INDECENTE
UNA PROPUESTA TABÚ
STASIA BLACK
Copyright © 2020 por Stasia Black
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción,
distribución y/o transmisión total o parcial de la presente publicación por
cualquier medio, electrónico o mecánico, inclusive fotocopia y grabación, sin
la autorización por escrito del editor, salvo en caso de breves citas
incorporadas en reseñas y algunos otros usos no comerciales permitidos por
la ley de derechos de autor.
Esta es una obra de ficción. Las similitudes con personas, lugares o eventos
reales son puramente coincidencia.
Traducido por Mariangel Torres
UNO
Aprieto la mano de Bradley, mi novio, mientras entramos a
uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad. Él sabe
que siempre he querido venir, pero hay que reservar con
meses de adelanto y, además, los precios son una locura.
Hago una pausa después de que Bradley le dice su
nombre a la mesera.
—¿Estás seguro, amor? Sabes que no podemos
permitirnos...
Pero Bradley me interrumpe con un beso en la parte
posterior de mi mano, la cual está sosteniendo.
—No tienes que preocuparte por eso. Esta noche no.
Bradley viene de una familia rica, pero ha estado
tratando de demostrarle a su padre que puede sobrevivir por
su cuenta ahora que nos graduamos de la universidad.
Así que el hecho de que Bradley haya insistido en
traerme aquí... tiene que significar que...
Tan tan tantán... La marcha nupcial suena en lo más
profundo de mi mente en un bucle eufórico. Esta noche es
nuestro sexto aniversario y al fin me hará la gran pregunta.
Oh, Dios mío.
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Mi cara se ilumina con una sonrisa mientras aprieto su
mano.
—Vale.
Brad me devuelve la sonrisa, pero entonces se pasa una
mano por el pelo; era algo que siempre hacía cuando estaba
nervioso.
Es tan guapo. Tenía la clásica buena apariencia ameri‐
cana con su cabello rubio ceniza y sus brillantes ojos azules.
Todavía puedo recordar las mariposas que revoloteaban en
mi estómago el primer día en el que se dirigió hacia mi casi‐
llero, cuando yo solo era una estudiante de segundo año y él
uno de tercero. La estrella del equipo de baloncesto estaba
interesada en mí, una chica silenciosa y tímida que se sentía
más cómoda con los libros que con la gente.
Han pasado seis años desde que me invitó a salir y
hemos sido inseparables desde entonces.
Así que el hecho de que estuviera nervioso ahora mismo
es ridículo; como si no supiera cuál sería mi respuesta. Lo
sabe todo sobre mí y siempre me ha amado exactamente por
quien soy.
La mesera nos guía a una mesa íntima en la esquina
trasera. Bradley arrima la silla para que yo me siente.
—Señorita —dice, con una mala imitación de un acento
francés.
Yo suelto una risita y me siento. Él me recorre con los
ojos.
—Te ves increíble esta noche, cariño. Me encanta ese
vestido.
Estoy usando mi vestido más elegante: un vestidito
negro que conseguí en una tienda de segunda mano. La «V»
del escote se extendía peligrosamente hasta abajo; esa era la
razón por la que era el vestido favorito de Bradley.
Le devuelvo una amplia y pícara sonrisa.
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—Lo sé. Me lo puse solo para ti.
Por un segundo hay un brillo en sus ojos que no puedo
descifrar; pero al instante desaparece y se ve tan despreocu‐
pado como siempre mientras me pasa el menú desde el lado
opuesto.
Solo tengo que echarle una ojeada. Me lo he memori‐
zado tras leerlo en línea ansiosamente. Me encanta cocinar
cuando tengo tiempo libre y me considero una aficionada a
la buena comida.
—¿Podemos pedir los cinco platos?
Belle Nuit tiene uno de los menús más exquisitos de la
ciudad.
—Claro. Todo lo que quieras. Esta noche el cielo es el
límite.
Cuando acabe la noche me va a doler el rostro por haber
sonreído tanto. Una mesera pasa a nuestro lado ofrecién‐
donos el vino de la casa y toma nuestro pedido.
Bebo un sorbo del tinto y charlamos un poco hasta que
la sopa llegue. Bradley no para de masacrar el pan que
siguen colocando en el centro de la mesa.
—Ten cuidado o estarás demasiado lleno para disfrutar
de la comida.
Él simplemente levanta los hombros y baja la mirada
hacia su teléfono móvil.
—Eh, conoces las reglas. Nada de teléfonos cuando
estamos en una cita.
—Lo siento. —Se guarda el teléfono en el bolsillo de su
saco.
—¿Cómo van las cosas con tu papá? —le pregunto mien‐
tras tomo un sorbo de la sopa.
Su cara se ensombrece. Oh, no, no de nuevo. Está
haciendo una pasantía en la agencia de publicidad de su
padre, pero tienen una relación difícil, por no decir más.
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Solían ser bastante cercanos, pero entonces la mamá de
Brad se fue porque su papá la engañó, y desde ese entonces
ya nada había sido lo mismo.
Esperaba que esa pasantía pudiese ser una forma de
empezar desde cero para ellos. El papá de Brad no era un
hombre malo; solo era malo para la monogamia, y a veces,
para ser padre.
—¿Han tenido otra pelea?
Él se cruza de brazos y aparta la mirada.
—Nunca voy a ser lo que él quiere.
—Brad, eso no es cierto. —Extiendo la mano hacia el
otro lado de la mesa y tomo la suya.
Pero él la aparta y se la pasa por el cabello.
—Está amenazando otra vez con dejar de darme dinero.
Demonios. Por mucho que Bradley quiera ser indepen‐
diente de su papá, nosotros dependemos de ese dinero para
pagar el alquiler. Si su papá va a dejar de darle dinero,
¿entonces por qué rayos me trajo aquí? Siento que se me
revuelve el estómago. He hablado tanto sobre este sitio que
debe haberse sentido presionado a...
—Pero bueno, no quiero hablar sobre eso ahora mismo.
Esta noche es para ti y para mí. Somos nosotros contra el
mundo, ¿cierto?
Exhalo.
—Cierto —repito.
Y todo estará bien. A Brad le cuesta entenderlo a veces,
pero el dinero no lo es todo. Siempre nos las arreglamos
bastante bien. La última vez que su papá dejó de darle
dinero, pudimos sobrevivir a nuestro penúltimo año de
universidad.
Fue difícil, y tuvimos que mudarnos a lo que práctica‐
mente equivalía a un armario, pues todo en la ciudad es tan
costoso, pero salimos adelante. Siempre lo hacemos. En los
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buenos tiempos y en los malos. En la felicidad y en la adver‐
sidad, ¿no?
Podría pedir algunos turnos en el restaurante en el que
solía trabajar. Había renunciado hace un par de semanas
para poder enfocarme en mi nueva pasantía, pero haré lo
que sea necesario.
—¿Cómo va tu pasantía? —me pregunta, cambiando el
tema.
No puedo evitar que se me ilumine el rostro.
—Increíble. ¡Hoy Adhira me permitió leer los libros de
la pila de manuscritos no solicitados!
—Vaya, la pila de manuscritos no solicitados —dice Brad
secamente y yo le asesto un golpe en la mano.
—Podría descubrir al próximo Ernest Hemingway.
Nunca se sabe.
Él pone los ojos en blanco, pero yo continúo, contándole
sobre esta fantástica historia de maduración personal que
pasé toda la tarde leyendo.
—¿Crees que te ofrecerán un trabajo cuando acabe la
pasantía?
Le doy una mordida a las vieiras y bajo la vista a la
mesa.
—No lo sé. A pesar de que son una editorial grande, han
despedido gente últimamente. Así que es probable que no.
Pero se verá muy bien en mi currículum y estoy buscando
trabajos autónomos siempre que puedo. Hay un montón de
escritores independientes que buscan editores y me estoy
haciendo amiga de algunos contactos.
Él asiente distraídamente y vuelve a sacar su teléfono
móvil. Tengo la impresión de que solo posa los ojos sobre mí
y que no me está escuchando realmente. Él es un gerente de
finanzas empresariales y nunca ha entendido aquello de mi
pasión por los libros.
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Me trago la frustración. Usar el teléfono en la mesa es
una de las cosas que no soporto. ¿Qué sentido tiene traerme
a este lindo restaurante si apenas está presente?
—¿Estás esperando un mensaje o un correo importante,
o algo así?
Quizás tiene algo que ver con el trabajo, así que intento
darle el beneficio de la duda.
—¿Qué? —Brad levanta la vista para mirarme y luego se
guarda el teléfono de nuevo—. Ah, no es nada.
Se mete unas vieiras a la boca y mira por encima de mi
hombro. ¿Por qué está actuando tan extraño? ¿Es solo por
los nervios? Si está aquí para pedirme que me case con él,
¿entonces por qué está tan distraído?
Pero justo en el momento en que lo pienso, sus ojos
azules se centran en mí.
—Mia, sabes que eres lo más importante en mi vida,
¿verdad?
Yo asiento y mi corazón se conmueve. Allá vamos.
Quizás la noche esté a punto de volver a su cauce. Él alarga
la mano hasta el otro lado de la mesa y sujeta mi mano.
—Eres lo mejor que me ha pasado. Mi papá lo sabe, yo
lo sé. Nunca quiero hacer nada que pueda arruinar lo
nuestro.
Vale, vale. Yo asiento, sintiéndome un poco confundida.
¿A dónde va con todo esto?
—Bien. Te amo desde aquí hasta el infinito, lo
sabes, ¿no?
—Sí, Brad. Yo también te amo. Ahora, ¿de qué va todo
esto?
Pero lanzó la mirada por encima de mi hombro de
nuevo, y esta vez me vuelvo para mirar. Y me quedo de
piedra cuando veo a un hombre que conocíamos en la
universidad caminando hacia nosotros.
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Vaughn McBride. Presuntuoso. Arrogante. La defini‐
ción de imbécil.
Vuelvo a darme la vuelta; quizás no nos vio. Pero
Bradley se levanta de su silla.
—Eh, Vaughn, por aquí.
—¿Qué estás haciendo? —siseo—. No lo invites aquí.
Pero ya es demasiado tarde.
—Mi pareja favorita en todo Estados Unidos. —La voz
de Vaughn resuena a mis espaldas y yo me tenso—. ¿Qué
hacen aquí, pillines? ¿Les importa si los acompaño?
—Sí nos importa —digo, al mismo tiempo en el que
Bradley dice «siéntate».
Fulmino a Bradley con la mirada, pero él no se da
cuenta. Vaughn toma una silla de otra mesa que acaban de
desocupar y luego la arrastra hacia la nuestra.
—Eh, hombre, ¿cómo lo llevas? —pregunta Bradley, muy
sonriente.
¿Qué está haciendo? Sé que odia a este tipo. Bradley lo
considera un rival; lo ha hecho desde el primer año, cuando
a Vaughn lo eligieron para que perteneciera a la frater‐
nidad más exclusiva del campus mientras que a
Bradley no.
El papá de Vaughn es abogado en una de las firmas más
prestigiosas de la ciudad y eso siempre le ha brindado favori‐
tismo por parte de los profesores, los estudiantes, y básica‐
mente todas las personas que he conocido.
Por mucho que Bradley lo odie, ambos se mueven en los
mismos círculos. Y ya que yo siempre estoy con Brad, he
visto a McBride muchas más veces de lo que me gustaría en
toda una vida.
—Amelia. Te ves preciosa esta noche.
Le lanzo una mirada fulminante a Vaughn mientras se
acomoda en su silla. Siempre que habla conmigo tiene un
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tono burlón en su voz. Es todo lo contrario a Bradley, quien
siempre es caballeroso y considerado.
—¿Qué quieres? —escupo—. Estamos tratando de tener
una cena agradable juntos.
Vaughn se limita a dirigirme una sonrisa socarrona.
—También me gustan las cenas agradables.
—Bueno, hay un montón de mesas en las que puedes
sentarte y cenar bien.
Eso es una mentira. Este sitio siempre está a rebosar,
pero con las conexiones de Vaughn, probablemente podría
llamar y conseguir una reservación esa misma tarde.
—Tranquila, Mia —dice Brad—. Está bien si nos
acompaña.
¿Tranquila? ¿Acababa de decirme que me
tranquilizara?
No puedo menos que mirar a mi novio. Está actuando
como un imbécil.
—Supongo que aún no le has dicho. —Vaughn mira a
Bradley y luego me mira a mí tranquilamente, bajando la
vista hasta mi escote.
Me quedo boquiabierta, indignada, pero él no aparta los
ojos.
—No he tenido ocasión para sacar el tema —murmura
Bradley.
—¿De qué están hablando? ¿Preguntarme el qué?
Por un momento siento mariposas en el estómago. ¿Se
refiere a si me pidió que me casara con él? ¿Por qué diablos
Brad le confiaría a Vaughn algo como eso?
—Bueno, por favor, procede. —Vaughn se ve increíble‐
mente entretenido a la vez que le devuelve la mirada a mi
novio.
Pero Bradley parece aliviado cuando nuestra mesera se
pasa por nuestra mesa y recoge los platos de aperitivos.
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—Ah, vamos, ¿no ves que el suspenso la está matando?
Bradley dirige la mirada a Vaughn y se ve molesto, pero
de inmediato aparta la mirada otra vez.
—Amor. —Bradley al fin posa los ojos en mí—. Tiene
razón. Hay algo que he querido preguntarte. ¿Recuerdas
que a veces hablamos sobre que nuestra vida sexual es un
poco aburrida?
Casi me ahogo con mi trago de vino.
—¡Brad! —Le lanzo una mirada a Vaughn, quien se ve
más divertido que nunca.
—No pasa nada —dice Brad de nuevo, alzando una
mano—. Pensé que, ya que estábamos celebrando, podíamos
cumplir esa fantasía de la que hablaste aquella vez.
—Dios, Brad, cierra el pico. —Mis mejillas se sienten tan
acaloradas que sé que estoy a punto de arder en llamas.
La última persona en el mundo que quiero que sepa
sobre alguna de mis fantasías secretas es Vaughn McBride.
—No, está bien —dice Bradley suplicando con los ojos
—. Mira, estaba pensando que Vaughn podría acompa‐
ñarnos esta noche. Ya sabes, solo para ponerle picante a las
cosas.
Echo la silla hacia atrás y tiro mi servilleta.
—¡Basta! ¿De qué demonios hablas?
Eso se lo había contado como una estricta confidencia. Y
no solo ha ido por ahí contándolo, ¿sino que se lo contaba a
Vaughn? Voy a morir. Literalmente voy a entrar en combus‐
tión espontánea.
Vaughn solo se queda viendo cómo se desarrolla todo
esto. El bastardo todavía tiene esa sonrisa burlona y entrete‐
nida en el rostro.
—No es la gran cosa —dice Bradley, levantándose
también—. Solo siéntate y escúchanos.
Escúchanos. Es decir, a Vaughn y a él.
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Las lágrimas hacen que me piquen los ojos. Yo que
pensaba que lo de esta noche sería una gran cena romántica
en la que mi novio de seis años me pediría matrimonio, pero
no; lo único que me estaba pidiendo es que tuviéramos un
trío.
—Yo misma encontraré quien me lleve a casa. —Me
volví y corrí tan rápido como pude con mis tacones de siete
centímetros.
—Espera. —Me llama Bradley a mis espaldas, pero yo
solo me muevo más rápido, escabulléndome por una enorme
mesa en la que todos se ríen y apenas logrando esquivar a
un camarero con la bandeja llena.
Cuando llego al recibidor, le doy un portazo a la puerta
principal. Un trío. Un maldito trío. Cielos, ¿en qué diablos
está pensando Bradley?
Mierda. Ya no tengo mi bolso; me lo dejé dentro. Así
que no tengo mi teléfono y no puedo llamar a un taxi
compartido.
Pero me niego a quedarme aquí, o peor, a volver a
entrar. Comienzo a andar por la acera. No puedo recordar
la última vez en la que me molesté tanto.
—¡Espera! ¡Mia, aguarda!
Cierro los ojos por un breve instante al oír el sonido de
la voz de Bradley detrás de mí. Y luego sigo caminando.
Pero las pisadas de Bradley solo se oían más y más
fuerte, y me alcanza un segundo después.
—Cariño, siento haberte lanzado esto así.
—¿Cómo pudiste? —Estoy tan enfadada que las
lágrimas me escuecen los ojos. Lo odio. Odio llorar—.
¿Cómo has podido hacer eso? ¿Cómo has podido contarle
esas cosas...?
—Ah, vamos —dice Bradley con un tono de voz mordaz
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que nunca antes había escuchado—. Sabes que lo besaste en
la fiesta de Navidad de Richardson el año pasado.
Me detengo en seco y me vuelvo hacia él.
—Él me besó. Y yo le di una bofetada por eso.
—¿Entonces por qué no me lo contaste? —Su expresión
se vuelve demacrada y petulante—. ¿Por qué tuve que oírlo
de su boca?
—¿Lo dices en serio? ¿Qué rayos te pasa, Brad? Tú me
conoces. Detesto a ese tipo.
Solo el pensar en aquella fiesta hace que mi nivel de ira
aumente más.
Bradley acababa de tener una pelea con su papá y bási‐
camente se emborrachó a las dos horas de haber llegado.
Pero se negaba a irse; incluso cuando tuvo que correr al
baño para vomitar.
Así que allí estaba yo, sintiendo que desentonaba por
completo en medio de esta gente multimillonaria con su
ropa de diseñador. Yo crecí en Nueva Jersey y era la hija de
una madre soltera que siempre tenía que luchar para salir
adelante. Asistir a eventos de la sociedad como esos siempre
me hacía sentir incómoda. Sabía que la factura por el cate‐
ring en esas cosas era más de lo que mi mamá a veces ganaba
en todo un año.
Amaba a Bradley, pero en ocasiones sus amigos eran tan
soberbios que apenas podía soportar estar cerca de ellos. Sin
embargo, por algún motivo, Bradley seguía queriendo su
aprobación.
Odiaba estos eventos tanto como yo, pero se aseguraba
de que fuéramos a todas las fiestas a las que iban «todas las
personas que eran alguien». Decía que era una buena opor‐
tunidad para hacer contactos. En ese entonces seguía
tratando de evitar tener que hacer una pasantía con su
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padre, así que estuve de acuerdo con ir a varias y ser el
bombón que se sujetaba de su brazo.
Pero cuando me abandonó para ir al baño, se acabó.
Escapé al balcón para no tener que sostener ninguna
conversación trivial con nadie.
Y ahí encontré a Vaughn, que fumaba un cigarrillo y
miraba la ciudad. Las sombras de la noche acentuaban los
marcados ángulos de sus pómulos mientras se volvía para
mirarme.
