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Arte y Locura

El documento explora la relación entre el arte y la locura desde una perspectiva psicoanalítica, definiendo la 'locura' como estados de exaltación emocional que pueden llevar a la creación artística. Se argumenta que el arte surge de un intercambio intersubjetivo entre el creador y su contexto, y que la obra de arte adquiere autonomía y vida propia, trascendiendo a su autor. Además, se describe al artista como un sanador y héroe visionario que rompe con convenciones y busca expresar las angustias y paradojas de su tiempo.

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Arte y Locura

El documento explora la relación entre el arte y la locura desde una perspectiva psicoanalítica, definiendo la 'locura' como estados de exaltación emocional que pueden llevar a la creación artística. Se argumenta que el arte surge de un intercambio intersubjetivo entre el creador y su contexto, y que la obra de arte adquiere autonomía y vida propia, trascendiendo a su autor. Además, se describe al artista como un sanador y héroe visionario que rompe con convenciones y busca expresar las angustias y paradojas de su tiempo.

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ARTE Y LOCURA

Hace más de cien años apareció en escena el psicoanálisis como un


tratamiento para el sufrimiento ocasionado por la enfermedad mental.
Este instrumento rápidamente se utilizó más allá de la patología, para
la indagación de la actividad humana; especialmente en el campo de
las producciones culturales.
Cuando enfrentamos la posibilidad de hablar desde el psicoanálisis
sobre “arte y locura”, lo primero que debemos aclarar es el sentido que
le daremos a “locura”. Dejaremos de lado a la psicosis, para entrar en
una significación más coloquial del término. Le haremos perder la
significación precisa de la psiquiatría para ganar amplitud, nos
referiremos a la “locura” como aquellos estados de exaltación del
ánimo producidos por algún incentivo y los estados afectivos que la
acompañan, cuyo resultado puede ser la creación. Pensaremos a la
“locura” como acciones inconsideradas, desacertadas desde la lógica
vigente en un momento determinado. Lógica que siempre impone
estereotipos y repeticiones que tranquilizan, mientras que la “locura”
del creador impone cambios, rompe con lo establecido e intranquiliza.
Esta “locura” se apodera durante un tiempo del creador y le hace
hablar o actuar en forma distinta de la usual. La “locura”, esta forma
extraordinaria que se plasma en alguna creación fue siempre tomada
como una posesión divina. Posesión entendida en un doble sentido: el
de poseer un don extraordinario o el de ser poseído por algún Dios o
Demonio gestador de lo nuevo. ¿Es que sólo es posible crear en ese
estado particular entre el furor y el delirio? ¿Sólo en ese estado
compatible con el éxtasis místico? Estado pasional en el que algo
extraño, sentido como si viniese “de afuera” se impone y toma
posesión de lo que hay más adentro, en el alma del creador;
llevándolo como por un impulso hacia la belleza, hacia algo valorizado
como superior. Esta “locura” lo levanta, lo eleva por encima de lo
normal, por encima de lo cotidiano. Es en este sentido que la “locura”,
ya sea divina o demoníaca, se diferencia de la enfermedad del alma.
De esta “buena locura” hablamos, al ocuparnos del arte y de la
creación.
Quien no puede tomar las cosas con “locura”, no sabe vivir; y las artes
han surgido sólo por la “locura” de los hombres de desear su
trascendencia e inmortalidad. Sólo en este furor, en este frenesí, en
esta exaltación e inspiración, se puede cultivar algo de lo nuevo que
caracteriza a la creación. Podemos asegurar que todo genio tiene algo
de “locura”, pero también afirmamos que no todos los locos son
genios. Es allí donde nos preguntamos si es sólo una cuestión de
cantidad lo que separa al genio del loco.
En su rastreo de los significados inconscientes, la teoría psicoanalítica
relacionó la obra con la biografía del creador y preguntó por qué éste
encuentra esa forma de expresión. Es un trabajo semejante al
realizado con el síntoma y el sueño. Como en ellos, toda obra contiene
algo que podemos develar.
Una propuesta actual dentro del campo psicoanalítico es no considerar
la obra de arte sólo desde el modelo de la psicopatología, como
exponente de una conflictiva patológica de su creador. Ésta no es ni la
expresión lineal de la biografía de su creador, ni responde a una
acción directa de la realidad objetiva del contexto donde se gestó, sino
que nace del intercambio intersubjetivo, de la relación existente entre
el autor y su contexto, contexto que contribuye al proceso creativo con
la resignificación ulterior del objeto creado.
El arte es siempre intersubjetivo en el sentido de que su manifestación
contemplaría no sólo al creador, sino también a quien está dirigida su
producción. El fenómeno estético, al igual que la palabra, no puede
sino capturarse desde el otro, quien ubica al objeto creado como a un
texto en un contexto, es decir, en el devenir sociocultural del cual ese
fenómeno emerge y en el que se inserta.
Aquí podemos seguir dos líneas interpretativas. La primera se refiere a
cómo se creó y qué expresa. La segunda línea remite a cómo se
comprende en relación con sí misma y los otros, es decir: la obra como
objeto de conocimiento, ¿qué cambios o qué agregados aporta al
campo artístico? ¿Cuál es su diferencia respecto de un objeto común?
