La voz humana
Después de haber desperdigado homenajes en películas anteriores, en su film más reciente
--el primero que realiza en inglés, pero bajo su propia compañía productora--, Pedro
Almodóvar pone finalmente en escena La voz humana, monólogo en un acto de Jean
Cocteau, que previamente conoció una versión de Roberto Rossellini. Después de un par de
films descarnados, en este cortometraje de media hora de duración el realizador de La ley
del deseo vuelve sobre sus más suntuosos melodramas. ¿O parodias de melodramas?
Persona
Por Horacio Bernades
En La ley del deseo, Tina, hermana del protagonista y actriz trans, ensayaba una puesta de
La voz humana, el monólogo que el múltiple Jean Cocteau (fue poeta, dramaturgo,
ensayista, novelista, pintor y cineasta) creó a partir de una improvisación teatral en 1930.
Almodóvar también declaró más tarde que Mujeres al borde de un ataque de nervios
estaba inspirada en esa obra, aunque la única relación visible con el texto de Cocteau es lo
que el título indica. Ahora, finalmente, el creador de las “chicas Almodóvar” se dio el gusto
y produjo su propia versión de La voz humana, cortometraje de media hora que es
también su primera producción en inglés y que estrenó en setiembre 2020 en el Festival
de Venecia. La película, en la que Almodóvar aparece ladeado de sus colaboradores de
confianza (José Luis Alcaine, Alberto Iglesias, Teresa Font) presenta a Tilda Swinton como
última adición a su plantel de chicas. Fue anunciada como parte de la edición 2021 del
Festival de Cine Español “Espanoramas” (ver nota aparte), pero más tarde su inclusión
quedó en una impasse que al cierre de esta nota no estaba resuelta. Es de suponer que
alguna plataforma la tenga programada para un próximo lanzamiento internacional, y que
hayan puesto el grito en el cielo cuando vieron que los primereaban.
Dado su carácter de “pieza para actriz sola”, la obra de Cocteau representa un boccato di
cardenale para toda estrella de la escena. Por el mismo motivo también es un salto sin
red, ya que el más mínimo movimiento falso puede hundir la puesta en escena en su
totalidad. La protagonista de La voz humana es una mujer burguesa que sostiene una
conversación telefónica con el hombre que acaba de abandonarla. Su objetivo es intentar
retenerlo. Su estrategia, lágrimas y súplicas que podrían ser sentidas, actuadas o, más
posiblemente, ambas cosas a la vez. Dejando de lado alguna versión para televisión
(notoriamente una protagonizada por Ingrid Bergman en 1966), existen dos traslaciones
cinematográficas previas, protagonizadas por divas itálicas. Una es un clásico, la otra no.
La primera lleva por título Una voce umana y la dirigió Roberto Rossellini. Protagonizó
Anna Magnani y es uno de los dos mediometrajes que componen L’amore, de 1948. La
otra es una rendición reciente del mismo título (2013), dirigida por Edoardo Ponti con su
mamma, Sofia Loren, como la desesperada protagonista. La de Rossellini la vi, la de Ponti
no.
Primer paso de su autor en su toma de distancia definitiva con el neorrealismo en el que
hasta entonces militaba, en Una voce umana Rossellini juega dos bazas perfectas e
interdependientes. Concentra absolutamente la acción en su núcleo dramático, la
conversación telefónica, dedicándole apenas unos planos de ubicación al contexto (el
departamento de la protagonista), y convoca para el papel a Anna Magnani, con la que
había trabajado en Roma, ciudad abierta. La Magnani, que como se sabe era una suerte
de diva operística popolare, se entrega al papel por completo, como solía hacerlo. Se
abisma en él, con la dosis de visceralidad y de teatralidad que le eran proverbiales. Ese es
el quid dramático, ético y representativo de La voz humana: ¿hasta qué punto siente la
heroína la desesperación que deja ver, y hasta qué punto la actúa, para lograr que “su”
hombre se arrepienta de su decisión? ¿Tal vez sea posible que ocultando, la máscara
“haga resonar” la verdad más íntima? De esa idea proviene la palabra “persona”. De
personare, hacer sonar a través de la máscara.
Lo tuyo es puro teatro
Como buen posmodernista, la representación y las máscaras personales y sociales siempre
fueron todo un tema en Almodóvar, que recién en sus dos últimos largometrajes se volcó
hacia narraciones de carácter confesional. Confesionalismo desplazado a las dos alter egos
de Julieta, más transparente en Dolor y gloria. En la obra de Almodóvar las máscaras
atrapan (como les sucede a la mujer de la limpieza de ¿Qué he hecho yo para merecer
esto?, que parece presa de su uniforme, o a la protagonista femenina de La piel que
habito, con su rostro artificial), la teatralidad se subraya (en Mujeres al borde… y Kika) y
varies de sus protagonistas son profesionales de la representación: la actriz de La ley del
deseo, los escritores de esa película y de La flor de mi secreto, la cantante de Tacones
lejanos, los cineastas de Los abrazos rotos y Dolor y gloria.
Al adaptar libremente La voz humana, Almodóvar vuelve a subrayar la teatralidad, al
convertir a la protagonista en actriz. Teatro/ lo tuyo es puro teatro/ igual que en un
escenario/ finges tu dolor barato, cantaba La Lupe en la banda de sonido de La ley del
deseo. Barato seguro que no es. Y ficción, sólo en cierta medida. Plasmando en el espacio
la continuidad entre lo privado y lo público, vida y representación, la heroína vive en un
inmenso loft, que cuenta con estudio de ensayo y filmación propio. Continuidad o
contigüidad que tres travellings cenitales señalan, quizás demasiado obviamente,
mostrando que la casa y el estudio comparten el tinglado del techo, abierto como en todo
set. En tren de redundancias, también lo parece cierta hacha y los hachazos consecuentes,
que no le suman a la violencia interna que la protagonista notoriamente experimenta. A
su vez, la compra del hacha la “saca” a exteriores, aireando un drama que debería ser
claustrofóbico y quitándole fuerza al final, que tal como está queda más como reiteración
que como acceso a una libertad ganada.
