# La conquista de América.
El problema del otro #
Tzvetan Todorov
1. DESCUBRIR
COLÓN Y LOS INDIOS
Los indios, físicamente desnudos, también son, para los ojos de Colón, seres
despojados de toda propiedad cultural: se caracterizan, en cierta forma, por la
ausencia de costumbres, ritos, religión.
«Ellos no tienen secta ninguna ni son idólatras» (27.11. 1492). Ya se sabe que los
indios están desprovistos de lengua; ahora se descubre que carecen de ley y
religión, y, si bien tienen una cultura material, ésta no es más digna de atraer la
atención que su cultura espiritual.
No tiene nada de asombroso el que esos indios, culturalmente vírgenes, página
blanca que espera la inscripción española y cristiana, se parezcan entre sí.
Dado este desconocimiento de la cultura de los indios y su asimilación con la
naturaleza, no podemos esperar encontrar en los escritos de Colón un retrato
detallado de la población. La imagen que de ella da obedece, en un principio, a las
mismas reglas que la descripción de la naturaleza: Colón decide admirarlo todo, y
la belleza física en primer lugar.
Claro que lo que más llama la atención, aquí, es que para caracterizar a los indios
Colón sólo encuentra adjetivos del tipo bueno/malo, que en realidad no nos enseñan
nada.
A falta de palabras, indios y españoles intercambian, desde el primer encuentro,
pequeños objetos sin importancia, y Colón no deja de alabar la generosidad de los
indios que dan todo por nada; le parece que a veces raya en la tontería: ¿por qué
aprecian por igual un pedazo de vidrio que una moneda, y dan el mismo valor a las
monedas insignificantes que a las de oro?
Al igual que en el caso de las lenguas, Colón no entiende que los valores son
convencionales, que el oro no es más valioso que el vidrio «en sí», sino sólo
dentro del sistema europeo de intercambio.
El sentimiento de superioridad engendra un comportamiento proteccionista: Colón nos
dice que prohíbe a sus marineros un trueque que, a sus ojos, es escandaloso.
Así pues, sobre la base de esas observaciones y de esos intercambios es como Colón
va a declarar que los indios son la gente más generosa del mundo, con lo cual hace
una contribución importante al mito del buen salvaje. «Son […] sin codicia de lo
ajeno»
¿Daría otra relación con la propiedad privada una explicación de esos
comportamientos «generosos»?
Colón olvida entonces su propia percepción, y declara poco después que los indios,
lejos de ser generosos, son todos ladrones (inversión paralela a la que los
transforma de los mejores hombres del mundo en violentos salvajes); de golpe, les
impone castigos crueles, los mismos que se usaban entonces en España.
¿Podemos adivinar, a través de las notas de Colón, cómo perciben los indios, por su
parte, a los españoles?
Es posible, como dice Colón, que se hayan preguntado si ésos no eran seres de
origen divino; lo cual explicaría bastante bien su temor inicial, y su desaparición
frente al comportamiento humano de los españoles.
los conquistadores españoles pertenecen, históricamente, al periodo de transición
entre una Edad Media dominada por la religión y la época moderna que coloca los
bienes materiales en la cumbre de su escala de valores. También en la práctica
habrá de tener la conquista
en la cumbre de su escala de valores. También en la práctica habrá de tener la
conquista estos dos aspectos esenciales; los cristianos tienen la fuerza de su
religión, que traen al nuevo mundo; en cambio, se llevan de él oro y riquezas.
Colon o bien piensa en los indios (aunque no utilice estos términos) como seres
humanos completos, que tienen los mismos derechos que él, pero entonces no sólo los
ve iguales, sino también idénticos, y esta conducta desemboca en el
asimilacionismo, en la proyección de los propios valores en los demás. O bien parte
de la diferencia, pero ésta se traduce inmediatamente en términos de superioridad e
inferioridad (en su caso, evidentemente, los inferiores son los indios): se niega
la existencia de una sustancia humana realmente otra, que pueda no ser un simple
estado imperfecto de uno mismo. Estas dos figuras elementales de la experiencia de
la alteridad descansan ambas en el egocentrismo, en la identificación de los
propios valores con los valores en general, del propio yo con el universo; en la
convicción de que el mundo es uno.
Colón quiere que los indios sean como él, y como los españoles. Su simpatía por los
indios se traduce «naturalmente» en el deseo de verlos adoptar las costumbres del
europeo. Decide llevarse algunos indios a España.
El «conocimiento» de Colón es, evidentemente, una decisión adoptada de antemano, y
aquí sólo se refiere a los medios que se deben emplear, no al fin por alcanzar.
Esta visión de Colón es facilitada por su capacidad de ver las cosas tal y como le
conviene. En este caso, en especial, le parece que los indios son ya portadores de
las cualidades cristianas, están ya animados por el deseo de convertirse. Hemos
visto que, para él, no pertenecían a ninguna «secta», eran vírgenes de toda
religión; pero hay más: en realidad, ya tienen una predisposición al cristianismo.
Como por casualidad, las virtudes que imagina que tienen son virtudes cristianas
Durante la segunda expedición, los religiosos que acompañan a Colón empiezan a
convertir a los indios, pero no todos, ni con mucho, se pliegan a ello y se ponen a
venerar las imágenes santas. «Salidos aquéllos del adoratorio, tiraron las imágenes
al suelo, las cubrieron con tierra y orinaron encima»; al ver esto Bartolomé, el
hermano de Colón, decide castigarlos de muy cristiana manera. «Como lugarteniente
del virrey y gobernador de las islas, formó proceso contra los malhechores y,
sabida la verdad, los hizo quemar públicamente» (Ramón Pané, 26).
Sea como fuere, ahora sabemos que la expansión espiritual está indisolublemente
ligada a la conquista, material (se necesita dinero para hacer cruzadas), y hete
aquí que se abre una primera falla en un programa que implicaba la igualdad de los
asociados: la conquista material (y todo lo que implica) será a la vez resultado y
condición de la expansión espiritual.
