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Historia Crítica y Compromiso Político

Este documento discute la necesidad de que los historiadores tengan un compromiso político y adopten una perspectiva crítica. Argumenta que los historiadores deben alejarse de enfoques apolíticos y profesionales e involucrarse en las luchas populares para promover un cambio social. También analiza el 'fin de la historia' y cómo los historiadores pueden escribir una historia que dé voz a los grupos marginados.

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Historia Crítica y Compromiso Político

Este documento discute la necesidad de que los historiadores tengan un compromiso político y adopten una perspectiva crítica. Argumenta que los historiadores deben alejarse de enfoques apolíticos y profesionales e involucrarse en las luchas populares para promover un cambio social. También analiza el 'fin de la historia' y cómo los historiadores pueden escribir una historia que dé voz a los grupos marginados.

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Corrientes Historiográficas

Sin embargo, dice Marx, la historia no realiza nada,


no posee ninguna riqueza inmensa, no libra batalla alguna.
Es más bien el hombre, el hombre vivo realmente,
Quien realiza todo, quien posee, quien lucha.
Jean Chesneaux

¿Qué nos enseña toda la historia de las revoluciones modernas


Y del socialismo? El primer estallido de lucha de clases en
Europa: el levantamiento de tejedores de seda de Lyon, terminó
en una derrota. El movimiento cartista en Inglaterra,
terminó en una derrota. La insurrección de Paris
en 1848 fue una derrota. La Comuna de París resultó
otra terrible derrota. El camino hacia el socialismo está
sembrado de derrotas. Y sin embargo ese camino conduce,
paso a paso, a la victoria final.
¿Dónde estaríamos nosotros hoy sin esas derrotas?
Rosa de Luxemburgo

Manifiesto de una Historia crítica: El historiador y sus compromisos políticos

Durante una serie de conferencias de 1960, y ante la presencia de la élite intelectual


mexicana (incluyendo a Carlos Fuentes) ocupando el auditorio central del Colegio de México,
Wright Mills nos regaló una definición sobre el papel del intelectual en estos tiempos oscuros y
de <<crisis>>. Lo define como el “actor social” trascendente y “único factor” de transformación
en las sociedades pobres y hambrientas del Tercer Mundo; el intelectual es el único capaz de
ofrecer resistencia: “La solidaridad y el esfuerzo intelectuales han de centrarse en la política. Si el
pensador no se vincula personalmente al valor de verdad en la lucha política, tampoco estará en
condiciones de afrontar responsablemente el conjunto de su experiencia viva”. Pasaron dos años
para que Fidel Castro volviera a hacer un llamado a los intelectuales, en la Segunda declaración
de La Habana, planteó nuevamente la función transformadora y dinámica de los intelectuales:
“La actual correlación mundial de fuerzas y el movimiento universal de liberación de los pueblos
coloniales y dependientes señalan a la clase obrera y a los intelectuales revolucionarios de
América Latina su verdadero papel, que es el de situarse resueltamente a la vanguardia de la
lucha contra el imperialismo y el feudalismo”1.
Hoy, cuarenta y un años después de las palabras de Mills, y treinta y nueve de las de
Fidel, sigue siendo un hecho incontestable la necesaria y urgente reformulación, actualización y
divulgación de perspectivas críticas en el plano de la teoría y el análisis de las sociedades
contemporáneas. El historiador y la historia, en este sentido, se enfrentan al reto de proponer
caminos y salidas que confronten al sistema capitalista, evitando así, que éste continué
desarrollándose; y que cada día, los que hagan historia denuncien los atropellos, la explotación, la
injusticia, la desigualdad y la discriminación que sufren cotidianamente los excluidos. Dentro de
la tarea de renovación que tiene por delante el historiador se encuentra el rechazo a la historia
complaciente, cómoda, opresiva y estéril, que hoy en día se produce en las universidades de

1
La Segunda declaración de La Habana fue pronunciada por Castro en 1962, y en 1983, fue publicado el libro José Martí. El autor intelectual, del
mismo Castro, y en el cual se recogen diversos discursos y textos. Ver: CASTRO, Fidel. José Martí. El autor intelectual. La Habana: Editora Pública,
1983, p.140.
Corrientes Historiográficas