—Ah, lo siento —dije, dándome la vuelta para volver
adentro. Pero Vaughn tomó mi codo.
—No hace falta que salgas corriendo por mi culpa.
—Está bien. Solo necesitaba algo de aire. —Respiré
hondo—. Misión cumplida. Te veo luego.
—¿Qué, te da miedo el gran lobo feroz?
Su sonrisa burlona hizo que entrecerrara los ojos y
apoyara mis manos en mis caderas.
—¿Hay alguna razón por la que seas tan imbécil cuando
estás cerca de mí?
El par de vasos de champán que había bebido hace un
rato hicieron que mi lengua se soltara más de lo normal.
Pero, en serio, cada vez que veía a este tipo, siempre me
hacía algún comentario grosero de buenas a primeras. Él
se rio.
—Ah, no es solo cuando estoy cerca de ti.
Espera, ¿dije eso en voz alta?
Él dejó caer su cigarrillo al suelo y lo aplastó contra la
tenue capa de nieve bajo nuestros pies. En verdad era
injusto que se viera como un ángel caído mientras lo hacía.
Su cabello, negro como la tinta, le caía por encima de la ceja,
y sus ojos grisáceos centellearon cuando volvió a mirarme.
—Diría que mantener mi condición de imbécil es
complicado, pero en verdad es sencillo. Solo hay que tener
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más dinero que Dios y tener una madre supermodelo.
Cuando hasta mi niñera se desvivía por complacer cada uno
de mis caprichos, ¿cómo se suponía que saliera? —Alzó los
brazos y los extendió.
Hice una mueca.
—Pobre niñito rico, ¿no? Disculpa, pero tener «más
dinero que Dios» —Puse los ojos en blanco—, no es excusa
para terminar siendo una basura de ser humano.
Me sobresaltó su risa genuinamente divertida.
—¿Ves? Es por eso que me caes bien, Banks. La mayoría
de las mujeres estarían rendidas a mis pies si lograran
acorralarme aquí y solo. Pero tú no.
—Cielos, tu ego de verdad es más grande que el estado
de Texas, ¿cierto?
—No sé si mi ego, pero créeme, tengo todo el tamaño
que importa en donde importa.
—Eres un cerdo.
Avanzó hacia mí.
—Y yo te excito. Admítelo, Banks. Veo la forma en la
que me miras siempre que estoy presente.
—Estás delirando. —Bufé.
—¿Sí? —Dio un paso más para acercarse, pero yo no me
moví. No iba a dejar que me acosara ni que me intimidara.
Sin embargo, estando tan cerca como él lo estaba, sí
tenía que admitir, aunque fuese para mis adentros, que era
más guapo de lo que a ningún hombre se le permitía ser. Sus
amplios hombros bloqueaban mi campo de visión y olía
increíble; masculino y varonil y...
Lo fulminé con la mirada, furiosa porque mis pensa‐
mientos hubiesen llegado hasta allá por un segundo.
—No eres inmune a mí, Amelia.
—No me llames así.
Odiaba mi nombre completo.
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—Bien. —Su voz se hizo grave—. Mia. Pero sabes que no
soy el único que siente esta atracción.
¿Atracción? Estuve a punto de mofarme frente a sus
narices y recordarle que tenía un novio al que amaba
cuando, de repente, Vaughn agachó la cabeza y me besó.
Me paralicé por un momento. Eso lo admitiré. Nadie
además de Bradley me había besado antes. Y los labios de
Vaughn eran mucho más suaves de lo que habría esperado.
También fue delicado; no me metía la lengua hasta la
garganta como siempre hacía Brad.
Pero cuando su lengua recorrió mi labio inferior, me
saqué a mí misma de la realidad alterna en la que me había
encontrado.
Le di una bofetada. Con fuerza.
Y él se rio, apoyando sus brazos contra el muro de
ladrillo a ambos lados de mi cabeza y enjaulándome.
—¿Es así como te gusta jugar? —susurró, y sentí su frío
aliento a menta contra mi rostro—. Ven a mi casa y puedes
ser tan difícil como quieras.
Empujé su pecho y él dio un paso hacia atrás, aunque
no pudo haber sido tan fuerte, a la vez que mostraba aquella
sonrisa satisfecha de sí mismo.
Solo sacudí la cabeza y le miré.
—Me siento mal por ti.
Por primera vez desde que había salido al balcón, su
sonrisa se desvaneció y algo destelló en sus ojos.
—¿Y eso por qué?
—Porque nunca sabrás lo que es tener el amor de una
buena mujer. Estarás triste y solo toda la vida.
—Nunca estoy solo. Puedo tener a cualquier mujer que
quiera en mi cama y en cualquier día de la semana. Y
créeme, siempre están tropezando entre sí para que yo esté
feliz.
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Resoplé y me reí.
—Pero nunca lo estás, ¿o sí? Eres miserable y estás solo.
Las palabras se escaparon de mis labios y, de nuevo, sus
ojos brillaron de esa forma que no podía leer.
—¿Y tú no? Bradley Perkins es un mediocre quiero y no
puedo que se mea de la emoción siempre que alguien con
más dinero que su padre le presta la mínima pizca de aten‐
ción. Me dan ganas de dispararme en la cabeza cuando
pienso en lo aburrida que debe ser tu vida sexual.
Esta vez fui yo la que dio un paso al frente y se acercó a
su cara.
—Bradley es el doble de hombre de lo que tú nunca
serás.
Vaughn se rio cruelmente.
—El hecho de que pienses que tu novio es algún caba‐
llero andante solo demuestra que eres una niñita ingenua.
Dime, ¿no te molesta que siempre necesite la afirmación y
validación de sus superiores? Es débil. Patético. Y, sincera‐
mente, tú también lo eres por quedarte con él durante todos
estos años.
Estaba harta. ¿Por qué estaba parada aquí afuera discu‐
tiendo con él, en primer lugar? Yo estaba por encima de su
bajo nivel.
—Que tengas una buena vida, Vaughn.
Me di la vuelta y tiré con fuerza de la puerta del balcón.
Su risa me siguió todo el camino hasta el interior y
resonó en mi cabeza más tarde, cuando acaricié la espalda
de Bradley mientras vomitaba toda la noche.
Y ahora, mirar a Bradley a la cara y reproducir sus pala‐
bras en el restaurante... ¿cómo pudo?
Le arranco mi bolso de las manos a Bradley y comienzo
a dar toques en mis aplicaciones para tomar un taxi hacia la
casa de mi mejor amiga.
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—Voy a pasar la noche en casa de Celia.
—Espera, Mia, maldita sea. —Se pasa ambas manos por
el pelo—. Estoy en problemas.
La angustia en su voz hace que me detenga y que
levante la vista.
—¿Qué quieres decir? —suelto.
Bradley se acerca a mí y me lleva hacia la pared del
restaurante.
—Me metí en algunos problemas. Papá dejó de darme
dinero y pensé que, si podía hacer dinero fácil, entonces
podría pagar las cuentas. Nunca te enterarías.
Mi corazón se hunde.
—¿Qué hiciste? —susurro.
—Mira, tienes que entender. Estaba ganando. Tenía
una flor imperial. No pensé que nadie pudiera superarlo,
así que aposté con todo. Pero no tenía tanto como los
demás muchachos en la mesa y Vaughn dijo que me
prestaría.
—¿Vaughn estaba ahí? —Me iba a poner enferma.
Bradley asiente, bajando los ojos hacia la acera.
—No pensé que nadie pudiera superar esa mano
—susurra.
—¿Por qué Vaughn...?
—Porque te aposté a ti. —Sus palabras salen una tras
otra—. Una noche contigo. Fue estúpido. No se suponía que
importara. Era la mejor mano de mi vida y debí haber
ganado...
—Pero no ganaste, ¿o sí? —le grité.
Baja la cabeza y entonces, lentamente, la mueve de un
lado al otro.
—¿Cuánto perdiste? —Cuando no responde, me pongo
frente a su cara—. ¿Cuánto te prestó Vaughn?
Cuando levanta la mirada, hay lágrimas en sus ojos.
INDECENTE 17
Solo he visto llorar a Bradley una vez en todo el tiempo que
llevo conociéndolo, y fue cuando su madre se fue.
—Tres millones de dólares —susurra, apenas audible.
—Tres mill...
Ni siquiera puedo terminar la oración. Solo me quedo
parada ahí, parpadeando. ¿Cómo pudo...? ¿En qué estaba
pensando...?
—Puedo devolverle el dinero.
—Pídele un préstamo a tu papá. —Mi mente da vueltas.
¿Cómo demonios vamos a salir de esta?
—No puedo.
—Maldición, Bradley, tu orgullo no importa...
—No puedo —grita, y yo retrocedo—. Mierda, perdón.
—Extiende la mano, pero yo me alejo—. No puedo pedirle
dinero a papá. Me despidió hace dos semanas. Dejó de
darme dinero.
—Pero no lo entiendo. Has estado alistándote cada
mañana y...
—Voy a tomarme un café y después vuelvo a casa.
¿Qué? ¿Ha estado sentado en casa todo el día...?
—¿Estás buscando otro trabajo?
—Sabes que nadie está contratando a nadie. Se suponía
que esta pasantía con papá fuese mi boleto de entrada a las
grandes ligas, pero ahora no existe y...
—¿Por qué te despidieron? ¿Qué pasó?
Él baja la mirada de nuevo.
—Tienen una prueba antidrogas obligatoria.
Maldición, Bradley. Me llevo las manos al rostro. Esto
no puede estar pasando. Todo es una pesadilla. Y yo pensé
que me iba a pedir matrimonio esta noche. El universo sí
que tiene un sentido del humor.
—Mia, nos echarán del apartamento. Lo perderemos
todo.
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Oh, por Dios, ¿de verdad está diciendo esto ahora
mismo?
—¿Así que solo paso la noche con Vaughn? ¿Es eso lo
que me estás diciendo?
Sus mejillas se coloran, pero me mira a los ojos obstina‐
damente.
—No es para tanto. Solo sería una noche. Yo haría todo
por ti. Solo una noche y entonces podemos olvidarnos de
todo esto. No significará nada, lo prometo.
Ahogo una risa incrédula. ¿Solo una noche? ¿Solo una
noche en la que me prostituyo?
—No tienes que decidir ahora. Por favor. —Me toma de
las manos—. Solo dime que lo pensarás.
Quiero apartarme de él. Quiero gritarle en la cara.
¿Cómo pudo haberme hecho esto?
—Somos tú y yo contra el mundo, bebé. No puedo hacer
esto sin ti. —Las lágrimas ruedan por su mejilla, y por un
momento todo lo que puedo ver es el hombre a quien amo.
Está destrozado. Esto le ha destrozado—. Por favor. No sé
qué hare sin ti.
Él me abraza y pega su frente contra la mía. Se siente
como Brad. Mi Brad. El mismo hombre que me consoló
cuando mamá murió el año pasado. El mismo hombre que
estuvo conmigo en las buenas y en las malas durante estos
años. El hombre que me animó a perseguir mi sueño en el
mundo editorial, aunque apenas sobrevivíamos.
Es el primer chico al que besé, y siempre juré que sería
el último. Hemos sido las primeras experiencias del otro en
casi todo. No sé quién soy sin él.
—Lo siento. Lo siento tanto. —Me pone contra su pecho
y sigue susurrándolo una y otra vez.
Al poco tiempo yo también estoy llorando. Me aferro a
INDECENTE 19
él por mi vida y lloro porque no sé qué demonios voy a
hacer.
—Solo dime que lo pensarás —susurra al fin, a trope‐
zones—. Vaughn no es como su padre. Él trabaja con gente
turbia. Puede hacer que vengan tras mí si no pago.
Dios. No puedo hacer nada más que apretar los ojos con
fuerza y asentir.
—Vale —susurro al fin—. Lo pensaré.
DOS
¿Qué diablos estoy haciendo aquí? Levanto la vista hacia el
club, uno de los más populares en la ciudad. Se llama el
Burgués, porque desde luego que lo es.
Han pasado exactamente catorce horas desde que
Bradley dejó caer la bomba. Y no dormí en ninguna de esas
horas. No he dormido, estoy enfadada, y tal vez no estoy en
mis cabales, pues en vez de hacer lo más sensato e irme, atra‐
vieso la puerta principal.
Las luces están encendidas y varias mujeres de la
limpieza se abren camino por la gran sala abierta del club
principal.
Detrás del bar, un hombre que arreglaba las bebidas
alza la mirada y frunce el ceño.
—¿Quién eres? El club no está abierto hasta las ocho.
—Estoy buscando al señor McBride —digo, impresio‐
nada por mi propia tranquilidad.
—¿Tienes una cita con él?
—Sí. —Miento—. Dile que Mia Banks está aquí para
verlo.
—No hace falta —dice una voz detrás de mí. Es él. Mis
INDECENTE 21
manos se hacen puños—. ¿Estás aquí para ocuparte de la
deuda de tu novio tan pronto?
Me doy la vuelta y lo fulmino con la mirada. Y odio
que se vea tan endemoniadamente tranquilo con su
pantalón de vestir chino y su camisa abotonada que tenía
los botones de arriba abiertos. El hombre se ve como sexo
andante.
—He venido a hacer que entres en razón.
Él esboza una sonrisa con esa característica mueca suya.
—Entonces, por favor. —Hace un gesto hacia el vestí‐
bulo trasero—, pasa y hablaremos sobre negocios. —Sus ojos
recorren mi cuerpo de arriba abajo lentamente mientras lo
dice. Vaya cerdo.
Yo entrecierro los ojos, pero luego paso a su lado en la
dirección que señaló. Su risa me sigue y luego lo hace el
sonido de sus armoniosos pasos.
Solo hay algunas puertas en el vestíbulo y, molesta, me
detengo porque no sé cuál es la suya.
Entonces, de repente, siento su calidez en mis espaldas.
Él extiende el brazo junto a mi cuerpo para abrir la puerta
más próxima. Trato de ocultar mi jadeo asombrado, pero no
debo hacer un muy buen trabajo, pues su sonrisa se hace
más grande cuando entramos.
—Siéntate. —Hace un gesto a las dos sillas mullidas que
están frente a un enorme e intimidante escritorio de caoba.
Como es natural, va a sentarse detrás de él, sin duda por
el juego de poder que involucra poder mirar por encima a
cualquiera que se atreva a poner un pie en su oficina.
—¿Qué la trae por aquí, señorita Banks?
—Sabes que... —Respiro rápidamente. Tranquila. No
dejes que te afecte—. Estoy aquí para discutir los términos
de la deuda que le has impuesto a Bradley.
Vaughn se cruza de brazos.
—Yo gané el juego justa y honradamente. Ahora me
22 STASIA BLACK
—Yo gané el juego justa y honradamente. Ahora me
debe. Es así de simple.
—No puedes apostar a un ser humano.
Vaughn me mira y levanta una ceja.
—Dile eso a tu novio.
Yo ignoro sus palabras. Sigo estando muy enfadada con
Brad, no me malinterpreten. Pasó la noche en el sofá y es
donde dormirá por el futuro previsible.
—Sí, hizo mal. Pero tú también hiciste mal al aceptar
tales condiciones.
Vaughn alza la mano.
—Soy un hombre razonable. Si me devuelve los tres
millones de dólares que me debe, entonces estamos a mano.
—Sabes que no tiene esa cantidad de dinero.
Vaughn se inclina sobre su escritorio y, por primera vez,
sus ojos brillan con una intensidad mortal.
—Entonces no debió haber estado en un juego de póker
de altas apuestas, ¿o sí?
—Los juegos de azar son ilegales aquí. Podría
denunciarte.
—¿De verdad? ¿Y qué evidencia tienes? Incluso si la
tuvieras, ¿eso no querría decir que también acusarías a tu
amado Bradley?
Maldita sea, odio que tenga sentido y que me ponga en
evidencia.
—No puedes hablar en serio con esto. —Exploto al fin,
levantándome de mi silla violentamente—. ¿Qué demonios
te sucede que tienes que comprar una noche con una mujer
cualquiera que apenas conoces? ¿Estás tan necesitado?
Vaughn también se levanta, dirigiéndose ágilmente al
otro lado del escritorio y acercándose a mi rostro.
—No se trata de lo necesitado que esté, Amelia. Quizás
solo me gusta jugar con los juguetes de otras personas.
INDECENTE 23
Muevo velozmente la mano para abofetearlo, justo
como lo hice en la fiesta de Navidad, pero él atrapa mi
muñeca antes de poder hacer contacto y me sonríe con
crueldad.
—No soy un juguete —escupo entre dientes.
—De nuevo, dile eso a tu novio. Me parece que un
hombre así no se merece a una mujer como tú. ¿Entonces
por qué has estado con él todos estos años?
—Se le llama lealtad.
—Y una mierda. Se le llama tener miedo de dejarlo e
intentar cualquier otra cosa por tu cuenta. Apuesto a que es
el único pene que has tenido. Si supieras lo que te estás
perdiendo, no habría forma de que te quedaras con un inútil
como él.
Sigue sosteniendo mi muñeca y yo me echo hacia atrás,
apartándome de él.
—¿Cuál es tu problema con Brad? ¿Por qué estás
haciendo esto?
Por un segundo, sus ojos centellean con una oscura
intensidad. Pero luego se inclina casualmente contra su
escritorio y su sonrisa socarrona vuelve a su sitio.
—¿Por qué todo esto es tu problema? Él trató de
venderte. ¿Por qué no lo dejas?
—Él no quiso... No sabes por lo que está pasan... —Pero
me interrumpo, pues sé que lo que sea que diga solo lo usará
como munición contra Brad y contra mí.
—Y tú eres la novia leal. Así que, sin importar lo mucho
que la haya cagado, ¿solo lo ignorarás y limpiarás su desastre
en su lugar? ¿Nunca te cansas de estar con un niño cuando
mereces a un hombre?
Está tergiversando las cosas.
—Y tú eres un hombre tan grande —digo con desdén—.
Excitándote con el dolor de las demás personas.
24 STASIA BLACK
—Ah, te lo aseguro. —Da un paso al frente y su voz se
pone grave hasta convertirse en un susurro seductor—. Solo
habrá placer cuando esto al fin suceda entre los dos. A
menos que seas el tipo de chica a la que le gusta con un
poquito de dolor.
—Nada va a pasar entre nosotros —escupo.
—¿Ah no? ¿Entonces por qué tienes los pezones tan
duros que podrían darle un golpe a cualquier cristal?
Respiro con dificultad mientras él me acorrala,
apoyando ambos brazos en el escritorio que está a mi lado.
—Admítelo, Mia. Te has preguntado cómo sería. Me
pareces una chica curiosa. Este es tu pase gratis. Una noche
para explorar cada una de tus fantasías más profundas y
oscuras sin nadie que pueda juzgarte o a quien tengas que
rendir cuentas la mañana siguiente.
