filosofía
DARWIN Y EL EVOLUCIONISMO
CONTEMPORÁNEO
JORGE MARTÍNEZ CONTRERAS
AURA PONCE DE LEÓN
coordinadores
grupo editorial
siglo veintiuno
siglo xxi editores, méxico siglo xxi editores, argentina
CERRO DEL AGUA 248, ROMERO DE TERREROS, GUATEMALA 4824, C 1425 BUP
04310 MÉXICO, DF BUENOS AIRES, ARGENTINA
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salto de página biblioteca nueva anthropos
ALMAGRO 38, 28010 ALMAGRO 38, 28010 DIPUTACIÓN 266, BAJOS,
MADRID, ESPAÑA MADRID, ESPAÑA 08007 BARCELONA, ESPAÑA
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GN281
D37
2012 Darwin y el evolucionismo contemporáneo / Jorge Martínez
Contreras, Aura Ponce de León, coordinadores. —
México : Siglo XXI Editores : Universidad
Veracruzana, 2012.
421 p. — (Filosofía)
ISBN: 978-607-03-0431-6
1. Evolución humana – Filosofía 2. Evolución
(Biología). 3. Selección natural 4. Darwin, Charles –
1809-1882. I. Martínez Contreras, Jorge, editor. II.
Ponce de León, Aura, editor. III. Ser.
Cada autor(a) es completamente responsable del contenido
de su artículo, incluyendo textos, declaraciones, ilustraciones,
figuras, fotografías y cualquier otra sección del mismo.
primera edición, 2012
© siglo xxi editores, s.a. de c.v.
© universidad veracruzana
isbn 978-607-03-0431-6
derechos reservados conforme a la ley
impreso en ingramex, s.a. de c.v.
centeno 162-1
col. granjas esmeralda
09810, méxico, d.f.
octubre de 2012
ÍNDICE
PREFACIO 11
AGRADECIMIENTOS 13
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE
Jorge Martínez Contreras, Aura Ponce de León y Víctor Romero Sánchez 15
I. LA IDEA DE LA EVOLUCIÓN
ALEXANDER VON HUMBOLDT, VÍNCULO ENTRE LAMARCK
Y DARWIN
Jaime Labastida 39
EL ÁRBOL DE LA VIDA RECONSIDERADO
Jean Gayon 50
EL CONCEPTO DARWINIANO DE ESPECIE
Camilo J. Cela Conde y Cristina Rincón Ruiz 69
EL CONCEPTO DE ESPECIE EN LA OBRA DE LAMARCK Y DARWIN:
UNA MIRADA RETROSPECTIVA
Ernesto Rodríguez Luna y Aralisa Shedden González 80
DARWIN Y LA ÉTICA AMBIENTAL
Raúl Gutiérrez Lombardo 96
COMPENSACIÓN Y CORRELACIÓN DE LOS ÓRGANOS EN EL
TRANSFORMISMO DE ÉTIENNE GEOFFROY SAINT-HILAIRE
Gustavo Caponi 107
PASOS HACIA UNA NUEVA SÍNTESIS DE LA TEORÍA EVOLUTIVA:
TOMÁNDONOS EN SERIO AL DARWIN NEOLAMARCKISTA
Eugenio Andrade 118
[7]
8 ÍNDICE
ASPECTOS METODOLÓGICOS DE LA TEORÍA DE LA HERENCIA
DUAL EN LA EVOLUCIÓN HUMANA
Paulo C. Abrantes 135
II. HISTORIA Y FILOSOFÍA DE LA EVOLUCIÓN
MÁXIMO Y BARTOLA. LOS ÚLTIMOS “AZTECAS”: INTERPRETACIONES
EVOLUCIONISTAS DE LA ANOMALÍA EN EL SIGLO XIX
José Luis Vera Cortés 155
ALGUNOS USOS HISTORIOGRÁFICOS DE DARWIN
Violeta Aréchiga C. 168
LAMARCKISMO Y DEGENERACIÓN EN LA PSIQUIATRÍA FRANCESA
DEL SIGLO XIX
Luis Horacio Gutiérrez-González 179
LA HERENCIA LAMARCKIANA DE COMTE
Michel Bourdeau 193
LA INTRODUCCIÓN DEL DARWINISMO Y LAS IDEAS DE LA HERENCIA
DE LOS MÉDICOS EN MÉXICO A FINALES DEL SIGLO XIX
Ana Barahona 204
LOS USOS DE LAS MOLÉCULAS EN EL ESTUDIO DE LA EVOLUCIÓN
HUMANA: UN LARGO Y SINUOSO CAMINO
Edna Suárez-Díaz 218
LOS HEREDEROS DE LAS PREOCUPACIONES DE ERASMUS SOBRE
LAS ENFERMEDADES HEREDITARIAS: LOS CAMINOS DE LA
HERENCIA EN LA FAMILIA DARWIN
Carlos López-Beltrán 235
III. ANTROPOLOGÍA Y EVOLUCIÓN
FUEGUINOS, PAPÚAS Y EUROPEOS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA
SELECCIÓN NATURAL
Juan Manuel Rodríguez Caso, Ricardo Noguera Solano
y Rosaura Ruiz Gutiérrez, 255
ÍNDICE 9
DISCIPLINAS PALEOANTROPOLÓGICAS E HIPÓTESIS DARWINIANAS
Aura Ponce de León 270
ENFERMEDAD Y SELECCIÓN NATURAL
Cristina Rincón Ruiz y Alicia Bennàsar Rigo 279
EVOLUCIÓN Y TEORÍA PSICOLÓGICA: PSICOANÁLISIS CLÁSICO
Y TEORÍA DEL APEGO
Fernando Ortiz Lachica 287
EL COMERCIO COMO POSIBLE FACTOR DE LA EVOLUCIÓN HUMANA
Fernando Leal Carretero 297
IV. PRIMATOLOGÍA Y COGNICIÓN
¿PUEDEN PENSAR LOS ANIMALES?
Antonio Diéguez 313
LA HUMANIZACIÓN DE LOS SIMIOS
Jorge Martínez Contreras 327
JORDI SABATER PI (1922-2009): VIDA Y OBRA DE UN NATURALISTA
Y EL DESCUBRIMIENTO DE LAS CULTURAS DE LOS CHIMPANCÉS
IN MEMORIAM
Joaquim J. Veà 343
EVOLUCIÓN Y RAZONAMIENTO HUMANO
Jonatan García Campos 353
LA EVOLUCIÓN DE LA AGENCIA
Pablo Quintanilla 369
CLAVES CEREBRALES DE LA EVOLUCIÓN DE LA APRECIACIÓN
ESTÉTICA
Enric Munar, Marcos Nadal y Albert Flexas 384
¿SELECCIÓN DARWINIANA EN UNA MENTE MODULAR?
Paola Hernández Chávez 397
REPRESENTACIÓN E INFORMACIÓN
Karla Chediak 408
PREFACIO
Reunir a especialistas en ramas muy diversas para sostener un amisto-
so diálogo interdisciplinario sobre un tema de investigación común,
conduce indefectiblemente a interesantes procesos de producción y
desarrollo de ideas, aprendizaje y enriquecimiento, así como modi-
ficación y enmienda de puntos de vista. En el texto que tenemos el
gusto de presentar, el lector encontrará los resultados de un diálogo
de esta naturaleza, enfocado en la investigación y discusión de distin-
tos aspectos de la evolución.
En numerosos simposios, congresos, estancias de investigación,
y en general reuniones ad hoc, investigadores provenientes de disci-
plinas tan variadas como la filosofía, la biología, la psicología, la an-
tropología, la medicina, la lingüística, la arqueología, la historia y la
física, han presentado resultados de sus investigaciones sobre diversos
aspectos de las teorías que se han desarrollado a partir de la obra de
Charles Darwin y Jean Baptiste de Lamarck, que hoy toman forma en
este libro.
Así, un amplio grupo de investigadores de diversas lenguas y pro-
cedencias, a quienes une un interés común y además una amistad, se
ha reunido en los últimos años en distintos países de América Latina
y Europa en busca de un debate y de la mejor formulación de sus
ideas en torno a los temas que particularmente investigan.
La realización de este libro que reúne los resultados de estos tra-
bajos requirió del concurso de muchas personas e instituciones, a las
que estamos muy agradecidos. En primer lugar, la edición del libro no
habría sido posible sin el concurso de la Universidad Veracruzana
(uv) y muy especialmente de su Centro de Investigaciones Tropicales
(Citro), institución coeditora de este texto, junto con Siglo XXI Edi-
tores. Asimismo, fue crucial la participación de la Universidad Autó-
noma Metropolitana (uam-i) y el Centro de Estudios Filosóficos, Polí-
ticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano (cefpsvlt), instituciones
en las que trabajamos los coordinadores, y a las que agradecemos por
todo el tiempo y apoyo que nos otorgaron para que pudiéramos reali-
zar esta tarea. Por otro lado, en la serie de reuniones arriba señaladas
que condujeron a la producción de este texto, una de los más intere-
[11]
12 PREFACIO
santes se realizó en la forma de un simposio internacional en Xalapa,
Veracruz, bajo el nombre de Lamarck-Darwin 1809-2009: two hundred
years of evolutionism, con el auspicio de la uam-i, la uv, el cefpsvlt, el
Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah), la Universidad
de las Islas Baleares (uib) y la Universidad Autónoma del Estado de
México (uaem). Otras reuniones también de gran importancia tuvie-
ron lugar en las ciudades de Bogotá, Florianópolis, París y Mazatlán.
En ellas, este amplio conjunto de investigadores estudió y discutió te-
mas. Algunos de ellos constituyeron en abril de 2006 el Grupo Bogotá
de Pensamiento Evolucionista, que toma su nombre por la ciudad en
la que por primera vez se reunieron y que ha continuado su voluntad
inicial de diálogo y deliberación; este grupo ha sido también de gran
importancia en el impulso de los trabajos que aquí se presentan.
Como el lector podrá constatar, los temas giran alrededor de una
amplia gama de temas evolucionistas, explorada en y desde distintos
niveles y con varios focos de atención: la naturaleza y causas de la
evolución, la historia, filosofía e historiografía de los estudios evo-
lucionistas, la evolución humana, la evolución primate, los aspectos
comportamentales, la mente humana y animal, entre otros. Es quizá
esta riqueza de aproximaciones lo que hace al texto de mayor interés,
y la que más nos impulsa a invitar al lector cordialmente a su lectura.
jorge martínez contreras
aura ponce de león
Coordinadores
AGRADECIMIENTOS
institución coeditora de este libro:
Universidad Veracruzana
instituciones que contribuyeron a las diversas reuniones
preparatorias de este libro:
Universidad Autónoma Metropolitana (Rectoría General y Unidad
Iztapalapa)
Universidad Veracruzana
Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo
Toledano-sep
Instituto Nacional de Antropología e Historia
Universidad Autónoma del Estado de México
Universidad de las Islas Baleares
instituciones que colaboraron en la coordinación editorial
del libro:
Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Iztapalapa)
Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo
Toledano-sep
[13]
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE
jorge martínez contreras*
aura ponce de león**
víctor romero sánchez***
Los griegos habrían desarrollado —o tal vez sólo roturado— los prin-
cipales campos de la filosofía. Tan es así que es posible que todo lo
que vino después de la época de oro de la filosofía griega fueran sólo
notas al pie de página de los filósofos que los siguieron. Esa boutade
provocativa de Whitehead tiene sin duda bastante de verdad. Pero si
hay un campo del saber auténticamente nuevo, éste es el del evolu-
cionismo. Es cierto que en la Antigüedad y en los siglos anteriores al
xix mucho se había hablado de los monstruos, de su probable origen
natural, de sus posibles transformaciones. Antes del desarrollo de la
teoría de la evolución, y en relación con nosotros, los humanos, sólo
había dos hipótesis posibles, concebibles: la de la creación divina o la
de su surgimiento por algún accidente extraordinario de la naturale-
za. Si la primera acompaña —con variaciones— al pensamiento mí-
tico de toda sociedad humana conocida, la segunda mucho le debe
a las explicaciones que se daban sobre el origen y la forma de los
fósiles, caprichos de la naturaleza; recordemos cómo los fósiles que
se iban encontrando eran vistos como formaciones aleatorias de la
naturaleza, semejantes a las figuras, más o menos regulares y simétri-
cas, que se pueden ver en la lava seca y en otras formaciones rocosas.
Nos puede ahora parecer extraño que se crea que la estructura de un
trilobite fósil, por ejemplo, es el resultado de fuerzas inorgánicas ac-
cidentales, pero entonces no había, además de ésa, otra explicación
que no fuera la divina.
Sin embargo, poco a poco surgen pensadores que proponían que
los seres vivos podían modificarse por acción del medio. Recordemos
* Departamento de Filosofía, uam-Iztapalapa.
** Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toleda-
no, cefpsvlt-sep.
*** Posgrado en Humanidades, uam-Iztapalapa.
[15]
16 J. MARTÍNEZ CONTRERAS/A. PONCE DE LEÓN/V. ROMERO
que Buffon, tan influido por el desarrollo de la química de su tiempo,
hablaba de moléculas orgánicas como base de los seres vivos. Para el
francés, el Sol podía influir en los cambios del color de piel de los
humanos haciendo, por ejemplo, que un blanco se volviera negro y
viceversa, en muy poco tiempo, por acción de los rayos del astro. Su
posición era, sin embargo, cartesiana: sea cual fuere la forma física
de los humanos —por ejemplo al comparar a los europeos con los
hotentotes— él encontraba que todos poseían razón y en ese sen-
tido eran iguales, intuición cartesiana a la que Buffon permaneció
fiel toda su vida. El autor de la gigantesca enciclopedia ilustrada de
más de cuarenta volúmenes sobre Histoire naturelle générale et particu-
lière tenía un rival “fijista”: Linneo. El sueco ya había alcanzado en
su tiempo un prestigio mayor al del francés; el sistema de clasifica-
ción apoyado en los rasgos sexuales de las plantas y el consecuente
sistema binario género/especies se había instaurado en el mundo
biológico. En relación con los humanos, Linneo no era cartesiano.
Pensaba que la forma del cuerpo de los humanos pudiera reflejar
rasgos de sus caracteres y habilidades, haciendo del hombre blanco
un ser particularmente racional. Si Homo sapiens se aplica a toda la
especie, los blancos parecían ser, para él, más sapiens que las demás
razas o variedades de nuestra especie. Ahora bien, Linneo, tan poco
amigo de la posibilidad de cambios después de la creación, proveyó
los instrumentos más útiles a los futuros evolucionistas: toda la vida
parece susceptible de ser encasillada en categorías no arbitrarias que,
como matrioshkas, incluyen las unas a las otras. El evolucionismo,
con su teoría de un antepasado común, aprovechará enormemente
esta estructura de clasificación de las formas vivas y extintas; había
pues una relación de parentesco generalizada que se podía seguir en
los diferentes niveles de su clasificación. Todos los fenómenos de la
vida parecían estar relacionados. Por otro lado, en el caso de la antro-
pología e inspirándose en el anatomista inglés Tyson (1699), Linneo
colocó a los humanos en el mismo orden biológico que los simios o
antropoides (para él había dos variedades de “orangután”: una negra,
africana, y otra roja, asiática) y los monos: el de los primates (primatis:
los primeros por Dios creados). Sabemos la importancia que en la
obra de Darwin tendrá postular la existencia de antepasados comu-
nes en el orden Primates entre simios y humanos.
En 1809, el año del nacimiento de Darwin, Lamarck funda la teo-
ría de la evolución con su libro Filosofía zoológica. Discípulo de Buffon
y de sus sucesores, Lamarck era, por sus propios trabajos en botáni-
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE 17
ca, un gran conocedor de los métodos de clasificación de Linneo.
Heredero de ambas corrientes, el francés propone que las especies
cambian por acción del medio y que estos cambios se heredan y trans-
miten a la descendencia, “la herencia de los caracteres adquiridos”,
como se señalará más tarde. Sus ejemplos son interesantes: tomemos
el caso del árbol x que tiene una altura promedio y: cuando vemos
el mismo árbol a una altura mayor que la que normalmente abunda
en las montañas, observamos que se empequeñece y que deja des-
cendencia de su mismo tamaño: para Lamarck, el efecto del clima
está creando, al cabo de muchas generaciones en que el fenómeno
se repite, una nueva variedad estable. También en el siglo xviii algu-
nos geólogos, como Hutton, proponen teorías semejantes a las de la
evolución.
Desde principios del siglo xix se habrán de efectuar extraordi-
narios viajes científicos: Von Humboldt y Bonpland recorren varias
regiones de las Américas a partir de 1799 y durante cinco años, lo
mismo Alcide d’Orbigny entre 1826 y 1833.
Otros viajes paradigmáticos fueron los de los dos naturalistas ingle-
ses que fundaron la teoría de la evolución por medio de la selección
natural: Darwin, quien dio la vuelta al mundo a bordo del Beagle, y
Wallace, quien colectó abundante material en América del Sur via-
jando en el Mischief, perdido en gran parte en un naufragio en otro
barco a su regreso. Wallace iría luego al sureste asiático y es ahí donde
crearía la “línea Wallace” que señala un límite biogeográfico (pues a
pesar de la cercanía geográfica de las islas en la zona, hay gran varia-
ción de las poblaciones vegetales y animales) a través del archipiéla-
go malayo que separa a los continentes de Asia y de Oceanía. Desde
lo que es hoy Indonesia, Wallace le escribirá a Darwin proponiendo
ideas semejantes a las del futuro autor de El origen de las especies. Como
es sabido, Darwin recibe, asombrado, esa carta de Wallace donde éste
le expresa una teoría muy semejante, con datos científicos, a la que él
había intuido desde muy joven y sobre la que llevaba trabajando de-
cenios, teoría que combina evolución con selección natural. El arribo
de Wallace a la escena científica hizo a Darwin apresurarse a propo-
ner una versión que hubiera podido quedarse aún más tiempo en el
tintero. El encuentro entre los dos naturalistas se concretará en dos
comunicaciones presentadas en una sesión ante la Linnaean Society,
el 1 de julio de 1858, arreglada por los amigos de Darwin. En ambas
tesis se expresa la coincidencia científica de los dos naturalistas, pero
se le otorga la preeminencia a Darwin sobre Wallace, con el argu-
18 J. MARTÍNEZ CONTRERAS/A. PONCE DE LEÓN/V. ROMERO
mento —justificación moral de los colegas de Darwin— de que éste
había ya comunicado con anterioridad sus propios hallazgos, por lo
menos a ellos. La manera en que se le dio el papel principal en esta
teoría a Darwin sobre su compatriota es motivo de debates, incluso en
nuestros días. En todo caso, nace así la Teoría de la evolución por medio
de la selección natural, que tomará auge internacional al aparecer, en
noviembre de 1859, el libro On the origin of species by means of natural
selection, or the preservation of favoured races in the struggle for life (reduci-
do a The origin of species en 1872).
Si numerosos fueron los viajes científicos y los descubrimientos
durante la primera mitad del siglo xix, entre la obra fundacional de
la evolución de Lamarck y la revolución darwiniana y wallaceana, gi-
gantescos han sido los desarrollos del evolucionismo desde entonces.
Los caminos recorridos por los estudiosos de la evolución desde los
tiempos de Lamarck, en 1809, y de Darwin, en 1859, han mostrado
que para comprender el mundo de la vida y el orden aparente que
en él se encuentra, hay que aceptar que la evolución es el principio
explicativo que más se ajusta a los diversos hechos y fenómenos que la
biología considera relevantes para comprender la relación que guar-
dan entre sí las especies vivas, y también las fósiles.
Se ha sugerido que las tesis de Lamarck no tuvieron un impacto
tan importante en la disciplina y que si hoy se le recuerda es para
contrastar su idea de la herencia de los caracteres adquiridos con
el pensamiento moderno sobre la evolución que propone que tales
caracteres no se heredan y que las rutas de la evolución son otras. Las
tesis lamarckianas, sin embargo, fueron de gran relevancia en la cons-
trucción del razonar evolutivo moderno y mucho más amplias que
ese único aspecto recuperado por los historiadores de esta temática.
El mismo Darwin acudió a ellas con frecuencia.
Con El origen de las especies sin duda da inicio una revolución en
el pensamiento de las ciencias de la vida al introducirse en ellas la
perspectiva evolutiva que sostuvo Darwin: las especies actuales provie-
nen de uno o unos cuantos antepasados comunes, son resultado de
procesos evolutivos muy antiguos y de larga duración, regidos por la
selección natural según la cual los organismos más aptos sobreviven,
se reproducen, y son sus variaciones las que van configurando la apa-
rición de variedades y especies.
En torno a ello, estudiosos modernos de la evolución han contri-
buido enriqueciendo esta perspectiva del mundo vivo con diversas
interrogantes: ¿qué es la evolución?, ¿cuáles son los aspectos históri-
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE 19
cos y filosóficos más significativos de las ciencias que se dedican a su
estudio?, ¿cómo se ha caracterizado la particular trayectoria evolutiva
del ser humano?, ¿cuáles son las particularidades del estudio de la
evolución de lo mental, y cuál es el papel del comportamiento, el am-
biente y la genética en todo ello? Éstas, entre otras, son algunas de las
preguntas que guían el interés en este libro, pues es precisamente en
torno a ellas que éste se conforma. Cada uno de sus capítulos presen-
ta alguno de estos aspectos y su mayor interés radica en las diversas
perspectivas y puntos de vista que se sostienen, a veces coincidentes,
a veces divergentes, que hacen de esta obra una muestra plural que
representa, como veremos a continuación, el amplio rango de temas,
aspectos, objetos de reflexión y niveles de discusión a los que se orien-
tan hoy los estudios sobre el pensamiento evolucionista.
Iniciamos este libro explorando la idea de evolución a lo largo de la
historia. En primer término se presenta un estudio sobre la obra de
Alexander von Humboldt de Jaime Labastida. El autor señala cómo
podemos ver en la obra del longevo naturalista, considerado como el
padre de la biogeografía —y quien muere precisamente en 1859—.
Una actitud científica que se pone en diálogo con los trabajos de
Lamarck —como representante de la importante tradición francesa
de aproximadamente un siglo (1747-1840) que desde Buffon hasta
Cuvier y Étienne e Isidore Geoffroy Saint-Hilaire marcará un hito en
la historia de la biología, no sólo francesa—. El francés ha sustitui-
do al latín como lenguaje culto, diplomático y científico. Humboldt
escribió la mayor parte de su obra en esa lengua, particularmente
los treinta volúmenes de su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo
Continente —también vivió en Francia durante tres decenios—. Para
Labastida, Humboldt, por medio de su conocimiento personal de la
mayoría de los naturalistas franceses de su tiempo, especialmente de
Lamarck y, en la medida en que fue un continuador de la Ilustra-
ción francesa, se convirtió de hecho en un importante eslabón entre
el siècle d’or biológico francés —antes mencionado— y las teorías de
Darwin. Humboldt, gran viajero cuyos descubrimientos geográficos
y biológicos en América fueron innovadores, propuso que todo el
cosmos —usando el término clásico griego— estaba en movimiento;
que todo, desde los minerales hasta las estrellas, desde las montañas
hasta las sociedades y las lenguas, todo, cambiaba y evolucionaba. Su
prestigio decayó en el siglo xix mientras que el de Darwin aumenta-
ba. Desafortunadamente, la obra del naturalista germano-francés ha
20 J. MARTÍNEZ CONTRERAS/A. PONCE DE LEÓN/V. ROMERO
sido casi olvidada, excepto en varios países latinoamericanos, donde
se le considera como el prototipo de un gran naturalista.
Por su parte, Jean Gayon analiza el famoso diagrama de árbol rami-
ficado que Darwin propusiera en El origen de las especies. La teoría del
inglés sobre “descendencia con modificación a través de la selección
natural” puede ser traducida en términos modernos como el “patrón”
de la evolución —“descendencia con modificación”— y “selección na-
tural” como la hipótesis explicativa que da cuenta de la modificación
de las especies. El árbol de Darwin era su teoría, resumida en una ilus-
tración, de la “descendencia con modificación”. En la medida en que,
más que una simple imagen, el árbol era, en términos modernos, una
conjetura sobre el patrón general de los fenómenos evolucionarios, a
partir de dicha imagen Gayon propone desarrollar siete hipótesis. Pro-
cede analizando primero tres serios retos al bosquejo del árbol de la
vida, uno de los cuales es reciente: se trata de aquel que defiende una
representación no-gradual o saltacionista del origen de las especies; el
segundo señala que la evolución no sucede sólo a nivel de las varieda-
des y de las especies sino también en niveles taxonómicos superiores; y
más recientemente, el tercero se expresa en la idea, totalmente nueva,
del equilibrio puntuado de Eldredge y Gould: la evolución no se en-
cuentra confinada en el nivel de las especies.
En conclusión, Gayon señala que esta extraordinaria y heurística
ilustración ha sido puesta en duda seriamente en los últimos dece-
nios. La idea de una ramificación irreversible a partir de nuevos reto-
ños entra en conflicto con dos grandes clases de fenómenos: la trans-
ferencia horizontal de la información (transmisión lateral de genes y
de otros componentes celulares) y la simbiosis.
Es probable que uno de los conceptos más debatidos en biología
sea el de especie. Pese a su indudable utilidad en aspectos teóricos
y prácticos de la investigación, no puede hablarse de un acuerdo al
respecto entre especialistas. Camilo José Cela Conde y Cristina Rin-
cón abordan en su texto este concepto, analizando su importancia
dentro del estudio de la evolución humana. En él exponen cómo esta
noción, si bien puede ser útil en especies vivas tal como fue definido
por Dobzanshky y afinado por Mayr, como grupo de organismos con
aislamiento reproductivo, no es suficientemente útil cuando se trata
de especies fósiles.
La cladística, dicen los autores, ha suministrado ciertas herramien-
tas para distinguir cuándo una especie se ha convertido en dos —la
formación de un clado—, pero no ha proporcionado un instrumento
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE 21
para distinguir situaciones especiales. Por ejemplo, cuando se trata
de cronoespecies y una de ellas no tiene modificación pero continúa
viva, es a la vez madre de otras que también están vivas. La cladística
las ha situado, no necesariamente con fortuna, como especies her-
manas.
Los investigadores señalan: “Estamos, pues, desde el punto de vista
heurístico, ante una situación trágica (recuérdese el origen de esa
palabra: aquello que es a la vez necesario e imposible). En el campo
más sólido del análisis filogenético, el de la cladística, no contamos
con conceptos lo bastante fuertes como para describir e interpretar
las filogenias. Parece urgente la necesidad de revisar las herramientas
taxonómicas, incluido el concepto de cronoespecie. Es preciso dispo-
ner de un sistema que sea capaz de identificar relaciones de ancestro-
descendiente”.
Debido a que se carece de conceptos sistemáticos fuertes para des-
cribir e interpretar filogenias y por requerirse una revisión urgente
de las herramientas taxonómicas, entre ellos el de cronoespecies, los
autores proponen que, dada la dificultad de concebir las herramien-
tas adecuadas, se acuda a algunas ideas esbozadas en The descent of
man, especialmente su alusión a los rudimentos y que, en particular
en la evolución de la especie humana, se examinen también las cul-
turas y las lenguas.
En el capítulo que presentan sobre este concepto, Ernesto Rodrí-
guez Luna y Aralisa Shedden realizan un recorrido histórico sobre
las diversas opiniones y definiciones que el mismo ha recibido, dete-
niéndose en sus implicaciones para los problemas de la conservación
de la naturaleza que numerosos conservacionistas, entre los cuales se
cuentan ellos mismos, enfrentan.
La presión actual que sobre los organismos vivos ha significado el
desarrollo tecnológico es de gran envergadura; como sabemos, se ha
postulado que estamos ante una sexta gran extinción. Organismos
como la iucn —International Union for Conservation of Nature—
han desarrollado trabajo de investigación en diversas partes del mun-
do para identificar a las especies que se encuentran más amenazadas
y sugerir a los gobiernos acciones en consecuencia. El texto de Rodrí-
guez y Shedden afirma que el concepto de especie se constituye en
una herramienta valiosa para desarrollar acciones de conservación,
aun cuando en esta rama son pocos los debates al respecto.
Siguiendo esa idea, los autores realizan un recorrido histórico
sobre las distintas aproximaciones a este concepto, desde la Grecia
22 J. MARTÍNEZ CONTRERAS/A. PONCE DE LEÓN/V. ROMERO
antigua hasta tiempos modernos, deteniéndose en algunos autores
clásicos como Linneo, quien, señalan, tuvo una influencia decisiva en
la investigación posterior, desafortunada en cierta medida pues, pese
a la gran labor de este naturalista, influyó en la larga duración de una
idea excesivamente fija de lo que es una especie.
En una mirada posterior, la síntesis moderna de la biología abordó
este tema con el planteamiento de Dobzhansky, quien exploró los
aspectos de aislamiento reproductivo. Mayr, asimismo, desarrolló el
que quizá es el concepto de especie más aceptado en la actualidad:
grupos de poblaciones que pueden reproducirse entre sí y que están
aislados reproductivamente.
Quizá, como afirman los investigadores, la imperfección y diversi-
dad del concepto estén vinculadas a la propia diversidad biológica, y
seguirán utilizándose de acuerdo con su aplicabilidad a las disímiles
circunstancias de investigación y conservación.
Concerniente al mismo tópico —la conservación—, Raúl Gutié-
rrez Lombardo contribuye en este volumen con una disquisición so-
bre el darwinismo y la ética ambiental. Ante el desproporcionado uso
que los humanos hemos hecho de los recursos del ambiente y las
graves consecuencias que hemos obtenido, el autor se pregunta cuá-
les son los mejores valores que debemos considerar para hacer frente
a todos los problemas de conservación de la naturaleza. A lo largo
de su artículo, el autor muestra cómo el ser humano ha realizado su
intervención sobre el ambiente rigiéndose por una ética profunda-
mente antropocéntrica, lo que ha tenido un impacto muy negativo
sobre la vida de las especies que pueblan el planeta. Muchas de ellas
han desaparecido a causa de la acción humana, que, como sabemos,
impacta tanto por ocupación de hábitats cuanto por el ataque o la
depredación directa de las especies. ¿Cuál es, entonces, el equilibrio
que debemos tratar de alcanzar?, se pregunta el investigador, ¿bajo
qué tipo de ética?, ¿es la ética antropocéntrica que hemos sostenido
hasta hoy la que nos permitirá salir de la crisis ambiental que hemos
provocado, o es necesaria una transición, un cambio profundo a una
ética biocentrista que considere al ser humano como una especie más
entre millones?
Estas preguntas y más son exploradas por Gutiérrez Lombardo
quien presenta en breves páginas un estado general de la cuestión.
En ellas, revisa desde los acuerdos internacionales que se han logrado
entre naciones hasta temas técnicos, como la posibilidad de determi-
nar la capacidad de carga del planeta, o incluso, la posibilidad —o
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE 23
no— de cambiar los cursos de acción que se iniciaron hace tiempo
ya, especialmente a partir de la era industrial.
En su artículo, Gustavo Caponi nos invita a reconsiderar la lectura
de las tesis de Étienne Geoffroy Saint-Hilaire: en un afán por buscar
una mejor comprensión de la Filosofía anatómica del naturalista fran-
cés, hace una comparación crítica entre el principio de compensación
de los órganos de Geoffroy y el principio de la correlación de las formas
de Cuvier, intentando mostrar que “el programa de Geoffroy pro-
curaba superar las anomalías del programa cuvieriano, integrando
sus resultados, dentro de un cuadro teórico más amplio. Un cuadro
que permitiese entender no sólo el funcionamiento, sino también la
constitución de las formas orgánicas”.
La pregunta que el autor intenta responder en su artículo es la
siguiente: “¿es posible considerar al principio de compensación de los ór-
ganos como si él fuese una versión transformacional del principio de la
correlación de las formas?” Caponi afirma que, a pesar de que la Ley
de Cuvier no sea incompatible con reformaciones transformistas, el
principio de compensación de los órganos busca explicar hechos diferentes
de aquellos que podrían ser explicados por el recurso a un posible
cuvierianismo transformacional. Si no fuese así, continúa el investiga-
dor, la filosofía anatómica de Geoffroy no hubiese sido otra cosa que
una arriesgada aventura especulativa para explicar lo que la anatomía
comparada de Cuvier ya permitía comprender.
Geoffroy, sostiene Caponi, quería ir más lejos y dar una explica-
ción para ciertas anomalías del programa cuvieriano, y su principio de
compensación de los órganos era clave para el cumplimiento de dicho
cometido, dado que precisaba un mecanismo que pudiese explicar
cambios capaces de transformar un reptil en un ave o un pez en un
reptil, por ejemplo. Invitamos al lector a seguir esta interesante lectu-
ra y a considerar junto con el autor los elementos con los que aventu-
ra una respuesta a la pregunta formulada inicialmente.
La síntesis evolutiva moderna, que halló su origen entre los de-
cenios de 1930-1940 ha sido, como sabemos, fuente de múltiples
debates y precisiones a lo largo de su historia. Desde hace algunos
decenios y, sobre la base de grandes avances empíricos en las ciencias
biológicas, algunos investigadores han propuesto una Síntesis evolu-
tiva expandida (ees por sus siglas en inglés), siendo uno de sus retos
centrales la búsqueda por unificar de forma satisfactoria la teoría ge-
nética con la teoría de las formas. El artículo que nos presenta en
este volumen Eugenio Andrade corre precisamente en tal sentido,
24 J. MARTÍNEZ CONTRERAS/A. PONCE DE LEÓN/V. ROMERO
mostrándonos una interesante aproximación teórica e histórica a los
elementos que podrían configurar una Síntesis Evolutiva Expandida:
la tarea que Andrade se impone es resumir las contribuciones del
lamarckismo, el neolamarckismo, el darwinismo, el neodarwinismo
y las teorías epigenéticas para contextualizar un modelo acerca del
papel que han desempeñado los ajustes fisiológicos, ontogenéticos
y de comportamiento ante el ambiente, con relación a la evolución.
Sin duda uno de los temas centrales respecto de la evolución hu-
mana es, precisamente, aquel que atañe a la relación que existe entre
los elementos culturales y los genéticos. La teoría de la herencia dual
es, como señala Paulo C. Abrantes en su contribución a este volumen,
uno de los principales acercamientos hacia tal problemática. El inves-
tigador se encarga de mostrarnos una reconstrucción de la metodolo-
gía adoptada por Peter J. Richerson y Robert Boyd, representantes de
la teoría mencionada, así como algunas de sus tesis metacientíficas:
¿es la cultura una adaptación?; ¿que tipo de modelos teóricos han
de utilizarse para su análisis?; ¿por qué la cultura no se desarrolló
en otros primates que tuvieron que lidiar con presiones ambientales
similares a las de nuestra especie? Tales son algunas de las preguntas
implicadas en el análisis.
En el apartado que examina temas de la historia y la filosofía de la
evolución, José Luis Vera presenta una reflexión sobre el papel que
ha jugado la anormalidad en los estudios sobre evolucionistas. Por
medio del caso de Máximo y Bartola, dos hermanos microcéfalos
centroamericanos que en el siglo xix atrajeron el interés de cierto
número de estudiosos de la evolución, Vera se pregunta por el lugar
que El otro, el diferente, el anormal, ha jugado en la configuración del
pensamiento antropológico: ¿cómo se configura ese juego de espejos
que es la antropología a partir de la definición de la identidad y la
alteridad?
Otra línea de indagación en este artículo es la manera en que la
anomalía fue vista como testimonio a favor de la teoría de la evolu-
ción darwiniana, al menos, en el imaginario colectivo de la época.
Diversos seres anormales, señala el autor, fueron mostrados como
eslabones intermedios entre especies: “Muchos de ellos fueron ex-
hibidos como seres intermedios entre la animalidad y la humanidad,
hombres osos, hombres simios, hombres lobos pueblan la escena en
la que los observadores ponen en duda el estatus humano de los pre-
sentados. Su morfología se muestra intermedia y en la mayoría de los
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE 25
casos su exagerado hirsutismo correspondía con las narraciones si no
de seres intermedios, de los eslabones perdidos, sí con el estereotipo
del salvaje, donde la máxima pilosidad y la desmesura del comporta-
miento aproxima al individuo a un estado de naturaleza sobre el cual
el ser humano fue capaz de sobreponerse imponiendo en ella el sello
de la cultura”.
Estos casos contribuyeron no sólo a la configuración de la particu-
lar aproximación de la antropología sino, señala Vera, a la populari-
zación de las ideas evolucionistas.
Cuando se trata de hacer historia de la ciencia y, como nos recuer-
da el siguiente artículo, parece que es imposible evitar completamen-
te el presentismo. Sin embargo, es importante —y es la reflexión que
Violeta Aréchiga nos invita a hacer en su contribución a este volu-
men— tener en cuenta que es valiosa la búsqueda por evitar uno de
los errores historiográficos más evidentes, asociado con la historio-
grafía whig: mutilar y hacer lecturas de textos e ideas que apoyan pos-
turas actuales. En tal sentido, la investigadora nos muestra dos ejem-
plos, a saber: 1] La discusión entre las posturas “fundamentalista” y
“pluralista” y 2] la polémica en torno a la idea de progreso en Darwin.
Parece imposible, señala Aréchiga, establecer de una vez y para siem-
pre lo que Darwin “realmente” quería decir porque, en cierto sentido
al menos, no existe tal cosa, en espera de ser descubierta: aquello que
podríamos esperar, en todo caso, es el resultado de la colaboración
continua y dinámica entre autores y posturas.
Luis Horacio Gutiérrez González, en su artículo, hace un recuento
histórico de las ideas sobre las cuales se apoyaron los movimientos eu-
genésicos durante la primera mitad del siglo xx. El investigador des-
taca en Benedict Morel —cuyas ideas sobre degeneración dominaron
a la psiquiatría francesa por más de un siglo— la influencia de las
ideas de Cuvier, de Buffon, de Lamarck y, por supuesto, la influencia
final y de largo plazo de su interpretación del evolucionismo darwi-
niano: Morel describió el proceso de degeneración de tal modo que
iniciaba con inmoralidad, continuaba con alcoholismo y enajenación
mental, culminando con la esterilidad en la cuarta generación. Pa-
recería, señala, que los argumentos que apoyaban a la eugenesia se
basaban, en última instancia, en una petición de principio.
El evolucionismo, como sabemos, ha sobrepasado con frecuencia
los límites disciplinarios de la biología. En cierto sentido podríamos
hablar de que los límites entre las disciplinas son, cuando menos,
difusos, y que ellas se relacionan, influyéndose, en más de un sentido.
26 J. MARTÍNEZ CONTRERAS/A. PONCE DE LEÓN/V. ROMERO
En el artículo con el que Michel Bourdeau participa en este libro
nos señala, precisamente, la influencia del pensamiento de Lamarck
en el positivismo de Auguste Comte y el problema de la jerarquía de
las especies, enmarcado dentro de la controversia Lamarck-Cuvier.
Para Comte, señala Bourdeau, el pensamiento de Lamarck era valio-
so respecto de dos puntos en particular: su contribución a la teoría
ambiental y el modo en que concebía a la jerarquía animal. El primer
punto ha sido ampliamente estudiado, mientras que no es así con el
segundo, y es en tal sentido precisamente que apunta este artículo.
Lo anterior dada la estrecha conexión entre la sociología y la biolo-
gía en el positivismo comteano. Comte tomaría del pensamiento de
Lamarck, afirma el investigador, aquel rasgo que señala que la serie
animal lamarckiana es el primer ejemplo científico de progreso y el
progreso social es sólo una extensión de él, a lo que se añade la insis-
tencia del papel que las circunstancias externas juegan en tratar de
salvar las dificultades que Lamarck encontró en la construcción de la
serie animal.
Como sabemos, la teoría de la evolución de Darwin modificó de
forma crucial la manera en la que entendemos los procesos biológi-
cos. La idea de selección natural como mecanismo central de la evolu-
ción, no obstante, fue admitida por pocos de sus contemporáneos. No
fue sino hasta muy posteriormente, una vez que la genética moderna
comenzó su desarrollo, que el mecanismo mencionado tuvo cabida
en las explicaciones biológicas. La teoría de Darwin, en general, tuvo
que pasar por distintos procesos de asimilación en distintas regiones,
dadas las particularidades políticas y sociales de cada país. Al respec-
to, Ana Barahona hace un recorrido histórico por la inserción de las
teorías darwinianas en el contexto mexicano del siglo xix. Aunque la
completa aceptación, difusión y comprensión de las teorías darwinia-
nas en México mostró cierta demora con respecto a otras latitudes,
las discusiones acerca del evolucionismo no estaban ausentes y fueron
una importante fuente para el desarrollo y establecimiento de la bio-
logía moderna en el país, pero, además, resultaron importantes en
cuanto al análisis de las problemáticas médicas locales, nos indica
en su interesante texto.
En los últimos decenios se ha constatado que los contextos en que
se desarrollan las investigaciones científicas tienen una influencia re-
levante en las rutas que ésta toma: sus derivas, sus logros, sus eleccio-
nes temáticas y metodológicas. Es decir, todo esfuerzo de investiga-
ción se encuentra inmerso en un contexto histórico y social que, en
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE 27
primer lugar, lo posibilita, y en segundo, le abre o cierra un determi-
nado abanico de trayectorias para su continuidad. Así, se trata de un
esfuerzo cuya dirección la traza, además de los desarrollos internos
de la disciplina, una dialéctica entre las determinaciones históricas
producidas por las rutas previas de esa particular línea de investiga-
ción, y las posibilidades que la sociedad en su conjunto le abre; ya
sea por sus desarrollos tecnológicos, por sus circunstancias políticas
o económicas, o por las personalidades de los individuos que partici-
pan de la actividad, entre otros factores.
En el artículo de Edna Suárez encontramos un interesante recuen-
to sobre la manera en que la investigación en antropología molecular
se ha desarrollado, y una reflexión sobre cuáles han sido los aspectos
contingentes de mayor relevancia en su modelación para llegar a ser
lo que ahora es.
Suárez señala que
la historia de la diversificación y selección de algunas técnicas y de los datos
que éstas producen, y la marginalización de otras, depende de contextos so-
ciales y disciplinarios que son contingentes. La historia que quiero narrar
no tiene nada que ver con la inevitabilidad de ciertos desarrollos, ni con
la superioridad intrínseca de las secuencias y las técnicas de secuenciación
sobre otros enfoques empíricos. El análisis de secuencias de dna y proteínas
adquiere significado y relevancia sólo dentro del complejo arreglo de herra-
mientas y redes sociales que son parte de las ciencias de la computación, la
bioinformática y la perspectiva genético-genómica de los organismos.
¿Por qué, entonces, las secuencias han adquirido un lugar tan pri-
vilegiado en nuestra sociedad actual? Ése es el núcleo de la indaga-
ción de este artículo.
En el texto encontramos una relación histórica de los principales
desarrollos tecnológicos en el estudio de la evolución humana a través
de los análisis sanguíneos, desde los estudios de Nuttal publicados en
1904 sobre las reacciones de precipitina de suero sanguíneo en dife-
rentes grupos biológicos, entre ellos, artrópodos y primates, pasando
por los estudios serológicos de Hirszfeld relacionados con la especie
humana, hasta llegar al álgido debate que se dio en los años sesenta
entre los biólogos moleculares, por ejemplo Zuckerkandl, Goodman
y Margoliash, y los llamados arquitectos de la síntesis moderna, v. gr.