“marfil”; se impone, pues, la necesidad de discutir en este texto la urgente necesidad de construir
una historia nueva y diferente, que será, indiscutiblemente, una historia crítica.
Sentada esta serie de requerimientos, las propuestas fundacionales del Grupo Manifiesto
Historia a Debate2(GMHD) no cumplen, desafortunadamente, con una propuesta de romper, en
palabras de Fontana, “la línea continua postulada por la interpretación histórica establecida” 3, y
tampoco, coloca al presente en una situación crítica. Esto es, no olvidar que, incluso para el
historiador, en palabras de un “marxismo cálido”4 propio de Benjamin, “la política tiene
preeminencia sobre la historia”5; por lo tanto, el papel del historiador es el de invertir la visión
tradicional, que considera al pasado como un centro estable alrededor del cual gira el presente, y
situar el presente en la agenda de nuestras preocupaciones. Solo me resta indicar que el objetivo
de este texto es el de arrojar luz sobre las cuestiones políticas y éticas del oficio del historiador,
cosa que puede resultar muy difícil; sin embargo, siempre reclamaré el renacimiento de una
conciencia crítica, expuesta en el pensamiento y obra de Marx, que nos lleve a renovar el sentido
y el fin de la historia.
Con tal de cumplir este propósito desarrollaré los siguientes tres temas: en primer lugar,
hablaré sobre el compromiso político del historiador intentando desnudar las falsas evidencias del
discurso sobre el oficio del historiador, a saber son: el objetivismo apolítico, el intelectualismo y
el profesionalismo. En segundo lugar, pretendo demostrar la necesidad de una función ética del
historiador, especialmente, pondré énfasis en la importancia que ésta acarrea en la transformación
del saber tradicional en un saber crítico y me apoyaré en la idea de que un requerimiento para
hacer una verdadera historia crítica, es la historia al servicio de las luchas populares. Finalmente,
analizaré el “fin de la historia”, en otras palabras, su “utilidad social”, esto anterior, me permitirá
establecer las condiciones para escribir una historia real de los subalternos.

Oficio del historiador: compromiso político y <falsas evidencias>

Las reflexiones alrededor del saber histórico que han sido escritas por la mayoría de los
profesionales de la Historia, han sido elaboradas desde una posición (in)confortable, además
dichos historiadores han estado instalados en una cátedra y gozan de cierto prestigio social. La
producción intelectual que se ha elaborado dentro de estas condiciones no ha presentado
ambiciones que vayan más <allá> de las consideraciones generales sobre la historia; siempre en

2
En la página del Grupo se consigna lo siguiente: “Explicitando las posiciones, sobre la escritura de la historia y el oficio de historiador, que
proponemos a los historiadores del mundo como alternativa historiográfica para el siglo XXI, Historia a Debate busca reforzarse como
movimiento historiográfico de nuevo tipo: por su carácter global y porque entiende que aquellos colegas que no coinciden con nuestros
planteamientos fueron, son interlocutores necesarios”. Grupo Manifiesto Historia a Debate, 2001. [en línea] Disponible en: <[Link]
[Link]/Spanish/manifiesto/idiomas_manf/manifiesto_had_esp.htm>
3
FONTANA, Josep. La historia después del fin de la historia. Reflexiones acerca de la situación actual de la ciencia histórica. Barcelona: Crítica,
1992. p.143
4
Ernest Bloch contrapone el “marxismo cálido” frente al “marxismo frío”. El primero de ellos pone énfasis en las acciones de los hombres y de
las mujeres como transformadores de la historia, rechazando así la visión lineal que rinde culto al progreso y rescatando a los vencidos, como
decía Benjamin, “sólo gracias a aquellos que sin esperanza, nos es dada la esperanza”. Mientras que el segundo aboga por las fuerzas
productivas y las <<leyes de la historia>>. Ver: VEGA CANTOR, Renán. “La Historia como esperanza crítica en la obra de Josep Fontana”, en
FONTANA, Josep. ¿Para qué sirve la historia en un tiempo de crisis?. Bogotá: Ediciones Pensamiento Crítico, 2006. [Link]. p.19.
5
Estas palabras son fragmentos de textos de Walter Benjamin recopilados en BUCK-MORSS, Susan. The dialectics of seeing. Walter Benjamin
and the Arcades Project. Cambridge: MIT Press, 1989. pp.338-344; tomado de BENJAMIN, Walter. Paris, capitale du XIXe siècle. Paris: Éditions du
Cerf, 1989, pp. 477, 493 y 495.
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el interior del discurso intelectual y de los “territorios” del historiador 6. Por tal motivo,
Chesneaux en la presentación de su libro ¿Hacemos tabla rasa del pasado? A propósito de la
historia y de los historiadores se pregunta:
“¿Qué lugar ocupa el saber histórico en la vida social? ¿Actúa a favor del orden establecido o contra él?
¿Es un producto jerarquizado, que descienda de los especialistas a los <<consumidores de historia>> a
través del libro, la televisión o el turismo? ¿O está ante todo enraizado en una necesidad colectiva, una
referencia al pasado que actúa en todo el cuerpo social, y cuyas investigaciones especializadas no pasarían
de ser un aspecto entre otros?”

