemencín, Navarrete, Pellicer, Fernández, Guerra (don Au-
reliano). Hartzenbusch, y muchos otros individuos de la Academia
Española, figuran en primer término entre los ilustradores de Cer-
vantes.
(4) Dig^o hermano del insigne don Aureliano: Arcadas ambo.
— 136 —
Desde 1870 publica sus Memorias en cuadernos men-
suales de doscientas páginas. Mas ¿a qué extender esta enu-
meración? Quien quiera persuadirse de la fértil laboriosi-
dad de la docta corporación, puede leer el informe que so-
bre su estado y trabajos literarios presentó el ano citado el
señor Marqués de Molins, su dignísimo Director. En una
nota se especifican las publicaciones académicas; y aparece
que desde 1847 se habían hecho de obras varias, sin contar
las subvencionadas, ciento tres ediciones, con un total de
1.208.950 ejemplares!
En la interesante Reseña Histórica compuesta por el
mismo Marqués de Molins a la sazón que desempeñaba el
cargo de Censor, leemos:
<La Academia, queal nacer vivió la vida de la familia,
luego del Gobierno, y al cabo la de la Nación; que fue al
la
principio hidalga, y regalista después, es ahora propiamen-
te española.»
Y agrega el escritor:
«Sus tendencias dinásticas en el primer período, filosó-
ficas en el segundo, liberales en el último, han sido civiliza-
doras, y nobles, y benéficas en todos.»
Ni consiste su gloria sólo en haber conquistado después
de tantos años la posición independiente y respetable de
de que hoy goza: debe también observarse en loor suyo, que
aun en aquellos períodos de inteligencias políticas, sus pro-
ducciones no participaron de sus simpatías ni de sus des-
víos; como si un auxilio providencial, como si un sentimien-
to profundo y concorde de su misión, le hubiera asistido en
el cumplimiento de sus altos deberes.
Ni menos acredita su neutralidad en puntos ajenos a su
instituto, por la imparcial promiscuidad que manifiesta en
la elección de individuos para su gremio literario sin otras
limitaciones que las que impone el decoro social (1). En más
de un siglo todos los grandes escritores y oradores de Es-
paña, de todas las clases y de todos los partidos, han tenido
asiento en su pacífico recinto. Para no amontonar ejemplos
apareando nombres antagónicos que la Academia registra
en sus anales, nos ceñiremos a dos elecciones de reciente fe-
cha, que recuerdan a un mismo tiempo el carácter fratrici-
da de la guerra civil en España, y el fraternizador de la
Academia de la lengua: la de Aparisi y Guijarro, y la de
Castelar; primos hermanos por la sangre, contrarios bata
(1) cPodrán aspirar a
las plazas vacantes de Académico de nú-
mero españoles domiciliados en Madrid, de buena vida y costum-
los
bres, y distinguidos por señaladas y notorias muestras de poseer
profundos conocimientos en las materias propias de este Instituto
(Estatutos, artículo 17).
— 137 —
lladores en ideas; reyes ambos de la palabra, sacerdotes am-
bos de las Musas.
En los Apuntes que para su discurso de entrada dejó
inconclusos a su fallecimiento el primero de los dos nombra-
dos, llenos como todo loque salió de su pluma, de fuego y de
luz. bailamos las frases siguientes, que declaran bien cuan
incontaminado es el aire que se respira, en medio del humo
de los combates, en aquel venerable santuario:
<Cansado y entristecido por las luchas políticas, para
las cuales no nací; cansado y entristecido con revolver la
prosa forense, muerte de mi pobre ingenio, bien que vida
de mis hijos amadísimos, soy semejante al viajero sediento
y fatigado por los rayos ardorosos del sol y el pegajoso pol-
vo del camino, que de cuando en cuando se para, y revol-
viendo a todas partes la mirada melancólica y mustia, pien-
sa y dice: "Ah! si apareciera no muy lejos un bosquecillo
en cuyas frescas sombras me fuera dado descansar, puestos
los ojos en el cielo y atento el oído al trino de las aves, y al
suspirar de los céfiros y a los murmullos quejosos de las
aguas corrientes!" Pues bien: ese bosquecillo yo lo encon-
tré; yo encontré ese lugar encantado, donde me libre un
rato del sol que quema y del polvo que ahoga, y donde con
los recuerdos de la niñez y con el trato de las Musas, rego-
cije algunos instantes los largos y solitarios días de la edad
cansada. Ese lugar bienhadado que soñé y apetecí, hele en-
contrado por fin en esta sagrada casa de las Musas.
«Llegan hasta sus puertas, mas no traspasan sus umbra-
les, las ambiciones desapoderadas, y las codicias sedientas,
y el engaño aleve, y el impudente descaro que crece fuera
de aquí y se enseñorea de los hombres en estos míseros
tiempos. Quiero huir de ese mundo, y refugiarme entre
vosotros como en asilo sagrado, Esta es la casa que parece
llenar todavía el espíritu de nuestros padres; aquí se re-
gocija y ensancha el pecho respirando aires de gloria.>
{Meitioftas de la Academia, tomo iv, página 243).
En cuanto a los americanos, jamás nos reputó por ex-
tranjeros la Academia. Contraste singular: siendo la lengua
inglesa tan libre en su desenvolvimiento, tan franca para
admitir giros nuevos y tan poco melindrosa para enrique-
cerse con ajeno caudal, los ingleses, por un nacionalismo es-
trecho e «insular,» con dificultad reconocen el mérito de la
literatura angloamericana, teniendo a los hijos de los Esta-
dos Unidos por corruptores de la lengua inglesa: al paso
que con ser, por el contrario, la castellana tan celosa de sus
condiciones geniales, y aborrecedora de extranjeros modis-
mos, la Academia Española, representación autorizada de
la España literaria, ha mirado siempre con estimación a los
hombres doctos de nuestra América, y apreciado sus obras.
F/n todas épocas ha tenido en estas comarcas dignos miera-
— 138 —
bros honorarios y correspondientes: algunas citas tomadas
de sus Anales comprobarán nuestro aserto:
Don Miguel Reina Ceballos, Méjico. Admitido como
académico honorario en 1739.
Don Mariano Carvajal, Conde del Puerto, Lima. 1773.
El Conde de la Cortina, Méjico. 1840.
Don Andrés Bello, Santiago. 1840.
Don Felipe Pardo, Lima. 1859.
Esto en orden a individuos residentes en América; que
por lo que hace a americanos avecindados en la Península,
muchos son los que han ingresado como numerarios. Véase
lo que a este propósito dice uno de ellos, don Fermín de la
Puente y Apezechea, en la contestación que pronunció al
discurso de recepción del finado ilustre orador don Antonio
Ríos y Rosas, el 12 de febrero de 1871. Dice así el elegante
autor de la Corona de Flora:
«Su gran principio (de la Academia) es no tener por
extranjero a nadie que como propio habla nuestro idioma.
A través de los mares, y por encima de las discordias )' ren-
cores, que todavía separan más que los mares, los pueblos
de América que hablan la lengua de Cervantes son para sus
hijos, son nuestros hermanos. Aun en tiempos en que ardía
la guerra con mayor encarnizamiento, en el seno de esta
Academia se han sentado siempre como correspondientes,
ciudadanos de las repúblicas americanas, que si en Madrid
residieran fueran de número, como lo han sido o son don
Ventura de la Vega, don Rafael María Baralt, el Conde de
Cheste, y el que en estos momentos dirige su voz a la Aca-
demia, todos cuatro americanos (1;, nacidos en aquel con-
tinente; y don José Joaquín de Mora, que aunque nacido
en España era en cierta manera americano más que es-
pañol.»
Quiso echar la Academia el sello a sus nobles actos;
quiso darnos sus brazos, si antes nos mostró su afecto sólo
en amigas miradas, quiso, en fin, despreciando preocupa-
ciones y venciendo las distancias, reunir a España y Amé-
rica en una sola nacionalidad literaria; y dictó su memora-
ble acuerdo de 24 de noviembre de 1870. Del informe con
que apoyaron la expedición de este acuerdo los señores
Marqués de Molins, Escosura y Hartzenbusch, aunque do-
cumento demasiado conocido para haber de transcribirlo
íntegro, copiaremos aquí el siguiente concepto, que agrada
repetir:
«Los lazos políticos se han roto para siempre: de la tra-
dición histórica misma puede en rigor prescindirse; ha ca-
(1) El señor Apezechea, mejicano; don Juan de la Pezuela, Con-
de de Cheste, peruano; Baralt, venezolano; Ventura de la Vegra, ar-
gentino.
— 139 —
bido por desdicha la hostilidad hasta el odio entre Espa-
ña y América espan9la; pero una misma lengua habla-
la
mos, de la cual, si en tiempos aciagos que ya pasaron, usa-
mos hasta maldecirnos, hoy hemos de emplearla para nues-
tra común inteligencia, aprovechamiento y recreo.»
La Academia Española, que por su alta antigüedad,
por la dignidad de su carácter, por los útiles y no interrum-
pidos trabajos que la acreditan, por los preclaros nombres
que la ilustran, tiene tan grandiosa misión que cumplir, ha
sabido cumplirla observando una conducta imparcial y con-
secuente. Yhoy, al convocar bajo sus enseñas con mayor
solemnidad que antes, y con anchurosa franqueza, a los
americanos que aman su lengua y cuanto la lengua repre-
senta, ha tenido la satisfacción de recibir, en coro unáni-
me, respuestas agradecidas y gozosas; y ha merecido las fe-
licitaciones aun de algunos hijos de Cuba, que apasionados
de la independencia de su suelo, y enconados tal vez contra
la Metrópoli, han tributado un homenaje cordial a la uni-
dad de la lengua, mirando en la España de la Academia no
aquel Sol que no se ponía, sino el Árbol secular que extien-
de de zona a zona sus sombras agradables; y reconociendo
en sus palabras, no la voz de la que fue Señora de la tierra,
sino el acento irresistible de la que es y será madre de mu-
chos pueblos (1),
III
Correspondiendo a ese llamamiento glorioso, echáronse
en 10 de mayo de 1871, por tres académicos correspondien-
tes, los fundamentos de la Academia Colombiana, que orga-
nizada formalmente desde 6 de agosto de 1872, es la pri-
mera de su clase que ha aparecido en América. Consta de
doce individuos de número, de correspondientes nacionales,
hasta doce, y de honorarios extranjeros. Rígese por los
mismos Estatutos de la Española, con las solas limitaciones y
diferencias que resultan de sus particulares circunstancias,
conforme al Acuerdo por el cual se crearon estas Acade-
mias.
