1.
El nacimiento del ALBA-TCP en el crisol contemporáneo de las
izquierdas latinoamericanas
El proceso de construcción del bloque regional latinoamericano que responde
al prolijo nombre de Alianza Bolivariana para las Américas-Tratado de
Comercio de los Pueblos, popularmente más conocido por sus siglas ALBA,
tiene sus orígenes en el proyecto político del Socialismo del siglo XXI de Hugo
Chávez, Presidente de Venezuela, desde febrero de 1999. Fue ese mismo año
cuando Chávez presentó por primera vez el embrión de lo que más tarde sería
el ALBA bajo el nombre de Confederación de Estados de América Latina.
Nombre que pone de manifiesto la voluntad de su promotor inicial de someter
desde el principio la dimensión económica a lo político (Mansur y Morales,
2007; Fermín y Eudis, 2009). La propuesta, sin embargo, no recogió el eco
internacional esperado. Habría que dejar pasar otros dos años para que, en el
seno de la Tercera Cumbre de Jefes de Estado de la Asociación de Estados
del Caribe que se llevaría a cabo en el 2001 (ALBA, 2010), las propuestas de
Chávez comenzaran a ser escuchadas con seriedad. En este foro Chávez
propuso de nuevo impulsar una integración regional en América Latina como
alternativa a la propugnada en aquellos mismos años por Estados Unidos bajo
la figura de la Asociación de Libre Comercio para las Américas (ALCA). Su
propuesta, que ya bautizó como ALBA (por entonces acrónimo de Alternativa, y
no Alianza, Bolivariana para las Américas), era la de una integración no
reducida a la dimensión económico-comercial, como propugnaba el alca, sino
articulada desde un proyecto más amplio de naturaleza político-cultural y desde
principios de solidaridad y complementariedad comercial planificada, más que
de competencia y libre mercado. El primer país en recoger la invitación fue la
Cuba castrista. Juntos, Venezuela y Cuba pondrían la primera piedra de este
nuevo edificio regional el 14 de diciembre del año 2004 (ALBA, 2010).
El bloque comenzó a aumentar y alcanzar masa crítica en 2006 con la
adhesión de una Bolivia apenas conquistada democráticamente por el mas
(Movimiento al Socialismo) de Evo Morales y García Linera, con similitudes
ideológicas con el Socialismo del Siglo XXI de Chávez, pero también con sus
características idiosincráticas, las que emanan de su ideología indianista y que
se incorporarían al edificio en construcción del ALBA, imprimiéndole un ligero
cambio de diseño. Así, por ejemplo, el ALBA añadió al proyecto inicial de
Chávez la propuesta del mas de establecer un Tratado de Comercio de los
Pueblos. El ALBA se convierte de esa manera en el ALBA-TCP (ALBA, 2010).
Otras adhesiones llegarían en los años sucesivos conforme toda una serie de
gobiernos de izquierda, de corte ideológico semejante, van accediendo al poder
en la región: la Nicaragua que vive el regreso de los sandinistas (enero, 2007),
la pequeña Dominica (enero, 2008), la Honduras de un convertido Zelaya
(agosto, 2008), San Vicente y las Granadinas, Antigua y Barbuda en 2009 y,
finalmente, en junio de ese mismo año, Ecuador, tras la victoria de la Alianza
País encabezada por Rafael Correa, cuya composición político-ideológica es
muy semejante a la boliviana (alianza de mestizos y criollos de izquierdas y
organizaciones y partidos indígenas). La adhesión de Ecuador se produjo en
una cumbre, la séptima, en la que el ALBA, sin cambiar de siglas, muda su
primer apellido de nacimiento, Alternativa, por el de Alianza. En octubre de
2009, el nuevo presidente de Paraguay, el ex obispo y teólogo de la liberación
Fernando Lugo, también expresó su voluntad de incorporar su país al ALBA-
TCP, pero a la fecha esa decisión parece haber quedado aparcada por la
oposición de un parlamento paraguayo dominado por el Partido Colorado, de
corte derechista. Los íltimos países en coquetear con el grupo del ALBA han
sido Guyana y Surinam, sin que tampoco se hayan unido todavía a la alianza
como miembros de pleno derecho (Gobierno Bolivariano de Venezuela, 2010).
El ALBA-TCP es apenas un recién nacido en la arena de las organizaciones
internacionales. Más allá de todos los juicios de valor que se han hecho y
puedan hacerse al respecto, puede decirse de él que es, sin duda, un proyecto
original, diferente a las fórmulas de integración regional conocidas y
preexistentes. Y esta originalidad justifica por sí misma plenamente un análisis
del fenómeno desde las ciencias sociales. Se define a sí mismo como
fuertemente dirigido desde lo político (no podía ser de manera distinta, pues
está impulsado por gobiernos que abogan por la masiva intervención del
Estado en la organización y regulación de la economía), que no descuida los
factores económicos como el crecimiento, la industrialización y la productividad,
pero que quiere ponerse al servicio del desarrollo social mediante la promoción
de la cooperación, la solidaridad y la complementariedad. Se propone como un
mecanismo para planificar desde lo público las relaciones económicas y
comerciales entre países, evitando o reduciendo en lo posible la competencia
destructiva y fomentando la cooperación y las sinergias. Y todo esto como
expresión de una encrucijada ideológica donde crecen y se mezclan, con la
lógica del collage posmoderno, casi todas las corrientes del pensamiento social
de izquierda, las más antiguas y las más recientes —a veces fuertemente
entretejidas— que han florecido en América Latina en los últimos dos siglos: el
panamericanismo de los criollos liberales (Naim, 2004), el anarquismo y el
agrarismo; el indigenismo (a la vez panamericanista y particularista); el
populismo (Laclau, 1977); el desarrollismo de la CEPAL y sus teorías
geopolíticas de la dependencia (Prebisch, 1963; Tussie, 2009); el anti-
colonialismo y el imperialismo del Movimiento de los No Alineados (Azzi y
Harris, 2006); el marxismo-leninismo (en particular en su versión
tercermundista y latinoamericana representada por Guevara y Castro); la
Teología de la Liberación; el federalismo —por qué no— de inspiración
europea (Azzi y Harris, 2006; Cabrera 2010) y, finalmente, toda la gama de
corrientes que se pretenden hijas legítimas de la posmodernidad: desde el
ecologismo al feminismo pasando por el neo-marxismo humanista, el neo-
anarquismo, el pacifismo, la transmutación del indigenismo en indianismo y, por
último, con un gran peso e influencia, el movimiento altermundialista de
contestación al proceso de globalización neoliberal. El ALBA-TCP se puede
considerar así como un retoño de los desarrollos ideológicos de la
posmodernidad, uno y múltiple a la vez, construido sobre la base de la
heterogeneidad y la difuminación de los límites categóricos. Por eso el ALBA-
TCP es un proyecto que se reclama a la vez total (proyecto político, económico,
social, identitario, cultural, filosófico y moral) y heteróclito, que trata de recopilar
toda esta diversidad de voces y articularlas en sólo un discurso polifónico. Y a
pesar de las dificultades y de ciertas contradicciones ideológicas imposibles de
ocultar, este discurso resulta razonablemente coherente. Al menos como
discurso.
Tres ingredientes principales predominan en este potaje abigarrado de
ideologías que es el ALBA-TCP:
1. Un proyecto pan-nacionalista de confederación política (Naim, 2004; Mansur
y Morales, 2007) que incluirá, en la visión de Chávez, incluso la dimensión
militar (Mansur y Morales, 2007; Alttman, 2008).
2. Un proyecto estatista de desarrollo bajo el ya clásico modelo de sustitución
de importaciones (desarrollo endógeno por un Estado "productor" y
fuertemente regulador) (Alttman, 2008).
3. Un internacionalismo altermundialista lanzado desde América Latina para sí
misma pero también para todo el planeta, con el objetivo de construir un mundo
multipolar, sostenible y más igualitario. Esos son los cotiledones de la semilla
del ALBA, que acaba de plantarse. Una naturaleza poli-mórfica que ha querido
expresarse plásticamente en su mismo nombre, edulcorado por los tonos
literarios que forman parte de propia esencia humanista y utópica de la
tradición filosófica, preñada de estética barroca, de la izquierda
latinoamericana. Si la palabra "Bolivariana" deja traslucir la doctrina pan-
americanista que tiene en Simón Bolívar su referente icónico —aunque él no
haya sido ni el primero ni el único en predicarla 1 (Fermín y Eudis, 2007)—, las
palabras "Alternativa" y "ALBA" introducen la idea de un proyecto de alteridad,
de visión política y económica "alternativa" —también se podría llamar
"heterodoxa"— que nació al mismo tiempo que el movimiento antiglobalización,
como una rama de su mismo tronco (Saguier, 2007). La sigla ALBA en sí
misma pretende ser un juego de palabras, un acrónimo alternativo al "otro" de
su némesis, el alca, cuya existencia o su potencialidad de existencia le dio su
primera razón de ser. Una sigla que altera sin destruir por completo la
estructura del acrónimo al que se opone, que sigue siendo reconocible: una
metáfora muy elaborada para transmitir la idea de que el ALBA, como el
altermundismo en sí, no niega la globalización o el sistema-mundo, y mucho
menos las relaciones comerciales internacionales, pero quiere construirlas con
otro molde, cambiando algunas letras, algunos de los pilares de su estructura.
"Otro mundo es posible", dice el lema altermundista con el que quiere animar a
las masas a luchar cada día para contribuir a su despegue. En su discurso, el
ALBA también se afirma partera de esta altervisión de la historia y se inviste del
papel de portador de un nuevo amanecer, aurora, "ALBA" de la civilización, que
vendría a iluminar el mundo con la luz de un nuevo humanismo.