Colón habla como si entre las dos acciones se estableciera un cierto equilibrio:
los españoles dan la religión y toman el oro.
Propagar la religión presupone que uno considere a los indios como sus iguales
(ante Dios). Pero ¿y si no quieren dar sus riquezas? Entonces habrá que someterlos,
militar y políticamente, para poder quitárselas a la fuerza; dicho en otras
palabras, colocarlos, esta vez sí desde el punto de vista humano, en una posición
de desigualdad (de inferioridad).
«Mi voluntad —escribe Colón al iniciar el primer viaje— era de no pasar por ninguna
isla de que no tomase posesión» (15.10.1492) se dan guantes, se toman las tierras
Así pues, la guerra sustituye a la paz;
Sabemos que habrá de realizar ese sueño después del naufragio de su nave y que
dejará ahí a sus hombres. Pero la fortaleza, aun si no es particularmente eficaz,
¿no es ya un paso hacia la guerra, y por lo tanto hacia la sumisión y la
desigualdad?
Así es como, por medio de deslizamientos progresivos, Colón va a pasar del
asimilacionismo, que implicaba una igualdad de principio, a la ideología
esclavista, y por lo tanto a la afirmación de la inferioridad de los indios.
aquellos que no son ya cristianos sólo pueden ser esclavos: no existe un tercer
camino.
es evidente que la equivalencia implícita que se establece entre bestias y seres
humanos no es gratuita.
En el pensamiento de Colón, la propagación de la fe y la sumisión a la esclavitud
están indisolublemente ligadas.
Aun en los casos en que no se trata de esclavitud, el comportamiento de Colón
implica que no reconoce que los indios tienen derecho a una voluntad propia, que
los juzga, en suma, como objetos vivientes. Así es como, en su impulso de
naturalista, siempre quiere llevarse a España especímenes de todos los géneros:
árboles, aves, animales e indios; la idea de preguntarles cuál es su opinión le es
totalmente ajena.
Las mujeres indias son mujeres, o indios, al cuadrado: con eso se vuelven objeto de
una doble violación.
¿Cómo es que Colón puede estar asociado a esos dos mitos aparentemente
contradictorios, aquel en que el otro es un «buen salvaje» (cuando se le ve de
lejos) y aquel en que es un «pobre perro», esclavo en potencia? Y es que los dos
descansan en una base común, que es el desconocimiento de los indios, y la negación
a admitirlos como un sujeto que tiene los mismos derechos que uno mismo, pero
diferente. Colón ha descubierto América, pero no a los americanos.
A su manera, Colón mismo participa en este doble movimiento. Como ya hemos visto,
no percibe al otro, y le impone sus propios valores, pero el término que más
frecuentemente emplea para referirse a sí mismo y que usan también sus
contemporáneos es: el Extranjero; y si tantos países han buscado el honor de ser su
patria, es porque no tenía ninguna.
2. CONQUISTAR
LAS RAZONES DE LA VICTORIA
la guerra, o más bien, como se decía entonces, la Conquista.
la civilización mexicana es la más brillante del mundo precolombino:
Cortés es enviado por el gobernador de Cuba
Habiendo sabido de la existencia del imperio azteca, empieza una lenta progresión
hacia el interior, tratando de ganarse a las poblaciones por cuyas tierras
atraviesa, ya sea con promesas o haciendo la guerra. La batalla más difícil es la
que se libra contra los tlaxcaltecas, que sin embargo habrán de ser más tarde sus
mejores aliados. Cortés llega por fin a México, donde es bien recibido; al cabo de
poco tiempo, decide tomar prisionero al soberano azteca, y logra hacerlo.
muere Moctezuma.
decide dejar la ciudad,
insistentes que decide dejar la ciudad, de noche; se descubre su partida, y más de
la mitad de su ejército es aniquilado en la batalla subsiguiente; es la noche
triste. Cortés se retira a Tlaxcala, recupera sus fuerzas y regresa a sitiar la
ciudad; corta todas las vías de acceso,
cae México;
Los aztecas gustan presentarse como los legítimos sucesores de los toltecas, la
dinastía anterior a ellos, cuando en realidad son usurpadores, recién llegados.
Moctezuma se deja encarcelar por Cortés y sus hombres
trata de impedir por todos los medios que se instale la guerra en su ciudad:
prefiere abandonar su poder, sus privilegios y sus riquezas.
en la víspera de su muerte, está dispuesto a convertirse al cristianismo;
Moctezuma muere en medio de los acontecimientos, tan misteriosamente como había
vivido
En la segunda fase de la guerra hay otro factor que empieza a tener un papel
decisivo: es la explotación que hace Cortés de las disensiones internas entre las
diferentes poblaciones que ocupan la tierra mexicana.
Tiene gran éxito
durante la fase final, tiene a sus órdenes un ejército de tlaxcaltecas y de otros
indios aliados, numéricamente comparable con el de los mexicanos;
durante largos años los tlaxcaltecas gozan de numerosos privilegios concedidos por
la corona: dispensados del pago de impuestos, son muy a menudo los administradores
de las regiones recién conquistadas.
Esos indios ya han sido conquistados y colonizados —por los aztecas. El México de
aquel entonces no es un estado homogéneo, sino un conglomerado de poblaciones,
sometidas por los aztecas, quienes ocupan la cumbre de la pirámide.
Pero es que los indios de las otras partes de México se quejaban exactamente de lo
mismo cuando relataban la maldad de los aztecas
Hay muchas semejanzas entre antiguos y nuevos conquistadores, y esos últimos lo
sintieron así, puesto que ellos mismos describieron a los aztecas como invasores
recientes, conquistadores comparables con ellos.
