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Cuando El Robot Se Impuso - Frank Belknap Long

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Frank Belknap Long

CUANDO EL ROBOT SE IMPUSO


Título original: It Was the Day of the Robot
Frank Belknap Long, 1963
Para Lyda
UNA OFRENDA DEL MAÑANA

CAPITULO I

Permaneces frente a los zumbantes contadores y tratas de librarte del


terror. Te das cuenta que una sabiduría sobrehumana te aplasta en la Tierra,
negándote el derecho de pensar por ti mismo. Sabes que el futuro estaría
en tus manos, pero no puedes exprimir tanta independencia de
pensamiento y acción de los controles superiores.
El Gran Cerebro no puede saber lo que un hombre está pensando, pero
la sensación está allí... aquella sensación de culpabilidad. Quieres escapar
pero no puedes. Miras a tu alrededor y contemplas tu propio rostro.
Contemplas en el metal reluciente los ojos ansiosos y fatigados, los labios
desesperados de un ser totalmente extraño.
La muchacha de mi lado estaba temblando violentamente. Había
estampado su número de identidad, y el Gran Cerebro le había respondido
algo que la había afectado igual que si hubiera recibido un fuerte puñetazo
en medio de la oscuridad.
Yo podía ver la cinta metálica estampada reluciendo en la palma de su
mano, cuatro pulgadas de cinta metálica. Podía ver el tormento que se
reflejaba en sus ojos, la nube de humedad que ella trataba furiosamente de
evitar. Me estaba mirando directamente, pero yo sabía que mi rostro no
significaba nada para ella. Sólo podía parecer el frío rostro de un extraño,
atrapado como ella misma.
Al darme cuenta de su tormento, sentí una aguda y violenta cólera. La
sensación de culpabilidad había desaparecido sintiendo solamente cólera.
Era tan bonita que sucumbí a la fantasía universalmente humana. La veía
como una muchacha desterrada en unas ruinas independientes con el
tañido de la muerte resonando en el aire, y el pesado y rico perfume que
usan las mujeres desterradas.
Estaba apoyada contra la pared de piedra, con sus hermosos ojos
abiertos, desesperados, su cabello despeinado cubriéndole los hombros;
Era un rehén que desesperaba, que llamaba a lo primitivo en el hombre
con la piadosa esperanza de despertar amor, que pudiera saber de
reverencia y respeto. La había encontrado súbitamente y estaba peleando
por ella en un cañón de acero que se desmoronaba contra hombres que
habían perdido todo honor.
Entonces vi la luz de la cúpula que se arqueaba encima mío, brillando
en los cabellos de la muchacha, y la brillante y peligrosa visión
desapareció, de mi mente. Hubiera deseado murmurarle:
“Una respuesta negándole el derecho de casarse es un crimen contra
una belleza como la suya. No lo acepte. Insista en una comprobación más
rigurosa de cada fase de su linaje. “
Pero no lo dije. Como podían un hombre y una mujer acercarse uno a
otro con simpatía y afecto cuando el aterrador peso de la inteligencia
ultrahumana les negaba el derecho del noviazgo.
Una mirada es el comienzo de un noviazgo, una palabra dicha de cierta
manera, los brevísimos estrechones de manos dados en una habitación
poco iluminada. Incluso, eso nos estaba negado; éramos extraños. No
podían haber apretones de manos a la vista por simple amistad y
confianza. Si escuchas atentamente puedes oír el zumbar de los
computadores. Puedes oír el click de las cintas metálicas al ser
estampadas, al ser cortadas agudamente. Puedes oír toda una vida de
miseria y frustración estampados exactamente en diez segundos...
“Privilegio matrimonial permitido... Privilegio matrimonial
denegado.”
La cúpula era como una prisión, desagradable con su sol artificial,
cada una de las veinte unidades de computadores guardados por gruesas
barras. Podías alzar los ojos hasta las hileras de bancos de memoria y
circuitos de réplica de estímulo, y decirte que el Gran Cerebro era el único
baluarte de la sociedad contra la decadencia desde dentro. Pero si la
unidad frente a la cruel permanencia de pie encendía su fría luz encima
tuyo, la aridez en tu propia garganta no sería de satisfacción.
Para un simple individuo, el zumbido significaba que el Gran Cerebro
estaba tomándose un interés personal en él, como con cada uno de los
hombres y mujeres de la cúpula, con una solicitud casi divina. Para el
joven coordinador cuyos labios habían palidecido súbitamente, era
completamente distinto. Era un hombre instruido con una alta
clasificación en el Test de Inteligencia y estaba esperando que el
Computador Gigante efectuara un análisis impersonal de los datos tan
inalterables como las estrellas en sus respectivos lugares.
Era el Computador Gigante a los ojos de la Sociedad y de los técnicos
que lo habían diseñado y construido. Pero para el tipo simple y para mí
“Gran Cerebro” se acercaba más a la verdad. Tal vez por razones
emocionales totalmente distintas, ¿pero y eso qué? Los nombres populares
tienen una manera de derribar toda ficción, y sean cuales fueren los pros y
contras de la lógica y de la ciencia, una máquina que puede destruir tu
propia felicidad “toma cierto interés a tus ojos”.
“Privilegio matrimonial permitido... Privilegio matrimonial
denegado.”
Era algo más que eso, naturalmente. Pero tenías que tener muy buena
vista para poder leer las letras tan diminutas que te decían exactamente
porque habías cometido una trágica equivocación al permitirte el lujo de
nacer.
“Avances biogenéticos en análisis de rayos Roentgen
electromicroscópicos han hecho posible la determinación exacta de los
genes de la herencia humana en el humano adulto, la urgencia instintiva
del individuo a casarse y tener hijos puede ahora, por primera vez, ser
satisfactoriamente controlada. La experiencia demuestra que es en defensa
de los intereses de la Sociedad el mantener en todo momento un perfecto
balance de los tipos genéticos más deseables. De esta manera queda bien
claro que la reducción de privilegios matrimoniales deben, de necesidad,
ser dirigidos única y exclusivamente a este fin”.
Era tan sencillo como eso. Contemplé mi cinta metálica, con aquellas
crueles palabras grabadas en el metal.
“John Tabor... Privilegio matrimonial denegado...”
Irónicamente, yo no era un tipo indeseable. Poseía una salud perfecta
tanto mental como físicamente. En pocos años, quince, tal vez, este tipo
podría volver a casarse. Pero precisamente en aquellos momentos habían
demasiados como yo.
Si yo me casaba ahora pondría gravemente en peligro el maravilloso
balance socio-bio genético que debía ser preservado, aunque ello
significara el celibato forzado o el destierro a las ruinas para un hombre
que había soñado en encontrar la mayor felicidad en el matrimonio y
formando un hogar.
La muchacha que estaba junco a mí no se había vuelto. Estaba todavía
contemplándome y sus ojos eran ahora claros, limpios, intrépidos. No
pretendí hablar con ella. Tuve que luchar para contener el impulso de
hacerlo, sabiendo a lo que aquello podía conducir. Pensé en la estricta
vigilancia que había respecto a los flirteos ilegales, salvo en el
retraimiento de la vida privada de un hombre, y en la ordenación para
prevenirlo de cada instrumento de la técnica del siglo XXII.
Ello escapaba pocas veces a la detección y a la penalidad, muerte por
ejemplo, el vuelo del monitor desafiante, a las ruinas decadentes y
violentas de Nuork. Lo que para algunos parecía el mayor castigo, era en
realidad, el más piadoso, por cuanto la supervivencia dependía únicamente
de la esquiva suerte y una astucia salvaje, casi animal incluso, en los
mejores hombres que al fin se convertían en seres brutalizados. En Nuork
era matar o ser matado, y ningún hombre podía esperar poder vivir en la
libertad de las ruinas haciendo perdurar aquel exilio más de uno o dos
años. No existía la verdadera libertad en una existencia perseguida que te
mantenía constantemente alerta, con la violencia y la muerte a tú
alrededor y el miedo a verte indefenso para competir con lo que amenaza
tu seguridad de día y de noche.
Tus anhelos no tienen principio ni fin.
No fue sólo un sentimiento de simpatía lo que me hizo preguntar:
—¿Es muy malo?
—Mi radio mendeliano clásico es demasiado bajo —dijo la muchacha
—. Demasiado bajo, eso es, para cada uno de los descendientes de una
serie de familias donde los tipos parentales son casi idénticos.
Se rió algo histéricamente.
—Me parece que me lo he aprendido ya de memoria, palabra por
palabra. Es extraño cómo se produce este hecho cuando todo se detiene
para ti y sólo deseas morir.
—Si tiene tanta semejanza con los datos de una familia múltiple,
puede tratar de preguntar que hagan otro nuevo análisis —dije—. Las
computaciones basadas en más de cincuenta radios que pueden predecirse
son a veces erróneas.
Le mostré mi cinta metálica.
—Esta es mi tercera computación. Recibí la primera hace dos años.
Parecía no escuchar mis palabras. Estaba mirándome fijamente con un
interés que iba aumentando por momentos, como si mi simpatía hubiera
inyectado en ella nuevas esperanzas y valentía. Sólo mi simpatía y no lo
que yo le había dicho respecto a la salida de las familias múltiples.
Se acercó más a mí y súbitamente se estableció entre los dos una llama
de anhelo. Yo me di cuenta de ello y estoy absolutamente seguro de que lo
mismo le sucedió a ella: Su feminidad se hizo tan irresistible que me
asustó. Temía pensar lo que podía suceder si ella se acercaba más y me
rozaba. Sólo la tibia y suave palma de su mano descansaba en mi brazo...
Miré en torno por la cúpula. Un guardia de seguridad permanecía de
pie junto a la puerta, pero no estaba vigilándonos. Tenía los ojos puestos
en una muchacha totalmente desprovista de encantos, con rasgos
angulosos que permanecía de pie con la cabeza erguida, como si desafiara
a los zumbantes computadores a que se atrevieran a negarle la felicidad.
Manchas de rubor aparecieron en sus mejillas, y en su ansiedad por
convertirse en esposa y madre, le daban un aspecto casi de belleza.
Aparté los ojos rápidamente, dándome cuenta de que no tenía derecho
de mirarla fijamente. Mis sienes latían fuertemente, pero me negaba a
admitir que podía ponerme en una situación peligrosa. Había adivinado lo
que podía suceder si la muchacha me tocaba, pero tenía confianza en poder
mantener esa clase de locura a raya. Si una mujer a quien no conozco es
débil y quiere tocarme..., debo ser fuerte.
Su mano fue súbitamente cálida en la mía, nuestros dedos
entrecruzados hacía añicos la confianza que yo había puesto en mí mismo,
exponiéndole lo que era, en un desesperado apretón inofensivo.
—Cuéntame algo de ti —susurró.
La comprensión apareció con aterradora presteza. Podía haberme
preguntado cualquier cosa y yo no hubiera podido negarme. La fuerza de
la mujer puede ser muy diferente de la de un hombre. Pero puede ser
completamente irresistible. Hay seducción en ella y sutileza y cuando la
mujer es muy bonita una pregunta puede convertirse en una orden.
Le dije mi nombre, mi ocupación. Le conté que acababa de regresar de
la Base de Venus y le dije por qué iba a regresar.
—El trabajo duro es la única compensación verdadera —le dije—.
Cuando estás enfrascado en un trabajo de construcción en los planetas no
tienes tiempo para pensar demasiado. Te sientes orgulloso de tu trabajo,
vigilando las enormes máquinas cortando túneles a través de la roca
sólida, con gran eficiencia. Observas las colinas cómo van siendo ni
veladas, los fondos del mar rellenados. Vigilas y contemplas la ciudad que
tú has ayudado a levantar desde sus firmes cimientos, con blancos y
nítidos edificios, unos tras otros, que dan una sensación de éxito. Es mejor
que permanecer en la. Tierra buscando un substituto de la felicidad.
—¿Pero esto es felicidad “real”? —preguntó ella—, ¿No estás
engañándote a ti mismo?
—La felicidad es siempre algo relativo. —dije—. La vida da a cada
hombre golpes brutales, y los hombres más felices que he conocido en mi
vida, no han sido precisamente los más afortunados. Es más duro para
ellos cuando cae el golpe.
La muchacha movió la cabeza, asintiendo, con una mirada preocupada
en sus ojos. Como si pretendiera disipar los pensamientos demasiado
dolorosos para ella, preguntó: —¿Qué tal es la vida en Venus realmente,
aparte de la situación de proyectos de construcción?
Le hablé de la salvaje belleza de aquel planeta, y sólo me callé una
cosa, cuán distinto era yo de la mayoría de los hombres que escapaban a la
Base de Venus. No le dije lo grandes y poco corrientes que eran los
poderes telepáticos que yo poseía. Era un secreto demasiado peligroso
para confiarlo a una mujer. Cuando un niño nace anormalmente telepático
aprende a ser precavido desde su más tierna infancia, aun cuando no puede
esperar ocultar su secreto al Gran Cerebro.
—No hay mujeres en Venus —murmuró ella.
Estaba muy cerca de mí y de pronto noté el roce de sus cabellos en mi
mejilla. Le conté algo más sobre el trabajo de construcción.
—Los hombres que no pueden casarse en la Tierra tendrán su
oportunidad —dije—. Serán enviadas mujeres. Hay restricciones que no
pueden ser impuestas a los pioneros y a los constructores. Los requisitos
de herencia biogenética no serán tan absolutamente estrictos.
—Las mujeres serán enviadas allá cuando ya seas polvo —murmuró
ella.
Pretendí hacerla creer que no la había oído. Yo me agarraba a la Base
de Venus como un chiquillo se aferra a su juguete más querido, con la
pretensión de haber encontrado un camino que le concediera sus placeres
de adulto.
—Las restricciones serán gradualmente rebajadas —dije—. Incluso
ahora es un mundo libre y fácil. Puedes viajar de un sitio en construcción a
otro, dondequiera que tu deseo errante quiera llevarte. Para tranquilizar
esa desasosegada inquietud serán enviadas mujeres. Ello retardará el
proyecto por entero. Y una sociedad nueva no puede permitirse el lujo de
malgastar las horas de un hombre.
—Antes os dejarán morir. El Gran Cerebro no ha puesto todavía su
mano sobre Venus. Los monitores saben que cuando un hombre ha probado
la libertad, la sociedad debe moverse con cautela. —Sus dedos se
aferraron con fuerza en mi brazo—. La sociedad necesita hombres como tú
para el trabajo de construcción en Marte y Venus, pero aquellos que vayan
después que tú, serán una raza más dócil. La sociedad nunca recompensa a
los hombres en quienes no puede confiar por completo.
—Tendré que arriesgarme —dije.
Me dirigió una mirada extraña.
—Supongo que “es” mejor que estar sentado bajo un sueño psico-
hipnótico respecto a una mujer que no existe más que en la mente de uno.
—La terapéutica de ilusión emocional, puede ser una experiencia
satisfactoria —le dije—. Puedes tener experiencias agradables en sueños.
A veces tan reales que no desearías despertar nunca. La mente dormida
puede excitarse y responder a las sensaciones de tacto que quedan
grabadas en la memoria sin ningún actual...
Me detuve bruscamente, porque no estaba seguro de si sería prudente
darle precisas explicaciones, aunque fueran desde el punto de vista
estrictamente científico. Depende tanto de la capacidad individual
mantener una discusión de los aspectos físicos del sexo compartido. Podía
tomar una coloración emocional que haría que lo que estaba diciéndose
pareciera atrozmente ingenuo e íntimo, cuando nada podía estar más lejos
de la verdad. Tenía esa capacidad, pero en el instante en que vi que un
ligero rubor cubría sus mejillas vacilé indeciso, sin saber si proseguir o no.
Ella pareció darse cuenta de mi aturdimiento, puesto que dijo
rápidamente:
—Puede ser satisfactorio. Es decir, para un hombre. ¿Pero y cuándo
“despierta”?
—Me voy a la base de Venus porque prefiero permanecer despierto —
respondí—. ¿Le sirve esto de respuesta?
Sus ojos recorrieron mi rostro.
—¿Iría a las ruinas?
Moví la cabeza.
Habría ido a las ruinas si el riesgo, si los peligros no existieran. Estar
desterrado permanentemente en Nuork o en cualquiera de las otras ruinas
habría sido peor, en todos los sentidos, que una sentencia de muerte. Pero
habría ido por una hora..., o por un día.
“Si no hubieran peligros”. Las mujeres que iban esperaban ser
defendidas y los hombres...
Podías encontrar una mujer y amarla y cortejarla hasta que hicieras
brillar en sus ojos la ternura y la llama del deseo. Entonces a menos de que
fueras una completa bestia, ella se convertiría en tu mujer mientras
pudieras mantenerla. Para ello tendrías que matar, defenderla y protegerla
de todo ataque. No todos los hombres que iban a las ruinas en busca de
mujeres eran unos brutos. Pero eran hombres desesperados,
desesperanzados, impulsados por una apetencia que sólo las ruinas podían
satisfacer.
Ellos sabían exactamente cuáles eran los peligros, que debían matar o
morir. Y esto sólo puede desmoralizar a un hombre y hacerle aceptar un
código de la selva. Si estamos deseando aceptar tan gran riesgo, se dicen a
sí mismos, tenemos el derecho de hacer lo que hacen todos los hombres
que vienen aquí y que desean seguir viviendo.
Era un razonamiento falso, vicioso, porque tomar a una mujer a la
fuerza, aunque estuviera preparado para luchar hasta la muerte para
protegerla de cualquier daño es siempre un acto brutal. Y por esto los
peligros no habían desaparecido y por esto yo había evitado siempre las
ruinas. Era posible que un hombre fuera a las ruinas y cortejara a una
mujer honradamente y abiertamente consiguiendo su amor. Pero pocas de
las mujeres que iban a las ruinas, en busca desesperada de matrimonio,
esperaban ser cortejadas de aquella manera. Aceptaban lo inevitable y
estaban preparadas para someterse a la violencia. Y otra clase de hacer el
amor les hubiera parecido extraño, y por lo mismo, sospechoso. No
habrían confiado por entero en un hombre que las cortejara con ternura y
respeto.
Ninguna sociedad puede existir sin sus válvulas de seguridad.
Tanteando un cierto porcentaje de los denegados cruelmente que
encuentran su camino en las ruinas, como, retrocediendo al siglo veinte,
un cierto porcentaje encontraría su camino en las ruinas y, un cierto
porcentaje moriría. En este aspecto “era” limpiamente preparado.
Casi podía oír murmurar al Gran Cerebro:
“La Sociedad ha tomado ciertas regiones alrededor de las cuales se han
levantado barreras de propia desgracia y repugnancia pública. Tras las
barreras no existe más ley que la de la jungla. Tras la barrera, mi juicio no
tiene significado. Pero está bien que vayan algunos; es necesario.”
Si los peligros hubieran consistido en vivir o morir, los habría
aceptado alegremente. Pero en las ruinas los hombres superaban en
número a las mujeres, cinco a una, y ello daba brutalidad demasiado
enorme al dominio, y la generosidad e indulgencia quedaban reducidas a la
mínima expresión. Un hombre no podía permanecer y continuar siendo un
hombre en tan reducido espacio, ni siquiera seguir pensando en sí mismo
como en un hombre.
Los ojos de la muchacha abrasaban los míos. Tenía unos ojos grandes,
profundos, de brillante color violeta que parecían casi negros hasta que
descubría que brillaban solo para ti.
—¿Sabes por qué las mujeres que no pueden nunca tener amor aquí se
van a las ruinas?
—¡Por esto! —respondió ella. Sus brazos rodearon mi espalda y sus
labios se apretaron a los míos, tan fuerte, que durante unos instantes quedé
sin respiración. Luego retrocedió rápidamente con los ojos radiantes—.
Llámalo como quieras.
—Hay un nombre para ello que no se oye con demasiada frecuencia en
las ruinas —le dije.
Ella volvió a caer entre mis brazos y entonces apreté mi boca contra la
suya apretando un poco sus labios y luego apurando su dulzura como un
sediento caminante en un desierto agostado. Era una locura que no
podíamos controlar y encerraba un terrible peligro.
CAPITULO II