Siendo el objeto de la Academia Española, según lo dice
su conocida letra, Ihn-piar y fijar el habla castellana, y dar-
le esplendor, el de la Colombiana no es otro que ayudar a la
Academia madre en esta tarea provechosa, cooperando coa
(1) El Mundo Nuevo, periódico ilustrado que se publica en Nue-
va York, bajo la dirección del literato cubano don Enrique Piñeyro,
acogió con aplauso el pensamiento de la Academia. En el propio pe-
riódico publicó don Antonio Flores, como correspondiente de la mis-
ma, una Memoria importante sobre «las letras españolas en los Es-
tados Unidos»; y prop>one la creación de una Academia correspon-
diente en las Antillas.
— 140 —
sus hermanas, fundadas ya o por fundar, a que conserve su
hermosa unidad la lengfua española en ambos continentes.
Propónese, por tanto, nuestra Academia estudiar el
establecimiento y las vicisitudes del idioma en la nación co-
lombiana, y honrar la memoria de los varones insignes que
en ella lo cultivaron con decoro en épocas pasadas, ya fue-
sen venidos de la Península, ya nacidos en el país, redimien-
do a un ingrato olvido las noticias concernientes a sus vi-
das, que sea dable adquirir, no menos que sus principales
obras. Hasta donde alcancen sus facultades, ella desea ilus-
trar la historia de la literatura patria, y cooperar a la for-
mación de la biblioteca completa de nuestros escritores
ilustres.
También observará el giro y alteraciones de la lengua
en el vulgo, rudo pero fiel depositario de preciosos teso-
ros. Como ya la Academia Española haya recomendado
en sus Memorias esta clase de investigaciones a la atención
de sus individuos correspondientes (1), no será la Colombia-
na la menos deseosa de desempeñar el encargo. Ni juzga
tampoco campo extraño a sus excursiones, el de las lenguas
indígenas, explorado ya por las eruditas y piadosas diligen-
cias de los misioneros católicos. Vencedora de ellas la cas-
tellana, y sin alterar con su contacto la índole que le es pro-
pia, como no la alteró en sus relaciones íntimas y de siglos
con el árabe, se ha aprovechado, con todo, de los despojos
de algunas de ellas, enriqueciéndose con los nombres nati-
vos de muchos objetos nuevos de la rica naturaleza ameri-
cana.
El artículo v de los Estatutos impone a la Academia
Española el deber de dar a la estampa sus Memorias. Los
individuos correspondientes tienen por otra parte, segiín los
mismos Estatutos (artículo xn), el de contribuir con tra-
bajos literarios a los fines de la corporación, so pena de per-
der su título cuando en el término de tres años faltaren a
esta obligación. Teniendo la Academia Colombiana el ca-
rácter de correspondiente, como los individuos que la cons-
tituyen, y rigiéndose además por los mismos Estatutos que
la Española, recaen naturalmente sobre ella las dos dispo-
siciones citadas; y para cumplirlas a un mismo tiempo ha
acordado publicar sus Memorias y Cor? espondenda en la
forma y bajo el título de Anuario.
Publicará la Academia en este Almario los trabajos li-
terarios que presenten sus socios, 3^ sacará a luz muestras
(1) «Espera además (la Academia) que los señores académicos
correspondientes remitan noticias curiosas, dig^nas de ver la luz pú-
blica, así sobre los dialectos peculiares de las diferentes Provincias,
como sobre cantares, narraciones, cuentos y mitos del vulgo.» Me-—
morias, Advertencia preliminar.
— 141 —
inéditas escogidas de los autores colombianos más notables,
precedidas de una noticia biográfica y crítica. Ocuparán la
parte final de cada volumen las observaciones que comuni-
quen los académicos acerca del Diccionario Vtilgaf, puestas
en orden alfabético, y marcada cada cual con la cifra del
contribuyente.
Consultando la Academia su propia dignidad y la liber-
tad de opinar de sus individuos, juzga conveniente, siguien-
do el ejemplo de la Española y aun copiando sus palabras,
hacer desde un principio las dos siguientes importantes ad-
vertencias:
1^ Que «siendo como lo es puramente literario el fia
para que se crean las Academias correspondientes, su aso-
ciación con la Española es completamente ajena a todo ob-
jeto político> (1).
2^ Que «en las obras que la Academia adopte y publi-
que, cada autor será responsable de sus asertos y opinio-
nes> (2).
Sobre este punto la misma Academia Esps^ñoia se ex-
presa así en la Advertencia preliminar de sus Memorias:
«Es neutral (la corporación) en toda contienda que no
sea puramente literaria, y aunque debe dejar y deja en li-
bertad a cada uno de sus individuos, espera que ninguno
ha de prevalerse de ella para elucidar cuestiones, o soste-
ner e impugnar ideas que sólo por inevitable incidencia han
de tener cabida en las Memotias.^
Cuando en un pueblo han hecho las edades grandes
acumulaciones de trabajos científicos y literarios, no basta
muchas veces la consagración afanosa de individuos aislados
para ordenar aquellos trabajos archivados por la mano del
tiempo, para juzgarlos y elegir en masa tan confusa lo dig-
no de transmitirse a la posteridad. Entonces la asociación
de esfuerzos inteligentes es tan necesaria para componerla
historia, formar el gusto y ejercitar la crítica investigadora
e imparcial, como es necesaria en otros departamentos de
la sociedad civilizada para desarrollar la riqueza y perfec-
cionar la industria. Tal sucede en nuestra América españo-
la; porque habiéndose producido en ella muchas obras dig-
nas de atención y aprecio, que andan dispersas aquí y allá,
desconocidas las de cada sección por las secciones vecinas,
y muchas veces por los mismos hijos del país, ya es llegado
el tiempo de estudiar este secular depósito, cooperando a la
(l) Acuerdo de la Academia Española de 24 de noriembre de
1870, artículo xi.
Í2) Estatutos, artículo xxxa-
— 142 —
formación de la historia general de la literatura americana
con trabajos parciales, y promoviendo el fecundo comercio
de las ideas en este grupo continental de Repúblicas her-
manas.
IFeliz la Academia Colombiana si con esta publicación
corresponde a la confianza de la Española, y abre la carre-
ra a las otras Academias hermanas, en el generoso empeño
de levantar el magnífico monumento que aspira a consa-
grar a las Letras Castellanas! ¡Dichosa, si despierta de su
letárgico abandono, o aleja de las luchas fratricidas, inge-
nios adormecidos o extraviados, inteligencias y corazones
dignos de servir a la verdad, a la libertad y a la patria cul-
tivando con noble emulación las letras y las artes!
1874.
EL QUIJOTE
Un poema propiamente dicho es un libro que moral-
mente pertenece a la humanidad; históricamente, a una
nación; literariamente, a un escritor; él ha de ser, además,
obra de arte, es decir, uno por el pensamiento y hermoso
en la ejecución. Todo esto es en mi concepto el «Quijote»,
esta reunión de cualidades forma su mérito, pudiendo tal
vez decirse de Cervantes que, habiendo compuesto muchas
novelas y comedias, hizo sólo un poema, y éste grande. Se
ha notado que España no tiene un poema nacional, cuando
otros pueblos poseen los suyos; y Quintana, en su Introduc-
ción a la Musa Épica admite con dolor el cargo, siendo lo
más singular, dice, que «no se sabe a qué atribuir este va-
cío de nuestras letras, bien extraño por cierto, por cual-
quier aspecto que se le considere.* Yo creo que el «Quijote>
es el poema de los españoles; y para demostrarlo, basta ob-
servar que este libro es a España, y en grado eminente, lo
que son a otros pueblos sus grandes epopeyas. Llevando a
la exageración este mismo principio, coloca M. Nisard a
Shakespeare en el número de los épicos, por cuanto creó, y
representan sus obras, una literatura nacional. Pero no es
lo mismo una colección de obras dramáticas que un libro
que reúne las unidades propias del poema. Se objetará que
éste lo es sui géneris; nada más natural: España es el pue-
blo más original del mundo, y el libro que le retrata ha de-
bido ser en alto grado original.
Diré por su orden y en compendio el modo como hallo
realizados en el «Quijote» estos tres caracteres distintivos
de los grandes poemas, a saber: aquel pensamiento que in-
teresa a la humanidad, aquellos atributos peculiares en que
se abrevia una nación, y aquel estilo suyo propio, en fin,
con que el poeta viste su obra. Al comparar el <Quijote>
con la Iliada, cometió don Vicente de los Ríos el error de
cotejar y pretender reducir a una misma especie dos pro-
ducciones de un vcúsmo g^énero ; el «Quijote» es un poema,
pero debe examinarse en sí mismo, porque forma especie
aparte, y es en su especie único individuo.
En el «Quijote» el pensamiento fundamental, la parte
para todos interesante, el hmnatiuní conú&tQ en el contraste
perpetuo entre el espíritu poético y el de la prosa, según
la expresión de Sismondi, o en otros términos (los mismos
que para el caso emplea Cantú), en la exhibición de dos ti-
pos simbólicos, como se acostumbraba en la Edad Media: el
alma, que solicita heroicas aventuras, y el cuerpo, que de
— 144 —
ellas se cautela. Ni sólo presenta Cervantes el contraste en-
tre instintos e instintos, y entre unas acciones y las que les
son opuestas, sino también entre dos sistemas, dos filosofías:
Sancho Panza es un rústico, pero a veces parece tener con-
ciencia de la filosofía que practica, ni más ni menos que si
hubiese estudiado. Recuérdese, si no. el siguiente pasaje de
la conversación que pasó entre caballero y escudero, cuan-
do a éste le pedía aquél noticias de su dama: *Oh! que ne-
cio y qué simple que eres, dijo don Quijote: ¿tú no ves, San-
cho, que eso todo redunda en su mayor ensalzamiento? Por-
que has de saber que en este nuestro estilo de caballería es
gran honra tener una dama muchos caballeros andantes
que le sirvan, sin que se extiendan más sus pensamientos
que a servilla, por sólo ser ella quien es, sin esperar otro
premio de sus muchos y buenos deseos sino que ella se con-
—
tente de acetarlos por sus caballeros. Con esa manera de
amor, dijo Sancho, he oído yo predicar que se ha de amar
a Nuestro señor por sisólo, sin que nos mueva esperanza de
gfloria o temor de pena, aunque yo le querría amar y servir
Í>or lo que -pudiese.— Válate el diablo por villano, dijo don
Quijote; y qué de discreciones dices a las veces! no parece
—
sino que has estudiado. Pues a fe mía que no sé leer, res-
pondió Sancho.> (^Pte. i, capitulo xxxi).
El mismo espíritu envuelve lo que el Canónigo y San-
cho departieron sobre la gobernación del prometido Esta-
do:— «Eso, hermano Sancho, dijo el canónigo, entiéndese en
cuanto a gozar la renta; empero, al administrar justicia ha
de entender el señor del Estado, y aquí entra la habilidad
y buen juicio, y principalmente la buena intención de acer-
tar, que si ésta falta en los principios, siempre irán errados
los medios y fines; y así suele Dios ayudar al buen deseo
del simple, como desfavorecer al malo del discreto. No —
sé esas filosofías, respondió Sancho Panza; mas sólo sé que
tan presto tuviese yo el condado, como sabría regirle, que
tanta alma tengo yo como otro, y tanto cuerpo como el que
más, y tan rey sería yo de mi Estado como cada uno del
suyo, y siéndolo, haría 5'0 lo que quisiese, haria mi gusto y ^
haciendo mt gusto estaría contento^ y estando uno contento no
tiene más que desear^ y no teniendo más que desear acabóse,
etc.* ii. L.). El lenguaje del canónigo es el de la filosofía
política cristiana, que ante todo exige pureza de intención.