Tal como lo mencioné anteriormente, y confirmando el pensamiento de Chesneaux, todas


estas cuestiones son políticas. Para tratarlas, pues, debemos realizar una aproximación en
términos directamente políticos, a partir de una reflexión global 7 fundada en la revisión de las
falsas evidencias del oficio del historiador: la “objetividad”, el intelectualismo y la
profesionalización. No obstante, debe tenerse claro, y además no olvidar, que las herramientas
metodológicas e investigativas de la historia deben estar correlacionadas con la capacidad de la
reflexión histórica de volver las luchas militantes8 en un terreno privilegiado del historiador y del
saber histórico.
La renovación que pretende el GMHD en relación al compromiso (también de su oficio)
del historiador nos dice lo siguiente: “[…] queremos constatar y alentar la <vuelta al
compromiso> de numerosos académicos, también historiadores, en diversos lugares del mundo
con las causas sociales y políticas vinculadas a la defensa de valores universales de educación y
salud, justicia e igualdad, paz y democracia”9. En este sentido, se nota, claramente, la
preocupación por la transformación de la sociedad en que vivimos; pero después de todo, no
existe una preferencia por un modelo de sociedad, en este sentido el GMHD puede abogar por un
modelo liberal o por un modelo socialista. No existe plan de transformación social <<neutro>>
alguno, que transmita los hechos históricos y su interpretación sin pasarlos por un geometral
conceptual de sociedad <ideal>: lo que implica unas determinadas ideas políticas10.

6
CHESNEAUX, Jean. ¿Hacemos tabla rasa del pasado? A propósito de la historia y de los historiadores . México: Siglo veintinuno editores, 1981.
4. ed; 1977, 1 ed en español; p.7. [1. ed. en francés, Paris: Librairie Francoise Maspero, 1976].
7
Es claro que esta <reflexión global> debe partir de un rechazo hacia el sistema capitalista, además de reconocer como indispensable la
adaptación “orgánica” del historiador a las luchas sociales concretas.
8
Al respecto Chesneaux nos ofrece lo siguiente: “[…] son ellas [las luchas militantes del historiador], y sólo ellas las que la hacen necesaria y
legítima, las que constituyen su razón de ser profunda [la reflexión histórica]”, ver: Ibid., p.8.
9
Grupo Manifiesto Historia a Debate, 2001.
10
Para ilustrar, de una mejor y sencilla manera, recurro a la siguiente cita: “Hay cuatro afirmaciones sobre las relaciones entre el estado y la
economía que se suponen hechas por un norteamericano, un británico, un alemán (identificado con posiciones fascistas) y un ruso (identificado
con posiciones comunistas). La afirmación que se atribuye al norteamericano es ésta: <<Mi país se fundó sobre el principio de la libertad y esto
incluye la libertad de las interferencias del estado. Ningún gobierno tiene derecho alguno de decir a sus ciudadanos lo que deben hacer con su
propiedad>>. Lo que no se nos aclara es si el tal norteamericano es: a) un miembro de la familia Rockefeller, b) un portorriqueño marginado de
Nueva York, c) un negro del ghetto de Chicago, o d) uno de esos jóvenes californianos que ni han encontrado ni encontrarán, previsiblemente,
una ocupación remunerada”, citado de: MCINTOSH, H. G. “Assesment at Sixteen-plus in History”, en JONES, R. Ben [ed]. Practical approaches to
the New History. Londres: Hutchinson, 1973, p.169. Tomado de: FONTANA, Josep. Historia: análisis del pasado y proyecto social. Barcelona:
Critica, 1999. p.249.
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Por esta razón, debemos rechazar el objetivismo apolítico11, no basta con respaldar la
<búsqueda de unos valores universales>, pues muy pocos historiadores profesionales aceptan la
invitación a reflexionar seriamente y sistemáticamente en torno al papel de su actividad
profesional en la vida política, cultural y social. En los círculos académicos se pide un estilo
retórico frío y desapasionado, pues el término “objetividad” aboga por falta de partidismo.
También, y en numerosas ocasiones, la “objetividad” impide que el tono revolucionario invada la
vida profesional de los historiadores. Entonces, rechazo la noción de que la “objetividad” pueda
ser “reducible al peso de la autoridad de los puntos de vista de quienes, por su posición,
establecen las normas, los juicios valorativos del no tan metafórico mercado de las ideas” 12. No se
puede seguir empleando el término “objetividad” para reprimir el apasionamiento político del
revolucionario, y mucho menos, permitir la imposición de un desapasionamiento erudito, pues,
así, estaremos justificando la aceptación del statu quo13. Llegó la hora de reclamar por una
“historia ideológica, de una verdad de clase, de un partidismo de la ciencia” 14, de esta forma
podremos evitar que los que tienen el poder sean quienes definan como “buenas/objetivas” las
ideas que se parecen y que legitiman las suyas.
El historiador debe estar en un continuo autoexamen, ¿acaso mi profesión actúa a favor
del establishment, o a favor de las luchas revolucionarias?, también es requisito indispensable que
estudie las relaciones existentes entre sus temas de investigación y el equilibrio de la sociedad
burguesa: no puede hacerse a la idea de la separación entre “profesión” y “sociedad” 15. De forma
similar, retomando el debate entre Thompson y Althusser -plasmado en un libro del primero-,
sabemos que los intelectuales han quedado al margen, en gran medida, de las experiencias de
actividad de movilización de masas y de las luchas populares:
“No han tenido la experiencia de la lucha antifascista, la guerra y la Resistencia; ni siquiera de ningún
combate programático o electoral consistente y duro, cuyo apoyo podían asumir intelectuales; el Mayo
francés del 68 sólo duró unos pocos días; y las luchas obreras, tales como la huelga de los mineros
británicos que derribó un gobierno, se han venido llevando a cabo sin necesidad de ninguna participación
intelectual”16