—No soy como tú. No tengo fantasías retorcidas.
—Ahora sé que mientes. —Se inclina y me respira en la
oreja—. Todos tienen algunas fantasías retorcidas. La mía es
hacérselas pagar a los malditos idiotas que piensan que
tienen derecho a poseer todo lo que hay en el mundo solo
porque sus papis tienen dinero.
Se acerca tanto a mí que sus labios deben estar a solo un
milímetro de rozar mi lóbulo.
—Y yo tengo la fantasía de lamerte el coño, oírte gritar
mi nombre y que me ruegues para que te folle.
Mi respiración se vuelve entrecortada al oír sus inso‐
lentes palabras. Y con lo cerca que estaba y las cosas que
decía... Solo soy una humana. Y una mujer con pulso.
Siento su voz en lo más profundo de mi estómago ondeante
y bajando hasta mi sexo.
Me aparto de él bruscamente.
—¿Así que no detendrás esta tontería?
Él se cruza de brazos y se aleja con una sonrisa como la
INDECENTE 25
Él se cruza de brazos y se aleja con una sonrisa como la
de un león.
—Hice un acuerdo de negocios con tu novio, no contigo.
Juro que no te pasará nada malo si él no cumple con su
parte del trato. Puedes marcharte ahora mismo, señorita
Banks.
Sabe que no lo haré. Está contando con ello.
Salgo furiosa sin pronunciar palabra antes de que sienta
la tentación de abofetearle de nuevo.
TRES
Esto está tan mal.
Bradley me aprieta la mano mientras le pide la tarjeta
de la habitación a la recepcionista del hotel.
—Reservación a nombre de McBride. Debería haber
una llave para nosotros.
La alegre recepcionista sonríe mientras mira el
ordenador.
—Ah, sí, la tengo justo aquí. —Me pasa la llave y
Bradley la toma. Lo cual es bueno, pues todo mi cuerpo se
estremece.
¿Qué estás haciendo? Lárgate de aquí. Vaughn tenía
razón. ¿Qué tipo de novio es Bradley si se queda ahí suje‐
tándome la mano mientras me lleva a la boca del lobo?
No es posible que esto me esté pasando de verdad...
¿o sí?
Entonces recuerdo a nuestro casero que amenazaba con
echarnos.
Suelto un largo suspiro y luego voy derecho a los ascen‐
sores. Si hago esta única y simple cosa, entonces todo puede
INDECENTE 27
volver a la normalidad. Nunca tendré que ver a Vaughn
McBride de nuevo si no quiero. Brad puede ir a todas sus
estúpidas fiestas solo. Podemos volver a nuestras vidas tran‐
quilas y...
El timbre del ascensor me distrae. Brad me lleva adentro
y envuelve los brazos a mi alrededor.
—Estaré aquí en todo momento, mi amor. Lo haremos
juntos.
—¿Así que entonces serás tú el que tenga adentro su
pene? —No puedo contener el comentario sarcástico y
Bradley se pone tenso.
Me muerdo la lengua, pero no consigo pedir disculpas.
Bradley retrocedió, parecía dolido.
—Pensé que estábamos de acuerdo con esto. Es la única
forma. Si hubiese alguna otra cosa que pudiéramos hacer,
créeme que habría...
—Mira, terminemos con esto y ya —digo lacónicamente
cruzándome de brazos.
Llevo unos vaqueros, una sudadera de franela y nada de
maquillaje. Un minúsculo e inútil acto de rebeldía.
—Mia, por favor. —La voz de Bradley sale como un
susurro entrecortado—. Dime que esto no arruinará lo nues‐
tro. Dime que me seguirás amando después de esta noche.
Tengo los hombros caídos. Porque por muy enfadada
que esté con él...
—Te amo, Brad. ¿Crees que estaría aquí si no lo hiciera?
Toma una de mis manos entre las suyas y se lleva los
nudillos a los labios.
—Solo una noche y después nunca tendremos que
pensar en eso de nuevo. Lo prometo.
Sus ojos me ruegan que le crea.
El ascensor hace un sonido cuando llegamos al piso de
28 STASIA BLACK
Vaughn. Bradley debe haber presionado el botón cuando
me encontraba absorta en mis pensamientos.
Bradley sale y alarga una mano para que yo la tome.
—Te lo juro, si hubiera alguna otra forma...
Lo sé, lo sé. Estaríamos de patitas en la calle, sin un
techo y básicamente sin trabajo. Y Brad seguiría debiéndole
a un loco millonario tres millones de dólares sin forma de
devolvérselos. Era una situación imposible. Bradley tenía
razón.
No había otra forma. Es la misma conclusión a la que he
llegado miles de veces, sin importar la manera en que lo vea.
Así que salgo del ascensor y marcho por el vestíbulo.
—Acabemos con esto y ya.
Solo me detengo cuando llego a la puerta del fondo.
Habitación 1010.
Antes de poder pensar de más, le arrebato la tarjeta de
acceso a Bradley y la encajo en la abertura. La luz se
enciende con un color verde, pero antes de que pueda tocar
el pomo, la puerta se abre de golpe desde el otro lado.
Y ahí está Vaughn McBride, que llevaba puesto casi lo
mismo que le había visto usar la última vez. Pantalones tan
oscuros como el carbón que apenas disfrazan unos muslos
robustos. Camisa blanca desabotonada en la parte superior.
Me sonríe cálidamente, luego sus ojos recaen en Bradley y
su sonrisa se vuelve falsa.
—Vaya morbo —dice volviendo a posar sus ojos grises
oscuros en mí—. Le gusta mirar, ¿eh?
—Estoy aquí para darle apoyo moral —dice Bradley a
regañadientes—. Y no la dejaré a solas contigo.
La sonrisa de Vaughn solo se hace más grande y abre la
puerta para nosotros.
—Por favor, pasen, pasen. Cuántos más, mejor.
Es una suite de hotel, desde luego. Nada menos que lo
INDECENTE 29
Es una suite de hotel, desde luego. Nada menos que lo
más ostentoso para el niño rico que se cree privilegiado.
Entro dando pisotones y me dirijo a un minibar que está
a la izquierda. Agarro la botella que parece más costosa y
lleno una copa de martini hasta la mitad.
Me lo bebo como si fuera un trago.
Dios mío, cómo quema. Aun así, inclino la botella de
nuevo, pero antes de que pueda servirme el trago me la
quitan de las manos.
Vaughn está detrás de mí, demasiado cerca, y chasquea
la lengua en mi oído.
—No te emborraches, linda. Te prometo que querrás
estar totalmente consciente de todas las cosas que te haga
esta noche.
Lo fulmino con la mirada y agarro otra botella. No me
molesto en servirla, solo me la llevo a los labios y tomo un
trago.
Y entonces me ahogo y jadeo, sintiendo que se me
humedecen los ojos.
Vaughn se ríe y me quita la segunda botella.
—¿Por qué no nos sentamos y tomamos un descanso tras
un día difícil?
Bien. ¿No se supone que sea su pequeña marioneta esta
noche? Avanzo hasta su sofá y me desplomo en él, cruzán‐
dome de brazos decididamente.
Vaughn se sienta justo a mi lado y su cálido muslo hace
presión contra el mío. Mira la puerta.
—Vamos, Bradley. No te quedes ahí parado en la puerta
como un muermo.
No soy capaz de mirar a Brad, que sigue de pie junto a
la puerta rígidamente. Estoy demasiado ocupada mirando al
suelo.
—¿Qué, eres su protector grande y malote? —Vaughn
30 STASIA BLACK
—¿Qué, eres su protector grande y malote? —Vaughn
sonríe.
—¿Puedes no ser un imbécil por dos minutos? —Al fin le
miro con furia—. ¿Quieres que esta noche suceda o no?
Sus pupilas se oscurecen.
—Oh, quiero que suceda.
Y entonces su mano está en mi muslo, haciendo círculos
por encima de mi rodilla. Me horroriza el pequeño estreme‐
cimiento que me envuelve al sentir su roce.
—Así es —susurra con una voz tranquilizadora que
nunca le había oído antes—. ¿Qué te parece si por una
noche dejo el papel de imbécil?
Quiero decirle que, si no fuese un imbécil, no me habría
hecho estar aquí en primer lugar.
Él se acerca y ladea el cuerpo hacia el mío, bloqueando
a Bradley de mi vista.
—Entrégate a mí, Mia. Deja que alguien más te cuide
por una vez en tu vida.
Su voz es tan grave, tan suave y sensual, que es casi
hipnótica. Su mano errante sube poco a poco por mi rodilla.
Se me pone la piel de gallina y siento que mis mejillas se
ponen rojas. Gracias a Dios que llevo tantas capas de ropa.
Pero no hay nada que cubra mi oreja, así que cuando se
acerca y respira, está lo suficientemente cerca para que sus
labios rocen mi lóbulo.
—Todas tus responsabilidades se han ido. Eres libre por
una noche. Totalmente libre para sentir lo que quieras sin
pena, censura ni juicios.
Luego me muerde el lóbulo de la oreja delicadamente y
me tiemblan los muslos mientras un río húmedo cubre mis
bragas.
Espera, espera, ¿qué?
¿Qué coño está pasando?
INDECENTE 31
Se supone que esto sea algo que debo soportar. No
tendría que... que... ¡Bradley trajo lubricante, por Dios!
Ninguno de los pensó que yo en verdad...
Repentinamente, Vaughn sube la mano más arriba de
mi muslo hasta que palpa mi sexo.
—Buena chica —murmura, masajeándolo como si le
perteneciese.
«Sí le pertenece», me recuerdo a mí misma. Al menos
por esta noche. Solo esta noche.
Y entonces lleva las manos hacia los botones de mis
vaqueros, desabrochándolos, y un instante después...
Me quedo boquiabierta cuando uno de sus largos y
gruesos dedos roza mi sexo, y luego se introduce en mi
cuerpo. Oh, por Dios, ¿por qué está pasando esto?
—Maldita sea. —Sisea—. Ya estás tan mojada por mí.
No lo dice en voz baja.
No puedo evitar mirar a Bradley. Su mandíbula está tan
apretada que las venas en su cuello palpitan. Tiene los nudi‐
llos blancos por apretar una silla con respaldo en el extremo
de la habitación.
Humedecerme con Vaughn se siente como una traición.
¿Pero qué tan mal está eso, considerando que fue Bradley
quien nos trajo a esta situación, para empezar?
Y entonces los labios de Vaughn están en mi cuello,
depositando los besos más delicados y sensuales que he
sentido en la vida.
Bradley y yo hemos tenido sexo por cinco años y medio.
Fue mi primera vez y al principio nos tocábamos torpe‐
mente y nos agitábamos demasiado. Pero con el paso de los
años… Bueno, es lo que les sucede a todas las parejas. Te
conformas con la compañía, que es más importante que la
lujuria.
Todavía tenemos mucho sexo, no me malinterpreten.
32 STASIA BLACK
Pero a menudo es del tipo que se tiene al final de un largo
día; una suerte de adentro, afuera y nada más. Normal‐
mente Bradley se viene bastante rápido. Si no logro llegar
con él mientras tenemos sexo, completo con la mano
después de que se haya desplomado contra la almohada, a
veces ya medio dormido antes de que termine.
Y no he podido persuadirlo para que siquiera me toque
desde la cena de nuestro sexto aniversario.
Vaughn acaricia mi interior, luego engancha sus dedos y
los mueve en un lugar dentro de mí. Maldición, voy...
Agarro un almohadón que está a mi lado y no puedo
evitar aferrarme a parte de la camisa de Vaughn al otro lado.
Oh, cielos... Se siente...
Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos con fuerza
mientras un potente orgasmo me estremece desde adentro.
—Así es. Así es, Mia —me dice Vaughn al oído, tran‐
quilizándome. Pero entonces sus palabras se vuelven
sucias, aunque no menos delicadas—. Es como crema en
mis dedos. Maldición, así es. Eres tan endemoniadamente
sexy. Este es el coñito más caliente y apretado que he
tocado.
Otro espasmo recorre mi cuerpo mientras toca mi
clítoris con el pulgar. Lo toca de un lado a otro y luego le da
vueltas.
—Ahora voy a probarte. Tengo que lamer toda esta
crema, ¿no? No puedo dejar que ensucies todo el sofá.
No. No, no debería hacerlo. Esto no era parte del trato.
Pero todo lo que logro soltar es un farfullo incomprensible
antes de que se ponga en el suelo, posicionándose entre mis
piernas.
—Súbelas, amor. —Sujeta mis caderas y me levanta el
trasero del sofá por el tiempo suficiente para bajarme los
vaqueros hasta los muslos.
Oh, maldición. Esto se está haciendo real. Muy, muy
INDECENTE 33
Oh, maldición. Esto se está haciendo real. Muy, muy
real.
Vaughn me termina de quitar los vaqueros y luego me
separa las piernas con el codo.
—Mira cómo has envuelto tu paquetito. —Sus ojos
negros relucen al mirarme mientras bordea el triángulo de
mi tanga rosa con el pulgar, junto a los labios de mi
hinchado sexo.
Fue un error usar eso. Pero toda mi ropa interior son
tangas. ¿Qué puedo decir? Odio las líneas de las bragas.
Casi salí a comprar ropa interior de abuelita, pero me
pareció una tontería.
¿Pero ahora?
Dejó de respirar al ver el rostro de Vaughn entre mis
piernas, nada nos separa aparte del finísimo triángulo de
seda.
Mientras lo miro, con sus ojos todavía fijos en mí,
Vaughn aplana su lengua y lame mi sexo por encima de la
tela. Ya está empapado por lo que me hizo y mi rostro arde
por la humillación.
Espero que haga alguna broma al respecto, pero no lo
hace. Solo mantiene el contacto visual mientras sus dedos
hacen la seda a un lado y luego su lengua...
Oh, mierda, su lengua.
Bradley nunca me hace sexo oral. Dice que no le gusta
el sabor. Intenté comer más fruta dulce y una vez dejé las
hamburguesas por todo un mes, pero aun así nunca lo hizo.
Finalmente, me di por vencida.
Y la vez o las dos veces que de verdad lo intentó no
fueron nada como esto.
La lengua de Vaughn es traviesa y acrobática. Se
sumerge profundamente en mi abertura, enterrando su
rostro en mi sexo.
34 STASIA BLACK
Oh, Dios, ya no puedo mirarlo. Ni tampoco soportar ver
a Bradley de pie y tan rígido en mi periferia.
Cierro los ojos ante el placer. No te vengas otra vez. No
lo hagas. Esto debe estar destrozando a Bradley. Sé que
ambos esperábamos que me tumbara en la cama y que... solo
recibiera mientras Vaughn me penetraba. Y después estaría
listo.
Pero esto...
¡Oh Dios! Vaughn se aferra a mi clítoris y comienza a
succionarlo. Mierda, nunca antes había sentido algo así. Mis
piernas comienzan a temblar a ambos lados de su cabeza.
Oh, mierda. Ahí viene de nuevo. Y ya puedo decir que
va a ser mucho más intenso y más fuerte que el primer
orgasmo introductorio. Esto solo me ha pasado muy
contadas veces: orgasmos pequeños y escalonados que me
llevan a una mega explosión.
Esto está muy mal.
Muy, muy mal.
Lo que no me impide enterrar la mano en el cabello de
Vaughn y hacer que conecte con más fuerza contra mi sexo.
Mis caderas también se mueven, balanceándose al compás
de las embestidas de su lengua.
Oh Dios, eso se siente… Oh, mierda.
El grueso dedo de Vaughn provoca mi interior de nuevo
mientras tortura mi clítoris, succionando, mordiendo y luego
succionando nuevamente; la punta de su lengua se movía
hacia adelante y hacia atrás sobre el mismo botón que es tan
sensible...
—Joder —grito cuando comienzo a venirme.
Luego, de repente, Vaughn se aleja. Espera... ¿Qué...?
Pero después lo veo sacando un condón y poniéndoselo.
Abro los ojos cuando veo su pene.
Es enorme, con venas furiosas que recorrían la parte de
INDECENTE 35
Es enorme, con venas furiosas que recorrían la parte de
abajo, coronadas por una cabeza gruesa y bulbosa.
Mide unos siete centímetros más que el de Bradley y ese
grosor...
Pero luego, antes de que pueda registrar completamente
todo lo que está sucediendo, pues mi cerebro sigue confuso
con el orgasmo que casi llegaba, él agarra su eje y frotando la
cabeza de arriba abajo por mi sexo.
Un escalofrío sacude todo mi cuerpo, pero todavía no es
suficiente. No después de haberme sacado de quicio hace
unos momentos.
Se inclina sobre mí, poniendo una rodilla al lado de mi
cadera; su pene se movía de un lado a otro y me provocaba
en la entrada de mi sexo.
—Última oportunidad para gritar que viene el lobo —
susurra en mi oído.
Me aparto lo suficiente para poder mirarlo a los ojos. Su
expresión no es amable ahora. Está tenso por la necesidad.
Está desesperado por mí, pero se contiene.
Su miembro hace presión contra mi sexo y yo asiento.
—En voz alta —exige.
—Sí —susurro.
—¿Sí que?
Vaya imbécil. ¿Cree que voy a suplicar?
—Si lo quieres, tómalo.
Esboza una sonrisa, pero no tiene su típico aire de
crueldad.
—No, no, Mia querida. No tengo la costumbre de tomar
mujeres en contra de su voluntad y no voy a empezar ahora.
Por encima de su hombro, veo a Bradley. Ahora está más
cerca, y por la mirada de ira en sus ojos, puedo decir que no
quiere nada más que arrancarme a Vaughn de encima.
Hazlo, le suplico con la mirada. Detén esto ahora mismo
36 STASIA BLACK
Hazlo, le suplico con la mirada. Detén esto ahora mismo
antes de que siga. Todavía podemos salvarnos de esto.
Pero luego Bradley se da la vuelta y comienza a caminar
hacia la puerta.
Maldito bastardo cobarde.
Me sostengo del trasero de Vaughn y hago que entre en
mí. Y no me molesto en ahogar mi grito cuando su enorme
pene comienza a atravesarme.
Luego, con un gruñido, Vaughn me penetra hasta el
fondo.
CUATRO
La puerta se cierra y me quedo a solas con Vaughn, su
miembro está enterrada tan profundo en mi interior que sus
bolas rozan mi trasero.
Me estoy follando a Vaughn McBride.
O más bien, él me está follando a mí.
Cierro los ojos y entierro la cara en su cuello mientras él
saca su enorme pene y luego vuelve a embestirme, esta vez
dolorosamente lento.
Envuelve mi espalda con uno de sus brazos, apretán‐
dome contra él y acariciando mis omóplatos; consolándome
a la vez que me abre de par en par.
