Juan Eugenio Blanco
RUSIA
NO ES
CUESTION DE UN DIA...
TEMAS DE ESPAÑA ANTE EL MUNDO
TEMAS DE ESPAÑA ANTE EL MUNDO •
JUAN EUGENIO BLANCO
RUSIA N O ES
CUESTION DE UN DIA...
ESTAMPAS DE LA DIVISION AZUL
Prólogo de Agustín A zn a r
Ilustraciones de Blanco del Pueyo
i *
PUBLICACIONES ESPAÑOLAS
MADRID
1 9 5 4
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Sucesores de Rivadeneyra, S . A .— Paseo de Onésimo Redondo, 20.— Madrid.
P R O L O G O
Juan Eugenio Blanco nos ofrece en estas páginas que vais a leer
una evocación de la campaña de la División Azul en tierras de Rusia,
y su narración ha de constituir con toda seguridad, para cuantos la vi
vimos, un magnífico archivo de los recuerdos de aquellos largos e inter
minables dias que transcurrieron bajo los ardores del estío o entre la
nieve de los largos y desoladores inviernos.
Pero lo más importante es que todas las páginas de estos relatos
son historia pura, vivida y sufrida día a día, y escrita bajo la impresión
cálida y ardiente en el mismo escenario de la acción.
No pretende, por tanto, nuestro camarada Eugenio Blanco servirnos
una composición literaria nacida con premeditado afán de lucimiento,
sino un relato en forma de reportaje, en lenguaje intimo, voluntaria
mente desprovisto de aderezos retóricos que pudieran falsear el encanto
de su autenticidad.
E s, sencillamente, la irrefrenable expansión del alma de un divisio
nario, trasladando a letras de molde todos los recuerdos captados en
las tierras lejanas y duras donde luchó con su división.
El propio autor dice en uno de sus artículos que él no ha inventado
ni descubierto nada, pero hay que reconocer que ha sabido recoger con
fina sensibilidad y con ágil pluma muchos de los dramáticos matices
de esta aventura y que, además, ha sabido captar la fuerte seducción
de la tierra rusa y señalar la gran diferencia que existe entre la juven
tud educada por el comunismo, sin otros conocimientos de la Geogra
fía, la Historia y de la misma vida que los que quisieron darle a conocer
sus dirigentes, y la fuerte espiritualidad de la masa adulta y campesi
na, que, a pesar de treinta años de materialismo, ha sabido sobrenadar
del gran naufragio espiritual y continúa cada noche rezando ante sus
iconos, llena de esperanza y fe.
Esta es una historia pequeña y parcial en cuanto a su contenido,
como su mismo autor indica; pero días llegarán en que estas historias,
pequeñas y parciales pero auténticas y llenas de emoción y recuerdo, se
junten al fin para explicar a los españoles y al mundo entero la impor
tancia capital que en aquel momento, y en todos, tuvo la presencia de
los españoles en tierras de Rusia.
No soy quién para juzgar el valor literario de esta obra, y sólo la
cordial camaradería y la petición de su autor me hacen escribir estas
líneas. Pero lo hago con gusto, porque todos los que allí estuvimos po
dremos recordar— vivir de nuevo un poco— las horas de vida intensa
de los divisionarios, en las que se iban entremezclando a cada paso el
ardor del combate, el dolor, la alegría y la nostalgia de las cosas que
ridas y lejanas; y también esa anécdota que envuelve las más grandes
epopeyas, tal vez para hacerlas asequibles y vivas, y poderlas guardar
para siempre en el dulce recuerdo.
A g u s t ín A znar G erner . *
(De la segunda compañía divisionaria de Antitanques.)
Madrid, enero de 1952.
EXPLICACION
Esto, como podrán advertir los lectores, no es un libro metódica
mente escrito; ni siquiera es un relato que se desarrolla con arreglo a
un plan determinado. Es lo que dice el título: una serie de “ estampas”
sin nexo apreciable, sin lógica continuidad ni en el tiempo ni en el
asiento geográfico de su tema. El motivo de haberlo escrito es, simple
mente, la nostalgia, ese sentimiento que nos ha quedado a los que
hemos estado allí; el mismo que nos hace conversar atropelladamente,
en cuanto nos reunimos, aliviados de nuestras preocupaciones, a char
lar sobre los mil incidentes que la campaña de cada uno tuvo en Rusia;
esas charlas en las que siempre dice alguno: “ ¡Cuánto daría por volver
a ver la plaza de Nowgorod, la tierra calcinada de Possad, las abati
das piedras del Monasterio de Otensky o la impresionante llanura he
lada del limen!”
Hijas de la nostalgia, nacieron las primeras “ estampas” recién lle
gado de Rusia, a finales de 1942, y desde entonces, con una intermi
tencia que a veces es de varios años— ni mi horno particular, por
razones que no son del caso, ni el horno internacional estaban para
bollos divisionarios— , he venido publicando estas impresiones, que en
mi intención han querido ser como fogonazos aislados que iluminen en
la noche de lo ignorado— apenas se ha escrito nada serio sobre la Divi
sión Azul— algunos sectores con la parcialidad de algo acotado, pero
también con la nitidez de una impresión auténtica y directa.
Mi restringido observatorio es el que pudo tener cualquier cama-
rada de la segunda compañía divisionaria de Antitanques, y en el orden
del tiempo recoge mi mirada lo ocurrido desde el día que fuimos a
alistarnos a la Ciudad Universitaria hasta aquel en que, con unos cuan
tos camaradas heridos procedentes del hospital de Wilna, regresé a
España. Pero hay tres “ estampas” que se salen de estos límites. Una,
la titulada Lago limen; no tuve el honor de participar en los hechos
que se narran, que reconstruyo a base de datos cuya autenticidad me
consta y a través de varios camaradas que fueron protagonistas de la
/ gesta, y otras las que llamo Krasny Bor y A orillas del lsora, princi
pales escenarios de la heroica batalla que libró la División Azul en el
mes de febrero de 1943. Para la reconstrucción de estas últimas me
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valgo tanto de documentos fehacientes como de la impresión personal
de mi hermano Eduardo, que estuvo allí al mando de una compañía
de Infantería, pero que no me pudo contar hasta el final, a causa de
un tiro en la cabeza que le dieron cuando aún no había terminado el
jaleo.
Ambas excepciones tienen su razón de ser. La primera, por su re
sonancia extraordinaria, hasta el punto de que quizá sea el hecho más
divulgado de los que la División realizó. Y las últimas porque son un
tributo obligado a los magníficos camaradas que relevaron a la “ pri
mera” División, es decir, la que salió en julio de 1941 y estaba en su
mayoría en España..., o en los luceros, cuando llegó la batalla de Krasny
Bor, sin duda alguna la más importante, desde el punto de vista de
efectivos .materiales y humanos en combate, entre las que participaron
los voluntarios españoles.
Casi me da vergüenza decir que el libro no tiene la menor preten
sión literaria, porque pudiera pensarse que al afirmar esto disimulaba
un soterrado propósito. No. Creo sinceramente que basta leerlo para
cerciorarse. Yo mismo tuve que suspender, horrorizado, la revisión que
iniciaba para evitar repeticiones y “ arreglar” las cosas que me parecía
no sonaban bien..., porque no hubiera terminado nunca. Aparte de que
no sea el de escritor el destino que Dios me haya deparado, diez años
de ocho a diez horas diarias de trabajo, produciendo gran cantidad de
oficios, informes y rollos relacionados con la administración de los Se
guros sociales, me habrían esterilizado para tal menester. En este as
pecto mi único mérito es haber logrado esquivar las palabras “ citado” ,
“ referido” , “ susodicho” y otros comodines semejantes de la inefable
burocracia. Además, el haber rectificado la “ literatura” de las estampas
sería una descortesía para quienes ya las leyeron, algunas de ellas pu
blicadas hace bastantes años.
Lector: si no eres divisionario, informarte; si lo eres, hablar con
tigo, recordar. Sólo por esos dos motivos se encuaderna este libro.
EL C U A R T E L DEL IN FAN TE DON JUAN
Unos días después del “ Rusia es culpable” bajaba hacia la Mon-
cloa en un “ 49” para presentarme en el cuartel del Infante Don Juan,
donde se hacía la concentración de los divisionarios madrileños. Iba
muy orgulloso de que, sin recomendación de nadie, me hubiesen lla
mado de los primeros en la Ciudad Universitaria e incluido en la se
gunda compañía divisionaria de Antitanques, unidad codiciadísima por
todos los camaradas.
ti
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Me tocó en el asiento de al lado un hombretón ancho de espaldas,
rubio, con lentes, un típico homo cualunque univesitario, que, al ad
vertir en mi camisa la calavera de los antitanques, me dijo que él iba
a ver si también podía lograr ser incluido en mi compañía. Yo me
creí en la obligación de farolear un poco: era «muy difícil, selecciona
ban mucho a la gente, ya estaba completa, iban en ella Agustín y todos
los excepcionales camaradas de la Vieja Guardia, etc., etc. Mi compa
ñero de pequeño viaje insistía humildemente en que trataría de conse
guirlo. Cuando llegamos al cuartel y entramos en la nave donde la
compañía estaba en embrión fui yo el que me sentí más cualunque
que nadie al ver cómo todas las jerarquías militares y de la Falange
le abrazaban. Mi acompañante del tranvía era nada menos que Enrique
Sotomayor; aquella lección fué la primera que de él recibí.
Muchos camaradas de la segunda de Antitanques —especialmente
los procedentes de la centuria de balillas— no tenían más idea de la gue
rra que la que el cine podía haberles dado y hacía gracia escuchar sus
conversaciones; sobre esto recuerdo que Ferrer, cuando llegamos a
Possad en un excepcional momento de calma, dijo muy escéptico: “¿V
así es el frente? Yo creía que el frente era como una cortina de humo,
pólvora, metralla, luces, cascotes, obuses, incandescente siempre como
un volcán en erupción.” Al poco rato ya tenía todo lo que imaginaba y
no había quien le convenciese de que la guerra, tanto y más que aque
llo, eran las horas de tranquila centinela, los días y los días sin pegar
un tiro, las descubiertas sin encontrar a nadie, el tiroteo tonto y ais
lado. Sólo en casos excepcionales— Possad fué uno de ellos—era la
guerra como creía Ferrer.
La mayoría de los flamantes antitanquistas, en el cuartel del In
fante Don Juan, tenía de un cañón anticarro la misma noción que de
un megaterio. No regateamos nuestra admiración por los diez o doce
cabos voluntarios, procedentes del Ejército, que manejaban el antitanque
que teníamos de muestra como si fuera un juguete. Tampoco había
experiencia cuartelera, y más de uno se negó a hacer “ imaginaria” sin
saber lo que era, pero pensando, un tanto vagamente, en un fantasma
blanco recorriendo el pasillo central que quedaba entre las dos hileras
de camas, en los grandes pabellones.
Eran dignas de verse y oírse las clases de “ Teórica” que nos dieron
unos cuantos días los sargentos profesionales voluntarios. En un corro
formado por Agustín Aznar, Enrique Sotomayor, Alfredo Jiménez Mi
llas, Muñoz Calero y varios camaradas más de la Vieja Guardia el sar
gento repetía, incansable, su lección de divulgación histórica, tantas
veces dada a los reclutas: “ El Ejército es el defensor de la P atria...”
Todos nos sumergíamos con recogimiento en un baño de humildad y
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hasta sacábamos del atolladero al sargento si alguna frase no le salía
redonda.
Con la ingenua fanfarronería de los soldados de todos los tiempos
se improvisaron canciones rápidamente:
“ Rusia es cuestión de un día
para nuestra infantería;
pero acabaremos antes
gracias a los antitanques.”
Meses más tarde algunos “ pesimistas” cambiaron la letra por otra,
que intercalaba un “ no” en el primer verso y decía después:
pero palmaremos antes
gracias a los grandes tanques.”
Veteranos de la guerra española remozaban los antiguos estribillos
y los ex legionarios demostraban demasiado ostensiblemente aquello
de que
“ A la Legión le gusta mucho el vino...”
Entre las canciones me queda en la memoria una que siempre can
taba Fernández de Córdoba— oficial en la guerra española, soldado
en la División Azul— con esta letra delirante
“ De la Artillería tenías que ser,
de Caballería también puedes ser,
pero nunca de los Antitanques,
que son la caraba de la presumir.”
Hay que reconocer que nuestro paso por el cuartel del Infante Don
Juan no fué precisamente el que pudiera prescribir un Manual del buen
soldado. Dislocamos la vida normal de aquellos pabellones y patios, y
a la estructura cotidiana de puestos de guardia y retenes le era difícil
sobrenadar en aquella barahunda de divisionarios que entraban y sa
lían, algunos de ellos sin más encuadre en unidad concreta que la que
ellos formaban consigo mismo. (Luego se metieron clandestinamente
en el tren que nos llevó a .Francia). Fuera, festoneaban la cuesta que
bordea la Moncloa madres, novias, hermanas, que apuraban las últi
mas horas de convivencia con los suyos y justificaban los cuentos de
que nos servíamos para salir del cuartel fuese como fuese.
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 9
“ Yo me he alistado para pegar tiros en Rusia, no para hacer el
quinto en Madrid.” ¡Cualquiera convencía a los bisoños voluntarios
que la mejor manera de aprender a pegar tiros era aquel “ hacer el
quinto” !
NOS VAM OS A RUSIA
Se terminaron ya las jornadas de impaciencia— ¿Cuándo salimos?—
del cuartel del Infante Don Juan. Ya estamos en marcha hacia la gran
empresa y en todos los rostros se refleja la satisfacción que esto nos
causa.
Entre nosotros se ven jerarquías de la administración y el gobier
no del Estado; las más de las veces con un simple uniforme de volun
tarios; soldados rasos de esta Cruzada que nos ofrecen su ejemplo en
el servicio. En la Compañía en que vamos encuadrados — Divisionaria
de Antitanques— vienen dos Palmas de Plata de la Falange. Y algunos
más con distintivos de recompensas que un día impusiera el mismo José
Antonio. También dos Medallas Militares individuales; el sargento
Maximino Pérez, que en la cota 1.597, en el frente de Teruel, se man
tuvo con su carro dentro de las líneas enemigas durante más de una
hora, colaborando eficaz y heroicamente en el logro de un objetivo, y
el cabo Fernández Briones, t^ue durante los ataques rojos a Sierra Tra
pera, en enero del 39, recuperó él solo una posición, enarbolando una
bandera y haciendo huir a los rojos con bombas de mano. La mayor
parte de los componentes de la Compañía — que manda uno de los más
prestigiosos oficiales que lucharon en nuestra guerra— son ex com
batientes y camisas viejas. Un oficial se dirige a su sección: ¡Muchachos,
entre nosotros hay dos Medallas militares; para que no nos den envi
dia, vamos todos a por una!” En otras compañías no es raro encontrar
caballeros laureados. Se comprende que el general Muñoz Grandes haya
dicho que es un placer mandar tropas como las que integran esta Di
visión Azul.
Ya está la Falange en su elemento: ahora volvemos a encontrar
el verdadero acento de nuestro himno. ¡Qué diferente este Cara al sol,
cantado sobre la marcha, camino de la trinchera, a aquellos otros de
los actos civiles de protocolo!
Ya está la Falange en su puesto anhelado; otra vez al viento sus
canciones de guerra y de esperanza; otra vez manos femeninas pren
diendo de nuestras camisas azules medallas y escapularios; otra vez
la emoción de la despedida en todas las estaciones. A todas horas del
día y de la noche, aun en los pueblos más pequeños, la gente sale a
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decirnos su adiós emotivo. España está consciente de la transcenden
cia de nuestra misión.
En seguida se improvisan canciones que aluden a la División o
a las distintas Armas que la componen. La compenetración entre ofi
ciales, clases y voluntarios es absoluta. La más cordial camaradería
dentro de la disciplina más exacta.
Ya en la frontera, la inevitable nostalgia que produce el abando-
donar la Patria se traduce también en canciones:
“ Adiós, adiós, España;
España de mi querer, mi querer...”
Pero no; a España no la dejamos. Se viene con nosotros, somos
nosotros, la llevamos con nosotros. La llevamos en vilo, con todo el
impulso de nuestra fe falangista, para enaltecerla, para cumplir la
vieja y constante consigna de ¡Arriba España!
DIAS DE G R A FEN W üR H
Van llegando los camaradas de la División Española de Volun
tarios a este lugar de Alemania donde nos estamos concentrando. To
dos vienen encantados del recibimiento que les han hecho en los pue
blos del trayecto por el territorio alemán, y coinciden en afirmar que
es Karlsruhe la ciudad donde más cariñosamente se les ha tratado.
Nuevamente cunde entre los ex combatientes de la Cruzada espa
ñola la fiebre de las madrinas de guerra. Se han brindado gentilmente
a ejercer este cometido infinidad de simpáticas muchachas ale
manas, con ias que nos entendíamos valiéndonos de la mímica y unos
manuales de conversación, que muchas veces nos sacan de apuros; los
camaradas que saben alemán son unánimemente envidiados, y lamen
tamos el haber concedido tan poco interés a este idioma cuando es
tudiamos el Bachillerato.
Refrena nuestra natural impaciencia de encontrarnos en el frente
el convencimiento de que necesitamos instruirnos sobre ios últimos ade
lantos en armamento experimentados en los campos de batalla de casi
toda Europa; ponemos el alma en aprendernos todo lo más pronto po
sible. Y, aunque no son muchos los días que llevamos de instrucción;
podemos decir con orgullo que la División Azul ya está perfectamente
a punto para el combate.
Nos llegan los periódicos de España, y nos abalanzamos a ellos
para enterarnos de lo que sucede en nuestra Patria. Los que se refie-
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ren a los actos del 18 de julio y al formidable discurso del Caudillo
pasan de mano en mano y son leidos con ansia. Observamos el in
terés con que en España se considera cuanto a nosotros se refiere y
nos sentimos orgullosos de representarla más allá de sus fronteras.
Es corriente el caso de varios hermanos que han venido volunta
rios en la lucha contra el comunismo; destaca entre ellos el de los her
manos Patiño, los cuales son cinco, encuadrados en la División Azul.
Hacemos vida castrense, de campamento. Es una manera de re
cuperar energías, físicas y morales; vemos muchachos a quienes había
arrastrado la vorágine de la vida frívola de Madrid soportar alegre
mente las incomodidades de una instrucción militar intensiva, sin más
preocupación que la de no desmerecer a los ojos de los intructores. Y
a fe que éstos se maravillan de la rapidez y perfección con que nos
hemos puesto al corriente de todo.
Nos despierta a las seis nuestra clásica diana. Inmediatamente nos
levantamos, y todo el mundo a la ducha. Desayuno, instrucción, des
canso y comida. Nuevo descanso, instrucción, cena y paseo. Al anoche
cer se reúne la compañía, y, después de pasar lista y darse lectura
a la orden, estremecemos el aire con las notas de nuestro Cara al sol,
tensos y firmes los brazos en alto.
El buen humor reina en el campamento de una manera franca. El
día transcurre entre inofensivas bromas y jovialidades de los camara
das voluntarios.
Y , ante todo y sobre todo, tenemos el pensamiento en España y su
destino. Para contribuir a realizarlo la División Azul espera con emo
ción una orden de su general Muñoz Grandes.
G R A F E N W Ó R H
La segunda compañía divisionaria de Antitanques llegó a Grafen-
worh exactamente el día de Santiago de 1941. Nos causó una impre
sión enorme el ver una “ ciudad de los soldados” en la que los cuar
teles, diseminados entre inmensas arboledas, parecían casas de mu
ñecas, construcciones de papel y tacos de madera de los juegos de ni
ños. Casi nos parecía una “ Jauja militar” con sus cines gratis fun
cionando constantemente— ¿quién no sabía la música de Marika Rok
en “ Gasparone”— , con sus cantinas— ¡aquéllas gentiles cantineras!—
prodigando jarras de cerveza a cambio de unos miserables pfenings, con
sus varietés— también gratis, naturalmente—de sesión continua, donde
disculpábamos los chistes alemanes, que ninguno entendíamos, absor
tos en la grácil silueta de las anónimas vedettes militarizadas.
Era bonita Grafenwórh, con sus calles amplias y limpias, afortuna-
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damente abiertas al tráfico civil, por las que de vez en cuando cruzaba
rápidamente alguna monja en bicicleta, que nos dejaba un tanto asom
brados (entonces no habíamos visto todavía a Ingrid Bergman bo
xeando con hábito impecable ni a Bing Crosby cantando slow con so
tana).
Empezamos a “ pringar” desde el mismo día que llegamos. Nues
tra compañía quedó alojada en tres o cuatro bloks: estaba casi toda
compuesta por falangistas de la Vieja Guardia madrileña; entre ellos,
cabo el que más, Alfredo Jiménez Millas, Agustín Aznar, Armando Mu
ñoz Calero, Enrique Sotomayor, Alvaro de Laiglesia, Dionisio Ridrue-
jo y una buena parte de la centuria de balillas que al fin hubo que traer
pórqUe no había manera de sacudirnos en la Ciudad Universitaria a
ios jóvenes camaradas que harían su bautismo de fuego antes de que
la tan ansiada barba hombrease su rostro; ellos fueron los que empe
zaron a romper la uniformidad de la vestimenta poniendo en la gue
rrera, sobre el bolsillo derecho, la calavera que llevan en España las
tropas antitanques.
El día en que nos entregaron el equipo nos costó algún esfuerzo
averiguar el objeto de ciertos utensilios; la mantequera era tan bo
nita que daba pena mancharla de grasa y la bolsa para meter una
especie de capuchón antigás parecía especialmente adecuada para archi
vo de correspondencia.
Para la mayoría de nosotros el único contacto con los antitanques
había sido llevar varios hasta El Pardo, en nuestras prácticas de Ma
drid. Por eso nos pusimos muy contentos cuando, a los pocos días
de estar en GrafenWórh, llegó aquel en que nos iban a entregar las
piezas. Por el camino habíamos contemplado el magnífico despliegue
del ejército alemán y se nos iban los ojos tras las orugas rápidas y los
coches de seis ruedas que remolcaban los antitanques y llevaban la
munición. Pero se nos cayó el alma a los pies cuando, dispuestas las
dotaciones delante de su pieza, se llevó cada una su cañoncito arras
trándolo por el más primitivo procedimiento de tracción; en fin, como,
de todos modos, lo que se trataba de demostrar eran las ganas que te
níamos de pegar tiros cuanto antes, emprendimos un alegre trote arras
trando los antitanques con las correas cruzadas al pecho y haciendo
de esta forma las evoluciones que quisieron nuestros oficiales y los
monitores alemanes. El “ sistema” continuó durante todo el período de
instrucción, hasta que un día cruzó por el campamento la buena nueva
de que nos iban a dar coches. Y ahora sí que nos quedamos perfec
tamente satisfechos, pues los coches no eran de rígidas líneas milita
res, sino magníficos automóviles nuevecitos, muchos de ellos con radio
y calefacción, recién requisados en la dulce Francia. Aquellos “ haigas”
—valga el anacronismo— habían sido llamados a filas y detrás se Ies
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había acoplado inexorablemente un soporte para tirar de las piezas
y los depósitos de munición. Esto era otra cosa! (Bien ajenos está
bamos de lo caro que habíamos de pagar aquel lujo; cuatro meses
después hubiéramos dado cualquier cosa por una oruga, único medio
— la tracción animal aparte— de arrastrar los cañones en la nieve y el
fango.)
