RESEÑA
Libro: Ciudad y Territorio en los Andes – José CANZIANI
Alumna: Luz Elena Torrejón Burga
José Canziani Amico es arquitecto y urbanista por la Universitá degli Studi di Firenze
(Italia) y doctor en Arte del Construir y Urbanismo por la Escuela Politécnica de la
Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). Es profesor de la Facultad de Arquitectura y
Urbanismo de la PUCP y de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de
Ingeniería, e investigador del Centro de Investigación de la Arquitectura y la Ciudad.
José Canziani Amico, autor de este libro, es consciente que lo testimonios arqueológicos
de nuestros antepasados se encuentran esparcidos por todo el territorio peruano: su valor
reside en que constituyen huellas de las actividades realizadas por el ser humano en
determinados contextos, emprende trabajos que lo llevaron a la culminación de una gran
obra: más de 500 páginas acompañadas de igual cantidad de fotos, planos e ilustraciones
que ofrecen una visión de conjunto sobre las diferentes formas de asentamiento y manejo
de territorio de las sociedades prehispánicas, desde los primeros cazadores recolectores
hasta el Imperio inca.
Para Canziani, trabajos como este contribuyen a la toma de conciencia sobre la necesidad
de revalorar nuestro patrimonio. La obra define el panorama del desarrollo urbanístico y
su diversidad en las etapas previas a la conquista.
Es un completo tratado sobre los tipos y funciones de monumentos arqueológicos
levantados por “arquitectos anónimos” y un riguroso estudio sobre las técnicas
constructivas utilizadas por ellos.
Nos cuenta que los incas demoraron veinte años en la construcción de la ciudad del Cusco
y movilizaron alrededor de cincuenta mil trabajadores. La plaza principal de la ciudad inca
de Huánuco Pampa, al este de la Cordillera Blanca, tenía una extensión de 19 hectáreas.
Es decir, era un enorme rectángulo de 550 metros de este a oeste por 350 metros de norte a
sur. Nos cuenta también que para la construcción de la Huaca del Sol los moches
emplearon 140 millones de adobes. Y los primeros edificios públicos del mundo
prehispánico aparecieron en una etapa tan temprana como el período precerámico (2.500
a.C.).
La obra cubre más de cinco mil años de historia prehispánica, desde los tempranos
asentamientos aldeanos de la costa hasta el Tahuantinsuyo. El libro es la sorprendente
constatación de que desde muy temprano los hombres y mujeres que habitaron este
territorio se dieron cuenta de que si querían vivir en él debían adaptarse a su diversidad.
Algo importante que él dice en su libro, es que las condiciones del territorio peruano nos
obligaron a ser una sociedad compleja, pone como ejemplo a los cazadores recolectores
quienes domesticaron un conjunto amplio de plantas y algunos animales, y como el
territorio no era apropiado para la agricultura, se empezó a transformarlo. Esto implicó
irrigación artificial, traslado de plantas a nuevos ecosistemas, desarrollo de instrumentos,
etc.
Así las primeras sociedades fueron generando estilos arquitectónicos diferenciados. Si
estaban en la costa se manejaban con el mar, con los valles, el desierto, los bosques y las
lomas, dando como ejemplos a los asentamientos de Huaca Prieta, en el valle de Chicama
o Áspero y Caral, en el valle de Supe. Si estaban en la puna, se manejaban con la caza de
vicuña, con el manejo de granos de altura, con la búsqueda de abrigos rocosos para
protegerse del frío, y con la explotación de canteras para la recolección de piedras.
El barro y la piedra han sido los materiales ancestrales de las construcciones autóctonas.
Sin olvidar la importancia de los elementos orgánicos, de la caña, la fibra y otros
vegetales. Canziani lo explica así: “cuando la piedra se convierte en el material de
construcción por excelencia, se buscan canteras de materiales específicos, por su dureza,
calidad y color. Tenemos casos muy tempranos en Chavín donde la calidad del trabajo en
piedra es sumamente espectacular”.
En el caso del barro, tenemos también una tradición enorme en la fabricación de adobes.
