GLOSARIO:
• ademán: gesto.
• heder: expeler un olor desagradable y penetrante
• lerdo: torpe.
• zarandear: agarrar a alguien por los hombros o los brazos moviéndolo con violencia.
• ciénaga: lugar o paraje lleno de cieno o pantanoso.
• resoplido: respiración fuerte y ruidosa.
• sorna: tono burlón con que se expresa ironía.
• condescendiente: que se acomoda por bondad al gusto y voluntad de alguien.
• maître: encargado de dirigir a los camareros en un restaurante.
• insalubre: que causa daño a la salud.
• groggy: Dícese del boxeador que pierde momentáneamente el conocimiento. Aturdido, atontado por un
choque físico o moral.
EL PAILÓN
JAIME HAGEL, ESCRITOR CHILENO
Acababa de cortarle la punta a un habano con mi vieja cortaplumas (un recuerdo, por supuesto. No me
gustan las cosas antiguas, pero esta cuchillita sevillana me la había regalado mi abuelo) cuando sentí que
alguien entraba a mi pieza sin haber golpeado previamente a la puerta. Era un muchachón de cuerpo
amorfo que me miró con ojos de ciego. Sentí una inmediata repelencia al verlo. Un gusano vestido con
ropas de espantapájaros.
Tenía pensado permanecer allí una semana por un asunto de propiedades. Me fue fácil orientarme en esa
ciudad, pues había pasado allí buena parte de mi infancia y adolescencia. No había cambiado. La gente
seguía con la vista mi pesado automóvil. Lo único nuevo era el hotel donde dos mozos se precipitaron
sobre mis maletas. El conserje, de exagerada elegancia, me miró afablemente, a mis órdenes, pero a los
dos segundos, toda sumisión se esfumó de su semblante y fue reemplazada por una expresión de
superioridad burlona.
—¡Tú! —exclamó incrédulo. Lo miré sin sorpresa, algo fatigado por el viaje.
—Deme la pieza más grande o una suite, si tiene. Me voy a quedar un par de días. Sus ojos burlones se
volvieron ahora curiosos. Me pasó una ficha.
—Déjate de bromas —la sorna volvía— tú eres... A ti te decíamos... ¿Oye, de dónde sacaste esa pluma?
Miraba la Montblanc hecha a mano, un obsequio de mis secretarias.
—Estoy cansado —le confié—. ¿Todavía existen esos camarones aquí? No supo responderme.
Antes, por lo menos, la ciudad era famosa por sus camarones de río. Un mozo me guió a una
confortable suite. Después de ducharme y cambiarme de ropa, salí a dar una vuelta con la no
muy clara intención de echarle un vistazo a las propiedades de la plaza de armas, en la que me
detuvo un gordo mal vestido:
—¡Epa! —me dijo casi riéndose—. No me digas. Yo sé quién eres. Te teníamos un sobrenombre...
No le respondí, pero me detuve.
—Claro, claro —continuó—, eres tú.
Reinicié mi marcha dejando que el gordo se riera solo. Varios me miraban de arriba abajo, un
forastero, pero luego me reconocían y la expresión de burla condescendiente iluminaba sus
rostros. En el hotel, cené camarones y vino blanco. Deliciosos, no los había comido tan grandes
en mi vida. El maître comenzó a recitarme los platos de fondo, pero yo me repetí los camarones.
Valían la pena.
El día siguiente lo dediqué a mis negocios. Era toda una manzana la que les iba a comprar a un
grupo de propietarios quebrados o venidos a menos. Demolería todas esas casas feas e
insalubres para levantar algo realmente nuevo.
Los atendí en la salita de mi suite. El primero en entrar me miró atónito para hacer enseguida un ademán de
desprecio con su mano derecha. Asfixió una risa y dio la vuelta dispuesto a abandonar la pieza.
—Ofrezco tres millones por su propiedad. Al contado —le dije con sequedad. No quería perder tiempo. Se
detuvo y me examinó. Zapatos, pantalones, camisa, peinado. Luego recorrió la suite con su mirada, las
maletas de cuero, los libros sobre el velador... Su semblante se transformó:
—¿Eras tú el que fue a ver las casas en un Mercedes esta mañana? ¿Y a los otros? ¿Cuánto les ofreces?
—Lo mismo.
No hacía diferencias por tamaño. Todas esas casuchas hedían.
De eso iba a surgir algo fuerte y sólido y no sin cierta gracia.
—Acepto.
—Bien, pase al bar del hotel donde le servirán algo, a mi cuenta, por supuesto. Espere a que termine con los
demás. Mi abogado examinará después los papeles. Eso es todo.