Cortés quiere fabricarse una especie de legitimidad, ya no a los ojos del rey de
España, lo cual había sido una de sus principales preocupaciones durante la
campaña, sino frente a la población local, asumiendo la continuidad con el reino de
Moctezuma. El virrey Mendoza volverá a utilizar los registros fiscales del imperio
azteca.
Lo mismo ocurre en el campo religioso: en los hechos, la conquista religiosa
consiste a menudo en quitar ciertas imágenes de un sitio sagrado y poner otras en
su lugar —al tiempo que se preservan, y esto es esencial, los lugares de culto, y
se queman frente a ellos las mismas hierbas aromáticas.
Los sacerdotes y los frailes cristianos van a ocupar exactamente el lugar dejado
vacante después de la represión ejercida contra los profesionales del culto
religioso indígena, que los españoles llamaban por cierto con ese nombre
sobredeterminado de papas (contaminación entre el término indio que los nombra y la
palabra «papa»]
A las reticencias de Moctezuma durante la primera fase de la conquista, a las
divisiones internas entre mexicanos durante la segunda, se suele añadir un tercer
factor: la superioridad de los españoles en materia de armas. Los aztecas no saben
trabajar el metal, y tanto sus espadas como sus armaduras son menos eficientes; las
flechas (no envenenadas) no se equiparan con los arcabuces y los cañones de los
españoles
los españoles también inauguran, sin saberlo, la guerra bacteriológica, puesto que
traen la viruela que hace estragos en el ejército enemigo.
MOCTEZUMA Y LOS SIGNOS
Digamos de entrada que evidentemente no hay, ni en el plano lingüístico ni en el
simbólico, ninguna inferioridad «natural» por el lado de los indios: hemos visto,
por ejemplo, que en tiempos de Colón eran ellos los que aprendían la lengua del
otro, y, durante las primeras expediciones hacia México, también son dos indios,
llamados Julián y Melchor por los españoles, los que sirven de intérpretes.
los indios dedican gran parte de su tiempo y de sus fuerzas a la interpretación de
los mensajes,
Los aztecas cuentan con un calendario religioso, compuesto de trece meses de veinte
días; cada uno de estos días tiene su propio carácter
Saber el día del nacimiento de alguien es conocer su destino
Todo acontecimiento que se salga de lo común, del orden establecido, por poco que
sea, será interpretado como anuncio de otro acontecimiento, generalmente infausto,
que habrá de ocurrir
Así pues, tanto en el orden cotidiano como en el de lo excepcional, «creían en mil
agüeros y señales» (Motolinía, II, 8): un mundo sobredeterminado forzosamente habrá
de ser también un mundo sobreinterpretado.
Toda la historia de los aztecas, tal como se cuenta en sus propias crónicas, está
llena de profecías cumplidas, como si el hecho no pudiera suceder si no ha sido
anunciado previamente.
Aquí, sólo puede volverse acto lo que antes ha sido verbo.
Todo es previsible, y por lo tanto todo está previsto, y la palabra clave de la
sociedad mesoamericana es: orden.
En la sociedad india de antaño, el individuo no representa en sí mismo una
totalidad social, sino que sólo es el elemento constitutivo de esa otra totalidad,
la colectividad.
Lo que más aprecian los aztecas no es realmente la opinión personal, la iniciativa
individual.
se quiere a los padres, se adora a los hijos, y la atención que se dedica a unos y
otros absorbe gran parte de la energía social. Recíprocamente, se considera que el
padre y la madre son responsables de las malas acciones que pudiera realizar su
hijo.
los lazos familiares son relegados de hecho al último plano, después de las
obligaciones hacia el grupo.
Es que la muerte sólo es una catástrofe dentro de una perspectiva estrechamente
individual, mientras que, desde el punto de vista social, el beneficio que rinde la
sumisión a la regla del grupo pesa más que la pérdida de un individuo.
En esta sociedad sobreestructurada, un individuo no puede ser el igual de otro, y
las distinciones jerárquicas adquieren una importancia primordial.
Así que, debido a esta fuerte integración, la vida de la persona de ningún modo es
un campo abierto e indeterminado, que puede ser moldeado por una voluntad
individual libre.
¿Estaríamos forzando el sentido de la palabra «comunicación» si dijéramos, a partir
de eso, que existen dos grandes formas de comunicación, una entre el hombre y el
hombre, y otra entre el hombre y el mundo, y comprobáramos entonces que los indios
cultivan sobre todo la segunda, mientras que los españoles cultivan la primera?
Estamos acostumbrados a no concebir la comunicación más que en su aspecto
interhumano, pues, como el «mundo» no es un sujeto, el diálogo con él es muy
asimétrico (si es que hay diálogo).
este segundo tipo de comunicación es el que desempeña
un papel preponderante en la vida del hombre azteca, el cual interpreta lo divino,
lo natural y lo social por medio de los indicios y presagios, y con la ayuda de ese
profesional que es el sacerdote-adivino.
Moctezuma nunca deja de enviar espías al campo contrario, y está perfectamente al
corriente de los hechos: así es como sabe de la llegada de las primeras
expediciones cuando los españoles todavía ignoran su existencia.
Moctezuma no está simplemente asustado por el contenido de los relatos: se nos
muestra como literalmente incapaz de comunicar
Esta parálisis no sólo debilita la recolección de información; simboliza ya la
derrota, puesto que el soberano azteca es ante todo un amo de la palabra, y que la
renuncia al lenguaje es la confesión de un fracaso.
Según los conquistadores, los primeros mensajes de Moctezuma afirman que estará
dispuesto a ofrecerles todo lo que hay en su reino, pero con una condición: que
renuncien a su deseo de ir a verlo. Esta negación de Moctezuma no es un acto
personal. La primerísima ley enunciada por su antepasado Moctezuma I ordenaba «que
los reyes nunca saliesen en público, sino a cosas muy necesarias y forzosas»
El cuerpo del rey sigue siendo individual, pero la función del rey, más
completamente que otra, es un puro efecto social: así que hay que sustraer ese
cuerpo a las miradas. Al dejarse ver, Moctezuma contradiría sus valores tanto como
lo hace al dejar de hablar: se sale de su esfera de acción, que es el intercambio
social, y se convierte en un individuo vulnerable.