A mi pieza le tocó un Hudson Terraplane, modelo 1941, que re
mordía la conciencia ponerle detrás el antitanque. En su honor, adap
tada a la música del tango Cuesta abajo, compusimos una letra en
la que el pobre coche empezaba lamentándose:
“ A mí me revienta el frente,
me carga toda esta gente
de uniforme militar,
quiero tíos con chistera,
tanguistas en la trasera,
millonarios, borrachera,
juerga, risas, bacanal...”
Después de seis o siete días de práctica el antitanque no tenía se
cretos para nosotros; con gran estupefacción de los alemanes, poníamos
la pieza a punto en menos- tiempo que los instructores; siempre recor
daré la cara de asombro de aquellos camaradas que nos enseñaron el
manejo de los 3,7 cuando miraban detenidamente si habíamos dejado
algo mal para descalificarnos, ya que en principio no creían en nuestros
tiempos de record. Firmes los seguros, la lona en su percha, el visor
desplegado, cada cosa en su sitio... Sehr gut, musitaban mirándose
unos a otros sin reaccionar. Y cualquiera que hubiera visto aquello se
habría quedado asombrado igualmente; los alemanes, ejecutando los
movimientos con una precisión intachable, atendiendo unas voces exac
tas y rápidas; nosotros, organizando un follón espantoso de confusión
y gritos, enredados sin discriminación de funciones durante los ocho o
nueve segundos que duraba el ensayo. Parecía imposible que quedase
todo bien..., pero quedaba todo bien.
El máximo asombro se produjo el día en que hicimos nuestro bautis
mo de fuego tirando, si no a tanques de verdad, sí con balas de verdad;
los blancos eran unos tanques de cartón que avanzaban hacia nosotros a
unos 800 metros; a los primeros disparos nos cargamos todos Jos blan
cos y también el carril sobre el que se deslizaban.
En el campamento militar de Grafenworh juramos la bandera, antes
de salir para el frente, con un juramento que ya habíamos hecho ante
riormente todos; el de luchar contra el comunismo; la ceremonia, desde
el punto de vista espectacular, no fué ninguna maravilla por parte de
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nosotros, no acostumbrados a desfilar de dieciséis en fondo por la ex
planada. Pasado el momento emocionante de la jura, tomamos un poco
a broma el desfile que se hizo a continuación ante nuestro general y
varios altos jefes alemanes, que sonreían comprensivamente al advertir
nuestros esfuerzos ¡por no perder la línea, que tenía gran tendencia a la
ondulación; casi en peligro de dispersión optamos por el heroico recur
so de cogernos con disimulo de la mano— íbamos sin armas— y al fin
pudimos terminar aquello decorosamente.
* * *
Grafenwórh ha debido resistir bastante bien el paso de la guerra,
porque es hoy cuartel general avanzado de las tropas americanas de
ocupación en Europa. En los mismos cuarteles, con la misión que nos
otros hace diez años, hombres de Arkansas, y de California, de Nueva
York y de Arizona, de todos los Estados Unidos, velan las armas ante
las hordas de Stalin. También ellos, ai atardecer, entablerán una lucha
sin cuartel, pero sin sangre, para ganar la sonrisa y la atención de las
muchachas alemanas, que quiero suponer tan encantadoras como enton
ces: mejillas sonrosadas, rubias trenzas, mirada traviesa, fino talle.
Cuando las botas de los soldados americanos resuenen sobre las vene
rables maderas del puente que separa la ciudad del campamento, más
de una “ fráulein” de entonces, hoy quizá madura “ írau” en sazón, re
cordará con nostalgia la alegría y el estilo que imprimieron durante
meses, a aquel lugar de Europa, los voluntarios españoles de la Blau
División.
LA MARCHA HACIA RUSIA
A mí me da vergüenza hablar de ulas marchas” (así, en plural, por
que los divisionarios las recuerdan nítidas e indepedientes, con su
cortejo de cansancio y de incomodidades), porque yo no las hice; no
las hice, pero las vi, y por eso, aunque me sonroje, puedo hablar de
ellas. Sírvame de disculpa, ante los camaradas que pecharon con los
centenares de kilómetros en el coche de San Fernando, el hecho de que
yo no inventé los antitanques ni los vehículos destinados a transportar
los, y, sobre todo, el mal rato que pasé en más de tres ocasiones cuando,
por cualquier embotellamiento o avería en la autopista Moscú-Minsk,
tuve que soportar la mirada mixta de desprecio y envidia que dirigían
al confortable interior del Hudson que arrastraba mi pieza y llevaba a
sus servidores—un servidor entre ellos—cuantos miembros de la fiel
Infantería pasaban a nuestro lado cargados con su monstruosa impedí-
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menta, desaliñados, sudorosos y barbudos. Por más sinceridad o tea
tro que le echásemos a la mirada con que correspondíamos, mezcla de
admiración, comprensión y lástima, no enternecíamos a los aspeados
infantes; reconociéndonos “ culpables” hacíamos como si no escuchá
semos sus frases irónicas— no muy finas— dejándonos resbalar por el
asiento hasta perderlos de vista. Claro que nuestra “ diplomacia” no tuvo
éxito en alguna ocasión y los decisivos tortazos sonaron de cuando en
cuando por aquellas carreteras. De nada valía que proclamásemos que
nosotros “ éramos también Infantería” . Allí no había más Infantería que
la que llevaba ampollas en los pies. No se reconoció nuestra categoría
de “ privilegiados” infantes hasta que, ya en; el frente, los mismos in
dignados camaradas de las marchas venían voluntariamente a ayudarnos
a llevar el cañón de un lado a otro cuando para moverlo, enterrados
nosotros y él en la nieve, se necesitaban fuerzas de titán.
Las marchas fueron racionalmente inexplicables, y sólo un ejército
de españoles, de fecunda tradición en su maridaje con lo insólito, pudo
aceptarlas fatalmente, como un suceso normal, y prepararse un día en
Suwalki (Polonia) para dar un paseíto hasta Witebsk, pasando por
Grodno, Wilna y Smolensko. Total, nada; es lo que decían los prota
gonistas cuando ya se acercaban al frente, en una canción cuyo último
verso amaño para hacerla publicable:
“ Tenemos que recorrer
mil kilómetros andando,
para luego demostrar
lo que llevamos pensando.”
Sucedía esto en los meses de julio y agosto, que también en el este
de Europa son de verano, y cuando formábamos parte del ejército más
motorizado del mundo. Supongo que la explicación no será ningún ar
cano ni para el general que nos mandaba ni para gran número de divi
sionarios. Yo, desde luego, no la sé, y adopto la versión generalmente
aceptada por todos los camaradas, versión que contribuía no poco a
galvanizar su esfuerzo; los alemanes no tenían ningún interés en que
la División! entrase en fuego y pretendían que su presencia ante el ejér
cito comunista fuese “ simbólica” . Nuestro general, interpretando per
fectamente el espíritu que nos animaba, y* viendo que en corteses con
versaciones “ logísticas” los medios de transporte no aparecían nunca,
decidió, sencillamente, que nos fuéramos a pie, con lo que la voluntad
“ antisimbólica” no podía resultar más patente.
Sobre el “ simbolismo” , no de la División, sino de la compañía (se
gunda divisionaria de Antitanques), siempre recuerdo el despiste de
Viguri, un camarada madrileño que se pasó durante todo el camino di-
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ciendo que nosotros, a causa de la gran cantidad de personalidades y
jerarquías que iban en aquélla, no “ daríamos el callo” nunca. “ ¿Pero
tú crees— decía completamente convencido—que los alemanes van a
permitir que Fulano, Mengano, etc., estén en las trincheras como cual
quier soldado?” Todavía, camino de Possad, sonreía con suficiencia
pensando en un simulacro. Al poco tiempo la compañía en cuadro, cer
cados, con los rusos atacando en oleadas, un día sí y otro también, el
pobre Viguri tenía que aguantar, en medio de aquellos fregados que se
organizaban a cada momento, el choteo de todos nosotros, “ Pues sí,
hombre; tenías razón. Somos una compañía simbólica.”
Volviendo a las marchas. Como los de Antitanques recorríamos en
tres horas lo que los demás en tres días, íbamos delante, esperando a
que nos alcanzasen en cada etapa, con lo cual nuestra marcha no podía
ser ni más cómoda ni más interesante, porque encontrábamos los pue
blos “ vírgenes” , es decir, sin ninguna tropa dé ocupación, y siendo los
primeros españoles que aparecían por allí, con gran asombro de polacos,
lituanos o rusos. La “ confraternización” era cuestión de segundos, y
en los tres o cuatro días que, como máximo, parábamos en algún si
tio nos hacíamos amigos “ de toda la vida” de varias personas. Más de
uno afirmaba que se había enamorado “ de verdad” . De verdad o de
mentira, lo cierto es que no se perdía el tiempo y que, sin excepción
alguna, a los españoles, en todos los terrenos que pisábamos, se nos
trató con simpatía y cariño, en virtud de ese extraño fenómeno— que
creo merece ser estudiado rigurosamente— que nos hace ser una especie
de “ comodín universal” , que se encuentra en casa en cualquier lugar
del mundo.
PIEDZANKA
Piedzanka es, al noroeste de Grodno, uno de los últimos pueblos de
la antigua— bueno, “ antigua”, de 1918—frontera polacorrusa.
l o s Antitanques, hasta llegar al frente, éramos los señoritos de la
División: mientras los de Infantería demostraban su temple de soldados,
descendientes de aquellos gigantes que hacían marchas en América del
Atlántico al Pacífico, o en Europa desde el Tirreno al Báltico, haciendo
etapas, con toda la impedimenta, de 50 a 60 kilómetros diarios, nos
otros, cómodamente instalados en nuestros veloces turismos, les ade
lantábamos el paso, yendo en automóvil cuatro o cinco horas, para
esperarlos dos o tres días.
Los alemanes no sabían qué hacer con los magníficos coches de
lujo incautados a la gran industria automovilista francesa, y no se les
ocurrió otra cosa mejor que equipar nuestro grupo divisionario de An>-
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 17
titanques a base de ellos. Con un dispositivo detrás para uncir el cañón
o el depósito de municiones, los vehículos construidos pensando en el
paseo de los Ingleses y en los casinos de la Costa Azul, iban a ser fácil
presa de la nieve rusa y quedarían enterrados en ella, como un símbolo
de la imposibilidad del “ confort” en las tierras soviéticas. El frente no
llegaron a conocerlo; quizá algún tiro aislado o alguna bomba de sa
botaje. Pero de aquellos excelentes Peugeot, Hudson Terraplane, Re
nault 1942, y tantos oíros magníficos modelos, ninguno llegó a pri
mera línea.
El antitanque, siguiendo el coche a regañadientes, resultaba un adi
tamento extraño; nosotros, perfectamente aseados e impecablemente
vestidos, con. el equipaje bien colocado y repantigados en los amplios
asientos, no parecíamos soldados españoles; y digo que no [Link]
soldados españoles, porque los que sí resultaban la viva estampa de
ellos eran los de Infantería, con quienes tantas veces nos cruzábamos
por aquellas carreteras. Con todos los pertrechos encima, curtidos del
viento más que del sol y con varios centenares de kilómetros recorridos
a pie, sin afeitar o mal afeitados, hacían con nosotros un contraste del
que no salíamos bien parados. Más de una cosa tuvimos que escuchar,
que aguantábamos sin ninguna reacción, comprendiendo el estado de
cuerpo más que de ánimo del que nos la decía.
Nosotros teníamos la conciencia bien tranquila. En España, antes
de salir, preguntamos por las unidades de mayor peligro, y nos encua
dramos en tanques. Pero, no sé por qué dificultades, la División no iba
a tener carros de combate propios, y lo que seguía en el orden del
riesgo eran los antitanques; y allí nos fuimos.
Además, en el “ pecado” llevamos la penitencia, porque bien caro
pagamos las condiciones del viaje hacia el frente, con lo que en éste
tuvimos que hacer; sustituir con los precarios caballos de nuestros
músculos los HP. de los caballos, oxidados para siempre en las cunetas
de las carreteras rusas. ¡Con qué envidia veíamos después los rígidos
remolques que los Panzerjáger alemanes llevaban y que arrastraban
los cañones por cualquier terreno!
Pues a Piedzanka llegamos, como a todos los pueblos, primero que
nadie. La gente, perpleja cuando se enteraba de que éramos españoles,
simpatizaba pronto con nosotros; el denominador común del anticomu
nismo y la común religión católica eran los factores que salvaban cual
quier prejuicio. La gente odiaba a los alemanes tanto como a los rusos,
y captaba perfectamente la diferencia de nuestro propósito con el de
los dos bandos en lucha; se nos entregaba sin reservas, y lográbamos
cordial amistad en las cortas paradas. Yo todavía tengo confianza en
que cualquier año salga de entre nosotros un Jacques Feyder que logre
1 8 JUAN EUGENIO BLANCO
otra magnífica “ Kermesse heroica” con el argumento de aquellas an
danzas.
El caso es que Piedzanka era un pueblecito tan esquilmado por los
rusos y alemanes que apenas había algo para llevarse a la boca. Los
primeros días nuestro comandante autorizó un cartel que, con el nom
bre de “ Mercado” , en español y en polaco, invitaba a los habitanttes
del pueblo a la más primitiva operación comercial: el trueque. Huevos
y gallinas era lo más codiciado por los divisionarios; azúcar, sacarina,
caté y tabaco, lo que más apetecía entonces a los polacos. En muy poco
tiempo las dos partes habían invertido la totalidad de sus divisas.
O el racionamiento era pequeño o nuestro apetito era muy grande;
el caso es que la gente hacía frecuentes descubiertas a las casas próxi
mas para encontrar comida, y había quien venía hablando de fabulosos
“ Eldorados” gastronómicos y quien, por el contrario, regresaba famé
lico y ocultando su fracaso con alguna cantimplora de leche.
Teníamos siempre interés especial en parecemos a todo menos a
un ejército de ocupación. Siguiendo esa consigna, no forzábamos en lo
más mínimo a la población civil y conseguíamos las cosas— o dejába
mos de conseguirlas— amistosamente. Cuando por un incontrolado se
hacía alguna coacción de cualquier tipo su actitud era reprobada por
todos.
Los campesinos polacos—me figuro que, en análogas circunstan
cias “ de emergencia” , igual que los campesinos españoles, egipcios o
japoneses— ocultaban los productos de la cosecha con una perfección
que haría inútiles los esfuerzos del más experto “ detective” . Y enton
ces se planteaban las polémicas de si nos íbamos a quedar indefensos
ante su astucia, o, por el contrario, debíamos presionar sobre aquellas
gentes, aunque no fuese más que de un modo simulado. (Recuerdo que
en Udarnik, ya en el frente ruso, estuvimos varios días pasando autén
tica hambre, sin encontrar alimento por ninguna parte, y la corta visita
de un destacamento de Intendencia alemán, a raíz de una “ entrevista”
de pocos minutos con el staretz del pueblo, hizo aflorar millares de kilos
de patatas que existían en depósitos subterráneos.)
Pero a lo que iba. Un día Valero y yo, sin hacer caso de “ prejui
cios sentimentales” , en vista de que el hambre aumentaba, y estimu
lados por legendarias historias que escuchábamos, decidimos dar el
golpe. En silencio nos pusimos el uniforme completo de la Wehrmacht
y, fusil al hombro, nos fuimos alejando por un camino cualquiera.
Al poco rato llegamos a una casa, al parecer no muy explorada, y
de cuya proximidad partían ruidos que denotaban la segura presencia
de lo que para nuestro deseo no podía ser más que una vaca. En lugar
de ensayar ,1a prevista entrada en tromba llamamos un tanto enérgica
mente con los nudillos. (Lo cortés— pensamos— no quitta lo valiente.)
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 19
Nos abrió inmediatamente un polaco típico, va entrado en años, de
aspecto irremediablemente patriarcal, barba blanca, blusa hasta las
rodillas, ancho cinturón, bota alta. Haciendo reverencias y sin darnos
la espalda, nos invitó a pasar. Estábamos en una habitación rectangu
lar; amueblada pobremente, aunque con detalles en cuadros, visillos
y fotos, que hacían pensar en pasados tiempos mejores. Desde un
cuarto, separado por una cortina, se oía, de vez en cuando, una tos
seca, cascada.
Valero y yo, sin más trámite, aunque con más suavidad de lo que
tan premeditadamente habíamos proyectado, planteamos nuestra exi
gencia, que en una combinación de varios idiomas quería decir algo
no muy difícil de expresar.
—Tenemos hambre; queremos comida.
El polaco nos hablaba— en alemán, en francés, en polaco— , y nos
otros le entendíamos. Había sido una familia dichosa, con tierras y
criados; el hijo, oficial de la aviación polaca, muerto en campaña; los
rusos, y luego los alemanes, se habían llevado cuanto de valor tenían
y todo el ganac4o, dejándoles una vaca; su mujer, enferma del pecho,
se alimentaba de leche y alguna otra cosa que la caridad de los veci
nos llevaba. El se sentía honrado con nuestra visita; decía que España
era una simpática nación. No tenía nada que ofrecernos; pero, de to
das formas, deseaba que nos sentásemos.
Valero y yo no hablábamos nada. No hacíamos más que escuchar
la salmodia de nuestro anfitrión y mirarnos, de vez eri cuando, con ex
presión un tanto estúpida.
Salió un momento y volvió con un jarro de leche. De los restos de
un aparador cogió— restos de una vajilla— dos tazas de buena porce
lana. Trajo también un mantel, muy roto y muy blanco, que puso so
bre la mesa.
No tenía nada que darnos; pero— decía— no quería dejarnos mar
char sin obsequiarnos. Seguramente, por deferencia especial, sacó
de no sé dónde un trozo de pan negro, hecho de Dios sabe qué'harina.
Sin cambiar palabra entre nosotros, ya que sólo dirigimos breves
frases al polaco para darle a entender que entendíamos, Valero y yo
nos pusimos de acuerdo. El pan no lo tocamos. De la leche echamos un
poco de una taza al vaso que tapaba mi cantimplora, y bebimos varios
sorbos para demostrar al anfitrión que su invitación quedaba acepta
da. Y después, primero en una forma embarazada y luego en atrope
llado suministro, fuimos poniendo encima de la mesa sacarina, cara
melos, tabaco, margarina; le dejamos también varias docenas de mar
cos de ocupación.
20 JUAN EUGENIO BLANCO
Apenas hablamos más. Polonia y España, la guerra, el comunismo,
Rusia...
Cuando nos fuimos, el polaco, mientras nos bendecía, lloraba.
N O W AjA-M JELN ITZA
Nowaja-Mjelnitza es un poblado ruso a poca distancia del limen y
a orillas de un pequeño río que muere en el Wolchow. A buen seguro
que Nueva Miniza (así habíamos españolizado su nombre) existía an
tes que la carretera Schimsk-Nowgorod, que limitaba uno de sus car
dinales.
En Nueva Miniza acampó nuestra compañía— la segunda divisiona
ria de Antitanques— unos días antes de ir a Possad, y allí, por prime
ra vez, en forma abrumadora, se nos echó la nieve encima.
Nos alojábamos distribuidos entre las casas del poblado, y a mi
pieza le tocó una que no estaba del todo mal. Lo ocupaba solamente un
viejo matrimonio ruso que no nos molestaba, y a quien molestábamos
lo menos posible.
Mi pieza era bastante heterogénea. La componíamos entonces el
cabo Arza, fuerte muchacho de Baracaldo, mecánico de la casa Baleo
Bilco, según decía él, en radical onomatopeya, refiriéndose a la Bab-
cock & Wilcox. Valero, estudiante de Ciencias Químicas; Ferrer y
Castro, de la Centuria de balillas y recién terminado el examen de es
tado; Armela, chófer y gran caradura, y yo. Nuestro sargento era Juan
de Patiño y López de Ayala, y— también él lo decía— de los Grandes
Expresos Europeos. Patiño, sangre azul, había sido legionario en nues
tra guerra y tenía otros cuatro hermanos en la División.
El cabo Arza venía atormentándome desde el cuartel del Infante
Don Juan. Decía que, en cuanto encontrásemos al enemigo, no íbamos
a quedar en el antitanque más que el sargento, él y yo, únicos que sa
bíamos qué era eso de la guerra y llevábamos la mentalidad apropia
da para el caso. Verdaderamente, ni el aspecto ni las actitudes de nues
tros camaradas de pieza eran precisamente las que el cabo Arza con
sideraba adecuadas para una campaña. Se quejaba, fundamentalmente,
de que eran muy jóvenes, “ señoritos” por añadidura; no hablaban más
que de cine, bailes y bobadas; su mayor orgullo consistía en que Ce
lia Gámez era su madrina de guerra, y llevaban su osadía a lo que ya
el cabo Arza le parecía una auténtica profanación; a bautizar el anti
tanque con el nombre de “ Yola” . En el absurdo reglamento que
hicieron— a mí también me liaron, y, al final, hasta el cabo transigió—
se estipulaba que, para pertenecer a la pieza “ Yola” , era condición in-
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 21
dispensable el saberse por completo la letra y la música de la revista
con que allá en Madrid seguía la Gámez llenando el Eslava.
Aquel reglamento sirvió para que, en los días más duros de la cam
paña, los de “ Yola” se hiciesen populares— y a veces insoportables—
con su continuo canturreo. La pieza se redimió bien pronto de la frivo
lidad de su nombre; llegamos a quererla como si fuese un camarada
más, pues nunca falló, y, a veces, resultó providencial su actuación in
cansable. El cabo, cuando ya llevábamos varios días de jaleo, hizo pú
blica retractación de sus temores al ver cómo Armela, Castro, Ferrer y
Valero “ daban el callo” como cualquiera de nosotros.
En Nueva Miniza pasaban los días sin darnos cuenta. Estábamos
a retaguardia y teníamos que hacer pocos puestos, salvo una guardia en
el barracón donde estaban los coches y los antitanques. Sin embargo,
no dejábamos de oír el frecuente cañoneo, especialmente sobre la ca
rretera de entrada a Nowgorod. El servicio más enojoso, además de la
guardia, era ir por el rancho a través de un icamino que, abierto en la
nieve, llegaba hasta la cocina. Sorteábamos, y el que le tocaba tenía
derecho, más o menos reconocido, de ir trasladando a su marmita las
mejores tajadas.
Nos pasábamos la vida encerrados en las cuatro paredes de la
casa, la estufa siempre encendida y la temperatura tan en contraste
con la de afuera que casi siempre estábamos en mangas de camisa.
Transcurrían las horas tostando pan en el horno, escribiendo diarios,
limpiando las armas, jugando a las cartas, inventando comidas, ha
blando, pensando, leyendo. Un día de suministro extraordinario de
vodka cogió Armela una cogorza tan fenomenal que salió casi desnu
do hasta el río, y, con una sierra en medio de la pasarela que habíamos
improvisado, comenzó a cortarla; en su febril “ heroísmo”— se indignó
con nosotros cuando le sacamos de allí, ya que, por lo visto, lo que
hacía era impedir el paso de los rojos— no se daba cuenta de que cae
ría al agua helada en cuanto terminase su obra.
A Valero le explotó el cierre del fusil mientras lo limpiaba, y un
trozo de algo se le incrustó bastante hondo entre dos costillas. Se fué
al hospital. Los cuatro que quedábamos de Madrid, una noche, cuan
do ya era inminente nuestra marcha a Possad, prometimos, mano sobre
mano, ir a pie al Pilar de Zaragoza, en acción de gracias, si salíamos
bien de aquello.
