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El Mensaje de Los Profetas

Los profetas transmitieron importantes mensajes de parte de Dios sobre temas como el monoteísmo, la vida moral, y la política. Aunque defendían la justicia, a menudo sufrían persecución debido a transmitir mensajes difíciles. Los profetas anunciaban la llegada de Jesús, el profeta definitivo. La Iglesia también debe escuchar a los profetas inspirados para no negar su propio fundamento.

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El Mensaje de Los Profetas

Los profetas transmitieron importantes mensajes de parte de Dios sobre temas como el monoteísmo, la vida moral, y la política. Aunque defendían la justicia, a menudo sufrían persecución debido a transmitir mensajes difíciles. Los profetas anunciaban la llegada de Jesús, el profeta definitivo. La Iglesia también debe escuchar a los profetas inspirados para no negar su propio fundamento.

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CATEQUESIS #4

EL MENSAJE DE LOS PROFETAS


EL HECHO de los profetas y el profetismo es algo tan importante en la historia del pueblo de Israel,
que ignorar ese hecho sería lo mismo que desconocer una parte esencial de la Biblia. Este solo dato da
idea de la importancia que el tema de los profetas tiene en la revelación de Dios. Pero hay algo en este
asunto que nos concierne más directamente a nosotros. Jesús de Nazaret fue considerado como profeta
(Mc 6,15 par; 8,27s par). Y de hecho él fue el más grande de todos los profetas, el profeta definitivo.
Por otra parte, según el Nuevo Testamento, todos los cristianos poseemos el don profético (Hch 2,17s;
19,6). Por lo tanto, la profecía y el carácter profético es algo que constituye un aspecto esencial de
nuestro ser de cristianos.

1. El fenómeno profético: El hecho de los profetas y el profetismo no es algo exclusivo de Israel.


Seguramente antes que en Israel existió algo parecido en las grandes religiones del antiguo oriente. En
Israel se tienen noticias del fenómeno profético desde tiempos muy antiguos. Según una interpretación
muy posterior, se considera como profetas a Abrahán (Gen 20,7), a Moisés (Dt 18,15; 34,10), a Aarón
(Ex 7,1) y a María, la hermana de Moisés (Ex 15,20). Más aún, sabemos que Elías confundió, en el
monte Carmelo, a los 450 profetas de Baal, que habían sido llamados por Jezabel (1 Re 18,19-40), y
que el rey Acab llamó, para consultar, a 400 profetas (1 Re 22,5-12). Probablemente estos profetas
existían desde mucho antes. De ellos se sabe que formaban grupos organizados, que sufrían raptos y
éxtasis al excitarse con la música, la danza, los gritos y los movimientos violentos (1 Sam 10,5).

2. ¿Qué es un profeta?: La palabra "profeta" viene del griego profetes, que significa "locutor": el que
dice lo que la divinidad le ha inspirado. En hebreo se dice nabí, palabra de origen incierto, que, según
parece, significa "el que ha sido llamado" (por Dios), "el que tiene una vocación". Para la mayoría de la
gente, como advierte atinadamente J. L. Sicre, el profeta es un hombre que "predice" el futuro, una
especie de adivino. Samuel puede encontrar las asnas que se le han perdido al padre de Saúl (1 Sam
9,6-7.20); Ajías, ya ciego, sabe que la mujer que acude a visitarlo disfrazada es la esposa del rey
Jeroboán, y predice el futuro de su hijo enfermo (1 Re 14,1-16). El verdadero profeta es un hombre
referido a otra realidad. Para determinar esta realidad, hay un dato elemental: el profeta es un
mensajero y un intérprete de la palabra de Dios. Por ejemplo, en Ex 4,15-16 se dice que Aarón es el
intérprete de Moisés, él es como "su boca"; y en Ex 7,1 se afirma de Aarón que es "profeta". En el
mismo sentido, dice Dios a Jeremías: "Yo pongo en tu boca mis palabras" (Jer 1,9). Por eso, con
frecuencia, los profetas tienen una conciencia muy clara del origen divino de su mensaje, que
introducen con la frase "habla el Señor" (Is 1,2) o terminan con la afirmación solemne "oráculo del
Señor de los ejércitos" (Is 3,15). En este sentido se puede decir, con toda razón, que el profeta es, ante
todo, un hombre inspirado. Por otra parte, esta palabra, que viene de Dios, se impone de tal manera a
los profetas que no pueden callarla. "Habla el Señor, ¿quién no profetizará?", dice Amós (Am 3,8). Y
Jeremías asegura que la palabra de Dios era "como un fuego ardiente encerrado en los huesos: hacía
esfuerzos por contenerla y no podía" (Jer 20,9). Desde este punto de vista, resulta lógico decir que el
profeta es un hombre público. Esta palabra divina se refiere normalmente al presente, es decir, a las
situaciones que se vivían cuando el profeta habla. Así, Isaías denuncia la falsa religiosidad de la gente
(Is 1,10-20), el lujo de las mujeres (Is 3,16-24), el libertinaje y frivolidad de Jerusalén (Is 22,1-14);
Jeremías ataca la falsa piedad que se practica en el templo (Jer 7,1-15), la depravación de Jerusalén
(Jer 9,1-10); Amos condena las injusticias que se cometían en los tribunales (Am 5,7-17), el lujo y las
riquezas (Am 6,1-10), la injusticia social (Am 4,1-3). De ahí que, como bien se ha dicho, el profeta es
un hombre amenazado. Por consiguiente, se puede decir que los profetas fueron auténticos "hombres
CATEQUESIS #4
de Dios", que tuvieron una experiencia muy profunda de Dios, lo cual los capacitó para descubrir, en
los acontecimientos de la historia, las intervenciones de