Aun cuando la información llega a Moctezuma, su interpretación, necesaria, se hace
dentro del marco de la comunicación con el mundo, no de la comunicación con los
hombres. Es a sus dioses a quienes pide consejo sobre cómo comportarse en estos
asuntos puramente humanos
Así que, cuando los dirigentes del país desean entender el presente, se dirigen con
toda naturalidad no a conocedores de los hombres, sino a los que practican el
intercambio con los dioses, a los maestros en interpretación.
Moctezuma sabía cómo informarse acerca de sus enemigos cuando éstos eran
tlaxcaltecas, tarascos o huastecos. Pero ése era un intercambio de información
perfectamente establecido. La identidad de los españoles es tan diferente, su
comportamiento es a tal punto imprevisible, que se sacude todo el sistema de
comunicación, y los aztecas ya no tienen éxito ni en aquello en lo que antes eran
excelentes: la recolección de información.
la llegada de los españoles siempre va precedida de presagios, su victoria siempre
se anuncia como segura.
Todo lleva a creer que los presagios fueron inventados después de los hechos
En vez de percibir este hecho como un encuentro puramente humano —la llegada de
hombres ávidos de oro y de poder— los indios lo integran dentro de una red de
relaciones naturales, sociales y sobrenaturales, en la que el acontecimiento pierde
de golpe su singularidad
esas profecías ejercen un efecto paralizador en los indios que las conocen, y
disminuyen proporcionalmente su resistencia
¡Más vale una profecía del demonio que la falta total de profecías! A fines del
siglo, el jesuita José de Acosta es más prudente, pero todavía muestra la misma
estructura de pensamiento: «Parece cosa muy razonable que de un negocio tan grande
[como el descubrimiento de América] haya alguna mención en las Sagradas Escrituras»
(I, 15).
Esta forma particular de practicar la comunicación (descuidando la dimensión
interhumana, dando la preferencia al contacto con el mundo) es responsable de la
imagen deformada que habrán de tener los indios de los españoles, a lo largo de los
primeros contactos.
sólo puede explicarse por una incapacidad de percibir la identidad humana de los
otros, es decir, de reconocerlos a la vez como iguales y como diferentes.
La primera reacción, espontánea, frente al extranjero es imaginarlo inferior,
puesto que es diferente de nosotros: ni siquiera es un hombre o, si lo es, es un
bárbaro inferior: si no habla nuestra lengua, es que no habla ninguna, no sabe
hablar, como pensaba todavía Colón.
Al no poder integrarlos en el mismo casillero que los totonacas —portadores de una
otredad nada radical— los aztecas renuncian, frente a los españoles, a su sistema
de otredades humanas, y se ven llevados a recurrir a la única otra fórmula
accesible: el intercambio con los dioses.
Como lo dice en otras circunstancias el Libro de Chilam Balam: «Aquellos que no
puedan comprender, morirán; aquellos que comprendan, vivirán» (9).
El aprender a bien hablar forma parte de la educación familiar; es lo primero en lo
que piensan los padres
Hay en el estado azteca dos clases de escuelas, unas que preparan para el oficio de
guerrero, otras de donde salen los sacerdotes, los jueces y los dignatarios reales:
en estas últimas, llamadas calmécac, es donde se presta especial atención al verbo:
El calmécac es efectivamente una escuela de interpretación y de habla, de retórica
y de hermenéutica. Se toman todas las disposiciones necesarias para que los alumnos
hablen con elegancia y sean buenos intérpretes.
El poder exige la sabiduría, la cual se comprueba al saber interpretar.
La asociación del poder con el dominio del lenguaje está claramente marcada entre
los aztecas.
Incluso después de la conquista, los españoles no pueden dejar de admirar la
elocuencia de los indios
Los españoles de la época sienten la misma fascinación por el lenguaje.
La palabra privilegiada entre los aztecas es la palabra ritual, es decir,
reglamentada en sus formas y en sus funciones, palabra memorizada y, por lo tanto,
siempre citada.
Su función es la de toda palabra en una sociedad sin escritura: materializan la
memoria social, es decir, el conjunto de leyes, normas y valores que deben
transmitirse de una generación a otra para asegurar la identidad misma de la
colectividad; eso explica también la excepcional importancia que la identidad misma
de la colectividad; eso explica también la excepcional importancia que se concede a
la educación pública, a diferencia de lo que pasa en las sociedades del libro,
donde la sabiduría a la cual unos tienen acceso por sí misma equilibra los valores
transmitidos por la institución colectiva.
Los dibujos estilizados, los pictogramas que usaban los aztecas no son un grado
inferior de escritura: son una notación de la experiencia, no del lenguaje.
Los dibujos de los códices sólo conservan los principales puntos de la historia,
que, en esa forma, son ininteligibles; los vuelve comprensibles el discurso ritual
que los acompaña;
Hay otro hecho que parece ilustrar que la ausencia de escritura es reveladora del
comportamiento simbólico en general
Entre los incas falta por completo, los aztecas poseen pictogramas; encontramos
entre los mayas rudimentos de una escritura fonética. Ahora bien, se observa una
gradación comparable en la intensidad de la creencia en la divinidad de los
españoles. Los incas creen firmemente en esa
naturaleza divina. Los aztecas sólo creen en ella al principio. Los mayas se
plantean la pregunta y contestan con una negativa: más que «dioses», llaman a los
españoles «extranjeros»,
los mayas, ellos saben lo que es una civilización otra, y al mismo tiempo superior,
y sus crónicas muchas veces se conforman con registrar a los españoles bajo el
encabezado que estaba reservado para los invasores toltecas.
