Cuento 1
Cuento 1
Carmen
busca y encuentra
pero está muy enojada porque no le permiten unirse al equipo
de escalada. Mientras platica con sus amigas sobre este tema,
columpiándose en el parque, la cuerda de uno de los columpios
Versión literaria de Alicia Molina
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Prohibida
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Versión literaria: Alicia Molina
Ilustración: Enrique Torralba
Argumento original: Alicia Molina
Guión de la versión para televisión: Mary Carmen Ramírez
Idea original de la colección: Nuria Gómez Benet
Este texto fue elaborado en el taller literario coordinado por el Maestro Agustín Monsreal.
11590, México, D. F.
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Se permite la reproducción total o parcial del material incluido en esta obra, previa
Carmen
busca y encuentra
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C armen se mece furiosa en el parque. Se impulsa con toda la
fuerza de su rabia y sube cada vez más alto, más allá de la estructura
de fierro, tocando, con las puntas de los pies tercamente juntas, las
ramas altas del árbol que está enfrente.
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María y Elda, en los columpios de los
extremos, se han detenido y se hacen a un lado
para abrir espacio al veloz balanceo de su
amiga, mientras le gritan:
—¡Ya bájale, Carmen! ¡Párale, párale!
Ella se queda inmóvil y disminuye
lentamente la velocidad, hasta que sus tenis
rozan el piso y la van frenando.
Cuando apoya los pies en la tierra, les
explica por fin su enojo:
—Yo quiero ser del equipo de escalada, pero por
más que levanté la mano y alcé la voz, ella ni me miró.
Elda se contonea y con una voz aguda, imita a Patricia:
—Qué pena, no te vi. No oí que querías trepar la Peña —y haciendo un gesto
burdo, continúa—. Puedes formar tu propio grupo, el nuestro ya está completo.
—Ellas tienen derecho a decir quién está y quién no en su equipo. Lo que
no se vale es ignorarme, no darme siquiera una respuesta, como si fuera
invisible —dice Carmen, cabizbaja.
—Pues ya ves que así son, principalmente Paty —se solidariza Elda.
—Y las otras la siguen —completa María—. Te dijeron que formaras tu
equipo, ¡claro!, ellas saben que ninguna de nosotras tiene habilidad para trepar
y no te vamos a acompañar en esa aventura.
El trío se empieza a balancear, ahora suavemente, al ritmo de su plática.
Sólo se detienen si la intimidad de la conversación lo exige. Llevan un buen rato
en ese vaivén cuando de pronto, Carmen va a dar al suelo. Por tanto ir y venir, se
ha roto la cuerda de su columpio.
—Menos mal que no fue mientras andabas volando en las alturas —la
consuela Elda—, si no, el zapotazo hubiera sido tremendo.
Le ayudan a levantarse, a sacudirse la tierra y a constatar que sigue completita.
El primero en venir a asistirlas es Brandon, después llegan Paco y Beto, quienes
la vieron caer desde la otra orilla del parque.
Mientras revisa las cuerdas, Paco dictamina:
—Tuvieron suerte, podrían haber aterrizado las tres. Con las lluvias se
pudrieron los mecates.
—Y también las tablas —certifica Beto.
—El parque sin columpios no tiene chiste —suspira Carmen.
Como si sus deseos fueran órdenes, sus amigos ponen manos a la obra.
Buscan materiales en la caseta del jardinero. Encuentran una llanta vieja y una
cuerda no tan roída. Eligen una rama que parece fuerte y de buena altura. Paco
intenta subirse al árbol para amarrar la reata, pero no lo logra. Quien sí consigue
hacerlo en un dos por tres es Carmen; sube y anuda la cuerda sorprendiendo
a todos.
Ya tienen columpio. Paco y Beto se trepan juntos y se mecen con fuerza para
lucirse frente a las chavas, con tal impulso, que allá van a dar con todo y
columpio… y con todo y rama.