Simpson, Mayr y Dobzhansky. El recorrido de la autora aborda los
debates, las acusaciones, las respuestas, la disponibilidad de técnicas y
28 J. MARTÍNEZ CONTRERAS/A. PONCE DE LEÓN/V. ROMERO
otros aspectos, y muestra cómo el estado actual de esa área de investi-
gación es un reflejo de la manera en que históricamente se construyó
esta multifacética red de determinaciones.
Continuando con la importancia del concepto de herencia duran-
te el siglo xix, que entonces se volvería centro de teorización bioló-
gica, Carlos López Beltrán nos muestra un interesante acercamien-
to desde la perspectiva, precisamente, de casos de la propia familia
Darwin: Erasmus, el mismo Charles y Francis Galton, primo de aquél.
López-Beltrán señala de qué modo los Darwin, si bien jugaron un pa-
pel determinante en la configuración de la herencia como un recur-
so no sólo biológico, sino también cultural, pueden ser vistos además
como representantes de tres estadios diferentes en la configuración
de la idea de herencia, cuya preocupación central parecían ser las
enfermedades hereditarias propias de su contexto.
En el tercer apartado del libro abordamos temas referidos a la evo-
lución humana y en general a la relación entre antropología y evolu-
ción. Los estudios sobre este campo del pensamiento evolucionista
han indagado sobre las fuentes, los datos, los autores, las experiencias
y otros factores que influyeron en la configuración de las hipótesis
evolucionistas centrales. ¿Cuál fue, por ejemplo, el impacto que en
el pensamiento darwiniano tuvo su contacto con poblaciones no eu-
ropeas, particularmente los fueguinos o los aborígenes australianos?
¿En qué medida el prolongado contacto de Wallace con grupos in-
dígenas del archipiélago malayo, como los Dayaks, contribuyó a su
concepción de la teoría sobre la variación y la selección natural de
la misma? En el texto con el que contribuyen a este libro, Juan Ma-
nuel Rodríguez Caso, Ricardo Noguera y Rosaura Ruiz examinan la
influencia que tuvieron diversos factores sobre Darwin y Wallace para
formular sus teorías; entre otros, su temprano interés por el origen de
las razas humanas y, más tardíamente, el contacto con individuos de
otras latitudes y culturas. En su texto los autores revisan las distintas
informaciones y experiencias a las que estuvieron expuestos estos na-
turalistas durante sus respectivos viajes. Por su lado, Darwin, además
de su acercamiento de primera mano a fósiles, aves, tortugas, etc.,
tuvo también una experiencia de convivencia cercana con los fue-
guinos que el capitán del Beagle llevó a Inglaterra para “civilizarlos”,
experiencia que influyó considerablemente en su concepción sobre
qué significaba ser humano. Wallace, señalan también los autores,
tuvo de igual forma influencias de gran interés en las islas malayas,
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE 29
como el contacto cercano y la consecuente observación y formula-
ción de juicios sobre la igualdad básica de todos los grupos humanos.
Los autores analizan también la formación ecléctica de este naturalis-
ta y su postura más abierta a teorías provenientes no sólo de la ciencia
sino de otras tradiciones de pensamiento. Su artículo revisa con de-
talle afinidades y diferencias de estos naturalistas en relación con sus
concepciones sobre el ser humano, así como el impacto que ellas y los
factores que las modelaron tuvieron en la construcción de la teoría
de la selección natural.
En el siguiente artículo, Aura Ponce de León revisa de qué mane-
ra las disciplinas paleoantropológicas se han vinculado con las tesis
asentadas por Darwin en The descent of man y de qué manera ello ha
modelado el conocimiento actual sobre ese proceso. Darwin, seña-
la la autora, enumeró una serie de aspectos que había que evaluar
para constatar si realmente el hombre descendía o no de una especie
ancestral: si había variación, tanto en estructura corporal como en
capacidades mentales, si tal variación era heredada, y si había en esta
especie, al igual que en las demás, una lucha por la supervivencia y
por tanto una selección natural. Darwin consideró que las respuestas
a tales consideraciones eran positivas y orientó así su indagación a
identificar cuáles serían los rasgos de interés para estudiar este fenó-
meno y cuáles las pruebas con que contaríamos para identificar su
ocurrencia.
Ponce de León destaca los tres conjuntos de rasgos que, de acuer-
do con Darwin, habrían sido de mayor relevancia en el proceso, a
saber: sus facultades mentales, sus hábitos sociales y su configuración
corporal característica. A lo largo del artículo, la autora señala cuáles
disciplinas de la paleoantropología se orientaron al estudio de cada
uno de estos conjuntos de rasgos, entre otras: la arqueología, la an-
tropología física, la ecología, la tafonomía y las ciencias cognitivas,
con sus peculiares modos de indagación y selección de objetos de es-
tudio y de resultados. Finalmente, reflexiona sobre la manera darwi-
nista de aproximarse al estudio de lo evolutivo: una manera histórica
y genética; aproximación que tiene, señala, su particular modo de
indagación, orientado a la identificación, recopilación, comparación,
ponderación e interpretación de cierta clase de datos relacionados
con eventos contingentes.
La enfermedad es un tema que, comparado con otros, ha mereci-
do una proporción menor de estudios en las investigaciones evolucio-
nistas. El texto de Cristina Rincón y Alicia Bennàsar analiza algunos
30 J. MARTÍNEZ CONTRERAS/A. PONCE DE LEÓN/V. ROMERO
aspectos de los modelos que tanto el neodarwinismo como la socio-
biología han desarrollado para explicar la ocurrencia de la enferme-
dad —o la falta sistemática de la salud— así como el papel que pudo
haber jugado en los procesos evolutivos.
Como es sabido, la investigación sobre temas evolutivos reiterada-
mente se ha preguntado por qué ciertas enfermedades aparecen y
se mantienen, contra la razonable expectativa de que los fenotipos
sanos prevalezcan sobre los enfermos, dado que tendrían mayor apti-
tud biológica. Un ejemplo clásico sería la anemia falciforme, endémi-
ca en algunos grupos humanos del continente africano.
Pese a ser una enfermedad con síntomas graves relacionados con
la circulación y el sistema nervioso, que afecta la calidad de vida y las
capacidades de quienes la sufren, también los protege, paradójica-
mente, ante el ataque de Plasmodium falciparum, el parásito responsa-
ble de la malaria, una de las principales causas de muerte en el mun-
do. Esa característica ha jugado un papel en la particular prevalencia
de esta enfermedad en la región.
Ampliando la reflexión a las enfermedades en general, las autoras
buscan una explicación de las distintas interacciones posibles entre
virus y huéspedes y cuál es el papel que éstas juegan en los procesos
evolutivos. Rincón y Bennàsar exploran en su artículo la manera en
que las distintas corrientes del pensamiento evolutivo han tratado de
explicar esta interacción, tanto desde la perspectiva que concibe a la
enfermedad como un instrumento de adaptación para el patógeno,
como de la que la concibe como una presión del ambiente para el in-
dividuo enfermo. Ambas perspectivas, interesantemente, suministran
respuestas a determinadas cuestiones sobre la evolución, incluyendo
la posibilidad de que se hubiese dado una relación cooperativa en
tiempos antiguos, al menos una vez, entre Eukarya, Archaea y Bacte-
ria, cosa, por lo demás, imposible de probar, señalan.
A continuación, en un análisis sobre la evolución y la teoría psico-
lógica, Fernando Ortiz Lachica aborda las diferentes maneras en que
la psicología ha asimilado e interpretado la teoría evolutiva para dar
cuenta de las distintas maneras en que los seres humanos se relacio-
nan con su entorno social, y la clase de vínculos que establecen con
otros seres humanos.
Según el autor, Freud hizo una lectura de la evolución como un
proceso que tendía al perfeccionamiento o mejora, al progreso. En
ello, señala, es un hombre de su tiempo. Por esa razón consideró que
la civilización occidental era la más avanzada, la más evolucionada, e
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE 31
intentó explicar rasgos de la conducta humana actual en hipotéticos
eventos que habrían sucedido en un pasado prehistórico del que no
queda memoria sino en la conducta humana y en las normas. Así, en
Tótem y tabú, Freud supone un acto de parricidio cometido contra el
macho alfa de una tropa de homínidos como una causa prehistórica
posible del tabú del incesto, de la evitación del canibalismo y de la
religión.
El autor revisa entonces la teoría del apego desarrollada por Bowlby
y continuada por Ainsworth, basada en la teoría moderna de la evolu-
ción, que encuentra en el vínculo temprano entre un infante humano
y su cuidador principal un vínculo claramente relacionado con la su-
pervivencia. Numerosas conductas, analizadas a la luz de las tesis evo-
lucionistas, se muestran vinculadas a la posibilidad de la sobrevivencia,
tales como la relación entre la búsqueda de proximidad —patrón de
apego— y la obtención de protección y cuidado.
El recuento que presenta el autor incluye los interesantes resulta-
dos de distintos experimentos que se han realizado para fundamen-
tar estas ideas, que señalan que la falta de cuidado en mamíferos, y en
especial en primates, es incluso más peligrosa que el hambre o la sed,
y que ciertos patrones de apego son predictivos de conductas futuras.
Continuando en el tema de evolución humana, el artículo de Fer-
nando Leal presenta una propuesta a favor de añadir el comercio a la
lista de factores que nos hacen específicamente humanos. Al respec-
to, si bien es claro que los procesos biológicos de la evolución huma-
na que llevaron a la aparición de nuestra especie tal como es ahora
habrían concluido hace unos 120 000 a 200 000 años, ciertamente es
probable que otros procesos comportamentales posteriores como el
intercambio hayan tenido incidencia en la configuración ulterior de
la que llamamos conducta humana moderna. En ese tiempo es probable
que, en efecto, el comercio haya jugado un papel relevante, como lo
afirma el autor.
En nuestra cuarta y última sección abordamos el tema primatología
y cognición. Durante mucho tiempo —herencia cartesiana tal vez—
se ha tendido a pensar en otras especies vivientes como una clase de
autómatas, mecanismos biológicos que “simplemente” respondían a
estímulos, sin la mediación de una mente capaz de conceptualizar.
Hoy continuamos una fértil discusión acerca de si existe o no, e inclu-
so sobre atribuirles o no a los animales no humanos una mente y el
vínculo exacto que guardaría con relación a nuestra especie. En un
32 J. MARTÍNEZ CONTRERAS/A. PONCE DE LEÓN/V. ROMERO
artículo de gran interés, Antonio Diéguez señala que un punto clave
en tales discusiones es el lenguaje. ¿Es necesaria una sintaxis comple-
ja para poseer creencias, deseos y estados intencionales en general?
¿Podemos pensar sin conceptos y éstos son privativamente lingüísti-
cos y más aún, exclusivamente humanos? ¿Cómo se dan las relacio-
nes cognitivas entre otras especies y su ambiente? La intervención de
Diéguez desarrolla diversas líneas de indagación sobre estos temas.
Jorge Martínez Contreras destaca en La humanización de los simios
que la ausencia de primates no humanos en Europa puede haber re-
trasado el desarrollo de las teorías evolucionistas. Otra hubiera sido
sin duda la situación si la ciencia —como la conocemos ahora— se
hubiera desarrollado en un país que entonces competía en desarrollo
tecnológico con Europa: China.
Señala, por ejemplo, el impacto que tuvieron entre los pensado-
res del siglo xvii las primeras descripciones anatómicas de animales
(chimpancés y orangutanes) descubiertos y descritos recién entonces
como más cercanos a los humanos que al resto de los otros prima-
tes, incluso en comportamiento. Tan es así que un creacionista como
Linneo no tuvo más remedio que situar a los antropoides cerca de los
humanos en la Creación. El estudio del comportamiento de los pri-
mates ha contribuido enormemente al desarrollo del evolucionismo,
pero estas analogías no dejan de crear cierta oposición: hay incluso
en nuestros días, como señala el autor, una gran resistencia a aceptar
que los antropoides son los seres vivos más cercanos a los humanos.
En su contribución a este volumen, Joaquim J. Veà nos muestra, a
manera de homenaje, un interesante acercamiento a las contribucio-
nes del importante naturalista barcelonés Jordi Sabater Pi, estudioso
de la etnografía, la arqueología, la herpetología, la etología de prima-
tes y, señala el autor, uno de los responsables de integrar a la etología
como parte de la psicología en España. Entre tales investigaciones
destacan, por supuesto, sus investigaciones en el campo de la prima-
tología, particularmente el descubrimiento no sólo de la utilización
y manufactura de varas a modo de herramientas entre chimpancés,
sino también de la transmisión de tal conducta a otros individuos,
unida a particularidades locales en algunas regiones donde se ha ob-
servado tal fenómeno. Este hecho, nos recuerda Veà, ha llevado a
algunos científicos a sostener que existe un paralelismo o analogía
entre tales conductas en chimpancés y las culturas humanas, enten-
diendo por cultura “un sistema complejo de conductas, herramientas
y creencias que son transmitidas socialmente”.
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE 33
En ese mismo ámbito, recordamos que ya Darwin se ocupaba,
como sabemos, de la búsqueda por aplicar su teoría de la evolución
por selección natural a la psicología, en textos como On the origin of
species, The descent of man, y The expressions of the emotions in man and
animals. Uno de los proyectos contemporáneos que pretenden seguir
tal línea es la psicología evolutiva.
En su artículo, Jonatan García Campos muestra algunos de los
presupuestos detrás del debate entre los psicólogos evolucionistas y
sus críticos, donde se encuentra, señala el investigador, una discusión
acerca de las implicaciones epistemológicas sobre el alcance de la
biología, sobre qué es el conocimiento científico y sobre qué tipo de
explicaciones podemos encontrar en la teoría evolutiva. Los puntos
implicados involucran elementos tan complejos como la teoría de la
modularidad masiva de la mente, el computacionalismo, el innatismo
y el adaptacionismo.
La mente humana es, como hemos visto, un objeto de estudio de
numerosas disciplinas y permite aproximaciones desde distintos nive-
les y enfoques. Una de las facultades mentales que más nos ha intriga-
do a lo largo de los tiempos es el libre albedrío. Como se sabe, éste es
un tema cuya investigación y debate es de larga data.
El artículo de Pablo Quintanilla se propone analizar si existen
elementos para pensar que la agencia o libre albedrío es una expe-
riencia que puede ser considerada como un producto colateral de
diversas funciones de adaptación que el ser humano posee. Su tesis
principal, nos dice, consiste en que “la experiencia de la agencia es
el producto de la superposición de algunas funciones cognitivas que
tienen un importante valor adaptativo, especialmente inteligencia
social, metarrepresentación, simulación, memoria episódica, lengua-
je, conciencia extendida y deliberación”. A lo largo de su artículo,
Quintanilla examina cada una de estas funciones cognitivas y señala
cómo la investigación, ya sea en evolución humana, neurobiología,
o psicología, ha ido caracterizándolas. El autor indica que la agencia
es una experiencia que requiere la condición de una situación que
demande la toma de decisiones; es decir: la existencia de alternativas
posibles y una deliberación en la cual el individuo las revisa y decide
el curso de su acción.
Para que ello tenga lugar, señala, se requieren todas las capacida-
des enumeradas, todas las cuales son habilidades con funciones adap-
tativas. Por ejemplo, la inteligencia social se desarrolló, de acuerdo
con el estado actual de conocimiento, debido a presiones evolutivas
34 J. MARTÍNEZ CONTRERAS/A. PONCE DE LEÓN/V. ROMERO
que seleccionaron a los individuos capaces de convivir interpersonal-
mente, concertar, coordinar, gestionar conflictos, construir alianzas.
Ello es así pues como especie somos vulnerables en ciertos escenarios
y la pertenencia a los grupos posibilitó recibir ayuda en caso de ser
agredido.
El autor argumenta, para cada una de las capacidades que ana-
liza —memoria episódica, capacidad de simulación, capacidad lin-
güística, entre otras—, las ventajas adaptativas que habrían conferi-
do a sus poseedores y formula hipótesis sobre cuáles serían las más
importantes ventajas provenientes de cada una de estas capacidades,
incluyendo la de deliberación. Un texto atractivo para quienes estén
interesados en la manera en que las capacidades cognitivas actuales
fueron conformadas a lo largo de procesos evolutivos. Cabe destacar
también cómo, hacia el final de su texto, el autor apunta que si bien
la tesis que él presenta se ha centrado en los elementos naturales
del proceso evolutivo, no deben sin embargo olvidarse los elementos
culturales que, necesariamente, se combinan con los naturales para
producir la experiencia de la agencia.
Dentro del mismo tópico, Enric Munar, Marcos Nadal y Albert
Flexas presentan un texto de gran interés sobre uno de los aspectos
que el mismo Darwin señaló como característica singular del ser hu-
mano: la capacidad de apreciación estética.
Se ha dicho constantemente que estudiando el cerebro podemos
ampliar nuestra comprensión de la evolución humana. Un número de
estudios neurobiológicos parecen haber mostrado que la capacidad de
obtener placer relacionado con ver o escuchar cosas bellas pudo ha-
ber jugado un papel importante en nuestra evolución. Munar, Nadal
y Flexas señalan las posibilidades de esta aproximación, que ellos han
llevado al terreno de lo experimental, así como sus inconvenientes, en
especial la falta de hechos con los cuales pudiera afirmarse con mayor
contundencia el importante papel de esta capacidad en, por ejemplo,
la lucha por la supervivencia. Sin embargo, indican también cómo in-
cluso en algunos datos aparentemente idóneos, como los utensilios,
existe gran controversia sobre su potencialidad para contribuir a re-
construir el panorama de la evolución de la cognición. Sin embargo,
señalan, algunos experimentos pueden realizarse con fines a docu-
mentar esta capacidad e inferir ciertas hipótesis sobre su evolución.
En su texto, los autores exploran tanto la hipótesis “gradualista”
como la interrumpida o puntuada, que ellos llaman la hipótesis de
una “revolución” o cambio brusco y definido, indagando los datos
LAMARCK Y DARWIN: UN LEGADO CRECIENTE 35
que hay en el registro fósil y arqueológico a lo largo del Paleolítico.
Revisan también los datos a la luz de la perspectiva geográfica, inclu-
yendo detalles para África, Asia y Europa. Cabe destacar, de este tex-
to, la incorporación de investigaciones que muestran que la creación
y el uso de bienes decorativos se ha dado en tiempos y lugares muy
amplios; por señalar un ejemplo: el uso del ocre hace 300 000 años, o
de piedras decorativas hace 130 000 años de antigüedad.
En ese marco, los autores presentan los resultados de su investi-
gación con técnicas de neuroimagen sobre los procesos cognitivos.
Como en otros lugares han señalado, su trabajo intenta identificar los
procesos implicados en el reconocimiento de imágenes con distintos
grados de belleza y las respuestas de los sujetos involucrados en la
actividad. La reseña de esta actividad y de sus aportes resulta de gran
interés, incluyendo la formulación final que hace de ciertas hipótesis
con relación a la evolución de la apreciación estética.
Por otro lado, Paola Hernández en su artículo nos muestra un
acercamiento al problema de la arquitectura y de la modularidad de
la mente. Al analizar los argumentos evolucionistas —particularmen-
te aquellos adaptacionistas— y algunas de sus críticas, propone que
si bien cuando exploramos tales cuestiones la evidencia proveniente
del evolucionismo es bienvenida, ha de ser tomada con cierta mo-
destia epistémica y no como un dogma listo para resolver cualquier
pregunta. A partir de ahí, propone toda una serie de estrategias cien-
tíficas para profundizar en este tipo de estudios.
Karla Chediak, con cuya interesante contribución cerramos este
volumen, discute la propuesta de la semántica de la información
como fue entendida por Fred Dretske, para quien el contenido de
las creencias puede ser determinado por la información que por-
ta. Los conceptos implicados son, tradicionalmente, puntos críticos
respecto de la representación, la intencionalidad y las creencias: la
habilidad cognitiva, presente en más de una especie, es, sin duda, un
rasgo que ha estado sujeto a la evolución, pero el punto a considerar
es si esa característica, es decir, el hecho de que tal rasgo ha estado
sujeto a procesos evolutivos, es un dato relevante para la explicación
de los fenómenos cognitivos actuales entre las especies. Chediak sos-
tiene que a pesar de que la semántica de la información y el con-
cepto de representación, tomado desde una perspectiva naturalista
y evolucionista, presentan ciertos problemas, son eficientes cuando
se trata de explicar algunas representaciones mentales simples y sus
contenidos, así como algunas actividades cognitivas.
36 J. MARTÍNEZ CONTRERAS/A. PONCE DE LEÓN/V. ROMERO
Tiene así el lector en sus manos un texto polifónico, multifacético,
que lo invita a adentrarse en los numerosos aspectos del estudio de
la evolución, así como a constatar la riqueza del pensamiento evo-
lucionista y percibir en nuevas dimensiones la herencia legada por
Lamarck y Darwin, y por los muchos pensadores que les sucedieron,
al estudioso de nuestro tiempo.
i
LA IDEA DE LA EVOLUCIÓN
ALEXANDER VON HUMBOLDT,
VÍNCULO ENTRE LAMARCK Y DARWIN
jaime labastida*
Propondré aquí y ahora, ante ustedes, científicos y filósofos de la
ciencia, científicos y filósofos partidarios de la teoría de la evolución,
una tesis que vincula, a través de Alexander von Humboldt, al natu-
ralista francés Jean Baptiste Lamarck con el científico inmenso que
fue Charles Darwin. Para iniciar, debo decir que, desde fines del siglo
xviii y hasta bien entrado el siglo xix, la ciencia europea fue una cien-
cia cosmopolita y sin fronteras. Añado que la lengua francesa había
sustituido al latín como la lengua de la cultura y de la diplomacia,
pero también como la lengua de la ciencia. Por esa causa, Humboldt
pudo escribir en francés la mayor parte de sus ensayos científicos y,
en particular, los treinta volúmenes de su Voyage aux régions équinoxia-
les du Nouveau Continent.
No era extraño que, por aquella época, un prusiano viviera en Pa-
rís a lo largo de treinta años ni que fuera amigo de los científicos fran-
ceses más importantes del periodo. Menciono, de manera arbitraria,
a sólo algunos de esos científicos franceses con los que Humboldt
cultivó amistad duradera: Joseph Gay-Lussac, François Arago, Geor-
ges Cuvier, Jean Lamarck, Pierre Simon de Laplace. Tampoco debe
causar asombro que Darwin conociera de modo profundo la obra de
Humboldt, pese a que no dominara el francés. Charles Minguet, sin
duda uno de los más profundos investigadores que se hayan ocupado
jamás de Humboldt, dice que éste, “por sus métodos y sus concepcio-
nes […] se aparece como un discípulo del pensamiento racionalista
y materialista francés del siglo xviii. Con los enciclopedistas, com-
parte la misma concepción unitaria del universo, la creencia en el
origen común del hombre, lo que implica una unidad biológica de
principio, semejante confianza en la razón y en la inteligencia como
un medio de progreso y de evolución de las sociedades políticas, en
* Siglo XXI Editores.
[39]
40 JAIME LABASTIDA
fin, las mismas prevenciones ante el hecho religioso, considerado con
mucho escepticismo, incluso hasta con hostilidad”.1 Minguet muestra
cómo, ya desde esta primera etapa en París, la etapa previa a su viaje
por América, Humboldt trabó amistad con los más altos científicos y
sabios de la Francia revolucionaria.
No voy a entrar en detalles superfluos que muestren (o demues-
tren), pues, el posible vínculo entre Lamarck y Darwin a través de
Humboldt. Es de sobra conocido que Lamarck tuvo una relación es-
trecha con Humboldt, en especial cuando éste regresó del viaje ame-
ricano; que Lamarck examinó algunas de las especies animales apor-
tadas por Humboldt. Sin embargo, ese vínculo no es sólo un vínculo
de amistad; si se detuviera allí, si se limitara sólo a eso, carecería de
importancia; es más profundo y ha de situarse en el nivel de los con-
ceptos.
También podría decirse que el año de 1859 es una fecha sintomá-
tica: el año en que se publica On the origin of species 2 es también el año
en que Humboldt muere, a los 90 años de edad. En ese año de 1859
acaso pueda advertirse un signo, un rasgo que debe ser considera-
do, al menos en cierto sentido, simbólico: en ese año de 1859 acaso
se haya cerrado una etapa del desarrollo científico y se haya abierto
otra: porque si Humboldt es sin duda el científico más importante de
la primera mitad del siglo xix, Darwin es el científico decisivo de la
segunda mitad de ese mismo siglo.3
1
Charles Minguet, Alexandre de Humboldt, historien et géographe de l’Amérique espagnole
(1799-1804), París, Maspero, 1969, pp. 71-72. Charles Minguet concibió la Biblioteca
Humboldt, que Siglo XXI ha publicado desde 1995. Ya muerto, hemos conservado su
nombre en la Biblioteca como un mínimo homenaje a su memoria.
2
Charles Darwin, On the origin of species by means of natural selection or preservation of
favoured races in the struggle for life, Londres, John Murray Editor, 1859. Sigo la edición
de Encyclopaedia Britannica-The University of Chicago, Great Books, 1990. Hay una
buena edición española, unam, 1959 (Colección Nuestros Clásicos, Prólogo de Juan
Comas, reproducida por Universidad Veracruzana, 2008).
3
“El sucesor de Humboldt en la Gran Bretaña —afirma Walter F. Cannon— fue
precisamente aquel joven que dijo inspirarse en la Personal Narrative de Humboldt; el
que enfiló hacia Sudamérica y cubrió la parte del continente que Humboldt había omi-
tido; el que publicó, imitando a Humboldt, su propia narración personal y el que trató
de producir una teoría dinámica de extensión continental respecto de las montañas
y los estratos de Sudamérica. Me refiero, por supuesto, al joven Charles Darwin”. “Ba-
con o Humboldt”, conferencia ante la History of Science Society, diciembre de 1969.
La traducción española se debe a Jaime A. Shelley y Jaime Labastida; se publicó en la
Revista de la Universidad de México, unam, vol. xxvi, núm. 3, noviembre de 1971; el texto
citado corresponde a la p. 27.
HUMBOLDT: VÍNCULO ENTRE LAMARCK Y DARWIN 41
Hay una diferencia notable entre ambos, empero, y cabe subra-
yarla. La influencia de Humboldt poco a poco se desvanece a me-
dida que el siglo xix avanza y sólo se conserva, acaso por causas de
carácter político, en las Américas, igual en la América Latina que en
la América anglosajona. Si he dicho que las causas de la presencia
de Humboldt en América son de orden político, quiero decir que a
Humboldt se le atribuye, en los seis países de la América española que
recorrió, desde 1799 hasta 1804 (Cuba, Venezuela, Colombia, Perú,
Ecuador y México), el papel de héroe cultural a quien se debe el haber
descubierto, para la ciencia europea, las riquezas naturales de esos
países.4 Por un notorio contraste, la influencia de Darwin en los más
diversos campos de la ciencia no se diluye, antes se acrecienta, en el
siglo xix, atraviesa todo el siglo xx y llega hasta el siglo xxi.
Humboldt fue acostumbrado, a partir de Buffon y los enciclopedis-
tas franceses, tal vez sobre todo por Diderot y Lamarck, a considerar
que todas las especies biológicas y botánicas, mejor aún, la totalidad
del cosmos (así lo llamaría, con el término griego clásico, en su obra
póstuma y magna) se halla en movimiento; que de los minerales a las
estrellas; de las cordilleras a las sociedades y a las lenguas, todo, todo
cambia y evoluciona.
Humboldt conoció el cuadro taxonómico de las especies bioló-
gicas expuesto por Lamarck en su Philosophie zoologique :5 aceptó, sin
4
En Cuba se le llama “el segundo descubridor de la isla”. El primero es, desde
luego, Cristóbal Colón. La Academia Cubana de Ciencias colocó una placa de bronce
en el pedestal de la estatua de Alexander von Humboldt, situada, al lado de la de su
hermano Wilhem, en la entrada de la Universidad Humboldt, en Berlín; en ella lo
califica así.
5
Jean Baptiste Lamarck, Philosophie zoologique ou exposition des considérations relatives
à l’histoire naturelle des animaux (la primera edición es de 1808. He trabajado sobre la
edición, sin fecha, pero tal vez de principios del siglo xx porque tiene una “Nota de los
editores” fechada el 25 de octubre de 1907, realizada en París por Schleicher Frères. El
volumen pertenece al Acervo Histórico de la Biblioteca del Instituto de Biología de la
unam. Agradezco la generosidad de la Biblioteca al permitirme su consulta). El cuadro
taxonómico de Lamarck es, posiblemente, la mayor de las aportaciones de este científi-
co a la teoría de la evolución, en la medida misma en que establece un orden razonado
en la escala de las especies, paso obligado para determinar la teoría de la evolución por
parte de Darwin. El cuadro se expone y se explica en el capítulo viii y último y va de la
p. 230 a la 311; se subtitula “De l’ordre naturel des animaux et de la disposition qu’il
faut donner à leur distribution générale pour la rendre conforme à l’ordre même de
la nature”. Arranca por los animales sin vértebras (infusorios, pólipos, etc.), asciende
a los insectos, los crustáceos y los moluscos, llega a los animales vertebrados (donde
los peces y los reptiles forman parte del 5º grado de organización), sigue hasta los pá-
jaros (ovíparos y sin glándulas mamarias) y termina en los mamíferos (vivíparos y con
42 JAIME LABASTIDA
duda, sus tesis acerca de la variación de las especies, aun cuando man-
tuvo reparos en las tesis de Lamarck sobre la acción del medio, deter-
minante, para éste, en la transformación de las especies.6 Humboldt
también proporcionó a Cuvier el plano de las capas sedimentarias de
la superficie terrestre, sobre el cual el científico francés elaborará la
teoría de las revoluciones sufridas por el planeta y fundar así la pa-
leontología.7 Humboldt aceptó, así, tal vez de una manera imprecisa
y sin establecer cabalmente ni las causas ni las leyes que rigen el cam-
bio, que la evolución es un hecho. Pero ¿esto es bastante para de allí
concluir que el vínculo entre Lamarck y Darwin pasa por Humboldt?
Desde luego que no.
Escribí, hace varios años, en un texto que sirvió como prólogo a
una antología de ensayos científicos de Humboldt, que el barón pru-
siano había ejercido una poderosa influencia sobre Darwin de tres
maneras diversas: “primero, al través de la imitación consciente que
el gran naturalista inglés emprendió de los viajes y aun del estilo li-
terario de Humboldt; segundo, gracias a que resolvió o planteó pro-
blemas que después se presentarían a Darwin durante su viaje en el
Beagle ; tercero, merced a la influencia indirecta que se manifiesta en
Lyell y Herschell, autores que Darwin tomó como modelos”.8 Hoy, 36
años después, aunque ese texto todavía me parezca en lo fundamen-
tal correcto, conviene que lo matice y lo amplíe.
Sin embargo, antes de establecer los matices y la ampliación, trata-
ré un punto que no carece de importancia. En la “Noticia histórica”
con la que abre On the origin of species, Darwin hace el recuento de
glándulas mamarias). En el orden de los pájaros y los mamíferos, “los nervios llegan a
un cerebro que llena la cavidad del cráneo”; poseen un corazón con dos ventrículos y
sangre cálida (p. 240).
6
Émile Guyénot ha hecho, me parece, una exposición bastante completa de los
antecedentes de la teoría de la evolución, poniendo énfasis suficiente en las aporta-
ciones de Lamarck en su libro clásico Les sciences de la vie aux xviiº et xviiiº siècles. L’idée
d’évolution (París, Albin Michel, 1957; la primera edición es de 1941).
7
Georges Cuvier, Discours sur les révolutions du Globe (la primera edición es de 1825.
He usado, gracias a la cortesía del Acervo Histórico de la Biblioteca del Instituto de
Investigaciones Biológicas de la unam, una edición hecha en 1861 por la Librairie de
Firmin Didot Frères, en París). El cuadro de Humboldt, desplegado y en gran formato,
aparece entre las páginas 184 y 185: va, en orden inverso, desde las formaciones primitivas
hasta los depósitos de aluvión, en 16 capas sucesivas. No omito decir que Cuvier conside-
raba las teorías de Lamarck como “meras fantasías”.
8
“Las aportaciones de Humboldt a la investigación científica”, en El Humboldt ve-
nezolano, Caracas, Ediciones del Banco Central de Venezuela, 1977 (reproducido en
mi libro Humboldt, ciudadano universal, México, Siglo XXI Editores, 1999, pp. 74-75).
HUMBOLDT: VÍNCULO ENTRE LAMARCK Y DARWIN 43
todos aquellos investigadores que han desarrollado ideas relevantes
sobre el origen y las causas de la evolución de las especies. Dice que
el primer autor que en los tiempos modernos ha tratado ese asunto
con “espíritu científico” es Buffon; el segundo que menciona es, no
podría ser de otro modo, Lamarck; después alude a investigadores de
rango menor y señala, finalmente, a tres: Charles Lyell, Isidore Geo
ffroy Saint-Hilaire y Thomas Henry Huxley. En la breve enumeración,
la ausencia de Humboldt se vuelve por demás notoria.9 ¿Qué ha suce-
dido? ¿En dónde quedó aquel entusiasmo que Darwin expresó en su
juventud por Humboldt? Dijo entonces que no sólo lo admiraba, sino
que “lo adoraba”.10 ¿Se enfrió el entusiasmo juvenil? ¿Por qué? Darwin
llevaba consigo, en el viaje del Beagle, la versión inglesa de la Relation
historique du Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent.11 En
diversas cartas Darwin expresó su admiración por Humboldt; empe-
ro, en la “Noticia histórica” no le dedicó ni la más leve mención ni
lo reconoció como uno de sus antecedentes teóricos (ni siquiera, lo
diré así, como impulso emotivo). ¿Qué sucede, insisto? ¿La influencia
de Humboldt sobre Darwin, al paso del tiempo, se diluyó? Darwin ¿ya
no quiso reconocerla? La influencia, si existió, ¿fue de carácter tan
general y tan poco específica que a Darwin no le pareció necesario ni
mencionarla? Tratemos de responder al problema.
Entre Humboldt y Darwin hay un cambio fundamental de enfo-
que, a mi juicio. Cuando Humboldt examina la totalidad de la natura-
leza, postula o, si se prefiere expresarlo de otra manera, se apoya, una
y otra vez, en un concepto clave, el concepto de equilibrio. De tal con-
cepto, quizás ahora se pudiera desprender la tesis de que Humboldt
es un claro antecedente de las teorías ecológicas pero no me interesa
entrar en ese asunto. Así, Humboldt sostiene que, tras las tormentas,
lo mismo en la superficie de la Tierra que en los fluidos aéreo o pe-
lágico, por igual en las actividades volcánicas que en los cataclismos
9
“An historical sketch of the progress of opinion of the origin of species, previously to the
publication of the first edition of this work”, On the origin…, op. cit., p. 1 ss.
10
The complete work of Charles Darwin on line, University of Cambridge. Muestra 378
referencias de Darwin sobre Humboldt. Dice en una de ellas: “Antes admiraba a Hum-
boldt; ahora casi lo adoro”. Y en otro lugar: Humboldt, “como otro Sol, ilumina todas
las cosas que contemplo”.
11
La traducción inglesa de los tres volúmenes de la Relation historique… (que Hum-
boldt publicó en París: vol. i, Dufour, 1814; vol. ii, Maze, 1819; vol. iii, Smith et Gide
Fils, 1825) responde al título de Personal narrative of a journey to the equinoctial regions of
the New Continent.
44 JAIME LABASTIDA
sociales, se trate de un ambiente selvático o bien de otro, desértico,
tras las tormentas, insisto, vuelve siempre la calma. Por lo tanto, para
Humboldt, el equilibrio es la constante, mientras que las turbaciones y
los cataclismos son pasajeros. De acuerdo con el barón prusiano, en
plazos largos se impone el equilibrio, por encima de cataclismos de
cualquier tipo.
El último gran libro escrito por Humboldt, póstumo de modo par-
cial (en tanto que el volumen quinto se publicó después de su muer-
te), Cosmos, aporta, hasta en el subtítulo, una prueba de lo que he
dicho: Ensayo de una descripción física del mundo.12 Quisiera advertir que
el propio Humboldt consideraba el libro como un ensayo (entwurf, en
alemán, o sea, un esbozo, un bosquejo; essai, en francés); que lo cali-
ficaba sólo como la descripción (beschreibung, en alemán; description, en
francés) física del mundo (Welt, en alemán; monde, en francés). Subra-
yo, pues, que la visión del cosmos que Humboldt ofrece es de orden
comparativo y, al propio tiempo, estático; en todo caso, clasificatorio,
aun cuando lo sea en una dimensión planetaria. La descripción de
Humboldt es universal y para lograrla se apoya en vastas compara-
ciones planetarias, pero insisto: es equilibrada, armónica, estática. A la
cosmovisión humboldtiana le hizo falta, se puede decir así, la semilla
dinámica. Humboldt no se resiste al cambio, de ningún modo, pero
no le ha sido posible expresar las leyes que rigen la evolución. Mues-
tra las grandes transformaciones geológicas del planeta; examina la
dirección que tienen las cordilleras; da cuenta de las corrientes pe-
lágicas en el océano Atlántico y en el Pacífico (capta los cambios de
temperatura en el Pacífico, frente a la costa de Perú y Ecuador, y así
descubre la corriente que lleva su nombre); muestra los sistemas de
isotermas e isobaras existentes en la Tierra; destaca el magnetismo
terrestre; advierte cómo se distribuyen las plantas según la latitud,
la longitud y la altura, desde el nivel del mar y hasta el límite de las
nieves perpetuas; examina la situación de animales y seres humanos
en los diversos continentes (se ocupa de las lenguas, pongo por caso);
12
A. von Humboldt, Kosmos. Entwurf einer physischen Weltbeschreibung, Die Andere Bi-
bliothek, dirigida por Hans Magnus Enzensberger, Frankfurt am Main, Eichborn Ver-
lag, 2004 (el primer volumen se editó en 1845; el quinto volumen en 1862, de manera
póstuma, ya que Humboldt había muerto el año de 1859). La edición francesa, cuya
traducción encomendó Humboldt a H. Faye y Ch. Galuski, la revisó François Arago, el
matemático francés que fue amigo personal de Humboldt a lo largo de toda su vida;
el subtítulo de la edición francesa dice Essai d’une description physique du monde (obra en
mi poder la cuarta edición, de L. Guérin, París, 1866-1867).
HUMBOLDT: VÍNCULO ENTRE LAMARCK Y DARWIN 45
todo eso es cierto, sin duda. Se puede decir que Humboldt realiza
una labor científica, pues, de dimensiones vastas y novedosas, tanto,
que nadie, nunca antes, en ningún lugar había sido capaz de llevar
a cabo. Sin embargo, es cierto por igual que Humboldt no asume ni
menos postula la ley que rige la evolución (ni geológica ni biológi-
ca). En este punto reside la falla, si se puede hablar de una falla, de
Humboldt; grande frente a quienes le han precedido, resulta inferior
frente a Darwin. Esto explica por qué su figura se desvanece poco a
poco al avanzar el siglo xix, en tanto que se acrecienta la de Darwin.
Me explico. El problema es, sin duda, de concepto y, por lo tanto,
de concepción. Pensar que un evento biológico cualquiera (el mundo
mismo, en suma) pueda cambiar, que se degrade o que degenere, no
es un concepto novedoso. Esa idea se encuentra presente hasta en la
arcaica visión hebreo-cristiana, por ejemplo: en la idea de que Dios
hizo al hombre a su imagen y semejanza; que Dios ve su rostro en el
espejo del mundo, con todo el dolor, el horror y el terror que esto
implica. Dicho de otro modo: la idea de que lo inferior (el hombre y
el mundo, en este caso) provengan de lo superior (de Dios), como los
hijos provienen de los padres, no es cosa de ningún modo nueva. Lo
nuevo, lo verdaderamente decisivo, y es lo que aportan Darwin y la
teoría de la evolución, es la tesis inversa, la tesis de que lo superior, lo
más complejo en cuanto a su nivel de la organización; la teoría de que los
animales superiores en la escala biológica (y aquí no importa cuál siste-
ma taxonómico utilicemos) vienen de los inferiores: he aquí lo verda-
deramente revolucionario; esto, por encima de todo, es lo que hace
época con Darwin. Por lo tanto, lo que asume importancia es que
Darwin haya demostrado, y con pruebas irrefutables, cómo, de qué
manera se produce el cambio, desde los organismos inferiores hasta
los superiores y del protozoario al hombre.
Dice Humboldt en el Cosmos que el resultado de sus indagaciones
le ha conducido a establecer “la conexión de las fuerzas de la natura-
leza” y el “sentimiento íntimo de su mutua dependencia”; que, lejos
de proponerse la mera labor de recolección de datos empíricos, su
esfuerzo se encamina a mostrar “el carácter invariable de las leyes
de la naturaleza”, es decir, “la armonía y el orden en el universo”.
Por lo tanto, afirma, sin vacilar, que “la naturaleza es el reino de la
libertad”.13 Quisiera subrayar algunos conceptos utilizados aquí por
13
Kosmos…, op. cit. (p. 9 de la edición alemana); Cosmos, op. cit. (p. 2 de la edición
francesa). Reza el texto alemán al que hago referencia: “Die Natur aber ist das Reich
46 JAIME LABASTIDA
Humboldt; creo que son claves: conexión, dependencia mutua, carácter
invariable de las leyes de la naturaleza, armonía, orden, libertad. Para Hum-
boldt, el cosmos es un conjunto de eventos y de fuerzas conectadas
entre sí, en relación de dependencia mutua, sometido a un orden
armónico y regido por leyes invariables: eso produce el reino de la
libertad. Ahora bien, ese cuadro, calmo y armónico, ¿está en la na-
turaleza o le ha sido impuesto por la razón, digo, por Humboldt en
este caso? Humboldt ¿es un kantiano? No, de ninguna manera lo es.
Kant había señalado, de modo preciso, que “la razón sólo reco-
noce lo que ella misma produce, según su bosquejo”;14 por lo tanto,
que la razón prescribe las leyes y el orden a la naturaleza; que “sólo
conocemos a priori de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en
ellas”.15
¿Esto mismo es lo que propone Humboldt? No. Dice Humboldt
en Cosmos: “La naturaleza considerada racionalmente, es decir, so-
metida en su conjunto al trabajo del pensamiento, es la unidad en la
diversidad de los fenómenos, la armonía entre las cosas creadas, que
difieren por su forma, su constitución propia y las fuerzas que las ani-
man: es el Todo (tò pan) penetrado por un soplo de vida”.16 Por con-
secuencia (en eso estriba “lo más importante de un estudio racional
de la naturaleza”), intenta “aprehender la unidad y la armonía en el
inmenso conjunto de las cosas y de las fuerzas […] analizar el detalle
de los fenómenos sin que sucumbamos bajo su peso”.17 La ciencia del
cosmos “hará desaparecer una parte de esas contradicciones que pa-
recen ofrecer, a primera vista, las complicaciones de los fenómenos
y que se refieren a una multitud de perturbaciones simultáneas”; por
eso, el conocimiento de las leyes que se imponen en el movimiento
der Freiheit” (op. cit., p. 9); y la traducción francesa (op. cit., p. 2) dice: “La nature est
le règne de la liberté”.
