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Me Das La Felicidad - Sophie Saint Rose

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Me das la felicidad

Sophie Saint Rose

 
Laura Duncan no había tenido una vida fá cil e intentaba disfrutar de la vida lo
má ximo posible. La carta de un editor diciendo que su novela era una mierda, no le iba
a desmoralizar. Encontrar a Dan Morton en la puerta de la editorial era mala suerte,
pero que fuera el dueñ o era todavía peor porque su objetivo cambió en cuanto le echó
la vista encima. Ese hombre tenía que ser suyo.
Indice

Indice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 1
 
  
Laura entró en el portal de su casa y fue directamente hacia el buzó n, sintiendo
los nervios de anticipació n que experimentaba siempre que esperaba a que llegara la
carta que le cambiara la vida. Sonrió al ver los sobres y los cogió apresurada pasando
uno tras otro hasta leer el logotipo de la Editorial Morton. Se le cortó el aliento al ver
las iniciales doradas entrelazadas.
— ¿Ha habido suerte? —levantó la vista y vio a su lado a su vecino de puerta.
Sonrió radiante y Liam asintió — Veo que sí.
—No adelantemos acontecimientos. Me han contestado, que ya es algo.
Su amigo apoyó el hombro en los buzones, quitá ndose el gorro de lana gris que
llevaba, dejando su pelo castañ o a la vista totalmente despeinado— ¿No la abres?
—Sí. — pero algo en su interior le impidió dar la vuelta al sobre— No.
Liam se echó a reír— ¿Quieres disfrutar del momento?
—Exacto. Seis meses en los que no he recibido respuesta de nadie y aquí tengo
una. — cerró el buzó n girando la llave— Voy a disfrutar de esta sensació n una hora
por lo menos.
Su amigo le guiñ ó un ojo— ¿Quieres salir a celebrarlo? Es viernes.
—Hoy no puedo. Tengo turno esta noche. — se giró para ir hacia el ascensor y
Liam la siguió . Cuando entraron su amigo pulsó el botó n del cuarto y le quitó el gorro
dejando caer sobre sus hombros sus rizos pelirrojos— Te vas a asar.
—El señ or Marielli seguro que se ha quejado otra vez y han vuelto a subir la
calefacció n — dijo mirando el sobre y acariciando las letras doradas.
—Por mí perfecto. Me gusta dormir desnudo.
Ella le miró sorprendida con sus ojos verdes — ¿Duermes en pelotas? ¡Será s
guarro!
Liam se echó a reír— Te juro que a veces me sorprendes.
— ¿Y si entra Anne en tu habitació n a pedirte algo o…
— ¿Qué culpa tengo yo de que no llame a la puerta como todo el mundo?
A ella no se la daba y le dijo maliciosa— Lo que pasa es que quieres que entre,
¿verdad? Para que vea tu soldadito. —Liam se partía de la risa negando con la cabeza
y saliendo del ascensor fue hacia la puerta de su casa. Intrigada le siguió — Es eso,
¿verdad?
—Anne no quiere nada conmigo. Y ya ha visto mi soldadito — dijo antes de
entrar en su piso. Asombrada vio que se volvía guiñ á ndole un ojo entrando en su casa
y que le cerraba la puerta en sus narices.
— ¡No me dejes así! — le gritó a la puerta escuchando como Liam se reía al otro
lado— ¿Te has acostado con ella?
— ¡No seas cotilla! — gritó la señ ora Ló pez desde su casa.
— ¡Có mo si usted no quisiera saberlo!
— ¡Ya lo sé! — la vecina de la otra puerta abrió mostrando su picardías negro.
Para tener sesenta añ os no tenía mal cuerpo. Su pelo teñ ido de negro estaba lleno de
rulos. ¿Có mo era posible que siempre llevara los labios de rojo chilló n?
—Cuente, cuente…— susurró acercá ndose.
—Pues verá s…— la mujer miró hacia la puerta de su amigo —Hace como un
añ o él llegó algo piripi.
— ¿Liam? — preguntó asombrada.
— ¿Quién iba a ser sino? ¡No me interrumpas, niñ a!
—Perdó n.
—Pues ella se enfadó mucho cuando tiró la lá mpara del saló n rompiéndola. Le
llamó de todo y…— bajó el tono de voz — creo que él se puso a llorar.
— ¡No! — se llevó una mano al pecho sintiéndolo por su amigo.
—Sí, a mí también me dio mucha pena. Pues eso. Una cosa llevó a la otra y se
acostaron.
Jadeó tapá ndose la boca. ¡Iba a matar a su amiga! ¡Mira que no contarle algo
así! ¡Ten amigas para eso!
—Al parecer en una prueba fueron muy crueles con él y le dijeron que nunca
sería actor. Mira que cabrones. Casi hunden al chico. —la mujer apretó los labios
disgustada— Siempre hacen lo mismo. No saben reconocer el verdadero talento.
—Cierto. — indignada miró la puerta de su amigo— ¿Y qué pasó después?
—Pues tu amiga, que es tonta, habló con él en el desayuno después de tener al
menos cinco orgasmos increíbles, para decirle al pobrecito que su relació n de amistad
era má s importante que el sexo.
— ¿Cinco? — preguntó con los ojos como platos— ¡Menuda resistencia!
— ¡Lo he oído! — gritó su amigo desde dentro de su casa— ¿Queréis meteros
en casa, cotillas?
— ¡No entiendo como no me lo habéis contado! ¡Menudos idiotas!
Liam abrió la puerta de golpe y salió en vaqueros mostrando sus marcados
abdominales. No estaba de muy buen humor. Las fulminó con sus ojos marrones —
¡Es algo personal! ¡No tengo que contá rtelo todo!
— ¡Pero Anne sí!
Liam puso los ojos en blanco antes de meterse en casa y cerrar de un portazo.
Alucinada miró a la señ ora Ló pez —La voy a matar.
—Sí, y dile que tiene que ser idiota para no querer nada con nuestro chico. Mira
que no intentarlo. Si es un amor. Yo me lo comería vivo.
Laura asintió — ¡Si las tiene a patadas! —se acercó a la mujer y susurró —
Ademá s está loca por él.
— ¿Viviendo con él? Sería imposible resistirse. Tiene que estar mal de la cabeza
para rechazar orgasmos como esos.
Se abrió la puerta del ascensor y Anne las miró sonriendo de oreja a oreja. Sus
rizos negros estaban perfectos y sus ojos azules brillaban de alegría. Ambas se
cruzaron de brazos fulminá ndola con la mirada y Anne fue perdiendo la sonrisa poco a
poco acercá ndose mientras se quitaba la bufanda— ¿Qué pasa?
— ¿Qué pasa? No sé. Dímelo tú — dijo Laura. — ¡Un añ o!
— ¡Nos han subido el alquiler otra vez!
Laura y la señ ora Ló pez se miraron antes de negar con la cabeza. Anne frunció
el entrecejo— ¿La luz? — negaron con la cabeza— Van a echar al del segundo. —
negaron con la cabeza— Pues no sé, como no os expliquéis…
— ¡Te has acostado con Liam! — le gritaron las dos a la vez.
Anne gimió yendo hacia su puerta— Tengo que…lavarme el pelo.
— ¡Alto ahí! — le exigió Laura cogiéndola por el hombro cuando iba a meter la
llave en la cerradura— Tú no te me escapas.
— ¿Tenemos que hablarlo ahora? Tengo una cita.
— ¡Esto es el colmo! — dijo la señ ora Ló pez entrando en casa y dando un
portazo— ¡Esta niñ a es tonta!
Anne miró asombrada a Laura— ¿Me ha llamado tonta?
Laura tiró de su brazo hasta la puerta de al lado y sacó sus llaves abriendo la
puerta para que entrara su amiga, que todavía estaba algo descolocada. Cuando cerró
la puerta, se quitó el abrigo sin quitarle la vista de encima, dejando ver sus vaqueros y
su jersey rojo. Se cruzó de brazos mirá ndola fijamente y Anne suspiró dejando caer el
bolso al suelo para quitarse el suyo.
—No te lo conté porque precisamente no quería esto.
Esas palabras le cortaron el aliento— ¿No querías contá rmelo? ¿Por qué?
Anne fue hasta su viejo sofá y se dejó caer— Mira, todos somos amigos. Si te lo
contá bamos, te pondrías del lado de uno de los dos y sería un conflicto para ti. No
queríamos eso.
Laura entrecerró los ojos. ¿Entonces por qué Liam le había dicho lo del
soldadito? Abrió los ojos como platos. Estaba claro que su amigo buscaba ayuda
desesperadamente.
Se acercó y se sentó a su lado— No es un conflicto. Si queréis estar juntos bien.
Y si no queréis también.
Anne sonrió levantá ndose— Perfecto. Me piro, que tengo mucho que hacer.
—Pero…. —Su amiga gimió deteniéndose y volviéndose a regañ adientes— Te
gusta. —Anne chasqueó la lengua— No me mientas. Sé que está s loca por él. ¿Por qué
has dejado pasar la oportunidad? No lo comprendo. —Anne se mordió el labio inferior
sin contestar— Só lo explícame eso.
Los ojos de Anne se llenaron de lá grimas y después de unos segundos susurró
con la voz congestionada— Porque me aterra perderle.
Laura se emocionó — Anne, ¿pero qué dices? Nunca le perderías.
—Si lo nuestro no funcionara, empezarían los malos rollos y las discusiones. Yo
tengo muy mal cará cter y…
Laura sonrió — Cielo, después de tres añ os viviendo contigo, creo que sabe de
sobra el cará cter que tienes. Lo sabe todo el edificio.
Su amiga jadeó indignada— ¡Tampoco soy una loca que chilla todo el día!
— ¿Ves?
Anne se sonrojó y se apretó las manos. Sorprendida vio que llevaba todavía los
guantes puestos. Se los quitó furiosa— Bueno, de todas maneras da igual. Ahora no
querrá nada conmigo.
—Pídele un picardías a la señ ora Ló pez y paséate enseñ ando ese culito por la
casa. Si no está is en la cama antes de media hora, me como la carta que me han
enviado de la editorial.
— ¿Te han enviado una carta? — los ojos de su amiga se alegraron
sinceramente— ¿Y qué te dicen?
Emocionada se encogió de hombros y Anne la miró confundida— ¿Y eso que
significa?
—No la he abierto.
—No me digas má s —dijo exasperada. — Está s disfrutando el momento.
—Ciertos momentos en la vida son para disfrutarlos. Este es uno de esos
momentos.
—Me pones de los nervios. — Anne miró a su alrededor y vio las cartas al lado
del bolso sobre la butaca de mimbre. Fue hasta allí y cogió los sobres sonriendo al ver
el de la editorial— Venga, á brelo. Ya has disfrutado bastante.
Como tampoco se podía resistir má s, se levantó del sofá y fue hasta ella
cogiendo el sobre de su mano.
— Espera. Esta carta se merece abrirla con estilo. — Anne rodeó la barra de la
pequeñ a cocina y cogió un cuchillo— Su abrecartas, milady.
Se echó a reír y metió la puntita del cuchillo en la esquina del sobre. Anne
apoyó los brazos en la encimera de linó leo observando ansiosa có mo lo abría con
cuidado.
—Vamos allá . — susurró sacando la hoja de papel del sobre.
Laura sonriendo lo abrió leyéndola a toda prisa. Fue perdiendo la sonrisa poco
a poco y Anne la miró con pena —No te preocupes. A mí me han rechazado millones
de veces.
Forzó una sonrisa, pero sus ojos verdes estaban a punto a llorar—Tienes razó n.
No debo rendirme.
—Esa es mi chica. — rodeó la barra de la cocina y la abrazó con fuerza.
— ¿Así consolaste a Liam? No me extrañ a que cayera. Tienes unos pechos
enormes.
Su amiga jadeó ofendida— ¡Será s idiota! — se apartó arrebatá ndole la carta.
— ¡No la leas!
—No seas tonta. No puede ser tan malo. — se puso a leerla mientras Laura
gemía apartá ndose los rizos de la cara. Anne jadeó con los ojos como platos leyéndola
a toda prisa— ¡Será cabró n! ¿Có mo puede decirte algo así?
Hundida se sentó en el sofá . Se quedó mirando el suelo y Anne la miró con pena
— No te pongas así.
Una lá grima cayó por su mejilla y se la apartó furiosa consigo misma por
hacerse ilusiones. Después de seis meses debería haberse dado por vencida— Soy
idiota. Nunca me la publicará n.
Su amiga se sentó a su lado y la abrazó por los hombros chasqueando la lengua
al ver que tenía la carta en la mano. La dejó sobre la mesa de centro sobre un montó n
de libros— Lo que pone esa carta es mentira. Seguro que ni siquiera la ha leído. ¿Có mo
te dice que es una novela malísima y que no tienes ni idea de escribir? ¿Quién se ha
creído que es para decir algo así?
Laura sonrió — La firma un tal Clayton Stuart. Es editor, ¿sabes?
—Pues no tiene ni zorra idea de lo que hace. Has escrito la historia de amor
má s conmovedora del mundo y eres una escritora que me hace llorar como ninguna.
Ese hombre no tiene ninguna sensibilidad.
—Eso está claro, después de ponerme verde. — cogió la carta y leyó — “No sé
ni có mo se le ha ocurrido la genial idea de que pudiera interesarnos su historia. Esta
es una editorial seria, que no publica folletines del siglo diecinueve sobre vírgenes
sirvientas enamoradas de un lord de mal cará cter. ¡Si se cree Jane Austin, es hora de
que entre en el siglo veintiuno!”
—Un cabró n, lo que yo decía.
—“Ademá s su técnica es pésima y no llegaría al lector ni aunque le sujetá ramos
a una silla para que escuchara su historia. No pierda má s el tiempo y siga sirviendo
hamburguesas”
— ¡Eres camarera de un restaurante de lujo! ¿Ves có mo no tiene ni idea de lo
que habla?
Laura bufó dejando la hoja sobre la mesa de nuevo— Menudo repaso me ha
dado. Hasta me ha quitado el hambre.
—Eso es del disgusto. — le acarició la espalda— No te rindas. Es un capullo que
seguro que ha leído la sinopsis sin abrir el manuscrito. Te he dicho mil veces que no
les envíes la sinopsis.
— ¡Es que entonces no las leen!
— ¡Laura, no las leen igualmente! ¡Tienes que conseguir que tengan curiosidad
y abran el libro! ¡Si leen un resumen, ni se van a molestar porque creen que el tema no
interesa! ¡Seguro que si fueras un famoso que saca un libro de recetas, se mataban por
publicá rtelo!
Entrecerró los ojos mirando a su amiga. ¿Y si tenía razó n? Había leído en
Internet mil consejos para conseguir que los editores se interesaran por las obras que
les enviaban. Recibían miles de manuscritos al añ o y muy pocos autores desconocidos
llegaban a publicar un libro. El noventa y nueve, coma noventa y nueve acababan en la
basura si leer. Quizá s Anne tenía razó n. Tenía que conseguir que leyeran su
manuscrito.
— ¿Por qué no te buscas un agente literario?
— ¿Por qué no me quiere ninguno? El diez por ciento de nada, es nada.
Anne suspiró — No quiero que te decepciones. Seguro que alguien en un día de
aburrimiento le da por abrir tu manuscrito y bum. ¡Best seller!
Laura sonrió sin poder evitarlo— En un día de aburrimiento, ¿eh?
—Nunca se sabe. — Anne miró su reloj de pulsera— Uff, me tengo que ir.
Tengo que llamar a mi cita para darle una excusa.
— ¿Lo vas a intentar?
— ¿Lo vas a intentar tú ?
Se miraron a los ojos y asintieron a la vez. Se abrazaron y Laura susurró — A
por él, nena.
Escucharon un portazo en la puerta de al lado y ambas se miraron con los ojos
como platos— ¡Se va!
Corrieron hacia la puerta y abrieron de golpe para ver a Liam vestido de negro
poniéndose la cazadora de cuero ante el ascensor. Se volvió y las miró con
desconfianza— ¿Qué pasa? — miró a Laura a los ojos. Su amiga se puso como un
tomate— ¿Todo va bien?
— ¡Sí! — respondieron juntas haciéndole entrecerrar los ojos.
— ¿Seguro?
— ¿A dó nde vas? — preguntó Laura.
—He quedado con los chicos. ¿Por?
—Pues…— miró de reojo a Laura que le dio un codazo— Laura está muy
disgustada…
Su amigo se acercó preocupado— ¿La carta?
—Ha sido como si un camió n le pasara por encima— dijo Anne mirá ndola con
pena.
Laura asombrada se quedó con la boca abierta porque estaba utilizando su
carta para ligarse a su amigo. ¡Tendría cara! Anne le pidió perdó n con la mirada
haciéndola reaccionar— ¡Sí! Estoy hecha polvo.
—Vaya. — Liam la cogió por los hombros y la abrazó — Lo siento mucho. Otra
vez será .
—Eso mismo le he dicho yo. ¿No crees que deberíamos animarla?
Laura dijo que no en silencio sobre el hombro de su amigo y Anne junto las
palmas de las manos rogá ndole.
Cuando Liam se separó , ellas pusieron caras de inocencia— Claro, para qué
está n los amigos.
— ¿Qué tal si pedimos una pizza?
—Es una idea estupenda. — siseó Laura entrando en su casa con ellos detrá s.
Liam se quitó la cazadora y dijo que iba a llamar a sus amigos para cancelar sus
planes.
— Te voy a matar — dijo sacando unas cervezas de la nevera.
— ¡Tenía que hacer que no se fuera! No quiero perder el valor.
—Me debes una…
—¡Si no está s haciendo nada!
—En una hora me voy al trabajo.
—No necesito una hora. — indignada se volvió con las cervezas en la mano y
vio como Liam se acercaba sonriendo— ¿Ya lo has arreglado?
—He quedado con ellos después. Laura trabaja esta noche. — vio la carta sobre
la mesa y la leyó chasqueando la lengua— Este gilipollas no la ha leído.
—Cierto — dijo Anne satisfecha. — Deberías entrar en su despacho e
interrogarlo para dejarle con el culo al aire. ¡Y demandarlo! ¡Demandarlo y pegarle
una paliza!
La miraron como si estuviera chiflada y Anne se echó a reír— ¿Có mo hago el
papel de loca?
—A la perfecció n —dijo Liam divertido. — ¿Cuá ndo tienes la prueba?
—Mañ ana. Esta no se me escapa.
Liam se sentó en el sofá y miró a Laura— De verdad, no te deprimas por esas
chorradas. Cuando se cierra una puerta se abre una ventana.
— ¿Para tirarse por ella?
— ¿Sabes lo que deberías hacer? Buscar trabajo en una editorial — dijo Anne
dejá ndolos con la boca abierta.
— ¿En una editorial? ¿Haciendo qué?
—Lo que sea. Es para meterte en el negocio. Haces amiguitos y después no
pueden negarse a leer tu libro.
Liam asintió — No es mala idea. Se sentirá n obligados a leerla si les caes bien.
Laura entrecerró los ojos pensá ndolo seriamente. No era una idea
descabellada. Sintió que las fuerzas y la ilusió n volvían. Sus amigos sonrieron al ver su
cara. Se miraron a los ojos có mplices y se quedaron así unos segundos hasta que Liam
carraspeó removiéndose incó modo en su asiento.
Anne sonrió satisfecha bebiendo de su cerveza mientras Laura pensaba en
có mo conseguir un trabajo en la editorial Morton. Porque tenía que ser en esa
editorial. Ese gilipollas se iba a enterar de quien era Laura Duncan.

 
Capítulo 2
 
 
 