Lo que aquí importa es que la escritura, ausente, no puede asumir el papel de apoyo
de la memoria, que incumbe entonces a la palabra. A esto se debe la importancia de
los huehuetlatolli,
El rasgo esencial de estos discursos es, entonces, que vienen del pasado: su
producción, al igual que su interpretación, está más dominada por el pasado que por
el presente; el nombre mismo de huehuetlatolli significa «palabras de los
antiguos».
La religión, cualquiera que sea su contenido, es efectivamente un discurso
transmitido por la tradición y que importa en cuanto garantiza una identidad
cultural. La religión cristiana no es en sí misma más racional que el «paganismo»
indio.
que no se trata de un rasgo que pueda ser admirado aisladamente: la educación
pública es esencial en toda sociedad en la que el pasado pesa sobre el presente, o
bien, lo cual equivale a lo mismo, en que la colectividad tiene la preferencia
frente a lo individual. Una
La sumisión del presente frente al pasado sigue siendo, entonces, una
característica significativa de la sociedad india de la época, y podemos observar
sus huellas en muchos otros campos diferentes del religioso
la educación pública es esencial en toda sociedad en la que el pasado pesa sobre el
presente, o bien, lo cual equivale a lo mismo, en que la colectividad tiene la
preferencia frente a lo individual.
A este mundo vuelto hacia el pasado, dominado por la tradición,
Los libros antiguos de los mayas y de los aztecas ilustran esta concepción del
tiempo, tanto por lo que encierran como por el uso que de ellos se hace.
al mismo tiempo, permiten prever el futuro, y es que, como el tiempo se repite, el
conocimiento del pasado lleva al del porvenir, o más bien, son lo mismo.
La profecía es memoria.
Los mismos libros existen entre los aztecas pasado y futuro pertenecen al mismo
libro,
es la conquista, una vez más, la que confirma la concepción cristiana del tiempo,
que no es un retorno incesante, sino una progresión infinita hacia la victoria
final del espíritu cristiano (concepción que heredó más tarde el comunismo).
De este choque entre un mundo ritual y un acontecimiento único resulta la
incapacidad de Moctezuma para producir mensajes apropiados y eficaces. Los indios,
maestros en el arte de la palabra ritual, tienen por ello menos éxito ante la
necesidad de improvisar, y ésa es precisamente la situación de la conquista.
la invasión española crea una situación radicalmente nueva, enteramente inédita,
una situación en la que el arte de la improvisación importa más que el del ritual.
Es bastante notable, en este contexto, ver que Cortés no sólo practica
constantemente el arte de la adaptación y de la improvisación, sino que también
está consciente de ello, y lo reivindica como el principio mismo de su conducta
Para desalentar a los intrusos, los guerreros aztecas les anuncian que todos ellos
serán sacrificados y comidos, ya sea por ellos mismos o por las fieras, y cuando
una vez toman prisioneros, se las arreglan para sacrificarlos ante los ojos de
Cortés;
Los regalos de Moctezuma, que tenían en los españoles el efecto contrario al que él
había anticipado, también van en su detrimento frente a su propia gente, puesto que
connotan su debilidad, y determinan así a otros jefes a cambiar de bando
Todo ocurre como si, para los aztecas, los signos fueran consecuencia automática y
necesaria del mundo que designan, en vez de ser un arma destinada a manipular al
otro.
Cuando el primer contacto de la tropa de Cortés con los indios, los españoles
declaran (hipócritamente) a estos últimos que no buscan la guerra, sino la paz y el
amor:
Los indios no se dan cuenta de que las palabras pueden ser un arma tan peligrosa
como las flechas. Unos cuantos días antes de la caída de México, se repite la
escena: a las propuestas de paz formuladas por Cortés, que de hecho ya es el
vencedor,
Se podría decir que la oposición guerrero/mujer tiene un papel estructurador para
lo imaginario social azteca en su conjunto.
El soldado es el macho por excelencia,
Las mujeres, generadoras, no pueden aspirar a ese ideal;
Y la sociedad cuida de que nadie ignore su papel: en la cuna del recién nacido se
coloca una minúscula espada y un minúsculo escudo, si es hombre; si es mujer,
instrumentos de tejido.
La peor injuria que se le pueda hacer a un hombre es calificarlo de mujer;
Las palabras para las mujeres, las armas para los hombres
Cierto es que no son palabras cualesquiera: ni las que designan el mundo ni las que
transmiten las tradiciones, sino aquellas cuya razón de ser es la acción sobre el
otro.
Al comienzo, al menos, los aztecas llevan una guerra que está sometida a la
ritualización y al ceremonial: el tiempo, el lugar, la manera se deciden de
antemano, lo cual es más armonioso pero menos eficaz.
Encontramos otro ejemplo notable de esta actitud ritual poco antes de la caída de
México: agotados todos los medios, Cuauhtémoc decide emplear el arma suprema. ¿Cuál
es? El magnífico traje de plumas que le ha sido legado por su padre, traje al que
se le atribuía la misteriosa virtud de hacer huir al enemigo con sólo verlo: un
valiente guerrero lo vestirá y se lanzará contra los españoles. Pero las plumas de
quetzal no traen la victoria a los aztecas (cf. CF, XII, 38).
El acontecimiento nuevo debe proyectarse al pasado, en forma de presagio, para
integrarse en el relato del encuentro, pues es el pasado el que domina en el
presente:
La otra razón por la que se niegan a oponerse a los españoles es que los consideran
dioses.
Así pues, la primera reacción es negarse a intervenir en el plano humano, y entrar
en la esfera divina:
sus posteriores intentos de reacción siguen situados en el plano de la comunicación
que le es familiar, la comunicación con el mundo y no con los hombres. Ni él ni los
que están cerca de él logran ver a través de la hipocresía de los conquistadores.
Se entiende por qué los españoles ni siquiera tienen que hacer la guerra: a su
llegada, prefieren convocar a los dirigentes locales y disparar varias veces al
aire con sus cañones: los indios se caen de miedo; el uso simbólico de las armas
resulta ser suficientemente eficaz.