14
Immanuel Kant, Crítica de la Razón pura, prólogo, notas y traducción de Pedro
Ribas (Alfaguara, 1978, p. 17). En la magnífica edición bilingüe de la Crítica de la razón
pura, índices, notas y traducción de Mario Caimi (México, fce, uam, unam, 2009), el
texto ha sido traducido así (p. 17): “la razón sólo entiende lo que ella misma produce
según su/propio/plan”. El texto alemán, a su vez, dice: “die Vernunft nur das einsieht.
Was sie selbst nach ihrem Entwurfe hervobringt”. Adviértase que Humboldt califica su
Cosmos, en el subtítulo, con el mismo concepto que Kant ha usado para indicar aquello
que la razón le prescribe a la naturaleza: Entwurf, es decir, “plan”, “bosquejo”, “esbozo”,
“ensayo”.
15
Kant, ibid., p. 21 de la edición de Alfaguara; p. 20 de la edición bilingüe.
16
Kosmos, op. cit., p. 10; Cosmos, op. cit., p. 3.
17
Kosmos, ibid., p. 10; Cosmos, ibid., pp. 3-4.
HUMBOLDT: VÍNCULO ENTRE LAMARCK Y DARWIN 47
de los océanos o los cometas “eleva el sentimiento de la calma de la
naturaleza”.18
Una vez más, retengamos algunos de los conceptos clave: natu-
raleza considerada racionalmente, trabajo del pensamiento, aprehensión de
la unidad y la armonía, contradicciones aparentes, calma de la naturaleza.
Pregunto de nuevo: esa imagen armoniosa del cosmos, ¿le ha sido
prescrita al cosmos por la razón pura? O, por el contrario, ¿está en las
cosas mismas? Humboldt ofrece la respuesta: “Ajeno a las profundida-
des de la filosofía puramente especulativa, mi ensayo sobre el cosmos
es la contemplación del universo, fundado sobre un empirismo ra-
zonado, es decir, sobre el conjunto de los hechos registrados por la
ciencia y sometidos a la operación del entendimiento que compara
y combina”.19 Es necesario, sin duda, subrayar el sintagma: empirismo
razonado. Humboldt se apoya en la investigación empírica de las cien-
cias naturales, pero no acumula los datos sin orden ni concierto; los
organiza de acuerdo con un método racional. De allí que su ensayo
sea ajeno tanto al empirismo crudo cuanto a las profundidades de
una filosofía puramente especulativa, en clara alusión a Hegel.
Hay otro aspecto de orden teórico que me interesa precisar. Se
habrá advertido ya que existe una coincidencia aparente entre las
tesis de Kant y las de Humboldt. Sin embargo, la diferencia es nota-
ble. Kant se ha ocupado en determinar las condiciones de posibilidad
de todo conocimiento racional posible; examina así las condiciones
puras y a priori que permiten al sujeto trascendental, en el nivel de la
sensibilidad, aprehender los objetos: son las formas puras de la sensibi-
lidad, tiempo y espacio, que el sujeto posee en su estructura cognitiva
y que impone a la naturaleza.20 Pero Kant no acumula experiencias
específicas de las ciencias naturales ni las vacía en cuadros de carácter
sintético, lo que sí hace Humboldt.
Un poco antes de que Humboldt publicara el primer volumen de
su Cosmos, Hegel había publicado su Enciclopedia de las ciencias filosófi-
cas (1832), cuyo segundo gran apartado se refiere a la naturaleza. Las
tesis de Hegel le parecen a Humboldt fruto de una “ciencia puramen-
te racional de la naturaleza” y las califica, con dureza, como produc-
to de la ebriedad o la “presunta conquista” de un lenguaje “bizarro y
18
Kosmos, ibid., p. 19; Cosmos, ibid., p. 25.
19
Kosmos, ibid., p. 22; Cosmos, ibid., p. 36.
20
Immanuel Kant, ibid., “Doctrina trascendental de los Elementos. Primera parte,
La estética trascendental” (pp. 65-91, edición de Riba; pp. 70-98, edición de Caimi).
48 JAIME LABASTIDA
simbólico”, las fórmulas del “racionalismo escolástico”; “las saturnales
de una ciencia puramente ideal de la naturaleza”.21 Se advierte, pues,
que Humboldt se aparta por igual de los dos grandes filósofos alema-
nes que le han precedido, Kant y Hegel.
Humboldt ha establecido, lo he dicho ya, comparaciones univer-
sales en los más diversos campos de la ciencia. Ha vaciado luego esos
datos en grandes mapas que abarcan el planeta entero. Dice Cannon
que Humboldt se valía, para obtener estos resultados, de lo que él
llama “iso-mapas”: “un mapa que muestra las líneas de igualdad de
cierta información: isóteras, isobáricas, isodinámicas, isógonas o iso-
cualquier cosa que se prefiera”.22
Mostraré, por lo tanto, algunos de esos mapas, de una belleza y
de una audacia científica gigantesca, que reproduzco del Atlas físico
hecho por Heinrich Berghaus, en 1845, a partir del Cosmos de Hum-
boldt.23
A] El primero de esos mapas es el del sistema de curvas isotermas.
En él se muestra la temperatura media, o sea, el equilibrio térmico
del aire, en Asia, África, el Viejo y el Nuevo Mundo. El promedio es
de 28º.
B] El segundo mapa es el de las curvas isotermas del Hemisferio
Norte, representadas en proyección polar.
C] El tercero proporciona la vista de los estados medios barométri-
cos de los mares y de las oscilaciones en la presión atmosférica.
D] El cuarto muestra las corrientes atmosféricas en el Atlántico
Norte y en las zonas occidental del Viejo Mundo y oriental del Nuevo.
E] El quinto ofrece el intento para observar las ondas atmosféricas.
F] El sexto, la tabla de velocidades de la corriente del Golfo y el
mapa del océano Atlántico con sus corrientes y sus rutas comerciales.
G] El séptimo, en fin, las corrientes térmicas del océano Atlántico
y las frías del Pacífico.
Hago caso omiso de otra multitud de mapas en los que Humboldt
y Berghaus muestran las plantas, las cuencas hidrográficas, los ani-
males, los seres humanos (sus lenguas, sus religiones, sus sistemas de
21
El texto pertenece a la introducción del Cosmos, de la que se dice, expresamente,
que ha sido “escrita en francés” por el propio Humboldt (op. cit., pp. 74-75).
22
Walter F. Cannon, op. cit., p. 28.
23
Heinrich Berghaus, Physikalischer Atlas oder Sammlung von Karten, auf denen die
hauptsälichsten Erscheinungen der anorganischen Natur nach ihrer geographischen Verbreitung
und Vertheilung bildlich dargestellt sind. Zu Alexander von Humboldt, Cosmos, Frankfurt am
Main, Eichborn Verlag, 2004.
HUMBOLDT: VÍNCULO ENTRE LAMARCK Y DARWIN 49
gobierno). Son, en total, 90 planos en gran formato (ocupan ambas
páginas del libro). Creo que lo que aquí ofrezco será suficiente para
mostrar las vastas aportaciones de Humboldt al método científico y
el carácter universal, novedoso y audaz de su investigación. Para con-
cluir, solo debo decir que Darwin, al aportar la teoría y las leyes que
rigen la evolución, logró, en ese espacio teórico preciso, en ese ins-
tante luminoso, en ese punto decisivo de la historia de la ciencia, dar
el giro que nos ha hecho adoptar otra imagen del mundo, otro con-
cepto del universo, otra idea, al propio tiempo diferente y grandiosa,
humilde y soberbia, de nosotros mismos. A su vez, porque Humboldt
pudo ofrecer una concepción universal y científicamente fundada, la
descripción física del mundo como una totalidad, debe ser considerado el
gozne que une a Lamarck con Darwin.
EL ÁRBOL DE LA VIDA RECONSIDERADO*
jean gayon**
introducción
Darwin se refirió a su teoría en El origen de las especies (OE ) como
“descendencia con modificación a través de la selección natural”
(Darwin, 1859: 459). Esta teoría estaba comprendida en dos partes:
“descendencia con modificación” o, en términos modernos, como
el “patrón” general de la evolución, y “selección natural”, o la prin-
cipal hipótesis explicativa que da cuenta de la modificación de las
especies.
Darwin organizó el conjunto de su libro de tal manera que las dos
partes se encuentran siempre estrechamente conectadas. Sin embar-
go, hay buenas razones para tomar en serio la distinción entre ellas.
En primer lugar, Darwin estaba perfectamente consciente de su im-
portancia, como lo demuestra la carta a Asa Gray del 11 de mayo de
1863: “personalmente, por supuesto, me preocupa mucho la selec-
ción natural, pero parece que es extremadamente poco importante
comparada con la creación o modificación” (Burkhardt, 1985-2007: vol.
xi, 403; itálicas y negritas originales). Otra razón es que la comunidad
científica no reaccionó de la misma manera hacia las dos partes de
la teoría de Darwin. “La descendencia con modificación” fue rápida-
mente renombrada “evolución” por los lectores de Darwin y por el
propio naturalista, quien introdujo la expresión en la última edición
de OE (1872).1 Esta parte de la teoría fue tan exitosa y tan rápidamen-
te adoptada en el último tercio del siglo xix2 que se volvió habitual
* Traducción del francés por Jorge Martínez Contreras.
** Université Paris 1-Panthéon Sorbonne, Institute of History and Philosophy of
Science and Technology (ihpst), 13 rue du Four, 75006, París, Francia; correo electró-
nico: <gayon@[Link]>.
1
Aquí, “evolución” aparece ocho veces, como una abreviación de “descendencia
con modificación” de las ediciones previas (Darwin, 2002-2009: 201, 202, 215, 282,
424).
2
Peter Bowler dice que esto puede muy bien haber sido uno de los más espec-
[50]
EL ÁRBOL DE LA VIDA RECONSIDERADO 51
llamarla “el hecho general de la evolución”. En contraste, la explica-
ción de este “hecho general” a través de la selección natural ha sido
motivo de interminables controversias desde 1859.
Este trabajo está dedicado exclusivamente a la primera mitad de la
teoría de Darwin, comúnmente referida como el “árbol de Darwin”,
debido al famoso diagrama arbolado que fue propuesto en El origen
de las especies. En la primera parte de este trabajo daré por hecho que
el diagrama expresa lo que podríamos llamar hoy un “marco”. Voy a
resaltar la pregunta de si ese marco general de la evolución propues-
to por Darwin ha sido puesto en duda o no desde 1859. En la segunda
parte, cuestionaré la pretensión común de que dicho árbol describió
únicamente un marco evolucionario, no un proceso.
el árbol de darwin o “el hecho general de la evolución”
El diagrama en forma de árbol de Darwin
Darwin en OE no nos provee de una definición explícita de lo que
quiere decir con “descendencia con modificación”, cosa que proba-
blemente él consideraba evidente. Sin embargo, tiene una interpre-
tación bastante restrictiva de esta idea —podríamos decir que tenía
un modelo de la misma—. Este modelo está expresado en el famoso
diagrama arbolado propuesto en el capítulo iv de OE (fig. 1). El dia-
grama se apoya en una serie de conjeturas:
1] Las especies están sujetas a modificación.
2] Esta modificación es lenta y gradual.
3] Muchas especies se extinguen.
4] Las especies que no se extinguen, normalmente se dividen en
otras especies.
5] Una vez que dos o más especies se han dividido, divergen indefi-
nidamente.
6] El diagrama se aplica en todos los niveles taxonómicos, desde las
variedades locales inferiores hasta los grupos que más abarcan.
Como consecuencia:
taculares y rápidos ejemplos del “cambio paradigmático” en la historia de la ciencia
(Bowler, 2003).
52 JEAN GAYON
6a] La clasificación está enteramente determinada por la genealogía.
En consecuencia, hay tantos “rangos” como hay eventos conecti-
vos de ramificación, y todas las categorías taxonómicas usadas en
la sistemática (especies, géneros, familias, etc.) son arbitrarias.
Veamos ahora la imagen. ¿Justificó y aceptó Darwin implícitamen-
te esta imagen del árbol? De hecho, “Los cuadernos de la trasmuta-
ción” de 1837 muestran que dudaba entre dos imágenes, el “árbol de
la vida” y “el coral de la vida”. “El árbol de la vida debiera tal vez ser
llamado coral de la vida, con la base de las ramas muertas; así algunos
pasos no pueden ser vistos” (Notebook “B”: 25).
La imagen del coral era atractiva porque se adecuaba mejor con
una clasificación genealógica en la cual la mayoría de las especies se
hubieran extinguido. En un árbol las ramas están generalmente vivas.
En un arrecife de coral sólo la parte superior está viva, mientras que
figura 1. En cap. iv, las letras “A, B, C… L” representan a “las especies de un gran
género en su propio país”. Los números romanos representan intervalos entre un gran
número arbitrario de generaciones. Producen variedades locales que se modifican y
divergen durante muchas generaciones. Por ejemplo, al final del proceso, la especie
I lleva a ocho especies. En el cap. xiii, la letras “A, B, C…L” representan “géneros
aliados” que llevarán a su vez a un mayor número de géneros. El mismo razonamien-
to puede ser aplicado a cualquier nivel deseado de categorías taxonómicas (Darwin,
1859: contra, p. 117).
EL ÁRBOL DE LA VIDA RECONSIDERADO 53
la mayor parte de la estructura inferior está muerta. Algunos autores
han tomado la imagen del coral de manera muy seria, y han incluso
propuesto que el origen del diagrama de 1859 era de hecho un bo-
rrador de un coral real que Darwin hizo cuando se encontraba en
Patagonia (Bredekamp, 2008). Este hecho puede ser puesto en tela
de juicio, pero no hay ninguna duda de que el coral puede ser una
imagen atractiva. Maderspacher, que ha revisado la literatura más re-
ciente sobre este tema, escribe: “el modelo de enramado del coral es
menos jerárquico que el de un árbol y carece de un tronco. De esta
manera puede evitar el problema de la direccionalidad o teleología”
(Maderspacher, 2006).
Sin embargo, Darwin escogió finalmente la imagen de un árbol,
como es indicado en el siguiente párrafo de OE:
Las afinidades de todos los seres de la misma clase han sido a veces represen-
tados por un gran árbol. Creo que este símil expresa ampliamente la verdad.
Los verdes y nacientes retoños pueden representar a especies existentes; y
aquellos producidos durante cada año anterior pueden representar a la larga
sucesión de especies extintas. En cada periodo de crecimiento todos los reto-
ños crecientes han tratado, por todos lados, de volverse ramas, sobreponién-
dose y matando a los retoños de los alrededores y a sus ramas, de la misma
manera que las especies y los grupos de especies han tratado de subyugar a
otras especies en la gran batalla por la vida (Darwin, 1859: 129).
En estas frases, Darwin aplica este diagrama a clases específicas.
Pero al final del capítulo va más allá aplicándolo a la totalidad de la
historia de los seres vivos:
Los miembros divididos en grandes ramas, y éstos en cada vez más pequeñas
ramas, fueron alguna vez, cuando el árbol era pequeño, retoños nacientes;
y esta conexión de los retoños anteriores y de los presentes por medio de
ramas que se desarrollan pueden muy bien representar la clasificación de
todas las especies extintas y vivas en grupos subordinados a grupos (Darwin,
1859: 129-130).
Al final del capítulo, Darwin explícitamente usa el término “árbol
de la vida”:
Los brotes dan lugar al crecimiento de retoños frescos, y éstos, si son vigo-
rosos, se ramifican y dominan por todos lados a las ramas más débiles, por
54 JEAN GAYON
ello mediante la generación pienso que ha sucedido con el gran Árbol de la
Vida, que llena con sus ramas muertas y rotas la corteza de la Tierra, y cubre
la superficie con sus continuas ramificaciones en sus bellas ramas (Darwin,
1859: 130).
No hay duda, en consecuencia, que Darwin adoptó la imagen del
árbol. El diagrama de Darwin no era solamente de “tipo arbóreo”, era
representado como un árbol.
En poco tiempo este diagrama se volvió la representación paradig-
mática de la evolución orgánica como un hecho establecido, el “he-
cho general de la evolución”. Su rápido y dramático efecto constituye
uno de los más espectaculares ejemplos de un cambio paradigmático
en la historia de la ciencia, para usar la famosa terminología de Tho-
mas Kuhn. Sin embargo, la caracterización del árbol de la vida de
Darwin como un “hecho general” de la naturaleza se presta a confu-
siones. Este diagrama con el nada trivial postulado ilustrado es una
construcción teorética. El tipo de teoría que implica no es una teoría
causal, se trata de un instrumento heurístico, una apuesta plausible
en relación con la forma general y el ritmo de los fenómenos de los
cuales la evolución es el resultado, y que también exige explicación.
La teoría de Darwin de “descendencia con modificación” es resumida
en este diagrama; es una teoría de bajo nivel, pero una teoría después
de todo. En términos modernos, es una conjetura en relación con el
marco general de los fenómenos de la evolución.
Impugnando el árbol de Darwin
La pregunta ahora es: ¿ha sido amenazado de manera significativa el
consenso científico en torno al llamado “hecho de la evolución”, tal
como es representado por el diagrama de Darwin, desde los tiempos
del inglés? Ha habido por lo menos tres retos serios al dibujo del
árbol de la vida de Darwin. Cada uno de estos retos o tipos de criti-
cismos tienen que ver con la forma del árbol. Los dos primeros han
sido recurrentes desde los tiempos de nuestro naturalista. El tercero
es reciente. El primer tipo de criticismo puede ser encontrado entre
aquellos biólogos o paleontólogos que han defendido una represen-
tación no gradual o saltacionista del origen de las especies. Desde
Thomas Henry Huxley las teorías saltacionistas han sido variadas y
numerosas. Han sido propuestas por morfólogos, paleontólogos, ge-
EL ÁRBOL DE LA VIDA RECONSIDERADO 55
netistas y biólogos del desarrollo. Hoy, el ejemplo más famoso está
representado por la teoría del “equilibrio puntuado” de Eldredge y
Gould (Eldredge y Gould, 1972). Esta teoría postula que el cambio
evolutivo ocurre principalmente durante los eventos de especiación
o cladogénesis.
Las teorías saltacionistas de la evolución implican una importante
alteración del árbol de Darwin. En vez de ramas que divergen progre-
sivamente, los árboles saltacionistas tienen la forma de candelabros
sucesivos. El más famoso ejemplo es el “árbol” de Eldredge y Gould
(1972) (fig. 2). Este tipo de criticismo que se enfoca en el nivel de la
especie (o por lo menos en niveles taxonómicos inferiores) reta a los
TIEMPO A B
MORFOLOGÍA
ÍA
G
LO
FO
R
O
M
figura 2. Leyenda original: “Esquema tridimensional que contrasta a un patrón de re-
lativa estabilidad (A) con una tendencia (B), donde la especiación (líneas punteadas)
ocurren en ambos de los linajes mayores. El cambio morfológico es representado aquí
a lo largo del eje horizontal, mientras que el eje vertical es el tiempo. Aunque un pa-
trón retrospectivo de selección direccional pudiera ser colocado como una línea recta
en (B), el patrón actual es stasis dentro de la especie, y el éxito diferencial de la especie
que exhibe cambio morfológico en cierta dirección” (Eldredge y Gould, 1972: 113).
56 JEAN GAYON
postulados señalados más arriba [2, 5 y 6]: la gradualidad en el cam-
bio, la divergencia de especies como tales y la divergencia indefinida
después de la escisión.
Un segundo tipo de criticismos consiste en decir que la evolución
sucede no sólo a nivel de las variedades y especies, sino también en
niveles taxonómicos más altos. Este tipo de criticismo ha sido tam-
bién popular entre morfólogos y paleontólogos desde Darwin. Según
aquéllos, la modificación y multiplicación de las especies son fenóme-
nos superficiales, no el núcleo del proceso evolucionario. Un ejem-
plo de este criticismo nos es dado por el morfólogo francés Louis
Vialleton en 1929. Éste pensó que grupos mayores surgen más bien
repentinamente. En consecuencia, argumentó que, en niveles taxo-
nómicos mayores, el árbol de Darwin debe de ser remplazado por un
“arbusto” con retoños paralelos que surgen de un nivel dado.
Los árboles genealógicos, al ilustrar de manera sencilla un número infinito
de relaciones complejas en el mundo verdadero, fueron muy útiles para la
teoría transformacionista […]. Los primeros diagramas eran bastante satis-
factorios. Representaban de manera impactante el desenvolvimiento evoluti-
vo de los seres y parecían poder proveer sus relaciones naturales que durante
tanto tiempo se buscaron. Pero la desilusión vino pronto […], rápidamente
se mostró que los árboles genealógicos aparecían bastante diferentes de lo
que lo hacían con anterioridad. En vez de mostrar un más o menos alargado
tronco durante el periodo cuando supuestamente sólo la forma inicial exis-
tía, tenían la forma de arbustos cuyos retoños salían desde aproximadamente
la misma altura del suelo, y se extendían de manera paralela entre sí, cada
uno de ellos estando más o menos ramificado (Vialleton, 1929).
Para ilustrar estas dudas en torno a los árboles darwinianos, Vialle-
ton propuso dos representaciones diferentes del árbol genealógico
de los mamíferos. Uno adoptado del paleontólogo americano Hen-
ry Fairfield Osborn (fig. 3); el otro era la representación exacta de
Vialleton de los mismos datos e interpretación (fig. 4). La represen-
tación de éste enfatiza la idea de que algo decisivo sucede en altos ni-
veles taxonómicos. El francés pensó que el “transformismo” (su nom-
bre para la evolución darwiniana —esto es, modificación y escisión
gradual de las especies—) era sólo un fenómeno superficial, mientras
que la “genuina” evolución era la generación o “creación” de noveda-
des morfológicas mayores en grupos que aparecían de manera espon-
tánea y que permanecían después aproximadamente estables.
EL ÁRBOL DE LA VIDA RECONSIDERADO 57
figura3. “Árbol genealógico de los mamíferos” [Genealogical tree of mammals (de
Osborn)]. Vialleton se refiere a Osborn, 1917 (Vialleton, 1929: 183).
Más recientemente, el equilibrio puntuado de Eldredge y Gould
ha proporcionado una versión nueva en su totalidad respecto de la
vieja idea de que la evolución no se encuentra confinada en el nivel
de la especie. Su famoso diagrama ilustra también la hipótesis de que
una tendencia evolutiva dada en un grupo taxonómico (ya sea estasis
o evolución direccional) puede muy bien resultar de cambios por
encima del nivel de la especie en vez de que sea desde cambios den-
tro de las especies (véase fig. 2). Aunque esta manera de pensar está
lejos de la aproximación tipológica de Vialleton (y, en ese sentido,
es mucho más próxima a la de Darwin), sí ejemplifica otra manera
de defender la evolución por encima del nivel de la especie y, conse-
cuentemente, de retar al postulado [6] (cf. supra).
La tercera clase de criticismos hacia el diagrama de Darwin es
más reciente y radical. Se trata de la sospecha de que este dibujo
representa sólo una fracción del patrón real de la historia de la vida.
La imagen de Darwin representa la convicción de que un árbol de
divergencia irreversible de especies representa adecuada y suficiente-
mente la historia de la diversidad biológica. Un creciente número de
fenómenos retan esta visión de las especies como mónadas (materia-
58 JEAN GAYON
figura 4. Vialleton, 1929: 181. Árbol genealógico de los mamíferos.
les), “sin puertas ni ventanas”, para parafrasear libremente la famosa
fórmula de Leibniz. Estos dos fenómenos son: las transferencias gé-
nicas laterales y la simbiosis. Semejantes nuevos retos se parecen al
problema clásico planteado por la hibridación. Pero, aquí, el reto es
mucho más profundo.
Desde finales de los años 1990, la transferencia génica lateral ha
constituido un problema mayor entre las eucariontes (Eubacteria y Ar-
chaea). Los procariontes son organismos unicelulares que carecen de
un núcleo protegido por una membrana. Desde los trabajos pioneros
EL ÁRBOL DE LA VIDA RECONSIDERADO 59
de Carl Woese en los años setenta y ochenta del siglo pasado, han
sido divididos en dos “dominios”: Bacteria y Archaea. Los eucariontes
constituyen el tercer “dominio”, incluyendo a todos los organismos
uni y multicelulares con un núcleo rodeado por membrana. Al prin-
cipio, la aplicación de técnicas moleculares a los procariontes gene-
ró las esperanza de reconstruir un árbol de la vida único y universal
(Woese, 1987). Pero un creciente número de anomalías llevaron al
descubrimiento de que la transmisión de genes entre eucariontes no
es sólo vertical sino también horizontal. La magnitud de este fenó-
meno ha sido debatida con ferocidad durante casi veinte años. Es
claro ahora que es lo suficientemente importante como para poner
en duda la propia existencia de un árbol único que represente la re-
lación natural entre todos los organismos celulares o, por lo menos,
sobre la posibilidad de reconstruir este árbol, si existiera (para una
revisión, cf.: McInerney, Cotton, y Pisani, 2008). Esto es debido al he-
cho de que casi todos (si no todos) los genes procariontes han estado
sujetos a las transferencia génica lateral. Que este ir y venir génico en
eucariontes sea significativo o no, permanece como un debate abier-
to. Sin embargo, observamos ahora una intensa controversia entre
dos maneras de representar al patrón genealógico de la historia de la
vida: árbol y red (la mejor y más comprensiva explicación sobre esto
puede encontrarse en Ragan, McInerney y Lake, 2009).
Actualmente es incierto si la “red de hipótesis sobre la vida” será
capaz de combatir con éxito a la “hipótesis del árbol de la vida”.
En realidad es posible que tanto el árbol como la red tendrán que
coexistir en un punto de vista pluralista de los patrones evoluciona-
rios, donde varias historias son contadas usando varias metodologías
(Doolittle y Bapteste, 2007). De hecho, los biólogos evolucionistas
parecen ahora admitir que el diagrama de Darwin, que se enfoca ex-
clusivamente en el nivel de las especies, encapsuló sólo una fracción
de la historia de la vida. En el caso de los procariontes, por lo menos,
la transferencia génica lateral ha sido lo suficientemente importante
como para obliterar y, tal vez, superar la transmisión vertical en una
amplia escala histórica.
Otro proceso que compromete a la representación genealógica
darwiniana es la simbiosis. La simbiosis ha sido probablemente un
factor evolucionario mayor, en especial en el ámbito de la evolución
celular (Margulis y Sagan, 2002). La simbiosis es mucho más rara
que la transferencia génica lateral. Pero, cuando ocurre, puede tener
dramáticos efectos porque implica la coexistencia de dos genomas
60 JEAN GAYON
completos. La simbiosis parece haber sido un proceso clave en la
emergencia de un gran número de grupos de organismos eucarion-
tes unicelulares y de los propios eucariontes. La simbiosis no confron-
ta la noción de la divergencia irreversible de las especies, puesto que
los organismos que se fusionan inician nuevas especies que divergen
de las otras. Pero los eventos de fusión entre organismos introducen
complicaciones que no pueden ser asimiladas por un patrón filogéni-
figura5. Papel de la simbiosis en el origen de la diversidad de Algae y de sus plástidos
(Palmer, 2003).
EL ÁRBOL DE LA VIDA RECONSIDERADO 61
co exclusivamente arbóreo. La figura 5 ilustra el tipo de anastomosis
que resulta de tales conjeturas en un grupo especial (Algae). La figura
6, un híbrido entre un árbol y una red, sintetiza la manera como la
biología evolucionista representa hoy a la genealogía.
En suma, el primer aspecto de la teoría de Darwin (“descendencia
con modificación”) fue exitoso al proponer una visión de la historia
de la vida en términos de genealogía y modificación, pero el mode-
lo particular que propuso Darwin ha sido debatido con regularidad.
Sin duda el diagrama del árbol ha mostrado ser inmensamente fértil
y permanece como la intuición básica detrás de la mayoría de los
trabajos sobre filogénesis. Pero no es cierto que el diagrama haya
permanecido sin cambios. Muchos de los postulados implicados en
la representación de Darwin aparecen ahora no exactamente como
falsos, pero sí como expresando un punto de vista más bien sencillo.
Por lo menos tres de los seis postulados que he enlistado han sido
puestos en duda: [2] gradualismo de la modificación; [5] irreversible
diversificación de las especies, y [6] validez uniforme del diagrama
en todos sus niveles (los biólogos evolucionarios modernos parecen
estar en contra de [2]: no están de acuerdo con la aserción de que la
modificación de las especies es siempre lenta y gradual). La divergen-
cia indefinida después de la escisión no es estrictamente falsa, pero es
sólo una parte de la historia de la vida porque importantes relaciones
horizontales también deben de ser tomadas en consideración (contra
[5] y [6]).
(b)
(c)
(a)
figura 6. Representación diagramática de toda la “red de la vida” (McInerney et al.,
2008).
62 JEAN GAYON
el árbol de darwin: ¿patrón o proceso?
Planteo ahora la pregunta de si Darwin y su diagrama representan un
“marco” o un “proceso”. Aunque se trata de una distinción moderna,
puede arrojar luz sobre lo que Darwin quería realmente expresar a
través de su diagrama, así como si existe una continuidad entre la
aproximación del inglés a los árboles filogenéticos y a las aproxima-
ciones contemporáneas.
La dicotomía marco/proceso surgió en el contexto teórico de la
cladística, una teoría particular de clasificación también llamada “sis-
temática filogenética”. Se volvió modelo después de la publicación del
libro de Joel Cracraft y Niles Eldredge, Phylogenetic patterns and the evo-
lutionary process (1980). Después de la publicación y la traducción al
inglés del libro de Willi Hennig Phylogenetic systematics ([1950], 1966),
un creciente número de sistemáticos quedó insatisfecho con la apro
ximación de la síntesis moderna a la clasificación. Le reprochaban
a la “sistemática evolucionaria” (por ejemplo, Ernst Mayr y George
Gaylord Simpson) que apoyara su método para la elaboración de la
clasificación sobre hipótesis acerca de procesos evolucionarios.
En este contexto, un patrón [pattern] es un esquema que reúne da-
tos usando un método que es independiente de cualquier teoría expli-
cativa. A la inversa, un proceso es invocado con el propósito de explicar
cierto tipo de cambio. Por ejemplo, si calculamos la distancia genética
entre chimpancés, gorilas y humanos, y si concluimos a partir de esto
que los chimpancés y los humanos son más cercanos entre sí de lo que
ambos son del gorila, entonces hacemos una aserción apoyados en un
patrón, ordinariamente expresado a través de un dendrograma (So-
ber, 1991). Pero si proponemos una hipótesis sobre las condiciones
ambientales y sobre las presiones selectivas que pueden haber llevado
al linaje humano (a los homínidos) al bipedalismo, entonces decimos
algo acerca de un proceso. La mutación, la recombinación, la selec-
ción natural y la extinción son procesos típicamente evolucionarios.
En consecuencia, cuando el cladista dice que la sistemática filogenéti-
ca debiera limitarse a elaborar “patrones”, expresa que la clasificación
y la inferencia filogenética debieran ser en su totalidad independien-
tes de cualquier hipótesis a priori sobre los procesos evolucionarios.
Esta distinción parece intuitivamente fácil de entender, pero ha
generado extremadas dificultades y problemas para los propios cladis-
tas. Por ejemplo, para los cladistas clásicos, que se reclaman genuinos
darwinianos en este respecto, un árbol filogenético es una clasifica-
EL ÁRBOL DE LA VIDA RECONSIDERADO 63
ción; de hecho, es el único tipo admisible de clasificación en sistemáti-
ca. Para los “cladistas de patrón” la clasificación y la filogenia deberían
ser cuidadosamente distinguidas. Los cladogramas tendrían que estar
libres de toda referencia a la evolución, y los árboles filogenéticos de-
bieran ser interpretaciones posteriores. No iré más a fondo en esta
discusión (véase Panchen, 1992). Será suficiente mantener en mente
la noción de marco evolutivo como una representación sistemática
que está lo más libre posible de cualquier hipótesis particular acerca
de procesos evolucionarios. Consideremos entonces el patrón arbó-
reo de Darwin desde esta perspectiva.
No había por supuesto nada parecido a una distinción patrón/
proceso en los escritos de Darwin. Hay buenas razones para aplicarle
retrospectivamente esta distinción. Consideremos en primer lugar la
cuestión de las palabras. Darwin usó a la vez las palabras “patrón” y
“proceso”, pero sólo usó una de las dos en el sentido evolucionario
moderno. En OE “patrón” se aplica solamente a ciertas estructuras
morfológicas concretas, no al diagrama tipo árbol. Pero sí usó la pa-
labra “proceso” en el sentido común de una secuencia temporal de
eventos que obedecían a ciertas “leyes”. Por ejemplo, Darwin carac-
teriza a la variación, a la selección natural, a la divergencia de carac-
teres y a la extinción como procesos. En consecuencia, es interesante
examinar si Darwin hizo uso de “procesos” al comentar su diagrama
del árbol de la vida.
En OE Darwin consagra dos largos y bastante diferentes comen-
tarios a su diagrama tipo árbol. Éstos aparecen en el capítulo 4, que
es consagrado a la selección natural (Darwin, 1859: 116-126), y en el
capítulo 13, que está dedicado a la clasificación (ibid.: 413-434).
Consideremos en primer lugar el capítulo sobre selección natural.
Muchos autores, entre los que me incluyo, han caracterizado al dia-
grama en este capítulo como representando a un patrón (e.g. Sober,
1991; Gayon, 2008, 2009). Sin embargo, el propio Darwin tuvo un
punto de vista muy diferente. A través de once páginas de comenta-
rios sobre su diagrama, se refiere muy a menudo a procesos. Aún más,
nunca habla de su diagrama como una manera idealizada de repre-
sentar datos, sino como una manera idealizada de representar lo que
debiera suceder en la evolución si sus hipótesis explicativas fueran correctas.
Lo que sigue son puntos clave, tomados en el orden en que Darwin
los representa.
Darwin primero explica que “los descendientes modificados de
cualquier especie tendrán más éxito mientras mejor estén diversifica-
64 JEAN GAYON
dos en estructura y así posibilitados para habitar en lugares ocupados
por otros seres” (Darwin, 1859: 116). El creciente número de estas va-
riedades puede por sí solo ser el resultado de la selección natural. La
selección natural debiera en efecto preservar las variaciones benéfi-
cas, o aquéllas adaptadas a nuevas circunstancias. En el diagrama esto
es ilustrado por un pequeño conjunto de líneas punteadas en cada
nivel. Estos conjuntos representan el efecto unido de la variación y
de la selección natural. En consecuencia, Darwin conjetura que las
variaciones más divergentes debieran ser preservadas porque auto-
rizan a la especie a maximizar el número de lugares ocupados en la
naturaleza (Darwin, op. cit.: 119). Esto es simbolizado en el diagrama
por una tendencia general de los linajes más exitosos para generar
repetidamente “variedades notables” cuyas características están más
o menos diferenciadas. Esto, otra vez, es un proceso.
Darwin explica también que las ramas mejoradas van a destruir a
las menos mejoradas y a ocupar su lugar. “Esto es representado en el
diagrama por alguna de las ramas inferiores que no alcanzan la parte
superior de las líneas horizontales” (ibid.). En otras palabras, Darwin
acepta aquí que la competencia y la eliminación diferencial ocurran
no sólo entre las variedades locales, sino también entre las “muy mar-
cadas variedades” o “razas”.
Este principio de la competencia intergrupal se extiende también
al nivel de grupos taxonómicos más grandes (especies, géneros, fami-
lias, etc.) que están sujetos a la extinción diferencial (Darwin, op. cit.:
121). Con el tiempo, esto trae consigo que el número de los grupos
altamente diversificados sea limitado. Se puede ver con facilidad en
el diagrama que sólo algunos de entre todos los grupos iniciales al-
canzan el nivel superior. Solamente tres de los once grupos iniciales
tienen descendientes al final del proceso.
Al final, Darwin considera el embarazoso caso de especies que no
cambian y todavía persisten (Darwin, op. cit.: 124). Tales casos plan-
tean una delicada pregunta para los taxonomistas. Por ejemplo, mí-
rese “F”: esta especie no cambia, pero se encuentra en una posición
intermedia entre los tipos representativos de los descendientes de “A”
e “Y”. Esto significa que las historias adaptativas de las especies no
coinciden con sus historias genealógicas. La diferenciación adaptati-
va en los grupos más exitosos tiende a nublar los procesos subyacen-
tes de secuencias puramente genealógicas.
Vemos entonces que los comentarios de Darwin sobre su diagra-
ma están saturados con hipótesis sobre procesos evolucionarios ta-
EL ÁRBOL DE LA VIDA RECONSIDERADO 65
les como variación, selección natural y competencia intergrupal y
extinción. En consecuencia el diagrama del árbol presentado en el
capítulo sobre “selección natural” (no es una coincidencia, porque
la selección natural es el proceso clave que hace surgir a todos los
otros procesos evocados por Darwin en sus comentarios) no puede
ser interpretado en definitiva como un patrón usado en el sentido
moderno de los biólogos evolucionistas.
En el capítulo 13 de OE nos ofrece una nueva serie de comentarios
sobre el diagrama del árbol (1859: 420-434). El tono de estos comen-
tarios es bastante diferente de aquellos del capítulo 4. Darwin empie-
za diciendo que “toda verdadera clasificación es genealógica” (ibid.:
420). Comienza asegurando que “los grados de diferencia entre los
descendientes de un progenitor común” no proveen una base segura
para la clasificación, porque resultan del efecto adaptativo de la selec-
ción natural (ibid.: 433). La razón para esto es que la diferenciación
adaptativa tiende a ocultar el nexo genealógico, que es lo único que
cuenta cuando se trata de clasificación:
No tenemos pedigrís escritos; tenemos que dar cuenta de la comunidad de
descendencia por semejanzas de cualquier tipo. En consecuencia, elegimos
aquellos caracteres que, tanto como lo podemos juzgar, son los menos facti-
bles de haber sido modificados en relación con las condiciones de vida a la
que cada especie se ha expuesto recientemente (ibid.: 425).
En consecuencia, Darwin recomienda que la sistemática minimi-
ce la historia adaptativa lo más posible con el fin de reconstruir una
clasificación verdaderamente genealógica. También recomienda que
deberían apoyarse sobre órganos rudimentarios y sobre caracteres
embriológicos con el propósito de clasificación, tal vez como los órga-
nos y caracteres que revelan las relaciones genealógicas muchas veces
ocultadas por los rasgos adaptativos de los organismos (ibid.: 433).
Excepto por estas recomendaciones prácticas, Darwin no tiene un
método de inferencia filogenética definitivo que proponer. Esto sin
duda porque sería anacrónico atribuirle a él una noción de patrón.
Fue sólo en la segunda mitad de siglo xx que los métodos de la in-
ferencia filogenética, razonablemente independientes de cualquier
hipótesis evolucionaria particular, fueron propuestos. Pero Darwin
estaba profundamente consciente de los diferentes niveles teóricos
ante los cuales la teoría de la selección natural —la teoría de un pro-
ceso— y la teoría de la clasificación operaban.
66 JEAN GAYON
conclusión
Veamos ahora en retrospectiva el destino del diagrama tipo árbol de
Darwin. Darwin distinguió cuidadosamente dos posibles sentidos de
“árbol”. En el primer sentido, el árbol de Darwin era un instrumen-
to metodológico que representaba la relación entre especies de un
grupo dado de organismos en una perspectiva evolucionaria. En el
segundo sentido, Darwin también habló de “El Árbol de la Vida” (en
letras mayúsculas), lo que equivale a decir, la idea de una estructura
genealógica entera de todos los organismos vivos, pasados y presentes.
En cuanto al instrumento metodológico, hemos visto que la for-
ma del árbol ha sido discutida una y otra vez desde su primera pro-
puesta. También hemos observado que en los pasados 20 años este
instrumento ha sido seriamente puesto en duda. Las ramificaciones
irreversibles de arborescencias de especies entran en conflicto con
dos clases mayores de fenómenos: la transferencia horizontal de in-
formación (transferencia génica horizontal o de otros componentes
celulares) y la simbiosis.
La evolución procariota también pone en duda la propia idea de
un Árbol de la Vida. Un número de especialistas en evolución mole-
cular de nuestros días dicen que este árbol es imposible de describir
o que es, incluso, una ficción, debido a los procesos particulares de
variación que se encuentran en las bacterias, en las Archaea, en los
virus y, posiblemente, en otros grupos, en especial los organismos
eucariontes unicelulares y los hongos (véase la extraordinaria crítica
de Bapteste et al., 2009).
Finalmente, en todos los casos, podemos observar que las represen-
taciones cambiantes del marco general de la historia de la vida han
sido afectadas por consideraciones acerca de procesos, tales como la
selección natural en Darwin, la selección de especies en Eldredge y
Gould, así como la transferencia horizontal y la simbiosis en los traba-
jos contemporáneos sobre organismos unicelulares.
reconocimientos
Agradezco a Rachel Bryant y a Abigail Lustig por sus fructíferas obser-
vaciones y correcciones lingüísticas en este trabajo.
EL ÁRBOL DE LA VIDA RECONSIDERADO 67
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EL CONCEPTO DARWINIANO DE ESPECIE
camilo j. cela conde*
cristina rincón ruiz**
This preservation of favourable variations and the
rejection of injurious variations, I call Natural
Selection.
darwin (1859), On the origin of species
Por razones obvias, la especie es un asunto central en la teoría darwi-
niana. Sin embargo, el concepto utilizado por Darwin plantea ciertas
dificultades de cara a detallar cómo distintas especies pueden evolu-
cionar a lo largo de un linaje. La cladística intentó resolver el proble-
ma tomando la cladogénesis como el único episodio de especiación
que puede tomarse en cuenta en el registro fósil. La posibilidad de
extender ese procedimiento a linajes monofiléticos llevó a la cladísti-
ca reformada. Por desgracia, la idea esencial de la evolución de las es-
pecies, la de las relaciones que existen entre un antepasado y sus des-
cendientes, se perdió en ese trayecto heurístico. Como consecuencia,
no disponemos de un concepto de especie adecuado para describir
procesos filogenéticos.
En el año 2009 celebramos un siglo y medio de existencia de una
idea que cambió el mundo. La idea fue propuesta por Charles Darwin
ya en el prefacio de su libro más conocido, On the origin of species
(1859), aunque atribuyéndola a “unos pocos naturalistas”. Aquellos
que con anterioridad creían que:
species undergo modification, and that the existing forms of life are the descendants by
true generation of pre-existing forms.
* EvoCog, Unidad Asociada del Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Com-
plejos (csis), Universitat de les Illes Balears (España).
** Hospital Infanta Leonor Instituto Madrileño de la Salud (España).
[69]
70 c.J. CELA CONDE/C. RINCÓN RUIZ
Como el propio Darwin reconoce, no fue él quien primero argu-
mentó en favor de un proceso evolutivo. Lo que hizo es proporcionar
abundantes pruebas acerca del mecanismo que la causa: la existencia
de variación fenotípica, la lucha por los recursos, la actuación de la
selección natural y, como consecuencia de todo ello, la evolución de
las especies.
Esa idea dotó a los episodios evolutivos de un estatus que, antes de
Darwin, se reservaba sólo a la acción de Dios. Como escribe Darwin
en el último capítulo de su libro:
When I view all beings not as special creations, but as the lineal descendants of some
few beings which lived long before the first bed of the Silurian system was deposited, they
seem to me to become ennobled.