De las cuatro manos que, una sobre otra, sellaron en Nueva Miniza
el compromiso, sólo las del que esto escribe quedaron ilesas. A Arme
la, en Otensky, un tiro de fusil le atravesó las dos; a Ferrer, en Udar-
nik, hubo que cortarle los dedos de las suyas, heladas, porque no pu
dimos sacarle hasta pasadas unas horas del sitio donde los rusos le ha
bían tirado con dos balazos. Y Castro, voluntario de un peligroso gol-
22 JUAN EUGENIO BLANCO
pe de mano a una de las isletas en poder de los rusos, en la cabeza de
puente de Nowgorod, perdió entero el brazo derecho, que le quedó
colgando de unos pingajos de carne, alcanzado directamente por una
granada. De todas formas, aunque nos fué llegando a todos la china,
consideramos nuestra escuadra como privilegiada de la fortuna. “ Yola”
es la única pieza de la segunda de Antitanques que conserva vivos
todos los componentes de su primera dotación.
SITNO
En honor a la verdad hay que reconocer que en Sitno la segunda de
Antitanques no hizo nada más que luchar con el miedo. Ocupada en
los primeros días de noviembre por la Infantería, la cabeza de puente
de Sitno fué la primera operación seria en que la División intervino. To
davía el Wolchow era de agua corriente; en cambio, cuando nosotros
fuimos a Sitno, que estaba asomado a la orilla derecha del río, lo hi
cimos pisando sobre el hielo que lo cubría. Al lado de la primitiva pa
sarela estuvo todo el invierno la trágica escultura de un caballo que
sólo sobresalía en medio cuerpo de la capa de hielo; había caído cuan
do aún no estaba el río completamente helado y tenía una angustiosa
expresión de impotencia.
Seguramente en alguna parte de las ordenanzas de Carlos III, o
quizá en los clásicos tratados militares, está escrito que los soldados
no han de permanecer nunca inactivos, temiendo que con ello se agos
te su espíritu bélico o incluso su capacidad física de soporte de inco
modidades. Porque la opinión general era que se nos debiera dejar
tranquilos, ya que el enemigo no se hacía ostensible y, sin embargo,
nuestros oficiales nos dedicaban continuamente al bonito deporte de
cavar trincheras, construir refugios, cortar leña, acondicionar casas
deshabitadas y más cosas por el estilo. Para nuestra desgracia, cuan
do tuvimos terminados todos estos encarguitos, que, probablemente,
de sobrevenir la guerra, nos la harían más llevadera, tuvimos que mar
charnos hacia Possad, y aquí sí que hubiéramos dado años de nues
tra vida por tener alguno de los refugios y chabolas que en Sitno de
jamos.
Otro de nuestros entretenimientos— éste ya un poco peligroso— era
el establecer contacto, atravesando la tierra de nadie que nos separaba
de las posiciones de los lados. A la derecha, a unos tres o cuatro ki
lómetros, estaban los del batallón de “ La Bernarda” , ocupando los
poblados— Tigoda, Dubrodka, Nilitkino— que con su sangre habían
ganado. A la izquierda, el reconocimiento tenía un aliciente especial,
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 23
que era el ver a nuestros camaradas de la tercera sección que dispo
nían de un pueblo— Russa—para ellos solos.
Enfrente, el bosque. El bosque de siempre, muy tupido, de pinos
enanos que, con la nieve en sus ramas, ofrecían un aspecto de postal
de Nochebuena. De tan bonito que parecía el paisaje daba una cierta
sensación irreal, de decoración de ballet. De día podía uno recrearse
tranquilamente en su contemplación, ya que sería muy expuesto para
el enemigo aventurarse por el bosque hasta nuestra vista. De noche,
cada pino era un enemigo en potencia, y los puestos de una hora se
nos hacían eternos.
El puesto que más nos reventaba a todos era el del puente. Estaba
a unos doscientos metros de las últimas casas de la carretera a Russa,
sobre un pequeño río cuya agua no pudimos ver animada. Los cambios
de temperatura producían en el hielo una especie de chasquidos, que,
combinados con el silencio y los ruidos del bosque, destemplaban los
nervios de cualquiera. Aquello no era un frente movido, pero sí era
un frente de emboscadas, y todos conocíamos los repetidos casos de
centinelas desaparecidos o muertos, cogidos sin tiempo de reaccionar.
Algunas guardias me tocaron en el puente dichoso con Alvarito de
Laiglesia, que ya llevaba La Codorniz en la cabeza. Comentando los
ruiditos que hacía la capa helada del río, fe daba por decir que eran
los cocodrilos que en él pululaban. Y nos reíamos imaginando la hi
potética escena de la presentación al sargento, después de nuestro ser
vicio, llevando atado a un cordel al más grande de los cocodrilos y co*-
municando firmes, con la seriedad ritual: “ Sin novedad en la guar
dia, mi sargento; lo único, esto” . Y señalar al saurio que, desde luego,
suponíamos domesticado.
Otros puestos me tocaban con Presmanes— pocos días después
milagroso superviviente de nueve tiros a bocajarro, cogido por parti-
sanen en el camino Schewelewo-Otenski—, que me tranquilizaba ga
rantizándome su casi absoluta sordera. Y otros con Corniero, que me
advertía lealmente que apenas veía. (Corniero se haría singularmente
célebre porque durante los más duros bombardeos de aviación, mien
tras todo el mundo buscaba una rendija subterránea en qué incrustar
se, el recorría impertérrito los pisos deshabitados, haciendo buen aco
pio de tabaco, mantequilla, embutidos y demás chucherías. A ninguno
se nos ocurría tachar de ilegal una forma de adquisición tan arries
gada.)
Por la carretera y el bosque habían quedado, diseminados, algunos
cadáveres de soldados rojos, caídos en los combates que hubo en los
primeros días de noviembre, al atravesar el río y establecer la cabeza
de puente. El frío, siempre bastantes grados bajo cero, impedía la des
composición, y no despedían hedor alguno. Quedaban corno esculturas,
24 JUAN EUGENIO BLANCO
en la misma posición en que la muerte les había llegado, y servían de
macabro punto de referencia. No eran extrañas instrucciones de este
tipo: “ Seguís la carretera hasta más allá de donde están en la cuneta
tres rusos, uno de ellos con el fusil cogido todavía. Tiráis por el ca
mino que termina en una casa que tiene dos muertos dentro, y desde
allí podéis ver a la derecha un gran edificio donde están los nuestros
metidos en ef sótano” .
Sitno era un pueblo muy pequeño, sin apenas edificación que no fue
ra de madera. No recuerdo iglesia alguna. En el suave desnivel que
había entre las casas y el río estaba el cementerio de los voluntarios
españoles muertos en la lucha contra el comunismo en aquel sector;
estaba bien cuidado, como consecuencia de la misma tranquilidad que
allí existió pasados los primeros combates.
Después de la retirada, ya con todas las fuerzas al lado de acá del
río, me llegó la postrera noticia a la que el nombre de Sitno quedaría
fijado en mi memoria. Fué al escuchar la conversación de unos zapado
res, que traían en un camión— quizá el último que pasó el río— las cru
ces que sobre cada tumba, y con el nombre del camarada muerto, sig
naban cristianamente la consumación de un acto de servicio. Cuando
los rojos ocupasen las cenizas de Sitno—que dejamos hecho una
pura llama— tendrían un motivo menos para su acostumbrado y salva
je escarnio.
POSSAD
El relevo de Possad era, sencillamente, un pasaporte a ,1a muerte;
por eso, la salvaje alegría en los que se iban era abortada por el fra
ternal sentimiento de angustia por los que se quedaban. En el gran re
troceso del 41-42, en todo el frente desde Leningrado a Nowgorod,
sólo aquella posición guarnecida por españoles había permanecido in
expugnable.
A primeros de diciembre fué el último relevo. Dionisio era de los
que se iban, y las décimas de su fiebre las observaría aquella noche al
otro lado del Wolchow. Recuerdo que el relevo se hizo en medio de
un vendaval de nieve; con un ulular del viento tan perfecto, con una
nieve horizontalmente arrastrada tan copiosa, que aquello parecía de
película. Y de película de guerra era también el continuo machacar de
la artillería, los morteros y las ametralladoras rusas— el fusil era ana
crónico en aquella avanzadilla-—: todo el suelo era tierra fresca, nue
va, en una remoción constante.
AI principio enterrábamos a los muertos; recordaré siempre el mon
tón de cadáveres, todos ellos S. E. U. de Madrid, apilados al lado
■ B Sfl !■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ ■ b ámmmtBU
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 36
del puesto de mando del comandante, que vimos los de la segunda de
Antitanques cuando entramos en Possad; fueron los de la primera de
fensa, y se creyó entonces en la posibilidad de un cementerio; más tar
de enterrábamos a los camaradas en el mismo sitio donde caían; al
final no se enterraba a nadie, embargados todos en la tarea inaplaza
ble de preparar la propia muerte. Quedaban los muertos como esta
tuas muchos de ellos sin la menor mácula; ni carroña, ni hedor, ni
buitres. Algo bueno tenía que tener el’ frío tan bajo cero. Possad era
un siniestro museo de figuras de cera en el que sólo desentonábamos
los que, vivos todavía, sosteníamos aquella posición que era leyenda
en todo el frente norte.
Porque los rusos no pudieron entrar en Possad combatiendo. Ve
nían en manadas y atacaban valientes. Possad era un pequeño labe
rinto de trincheras y chabolas en el centro de un claro de bosque con
dos kilómetros de diámetro. Y alrededor del pequeño baluarte iban
dejando sus oleadas de muertos; varais veces llegaron a infiltrarse, y
entonces la lucha era más cuerpo a cuerpo todavía. Pero no vencieron
nunca.
Volviendo al relevo. Era el día 4 de diciembre. Un Ruiz Vernacci
entraba y otro salía. El que entraba ya no saldría más. Ya me había
sonado a mí como un augurio fatal el tañido del casco de los dos her
manos, al chocar, cuando en el simultáneo encuentro y despedida se
abrazaban en la trinchera. El cuerpo de Quique quedó muy cerca del
de Sotomayor, que conservaba en su rostro la misma expresión risue
ña con que hizo toda la campaña.
Entre los que relevaban venía Agustín. Agustín era, para nosotros,
el símbolo de la primera línea de la vieja Falange. Convergían en él
nuestras miradas cuando preguntaba por el puesto más batido; y allí
se fue con su corpachón y su ametralladora.
Para nosotros no era fácil evacuar, pero salir de Possad, aunque
fuera para entrar en el infierno, nos parecía un alivio. Cuando llevába
mos andando unos quinientos metros hacia Otensky, nos remordía la
conciencia al mirar atrás; Possad era, en el claro del bosque, una ho
guera inmensa.
Parece mentira que, al final, pudiésemos dejar aquello como lo de
jamos. El día 7 de diciembre ya daba igual estar en Otensky que en
Possad. Pero Dios hizo el milagro, y, para confusión de Estados Ma
yores, la inverosímil evacuación se hizo aquella noche sin una sola
baja.
Unicamente varios de Infantería hubieron de sacrificarse, el simu
lar, momentos antes, un ataque repentino en dirección contraria a la
trocha. Nacimos en tal ocasión unos doscientos hombres supervivien
tes de más de diez unidades divisionarias. La misión de polarización de
26 JUAN EUGENIO BLANCO
fuerzas enemigas, que era el clavo de Possacl punzando en la misma
entraña del dispositivo soviético, había terminado. Y era tal la con
vicción que las seleccionadas fuerzas de choque comunistas debían te
ner sobre la imposibilidad de tomar Possad en armas, que todavía vein
ticuatro horas después de la evacuación continuaba sobre la desierta
y silenciosa posición la lluvia de metralla.
Lluvia que ya no sentíamos, contemplada y oida desde los obser
vatorios de Witriza, de Schewelewo’, de Udarnik y de Toloschino, que,
a los pocos días, eran puestos avanzados en la defensa de Nowgorod
la Grande.
DEL DIARIO DE POSSAD
De Schewelewo— Cuartel general del regimiento— al Monasterio de
Otenski hay 13 kilómetros por carretera forestal. A los lados de la ca
rretera, el bosque, muy tupido, que unas veces no es de nadie y otras
es de los rojos. Y al noroeste de Otenski, cuatro kilómetros más allá,
Possad. Possad, un claro en el bosque, avanzada de España infiltrada
en el terreno ruso. Possad, sartén cuyo mango hay que disputar a bom
bazos con los rojos todos los días.
* * *
En Possad los heridos no son graves ni leves, gravísimos ni menos
graves. Los heridos se dividen en dos clases: los que pueden andar y
los que no pueden andar. Los primeros se reúnen en grupos de 10 ó 15,
y, provistos de bombas de mano, tienen que ganarse el camino al Mo
nasterio, la etapa más dura, Son sólo Cuatro kiklómetros... ¡Pero qué
cuatro kilómteros! Se ven siempre por la carretera, en dirección al
bosque, las huellas de los partisanen, cuerpo especial de francotiradores.
* * *
Y los heridos que no pueden andar... Hay que esperar a que se
haga de noche para evacuarlos. A veces hay que dejar pasar más de
una noche. Algunos no resisten tanto. Más cruces en el cementerio, al
lado del puesto de mando.
— ¡Voluntarios para llevar los heridos hasta Otenski!
Se organiza la expedición. Camillas, trineos, mantas... En el cami
no, frecuentemente, el número de bajas aumenta.
$ * *
i
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 27
Cementerio de Possad, al lado del puesto de mando. ¿Os acordáis,
camaradas de Antitanques, cuando fuimos a reforzar a los supervivien
tes de Esparza? Habíamos reunido todos los muertos en aquella em
palizada. Estaban allí muchos amigos nuestros. La primera línea de
Possad íué, en los días de‘ noviembre y diciembre, la primera línea de
la Falange de Madrid. Y nosotros, que renunciábamos, rendidos, a picar
en el suelo para hacer nuestra chabola o refugio—la tierra helada era
granito— , los fuimos enterrando a todos, en labor de varios días, cam
biando picos y palas que se rompían contra aquella tierra pedernal.
Enterramos también una pobre panienka, último vestigio de la vida
civil del poblado, que conservaba todavía la expresión de susto por
la explosión cercana, y los dos brazos cruzados ante el rostro, en un
ademán de protección inútil.
* * *
En ocasiones, por la izquierda, se oía como un fragor lejano de
combate. Algunas veces distinguimos el ruido de fusilería. ¿Serán los
alemanes, que vienen a liberarnos?
— Es raro: por ese lado apenas nos hostiga el enemigo. Mi co*-
mandamte, ¿usted qué cree?
El comandante, sonriente, sereno, hermético, nunca dice nada.
Pero la esperanza no se pierde nunca. ¿Verdad, camarada?
* * *
En Possad apenas se fuma y casi no se come. De dormir, ni hablar.
Pero en Possad se canta. Salen las voces del fondo de las trincheras
y refugios, dominando la ventisca y las balas. Por el tono creería uno
que está de regreso en una romería vasca. Pero han cambiado la letra:
“ Los rusos creían, creían
que con alemanes se tropezarían.
Eran españoles los que había a llí...
¡Vaya un desengaño que llevó Stalin!”
Alternando con sus embestidas feroces, los rusos nos obsequian
con emisiones radiofónicas especiales. Se oyen bien sus peroratas, y
las ametralladoras buscan inútilmente el altavoz camuflado en la nieve.
El que habla lo hace en correcto castellano:
— Admiramos vuestra resistencia, tan heroica como inútil. ¿No veis
que estáis cercados? Eliminad a vuestros jefes y pasaos. Se respetarán
vuestros grados. En nuestra retaguardia hay hermosas ciudades, diver
siones. No pasaréis más frío...
28 JUAN EUGENIO BLANCO
Después suelen poner unos discos de piezas trasnochadas. El vals
Ramona lo prodigan mucho.
* * *
También nos entregan proclamas en español con las consabidas
invitaciones al pase y cuajadas de improperios contra la España que
ellos llaman de Franco, como si hubiera otra. Digo nos entregan, por
que no las> lanzan con avión ni con catapulta. Ellos mismos las ponen,
en la noche, al mismo tiempo que siembran de minas los caminos que
saben tenemos que recorrer. Literatura barata, alusiones a la retirada
de Napoleón... “ Hoy son 20 ó 25 grados bajo cero; mañana, dentro
de unas semanas, serán 40 ó 50. ¡No podréis resistir al frío ni al po
tente Ejército Rojo! Cada día serán más los morteros y cañones que
pondremos en vuestro cerco. Nadie puede venir en vuestro auxilio. No
estáis preparados para la guerra de invierno...” Nosotros comentamos
sonriendo, pero nuestros comentarios no pueden escribirse. Luego re
partimos las proclamas, guardándolas en la cartera. Con la estrella
de cinco puntas arrancada al comisario y el carnet del Partido Co
munista son un recuerdo más de la campaña de Rusia.
* * *
Sinceramente, cuando los rusos atacan, nos alegramos. Es prefe
rible el combate cara a cara, muchas veces cuerpo a cuerpo, que la
espera angustiosa del morterazo que fatalmente ha de caer en la cha
bola. En Possad no hay dos metros cuadrados de terreno que no estén
removidos por los bombardeos. Más propiamente, por el bombardeo
continuo, metódico, incesante. Cuando se recrudece algo, todos tene^
mos los nervios en tensión para saltar al primer aviso. Siempre precede
al ataque una corta e intensísima preparación artillera, que da la sen
sación de que los rojos manejan mostruosas ametralladoras. Los bom
bazos de los escuchas se confunden con los gritos de la horda. ¡Hurrah,
hurrah, Spanski kaput! Vienen en verdaderas manadas y no son co
bardes atacando. Se les siega materialmente y llegan nuevas oleadas.
En ocasiones, consiguen alcanzar algunas casas, que luego hay que
recuperar al arma blanca y metiendo las bombas por las ventanas.
Pero Possad es España en aquellos momentos. Y Possad nunca ha po
dido el enemigo tomarlo en combate.
* * *
Los ruskis, como les llamamos, al atacar suelen venir estimulados
por libaciones de vodka, que quizá les hacen más arrojados. Esos
m i ■ M M B
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 29
mismos soldados, que el poco tiempo que son dueños de una posición
aprovechan su victoria para rematar con picos y palas a sus defensores,
cuando se les hace prisioneros se arrodillan y lloran como chiquillos.
En España, los prisioneros que se cogían resultaban, siempre, ser “ de
derechas” ! En Rusia todos son ucranianos. ¡Niet kommuriist, ukranski!
Llevar un suministro a Possad “ se las trae” . Pero es una misión
para la que sobran voluntarios. Y al que llega se le recibe triunfal
mente. “ Traigo pan, tabaco y coñac, mantequilla, algo de tocino y
chocolate.” El suministro se reparte rápidamente por el pueblo sub
terráneo. Aquel día no hay que recurrir a los filetes de caballo con
gelado, muerto en los primeros combates; ni hay que buscar como
hurones patatas heladas por las ruinas de las casas. Además, vienen
noticias de Nowgorod, del Monasterio, de Koenigsberg, Berlín, España.
Porque allí, para nosotros, el mundo tiene dos partes: Possad y el
resto.
* * *
Hay dos pozos en Possad, los dos clásica y justamente llamados
de la muerte. Los rojos tienen fijado en ellos el punto de mira de
sus máquinas y al menor movimiento disparan. Los dos están como
coladores por los balazos. Hay que ir por agua de noche. Subir ras
treando y sin hacer ruido la pista de hielo que hay alrededor; con
mucho cuidado, para que no se sienta cuando choca en el fondo, ir
metiendo el cubo, la marmita, o la caja de la careta antigás. Tirar de
la cuerda— no se respira en ese momento—y emprender el regreso.
Si se hace algún ruido, si la noche no está muy obscura, si de repente
se enciende una bengala... En Possad el agua tiene un precio muy
caro.
* * *
Sotomayor siempre estaba de un humor excelente. Una de aquellas
sordas “ meditaciones ofensivas” (todos buscábamos la manera de sa
cudirnos los rusos de alrededor con alguna genial operación o efica
císima arma secreta) la interrumpió un impulsivo camarada excla
mando: “ ¡Si tuviéramos muchos lanzallamas podríamos salir al bosque
a prenderle fuego por los cuatro costados!”
Y Sotomayor, con su eterna sonrisa. “ Si salimos con lanzallamas
los rusos vendrían con los brazos extendidos a calentarse las manos,
diciendo: Jarassó, jarassó. (“ Bonito, muy bonito” ).
* * *
H liiq
30 JUAN EUGENIO BLANCO
Possad, en los últimos días, era sencillamente infernal. Ya no ha
bía superestructura en el pueblo, que no era más que un montón de
objetos calcinados. Al estampido de las granadas enemigas se unía el
de los depósitos de municiones incendiados, en una inmensa traca.
Con el resplandor de los incendios se ve perfectamente en la noche
y uno no puede moverse de su trinchera, chabola, refugio o parapeto.
Al menor intento de desplazamiento no es un fusil o una máquina lo
que pone en peligro la vida. Son seis o siete antitancazos o disparos
de mortero. Los rusos, en Possad, utilizan la artillería de pequeño
calibre para las aplicaciones que de ordinario tienen el fusil y la ame
tralladora. Y con una profusión que hace imposible toda estadística de
impactos recibidos diariamente.
La intensidad de operaciones, golpes de mano, ataques y bombar
deos fué desde el primer día tan continua, que no hubo posibilidad
humana de construir refugios seguros y confortables. En cuanto ca
bían los cuerpos, aunque fuese horizontalmente, había que cubrirlos
y dar por terminada la construcción. Era imprescindible calentarse
de alguna manera y no quedaba más remedio que encender fuego den
tro. Al poco tiempo el humo asfixiaba y había que apagarlo. El humo
se marchaba cuandos los miembros se iban quedando ateridos, y otra
vez a encender. Y así hasta que se ingeniaba un mecanismo para sa
lida del humo o se encontraba una cosa que allí no tenía precio: u«a
estufa. El calor que se acumulaba en el techo iba derritiendo el hielo,
y las gotas caían sobre nosotros. A cada momento las explosiones cer
canas, al retumbar, nos llenaban de tierra la cara y las ropas. El alum
brado era en la mayoría de los casos hilo del tendido eléctrico recui-
bierto de una capa aisladora de goma y cáñamo, que al arder daba
una débil Mamita azulada. Había que estar desenrollando constante
mente el hilo, pues la llama avanzaba más rápidamente que quisiéra
mos. Así hemos gastado kilómetros de cable.
El alojamiento en el que se puede estar de pie es un palacio. En
lamayoría hay que meterse a gatas. Para ocupar menor espacio se
duerme sentado, apoyado en los camaradas que conviven con uno.
Además del puesto de armas hay que hacer guardia para que no se
apague la estufa y desenrollar el hilo. Cada media hora hay que mo
verse para dejar pasar alguno que, a pesar de su buena /oluntad, siem
pre pisa carne.
Pues, no obstante estas condiciones de vida, en Possad se canta,
se ríe, se juega a las cartas y se escriben “ diarios” .
El relevo es una resurrección. El enlace va d~ndo la orden como
puede a la sección de Antitanques, que habrá de marchar “ a descansar”
al Monasterio. En el grupo que viene a sustituirnos llegan Agustín
y Dionisio. Luis Vernacci da e! último abrazo a su hermano Quique.
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 31
Hay una ventisca perfecta, con copos de nieve flotando horizontalmente
y aullidos del viento contra los pinos. Possad está ardiendo. Los que
llegan, naturalmente, están algo desconcertados. Agustín rompe la in
decisión. “ ¿Cuál es la ametralladora más batida?” En seguida queda
relevada la primera máquina. Consejos, advertencias, adioses. A So-
tomayor, que debía venirse con nosotros, no se le encuentra por nin
guna parte. Caminamos hacia el Monasterio, en silencio por la honda
cuneta. En la posición intermedia volvemos la vista y se nos pone
un nudo en la garganta al ver las llamaradas del incendio.
