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Pubertal y Adolescencia

El documento resume los conceptos de pubertad y adolescencia según la psicología del desarrollo. Explica que la pubertad se refiere a los cambios físicos que preparan el cuerpo para la reproducción, mientras que la adolescencia implica también cambios psicológicos y sociales durante la transición a la adultez. Freud consideraba la pubertad como un período de metamorfosis psíquica en el que se reconfiguran las primeras inscripciones sexuales infantiles y se produce el hallazgo del objeto sexual a través de fantasías incestuos

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Pubertal y Adolescencia

El documento resume los conceptos de pubertad y adolescencia según la psicología del desarrollo. Explica que la pubertad se refiere a los cambios físicos que preparan el cuerpo para la reproducción, mientras que la adolescencia implica también cambios psicológicos y sociales durante la transición a la adultez. Freud consideraba la pubertad como un período de metamorfosis psíquica en el que se reconfiguran las primeras inscripciones sexuales infantiles y se produce el hallazgo del objeto sexual a través de fantasías incestuos

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2020

PUBERTAD Y
ADOLESCENCIA

PSICOLOGIA DEL DESARROLLO HUMANO


AMADO CALZADO DANIEL ALEJANDRO

UNIVERSIDAD NACIONAL JOSE FAUSTINO SANCHEZ CARRION |


Generalmente se distingue entre “pubertad” y “adolescencia”.

Se define a la “pubertad” como un proceso que se caracteriza por los cambios físicos
que comienzan a sucederse, más o menos a partir de los 9 y 10 años, en el cual el cuerpo de
un niño se convierte en adolescente, y es la preparación al cuerpo adulto con su respectiva
capacidad para reproducir. El crecimiento se acelera en la primera mitad de la pubertad,
alcanzando su desarrollo al final. Las diferencias corporales más notorias son el crecimiento
de los genitales, y las características sexuales secundarias. En un sentido estricto, el término
“pubertad” se refiere a los cambios corporales en la maduración sexual más que a los cambios
psicosociales y culturales que esto conlleva.

Se suele llamar “adolescencia” a un momento de la vida que transcurre entre la


infancia y la adultez, que trata de ir creciendo para convertirse en adulto. Es un fenómeno de
transición psíquica y social, que abarca gran parte del período de la pubertad, e implica una
etapa de crisis, que es entendida como un proceso de cambio, a través del cual el joven, o
púber, alcanza la autonomía psicológica y se inserta en el medio social, sin la mediatización
de la familia. “Adolescencia” proviene del término latino “adolescere” que significa
“crecer”; viene del latín “adolescens”, que significa “está en crecimiento” o “está
creciendo’. Podemos relacionar el término “adolescer” con el de “adolecer”, ya que éste
último significa “causar dolor” o “dolencia”, “padecer”, “sufrir”.

Sigmund Freud, no habló de adolescencia sino que se valió del concepto de pubertad
para referirse a un estado de conmoción, de metamorfosis y de transformación del sujeto en
relación con su ser sexuado. En sus “Tres ensayos sobre una teoría sexual” (1905), en el
Cap. 3 “La metamorfosis de la pubertad”, plantea que, con el advenimiento de la pubertad
se introducen aquellos cambios que llevan a dicha vida sexual infantil a su conformación
normal definitiva. Hasta ese momento, la pulsión sexual era autoerótica, pero ahora halla el
objeto sexual y una nueva meta sexual que, para alcanzarla, todas las pulsiones parciales
cooperan, y las zonas erógenas se subordinan al primado de los genitales. La pulsión sexual
es puesta al servicio de la reproducción, se vuelve altruista. “La normalidad de la vida sexual
es garantizada únicamente por la exacta coincidencia de las dos corrientes dirigidas al
objeto y a las metas sexuales: la tierna y la sensual. La primera de ellas reúne en sí lo que
resta del temprano florecimiento infantil de la sexualidad”1.

Freud señala que se ha dicho que la vida sexual de los seres humanos recién comienza
en la pubertad, y que a ésta se la caracteriza por los procesos más llamativos que ella presenta,
es decir, el crecimiento de los genitales externos, y el hecho de que los genitales internos
ofrecen o pueden recibir, productos genésicos para la gestación de un nuevo ser, quedando
listo un nuevo aparato que debe recibir estímulos desde el mundo exterior por excitación de
las zonas erógenas, desde el interior del organismo y desde la vida anímica, para ser puesto
en marcha, produciéndose un estado de excitación sexual que se da a conocer por signos
anímicos, que consisten en un sentimiento de tensión, y por signos somáticos, es decir,
alteraciones en los genitales, que preparan para el acto sexual (la erección del miembro
masculino, la humectación de la vagina).