Nos salvamos del desastre por algo totalmente inesperado.


En un extremo de la cúpula, un hombre estaba gritando. Sus puños
fuertemente apresados y gritando imprecaciones contra los zumbantes
computadores. Había una desesperada ira en sus ojos, ira y desafío amargo
y salvaje. Incluso mientras gritaba comenzó a inclinar el cuerpo hacia
adelante, con la terrible fatiga del hombre atrapado más allá de toda
esperanza de redención.
Yo no tenía derecho alguno para intervenir. Era un problema del
guardia de Seguridad. El guardia estaba comenzando a girarse, con la
electro-porra en su muñeca brillando bajo la severa luz.
Al pensar en lo que podía suceder me sentí casi físicamente enfermo.
No tenía derecho a intervenir, pero intervine. Crucé la cúpula en seis
largas zancadas y agarrando al hombre por la espalda le hice dar la vuelta
comenzando a abofetearle el rostro. Primero en la mejilla derecha y luego
en la izquierda. Psicológicamente podía ser nocivo, pero tenía que
arriesgarme. Había visto matar a hombres o quedar lisiados para toda la
vida gracias al efecto de las electro-porras. Pocos de los guardianes eran
deliberadamente brutales, pero no conocían su propia fuerza.
Entre bofetada y bofetada hablé al pobre diablo en un susurro,
manteniendo mi voz baja, deliberadamente, sabiendo que no se puede
razonar con un hombre enfermo o mor talmente aterrorizado empleando
los gritos.
—Cuidado..., los guardias están observándole —le avisé—. No les
obligue a emplear sus porras. ¿Me ha oído? Si es que quiere salir vivo de
aquí.
Bruscamente el pobre diablo cesó de gritar, se inclinó hacia adelante, y
se habría derrumbado al suelo, si no llego a sostenerle.
El guardia llegó en seguida a mi lado.
—Ha sido una idea muy rápida, amiga. Tal vez algo demasiado rápida.
¿No sabe que al ayudar a gente inoportuna puede meterse en un buen lío?
No respondí Sólo esperé, deseando que pasara por alto mi
intervención.
Me miró, y luego dijo:
—De acuerdo, supongo que no puede culpársele demasiado. Yo habría
hecho lo mismo, si mi obligación no fuera la de cuidar de que el orden
reine en este recinto. Cuando alguien pierde el control como éste, debe
dejársele sólo durante un minuto. Puede hacer o decir algo que los
monitores deberían saber.
Se encogió de hombros y la mayor parte de su animosidad desapareció
de sus ojos.
—Ponga su brazo alrededor de mi espalda. Quiero ver si puede andar.
Permanecí quieto de pie observando al guardia asistiendo al pobre
diablo, mientras le conducía fuera de la cúpula.
Es curioso como la tensión puede tergiversar la realidad esbozando lo
que debía interesarte más, conduciendo tu atención en una dirección
precisa. Observé al guardia mientras salía de la cúpula antes de girarme
para tranquilizar a la muchacha que momentos antes había estrechado
impetuosamente entre mis brazos.
Se había ido.
Por un momento miré por toda la cúpula, asombrado, desesperado,
confundido. Luego, lentamente, la sensatez y cordura fue acudiendo de
nuevo a mi mente. Recordaba lo que le había dicho tras el loco impulso
que nos había atacado a los dos al mismo tiempo.
“Llámalo como quieras” —había dicho ella.
“Hay un nombre para ello que no se oye con demasiada frecuencia en
las ruinas” — había replicado yo.
¿Pero había querido decir realmente que nos habíamos enamorado?
¿En diez o quince minutos, cuando no éramos más que dos seres
totalmente desconocidos al vernos por primera vez? ¿Es posible que el
amor brote con esa rapidez entre un hombre y una mujer? ¿Había sucedido
alguna vez en realidad? Es la cosa más maravillosa del mundo, pero todas
las cosas realmente maravillosas poseen un elevado puesto antes de
convertirse en maravillosas para uno. Observas la maravillosa esmeralda y
seguro que te deslumbra. Pero a menos de que seas tan mercenario como
un infierno, aquella esmeralda no será realmente maravillosa para ti hasta
que la tengas engarzada en un anillo y la hayas llevado durante una o dos
semanas.
Por lo menos una semana. Tienes que darle vueltas en tu dedo y
levantarlo hasta la luz para contemplar cómo refleja la luz con mil guiños
de brillo y esplendor. Tiene que convertirse en tu esmeralda, diferente de
todas las demás gemas preciosas. Debe, por así decirlo, crecer con tu carne
y correr por la sangre de tus venas y convertirse completamente en una
parte de ti mismo.
¿Infatuación? Naturalmente. Aquello podía ser una llama armónica,
tan extraordinariamente irresistible que a veces podía ser tomada
erróneamente, con facilidad, por amor. Era tal vez el comienzo de un
amor, el primer aviso que tienes de que estás metiéndote en un embrollo o
bien en una eternidad de éxtasis. Infatuación era pocas veces totalmente
físico. El sexo formaba parte de ello, claro, tal vez alcanzaba cuatro
quintas partes. Pero tenía una profundidad mucho mayor que el simple
hecho sexual, porque puedes sentirte físicamente excitado por una mujer y
no sentir que estás en el más leve peligro de verte en realidad envuelto con
ella. La infatuación es una cuestión de sexo con algo más muy importante
añadido que lo convierte en algo tan único como el amor, aunque no tan
precioso como para conducir a veces a un hombre a un total
avasallamiento.
Todo eso me lo dije a mí mismo mientras permanecía de pie allí,
parado, solo de nuevo, por completo, dándome cuenta con un
estremecimiento de alivio de que me había librado por un margen muy
estrecho de un total desastre.
Al revés del hombre que había gritado, yo podía enfrentarme con el
futuro con confianza.
Yo era un tipo potencial de “privilegio matrimonial permitido” y sabía
que las esperanzas temporalmente frustradas no permanecerían enterradas.
Sabía esto cuando dejé la cúpula y salí a la clara y brillante luz del sol que
iluminaba el mundo para mí.
Mi corazón iba cantando cuando, dando la vuelta al pasillo descendí a
la calle.
¡Ya nunca más volvería a estar solo! Ella había sido sutil y muy bonita,
con cabellos desordenados, rojizos; y cuando había venido a saludarme la
primera vez, su sonrisa me había entusiasmado como nunca anterior
mente.
Había hablado con el hombre y todo estaba arreglado. Ahora estaba
recorriendo el camino que me llevaba a recogerla. Mi corazón latía
apresuradamente. El aire era frágil frío y vigoroso, y el futuro parecía
brillante.
Todo lo que tenía que hacer era vencer una tendencia hacia vellosos
pensamientos y enfrentarme con los hechos. Era como si pudiera oír a los
computadores zumbando, dirigiéndose directamente a mí. De acuerdo, los
computadores no podían hablar. Tú les das tus datos de identidad y la
respuesta sale estampada en un pedazo de cinta metálica. Pero era como si
pudiera oír al Gran Cerebro susurrándomelo a mí.
“No es para ti un hogar y una capa sobre tus espaldas cuando ya eres
demasiado viejo para soñar, muchacho. Morirás en la Base de Venus.
Estarás con los hombres desahuciados y olvidados, o por lo menos así lo
pensarán todos en la Tierra. Pero tú no estarás desahuciado ni serás
olvidado, si tomas tu felicidad mientras puedas. Es cosa tuya el tomarla,
toda hasta rebosar.
“Haz las cosas lo mejor que puedas. Tienes fuerza y eres valiente
mucho más que el término medio, de modo que pon manos a la obra con
ahínco. ¡Este es el año dos mil doscientos sesenta y tres! Hay artilugios,
un millón de artilugios satisfactorios, resplandecientes, maravillosos y
nuevos. Artilugios para compensar cada naturaleza o Sociedad o
perversidad del destino que te lo ha negado.
“Hay compensaciones para cada amarga frustración, para cada
obstáculo del cuerpo o de la mente, para cada trágica carencia de los
descarnados materiales de la felicidad. Los hombres infinitamente más
desafortunados que tú han encontrado satisfacciones substitutivas de todo
cuanto hacían les había sido escamoteado en su vida. Decídete y adelante.
Toma un substituto por lo que no llega de manera natural.
“Llégate al establecimiento de las arcadas y cómprate una peluca con
raíces sintéticas que crecerán en tu cráneo. Cómprate un hue so de oreja,
una caja de música, cualquier cosa que te pueda interesar nombrar.
“No es necesario recordarte que hay algunos hombres que suelen decir:
“No hay substituto para las cosas reales. Nunca llegarás a estar plenamente
convencido y siempre estarás mintiéndote a ti mismo.”
“¡Pero tú no, muchacho! Tú nunca dirá semejante cosa porque tú no
renuncias tan fácilmente. Naturalmente ellos lo mantendrán callado.
Tienes que dirigirte al establecimiento adecuado. Tendrás que hablar en un
tono persuasivo y a la persona adecuada. Debes mencionar los viajes que
has hecho a la Base de Venus.
“Cómprate una maravillosa mujer autómata.” Naturalmente lleva la
etiqueta de: “Sólo para hombres del espacio”. Si uno ha obtenido algo
nuevo y tremendo para vender sería un demente si lo ofrecía al mercado
abierto, ¿no crees? La producción en masa tarda años en organizarse.
Hasta que la producción en masa alcance altos beneficios sólo puede
hacerse sin la interferencia de la Oficina del Estado.
“Porque no vender tus productos a los hombres cuya necesidad es tan
grande y urgente, si ellos pagaran precios especiales, precios de
contrabando. Pagarán al contado y desaparecerán en el espacio.
“Es la única política que tiene sentido y no debes enemistarte con ella,
¿comprendes muchacho? Tú has hablado con un hombre y sabes
exactamente lo que quieres y tienes el dinero para pagarlo”.
El Gran Cerebro, naturalmente, no lo haría de una manera tan franca.
No conspiraría con una firma fuera de la ley para estafar a la Oficina del
Estado, ni siquiera para convencerme a mí para que aceptara una substituta
por la mujer que no podría tener.
En realidad yo estaba escuchando a una parte separada, rebelde, de mí
mismo, argumentando con la otra parte de mí ser más cauta. Mi yo
atrevido llevaba ahora por completo la batuta, y yo no tenía ni el más
remoto temor a fracasar por entero. Pero los argumentos no hacen daño y
me gustaba escuchar aquella voz interior murmurando algunos hechos,
aderezados un poco por la autoridad del Gran Cerebro.
Sería mejor que aceptemos desde un principio que las mujeres
artificiales son tan antiguas como la raza humana. Existen Venus
Aurignacianas desde el tiempo de las cavernas en los Pirineos que puedes
contar en tus sueños sin ningún esfuerzo. Mujeres gorditas de ostentosas
caderas, la clase de mujeres que Rubens acostumbraba a pintar en sus
cuadros y que algunos hombres prefieren por el simple hecho de la
variedad incluso hoy en día. Lo único que varía es la cuestión de estar,
metidas en carnes, ¿pero eso qué?
¿Qué es una estatua en realidad? ¿Una estatua no tiene una función
mecánica definida a realizar? ¿No es una estatua de una mujer bonita una
especie de autómata diseñada para deleitar a los ojos y pulsar el
mecanismo sexual en el cerebro humano? No..., tal vez no siempre sean
diseñadas con este propósito. ¿Pero no es así la mayoría de las veces?
¿Puede un hombre normal pasar por delante de un escaparate y contemplar
un maravilloso maniquí de cera sin experimentar por lo menos un cierto
revolvimiento de alerta sexual, aun cuando él sabe que una mujer de cera
es absolutamente diferente de una mujer que pueda pensar y sentir y que
es en todos los aspectos un ser vivo?
Considérese honestamente. ¿Le ha sucedido alguna vez a usted? No
hay nada de extraño ni de perverso en ello. La forma femenina, aunque
sólo sea una réplica en cera de la verdadera cosa, puede producir esta
sensación en el hombre.
Recuérdese que una estatua no tiene que moverse en absoluto para ser
funcional en este aspecto. Si un cierto arreglo de líneas sintéticas y curvas
y hoyuelos pueden evocar una respuesta en el observador, se ha
conseguido un móvil principal mecánico y si ese objeto resulta ser una
estatua, se ha conseguido un autómata en el sentido estricto de la palabra.
Puedes hacerlo incluso, sin los circuitos electrónicos de estímulos y sin los
bancos de memoria cibernéticos.
La fantasía de Pigmalión es la clave. Cada hombre lleva en su
subconsciente la imagen de la mujer ideal. Hay una norma biológica y esa
norma constituye lo esencial en deseabilidad. Cada mujer difiere en un
grado mayor o menor de la norma de cada individuo. La Naturaleza está
atentando constantemente para alterar el curso de evolución a través de
divergencias mutacionales y medio ambientales de la norma —mutación
más selección natural y sexual— y esa tendencia hacia la variación sigue
modificando la norma apartándola del centro.
Rasgos demasiados grandes o demasiado pequeños, falsearán o
destrozarán por completo la norma. Una mujer con una boca demasiado
grande, por ejemplo, puede poseer otros rasgos tan perfectos que a pesar
de ella siga siendo bonita. Pero su belleza no será perfecta si se tiene en
cuenta que uno de sus rasgos difiere de la norma. La mujer que más se
aproxima a la norma en todos los aspectos de máxima belleza, es la de las
normas standards humanas.
Es muy importante remarcar lo de “humanas”. Completa simetría de
rasgos pueden tener una cierta belleza clásica completamente aparte del
sexo, pero por lo general, cuando decimos que una mujer es bella,
queremos decir simplemente que nos parece hermosa porque sus rasgos o
su cuerpo consiguen una réplica sexual. Para un marciano —ahora
sabemos que no hay vida en Marte, pero la suposición puede servirnos
para este caso—, hombres o mujeres pueden parecer completamente
carentes de belleza, flacos y huesudos, blancos, bípedos calvos, no
particularmente bien formados. Nosotros podríamos sentir de igual
manera si pudiéramos ser por completo distintos y científicos al respecto.
Pero el sexo pulsa una réplica biológica que nos previene de darnos
cuenta, de una forma emocional, de que la raza humana puede no parecer
bella en absoluto si el velo de hechizo que el sexo despide pudiera ser
arrojado a lo lejos y pudiéramos vernos como los demás nos ven. Hay
otras dificultades y complicaciones completamente humanas. Sólo en la
Tierra las normas varían, y una mujer que parce hermosa, a un miembro de
una tribu indígena del Africa del Sur puede no parecérselo a uno Pero ello
no significa que la mujer sea menos hermosa. Es necesario retroceder a la
estirpe de uno en busca de la clave; tienes que descubrir precisamente la
clase de norma que tus antepasados desposaron durante cientos de miles
de años.
Podría casarle con una mujer escogida al azar entre diez mil, y ser
razonablemente feliz. Pero para estar perfectamente satisfecho, tendrías
que hacer un matrimonio perfectamente biógenético.
Y ahora, por vez primera, podías conseguir la muchacha de tus sueños.
Tu cinta metálica biogenética informaba procurando la clave. Dabas al
hombre tu número biogenético, todos los datos útiles al Gran Cerebro, y la
firma hacía el resto.
Esperándome había una mujer autómata con un cerebro coloidal vivo.
El cerebro humano es un coloidal con un billón de prolíficas células
memoriales, completado de agregados moleculares suficientemente para
ser visibles en un potente microscopio electrónico.
Lo suficientemente para ser visibles. La visibilidad era la clave, puesto
que una estructura visible puede ser estudiada y duplicada. Tal vez no
exactamente —lo conseguiremos con tal perfección dentro de un siglo más
o menos—. Pero puede conseguirse una duplicación bastante perfecta
hasta el punto de conseguir buenos resultados.
Había sido advertido de que no habría complicadas notas altisonantes
emocionales en la mujer que estaba esperándome. Un nivel de inteligencia
de unos siete años tal vez, no más. Lo curioso del caso era que aquella
limitación no me había deprimido demasiado. Cuando la belleza física
llega a dominarte no puedes pensar en nada más. Y ella sería muy
hermosa, completamente la muchacha de mi norma en sus atributos
físicos. Hay muchas clases de mujeres en la estirpe de cada hombre, pero
siempre predomina una clase que establece la norma de preferencia
individual que corresponde a las preferencias de antiguas tribus de tus
remotos antepasados en sentido general. Indudablemente tendría cierto
parecido con mis tatatarabuelas.
CAPITULO III