2. ¿El ALBA como "Eje del Mal" Latinoamericano? El bloque regional
bolivariano en el ojo de un huracán geopolítico
Sin embargo, esa imagen rósea con que los muñidores del ALBA publicitan su
propuesta, contrasta con la Leyenda Negra que sus detractores han ido
tejiendo en torno a ella. El ALBA no es el único proyecto que propone una
reforma de la división internacional de la economía y del comercio. En las
últimas décadas los intentos de reestructuración de las lógicas y los
desequilibrios de la economía global se han, de hecho, multiplicado por todo el
mundo, siendo los más significativos los defendidos por unos pocos grandes
bloques regionales (como el Mercosur) y las potencias emergentes (como
Brasil, India, China). Estas resistencias han, de hecho, cosechado algunos
resultados significativos: a las potencias emergentes se debe, por ejemplo, el
fracaso de la Ronda de Doha (Baldwin, 2006) y en el aborto del alca tuvieron
tanto protagonismo los esfuerzos de Chávez y Morales por combatirlo con su
alternativa como los grandes países del Mercosur celantes de su propio bloque
(Fritz, 2007; Tussie, 2009). La arena de las negociaciones comerciales
internacionales ha estado siempre trufada de retóricas bélicas (y de alianzas,
contra-alianzas y maniobras hostiles virtuales) pero contra el ALBA se ha
abatido una ola de hostilidad política y mediática absolutamente
desproporcionada en relación con el modesto peso que tiene su bloque de
naciones, sea en el terreno geopolítico —carece apenas de capacidad de
acción o presión en sus foros más importantes, como la ONU, la OMC o el G-
20 (Azzi y Harris, 2006)— o en el terreno estrictamente económico —el PIB
conjunto actual de sus ocho miembros es ligeramentemente inferior al de
Argentina en solitario (CIA, 2010). Un fenómeno cuya explicación debe
buscarse en el peso que la dimensión geopolítica tiene en este asunto (Naim,
2004).
Desde su nacimiento, el ALBA-TCP ha quedado atrapado en una lógica de
confrontación geopolítica que es descrita por la propaganda más radical de
ambos lados en términos que recuerdan a épocas pasadas, como si se tratara
de una repetición de escenarios políticos de la Guerra Fría: en términos de
lucha entre el marxismo y la democracia liberal (entre los críticos del ALBA),
entre imperialismo y anti-imperialismo (entre sus sostenedores). América Latina
está reviviendo, en paralelo y como consecuencia del proceso de construcción
del ALBA, una nueva edición de la sempiterna confrontación entre las fuerzas
nacionalistas de izquierda y el gobierno de Estados Unidos, el centro del
sistema-mundo capitalista en general y sus aliados nativos en Latinoamérica.
Y, como en el pasado, las fuerzas que se oponen al proyecto heterodoxo han
desplegado toda la panoplia de estrategias a su alcance, desde la injerencia
directa a la diplomacia, pasando por la guerra mediática y académica. Y todo
ello en el contexto de una era que se anuncia a bombo y platillo como post-
bipolar. Valgan como muestra los siguientes ejemplos: el primer ataque directo
contra las ideas que hay detrás del ALBA ocurrió antes de nacer ésta y fue
dirigido contra el cuartel general del que después sería su primer valedor: en
2002 las fuerzas de oposición de la derecha venezolana orquestaron un
confuso golpe de Estado contra el Presidente Chávez proclamando durante
algunas horas al presidente de las Cámaras de Comercio (precisamente de
comercio) como jefe de gobierno. Algunos autores han aportado indicios que
apuntan a la complicidad de la administración norteamericana en la
preparación del golpe (Vulliamy, 2002; Forero, 2004). Pero en cualquier caso,
si no directamente apoyada por las potencias occidentales, la jugada recibió al
menos señales positivas de aprobación desde Estados Unidos y la Unión
Europea, ya fuera por parte de ciertos gobiernos —entre ellos el de España
(Vulliamy, 2002; Clark, 2003)— o de los medios de comunicación (Bartley y
O'Briain, 2003). Después de dos días de enfrentamientos en las calles, el golpe
fracasó, dejando como triste saldo un puñado de muertos cuya autoría aún se
imputan mutuamente chavistas y antichavistas (Palacios, 2004). Pero la
oposición no se dio por vencida: se transmutó en feroz campaña de petición de
un referéndum revocatorio del mandato presidencial. Para obligar a Chávez a
convocarlo recurrió a una huelga salvaje que paralizó durante varios meses la
empresa petrolera estatal, PDVSA, el motor y corazón del sistema productivo
venezolano, poniendo la economía del país de rodillas. El régimen chavista
superó la huelga y ganó el referéndum democráticamente, como ha sido
reconocido por la comunidad de observadores internacionales (Carter, 2004).
La virulenta hostilidad de esta estrategia de oposición obtuvo una reacción
contraria a la deseada, el mismo tipo de deriva que había causado el embargo
y el golpe/invasión de Bahía Cochinos en Cuba 43 años antes: la posición de
Chávez y sus aliados se radicalizó, redobló su retórica antiimperialista y anti-
neoliberal, y convirtió su política internacional en prisionera de una manía
persecutoria que explicaría en buena medida la deriva autoritaria que el
régimen experimenta a partir de este momento (tampoco exenta, por cierto, de
cierto grado de magnificación e intencionada manipulación demagógica). El
fracaso de esta concatenación de maniobras hostiles habría tenido otro efecto
secundario inesperado: la materialización del ALBA, en parte como resultado
del fortalecimiento del chavismo posterior al golpe, en parte como una
estrategia destinada a proteger al régimen bolivariano con un paraguas de
legitimidad y apoyo internacional (El Troudi, 2005; Fermín y Eudis, 2009).
Venezuela contraatacó, pues, con la creación del ALBA en 2004, pero también
con otros actos de fuerte calado internacional como su campaña durante todo
ese año en contra de la firma del alca (en alianza con Cuba, los movimientos
sociales y las organizaciones indígenas de todo el continente, entre las que
destacaba la figura de un Evo Morales que aún no se había aupado a la
presidencia de Bolivia). La puesta en marcha del alca, un proyecto que había
nacido en 1991 de manos de George H. Bush, estaba ya anunciada para enero
de 2006 pero los Estados latinoamericanos, dominados por gobiernos de signo
izquierdista, decidieron en la iv Cumbre de las Américas en Mar del Plata, en
noviembre de 2005, rechazar su firma. La movilización de Chávez y sus aliados
fue importante aunque no la única causa en el fracaso final de las
negociaciones del alca. El siguiente hito sería la salida de Venezuela de la
Comunidad Andina de Naciones (CAN) en abril de 2006 (Alttman, 2008),
justificada por la decisión de dos de sus miembros, Colombia y Perú, de firmar
un acuerdo bilateral de libre comercio con Estados Unidos. Venezuela adujo
que la firma de dichos tratados por parte de Estados pertenecientes a un
bloque regional que había eliminado muchas barreras comerciales internas
equivalían en la práctica a un ingreso indirecto de Venezuela en una zona de
libre intercambio comercial con Estados Unidos, que el país no deseaba ni
había decidido (Fritz, 2007). Dichas firmas se inscribían en la estrategia de
Estados Unidos tras la derrota de Mar del Plata: impulsar Tratados de Libre
Comercio (TLCS) bilaterales con Estados aliados de centro-derecha, estrategia
que Katz (2006) denomina, muy gráficamente, de "balcanización comercial". La
estrategia consiguió, de hecho, provocar la implosión "balcánica" del bloque de
integración regional más antiguo de Sudamérica. Pero si la presentación de los
tlcs bilaterales como actos agresivos puede tener mucho de elaboración
propagandística por parte de los Estados del ALBA, no es menos cierto que el
proyecto heterodoxo del ALBA se ha enfrentado con actos reales de fuerza y
presión. Por ejemplo, al día siguiente de la adhesión de Bolivia al ALBA,
Estados Unidos derogó el Acuerdo Preferencial de Comercio que tenía con ese
país, con claras intenciones punitivas (Cabrera, 2010) y mostró una clara
simpatía por el violento alzamiento regional de Santa Cruz contra el gobierno
de Morales (García Mérida, 2008). El acto más grave de todos lo constituyó, sin
embargo, el golpe de Estado del 28 de junio de 2009 perpetrado por el ejército
y la derecha de Honduras contra el presidente Zelaya. A pesar de haber sido
condenado por todos los organismos y gobiernos internacionales (ONU, OEA,
Mercosur, Unión Europea, por supuesto el ALBA, la debutante administración
Obama [ BBC, 2009] o gobiernos latinoamericanos de tendencia conservadora
como el colombiano), el nuevo gobierno nunca fue ni ha sido sometido a ningún
tipo de sanción continuada o presión internacional efectiva. Estados Unidos y el
Banco Mundial retiraron su ayuda económica en los primeros meses y algunos
países europeos llamaron a consulta a sus embajadores. Pero todo ello por un
periodo muy breve de tiempo. El golpe de Estado triunfó y el nuevo gobierno de
Porfirio Lobo, salido de las urnas en noviembre de ese año, fue reconocido por
Estados Unidos y la UE (Los Angeles Times, 2009). El golpe pronto logró
también uno de los objetivos clave por los que había sido orquestado: el 13 de
enero de 2010 Honduras abandonó oficialmente el ALBA-TCP, cuya firma en
2008 había hecho saltar todas las alarmas en la derecha de ese país
(El Universal, 2010).
El conflicto se ha combatido también en otro frente decisivo cuyo teatro de
operaciones son las salas de conferencias de las universidades, las oficinas de
los think tanks, la prensa, el mundo virtual de internet y las ondas de los medios
de comunicación. Una guerra ideológica combatida con ardor por ambas
partes. Sobre los países del ALBA y sobre el ALBA en sí misma se ha escrito
de todo (Ali, 2006): Medios de comunicación tan prestigiosos como Foreign
Policy (Reich, 2009), Foreign Affairs (Schifter, 2007), Financial Times (Mander,
2008), The New York Times (2006), The Washington Post (Vargas Llosa,
2009), The Economist (2010), han arremetido de contra el ALBA, haciendo
análisis demoledores sobre sus economías presentes y vaticinios apocalípticos
sobre sus evoluciones futuras (Elliot, 2008; The Economist, 2010). Sus políticas
de nacionalización han sido acusadas de comunismo y piratería (Mora y León,
2005); sus dirigentes han sido satanizados como aliados y patrocinadores del
fundamentalismo islámico (adl, 2006; Peña Esclusa, 2009); se ha agitado
constantemente el espantajo de la dictadura marxista en Venezuela; se ha
hablado de la conformación de una "Venecuba" unida (Oppenheimer, 2010); se
ha rescatado del olvido la vieja teoría del dominó de Foster Dulles (De Bruin,
2008), herramienta ideológica de la Guerra Fría que justificó la guerra de
Vietnam, o se han querido aportar datos para demostrar la existencia de una
guerra subterránea del régimen venezolano contra Estados Unidos (Schoen y
Rowan, 2009). Ciertos autores y actores del conflicto, entre ellos prominentes
miembros de la administración Bush como Otto J. Reich (2005) han incluso
etiquetado el ALBA o sus países integrantes como una rama colateral del
famoso "Eje del Mal" bushiano: el "Eje del Mal Latinoamericano" (Texier, 2003;
Free Republic, 2003; Crespo, 2003; Reich, 2005; El Ojo Digital, 2010). En el
otro bando, por su parte, todos los embates se encontraron con las diatribas
encendidas, preñadas de histrionismo, clásicas de la teatralidad política de la
izquierda latinoamericana. Y a veces también con reacciones de inesperada
ironía.2 Pero tampoco han faltado las lluvias de datos que intentan demostrar
los efectos positivos de las nuevas políticas tanto a nivel nacional como a nivel
del ALBA: los programas de asistencia social, el círculo virtuoso de crecimiento
económico en marcha... (ALBA, 2010).
