Silencio y repetición
Por Stella Maris Rivadero
“El complejo de la familia conyugal crea los logros superiores del carácter, de la felicidad y de
la creación para realizar en la forma más humana el conflicto del hombre con su angustia más
arcaica, para ofrecerle el recinto más leal en el que le sea posible confrontarse con los rigores
más profundos de su destino para poner al alcance de su existencia individual el triunfo más
completo contra su servidumbre original”.1
La familia era mucho más estable en otros tiempos, el Pater romano y el griego eran los
dueños absolutos de sus familias. El origen de la palabra familia está ligado a los romanos, que
llamaban así a la unidad socioeconómica que estaba integrada por aquellos que vivían en la
misma casa: suegros, hermanos, primos, tíos, quienes sostenían esa convivencia eran un grupo
de esclavos que aportaban su fuerza de trabajo.
Se reprimió el sentido primero de la palabra y se “olvidó” su origen. El único que tenía carácter
de sujeto dueño de la palabra, era el padre.
En tanto el padre de la época cristiana era heredero de Dios Padre.
La concepción freudiana de la familia como paradigma del surgimiento de la familia afectiva, se
apoya en una organización de las leyes de la alianza y la filiación que, a la vez que postula el
principio de la prohibición del incesto y la confusión de las generaciones, lleva a cada hombre a
descubrirse poseedor de su inconsciente y, por lo tanto, distinto de lo que creía ser. Se
descentra de aquello que lo constituía como entero y se ve confrontado a su efectuación de
sujeto como producto de las determinaciones inconscientes. En lo sucesivo, ni la sangre, ni la
raza, ni la herencia pueden impedirle acceder a la singularidad de su destino. Las huellas de
una historia dejarán marcas, que al ser leídas por el psicoanálisis, permitirán al sujeto la
reescritura de otra historia.
Cada hombre, culpable de desear a su madre y querer asesinar a su padre, se define más allá y
más acá del complejo de Edipo, como el actor de un descentramiento de su subjetividad. Sólo
se es culpable de renunciar al propio deseo.
A la vez que confiere un nuevo status al deseo, Freud hace de la familia una necesidad de la
civilización, basada, por un lado en la coacción al trabajo y por otro en el poder del amor.
En estas condiciones el padre es una función simbólica. Dicha función es un importante
operador fundante y estructurante de la subjetividad pues ofrece puntos de anclaje al sujeto
para que no se extravíe en una errancia sin fin.
Pero más allá de los cambios que necesariamente ocurrieron en el seno de la familia, hoy nos
encontramos con diversas formas de agrupamientos llamados familias: monoparentales,
ensambladas, etc.
Si pensamos la repetición de generación en generación podemos definir lo transgeneracional
como el lazo psíquico entre los miembros de la familia y sus antepasados de ramas directas o
colaterales, donde lo traumático fue silenciado pero que están en el inconsciente de uno /u
otro de los progenitores. Producen efectos de vacío o anonadamiento en sus descendientes. Es
frecuente que aquellos que estén al corriente de estos traumatismos se prohíban
mencionarlos por vergüenza, y que prohíban a los demás hacer preguntas. Incluso no deben
querer saber nada. Ello obstaculiza la curiosidad de los niños, el amor a la verdad, su capacidad
de aprendizaje.
El propio superyó de los padres es un modelo de identificación para el niño sus principios
éticos, las tradiciones a la vez familiares y sociales, el valor que dan al respeto al prójimo, al
sentido de la responsabilidad. Estos principios subsisten a través de las generaciones. Seguir
los preceptos de los padres se inscribe en el surco de la identificación con ellos, en particular
de la identificación con la función del genitor que aparece en familia como el portavoz de la
ley.
Otra forma de identificación se produce incluso antes del Edipo, que implica al grupo familiar y
al menos a tres de sus miembros. Es cuando el padre identifica a este niño, como suyo, lo
reconoce y lo inscribe en su linaje. La madre se dirigirá al padre: “Es el niño que concebimos
juntos”. Por este nombramiento insiste Lacan2, el que nombra cambia tanto como el que es
nombrado. Sin este acto de reconocimiento simbólico, el Edipo no puede desarrollarse. Así se
inaugura el vínculo filial y luego los otros lazos de parentesco. Al nombrarlo se asocia al
heredero con los ancestros que llevaron ese apellido, éste no tiene una significación, sólo sirve
para designar. Es un significante puro, como aquellos que funcionan y estructuran lo
inconsciente. Es por lo cual liga el apellido con la base misma de lo simbólico.
En tanto la interrogación fundante del sujeto en tanto deseante (campo de la neurosis)
consiste en preguntarle al Otro por su falta. Frente a la opacidad de no saber qué quiere el
Otro, el sujeto se va a proponer como objeto amable en el fantasma, intentando suturar la
falta en el Otro –en el mejor de los casos– ya que no siempre es posible localizar que al Otro le
haga falta.
El trabajo analítico con la familia apuntará a recrear los vínculos sin anular las diferencias,
esclareciendo los pactos inconscientes que llevan a lo peor, descoagulando respuestas
estereotipadas y pobres, posibilitando que el peso de lo grave y oscuro no recaiga sobre
alguno de los miembros intentando situar la particularidad y eficacia de la ley paterna que
recae y marca a cada uno de los integrantes de la familia para relanzar el deseo que vivifica y
liga la vida a la vida.