11
La década de los sesenta estuvo marcada por un descontento generalizado, tanto hacia las instituciones principales de la sociedad como hacia
los que eran sus portavoces. Cuando los periodistas fueron blanco de ataque del vicepresidente de los Estados Unidos por no informar
“objetivamente”, de lo que se trataba a menudo era de que aquéllos no aceptaban las versiones oficiales de las operaciones durante la guerra
en Vietnam. A partir de dicha discusión, Tom Wicker hacía los siguientes comentarios, pues los reclamos de objetividad periodística estaban “al
servicio de los intereses de aquellas fuentes oficiales con las que principalmente tiene que ver el fetiche de la objetividad”, en: NOVICK, Peter.
Ese noble sueño. La objetividad y la historia profesional norteamericana Tomo II. México: Instituto Mora, 1997, [Link], p.498; traducción al
castellano a cargo de Isabel Vericat (edición en inglés, Cambridge Press, 1988).
12
Estas palabras aparecieron en el primer número de la revista Studies on the left, la cual funcionó como el primer vehículo organizado de la
nueva izquierda historiográfica estadounidense, en: NOVICK (1997;1988), [Link]., p.508.
13
El mismo primer número de la revista Studies señala: “El desapasionamiento erudito es el medio auténtico des estudioso satisfecho con las
cosas tan como están (o intimidado por ellas)”.
14
Estas palabras, señaladas por Novick (p.519), fueron tomadas del texto “Socialist and historian” del historiador estadounidense y socialista,
Eugene Genovese.
15
Con relación al objetivismo apolítico, Chesneaux denuncia las pretensiones de Paul Veyne cuando nos dice que: “Un historiador serio, es decir,
desinteresado, no se interesa en la historia de Francia por ser francés, se interesa por amor a la historia”, ver: CHESNEAUX (1981;1976), [Link].,
p.26.
16
Unos párrafos después continúa: “Pero en general puede decirse que nunca ha habido en Occidente ninguna generación de intelectuales con
menos experiencia de lucha práctica, con menos experiencia de lucha práctica, […] con menos sentido de lo que los intelectuales pueden
aprender de los hombres y las mujeres con experiencia práctica y de la oportuna deuda de humildad que el intelectual debe reconocer a ésta”.
Ver: THOMPSON, Edward Palmer. Miseria de la teoría. Barcelona: Crítica, 1981. p.283; traducción al castellano de la edición en inglés de 1981
(Merlin Press).
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Así mismo, los historiadores intelectuales, aquellos que escriben aislados de toda práctica
política y social, encerrados en sus enclaves institucionales, terminan dándole la espalda a los
compromisos de hacer una historia que reivindique los auténticos combates de las masas.
Entonces, es momento de afirmar el carácter colectivo y activo del conocimiento histórico, esto
es, el rechazo al intelectualismo. Chesneaux nos recuerda que: “Ingeniosamente, los historiadores
han inventado la distinción entre la historia que se hace y la historia que se escribe” 17. Claramente
esta diferencia impide que las masas populares estén posibilitadas de escribir su propia historia,
pues no se trata de solo hacerla, sino también, de que puedan plasmar sus experiencias en los
registros escritos. El historiador debe luchar en contra de aquellas pretensiones de emitir licencias
intelectuales, las cuales, solamente, buscan patentar la producción del saber histórico. Retomando
y transformando las palabras de Enzensberger, los historiadores combatirán a “los que desean
probar a la historia de su capacidad crítica y subversiva y convertirla en un conocimiento
afirmativo, generalmente la entierran detrás de una serie de proposiciones estereotipadas que, en
su abstracción, son tan irrefutables como vacías de resultados”18.
Por otra parte, el profesionalismo ha dependido de las calificaciones técnicas y de la
“habilidad”, las cuales son características del oficio del historiador que han sido discutidas
únicamente en el interior de la comunidad científica, dentro de “un pequeño mundo corporativo y
privilegiado”19. Así mismo, el aumento de la producción histórica, junto con su publicación, se ha
acelerado constantemente, se escriben centenares de revistas especializadas, tesis, trabajos
dirigidos, coloquios, seminarios de investigación, reediciones de documentos antiguos, entre
otros. Pero, surgen inquietudes que intentan sacar a la luz el debate político de este fenómeno
editorial: ¿En qué sentido actúa? ¿Quiénes son los grandes beneficiados? Una de las posibles
respuestas estaría encaminada a señalar que el producto final de la “operación histórica” es
diseñado como un dispositivo que actúa unilateralmente: “se elaboraría aislado, en las esferas
eminentes de la investigación especializada, para bajar después de piso en piso, degradándose de
uno en otro: manuales escolares, historiadores “aficionados”, vulgarización”20. De esta manera,
debemos rechazar este discurso elitista de la historia para los historiadores profesionales, tenemos
que evitar que las masas populares sean desposeídas de su historia, impedir que sean expulsadas
de ella, combatir ferozmente la reserva de la historia para los especialistas, y recuperar la
capacidad de los excluidos de “hacer la historia”.