¿Cómo explicar toda esta agresividad? Parte de la misma tiene que ver con el
hecho de que algunos de los promotores del ALBA son viejos protagonistas de
entonces de la Guerra Fría, como los hermanos Castro en Cuba, Daniel Ortega
en la Nicaragua neo-sandinista o los ex-comba-tientes de las guerrillas de los
años setenta presentes en el gobierno venezolano —por ejemplo, el Ministro de
Energía y Economía, Alí Rodríguez Araque (Maxwell, 2000)— y boliviano —el
vicepresidente Álvaro García Linera (Jofre, 2005). Sin embargo, éste también
sería el caso de otros gobiernos latinoamericanos de izquierdas, como Brasil,
Uruguay o el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) en El
Salvador, los dos últimos en el poder desde 2009 (Daily Telegraph, 2009;
Bremer, 2009), sin que ello haya despertado reacciones hostiles tan
significativas. Sin duda, las reacciones que despiertan el pasado guerrillero de
ciertas izquierdas sudamericanas no pueden compararse con la fuerte carga
emotiva que tienen en Estados Unidos fenómenos como la dictadura castrista o
el sandinismo de Ortega, contra los que se ha combatido directamente, o el
nuevo fenómeno del chavismo. También se combatió contra el FMLN, se
objetará, pero mientras éste, como los gobiernos en Brasil o Uruguay, ha
dejado aparcadas definitivamente sus veleidades marxistas y de confrontación
con las potencias capitalistas, estos otros siguen estancados en ellas.
Paradigmático es el caso de la Venezuela de Chávez, alma mater y sostén
principal del ALBA: un régimen que ha vuelto a recurrir (aunque sólo sea
parcialmente) a las viejas retóricas y estéticas del marxismo latinoamericano de
los años sesenta y setenta y que ha experimentado desde su llegada al poder
una sustancial deriva autoritaria, reflejada, entre otras muchas cosas en el
cierre progresivo de la mayoría de los medios opositores, a las que el régimen
denomina el "latifundio radioeléctrico y mediático" (El País, 2007; El
País, 2009; Vinogradoff, 2009); el acoso (RTVE, 2008) y cierre de comercios
pertenecientes a emblemáticas franquicias americanas como Mac
Donald's o Wendy —para erigir en su lugar, en un caso concreto, una estatua
de Fidel Castro (Libertad Digital Internacional, 2010)—; la infiltración de
militares cubanos en el aparato de inteligencia y seguridad del Estado (Petit,
2011) o su apoyo apenas velado a las guerrillas marxistas colombianas (Rico,
2008; El País, 2008), todo lo cual condujo al Parlamento Europeo a emitir una
dura condena contra Chávez en febrero de 2010 (La Nación, 2010).
Sin embargo, aunque pueda haber, sin duda, una relación muy fuerte entre
ciertos países del ALBA y dichas dinámicas herederas de la Guerra Fría, el
ALBA como bloque regional y como proyecto en sí mismo es mucho más que
una mera excrecencia del chavismo o el castrismo: primero, porque está
integrado por otros Estados cuyo pedigrí democrático está, al menos de
momento, fuera de toda duda; Estados que, como el caso de Bolivia, han
imprimido también una profunda huella ideológica en la conformación del
bloque y sus orientaciones para la acción; segundo, porque cuando nos
alejamos de las trincheras de la AGITPROP de ambos bandos y nos
trasladamos al terreno de los modelos y políticas económicas que propugna el
ALBA, las similitudes con el marxismo y el pasado se debilitan sustancialmente.
Porque el ALBA no es en absoluto una propuesta basada en un programa
marxista ortodoxo, del pasado, sino más bien un proyecto sui generis de
naturaleza socialdemócrata que se ofrece como una especie de "tercera vía"
en Latinoamérica entre el neo-liberalismo y los viejos modelos económicos del
estatismo marxista. Una "tercera vía" que Hugo Chávez ha resumido muy
sintéticamente con estas propias palabras:
Nuestro proyecto no es ni estatista ni neoliberal; nosotros somos exploradores
de la vía media, donde la mano invisible del mercado estrecha la mano visible
del Estado: Todo el Estado que sea posible, todo el mercado que sea
necesario (Chávez, en Linares 2007:135).
Muchos indicios demuestran que el ALBA no pretende ser un proyecto anti-
sistémico radical o anti-occidental (Elliot, 2008), sino un híbrido entre las
políticas desarrollistas de ya larga tradición en América Latina y el alter-
mundismo de raíz humanista. La complejidad de la realidad latinoamericana
presente no se reduce de ninguna manera a los patrones bipolares del pasado.
¿Cómo explicar si no que algunos de los países del ALBA estén exportando
más a Estados Unidos que otras economías que no pertenecen al bloque? El
15% del PIB de Venezuela lo constituyen las exportaciones a Estados Unidos,
la mayoría en forma de petróleo, y para Nicaragua la cifra es del 26% contra el
1,6 de Argentina, el 5,5 de Chile y el 5,1 de Colombia (Weisbrot, Schmitt y
Sandoval, 2008). ¿Cómo explicar que Honduras y Nicaragua no abandonaran
el CAFTA (Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y Estados Unidos)
después de unirse al ALBA; y por el contrario, que los miembros del Frente
Sandinista de Liberación Nacional votaran en bloque su ratificación entusiasta
apenas regresaron al poder (Orgaz, 2008, Presidencia de la República de
Nicaragua de 2008)? ¿Y cómo explicar entonces la petición de adhesión de
Venezuela al Mercosur3 —un bloque ideológicamente mucho más "ortodoxo"
(Fritz, 2007)? Para explicar esta decisión venezolana algunos autores han
recurrido a expresiones y metáforas tan pintorescas como "esquizofrenia
política" (Romero, 2006; Sanahuja, 2009), pero los análisis en ciencias sociales
recomiendan siempre huir del sensacionalismo acientífico, así como de
visiones maniqueas y reduccionistas. Varias razones pueden aducirse para
explicar la dura oposición que ha enfrentado y sigue enfrentando el ALBA:
1. Su debut en sociedad coincidió con la administración más derechista en
Estados Unidos desde la era Reagan.
2. La importancia geoestratégica de Venezuela, quinto productor mundial de
crudo y miembro de la OPEP, ha magnificado la preocupación por los discursos
antioccidentales y las "amistades peligrosas" de algunos miembros del ALBA,
empezando por ella misma: sus posición crítica frente a la política de guerras
preventivas norteamericanas (Afganistán, Irak) o los coqueteos diplomáticos y
comerciales de algunos de ellos (en especial Chávez) con los regímenes
petroleros y anti-norteamericanos de Saddam Hussein (Chávez fue el primer
jefe de Estado en visitarlo después del año 1991), Gadafi o Irán —con quien
Venezuela sella un tratado comercial en 2006 (Elliot, 2008). Son
probablemente estas jugadas políticas y económicas concretas y no el historial
o la imagen marxista lo que haya hecho sonar las alarmas en Estados Unidos:
las maniobras de Chávez dentro de la OPEP para mantener alto el precio del
petróleo y forzar la sustitución del petrodólar (uno de los pilares de la
hegemonía económica norteamericana) por el euro (Paul, 2006; ap, 2009); el
trueque de petróleo por servicios que opera a través del ALBA y que escapa al
mecanismo circular del petrodólar, perjudicando también así los intereses
norteamericanos (Clark, 2003); los planes para crear una gran empresa pública
de petróleo en América Latina, "Petroamérica" (Mayobre, 2005) que pueda
competir con las grandes multinacionales del sector; su agresiva campaña
contra el alca... ¿Han provocado el triunfo de la ex guerrilla del FMLN en El
Salvador o del "montonero" Múgica en Uruguay reacciones similares? No,
porque ellos no se han puesto, como sí lo han hecho, en cambio, los líderes del
ALBA, en la primera línea de combate para socavar el status quo económico
global. El ALBA tuvo su bautismo de fuego en la Cumbre de Mar del Plata, en
la que 15 años de estrategia comercial de Estados Unidos para el continente
americano se fueron por la borda en un solo día. El gobierno de Estados
Unidos poco acostumbrado a perder, digirió mal este fracaso, señalando a
Chávez, Morales y al ALBA como los culpables del mismo (Seoane y Taddei,
2009). La realidad, como se sabe, es que se trató de una decisión soberana de
los gobiernos impulsada por los intereses del bloque del Mercosur, entre los
que no estaba, por cierto, Venezuela.
3. Hay también factores que podríamos llamar de psicología social. Por un lado
debemos tener en cuenta el papel que juega en todo este drama un conjunto
de estados psicológicos que parece ser inevitable: la hybris de los poderosos
tolera muy mal el desafío de los pequeños, cuyo antagonista dialéctico no es
otro que la rabia de los débiles que se traduce en dogmatismo y victimismo
antiimperialista. En cualquier caso, cualquiera de los dos estados opuestos
provoca visiones distorsionadas de la realidad. Las reacciones que el proyecto
del ALBA ha recibido en los países desarrollados han oscilado entre la alarma,
la demonización, la ironía o el menosprecio condescendiente. Las reacciones
atávicas que despierta en una parte de la sociedad estadounidense la palabra
"socialismo" —pensemos que incluso Obama ha sido atacado como "socialista"
e incluso "comunista" por los medios conservadores de su país (CBS, 2009)—
azuzadas por la presencia del histórico archienemigo Castro en el proyecto del
ALBA, han coadyuvado, sin duda, a forjar entre ciertos sectores
norteamericanos (y en menor medida europeos) esa imagen del ALBA como
una excrecencia de aquel "Eje del Mal" al que la demagogia política de la
administración Bush había dado vida en 2002 (BBC, 2002). Venezuela nunca
se incluyó oficialmente en la lista de países pertenecientes a dicho "Eje", pero
hay que recordar que Cuba era miembro vitalicio de la misma incluso antes de
que esa expresión existiera. En esa línea, los detractores euro-
norteamericanos del ALBA quisieron leer desde el principio el acercamiento
entre Cuba y Venezuela como un deslizamiento del segundo hacia el marxismo
ortodoxo sin considerar la posibilidad de que fuera el régimen cubano el que
estaba, gracias a su asociación con las democracias parlamentarias del ALBA,
dando los primeros pasos —es cierto que muy tibios todavía y quizá
meramente oportunistas— hacia un nuevo modelo de socialismo. La realidad
hoy en día, sin embargo, parece inclinarse más por la primera tendencia que
por la segunda.