Inquieta subió los tres escalones que la llevaban a su sueñ o. Sonrió al ver el
edificio acristalado situado en el centro de negocios de Manhattan. Miró hacia arriba
estirando el cuello, pues era un edificio enorme. El ú ltimo piso era su objetivo. Ya se
imaginaba agasajada por el gran jefazo de la industria editorial, entregá ndole una
copa de champá n mientras le mostraba su suculento contrato.
Alguien la empujó al pasar — ¡Auchh! —se frotó el hombro viendo pasar a un
grupo de trajeados sin hacerle ningú n caso— ¡Vaya modales!
— ¿Quiere quitarse de la puerta? — preguntó una voz masculina tras ella.
Se volvió molesta y perdió el habla al ver unos ojos negros rodeados de unas
pestañ as larguísimas. La miraban como si quisiera que desapareciera, pero Laura no
pudo evitar suspirar.
— ¿Está sorda?
Ella le miró de arriba abajo y sonrió descarada— ¿Trabajas aquí, bombó n?
El tío frunció el ceñ o diciendo con ironía— Sí, bombó n. Trabajo aquí.
Se lo comía con los ojos, desde su pelo negro impecablemente peinado, bajando
por su recta nariz que mostraba cará cter, hasta llegar a su mandíbula. Suspiró
mirando el antiguo agujero de su oreja. Era un rebelde, como a ella le gustaban —Eres
muy mono.
—Mono, ¿eh? —levantó una ceja mirando sus vaqueros desgastados que
dejaban al aire sus rodillas— ¿Te dedicas a ligar ante las empresas a ver si pillas algo?
Se sonrojó ligeramente— Pues no. Vengo a una entrevista. —dio un paso hacia
él— Si tengo suerte te veré todos los días, guapo. ¿Sales a las cinco?
Eso pareció hacerle gracia y se cruzó de brazos mostrando su carísimo reloj de
oro— Déjame adivinar. Eres una escritora casi en la ruina que intenta conseguir una
oportunidad.
—Shusss. — miró a su alrededor — ¡Te pueden oír!
—Lo sabía. —molesto dejó caer los brazos antes de rodearla para ir hacia la
puerta.
Levantó la barbilla orgullosa— Lo voy a conseguir.
—No lo dudo.
— ¡Recuerda lo que te digo, macizo! ¡Me vais a rogar que escriba para vosotros!
— chilló sin darse cuenta, provocando que todos los que entraban la miraran
horrorizados.
É l entró sin hacerle ni caso mientras que Laura se ponía como un tomate—
¿Qué mirá is? ¿No tenéis que trabajar? A ver si leéis má s y así reconoceríais un buen
escritor cuando se os pone delante. — colocá ndose el asa del bolso sobre el hombro,
entró muy digna atravesando la gran puerta de cristal.
Quizá s debería tomarse las cosas con má s calma, pensó para sí mirando a su
alrededor. Vio al macizo ante los ascensores y la miró de reojo. Ella sonrió guiñ á ndole
un ojo. Puso cara de exasperació n, pero ella sabía que le había gustado. Sino no se
habría quedado a hablar con ella.
—Ya caerá s, guapo — dijo para sí yendo hacia la recepció n.
Una chica muy mona le sonrió — Buenos días. Bienvenida a la editorial Morton.
¿En qué puedo ayudarla?
— ¿Tienes que decirle eso a todo el mundo? Debes soñ ar con las frasecitas.
—No lo sabes bien. — sonrió divertida— ¿Vienes a la entrevista?
— ¿Se nota?
—Pues sí. — la miró de arriba abajo y se acercó — ¿Vas después a trabajar en
un establo?
—Muy graciosa. ¡Es un empleo de repartidora!
—Pues ya verá s a la competencia. —puso los ojos en blanco— Vienen de traje.
Gruñ ó quitá ndose el abrigo porque allí hacía calor— ¿Có mo te llamas?
La chica señ aló la plaquita que tenía en la solapa de su impecable chaqueta
negra— Judith Albinoni. ¿No había un compositor que se apellidaba así?
— ¡Pues sí! ¿Sabes? Eres la segunda persona que me lo pregunta.
— ¿Y quién fue la primera?
—El jefe. Es un apasionado de la mú sica clá sica. ¿Y tú có mo te llamas?
—Laura Duncan.
—Escocesa.
— ¿Có mo lo has adivinado? — preguntó divertida llevá ndose una mano a sus
impecables rizos rojos.
Judith se echó a reír y le hizo un gesto con la cabeza— Segundo piso. Señ or
Spencer.
— ¿Es duro de pelar?
—No te lo imaginas. — miró a su alrededor acercá ndose al mostrador— Pero
tiene una debilidad.
—Cuenta. Soy todo orejas.
—No digas que eres escritora. Por ahí vas mal.
— ¿Es que lo llevo escrito en la frente?
—Y le vuelven loco…
—Suéltalo ya. ¡Voy a llegar tarde!
Judith soltó una risita— Los caramelos de menta.
Chilló abriendo su bolso y rebuscando hasta sacar el paquete que siempre
llevaba con ella— ¡Como a mí!
—Ahí tienes una ventaja. Ofrécele uno y te verá con otros ojos.
—Gracias, maja. — le guiñ ó un ojo yendo hacia el ascensor y entró con veinte
personas má s.
Una tía con cara de vinagre la miró de arriba abajo antes de pulsar el ú ltimo
piso. Laura miró de reojo su impecable vestido de firma. Le sentaba como un guante y
llevaba su pelo rubio recogido en un moñ o de estilo francés. Eso por no hablar de su
impecable maquillaje y de sus zapatos de piel negra que eran para morirse. Debían
costar má s que su alquiler mensual.
Al oír el clic del ascensor salió de su ensoñ ació n — Perdó n. —empujó a varias
personas para poder salir— Perdó n. —tiró de su abrigo para que no quedara entre
todas esas personas— ¡Perdó n! ¿Me dejan salir? — exasperada cuando al fin consiguió
salir del ascensor, pegó otro tiró n casi cayendo hacia atrá s del impulso. Su bolso y el
abrigo pasaron por encima de su hombro y sintió como golpeaba a alguien.
Gimió girá ndose con una sonrisa de disculpa en la cara, cuando vio al macizo
con cara de querer deportarla del país si pudiera— Lo siento. Es que no me dejaban
salir. ¿Te he hecho dañ o?
—No ha sido para tanto. — se acercó al ascensor ignorá ndola y pulsó el botó n
de llamada.
Ella le miró el trasero pues ahora no llevaba abrigo, sino un traje azul oscuro
que era un delito como le quedaba de bien— ¿Me llamo Laura y tú ?
—No te interesa.
— ¿Te está s haciendo de rogar? — se acercó a la pared y apoyó el hombro en la
pared como si fuera una quinceañ era. Suspiró profundamente y él la miró horrorizado
para después mirar a su alrededor— Te invito a comer una hamburguesa.
—No, gracias. — volvió a pulsar el botó n y ella pudo ver sus largos dedos. Qué
mano má s masculina.
—Estoy deseando trabajar aquí só lo para verte todos los días. — le miró
maliciosa— ¿A que estarías encantado, cariñ ito?
—Te aconsejo que antes de hablarle así a alguien, te enteres de quién es. —
entró en el ascensor y vio como todos lo miraban poniéndose serios y dejá ndole
mucho espacio apiñ á ndose en los laterales.
—Señ or Morton. — susurraron varios dejá ndola con la boca abierta.
É l entrecerró los ojos viendo como ella estiraba el cuello a medida que se
cerraban las puertas para no perderle de vista. É l levantó una ceja justo antes de que
se cerraran del todo.
Laura gimió dá ndose una palmada en la frente— Estupendo. ¡No podías cerrar
el buzó n que tienes por boca! — se volvió y vio que varios trajeados con tablillas en la
mano, la miraban como si estuviera mal de la cabeza. Forzó una sonrisa pensando que
seguro que ya no le daban el empleo, pero no perdía nada. Bueno, igual un par de
caramelos de menta, pero ya que había cambiado el turno para ir hasta allí, no la
echarían ni con agua caliente.
Fue hasta el ú ltimo de la fila y sonrió — ¿A dó nde tengo que ir para que me den
eso?
—A ese despacho. — le indicó una puerta abierta y Laura sonrió .
—Gracias.
— ¿Vienes a la entrevista?
— ¿No se nota?
El tío levantó una ceja mirá ndola de arriba abajo —No mucho, la verdad.
Hizo una mueca ignorá ndole y fue hasta el despacho donde una chica hablaba
por teléfono. En cuanto la vio, cogió una tablilla entregá ndosela. Laura miró a su
alrededor y cogió un lá piz interrogá ndole con la mirada. La chica asintió haciéndole
un gesto con la mano para que saliera.
Laura le guiñ ó un ojo haciéndola sonreír y salió del despacho colocá ndose la
ú ltima de la fila. Con el abrigo y el bolso no podía escribir, así que lo tiró todo al suelo
sentá ndose sobre la moqueta al estilo indio para colocar la tablilla sobre la rodilla.
Todos la miraron con los ojos como platos, pero ella ni se dio cuenta empezando a
contestar las preguntas. Rellenó sus datos personales y escribió sus estudios. Cuando
llegó a la parte de experiencia laboral escribió “Repartidora de perió dicos”. Lo había
hecho cuando estaba en el instituto, así que no mentía. Y se trataba de repartir, así que
lo haría perfectamente. Lo de camarera no le serviría de nada para trabajar allí, así
que no se molestó en ponerlo. La cola fue avanzando y ella se fue arrastrando por el
suelo mientras seguía contestando preguntas inú tiles, como qué objetivos tenía en la
vida. No podía poner ser feliz, casarse con el macizo y publicar su libro. Frunció el
ceñ o porque igual era una pregunta con trampa. ¿Y si era una de esas preguntas
retorcidas para saber la personalidad, que luego eran tan importantes para conseguir
el empleo? Decidió contestar lo primero que se le ocurría y cuando terminó sonrió
mirando a su alrededor.
Un chico que había detrá s, escribía apoyado en la pared sacando la lengua por
la comisura de la boca — ¿Por qué no te sientas?
El chico se sonrojó mirando a su alrededor— Nos está n mirando.
Ella miró a su alrededor— ¿Quién?
El chico señ aló hacia arriba y ella vio una pequeñ a cá mara en el techo.
Estupendo, ahora sí que no conseguía el trabajo. Se encogió de hombros y se quedó
sentada donde estaba, arrastrando sus cosas hasta que llegaron a una puerta de cristal
por donde salían los entrevistados cada diez minutos. Aquello iba a ser rá pido.
Al llegar a la puerta, ella se levantó recogiendo sus bá rtulos. Intentó mirar por
encima del hombro del tipo que tenía delante, pero só lo veía al que estaba delante a su
vez.
— ¿Ves algo? —preguntó al que estaba ante ella.
—Hay una cola que lleva a otro despacho.
—Estupendo. — se cruzó de brazos con su abrigo encima y se miró su jersey
verde. El verde le daba suerte. Sonrió apoyando la espalda en la pared y vio que detrá s
de ella había unos veinte. Al menos no era la ú ltima.
— ¡Fuera de aquí! — gritó alguien desde dentro del despacho.
Todos miraron hacia allí y vieron salir a un chico totalmente sonrojado— ¿Qué
ha pasado?
El tío de delante estaba hablando con su antecesor. Se volvió hacia ella y
susurró — Ha dicho que es escritor.
Ella abrió la boca entendiendo. Ya se lo había advertido Judith, así que no la
sorprendía. Vio a varios intentando borrar del formulario lo que habían escrito y
sonrió sin poder evitarlo.
Al fin entraron a través de la puerta de cristal y ella pudo ver que era una sala
de reuniones. Sacó la cabeza de la fila y vio ante ella a unos quince tipos que
esperaban a entrar al despacho, que ahora estaba cerrado. Entonces se dio cuenta que
era la ú nica mujer. Miró hacia atrá s e hizo una mueca. ¿Qué raro?
Salió un tipo del despacho y estaba furioso —Maldita sea. — siseó antes de casi
llevá rsela por delante de la que salía.
—Vaya humos —dijo enfurruñ ada mirando hacia atrá s. El chico de detrá s
estaba tan nervioso que sudaba y todo. Su pelo rubio se estaba empapando por la
nuca. Debía tener unos veinticuatro añ os. Era delgado y bajito, y parecía que se iba a
desmayar en cualquier momento— ¿Te encuentras bien?
—Tengo que conseguir este trabajo.
—Vaya y yo. — miró al de delante que había puesto la oreja— Mira este. Qué
simpá tico.
—Si no consigo el empleo, mi madre me echa de casa. Dice que está harta de
mantener a un vago que está todo el día ante el ordenador.
Ella frunció el ceñ o— Escribiendo supongo. ¿No será s uno de esos pervertidos
que está n todo el día viendo porno?
El chico se sonrojó y Laura dio un paso atrá s como el tío que tenía tras ella —
¡No! Bueno, alguna visitilla…
—Demasiada informació n — dijo el tipo que tenía detrá s.
—Lo mismo digo. — se dio la vuelta mirá ndole de reojo.
— ¡No soy un pervertido! —toda la fila le miró y se puso rojo de vergü enza.
—Tranquilo. Tu madre no te va a echar — dijo por encima de su hombro.
—No la conoces.
— ¿Qué escribes?
—Ciencia ficció n.
El tío que tenía delante se volvió — ¡Y yo!
Laura puso los ojos en blanco— Seguro que tenéis mucho en comú n. Te cambio
el sitio.
—Má s quisieras — dijo él que tenía delante girá ndose en el acto.
— ¿Y tú qué escribes? No me lo digas… Novela romá ntica.
Ella apretó los dientes al oír la ironía en su voz. Estaba hasta las pelotas de que
pensaran que era un género de segunda. Se volvió con una sonrisa totalmente falsa—
Pues sí. Novela romá ntica. ¿Algo que decir?
Varios soltaron risitas y Laura gruñ ó por dentro decidida a ignorarlos a todos.
Miró hacia la puerta y suspiró de alivio cuando vio que la abrían de nuevo. El chico
tenía una cara de decepció n, que parecía que le habían cateado todas las asignaturas.
Parecía a punto de llorar.
El de delante empezó a dar golpecitos con el pie en el suelo, lo que provocó que
Laura empezara a ponerse nerviosa— Me siento igual que cuando me enviaban al
despacho del director.
É l de delante siseó — Como me den el trabajo, mi mujer me mata.
Le miró asombrada— ¿Por qué?
—Porque trabajo en un banco.
— ¿Crees que me contratarían a mí en tu banco? — preguntó el de detrá s.
Los dos miraron al chico como si fuera idiota y el chaval gimió —Estoy
desesperado.
—Si me contratan a mí, te recomendaré en mi restaurante — dijo dá ndole
á nimos, aunque no le veía sirviendo mesas.
La miró como si le hubiera regalado la luna— Gracias, no te arrepentirá s.
—No, si a mí como si incendias el local. Si consigo el trabajo aquí, no me sacan
de esta empresa ni con agua caliente. Pienso ser la repartidora má s entregada que
haya existido.
Los dos la miraron fijamente — ¡No seá is guarros!
—Ya decía yo — dijo el de delante.
Cuando llegaron ante la puerta, el del banco y la mujer regañ ona, parecía al
borde del infarto moviéndose de un lado a otro como si estuviera bailando.
— ¿Quieres tranquilizarte? Me pones de los nervios.
—Uff, yo paso. Mi mujer me mataría.
Sorprendiéndolos casi salió corriendo encontrá ndose ella ante la puerta de
caoba.
—Genial, uno menos — dijo el chaval divertido.
— ¿Có mo te llamas?
—Greg.
—Yo Laura.
La puerta se abrió sobresaltá ndolos y Laura le guiñ ó un ojo a Greg antes de
entrar cerrando la puerta. El despacho era bastante pequeñ o y Laura sonrió mirando
al hombrecillo sentado en mangas de camisa que miraba unos papeles sobre el
escritorio antes de poner una enorme equis roja encima y dejar los papeles a un lado.
Entrecerró sus ojillos mirá ndola de arriba abajo— ¡Siguiente!
— ¿Un caramelo de menta? —preguntó ella cerrando la puerta que Greg había
abierto.
El hombrecillo entrecerró los ojos— ¿Qué ha dicho?
—Seguro que le vendrá bien para todos esos gritos que ha pegado. — sin
cortarse se acercó al escritorio y colocó el bolso encima de la mesa dejando la tablilla
ante él— Mi madre me decía que no había nada mejor cuando tienes la garganta
irritada. — le dejó el paquete sobre la tablilla—Quédeselos. Tengo má s.
El tío miró el paquete como si fuera una cobra y lo movió con el bolígrafo para
arrastrarlo hasta el borde de la mesa. Lo escuchó caer en lo que parecía una papelera
de metal y Laura hizo una mueca. A la mierda los caramelos— Eso no ha sido muy
amable.
—Siguiente…
Laura se tiró hacia la puerta para impedirle a Greg que volviera a abrir y con
los brazos en cruz dijo al ató nito entrevistador— Seré la mejor repartidora que
tengan, se lo juro. No le defraudaré.
El hombre apoyó la espalda en el respaldo de la silla — ¿Por qué tanto interés
en este trabajo?
Le miró con desconfianza— ¿Es una pregunta trampa?
—Sí. Ahora contesta.
— ¿Quiero ser feliz?
El tío sonrió divertido— ¿No me digas? — cogió la tablilla y revisó las
preguntas— Así que quieres ser feliz, casarte con el macizo y publicar un libro. —
asintió levantando la mirada— No se puede ser má s sincera. ¿Quién es el macizo?
Ella hizo una mueca y volvió a empujar la puerta que Greg intentaba abrir— Es
moreno, guapísimo y trabaja aquí.
El señ or Spencer se echó a reír— ¿No sabes su nombre?
—Lo he visto hace unos minutos. Bueno una hora o dos.
El tipo perdió la sonrisa— ¿No llevaría un traje azul? Alto, ojos negros…
—Sí… ¿A que es guapísimo?
—Sí, y tiene muy mala leche. — volvió a mirar los papeles— Siguiente…
—Vamos…. — dijo empujando la puerta con el trasero. — No puede
interponerse en el amor.
—No me lo digas. Escritora de novela romá ntica.
— ¡Sí! ¿Qué pasa?
El hombre se echó a reír —No tienes ninguna posibilidad. Ni con él, ni con la
novela.
—Usted déme el trabajo y le demostraré que se equivoca en eso. — se volvió
para empujar la puerta con ambas manos— ¡Greg, deja de fastidiar!
— ¡Sal de una vez!
— ¡Má s quisieras, enano! ¡El trabajo será para mí!
El señ or Spencer se echó a reír y se cruzó de brazos— ¿Sabes? Me recuerdas a
mi nieta. Tiene cinco añ os y siempre quiere conseguir lo que se le pasa por la cabeza.
—Qué niñ a má s lista. Llegará muy lejos.
El hombre asintió y miró sus papeles— Muy bien. El puesto es tuyo. Me
interesa ver có mo llegas a la cima.
— ¡Sí! — gritó ella dejando la puerta, que la golpeó tirá ndola contra la pared.
— ¡Auchh! — contestó cuando se dio un coscorró n en la cabeza.
—Perdona, Laura — dijo el chico entrando en el despacho y cerrando la puerta
para recogerla del suelo donde estaba sentada.
El señ or Spencer se acercó a toda prisa— ¿Está s bien?
Ella sonrió mirá ndolos a ambos— ¡El trabajo es mío! ¡Si me hubiera
atropellado un camió n, ni me hubiera enterado!
Greg dejó caer los hombros sin levantarla del disgusto— No fastidies. — miró
al hombre— ¿Se lo da a ella?
— ¿Tú qué escribes?
—Ciencia ficció n. — se incorporó acercá ndose a la mesa para dejar la tablilla.
El señ or Spencer puso los ojos en blanco y Laura hizo pucheros— ¿No tiene
otro trabajo para él?
—Señ orita, ¿cree que me saco los trabajos de la manga?
Greg arrastró los pies hacia la salida del despacho y Laura junto las manos—
Por favor….
El señ or Spencer gruñ ó — Puede que haya otra plaza en reparto.
Greg chilló de alegría y Laura cogió la cara del señ or Spencer dá ndole un beso
en los labios— Gracias. ¡Es el mejor!
El señ or Spencer se sonrojó incorporá ndose— Largo de aquí. Mañ ana a las
nueve en el só tano uno.
—Gracias. — Greg la cogió del brazo levantá ndola del suelo y Laura corrió a
recoger su bolso y su abrigo con una sonrisa radiante — No se arrepentirá .
—Má s te vale. ¡Y nada de acosar a los editores! ¡Eso va por los dos!
Asintieron como niñ os buenos y salieron del despacho a toda prisa. Laura miró
a la fila y gritó — ¡La novela romá ntica ha ganado, listillos!
—Venga ya — dijo uno indignado mientras Greg se reía.
Laura cogió a su nuevo amigo por el hombro con la mano libre— Vamos a
celebrarlo, compañ ero.
—Gracias. Te lo debo a ti.
—Va, yo no he hecho nada. Le hemos caído bien y ya está .
Cuando llegaron al ascensor ella le miró maliciosa— Tengo que hacer una
paradita.
— ¿Te espero en el hall? — preguntó sacando su mó vil— Tengo que llamar a
mi madre.
—Hecho. Allí en diez minutos.

 
Capítulo 3
 
 
 
Greg fue hacia las escaleras mientras que Laura entraba en el ascensor ahora
vacío. Sonrió dá ndole al botó n del ú ltimo piso y chilló dando saltitos cuando se
cerraron las puertas. Así estuvo hasta que llegó al ú ltimo piso. Cuando salió tenía el
cabello alborotado. Miró a su alrededor y una chica desde un escritorio la revisó con
una sonrisa— ¿Puedo ayudarla?
—Sí. ¿Puede decirme si trabaja aquí un tal Morton que es muy guapo y
moreno?
La chica la miró con los ojos como platos— ¿Es amiga suya? — volvió a
repasarla de arriba abajo.
—Pues sí. —prefería no decir que era una empleada.
—Un momento. — levantó un auricular y pulsó un botó n sin perderla de vista.
Ella sonrió ampliamente y miró a su alrededor. Las paredes estaban pintadas
de granate y había unos preciosos cuadros con vivos colores. Había una vitrina llena
de premios a la editorial y fue hasta allí, donde vio una foto de su macizo dando la
mano al ú ltimo Premio Novel de Literatura. Qué guapo estaba de smoking. Suspiró y
miró a la chica que seguía al teléfono. Vaya llamada tan larga. Colgó el teléfono y dijo
con una sonrisa— Enseguida viene.
— ¿Viene él? — preguntó sorprendida.
—Sí, siéntese ahí. — le mostró con la mano tres sillones de cuero negros y
Laura encantada fue hasta allí para sentarse.
— ¿Tardará mucho? Me está n esperando.
—Está reunido. Pero acabará enseguida. — la chica sonrió amablemente y ella
le correspondió .
En ese momento escuchó murmullos y después risas masculinas acercá ndose
por el pasillo. Cuando Laura vio a uno de sus escritores favoritos hablando con su
macizo casi salta de la silla, pero su chico la advirtió con la mirada que no se moviera
del sitio mientras el escritor seguía hablando. Atontada les miró con la boca abierta
levantá ndose sin darse cuenta.
—Dan, avísame cuando el contrato esté listo — dijo Alan Lansky dá ndole la
mano. — Siempre es un placer reunirme contigo. Mis asesores siempre se frotan las
manos cuando les digo que me pasaré por Nueva York.
Su chico se echó a reír y a Laura se le cayó la baba. No se podía ser má s guapo.
Dio un paso hacia ellos y Alan Lansky la miró — ¿Una nueva adquisició n?
—Algo así. — siseó Dan mirá ndola como si quisiera matarla.
Alan se acercó a darle la mano. Para tener sesenta añ os no estaba nada mal con
esas sienes plateadas— Soy una gran admiradora. Laura Duncan.
— ¿He leído algo tuyo, Laura?
—No he publicado todavía. — sonrió encantadoramente— Pero ya llegará .
—Tú no pierdas la esperanza. Sigue trabajando— le sonrió volviéndose a Dan
— Me ha alegrado mucho verte.
—Te avisaré cuando tengas que volver.
Alan Lansky fue hacia el ascensor mientras ambos lo miraban. Dan la cogió del
brazo tirando de ella hacia el pasillo— ¡Era Alan Lansky! — dijo emocionada— ¡Tienes
el mejor trabajo del mundo!
La metió en un despacho enorme y admirada vio que estaba lleno de primeras
ediciones. Había libros que tenían doscientos añ os. Se volvió a mirarle con una sonrisa
de oreja a oreja— Algú n día pondrá s el mío ahí.
Exasperado se quitó la chaqueta yendo hacia el escritorio— Vete olvidá ndote
del tema.
— ¡Si no lo has leído! No puedes saber si te gustará . Es como comer espá rragos.
Tienes que probarlos
— ¿Tú está s bien de la cabeza? — le gritó sobresaltá ndola tirando la chaqueta
sobre su mesa.
— ¿Está s enfadado?
— ¡Mira, sal de mi vista de inmediato! ¡No quiero verte má s por aquí o llamaré
a seguridad!
—Cuando dices por aquí…—gesticuló con las manos señ alando a su alrededor
— ¿te refieres a tu despacho, la planta o el edificio? Porque va a ser un poco difícil. —
sonrió dejá ndolo ató nito— ¡Me han dado el trabajo!
— ¡No!
— ¡Sí!
— ¡No, digo que no tienes trabajo porque yo digo que no!
Parpadeó desilusionada— ¿Hablas en serio? ¿Por qué?
Furioso fue al teléfono y levantó el auricular— Meredith, envíame a Spencer.
Estaba en la segunda planta con unas entrevistas de trabajo.
—Oh, no quiero meterle en un lío — dijo dando un paso atrá s temiendo que le
echara. — Me voy.
— ¡Estoy harto de aguantar escritores noveles que buscan trabajo en la
empresa para intentar que se les pegue algo de talento! ¡Aquí se viene a trabajar! Y
tienes el descaro de subir a mi despacho. ¿Pero quién te crees que eres?
Se puso como un tomate —Só lo quería decirte que nos veremos todos los días.
¿No te hace ilusió n?
La miró como si estuviera loca— Ya veo que no. — dio un paso atrá s abriendo
la puerta del despacho sin dejar de mirarle, pensando que igual no tenía que haberse
pasado por allí. — Me voy. No te molesto má s. —salió a toda prisa cerrando la puerta
tras ella y se quedó en el pasillo unos minutos mordiéndose el labio inferior. ¡Qué
había hecho! Ahora ya no tenía trabajo. ¿Es que estaba loca?
— ¿Qué haces aquí?
Se sobresaltó al oír al señ or Spencer tras ella y gimió mirando al hombre,
cogiéndole de la mano y tirando de él hacia una puerta que había en frente. Era un
cuarto de cosas de oficina. Cerró la puerta a toda prisa.
— ¿Qué haces? — preguntó asombrado.
—Se me ocurrió la genial idea de decirle a mi macizo que había conseguido el
trabajo.
— ¿Está s loca?
Le tapó la boca con la mano y ambos retuvieron el aliento mirando hacia la
puerta. Al cabo de unos segundos suspiraron de alivio.
—Estaba emocionada — dijo con angustia. — No lo pensé demasiado.
— ¡Y te ha echado! — asintió muy arrepentida— ¡Y va a echarme a mí!
—Eso no lo sabemos.
— ¿Dó nde está Spencer? — gritó Dan al otro lado de la puerta.
—No lo sé, señ or Morton. Debe haber ido al aseo.
Escucharon un portazo y suspiraron de alivio. El hombre gimió —Sabía que
ibas a crearme problemas.
—Lo arreglaré. No te muevas de aquí. — dejó el abrigo y el bolso sobre una
caja. Tomó aire estirá ndose el jersey y fue hacia la puerta como si fuera a la guerra —
Lo conseguiré.
El hombre volvió a gemir golpeá ndose la frente. Salió de allí cruzando el pasillo
a toda prisa. Abrió la puerta y Dan la miró ató nito desde el escritorio. Se había
arremangado las mangas de la camisa hasta los codos. No se podía ser má s sexy.
— ¿Qué coñ o haces aquí?
—Es que he pensado que ya que me has echado, no tengo nada que perder. —
sonrió acercá ndose a la mesa— Pero al señ or Spencer no le puedes echar.
— ¡Claro que sí! ¡Por llevarme la contraria!
— ¿Le habías dicho que no me contratara? — gritó a los cuatro vientos— ¡Eso
no es justo!
— ¡Fuera!
Puso las manos en las caderas— ¡Mira, estará s muy bueno, pero no se juega así
con el pan de la gente!
— ¡Esto es el colmo!
—Dejemos eso aparte. Ese señ or tan agradable necesita el trabajo. ¡No puedes
echarle! — dijo empezando a enfadarse.
—Mira, guapa. — se levantó colocando las palmas de las manos sobre la mesa
— En mi empresa puedo hacer lo que me dé la gana.
—Oh, qué mono— se acercó a él hasta el otro lado del escritorio— ¿Te parezco
guapa? Pues hoy voy hecha una facha. Tengo un vestido negro…
—Fuera. — una vena en su cuello estaba totalmente hinchada.
—No. Hasta que no me digas que no le vas a echar. Y date prisa, que tengo a
Greg esperando abajo.
— ¿Intentas ligar conmigo teniendo a tu novio esperando abajo? — lo preguntó
en voz baja y a Laura se le pusieron los pelos de punta de la excitació n mirando su
boca. Sin darse cuenta separó sus labios pasá ndose la lengua por el labio inferior.
É l vio el gesto y se enderezó como si quisiera apartarse de ella — Voy a llamar
a seguridad. Tienes tres segundos para largarte.
—No es mi novio. Es mi compañ ero de trabajo. Volvamos al señ or Spencer. El
pobrecito está en el cuarto de enfrente muerto de miedo. Por favor…
Ató nito rodeó su mesa yendo hacia la puerta, pero ella no podía dejar que le
descubriera allí. Le humillaría. Corrió hasta él y cogió a Dan de la mano tirando de él—
¡No le descubras!
— ¿Está s loca? ¡Suéltame!
— Por favor, no le eches. — sorprendiéndole soltó su mano y le rodeó el cuello
con los brazos— Por favor. Por favor. No quiero que eso cargue sobre mi loca
conciencia.
Dan la cogió por la cintura y a Laura se le cortó el aliento al ver que no se
resistía. Se apartó un poco para mirarle a la cara— ¿No le echará s?
É l entrecerró sus ojos negros apartá ndola firmemente. Desilusionada dejó caer
los brazos. Dan se cruzó de brazos mostrá ndole los pelillos de los antebrazos. Laura
tragó saliva sin decir lo que pensaba. Uff, estaba para marear.
—Está bien. Pasaré su metedura de pata por alto.
Ella sonrió visiblemente aliviada— Gracias, gracias.
—Ahora largo.
—Ya que está s tan magná nimo…— La cara de Dan indicaba que no se lo podía
creer. Pues no había visto nada. — Vamos, ¿qué má s te da? No me verá s en un edificio
tan grande.
— ¡Está s aquí!
—Bueno, pero en unos minutos me voy. ¿Me devuelves el trabajo?
É l gruñ ó yendo hacia la mesa— Laura, sal de mi vista.
— ¿Entonces vengo mañ ana a las nueve o no? Es que tengo que dejar mi
trabajo de camarera y…
— ¿Quieres recuperar tu trabajo? — preguntó sentá ndose en su silla.
— ¡Sí!
—Entonces me tienes que prometer que no mostrará s los manuscritos que
tengas a nadie.
Laura dejó caer la mandíbula de la sorpresa— ¡No fastidies!
—Es tu decisió n. O lo prometes o no tienes trabajo. — cogió unos papeles y se
puso a trabajar ignorá ndola.
Laura se sentó en la silla ante él derrotada. Le miró trabajar pensando en las
posibilidades. ¿Qué iba a hacer allí si no tendría la oportunidad de mostrar su
manuscrito? Pero podía aprender mucho rodeada de expertos. Ademá s, estaba él.
Puede que ahora no la tragara, pero acabaría loco por ella. Le miró sonriendo
sintiendo mariposas en el estó mago. Por intentarlo no perdía nada.
—Muy bien.
É l levantó la vista taladrá ndola con sus ojos negros— Promételo.
Suspiró exasperada— Prometo que no le enseñ aré a nadie de esta empresa mi
manuscrito.
Dan volvió la vista a los documentos— Puedes irte.
—Pero luego no te quejes cuando lo publique en otra compañ ía.
—Lloraré del disgusto.
—Seguramente. —se levantó de su silla.
Iba a decir algo má s y abrió la boca, pero Dan la fulminó con la mirada. —Ni se
te ocurra. —Laura bufó dá ndose la vuelta —Laura…
— ¿Sí?
—Si me ves por la empresa, haz que nunca hemos hablado.
Le miró decepcionada antes de decir —Eso no lo prometo — dijo saliendo del
despacho a toda prisa. Le pareció oír una risa al otro lado, pero debían ser
imaginaciones suyas.
Abrió la puerta del cuarto de material de oficina y sonrió — Estamos
readmitidos.
— ¿De verdad? — su cara de asombro la hizo reír — ¿Qué has hecho?
— ¡Oye! ¡Nada indecente!
El hombre se sonrojó — Lo siento, pero es que todo esto es muy raro
—Bienvenido a mi vida.
—No. Tú y yo ya no hablaremos má s. Yo vuelvo a recursos humanos y tú a
paquetería. Si me ves, no me conoces.
— ¡Venga ya! ¡Encima que te he salvado el culo!
— ¡Tú me has puesto en esa situació n!
— ¿Queréis salir de ese cuarto y largaros de mi planta de una vez?
Se sobresaltaron al ver a Dan en la puerta. El señ or Spencer asintió sonrojado
— No es lo que piensa.
Laura jadeó asombrada— ¡Oye! ¡Que puedes ser mi padre!
—Pues eso.
El hombre salió a toda prisa y Dan levantó una ceja viéndola ponerse la correa
de su bolso al hombro. Se acercó a Dan y sonrió — Hasta mañ ana.
—Laura, recuerda tu promesa.
—La recuerdo. ¿Un besito de despedida? — estiró los labios poniendo morritos
— Vamos, lo está s deseando.
—Entonces ya no me libraría de ti.
Dio otro paso hacia él— Muy bien, si no quieres, tú te lo pierdes. —Dan no se
apartó de la puerta— ¿Te lo está s pensando?
— ¿Quieres que te despida de nuevo?
— ¡No! ¡Vale, ya me voy! No sé de qué te quejas tanto. — farfulló enfadada
pasando ante él cuando dio un paso atrá s para saliera. Empezó a caminar por el pasillo
y al llegar al final se dio la vuelta sonriendo cuando le vio allí con mirá ndola con las
manos en los bolsillos. Laura pulsó el botó n y susurró — Nene, está s en el bote.
 
Fue a comer una hamburguesa con Greg y se cayeron genial. Su madre se había
puesto a llorar al enterarse que había encontrado trabajo y estaba deseando
conocerla. La invitaron a cenar al día siguiente. Laura aceptó encantada disfrutando
del momento como siempre que pasaba algo bueno. Aunque había estado a punto de
perderlo todo, había conseguido convencer a Dan. Debía tener cuidado y controlar sus
impulsos. Si hubiera pensado un poco las cosas, no habría tenido que hacer esa
estú pida promesa. Ya encontraría la forma de esquivarla o de hacer que cambiara de
opinió n. Aunque tenía un cará cter…Qué mono.
Sus amigos se alegraron mucho por ella — ¿Cuá nto vas a cobrar? — preguntó
Anne sentada en el sofá de al lado, mientras que Liam se tomaba una cerveza apoyado
en la encimera de la cocina.
Laura se encogió de hombros— No tengo ni idea.
La miraron sorprendidos— ¿Y qué horario tienes?
—No sé. Supongo que de nueve a cinco.
Anne la miró como si fuera tonta— ¿Y qué tienes que hacer?
—Repartir el correo y esas cosas, supongo.
—Vamos a ver — dijo Liam acercá ndose a ella. — ¿No sabes nada del trabajo?
— ¡No me agobiéis! ¡Estaba demasiado ocupada intentando que me lo dieran,
como para preocuparme por nimiedades!
Sus amigos se miraron— Bueno, al menos está dentro para enseñ ar su obra. —
Anne le sonrió cogiéndole la mano a su amiga.
—Sobre eso…
Sus amigos la giraron la cabeza de golpe hacia ella— ¡No! — exclamó su amiga
—¡No me digas que no vas a poder hacerlo!
—Lo he prometido. Pero no te preocupes que convenceré a Dan.
— ¿Quién coñ o es Dan? — preguntó Liam empezando a enfadarse.
—Mi jefe. — sonrió como una tonta— Es tan guapo…
— ¿Tu jefe de departamento? —Anne tiró de su mano para que le hiciera caso.
—No, mi jefe. El jefe de todos. —abrieron los ojos como platos— Dan Morton.
Ambos gimieron y Anne soltó la mano exasperada, levantá ndose para
enfrentarse a ella— Vamos a ver. ¿Me está s diciendo que el día de la entrevista, ya has
conocido al jefe de la empresa y le has prometido que no enseñ ará s tu trabajo a nadie?
— gritó desgañ itada.
— ¡Le conocí en la puerta! ¡Fue una coincidencia!
Liam se golpeó la frente como si no pudiera con ella— Menudo desastre.
— ¡No es un desastre porque estoy dentro!
— ¡De qué te sirve cambiarte de trabajo, si no vas a poder enseñ ar tu novela a
nadie! ¡Ademá s, no sabes lo que vas a ganar! ¿Y si no puedes permitirte este
apartamento? Ahora ganas mucho dinero por las propinas de ese restaurante, pero…
Se mordió el interior de la mejilla pensando en ello y sonrió encontrando una
solució n— Trabajaré el turno de noche. Todavía no les he dicho nada y me adoran.
Dejará n que só lo trabaje de noche.
— ¡Te vas a agotar! — su amiga exasperada se pasó la mano por su pelo negro
y miró a Liam —¿Tú qué opinas?
—Puede probar una temporada…
Laura sonrió radiante— Claro. Si veo que no funciona, lo dejó y buscó otra
editorial.
— ¡Esa es la mejor de Nueva York! — Anne cogió la cerveza de la mano de Liam
y le dio un buen trago— Es increíble que la hayas cagado en tu primer día. No quiero
ni imaginar lo que le has dicho a tu jefe.
— ¡Eh!
Liam se echó a reír— Seguro que le ha dicho que es guapo. — Laura se sonrojó
— Su manera de ligar ha dejado en shock a má s de uno.
— ¿Qué hay de malo en decir que algo te gusta? —ofendida se levantó —
¡Debería sentirse halagado!
— ¡Es tu sitio de trabajo! ¡No una discoteca del Soho! — exclamó Anne
alucinada— ¿Qué te ha dicho él?
—Pues…me ignoró , pero ya caerá . — sus amigos pusieron los ojos en blanco y
ella volvió a sonreír— No quería que el tío de las entrevistas me contratara, pero los
convencí a los dos. Soy la mejor.
—Céntrate. Olvídate del tío y piensa en la razó n por la que fuiste a esa
entrevista.
—Conseguiré que Dan me levante el castigo, ¿vale? ¡Darme tiempo!
— ¿Cuá l es tu objetivo? Visualiza — dijo su amiga con los ojos como platos. —
Visualiza.
— ¿Y có mo te ha ido a ti la prueba, visualizadora?
Anne gruñ ó yendo hacia la puerta— Liam, tengo que relajarme.
Liam dejó la cerveza a toda prisa siguiéndola.
— ¡Sí! ¡Dejarme para tener un sexo increíble! —sus amigos se echaron a reír
cerrando la puerta— ¡Podíais cortaros un poco! — gritó a la puerta. Miró a su
alrededor y sonrió al ver su manuscrito sobre la enorme mesa de madera que
utilizaba para trabajar. Se acercó y se dijo que tenía que hacer fotocopias para cuando
Dan le diera permiso para enseñ arlo. Ya le convencería. De momento estaba deseando
verle al día siguiente.

