abía una vez una cigarra y una hormiga que reaccionaron distintamente al
verano.
La primera se propuso disfrutar de lo lindo de la agradable estación, y en tal
sentido se la pasaba jugando, riendo, cantando y descansando, mientras que
la segunda trabajaba arduamente, acumulando provisiones para tiempos más
duros.
Cada día del período estival era lo mismo. La cigarra disfrutaba y la hormiga
trabajaba.
Sin embargo, las estaciones se suceden unas a otras y el verano fue dando
paso al otoño, cuando la vegetación cede y los alimentos que la primavera y el
verano ponen a disposición de todos empiezan a escasear.
Poco a poco esto fue ocurriendo, pero para cuando la juguetona cigarra se dio
cuenta, ya era muy tarde; no le quedaba alimento alguno.
Entonces recordó que la hormiga se había aprovisionado bien para las
estaciones duras y le pidió que le dejara acompañarla y disfrutar de sus
provisiones. Molesta por el descaro, la hormiga le reprochó a la cigarra y le
dijo:
-Acaso no viste cuán duro trabajé mientras tú solo jugabas y reías. ¿Cómo te
atreves a pedirme tal cosa? Además, en mi casa no hay sitio para ti como bien
puedes ver por el tamaño.
De esta forma la cigarra comprendió lo tonta que había sido. Su actitud
perezosa y su falta de previsión le impedirían pasar felizmente el otoño y el
invierno, para los que aún no tenía un refugio seguro.
Otra versión de La cigarra y la hormiga
Acontecía el verano en el bosque, y todas las criaturas vivían felices de
despertar cada mañana bañadas con los rayos del Sol. La yerba era de un
verde radiante, las flores mostraban colores hermosos y el agua de los ríos
corría con alegría hacia el mar. La cigarra, también se alegraba de celebrar
cada mañana el rocío de las plantas y los rayos del Sol. Desde bien temprano
en la mañana, entonaba melodías hermosas y así continuaba hasta la llegada
de la tarde, e incluso en la noche.
Tanto cantaba la cigarra que los animales del bosque se alegraban con sus
melodías y caminaban de un lado al otro bailando al compás de la música. Sin
embargo, una pequeña hormiga que habitaba cerca del lugar, apenas tenía
tiempo para detenerse a disfrutar las canciones de su compañera la cigarra.
Trabaja tanto la hormiga recogiendo alimentos, que desde que amanecía bien
temprano hasta que el Sol se ocultaba en el horizonte, no paraba nuestra
amiga de buscar provisiones.
“¿No piensas parar un segundo, amiga adorada?” – le dijo la cigarra a la
hormiga al verla tan esforzada. “El verano no durará para siempre, querida
compañera. Pronto llegará el invierno y debo estar preparada. Tú también
deberías hacer lo mismo”. Pero la cigarra no hizo más que reírse con
estruendosas carcajadas mientras que la hormiga continuaba transportando
frutas y granos al interior de su casita.
Así pasaron los días, las semanas y los meses. La hormiga jamás se detuvo un
instante, pero la cigarra continuaba cantando con alegría y despreocupación.
Al cabo de un tiempo, comenzó a sentirse un aire frío que bajaba de las
montañas, los rayos del Sol no eran tan fuertes y la yerba había perdido su
brillo. El invierno había comenzado, y lo que antes era frescura y luz, ahora se
convertía en un ambiente gris y muy frío.
La cigarra ya no cantaba tanto como antes, y cuando llegó la noche, la nieve
inundó el bosque y repletó las ramas de los árboles sin hojas. Cansada de
tanto caminar y sin encontrar un buen refugio, la cigarra llegó a la casa de la
hormiguita apartando los copos de nieve del lugar. Con gran esfuerzo tocó en
la puerta de su amiga, y como el sonido del viento frío era insoportable, gritó
con todas sus fuerzas:
“Amiga mía, por favor. Estoy desvanecida por la fatiga y por el hambre, mi
cuerpo no aguantará tanto frío y temo que pueda morir congelada. Ayúdame,
necesito comer algo y resguardarme. ¡Por favor!”. Pero la hormiga no le prestó
atención a los sollozos de la cigarra, y después de oír durante un tiempo sus
plegarias, se acercó a la puerta y le dijo:
“Lo siento, amiga cigarra. Yo trabajé con gran esfuerzo para reunir comida y
protegerme del frío, y mientras tanto, ¿Tú qué hacías? ¿En qué empleaste tu
tiempo mientras el verano aún era bondadoso?”
“Pues yo cantaba y cantaba acompañada de los rayos del Sol. Era muy feliz,
pero ahora ya no tanto”.
“Entonces, si te dedicaste a cantar todo este tiempo bajo el Sol, ahora te toca
bailar al compás del frío. Eso le pasa a los holgazanes como tú”.
Y dicho aquello, la hormiguita se alejó de la puerta para continuar con su cena
y disfrutar del calorcito tan agradable que le brindaba su casita. ¿Y la cigarra?
Pues no tuvo más remedio que pasar un duro invierno rodeada de nieve, pero
estamos seguros que aprendió su lección de una vez y por todas.
Es así, queridos amigos, el tiempo es oro y debemos saber aprovecharlo. No lo
desperdicien.