Pintura
San Juan Bautista (1602), de Caravaggio, Museos Capitolinos, Roma.
Artículo principal: Pintura barroca
La pintura barroca tuvo un marcado acento diferenciador geográfico, ya que su desarrollo se produjo
por países, en diversas escuelas nacionales cada una con un sello distintivo. Sin embargo, se percibe
una influencia común proveniente nuevamente de Italia, donde surgieron dos tendencias
contrapuestas: el naturalismo (también llamado caravagismo), basado en la imitación de la realidad
natural, con cierto gusto por el claroscuro —el llamado tenebrismo—; y el clasicismo, que es igual
de realista pero con un concepto de la realidad más intelectual e idealizado. Posteriormente, en el
llamado «pleno barroco» (segunda mitad del siglo XVII), la pintura evolucionó a un estilo más
decorativo, con predominio de la pintura mural y cierta predilección por los efectos ópticos (trompe-
l'oeil) y las escenografías lujosas y exuberantes.66
Italia[editar]
Artículo principal: Pintura barroca de Italia
Como hemos visto, en un primer lugar surgieron dos tendencias contrapuestas, naturalismo y
clasicismo. La primera tuvo su máximo exponente en Caravaggio, un artista original y de vida
azarosa que, pese a su prematura muerte, dejó numerosas obras maestras en las que se sintetizan la
descripción minuciosa de la realidad y el tratamiento casi vulgar de los personajes con una visión no
exenta de reflexión intelectual. Igualmente fue introductor del tenebrismo, donde los personajes
destacan sobre un fondo oscuro, con una iluminación artificial y dirigida, de efecto teatral, que hace
resaltar los objetos y los gestos y actitudes de los personajes. Entre las obras de Caravaggio
destacan: Crucifixión de San Pedro (1601), La vocación de San Mateo (1602), Entierro de
Cristo (1604), etc. Otros artistas naturalistas fueron: Bartolomeo Manfredi, Carlo Saraceni, Giovanni
Battista Caracciolo y Orazio y Artemisia Gentileschi. También cabe mencionar, en relación con este
estilo, un género de pinturas conocido como «bambochadas» (por el pintor neerlandés establecido en
Roma Pieter van Laer, apodado il Bamboccio), que se centra en la representación de personajes
vulgares como mendigos, gitanos, borrachos o vagabundos.67
La segunda tendencia fue el clasicismo, que surgió en Bolonia, en torno a la denominada escuela
boloñesa, iniciada por los hermanos Annibale y Agostino Carracci. Esta tendencia suponía una
reacción contra el manierismo, buscando una representación idealizada de la naturaleza,
representándola no como es, sino como debería ser. Perseguía como único objetivo la belleza ideal,
para lo que se inspiraron en al arte clásico grecorromano y el arte renacentista. Este ideal encontró
un tema idóneo de representación en el paisaje, así como en temas históricos y mitológicos. Los
hermanos Carracci trabajaron juntos en un principio (frescos del Palazzo Fava de Bolonia), hasta que
Annibale fue llamado a Roma para decorar la bóveda del Palazzo Farnese (1597-1604), que por su
calidad ha sido comparada con la Capilla Sixtina. Otros miembros de la escuela fueron: Guido
Reni (Hipómenes y Atalanta, 1625), Domenichino (La caza de Diana, 1617), Francesco Albani (Los
Cuatro Elementos, 1627), Guercino (La Aurora, 1621-1623) y Giovanni Lanfranco (Asunción de la
Virgen, 1625-1627).68
Por último, en el «pleno barroco» culminó el proceso iniciado en la arquitectura y la escultura,
tendentes a la monumentalidad y el decorativismo, a la figuración recargada y ampulosa, con gusto
por el horror vacui y los efectos ilusionistas. Uno de sus grandes maestros fue el también
arquitecto Pietro da Cortona, influido por la pintura veneciana y flamenca, autor de la decoración de
los palacios Barberini y Pamphili en Roma y Pitti en Florencia. Otros artistas fueron: il Baciccia,
autor de los frescos de la iglesia del Gesù (1672-1683); Andrea Pozzo, que decoró la bóveda de
la iglesia de San Ignacio de Roma (1691-1694); y el napolitano Luca Giordano, artífice de la
decoración del Palazzo Medici-Riccardi de Florencia (1690), y que también trabajó en España,
donde es conocido como Lucas Jordán.69
Crucifixión de San Pedro (1601), de Caravaggio, Santa María del Popolo, Roma.
Domine, Quo Vadis? (1602), de Annibale Carracci, National Gallery de Londres.
El arcángel Miguel (1636), de Guido Reni, Santa Maria della Concezione dei Cappuccini, Roma.