El establecimiento de las arcadas tenía un resplandor purpúreo y


dorado. De noche, las luces eran tan deslumbrantes que no podías ver los
escaparates del establecimiento, pero a la clara luz del día cada escaparate
se destacaba y la galería se convertía en un túnel de trazadas luces y
sombras.
Era como entrar en un calidoscopio para arrancar un premio raro y
resplandeciente. Entre pronto y escoja.
Sabía que el establecimiento donde había dejado mi encargo usaría
alguna clase de falsa fachada. Pero no estaba preparado para enfrentarme
con la belleza de la exposición que llenaba el escaparate: un jardín con un
surtidor de cantarina agua, con unas figuritas de faunos y sátiros en una
persecución de una ninfa, que quitaba la respiración.
En el escaparate había un pequeño letrero que decía:
“Alégrese sin romper la Ley.
“¿De qué manera? ¿Diez minutos de terapéutica ilusión emocional o
diez meses de Freud?”
Por un instante estuve tentado de entrar y olvidar mencionar mi
nombre. Conocía la rutina de los negligentes establecimientos de ilusión
terapéutica. Si el cerebro humano está paralizado en ciertos centros y
estimulado anormalmente en otros, puedes conseguir una ilusión que sólo
puede ser comparada a la duración de un relámpago.
Al cerrar los ojos estuve dentro del establecimiento, descansando en la
perfumada penumbra. Podía sentir la increíble ligereza del gran casco
transmisor de impulsos que descansaba en mi cabeza. Podía oír al
terapéutico diciendo en voz fría, sedante:
“Las mujeres que están a punto de encontrar son increíblemente
hermosas. No una mujer, sino siete. Ahora si quieren descansar.
Era una manera diligente, efectiva de curar la frustración. Pero cuando
despertabas el sabor de vivir es triste, melancólico, de la misma manera
que el humo embota con frecuencia los placeres del paladar. No existe
emoción anticipada por saber que la experiencia del sueño que acabas de
experimentar con una mujer no existente, puede ser repelido una y otra
vez, siempre que lo desees. Cuando sales de un trance de terapéutica de
ilusión emocional nada te importa menos. Me dije a mí mismo que era una
tontería pagar aquella penalidad cuando podía tener la cosa verdadera.
El hombre estaba esperándome. Era alto, de ademanes reposados y de
voz suave, pero en realidad nunca me había detenido en observar sus
rasgos.
Ya saben, como lo que sucede cuando estás hablando por teléfono.
Sabes que hay alguien al otro extremo del hilo telefónico te mando tu
mensaje. Puede ser joven o viejo, un ejecutivo de la firma o tan sólo uno
de sus empleados, un intermediario. Instintivamente estás casi seguro de
que no vas a sentirte amistoso hacia él. Cuando te encuentras con él, no
ves la razón de estudiarle detenidamente. Si tiene la autoridad para
concluir el trato y envolverte en él, tú le aceptas únicamente como lazo
vital en el convenio. Se convierte en una persona de identidad irreal, un
figurón. Se convierte en... el hombre.
Me observaba atentamente. Requería práctico entrenamiento y
perspicacia juzgar la ocupación de un hombre con una simple mirada.
Pocas veces es una tarea atolondrada, pero si eres realmente bueno, existe
siempre un trabajo escondido de alto salario que está esperándote.
Eres un tipo listo. Desperdicias dos años de tu vida en la Base de Venus
y esto se descubre en tus ojos, por la manera que arqueas los hombros al
andar, por el ritmo de tus palabras. Desperdicias toda una vida cavando un
campo bajo los abrasadores rayos del sol o paseando por la cubierta de un
buque en el mar y conseguirás profundas arrugas en el cuello, patas de
gallo alrededor de tus ojos y una piel tan curtida que no te sería posible
obtener si fueras un trabajador sedentario bajo cristales.
Dos años en la Base de Venus no dejan todas esas huellas en uno, pero
un buen adivinador de ocupaciones ajenas puede descubrirlo en cada
ocasión.
El hombre dijo:
—Espero que quedará satisfecho, señor. Pero debe recordar que una
mujer está hecha únicamente para un solo hombre y no puede satisfacerle
del todo a la primera ojeada.
No estaba seguro de que me gustara la manera de sonreír que tenía al
decir esto... como si él supiera mucho acerca de las mujeres y estuviera
tratando de aquel asunto como si fuera un episodio divertido en el curso de
sus galanteos. Como si hubiera descubierto una muchacha que le satisfacía
por entero, y estuviera tratando de vender con engaños una vieja llama al
primer individuo bobo que cayera en la trampa. Algunas muchachas no
gustaban sin motivos particulares.
—Creo adivinar que ya sabe usted que la cautela es nuestra norma —
dijo—. Debemos actuar con precaución desde un comienzo. Tendrá que
perdonarme si le parezco un poco de mal gusto. Le seré franco. El trabajo
que estoy haciendo aquí no es enteramente de mi agrado. En algunos
aspectos me repugna. Por inclinación natural yo soy..., bien, hubiera
preferido muchísimo más ser un artista creador, un pintor, o un músico o
algo por el estilo. Pero creo que todos vamos un poco desviados. Usted
también está desviado de mala manera.
En sus ojos brilló una súbita simpatía y por un momento me sentí
inclinado a sentir casi cierto aprecio hacia él.
—Hace diez años que estoy casado —dijo—. Mi esposa es una mujer
muy atractiva, y muy femenina. Toda una mujer, podríamos decir. Pero le
asombraría comprobar la fuerza de voluntad que tiene en algunas
ocasiones. Me pone furioso al querer competir conmigo. Parece sentir que
tiene que competir y eso es siempre irritante. Una esposa debería cooperar
con su esposo, no competir..., debería darle su ayuda cuando, él se
encuentra atascado.
“Lo que estoy pretendiendo decir, en realidad, es que la vida
matrimonial no es nunca un suave navegar. Pero no me gustaría estar solo
en la Base de Venus sin ninguna mujer. Esa es una cosa que no envidio a
los in dividuos como usted. No tener ninguna mujer en toda la vida...
Hubiera tenido mucha razón en hablar de aquella manera si yo no le
hubiera recordado que estaba muy dispuesto a completar mi encargo y
seguir mi camino. Sentía latir mis sienes y el corazón golpeaba mi pecho
como un bombo. No era melodramático. Era cierto y no era ni lo más
mínimo sorprendente. Era un momento terriblemente importante para mí,
un momento crítico, porque si ella era realmente la mujer de mi norma y
todas mis esperanzas estaban a punto de verse satisfechas saldría del
establecimiento sintiéndome otro hombre. Ante mí se abriría un futuro tan
brillante que toda mi vida..., mi trabajo y las excursiones durante las
vacaciones y los momentos de ociosidad, tomarían unas nuevas
dimensiones.
Pareció darse cuenta de lo que estaba pasando a través de mi mente,
puesto que dejó de ser impulsivamente tan comunicativo... — es extraño
cómo un hombre inquieto deja al descubierto los más recónditos secretos
de su vida en algunas ocasiones a cualquier ser totalmente extraño...
Le acompañó en medio de un profundo silencio a lo largo del corredor
estrecho, poco iluminado y bajaron unas escaleras que conducían a otro
corredor con tres ramales. Giramos a la derecha, luego a la izquierda y
después a la derecha de nuevo.
La habitación era amplia y de paredes blancas. No se parecía a un
laboratorio donde una innovación científica tremenda en sus implicaciones
estaba siendo llevada a cabo con pleno éxito, y hasta las luces avanzaban
en mis ideas que estaban hechas un verdadero lío. ¿Sería tan bonita como
me había permitido creer?
Podía ver objetos vagos levantándose, entre las sombras. Uno de ellos
atrajo mi atención poderosamente. En la oscuridad parecía como un
enorme globo estacionario con tubo de brillante cristal bifurcando de
aquél. Y esto daba a la habitación un aspecto más similar a un laboratorio.
Las luces brillaban con sobrecogedora rudeza, bañando cada rincón de
la habitación con asombroso resplandor.
Ella yacía inconsciente bajo el globo en un tanque lleno de luces y
sombras entretejida sus cabellos largos, despeinados, sueltos cayendo
sobre sus espaldas en una cascada color rojizo que captaba y desprendía
resplandor.
Sus ojos estaban cerrados, y su rostro pálido y hermoso estaba
ligeramente vuelto hacia un lado.
Era tal y como yo me había imaginaba que sería.
En mis sueños de juventud, ella hubiera sonreído y me hubiera
saludado. La magia de sus rasgos era una cosa maravillosamente
cambiable, como el vacilar de las candelas que se extinguen en las
capillas, o el brillo del sol en playas extrañas en la mañana del mundo.
El poeta Shelley debió soñar con una mujer así cuando escribió en el
azul Mediterráneo:
“Sus pasos pavimentaban con oro el barranco inclinado que se
deslizaba al brillante rayo del amanecer.”
Entorné los ojos y andábamos juntos por el mar, su bronceada
hermosura superaba al resplandor del amanecer, milagro que ni el propia
Tiempo logró empañar.
Abrí los ojos, pero por un momento la habitación me pareció irreal,
remota. Sólo existía para mí aquella mujer sobre el tanque. Llevaba una
simple túnica blanca, ceñida a la cintura. Sus brazos y hombros estaban
desnudos y su piel tenía el típico brillo de quien goza de perfecta salud...,
el bronceado natural que sólo puede proporcionar el cálido sol tropical en
la piel de una mujer del Norte que ha permanecido mucho tiempo bajo su
calor.
Sus pómulos estaban sombreados por lar gas y espesas pestañas y su
boca era un maravilloso capullo de rosa, y bajo el suave tejido de su
ceñida túnica, sus pechos se alzaban firmes, dos firmes montículos en el
mar de ondulada blancura.
El ruido fue ligero en un principio, apenas un zumbido apenas audible.
Yo no supe que era la sirena de alarma por un momento. So naba más
como el adormecedor murmullo de las abejas al mediodía. Pero
sucesivamente fue aumentando de volumen, hasta convertirse en un
zumbido fijo y mucho más fuerte, que me llenó de repentino malestar.
El hombre se giró bruscamente agarrándose a mi brazo.
—Es la patrulla de la policía de Seguridad —murmuró con la alarma
reflejada en sus ojos—. Tenemos que sacarla de aquí y subirla arriba
rápidamente.
Le miré consternado.
—¿Pero por qué vienen a registrar este establecimiento? ¿Es que saben
algo de ella?
Movió la cabeza, sus labios estaban pálidos.
—¡Claro que no! Si el gran secreto se divulgara no tendríamos que
temer en absoluto la investigación de una patrulla de ésas. Habríamos sido
aplastados en una operación de gran escala. Y eso no es todo. Resulta que
hay cierta ley contra la existencia de escondites en un establecimiento de
terapéutica emocional..., cualquier clase de escondrijo. Nosotros se supone
que no tenemos ninguna habitación subterránea, a menos de que podamos
probar que sirven única y exclusivamente para fines de almacenaje.
Me había olvidado de esto. La terapéutica de ilusión emocional puede
romper todas las barreras y conducir a unas teorías realmente físicas.
Cuando hombres y mujeres están siendo sometidos a terapéutica, juntos, el
trance puede, a veces, convertirse en una zona que oscila entre el sueño y
vela, conduciéndose como si se encontraran en las mismas ruinas libres,
pero sin estar suficientemente despiertos para darse cuenta de no ir
demasiado lejos. Un estado somnoliento puede conseguir que incluso un
hombre de fuerte voluntad abandone todo freno, y se convierta en la
víctima de su propia incapacidad de distinguir la realidad de la ilusión.
Incluso los terapéuticos habían sido vencidos a veces y muertos
brutalmente, y este peligro estaba siempre presente. No había sucedido
con mucha frecuencia, pero la policía de Seguridad tenía que mantener una
estrecha y atenta vigilancia.
—Tenemos que subirla arriba —insistió el hombre, apretando sus
dedos en mi brazo—. Tenemos que convencer a los policías de que aquí
todo está en orden. Ella es sencillamente su esposa, ¿comprende? “Ella ha
venido a este establecimiento con usted para unas sesiones de terapia”.
Le miré espantado. Aquello no tenía ningún sentido puesto que las
parejas casadas raras veces necesitaban terapia de ilusión emocional y si
lo necesitaban raramente iban juntos al mismo establecimiento.
No podía desecharlo por completo, sin embargo, y en un caso de
emergencia similar, te agarras a cualquier cosa que se te ocurra y que
pueda proporcionarte una remota esperanza de salir del atolladero por el
momento. El hombre había pensado rápidamente, y ello me hizo
comprender que podía sentirse preso de pánico y hacer precisamente todo
lo contrario y yo me sentía agradecido hacia él por haber sabido evitar tal
cosa. Pero ello no significaba que yo estuviera limpio de dudas.
—¡Ella no me ha dicho una sola palabra! —protesté—. ¡Está ahí
dormida, sumida en un profundo sueño. ¿Está dormida, verdad? ¡Vamos,
hable, hombre! ¿Qué quiere que haga?
—Yo la despertaré —dijo—. Voy a pulsar un estimulador eléctrico en
su sien derecha que la despertará inmediatamente. Entonces tendrá que
ayudarme a levantarla del tanque. No tenemos ni un momento que perder.
Hizo exactamente lo que había dicho. Yo le observaba, sintiendo mis
sienes a punto de estallar, resentido por el hecho de que ella no había
podido despertar solo para mí. Por unos leves instantes me olvidé del
peligro en que nos encontrábamos y la presencia de un intruso me parecía
algo así como una profanación.
Aquel hombre se había convertido en un intruso desde el mismo
instante en que yo puse mis ojos en ella y lamenté que ella no pudiera
despertar para mí en un jardín iluminado por los primeros resplandores de
la aurora.
No teníamos la menor oportunidad de estar solos, pues en el preciso
instante en que ella abrió los ojos, él separó el estimulador eléctrico de su
cabeza girándose hacia mí en una llamada urgente.
—¡Vamos, debemos apresurarnos! —me apremió—. Ayúdame a
¡levantarla. No pesa mucho.
Tuve el impulso de derribarlo de un puñetazo. Si alguien debía alzarla
en brazos debía ser yo quien lo hiciera. Yo solo. Luego recordé que no
puedes entrar en un establecimiento y realizar una compra de cualquier
especie sin asistencia.
Dentro de veinte minutos, si la policía había podido ser engañada, el
hombre sería un malcarado recalcitrante reminiscente. Nada más.
Otra idea acudió de pronto a mí. Increíble en tal ocasión. Ni siquiera
me había preocupado de preguntar su nombre.
—No sé cómo se llama —me oí decir, con voz súbitamente fuera de
control—. Dígame su nombre..., luego le ayudaré.
Pareció aturdido y asombrado por su súbita vehemencia.
—Puede llamarla por cualquier nombre que le parezca mejor, o sea
más de su agrado.
Entonces, por primera vez pareció perder el control de sus nervios.
—¿Es que deberé darle una lista de todos los nombres de mujeres?
Gloria, Anne, Helen —nombre que han ostentado miles de naves—
Bárbara, Janice. Escoja rápidamente uno cualquiera y quédese con él.
Sus facciones se endurecieron.
—La policía de Seguridad no tendrá el menor interés en sus ideas
románticas. Le someterán a un desagradable interrogatorio. Tendrá que
saber algo de ella, no sólo su nombre.
El susto de aquella repentina inspección debía haberme aturdido más
de la cuenta. Pero no me sentía con ánimos de discutir con él. Seguía
pensando que ella debía tener un nombre.
Sabía que si la llamaba por un nombre escogido con demasiadas prisas
más tarde podría lamentarlo. Pero no tenía otro camino. “Claire”, pensé.
“Por ahora será Claire”.
Dirigí mis pasos rápidamente al lado del hombre y juntos alzamos a
Claire del tanque, poniéndola de pie.
En el tanque y con los ojos cerrados, su belleza quitaba la respiración.
Pero en el instante en que puesta de pie, frente a mí, abrió los ojos y me
miró directamente, quedé sin poder pronunciar ni una palabra.
—¡Dígale algo! —apremió el hombre. Tienen que familiarizarse
rápidamente. Hable..., ella le contestará.
Me aclaré la garganta.
—Soy John, Claire —dije—. Mírame, Claire. No tengas miedo.
Ella no me había visto nunca, naturalmente. Pero yo sabía que una
imagen artificial de mi aspecto general había sido registrada
cuidadosamente en su mente. Una cadena memorial coloidal que sería
activada cuando me viera delante de ella.
Su voz era suave y musical y hermanaba perfectamente con la
maravillosa belleza de todos sus rasgos.
—John —dijo Claire—. John, “John”.
Sabía que podía establecerse entre los dos un lazo de simpatía y mutua
comprensión si al principio me limitaba a hablarle de cosas sencillas, las
cosas simples que suelen hablar un hombre y una mujer durante su
primera entrevista de acuerdo con ciertos patrones básicos comunes.
—Sí, soy John, Claire —reiteré—. ¿Te gusto?
Ella me contempló aturdida.
—Me gustas —dijo.
Mi corazón latía con vehemencia. Me incliné hacia adelante y rodeé
sus hombros con mi brazo.
—Voy a llevarte conmigo, Claire —le dije—. Nunca has visto la
ciudad con tus propios ojos. Hay recuerdos de la ciudad en tu mente, pero
no son recuerdos vividos. Te gustará la ciudad, Claire.
—Me gustará la ciudad.
La tomé de la mano. Era cálida y suave y sus dedos apretaron
rápidamente los míos.
Una duda torturante aparecía de pronto en mi mente.
Hasta aquel momento sus palabras no habían sido nada más que una
repetición de las mías. Yo había colocado una promesa frente a ella, le
había abierto la puerta que conducía a una emocionante aventura que
habría entusiasmado a un chiquillo. ¿Un chiquillo no habría preguntado?
—”¿Será divertido? o ¿Tienes un vehículo? ¿Iremos en él?
El hombre se estaba impacientando.
—Debemos apresurarnos —avisó—. Si la policía descubre esta
habitación no respondo de las consecuencias. Seguramente deben estar
registrando arriba y eso les tomará poco tiempo. Sin nadie en el
establecimiento, se sentirán doblemente sospechosos si poseen la más
ligera razón de sospechar que hay algo aquí abajo. Hasta ahora hemos
estado de suerte. Pero no dura siempre.
Me miró fijamente.
—Ha sabido tratarla de forma conveniente. No está asustada como yo
temía. Puede sentirse satisfecho, ¿no le parece? ¿Tiene que hacerle el
amor?
Sus ojos se iluminaron coléricamente cuando yo no respondí a sus
palabras.
—La hemos hecho especialmente para usted y usted no se siente
satisfecho —se quejó—. Tiene que empezar a pulsar todos los resortes
inmediatamente. Lo mismo que haría con un instrumento nuevo. Tenga
más sentido.
Tenía razón en aquello, de acuerdo. Pero qué inteligente había sido mi
decisión de no estudiarle más de cerca. Sabía que el recuerdo de aquel
momento siempre conservaría un mal humor emocional considerable para
mí. Siempre quedaría la ilusión algo menos que perfecta, un sórdido
recuerdo de que él se había atrevido a comprarla con un instrumento
musical, y que yo no había podido encontrarla en un jardín iluminado por
la luz de la luna en la casa de un viejo y buen amigo.
No tenía nada más que decir ni yo tampoco. Seguí su indicación y
juntos salimos de la habitación con Claire, recorriendo todo el pasillo
poblado de vacilantes sombras subiendo el tramo de escaleras que
conducían al establecimiento.
CAPITULO IV