El historiador y la sociedad: función ética, historia radical y conciencia histórica.

Cuando se vive en un medio universitario, y se efectúa la adhesión a una escuela (secta),


el individuo no pasa a integrar un grupo humano de investigación que le permita compartir,
desarrollar y producir nuevas ideas; por el contrario, las perspectivas del investigador son regidas
por un clima de insolidaridad y una competencia despiadada. La pertenencia a un grupo le
17
Chesneaux rechaza la consideración de Marc Bloch sobre la escritura de la historia de su Apologie pour l´histoire: “Aunque la historia hubiera
de ser eternamente indiferente al homo faber o al homo politicus, le bastaría en su defensa el ser reconocida como necesaria para el pleno
desarrollo del homo sapiens […] la historia tiene sus goces estéticos propios”, en: CHESNEAUX (1981;1976), [Link]., p.25.
18
ENZENSBERGER, Hans Magnus. Raids and reconstructions. Londres: Pluto Press Limited, 1976. p. 276-277. La traducción del fragmento es
bastante libre.
19
CHESNEAUX (1981;1976), [Link]., p.27.
20
En este punto, Chesneaux señala que la “Nueva Historia”, liderada por Pierra Nora y Le Goff, junto con la historia del marxismo académico,
propagaban las falsas evidencias del discurso histórico y modificaban arbitrariamente las reglas sociales de funcionamiento de la producción y
difusión de la historia. CHESNEAUX (1981;1976), [Link]., p.27
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permite al historiador acceder a coloquios, publicaciones especializadas del grupo, y lo ayuda en


su carrera individual. Pero estos “privilegios” encierran al historiador en reductos y lo aíslan
totalmente de los problemas del mundo exterior:
“[…] los historiadores nos hemos alejado todavía más, al desinteresarnos de los problemas que importan
al ciudadano común para integrarnos en un pequeño mundo cerrado que menosprecia el de la calle, y nos
dedicamos a escribir exclusivamente para la tribu de los iniciados, y mayoritariamente para otros
profesionales (que al fin y al cabo son quienes nos tienen que juzgar en las tesis o en los concursos de que
dependen nuestras carreras”21

Lo que realmente sucede es que las personas de la calle, el obrero, el campesino, el ama
de casa, el transexual, el homosexual, aquellos que sí viven en ese mundo exterior, eso que
Fontana llama calle, verdaderamente, necesitan de la historia. La historia es una necesidad de
cualquier ser humano en la medida en que cumpla para todo grupo, la misma función que la
memoria para cada individuo: es la que hace, que cada uno desarrolle y se apropie de su
identidad, en otras palabras, ser el uno y no el otro. Y como los historiadores profesionales no les
proporcionamos una historia “democrática” y que se ajuste, efectivamente a sus necesidades
reales; ellos reciben y adoptan pasivamente –por culpa de nosotros los historiadores
profesionales– las versiones de una historia oficial elaborada por los políticos, los medios
masivos de comunicación, las celebridades nacionales, las instituciones del poder, o incluso las
telenovelas y el cine.
En la lucha contra la historia elaborada por el orden establecido, la función ética del
historiador debe ser la de proteger el uso público de la memoria colectiva, pero también la de
“rechazar el pasado y sus imágenes de opresión” 22. Sólo así podremos alimentar a las luchas
sociales pues el obrero podrá hacer uso de la memoria de los movimientos de protesta, y
enriquecerá su demanda presente con el pasado de las huelgas que lo precedieron. Así mismo, los
recuerdos de opresión, de resistencia y de lucha abren nuevos espacios donde se valoriza la
capacidad política del pueblo, se engrandece su “aptitud para ocuparse de sus propios asuntos en
el curso de los grandes movimientos de masas” 23. No solamente tenemos la obligación de
desmitificar las versiones de la historia oficial, no solo basta impedir que se haga un uso
distorsionado de la memoria pública, tampoco la función ética del historiador debe gravitar
alrededor de desenmascarar, exclusivamente, el uso de la historia para legitimar el orden
establecido; debemos hacer mucho más que eso. Nuestra misión no sería completa con solo
elevar un denuncio en contra de la forma en que los colonizadores belgas le enseñaron a los hutus
a odiar a los supuestos señores feudales tutsis mediante una interpretación sesgada y falseada de
la historia de Ruanda; debemos, más bien, cumplir con la responsabilidad de enseñar lo que
Pierra Vilar nos intentó transmitir: “pensar críticamente”24.