La gloria de San Ignacio (1685-1694), de Andrea Pozzo, Iglesia de San Ignacio (Roma).
La creación del Hombre (1684-1686), de Luca Giordano, Palacio Medici Riccardi, Florencia.
Francia[editar]
Magdalena penitente (c. 1640), de Georges de La Tour, Museo de Arte del Condado de Los Ángeles. Se trata
de una vanitas, donde la vela que arde simboliza el paso del tiempo y cómo la vida se va consumiendo lenta
pero inexorablemente.
Artículo principal: Clasicismo de Francia
En Francia también se dieron las dos corrientes surgidas en Italia, el naturalismo y el clasicismo,
aunque el primero no tuvo excesivo predicamento, debido al gusto clasicista del arte francés desde el
Renacimiento, y se dio principalmente en provincias y en círculos burgueses y eclesiásticos,
mientras que el segundo fue adoptado como «arte oficial» por la monarquía y la aristocracia, que le
dieron unas señas de identidad propias con la acuñación del término clasicismo francés. El principal
pintor naturalista fue Georges de La Tour, en cuya obra se distinguen dos fases, una centrada en la
representación de tipos populares y escenas jocosas, y otra donde predomina la temática religiosa,
con un radical tenebrismo donde las figuras se vislumbran con tenues luces de velas o lámparas de
bujía: Magdalena penitente (1638-1643), San Sebastián cuidado por Santa Irene (1640). También se
engloban en esta corriente los hermanos Le Nain (Antoine, Louis y Mathieu), centrados en la
temática campesina pero alejados del tenebrismo, y con cierta influencia bambochante.70
La pintura clasicista se centra en dos grandes pintores que desarrollaron la mayor parte de su carrera
en Roma: Nicolas Poussin y Claude Lorrain. El primero recibió la influencia de la
pintura rafaelesca y de la escuela boloñesa, y creó un tipo de representación de escenas —de
temática generalmente mitológica— donde evoca el esplendoroso pasado de la antigüedad
grecorromana como un paraíso idealizado de perfección, una edad dorada de la humanidad, en obras
como: El triunfo de Flora (1629) y Los pastores de la Arcadia (1640). Por su parte, Lorrain reflejó
en su obra un nuevo concepto en la elaboración del paisaje basándose en referentes clásicos —el
denominado «paisaje ideal»—, que evidencia una concepción ideal de la naturaleza y del hombre.
En sus obras destaca la utilización de la luz, a la que otorga una importancia primordial a la hora de
concebir el cuadro: Paisaje con el embarque en Ostia de Santa Paula Romana (1639), Puerto con el
embarque de la Reina de Saba (1648).71
En el pleno barroco la pintura se enmarcó más en el círculo áulico, donde se encaminó
principalmente hacia el retrato, con artistas como Philippe de Champaigne (Retrato del cardenal
Richelieu, 1635-1640), Hyacinthe Rigaud (Retrato de Luis XIV, 1701) y Nicolas de
Largillière (Retrato de Voltaire joven, 1718). Otra vertiente fue la de la pintura académica, que
buscaba sentar las bases del oficio pictórico sobre la base de unos ideales clasicistas que, a la larga,
acabaron constriñéndolo en unas rígidas fórmulas repetitivas. Algunos de sus representantes
fueron: Simon Vouet (Presentación de Jesús en el templo, 1641), Charles Le Brun (Entrada de
Alejandro Magno en Babilonia, 1664), Pierre Mignard (Perseo y Andrómeda, 1679), Antoine
Coypel (Luis XIV descansando después de la Paz de Nimega, 1681) y Charles de la Fosse (Rapto de
Proserpina, 1673).72
España[editar]
Venus del espejo (1647-1651), de Diego Velázquez, National Gallery, Londres. Es uno de los escasos ejemplos
de desnudo realizados en la predominantemente religiosa pintura española de la época.