* * *
Volvemos a Possad llevando suministro y munición de antitanques.
Es de noche. Chisporrotean los restos del incendio y alguna granada,
al explotar levanta enjambres de chispas candentes. La primera
voz conocida que oímos es la de Polín: “ ¡Venga, voluntarios para re
tirar los cuerpos de Sotomayor y Vernacci!” El alma, saturada de
emociones, todavía tiene capacidad para acusar fuertemente ésta. Y
por el camino cubierto nos van explicando cómo cayeron. El dolor
es sin lágrimas ni comentarios, sin escenas ni lamentos. Es dolor solo,
intrínseco, sin más atributos.
Los muertos, en Possad, son estatuas.' El frío deja petrificados los
gestos y actitudes del último momento. Retiramos del pie, del antitan
que las estatuas de Vernacci y Sotomayor.
De nuevo, y ya para siempre, dejamos Possad.
O T E N S K Y
El Monasterio de Otensky no era, ni mucho menos, San Lorenzo
del Escorial ni San Eleazar de Pleskau. Pero sí era un típico monas
terio ruso, donde muy bien pudiera haber existido e! Padre 7osima de
los Karamazov; no en vano quedaba a muy poca distancia la Staraja
Russa, de Dostoievski.
Cuatro cuerpos de edificio, vértices de un cuadrilátero formado por
unas humildes murallas. Cuando llegamos a él ya no encontramos monje
alguno; pero sí subsistían, relativamente airosas, las cúpulas de ce
bolla dorada en sus cuatro esquinas.
Nowgorod, la Compostela de la Santa Rusia, está rodeada de mo
nasterios como el de Otensky, en un tiempo avanzadillas donde conte
ner y organizar las peregrinaciones religiosas que venían de los cuatro
puntos cardinales; avanzadillas también, y de combate, en la pasada
guerra, inmoladas casi todas — Tri-Troitzkaya, Mestelewo, Schutiny,
32 JUAN EUGENIO BLANCO
tantas más— defendiendo la vieja ciudad, que en expansión ecuménica
incluso un día fuera hanseática.
El Monasterio de Otensky no servirá hoy ni siquiera para museo
de los Sin-Dios, donde las generaciones soviéticas puedan escandali
zarse del lujo “ europeo” de las venerables casullas bizantinas. El Mo
nasterio de Otensky dejó de existir el día 8 de diciembre de 1941, el
mismo día en que dejó de ser un alcázar de españoles. Ya bien poco
quedaba de él, después del 4, cuando los rusos intentaron tomarlo en
combate por última vez.
Estaba todo barrido y sin superestructuras. El enemigo había he
cho una verdadera exhibición, mejor que preparación artillera; sentía
mos los efectos de un arma hasta entonces desconocida: el “ organillo” ,
que después ya nos sería familiar; balas de cañón disparadas con la
misma frecuencia que las de una ametralladora. Por si fuera poco, nos
visitaron unos aviones tan bonitos, tan aerodinámicos, que no parecían
soviéticos, y así lo creimos, hasta que cayeron las primeras bombas.
Era deprimente, y confortaba a la vez, el ver a nuestro comandante,
con sus oficiales de enlace de Estado Mayor, aguantando en la trin
chera como cualquier soldado. El mecanismo de la defensa era bien
simple: cercados, sin posibilidad de refuerzo, cortadas las comunica
ciones, la guarnición de Otensky no tenía más objeto que resistir el
alud hasta que quedasen alientos, y, luego, a morir con Dios.
La posición se iluminaba de noche con los “ panecitos de Stalin” ,
una especie de bengalas multicolores, de persistente duración, que nos
tiraban desde el aire, y que daban a las ruinas del Monasterio y a los
restos de sus defensores una apariencia fantasmal.
A pesar de todo, todavía teníamos, entre otras cosas, humor para
aguantar aquéllo y para cantar durante los ataques.
“ Ellos creían
que con alemanes tropezarían;
se equivocaron...
Eran españoles los que allí fueron
vaya un “ tiberio”
que allí se armó.”
Era una infantil fanfarronada; pero lo cierto es que nosotros lo can
tábamos, con su musiquilla vasca, a grandes voces, y nos sentíamos
contentos; lo que lamentábamos era que los rusos no lo entendieran,
aunque lo que sí debían entender era el poco respeto que nos producían
sus realmente serias acometidas.
Murieron muchos camaradas, naturalmente. Una sola de las bom
bas de aviación mató a dieciocho de ametralladoras y a cinco de
RUSIA NO ES CUESTION I)E UN DIA... 33
la segunda de Antitanques, y se cargó por completo uno de los vérti
ces del Monasterio.
El día 7, por la noche, los hermanos de Possad salvaban los cuatro
kilómetros que les separaban de nosotros y se decidían a proseguir
rumbo a Schewelewo. En su mayoría, sólo llevaban bombas de mano
para defenderse. Un poco más tarde nos llegó la orden de evacuar, y el
milagro de Possad se repitió con los supervivientes del Monasterio de
Otensky.
Todo el mundo en silencio por la trocha; nos precedían dos coches,
que no sé de dónde habían salido, y en los que iban los heridos más
graves. Cómo estaría la cosa que ningún herido1— y había fracturas y
desgarros de todos los gustos— se quejó en absoluto, a pesar de la
brutal forma en que los estrechábamos unos contra otros, para que
cupiesen más y evitar la problemática retirada en camilla. Entre ellos
tiramos, cuando- ya estaba en marcha el camión, el cuerpo de Jiménez
Millas, atontado a última hora por una onda explosiva.
En el dramatismo del momento, la simpática y emocionante nota
de los prisioneros rusos, que prefirieron venirse con nosotros a esperar
a sus compañeros— que entrarían al día siguiente en la posición— , a
pesar de las facilidades y hasta el consejo que les dábamos para que
se quedasen. Es inexplicable, pero así fué, y también es justo recono
cer que se portaron magníficamente, ayudando a evacuar a los heridos.
Asaltamos nuestra intendencia y rompimos, vertimos o quemamos
todo Jo que podíamos arrastrar con nosotros. Fué la única vez que
las barritas de schokolade no estuvieron racionadas y en que no hubo
necesidad de camelar a ningún furriel para que el vodka "fuese abun
dante.
Los dos camiones iban abriendo marcha, a la desesperada, y todos
pensábamos que, si ellos lograban pasar, nosotros también podríamos
hacerlo. Todavía hoy no nos explicamos cómo en el lívido amanecer
del día 8 de diciembre llegamos a la autopista helada del Wolchow.
En la guerra hay situaciones que escapan a toda lógica, y aquella eva
cuación del Monasterio y de Possad debió ser, sin duda alguna, un es-
pecialísimo favor que la Purísima nos hizo.
LA BOMBA DEL M ONASTERIO
Del Monasterio de Otensky, claro. Muchos y muy bonitos monas
terios vimos durante la campaña, pero éste se ganó la antonomasia por
derecho propio.
La compañía tenía una fisonomía especial. Iban en ella como sol
dados no pocos oficiales de la guerra de España; yo mismo había man-
3
34 JUAN EUGENIO BLANCO
dado una falange de la terecra centuria de Segovia en los primeros me
ses de la Cruzada y me encontré en el cuartel del Infante Don Juan coa
el cabo Gaspar Gil (ya para siempre Gcisparone), voluntario a mis
órdenes en aquel tiempo y que ahora no concebía el “ ser más que yo”
en la División. Pero el ejemplo más fuerte era el del cabo Aznar, du
rante nuestra guerra jefe nacional de Milicias de la Falange. Esto,
unido a la camaradería y amistad que existía con los oficiales, daba
lugar a no poca confusión entre los magníficos cabos y sargentos de
la compañía, casi todos ellos profesionales del Ejército. Recuerdo que
el sargento Gestoso manifestó en una ocasión, a raíz de un incidente
sin importancia, que él no podía seguir en una unidad “ donde los sol
dados mandaban más que los oficiales” .
El chofer que tenía la pieza de Gestoso era José Luis Méndez, que,
en cuanto acampábamos, hacía del coche su tienda y no dejaba en
trar a nadie en él..., ni a su sargento, lo que provocaba entre ambos
unas violentas discusiones de las que nos beneficiábamos, regocijados,
oyendo los argumentos de Méndez sobre la transitoria propiedad del
coche y los del sargento sobre la disciplina y obediencia a todo trance.
Gestoso era un gallego estupendo, infantil y grandullón. Fué vo
luntario a llevar el suministro a Possad cuando hacía unas horas que
había sido relevado de allí, y gracias a sus músculos pudimos traernos
un antitanque. Miraba a cada momento la hora en un formidable reloj
de oro que había comprado por varios cientos de marcos ganados al
poker, que se le daba bien. Como no se aplastaba durante un bombar
deo en Otenski, le dijimos: “ Agáchese, que le van a dar” , y él contes
tó, con fatalismo celta, que la bomba que tenía destinada le daría “ en
medio y medio” , aunque se escondiese.
Angel Loma era un camarada de la centuria de bolillas a quien el
día 3 de diciembre le dió por encontrarse pesimista. Nos dijo muy se
rio a sus amigos que no tardaría mucho en morir; escribió una carta a
una hermana monja que tenía en Italia, en la que se despedía de ella
y le hablaba de su presentimiento, y nos amargó diciéndonos fríamente
sus últimas voluntades.
Son de esas cosas raras que pasan en la vida, cuyo conocimiento
no deja de impresionarnos, y más aún cuando somos espectadores de
ellas. Veinticuatro horas después de las palabras de Loma y Gestoso,
una bomba de aviación daba literalmente “ en medio y medio” del cuer
po de este último, y por la metralla y onda explosiva de la misma mo
ría también aquél, con más de veinte camaradas.
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 35
El día 4 de diciembre me encontraba haciendo guardia en una de
las esquinas del cuadrilátero del Monasterio, al lado de “ Yola” , nues
tra pieza. El frente estaba tranquilo. Eran las cuatro de la madru
gada' y hacía un frío espantoso, Afinando el oído podían escucharse
las risas y las voces de los camaradas de un refugio que estaba a mi
izquierda, con una estufa que era una tentación. No sucedía nada, y en
un momento de debilidad me acerqué a calentarme los pies, con tan
mala suerte que precisamente en aquel instante pasaba el sargento de
vigilancia que estaba recorriendo los puestos, hacia al que me volví
apresurado cuando aún no había llegado al refugio.
Como es natural, me echó la gran bronca; aludió al abandono de
servicio frente al enemigo, recordó lo que el Código de Justicia Mili
tar preveía para tales casos y se marchó refunfuñando que ya sabía él
lo que tenía que hacer. Yo me quedé bastante fastidiado, deshojando
la margarita de si el sargento daría o no parte, en cuyo entretenimien
to se me pasó la media hora de turno.
Tenía que relevarme Mariano Ferrer, también de la centuria de ba-
lillas, que no aparecía por ninguna parte, a pesar de que ya pasaban
varios minutos de la hora. Estaba durmiendo como un pepe, con los
demás de la pieza y una sección de la cuarta de ametralladoras de Es
parza, en una de las cuatro torres del Monasterio, a diez o doce metros
de distancia del puesto. Entré allí rápidamente, lo zarandeé, pero no
había quien lo levantase. “ Considérate relevado y acuéstate” , me de
cía semidormido, intenté explicarle atropelladamente lo del sargento,
pero no me hizo caso. Tuve que apelar a un recurso “ heioico” : “ Me
vuelvo al puesto y allí estaré hasta que me releves.” A los pocos
segundos, .y pronunciando frases que no se pueden escribir, aparecía
Ferrer dispuesto a pelar su guardia.
Después de calentarme un rato las manos y los pies me acosté,
acoplado como sardina en lata, entre el sargento Patiño y el cabo
Arza, mis superiores inmediatos en la compañía, que refunfuñaron al
sentirme con Jas lindezas de costumbre. Estábamos en aquel cuarto
cuadrado unos cuarenta hombres distribuidos por mitad a cada lado,
en forma que entre los pies quedaba un pequeño pasillo, al final del
cual había una estufa.
La aviación rusa pasaba todas las noches, y ya oíamos como quien
oye llover el zumbido de los motores, el silbido de las bombas por el
camino y el ruido de la explosión. La postura en que estábamos,
durmiendo pegados al suelo, era la ortodoxa, y sólo podía mejorarse
levantándonos y yendo al refugio que había en el patio central del
Monasterio, lo que nunca hacíamos. Yo me dormí en seguida aqueila
noche; pero, a pesar de ello, oía entre sueños el ruido de los motores
de los Stormovich.
u$v
36 JUAN EUGENIO BLANCO
Me despertó un grito escalofriante de Gestoso, que recordaré mien
tras viva. Al abrir los ojos vi el cielo por el agujero que .'labia hecho
la bomba al entrar. Había partido prácticamente en dos el cuerpo del
sargento— que dormía frente a mí—y estaba enterrada en el suelo, sin
estallar. Por un instante pensé saltar hacia afuera, mientras procuraba
incrustarme en el suelo, con todos los músculos en tensión, iniciando
el “ Señor mío Jesucristo” . La bomba explotó casi inmediatamente, y
yo quedé sin sentido por unos segundos. Al recobrar el conocimiento,
veía el cielo por todas partes a través de una maraña de maderas y
hierros, entre nubes de polvo.
Oí a Ferrer que me llamaba a grandes voces desde fuera, y, cuan
do estaba aún medio atontado, me abrazó Teodulfo, uno de los cama-
radas que dormían allí, zarandeándome con alegría animal, mientras
decía que, salvados de aquélla, ya no palmaríamos nunca. Fué sólo un
momento de enajenación. Se calló y, con los ocho o nueve camaradas
que se habían librado, empezamos a quitar los escombros, sin que des
graciadamente pudiésemos hacer nada por los que estaban debajo.
No hubo ningún herido. De los que dormían en el lado izquierdo,
donde estaba Gestoso, no se salvó nadie. Del otro- salimos con vida la
mitad. De algunos camaradas— Loma, por ejemplo— no pudimos en
contrar ni rastro. Allí quedó también el reloj de oro de Gestoso.
Lo que son Las cosas; a Mariano Ferrer mi negligencia le salvó la
vida. Sin ella no me habría echado la bronca el sargento de vigilancia;
sin la bronca no ine habría yo preocupado con tanto rigor de que mi
relevo se efectuase debidamente, y me hubiese acostado, como tantas
otras veces, después de avisar al que me sustituía. Entonces Ferrer se
habría quedado remoloneando unos minutos más, los precisos hasta
que llegase el Stormovich; y dormía también enfrente de mí, pegado al
sargento Gestoso, precisamente del lado que no se salvó nadie.
A REFINO
Arefino, nombre que a mí se me antojó de bonita eufonía, es, de los
pueblos en que estuvo la segunda de Antitanques, el que queda más
al norte siguiendo el curso del Wolchow hacia Leningrado. Llegamos
a él el día siguiente de la retirada, después de dormir en Schewelewo,
hasta aquel mismo día cuartel general del regimiento de Esparza al
que estábamos agregados.
Mi compañía tendrá siempre un grato recuerdo de aquel lugar. Fué
un paréntesis de tranquilidad, sobre todo para mi pieza, que a los po
cos días se vería metida en pleno fregado de Udarnik-Posición inter
media, en las Navidades del año 1941.
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 37
En Arefino se vivía bien. Apenas había sufrido con la guerra y las
casas eran confortables; dentro de ellas el frío no se sentía en absolu
to; además, tenía aquel pueblo la nota simpática de parecer poco so-
vietizado. La población civil que allí había— hombres de edad respe
table, mujeres, niños— daba la sensación de la vieja Rusia de las no
velas de Tolstoi o de Gogol. Allí vi los más bonitos iconos y allí apren
dí la música y letra auténticas de “ Volga, Volga” ; me las enseñó Vo-
lodia, un pequeño de doce o trece años.
Pero, como Arefino estaba habitado, pocos iconos pudimos llevar
nos como recuerdo. En la División llamábamos iconos a cualquier cla
se de cuadros o imágenes religiosas, que, hora es ya de decirlo, había
en todas las casas de la Rusia soviética, donde la religión oficial --val
ga la frase—era el ateísmo; uno de los motivos de más agradable es
tupefacción para nosotros fué el ver que en un rincón de todas las is
bas, por muy modestas que fuesen, no faltaba nunca la lamparilla
alumbrando a la Virgen de Kazán— nuestra Señora del Perpetuo Soco
rro— o cualquier otra advocación piadosa. Y ante ellas, antes de reti
rarse a sus habitaciones, se persignaban devotamente, según el rito
ortodoxo, los habitantes de la morada.
A la “ caza” de iconos nos dedicamos con entusiasmo desde que en
tramos en Rusia, con el propósito de conservarlos como el mejor re
cuerdo de nuestra estancia allí. Magníficas colecciones se perdieron en
los azares de la campaña; pero sin embargo, me consta que algunos
han podido volver con piezas de museo. Al principio, a los camaradas
de escasa formación cultural los explotábamos adquiriéndoles los ico
nos a precios irrisorios. Más de una miniatura en la que tres o cuatro
siglos habían dejado su pátina venerable fué cambiada por un paquete
de “ Papirossi” o dos botellas de vodka. Pero después no había divisio
nario, por muy indocumentado que fuera, que no distinguiese los ico
nos antiguos y de valor de los litografiados o hechos en serie, que exis
tían con mucha más profusión.
Siempre nos llevamos muy bien con la población civil rusa y en
Arefino fuimos solícitamente atendidos por aquellas buenas personas
que nos vieron llegar derrotados moral y físicamente. La constante ten
sión de Otensky-Possad había dejado sus huellas en nosotros y el he
cho innegable era que ya los dos inverosímiles baluartes de la División
estaban en poder de las tropas soviéticas.
Sobre esto de nuestras relaciones con la población civil tusa
podría escribirse un volumen con detalles sorprendentes. Me vienen
ahora a la memoria la muchachita de Udarnik— diecisiete años, estu
diante de Medicina en Leningrado— , curando con lágrimas en los ojos
nuestros heridos de aquella posición; el llanto de una mujer en Nueva
38 JUAN EUGENIO BLANCO
Miniza al ver cómo Ferrer, tan “ malienki” (pequeño), partía hacia el
combate. Aquellas voluntarias evacuaciones, siguiendo a nuestras tro
pas en la retirada, de los pocos habitantes que había en los pueblos
que dejábamos... Y, como detalle simpático, la danza que, organizada
por Enrique Sotomayor—ejemplar camarada de las armas y las letras,
ejemplarmente caído en el asedio a Possad— , hicimos alrededor de un
ruso de grandes barbazas a través de las que se advertía su risa cor
dial, al ritmo del estribillo Riiski jarasso, ruski gut, para que en cual
quiera de los dos idiomas comprendiese nuestra favorable inclinación
a los buenos rusos, a los pobres rusos, a los eternos rusos de la Santa
Rusia, que algunos llevábamos, antes de pisar su suelo, tan bien co
nocidos.
Los sucesos ya se van difuminando en la memoria, pero me parece
recordar que en los tres días que estuvimos en Arefino no hicimos ser
vicio alguno. Y, para que todo fuese agradable en este pueblo, la úni
ca baja fue la de un camarada a quien una patrulla alemana, por des
piste, alcanzó con un tiro de fusil, haciéndole un sedal que le garanti
zaba el viaje a sitios que entonces se nos aparecían como el paraíso:
Wilna, Riga, Koenigsberg...
Yo deseo de todo corazón que el padre de Volodia, de guarnición
en Leningrado los días en que nosotros ocupábamos su confortable
casa de Arefino y enseñábamos a su mujer, sobre un mapa, la situa
ción del cerco a la antigua capital rusa, haya resistido sano y salvo las
peripecias de la guerra y vuelto a la vida normal con su familia; quizá
Volodia conserve todavía las linternas, lápices y no sé qué más cosas
que le dimos al marchar; seguramente su mujer le habrá contado con
todo detalle cómo hicimos nuestra vida en su casa. Y siempre es una
satisfacción pensar que ningún mal recuerdo ha de salir a relucir cuan
do el tema de la conversación, en aquel pueblecito que está a orillas
del Wolchow en la carretera de Nowgorod a Leningrado, sea la estan
cia de unos soldados venidos desde tan lejos para luchar contra el co
munismo, y que llevaban, en el brazo derecho del uniforme, una han de-
rita roja y amarilla. •
IN V ITA CIO N AL VALS DE M O SC U
Los servicios de propaganda del ejército comunista no se lucieron
mucho con nosotros. Claro que su primer error “ estratégico” fué el
creer posible que se pudiese hacer propaganda comunista en una divi
sión de voluntarios contra el comunismo, en la que la mayoría de ellos
tenía ya un haber de tres años de lucha con aquella finalidad.
La propaganda no obtuvo, como era de esperar, éxito alguno, y ni
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 39
aun en los días más críticos de Possad, cuando la continua y sobrehu
mana tensión física podía haber causado un traumático desquiciamien
to moral, se registró ninguna deserción. Muy avanzada la campaña, y
superado el primer invierno, sí se pasaron algunos, que probablemen
te salieron ya de España con aquel objeto; Dios les haya perdonado;
estoy seguro de que ningún castigo podría afectarles más que lo que
a cada uno le haya pasado en el paraíso soviético.
La propaganda oral, por medio de altavoces, del tipo de la que los
rojos y nosotros hacíamos en la guerra de España de trinchera a trin
chera, consistía en unos discursos absurdos, a cargo de comunistas es
pañoles de los que fueron a Rusia del 36 al 39. No nos producían otro
sentimiento que el de lástima y rabia por la situación de aquellos com
patriotas reducidos a desempeñar tan tristes papeles. También de vez en
cuando intercalaban un rollo dictado a algún prisionero que con voz
artificial e indescriptible nos daba cuenta de su júbilo al estar en po
der del ejército rojo. Los únicos oradores que no tomábamos a broma
era los que se habían pasado de verdad; como la campaña no era pre
cisamente del tipo de la guerra de las naranjas que valió a Godoy su
principado, estos españoles indignos de tal nombre se complacían re
cordando cuantos sucesos desagradables habían tenido lugar, con esa
ironía y esa... mala intención de que somos capaces cuando nos pone
mos a ello.
Hubiéramos agradecido sinceramente algún intermedio de miúsica
española, pero los propagandistas rusos no nos proporcionaban más
que unas infernales marchas militares y algún disco gastadísimo con
tangos y pasodobles de cuando ya era famoso el anís de “ las Cadenas” .
Las octavillas, salvoconductos para el pase, boletines de informa
ción y demás propaganda escrita nos la tiraban con la aviación, con
catapultas y también entregada a mano; no de mano a mano, pero sí
dejada en los sitios por donde teníamos que pasar, bien por los “ par
tisanos” o a través de algún escaso “ quintacolumnista” civil. Conser
vo una octavilla que no tiene la menor preocupación ideológica y que
constituye una buena muestra del materialismo marxista aplicado a la
propaganda de guerra; la transcribo por lo que pueda tener de valor
anecdótico; dice así:
“ LEE ESTA H O JA Y PASALA A TU CO M PA Ñ ER O .— ¡CAMARA-
DAS DE LA D IV ISIO N ESPA Ñ O LA !— Somos antiguos soldados de
la División española que nos hemos pasado a los rusos y hemos deci
dido dirigirnos a vosotros para deciros cómo nos tratan en el Ejército
Rojo, cómo vivimos, cuáles son nuestras perspectivas para el futuro.