Sin embargo, Freud plantea que la vida sexual de los humanos comienza dos veces.
La primera corresponde a las experiencias iniciales de la vida donde se conjugan lo pulsional
con las primeras satisfacciones, sean estas míticas o efectivas. El segundo inicio de la vida
sexual conlleva una verdadera metamorfosis del sujeto en relación al objeto e implica un
trastocamiento de los goces y los placeres que se hallan en juego, un renovado florecimiento
de fantasías que abren las puertas a la exogamia. A este tiempo es al que Freud denominó
pubertad. Término que si bien ya estaba presente en la cultura, Freud le da un sentido nuevo:
la pubertad no es el inicio, sino que en este tiempo se absorbe y se recompone en segunda
vez por las primeras inscripciones. Freud plantea, entonces, que en la pubertad hay una
metamorfosis de algo que ya estaba en lo infantil.

Dentro de los procesos de la pubertad, además de afirmase el primado de las zonas


genitales, del lado psíquico se consuma el hallazgo de objeto, que ha sido preparado desde la
más temprana infancia. Al comienzo, la satisfacción sexual estaba conectada con la nutrición,
y la pulsión sexual tenía su objeto fuera del propio cuerpo: el pecho materno, que más tarde
es perdido debido a que el niño constituye una representación global de la persona que lo
nutre. La pulsión, entonces, pasa a ser autoerótica. Sólo después de ser superado el período

1
Freud, S. “Tres ensayos para una teoría sexual” (1976). Obras completas. Tomo VII Bs. As. Amorrortu, 2007.
de latencia se restablece la relación originaria. Por lo tanto, Freud nos dice que, el hallazgo
(encuentro) de objeto es, en realidad, un reencuentro.

Lo más inmediato es elegir como objetos sexuales a las personas que ama desde su
infancia, pero debido al diferimiento de la maduración sexual se ha erigido, junto a otras
inhibiciones sexuales, la barrera del incesto, y se han instaurado los preceptos morales que
excluyen de la elección de objeto, a las personas amadas de la niñez. El respeto por esta
barrera es una exigencia cultural de la sociedad: “tiene que impedir que la familia absorba
unos intereses que le hacen falta para establecer unidades sociales superiores, y por eso
todos los individuos, pero especialmente en los muchachos adolescentes, echa mano a todos
los recursos para aflojar los lazos que mantienen con su familia, los únicos decisivos en la
infancia”2.

Es decir que, en la pubertad, la elección del objeto sexual debe recaer sobre un objeto
no incestuoso, pero dicha elección se establece primeramente en las fantasías que muestran
las inclinaciones incestuosas más tempranas que ahora son reforzadas. La elección de objeto
se consuma primero en la representación; la vida sexual del joven que madura se despliega
en el espacio de las representaciones, que están destinadas a no ejecutarse. A causa de dichas
fantasías vuelven a emerger las inclinaciones infantiles, pero ahora con un refuerzo somático.

Al desestimarse estas fantasías incestuosas, se consuma uno de los logros psíquicos


más importantes del periodo de la pubertad, pero también uno de los más dolorosos, el
alejamiento respecto de la autoridad de los padres. “Cuando el individuo, a medida de su
crecimiento, se libera de la autoridad de sus padres, incurre en una de las consecuencias
más necesarias, aunque también una de las más dolorosas que el curso de su desarrollo le
acarrea. Es absolutamente inevitable que dicha liberación se lleve a cabo, al punto que debe
haber sido cumplida en determinada medida por todo aquel que haya alcanzado un estado
normal”3.

Por otro lado, Freud nos dice que ni siquiera quienes han podido evitar la fijación
incestuosa de su libido, se pueden sustraer por completo de su influencia. La elección de
objeto se produce, entonces, mediante un apuntalamiento en la imagen de la madre y del

2
Freud, S. “Tres ensayos para una teoría sexual” (1976). Obras completas. Tomo VII Bs. As. Amorrortu, 2007.
3
Freud, S. “La novela familiar del neurótico” (1908). Obras completas. Tomo III. Bs. As. Amorrortu, 2003.
padre. Debido a esta importancia de los vínculos infantiles con los padres para la posterior
elección del objeto sexual, cualquier perturbación de ellos conllevará consecuencias serias
para la vida sexual adulta.

