Cuidados Paliativos
Cuidados Paliativos
Autor:
Anna Novellas Aguirre de Cárcer.
Manuel Miguel Pajuelo Valsera.
1. Introducción.
2. Objetivo de la atención familiar.
3. La familia, cuidadora y objeto de cuidado.
4. Dinámica familiar: modificaciones y adaptación.
5. Aspectos que ayudan y dificultan la tarea asistencial.
6. Modelos de intervención con la familia.
7. Bibliografía.
8. Artículos.
1. INTRODUCCIÓN
Hablar de la familia es hablar de grupo y, por tanto, de una entidad supra-individual con
mecanismos de funcionamiento propios a los que conviene prestar atención como paso previo a
la formulación de la evaluación diagnóstica y a la posterior intervención.
Para ello es necesario facilitar elementos de comprensión que ayudarán a encontrar la forma
más adecuada de tratar cada situación en particular.
Atender a las familias requiere por parte de los equipos tener incorporado en su filosofia
de trabajo, los siguientes puntos:
La enfermedad en fase terminal puede provocar en los familiares confusión, miedo, rechazo,
silencio... La tarea del equipo es, pues, establecer una relación de ayuda que permita a los
familiares transitar por este proceso sintiéndose y estando acompanados. Además de los
cuidados indispensables para la persona enferma, los profesionales deben dirigir sus esfuerzos
hacia los familiares con el objetivo de reforzar su función, acompanándoles y posibilitando que la
familia recupere la confianza, a veces perdida, en sus capacidades cuidadoras.
En este contexto, el término confianza no trae consigo la carga semántica de curación sino de
toma de conciencia de capacidades propias y de la posibilidad de llegar a la muerte de la mejor
manera posible.
Una de las dificultades con las que se puede encontrar un equipo es que la familia, dominada
por mecanismos defensivos, no haya podido realizar un proceso de análisis de la realidad y de
la inminencia de la muerte. Cuando esto sucede y perdura hasta el fallecimiento de la persona
enferma, es muy probable que la atención que ofrece la familia tanto en aspectos emocionales
como prácticos no sea del todo adecuada. Posteriormente, además, pueden aparecer temas
relacionados con la culpa y con aspectos prácticos que han podido quedar pendientes o no del
todo resueltos (cuidado de los hijos, propiedades...). Convendría, también, tener en cuenta que
la muerte puede ser vista como algo que puede ofrecer ciertas oportunidades. Alizade habla de
vivir la muerte haciendo referencia a una participación activa de la persona que está por morir,
en su propia muerte. Para que esto suceda deben cumplirse tres factores:
1. Que el equipo sea receptivo y tenga por objetivo permitir crecer a enfermo y familia;
2. Que la familia entienda el proceso por el que se está pasando y puede ejercer la función
cuidadora en los términos descritos y con la confianza a la que se ha hecho referencia;
3. Por último, que la persona enferma esté en condiciones de poder realizar este proceso,
sin olvidar que como dice la autora: "La muerte de cada sujeto será siempre su muerte
posible".
4. La interacción entre estos niveles de comunicación, paciente - familia - equipo permitirá
construir de manera más o menos sólida el espacio necesario para que se instale la
muerte.
Por otra parte, también podemos hablar de modos de vivir cuando se hace referencia a formas
de morir. Si se ha pensado en la muerte, si se ha construido a través de experiencias de
muertes ajenas, cuando ésta llega a la propia familia se está en condiciones más propicias de
hacer frente a las tareas de cuidado y a los aspectos prácticos que comporta. Cada elemento de
esta composición (enfermo – familia – equipo) tiene un papel que desarrollar en el escenario de
la enfermedad.