21
FONTANA (2006), [Link]., p.44.
22
CHESNEAUX (1981;1976), [Link]., p.40.
23
Ibid., p.45.
24
VILAR, Pierre. Historia marxista, historia en construcción. Ensayo de diálogo con Althusser. Tunja: UPTC, 1974. p.7; traducción del original
francés al castellano a cargo de Germán Colmenares e Inés Pinto Escobar.
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Formada así, una nueva clase de historia, una historia radical25, y recordando aquellos
versos de Brecht en aquel poema titulado Loa al revolucionario: “Dondequiera se calle. Ahí
hablará. Y donde reine la opresión y se hable del destino. Ahí dirá los nombres”, tenemos las
herramientas necesarias y suficientes para dar origen a un historiador crítico y a una historia
crítica que se preocupen por brindarnos la posibilidad de repensar el futuro. Encontraremos,
entonces, siempre salidas hacia adelante basadas en las experiencias vividas y en las
trasfiguraciones que nuestro presente ocasiona. Las siguientes palabras de Fontana resumen la
función ética de esta nueva historia: “Esa es la clase de historia que puede hacer del historiador
alguien que contribuya con su trabajo a mejorar las cosas en un tiempo de crisis” 26. Sin embargo,
y siguiendo la invitación de Fontana, debemos reconocer que este “modelo” de historia no tiene
esquemas ni teorías completas, quizás son parciales, pues debe ser construida por todos, por los
académicos y los no académicos, desde la praxis, desde el trabajo en el archivo, desde la
comunidad; en este intento de manipular el pasado críticamente se debe crear una conciencia
histórica que aporte elementos para combatir los males sociales de la desigualdad, la opresión y
la pobreza; que denuncie a aquellos que cometen abusos en contra de la Historia; y que nos ayude
a descubrir un futuro cargado de esperanza.
Ahora bien, voy a centrarme en la tarea de recomponer esta conciencia crítica que
permitirá recuperar las esperanzas y reanimar la capacidad de acción colectiva. En tal sentido,
quienes se encargan y se dedican a la enseñanza, y en especial a la de las ciencias sociales, tienen
que cumplir con unas obligaciones esenciales. El historiador como profesor no puede caer en los
juegos de mandarines27, sencillamente, debe prestar sus servicios de enseñanza, prefiriendo estos
a las satisfacciones causadas por el dinero, el poder y el prestigio. La obligación de los maestros
debe ser la de ayudar a que se mantenga viva la capacidad de las nuevas generaciones para
razonar, criticar, preguntar y proponer; mientras se busca cumplir el objetivo de enseñar una
historia crítica con voluntad totalizadora que integre dinámicamente todos los elementos de la
sociedad. Paralelamente, los esquemas de enseñanza deben ajustarse a las demandas de las
nuevas generaciones28.
Los profesores simpatizantes de esta historia radical harán parte de una “institución” en la
que podrán apoyarse, utilizarán estos espacios de investigación y difusión con el objetivo de
compartir nuevas propuestas históricas, y a su vez, eliminarán la idea de que la investigación
histórica es una actividad superior y “reservada a quienes se hubiesen graduado regularmente” 29.
Adicionalmente, la experiencia que nos otorgó el grupo de History Workshop –o <<taller de
historia>>– liderado por Raphael Samuel (su <<tutor>>) en Ruskin College, debe ser retomada y
adaptada a las necesidades locales. Este taller abre las puertas para que los hombres y mujeres
procedentes de organizaciones obreras, jóvenes sin recursos económicos, estudiantes de
25
Thompson recurre a la siguiente analogía: “Cuando ella (Wollstonecraft) dijo que <<la mente no tiene sexo>>, exigía a la vez el acceso de su
género al mundo entero de la mente, y rechazaba también cualquier privilegio para su género. Si puedo utilizar una analogía, la historia radical
no debería pedir tampoco privilegio alguno. La historia radical pide los niveles más exigentes de la disciplina histórica. La historia radical debe
ser buena historia. Debe será tan buena como la historia pueda ser”. THOMPSON, Edward Palmer. Agenda para una historia radical. Barcelona:
Crítica, 2000. p.14
26
FONTANA (2006), [Link]., p.59.
27
CHESNEAUX (1981;1976), [Link]., p.15.
28
Fontana nos dice: “Nuestros libros de historia dan cuenta, por ejemplo, de cómo han crecido la producción industrial y el proletariado
asociado a ella; pero lo que no aciertan a explicar, en contrapartida, es cómo ha llegado a surgir un volumen de paro como el actual. Y lo que un
joven estudiante de hoy necesita que le expliquemos no es la génesis de la vieja industrialización con pleno empleo, sino la de la crisis en que
vivimos: la quiebra de un sistema que no le ofrece ya esperanza alguna”, ver: FONTANA (1999), [Link]., p.248.
29
FONTANA, Josep. “El grupo de History Workshop y la <<Historia Popular>>”, en: SAMUEL, Raphael. Historia popular y teoría socialista.
Barcelona: Crítica, 1984. p.7; traducción de la edición de 1981 en inglés a cargo de Jordi Beltran.
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universidades públicas y privadas, gente del común, puedan llevar las <<fronteras de la
historia>> más cerca de la vida de cada uno de ellos:
“El Workshop comenzó como un ataque contra el sistema de exámenes y contra las humillaciones que
imponía a los estudiantes adultos. Fue un intento de animar a los trabajadores y trabajadoras a escribir su
propia historia, en lugar de dejar que se perdiera o de aprenderla de segunda o tercera mano; de ser
productores, más que consumidores; y de utilizar su experiencia y su conocimiento en la interpretación del
pasado. Para muchos fue simplemente un ejercicio –el retorno a las fuentes primarias–, pero para unos
pocos se convirtió en una pasión, incluso en el inicio de una dedicación para toda la vida. […] Lo único que
les sostenía era la seriedad de su empeño, y el orgullo que nace del hecho de aprender un oficio por sí
mismo”30

