Resumen Gourevitch
Resumen Gourevitch
En tiempos de prosperidad es fácil olvidar la importancia del poder al establecer una política. Los sistemas sociales
parecen estables, y la economía funciona con regularidad suficiente para que sus reglas den la impresión de actuar sin
un referente social. En cambio, en los tiempos económicos difíciles se desintegra esta tranquilizadora ilusión. Las pautas
se desploman, los modelos económicos entran en conflicto y las prescripciones de política divergen. La elección hecha
entre propuestas conflictivas surge de la política. La interpretación triunfante será aquella cuyos partidarios tengan el
poder suficiente para dar a su opinión la fuerza de ley.
Los decenios de 1970 y de 1980 han sido años difíciles, años en que los problemas económicos pusieron de relieve la
importancia de la política en general para modelar una política económica.
El golpe más severo de una sola fuente a la economía internacional con el aumento de los precios de la OPEP en
1973-1974, y el desplome del régimen monetario creado durante los cuarentas, empezando por la caída del
dólar norteamericano en 1971.
Sobre la economía internacional de finales de los ochentas pende el enorme déficit presupuestario de los
Estados Unidos, que absorbe gigantescas cantidades de capital extranjero, las enormes deudas de ciertos
gobiernos extranjeros, una severa competencia internacional y grandes reducciones en el empleo en
manufacturas: signos exteriores de graves dificultades políticas.
Han venido, asimismo, importantes cambios políticos. Los finales de los setentas y los ochentas han producido algunos
de los más grandes vaivenes de la política de partidos desde los treintas.
Ejemplos:
1981 – Francia: Se otorga la mayoría electoral absoluta a los socialistas en la Asamblea Nacional y se elige al
primer presidente socialista jamás elegido directamente por sufragio universal.
Reino Unido: Derrumbe del sistema bipartidista cuando asume Margaret Thatcher del partido conservador
derrotando dos veces a los laboristas. Los socialdemócratas se apartan y forman un nuevo partido.
1976 – Suecia: Pierden por primera vez los socialdemócratas luego de 40 años de gobierno hasta que, en 1982,
creyéndose que habría un giro a la derecha, vuelven al ruedo.
Alemania Occidental: Desintegración de la coalición gobernante cuando los demócratas libres cambiaron de
alianza.
Estados Unidos: Ronald Reagan encabezó a los republicanos con abrumadoras victorias en el nivel presidencial y
grandes avances en la identificación de los votantes en todos los niveles.
En Portugal, España y Grecia cayeron las dictaduras, y en los dos últimos países subieron al poder gobiernos
socialistas.
Estos cambios políticos han ido acompañados por grandes modificaciones en el debate sobre política económica. Al
entrar en dificultades la economía, también creció la discordia acerca de las causas y los remedios, y el debate político se
generalizó. Los desafíos al compromiso histórico -entre ellos la nacionalización de la industria, la democracia industrial,
el proteccionismo y la política industrial- han vuelto en años recientes a la agenda política, y algunos se han puesto en
práctica.
La crisis económica conduce al debate político y a la controversia política; y del conflicto surgen las medidas políticas.
Estas medidas, sean innovadoras o tradicionales, requieren ele política: es decir, las respuestas a la crisis económica
exigen un apoyo político. Por consiguiente, para comprender las elecciones de política hemos de comprender la política
que las produce.
El autor aspira a lograr un entendimiento ele la política de la elección ele medidas políticas por medio de una "sociología
política de la economía política": es decir, contemplando la política de apoyo a bs diferentes políticas económicas en
respuesta a grandes cambios ele la economía internacional. Cuando las economías nacionales son interdependientes, las
crisis son internacionales. Y al examinar lo que hacen los países, al ver como vanan sus respuestas, algo podemos
aprender acerca de los países mismos y de los factores que los llevan a elegir medidas políticas en particular.
Cada crisis combina tres propiedades: un importante giro hacia abajo en un regular ciclo de inversión/negocios, un
cambio importante de la distribución geográfica de la producción, y un desarrollo significativo ele nuevos productos y de
nuevos procesos de producción. Estas tres propiedades actúan en un nivel internacional que involucra profundamente
las economías domésticas y por ello relaciona los conflictos por la política nacional dentro de cada país con las
tendencias internacionales.
El autor analiza la respuesta a las tres crisis internacionales en las decisiones tomadas por cinco países: Francia,
Alemania, Suecia, los Estados Unidos y el Reino Unido. Al menos durante un siglo, los cinco países han tenido economías
complejas, en parte modernas, en parte atrasadas; en parte industriales, en parte agrarias; en parte orientadas a una
agresiva competencia en el escenario mundial, en parte dedicadas a proteger sus mercados internos. Los cinco a veces
han convergido, a veces han divergido en sus decisiones políticas; los cinco han sido capitalistas durante el periodo que
le interesa. Y, con la notable excepción de los años del nazismo, los cinco han tenido una política determinada, al menos
parcialmente, por sus procedimientos constitucionales.
Por tanto, cuando los políticos toman decisiones, éstas se hallan limitadas por la necesidad de obtener o de conservar un
apoyo. Los políticos han de lograr un consenso entre quienes ocupan altos cargos, los servidores civiles, los jefes de los
grupos de interés y de los partidos, y los actores de la economía en la sociedad.
En muchas descripciones de estos periodos de crisis se hace referencia a las coaliciones que se formaron en conjunción
con "paquetes" de política. Estas coaliciones dieron el apoyo necesario para que ciertas medidas políticas fuesen
adoptadas y puestas en vigor. Varios factores interactúan para producir dichas coaliciones y para causar su desplome. En
una crisis económica, los actores sociales, afectados por su situación, evalúan diversas políticas en relación con los
probables beneficios o costos. Por consiguiente, una importante tradición analítica de la economía política examina el
apoyo a esas medidas, analizando la posición de los actores sociales en la economía misma.
