TEORÍA DEL REFLEJO — SERGUÉI RUBINSTEIN
SERGUÉI LEONIDOVICH RUBINSTEIN
(1889-1960)
Nació:18 de junio de 1889 en ODESA-UCRANIA
Falleció:11 de enero de 1960 en MOSCÚ-RUSIA
1. Teoría del reflejo
La relación cognoscitiva entre el hombre y el mundo surge al aparecer la
actividad psíquica del cerebro como órgano que sirve para que el organismo
pueda relacionarse con lo que le rodea. La acción recíproca que se establece
entre el individuo y el mundo; la vida, el hacer práctico del hombre, constituyen
la premisa ontológica en virtud de la cual puede surgir, en el individuo, una
actitud cognoscitiva respecto al mundo. En su sentido específico, como
proceso social, e histórico, el conocimiento del hombre se halla vinculado a la
aparición del lenguaje. Sólo la aparición de la palabra permite fijar los
resultados del conocimiento, le confiere continuidad, de suerte que el
conocimiento no se circunscribe a actos que constituyen una simple repetición
y que en esencia se encuentran aislados. Aparece el proceso histórico del
conocimiento.
Al producirse la relación cognoscitiva entre el individuo y el mundo, en cuanto
realidad objetiva, surge el problema gnoseológico.
¿Qué es, en sí, el conocimiento?
el conocimiento es un reflejo del mundo como realidad objetiva. La sensación,
la percepción, la conciencia, son la imagen del mundo exterior.
El concepto de imagen (image, Bild, picture) se encuentra muy difundido en las
publicaciones filosóficas de las distintas corrientes. Importa poco, pues, repetir
una fórmula inicial (o final) en la que se nos afirma que los fenómenos
psíquicos —sensaciones, percepciones, etc.— son imágenes del mundo
externo que existe fuera de la conciencia e independientemente de ella. Es
necesario, además —y ello es lo principal— puntualizar el contenido
gnoseológico real que se vincula a dicha fórmula en la teoría materialista
dialéctica del reflejo. Claro es que todas las variedades de la Bildtheorie (teoría
de la imagen) poseen rasgos comunes, los cuales estriban, ante todo, en
admitir la existencia de los objetos independientemente de sus imágenes, en
contraposición al monismo “epistemológico”, idealista (teorías de Berkeley, de
Mach, etc.), que sitúa la sensación en el lugar de los objetos. No ha de
subestimarse ni mucho menos —ello es obvio— el significado fundamental que
posee el hecho de que existan rasgos comunes entre todas las teorías del
reflejo. Mas el problema que ahora se nos plantea consiste en poner de
manifiesto las particularidades específicas de la teoría del reflejo según el
materialismo dialéctico, rasgos que la distinguen de las antiguas variedades de
la teoría de las imágenes. Ello tiene que realizarse sin perder de vista el rasgo
común que se da en todas las teorías aludidas.
El que la sensación, la percepción y la conciencia sean la imagen del mundo
exterior, en la teoría materialista dialéctica del reflejo, significa que su contenido
gnoseológico no puede separarse del objeto. La imagen no es una cosa ideal,
existente al lado del objeto, sino la imagen del objeto. La teoría materialista
dialéctica del reflejo hace efectivo el monismo materialista en la solución del
problema gnoseológico que trata de la correspondencia existente entre la
imagen y el objeto. Esto es lo que diferencia de manera esencial la teoría
materialista dialéctica del reflejo de la picture-theory (o Bildtheorie), del
denominado realismo representativo (Descartes, Locke y sus discípulos).
La imagen como tal se constituye por la relación cognoscitiva de una impresión
sensorial respecto a la realidad que se halla fuera de dicha imagen y que no
queda reducida al contenido de la imagen.
El denominado realismo representativo parte de la separación que establece
entre imagen y objeto, y de la contraposición externa de los mismos. La imagen
se transforma en algo ideal que existe primero en la conciencia, sin relación
alguna con el objeto, de modo semejante a como el objeto material, la cosa,
existe en el mundo material. La imagen y el objeto se conciben como dos cosas
pertenecientes a dos mundos: la imagen, como perteneciente al mundo interior,
espiritual, de la conciencia; el objeto, al mundo exterior de la realidad material.
Este concepto de la imagen constituye, además, el concepto básico de la
psicología introspectiva.
El realismo representativo pretende demostrar que tales imágenes subjetivas,
ideas, “representan” a las cosas y “corresponden” a las cosas. Ello no
obstante —dadas la premisas dualistas de que parte el realismo a que nos
referimos—, queda como suspendida en el aire la correspondencia indicada
entre ideas y objetos. Resulta imposible comprobar que existe esta
correspondencia partiendo del concepto que tiene de las “ideas” el realismo
“representativo”, concepto que estriba en considerar las “ideas” como puros
estados subjetiyos de la conciencia. La conciencia, cerrada en la esfera de sus
“ideas”, de ningún modo puede “confrontarlas” con los objetos. El idealismo, en
su intento de reducir la verdad a la correspondencia de las ideas con las
propias ideas, ya hizo uso de dicha circunstancia.