 
Capítulo 4
 
 
 
A la ocho y media del día siguiente, ya estaba Laura tomá ndose un café ante la
puerta. Vio llegar a Judith que sonrió al verla —Lo has conseguido.
—Lo de los caramelos no funcionó .
Judith se echó a reír maliciosa y Laura abrió los ojos como platos— ¡Será s
mala!
—Perdona, no lo pude evitar. Pero me alegro mucho que estés aquí.
—Pues ya que me debes una, dime a qué hora llega el jefe.
—Tu jefe no sé a qué hora llega porque vosotros entrá is por una puerta que
hay atrá s.
¡No! ¿Entraban por otro sitio? Eso no podía ser. ¡No coincidiría con Dan!
— No, me refiero a nuestro jefe. Dan.
Judith abrió los ojos como platos— ¿Está s hablando del todopoderoso, Dan
Morton?
—Eres un poco exagerada, ¿no?
— ¡Le has echado el ojo al tío má s inalcanzable de la empresa! Baja un poco de
la nube, ¿quieres?
Laura bebió de su café mirando hacia la calle. Casi chilla de alegría cuando vio
que un coche negro se detenía ante ellas. Judith al ver lo que miraba susurró — ¡No te
conozco!
Se alejó de ella dejá ndola con la boca abierta — ¡Menuda amiga!
—Shusss. — Judith se alejó , pero ella ya no le hacía caso porque estaba
mirando a Dan que salía del coche. Ese día llevaba un abrigo gris y en cuanto la vio,
entrecerró los ojos cerrando la puerta del coche de golpe.
Ella sonrió radiante bajando el escaló n hasta la acera— Buenos días.
— ¿Qué te había dicho ayer?
—Todavía no estamos trabajando. — él miró su gorro de lana de colores
bajando por su bufanda naranja, pasando por su plumas naranja, hasta llegar a sus
botas de cordones.
— ¿Vas disfrazada?
Ella perdió algo la sonrisa— ¿Te has levantado con el pie izquierdo? ¿Necesitas
un café? — le ofreció del suyo y él gruñ ó rodeá ndola para empezar a subir los
escalones— ¡Que tengas un buen día!
La miró por encima de su hombro como si fuera una auténtica molestia. Laura
dejó caer los hombros decepcionada. Bueno, no había que dejar de intentarlo. Algú n
día conseguiría que le sonriera. Con fuerzas renovadas e intentando ser positiva,
rodeó el edificio y vio lo que Judith quería decir. Por una puerta secundaria, entraban
las personas currantes de la empresa. Los trajeados por delante y ellos por detrá s. Se
encontró a Greg que estaba tan perdido como ella y sonrió al verla— Menos mal que
está s aquí.
—Tenemos que ir al só tano. Venga. — le cogió de la mano yendo hacia el
ascensor.
Se miraron nerviosos cuando se cerraron las puertas—Nos irá bien — dijo ella
dá ndose á nimos. — Por cierto, ¿te importa que quedemos a cenar otro día?
Su amigo la miró sorprendido — ¿Y eso?
—Es que todavía no puedo dejar el trabajo de camarera. — se abrieron las
puertas y salieron mirando a su alrededor.
— ¿Trabajas hoy?
—Sí.
—Pues cuando tengas la noche libre, avisa. Mamá , estará encantada cualquier
día.
—Pídele disculpas de mi parte, ¿vale?
Había tres puertas y fueron hacia la derecha. Sonrieron al ver que había
paquetes y sobres por todas partes.
— Debe ser aquí. ¿Hola? — preguntó Laura en voz alta— ¡Somos los nuevos!
—No te molestes — dijo un hombre de unos cuarenta añ os casi calvo, que se
ponía una bata blanca. — El señ or Delfino no llega hasta que dan la nueve en punto.
Laura sonrió — Entonces llegamos a tiempo. — alargó la mano hacia el hombre
— Laura Duncan.
—Philip. ¿Sois los nuevos? — miró a Greg divertido— A ver lo que durá is.
— ¿Qué quieres decir?
—En este departamento se mueven má s personas que paquetes. —ambos le
miraron sin comprender— Ya os daréis cuenta de lo que quiero decir. — señ aló un
cuarto— Allí está n las taquillas. Escoger de las que no tengan nombre e ir quitá ndoos
el abrigo.
—Gracias. — ella fue hasta allí con Greg detrá s.
— ¿Qué crees que ha querido decir?
—No tengo ni idea.
Eligieron las taquillas uno al lado de la otra y después de dejar el abrigo, Greg
miró los nombres en las taquillas de al lado— ¡Só lo hay tres personas má s! ¡Y una es el
jefe!
Asombrada miró las taquillas y era cierto — ¿Só lo somos cinco para todo el
edificio?
—Bueno, repartir entre cinco no es tanto. — Greg sonrió — Va a ser un trabajo
estupendo.
Ella empezó a desconfiar— No sé. Ya veremos…Me da la sensació n que somos
chicos para todo.
— ¿Qué quieres decir?
—En una empresa en la que trabaja una amiga mía, ella se puso indispuesta, ya
me entiendes, y le pidió al mensajero que fuera a la farmacia. Le dio mucha vergü enza,
pero no tenía má s remedio.
Greg abrió los ojos como platos— Los tampones los compras tú .
—Ya veremos. Igual aquí no es así. Pero si lo es, te puedo asegurar que nos van
a tener de un lado a otro todo el día. Porque aquí trabaja mucha gente.
El señ or Delfino era un pequeñ o sargento de uno cincuenta y poco. Le recordó
a Dani de Vito y por la mirada de Greg, a él también.
—Así que tú eres Laura y tú Greg — dijo pasando ante ellos como si estuvieran
en el ejército. —Veo que ya os han dado las batas. Ahora a trabajar. — les señ aló un
montó n de cartas tiradas sobre una mesa enorme— Tenéis que clasificar eso por
planta. ¡Ya! Tenéis una hora.
Ambos se miraron— ¿Y si no sabemos de qué planta es cada una? —preguntó
preocupada.
— ¡Mirar los casilleros! ¡Allí esta cada nombre de cada empleado! ¡Rá pido!
Corrieron hacia allí como si fuera un concurso de la tele y cogieron el primer
sobre— Madre mía — dijo mirando después los cajetines. ¡Había un montó n de
nombres!
—Nos los iremos aprendiendo. Coge los nombres femeninos y yo los
masculinos — dijo Greg cogiendo un sobre.
—Muy bien.
Después de diez minutos sonrieron porque no era tan difícil. En unos días lo
harían con los ojos cerrados.
Vio pasar Philip con una carretilla que tenía un montó n de sobres y por el estilo
o porque ella había mandado muchos, supo que eran manuscritos.
— Mira. — le susurró a Greg que abrió los ojos como platos.
— ¿A dó nde los llevará n?
—Van al almacén.
Miraron hacia atrá s para ver a una mujer regordeta con gafas de pasta marró n
— ¿Sois los nuevos? —sin esperar respuesta dijo — Soy Cris. Segunda al mando.
— ¿Se los llevan al almacén? — preguntó sin poder evitarlo— ¿Y cuá ndo los
leen?
Cris levantó una ceja — ¿Tú qué crees? Puede que alguno de los nuevos
editores, en su afá n por destacar consiguiendo un superventas, pidan alguno de vez en
cuando, pero después se les pasa. En seis meses pasará n a incinerar.
—Pues a mí me contestaron — dijo cogiendo otro sobre. — Muy groseramente,
por cierto.
—Ese fue Clayton Stuart. —Cris cogió un montó n de sobres y casi sin mirarlos
empezó a encasillarlos— El muy cabró n no se lee los manuscritos. Só lo sigue en la
empresa porque tiene cinco autores de éxito, pero si fuera por el jefe ya le hubiera
echado a patadas. Está harto de las quejas por esas cartas.
— ¿No se lee los manuscritos? — preguntó rabiosa.
Cris sonrió — ¿Sabes cuá l es su técnica? Escoge el manuscrito y lo abre por una
pá gina al azar. Después hace la carta má s hiriente que puede con lo que ha leído en esa
pá gina. Es su hobby.
—Será cabró n — dijo Greg sorprendido. — ¿Y si el escritor es bueno?
Philip pasó con otra carretilla ante ellos y Greg apretó los labios— Entiendo.
Hay escritores a puñ ados.
—Exacto. — Cris terminó de encasillar y cogió otro montó n.
— ¿Y tú qué escribes?
—Hace tiempo escribía poesía. Pero ahora tengo tres hijos que no me dejan ni
encender el ordenador.
—Vaya. Lo siento. — ella se volvería loca si no pudiera escribir.
Cris hizo una mueca— Mis niñ os son lo mejor que tengo en la vida. A veces hay
que tener prioridades.
Estuvieron hablando un rato mientras terminaban, entonces cada uno cogió un
carrito. Uno por piso. Cuando vio que el jefe llevaba el del ú ltimo piso, se mordió la
lengua.
— ¡Una hora! — gritó el señ or Delfino— ¡No quiero retrasos!
—Tranquilos, tenéis tiempo de sobra — dijo Philip al ver que estaban algo
asustados.
Suspiraron de alivio y empujaron los carritos llenos de cartas hacia el ascensor.
Cuando Laura llegó al segundo, se quedó con la boca abierta al ver la actividad. Había
estado allí el día anterior, pero no había entrado por esa puerta de cristal, que daba a
una gran estancia llena de mesas con gente trabajando. Era la zona de maquetació n y
edició n, así que allí preparaban los libros para publicar. Al principio le costó un poco,
pero en cuanto se dio cuenta que las cartas estaban casi en el mismo orden que las
mesas, no tardó nada en repartirlo todo.
Volvió al só tano y allí se llevó la sorpresa del día. Ya no saldría de esa planta
hasta que dieran las cinco, porque su trabajo sería mantener el almacén ordenado
mientras los demá s hacían cualquier recado que les pidieran. Suspiró en medio del
enorme almacén. Las estanterías llegaban hasta el techo llenas de cajas.
— ¿Te das cuenta que ahí deben estar los manuscritos de todos los autores
publicados por la editorial? — dijo Greg como si estuvieran en el Vaticano.
Ella chasqueó la lengua— ¿Y te das cuenta que no saldremos de aquí para
conocer editores?
Greg la miró — Ahora entiendo eso de que la gente duraba poco. Seguro que en
cuanto se dieron cuenta de que no saldrían de aquí, se fueron por patas.
—Menos mal que no he dejado mi trabajo de camarera — dijo preocupada
pasá ndose una mano por sus rizos rojos. — Esto va a ser inú til.
—Ya me he enterado de la organizació n del edificio. En la primera
administració n y departamento legal. En la segunda…
—Maquetació n y edició n.
—En la tercera diseñ o y publicidad. En la cuarta está n los editores.
—Y en la quinta el jefe.
—Exacto.
—Philip reparte en la cuarta — dijo ella apretá ndose las manos. — Quizá s un
día coja un resfriado.
—Me parece que lo tienen organizado así para impedirnos nuestro objetivo.
Delfino enviaría a Cris.
Frustrada se sentó sobre una caja.
— ¿Qué? ¿Ya os habéis dado cuenta de qué va esto?
Se sobresaltaron al oír la voz del señ or Delfino tras ellos y Laura se levantó de
golpe.
Los miró divertidos— Aquí se viene a trabajar. No a cumplir vuestros sueñ os.
Si creéis que podéis llegar a un editor para comerle la oreja y que lea vuestra novela,
dejar de soñ ar. — se cruzó de brazos— ¿Queréis seguir o tengo que buscar a otros?
—Vamos a seguir — dijo ella molesta. Greg asintió dá ndole la razó n.
—Pues quiero que empecéis colocando esas cajas. — señ aló un pale que había
en el centro lleno de cajas— Y marcarlas siguiendo el có digo que tenéis en el albará n
porque si metéis la pata y después no se encuentran, vosotros os encontrareis en la
calle. Una vez una empleada marcó mal una caja y todavía seguimos sin saber la razó n
para que acabara en la incineradora. — Laura jadeó con los ojos como platos— Exacto.
El manuscrito escrito a mano de uno de los autores má s prestigiosos de la historia
acabó hecho cenizas. Así que como metá is la pata, acabareis en la calle. Está is
avisados.
Ambos asintieron muy serios— A trabajar y cuando terminéis quiero que
hagá is inventario.
—Sí, señ or Delfino. —el hombre se volvió con intenció n de irse hacia la puerta,
pero antes de salir se volvió — Si os portá is bien, puede que deje que algú n día vayá is a
hacer un recado para alguno de los editores.
Abrieron los ojos como platos y sonrieron radiantes —Gracias, señ or. — dijo
ella emocionada como si le hubiera regalado la luna.
El hombre sonrió antes de salir. Se miraron y chocaron las palmas— Le caemos
bien — dijo Greg encantado. — Ya verá s, lo conseguiremos.
 
Cuando salió a las cinco, no pudo quedarse a esperar si veía a Dan porque tenía
que ir a trabajar al restaurante. Pero al día siguiente allí estaba a las ocho y media
llevando un café para él también. Dan necesitaba cafeína por las mañ anas. También le
había comprado un bollo para que se le endulzara el cará cter.
Ese día hacía má s frío aú n. Ló gico en Nueva York a mediados de febrero e hizo
una mueca cuando empezó a nevar— Venga ya. ¡Espera un poco! — exclamó mirando
el cielo de color gris.
Judith le guiñ ó un ojo — ¿Có mo va?
—Hace un frío que pela.
—Sí, y va a nevar el resto de la semana. — vio que llevaba dos cafés— ¿Es para
mí?
—No, es para mi chico. — el coche llegó en ese momento— Ahí está .
—Espero que sea con leche — dijo Judith divertida.
— ¡No fastidies!
Dan bajó del coche y por su mirada se dio cuenta que no le hacía ninguna gracia
verla allí. Laura sonrió y se acercó a él— Buenos días.
— ¿No lo vas a dejar?
— ¿Un cafecito en son de paz? — le tendió el café y Dan entrecerró los ojos—
Es solo, pero si te gusta má s con leche mañ ana te lo traigo así.
—No hace falta, gracias. — cogió el café y ella sonrió radiante. ¡Lo había
conseguido!
—Aquí tienes un bollito que hace la pastelería de debajo de mi casa. — le
entregó también la bolsa y él tuvo que cogerlo con la mano que llevaba el maletín.
Laura le guiñ ó un ojo— Que tengas un buen día.
La miró con desconfianza pasando a su lado— ¡Vete a trabajar!
—Claro, jefe. — se volvió y empezó a caminar para rodear el edificio. Al
volverse vio que se había ido. Se sintió algo decepcionada, pero era positiva. Había
cogido el café. Algo era algo.
El trabajo en el almacén fue má s fá cil que el día anterior porque ya no estaba
tan perdida y llegó la hora de salir antes de darse cuenta. Al llegar a la calle hizo una
mueca al ver la nevada que había caído. No sería un buen día en el restaurante porque
la gente no saldría a cenar. Adió s a las propinas.
Al día siguiente era viernes y Laura estaba algo cansada, pero lo podía hacer. Ya
descansaría por el día durante el fin de semana. Cuando Dan salió del coche con un
precioso abrigo negro a Laura se le cortó el aliento y cuando sus ojos negros la
miraron, su corazó n latió má s deprisa viéndole acercarse.
— Buenos días — dijo ella sin cortar el contacto visual.
—No quiero que estés aquí todas las mañ anas — dijo en tono muy seco. Cogió
el café que tenía en la mano y el bollo de su mano antes de dejarla allí de pie sin darle
las gracias siquiera.
Laura frunció el ceñ o volviéndose para verle entrar en el editorial sin echarle
ni una sola mirada — ¡De nada! — gritó molesta. Fue hasta su trabajo rumiando el
asunto. ¿Estaba haciendo el idiota? Al menos ahora ya cogía el café sin preguntarle si
lo quería. Seguro en unos días hablaba unas palabras con ella. En poco tiempo, estaría
levantá ndole el castigo y la dejaría enseñ arle su obra a alguien. ¡Puede que incluso la
leyera él! Sonrió satisfecha consigo misma.
 
—Laura tendrá s que encargarte de la mesa catorce. Alberta no da a todo — dijo
su maître preocupado viéndola coger la bandeja.
—No te preocupes, Paul. Yo lo hago.
El maître sonrió aliviado— Gracias.
Laura salió de la zona de servicio con la bandeja en la mano y se detuvo en seco
cuando vio a Dan con la chica rubia del ascensor, que se acercaban a la mesa catorce,
donde estaba sentada otra atractiva pareja que se levantó para recibirles. ¿Estaba
saliendo con esa tía?
Saliendo de su estupor fue hasta la mesa nueve y sirvió los tallarines forzando
una sonrisa. Cogió las cartas y se acercó a la mesa catorce. Dan estaba riendo mientras
hablaba con el hombre. Tenía una risa que hizo saltar su corazó n y Laura sonrió
sinceramente —Buenas noches, señ ores. Mi nombre es Laura y seré su camarera esta
noche.
Dan giró el cuello lentamente mirá ndola como si no pudiera creérselo— ¿Qué
haces tú aquí?
—Trabajo aquí. — se encogió de hombros repartiendo las cartas— Enseguida
les traigo unos deliciosos aperitivos.
— ¿Os conocéis? —preguntó la rubia con desconfianza.
—Trabaja para mí en la editorial — dijo molesto abriendo la carta.
— ¿De verdad? ¿En qué secció n? — el hombre que les acompañ aba se la comió
con los ojos y Laura sonrió .
—En reparto —dijo Laura agradablemente.
—Trá enos una botella de agua mineral sin gas —dijo la rubia mirá ndola sobre
su hombro.
—Sí, señ ora. ¿Algo má s?
—Vino, ¿verdad Dan? Uno tinto de Rioja.
Dan mirando la carta, hizo un gesto con la mano para que se alejara y Laura
apretó las manos sintiéndose una sirvienta. Estaba acostumbrada a que los ricachones
la trataran así, pero que lo hiciera Dan le dolió . Se acercó al sommelier y le dijo que la
mesa catorce quería una botella de la Rioja. Siguió haciendo su trabajo y sirvió los
entremeses en la mesa sin abrir la boca. Ya no sentía la misma energía de siempre,
pero afortunadamente se le pasó en cuanto vio llegar a Milly con sus padres como
todos los viernes. Sonrieron al verla y la niñ a se acercó a ella para darle un abrazo—
Vaya, hoy está s preciosa — dijo acuclillada ante ella admirando su carísimo vestido
rosa.
—Gracias. Celebramos el cumpleañ os de mamá .
Levantó la cabeza hacia la señ ora Courlier— Felicidades. — se incorporó
mientras la mujer sonreía.
—Milly, deja de molestarla que tiene mucho trabajo.
—Yo quiero espaguetis con albó ndigas.
—Con las albó ndigas má s enormes que hay en Nueva York— le acarició sus
rizos rubios y la niñ a sonrió cogiendo la mano de su madre.
Al volverse vio que Dan la estaba observando y ella perdió la sonrisa desviando
la mirada para acercarse a otra de sus mesas que ya había terminado el segundo plato.
En cuanto sirvió el postre, se acercó a regañ adientes a la mesa de Dan y vio que
ya les habían servido el vino y comido los entremeses— ¿Saben ya lo que van a pedir?
—Llevamos esperando un cuarto de hora — dijo Dan sonrojá ndola.
—Disculpe, señ or. — miró al otro hombre sintiéndose humillada, que parecía
asombrado con Dan— ¿Qué les apetece?
—Estos entremeses está n deliciosos— dijo el hombre mirá ndola directamente.
— Para mí una ensalada del chef y solomillo al hojaldre.
Ella sonrió apuntá ndolo y la mujer que tenía al lado pidió lo mismo. La rubia la
miró como si fuera estú pida y dijo— No nos ha recomendado nada.
Laura se enderezó — Disculpe señ ora, pero las recomendaciones vienen en la
carta.
La rubia entrecerró los ojos— Vayas recomendaciones má s raras si está n
impresas.
—La carta se renueva todos los días, señ ora.
—Jenna, pide de una vez— dijo Dan molesto.
—Es que cariñ o…— esa palabra tensó a Laura, que miró a Dan de reojo. É l
apartó la vista de inmediato— No sé qué pedir. Pide tú por mí.
—Lo mismo para los cuatro.
—Bien, señ or. — apuntó todo rá pidamente y se volvió .
Hizo el pedido en la cocina y se apoyó en la encimera de acero inoxidable. La
pinche de cocina la miró preocupada— ¿Está s bien? Está s algo pá lida.
Forzó una sonrisa— Estoy bien. Algo cansada.
—Á nimo. En tres horitas podrá s irte a casa.
Salió llevando el pedido de otra mesa y sus ojos fueron a parar a Dan, que
apretó los labios en cuanto la vio. Ignorá ndole, en cuanto sirvió la mesa fue hasta mesa
de Milly.
—Bueno, la niñ a má s preciosa de Nueva York quiere espaguetis. ¿Y sus papá s?
—Para mí un có ctel de gambas y detrá s chuletas de cordero — dijo el señ or
Courlier con una agradable sonrisa.
—Y yo langosta y chuletas —dijo su madre entregá ndole la carta. — Hoy no
hay dieta.
—Usted no la necesita —dijo haciéndola reír. — ¿De beber lo de siempre?
—Sí, gracias.
Milly tiró de su mandil negro y ella la miró — Dime, preciosa.
Le hizo un gesto con el índice y divertida se agachó — ¿Le cantará s a mamá
cumpleañ os feliz?
Se puso como un tomate porque cantaba fatal. ¡Y Dan estaba allí! Otro día le
hubiera dado igual hacer el ridículo, ¿pero precisamente tenía que ser esa noche?
La niñ a la miró ilusionada— ¿Lo hará s?
—Hija, no la molestes.
Sintiendo que decepcionaría a la niñ a, le guiñ ó un ojo antes de incorporarse.
Cuando retiró los platos de las ensaladas, rozó sin querer el hombro de Dan y él
se apartó para que quitara el plato. Laura apretó los labios enfadada. Ni que tuviera la
peste. Menudo imbécil. Ella siempre había sido amable con él. No se merecía que la
tratara así.
Capítulo 5
 
 
 
A partir de ahí, ni le miró en el resto de la noche y pidió a un compañ ero que les
sirviera el postre y el café. Era lo mejor. El maître se dio cuenta, pero no le dijo nada.
Lo que fue un alivio, porque no quería dar explicaciones.
Cuando llegó la hora de poner el postre de la señ ora Courlier, el maître se
encargó de apagar parte de las luces y ella salió sonriendo con una pequeñ a tarta de
chocolate llena de bengalas encendidas. Afortunadamente a varios de sus compañ eros
les había hecho gracia el asunto y como eran clientes fijos, se animaron a cantar todos
juntos. Milly aplaudió entusiasmada y ella le guiñ ó un ojo mientras la señ ora Courlier
se emocionaba sujetando la mano de su marido.
Sin querer los ojos fueron hacia la mesa catorce justo cuando encendían las
luces. Dan bebía de su copa de coñ ac y sus miradas se entrelazaron. Fue como si
conectaran y a Laura se le cortó el aliento sintiendo algo en su pecho que no llegó a
reconocer. É l apretó los labios mirando a su compañ era que intentaba llamar su
atenció n y afortunadamente Milly la distrajo a ella.
Fue un alivio verles salir del restaurante. Nunca se había sentido avergonzada
de trabajar allí, pero él había conseguido que esa idea se le pasara por la cabeza.
Nunca dejaría que nadie la hiciera sentir inferior nunca má s.
 
Así que el lunes siguiente no le llevó el café, ni le esperó ante la puerta. Como
durante el resto de la semana. Estaba metiendo las cartas en su carrito al lunes
siguiente cuando el señ or Delfino se acercó a ella preocupado— Niñ a, ¿qué has hecho?
Le miró sorprendida— Nada. ¿Por qué?
—El jefe supremo quiere que subas.
— ¿Por qué?
—No tengo ni idea.
—No quiero subir. No he hecho nada.
— ¡No puedes negarte! Ahora sé buena y sube. Ya repartirá s eso después.
Laura apretó los labios y dejó lo que estaba haciendo para ir hacia el ascensor.
Greg se acercó a ella— ¿Qué has hecho?
—Nada.
— ¿Habrá n leído tu libro?
—No lo creo. — pulsó el botó n y se cruzó de brazos viendo como se cerraban
las puertas.
Ni se molestó en mirar su aspecto mientras subía. No tenía por qué. Puede que
estuviera bueno pero no era buena persona, así que no quería nada con él. Por mucho
que le alterara la sangre.
Salió del ascensor y fue hasta la chica que al verla sonrió — Puedes pasar. Te
está esperando.
—Gracias. — susurró yendo hacia el pasillo.
Antes de llamar a la puerta, tomó aire y cuando le ordenaron pasar, se dijo que
no le mirara a los ojos. Abrió la puerta y lo primero que hizo fue mirar sus ojos.
Mierda.
— ¿Me ha llamado?
—Cierra la puerta. — siseó levantá ndose del escritorio.
Ella lo hizo y cuando se volvió no pudo evitar mirar a su alrededor — ¿Quería
algo? — preguntó sin mirarle viendo ante la mesa auxiliar el nuevo libro de Lansky.
Chilló sin poder evitarlo y se acercó .
— ¡Quieta ahí!
Se detuvo en seco antes de poder tocarlo. Al darse cuenta de lo que había
hecho, le miró poniendo las manos atrá s. Dan la observó de arriba abajo— Voy a ser
claro porque no me gustan los rodeos.
Ella asintió moviendo sus rizos rojizos y él apretó los labios— Bien, este es el
asunto. Al parecer desde que te conozco no puedo sacarte de mi cabeza — a Laura se
le cortó el aliento abriendo los ojos como platos— y parece que a ti no te soy
indiferente. Me preguntaba si te gustaría que nos acostá ramos.
Parpadeó sorprendida mirando sus ojos negros— Perdó n, ¿qué has dicho?
La miró furioso— ¡Esto es culpa tuya!
— ¡Culpa mía!
— ¡Si no te hubieras insinuado, ni se me hubiera pasado por la cabeza
acostarme con alguien como tú ! — señ alá ndola con la mano de arriba abajo.
—Perdona, ¿pero qué tengo de malo? — preguntó ofendidísima.
— ¿Te has visto? ¡Eres un desastre andante! Tus vaqueros está n rotos y esas
botas de camionero… ¡Eso por no hablar que nunca te peinas y que no llevas ni
sujetador!
Nunca en su vida se había sentido má s humillada y furiosa se acercó a él— ¡Y tú
eres un pijo que se cree el ombligo del universo!
—Pues este pijo te vuelve loca.
— ¡Volvía! — le gritó a la cara— ¡Eres un déspota arrogante que no tocaría ni
con un palo, estú pido! ¡Aprende a conjugar los verbos porque sino llevará s la empresa
a la ruina!
Dan la cogió por la nuca besá ndola por sorpresa y Laura gimió contra sus
labios intentando soltarse, pero la sujetó por la cintura pegá ndola a él devorá ndola y
sintió que el fuego la recorría de arriba abajo. ¡Tenía que hacer algo!
Dan la soltó de golpe gritando y llevá ndose las manos a la rodilla— Fíjate, las
botas sirven para algo — dijo furiosa yendo hacia la puerta. — No te molestes en
echarme. ¡Dimito!
La miró asombrado justo antes de que cerrara de un portazo. Cuando iba por el
pasillo escuchó como abría la puerta— ¡Pues muy bien! ¡Aunque me hubiera acostado
contigo, no hubiera leído tu libro que seguro que es una mierda!
Laura lo vio todo rojo y se volvió antes de llegar al ascensor— ¿Có mo te
atreves? — preguntó sin darse cuenta que tenía lá grimas en los ojos— ¿Có mo te
atreves a tratarme así só lo porque te dije que me gustabas? ¡Nunca te he tratado mal
sino todo lo contrario!
Dan palideció dando un paso hacia ella— Nena, yo…
Laura levantó la barbilla — No dejaría que leyeras mi libro ni por todo el oro
del mundo. Para disfrutarlo hay que tener algo de corazó n.
Se volvió y fue hasta el ascensor dejá ndolo con la palabra en la boca mientras la
secretaria los miraba sin poder disimular su sorpresa. La observó mientras esperaba
el ascensor y afortunadamente no le dijo nada má s. Cuando llegó al só tano, todos se
quedaron en silencio al ver su cara. Greg se acercó a toda prisa— ¿Te han despedido?
—Algo así. — forzó una sonrisa yendo hacia las taquillas.
—Pero nos seguiremos viendo, ¿verdad? — preocupado vio có mo se ponía su
bufanda naranja.
—Claro. Llá mame y saldremos por ahí. —sacó el abrigo haciendo una mueca—
Al menos ahora tendré tiempo para escribir.
Escucharon pasos en la puerta y ambos se volvieron. Dan estaba muy tenso y
miró a Greg— ¿Puedes dejarnos solos?
—Sí, por supuesto.
Su amigo salió de allí a toda prisa y Laura se puso su abrigo, sacá ndose la
melena antes de cerrar la cremallera.
—Creo que las cosas se nos han ido de las manos —dijo acercá ndose a su
espalda.
Laura se puso el gorro y cogió su bolso antes de cerrar la taquilla de un
portazo. — No quería hacerte dañ o con lo que te dije…— la cogió por el brazo, pero
ella se soltó sin mirarle. Parecía arrepentido, pero nunca dejaría que nadie la tratara
así. Sin mirarle salió del vestuario a toda prisa.
 