Finalmente, el acto de morir en sí mismo lo tiene que realizar la persona enferma; es un acto
íntimo en el que, por lo general, suele haber una o dos personas más que acompanan,
generalmente las más importantes. Pero para llegar a este estado, y para que se lleve a cabo de
una manera comprensible y con sentido para todos los participantes, puede que sea necesario
un trabajo previo del equipo sanitario. Los profesionales deben realizar la tarea de atención a la
familia entendida como apoyo orientativo o educativo a los cuidadores, con especial dedicación
a los aspectos que se han mencionado. De este modo, se aumenta la calidad de vida de la
persona enferma, de la familia y, además, el equipo se siente partícipe de un acto humano y
muy emotivo: el acto de cuidar.
Una enfermedad no afecta por igual a todas las personas ni a todas las familias. Los seres
humanos poseen una realidad interna formada por lo que podríamos llamar sedimentación de
experiencias. Se trata de un poso en el que se encuentran sentimientos, afectos, relaciones,
recuerdos, y que se forma mediante el intercambio del sujeto con el medio. Frente a realidades
externas similares las personas pueden haber desarrollado realidades internas muy diferentes.
Recordar esto cuando se trata con familias puede ayudar a los profesionales a no prejuzgar o
establecer similitudes interpretativas entre estas, que posteriormente podrían conducir a error en
la definición de objetivos y en la intervención.
Además de los factores mencionados, de carácter intra-personal, existen una serie de variables
que afectan a los miembros del grupo y al grupo en su totalidad que se deben tener en cuenta al
plantear la intervención profesional. Estas serían:
Edad de la persona enferma, sexo, rol o papel que ocupa en la familia, red de apoyo
familiar.
Fase del ciclo de vida en el que se encuentra la familia.
Una persona con enfermedad terminal, sobre todo en estado avanzado, puede perder el control
sobre casi todos los aspectos de la vida diaria: trabajo, tareas domésticas, higiene personal,
movilidad, alimentación… El funcionamiento familiar quizá no esté en condiciones de integrar
correctamente estos cambios debido a la gran complejidad que suponen. Además, los diferentes
servicios sanitarios, sociales, laborales, escolares, etc. que conocen y tratan con la familia no
siempre estarán, por motivos diversos, en disposición de entender y hacerse cargo de estas
nuevas situaciones, derivadas de la enfermedad. En este contexto de pérdida de autonomía y
de situación social, la familia y la persona enferma deberían disponer de: información,
comunicación, control y toma de decisiones.
La información que debe ofrecer el equipo ha de ser acorde con las capacidades y
posibilidades que la familia tenga para asimilarla.
Uno de los beneficios o aportaciones que desde el equipo se ofrece a la familia es el de hacer
explícito algunos aspectos prácticos; en este sentido, a veces, se desconoce que con una
pequena grúa adaptada a la banera se puede solucionar el tema del aseo de la persona
enferma sin que suponga gran sobrecarga para la persona cuidadora. O bien que con el apoyo
de un profesional del trabajo familiar la persona cuidadora puede tener un espacio para
dedicarse a sí misma. Se trata de pequenas cosas que, sin embargo, hacen ganar autonomía y
calidad de vida. Adaptaciones en el domicilio, información sobre recursos, prestaciones,
servicios públicos y privados, realización de gestiones, etc. pueden ser de gran utilidad para
orientar a la familia en momentos en que la capacidad para pensar puede haber quedado
disminuida.
Promover acciones para romper un cerco de silencio (cuando el silencio es invalidante y poco
facilitador) mediante gestos, miradas, palabras y devolver a las familias su papel de
protagonistas en la resolución de sus necesidades (con ayuda del equipo asistencial) puede
resultar una manera muy eficaz de que recuperen la confianza y el control.
Conviene tener en cuenta el contexto de política social en el que se ubica la comunidad a la que
se atiende desde el equipo. No todas las comunidades autónomas disponen del mismo tipo de
recursos, así como tampoco de ONG´s y servicios privados.