La demonización del proyecto del ALBA refleja una cierta incapacidad para leer
el subtexto cultural e instrumental de la comunicación política de los líderes del
ALBA. El Occidente no ha sido capaz de hacer otra cosa que tomar en serio,
como un acto literal de hostilidad, o tachar de bufonería histriónica el exceso
verbal desplegado por líderes como Chávez, Castro, Morales, Ortega o Correa,
sin tener en cuenta que todo ese aparato discursivo puede leerse en paralelo
como una estrategia calculada de propaganda política destinada a alimentar y
conservar unos altos niveles de compromiso por parte de sus bases populares,
compromiso que les es absolutamente necesario para mantenerse en el poder
frente a la feroz resistencia interna que despierta su proyecto. Para las masas
latinoamericanas, el discurso anti-imperialista tiene funciones de adrenalina y
de cemento político al mismo tiempo. Esa adrenalina se suministra por medio
de formas de teatro político exageradamente enfáticas quizá, trufadas de
lugares comunes y de tópicos victimistas, fruto de una larga tradición histórica,
que ciertamente son diferentes a las empleadas en Norteamérica o en Europa.
Esta incomprensión intercultural, aunque puede ser espontánea en algunos
sectores de la opinión pública euro-norteamericana, está lejos de ser inocente
a nivel de los grupos organizados de interés y de las estructuras de poder.
Todo parece apuntar a una estrategia impulsada por campañas de propaganda
que son simétricas a las desplegadas por los gobiernos del ALBA, y que se
inscriben en una similar tradición histórica: la de la construcción cultural de los
enemigos externos como bárbaros peligrosos cuya mera existencia constituiría
una potencial amenaza que justifica la política exterior, incluidas las acciones
hostiles preventivas.
4. Por último, el ALBA es un bloque de países pequeños y pobres en
comparación con otros países de América Latina, lo que reduce
sustancialmente los costes de una política de confrontación con el mismo, ya
sea en términos económicos (la posible pérdida de sus mercados puede
sacrificarse en aras de una estrategia geopolítica más importante) o en
términos políticos (su peso en el contexto internacional, a pesar de
la hipercinética actividad diplomática de Chávez, es pequeño más allá de la
esfera simbólica). Es evidente que las reacciones de Estados Unidos y Europa
a políticas muy similares (oposición al alca o a la Ronda de Doha, relaciones
comerciales y políticas con países proscritos como Cuba o Irán) no han sido las
mismas cuando los protagonistas fueron, por ejemplo, Brasil o el Mercosur. El
Mercosur, por ejemplo, firmó un acuerdo económico bilateral con Cuba en 2008
(SELA, 2009) sin que la prensa internacional haya hecho sonar las alarmas.
Atrapada en las turbulencias de una atmósfera geopolítica tan polarizada, es
muy difícil llevar a cabo una reflexión serena de los aciertos o fracasos del
ALBA-TCP. Consciente de la batalla en la que está inmerso el ALBA, este
trabajo intenta construirse desde el más neutral de los rigores académicos
posibles, tratando de tomar distancia de las partes implicadas en el conflicto. El
trabajo no pretende, en absoluto, ser una vindicación del ALBA y de sus
prácticas pero tampoco una crítica demoledora y apriorística del mismo. Espero
sinceramente que esta voluntad de rigor haya sido ya percibida en las páginas
precedentes. En ellas se han intentado mostrar brevemente las distorsiones de
la realidad urdidas por ambos bandos y se ha dejado claro que no se defiende,
como hacen ciertos sectores intelectuales comprometidos ideológicamente con
la izquierda, a ningún régimen sólo por el hecho de enarbolar discursivamente
las banderas de la solidaridad y la justicia social. Quiero por ello subrayar con
firmeza la naturaleza dictatorial del régimen castrista y recordar que existen
indicios de una deriva autoritaria de la República Bolivariana de Venezuela.
Pero también quiero apuntar la prepotencia y la agresividad de gobiernos como
el norteamericano y la demonización exagerada a que han sometido a algunos
de los gobiernos del ALBA.
El ALBA no puede ni debe identificarse exclusivamente con el Socialismo del
siglo XXI de Chávez, aunque eso sea lo que se ha hecho en ciertos círculos. El
ALBA no puede ni debe identificarse tampoco en exclusiva con las políticas de
Cuba o Venezuela, aunque eso sea lo que se ha dicho en ciertos círculos. El
ALBA es otra cosa, es un proyecto y una organización multinacional,
multilateral, en la que se agrupan países a los que separan tantas diferencias
como similitudes tienen en el proceso que los ha unido: una economía
estatalizada y 7 economías de mercado, con pesos diferentes de sus sectores
públicos; una dictadura militar, un régimen personalista con tendencias
autoritarias crecientes y 6 democracias parlamentarias. No reconocer esto y
meter a todos los países del ALBA en el mismo saco de la demonización
marxista sería equivalente, de alguna manera, como haber dicho lo mismo de
la onu sólo porque en su asamblea se sentaba la Unión Soviética, la misma
Cuba o China.
El ALBA es, ante todo y sobre todo, un programa, pues su creación en la
práctica es aún un embrión que apenas ha empezado a dar frutos. Un embrión
que podría incluso ser abortado antes de implantarse definitivamente, pues la
carencia de un consenso nacional interno en sus países miembros liga su
continuidad a la de los gobiernos concretos que lo promueven. Gobiernos que
más tarde o más temprano tendrán que abandonar el poder (y este
razonamiento es aplicable a todos, incluida la dictadura castrista). El caso de la
salida de Honduras tras la deposición de Zelaya es una prueba fehaciente de la
extrema fragilidad del proyecto. Una volatilidad que sitúa al ALBA en una
posición muy diferente a la del resto de procesos de construcción regional
actualmente en marcha en el planeta. Nos será necesaria una perspectiva
histórica, probablemente al menos una década de distancia, antes de que
puedan extraerse las primeras conclusiones significativas y empíricamente
válidas sobre los resultados —políticos y/o económicos— de este proyecto. Por
el momento, los datos empíricos sobre los logros concretos del ALBA son muy
escasos (Harris y Azzi, 2006), la mayor parte de la información, como ya
hemos visto, es sospechosa de estar contaminada por graves sesgos
ideológicos (Elliot, 2008) y la mayoría de sus ambiciosos proyectos (ALBA,
2010) están aún en el punto de partida. El ALBA se encuentra en status
nascendi, sus estructuras organizativas en construcción: el ALBA carece de un
tratado constitutivo como el de la Unión Europea, se sustenta sólo sobre
declaraciones, y apenas hace un año empezó a dotarse de una estructura
institucional permanente (Fermín y Eudis, 2009; ALBA, 2010).
Es por ello que un trabajo de investigación honesto, que no pretenda añadir
más confusión sobre este fenómeno debe, en nuestra opinión, centrarse por el
momento fundamentalmente en el estudio del programa del ALBA, limitando el
análisis de la praxis tan sólo a pequeñas y cautelosas incursiones muy bien
documentadas. En este sentido los campos posibles de investigación que se
ofrecen al académico son por el momento muy limitados. Nosotros, como reto
metodológico al que invitamos a participar a todo aquel estudioso que desee
acercarse al análisis del ALBA, proponemos los siguientes: a) Análisis de las
corrientes de pensamiento que han contribuido a construir el edificio del ALBA,
identificando todos los componentes de su ideología, sus orígenes históricos y
las relaciones dialécticas o simbólicas entre ellos; b) La identificación y análisis
de las relaciones entre los actores sociales (Estados, partidos políticos,
movimientos sociales, medios de comunicación y las organizaciones
supranacionales) que comparten escenario con el ALBA.
3. El ALBA y su relación con los Nuevos Movimientos Sociales
altermundistas
Fiel a estas recomendaciones, este ensayo propone rastrear y analizar una de
las dos grandes ramas del árbol genealógico del discurso ideológico del ALBA-
TCP: el altermundismo. Hemos decidido empezar por aquí porque creemos
que es la línea más original del fenómeno, la que le da su sello de identidad
histórica más genuino. La que nos permite, además, demostrar la relativa
novedad y autonomía ideológica del proyecto del ALBA —al menos sobre el
papel— con respecto al marxismo castrista y al autoritarismo chavista.
Dejamos para otro trabajo el análisis de la otra rama, la del proyecto
nacionalista-desarrollista: un fenómeno interesante, pero decididamente menos
original.
Lo que distingue a este proyecto de otras "terceras vías" en la historia reciente
de América Latina, propuestas y encabezadas por hombres fuertes de
izquierda hasta cierto punto similares a Chávez, como Torrijos en Panamá
(1968-1981), Velasco Alvarado en el Perú (1968-1975), Juan José Torres en
Bolivia (1970-1971) o Guillermo Rodríguez Lara en Ecuador (1972-1976) es,
precisamente, su alianza con los Nuevos Movimientos Sociales
(NMS) altermundistas y su extensión más allá de las fronteras en una red de
relaciones supranacionales de las que el ALBA es quizás el nodo más
importante pero no el único.