—Estás tan apretada, joder —susurra y luego sus ojos se
posan en los míos—. Eres endemoniadamente perfecta.
—Basta —le digo, con la garganta seca—. Solo fóllame.
No seas amable conmigo.
Ahora no. No puedo manejar esto ahora.
—No es pecado admitir que se siente bien. —Muerde mi
lóbulo de nuevo y continúa con sus tortuosas y lentas
embestidas dentro y fuera.
Pero lo es y tiene que saberlo. El amor de mi vida acaba
38 STASIA BLACK
de salir por la puerta, dejándome aquí. Y estoy conteniendo
las lágrimas. Lo peor es que no sé si son por el dolor o por el
placer montañoso que ha comenzado a aumentar de nuevo.
Nunca en mi vida me había sentido tan bien. ¿Por qué tiene
que ser con Vaughn?
¿Por qué nos hizo esto?
—Eres un maldito bastardo —le susurro, una lágrima
finalmente baja por mi mejilla.
—Lo sé. —Es todo lo que dice antes de besar la lágrima
—. Lo sé, Mia. Pero déjame hacerte sentir bien. Solo por
esta noche.
Sus últimas palabras son como un susurro y entonces
mueve las caderas, penetrándome tan profundo y tan bien
que no puedo contener el gemido entrecortado que se
escapa de mis labios.
—Eso es correcto —dice—. Se siente tan bien.
Y luego me agarra por debajo de los muslos y me
levanta.
—¿Qué...?
Hace que nos demos la vuelta, sentándose en el sofá y
poniéndome sobre él. Extiendo las piernas en su regazo, y
de alguna forma sigue enterrado dentro de mí todo el
tiempo. Una maniobra que solo es posible gracias a su pene
increíblemente largo y grueso.
Sigue vestido, la camisa abotonada solo está algo arru‐
gada y su miembro sobresale de sus pantalones. Cuando
alarga la mano para comenzar a desabrochar los botones de
mi franela, yo sacudo la cabeza.
—Tú primero.
No puedo soportar la idea de estar completamente
desnuda y expuesta mientras él apenas está desvestido.
Una sonrisa perezosa se apodera de su rostro mientras
INDECENTE 39
lleva las manos a su camisa. Se la quita en segundos y luego
también se saca la camiseta que tenía por debajo.
Dios santo.
Es irrefutablemente guapo. Esos hombros anchos de
nadador que se estrechan hasta llegar a unos abdominales
tensos y rígidos. Sigo bajando la mirada hasta el punto
donde estamos conectados: su grueso pene desapareciendo
dentro de mí.
Se me acelera la respiración y me contraigo en su
miembro.
Deja escapar un gruñido largo y silencioso.
—Mierda. Sí. Así.
Me contraigo con todos los músculos y luego lo suelto.
Luego aprieto con fuerza de nuevo.
Sus manos vuelven a mi franela. Se ve hipnotizado
mientras revela mis senos botón por botón. Solo llevo un
sostén de algodón, pero su mirada es reverente mientras me
quita la camisa. Luego aplica la más mínima presión en mi
espalda para que me incline hacia adelante.
Su boca me espera. Sujeta mi seno de copa C y mordis‐
quea mi pezón por encima de la tela de mi sujetador mien‐
tras su otra mano masajea mi espalda. Arqueo la espalda,
impotente, empujando mis pechos contra su cara.
Deja escapar un gruñido y baja la copa de mi sujetador.
Juguetea con el pezón usando su dedo y luego lo devora de
nuevo.
Oh, oh, oh...
Me estremezco encima de él.
Se aleja de mi pecho por el tiempo suficiente para
mirarme con deseo.
—Cabálgame.
Casi me ahogo ante su petición. No puedo. ¿No lo sabe?
40 STASIA BLACK
Que me folle en misionero es algo. Pero esto, estar encima
de él, para que yo lo monte por mi cuenta...
—Vamos —susurra, pellizcando mis pezones—. Se
mala. Se libre. Por una vez en tu vida. Esta noche es tu
pase gratis. Nadie te juzgará por nada de lo que hagas
aquí.
Mueve ligeramente las caderas debajo de mí, pero es
solo una provocación. Su pene sigue duro como una roca
dentro de mí, pero necesito fricción, demonios. Solo para
poder terminar con esto, quiero decir. Nunca terminará si
me quedo aquí sentada. Maldito sea por hacer que fuese
una participante activa. Maldito sea este hombre.
—Te odio —digo mientras me levanto y luego vuelvo a
caer sobre el enorme pene que me dilata por completo.
Él sonríe y deja caer la mano entre nosotros para tocar
mi clítoris con el pulgar.
—Entonces fóllame con todo tu odio, Mia.
Esto lo pone caliente. Es un imbécil.
—Te odio —grito de nuevo, golpeándolo aún más fuerte
que antes.
El placer inunda mi sexo y juro que se hace cada vez
más grande y rígido dentro de mí.
—Te odio, maldición —le grito.
Y luego lo agarro por los hombros, le clavo las uñas,
buscando lastimarlo, y lo follo como nunca antes lo he
hecho en toda mi vida.
Envuelve un brazo castigador por mi cintura, afianzán‐
dome a él mientras me folla desde abajo con unas potentes y
poderosas embestidas que hacen que ponga los ojos en
blanco.
—Eres hermosa. Eres poderosa. Eres una diosa,
maldición.
Su entrepierna choca contra la mía con cada embestida,
INDECENTE 41
entierro una mano en su cabello y tiro de él con todas mis
fuerzas mientras...
Oh... oh Dios...
El orgasmo estalla como si fuese una llamarada solar.
Más. Necesitaba más.
Follo a Vaughn furiosamente mientras subo a la cima de
mi clímax. Oh, mierda. Nunca lo había sentido tan potente.
Tan fuerte.
Una luz estalla detrás de mis párpados y echo la cabeza
hacia atrás.
Vaughn se mueve debajo de mí salvajemente, luego me
embiste con fuerza y se detiene. No lo miro.
No puedo mirarlo.
Sigo viniéndome con mucha intensidad.
No sabía qué sería así de...
Todo mi cuerpo se estremece hasta que finalmente
acabo. Me tiemblan las piernas. Mis brazos se sienten como
de gelatina cuando finalmente suelto la cabeza y el hombro
de Vaughn.
Es solo entonces que accidentalmente lo miro y de
inmediato deseo no haberlo hecho. No sonríe ni se regodea.
Sus ojos están muy abiertos, sus pupilas dilatadas y me
sujeta con tanta fuerza como siempre. Sé que ya se había
venido, pero sigue rígido en mi interior.
Intento bajarme de sus piernas, pero él me mantiene
quieta.
—Un momento más —susurra, con un tono de voz que
no puedo identificar.
Debería resistirme. En cambio, me quedo donde estoy y
sus ojos grises me atraviesan. Yo aparto la mirada. Estoy
demasiado desnuda. Lo que acabamos de hacer... Por Dios,
aún me está empalando.
¿Qué narices acabo de hacer?
42 STASIA BLACK
¿Y por qué estoy sentada aquí? Este hombre me mani‐
puló para llegar a esta situación. Seguía diciendo que era
libre, pero eso es una mierda total. Si fuera libre, nunca
habría estado aquí en primer lugar.
Me compró como sin duda compra todo en su vida.
¿Voy a olvidar que es un cerdo repugnante solo porque
hizo que me viniese más fuerte que nunca?
La vergüenza me invade incluso con solo pensarlo.
¿Qué tipo de persona soy que me vengo con algo como esto?
Estaba tan enfadada con Bradley antes, pero ahora me
siento...
—Suéltame —le digo exhausta.
—Mia.
—Suéltame —digo con más firmeza.
Los brazos de Vaughn me sueltan la cintura y me bajo
de sus piernas. Mi sexo se contrae inconscientemente a su
alrededor mientras sale de mi interior y se estremece
otra vez.
Dios. Me alejo de él tan pronto como puedo.
Pero cuando comienzo a alcanzar mi ropa, la voz de
Vaughn está en mi oído y siento su calidez contra mi
espalda.
—¿Adónde crees que vas? Nuestro trato era por toda la
noche.
CINCO
Solo puedo mirarlo boquiabierta.
—Tienes que estar de broma. Conseguiste lo que
querías. —Señalo el sofá con un brazo.
Se le oscurece la mirada.
—No tienes idea de todas las cosas que quiero.
Me llevo las manos a la frente. Esto tiene que ser una
pesadilla. Ya me he degradado lo suficiente por una vida, ¿es
que no puede darse cuenta de ello?
¿O es que no le importa?
Me mofo para mis adentros. Claro que no le importa. Es
Vaughn McBride: se lleva lo que quiere y acaba con cual‐
quiera que se meta en medio.
—Tus tres millones de dólares tienen que valer la pena,
¿no? No puedo creer que olvidé por un momento que no
soy más que una puta para ti.
Me agarra los hombros.
—No digas eso.
Vuelvo a mofarme.
—¿Por qué no? Es la verdad. Me compraste y pagaste
por mí, y yo abrí las piernas como una buena putita. —Me
44 STASIA BLACK
pongo roja al decir esas palabras, pero no me retracto—.
¿Estás contento ahora?
—Estaría más contento si pudieras admitir que simple‐
mente te gustó. Al final querías estar en ese sofá tanto
como yo.
Sus palabras son como una bofetada en el rostro y me
alejo de él.
—No es un crimen, Mia. Tu novio es un idiota. Él te
puso en esta situación y tú te la pasaste bien. No lo
engañaste.
—Cielos, ¿podrías dejar de hablar? —grito, llevándome
las manos a la cabeza—. ¿Me puedo ir ya o no?
Sus ojos brillan.
—No. Pasa la noche aquí. No porque tengas que
hacerlo, sino porque quieres hacerlo.
¿Está loco?
—No te deseo —espeto.
Me muestra su sonrisa más irritante.
—Eso no es lo que decía tu cuerpo hace quince minutos.
Es un insufrible, arrogante...
—Bien. —Regreso al sofá, me siento y mantengo abiertas
las piernas. Nunca he sido tan descarada en toda mi vida,
pero Vaughn me ha llevado al límite—. ¿Cuántas veces más
tenemos que follar para que consideres que la deuda está
pagada?
Su sonrisa se acentúa y no despega los ojos de mi rostro,
a pesar de que mi cuerpo está claramente a la vista.
—Ninguna. Pero te quedarás hasta el amanecer y
dormiremos en la misma cama. Solo te follaré si tú me lo
pides.
Cierro las piernas y me vuelvo a sentar, recogiendo mi
ropa del piso y cubriéndome con ella.
—En tus sueños.
—Oh, no tienes ni idea. —No despega sus ojos oscuros
INDECENTE 45
—Oh, no tienes ni idea. —No despega sus ojos oscuros
de mí antes de volverse y caminar hacia una mesa auxiliar.
Está totalmente desnudo y ese hecho aparentemente le
es indiferente. Me da vergüenza que se me vayan los ojos a
su trasero tan tonificado y firme.
Me inclino y me vuelvo a poner mi camisa de franela
como si fuese una bata mientras él sostiene un menú.
—¿Llamo al servicio de habitaciones? ¿Quieres unas
fresas y champán?
Pongo los ojos en blanco, de brazos cruzados.
—¿Qué tal una hamburguesa con todo? Y extra de
cebolla.
Él se ríe y sus músculos abdominales se contraen. En
algún momento se deshizo del condón, pero su pene sigue
estando semi duro. Aparto la mirada rápidamente, espe‐
rando que no me hubiera pillado mirándolo.
—Eres una chica a mi medida.
Miro la alfombra mientras él levanta el teléfono del
hotel y pide dos hamburguesas. Dios, va en serio con lo de
que pase aquí la noche. No puedo pensar en nada más incó‐
modo en todo el universo. ¿De verdad es tan vanidoso como
para pensar que me acostaré con él otra vez?
—¿Podrías ponerte los pantalones?
—¿Por qué? ¿Te distraigo?
—Me das asco, más bien.
Él se ríe en tono genuinamente entretenido.
—¿Sabes cuál es una de las cosas que más me gustan de
ti? Que eres una mala mentirosa. Es refrescante.
Miro por la ventana. Es posible que me obligue a estar
aquí, pero eso no quiere decir que tenga que interactuar
con él.
Pero, por el rabillo del ojo, veo que se pone sus bóxers.
—Pues vamos. —Avanza hacia mí, me extiende una
46 STASIA BLACK
mano y mueve las cejas—. Pasemos el resto de la noche en el
dormitorio.
Entrecierro los ojos y me levanto, ignorando su mano.
—Eres un cerdo.
—Oink.
Lo fulmino con la mirada.
—¿Solo para dormir?
—Bueno, primero cenamos y vemos una película. —
Alza las manos cuando lo miro con más furia—. Pero sí, solo
dormiremos si eso es todo lo que quieres.
—Es todo lo que quiero.
Sonríe.
—Después de ti.
Se inclina y, con un gesto caballeroso, señala la puerta al
fondo de la suite.
Dios mío, ¿en qué me estoy metiendo? De todos
modos, me aseguro de mantener la espalda recta y los
hombros erguidos cuando paso a su lado y vuelvo a la
habitación.
Me está pisando los talones, con esa calidez infaltable a
mis espaldas. Solo hay una cama individual en la habita‐
ción, pero por lo menos es extra grande. Sin embargo, lo
ignoro y me siento en una silla que está cerca de la ventana,
junto a un pequeño escritorio.
Vaughn abre un gabinete sofisticado que revela una tele.
La prende y cambia al canal de películas.
—¿Qué te apetece ver? ¿La película más reciente de
Marvel? ¿O alguna de las de Rápidos y Furiosos?
Ja. Eso le encantaría, ¿no?
—¿Qué tal esa? —Señalo una melancólica peli de arte
que llevo tiempo queriendo ver.
—Perfecto.
La escoge sin decir más y enseguida las cautivadoras
INDECENTE 47
notas de un piano llenan la habitación del hotel a la vez que
la película comienza.
El servicio de habitaciones llega un par de minutos
después y Vaughn trae el carrito con nuestra comida. Es el
servicio de habitaciones más elegante que he visto, con
cubreplatos de plata que resguardan la comida y todo.
Vaughn me trae mi hamburguesa y quita la tapa con un
ademán.
—Voilà, señorita.
Le miro mal. Esta situación le divierte demasiado, y es a
mi costa.
Atraigo el plato hacia mí, agarro mi hamburguesa y le
pego un mordisco de la forma más fuerte y poco femenina
posible.
Vaughn se ríe.
—Tendré que darle tus felicitaciones al chef.
Entonces se acomoda en la cama con su propio plato,
como si esta no fuese la situación más extraña del mundo.
Pero sí mira la película, y por primera vez en su vida no
hace comentarios molestos o sarcásticos. Y la comida sí que
sabe bastante bien.
Es así como los viven los ricos, ¿eh? Sacudo la cabeza y
me termino lo que queda de la hamburguesa, pasándola con
un buen trago de agua. No me preocupo en contener un
fuerte eructo.
Un instante después, Vaughn me imita y suelta un
eructo mucho más extenso y fuerte que el mío. Casi me río,
pero me contengo justo a tiempo.
La película es tan buena como había oído que era, pero
me es imposible meterme en la trama. ¿Cómo puedo
hacerlo si a unos metros de distancia está Vaughn McBride
en bóxers, con las manos sobre su cabeza, mientras la mira
conmigo?
48 STASIA BLACK
Si me hubieran preguntado hace una semana si este
escenario estaba en mi futuro, les habría dicho que están
locos. Sin embargo, después de una hora, todo se comienza a
sentir... bueno, no normal, sino lo suficientemente familiar
como para empezar a ver la película en serio.
Es terriblemente triste. Se trata de una madre que
perdió a su hijo en un accidente en bote y de las repercu‐
siones que aquello tuvo en todas sus relaciones.
Para el clímax de la película, las lágrimas corren por mis
mejillas. Estoy tan absorta que no me doy cuenta de que
Vaughn me está mirando. Al menos no hasta que dice:
—Es solo una película, Mia.
Lo miro.
—¿Cómo puedes decir eso? ¿Viste lo mismo que yo?
—¿Un drama sensiblero sobre una mujer de mediana
edad que no tiene nada por lo que vivir? Sí, lo vi.
Su tono hace que parezca que ha sido algo similar a una
tortura. Qué pena. La película es demasiado buena como
para dejar que la arruine.
—Silencio. —Lo interrumpo antes de que pueda
decir más.
No dice nada más, pero se acerca y me entrega una caja
de pañuelos mientras se desarrolla la última escena de la
película.
Le arrebato la caja y tomo varios pañuelos, sonándome
la nariz. Los créditos empiezan a aparecer.
Vaughn sigue a mi lado por alguna razón, y yo lo miro.
—¿Qué miras?
Por primera vez, no me está sonriendo. Hay algo... casi
genuino o, no sé, humano en sus ojos.
—Ven a la cama —dice en voz baja.
¿Quién es este hombre y qué ha hecho con Vaughn
McBride?
INDECENTE 49
Apaga las luces mientras vemos la película y las sombras
perfilan las facciones de su rostro. En la penumbra se ve
dolorosamente guapo.
Parpadeo y luego aparto la mirada. Solo está tratando de
confundirme y ser amable en vez de ser un imbécil, como
siempre. Pero no he olvidado la razón por la que estoy aquí.
—Bien. —Bromeo, poniéndome en pie—. Después de
todo estoy atrapada aquí hasta el amanecer. ¿Tienes un
cepillo de dientes extra que pueda usar?
—Hay uno en el cajón.
—Vale.
Una réplica cortante, lo sé. Escapo al baño y me hume‐
dezco la cara. Luego me lavo los dientes, tratando de no
mirar en el espejo a la mujer pálida que no sabe manejar
esto.
Solo un par de horas más. Vale, como siete horas más.
¿A qué hora sale el sol? ¿A las cinco de la mañana? ¿A las
seis?
—Puedes hacer esto —murmuro con el cepillo de
dientes dentro de la boca; luego escupo y me enjuago.
Me mojo la cara una vez más, solo por si acaso. Uso el
baño y me lavo las manos, pero luego no hay nada más que
hacer aparte de regresar al dormitorio.
Vaughn está sentado contra la cabecera de la cama a un
lado de la cama, con las piernas debajo de las sábanas, y ha
descorrido la sábana del lado opuesto de la cama para mí.
¿Por qué está haciendo esto? ¿Solo porque sí? ¿Porque
sabe que, si paso toda la noche aquí, torturará aún más a
Bradley? ¿De eso se trata?
Entro al dormitorio, pero me detengo en el borde de la
cama. Vaughn estaba mirando su teléfono, pero lo deja en la
mesita auxiliar cuando me acerco.