De todas maneras, si bien la inclinación infantil hacia los padres es la más importante,
no es la única vía que, renovada en la pubertad, marcará el camino a la elección de objeto,
sino que hay otras vías que le permitirán al hombre, apuntalándose en su infancia, desarrollar
más de una serie sexual y plasmar variadas condiciones para la elección de objeto.

Freud también plantea que unas de las tareas de la elección de objeto es no equivocar
el sexo opuesto. Señala que el poder que prevendría la inversión permanente del objeto sexual
sería la atracción recíproca de los caracteres sexuales opuestos, pero que este factor no basta
por sí solo para excluirla; se deben agregar otros factores coayudantes, especialmente la
inhibición autoritaria de la sociedad. Además, se podría suponer que, en el caso del varón, su
recuerdo infantil de la ternura de la madre y de otras personas del sexo femenino de quienes
dependía cuando era niño, contribuye a dirigir su elección hacia la mujer, como así también
el amedrentamiento sexual temprano de parte de su padre, y su actitud de competencia hacia
él, lo desvían de su propio sexo. Ambos factores también valdrían para la niña cuya práctica
sexual está bajo la tutela de la madre, que tiene como resultado un vínculo hostil con su
mismo sexo, que influye de manera decisiva para que la elección de objeto se haga en el
sentido considerado normal.

En el texto “Introducción del Narcisismo” (1914) dirá que todo ser humano tiene
abierto dos caminos para la elección de objeto, pudiendo elegir o preferir, uno u otro. Por un
lado, el camino del tipo de apuntalamiento (o tipo anaclítico), que recae sobre los modelos
infantiles, es decir, en la madre nutricia y en el padre protector; y por el otro, el tipo de camino
narcisista, buscándose a sí mismos como objeto de amor, es decir, busca al yo propio y lo
halla en otros (se ama al que se quiso ser, al que una vez fue, al que quiere ser, o a la persona
que fue parte del sí mismo propio).

Por otro lado, si bien en la niñez son reconocibles disposiciones masculinas y


femeninas, sólo en la pubertad se constituye la separación ente el carácter masculino y el
femenino, posición que, más adelante, influirá de manera decisiva en la trama de los seres
humanos. En el texto “La organización Genital Infantil” (1923), Freud dirá que sólo con la
culminación del desarrollo en la época de la pubertad, la polaridad coincidirá con
“masculino” y “femenino”. Lo masculino se relacionará con el sujeto, la actividad y la
posesión del pene, mientras que lo femenino, con el objeto y la pasividad. La vagina será
apreciada como albergue del pene, recibiendo la herencia del vientre materno.

Luego, en “El sepultamiento del complejo de Edipo” (1924), planteará al complejo


de Edipo como fenómeno central de la primera infancia, el cual debe irse al fundamento
seguido por un período de latencia, que interrumpe el desarrollo sexual del niño, y que dará
lugar al advenimiento de la pubertad. Las investiduras de objeto deben ser resignadas y
sustituidas por identificación. Se introyectará al yo la autoridad del padre, o de ambos
progenitores, formando el núcleo del superyó, que perpetúa la prohibición del incesto,
asegurando al yo contra el retorno de la investidura libidinosa de objeto. Las aspiraciones
libidinosas, en parte son desexualizadas y sublimadas, y en parte son inhibidas en su meta y
mudadas en mociones tiernas. Aparece entonces la corriente tierna hacia los objetos
parentales. En la pubertad se abandonan los objetos infantiles y aparece la corriente sensual,
en tanto la corriente tierna persiste como resto de la fase anterior. Afirma Freud que lograr
unir ambas corrientes permite lograr todas las aspiraciones en un solo objeto.