- Los problemas de tipo económico, que pueden estar provocados por la enfermedad o
ser anteriores a su aparición y que en ocasiones generan deudas, pueden ser
compensados mediante prestaciones económicas puntuales y/o periódicas previa
valoración por el servicio competente.
- Hay otro tipo de servicios inevitables para la familia cuyo conocimiento resulta muy
tranquilizador. Entierros, incineraciones, donación de órganos, traslado de cadáveres,
etc.
La coordinación y el trabajo transversal entre el equipo asistencia y los servicios sanitarios y
sociales de atención primaria de la comunidad hacen que, en la mayoría de las ocasiones y en
la medida en que las necesidades se adecuan a los recursos existentes, la respuesta sea más
efectiva, eficaz y eficiente. Dichos servicios sanitarios y sociales son quienes gestionan recursos
puntuales como ayudas en el hogar, adaptación de la vivienda, ayudas económicas para
medicación, ayudas para aparatos ortopédicos; en gran parte estos recursos están orientados a
facilitar la permanencia de la persona enferma y familia en el entorno comunitario.
Los recursos extra familiares que se ofrezcan deben haber sido previamente identificados
como existentes para evitar crear falsas expectativas en su concesión y que
posteriormente la familia pueda sentirse enganada en caso de no tener derecho a ellos.
Los profesionales son sensibles a las situaciones que atienden porque pueden identificarlas
como algo que podría sucederles a ellos mismos. Cada profesional tiene una familia con sus
características y peculiaridades. A menudo, aunque a veces de forma inconsciente, comparan la
familia que están atendiendo con la propia y, a su vez, encuentran similitudes y diferencias. Se
trataría, entonces, de que los profesionales tomaran conciencia de qué es lo que les sucede
ante cada caso que atienden. Así veremos:
a) La identificación como algo que ayuda al proceso empático del suceso y favorece la
sensibilidad, aunque al mismo tiempo se debe evitar sentir dicho suceso como propio.
c) La valoración que permite mantener esa distancia necesaria para recordar que el
profesional no forma parte del grupo familiar y lo coloca en una postura suficientemente
objetiva como para poder ofrecer su ayuda.
Por tanto, cualquier proceso externo que dificulte la tarea filosófica del equipo se puede
vivir como una agresión que inmediatamente sitúe a los profesionales en una actitud
defensiva, que difícilmente facilitará el desarrollo sano de cualquier proceso.
e) El impacto del equipo ante una familia en crisis. Hay situaciones que generan más
sufrimiento que otras, como puede ser el caso de enfermos muy jóvenes y/o con hijos
poco crecidos, diagnósticos muy recientes sin opción a tratamiento, familias en las que
varios de sus miembros han padecido cáncer,etc.
Cuanto mas intensa sea la crisis vivida o expuesta por la familia, más obligado se puede
sentir el equipo a dar respuesta para el alivio de su dolor. Se trata de llegar lo antes
posible a una orientación diagnóstica que permita realizar un plan terapéutico acorde a
las posibilidades personales y profesionales de cada miembro.
El equipo debe mantener cierta dosis de tolerancia o incluso de ignorancia que les
permitirá adoptar una actitud de apertura e interés ante cualquier nueva
circunstancia que se presente como un aspecto más de la formación continuada.
El diagnóstico familiar difícilmente puede llegar a completarse dadas las múltiples características
de cada grupo y las circunstancias de los momentos vividos. Por ello, cuando se trata de
conocer al grupo familiar, se tiende más a hablar de una interpretación u orientación diagnóstica.
Cuando se está atendiendo a una familia estos patrones sirven únicamente como
referentes para mejorar la comprensión, por tanto la actitud debe ser lo suficientemente
abierta como para no encasillar o etiquetarlos en uno de estos modelos perdiendo la
riqueza de otras aportaciones intrínsecas. Así mismo la intuición, y la madurez personal
de los miembros asistenciales formarán el complemento adecuado. A su vez, el exceso
de datos puede generar más confusión y, por tanto puede dificultar el plan terapéutico.