Esa noche salió del restaurante a las dos de la mañ ana bastante deprimida,
porque ahora tendría ese turno hasta que hubiera una vacante. El maître le había
dicho que debía entender la situació n y ella lo entendía. No podían cambiar los turnos
a su antojo.
Salió despidiéndose de un compañ ero y se dirigió hacia la parada de metro
cuando la puerta de un coche plateado se abrió sorprendiéndola. Se quedó de piedra
al ver a Dan saliendo del coche vestido de sport con una cazadora de piel marró n.
— ¿Qué haces aquí? — se ajustó la correa del bolso antes de meter sus manos
en los bolsillos de su plumas encogida de frío.
— ¿Por qué no subes y te llevo a casa? Está s helá ndote.
—No, gracias. — pasó a su lado para seguir su camino.
—Laura, son las dos de la mañ ana. Sube al coche. — parecía agotado y ella se
volvió mirá ndolo con desconfianza. É l levantó las manos— No te tocaré un pelo. Lo
juro. Só lo quiero hablar y disculparme.
Dio un paso hacia el coche y él lo rodeó para abrirle la puerta. Le volvió a mirar
con desconfianza acercá ndose y sentá ndose en el asiento de cuero, pero él cerró la
puerta sin hacer ningú n comentario. Cuando se sentó a su lado, la miró brevemente
antes de pedirle mientras arrancaba el coche— Ponte el cinturó n.
Laura tiró del cinturó n poniéndose nerviosa, pero el muy puñ etero no salía.
— Tienes que hacerlo con suavidad — dijo él alargando el brazo ante ella y
tirando de la cinta. Se miraron a los ojos mientras él anclaba el cinturó n y el corazó n
de Laura empezó a latir con fuerza.
Dan carraspeó antes de girarse para tirar del suyo. La sorprendió cuando
empezó a ir en direcció n a Little Italy— ¿Có mo sabes dó nde vivo?
É l sonrió cambiando la marcha— Por esos fantá sticos bollos. En la bolsa venía
la direcció n y dijiste que estaba debajo de tu casa.
Sería listillo. Molesta se quedó en silencio y él la miró de reojo— No me vas a
ayudar, ¿verdad? Normalmente hablas por los codos, así que supongo que está s muy
enfadada.
—No tengo nada que decirte. Ya no me interesas. — miró por la ventanilla
observando las calles vacías mientras él apretaba los labios.
—Eres todo lo contrario a las mujeres con las que salgo.
—Si hablas de esa pija que tiene una mirada que corta el acero, tienes razó n.
No me parezco en nada.
É l apretó el volante con fuerza— Pues sí, normalmente son así. Mujeres de
carrera que se cuidan y que ni reparten, ni sirven mesas.
— ¡Lo dices como si fuera algo malo!
— ¡No he dicho que lo sea! Só lo soy sincero. ¿Hubieras preferido que te dijera,
que me siento atraído por ti sexualmente, pero que nunca saldría contigo?
— ¿Esa es tu manera de disculparte?
— ¡Siento explotar tu burbuja, pero la sociedad es así! ¡Tú y yo somos
totalmente opuestos!
Le miró furiosa— ¡Eres un snob! ¡No sabes nada de mí!
—Perdona, pero qué crees que sucedería si te presentara al director de un
banco en una cena con amigos y parejas y él te preguntara “¿Y usted en dó nde
trabaja?” “Oh, soy camarera, ¿le sirvo una copa?”
—Será s gilipollas. ¡Soy escritora!
La fulminó con la mirada— Es eso, ¿verdad? Como te he prohibido que enseñ es
tu manuscrito, has aprovechado esto para cabrearte.
— ¡Creo que tengo razones de sobra! ¡El libro no ha tenido nada que ver! ¡Y no
necesito que lo leas! ¡No lo entenderías!
—Seguramente— siseó apretando el volante— porque no te entiendo a ti.
— ¡Ni falta que hace!
Se mantuvieron en silencio unos segundos y ella se apretó las manos sobre sus
muslos. Dan suspiró — Joder nena, yo quería disculparme.
—Pues lo haces fatal. — le miró furiosa— ¿Sabes qué? Ya está . No tienes que
seguir con esto. ¡Tú vive tu vida y yo viviré la mía! —la miró de reojo y parecía
cabreado— ¿Y ahora qué te pasa? ¿No es lo que querías?
—Si fuera lo que quiero, no estaría aquí.
— ¿No venías a disculparte? — preguntó iró nica tensá ndole— No, a lo que has
venido es a ver si me ablandas y de paso te llevas un polvo. Seré una paleta que trabaja
de camarera, pero te pongo a tono, ¿no?
—No hables así.
— ¡Hablaré como me dé la gana! ¡Nadie me va a decir có mo tengo que
comportarme o có mo debo vestir, hablar o follar! — la miró ató nito— Mi vida es mía
para hacer con ella lo que me dé la gana. ¡Para el coche! —estaban a dos calles de su
casa y Dan no se detuvo— ¡Para el coche!
—Te voy a llevar a casa como dije que haría. —siseó sin dejar de mirar la
carretera.
Laura apretó los labios y en cuanto detuvo el coche ante la pastelería, se
desabrochó el cinturó n, pero él la cogió por el brazo antes de que saliera— Te gusta
mucho la sinceridad, pero hubieras preferido que yo te hubiera mentido, ¿verdad?
—No sé de qué hablas.
—Hablo de que preferías que te dijera que me vuelves loco y quería verte. ¡Que
hubiéramos salido, sin que te llevara a los sitios que frecuento, para después
acostarnos en un par de ocasiones antes de que te dejara de llamar! — Laura palideció
— ¡Sin embargo, fui sincero y tú me castigas por ello!
— ¡Una cosa es ser sincero y otra muy distinta es ser grosero!
Se miraron a los ojos y Laura gimió antes de besarle. Dan la cogió por la nuca
tomando el control del beso y antes de que Laura se diera cuenta, la abrazaba por la
cintura pegá ndola a él mientras ella sentía que rozaba el cielo. Dan apartó la boca
respirando agitadamente— ¿Esto significa que sí o que no?
—Sí. — buscó sus labios y Dan la saboreó volviéndola loca de deseo porque la
acariciara. Se apartó de su boca besando su cuello, pero la bufanda se lo impedía.
— Nena…
— ¿Subimos a mi casa?
La miró a los ojos— ¿Seguro?
—Sí. — susurró sin poder evitarlo.
Dan salió del coche a toda prisa y mientras le miraba por la luna delantera
sintió que su corazó n iba a mil por hora. Por acostarse con él no pasaría nada. Dan
abrió su puerta y le cogió la mano provocá ndole un estremecimiento y supo en ese
mismo instante mientras le miraba a los ojos que su vida nunca sería la misma.
Dan la ayudó a salir del coche y dijo en voz baja— Mi manera de pensar no ha
cambiado. — le acarició la mejilla mirá ndola con deseo— Quiero dejar las cosas claras
desde el principio.
—Lo he entendido. — sin aliento dio un paso hacia él como si fueran polos
opuestos que se atraen— Esto es só lo sexo.
Dan asintió antes de besarla suavemente en los labios— Vamos antes de que
nos congelemos.
Laura sonrió yendo hacia su portal y sacó la llave del bolso mientras él la
seguía. Entraron en el portal y él miró a su alrededor sin comentar nada. Seguro que
pensaba que vivía en un cuchitril. Nerviosa fue hasta el ascensor y Dan tropezó con la
baldosa del suelo que estaba levantada.
Laura reprimió una risita al verle mirar hacia abajo mascullando un taco.
— Bienvenido a la vida real.
Dan sonrió y la cogió por la cintura pegá ndola a él— Te aseguro que conozco la
vida real perfectamente. — la besó en el ló bulo de la oreja— Hueles a patata frita.
Laura se echó a reír— ¿De verá s?
—Me encantan las patatas fritas. —la metió en el ascensor y se besaron
apasionadamente mientras Laura estiraba la mano para tocar el botó n, tocando varios
a la vez. Cuando al fin llegaron a su planta después de parar en varias, ella tiró de las
solapas de su cazadora.
Saliendo del ascensor, le rodeó el cuello con los brazos y gimió en protesta
cuando él apartó su boca— Nena, ¿qué puerta es? No podemos hacerlo en el hall.
A toda prisa se apartó de él y fue hasta su puerta mientras Dan se reía por lo
bajo. Laura abrió la puerta y entró tirando el bolso dentro sin molestarse en encender
la luz. Se volvió mirá ndole y él se acercó observá ndola, provocando que su sangre
corriera mas rá pidamente por sus venas. É l entró en la casa y alargó la mano para
cerrar la puerta sin dejar de mirarla, iluminados ú nicamente por la farola que había en
la calle.
Dan cogió su gorro de lana estirá ndolo hasta que sus rizos cayeron libres sobre
sus hombros— Quítate el abrigo, preciosa. — sus palabras la estremecieron y llevó sus
manos a la cremallera bajá ndola hasta el final, quitá ndose el abrigo y mostrando su
jersey y sus vaqueros. Dan se quitó la cazadora dejá ndola sobre su mesa de trabajo y
se acercó cogiendo un extremo de su bufanda y empezando a desenrollá rsela del
cuello dejá ndola caer en el suelo. La cogió por la cintura levantá ndola hasta ponerla a
su altura. Laura intentó besarle y él susurró divertido — ¿Dó nde está el dormitorio?
Laura sonrió abrazando su cuello— En el sofá .
Levantó una ceja — ¿Sofá cama?
—Muy prá ctico. —atrapó sus labios y Dan la llevó hacia el sofá tumbá ndola en
él, colocá ndose encima acunando sus pechos por encima de su jersey. Ella gimió
cuando acarició su pezó n y Dan levantó su jersey a toda prisa por encima de sus
pechos dejá ndolos al descubierto. Acunó su pecho y agachó la cabeza metiéndoselo en
la boca, provocando que Laura gritara por la descarga que atravesó su cuerpo. Dan
gruñ ó antes de chupar su pezó n con fuerza y lo mordisqueó torturá ndola para
repetirlo con su otro pecho segundos después. Retorcida de placer, ni se dio cuenta
que se alejaba para quitarle los pantalones. Como se atascaron en sus botas, Dan
protestó quitá ndose su jersey a toda prisa y abriéndose los pantalones. Le bajó las
braguitas y la acarició entre las piernas, haciéndola chillar arqueando la espalda
cuando la rozó con sus dedos.
— Está s lista, nena— susurró él colocá ndola de lado y poniéndose tras ella. —
Ya nos quitaremos los pantalones después — le dijo al oído antes de entrar en ella
lentamente.
Laura suspiró al sentirle dentro de su ser y cerró los ojos arqueando su cuello
hacia atrá s al sentirse completa. Dan le besó el cuello empezando a moverse
suavemente en su interior. Una tortura exquisita la recorrió de arriba abajo y
sintiendo que la necesidad de má s la apremiaba. Llevó su mano hacia atrá s clavando
sus uñ as en su trasero. Dan gruñ ó diciéndole al oído— ¿Quieres má s?
— ¡Sí! — gritó desesperada y Dan no la defraudó acelerando sus embestidas
provocando que la tensió n de su interior fuera insoportable. Gritó de necesidad y Dan
entró en ella con fuerza provocando que estallara en un placer indescriptible.
Dan la abrazó a su torso con fuerza mientras le decía al oído lo preciosa que
era. Minutos después él se apoyó en su brazo para incorporarse y ella miró sobre su
hombro. La besó suavemente en los labios y Laura susurró — ¿Abrimos la cama?
Dan se echó a reír asintiendo.
Esa noche fue la má s increíble de su vida. Dan era un amante generoso y muy
cariñ oso. Atendía todas sus necesidades y encima tenía una imaginació n increíble. Se
estaban riendo cuando escucharon golpes en la pared provenientes de piso de Anne.
— ¡Tendrá s cara! —gritó ella mientras Dan le besaba el vientre— ¡Te fastidias!
Dan levantó la cabeza divertido— Hay que llevarse bien con los vecinos.
—Voy a matar a Anne por interrumpirte — dijo cogiendo su cabeza
empujá ndola hacia su vientre haciéndole reír.
Una hora después estaban abrazados mirando la pared y por la luz que pasaba
por la ventana estaba amaneciendo.
— Tengo que irme. — la besó en el hombro y se apartó lentamente.
Apretó los puñ os sintiendo en su pecho que había perdido algo importante y se
volvió para verle subirse los vaqueros. Era perfecto y en ese mismo instante supo que
se estaba locamente enamorada de él. Dan se volvió abrochá ndose los pantalones—
¿Vas a volver a trabajar en la empresa?
— ¿Para qué? — abrazó las almohadas mirá ndole— No puedo enseñ arle el
manuscrito a nadie porque me lo has hecho prometer. Allí no pinto nada.
Dan apretó los labios asintiendo—Entiendo.
—Así tendré tiempo de escribir.
É l se bajó el jersey por el torso sin comentar nada y ella apretó los labios al ver
que le daba igual. Dan se sentó en la cama para ponerse las botas y Laura sonrió
acercá ndose a su espalda y abrazá ndolo— Me lo he pasado muy bien esta noche. — le
susurró al oído haciéndole reír.
—Vaya, gracias. — se volvió y le dio un rá pido beso en los labios.
Laura esperaba que le dijera que la llamaría, pero no abrió la boca mientras iba
hasta la mesa y cogía su cazadora. Simplemente apretó los labios al ver su manuscrito
al lado del ordenador. Al darse cuenta que estaba incó modo ella sonrió diciendo—
Hoy no vas a dar una. No has dormido nada.
—Haré lo que pueda.
—Podrías tomarte el día libre y dormir. —levantó la sá bana mostrá ndole su
cuerpo desnudo— Dormiríamos juntitos. ¿No te hace ilusió n?
Dan se echó a reír— Tá pate que voy a abrir la puerta, descarada.
—Só lo si me das un beso de despedida.
É l se acercó mirá ndola con esos ojos negros que la volvían loca. Apoyá ndose
con las manos en la cama la besó suavemente en los labios —Adió s, nena.
Sintió que se le rompía el corazó n, pero sonrió susurrando—Adió s.
Ver que se iba sin decirle una palabra má s, fue lo má s duro que había hecho en
mucho tiempo. Laura suspiró dá ndose la vuelta en la cama para mirar la pared
abrazando la almohada con fuerza. É l había sido sincero. No podía recriminarle nada.
Era culpa suya si se hacía ilusiones, porque una relació n juntos no tendría ningú n
futuro.

 
Capítulo 6
 
 
 
Pasaron dos semanas en las que Laura no estuvo precisamente bien sino todo
lo contrario. Lloraba a lá grima viva ante el ordenador desahogá ndose en sus ratos
libres iniciando otra lacrimó gena historia que nunca le publicarían. Sus amigos
intentaban animarla como podían, pero era algo que tenía que pasar ella sola. El
sentimiento de perdida no se iba y se preguntó si a él le pasaba algo parecido.
Decidida a averiguarlo fue a preguntá rselo y un lunes por la mañ ana estaba
ante la editorial con su bollo y su café.
Judith se sorprendió al verla y estuvieron hablando un rato. Cuando llegó el
coche de Dan, Laura sonrió y Judith se alejó a toda prisa— Vamos allá .
Dan entrecerró los ojos al verla y cerró la puerta — Menuda sorpresa— dijo
acercá ndose.
Nerviosa se lo comió con los ojos— Me preguntaba si tenías ganas de un café.
Ambos sabían que no preguntaba eso mientras se miraban a los ojos— Sí, nena
— dijo él con voz grave. — Me muero por un café.
Ella sonrió aliviada entregá ndoselo— Pues si quieres má s ya sabes dó nde
estoy. — se alejó de él mientras la observaba y Laura sonrió mirando al frente
sintiéndose genial. Como si hubiera subido el Everest.
Esa misma noche Dan la estaba esperando al salir del restaurante y Laura
sonrió acercá ndose a toda prisa — ¿Te llevo a casa?
Laura se puso de puntillas y le dio un suave beso en los labios. Era la sensació n
má s maravillosa del mundo— Claro, señ or Morton. Lo estoy deseando.
Dan se echó a reír y abrió la puerta del pasajero.
Y así empezó su relació n. Pasaban las noches juntos en su apartamento y
después él se iba a seguir con su vida, mientras ella se sentía afortunada disfrutando
de sus momentos juntos. Nunca hablaban de trabajo, pero sí de millones de cosas má s.
Tumbados en la cama él acariciaba su espalda mirá ndola a los ojos mientras le
contaba como en la Universidad casi le habían expulsado porque un compañ ero había
copiado de su examen. Ella sonrió al escuchar lo indignado que estaba aú n y lo que le
había costado demostrar que no había sido él quien había copiado.
— ¿Y tú ? ¿Has ido a la universidad?
Negó con la cabeza— No me lo podía permitir. Lo dejé cuando acabé el
instituto.
Dan apretó los labios— ¿Tus padres no te podían ayudar?
— ¿Ayudarme? — preguntó divertida— Si no me llego a largar, hubiera tenido
que ayudarles a ellos y no pensaba consentirlo. Ya me habían jodido bastante la vida.
— ¿Qué quieres decir? — preguntó muy serio.
—No quiero hablar de eso. Cuéntame má s cosas de la Universidad.
— ¿Por qué no me lo quieres contar?
Laura se apartó ocultando la mirada— Porque es algo personal. No se lo cuento
a cualquiera.
La expresió n de la cara de Dan le indicó que esa frase no le había gustado un
pelo— Quiero decir…
—Lo has dicho claramente. — se levantó de la cama furioso.
—No sé por qué te molestas. Tú mismo has dicho que es una relació n sexual.
¿Ahora tenemos que contarnos nuestras vidas?
—Los amigos se cuentan sus vidas.
— ¿Ahora somos amigos?
Dan se puso los pantalones furioso— No, está claro que no somos amigos. No
somos nada.
Alucinada cogió su bata y se la puso mientras él terminaba de vestirse— Dan,
no entiendo por qué te pones así. Somos amantes…
É l la fulminó con la mirada— Tienes razó n. Somos amantes.
—Pareces ofendido, pero…— al ver que no le hacía caso mientras que cogía la
cazadora se acercó a él sujetá ndole del brazo— ¿Quieres que seamos amigos? Los
amigos no se acuestan juntos, Dan. ¡Los amigos se hacen favores y no miran por
encima del hombro a la otra persona! ¡Los amigos está n ahí cuando se necesitan y
siempre está n dispuestos a echar una mano! Tú no eres mi amigo.
Dan palideció dando un paso atrá s— Yo no te miro por encima del hombro y si
me necesitaras…
— ¡Mientes! — gritó enfadada— ¡Miras mi casa como si fuera un estercolero!
¡No quieres que nos vean juntos por eso vas a recogerme al restaurante por la noche
después de cerrar! Si ni siquiera conoces a mis amigos.
— ¡Tú tampoco conoces a los míos!
— ¿Y quién tiene la culpa? ¡Te avergü enzas de lo que tenemos y encima me
exiges respuestas! ¡No es justo!
É l apretó los labios y asintió — Puesto que esta relació n es tan injusta para ti,
creo que lo mejor es alejarnos.
Laura le miró sorprendida— ¿Ahora me dejas porque no sigo tus reglas? Exiges
y exiges sin dar nada a cambio. — Dan apretó los labios sin decir nada— Creo que
tienes razó n. Es mejor que nos alejemos.
— ¿Dar nada a cambio? — él entrecerró los ojos dando un paso hacia ella— ¿Y
qué tendría que dar a cambio? ¿Publicar tu libro?
Laura palideció mirá ndolo con incredulidad porque ni una sola vez le había
hablado del libro— Sal de mi casa. No puedo creer que me hayas dicho eso, como si
fuera una puta que se vende para conseguir publicar. —levantó la barbilla intentando
retener las lá grimas y Dan intentó tocarla— ¡No te acerques! Sal de mi casa.
—No quería decir eso.
—Los dos sabemos que no es la primera vez que me lo dices. Está claro que ese
pensamiento pasa por tu mente a menudo, así que es mejor que te vayas.
—Nena, tienes razó n. No he sido justo y si quieres nuestra relació n puede
cambiar.
Reprimió las lá grimas yendo hacia la puerta y abriendo la puerta— Puede que
esté loca por ti, pero nunca voy a consentir que me trates como una mierda. ¡Ya lo
pasé una vez y no volverá a pasar!
—Está s alterada y yo también. Será mejor que hablemos cuando nos hayamos
calmado los dos. — salió de la casa y ella cerró de un portazo.
Dos minutos después Anne entró en su casa encontrá ndola sentada sobre la
cama abrazá ndose las piernas. Su amiga cerró la puerta lentamente y se acercó a ella
sentá ndose a su lado— ¿Se ha acabado?
Laura bufó limpiá ndose las lá grimas de sus mejillas— Somos de mundos
opuestos y piensa que soy una arribista que se acuesta con él por el libro. — se
encogió de hombros— Está claro que nunca llegaremos a nada. É l es un niñ o rico que
siempre lo ha tenido todo y yo no he ido ni a la Universidad. Seguro que piensa que mi
manuscrito está lleno de faltas de ortografía. — gimió metiendo la cabeza entre las
piernas— Soy idiota. ¿Por qué se me pasó por la cabeza acostarme con él?
—Está s enamorada y es ló gico que quieras estar a su lado. — su amiga le
acarició la espalda— Y a él le gustas. Sino no vendría todas las noches. Pero el libro
siempre estará entre vosotros, provocando en él dudas sobre si quieres estar con Dan
por una oportunidad o si realmente te gusta.
—Eso da igual. —miró a su alrededor y sonrió — Para mí esto es un palacio,
¿sabes?
Su amiga asintió — He vivido en pocilgas toda mi vida y este piso para mí es el
ú nico sitio estable que he tenido. —se echó a reír sin ganas— El otro día fue al bañ o y
salió horrorizado cuando vio una arañ a en el desagü e. Una arañ a cuando he vivido
entre ratas.
—É l no lo entiende y seguro que tú no se lo has explicado.
Se echó a llorar tapá ndose la cara — Le odio por hacerme sentir así. Mi padre
lo hacía continuamente con mi madre, cuando ella trabajaba como una mula para
poner un plato en la mesa. Encima se gastaba todo el dinero en drogas criticá ndola a
todas horas y diciéndole cosas horribles.
Anne suspiró — Esa relació n era distinta, Laura. No tiene nada que ver con la
vuestra. A veces las parejas dicen cosas que duelen, pero nos duelen porque nos
importa la otra persona.
— ¿Có mo voy a pasar por alto que cree que estoy con él por el libro? — la miró
a los ojos y vio que no sabía qué decir— Quiere que le cuente mi vida. No quiero ni
imaginar la cara que pondrá cuando sepa que he vivido en un coche abandonado tres
meses.
—Puede que te sorprenda. Nunca se sabe. ¿Por qué no lo intentas? Sino puedes
decírselo en persona, escríbele una carta. Así verá que no tienes faltas de ortografía.
—sonrió sin darse cuenta y su amiga la abrazó — Eres la mejor persona que conozco y
te mereces lo mejor. Ya está s enamorada de él. No tienes nada que perder.
 
 
Le costó cinco días ponerse ante los folios en blanco y empezar a escribir. Con
el bolígrafo en la mano tembló ligeramente al colocar la punta en la hoja en blanco.
 
              Querido Dan:
 
Te preguntará s por qué te envío esta carta, pero me has preguntado ciertas
cosas que me dolían de mi pasado y cuesta abrir el corazó n cuando no sé si será s
capaz de llegar a comprenderme. No quería que nos separá ramos sin que te dieras
cuenta por qué tus palabras me hicieron tanto dañ o y creo que es justo que lo sepas.
Me preguntabas por qué no fui a la Universidad y la razó n es mis padres no
tenían dinero. Ni siquiera había dinero para comer a diario, pues mi padre era adicto a
las drogas y mi madre trabajaba a media jornada en una cafetería. He vivido en casas
ocupadas la mayor parte de mi infancia y mi ropa la mayoría de las veces era de la
beneficencia. Nunca he tenido un regalo de Navidad hasta que fui adulta y no supe lo
que era tener dinero hasta que encontré mi primer trabajo. En el instituto todo el
mundo sabía mi situació n, así que te puedes imaginar el panorama.
Mi madre le suplicó millones de veces a mi padre que dejara las drogas, pero lo
ú nico que recibió en respuesta era que ganara má s dinero o que se metiera a puta. El
día que mi madre me dijo que lo iba a hacer, me fui de casa porque no quería verlo.
Puede que fuera cobarde o una egoísta, pero no podía quedarme a ver como seguían
destrozando sus vidas y de paso la mía. Viví en un coche abandonado en un
aparcamiento varios meses, hasta que encontré trabajo y pude irme a vivir a un hostal.
Estudiaba en el instituto por las noches y conseguí graduarme. La afició n a la
literatura vino porque me pasaba muchas horas sola y no tenía televisió n, así que iba a
la biblioteca a menudo. Entre esas pá ginas encontré una manera de huir de la realidad
y ahora lo hago escribiendo las historias que se me pasan por la cabeza. Puede que
sean buenas, malas u horribles, pero son mías y las adoro todas.
Cuando hablé contigo la primera vez no sabía quién eras y te juro que nunca
me acosté contigo con intenció n que leyeras mi novela o para que la publicaras. Te
llevé aquel café porque echaba de menos verte y quería sentirte a mi lado. Pero ambos
sabíamos que esto no llegaría muy lejos y el final ha llegado.
Una vez una anciana en la calle me dijo que la intensidad de la vida se medía
por la felicidad que habías tenido en ella. Puede que fueras muy rico o muy pobre,
pero al final, cuando llega el ú ltimo suspiro, las personas pensamos si hemos sido
felices o si nos quedan cosas por hacer para conseguir esa alegría. Yo deseo con todas
mis fuerzas que tu vida sea inmensamente feliz.
 
Adió s Dan.
 
 
Al terminarla estuvo a punto de romperla, pero al final se arrepintió y la metió
en un sobre. Sonrió pensando cuando Greg la pusiera en el casillero sin saber que la
escribía ella. Escribió la direcció n y decidió poner en el sobre la palabra “Personal”
para que no la abriera su secretaria. La metió en el buzó n antes de irse a trabajar
apretando los labios mientras desaparecía en su interior.
 