Las condiciones de la economía rara vez operan directamente sobre las disputas políticas. Otros factores se interponen.
Estos factores incluyen, en primer lugar, los mecanismos de representación: los partidos políticos y las asociaciones de
grupos de intereses que tratan de intervenir en la vinculación de los actores económicos con el Estado. En segundo
lugar, la política se ve afectada por la organización del Estado mismo: el sistema de reglas (Leyes electorales, equilibrio
entre la legislatura y el ejecutivo, los poderes legales, etc.) y las instituciones que forman la burocracia. En tercer lugar,
los actores económicos son influidos por la ideología, que ofrece modelos de la economía y de los motivos económicos
de otros actores. Por último, la política de coalición es influida por la posición de un país en el sistema estatal
internacional de rivalidades político-militares.
Cada uno de estos factores influye sobre la interacción de los actores en sociedad.
EL ARGUMENTO EN POCAS PALABRAS
Cada crisis implica una secuencia de acontecimientos que puede resumirse. En los años de prosperidad anteriores a las
crisis se desarrolló un enfoque político y una coalición de apoyo. Vino entonces la crisis, poniendo en entredicho a la vez
la política y la coalición. La crisis escindió el sistema de relaciones, haciendo menos estables la política y las medidas
políticas. Por último, se llegó a una resolución cerrando el sistema por un tiempo, hasta la siguiente crisis.
La crisis de 1873-1896
Al empezar la primera crisis, el libre comercio había estado avanzando entre los países industrializados de Europa. Estos
países habían aceptado el concepto de la ventaja comparativa, que prometía una mayor riqueza agregada si los países se
especializaban de acuerdo con las condiciones del mercado mundial. Sin embargo, en 1873 se desplomaron los precios,
y seguirían reduciéndose durante años. Muchos productores, apremiados por condiciones nuevas, empezaron a exigir
aranceles y otras formas de ayuda. De nuestros cinco países sólo el Reino Unido continuó con su orientación
librecambista. En los demás países prevaleció el proteccionismo, y con él el reacomodo o el refuerzo de alianzas
particulares entre los actores sociales. En Alemania, Francia y Suecia la industria y la agricultura fueron protegidas. Los
aranceles a la agricultura no habrían tenido sentido en los Estados Unidos, cuya producción agrícola estaba invadiendo
Europa, por lo que en los Estados Unidos sólo la industria recibió protección.
La explicación más sencilla de estos hechos se encuentra en el modo en que el nuevo medio económico afectó a los
grandes grupos de la industria, la agricultura y la mano de obra en cada país.
La influencia de los actores sociales en este periodo parece haber sido relativamente obvia y escueta. Para triunfar en
los debates políticos, los actores sociales ciertamente tenían que operar por medio de pa1tidos, el Estado y la ideología,
y sin duda debían tomar en consideración la situación militar internacional. Pero en aquel periodo, éstos parecen haber
sido instrumentos utilizados como mejor convino a los actores sociales. Cualquiera que fuese el sistema en que
operaran, los grupos de productores parecen haber logrado imponerse.
De estas diversas batallas políticas surgieron ciertas pautas de interrelaciones entre los actores sociales. Por
consiguiente, en esta primera crisis, la economía internacional desempeñó un papel considerable, dando forma a la
política doméstica Lo hizo trabajando por medio de actores internos, moldeando sus preferencias políticas y sus
propensiones a entrar en conflicto y alinearse con otros grupos. Elementos del sistema político nacional fueron los
instrumentos a través de los cuales dejaron sentir su presencia los grupos de presión.
La crisis que empezó con la Gran Quiebra de 1929 produjo un enorme ataque, aún mayor que el de sus predecesoras,
contra las opiniones de la economía clásica que dominaban la política, y condujo a la formación de nuevas fórmulas
políticas que apoyaran los cambios. Se desplomaron relaciones ya viejas entre las fuerzas sociales. Habiendo quedado a
la deriva, los actores de la economía flotaban en un mar de confusos incentivos, oportunidades y peligros. Se hicieron
experimentos de política y de medidas políticas, y algunas combinaciones, en particular la de la Alemania nazi,
condujeron al desastre. Otras produjeron una fórmula que fue generalmente adoptada por Europa y América del Nmte,
aunque sólo después de los cataclismos del totalitarismo, la guerra y la ocupación.
Cuando la Depresión económica cundió después de 1929, la respuesta universal fue la prescripción clásica y ortodoxa de
la deflación: rebajar todos los costos para favorecer las ventas y la inversión, lo que significó reducir salarios, impuestos
y gastos. Pero la deflación no dio el resultado deseado.
La posición clásica sostenía que la deflación produce el mejor resultado a largo plazo. Sin embargo, varió la disposición a
sostener el largo plazo. Por doquier la agricultura se desesperó pronto, buscando algún tipo de ayuda del Estado; lo
mismo hizo la fuerza de trabajo, sindicalizada o no. Bastante pronto, los hombres de negocios se dividieron en sus
actitudes: algunos se apegaron a la ortodoxia, otros se agitaron frenéticamente exigiendo una acción del Estado.
Mientras el desplome de la economía internacional alteraba las relaciones antiguas entre los actores de la economía, se
hacían posibles combinaciones nuevas. El descontento de las masas creó nuevas oportunidades para algunas élites, y
puso nuevos frenos a otras. Algunos capitalistas desearon abandonar las prescripciones deflacionarias de la escuela
clásica, pero tropezaron con una decidida resistencia de los ortodoxos. Pudieron superar esta resistencia gracias al
apoyo de la fuerza de trabajo y el descontento de los agricultores. Al unir los diversos instrumentos del poder de las
masas (comicios, lugar de trabajo, la calle) con los varios instrumentos de las empresas (capital, propiedad, legitimiclacl)
se formaron coaliciones, con un considerable potencial para la acción.