Los españoles ganan la guerra. Son indiscutiblemente superiores a los indios en la
comunicación interhumana.
Toda acción tiene su parte de rito y su parte de improvisación, toda comunicación
es, necesariamente, paradigma y sintagma, código y contexto; el hombre tiene tanta
necesidad de comunicarse con el mundo como con los hombres. El encuentro de
Moctezuma con Cortés, de los indios con los españoles, es ante todo un encuentro
humano, y no debe asombrar que ganen los especialistas en comunicación humana. Pero
esta victoria, de la que hemos salido todos nosotros, tanto europeos como
americanos, al mismo tiempo da un serio golpe a nuestra capacidad de sentirnos en
armonía con el mundo, de pertenecer a un orden preestablecido: su efecto es
reprimir profundamente la comunicación del hombre con el mundo, producir la ilusión
de que toda comunicación es comunicación interhumana; el silencio de los dioses
pesa tanto en el campo europeo como en el de los indios. Al ganar por un lado, el
europeo perdía por el otro: al imponerse en toda la tierra por lo que era su
superioridad, aplastaba en sí mismo su capacidad de integrarse al mundo. Durante
los siglos siguientes soñará con el buen salvaje, pero el salvaje estaba muerto o
asimilado, y ese sueño estaba
condenado a quedar estéril. La victoria ya estaba preñada de su derrota: pero
Cortés no podía saberlo.
CORTÉS Y LOS SIGNOS
No debemos imaginar que la comunicación, entre los españoles, es exactamente
opuesta a la que practican los indios. Los pueblos no son conceptos abstractos,
presentan al mismo tiempo semejanzas y diferencias entre sí.
También hemos visto que los primeros intérpretes son indios, pero no gozan de toda
la confianza de los españoles, que a menudo se preguntan si el intérprete transmite
efectivamente lo que le dicen.
los mayas contestan: Ma’ c’uba tahn, «no entendemos vuestras palabras». Los
españoles, fieles a la tradición de Colón, entienden «Yucatán», y deciden que ése
es el nombre de la provincia.
Quizás la diferencia entre Cortés y sus antecesores esté en que él fue el primero
que tuvo una conciencia política, e incluso histórica, de sus actos.
En cuanto se entera de la existencia del reino de Moctezuma, decide que no se
conformará con arrebatar riquezas, sino que someterá el propio reino. Esta
estrategia a menudo molesta a los soldados de la tropa de Cortés, que dan por
sentado que van a obtener ganancias inmediatas y palpables. Pero éste no quiere oír
razones; así es como le debemos, por una parte, el haber inventado la guerra de
conquista y, por la otra, el haber ideado una política de colonización en tiempos
de paz.
Su expedición comienza con una búsqueda de información,
La primera acción importante que emprende es buscar un intérprete.
Pero Aguilar sólo habla la lengua de los mayas, que no es la de los aztecas. El
segundo personaje esencial en esa conquista de la información es una mujer
Cortés habla con Aguilar, que traduce lo que dice a la Malinche, la cual a su vez
habla con el interlocutor azteca. Sus dotes para las lenguas son evidentes, y poco
después aprende el español, lo que la vuelve aún más útil.
Por un lado, opera una especie de conversión cultural, al interpretar para Cortés
no sólo las palabras, sino también los comportamientos; por el otro, sabe tomar la
iniciativa cuando hace falta, y dirige a Moctezuma las palabras apropiadas
(especialmente en la escena de su arresto), sin que Cortés las haya pronunciado
antes.
La que muestra, en el Códice florentino, el primer encuentro entre Cortés y
Moctezuma, es bien característica a este respecto: los dos jefes militares ocupan
los lados del dibujo, dominado por el personaje central de la Malinche
Los mexicanos posteriores a la independencia generalmente han despreciado y culpado
a la Malinche, convertida en encarnación de la traición a los valores autóctonos,
de la sumisión servil a la cultura y al poder de los europeos. Es cierto que la
conquista de México hubiera sido imposible sin ella, y que por lo tanto es
responsable de lo que ocurrió. Yo, por mi parte, la veo con una luz totalmente
diferente: es ante todo el primer ejemplo, y por eso mismo, el símbolo, del
mestizaje de las culturas; por ello anuncia el estado mexicano moderno y, más allá
de él, el estado actual de todos nosotros, puesto que, a falta de ser siempre
bilingües, somos inevitablemente bi o triculturales. La Malinche glorifica la
mezcla en detrimento de la pureza (azteca o española), y el papel del
intermediario. No se somete simplemente al otro (caso desgraciadamente mucho más
común: pensemos en todas las jóvenes indias, «regaladas» o no, de las que se
apoderan los españoles), sino que adopta su ideología y la utiliza para entender
mejor su propia cultura, como lo muestra la eficacia de su comportamiento (aun si
el «entender» sirve aquí para «destruir»).
Gracias a este sistema de información perfectamente instalado Cortés llega a
enterarse rápidamente, y con detalles, de la existencia de desacuerdos entre los
indios
Los indios llegarán incluso a solicitar la intervención de Cortés en sus propios
conflictos;
También es la conquista eficaz de la información la que lleva a la caída final del
imperio azteca. La conquista de la información lleva a la conquista del reino
la pasión de Cortés por «saber el secreto» no disminuye. Y, simbólicamente, su
curiosidad se ve recompensada.
Cortés se queda en un plano puramente humano: el relato de Gagavitz pone de
inmediato en movimiento toda una red de correspondencias naturales y
sobrenaturales.
Es evidente que la religión no está ausente del lado de los españoles, incluso era
decisiva para Colón.
Moctezuma da muestras de lo que, a nuestros ojos, puede parecer una fatal abertura
de espíritu en el momento de los conflictos religiosos (en realidad se trata de
otra cosa): cuando Cortés ataca sus templos, trata de encontrar soluciones de
compromiso.
