COMPOSICIÓN ARQUITECTÓNICA IV: COMPOSICIÓN DEL JARDÍN Curso 2018-19
PRÁCTICA 1: REFLEJOS Y VACÍOS EN EL JARDÍN. PATIO DE LOS ARRAYANES Y RYÔAN-JI
“En el origen, en todas las cosas del universo no existía el concepto de grande o pequeño;
lo grande o lo pequeño solo existen en el espíritu del hombre”.
Muso Soseki, monje zen, Diálogos del sueño. s. XIV
Patio-jardín de los Arrayanes, Alhambra de Granada, España, s. XIV Jardín de Ryôan-ji, Kioto, Japón, s. XV
“Caminando por un estrecho y oscuro túnel de la Alhambra, se me entregó, sereno, callado y solitario, el hermoso
patio de los mirtos de ese antiguo palacio. Contenía lo que debe contener un jardín bien logrado: nada menos que el
universo entero”. Luis Barragán, Discurso Premio Pritzker, 1980.
“Querido Corbu, todo aquello por lo que hemos estado luchando tiene su paralelo en la antigua cultura japonesa.
Este jardín de rocas de monjes Zen -de rocas y grava blanca- podría ser de Arp o de Brancusi, un deleitante punto
de paz”. Walter Gropius, postal del Ryôan-ji enviada a Le Corbusier desde Japón en junio de 1954.
Objetivo: Se plantea una reflexión sobre el jardín como representación de una idea metafísica más allá de lo
puramente formal, a través de dos interesantes conceptos, el reflejo y el vacío, entendidos a partir de dos ejemplos
vistos en clase, el Patio de los Arrayanes de la Alhambra de Granada, España, y el jardín de Ryôan-ji en Kioto,
Japón.
Contenido: Se propone la realización de una secuencia de imágenes, mediante técnica libre, que relacione ambos
conceptos trabajando sobre los dos jardines, pudiendo incluirse referencias a otros jardines a partir de los
mencionados, y ampliando los conceptos a otros como dimensión, escala, profundidad, dualidad, etc.
Mecánica: La práctica se realizará en equipos de cuatro alumnos, como máximo, que previamente deberán buscar
la información necesaria para la realización de la práctica en clase, que se organizará en dos partes: una parte de
reflexión y trabajo por equipos y una segunda parte de breve presentación pública de las ideas desarrolladas. La
práctica se presentará en una única lámina en formato DIN A3 en posición horizontal; cada equipo nombrará un
responsable que será el encargado de subir la lámina en formato PDF a la plataforma del Campus Virtual de la
asignatura a lo largo de las dos semanas siguientes.
“Mientras en Europa se abandonaba el modelo del hortus conclusus medieval y en Italia aparecían las primeras
manifestaciones de un jardín clásico, regido por una estricta geometría de ejes y cuadrículas, en el otro extremo del
mundo, en Japón, ya se había desarrollado un modelo totalmente diferente de jardín, basado en la aparente
ausencia de forma y en la representación del vacío. El karesansui (“jardín seco de montaña y agua”) de la tradición
zen, representa una de las cotas más altas de esencialización en la historia del jardín; baste para ello pensar en el
Ryôan-ji, paradigma por excelencia de este tipo de jardines, construido hacia 1499 en el templo del mismo nombre,
en Kioto, una de las máximas expresiones del refinamiento del periodo Muromachi (1338-1573). La disposición de
las piedras sobre la superficie de gravilla cuidadosamente rastrillada de forma homogénea, a excepción de las
ondas en torno a los grupos de piedras, crea un sentido único del tiempo en el orden del jardín, pensado para la
contemplación estática, en ausencia total de movimiento. El tiempo parece congelarse en este espacio reducido,
que presenta idéntica apariencia a lo largo de los siglos, sin apenas cambios visibles: las piedras mantienen el
aspecto original, se lavan y se mantienen cuidadosamente arregladas; la gravilla se rastrilla cada mañana de la
misma forma desde hace varios siglos. El tiempo transcurre fuera, al otro lado del muro que delimita el jardín:
mediante la técnica del shakkei se incorpora el paisaje exterior, estableciendo un sutil diálogo entre el paisaje
interior, inmutable, y el paisaje exterior, sujeto a las mutaciones propias del cambio de las estaciones, haciendo que
fluya el fuzei, ese viento de la emoción que debe envolver tanto al jardín como a su diseñador, según indicaba el
Sakuteiki, el manual clásico del jardín japonés. Dentro de esa atmósfera se desarrolla un doble juego conceptual: la
ausencia de escala y la configuración del vacío. El maestro zen Muso Soseki -también llamado Muso Kokushi-
(1275-1351), famoso calígrafo y diseñador de jardines (autor del célebre jardín del Saiho-ji, o Kokedera, en 1339,
conteniendo, además de una conocidísima escena de un estanque con islas, uno de los primeros paisajes secos de
Japón), había escrito, en su texto Diálogos en el sueño: “En el origen, en todas las cosas del universo no existía el
concepto de grande o pequeño; lo grande o lo pequeño solo existen en el espíritu del hombre”. Este argumento se
evidencia, de manera magistral, en el Ryôan-ji: tiempo y espacio se dan la mano para enmarcar un vacío que no
tiene dimensión, representando los principios del mu (“sin”, ausencia de algo) y del ma (“vacío”, espacio entre dos
cosas) del pensamiento zen. Toda una lección de filosofía contenida en un pequeño jardín de quince piedras,
dispuestas en tres grupos de 3, 5 y 7 piedras cada uno, siguiendo un principio de equilibrio inestable, también
recogido en el Sakuteiki, armonizando una secuencia rítmica que genera un efecto de dinamismo dentro de la
composición, que seduce y atrapa al espectador. Según el arquitecto Tadao Ando, el Ryôan-ji representa la idea de
pérdida de centro característica de la cultura japonesa: en contraposición a la cultura occidental, el centro del jardín
está ocupado por el vacío, por la ausencia de materia, lo que intensifica esa congelación del tiempo. La distancia
entre las piedras se convierte también en una medida de tiempo. Rocas lejanas para el espectador que no puede
tocarlas, paisajes que se distancian en una profundidad blanca, infinita, montañas-islas que se difuminan en un mar
de ¿nubes? ¿niebla? ¿tiempo?; al igual que sucede con la pintura sumie, tan representativa de la elegancia y
refinamiento del periodo Muromachi como el propio karesansui, en la cual los elementos naturales se funden con el
fondo hasta desaparecer en el blanco; en el Ryôan-ji, las formas de las piedras se desvanecen en el blanco, en el
vacío construido, enmarcado.”
Darío Álvarez, extracto de “El karesansui moderno: Mirei Shigemori e Isamu Noguchi” (El jardín japonés. Tecnos,
2015)