La primera literatura sobre los NMS, desde su nacimiento en las "revoluciones"
de Mayo del 68, los definía a partir de sus objetivos, más culturales y sociales
que económicos y políticos, y hacía hincapié en su independencia de los
mecanismos políticos institucionales. Signos de identidad que les conferían su
derecho a ser etiquetados como posmodernos (Touraine, 1978; Castells,
1997). Los NMS parecían haber encontrado su razón de ser en el ámbito de la
para-política: en las ongs, los medios de comunicación, las manifestaciones
y sit-in, los happenings culturales, los movimientos autogestionarios de barrios
y comunidades rurales. Un evento que marcó, desde el contexto
latinoamericano, un antes y un después para todos los NMS del planeta fue el
Foro Social de Porto Alegre, porque allí convirtieron sus objetivos en globales y
se entretejieron todos en una red de alianzas global, transformándose en lo que
denominamos alter-mundismo (Polet, 2008). La siguiente evolución del
fenómeno vendría protagonizada por la convergencia de los NMS con la
política "formal", una alianza con los gobiernos y partidos de izquierda que
decidieron utilizar el nuevo potencial de movilización de estos movimientos
para alcanzar o conservar el poder. Ello requirió una adaptación de los rígidos
marcos ideológicos de los partidos políticos (marxistas o socialdemócratas)
para incorporar el coro polifónico, multívoco y lábil, de ideologías nacidas de los
tiempos postmodernos. Dicha convergencia es perfectamente detectable en
todos los países que ahora forman parte del ALBA, excepto, quizás, en Cuba.
Por citar solamente algunos ejemplos: Venezuela, con su Movimiento v
República, sostenido por los así llamados Círculos Bolivarianos, asociaciones
de la sociedad civil (Hawkins y Hansen, 2006; Ramírez, 2006); el mas en
Bolivia, surgido del movimiento indianista-sindicalista de cultivadores de coca
(Stefanoni y Do Alto, 2007); y la Alianza País de Correa en Ecuador (Lucas,
2007), de la cual fue un pilar fundamental el partido Pachakutik, brazo político
de la Confederación Nacional de Indígenas de Ecuador (CONAIE). Esta
articulación entre política formal y NMS caracteriza la segunda etapa del
movimiento altermundialista, esa que Cassen y Ventura (2010) han
denominado "post-altermundismo". El ALBA puede entenderse en este sentido
como la extensión de esta alianza en una red internacional, proceso que habría
generado como resultado un "regionalismo post-liberal" (Sanahuja, 2009) o
"neo-internacionalismo" (Seoane y Taddei, 2009).
¿De qué maneras se habría expresado esta particular articulación post-
moderna entre política y NMS en el caso concreto del ALBA? Un análisis
detallado del fenómeno lleva a sintetizarlas en los siguientes puntos.
1. Su pedigrí de nacimiento. El altermundismo siempre se ha presentado como
un antagonista directo de los proyectos de regionalismo neoliberal, ya desde su
fase pionera (los neo-zapatistas levantándose simbólicamente en armas el día
de la entrada en vigor del TLCAN, 1 de enero de 1994) y más tarde en su fase
de consolidación (la lucha contra la OMC y el proyecto del alca fue el
catalizador que provocó la fusión de los NMS de cada país en la Alianza Social
Continental (ASC) y en el Foro Social Mundial (Demirdjan, 2006; Fritz, 2007). El
ALBA nació en este contexto. Durante la iv Cumbre de las Américas en Mar del
Plata en noviembre de 2005, Morales y Chávez organizaron una puesta en
escena muy efectiva junto con la ASC para movilizar a la opinión pública
continental en contra del alca: se organizó la iii Cumbre de los Pueblos,
también conocida como la "anticumbre", la caravana del ALBA (ALBA Express)
y ambos líderes se dieron un baño de multitudes acompañados por una
pléyade de personalidades de las artes y el deporte (Serrano, 2005; Harris y
Azzi, 2006). El rechazo al alca era un clamor popular que los gobiernos no
podían ignorar. En Brasil, una consulta popular organizada en 2002 por más de
60 organizaciones de la sociedad civil había arrojado un rechazo del 90%
(Tussie, 2009).
2. La incorporación de los NMS altermundistas a su estructura institucional. En
el contexto de una nueva concepción de la democracia (de abajo hacia arriba,
participativa) las colaboraciones institucionales entre el ALBA y los NMS son
recíprocas. Algunos ejemplos de ello:
• 88 organizaciones de campesinos e indígenas reunidas en el Congreso de
CLOC/Vía Campesina en octubre de 2005, hicieron pública la siguiente
declaración: "Nos unimos al ALBA y nos comprometemos a contribuir a su
formulación, desarrollo y aplicación futura" (Harris y Azzi, 2006).
• Los líderes del ALBA asisten con frecuencia a los eventos altermundistas. En
el encuentro "Enlazando Alternativas 2" que se celebró en Viena en 2006,
Morales y Chávez se comprometieron a dar participación a los NMS y ONGS
en el ALBA (Azzi y Harris, 2006).
• Esta promesa se ha hecho realidad en la vi Cumbre del ALBA, en el año
2008, donde se han dado los primeros pasos para la creación de una
estructura institucional permanente para la organización basada en el modelo
europeo de los Consejos de Ministros de los gobiernos nacionales. Al mismo
nivel jerárquico del Consejo Político, el Consejo de Programas Sociales y el
Consejo de Complementariedad Económica se creó el Consejo de Movimientos
Sociales (ALBA, 2010). Ciertas fuentes independientes, sin embargo,
manifiestan el escaso poder de decisión que este Consejo tiene en la praxis,
lamentando que hasta ahora la construcción de "abajo hacia arriba" se haya
quedado solamente en el papel (Azzi y Harris, 2006; Alttman, 2008). Sin negar
la verdad que hay en ello, no debemos subestimar el poder de influencia que
los movimientos sociales tienen para alterar los planes de los gobiernos. Un
ejemplo notable de esto fue el rechazo de los movimientos sociales a la
propuesta de Chávez, en la misma VI Cumbre del ALBA, de introducir un
organismo militar, el Consejo de Defensa, en la estructura orgánica del bloque
(Fermín y Eudis, 2009). La propuesta de Chávez no fue aprobada y en dicha
derrota fue fundamental la firme postura del movimiento altermundista, para
quien el anti-militarismo es parte de un credo irrenunciable.
3. Su modus operandi en redes flexibles y de geometría variable. Al igual que
las ONGs altermundistas, el ALBA, incluso ahora que está en proceso de
dotarse de un marco institucional estable y definido, no parece funcionar como
una organización supranacional tradicional sino por medio de una especie de
federalismo flexible, post-westfaliano y post-estatal (Rojo 2000) que trabaja con
la lógica de red descrita por Castells (1997). Los países del ALBA son, así, a la
vez miembros de una federación supranacional y nodos autónomos con la
capacidad para mantener o crear otras redes: Nicaragua y Honduras son (eran
en el caso del segundo) miembros del ALBA y del CAFTA
contemporáneamente; Venezuela ha pedido el ingreso al Mercosur, y es
miembro de la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN /UNASUR);
Ecuador de la CAN y la CSN/UNASUR y todos ellos miembros de la ALADI
(Asociación Latinoamericana de Integración) (SELA, 2009). Esta lógica de red,
copiada del movimiento altermundista, se extiende también más allá de las
instituciones formales de integración regional para crear alianzas bilaterales
sólo en ciertos sectores. Así, en Petrocaribe, un programa del ALBA que ofrece
petróleo venezolano a precios preferenciales, participan países como Haití o
Jamaica, que no pertenecen al ALBA ni a ninguno de los otros organismos
latinoamericanos. Lo mismo puede decirse de TVSur, una de las voces
mediáticas del ALBA, en el que participan, también, Argentina y Uruguay, 4 o el
Banco del Sur, constituido en 2007 por Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador,
Paraguay y Venezuela como alternativa al Banco Mundial y en el que ahora
también está Colombia. Una red que se extiende también fuera de las
instituciones creando alianzas de un nuevo tipo (gubernamental/no
gubernamental) entre las ONG y el ALBA: es el caso, por ejemplo, de los
proyectos que el MST brasileño lleva a cabo en Venezuela (Harris y Azzi,
2006).
Bajo esta lógica de red, el ALBA actúa al mismo tiempo en el ámbito de la
política y de la para-política, como la organización supranacional de sello
posmoderno que es, y en esa lógica sus fronteras se desdibujan, se vuelven
imprecisables, ciertamente no reducibles del todo a las de sus siete u ocho
estados. Esta es una las razones que convierten cualquier intento de
demonizar al ALBA —o de clasificarlo en rígidos moldes de confrontación
ideológica al identificarlo como un producto exclusivo del chavismo— en un
temerario ejercicio de ceguera intelectual. Demonizando al ALBA se están
demonizando extensas redes de actores sociales que poco tienen que ver con
Venezuela y sus derivas autoritarias. Pero esta estrategia de expansión
reticular, aunque factible en la mayoría de las esferas parapolíticas no está
exenta de dificultades y conflictos de identidad en terrenos más institucionales,
especialmente en el ámbito de los proyectos de integración regional formal,
donde las contradicciones pueden ser incompatibles con la lógica de la
apertura indiscriminada. El caso de los enfrentamientos que dieron lugar a la
salida de Venezuela de la can o el rechazo que despierta su integración al
Mercosur son la prueba más palpable.
4. La coincidencia casi total entre el manifiesto ideológico y programático del
ALBA y el del alter-mundismo. A demostrarlo dedicaremos el siguiente
apartado, en el que se realizará un análisis comparativo entre un manifiesto
altermundista y el programa del ALBA.
4. Los puntos programáticos del ALBA y el manifiesto altermundista de
ATTAC: una comparación sistemática
Hemos elegido para hacer este ejercicio el manifiesto de ATTAC (Asociación
por la Tasación de las Transacciones Financieras y la Acción Ciudadana), una
ONG fundada en 1998 en Francia y con una red de representación muy densa
en España. Ya hemos descrito los lazos profundos que unen al ALBA con el
movimiento anti-globalización en América Latina. Es por eso que queremos
ahora alejarnos un poco de ese continente con el objetivo de ofrecer un marco
de comparación lo más amplio posible. La comparación con ATTAC nos
permitirá colocar el fenómeno del ALBA en un marco verdaderamente mundial.
ATTAC es, por otra parte, hasta ahora, la única ong radicada en países de la
OCDE que, como sus hermanas latinoamericanas, ha logrado resultados
concretos en el campo político (fue muy influyente en la victoria del no en el
referéndum sobre la Constitución Europea en Francia en 2007 y es una de las
organizaciones detrás del movimiento de los "indignados" del mes de mayo de
2011 en España). La comparación con un manifiesto equivalente del ALBA no
es posible, puesto que éste sencillamente no existe. El programa del ALBA no
ha sido todavía sistematizado en un único documento sintético, por lo que se
utilizarán varios, todos ellos obtenidos de la página web de la organización.