En esta crisis, como en la primera, las preferencias políticas y las tendencias de coalición de los actores de la economía
fueron poderosamente afectadas por su situación en la economía internacional.
En formas decisivas, las medidas políticas y su contexto político giraron en torno a las adaptaciones que los actores de la
sociedad elaboraron o no elaboraron. La respuesta a la fuerza de trabajo organizada parece haber sido decisiva. En los
lugares en que los partidos aliados a los trabajadores y los sindicatos fueron llamados a formar coaliciones pudo hacerse
una innovación de la política económica, en un contexto constitucionalista. Donde los trabajadores organizados fueron
reprimidos pero se pudo recurrir a otra fuente de apoyo de las masas, ocurrieron innovaciones de políticas pero bajo
dictaduras fascistas.
La depresión de los treintas contribuyó a la segunda Guerra Mundial al formar las coaliciones que, al hacerle frente,
tomaron el poder. Luego, la guerra replanteó cuestiones de economía política al desbaratar los acuerdos políticos de los
treintas. En los años de posguerra se reanudó el debate político, intensificado por las consecuencias titánicas de la
guerra misma. Esta vez los países de la Europa occidental y de América del Norte convergieron en sus enfoques a la
política y la economía formando, de hecho, el compromiso de poner fin a las batallas de los treintas. Lograron
acomodos, de facto o de jure, entre los actores de la sociedad.
Los trabajadores aceptaron la administración capitalista de una economía basada en los incentivos del mercado (aun
para las industrias nacionalizadas) a cambio de un sistema de beneficencia, altos sueldos, una política macroeconómica
orientada hacia el empleo y protección constitucional de los derechos de organización. La agricultura conservó el
sistema extensivo de estabilización de mercados a cambio de su apoyo a vastos programas en favor de los trabajadores
y las empresas. Éstas aceptaron modificaciones de política a cambio de que se mantuvieran muchos de los mecanismos
reguladores que estabilizaban los mercados y el control a la inversión y administración. Bajo la guía norteamericana se
llegó a este acuerdo en el marco de una economía mundial abierta.
Aunque las mezclas de política varían considerablemente, el carácter del activismo de Estado en la administración
económica desde 1945 diverge marcadamente de las pautas de política clásica y de la proteccionista que predominaran
en los decenios anteriores. El sistema producido por este compromiso sostuvo un prodigioso desarrollo económico y sus
triunfos fortalecieron el acomodo ... hasta que las cosas empezaron a estropearse.
El resurgimiento de las economías de Europa occidental y de Japón, la difusión de la capacidad industrial en los países en
desarrollo y el surgimiento de nuevos productos y nuevos procesos allanaron el camino a una difundida crisis de
competencia internacional que puede remitirse a comienzos de los setentas. Esta crisis ha destruido el acuerdo forjado
después de la segunda Guerra Mundial. Trabajadores, agricultores y empresas han tenido crecientes dificultades para
hacer frente a las condiciones de su acomodo. Son atacadas las intervenciones promovidas por los sindicatos y por las
industrias orientadas hacia la estabilización. Los países siguen variando marcadamente en su política, pero las
consideraciones de mercado ejercen presión sobre ellos para que se adapten en formas contrarias a las pautas formadas
durante varios decenios.
En la crisis actual, los trabajadores han perdido su alianza histórica con las empresas y la agricultura. Las empresas
colaboraron con los trabajadores en la reconstrucción de posguerra para promover mecanismos de estabilización y una
economía abierta internacional, contra la oposición de proteccionistas y nacionalistas. Hoy todos los grupos ele negocios
han aceptado la interpretación de que sus problemas internacionales son causados, en gran parte, por los costos ele la
mano de obra, la conducta ele los trabajadores y los instrumentos reguladores que los sindicatos han apoyado. La
principal manera ele organizar y ele racionalizar las economías nacionales, arguyen los grupos empresariales, es
aumentar la lucratividad; por tanto, piden menores impuestos, menores cargas sociales, menos regulación. De este
modo, la internacionalización ele la producción ha reducido el nexo entre los productores domésticos y la mano ele obra
interna, mientras al mismo tiempo ha separado la industria internacional ele los sindicatos.
De manera similar, tampoco para los intereses agrícolas es necesario ya el apoyo sindical. En cambio, las empresas
están hoy dispuestas a competir con los sindicatos para conseguir el apoyo agrario, con tocia clase de subsidios. Si la
agricultura establece una alianza con las empresas, podrá obtener estos subsidios sin tener que pagar con trabajo. Sin
los granjeros, los sindicatos tienen que luchar contra los principios nucleares ele la economía capitalista desde su
terreno mas débil: las reclamaciones de los asalariados.
Sin estos aliados, los sindicatos se han puesto a la defensiva. Su enfoque político trata ele defender las posiciones
conquistadas en salarios, servicios sociales y empleos. Pero los sindicatos tienen dificultades para formular una visión ele
cuál será la mejor manera ele modernizar una economía nacional ante nuevas condiciones económicas internacionales
en que pueda encontrar un mayor apoyo mientras conserva su propia solidaridad interna.
Estos cambios en las relaciones políticas actúan para constreñir los gobiernos y para limitar la experimentación política.
La política ha fluctuado entre el resurgimiento neoclásico, por una parte, y la regulación de mercados y la beneficencia
social, por la otra. Entre estos dos extremos existe una gama considerable en la respuesta ele los distintos países.
Estas diferencias pueden comprenderse, parcialmente, por las distintas relaciones que hay entre los actores sociales en
país tras país. Según muchas medidas, el movimiento laboral sueco es mucho más poderoso que su equivalente
norteamericano. Los grupos financieros, comerciales y manufactureros de los Estados Unidos, con la economía más
grande del mundo y la mayor reserva monetaria, tienen recursos e incentivos que difieren de los de casi todos sus
equivalentes europeos.