La reorganización familiar
Estas situaciones hacen explícita la necesidad de que los cuidados y la presencia no queden en
manos, o bajo la responsabilidad, de una única persona cuidadora.
A través del encuadre de la familia, el equipo se propondrá un plan de trabajo de acuerdo con
las necesidades detectadas.
La atención grupal
El objetivo de convocar a los miembros de una familia para mantener un intercambio está
encaminado a conseguir o fomentar la comunicación entre ellos de forma que les permita
organizarse a fin de favorecer una buena evolución del proceso.
Intervenir o realizar una serie de encuentros con el máximo número de miembros familiares
implicados en la atención de la persona enferma comporta una serie de beneficios como:
Si se tiene en cuenta que el objetivo es favorecer la comunicación, hay que tener presente que
la incomunicación a la larga puede suscitar comportamientos mas complicados que lo que
pueda significar la experiencia desagradable producida por una discusión.
Es posible que no siempre acudan todos los miembros implicados, pero lejos de ignorarlos, se
les puede tener en cuenta favoreciendo la comprensión respecto a las posibles dificultades que
pueden haber sido la causa de su ausencia.
Asociamos el término “cuidar” al método de prestar atención, acto que llevan a cabo los
cuidadores con la persona enferma. Cada miembro pone en el cuidado diferentes aspectos de
uno mismo con finalidades distintas. En el acto de cuidar a una persona están implícitas las
motivaciones de los cuidadores: como símbolo de gratitud por las atenciones que anteriormente
habían recibido de la persona enferma; como una expresión de humanidad y de solidaridad; por
el aprecio y compasión hacia la persona enferma; como forma para obtener el reconocimiento
por parte de la persona atendida, etc.
Desde el modelo de atención paliativa se considera el hecho de cuidar como un acto que,
además de lo mencionado u otras múltiples motivaciones, permite a las personas acercarse al
enfermo estableciendo distintos lazos o vínculos en la relación, como parte del proceso de
despedida.
En la medida en que se crea un vínculo entre cuidador y cuidado, se entra en una dinámica de
espiral que permite aportar a la persona enferma, aunque a veces de forma simbólica, aquellos
sentimientos de ternura de los que tanto puede beneficiarse. A su vez, el hecho de haber
prestado atención penetra en los sentimientos del cuidador, dando una paz interna que ayuda a
estabilizar su estado emocional, tanto en beneficio del ahora como después de la pérdida.
Implicar al mayor número de miembros en el cuidado significa que todos pueden beneficiarse de
esta espiral de sentimientos. Para ello será necesario buscar formas en que todos puedan
participar de manera directa o indirecta efectuando reparto o compartiendo tareas y
responsabilidades.
A menudo sucede que cuidadores y familiares, cuando se trata de cuidar del cuerpo de la
persona enferma, expresan serias dificultades o temen tener que hacerse cargo. Este temor
puede estar condicionado por:
Algunos familiares no son capaces de explicitar su temor y se escudan en que es deber del
personal asistencial cuidar de estos aspectos dado que ellos han "cotizado durante mucho
tiempo a la seguridad social".
Este tipo de respuestas u otras similares deben entenderse como un mecanismo de defensa
ante su sentimiento de incapacidad. Los profesionales deben estar atentos a estas situaciones
como posibles condicionantes de la participación en los cuidados facilitando todo tipo de
información con el objetivo de transmitir seguridad. Los planes a seguir serían los siguientes:
Existen situaciones claramente patológicas con las que es más difícil intervenir. Este sería el
caso de algún tipo de fobia, obsesión o cuadro depresivo, etc. que no beneficiaría ni a enfermo
ni a los familiares, y que requeriría la intervención de otro tipo de profesionales (psicoterapeuta,
psiquiatra, etc.). o por lo menos, una consulta previa con los mismos.