Ninguno de los dos se soba el golpe, porque hay público. Ya empieza a
oscurecer y ése es el pretexto que obliga al grupo a emprender la retirada, eso
y la mirada reprobatoria de la señora del gorro azul.
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a Patricia con la maestra
Alicia.
—No creo que resulte
—replica María—. Eres tan buena para
las manualidades y para tejer, que ella va a
querer que te quedes en su taller y, la verdad,
yo también prefiero que estés con nosotras.
—Puedo hacer las dos cosas, porque lo
de la escalada es el sábado y los
entrenamientos son en la tarde.
—Pues entonces, derecha la flecha, dile
directito al maestro Aldo, él es el encargado
de entrenarlas.
—Tiene que haber otra forma —piensa
Carmen en voz alta—, no estamos tan
chiquitas como para no poder resolver solas
nuestros problemas.
Las tres amigas cortan camino cruzando
por el parque. Se llevan la gran sorpresa
cuando ven los columpios como nuevos y
el tronco del árbol sellado, allí donde se
quebró la rama.
Seguro los arregló don Gúmer, el jardinero,
asumen, apresurándose a estrenarlos.
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Sentadas en los flamantes columpios aprecian mejor la tarea: las cuerdas
son resistentes, lo mismo que las bases de madera, muy bien lijadas para que no
se astillen las piernas.
Lo que más llama la atención de Carmen son los nudos. Los revisa
cuidadosamente y después explica a sus amigas:
—¿Ya vieron?, usó un nudo franciscano de cinco vueltas para amarrarlo, y
para sujetar el asiento hizo dos lazos en ocho formando este cuadrado. ¿Y ya
vieron la escala de cuerda que nos dejó en el árbol?
Se acercan y les explica:
—Está súper bien hecha, fíjense con qué cuidado la tejió.
—Y tú, ¿cómo sabes tanto de nudos? —se asombran juntas María y Elda.
—Mi abuelo me enseñó cuando fuimos a acampar a la Sierra Gorda.
Carmen se queda pensativa: “Sólo conozco a una persona capaz de hacer esta
escala… aunque nunca me dijo que vendría a arreglar los juegos del parque”.
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Esa noche espera a que su abuelo regrese del dominó y lo recibe con entusiasmo:
—Muchas gracias por arreglarnos los juegos del parque, te quedaron
perfectos. Qué guardadito te lo tenías…
—A ver, a ver, explícame más despacio —se interesa el abuelo Ramón —, yo
no he ido al parque desde hace más de dos semanas.
—Cambiaron los juegos y yo reconocí tus nudos, abuelo. Eran un franciscano
de cinco vueltas y unos dobles ochos. Además, la escala sólo la pudiste tejer tú.
—¡Ah, qué mi palomita! —sonríe don Ramón con nostalgia—. ¡Eso fue hace
años! ¿No ves que mis manos están cada vez más torpes? La dichosa artritis ya
no me deja amarrar ni las agujetas de mis zapatos... ¡Qué diera yo por haber
podido hacerlos! A lo mejor fue Gumersindo.
Al día siguiente, a la salida del Curso de
Verano, Carmen convence a sus amigas
de pasar por el parque para agradecer al
jardinero.
—Le quedaron padrísimos los
columpios, don Gúmer, muchas gracias por
arreglarlos. ¿Quién le enseñó a hacer los
nudos y a tejer la escala?
—Te equivocas, muchachita. No fui yo.
Apenas sé hacer un nudo ciego y uno
corredizo. La que puso los columpios fue la
señora del gorro azul, esa que anda de aquí
para allá hablando sola y recogiendo basura.
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Ella mera fue. Trajo sus cosas muy temprano y trabajó todo el día sin chistar, hasta
que se metió el sol.
Las tres amigas se miraron perplejas:
—¿La señora del gorro azul? ¿Está seguro?
Desde ese día, Carmen ha empezado a buscarla, a seguirle los pasos.