Artículo principal: Pintura barroca española
En España, pese a la decadencia económica y política, la pintura alcanzó cotas de gran calidad, por
lo que se suele hablar, en paralelo a la literatura, de un «Siglo de Oro» de la pintura española. La
mayor parte de la producción fue de temática religiosa, practicándose en menor medida la pintura de
género, el retrato y el bodegón —especialmente vanitas—. Se percibe la influencia italiana y
flamenca, que llega sobre todo a través de estampas: la primera se produce en la primera mitad del
siglo XVII, con predominio del naturalismo tenebrista; y la segunda en el siguiente medio siglo y
principios del XVIII, de procedencia rubeniana.73
En la primera mitad de siglo destacan tres escuelas: la castellana (Madrid y Toledo), la andaluza
(Sevilla) y la valenciana. La primera tiene un fuerte sello cortesano, por ser la sede de la monarquía
hispánica, y denota todavía una fuerte influencia escurialense, perceptible en el estilo realista y
austero del arte producido en esa época. Algunos de sus representantes son: Bartolomé y Vicente
Carducho, Eugenio Cajés, Juan van der Hamen y Juan Bautista Maíno, en Madrid; Luis Tristán, Juan
Sánchez Cotán y Pedro Orrente, en Toledo. En Valencia destacó Francisco Ribalta, con un estilo
realista y colorista, de temática contrarreformista (San Bruno, 1625). También se suele incluir en
esta escuela, aunque trabajó principalmente en Italia, a José de Ribera, de estilo tenebrista pero con
un colorido de influencia veneciana (Sileno borracho, 1626; El martirio de San Felipe, 1639). En
Sevilla, tras una primera generación que aún denota la influencia renacentista (Francisco
Pacheco, Juan de Roelas, Francisco de Herrera el Viejo), surgieron tres grandes maestros que
elevaron la pintura española de la época a cotas de gran altura: Francisco de Zurbarán, Alonso
Cano y Diego Velázquez. Zurbarán se dedicó principalmente a la temática religiosa —sobre todo en
ambientes monásticos—, aunque también practicó el retrato y el bodegón, con un estilo simple pero
efectista, de gran atención al detalle: San Hugo en el refectorio de los Cartujos (1630), Fray
Gonzalo de Illescas (1639), Santa Casilda (1640). Alonso Cano, también arquitecto y escultor,
evolucionó de un acentuado tenebrismo a un cierto clasicismo de inspiración veneciana: Cristo
muerto en brazos de un ángel (1650), Presentación de la Virgen en el Templo (1656).74
Diego Velázquez fue sin duda el artista de mayor genio de la época en España, y de los de más
renombre a nivel internacional. Se formó en Sevilla, en el taller del que sería su suegro, Francisco
Pacheco, y sus primeras obras de enmarcan en el estilo naturalista de moda en la época. En 1623 se
estableció en Madrid, donde se convirtió en pintor de cámara de Felipe IV, y su estilo fue
evolucionando gracias al contacto con Rubens (al que conoció en 1628) y al estudio de la escuela
veneciana y el clasicismo boloñés, que conoció en un viaje a Italia en 1629-1631. Entonces
abandonó el tenebrismo y se aventuró en un profundo estudio de la iluminación pictórica, de los
efectos de luz tanto en los objetos como en el medio ambiente, con los que alcanza cotas de gran
realismo en la representación de sus escenas, que sin embargo no está exento de un aire de
idealización clásica, que muestra un claro trasfondo intelectual que para el artista era una
reivindicación del oficio de pintor como actividad creativa y elevada. Entre sus obras destacan: El
aguador de Sevilla (1620), Los borrachos (1628-1629), La fragua de Vulcano (1630), La rendición
de Breda (1635), Cristo crucificado (1639), Venus del espejo (1647-1651), Retrato de Inocencio
X (1649), Las meninas (1656) y Las hilanderas (1657).75
En la segunda mitad de siglo los principales focos artísticos fueron Madrid y Sevilla. En la capital,
el naturalismo fue sustituido por el colorido flamenco y el decorativismo del pleno barroco italiano,
con artistas como: Antonio de Pereda (El sueño del caballero, 1650); Juan Ricci (Inmaculada
Concepción, 1670); Francisco de Herrera el Mozo (Apoteosis de San Hermenegildo, 1654); Juan
Carreño de Miranda (Fundación de la Orden Trinitaria, 1666); Juan de Arellano (Florero,
1660); José Antolínez (El tránsito de la Magdalena, 1670); Claudio Coello (Carlos II adorando la
Sagrada Forma, 1685); y Antonio Palomino (decoración del Sagrario de la Cartuja de Granada,
1712). En Sevilla destacó la obra de Bartolomé Esteban Murillo, centrado en la representación sobre
todo de Inmaculadas y Niños Jesús —aunque también realizó retratos, paisajes y escenas de género
—, con un tono delicado y sentimentalista, pero de gran maestría técnica y virtuosismo
cromático: Adoración de los pastores (1650); Inmaculada Concepción (1678). Junto a él
destacó Juan de Valdés Leal, antítesis de la belleza murillesca, con su predilección por las vanitas y
un estilo dinámico y violento, que desprecia el dibujo y se centra en el color, en la materia pictórica:
lienzos de las Postrimerías del Hospital de la Caridad de Sevilla (1672).76
El martirio de San Felipe (1639), de José de Ribera, Museo del Prado, Madrid.
Fray Gonzalo de Illescas (1639), de Francisco de Zurbarán, Monasterio de Guadalupe.
