0% encontró este documento útil (0 votos)
122 vistas5 páginas

Georgé Rudé - Ilustración

La Ilustración fue un periodo de gran vigor intelectual en el siglo XVIII en Europa. Los filósofos ilustrados, conocidos como "philosophes", cuestionaron los supuestos heredados del pasado y rechazaron las explicaciones teológicas, en favor de explicaciones racionales y empíricas. Aunque difirieron en algunas ideas, compartieron la creencia en la capacidad humana para comprender el mundo a través de la razón. Los escritos de Montesquieu, Voltaire, Rousseau y otros influyeron en los debates polí

Cargado por

Gustavo Nieto
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
122 vistas5 páginas

Georgé Rudé - Ilustración

La Ilustración fue un periodo de gran vigor intelectual en el siglo XVIII en Europa. Los filósofos ilustrados, conocidos como "philosophes", cuestionaron los supuestos heredados del pasado y rechazaron las explicaciones teológicas, en favor de explicaciones racionales y empíricas. Aunque difirieron en algunas ideas, compartieron la creencia en la capacidad humana para comprender el mundo a través de la razón. Los escritos de Montesquieu, Voltaire, Rousseau y otros influyeron en los debates polí

Cargado por

Gustavo Nieto
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

LA ILUSTRACIÓN

“Si existe alguna duda sobre las realizaciones artísticas y literarias del siglo
XVIII, no puede haber ninguna acerca de su importancia en la historia de las
ideas. Fue, realmente, una época de sobresaliente vigor intelectual que se
difundió por la mayor parte de Europa -una época que los franceses llamaron
siécle des lumiéres, los ingleses the Enlightenment, los alemanes die
Aufklärung, los italianos i lumi, y los españoles el siglo de las luces. En su
amplio contexto, la Ilustración abarcó casi todas las ramas del conocimiento: la
filosofía, las ciencias naturales, físicas y sociales, y su aplicación en la
tecnología, la educación, el derecho penal, el gobierno y el derecho
internacional (…)”

“Fue una época todavía más rica en la especulación en las ciencias sociales.
Empezó con el gran tratado de Vico sobre filosofía de la historia, Scienza
nuova, en 1725, seguido por los escritos históricos de Voltaire en Francia, de
Hume y Robertson en Escocia, y de Gibbon en Inglaterra. (…) En la nueva
ciencia de la economía, Quesnay escribió su Tableau économique, la Biblia de
los fisiócratas, con su defensa de un impuesto único sobre la tierra, en 1758; y
en 1776 Adam Smith predicó en favor del libre cambio y del fin del
mercantilismo en La riqueza de las naciones. (…) Sobre el gobierno y las ideas
políticas, De l´esprit des lois, de Montesquieu (1748), y Discours su´inégalité
(1775) y Du contrat social (1762), de Rousseau.
Entre estos escritores y pensadores, había muchos -aunque no todos los
que aparecen en esta lista- que recibieron el nombre de philosophes o
<filósofos>. El término, por supuesto, es originario de Francia; y entre los
philosophes, los más activos y, en muchos aspectos, los más influyentes eran
franceses: hombres como Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Diderot, d
´Alembert, (…)
Pero hubo otros en varios países que recibieron también este nombre,
aunque muchos de ellos se encontraban en un nivel inferior: entre otros,
Beccaria, en Italia; Robertson, Hume y Adam Smith, en Escocia; Gibbon y
Bentham, en Inglaterra; Franklin y Jefferson, en Norteamérica; Kant, Lessing,
Grimm Mendelssohn, Goethe (y posiblemente Herder y Wieland), en Alemania;
Vattel, en Suiza; Kollataj, en Polonia; y Lomonosov, en Rusia (…)”
“(…) Lo más cercano a un programa fue la encyclopédie, ou Dictionnaire
raisonné des arts, publicada por Diderot y d´Alermbert en 17 volúmenes entre
1751 y 1772, y a la que contribuyeron muchos de los principales philosophes:
Montesquieu escribió cobre el <gusto>, Voltaire sobre <esprit>, y literatura,
Helvétius sobre religión, y Rousseau sobre música. Además, había importantes
diferencias entre ellos. Vico y Montesquieu, por ejemplo, sostenían puntos de
vista gradualistas y evolucionistas sobre la historia, que la mayor parte de los
philosophes posteriores no aceptaban. Ni Voltaire ni Hume -ni, en este campo
Gibbon ni Kant- compartían las concepciones de Rousseau, o de Turgot o
Concorcet sobre el progreso humano y la perfectibilidad del hombre: Voltaire,
en particular, sufrió una conmoción en su creencia en el progreso como
consecuencia del terremoto de Lisboa de 1755, y en el Candide, que escribió
unos años más tarde, se esforzó en atacar el optimismo de la filosofía de
Leibniz. Diderot, Holbach y Helvétius eran materialistas o ateos, mientras que
Voltaire, a pesar de los agudos dardos que lanzó contra l´Infâme, continuó
siendo deísta durante toda la vida, y Rousseau, como veremos, llegó a
amenazar con la muerte a los disidentes de la religión civil expuesta en el
Contrato social. (…) Rousseau, al menos en Francia, era el inadaptado por
excelencia. Mientras los philosophes, en general, eligieron a la razón como su
guía, Rousseau replicó anteponiendo el instinto natural, la <sensibilidad> y las
virtudes del hombre primitivo; y mientras los demás eran urbanos,
cosmopolitas y habitués de los salones y de la sociedad elegante, Rousseau fue
siempre el promeneur solitaire, que consideraba a la sociedad como una
influencia corruptora (...)”