Sin embargo, ¿es justo decir de las especies que resultan ennobleci-
das? La evolución no puede negarse, pero ¿qué sucede con la noción
de “especie”? En contra de lo que cabe suponer, existen aún asuntos
oscuros respecto de su evolución. ¿Qué queremos decir con eso de
que una determinada especie evoluciona? Es probable que estemos
sosteniendo que los descendientes de ciertos organismos con carac-
terísticas fenotípicas específicas exhiben, muchas generaciones des-
pués, un aspecto distinto al de sus ancestros remotos. Pero, ¿cómo se
relaciona el concepto de especie con ese fenómeno? Es más, ¿qué es
una especie?
Los autores han debatido de forma amplia acerca de cuál era el
significado de “especie” que tenía Darwin en mente. El estatus onto-
lógico de la especie no es de gran interés para los biólogos pero los
filósofos le han dedicado mucho tiempo y muchos esfuerzos. Desde
el punto de vista filosófico, o bien la especie es una herramienta
heurística, un concepto arbitrario que se usa en las tareas taxonó-
micas, o cada especie tiene, como en el caso de los organismos, una
existencia real.
La postura de Darwin parece sugerir que veía la especie como
un concepto nominalista. Por ejemplo, en el capítulo 2 del Origin
(Darwin, 1859) escribió:
I look at the term species, as one arbitrarily given for the sake of convenience to a set of
individuals closely resembling each other, and that it does not essentially differ from the
term variety, which is given to less distinct and more fluctuating forms.
EL CONCEPTO DARWINIANO DE ESPECIE 71
Medio siglo después de que apareciese el principal libro de Darwin,
el asunto se encontraba aún bajo debate. En abril de 1908, la revista
The American naturalist reunió varios artículos dedicados a los aspectos
taxonómicos, fisiológicos y ecológicos de la especie, incluyendo una
discusión acerca de “The species question”. Parece, sin embargo, que
ni entonces se encontró ninguna solución adecuada, ni contamos
con ella ahora. La “species question” permanece irresuelta hoy.
La introducción a la 4a. edición del International Code of Zoolo-
gical Nomenclature (iczn) establece en su Principio 1 lo siguiente:
The Code recognises that the rigid application of the Principle of Priority may, in cer-
tain cases, upset a long-accepted name in its accustomed meaning through the valida-
tion of a little-known, or even long-forgotten, name.
Es decir, el iczn utiliza un criterio nominalista para identificar
cualquier taxón, incluido el que corresponde a una especie. Como
resultado, la libertad a la hora de clasificar especímenes queda limi-
tada sólo a la necesidad de que se alcance un consenso. De tal suerte,
la noción de especie se convierte en un instrumento nominalista, sin
restricción biológica alguna. Pero, ¿qué tiene que ver ese concepto
nominalista con la teoría darwiniana?
No es difícil determinar que una idea de especie así no casa con
las entidades descritas con Darwin como resultado de la evolución
por selección natural. Darwin se refiere a seres vivos concretos que
pertenecen a unos grupos adaptados a las presiones ambientales y
capaces, con el paso de muchas generaciones, de alcanzar una condi-
ción anatómica y ecológica diferente. En el capítulo ii del The descent
of man, Darwin (1871) escribió lo que sigue:
As soon as some ancient member in the great series of the primates came to be less arbo-
real, owing to a change in its manner of procuring subsistence, or to some change in the
surrounding conditions, its habitual manner of progression would have been modified:
and thus it would have been rendered more strictly quadrupedal or bipedal. […] Man
alone has become a biped.
La secuencia evolutiva que lleva desde el primate ancestral a la
especie humana es como sigue: seres arbóreos-seres cuadrúpedos-
seres bípedos. Cada paso de la secuencia contemplada por Darwin
se compone de organismos reales que, en su conjunto, forman en
cada estadio una especie real. A su vez, cada especie cuenta de alguna
72 c.J. CELA CONDE/C. RINCÓN RUIZ
forma con sus ventajas adaptativas características. Las ventajas de los
humanos bípedos son descritas de la forma siguiente:
The hands and arms could hardly have become perfect enough to have manufactured
weapons, or to have hurled stones and spears with a true aim, as long as they were
habitually used for locomotion and for supporting the whole weight of the body, or, as
before remarked, so long as they were especially fitted for climbing trees.
No parece que quepa lugar a las dudas acerca de lo que está evo-
lucionando en cada caso: una especie con existencia tan real como la
de cualquier organismo. De hecho, Darwin dio muy poca importan-
cia (textualmente) a las cuestiones nominalistas. En el capítulo vii del
mismo libro, Darwin (1871) escribió:
Whether primeval man, when he possessed but few arts, and those of the rudest kind,
and when his power of language was extremely imperfect, would have deserved to be
called man, must depend on the definition which we employ. In a series of forms gra-
duating insensibly from some ape-like creature to man as he now exists, it would be
impossible to fix on any definite point where the term “man” ought to be used. But this
is a matter of very little importance.
Dado que la progresión arbóreo-cuadrúpedo-bípedo es un cons-
tructo impuesto a la “series of forms graduating insensibly from some ape-
like creature to man”, Darwin presta poca atención al asunto de si una
forma ancestral debería ser llamada “hombre” o no. El proceso evo-
lutivo que conduce de los primates arbóreos a los humanos bípedos
es, en el esquema que Darwin utiliza, una escala lineal con muchos
pasos intermedios que resultan difíciles de detallar. Sin embargo, una
cuestión muy diferente es la del estatuto ontológico de cada uno de
esos pasos.
No estamos ante nombres que evolucionan, sino ante especímenes
que, en cada lapso de tiempo equivalente al de los primates actuales,
forman especies diferentes. Tomando en cuenta ese hecho, la dificul-
tad se traslada desde el nombre de “simio” o “humano” a la conside-
ración de un proceso monofilético de evolución que impide describir
los pasos intermedios. Dicho de otra forma, la forma gradual de la
evolución convierte en difícil determinar las especies fósiles que van
cambiando.
Es ésa la “species question” que debemos abordar hoy: ¿cómo cabe
determinar cuáles son las especies fósiles? En sí mismo, el concepto
EL CONCEPTO DARWINIANO DE ESPECIE 73
de especie parece estar ya bien fundamentado. La mayoría de los au-
tores interesados en cuestiones teóricas está de acuerdo con el con-
cepto biológico de especie formulado por Dobzhansky (1935, 1937)
y desarrollado por Mayr (1942, 1963, 1970). Se basa en el criterio del
aislamiento reproductivo entre grupos de organismos. Dos poblacio-
nes pertenecen a diferentes especies si se encuentran reproductiva-
mente aisladas una de otra. Sin embargo, este procedimiento no pue-
de seguirse cuando se trata de especies fósiles: no podemos establecer
si los especímenes fósiles podrían hibridarse o no.
Las diferencias entre las concepciones actuales de la evolución hu-
mana son un buen ejemplo de las consecuencias inherentes a esa
dificultad. Así, ha sido discutida la validez de no pocos taxa de ho-
mínidos. Por ejemplo, ¿constituyen los neandertales una verdadera
especie o pertenecen a la nuestra, Homo sapiens? ¿Es un taxón inde-
pendiente y válido Homo ergaster frente a Homo erectus? ¿Existe una
especie Homo rudolfensis separada de Homo habilis?
El concepto de especie de Dobzhansky y Mayr es fundamental para
entender no sólo la procedencia biológica de los organismos actuales
sino también su evolución por selección natural. Cada episodio re-
lacionado con la aparición de nuevos rasgos (mutación, recombina-
ción genética, adaptación) tiene lugar dentro de un conjunto repro-
ductivamente cerrado de organismos: dentro de una especie. Así, los
acontecimientos que determinan la puesta a punto de una especie no
pueden “saltar” a los organismos de otra. El aislamiento reproductivo
lo impide.
Aunque no existe un criterio firme y ampliamente aceptado para
determinar si un fósil ha sido clasificado de forma correcta, el prin-
cipio de aislamiento reproductivo permite alcanzar ciertas claves. La
cladística (Hennig, 1966) es la técnica que saca más provecho de esa
posibilidad. Sin embargo, no está libre de dificultades que le son in-
herentes.
Consideremos un concepto central en la teoría de Hennig: el de la
“stem species”, o “especie madre”. Como cualquier otra especie, consti-
tuye una unidad reproductivamente aislada. De acuerdo con Hennig
(1966), las relaciones de parentesco que se dan entre los individuos
de una especie gracias a su comunidad reproductiva, lo que el pro-
ponente de la cladística llamó “tokogenetic relations”, suponen, por lo
que hace a la stem species, que cesan cuando ésta desaparece, siendo
remplazada por las dos nuevas “especies hijas” —“especies hermanas”
entre sí—. La stem species y las daughter species forman en conjunto un
74 c.J. CELA CONDE/C. RINCÓN RUIZ
figura 1. Especie madre, basal o stem species, y especies hijas, con el nodo que indica
el proceso de especiación de acuerdo con la formulación original de Hennig (1966).
clado, en el que cabe indicar el momento en que se produce el episo-
dio de especiación o “nodo” (véase la figura 1).
La prueba de la presencia de procesos de especiación a lo largo
del tiempo se obtiene, por definición, señalando los clados y nodos.
Se llega a ellos por medio de la identificación, a su vez, de las daughter
species que forman grupos separados a partir de la stem species. Pero
¿cómo cabe distinguir entre las especies hermanas? Es sabido que
gracias a las apomorfias, los rasgos derivados propios de cada especie
que se separa en el nodo y que no serán compartidos a causa del aisla-
miento reproductivo. En realidad, el mecanismo heurístico es el con-
trario: en un yacimiento, y dentro del mismo horizonte estratigráfico,
aparecen fósiles muy similares entre sí pero que forman dos grupos
distintos, cada uno de los cuales es poseedor de un rasgo, al menos,
ausente en el otro. Si se tratase de dos poblaciones de una misma
especie —y si se eliminan los dimorfismos sexuales o la existencia de
una variabilidad razonable—, no tendría sentido que haya tal separa-
ción de rasgos. Cabe concluir, pues, que estamos ante un fenómeno
de aislamiento reproductivo cuya explicación más parsimoniosa se
logra entendiendo que se trata de dos especies diferentes.
Aun así, ¿qué sucede cuando no se presentan procesos de clado-
génesis a lo largo de un linaje? Es bastante común nombrar en los
trabajos paleontológicos diferentes especies a lo largo de un linaje
filético. En ocasiones se recurre al término “cronoespecies” para dis-
tinguir entre grupos de organismos cuyo aislamiento reproductivo se
justificaría porque viven en periodos temporales distintos, pero que
EL CONCEPTO DARWINIANO DE ESPECIE 75
se supone que mantienen una relación de antepasado-descendiente
(figura 2).
Por ejemplo, los caballos modernos, Equus, y sus antepasados de
50 millones de años atrás, Hyracotherium, reciben diferentes nombres
porque, desde un punto de vista morfológico, son tan diferentes en-
tre sí como lo son al menos los caballos actuales y las cebras (más
aún, dado que se sitúan en dos géneros diferentes). El concepto de
cronoespecie admite el reconocimiento de una evolución filética, sin
ramificaciones, aunque, al no existir éstas, no contamos con aconte-
cimientos cladísticos conocidos.
Podría ser posible identificar una cronoespecie S2, hija de una
especie madre S1 si, en un linaje filético, encontrásemos en un de-
terminado momento especímenes contemporáneos de ambas. La
cladística original de Hennig no permite tomar en cuenta ese pro-
ceso como propio de una especiación —no considera una posible
presencia simultánea de especie madre y especie hija— pero la cla-
dística transformada (Platnick, 1979), sí. Ésta acepta la presencia de
una población hija S2 por medio de una apomorfia al menos, que la
distingue de una especie madre S1 cuyos especímenes estén presen-
tes en el mismo horizonte estratigráfico que el ocupado por S2. La
manera de representar ese proceso propio de la cladística transfor-
mada consiste en considerar S1 y S2 como especies hermanas en el
cladograma (figura 3).
Una consecuencia importante que aparece al colocar las especies
madre e hija como especies hermanas es la pérdida del sentido ori-
ginal de la stem species de Hennig. Como indicaron Schaeffer, Hecht
y Eldredge (1972), todos los taxa, ya sean fósiles o actuales, deben
76 c.J. CELA CONDE/C. RINCÓN RUIZ
figura 3. Especie madre y especie hija representadas como especies hermanas en la
cladística reformada.
ser considerados como taxa terminales en un cladograma que se
ajusta a la cladística transformada. Por lo tanto, no contamos con
ningún antepasado, ni siquiera hipotético, anterior al nodo —que
era precisamente el papel asumido por la stem species—. Una vez que
un taxón fósil es identificado de forma correcta, pasa a constituir
—como taxón terminal— el grupo hermano de otro taxón o de otro
conjunto de taxa; no es ningún “antepasado”. De acuerdo con esa
idea, la stem species desaparece como parte del cladograma. No sólo su
representación es la que se pierde, sino el propio concepto de espe-
figura 4. Representación como taxa terminales de todas las especies, fósiles o actuales,
de acuerdo con la cladística transformada.
EL CONCEPTO DARWINIANO DE ESPECIE 77
cie basal. A partir de esa exigencia, los cladogramas pierden el senti-
do de representantes de un proceso evolutivo (al estilo de los árboles
fillogenéticos) que tenían en la propuesta original de Hennig, para
reducirse a indicar la manera como los linajes se dividen en grupos
hermanos (figura 4).
La pérdida de la dimensión temporal es un precio muy alto pa-
gado por la transformación de la cladística encaminada a albergar
linajes filéticos. Los cladogramas no representan ya relaciones ances-
trales. Por añadidura, el proceso de especiación a lo largo del tiempo
no puede ser establecido. Como indicaron Delson, Eldredge y Tat-
tersall (1977), el concepto de “especies hermanas” es un instrumento
metodológico que debe ser aplicado incluso si 1] los taxa bajo consi-
deración son dos especies que mantienen relaciones de antepasado-
descendiente y no son, por lo tanto, verdaderos grupos hermanos; y
2] los taxa bajo consideración tienen parientes cercanos que no son
conocidos. De acuerdo con Delson y colaboradores (1977), un clado-
grama construido de esa forma no indica si las ramas que proceden
de un nodo indican especies hermanas o madre/hija. Las relaciones
ancestrales desaparecen como objeto de investigación científica con
arreglo a la cladística reformada dado que la hipótesis acerca de la
relación ancestral de un taxón respecto de otro no puede ser some-
tida a prueba (Nelson, 1973; Cracraft, 1974; Delson et al., 1977). Esa
misma idea fue expresada por Siddall (1998) al sostener que la bús-
queda de relaciones evolutivas por medio de ancestros identificados
en el registro fósil es algo así como la reaparición del culto al becerro
de oro.
Estamos, pues, desde el punto de vista heurístico, ante una situa-
ción trágica (recuérdese el origen de esa palabra: aquello que es a la
vez necesario e imposible). En el campo más sólido del análisis filo-
genético, el de la cladística, no contamos con conceptos lo bastante
fuertes como para describir e interpretar las filogenias. Parece ur-
gente la necesidad de revisar las herramientas taxonómicas, incluido
el concepto de cronoespecie. Es preciso disponer de un sistema que
sea capaz de identificar relaciones de antepasado-descendiente. Pero
resulta muy difícil imaginar siquiera cómo cabría proceder para lle-
gar a esas herramientas conceptuales ausentes. Tal vez una relectura
carente de prejuicios de las propuestas originales de Darwin pudiera
ser un buen punto de partida. Como indicó Darwin en el capítulo 1
de The descent of man (1871):
78 c.J. CELA CONDE/C. RINCÓN RUIZ
Thus we can understand how it has come to pass that man and all other vertebrate
animals have been constructed on the same general model, why they pass through the
same early stages of development, and why they retain certain rudiments in common.
Los rudimentos comunes y las particularidades de cada taxón en un
esquema de especies hermanas son por supuesto la clave para enten-
der los procesos evolutivos. No obstante, reducir las comparaciones
a aquéllas que pueden llevarse a cabo mediante los procedimientos
cladísticos al uso no parece suficiente. Entre las nuevas perspectivas a
considerar se encuentra el estudio de caracteres funcionales incorpo-
rando el uso de herramientas cladísticas por lo que hace, al menos,
a la evolución de las capacidades humanas como son la cultura y el
lenguaje. De nuevo, Darwin y su The descent of man, nos dan la clave:
He who wishes to decide whether man is the modified descendant of some pre-existing
form, would probably first enquire whether man varies, however slightly, in bodily struc-
ture and in mental faculties; and if so, whether the variations are transmitted to his
offspring in accordance with the laws which prevail with the lower animals.
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EL CONCEPTO DE ESPECIE EN LA OBRA DE LAMARCK Y
DARWIN: UNA MIRADA RETROSPECTIVA
ernesto rodríguez luna*
aralisa shedden gonzález*
introducción
En el transcurso de la historia del pensamiento occidental, el signifi-
cado del término especie se ha discutido desde diferentes perspectivas,
incluyendo filosóficas, naturalistas y científicas, como puede apreciarse
en las revisiones realizadas por Llorente y Michán (2000), De Quei-
roz (2005), Mallet (2007) y Maclaurin y Sterelny (2008), y, desde una
visión general, la realizada por Zimmer (2008). En este escrito hace-
mos un recorrido histórico de las principales definiciones, aclarando
que no se abarcan todas las conceptualizaciones existentes. Asimismo,
intentaremos mostrar cómo las definiciones de especie han estado re-
lacionadas con otras ideas, como por ejemplo creación, evolución, extin-
ción y conservación. También mostraremos cómo estas concepciones se
han transformado conforme al cambio histórico en las visiones sobre
la naturaleza. La noción de naturaleza se ha expresado de distintos mo-
dos durante el desarrollo cultural de la humanidad (Rodríguez Luna
y Shedden González en prensa). En especial, en el pensamiento occi-
dental la idea de naturaleza se ha transformado históricamente con-
forme la filosofía y la ciencia la han redefinido; uno de los conceptos
fundamentales y sujetos a esta transformación histórica en la explica-
ción del mundo natural es el de especie. De acuerdo con Dobzhansky
(1971), el concepto de especie es un instrumento operativo de primera
importancia en biología sistemática y la biología sistemática, a su vez,
es un auxiliar indispensable en todos los restantes estudios biológicos.
Sin embargo, “rara o ninguna es la vez que conceptos e ideas son exac-
tamente los mismos durante un periodo largo de tiempo. Aunque los
nombres que les den los científicos no cambien, los conceptos funda-
* Centro de Investigaciones Tropicales; correos electrónicos: <errodriguez@[Link]>
y <rod_araz@[Link]>.
[80]
EL CONCEPTO DE ESPECIE EN LA OBRA DE LAMARCK Y DARWIN 81
mentales suelen evolucionar hasta sobrepasar sus señas de identidad a
lo largo del proceso histórico” (Kragh, 1989: 119).
Asentamos, además, que emprendemos este ensayo asumiendo
dos clases de riesgos: primero, como se ilustrará más adelante, el pro-
blema para definir lo que se refiere como especie ha sido largamen-
te estudiado y discutido, sin que hasta el momento se haya logrado
una solución que satisfaga a todos los expertos. Por ello, en este texto
sólo pretendemos brindar una mirada retrospectiva que recorra las
principales conceptualizaciones en relación al término especie, antes y
después de las propuestas por Lamarck y Darwin. Al final de este reco-
rrido histórico nos enfocaremos a las cuestiones contemporáneas que
animan la discusión en torno al “problema de especie”: con mayor
detalle, examinaremos las implicaciones del concepto especie para la
conservación de la diversidad de plantas y animales, así como a la bio-
diversidad en su conjunto.
En segundo lugar, deberemos asumir riesgos en la aplicación de
un enfoque y metodología para el análisis histórico del concepto de
especie, reconociendo que sería ingenuo pretender que en este ensayo
podamos solucionar los problemas metodológicos que debe enfrentar
cualquier historia de las ideas científicas. No obstante, sin que aquí se
haga una revisión exhaustiva del enfoque, nos basamos en un plan-
teamiento histórico anacrónico,1 es decir, tal como lo menciona Kragh
(1989): “…debería estudiarse la ciencia del pasado a la luz de los co-
nocimientos que hoy día tenemos, y además teniendo presente esa
evolución posterior, así como a la manera en la que llegó a conver-
tirse en lo que es en la actualidad”. De esta forma, las definiciones de
especie que interpretemos de los escritos de Lamarck y Darwin son
inevitablemente vistas desde nuestra perspectiva actual y, en particu-
lar, desde el problema conceptual que surge de la conservación de
especies en nuestros días.
los conceptos de especie antes de lamarck y darwin
Los orígenes más remotos del concepto de especie pueden vislum-
brarse en las ideas bosquejadas por Platón y Aristóteles. Estos dos filó-
1
Frente al planteamiento anacrónico, se presenta el diacrónico que, idealmente,
propone que al pasado se le debe juzgar según sus propias premisas (Kragh: 1989).
82 E. RODRÍGUEZ LUNA/A. SHEDDEN GONZÁLEZ
sofos de la Antigüedad, junto con otros pensadores pre-darwinianos
del tema, practicaron una aproximación creacionista/esencialista
para distinguir especies en el mundo natural: desde el planteamien-
to creacionista, se entiende que cada especie “fue creada individual-
mente por Dios” y, desde el punto de vista esencialista, cada especie
“tiene su propia esencia” (Mayr, 1992: 40).
El botánico J. Ray fue uno de los primeros en dar una clara defini-
ción de especie: “…fue Ray quien introdujo esta unidad, artificial sin
duda, pero indispensable en la práctica, que se llama especie; desde
entonces, la expresión carácter específico tiene el sentido que actualmen-
te se le da” (Guyenot, 1956: 90). Para Linneo (1707-1778), las especies
eran entidades creadas por Dios que podían observarse y describirse,
pero que nadie podía cambiar ni observarlas cambiando (Dobzhansky,
1971), y con base en esta explicación creacionista realizó una contri-
bución de gran importancia al reconocer la existencia de las especies
como entidades en la naturaleza, aunque “no dio una definición pre-
cisa ni una concepción concreta” (Guyenot, 1956: 322).
Fue a partir del siglo xviii, con sus esfuerzos, cuando se concibió
un sistema de clasificación sencillo que pudiera usarse con todos los
seres vivos, estableciendo, además, la nomenclatura binomial para la
denominación de las especies (aunque antes de él su uso ya era co-
rriente, pero no era norma universal [Guyenot, 1956]). Según Guye-
not, aun cuando Linneo fue el “reformador ilustre de la sistemática
y de la nomenclatura”, y cuya obra dio sentido práctico a la obra de
taxónomos sucesores, su influencia pudo haber retrasado la marcha
de las ciencias biológicas:
La especie no era a sus ojos una simple unidad convencional, elemento de
un sistema de determinación […] Linneo la consideraba como una unidad
real y fija, expresión directa de la Creación. La sencillez del nombre específi-
co, la supresión de variedades, consideradas como ocasionales y secundarias,
contribuyeron a hacer de la especie la unidad elemental básica del mundo
viviente (Guyenot, 1956: 94).
Según Guyenot:
Se han necesitado los progresos de la genética para que nos diésemos cuenta
de que la unidad biológica real no es la especie de Linneo, simple imagen
artificiosa que la palabra hizo tomar por una realidad objetiva. En la escala
de sus razas y variedades, y dentro de un ámbito, que Linneo eliminó de la
EL CONCEPTO DE ESPECIE EN LA OBRA DE LAMARCK Y DARWIN 83
nomenclatura, es donde se plantea, realmente, el problema de la descenden-
cia (Guyenot, op. cit.).
Éste es un ejemplo de aplicación anacrónica (y diacrónica) de la
historiografía: Guyenot interpreta y juzga según un conocimiento
posterior. No obstante, el mismo Guyenot (op. cit.) refiere que “Lin-
neo admitía un tipo de transformismo restringido: sólo los géneros
han sido creados, las especies evolucionan por hibridación”.
Durante el siglo xviii numerosos geólogos aún estaban influidos
por la doctrina de la Biblia, según la cual la Tierra había sido creada
hace unos 6 000 años. Ya en ese momento Buffon estimaba que la
edad de la Tierra era mucho mayor. “La influencia de Buffon, además
de desacreditar explicaciones bíblicas (como la del diluvio universal),
contribuyó al reconocimiento de los fósiles como correspondientes a
especies desaparecidas” (Guyenot, 1956: 318). Cuvier fue el primero
que, basándose en abundante material, estableció el principio gene-
ral de que los fósiles proceden de épocas en que la Tierra estaba ha-
bitada por animales distintos a los actuales.
Durante la segunda mitad del siglo xviii, la idea de variabilidad de
las formas organizadas se impone paulatinamente (Guyenot, op. cit.).
Y es en el siglo xix, iniciando con las aportaciones de Lamarck “en el
Discurse d’Overture del 21 Floréal del año viii (11 de mayo de 1800)
cuando expone por primera vez las grandes líneas de la concepción
transformista” (ibid.: 300), cuando el creacionismo es afrontado con ar-
gumentos sólidos, y comienza otra influencia importante para la defi-
nición del concepto de especie: el transformismo. “La noción de fijeza
de las especies se fundaba, en gran parte, en la continuidad de las
formas vivas a través de las generaciones sucesivas (generatio continua-
ta), y la persistencia del tipo específico” (ibid.: 334). Para que la noción
de evolución triunfara sobre la de creación, debieron coincidir varias
circunstancias, una de las más importantes es que:
Las palabras Creador y Ser Supremo fueron sustituidas por una invocación
a la “naturaleza”, término vago detrás del cual cada uno podía colocar, a su
gusto, ya el conjunto de las fuerzas puramente ciegas de un universo materia-
lista, ya las cualidades de un mundo viviente que podían no estar desprovistas
de finalidad y hasta de inteligencia (ibid.: 334).
La publicación de la Philosophie zoologique y On the origin of species
marca un cambio crucial en cómo eran concebidas las especies y obli-
84 E. RODRÍGUEZ LUNA/A. SHEDDEN GONZÁLEZ
ga a reflexionar sobre el significado del término especie, con base en
tres cuestiones distintas: a] el hecho de la evolución, b] la historia
evolutiva y c] los mecanismos por los que se producen los procesos
evolutivos. Durante mucho tiempo, para tratar de comprender el me-
canismo de evolución, los naturalistas no dispusieron más que de dos
teorías: la de Lamarck y la de Darwin (Guyenot, 1964). El destino
de la teoría de Lamarck había sido muy distinto del de la teoría de
Darwin. Mientras que Darwin llegó a ser el máximo oficiante de la
biología ortodoxa, Lamarck fue considerado por la mayoría de los
biólogos como un “hereje lunático y poco fundamentado” (Wad
dington, 1971).
el concepto de especie en la obra de lamarck
En su Philosophie zoologique, Lamarck remarcaba la importancia de
clasificar los “productos” de la naturaleza, sin embargo, hacía notar
la gran discrepancia existente en el momento sobre el número de
clases, órdenes y géneros descritos y exhortaba a los naturalistas a lle-
gar a un acuerdo que les permitiera trabajar sobre un mismo tipo de
clasificación: “…que la sustitución de cada una de ellas (clasificacio-
nes), esté sujeta a principios y que los naturalistas se sometan a su au-
toridad…” (Lamarck, 1809: 37), ya que consideraba que los autores
cambiaban (sustituían) a su antojo las definiciones empleadas para
formar la descripción de cada una de ellas. Sin embargo, creía que
los nombres o clasificaciones eran una forma artificial de representar
a la naturaleza.
Lamarck consideraba el siguiente concepto de especie como el más
exacto: “colección de individuos semejantes que fueron producidos
por otros individuos parecidos a ellos” (Lamarck, op. cit.: 51). Pero
aun cuando aceptó esta definición, estaba en contra de la suposición
que la acompañaba: que las especies nunca variaban en su carácter
específico y que tenían una permanencia absoluta en la naturaleza.
En 1800, Lamarck impactó a Cuvier y al resto de Europa al decla-
rar que la fijeza de las especies era una ilusión. Proponía que no todas
las especies habían sido creadas en su forma actual en los principios
del tiempo. Durante el curso de la historia de la Tierra nuevas espe-
cies se habían formado a través de la generación espontánea. Cada
una llegaba a la existencia equipada con un “fluido nervioso” que
EL CONCEPTO DE ESPECIE EN LA OBRA DE LAMARCK Y DARWIN 85
gradualmente la transformaba, en el transcurso de las generaciones,
a nuevas formas. Mientras las especies evolucionaban, adquirían dis-
tintos niveles de complejidad (Zimmer, 2006: 18).
También consideraba un “impulso a la perfección” y a las cir-
cunstancias como hábitos formadores y modificadores de cada or-
ganismo. Finalmente, mencionaba que “…la parte del trabajo que
concierne a la determinación de especies, llega a ser de día en día
mas defectuoso, es decir más embarazoso y más confuso” (Lamarck,
1809: 52).
Aun cuando Lamarck tenía, según su perspectiva, una explica-
ción lógica sobre el problema de la determinación de las especies,
menciona que no lograba entender los factores relacionados con la
desaparición de éstas (extinción). En este caso particular, conside-
raba que los restos fósiles no eran de especies que habían dejado de
existir, sino pruebas de especies que aún existían pero que no habían
sido descubiertas o que su análogo actual no había sido identificado
adecuadamente. Desechaba por completo la noción de que catástrofes
universales causaran desapariciones masivas y creía que si en verdad
existían especies perdidas, sólo podrían ser “…los grandes animales
que viven sobre las partes secas del globo, donde el hombre, por el
imperio absoluto que ejerce sobre ellos, ha podido llegar a destruir
todos los individuos…” (Lamarck, op. cit.: 66).
Para Lamarck, los cambios en las características de las especies
eran dados por las condiciones naturales (como por ejemplo, el cli-
ma), y aseveraba que:
Para llegar a conocer las verdaderas causas de tantas formas diversas y de tan-
tos hábitos diferentes como nos ofrecen los animales, es preciso considerar
que las circunstancias infinitamente diversificadas, en las cuales se ha encon-
trado cada raza, han producido para cada uno de ellos necesidades nuevas y
cambios en sus hábitos, necesariamente (ibid.: 175).
En conclusión, Lamarck aseguraba que un animal podía cambiar
en el transcurso de su vida y pasar sus características adquiridas a su
progenie, pero existía poca evidencia de que esto era lo que realmen-
te ocurría. Darwin buscó una explicación diferente de cómo sucedía
la evolución (Zimmer, 2006).
86 E. RODRÍGUEZ LUNA/A. SHEDDEN GONZÁLEZ
el concepto de especie en la obra de darwin
Darwin comenzó por creer, como la mayoría de sus contemporáneos,
en la fijeza de las especies. Pero tal como lo han revelado sus historia-
dores, acumuló gradualmente un gran cuerpo de observaciones que
lo convencieron de que había estado equivocado y de que las especies
se modifican con el transcurso del tiempo (Waddington, 1971). En
palabras de Dobzhansky (1971), Darwin demostró que las especies
existentes, incluyendo el hombre, han evolucionado a partir de ante-
pasados muy distintos y continúan evolucionando.
Cuando Darwin publica El origen de las especies, en particular discute
la dificultad que hay para establecer un consenso sobre el concep-
to especie y enfatiza que las variaciones son el punto más importante
para determinar qué es una especie. Consideraba: “…la palabra es-
pecie como dada arbitrariamente, por razón de conveniencia, a un
grupo de individuos muy semejantes y que no difiere esencialmente
de la palabra variedad, que se da en formas menos precisas y más fluc-
tuantes” (Darwin, 1859: 118).
Aunque se mostraba de acuerdo con que las variaciones estaban
dadas, en parte por las condiciones de vida a las que habían estado
sometidas las especies, no creía que ésta fuera la única explicación, y
mencionaba que “…no pueden atribuirse simplemente a esta acción
las complejas e innumerables adaptaciones mutuas de conformación
entre diferentes seres orgánicos que vemos por toda la naturaleza”
(Darwin, op. cit.: 227). Mencionaba que las tendencias a variar, más
que por condiciones ambientales, se producían por causas totalmen-
te ignoradas. Pensaba, además, que las variedades provenían de una
sola “especie madre” y que si llegaban a presentar mayor número de
individuos que ésta, podrían suplantarla y eliminarla, o coexistir y
convertirse en especies distintas.
De modo general, puede reconocerse que en la explicación de espe-
cie que hace Darwin, ésta es considerada como una invención del hom-
bre, útil para comprender la diversidad de plantas y animales así como
su evolución. Sin embargo, Dobzhansky (1971) considera que esta
interpretación del pensamiento de Darwin, de que las especies son
ficciones ideadas para ayuda de los sistemáticos, es errónea. Y hace la
siguiente distinción: Darwin demostró que las especies son unidades
tangibles en algún sentido más que los otros grupos (taxonómicos);
las especies poseen propiedades especiales que hacen de ellas tanto
fenómenos biológicos como un concepto de grupo (taxonómico).
EL CONCEPTO DE ESPECIE EN LA OBRA DE LAMARCK Y DARWIN 87
“Las afirmaciones contenidas en las notas de Darwin muestran que
hacia 1837 había abandonado el concepto tipológico de especie y
había desarrollado un concepto de especie basado en el aislamien-
to reproductivo” (Mayr, 1992). Y, aunque el concepto de especie se
transforma para Darwin durante sus estudios, se puede concluir que
“el concepto de especie que Darwin finalmente acepta, se encuen-
tra claramente descrito en On the origin. Nada queda de los criterios
biológicos que aparecían en sus notas y su caracterización de especie
pasa a ser una mezcla de las definiciones tipológicas y nominalistas”
(Mayr, 1992: 43).
redefiniciones del concepto de especie
A partir de la publicación de la obra de Darwin se plantean las princi-
pales cuestiones que animan la discusión de lo que se ha denominado
el “problema de especie”. Bajo el enfoque de diferentes corrientes
evolucionistas, el concepto de especie se ha redefinido en numerosas
ocasiones. Algunas de las definiciones más importantes, o que han
tenido mayor difusión, se exponen a continuación: Poulton (1904)
plantea el entrecruzamiento entre miembros de la misma especie
como la indiscutible clave del significado de ésta. En este sentido,
Dobzhansky propuso el “concepto biológico de especie”, donde las
características del entrecruzamiento y del aislamiento reproductivo
se consideraban como el único y verdadero significado de especie. Este
concepto biológico de especie es posteriormente redefinido y popu-
larizado por Mayr (1970) en los siguientes términos: “las especies son
grupos de poblaciones con entrecruzamiento natural, que están re-
productivamente aisladas de otros grupos”.
Esta definición fue muy aceptada, y parecía haber resuelto el pro-
blema del concepto especie. De acuerdo con este planteamiento, las
especies fueron definidas por características importantes para su pro-
pio mantenimiento como entidades, es decir, por su función bioló-
gica. En su momento, Poulton, Dobzhansky y Mayr subrayaron que
su nuevo concepto se basaba en la realidad de la especie, más que en
ser, exclusivamente, un criterio útil para la taxonomía (Mallet, 2007).
Sin embargo, este concepto también fue cuestionado cuando van
Valen (1976) y otros investigadores formulan el “concepto ecológi-
co de especie”, donde mencionan que el verdadero significado de la
88 E. RODRÍGUEZ LUNA/A. SHEDDEN GONZÁLEZ
especie radica en su ocupación de nichos ecológicos, más que en los
procesos de entrecruzamiento. Por otra parte, a principios de los años
ochenta del siglo pasado, surge el concepto de “reconocimiento”, por
medio del cual se explica a la especie como “la población más inclu-
siva de organismos, individualmente biparentales, que comparten un
sistema de fertilización común” (Patterson, 1985). Y quizás una de las
definiciones con mayor aceptación en la actualidad fue la acuñada
por Cracraft (1989), quien propone: ‘‘Una especie filogenética es un
conjunto irreducible (basal) de organismos, diagnosticablemente dis-
tintos de otros tales conjuntos, y donde existe un patrón parental de
antepasados y descendientes” (Mallet, 2007).
De acuerdo con la revisión de Mallet (2007), también existen otras
aportaciones científicas que han cobrado gran aceptación para la de-
terminación de las especies, en particular las que consideran aspectos
genéticos y evolutivos utilizando diferencias diagnósticas entre pobla-
ciones geográficas (en algunos casos, un solo par base de adn es el
que diferencia una especie de otra). Finalmente, en nuestros días se
considera que los conceptos “combinados” de especie son quizá la me-
jor aproximación para resolver la problemática en torno al concepto,
ya que al incorporar los orígenes evolutivos y filogenéticos, junto con
todo medio biológico posible, por el cual una especie se mantiene,
estos conceptos combinados “cubren todas las bases”.
Hoy en día también se ofrece un concepto unificado de especie, en el
cual podemos percibir dos componentes principales:
En primer lugar, se retiene un elemento en común, el concepto general de
que las especies son segmentos evolutivos, separados de linajes a nivel pobla-
cional. Esto significa que se retiene el criterio primario de las especies. En se-
gundo lugar, se interpreta esta atribución como la única atribución necesaria
de las especies (De Queiroz, 2005: 205).
Quizás algún día los biólogos podrán encontrar un solo concepto que uni-
fique la especie sexual, la no sexual y la cronoespecie en una sola unidad
natural, poderosa desde una perspectiva teorética. Sin embargo lo dudo. El
dinamismo de los procesos evolutivos y la individualidad de las especies vuel-
ven altamente improbable que se obtenga una definición completamente
universal. En vez de eso, dos o más conceptos seguirán siendo reconocidos,
como las olas y partículas en la física, cada una aplicable en circunstancias
distintas. De ambas, el concepto biológico de especie tiene grandes probabi-
lidades de continuar siendo básica para la explicación de la diversidad global.
EL CONCEPTO DE ESPECIE EN LA OBRA DE LAMARCK Y DARWIN 89
Cualquiera que sea el resultado, las imperfecciones del concepto, y por lo
tanto de nuestro sistema de clasificación, seguirán reflejando la idiosincrasia
de la diversidad biológica (Wilson, 58: 1992).
Sin embargo, tal como señala Mayr (2006): “No existe otro proble-
ma en biología sobre el que se haya escrito más y sobre el que se haya
logrado menos unidad que sobre el problema de la especie…”
Como podemos advertir, hoy en día existen numerosas definicio-
nes de especie que compiten como hipótesis rivales y que funcionan
como presuposiciones instauradoras de sentido. Se ha mencionado la
existencia de hasta 20 conceptos distintos de especie (Mayden, 1997).
Sin embargo, aún no existe una definición que satisfaga las necesida-
des y criterios de cada rama de estudio relacionada con las especies.
la discusión contemporánea del concepto de especie
La existencia de especies se percibe intuitivamente, incluso por perso-
nas sin entrenamiento formal en biología. En la mayoría de los idio-
mas los nombres de los animales y plantas notorios se refieren usual-
mente a las que los biólogos denominan especies (Dobzhansky, 1971).
Nadie pone en duda la existencia de especies animales y vegetales; sin
embargo, no poseemos ni criterio ni definición general y satisfacto-
ria para el concepto de especie. La determinación de las especies es,
ante todo, cuestión de intuición, hasta de moda (Guyenot, 1964). En
nuestros días el problema también se muestra desde una perspectiva
práctica: los investigadores involucrados con la labor de delimitar las
especies dentro de la naturaleza se encuentran generalmente incier-
tos sobre qué metodología es la más apropiada para su sistema y el tipo
de datos que deben colectar (Sites y Marshall, 2004). Sin embargo,
algunos han aseverado que, en la práctica, las especies se reconocen
por características fenéticas, con grados variantes de éxito; y aquí es
cuando intentan definir una especie en lo abstracto, cuando comienza
la controversia teorética (no práctica) (Ridley, 2003).
Pero ¿por qué ha sido tan importante para los estudiosos deter-
minar el concepto de especie? En este recorrido histórico podemos
advertir que la reconceptualización del término especie ha sido refle-
jo del intento por contestar distintas preguntas (véase Kragh, 1989:
74). Para Lamarck, la presencia de las variaciones entre los individuos
90 E. RODRÍGUEZ LUNA/A. SHEDDEN GONZÁLEZ
de cada especie y la desaparición de especies (extinción) fueron te-
mas centrales para el uso del término; en tanto que para Darwin,
la variabilidad y la selección de ciertas características de la especie
sobre otras así como la transmisión de éstas a los descendientes (su-
pervivencia de los más aptos) lo llevaron a formular su visión sobre el
concepto especie.
Como se ha ilustrado en esta revisión histórica, desde las concep-
tualizaciones de especie hechas por Lamarck (1809) y Darwin (1959),
hasta el amplio catálogo de conceptos vigentes (Mallet, 2007; De Quei-
roz, 2005, y Llorente y Michán, 2000), se han intentado responder
diferentes preguntas mediante cada definición de especie. Hoy en día,
el problema relacionado con las especies que suscita mayor interés es
el relacionado con el fenómeno de la extinción masiva de plantas y
animales.
De igual forma, para los que se encuentran involucrados con la
conservación biológica en nuestros días, el concepto se encuentra
planteado desde la problemática siguiente: en la actualidad se estima
la existencia de aproximadamente 2 000 000 de especies vivas aunque
se calcula que podría haber en existencia al menos 10 000 000;2 pero
sabemos que más del 99% de todas las especies que alguna vez han vi-
vido sobre la Tierra se han extinguido sin dejar descendencia. Desde
el comienzo de la vida sobre el planeta, hace más de 3 500 millones
de años, el número de especies diferentes que han vivido sobre él
probablemente supere los 1 000 000 000 (Ayala, 2007).
De acuerdo con la Unión Internacional para la Conservación de
la Naturaleza (de la que hablaremos más adelante), de las especies
descritas, aproximadamente 15 600 se encuentran amenazadas de ex-
tinción. Por esto, diversas organizaciones internacionales consideran
que revertir la llamada “sexta ola” de extinciones es una acción cru-
cial. También mencionan que los humanos somos responsables de las
elevadas tasas de exterminio y que estas tasas se elevan a 100 y hasta
1 000 veces más que las tasas naturales. Aunque debemos señalar que
la mayoría de las especies aún no han sido evaluadas, lo que significa
que el problema de la extinción puede ser aún peor. Wilson (2006)
asevera que “la Tierra nunca ha sido sujeta a nada que se parezca a la
2
Aristóteles, en el siglo iv antes de Cristo, reconoció 540 especies de animales; con
Linneo en 1758, el número se elevó a 4 235; en 1946 Mayr calculó que las especies
descritas se aproximaban a un 1 000 000; el número que de hecho existe sólo puede
conjeturarse (Dobzhansky, 1971).
EL CONCEPTO DE ESPECIE EN LA OBRA DE LAMARCK Y DARWIN 91
fuerza destructiva de la humanidad” y explica que las presentes tasas
de extinción exceden las de apariciones de nuevas especies, por lo
que resulta “improbable recuperar el nivel original de biodiversidad
dentro de un marco temporal humano”.
Por otra parte, se han reconocido esfuerzos conservacionistas a tra-
vés de la historia (relacionados con la protección de características es-
téticas y espirituales de la naturaleza, cotos de caza o recursos foresta-
les, entre otros). Sin embargo, no es sino hasta 1978 cuando se define
la conservación como una disciplina, cuando el ecologista M. Soulé
organiza la primera “Conferencia Internacional de la Biología de la
Conservación”. Hoy en día, la Conservación Biológica ha emergido
como una combinación de disciplinas relacionadas por una filosofía
común, cuyo propósito principal es prevenir la pérdida irreparable
de vida en este planeta.