Pero no podremos comprender las diferentes afinidades entre los actores sociales si no examinamos las relaciones que
representan éstos, las estructuras estatales y la ideología.
También las estrategias de los actores sociales son forjadas por los marcos institucionales creados a partir de la segunda
crisis. Los cinco países difieren considerablemente en los poderes y mecanismos de intervención de que dispone el
Estado.
En las tres crisis, las rivalidades militares entre Estados desempeñaron un papel en los debates ele política económica.
En cada caso, considerables aumentos del gasto militar acompañaron ciertos enfoques de política.
De este modo, el sistema internacional contribuye a los debates internos de medidas políticas y de política en general.
Sin embargo, rara vez ha logrado explicar, por sí mismo, la victoria de una perspectiva o de otra.
II. LAS OPCIONES DE POLÍTICA
En cada crisis, los países "eligen" una política, o una secuencia de medidas políticas. Para comparar lo que hacen los
países, para descubrir semejanzas o diferencias en su conducta, necesitaremos dos tipos de marcos. Una tipología de las
opciones políticas y un conjunto de explicaciones para interpretar la elección entre estas opciones.
Al contemplar los diversos países necesitamos concebir las opciones políticas ele una manera general, como conjunto de
posibilidades entre las cuales puede escoger cualquier país.
Hay dos modos de formar una tipología de las alternativas políticas que satisfaga las necesidades de la comparación: la
deducción y la inducción. El enfoque deductivo ha derivado de la teoría económica un conjunto muy precisamente
formulado de opciones. Éste es el método ideal: la teoría hace posible la precisión al determinar las categorías y sus
límites. Por desdicha, el enfoque deductivo genera demasiadas posibilidades. La política económica tiene muchas
dimensiones (la fiscal, la monetaria, la comercial, la industrial y la laboral sólo son las más obvias), y dentro ele cada una
puede adoptarse cierto número ele posiciones. Estos elementos pueden combinarse de tantos modos que resulte
imposible hacer alguna comparación que tenga sentido.
Así pues, para nuestros propósitos actuales no debemos definir los "paquetes" políticos por deducción (la combinación
lógica de las opciones políticas). Debemos también complementar la deducción con la inducción, examinando los
actuales debates para descubrir el número limitado ele combinaciones que enfoca la actividad. Descubriremos que unir
opciones en paquetes políticos es algo que se deriva de las circunstancias de la política. Por los antecedentes históricos
podemos identificar los paquetes políticos de una clase general que parecen formar el foco del debate político e
intelectual. Los países habitualmente han discutido en torno de un conjunto específico de respuestas políticas a los
cambios más marcados de la economía internacional.
Podemos identificar cinco grandes áreas en materia de política: liberalismo o neoclasicismo, socialización de la
propiedad y planeamiento, proteccionismo, estímulo a la demanda y mercantilismo. Cada una constituye un enfoque
general a los problemas de la economía política, haciendo frente a una gama bastante vasta de cuestiones en un
conjunto diverso de circunstancias. En algunos enfoques la fórmula para los tiempos difíciles sigue la misma lógica que la
ele los buenos tiempos. Para otros, las dos circunstancias son totalmente distintas.
El liberalismo clásico sostiene que un mercado libre y sin trabas -la toma de decisiones descentralizada en respuesta al
incentivo de la ganancia privada- rinde la mayor producción, y por tanto, la mayor riqueza total. Dado que la mayor
eficiencia procede ele cálculos privados, la tare>a del gobierno consiste en dejar en paz al mercado. Éste ofrece, cuando
mucho, algunos servicios que le son necesarios para funcionar debidamente pero que nadie tiene un interés privado en
ofrecer. La defensa, la seguridad, la educación, la infraestructura y en realidad toda una extensa gama ele servicios del
gobierno pueden considerarse, verosímilmente, necesarios para el mercado, pero en general quienes hablan el idioma
ele Adam Smith tratan, en cambio, ele reducir el papel de la acción del Gobierno.
En tiempos buenos o malos, la solución neoclásica a las dificultades internacionales consiste en dejar que el mercado
reasigne recursos y en permitirle hacerlo con toda desenvoltura. Aunque el mercado destruye, también crea. Las
revoluciones ele la tecnología que bajan los precios, suprimen líneas de producción, reorganizan la estructura y la
ubicación de la producción: éstas son contribuciones positivas a la creación ele riqueza. Son modificaciones que
contribuyen a una mayor productividad, lo que significa mayor producción por unidad ele insumo y, por tanto, más para
cada uno. El declinar ele un empleo ele los recursos ocurre porque surge otro. Una contracción del empleo aquí conduce
a un aumento del empleo en otra parte.
Todo intento por alterar este esfuerzo limita la capacidad de desarrollo ele la riqueza, definida como producción
agregada ele bienes y servicios.
El brote y la difusión ele un producto sigue una pauta modelada como ciclo del producto. Un producto se desarrolla en
un lugar particular tiene los complejos mercados y habilidades necesarias para sostenerlo. Dominando la tecnología, los
fabricantes se adueñan del mercado de su patria y luego empiezan a exportar. Después, los fabricantes originales
empiezan a ubicar su producción en otros países, haciendo sustitutos locales de las importaciones de sus propias plantas
originales; otras compañías en otros países también se dedican a su fabricación. Cuando la tecnología queda
estandarizada, requiriendo menor especialización, se vuelve más fácil de copiar y de difundir. La producción cunde por
doquier, y el país originario deja de ser el productor más barato. Las mejoras técnicas pueden adueñarse del producto o
bien el país originario se retira de la fabricación dejando el producto a los países en desarrollo y dedicando sus recursos
a nuevos artículos.