Acerca del complejo de Edipo, y de la prohibición del incesto, Lacan, en su Seminario


5 “Las formaciones del inconsciente” (1958), plantea la importancia de la inscripción de la
Ley del Padre, instancia estructural que posibilita la constitución subjetiva. “En el Nombre
del Padre es donde tenemos que reconocer el sostén de la función simbólica”4. Es el Padre,
en su registro simbólico, el portador de la ley que viene a dar la posibilidad de separación, de
diferenciación, con la madre. El Padre, pensado así como lugar distinto, como lugar Otro,
tiene la función de ordenar, legislar, y es sostenido como referencia y garantía de protección.
La Ley del Padre es el sujetamiento del Padre mismo a una Ley, de la cual es portador. El
Padre no es la ley, sino que él ha sido sujetado y atravesado por ella, y cumple la función de
representarla, de vehiculizarla frente al hijo para posibilitarle la entrada a la cultura, a un
mundo legislado, donde no todo es posible. Es decir, su función, en tanto marca la castración,
abre la dimensión de la falta, poniendo límites a la omnipotencia y le posibilitará un lugar
como sujeto deseante. Como nos dice en su texto, “La familia” (1978), la castración quiere

4
Lacan, J. Escritos I. “Función y campo de la palabra en el psicoanálisis”. Siglo XXI, 1971.
decir que el goce debe ser rechazado para poder ser alcanzado en la escala del deseo. Hay
una significación sobre la falta, es decir, se transmite el falo.

La prohibición del incesto es una prohibición primordial, estructurante, sobre la cual


reposa la cadena generacional, filiatoria, que permite la constitución subjetiva. Es el principio
de la paternidad, el soporte de la necesidad de asumir la esencial función de representar y
hacer efectivo el límite. Es la función del padre, mediante la palabra, la que porta la
prohibición del incesto, interponiéndose entre la madre y el hijo, separándolos, y actuando
mediante la castración simbólica. Y, siguiendo lo que nos dice Freud en “Tótem y Tabú”
(1913), podemos decir que la Ley, en tanto Ley del Padre, al privar, instaura la falta. Para
que haya deseo, es necesaria una Ley paterna que lo instituya y ordene, la cual debe
inscribirse en forma singular, respetando las modalidades estructurales. Es decir, que el deseo
surge de la Ley. Ante ésta, el sujeto adquiere su estatuto humano.

Vemos así la importancia del complejo de Edipo, y de su mecanismo, el complejo de


castración, en todas estas determinaciones en la vida sexual del sujeto. Es un complejo
nuclear que se circunscribe a una estructura lógica, se trata de la transformación o
metamorfosis de una sexualidad fálica única para ambos sexos, en dos posiciones sexuadas
diferentes.

Pero, más allá del orden biológico se necesita una implicación subjetiva del sexo que,
según Lacan, es la asunción por parte del sujeto de su propio sexo. Es decir, elegir el lugar
que se está dispuesto a asumir y responder desde allí. Lacan dirá que lo anatómico desempeña
un papel importante pero no es lo que determina la posición sexual, porque hay una ruptura
entre lo anatómico, respecto de la diferencia sexual, la función reproductiva y el psiquismo.
En su Seminario 11 “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” (1964) expresa,
refiriéndose a la reproducción sexuada, que “nadie puede negar esta función en el plano
biológico. Pero yo afirmo, siguiendo a Freud, que da fe de ello de todos los modos posibles,
que esta función como tal, no está representada en el psiquismo. En el psiquismo no hay
nada que permita al sujeto situarse como ser macho o ser hembra” 5. Si bien las posiciones

5
Lacan, J. El Seminario. Libro 11. “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”. Bs. As. Paidós, 2007.
sexuadas corresponden al dominio simbólico no hay ningún significante de la diferencia
sexual, el único significante sexual es el falo, y no hay simbolización del sexo femenino, es
decir que para el falo no hay ningún equivalente que le corresponda.

Entonces, como en el psiquismo no hay representación de la polaridad sexual, ni de


la función biológica de la reproducción sexuada, Lacan señala que “las vías de lo que hay
que hacer como hombre o como mujer pertenecen enteramente al drama, a la trama, que se
sitúa en el campo del Otro, el Edipo es propiamente eso (...) lo que debe hacer como hombre
o como mujer, el ser humano lo tiene que aprender por entero del Otro”6. Es decir que, a
diferencia del instinto, en el que funciona como una especie de reloj biológico que marca los
tiempos, en el ser hablante, debido a que habita en el lenguaje, no hay un saber sobre lo que
un hombre y una mujer pueden hacer juntos.