«Paz a los hombres de buena voluntad>; y en la sarta de ra-
zones de Sancho parece que hubieran aprendido las suyas
los modernos catedráticos sensualistas en aquellas repeti-
ciones: «bien es placer, > «el que goza es feliz,» «el que es
feliz no tiene que desear . . > . .
Pero Cervantes no presenta puras y extremas, la una
en frente de la otra, estas dos tendencias, estas dos filoso-
fías, espiritualista la una. materialista la otra; antes mezcla
— 145 —
a la primera un buen porqué de locura, y no poco de dis-
creción a la otra: o lo que vale lo mismo, presenta el espiri-
tualismo abultando en tal manera las exag-e raciones a que
está ocasionado, que no se sabe si forma el tipo de la virtud
tocada de insania, o el de la demencia que contrahace a la
virtud; y al sensualismo, por un modo análogo, lo enseña tan
vulgar y grosero a veces, como avisado y sesudo en otras,
confundiéndose alternativamente con la villanía y con la
sensatez. El mismo nota esta mezcla de componentes cuan-
do llama «concertados disparates» las cosas de don Quijote,
(«si disparates sufren concierto,» agregó en la segunda im-
presión), y «necedades maliciosas» las de Sancho (i, i, y ii.
ii); insiste en este juicio y hace que concuerden en él los
mismos actores de su drama; uno y otro se ve en pasajes ta-
les como los que aquí se transcriben:
—
«Don Quijote «En todo este tiempo no había hablado
palabra don Diego de Miranda, todo atento a mirar y a no-
tar los hechos palabras de don Quijote, pareciéndole que
5''
era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo.» (n.
xvii). «Yo (Sancho) tengo a mi señor don Quijote por loco
rematado, puesto que algunas veces dice cosas que a mi pa-
recer y aun de todos aquellos que lo escuchan, son tan dis-
cretas y por tan buen carril encaminadas que el mismo Sa-
tanás no las podría decir mejores.» (ii. xxx). «Solamente
disparataba en tocándole en caballería, y en los demás dis-
cursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento,
de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su
juicio, y su juicio sus obras.» ( ii. xliii). «Porque los suce-
sos de don Quijote se han de celebrar con admiración o con
risa.» (ii. XLiv).
Sancho— «Sancho Panza es uno de los más famosos es-
cuderos que jamás sirvió a caballero andante (habla don
Quijote): tiene a veces unassimplicidades tan agudas que el
pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento: tie-
ne malicias que lo condenan por bellaco, y descuidos que le
confirman por bobo: duda de todo, y créelo todo: cuando
pienso que se va a despeñar de tonto sale con unas discre^
clones que le levantan al cielo.» (ii. xxxii). «Y el que escri-
bía las palabras, hechos y movimientos de Sancho, no aca-
baba de determinarse si le tendría y pondría por tonto o
por discreto.» (ii. xlv) (1).
(1) Mas para realzar el mérito de su obra, comparada con la de
Avellaneda, Cervantes, por boca de Sancho, sólo pone de relieve la
parte noble de sus caracteres, calificándolos como va a verse:
cCréanme Vuesas Mercedes, dijo Sancho, que el Sancho y el don
Quijote de esa Historia deben de ser otros de los que andan en
aquella que compuso Cide Hamete Beneng^eli, que somos nosotros:
mi amo valiente, discreto y enainoi ado, y yo simple, gracioso y no
comedor ni borracho.'* (ii. lix)
Estudios literarios — M. A. Caro — 10
— 146 —
Esta ocurrencia de Cervantes no es absurda, pues
realmente ancho campo abrazan los sentimientos generosos,
lo mismo que los plebeyos instintos; pero sin salir de lo ver-
dadero, raya sí en lo extraño, la extensión de las escalas
que Cervantes hace recorrer a don Quijote y a Sancho, y el
grado en que, describiendo ambos caracteres, mezcla los
elementos al parecer opuestos que los componen. La ocu-
rrencia es original, y la ejecución sorprendente: uno de los
encantos del «Quijote» es puntualmente la vacilación per-
petua del lector, que aguarda a ver por cuál de los dos res-
piraderos, si por la locura disparatada o la más exquisita
galantería don Quijote, si por la sandez o la prudencia San-
cho, despunta cada cual en cada lance que ocurre: siempre
la salida es tan inesperada como oportuna; y las diversasso-
luciones que en algunos puntos, enmendándole la plana a
Cervantes, proponen Clemencín y algunos otros, sólo sirven
a poner de realce el talento inventivo del poeta. Ya que el
«Quijote,» como poema, no tiene enredo que interese, tiene
sí esta parte dramática, que consiste en la ansiedad con que
aguarda el lector la solución no del enredo, sino de las di-
ficultades. Añádase a esto la maravillosa variedad y novedad
de los sucesos, que compondrían sólo una serie romancesca
de aventuras, si las dos figuras capitales de la fábula no man-
tuviesen la unidad del poema. Interesa aquel no acabarse de
desengañar don Quijote de la realidad del mundo, ni San-
cho de la locura de su amo. Además, de la oposición entre
los dos tipos, del contraste gracioso en que cada uno anda
consigo mismo, y ambos juntos con el mundo real, resultan
una infinidad de sorpresas y de chascos, que descritos con
las sales inimitables de Cervantes, le dan al poema, acciden-
tal pero perpetuamente, un tinte cóinico. El «Quijote» es la
obra más seria, y la que más hace reír.
Con esta ingeniosa mezcla de elementos integrantes
como he dicho, de caracteres verosímiles pero raros, ha
dado Cervantes tormento a sus comentadores, en la investi-
gación del fin que en su libro se propuso. Porque si sólo se
considera la parte ridicula de don Quijote, el autor no
pudo proponerse otra cosa que poner en aborrecimiento
los libros de caballería, y deshacer su autoridad; y esto mis-
mo lo afirma él en algunos lugares de su obra (ii. lxxiv).
Pero se considera el aspecto hidalgo y las bellas partes de
si
«Don Quijote,» pudiera pensar alguno, y lo han imaginado
modernos críticos, que el poeta trató de dolerse, en una
ironía más festiva que amarga (en conformidad con su ca-
rácter noble y generoso), de la mala suerte que a él mismo
le cupo en sus caballerescas y andantescas empresas. Don
Quijote es, en efecto, tan desgraciado como noble; y las vir-
tudes que lo adornan forman un admirable conjunto: castí-
— 147 —
simo amante (l), pecho eminentemente veraz (2); hombre
de privilegiado entendimiento (3), y caballero de un valor
a veces sobrehumano (4).
Otro tanto sucede con el tipo de Panza: a los principios
se diría que en él se personifica un egoísmo socarrón y pe-
destre; pero sus aciertos como gobernador parecen luego
encerrar la lección, nota Viardot, de que a veces el buen
sentido práctico vale más que pedantescas teorías para go-
bernar a los pueblos; lección apropiadísima por cierto a es-
tos nuestros tiempos más que a los de Cervantes (5).
Ni se deja aplicar sin restricciones la nota de despre-
ciador de los libros de caballería quien de ellos (aparque
de los poemas caballerescos italianos) sacó buena parte de
su galanura poética, quien cultivaba con tanta fidelidad re-
miniscencias de semejante lección, y quien, finalmente, en
boca de uno de los personajes de su libro, no sin tono sin-
3^^
cero, censura en los de caballerías el desempeño, juzgando,
(1) Excusado es citar las aventuras que lo comprueban, y que
todo el mundo recuerda-
(2) «Pues pensar yo (Cide Hamete'> que don Quijote mintiese
siendo el más verdadero hidalg"o y el más noble caballero de sus
tiempos, no es posible; que no dijera él una mentira si le asaetea-
ran.» (II. XXIV).
(3) «Un hombre que le tiene bonísimo (el juicio) como le dejen las
sandeces de la caballería.» (11. lxv).
(4) Basta recordar la pavorosa aventura de los batanes, y este
rasgo que los antecedentes hacen sublime: «Piensa Vuesa Merced es-
—
perar, señor don Quijote? Pues nó? respondió él: aquí esperaré in-
trépido y fuerte si me viniere a embestir todo el infierno.» (11. xxxiv),
(5) «Y más, que ya por muchas experiencias sabemos (habla
don Quijote) que no es menester ni mucha habilidad ni muchas le-
tras para ser Gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben
leer y gobiernan como unos girifaltes: el toque está en que tengan
buena intención y deseen acertar en todo, que nunca les faltará
quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los go-
bernadores caballeros y no letrados que sentencian con asesor.»
(II. xxxii). Esta es la misma doctrina tradicionalista formulada
modernamente por Aparisi y Guijarro en frases más científicas y es-
pléndidas: «El Rey representa la autoridad, pero no la ciencia; y la
ciencia por sí sola no gobierna a los hombres, porque le falta el se-
llo divino; mas la autoridad por sí sola tampoco puede gobernarlos,
porque le falta la luz.» (Resíauf ación, citada por Nocedal, pági-
na 36).
«Letras, respondió Sancho (al Duque), pocas tengo; porque aun
no sé el A B C, pero bástame tener el Christus en la memoria para
ser buen Gobernador.» (11. XLii). Cuando Sancho hubo en pocas pa-
labras expuesto lo que hoy llamaríamos el programa de su adminis-
tración (II. xLix), el mayordomo le contestó: «Estoy admirado de ver
que un hombre tan sin letras como Vuesa Merced, que a lo que creo
no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias y de
avisos tan fuera de todo aquello que del ii:genio de Vuesa Merced
esperaban los que nos enviaron y los que aquí venimos,»
— 148 —
empero, que «en ellos hay uoa cosa buena, el sujeto que
ofrecen para que un buen entendimiento pudiese mos-
trarse en ellos, porque dan largo y espacioso campo por
donde sin empacho alg-uno pueda correr la pluma.>
Ul- XLVIl).