Tal es el concepto de ventaja comparativa: todo el mundo se beneficia de la especialización. Este concepto fue
desarrollado por los ingleses durante la primera parte del siglo XIX, cuando el Reino Unido constituía la economía
industrial predominante en el mundo. Se le ha llegado a usar como norma teórica para todos los países: sean
desarrollados o en desarrollo (y en todas las diferentes clases de cada uno), agrarios o industriales, industriales de
primera generación, ele tercera, cuarta o enésima generación, graneles y pequeños.
También es una norma empleada para todas las situaciones, de tiempos buenos y ele tiempos malos. Debe recordarse
que el problema por resolver consiste en cómo absorber factores de producción que han siclo dislocados por Ja
competencia. En los tiempos ele prosperidad, el mensaje es claro: en una economía en crecimiento la producción en
expansión de bienes y se1vicios ofrecida por productores eficientes y competitivos absorberá los recursos ociosos.
Trabajadores y capitalistas podrán encontrar nuevo empleo porque la expansión crea una demanda de sus recursos. En
estas condiciones, no hay que temer ni oponerse al desempleo causado por la competencia extranjera, sino que hay que
aplaudirlo y aceptarlo como parte ele la intensificación de la división internacional del trabajo que, como toda
especialización, aumenta la riqueza.
¿Qué hacer, según este modelo de economía política, en los tiempos difíciles? La respuesta clásica es dejar que el
mercado haga lo suyo, dejar que la competencia imponga un reajuste, aun al costo de desempleo y quiebra de
empresas. Los malos tiempos son parte del proceso que producen los buenos tiempos.
Para los clasicistas, el desempleo causado por los cambios de la división internacional del trabajo no es distinto del
cambio del ciclo de negocios: si otro país o región logra producir bienes más baratos, puede hacerlo porque sus factores
ele precios son más, bajos, lo que significa que los precios del primer país se han vuelto demasiado altos. Los asalariados
y los propietarios de capital en el primer país están esperando demasiado: si quieren recuperar mercado, habrán ele
bajar sus precios.
De este modo, la escuela clásica tiene una prescripción ele política para una depresión: la d<>jlación, que ayuda al
mercado a mantener bajo el factor precios. En los periodos de desempleo, el gobierno debe reducir el gasto y los
impuestos. Debe equilibrar el presupuesto, al nivel más b:1jo posible, para reducir los costos ele las empresas, [Link]
cuando la empresa tiene menos impuestos que pagar puede permitirse que bajen los precios. Van a parar recursos a
manos privadas y entonces los actores privados pueden responder a los incentivos ele más bajo factor de costos. La
presión del desempleo obligará a los salarios a responder a las fuerzas del mercado, y los salarios se reducirán. Los
precios caen hasta el punto en que la demanda, tanto por inversionistas como por consumidores, es reanimada, y la
economía sale así de la espiral descendente.
El gobierno debe intervenir para sostener una paridad fija con el oro o con otras monedas, garantizando esa
predecibilidad de los valores que es necesaria para sostener el comercio internacional. Con esta única excepción, la
intromisión en las fuerzas del mercado, como una política industrial o socialización, queda excluida.
Esta actitud política es procíclica. Exige que el gobierno proceda junto con el ciclo de los negocios y no contra él, y que
sean favorecidos los efectos disciplinarios de la baja de la demanda, en lugar de oponerse a ellos. No tolera ningún
esfuerzo gubernamental por ofrecer compensación o facilitar los extremos de la caída.
La interacción de muchas acciones privadas y de interés egoísta produce, de esta manera, un beneficio colectivo mayor
que cualquiera que rindieran los esfuerzos por intervenir en el mercado. Permitir que el mercado se regule a sí mismo,
evitar toda política pública que produzca resultados distintos: tal es la esencia de la opción clásica.
La alternativa socialista clásica a la posición liberal clásica propone remplazar el control privado de la inversión por un
control público, y asimismo remplazar el mercado por la planificación. Los socialistas rechazan el liberalismo clásico por
dos razones: su costo en valores no económicos y sus resultados económicos subóptimos. El capitalismo es costoso en
términos sociales, arguyen los socialistas, porque sólo recompensa lo que es lucrativo para el inversionista. Otros
valores, incluyendo la estabilidad comunal, la familia, la solidaridad del trabajo y las relaciones sociales, los objetivos
estéticos -conjunto de valores que podemos resumir llamándolos "orgánicos"- quedan de lado. El capitalismo
transforma el trabajo humano en mercancía. Trata a cada individuo como un objeto cuya situación social depende por
completo de lo que pueda vender en el mercado laboral. Los individuos han de aceptar los salarios que el mercado
ofrezca por sus habilidades, por muy débil que sea la demanda y por muy baja que sea la suma.
La segunda línea de la crítica socialista del capitalismo vuelve contra el liberalismo clásico su propia primera norma, la de
la eficiencia. El mercado, arguyen los socialistas, es despilfarrador. La suma de las decisiones particulares, privadas, es
una gama de irracionalidades colectivas: un exceso de inversión que corre tras el espejismo del gran "golpe" económico,
manipulación financiera, propaganda. La lógica de las recompensas ilimitadas a los inversionistas produce despilfarro en
artículos suntuarios, en contaminación, en desperdicio de los recursos naturales. La privatización de las ganancias es
inseparable de la socialización de los costos; así los contribuyentes pagan por recibir educación, caminos e investigación,
mientras los inversionistas obtienen las ganancias de los inventos producidos y comercializados por sus compañías. Es
difícil lograr aquellas cosas (servicios de salubridad y de educación, por ejemplo) que todos los actores exigen al sistema,
pero que no son lucrativas para ninguno de ellos.
La solución socialista a los males del despilfarro y del daño causado a los valores orgánicos es la nacionalización con
planificación. La nacionalización da el poder al Estado; el plan le dice qué debe hacer. Si el Estado intenta planificar sin
nacionalización, deja que los inversionistas privados sean libres de tomar otras decisiones. En la práctica, esto puede
obligar a las industrias socializadas a actuar en las condiciones del mercado, y las compañías de propiedad privada
pueden tener que operar en un medio sumamente planificado.