Por ejemplo, la Unión Internacional para la Conservación de la
Naturaleza (iucn) cuenta con el apoyo de colaboradores de 181 paí-
ses (con oficinas locales ubicadas en al menos 40 de ellos), distintas
ong y dependencias gubernamentales (iucn, 2008); por su presen-
cia e influencia global, podríamos considerar que la iucn represen-
ta tanto a la máxima autoridad científica y moral en este campo del
conocimiento como a la política a escala mundial. Por ello, en este
ensayo la tomamos como referente para exponer el uso contempo-
ráneo del concepto especie.
Además, uno de los problemas con mayor relevancia en el ámbito
internacional sigue siendo el de la conservación de especies. Así ha
sido para la iucn, que, para este fin, se ha apoyado en la Comisión
para la Supervivencia de Especies (ssc), cuyo papel principal es dar
a la iucn “la información necesaria para la conservación de la biodi-
versidad, sobre el valor inherente de las especies y su papel para el
funcionamiento y estabilidad de ecosistemas, así como proveer servi-
cios ecosistémicos para la subsistencia humana” (iucn, 2008). El pro-
ducto más importante de la ssc es, sin duda, la Lista Roja de Especies
Amenazadas, la cual se ha convertido en una de las herramientas
más importantes para planear estrategias de conservación, manejo,
monitoreo y para la toma de decisiones (Rodrigues et al., 2005).
De acuerdo con Hoffmann et al. (2008), el concepto biológico de es-
pecie (Mayr, 1963) ha sido el concepto principal utiliza la iucn para
elaborar sus planes para la conservación, sin embargo, los lineamien-
tos de la Lista Roja de la iucn no aclaran cuál debe ser el término
adecuado al momento de proporcionar información sobre la especie.
92 E. RODRÍGUEZ LUNA/A. SHEDDEN GONZÁLEZ
También estos mismos autores mencionan que la inclusión del
concepto filogenético de especie en la Lista Roja de especies podría au-
mentar el número de especies reconocidas y por lo tanto, se elevaría
el número de especies consideradas como amenazadas (Hoffmann
et al., 2008). Hay que decir que la adopción irregular de este último
término ya ha dado como resultado discrepancias en las listas de espe-
cies a nivel mundial, y este problema se torna aún más severo al existir
listas de especies regionales (por país o áreas) que utilizan criterios
de delimitación completamente distintos (Hoffmann, op. cit.). Esta
dificultad cobra un sentido preponderante, ya que organizaciones
gubernamentales y no gubernamentales dependen cada vez más de la
Lista Roja para conformar sus prioridades, legislaciones e inversiones
en materias de conservación (ibid.).
Por lo tanto, el uso de determinado concepto no es trivial, sobre
todo si se considera que el concepto de especie que sea utilizado
puede afectar significativamente los trabajos conservacionistas, por
lo que la discusión referente a este término toma un giro adicional:
para hacer conservación biológica efectiva es imperativo establecer
una definición estipulativa y consensuada de especie.
En las palabras de Ridley (2003), dentro de las prácticas conserva-
cionistas, se ha hecho uso indistinto del concepto, dependiendo del
fin último de cada investigación. Y esto nos lleva a preguntarnos si
realmente necesitamos un concepto unificado de especie para la Con-
servación Biológica o si debemos seguir utilizando una combinación
de conceptos de acuerdo con nuestras necesidades.
conclusiones
La importancia de considerar a las especies como elementos de con-
servación se ha basado en el reconocimiento de que ellas son la uni-
dad privilegiada para expresar la biodiversidad, porque constituyen
unidades naturales dentro de la evolución. Para la práctica conserva-
cionista, su delimitación es más fácil que la de los ecosistemas. Tam-
bién es más sencillo identificarlas que determinar el conjunto de ge-
nes que las distinguen de otras especies (Mayr, 2006). Considerando
estas cuestiones, resulta innegable la necesidad de reflexionar sobre
las preguntas que, en su momento, pretendían contestarse Lamarck
y Darwin al ofrecer sus definiciones para el concepto de especie. Y
EL CONCEPTO DE ESPECIE EN LA OBRA DE LAMARCK Y DARWIN 93
determinar cuáles son hoy en día las preguntas que nos proponemos
contestar a partir de las definiciones actuales de especie.
Retomando la visión de Khun y su terminología, asumimos que
una parte constitutiva del paradigma, en este caso el evolucionista, es
la historia de sus ideas fundamentales; así, la historia del concepto de
especie queda como una tarea en curso para la historiografía sujeta a
la discusión y replanteamiento contemporáneo de la teoría evolutiva.
Durante esta revisión histórica, nos hemos enfrentado a los pro-
blemas y riesgos inherentes a la interpretación de lo que expresaron
diversos autores en el pasado en relación con el término especie. Nos
queda la inquietud de si hemos logrado analizar correctamente los
textos originales, así como las interpretaciones que otros autores han
hecho sobre los mismos originales. Por ello, coincidimos con la pro-
puesta de Kragh (1984):
Concluiremos que en la práctica el historiador no se enfrenta a una opción
entre una perspectiva diacrónica u otra anacrónica. Generalmente, ambos
elementos deberían estar presentes, dependiendo del peso que cada uno de
ellos tenga sobre el tema que está siendo investigado y del objetivo final de la
investigación (Kragh, 1989: 146).
La realización de esta revisión ha significado una aproximación
heurística al “problema de la especie”, que, en nuestro caso, resulta
de importancia fundamental para el diseño y aplicación de estrate-
gias de conservación aplicadas a especies. Ha significado además un
replanteamiento personal para determinar los problemas/factores
metacientíficos que condicionan el éxito o fracaso del desarrollo de
las ideas científicas.
Por último, no obstante que nos dimos a la tarea de describir las
dificultades a las cuales se enfrentan los investigadores involucrados
con la conservación de especies, carecemos de propuestas que pue-
dan ayudar a resolver este problema. Pero creemos que, en primer
lugar, la iucn (que representa todos aquellos esfuerzos orientados
a la conservación de las especies) podría requerir, como parte de la
evaluación de cada taxón, que los investigadores especificaran qué
método y concepto utilizaron para ello. En segundo lugar, la iucn
debería definir categóricamente qué concepto ha empleado para for-
mular sus estrategias, decisiones y criterios para la conservación de
especies.
94 E. RODRÍGUEZ LUNA/A. SHEDDEN GONZÁLEZ
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DARWIN Y LA ÉTICA AMBIENTAL
raúl gutiérrez lombardo*
introducción
Gracias a la teoría del Origen de las especies por selección natural de Char-
les Darwin (1859), como afirman autores como C. Cela Conde y F.J.
Ayala (2007), nuestra visión del mundo cambió. Darwin llevó el ori-
gen y la diversidad de los organismos al dominio de la ciencia y de-
mostró que los seres humanos formamos parte de la naturaleza, pues
la vida, incluida la humana, está emparentada por descender de un
antepasado común.
Asimismo, en The descent of man (1871), Darwin demostró que la
conciencia en los seres humanos es resultado de dicho proceso, a
partir del cual emergieron las capacidades de abstracción, de catego-
rización y de razonamiento lógico, que posibilitaron la aptitud para
valorar nuestro comportamiento o conducta moral. La diversidad de
conductas humanas fue entonces una respuesta adaptativa al entorno
y a las condiciones históricas, por lo que la moralidad o ética fue una
característica adquirida por la evolución humana, ya no biológica
sino cultural, la cual comprende todos los hábitos y modos de vivir de
la especie a lo largo de su historia social: las técnicas de hacer y usar
objetos materiales, el lenguaje, las instituciones sociales y políticas, las
tradiciones filosóficas y científicas y el arte.
Dicho esto, la pregunta que quiero formular en este trabajo es:
¿qué valores son los mejores para afrontar los diversos problemas de
preservación o conservación de la naturaleza que enfrenta actual-
mente nuestra especie?, esto es: ¿son válidas las éticas antropocéntri-
cas que han reinado a lo largo de la historia humana, o se precisa de
una ética biocéntrica, radicalmente distinta? Para responderla, voy a
repasar de forma somera las distintas versiones de la ética basada en
la visión antropocéntrica y aquéllas que se apoyan en la visión biocén-
* Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano.
[96]
DARWIN Y LA ÉTICA AMBIENTAL 97
trica de la naturaleza para plantear las bases de una discusión sobre
la necesidad de una ética ambiental.
la visión antropocéntrica de la naturaleza
Según autores como P.W. Taylor (1981), las tradiciones filosóficas de
todas las culturas en la historia de la humanidad han tenido como
preocupación fundamental dar un sentido y una explicación al he-
cho de la moral en sí mismo, dando el lugar preponderante al ser hu-
mano cualquiera que sea su tiempo y cualquiera que sea su enfoque,
como si su actuar general estuviese al margen de la relación de éste
con la naturaleza de la cual forma parte. La ética se ha preocupado,
sobre todas las cosas, por las maneras en que habitamos el mundo; es
decir, las normas, los principios, los valores y los ideales que articulan
ese habitar. Desde este punto de vista, todos los deberes han tenido
como objeto a los humanos y sólo a los humanos. Podríamos tener
responsabilidades en relación con ese habitar, pero en cada caso estas
responsabilidades se basan en el hecho contingente de que el trato que
le damos y le hemos dado a nuestro hábitat puede promover la reali-
zación de valores o derechos humanos.
La corriente filosófica más importante de esta tradición es el lla-
mado racionalismo instrumental, cuyo mayor exponente es el filósofo
y matemático René Descartes, quien estableció la dicotomía mecani-
cista del conocimiento al proponer una separación universal entre la
res extensa, la realidad material determinada de la naturaleza, y la res
cogitans, la realidad del pensamiento de las personas y de Dios. Des-
cartes sostenía que el único ser que comparte atributos con Dios es el
ser humano en la medida en que tiene alma. Los demás seres vivos,
aun tratándose de los animales, aunque parece que sientan dolor,
en realidad son máquinas que carecen de alma. Así pues, Descartes
dividió la realidad en dos: por una parte, la conciencia humana y, por
otra, el mundo insensible, objetivo o extenso, el cual podía medirse
matemáticamente. Con ello preparó el camino para la investigación
científica de una naturaleza construida de acuerdo con lo que llamó
leyes matemáticas divinas.
La idea dualística del mundo no va a ser superada, por lo menos teó-
ricamente, hasta que se desarrolla la teoría moderna de la evolución,
basada en la Teoría de la evolución por selección natural de Darwin (1859),
98 RAÚL GUTIÉRREZ LOMBARDO
enriquecida por los conocimientos de disciplinas como la genética,
la biología molecular y las llamadas ciencias cognitivas. Por ejemplo,
ahora se sabe por estudios neurofisiológicos, que la mente depende
de sistemas cerebrales específicos es decir, que la mente, o conciencia,
es sólo un estado funcional del cerebro; y los sistemas cognitivos son
el producto de la interacción de mecanismos automáticos de supervi-
vencia biológica y estrategias aprendidas de toma de decisiones que
hicieron mejorar la calidad de adaptación de nuestra especie.
Desde mediados del siglo xx este antropocentrismo se dividió en
dos vertientes: el antropocentrismo que yo llamaría “moderado”, que
ve a la naturaleza como un lugar de importancia para la vida y el
desarrollo humanos y que, a su vez, hace hincapié en el derecho que
tienen las personas a un mundo natural no deteriorado; y el antropo-
centrismo “radical”, que identifica el valor del ambiente natural, con
su papel instrumental como un medio para satisfacer las necesidades
humanas. Este antropocentrismo o antropofilia tiene su origen en las
religiones dominantes en la cultura occidental.
En este trabajo me voy a referir sólo al primero, pues del segundo
no vale la pena comentario alguno. Al menos ésa es mi opinión.
la visión antropocéntrica moderada
El antropocentrismo que he llamado “moderado” es el fundamen-
to sobre el cual normalmente se enfocan los problemas de política
ambiental. Sus argumentos se basan en que es posible interesarse en
valores ecológicos, tales como minimizar los impactos negativos que
tienen las actividades humanas en los ecosistemas y maximizar la bio-
diversidad, pues un ambiente sano para los humanos lo será también
para todos los seres vivientes. Asimismo, la extinción o desaparición
de especies constituye un riesgo para la continuidad de la especie
humana y por lo tanto invita a la conservación de las mismas.
Con este enfoque en mente, según datos de Gerardo Gil Valdivia
(2008), del Foro Consultivo Científico y Tecnológico de México, en
1968 se constituyó el Club de Roma por iniciativa del empresario Aure-
lio Peccei. La formación de esta ong obedeció a la necesidad de estu-
diar y debatir sobre los predicamentos de la humanidad a largo plazo.
Este autor explica que en 1970 el Club de Roma encargó la elabo-
ración de un estudio sobre los “Predicamentos de la Humanidad” al
DARWIN Y LA ÉTICA AMBIENTAL 99
mit. Un distinguido miembro del Club, Jay Forrester, doctor en in-
geniería, había efectuado importantes contribuciones en su campo a
través del estudio de la dinámica de sistemas. Forrester era el director
de la Sloan School of Management del mit. El estudio denominado
Límites del crecimiento se llevó a cabo de 1970 a 1972. El equipo que
realizó el proyecto utilizó la teoría de la dinámica de sistemas y la mo-
delización informática para analizar las causas y consecuencias a lar-
go plazo del crecimiento de la población mundial y de la economía.
Se plantearon dos preguntas: 1] ¿conducen las políticas actuales a un
futuro sostenible o al colapso?; y 2] ¿qué se puede hacer para crear
una economía humana que aporte suficiente para todos? Una base
importante del estudio fue el modelo informático llamado World 3,
que crearon para ayudar a integrar informaciones y teorías relativas al
crecimiento. Dicho estudio contiene el primer modelo de simulación
sobre las interacciones entre la dinámica de la población, la produc-
ción de alimentos, la extracción de recursos naturales no renovables
y el crecimiento económico a escala mundial.
En la primera edición de los Límites del crecimiento se analizaron
12 proyecciones de World 3 que mostraban distintas pautas posibles
de evolución mundial a lo largo de dos siglos comprendidos entre
1900 y 2100. El estudio reveló que los condicionamientos ecológicos
globales, asociados al uso de recursos y a las emisiones de dióxido
de carbono, ejercerían una influencia significativa en los fenómenos
mundiales a lo largo del siglo xxi. El estudio también advirtió que tal
vez la humanidad tendría que dedicar mucho capital y mano de obra
a la lucha contra esos impedimentos pues, de continuar sin hacer
nada, la calidad de vida media declinaría en algún momento durante
el siglo xxi.
Lo más importante del estudio fue que se proponía una innova-
ción social profunda y activa a través del cambio tecnológico, cultu-
ral e institucional con el fin de evitar un aumento de la huella eco-
lógica de la humanidad que superara la capacidad de carga del planeta.
Esta huella es la extensión de tierra necesaria para suministrar los
recursos que requiere la sociedad mundial, así como para absorber
las emisiones de dióxido de carbono. El estudio era optimista, ya
que destacaba hasta qué punto se podía reducir el daño causado por
la aproximación a los límites ecológicos del planeta si se tomaban
medidas a tiempo.
En ese mismo año de 1972 se celebró en Estocolmo la Primera
Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente. La
100 RAÚL GUTIÉRREZ LOMBARDO
comisión encargada de su organización tomó su nombre de su pre-
sidenta Gro Harlem Brundtland. Dicha comisión publicó en 1987 su
informe llamado Nuestro futuro común.
La Comisión Brundtland crea el concepto de desarrollo sostenible,
cuyos integrantes lo definen así: “El desarrollo sostenible es el desa-
rrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la
habilidad de generaciones futuras de satisfacer sus propias necesida-
des”, el cual se centra en mejorar la calidad de vida de todos los ciu-
dadanos de la Tierra, sin aumentar el uso de recursos naturales más
allá de la capacidad del ambiente de proporcionarlos. Se trata, dice el
documento, “de pasar a la acción, de cambiar políticas y prácticas en
todos los niveles, desde el ámbito individual hasta el internacional”.
En 1992 se publica la segunda versión de los Límites del crecimiento
pero con el nombre Más allá de los límites, en el que se indica que la ex-
tralimitación era una realidad. A principios de este decenio se sabía
claramente que las selvas tropicales estaban siendo taladas a ritmos
insostenibles; se especulaba con que la producción de cereales ya no
se podía mantener al ritmo del crecimiento de la población; y se plan-
teaba el problema del calentamiento global así como la inquietud por
la aparición del agujero en la capa de ozono estratosférico.
En ese mismo año de 1992 tuvo lugar la Cumbre Mundial sobre
el Medio Ambiente y el Desarrollo en Río de Janeiro, donde pare-
cía que la sociedad mundial había decidido abordar seriamente los
problemas ambientales. Pero no fue así. La Cumbre Mundial sobre
el Desarrollo Sostenible celebrada en Johannesburgo en 2002, cono-
cida también como Río+10, fue todavía menos fructífera.
La tercera versión de los Límites del crecimiento, publicada en 2003,
describe el crecimiento de la huella ecológica de la humanidad du-
rante el periodo 1970- 2000. Para los autores de esta tercera versión
de los Límites del crecimiento el desafío global era cómo alcanzar la
sustentabilidad de la humanidad incrementando el consumo de los
pobres del mundo y al mismo tiempo reducir la huella ecológica hu-
mana total. Para lograr esto, se proponen avances tecnológicos, pro-
fundas reformas institucionales, cambios personales y horizontes de
planificación a largo plazo.
Sin embargo, en los cuatro decenios que han transcurrido desde la
constitución del Club de Roma se han producido muchos fenómenos
que verifican lo sombrío de las advertencias iniciales, entre ellos el
descenso de la producción de petróleo en un buen número de países,
la reducción del ozono estratosférico, pero sobre todo el aumento
DARWIN Y LA ÉTICA AMBIENTAL 101
de la temperatura del planeta la extendida persistencia del hambre,
el debate cada vez más intenso sobre los vertederos para los residuos
tóxicos, el descenso del nivel de las aguas subterráneas, la desapari-
ción de especies y la deforestación.
La principal conclusión de estos estudios, apunta Gil Valdivia, fue
que de continuar las tendencias observadas desde 1972 para el cre-
cimiento de la población mundial, la industrialización, la contami-
nación, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos
naturales, se presentaría un colapso en los siguientes cien años o
antes, pues el sistema global rebasaría los límites físicos y se produ-
ciría el colapso en los niveles absolutos de población y producción
industrial.
Este sombrío panorama no ha cambiado a pesar de propuestas
como los Principios para vivir de modo sostenible, redactados por el pnuma,
la Unión Mundial para la Naturaleza y el World Wildlife Fund (wwf)
en Gland, Suiza, en 1991, en donde los firmantes declararon que es-
tos principios constituirían la base para la elaboración de una nueva
ética universal de vida sostenible.
Una de las bases de los principios es que “se debe lograr el equili-
brio entre la capacidad de carga de la Tierra, el volumen de la pobla-
ción y los estilos de vida de cada individuo”.
Otra: “que todos los países deben disponer de sistemas de dere-
cho ambiental que salvaguarden los derechos humanos, los intereses
de las generaciones futuras y la productividad y diversidad de la
Tierra”.
En la Cumbre de Río de 1992 se incorporaron definitivamente, y
en la Cumbre de Kyoto, celebrada en 1997, conocida también como
Río+5, fueron consagrados en la agenda internacional con el nombre
de Carta de la Tierra.
Estos documentos de trabajo fueron la base para la Asamblea Ge-
neral de la onu de 1997, de donde surge la necesidad de crear “un
nuevo paradigma ético”.
Sobre las críticas que se le han hecho a la citada Carta de la Tierra
y las reacciones que ha generado en numerosas reuniones interna-
cionales no voy a hablar en este trabajo por razones de tiempo, pero
existe una amplia bibliografía que se puede consultar en bibliotecas
y en Internet.
102 RAÚL GUTIÉRREZ LOMBARDO
la visión biocéntrica de la naturaleza
Dicho lo anterior, ahora voy a analizar algunas propuestas éticas bio-
céntricas de la naturaleza, no sin antes apuntar que para ello se re-
quiere pensar en una nueva visión del mundo, pues si se concibe
el conocimiento desde el reduccionismo mecanicista, la realidad, el
mundo o la naturaleza son imposibles de comprender en su verdade-
ra dimensión. Es decir, esta nueva visión del mundo debe concebir a
la vida en general y las sociedades humanas en particular como siste-
mas complejos que se caracterizan por producir entropía, desperdicios
o, dicho en otros términos, pérdidas de energía.
Hasta hace no mucho tiempo la naturaleza se las arreglaba para
regenerar y reciclar esas pérdidas, pero el aumento incesante de nues-
tra capacidad de producción y el crecimiento expansivo de nuestra
especie pusieron en crisis esa capacidad regenerativa de la naturaleza.
La causa, o las causas, mejor dicho, se deben a que las sociedades hu-
manas son estructuras funcionales que desde su origen hasta la fecha se
han apoyado en un dogma operativo llamado progreso, cuya definición
se encuadra en los conceptos de desarrollo y producción. Este modelo
de desarrollo, como se le llama comúnmente, ha obligado a aumentar
de manera incesante la producción de bienes materiales para poder
sostener la supervivencia de la población humana que ha tenido un
incremento —desde que creó la agricultura cuando, técnicamente ha-
blando, se dice que empezó la civilización—, del orden de 105 veces.
Por esta razón, estoy convencido de que sólo esta variable justifica
que se cuestione dicho modelo de desarrollo y se busque construir una
nueva estructura funcional a la medida del bienestar humano y del pla-
neta en su conjunto.
No será sino hasta finales del decenio de 1960 cuando se da, como
dice J.B. Callicott (1980), un despertar.
El alcance y la complejidad de la llamada “crisis ambiental” de esos
años desafiaba los métodos corrientes de detección de problemas. No
era posible aislar, analizar y resolver fácilmente los problemas ambien-
tales como algunos de los otros retos de aquel decenio. De hecho,
ecologistas como William Murdoch y Joseph Connell (1973) comen-
tan en una celebrada discusión que la aplicación de los métodos ha-
bituales de ingeniería para la solución de problemas a los trastornos
ambientales sólo empeoraba las cosas.
De ese modo, pronto llegó a percibirse la crisis ambiental menos
como un conjunto de “problemas” físicos independientes posible de
DARWIN Y LA ÉTICA AMBIENTAL 103
enfrentarse con un programa coordinado de “soluciones” de ingenie-
ría, que como una reacción ecológica masiva que era y es sintomática
de la mala adaptación al entorno natural por parte de la moderna
civilización tecnológica. Y como este modo técnico de la civilización
humana está afincado e inspirado en actitudes, valores y creencias
culturales profundamente arraigados, el paso primero y más funda-
mental hacia la salida de la crisis ambiental debería ser un programa
de investigación y crítica filosóficas.
Según el historiador Roderick Nash (1983-1984): “Las máquinas,
después de todo, sólo son los agentes de un conjunto de preceptos éti-
cos [...]. El tipo más grave de polución es mental. La reforma ambien-
tal depende, entonces, de un cambio de valores”. En otras palabras,
se reconocía que lo que se necesitaba para “resolver” los problemas
ambientales no era tanto nuevas tecnologías sino una nueva ética,
una ética ambiental. O, para decirlo con más precisión, la invención
y aplicación de nuevas tecnologías y el empleo de las antiguas debe-
rían estar guiadas y limitadas por una nueva “conciencia ecológica”,
tal como el filósofo y conservacionista Aldo Leopold (1966) lo había
planteado dos decenios antes.
En respuesta a la petición de Leopold, apunta Callicott, el filósofo
Richard Sylvan emprendió en 1973 la búsqueda filosófica sistemática
de “una ética ambiental”. En su alocución del XV Congreso Mundial
de Filosofía, declaró:
Si Leopold tiene razón en su crítica a la conducta prevaleciente, lo que se
requiere es un cambio de ética, en actitudes, valores y valoraciones. En efecto,
tal como están las cosas, [...] los hombres no se sienten moralmente aver-
gonzados cuando interfieren en un área natural, cuando maltratan la tierra,
extrayendo de ella todo lo que dé, y después la abandonan; y no se considera
que tal conducta sea una interferencia ni suscita la indignación moral de los
demás.
A partir de entonces se empieza a pensar en una ética para la
vida que Brunetto Chiarelli (1997), tomando como referente el li-
bro Bioethics: bridge to the future de V.R. Potter (1971), define como
Bioética global, la cual tendría como finalidad construir una nueva
visión del mundo entendida y concebida desde una perspectiva na-
turalista, evolucionista y científica, es decir, una teoría general para
la elaboración y evaluación de criterios para conseguir el bienestar
del planeta.
104 RAÚL GUTIÉRREZ LOMBARDO
Hoy en día, apunta Callicott, nuestra idea del mundo no procede
de sabios inspirados sino de la multifacética empresa colectiva de la
ciencia contemporánea. La ciencia ha sustituido a la mitología, a la
religión y a la filosofía especulativa como nuestra fuente común de
información sobre el mundo. Esto es particularmente cierto si esta-
mos interesados en el entorno natural. La ciencia ha incrementado
nuestra sensibilidad en el descubrimiento y la definición de la crisis
ambiental. Y la biología evolutiva y ecológica en especial resultan im-
portantes en la reconstrucción de nuestros conceptos heredados de
naturaleza y de lo que significa ser humano. Sin embargo, la nueva
ética requiere ir más allá de lo que hasta ahora han dicho la mayoría
de los filósofos morales, aun apoyados sobre bases científicas. Esta
nueva ética tiene que considerar que el comportamiento moral, des-
de el punto de vista evolutivo y ecológico, tiene, como lo apuntaba
Darwin, un valor adaptativo, y, por lo mismo, sólo tiene sentido si se
ubica como un mecanismo de supervivencia.
Aldo Leopold resumió la contribución de Darwin en esta nueva
visión del mundo con las siguientes palabras:
Hace ya un siglo que Darwin nos dio el primer atisbo del origen de las espe-
cies. Ahora sabemos lo que ignoró toda esa multitud de generaciones que
nos precedieron: que los hombres sólo son compañeros de viaje de las de-
más criaturas en la odisea de la evolución. Este nuevo conocimiento debería
habernos dotado a estas alturas de un sentimiento de afinidad con las otras
criaturas, de un deseo de vivir y dejar vivir, de un sentimiento de admiración
por la magnitud y la duración de la empresa biótica.
Callicott señala que la evolución vincula diacrónicamente (a tra-
vés del tiempo) a los seres humanos con el resto de la naturaleza.
Postula orígenes comunes, continuidad temporal y, por consiguien-
te, una afinidad filogenética y una experiencia compartida entre las
especies. Por su parte, la ecología une sincrónicamente (en el mismo
momento) a los seres humanos con el resto de la naturaleza. Así,
desde un punto de vista ecológico el mundo natural está integrado y
sistémicamente unificado. El manto biótico de la tierra es uno, por-
que sus componentes vivos han coevolucionado de manera recíproca y son
mutuamente interdependientes. Por lo tanto, una ética ambiental secular
moldeada a un tiempo por la ecología y por la evolución tendría en
consecuencia una dimensión holista además de una individualista. En
otros términos, se otorgaría consideración moral tanto a la comu-
DARWIN Y LA ÉTICA AMBIENTAL 105
nidad biótica en cuanto tal como a sus miembros individuales. La
primera exige que el uso humano del entorno, en la medida de lo
posible, acreciente la diversidad, integridad, estabilidad y belleza de
la comunidad biótica. La segunda exige que los recursos del entorno
para uso humano —como los árboles que se cortan para construir
casas o crear tierras laborables, el sacrificio de animales para obtener
alimento o vestido, etc.—, se seleccionen con sumo cuidado, se ma-
ten con pericia y humanitarismo y se usen con prudencia a modo de
no exterminarlos ni degradarlos.
Los defensores de la Bioética global son optimistas al sostener que
es seguro que podemos concebir una sociedad tecnológica eminente-
mente llevadera y civilizada, bien adaptada a su medio orgánico y en
paz y armonía con él. La civilización tecnológica humana, sostienen,
no sólo puede vivir en coexistencia pacífica, sino en benevolente sim-
biosis con la naturaleza.
El problema moral más serio de nuestro tiempo es nuestra res-
ponsabilidad de conservar la diversidad biológica de la Tierra. En
consecuencia, nuestro objetivo inmediato debe ser el de impedir una
destrucción aún mayor de la biosfera, salvar las especies que podamos
y mantener la diversidad biótica y la belleza que todavía existe. Es de-
cir, como dice Chiarelli, la preservación y propagación del adn peculiar a
las especies y el mantenimiento de su variabilidad intra-específica.
En suma, y con esto termino, existen dos visiones del mundo en la
manera de enfrentar nuestra relación con la naturaleza: una basada
en la voluntad de domesticación absoluta de la biosfera que inevita-
blemente nos está conduciendo a convertir el mundo en un zoológi-
co humano en el que sólo quedarán parques temáticos y campos de
golf; y la otra, todavía en estado de deseo, que se apoya en un anhelo
de cohabitación armoniosa. Esperemos que ese deseo se haga reali-
dad, pues está en juego el futuro de la vida en la Tierra.
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COMPENSACIÓN Y CORRELACIÓN DE LOS ÓRGANOS EN EL
TRANSFORMISMO DE ÉTIENNE GEOFFROY SAINT-HILAIRE
gustavo caponi*
Procurando una comprensión más acabada de la Filosofía Anatómi-
ca y, particularmente, de las tesis transformistas de Étienne Geoffroy
Saint-Hilaire, analizamos el significado de su Principio de la compensa-
ción de los órganos y lo comparamos con el Principio de la correlación de
las formas formulado por Cuvier. Dicho análisis sirve para mostrar que
el programa de Geoffroy procuraba superar las anomalías del progra-
ma cuvieriano, integrando sus resultados dentro de un cuadro teóri-
co más amplio. Un cuadro que permitiese entender no sólo el fun-
cionamiento, sino también la constitución de las formas orgánicas.
presentación
En su exposición de las tesis enunciadas por Étienne Geoffroy Saint-
Hilaire (1833) en “Le degré d´influence du monde ambiant pour
modifier les formes animales”, Jean Rostand (1932: 90) apeló a lo que
él llamaba ley de la correlación orgánica para explicar el mecanismo de
las transformaciones orgánicas propuesto por Geoffroy. Con ese ró-
tulo Rostand parece referirse a lo que podríamos caracterizar como
una versión transformacional del principio de la correlación de las formas
enunciado por Cuvier. Pero, si prestamos atención a lo escrito por el
propio Geoffroy (1833: 83), veremos que en su argumento la función
que Rostand le atribuye a esa ley de la correlación orgánica es cumplida
por el principio de compensación de los órganos.1
* cnpq - Departamento de Filosofía de la Universidad Federal de Santa Catarina
(Brasil).
1
La expresión que usa Geoffroy es principe o loi du balancement. No existiendo en
español la expresión balanceamiento, opté por compensación; siguiendo así a E.S. Russell,
(1916: 73) que en Form and function se refiere a este principio de Geoffroy con la frase
law of compensation.
[107]
108 GUSTAVO CAPONI
Implícitamente, Rostand parece suponer que este último prin-
cipio guarda alguna semejanza o proximidad con el principio for-
mulado por Cuvier; y esto plantea una cuestión que trasciende la
comprensión del transformismo de Geoffroy e involucra a toda su
Filosofía anatómica: ¿es posible considerar al principio de compensación
de los órganos como si fuese una versión transformacional del principio de
la correlación de las formas? En las páginas que siguen intentaré funda-
mentar una respuesta negativa a dicha pregunta. Diré que aunque la
ley de Cuvier no es de hecho refractaria a una reformulación transfor-
mista, el principio de compensación de los órganos pretende explicar he-
chos diferentes de aquellos que podrían ser explicados por el recurso
a ese cuvieranismo trasformacional. Si no fuese así, la Filosofía anatómica
de Geoffroy no hubiese sido otra cosa que una arriesgada aventura
especulativa para explicar lo que la Anatomía comparada de Cuvier ya
nos permitía comprender. Pero Geoffroy quería ir más lejos y dar
una explicación para ciertas anomalías del programa cuvieriano; y su
principio de compensación de los órganos era clave para el cumplimiento
de dicho cometido.
las tesis transformistas de geoffroy
Étienne Geoffroy Saint-Hilaire nunca llegó a desarrollar un sistema
de tesis transformistas completo y coherente como el que Lamarck
(1802, 1809, 1815) expuso en sus obras de madurez. Sin embargo,
su compromiso con este tipo de tesis se insinúa, o se explicita, en
varios de sus trabajos (cf. Geoffroy Saint-Hilaire, i, 1847: 354 ss.; Ap-
pel, 1987: 130 ss.; Le Guyader, 1998: 110 ss.); y la naturaleza de la
explicación que él pensaba que se podía dar sobre el origen de nuevas
especies quedó claramente expuesta en su ya mencionada memoria
sobre “Le degré d´influence du monde ambiant pour modifier les
formes animales”.
Allí, para reforzar sus convicciones transformistas, Geoffroy (1833:
77, n. 1) cita las observaciones de Roulin y las de su hijo Isidore so-
bre las influencias del medio ambiente en la conformación de los
animales. Pero éstas, de inspiración aclimatacionista (cf. Roulin, 1835
[1828], e I. Geoffroy Saint-Hilaire, 1832) sólo se referían a las diferen-
cias que pueden encontrarse entre variedades o razas de una misma
especie sometidas a diferentes condiciones de clima y alimentación;
COMPENSACIÓN Y CORRELACIÓN DE LOS ÓRGANOS 109
y lo que Étienne Geoffroy Saint-Hilaire precisaba era un mecanismo
que pudiese explicar cambios capaces de transformar un reptil en un
ave o un pez en un reptil. Él sabía, en efecto, que no era “por un cam-
bio insensible por lo que los tipos inferiores de animales ovíparos han
producido el grado superior de organización al que pertenecen las
aves”; y pensaba que la única forma posible de explicar esa transfor-
mación era apelando a una reorganización brutal de la economía or-
gánica, análoga a aquellas que producen a los monstruos (cf. Geoffroy
Saint-Hilaire, 1833: 84-85), pero con resultados funcionalmente más
armónicos que aquéllos habitualmente estudiados por la teratología.
Esa reorganización le parecía, sin embargo, totalmente plausible:
si en las etapas iniciales de su desarrollo el saco pulmonar de un reptil
sufriese una estrangulación en el medio, de manera tal que todos sus
vasos sanguíneos quedasen en el tórax y su parte inferior en el abdo-
men, eso sería “una circunstancia favorable al desarrollo de toda la
organización de un ave” (Geoffroy Saint-Hilaire, 1833: 80); y la clave
de toda esa reestructuración estaría en la respiración. Con esa nueva
disposición del saco pulmonar esta operación, que al decir de Geof-
froy (1833: 75) todo lo regula, se realizaría con mayor intensidad y
produciría una mayor cantidad de energía; y eso acabaría generando
todas las reconfiguraciones que permitirían pasar del tipo reptiliano
al tipo ornitológico. Tipos que, por otro lado, no son para Geoffroy
otra cosa que dos variantes muy próximas de ese tipo único, de ese
plano común de organización que todos los vertebrados (Geoffroy
Saint-Hilaire, 1818: xv) y, en última instancia, todos los animales com-
parten (Geoffroy Saint-Hilaire, 1998 [1830]: 141); y es por eso, al fin
y al cabo, que ese salto entre tipos resulta posible.
Pero si es en la unidad de plan donde el transformismo de Geoffroy
encuentra su condición de posibilidad, no cabe duda de que, para
él, es en los cambios de los fluidos respiratorios donde debe buscarse
la causa capaz de desencadenar esas grandes trasformaciones que
van mucho más allá de los leves y lentos cambios que, según Buffon
(1766) y sus más moderados y optimistas seguidores aclimatacionistas
(I. Geoffroy Saint-Hilaire, 1832; Roulin, 1835 [1828]), podían ser
producidos por el clima, la dieta y las costumbres.2 Es que, al de-
2
Los cambios morfológicos que la degeneración podía producir eran, según Buffon,
mucho menos radicales que aquellos que Étienne Geoffroy Saint-Hilaire pretendía ex-
plicar. Buffon (1766: 368) niega, por ejemplo, que los monos americanos puedan ser
considerados una forma degenerada de los monos del viejo continente: sus diferencias
110 GUSTAVO CAPONI
cir de Geoffroy (1833: 79), la importancia de la respiración en la
economía animal es tan determinante “que no es necesario que los
fluidos respiratorios se modifiquen brusca y fuertemente, para oca-
sionar formas algo alteradas”; y en la medida en que esos cambios
se acumulen con el paso del tiempo, sea paulatinamente o por la
mediación de algún cataclismo, esas alteraciones podrán venir a ser
muy pronunciadas. Gradual o de forma brusca, la modificación de
esos fluidos va produciendo una alteración en las células pulmona-
res, y esas alteraciones, “felices o funestas”, influyen “en todo el resto
de la economía animal”.
Una prueba de que esto es así la encontramos, según Geoffroy
(1833: 82), en los estudios sobre la metamorfosis de los batracios
de William Edwards.3 Ese pasaje del tipo ictiológico que llamamos
renacuajo al tipo reptil que llamamos rana (Geoffroy, 1833: 82) es
producido, nos dice Geoffroy (op. cit.: 83), “por la acción combinada
de la luz y del oxígeno”; y, por eso, si se mantiene a los renacuajos
bajo el agua, impidiendo su contacto con el aire y la luz, se retarda
o se impide su metamorfosis. Pero, nos dice Geoffroy (ibid.: 83-84),
eso que Edwards hizo en pequeño al retardar o impedir experimental-
mente la metamorfosis completa de la rana, la naturaleza lo realizó
en grande en el caso de ese habitante de aguas subterráneas que es el
proteo: “este reptil, privado de sentir la influencia de la luz y de tomar
la energía de una práctica libre de la respiración aérea, permanece
perpetuamente larva o renacuajo; pero, al mismo tiempo, él puede
transmitir sin dificultad a su descendencia esas condiciones restrictas
de organización, condiciones de su especie, que fueron tal vez aqué-
llas del primer estado de existencia de los reptiles cuando el globo
estaba todo sumergido” (ibid.: 84).
le parecían demasiado pronunciadas como para que eso fuese posible. Esa influencia
paulatina del clima y la alimentación mal podía producir, por eso, esos pasajes del tipo
ictiológico al tipo reptiliano, o de éste al tipo ornitológico, que Geoffroy quería expli-
car. Pero, aun así, la confianza que Buffon tenía en el poder trasformador de la degene-
ración era mucho mayor que la que Isidore Geoffroy Saint-Hilaire tenía en los poderes
modificadores de la aclimatación. Buffon (1766: 369) podía pensar al puma como una
pantera degenerada; pero esa posibilidad no cabía en la teoría de la variabilidad limitada
de las especies defendida por Geoffroy hijo (I. Geoffroy Saint-Hilaire, 1859: 433). Es digno
de observar, por otra parte, que el concepto de aclimatación tenia un componente posi-
tivo (cf. I. Geoffroy Saint-Hilaire, 1861: 142-143) ausente en el pensamiento de Buffon
(cf. Roger, 1983: 169). Sobre el programa aclimatacionista y la teoría de la variabilidad limi-
tada de la especie que le da sustento, se puede consultar Osborne (1994).
3
Se trata del hermano de Henri Milne-Edwards (cf. Perrier, 1884: 109).
COMPENSACIÓN Y CORRELACIÓN DE LOS ÓRGANOS 111
Pero para que las condiciones que afectan a la respiración puedan
producir cambios que afecten a todo el organismo es necesaria la me-
diación de eso que Geoffroy (ibid.: 83 y 86) llamó principio de compensa-
ción de los órganos: “esa ley de la naturaleza viviente en virtud de la cual
un órgano normal o patológico no adquiere jamás una prosperidad
extraordinaria, sin que otro de su sistema o de sus relaciones no sufra
en una misma proporción” (Geoffroy Saint-Hilaire, 1822: xxxiii; 1835:
59, n. 1). La hipertrofia de un órgano ocurre siempre en detrimento
de otro y la razón de que esto sea así es que no hay un suministro ilimi-
tado de la sustancia requerida para cada propósito (cf. Gil, 1986: 107).
“El material nutritivo disponible es limitado para cada especie; si una
parte consigue más que su vecina, las otras partes conseguirán menos;
esto es todo lo que esta ley significa” (Russell, 1916: 73).
Eso es lo que ocurre en la metamorfosis de la rana: la respiración
aérea exige y genera nuevos vasos sanguíneos que irrigan y hacen
crecer partes del cuerpo que antes eran menores; y esto hace que
otros vasos se contraigan dejando que otras partes se atrofien por
falta de irrigación (Geoffroy Saint-Hilaire, 1833: 83). Pero eso tam-
bién se cumple en las desviaciones que dan lugar a los monstruos
(Geoffroy Saint-Hilaire, 1822: 246). En este caso, tanto como en la
metamorfosis de la rana, “un órgano es sometido a una detención en
su formación, el flujo de los fluidos que lo nutren o que le estaban
destinados a nutrirlo, es aprovechado por otros órganos” (Geoffroy
Saint-Hilaire, 1833: 86); y, según, prosigue Geoffroy, “nuestra ley de
la compensación que regula el crecimiento inverso y recíproco de
los volúmenes, aclara esa marcha insólita, de manera que todos los
hechos diferenciales, se corresponden y se explican respectivamente,
negando muy raramente la elucidación de su causalidad a las inves-
tigaciones ardientes y bien dirigidas”. Y es en este punto en donde
Rostand nos propone su lectura cuvieranisante de Geoffroy.
compensación vs correlación
Al comentar y explicar estos pasajes de la memoria de Geoffroy, Ros-
tand (1932: 91), como dije en el inicio, no apela a la ley de la compen-
sación de los órganos; sino a una ley de la correlación de los órganos, según
la cual “todas las partes de un organismo actúan unas sobre otras”,
de forma tal “que una variación inicialmente limitada, localizada,
112 GUSTAVO CAPONI
conlleve, por repercusión, a una modificación general y profunda”.
Claro, que Rostand use la expresión ley de la correlación de los órganos
para referirse al principio de la correlación de las formas no tiene nada
de extraño: en su Analyse raisonnée des travaux de Georges Cuvier, Pierre
Flourens (1841: 139) ya lo había denominado ley de las correlaciones
orgánicas; y lo mismo hizo después Paul Janet (1882: 351) en Les causes
finales. Pero, lo que sí resulta cuestionable es que Rostand proponga,
y formule, dicho principio como una ley capaz de explicar el cambio
orgánico.
En su enunciación original el principio dice lo siguiente: “Todo
ser organizado forma un conjunto, un sistema único y cerrado, cu-
yas partes se conectan mutuamente y concurren a la misma acción
definitiva por una reacción reciproca”. Por eso, agrega Cuvier (1992
[1812]: 97), “ninguna de sus partes puede cambiar sin que las otras
también cambien; y por consiguiente cada una de ellas, tomada sepa-
radamente, indica y da a todas las otras”. Y aunque pueda pensarse
que cuando se dice que ninguna parte de un ser organizado “puede
cambiar sin que las otras cambien también”, incluso que la idea de
una transformación armónica y funcional de los seres vivos parezca
menos negada que sugerida, el verdadero sentido de la ley de Cuvier
está en la idea de que esa correlación funcional u organizacional de
las partes, o de los órganos, es tan estricta que si en una especie un
determinado órgano presenta cierta conformación y ubicación par-
ticular, y en otra especie ese órgano aparece con otra conformación
y ubicación, dicha diferencia estará necesariamente correlacionada
con otras diferencias más o menos pronunciadas en la configuración
y posición de los demás órganos de esa segunda especie.