Habían dos oficiales de la policía esperándonos en el establecimiento,


junto a los grandes cascos de metal que daban a los clientes la clase de
ilusiones que podían apartarse por completo de la ley.
Para nosotros los policías eran reales y eran muy diligentes.
En el mismo instante en que nos vieron, se miraron entre sí
lentamente. Uno de ellos era corpulento con espaldas bien musculadas y
una mandíbula fuerte y firme.
El otro era de complexión más ligera.
El corpulento fue quien llevó la voz cantante. En el mismo instante en
que nos vio, preguntó:
—¿Ustedes dos juntos?
El hombre respondió por mí:
—Mr. Tabor es uno de mis asiduos clientes —dijo, rápidamente—.
Esta es su esposa.
El oficial poniendo las manos en sus caderas miró a Claire de arriba
abajo.
—¿Casados, eh? ¿Les pone a los dos los cascos?
Sabía que debía pensar con presteza. La pregunta había sido
deliberadamente hecha en un tono insultante, con el firme propósito de
hacernos caer en la trampa.
—Hemos venido únicamente para fijar una cita para la semana
próxima —dije—.
Mrs. Tabor no toma terapia de ilusión emocional.
El oficial hizo una mueca.
—¿Sin represiones, eh?
Si Claire hubiera sido mi esposa en realidad aquella pregunta me
hubiera encolerizado. De cualquier manera me sentía encolerizado. El
oficial observó que mi rostro se congestionaba, lo cual le hizo sospechar.
Se acercó más a Claire y estudió su rostro.
—¿Hace tiempo que están casados?
Claire movió la cabeza. Tal reticencia no era natural en una mujer que
se enfrentaba con aquella clase de impertinencia y pude comprender que el
oficial se daba cuenta de que estaba haciendo grandes progresos.
—Yo diría que su esposo no necesitaría terapia de ilusión emocional si
fueran ustedes recién casados —dijo—. Siento curiosidad por saber cuánto
tiempo llevan ustedes casados. ¿Siete meses? ¿Un año?
Claire no respondió nada. Si hubiera aparentado estar confundida o
como si hubiera lamentado tener que contestar a tal pregunta aquello
hubiera ayudado un poco a salvar aquella difícil situación. Pero en los ojos
de Claire sólo brillaba un despierto interés, como si no pudiera resolver lo
que el oficial estaba preguntándole, pero haciendo lo mejor para encajarle
en una nueva categoría de impresión en su mente.
Un verdadero chiquillo tiene que hacer un esfuerzo semejante
constantemente, puesto que su experiencia es tan limitada que le
incapacita comprender las implicaciones de tantas cosas sobrecogedoras
que van tomando lugar a su alrededor. Todavía no se ha podido dar cuenta
de lo desagradable y amenazante que puede llegar a ser en ciertas
ocasiones la vida. Hasta que se quema los dedos y aprende lo que es el
camino del dolor. Y con frecuencia entonces es ya demasiado tarde.
—Ya sé que no es de mi incumbencia — dijo el oficial—. Pero esto no
cambia las cosas. Si ustedes fueran recién casados, su esposo no
necesitaría en absoluto la terapéutica de ilusión emocional. Ni que decir
tiene que la mujer con quien se casa un hombre puede resultar luego de
clase realmente fría. Él no puede saberlo de antemano. Usted “podría” ser
de éstas, pero..., bueno, si usted fuera mi esposa, aunque sólo fuera con su
aspecto tardaría en poner los pies en un establecimiento de terapéutica de
ilusión emocional por lo menos cinco años.
Era la envidia, mezclada con admiración lo que le hacía hablar de
aquella manera. Era el tipo descortés, ordinario y de aquella clase de
hombres que tienen ciertas salidas agresivas por su frustración, cuando la
autoridad se les sube a la cabeza. Yo sabía todo esto y tal vez lo habría
aceptado como inevitable, tratando de ocultar la cólera que me consumía
hasta que él se pasó de la raya y me vi obligado a recurrir a la violencia.
Pero en realidad, uno no puede pensar cuando la rabia le hace desear
agarrarle por las espaldas y zarandearle hasta que caiga atontado al suelo.
Incluso podría haberle matado, porque algo verdaderamente primitivo
estaba poniendo fuera de control mi paciencia. Una afrenta a ti sólo es una
cosa. A veces puedes conseguir controlarte cuando sabes que todo el peso
de la Sociedad puede caer sobre ti si no lo haces, aunque tengas toda la
razón de tu parte. Ningún hombre puede esperar escapar a esa clase de
poder. Pero cuando el insulto va dirigido contra una mujer que tiene la
inocencia de un chiquillo y que no sabe cómo rechazarlo, una mujer que de
pronto se ha convertido en algo verdaderamente precioso para ti, en algo
más importante que tu propia vida...
Prosiguió como si no quisiera darse cuenta del peligro en que se había
metido.
—Es una cosa verdaderamente importante. En realidad, existen leyes
en contra de la terapéutica de ilusión emocional para recién casados, a
menos de que se decida que existe una necesidad perentoria de ella. Hay
una lista de espera para casos de esos, una serie de papelotes para firmar.
De otra manera mi les de recién casados se amontonarían ahí cuando no
existe real necesidad de compensarles de nada. La gente es así. Prohíbes
alguna cosa y todos tienen que probarla por lo menos una vez.
Una mueca cínica curvó sus labios.
—El sexo es como cualquier otra cosa... Uno sabe que no puede
conseguirse mucho de él, aun cuando sabes que no tiene ningún sentido.
Dale a un hombre una cena opulenta, cuantiosa con toda clase de adornos,
y dile que hay otra cena a punto para serle servida después, con distintas
clases de platos, y se olvidará de que no tiene hambre cuando esté
engullendo como un loco. Especialmente si le dices que todos hacen lo
mismo. Dos cenas opulentas cada noche, una moda popular. Tienes que
probar que eres tan bueno como el que más, o piensas hacerlo. Y la
sociedad la consiente al fin.
De la boca de los chiquillos a veces salen ciertas muestras de
inteligencia y eso resulta también cierto con los tipos rudos y ordinarios
que les gusta hablar más de la cuenta. Puramente por accidente, un hombre
como aquél, podía dar en el clavo con tal perfección que no podías por
menos que admirarle un poco, aunque sólo sea porque existe más que una
señal de directa grosería en cada uno de nosotros que nos inclina hacia la
vulgaridad.
Es una manera como otra de engreírse.
Pero en aquel momento no estaba pensando en aquéllo, precisamente.
Si quería darle coba, le arrinconaría contra la pared y le metería en una
caja alargada.
El policía encornó los ojos y contempló a Claire todavía más
fijamente.
—Ahora pongamos que usted contesta a mi pregunta. Sólo tiene que
decirme cuánto tiempo llevan casados.
Claire dijo:
—John es mi marido. Yo quiero a John. Y John me quiere a mí.
Aquello fue lo que faltaba. El oficial se giró hacia mí, con las venas de
las sienes latiéndole con fuerza como presagiando la proximidad de una
tormenta que no tardaría en estallar.
—¿Es que no es capaz de responder a preguntas sencillas? —preguntó
—. ¿Es que es... un adulto con inteligencia infantil?
—Aguarde un momento —dije ahogándome.
No me dio ocasión de embestirle. Hizo una señal al oficial Piel-y-
Huesos y éste me cogió el brazo por detrás. Me había cogido tan
desprevenido que pensé por un momento que un espasmo muscular había
paralizado mi brazo, tal era la fuerza de los dedos del oficial Piel-y-
Huesos, que casi parecían de acero.
—Tendrán que acompañarnos para ser sometidos a cierto
interrogatorio —dijo el oficial corpulento—. Ella debe estar ocultando
alguna cosa, o de lo contrario hablaría.
Había cierto sonido estridente en su voz que me hizo pensar de nuevo
con el mar, probablemente porque el mar posee una rapacidad fría, cruel
que ni siquiera la gran belleza de su superficie puede ocultar.
No había nada de bello en el oficial corpulento, ni en la superficie ni
en ninguna otra parte.
—Debe estar ocultando alguna cosa —reiteró—. O de lo contrario no
habría intentado hacerme creer que no posee ni un dedo de inteligencia.
Entonces acabé de perder los estribos por entero. Enderecé la espalda y
de un tirón liberté las muñecas que sujetaba el otro oficial, que se
tambaleó violentamente a consecuencia del tirón que di sin que lo
esperara. El corpulento recibió un fuerte empujón. Sin girarme agarré a
Claire por la muñeca y empecé a correr hacia la puerta.
Al instante el oficial corpulento se colocó delante nuestro cerrándonos
el paso.
—Ahora sí que se han metido en un buen lío —dijo—. Han atacado
ustedes a un oficial que estaba cumpliendo con su obligación.
Sólo podía hacer una cosa. Di un paso atrás y envié mi puño derecho
contra su mandíbula. Puse en ello toda la fuerza que fui capaz de
acumular, contando además, con la ventaja de la sorpresa. A continuación
le dirigí otro puñetazo en pleno estómago, según había hecho ya otros
veces en la Base de Venus cuando tenía necesidad de defenderme.
Profirió un grito de dolor, se tambaleó cayendo contra la pared,
derrumbándose al suelo como un monigote grotesco dada su corpulencia.
Cogí nuevamente a Claire por la muñeca.
—Confía en mí y no mires atarás —le susurré con urgencia—.
Debemos seguir adelante.
Salimos del establecimiento antes de que el oficial pudiera levantarse
del suelo. Corrimos velozmente atravesando la calzada y nos metimos en
mi vehiculo. Primero subí yo ayudándola luego a ella y colocándola a mi
lado, manteniendo el brazo cogido al de ella.
—Le has hecho caer — murmuró.
—Cuestión de un minuto —dije—. Volverá a ponerse de pie antes de
que hayamos tenido tiempo de recorrer tres millas. Le he dejado atontado,
pero no mucho. Cuando recobre el conocimiento dará la alarma general y
entonces estaremos en un verdadero peligro de muerte.
—¿Peligro? —susurró—. ¿Estaremos en... estaremos en “peligro”?
Cuando te encuentras bajo una gran tensión en presencia de un
chiquillo y sientes la necesidad de hablar, expones lo que estás pensando
aun sabiendo que no puedes contar con la comprensión de un adulto. En
realidad es como si estuvieras hablando contigo mismo y no esperaras la
respuesta de un adulto.
Yo no la tuve, pero lo que ella “había dicho” me había sorprendido
porque significaba un gran paso adelante. Por vez primera no se había
limitado a repetir mis palabras. Había hablado con creciente inflexión, me
había formulado una pregunta directa. Por esta había una fuerte emoción
en su voz. Podía ser o no temor, o miedo, pero estaba plena monte
convencido de que la palabra “peligro” la había asombrado y alarmado.
Rápidamente el vehículo fue tomando velocidad, avanzando por la
calle con un sordo rugido.
Observé a Claire, sentada quieta y tiesa a mi lado, y sentí una fuerte
oleada de exaltación. Había roto la ley por una hermosa mujer por primera
vez en mi vida.
Estábamos familiarizándonos muy de prisa.
Tal vez era el impetuoso vino de la alegría totalmente nuevo para mí lo
que me hacía sentirme atrevido. Sea como fuere, le dije algo que había
estado deseando decirle, en el establecimiento a pesar de la presencia del
hombre.
—Claire —murmuré.
Ella me miró sorprendida.
—Claire es mi nombre.
—Ya lo sé —dije—. Sólo me has dicho que te gusto. ¿Podrías decirme
“te quiero”?
—Te quiero —dijo Claire.
Su voz sonó extrañamente vacía, automática.
—Dilo otra vez —pedí.
—Te quiero —dijo Claire.
Ya estaba, sólo que aquellas palabras no tenían ningún significado para
ella. Podía afirmarlo por la manera como lo había dicho. ¿Significaría algo
más tarde? Diría alguna vez: “John, amado mío, te amaré hasta la muerte.
Noche y día estás siempre presente en mis pensamientos.”
Sí, aquel milagro tendría lugar alguna vez, en aquellos momentos yo
sabía que tenía que reflexionar y movernos de prisa dejando todas esas
consideraciones a un lado para otra ocasión más propicia.
Cuando sonara la alarma general, todas las torres de tráfico se
convertirían en verdaderas trampas. Con mucha suerte puedes burlar el
eficiente trabajo de la policía de Seguridad, en algunas ocasiones, puesto