Para hacer más gráfico el ejercicio de comparación y poner en relieve sus
profundas similitudes, se situarán los extractos de los textos en columnas
contiguas. Se complementará el análisis, allá donde se pueda, con ejemplos de
la aplicación en la práctica de estos principios por parte del ALBA.
ALIANZA BOLIVARIANA PARA LOS PUEBLOS DE NUESTRA AMÉRICA –
ALBA-TCP
La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de
Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), es una plataforma de integración de los
países de América Latina y el Caribe, que pone énfasis en la solidaridad, la
complementariedad, la justicia y la cooperación. Es una alianza política,
económica y social en defensa de la independencia, la autodeterminación y la
identidad de los pueblos que la integran.
Nace el 14 de diciembre de 2004 por un acuerdo firmado entre Venezuela y
Cuba, como forma de integración y unión de América Latina y el Caribe. Se
proponía un modelo de desarrollo independiente con prioridad en la
complementariedad regional que permita promover el desarrollo de todos y
fortalecer la cooperación mediante el respeto mutuo y la solidaridad.
Para abril del 2006 se enriquece la ALBA con la propuesta del Tratado de
Comercio de los Pueblos (TCP), que es un instrumento de intercambio solidario
y complementario entre los países, destinado a beneficiar a los pueblos en
contraposición a los Tratados de Libre Comercio.
En junio del 2009, los Jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros
decidieron que el ALBA – TCP se denominará “Alianza Bolivariana para los
Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos” (ALBA –
TCP) en el entendido que el crecimiento y fortalecimiento político del ALBA –
TCP la constituye en una fuerza real y efectiva.
Actualmente la integran la República Bolivariana de Venezuela, República de
Cuba, Estado Plurinacional de Bolivia, República de Nicaragua, Mancomunidad
de Dominica, República del Ecuador, San Vicente y las Granadinas, Antigua y
Barbuda, y Santa Lucía.
OBJETIVO DE LA ALBA-TCP
La ALBA no alberga criterios mercantilistas ni intereses egoístas de ganancia
empresarial o beneficio nacional en perjuicio de otros pueblos. Busca tener una
amplia visión latinoamericanista, que reconozca a la integración como motor
del desarrollo e independencia de nuestros pueblos, siendo capaz de lograr lo
que Bolívar concibió “ver formar en América la más grande nación del mundo,
menos por su extensión y riqueza que por su libertad y gloria”, y que Martí
llamó la “América Nuestra”, para diferenciarla de la otra América,
expansionista y de apetitos imperiales.
LA IMPORTANCIA DE CONSTITUIR EL ESPACIO ECONÓMICO DEL ALBA
Entre las resoluciones alcanzadas en la XI Cumbre del ALBA, efectuada en
Caracas, en febrero de 2012, una de las más destacadas es la decisión de
constituir el Espacio Económico del ALBA-TCP o ECOALBA-TCP. No solo por
tratarse de un acuerdo que manifiesta la creciente conciencia de que América
Latina y el Caribe deben profundizar rápidamente su integración económica,
sino también, por ubicar y determinar incluso el camino y el modo de lograr el
principal desafío que actualmente enfrentamos: la conservación y ampliación
de las capacidades productivas de todos y cada uno de nuestros países.
Actualmente nos encontramos asistiendo a la emergencia de un nuevo orden
económico mundial, que conlleva transformaciones sociales y políticas tan o
más profundas que aquéllas que dieron lugar a la “Revolución Industrial”. Pues,
de modo análogo a lo sucedido en el s. XIX, cuando transformaciones
institucionales posibilitaron separar el trabajo de la tierra, desde la década de
los años 1970 nos hallamos en presencia de cambios normativos que permiten
liberar el capital del trabajo, siendo la crisis financiera de 2008 un indicativo
que tal proceso ya ha alcanzado una escala global.
El fenómeno de la independencia del capital frente al trabajo ha instaurado una
nueva lógica en la reproducción y crecimiento de la economía mundial.
Las fuentes de beneficio económico ya no son los objetos materiales, sino las
ideas. La competitividad, eficacia y rentabilidad de las inversiones ya no
depende de los productores, sino de los consumidores. Y los flujos de
capitales ya no buscan compromisos de largo plazo, sino que varían según la
presencia o ausencia de consumidores y según la capacidad o no para generar
o demandar ideas, sin que medie compromiso alguno para su permanencia en
un determinado territorio. (Bauman, 2007:38)
En este nuevo escenario, el grado de autonomía alcanzado por los capitales en
virtud de su libertad de movimiento contrasta enormemente con la sujeción
territorial a la que se encuentran restringidas las estructuras productivas y la
fuerza laboral de las economías nacionales. Así mismo, el poder que adquieren
las empresas transnacionales conduce a que la población experimente o esté
expuesta a un continuo deterioro de sus condiciones de empleo y de sus
posibilidades de obtención de empleo. Consecuentemente, el riesgo de
inestabilidad en la producción, en el empleo o en el comercio internacional se
convierte en factor que ninguna economía nacional o regional puede dejar de
considerar, dada la posibilidad de destrucción intempestiva de capitales que,
hoy por hoy, pueden generar inversionistas y empresas transnacionales.
Enfrentar esta amenaza que vulnera la soberanía de los Estados no es tarea
fácil, sobre todo para gobiernos y autoridades que aún aceptan desde lecturas
simples la idea de que “el comercio internacional es el motor del crecimiento
económico”. Pues, como demuestra Milberg (2004), en un contexto en el que el
capital productivo actúa con un nivel acrecentado de movilidad, la idea de una
especialización comercial basada en ventajas comparativas derivada de las
dotaciones factoriales pierde validez.
Sobre la base de lo expuesto, la entrada en vigencia del «Acuerdo para la
Constitución del Espacio Económico del ALBA-TCP» marca un hito en América
Latina, al convertirse en el primer instrumento de integración latinoamericana
que reconoce el derecho de los Estados a incidir de manera significativa en la
configuración de las estructuras económicas regionales, basada en la cobertura
de sus necesidades básicas, el uso racional de sus recursos naturales, la
complementariedad y solidaridad para lograr el buen vivir y a su vez reducir las
asimetrías entre sus miembros.
El Acuerdo para la Constitución del Espacio Económico del ALBA-TCP confiere
al estado la responsabilidad de direccionar la configuración de las estructuras
económicas nacionales para alcanzar un desarrollo justo, sustentable e
inclusivo. La consecución de este objetivo está subordinado a reemplazar el
concepto de competencia por el de capacidades productivas regionales. Bajo
esta visión los países reivindican el derecho a producir bienes y servicios en
función de sus necesidades, capacidades actuales y futuras. A su vez, los
países pueden beneficiarse de las fortalezas productivas de sus miembros a
través de la complementariedad productiva, comprendida en un concepto de
fragmentación de la producción a nivel territorial que remunere con justicia al
factor trabajo y reconozca la importancia del capital. En este contexto, el
comercio y la inversión no son considerados como fin en sí mismos, sino como
herramientas complementarias a los procesos de desarrollo.
Es imperativo modificar la forma en que miramos el comercio internacional y el
ECOALBA-TCP propone una alternativa como instrumento de transformación
necesario para configurar un nueva estructura económica regional que articule
las economías nacionales orientando sus estructuras productivas a la
satisfacción de un sistema de necesidades regionales, asegure las condiciones
técnicas para realizar inversiones productivas regionales (grannacionales) y
configure ordenamientos productivos verticales que contribuyan a que todas y
cada una de las economías de la Región alcancen estados de equilibrio
dinámico estables.
Actualmente se encuentra en discusión la propuesta de una Zona Económica
Complementaria entre los países del ALBA, PETROCARIBE y MERCOSUR.
Su primera fase está siendo coordinada por cinco países: Jamaica, Ecuador,
Venezuela, Dominica y Nicaragua.
EL ALBA TCP
La Alianza Bolivariana-Tratado Comercial de los Pueblos (ALBA-TCP) surge
como una iniciativa de Venezuela y Cuba a principios del siglo XXI. Se
contextualiza en el panorama de la región caracterizado por gobiernos
progresistas, boom de los commodities y alejamiento del control de los Estados
Unidos. En la actualidad, los Estados miembros del ALBA-TCP y sus
respectivas fechas de incorporación son los siguientes: Venezuela (2004),
Cuba (2004), Bolivia (2006), Ecuador (2009), Nicaragua (2007), Dominica
(2008), Antigua y Barbuda (2009), San Vicente y Las Granadinas (2009),
Surinam (2012), Santa Lucía (2013), Granada (2014) y San Cristóbal y Nieves
(2014).
Uno de los grandes logros del ALBA-TCP es la emergencia y concreción de un
nuevo regionalismo estratégico que rechaza incorporarse al proyecto de libre
comercio que Estados Unidos proponía para la región desde los ’90(el Área de
Libre Comercio de las Américas –ALCA–) y que se plantea como proyecto
nuevo, cualitativamente distinto; una contrapropuesta al regionalismo abierto
que había caracterizado la región en aquella década.
El ALCA surgió como una propuesta de los Estados Unidos bajo el gobierno
de George Bush y luego continuó bajo el de Bill Clinton. En las Cumbres de las
Américas, en 1994 y 1998, ningún país se opuso al proyecto. En 2001, en
Quebec, el único presidente que se posicionó en contra del ALCA fue el
venezolano Hugo R. Chávez Frías. En Mar del Plata, 2005, Argentina, Brasil,
Paraguay y Uruguay (integrantes del Mercosur) junto con Venezuela, se
opusieron a la propuesta del ALCA, moviéndose hacia lo que después se
consolidaría como un nuevo regionalismo estratégico y post-hegemónico.
En trabajos anteriores, he teorizado el ALBA-TCP como un nuevo
regionalismo estratégico; he aplicado esta conceptualización para explorar
cómo el ALBA-TCP se articula en torno a la soberanía petrolera, alimentaria y
financiera, y he analizado cómo estos procesos han contribuido a la
transformación de la economía política internacional. El marco teórico se nutre
de tres áreas de la literatura académica: el regionalismo estratégico; el
regionalismo multidimensional y posdesarrollista, y los constructos de la
soberanía e identidad geopolítica.