—¿De verdad odias tanto a Bradley? ¿Por eso haces esto?
50 STASIA BLACK
Vaughn ladea la cabeza.
—¿Quién dijo que esto tenía algo que ver con él?
Ahora me está confundiendo.
—¿No tiene que ver?
Él se encoge de hombros.
—¿Es tan difícil de creer que seas tan fascinante? ¿Que
no haya podido dejar de pensar en ti desde Navidad?
Me burlo y me meto en la cama, asegurándome de
abrazar el borde, lo más lejos de él que pueda. Me pongo de
lado, dándole la espalda.
La habitación se queda a oscuras cuando apaga la
última luz en su mesita auxiliar. Todo se queda en silencio;
muy en silencio. Dios, nunca podré quedarme dormida,
¿o sí?
—Dime por qué te has quedado con él todos estos años. —
Me sobresalto cuando su voz acaba con el silencio tras varios
minutos—. ¿Es porque nunca has conocido a nadie más?
Me revuelvo en la cama. Hay una mínima cantidad de
luz entrando por la ventana que me deja distinguir el tenue
perfil de Vaughn, quien sigue sentado contra la cabecera.
—No crees que dos personas puedan estar enamoradas
de verdad, ¿cierto?
Se inclina, apoyándose en un codo, demasiado cerca
de mí.
—¿Seguirás defendiendo el amor verdadero después de
esta noche?
Su pregunta me toca una fibra sensible y me doy la
vuelta, dándole la espalda de nuevo.
—No espero que entiendas nada sobre el amor.
Cierro los ojos con fuerza mientras un dolor nuevo me
cercena el pecho. Durante toda mi vida adulta, estuve
segura de algo: era una de las personas afortunadas. Ya
INDECENTE 51
había encontrado a mi alma gemela y Bradley y yo esta‐
ríamos juntos para siempre.
Esto no es más que un mal momento. Presiono mi cara
contra la almohada. Podremos superar esto. Tenemos que
hacerlo. Lo peor ya ha pasado.
La cama se mueve mientras Vaughn se acomoda. No
intenta tocarme ni acercarse, gracias a Dios.
Y no dice nada más durante tanto tiempo que creo que
quizás se ha quedado dormido, pero entonces rompe el
silencio:
—Te equivocas. Entiendo demasiado bien el amor. Tan
bien como para saber que nunca dura.
—Te equivocas.
—¿En serio? Creciste con una madre soltera, ¿no? —
¿Cómo lo sabe? ¿Me investigó?—. ¿Alguna vez has conocido
a alguien en persona que de verdad haya sido feliz por
siempre?
Hace una semana, habría respondido que yo.
—Estoy cansada —susurro—. Me voy a dormir.
Pero, aunque cierro los ojos, el sueño no me visita
durante un buen rato.
PARPADEO y abro los ojos con cansancio. ¿Qué hora es?
Me siento tan calentita y cómoda. Mis ojos se vuelven a
cerrar mientras froto la cara contra mi almohada.
Excepto que... eso no es una almohada.
Es un pecho. Un pecho enorme, cálido y escultural que
no se parece en nada al de Bradley.
Me despierto bruscamente y me siento; o al menos lo
intento. No llego muy lejos pues mis brazos rodean a
52 STASIA BLACK
Vaughn McBride y nuestras piernas también están enre‐
dadas entre sí.
Mierda.
Saco mi brazo de debajo de él y me echo hacia atrás en
la cama. ¿Qué hora es? La habitación está iluminada por
completo. Tiene que ser media mañana. Maldita sea.
—Buenos días, dormilona.
Me paralizo. Luego me arriesgo a mirar a Vaughn. Está
de costado, apoyándose sobre un codo. Las sábanas en su
cintura exhiben la hermosa extensión de sus abdominales y
su pecho.
Es que no es justo que pueda verse tan bien a cualquier
hora de la mañana.
—¿Qué hora es? —pregunto mientras salto de la cama.
—Las diez menos algo.
MALDICIÓN.
Salgo del dormitorio sin decir más. Mis pantalones
siguen al lado del sofá y casi me tropiezo para volver a
ponérmelos.
Me pongo los calcetines y calzo los pies en mis
Converse.
Estoy a punto de correr hacia la puerta principal
cuando Vaughn aparece de repente frente a mí, aún sin
nada más que sus bóxers puestos.
—Sabes, no tienes que salir corriendo de aquí. Podría
pedir el desayuno.
Lo miro boquiabierta y él suspira.
Luego, antes de que me dé cuenta de lo que está suce‐
diendo, me atrae hacia él. Creo que va a tratar de besarme,
pero solo agacha mi cabeza poniendo las manos en mis meji‐
llas y deposita un suave beso en mi frente.
Sus labios se quedan ahí por un largo momento antes de
que finalmente susurre:
INDECENTE 53
—Adiós, Mia.
Se aparta, pero no aleja la mano de mi rostro, de modo
que nos miramos a los ojos por un largo rato.
Los suyos son de un tenue color gris bajo la luz matinal
que bañaba la habitación del hotel; buscan los míos, de un
lado a otro, como si estuvieran tratando de memorizar el
momento.
Doy un paso atrás y me alejo, apartando la mirada.
—Adiós —musito, y luego agarro mi bolso y casi huyo
hacia la puerta.
La abro de un tirón y casi tropiezo con el cuerpo que
está apoyado contra la pared de afuera.
Oh, mierda.
Es Bradley.
Ha estado esperando todo este tiempo.
Cuando me mira, sus ojos están rojos como la sangre y
llenos de acusación.
—¿Tuviste una buena noche?
SEIS
Bradley no me dirige una palabra más durante todo el viaje
a casa. Tampoco rompo el silencio porque no sé qué decir.
Una parte de mí está furiosa con él; pero otra parte más
grande solo quiere sujetarlo y llorar. ¿Qué nos ha pasado?
¿Qué es lo que nos va a pasar?
Esto no es lo que alguna vez pensé que tendría que
enfrentar. Esto no es lo que se suponía que tuviera que
enfrentar. Había seguido las reglas toda mi vida. Yo era una
buena chica. Amaba a mi novio con todo mi corazón. Amo a
mi novio. Amo a mi novio con todo mi corazón.
Llegamos a la señal de alto que conduce a nuestro
vecindario y Bradley detiene el automóvil, pero no acelera
de nuevo a pesar de que no hay ningún otro vehículo en la
parada de cuatro vías.
Mira al frente con la mandíbula apretada y ojeras
debajo de sus ojos oscuros.
—¿Cómo has podido hacerlo?
Me quedo boquiabierta como un pez fuera del agua.
—¿Cómo me puedes preguntar eso? —Mi voz sale como
un jadeo gutural.
INDECENTE 55
La mandíbula de Bradley vuelve a tensarse y al fin pone
el auto en marcha y avanzamos.
—Pero te fuiste con él tan... fácilmente.
¿De verdad me está diciendo esto ahora mismo?
—¿Qué querías que hiciera, patalear y gritar? Quería
acabar de una vez.
—¿Así que por eso te quedaste toda la noche? ¿Cuántas
veces te lo follaste?
Giro decididamente la cabeza hacia la ventanilla del
pasajero y me cruzo de brazos.
—No voy a responder eso.
—Así que fue más de una vez —murmura en voz baja—.
¿Cuantas veces? ¿Dos veces? ¿Cuatro veces? ¿Cuántas
veces hizo que te vinieras? Hiciste la de misionero y la de la
vaquera, ¿cuáles más?
—¡Basta! —Golpeo el tablero—. Deja de preguntarme
por eso.
Se queda en silencio de nuevo, con los ojos fijos en el
camino por delante, pero no por mucho tiempo.
—Si me cuentas todo lo que pasó mientras yo no estuve
allí, entonces podemos olvidarlo.
Me toca a mí mirarlo.
—Tal vez si no me hubieras dejado allí, entonces sí que
sabrías todo lo que pasó.
Se vuelve en mi dirección con los ojos llenos de
acusación.
—¿Esperabas que me quedara y mirara? Te viniste. Te
gustó. Estabas gimiendo por el éxtasis de mierda.
Mi cara se prende en llamas y no estoy segura de si es
por furia, vergüenza, humillación o las tres cosas.
—Es una reacción fisiológica. —Logro susurrar al fin,
fijando los ojos en mi regazo—. No pude evitarlo.
Se mofa y dobla hacia nuestra calle.
56 STASIA BLACK
—No tienes esa reacción fisiológica conmigo muy
seguido.
Cada una de sus palabras me golpea como un martillo
en el pecho. No me apunté a esto. No quería esto. Nunca
hubiera estado allá si no hubiera sido por él y su estúpido
juego de azar...
Me alejo de él y respiro hondo, luchando por controlar
mis turbulentas emociones. No te pongas histérica. Bradley
odia cuando me pongo histérica.
Pero siento que no puedo respirar. Esta no soy yo. Yo no
soy nada de esto.
Tan pronto como llegamos al aparcamiento de nuestro
apartamento, salgo del auto. Necesito darme una ducha.
Necesito lavarme para borrar este último día.
Aunque tengo la sensación de que, sin importar lo
fuerte que me frote, nunca podré deshacerme del recuerdo
de Vaughn McBride.
Incluso ahora, mientras camino, estoy muy consciente
del dolor entre mis piernas. Y de la fricción contra mis
adoloridos pezones. Y el recuerdo de su cálido aliento en mi
oído, susurrando todas esas cosas...
Me limpio una lágrima a la vez que llego al ascensor y
toco el botón «arriba» con el pulgar repetidamente, a pesar
de que se enciende la primera vez que lo hago.
Siento que Bradley camina detrás de mí, pero no dice
una palabra. Mis músculos se tensan, esperando que rompa
el silencio con otra pregunta o comentario mordaz.
Sin embargo, no lo hace; al menos no antes de que el
ascensor suene y las puertas se abran. Entramos y el
ambiente se carga de tensión. ¿En qué piensa? ¿Se arre‐
piente de las cosas que dijo? ¿No sabe que solo necesito que
me abrace?
Podemos superar esto; todavía lo creo. Hice esto por
INDECENTE 57
nosotros. Eso es lo que dijimos desde el principio.
—Prometiste que estaríamos bien —le susurro.
Siento que el cuerpo de Bradley se pone aún más tenso,
a pesar de que ya estaba tan tenso como la cuerda de acero
de una guitarra.
El ascensor llega a nuestro piso y se baja con prisa; su
ansia por escapar de mí es más que obvia.
Y, de repente, todos los sentimientos confusos que tengo
se fusionan en uno solo, muy identificable: ira.
Lo sigo al interior del apartamento y cierro la puerta de
golpe.
—No.
Bradley se da la vuelta y me mira confundido.
—¿No qué?
—No, no puedes hacerme esto. —Me apunto con el
dedo índice en el pecho—. Es mi cuerpo el que usaron esa
noche. Fui yo quien sacrificó mi moral, mis valores y mis
principios por un lío en el que tú nos metiste.
Por primera vez desde que salí del apartamento de
Vaughn, veo una grieta en la muralla acorazada de Bradley;
un atisbo del hombre vulnerable que conozco y amo. Trato
de aferrarme a él.
Doy un paso hacia él y suavizo la voz.
—Y eso está bien. Porque fue por nosotros. Nosotros
contra el mundo, ¿o no? No puedes dejar que esto se inter‐
ponga entre nosotros. —Avanzo un paso y alcanzo su mano
—. Sino, él gana.
El pecho de Bradley se hunde como si todo el aire
saliese de sus pulmones al mismo tiempo. Luego se pasa una
mano por la cara con brusquedad.
—Dios, lo siento tanto, nena. No sé lo que pensaba.
Siento mucho haberte metido en este lío.
Otra lágrima se escapa por mi mejilla. Siento que a este
58 STASIA BLACK
ritmo lloraré por siempre. Pero si eso quiere decir que Brad
y yo estaremos bien, lloraré como si fuese una cascada.
Me abalanzo a los brazos de Brad y meto la cara en su
pecho. Es tan cálido y el contorno de su pecho es tan fami‐
liar, y por un segundo todo está bien. Creo que vamos a
estar bien...
Hasta que me doy cuenta de que Bradley no me
devuelve el abrazo.
De hecho, su cuerpo se ha vuelto tan rígido como una
tabla debajo de mis brazos.
—¿Brad? —pregunto, levantando la cabeza.
Y es cuando veo la expresión de un disgusto absoluto en
su rostro, y sus fosas nasales se dilatan.
—Hueles a él.
Dejo caer los brazos y retrocedo tambaleando. Pero no
ha terminado.
—¿Cómo pudiste venirte con él? Sé que lo finges
conmigo. ¿Crees que no lo sé?
Golpea la pared que está cerca de mi cabeza y yo salto,
soltando un gritito de sorpresa.
—Basta, Brad —exclamo—. No nos hagas esto. ¿No
puedes entenderlo? Incluso las personas violadas tienen
orgasmos cuando las atacan. Solo son estadísticas.
La esperanza surge en sus ojos.
—Entonces, ¿fue una violación?
Es el hombre más cruel que conozco. Y no sé cómo recu‐
perarme de esa pregunta, pues ¿qué tan retorcido es que
ambos deseemos que la respuesta sea sí?
Pero no le doy el alivio de una mentira conveniente y
terrible, así que le digo la verdad.
—No.
Y luego agarro mi bolso y salgo por la puerta.
No intenta detenerme.
SIETE
Me siento terrible a la mañana siguiente mientras mi mejor
amiga, Celia, me sirve una taza de café humeante. Bueno,
llamarlo «mañana» es ser algo generoso. Son casi las dos de
la tarde.
—Entonces, ¿al fin vas a decirme qué pasa? —pregunta
Celia.
Está sentada al lado opuesto de la mesa de la cocina y
apoya la pierna en la silla, mordisqueando su cruasán como
si fuese una ardilla. Celia es una rubia voluptuosa que ha
recibido burlas por ello toda su vida. Es muy inteligente,
pero pocos miran más allá de su físico para ver qué más
tiene para ofrecer. A veces ni siquiera ella misma lo hace.
Celia ha sido mi mejor amiga desde el primer año de la
facultad; el tipo de amiga que me dejaba pasar a su casa sin
hacer preguntas cuando aparecí al amanecer luciendo como
un absoluto desastre y sin ganas de hablar. Me llevó directa‐
mente al cuarto de invitados, buscó una compresa caliente y
me metió en la cama.
Pero su paciencia no dura demasiado.
Ahora me mira fijamente, obviamente esperando
60 STASIA BLACK
respuestas. Pero para ser justa, sí me atiborró de pastelillos y
café antes de comenzar su interrogatorio. Esa es una verda‐
dera amistad.
—Creo que rompí con Brad anoche. —Levanto mi taza
de café, en parte para tomar un sorbo y en parte para escon‐
derme detrás de la taza y ahogar las palabras que acaban de
salir de mi boca.
Celia se queda boquiabierta.
—No me digas. ¿La pareja perfecta? ¿Los que estaban
juntos desde su último año de secundaria?
Le dedico una mirada inexpresiva.
—No ayudas.
—Lo siento, lo siento. —Ella agita las manos—. Está
bien, cuéntamelo todo.
Exhalo y miro hacia el techo.
—Vas a pensar que estoy loca si te digo la verdad.
—Bradley te engañó.
—¿Qué? No.
—Oh. —Celia se sienta más erguida y se ve confundida,
como si estuviera segura de que eso sería todo—. ¿Engañaste
a Brad?
Suena incrédula.
—¡No! —Hubo un instante de silencio—. Bueno, sí. Tal
vez. ¡No lo sé! —Levanto las manos—. Lo hice por Brad.
—Espera, espera, espera. —Los movimientos de los
brazos de Celia se vuelven aún más vehementes. A ella le
encanta gesticular con las manos—. Tienes que empezar
desde el principio con esta historia. Engañaste a Brad... por
Brad. Esa es la lógica de un gánster.
—No, no lo es, solo escúchame. Todo se echó a perder.
Le hablo de la cena de aniversario, o lo que pensé que
era una cena de aniversario, y de cómo todo se arruinó para‐
lelamente.
INDECENTE 61
Se reclina en la silla, mirando por la ventana del rincon‐
cito para desayunar después de que le hubiera contado todo.
—Vaya. Qué fuerte. ¿Qué vas a hacer?
—No lo sé. Lo único que sabía es que necesitaba un
respiro de Brad anoche. Los dos estábamos tan enojados que
cualquier otra cosa que saliera de nuestras bocas solo nos
haría más daño. —Respiro lenta y profundamente—. Pero
hoy pueden prevalecer las mentes despejadas. Tomaré una
ducha y le enviaré un mensaje para reunirme con él
después del trabajo. Podemos ir a un sitio neutral y comer
algo.
Cuanto más hablo, más claro se vuelve el plan en mi
cabeza. Un plan es todo lo que necesito.
—Siempre hemos hablado de pasar el resto de nuestras
vidas juntos, ¿sabes?
Celia asiente con los ojos muy abiertos mientras me
mira por encima del borde de su taza de café.
—¿De verdad vamos a dejar que un bache en el camino
nos descarrile? —pregunto, sin dejar de pensar en cómo
arreglar las cosas—. Ahora Brad me va a necesitar más que
nunca. Es que anoche no estaba pensando. Sé lo inseguro
que se pone.
—Definitivamente es inseguro —murmura Celia.
Ladeo la cabeza.
—¿Crees que esté tomando la decisión equivocada?
Deja su taza de café y levanta ambas manos.
—Soy como Suiza. Cualquiera que sea la decisión que
tomes, te respaldaré al mil por ciento.
Extiendo la mano al otro lado de la mesa y agarro la
suya, apretándola con fuerza.
—Te quiero un montón, lo sabes, ¿verdad, Cel?
Ella me devuelve la sonrisa, pero creo que el contacto la
pone un poco incómoda, pues aparta la mano rápidamente.
62 STASIA BLACK
A ella siempre le pone nerviosa el afecto físico; tuvo una
infancia algo dura, y admito que la he acogido bajo mi ala
como una mamá gallina. No es que ella quiera que la traten
como una hija precisamente, y Dios sabe que nadie puede
controlar a Celia cuando está de mal humor, pero siempre
quiero que sepa que en mí tiene una familia.
—¿Así que estuvo bien eso con Vaughn?
Apenas logro evitar escupir el pequeño sorbo de café
que acabo de tomar.
—¡Ese no es el punto!
Celia me mira de reojo.
—¿No lo es? Quiero decir, lo es un poco, ¿o no? Brad
sabe que este otro tipo es mucho más grande y mejor que él
y ahora lo está destrozando.
Niego con la cabeza.
