Viacrucis Eucarístico
de San José María Robles.
“Quiero amar tu Corazón,
Jesús mío, con delirio,
quiero amarte con pasión,
quiero amarte hasta el
martirio”.
PRESENTACIÓN
Siempre la Cruz y la Eucaristía van íntimamente unidas, más aún, forman el
mismo misterio de Cristo muerto y resucito. Por eso, en su ferviente devolución
eucarística. San José maría Robles Hurtado, sacerdote diocesano de
Guadalajara y mártir mexicano, escribió un Vía crucis eucarístico para recorrer
le camino de la Cruz junto a Jesucristo, presente en la Eucaristía. El camino de
la Cruz marcó fuertemente la vida de San José maría Robles: el 3 de mayo de
1888, día de la Santa Cruz, nació en Mascota, Jalisco, y ese mismo día recibió
el Sacramento del Bautismo, que se sepultura con Cristo para resucitar con Él.
La espiritualidad cristiana del seminarista y el sacerdote José María Robles
estuvo fuertemente marcada por una profunda y ferviente devoción al Sagrado
Corazón de Jesús, presente en la Eucaristía, y estuvo siempre dispuesto a
ofrecerse él mismo como víctima de explicación por los pecados del mundo.
Esta devoción trató de comunicarla constantemente a las comunidades
parroquiales donde él ejerció el ministerio sacerdotal: Nochistlán, Zacatecas, y
Tecolotlán, Jalisco; para eso fundó la congregación religiosa de las Hermanas
Víctimas del Corazón Eucarístico de Jesús, quienes más tarde recibieron el
nombre de Hermanas del Corazón de Jesús Sacramentado, y a quienes
siempre recomendó el amor y el sacrificio por Jesús Eucaristía.
Entre los numerosos escritos, llenos de piedad, que salieron de la pluma del
Padre Robles durante los catorce años de su vida sacerdotal, se encuentra
esta meditación del Vía crucis, en que nos invita a seguir los pasos de Jesús,
cargando la cruz de cada día, como él mismo lo hizo, soportado pacientemente
la persecución y el sufrimiento, hasta que, en la madrugada del día 26 de junio
de 1927, perdonado a sus verdugos y besando la soga con que sería
ahorcado, murió colgado de las ramas de un roble.
El Señor le concedió lo que ardientemente le había perdido:
“Quiero amar tu Corazón,
Jesús mío, con delirio,
quiero amarte con pasión,
quiero amarte hasta el martirio”.
Como un valioso subsidio, la Comisión Diocesana del Culto Eucarístico fuera
de la Misa de la Diócesis de Tulancingo, hemos querido retomar estos textos
para meditarlos especialmente en está Cuaresma y como preparación para
nuestro III Congreso Eucarístico.
Vía crucis Eucarístico de San José María Robles.
2
PRÓLOGO
«Uno de mis acerbos suplicios -dice Santa Margarita María- era cuando se me aparecía el
Divino Corazón y me decía estas palabras: “Tengo sed, pero sed tan ardiente de ser
amado de los hombres en el Santísimo Sacramento, que me consume, y no encuentro a
nadie que se esfuerce, según mis deseos, en refrigerarme de volviéndome algo a cambio
de mi amor”».
Para responder a esta dolorosísima queja del Divino Prisionero del Sagrario, debemos dar
a nuestros actos de piedad, sean los que fuere, una forma tal, que pueda llamarse, en
vigor, Eucaristía. Es decir, que así nuestros pensamientos como nuestros afectos, lo
mismo nuestras palabras que nuestras acciones; tanto nuestras alegrías con nuestras
tristezas y dolores, absolutamente todo, tenga su realización en Jesús, con Jesús y por
Jesús, en el Santísimo Sacramento.
Si de esta manera debemos proceder en todos nuestros actos, con mayor y singular
razón, tratándose del excelente y provechoso ejercicio del Vía Crucis.
Los ultrajes, los sacrilegios y las abominaciones que se cometen contra Jesús
Sacramentado, ¿no exigen una especial reparación, cuando no son otra cosa, por
desgracia, que una nueva Pasión a la continuación de los padecimientos infinitos del
Redentor, en su vida mortal? El mismo Jesús, en sus tiernas y frecuentes revelaciones a
Santa Margarita, su discípula predilecta, nos descubre su Pasión en la Eucaristía.
Contemplémosle con el alma transida de pena y resueltos a consolarlo.
«Mi Soberano me hizo ver el mal tratamiento que recibe de un alma que comulga
indignamente, donde lo vi como atado, pisoteado y despreciado, diciéndome: “Mira cómo
me tratan los pecadores y cómo me desprecian”».
«Un día, por unas almas que lo recibían, no indignamente, pero sí con tibieza, mi Salvador
se me apareció todo desgarrado y desfigurado, y me dijo: “He sido introducido a fuerza de
cordeles en sitios estrechísimos, guarnecidos por todos lados de puntas, de clavos y de
espinas que me han reducido a este estado”».