El ALBA-TCP es un acuerdo intergubernamental. La ventaja de estos acuerdos
es que bajo un liderato eficaz de un país eje (en este caso Venezuela) dentro
del contexto del boom de los commodities, los países avanzan en una
estrategia común. Pero una debilidad de estos acuerdos es la falta de
mecanismos para el cumplimiento obligatorio que aseguren que los Estados
acaten las reglas comunes. Además, cuando crece el número de participantes,
puede ser más difícil lograr acuerdos y ejecutar la implementación de las
acciones para profundizar la integración.
Los logros del ALBA-TCP
Los logros más contundentes del ALBA-TCP se pueden resumir en las áreas
de comercio, inversiones, grannacionales, desarrollo social y las Misiones. El
comercio solidario es una importante meta en el ALBA-TCP, y funciona
mediante acuerdos de comercio compensado (ACC): cada país propone
acciones concretas y presenta sus necesidades y lo que tiene para ofrecer. En
el caso de Cuba, la isla recibe petróleo a precios y términos preferenciales y
repaga en parte en servicios que personal cubano ofrece en las Misiones
vinculadas a los ámbitos de salud y educación en Venezuela y otros países del
ALBA-TCP.
Las inversiones se articulan en torno a empresas estatales y regionales
teniendo en mente complementariedades y necesidades, en lugar de
estructurarse en torno a empresas privadas extranjeras y producción para
exportación. Las empresas y los proyectos grannacionales (EPGN) surgieron
como alternativas a los modelos de desarrollo centrados en el regionalismo
abierto y las corporaciones transnacionales. Las empresas grannacionales
(EGN) son empresas estatales mixtas: empresas estatales de dos o más
países miembros del ALBA-TCP que comparten la propiedad (ownership) y que
se enfocan en el comercio intra-ALBA-TCP. Los proyectos grannacionales
(PGN) son programas de acción dirigidos a alcanzar las metas y principios del
ALBA-TCP, validados por los países miembros, y cuya implementación
involucra a dos o más países, para el beneficio de la gran mayoría social.
Entre las EGNs que se han creado en el ámbito de alimentos, han figurado
iniciativas en el de pesca y acuicultura, y de producción de granos. También
hay que incluir en este renglón las empresas mixtas en petróleo dentro del
ámbito de Petrocaribe, una iniciativa de integración regional en petróleo que
agrupa a 18 países miembros. Esta propuesta se relaciona con el ALBA-TCP,
aunque no todos los miembros del ALBA-TCP participan de Petrocaribe y hay
miembros de Petrocaribe que no pertenecen al ALBA-TCP. Una de las
modalidades de integración regional energética en la producción ha sido la
constitución de empresas públicas mixtas en diversos países del Caribe.
Petróleos de Venezuela SA (PDVSA) –a través de su filial PDV Caribe SA–
constituyó empresas públicas mixtas, o EGNs, en los siguientes países
miembros de Petrocaribe: Dominica, Cuba, Belice, San Vicente y Las
Granadinas, San Cristóbal y Nieves, Nicaragua, Granada, El Salvador, Haití y
Jamaica.
El fenómeno de las grannacionales es nuevo en los procesos regionalistas,
tanto cuando consideramos el caso europeo como el caso latinoamericano y
caribeño. En ese sentido, es un gran logro del ALBA-TCP. Entre las dificultades
que confrontan las grannacionales en la actualidad, está la necesidad de crear
empresas estatales en los países miembros del ALBA-TCP para
institucionalizar la grannacional. Esto toma tiempo. A su vez, la difícil situación
confrontada por Venezuela hace que el proceso de seguimiento sea muy lento
o se interrumpa por períodos de tiempo. Tal es el caso de la grannacional de
alimentos entre Venezuela y Bolivia en la actualidad.
El desarrollo social también se incorpora con fuerza, sobre todo a partir de las
Misiones en el ámbito social que atienden salud y educación. Este ha sido uno
de los grandes logros del ALBA que han reducido la pobreza y la desigualdad
significativamente, y que le merecieron importantes reconocimientos de
organismos internacionales –como las Naciones Unidas– por su contribución a
la alfabetización. Estos logros fueron posibles gracias a los acuerdos
compensados con Cuba, que sumó grandes aportes en las áreas de salud y
educación. Entre los programas sociales impulsados por la relación Cuba-
ALBA-TCP, cabe destacar el programa “¡Yo, sí puedo!” y la “Misión Robinson”
en el ámbito de la educación, y los siguientes programas en el área de salud: el
Programa “Barrio Adentro”, la “Operación Milagro”, la “Brigada Henry Reeve” y
la Escuela Latinoamericana de Medicina. Estas intervenciones se canalizan, en
parte, como colaboración compensada. Alrededor de unos 4 millones de
personas han adquirido una alfabetización básica a través del método “¡Yo, sí
puedo!” en los países miembros del ALBA-TCP. Venezuela no hubiese podido
alcanzar esta meta sin el apoyo solidario de la República de Cuba, que aportó
el método “¡Yo, sí puedo!”, originalmente desarrollado por la educadora
Leonela Relys Díaz. La Organización de las Naciones Unidas para la
Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) ha otorgado cinco premios a este
método. Por su parte, la “Operación Milagro” surgió en 2004 como una
iniciativa entre Cuba y Venezuela en el marco del ALBA-TCP: instituciones
cubanas vinculadas a la provisión de servicios médicos participan y colaboran
en una red oftalmológica en una decena países de América latina y el Caribe.
El aporte del ALBA-TCP en el ámbito social ha sido posible mediante la
política venezolana de canalizar y redistribuir ganancias recuperadas a través
de la soberanía petrolera hacia el desarrollo incluyente de la región. Esto
también es uno de los logros del ALBA-TCP y en la historia del regionalismo
latinoamericano y caribeño, exceptuando los grandes aportes de Cuba, no
tiene paralelo. Claro que estas políticas de desarrollo regional estuvieron
vinculadas a la soberanía petrolera y, por ello, todo lo que afecta la geopolítica
del petróleo impactó con severidad la capacidad de Venezuela para darles
continuidad.
Venezuela, el ALBA-TCP, la geopolítica del petróleo y las soberanías
emergentes
Venezuela confronta una difícil situación interna y externa, complejizada
además por la reducción de precios del petróleo. Esto ha generado, por un
lado, reducciones en las transacciones y la cooperación con Cuba y otros
países del ALBA-TCP así como de Petrocaribe. Esto ha afectado el proceso de
articular soberanías emergentes en los ámbitos petrolero, alimentario y
financiero.
La soberanía petrolera se persigue como parte de una serie de medidas, que
pueden ser adoptadas por las compañías petroleras nacionales para establecer
políticas industriales estratégicas a nivel del Estado y una gerencia estratégica
a nivel de la empresa, a fin de buscar la soberanía frente a las empresas
petroleras privadas internacionales. Como resultado, se crea una nueva
gobernanza de los recursos estratégicos vinculada al desarrollo con inclusión.
Por ejemplo, en el caso de Venezuela, existen tres elementos que son nuevos,
todos atribuibles a la visión del rol del petróleo en el desarrollo nacional y
regional: primero, el control gubernamental sobre la compañía nacional
petrolera PDVSA a través de la renacionalización; segundo, la aplicación de
una política redistributiva que utiliza los ingresos petroleros para promover el
desarrollo nacional, tanto para resolver problemas específicos de los
empobrecidos a nivel nacional como de la región del ALBA-TCP; tercero, el
desarrollo de una alternativa de integración económica regional basada en el
comercio y en la inversión en petróleo y energía. Constituida en 2005 como
acuerdo de cooperación energética, Petrocaribe establece las condiciones de
precio y financiamiento a corto y a largo plazo, y la creación del Fondo ALBA-
TCP-Caribe, destinado a contribuir al desarrollo económico-social. La iniciativa
ofrece términos favorables de intercambio y distribución. En Petrocaribe
participan 18 países: Venezuela, Cuba, Republica Dominicana, Antigua y
Barbuda, Bahamas, Belice, Dominica, Granada, Guyana, Jamaica, Surinam,
Santa Lucia, San Cristóbal y Nieves, y San Vicente y Las Granadinas, Haití́,
Nicaragua, Honduras y Guatemala. La integración regional energética impacta
la producción, el comercio solidario y el desarrollo regional con inclusión.
El ALBA-TCP articula una propuesta de soberanía alimentaria lanzada a partir
del 2008 que incluye, entre otros procesos, la designación de rubros
estratégicos (maíz, soya, quinua, trigo, cacao, entre otros); el lanzamiento de
programas de redistribución de tierras y beneficios para los pequeños y
medianos productores; el lanzamiento de empresas grannacionales (empresas
públicas mixtas de dos o más países miembros del ALBA-TCP), y la
articulación de un sistema de distribución y mercadeo alternativo. En los
últimos años, con el recrudecimiento de la guerra económica interna que ha
socavado las alternativas alimentarias para la población, el gobierno
venezolano ha establecido nuevas Misiones y mecanismos para aliviar la
situación. Sin embargo, la situación alimentaria, complejizada además por la
guerra económica y la hiperinflación, afecta severamente a los venezolanos. El
ALBA-TCP ha contribuido a paliar la situación, pero no ha logrado revertirla.
La soberanía financiera, que busca impulsar una nueva arquitectura financiera,
surge y gana fuerza con el boom de los commodities, el aumento en reservas
internacionales y la reducción de la deuda de los países progresistas durante la
primera década del siglo XXI (hasta que estalla la crisis financiera de 2007).
Como parte de la nueva arquitectura financiera, se impulsa la creación del
Banco del Sur y el Banco del ALBA, entre otras iniciativas. El convenio
constitutivo del Banco del Sur entró en vigor el 3 de abril de 2013 tras haber
sido consignados los documentos de ratificación de Argentina, Bolivia,
Ecuador, Uruguay y Venezuela. Desde la firma del acta fundacional se
suscitaron diferencias entre los países de Unasur con respecto al rol del banco,
al monto y a la constitución de las aportaciones y al mecanismo de votación. El
Banco del Sur se afecta más con la división-disolución de Unasur en el 2018,
pero no está claro si algún país llegó a depositar los montos requeridos. Debido
al retraso en las negociaciones del Banco del Sur, el gobierno venezolano
planteó la creación del Banco del ALBA como un mecanismo alterno en 2008,
con mil millones de dólares como capital suscrito por parte de Venezuela. Una
de las complejidades que confrontó el Banco del ALBA es que los aportes de
los pequeños países del Gran Caribe no podían equiparar los aportes de
Venezuela y el peso económico-financiero descansaba casi totalmente en este
país. Entre los aportes del Banco del ALBA se incluye un Programa de
Prevención de Desastres Naturales en la zona ALBA-Caribe, el cual aportó en
la recuperación de los países del ALBA afectados por el huracán Irma en el
[Link] nueva arquitectura financiera se vio afectada por el fin del boom de
los commodities y la crisis del 2008, que menguó las reservas internacionales y
para algunos países supuso el retorno a contraer deudas con las instituciones
del Fondo Monetario Internacional. Bolivia constituye una excepción, pues ha
logrado mantener un crecimiento sostenido y saldar su deuda.