En la mañana, cuando los niños de Kipatla se encuentran en la calle principal
y forman grupitos para encaminarse a la Casa de la Cultura, puede ver a lo lejos
el gorro azul de la señora que se dirige al camino que lleva al río.
Al terminar el curso, la mira enfilarse rumbo al mercado, con sus pantalones
coloridos bajo la falda, cargando enormes bolsas que quién sabe qué cosas guardan.
Entrada la tarde, cuando la parvada de muchachos llena de ruido y de
bicicletas el centro del pueblo, Carmen la observa sentada en una banca cerca
del kiosko, dándole de comer a las palomas.
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Ya de noche, se encienden las luces en el pueblo. Es la señal para salir
corriendo y llegar a casa para merendar. A esa hora, la señora del gorro
azul camina despacio, sin rumbo, se recarga en el gran fresno de la plaza con
su bufanda morada que le cubre media cara y ahí se queda sola, mascullando
en secreto y contemplando la luna.
—¿Ya ves cómo sí es una lunática? Le platica igual que los hombres lobos
—se burla Beto.
Seguirla se convierte en un juego para
Carmen. De tanto buscarla, va aprendiendo sus
modos y sus costumbres, pero no se atreve a
hablarle, hasta que una tarde se encuentran
en el parque y la mujer la increpa
abruptamente:
—¿Qué tanto miras? ¿Por qué me
andas siguiendo, muchachita?
Carmen titubea, no sabe qué contestar.
—Es que… Le quería dar las gracias…
—¿Las gracias? ¿Y ora?
—Me dijo don Gúmer que usted arregló
los columpios. Le quedaron perfectos, y
ahora sí nos podemos mecer recio. También la
escala está muy bonita…
La señora del gorro azul hace una mueca de
sorpresa, casi una sonrisa, y eso anima a Carmen a seguir hablando.
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—Me encantaron sus nudos. Primero creí que los había hecho mi abuelo,
porque nada más a él lo he visto hacerlos tan bien; ésos, el franciscano y los
dobles ochos.
—¡Ah, te sabes los nombres!
—Sólo algunos, los principales.
—Pues ahora cuiden los juegos y dile a tus amigos y amigas que cuando
quieran colgar una llanta, tienen que ver primero dónde lo hacen, si no, nomás
lo lastiman, como el otro día.
—¿A quién lastimaron?
—Al árbol, ¿a quién va a ser?
—Ah, pero los árboles no sienten —le quita importancia Carmen.
—¡Claro que sienten! Aquí mismo puedes ver cuánto lloró.
La señora le señala una gran hoja al pie del árbol, llena de gotas de resina
que éste soltó cuando trozaron su rama. Luego acaricia el tronco y, dirigiéndose
al árbol, lo alienta a curarse.
—Ya vas mejor, amigo, se ha secado la herida. Ahora tu energía se irá hacia
arriba para nutrir otras ramas, para ponerte fuerte y frondoso. Una cicatriz no
importa, todos tenemos algunas.
Carmen está sorprendida por la naturalidad con la que esa señora le habla
al árbol. Allí se da cuenta de que su plática tiene sentido: la mujer no está loca,
ni habla sola, como los demás creen.
Antes de despedirse, le pregunta:
—¿Cómo se llama?
—Se llama ocote, pero algunos le dicen pino de Moctezuma.
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—El árbol no, usted— aclara Carmen.
—Me llamo Lavinia.
—Me gusta —contesta Carmen
sonriendo.
—Y a ti, ¿cómo te dicen? —inquiere
la señora.
—Carmen.
—Me gusta —afirma Lavinia, y ese
día comienza su amistad.
Carmen continúa observando y
descubre algo asombroso: aunque es
una señora de carne y hueso, de estatura
regular, y un poco rechonchita, que
siempre lleva una gorro azul que todas las
personas de Kipatla reconocen, para la mayoría,
Lavinia es invisible.