que la ley no es infalible ni nunca lo ha sido. Pero cuando rayos invisibles
se pegan a ti y empiezan a trabajar sobre ti, los puntos contra ti van en
realidad en aumento.
Pon una rana en un vaso de agua —cualquier rana croadora ordinaria
moteada de verde y marrón— y empezará a desprenderse de células de
piel a una velocidad prodigiosa. Ni dos ranas son exactamente iguales y
una rana en un vaso de agua tendría pocas probabilidades de mantener en
secreto su identidad para cualquier biólogo investigador.
Nosotros nos encontrábamos en una trampa semejante. Yo lo sabía.
Sabía que antes de que hubiéramos recorrido una milla más, la alarma
habría sonado, y los proyectores de rayos de identidad examinarían mi
piel, mis cabellos y los discos ópticos. Me examinarían de la cabeza a los
pies, sin miramiento alguno hacia mi modestia. No dejarían ni una sola
pulgada, y todo lo que encontrarían sería proyectado en la central de
Identificación; y en la central, el disco con mi nombre saltaría de los
archivos generales, y sería dada la voz de alerta.
Me tendrían atrapado en la mínima expresión de tiempo.
Me incliné y cogí el brazo de Claire.
—Cuando salgamos..., mantente siempre junto a mí —la avisé—. ¿Me
comprendes? Cerca, junto a mí. A mi lado. Tenemos que conseguirlo.
Para asegurarme de que mi aviso había sido completamente
comprendido y había quedado bien grabado en su mente, representé una
pantomima en el instante en que estuvimos en el pavimento. Di cinco
pasos adelante, volviendo a su lado y avanzando de nuevo, quedando bien
claro que ella trataría de acompasar sus pasos a los míos sin dejar que la
distancia existente entre los dos fuera superior a una yarda.
Pareció comprender. Detuve el vehículo en medio de una manzana,
cerca de una curva, tras haberme asegurado de que la entrada al viejo
subterráneo quedaba a menos de sesenta pies.
Sabía que debíamos llegar allí rápidamente. Cuando dábamos la vuelta
al coche, la si rena comenzó a sonar, y por el rabillo del ojo pude ver a un
vehículo de la policía, que se dirigía directamente hacia nosotros, a unos
doscientos pies de distancia más o menos.
No había conducido el coche hasta la misma entrada del subterráneo
porque había muy mal camino en aquel lado, y la única manera de
conseguir llegar hasta allí era haciéndolo a pie. El destino dice con
palabras tan sencillas como éstas: “Aquí es donde comienza, la decadencia
del orden y da la seguridad pública. Aquí es donde comienza la
degradación. La sociedad no escoge para hermosear lo que difícilmente
podrá subsistir. Deja que el moho, el abandono y el lento derrumbamiento
sirva de aviso, como símbolo de lo que este portal comienza. Entrar ahí es
condenarse a sí mismo y sostener un peso de culpabilidad que irá
haciéndose más pesado de hora en hora, y de día en día, hasta que la
muerte decida la salida de las ruinas libres para un hombre que había
perdido toda esperanza”.
Durante medio siglo, ninguna entrada subterránea había sido limpiada
de los cascotes. Eran horribles deformaciones en medio de las relucientes
e iluminadas calles. Pero el peso de una tradición firmemente establecida
podía pasar por encima del desagrado del
Hombre y convertir a toda la sociedad en esquizofrénicos por fingir no
ver las cosas.
Estaba seguro de que Claire no sabía lo que significaba
“esquizofrénicos”. Ni falta que le hacía. Sólo que el peligro se había
vuelto tan agudo que nuestras vidas pendían de un hilo. La cogí de la mano
y emprendimos la marcha.
—No mires atrás —avisé.
Me sorprendió ver lo buena que era corriendo. Corría rápidamente a mi
lado, sus pies resonando en el duro pavimento. La solté casi en seguida ya
que la había cogido únicamente para darle confianza. La sirena se oía cada
vez más fuerte, hasta convertirse en un zumbido fijo, aterrador.
A media calzada tres oficiales de la policía de Seguridad descendían de
su vehículo, y corrían hacia nosotros, dejando el coche que avanzaba bajo
controles automáticos.
Fue entonces cuando Claire cometió su primera equivocación seria. Mi
aviso debía haber causado tan honda impresión en su mente, que avanzaba
corriendo junto a mí, tan cerca de mí que fue demasiado cerca. Pensando
en que estaba por lo menos a unos dos pies de mi lado me desvié un poco y
choqué con ella, haciéndola caer violentamente contra un poste indicador
de tráfico.
El poste obraba magnéticamente enérgico y esto la aprisionó
firmemente. Me miró con los ojos abiertos y asustada. La cogí por los
hombros mirándola alarmado.
—Estate totalmente quieta —la avisé—. Un tirón te libertaría, pero no
debes moverte.
Evidentemente llevaba una banda de metal debajo del vestido. Me
sorprendió dándome cuenta de que ni siquiera había tenido tiempo de
preguntar al hombre sobre aquello. ¿Cuánto metal debió de emplearse en
la manufactura de Claire?
Cuando ayudé al hombre a levantarla del tanque, su cuerpo me pareció
bastante suave y dúctil. ¿Pero cuánto metal debió de emplearse? Una
banda de menos de cuatro pulgadas de anchura la habrían retenido
rápidamente junto a un poste de tráfico magnetizado. ¿Pero y si Claire era
algo más que una mujer artificial con la que yo había soñado?
Era el momento menos adecuado para tales pensamientos. Aunque era
también el mejor puesto que el peligro en que estábamos me evitaba el
atormentarme constantemente sin dejar que mi mente se desviara en
aquella dirección más allá de uno o dos segundos.
Me dije para mí que el metal magnetizado, sólo ligeramente no
aguantaría muy fuerte si daba un buen tirón, con violencia.
Lo hice poniendo en el intento toda mi fuerza y Claire quedó libre.
Cuando ella caía en mis brazos uno de los oficiales que nos perseguían
abrió fuego contra nosotros. La bala fue a dar contra el poste de tráfico, en
su base. Cogí a Claire por la mano y empezamos a correr de nuevo.
Seguía corriendo bien. Eso parecía un instante antes de llegar a la
entrada del subterráneo ocultándonos rápidamente en su oscuridad,
protectora nuestra.
Mientras el clamor de afuera fue alejándose, nuestros pasos iban
resonando en medio de la oscuridad hasta que la aterradora sirena quedó
bastante lejos y apenas podía oírse su horrible zumbido.
Entonces nos detuvimos para recobrar el aliento, y Claire se inclinó
hacia mí. La cogí entre mis brazos y la abracé fuerte, susurrándole
palabras de confianza hasta que cesó de temblar.
No tenía intención de besarla. No era el momento adecuado para
hacerlo, pero no hubo manera de poder controlar el impulso, que se había
convertido ya en una perentoria necesidad. Tenía que saber si sus labios se
separarían como los de la muchacha que me había besado en la cúpula y
necesitaba saber si concederían una .dulzura todavía mayor. Tenía que
estar seguro de que eran tan cálidos y vivos y vibrantes como tendrían que
ser si yo deseaba besarlos una y otra vez, mañana y al día siguiente, y por
todo el tiempo que estuviéramos uno junto al otro con todas las dudas que
inundaban mi mente dispersadas para siempre... Y tenía que asegurarme
de que me sentiría satisfecho de haber estado enamorados si sólo tenía
aquello para recordar, si el desastre nos alcanzaba antes de que
pudiéramos experimentar todo el éxtasis del amor de entregarnos uno al
otro durante las largas horas de las noches venusianas, con la selvatiquez
de las estrellas brillando sobre nosotros y con los pájaros de la noche
como únicos testigos de nuestro amor.
Claire dio un ligero grito cuando apreté mis labios contra los suyos, no
dura ni estrujadoramente, puesto que no deseaba asustarla, sino tan
suavemente que casi me sentí tonto e incómodo por un momento. ¿Era
posible que al hacer el amor siempre se cayera en la impetuosidad que te
transportaba a otro mundo, lleno de luz y fuego? ¿Es posible hacer el amor
apasionadamente sin que apenas parezca hacerlo así, manteniendo tus
brazos descansando ligeramente sobre los hombros de la mujer, y sin
atreverte siquiera a acariciar sus cabellos?
No había pensado de esta manera hasta que sus labios se fundieron con
los míos y el más suave de los besos se convirtió en un milagro
prolongado, dulce e íntimo que no se me ocurrió desear nada más. Con
aquel beso me sentía más que satisfecho.
Una o dos veces en mi vida había experimentado el milagro de besos
semejantes en mis sueños. Una muchacha en la primera agitación de joven
femineidad, frágil y amorosa y confiada, puede besar de aquella manera en
sueños y cuando despiertas te alegras de lo soñado, porque la completa
intimidad física habría echado a perder algo de la perfección de una
experiencia tan inolvidable.
Los cínicos pueden hablar con mofa y retrocediendo al siglo XX, un
ortodoxo freudiano confiado plenamente en saber interpretar exactamente
el significado del sueño. Pero se habría equivocado. No era dividiendo el
sexo en dos categorías y dejándote ir con la verdadera clase de mujer
prostituta. Ni era teniendo miedo de dejarte ir con la clase súper respetable
y súper casta. No era eso... porque aquella maravillosa e increíblemente
hermosa muchacha era el sexo personificado. Uno podía haberse dejado
llevar bastante fácilmente, sin ninguna clase de inhibiciones ni
restricciones. Pero un solo beso puede ser una clase de idealización del
amor en un plano super romántico, y puede persistir obsesionadamente en
tu memoria durante días..., con toda su dulzura y hechizo. En este aspecto,
“es” una completa intimidad física, si es apasionadamente sensual y
prolongado...
La verdadera atenuación de la experiencia parece hacerlo más intensa
y obsesionantemente maravilloso, de manera que parece hundirte en las
profundidades. Hasta cierto punto podría ir en contra de la compleja
cultura tergiversada de la Europa Occidental en cuanto al sexo. La
superglorificación del trovador medieval de sólo los aspectos románticos
del sexo. Pero esto no significa que semejante superglorificación no sea
básica en la naturaleza humana de cualquier parte de la Tierra, esperando
sólo el lugar preciso, el momento histórico adecuado para tomar la
inconsciencia del Hombre de una manera casi obligatoria.
No había duda alguna, de que los viejos freudianos se habrían
equivocado, fueran cuales fueran sus orígenes.
—Querida mía, se habrían equivocado — le dije.
No esperaba que comprendiera mis palabras, naturalmente. Pero
cuando la solté, el brillo que descubrí en sus ojos me hizo comprender, me
dio casi la seguridad de que mi sentir mientras la había estado besando
había profundizado más y más en ella. No dijo nada y era todavía
demasiado pronto para tomarlo como una confirmación. Ella podía no
haber sentido nada, y su respuesta podría haber sido absolutamente
automática. Ella había sido hecha para mí, ¿no? Todos los requisitos de la
mujer de mi ideal estaban grabados en mi cinta metálica y la firma sabía
exactamente qué clase de loco romántico soy.
Estábamos todavía en gran peligro. Ordinariamente la policía de
Seguridad no abandona tan fácilmente su presa cuando uno se esconde en
la entrada de un subterráneo, para dirigirse hacia las ruinas libres. Pero ya
sabrían si la persecución continuaba, en caso de que el Gran Cerebro
hubiera comunicado a los monitores informes más bien alarmantes sobre
nosotros. Los policías hubieran recibido órdenes de entrar en las ruinas
tras los hombres o mujeres cuyo desafío había sido tan ofensivo que la
Sociedad no podía permitir que escaparan. No vacilarían en arriesgar sus
vidas contra la dominante ventaja, si la emergencia fuera suficientemente
grave, y el derecho de ser un proscrito, atormentado por los
remordimientos y expuesto en todos aspectos a la violencia brutal no
podía ser apoyado sin sentar un precedente que otros podrían aprovechar.
Una rebelión deliberada, voluntariamente planeada podía hacer estallar y
destrozar la válvula de seguridad que significaba las ruinas, y los
monitores lo sabían.
CAPITULO V