Cristo crucificado (1632), de Diego Velázquez, Museo del Prado, Madrid.
Apoteosis de San Hermenegildo (1654), de Francisco Herrera el Mozo, Museo del Prado, Madrid.
Inmaculada Concepción (1678), de Bartolomé Esteban Murillo, Museo del Prado, Madrid.
Flandes y Holanda[editar]
Las tres Gracias (1636-1639), de Peter Paul Rubens, Museo del Prado.
Artículos principales: Pintura barroca flamenca y Pintura barroca holandesa.
La separación política y religiosa de dos zonas que hasta el siglo anterior habían tenido una cultura
prácticamente idéntica pone de manifiesto las tensiones sociales que se vivieron en el siglo XVII:
Flandes, que seguía bajo el dominio español, era católica y aristocrática, con predominio en el arte
de la temática religiosa, mientras que los recién independizados Países Bajos fueron protestantes y
burgueses, con un arte laico y más realista, con gusto por el retrato, el paisaje y el bodegón.77
En Flandes la figura capital fue Peter Paul Rubens, formado en Italia, donde recibió la influencia
de Miguel Ángel y de las escuelas veneciana y boloñesa. En su taller de Amberes empleó a gran
cantidad de colaboradores y discípulos, por lo que su producción pictórica destaca tanto por su
cantidad como por su calidad, con un estilo dinámico, vital y colorista, donde destaca la rotundidad
anatómica, con varones musculosos y mujeres sensuales y carnosas: El desembarco de María de
Médicis en el puerto de Marsella (1622-1625), Minerva protege a Pax de Marte (1629), Las tres
Gracias (1636-1639), Rapto de las hijas de Leucipo (1636), Juicio de Paris (1639), etc. Discípulos
suyos fueron: Anton van Dyck, gran retratista, de estilo refinado y elegante (Sir Endymion Porter y
Anton van Dyck, 1635); Jacob Jordaens, especializado en escenas de género, con gusto por los temas
populares (El rey bebe, 1659); y Frans Snyders, centrado en el bodegón (Bodegón con aves y caza,
1614).78
En Holanda destacó especialmente Rembrandt, artista original de fuerte sello personal, con un estilo
cercano al tenebrismo pero más difuminado, sin los marcados contrastes entre luz y sombra propios
de los caravaggistas, sino una penumbra más sutil y difusa. Cultivó todo tipo de géneros, desde el
religioso y mitológico hasta el paisaje y el bodegón, así como el retrato, donde destacan sus
autorretratos, que practicó a lo largo de toda su vida. Entre sus obras destacan: Lección de anatomía
del Dr. Nicolaes Tulp (1632), La ronda de noche (1642), El buey desollado (1655), y Los síndicos
de los pañeros (1662). Otro nombre relevante es Frans Hals, magnífico retratista, con una pincelada
libre y enérgica que antecede al impresionismo (Banquete de los arcabuceros de San Jorge de
Haarlem, 1627). El tercer nombre de gran relevancia es Jan Vermeer, especializado en paisajes y
escenas de género, a los que otorgó un gran sentido poético, casi melancólico, donde destaca
especialmente el uso de la luz y los colores claros, con una técnica casi puntillista: Vista de
Delft (1650), La lechera (1660), La carta (1662). El resto de artistas holandeses se especializaron
por lo general en géneros: de interior y temas populares y domésticos (Pieter de Hooch, Jan
Steen, Gabriel Metsu, Gerard Dou, Escuela caravaggista de Utrecht); paisaje (Jan van Goyen, Jacob
van Ruysdael, Meindert Hobbema, Aelbert Cuyp); y bodegón (Willem Heda, Pieter Claesz, Jan
Davidsz de Heem).79
Rapto de las hijas de Leucipo (1616), de Peter Paul Rubens, Alte Pinakothek, Múnich.
Carlos I de Inglaterra (1635), de Anton van Dyck, Museo del Louvre, París.
El buey desollado (1655), de Rembrandt, Museo del Louvre, París.
El alegre bebedor (1628), de Frans Hals, Rijksmuseum, Ámsterdam.
La joven de la perla (1665), de Jan Vermeer, Mauritshuis, La Haya.
Vanidades (1640-1645), de Harmen Steenwijck, The National Gallery, Londres.
Otros países[editar]
Merienda con huevos fritos, de Georg Flegel, Galería Municipal de Aschaffenburg.
En Alemania hubo escasa producción pictórica, debido a la Guerra de los Treinta Años, por lo que
muchos artistas alemanes tuvieron que trabajar en el extranjero, como es el caso de Adam Elsheimer,
un notable paisajista adscrito al naturalismo que trabajó en Roma (La huida a Egipto, 1609).