En un primer momento fueron hechos a mano de formas muy curiosas: cónicas, como
cuñas, u odontiformes, en forma de dientes. Finalmente, se hicieron con moldes, y las
distintas culturas manejaron este material de manera muy creativa e innovadora”. Y en
cuanto a las formas, las más notorias son las estructuras piramidales y circulares. “Eso nos
acerca a otras culturas —observa el autor—, esa búsqueda de crear volúmenes nos llevó a
la forma piramidal. En nuestro caso eran plataformas que daban esa apariencia por el
escalonamiento. Por un lado se buscaba erigir una arquitectura sacra elevada para estar
más cerca de los dioses, y por otro, se tenía la necesidad de crear volumen en el paisaje.
Hoy la Huaca Pucllana parece escondida entre edificios, pero en su tiempo debió ser
impresionante. Hasta ahora la pirámide de la Huaca del Sol, en Moche, puede verse desde
muy lejos. Y si pensamos que estas construcciones estaban enlucidas con colores
llamativos, eran hitos que creaban elementos de identidad en las comunidades”.
Una característica que Canziani encuentra, sobre todo en las huacas moches del Sol y
la Luna, en la costa norte, es la renovación periódica de los edificios. Al parecer, estos
templos estaban asociados a rituales calendáricos y debían morir cuando el ciclo
terminaba. Por lo tanto, eran enterrados, y sobre ellos se construía una nueva
versión. En el caso de la Huaca de la Luna se han registrado cinco o seis grandes
períodos, en los que una plataforma de cien metros fue enterrada para ser construido
otro nivel superior —“con una producción de tres a cuatro millones de adobes”,
acota el arquitecto—.
Esta forma de construcción declinó con la aparición del imperio Wari, que fue el primero
en construir grandes ciudades planificadas tanto en la sierra como en la costa. Sorprende
aun hoy una ciudad como Pikillacta, emplazada en la cuenca de tres valles, al sur del
Cusco. Su emplazamiento es magistral (por ahí pasa ahora el ferrocarril y la carretera que
va al altiplano), y también la rectitud de sus calles y plazas, ejecutadas sin las técnicas
modernas como la topografía o la fotografía aérea. Esta arquitectura civil se
complementaría a inicios del siglo XV con la aparición del imperio inca.
“Lo que sabemos por las crónicas es que Pachacútec era un gran arquitecto y fue el gestor
de la ciudad del Cusco”, afirma José Canziani. El inca reedificó la ciudad a partir de la
confluencia de dos ríos. Las calles y pasajes estaban ordenados a partir de una plaza
gigantesca, cuatro veces más grande que la actual Plaza de Armas: “Un horizonte amplio y
abierto”, explica el autor, “que permitía a los residentes conectarse con el paisaje, con los
apus y sus dioses tutelares”.
El libro nos cuenta cómo muchas de las ciudades andinas fueron abandonadas o destruidas
a lo largo de los siglos, proceso que sería más radical luego de la Conquista. Desde el siglo
XVI aparecerá un concepto importado de ciudad que muchas veces no ha seguido esos
milenarios patrones de comunión con el medio ambiente y de respeto por eso que se llama
“paisaje cultural”.
El deseo de Canziani, fue lograr una visión más global y unitaria del fenómeno de
asentamiento en los Andes Centrales, sin dejar de lado los procesos regionales.
Su deseo era ofrecer un panorama de lo que fue la evolución del urbanismo en los
Andes Centrales.
Este libro es producto de 6 años de investigación, ofrece una visión amplia de las
diferentes formas de asentamiento y manejo de territorio en los Andes Centrales desde
los primero cazadores recolectores hasta el Imperio Inka. Compuesto de 8 capítulos, el
primer capítulo corresponde a la Introducción, y del 2 al 8 corresponde al estudio de los
procesos de asentamiento en los Andes.
La meta de Canziani era explorar y profundizar el tema a desarrollar, el origen y
evolución del fenómeno urbano en los Andes Centrales; así como poder realizar un
examen histórico del proceso de desarrollo urbano y territorial, para lograr obtener una
serie de elementos que puedan servir de ayuda a la formulación de propuestas de
desarrollo territorial. Canziani manifiesta que no es posible lograr el desarrollo de
nuestro país sin antes lograr superar los grandes problemas de identidad nacional, y que
frente a ello, lo que podemos hacer es revalorar el patrimonio monumental, urbanístico
y paisajístico.