Comoquiera, así van los juicios sobre el «Quijote,» pre-
sentándole unos con una intención, otros con otra; efecto
todo de la costumbre de ver las cosas y los hombres por un
lado. La apreciación de g-randes y raros conjuntos parece
que sólo debía pertenecer al genio que los concibe. Pero
muchas veces el genio no es buen juez de sus mismas obras,
y Cervantes es un ejemplar de incompetencia paterna en
punto a los hijos del entendimiento. Yo creo, pues, que Cer-
vantes no tuvo en particular ninguna de las intenciones que
se le atribuyen, y que él mismo deja pensar que tuvo al es-
cribir su obra inmortal. La mayor parte de las bellezas li-
terarias que brillan en las obras maestras, brotaron por sí
déla pluma de los autores, sin estudio ni deliberado esfuer-
zo; y lo mismo que en lo literario sucede en lo moral: Hora-
cio descubre en los poemas de Homero grandes enseñanzas
que Homero, si ya existió, probablemente no se propuso
como objeto de su canto. Y es que Dios, sabio y equitativo
en la distribución de sus dones, rara vez, si alguna, concede
al genio creador la facultad de analizar. El genio produce
por instinto, como la fecunda naturaleza física, sin concien-
cia clara de lo que hace, frutos maravillosos en que la análi-
sis científica gasta años desentrañando la riqueza, variedad
y armonía de elementos cuya producción colectiva fue tal
vez obra de pocos días o acaso de breves momentos. Por
eso en las obras de la naturaleza y en las inspiraciones del
genio vemos productos de un Autor divino que mueve al
genio y a la naturaleza, y es el verdadero aeador de las co-
sas perfectas. Por eso también [Link] en el críti-
co buscar en las obras del genio determinada intención. Y
es ésta, en fin, la razón del respeto que en ellas imponen los
defectos mismos. Queremos esos productos divinos tales
como aparecieron en el momento de la inspiración que los
sacó a la luz; y la crítica de los que, no contentos con seña-
lar faltas, indican lo que el autor en cada caso debió haber
hecho para evitarlas, tiene cierto sabor de sacrilego atenta-
do, y son ellos semejantes a los qne hubieran deseado estar
presentes a la creación para dar consejos al Hacedor. Que-
remos las obras del genio con sus irregularidades, como
queremos con las suyas las producciones de la naturaleza; y
a unas y a otras es bien aplicar, con admiración ingenua, el
Sifit ni sunt, aut non sUit.
De dónde la idea de don Quijote, es por
sacó Cervantes
lotanto pregunta a que no satisface el decir que del deseo
de desacreditar los libros de caballería, o del de tejer con
- 149 —
sus propias aventuras una alegre y disparatada leyenda; así
como no se puede decir que las vírgenes de Rafael sean
copia de la Fornarina, pues él, con más vaguedad pero con
más verdad, declaró que las sacaba de de^ta idea. De cierta
idea, casi de la nada, saca el genio sus producciones, y sacó
Cervantes su concepción. Lo más a que alcanza la crítica,
en estas obras maravillosas, después de admirarlas, es a es-
tudiar la circunstancias de la inspiración, renunciando a la
audaz esperanza de sorprender a la inspiración misma en
sus orígenes indiscernibles.
En este punto de vista, considerando los antecedentes
y adjuntos de una obra de genio, como causas, no necesa-
rias, sino ocasionales de la inspiración que la produjo, no
como principios generadores del pensamiento fundamen-
tal, sino como abonos que fertilizaron la inteligencia donde
en un momento feliz germinó uno de aquellos árboles que,
nuUis hominum cog'entibus ipsse
S ponte sua veniunt;
puede asegurarse, sin vacilar, que, tanto sus lecturas de
libros de caballería como sus viajes y las positivas aventu-
ras que a él mismo le sucedieron hasta ponerle en «la más
alta ocasión que vieron los siglos.» recogidas y confundi-
das en su memoria, le fueron recursos fecundísimos en la
ejecución y desarrollo de su inspirado felicísimo plan.
3'-
Cervantes escribió su Ingenioso Hidalgo siendo viejo y po-
bre, falto de memoria y de libros, dice Hartzenbusch; de
libros, tal vez, pero no de memoria, diría yo. La tenía Cer-
vantes feliz como pocas, y las atildadas alusiones que hace a
cada momento a consejas y lances que registran leyendas
caballerescas, comprueban el frescor de sus reminiscencias
en una edad ya avanzada. Miss Edwards en su Cuento de
Cervantes, no olvida poner en casa de sus padres una biblio-
teca caballeresca; y «con mucho acierto (dice un crítico
moderno), porque no sabemos que el hidalgo don Rodrigo
fuese una excepción de la regla, pues todos, nobles y ple-
beyos, sabios e ignorantes, se daban al alimento que con
tanta profusión ofrecía aquella época» (l). ¿Y cómo no ha-
bía de impresionarle profundamente la tal leyenda a quien,
corriendo los años, conservaba de lo leído, que no era poco,
tan puntuales recuerdos?
(1) El erudicto autor de los Estudios CtUico-biográficos sobre
Cervantes y sus obras, que ha publicado £t Eco de Ambos Muidos
(de donde tomamos esta apreciación), o sea el señor don Nicolás
Díaz de Benjumea, llama don Rodrigo al padre de Miguel de Cer-
vantes. «Advertid, hermano, que yo no tengo Don. .» pudiera de-
. .
cirle Rodrigo a nuestro biógrafo, en el lenguaje de Sancho. (11. xLv.
Rodrigo se llamaba también un hermano de Miguel.
— 150 —
Con estos juntaba Cervantes los de su propia vida y he-
chos, no porque pensase escribir una autobiografía burles-
ca, lo repito, sino a propósito de henchir y amenizar su li-
bro, tomando de aquí y allí cosas verdaderas 3' fabulosas, sin
excederse de lo verosímil, «que tanto la mentira es mejor,
cuanto más parece verdadera. 3^ tanto más agrada, cuanto
tiene más de lo dudoso y posible.» Los que sólo ven en «Don
Quijote» mismo un cúmulo de reminiscencias personales,
envueltas en burlas, y tocadas de ironía, fío que saldrán de
su error, si reparan en que, si en alguna aventura Cervan-
tes habla en persona del hidalgo manchego, también habla
otras muchas veces en cabeza del Cautivo, del Canónigo, y
demás personajes que en su fábula introduce; y esto mani-
fiesta que sólo accidentalmente, y jamás por sistema, pudo
identificarse con el de la inste Figura, habiendo vaciado su
alma y su corazón, no precisamente en don Quijote, sino en
«B>1 Quijote.»
Todos los personajes del «Quijote» tienen algo de Cer-
vantes, como los hijos tienen algo del padre, sin ser el pa-
dre; que en la naturaleza «cada cosa engendra su semejan-
te» (1); >' esto es lo que del autor de su existencia tiene Qui-
jana. Lo que sí se puede conjeturar es que el don Quijote
de la segunda parte es más cervantino que el de la primera;
y es el caso que habiendo corrido entre la composición de
la una 3' de la otra espacio de diez años, 3" como viese Cer-
vantes que extraña mano tomaba los hijos de su entendi-
miento para adoptarlos y educarlos en mala escuela, cosa
fue de persuadirse que aquello era verdaderamente obra
su3'a y digna de su cariño, de donde tomó ocasión para re-
cobrarla y continuarla con un afecto propiamente de padre.
¡Privilegio del genio, el de dar ánima viviente a sus produc-
ciones Cuando Cervantes publicó su segunda parte, don
!
Quijote no era 3^a un ente antojadizo, sino que se veía «vi-
viendo, andar con buen nombre en boca de las gentes, im-
preso 3' con estampas» (2), y el ilustre poeta pudo decirle,
no como Miguel Ángel a su Moisés, habla! sino sigue an-
:
dando! Por esto en la segunda parte los personajes son más
y más verdaderos, y digámoslo así, más amables : los guía
mano de padre y de amigo viejo. Por esto también autor,
el
bien hallado a andar con ellos, a vivir de ellos, a interesar
con ellos, «en la segunda parte no quiso ingerir novelas suel-
tas ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen, y
aun éstos limitadamente, y con solas las palabras que bastan
a declararlos.» (11. xliv).
Estos personajes son eminentemente españoles, y con
(1) Prólogo a la primera parte.
(2) Parte 11. capítulo iii.
— 151 —
esto cumple el poema con la condición, segunda entre las
que antes señalé, de ser, además de humanitario, nacional.
En tres departamentos puede dividirse la literatura «a-
¿:/(y«a/ española
: romancero, repertorio dramático, y libros
caballerescos. Créese que España tendría un gran poema
épico si sus romances heroicos hubiesen merecido hallar
aquella mano coordinadora que la crítica moderna descu-
bre en las epopeyas primitivas. No hubo, empero, quien to-
mase a su cargo la empresa, y los romances no han pasado
de poema embrionario. No cabe hacer igual refundición
con los dramas, porque ellos y la épica son entre sí de muy
diferente naturaleza. Quedan los libros caballerescos, des-
preciados, al parecer, hasta por el mismo que recogió de
ellos cuanto halló poético para su poema, dando además al
género un color subidamente nacional, despojándolo de
monstruosas extravagancias fantásticas, y aplicándolo, me-
diante el tono jocoserio que adoptó, a las costumbres reales
y verdadera fisonomía de la nación española.
En el punto de vista del españolismo de la obra, el «Qui-
jote» menos semeja poema, que novela, en cuanto no ensena
historia sino dibuja costumbres; pero el modo como las
pinta es sencillo, verdadero y grandioso, o lo que es lo mis-
mo, más poético que novelesco. También parece desmentir
su carácter de poema, si se atiende al sabor jocoserio de la
fábula; pero esa parte festiva no es masque un trasunto
fiel del genio español, y si un poema nacional ha de retratar
el genio de la nación, mucho de festivo le cumple ser tratán-
dose de un pueblo tan serio en ciertas cosas, pero tan bro-
meador en otras, como el español. Sin que subamos a la Ba-
tradomoinaquia, ¿no están ahí en castellano mismo, poemas
burlescos como la Gatomaqtiia y La Mosquea, a los cuales
nadie ha disputado su título de tales? Así como el género
dramático comprende desde el coturno trágico hasta el hu-
milde zueco, así acaece abrazar diversos departamentos el
género que podemos llamar f>oe7nático, ya que el nombre de
épico no lo expresa en toda su extensión. Es más así como
:
Burguillos y Villaviciosa supieron engrandecer con levan-
tado tono raquíticos asuntos, en términos de interesar en
ocasiones al leyente con sus gatos y sus moscas como si fue-
ran hombres, en más elevada esfera y con superior acierto
Cervantes cubre las burlas de su libro con un maravilloso
ropaje de majestad.
Ello es que la definición que Shakespeare da déla gran-
deza de alma puede recaer con más verdad sobre la gran-
deza del estilo, la cual no consiste en el asunto sino en el
modo de tratarlo. Una prueba quizá más conciuyente que
la que nos ofrecen poemas festivos como los citados, tenemos
en los versos que adapta Virgilio a los pasajes de mayor
fuerza épica, trayéndolos de sus poemas pastoriles y agro-
~ 152 —
nómicos, y empleándolos aquí y allá, para materias tan di-
versas, siempre con igual decoro y propiedad (1).