También en Roma se afincó Joachim von Sandrart, pintor y escritor que recopiló diversas biografías
de artistas de la época (Teutschen Academie der Edlen Bau-, Bild- und Mahlerey-Künsten, 1675).
Igualmente, Johann Liss estuvo peregrinando entre Francia, Países Bajos e Italia, por lo que su obra
es muy variada tanto estilísticamente como de géneros (La inspiración de San Jerónimo,
1627). Johann Heinrich Schönfeld pasó buena parte de su carrera en Nápoles, elaborando una obra
de estilo clasicista e influencia poussiniana (Desfile triunfal de David, 1640-1642). En la propia
Alemania, se desarrolló notablemente el bodegón, con artistas como Georg Flegel, Johann Georg
Hainz y Sebastian Stoskopff. En Austria destacó Johann Michael Rottmayr, autor de los frescos de la
Iglesia colegial de Melk (1716-1722) y la Iglesia de San Carlos Borromeo de Viena (1726). En
Inglaterra, la escasa tradición pictórica autóctona hizo que la mayoría de encargos —generalmente
retratos— fuese confiada a artistas extranjeros, como el flamenco Anton van Dyck (Retrato de
Carlos I de Inglaterra, 1638), o el alemán Peter Lely (Louise de Kéroualle, 1671).80
América[editar]
Las primeras influencias fueron del tenebrismo sevillano, principalmente de Zurbarán —algunas de
cuyas obras aún se conservan en México y Perú—, como se puede apreciar en la obra de los
mexicanos José Juárez y Sebastián López de Arteaga, y del boliviano Melchor Pérez de Holguín.
La Escuela cuzqueña de pintura surgió a raíz de la llegada del pintor italiano Bernardo Bitti en 1583,
que introdujo el manierismo en América. Destacó la obra de Luis de Riaño, discípulo del
italiano Angelino Medoro, autor de los murales del templo de Andahuaylillas. También destacaron
los pintores indios Diego Quispe Tito y Basilio Santa Cruz Puma Callao, así como Marcos Zapata,
autor de los cincuenta lienzos de gran tamaño que cubren los arcos altos de la Catedral de Cuzco. En
Ecuador se formó la escuela quiteña, representada principalmente por Miguel de Santiago y Nicolás
Javier de Goríbar.53
En el siglo XVIII los retablos escultóricos empezaron a ser sustituidos por cuadros, desarrollándose
notablemente la pintura barroca en América. Igualmente, creció la demanda de obras de tipo civil,
principalmente retratos de las clases aristocráticas y de la jerarquía eclesiástica. La principal
influencia fue la murillesca, y en algún caso —como en Cristóbal de Villalpando— la de Valdés
Leal. La pintura de esta época tiene un tono más sentimental, con formas más dulces y blandas.
Destacan Gregorio Vázquez de Arce en Colombia, y Juan Rodríguez Juárez y Miguel Cabrera en
México.81
Artes gráficas y decorativas[editar]
Cristo curando a un enfermo (1648-1650), aguafuerte de Rembrandt. Rijksmuseum, Ámsterdam.
Las artes gráficas tuvieron una gran difusión durante el Barroco, continuando el auge que este sector
tuvo durante el Renacimiento. La rápida profusión de grabados a todo lo largo de Europa propició la
expansión de los estilos artísticos originados en los centros de mayor innovación y producción de la
época, Italia, Francia, Flandes y Países Bajos —decisivos, por ejemplo, en la evolución de la pintura
española—. Las técnicas más empleadas fueron el aguafuerte y el grabado a punta seca. Estos
procedimientos permiten a un artista confeccionar un diseño sobre una placa de cobre en sucesivas
etapas, pudiendo ser retocado y perfeccionado sobre la marcha. Los diversos grados de
desgastamiento de las placas permitían realizar unas 200 impresiones al aguafuerte —aunque siendo
solo las 50 primeras de una calidad excelente—, y unas 10 a la punta seca.82
En el siglo XVII los principales centros de producción de grabados estaban en Roma, París y
Amberes. En Italia fue practicado por Guido Reni, con un dibujo claro y firme de corte clasicista;
y Claude Lorrain, autor de aguafuertes de gran calidad, especialmente en los sombreados y la
utilización de líneas entrelazadas para sugerir distintos tonos, por lo general en paisajes. En Francia
destacaron: Abraham Bosse, autor de unos 1500 grabados, generalmente escenas de género; Jacques
Bellange, autor de representaciones religiosas, influido por Parmigianino; y Jacques Callot, formado
en Florencia y especializado en figuras de mendigos y seres deformes, así como escenas de la novela
picaresca y la commedia dell'arte —su serie de Grandes miserias de la guerra influyó en Goya—.83
En Flandes, Rubens fundó una escuela de burilistas para divulgar más eficazmente su obra, entre los
que destacó Lucas Vorsterman I; también Anton van Dyck cultivó el aguafuerte. En España el
grabado fue practicado principalmente por José de Ribera, Francisco Ribalta y Francisco Herrera el
Viejo.84 Uno de los artistas que más empleó la técnica del grabado fue Rembrandt, que alcanzó cotas
de gran maestría no solo en el dibujo sino también en la creación de contrastes entre luces y
sombras. Sus grabados fueron muy cotizados, como se puede comprobar con su aguafuerte Cristo
curando a un enfermo (1648-1650), que se vendió por cien florines, una cifra récord en la época.82
La batalla de Zama (1688–1690), tapiz gobelino diseñado por Giulio Romano, Museo del Louvre, París.