En cada familia existe una manera concreta de comunicarse con sus peculiares y
particularidades que forman parte del estilo de relación genuino e intrínseco de la familia.
Podemos ver a familias discutir acaloradamente y más adelante participar juntos de una
celebración. Otros en cambio toleran muy mal los diálogos controvertidos y pueden vivirlo como
una herida amenazante o difícil de cicatrizar, etc.
Los momentos de crisis pueden provocar que la comunicación quede amenazada y/o danada
debido a que hay menos capacidad de reflexión y las explosiones compulsivas pueden aparecer
con más facilidad. De este modo, se podría entrar en un círculo de malos entendidos, rencores,
ofensas, etc.
Conocer el estilo de comunicación permite a los profesionales enfatizar aquellos aspectos que
puedan resultar más adecuados para llegar a conseguir un buen entendimiento entre ellos y con
el personal sanitario.
Se ha comentado la importancia de la comunicación inter-familiar como un medio de apoyo y de
entendimiento así como de reconocimiento del otro. Sucede que a veces hay situaciones en que
la comunicación familiar disminuye o se hace más dificultosa. En el caso que nos ocupa, pueden
existir varias razones, algunas de ellas son:
Este carácter propio de cada familia puede mejorar con el tiempo, pero en situaciones de crisis
es difícil a analizar las causas y conseguir grandes cambios. Por tanto, para favorecer y
recuperar la comunicación familiar proponemos:
En las familias pueden haber algunos miembros en situación de más riesgo o vulnerabilidad. Es
el caso de las personas ancianas, los disminuidos y los ninos.
El éxito de la intervención con ellos depende, en primer lugar, de disponer de cierta sensibilidad
al respecto. Los miembros adultos de las familias son los que generalmente se benefician más
de nuestras atenciones pero, educar a las familias en la preparación para la pérdida exige incluir
al mayor número de miembros posibles.
El sufrimiento del grupo familiar se hace difícil de tolerar, tanto más cuando dentro del mismo
hay miembros especialmente vulnerables. Esto hace que muchas veces la propia inseguridad
haga eludir cierta responsabilidad al respecto.
Informar gradualmente a fin de ir incorporando datos y digerirlos, a menudo los que se enteran
mas tarde son precisamente los que necesitan una dedicación especial. Por ello el equipo debe
estar muy alerta animar a los miembros de la familia a favorecer un clima de comunicación entre
ellos y padres, hijos menores o disminuidos etc.
Siempre que sea posible, la información se debe dar desde los miembros de la misma familia,
puesto que a la vez se transmiten sentimientos con los que el miembro vulnerable se puede
identificar y sentir que forman parte de la normalidad. Previo a la información, los profesionales
pueden haber, juntamente con los familiares, pensado en: la forma, el momento, las palabras
mas apropiadas ( escogidas del léxico familiar) etc.
Parkes dice que el peligro que puede representar un trauma en un nino, es menor que el peligro
que conlleva no hacerle partícipe o excluirlo. De aquí la importancia de incidir en los padres en
la necesidad de comprensión, atención, preparación y seguimiento de estos.
Ayudando a los componentes del grupo familiar a enfrentar la pérdida de uno de sus miembros
estamos ayudando a afrontar su propia pérdida.
Tener conciencia de la enfermedad conlleva estar pendiente de los síntomas que esta puede
ocasionar. Esto sucede aún más cuando la mente de la persona enferma está carente de
estímulos externos que ocupen su intelecto.
En la sociedad actual el tiempo de un día suele estar dividido de la siguiente manera: El primer
tercio para el descanso, el segundo para la ocupación laboral y el tercero para obligaciones del
cuidado propio y del de la familia.
Cuando se sufre una enfermedad, el espacio de tiempo que se dedica a la ocupación laboral
queda vacío de contenido y, dependiendo del estado de ánimo condicionado o no por los
síntomas, las otras dos terceras partes pueden sufrir también alteraciones.