En su «Juicio sobre algunos poetas americanos, >)^ a pro-
pósito de las obras del argentino don Esteban Echeverría,
observan con justo dolor los señores Amunáteguis, que aun-
que se han escrito algunos poemas, americanos por el asun-
to, no hay ninguno que lo sea propiamente dicho por el des-
empeño, estoes, que describa con propiedadnuestra natura-
leza y nuestras costumbres. Son, en general, obras artificia-
les que carecen de verdad (2). A la misma clase van, en su
mayor parte también, las obras de Cervantes: en ellas el
ingenio imita modelos de literaturas extranjeras, en vez de
buscarlos en la doble y rica naturaleza de la imaginación y
del mundo. Pero en el «Quijote» concibió Cervantesun plan
felicísimo, que le abrió, como dice él. a otro intento, en un
lugar antes citado, y quizá con alusión a esta obra, «un an*
cho y espacioso campo donde sin empacho alguno pudo
dejar correr la pluma.» Mediante un plan tan desahogado
y oportuno, y teniendo en cuenta, además, que las historias
fingidas «tanto tienen de buenas y de deleitables, cuanto se
llegan a la verdad o a la semejanza de ella» (ii. lxii), copió
Cervantes de mano maestra en el lienzo de su «Quijote.» cos-
tumbres, caracteres y paisajes de su tiempo y de su tierra ;
pintó a España, añadiendo a la verdad, para amenizarla, y
sin alterarla, todas aquellas galas poéticas del estilo caba-
lleresco y todos aquellos aliños propios de la ficción adop-
tada. De aquí una diferencia evidente entre la narración
de la fábula quijotesca y los cuentos artificiales incorpora-
dos en ella, y entre ella misma y las otras novelas de su
autor.
Ahora pues: siendo el «Quijote» el libro más genuina-
mente español, 5^ no teniendo los americanos un poema na"
cional y popular, sigue aquél copiando, por anticipación,
nuestras costumbres y caracteres con más exactitud que
ningiín otro y por cuanto es el libro de nuestra raza, es
;
también el libro de nuestros pueblos de América. Varias
ciudades nuestras se disputan la sepultura de don Quijote ;
tenemos Sanchos de carne y hueso, y picarones que les ro-
ben los rucios ni faltan Curas, Barberos, Bachilleres y So-
:
brinas, o por lo menos recuerdos de estos personajes, y
cualidades dispersas heredadas de aquellos tipos. Algunos
se van anticuando, pero viven en la memoria, sin que esa
pérdida parcial nos enajene del todo la obra, como no nos
(1) El Classical Journal, xlviii, 386, citado por Valpy, nota esto
mismo v. 101, lib. 11 de las Geórgicas, concerniente a una clase
del
de vinos, y repetido en la Eneida, x, 185, con referencia a un va-
liente g-uerrero.
(2) La literatura brasilera es menos pobre que la hispanoame-
ricana en poemas de color local.
— 153 —
quitan el g^usto a su lenguaje los arcaísmos de que para
nuestros oídos abunda cuanto más que el antiguo en las
:
cosas, cede a veces en majestad, y si es en el lenguaje, da
agradable sabor de vetustez a lo que se lee, cuando el que
escribió supo hacerlo magistralmente. Yes lo más curioso
que la verdad del «Quijote» no sólo la hallamos en casas de
pura extracción y fieles tradiciones españolas, sino también
en tribus y costumbres que se dijeran naturales de estas
regiones. ¿Quién en nuestros polvorosos caminos, cuadrillas
sabaneras, y ventas alborotadas no ha tenido ocasión de re"
cordar los cuadros agradables, cosas de gusto y pasatiem-
po, y sucesos quijotescos de felice recordación? Refundidas
las cosas del «Quijote» en la corriente vulgar de la lengua
castellana, van a dondequiera que se hable el español, y son
herencia común de la familia ibérica. Nuestros rústicos
hablan la lengua de Cervantes, conservan muchos de sus
arcaísmos, repiten los refranes de Sancho, y quizá por su
mismo alejamiento de la civilización moderna, pertenecen
más a los tiempos del cervantino Rodríguez Fresle, que no
a los de Cervantes la España moderna, demasiado contigua
a la Francia propagandista, y cruzada ya por ferrocarriles
británicos.
Por lo que hace a la consecuencia de los caracteres en
Idprimera y la segunda parte, se ha observado en ésta, res-
pecto de aquélla, cierto progreso en la conducta de los dos
principales personajes. Uon Quijote, que al principio se
encomendaba de corazón a su Dulcinea al arrestarse a al-
guna peligrosa aventura, en la segunda parte se acuerda de
Dios y hace reñexiones religiosas de que antes no se había
curado. Advierte que el diablo no sabe las cosas por venir
(ii. xxv). La primera causa porque se han de tomarlas ar-
mas juzga ser la fe católica (ii. xxvii). Su primer consejo a
Sancho es asimismo «temer a Dios, porque en el temerle
está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.»
(n. xLii). Cre que «es menester rogar a Nuestro Señor muy
de veras que nos libre de malos hechiceros.» (ii. xliv). De
ver entrar de noche a doña Rodríguez en su aposento «co-
mienza a santiguarse con mucha priesa.» (ii. xLvm). Pare-
ciéndole que oye la voz de su escudero, dice: «Si eres mi es-
cudero Sancho Panza y te has muerto, como no te hayan
llevado los diablos, y por la misericordia de Dios estés en el
purgatorio, sufragios tiene la santa madre Iglesia Católica,
Romana, bastantes a sacarte de las penas en que estás; y yo
te lo solicitaré con ella por mi parte con cuanto mi hacien-
da alcanzare.» (n. lv). Comparase elocuentemente con los
santos sin más diferencia sino que ellos pelearon alo divi-
no, y él es pecador y pelea a lo humano (n. lviii.) Por mé-
dico de las almas reconoce a Dios, cuyas medicinas «suelen
sanar poco a poco, y no de repente y por milagro.» (ii. lx).
— 154 —
Aplaude que se impriman libros místicos como el intitulado
Luz del Al?na, aporque son muchos pecadores que se
los
usan y son menester infinitas luces para tantos desalumbra-
dos. > (ll. LXIIl).
Esta religiosidad de don Quijote en la segunda parte
puede explicarse de dos maneras. O bien quiso Cervantes
preparar mediatamente la muerte Cristiana de su héroe
con reminiscencias que acreditasen la educación religiosa
de sus primeros años, así bien como la preparó inmediata-
mente con su desviación de la profesión de las armas al
ejercicio pastoral; o bien, por hablar él mismo por boca de
su héroe, dejó que contradijese sus hechos con sus pala-
bras, causa, según veremos luego, de otras inconsecuencias
en que inciden los personajes de la fábula.
Pampero, no se limitan las novedades del carácter de
don Quijote en la segunda parte a palabras religiosas; t.-^-
üéndensQ a aclos prHde7i¿es. ¿Cuándo en su primera salida
habría llegado el caso de cruzar las manos e inclinar la ca-
beza guardándose -para mejor sazón y coyuntura? (ii. lx.)
¿Cuándo, el de volver las tiendas a Rochiante, y a todo galo-
pe salir, encomendándose de todo corazón a Dios, que del pe-
ligro le librase, y teme^ a cada paso no le entrase alguna bala
por las espaldas y le saliese al pecho, y a cada punto Yecoge-i
el aliento, por ve^ si le faltaba? (ii. xxvii.) ¿Cuándo hubiera
llegado a este corrimiento vergonzoso, por más que sobre
él lloviesen piedras y le amenazasen mil encaradas ballestas,
y no menos cantidad de arcabuces? En sus primeros tiem-
pos, de candorosa llaneza y desenfado, no hubiera sido tan
lacónico cuando le muestran la cabeza encantada, ni habría
sufrido en silencio los denuestos del castellano que leyendo
el rótulo de sus espaldas, en el paseo de don Antonio, alzó
la voz para afrentarle, (ii. lxii.) Ni cuadra con el valor pri-
mitivo del famoso hidalgo, estremecerse y encogerse de hom-
bros y perder la color del rostro, aunque el cielo se desenca-
jase de sus quicios, (ii. lxiii).
En cuanto a Sancho, su carácter «vacila algún tanto,»
dice el erudito Clemencín; «pero el lector —
añade embe- —
lesado con las inimitables gracias y sales de este personaje,
no echa de ver la inconstancia, o la perdona fácilmente.*
(1) En efecto, Sancho, que en palabras suele ser más consi-
guiente consigo mismo que ningún otro de los personajes
de la fábula, por el empleo sobre todo de dichos y refranes
populares, en sus obras ofrece anomalías de bulto. Su go-
bierno principalmente, más bien que esforzada continua-
ción de su carácter, parece un episodio independiente. Tal
vez cuando Cervantes estampó el ofrecimiento que hizo don
Quijote a Sancho del gobierno de una ínsula, se prometió
(1) 7. I p. xxxii.
— 155 —
conciliar, por medio de este cebo echado a la simplicidad
del escudero, su egoísmo ingénito y su constancia en seguir
al amo, sin pensar en el desarrollo moral que dio luego a
esta idea. De todos modos, así como a par de los actos de
prudencia con que templa Cervantes la fogosidad de don
Quijote en la segunda parte, aduce también, para mante-
ner la identidad del héroe, arranques de desacordada im-
petuosidad, del propio modo entremezcla a menudo, en
persona de Sancho, para no dejar que se transforme el ca-
rácter a pesar de su buen gobierno, resabios de su genial
sensualismo, y aun de la filosofía egoística que en teoría le
corresponde, como cuando le introduce diciendo a la Dama
Dolorida: «Yo rogaré a mi amo (que sé que me quiere bien,
ymds agora que me ha menester para derio 7iegocio), que fa-
vorezca y ayude a Vuesa Merced.»
La gobernación de Sancho Panza, mal consiguiente,
tal vez, por su sabiduría, con la simplicidad del agente, en-
vuelve, según dijimos antes, una provechosa lección políti-
ca, y puede considerarse como un apólogo. Bajo este su-
puesto se disimula la exageración, como se perdona en las
fábulas que hablen los brutos mismos. Por lo demás, esta
incongruencia es excepcional en Cervantes; porque si bien
he reconocido que todas las personas de su invención tienen
algo de él mismo, esta observación sólo recae sobre los dis-
cursos y el estilo, no sobre los hechos.