Claire seguía avanzando a mi lado mientras andábamos en medio de la


resonante oscuridad, pintándose en su rostro una nueva y extraña
admiración. Las vías de acero azul parecían haberla fascinado.
Continuamente se detenía para mirarlas fijamente; una de las veces se
inclinó para pasar sus dedos por la brillante vía, arriba y abajo, como si la
maldad del metal la sorprendiera y divirtiera.
Había una vía que tuvo mucho cuidado en no tocar, ni siquiera con los
pies, mientras corríamos. Era conocida como la tercera vía, y tocarla
significaba conseguir mala suerte; la superstición era una cosa tan vieja
como las mismas vías.
El motivo de ella nadie lo conocía. Tal vez cuando la gente viajaba en
trenes siglos atrás, jóvenes atrevidos debieron descender al túnel corriendo
descuidadamente a lo largo de la tercera vía hasta que el tren se les echó
encima. Debió de ser un juego —salvaje, alocado y tremendamente
peligroso— absolutamente tan mentalmente intoxicante como el llenar la
cámara de un revólver con seis balas, disparando ¡tras apuntar a un centro
vital, y dejando que la vida o la muerte fuera decidida por el simple y
rápido giro del cilindro del revólver.
¿Cuántos jóvenes atrevidos debían saltar juntos? ¿Cuántos debieron
morir horriblemente bajo las esmeriladas ruedas? Con sus cuerpos
destrozados, y mutilados sin razón alguna, víctimas primitivas del viejo
“deseo de muerte” freudiano?
Es curioso cómo la mente humana se coge a ancianos ritos extraños, a
viejas costumbres, en momentos de gran peligro, como si hubiera algo en
la naturaleza humana que hiciera que los peligros y locuras del remoto
pasado pareciera una audaz senda por la cual el hombre moderno podía
escapar a un nivel más primitivo de consciencia. Cuando los hombres
vivían con todo el cuerpo, y no con sus mentes solo, el peligro se convertía
en una cualidad intoxicante y temeraria que nuestra propia época ha
perdido.
—¿Por qué andamos por aquí? —preguntó Claire.
—No tengas miedo —le dije—. Pronto llegaremos a la salida.
La siguiente pregunta que me formuló me asombró por su inocencia
infantil.
—¿Estará también oscuro?
—No —le aseguré—. Saldremos de esta oscuridad a la luz.
Observé su rostro una vez más. No era una chiquilla en su belleza, en
su extraña y vibrante viveza. ¿Por qué seguía yo olvidando que tenía lo
que pocos hombres antes que yo habían poseído la rara gracia y hermosura
de una perfecta ilusión?
Su perfección era absoluta. ¿Podía ningún hombre por cuyas venas
corriera la sangre caliente haber deseado algo más? Había algo
imponentemente poético en su manera de hablar. Hablaba de la oscuridad,
de la luz, del fuego, de andar, correr como si cada nueva experiencia fuera
la personificación de alguna fuerza elemental, como un chiquillo mirando
a la luna nueva puede cantar con placer pidiendo ser llevado a través del
cielo nocturno en una carroza de fuego.
¿Qué derecho tenia de sentirme desencantado? Me repetía una y otra
vez que debía sentirme agradecido y muy humilde en presencia de aquella
clase de pensamiento o imaginación.
Pero lo que me repetía y lo que deseaba con loco impulso de mi
corazón y de mi cerebro, eran dos cosas distintas. Un hombre quiere ser
capaz de hacer girar a una mujer adorada a su alrededor impulsivamente y
susurrarle: “Querida, ¿recuerdas esta melodía? ¿Recuerdas la última vez
que la oímos? ¿Recuerdas lo graciosa que estabas con tus rizos agitados
por el viento? ¿Te acuerdas de lo furioso que parecía estar el mar, con las
cabrillas subiendo y bajando? ¿Recuerdas los pescadores entrando desde la
playa, y cómo brillaban sus redes a la luz del sol?
¿Recuerdas querida? ¿Recuerdas, recuerdas? El balcón era como éste,
peno tú parecías todavía más hermosa iluminada por la luna. ¿A qué
esperamos? ¡Ven, bailemos!
Ella vio antes que yo la luz que brillaba a lo lejos a unos cien pies
delante nuestro. Suspiró de alegría y echó a correr.
Me quedé mirándola, parado. Era su primer acto impulsivo por
completo, alejándose de mí sin decir una palabra. Tal vez tenía un cerebro
mejor de lo que yo pensaba.
Cuando llegué a su lado, estaba jadeando por la carrera y mi esperanza
aumentó. Pero entonces habló y algo pareció romperse dentro de mí.
—No quiero que la luz se vaya.
La miré.
—¿Por esto corrías tan aprisa...? ¿Para alcanzar la luz?
Movió la cabeza afirmativamente, satisfecha de mi rápida
comprensión. La mente de una chiquilla, poética y extraña.
Observé la plataforma que asomaba oscuramente a través de las
sombras. Muy cuidadosamente medí la distancia con los ojos.
—Voy a poner mi brazo alrededor de tu cintura para alzarte —le dije
—. ¿Comprendes?
—No —respondió.
La miré desanimado.
—Bueno, no importa, estate quieta, de todas maneras —rogué.
Por primera vez puse mi brazo a su alrededor aguantándola
estrechamente. Notaba su respiración, su pecho que se alzaba y hundía.
Unas frases de un poeta semiolvidado acudieron a mi mente:
“El hombre empieza amando al amor y termina amando a la mujer,
pero una mujer empieza amando al hombre y termina amando al amor”.
Colérico, me dije que semejantes ideas en tales momentos eran un
absurdo y me obligué a equilibrarlo repitiéndome otra frase:
“El amor es un conflicto compuesto de reflejos y reflexiones”.
Podía sentirla estremecerse cuando apreté más mi brazo en torno a su
cintura.
—¡Arriba! —susurré.
No pesaba mucho. Es curioso cómo, cuando empiezas a recordar citas,
se te hace difícil detenerte. Otra frase acudió a mi mente, impulsándome a
darme prisa.
“¿Amas la vida? Pues no malgastes el tiempo, ya que de esta materia
está hecha la vida”.
No pesaba mucho, pero al levantarla hasta el borde de la plataforma
casi me arañé los brazos con sus salientes. La plataforma es taba a unos
tres pies encima de mi cabeza, aunque me pusiera de puntillas, y Claire
dejó que yo hiciera todo el trabajo de subir hasta ella.
La levanté dejándola en el borde y esperando hasta que arrastrándose
se alejó un poco. Luego yo trepé tras ella ayudándola a ponerse de pie.
Avanzamos por las derrumbadas piedras, bajo la luz del sol.
¿Durante cuántas generaciones las abandonadas entradas subterráneas
habían aparecido como símbolos de escape de una libertad degradada
convertida en una cruel mofa por la barbarie de la jungla bajo el control de
la Sociedad? La tradición las había dejado en pie a propósito,
seguramente, ya que todos los subterráneos conducían a la misma
extensión central de piedras derrumbadas y acero.
Cuando entras en las ruinas, sin intención de retroceder, resuelto de
mente y voluntad, la primera media hora es la peor. Te encuentras sin
ningún punto fijo de apoyo, de ninguna clase. Sabes que eventualmente
encontrarás un lugar para vivir, harás amigos. Pero hasta entonces tu vida
estará en continua amenaza.
Ningún hombre o mujer puede ir sólo en las ruinas. Tienes que arraigar
rápidamente. Tienes que ahondar robustas raíces dentro el nuevo y extraño
suelo antes de que una bala se incruste en tu columna vertebral, o un
cuchillo se hunda entre tus escápulas.
Apreté mi mano con la de Claire, avanzando a lo largo de las viejas
calles en completo silencio. Pasamos por intersecciones llenas de cascotes,
que en otros tiempos debieron vibrar con luz y tráfico. Los edificios
estaban oscurecidos por el tiempo, sus paredes enmohecidas y adornadas
por enredaderas que trepaban por ellas. Las puertas rechinaban
horriblemente en sus goznes y por todas partes podían verse siniestras
manchas de sangre y signos de hundimientos.
“Panadería. Estación de Gasolina Tilson. Artículos rebajados”.
Hasta aquel momento ni una sombra se había cruzado en nuestro
camino.
¿Estarían las ruinas desiertas? Yo había oído decir que habían sido
abandonadas por temores supersticiosos, las ruinas eran mujeres,
desesperadas por su soledad, que habían rehusado defenderse. Habían
hecho su lección, escogiendo a un hombre y matando a cuatro riéndose
cuando aquéllos renunciaban a posteriores persecuciones.
Las muchachas desterradas eran con frecuencia el estallido de los
tiradores. Me veía a mí mismo apretando tanto entre mis brazos a una
mujer, yo, el hombre elegido por ella, apretándola y abrazándola mientras
veía que la furia y el desprecio se convertían en un desconocido ardor que
la sobrecogía, y le hacía abrir los ojos, y apretar sus labios febrilmente
contra los míos.
Había profundidades en la psicología humana que no creía poder llegar
jamás a profundizar.
Vi una puerta medio abierta, y siguiendo un impulso la abrí del todo
con un puntapié. Con mi brazo alrededor del talle de Claire, entré en la
penumbra.
La música era un ruido salvaje y frenético. Salía de un ejemplar
elevado, de colores del arco iris de metal y cristal apoyado contra una
desmoronada pared moteada de manchas oscuras.
Alrededor habían varias mesas, y en una de ellas una muchacha
sentada, con cabellos negros, y grandes y sobresaltados ojos. Me estaba
mirando fijamente en medio de la oscuridad.
Rápidamente mis ojos la repasaron, deteniéndose en el vestido de una
sola pieza, plateado, y la desnuda pierna derecha con el pequeño cuchillo
en la liga, tan bien colocado. Sus tobillos estaban sucios de lodo, y sus
zapatos habían quedado destrozados por haber corrido entre los
pavimentos de piedras y arena como una criatura asustada en la noche.
—Entra y cierra la puerta —rogó ella.
La puerta pareció soltarse de mis manos. Se cerró con un pavoroso
gemido, y un poco de luz entró desde fuera, derramándose sobre el suelo y
apuntándome a mí directamente como un dedo acusador.
Dije automáticamente:
—¿Estás esperando a alguien?
Sus ojos se clavaron en los míos con cierto desafío.
—A ti.
Entonces la reconocí. Había salido muy aprisa de mi vida y había
vuelto con la misma rapidez. Sólo que esta vez no había ningún trozo de
cinta metálica en su mano, ni ningún policía de Seguridad vigilándonos
desde las sombras.
La poesía de nuevo acudió a mi mente con una frase:
“Sus jóvenes senos se animaban al suspirar”.
La fantasía en la que había sucumbido en la cúpula se había convertido
en realidad; sólo podía mirar fijamente, humedecer mis labios, y
preguntarme si no habría sido un rematado loco.
Miré a Claire, de pie a mi lado todavía. Estaba contemplando a la
muchacha desterrada con afable interés, como un chiquillo mira a un oso
que trabaja entre una serie de animales.
¿Cuán cerca podía sentirse un hombre de dos mujeres al mismo
tiempo? Si tienes a una en tus brazos, y ésta es cariñosa y suave, y sus
labios son como fuego, puedes mirar por encima de su hombro a la otra
mujer con una mirada infantil que habla en monosílabos y murmura:
—¡No sabes bien lo que significas para mí, querida mía!
En cierto modo, Claire estaba más cerca de mí que la muchacha de la
mesa. También la había tenido entre mis brazos. Sabía su nombre..., y
¿cómo podía dejar de sentirme perturbado por su confianza y excesiva
pertenencia?
“No seas loco” —murmuraba una voz en mi mente. “Te sientes atraído
por las dos mujeres. En un hombre es tan natural como respirar, sentirse
atraído por dos mujeres..., por una docena. Puede suceder en cualquier
momento”.
Sorprendentemente la mano de Claire se había aferrado a la mía. Sus
dedos apretaron mi mano y luego aflojaron la presión, volviendo a apretar
de nuevo.
Traté de mantener mi voz tranquila.
—¿Cómo sabías que iba a venir? ¿No puedes haberme seguido después
de salir de la cúpula. Tenía mi vehículo y conduje muy de prisa.
—¿Y miraste atrás para asegurarte? —preguntó mofándose.
Se rió ante mi repentina alarma.
La inspección de la policía me “había” chocado. Los establecimientos
de terapéutica de ilusión emocional, pocas veces eran objeto de inspección
antes del mediodía. Por lo general, los tratamientos no tenían lugar a
primeras horas de la mañana, ¿y qué pastor cruzaría toda una montaña
para capturar una cabra?
¿Me habría seguido en realidad desde la cúpula del Computador
Gigante hasta el establecimiento de terapéutica, notificándolo a la policía?
Aquella idea me pareció increíble; la rehusé, aún antes de que ella dijera.
—Cuando salí de la cúpula sabía que volveríamos a encontrarnos. Tu
necesidad era tan desesperada como la mía.
Sus ojos brillaban con un súbito y salvaje anhelo, con una insinuación
de voluptuosidad asombrosa en su candor.
—Tu necesidad era tan desesperada como la mía, y yo sabía que nos
encontraríamos en las ruinas. Sabía que vendrías a buscarme, con el
recuerdo de mis labios abrasando los tuyos. Sabía que era sólo cuestión de
horas hasta que me encontraras.
De pronto pareció descubrir a Claire por primera vez, dándose cuenta
del significado de Claire. Sus ojos se entornaron, y su voz sonó con menos
seguridad.
—No has venido solo —dijo—. ¿Dónde has encontrado a esa
muchacha? ¿Quién es?
—Se llama Claire —le dije—. No la he encontrado aquí, ni he venido
en tu busca.
Abrió los ojos sin poder ocultar su aturdimiento, luego volvió a
entornarlos, fijándolos en Claire con colérica desconfianza. Se había
incorporado un poco de la mesa, respirando entrecortadamente lo que daba
a entender cuán profundamente herida se sentía.
Para tranquilizarla me apresuré a decir:
—Hemos tenido un poco de jaleo con la policía. Yo podría haberme
identificado y largarme tranquilamente, pero Claire necesitaba
desesperadamente de mi ayuda. Podían haberla culpado sólo por despecho.
Una infracción menor, sin ninguna importancia, pero ya sabes cómo es la
policía cuando se sienten envidiosos del interés de otro hombre hacia una
mujer hermosa.
—¿Estás interesado por ella?
—Hace mucho tiempo que conozco a Claire —mentí—. Es más joven
de lo que te imaginas... acaba de cumplir los dieciocho, debes comprender
que es bastante natural para un hombre de mi edad sentir cierto interés
paternal hacia una prima segunda tan joven e inexperta como Claire. No
hay nada serio entre los dos, si es eso lo que estabas pensando.
—Eso es exactamente lo que estaba pensando —dijo la muchacha de la
cúpula.
Por un momento llegué a temer que su enfado siguiera en aumento.
Pero tras lo que debió ser su peor momento, volvió a su postura original en
la mesa, sin esforzarse por ocultar la bien torneada gracia de su desnuda
pierna.
—¡Qué rencorosa soy! —dijo—. ¿Por qué no habría de creerte. Tú no
eres de la clase de hombres que se permiten verse atrapados en una
mentira..., ni siquiera para una mujer tan loca y descuidadamente
emocional que te consideraría intachable por completo.
Bajó los ojos rápidamente, pasando sus dedos por un instante por el
enfundado cuchillo que llevaba en la liga.
—Es bastante fácil decir que los celos es cosa de niños. Y también es
bastante fácil decir que un hombre y una mujer enamorados serían
completamente adultos. Pero nosotros estamos mejor enterados... tú y yo.
Tú has estado en la Base de Venus y yo he visto negado mi derecho a la
felicidad de mujer.
Alzó los ojos mirando directamente a Claire, curvando los labios en
una sonrisa.
—¡Hola, Claire! —dijo—. Yo soy Agnes.
Señaló una silla.
—Siéntate, Claire. Pareces cansada.
Claire se sentó tranquilamente dejando descansar sus manos en el
regazo. Me miró, como para asegurarse de que yo no desaprobaba su
acción.
—Cuéntame cosas de ti, Claire —solicitó Agnes—. ¿Cómo te metiste
en ese jaleo con la policía?
Iba yo a intervenir cuando me detuve por el repentino cambio en la
expresión de Agnes. Sus ojos se habían abierto alarmados. Se había
inclinado hacia delante, agarrándose al borde de la mesa con ambas
manos.
CAPITULO VI