Mientras que los miembros sanos de la familia deben continuar cumpliendo con sus obligaciones
o incluso asumir algunos de los roles que no cubrían hasta el momento, la persona enferma va
percibiendo sus pérdidas y requerirá de un esfuerzo personal para adaptarse a esta nueva
situación. El tiempo dedicado hasta entonces al trabajo debe ser cubierto por otras actividades
de ocio, culturales, etc. de lo contrario, puede aparecer el aburrimiento e iniciarse un circulo de
sucesos que no benefician el curso de la vida cotidiana. La disminución del trabajo intelectual o
físico provoca menos cansancio y como consecuencia más dificultades para conciliar el sueno.
Aparece también otra diferencia entre las personas que dedican su tiempo de ocio a actividades
de tipo físico y las que lo ocupan con otras de carácter más sedentario. Estas últimas
probablemente notarán menos el cambio porque no supone una ruptura con su cotidianeidad
anterior.
Haber perdido el sentido del humor y/o la imaginación, presas del pánico a la pérdida.
Sentir que también necesitan su espacio de distracción, pero considerar que no tienen
derecho al mismo porque el enfermo no puede disfrutar del suyo.
Temer el reproche de los demás, es decir, que se les acuse de no estar suficientemente
afectados en caso de realizar actividades lúdicas.
Llevar un ritmo de vida lo más normalizado posible. De esta forma se evita que el
cambio de ritmo recuerde constantemente la enfermedad y sus consecuencias.
Intentar incorporar las nuevas obligaciones o actividades como acciones que forman
parte de la vida cotidiana.
Procurar que la persona enferma siga ejerciendo el rol que desempenaba hasta el
momento. Aunque esto suponga un esfuerzo por ambas partes, mantendrá su
autoestima al considerarse útil y necesaria para los demás.
Poner imaginación y no renunciar a ningún intento susceptible y asequible de diversión
por miedo al fracaso.
Entender que la distracción de los miembros sanos de la familia les permite mantener un
mejor sentido del humor y transmitirlo así a la persona enferma por lo que ella también
saldrá beneficiada.
El equipo puede ejercer como medio de transmisión de experiencias de unas familias a otras en
lo que a recursos, ideas y tipos de actividades se refiere. Con ello se alcanza un mayor
bienestar cuando el final puede estar cerca.
En nuestra cultura o tener síntomas es un indicador de debilidad. En general, a todo ser humano
le es más agradable expresar, comunicar, etc. sucesos positivos que hechos con connotaciones
de descontento. Tener que manifestar la aparición de nuevos síntomas o la persistencia de
estos y el malestar que producen no siempre es fácil para la persona enferma. Detrás de esto
puede existir el temor a una respuesta desagradable por parte del especialista, cuestionamiento
sobre el seguimiento del tratamiento farmacológico, falta de interés, vanalización... revirtiendo en
un reproche hacia la persona enferma cuyas energías van disminuyendo y cuya fuerza merma
su capacidad para insistir.
Por otro lado, la familia está formada por diferentes miembros que figurativamente están
enlazados en forma de vasos comunicantes. Cada miembro ejerce uno o más roles de los que a
su vez el resto de los componentes se beneficia.
El papel de queja, por ejemplo, puede ejercerlo únicamente uno de estos miembros,
beneficiándose los demás, no sólo por los resultados, sino porque ellos también han formado
parte de la misma permitiendo que se llevara a término.
La mayoría de las personas que trabajan en el ámbito de la sanidad pueden conocer situaciones
donde el enfermo tímidamente confiesa sentirse mejor y la familia, entonces, se sorprende, ya
que momentos antes el enfermo podía estar quejándose y lamentándose. El enfermo consciente
de que su salud está en manos del equipo médico no quiere ser antipático ante el personal
sanitario y menos ante su médico; por tanto, se le hará difícil transmitir noticias desagradables
más aún cuando se trata de segundas visitas.