Fines de la Historia: una historia de los subalternos

El GMHD enuncia que el debate originado durante el otoño de 198931 sobre “los fines de
la historia” debe ser reemplazado por la discusión alrededor del “fin de la historia”, sus palabras
expresan que ese <<fin>> debe ser: “Es responsabilidad de los historiadores y de las
historiadoras ayudar a que los sujetos de la historia construyan mundos futuros que garanticen
una vida libre y pacífica, plena y creativa, a los hombres y mujeres de todas las razas y
naciones”32. Todo esto representa sin duda un paso hacia adelante respecto de la finalidad de la
historia, pero el saber histórico debe ser ampliado para el pueblo, debe ser popular, interno a las
masas, y debe enraizarse activamente en las luchas del presente. Les digo a GMHD “TENEMOS
que ir más lejos”. Limitarnos a “trabajar” desde el escritorio no es recomendable, pues,
<<trabajo>> se define por su finalidad colectiva, en otras palabras, por su uso social. La
invitación es a trabajar sobre y con las luchas campesinas, sobre y con las comunidades
indígenas, sobre y con los movimientos obreros, sobre y con las minorías sexuales, sobre y con
los subalternos.
Nos preguntamos, así, ¿Qué puede ser una historia hecha por los subalternos, por los de
abajo, y que siga sus propias necesidades? ¿Una historia en donde los historiadores profesionales
seamos los auxiliares? Tendríamos que recurrir a tomar como ejemplo las experiencias de la
versión norteamericana de “guerrilla-history”33 (en el sentido de guerrilla-teatro); un estudio
histórico sin rigideces, lleno de dinamismo, comprometido con las necesidades sociales
concretas, libre de los intereses del poder establecido y su formulación libre de las reglas
convencionales del “objetivismo”. Esta es la solución para instaurar al pasado popular como un
instrumento de lucha popular, además, de dejar a las masas populares –no a los historiadores– la
30
Estas palabras son citadas por Fontana de la introducción escrita por Samuel del libro Village life and labour (1975), ver: Ibid., p.7-8. Debe
resaltarse que el Workshop surgió en 1966, y cuatro años después se abrió un ciclo de producción histórica muy importante. Durante dicho
período se imprimieron una serie de panfletos que más tarde darían cuerpo a la revista History Workshop Journal, la cual comenzó, en 1976, con
un subtítulo que decía <<una revista de historiadores socialistas>>, y siendo modificado en 1982 por <<revista de historiadores socialistas y
feministas>>.
31
Las obras que deberían consultarse son: 1) “The End of History?” [¿El fin de la historia?], publicado por Francis Fukuyama en julio de 1989; y 2)
Posthistoire de Lutz Niethammer en mayo de 1989.
32
Grupo Manifiesto Historia a Debate, 2001.
33
También se ha señalado la experiencia china durante el período 1960-1965, y en el cual se practicaron las <<cuatro historias>>: historia de los
pueblos, de las comunas, de las familias y de las fábricas. Se nos advierte que: “Las experiencias, los recuerdos y tradiciones, los materiales
escritos locales se ponían en común en la base, con objeto de hacer el balance del pasado reciente y de calcular lo que el socialismo ponía en
juego”, ver: CHESNEAUX (1981;1976), [Link]., p.168.
Corrientes Historiográficas