—Milly, ¿seguro que el helado lo quieres de chocolate?
La señ ora Courlier se echó a reír al ver la indecisió n en su mirada— Tu
preferido es el de fresa. ¿Seguro que después te lo comerá s?
—Sí— dijo decidiéndose. — De chocolate con sirope de fresa.
Reprimió una sonrisa cuando su padre se echó a reír —Para mí tarta de
manzana.
—Yo nada, gracias. Después tomaré café.
—Muy bien.
Se volvió con el block en la mano y perdió el aliento al ver a Dan entregando el
abrigo al botones. Avergonzada bajó la vista yendo rá pidamente hacia la zona de
servicio. ¿Qué rayos hacía allí? Hacía dos meses que le había enviado la carta y
pensaba que todo había quedado zanjado entre ellos. Muy nerviosa miró por la puerta
abatible que comunicaba con la sala y gimió al ver que se sentaba con el amigo de la
ú ltima vez en la mesa diez. Dan miró a su alrededor y llamó a un camarero con la
mano que se acercó de inmediato. Supo en el momento que Michael miró a su
alrededor buscá ndola, que había preguntado por ella.
Michael, que hacía un mes que trabajaba allí, fue hasta el á rea de servicio y ella
le dejó pasar— Tienes una mesa nueva.
— ¿Puedes atenderlos tú ?
Michael la miró confundido— Es tu zona.
—Por favor. Yo atenderé otra de las tuyas.
La miró malicioso— La mesa doce.
Abrió los ojos como platos— ¡Es de ocho comensales!
—Oferta y demanda, guapa.
—Está bien. Como se nota que estudias econó micas. — siseó mirando otra vez
por el ojo de buey. ¡Estaba tan guapo que era injusto! ¿Estaba má s moreno? Encima se
había ido de vacaciones mientras ella lloraba por las esquinas.
Se alejó de la ventana furiosa cuando le vio mirar hacia allí y pidió los postres.
Tomó aire y caminó hasta la puerta pasá ndose la mano por su coleta alta
comprobando que no estuviera hecha un desastre del todo. Empujó la puerta
dispuesta a seguir con su trabajo.
En cuanto entró en la sala fue directamente hacia una de sus mesas que ya
habían terminado y empezó a recoger. Miró de reojo a Dan, que la observaba con los
ojos entrecerrados como si estuviera molesto. Era el colmo. Ni siquiera la había
llamado y ponía mala cara. Aunque ella no se esperaba una llamada después de su
carta porque quedaba claro que aquello se había terminado.
Llevó los platos de vuelta pensando en ello. Habría recibido la carta, ¿no? Sí, las
cartas no desaparecían por arte de magia. Ademá s, entonces sí que la hubiera llamado
tarde o temprano. Le había dicho que tenían que calmarse antes de hablar. ¡Ella
esperaría unos días, no meses!
Cuando llegó a la mesa de Milly con su enorme helado, sus padres gimieron
mientras la niñ a aplaudía entusiasmada — ¿Será suficiente, señ orita?
—No sé — dijo cogiendo la cucharilla y metiéndola entre la nata montada. —
Puede que necesite otro.
Sin poder evitarlo se echó a reír y al volverse vio que Dan hablaba con el
maître. Perdió la sonrisa de golpe cuando ambos la miraron. Gimió yendo hacia las
cocinas cuando el maître la interceptó —Aquella mesa es tuya.
—La he cambiado con Michael. — miró de reojo a Dan, que les observaba
mientras su amigo parecía divertido.
—Quiero que la atiendas tú . Te han solicitado.
— ¿Es imprescindible? — preguntó rogá ndole con sus ojos verdes.
— ¿Qué ocurre? Te ha molestado ese hombre o…
— ¡No! No es eso, pero…
—Les atenderá s tú .
Tomando aire cogió las cartas yendo hacia allí —Buenas noches, mi nombre es
Laura y esta noche seré su camarera.
—Muy graciosa. — Dan cogió la carta que le tendía mientras su amigo
intentaba no partirse de la risa.
—Enseguida les traeré unos deliciosos aperitivos. ¿Desean algo antes de pedir?
— ¡Pues sí! — Dan dejó la carta sobre su plato mirá ndola furioso— Me gustaría
mucho que me explicaras porque me evitas.
Le miró asombrada— No sé de qué hablas.
— Ha quedado claro que no quieres ni acercarte y me pregunto por qué.
—Estoy trabajando. —respondió incó moda.
—Dan, ¿no nos presentas?
—Matt Smith, ella es Laura Duncan. Es escritora.
Matt levantó las cejas— Escritora. Mira que casualidad.
— ¿Casualidad por qué? — preguntó ella molesta.
—Matt es uno de los agentes literarios má s relevantes de Nueva York.
—Pues mira qué bien. ¿Quieren beber algo? —Matt se echó a reír mientras Dan
la miraba furioso — ¿Vino tinto de la Rioja? ¿Si? Traeré una botella — dijo sin esperar
su respuesta.
Hirviendo de furia fue hasta el sommelier y le siseó — Mételes un buen puro
por el vino. —El hombre asintió frotá ndose las manos para ir a buscar una botella de
sus mejores reservas.
Sin poder remediarlo tuvo que volver minutos después— ¿Ya saben lo que van
a pedir?
— ¿Sabes Matt? Laura ha escrito una novela.
—Muy interesante. ¿Y es buena?
—No lo sé. No la he leído, pero he leído algo suyo que es muy bueno. — Laura
no se podía creer lo que estaba pasando y le miró furiosa mientras seguía hablando
con su amigo— ¿No te gustaría leerla a ti?
—Disculpa. — siseó ella mirá ndole furiosa— ¿Qué está s haciendo?
—Decías que no dejarías que yo la leyera, pero puede leerla Matt. Será objetivo.
—Objetivo. — se volvió furiosa y la cogió por la muñ eca.
—No te enfades. Só lo quiero echarte una mano. ¿No es lo que hacen los
amigos?
—No somos amigos. ¿Recuerdas?
Se soltó y fue directamente hacia el maître que vio que estaba pá lida— ¿Te
encuentras mal?
—Lo siento, pero tengo que irme.
—Sí, por supuesto. —hizo un gesto a Michael que se acercó de inmediato—
Repartiros las mesas de Laura.
—Lo siento.
Michael negó con la cabeza— No te preocupes.
—Recoge tus cosas, que voy a pedir un taxi.
—Gracias.
Dan se levantó de su mesa y al verla ir hacia la zona de servicio se detuvo en
seco. Se quitó el mandil metiéndolo en la taquilla y se quitó la ropa a toda prisa
poniéndose sus vaqueros y su jersey verde. Cogió su bolso y salió de allí a toda prisa.
Al verla salir vestida de calle, Dan se levantó de inmediato yendo hacia la puerta para
interceptarla— Nena, déjame explicarme.
—No tengo nada que decirte. — empujó la puerta y vio que el taxi esperaba en
la acera.
— ¿Es que no puedo ayudarte? — salió tras ella —Joder Laura, no es nada
malo.
Se volvió rabiosa— ¿Por qué no lo hiciste cuando está bamos juntos? — Dan la
miró incó modo— ¿Por qué quieres ayudarme ahora? ¿Qué pasa? ¿Te sientes culpable
porque has leído mi lacrimó gena historia o es que quieres un polvo de
agradecimiento?
Dan palideció — Nena, lo siento.
— ¿Qué sientes? ¿No haberme llamado en meses? ¿O ridiculizarme ante tu
amigo que está claro que sabe nuestra historia? La pobrecita necesita una mano, Matt.
Me la estaba tirando y quiero volver a hacerlo, ¿me ayudas, colega? Só lo tienes que
decir que leerá s su novela—dijo con burla. Abrió la puerta del taxi reprimiendo las
lá grimas— No quiero verte má s.
Entró en el taxi y cerró de golpe dando su direcció n. Ni se dio cuenta del
trayecto hacia su casa porque estaba muy alterada. ¿Qué diablos hacía llevando al
restaurante a un agente literario? Se apretó las manos compulsivamente. ¿Qué
pasaba? ¿Que ahora si quería ayudarla? ¿Por qué? Antes no quería ni hablar del
asunto.
Llegó a su casa y Anne se la encontró en el portal— ¿Qué haces aquí? —
preguntó su amiga perdiendo la sonrisa al verle la cara— ¿Está s enferma? ¿Por eso
has salido del trabajo?
— ¿Te importa si hablamos luego? —pasó a su lado mientras Anne la
observaba preocupada.
—No, no hablamos luego. — la metió en el ascensor y pulsó el cuarto— Vas a
contá rmelo todo.
Cuando pasaron ante la puerta de su casa golpeó dos veces y Liam salió casi de
inmediato siguiéndolas a su casa— ¿Qué ha pasado? —preguntó su amigo cerrando la
puerta.
Suspiró dejando caer el bolso en el suelo— Dan ha ido al restaurante.
— ¿De verdad? — parecía que a su amiga le hacia ilusió n.
— ¿Por qué pones esa cara? ¡No es una buena noticia!
Sus amigos se miraron— Has estado muy triste y pensá bamos que…
— ¿Sabéis lo que ha hecho? ¡Ha llevado a un agente literario al restaurante
para que lea mi novela!
— ¿De verdad? — su amiga se levantó en el acto— ¿Có mo se llama? ¿Es bueno?
—Se llama Matt Smith y sí es bueno. ¡Pero eso no es lo importante!
— ¿No te das cuenta que intenta ayudarte? — preguntó Liam acercá ndose a
ella y sentá ndola en el sofá .
— ¡No quiero su ayuda! Antes el libro era parte del problema y no sé a qué
viene esto.
—Precisamente por eso. Quiere pedirte perdó n de esa manera, para que te des
cuenta de que ha superado sus temores a que estuvieras con él por el libro.
— ¿Qué? ¿Crees que pensaba eso?
—Buscaste trabajo en la editorial por el libro. Seguro que se le ha pasado por la
cabeza millones de veces.
—Yo no me acosté con él por eso. Yo le quiero y punto.
— ¿Te puedes poner en su lugar? — su amiga se sentó a su lado— Intenta
decirte que no le importa.
— ¡Dios! — se pasó las manos por la cara y miró hacia la mesa— ¡Ese estú pido
libro!
Ató nitos vieron como se levantaba yendo hacia la mesa y cogía el manuscrito
saliendo del apartamento.
— ¿Qué vas a hacer? — preguntó su amiga horrorizada al ver que abría la
trampilla de la basura.
—Terminar con esto.
— ¡No! —gritaron los dos a la vez al verla tirar el manuscrito a la basura.
— ¡Está s loca! — gritó Anne abriendo la trampilla de nuevo y mirando al
interior— Liam, ¿dó nde acaba esto?
—No tengo ni idea.
Anne abrió los ojos como platos —El ordenador.
Liam corrió al interior de la casa justo para ver como pulsaba el Enter. Anne
chilló al darse cuenta de lo que había hecho— ¿Qué te pasa? Dios mío, ¿lo has borrado
todo? —Se acercó a ordenador mientras Laura miraba la pantalla sin reaccionar—
¡Liam, haz algo!
Su amigo cogió a Laura de los hombros y la llevó hasta el sofá — Deja de hacer
locuras.
— ¿Sabes? Me siento liberada. Ya no hay presió n. Ya no tengo que publicar.
Só lo tengo que vivir.
—Dios mío. — Anne se echó a llorar y se tapó la boca para reprimir los
sollozos.
—No llores, es un alivio.
— ¡Está s loca! — gritó su amiga fuera de sí— Has trabajado muchísimo para
hacer la novela de amor má s bonita que leído nunca y la tiras a la basura.
— ¿Qué has hecho que?
Todos se volvieron hacia Dan que la miraba pá lido.
— ¡Ha tirado la novela a la basura! — gritó su amiga histérica señ alando el
depó sito del pasillo— ¡Y la ha borrado del ordenador!
Dan apretó los labios mirá ndola furioso— ¿Por qué has hecho eso?
Se encogió de hombros mientras Liam se apartaba sin perderles de vista— Es
mi novela y puedo hacer con ella lo que me dé la gana. Ahora ya no hay problema. Se
acabó .
— ¿No hay problema? — gritó él furioso— ¡Yo no quería esto!
—Claro que lo querías —dijo dejá ndolo ató nito. — Nunca me has creído. Has
pensado desde el principio que te estaba utilizando. ¿Puedes decir lo contrario?
Dan apretó las mandíbulas furioso— No, no puedo.
—Pues ya está . Ya no hay novela. ¿Ahora puedes irte?
— ¿Está s loca? — miró a sus amigos fuera de sí— ¡Hacer algo!
— ¡Es culpa tuya! —gritó Anne sin dejar de llorar— ¡No podías venir como
cualquier mortal a disculparte por tu conducta! ¡Tenías que llevar a un agente a su
restaurante para decir él te ayudara! ¡Era contigo con quien se acostaba! — Dan
palideció — ¡Eras tú quien tenía que haberle dicho que leerías su novela!
— ¿Por qué discutís? — todos la miraron como si estuviera mal de la cabeza—
Ahora da igual. — sonrió levantá ndose del sofá — Voy a ducharme.
Caminando tranquilamente entró en el bañ o cerrando la puerta dejá ndolos con
la boca abierta.
Capítulo 7
 
 
 
Se desnudó tranquilamente y escuchó como se cerraba la puerta de su
apartamento. Estuvo bajo el agua mucho tiempo disfrutando del momento. Era cierto
lo que había dicho. Ya no sentía esa presió n a enviarla a editoriales a esperar las cartas
que nunca llegaban, a hacer locuras para intentar ser una escritora de éxito… Eso
acababa de terminar. Por supuesto no dejaría de escribir, pero nunca dejaría que
aquello le volviera a pasar. Escribiría para ella. Como cuando había empezado a
hacerlo. Só lo para disfrutar. Sonrió saliendo de la ducha y se puso su albornoz rosa.
Salió del bañ o secá ndose el cabello cuando vio a Dan sentado en el sofá
tranquilamente. Se había sentado como si estuviera en su casa y estaba leyendo el
lomo de un libro que tenía entre las manos.
— ¿Qué haces aquí todavía?
— ¿Los compras al peso?
Se sonrojó asintiendo mientras Dan se levantaba mirando a su alrededor— Es
que no puedo entender algo. A ver si me lo explicas. — caminó rodeando el sofá
viendo las estanterías llenas de libros bajo las ventanas. Ella observó lo que miraba. Se
tensó cuando abrió el armario para ver las cuatro prendas que tenía — ¿Prefieres
gastarte el dinero en libros?
—Entretienen má s.
—Ya veo. — él cerró las puertas rodeando el sofá por delante y mirando su
mesa de trabajo donde tenía una pequeñ a impresora y el portá til— ¿Hace cuá nto que
escribes, nena?
—Unos ocho añ os.
—Así que con dieciséis má s o menos.
—Má s o menos — dijo entre dientes.
— Me imagino que tendrá s muchas cosas escritas después de estos añ os.
Laura entrecerró los ojos— ¿Por qué lo preguntas?
—No, por nada. Curiosidad.
—¿Y a qué viene esa curiosidad repentina?
— ¡Es que no puedo entender que alguien para quien la literatura es lo má s
importante y conserva libros de autores de tercera, tira su propia obra a la basura! —
Laura se estremeció al oírlo tan crudamente — Sus propios sentimientos. ¡Sus
palabras! ¿Me lo puedes explicar? Porque no lo entiendo.
Dan se acercó a ella y susurró — Dime nena, ¿por qué lo has hecho? ¿Tantas
ganas tenías de perderme de vista? —Parecía que estaba enfadado con ella, pero a la
vez se la comía con los ojos— Te he echado de menos, preciosa. — levantó la mano y
la llevó al escote de su albornoz metiéndola por dentro para acariciar su pecho. A
Laura se le cortó el aliento— Meses sin tocarte. Sin sentir como reaccionas a mi
contacto. —la abrazó por la cintura con el brazo libre elevá ndola. Hipnotizada por sus
ojos, no supo que decir pues sus caricias en su pecho la tenían atontada. Se sujetó en
sus hombros sin darse cuenta mientras la mano de Dan pasaba por su cintura hasta
llegar a su trasero— Eres la mujer má s excitante que he conocido.
— ¿De verdad? — preguntó sin voz gimiendo después cuando apretó su
trasero. Ella le rodeó con sus piernas y Dan sonrió satisfecho.
—Eres mía, cielo. Tanto que has tirado tu libro para que no se interpusiera
entre nosotros.
—No. — susurró sintiendo miedo desviando la mirada.
—Sí. Dímelo. — la cogió por la nuca para mirar sus ojos— Dime que me
quieres.
—No. — sus ojos se llenaron de lá grimas.
— ¡Dímelo!
— ¿Y qué si te quiero? — le gritó a la cara— ¡Sigo siendo la misma! ¡No me
peino, visto mal y soy camarera! ¡No ha cambiado nada!
Dan entrecerró los ojos— Eso ya lo veremos — dijo poniéndole la piel de
gallina antes de besarla con fuerza. Laura respondió sin poder evitarlo acariciando su
cuello. Gritó cuando la apoyó contra la pared sin soltarla y lloriqueó en su boca cuando
le sintió entrar en ella lentamente. Dan se apartó mirá ndola a los ojos— ¿Te das
cuenta? Somos uno. Dos caras de una moneda, pero nada el uno sin el otro. Dímelo.
Mirando sus ojos negros intentó mover la cadera, pero Dan se lo impidió con
las dos manos — ¡Eres un gilipollas, muévete!
É l sonrió antes de atrapar su labio inferior— Dímelo, nena.
—Estoy embarazada.
Dan sonrió mirando sus ojos. No parecía nada sorprendido y lo confirmó
cuando le dijo— Ya hablaremos de eso después. Dímelo. — se movió ligeramente
haciéndola gemir— ¡Dímelo! — empujó sus caderas con fuerza y Laura arqueó su
cuello de placer.
—Te quiero.
En cuanto esas palabras salieron de su boca atrapó sus labios empezando a
mover sus caderas con firmeza una y otra vez hasta volverla loca. Laura se aferraba a
su cuello necesitá ndole y Dan aceleró el ritmo aumentando su pasió n hasta que ambos
se estremecieron de placer.
Cuando Laura abrió los ojos volviendo en sí estaba sentada sobre sus piernas
en el sofá mientras él la abrazaba. Se sonrojó dá ndose cuenta que se lo había dicho.
—Ahora hablaremos de que está s embarazada. — le acarició sus rizos
hú medos y ello lo miró .
—Lo sabías.
—Nena, llamé preguntando por ti al restaurante hace dos semanas y me
dijeron que estabas enferma. Pregunté si sabían la razó n por si era grave y me dijeron
que eran cosas del embarazo.
Ella se tensó — Por eso has vuelto.
—No. No he vuelto por eso. No voy a negar que fue una razó n má s para
animarme, pero no fue la ú nica razó n.
— ¿Y cuá l fue la otra?
—La primera semana estaba cabreado. Muy cabreado y má s cuando me llegó tu
carta. No es por nada y sé que lo hiciste con la mejor intenció n, pero no podía evitar
sentirme un auténtico cabró n contigo.
—No lo hice por eso.
—Lo sé, nena. De eso me di cuenta dos semanas después y entonces tuve que ir
a Europa por Lansky…— la besó suavemente en los labios— Ya no lo soporté má s y te
llamé desde Roma, pero cuando el maître me dijo eso, pensé que era mejor hablar
contigo.
— ¿Por qué fuiste con tu amigo al restaurante?
—Quería demostrarte que el libro me daba igual. Confío en Matt y sería
sincero. Si él decía que es bueno, lo publicaría. Pero si él me decía que no, hablaría
contigo él que es su trabajo. Yo no tendría nada que ver.
—Ahora da igual.
—No da igual. — le acarició el cuello mirá ndola fijamente— Si a partir de ahora
escribes un libro se lo llevará s a él. Tú y yo no hablaremos del asunto. Si él dice que se
publica, adelante. Pero sino…
—Está bien.
—Sobre el bebé… ¿Quieres tenerlo? — le miró con los ojos como platos— No es
que yo no quiera que lo tengas, pero no quiero que te sientas atada.
—No me siento obligada. Me siento unida a él. Es parte de nosotros.
Se miraron a los ojos — ¿No me lo ibas a decir?
—Estoy de poco. Si algo iba mal…
—Entiendo. Creo que lo mejor es que te mudes a mi casa, cielo.
— ¿Qué?
—Está s embarazada y esos turnos en el restaurante…
—Muchas mujeres embarazadas trabajan de camareras.
— ¡Sí, pero esas mujeres no son mi mujer! — a Laura se le cortó el aliento y
Dan suspiró — Nena, tienes que entender que tengo una posició n. Puedes escribir…
—Seré una mantenida.
—¿Y eso a quien le preocupa?
— ¡A mí!
É l sonrió acariciando su mejilla— No puedo cree que estemos discutiendo esto.
—Volveré a reparto.
— ¡Claro, la madre de mi hijo repartiendo cartas en la oficina!
— ¡No te vale nada!
— ¡Escribirá s en casa! Tengo un despacho estupendo…
Ella se levantó de encima de sus piernas y le señ aló con el dedo— ¡Mi vida es
mía y la vivo como me da la gana!
—No me empieces con el rollo de tu familia porque no tiene nada que ver con
nosotros. ¡Y perdona, pero me ofende bastante que me compares con ese cabró n! ¡Yo
me ocupo de los míos!
Los ojos de Laura se llenaron de lá grimas— Yo no soy de los tuyos.
La cogió por el cinturó n del albornoz acercá ndola a él— Eres mía. No vuelvas a
negarlo. Nena, no llores. Será un cambio en tu vida, pero no me voy a venir a vivir aquí.
Sería iló gico y te aseguro que mi cama es mucho mas có moda que la tuya.
— ¿De veras? ¿Y es muy grande?
—Infinita. Te va a encantar.
— ¿Tienes bañ era?
Dan se echó a reír asintiendo— Tengo bañ era. Una enorme. Y una señ ora que
te hará las comidas todos los días y que limpia la casa.
—Voy a volverme una vaga.
—No estará de má s que descanses un poco. — abrió el albornoz y besó su
vientre— Está s má s delgada y tienes que engordar.
Ella estaba algo asustada y acarició su pelo negro pensando si era lo correcto.
Dan debió darse cuenta de que dudaba porque susurró contra su piel— Vamos, cielo.
Di que sí. Te juro que no te vas a arrepentir.
—Sí.
 
Esa respuesta cambió su vida porque Dan no dejó que se lo pensara demasiado.
Al día siguiente, después de dejarla casi en coma a base de un sexo increíble, la sacó de
la cama y metió todo lo que tenía en unas cajas que pidió a la pastelería de abajo que le
ayudaron con gusto. Liam y Anne colaboraron, hecho que le extrañ o bastante. Pensaba
que sus amigos estarían en contra, pero Anne parecía encantada de la vida. Incluso
ayudaron a meter las cajas en el coche de Dan.
Anne la abrazó con fuerza— Te llamaré mañ ana.
—Puedes pasarte por allí cuando quieras — dijo Dan sonriendo. — Laura te
enviará la direcció n.
— ¡Estupendo! ¿Mañ ana quedamos para tomar una pizza por la noche?
—Mañ ana hay partido— dijo Liam mirá ndola como si estuviera loca.
—Podéis verlo en mi casa. —ellas le miraron con horror— Nosotros vemos el
partido y vosotras cotilleá is. ¿No es lo que se hace siempre?
Liam se echó a reír dá ndole la mano— Hasta mañ ana.
 
Dan al notar que estaba muy nerviosa intentó hablarle de cosas de la editorial.
El libro de Lansky había sido un éxito de ventas. Laura lo había leído y le había
parecido buenísimo, así que estuvieron hablando de él un buen rato hasta que Dan se
detuvo ante un portal en Park Avenue.
Asombrada miró el edificio y vio una mujer que pasaba ante ella con un vestido
de firma y un bolso carísimo. Dan sonrió cogiéndola del codo y la mujer la miró
incrédula.
— ¿Qué pasa? ¡Soy buenísima en la cama!
La mujer se sonrojó mientras Dan se quedaba ató nito con la boca abierta.
— Cielo, ¿puedes controlar esos impulsos?
—Lo intentaré.
É l la besó en la sien cogiéndola por la cintura mientras el portero sonreía—
Buenos días, Pet. ¿Puedes subir lo que hay en el portaequipajes a mi casa?
—Por supuesto, señ or Morton.
—Ella es la señ orita Duncan. Vivirá en mi casa a partir de hoy.
—Laura. — alargó la mano y el portero la miró confundido antes de
estrechá rsela.
—Encantado, señ orita Laura.
—Só lo Laura.
—Encantado, só lo Laura.
Ella se echó a reír y Dan sonrió tirando de su mano —No conocerá s a la señ ora
Herrera este fin de semana, pero ya la conocerá s el lunes. —No supo por qué, pero se
sintió aliviada— No trabaja los fines de semana. Me gusta tener intimidad cuando no
estoy en la empresa.
—Pues ahora la perderá s toda — dijo insegura entrando en el ascensor.
—Tú también. — la pegó a él y la besó queriendo devorarla. Cuando se
abrieron las puertas susurró — ¿Está s cansada?
— ¿Qué tienes en mente? ¿Otra marató n?
Dan se echó a reír y la cogió en brazos sorprendiéndola. Le dio la llave que
tenía en la mano para que abriera ella y cuando se abrió la puerta se quedaron de
piedra al ver sentada en un enorme saló n a la rubia que había cenado con Dan aquella
horrible noche. Y no só lo eso. Estaba tumbada mirando a la puerta en ropa interior
blanca con el cabello suelto y con una cara tan sorprendida como ellos.
— ¿Qué coñ o haces en mi casa? — gritó Dan entrando en la casa con ella en
brazos.
La rubia se sentó en el sofá mirá ndola como si tuviera dos cabezas— ¿Está s
saliendo con esa?
— ¡Esa, como tú la llamas, es mi mujer y tú está s despedida! — dejó a Laura en
el suelo.
— ¿Te has casado con ella? — parecía que le habían dado el disgusto de su vida
y Laura miró a Dan.
— ¿Qué pasa aquí, Dan?
—Espera un momento, nena. Porque no lo sé ni yo. — señ aló a la mujer—
¿Quieres vestirte de una jodida vez?
La rubia se levantó furiosa— ¡Me dijiste que lo intentaríamos!
— ¡Yo nunca te he dicho eso! ¡Esas palabras nunca han salido de mi boca!
— ¿Dan? — asustada se temió lo peor— ¿No lo habías dejado con ella mientras
estabas conmigo? —Dan la miró y Laura se llevó una mano al pecho al darse cuenta
que no.
—No es lo que piensas.
— ¡Es muy sencillo! ¿Te acostabas con ella mientras estabas conmigo?
— ¡Me dijo que cuando volviera de Europa hablaríamos! — gritó la rubia.
Laura furiosa la miró señ alá ndola con el dedo— Cierra esa boquita, guapa.
Antes de que te la rompa. Estoy hablando con mi novio. — fulminó con la mirada a
Dan— Explícate.
É l se pasó una mano por su pelo y miró a la rubia— ¡Vístete!
La rubia corrió hacia una puerta y Dan le rogó con la mirada— No me acosté
con ella estando contigo.
—Pero después sí.
—Fue una noche. Antes de irme a Europa.
— ¡Cuando sabías que querías volver conmigo! —preguntó retorciéndosele el
corazó n.
Dan enderezó los hombros— No está bamos juntos. Era libre para hacer lo que
quisiera.
— ¿Y si yo me hubiera acostado con otro te daría igual?
Dan entrecerró los ojos como si no le gustara la pregunta. La rubia salió vestida
de rojo con el bolso en la mano— No te preocupes, se quedó grogui. —la miraron
asombrados— Estaba tan borracho que no me tocó un pelo. — salió de la casa dando
un portazo.
Dan sonrió del alivio— Asunto arreglado.
— ¡Arreglado y una mierda! —le gritó a la cara— ¡Lo hubieras hecho! — dio un
paso hacia él— ¡No te habrá s acostado con otras?
— ¿Y tú ? — dio un paso hacia ella. Se tiraron el uno sobre el otro besá ndose
como posesos. Cuando se abrió la puerta ni lo escucharon y cuando Pet carraspeó se
apartaron mirá ndole sorprendidos.
—Las maletas, señ ores.
—Gracias, Pet— dijo tirando de su mano hacia la puerta por la que había
entrado la rubia. En realidad, era un pasillo y la apoyó contra la pared oculta a la vista
de Pet pegá ndose a su cuerpo — Nena, no ha habido otras. Lo que tenemos no se
consigue en cualquier sitio.
— ¿Hemos entrado en casa con el pie derecho? — la miró sin comprender—
¿Has entrado con el pie derecho?
—No sé.
—Vamos a hacerlo otra vez.
Tiró de él mientras Dan se reía y le obligó a cogerla en brazos de nuevo
mientras Pet sonreía— Con el pie derecho — dijo ella mirá ndole muy seria.
—Muy bien.
Entraron en la casa y Pet cerró la puerta. Dan la volvió a dejar en el suelo y
Laura abrazó su cuello apoyando la mejilla en su pecho.
— ¿En qué piensas, nena?
—Estoy disfrutando del momento. Los buenos momentos hay que disfrutarlos
para recordarlos siempre.
É l acarició su espalda durante varios minutos— ¿Podemos pasar al buen
momento siguiente?
Se echó a reír asintiendo y Dan la cogió en brazos para meterla de nuevo por el
pasillo.

 
Capítulo 8
 
 
 
Tres meses después
 
Laura estaba sentada al escritorio tecleando en su portá til totalmente
concentrada en la historia que tenía delante, cuando le sonó el teléfono de encima de
la mesa sobresaltá ndola.
— ¡Mierda! Justo cuando la van a atacar.
Cogió el teléfono a regañ adientes mientras seguía tecleando con una mano—
¿Diga?
—Nena, ¿está s trabajando?
—Aja. — pulsó una m mirando la pantalla.
Dan se echó a reír— ¿Puedes hacerme caso dos minutos?
Laura gruñ ó apartando las manos del teclado— Ya está .
—Esta noche tenemos cena con Matt y su nueva novia.
— ¡No! Me debes el masaje.
—Te lo daré después. Te lo prometo. Y tienes que pasarte por aquí, porque me
acaban de decir de recursos humanos que ni firmaste la renuncia, ni has recogido el
cheque.
— ¿Y por qué no traes los papeles a casa?
— ¿No quieres ver a tus amigos? Nena, casi no sales de casa.
—Sí que salgo. — siseó mirando la puerta—Esa bruja no me deja en paz hasta
que no salgo a pasear dos horas al día.
— ¡Te he oído! — gritó la María desde el otro lado de la puerta haciendo reír a
Dan.
— ¿Ves lo que te digo?
La mujer abrió la puerta, casi le arrebató el teléfono de la oreja— ¡Señ or, no se
separa de ese dichoso chisme! ¡Voy a cambiar las cerraduras de la casa para que no
pueda entrar!
Escuchó lo que le decía Dan y la miró maliciosa.
— ¡Dame el teléfono, bruja! — se levantó de la silla intentando quitarle el
teléfono y la mujer se echó a reír dá ndoselo— ¿Dan? No le hagas ni caso.
Sonrió al oírle reír— Nena, tienes que hacer ejercicio. No pienso llevarte los
papeles. Debes caminar.
— ¡Estoy en mitad de un ataque a la prota! ¡Cariñ o, trá emelos tú !
—No. Y vete a comprar un vestido para esta noche.
— ¿Otro vestido? ¡Ya tengo tres!
—Eres la ú nica mujer que protesta por comprarse ropa. Ven al despacho.
¡Ahora!
Ató nita miró el teléfono— ¡Me ha colgado!
La mujer que acababa de cumplir cuarenta y siete añ os se cruzó de brazos— Ya
me lo has enfadado. Siempre quejá ndote porque te compra ropa. ¡Encima que te
mima!
— ¡Yo quiero besos y abrazos, no vestidos!
— ¡Eres imposible!
Chasqueó la lengua volviendo a sentarse— ¡Ni hablar! Mueve el culo fuera de
aquí o tiro ese chisme por la terraza.
—No serías capaz. — la miró con los ojos como platos rodeando con los brazos
su ordenador— ¿Está s chiflada?
— ¡Chiflada tú que está s todo el día frente a esa cosa! — la señ aló con el dedo
amenazadora— Te lo advierto. Como no te vayas ahora mismo, me lo cargo.
Se lo pensó y decidió grabar lo que había escrito esa mañ ana, porque María era
muy capaz de hacerlo — Está bien… Ya voy.
La miró con desconfianza yendo hacia la puerta— Estoy limpiando el saló n.
Tienes dos minutos para cambiarte y salir por esa puerta.
Suspiró viéndola salir y a regañ adientes apagó el ordenador. Cuando fue hasta
su habitació n, se duchó después de quitarse el vaquero premamá y la camiseta que
llevaba. Desnuda y con el cabello hú medo fue hasta el vestidor e hizo una mueca al ver
los cien trajes que tenía Dan.
— Será presumido — dijo cogiendo su vestido azul.
Hizo una mueca al coger el sujetador. Ahora se lo tenía que poner. Sus pechos
se habían puesto como melones. A Dan le encantaban, pero a ella le parecían lo má s
incó modo del mundo.
Después de vestirse, dejó sus rizos sueltos para que se secaran. Con su nuevo
bolso de firma que por supuesto le había regalado Dan y llevando sus zapatos de tacó n
del mismo color en la mano salió de la habitació n como si fuera al matadero.
Cuando María la vio llegar puso los ojos en blanco— ¿No te puedes cuidar un
poco tu aspecto? Tienes un pedazo de hombre a tu lado. Deberías cuidarte un poco.
— ¿No estoy bien? — preguntó ató nita mirá ndose.
María suspiró sentá ndose en el brazo del sofá — Está s preciosa, pero no me
refiero a eso.
—No te entiendo. — se puso un zapato apoyá ndose en la pared y después el
otro.
—Vas con el cabello hú medo y ni siquiera te has maquillado. Seguro que no te
ha echado ni ese perfume que te ha regalado.
Se sonrojó ligeramente— Se me ha olvidado.
—Que no se te olvide…— dijo mirá ndola con sus ojos marrones— que él es un
hombre acostumbrado a estar rodeado de mujeres impecables.
—Yo no soy así. Y él lo sabe.
—Puede que la novedad le guste, pero es Dan quien tiene que llevarte del brazo
y no hay hombre que no quiera llevar una mujer despampanante a su lado. No una sin
maquillar y que no se preocupa por su aspecto. ¿Qué es má s importante? Tu hombre o
esa historia que tienes en la cabeza.
—Para mí él es lo má s importante.
—Pues no lo olvides nunca.
Se volvió lentamente y regresó a la habitació n. Se secó el cabello hasta dejar los
rizos perfectos y se maquilló un poco los ojos para después echarse un gloss en los
labios dá ndoles volumen. Sonrió al ver el frasco del perfume y se echó un poco en el
cuello y en las muñ ecas.
Al salir de la habitació n María asintió al verla— Preciosa.
—Gracias.
 