Camaradas, conocer la pura verdad y no creer las burdas mentiras que
os cuentan los oficiales falangistas, vendidos a Hítler. ¿SABEIS COM O
NOS TRATAN LOS R U SO S? Nos dan cada día 900 gramos de pan
40 JUAN EUGENIO BLANCO
para cada uno, mientras que vosotros sólo recibís 400 gramos. Hace
mos tres comidas calientes al día, consistentes de patatas, arroz, car
ne, verdura, y no esa repugnante papilla de verduras sintéticas que os
dan en la División, que casi siempre es pura agua. Aquí comemos has
ta hartarnos, mientras que ni en Alemania ni en la División no conse
guimos hartarnos ni una sola vez. Tenemos tabaco. Vamos limpios y
no llenos de piojos, como vosotros; cada semana frecuentamos el baño,
donde nos cambian toda la ropa interior. Vivimos todos juntos en ha
bitaciones limpias y caldeadas, y, trabajando tranquilamente, aguar
damos el fin de la guerra para regresar a nuestra querida España a
reunirnos de nuevo con nuestros familiares. ¡Camaradas! Sinceramente
os aconsejamos seguir nuestro ejemplo. Pensad bien lo que os puede
ocurrir si continuáis en la División. Reíros de los ilusos que sueñan
con la toma de Leningrado. Leningrado, como nosotros hemos podido
ver, es una fortaleza imposible de tomar. Por todas partes hay fuertes
fortificaciones, artillería pesada, “ organillos” , tanques y millares de sol
dados con automáticos. El golpe que recibiréis será rápido y fulminan
te. Han caído las primeras heladas, pronto experimentaréis lo que es
el invierno en Leningrado. Recordad lo que nos contaban los vetera
nos. Tendréis que estar en los puestos con una temperatura de 40 gra
dos bajo cero, con el mísero abrigo alemán confeccionado con fibra de
madera, sin ropa interior y con las botas rotas. Se os helará la cara,
las manos y los pies. Acordaos de los inválidos que vimos en San Se
bastián sin manos y sin piernas, que se helaron el invierno pasado
en el frente ruso. ¿PO R QUE TENEIS QUE SUFRIR TO D O E ST O ?
Pero vuestra tragedia, que conocemos tan bien como vosotros, no ter
mina aquí. Trabajáis como bestias, no tenéis tiempo ni para mataros
los piojos, tenéis que aguantar las palizas y malos tratos de los sar
gentos. ¿Qué os impide, camaradas, seguir inmediatamente nuestro
ejemplo? El'peligro que corréis al pasaros es infinitamente menor que
el peligro que corréis diariamente en la División. ¡Camaradas, no vaci
léis más! Pasaros a los rusos antes de que sea tarde. Salvad vuestro
honor y vuestras vidas como lo hicimos nosotros. ¡No permanezcáis ni
un minuto más en las filas de los asesinos fascistas! Deseando encon
traros pronto en este lado, recibid saludos de vuestros amigos y cama-
radas.” *
Al final, y en un recuadro, escrito en ruso y español, decía: “ Esta
hoja sirve de salvoconducto para pasarse al Ejército Rojo.”
GR A F E N W O R H
PIEDZANKA
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NO W AJ A - MJ E L N I T Z A
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MJS1A NO ES CUESTION DE UN DIA... 41
UDARN1K
Nunca soldados españoles habían llevado tan al este de Europa las
banderas de la Patria. Quedaban muchos meridianos a la izquierda, las
islas de Dinamarca, donde el marqués de la Romana había situado a
sus hombres, fugazmente implicados en la gran aventura napoleónica.
Udarnik era el último pueblo que ocupábamos, bajando el Wol-
chow, hasta Leningrado. Cuando la gran retirada nos tocó a unos
cuantos quedarnos en la orilla izquierda del río, con la misión de
aguantar la embestida soviética, hasta tanto se estructurase el sistema
de contención, a caballo de la carretera Tsarkoié Tselo-Staraja Russa.
En los defensores de Udarnik, Witriza y la posición intermedia estaba
el resolver la difícil papeleta, ya que sobre ellos convergían, natural
mente, los rusos, que, borrachos de victoria y de moral por la ocupa
ción de Possad y Otensky, era de suponer no se detuvieran ante el río,
que a finales de diciembre no era un obstáculo, sino un magnífico ca
mino de hielo donde podrían transitar sin recelo alguno hasta los tan
ques “ Stalin” , de cuarenta y dos toneladas.
El congelado Wolchow, sin ningún incidente en su llanura, era fá
cilmente vigilable, y esperábamos se convirtiese en un privilegiado y
original campo de batalla. Los rusos tenían la golosina de Nowgorod
casi al alcance de su mano, si lograban rebasar y aislar, pasando el
río, la vieja ciudad que un día asolara el terrible Iván de la historia y
la leyenda.
Se prepararon despacio. El día 10 de diciembre ya nos hostilizaban
desde la otra orilla, pero hasta el 27 no empezaron el ataque.
La tensión amenazante no impidió que celebrásemos la Noche
buena lo mejor que pudimos; pacientemente habíamos ido reservan
do las botellas hasta lograr una heterogénea bodega; los caldos, al
helarse, habían roto el vidrio que conservaba la forma del envase;
teníamos vino del Rhin, manzanilla de Jerez, champaña “ de la viuda” ,
y el inevitable “ vodka” falsificado de Riga. Recién salidos del Monas
terio, no nos estorbaban la juerga los cañonazos o las ráfagas que
oíamos desde las chabolas y trincheras. La aviación nos molestó poco
aquellos días, y las bajas eran casi todas de mortero o de emboscadas,
ya que los rusos, en pequeñas patrullas, se infiltraban de vez en cuando.
El día 27 se organizó el jaleo en serio. Empezó a la manera clási
ca, al anochecer, con la consabida preparación artillera y la casi simul
tánea acometida en masa. No nos cogió desprevenidos, pero la abru
madora forma en que el enemigo despreciaba sus muertos, lanzando
sobre ellos nuevas oleadas, nos hizo ir replegando hasta las mismas
casas de la aldea, y más tarde quedamos—los que quedábamos— en-
42 JUAN EUGENIO BLANCO
cerrados en la que un día fuera iglesia. Entre el follón de la lu
cha oíamos perfectamente las voces de “ ¡Hurrah, hurrah, spanski ka-
put!” con que los rusos se enardecían.
Metro a metro nos fueron arrinconando, De los dos antitanques
con que contábamos, uno se estropeó al hacer unos cuantos disparos,
mientras que nuestra pieza, que había empezado tirando frente al río,
estaba, al amanecer del 28, disparando en dirección opuesta, empla
zada en la misma puerta de la iglesia. Nos habían cercado completa
mente. Mientras, absolutamente toda la guarnición de la posición in
termedia habían muerto defendiéndola, pero ante ella el hielo negreaba
de centenares de cadáveres rusos.
Teóricamente, ya no había salvación. Seguían las oleadas, renova
das siempre y sin abrirse ni esparcirse, en masa compacta y ululante...
Se trataba ya de morir en la mejor forma posible.
Con diez o doce de Infantería— entre ellos estaba, más grande que
nunca, el pequeño y valeroso Gaceo— y nuestro antitanque, hicimos
una salida a la desesperada. La pieza, completamente descalibrada, dis
paraba a cero y a ojo, continuamente, granadas rompedoras: los de
Infantería saltaban a nuestro lado como demonios, lanzando bombas de
mano y disparando fusiles ametralladores. Nuestra primera “ victoria”
fue tomar la casa que estaba frente a la iglesia, a unos doscientos me
tros, desde donde más nos hostigaban: por cierto que, mientras metía
mos un antitancazo por la ventana, salían por la de al lado gritando
“ ¡Arriba España!” , como energúmenos, dos camaradas que los rusos
habían cogido allí prisioneros.
Aprovechando el desconcierto que nuestra descabellada salida ha
bía causado, en la iglesia no quedaban más que los heridos, y los super
vivientes, individualmente, se habían lanzado al ataque desparramán
dose en todas direcciones. Empezaba a clarear y, en muy poco tiempo,
los rusos desaparecieron, replegándose al otro lado del río. Al ter
minar el combate las líneas quedaron exactamente igual que el día
anterior.
No perdimos la posición, pero sí perdimos, para siempre, a Vicente
Gaceo del Pino, el predilecto de José Antonio, que, gravemente herido
al iniciar la salida, nos hacía señas de que no nos preocupásemos y
siguiéramos adelante. En Udarnik lloraba Antonio Lamamié de Clairac
sobre los dieciséis años muertos de su hermano Juan. A los defensores
de la posición intermedia tuvimos que sacar, para enterrarlos, los picos
que los rusos, ensañándose ferozmente, habían incrustado en sus ¡cuer- '
pos. Mariano Ferrer perdía los dedos de ambas manos, y aún podía dar
gracias de no haber perdido más. Voluntario para enlazar con la posición
intermedia, llegó despistado hasta los rusos que la habían tomado, a
los que incluso habló; todavía no se distinguían bien los cuerpos. Al
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 43
darse cuenta de lo que pasaba tuvo la serenidad suficiente para dejar
caer, más que tirar, una bomba en el mismo corro que los rusos for
maban con él. Intentó volver a nuestras líneas, pero le ancanzaron dos
disparos casi a bocajarro, y quedó en la estrecha tierra de nadie. Tuvi
mos que tirar por encima de él mientras venía arrastrándose, ensan
grentando la nieve; aún le quedaron ánimos para ir haciendo cortina
con' las bombas. Los rusos no dejaban de disparar; por fin pudo llegar
a nosotros sin más que otro balazo, pero ya traía helados todos los
dedos, que después hubo que cortarle.
La alegría del triunfo se empañaba con el triste recuento de los
camaradas caídos. Pero todo lo perdido quedaba compensado al día
siguiente, mientras escuchábamos, rígidamente firmes, la lectura del
parte de nuestro Cuartel general, impregnado del mejor acento de las
épocas de oro; decía así:
“ Soldados: Los combates iniciados el 24-XII por el enemigo en el
Wolchow— cuyo paso trató de forzar—han culminado ayer, 27, con su
esfuerzo máximo, pretendiendo, con fuerzas enormemente superiores a
las nuestras, romper nuestras linas.
” La sencilla heroicidad de nuestros soldados y la habilidad y reso
lución de todos los mandos, sin excepción, han permitido infligirle una
tremenda derrota, de la que muy legítimamente podéis estar orgullosos.
” Yo estoy plenamente satisfecho de vosotros y, al participároslo,
quiero ofrendar máximo tributo de gratitud a aquellos valientes de la
posición intermedia que, rindiendo culto al honor militar, cumplieron la
orden recibida: “ No es posible retroceder, tenéis que estar ahí como
clavados” .
” Y, efectivamente, cuando nuestras tropas, en brioso contraataque,
recuperan la posición, tan valientemente defendida por unos héroes,
todos están allí muertos; ni uno solo retrocedió, y para rubricar tan
gloriosa hazaña la barbarie rusa, el poco tiempo que dominó la posi
ción, lo empleó en clavar con picos nuestros cadáveres en el suelo. La
orden había sido cumplida: Allí estaban los nuestros clavados.
” Por una vez la bestialidad roja ha servido para sublimar la gesta
de nuestros soldados.
” ¡Qué orgullo ser español!— Vuestro general.”
N O W GORO D , 1941
Al invierno erizado de balas y de hielo
lo derrotó la gracia meridional de España.
Y en Nowgorod, que tuvo para nuestros andares
resonancias de vieja ciudad compostelana
44 JUAN EUGENIO BLANCO
— con sus viejas ermitas y sus cien monasterios,
con la altivez ingenua, feudal, de sus murallas,
con mujerucas tristes, líos de ropa negra— ,
no pudo el enemigo depositar su baba.
El Kremlin devastado, con las almenas ciegas,
unos ojos oblicuos de cerca avizoraban.
Desolación enorme, de pájaros sin nido,
de suelo sin relieve, de árboles sin ramas,
de enfermo que en la isba perdida en la llanura
mira caer la nieve pegado a la ventana.
Un coro de panienkas, la mirada bovina,
ante la cacerola que hierve con patatas.
El Wolchow se adivina y se adivina el limen,
bajo el agua de mármol se intuye el agua blanda.
Una tromba de cuervos decorativos, negros,
su vértice clavado en la roja piltrafa.
Sordo rumor de tanques y juego al escondite
de las balas dejando los abetos sin cáscara.
Y siempre bien tupidos, armados y abrigados,
desalmados soldados de Infantería bárbara,
camuflados de nieve entre la nieve misma,
con ancestrales hurras de historias olvidadas,
atacando en rodillo telúrico, masivo,
posiciones azules, posiciones Alcázar.
Nombres de viejos tercios sobre la estepa rusa,
regimientos de Vierna, de Pimentel y Esparza.
Todo el frente ha doblado, de Leningrado a Odessa,
menos Nowgorod; es una ciudad hispana.
Cara al sol que se sabe existe en algún sitio,
como en los buenos tiempos de la guerra lejana
unos hombres pequeños, morenos, implacables,
sostenidos por algo que no se estudia en táctica
— el Dios de las batallas, Santiago y San Jorge
viendo con simpatía su intención encarnada— ,
angulosos, hambrientos, desharrapados, sucios,
logran la inexplicable y rígida muralla.
Respetaba el acero la página de Historia
que no se escribió nunca porque faltan palabras.
Al invierno erizado de balas y de nieve
lo derrotó la gracia meridional de España.
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 45
LAGO ILMEN
En las orillas del limen, más concretamente en su sector occidental,
estuvieron destacadas unas cuantas compañías de la División Azul hasta
la gran retirada, bien entrado ya el verano de 1942. Pero la hazaña del
lago, que ha quedado como representativa de la actuación de los volun
tarios españoles en aquellas “ tierras” , fue un episodio excepcional dentro
de la misión de cobertura que se Ies había encomendado. Se trataba
nada menos que de atravesar el limen de parte a parte para liberar un
pequeño destacamento de alemanes que en Wswad, en la orilla opuesta,
junto al nacimiento del río Lowat, estaba resistiendo heroicamente el
cerco de varios millares de esquiadores siberianos.
La batalla del invierno 41-42 —hoy ya lo sabe todo el mundo— ,
fué una enorme tragedia para las fuerzas que luchaban contra el ejército
comunista, pero esta tragedia adquirió caracteres de una especial in
tensidad en el frente norte, donde el clima, siempre extremado, cobró
tal dureza que los rusos de por allí no recordaban invierno semejante.
Sin posibilidades maniobreras y con el coloso soviético encima, el ejér
cito alemán hubo de distenderse exageradamente para mantener una
línea de hombres que hiciese frente a las continuas infiltraciones que
en cualquier parte podían producirse, preludio, cuando tenían éxito, de
terribles ataques en masa. Esta misión le cupo también a los divisiona
rios desde un frente que iba desde Laptewitch-Borki-Sergewo, donde el
Weronda desembocaba en el lago, hasta muy cerca de Tchudowo, en la
línea del ferrocarril Leningrado-Moscú.
Para formar la compañía de esquiadores que debía realizar la libe
ración de Wswad se echó mano de gente de varias unidades; el grueso
de ella estaba integrada por la tercera compañía divisionaria de Anti
tanques. No había más remedio' que atravesar el lago si se quería reali
zar una acción pronta, eficaz y de sorpresa, ya que, en otro caso, las
fuerzas habrían de dar un gran rodeo, pasando por Schimsk y Staraja
Russa para, finalmente, atacar por tierra, donde el enemigo tenía mejor
defensa.
Ni que decir tiene que el lago estaba completamente helado el 10 de
enero de 1942, en que salió de Spasspiskolez la compañía de esquiado
res, con 205 hombres al mando del capitán Ordás. Llevaban nueve
fusiles ametralladores, armamento ligero y víveres y municiones para
tres días. Temperatura, 32 grados bajo cero, que llegaron en días suce
sivos hasta los 53.
La travesía no pudo realizarse en línea recta porque las aguas, al
congelarse, formaban barreras de hasta dos metros de altura y grietas
que hacían difícil el paso de los hombres y los trineos que llevaban la
46 JUAN EUGENIO BLANCO
impedimenta. Había que desviarse hasta encontrar un paso practicable,,
y esto hizo el ¡camino tres veces más largo.
Para contar “ lo del lago" no hacen falta grandes dotes de narrador
ni el recurrir a deslumbrantes imágenes; pero, por más sencillez que se
utilice—yo la procuro— , el episodio es tan impresionante que muy bien
puede quedar como ejemplo de antología entre las hazañas bélicas de
todos los tiempos.
Cuando aún era corta la distancia que separaba de la orilla a los
expedicionarios hubo posibilidad de reintegrar al punto de partida a los
camaradas congelados; pero, pasadas las primeras grietas, se hizo im
posible la evacuación y los que sufrieron aquel percance tuvieron que
seguir hacia la orilla opuesta, dificultando aún más, si cabe, la marcha
con los cuidados de que había que hacerles objeto para que la conge
lación no se extendiese y para arrastrar los trineos o ayudar a andar a
los que aun se tenían de pie; el día 11, en que la compañía llegó al
pueblecito de Ustrika, tenía 102 congelados, de ellos 18 gravísimos.
Al día siguiente los esquiadores españoles ocupaban Sadnejo, pro
siguiendo el camino hacia Wswad, donde la guarnición alemana seguía
resistiendo. El día 13 los que quedaban de la compañía de esquiadores
fueron reforzados por unos cuantos letones y alemanes.
El día 15 el jefe del sector comunicó al de la unidad divisionaria que
el mando, en vista de la dificultad de la operación y del oneroso tributo
humano que representaba, había decidido renunciar al intento de la
liberación de Wswad, a cuyos defensores se había cursado orden de que
tratasen de romper el cerco por sus propios medios. Entonces el capitán
Ordás insistió cerca del mando alemán; los españoles se prestaban
voluntariamente para aquella operación y no se resignaban a la inacti
vidad; se les había asignado una misión que no estaba consumada y
querían llevarla a cabo o, al menos, hacer cuanto humanamente fuese
posible para ello. A las 5,45 el capitán español daba cuenta a nuestro
general de lo que pasaba, terminando su radio así: ‘‘Apoyándome en
buena situación de mis fuerzas y elevadísima moral, rogué se me con
cediera honor de ayudar a Wswad. Consultado general alemán aceptó",
a.1 que contestaba Muñoz Grande: “ Confío en vuestra pericia, en vuestro
valor y eq Dios” . Tres días antes ya había dicho: “ Hay que liberarlos
cueste lo que cueste, aunque queden todos los nuestros sobre el hielo,
no importa; con los que te queden, con muy pocos, tú solo si es preciso,
seguid adelante hasta morir; todo por el heroísmo de los de Wswad;
o se les salva o hay que morir con ellos. En nombre de la Patria gracias
y no desfalleced. Confío en vosotros” .
El día 17 se inició el avance de los españoles, apoyados por cuarenta
letones, ocupando varios pueblos y sufriendo duros contraataques de
los rusos, que, con efectivos de dos batallones, antitanques y carros
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 47
semipesados, causan gran número de bajas en la ya diezmada compa
ñía, que sigue resistiendo y avanzando. El día 19 Ordás envía este parte
a nuestro general: “ A las siete horas hoy enemigo entró en grandes
masas en Mal Utschino, asaltando la guarnición compuesta de 23 espa
ñoles y 19 alemanes. El ataque íué apoyado por seis tanques. Desplegó
resto compañía recogió cinco heridos españoles y dos alemanes. La
enorme superioridad enemiga y apoyo de tanques nos impiden recon
quistar posición. La guarnición no ha capitulado; ha muerto con las
armas en la mano. Vemos gran concentración enemiga. Esperamos ata
que. Sabremos morir como españoles. ¡Arriba España! ¡Viva Franco!”
El general contestó: “ Como habláis vosotros sólo hablan los héioes.
Así y sólo así se hace un imperio. Animo. Vuestra conducta es el orguiio
de la División. Pese a todo venceréis. Hay Dios y él os dará la victoria
porque sois! los hijos más valientes de España. Un abrazo que no será
el último, os lo aseguro” .
Aquella noche la aviación rusa dió varias pasadas a placer, bombar
deando las posiciones que ocupaban los divisionarios. Y en el crepúsculo
del siguiente día los siberianos iniciaron el asalto que creían definitivo
para aniquilar la guarnición española, que se defendió en tal forma que
los atacantes volvieron al punto de partida. En el fragor de la lucha
salieron varios voluntarios para destruir los tanques, que a corta dis
tancia disparaban ante la impotencia de los nuestros, sin antitanques
ni armas pesadas, utilizando procedimientos “ acreditados” en nuestra
guerra: bomba de mano y gasolina.
Al amanecer del día 21 los supervivientes de la guarnición de Wswad
se abrazaban con los supervivientes de la compañía española de esquia
dores a siete kilómetros al este de Ushin; juntos habían de atacar to
davía para restablecer la línea del frente, que, fracasado el intento de
infiltración comunista, resistió sin novedad el resto del invierno.
El día 25, de los 206 hombres de la compañía de esquiadores que
daban sólo 12 camaradas combatientes, su capitán incluido. Pero la
guarnición alemana de Wswad había sido liberada.
Cuando aún no había terminado la epopeya, el día 21 de enero, el
general en jefe del Cuerpo de ejército alemán donde los voluntarios
españoles habían estado encuadrados dirigió a nuestro general la si
guiente comunicación:
“ Señor general: En el día de su cumpleaños le expreso mis mejores
y más sinceras felicitaciones y le deseo obtenga nuevos triunfos, al
frente de su soberbia División, en nuestra lucha común. Aprovecho la
oportunidad para expresarle también mi especial reconocimiento hacia
los bravos componentes de su División que, para liberar la posición de
Wswad, avanzaron sobre el lago limen y luego, unidos con fiel espíritu
de camaradería con las tropas de la División..., realizaron, tanto en la
48 JUAN EUGENIO BLANCO
defensiva como en el ataque, gestas excepcionales. Esta empresa, de
una auténtica camaradería, encuentra en todo el ejército las mayores
alabanzas y justifica sienta usted y toda su división la máxima satisfac
ción. Deseándole a usted, mi general, y a su brava División mucha
suerte y nuevas victorias, queda de usted...”
Y nuestro general, todavía sin relevar los doce supervivientes de la
compañía de esquiadores, enviaba a su capitán este mensaje:
“ Sobre las heladas aguas del lago, y gracias a la bravura y espíritu
de sacrificio con que lo atravesasteis por liberar a los héroes de Wswad,
ha rugido el león español.
” En nombre del Caudillo os concedo, a ti, capitán Ordás, la Medalla
militar, y a todos los valientes que te acompañaron la Medalla militar
colectiva.”
A ORILLAS DEL ISORA
El cuerpo del partisano ahorcado se balanceaba bajo el balcón de
madera de una casa de Annilovo; habían servido de cuerda dos cintu
rones de la Wehrmacht, en cuyas hebillas se leía Gott mit uns; al pasar
los voluntarios de la quinta compañía frente al macabro espectáculo ce
saban en sus bromas joviales, mientras centelleaban sus miradas fiján
dolas en el brigada alemán— que auxiliado por dos prisioneros rusos
había ejecutado la feroz represalia— , buscando una explicación que
mitigase en algo la impresión desagradable.
Aquella mañana del 10 de febrero amaneció para la quinta compa
ñía con la orden de avanzar hacia lo desconocido. Sólo una noticia; los
rusos han roto el frente.
Luego, el avanzar penoso por la nieve, pálida todavía la luz de la
alborada norteña; hacía frío y los primeros tiros sonaban como si fue
sen de un arma de juguete.
Un escotillón en la nieve y un descanso. Pan con mantequilla; .mor
tadela; espinacas en conserva, frías. La mitad del agua de las cantim
ploras. Inmediatamente, el avance prosigue. No se ve al enemigo, aun
que se le sabe inmóvil en la nieve, camuflado en blanco, tendido.