De aquí la importancia de escuchar a la familia para que ella pueda transmitir también su
información y punto de vista. De esta forma, el equipo creará un clima que permita la suficiente
confianza como para que el enfermo se sienta cómodo expresando su lamento y la familia se
anada al mismo entrando de esta forma en una red de cooperación.
El dolor es aquel síntoma que está presente en la mayoría de los casos de enfermedad
oncológica en estado avanzado. Es también quizás el más difícil de medir en cuanto a
intensidad. Se podría decir que es el que lleva consigo más connotaciones subjetivas, puesto
que no es visible.
La presencia de dolor es un signo claro de que el cuerpo, o una parte de él, no está bien y por
tanto recuerda que existe una enfermedad que lleva consigo una serie de riesgos, generando un
círculo que se sucede sin principio ni fin.
De nuevo aquí se hace imprescindible la aportación de la familia para que el equipo asistencial
pueda hacer un diagnóstico lo más ajustado posible a la situación y ofrezca las medidas
adecuadas para disminuir el dolor.
Solicitar a la familia que observe cuáles son los momentos en que el enfermo manifiesta
dolor y en qué circunstancias.
Ensenarles a llevar a cabo todas aquellas medidas no farmacológicas de las que el
enfermo se puede beneficiar.
Fomentar la comunicación, la distracción, romper rutinas, etc.
El interés que el equipo sanitario manifieste en poder controlar el dolor aportará seguridad tanto
a enfermos como familiares.
En la medida en que se crea una estrecha colaboración y el equipo puede hablar abiertamente
con el enfermo y familia de la multidimensionalidad del dolor y de sus distintos significados, es
probable que se obtengan mejores resultados que si únicamente se trata del dolor como un
síntoma aislado.
Cuando el dolor se cronifica y se han agotado todo tipo de medidas para disminuir la intensidad
del mismo, enfermo y familia requerirán un esfuerzo de adaptación aún más complejo.
El dolor crónico es un indicador claro de riesgo de claudicación tanto del enfermo como de la
familia dado que se pierden las esperanzas; se pueden agudizar, de nuevo, sentimientos de
enojo, amenaza y confusión.
Hay situaciones en las que el enfermo delega ciertas obligaciones en la familia tales como la
obtención de la información diagnóstica, la evolución y pronóstico de la enfermedad, o, como se
menciona en el apartado de los síntomas, en las que la familia puede erigirse como portavoz
con el beneplácito de la persona enferma.
Algunos profesionales pueden vivir este hecho como una intromisión y/o manipulación,
provocando sentimientos de rechazo hacia los familiares transmisores. Si bien es cierto que a
veces la familia se precipita en tomar responsabilidades de las que se debería hacer cargo la
persona enferma, también es cierto que a menudo el profesional enjuicia a la familia con mucha
rapidez.
Se considera el trato con la familia crucial por las distintas razones que se han ido reflejando en
los diferentes apartados de este capítulo (en lo que se refiere a la atención, los cuidados, la
distracción, etc.) pero existen, además, situaciones en las que familia y equipo pueden no llegar
a un acuerdo, como sucede en algunas ocasiones en el momento del alta hospitalaria.
De hecho, parecería fácil dejar en manos de la persona enferma la decisión del alta. En
cuidados paliativos uno de los objetivos a llevar a término es el de ayudar al enfermo a cumplir
con sus deseos, pero de nuevo será necesario efectuar una buena interpretación de los mismos.
Por ejemplo, cuando el enfermo manifiesta el deseo de volver al domicilio, no siempre es una
decisión razonada, sino que puede estar transmitiendo su deseo de mejorar la enfermedad y ser
dado de alta.
Es posible que el enfermo, con intención de no incomodar a los profesionales, espera que sea la
familia quien tome las riendas de esta situación.