—Esto también es ridículo. Totalmente ridículo. Chicos
que se miden el pene. Es una idiotez del instituto...
—Entonces, ¿qué tan grande es el pene de Vaughn en
comparación con el de Brad? Quiero decir, cualquiera tiene
que ser más grande que el de ese tipo. Es como un pequeño
dedo de salchicha. —Levanta el dedo meñique, lo mueve un
poco hacia la izquierda y comienza a reír.
Pero tengo el ceño fruncido y no me río.
Porque tiene razón. De hecho, tiene toda la razón.
—¿Cómo sabes eso?
Por un breve segundo, la sonrisa desaparece de su rostro
y la reemplaza un terror abyecto. Pero luego su sonrisa
volvió, más brillante que nunca, como si aquello no hubiera
ocurrido.
—No sé, has hablado bastante de eso.
Eso es una mentira. Nunca he hablado del tamaño o la
forma del pene de Brad. Ni siquiera es tan pequeño, pero
Celia tiene razón, es delgado y sí se inclina a la izquierda.
INDECENTE 63
Eso le cohíbe increíblemente y me hizo jurar que nunca
diría una palabra, ni siquiera a mis amigas más cercanas.
Celia se levanta de su silla.
—¿Quieres otra taza de café? El tuyo debe estar enfrián‐
dose. Siéntete libre de pasar el rato aquí mientras...
Muevo la mano rápidamente y agarro su muñeca con un
apretón mortal.
—Celia. —Mi voz sale gutural y desolada—. Celia, no.
Dime que no lo hiciste.
Todo su cuerpo comienza a temblar bajo mi mano.
Cielos. ¿Todo en mi vida es una mentira?
La suelto y me levanto lentamente de mi propia silla.
—No es lo que piensas. —Comienza a balbucear Celia
—. Fue la Nochevieja pasada y todo el mundo estaba borra‐
cho. Te fuiste a dormir temprano...
—Tuve una migraña. —Recuerdo con tristeza.
Unas pesadas lágrimas ruedan por las mejillas de Celia.
¿Por qué llora? Ella es la traidora.
Oh, Dios, ¿esta sensación como si me hubiesen dado un
puñetazo en el estómago es lo que Bradley sintió anoche?
¿Es esto... karma? Engañé a Bradley, ¿así que él me
engaña a mí?
Sin embargo, espera.
Parpadeo con fuerza mientras los confusos hechos
encajan.
No. Celia y Bradley estuvieron juntos en Nochevieja.
Hace meses. Así que me engañó mucho antes de que todo
esto empezara. Fue antes del juego, o quizás durante el
juego. ¿Quién narices sabe? Él me mentía, engañaba y hacía
todo a mis espaldas mientras yo le era fiel y leal. ¿Quién
sabe sobre qué otra cosa ha estado mintiendo?
Y yo no le engañé. Si hubiera dependido de mí, jamás
habría ido a casa de Vaughn anoche. No había secretos ni
64 STASIA BLACK
mentiras. Bradley me suplicó porque pensaba que su vida y
sus miembros estaban en peligro.
¿Y de verdad estaba pensando en volver con él, aquel
bastardo perdedor mentiroso que nunca, nunca me
mereció?
Celia sigue tartamudeando; ha estado hablando todo
este tiempo. No es que yo la haya estado escuchando.
—Y después de que todos nos metimos éxtasis, ya sabes,
fue un poco confuso saber quién era quién y qué parte del
cuerpo era qué. Y hacía tanto calor esa noche por la piscina
cubierta climatizada, así que empezamos a quitarnos la
ropa y...
—¿Te tropezaste y te caíste sobre su pene de camino al
baño? ¿Algo así?
Ella baja el rostro y, cuando al fin me mira, sus ojos
están bañados con un brillo de lágrimas.
—Lo siento mucho, Mia. Él es una mierda. Siempre
fuiste demasiado buena para él. Y para mí.
Exhalo. Podría perdonar a Celia. Tiene un historial de
tomar las peores decisiones cuando se trata de hombres.
O tal vez no la perdonaré. Tal vez sea hora de arrancar
de mi vida a todas las personas tóxicas que se aprovechan de
mí. Es obvio que es un problema.
Todo lo que sé es que estoy harta. El hecho de que
incluso hubiera cumplido con lo que Bradley me pidió…
Niego con la cabeza. Fue una petición demente que solo
mostró cuán profundas eran las grietas en los cimientos de
nuestra relación.
Basta con un terremoto decisivo con el nombre de
Vaughn McBride y toda mi vida se desmorona.
—Tengo que irme —murmuro.
—No, por favor —suplica Celia—. No te vayas así.
Tienes que perdonarme. Eres la única familia que tengo.
INDECENTE 65
Ella trata de tocarme, pero yo retrocedo. Supongo que
debió haber pensado que era su familia antes de traicio‐
narme. ¿La gente piensa que puede sacudirse la responsabi‐
lidad por completo y ya porque se dejaron «llevar por el
momento»?
Las acciones tienen consecuencias.
La miro mientras agarro mi bolso y voy hacia la puerta.
—No tengo que hacer nada. Si hay algo que puedo sacar
de todo esto, es eso. No me llames, yo te llamaré.
OCHO
De alguna manera, me las arreglo para sobrevivir a la
semana en el trabajo.
Esto se logra, ante todo, apagando el teléfono y no
dejando que nadie sepa dónde me estoy quedando: un
motel muy elegante (no) en la Séptima Avenida que ofrece
descuentos si se alquila por semana, con el desayuno de
cortesía de bagels rancios.
El lugar perfecto para refugiarme mientras mi vida
implosiona.
¿Quién necesita un novio o un mejor amigo o amigos?
¿O familia, ya que estamos en eso? Mi mamá sigue
llamando, presionándome para que vuelva con Brad,
porque aparentemente la madre de Brad la ha estado
llamando. Papá llama porque mamá está estresada. Celia
envía mensajes de texto constantemente buscando que la
perdone para poder dejar de sentirse mal.
Y eso sin mencionar los interminables mensajes de voz y
de texto del propio Bradley que varían entre el enojo,
quejidos y súplicas y luego, por supuesto, enojo de nuevo.
INDECENTE 67
No está acostumbrado a no conseguir lo que quiere en la
vida.
No sé cómo no me había dado cuenta antes de lo
malcriado que es. Supongo que me acostumbré a ver el
mundo de color de rosa. Pensaba en Bradley como el héroe
que quería que fuera en vez del niño cobarde que es en
realidad.
Una semana de mirar a la vida real a los ojos es endemo‐
niadamente brutal.
¿No puedo volver y ya al rollo mariposas, sol, novios
dulces y mejores amigos geniales y solidarios?
Ja. No hay vuelta atrás, lo sé.
Algo que tuve durante la semana pasada fue tiempo. Es
hora de reflexionar y preguntarme: ¿qué quiero? Aparente‐
mente, todos los demás iban por ahí tomando en cuenta sus
propios deseos y necesidades. Entonces, ¿qué diablos he
estado haciendo todo este tiempo?
¿Qué quiero?
La cuestión es que... nunca realicé mis propios sueños. Brad
y yo nos hicimos novios tan jóvenes que simplemente vagué a su
lado y seguí sus sueños. Sí, quería trabajar en la industria edito‐
rial, pero se sentía como si fuese un chiste. Por lo menos es así
como Brad siempre hablaba de ello; como si solo fuese algo que
hacer por unos años hasta que comenzara a tener sus bebés.
Básicamente se asumió que me quedaría en casa para cuidarlos.
Pero ahora tenía toda la vida frente a mí. Y darme
cuenta de que estaba tan equivocada, que me había limitado
sin motivo y que ahora puedo tener cualquier cosa, todo lo
que quiera...
Tan pronto como averigüe qué es lo que quiero.
—¿Amelia?
Levanto la mirada de mi cubículo cuando dicen mi
68 STASIA BLACK
nombre. Me encanta mi pasantía en Lincoln Press y mi jefa
Adhira es la mejor. Es una mujer india de segunda genera‐
ción, menuda, con un largo y sedoso cabello oscuro y
pestañas exuberantes y hermosas. Me hace señas para que
me dirija a la oficina de su asistente editorial.
Siento que mi estómago se contrae. El verano casi
termina y con él lo hace la pasantía. He estado esperando
para saber si se convertirá en un trabajo real o si me despedi‐
rán. Intento decirme a mí misma que debo respirar regular‐
mente a la vez que camino hacia la oficina y cierro la puerta
detrás de mí.
Adhira me sonríe cálidamente.
—Siéntate. —Hace un gesto hacia la silla que está frente
a su escritorio.
—¿Cómo está hoy?
Ella agita la mano.
—Saltémonos la charla trivial.
Esta es una de las cosas que de verdad me gustan de
Adhira. Lo que ves es lo que obtienes con ella. Es eficiente y
no pierde el tiempo.
—Sé que has estado esperando para saber si tu pasantía
se convertirá en un puesto permanente.
Contengo la respiración, aguardando el veredicto.
Ella me mira directamente a los ojos y me dice:
—Lamento decir que no hay futuro para ti en Lincoln
Press.
Y ahí va mi última esperanza, cayendo en picado como
si fuese una piedra. Voy a tener que hacer más turnos en el
restaurante donde los clientes regulares creen que es diver‐
tido pellizcarme el trasero. Me hundo en la silla y trato de
prestar atención a lo otro que está diciendo Adhira, por
respeto a ella.
—Pero el trabajo que has hecho para nosotros en los
INDECENTE 69
—Pero el trabajo que has hecho para nosotros en los
últimos meses realmente me ha impresionado.
Bueno. Tal vez eso signifique que me dará una carta de
recomendación positiva que pueda intentar usar para
encontrar otro trabajo en la industria...
—Y la verdad es que nadie tiene futuro en Lincoln
Press. Vamos a cerrar nuestras puertas después de que se
publiquen los libros del catálogo de verano. Las publica‐
ciones impresas tradicionales están librando una batalla
cuesta arriba hoy en día. —Suspira y mira por la ventana.
—No puede hablar en serio. —Me inclino hacia
adelante en la silla—. ¡Lincoln Press ha estado funcionando
por ochenta años!
Ella me mira y sonríe.
—Y nos ha apasionado publicar por cada uno de esos
ochenta años. Pero lo que más nos apasiona son los lectores.
Y poner libros en las estanterías ya no es la forma de hacer
que la gente los lea. Pero escucha… —Se inclina en su escrito‐
rio, hablando en voz baja y más íntima—: Eso no significa que
todavía no haya oportunidades en la industria de los libros.
De hecho, está teniendo mucho éxito en este momento. Le
dije a la junta que deberíamos llevar a Lincoln Press en una
dirección completamente nueva. Que deberíamos abrir una
nueva división y publicar títulos de géneros más populares
como misterio y romance. Deberíamos aprender de los escri‐
tores independientes sobre marketing y publicidad. Nos
estamos quedando atrás, pero no tenemos por qué estarlo.
Asiento como un muñeco cabezón, tan emocionada
como ella parece estarlo por todo lo que dice.
—¿Y qué dijo la junta?
La emoción en su rostro se atenúa.
—No querían oír nada al respecto. O era a la antigua, o
70 STASIA BLACK
no iba a ser. Así que están cerrando sus puertas. Pero
tenemos mucho talento en este edificio. Zara te habló sobre
las oportunidades de edición independiente, ¿cierto?
—Sí —digo lentamente.
Esa amarga sensación en mi estómago está comenzando
a convertirse en emoción.
—Te quiero en mi equipo de edición de la nueva edito‐
rial que estoy comenzando. De hecho, será un servicio de
boutique completo. Tendremos todos los niveles de servicios
editoriales para autores independientes mientras comen‐
zamos a recibir envíos y nos preparamos para lanzar nuestro
propio catálogo.
Apenas puedo quedarme sentada de la emoción que
siento.
—¡Sí! ¡Me apunto! Lo que sea que necesite, aquí estoy.
Estoy dentro.
Ella se ríe y niega con la cabeza.
—¿No quieres conocer los detalles salariales? ¿El seguro
médico? ¿La jubilación?
¿Hay seguro médico y jubilación? ¿Y un salario? En
cierto modo pensé que sería más como una pasantía no
remunerada.
¿Por qué? ¿Por qué no asumo automáticamente que
valgo? Está mal. Pero de ahora en adelante...
Mantengo la cabeza más alta.
—Esperaré detalles sobre el salario y un contrato
completo antes de poder considerar su propuesta con un
asesor legal.
Adhira sonríe.
—Te lo enviaré el fin de semana.
INDECENTE 71
AL FIN, al fin las cosas están empezando a mejorar.
Al menos eso creo hasta que salgo al aparcamiento
después de que termine el día. El horario de verano final‐
mente ha llegado, por lo que todavía hay sol a pesar de que
son más de las seis. Levanto la cara al sol y disfruto del calor
que se extiende por todo mi cuerpo.
—Una diosa disfrutando de su debido culto por parte
de sol.
Abro los ojos de golpe. Nunca quería volver a escuchar
esa voz.
Miro a Vaughn McBride, que está parado demasiado
cerca; a unos metros de la salida del edificio. Sujeto su
hombro mientras le paso por el lado, dando pisotones.
—Apártate de mi camino —gruño.
Lo escucho maldecir en voz baja a mis espaldas y luego
oigo sus pasos sobre la acera mientras me sigue.
—Lo siento, Mia. Solo quiero hablar. A veces no puedo
evitar meter la pata.
Me vuelvo para verlo.
—Puedes meterte la pata en el culo ya que estamos.
Me sonríe.
—Te he extrañado.
Me quedo boquiabierta, aunque no sé cómo tiene
siquiera la capacidad de dejarme asombrada. No le respon‐
das. No le respondas.
Cierro la boca, me doy la vuelta y me dirijo a mi auto.
Ya ha hecho suficiente daño para toda una vida.
Pero el bastardo no puede captar una indirecta.
—Mia, solo necesito hablar contigo. Por favor. Es
importante.
—¿Que es importante? ¿Importante? —Mi tono se
vuelve tan agudo por la incredulidad que suena como un
chillido apenas audible.
72 STASIA BLACK
Me doy la vuelta y lo empujo con fuerza en el pecho.
—¡Mi vida era importante! —siseo. Mi voz resuena en el
pavimento y en los edificios circundantes—. ¡Pero no te
importó! Eres un niño rico mimado que vio algo que no
podía tener.
¿Todos los hombres son niños mimados? Porque última‐
mente así parece.
Lo señalo con un dedo en la cara.
—Así que tuviste que romperlo. Porque eso es todo lo
que haces. Rompes cosas. Rompes a la gente. —Mi pecho
sube y baja y todo mi cuerpo tiembla—. Eres un monstruo.
La parte más alta de sus pómulos se torna de un rojo
brillante. Entra directamente en mi espacio personal, pero
no me toca.
—Si soy un monstruo, ¿por qué no puedes dejar de
pensar en esa noche? ¿Por qué no puedes dejar de soñar con
mis manos?
Su voz es grave, carnal e íntima.
Y maldito sea.
Maldito sea.
¿Cómo lo sabe?
¿Cómo sabe que, por la noche, en esas sábanas baratas
del hotel, doy vueltas y vueltas sin poder dormir? Y no es
porque mi vida se haya vuelto del revés y ya no sienta que
tengo a nadie en quien confiar en este mundo.
Es porque estoy reviviendo sus dedos acariciando mi
piel, masajeando mi sexo como si hubiera memorizado el
contorno de mi cuerpo hace mucho tiempo; como si yo fuera
una lengua antigua que solo él sabía hablar.
—La forma en que tus ojos se han dilatado y que tu
respiración se ha vuelto entrecortada me dice que tengo
razón —susurra, con la voz llena de satisfacción, y al fin va a
tocarme.
INDECENTE 73
Desliza un brazo alrededor de mi espalda, enterrando la
mano en el cabello de mi nuca. Me atrae hacia sí, acercando
mi pecho al suyo de una forma tal que noto de inmediato la
fricción contra mis pezones, a pesar de las capas de ropa que
nos separan. Pero juraría que él también lo sabe; que calcula
cada una de sus acciones para atraer y excitar.
Mi sexo se humedece. Mi cuerpo recuerda. De verdad
fue el sexo más alucinante que he tenido o que he soñado
tener.
—No soy un buen hombre —gruñe Vaughn en mi oído,
cerrando el puño en mi cabello con más fuerza—. Pero
podrías hacerme bueno. Yo lo creo.
Son las palabras que toda mujer cree que quiere
escuchar.
Vaughn es siniestro y está atormentado. Es malicioso.
Mezquino. ¿Pero es malo? ¿Cien por ciento malo?
Me aparto de él y llevo una mano a su rostro. Todo esto
ha hecho que abra los ojos. Solía ver el mundo con tanta
claridad. Blanco y negro. Bueno y malo. La gente era tan
fácil de clasificar.
Pero no era real. No miraba a las personas y las veía
como realmente eran. Tal vez porque quería que el mundo
fuera mejor, o porque no estaba dispuesta a aceptar a las
personas como realmente eran: humanas, totalmente desas‐
trosas, falibles. Incluyéndome a mí misma.
Y mientras acaricio el rostro de Vaughn, también
empiezo a verlo con más claridad.
—Has estado solo mucho tiempo, ¿no es así?
Sus ojos oscuros se despejan cuando me mira, y nues‐
tros rostros están a solo unos centímetros de distancia. Traga
saliva, pero no aparta la mirada, ni sonríe, ni hace ninguna
de las otras cien cosas que podría esperar.
Simplemente lo admite:
74 STASIA BLACK
—Sí.
Yo asiento con la cabeza.
—He tenido miedo de estar sola. Me asustaba tanto que
me permití estar ciega ante lo que sucedía en mi propia
vida.
¿Cuántas veces miré para otro lado cuando Bradley
actuaba de manera sospechosa? No quería saber la verdad.
Vaughn se acerca y toma mi mano.
—Ya no tenemos que estar solos —dice con ojos implo‐
rantes—. Puedes conocerme. Sé que he sido una mierda.
Pero puedo cambiar. Por ti, puedo cambiar. Por favor, nece‐
sito a alguien como tú a mi lado.
Le sonrío suavemente y luego me pongo de puntillas.
Nuestros labios se conectan. Es suave al principio. Sabe
a menta, un sabor que siempre asociaré con él. Pero como si
pudiera saborear mis intenciones en mi beso, envuelve sus
brazos a mi alrededor y me besa con más fuerza. No con
una fuerza violenta, sino con más intensidad; con más
propósito. Este no es un hombre que pierde sin luchar.
Su lengua roza la punta de mi lengua y un rayo de elec‐
tricidad se dispara por mi pecho, pasa por mi estómago y
acaba en mi sexo. Me vuelvo de gelatina y me hundo en sus
brazos.