El capitán ocupa el vértice anterior de aquel triángulo que avanza,
erizado de fusiles, todo ansia, todo ojos.. Nadie al flanco derecho. Nadie
al flanco izquierdo. Detrás, ya muy detrás, Annilovo. Como referencia
intermedia, un avión derribado donde quedaban los heridos y los muer
tos de la compañía. Otro avión— ¿amigo, enemigo?—pasa sobre la
indiferencia de los españoles, que continúan andando...
El objetivo—vago— es enlazar con las fuerzas que aún resisten
entre Krasny Bor y el Isora. Se van encontrando cadáveres de españo
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 49
les, cadáveres de rusos. En los bolsillos de éstos hay tabaco español,
botín de las fuerzas que aplastaron la línea.
Otro escotillón en ,1a nieve. Esta vez está ocupado por patrullas
enemigas, que hacen fuego próximo y eficaz. El capitán apenas si ne
cesita dar una orden. Casi sin gritos, casi sin tiros, el escotillón cae.
Con unos cuantos morterazos sobre él acusa el enemigo su pérdida.
Desde allí ya no se puede avanzar erguido. Arrastrándose tampoco.
El sargento Medina queda con su pelotón, todos muertos, a cuarenta
metros del capitán. Este se quita las gafas para enjugarse los ojos,
mientras los oficiales le miran interrogantes. El sabe por qué: al flanco
derecho, nadie; al flanco izquierdo, [Link] frente, ,los rusos. A reta
guardia... ¿quién sabe ya lo que hay a retaguardia?
El capitán piensa y mira, mira y piensa. A la izquierda, a unos 500
metros, hay una especie de barranco. ¿Será el Isora? En sus inmedia
ciones se combate, anque poco. Ya está; hay que llegar allí.
De pronto, las ametralladoras del enemigo y los morteros empeza
ron a regar las pocas hectáreas del despliegue de la quinta compañía.
Por detrás del barranco asomaron su hocico dos carros de combate.
Sin moverse tiraban con rapidez sobre las zanjas de los españoles.
El capitáni dió una orden. “ ¡Esperad para tirar a que se acerque la in
fantería!”
Los heridos no se quejaban. El que de ellos podía se ocupaba de
los demás. Con cada tres muertos se hacían unos singulares parape
tos poniendo dos a lo largo del tirador y uno atravesado al frente. Re
sultaban muy eficaces, sobre todo para detener la metralla de los mor-
íerazos que hacían zumbar el aire constantemente.
Sobrevino la crisis del combate. Los rusos avanzaban compactos,
lentos, indiferentes... Eran, sobre la albura del terreno, con sus ca
muflajes blancos, como una nevada horizontal de grandes copos. Cons
tantes, inexorables. Era un combate con pocas voces. De cuando en
cuando un hurra o una maldición española. El capitán lo observaba
todo; sólo las gafas sobresalían del montoncito de nieve. Todo iba bien.
Las ametralladoras cantaban. Una saltó hecha pedazos, pero de aquel
rincón seguían saliendo tiros; era bastante. En otro lugar un grupo de
siluetas se acometían. Se acordó de la frase de Suborof: “ La bala es
tonta; la bayoneta es sabia.”
Con cuidado, con destreza española, lió el capitán un cigarrillo.
Lo encendió y lanzó una bocanada, satisfecho. En aquel momento cayó
a su lado sobre la zanja, muerto, un asaltante enemigo. Tenía en el
cuerpo medio cargador de la pistola ametralladora que vibraba en ma
nos del teniente Miranda, situado a seis metros del capitán.
En aquel momento el combate cambió de signo. El enemigo desistía.
50 JUAN EUGENIO BLANCO
Entre el entusiasmo nervioso sólo el capitán, tranquilo, pensaba en el
precio de su victoria, en la segura brevedad de su vigencia.
* * *
Tres horas" hacía que los ciento cuarenta voluntarios salieron de
Annilovo. Media hora que el asalto ruso al trincherón fuera rechazado.
El capitán recontó sus fuerzas. Quedaban: el teniente Miranda, herido
en una pierna; cincuenta y dos voluntarios indemnes y once heridos
útiles. En el reajuste del despliegue la posición había quedado perfec
ta. Llegó un enlace del Isora. Pedían ayuda. Eran treinta hombres al
mando de un sargento herido. El capitán pudo mandarles una caja de
munición y para el sargento un termo de café con leche que apareció
en el macuto del teniente Solana, ensartado en las postrimerías del com
bate por la bayoneta de un gigantesco mogol.
A la derecha de la posición apareció un campo de minas propio.
Con algunas de ellas, Los españoles organizaron rápidamente ingeniosos
dispositivos contra los carros. Nuevas zanjas se descubrieron en la nieve.
La seguridad de la posición era mayor, a pesar de contar sólo con
dos tercios de los hombres que llegaron a ella. Todo iría bien si hubiese
enlace con la retaguardia. Pero, por aquí, nada... Cada vez que en esta
dirección mandaba _el capitán un enlace se acordaba de los pájaros
emisarios del arca de Noé. Uno volvió con la terrible noticia recogida
de un fugitivo. Los rusos habían ocupado Sansonoska; era uno de los
pocos hitos conocidos; quedaba al oeste del avión derribado. ¡Y Anni
lovo! ¿Sería verdad? Tiros y cañoneo se oía, sí, por aquella parte,
pero... El capitán no conseguía creerlo. Su fría lógica le hacía pensar
que, de ser verdad aquello, el enemigo no le hubiese atacado de fren
te. O ¿quién sabe? Tal vez se trataba de acciones distintas sin que
una de ellas hubiese repercutido todavía sobre la otra...
Con las zamarras guateadas de los muertos rusos, los palos de ca
milla y cajas vacías, Santemo— su ordenanza— y los de la Plana le ha
bían acondicionado una pequeña chabola en una grieta del trincherón.
Ahora ya sabía el capitán que éste era un foso anticarro abandonado
y medio cubierto por la nieve. Estaba combinado con el campo de mi
nas de la derecha. Eran organizaciones viejas, de tiempos anteriores
a los españoles. De los tiempos en que aquello era el auténtico cerco
de Leningrado. Después— entonces— se convirtió en la más heroica
mascarada de toda la guerra del Este. El terrible cerco de la capital
báltica era un cordón de centinelas de escasa densidad en torno a fuer
zas abrumadoramente superiores. Toda su historia consistía en vale
rosas defensas del asediante frente a los macizos golpes del asediado.
El capitán y Miranda se metieron en la chabola. Bebieron nieve.
í
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 51
Comieron pan y chocolate. Hablaron, ¿qué estaría pasando en Krasny
Bor, en el Bosque Rojo? Allí estaba, a la derecha, denso, saturado de
rumor sordo y vibrante entre los cañonazos que caían sobre él. Dos
incendios enormes hacia su centro y multitud de fogatas en diversos
puntos. ¿De quién sería el bosque? El capitán había querido saberlo,
pero ello le había costado dos bajas sobre el campo de minas rasado
por el fuego enemigo. Desistió.
Salieron; un ruso estaba allí, a la puerta de la chabola. Tenía las
manos en alto y decía de cuando en cuando: “ Stik na siemlia” (‘‘Bayo
neta a tierra” ). Ferrol—rostro vivo, duro, ajado, de viciosillo de
ciudad— le encañonaza los riñones con un subfusil de tambor, botín
reciente. Entre los voluntarios que estaban próximos a la chabola se
destacaron Letamendi, el cocinero; Madriles, enlace, y los cinco ja
batos supervivientes del pelotón de asalto, con Macrino, su jefe, un
sargento de dieciocho años, sereno y audaz como pocos. Se destacó
una tempestad de gritos, insultos, amenazas. “ ¡Quietos! ¡Silencio!” , ru
gió el capitán, que íué obedecido en el acto. Pero en la inmovilidad
silenciosa y expectante la tempestad se. adensó; se concretó en los ojos,
en los rictus de las caras. El odio, la ira, la venganza, el rencor, el co
raje... Allí delante tenían al enemigo innrsericorde; allí, personificado
en aquel ruso pálido y gigantesco, mascullando entrecortadamente su
letanía: Stik nc siemlia, Stik na siem lia...; alguien montó su pistola.
“ ¿Acabo con él aquí, mi capitán?” El capitán preguntó a Madriles
cómo le había cogido.
— Se despistó, mi capitán. Medio se arrastró hasta aquí creyendo
que éramos rusos. Cuando se dió cuenta quiso tirar, pero ya estaba yo
encima. Iba a cascarle, pero Santemo me dijo que se lo trajese a usted,
para que nos diga dónde están los nuestros. ■
— ¿Y Santemo?
— De requisa, me parece.
—Aquí, mi capitán— se oyó una voz extraña. Por el recodo de la
zanja llegó Santemo. Cayó de rodillas, luego se desplomó de bruces;
Letamendi se inclinó a su lado y le reincorporó. El capitán le desgarró
rápidamente la ropa. Tenía el pecho cubierto de sangre que borbo
teaba de un pequeño agujero. Sus facciones se dilataron en una horri
ble mueca. Era su última boqueada.
El ambiente se espesó. Todos los ojos se clavaron en el capitán.
El ruso comprendió que iba a morir, e hizo la señal de la cruz; ello
bastó para que la tensión bajase muchos grados. Conservó la vida a
pesar de que en el dramático diálogo que tuvo con el capitán, solos los
dos dentro de la chabola, se obstinó estoicamente en no decir nada. Ya
ñe gabariu (“ Yo no hablo” ).
* * $
52 JUAN EUGENIO BLANCO
Al día siguiente el resto de la quinta compañía enlazó con los del
Isora, que eran del Grupo de Exploración. A la noche fué el asallo a
Staraya Nisa, aldeúcha que se trataba de conquistar como pivote del
frente que permanecía entre ella y lo que aún resistía en Krasny Bor,
para desencadenar desde allí el contraataque.
En el asalto a Staraya Nisa sucumbieron— muertos, heridos, prisio
neros— los supervivientes de la quinta compañía, su capitán entre ellos.
KRASNY BOR
El día 10 de diciembre de 1943 iniciaron los rusos la mayor prepa
ración artillera que la División había conocido sobre el sector que los
españoles defendían en el cerco de Leningrado. Utilizaban cañones de
todos los calibres, desde los de costa de los barcos aprisionados en el
hielo de la bahía de Kronstadt hasta las piezas ligeras y de acompaña
miento. Morteros, muchos morteros, que los rusos empleaban admira
blemente en forma masiva. ¡Qué bonitas eran las granadas de mortero,
exactamente dispuestas en sus empaques como peonzas multicolores
con su colita de juguete! Llovían sobre los divisionarios constantemente
con susurro de paloma, en un murmullo tenaz y blando que llenaba el
aire lechoso del amanecer septentrional. ¡Qué mortífera y obsesionante
lluvia! Empavorecía a los pusilánimes mucho más que los rosetones de
nieve revuelta con humo, metralla y olor de pólvira que abrían los ca
ñonazos en todas las trincheras españolas.
Y así, horas, horas y horas. El estruendo era de tal potencia que
provocaba el miedo físico. Las llamadas telefónicas y los radios se
sucedían. El general, el comandante, el teniente coronel...; pero, contra
lo que podía suponerse, la sensación era casi de alivio; por fin descan
saban los nervios; en los bunkers, en los puestos de mando, en los
ojos de los centinelas, cuyo avizorar era roto de cuando en cuando por
la sangre, la alarma angustiosa había terminado. El ataciue esperado
hacía varias semanas había llegado por fin. Esa espera del ataque es
para el soldado español, acometedor nato, lo más insufrible de la
guerra.
Lo que sucedió en aquel día y los siguientes pasará a la Historia con
<el nombre de batalla de Krasny Bor— Bosque Rojo— , más rojo que
nunca las noches en que los incendios lo iluminaron haciendo fácil el
tiro al blanco de los combatientes, que saltaban como demonios en aquel
infierno de verbena.
Los rusos, en la más formidable concentración de material y de
hombres que habían desplegado hasta entonces, en una proporción
abrumadora sobre los que guarnecían el sector atacado, rompieron el
í
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 53
frente, infiltrándose con millares de hombres por los muchos lugares
donde había solución de continuidad en el débil cordón defensivo, para
volverse y atacar a los múdeos aislados en todas¡ direcciones; pero el
tributo humano que hubieron de satisfacer fue extremadamente oneroso,
sin que al final pudiesen llevar a cabo su objetivo de romper el cerco,
ya que la duración inesperada de la resistencia de los divisionarios per
mitió que acudiesen refuerzos estratégicos a suturar la línea, que quedó
prácticamente como antes. Muchos divisionarios en dirección a reta
guardia, definitivamente relevados hacia España, volvieron voluntaria
mente al combate y allí quedaron para siempre.
La rotura del frente por los rusos provocó situaciones que pudieran
considerarse cómicas si no estuviesen implicadas en la gran tragedia de
las bajas que hubo. Pequeños destacamentos españoles o simples gru
pos de divisionarios— a veces individuos aislados—«permanecieron mez
clados con los rusos durante el combate y lograron evadirse en medio
de un fenomenal despiste por parte de todos. Las anécdotas no termi
narían nunca. Un capitán herido en la cabeza, acompañado por su
asistente, atravesó el terreno plagado de rusos en una troika condu
cida por prisioneros rusos también. Los dos españoles no llevaban más
armas que la pistola del capitán y el fusil del asistente; y llegaron a
las líneas de nuestra retaguardia sin más contratiempo que el susto
constante. Las “ payenkas” derrocharon astucia y heroísmo, salvando
españoles y sorteando con verdadera destreza los riesgos de la efímera
reconquista que sus compatriotas hicieron de varios poblados. Muchos
divisionarios deben la vida a la oportuna intervención de las payen
kas y al auxilio o complicidad de los paisanos en cuya casa estaban
alojados.
Lo desmesurado del ataque y la impotencia material de soportarlo
dió lugar a que se suscitasen actos de rabioso heroísmo ante la masa
de hombres y máquinas que aplastaba implacable a todo lo que se le
ponía por delante. Un sargento, encorajinado por la actitud de un
tanque de 52 toneladas, que pulverizaba materialmente las posiciones
de su pelotón sin temor alguno a los disparos de antitanque, que res
balaban por su blindaje, sorteando las balas se encaramó al monstruo,
haciendo estallar una mina de tierra en la torreta y pereciendo al mismo
tiempo que aquél y sus ocupantes saltaban en pedazos.
Eran los tiempos en que la propaganda alemana había puesto en
circulación el tema del arma secreta; dos capitanes españoles, que ob
servaban la eficacia combativa de sus pocos soldados luchando a la
bayoneta o distribuyendo con precisión granadas de piña, decían que
no había mejor arma que “ el nuevo ibérico” .
AI recuperarse una posición dos días después del ataque inicial, un
oficial aparecía rodeado de muertos, indemne, sentado en una piedra
tf'j* i
64 . JUAN EUGENIO BLANCO
y fumando tranquilamente. Otro ganó allí una Medalla Militar, que por
milagro pudo ponerse sobre el uniforme; arrollada su posición, tuvo la
serenidad de hacerse el muerto y los rusos le “ remataron” de un bayo
netazo. Pero consiguió arrastrarse hasta las líneas propias.
Era natural que los rusos hicieran lo posible y lo imposible por que
la golosina de Leningrado no cayese en poder del enemigo. En aquel
sector se enfrentó la División con lo más selecto de las tropas rojas
de choque, entre las que, ciertamente, no desmerecían por su valor unas
docenas de comunistas españoles que estaban en la U. R. S. S. desde
el final de nuestra Cruzada. Estoy seguro de que el Bosque Rojo es
para los mismos rusos que por él transitaran en nuestros días un re
cuerdo de ejemplaridad en el combate y en la muerte que la División
Azul dejó allí, imborrable.
SP A N ISCH E S K R IE G SLA ZA R E T T
La campaña, aparte su dureza, se hizo monótona, y sobre la inalte
rable línea de resistencia se sucedían los ataques cotidianos con tan
cronométrica regularidad que uno podía prepararse para el “ jaleo” al
caer la noche o al comenzar el día, con el mismo esmero que para asis
tir a una ceremonia. El frente— Otenski, Possad, Nowgorod— siempre
quedaba lo mismo, pero no eran siempre los mismos los que quedaban
defendiendo el frente; quedaban menos cada día. Unos se iban definiti
vamente terminando su campaña de este mundo; una oración, un casco
de acero sobre dos palos en cruz y una pequeña ondulación en la nieve
era todo en este caso. Otros, que es de los que quiero hablar ahora, se
marchaban también a otro mundo, un mundo en el que había tranvías
y ropa limpia, música y medias de seda; eran los heridos.
El que de nosotros, en aquellos días, no pensó en un tiro de suerte,
que tire la primera piedra. A mí no me da vergüenza confesarlo; recuerdo
la envidia con que asistíamos, especialmente en Possad, a la evacuación
de algún agraciado. Mentalmente le seguíamos en su trayectoria; hos
pital de sangre (despiojamiento, primeros combates contra las capas
de porquería, comida caliente y una colchoneta); después, Luga, Por-
chow o Pleskau (vida “ civil” rusa, ropa limpia, posibilidad de invertir
los marcos almacenados, monumentales cartas a España); por último
— si el tiro daba para tanto— Konigsberg, Riga, Wilna (bueno, esto ya
era una especie de paraíso).
Cada uno elegía in mente el lugar favorito para la bala o me
tralla. Había quien se ofrecía incluso para fracturas de brazos o piernas; *
otros, más modestos, imaginaban sedales; algunos preferían onda ex
plosiva y no faltaban los que discurrían extrañas trayectorias de los
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA 55
proyectiles a lo largo de su cuerpo, eso sí, sin afectar nunca a la estética;
los balazos en la cara eran unánimemente despreciados.
El tiro, la bomba o la metralla llegaban la mayoría de las veces
con efectos bien distintos (un sedal en el muslo ocasionó la muerte
de Carbonilla, y una docena de tiros distribuidos entre los pulmones,
brazos y cuello de Presmanes, más el de gracia mientras el ruso autor
de la ídem le sustraía la cartera, dieron como resultado una no muy larga
permanencia en el hospital). En cualquier caso, el primer médico que
nos atendía colgaba de un botón de nuestra vestimenta— llamarle uni
forme sería una metáfora— una etiqueta parecida a la que las compa
ñías de aviación cualgan del asa de las maletas, que, amén de varios
signos cabalísticos, decía Verwundet, quedando declarado con este acto
herido de guerra.
Había heridos metódicos y correctos que, una vez “ pasaportados”
hacia retaguardia, no se marchaban sin despedirse de sus camaradas
más íntimos, recorriendo incluso las posiciones con riesgo a una re-
prise. Claro que estos heridos correctos sabían indicar amablemente
que en los lugares adonde iban los rublos y los marcos eran un mag
nífico medio para adquirir gran cantidad de cosas agradables. Tam
bién espontáneamente se les entregaban por los pesimistas las yerbo-
ñas (billetes rusos de cinco rublos con la imagen de Lenin) y los mar-
ken, porque decían que, total, como a ellos no Ies servirían para na
d a ...; no pensaban así aquellos que se habían asegurado la vida por
toda la guerra, que encargaban máquinas fotográficas, relojes y hasta
paraguas plegables para regalos a la novia.
Después del tránsito más o menos prolongado por los hospitales
de campaña— comunes casi siempre a los heridos de cualquiera de los
ejércitos que luchaban contra Rusia— el divisionario llegaba un buen
día a cualquiera de la ciudades soñadas en el frente; Wilna, Riga,
Kónigsberg, Berlín. La ambulancia se detenía ante un edificio— varios
bloques con muchas ventanas—en cuya puerta se leía “ Spanisches
Krlegslazarett" . Se entraba casi en España y uno agradecía las letras
indicadoras.
En el hospital, por primera vez en mucho tiempo, se podía hablar
en español con alguna mujer, cosa que el que más y el que .menos había
pensado muchas veces que quizá no volvería a hacer. Nuestras enfer
meras, casi todas ellas veteranas en la Cruzada, revalidaron en la cam
paña de la División Azul sus dotes de abnegación, simpatía y compe
tencia. También había enfermeras alemanas y de otras nacionalidades, a
las que cuantos hemos estado con ellas debemos un agradecimiento in
extinguible. Magníficas muchachas también aquellas alemanas de die
cinueve años que cumplían su servicio social en hospitales españoles.
Los heridos no se quejaban nunca, por muy horribles que fueran
56 JUAN EUGENIO BLANCO
los desgarrones en su carne ni por espeluznantes que resultasen las
curas y operaciones. Había un prurito especial en no dar “ el detalle”
ante los médicos, enfermeras y demás personal sanitario, sobre todo
cuando éste no era español. Todos quedaban asombrados ante el es
toicismo de los divisionarios, que a veces exageraban la nota de in
diferencias; en Wilna se puso de moda cantar fandanguillos, y en Riga
el “ Vuela, vuela, palomita” durante el acto de la cura.
Lo más admirable era la conformidad con que se aceptaban las mu
tilaciones; todo se tomaba a broma, y por los pasillos del hospital de
Wilna yo he visto carreras pedestres entre los camaradas que no con
servaban más que un pie. Eran precisamente estos amputados los puntos
más fuertes, animados y joviales en los “soldatenheim” y “ cabarets” de
aquellas poblaciones. Los permisos para salir del hospital no se prodi
gaban; pero, a falta de la autorización legal, se tomaba la del “coman
dante Tapia” , exponiéndose, claro está, a entendérselas con la vigi
lancia. Para evitar estas escapadas en algunos hospitales— Riga—se
recurría a recoger la ropa de los heridos, proporcionándola sólo en caso
de paseo autorizado; ello dió lugar a que a más de un sanitario o con
fiado soldado alemán le desapareciese su flamante uniforme; en el
hospital sólo quedaban algunos de los que no podían moverse; digo
algunos, porque los más conseguían de no sé qué manera un carrito
de inválido, o, en último caso, hasta se iban a caballito sobre la espal
da de otro camarada (esto lo he visto en Hoff). Sólo ellos saben cómo
podían burlar la vigilancia del hospital y la de todas las gendarmerías;
desde luego la alemana ya había desistido de controlarnos y bastaba
con responder “ Ich spanich” a la patrulla para que nos dejase en paz.
Aparte del fastidio de las heridas, no se pasaba mal en los hospita
les. Pero cuando uno comenzaba a encontrarse bien se iniciaba también
en la conciencia el remordimiento de estar allí. Era frecuente, cuando
el médico aún no lo había insinuado, el pedir el alta hacia el frente, de
donde venían cada vez en más cantidad nuevos heridos “ Esto se me
quitará por el camino.”
Al que llegaba al frente, procedente del hospital, se le recibía como
a un marciano; de las chabolas próximas acudían los espectrales vete
ranos a enterarse de cómo se vivía en la civilización y a morirse de en
vidia ante las fotografías en las que se apreciaba al recién llegado del
brazo de jóvenes de talle gentil y larga melena. Venían con el uniforme
completo otra vez, incluso con la tienda de campaña y la palita. Ver
daderamente— y ellos lo sabían— hacían el ridículo tan bien vestidos.
Valero, herido en Possad, llegó a Kruty procedente del hospital de
Kónigsberg, cuando nosotros, con dos antitanques al mando del tenien
te Cuervo, acabábamos de pasar la tragedia y la gloria de Udarnik
— posición intermedia— . Tan relucientes sus botas, tan bien planchada
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA ... 57
su guerrera, tan a la medida el gorro, tan pulcro y atildado, que la es
cena del recibimiento no terminó bien, porque Castro, implacable, exa
geró en sus chanzas la incompatibilidad que a su juicio existía entre
su conjunto y la rudeza varonil que desde los guerrilleros celtíberos a
los legionarios del Tercio habían tenido siempre los soldados españoles.