1. Los propios sentimientos de los profesionales: "yo a mi padre lo cuidé en casa hasta el
final".
2. Por la presión de la Administración "este no es un centro de terminales", "el hospital no
es una guardería".
3. Por enjuiciamientos ciertos o no como "no lo quieren", "parece mentira ... a nosotros no
nos da ningún problema".
Como comenta la Dra. Twigg estos dilemas no siempre son solucionables y se mezclan
sentimientos, responsabilidades, reproches, etc. pero también dice que en la medida en que se
ha podido ejercer una atención intensa facilitando seguridad, compromiso, reforzando la
capacidad familiar de hacer frente a situaciones complejas, el riesgo disminuye. Si el resultado
no es el esperado, será necesario analizar la situación y tomar responsabilidades.
Si los equipos de cuidados paliativos no pueden cubrir las necesidades sentidas, deben
comunicarlo a la familia sin necesidad de culpabilizarlos. Algunas de estas respuestas pueden
ser:
Existen, además, otras situaciones que no tienen que ver con el alta médica, que generan
dilemas igualmente complicados y que requieren una actitud ética suficientemente coherente a
fin de evitar complicaciones posteriores. Algunas medidas terapéuticas como las transfusiones,
algunas intervenciones quirúrgicas, sedaciones, etc. pueden ser solicitadas por el enfermo, la
familia, o planteadas por el propio equipo. Algunos aspectos a tener en cuenta en la toma de
decisiones son:
Nuestro entorno geográfico, administrativo y político está formado por personas con usos,
costumbres, modos de interpretar e interaccionar con el medio no siempre iguales. Por otra
parte, contribuye a esa diversidad la presencia de personas y familias procedentes de otros
países con culturas que, en ocasiones, presentan diferencias notorias.
Cada vez más frecuentemente, la sanidad se encuentra con personas a las que, por
determinados motivos, se le hace difícil atender. Uno de estos grupos son los formados por
aquellas personas que han realizado un proceso migratorio y no obtienen su permiso de
residencia. La dificultad estriba en que, si bien la atención sanitaria está garantizada por ley a
toda persona que reside en un territorio, hasta que esta no reside de manera regularizada,
(proceso que puede tardar más de un ano desde la llegada), no se le asigna médico de
cabecera. La falta de un referente de atención primaria puede complicar la detección y el
tratamiento de enfermedades, sin contar con que no se garantiza siempre continuidad en la
atención ni derivaciones a médicos especialistas. Por otra parte, la persona enferma, al no estar
afiliada a la Seguridad Social, no tiene derecho a beneficiarse de las recetas médicas, hecho
que, unido a los problemas económicos existentes, dificulta que se puedan realizar los
tratamientos prescritos o la detección precoz de enfermedades.
Además de estos factores, el equipo que atiende a la familia de una persona con enfermedad
terminal, que ha realizado un proceso migratorio, debería ser especialmente sensible a una serie
de aspectos: cultura, religión, idioma, duelos anteriores a la migración, la migración como duelo,
proceso de adaptación al medio comunitario, red familiar y social, tiempo desde que reside en el
territorio... Tener estos datos e interpretarlos adecuadamente puede prevenir la falta de
comunicación y el descontento de equipo y familia. Las normas de una institución y la diversidad
cultural pueden convivir si se buscan elementos comunes en lugar de trabajar desde la
diferencia.
Si bien entendemos que en ocasiones la interculturalidad no es un proceso fácil, sólo existe una
manera de hacerla posible: la convivencia, la comunicación, la aclaración de posturas, el
compartir puntos de vista y de diálogo. Abrir o crear espacios que facilitan el intercambio de
posiciones permite acercar opiniones cuando existen divergencias. Y esto es válido tanto para
familias autóctonas como para familias inmigradas. El matiz es que además de duelos
anteriores, el proceso migratorio constituye una pérdida en sí mismo.
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