Las artes decorativas y aplicadas también tuvieron una gran expansión en el siglo XVII, debido
principalmente al carácter decorativo y ornamental del arte barroco, y al concepto de «obra de arte
total» que se aplicaba a las grandes realizaciones arquitectónicas, donde la decoración de interiores
tenía un papel protagonista, como medio de plasmar la magnificencia de la monarquía o el esplendor
de la Iglesia contrarreformista. En Francia, el lujoso proyecto del palacio de Versalles conllevó la
creación de la Manufacture Royale des Gobelins —dirigida por el pintor del rey, Charles Le Brun—,
donde se manufacturaban todo tipo de objetos de decoración,
principalmente mobiliario, tapicería y orfebrería. La confección de tapices tuvo un significativo
incremento en su producción, y se encaminó a la imitación de la pintura, con la colaboración en
numerosos casos de pintores de renombre que elaboraban cartones para tapices, como Simon Vouet,
el propio Le Brun o Rubens en Flandes —país que también fue un gran centro productor de
tapicería, que exportaba a todo el continente, como los magníficos tapices de Triunfos del Santo
Sacramento, confeccionados para las Descalzas Reales de Madrid—.85
La orfebrería también alcanzó niveles de elevada producción, especialmente en plata y piedras
preciosas. En Italia surgió una nueva técnica para revestir telas y objetos como altares o tableros de
mesa con piedras semipreciosas como el ónice, la ágata, la cornalina o el lapislázuli. En Francia,
como el resto de manufacturas fue objeto de protección real, y fue tal la profusión de objetos de plata
que en 1672 se promulgó una ley que limitaba la producción de objetos de este metal. La cerámica y
el vidrio continuaron generalmente con las mismas técnicas de elaboración que en el período
renacentista, destacando la cerámica blanca y azul de Delft (Holanda) y el vidrio pulido y tallado
de Bohemia.86El vidriero de Murano Nicola Mazzolà fue artífice de un tipo de vidrio que imitaba
la porcelana china. También continuó la elaboración de vidrieras para iglesias, como las de la iglesia
parisina de Saint-Eustache (1631), diseñadas por Philippe de Champaigne.87
Cómoda Mazarino, de André-Charles Boulle, Museo Metropolitano de Arte.
Uno de los sectores que cobró más relevancia fue la ebanistería, caracterizada por las superficies
onduladas (cóncavas y convexas), con volutas y diversos motivos como cartelas y conchas. En Italia
destacaron: el armario toscano de dos cuerpos, con balaustradas de bronce y decoración
de taracea de piedras duras; el escritorio ligur de dos cuerpos, con figuras talladas y superpuestas
(bambochos); y el sillón entallado veneciano (tronetto), de exuberante decoración. En España surgió
el bargueño, cofre rectangular con asas, con numerosos cajones y compartimentos. El mobiliario
español continuó con la decoración de estilo mudéjar, mientras que el Barroco se denotaba en las
formas curvas y el uso de columnas salomónicas en las camas. Aun así, predominó la austeridad de
signo contrarreformista, como se denota en el sillón
llamado frailero (o misional en Hispanoamérica). La edad de oro de la ebanistería se produjo en la
Francia de los Luises, donde se alcanzaron altos niveles de calidad y refinamiento, sobre todo
gracias a la obra de André-Charles Boulle, creador de una nueva técnica de aplicación de metales
(cobre, estaño) sobre materiales orgánicos (carey, madreperla, marfil) o viceversa. Entre las obras de
Boulle destacan las dos cómodas del Trianón, en Versalles, y el reloj de péndulo con el Carro de
Apolo en Fontainebleau.88
Literatura[editar]
Página inicial de Soledades (l. I, pág. 193) en el Manuscrito Chacón, de Luis de Góngora.