W1LNA
Polaca hasta 1914, lituana desde 1918, ocupada por los rusos al
comienzo de la última guerra y conquistada después por los alemanes,
Wilna era un magnífico campo de experimentación para comprobar los
odios raciales o nacionales a principios del año 1942. Existían entonces
cinco sectores de diferente población: lituanos, polacos, alemanes, ru
sos y judíos, y cada uno de ellos, sin excepción alguna, odiaba a los
cuatro restantes. Auténtica y para nosotros inexplicable aversión, que,
no pudiendo exteriorizarse más ostensiblemente, se traducía en ren
corosas miradas, en cambios de acera para evitar la proximidad en las
calles, en sonrisas irónicas, hasta a veces en un despectivo y más o me
nos disimulado escupitajo de desprecio.
No sé por qué extraño poder de captación o por qué congénita ecu-
menicidad, los españoles nos llevábamos bien con todo el mundo. Para
nosotros eran las mejores sonrisas de las aristocráticas señoritas pola
cas movilizadas al servicio de los “ soldatenheim” ; las máximas defe
rencias de las puramente nominales autoridades civiles lituanas; la re
lación más afectuosa con los rusos blancos o rojos, colaboracionistas
o prisioneros; no digamos nada de los alemanes; y hasta para nosotros
— únicos amistosos visitantes del “ Ghetto”— era la agradecida simpatía
de los judíos. “ [Link]; ist verboten sprachen” , nos decían las mucha
chas previniéndonos; pero bien pronto infringíamos con gran cordiali
dad las severas reglas del Ejército ocupante.
Wilna era polaca, a pesar del cañamazo de naciones y razas que la
historia tejía sobre su suelo. Polaco, católico y europeo era, esculpido
en la puerta de entrada a la ciudad, el “ Ave María, gratia plena” , que
tan al alma nos llegó cuando, antesala del frente, nos detuvimos allí
unas horas en julio de 1941. Polaco y europeo, parisién más bien,
el ambiente de sus cafés y “ music-hall” , que no desvirtuaban los con
tundentes taconazos militares. Polaco y europeo el aspecto de sus pla
zas, con el concierto de los días de fiesta, mientras la gente hacía
paseos de noria alrededor del tenderete de la banda. Occidentales la
música y el francés con que se educaba la clase media. Y europeas las
Trykiriazy latinas que en lo alto de la montaña que dominaba la
ciudad eran, cara al este soviético, frontera y estandarte. Caballeros
58 JUAN EUGENIO BLANCO
teutones la habían defendido antaño contra la horda dorada, y aún
quedaban a orillas del Wilija ruinas de las antiguas fortalezas que cons
truyeran. Todo respiraba un aliento de resistencia contra la asunción
en la desalmada estepa oriental.
Parecerá una fantasía, pero es bien cierto que en pleno cuartel ge
neral de la quinta columna polaca era suficiente el escudo rojo y gualda
sobre la manga de la guerrera para salvaguardar nuestra integridad.
Y en la alta noche, obscura ante los bombardeos, bastaba el acompañar
nuestros paseos retumbando en las calles solitarias con canciones que
inconfundiblemente eran españolas para saber que la bala por la espalda
o la bomba desde el tejado o la ventana, tan corrientes, no llegarían a
ser disparadas.
No en vano los domingos escapábamos del “ Wehrmacht Gottdiens-
telle” y nos desparramábamos por las iglesias de la ciudad, donde,
codo a codo con la población polaca, oíamos la misa, mientras idén
ticos rosarios desgranaban sus manos y las nuestras. Y si algunos uni
formes militares acompañaban las devotas procesiones, quizá por la
liberación, en las narices de los ocupantes, eran de soldados españoles.
Marías Walewskas de nuestros románticos enamoramientos, Irmas,
Marysias, Vandas. Salía a relucir todo el Chopin que sabíamos, y se
barajaban Valldemosa y Varsovia, Kosciusko y el alcalde de Móstoles,
Adain Mickiewicz y Miguel de Cervantes. Wilna era casi una ciudad
española, con novias y madres llorando en la estación, con las manos
femeninas bordando flechas para nuestras camisas y con cartas que des
de allí llegaban al frente preguntando cuándo terminaría la guerra, Re
sultaba bonito todo aquello, pero la guerra es implacable y fatal; da pena
pensar qué habrá sido de aquellas pobres gentes que tan entrañable
mente se entendieron con nosotros, que eran, frente al torvo comunis
mo, avanzadilla del espíritu y de cuanto amable tiene la vida, caídas
bajo la espuela de los bárbaros modernos.
Vilniuje o Vilniaus para rusos y lituanos; Wilna para los alemanes
y para las geografías del Bachillerato; Wilna para los polacos, en ella
hemos dejado, en el mismo suelo donde se encuentra el corazón del
mariscal Pilsudski— que en tiempos salvó a su patria del comunis
mo— , los cuerpos de varios camaradas que llegaron al hospital heridos
de muerte. Yo sé que sobre sus tumbas, igual que en aquellos años ya
tan lejanos, dejarán flores manos femeninas, símbolo de tanto como
Polonia tiene de común con nosotros por encima y a despecho de las
distancias' y de la guerra.
I
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... f,9
LA RACION DE HIERRO
Hambre, lo que se dice hambre, no pasamos más que en los días
del asedio de Possad, cuando el suministro era casi imposible, tanto
por la dificultad del transporte en la retaguardia— los coches enterrados
en la nieve, la gasolina helada— como por la problemática llegada de
los víveres desde Schewelewo hasta el Monasterio y desde aquí hasta
Possad.
Menos mal que en los primeros días pudieron almacenarse bastan
tes bloques de pan, de aquel pan por el que no pasaba el tiempo y
que, cada vez en menor cantidad, fué la base de nuestra alimentación
— untado con margarina— hasta que dejamos aquel infierno.
Al principio nos defendíamos descubriendo los yacimientos de pa
tatas, que bien pronto se agotaron. También—por lo menos a mi pie
za— nos alivió algo un caballo muerto, regordete él, de cuyos cuartos
traseros fuimos sacando hermosos filetes hasta dar en hueso. La carne
era auténtica carne congelada y se conservaba estupendamente, quizá
demasiado bien, porque estaba muy endurecida para cortarla y había
que esculpir el bistec con el machete.
Los habitantes de toda la Rusia que visitó la División tienen gran
predilección por los pepinos. El método de conservación no puede ser
más sencillo: consiste en dejarlos en agua, que se hiela en cuanto
aparecen los primeros fríos, y de allí se van sacando a medida que se
consumen. Esos recipientes son barriles ordinarios. Los pepinos tam
bién nos ayudaron bastante a distraer el hambre en Possad.
Cuando llegaba algún camarada con suministro— tres o cuatro ve
ces aparecieron allí Fernández de Córdoba y Vilaplana con sus moto
cicletas— los gritos de alegría se oían en todo el frente y de cada posi
ción iba un enviado especial a recoger lo que le tocaba. Venían cosas
ligeras: chocolate, caramelos, queso. Conservábamos nuestra ración
como oro en paño y la comíamos como los niños pequeños o como Car
los de Luna dice que lo hacía el Piyayo: despacito, saboreándolo mu
cho para que durase.
Un día estuvo a punto de estallar un conflicto entre las piezas de
Patiño y de Gestoso. Por un despiste de esos tan normales en la gue
rra no se nos avisó para que acudiésemos al reparto, y nuestra alícuota
de una lata de carne en conserva que había llegado se la llevo— en
depósito— la pieza de Gestoso. En distancia nos separaban sólo unos
ciento cincuenta metros, pero pasábamos días y días sin vernos, primero
porque no estábamos con ganas de dar el paseo de una pieza a otra,
que había que hacer con la barbilla en tierra a cada momento, y segun
do porque el escaso tiempo en que no había tomate o le tocaba a uno
60 JUAN EUGENIO BLANCO
de guardia lo aprovechaba para estar adormilado— dormir nunca— en
las más inverosímiles posturas. Pero cuando nos enteramos, a los tres
días del suceso, que los de Gestoso tenían nuestra ración— así como
medio kilo para seis personas— no dudamos un momento y, dada la
importancia del asunto, salimos Castro y yo por ella.
Con las consabidas molestias pudimos llegar hasta la posición en
que Gestoso y sus muchachos estaban destacados; no disimularon su
alegría al saludarnos, pero nosotros vimos con desconsuelo que tenían
una cara de “ culpables”, que tiraba para atrás. Trataban de distraer
nos contándonos cosas del último ataque; Gestoso, al que habían atra
vesado el capote tres balazos, nos enseñó los nuevos muertos que, día
a día, iban haciendo un festón entre el antitanque y la línea del bosque.
Pero nosotros no teníamos más que una preocupación.
— /Y
'* la carne?
— ¿Qué carne?— contestaba el sargento, con la clásica contrapre
gunta gallega para ganar tiempo (Ferrer se hacía el dormido y volvía
la cabeza para no vernos).
— ¿Qué carne va a ser? La que trajo Tono hace tres días.
— ¿Hace tres días?
— Venga, no haceros el loco. ¿Dónde está la carne?
Todavía tuvieron el cinismo de preguntar si veníamos borrachos.
Vimos en el suelo la lata, el cuerpo del delito y entonces empezamos a
insultar a los dormidos y a los despiertos con esos epítetos que sólo
se toleran en la guerra. A todo esto cuajó un tiroteo que no prometía
nada bueno y nos volvimos con un humor de perros a la chabola. Ade
más, en la discusión habían salido a relucir viejas historias de cuando
a Patiño, nuestro sargento, le tocaba repartir en Nueva Miniza, acha
cándonos de que llevábamos la mejor p arte..., lo que era verdad. Y to
davía se mostraron dolidos de que no apreciásemos su gesto de haber
resistido dos días sin comer la carne; como no íbamos “ creyeron” que
había alguna confusión y les había tocado de más. En fin, aseguraban
con una sonrisa repugnante que la carne estaba estupenda y aludieron
al lema que Patiño, en parecidas circunstancias, había adoptado de
bromas o veras: “ El dinero, ¡como hermanos; el pan, como lobos” .
¡Cómo nos acordábamos del tocinazo de Grafenwórh, de las gallinas
de Piedzanka, de la ración de hierro frívolamente consumida! En el
campamento nos daban platos de legumbres con unos trozos de toci
no que no se los saltaba un torero y que ya llegaron a cargarnos; en
la pequeña aldea polaca de Piedzanka, adonde llegamos millonarios
de la divisa sacarina, comíamos con los ojos y algún pollo a medio asar
fué enterrado entero como el cadáver de nuestra gula. Lo de la ración de
hierro merece contarse despacio.
Entre las muchas cosas raras de que nos equiparon los alemanes
I
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 61
en Grafenwórh— algunas tardamos varios días en saber para qué eran—
nos extrañaron unas bolsitas blancas que parecían tener dentro unas
gruesas fichas de dominó, y una Iatita de conservas. Era la “ ración
de hierro” . No debía tocarse más que en momentos de extremo apuro,
en caso de cerco y como último recurso para no perecer de inanición
La bolsa contenía unas galletas de harina concentrada, con vitaminas,
calorías y no sé qué más cosas, y la lata carne concentrada también,
claro. Nuestros oficiales estuvieron elocuentes cuando resaltaron la
necesidad de conservar hasta el máximo la ración de hierro; para con
sumirla hacía falta una autorización expresa del alto mando. Cuando
se liberó a los heroicos defensores de Narwik, una demostración de
su magnífico espíritu fué que no habían tocado la ración de hierro.
Llevábamos unos días de marcha hacia el frente cuando empezó a
circular por la compañía el rumor de que las galletas de la ración de
hierro estaban imponentes con el chocolate y que la carne sabía de
miedo mezclándola con patatas cocidas y rehogadas en mantequilla.
Una especie de vesania colectiva nos sacudió y las bolsitas blancas
fueron bárbaramente violadas y abiertas, mientras horribles macheta
zos destapaban las frágiles latitas. Todo esto en el más riguroso se
creto, celebrando una especie de comidas “ negras” , donde el remordi
miento de ¡conciencia estaba en razón directa con el regodeo del es
tómago.
Creo que no llegaron a una docena las raciones de hierro que no
sucumbieron en la primera razzia. Unidos en la responsabilidad, nos
preocupaban mucho los esquiroles, y no tardamos en ir localizando,
uno por uno, a los que “ todavía” no se la habían comido, que eran se
veramente juzgados y no sabían cómo disculparse.
Pero llegó la hora trágica. Fué en Oszmiana donde nos anunciaron
que se iba a pasar revista y que entre las cosas que había que pre
sentar en perfecto estado figuraba la dichosa ración de hierro. Hubo
una oleada de pánico y hasta proyectos de asalto a intendencias aje
nas. Al final, nos alineábamos sin ella, en un ambiente de gran expec
tación. Si alguno la tenía todavía, no se atrevió a presentarla para no
estropear aquel no muy meritorio “ Fuenteovejuna” .
Se celebró la revista en la forma de costumbre. No se nos dijo nada,
a pesar de que la ración de hierro brillaba escandalosamente por su
ausencia. Rompimos filas alegremente y un poco fanfarrones; al no ha
ber pasado nada, había quien aseguraba sin recato que la ración de
los oficiales también había desaparecido. Es un misterio que nunca
pudimos averiguar; pero, de todas formas, ellos nos estuvieron amar
gando la vida con el “ Ya os acordaréis de la ración de hierro” . ¡Y vaya
si nos acordamos!
En cambio, cuando nos dieron unas bolsitas con caramelos de fuer-
62 JUAN EUGENIO BLANCO
te sabor a frutas hubo algunos camaradas a quien no había manera
de hacérselos comer, y tuvieron que intervenir los oficiales para re
comendar su ingestión. Se había propalado el rumor, que algunos acep
taban como artículo de fe, de que aquellos caramelos eran enervantes
o antiafrodisíacos (bueno, la gente lo decía de otra forma que ésta a
que yo recurro). Y cuando faltaban aún tantos kilómetros para llegar
al frente, decían los desconfiados: “ ¡Cualquiera se los tomaba!”
EL FRIO
Yo creo que, pasando de los 25° bajo cero, ya da todo igual; al
menos no pude advertir en mi frío ni en el de .mis camaradas diferen
ciación alguna de matices cuando el termómetro descendía de aquella
cifra.
No sé cómo puede explicarse el frío que pasamos en Rusia, porque
la frase “ Un frío de espanto” la escuchamos—y la pronunciamos—en
cuanto una ligera brisa nos hace subir el cuello de la gabardina en
un desapacible día de octubre. Por eso, mejor que buscar adjetivos,
que siempre en este caso resultan pobremente calificativos, pretiero,
para dar idea de aquel frío, recordar alguna de sus consecuencias.
Todos hemos leído con fruición hace— ¡ay!— bastantes años algún
“ T B O ” en el que un pescador introducía su caña en el círculo abier
to con sierra o pico en la superficie helada de algún río. A aquel pes
cador podían sucederle las cosas más heterogéneas, pero nos hemos
olvidado de ellas; queda, en cambio, nítido en nuestra memoria el
perfecto borde de la circunferencia, la tapadera de agua sólida al lado
y el sedal del pescador sumergido en el misterio de la vida submari
na. ¿A quién no le hubiera gustado ser protagonista de esta escena?
Pues eso fué uno de los placeres que nos proporcionó la campaña de
invierno. Muchos de nosotros ya hemos perdido— por realizada— la
ilusión de hacer un agujero en el hielo y advertir cómo bulle la vida
bajo la pétrea e inmóvil blancura. Aunque no buscáramos, como en las
ilustraciones de los cuentos, peces, zapatos, anzuelos de otros pesca-
lores próximos o ballenas que no cupiesen por el agujero, sino, simple
mente, agua. Agua que había que estar removiendo constantemente,
pues se nos endurecía al más pequeño descuido. Sobre el limen los
termómetros llegaron a alcanzar los 53 grados bajo cero.
En las guardias, a pesar de los cuatro pares de calcetines, de las
botas normales y de las “ katiuskas” de fieltro, los pies se quedaban
helados y era un asco, porque, cuando los puestos eran en lugares de
consciente peligro, como no había más remedio que estar golpeando
I
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA ... 63
los pies continuamente contra el suelo, a uno le parecía que aquello era
un estúpido tantán para orientar al enemigo, que en Ja imaginación del
escucha ganaba muchos peldaños en sagacidad, astucia y capacidad de
“ camuflaje” .
Cuando había jaleo podían seguirse dos actitudes; una, combatir
“ con los guantes puestos” ; las armas se manejaban con torpeza, el
dedo se metía difícilmente hacia el gatillo y los “ ratones” de las pe
queñas averías era imposible cazarlos. Eso sí, las manos no se que
daban heladas, que era lo que sucedía si se quitaba uno los guantes;
en este caso se experimentaba una quemadura “ escocesa” que empeza
ba con la producida por el. frío hasta llegar a la del recalentamiento del
metal por los disparos.
Si la vista se quedaba fija unos instantes, al cerrar los ojos se no
taba cómo los párpados rompían la película de hielo lacrimal y en la
pestaña superior se formaba una pequeña marquesina blanca. La se
creción que inconscientemente “ estalactitaba” nuestras narices se qui
taba mucho mejor con un movimiento combinado de pulgar e índice
que con un pañuelo.
En las marchas, cuando uno echaba mano de la cantimplora para
mitigar la sed, se encontraba al empinarla con un sonido desagradable
de maraca de aluminio. El agua se había helado dentro, y no era cosa
de pararse par-a hacer una hoguerita y deshelarla. Había que confor
marse con chupar trocitos de hielo o, en los primeros meses del invier
no, en que la nieve aún estaba esponjosa, con bebería a puñados.
Pero esto era como el algodón dulzófilo que venden en las verbenas
que no nos alivia— a los golosos—de nuestras ganas de dulce sólido.
El pan, al helarse, resistía al cuchillo o la navaja— incluso al ma
chete-com o si fuera turrón de Alicante. Las dos partes de la mante
quillera quedaban unidas como por soldadura autógena. El vino y el
champaña que nos llegaban generosamente podíamos distribuirlos a
medio kilo por persona, no sin antes desprender de las raciones los
trozos de cristal roto que habían quedado adheridos. Con el café con
centrado y la leche condensada era bien fácil hacer pastillas de café
con leche mucho más sólidas que las que había antes de la guerra en
España. (¿Qué ha sido de los caramelos de café con leche?) Todo lo
endurecía y petrificaba el frío, y era imposible comer sin calentar mu
chos manjares de los que ordinariamente no ven el fuego en su vida.
Combatíamos el frío en la forma más elemental y eficaz; encen
diendo hogueras y manteniendo constantemente al rojo las estufas que
improvisábamos; consumíamos cantidades ingentes de leña, que ha
bía que reunir trabajosamente; en Troitzkaja, frente al cementerio de
Nowgorod, habíamos dispuesto que, al regresar de la guardia, nadie
podía entrar en la chabola sin presentarse con un tronco o un tablón.
«4 JUAN EUGENIO BLANCO
Así fueron sucumbiendo las paredes y el techo del pabellón que en el
koljos de aquel lugar se destinaba para guardar tractores, arados y
aperos de labranza. No era fácil el desgajar los tablones, fuertemente
sujetos entre sí con gruesos clavos, y, como se salía bastante cansado
de la guardia, hubo quien recurrió al bonito truco de saltar en las ta
blas ya almacenadas ante la chabola, dando la sensación de que de
positaba la suya; en vista de ello hubo que hacer guardia también
para ver si los que terminaban la guardia traían su correspondiente
leño.
Otra ventaja fué la absoluta falta de hedores. Los cadáveres que
daban perfectamente conservados en su actitud del último segundo.
Cuando las heridas habían causado mutilaciones o profundos desga
rros, quedaban los cuerpos hasta que los podíamos enterrar— a algu
nos. en Possad, no pudimos enterrarlos nunca— enseñando su interna
anatomía, perfectamente constantes y vivos los colores de los huesos,
la carne y la sangre; recordaban las láminas del Testut.
Los alimentos no se estropeaban nunca. Comida dejada en las mar
mitas durante los primeros días de noviembre servía un mes después,
cuando la encontrábamos en la tierra de nadie o en una posición re
cuperada, para paliar nuestro hambre.
Quienes resistían prodigiosamente los efectos del frío eran esos pe
queños insectos compañeros del soldado en todas las campañas; ¡qué
vitalidad! Algún ingenuo creyó que tantos grados bajo cero podrían
servir como medio aséptico, y sepultó entre bloques de hielo su ca
miseta, sus calcetines o cualquier otra prenda. Al recogerla varios días
después, rígida como si fuera de cartón piedra, sus moradores pasea
ban impertérritos— aunque un poco más delgados— por los resquicios y
los pliegues de siempre.
Los rusos adoptaban para preservarse del frío toda clase de pre
cauciones; para andar unos metros de una a otra isba se vestían como
si fuesen a ir hasta el mismísimo polo. Los niños parecían bolitas de
trapo entre tantos guateados, guantes, pasaniontañas y fieltros; el efec
to era más apreciable cuando se les contemplaba deslizándose con envi
diable destreza por la superficie helada del Wolchow. En cuanto a las
jóvenes, sólo la cara podría dar lugar a algún piropo poliglota.
Aquellas buenas gentes se persignaban cuando veían salir en pleno
enero, desnudo de cintura para arriba, a un divisionario dispuesto al
aseo matinal, restregándose con la nieve recién caída; pero esto no se
compaginaba muy bien con las placas de hielo amarillo que iban engro
sando en el umbral de la puerta de la isba hasta impedir su manejo.
Entonces, en vergonzoso turno, había que purgar, picando, la incon
fesable y clandestina pereza.
Y me falta anotar el efecto más divulgado del extremo frío; esa es-
í
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA...
pecie de cretinismo inerte que se apodera de nosotros al borde de la
congelación. Existe tal como lo describen en los novelas. Sirva de
ejemplo el caso de Ferrer cuando yo lo llevaba medio a cuestas ha
cia una ambulancia. Entre lo que pesaba él y mi poca fuerza resulta
que se caía cada diez metros; costaba enorme esfuerzo levantarlo;
mientras trataba de hacerlo, él, que no contribuía mucho a tal fin, me
decía con insistencia de borracho que lo dejase allí, “ descansando”
sobre la nieve, Y, por su gusto, así se hubiera quedado, tan tranquilo,
cuando ya llevaba varias horas desangrándose y con las extremidades
congeladas. Se hubiera acostado, tan feliz y sonriente, en su último
lecho.
LILI MARLEN Y KATIUSHA
La letra de Lili Marlen es de Hans Leip y la música de Norbert
Schultze. Vayan estos datos para la pequeña historia que quizá no
hubiese llegado a ser escrita si Lale Andersen no hace popular la
cancioncilla desde los micrófonos de Radio Belgrado. Hoy se sabe en
todo el mundo. En plena guerra mundial era cantada ya por los com
batientes aliados. Nosotros la adoptamos en seguida y le pusimos
esta letra:
Al salir de España sola se quedó,
llorando mi marcha, la niña de mi amor.
Y cuando partía el tren de allí
le dijo así mi corazón:
“ Me voy pensando en ti, adiós, Lili Marlen” .
Aunque la distancia vive entre los dos,
yo siempre me acuerdo de tu claro sol.
Pues cuando tu carta llega a mi
se alegra así mi corazón,
pues sólo pienso en ti, soñando con tu amor.