Como llevaba tacones no fue capaz de caminar mucho rato, así que la ú ltima
parte del trayecto la hizo en metro. Cuando llegó a la empresa, subió directamente a
ver a Dan. Sonrió a Meredith, su secretaria, antes de entrar en el pasillo. Ni llamó a la
puerta antes de entrar y vio a Matt con Dan mirando algo que tenían sobre la mesa.
— ¡Hola!
Ambos se sobresaltaron y Dan se echó a reír— Nena, que susto. —se acercó y le
dio un beso— No se puede estar má s preciosa — dijo acariciando sus rizos.
Ella se sonrojó de gusto —Tú también está s para comerte.
Matt se echó a reír al ver la cara de su amigo y ella dijo— ¿Novia nueva, Matt?
Deja de torturarnos.
El amigo de su novio siguió riendo apoyando la cadera sobre el escritorio—
Esta va de veras.
—Como la ú ltima, que no hacía má s que repetir que era modelo.
—Esta es actriz.
—Por fin alguien con cerebro.
—Nena, ¿has caminado con tacones?
—Un poco. — se acercó a la mesa — ¿Dó nde está n esos papeles?
Dan rodeó el escritorio y ella vio que varios papeles estaban boca abajo. Iba a
volverlos— ¡No! — gritaron ambos a la vez.
— ¿Es secreto? — preguntó soltá ndolos de inmediato— ¿De qué autor?
—Es el contrato de Regan — dijo Dan mencionando una de las autoras má s
famosas de los Estados Unidos.
—Comprende que no puedes verlos — dijo Matt mirá ndola seriamente— A mi
representada no le gustaría.
—Lo entiendo. —sonrió maliciosa— ¿Cobra mucho?
—Nena, si algú n día cobras eso, me retiras. — cogió un documento poniéndolo
ante ella.
—Lo estoy deseando, así me darías masajes todos los días— Dan le señ alaba
donde tenía que firmar y ella cogió el boli que le tendió Matt firmando a toda prisa.
Ella miró el boli, que era muy bonito en dorado con incrustaciones de ná car, mientras
Dan le entregaba el cheque.
— ¿Te gusta, nena? — Dan la miraba divertido.
—Para mí.
Matt se quedó con la boca abierta viendo que lo metía en el bolso. Dan se lo
explicó —Es una de sus manías. Bolígrafo que le gusta, bolígrafo que acaba en su
bolso. Tengo los portalá pices a rebosar de bolígrafos.
—Gracias, Matt. —miró el cheque e hizo una mueca— No está mal por unos
días de trabajo.
—No vas a volver, así que vete olvidá ndolo. —Dan se acercó a ella cogiéndola
por la cintura para acompañ arla hasta la puerta— ¿Có mo está mi niñ a?
—Muy tranquilita. — le besó en los labios— ¿Le devuelvo el boli? — susurró
mirando de reojo a Matt.
—Va, que se compre otro. ¿Vas a ver a Greg?
—Sí.
—Recuerda que luego tienes que…
—Comprar un vestido— le miró maliciosa— ¿De qué color?
É l gruñ ó pegá ndola a su cuerpo— ¿Qué tal algo rojo?
—Rojo, ¿eh? — le besó en la barbilla— Haré lo que pueda.
La besó con pasió n y Matt carraspeó divertido provocando que ella le sacara la
lengua antes de salir.
Cuando Laura salió , Matt le dijo ató nito a su amigo— ¡Ese bolígrafo cuesta
cinco mil pavos!
—No seas roñ oso. Es una manía inocente. Nunca había tenido un bolígrafo en
la mano que costara tanto. Normalmente tienen dibujitos y cosas así. No tiene ni idea
de lo que vale. Sino estoy seguro que te lo devolvería.
—Pues no la lleves a Tiffany porque acabareis en el trullo.
Dan se echó a reír asintiendo— ¿A que es fantá stica?
—Pues cuando se entere de lo que está s haciendo no sé si estará tan contenta.
—Le va a encantar.
— ¿Has comprado el anillo?
—Sí. Me lo han enviado esta mañ ana.
—Joder, no puedo creer que te vayas a casar y a ser padre.
— ¿Qué?
Dan y Matt se quedaron de piedra y se volvieron para ver a Laura mirá ndoles
con los ojos como platos y el bolígrafo en la mano.
Matt intentó disimular—No hace falta que me lo devuelvas.
— ¿Qué?
Dan se acercó a ella cogiéndola del brazo para llevarla hasta el sofá — Siéntate
cielo. Desaparece, Matt.
Ella le siguió con la mirada y Dan se acuclilló ante ella —Preciosa, no te pongas
nerviosa.
— ¿Qué? — le miró a los ojos— ¿De qué hablaba?
—No había pensado hacerlo así, pero ya que no queda má s remedio…Estos
meses juntos han sido los mejores de mi vida.
Los ojos de Laura se llenaron de lá grimas— ¿De verdad?
—Y quiero vivir el resto de mi vida contigo. — metió la mano en el bolsillo
interior de la chaqueta y ella vio una cajita de terciopelo granate. Sintiendo que su
corazó n iba a mil por hora vio como la abría para mostrar un solitario precioso. El
sueñ o de cualquier mujer— Laura Duncan, ¿quieres casarte conmigo?
— ¿Está s seguro? — preguntó con miedo.
—No he estado tan seguro en mi vida. — con cuidado le quitó el bolígrafo de la
mano y se la extendió boca arriba colocá ndole el anillo en el dedo— Dime que sí.
—Sí. — susurró todavía impresionada.
É l sonrió y se acercó a besarla en los labios. Ella abrazó su cuello para que no se
separara y Dan se echó a reír— ¿Ves? Había pensado sorprenderte con la habitació n
llena de rosas y velas para que disfrutaras del momento có modamente tumbada.
—Te quiero.
É l la abrazó con fuerza— Eres lo mejor que he tenido en mi vida. No lo olvides
nunca.
—No lo olvidaré.
Después de una hora dá ndose besos y mimos, él se levantó a regañ adientes
porque su secretaria llamó a la puerta pues no cogía el teléfono—Señ or, tenemos una
reunió n que lleva veinte minutos esperando.
—Te dejaré trabajar. — cogió el boli y sonrió — Se ha ido, así que…
—Te lo puedes quedar. A él no le importa, de veras.
Le dio un beso rá pido y fue hacia la puerta pegando saltitos— ¡Me ha pedido
matrimonio, Meredith!
La secretaria sonrió —Es que tiene un gusto excelente. Felicidades.
— ¡María se va a morir! — abrió los ojos como platos— ¡Tengo que llamar a
Anne!
Dan se echó a reír— ¡Nena, acuérdate del vestido! — le gritó cuando
prá cticamente salió corriendo.
 
Greg se alegró mucho de verla y los demá s también. Cuando se estaban
tomando un refresco llegaron unos mensajeros de la empresa de impresió n y traían
un enorme cartel envuelto en papel de burbujas.
— ¿Qué es eso?
—Cuando hay la presentació n de un libro encargan ese tipo de carteles para
poner detrá s de la mesa y que se vea en las fotos detrá s del escritor. Ese debe ser el
nuevo de Regan. La presentació n está al caer— dijo el señ or Delfino sin darle
importancia.
—Ah. —miró el cartel que tenía en una esquina un fondo azul claro y lo que
parecía un castillo— La portada tiene buena pinta. ¿Có mo se titula?
— ¿No te lo ha dicho Dan?
—No hemos hablado de Regan en todo este tiempo. — se encogió de hombros.
—Se titula “La fuerza del amor”
Ella que estaba bebiendo de su lata de refresco se atragantó . Greg preocupado
le palmeó la espalda suavemente— ¿Está s bien?
Ató nita miró el cartel apoyado en la pared sintiendo que su corazó n iba a mil
por hora — Quitarle el envoltorio.
Greg frunció el ceñ o— Después se lo tendremos que poner otra vez.
—Por favor, quitarle el envoltorio.
El señ or Delfino les hizo un gesto y los cuatro se acercaron a desembalar el
cartel. A Laura se le cortó el aliento al ver como caía el plá stico de burbujas en el suelo
y ella jadeó al ver su nombre en la preciosa portada. El castillo estaba alejado sobre
una colina mientras una mujer de espaldas vestida de sirvienta la observaba. En el
cielo intensamente azul estaba el título de su novela. Las letras de su nombre estaban
en relieve a los pies de la chica.
—Dios mío, Laura. ¿Es tu libro? — preguntó Greg encantado.
—Sí. —susurró sin entender nada.
Greg y los demá s chillaron abrazá ndola, pero ella no sabía qué sentir —Pero no
puede ser. Lo tiré.
La miraron sin entenderlo y ella muy nerviosa cogió su bolso —Tengo que
hablar con Dan.
Frenética fue hasta el ascensor y cuando llegó al ú ltimo piso buscó a Dan en el
despacho, pero no estaba. Se volvió hacia la mesa de Meredith que tampoco estaba y
empezó a abrir puertas hasta llegar a una sala de juntas donde todos estaban mirando
el cartel de su libro. Dan sentado en la cabecera palideció al verla— Nena, déjame que
me explique.
— ¿Vas a publicar mi libro? — preguntó ató nita.
— ¡Todos fuera!
—Yo como su representante me quedo — dijo Matt sentado a su derecha.
— ¿Mi representante? ¿Desde cuá ndo? — estaba ató nita.
Dan la cogió del brazo llevá ndola hasta una silla y él acercó la de al lado
sentá ndose frente a ella —Nena, no te lo quería decir porque habíamos quedado que
del libro, de cualquier libro tuyo, no hablaríamos.
—Hablaría con Matt —susurró empezando a entender.
—Exacto. Así que cuando me dijo que el libro era una bomba, no lo cuestioné y
lo envié a maquetació n.
— ¿Una bomba? — asombrada miró a Matt que sonrió encantado— ¿De veras?
—Prepá rate Laura, vamos a hacer una gira mundial.
Ella palideció y Dan lo fulminó con la mirada— Ya hablaremos de eso. Está
embarazada.
— ¿De dó nde sacasteis el libro?
—Cielo, el ordenador lo envía a la papelera, pero no la vaciaste. Grabé el
archivo en un pen drive que encontré sobre tu mesa y se lo di a Matt.
—Ya hablaremos de la otra novela que está s escribiendo — dijo su amigo. —
Espero que sea como esta porque me retiro.
Laura miró a Dan a los ojos— ¿La has leído?
Dan apretó los labios y sonrió — ¿Tú qué crees? Soy responsable de todo lo que
se publica. Lo leo todo antes de que salga a la venta.
No sabía porqué, pero necesitaba su opinió n— ¿Y?
Dan le cogió las manos —Matt, déjanos solos.
Su amigo salió rá pidamente y Dan le besó las manos— Deberías estar furiosa
por haber actuado a tus espaldas.
—La portada es preciosa.
— ¿Te gusta? Me costó muchísimo decidirme.
— ¿La escogiste tú ?
—Sí. — se miraron a los ojos— Lo siento.
— ¿Por qué?
—Por pensar que no tenías talento. Por pensar que querías utilizarme y por mil
cosas má s que seguramente he hecho mal.
—Te quiero. Estoy segura que lo has hecho por nuestro bien.
É l suspiró de alivio— Eres una escritora increíble. Sabes reflejar cada situació n
y cada estado de á nimo de una manera excepcional. —los ojos de Laura se llenaron de
lá grimas— Y esperamos mucho de tu novela.
— Que te vayas a casar conmigo, no tiene nada que ver, ¿verdad?
—No, te prometo que no. Si no hubiera sido buena, no hubiéramos movido un
dedo y tú no te hubieras enterado.
Laura suspiró de alivio y miró la portada sonriendo— Estoy empezando a
ponerme nerviosa.
—Te voy a llevar a casa. Han sido muchas emociones para un solo día. —
preocupado la ayudó a levantarse— ¿Está s bien?
—Sí. — sonrió radiante— ¿Haréis bolis?
Dan se echó a reír y asintió — Por ti haré bolis. — la besó en la sien llevá ndola
hasta la puerta— Y marca pá ginas.
—Cielo, ¿no tengo que firmar nada?
—Lo has firmado hace una hora.
Laura entrecerró los ojos —Qué listo eres.
—Gracias.
— ¿Y es un buen contrato?
—Segú n tu agente es un contrato aceptable. A mí me parece un robo.
Conociéndote te vas a desmayar al ver la cifra.
Laura se echó a reír encogiéndose de hombros y Dan sonrió — No está s
disgustada, ¿verdad?
— ¿Por una sorpresa tan maravillosa?
—Pensaba decírtelo la semana que viene, pero al parecer hoy no es día de
guardar secretos.
—Me enteré en paquetería.
—Los carteles. — siseó metiéndola en el ascensor.
—Exacto.
—No soy tan listo como piensas.
— ¿Cuá ndo es la presentació n?
—En un mes. Hay que hacerte fotos para la promoció n y hará s unas cuantas
entrevistas. Nena, tenemos que hablar de tus padres.
Ella perdió la sonrisa— ¿Qué?
—Hablaremos en casa.
—No, dímelo ahora.
Salieron del ascensor y pasaron por el hall mientras todos los miraban. Hacían
una pareja estupenda y Judith sonrió despidiéndose con la mano.
En cuanto entraron en el coche Laura le miró , estaba claramente preocupado.
—Dime, ¿qué ocurre?
—Hace añ os que no sabes nada de ellos.
—Ni ganas que tengo.
—Pues yo he investigado un poco…
— ¡Dan!
— ¡Si tu cara va a salir en la prensa, debemos controlar los dañ os! ¡He invertido
millones en tu promoció n y só lo me faltaba que saliera a la palestra el padre
drogadicto de mi autora, poniéndola verde!
Laura palideció — Lo dices como si hablaras de una desconocida.
—Yo te conozco, pero tus futuros lectores no te conocen de nada. Eres una
autora novel y debes tener una imagen impecable. Por lo menos hasta que seas
conocida. Después ya dará igual lo que hagas. Si eres buena, venderá s igual.
Ella rechinó los dientes con ganas de pegarle cuatro gritos. ¡Estaba hablando de
la madre de su hija! Disimulando sonrió y dijo suavemente— Así que soy como
cualquier autora.
—Ya veo por donde vas…— dijo con desconfianza. — Quedamos que el tema
del libro quedaba fuera de nuestra relació n. Soy tu editor y te estoy hablando como a
cualquier autor.
Qué listo era. Para lo que le interesaba no era su mujer —Pues tú eres mi novio
las veinticuatro horas del día.
—No vas a hacer que me sienta culpable.
—Bueno, editor … ¿y qué has averiguado?
—Tu padre está en la cá rcel.
Laura sintió que la traspasaba un rayo— ¿Qué?
—Asaltó a una mujer de la salida de un supermercado y al empujarla la mujer
cayó al suelo golpeá ndose la sien en el bordillo. Murió en el acto. — ella se mareó y
llevó una mano a la frente— ¿Nena?
—Estoy bien. —susurró intentando calmarse— ¿Y mi madre?
Dan le acarició la espalda— Tu madre…
— ¡Suéltalo de una vez! — gritó histérica.
—Cielo, tu madre vive en Brooklyn desde hace tres añ os. Sigue trabajando de
camarera y no se ha vuelto a casar. Se divorció de tu padre hace nueve añ os.
Le miró sorprendida— ¿Esperó a que me fuera de casa para divorciarse de él?
—Supongo que se dio cuenta que no tenía sentido.
Laura le miró pá lida apretá ndose las manos— Quiero verla.
—Iremos a verla, pero antes quiero que descanses unos días —dijo muy serio.
— Debería haber esperado un poco para decírtelo, pero igual quieres que esté en la
boda y nos casamos la semana que viene.
— ¿La semana que viene? ¿Por qué tanta prisa?
É l hizo una mueca — ¿También debería haber esperado para decirte esto?
— ¡No!
— ¡Joder, qué día! —él se pasó las manos por los ojos — ¡Te lo estoy soltando
todo de golpe!
— ¡Termina de una vez!
—Quiero que nos casemos la semana que viene porque después estará s muy
ocupada con los preparativos de la promoció n. Ademá s, está s embarazada y después
no podremos ir de luna de miel. Tiene que ser la semana que viene. Nos iremos una
semana de vacaciones y después a trabajar.
Laura pensó en ello y se dio cuenta de que tenía razó n, pero todo le parecía un
poco precipitado. Tampoco quería que su boda fuera algo rá pido en un juzgado. Le
miró a los ojos y él sonrió — Tendrá s una boda tradicional. Te lo prometo.
— ¿Con vestido blanco?
—Con todo lo que cualquier novia pueda desear. —la besó suavemente en los
labios— Será s la novia má s preciosa que exista.
—Está s deseando cazarme, ¿eh?
—No lo sabes bien.

 
Capítulo 9
 
 
 
Cuando llegaron a casa, la obligó a comer y a acostarse un rato. Dan trabajó
desde el despacho sin querer separarse de ella, preocupado porque todas las
revelaciones de ese día la hubieran afectado. A Laura tumbada en la cama mirando el
techo lo ú nico que le preocupaba era encontrarse con su madre. Tenía miedo de su
reacció n al verla. La había abandonado dejá ndola con él. Se había ido y no había
mirado atrá s en todos esos añ os. Pero es que ya no lo soportaba má s. Con catorce añ os
había decidido que si su madre quería quedarse no lo podía impedir, pero ella no
aguantaría má s aquella situació n. Una lagrima cayó por su sien al recordar las veces
que había llorado escondida en aquel coche. No tenía comida y recordaba que hacía
mucho frío, pero se negaba a volver y ver como sus padres se seguían destruyendo
arrastrá ndola de paso. Había sobrevivido y había hecho bien. Se alegraba de que su
madre al fin hubiera abierto los ojos. Se merecía ser feliz.
Apretó los labios recordando a su padre. Se preguntaba có mo estaría en la
cá rcel, pues durante muchos añ os había deseado que hubiera muerto. Era duro pensar
eso de un padre, pero no sentía ninguna simpatía por él. Todo lo contrario. El odio
había sustituido al amor hacía muchos añ os como para congraciarse con él por estar
en la cá rcel. Esperaba que se pudriera allí. Por quien sí lo sentía y mucho, era por la
mujer a la que había matado. Era increíble como tu vida podía cambiar en un
momento. Se volvió abrazando la almohada y sonrió al ver la chaqueta de Dan sobre el
respaldo de la butaca. Se iba a casar con él. Cuando le había conocido ni se le hubiera
pasado por la imaginació n que terminarían así. Su hija le dio una patada y sonrió
acariciá ndose el costado. Volvió a pensar en su madre de nuevo. Ella había sentido lo
mismo que ella. ¿Có mo era posible que no la hubiera protegido? ¿Có mo pudo dejar
que sufriera durante catorce añ os? ¿Debía ir a verla? Gimió sintiéndose muy confusa.
— ¿Nena?
Se volvió mirando sobre su hombro. Dan entraba en la habitació n y ella sonrió
dá ndole la bienvenida. É l suspiró al ver que estaba llorando—Cielo, tienes que
descansar. — se sentó a su lado y ella se colocó boca arriba — ¿Es por tus padres?
—Por mi madre. — susurró acariciando la mano que colocó sobre su vientre—
No sé qué hacer.
—No haremos nada que no quieras.
— ¿Có mo pudo dejar que viviéramos así por su culpa?
—Puede haber muchas razones, cielo. Le quería o tenía miedo. Deberías
preguntá rselo.
—Le pedí millones de veces que le dejara. Que nos fuéramos. — Laura se echó
a llorar— Ahora me siento culpable de haberla dejado.
Dan la cogió por los brazos incorporá ndola y la abrazó a él— Tú no tienes la
culpa de nada. Sobreviviste. Eras una niñ a y saliste adelante. Tenías todo el derecho a
ser feliz y lo conseguiste. Mira hasta donde has llegado. Vas a ser una escritora de
éxito y no es por nada, pero tu futuro marido no está nada mal.
Se sonrió sobre su hombro sin poder evitarlo— Sí, he pillado al pez gordo.
É l la apartó para mirarle la cara —Eres la persona má s fuerte y menos egoísta
que conozco. Nos vamos a casar y vamos a ser muy felices.
— ¿Eres feliz a mi lado?
—Tanto que no puedo vivir sin ti. — la besó en los labios y la tumbó en la cama
— Duerme, cielo.
—La cena…
—No te preocupes por nada. Saldremos otro día. Así nos ahorraremos una de
las novias de Matt.
—Igual nos sorprende.
—No creo.
Má s tranquila cerró los ojos mientras él la acariciaba y así se quedó dormida.
 
Estuvo un par de días taciturna y María la miraba de reojo sin separarse mucho
de ella como si fuera a estallar en cualquier momento. Sentada en el sofá tenía un libro
entre las manos sin pasar las hojas pensando en qué debía hacer con su madre.
— ¿No vas a escribir hoy?
—No tengo ganas.
— ¡No sé por qué está s así! — dijo la mujer dejando el pañ o que tenía en la
mano para sentarse frente a ella. — Te vas a casar con un hombre fantá stico y van a
publicar tu libro. Eso por no hablar que está s embarazada y todo va bien. ¡Deberías
estar feliz!
—Es que lo de mi madre…
María apretó los labios— Mira, no soy de meterme donde no me llama nadie…
— ¿Ah, no?
—Muy graciosa. Si yo fuera tu madre me encantaría verte— Laura tragó
intentando deshacer el nudo que tenía en la garganta— Sé que metió la pata, pero
aunque fuera só lo para saber que está s bien… No sé, es una situació n muy complicada.
Entiendo que tengas rencor hacia ella por no haberte ayudado, pero no me puedo
imaginar lo que sentiría al darse cuenta que no volvías. Tuvo que ser horrible.
Laura se echó a llorar y María se acercó sentá ndose a su lado— No llores.
Hiciste bien. Sobreviviste.
—Yo la quería…
—Lo sé. Pero tomaste una decisió n y no debes arrepentirte porque todo fue
para bien. Ahora vas a empezar otra etapa en tu vida. Vete a verla. Ella debe estar tan
arrepentida como tú por no haberte ayudado. Necesitá is hablar.
—Dan dice que se hará lo que yo quiera, pero he visto en sus ojos que no quiere
que vaya. La odia.
—Es ló gico. Te quiere y odia que por su causa hayas sufrido. Ademá s, teme que
te vuelvan a hacer dañ o, pero esto es entre vosotras. Si es para mal, cerrará s ese
capítulo para siempre. Si es para bien, recuperará s a tu madre. —se miraron a los ojos
— ¿No merece la pena intentarlo?
Se dio cuenta que tenía razó n. No perdía nada.
Esa noche se lo dijo a Dan. Estaban cenando y él dejó la copa de vino sobre la
mesa sin llegar a beber — ¿Está s segura?
—Mañ ana es sá bado. ¿Vendrá s conmigo?
—Claro que iré contigo, pero quiero que estés segura de lo que vas a hacer
porque puede que abras una puerta de la que luego te arrepientas hasta haber tocado
el pomo.
Le miró insegura— ¿Sabes algo que yo no sepa? Lleva mala vida o…
—No, cielo. Lleva una vida tranquila y colabora en la Iglesia de su barrio. Es
como su entretenimiento.
—Iré a verla.
—Mañ ana por la mañ ana te llevo hasta allí.
Se pasó toda la noche sin pegar ojo y Dan estaba muy preocupado por ella— No
sé si esto es buena idea. —salió del coche frente a un edificio de apartamentos en
Brooklyn.
Ella lo entendió y se acarició la barriga justo antes de que él abriera la puerta y
la ayudara a salir. Laura miró el edificio. Era modesto, pero estaba muy bien
comparado con donde habían vivido.
—No te preocupes. — le cogió de la mano muy nerviosa— Estoy bien.
—Joder, no me mientas porque te meto en el coche tan rá pidamente que ni te
dará s cuenta. —ella forzó una sonrisa y él suspiró al ver que no daba un paso atrá s—
Terminemos de una vez.
Se acercaron al portal y miraron los botones con los nombres al lado. —El 3F
—dijo Dan apretando el botó n.
—No sabe que venimos, ¿verdad?
—No. Pero está en casa.
— ¿Có mo lo sabes?
É l levantó una ceja y ella se mordió el labio inferior— Todavía la siguen para
investigar un poco má s.
— ¿Es necesario?
— ¿Diga?
La voz de una mujer al otro lado de la línea la estremeció y Dan sin dejar de
mirarla preguntó acercando la boca al micró fono— ¿Es usted Natalie Duncan?
—No me llamo Duncan desde hace muchos añ os — dijo agresiva. — ¡Si mi
exmarido le debe algo, vaya a la cá rcel del condado y déjenme en paz de una puta vez!
— el corte de la comunicació n hizo sonreír a Laura mientras Dan levantaba una ceja.
— ¡Menudo cará cter!
—Es mi madre. — emocionada volvió a pulsar el botó n, pero al ver que no
contestaba frunció el ceñ o volviendo a pulsar de nuevo varias veces.
— ¿Qué coñ o quiere? ¡Voy a llamar a la policía!
— ¿Mamá ?
El silencio al otro lado de la puerta la emocionó y susurró al ver que no tenía
respuesta— Mamá , ¿quieres verme?
Se escuchó un sollozo al otro lado y de inmediato la puerta se abrió . Dan
empujó la puerta para que no se cerrara y le cogió la mano —Vamos, cielo.
Con los ojos llenos de lá grimas se dejó llevar hasta el ascensor. Nerviosa se
pasó la mano por la camiseta estilo marinero que llevaba y se miró los pantalones—
¿Estoy bien? — preguntó nerviosa pasá ndose las manos por su cabello suelto.
Dan sonrió — Está s preciosa, cielo.
Le miró emocionada— Me alegro que estés aquí.
—Me alegro de estar aquí.
Se abrieron las puertas del ascensor y su madre estaba en el pasillo al lado de
una puerta abierta mirando ansiosa hacia allí apretá ndose las manos. Dan la cogió por
la cintura para sacarla del ascensor porque se había quedado paralizada mirá ndola.
Los añ os no habían sido amables con ella. Apenas tenía cincuenta añ os y parecía
mucho má s envejecida. Su pelo castañ o tenía numerosas canas recogidas en una coleta
baja y estaba muy delgada. Llevaba un vestido azul muy anticuado que no la favorecía
en absoluto, pero a Laura todo eso no le importaba. Lo importante estaba en sus ojos
verdes y en ellos había una inmensa alegría mientras la miraba como si quisiera
grabarse esa imagen en la memoria.
Laura sin darse cuenta que lloraba sonrió llegando hasta ella— Hola, mamá .
Su madre la miró insegura antes de abrazarla por el cuello y echarse a llorar.
—Pensaba que estabas muerta.
—Estoy bien.
—Natalie, ¿entramos en la casa? — dijo Dan sorprendiéndola.
—Mamá , él es mi prometido. Dan Morton.
—Mucho gusto — dijo su madre apartá ndose de ella a regañ adientes. — Sí,
entrar por favor. — le acarició las mejillas— Dios mío, está s preciosa. —miró hacia
abajo— ¡Y embarazadísima!
—Es una niñ a. — cogió a su madre de la cintura y entró en la casa. Miró a su
alrededor y vio que la vivienda era modesta, pero estaba impecablemente limpia.
—Una niñ a… Una nieta.
Dan apretó los labios y Natalie lo vio. Incó moda miró insegura a su hija— Ven,
siéntate a mi lado. — Dan cerró la puerta y su madre que iba a sentarse en el sofá
volvió a levantarse sonrojá ndose— ¿Queréis tomar algo?
—Mamá , siéntate. — la cogió por las manos y la obligó a sentarse.
Su madre se echó a llorar— No quiero imaginar por lo que has pasado.
—Me ha ido bien. — la abrazó y recordó su olor. Cerró los ojos disfrutando de
una sensació n que hacía añ os que no experimentaba — ¿Dejemos el pasado atrá s
quieres? No quiero recordarlo.
Dan apretó los labios metiendo las manos en los bolsillos del pantaló n y Natalie
asintió — Cuéntame algo de ti. ¿Qué haces? ¿En qué trabajas? —La miraba ansiosa—
Cuenta algo.
—Pues…— se volvió para mirar a Dan con una radiante sonrisa— como ves
estoy embarazada y me caso la semana que viene.
Natalie miró de reojo a Dan y Laura se echó a reír— Parece un ogro al
principio, pero es un amor. — sonrió a su prometido que respondió a su sonrisa sin
poder evitarlo— A mí también se me resistió , pero después vino rogá ndome que
volviera con él.
—Bueno, nena…— ella se echó a reír a carcajadas y su madre sonrió .
—Eres feliz.
—Sí, mucho. Voy a formar una familia y soy feliz. — apretó sus manos— Y van
a publicar mi primera novela.
— ¿De verdad? ¿Y de qué es?
—Es una novela romá ntica.
—Me encantan. Las devoro.
—Ya te la traeré.
Su madre la miró emocionada— ¿Volverá s? Sé que no hice lo que…
—Mamá , no quiero hablar de eso. Cuéntame algo de ti. Trabajas de camarera,
¿verdad?
Natalie se limpió las lá grimas— Sí. En una cafetería aquí cerca. Ya llevo unos
añ os y estoy muy a gusto.
Ella miró a Dan, que estaba claramente incó modo — También vas a la iglesia,
¿verdad?
—Estoy en el coro. Y en un grupo de apoyo en el comedor social y en un grupo
para jugar a las cartas y…
Laura se echó a reír y su madre también —Ya veo que está s entretenida.
—Tengo amigos y es agradable que no te miren mal… —Las dos se miraron a
los ojos entendiéndose perfectamente —Lo siento mucho. Tenía que haberle dejado
mucho antes. Fue una tortura que no sé por qué soporté.
—Le querías y lo intentaste mil veces hasta que no pudiste má s.
—Sí. Cuando te perdí a ti supe que todo aquello era inú til. — le acarició el
cabello— Me parece increíble volver a verte.
Dan dio un paso hacia ellas y su madre apartó la mano como si no debiera
tocarla. Laura hizo una mueca—Es demasiado protector.
Natalie sonrió — Eso está bien. ¿Y para cuá ndo nacerá la niñ a? Voy a hacer que
el grupo de costura se ponga a trabajar.
—Para mediados de noviembre.
—Cuatro meses. Só lo quedan cuatro meses — dijo ilusionada. Miró a Dan—
¿Podré verla?
—No me corresponde a mí decidir eso, señ ora Duncan.
—Cariñ o, relá jate un poco. Ven, siéntate a mi lado. — Laura le miró
preocupada. Dan se sentó a su lado y le cogió la mano. Entre los dos les sonrió —
Iremos poco a poco. De momento…— miró a su madre— ¿Te gustaría venir a mi boda?
— ¿Puedo? — se llevó una mano al pecho emocionada.
—Claro que puedes. No tengo invitaciones, pero…
—Se la enviará n — dijo Dan acariciando su mano.
Su madre les observó — Hacéis muy buena pareja. Se nota que os queréis.
—Sí. — miró a Dan radiante— Le quiero mucho.
Su novio respondió a su sonrisa acariciando su espalda.
—Iré a esa boda encantada. ¿Ya tienes todo listo? ¿Has elegido el vestido? Sí,
claro que sí. Te casas la semana que viene.
—Pues no. — se echó a reír dejá ndola ató nita— En realidad me lo pidió hace
dos días.
—La organizadora de la boda ha elegido tres diseñ os que le entregará n esta
semana para que elija.
—Mira, como en la tele — dijo su madre admirada. Al ver que Laura no
comprendía se lo explicó . — Hay un programa de un organizador de bodas que hace
algo parecido.
Laura se echó a reír— Casi no veo la tele. Dan ve los partidos. A veces vemos
alguna película, pero…
— ¿No ves los realities? — su madre se echó a reír— Pues yo estoy
enganchadísima.
Estuvieron un rato hablando de temas generales y al cabo de un rato Dan se
relajó lo suficiente para entrar en la conversació n. Al cabo de tres horas ella les invitó
a comer, pero Dan no permitió que cocinara. Llamó por teléfono a uno de sus
restaurantes y les llevaron la comida. Su madre miraba las bolsas con los ojos como
platos— Esto cuesta una fortuna. — susurró a su hija mientras lo servían en fuentes—
Cielo, controla el dinero.
Sonrió divertida— Mamá , Dan se lo puede permitir.
—Piensa en el día de mañ ana. O si pasa algo o…— la miró con pena— Lo
siento, no tengo derecho a decirte estas cosas…
—Mamá , no tienes que preocuparte por Dan. Es un hombre muy responsable y
me mima continuamente.
Dan entró en la cocina— ¿Os ayudo?
—No, ya casi está . — se volvió con una fuente de raviolis —¿Llevas esto a la
mesa?
—Por supuesto. — cogió la fuente y le dio un beso antes de salir hacia la mesa
del saló n.
—Es muy guapo.
—Sí. Me roba el aliento.
Su madre sonrió colocando los postres sobre los platos— Eso está bien.
Há blame del libro.
—Pues me lo publica Dan. O mejor dicho su editorial.
Su madre abrió los ojos como platos— ¿Dan tiene una editorial? ¿Crees que me
hará precio para los panfletos de la Iglesia?
Laura se echó a reír a carcajadas y Dan entró en la cocina— ¿Qué tiene tanta
gracia?
Cuando Laura se lo contó su prometido dijo divertido— Veré qué puedo hacer,
suegra.
Fue una tarde muy agradable. Incluso jugaron a las cartas y cuando terminaron
la partida, Dan dijo que tenía que trabajar un rato.
Natalie los abrazó a los dos con fuerza como si no quisiera desprenderse de
ellos— ¿Me llamará s? —preguntó su madre con miedo a su rechazo.
—Claro que te llamaré. — la besó en la mejilla y cogió a Dan de la mano
saliendo de la casa mientras ellas no dejaban de mirarse — Adió s mamá .
—Adió s, hija. Cuídate. — se llevó una mano al pecho intentando retener las
lá grimas y Laura se sintió fatal por dejarla allí sola. Miró la frente y cuando entraron
en el ascensor se despidió con la mano con un nudo en la boca del estó mago.
—Nena, vete poco a poco. — susurró Dan cogiéndola por los hombros y
pegá ndola a él.
—Es que está tan sola…
—Tú también estuviste sola. — se miraron a los ojos y le limpió la lá grima que
caía por su mejilla. — No precipites las cosas.
Asintió entendiendo lo que quería decir— Sí, tienes razó n.
 