No, no se supone que esto sea así. Dios, ¿por qué me
afecta de esta manera? Siempre he oído hablar de la pasión
y la química, pero nunca esperé que fuera como...
Clava los dedos en mi cintura mientras me arrastra
hacia él y maldición, está duro; muy duro. Y no se aver‐
güenza de encajar una de sus piernas entre las mías y mani‐
pular mi cuerpo, llevándome hacia adelante y hacia atrás
contra él, frotándome en el ángulo perfecto hasta que...
Entierro mi cara en su pecho y chillo al sentir un clímax
INDECENTE 75
sorpresa; apenas puedo sofocar el ruido en la tela de su
camisa.
Jadeo. Maldición...
Acaba de hacer que me viniese en cinco segundos en
medio del aparcamiento. Miro a mi alrededor frenética‐
mente pero no hay nadie a la vista. Me apoyo contra
Vaughn y trato de recuperar el aliento.
—No es... justo... —jadeo.
—¿Quién dice que jugaré limpio? —pregunta, apretán‐
dome aún más fuerte.
Me río entre dientes y descanso mi frente contra su
pecho un par de veces antes de alejarme al fin. Me cuesta
un poco sostenerme en mis dos piernas, pero me las arreglo.
—Vaughn McBride, eres todo un caso.
Eso es poco decir. Es un hombre magnífico. Una mandí‐
bula bien marcada. Cabello negro que es demasiado salvaje
para domesticarlo con algún producto. Prendas que le
quedan un poco demasiado pequeñas para contener todos
sus músculos y su vitalidad explosiva.
—Creo que eres un mejor hombre de lo que crees.
Sacude la cabeza, viendo hacia dónde se dirige esto;
viendo la decisión en mis ojos.
—Mia, acabas de venirte con más fuerza que cualquier
mujer con la que haya estado. Te lo puedo dar todo. Un
placer que nunca has conocido. Viajaremos por el mundo.
Puedes tener cualquier cosa que desees a tu entera disposi‐
ción. No hagas esto.
Le sonrío.
—¿No recuerdas lo que más te gusta de mí? —Alargo la
mano y aprieto la suya—. No me pueden comprar. Ni
siquiera con orgasmos increíbles.
Le suelto la mano, pero él no suelta la mía.
—¿Por qué? ¿Por qué no me das una oportunidad?
76 STASIA BLACK
—¿Por qué? ¿Por qué no me das una oportunidad?
Aguantaste a ese imbécil canalla por años.
Aparto mi mano de la de Vaughn con delicadeza.
—Exactamente. Me cansé de intentar que alguien sea
un mejor hombre. ¿Quieres hacer ese trabajo? Hazlo por tu
cuenta —digo amablemente, plegando su mano y finalmente
soltándola—. Mientras tanto, tengo algunas cosas que
resolver.
Él niega con la cabeza, luciendo desconcertado.
—Me estás rompiendo el corazón.
Me río y le doy una palmada en el pecho antes de
alejarme.
—Tú hiciste que mi vida estallara. Estamos a mano.
NUEVE
Cinco años después
—ENTONCES, señorita autora famosa, ¿cómo se siente la
fama?
Le doy un empujón a Spencer en el hombro mientras
subimos al ascensor.
—Cállate. Fue solo ese libro que salió muy bien.
Él pone los ojos en blanco.
—Y eso hizo que tus otros tres libros salieran muy bien.
Sonrío tímidamente. Spencer siempre ha creído en mí;
desde que lo conocí por medio de un grupo de escritores
profesionales hace unos años. Nos caímos bien y hemos sido
cercanos desde entonces. Nos fuimos a vivir juntos hace un
año y ha sido increíble.
—¿No te alegra que te haya arrastrado a este fiestón
después de todo? —Me mira y mueve las cejas.
Spencer es guapo con ese estilo de artista hambriento.
Como si fuese el hermano mayor de Timothée Chalamet.
Pongo los ojos en blanco otra vez. No he estado en la
78 STASIA BLACK
ciudad como tal desde hace siglos. Pero Adhira y la editorial
están organizando una fiesta para celebrar el catálogo de
primavera y Spencer pensó que una noche en la ciudad
sonaba divertida, así que me llevó a rastras.
Personalmente, soy feliz viviendo en los suburbios,
muchas gracias. Y sí, mi yo de dieciocho años moriría si
alguna vez me escuchara decir tal cosa.
Solía pensar que quería las luces citadinas y el glamour.
Hasta que vi de cerca lo superficial, vacío y retorcido
que es. Luego me alegré de haberme marchado de Dodge,
mudarme a los suburbios y conseguir un perro grande y
esponjoso con el que pudiera acurrucarme frente a la
chimenea. Una vida buena y plena.
Con el tiempo conocí a Spencer, se mudó conmigo y
ahora somos una pequeña familia feliz, aunque poco
convencional. Pero creo que esas son las mejores.
—Te ves deslumbrante esta noche, por cierto —dice
Spencer, mirándome de arriba abajo con un ojo valorativo.
Me río.
—Solo te estás elogiando a ti mismo. Era un lienzo en
blanco antes de que tú empezaras. Esta es del todo tu
creación.
Él me devuelve la sonrisa.
—Naturalmente, esa es la razón por la cual te ves
fabulosa.
—Oh, ya veo. Así que de verdad buscabas un elogio.
Bueno, permítame felicitarlo por sus increíbles habilidades
de estilismo de esta noche, señor.
—Te permito hacerlo.
Me estoy riendo tan fuerte que apenas noto que las
puertas del ascensor se abren. Y ciertamente no me percato
del hombre alto que viene hacia nosotros hasta que es dema‐
siado tarde y casi choco con él cuando salgo del ascensor.
INDECENTE 79
—Mia.
—Vaughn. —Me quedo sin aliento.
No. Esto no puede estar pasando. ¿Sonaría patética si
admitiese que una de las razones por las que me mudé fuera
de la ciudad fue para no encontrarme con él por accidente?
—¿Qué estás haciendo aquí? —espeto.
—Me dijeron que no estarías aquí. —Se pasa una mano
por el cabello.
Es tan salvaje y rebelde como siempre. Es bueno saber
que algunas cosas nunca van a cambiar. Y Dios, ¿cómo es
posible que se haya vuelto más guapo con los años? Sus
hombros son más anchos y su rostro es más ancho, más
maduro. Ahora es todo un hombre.
»Pero, claro, en el fondo creo que esperaba que sí estu‐
vieses aquí.
Me quedo boquiabierta. ¿Qué? ¿Esperaba que yo...?
—¿Viniste aquí por mí? —balbuceo—. ¿Para esto?
¿Qué demonios? Han pasado cinco años.
—No, espera, todo esto está saliendo mal. Es que no
quiero mentirte. Estoy tratando de ser un mejor hombre. He
tratado de ser un mejor... desde lo de...
Spencer se abre paso a codazos entre Vaughn y yo
cuando Vaughn intenta acercarse.
Vaughn parece arrepentirse de inmediato y levanta las
manos.
—Mira —suplica con tono delicado y... humilde. ¿O es
solo otro de sus juegos?—. ¿Hay algún lugar al que podamos
ir a hablar? He estado en una búsqueda espiritual durante
los últimos cinco años. Quiero hacer las paces.
Arqueo una ceja y me burlo.
—¿Como los Doce Pasos?
Me mira fijamente con sus ojos oscuros. Mierda. Olvidé
la forma en que la intensidad de su mirada te atraviesa.
80 STASIA BLACK
—Algo así —murmura, y su grave tono de voz, tan suave
como terciopelo, me trae recuerdos demasiado vívidos.
Escalofríos recorren mi cuerpo.
Necesito salir de aquí. Me tomó mucho tiempo superar
el desastre en el que se convirtió mi vida después del
huracán Vaughn.
Spencer se inclina hacia mí.
—¿Necesitas que me deshaga de este tipo? Porque
puedo actuar todo macho y darle una descarga eléctrica o
algo.
Dios, ¿qué haría sin Spencer?
Excepto que, honestamente, sé que esto es algo que
necesito hacer sola. No había venido por esto, sino por mis
reacciones instintivas y el terror ilusionado que siento al ver
a Vaughn de nuevo... No necesito visitar la oficina de mi
terapeuta para que me diga que hay algo aquí que necesita
superarse.
Y esta vez no voy a huir a los suburbios en lugar de
enfrentarlo.
Toco el rostro de Spencer, me pongo de puntillas y
deposito un casto beso en sus labios.
—Necesito ponerme al día con mi viejo amigo. ¿Puedes
ir a llenar un plato con todas las mini quiches que puedas
encontrar?
Los ojos de Spencer buscan los míos. Puedo escuchar su
pregunta silenciosa: ¿estás segura?
Asiento y me da un apretón en el brazo antes de mirar a
Vaughn y dirigirse a la mesa del catering.
Tengo que inhalar profundamente antes de mirar al
hombre alto e imponente. ¿Por qué me afecta tanto después
de todo este tiempo? Me dije a mí misma que había exage‐
rado demasiado su atractivo y carisma. Ese hombre no
podría ser tan perfecto en persona.
INDECENTE 81
Pero de pie junto a Vaughn, a la sombra de sus anchos
hombros, su mandíbula cuadrada y su poderoso ceño frun‐
cido, de repente me siento fuera de liga.
—¿Podemos ir a un lugar más tranquilo para hablar? —
pregunta, en voz inusualmente baja.
Quizás me tiene en trance, no lo sé, pero cuando me
pone la mano en la parte baja de la espalda, lo sigo sin
dudarlo hasta el ascensor. Saca una llave, la coloca en una
pequeña ranura y presiona un botón para acceder a la
terraza. Solté una pequeña risa. No sé por qué me
sorprende.
—No me digas que eres el dueño del edificio —bromeo.
Vaughn me mira solemnemente.
—¡Dios mío, sí lo eres! —Niego con la cabeza—. Y pensé
que era solo tu padre el que era asquerosamente rico.
—No me parezco en nada a mi padre. —Su tono suena
repentinamente gélido.
Bueno, eso le ofendió.
—Ahí está —digo, observando su mandíbula apretada y
enojada—. Me preguntaba adónde había ido el viejo
Vaughn.
Exhala y baja la mirada mientras las puertas del
ascensor se abren con un ruido. Me mira y me hace un gesto
para que salga antes que él. Permanece en silencio por
varios segundos más mientras me lleva por una puerta y
salimos al techo.
Hay una piscina tan brillante como las joyas y plantas
alrededor de la zona. La piscina es climatizada y el vapor
sale de la superficie, dándole un aspecto místico al entorno.
Está vacío, a excepción de nosotros.
—Me da pena que me conocieras en ese momento de mi
vida.
Eso hace que levante una ceja.
82 STASIA BLACK
—¿Porque eres tan diferente ahora? Me parece que
todavía te gusta presumir tu dinero e influencia.
Veo que aprieta el puño antes de relajar la mano. Luego
se ríe en voz baja y mira hacia el cielo nocturno.
—Vaya, pensé que esto sería más fácil. No sé por qué.
Siempre fuiste dura como una piedra conmigo.
—Alguien tenía que serlo.
Él asiente lentamente.
—Tienes razón. Lamento haber tardado veinticuatro
años en conocer a alguien que me echara mis mierdas en
cara. En conocerte a ti.
Él da un paso para acercarse a mí y yo doy un paso
atrás.
—Mira, Vaughn, es genial verte y todo. —Mentira—.
Pero creo que has exagerado todo esto. —Levanto las manos
—. Sientes que necesitas un cierre, está bien. Tengamos un
cierre. Es obvio que tu vida va bien. Igual que la mía. Estu‐
penda conversación para ponernos al día. Nos vemos en
otros cinco o diez años.
O nunca.
—Tienes razón, tienes razón. Ven, toma asiento. Vamos
a ponernos al día. Por el bien del cierre.
Saca una silla de una de las mesitas junto a la piscina.
Debería salir de aquí. Spencer y los mini quiches me
están esperando.
Entonces, ¿por qué, en contra de mi buen juicio, me siento?
Y, cielos, ¿por qué disfruto el roce de los dedos de Vaughn
contra mi hombro mientras me ayuda a empujar mi silla?
Pero un instante después desaparece y se sienta en la
mesa frente a mí; sus largos dedos se posan en la mesa mien‐
tras me mira a los ojos con esa intensa mirada.
—¿Cómo has estado? Quiero saber todo.
Trago al verme bajo la intensidad de su escrutinio. Pero
INDECENTE 83
Trago al verme bajo la intensidad de su escrutinio. Pero
poco a poco empiezo a abrirme. Le cuento sobre mi trabajo
para la editorial de Adhira, primero como asistente del
editor, luego como editora titular y ahora como socia accio‐
nista de la empresa.
Es tan fácil hablar con él; tan fácil que me abro aún más.
Le cuento sobre mis propios libros.
—¿Eres escritora? ¿Una autora de verdad? —Parece
impresionado.
Asiento con la cabeza.
—Solo he publicado algunos libros.
—¿Cuántos?
—Cuatro.
—¿Cuatro? —Suena incrédulo—. Pero solo han pasado
cinco años desde la última vez que te vi. Eso es imposible.
—Estás tan equivocado. —Me río—. Soy una escritora
lenta. La mayoría de mis amigos escritores publican de tres a
seis libros al año.
Por primera vez, finalmente, es Vaughn quien se queda
boquiabierto de la impresión.
Es un espectáculo tan cómico que no puedo evitar
reírme. Y luego él también se ríe, tal vez porque nadie se ríe
nunca del gran Vaughn McBride.
Nos reímos por tanto y tanto tiempo que minutos
después me seco los ojos, aunque no fue tan gracioso en
primer lugar. Es la electricidad de estar cerca de él. Cada
emoción se siente amplificada. Cada sensación resuena más
fuerte de lo normal.
Es ahí cuando me doy cuenta que cielos, me estoy divir‐
tiendo. Paso tiempo con Vaughn McBride y no es compli‐
cado ni doloroso... Es... agradable.
—¿Y tú? —pregunto, aunque sólo sea para distraerme de
84 STASIA BLACK
mis pensamientos desconcertantes—. ¿Qué has estado
haciendo todo este tiempo?
Deja de reírse.
—He estado ocupado. —Al principio eso es todo lo que
dice, hasta que le incito a hablar con un «¿con qué?»
Mira en mi dirección y luego aparta la vista. Es casi
como si fuera... tímido. Pero no puede ser eso. ¿Vaughn,
tímido?
—Pasé un par de años en el extranjero. —Se frota la
nuca—. De hecho, seguí tu consejo.
—¿Qué? ¿Mi consejo?
Él se ríe con autocrítica.
—Dijiste que, si quería ser un mejor hombre, tenía que
hacer todo el trabajo por mi cuenta.
De acuerdo, bueno, ahora ha despertado mi curiosidad.
—¿Y? —Lo animo cuando no dice nada más.
Él se ríe de nuevo y es entonces cuando percibo lo que
hay de diferente en él. El duro filo de cinismo que solía
llevar puesto como un escudo... No se ha ido por completo,
pero el borde está desafilado, pulido. La dulzura que había
notado antes no era una farsa.
—Y... sigo siendo un trabajo en progreso. —Entrecierra
los ojos—. Creo que eso es lo mejor que puedo decir de mí
mismo. Pero sigo intentándolo. Quería que lo supieras.
Quería que supieras que tuviste un impacto en la vida de
alguien. —Se inclina sobre la mesa y agarra mis manos—. No
puedo decirte el impacto que tuviste. Pero espero que puedas
creer que entre tú y dos años en África trabajando en nuestra
organización contra el hambre, es posible que un hombre
cambie. Si no fuera por ti, seguiría siendo ese idiota arrogante
que literalmente pensaba que podía comprar a la gente.
Se estremece y suelta mi mano.
»No es que eso cambie nada, considerando lo que te
INDECENTE 85
»No es que eso cambie nada, considerando lo que te
hice. Lo siento mucho. Sé que nunca podrás perdonarme. Y
ahora parece que tienes un buen hombre y una buena vida.
¿Cómo se llama? Parece que te apoya mucho. —Vaughn se
levanta de su silla, apartándose parcialmente de mí—. Me
alegro por ti. Eres una buena mujer y te mereces lo mejor
que la vida tenga para ofrecer.
Empieza a alejarse.
»Gracias por seguirme la corriente. Te dejaré volver a tu
fiesta ahora.
Espera. ¿Eso es todo?
Vuelve a entrar en mi vida después de cinco años, me
suelta todo eso viéndose hermoso y delicioso, trabajó en la
organización contra el hambre en África durante años y...
y... ¿y luego piensa que puede marcharse otra vez?
—Oye. —Me levanto tan rápido que mi silla chirría
mientras se arrastra por el cemento—. No puedes... Noso‐
tros... Yo no...
Y luego, en un acto extremo de madurez, doy un piso‐
tón. Estoy tan frustrada.
Vaughn se da la vuelta, pero está en una parte oscura de
la terraza y no puedo ver su rostro.
—¿Qué pasa, Mia?
Y luego me apresuro hacia él antes de darme cuenta
conscientemente de lo que hago. Me quedo sin aliento
cuando llego a su lado.
—Maldito seas, Vaughn McBride —le digo antes de
lanzar los brazos alrededor de su cuello.
En el segundo en que hago contacto, mi cuerpo cobra
vida de una forma en que no lo había hecho en años. Cinco
años, para ser exactos.
Pero antes de que nuestros labios puedan tocarse,
86 STASIA BLACK
Vaughn niega con la cabeza incluso mientras me aferra
contra él, uniendo nuestras mejillas.
—Siempre fuiste mi mayor tentación. —Su voz es
gutural y rota mientras continúa—: Pero estoy tratando de
ser un buen hombre.
Incluso mientras lo dice, pasa su nariz por mi mejilla en
un acto tan íntimo que me atormenta un escalofrío en todo
el cuerpo.
»Vuelve con tu novio antes de que cambie de opinión. —
Sus palabras dicen una cosa, pero el mordisco en el lóbulo
de mi oreja dice otra.
Sin embargo, luego me aparta. Sus ojos están ator‐
mentados.
»Vete, Mia. —Me ordena con dureza—. Vete antes de
que destruya todo el trabajo de los últimos cinco años.
Dios mío, de verdad ha cambiado. Se me llenan los ojos
de lágrimas. La conexión entre nosotros es tan fuerte como
siempre. No fue una casualidad y ya. Esto es real. Nos
conocimos en el lugar equivocado en el momento equivo‐
cado y ninguno de los dos estuvo preparado para ello.
¿Pero ahora…?
—Spencer no es mi novio. —Logro decir al fin. Mi voz
tiembla tanto que espero que Vaughn pueda entender mis pala‐
bras—. Vivimos juntos. Es mi compañero de cuarto, pero es gay.