Pero si dios tiene tantos nombres y tantas imágenes, es porque cada una de sus
manifestaciones y de sus relaciones con el mundo natural está personificada, sus
diferentes funciones están distribuidas entre otros tantos personajes diferentes.
El dios de la religión azteca es uno y múltiple a la vez. Eso hace que la religión
azteca encuentre fácil acomodo para la adición de nuevas divinidades, y sabemos
que, justamente en tiempos de Moctezuma, se construyó un templo destinado a acoger
a todos los dioses «otros»:
El proyecto había de realizarse, y ese asombroso templo funcionó durante los años
anteriores a la conquista. No ocurre lo mismo entre los cristianos, y la negativa
de Cortés se desprende del espíritu mismo de la religión cristiana: el Dios
cristiano no es una encarnación que pudiera agregarse a las demás, es uno de manera
exclusiva e intolerante, y no deja ningún lugar a otros dioses;
Este hecho contribuye no poco a la victoria de los españoles: la intransigencia
siempre ha vencido a la tolerancia.
indican claramente en qué sentido se debe entender ese igualitarismo de los
primeros cristianos: el cristianismo no lucha contra las desigualdades
La segunda diferencia proviene de las formas que adopta el sentimiento religioso
entre los españoles de esa época
el Dios de los españoles es más bien un auxiliar que un Señor, es un ser al que,
más que gozar de él, se usa
el objetivo de la conquista es extender la religión cristiana; en la práctica, el
objetivo religioso es uno de los medios que aseguran el éxito de la conquista: fin
y medios han intercambiado sus lugares.
Los españoles sólo oyen los consejos divinos cuando éstos coinciden con las
sugerencias de sus informantes o con sus propios intereses
Este papel subordinado, y en última instancia limitado, del intercambio con Dios es
sustituido por una comunicación humana en la cual el otro será claramente
reconocido
Los españoles llaman «mezquitas» a todos los primeros templos que descubren, y la
primera ciudad que ven durante la expedición de Hernández de Córdoba será llamada,
según nos dice Bernal, «el Gran Cairo».
Cabe incluso preguntarse en qué medida toda la flexibilidad mental necesaria para
llevar a cabo la conquista, y de la que dan pruebas los europeos de entonces, no se
debe a esta situación singular, que los hace herederos de dos culturas: la
grecorromana por una parte, la judeocristiana por la otra
La civilización europea de entonces, más que egocéntrica, es «alocéntrica»: hace
mucho que su sitio sagrado por excelencia, su centro simbólico, Jerusalén, no sólo
es exterior al territorio europeo sino que está sometido a una civilización rival
(la musulmana). En el Renacimiento, a este «des-centramiento» espacial se añade
otro, temporal: la era ideal no es el presente ni el porvenir, sino el pasado, y un
pasado que ni siquiera es cristiano: el de los griegos y los romanos. El centro
está en otra parte, lo cual abre la posibilidad de que el otro, algún día, se
vuelva central.
zoológico de Moctezuma.
Esta institución, que los españoles admitieron a su vez (no existían zoológicos en
Europa),
Se puede decir que el hecho mismo de asumir así el papel activo en el proceso de
interacción asegura a los españoles una superioridad indiscutible. Son los únicos
que actúan en esa situación; los aztecas sólo buscan mantener el statu quo, se
conforman con reaccionar. El hecho de que son los españoles los que han cruzado el
océano para encontrar a los indios, y no a la inversa, anuncia ya el resultado del
encuentro: los aztecas tampoco se extienden a la América del Sur ni a la América
del Norte. Es impresionante ver que en Mesoamérica son precisamente los aztecas los
que no se quieren comunicar ni quieren cambiar nada de su vida
La razón de esos gestos es precisamente el deseo de Cortés de controlar la
información recibida por los indios
En cuanto a los mensajes que les dirige, también obedecen a una estrategia
perfectamente coherente. Para empezar, Cortés quiere que la información recibida
por los indios sea precisamente la que él les envía; por lo tanto, destilará con
gran prudencia la verdad en sus propias palabras y será particularmente despiadado
con los espías: hace cortar las manos de los que atrapa. Al comienzo, los indios no
están seguros de que los caballos de los españoles sean seres mortales: para
mantenerlos en esa incertidumbre, Cortés hará enterrar cuidadosamente los cadáveres
de los animales muertos, en la noche que sigue a la batalla. Recurre a varias
estratagemas más para disimular sus verdaderas fuentes de información, para hacer
creer que lo que sabe no viene del intercambio con los hombres, sino con lo
sobrenatural.
El comportamiento de Moctezuma era contradictorio y revelaba el estado de
indecisión en el que se encontraba el emperador azteca, cosa que iba a ser
explotada por sus adversarios. El comportamiento de Cortés a menudo es igualmente
contradictorio en apariencia; pero esa contradicción es calculada, y su finalidad
(así como su efecto) es enredar el mensaje, dejar perplejos a sus interlocutores.
Las maniobras de Cortés tienen dos destinatarios: los de Zempoala y Moctezuma.
Las cosas son más complejas en lo referente a Moctezuma. Éste sabrá, por una parte,
que sus enviados han sido maltratados gracias a la presencia de los españoles;
pero, por el otro, que han salvado la vida gracias a esos mismos españoles. Cortés
se presenta como enemigo y como aliado al propio tiempo, lo cual vuelve imposible,
o en todo caso injustificable, toda acción de Moctezuma en su contra. Por ese gesto
impone su poder, al lado de Moctezuma, puesto que éste no puede castigarlo.
En forma general, Cortés es un hombre sensible a las apariencias. Cuando lo nombran
a la cabeza de la expedición, sus primeros gastos son para comprarse un traje
imponente.
Cortés tiene fama de hablar bien: sabemos que de vez en cuando le ocurre escribir
poesía, y los informes que envía a Carlos V muestran un notable dominio del idioma.