Por su parte, el psicoanalista Alexandre Stevens en “La adolescencia como síntoma


de la pubertad” (1998) y en “Nuevos síntomas en la adolescencia” (2001), remarca que la
adolescencia no es un concepto psicoanalítico, y ubica la adolescencia como síntoma de la
pubertad. Plantea, entonces, que para un sujeto, la adolescencia es el surgimiento de una
novedad, es decir que ella misma es un nuevo síntoma al cual se introduce el sujeto.
Entendiendo el síntoma psicoanalítico, tal como fue descripto por Freud, y retomado por
Lacan, como una formación localizada en la vida psíquica de un sujeto, es decir, desde el
punto de vista de la organización psíquica, un fenómeno localizado, que tiene un cierto
sentido o que llama a una apertura de sentido, es una formación del inconsciente, que convoca
a ser interpretada para poder adquirir un sentido nuevo. El síntoma aparece bajo el
significante que pide ser interpretado y, a la vez, propone una interpretación él solo, el
inconsciente mismo es quien interpreta, el retorno de lo reprimido ya es una interpretación
de lo reprimido, el síntoma al mismo tiempo como rasgo que representa al sujeto y que fija
un elemento de goce, el objeto plus de gozar del que habla Lacan. Pero el síntoma también
toma otra forma, como un rasgo fuera del sentido porque no lo envía a otro significante para
dar su significación, entonces el síntoma es goce incluso si al mismo tiempo es significante.
El síntoma “combina por este hecho la función que nosotros llamamos precedentemente

6
Ídem.
síntoma y el fantasma, presentándose de una forma generalizada en la vida del sujeto como
una forma de vida, un modo de existir, un modo de relación al goce que incluye al Otro del
significante”7.

Stevens, siguiendo a Jacques Alain Miller, define al síntoma como aquello que para
todo sujeto viene al lugar de la “no-relación sexual”, lo que Lacan llamó, de esta forma, a la
falta de saber sobre el sexo en lo real, es decir, ese defecto del instinto sexual, ahí donde en
los animales tienen el instinto para el sexo, los seres humanos no tienen nada, entre el hombre
macho y hembra no hay ninguna relación instintiva, es por eso que no saben, por naturaleza,
qué es lo que tienen que hacer juntos un chico y una chica. Stevens, entonces, nos dice que
la pubertad es uno de los nombres de la “no-relación sexual”, se trata de uno de los
momentos en donde el sujeto se encuentra con esta cuestión de una forma viva.

Stevens describe a la adolescencia como aquel momento de ruptura con el Otro


parental, de códigos de pares, de pregunta. Afirma que en la adolescencia habría un trabajo
de “pasaje”, un arreglo al que cada sujeto debe acomodarse ante la irrupción del real de la
pubertad. Se trata de un real, que no es sólo el empuje hormonal acompañado por las
transformaciones del cuerpo, sino que se trata de un real marcado por el lenguaje. Este pasaje
real marcará un antes y un después en el que el sujeto tendrá su responsabilidad. La cuestión
ahora es, cómo se hace para ser un hombre, o para ser una mujer. Aquí hay un primer
encuentro con la imposibilidad de la relación sexual.

Lacan, por otro lado, en el “El despertar de la primavera” (1975), dice que los
adolescentes no pensarían en las chicas sin el despertar de sus sueños, sin sus conversaciones,
sus charlas, en las cuales aparecen todas estas cuestiones que los emocionan. El invierno, es
decir, el período de latencia sexual, antecede a la primavera de la pubertad, que aparece como
la irrupción de lo nuevo, por un lado hay un empuje hormonal que se manifiesta en lo real de
la pubertad, el cuerpo, con los caracteres sexuales secundarios, es decir, la modificación de
la imagen del cuerpo, pero por otro lado, lo nuevo también se traduce en dos posiciones
sexuadas definidas con independencia de lo biológico y como protagonistas en el escenario

7
Stevens, A. “Nuevos síntomas en la adolescencia”. Revista Lazos Nº 4. EOL Sección Rosario. Fundación Ross,
abril de 2001.
del amor y del deseo. Entonces, es tanto en el plano del cuerpo como objeto pulsional y como
en el plano del cuerpo como imagen, que la pubertad viene a trastocar, a conmover al sujeto.

Stevens, se pregunta entonces, por la salida posible de la adolescencia para el sujeto,


por cómo éste puede tratar ese real para darle una estabilidad nueva a su existencia, es decir,
cómo un sujeto adolescente se las arregla para dejar de serlo y pasar a ser adulto. Y así plantea
que son dos las posibles salidas, pero que también es posible no salir totalmente, y que la
adolescencia se prolongue, o bien que deje lugar a nuevos síntomas. La salida de la
adolescencia sería el nuevo síntoma normal. La otra elección posible es que se oriente hacia
el falo como imaginario, elección que se hace en la adolescencia y no antes por una razón
estructural, es en este momento que el sujeto se orienta en este sentido.