Hay escritores altamente líricos que no pueden crear
caracteres, porque se reproducen en todos los que ensayan;
y los hay grandemente dramáticos, que multiplican sus
creaciones sin dejarse ver así propios. Aquéllos viven la
vida egoísta (que no debe equivocarse con la vida interior
de los santos); éstos viven la vida del pueblo, la vida de to-
dos. Byron es un ejemplo de los primeros; Shakespeare de
los segundos. Cervantes en el «Quijote» es eminentemente
dramático en las acciones, pero lírico en los discursos. Por
esta razón las acciones de sus personajes son elementos dis-
cordantes de que no puede jamás formarse un conjunto
que equivalga a la biografía de él mismo; pero de fragmen-
tos de discursos de todos ellos sí puede componerse (y se
ha compuesto, bien que incompleto, bajo el título apropia-
do de Espíritu de Cervantes^ un todo armonioso, una expo-
sición continua de la filosofía del gran maestro. Soldado y
cautivo, había combatido por la patria y sacrificádose por
sus prójimos: la caridad cristiana que nos hace reír con el
que ríe y llorar con el que llora, le familiarizó con la hu-
manidad sensible; sus viajes le dieron a palpar el mundo
real: conocía las costumbres de los pueblos, las condiciones
de las clases, los sentimientos de los hombres; circunstan-
cias todas que enriqueciendo su fantasía, y favoreciéndola
intención dramática, le estimulaban y ayudaban a copiar.
— 156 —
en cuento o en comedia, las escenas del teatro del mundo^
Su lirismo en los discursos es, por consiguiente, de todo en
todo diverso del lirismo en los caracteres; y erraría mucho
quien le equivocara con el egolhmo del escéptico B3'ron y
sus imitadores, o del ortodoxo pero vanidoso Chateaubriand
•y su escuela. Cervantes, gran católico como hombre, hubo
de serlo como escritor, y el egoísmo pagano que no cupo en
su corazón no pudo haber dirigido su pluma. Su lirismo o
llámese -personalismo, en los discursos, se compone de ideas
y estilo. El primer elemento, lejos de confundirse con el
moderno lirismo romántico, nace de un principio entera-
mente contrario, porque cuando éste se resuelve en senti-
mentalismo, y es resultado de la adoración de los sentidos,
aquél consiste en creencias y procede de afecto y culto a la
unidad religiosa de la Nación. Cervantes vivió en época de
fe, en el siglo de Felipe II y bajo el régimen de la Inquisi-
ción. Todos los ciudadanos profesaban una misma creencia,
y el escritor, partiendo de este hecho, respetuoso al dogma,
y enorgullecido de la verdad, como de un rico depósito
y una gloria nacional, no desperdiciaba ocasión de dar
testimonio de ella aun por boca de personas dramáticas y
novelescas. Casi siempre que Cervantes saca de su esfera
las personas de su fábula, es para proclamar enseñanzas de
alta filosofía católica, siendo de recordar con frecuencia
aquella especie de Sancho después de una elocuente plática
moral de don Quijote: «El diablo me lleve si este mi amo
no es teólogo, y si no lo es, que lo parece como un huevo a
otro.» (ii. xxvii). Quizá en la misma conducta de Sancho
como gobernador pueden explicarse sus aciertos como traí-
dos para servir a las moralidades que era preciso que dije-
se. Ni son este sabor dogmático y esta intención moral pri-
vativos de Cervantes: son obras de aquella época de fe y de
lealtad religiosa. Calderón, aquel sublime genio dramático,
aquel «divino maestro de la poesía cristiana,* con no tener
igual en la diversidad y propiedad de los caracteres, acos-
tumbra también identificarlos en ese punto de vista: todos
sus personajes, hasta el gracioso en ocasiones, son teólogos
y moralistas. La hermosa unidad católica se refleja en to-
dos los monumentos literarios del siglo de oro de España.
El otro elemento del personalismo de Cervantes en los
discursos, es el estilo, y procede de su amor y culto por el
arte. Cuidadoso de la elegancia de la frase y del musical
redondeamiento del período, formóse un estilo propio, que
gallardamente se trasluce aun mezclado con el lenguaje de
los venteros y mujercillas a quienes él hace hablar. Como
en la faena de reducir el idioma a metro y rima le hicieron
flexible y poético los versificadores de pro, Cervantes, en
son de burlarse de la caballería, hizo caballeresco el idio-
ma, y ennobleció grandemente ia prosa castellana, al acó-
— 157 —
modar más o menos el lenguaje de nobles y plebeyos al bi-
zarro, numeroso y levantado giro de su frase. Con esto lle-
go naturalmente a las consideraciones que en tercer lugar
me cumple apuntar sobre el estilo del «Quijote.
Yo compararía el «Quijote» con una ópera bufa en que
el perpetuo encanto de una música sublime da a toda la
composición un tono que el drama solo no alcanzaría. La
música del «Quijote* es su estilo siempre noble y su lengua-
je peregrino, en términos que cuando toma la palabra don
Quijote, la repentina admiración de sus ficticios oyentes
se traslada realmente a los lectores: obra toda de Cervan-
tes, mayor milagro que el de aquellos oradores que se
transfiguran en la tribuna, puesto que don Quijote carece
para con sus lectores de los recursos déla acción, y tiene
que disimular no sólo la triste figura, sino sus antecedentes
de loco remtado. ¡Tanto alcanza la poesía del estilo!
El Canónigo, en cuyos labios puso Cervantes sus pro-
pias opiniones literarias, advierte «que la épica también
puede escribirse en prosa como en verso.> No es de esta
opinión Hermosilla, el cual reputa el metro por indispen-
sable ornamento de la poesía, y no admite la llamada «pro-
sa poética. 2> Yo de mí sé decir que estimo como el que más
el artificio métrico y gusto muchísimo del encanto del rit-
mo; pero así y todo la prosa de Cervantes me parece (y
creo que a todo el que conozca el castellano le sucede lo
mismo) de una elegancia, número y cadencia admirables,
únicas. Nadie iguala a Cervantes en esta peculiar maestría,
haciéndose notar que, siendo como Cicerón armoniosísimo
prosador, hacía medianos versos. Tales hay, por una ano-
malía semejante, que, como se cuenta de Meléndez y el
Duque de Riv'^as, siendo eximios versificadores, sienten mal
los placeres de la música, y a otros sucede lo contrario,
como si el oído abrazara bajo su jurisdicción diversas fa-
cultades. Mucho afán tuvo Cervantes por parecer poeta,
en el sentido de compositor de aventajados versos; pero
templaron su ardor desaires y desengaños, siendo uno de
ellos el haberle manifestado el librero Juan de Villarroel
que entendía, por habérselo oído a un autor de título, qtie
de su prosa fodia esperarse mucho, pefo de sus versos nada.
Defiriendo modestamente al ajeno dictamen, que le negaba
el título de poeta, por ser poco apreciables sus versos, to-
davía Cervantes no desesperaba de merecerle alegando en
su favor el mérito de la invención, «parte principal del
poeta, si no el todo,> según Lope de Vega. Así lo advierte
Navarrete en su excelente Vida de Cervantes, y a propósito
cita algunos pasajes del Via^e al Parnaso. Mas no sólo en la
invención, sino en ella junto con una prosa émula a los más
hermosos versos, se cifra la gloria literaria de Cervantes.
La prosa cervantina es infinitamente superior a la prosa
— 158 —
poética que se hace a imitación de la que Fenelón y Cha-
teaubriand usaron en sus famosos poemas.
La elegancia de la prosa no se reduce únicamente a la
facilidad de entresacar de ella buenos versos, pues el nú-
mero de losperíodos no siempre equivale al ritmo; pero es
desde luego indicio irrecusable de fuerza poética, el poder
imitar en buenos versos un fragmento prosaico, sin tener
que introducir variantes sustanciales. Por de contado que
no hablo de versos cortos, pues éstos en castellano no re-
quieren acentos determinados, sino sílabas contadas, y si a
esta circunstancia se agrega el admitirse variedad de me-
tros, no habrá prosa que no pueda reducirse a verso, o sea a
renglones de diferentes medidas: verdad palmaria que no
necesita del aparato con que la presentó Hermosilla al re-
ducir a líneas cortas y desiguales las primeras del «Quijote.»
Yo me refiero al ritmo dominante en las cláusulas; y a la
posibilidad de ordenarlas en metro artificioso y difícil como
lo es el endecasílabo, y en forma y estilo elegantes (l). Re"
cordaré aquí dos reminiscencias bastante ajustadas de
Cervantes, autorizadas por dos ilustres poetas venezolanos.
En la aventura del combate con un rebano de carneros,
como no viese Sancho los caballeros y gigantes que su amo
veía, «¿Cómo dices eso. respondió don Quijote: no oyes el
relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido
de los atambores?» (i. xviii). Y
Baralt, en su tersa y elegan-
te Oda a Esfaña^ exclama:
¿Oyes el relinchar de los corceles?
Oyes el choque de las armas fiero,
Tumulto y ííi"ita, llantos y tropeles?
«Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia,»
dice también don Quijote en su admirable discurso del si-
glo de oro; y Bello, siguiendo al parecer las pisadas de Cer-
(1) Don Tomás Antonio Sánchez, en sus notas a la carta proe-
mial que el Marqués de Santillana envió al Condestable de Portu-
gal, reprueba la prosa resoluble en versos, y copia el principio de
un curioso sermón predicado en España en 1740, que es todo verso
endecasílabo, y empieza así:
Oh Parca tan terrible para todos!
ya que tu vasto imperio tan severo
sujeta las hinchadas altiveces, etc., etc.
Entre esto y la prosa de Cervantes hay diferencias de bulto: 1^,
una cosa es la oratoria saj^rada y otra el poema novelesco; 2^, en
este sermón los versos están dispuestos uno en pos de otro sin enla-
ce ni suavidad; en la prosa de Cervantes están bien ligados y con
arte disfrazados, dominando siempre el ritmo, pero sin destacarse el
metro sino de cuando en cuando; 3'^, e importantísima, los versos del
panegírico son prosaicos, el cual es el peor de todos los géneros ima-
ginables de decir; la prosa de Cervantes es donosamente poética.
_ 159 —
yantes, al describir las mismas doradas edades cuales ima-
gina que fueron en esta nuestra tierra de Cundinamarca,
dice en sus Silvas Ameficanus:
Todo era paz, contento y alegría;
y repite luego aquí y allá, palabras que siguen recordando
laarenga que oyeron los cabreros. De propósito deliberado
para demostrar el estilo poético del original, arregló Long-
fellow en forma métrica el texto inglés del Nuevo Testa-
menio. Hay en Cervantes muchísimos pasajes que admiten
esta refundición, no sólo por su estilo sino por su lenguaje
y bien ordenadas cláusulas, y para mostrar la posibilidad
del intento haré aquí un ensayo ciñéndome a uno o dos
trozos del citado elogio del siglo de Saturno:
Texto.
¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos
pusieron nombre de dorados! Y no porque en ellos el oro que en esta
nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella ven-
turosa sin fatiga alguna; sino porque entonces los que en ella vivían
ignoraban estas dos palabras, ¿«jj/o y >«/o. Eran en aquella santa edad
todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su
ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanza-
lle de las robustas encinas que liberalmente les estaban convidando
con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos
en magnífica abundancia sabrosas y transparentes aguas les ofre-
cían. En las quiebras de las peñas y en los huecos de los árboles
formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a
cualquier mano sin interés alguno la fértil cosecha de su dulcísimo
trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí sin otro artificio
que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se co-
menzaron a cubrir las casas sobre rústicas estacas sustentadas, no
más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz
entonces, todo amistad, todo concordia.