Existen dos grupos, los discretos y los no tanto. Los discretos de subdividen
en dos:
Quienes se hacen los distraídos y voltean para otro lado cuando Lavinia
pasa, y quienes aparentan concentrarse en el periódico, en el café o en sus uñas
si ella se acerca.
Entre los más agresivos, Carmen considera a doña Balbina y a su amiga
Leonor, quienes se cambian de acera para no tropezarse con ella, y a Fidel, el
jardinero de la Casa de la Cultura, quien la corre cuando la ve hablando con su
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cubre su rostro con la bufanda morada, esa con la que se tapa siempre, aunque
haga calor, y emprende la marcha:
—¡Otro día nos vemos!
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Ella, con un gesto de secrecía, le explica que
luego le cuenta. El grupo está sorprendido. Los primeros
en hablar son los chavos.
—¡Órale, qué bien escalas, Carmen! ¡Y cómo rapeleas
para bajar!
—¿Dónde aprendiste?
—¡Qué bonitos zapatos para escalada en roca!
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Por fin, es el maestro Aldo quien pregunta.
—Si quieres entra al de nosotros, se adelanta Beto, nadie dijo que tenía que
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mirando la luna. Su mamá la ataja cuando hace
el intento de acercarse; tiene prisa y, además,
no le gusta nada que hable con esa señora:
—Quién sabe quién es. Nadie la conoce
—le dice, mientras la sostiene por el brazo.
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—La quiero para un regalo.
—A propósito de regalos —interrumpe la maestra Alicia—, tenemos que
pensar en uno para la maestra Olivia, que nos dio el Taller de Reciclado. Su
cumpleaños es dentro de dos semanas.
Las compañeras proponen juntar dinero y comprarle un chal o una blusa, y
empiezan a discutir de cuánto será la cuota, hasta que Carmen interrumpe:
—Yo he visto una bolsa muy bonita hecha con argollas de las latas de refresco
y ya ven que ella insiste en que utilicemos la basura para hacer cosas útiles.
—Sería muy buena idea y le va a gustar más si la hacemos nosotros —completa
Paula—. ¿Cómo se arma? ¿Tienen un modelo?
—¿Conocen a doña Lavinia?
—¿A quién?
—A la señora del gorro azul. Ella tiene una bolsa de ésas donde le caben
hartas cosas. Ya me explicó cómo la hizo y es muy sencillo.
—¿Crees que la señora nos la preste para sacar el patrón? —pregunta
interesada la maestra Alicia.
—¡Seguro!
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así que se anima y le pide ayuda. Quiere adornar su maceta pegando en el borde,
como una cenefa, una cuerda delgada con diversos tipos de nudos, que luego
pintará del mismo tono terracota para que parezca que están hechos de barro.
Don Roque Ramírez saca una cuerda de piola. Con destreza, Carmen va
tejiendo sus nudos. Los revisa, los prueba en la orilla de la maceta y le pide que
mejor le traiga una cuerda más delgada. Vuelve a urdir sus nudos y, ahora sí,
queda muy contenta y se dispone a pagar.
—¿Quién te enseñó a tejer esos nudos marinos? —pregunta el amigo del
ferretero.
—A mí me enseñó mi abuelo, aunque también doña Lavinia los sabe hacer.
Ella arregló los columpios del parque.
Los tres la miran intrigados.
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—¿Conocen a la señora Lavinia?
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—No la quiero por bonita, sino porque es muuuy útil. Dicen que sirve para
quitar el dolor de reumas. Me explicaron que se le saca el aceitito, se pone en
un frasco, se deja serenar unos días y luego se tallan las piernas doloridas.
¡No falla!
—Y tú, ¿cómo sabes? Reumas seguro no tienes.
Carmen contesta con una pregunta:
—¿Conoce a doña Lavinia?
—No —se intriga la tía Lola—, no sé de nadie con ese nombre.
—Es la señora del gorro azul. Sabe muchísimo de plantas medicinales. Por
cierto, me dijo que para esa hinchazón que trae
usted en su pierna, debería usar ruda, pero no
igual que ella. Usted troza las hojitas frescas,
hace una pastita con alcohol para formar la
cataplasma, se venda, ¡y ya!