Todo resultó satisfactoriamente. Una vez solo, hice que subieran hielo y una botella de whisky. Al parecer, el
garzón que trajo la botella dejó la puerta abierta, pues, de repente apareció este muchacho desagradable y
con cara de asustado. Algún hijo de algún propietario que venía a pedir que diera algo más. O qué sé yo.
—Siéntate —le dije. Después de todo, las entrevistas habían sido más breves de lo que me había
imaginado. El torpe muchachón no hizo el menor caso a mi ofrecimiento amable.
—¿Quieres un trago? —este en su vida debía de haber probado un etiqueta negra ni de ningún otro
color. Me di cuenta de que llevaba una de esas redes que suelen usarse para atrapar mariposas.
—¿Juntas insectos? —le pregunté dominando mi antipatía, no deseaba ser hosco.
—No —dijo con voz blanda, los labios sueltos
—. Voy a ir a pescar camarones al río.
—Conque esas tenemos. Te comprendo. Son exquisitos. ¿O los pescas para vender?
—No. No, para vender. No los he comido nunca.
Y se quedó allí inmóvil mirándome fumar. Sus zapatos estaban deformados, la ropa raída, pero no era
esa ropa deportiva agradable en su desgaste, sino que prendas sin gusto cuya fealdad se acentuaba
por el exceso de trajín.
—Chao —exclamó sorpresivamente—, me voy.
Escuché sus pasos flojos por el pasillo. Me reí. Seguramente no pescaría nada. Entonces decidí
darme una vuelta. Salí y comencé a seguir al tontorrón en su camino al río. Una oruga, eso era lo que
parecía. Una enorme y repelente oruga disfrazada de muchachón. Se balanceaba al caminar, los pies
separados recordaban a los cómicos del cine mudo, lerdo y con una torpeza que le salía de la
médula. En una esquina, un grupo de escolares adolescentes lo zarandeó un rato. Uno lo empujaba
cual saco inerte en contra de otro que lo recibía para volverlo a tirar contra un tercero.
El muchacho oruga parecía un boxeador groggy. Movía en forma lamentable y sin fuerzas sus
brazos para conservar el equilibrio. La pandilla se olvidó inmediatamente de él. Pasé entre ellos sin
mirarlos y, afortunadamente, sin ser mirado.
Un precario muelle de tablas oscurecidas por la humedad se internaba unos veinte metros, a ras
de agua y barro, por aquel dudoso suelo. Balanceándose con irritante monotonía, el bobo este se
metió por ahí en medio del lodazal. Una de las tablas cedió, se quebró sin ruido alguno.
El muchachón perdió pie y equilibrio y cayó como un bulto a la ciénaga, a más de un metro del
muellecito.
Más que un grito, lo que se escuchó fue un resoplido de animal. La masa informe se movió
pesadamente mientras se sumía en el barro de quizás cuántos metros de profundidad. Sin
sacarme el habano de la boca contemplé el cuadro como un espectador, una película. No saldría.
Era demasiado fofo, demasiado inerte. No sería capaz. Se entregaría sin lucha siquiera. Sin duda,
ya estaba muerto de puro miedo y sus escasos y desmañados movimientos eran inconscientes.
Unos dedos seguros se sujetaron de una champa de pasto. Levantó, de pronto, la cabeza, un
cuello larguísimo la sostenía. Pataleó, primero en forma desordenada y luego rítmicamente. Me
acerqué un par de pasos. Estaba luchando. Luchando bravíamente. Decidido con toda su alma a
vivir. Algo había cambiado también en su semblante. Los dientes apretados. Los músculos
masticadores se dibujaban tensos en sus mejillas. Tenía los ojos desencajados por el coraje. Era
una imagen de avidez y furor.
Creí realmente que iba a morir. Me aproximé lo más que pude. Una mano se aferró a una de las
estacas, sus dedos sangraban. Emitiendo pequeños quejidos que nada tenían que ver con el
dolor y mucho con la bravura, se arrastró, porfiado, respirando ruidosamente, hacia la superficie
de las tablas. Por primera vez, tuve deseos de socorrerlo, pero no fue necesario en absoluto. La
lucha por la liberación y la transfiguración había terminado con éxito, sin necesidad de ayuda. Se
puso de pie no sin cierta gracia a pesar de su aspecto enlodado, y se hurgó en los bolsillos.
Sonrió al comprobar que no había perdido su cortaplumas, un regalo de su abuelo. Un
cortaplumas español en forma de navaja sevillana que aún guardo. Después de todo, es el único
recuerdo que tengo de mis antepasados.
Hagel, J. (1990). El pailón. En ¡A quemarropa!: Cuentos premiados en Chile y en el extranjero. Santiago de Chile: Editorial Travesía.
(Fragmento).