Entonces sí que andábanlas simples y hermosas zagalej as de va-
lle en valle 3' de otero en oteroen trenza y en cabello. ..Y no eran sus
adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por
tantos modos martirizada seda encarecen; sino de algunas hojas de
verdes lampazos y hiedra entretejidas, con loque quizá iban tan
pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las
raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mos-
trado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple
y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin
buscar rodeo artificioso de palabras para encarecerlos. No había la .
fraude, el engaño ni la malicia, mezcládose con la verdad y llaneza..
La justicia se estaba en sus propios términos.
Refundición en verso-
¡Dichosa aquella edad, siglos dichosos
A quien ya los antiguos
El renombre pusieron de dorados!
No porque el oro en ellos.
Que en esta nuestra edad de hierro tanto,
Tanto se estima, sin fatiga alguna
— 160 —
Se alcanzase en aquella venturosa;
Mas porque las palabras tuyo y tnío
Entonces los vivientes ignoraban.
Sí, que en aquella santa edad las cosas
Todas eran comunes:
Para alcanzar el habitual sustento
A nadie necesario
Otro trabajo fue que alzar la mano
Y de encinas robustas alcanzalle,
Que a placer les estaban con su dulce
Y sazonado fruto convidando.
Las claras fuentes y corrientes ríos
Sabrosas y en magnífica abundancia
Sus transparentes aguas ofrecían.
Entonces en las quiebras de las peñas
Y el hueco de los árboles,
Formaban su república
Las discretas solícitas abejas,
Sin interés alguno a cualquier mano
La cosecha ofreciendo
Fértil de su dulcísimo trabajo.
Y de sí los valientes alcornoques.
Sin usar artificio
Que no fuese su misma cortesía,
Despedían sus anchas
Y livianas cortezas, con las cuales
Las casas a cubrirse comenzaron,
En rústicas estacas sustentadas
Para defensa de inclementes cielos.
Todo era paz entonces,
Era todo amistad, todo concordia.
Entonces sí que andaban
Las simples y ferníosas zagalejas
De valle en valle en tretiza y en cabello
Y de otero en otero. . .
Y no eran sus adornos los que se usan
Agora a quien la púrpura de Tiro,
Y las por tantos modos
Martirizadas sedas encarecen;
Sino de verdes hojas
De lampazos y hiedra entrejidas;
Yendo así tan vistosas y compuestas,
Cual nuestras cortesanas van agora
Con raras peregrinas invenciones
Que la curiosidad les muestra ociosa.
Entonces los concetos amorosos
Simple y sencillamente
El alma decoraba de aquel modo
Y manera que en sí los concebía.
Sin buscar para más encarecerlos
Rodeo artificioso de palabras.
Mezclado no se había
Con la verdad el fraude.
Con la llaneza el malicioso engaño
La justicia en sus términos se estaba.
Estos versos, que pudieran mejorarse con ligeras mu-
taciones, me parecen superiores a aquellos, ponderados en-
tre los de nuestro autor, de la canción de Grisóstomo:
- 161 —
Ya que que se publique
quieres, cruel,
De lengua en lengua y de una en otra gente
Del áspero rigor tuyo la fuerza. . .
«Su fecunda y amena imag-inación en las obras prosai-
cas, dice Navarrete, prueba cuan difícilmente se sujeta-
ba a las trabas de la rima y de la versificación, perdiendo
en ello aquella libertad y desenfado que le hacen tan mag-
nífico y admirable en sus pinturas y descripciones, tan na-
tural, oportuno y gracioso en sus discursos y aun en sus
coloquios riJLsticüS y familiares» (l). Pero sean o nó inferio-
res por otros conceptos, a los versos que él solía escribir, lo
cierto es que en éstos, también suyos, pues yo no he hecho
más que entresacarlos de su prosa, se descubre un estilo
natural y fácil muy diverso de las afectadas y duras com-
binaciones de los que él por tales escribía, como si al fabri-
carlos siguiese un falso sistema métrico. Calderón, y en ge-
neral los antiguos dramáticos españoles hacían bellísimas
redondillas y manejaban, en suma, con maravillosa elegan-
cia el verso corto, al mismo tiempo que (salvo Lope de
Vega) se mostraban lánguidos y arrastrados en los versos
largos. Tengo por averiguado que aquéllos escritores no
conocían el arte del endecasílabo, que campea tan majes-
tuoso en Rioja, en Caro y otros poetas de la lírica escuela
sevillana, como también, aunque por distinto modo, en
Góngora y Quevedo. Formado por mejores principios, alec-
cionado en mejor escuela, Cervantes hubiera hecho sin duda
excelentes versos.
En los pasajes que he copiado el ritmo dominante es el
yámbico, reductible a versos yámbicos, pentámetros y trí-
metros, que son las formas típicas de nuestrosversos endeca-
sílabos y eptasílabos. Algunas veces da Cervantes a sus pe-
ríodos una entonación más ambiciosa, que remeda la majes-
tad del exámetro clásico, como se ve en este pasaje del des-
encanto de Dulcinea, citado ya por Ríos como muestra de
la armonía del estilo heroico, donde vemos expresado (n. vi):
el veloz y precipitado curso de las exhalaciones,
el tardo y sosegado paso de los perezosos bueyes,
el rechinamiento de las chilladoras ruedas de los carros
y el confuso rumor y ronco mormullo de las lejanas trompas
[y bocinas (2).
yida de Cervantes, Ilustraciones, § 63.
(1)
(2) He
dividido el período en sus cláusulas naturales, poniendo
cada una en línea aparte a guisa de versos, para mostrar de bulto lo
que me propongo. Ni es, como supone Ríos, el único pasaje de ento-
nación épica, Pudieran citarse otros, por ejemplo éste: «Bien notas,
—
escudero fiel y legal, las tinieblas de esta noche, su extraño silen-
—
cio—el sordo y confuso estruendo destos árboles el temeroso ruido
de aquella agua en cuya busca venimos que parece que se despeña
—
y derrumba,» etc. (i. xx).
Estudios literarios— M. A. Caro— 11
— 162 —
Otras clases de ritmo emplea el magistral prosador con
exquisita oportunidad. Si en el pasaje copiado las largas y
sonoras cláusulas corresponden perfectamente al objeto,
siendo notable sobre todo la última, en que se imita la mú-
sica marcial, en este otro pasaje, el ritmo es del todo distin-
to,y una cadencia festiva domina el período remedando
graciosamente la música pastoril, (ii. lxvii):
Qué de churumbelas
han de lleg'ar a nuestros oídos! qué de
gaitas zamoranas!
Qué de tamborines!
y qué de sonajas!
y qué de rabeles!
Entran también en el estilo de Cervantes algunas licen-
cias de dicción y construcción, tales como el sabroso /e/Zce
por feliz^ y la colocación del verbo después de su comple-
mento, que le hermosean graciosamente sin la ingrata afec-
tación de los que modernamente han pretendido imitar sus
giros, y en lugar de redondear las frases sólo han consegui-
do martirizarlas 5' oscurecerlas.
Con noble ahinco se ha estudiado recientemente en Es-
paña a Cervantes en el aspecto histórico y crítico biográfi-
co; pero creo que no siempre han sido igualmente felices las
investigaciones sobre su estilo y lenguaje. Hay siempre mu-
cho que admirar en Cervantes, bajo este concepto, y mu-
cho queda todavía que analizar. El señor Hartzenbusch,
profundo conocedor del mecanismo de nuestra lengua, vin-
dicó a Cervantes de muchos cargos gramaticales de Clemen-
cín. Para ejemplo de estas críticas injustas, y a ñn de no
repetir al señor Hartzenbusch, tomaré un caso no notado
por él en las Observaciones a que he aludido. En la parte n,
capítulo XLV, leemos: «Tornó a tomar su báculo el deudor,
y bajando la cabeza, se salió del juzgado. Visto lo cual San-
choy y que sin más ni más se iba, y viendo también la pa-
ciencia del demandante, inclinó la cabeza, etc.» Pellicer co-
menta: <Visto lo cual Sancho. Así se lee en la primera edi-
ción; pero se ha de suplir la preposición -por^ omitida en la
imprenta.» Para persuadirse de que no hay tal omisión de
imprenta, basta saber que visto está por habiendo visto,
modo elíptico y giro desembarazado que usaron los escrito-
res de aquellos tiempos, y semejante al latinismo «coronado
las sienes,» que aún hoy en día se usa en verso. El mismo
giro aparece en estos otros pasajes del propio Cervantes:
«Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, y co7i-
Jiimádose a sí mismo,» etc. (i. i.) (l). «Se despidió de él, y
(1) Este mismo ejemplo cité en mi Tratado del Participio, pará-
grafo 23, con otros de Castillejo, maestro Avila y Mariana, para pro-
bar la existencia de este modismo castellano. No lo debía de conocer
— 163 —
hecho liar sus armas sobre un macho, luego al punto,> etc.
(ii. Lxv). Aquí no cabe el -por <\m^ propone el señor Pellicer,
lo cual induce a opinar que tampoco ha de introducirse don-
de él lo indica, antes debemos considerar todas estas frases
como vaciadas en una misma turquesa. En suma, a los más
de los críticos de Cervantes que han examinado su lenguaje
y estilo, cuadra esta sentencia justa del señor Hartzenbusch:
<Creo que el señor Clemencia se equivocó en juzgar el len-
guaje de Cervantes como si éste hubiera vivido en nuestra
época.
Hasta el título de obra ha sido mal entendido por
la
Pellicer y los que con refieren virtualmente a la histo-
él le
ria, y no literalmente al personaje. Sobre este punto diser-
ta con plausibilidad el señor Hartzenbusch en el citado ar-
tículo; pero no manifiéstalas pruebas internas que se hallan
en el «Quijote» mismo, del sentido y aplicación de la voz in-
genioso. Y aunque ellas son tan obvias que entre tantos ilus-
tradores diligentes de este libro, alguno o algunos deben de
haberlas ya descubierto y alegado, como no las hallo en nin-
guno de los que ahora mismo tengo a la vista (1), las pon-
dré aquí a riesgo de repetir lo que otros han dicho. En la
segunda parte los mismos actores aparece que tienen noti-
cia y hablan de la primera parte, publicada, de la historia
de «Don Quijote, > llamándole algunas veces con su propio
nombre de «el ingenioso Hidalgo.» *Que anoche llegó el
hijo de Bartolomé Carrasco (dice Sancho a don Quijote),
que viene de estudiar de Salamanca hecho bachiller, y
yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en
libros la historia de Vuestra Merced, con nombre del inge-
nioso hidalgo don Quijote de la Mancha.^ (n. ii). Si el inge-
nioso se refiriese a la narración, ésta no podría ser sino/a-
bulosa, y ni Sancho la llamaría historia como buenamente la
llama, ni don Quijote sufriera verse convertido en un ser
fantástico. En el capítulo iii se sigue hablando de la tal his-
toria: es más, se tacha el haberse incrustado en ella la «or^e-
/íí del Curioso Impertinente; 5' nadie objeta nada al título.