Cuando vuelva a España con mi División
llenará de flores mi niña su balcón,
y yo seré entonces tan feliz
que no sabré más que decir:
“ Mi amor, Lili Marlen, mi amor es para ti” .
El nombre que simbolizaba el de tantas muchachas que efectiva
mente se habían quedado llorando no era muy evocador que digamos;
a pesar de ello polarizó nuestra nostalgia afectiva y cuando cantába-
66 JUAN EUGENIO BLANCO
mos Lili Marlen en serio lo hacíamos con una especial gravedad,
marcando con fuerza las últimas sílabas de los versos y perdiendo,
por una vez, el tan decantado individualismo de los españoles para
procurar una armónica fusión de las voces.
Pero a las pocas semanas de estar en el frente de Rusia, una peli
grosa rival comenzó a compartir con “ Lili Marlem” nuestras prefe
rencias corales. Era Katiuska, una canción popular en todas las Ru
sias, que nosotros conocimos a través de los prisioneros y de la po
blación civil. Se cantaba ya mucho antes de que Lenin y Stalin se
les ocurriera soñar con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Su música es una agradable mezcla de fortaleza y languidez; cuando
la escuchábamos nos dimos cuenta de que nada tenía que ver con la
basura comunista, a pesar de lo cual los alemanes habían prohibido
que se cantase, no a nosotros, naturalmente, sino a la población rusa,
que nos decía, asustada: “ Ist verboten” cuando lo hacíamos a gran
des voces, pero que después se aprovechaba de la inmunidad que les
proporcionábamos para unir sus voces a las nuestras.
Rusia tiene un encanto difícil de explicar, pero hay algo en su
tierra, en sus hombres y mujeres, en sus costumbres, que seduce fuer
temente. Y no hago al decir esto ningún descubrimiento, sino repetir
lo que muchos observadores ilustres y sagaces han proclamado. Nos
otros no fuimos insensibles a esa seducción y nos era bien fácil en
tonces, y ahora al recordarlo, separar “ in mente” toda la porquería
comunista del verdadero espíritu de aquel país, al menos en la parte
que conocimos. Katiuska nos servía admirablemente para expresar
todo cuanto no sabíamos decir y, al mismo tiempo—era irremedia
blemente una canción de amor—, para asociar nuestra simpatía ha
cia Rusia con el lacerante recuerdo de quienes nos esperaban en
nuestra Patria. Asimilamos Katiuska desde el primer momento; sa
bíamos eufónicamente su letra en ruso y en ruso la cantábamos. Aun
ahora, no hay sobremesa divisionaria— ¿Por qué no nos reunimos
algún día para recordar algunas cosas que se nos van olvidando?—
en que las notas de Katiuska no salgan a relucir.
Algún tpoeta aficionado que merecía la horca destrozó la canción
poniéndole una letra Sorozábal, que empezaba así:
“ Era Katiusha una mujer divina
hija de un gallardo oficial del zar.”
Afortunadamente no cuajó entre los divisionarios; seguimos res
petando su auténtica letra, cuyos primeros versos, literalmente tradu
cidos, dicen:
í
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 67
“ Florecían manzanos y perales,
navegaban las brumas por el río.
Subiste a la ribera, Katiusha,
sobre la alta ribera, hasta las rocas.
"Continué ,1a canción comenzada
por águila de estepa.
Para ella, a quien amaba;
por ella, a quien mis cantos escribía.”
No quiero hablar de las auténticas “ Katiushas” que en Rusia que
daban. Muy pocas, claro, porque hacen falta muchas cosas y muy difí
ciles de sostener en aquel “ ambiente” para que una mujer se quede
milagrosamente cristiana y humana, espiritual. Pero-más de un divisio
nario que tuvo la fortuna o la desgracia de encontrarla fué protagonista
de una novela de amor que aún hoy dejará en su recuerdo un sabor
agridulce.
Lili Marlen y Katiuska, evocación, para nosotros, de las mucha
chas rusas y alemanas, pero que también, en culpable heterodoxia, nos
servían para añorar, a tantos kilómetros de distancia, tantas Cármenes,
Amparos, Mercedes...
ENRIQUE SOTOM AYOR
El recuerdo de Enrique Sotomayor está latente siempre en nuestra
memoria y cada aniversario de su muerte aviva con su actualidad inelu
dible el dolor que su ausencia produce.
Parece que le estamos viendo con su sonrisa de niño bueno y su
seráfico aspecto, que era lo más opuesto al que pueda imaginarse de
un hombre de acción.
Y, sin embargo, a despecho de la inutilidad oficial que su gran mio
pía le deparaba, Enrique Sotomayor sabía ya del olor de la pólvora
y el ruido de las descargas. En nuestra guerra, por sus obligados aleja
mientos del frente, alternaba la labor directriz, y normativa de la reta
guardia con el combate directo ante el enemigo. Y eran siempre ejem
plares o eficaces sus servicios en la Prensa, en el S. E. U. o en la ban
dera de Marruecos.
No podía faltar Sotomayor a la primera empresa de patente destino
universal que le cupo a la Falange, y se alistó con los primeros en la
lucha efectiva contra el comunismo, en la que la División Azul iba a
ser vanguardia.
Murió un día 5 de diciembre, en la inverosímil defensa que los es-
.a w a ■
68 JUAN EUGENIO BLANCO
pañoles hicieron de una posición que era legendaria en todo el frente
de Leningrado a Nowgorod. Cayó al lado de otro gran camarada, Enri
que Ruiz Vernacci, el segundo de los hermanos elegidos, cuyo cadáver
intentó recoger.
Enrique Sotomayot era el primer voluntario para los sitios de ma^
yor peligro o sacrificio. Recordamos un detalle entre muchos. En oca
sión de una marcha-reconocimiento, su compañía se encuentra ante un
río de doscientos metros de ancho, cuya corriente habrá que atravesar.
En la margen opuesta se ven barcazas que pueden solucionar el paso.
El frío hace marcar el termómetro unas docenas de grados bajo cero.
Sotomayor, sin vacilar un momento, se desnuda y con una bomba de
mano y una cantimplora de vodka que le reanime en la travesía pasa
el primero la corriente. *
En aquel glorioso infierno de Possad, Sotomayor no aceptó nunca
su relevo. Cambiando de sección a sección, en aquella que estaba más
en la avanzada de la primera línea, su conducta era estímulo y ejemplo,
y era su fortaleza moral inquebrantable.
En las horas de descanso, junto a la hoguera o al lado de la estufa
en algún alojamiento, él nos entretenía con sus interesantes narraciones.
Y era unas veces la conversación sobre temas literarios y otras la na
rración de cuentos de ambiente vasco. ¡Con qué gracia fluida sabía ha
cerlo, imitando el hablar de los casheros!
Enrique Sotomayor era unánimemente querido de sus camaradas, y
con su muerte todos sentimos que nos faltaba algo que no se podía
reemplazar. Nos consuela saber que está en el puesto que para sí anhe
laba y que ya su “ ardorosa impaciencia” no tiene objeto, al haber
realizado el supremo acto de servicio.
Nos lo había dicho una noche a orillas del Beresina, hecho silencio
el campamento, abierta el alma bajo el frío cielo estrellado para recibir
una vez más las consignas de la Falange. Ante los camaradas reunidos
para escucharle, alrededor de una gran hoguera, Sotomayor terminó
sus palabras con esta frase: “ Camaradas: Así, sin falsas retóricas que
a nadie agradan, muchos de los que aquí estamos hemos de morir en el
frente. Si nuestro sacrificio es estéril y después de esto tenemos que ver
una España débil o rota, bien venido sea el tránsito que nos libra de
asistir a ese trance vergonzoso; y si, por el contrario, nuestro esfuerzo
da su fruto, ¡bendita mil veces esa muerte que hará posible que impere
sobre nuestra Patria la alegría roja y negra de la Revolución triunfante!”
»
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA ... 69
PED AGO GIA SOVIETICA
La primera preocupación, en lo moral, de los dirigentes soviéticos,
después de su triunfo, fué el suprimir por completo la idea de Dios
y de Religión; pero sus esfuerzos se estrellaron en las generaciones ya
formadas, que nunca llegaron a olvidar por completo las viejas doctri
nas recibidas y se resistían a entregar los iconos, ante los cuales habían
orado sus padres y abuelos, a las llamas de la gran hoguera del ateísmo
que oficialmente se comenzaba a encender. Es una maravillosa muestra
de la supervivencia del ideal cristiano el que aún hoy, a los veinticinco
años de propaganda antirreligiosa activísima y con derroche de medios,
sea mayor el número de hogares en que se conserva una lamparilla cons
tantemente encendida ante la imagen de la Virgen de Kazán, San Sergio
o San Nicolás, que las que decoran sus habitaciones con retratos de
Stalin o de cualquier otro “ mariscal” soviético. En esto se equivocaron
los Soviets. Si bien suprimieron absolutamente el culto oficial y desarti
cularon prácticamente la organización jerárquica de la Iglesia ortodoxa,
no prohibieron— ¿miedo, quizá?— el tradicional culto familiar a las imá
genes (aunque no perdían ocasión de ridiculizarlo o perseguirlo), con
fiando en que desapareciese espontáneamente.
Ante la inutilidad de sus campañas entre la población, que con in
diferencia eslava contempló un día alzarse sobre el Kremlin las bande
ras de la hoz y el martillo, la lucha antirreligiosa— más bien antiespiri
tual— se orientó en la educación de la juventud. Serían las nuevas ge
neraciones totalmente formadas en doctrina comunistas las que disipa
rían el “ sueño” provocado por el “ opio de los pueblos” .
Había que crear un ideal nuevo, una mística inédita: los hombres
no se mueven hablándoles sólo de tractores y koljoses, de toneladas
de carbón y de ejércitos sin posibles batallas. Y los Soviets crearon la
mística del odio, el ideal de la destrucción ante las civilizaciones secu
lares. El mundo no era más que un conjunto de explotados y explota
dores. Había que eliminar a los explotadores, como ya se había hecho
en Rusia. Pero quedaba mucha gente que “ liberar” , gimiendo todavía
bajo las garras de la opresión burguesa. Rusia era la aurora de una
civilización expansiva, la nación que impondría su credo al universo,
el corazón rector de la Unión Mundial de Repúblicas Socialistas Sovié
ticas. Era necesario arrasar en sus cimientos las viejas concepciones
de la vida, para que no fuera posible la reacción. Hacía falta para esto
el gran Ejército Rojo liberador. Había que hacerse fuerte para luchar
contra el mundo entero.
Sobraba Dios: era un pretexto de los otros el escudarse en argu
mentos espirituales de una justicia posterior a la muerte, de un con-
70 JU AN EUGENIO BLANCO
suelo esperanzado ante la desgracia terrena que podía engendrar una
resignación negativa; nada había que esperar de unas leyes que acon
sejan perdonar al que ofende y aseguran que hay otra vida, la de la
justicia reparadora y suprema, de la cual ésta no es más que un breve
tránsito. El odio, engendrado por la envidia a los que la vida ha situa
do en una posición privilegiada, era el lcit-/notiv de la propaganda
roja. Y el odio era un pecado capital en la religión cristiana.
Los rusos inician sus planes de enseñanza suprimiendo casi total
mente la anterior pedagogía. De los libros de Historia, Religión y Arte,
apenas se salva alguno. En Literatura dejan, “ tolerándolos” , los gran
des escritores clásicos, pero sin que sus obras se reeditasen, excepto
las de Dostoieski, Pushkin y algún otro.
Empieza la educación satánica, para la destrucción y el odio, desde
los libros que enseñan las primeras letras. La unificación de textos es
colares es un hecho desde el primer momento. Se intensifica enorme
mente la enseñanza de las matemáticas, extinguiéndose casi las de
Arte y Literatura y falseándose descaradamente la Historia Universal.
Complemento eficaz de la educación escolar es la propaganda por
medio de folletos y carteles, películas y Prensa.
En el texto standard de primeras letras se inicia a la infancia en
el militarismo agresivo, y las ilustraciones son, en muchas ocasiones,
sobre temas bélicos; se lee: “ Iván es hoy un pionero. Mañana será un
soldado del Ejército Rojo” .
En su página 92 dice, al pie de un retrato de Lenin: “ Los niños vi
ven encantados en el país de los Soviets. ¿Quién ha hecho agradable
nuestra vida? ¿Quién ha hecho feliz a nuestra Patria? Ei partido bol
chevique, el partido de Lenin y Stalin” . Y en la siguiente página dice
de Stalin que es el “ caudillo y maestro del pueblo de la U. R. S. S. y
de los trabajadores de todo el mundo, que no le olvidan y le aman ca
lurosamente” .
Asombra el cinismo con que se infiltra en las mentes infantiles la
gran mentira histórica. Felices los niños en el país, que según estadís
ticas oficiales, había en 1932 más de 300.000 criaturas incontroladas,
dedicadas al merodeo y al pillaje. Y Stalin “ amado calurosamente” en
todo el mundo, cuando el luto reciente de millares de familias tiene por
causa la práctica criminal de las órdenes que dicta a sus agentes.
La canción de los escolares soviéticos termina: “ Nosotros aprende
mos así las lecciones para que Stalin diga: “ ¡Muy bien, muchachos!”
No han conseguido los Soviets hacer aparecer a Stalin como un
apóstol paternal; cuando la confianza hace que no exista el miedo en
tre los interlocutores, son frecuentes las críticas al dictador georgiano;
en cambio, es unánimemente venerada entre los bolcheviques la figu
ra de Lenin.
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 71
Los rusos denominan al grado superior de enseñanza secundaria
el technicam, y han establecido dos becas— stipendium— para se
guir sus estudios. El stipendium Stalin y el stipendium Worochilow, para
vincular el interés de la juventud hacia los hombres representativos del
régimen.
En la Historia de la U. R. S . S ., de Schtschestakoff (Moscú, 1938),
que es un compendio de Historia Universal, además de omitir la ma
yor parte de los hechos cruciales en la formación de la Historia de la
Huinnidad— Grecia y Roma, el Cristianismo, descubrimiento de Amé
rica, el Renacimiento— , se falsea la historia moderna de Russia: a
Trotski no se le menciona para nada en la preparación y dirección de
la revolución de octubre, “ Gran revolución proletaria", ya que las
otras, incluidas la francesa del 89 y la de Kerenski del 17, las denomi
na revoluciones burguesas. En cambio, procura unir siempre los nom
bres de Lenin y Stalin, haciendo de los dos gerifaltes rojos figura bi
céfala en la concepción y logro del comunismo.
Mitad del texto lo ocupa la historia de la Revolución rusa; en las
ilustraciones de 'la época prerrevolucionaria insiste morbosamente en
temas de injusticia social o de tiranía despótica; un orondo burgués
rehusando socorrer a una multitud de famélicos proletarios, cargas de
la guardia del zar sobre manifestaciones obreras moscovitas; largas
filas de deportados; amos con el knut alzado sobre las espaldas de po
bres mujiks, etc.
En la parte moderna de las obras de Historia de la Revolución rusa
es frecuente ver retratos y biografías de generales que la sirvieron,
“ depurados” posteriormente por Stalin, y así se encuentran en las escue
las muchos libros con manchones de tinta sobre los párrafos o ilustra
ciones que se refieren al caído en desgracia.
Contrariamente a lo que se ha escrito, en Rusia no se ha prescin
dido, para la educación de la juventud, de la idea de Patria. Muy por
el contrario, se ha procurado exaltar el sentimiento patriótico, dándole
una orientación universalista, en el sentido de incorporación— agre
sión—de los pueblos de Europa. El nombre de Rusia ha desaparecido
oficialmente. La gente dice: “ Eseser” , pronunciación ligada de las ini
ciales— S. S. S. R.— de la Soius Soviets Sotsialistiches Respublik
(Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Aunque los viejos y
hombres maduros continúen usando el antiguo nombre; son los que
aún dicen: Gaspodyin (“ señor” ), en vez de toxvarich (“ camarada” ), y
suspiran todavía con el “ ¡Boxe moiyl” ) (“ ¡Dios mío!” ).
Dice Schtschestakoff en el prólogo de su obra: “ La U. R. S. S. es
un país socialista. Sobre el globo terráqueo hay un solo país socialis
ta. Es nuestra Patria.
” Es el mayor país del inundo. En el Norte está completamente he-
72 JUAN EUGENIO BLANCO
lado, y en el Sur el verano es tan caluroso que maduran el limón y la
naranja y crecen el té y el algodón.
"Nuestro país es el más rico del mundo en riquezas naturales. En
él hay de todo cuanto es preciso para la vida. Cada año tenemos más
pan y otras mercancías. Cada año tenemos más fábricas, escuelas, ta
lleres y cines. Con extraordinaria rapidez crecen nuestras viejas ciuda
des y se construyen otras nuevas.
"Los trabajadores de la U. R. S. S. viven con más comodidades y
alegría que nadie.
"En ningún país del mundo hay tal amistad entre los pueblos como
en la U. R. S. S. En 11 repúblicas soviéticas viven hasta 50 diferentes
pueblos con 170 millones de personas, todos ellos unificados en fra
ternal unión.
"Todos los pueblos de la U. R. S. S. trabajan por el provecho co
mún. En la U. R. S. S. no hay parásitos capitalistas ni grandes propie
tarios. En la U. R. S. S. no existe la explotación del hombre por el hom
bre. De un país atrasado, nuestra Patria ha llegado a ser la más ade
lantada y poderosa. He aquí por qué nosotros la amamos y por qué nos
enorgullecemos de nuestra U. R. S. S., país de los socialistas.
"El camino hacia el socialismo nos lo ha indicado el gran partido
comunista-bolchevique. El guió en la lucha a nuestros padres y her
manos, en la lucha de los obreros y campesinos cuando se sacudieron
el yugo del Zar, de los propietarios y de los capitalistas. Después,
guiados por el partido comunista, dimos el Poder a los obreros y cam
pesinos e instauramos el socialismo.
"Este libro os enseña cómo fué la vida de las gentes en nuestro
país, cómo lucharon los pueblos de la U. R. S. S. con sus enemigos y
opresores, como se esforzaron para que nuestra Patria llegase a ser
un país socialista. Por él sabemos también la vida y luchas de otros
pueblos y en otros países.
"Todo esto se llama Historia.
"Nosotros amamos a nuestra Patria y debemos saber bien su nota
ble historia. Quien sabe más Historia comprende mejor la vida actual
y mejor luchará contra los enemigos de nuestro país y fortalecerá el
socialismo."
Este prólogo dará idea de la veracidad histórica de los capítulos
que le siguen; pero si nosotros, en el contraste por el conocimiento
de la vida en los demás pueblos, tenemos elementos de juicio para
discernir la verdad y la mentira de Rusia, no así los habitantes de la
U. R. S. S., quienes, desde ia implantación del comunismo, no saben
más noticias del resto del mundo que las que los periódicos y libros
I
RUSIA NO ES CUESTION DE UN DIA... 73
soviéticos les proporcionan. Y los dirigentes del nuevo régimen se han
preocupado de hacer aparecer el nivel de vida en Europa más bajo
aún que el que disfrutan los Soviets, y silenciar o falsear los hechos
históricos. De ahí que apenas existan entusiastas de la idea comunis
ta en la población de más de cuarenta años, porque ha tenido tiempo
de advertir la burda tramoya levantada, y se encuentran fanáticos en
la demás gente, que no conoce más verdad que la mentira que le han
hecho creer.
Así puede hablar Schtschestakoff de “ comodidades” en el país en
que la palabra confort no tiene sentido, donde la idea de un aparato
de radio en un hogar obrero es inverosímil, donde la mayor parte de
las viviendas la constituyen isbas rudimentarias, elementales, en que
la vida no difiere apenas de la que las bestias hacen en el establo. De
“ alegría” en una tierra en que los motivos de sus exaltaciones jubilosas
populares, las fiestas religiosas, fueron suprimidos, y donde los desfi
les oficiales son sordos, rencorosos, cantando a media voz himnos de
agresión y de venganza; donde uno de los mayores alicientes en la vida
del hombre es beberse medio litro de “ vodka” que ,le deje sumido en
un delirio adormilado, durante el cual olvida la tragedia de su existen
cia en el cruel “ paraíso” . De “ fraternal unión” en el país que ahogó en
sangre los anhelos de independencia del pueblo ucraniano, que efectuó
la más terrible represión contra los armenios y habitantes del Caúca-
so, que suprimió todos los sistemas judiciales y gradación de penas,
no dejando más que la deportación— la muerte lenta—y el asesinato
para los descontentos o simplemente indiferentes del comunismo. De
“ explotación del hombre” * cuando en la U. R. S. S. se practica la más
degradante explotación del hombre por el Estado, no permitiendo el
menor interés personal que haga agradable el quehacer cotidiano.
Stalin no hizo más que transformar los viejos sentimientos de ex
pansión paneslavista por otros de una falsa redención de la humanidad
trabajadora, para lo cual era premisa indispensable el imperio físico
sobre los pueblos.
Desde el advenimiento del comunismo todos .los inmensos recursos
materiales de la U. R. S. S. se movilizaron para la creación del gran
Ejército Rojo invasor. Los pueblos no eran lo suficientemente viriles
para lograr su revolución, y había que conseguir por las armas el ani
quilamiento de la “ opresión burguesa” en el mundo.
Rusia levantó ante sus accesos unas murallas que nadie osaba atra
vesar; contados viajeros visitaban el país, siguiendo un itinerario obli
gado; se construían grandes factorías de guerra en lugares cuyo em
plazamiento, en algunos casos, es hoy todavía ignorado; primer país
74 JUAN EUGENIO BLANCO
totalitario europeo, sacrificó incluso su popularidad en los años inicia-
ciales— hambre, migraciones, desconcierto económico— en aras de la
potencia futura, que le daría la dominación de la Tierra.
La guerra con Alemania, declarada cuando aún estaba sin logar por
completo el Ejército de invasión comunista, evitó a Europa y a la Hu
manidad entera la irrupción en tromba en los viejos solares de la civi
lización cristiana, de una juventud educada en el odio y técnicamente
preparada para la destrucción.
INDICE
Páginas
P r ó lo g o ............................ 3
E x p lic a c ió n .......................................................................................................................... 5
El C uartel del In fa n te D . J u a n ........................................................ ............... ^ ... 6
N o s v a m o s a R u sia ........................................................................................................... 9
D ía s d e G rafen'w órh............................................................................................................ 10
G r a fe n w ó r h .............................................................................................................................. 11
La m arch a h a c ia R u s ia .............................................................................. 14
P ie d z a n k a .............^............................................................................................................... 16
N otw aja-M jelnitza................................................................................................................... 20
S i t n o ...................................................................................................................................... 22
P o s s a d ......................................................................................................................................... 24
D el d ia r io de P o s s a d ....................................................................................................... 26
O t e n s k y .................................................................................................................. 31
L a b om b a del M o n a sterio ...........................................................
A refin o..................................................................................
In v ita c ió n al v a ls de M o scú ........................................................................................... 38
U d a r n ik ...................................................................................................................................... 41
N o w g o r o d , 1941 ................................................................................................................. 43
L ago lim e n ............................................................................................................................... 45
A o r illa s del I so r a ................................................................................................................ 48
K rasny R or.......... ....................................................................................................... . ... 52
S p a n isc h e s K rieg sla za r ett................................................................................................. 54
W iln a ............................................................................................................................................ 57
La ra c ió n de H ie r r o ......................................................................................... f ........... 59
El f r í o ....................................................................................................................................... 62
L ili M arlen y K a tiu sh a ...................................................................................................... 65
E n riq u e S o to m a y o r .............................................................................................................. 67
P e d a g o g ía s o v ié t ic a .............................................................................................................. 69