Esta segunda línea nos permite, además, estudiar si esa obra produce
o no una transformación en el ámbito de la cultura.
La obra trasciende cuando quiebra convencionalismos, cuando rompe
con las costumbres y las formas estereotipadas, imponiendo así
cambios culturales. El objeto artístico engendrará una imagen; ésta se
opondrá a conceptos ya establecidos y, en ese momento, se dará un
diálogo transformador entre lo nuevo creado y lo ya existente sobre lo
que se basa; lo que ya existe es una condición, ya sea para adherir o
para oponerse a ello.
La obra de arte necesita tanto de su creador como además del
discurso cultural que permita la emergencia de su sentido y la
expresión de su propia voz. Ella se completa al ser ubicada en un
contexto, allí adquiere identidad y genera su propio sentido, su propio
tiempo. Gracias a la lectura que hacen los otros, el objeto artístico
entra a formar parte de un texto, un patrimonio del mundo exterior al
que sus representaciones pertenecen.
Cuando el artista crea, no es consciente de lo que quiere decir su
obra. Ésta cumple una función catalizadora y hace decir al otro, al
espectador u oyente. El autor desaparece tras la obra. El espectador
adviene también origen y autor, en tanto receptor y codificador,
otorgándole a la obra un significado que la transforma en un objeto
estéticamente válido. A diferencia de lo que ocurre con el síntoma, la
obra de arte es irreductible al sujeto que la ha creado. Desde su inicio
adquiere autonomía respecto de él. Sus destinos se separan. La obra
cobra vida propia y atraviesa las fronteras del autor. La cultura otorga
a la obra de arte una dimensión temporal distinta. La separa de la
finitud del artista, humano mortal, a quien su obra lo trasciende. La
vida y la temporalidad del artista no están dadas por la persona, sino
por la obra. Y ésta, con su mayor temporalidad, cuasi eterna,
transformará secundariamente la imagen de su creador en inmortal.
La obra de arte no deja de producir nuevos sentidos en el devenir del
tiempo, y esto es lo que sustenta su vigencia. Nunca está terminada,
sino que quien la recibe es el que intentará completarla a través de
nuevos sentidos. Una vez creada, se recreará en cada nueva lectura,
en cada nueva interpretación. Así es como deviene independiente de
su autor y adquiere vida propia, constituyéndose en un fermento que
posibilita cambios culturales. No son las personas sino sus creaciones
las que cambian nuestro universo, ya que éstas pertenecen al
patrimonio compartido.
Desde esta dimensión intersubjetiva, los artistas no serán tomados
como enfermos a los que se debe curar, sino como sanadores,
especie de médicos chamanes cuya obra rompe la inercia petrificada
de los sistemas establecidos, dislocando un orden que ha sido
cristalizado y que tiene un peso dominante. Los artistas abren un
nuevo camino, establecen un nuevo lenguaje que recobra el genuino
pensar del sueño, cortando con el efecto devastador de las
repeticiones y del control de lo establecido.
También podemos tomar al artista como una especie de héroe
visionario, conquistador de nuevos terrenos que entrega para que
sean habitados por los sueños de la gente. Libra una lucha mortal
contra la rigidez de los procesos repetitivos y de imitación. Su
potencial creador rompe las murallas de la copia otorgándole nueva
vida simbólica a un producto que intenta dar expresión a las
necesidades de las conflictivas de su época. Su producción está
dirigida a contener angustias, superar crisis y mostrar las paradojas del
sujeto y de su tiempo.
Por último quisiera hablarles del universo del artista en el cual el
creador se exilia. Los creadores viven en un exilio simbólico que tiene
dos fuentes: por un lado, la necesidad de escapar de la tensión
impuesta por sus propios conflictos, y por el otro, la necesidad de
hacer algo para disminuir dicha tensión. Es un camino que el creador
recorre a partir de la ilusión de encontrar un equilibrio. En este camino
abandona lo conocido con la expectativa de solucionar su malestar.
Parte hacia lo desconocido con la ayuda de su imaginación en el
intento de descubrir un lugar propicio para refugiarse en él,
compartiéndolo con quienes abonarán su trascendencia. El artista
pasa por dos momentos: uno íntimo y otro compartido. El primero es el
de la gestación de la obra, momento que va desde la frustración, ya
que se crea sobre un objeto perdido, hasta el placer frente a lo creado,
que restituye lo que se perdió. El segundo momento es el de la
entrega de la obra al otro, al espectador o al oyente. Esto dará
trascendencia al artista.
Este exilio es iniciado por la huida frente a la percepción de una
situación frustrante y expresa el deseo no sólo de abrir un espacio
creador en el cual encontrar lo inhallable, aquello que eluda el
sufrimiento humano, compartiéndolo con los otros destinatarios de su
obra. En este exilio simbólico, lugar de la creación, se da en el artista
movimientos de tolerancia a la desorganización, al desorden, a la
incertidumbre, al desconocimiento, a la ambivalencia y la confusión,
estos estados de “locura” se acompañan por un dialogo con las voces
de sus Dioses o Demonios internos que sirven de constante
interlocución. Este diálogo lo lleva a poder transitar sus emociones sin
eludirlas, modificando la realidad cotidiana a través de la producción
de otra realidad representada por su creación.
Por José Eduardo Fischbein

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