También se preocupa por la reputación de su ejército, y contribuye muy
conscientemente a hacerla.
Su táctica militar predilecta —puesto que hace creer que es fuerte cuando es débil—
será simular debilidad precisamente cuando es fuerte, para atraer a los aztecas a
emboscadas mortíferas.
A todo lo largo de la campaña, Cortés manifiesta su gusto por las acciones
espectaculares, con plena conciencia de su valor simbólico. Por ejemplo, es
esencial ganar la primera batalla contra los indios; destruir sus ídolos al primer
desafío de los sacerdotes, para mostrar que se es invulnerable; ganar en el primer
enfrentamiento entre bergantines y canoas indias; quemar determinado palacio
situado en el interior de la ciudad para mostrar lo poderosa que es la fuerza de
avanzada; subir hasta arriba de un templo para que todos lo vean.
Sabemos, por los relatos de los aztecas, que esos montajes teatrales no dejaban de
tener su efecto
Esa conducta de Cortés hace pensar irresistiblemente en la enseñanza casi
contemporánea de Maquiavelo. Evidentemente no se trata de una influencia directa,
sino más bien del espíritu de una época que se manifiesta tanto en los escritos del
uno como en los actos del otro;
Más generalmente, en el mundo de Maquiavelo y en el de Cortés, el discurso no es
determinado por el objeto que describe, ni por su conformidad a una tradición, sino
que se construye únicamente en función de la meta que quiere alcanzar.
No será la primera vez que los conquistadores españoles exploten los mitos indios
en su propio beneficio. Pedro Mártir ha dejado constancia de
Los españoles, a quienes les falta mano de obra y que no logran encontrar
voluntarios, toman rápidamente el mito y lo completan en beneficio propio.
Ahora bien, los relatos indígenas de la conquista, especialmente los recogidos por
Sahagún y Durán, nos dicen que Moctezuma cree que Cortés es Quetzalcóatl que ha
vuelto a recobrar su reino; esta identificación sería una de las razones
principales de su falta de resistencia frente al avance de los españoles.
La idea de una identidad entre Quetzalcóatl y Cortés existió efectivamente en los
años inmediatamente posteriores a la conquista, como lo muestra también el súbito
renacer de la producción de objetos de culto relacionados con Quetzalcóatl.
Seguramente hay una fuerza que debe haber intervenido para apresurar esta
transformación del mito.
Esa fuerza tiene un nombre: Cortés. Él operó la síntesis de varios datos. La
diferencia radical entre españoles e indios, y la ignorancia relativa de otras
civilizaciones por parte de los aztecas, llevaban, como hemos visto, a la idea de
que los españoles eran dioses. Pero ¿qué dioses? Ahí es donde Cortés debe haber
proporcionado el eslabón faltante, al establecer la relación con el mito un tanto
marginal, pero perfectamente inscrito en el «lenguaje del otro», del retorno de
Quetzalcóatl. Los relatos que se encuentran en Sahagún y Durán presentan la
identificación Cortés-Quetzalcóatl como algo que se produce en la mente del propio
Moctezuma. Pero esta afirmación sólo prueba que, para los indios de la época
posterior a la conquista, el asunto era verosímil, y en eso debe haber descansado
el cálculo de Cortés, que trataba de producir un mito perfectamente indio.
Así pues, sin que podamos estar seguros de que Cortés es el único responsable de la
identificación entre Quetzalcóatl y los españoles, vemos que hace todo lo que puede
para contribuir a ella. Sus esfuerzos se verán coronados por el éxito, aun si la
leyenda todavía ha de sufrir algunas transformaciones
Al comparar los relatos de la conquista, tanto indios como españoles, descubrimos
aún ahora la oposición entre dos tipos de ideología bien diferentes. Tomemos dos
ejemplos, entre los más ricos: por un lado, la crónica de Bernal Díaz; por el otro,
la del Códice florentino, recogida por Sahagún. No difieren por su valor
documental: ambas contienen una mezcla de verdades y errores. Tampoco difieren por
su calidad estética: ambas son conmovedoras, hasta llegan a turbarnos. Pero no
están construidas de manera semejante. El relato del Códice florentino es la
historia de un pueblo contada por ese mismo pueblo. La crónica de Bernal Díaz es la
historia de ciertos hombres contada por un hombre.
Pero todos aparecen en los últimos capítulos, después de la caída de México, como
si el derrumbamiento del imperio hubiera sido acompañado por la victoria del modo
narrativo europeo frente al estilo indígena: el mundo de la posconquista es
mestizo, tanto en los hechos como en las formas de hablar de éstos.
Podríamos proseguir en el plano de la imagen esta comparación de las modalidades de
la representación. Los personajes representados en los dibujos indios no están
individualizados interiormente; si deben referirse a una persona en particular,
aparece al lado de la imagen un pictograma que la identifica. Toda idea de
perspectiva linear y, por lo tanto, de un punto de vista individual, está ausente;
los objetos se representan en sí mismos, sin interacción posible entre ellos, y no
como si alguien los estuviera viendo. El plano y el corte se yuxtaponen libremente:
así por ejemplo, un dibujo
El comportamiento semiótico de Cortés es característico de su lugar y de su época.
En sí, el lenguaje no es un instrumento unívoco: sirve tanto para la integración en
el seno de la comunidad como para la manipulación del otro. Pero Moctezuma otorga
la primacía a la
la comunidad como para la manipulación del otro. Pero Moctezuma otorga la primacía
a la primera función y Cortés a la segunda.
Así pues, los españoles son quienes habrán de instaurar el náhuatl como lengua
indígena nacional en México, antes de llevar a cabo la hispanización; son los
frailes franciscanos y dominicos los que habrán de lanzarse al estudio de las
lenguas indígenas y a la enseñanza del español.
«Siempre la lengua fue compañera del imperio».