“Pero incluso con esta diferencias, los philosophes tenían ciertas


cualidades distintivas de pensamiento en común. Todos ellos ponían en
entredicho los supuestos básicos que sus contemporáneos habían heredado del
pasado, ya fueran filosóficos, teleológicos o políticos. Eran generalmente
hostiles a la religión organizada o revelada, y todos rechazaban el bárbaro
dogma eclesiástico del pecado original. Daban una explicación racional, no
teológica ni mística, del mundo y de la existencia del hombre y su lugar en la
sociedad; porque (según afirma Ernest Cassirer) estaban convencidos de que el
<el entendimiento humano es capaz por su propio poder, y sin recurrir a la
ayuda sobrenatural, de comprender el sistema del mundo>. Su optimismo
básico con respecto a la capacidad del hombre para dominar la naturaleza y
para comprender el mundo y la sociedad en los que vive les inclinaba también
a un optimismo -aunque ésta no fue, como hemos visto, una cualidad
compartida por todos ellos- sobre el futuro del hombre, su perfectibilidad y la
posibilidad de felicidad. Además, aunque no fueron políticos prácticos (con la
excepción de Turgot), tampoco fueron filósofos de café que se dedicaron a
explicaciones abstractas o metafísicas: su <filosofía> era práctica y empírica, y
la utilizaban como un arma de crítica social y política, e intentaban persuadir a
otros, fueran gobernantes o gobernados, para que pensaran y actuaran igual.
(...)”

“De esta forma, los philosophes formaban parte de una élite consciente
de sí misma, un pequeño grupo de hombres ilustrados y entregados, que se
proponían convertir a otros de su tipo tanto por sus ideas como por la fuerza de
su ejemplo. Al ser una élite, su filosofía tenía sus limitaciones sociales; tenían
poco que decir para confortar a los pobres y, como Robespierre dijo más tarde,
en son de queja, mostraron poca preocupación por <los derechos del pueblo>.
<No es a los trabajadores a los que hace falta educar -escribió Voltaire-, sino a
los buenos burgueses,a los comerciantes>; (...)”