Rostand alude a la posibilidad de que una modificación en un ór-
gano repercuta en los otros órganos del mismo ser vivo y desencadene,
cause o genere, una reorganización general, más o menos pronunciada,
de su morfología; y Cuvier estaba afirmando que la constatación de
cualquier diferencia particular en la morfología de dos seres vivos nos
permitiría inferir otras diferencias más o menos importantes en el
resto de su organización. Es decir: la ley de Cuvier, conforme lo obser-
varon Émile Boutroux (1950 [1893]: 92) y Ernst Cassirer (1944: 165),
no es una ley causal de la sucesión temporal de los fenómenos, sino
una ley de coexistencia. Su lugar en la analítica kantiana de los principios
estaría previsto en la tercera analogía de la experiencia (Kant, 2007, B:
256-261) y no en la segunda (ibid.: 232-256); y por eso, aunque Cuvier
nunca haya citado su principio como un argumento antitransformista
COMPENSACIÓN Y CORRELACIÓN DE LOS ÓRGANOS 113
(cf. Caponi, 2004: 247), puede decirse que su transmutación en un
principio regulador de las transformaciones orgánicas constituye una
transgresión de su sentido originario.
Sin embargo, dicha transmutación es plausible; y si se acepta que la
misma está, de algún modo, involuntariamente insinuada en la formu-
lación del propio Cuvier, también puede decirse que ella resulta una
operación conceptual casi inmediata: una operación que Geoffroy podría
muy bien haber realizado. Por eso, no obstante que esté claro que la
ley de Cuvier era, en su sentido originario, ajena a toda interpretación
transformacional, ese hecho no invalida, de por sí, la interpretación
que Rostand hace de Geoffroy. Pero una cosa es afirmar que existe la
posibilidad de una interpretación transformacional del principio de la
correlación de los órganos y otra cosa diferente es conceder que el princi-
pio de la compensación de los órganos propuesto por Geoffroy sea, como
Rostand parecía suponerlo, el resultado de dicha interpretación.
Si así fuese, la conveniencia funcional de esas transformaciones or-
gánicas que, según Geoffroy (1833: 79), eran desencadenadas por los
cambios en los medios respiratorios estaría garantizada: ellas produ-
cirían alteraciones mutuamente correlacionadas que siempre darían
lugar a formas capaces de satisfacer aquel principio de las condiciones
de existencia que Cuvier (1817: 6) formuló en El reino animal. Pero
ésa no era la idea de Geoffroy (1833: 79): según él, esas transforma-
ciones podían ser letales, es decir, ellas podían generar formas sin
condición de existencia. “Si esas modificaciones —decía Geoffroy (ibid.:
79)—, conllevan efectos dañinos, los animales que las padecen dejan
de existir para ser remplazados por otros con formas” también “un
poco cambiadas”, pero “cambiadas a la conveniencia de las nuevas
circunstancias”. Y esto es así porque esa compensación de los órganos
era, de acuerdo con Geoffroy, un proceso mecánico totalmente ciego
para los requerimientos funcionales.
Los monstruos serían una prueba de ello. Pero si éstos muestran
cómo es que las conformaciones anatómicas pueden modificarse con
independencia de las exigencias funcionales, dando lugar a seres mu-
chas veces inviables (cf. Geoffroy, 1824: 53 ss.), esto no implica una
negación del Principio de la correlación de las formas. Sin operar como
una ley capaz de explicar los procesos que presiden la constitución de
las formas orgánicas, ese principio puede seguir siendo considerado
como la enunciación de una exigencia que inevitablemente pondrá
límite a los ciegos avatares de los cambios que esas formas pueden
padecer. Geoffroy parece suponer, en efecto, que de todas las mor-
114 GUSTAVO CAPONI
fologías que los cambios en los medios respiratorios producen, sólo
permanecen aquellas que, cuvierianamente, diríamos que tienen con-
dición de existir (cf. Perrier, 1884: 110). Pero aquí es importante recu-
perar el sentido cuvieriano de la expresión condición de existencia: la
misma debe ser considerada sobre todo en el sentido de coherencia e
integración funcional, de correlación de los órganos (Flourens, 1841: 139),
y no en el sentido darwiniano de adaptación a las contingencias de la
lucha por la vida (cf. Russell, 1916: 239; Grene y Depew, 2004: 139;
Caponi, 2005: 83).
Si en Geoffroy existe al atisbo de un pensamiento seleccional, éste poco
tiene que ver con la idea de una competencia en la lucha por la existen-
cia. Este proceso supone siempre un mínimo de viabilidad por parte
de los concurrentes, en caso contrario no hay posibilidad de compe-
tencia alguna; y Geoffroy, como ya lo habían hecho Maupertuis (1985
[1746]: 107) y Diderot (1875 [1774]: 253),4 estaba pensando en la eli-
minación sumaria de lo que era absolutamente inviable. Pero donde sí
hay semejanza entre Geoffroy y Darwin es en lo que respecta al relativo
desacoplamiento entre estructura y función que ambos reconocen y
pretenden explicar (Russell, 1916: 305; Piveteau, 1950: 363). Para am-
bos, la morfología de los seres vivos es un documento de una historia
que Cuvier se negaba a considerar; y, por eso, muchas estructuras, o
particularidades de éstas, sólo pueden ser comprendidas como el re-
manente de los procesos involucrados en la constitución de esos seres.
De ahí el interés que en Darwin (1859: 455) y en Geoffroy (1833: 73)
despertaban los rasgos vestigiales (cf. Gould, 1983: 29; Gil, 1986: 107;
Le Guyader, 1998: 37; Caponi, 2006: 40).
Como dice la célebre cita de Russell (1916: 78): “el contraste entre
la actitud teleológica, con su insistencia sobre la prioridad de la fun-
ción sobre la estructura, y la actitud morfológica, con su convicción
de la prioridad de la estructura sobre la función, es uno de los más
fundamentales en la biología”; y si Geoffroy y Cuvier son tomados
como los dos representantes paradigmáticos de las soluciones que
pueden darse a ese dilema, puede también convenirse con Russell
(1916: 78) en que “teorías como la de Darwin, que asumen una va-
riación fortuita que no es primariamente una respuesta al cambio
4
Al respecto de estas tesis de Maupertuis y Diderot se puede consultar: Rostand,
1932: 30 y 37; Roger, 1983: 470 y 471; Papavero, Pujol-Luz, Llorente-Bousquets, 2001:
105 y 144. Sobre Maupertuis en particular véase también: Carvalho Ramos, 2003: 57-58;
y sobre Diderot: de Souza, 2002: 78-79.
COMPENSACIÓN Y CORRELACIÓN DE LOS ÓRGANOS 115
ambiental, responden la cuestión a la manera de Geoffroy”. Es decir:
las estructuras cambian primero, fortuitamente, ciegamente; y luego
serán las condiciones ambientales, o las exigencias funcionales, que
dirán si esos cambios serán retenidos o rechazados. Pero aunque sean
retenidos, los rasgos así conformados siempre mantendrán un cierto
vicio de origen: una cierta inadecuación, alguna inconveniencia, que nun-
ca podrá ser asimilada por un análisis puramente funcional.
conclusión
Es por eso que Geoffroy no podía considerar su ley de la compensación
como un sucedáneo transformista de la ley de Cuvier. Si lo hubiese he-
cho, su Filosofía anatómica, como dije en el inicio, sólo habría resulta-
do en una simple aventura especulativa cuyo contenido empírico en
nada hubiese aventajado a la más prudente, pero productiva, Anato-
mía comparada de Cuvier. Una formulación transformista del principio
de la correlación de los órganos en los seres organizados sólo permitiría en-
tender aquello que ya cabía en el programa de Cuvier. Pero lo haría
sin resolver sus dificultades: lo haría sin poder explicar todo aquello
que no se prestaba al análisis funcional. Así, además de asumir el costo
implicado por la defensa de una tesis transformista difícil de justifi-
car, ese cuvieranismo transformacional quedaría, por decirlo de algún
modo, subdeterminado por la evidencia empírica.
Geoffroy quería, en cambio, una Filosofía anatómica que, integran-
do a la anatomía comparada cuvieriana y a sus logros dentro de un
cuadro teórico mayor, pudiese explicar también fenómenos tan re-
fractarios a ella como lo eran los diferentes sistemas dentarios de las
aves (Geoffroy Saint-Hilaire, 1824); y fue el esfuerzo por comprender
tales anomalías lo que lo llevó a una agenda de temas que, claro, nun-
ca hubiese sido necesario abordar desde la perspectiva cuvieriana. El
primero de esos temas es el análisis de los procesos que presidían el
desarrollo de cada ser vivo (cf. Geoffroy, 1824: 21-22; Perrier, 1884:
133-134; Le Guyader, 1998: 37-38; Caponi, 2006: 48-49); y fue por esa
vía por la que Geoffroy acabó llegando también a la temática transfor-
mista que aquí hemos analizado (cf. Panchen, 2001: 44).
116 GUSTAVO CAPONI
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PASOS HACIA UNA NUEVA SÍNTESIS DE LA TEORÍA
EVOLUTIVA: TOMÁNDONOS EN SERIO AL DARWIN
NEOLAMARCKISTA
eugenio andrade*
Una nueva síntesis evolutiva ampliada (sea) debe basarse en una ex-
plicación naturalizada de la autonomía y agencia de los organismos
en congruencia con la idea lamarckista de continuidad entre lo inor-
gánico y lo viviente, extendida a la continuidad mental desde anima-
les inferiores a los humanos. La sea lejos de subestimar “la gloria de
la selección natural” debe retomar las explicaciones embriológicas y
conductuales de Darwin sobre el posible origen de las variaciones en
respuesta a cambios ambientales.
Resumiré las contribuciones más notables de las teorías lamarc-
kista, darwinista, neolamarckista, neodarwinistas y epigenéticas que
convergen en una sea con el fin de enmarcar un modelo sobre el pa-
pel evolutivo de los ajustes estructuralmente constreñidos a nivel me-
tabólico, fisiológico, ontogenético y conductual, que los organismos
individuales adoptan en respuesta a factores ambientales. La selec-
ción natural favorece la plasticidad fenotípica por su contribución
al éxito de los organismos ante cambios impredecibles del medio.
Podemos afirmar que los estados fenotípicos funcionales se adoptan
de manera caprichosa dado que involucran una complejidad de in-
teracciones locales entre el organismo y el medio circundante, y en
consecuencia el futuro de la evolución es necesariamente abierto e
impredecible.
Mayr (1997: 189) se opuso a la idea inspirada en Lamarck acerca
de una agencia consciente o voluntarista que guía la evolución y afir-
mó que: “el término selección es desafortunado porque sugiere que
hay algún agente en la naturaleza que selecciona deliberadamente”.
No obstante, los organismos se pueden concebir como agentes en la
* Departamento de Biología, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, D.C.;
correo electrónico: <leandradep@[Link]>.
[118]
NUEVA SÍNTESIS DE LA TEORÍA EVOLUTIVA 119
medida que interpretan su medio circundante con el fin de identifi-
car las fuentes de energía libre, y bajo la presión de la competencia
adoptan una de entre las varias estructuras alternativas, para anticipar
posibles desafíos del entorno. En este sentido la agencia de los orga-
nismos se explica de forma causal por la selección natural, pero los
ajustes estructurales caprichosos que adoptan los organismos, aun-
que están históricamente restringidos, dan lugar a cambios funciona-
les que tienen efectos en el futuro evolutivo.
postulados de las teorías existentes
Lamarckismo
Lamarck reconoció la realidad tanto de un mundo “externo”, regi-
do por la mecánica de Newton, como de uno “interno”, que era la
sede de la fuerza vital (calor y electricidad) (Burkhardt, 1995: 151-
157). Esta fuerza vital se expresaba como impulsos, sentimientos y
tendencias organizadoras. Lamarck ansiaba explicar la transición de
lo inorgánico a lo viviente con el fin de proporcionar un fundamento
sólido a una teoría evolutiva. Él imaginó series de transformación pa-
ralelas a partir de eventos de generación espontánea que de acuerdo
con un plan de la naturaleza tenderían a incrementar la organización,
yendo de animales insensibles a sensibles y finalmente a inteligentes
(Lamarck, 1986 [1809]: 126-128).
Para Lamarck el medio ambiente causaba desviaciones accidenta-
les al plan de la naturaleza, las cuales debían ser contrarrestadas por
los esfuerzos que hacen los organismos para manejar la nueva situa-
ción mediante el cambio de hábitos (uso y desuso), y, en consecuen-
cia, la transformación de la forma era posible porque las modifica-
ciones adquiridas se heredan y transmiten a la siguiente generación.
Hay que recordar que los hombres de ciencia del siglo xix, incluyen-
do a Darwin, creían en la herencia de las características adquiridas
(Darwin, 1997 [1859]: 123; Richards, 1992: 103). Desde entonces el
aspecto más seductor de esta teoría consiste en el hecho de destacar
el papel del hábito y el comportamiento de los organismos en la
evolución.
120 EUGENIO ANDRADE
Darwinismo
Darwin concibió la evolución como un árbol que se ramifica a partir
de un antepasado común procedente de un único origen de la vida.
Esta idea se justificaba en la ley de la semejanza embrionaria, siendo
mayor en estadios tempranos del desarrollo donde se manifiesta un
plan corporal común correspondiente a la imagen del antepasado
seleccionado en un pasado remoto por su adaptación al medio.
La evolución por selección natural o supervivencia del más apto
en la lucha por recursos escasos, favorece a los organismos mejor
adaptados a las condiciones locales del medio ambiente. La selección
natural juega entonces el papel de una fuerza formativa externa que
permanentemente está moldeando a los seres vivos. La aceptación
a priori de que la materia es pasiva, en congruencia con la física del
siglo xix, se refleja en el énfasis darwiniano en el poder de la selec-
ción natural, a pesar de que la visión maltusiana permite equiparar
los organismos con agentes económicos que se ven obligados ante la
amenaza de morir de hambre, a responder creativamente, diversifi-
cando sus estrategias de vida para poder sobrevivir.
Todavía está pendiente desarrollar una interpretación positiva
de la lucha por la vida, en la cual los organismos se conciban como
verdaderos agentes económicos que no actúan ciegamente al azar.
Darwin (1861: 84-85) rehusó entender la selección natural como una
elección consciente, argumentando que se trataba de una metáfo-
ra inspirada en la selección artificial hecha por cruzadores de razas.
Sin embargo admitió que existía una continuidad entre los poderes
mentales de los animales inferiores y los humanos y sostuvo que las
diferencias en inteligencia eran de grado y no de tipo o categoría
(Darwin, 1871: 186). El poder mental de los animales es el resultado
de la selección natural y se convirtió en un factor decisivo de la evolu-
ción que se manifiesta como plasticidad conductual.
El núcleo de la teoría de Darwin está condensado en la triada: va-
riación, herencia y selección natural. Darwin (1859: 125-126), en su
búsqueda de las leyes de la variación, consideró que la producción de
variaciones estaba relacionada con las condiciones de vida. Sin em-
bargo al verse enfrentado a numerosos casos en que la variación era
independiente de las necesidades de los organismos y de sus condi-
ciones de vida, aceptó el azar en la variación pero solamente como re-
conocimiento de la ignorancia de sus causas complejas. Darwin pos-
tuló dos modos en que el medio ambiente influye en la variación: 1]
NUEVA SÍNTESIS DE LA TEORÍA EVOLUTIVA 121
por acción directa que afecta la organización como un todo, dando
lugar a resultados definidos, y 2] por acción indirecta sobre el sistema
reproductivo, dando lugar a variabilidad fluctuante. Posteriormente,
en 1868, Darwin (1868: 271 ss.) volvió sobre este problema y explicó
con detalle el primer caso en su hipótesis provisional de la pangéne-
sis para justificar el papel del hábito (uso y desuso) en la evolución
y su efecto a largo plazo mediante la herencia de las características
adquiridas; en tanto que el segundo caso confirmaba la necesidad de
recurrir a la selección natural.
Los aportes del darwinismo a una sea son: 1] la explicación en
términos de selección natural y su acción continua; 2] la distinción
entre individuos y poblaciones, y entre desarrollo y evolución; 3] la
introducción de un tiempo evolutivo global a partir de un origen úni-
co de la vida, que se abre y ramifica en linajes diversos que parten de
ancestros comunes; y 4] el reconocimiento de la complejidad causal
de la variación, incluyendo el papel del comportamiento y hábito de
los organismos.1
Las limitaciones del darwinismo que una sea debe superar son:
1] la asimilación de la selección a una fuerza externa newtoniana a
la que se le atribuye un papel positivo exclusivo en la producción de
las formas de vida; 2] considerar la evolución como necesariamente
adaptativa; 3] aceptar únicamente un azar epistemológico fundado
en la ignorancia de las causas de la variación y aceptar además un azar
objetivo u ontológico; y 4] la ignorancia del papel de las restricciones
estructurales impuestas por las rutas ontogenéticas.
Neolamarckismo
El neolamarckismo es una escuela heterogénea que admite los efec-
tos directos e indirectos del medio ambiente en la modificación de
los organismos y consecuentemente reconoce el papel del hábito y de
la herencia de los caracteres adquiridos como factores determinan-
tes de la evolución. Los neolamarckistas del siglo xix aceptaban que
1
Darwin pasó de considerar la variación evolutiva como modificación en el desarro-
llo embriológico en sus Cuadernos de notas (Notebooks, 1838) a proponer en su hipótesis
provisional de la pangénesis que cada órgano se reproduce por medio de gémulas,
desconociendo una verdadera epigénesis. No obstante, en ambos casos reconoció la
influencia directa del medio ambiente y el papel del cambio de hábito (uso y desuso)
en la evolución.
122 EUGENIO ANDRADE
desde el nacimiento una serie de modificaciones se incorporaban al
germen o semilla cuando la organización todavía era plástica, y que
se fueron fijando como si se hubieran añadido a individuos viejos
durante miles de siglos (Darwin, 1838: 84; Richards, 1992: 117-118).
La ley biogenética de Haeckel expresa la dependencia mutua entre
ontogenia y filogenia (Haeckel, 1879, en Raff y Kaufman, 1983: 13),
según la cual la evolución procede por adiciones continuas de nuevos
pasos al crecimiento o desarrollo (Bowler, 1992: 84-85). La herencia
de los caracteres adquiridos exige el aceleramiento de las ontogenias
individuales de modo que las características de los ancestros adul-
tos se comprimen hacia atrás apareciendo en estadios tempranos del
desarrollo para ser incorporadas al Bauplan. Darwin aceptó en 1844
que el desarrollo embriológico evoluciona por adiciones terminales
producidas como respuesta a las exigencias del medio, de modo que
las variaciones evolutivas se originan al último por la necesidad de los
organismos de responder a estos desafíos (Richards, 1992: 145-146).
La mayor contribución del neolamarckismo a una sea es la de re-
conocer que las variaciones surgen como modificaciones funcionales
de las ontogenias o ajustes somáticos a modo de respuesta a los cam-
bios ambientales, reconociendo así el papel de los organismos en su
propia evolución. Los errores del neolamarckismo que deben ser su-
perados completamente son: 1] la idea de una evolución orientada a
metas a largo plazo; 2] el desconocimiento del azar; y 3] la insistencia
en buscar una explicación mendeliana de la herencia de los caracte-
res adquiridos.
Neodarwinismo
El neodarwinismo respalda la idea de Weismann referente a la separa-
ción entre germen y soma que dio lugar a la noción ampliamente di-
fundida de que el fenotipo (soma) está determinado por el genotipo
(germen), de modo que las modificaciones surgidas como respuestas
de los organismos al medio ambiente no afectan el contenido gené-
tico del huevo. Fisher (1930) estudió las poblaciones de organismos
como poblaciones de genes que tienden a difundirse y dispersarse al
azar; y consideró que los genes individuales contribuían aditivamente
a la adaptación de los organismos, y por tanto la selección natural
provoca un cambio gradual estadístico en la composición genética de
las poblaciones.
NUEVA SÍNTESIS DE LA TEORÍA EVOLUTIVA 123
De entre las numerosas variantes que coexisten en la población
solamente las que poseen grados de adaptación adecuados dan des-
cendencia abundante y su frecuencia aumentará en la siguiente ge-
neración hasta que la población alcance un estado de equilibrio de
mayor adaptación a un ambiente estable a expensas de la variabilidad
genética.
El neodarwinismo admite que el medio ambiente plantea proble-
mas que deben ser resueltos por los organismos, sin embargo cuando
se afirma que las variaciones y respuestas al ambiente son azarosas, es
decir no informadas por el medio, la supuesta capacidad resolutoria
de problemas no pasa de ser una metáfora vacía. Hasta tanto los or-
ganismos no se entiendan como verdaderos agentes, los factores aza-
rosos y deterministas se atribuyen a los genes o al ambiente, según
el caso. Por desgracia, la erradicación de explicaciones teleológicas
condujo a la eliminación de la agencia individual de los organismos.
Con el auge del determinismo genético se creyó que el embrión es-
taba genéticamente preprogramado, cerrado al entorno y orientado
a una meta específica (el estado adulto), sin reconocerle a la ontoge-
nia ningún papel en la producción de novedades evolutivas.
Por otra parte, Sewall Wright había postulado que las interaccio-
nes epistáticas dan origen a paisajes adaptativos de múltiples picos,
donde más de una solución adaptativa es accesible a una subpobla-
ción que se entrecruza localmente y que va de un estado de equilibrio
a otro alternado con periodos de deriva. Wright (1953) también creía
en el decisivo papel evolutivo que jugarían los efectos citoplasmáticos
sobre los cambios al desarrollo (Amundson, 2005: 190-191) y en la
resolución real de problemas por parte de los organismos (Wright,
1953), pero ninguna de estas ideas forma parte de su modelo formal
que se circunscribe a la genética de poblaciones.
Las contribuciones del neodarwinismo a una sea son: 1] la bús-
queda de un formalismo matemático, 2] el reconocimiento del papel
de los genes en la evolución, y 3] integrar la deriva a corto plazo con
la adaptación a largo alcance. Las limitaciones que deben superarse
son: 1] el adaptacionismo a ultranza, 2] circunscribir el azar a la mi-
cro evolución, para ampliarlo a los fenómenos macroevolutivos, 3] el
rechazo a concebir los organismos como verdaderos agentes, y 4] el
énfasis exagerado en el papel determinante de los genes que los lleva
a desconocer el papel de las restricciones estructurales como posibles
direccionadoras del cambio.
124 EUGENIO ANDRADE
Teorías epigenéticas
La teoría de la evolución por selección natural de variaciones ge-
néticas azarosas subestima las influencias del medio ambiente en el
desarrollo y comportamiento en la producción de variaciones. Pero
debemos preguntarnos, ¿por qué razón el desarrollo llegó a estar de-
terminado en gran medida por los genes Hox y qué tan lejos va esta
determinación? ¿En qué medida la ontogenia está determinada por
factores distintos a los genes? ¿Hasta qué punto la ontogenia explica
el origen de las variaciones evolutivas? Oyama (2000: 12-27) sostiene
que la genética es el nuevo disfraz del preformismo en la medida
en que el desarrollo se entiende como un proceso genéticamente
programado en el que los factores formativos preexisten de modo
codificado. Por el contrario, Oyama considera que el desarrollo es
un proceso de autoconstrucción debido a las interacciones organis-
mo-entorno. En consecuencia la ontogenia debe pensarse como un
proceso abierto que estaría sin embargo orientado hacia estados de
mayor diferenciación.
La teoría de sistemas en desarrollo (tsd) declara que las variacio-
nes están relacionadas con factores genéticos y ambientales, mediadas
por la capacidad de los organismos para amortiguar perturbaciones
tanto genéticas como ambientales, y por su capacidad de respuesta a
factores ambientales por medio de ajustes metabólicos, fisiológicos,
ontogenéticos y conductuales, habilitados en su estructura, dado que
los constreñimientos juegan también un papel positivo. En este con-
texto de relaciones complejas entre genotipo, fenotipo y ambiente,
las variaciones que surgen no son ni completamente aleatorias ni to-
talmente dirigidas. De acuerdo con Waddington (1961), la dicotomía
entre genes y ambiente reclama la introducción de una interfase epi-
genética (véase la figura 1).
Este esquema también explica la “asimilación genética” (1961), un
proceso por medio del cual los efectos inducidos por factores am-
bientales se estabilizan genéticamente, de tal manera que se convier-
ten en características que se manifiestan en ausencia del estímulo ex-
terno. La asimilación genética implica que la selección de fenotipos
adaptados es posible por efecto de mutaciones, cooptación de genes
preexistentes y reconexión de redes genéticas prexistentes (Carroll,
2005: 122-131). De acuerdo con este modelo, los genes participan en
la regulación del desarrollo mientras que su expresión está regulada
por interacciones no lineales con factores ambientales. Como resulta-
NUEVA SÍNTESIS DE LA TEORÍA EVOLUTIVA 125
figura 1. El paisaje epigenético (pe) representa la interfase genes/ambiente, donde
las vías de desarrollo se abren y modifican a lo largo del desarrollo. La bola en la
parte de arriba representa un sistema (célula u organismo) indiferenciado que mues-
tra muchas posibilidades de desarrollo. Los valles profundos corresponden a vías de
desarrollo estables, mientras que los puntos de bifurcación son inestables dado que
fluctuaciones pequeñas ya sean producidas por el ambiente o por los genes empujan
al sistema hacia un lado u otro (figura modificada, tomada de Waddington [1957], en
Slack, 2002).
do es posible definir una diversidad de estados estables en la forma de
vías canalizadas al desarrollo. Por efecto de la “asimilación genética”
las perturbaciones genéticas y ambientales se amortiguan dentro de
un umbral de estabilidad fenotípica que si se sobrepasa da lugar a
nuevas vías de desarrollo.
La canalización favorece la acumulación de variabilidad genética
en las poblaciones naturales, incrementando el potencial evolutivo, ya
que al cambiar las condiciones ambientales algunas de estas variantes
pueden ser cooptadas para nuevas funciones. Por lo tanto, las modi-
ficaciones fenotípicas, incluyendo el uso y desuso, son anteriores a la
acomodación y asimilación genética (West-Eberhardt, 2003: 147-157).
El genotipo define un conjunto de pasos al desarrollo; sin embargo las
interacciones entre organismos y medio ambiente son cruciales para
decidir el camino específico que se toma. La selección de fenotipos
arrastra los genotipos que responden funcionalmente a las presiones
ambientales, sin tener que esperar a la ocurrencia por azar de la mu-
tación adaptativa adecuada (Waddington, 1976: 135-144). Como se
explicará en la siguiente sección, los genes surgieron tardíamente en
la evolución y fueron seleccionados por su contribución a la estabiliza-
ción de cambios ontogenéticos (Newman y Müller, 2000).
126 EUGENIO ANDRADE
La tsd amplía el concepto de herencia más allá de lo genético
para incluir los sistemas de herencia epigenética (Jablonka y Lamb,
1995: 79-110; 1998, 2004: 113-146). Los organismos transmiten a su
descendencia algo más que genes, como numerosos factores nece-
sarios para su formación. La ontogenia regula la expresión genética
de acuerdo con factores inductores del ambiente, de modo que ter-
minamos con relaciones complejas que van “de un genotipo a mu-
chos fenotipos en ambientes cambiantes” a “de muchos genotipos a
un fenotipo en ambientes estables”. El genoma deja de considerarse
como un programa fijo, para entenderse como una de las fuentes
de información que, junto con una multitud de factores, definen el
potencial evolutivo asociado a la plasticidad morfogenética (Oyama,
2000: 64, 66). Los fenotipos en desarrollo determinan en todo mo-
mento el modo de interactuar con el medio ambiente en el curso de
la ontogenia. Cada factor que contribuye al desarrollo es una fuen-
te informativa; consecuentemente, el significado de la información
genética depende del contexto y requiere de interpretación en el
sentido de Peirce, de tal manera que a partir del mismo genoma
formas diversas pueden surgir dependiendo del contexto de interac-
ciones (El-Hani et al., 2006). Las variaciones evolutivas provienen de
variaciones en las ontogenias las cuales dependen de la habilidad de
los organismos para acomodar o ajustar sus parámetros metabólicos,
fisiológicos, ontogénicos y conductuales. Más aún, la evolución se
fundamenta en la habilidad de los organismos para percibir y crear
por ellos mismos una imagen de su mundo de experiencia, lo cual
los capacita para utilizarlo en su beneficio. Como afirmó Lewontin
(1983), los organismos no son sólo objetos, sino sujetos de la evolu-
ción. En consecuencia no puede haber una distinción fundamental
entre comportamientos innatos y adquiridos, puesto que las interac-
ciones entre organismos y medio ambiente provocan cambios impre-
decibles en el desarrollo y comportamiento (Kuo, 1922; Lehrman,
1953, en Johnston, 2001: 15-23). Lo que se define como innato a
nivel ontogenético constituye un carácter aprendido filogenética-
mente en la historia de su linaje.
Las contribuciones de las teorías epigenéticas a una sea son: 1]
contextualizar el papel de los genes, 2] investigar las relaciones entre
desarrollo y evolución, 3] señalar que la impredecibilidad del curso
de la evolución se da también en la macro evolución (debido a las
interacciones entre organismos y medio ambiente) y no solamente a
nivel micro debido a mutaciones genéticas azarosas y recombinación,
NUEVA SÍNTESIS DE LA TEORÍA EVOLUTIVA 127
y 4] aceptar la agencia de los organismos en el desarrollo y la evolu-
ción. Entre las limitaciones que deben superarse están las siguientes:
1] la falta de una noción más explícita de la agencia causal, y 2] la
ausencia de formalismo matemático que sería de gran ayuda en la
construcción de modelos.
los agentes naturales colectan información
del medio ambiente
El establecimiento de lazos débiles, reversibles y no aleatorios entre
moléculas (Kirschner y Gerhart, 2005: 109-142) es un proceso quími
co que explica el autoensamble de los organelos celulares, plegamien-
to proteico, endosimbiosis y desarrollo. Estas interacciones entre com-
ponentes constitutivos preserva la coherencia de los individuos en la
medida en que interactúan con el entorno. Como resultado de los
ajustes estructurales que se producen debido al reconocimiento de
factores externos, la información ambiental se incorpora o interioriza
en los organismos. El medio ambiente promueve una serie de ajustes
en los sistemas de herencia epigenética pertenecientes a los diferentes
niveles de la organización (conductuales, ontogenéticos, fisiológicos,
metabólicos) (Jablonka et al., 1992; Jablonka y Lamb, 1998; Gottlieb,
2001: 48-50), que inciden sobre la regulación en la expresión de los
genes que conforman una intrincada red informativa.
Es posible elaborar una integración coherente entre el neolamar
ckismo y el neodarwinismo siempre y cuándo se admita que: “los or-
ganismos mismos colaboran en la formación de las adaptaciones y
[…] como resultado, los organismos se seleccionan a sí mismos; pues-
to que los organismos que no aseguran sus adaptaciones caen bajo el
principio de la selección natural” (Baldwin, 1896).
Los estados tempranos de la embriogénesis están determinados
por la genética y amortiguados contra las influencias del medio am-
biente, mientras que las formas primitivas de vida estaban expuestas
directamente al medio. El cerramiento estructural de los embriones
es el resultado evolutivo de la internalización de información ambien-
tal, la cual se profundiza mediante la asimilación genética. Sostener
que las formas primitivas de vida eran más abiertas que los embriones
actuales significa que eran lo suficientemente plásticas como para po-
der adoptar diversas configuraciones alternativas con distintos grados
128 EUGENIO ANDRADE
de afinidad por elementos del ambiente. La plasticidad fenotípica
que actuó como potencial evolutivo en las formas primitivas de vida
era dependiente del entorno externo, en tanto que para un huevo en
desarrollo los estadios tempranos dependen de los genes y factores
maternales heredados epigenéticamente.
Sin embargo, las formas que exhiben los organismos se obtienen
por acción de fuerzas físicas y no por la acción exclusiva de los genes
(D’Arcy Thompson, 1942, en Gould, 2002: 1189-1207). Las fuerzas fí-
sicas moldearon los patrones multicelulares primitivos en etapas tem-
pranas de la evolución, y en consecuencia los modos mendelianos
y neodarwinianos de moldear los seres vivos tuvieron que esperar a
la emergencia evolutiva de la información codificada genéticamente
(Newman y Müller, 2000; Salazar-La Ciudad et al., 2003; Goodwin,
1994: 53-61; Kauffman, 1993: 287-341).
A pesar de que Richardson et al. (1997) y Bininda-Edmonds et al.
(2003), han puesto en duda la existencia de una fase filotípica (en
la que los embriones de las diferentes clases se asemejan por cuan-
to convergen al patrón general que presenta las características del
phylum), Irie y Sehara-Fujisawa (2007) sostienen que la constancia,
estabilidad y convergencia característica de esta etapa temprana del
desarrollo se debe a propiedades físicas que orientan los agrupamien-
tos celulares aunadas al efecto del medio ambiente que actúa sobre
los sistemas de herencia epigenética y la información genética conte-
nida en los genes.
La historia de las interacciones padecidas por cada individuo en su
desarrollo los hace exclusivos y únicos. La suavización del paisaje epi-
genético (pe) acelera la ontogenia y acorta los pasos hacia el desarro-
llo mediante la interacción con factores externos. La incorporación
de información ambiental da lugar a una representación simbólica
en el adn (El-Hani et al., 2006) que estabiliza los fenotipos individua-
les, mientras que el número de conformaciones vecinas accesibles y
dinámicamente conectadas en el morfo-espacio puede cambiar.
A medida que el organismo desciende del pe, su fenotipo se res-
tringe, canaliza y estabiliza, en tanto que nuevas vías más pandas se
abren produciendo variaciones intraespecíficas. En consecuencia, a
medida que algunos fenotipos se retienen funcionalmente, las vías
de desarrollo (creodos) se profundizan, dando prioridad al desarro-
llo. Las vías profundas y canalizadas corresponden a descripciones
comprimidas o concisas (Kauffman, 2000: 125-152) representadas en
estructuras con alta exclusividad y restricción estructural (entrench-
NUEVA SÍNTESIS DE LA TEORÍA EVOLUTIVA 129
ment) (Wagner y Misof, 1993; Wimsatt, 2001), mientras que los valles
pandos corresponden a descripciones redundantes representadas
en motivos estructurales de baja exclusividad y alta plasticidad. Hay
que resaltar, entonces, que los organismos como agentes de su de-
sarrollo constantemente están dando forma al pe mediante su ajus-
te permanente, es decir la acumulación de información ambiental.
Por ejemplo, el caso del plegamiento del arn (Fontana y Schuster,
1998a, 1998b) y de las proteínas (Balbin y Andrade, 2004) es muy
sensible a influencias del entorno; estas moléculas afinan sus paisajes
de energía libre en la medida en que interactúan con otros factores
químicos que se encuentran en el medio intracelular. Los arn y las
proteínas altamente evolucionadas alcanzan altos grados de estabili-
dad y rangos más estrechos de variabilidad estructural, representados
en valles profundos dentro del paisaje de energía libre, en tanto que
el potencial evolutivo se correlaciona con la plasticidad estructural,
descrita como paisajes de fondo pando. En estos casos, la selección
natural retiene las variantes genéticas que facilitan el plegamiento
minimizando el número de pasos intermedios.
Las variaciones evolutivas son el resultado de ajustes fenotípicos impredecibles
El estudio de las interrelaciones entre genotipo, fenotipo y medio
ambiente explica por qué la evolución no puede depender exclusiva-
mente de la producción de mutaciones aleatorias, sino de la acción
conjunta de factores internos y externos, individuales y poblacionales
que inducen respuestas funcionales que se manifiesten como ajustes
individuales. Afirmar que las variaciones son por completo azarosas
equivale a rechazar la misma posibilidad de la evolución, pero a su vez
sostener que todas las variaciones son dirigidas equivale a decir que
la evolución esta preprogramada y que no da lugar a innovaciones
originales y creativas. Las variaciones son el producto de los ajustes
hechos por los organismos, por lo tanto no son dirigidas ni azarosas,
sino que se producen en el contexto funcional más o menos flexible
que la canalización permite. Estos ajustes somáticos caprichosos pero
funcionales, no necesariamente óptimos, estarían en concordancia
con una ley más general de evolución que Peirce (cp 7.515) denomi-
nó como la tendencia a adoptar y fijar hábitos.
Las interacciones del organismo con el medio ambiente explican
por qué razón las relaciones entre ontogenia y filogenia no son del
130 EUGENIO ANDRADE
tipo causa efecto, sino de implicación recíproca. En este sentido, la
ontogenia es la fuente de variaciones evolutivas individuales, por lo
que juega un papel causal en la evolución. Más aún, existe una ten-
dencia general a la transformación que se manifiesta en dos tiempos
de referencia, el filogenético y el individual. Los organismos como
agentes en desarrollo constituyen la interfase fenotípica donde las
fuentes informativas tanto genéticas como ambientales se interpretan
constantemente, de modo que la interacción con el ambiente provo-
ca ajustes fenotípicos que prenden y apagan los genes existentes, a la
vez que crean las condiciones para la posterior asimilación genética
de nuevos genes o el recableado de los mismos.
En la figura 2, Pi representa un conjunto de fenotipos plásticos
(pix, pi1, pi2, pi3… pin). Este vector Pi puede descomponerse en dos: el
eje vertical “y”, que muestra los contenidos de información compar-
tida entre el genotipo (G) y el medio ambiente (E) a lo largo de un
tiempo evolutivo, y el eje horizontal “x”, que muestra los contenidos
de información mutua entre genotipo (G) y fenotipo (P) en el cur-
so de la evolución de las ontogenias. Ei corresponde a la influencia
figura 2. El eje “y” representa la evolución de poblaciones y H(G:E) (contenido de infor-
mación compartida entre genes y ambiente) mide la composición genética adaptativa
de las mismas, es decir la incorporación evolutiva de la información ambiental en los
genes. El eje “x” y H(G:P) (contenido de información compartida entre genes y feno-
tipo) miden la dependencia de los procesos del desarrollo con respecto a los genes.
La línea punteada diagonal describe los incrementos en contenidos de información
compartida entre la población de fenotipos (Pi) y el medio ambiente (E).
NUEVA SÍNTESIS DE LA TEORÍA EVOLUTIVA 131
física del medio que moldea las formas vivas en el sentido explicado
por D’Arcy Thompson. La influencia directa de esta fuerza decre-
ce con la evolución: E0 > E1 > E2 > E3. Los sistemas de herencia
epigenética (EISi) dan lugar a una jerarquía de retroalimentaciones
entre niveles (celular, organísmico, ontogenéticos, conductuales y
ecológicos (Gottlieb, 2001: 48-50) que influyen sobre los sistemas de
regulación genética. Estos circuitos de retroalimentaciones tienen
una influencia creciente a lo largo del tiempo evolutivo: EIS0 < EIS1
< EIS2 < EIS3.
Las flechas horizontales que van de G a P representan un con-
junto de ontogenias y corresponden al proceso en que se define la
adopción de fenotipos funcionales e impredecibles, aunque estructu-
ralmente facilitados dado el papel positivo de los constreñimientos.
Las flechas verticales de P a G representan la evolución a nivel po-
blacional, la instancia donde la selección natural somete a escrutinio
las variaciones individuales. A la población de fenotipos existentes se
le pueden adicionar nuevas especificaciones, como sigue: {P0 {P1 {P2
{P3… {Pn}}}}}; en cada etapa de selección solamente algunas variantes
“Pin” dentro del conjunto de alternativas posibles son retenidas. Pero
la aparición de cambios fenotípicos de mayor diferenciación pueden
ser ocasionales y presentarse por saltos, después de periodos largos
de deriva fenotípica en la que se manifiestan diversas variantes de
los fenotipos posibles, dentro del mismo grado de diferenciación. En
consecuencia la evolución se manifiesta como una deriva filogenéti-
ca, hecho que no se opone a la tendencia general a adoptar estados
de mayor diferenciación y exclusividad.
Este modelo muestra que hay una tendencia evolutiva muy gene-
ral a minimizar los incrementos en pasos al desarrollo, así como a
optimizar la información genética tal como lo indica la evolución de
los genes Hox que ha ido desde la dispersión hasta el agrupamiento
y colinearidad. Este fenómeno explica por qué es erróneo proponer
una interpretación estricta sobre la recapitulación, aunque el núcleo
de esta hipótesis se mantenga vigente, es decir, que las variaciones
evolutivas novedosas surgieron como respuestas de los organismos al
medio ambiente en los antepasados juveniles mediante cambios en
el comportamiento y en la ontogenia, los cuales allanaron el camino
para la asimilación genética y la fijación de algunas modificaciones
estructuralmente constreñidas.
Newman y Müller (2000) sostienen que las relaciones entre genes
y forma es un producto derivado de la evolución; los genes surgieron
132 EUGENIO ANDRADE
tardíamente y fueron retenidos por la selección natural por su con-
tribución a la estabilización de ajustes fenotípicos previos, pero no
obstante abren nuevas posibilidades, algunas de las cuales podrían
llegar a realizarse.
Para concluir, la selección natural favorece la plasticidad fenotípi-
ca de los organismos o la habilidad para cambiar entre morfologías
alternativas: es un factor que permite la anticipación, o mejor, que
minimiza los posibles riesgos impuestos por cambios impredecibles
del ambiente. El hecho de que los organismos de modo arbitrario
adopten uno de entre varios fenotipos alternativos funcionales como
respuesta a las condiciones inmediatas de vida explica el carácter
abierto e imprevisto de la evolución, puesto que ésta depende de la
diversidad de respuestas creativas individuales en la población.
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ASPECTOS METODOLÓGICOS DE LA TEORÍA
DE LA HERENCIA DUAL EN LA EVOLUCIÓN HUMANA*
paulo c. abrantes**
La teoría de la herencia dual es una de las aproximaciones contem-
poráneas más importantes a la evolución humana. Es, de hecho, un
agregado de varias teorías y mi intención no es valorarlas a todas aquí;
mi enfoque es más bien metodológico.1
Richerson y Boyd son estimulantes en este sentido, puesto que ge-
neralmente están conscientes de las bases metodológicas de su traba-
jo. Su discurso de segundo orden tiene la intención de proveer una
justificación a los métodos, instrumentos conceptuales, metas cogni-
tivas, etc., que se desarrollan en su quehacer propiamente científico.
Los métodos de Richerson y Boyd y sus puntos de vista metodoló-
gicos (esto es, su teoría del método) serán ilustrados a través de su
recuento de la evolución del aprendizaje social por imitación.2 Des-
tacaré en especial la manera en que ellos usan modelos matemáticos,
datos empíricos —de diferentes tipos— e intuiciones, respondiendo
a diferentes indagaciones.
La teoría de la herencia dual (thd) es de gran alcance: tiene que
ver con todos los problemas centrales acerca de la evolución humana.
¿Cómo puede una concepción, así como una teoría, intentar explicar
complejos fenómenos de varios tipos? Una respuesta directa podría
ser: construyendo modelos realistas en un intento de reflejar, como
en un espejo, la complejidad de los fenómenos.