De la misma historia se habla en otros lugares, apareciendo
en vez de la voz ingenioso^ tal cual variante o amplificación
que prueba más y más la aplicación de la voz al héroe.
Salva, cuaudo tan a secas {Gramática, 5^ edición, página 203) tilda
de vicioso este pasaje de Quintana: «Provisto (Meléndez) en mayo de
1789 para una plaza de Alcalde, y ¿ícwflífo posesión de ella en el mis-
mo año,» etc. Respecto al latinismo «coronado las sienes,» en el mis.
mo Tratado, capítulo viu, aduje ejemplos de Garcilaso, León, He.
rrera, Rioja, Ojeda, Ercilla, Lope, Góngora, Luzán, Duque de Ri.
vas y Meléndez, es decir, de los príncipes de la poesía castellana,
(1) Clemencín sí cita el epígrafe de dos capítulos (11. xiv, de la
parte i), pero sin crítica alguna, a nada más se extiende, y concluye
[Link] que para él la cuestión queda en problema, y que el título
del «Quijote» es de todos modos oscuro y desgraciado.
— 164 -
«Preguntóle la Duquesa, cuyo título aún no se sabe: decid-
me, hermano escudero, ¿este vuestro señor no es uno de
quien anda impresa una historia, quese llama del ''Ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha." que tiene por señora
de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?> (ii. xxx). Y al
principio del capítulo xxxiii dice la misma Duquesa: <Aho-
ra que estamos solos y que aquí no nos oye nadie, querría
yo que el señor Gobernador me absolviese ciertas dudas que
tengo nacidas de la /¿/s/í?;/íz que del ^g-mw don Quijote anda
ya impresa.> Es notable también lo que sigue: «¿Ves este
señor que tenemos delante? (dijo la Zagala) pues hágote
saber que es el más valiente, y el más enamorado, y el más
comedido caballero que tiene el mundo, 5/ es que no nos mien-
te y no nos engaña una historia que de sus hazañas anda im-
presa y yo he leído.» (11. Lxm). Mal podía engañar a los ac-
tores de la fábula su propia historia desde la primera pala-
bra. Por último, en el capítulo lix Sancho, según se vio arri-.
ba, da por apócrifa la obra de Avellaneda, y por auténtica
la de Cervantes, de cuyos personajes principales dice: <E
Sancho y el don Quijote .... que andan en aquella que com
puso Cide Hamete Benengeli somos nosotros: mi amo valien-
te, discreto y enamorado, y yo simple y gracioso.»
Pero aplicado directamente a don Quijote, qué signifi-
ca el adjetivo ingenioso? «Este adjetivo, dice el señor
Hartzenbusch, era una palabra muy de moda en tiempo
de Cervantes, y se aplicaba principalmente a los inventores
de ideas singulares y peregrinas. Ahora bien (agrega el crí-
tico), ¿qué idea más singular pudiera darse que la que tuvo
don Quijote de resucitar la andante caballería como reme-
dio único de los males que afligían a las sociedades de su
época, como poderoso agente para la felicidad del género
humano?» Cree, pues, el señor Hartzenbusch, que ingenioso
vale aybitrista. No siempre, sin embargo, parece haber dado
Cervantes a don Quijote el tratamiento de ingenioso en ese
preciso sentido. Si fijamos la atención en los títulos que
puso a los capítulos, hallamos que en muchos de ellos da al
héroe el epíteto que le cuadra según el contenido de éstos.
Así en el capítulo VIII dice el epígrafe: «Del buen suceso
que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás
imaginada aventura de los molinos de viento.» El adjetivo
valeroso parece determinado por lo espantable de la aventu-
ra. En el mismo sentido aparecen adelante éste y otros se-
mejantes, como bfavo, invencible, fMKoso. Se le llama etia-
wo^ffí/o cuando se trata de las finezas que hizo estándolo,
y de la penitencia en que se puso; y extremado, en las cosas
inauditas que contó de la cueva de Montesinos. Del mismo
modo, aunque a Sancho suele llamársele gracioso, cuando
toma posesión de la ínsula y empieza a gobernar se le ape-
— 165 —
llida con propiedad «el gtan Sancho Panza.» De aquí se
sigue que Cervantes coloca sus epítetos adecuadamente, y
que los epígrafes de sus capítulos son epexegéticos del ad-
jetivo dominante en ellos. Ahora, pues: en el capítulo vi y
en el xvi de la primera parte se denomina ingenioso hidalgo
a don Quijote, en aquél tratándose del escrutinio de su libre-
ría, y en éste de lo que le sucedió en la venta que él imagina-
ba ser castillo. Parece que alíalo ingenioso se refiere a efectos
de su indigesta lectura, y acá a sus extravagantes imagina-
ciones. También suena como ingenioso don Quijote en el
epígrafe del capítulo ii (bien que en las mejores ediciones
falte dicha voz en el lugar correspondiente del índice) (1);
y no cae mal el epíteto, pues se trata allí de cómo hizo el
hidalgo su primera salida «apretándole a ello la falta que él
pensaba que hacía en el mundo por su tardanza, según eran
los agravios que -pensaba deshacer, tuertos que enderezar,»
etc., siendo obra también de su locura ingeniosa,, <\wq. xak^
pudo que otra razón alguna, la traza que propuso de hacer-
se armar caballero del primero que topase, con otros «pen-
samientos varios y no imaginados de otro alguno'» (2), los
cuales salió a poner en efecto el antojadizo aventurero.
Pero si ingenioso se había de tomar por hombre raro y
maniático (dirá alguno), ¿cómo supuso Cervantes que don
Quijote se dejaba llamar tal sin enfadarse? No es difícil
responder a la objeción, porque ese adjetivo, como famoso y
otros, tiene un sentido vago y ambiguo, tomándose ya en
buena, ya en mala parte. Hoy diríamos el origijia I cahzWer
don Quijote. Comoquiera, al dar preferencia Cervantes a
este adjetivo en el título de su obra, desechando los otros
que atañen al valor y al amor, alza la novedad de las ideas
sobre el interés de las hazañas, y establece desde el princi-
pio una profunda diferencia entre su obra y los libros de
caballería.
Bogotá, 23 de abril de 1874.
(1) Nada menos que en la Academia y en Clemencia: éste, segúa
se dijo en la nota anterior, cita íntegro el epígrafe del capítulo rt en
la que puso al título de la obra, y no cayó en la cuenta de que en' el
índice lo dejó correr mutilado.
(2) Prólogo a la primera parte. Del mismo lugar se ha tomado el
expresivo epíteto antojadizo que viene luego.
VIRGILIO (1)
Todos los siglos están de acuerdo en colocar a Virgilio
en elnúmero de los poetas más eminentes; pero cuando se
trata de calificar sus dotes peculiares y fijar el puesto que
en su elevada esfera le corresponde, entonces las escuelas
disienten, y varían considerablemente los matices de la opi-
nión. Sus contemporáneos le honraron tanto que el pueblo
romano, después de oír en el teatro una de sus obras, fue
hasta tributarle homenajes sólo usados en honra del Em-
perador. En la Edad Media el recuerdo de su nombre rayó
en culto supersticioso. Hasta aquí la admiración merecida
por Virgilio aparece como espontáneo brote del instinto po-
pular. A
los primeros albores del siglo del Renacimiento se
educó aliado de las ciencias la crítica erudita: ella avoca a
su tribunal la causa del ilustre poeta, le pone en balanza
con los autores que le precedieron en su gloriosa carrera, y
dando la razón de las preeminencias que le reconoce, con-
firma con su fallo el aplauso del entusiasmo. Tras estos in-
signes jueces, entre los cuales basta citar a Escalígero, vi-
nieron otros literatos que conformándose desde luego con
la sentencia promulgada, se consagraron a restaurar en el
texto monumental con sagaz adivinación y paciente diligen-
cia los pasajes que mostraban haber sufrido deterioro u al-
teración. Diríamos que con Heine se cerró este período, si
fuese lícito prescindir de los sabios que aún hoy día, espe-
cialmente en Alemania, continúan aunque con menguante
fervor tan laboriosas investigaciones. Hay que confesar que
ellas se oscurecen ante el espíritu dominante de un siglo tan
frivolo en sus doctrinas como atrevido en sus juicios y so-
berbio en sus decisiones. La moderna crítica filosófica pone
a Virgilio por debajo de los talentos originales, y pretende
establecer entre él y otros que eleva a esa clase (no siem-
pre con justicia, pues acostumbra equivocar al primer gol-
pe de vista lo sublime con lo gigantesco) la misma diferen-
cia que supone mediar entre Miguel Ángel y Rafael; la que
va de lo grande a lo bello; del genio que crea, como ahora
se dice, al ingenio que imita, reforma 5' pulimenta.
Para medir la exactitud de estas apreciaciones convie-
ne fijar ante todo por punto de partida las condiciones que
caracterizan al posta de primer orden, al genio, distin-
(1) Estudio preliminar de la traducción de las obras completas
de Virgilio.
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guiéadolas de aquellas dotes que alcanzaa a acreditar las
medianías. Presupuesta la facultad de producir, la fertili-
dad de la mente, condición previa sin la cual en el orden de
la literatura toda otra facultad, por preciosa que sea, es te-
soro escondido, descuellan, a mi ver, con el carácter de se-
ñales culminantes del genio poético, en primer lugar la in-
teligencia de las cosas invisibles, la participación de la con-
ciencia en las ocultas miras providenciales que se mezclan
a las cosas de los hombres; en segundo lugar el conocimien-
to del corazón humano, que unido a una sensibilidad solícita
suple por la experiencia y permite reproducir situaciones
ajenas con oportunidad y animación; y por último, el fino
tacto que nos adiestra a discernir lo bello entre la masa
desigual que a nuestros sentidos ofrece la naturaleza física:
en suma, inspiración^ sentimiento j gusto.
Supuesta la anterior clasificación como base de nues-
tras indagaciones, paréceme que la crítica moderna al de-
gradar a Virgilio a la línea de imitador feliz, u olvida o des-
conoce en él la primera de las facultades enunciadas, que
he apellidado inspiración, con la cual se identifican en cier-
to modo la originalidad y la sublimidad. Un poeta que me-
diante algo como una visión sobrenatural siente y canta
asuntos de que la tradición y sus contemporáneos sólo le
sugieren imperfectos datos, ¿no será un poeta original y su-
blime? Tal aparecería Virgilio ante la crítica moderna si
ella se dignase contemplarle en ese punto de vista.
C9n todo, esta misma crítica al tiempo que niega a
nuestro poeta los títulos de sublime y original, no le disputa
las dotes consiguientes a las dos últimas facultades. «Las so-
bresalientes prendas que distinguen a Virgilio son, — dicen