Hoy, para muchos socialistas, ya no bastan la nacionalización ni el plan; ni en realidad son, necesariamente, las primeras
preocupaciones. Estos reformadores socialistas-demócratas piden la democratización, tanto en economía como en
política. En la economía apoyan la democracia industrial, la participación activa de los obreros en la administración de la
fábrica y ele la empresa, combinada con la descentralización de la toma de decisiones. En política, estos reformadores
creen en las formas políticas constitucionalistas.
Lo que une a los partidarios de la opción socialista es la crítica al libre mercado sin limitaciones. En comparación con
otros partidarios de la intervención gubernamental, los socialistas piden un mayor grado de propiedad pública
(especialmente de las "alturas supremas" de la economía) y de planificación centralizada. Aunque el mercado
desempeña funciones importantes, debe operar -creen los socialistas- dentro de pautas redefinidas de poder y de
incentivos.
Liberalismo clásico vs. socialización y planeamiento
Cada ortodoxia rechaza a la otra, y cada análisis económico exige sacrificios de la otra. A este respecto, ambos análisis
son de cero-suma. En épocas de crisis, la ortodoxia burguesa de la deflación insiste en que los altos salarios y las
prestaciones de beneficencia de la clase trabajadora amenazan las ganancias. Los propietarios de capital no tienen
ningún incentivo para inve1tir o aun para producir, porque los salarios y los impuestos devoran las ganancias impidiendo
que la producción nacional compita con los artículos extranjeros. Por consiguiente, hay que reducir salarios e impuestos.
A la inversa, la ortodoxia socialista pide la eliminación de los propietarios de capital. Si los capitalistas no están
dispuestos a aumentar el empleo, a mantener su inversión en el país o a entregar productos de utilidad social, deben ser
remplazados por tomadores de decisiones que sí estén dispuestos a hacerlo.
cada posición tiene sus repercusiones políticas. En casos extremos, para alcanzar el objetivo económico deseado acaso
sea necesario destruir el sistema constitucional. Los deflacionistas pueden verse en la tentación de probar un gobierno
autoritario como medio de destruir la capacidad de los trabajadores para resistir los cortes de salarios por medio de
huelgas y su capacidad de resistir las reducciones de prestaciones de beneficencia por medio de los votos. A la inversa,
los socializadores pueden buscar un gobierno autoritario como medio de quebrantar el dominio de la economía por el
capital privado (en particular, su capacidad de declararse en "huelga de capitales") y de contrarrestar las tácticas
políticas del capital contra las organizaciones sindicales.
En suma, las ideologías económicas tienen un considerable significado político. Trazan el mapa de los objetivos y
requerimientos políticos, de los amigos y enemigos políticos, de las alianzas y coaliciones politicas.
Las dos ortodoxias económicas de la economía política que surgieron en el siglo XIX polarizaron las relaciones
intelectuales,. políticas y sociales. Los partidarios de ambas arguyeron que su opinión no era específica de un grupo, que
la sociedad en conjunto estaría mejor si su opinión prevaleciera. Pero unos y otros percibieron la economía en términos
de clase: los socialistas explícitamente, los teóricos burgueses de jacto. Capitalistas y obreros formaban el grupo básico
de la economía, e invertir y vender la fuerza de trabajo eran las funciones clave de la economía. Para cada grupo no fue
fácil en el siglo XIX, ni lo es en el XX, obtener el apoyo de las masas de una democracia en torno ele una versión pura de
su enfoque.
El proteccionismo era una idea más antigua, que había precedido al liberalismo desarrollado por Adam Smith y los
utilitarios. Había sido, por doquier, la política aplicada hasta mediados del siglo XIX, cuando la Gran Bretaña y luego
otros países adoptaron el libre comercio. Cuando la economía internacional entró en dificultades en el último tercio del
siglo, casi todos abandonaron el libre comercio; de los países grandes, sólo la Gran Bretaña se adhirió a los principios
librecambistas, junto con un puñado de productores más pequeños, como Dinamarca. Casi todas las naciones
experimentaron un resurgimiento del nacionalismo económico que hizo levantar altas barreras arancelarias nacionales.
Tan prevaleciente fue el proteccionismo, tan dispuestos estuvieron los fieles partidarios del capitalismo a adoptarlo, que
bien podemos llamarlo la neoortodoxia: la desviación ortodoxa de la ortodoxia librecambista que es permisible en
épocas de gran tensión.
La manera más obvia en que opera el proteccionismo es por medio de aranceles, aunque en el siglo XX muchos países
han demostrado su ingenio inventando, asimismo, formas no arancelarias. de protección. Los aranceles elevan el precio
de los artículos extranjeros en relación con los domésticos. El arancel salva de la bancarrota a los fabricantes nacionales,
aquellos que tienen altos costos de producción en relación con la competencia internacional. A otros, aun cuando sean
fabricantes eficientes y competitivos en el terreno internacional, el arancel les da la estabilidad de un mercado
doméstico más grande y seguro, contra el cual puede planearse Ja amortización de una inversión extremamente
costosa.
Los aranceles y las cuotas elevan el precio de los artículos extranjeros; lo mismo hace la devaluación de la moneda, que
habitualmente no es analizada como forma de protección.
Los proteccionistas no necesariamente deben ser partidarios de Ja devaluación o de los tipos de cambio fijos. No
obstante, la devaluación constituye un rompimiento con la doctrina ortodoxa del mercado, un tipo de intervención que
surge junto con la protección arancelaria, y por esta razón la he colocado dentro de esta tipología de opciones políticas.
Tanto los aranceles como la devaluación son escudos contra los precios inestables y la competencia extranjera.