Richerson y Boyd argumentan que más bien deberíamos esforzar-
* Traducción del inglés de Jorge Martínez Contreras.
** Universidad de Brasilia, Brasil.
1
Para una revisión crítica de la teoría de Richerson y Boyd, véase Abrantes y
Portela (2011).
2
Lo que llamo “imitación” se refiere aquí a la misma modalidad del aprendizaje
social denominado por varios autores como “imitación verdadera” o “aprendizaje ob-
servacional”. Quedará claro en lo que sigue que hay otras modalidades de aprendizaje
social además de la imitación, pero aquéllas no pueden dar apoyo a un nuevo sistema
de herencia y, en consecuencia, de acumulación cultural.
[135]
136 PAULO C. ABRANTES
nos en construir modelos simples de los diferentes aspectos del fenó-
meno bajo investigación. La teoría final, compuesta por estos simples
modelos, puede ser compleja después de todo. Ellos defienden una
metodología inspirada en Leibenstein (1976).
Leibenstein concibe a las teorías como un conjunto de relacio-
nes en las que los parámetros están “suficientemente especificados”,
de tal suerte que afirman algo “acerca del mundo de los hechos…”
(1976: 17). Éste no es el caso con los “marcos analíticos [que] pue-
den ser vistos como los moldes a partir de los cuales se construyen
tipos específicos de teorías”. En consecuencia, las teorías son falsea-
bles, pero no las estructuras analíticas, que “pueden ser consideradas
como cajas de herramientas a partir de las cuales podemos construir
teorías para explicar eventos, pero que no son ellas en sí mismas
teorías” (p. 18). Leibenstein llama a estas estructuras modeladas, a
partir de marcos analíticos, “teorías muestra” o, alternativamente,
“modelos muestra”.3
Siguiendo de cerca la “teoría de teorías” de Leibenstein, Richerson
y Boyd argumentan que en el lugar de modelos complejos en ciertas
áreas, la meta debiera ser capturar varios procesos aparentemente
similares a través de la construcción de teorías muestra:
Los estudiosos de temas diversos y complejos desarrollan un amplio cuer-
po de modelos de los cuales se pueden atraer “muestras” para un propósito
dado. Las teorías muestra útiles resultan de los intentos de satisfacer dos de-
seos en disputa: deben de ser lo suficientemente simples como para poder
ser captadas clara y completamente y, al mismo tiempo, deben reflejar cómo
los procesos reales trabajan efectivamente, o al menos de forma aproximada.
Una población de teorías muestra sistemáticamente construida y sus com-
binaciones constituyen la teoría de cómo trabaja el proceso complejo en su
conjunto (Boyd y Richerson, 2005: 404).
3
El libro de Leibenstein de 1976 tiene todo un capítulo sobre lo que uno pudiera
llamar filosofía de la ciencia económica. Concibe “modelos muestra” como resultado de
“marcos analíticos [y] deben ser vistos como conteniendo proposiciones de muestra.
Estas proposiciones son esencialmente relaciones que en sí mismas no necesariamente
son verdaderas. Son muestras en el sentido de que sugieren la forma que la teoría
debiera tomar…” (p. 22). Más adelante, algunas relaciones en estas teorías muestra
pueden ser especificadas, pero, “en ausencia de estudios específicos o en ausencia de
situaciones políticas específicas, las teorías muestra no han de ser consideradas como
teorías que funcionan, sino simplemente como ilustraciones de la clase de modelos de
trabajo que pueden ser creados” (p. 26).
LA TEORÍA DE LA HERENCIA DUAL 137
Ésta no es una teoría como ha sido concebida por varias generacio-
nes de filósofos de la ciencia. En particular el punto de vista de Ri-
cherson y Boyd ciertamente no ha sido asimilado por la visión acepta-
da de la estructura de las teorías científicas. Pero parece que también
argumentan en favor de algo bastante diferente, desde un punto de
vista semántico de las teorías:
El estudio de complejos y diversos fenómenos, como la evolución orgánica,
requieren de teorías complejas y de multinivel, pero […] tales teorías son
construidas a partir de instrumentales hechos con base en diversas coleccio-
nes de modelos simples. Debido a que los modelos individuales en el instru-
mental están diseñados para proporcionar discernimientos sólo en aspectos
selectos de un todo más complejo, son necesariamente incompletos. Sin em-
bargo, los estudiosos de fenómenos complejos apuntan hacia un teoría razo-
nablemente completa estudiando los muchos modelos simples relacionados
(Boyd y Richerson, 2005: 377).
Estas estructuras del conocimiento y modelos asociados son con-
siderados adecuados tanto para las ciencias biológicas como para las
sociales.4 Sin embargo, en las últimas constituye un lugar común des-
cartar la utilidad y aplicación del lenguaje matemático (ibid.).
Es indiscutible que nos encontramos mucho más habituados al
uso de argumentos verbales que de formulaciones matemáticas. Ri-
cherson y Boyd señalan, sin embargo, las limitaciones de las descrip-
ciones verbales: éstas generalmente tienen un carácter cualitativo
mientras que la realidad tiene dimensiones cuantitativas. Además,
los lenguajes naturales están plagados de ambigüedad; las palabras
que usamos muy a menudo toman diferentes significados en diferen-
tes contextos.5
En lo que sigue voy a representar la justificación de Richerson y
Boyd para lo que he llamado una “metodología por muestra”: el uso
4
Se puede debatir si estas estructuras y métodos son también típicos en ciencias
tales como la física, que había sido la referencia para la mayoría de los filósofos de la
ciencia en el siglo pasado.
5
Sin embargo, Richerson y Boyd reconocen que dar una descripción verbal (ex-
plicación en prosa) de los modelos matemáticos puede ser útil. Es una manera de
examinar la aceptación de presuposiciones particulares, evitando los riesgos de “el
fenómeno de basura entrante, basura saliente” asociados con el razonamiento mate-
mático-deductivo (Boyd y Richerson, 1985: 30; Boyd y Richerson, 2005: 433).
138 PAULO C. ABRANTES
de modelos simples y matemáticos para entender procesos comple-
jos, tales como la evolución humana.
¿modelos complejos o simples?
Las desventajas de los modelos son los siguientes:
a] Son difíciles de entender.
Sustituir el mal entendido modelo del mundo por el mal entendido mun-
do, no es progreso. Al fin de cuentas, la única manera de entender cómo
funciona semejante modelo es abstrayendo piezas de él, o estudiando casos
simplificados cuyo comportamiento es más transparente. Incluso cuando los
modelos complejos son útiles, lo son porque comprendemos cómo funcio-
nan en términos de simples modelos abstraídos de ellos (Boyd y Richerson,
2005: 402).
Richerson y Boyd argumentan que entender es la principal virtud
epistémica en la actividad científica, pero puede traicionar algunos
hábitos enraizados de pensamiento. Nos viene a la mente el caso
histórico de William Thompson, quien se quejaba de las dificulta-
des intuitivas para entender la teoría electromagnética de Maxwell.
Thompson requería que cada teoría aceptable en física debiera ser
construida a partir de modelos mecánicos, los cuales podían ser fácil-
mente visualizados (por lo menos para él, habituado a trabajar con
este tipo de modelos acordes con una imagen mecanicista de la na-
turaleza).
Richerson y Boyd no están, en apariencia, comprometidos con
ninguna imagen particular de la naturaleza —el uso de modelos sim-
ples es sencillamente “táctico”—. Sin embargo, hay una defensa de su
metodología que tiene que ver con nuestras limitaciones cognitivas.
b] Los modelos complejos no son adecuados para resolver proce-
sos que son diversos, además de complejos.
Los procesos evolutivos son de este tipo (veremos más de ello ade-
lante), como también aquellos que son estudiados por las ciencias
humanas.
c] Los modelos complejos son difíciles de analizar.
Trabajar sus implicaciones es una tarea difícil puesto que usan un
número grande de variables y presuponen un número aún mayor de
LA TEORÍA DE LA HERENCIA DUAL 139
relaciones entre ellos. Las ecuaciones en esos modelos generalmente
no tienen soluciones exactas y tenemos que apoyarnos en métodos
numéricos. Incluso con ayuda de computadoras poderosas, este tra-
bajo consume tiempo y es costoso.
Los argumentos que Richerson y Boyd ofrecen en favor de una me-
todología por muestra, son los siguientes:
a] Los modelos simples ayudan “a la escuela de nuestras intuicio-
nes” (Boyd y Richerson, 2005: 377; Richerson y Boyd, 2005: 98).
Las intuiciones a menudo están sujetas al error, especialmente
cuando tenemos que enfrentar sistemas y procesos complejos. Dadas
nuestras limitaciones cognitivas, no podemos, después de todo, evitar
el uso de modelos simples (Boyd y Richerson, 1985: 30). Éstos ayudan
a evitar que el investigador se pierda en los detalles de una compleji-
dad intratable, de perder de vista lo que es relevante en los fenóme-
nos bajo estudio: “en nuestro caso, por lo menos, el ejercicio formal
de reducir nociones intuitivas a proposiciones matemáticas y derivar
resultados, ha llevado a menudo a conclusiones inesperadas” (ibid.).
En un trabajo más reciente, ellos son aún más enfáticos en relación
con las ventajas de esta metodología:
Pieza por pieza, los modelos pueden ser usados para disecar la lógica de sis-
temas complejos. El marcado contraste entre la dificultad de hacer buenos
modelos, así como su manifiesta simplicidad comparada con los fenómenos
que tratan de entender, es una experiencia que invita a la humildad, incluso
a la espiritualidad (Richerson y Boyd, 2005: 256).
b] Los modelos matemáticos ayudan a verificar si nuestras descrip-
ciones son “deductivamente sólidas” (ibid.: 240).
Compensan las limitaciones de nuestros poderes mentales al dedu-
cir las implicaciones de nuestras asunciones (Boyd y Richerson, 1985:
30) y, en consecuencia, desempeñan un papel como “prosthesis” de
nuestras mentes (Richerson y Boyd, 2005: 240). Nuestras intuiciones
y descripciones verbales son a menudo inconsistentes, pero es difícil
mostrar esta inconsistencia.
c] Boyd y Richerson destacan también el papel jugado por las teo-
rías de muestra para ayudar a “capturar las propiedades genéricas de
los procesos de interés” (Boyd y Richerson, 1985: 24-25).
La diversidad de los procesos evolucionarios, por ejemplo, no de-
biera comprometer nuestra búsqueda de la generalidad. La selección
natural puede ser vista como un constructo taxonómico que revela las
140 PAULO C. ABRANTES
semejanzas entre muestras (o subtipos) de varios tipos de procesos (v.
gr.: variación, reproducción diferenciada, herencia):
Los constructos teóricos básicos, como la selección natural, no son leyes uni-
versales, como la gravitación; más bien, se trata de entidades taxonómicas,
clases generales de procesos similares que, sin embargo, tienen gran diversi-
dad dentro de la clase (ibid.: 25).
A pesar de las ventajas de su metodología, Richerson y Boyd re-
conocen que los modelos simples tienen limitaciones en su poder
predictivo (Boyd y Richerson, 2005: 377) en la medida en que son
idealizados y no realistas. Así, la construcción de modelos complejos
está justificada en tareas tecnológicas y prácticas cuando la predicción
está en juego (la meteorología es un buen ejemplo). Sin embargo, el
poder predictivo no está garantizado por el uso de modelos comple-
jos. Además, el problema del poder computacional disponible para
que un modelo complejo pueda hacer predicciones, requiere datos
para todos los parámetros que asume. Estos datos están, en general,
ausentes (Boyd y Richerson, 1985: 26). Si éste es el caso al usar mo-
delos complejos “es fácil hacer grandes sacrificios de entendimiento
ante pequeñas ganancias en poder predictivo” (Boyd y Richerson,
2005: 403).
En todo caso, la predicción no debiera ser privilegiada y tomar el
lugar de la explicación y de la comprensión. Lo último es “científi-
camente mucho más fundamental” (ibid.: 403; cf. Leibenstein, 1976:
12-13). Sin embargo, el proyecto de obtener entendimiento a través
de la simplicidad y de la idealización no puede ser eliminado sin un
mínimo compromiso hacia el realismo:
Lo modelos muestra son caricaturas. Si están bien diseñados, son como bue-
nas caricaturas, recapturando algunos rasgos esenciales del problema de una
manera reconocible, pero estilizada, y sin ningún intento por representar
rasgos que no sean de inmediato interés (ibid.: 404).
Algunos de los reclamos de Richerson y Boyd revelan una modes-
tia epistemológica, incluso un escepticismo moderado, en relación
con la posibilidad de obtener conocimientos —por lo menos en áreas
como la biología evolucionaria—. En el contexto de sus intentos por
lograr una teoría de la dinámica cultural, se preguntan a sí mismos:
“¿Pueden los modelos ser una descripción verdadera de las propie-
LA TEORÍA DE LA HERENCIA DUAL 141
dades adaptativas de la cultura? Desgraciadamente, no lo sabemos”
(ibid.: 119). Nos recuerdan, nuevamente, nuestras limitaciones cog-
nitivas. “Modelos simples, experimentos simples y programas observa-
cionales simples son lo mejor que la mente humana puede dar frente
a la asombrosa complejidad de la naturaleza” (ibid.: 377).
El hecho de que la ciencia tenga una dimensión pragmática está
también explícitamente reconocido. Los modelos que han mostra-
do su productividad en biología pueden ser exportados para resol-
ver algunos problemas en otras áreas.6 Cuando Richerson y Boyd
argumentan en favor de la aplicación de modelos evolucionarios
—tomados mayoritariamente de la genética de poblaciones, pero
también de la teoría evolutiva del juego y de la teoría de las decisio-
nes— al explicar fenómenos en el mundo de las ciencias humanas,
defienden una posición metodológica y no ontológica: el darwinis-
mo es simplemente una “caja de herramientas” y no un “ácido uni-
versal” como Dennett proclama (Richerson y Boyd, 2005: 119; Boyd y
Richerson, 2005: 434; Dennett, 1995). Reconocer el papel heurístico
de los modelos darwinianos no implica tampoco un compromiso
hacia un programa de darwinismo universal (Dawkins, 1984; Cziko,
1995, 2001).
Los modelos ayudan a explorar los intríngulis causales de procesos
complejos, separando factores relevantes de aquellos que son (o pa-
recen ser) secundarios o simplemente irrelevantes: “el reduccionismo
de la ciencia evolucionaria es puramente táctico” (Richerson y Boyd,
2005: 98). El reduccionismo tiene un “uso heurístico” (Boyd y Richer-
son, 2005: 408). Aún más, la construcción de modelos no tiene una
finalidad en relación con encontrar leyes:
Los modelos explicativos no son leyes sino herramientas para ser tomadas o
no como garantes de la situación. Los buenos modelos son como las buenas
herramientas: se sabe que hacen cierto trabajo razonablemente bien. Los
modelos simples, que funcionan bien para una amplia variedad de trabajos,
son una parte especialmente valiosa de la caja de herramientas del biólogo
(ibid.: 397).
La función heurística de la falla del modelo es también algo con-
génito a la metodología por muestra. Wimsatt es la referencia prin-
6
Para un recuento del razonamiento analógico con una estrategia de resolución de
problemas, véase Abrantes (1999).
142 PAULO C. ABRANTES
cipal aquí porque ha sido reconocido explícitamente por Richerson
y Boyd en varios de sus escritos (véase la colección de artículos de
Wimsatt [2007] sobre este tema).
En la siguiente sección voy a ilustrar la modelación heurística de
Richerson y Boyd, así como algunas de sus tesis metodológicas sobre
la manera en que ellos conciben a un “relato por qué-tal vez” (Richer-
son y Boyd, 2005: 127) sobre el origen de la cultura.7
el origen de la cultura
Lo que sigue es una reconstrucción, bajo la forma de un argumento
informal, de la aproximación a la construcción de modelos de Ri-
cherson y Boyd para tratar de obtener una relación creíble sobre el
origen de una nueva modalidad de sistema de herencia en el linaje
homínido.8 Presentaré los principales resultados de una serie de nue-
vos modelos que ellos construyeron frente a los retos conceptuales
y empíricos de una posición adaptacionista para dar cuenta de este
tópico (Boyd y Richerson, op. cit.: 1-3).
En estos modelos, varios parámetros son manipulados (a veces de
forma independiente) en un contexto altamente idealizado.9
1] El ritmo de cambio en el medio;
2] El número de estados del medio y la modalidad del cambio del
medio, ya sea discreto, ya sea continuo;
3] Genotipos para aprendices individuales, imitadores o ambos que
se piensa que existen en la población;
7
Los “relatos por qué-tal vez” de Richerson y Boyd son semejantes a los “cómo-ex-
plicaciones posibles” de Brandon (Brandon, 1995; Richerson y Boyd, 2005: 127, 305).
8
Es muy importante no confundir la cuestión en relación con los orígenes de la
cultura con algo totalmente diferente en torno a la evolución cultural. He mencionado
antes que Richerson y Boyd propusieron también varios modelos para tornar explícitas
las fuerzas responsables de la dinámica cultural explícita. Esta tarea es, sin embargo,
diferente de aquella que trata de concebir un modelo de cómo la cultura, cómo un
nuevo tipo de sistema de herencia ¡evolucionó en primer lugar por encima del sistema
genético!
9
“Tinkering” (“juguetear”) puede ser una buena palabra (no empleada por Richer-
son y Boyd, sin embargo) para describir este tipo de experimentación con parámetros
selectos en los modelos que dan cuenta de manera idealizada de los escenarios evolu-
cionistas (Wimsatt, 2007).
LA TEORÍA DE LA HERENCIA DUAL 143
4] Reglas empleadas en el aprendizaje social: por ejemplo, estipu-
lando a quién copiar y cuándo;
5] Los costos del aprendizaje individual y social.
Empezaré con su definición de cultura:10
Cultura es información capaz de afectar el comportamiento de individuos
que la adquieren de miembros de su especie a través de la enseñanza, de la
imitación y de otras formas de transmisión social (Richerson y Boyd, 2005: 5).
Esta definición otorga la existencia de la cultura en muchas espe-
cies. Hay, en efecto, otras modalidades de la transmisión social ade-
más de la imitación. Pronto mostraré que el punto crucial en este
recuento no es la existencia de la cultura per se, pero sí la posibilidad
de acumulación cultural.
1] Los modelos matemáticos construidos por Richerson y Boyd en
1989 (Boyd y Richerson, 2005, cap. 1) mostraron que, dadas ciertas
condiciones del medio, el aprendizaje observacional (imitación) sí
incrementa la adecuación (fitness) de los individuos en una población
puesto que otorga una economía a los costos asociados con el apren-
dizaje individual. Efectivamente, el aprendizaje individual está sujeto
a error; la información puede no estar disponible para el individuo
para él solo; los costos de obtener información de esta manera pue-
den ser muy altos, etcétera.
El primer modelo es un ejercicio de lo que ellos llaman “modela-
ción estratégica”, a veces usada para rasgos comportamentales (por
ejemplo, en la ecología del comportamiento):
En la modelación estratégica empezamos con las tareas que el medio estable-
ce para un organismo y tratamos de deducir cómo la selección natural debió
haber moldeado la adaptación de la especie a su nicho […]. Éste es precisa-
mente el tipo de modelación que hemos emprendido en nuestros estudios
sobre el aprendizaje social y la cultura. Nos preguntamos: ¿cómo deben los
10
“Cultura” debe ser considerado un término teórico, es decir, su significado de-
pende del papel que este término juega en la thd. Muchas nociones de cultura han
sido propuestas, y éstas debieran ser entendidas en el contexto de programas de inves-
tigación diferentes, con sus particulares compromisos, los problemas que son aborda-
dos, las metas, etcétera.
144 PAULO C. ABRANTES
organismos lidiar con diferentes tipos de ambientes variables temporal y es-
pacialmente? (Boyd y Richerson, 2005: 75).
La figura 1 muestra cómo el clima del mundo se volvió cada vez
más variable en los últimos seis millones de años hasta el Holoceno
—el punto de arranque de un periodo de estabilidad en el cual toda-
vía vivimos—. Su hipótesis es que el aprendizaje social por imitación
fue una adaptación para lidiar con esas condiciones extraordinarias.
Periodos
Temperatura interglaciares
corriente calientes
Hoy
Índice de
temperatura
global
Periodos
interglaciares
fríos
Homo ergaster/ Homo sapiens/
Primeras
Primeros evidencias de Primeras Dimorfismo Herramientas
herramientas reducido/ complejas
hominoideos locomoción de piedra Abandona con variación
bípeda África regional
6
5
4 3 2
1
0
Millones de años
figura 1. El clima del mundo en los últimos seis millones de años diagramado en rela-
ción con ciertos hitos cruciales en la evolución homínida (Richerson y Boyd, 2005: 133).
2] Sin embargo, el comentario de Richerson y Boyd a este rompeca-
bezas que surge de semejante historia adaptacionista, es: “la aparente
rareza o por lo menos ausencia de sofisticación del aprendizaje social
en especies diferentes de humanos es un rompecabezas considerable,
dados nuestros resultados” (Boyd y Richerson, 2005: 33).
Veremos que este “rompecabezas adaptacionista” (Richerson y
Boyd, 2005: 100) es difícil de resolver, y tiene un inesperado poten-
cial para poner en peligro a la totalidad de su trabajo explicativo.
3] La modelación matemática construida por Rogers (1988) mostró,
sorprendentemente, que en una situación evolucionaria estable, la
imitación de hecho no aumenta la adecuación de la población en su
conjunto (la media de la adecuación), compuesta por imitadores y
LA TEORÍA DE LA HERENCIA DUAL 145
aprendices individuales (contrariamente a la intuición fundacional
de los modelos de Richerson y Boyd, en 1989).
La manera como el propio Rogers interpreta las implicaciones
de este modelo es instructiva: “Estos resultados […] contradicen la
creencia sostenida generalmente de que, si la capacidad para la cul-
tura evolucionara a través de la selección natural, entonces la cultura
debiera, en promedio, fomentar la adecuación” (Rogers, op. cit.: 6).
Esta idea es sin duda una posibilidad: ¡el hecho de que un rasgo es
seleccionado no garantiza que sea adaptativo!
Boyd y Richerson (2005, cap. 2) mostraron con modelaciones adi-
cionales —las cuales manejaron otros parámetros en un número de
diferentes circunstancias— que los resultados de Rogers son robus-
tos, a pesar de las idealizaciones que introdujo. La figura 2 captura el
resultado principal.
Aptitud de
Aptitud media
los imitadores
Aptitud de
los aprendices
Frecuencia de los imitadores
figura 2. La adecuación de la población en su conjunto no se incrementa si hay imitado-
res en su población. Mientras que el número de imitadores se incrementa, su adecuación
decrece gradualmente y, en el punto de equilibrio, la adecuación promedio es la misma
que si la población sólo contuviera aprendices individuales. Este modelo presupone que
la adecuación de los aprendices individuales es constante, que no se encuentra afectada
por la existencia de imitadores en la población (Boyd y Richerson, 2005: 37).
Richerson y Boyd miraron este inesperado resultado como una
oportunidad para una comprensión más profunda de lo que está en
juego:
El modelo realmente simple de Alan Rogers, en el que el aprendizaje social
se desarrolló sin ser adaptativo, condujo a ciertas perspicacias verdaderas en
146 PAULO C. ABRANTES
cuanto a qué cualidades se necesitan para que la cultura sea adaptativa. Bue-
nos modelos producen perspicacias deductivas con claridad diamantina en
la lógica de los procesos evolutivos (Richerson y Boyd, op. cit.: 256; cursivas
mías).
Nótese que ellos están, efectivamente, dando aquí lugar para nues-
tra intuición de que la cultura ¡es adaptativa! Puede ser formulada de
la siguiente manera: los humanos presentan una plasticidad excep-
cional en su comportamiento, comparados con otros primates. Éste
es un rasgo que ha hecho posible una expansión geográfica extraor-
dinaria. La cultura surge de inmediato como una causa próxima de
esta adaptabilidad (otras explicaciones podrían tener como recurso a
los genes, al medio o a ambos).
4] Si empezamos con la intuición de que la cultura es de hecho adap-
tativa, los resultados de Rogers son inquietantes sin duda. Pueden ser
evadidos, sin embargo, si uno puede concebir maneras en las cua-
les los aprendices individuales aumentan su adecuación cuando hay
imitadores en la población. En modelaciones posteriores (Boyd y Ri-
cherson, 2005, cap. 2) exploran dos maneras en las que esto puede
suceder.
a] La imitación aumenta la adecuación de los aprendices indivi-
duales haciéndolos más selectivos: se apoyan en la imitación cuando
ellos no puedan dar cuenta por sí mismos de cuál comportamiento es
el mejor (de acuerdo con una regla particular de aprendizaje), dadas
las condiciones del medio. En consecuencia, la imitación disminuye
los costos del error en aquellas condiciones en las cuales es difícil
aprender individualmente el comportamiento adaptativo.
b] La imitación hace posible una cultura acumulativa, esto es, un
conjunto de comportamientos que no pueden ser aprendidos por
aprendices individuales durante una vida.
La figura 3 muestra de qué manera los resultados previos de Ro-
gers han sido evitados cuando las condiciones a y b han sido satisfe-
chas. Nos centraremos en el escenario b, en el cual tenemos compor-
tamientos complejos disponibles por imitación.
5] Aun cuando los resultados de los modelos de Rogers han sido evi-
tados, nos encontramos, sin embargo, de regreso en el rompecabezas
inicial: hay tipos de cultura en otras especies, pero nada compara-
ble a una cultura compleja. En otras palabras, si la disposición de
LA TEORÍA DE LA HERENCIA DUAL 147
Aptitud de
los imitadores
Aptitud media
Aptitud de
los aprendices
Frecuencia de los imitadores
figura 3. Si la frecuencia creciente de imitadores reduce el costo del aprendizaje indi-
vidual o aumenta su precisión/corrección, entonces el promedio de adecuación de la
población puede ser incrementado por medio de la imitación; el fitness de la población
en su conjunto aumenta. Es el caso si los imitadores hacen posible la acumulación cul-
tural: el aprendizaje individual no tiene que empezar, si fuera el caso, de cero (Boyd y
Richerson, 2005: 39).
los nuevos sistemas de herencia (además del genético) aumentan el
promedio de adecuación de una población, ¿por qué no evolucionó,
hasta donde actualmente sabemos, en los linajes de grandes simios,
por ejemplo, que tenían que enfrentar presiones del medio similares
a las de nuestro propio linaje?
6] La evidencia empírica que hemos mencionado sugiere que los
modelos que se han construido hasta ahora no capturaron algo esen-
cial de este proceso: “frecuentemente los modelos no simplemente
fallan; fallan por razones particulares que son muy a menudo muy in-
formativas” (Richerson y Boyd, 2005: 98). El fracaso de los modelos,
en consecuencia, tiene un valor heurístico y apunta a los factores que
eran opacos en una intuición no ayudada:
Hemos sugerido que la habilidad de la cultura para unir el aprendizaje indi-
vidual a un mecanismo de transmisión, generando así un sistema para la he-
rencia de la variación adquirida, pudiera causar la evolución de las capacida-
des para la cultura. Sin embargo, este análisis también fracasa porque sugiere
que las ventajas de la cultura son bastante generales, y en consecuencia que
varios organismos deben poseer sistemas “lamarckianos” de herencia. Este
fracaso a su vez sugiere que hay otros costos para la herencia de la variación
adquirida que tienen que ser encontrados (Boyd y Richerson, 2005: 409).
148 PAULO C. ABRANTES
En sus primeros modelos, Richerson y Boyd asumieron que el
aprendizaje por imitación no tenía costos. La falla de estos modelos
los llevó a proponer la hipótesis siguiente: la imitación requiere de
un mecanismo psicológico de propósito especial. Otras modalidades del
aprendizaje social, tales como el realce local o la intensificación del
estímulo, requieren simplemente de los mismos mecanismos psicoló-
gicos de propósito general que el aprendizaje individual. La eviden-
cia empírica y los resultados teóricos apuntan a las limitaciones de los
últimos mecanismos para apoyar el aprendizaje social por imitación,
o aprendizaje observacional, el cual requeriría un proceso cognitivo
dedicado de algún tipo.11
7] La introducción, en los nuevos modelos, de los costos de la capaci-
dad para cultura, por encima de los del aprendizaje individual, ilumi-
nan la estrategia de Richerson y Boyd de manipular simples modelos
para encontrar cuáles son los parámetros relevantes.
En los siguientes pasos, tomaré por dado que una cultura acumu-
lativa, apoyada en un nuevo sistema de herencia, requiere de una
capacidad psicológica de propósito especial para el aprendizaje ob-
servacional: la lectura de la mente (o una teoría de la mente).
8] Sin embargo, cuando los costos de esta maquinaria psicológica
para el aprendizaje observacional son tomados en consideración, en
el modelo de 1996 (Boyd y Richerson, op. cit.: cap. 3), ¡obtenemos
como resultado un valle adaptativo!
Este resultado puede ser considerado cualitativamente como si-
gue: si no hay imitadores en la población, una cultura compleja no
puede surgir puesto que requiere de un mecanismo confiable para
la transmisión de la información. Si no hay una acumulación pre-
via de cultura (y, en consecuencia, no hay un complejo comporta-
miento disponible), el primer individuo que por ventura llegue a
ser capaz de imitar (como consecuencia de algún tipo de extraña
mutación) no va a ser más adecuado que los otros: por el contrario,
paga el costo de una maquinaria pero no se beneficia de su uso. Este
11
Aunque Richerson y Boyd no se han comprometido con este punto de vista de
modularidad-masiva de la mente en favor de la que los psicólogos evolucionistas ar-
gumentan, las propiedades usualmente atribuidas al módulo cognitivo —de que son
innatas, encapsuladas y de dominio específico— ayudan a capturar la idea de un me-
canismo de propósito especial.
LA TEORÍA DE LA HERENCIA DUAL 149
argumento asume que el aprendizaje individual, o las menos costo-
sas modalidades del aprendizaje social, son suficientes para adquirir
los comportamientos que son adaptativos. En estas condiciones, la
imitación no puede evolucionar del todo.
¿Es el valle adaptativo que se sigue a partir de la modelación un
resultado robusto, a pesar de las simplicaciones e idealizaciones que
han sido hechas? Richerson y Boyd están convencidos de que existe
un obstáculo para la evolución de los individuos capaces de aprender
por observación:
El análisis exhaustivo de varios modelos muestra que, en varias combinacio-
nes, es también el principal medio para obtener resultados robustos […].
Una manera de obtener confianza en modelos simples es construir varios
modelos que encarnen diferentes caracterizaciones del problema de interés
y diferentes asunciones simplificadoras. Si los resultados de un modelo son
robustos, los mismos resultados cualitativos deben obtenerse para toda una
familia de modelos relacionados, en los cuales los detalles supuestamente
extraños difieren (Boyd y Richerson, 2005: 410).
9] Suponiendo la existencia de un valle adaptativo, ¿de qué manera
puede éste ser atravesado, por humanos por lo menos? Richerson y
Boyd proponen un “sendero circular” (tipo rotonda) con base en la
llamada ”hipótesis de la inteligencia social”:
Si existe semejante impedimento a la evolución de tradiciones complejas,
la evolución debe de haber viajado siguiendo un sendero circular para ob-
tener el módulo de la teoría de la mente (o lo que sea), más allá del umbral
necesario para traerlo bajo una selección positiva de la adaptación cultural
acumulativa. Algunos han sugerido que la inteligencia de los primates fue
originalmente una adaptación para manejar una vida social compleja […]
[los problemas sociales favorecieran] una sofisticada habilidad para tener la
perspectiva de los otros. Semejante capacidad puede incidentalmente hacer
posible la imitación, lanzando la evolución de la forma más elemental de
una compleja acumulación cultural. Una vez que las tradiciones culturales
elementales existen, el umbral es atravesado (ibid.: 139).
En esta hipótesis, las habilidades de lectura de la mente pueden
ser, de hecho, una exaptación de una inteligencia maquiavélica, que
evolucionó para solucionar problemas adaptativos en un medio so-
cial (y no para hacer la acumulación cultural posible). En la figura 4
150 PAULO C. ABRANTES
EVOLUCIÓN DEL APRENDIZAJE SOCIAL POR IMITACIÓN
Barreras para
la evolución
de la imitación
Evolución de algunas
Cultura
modalidades de
acumulativa
aprendizaje social
Herencia cultural
Presiones del ambiente físico
con base en la
imitación
s
iva
nit
cog cial
es so
ad idad
ilid j
h ab mple te)
las co en
de n la la m
ción r co a de
olu dia rí
Ev ara li (teo
p
Presiones del ambiente social
figura 4. El sendero circular que hizo posible la evolución de las habilidades cognitivas
requeridas por la acumulación cultural. ¿Es un recuento plausible?
trato de capturar esta idea. Una presuposición de este recuento es, en
consecuencia, que la inteligencia maquiavélica y la imitación requie-
ren de la misma habilidad para adaptar la perspectiva del otro (esto es,
para hacer imputaciones de estados mentales).
¿Está, al final de cuentas, resuelto el rompecabezas adaptacionista?
A primera vista no lo está. ¡Este sendero circular podría haber sido reco-
rrido por otras especies, como los grandes simios, que también vivie-
ron en complejos medios físicos y sociales! Todo lo que Richerson y
Boyd tienen que ofrecer, en vista de la persistencia de este rompeca-
bezas, es la propuesta de que los humanos se apoderaron primero del
nicho cultural. Este nicho puede ser ocupado por aquellas especies
que tienen un nuevo mecanismo intergeneracional para la transmi-
sión de la información:
Este argumento provee una explicación a la rareza de tradiciones culturales
acumulativas: los humanos fueron la primera especie en aventurarse en al-
gún tipo de sendero desviado de esta coacción, y entonces hemos agotado la
mayoría de los nichos que requieren cultura, inhibiendo la evolución de toda
competencia (Boyd y Richerson, 2005: 16).
LA TEORÍA DE LA HERENCIA DUAL 151
Esta propuesta no es muy convincente, sin embargo, y se parece
a un ad hoc para salir del rompecabezas. ¿Podemos concebir otras
trayectorias plausibles a través del valle adaptativo? Abrantes (2006,
2010) explora las construcciones de escenarios compatibilistas y de
nicho para la evolución humana que pueden ser exploradas para ob-
tener hipótesis alternativas. Estos escenarios evitan también el nativis-
mo en lo que se refiere a las capacidades de lectura de la mente, lo
que es congruente con el recuento de Richerson y Boyd.
Con estos comentarios concluyo esta reconstrucción. Espero que
ilustre los métodos usados por Richerson y Boyd en su intento por en-
tender una particular dimensión de la evolución humana, así como
también algunas de sus tesis metacientíficas.12
referencias
Abrantes, P. (1999), “Analogical reasoning and modeling in the sciences”,
Foundations of Science, 4(3): 237-270.
——— (2006), “A psicologia de senso comum em cenários para a evolução
da mente humana”, Manuscrito-Rev. Int. Fil., Campinas, 29(1): 85-257.
——— (2010), “Evolución humana: aproximaciones compatibilistas”, en J.
Labastida y V. Aréchiga, Identidad y diferencia, vol. 3, México, Siglo XXI.
Abrantes, P. y F. Portela (2011), “Evolução humana: a abordagem da dupla
herança”, en P. Abrantes (ed.), Filosofia da Biologia, Rio Grande do Sul,
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Boyd, R. y P. Richerson (1985), Culture and the evolutionary process, Chicago,
The University of Chicago Press.
——— (2005), The origin and evolution of cultures, Oxford, Oxford University
Press.
Boyd, R. y J. Silk (2006), How humans evolved, Nueva York, W.W. Norton and
Company, 4a. ed.
Brandon, Robert N. (1990-1995), Adaptation and environment, Princeton,
Princeton University Press, 1a. ed.
12
Las conversaciones con Robert Boyd en ucla fueron muy útiles para subrayar
algunas de estas tesis metodológicas. Los comentarios de Fernando Leal y de Sergio
Martínez señalaron errores y clarificaron algunos puntos de este capítulo. André Ber-
tran me ayudó a entender algunos de los fundamentos de los modelos de Richerson
y Boyd. Ellos no son responsables de los errores que aquí pudieran permanecer, ni
tampoco coinciden necesariamente con las tesis e interpretaciones acá defendidas.
Estoy agradecido a la Academia Brasileña de Investigación (cnpq) por la beca que hizo
posible esta investigación.
152 PAULO C. ABRANTES
Cziko, G. (1995), Without Miracles: universal selection theory and the second
Darwinian revolution, Cambridge, The mit Press.
——— (2001), “Universal selection theory and the complementarity of di-
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Wimsatt, W.C. (2007), Re-engineering philosophy for limited beings: piecewise ap-
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ii
HISTORIA Y FILOSOFÍA DE LA EVOLUCIÓN
MÁXIMO Y BARTOLA. LOS ÚLTIMOS “AZTECAS”:
INTERPRETACIONES EVOLUCIONISTAS DE LA
ANOMALÍA EN EL SIGLO XIX
josé luis vera cortés*
introducción
Las categorías de normalidad y anormalidad fueron centrales en el
surgimiento de la antropología como disciplina científica.
El origen de ambos conceptos abreva de fuentes disciplinarias dis-
tintas y en muchas ocasiones ello ha generado confusiones y hasta
malos entendidos.
Lo normal y lo anormal significaban lo funcional y lo disfuncional,
pero también desde la inclusión de la estadística y la probabilidad a
las ciencias del hombre, lo frecuente y lo infrecuente.
Ambas raíces se fusionaron e imbricaron de tal modo que lo infre-
cuente se emparentó con lo disfuncional y lo frecuente con lo sano.
De esta forma, el quimérico “hombre normal” que la antropología
tuvo que crear para entender las características de las poblaciones
humanas era no sólo la encarnación de la diversidad de lo múltiple
articuladas en una sola identidad, que para más señas, se trasmutaba
en lo deseable, por cuanto lo normal era lo sano.
De ahí que lo otro, lo distinto, lo infrecuente, era también lo enfer-
mo y por ello lo indeseable.
Paradójicamente, lo anómalo, lo enfermo, lo poco frecuente, lo
indeseable, resultó de igual forma tan necesario como lo normal y
lo deseable en el contexto de la construcción de la identidad, catego-
ría central en el desarrollo de la antropología.
El origen de la antropología estuvo marcado por dos cuestiones
fundamentales:
a] La pregunta sobre lo que define y delimita a la otredad, y al ha-
cerlo logra lo mismo para la identidad, convirtiendo a la discipli-
na en una especie de juego de espejos.
* Instituto Nacional de Antropología e Historia.
[155]
156 JOSÉ LUIS VERA CORTÉS
b] El espacio conformado por la dicotomía naturaleza-cultura como
el ámbito donde la antropología buscaba las razones de la dife-
rencia.
Lo anterior planteó la paradoja: mientras lo infrecuente y lo en-
fermo era lo indeseable y en muchos sentidos se buscaba su erradica-
ción, a la vez era necesario por cuanto su existencia daba sentido por
mera oposición a lo normal y lo deseable.
Tal vez por ello, lo anómalo ha resultado siempre a los ojos de los
occidentales ambiguo y difícil de entender, pero a la vez fascinante y
necesario. Es, por así decirlo, la sombra oscura de la identidad normal
y en múltiples sentidos, como la sombra del cuerpo producida por la
iluminación que construye la razón, su parte igualmente inseparable.
Lo anómalo fascina, pero también atemoriza porque pone en
duda la existencia de lo normal al mostrar potenciales caminos dife-
rentes de la vida. Si otras formas de existencia son posibles, la existen-
cia de lo normal, lo sano, lo deseable, constituye sólo una más de las
posibilidades del ser.
La historia de la antropología está plagada de esos seres anómalos
que desempeñaron un papel fundamental en el surgimiento de una
serie de categorías centrales para la conformación de la antropología
como ciencia.
Su papel frecuentemente ha sido subvaluado, recurriendo a la ver-
sión canónica que afirma que la antropología tuvo su origen en el
movimiento de expansión colonialista europeo de los siglos xvii, xviii
y xix.
En el contexto del surgimiento y expansión del pensamiento evo-
lucionista, particularmente del darwinismo, éste fue beneficiario de
la exhibición de seres anómalos en circos y demás lugares de exposi-
ción de lo monstruoso.
Como han afirmado diversos autores, en muchos casos fue la exhi-
bición de seres enfermos, más que la argumentación de los sabios, la
responsable de la popularización de las ideas evolucionistas.
el caso
En este trabajo quiero analizar uno de los casos de exhibición de per-
sonas anómalas que generaron discusiones antropológicas y, en este
MÁXIMO Y BARTOLA. LOS ÚLTIMOS “AZTECAS” 157
ejemplo en particular, argumentos evolucionistas sobre las posibles
causas de su existencia.
Me referiré específicamente a los llamados “Liliputienses aztecas”,
“los microcéfalos aztecas”, “Niños aztecas”, “raza azteca”, “enanos
aztecas”, “Indios enanos exhibidos como aztecas” o, simplemente,
“Máximo y Bartola”, como también fueron exhibidos durante el siglo
xix en Estados Unidos y Europa un par de hermanos microcéfalos,
sobre quienes escribieron estudiosos del prestigio de Richard Owen,
Paul Topinard, E. T. Hamy, Paul Broca o Rudolf Virchow.
Su presentación en los muy diversos ámbitos donde los exhibieron
generó discusiones entre los antropólogos de la época en temas como
la raza, el mestizaje, la deformación craneal intencional y el origen
del hombre americano, entre otros.
Como menciona Juan Comas, el inicio de su historia está relacio-
nado con el relato de John L. Stephens de 1841 donde afirmaba que
en la América central existía una vieja ciudad azteca que había resisti-
do durante siglos a la conquista e influencia española y que mantenía
aún el señorío y grandeza de las grandes culturas mesoamericanas.
No habiendo pruebas al respecto, las narraciones de Stephens avi-
varon la curiosidad de exploradores y aventureros.
El propio Stephens afirmaba:
En conclusión, estoy indeciso en determinar cuál será mayor empresa, si tra-
tar de descifrar la tabla de jeroglíficos, o sumergirse en los manuscritos acu-
mulados durante tres siglos en las bibliotecas de los conventos.
En ese contexto fue que, algunos años después, Pedro Velázquez,
de origen español, pero nacido en San Salvador, dijo haber encon-
trado en esa ciudad “azteca” a los hermanos microcéfalos que eran
venerados por sus habitantes como encarnaciones de la divinidad.
Velazquez llegó a El Salvador en 1850 con los dos hermanos como
trofeo de su aventura. Afirmó que provenían de la mítica ciudad de
Iximaya, donde se adoraba al Dios Kaana.
Ambos niños fueron presentados ante la opinión pública como
los últimos descendientes de una raza de sacerdotes extinguidos y
cuya fisonomía concordaba con los relieves mayas que mostraban in-
dividuos con el característico perfil producido por la deformación
craneal intencional del tipo tabular oblicuo.
158 JOSÉ LUIS VERA CORTÉS
los argumentos
Más allá del velo exótico y misterioso que popularmente cubrió la
historia sobre la procedencia de Máximo y Bartola, y de las ideas po-
pulares que su sola exhibición pudieron fortalecer, varios fueron los
científicos que se ocuparon de estudiarlos.
Sobre sus investigaciones acerca de los “microcéfalos aztecas” me
centraré en las próximas líneas.