Siguiendo a Lacan y a Miller, Stevens explica la salida normal, es decir, la


adolescencia como síntoma, a partir del “esquema R”, donde se sitúa el esquema L de Lacan
reduplicando la línea del eje imaginario y donde articula el sujeto en su dimensión de yo
(moi), de imagen del cuerpo, del sentimiento que él tiene de sí mismo, de la identificación.
Se trata de que el sujeto le encuentre otra forma a su yo, y para eso hace falta que se oriente
hacia la gran I, es decir, hacia el “Ideal del Yo”. “A medida que predomina, la imago del
padre polariza en los dos sexos las formas más perfectas del Ideal del yo, en relación a lo
cual basta señalar que realiza el ideal viril en el hombre y el ideal virginal en la niña” 8.

Stevens señala, entonces, que el Ideal del Yo está orientado por la función paterna,
está orientado por el Padre. Respecto de la operancia de la función paterna, Lacan indica que
es necesario "Pasarse del padre a condición de servirse de él”9. El trabajo de salida, de
pasaje, de la endogamia a la exogamia, de la niñez a la adultez, el trabajo de separación en
torno al Otro del goce materno, se encuentra sostenido en la operancia o no de la función
paterna, función que debe ponerse en juego otra vez en la adolescencia, y de la que el sujeto
debe poder servirse. Pero hoy, esa función del padre aparece más degradada que antes, por
lo tanto, los adolescentes tienen una dificultad suplementaria, nos dice Stevens. No es que el
padre falle más que antes, es que la función paterna en el mundo está tocada. La cuestión
sería, entonces, saber cómo a pesar de dicho déficit de la función paterna alguien puede

8
Lacan, J. “La familia”. Ed. Argonauta. 1978.
9
Lacan, J. “De los Nombres del Padre”. Inédito. Bs. As. Paidós, 2005.
servirse del padre. Con déficit de la función paterna se refiere a que el padre aparece como
un semblante mucho más que antes. Pero, aunque el padre sea un semblante, dice Lacan, esto
no debería impedir servirse de él, sin creer en él pero sirviéndose de él. Debe apropiarse de
lo contingente para encontrar, allí en los semblantes, un lugar propio.

Entonces, podemos decir que en la adolescencia se da lugar la constitución decisiva


del Ideal del Yo, que no es sin servirse del Padre, de la operancia de la función paterna. El
Ideal del Yo es una identificación que se realiza a nivel paterno, que comanda las
identificaciones imaginarias, y puede ser pensado como un punto que estabiliza el
sentimiento de la vida para el sujeto. Stevens nos dice que “es la salida del lado de una
elección del sujeto por la existencia”10, en la que el sujeto debe hacer una nueva elección
con el significante. Entonces, salir de la adolescencia trata de poder constituirse un nuevo
“Ideal del Yo”, “es hacer una nueva elección con el significante: un nombre, una profesión,
un ideal, una mujer, una misión en el mundo (…) en el sentido de "ponerse al servicio de”,
es decir, hacerse un síntoma con su envoltura significante con el cual se pueda tener una
satisfacción (…) acomodarse estando decidido a hacer algo de su vida”11.

Hablar de adolescencia es situar al sujeto en un tiempo de cambio en la estructura de


su personalidad. Estos cambios, que a nivel de las estructuras psíquicas se van generando, se
apoyan en toda una serie de transformaciones. En tal sentido es que hablamos de un sujeto
que muta, en donde toda una serie de transformaciones físicas y psíquicas lo hacen un extraño
en sí mismo y en lo relativo a su entorno. Se trata de un momento de transición para el sujeto,
está saliendo de su infancia para entrar en la pubertad, en la adolescencia. Es ahora cuando
el sujeto tomará modelos exteriores en su empeño por tener un espacio propio y por triunfar
socialmente, aunque sigue contando con la familia como apoyo.