Al día siguiente después de dormir hasta las tantas, lo primero que hizo fue
llamarla por teléfono, pero no contestaba.
—Estará en misa — dijo Dan divertido sentando en el sofá leyendo el perió dico
dominical. — O en alguna de sus actividades.
—Tengo que comprarle un mó vil.
Dan apartó el perió dico y se levantó del sofá — Ven, tienes que firmar unos
papeles.
La llevó al despacho y le puso un montó n de papeles delante. Entrecerró los
ojos al ver en uno de ellos una fecha de cuatro meses atrá s— Cielo, esto está
equivocado.
— ¿El qué?
—Esto está fechado en marzo.
—Oh, es el contrato de representació n de Matt. Tenemos que fecharlo antes
para que todo esté en orden.
—Ah. — firmó donde le indicaba y cuando él le explicó sus royalties abrió los
ojos como platos haciéndole reír— Soy rica.
—Ya puede venderse tu libro. Por cierto, el anticipo está ingresado en este
nú mero de cuenta— se la señ aló para que supiera cual era— Está a nombre de los dos
para que pudiera abrir la cuenta.
Ella le miró preocupada— Te está s arriesgando mucho al publicar mi libro.
Dan le acarició la mejilla— Como con cualquier autor novel. Tú no te preocupes
por nada. ¿Vale? Só lo tienes que escribir esas historias tan fantá sticas. Por cierto, hay
una escena atada a una cama que…
—Te ha gustado, ¿eh? Puede que te lo haga algú n día.
Dan se rió a carcajadas —No era lo que tenía pensado.
—Me lo imagino. ¿Vamos a dar una vuelta?
Se pasaron el resto del día fuera y después de ir al cine volvieron a casa
caminando porque ya no hacía tanto calor.
— ¿Có mo va la nueva novela?
Le guiñ ó un ojo— Es algo distinta.
— ¿En qué?
—Es de ciencia ficció n.
Dan se detuvo en seco mirá ndola con los ojos como platos— Espera que me
parece que no te he oído bien. ¿Qué has dicho?
—Es de ciencia ficció n. De amor, pero de ciencia ficció n.
—No te recomiendo que cambies el estilo.
— ¿Por qué? Me gusta variar y hacer de todo. No voy a hacer siempre histó rica
romá ntica. Me aburriría.
—Y eso está bien, pero si la cagas en tu segunda novela…
—Cuando la termine la lees y si no crees que es buena, no la publiques— le
miró maliciosa— Ya la publicará otro.
É l gruñ ó haciéndola reír —Escritores.
Cuando llegaron a casa, ella fue directamente hacia el teléfono y llamó a su
madre. Al contestar suspiró del alivio— Hola, ¿có mo está s?
—Que alegría oírte. Mis amigas está n deseando conocerte. — se echó a reír
sentá ndose en el silló n del despacho al ver que no paraba de hablar de todo lo que
había hecho ese día.
Estuvieron hablando un rato y decidieron que al día siguiente por la tarde que
su madre libraba, irían de compras y a probarse el vestido de novia.
Levantó la vista y vio a Dan observá ndola con una sonrisa en los labios— Te
dejo, mamá . Que Dan quiere sexo.
Se echó a reír cuando su madre lo hizo mientras que Dan se ponía como un
tomate. Cuando colgó el teléfono, Dan se acercó mirá ndola como si fuera un felino.
— Te vas a enterar.
Ella chilló rodeando el escritorio y se partió de la risa cuando la cogió en brazos
en el pasillo. La besó en el cuello mientras la llevaba hasta el dormitorio — Eres una
diablilla. He buscado unas medias y vas a ver lo que es bueno.
—A ella la ataban con pañ uelos —dijo sensualmente.
—Pues ya no los busco. Tengo prisa. — gruñ ó dejá ndola sobre la cama y
cogiendo una media color carne— ¿Preparada?
—Para ti siempre.
Capítulo 10
 
 
 
Recordando esa noche se sonrojó mirá ndose al espejo mientras su madre le
ponía el velo. Su vestido de novia era una preciosidad en seda color champá n. Tenía
un escote de tirantes que se marcaba hasta debajo del pecho disimulando su vientre.
Los bordados que caían por su falda estilo medieval eran una preciosidad y los tocó
temiendo estropearlos.
—Está s preciosa — dijo su madre emocionada.
—Es verdad — dijo Anne con lá grimas en los ojos. —Con tu color de pelo ese
color te sienta de maravilla.
Nerviosa se miró el cabello. La peluquera había dejado sus rizos sueltos porque
ella se lo había pedido, pero había marcado mucho sus rizos que estaban impecables.
Sabía que a Dan le gustaba suelto y quería estar lo mas hermosa posible para él.
La organizadora entró en la estancia con su ayudante detrá s. Sonrió al verla
preparada— Increíble, una novia que está a tiempo.
Las tres se echaron a reír y la mujer dijo mirá ndola a los ojos— ¿Preparada?
—Sí — dijo emocionada. —Quiero decirte que todo está organizado a la
perfecció n y me muero por ver lo que has preparado.
—No has visto nada. Voy a hacer que tu día sea el má s especial de tu vida.
Ó rdenes de tu futuro marido.
Miró a su madre y Anne— ¿A que es estupendo?
—No puedo tener un yerno mejor.
—Ya lo sabía — dijo Anne mirá ndola como diciendo que había sido tonta. — Se
ve a la legua que es un partido de primera.
—Pues ya es mío. Mi marido. — sintió algo en el pecho y se emocionó . No se
podía creer lo mucho que le quería.
—Vamos, vamos. Nada de llorar que se estropea el maquillaje. Fuera de aquí.
Caminaron fuera de la rectoría y siguieron a la organizadora por un pasillo que
rodeaba la Iglesia. Al colocarse ante la puerta labrada de madera sonrió a Matt que
sería su padrino. Estaba muy guapo de smoking.
—Hola — dijo acercá ndose a él que la miraba con los ojos como platos.
—Cuando te vea Dan, va a llorar.
Sonrió tímidamente mientras la organizadora le daba un ramo de rosas rojas.
—La madrina tiene que entrar y la dama de honor delante de la novia. Atentos
a la mú sica.
Natalie se acercó a ella y sonrió mirando su precioso traje azul celeste. Incluso
se había teñ ido el cabello de un rubio claro para estar impecable ese día —Está s
preciosa, mamá .
—Tú sí que está s preciosa. — la besó en la mejilla— Te deseo toda la felicidad
del mundo, hija.
—Gracias, mamá .
Emocionada se apartó de ella entrando en la iglesia. La chica escuchó segundos
después algo por los cascos que llevaba puestos y asintió —Vamos allá . 
Se abrieron las puertas y Anne ante ella le guiñ ó un ojo antes de mirar al frente
empezando a caminar por el pasillo vestida de azul como su madre. Pero ella no
miraba a su amiga, sino que se quedó sin aliento al ver la cantidad de gente que había
en la Iglesia. Todos sus conocidos estaban a la derecha y la saludaban con la mano. Al
ver a Greg sonrió cuando levantó los pulgares. Emocionada miró al final del pasillo y
allí estaba su futuro. Dan sonrió y les observó caminar por el pasillo mientras se
escuchaba la marcha nupcial. Ella ni se dio cuenta porque só lo podía mirar a Dan.
Nunca se había sentido má s unida a él que en ese momento.
Al llegar a su lado, cogió su mano y Anne tuvo que cogerle el ramo porque ni se
daba cuenta de lo que tenía que hacer. Dan sonrió acercá ndola hasta el sacerdote que
les miraba dos escalones por encima sonriéndoles con indulgencia.
—Queridos hermanos, dado el estado de la novia, empecemos.
Se puso como un tomate mientras varias risitas recorrieron la Iglesia. Dan
sonrió apretando su mano. El cura alargó la ceremonia todo lo que pudo y ella supo
que seguramente lo hacía para fastidiarla. El sermó n fue tan largo que al mirar hacia
atrá s vio como Anne le arreaba un codazo a Liam para despertarlo. Miró a Dan que
estaba a punto de partirse de la risa y ella le dijo al cura que seguía divagando—
Disculpe…
El cura la miró ató nito— Como decía al principio hay prisa. ¿Cree que
terminará antes de que dé a luz?
Las risas recorrieron la sala y el cura entrecerró los ojos— Haré lo que pueda,
hija.
—Gracias, padre.
El cura se puso las pilas al ver que no se cortaba y terminó el sermó n a la
velocidad del rayo. Pero eso no enturbió el resto de la ceremonia que fue preciosa. Con
las manos entrelazadas se dijeron los votos que habían escrito entre los dos y Laura
no pudo evitar llorar al ponerle su alianza— Te cacé. — le susurró en cuanto se lo
puso.
El cura sonrió — Y bien cazado, hija.
Todos se echaron a reír. Y el sacerdote dijo— Os declaro marido y mujer. Lo
que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Puedes besar a la novia.
Dan la cogió por la cintura mirá ndola malicioso. Laura se echó a reír abrazando
su cuello y él le dio un beso de película mientras los invitados se levantaban
aplaudiendo.
Riendo se volvieron hacia sus amigos y salieron de allí mientras todos los
seguían. Al entrar en el coche Laura riendo miró hacia la Iglesia y perdió algo la
sonrisa al ver a la rubia salir hablando con Matt.
— ¿Ha venido la rubia? — sorprendida miró a Dan.
— ¿Quién?
— ¡La de tu apartamento!
—Ah.
— ¿Ah?
Incrédula esperó una explicació n y Dan suspiró — No he podido echarla y no
invitarla a la boda era un feo para ella.
— ¿Y para mí? ¿Es un feo?
—Es cuestió n de negocios. Algunos de mis invitados tienen que ver con la
empresa. Debes entenderlo. Si no hubiera invitado a Jenna, los demá s editores
hubieran dicho que pasaba algo. No quiero darle razones para que haya problemas.
— ¿Y por qué no podía irse?
—Porque tengo dos autores que le tienen cariñ o y facturo con ellos cien
millones al añ o.
—Ah, entonces se queda.
Dan se echó a reír y la abrazó a él— ¿Sabes que está s tan bonita que quitas el
aliento?
—Sí.
Divertido besó suavemente sus labios— Señ ora Morton, ¿está s lista para la
fiesta?
—Marcha, marcha…
 
Y marcha es lo que tuvieron. Fue una boda muy divertida y todo estaba puesto
con un gusto exquisito. La comida era deliciosa y la bebida corría, lo que provocó
varias situaciones có micas como que el sacerdote sacara a su madre a bailar un rap y
su madre le dio un repaso que los dejó a todos con la boca abierta. Cuando terminó
ella se estiró el vestido y dijo en alto— Soy de Brooklyn, esto está chupado.
Todos se echaron a reír y Dan la cogió por la cintura sacá ndola a bailar un cha,
cha, cha. Y lo hacía mucho mejor que ella. Cuando terminaron se abrazaron riendo.
—Necesito que me des clases.
—Lo haré encantado.
La besó mientras todos aplaudían y ella susurró — Vengo ahora.
—Le diré a tu madre que te ayude con el vestido.
Su madre se había puesto a bailar con Matt —No, déjala. Lo está pasando bien.
Se volvió para ir al bañ o. El saló n del Plaza tenía los bañ os en el pasillo y ella
fue hacia allí encontrá ndose a Anne de camino— ¿Me ayudas?
—No tienes ni que preguntarlo. ¿Pero no tienes suite?
—No quiero subir hasta allí.
Entraron en el bañ o donde había varias invitadas que por supuesto la dejaron
pasar y al salir se encontraron con Jenna impresionante con un vestido rojo.
—Felicidades — dijo con ironía.
—Gracias. — incó moda porque se tenía que detener con ella, miró a Anne que
entrecerró los ojos— ¿Lo está s pasando bien?
—Claro que sí. Es una boda increíble. Dan no escatima en gastos, como ya
sabes.
—Sí, es muy generoso.
Jenna se echó a reír y bebió de su copa de champá n— Es un hacha en los
negocios. Reconoce el talento leyendo una sola hoja — dijo maliciosa mirá ndola a los
ojos— ¿Recuerdas esa hoja?
Laura se tensó pensando que Dan no podía haberle enseñ ado su carta. Eso era
imposible— No sé de lo que me hablas.
—Oh, soy editora. Me encantan las historias. Y sé una que te va a encantar.
—Vamos, Laura. No la escuches. Só lo quiere hacerte dañ o, se ve a la legua.
—No. — miró fijamente a Jenna— Suelta tu veneno.
—No es veneno. Es la realidad, pero si no quieres oírla me llevaré mi historia a
la tumba. —volvió a beber y Laura se dio cuenta que había bebido demasiado—
¿Quieres saber la historia?
—Sí, quiero saber lo que tu imaginació n está retorciendo.
—Eres buena — dijo sorprendida de que la replicara. — Empezaré y resumiré
para no aburrirte.
—Será s zorra — dijo Anne intentando evitarlo. — No la escuches, Laura.
—Quiero saber lo que se va inventando. — levantó la barbilla y se cruzó de
brazos—Estoy esperando.
—Había una vez una camarera que soñ aba con ser una escritora de prestigio y
le envió su manuscrito a Clayton Stuart. — Laura palideció asombrada— Clayton es un
gilipollas que no reconocería el talento ni aunque le pegara una patada en el culo, así
que envió una carta muy ofensiva a dicha escritora para humillarla. Pero esa escritora
no se quedó ahí, pidió trabajo en la misma editorial y conoció al príncipe. El príncipe
se sentía atraído por ella porque era fresca y atrevida, pero también le faltaba algo
esencial para nuestro príncipe. — la miró fijamente— Estar a su altura.
—Será s puta. — Anne estuvo a punto de lanzarse sobre ella, pero Laura la
retuvo cogiéndola del brazo y Jenna se echó a reír.
— ¿Continú o?
—Por favor — dijo entre dientes.
—Nuestro príncipe y la camarera rompieron como era ló gico al ser de mundos
distintos, pero él estando un día en el despacho de Clayton vio algo que le llamó la
atenció n. Un manuscrito encima de otros muchos que estaban al lado de la puerta a
punto de llevar a incinerar.
—Dios mío… — sus ojos se llenaron de lá grimas dá ndose cuenta de lo que
quería decir.
—Por supuesto después de haber leído tu lacrimó gena historia en aquella carta
se lo llevó para echarle un vistazo, y despidió a Clayton de inmediato después de
escuchar sus razones para criticar tu obra y por qué había rechazado tu manuscrito.
¿Qué podía hacer nuestro príncipe? Tenía en sus manos la llave de su felicidad. Podía
convertirla en una autora de éxito y puff, ya estaba a su altura.
—Puta retorcida — dijo Anne.
—Pero claro no podía presentarse y decírtelo así después de rechazarte. De
manera que se llevó a Matt diciéndote que le enviaras su historia como si él no tuviera
ni idea de que iba tu novela. — Laura dio un paso atrá s sintiendo que su corazó n se
paraba— ¿Pero qué hizo nuestra heroína? Tirar la novela a la basura. Nuestro
protagonista tuvo que ingeniá rselas para volver con la camarera como si la novela no
le importara. Y sorpresa, la camarera está embarazada y él le pide matrimonio.
—Dios mío.
— ¿Y qué hizo él? Casarse rá pidamente para que si ella se enteraba, ya
estuviera atada a él. Y su hija también por supuesto. Podía haber un error, podía
chivarse alguien de edició n que le dejara al descubierto y quería estar seguro de que si
eso ocurría, la camarera ya estuviera atada a él.
—Está mintiendo, Laura. Está retorciendo vuestra historia su conveniencia.
—Mi conveniencia, ¿eh? —se echó a reír— Dentro de tres semanas es la
presentació n del libro aquí mismo, en el Plaza. ¿Por qué no preguntas en recepció n
cuando se hizo la reserva del saló n para ese evento?
Pá lida miró a su alrededor sintiendo que le faltaba el aire — Empezó con los
preparativos de edició n al día siguiente de leerse el libro. Una presentació n mundial
lleva mucho tiempo. Hay que editar y maquetar. Elegir portadas en todos los idiomas y
traducir los libros. Ese trabajo lleva un tiempo. ¿Crees que se hace en tres meses? La
portada se hizo hace cuatro.
—Dios mío.
—Durante esos dos meses que no os visteis él siguió trabajando. Fue a Europa
para asegurarse que la campañ a desde allí se hacía como él quería, porque luego no
podría separarse de su camarera si todo seguía segú n sus planes.
—Nunca sacó el libro de la papelera del escritorio del ordenador— dijo sin
aliento. — Ya la había leído.
—Claro que la había leído y como dice Matt, era un bombazo. Nos haría ricos a
todos y tú te convertirías en la escritora de éxito que él merecía como esposa. ¿Crees
que se casaría con una camarera? Te convertirá en una estrella.
Anne no lo soportó má s y se tiró sobre Jenna, pero Laura miraba a su alrededor
sin ver, mientras varias mujeres chillaban que se separaran.
Varios invitados salieron del saló n y Matt fue uno de ellos. Al ver su cara entró
en el saló n a toda prisa y ella dio un paso atrá s al saber que buscaría a Dan.
Cogió el bajo de su vestido y sin saber lo que hacía, empezó a caminar por el
pasillo echando a correr hasta la recepció n.
— ¿Necesita algo, señ ora? ¿Todo bien en la boda? — preguntó el recepcionista
mirá ndola preocupado.
—Necesito saber algo.
—En lo que pueda ayudarle.
—La Editorial Morton va a hacer aquí la presentació n de un libro…
El hombre sonrió — Sí, de una aurota novel. Hace meses de esa reserva.
— ¿Cuá ntos meses?
La miró confundido— ¿Perdó n?
— ¡Hace cuá nto que se reservo el saló n!
El hombre miró hacia la pantalla del ordenador y tecleó a toda prisa la verla tan
alterada— El veintitrés de marzo.
A Laura se le cayó el mundo encima y se volvió lentamente para ver a Dan tras
ella mirá ndola torturado.
—Nena, déjame explicá rtelo.
— ¿Qué vas a explicarme? Ya me lo ha explicado Jenna.
— ¡No es lo que piensas!
—Só lo dime una cosa. — susurró angustiada — ¿Si mi libro hubiera sido una
mierda, hubieras vuelto?
—Claro que hubiera vuelto. ¡No puedo vivir sin ti! — intentó tocarla, pero ella
se apartó sin poder dejar que la tocara.
Sus ojos se llenaron de lá grimas y dijo angustiada— Nunca me has querido.
— ¡Claro que te he querido! ¡Te quiero!
—Si me hubieras querido, te hubiera dado igual todo. Lo que me ponía, en lo
que trabajaba…eso no te hubiera importado. — Matt, su madre, Anne y Liam entraron
en su visió n. Anne lloraba mirá ndola, al igual que su madre que intentaba ser fuerte.
—Laura, déjame que me explique. Cuando recibí tu carta me sentí un miserable
y…
— ¡Y no me llamaste! — le gritó alterada.
— ¡Me avergonzaba de mí mismo!
—Pues ya somos dos — dijo haciéndole perder el color— No quiero verte má s.
Liam, sá came de aquí.
Dan intentó cogerla del brazo— Por favor, escú chame.
— ¡Puedes quedarte con el libro! ¡Ojalá no lo hubiera escrito nunca! — gritó
desquiciada— ¡Así no te hubiera conocido!
Su marido dio un paso atrá s como si le golpeara y Matt le cogió del brazo.
—Déjala sola, Dan. Se está poniendo muy nerviosa y no es bueno para la niñ a.
Su madre la cogió por la cintura— Vamos cielo, vamos a casa. Tienes que
tranquilizarte.
Liam salió corriendo y abrió la puerta del taxi que estaba a la entrada del hotel.
Su madre dio su direcció n y el trayecto hasta Brooklyn lo hicieron en silencio mientras
Laura miraba al vacío sin llegar a comprender lo que había pasado. En un segundo su
sueñ o se había esfumado. Ni se dio cuenta có mo la llevaban hasta el ascensor y en
có mo la sentaban en el sofá , viendo la cara de su marido una y otra vez mientras le
decía que le dejara explicá rselo. La había engañ ado desde el principio.
Cuando había vuelto a verla aquel día en el restaurante todo estaba orquestado
para volver a empezar su relació n. Ella le enviaría su manuscrito a Matt y todo
arreglado cuando los trabajos ya habían empezado. Por eso Dan había palidecido al
decirle Anne que lo había tirado a la basura. É l ya había invertido millones en ese
manuscrito y se inventó que había sacado el texto de su ordenador para salvar el culo.
La volvió a conquistar diciendo que la aceptaba como era cuando en su mente siempre
había tenido la idea de que ella tendría éxito y así estaría a su altura. Só lo había que
esperar al lanzamiento del libro. La perfecta esposa del editor con má s poder de la
industria. Nadie criticaría ese matrimonio. Sin embargo, si se hubiera casado con una
camarera los rumores les hubieran acompañ ado toda su vida. ¿Una mujer sin estudios
cuyo padre era drogadicto y un asesino convicto? Impensable.
La decepció n y el dolor hicieron que se doblara sentada en el sofá de su madre
mientras un gemido salía de su garganta sin poder evitarlo.
Natalie se arrodilló ante ella pasá ndole un trapo hú medo por la frente.
—Tranquila, hija. Todo se arreglará .
—Dios mío. —Anne se abrazó a Liam que no quitaba la vista de encima a Laura.
— ¿Có mo ha pasado esto? — preguntó desgarrada—Confiaba en él.
—Lo sé. Lo sé.
—No me quería.
Su madre la cogió por los brazos y le dijo muy seria— ¡Sí te quería!
A Laura se le cortó el aliento— ¿Qué?
— ¡Si hizo todo esto es porque sí te quería e hizo lo impensable para que
fuerais felices!
— ¡Me mintió !
— ¿Qué querías que te dijera? ¿La verdad? ¡Te la dijo y le dejaste!
Asombrada miró a Anne que se echó a llorar— ¿Se lo has contado todo?
—Hemos pasado mucho tiempo juntas estos días.
— ¡Sé prá ctica, hija! — se levantó furiosa— ¡É l es de otra clase social y tú eres
la hija de un asesino!
Palideció al escucharle— ¡A mí no me importaría si fuera al revés!
— ¡Si te hubieras criado en su mundo pensarías igual!
— ¿Y si no hubiera tenido talento? ¡Nunca hubiera vuelto a mí!
— Eso ya no lo sabremos nunca porque sí lo tienes. ¿Qué vas a hacer?
¿Abandonar a tu marido porque hizo todo lo posible para que nadie te hiciera de
menos? ¿Por cumplir tu sueñ o de ver editado tu libro? ¡Vas a ser madre!
— ¡É l no lo hizo por eso! ¡Lo hizo para no sentirse avergonzado a mi lado!
Su madre apretó los labios y la miró decepcionada— No has visto lo que yo.
— ¿Qué quieres decir?
—En la boda. No lo has visto.
—Lo que tu madre quiere decir…— dijo Liam mirá ndola con pena. —Es que en
la boda estaban todos tus amigos y estaban sentados entre gente muy rica. No ha
hecho distinciones. Los ha invitado porque a ti te hacía feliz, simplemente por eso. No
ha ocultado de donde vienes y le daba igual.
—Puede que al principio de todo esto le diera importancia al hecho de que eras
una simple camarera. Pero hoy ha demostrado que le da igual lo que piensan sus
amigos al invitarnos a todos —dijo Anne apretá ndose las manos. — Esa Jenna es una
zorra que só lo ha querido haceros dañ o al ver lo felices que erais.
Asombrada miró a su madre que asintió . Gimió tapá ndose la cara—Tengo que
pensar.
— ¡No, no tienes que pensar! ¡Tienes que ir a ver a tu marido que estará hecho
polvo después de lo que le has dicho! — gritó Anne.
—Dale tiempo, cielo. — Liam intentó calmarla.
— ¡Tiempo! ¡Ha salido de su boda pegando gritos y no quiero ni imaginar lo
que está pasando allí! ¡Ha dejado que esa zorra le reventara la boda! ¡Porque ha sido
ella quien lo ha permitido por sus propias inseguridades! ¡Ha dejado plantado al novio
ante todos los invitados!
Ató nita se dio cuenta que su amiga tenía razó n. ¡Había destrozado su boda por
lo que una mujer despechada le había dicho! Puede que todo lo que le había contado
fuera verdad, pero no le había dado la oportunidad al novio de explicarse.
Se levantó de golpe yendo hacia la puerta— ¿A dó nde vas? — preguntó su
madre ató nita.
— ¡Al Plaza!
Todos salieron corriendo tras ella — ¡Madre mía, qué trajín! Hija, deberías
pensar un poco antes de actuar. — dijo su madre mirando la calle antes de gritar—
¡Allí viene un taxi!
Se lanzaron a la calle haciendo frenar el taxi en seco. El taxista ató nito la
miraba a través de la luna delantera con los ojos como platos y cuando se abrió la
puerta de atrá s y vio a Dan se echó a llorar. É l cerró la puerta y la miró furioso—
¡Retira lo que has dicho!
¡Encima! Le miró ató nita— ¿Qué yo retire que?
—Ay, madre — dijo Liam golpeá ndose la frente.
— ¡Eso de que preferías no haberme conocido! ¡Retíralo! — dio dos pasos hacia
ella — ¡Está s loca! ¡Sales del Plaza pegando gritos histérica y ni siquiera me escuchas!
¡Tenía derecho a explicarme! ¡Soy tu marido!
— ¿Explicarme có mo me habías mentido?
— ¡Sí! ¡Porque lo hice por una maldita razó n!
— ¡Ya lo sé porque no querías avergonzarte de mí!
Dan apretó los labios y volvió hacia el taxi dá ndole la espalda— ¿Dan?
Sin dirigirle la palabra entró en el taxi y le dijo algo al taxista antes de que el
vehículo avanzara unos metros. Ella se apartó para ir hacia su ventanilla, pero Dan no
la miró ni una sola vez— ¿Dan?
El taxi se alejó y en ese mismo momento supo que su propia inseguridad había
provocado que lo perdiera— ¡Dan! — gritó desgarrada viendo las luces del taxi
alejarse.
Su madre se acercó corriendo y la cogió por el brazo al ver que se le doblaban
las rodillas.
—Tranquila, hija. Lo arreglará s.
—Se ha ido. — se echó a llorar tapá ndose la cara y Liam la cogió en brazos—
¡Se ha ido!
—Está dolido. Y tú también. Lo arreglareis— dijo su amigo intentando
animarla mientras la metía en el portal.
—No me quiere.
—Claro que te quiere. —susurró su amigo en su oído— Tiene que superar la
humillació n de ser plantado en su propia boda ante cientos de invitados. Se le pasará
cuando recuerde que te ama con locura.
Laura se pasó toda la noche llorando sin poder parar. Estaba en un estado que
pasaba de un pensamiento a otro sin poder evitarlo y su mente no la dejaba descansar.
Estaba dolida por lo que Dan había hecho y sufría por lo que ella le había hecho a él. Si
hubiera pasado en otras circunstancias todo habría sido distinto, pero enterarse de
todo el día de la boda cuando se suponía que era el día má s feliz de su vida, le había
provocado una reacció n desproporcionada. Su madre decía que eran las hormonas
mientras que Anne se arrepentía de no haber desfigurado a esa zorra.
Por la mañ ana Liam y su madre decidieron llamar a un médico, pero al ser
domingo les dijeron que debían acercarla a un centro hospitalario a no ser que fuera
asunto de pedir una ambulancia. Aú n vestida de novia la llevaron a urgencias.
Estuvieron esperando siete horas hasta que la atendieron. Su aspecto era lamentable.
Tenía el pelo como si estuviera loca, su maquillaje se había corrido y sus ojos estaban
rojos del cansancio y de no parar de llorar. Parecía la novia cadá ver embarazada y su
madre la miraba preocupada mientras sus amigos hablaban en voz baja.
Cuando un médico de color de unos sesenta añ os se puso ante ella la miró de
arriba abajo— ¿Una mala noche?
— ¿Usted qué cree? — preguntó agresiva.
Su madre se levantó —Verá , se casó ayer, pero algo salió mal y está en un
estado de nervios…. Está embarazada y no para de llorar.
El médico asintió — Entiendo.
—No, no entiende una mierda — dijo ella antes de echarse a reír histérica. —
¡No lo entiendo ni yo! Ayer era la persona má s feliz del mundo. Tenía un hombre
maravilloso, había encontrado a mi madre y mi hija estaba bien. ¡Oh, y mi libro! ¡Al fin
se iba a publicar! ¡Un bombazo! ¡Y estaba en la boda de mis sueñ os! ¿Có mo ha podido
pasar esto?
—Le pondré algo que la deje grogui — dijo el médico a su madre mientras ella
seguía hablando sola.
—Gracias.
En el momento que llegó una enfermera con una jeringuilla, ella despotricaba
gritando que los hombres en general no eran de fiar.
—Tienes toda la razó n — dijo la enfermera mirá ndola como si estuviera
chiflada. — Ahora a dormir.
— ¡Llevo intentá ndolo toda la maldita noche! ¿Por qué no me ayudan?
—Hija, te lo acaban de poner. — su madre la miró asustada.
— ¿De veras?
—Voy a llamar a Dan — dijo Liam muy preocupado saliendo de allí a toda
prisa.
—Sí. — se echó a llorar— Quiero que venga Dan.
La tumbaron en una camilla y sus ojos se iban cerrando mientras no dejaban de
llorar.
 