Me giré. Tres hombres habían entrado en la taberna sentándose


alrededor de unas mesas cercanas a la puerta. Tenían aspecto de insolentes
rufianes, de fuertes músculos y huesos, y estaban observándonos con una
fijeza bien remarcada.
El que estaba más cerca de mí era corpulento, realmente corpulento.
Pude comprender de un vistazo que había intervenido en muchas peleas de
las buenas, y que cada una de ellas le había dejado su señal. Su nariz
estaba estropeada de mala manera, curvada y aplanada en la punta. Sus
orejas estaban deformadas, meros lóbulos carnales achata dos
grotescamente, de forma que se desplegaban sobre las mejillas como
coliflores aplastadas. Su mejilla derecha estaba también marcada por una
lívida señal, y había algo en esta señal que me hizo verle en otra
situación... enfrentándose a tres o cuatro hombres que trataban con insana
furia arrebatarle la vida.
Fue una visión imaginaria, pero tan vivida que podía ver el brillo del
cuchillo que rasgaba su mejilla; podía verle retrocediendo sin un gemido,
con una sonrisa de desprecio curvándole los labios.
Desde luego no era un bebé de rostro demasiado agraciado, pero todos
mis instintos me avisaron de que si bien podía carecer de atractivos
físicos, podía estar bien formado en otros aspectos.
Estaba mirando a Claire. No a Agnes, sino a Claire, con una mirada
intensamente curiosa, con las cejas arqueadas como si estuviera
sorprendido.
Su actitud no me sorprendió. Muchachas como Claire no se veían con
demasiada frecuencia en las ruinas. En las ruinas encontrarse con la
belleza era realmente sorprendente. Pon una flamante orquídea en un
jardín rocoso creciendo entre la cizaña, y aquella flor solitaria creará un
mundo de por sí, tan asombroso que los hombres perversos matarían por
conseguirla.
No le di mucho tiempo a Rostro Feo para recuperarse de su sorpresa.
Cuando vi que sus ojos dejaban de contemplar el rostro de Claire para
recorrer todo su cuerpo, tuve una idea bastante exacta de lo que tardaría en
sacar el cuchillo.
Lo que hice era la lógica consecuencia de lo que yo era... un telépata,
un hombre que podía leer en la mente de su adversario en un momento de
mortal peligro.
Había una mesa entre los dos. En el mismo instante en que comenzó a
levantarse me incliné hacia la mesa, agarrándola firmemente y
levantándola en alto. La velocidad con que me moví pareció echarle un
maleficio encima. Quedó helado mirándome, con la mano detenida a
medio camino de su cadera.
Antes de que se rompiera el encanto lancé la mesa contra él.
¡Este es Rostro Feo, y tú le has golpeado con una mesa que ha ido a
estrellarse contra su pecho! Inténtalo alguna vez. Hacía estremecer el
impacto de la sólida madera chocando contra los músculos y huesos. Te
hará exclamar con la torturante incertidumbre. Algo se contraerá dentro de
ti, tendrás el salvaje impulso de seguir el asalto con los puños, en un
bramido de rabia.
Pero si eres inteligente no te moverás demasiado de prisa.
La mesa hizo tambalear al Rostro Feo enviándole haciendo eses contra
la pared. Primero le falló una rodilla y luego la otra. Cavó quedando con
las extremidades casi extendidas, y fue aquel el momento que escogí para
dejarme caer sobre él.
Dio un alarido, y sacó el cuchillo de su cadera con una destreza que
decía que aquel juego había sido empleado en miles de ocasiones, con una
asombrosa eficacia. Pero no debía de ser un juego demasiado perfecto por
cuanto yo dirigí un derechazo a su mandíbula que le hizo tambalear
haciéndole soltar el cuchillo.
Para asegurarme de que tenía bastante, me arrodillé a su lado,
levantándole la cabeza y preguntándoselo a quemarropa. No me contestó,
y comprendí que sus ojos no podían reconocerme. Me pareció que sería
seguro dejarle de espaldas para que durmiera un poco.
En el instante en que me levantaba el más alto de los dos compañeros
de Rostro Feo, se acercó a mí con un revólver en la mano. Le llamaré
Número Dos. A pesar de la solidez de sus espaldas y su aspecto de
luchador, poseía un rostro refinado.
Tenía unos ojos azules, casi infantiles, tiernos, y una boca que sonreía,
casi amablemente mientras me apuntaba con todo cuidado.
—He visto lo que le ha hecho a mi amigo —dijo—. No puedo permitir
que me suceda lo mismo, ¿no le parece?
Debió de añadir:
—Es un lindo atardecer para morir, ¿no?
Pero yo me moví rápidamente para adelantarme a él Me levanté
dirigiéndole un rápido directo en pleno estómago con el codo,
ayudándome con la parte superior del cráneo.
Se dobló como una marioneta a quien cortan los hilos. Se le doblaron
las rodillas, se tambaleó hacia adelante y luego hacia atrás, cuando le
dirigí un impacto en la mandíbula con mi puño derecho, dirigiéndole un
buen golpe con el izquierdo en la región plexo solar que casi me rompí la
muñeca.
Se derrumbó a mis pies.
El Número Tres estaba todavía sentado. Le miré rápidamente y vi que
estaba contemplándome, con una expresión extrañamente impasiva. Era
bastante corpulento aunque con un aspecto menos impresionante que el del
Rostro Feo; no estaba tampoco demasiado preocupado por lo que podía
suceder si se le ocurría acercarse a mí con un cuchillo.
Necesitaba no preocuparme. O bien había visto el arma que yacía a mis
pies o bien no tenía estómago para lanzarse a una pelea de aquel tipo, Pero
fuera lo que fuere lo que decidiera o pensara su conducta fue increíble.
Simplemente se levantó muy tranquilo de la mesa, me saludó, y salió de la
taberna sin mirar atrás.
Me giré para enfrentarme con las dos mujeres. Agnes se había puesto
de pie, y estaba mirándome con ojos brillantes. Miré a Claire y me
asombró descubrir que sus ojos estaban más asombrados que asustados.
No había calor alguno reflejado en ellos; si se sentía aliviada al ver que los
dos rufianes yacían inertes en el suelo, no daba ninguna señal de ello.
Me sentí súbitamente más cerca de Agnes. Ella, por lo menos podía
participar de mi alarma; podía alcanzarla más rápidamente con una
atracción basada en simple sentido común.
—Hemos de encontrar un lugar más seguro que éste donde permanecer
—dije—. Esto era un viejo centro de diversión. Todavía lo es..., para los
hombres que piensan que las mujeres sólo son una figura de referencia.
Debías saberlo cuando has venido aquí.
Movió la cabeza afirmativamente, recorriendo con sus ojos mi rostro.
—Sí, lo sabía. ¿Te molesta mucho?
—¿Por qué me haces esta pregunta? — exclamé—. Si uno de esos
brutos hubiera empezado a manosearte...
Una chispa burlona apareció en sus ojos.
—No hay peligro de esto. Sólo tenían ojos para Claire. Supongo que
debería sentirme ultrajada, pero resulta que soy algo realista. Si un hombre
es bastante primitivo, una muchacha de la belleza de Claire le arrastra
muy rápidamente al nivel del salvaje con arco y flechas, montado en un
garañón salvaje.
La chispa burlona de sus ojos se hizo un poco más pronunciada.
—Una mujer debe venir a un lugar como éste si no desea ser
reclamada demasiado rápidamente. Pocos hombres tendrán el valor de
venir solos aquí, y para una mujer varios hombres juntos significa
seguridad. Sabía que nunca me encontrarías si me ocultaba en cualquiera
de las habitaciones de arriba, en otro lugar cualquiera más seguro.
—Tenemos que encontrar un lugar seguro —dije—. Inmediatamente.
Me giré hacia Claire.
—Cuando salgamos de aquí, tendremos que andar muy de prisa hasta
llegar a un lugar que sea más seguro —le expliqué—. ¿Comprendes?
Agnes se rió.
—Tú puedes decir cuál será seguro, supongo.
—Puede que te parezca necio, pero yo puedo decirte si un edificio “no
es” seguro. ¿Quieres venir con nosotros?
Me miró fijamente, desaparecida la chispa burlona de sus ojos.
—Tratas de dejarme.
Cogiendo a Claire de la mano, firmemente, me dirigí hacia la puerta y
la abrí de un puntapié. Sus goznes rechinaron; por un instante temí que se
hubiera estropeado, pero luego, lentamente volvió a cerrarse detrás
nuestro.
Es aliamos de nuevo en la calle, con Agnes a mi derecha y Claire a mi
izquierda.
Ningún hombre había tenido jamás dos compañeras más
desconcertantes físicamente.
Estaba convencido de una cosa. Agnes no podía saber lo que yo sentía
por Claire. Físicamente, Claire era la más perfecta de las dos; pero tenía
aquella extraña expresión infantil en sus ojos, aquella carencia absoluta de
comprensión normal en los adultos, lo cual me desanimaba y desalentaba
cada vez que la miraba.
Agnes, por lo menos, habría comprendido mi desesperación.
Comprendería porqué me había inclinado hacia un autómata en busca de
calor y simpatía, si es que decidía contárselo.
¿Sospecharía ya la verdad? Traté de buscar la respuesta en su
expresión mientras andábamos, entre sombríos y viejos edificios. Pero ella
miraba duramente a Claire, y su mente no me dijo nada. Esto, también, me
confundió. Nunca me había encontrado con una mujer en cuya mente no
pudiera leer con toda facilidad.
¿Me habría dicho la verdad sobre sí misma? ¿Habría ido a las ruinas en
mi busca realmente? ¿Tan importante era para ella?
A pesar de Claire, a pesar de mí mismo, la intoxicante proximidad de
Agnes me subyugó por un momento, como había sucedido en la cúpula.
Tuve el impulso de detenerme, tomarla violentamente entre mis brazos de
nuevo, y decirle cuán contento me sentía de haberla encontrado.
El edificio era gris y elevado, con veinte ventanas llamativamente
libres por lo menos y una gran puerta. La sensación de seguridad al llegar
frente a ese edificio, fue tremendamente fuerte en mí, potente. Sabía que
aquello sería un refugio seguro.
El poder era tan fuerte en mí que supe al instante que era un edificio
con numerosas habitaciones vacías. Sabía que éstas eran amplias, llenas de
escombros.
Nunca había estado en las ruinas anteriormente, pero yo sabía que el
edificio sería seguro, mientras la suerte no nos abandonara. En las ruinas,
como en cualquier otra parte, hombres y mujeres prefieren unas huellas
bien señaladas. Nueve de cada diez edificios permanecían desocupados
simplemente porque eran demasiado débiles y repulsivos para atraer el
instinto gregario humano de la proximidad de peligro.
Me giré hacia Agnes y le dije:
—Nunca encontraremos un edificio más seguro que éste. Hemos
estado de suerte al encontrarlo tan pronto.
Apreté mi mano en la de Claire y entramos en el sombrío interior del
edificio; subimos un tramo de estrechas escaleras que conducían a una
doble hilera de habitaciones situadas a ambos lados de un angosto
corredor.
Con las dos mujeres a mis lados entramos en una de las habitaciones y
cerramos la puerta.
Era amplia y completamente desamueblada, con paredes agrietadas y
el alto techo festoneado de telarañas. A través de las polvorientas ventanas
podíamos ver un pedazo de cielo.
Había una canasta vacía en un rincón, llevando todavía la etiqueta
medio rota: “Higos de California».
Claire se sentó en él y me miró.
—¿Este es nuestro nuevo hogar?
Era la pregunta más inteligente que había hecho hasta entonces…
Cogí su mano y la apreté cariñosamente.
—Sí, Claire.
—Eso es mucho suponer —dijo Agnes—. Pero estaremos aquí tiempo
suficiente para conocernos y llegar a una verdadera comprensión mutua.
Hay muchas cosas que me gustaría preguntarte, Claire.
Se giró hacia mí con la chispita burlona brillando de nuevo en sus ojos.
—¿No te importará que comparta esta habitación con Claire? Tú
puedes dormir en una de las habitaciones del otro lado del pasillo.
La pregunta me pilló totalmente desprevenido… Era un ataque
directamente frontal que no había previsto..., más contra Claire que contra
mí.
Estuve a punto de argumentar furioso, pero lo pensé mejor.
¡Dormir al otro lado del corredor! En las ruinas, aquella clase de cosa
era ridícula. Sólo una mujer no puede confiar en un hombre en este
extremo, bajo unas circunstancias tan desesperadas, su presencia en las
ruinas es una solemne burla y ficción.
¿Pero qué podía decir yo? ¿Cómo decirle que Claire necesitaba ser
atendida? Podía decir: no quiero que inculques ideas en Claire, que ella no
podrá asimilar sin mi consentimiento. No quiero que la confundas y
asustes con la charla de una mujer celosa. Ella no es más que una chiquilla
dulce e inocente, y si tú vas a empezar a ser duramente inquisitiva y
fisgona, puedes infligir una grave herida mental en ella.
¿Cómo podía decirle esto a Agnes? Si yo le daba motivos para que
empezara a pensar en Claire como en una rival, cómo podía yo saber cómo
acabaría? ¿Qué descubriría de Claire, si consentía en dejarla sola con ella?
¿Podía confiar en ella para dejarle a Claire? La idea de que la noche
pudiera terminar en una violenta pelea, con Claire asustada y abandonada,
me aterraba.
Pero decidí que era demasiado arriesgado sacar una conclusión
entonces y allí.
¿Podía confiar en ella? ¿Podía confiar en que no le haría ningún daño a
Claire en ningún sentido? Decidí arriesgarme. Iría al otro lado del corredor
y dejaría la puerta entreabierta. Tenía el sueño ligero y si alguien entraba
en el edificio durante la noche estaba seguro de enterarme, y despertarme
a tiempo.
Era mejor que arriesgarme a un brote de celos inmediatos. Necesitaba
dormir, aunque como precaución de seguridad mantuve los nervios alerta.
Estreché la mano de Claire de nuevo, mirando desafiante a Agnes.
—Te veré por la mañana, Claire —prometí—, Estaré muy cerca de ti.
¿Comprendes? Agnes cuidará de que no te suceda nada malo
Esto lo dije en un susurro de manera que Agnes no pudiera oírlo.
Luego me giré hacia Agnes.
—Hay una serie de cosillas que me gustaría discutir contigo —le dije
—. Pero pueden esperar hasta mañana.
Ella sonrió, poniendo las dos manos sobre mis hombros. Antes de que
pudiera detenerla me besó, tan fuerte que sus dientes hirieron mis labios.
Retrocedió bruscamente, con una chispa de burla triunfante brillando
en sus ojos.
—Buenas noches, John —susurró.
Claire estaba mirándonos fijamente, ligeramente sonrojada. Por
primera vez una expresión curiosa, dolorosa apareció en sus ojos.
Me acerqué a ella nuevamente, y dándole un cariñoso golpe en la
espalda le dije:
—No te inquieres, Claire. Esa es la manera de decir “Buenas noches”
de Agnes.
Entonces, dando la vuelta, salí de la habitación, con los labios de
Agnes quemando todavía en los míos. Había herido deliberadamente a
Claire, se había burlado de ella, y me odiaba a mí mismo por habérselo
permitido.
La habitación del otro lado del corredor era amplia, vacía y triste como
la habitación que acababa de dejar. Contenía una silla rota, una pequeña
mesita y una caja de gavetas oscurecidas por el moho. Las ventanas
estaban fuertemente cerradas; y la ventilación era tan mala que ni siquiera
parecía un lugar adecuado para alojar a las ratas que oía correr a través de
las paredes.
Traté de abrir una de las ventanas, pero conseguirlo era muy difícil.
Estaba demasiado cansado para importarme. Me tendí en el suelo, y casi
inmediatamente caí en un profundo sueño.
CAPITULO VII