—¿Y esa señora cómo sabe lo que
me pasa?
—Pues porque la mira todas las
mañanas, cuando se sienta a sobarse…
¿Qué usted no la ve?
En el entrenamiento de escalada, se
abre otra oportunidad y Carmen decide
aprovecharla. El maestro Aldo quiere
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que hagan una caminata hasta el río para fortalecer las piernas. Los compañeros
hacen planes de llevar traje de baño para disfrutar del agua, ahora que por fin
alguien limpió la poza del arroyo.
—Ya no tiene basura, y no fue “alguien” quien lo consiguió, fue Lavinia.
—¿Quién es Lavinia? —preguntan a coro.
—La señora del gorro azul. Ella me platicó que hizo un acuerdo: el río la
mantiene limpia a ella y, a cambio, ella también lo mantiene limpio. Por eso
regresa de la poza con sus bolsas llenas de basura que lleva al tiradero detrás
del mercado.
—¿Ella sola recogió tanta basura? ¿Cómo dijiste que se llama? —pregunta
el maestro Aldo, asombrado.
—Lavinia, maestro.
—¿Y eso que andas urdiendo, hijita? —le pregunta su abuela cuando la ve
llegar.
—Creo que va avanzando, abuela, y tú, ¿qué haces?
—Aquí, regando mis flores; ve nomás qué triste está mi azalea, no sé si
abonarla o cambiarla de lugar. Las de la Casa de la Cultura ya están floreando y
ésta va bien atrasada. Le voy a preguntar a don Fidel qué les hace.
—Mi amiga Lavinia es quien las cuida.
—¿Quién es Lavinia? ¿Otra niña nueva?
—No, abuela, es la señora del gorro azul. Sabe muchísimo de plantas y me
explicó que es bueno platicarles y podarlas a tiempo.
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Para que
La situación de calle es un fenómeno comple
jo que se relaciona con algunos problemas so
conozcas
ciales que la originan y que, a su vez, dificul
tan su solución. Sus causas más frecuentes
más...
son la pobreza extrema, el desempleo, la vio
lencia psicológica, física y sexual, el abandono
por parte de progenitores o familiares, las
adicciones, algunas discapacidades y enferme
dades, la migración y los desplazamientos for
zados, entre otros.
¿Quiénes forman parte de las
poblaciones en situación de calle? ¿Qué problemas enfrentan las
poblaciones callejeras?
Existe una gran diversidad de personas que,
por múltiples razones, se encuentran viviendo La calle suele ser un lugar hostil, carente de
en la calle u otros espacios públicos. Estas per las condiciones necesarias para propiciar una
sonas o grupos subsisten valiéndose de re buena calidad de vida y un adecuado desarro
cursos precarios para satisfacer sus necesida llo de las personas. Vivir en ese entorno se
des más elementales. Su carencia de una vuelve aún más difícil cuando quienes tienen
vivienda regular las obliga a buscar refugio en una vivienda convencional crean etiquetas o
espacios públicos, como calles, parques, pla estigmas desfavorables, relacionados con los
zas, puentes y alcantarillas, y en lugares aban hábitos y la apariencia física de las personas
donados, como edificios o automóviles. Algu en situación de calle. La criminalización es un
nas de estas personas hacen uso de los servicios estereotipo cultural que afecta constantemen
que proporcionan las instituciones dedicadas a te a las poblaciones callejeras, pues se cree
apoyar a estas poblaciones, como albergues o que realizan acciones consideradas “fuera de
casas de asistencia. lugar” o que tienen “conductas antisociales”.
Esta actitud de la sociedad genera diversos
¿Cuáles son las causas por las que problemas a las poblaciones en situación de
esas personas se encuentran en calle, entre los que se encuentran:
situación de calle?
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C. P. 09830, México, D. F.
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