Los regionalismos en la actualidad: fracturas, disloques, rupturas y
pausas
En la actualidad, los regionalismos confrontan un nuevo contexto. Estos
procesos no pueden analizarse desde una dicotomía regionalismo
abierto/nuevos regionalismos presentando al primero como exitoso y al
segundo como no exitoso. Por un lado, porque el regionalismo abierto está
siendo redefinido por la impronta de las renegociaciones que Estados Unidos,
bajo la presidencia de Donald Trump, quiere imponer a los tratados de libre
comercio desde una óptica proteccionista. Tal es el caso del Tratado de Libre
Comercio entre los Estados Unidos, Canadá y México (TLCAN). Los Estados
Unidos quieren cambiar las disposiciones de las reglas de origen e introducen
en la renegociación el petróleo como campo de inversión extranjera, entre otras
disposiciones.
Los países que conforman la Alianza del Pacífico (Perú, Chile y México), que
nace en 2011, también se ven afectados por las decisiones de Donald Trump,
sobre todo por aquella que retira a los Estados Unidos del Acuerdo de
Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés de Trans Pacific
Partnership), un grupo de 11 países que agrupa a tres de la Alianza del
Pacífico también. En la medida en que Estados Unidos se retiró, se planteó que
la iniciativa perdía el impulso. En las últimas semanas, el comportamiento
errático de Trump replantea el retorno al TPP. Igual ocurre con la Comunidad
Andina, uno de los espacios de integración regional más antiguo y que
agrupaba a Venezuela, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia. Venezuela salió del
Acuerdo en el 2006 –como reacción al acercamiento de Perú y Colombia a
establecer acuerdos de libre comercio con los Estados Unidos– y se volcó al
ALBA-TCP. La CAN sufrió un impacto fuerte y buscó redefinirse.
El multilateralismo que cobija este tipo de acuerdo bajo la Organización
Mundial del Comercio tampoco avanza; su estancamiento desde la Ronda de
Doha del 2001 no supera las dificultades en torno de los asuntos no resueltos,
con un gran énfasis en debates sobre agricultura, reservas de alimentos, así
como de servicios. Hasta ahora, las negociaciones de la Ronda de Doha han
fracasado.
El Acuerdo Unión Europea-Mercosur lleva 20 años en negociación y aunque
ha avanzado en algunos rubros, alcanzó impasses recientemente con el tema
del sector automotor y aún está permeado de grandes preocupaciones en torno
a los sectores agrícolas.
Por otro lado, los nuevos regionalismos también se ven afectados por la
escalada de las políticas de los Estados Unidos contra los gobiernos
progresistas de la región. Donde más claramente se ve esta tendencia es en el
caso de la persecución e imposición de sanciones a Venezuela. Es que
Venezuela, además de poseer las reservas más grandes de petróleo en el
planeta (recurso no renovable que se agotará en 40 años aproximadamente),
se ha destacado por ejercer liderato en la promoción y articulación de los
nuevos regionalismos, siendo Hugo Chávez una de las figuras más importantes
en este desarrollo.
En marzo de 2015, los Estados Unidos impusieron un paquete de sanciones a
Venezuela. Más precisamente, el 9 de marzo, Barack Obama proclamó una
“emergencia nacional” debido a que Venezuela constituía una amenaza inusual
y extraordinaria a los intereses de Estados Unidos, y que por ello se prohibiría
la entrada al país de siete altos funcionarios venezolanos ligados a corrupción y
violación de derechos humanos. El presidente Obama luego extendió por un
año más las sanciones contra Venezuela, por el “riesgo extraordinario” que
suponía la situación en ese país para la seguridad estadounidense.
La elección de Donald Trump en los Estados Unidos marcó el endurecimiento
de las posturas hacia Cuba y desató una agenda de acecho y expresiones
amenazantes de invasión hacia Venezuela. En el 2017 y 2018 se impusieron
sanciones adicionales al país latinoamericano, prohibiendo las transacciones
relacionadas con el financiamiento en moneda digital. Esta medida puede
interpretarse como una reacción a la adopción, por parte de Venezuela, de la
criptomoneda El Petro, respaldada por recursos petroleros y minerales, para
contrarrestar el bloqueo económico y financiero internacional impuesto por los
Estados Unidos y alejarse del dólar. Las medidas endurecieron las sanciones
ya impuestas previamente en el 2017, que establecían la prohibición de
negocios (dealings) con los Estados Unidos (persona o entidad) y en territorio
estadounidense, incluyendo la emisión de nueva deuda y los bonos, pagos de
dividendos.
El ALBA-TCP se relaciona con procesos regionalistas de concertación política,
la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) y la Unión
de Naciones del Sur (Unasur). La CELAC se formó en 2010, y en 2011
organizó una Cumbre que contó con representantes de 33 Estados
latinoamericanos y caribeños (con excepción de las colonias y de los
territorios), excluyendo a Canadá y a los Estados Unidos. Para algunos, esta
histórica reunión retomó la agenda integracionista que marcó el Congreso
Anfictiónico de Panamá convocado en 1826 por el libertador Simón Bolívar.
Además, conformó una institucionalidad alternativa y un espacio de
concertación regional potencial frente a la Organización de Estados
Americanos (OEA). La Unasur cobra vida jurídica en 2011 y reúne a doce
países de Suramérica. En términos generales, las similitudes que distinguen al
ALBA-TCP, la Unasur y la CELAC refieren a tres aspectos: el accionar político
que se refleja en la exclusión de los Estados Unidos, Canadá y Europa en las
organizaciones; un rol importante para el Estado en el accionar nacional y
regional, y el énfasis en el desarrollo.
Desde 2013, Venezuela ha propuesto la creación de una zona económica
compartida entre el Mercado Común del Sur (Mercosur) y la Comunidad
Caribeña (Caricom), donde confluirían más de 22 países de Latinoamérica, el
Caribe y Centroamérica, proyectándose con un gran potencial para el
desarrollo comercial y económico regional.
También puede observarse la escalada en el intento de ruptura en la Unasur y
Mercosur. El abandono de Unasur por seis países, en abril de 2018 (Argentina,
Brasil, Chile, Colombia, Perú y Paraguay), ocurre justo cuando Bolivia
(miembro importante del ALBA-TCP) asume la presidencia pro-témpore. En
2016,con el ascenso al poder de Mauricio Macri en Argentina y Michel Temer
en Brasil (tras el golpe parlamentario a Dilma Rousseff y, más recientemente, el
encarcelamiento de Luiz Inácio Lula da Silva), Venezuela fue suspendida del
Mercosur, del que era miembro desde 2012.
Estos procesos generan fracturas, disloques y rupturas que afectan los
avances obtenidos en las décadas pasadas. Dos ejemplos ilustran la
problemática claramente. El primero es la celebración de la Cumbre de las
Américas en Perú, en el 2018, donde el presidente Pedro Pablo Kuczynski se
empeñó en que el presidente Nicolás Maduro, de Venezuela, no asistiera. Al
final, Kuczynski tampoco pudo asistir pues tuvo que renunciar previo a la
Cumbre por corrupción. A la Cumbre fueron pocos presidentes, y el mismo
Donald Trump plantó a los representantes de la región, cancelando
sorpresivamente su participación. Dieciséis países firmaron una declaración
hacia Venezuela, un llamado urgente para que “las elecciones fueran limpias”.
La agenda que se persigue es parcialmente hacer regresar las Cumbres a la
alineación con la Organización de Estados Americanos (OEA), que se había
visto afectada por el nuevo regionalismo estratégico. La conformación del
ALBA-TCP, la Unasur, la CELAC, así como la iniciativa de Petrocaribe,
cambiaron los números en las votaciones de la OEA. Esto ocasionó que
surgieran bloques de votos constituidos por los países del Gran Caribe que,
aunque pequeños en tamaño, se multiplicaban en votos por ser naciones
soberanas. Las relaciones internacionales que Cuba cultivó por décadas con
Caricom también fueron sin duda un aporte en estos procesos. Esto fue notorio
en el 2017, cuando un grupo de naciones caribeñas votaron en contra de una
resolución condenando a Venezuela y otro grupo de países caribeños se
abstuvo, derrotando de tal manera la medida.
El segundo ejemplo es el de cómo los Estados Unidos quieren alejar a los
países miembros de Petrocaribe de Venezuela. La potencia occidental ha
hecho acercamientos para conquistar Petrocaribe, con intentos que van desde
tratar de suministrar el petróleo ellos mismos, hasta ofrecer que si Venezuela
cae, tal vez México podría suministrar el petróleo a las islas. Estas medidas
buscaban lograr apoyo contra Venezuela en un contexto en el que, dada la
reducción en los precios del crudo, Venezuela había reducido el suministro a
Petrocaribe.
En el escenario actual hay dos procesos que pueden contribuir a rescatar los
avances. Uno es el resultado de los comicios en Venezuela, México, Colombia
y Brasil. Si logran consolidarse gobiernos progresistas en el poder en estos
países, eso tendría posiblemente repercusiones positivas para el ALBA-TCP. El
otro proceso que puede contribuir a rescatar los avances del ALBA-TCP es el
acercamiento con China y Rusia. Dado que la agenda de los Estados Unidos
busca fortalecer su posición en la región frente a estos países, este
acercamiento es crucial. Este proceso se ha iniciado: China tiene importantes
inversiones en la región y además ha contribuido con la otorgación de
préstamos a diferentes países. Es también el inversor principal en la
construcción del Canal en Nicaragua.
El giro que ha sufrido la región en los últimos años ha trastocado los logros y
avances del ALBA-TCP. Sin embargo, aun con sus complejidades, avances, y
retrocesos, el nuevo regionalismo estratégico se presenta como una mejor
alternativa frente al multilateralismo y el proteccionismo bilateral, máxime
cuando la OMC no funciona como un espacio donde se pueda impulsar una
agenda de desarrollo.