Todas y cada una de las historias que hacen a nuestra vida están cruzadas por la razón y la
sinrazón, la riqueza o la pobreza de un encuentro. El enamoramiento y el amor se van
gestando en relación al objeto a que el propio sujeto fue, poco, mucho o peor para el Otro
como causa. El amor aspira al Uno de la fusión, incluso se atreve a soñar con la santidad y la
completud.
Al formar una familia se suele imaginar que se van a subsanar las heridas sufridas en la
infancia, a causa del malestar entre los padres y a la falla de la función paterna y materna
sobre el sujeto, subrayando que la función siempre es fallida por estructura. En el fondo de su
desamparo, para el sujeto la familia aparece en condiciones de convertirse en lugar de
amparo, hecho que no siempre ocurre.
Una familia solicita unas entrevistas porque frente a la muerte anunciada de la madre pero
renegada por todos, aún cuando varios de ellos poseen el “saber médico”, los familiares no
saben qué hacer con una hija y hermana adoptiva, púber ella. Concurren un padre y sus tres
hijos varones, entre 35 y 40 años y las esposas de éstos.
La madre siempre se arregló sola y ahora ya no puede.
Entre las preguntas que traen, insisten éstas: “¿Qué se le puede transmitir a un niña que
pronto entrará en la adolescencia?, ¿quién se hace cargo, cuando la madre muera’?, ¿los
hermanos adoptivos?, ¿el padre?, ¿revivirá el desamparo originario de ser abandonada por sus
padres biológicos?”
Ellos se presentan como una familia “disfuncional” dado que los padres están separados luego
que X fue adoptada, existiendo de por medio medidas cautelares que impidieron al padre ver y
estar con su hija por largo tiempo. Lo que se expulsa de lo simbólico retorna en lo real, al
expulsarse la eficacia de la función y recurrir a una justicia injusta, que hace lugar a la demanda
de la madre que este hombre se aleje del hogar familiar y que no vea a su hija, este hombre
resta melancolizado.
Silencio acerca de la conducta de la madre, aunque alguien dice tímidamente que expulsó al
marido por capricho y mediante algunos ardides legales logró esa medida cautelar. Se recurre
a la ley social cuando la ley simbólica no es suficiente para acotar el goce, una hija es adoptada
bajo esta premisa “será aquella que cuidará de la madre en su vejez”, adopción utilitaria, este
interjuego entre lo ominoso y lo oculto en la saga familiar. Pacto de silencio acerca de lo
ocurrido, ante las preguntas del analista se comienzan a entretejer algunos delgados hilos de
una historia plagada de actuaciones, pasajes al acto y de ocultamientos y silencios
renegatorios, desde lo importante hasta lo superfluo. ¿Cómo se ejerce la función Nombre del
Padre? Dando argumento a esa función, la ejercerá cualquiera que pueda dar argumento al
enunciado de la Ley.
Luego de algunas entrevistas el padre puede apelar la decisión judicial, que atiende su pedido
y anula la medida anterior, estableciendo un régimen de visitas. De ambas ramas de la familia
se repiten escenas donde los hombres en tanto padres desaparecen de la escena, ya sea por
muertes tempranas, desapariciones y/o separaciones.
Fue necesario despejar el sentido coagulado y la fijeza de las posiciones, donde cada miembro
de la familia jugaba un papel que sostenía cierta homeostasis familiar con el silencio y la
distancia, frente a un real que ya era imposible de renegar, en algunos persisten las
renegaciones, en otros aparece el síntoma, en otros la inhibición y en algunos de ellos la
angustia.
Se producen movimientos y reacomodamientos de los tres registros –Real, Simbólico e
Imaginario–, frente a ese agujero que anticipa y presentifica esa muerte anunciada y cuando
en este caso la ley social reitera lo que una mujer quiere, que es desautorizar la presencia de
aquel que podría encarnar la función paterna, apropiándose ella ilegítimamente de su hija.
En tanto un analista no intervenga, lo que estaba escrito obliga imperiosamente a la nueva
familia a caer en lo que Freud llamaba la cara demoníaca de la repetición. El sujeto repite, una
familia repite por no recordar en lugar de elaborar lo traumático. Se puede repetir algo del
orden del significante o del orden de la actuación para evitar enfrentarse con la angustia,
bisagra entre goce y deseo, con la posibilidad que da su atravesamiento para dar lugar al
sostén del deseo de sus miembros.
Hay dos modos de repetición: una vía es la dimensión de la repetición significante; la otra, –
que se puede tomar como del ámbito de la letra– se corresponde con un punto donde la
estructura no alcanza la dimensión del significante, un modo de escritura de lo real por medio
de la acción sin que esto signifique un acto.
Nos encotramos con algunas modalidades de la repetición: cuando implica la diferencia;
cuando en su versión más enajenante se sitúa en el plano de lo idéntico; o cuando se instala la
virulencia de la Wiederholungszwang que deja a los sujetos por fuera del juego amoroso y de
la circulación de los dones, recayendo el peso oscuro del mandato superyoico sobre uno o
algunos de los miembros de la familia.
En este sentido las intervenciones apuntarán a la caída de aquellos goces que acercan a los
sujetos a la pulsión de muerte y lo alejan de la pulsión de vida.
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1. Lacan, Jacques: La familia, Rosario, Homo Sapiens, 1977.
2. Lacan, Jacques: Seminario 9 “La identificación”, versión inédita para circulación interna de la
Escuela Freudiana de Buenos Aires.