La entrada a la adolescencia implica un encuentro con el real de la pubertad, con lo


real del cuerpo. De ahora en más, el adolescente es un ser sexuado con su propia

10
Stevens, A. “La adolescencia como síntoma de la pubertad”, en “Actualidad de la práctica psicoanalítica,
psicoanálisis con niños y púberes”. Argentina. Ediciones Labrador, 1998.
11
Stevens, A. “Nuevos síntomas en la adolescencia”. Revista Lazos Nº 4. EOL Sección Rosario. Fundación Ross,
abril de 2001.
genitalidad. Se produce una crisis que conlleva un replanteamiento de su ser, en donde el
sujeto se desconoce desde sí y desde el Otro. La adolescencia es un tiempo de resignificación
y de producción de dos procesos de recomposición psíquica, aquellos vinculados a las tareas
de la sexualidad y a los que apuntan a la descontrucción de lo anterior y a la reformulación
de ideales. El encuentro con la no-relación sexual es un encuentro traumático, el sujeto deberá
hacer una elaboración para encontrar la manera de situarse ante el deseo, el goce y su posición
sexuada. La salida normal para este sujeto que sufre una metamorfosis, un sacudón en su
existencia de ser sexuado, es que el púber encuentre a su “Yo” otra forma, que sea distinta a
la que sus padres depositaron en él cuando era niño. Para ello se debe orientar por el Ideal,
que está fuera de él, es decir, en el Otro, y está orientado por el Padre. Constituirse un Ideal
del Yo, entonces, es poder hacer una nueva elección de vida, la pasión por estudiar tal cosa,
orientarse por una profesión, ponerse al servicio de los otros mediante un trabajo, querer
constituir su propia familia, etc.

Pubertad, entonces, como ruptura, trauma, como un encuentro con lo real, que
desequilibra el tejido significante con el que venía arreglándoselas hasta el momento el
sujeto niño. De ahí en más, el sujeto púber, el adolescente, como pueda, tendrá que subjetivar
el real de la pubertad. Pasaje real que marcará un antes y un después en el que el sujeto tendrá
su responsabilidad.

Frente a la profunda transformación de la imagen del cuerpo y la irrupción pulsional,


el inconsciente teje su trama, soporte de la subjetividad. El cuerpo que habla, propicia que
lo real del goce se anude al inconsciente. “Y es en el encuentro entre esas palabras y su
cuerpo donde algo se esboza”12. La relación del cuerpo y sus goces es discordante, y es el
síntoma el que ubica un recurso privilegiado frente al desencuentro que plantea la sexualidad
y el significante. El tránsito hacia la sexualidad no es sin síntomas.

12
Lacan, J. “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”. Intervenciones y textos 2. Bs. As. Manantial, 1988.
Bibliografía

 Freud, S. “Tres ensayos para una teoría sexual” (1976), en Obras completas. Tomo VII.
Bs. As. Amorrortu, 2007.
 Freud, S. “La novela familiar del neurótico” (1908), en Obras completas. Tomo IX. Bs.
As. Amorrortu, 2003.
 Freud, S. “Tótem y Tabú” (1913), en Obras completas. Tomo XIII. Bs. As. Amorrortu,
2006.
 Freud, S. “Introducción del Narcisismo” (1914), en Obras completas. Tomo XIV. Bs. As.
Amorrortu, 2003.
 Freud, S. “La organización Genital Infantil” (1923), en Obras completas. Tomo XIX. Bs.
As. Amorrortu, 2006.
 Freud, S. “El sepultamiento del complejo de Edipo” (1924), en Obras completas. Tomo
XIX. Bs. As. Amorrortu, 2006.
 Lacan, J. “Función y campo de la palabra en el psicoanálisis”, en Escritos I. Siglo XXI,
1971.
 Lacan, J. El Seminario. Libro 5. “Las formaciones del inconsciente” (1958). Bs. As.
Paidós, 2007.
 Lacan, J. El Seminario. Libro 11. “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”
(1964). Bs. As. Paidós, 2007.
 Lacan, J. “La familia”. Ed. Argonauta. 1978.
 Lacan, J. “De los Nombres del Padre”. Inédito. Bs. As. Paidós, 2005.
 Lacan, J. “El despertar de la primavera”, en Intervenciones y textos 2. Bs. As. Ed.
Manantial, 1988.
 Lacan, J. “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma”. Intervenciones y textos 2. Bs. As.
Manantial, 1988.
 Stevens, A. “La adolescencia como síntoma de la pubertad”, en “Actualidad de la práctica
psicoanalítica, psicoanálisis con niños y púberes”. Argentina. Ediciones Labrador, 1998.
 Stevens, A. “Nuevos síntomas en la adolescencia”. Revista Lazos Nº 4. EOL Sección
Rosario. Fundación Ross, abril de 2001

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