Capítulo 11
 
 
 
Cuando se despertó , miró a su alrededor sin reconocer donde estaba. Se miró a
sí misma para ver que llevaba un camisó n de flores y al ver una foto suya del colegio
sobre la mesilla, supo que estaba en la habitació n de su madre. Cerró los ojos y gimió
cuando la niñ a le dio una patada. Estaba claro que tenía hambre y apartó las sá banas
para levantarse quedá ndose de piedra cuando vio una carta con la letra de Dan en el
sobre.
Ansiosa la cogió abriéndola a toda prisa.
 
Hola nena:
Creo que las cosas se nos han ido de las manos. Supongo que ninguno de los
dos está bamos preparados para esto. Tú no confías en mí y yo no estuve a la altura en
su momento. — Laura reprimió un gemido tapándose la boca— No voy a negar que lo
de ayer me dolió y sé que a ti también. Esta no es la base para un buen matrimonio, así
que lo mejor es que nos separemos un tiempo. Debemos saber si realmente queremos
estar juntos.
Dan
 
 
Cerró los ojos sin saber qué hacer. No podía dejar que se alejara má s de ella.
¡Puede que ya no quisiera volver!
Salió de la cama y abrió la puerta viendo a su madre sentada en el sofá
tomando un café— Hija, tienes mejor aspecto.
— ¿Dan ha estado aquí?
—Sí. — respondió levantá ndose— Le llamó Liam y vino a verte, pero al
encontrarte dormida, te escribió una nota. —vio su nota en la mano— ¿Qué te dice?
— ¡Que me deja! ¡Eso me dice!
Su madre abrió los ojos como platos— No puede ser.
— ¡Míralo tú misma!
Su madre cogió la carta y la leyó a toda prisa— Oh, Dios mío —dijo llevá ndose
una mano al cuello. — Puede que…
—Puede que nada. ¡Quiere separarse! Lo deja bien claro. ¡Nos hemos hecho
dañ o y quiere que nos separemos!
—Hija, cá lmate. Puede que sea cierto que necesitéis un tiempo.
—Un tiempo. ¡Tiempo es lo que le voy a dar, pero en el otro barrio como me
ponga los cuernos en este periodo de separació n!
Su madre abrió los ojos como platos antes de echarse a reír — ¿De qué coñ o te
ríes?
—Me encantaría verle la cara al decirle eso.
Ella gimió dejá ndose caer en el sofá — ¿Qué hago?
Su madre la miró con una sonrisa en los labios— Os queréis. Só lo necesitá is
tiempo.
—No. Yo no soy así y Dan lo sabe de sobra. — entrecerró los ojos— Si es
verdad que se enamoró de mí, me va a tener en estado puro.
— ¿Qué vas a hacer?
La miró a los ojos y sonrió — Volver al principio.
 
Esperando en la fila se acarició la barriga mientras el chico de atrá s la miraba
con los ojos como platos. Ella le guiñ ó un ojo— No te pongas nervioso. No es tuyo.
Varios se echaron a reír y la puerta se abrió — ¡Siguiente!
Ella sonrió radiante antes de entrar y el señ or Spencer ató nito se levantó de su
asiento— ¡Ni hablar!
—Vamos, no seas así — dijo cerrando la puerta. — ¡Necesito otra oportunidad!
— ¡La ú ltima vez por poco me echa!
—Va, pero seguro que se le pasa después del primer cabreo. Piensa que son
unos días de descanso.
— ¡Eres su mujer! ¿No podéis solucionar sus cosas como los matrimonios
normales? ¿Gritá ndose como todo el mundo?
Ella puso pucheros —Tiene que recordar de quién se enamoro. Porque sé que
me quiere.
El hombre entrecerró los ojos— Sabes que soy un romá ntico y te aprovechas.
Laura sonrió — Eres un cielo —dijo yendo hacia la puerta. — Ya sé el camino.
No hace falta que me acompañ es.
—Muy graciosa. Esperaré ansioso la llamada del jefe al lado del teléfono.
Ella se echó a reír saliendo del despacho y gritó levantando los brazos en señ al
de victoria— ¡Es mío! ¡Volver en la pró xima!
— ¡Venga ya! — dijo uno mirando su barriga de seis meses.
—¡Eh, má s respeto! ¡Las embarazadas también tenemos derecho! — con la
cabeza muy alta pasó ante ellos para coger el ascensor.
Cuando llegó abajo, Greg la miró con los ojos como platos— ¿Qué haces aquí?
—Supongo que te has enterado.
—No creo que nadie en Nueva York no se haya enterado. Por cierto, a esa
editora la han puesto de patitas en la calle.
Hizo una mueca mirando a su alrededor y el señ or Delfino salió del almacén
dejando caer la mandíbula— Hola, jefe.
—Ni hablar. Me acaba de llamar Spencer y pensé que era broma.
Greg se echó a reír al darse cuenta de lo que quería hacer — ¿Está s loca? Eres
su mujer.
—No. Estamos separados. Así que hago lo que me da la gana.
— ¿Separados? — preguntaron los dos a la vez. Greg y el señ or Delfino se
miraron entrecerrando los ojos— No podemos consentirlo.
—Gracias chicos, sois un amor. —miró a su alrededor— Bien, ¿qué tengo que
hacer?
—Un momento, ¿có mo piensas enfrentarte a él? — preguntó Greg.
—Oh, mañ ana me verá . —le guiñ ó un ojo a su jefe— ¿Verdad?
—Claro. Mañ ana estaré enfermo.
—Sí, tiene una tos muy fea. — se sentó sobre la mesa.
—Se enterará antes — dijo su amigo. — ¿Has visto a Judith?
No se había dado cuenta cuando había pasado por la recepció n saludando a su
amiga y abrió los ojos como platos cuando escuchó el clic del ascensor. Saltó al suelo
con agilidad, escondiéndose bajo la mesa tras una caja. De rodillas se movió con
cuidado de no hacer ruido cuando escuchó los pasos de unos zapatos sobre el suelo de
cemento— ¿Está aquí?
Sonrió al escuchar la voz de Dan y estaba muy cabreado.
—Perdó n señ or, ¿quién?
— ¿Quién va a ser? ¡Mi mujer! —ahora era su mujer. ¡Pues no se notaba! —
¿Está aquí?
—Pues no, señ or. No ha venido a paquetería. ¿Está seguro que ha venido a la
empresa?
— ¡Me han llamado de recepció n hace una hora!
Iba a matar a Judith. Menuda chivata.
—Pues por aquí no ha venido, señ or. — dijo Greg algo nervioso.
Su marido dio un paso hacia ellos y ella vio que tenía un cordó n desatado. ¿Y si
se caía?
— ¿No me estará s mintiendo? Tú eres amigo de mi mujer. — con cuidado
Laura sacó las manos sujetá ndose en las rodillas y cogió los lazos mientras el señ or
Delfino la miraba asombrado. Le hizo la lazada a toda prisa y se apoyó en las manos
suspirando porque no la había pillado — ¡Habla, hombre! No tengo todo el maldito
día.
Greg empezó a tartamudear y Laura puso los ojos en blanco —No sé nada,
señ or.
Dan gruñ ó frustrado— Igual ha venido por el libro— dijo el señ or Delfino.
— ¡No, no ha estado en edició n, ni en maquetació n, ni en ningú n maldito sitio!
— dijo furioso yendo hacia el ascensor. Le vio en la puerta del ascensor pulsar el
botó n y mirar el suelo. Levantó la punta del zapato y ella gimió . Debía haber dejado
que se la pegara.
Su marido frunció el ceñ o y entró en el ascensor mirá ndose el zapato de nuevo
después de pulsar el botó n otra vez.
Suspiró de alivio cuando el ascensor se fue y salió a gatas de debajo de la mesa.
Los chicos la ayudaron a levantarse—Esto es una locura — dijo Greg mirá ndola como
si estuviera loca.
—Tranquilos. Só lo será n unas semanas.
— ¡Unas semanas! —gritaron los dos a la vez.
—Está cabreado y yo algo resentida. Nos llevará un tiempo. Pero alejarnos no
es la solució n. Tenemos que vernos. ¿Nos ponemos a trabajar?
El señ or Delfino puso los ojos en blanco —En tu estado no puedes cargar pesos.
¿Qué tal si empiezas por ir a recoger las cartas que hay que enviar al ú ltimo piso?
Entrecerró los ojos pensando en ello y se dijo que cuanto antes mejor. Para qué
a esperar a mañ ana. Si tenía que estallar la bomba que fuera ahora que estaba
preparada. Decidida fue hasta la taquilla y cogió una bata.
Sonriendo de oreja a oreja cogió el carrito y cuando iba al ascensor se encontró
con Cris y Philip que le miraron la bata como si llevara encima una cobra.
—Hola compis.
— ¡Ay, madre! — dijo Cris dejá ndola por imposible— ¡Nuestra autora estrella
ha perdido un tornillo!
Se echó a reír entrando en el ascensor —Os veo luego.
Al subir al ú ltimo piso, salió como si nada y Meredith levantó la vista distraída
de lo que estaba haciendo para volver a su trabajo. Se debió dar cuenta de lo que había
visto porque volvió a levantar la cabeza lentamente cuando el carrito llegó ante su
mesa diciendo aterrada— Vamos a morir todos.
—Menuda exagerada.
Entonces se escuchó por el interfono— ¡Meredith! ¿Dó nde coñ o está n los
contratos de Laura? ¡No los encuentro! ¡Esta oficina es un desastre!
Laura hizo una mueca— ¿Está de mal humor?
—No lo sabe bien. — exasperada pulsó el botó n— Está n en la carpeta roja,
señ or Morton.
— ¡Llama al inú til de Matt! ¡Le quiero aquí en cinco minutos!
—Sí, señ or.
La miró cruzando las manos sobre la mesa— ¿Piensa asistir a la presentació n
de su libro?
—No sé. Me lo estoy pensando. ¿Tienes cartas para enviar?
—Claro, es mucho má s importante llevarse las cartas— dijo con ironía
haciéndola reír. Escucharon un portazo en el pasillo y ambas miraron hacia allí
reteniendo el aliento. Cuando escucharon otro portazo suspiraron de alivio— Ha ido
al bañ o — dijo Meredith como si hubieran esquivado una bomba. —Sobre la
presentació n…
—Me lo tiene que pedir mi maridito. Puede que entonces me lo piense.
—No quiere saber nada del libro. De hecho, me ha dejado a mí y a Matt todo el
trabajo. No piensa asistir.
Entrecerró los ojos— Eso ya lo veremos.
Meredith levantó una ceja— ¿Esta tá ctica es alguna solució n psicoló gica que no
llego a entender?
—Algo así. ¿Las cartas?
La miró maliciosa— Sobre la mesa de su marido.
—Bruja.
—Gracias.
Dejó el carrito y decidida fue hasta el pasillo. De repente le entró la prisa y
corrió por el pasillo antes de que Dan saliera del bañ o. Embarazada de seis meses con
aquella bata blanca estaba realmente ridícula. Entró en el despacho y vio las cartas
sobre la mesa cogiéndolas a toda prisa. Al volverse se encontró a Dan ante la puerta
mirando hacia el ascensor— ¿Has llamado a Matt? — gritó furioso.
—Sí, señ or. Llegará lo antes posible. Está intentando hablar con la señ ora
Morton, pero no la encuentra.
Dan frunció el ceñ o y caminó por el pasillo— ¿Có mo que no la encuentra? ¿La
ha llamado al mó vil?
Cuando su voz se alejó ella corrió hacia fuera metiéndose en el cuarto de
enfrente gimiendo — ¿En qué coñ o está s pensado? — siseó para sí— ¡Se supone que
tiene que verte! — miró por la rendija de la puerta y le escuchó gritar — ¡Llama a su
madre! ¡A quien haga falta, pero quiero saber dó nde está mi mujer!
Sonrió al escucharle y le vio volver a su despacho cerrando de un portazo.
Meredith la vio regresar con las cartas en la mano— ¿Có mo lo ha hecho?
—Magia. — empujó el carrito hacia el ascensor— Hasta mañ ana.
Meredith gruñ ó haciéndola reír. Se estaban cerrando las puertas cuando
escuchó gritar en el pasillo— ¿Laura?
La secretaria y ella se miraron justo cuando su marido apareció ante ella
mirá ndola por una rendija, abriendo los ojos como platos cuando vio su bata — ¡Está s
loca!
Suspiró de alivio al darse cuenta que no podía detener el ascensor.  Cuando
llegó abajo, acercó el carrito al Greg y susurró — Agua, agua.
— ¿Tienes sed?
—Digo que viene para aquí. — incrédula preguntó — ¿Nunca has visto una peli
de guerra? Mira que yo veo poco la tele, pero…
— ¿Piensas quedarte ahí a discutir chorradas? Tu marido viene para aquí.
—Ahora tengo sed.
Greg cogió una de las botellas de agua y se la tendió mientras ella se sentaba
sobre la mesa algo nerviosa— Mejor tener la discusió n aquí porque así no nos
escuchará nadie —dijo para sí abriendo la botella. Empezó a beber y vio a través de la
base de plá stico de la botella que se abría el ascensor.
Su marido se acercó y por sus andares parecía furioso— ¿Te has cansado de
jugar al escondite?
Ella bajó la botella y tragó . Estaba furioso. — ¿De qué hablas?
— ¿Qué haces aquí?
—Trabajar. — sonrió radiante— He conseguido el puesto.
La miró ató nito— Perdona, ¿qué has dicho?
—Necesito trabajo.
— ¡No necesitas trabajo! ¡Tienes el anticipo para seguir escribiendo! ¡Y muy
sustancioso por cierto!
—Ya, pero a mí me gusta relacionarme con gente. —miró a Greg y le guiñ ó un
ojo. Su amigo se sonrojó y al ver que Dan le miraba como si quisiera matarlo
carraspeó .
—Voy al almacén.
—Sí, vete a trabajar que para eso te pago.
Ella chasqueó la lengua por su tono — ¿Có mo está hoy mi cariñ ito? ¿Está s
enfurruñ ado?
La miró con desconfianza— ¿Con quién has hablado?
Se echó a reír— No lo necesito. Te estoy viendo.
—Para estar separados te veo muy contenta.
—No voy a estar llorando por las esquinas. Tú lo has decidido.
— ¡Tú me dejaste primero! ¡En medio de la celebració n de la boda!
— ¡Tú me mentiste!
— ¡Porque estuviéramos juntos!
— ¡Pero me mentiste!
É l gruñ ó metiéndose las manos en los bolsillos del pantaló n y la miró de arriba
abajo— Has estado en casa — dijo al ver sus botas.
—Pues sí. Necesitaba la ropa y el ordenador.
— ¿Te has llevado el ordenador? — preguntó suavemente. Laura sonrió
porque eso no le había gustado un pelo.
—Claro, estamos separados y lo necesitaba. Tenía que llevarme mis cosas.
—Muy bien. — siseó — ¿Y dó nde vas a vivir?
—Estamos separados, no es problema tuyo.
— ¡Está s embarazada de mi hija! — gritó furioso.
—Ah, si es por eso viviré en casa de mi madre.
É l gruñ ó como si no le gustara, pero cerró la boca. La miró de arriba abajo—
¿Está s bien?
—Claro, un sueñ ecito y como nueva. —sonrió y le echó un vistazo. Se echó a
reír al ver que se había atado el cordó n de nuevo.
—Nena, hasta dó nde vas a llegar.
Se encogió de hombros— No sé. Voy a divertirme un poco.
—Ya veo. Está s despedida.
—No puedes despedirme. — se echó a reír a carcajadas sintiéndose feliz só lo
por hablar con él— Soy tu mujer y la mitad de esto es mío.
—Qué má s quisieras— se cruzó de brazos sonriendo— Nena, deberías leer lo
que firmas.
—Será s…—perdió la sonrisa— No lo harías, ¿verdad?
—Tengo que proteger la empresa. —se le quedó mirando sintiéndose
decepcionada y se bajó de la mesa— Nena…
Forzó una sonrisa y dijo —No, si no pasa nada. Simplemente me ha
sorprendido. Tengo que ir al bañ o.
— ¡Joder! —le escuchó decir de la que entraba en el bañ o.
Se miró al espejo y se preguntó si todo aquello era lo correcto. ¿En cuá ntas
cosas má s la había engañ ado? Se miró el vientre y sintió miedo. Salió del bañ o y le
miró con los ojos llenos de lá grimas— ¿Qué má s he firmado?
—Igual deberías subir y leer los documentos.
—Sí, igual es lo mejor. — respondió fríamente yendo hacia el cuarto de las
taquillas. Furiosa por ser tan estú pida de hacer el ridículo por él, se quitó la bata y
cogió el bolso cerrando de un portazo.
Sin mirarle fue hasta el ascensor y él la siguió — Nena, no lo he hecho con
intenció n de hacerte dañ o.
— ¿Y cuá ndo pensabas decírmelo? ¿Dentro de veinte añ os?
Dan apretó los labios— Pensaba decírtelo después de la luna de miel.
— ¿Por qué no me lo preguntaste como las parejas normales?
—Ya lo verá s.
Apretó los labios disgustadísima y parpadeó mirando las puertas del ascensor
intentando tranquilizarse.
Cuando llegaron al ú ltimo piso Meredith disimuló verles muy seria mientras
iban hacia el pasillo. Dentro del despacho ella fue directamente hacia una de las sillas
y se sentó . Dan cogió la carpeta roja y se la puso delante.
Laura la abrió y ni le miró cuando se sentó a su lado. Al mirar el contrato
fechado en marzo empezó a leer y vio que era la firma de la cesió n de sus derechos de
autor. Cerró los ojos impresionada.
—Tenía que ir fechado en esa época porque…
—Fue cuando empezasteis los trabajos.
—Exacto.
La cifra era muy generosa. Realmente impresionante, pero eso le daba igual. El
siguiente contrato era su cesió n de derechos de imagen. Lo leyó minuciosamente y vio
que en el contrato se especificaba que no se podían hacer fotos de su descendencia
para futuras entrevistas y un montó n de clá usulas má s que la protegían. Bá sicamente
si ella no quería sacarse una foto no tenía porque hacerlo.
— ¿Este es un contrato está ndar?
—Cambié algunas cosas.
Cogió el siguiente y vio que era el contrato prematrimonial. Apretó los labios al
empezar a leer las clá usulas. Bá sicamente protegía a la empresa de un posible divorcio
y a ella le daban una compensació n econó mica muy sustanciosa y aparte de la pensió n
para los hijos, también se quedaba la casa. El siguiente contrato era el contrato de
Matt que se llevaba un diez por ciento de sus beneficios. Menudo negocio que había
hecho sin mover un dedo.
—Cielo, sé que no lo entiendes…
—Lo entiendo. Entiendo que quiero una copia de todos esos contratos. — miró
a su marido que parpadeó sorprendido— Para mis abogados.
Dan palideció — Espera. Vamos a hablar de esto. Yo no me he beneficiado en
nada. Só lo quería hacer las cosas bien.
— ¡Pues las has hecho fatal! — dijo con la voz congestionada intentando no
llorar— ¡Yo nunca te he mentido en nada!
—Joder nena, no llores. Cuando lo dejamos no sabía có mo arreglarlo y cuando
leí tu carta me sentí fatal. Me sentí un cabró n insensible. Tú eras como eras y a mí me
gusta tu manera de ser. Nunca intentaste que yo leyera el libro cuando estuve en tu
casa y ni siquiera hablabas de él como para que yo te acusara de aquella manera. No te
lo merecías. Creía que no me perdonarías, así que no te llamé, pero entonces vi tu
manuscrito en el despacho de Clayton y fue como una señ al. Lo leí y me gustó
muchísimo, pero no sabía si era objetivo, así que se lo di a Matt. Dijo que era un best
seller y entonces se me ocurrió . Para convencerte que tu libro no se interponía entre
nosotros, lo publicaría y así te darías cuenta de que no me importaba.
—Claro, como era un best sellers.
—Cielo, ¿sabes cuá ntos libros buenos me llegan al añ o?
— ¿Qué quieres decir?
—No se publican todos. Hay libros buenísimos que acaban en la papelera por
una cuota anual o porque invertir en un autor novel es muy caro y la mayoría de las
veces poco beneficioso.
—No te entiendo.
—Cielo, no te conoce nadie. Aunque haga publicidad contigo, que la voy a
hacer, será una suerte si el pú blico responde. Tu libro es muy especial y no es para
todos los pú blicos. El publico masculino…
—Lo he entendido.
—Puedes ser un best seller, pero en otras circunstancias no lo hubiera
publicado. Me arriesgué en ese momento porque lo ú nico que quería era volver
contigo. Entonces voy al restaurante después de trabajar como un mulo para que tu
libro tuviera la expectació n de los medios y ni siquiera me escuchaste. Cuando llegué a
tu casa y escuché que habías tirado el libro, supe que lo habías hecho por mí, pero yo
ya no me podía volver atrá s.
Una lá grima cayó por su mejilla— Laura, no llores. Lo hice por nosotros.
—Só lo quería estar contigo.
—Lo sé. Por eso te oculté lo del libro todo lo que pude y fue perfecto. Esos
meses juntos fueron perfectos, cielo. Pero necesitaba los contratos para seguir
trabajando y tenías que firmar.
— ¿Y la boda?
— ¿La boda? — le miró confuso.
— ¿Te casaste conmigo para tenerme atada cuando me enterara de todo?
La miró sorprendido— Cielo, tú ya está s atada a mí. Siempre estaremos unidos.
¿Acaso no querías casarte?
—Ella me dijo…
—Entiendo — dijo tensá ndose. — Jenna es muy amiga de Matt y tu agente
tiene la lengua muy larga. Lo que sabía, no lo sabía por mí, te lo aseguro.
— ¿Y esto? — levantó el contrato prematrimonial.
Dan apretó los labios— Tenía que pedirte que firmaras los papeles y sabía que
si te decía que firmaras eso lo leerías y…
—Entonces leería lo otro.
—Lo siento, nena. — le cogió las manos — No quería hacerte dañ o. Cuando
empecé con esto pensaba que te haría ilusió n. — la miró angustiado—Nada tenía que
haber salido así. Todo iba perfecto hasta la boda. Nos hubiéramos ido de luna de miel
y presentado el libro….
—Y después llegaría la niñ a.
—Tú escribirías y seríamos felices. Lo demá s daría igual, pero Jenna decidió
vengarse.
Una lá grima cayó por su mejilla— Cuando Jenna habló conmigo, debería haber
confiado en ti. Fue eso lo que te dolió , ¿verdad?
É l bajó la mirada y apretó sus manos— Unos minutos antes está bamos
bailando y de repente me gritabas en el hall del Plaza histérica. Lo entendí. Te juro que
lo entendí, pero cuando vi a varios invitados cuchicheando y que te habías ido el día
de nuestra boda, me puse furioso. No podía entender có mo hacías eso si me querías
tanto como me decías.
—Yo te lo decía, pero tú me lo demostraste y no me di cuenta. — una lá grima
mojó la mano de Dan que levantó la vista de inmediato mirando sus ojos— Me
quieres, ¿verdad?
—Tanto que cuando no está s conmigo no soy el mismo. Te necesito. — se
acercó y la besó desesperado. Cuando se apartó la miró a los ojos— Nena, dime que
me perdonas y que vuelves a casa.
Abrazó su cuello— ¿Quieres que vuelva a casa?
—Sí. No puedo dormir sin ti.
Se emocionó al escuchar el tono de su voz. La quería y la necesitaba. Y ella a él.
— ¿Có mo voy a ser feliz sin ti?
Dan sonrió apartando sus rizos rojizos de la frente cuando la puerta se abrió y
entró Matt que en cuanto la vio carraspeó dando un paso atrá s.
— ¡Alto ahí!
Dan sonrió viéndolo detenerse mientras ella se levantaba para poner las manos
en jarras— ¿Tú eres mi agente?
—Pues sí. — miró a su amigo de reojo.
— ¡Mírame a mí!
Matt la miró como si estuvieran en el ejército— ¡Como vuelvas a ocultarme
algo en el futuro quedas despedido! ¿Me has entendido?
Dan negó con la cabeza y ella miró a su marido frunciendo el ceñ o— ¿Qué coñ o
pasa aquí?
—Verá s…cielo. ¿Por qué no te sientas?
—Ay, madre. — se dejó caer en la silla.
—Todavía no hay nada firmado — dijo su marido levantando las manos en son
de paz. — Só lo son negociaciones, así que no te pongas nerviosa porque todavía no
hay nada concretado.
—Quieren los derechos para una película. — le soltó Matt como si nada. Dan le
miró como si fuera idiota mientras que Laura abría los ojos como platos— ¿Soy bueno
como agente o no?
—Pero si todavía no ha sido publicada — dijo con asombro.
—Han leído el manuscrito. ¿Crees que sabrá s adaptarla para la gran pantalla?
— miró a su agente como si fuera idiota —Vale, lo pillo. Tú no te preocupes,
seguro que lo hacen ellos. Hay guionistas estupendos.
Miró a su marido que forzó una sonrisa susurrando— Al final sí que va a ser un
best seller.
Ató nita les miró a los dos varias veces y se dio cuenta que todo aquello era
absurdo. Se echó a reír y Dan la miró preocupado.
— ¿Ha sido demasiado para ella? — preguntó Matt dando un paso hacia ellos.
— ¿Tú qué crees, idiota? ¿Sabes todo lo que ha pasado en unos días?
—Eh, que tú eres quien empezó esto, ocultá ndole que le habías robado el libro.
— ¡Yo no le robé nada!
Mirá ndoles se echó a reír má s fuerte y Dan se acuclilló a su lado— ¿Está s bien?
Reprimió la risa— Está claro que este libro tiene que publicarse. Es el destino.
Dan asintió — ¿Pero tú está s bien?
—En este momento soy feliz y no por el libro. —le acarició la mejilla y le dio un
beso susurrando— Te he recuperado. Te quiero. Gracias por todo lo que me has dado.
—Tú me has dado mucho má s. —la abrazó a él— Me has dado la felicidad.
 
 
FIN
 
 
Sophie Saint Rose es una prolífica escritora que tiene entre sus éxitos “Vilox” o
“No puede ser para mí”. Pró ximamente publicará “Firma aquí” y “Vilox II” Si quieres
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