“(…) Mucho más importante fue la obra de Montesquieu y Rousseau (y en


menor grado, la de Voltaire) cuyas opiniones conflictivas sobre el Estado y la
sociedad no han dejado de llamar la atención de los historiadores y teóricos
políticos, así como de los profesionales de la política, desde entonces. El primer
tratado político de Montesquieu fueron las Letters persanes (1921), en las
cuales, bajo el disfraz de las reflexiones de un visitante persa sobre la sociedad
y costumbres parisienses, se hacía un comentario crítico de las instituciones
políticas de la Francia contemporánea. Su obra más importante, De l´esprit des
lois, apareció casi una generación más tarde (1748). Es notable en más de un
respecto. En primer lugar, como Vico pero al contrario de muchos de sus
compañeros philosophes, la visión de Montesquieu de la historia y de la política
es relativista: no existe un sistema perfecto de gobierno apropiado para todos
los países al margen de las condiciones temporales y geográficas. Por el
contrario, el gobierno y las instituciones, las leyes y las costumbres, nacen de
la historia de cada nación, de su geografía y de su clima, Así, de los tres tipos
de gobiernos existentes, el despotismo (aunque detestable, y ésta es una
inconsistencia en su línea argumentativa) sólo era apropiado para los
debilitadores climas del este y y del sur. En Europa se daban las alternativas de
la monarquía o la república, pero la república (aunque deseable para todos en
teoría) en la práctica sólo era apta para pequeños estados, como las ciudades-
estados de Grecia y Roma o sus equivalentes modernos, Venecia y Ginebra.
Pero el relativismo de Montesquieu estaba lleno de juicios morales absolutos
que, lejos de justificar las constituciones existentes, le hacían rechazar la
monarquía absoluta existente en Francia como demasiado expuesta a caer en
el despotismo. Así pues, la solución era un compromiso: una monarquía cuyas
tendencias despóticas tuvieran el freno de una constitución equilibrada. Y aquí
el modelo era el británico, en el cual pensaba que se daba una perfecta
<separación de poderes> entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Al
aplicar este modelo en Francia, pidió que se diera más autoridad a los cuerpos
<intermedios> -la aristocracia y los parlamentos- como contrapeso al
despotismo de la corona. (…) Voltaire no fue un pensador original, y no escribió
ningún tratado político, pero con sus numerosos folletos, cuentos filosóficos
(Zadig, Candide), dramas (La Henriade, La Pucelle), y su voluminosa
correspondencia, llegó a representar una actitud política totalmente distinta a
la de Montesquieu. (…) Voltaire fue a lo largo de su carrera un sólido oponente
del <privilegio>, en particular del que poseían los parlamentarios, cuya
influencia hubiera destruido con gusto. (…) “

“(…) El problema de Rousseau es mucho más difícil (…) La cuestión se la


planteó en un primer momento la Academia de Dijon, al ofrecer un premio al
mejor ensayo sobre este tema: ¿cuál es el origen de la desigualdad entre los
hombres, y es ésta acorde con el derecho natural? La respuesta de Rousseau,
en su Discours sur l´inegalité (1755), fue que la igualdad sólo se encuentra en
el estado primitivo de la naturaleza y que la desigualdad, igual que la pérdida
de la inocencia primitiva del hombre, fue provocada por la influencia corruptora
de la sociedad. El mismo pensamiento se repite unos años más tarde en Emile:
<Los hombres no están hechos para amontonarse todos juntos en
hormigueros… Cuantos más se congregan, más se corrompen unos a otros>.
Lo notable es que El contrato social apareció en el mismo año (1762); pero en
éste el énfasis es completamente distinto. La famosa sentencia que lo incita,
ciertamente, está totalmente en armonía con la visión negativa de la sociedad
expresada en el Discours y el Emile: <El hombre nace libre, pero en todas
partes está encarcelado>. Pero sigue diciendo que la libertad natural del
hombre primitivo tenía graves limitaciones, y que sólo a través del <contrato
social>, mediante el cual los hombres se unen para vivir en sociedad, se puede
conseguir una libertad, seguridad, cultura y dignidad humana más elevadas.
De esta manera, el contrato social, aunque destruye la inocencia y libertad
primitivas del hombre, le ofrece a cambio algo mejor. ¿Pero cómo se pueden
asegurar mantener estos beneficios? Unicamente, contesta Rousseau,
mediante la actuación de la <voluntad general> y la formulación de buenas
leyes. Pero la voluntad general, que es infalible, no es simplemente la suma
total de las falibles voluntades individuales: es la destilada esencia de la
voluntad de la comunidad en su conjunto. ¿Cómo se puede poner a prueba y
traducir en leyes? Posiblemente, a través de una decisión mayoritaria del
pueblo en asamblea; pero como la mayoría está expuesta a ser corrompida por
la propaganda malintencionada, Rousseau se inclina a favorecer la alternativa
de la intervención de un legislador al estilo Solón que actúe en nombre de la
comunidad. De todas maneras, sea cual fuere la forma de promulgación, las
leyes representan la voluntad general, y como tales, todos deben obedecerlas.
(…) El Contrato social de Rousseau fue la primera exposición de los principios
básicos de la soberanía popular; no es sorprendente, pues, que cualesquiera
que hayan sido sus intenciones, sea éste el aspecto de Rousseau que, entre
muchos otros, ha persistido más.”

Fragmentos tomados de: George Rudé: “Europa en el siglo XVIII. La


aristocracia y el desafío burgués” Ed. Alianza. Madrid: 1972. Páginas
194-204.

También podría gustarte