Artículo principal: Literatura del Barroco
La literatura barroca, como el resto de las artes, se desarrolló bajo preceptos políticos absolutistas y
religiosos contrarreformistas, y se caracterizó principalmente por el escepticismo y el pesimismo,
con una visión de la vida planteada como lucha, sueño o mentira, donde todo es fugaz y perecedero,
y donde la actitud frente a la vida es la duda o el desengaño, y la prudencia como norma de
conducta.89 Su estilo era suntuoso y recargado, con un lenguaje
muy adjetivado, alegórico y metafórico, y un empleo frecuente de figuras retóricas. Los principales
géneros que se cultivaron fueron la novela utópica y la poesía bucólica, que junto al teatro —que por
su importancia se trata en otro apartado—, fueron los principales vehículos de expresión de la
literatura barroca. Como ocurrió igualmente con el resto de las artes, la literatura barroca no fue
homogénea en todo el continente, sino que se formaron diversas escuelas nacionales, cada una con
sus peculiaridades, hecho que fomentó el auge de las lenguas vernáculas y el progresivo abandono
del latín.90
En la situación de crisis del barroco cada autor decidió enfrentarse a esta etapa de forma diferente:
El escapismo: como el propio nombre indica, el fin al que los autores pretendían llegar es el de poder
alejarse y olvidar los problemas socioeconómicos de la época a través de fantasías, glorias,
diferentes realidades o presentando una utopía de un mundo idealizado donde todos los problemas
que puedan surgir son solucionados fácilmente y donde abarca el orden.
La sátira: otros escritores como Quevedo o Góngora dejaron marca al utilizar la sátira como una
forma de reírse del mundo y la situación en la que les había tocado vivir a través de las llamadas
novelas picarescas.
El estoicismo: es una crítica a la vanidad del mundo, la transitoriedad de la belleza, la fama y la
vida. Calderón de la Barca es el autor más destacado de este estilo por su obra Autos Sacramentales.
La moralidad: intento de erradicar los defectos y vicios, proponiendo modelos de conducta más
apropiados según las ideologías políticas y religiosas de su tiempo.
En Italia, la literatura se forjó sobre los cimientos de la dicotomía realismo-idealismo renacentista,
así como el predominio nuevamente de la religión sobre el humanismo. Su principal sello lingüístico
fue el uso y abuso de la metáfora, que lo impregna todo, con un gusto estético un tanto retorcido, con
preferencia por lo deforme sobre lo bello.91 La principal corriente fue el marinismo —
por Giambattista Marino—, un estilo ampuloso y exagerado que pretende sorprender por el
virtuosismo del lenguaje, sin prestar especial atención al contenido. Para Marino, «el fin del poeta es
el asombro»: su principal obra, Adonis (1623), destaca por su musicalidad y por la abundancia de
imágenes, con un estilo elocuente y, pese a todo, sencillo de leer. Otros poetas marinistas
fueron: Giovanni Francesco Busenello, Emanuele Tesauro, Cesare Rinaldi, Giulio Strozzi, etc.92
En Francia surgió el preciosismo, una corriente similar al marinismo que otorga especial relevancia a
la riqueza del lenguaje, con un estilo elegante y amanerado. Estuvo representado por Isaac de
Benserade y Vincent Voiture en poesía, y Honoré d'Urfé y Madeleine de Scudéry en prosa. Más
adelante surgió el clasicismo, que propugnaba un estilo simple y austero, sujeto a cánones clásicos
—como las tres unidades aristotélicas—, con una rígida reglamentación métrica. Su iniciador
fue François de Malherbe, cuya poesía racional y excesivamente rígida le restaba cualquier atisbo de
emocionalidad, al que siguieron: Jean de La Fontaine, un impecable fabulista, de intención didáctica
y moralizadora; y Nicolas Boileau-Despréaux, poeta elegante pero falto de creatividad, por su
insistencia en someter la imaginación al imperio de la norma y la reglamentación. Otros géneros
cultivados fueron: el burlesco (Paul Scarron), la elocuencia (Jacques-Bénigne Bossuet), la novela
psicológica (Madame de La Fayette), la novela didáctica (François Fénelon), la prosa satírica (Jean
de La Bruyère, François de la Rochefoucauld), la literatura epistolar (Jean-Louis Guez de Balzac,
la Marquesa de Sévigné), la religiosa (Blaise Pascal), la novela fantástica (Cyrano de Bergerac) y el
cuento de hadas (Charles Perrault).93
El paraíso perdido (1667), de John Milton.