tarea de definir el valor de las herramientas históricas y el uso que se harán de ellas. Es, por
ejemplo, a los subalternos34 a quienes les corresponde unificarse, no necesariamente deben
convertirse en una <<clase>>, más bien, deberán atar los episodios y <partes disgregadas> de sus
vivencias y de su propia historia, pues “todo indicio de iniciativa autónoma de los grupos
subalternos tiene que ser de inestimable valor para el historiador integral”35.

Referencias consultadas
BUCK-MORSS, Susan. The dialectics of seeing. Walter Benjamin and the Arcades Project. Cambridge: MIT
Press, 1989.

CASTRO, Fidel. José Martí. El autor intelectual. La Habana: Editora Pública, 1983.

CHAKRABARTY, Dipesh. Al margen de Europa. ¿Estamos ante el final del predominio cultural europeo?.
Barcelona: Tusquets Editores, 2008.

CHESNEAUX, Jean. ¿Hacemos tabla rasa del pasado? A propósito de la historia y de los historiadores.
México: Siglo veintinuno editores, 1981.

ENZENSBERGER, Hans Magnus. Raids and reconstructions. Londres: Pluto Press Limited, 1976.

FONTANA, Josep. La historia después del fin de la historia. Reflexiones acerca de la situación actual de la
ciencia histórica. Barcelona: Crítica, 1992.

FONTANA, Josep. Historia: análisis del pasado y proyecto social. Barcelona: Critica, 1999.

FONTANA, Josep. ¿Para qué sirve la historia en un tiempo de crisis?. Bogotá: Ediciones Pensamiento
Crítico, 2006.

GRAMSCI, Antonio. “Apuntes sobre la historia de las clases subalternas. Criterios metódicos”, en:
SACRISTAN, Manuel [comp.]. Antonio Gramsci. Antología. México: Siglo Veintiuno Editores, 2007.

NOVICK, Peter. Ese noble sueño. La objetividad y la historia profesional norteamericana Tomo II . México:
Instituto Mora, 1997.

SAMUEL, Raphael. Historia popular y teoría socialista. Barcelona: Crítica, 1984.

THOMPSON, Edward Palmer. Miseria de la teoría. Barcelona: Crítica, 1981.

34
La historia de los subalternos, tal y como lo entiende Chakrabarty, debe alejarse de la historia de las minorías, pues está última está
presionada por una demanda creciente de democracia. Precisamente, ha intentado presentar una historia <<buena>> de las minorías
ocupándose de ampliar la esfera de justicia y moral de la democracia representativa. El ideal que se busca es el de conservar las
heterogeneidades de lo subalterno sin procurar reducirlas a un principio totalizador y natural, entonces, es menester hacer uso del principio
fundamental de la historia subalterna: “hacer de la conciencia del subalterno el puntal de un relato de rebelión”. En: CHAKRABARTY, Dipesh. Al
margen de Europa. ¿Estamos ante el final del predominio cultural europeo?. Barcelona: Tusquets Editores, 2008, 1 ed, p.149; traducción del
inglés al castellano a cargo de Alberto Álvarez (Princeton University Press, 2000).
35
GRAMSCI, Antonio. “Apuntes sobre la historia de las clases subalternas. Criterios metódicos”, en: SACRISTAN, Manuel [comp.]. Antonio
Gramsci. Antología. México: Siglo Veintiuno Editores, 2007, [Link], p.493; dicho texto fue publicado por primera vez en el texto de Gramsci Il
Risorgimiento (1949), pp.191-193.
Corrientes Historiográficas

THOMPSON, Edward Palmer. Agenda para una historia radical. Barcelona: Crítica, 2000.

VILAR, Pierre. Historia marxista, historia en construcción. Ensayo de diálogo con Althusser. Tunja: UPTC,
1974.

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