La mención a la “ley del deseo” que ella intercala en un diálogo (la voz del otro lado de la
línea jamás se escucha) vincula a La voz humana tanto con la inserción practicada en
aquella película como con el esteticismo que signa la obra almodovariana en su etapa más
característica. La que va de Matador a, pongamos, Carne trémula, previa al Almodóvar
“serio” de Todo sobre mi madre y subsiguientes. Previa también a su período de inmersión
en la obsesión masculina (La mala educación, Los abrazos rotos, La piel que habito) y a sus
dos films más recientes y despojados, tanto en términos dramáticos como estilísticos
(Julieta y Dolor y gloria).
La divina regadera
Desde el plano fijo inicial, en el que la protagonista ensaya en el gigantesco estudio vacío,
de espaldas a cámara y enfundada en un espectacular vestido rojo sangre con armazón,
La voz humana transpira un buen gusto y exquisitez que pronto se verán multiplicados por
el clásico fauvismo alla Almodóvar de su casa --que parece expuesta en una revista top de
decoración de interiores-- y su placard, que visita varias veces en media hora y del que
extrae las prendas que lucirá en su último acto. El último acto/de nuestra comedia/tiene
dos estrellas y un solo final.
El colmo de este chic madrileño ABC1 es la regadera con que ella riega sus plantas (con
nafta), cuyo diseño y color bermellón la hacen parecer un objeto artístico. Almodóvar
invierte el gesto de Marcel Duchamp, que arrancaba un inodoro y lo exponía en toda su
rusticidad como objeto artístico. Vuelve “divino” (en la acepción más frívola de la palabra)
a un objeto meramente funcional, haciendo babearse seguramente a más de una señora
paqueta de la audiencia.
En ese interior ultra fashion tiene lugar el numerito con el que el personaje de Tilda
Swinton despliega su angustia amorosa y existencial, y en ese despliegue debe verse
también el de una puesta en escena. I staged it, “yo lo monté”, señala ella en un diálogo
colateral. La puesta en escena se ve signada por una agresividad pasiva, con comentarios
siempre al borde del chantaje emocional. Al borde y más allá, tal como deja ver de modo
transparente el remate que Almodóvar le suma al unipersonal de Cocteau y que termina
inclinando las cosas para el lado del acting. Aunque el epílogo permite pensar que tal vez
se haya tratado de una catarsis.
Armas de guerra
Como suele suceder en Almodóvar, la mujer aparece como un ser complejo, nunca
atrapable del todo, mientras que el rol masculino es más simple: es un hijo de puta que
después de una convivencia de cuatro años la dejó por otra, y a quien ahora tiene que
devolverle sus cosas, las cartas para ser quemadas (esto último es en realidad un arma de
guerra en manos de ella) y su perro (aunque se verá si eso sucede).
Lógicamente, ese decorado que exhibe su condición de tal es un reflejo de la profesional
de la máscara que encargó su diseño. Sospecho, de todos modos, que ese interior debe
ser igual o muy parecido al de la casa de Almodóvar. De ser así, La voz humana podría
interpretarse como relato en primera persona desplazado, tal como lo era Julieta. Aunque
en el fondo no deja de parecerme una concesión algo indulgente de Almodóvar para con
su gusto personal. Se podrá argumentar que en otros melodramas del autor (La ley del
deseo, Átame, La flor de mi secreto, la propia Todo sobre mi madre) esa pulsión
decorativista convivía con el desnudamiento emocional de los protagonistas y del propio
Almodóvar. Hay, sin embargo, una diferencia: en aquéllas los héroes y heroínas se
sumergían en su verdad más profunda, mientras que la protagonista de La voz humana
practica el movimiento contrario, emergiendo triunfal de su show y/o catarsis emocional.
O tal vez el canje que realiza en el remate de la historia debe verse como un patético
premio consuelo que un Almodóvar cruel le concede para hundirla más. No me siento en
condiciones de definirme por ninguna de ambas interpretaciones posibles, tal vez la idea
del autor resida justamente en dejar suspendida es ambigüedad.
Antes hablé de melodrama. La versión Rossellini claramente lo es: la protagonista sufre y
actúa, pero sufre más de lo que actúa. No estoy tan seguro de que La voz humana de
Almodóvar también sea un “melo”, tiendo a pensar que es antes bien su parodia o
reversión. De ser así, la heroína almodovariana, a diferencia de sus antecesoras (pienso en
Victoria Abril en Átame, en Marisa Paredes en La flor de mi secreto, en Leonor Watling en
Hable con ella, en Elena Anaya en La piel que habito), actuaría más de lo que sufre. ¿O
será La voz humana un autodocumental disimulado, una versión disfrazada de los dos
almodóvares más reciente? Ropajes, disfraces y líneas sinuosas nunca faltaron en su cine,
por lo cual esa hipótesis no debería descartarse del todo.
España, 2021. Dirección y guion: Pedro Almodóvar, sobre obra en un acto de Jean
Cocteau. Fotografía: José Luis Alcaine. Música: Alberto Iglesias. Edición: Teresa Font.
Dirección de arte: Vicent Díaz. Duración: 30 minutos. Intérprete: Tilda Swinton.
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