Como cualquier política económica, el proteccionismo se justifica, parcialmente, por argumentos intelectuales en tocia
forma, parcialmente por la ventaja particularista.
Una característica importante del proteccionismo es que mantiene a distancia la participación del Estado en la
economía: aunque la pureza del mercado ha cedido ante la intervención gubernamental, esta intervención aún actúa
directamente a través del mercado. La acción del gobierno modifica la estructura ele los incentivos por medio ele la
acción sobre los precios, pero el Estado no intenta modificar el modo en que los actores ele la economía responden a los
incentivos. Y aunque el mercado sea afectado por aranceles y devaluación, el gobierno mismo se adhiere a las normas
tradicionales ele la administración interna: un presupuesto equilibrado, un Estado limitado y unos poderes restringidos.
De las diversas opciones disponibles, el proteccionismo es la más legítima, la más ortodoxa en relación con el ideal
capitalista.
El segundo elemento político interesante del proteccionismo es que evita un juego político ele cero-suma con respecto a
las divisiones ele la clase ele sociedad. En términos económicos enfrenta a los productores de orientación interna con los
de orientación internacional, y ésta no es, en absoluto, una separación que enfrente a capitalistas y obreros. Antes bien,
une a los dos grupos en conflicto contra otra coalición que supera los límites ele clase. Más aún, como argumento con
una base no económica, el proteccionismo también puede apelar a ideales y emociones corno el nacionalismo y la
defensa ·nacional, que pasan a través ele las barreras ele clase y ele otros límites de carácter económico.
El cuarto "paquete" de política, el estímulo a la demanda es el más reciente en su elaboración teórica, pues surgió
durante los treintas. Tras la segunda Guerra Mundial, el estímulo a la demanda llegó a ser tan prevaleciente que
remplazó a las doctrinas clásicas del mercado como ortodoxia imperante de la economía política entre quienes tomaban
las decisiones políticas, aunque tal vez no entre los administradores y propietarios en el sector privado. Este predominio
político hizo que el estímulo a la demanda fuese vulnerable a los diversos choques económicos de los setentas y los
ochentas.
El estímulo a la demanda consiste en un gasto deficitario del gobierno para ciar oxígeno a una economía estancada.
La respuesta adecuada a un estancamiento severo consistía en reestimular la economía -por medio de déficit
gubernamentales. Gastar más ele lo que se recibía haría entrar dinero a la economía, aumentando la demanda de
bienes. Mediante un efecto multiplicador, este gasto llegaría a penetrar en la economía, elevando el nivel general ele la
demanda y desencadenando así una espiral ascendente y benéfica ele demanda, produciendo ventas, produciendo
ganancias y ofreciendo así nuevos incentivos a la inversión. Si esto aumentaba la deuda gubernamental no importaba.
Como otros "paquetes" políticos, el estímulo a la demanda aparece en muchas versiones. El gasto puede ir en
direcciones totalmente distintas, sea en la militar o en bienes de consumo, en compras gubernamentales o en pago de
prestaciones. Y los déficits presupuestarios pueden, a su vez, ser más o menos intencionales, más o menos
administrados.
El estímulo a la demanda tiene el don de poder atravesar las fronteras ele clase. Define un juego colectivo entre el
capital y el trabajo. Como todas las opciones excepto el mercantilismo, retrocede ante las cuestiones microeconómicas.
No pide intervención y ni siquiera consideración ele la organización interna de empresas, mercados o industrias. En el
fondo, el estímulo a la demanda es un instrumento de política en general que enfoca su atención en los niveles ele
demanda agregada.
Opción V: el mercantilismo
El término "mercantilismo", tal y como lo empleo aquí, significa acción del Estado en ayuda ele industrias específicas o
aun ele empresas específicas. Tal acción puede adoptar varias formas: subsidios para empresas individuales, regulación
legal de mercados (por medio de cuotas de producción, precios fijos, normas de fabricación, apoyo a precios o juntas de
mercado), reorganización de compañías o industrias, agencias reguladoras para compañías o industrias, asignación de
créditos, disposiciones de mercadeo en el extranjero y compras del gobierno. En contraste con otras opciones políticas,
el mercantilismo puede intervenir en el nivel microeconómico, en el nivel de la empresa específica. Las otras medidas
políticas actúan al nivel del mercado; la política mercantilista, por contraste, se centra en problemas de organización y
de estructura industrial.
El concepto de política mercantilista no tiene que limitarse a la industria. Durante los treintas, casi todos los países
adoptaron, para la agricultura, medidas como apoyo a los precios, cuotas de producción, juntas de mercado, planes de
almacenamiento, y programas de educación, preparación e investigación.
La razón de ser de la política mercantilista es que el mercado, por sí mismo, no es adecuado para la tarea económica de
que se trata. Las razones de esta inadecuación varían. Incluyen una tecnología sumamente compleja, costosa y tal vez
inestable, que causa demasiada incertidumbre con respecto a las ganancias para apoyar la inversión; una necesidad de
rapidez, como en la producción para la defensa; inadecuaciones estructurales en que la meta del lucro individual
produce resultados insuficientes para la colectividad; e inadecuaciones individuales o culturales, en que quienes toman
las decisiones en privado carecen de la capacidad o de la visión intelectual necesarias para tomar decisiones eficaces.
Un tema recurrente cuando se quiere justificar el mercantilismo son los problemas específicos del capitalismo en
diferentes situaciones nacionales. En general, dice el argumento, cuanto más tarde ocurra la industrialización en relación
con otros y más atrasada esté la sociedad cuando empieza la industrialización, más inadecuadas serán las fuerzas
privadas o la sociedad en conjunto para lograr la modernización, y mayor será la necesidad de que el Estado desempeñe
un papel activo.