Los ojos de Vaughn se abren como platos, pero solo por
un milisegundo antes de acercarse y tomarme en brazos.
—Oh, gracias a Dios, porque no estaba seguro de que
fuese a aguantar un minuto más con todo este rollo del chico
bueno.
Suelto un gritito cuando él me levanta y me da vueltas.
Pero no pasa mucho tiempo antes de que me mueva por
encima de su cuerpo y luego devore mi boca. Y puede que
INDECENTE 87
ahora sea un hombre más bueno que malo, pero eso no lo
convierte en ningún tipo de caballero.
Sus manos están por todo mi cuerpo en lo que es esen‐
cialmente un espacio público. Y hace un calor increíble.
Sube el dobladillo de mi vestido y luego sus manos están
allí, en mi sexo, mientras continúa lamiendo, provocando y
mordisqueando mis labios y luego mi lengua.
El placer abrasa mi cuerpo como un rayo. Dios, él es el
único que podría hacerme esto. ¿Cómo...? Espera, yo... Oh.
Oh, oh, oh...
Chillo en su boca mientras me vengo.
—Joder, ¿cómo es que eres real? —sisea antes de devo‐
rarme de nuevo.
—Te necesito dentro de mí —jadeo, medio delirando
con mi orgasmo, que seguía palpitando.
Vaughn aparta algunos mechones errantes de mi rostro,
sus ojos son amables y adoradores.
—Deberíamos ir despacio. Tenemos toda una vida.
Sus palabras me iluminan por dentro, pero aun así
extiendo las manos y las entierro en su cabello.
—No me han follado bien en cinco años. Por favor, no
me hagas rogarte.
Deja escapar un gruñido animal y luego me levanta y
me lleva a un diván acolchado en un rincón sombreado de la
terraza que está rodeado de arbustos en los tres lados. La
piscina apenas es visible en la distancia.
—Oh, rogarás antes de que termine contigo —dice en
voz baja.
Casi me vengo de nuevo allí mismo solo por sus pala‐
bras. Y cuando levanta la falda de mi vestido, mis muslos
están temblando de anticipación.
No es que tenga que esperar mucho. Él me baja la tanga
88 STASIA BLACK
de un golpe y luego pone su cálida e indecente boca donde
más la necesito: sobre mi sexo.
Grito de sorpresa y placer y luego me tapo la boca con el
brazo para no hacer tanto ruido, aunque Vaughn no hace
ningún movimiento para acallarme. Solo me come con más
voracidad, concentrándose en mi clítoris hasta que me
convierto en un manojo de escalofríos y temblores ante él
mientras otro orgasmo me invade.
Este es un fenómeno nuevo. Estos orgasmos continuos y
que vienen uno tras otro solo han sucedido en el último año
o dos. ¿Es una ventaja de envejecer de la que nadie me
advirtió? O quizás es que siempre es así con Vaughn, pues
también sucedió la otra vez que estuve con él...
Pero entonces todo pensamiento se desvanece porque él
agacha la cabeza de nuevo para la ronda número... ¿tres?
¿Cuatro? He perdido la cuenta, que es solo un concepto
loco para alguien que solía tener problemas para lograr un
solo orgasmo.
Pero esto no se trata solo del placer, aunque me encanta
que quiera dármelo todo. Quiero ver a Vaughn cara a cara.
Necesito la conexión.
Así que hago que se mueva hacia arriba. Se limpia la
cara con el brazo a medida que avanza y luego me besa otra
vez. Puedo sentir mi propio sabor en su lengua y, por alguna
razón, me pone aún más caliente, recordando lo entusiasta y
desinteresadamente que le gusta servirme.
Envuelvo mis brazos y piernas a su alrededor, hincando
el pie en su trasero.
Su enorme y duro miembro toca mi sexo desnudo de la
forma más deliciosa.
Basta. No puedo soportarlo más.
Mi cuerpo todavía palpita por el clímax y me impulsa a
encajar mi cuerpo con el suyo, siempre buscando más.
INDECENTE 89
Todavía hay una cima más alta, puedo sentirla. Y la quiero.
Después de cinco años sin sexo, Dios sabe que la quiero.
Merezco buen sexo y lo voy a exigir. Ahora mismo.
Así que bajo la mano entre nosotros, desabrocho los
pantalones de Vaughn y muevo mi mano alrededor de su
amplio miembro. Él sisea y sujeta mi trasero en respuesta, lo
que hace que mi sexo se contraiga.
—Me estás matando, mujer —jadea.
—Bien. —Le devuelvo la sonrisa—. Dime que tienes un
condón.
—Tengo un condón.
Me río y le doy un apretón a su pene.
—Sigues siendo tan arrogante como siempre, por lo
que veo.
—Mierda. —Su rostro se vuelve dolorido—. Yo no... No
esperaba esto...
—¿Entonces el condón era para otra persona?
—¿Qué? —Palidece—. ¡No!
Decido darle un respiro al pobre chico.
—¿En la billetera?
Él asiente, sin atreverse a decir una palabra más. Chico
listo. Saca su billetera y me la entrega.
Saco el condón y rasgo el paquete de aluminio con los
dientes. Sus ojos resplandecen con deseo más que nunca
mientras me mira. Miro hacia abajo mientras se lo pongo,
pero su boca está sobre la mía de nuevo antes de poder
terminar.
Lo alineo en mi entrada y sus caderas se mueven hacia
adelante, no lo suficiente para entrar en mí, pero está justo
allí, preparado.
Sus ojos oscuros se posan en los míos, acariciándome y
cerciorándose de que quisiera esto, lo que revela todo sobre
el hombre que es ahora. Estamos en el ojo del huracán.
90 STASIA BLACK
Porque, aunque quiero intimidad con Vaughn, no creo que
podamos evitar la pasión, rayando en lo fogoso, que hay
entre nosotros.
Agarro su trasero con ambas manos y hago que se
mueva hacia adelante de nuevo, empujándolo desde atrás
con los pies.
Pero no se dará prisa. Solo me sonríe desde arriba y me
provoca, rozando la entrada de mi sexo con la punta de su
miembro arriba y hacia abajo antes de que finalmente, final‐
mente, comience a hacer presión entre mis labios empa‐
pados hacia el sitio donde más lo necesito. Estoy vacía,
terriblemente vacía.
Dijo que haría que le rogara y estoy a punto de abrir la
boca para hacerlo cuando...
Un chillido agudo y risas femeninas hacen que nos
congelemos.
—¿Qué coño? —gruñe Vaughn levantándose del diván y
mirando hacia la piscina.
Sigo su mirada y veo a un grupo de seis personas, todos
jóvenes y probablemente universitarios. Chicas risueñas en
bikini y chicos de la fraternidad que intentan impresionar
con sus abdominales y bronceado con spray.
Vaughn apoya sus manos a ambos lados de mí y está a
punto de ponerse en pie.
—Voy a deshacerme de ellos.
Pero agarro sus muñecas.
—No están molestando a nadie. Además —digo descara‐
damente, levantando una ceja antes de envolver mis brazos
lánguidamente alrededor de su cuello, atrayéndolo hacia mí
—. ¿Dónde está tu sentido de la aventura? No me digas que
sacaste al chico malo de tu ser.
Hay un destello de confusión en su rostro antes de que
se dé cuenta de lo que quiero decir. Y luego la mirada en sus
INDECENTE 91
ojos se convierte en una que nunca antes había visto y que
no puedo interpretar. Sin embargo, sus palabras no podrían
ser más claras:
—Creo que algún día me voy a casar contigo.
Me echo a reír y me cubro la boca con la mano para que
los chicos que van a la piscina no puedan oírme.
La sonrisa de Vaughn se ensancha.
—Solo espéralo.
—¿Qué tal si mientras tanto le das un buen uso a este
enorme mástil de caballo? —Conecto mis caderas contra las
suyas.
Ya estamos en un ángulo tan bueno que hace que entre
ligeramente en mi interior y ambos gruñimos de placer.
—Te dije que te haría rogar —murmura.
Clavo los dedos en su cuero cabelludo, lo rasco y atraigo
su cabeza hacia mí para darle un beso a la vez que al fin
entra en mí.
No nos molestamos en guardar silencio, a pesar de la
inesperada compañía en la terraza. Es el dueño del endemo‐
niado edificio, después de todo.
EPÍLOGO
Dos años después
LEVANTO LA CARA hacia el sol, disfrutando del calor en
mi rostro a la vez que una brisa fresca sopla por el resto de
mi cuerpo. Puedo sentir cada caricia del viento solo con mi
camisón puesto.
—¿Mi diosa está aceptando su adoración del sol, como
siempre?
Sonrío y miro por encima del hombro mientras Vaughn
se acerca en nuestro balcón con vista al parque. Acomodo
mi espalda contra su pecho y él pasa un brazo a mi alrede‐
dor; la mano se posa en mi gran e hinchada panza.
—¿Cómo están mis dos chicas esta mañana?
La felicidad me inunda al oír sus palabras. Sabemos
cuál es el sexo del bebé desde hace unos meses, pero nunca
deja de asombrarme.
Llevo en mis entrañas a la pequeña de Vaughn. Sé que
voy a morir cada vez que lo vea cargándola. Incluso verlo
con el equipo para bebés me hace llorar cada dos horas. Por
INDECENTE 93
otra parte, soy un desastre hormonal, entonces, ¿qué voy a
saber yo?
Pongo la mano junto a la suya en mi panza y la acaricio.
—Estoy lista para conocer a nuestra hija, eso sí.
Deposita un beso en la parte superior de mi cabeza y se
balancea hacia adelante y hacia atrás conmigo, abrazán‐
dome a la luz matutina.
—Está llegando elegantemente tarde.
Tenía que haber nacido hace una semana.
Me doy la vuelta y le sonrío.
—¿Entonces se parece a su padre? Porque ambos
sabemos que soy muy puntual.
Él sonríe.
—Sabes que nadie más se atreve a insultarme de arriba
abajo como tú, ¿verdad?
—Bueno, esa es una de las razones por las que me
quieres tanto.
—No —dice, poniéndose serio—. Es una de las razones
por las que la amo tanto, señora McBride.
Me sonrojo, una reacción ridícula teniendo en cuenta
que llevamos cinco meses casados. Sí, nos embarazamos
antes de casarnos, pero durante meses me negué a casarme a
pesar de que Vaughn me había suplicado que lo hiciéramos.
No quería una boda a última hora o que se casara conmigo
solo porque me había dejado embarazada.
Hasta que una noche estábamos jugando a uno de nues‐
tros juegos pervertidos y me tenía atada a la cama... Y se
negó a desatarme hasta que lo escuchara y, según sus
propias palabras, «considerara su propuesta de matrimonio
en serio».
Expuso su caso durante toda la noche, diciendo que me
habría dejado embarazada antes si hubiera podido, que soy
lo mejor que le ha pasado, que quiere diez bebés conmigo, y
94 STASIA BLACK
todo esto intercalado con múltiples orgasmos —nunca dije
que jugara limpio— hasta que finalmente, a las cuatro y
media de la mañana, hecha un manojo de agotamiento y
sexo, dije que sí.
Por la mañana, dijo que no había devoluciones, y eso fue
todo. Aparte de un dolor de espalda y unos tobillos muy
hinchados, he sido delirantemente feliz desde entonces. La
boda fue pequeña y fuimos a un hermoso resort en Big Sur
para una luna de miel discreta. ¿Por qué viajar al otro lado
del mundo cuando sabíamos que íbamos a pasar casi todo el
tiempo en nuestra habitación de hotel, de todos modos?
Me doy la vuelta en los brazos de Vaughn y me pongo
de puntillas para besarlo.
O para intentarlo.
Parece que hay pelota de baloncesto gigante entre noso‐
tros que entorpece mis intentos.
Me río y lo intento de nuevo. Vaughn se agacha, incli‐
nándose para cubrir la distancia que mi enorme panza pone
entre nosotros, y al fin nuestros labios hacen contacto.
Gimo en su boca, haciendo que nuestros muslos se
froten. En verdad es injusto lo caliente que pone el emba‐
razo a una chica. En especial cuando me siento tan grande
como una casa flotante y tan poco sexy.
No es que Vaughn parezca darse cuenta. Me masajea la
espalda, pero como de costumbre, sus manos van más abajo
hasta tocar mi trasero.
Se inclina hasta que su voz es como un susurro perverso
en mi oído:
—¿Sabes que el doctor nos dio sugerencias sobre lo que
podíamos hacer para reactivar el trabajo de parto? Encontré
una idea en particular que es muy prometedora. —Mueve
una mano por mi clavícula, hacia abajo, abajo, abajo, hasta
que la mete entre mi escote.
INDECENTE 95
Niego con la cabeza, divertida. No siempre tiene la
mente puesta en el sexo... pero pienso que probablemente
está allí, en algún lugar del fondo, lo que me hace reír. Lite‐
ralmente, no sabía cómo era una vida sexual saludable antes
de esto.
Y me ha encantado descubrir ese lado de mí que ni
siquiera sabía que existía, ya que estuvo inactivo durante
tanto tiempo. Ni siquiera sabía que esta conexión era
posible con otra persona. Ciertamente, nunca lo sentí con
ningún otro novio.
Pero llegar a descubrir este lado sensual de mí misma
para compartirlo con alguien en quien confío ha sido uno de
los mayores regalos de mi vida.
Los dedos de Vaughn vuelven a emprender su viaje
hacia abajo y cuando desliza su mano debajo de mi camisón
y busca mi cálido centro, arqueo la espalda. Porque si hay
algo que puedo decir sobre mi Vaughn es esto: le encanta
dar.
¿Y qué mujer va a decir que no a los orgasmos intermi‐
nables que le dé un hombre amable, guapo y cariñoso?
Eh, yo no.
Lo abrazo, tan hambrienta como siempre a pesar de que
ya llevamos dos años juntos. ¿Se detendrá alguna vez esta
hambre febril por él? Seguramente tiene que hacerlo. Pero
Vaughn también se ha convertido en mi mejor amigo en
estos últimos dos años. Sé con certeza absoluta que lo que
tenemos es el tipo de amor que dura.
Gimo cuando el primer espasmo me azota en
respuesta a su habilidoso movimiento de dedos. Si antes
pensaba que era sensible, ahora mi excitación es
instantánea.
Siento un río de humedad a la vez que el último
orgasmo recorre mi cuerpo. Vaya, qué intenso fue.
Pero cuando abro los ojos después de recuperar el
96 STASIA BLACK
Pero cuando abro los ojos después de recuperar el
aliento, Vaughn me mira con una expresión extraña.
—¿Qué? —Sonrío y me muevo para besarlo, pero él se
aparta.
—Bebé. Ve a buscar el bolso. Es hora de ir al hospital.
—¿Qué? ¿Por qué?
Toma mi rostro y me sonríe con una sonrisa brillante y
cegadora.
—Has roto aguas.
Lo miro confundido. ¿Qué? No, solo estaba...
Pero luego miro hacia abajo. Y veo que la mitad delan‐
tera de mi vestido está empapada y hay un charco de agua
en el suelo.
—¡Mierda! ¡Tenemos que ir al hospital!
Trece horas después nace Victoria Marie McBride, una
saludable chiquilla de tres kilos y doscientos sesenta gramos.
Me acuesto en la cama del hospital, exhausta; mi cuerpo
se exprimió al máximo durante más horas de las que hubiera
creído posibles. Unas gruesas lágrimas de felicidad salen de
mis ojos mientras veo a mi esposo sosteniendo a nuestra
hija.
Este es el destino al que debíamos llegar. Extiendo mi
mano, Vaughn se acerca, me entrega con cuidado a nuestra
hija y se acomoda en la cama a mi lado.
Se inclina y me besa mientras nuestra hija se apoya en
mi pecho, buscando leche instintivamente.
Hemos llegado tan lejos. Algunas personas dicen que
hice que Vaughn fuese un mejor hombre. Es lo que el
propio Vaughn todavía cree. Pero sé la verdad. Este es el
hombre que estuvo en su interior todo este tiempo.
Y la verdad es que lo necesitaba tanto como él me nece‐
sitaba a mí. Ambos estábamos perdidos antes de encontrar‐
nos. Ni siquiera me di cuenta de lo miserable que era hasta
INDECENTE 97
que me lo mostró, concedido que lo hizo de la manera
incorrecta.
Pero cuando Vaughn me mira con lágrimas en los ojos
mientras sostiene a nuestra hija, sé que no renunciaría a la
felicidad de hoy ni por mil dolorosos ayeres. En especial
cuando susurra:
—Me has hecho creer en el amor verdadero, después de
todo.
¿Quieres leer más romances oscuros de Stasia ya?
Echa un vistazo a La Virgen y la Bestia ...
LA GENTE DICE que las cosas buenas siempre esperan.
Toda mi vida ha sido una espera. Ser la buena chica, no
salir de lo establecido. Trabajé duro tratando de demostrar
mi valía simplemente esperando el día en que todo valiera la
pena.
Y justo cuando comenzaba a ver los frutos de la espera:
finalmente tuve una casa, un trabajo, incluso estaba
pensando en adoptar un gato, ¡boom! Mi vida explota y de
repente ahora estoy aquí y ...
"Todo listo", la doctora interrumpe mis pensamientos,
quitándose los guantes con un fuerte clic.
Su opinión hace eco en toda la habitación mientras
todavía tiene el espéculo dentro de mí. "Ella es virgen".
¡La virgen y la bestia está a solo un clic de
distancia!
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ACERCA DEL AUTOR
STASIA BLACK creció en Texas y recientemente pasó
por un período de cinco años de muy bajas temperaturas en
Minnesota, y ahora vive felizmente en la soleada California,
de la que nunca, nunca se irá.
Le encanta escribir, leer, escuchar podcasts, y reciente‐
mente ha comenzado a andar en bicicleta después de un
descanso de veinte años (y tiene los golpes y moretones que
lo prueban). Vive con su propio animador personal, es decir,
su guapo marido y su hijo adolescente. Vaya. Escribir eso la
hace sentir vieja. Y escribir sobre sí misma en tercera
persona la hace sentir un poco como una chiflada, ¡pero
ejem! ¿Dónde estábamos?
A Stasia le atraen las historias románticas que no toman
la salida fácil. Quiere ver bajo la fachada de las personas y
hurgar en sus lugares oscuros, sus motivos retorcidos y sus
más profundos deseos. Básicamente, quiere crear personajes
que por un momento hagan reír a los lectores y que después
los tengan derramando lágrimas, que quieran lanzar sus
kindles a través de la habitación, y que luego declaren que
tienen un nuevo NLS (Novio de Libro por Siempre; o por
sus siglas en inglés FBB Forever Book Boyfriend).