En Inglaterra surgió el eufuismo —por Eufues o la Anatomía del Ingenio, de John Lyly (1575)—,
una corriente similar al marinismo o el preciosismo, que presta más atención a los efectos
lingüísticos (antítesis, paralelismos) que al contenido, y que mezcla elementos de la cultura popular
con la mitología clásica. Este estilo fue practicado por Robert Greene, Thomas Lodge y Barnabe
Rich. Posteriormente surgió una serie de poetas llamados «metafísicos», cuyo principal
representante fue John Donne, que renovó la lírica con un estilo directo y coloquial, alejado de
fantasías y virtuosismos lingüísticos, con gran realismo y trasfondo conceptual (Sonetos sagrados,
1618). Otros poetas metafísicos fueron: George Herbert, Richard Crashaw, Andrew Marvell y Henry
Vaughan. Figura aparte y de mayor relevancia es John Milton, autor de El paraíso perdido (1667),
de influjo puritano, con un estilo sensible y delicado, y que gira en torno a la religión y el destino del
hombre, al que otorga un espíritu de rebeldía que sería recogido por los románticos. El último gran
poeta de la época es John Dryden, poeta y dramaturgo de tono satírico. En prosa destacó la época de
la Restauración, con un estilo racional, moral y didáctico, con influencia del clasicismo francés,
representado por diversos géneros: literatura religiosa (John Bunyan, George Fox); narrativa (Henry
Neville); y memorias y diarios (Samuel Pepys).94
En Alemania, la literatura estuvo influida por la Pléiade francesa, el gongorismo español y el
marinismo italiano, aunque tuvo un desarrollo diferenciado por la presencia del protestantismo y el
mayor peso social de la burguesía, que se denota en géneros como el Schuldrama («teatro escolar»)
y el Gemeindelied («canto parroquial»). Pese al desmembramiento del territorio alemán en
numerosos estados, surgió una conciencia nacional de la lengua común, que fue protegida a través de
las Sprachgesellschaften («sociedades de la lengua»).95 En el terreno de la lírica destacaron las
denominadas Primera escuela de Silesia, representada por Martin Opitz, Paul Fleming, Angelus
Silesius y Andreas Gryphius, y Segunda escuela de Silesia, donde destacan Daniel Casper von
Lohenstein y Christian Hofmann von Hofmannswaldau. En la narrativa destaca igualmente
Lohenstein, autor de la primera novela alemana plenamente barroca (La maravillosa historia del
gran príncipe cristiano alemán Hércules), y Hans Jakob Christoph von Grimmelshausen, autor
de El aventurero Simplicíssimus (1669), una novela costumbrista similar al género picaresco
español.96
En Portugal, la anexión a la corona española originó un período de cierta decadencia, viéndose la
literatura portuguesa sometida al influjo de la española. Numerosos poetas siguieron el estilo épico
de Camões, el gran poeta renacentista autor de Os Lusíadas, al que imitaron autores como Vasco
Mouzinho de Quebedo (Alfonso Africano, 1616), Francisco Sá de Meneses (Malaca conquistada,
1634), Gabriel Pereira de Castro (Lisboa edificada, 1686), y Braz Garcia de Mascarenhas (Viriato
trágico, 1699). En la primera mitad de siglo destacaron el novelista y poeta Francisco Rodrigues
Lobo, autor de novelas pastoriles que alternan el verso y la prosa (El pastor peregrino, 1608);
y Francisco Manuel de Melo, autor de poemas gongorinos, diálogos y tratados históricos (Obras
métricas, 1665). También destacó la prosa religiosa, cultivada por Bernardo de Brito, João de
Lucena, António Vieira y Manuel Bernardes.97
En Holanda, la independencia de España supuso una revitalización de la literatura, donde el siglo
XVII suele ser descrito como una «Edad de oro» de las letras neerlandesas. Sin embargo,
estilísticamente la literatura holandesa de la época no encaja del todo en los cánones del Barroco,
debido principalmente a las peculiaridades sociales y religiosas de este país, como se ha visto en el
resto de las artes. En Ámsterdam surgió el denominado Muiderkring («Círculo de Muiden»), un
grupo de poetas y dramaturgos liderado por Pieter Corneliszoon Hooft, escritor de poesía pastoral y
de tratados de historia, que sentaron las bases de la gramática holandesa. A este círculo perteneció
también Constantijn Huygens, conocido por sus epigramas espirituales. La cumbre de la poesía lírica
de la Edad de oro holandesa fue Joost van den Vondel, que influido por Ronsard destacó por el verso
sonoro y rítmico, relatando con un estilo algo satírico los principales acontecimientos de su época
(Los misterios del altar, 1645). En Middelburg destacó Jacob Cats, autor de poemas didácticos y
morales. En prosa cabe citar a Johan van Heemskerk, autor de Arcadia Bátava (1637), el
primer romance escrito en neerlandés, género que fue rápidamente imitado, como en
el Mirandor (1675) de Nikolaes Heinsius el Joven.98