En el mercantilismo como en las otras opciones, la forma tanto como la sustancia afecta la política de las disputas
políticas. Las opciones políticas estimulan la controversia sobre su contenido inmediato, es decir, sobre quién resulta
ayudado o perjudicado. También estimulan la controversia por los efectos de los mecanismos de aplicación sobre b
distribución del poder en la sociedad, es decir, sobre cómo se les debe aplicar.
Estos "paquetes" difieren en sus prescripciones de política para hacer frente a las grandes tensiones de la economía
internacional, y ofrecen diversas respuestas a un conjunto común de respuestas.
Durante cualquiera de los tres periodos de crisis los países fueron, desde un punto de vista analítico, libres de adoptar
cualquiera de estas opciones. Sin embargo, como veremos, los países así como los tomadores de decisiones individuales
rara vez pensaron en las cinco posibilidades en cada momento de decisión.
La explicación por medio del perfil de la producción subraya las preferencias de los actores sociales, cómo son
determinadas por su situación en la economía internacional y la economía nacional. La explicación por medio de
asociaciones intermedias subraya el papel de las organizaciones como los partidos políticos y los grupos de intereses al
relacionar las preferencias sociales con las instituciones del Estado. La explicación por la estructura estatal subraya el
papel ele las instituciones formales, las burocracias,. y las reglas al mediar entre intereses, y de hecho, al definir tanto los
intereses como las asociaciones intermedias. La explicación mediante la ideología económica subraya el papel ele
percepciones, modos y valores al determinar las interpretaciones ele la situación económica y ele las circunstancias
políticas que influyen sobre las preferencias y la conducta. Por último, la explicación mediante el sistema internacional
subraya las repercusiones de la guerra, las cuestiones de seguridad, la procuración militar y otros elementos del sistema
estatal al moldear la política económica.
La explicación por el perfil de la producción se concentra en las preferencias de los actores sociales, determinadas por la
situación de dichos actores en la economía internacional y doméstica. En una interpretación de la política centrada en
los grupos de interés, los actores económicos, cuyas preferencias son moldeadas por su situación económica, hacen
presión sobre los gobiernos. Estos actores, deseosos de llegar a un resultado político particular, forman coaliciones que
incluyen concesiones y negociaciones con objeto de movilizar el consenso necesario para prevalecer. Los políticos
actúan haciendo labor de corretaje de tales coaliciones y teniendo así cierta repercusión sobre el resultado. Las opciones
de que disponen los políticos giran en torno a las pautas de necesidades sociales y, por ello, para comprender estas
opciones es vital contar con un "mapa., social de la sociedad con que tratan los políticos.
Entre las presiones sociales y los resultados políticos hay muchos pasos en el modo en que estas diversas tradiciones
conceptualizan la sociedad y la conexión entre los actores sociales y el poder. Mientras que gran parte de la bibliografía
examina los grupos de presión, yo empiezo por considerar a los actores sociales y llego después a los grupos de presión.
Mientras que gran parte de la bibliografía considera o bien agregados muy grandes (capital y trabajo), o muy pequeños
(individuos, firmas, personas o empresas), yo enfoco una disgregación intermedia (o agregación), sectores o ramas.
Mientras que muchos contemplan las formas organizativas de grupos, yo considero el contenido de la situación y las
preferencias de los grupos. Y mientras. que muchos analizan la situación doméstica de los actores económicos, yo
enfoco el contexto internacional de su situación.
Aquí, lo que me interesa es ver cómo los países responden a las modificaciones de la economía internacional. La
sociedad puede disgregarse en dos pasos: primero, entre empresas, agricultura y fuerza de trabajo; y luego, dentro de
cada una de esas tres categorías generales, entre sectores o familias productoras (para las dos primeras) y tipo de
empleo (para la tercera).
Para las empresas, parecen pertinentes cinco consideraciones principales al determinar las actitudes hacia la política
económica. La primera es la competitividad en la economía internacional. Los actores de la economía en el frente de la
competencia internacional suelen apoyar las medidas políticas que promueven el comercio abierto, no sólo para sus
propios productos sino, más generalmente, para una especialización intensificada en el comercio internacional. Los
actores que se encuentran menos bien colocados en la competencia internacional más probablemente apoyarán la
protección o los modos de defensa o de subsidio. La segunda consideración es la vulnerabilidad a las fluctuaciones ele la
demanda. Los actores económicos expuestos a grandes e impredecibles giros de las condiciones del mercado
probablemente deseen unas medidas políticas que les protejan de tales vaivenes." Las compañías que tienen enormes
requerimientos de capital como las del acero de finales del siglo XIX o las del petróleo en los años treinta, o las industrias
de producción en masa en décadas recientes, suelen apoyar los aranceles u otras intervenciones gubernamentales que
estabilizan los mercados y permiten una planificación más ordenada de la amortización de deudas.
El tercer punto principal que deben considerar las empresas es el papel y el carácter de las necesidades de la fuerza
laboral. Las industrias que necesitan grandes números de obreros relativamente poco calificados suelen tener intensos
conflictos con la fuerza de trabajo, por salarios, derechos sindicales y servicios sociales. Las industrias que necesitan
menos obreros o una fuerza de trabajo más diversificada pueden tener mayor facilidad para adaptarse a las demandas
de dicha fuerza de trabajo.
El cuarto punto es la fuente de la demanda. Los productores ele los bienes de consumo de masas suelen preocuparse
por las condiciones macroeconómicas; en su caso la capacidad adquisitiva del público, totalmente distinta de los
productores de bienes de capital que venden a otras compañías o a los gobiernos.
Por último, es importante la estructura de los mercados de capital. La banca es una industria que tiene sus propias
fuentes de ganancias. La situación de los banqueros varía de acuerdo con el tipo: Ios sistemas bancarios orientados hacia
el comercio, los flujos de capital y la admm1strac1on de la reserva monetaria suelen ser marcadamente
internacionalistas, mientras que los banqueros industriales suelen dividirse según la situación de la industria a la que
está aliada cada banco.