LA PERSECUCIÓN DE
VALERIANO
200 – 260
Valeriano es conocido por proclamar un edicto
de persecución en el que prohibía el culto cristiano y las
asambleas, confiscando los cementerios donde a menudo
se reunían. Un año más tarde (agosto de 258), un Senado
consulto amplió el edicto al prescribir.
PERSECUCIÓN
Se produjo la novena persecución, entre los años 257 d.C y 260
d.C., en la que se prohibieron las reuniones cristianas y se
arrestaron a numerosos obispos. Quizá se esperaba que el
ataque contra los dirigentes debilitaría al movimiento, pero la
estrategia de Valeriano no dio los resultados que esperaba. Al
año siguiente, convencido de que la aniquilación de la jerarquía
no se traduciría en el final del cristianismo, ordenó la ejecución
de todos los diáconos y laicos de relevancia que no
apostataran. La nueva medida estuvo en vigor durante dos
años y sólo concluyó cuando Galieno decidió derogarla y
devolver sus propiedades a las iglesias.
Las motivaciones de Valeriano, alegadas por su ministro
de finanzas Macriano, eran hasta entonces inéditas:
intentó subsanar en parte el déficit estatal con los bienes
de los cristianos.3 En el Edicto de agosto de 257, «prohibió
el culto cristiano, obligando al clero a sacrificar a los dioses
so pena de destierro» (Actas de Cipriano).
Ultimos años del mandato
Alrededor de 257 Valeriano recuperó Antioquía y la
provincia de Siria, pero al año siguiente los godos
saquearon Asia Menor. Al final de 259 se trasladó a Edesa,
pero una epidemia diezmó sus tropas, debilitando las
posiciones romanas. Por circunstancias que se ignoran,
aunque posiblemente fue traicionado por su prefecto
pretoriano Macriano el Viejo, fue hecho prisionero por los
persas, sin que llegase a firmar la paz con Sapor I. Se cree
que fue cruelmente ultrajado, al ser obligado a tragar oro
fundido, y posteriormente ejecutado.