Sentí muy vivo deseo de saber la explicación de aquellas palabras; entonces nuestro
Señor me dio a entender: Que los cordeles eran la promesa que nos hizo de darse a
nosotros; la fuerza, su amor: los sitios estrechos, son los corazones mal dispuestos, y las
puntas el espíritu de orgullo. Otra vez oí una voz que me decía: “Mira, hija mía, el mal
tratamiento que me da esa alma que acaba de recibirme. Ella ha renovado todos los
dolores de mi Pasión”.
Yendo un día a comulgar, distinguí la Sagrada Hostia resplandeciente como un sol, cuyo
brillo, sin embargo, podía soportar. Nuestro Señor está en medio de una corona de
espinas.
Otra vez, la Hostia, nuestro Señor se presentó a mí después de la santa Comunión, bajo
la figura de un ecce homo cargado con su Cruz, todo cubierto de llagas y cadenas. Su
sangre adorable manaba por todas partes, y decía con voz dolorosamente triste: “¿No
habrá nadie que tenga compasión de mí y que quiera acompañarme y tomar parte de mi
dolor, en este lastimoso estado en que me han puesto los pecadores?”.
3
Tan sentidas quejas y estado tan lastimoso de Jesús en la Eucaristía, ¿no nos han
revelado ya la Pasión crudelísima que sufre en su cautiverio de amor? Jesús
sufre mucho, infinitamente, en el Sagrario.
Escuchemos aún otras de sus quejas, para más y mejor determinarnos a vivir una vida,
toda, eucarística: «Verdad es, hija mía, que mi amor me ha hecho sacrificado todo por
los hombres, sin que ellos meden nada a cambio, lo cual me es mucho más sensible
que cuanto he sufrido en mi Pasión; tanto, que si me devolvieran algún amor en
retorno, estimaría en poco todo lo que por ellos, hice, y querría hacer aún más si fuera
posible; pero no tiene para corresponder a mis desvelos en hacerles bien, sino
frialdades y repulsas.
He aquí el Corazón que ha amado a los hombres con tanto extremo, que no ha
perdonado desvelos, hasta agotarse y consumirse por testificarles su amor, y por toda
correspondencia sólo recibe, de la mayor parte de ellos, ingratitudes, significadas en
los desprecios, desacatos, sacrilegios y frialdades con que me tratan en este
Sacramento de Amor. Pero lo que más me lastima es que sean corazones consagrados
a mi servicio los que obran así».
¿Permaneceremos fríos, nos cruzaremos de brazos ante estas quejas de Jesús,
resumidas en la que profiere el Profeta: «Busqué quien se afligiera conmigo y me
consolara, y no lo hallé»? «No», nos responden una santa religiosa y gran apóstol
del Corazón Eucarístico: «Las personas consagradas a honrar al Sagrado Corazón de
Jesús, deben reparar cuanto puedan, con sus adoraciones, homenajes y alabanzas,
los oprobios y desprecios a los cuales estuvo expuesto el amor al Hijo de Dios, durante
todo el curso de su santa vida y Pasión, y a los que aún se le expone todos los días en
el Santísimo Sacramento del Altar. Deben, pues, aplicarse con cuidado a honrar las
pernas interiores de este Corazón adorable, que le fueron más sensibles que todos los
dolores exteriores de su santa humanidad».
De los conceptos anteriormente vertidos, se desprende la poderosa razón de la
existencia del presente Vía Crucis, escrito al pie del Sagrario, consagrado a las almas
víctimas del Corazón Eucarístico de Jesús, y sin otro fin que abrasar y consumir mi
pecho y el de mis hermanos con el fuego ardiente, con la caridad infinita de quien sin
cesar nos dice: «Mis delicias son estar con los hijos de los hombres».
¡Jesús Hostia, divino Esposo de nuestras almas, haced que vivamos en el Sagrario y
que muramos de amor por Vos!
En el presente Vía Crucis, contémplese a nuestro Salvador así en su Pasión sangrienta
como en su Pasión eucarística. Los sufrimientos de Jesús en la ciudad deicida y sus
sufrimientos en el solitario o ultrajado Tabernáculo, constituyen una sola materia de
meditación. Con la Verónica, con las piadosas mujeres, con Magdalena y con María,
nuestra afligida Madre, acompañamos a Jesús desde el Pretorio hasta el Gólgota, ora
enjugando su Faz divina, ora llorando su Pasión ya abrazándonos a su Cruz, ya
ofreciéndole a su eterno Padre por nuestra redención; mas no nos detenemos aquí,
sino que, de hinojos y con un corazón todo amante y sacrificado, consolamos a nuestro
Dios desde sus penas del Sagrario, hasta su nueva Crucifixión en el pecho sacrílego
que indignamente le recibe.
Nochistlán, Zacatecas,
viernes 1 de septiembre de 1916. 4
Pbro. José María Robles Hurtado.
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20