Dios para bien del pueblo. Por eso ellos supieron interpretar el presente, la situación del pueblo y de la
sociedad. La edad de oro de los profetas transcurre desde el año 750 hasta el 400 a.C, es decir, desde el
siglo VIII hasta el siglo V antes de Jesucristo.

3. El mensaje de los profetas:

a) Dios y el culto: El centro mismo del mensaje de los profetas es Dios. Desde este punto de vista destaca
la defensa que ellos hacen del monoteísmo: Dios no hay más que uno; y ese Dios es Yahvé (Is 44,6-8;
46,1-7.9). El hombre se relaciona con Dios mediante el culto religioso. Pero esto entraña un serio
peligro: en la conciencia del "hombre religioso", la fidelidad a la práctica religiosa se puede convertir, y
de hecho se convierte con demasiada frecuencia, en una impresionante forma de ceguera y en un falso
tranquilizante. Sencillamente, Dios no quiere el culto cuando las personas que lo practican cometen
injusticias, se aprovechan de los débiles o simplemente se desentienden de los demás. (Is 1,11-18;
58,6-8; 66,1-3; Jer 7,4-11; 26, l ss; Miq 6,6-8; Os 2,13-15; 4,11-19; 6,6; 8,5s; 10,8-13; Am 4,1-5;
5,4-6.21-27; Mal 3,4-5).

b) La vida moral: A la santidad de Dios se contrapone la impureza del hombre (Is 6,5). Porque el pecado
separa al hombre de Dios (Is 59,2). El pecado es, en efecto, un atentado contra el Dios de la justicia
(Amos), contra el Dios del amor (Oseas), contra el Dios de la santidad (Isaías). Jeremías, por su parte,
ve cómo el pecado se extiende a todo el pueblo y a la nación entera (Jer 13,23).

c) La política: Un conocido especialista en cuestiones de Antiguo Testamento, G. von Rad, ha escrito


acerca de los primeros profetas de Israel: "No nos encontramos en Eliseo, como tampoco en Elias ni en
tantas otras figuras clave del Antiguo Testamento, con hombres que viviesen sólo para el mundo
religioso y espiritual tal como nosotros lo entendemos: fe, doctrina y culto, y que, a lo sumo, actuaban
como reformadores; nos encontramos con hombres que sirven a Israel. Ahora bien, Israel tenía una
configuración política; poseía una dimensión histórica que no se realizaba solamente en el terreno
espiritual, sino también en el político, en el cual Israel estaba no menos amenazado y necesitado de
orden y protección".

4. El destino de los profetas: Unos hombres que transmitían un mensaje como el que acabamos de ver
tenían que terminar mal. En este sentido, los evangelios recogen unas palabras durísimas de Jesús: (Mt
23,29-31; Lc 11,47-48; Mt 23,37; Lc 13,34). La razón de todo esto está en la libertad con que vivieron
y hablaron los profetas. Es verdad, como ha dicho muy bien G. von Rad, que los profetas no hablaron
de este asunto, ni hicieron de su propia libertad un objeto de su predicación. Pero también es cierto que
ejercieron esa libertad de una manera grandiosa. En definitiva, se trata de comprender que los profetas
fueron la voz que anunciaba, desde tiempos antiguos, al profeta definitivo, el más grande de todos los
profetas: Jesús de Nazaret. Efectivamente, Jesús fue reconocido como profeta por las gentes de su
tiempo (Mt 21,11.46; 26,68; Mc 6,15; 14,65; Lc 7,15; cf 7,39; 22,64; 24,29; Jn 4,19; 7,52; 9,17; cf
Mt 16,14). Para terminar, una observación importante: en la Iglesia también hay profetas, hombres
inspirados que hablan en nombre de Dios (Mt 7,22; 10,41; 23,34; Hch 11,27-28; 13,1; 15,32; 21,9-10;
Rom 12,6; 1 Cor 12,10.28-29, etc.). Por eso hay que decir, con toda claridad, que una Iglesia que se
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niega a escuchar a los profetas es una Iglesia condenada al fracaso, porque niega su propio
"fundamento".

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