Casi todos ellos presentaron descripciones antropométricas de los
hermanos, algunos intentando corroborar o someter a prueba la des-
cripción hecha por sus antecesores.
Así, el primer trabajo presentado correspondió al médico estadu-
nidense Mason Warren, publicado en 1851 en The American Journal of
the Medical Sciences.
Warren expuso algunos datos antropométricos como: la estatura
total, longitudes de diversos segmentos corporales, circunferencias,
datos cefalométricos y dentales.
Además de las características derivadas de la microcefalia, mencio-
na las diferencias de las aletas de la nariz con las presentadas en la
raza caucásica.
Se pregunta sobre el estatus humano de los hermanos y afirma:
“Sólo después de que uno se acostumbra a su apariencia, acaba por
reconocerse la humanidad”. E incluso dice que su aspecto era agrada-
ble y nada repulsivo, como cabría esperar de sujetos anormales perte-
necientes al linaje humano.
Respecto de su inteligencia afirma: “No parece posible esperar de
ellos más que de dos individuos inteligentes de la raza canina”. Aun-
que reconoce que desde su llegada a Boston “…su grado de inteligen-
cia ha mejorado mucho”.
Acerca de su origen menciona:
No es necesario insistir en la idea de que estas criaturas singulares pertenecen
a una tribu especial de enanos; porque es un hecho universalmente aceptado
por los fisiólogos y de manera expresa dicho por Geoffroy Saint-Hilaire, que
los enanos son sexualmente impotentes con individuos de estatura ordinaria
y aun entre ellos mismos, como es probado con los experimentos hechos
por Catalina de Medicis y la Electora de Brandemburgo, quien escribía: “Los
placeres del amor los debilitan rápidamente, y con mucha frecuencia les son
funestos”.
MÁXIMO Y BARTOLA. LOS ÚLTIMOS “AZTECAS” 159
Y culmina:
Ahora es ya bastante claro que pertenecen a alguna de las tribus mestizadas
de indios que habitan América Central, y en lo futuro esperamos poder pre-
sentar ciertos detalles concretos de la características de sus padres.
Richard Owen por su parte habla de la buena memoria de Máxi-
mo, pues al encontrarse con él un día después de haberle inspeccio-
nado los dientes, fue recibido exhibiéndole los dientes.
Hace referencia a su pigmentación olivácea y a que no ha podido
descubrir bajo ninguna iluminación ningún trazo de color amarillo o
rojizo característico de las razas indígenas contemporáneas y debido
a que no tenían el pelo lacio, sino ondulado, supone que pudieron
ser descendientes de europeos del sur.
Además de presentar, como Warren, tablas con valores antropo-
160 JOSÉ LUIS VERA CORTÉS
métricos, afirma que por sus características físicas no puede inferirse
que representen una raza humana peculiar.
Hace referencia a la narración de Pedro Velázquez y menciona
la procedencia de los hermanos, como San Salvador, México. Más
adelante niega que su peculiar conformación craneal se deba a algún
tipo de deformación intencional.
Finaliza con la aseveración de que “las figuras de los jeroglíficos
mexicanos antiguos, copiados por Humboldt, Martin y otros etnólo-
gos, muestran solamente una semejanza superficial con los niños en
cuestión”.
El periodista francés Jules Guérin, en un articulo publicado el 15
de octubre de 1853 en la Gazette Médicale de París, dice que aun cuan-
do todo mundo sabe que Londres y París se disputan el centro de
la tontería europea, su exhibición en Londres desató mucho interés
popular.
Menciona que Máximo y Bartola no hablaban por la simple razón
de que no tenían nada que decir. “Se limitan simplemente a repetir
MÁXIMO Y BARTOLA. LOS ÚLTIMOS “AZTECAS” 161
algunas palabras cuyo sentido desconocen, del mismo modo como
podrían hacerlo los estorninos o los papagayos”. Y aunque retoma
el relato fabuloso de Velázquez, afirma: “Trataremos de abreviar lo
más posible, pues suponemos que los lectores de la Gazette Médicale
de París son menos inclinados a lo maravilloso que los cockneys de
Londres”.
Más adelante dice:
Para los ingleses… “Los aztecas han sido motivo de sabias disertaciones sobre
las condiciones de las razas, los caracteres de las especies, etc. Allí donde la
atracción hacia lo maravilloso, cosa tan natural en el pueblo, tomaba gran
vuelo, el espíritu científico respondía con muy profundas consideraciones
sobre antropología, acerca de los enanos, idiotas y cretinos, elucubraciones
realmente dignas de un mejor objetivo.”
Comenta que en El Salvador los microcéfalos eran llamados mo-
nitos y que no eran venerados, sino considerados como individuos
anormales, cretinos o idiotas y que su existencia era simplemente una
patología no atribuible a sus padres o a la influencia del medio donde
habían nacido.
En el breve trabajo de Henri de Saussure, publicado en París en
1853, al igual que sus antecesores, se dan datos somatométricos y ano-
ta que sus labios no son como los de los negros y afirma: “La fisono-
mía de ambos ‘aztecas’ muestra dulzura e inteligencia; hay un brillo
extraordinario en sus grandes ojos negros. Los cabellos son también
negros. Muy ensortijados, pero no lanosos”.
En general, en su trabajo sólo los describe, pero no hace ninguna
especulación sobre las causas de su aspecto ni sobre su origen.
Por su parte, Adrien de Longpérier publicó en París en 1854 un
trabajo llamado: La comedia de los enanos aztecas.
El autor dedica casi todo su estudio a intentar desmontar el mito
del origen divino de Máximo y Bartola y su pertenencia a una raza
desconocida hasta entonces.
En 1855 L. Peisse publicó en la Gazette Médicale de París el trabajo
titulado “Los aztecas en la Academia de Medicina: su historia”. En
él habla de la presentación de los dos “pequeños monstruos” en la
Academia francesa de medicina y hace referencia a la importancia de
documentar e investigar ese tipo de casos para que no sean olvidados
como tantos otros y ello permita reconstruir la historia de las defor-
midades orgánicas e intelectuales del hombre.
162 JOSÉ LUIS VERA CORTÉS
Ante los múltiples estudios realizados desde que empezaron su pe-
riplo cinco años antes, afirma que el misterio mayor es su origen, ya
que saberlo permitiría determinar su verdadera condición antropo-
lógica y etnográfica.
De acuerdo con sus antecesores, menciona que resulta imposible
admitir su pertenencia a una raza especial existente o que haya existi-
do en el planeta. Su inviabilidad sería para él completa.
Aun reconociendo su estatus teratológico (cosa para nada del
agrado de sus exhibidores), su origen seguía siendo un misterio y
condición indispensable para poder entenderlos como individuos de
la especie humana.
Se refiere a los padres del siguiente modo:
La madre es una joven y vigorosa mulata y el padre un mulato; ninguno de los
dos tiene en sus venas ni una sola gota de sangre mexicana; ambos están per-
fectamente conformados y poseen inteligencia normal. La mujer es molinera
en una hacienda, es decir, prepara la harina de maíz para los trabajadores;
el marido es pescador en la laguna de Ulupa y vende sus productos en el
mercado de San Miguel… Se les conocía en la región como los monitos, es
decir, pequeños monos, denominación que su actitud y su mímica justifica-
ban plenamente.
El mismo año, en el Bulletin de l’Academie National de Médecine,
Jules Baillarger hacía una comparación entre los “aztecas” y los creti-
nos encontrados en valles pirenaicos y alpinos.
Aun encontrando ciertas similitudes, reconoce más semejanzas
con los idiotas ordinarios, y afirma que, no perteneciendo a una raza
especial, sí es posible identificar su origen en el seno de un pueblo
degenerado, siendo ellos mismos el nivel mayor de degeneración.
Niega también toda intencionalidad en su deformación cefálica.
En 1855 Pierre M. de Serres habla de la importancia de la anato-
mía comparada como una disciplina que puede desvelar el misterio;
a su vez, afirma que no se trata sólo de comparar las semejanzas y
diferencias entre los animales y el ser humano, sino también entre los
individuos del propio linaje humano. Después menciona:
Indudablemente esos niños adolescentes están situados en uno de los más
bajos niveles del desarrollo humano. Los hotentotes, lapones, samoyedos,
mirmidones de Aquiles, macrocéfalos de Hipócrates, dokos de Homero y Pli-
nio serían genios y Hércules comparados a estos dos sujetos.
MÁXIMO Y BARTOLA. LOS ÚLTIMOS “AZTECAS” 163
Al final hace una breve disquisición sobre las modificaciones cau-
sadas por la deformación craneal intencional, identificando ejemplos
de ella en el Perú y en Brasil.
Y finaliza: “Estos caracteres de los aztecas son bastante relevantes
para hacer una variedad distinta entre los antiguos peruanos. En zoo-
logía serían suficientes para construir una nueva especie”.
En una serie de textos publicados entre 1855 y 1901 en Francia y
Alemania por autores como Rudolf Leubuscher, Paul Topinard, Er-
nest Hamy, Paul Broca o Rudolf Virchow, Máximo y Bartola fueron
abundantemente descritos a partir de sus características anatómicas,
criticados sus exhibidores, comparados con otros seres patológicos,
pero también con diversas razas humanas, descritas sus escasas ha-
bilidades cognitivas y especulado sobre su origen, pero casi siempre
negando la versión de Pedro Velázquez y también aquella que los cla-
sificaba como individuos pertenecientes a una raza especial. En todos
los casos se reconoce su carácter teratológico, y debido al paso del
tiempo, se caracterizaban los rasgos anatómicos modificados y ocasio-
nados simplemente por la ontogenia de los mismos.
Topinard en particular los califica como zambos, híbridos de ne-
gros e indios, en su presentación ante la Sociedad de Antropología
de París.
Y más adelante menciona:
Son, en una palabra, microcéfalos, o sea enfermos, idiotas, y si interesan a
la antropología se debe a la muy grave hipótesis que surge de la designación
que se les dio en una célebre Memoria a la que esta sociedad concedió en
1867 el Premio Goddard; la de hombres monos.
Según su autor, el profesor Vogt, la microcefalia es “una reversión
cerebral, un caso de atavismo parcial, el retorno de una parte del
hombre hacia el estado permanente que se supone tuvo en una épo-
ca lejana del pasado”.
Termina mencionando el pliegue palmar, que corresponde a los
orangutanes y chimpancés y que compartían los “aztecas”.
Por su parte, Hamy dice que así como aun con la microcefalia se
mantienen los rasgos que permiten hablar de dimorfismo sexual,
también se mantienen los rasgos raciales que permiten hablar de su
origen.
Por ejemplo, respecto de la nariz, dice que no es de modo alguno
de tipo europeo, pero que tampoco es desagradable:
164 JOSÉ LUIS VERA CORTÉS
Es la nariz, un poco exagerada de un gran número de indios de las dos Amé-
ricas: la nariz de los crows por ejemplo, descritos por Catlin, la de los yucate-
cos de Medina o la de los chontaquiros del Ucayali…
Afirma que los ojos son tan americanos como la nariz, refiriéndose
al característico pliegue epicántico de los ojos de los indios americanos:
Todo este conjunto, que da al ojo esa expresión extraña que Humboldt, con
dificultades cuando trató de definirlo, calificó de casi oriental, es esencial-
mente americano. Se le encuentra sobre todo en México y América Central.
El pelo crespo y la piel morena son mencionadas como las otras
pruebas de su origen americano y del mestizaje, entre indios y negros.
Al final indica la similitud de los hermanos microcéfalos con los
bajorrelieves de Palenque. Aun así, no la desdeña:
Tales semejanzas no pueden explicarse más que —a la vez por la identidad de
raza y estado patológico […]. Cabría suponer que lo que los artistas represen-
taron, junto a sus sacerdotes, son verdaderos microcéfalos y en consecuencia
los individuos con tal anomalía —quizá muy común en este pueblo por el uso
prolongado de un cierto tipo de deformación artificial— pudieron ser objeto
entre los antiguos americanos de un culto comparable a aquel con que en un
gran número de pueblos contemporáneos se honra en la actualidad a idiotas
y locos.
Por su parte, Paul Broca advierte que los problemas motrices que
presentaban ambos hermanos no era el producto de su patología
sino del entrenamiento recibidos desde pequeños para adoptar la
posición de los dioses representados en Palenque.
Comenta también que para 1875 se les había casado para difundir
popularmente la idea del gran valor comercial que podía tener un
descendiente de ambos, argumentando que no eran hermanos y que
falsamente se les presentaba como sujetos con potencial reproductivo.
conclusiones
Más allá de los juicios que los científicos pudieron emitir sobre la
existencia de Máximo y Bartola, la importancia de sus exhibiciones y
MÁXIMO Y BARTOLA. LOS ÚLTIMOS “AZTECAS” 165
de los diagnósticos que algunos dieron de ellos repercutieron en una
serie de discusiones populares y científicas alrededor del pensamien-
to evolucionista del siglo xix.
Autores como Jerry Bergman (2002) han teorizado sobre la impor-
tancia de la exhibición de seres anómalos que fueron presentados al
gran público como la prueba de la teoría de la evolución darwiniana.
Muchos de ellos fueron mostrados como seres intermedios entre la ani-
malidad y la humanidad hombres oso, hombres simio, hombres lobo
pueblan la escena en la que los observadores ponen en duda el estatus
humano de los presentados. Su morfología se muestra intermedia, y,
en la mayoría de los casos, su exagerado hirsutismo correspondía con
las narraciones si no de seres intermedios, de los eslabones perdidos,
sí con el estereotipo del salvaje, donde la máxima pilosidad y la des-
mesura en el comportamiento aproxima al individuo a un estado de
naturaleza sobre el cual el ser humano fue capaz de sobreponerse im-
poniendo en ella el sello de la cultura. Entre el colectivo de curiosos,
el solo aspecto de estos seres se tomó como la prueba de la existencia
de eslabones y ello era, a su vez, la demostración de la veracidad del
discurso darwiniano. Bergman incluso llega a mencionar cómo el si-
lencio de los científicos, que en muchos casos no fueron en contra de
tales aseveraciones, era una actitud consciente en la que no impor-
taba de dónde provenía la evidencia si era capaz de popularizar una
idea, una teoría o el darwinismo en este caso. Para Bergman, en un
sentido, el darwinismo es deudor de estos personajes y su exhibición
pública. Más allá del imaginario colectivo que se construyó sobre lo
que dijo o supuestamente dijo el padre del evolucionismo moderno,
la existencia de seres como Máximo y Bartola sí llevó a los científicos a
discutir algunos temas centrales del pensamiento evolutivo.
Particular interés mostraron autores como el propio Darwin,
Haeckel y Wallace en la importancia de las anomalías de gran magni-
tud como rutas potencialmente novedosas y exitosas en la evolución
de la vida. A lo largo de la historia del evolucionismo, lo claramente
anómalo ha llamado la atención y se le ha dado un papel central en la
dilucidación de los procesos macroevolutivos. Anomalía y evolución
son temas que el propio Darwin abordó cuando analizó los patrones
de variación en el estado doméstico. La discusión explícita la realiza-
ría Richard Goldschmidt durante la conformación de la teoría sinté-
tica de la evolución en su célebre libro La base material de la evolución,
donde propuso su popular teoría del monstruo esperanzado o, más
específicamente, promisorio.
166 JOSÉ LUIS VERA CORTÉS
En el caso que nos ocupa, se discutió su existencia en el contexto
de la reflexión sobre los saltos evolutivos hacia atrás, es decir, sobre
los atavismos. ¿Podría la microcefalia representar más que la prueba
de la hibridación entre especies, ser la garantía del origen primitivo
de los seres humanos?
Hay que recordar que finalmente sobre los americanos pesaban
una serie de estigmas que de manera indistinta los proyectaban hacia
la degeneración o hacia la imperfección representada por una fase
de evolución anterior. En cualquiera de los dos casos, la diferencia o
la anomalía clara fue un espacio de justificación de prácticas jerarqui-
zantes de la diferencia.
Aunque los científicos no pensaran en Máximo y Bartola como
híbridos resultado de una relación antinatura entre especies distin-
tas, sí su justificación de que eso no era posible tendría que pasar
por una reflexión sobre el valor de la especie como unidad evolutiva
con permanencia e identidad espacio-temporal. En todos los casos,
las discusiones sobre el estatus racial de “los aztecas” fue eje central
del interés de los científicos.
Los hermanos microcéfalos no eran eslabones perdidos, ni tam-
poco pertenecían a una raza especial, pero sí eran seres patológicos
americanos, por ello el estigma de la degeneración pesaba no sólo
sobre ellos sino que extendía un velo de anormalidad y misterio para
los americanos.
Al final Máximo y Bartola fueron víctimas no sólo de la desmedida
avaricia de un grupo de seres que los exhibieron en vida; representa-
ron no sólo la encarnación de una serie de prejuicios de los absortos
observadores de su extrañeza, sino también la prueba para los cien-
tíficos de ciertos procesos evolutivos o en épocas más recientes de
patologías genéticas.
Máximo y Bartola desempeñaron el complicado papel de la otre-
dad, de la alteridad a la que tememos por cuanto no somos sin ella,
pero también la diferencia que nos muestra la posibilidad de la
inexistencia de la identidad. Tal vez por esta razón, personajes como
ellos causan fascinación y temor y seguramente nos seguirán acompa-
ñando como sujetos indispensables dentro del complejo entramado
que teje el telar de las identidades y las diferencias, razón de ser de
la antropología y también del pensamiento evolucionista moderno.
MÁXIMO Y BARTOLA. LOS ÚLTIMOS “AZTECAS” 167
referencias
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do en evolución humana, México, unam.
ALGUNOS USOS HISTORIOGRÁFICOS DE DARWIN
violeta aréchiga c.*
introducción
En este trabajo quisiera llamar la atención sobre un par de usos que
se hacen de Darwin. El primero de ellos, al que dedico la primera
sección, corresponde a la referencia que Gould y Lewontin hacen en
su artículo de 1979 al uso de Darwin, de sus palabras específicamen-
te, como herramienta de persuasión. El segundo es un uso un poco
menos evidente; se trata de la forma en que autores como Gould,
Mayr, Bowler y Richards interpretan la idea de progreso en Darwin.
Mi intención es mostrar que en alguna medida todos estos autores
usan a Darwin para apoyar sus propios puntos de vista, ya sean éstos
científicos o historiográficos.
darwin como herramienta de persuasión
“The spandrels of San Marco and the Panglossian paradigm: a criti-
que of the adaptationist programme”, el artículo de Gould y Lewon-
tin de 1979, se divide en seis partes. En la primera, los autores defi-
nen las spandrels y presentan una serie de ejemplos “extremos” de la
postura adaptacionista. La segunda y tercera partes del artículo están
dedicadas a la caracterización y crítica del programa adaptacionista.
En la quinta y la sexta se presentan alternativas a este programa. Pero
la parte que nos interesa es la que se encuentra en el centro, la cuarta,
titulada “The master’s voice re-examined”. Gould y Lewontin citan
aquí a Darwin con una intención específica: hacer de él un aliado tan-
to en la crítica al pan-seleccionismo como en la defensa del “nuevo
enfoque” de la evolución que presentan. El pasaje que citan, corres-
pondiente a la última edición de El origen de las especies, es el siguiente:
* Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Cuajimalpa.
[168]
ALGUNOS USOS HISTORIOGRÁFICOS DE DARWIN 169
Ya que recientemente mis conclusiones han sido muy tergiversadas y se ha
afirmado que atribuyo la modificación de las especies exclusivamente a la
selección natural, se me permitirá observar que en la primera edición de
esta obra y en las siguientes he puesto en un lugar bien visible —al final de la
Introducción— las siguientes palabras: “Estoy convencido de que la selección
natural ha sido el modo principal, pero no el único, de modificación”. Esto
no ha sido de ninguna utilidad. Muy grande es la fuerza de la tergiversación
continua (Darwin, citado por Gould y Lewontin, 1979: 155).
Estos autores señalan que, ya que los biólogos evolucionistas han
hecho de él prácticamente un santo o divinidad que todos quieren
tener de su lado, a Darwin suelen presentarlo como un seleccionista
radical que apeló a otros mecanismos evolutivos sólo cuando se vio
obligado a ello, por las críticas recibidas y por su propia ignorancia
en torno a la herencia. De manera muy concisa, Gould y Lewontin
declaran que dicha representación es falsa. De hecho, desde su pun-
to de vista, Darwin habría considerado la idea de que él proponía
como único mecanismo de cambio a la selección natural una “cari-
caturización” y una “trivialización” de su teoría. En otras palabras,
Gould y Lewontin parecieran estar diciendo que si Darwin viera hoy
la forma en que se comportan muchos de sus pretendidos discípulos,
se molestaría bastante.
El artículo que nos ocupa ha recibido una gran cantidad de aten-
ción. Existe incluso un libro entero dedicado a él (Selzer, 1993), en
el que al menos dos trabajos analizan su uso de las referencias. Por su
parte, el tema de las referencias en la prosa científica fue tratado ya
en 1977 por Nigel Gilbert. De acuerdo con este último, cuyo punto
de partida es la tesis de que un científico tiene que persuadir a sus
colegas de que su trabajo es valioso y obtener consenso si es que el
mismo ha de contar como conocimiento científico, las referencias
permiten reclutar el apoyo de trabajo ya realizado y aceptado por la
comunidad científica relevante y, en este sentido, usarlo como he-
rramienta de persuasión. En otras palabras, las referencias permiten
justificar las posiciones adoptadas en el artículo.1 Naturalmente, no
todos los artículos relevantes proporcionan el mismo apoyo: “A fin
1
Otros propósitos de las referencias son, según Gilbert, el mostrar la novedad de
los resultados presentados en el trabajo (lo cual se logra mediante la reseña del estado
actual del conocimiento) y el plantear cómo sus hallazgos iluminan o resuelven proble-
mas que surgen de otros artículos citados.
170 VIOLETA ARÉCHIGA C.
de justificar un argumento ante una audiencia de lectores potencial-
mente interesados, lo más efectivo es citar pasajes seleccionados de
artículos en los que la audiencia prevista considera que se presentan
resultados válidos, bien fundados” (Gilbert, 1977: 116). Todavía más,
los trabajos “respetados” pueden citarse con la finalidad de ilumi-
nar el propio por brillo reflejo. Ahora bien, es interesante notar que
—según este análisis— algunos artículos, que se usan repetidamente
como base de autoridad para posteriores trabajos, alcanzan un esta-
tus excepcional. Con el tiempo, sus resultados pueden llegar a ser tan
ampliamente conocidos y aceptados que ya no necesitan ser citados
de forma explícita.
Justamente esto es lo que se podría esperar de la obra de Darwin.
Sin embargo, no ocurre así. William Provine señala en otro contexto
que, si bien “los científicos son notablemente ahistóricos en su inves-
tigación y en su redacción”, muchos de los investigadores involucra-
dos en controversias en teoría de la evolución adoptan un inusual
“enfoque conscientemente histórico de sí mismo” (Provine en Gre-
ne, 1986: 43). Esto sería resultado de que para un número cada vez
mayor de biólogos evolucionistas, entre ellos Gould, las polémicas
actuales en este campo tienen raíces en los argumentos en torno a la
teoría de Darwin que se presentaron en los últimos cuarenta años del
siglo xix y en los decenios de 1930 y 1940.
Aun cuando esta explicación sea correcta, el contraste entre los
textos científicos habituales y artículos como el de “spandrels” sub-
siste en la medida en que constituye una instancia poco común de
la manera en que se suelen relacionar la investigación y la teoría en
ciencias con sus antepasados. Según Miller y Halloran (en Selzer,
1993: 107), en general se produce una “obliteración por incorpora-
ción” (el fenómeno antes mencionado en el que un trabajo es tan co-
nocido que no se necesita ya citarlo) o bien el “efecto Max Planck”,
en el que la nueva generación de científicos “asesina” a sus padres
al rechazar el paradigma prevaleciente y remplazarlo por el propio.
Gould y Lewontin ni borran a Darwin ni lo asesinan; al contrario, lo
citan con frecuencia y con respeto. Apelan a la autoridad y al brillo
proporcionados por la cita de un pasaje de una obra conocida, acep-
tada y altamente valorada —El origen de las especies— para fortalecer
su argumento, una parte importante del cual consiste en mostrar
que sus propios puntos de vista concuerdan con los de Darwin. Si
Darwin mismo adoptaba un enfoque pluralista, como la cita preten-
de mostrar,
ALGUNOS USOS HISTORIOGRÁFICOS DE DARWIN 171
–– El programa adaptacionista lo ha interpretado equivocadamente.
–– El programa adaptacionista está mal encaminado.
–– Gould y Lewontin tienen razón en su enfoque pluralista.
En pocas palabras, “Gould y Lewontin […] se las arreglan para te-
ner a Darwin, el aliado más poderoso de todos, a su lado” (Winsor en
Selzer, 1993: 133). Si el conocimiento científico se construye, al me-
nos en parte, mediante argumentos que los científicos presentan en
artículos, no es extraño que Gould y Lewontin usen a Darwin y sus pa-
labras de esta manera. Lo cierto es que de manera muy evidente citan
a Darwin con el fin de apoyar su postura con respecto a mecanismos
evolutivos no adaptativos, esto es, que parecieran estar cometiendo el
anacronismo conceptual que con frecuencia se asocia a la historiogra-
fía whiggish (y que Gould critica una y otra vez en sus ensayos de corte
histórico).
interpretaciones en conflicto sobre el progreso en darwin
En torno a la noción de progreso en Darwin, resulta posible distin-
guir al menos tres posturas:
1] Una noción que podemos llamar tentativamente “popular”, en
la que evolución y progreso (entendido como cambio hacia la
perfección) se identifican. Así, en las páginas de Milenio leemos:
La magia de la teoría de la evolución de Darwin no sólo es que dio, de
forma sencilla, una serie de ideas y mecanismos para tratar de entender
lo que ya se intuía: que la naturaleza cambia. Sino que además sintetizó
el sentimiento de su época y su sociedad y ha servido de faro más allá
de la biología: es posible evolucionar […] Las teorías de la evolución,
desde Darwin a nuestros días, conllevan una serie de supuestos filosó-
ficos que no necesariamente comparten todos los científicos. Respecto
a este último punto, vale la pena mencionar dos supuestos. Primero, la
idea de que la naturaleza se “va perfeccionando… (Lomelí y Samanie-
go, 2009).
2] Una postura que niega explícitamente que la teoría darwiniana
de la evolución tenga algo que ver con el progreso. En los ensayos
172 VIOLETA ARÉCHIGA C.
de Stephen J. Gould podemos encontrar numerosas afirmacio-
nes en este sentido:2
Darwin explícitamente rechazó la equivalencia entre lo que hoy llama-
mos evolución y cualquier noción de progreso […] Darwin evitó la evo-
lución como descripción de su descendencia con modificación tanto
porque su significado técnico contrastaba con sus creencias, como por-
que se sentía incómodo con la noción de progreso inevitable, inherente
a su significado informal (Gould, 1977: 36).
3] Un punto de vista que busca vincular las ideas de Darwin con la
noción de progreso propia de su época. Su más acérrimo defen-
sor es Robert Richards:
El desarrollo embriológico se convirtió para Darwin en modelo de la
descendencia, y esto le infundió a su concepción precisamente aquellos
atributos, especialmente las nociones de progreso, que usualmente se
piensa caracterizaron sólo a las teorías románticas, no darwinianas, de
la evolución en el siglo xix. El Darwin que emerge de este estudio lucirá
decididamente más venerable que ese evolucionista rejuvenecido al que
algunos historiadores han inyectado las glándulas simiescas de una ideo-
logía científica moderna (Richards, 1992: 3-4).
Por supuesto que muchas de estas interpretaciones de Darwin y
su teoría parecen ser menos radicales. Mayr, por ejemplo, escribe en
1982 que Darwin estaba completamente consciente de los aspectos
oportunistas e impredecibles de la evolución y que “solamente negó
la existencia de una progresión legaliforme de ‘lo menos perfecto a lo
más perfecto’” (Mayr, 1982: 531). Sin embargo, añade, Darwin no si-
guió su propio consejo respecto a no decir nunca “superior o inferior”
y presenta una lista de páginas del Origen en las que Darwin menciona
el progreso evolutivo. Y sigue la “disculpa”: era necesario que Darwin
hiciera esto porque tenía que refutar el concepto de un mundo en es-
tado estable propuesto por Lyell y oponerse a la nueva escuela antievo-
lucionista de acuerdo con la cual todos los organismos eran perfectos.
Estas tesis negaban implícitamente que pudiera haber mejoramiento
mediante la selección natural, por lo cual Darwin se habría visto lle-
2
Es importante señalar que, posteriormente, Gould matizó su postura al respecto,
por ejemplo en Gould, 1996, pp. 135-146.
ALGUNOS USOS HISTORIOGRÁFICOS DE DARWIN 173
vado a señalar que: “En mi teoría, las formas más recientes deben ser
superiores a las más antiguas, ya que cada nueva especie se ha formado
al poseer alguna ventaja en la lucha por la existencia con respecto a
otras formas precedentes” (Darwin citado por Mayr, 1982: 531-532).
Que Mayr nos está ofreciendo una suerte de disculpa por la am-
bigüedad en las afirmaciones de Darwin queda claro cuando, en se-
guida, argumenta a favor del carácter progresivo de la evolución por
selección natural. Las innovaciones fisiológicas y morfológicas que se
han presentado en la historia evolutiva sólo pueden describirse como
progreso, dice, aunque no hay linealidad en este tipo de cambio: casi
cada grupo de organismos revela una expresión distinta de progreso.
Darwin no se autocontradijo; lo que él rechazaba era el finalismo,
esto es, un impulso intrínseco hacia la perfección controlado por le-
yes naturales. Las mejoras en la historia evolutiva son resultado de la
variación y de la selección natural.
La principal objeción hecha por los anti-darwinianos ha sido siempre que el
mundo viviente está repleto de tendencias progresivas y que es inconcebible
que hayan sido causadas por la variación al azar y la selección natural. El
darwiniano responde, ¿por qué no? Después de todo, cualquier mejora, cual-
quier nueva invención estructural, fisiológica o conductual ocurrida en el
acervo genético puede conducir al éxito evolutivo y por tanto al progreso tal
y como se define tradicionalmente. Ya Darwin había visto esto con bastante
claridad (Mayr, op. cit.: 532).
La cuestión es, entonces, que aunque la historia evolutiva en su
conjunto no sea equivalente a una historia de progreso, hay progresos
dentro de esa historia evolutiva. Con esta interpretación, Mayr hace
de Darwin y sus vacilaciones aliados suyos. Ambos están de acuerdo
en el tema del progreso evolutivo.
Bowler, por su parte, se pregunta en 1989 si el concepto de evo-
lución ramificada —que socavó la visión tradicional del ser humano
como la meta final del proceso orgánico— destruye asimismo en su
totalidad la idea de progreso. En primer lugar, alude a las palabras de
Darwin cuando éste admite que la mayoría de los naturalistas “instin-
tivamente” sienten que algunos organismos son “superiores” a otros.
Esto significaría que, posiblemente, la evolución es progresiva en el
sentido de que empuja a cada ser orgánico hacia un nivel de organi-
zación mayor en su propio contexto.
174 VIOLETA ARÉCHIGA C.
Darwin se vio tentado a creer que el incremento en la especialización era en
efecto una forma de progreso porque significaba que los descendientes se
hallaban mejor preparados que sus ancestros para lidiar con una forma par-
ticular de vida. Esto tenía la ventaja de permitirle retener su vieja fe en un
propósito general de la selección natural, un consuelo en su esfuerzo por
conservar un vínculo con el argumento del diseño. […] Darwin siguió cre-
yendo que la selección natural podía dar lugar a una forma de progreso, pero
tuvo que conceder que se trataba, en el mejor de los casos, de un producto
residual, lento e irregular, de la principal función del mecanismo: la adapta-
ción [Bowler, 1989: 181; cursivas mías].
En la interpretación de Bowler encontramos a primera vista un
Darwin que, más que vacilante en torno a la cuestión del progreso,
hubiera deseado mantener vínculos con la teoría del diseño y un pro-
pósito general para la historia evolutiva, pero que se ve obligado a con-
ceder que el progreso era en todo caso un producto secundario de la
selección natural. Al hacer esto, Darwin está adoptando una postura
valiente, la de aceptar las consecuencias de su propia teoría al negar-
se a traicionar su “verdadero espíritu”. La indicación de que Bowler
está pensando en estos términos nos la da su recuento de la forma en
que la filosofía lidió con las implicaciones de la teoría de la selección
natural. Quienes aceptaron el evolucionismo, nos dice, tenían que
elaborar una nueva filosofía en la que la vida del hombre no estaba
ya santificada por Dios y en la que había espacio para introducir una
nueva definición de la moralidad en la que el éxito evolutivo sería el
criterio del bien. Ya que este enfoque parecía hacer a un lado todos
los paradigmas morales, la única justificación posible residía en afir-
mar que la evolución poseía una finalidad última:
Así, muchos filósofos evolucionistas traicionaron el espíritu real del Darwi-
nismo y vieron al hombre como el paso clave en el progreso del universo
hacia la perfección. […] Sólo unos pocos pensadores lograron romper con
éxito este molde y enfrentarse a la posibilidad de que la implicación real del
darwinismo fuera la destrucción de cualquier visión del mundo basada en el
progreso necesario a lo largo de una jerarquía de complejidad (Bowler, 1989:
235; cursivas mías).
El término de “traición” involucra el de “espíritu real” del darwinis-
mo. Bowler no parece aquí estar tan interesado en hacer de Darwin
un aliado suyo como en establecer la verdadera esencia del pensa-
ALGUNOS USOS HISTORIOGRÁFICOS DE DARWIN 175
miento darwiniano. Esto es visible también en The non-Darwinian re-
volution (1988), en el que distingue entre los sucesores inmediatos
de Darwin a antidarwinianos y, lo que es más importante, pseudo-
darwinianos, esto es, pensadores como Haekel que se proclamaban
darwinianos pero seguían siendo progresionistas. “El hecho de que un
progresionismo explícito como éste lograra florecer bajo el nombre
de darwinismo ilustra en qué medida el espíritu del pensamiento de
Darwin había sido pervertido por aquellos que se veían a sí mismos
como sus seguidores” (Bowler, 1988: 88). A juzgar por esta cita y al-
gunas otras, para Bowler la traición al y la perversión del verdadero
darwinismo se cometen si se adopta una postura progresionista en la
que la naturaleza misma tiene un propósito final. Este punto de vis-
ta se explica si consideramos que esta suerte de definición negativa
de la esencia del darwinismo se relaciona con la tesis historiográfica
que Bowler quiere establecer, es decir, que la teoría de Darwin no fue
el tema central del evolucionismo del siglo xix, sino sólo un catali-
zador que contribuyó a la aceptación del evolucionismo dentro de
un marco conceptual no darwiniano y específicamente progresivista
(ibid.: 5).
Cuando Richards argumenta que, al contrario, las ideas de Darwin
fueron desde el inicio y continuaron siendo progresivistas parece es-
tar yendo a contracorriente. De hecho, entre sus contrincantes elige
a personajes como Gould, Mayr y Bowler. Richards les concede que
Darwin rechazó efectivamente la idea de una causa intrínseca de pro-
greso necesario, pero, añade, dada la estrecha relación entre el pen-
samiento darwiniano y el modelo embriológico, insistió al principio
en que los animales poseían una tendencia interna al cambio. Con el
tiempo esta noción de tendencia al cambio se fue desvaneciendo de
su teoría, pero ésta retuvo la concepción de “dinámica progresiva” in-
tegrada a la teoría general de evolución divergente (Richards, 1992:
87). Así, por ejemplo, Darwin habló de cómo en ciertos casos el que
una especie se modifique y mejore trae consigo el que otras mejoren
en grado correspondiente. Además, Darwin pensaba que la selección
natural produciría tipos más progresivos cada vez, de forma que “En
mi teoría, las formas más recientes deben ser superiores a las más
antiguas, ya que cada nueva especie se ha formado al poseer alguna
ventaja en la lucha por la existencia con respecto a otras formas pre-
cedentes” (Darwin citado por Richards, 1992: 89). Darwin aumentó
el poder de esta “dinámica progresiva” en el Origin al atribuirle a la
selección natural una preocupación benéfica por el bien de los seres
176 VIOLETA ARÉCHIGA C.
vivos. De hecho, según Richards, lejos de dudar, Darwin estaba segu-
ro de que la selección natural consolidaba el carácter progresivo de
la evolución. Para él,
El progreso fue la consecuencia intencional del modelo que [Darwin] había
adoptado originalmente para la evolución de las especies, es decir, el de la
evolución individual. Ciertamente, los conceptos de cambio de las especies
con los que él se había familiarizado a partir de su abuelo, de Lamarck, de
Grant e, indirectamente, de Tiedemann, Treviranus, Serres y Geoffroy —to-
dos suponían el avance progresivo de las criaturas. Darwin negoció su con-
cepción de la transformación de las especies haciendo del progreso algo no
necesario, pero general (Richards, op. cit.: 90).
La defensa que Richards hace de su postura incluye no sólo un
examen de la manera en que el pensamiento de Darwin se fue de-
sarrollando, sino también una tesis de carácter historiográfico. Para
él, Gould y Mayr tienen un interés científico muy específico al leer
a Darwin; pretenden convertirlo en aliado de la causa de finales del
siglo xx que defienden. Dicha causa es la de los neodarwinianos que,
opina Richards, están de acuerdo en que tres antiguas propuestas
deben rechazarse: que el modelo de la evolución de las especies sea la
evolución individual, que la embriogénesis recapitule la filogénesis y
que la evolución sea progresiva. Para Gould y para Mayr la evolución
progresiva solamente puede ser resultado de metas fijas por alcanzar,
de una teleología que hay que descartar porque, en la versión de
Haeckel por lo menos, contribuyó a horrores como los que perpetró
el nazismo. Si bien esta ideología que se halla tras la interpretación
tanto de Gould como de Bowler es “admirable”, a su vez los conduce
de todos modos a distorsionar la historia (Richards, 1992: 177). Una
representación histórica será ideológica si, entre otras cosas, emplea
un marco interpretativo o un conjunto de presuposiciones cuya fun-
ción principal es la de justificar los valores y las posiciones compar-
tidos por una comunidad particular, “en lugar de realizar el valor
principal: recobrar el pasado” (ibid.: 175). Naturalmente, Richards
admite que el ideal rankeano de representar el pasado tal y como
en realidad ocurrió es inalcanzable. Sin embargo, cuando critica a
los historiadores que no han logrado reconocer el carácter profun-
damente progresivista de las teorías de Darwin y los acusa de distor-
sionar la historia, parece estar implicando que él, por lo menos, la
distorsiona menos. Así, pues, la tesis historiográfica de Richards es
ALGUNOS USOS HISTORIOGRÁFICOS DE DARWIN 177
que un recuento histórico adecuado de Darwin y sus ideas requiere
situarlo en su momento, en su contexto histórico, y no usar sus pala-
bras para apoyar nociones y posturas ajenas a él.
conclusiones
Excepto porque quizá en efecto sea inusual que un artículo de inves-
tigación cite directamente a su antepasado más respetado, en lugar
de realizar una “obliteración por incorporación”, la manera en que
Gould y Lewontin usan a Darwin en spandrels para defender sus pro-
pios puntos de vista puede caracterizarse de manera más o menos sim-
ple. Se trata de un argumento de autoridad, de una herramienta de
persuasión, de una maniobra para tener a Darwin de su lado. Pero la
cuestión de si Darwin creía o no que la evolución era progresiva, y has-
ta qué punto, es menos clara. Lo que parece estar en juego aquí es una
interpretación del pasado que inevitablemente tiene que adecuarse al
presente, en el sentido de que sólo podemos entender lo que ocurrió
en el pasado desde el lugar en el que nos encontramos situados hoy.
Si bien es posible que, como Richards argumenta, las interpretaciones
de Gould y Mayr acerca del tema del progreso en Darwin respondan a
sus intereses en tanto científicos-historiadores, también es totalmente
probable que las interpretaciones de Bowler y de Richards mismo res-
pondan a sus intereses historiográficos, esto es, la defensa de la revo-
lución no darwiniana y la resurrección de un Darwin venerable pero
anticuado, respectivamente. Considero que ambos creen estar más
cerca de describir el pasado tal y como fue en realidad.
No parece ser posible definir de una vez por todas qué es lo que en
verdad Darwin quiso decir. Como Gragson y Selzer señalan,
Cualquier texto —cualquier poema o narración o artículo científico o lo que
sea— se convierte no tanto en una unidad autónoma como en parte de una
conversación más larga; los textos son eventos, no objetos —colaboraciones
dinámicas, no limitadas, entre escritores visibles y no visibles, lectores presen-
tes, pasados y futuros, y discursos anteriores y subsiguientes, todos los cuales
cooperan en la creación de significado (Selzer, 1993: 180).
En algún sentido “lo que Darwin realmente quiso decir” no es algo
que exista por sí mismo en espera de ser atrapado, sino un resultado
178 VIOLETA ARÉCHIGA C.
de esa colaboración dinámica y continua. Y esto significa a su vez que
siempre, de una manera u otra, estamos usando a Darwin, en mayor
o menor grado, para apoyar puntos de vista contemporáneos. Creo
que cuando se presenta una celebración como la del 150 aniversario
de la publicación de El origen de las especies, vale la pena reflexionar
sobre ello.
referencias
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Johns Hopkins University Press.
——— (1989), Evolution: the history of an idea, Berkeley, Los Ángeles/Londres,
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sity of Chicago Press.
Selzer, J. (ed.) (1993), Understanding Scientific Prose, Madison, The University
of Wisconsin Press.
LAMARCKISMO Y DEGENERACIÓN EN LA PSIQUIATRÍA
FRANCESA DEL SIGLO XIX
luis horacio gutiérrez-gonzález*
La psiquiatría francesa fue dominada por la teoría de la degenera-
ción de Benedict-Augustin Morel durante casi un siglo. Desde su pu-
blicación en 1857, esta teoría otorgó a la psiquiatría una explicación
biológica de la etiología de las enfermedades mentales, y se integró
de modo convincente en el conocimiento científico de la época. Mo-
rel describió un proceso de degeneración (la loi de l’enchaînement fa-
tal) de los linajes humanos que comenzaba con inmoralidad en la
primera generación, continuaba con alcoholismo en la segunda y
alienación mental en la tercera, para culminar con esterilidad en la
cuarta y última generación. Las ideas de Morel contribuyeron a crear
el trasfondo epistémico e ideológico que permitió la implementación
de programas eugenésicos durante la primera mitad del siglo xx. Este
trabajo analiza tanto las teorías de la degeneración de Buffon como
el transformismo de Lamarck para determinar su posible influencia
en las ideas de Morel. También explora el papel que la teoría de
la evolución de Lamarck, con énfasis en la naturaleza acumulativa
de los cambios hereditarios, tuvo en la interpretación de los oríge-
nes de las enfermedades mentales por parte de Morel.
Una de las teorías más interesantes de la medicina de fines del siglo
xix y principios del xx fue la idea de dégénérescence. La “degeneración”
era concebida como la contraparte del desarrollo, y sólo puede ser
comprendida en el contexto de las teorías de la evolución y el progre-
so que dominaban esa época. El campo semántico del concepto de
* Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, México; correo electrónico:
<lhgut1@[Link]>.
[179]
180 LUIS HORACIO GUTIÉRREZ-GONZÁLEZ
degeneración transmitía, al menos desde el siglo xv,