El argumento fundamental del idealismo consiste en lo siguiente: en el proceso
del conocimiento, de ningún modo podemos “saltar más allá” de las
sensaciones, de las percepciones y de los pensamientos; por ende, no
podemos llegar a la esfera de las cosas; en consecuencia, es necesario admitir
que las sensaciones y las percepciones constituyen el único objeto de
conocimiento posible. En la base de este argumento “clásico” del idealismo, se
encuentra la idea de que, para llegar a la esfera de los objetos reales, es
necesario “salir” de la esfera de las sensaciones, percepciones y
pensamientos, lo cual, naturalmente, para la cognición, resulta imposible.
Este razonamiento presupone de antemano que está demostrado lo que trata
de demostrar. Se da por supuesto que la sensación y la percepción son meras
formaciones subjetivas, externas por lo que respecta a los objetos a la realidad
objetiva. El hecho es, empero, que los objetos participan en la génesis misma
de las sensaciones. Las sensaciones, al producirse como resultado de la
acción de los objetos sobre los órganos de los sentidos, sobre el cerebro, se
encuentran vinculadas, en su génesis a dichos objetos, En su tiempo, Berkeley,
criticando precisamente al realismo representativo por su incapacidad de dar
una base al conocimiento del mundo exterior, sostuvo el criterio de que los
datos sensoriales constituyen los únicos objetos de conocimiento y situó, por
ende, dichos datos sensoriales en el lugar de los objetos. El mismo camino
sigue hoy el neorrealismo.
Tomar las imágenes, las ideas, los fenómenos cognoscitivos y separarlos de
los objetos materiales, lleva al paralelismo. La correlación entre ideas y cosas
no puede ser más que una correspondencia —sin que se sepa cómo se ha
establecido ni quién la establece— de los elementos de distinto género que
constituyen dos series paralelas. Admitido un paralelismo semejante entre los
fenómenos de la conciencia y los fenómenos del mundo material, en el mejor
de los casos, las imágenes y las ideas sólo pueden ser signos de realidades
materiales, con las que se encuentran, únicamente, en correspondencia formal;
signos que coinciden con tales realidades sólo por correlaciones externas que
de ningún modo ponen de manifiesto cuál es la esencia de las cosas; el
auténtico conocimiento de las cosas se hace imposible y el problema
gnoseológico resulta insoluble.
Esta concepción de la imagen lleva inevitablemente a consecuencias fatales. Si
se acepta, ya no hay modo de librarse de las contradicciones, de los problemas
ficticios y, por ende, insolubles. La doctrina de la percepción se atasca en la
necesidad de resolver un enigma; de qué modo la imagen interior de la
conciencia se lleva al exterior y de qué modo desde el mundo de la conciencia
penetra en el mundo material, exterior, de las cosas. Dado que —según la
premisa inicial— la imagen es concebida como objeto ideal sui géneris, al
margen, por su naturaleza interior, de toda relación con los objetos del mundo
material, queda excluida de antemano la posibilidad de resolver de manera
justa el problema concerniente a los vínculos entre imagen y objeto.
En realidad, no existe la imagen como objeto ideal, separado del objeto
material o puesto en lugar de este último, sino que existe la imagen del objeto.
Ahora bien, la imagen del objeto no es su signo. La imagen en general, sin
relación con el objeto del cual es un reflejo, no existe. Lo que nosotros
percibimos no son imágenes, sino objetos, cosas materiales en imágenes. Es
imposible separar del objeto la imagen sin destruirla. El camino inicial lleva no
de la conciencia a las cosas, sino de éstas a la conciencia. Por este motivo, el
problema que trata de cómo la percepción pasa de las imágenes a las cosas,
constituye un problema erróneamente planteado. Intentar resolverlo planteado
de esta forma, significa caer en una trampa y encontrarse, junto al idealismo,
en un callejón sin salida. [2]
Al dualista, que rompe el vínculo interno existente entre la imagen y el objeto,
no le quedan más que dos soluciones:
1) Contraponer la imagen al objeto, cerrándose en el mundo interior de la
conciencia (dualismo relativo a las imágenes como fenómenos de conciencia y
las cosas en sí, al mundo espiritual y el material a la experiencia externa e
interna; en gnoseología, realismo representativo; en psicología,
introspeccionismo).
2) Situar la imagen en el lugar del objeto material. Tal es la solución que en
filosofía defienden Bergson [3], los partidarios de Mach, los neorrealistas, los
positivistas-fenomenalistas, los pragmatistas, las distintas variedades del
monismo epistemológico, etc.
La teoría del reflejo basada en el monismo materialista supera las formas —y
las consecuencias— del dualismo en lo que respecta a las imágenes y a los
objetos, así como todas las variedades de monismo epistemológico de los
idealistas declarados, de los neorrealistas, de los positivistas, de los
pragmatistas, etc., variedades que se reducen, en el fondo a que las imágenes,
los datos sensoriales y las ideas, se identifican con las cosas y se sitúan en el
lugar de estas últimas. Los monistas epistemológicos se equivocan al presentar
su criterio como superación del subjetivismo, por el hecho de considerar las
ideas y las imágenes no como estados subjetivos, sino como cosas reales y
por el hecho de denominarse “realistas”.