No pude llegar a saber cuánto tiempo estuve durmiendo. Ante mí tenía


una visión de la Base de Venus. Tenía mi brazo alrededor de la tenue
cintura de una muchacha, y ésta se mantenía muy cerca de mí, y yo podía
oír su exaltada respiración.
—Mira ahí abajo, John —me murmuraba—.Primero bésame y después
mira... Una visión de la Base de Venus, y unos labios de mujer en los míos.
—Mira ahí abajo, John. Los hombres tienen valor. Te lo aseguro; y las
mujeres son muy hermosas. Pero hay traidores a la sociedad, y deben ser
castigados.
Vi su brazo, blanco y delgado. Estaba señalando hacia abajo, pero yo
sólo tenía ojos para la blancura de su carne. Quería decirle lo hermosa que
era, y yo me sentía enfadado por su constante insistencia en que
concentrara mi atención en otros asuntos.
—John, mira ahí abajo —me rogó—. Hay por lo menos cinco mil
conspiradores. Cada uno debe ser identificado y juzgado. Dime.
¿Reconoces a esos hombres? ¿Alguna de las mujeres?
Al final bajé los ojos obedeciendo a su invitación. Ocho o diez parejas
estaban atravesando un estrecho paso en la base de una roca. Los hombres
llevaban los uniformes de la Base de Venus; las mujeres eran esbeltas y
muy hermosas, con hombros relucientemente blancos y cabellos negros y
brillantes que flotaban al viento.
Se dirigían hacia una caverna de la roca en el extremo del lago, y un
hombre y una muchacha se había apresurado adelante de los demás
estando ya casi en la entrada de aquélla.
Junto a mi oído una suave voz estaba susurrando:
—Son una sociedad despreciable, John, estableciendo una nueva
sociedad con ellos mismos donde los hombres serán libres de escoger a
sus propias cónyuges de acuerdo con las más primitivas costumbres.
Seguramente no existe un crimen mayor que ése contra las generaciones
futuras. —Su voz se hizo más suave y zalamera—. Debemos luchar contra
ellos, John..., tú y yo juntos. Estaba preparado nuestro encuentro en la
Cúpula de Computaciones, y desde entonces has sido vigilado.
“Escúchame atentamente, John. Se te negó el derecho a casarte, de
modo que tú estás suficientemente desesperado como para ayudar a la
Sociedad a combatir esa conspiración. La inspección en el establecimiento
de terapéutica de ilusión emocional fue una cosa preparada de forma que
tú trajeras a Claire hasta aquí y yo pudiera hablarte como lo estoy
haciendo en estos momentos. Esta idea nos une, John. Es una cosa delicada
y no obligatoria. Pero debes hacerme caso, y por esto he venido a ti
mientras estás en un estado intermedio entre dormido y despierto, y
conseguir que tu mente esté cerca de la mía de manera que no existan
barreras de desconfianza entre nosotros.
Lancé un gruñido y me giré, tratando de apartar aquella voz de mí
como una engañosa cosa falsa que no tuviera sentido alguno. Pero la voz
no cesó de hablar.
—Estás bajo la hipnosis de amor, John. Tu necesidad de mí te hará
olvidar a Claire. Cuando te besé ahora hace un momento me di cuenta de
ello, puedo asegurártelo. Se te permitirá casarte, pero seré yo la mujer que
elijas. Iremos juntos a la Base de Venus y combatiremos esa conspiración.
La combatiremos con la ayuda de nuestras facultades extrasensibles. La
sociedad necesita desesperadamente a telépatas.
Podía sentir sus manos en mi rostro, y la suave presión de su cuerpo
contra el mío que se convirtió en algo verdaderamente real.
Súbitamente me sentí despierto por completo. La sensación de
irrealidad semejante al éxtasis y la agonizante debilidad había
desaparecido y yo podía distinguir su rostro perfectamente. Recordaba
haberla besado en aquel estado entre dormido y despierto. Podía recordar
cada una de las palabras que ella me había ido diciendo.
Me había pedido que la besara y mi único pensamiento había sido
decirle lo hermosa que estaba, levantarla y llevármela a un lugar secreto
donde desabrocharle el vestido y hacerle el amor violentamente mientras
sus sueños quedaban libres.
Pero ella se había negado a dejarme hacer tal cosa. Ella había
prometido la completa realización, pero antes yo debía prometer hacer
algo que era inconcebible, que estaba en desacuerdo con todo lo que yo
creía. Me había pedido que ayudara a la Sociedad destruyendo una
conspiración de la que yo sabía bien poco. Sólo sabía que estaba
completamente de acuerdo con los hombres y mujeres que había visto en
el estrecho paso. De buena gana me uniría a ellos y lucharía hasta morir
para defender aquella clase de revuelta, si lo que ella me había contado de
aquélla era cierto.
¿Qué significaba aquello? ¿Es que había pretendido inculcar en mi
mente una sugestión post-hipnótica a la cual me sentiría incapaz de
resistirme una vez despierto? ¿Puede un hombre luchar por lo que más
odia, defender una forma de vida que le ha hecho insoportable? Tal vez...
si el premio a la violación de la propia integridad era suficientemente
considerable. Pero yo no creía ser de esa clase de hombres.
Había algo más que ella no sabía de mí. Para un telépata una sugestión
post-hipnótica no tiene ningún significado. Las palabras que le han sido
susurradas mientras se encuentra en un completo estado de trance serán
recordadas al despertar, con la completa fidelidad de su mente consciente.
Esa era una de las muchas cosas que ella no sabía de mí. “¿Pero qué
sabía yo de ella? “ Tal vez me había mentido deliberadamente para
probarme, descubriendo cuán profundos podían ser mis impulsos de
rebeldía. Si yo parecía vacilar dándolo aunque sólo fuera el más ligero pie
de un argumento que me habría hecho revolverme contra ella con furia,
ella habría sabido que yo no era lo que pretendía ser.
En la cúpula ella había compartido mi disgusto, se había expresado en
voz alta intrépidamente, no había intentado ocultar lo que sentía cuando el
computador le negó el derecho de casarse. ¿Pero y si sus palabras que me
había susurrado no habían sido más que una mentira y ella estaba
totalmente de acuerdo con los rebeldes del paso? ¿Y si ella no era una
luchadora en las filas, sino la figura clave de la revuelta, una
organizadora? Era una posibilidad que no debía dejarse a un lado.
Hubo un destello de alarma en sus ojos, como si no hubiera esperado
que me despertara tan pronto. Desapareció en un instante, pero la mirada
que lo reemplazó no fue más que una revelación indiscreta. Pude
comprender que estaba defraudada. Frustrada e indignada también, aunque
trató de la mejor manera que le fue posible de ocultarlo al ver que yo
estaba mirándola fijamente de modo que hubiera sido muy difícil para mí
equivocarme en cuanto a lo que estaba pasando en aquellos momentos por
su mente.
Llevaba un camisón de dormir que debía llevar puesto debajo del
vestido antes de venir a las ruinas, puesto que ella no llevaba consigo
ninguna maleta. Era azabachado, completamente opaco, y todavía más
abreviado que el vestido que se había quitado. Le habría dado un aspecto
casi de bufón de la muerte, si su fervor y belleza no hubieran disipado por
completo semejante ilusión.
No estaba seguro de qué excusa iba a darme por haberse acostado en
una habitación y despertar precisamente a mi lado. Sólo sabía que tendría
que ser muy buena, ya que se vería obligada a dar una serie de
explicaciones. ¿Por qué había abandonado a una muchacha tan joven y
temerosa como Claire durante su primera noche en las ruinas, tras
haberme prometido que cuidaría de ella?
¿Y cómo podría explicar la manera en que estaba susurrándome
palabras al oído, mientras yo dormía, si yo le dejaba comprender, por
palabras o por mi aspecto, que recordaba cada una de las palabras de
aquella conversación?
Decidí no hacérselo demasiado difícil, pretender que no recordaba
nada y que sólo me sentía sorprendido de encontrarnos juntos en un suelo
lleno de polvo y telarañas, con ratas corriendo de un lado para otro.
Fingí estar todavía algo atontado y ayudado por la manera fija con que
la había estado mirando pretendiendo simular sueño en mis párpados y
murmurando una disculpa.
—Por un momento pensé que eras Claire. Ese camisón de dormir...
Me interrumpió bruscamente, con voz trémula de ira.
—¿De manera que lleva camisones como éste, eh? Estaba segura de
que mentías con respecto a ella. Son muy pocas las cosas que esa chica no
sepa, respecto a los hombres y a camisones de dormir. Estoy segura de
ello. Estoy convencida de que es mucho mayor de lo que aparenta..., tal
vez veintitrés o veinticuatro años...
—¿Has hablado con ella de esto? ¿Y hablando de todo, por qué la has
dejado? Nunca debiste hacerlo. No es más que una chiquilla asustadiza.
¿Por qué has venido aquí, cuando sabes lo asustada que estará si se
despierta y se encuentra completamente sola?
—No está sola —dijo—. Está con otro hombre.
Se había puesto de pie y señalaba con la mano hacia la puerta.
La miré horrorizado. Por un instante pensé que aquello era una idea
demasiado monstruosa para ser cierta. Aquella idea me torturaba,
convirtiéndose en un mundo de pesadilla donde crueles formas con garras
de hierro me miraban fieramente en un negro abismo lleno únicamente de
oscuridad. Ella no intentó tranquilizarme.
—Estaba subiendo las escaleras, arrastrándose igual que un ladrón en
la noche, cuando yo salí al pasillo para averiguar de dónde provenía el
ruido que me había despertado. No creo que me viera, puesto que sólo
había un suave destello de luz y yo me arrimé contra la pared. Pasó por
delante mío entrando en la habitación, y cerró la puerta. Eso fue hace unos
diez minutos. Si no hubiera sido del agrado de Claire, ésta ya habría
gritado a estas horas.
“Oh, supongo que él debería ponerle la mano sobre la boca para evitar
que chillara —prosiguió en seguida—. Pero no importa lo brutales que
puedan ser los hombres que vienen aquí, puesto que siempre acostumbra a
quedar suficiente decencia para permitirle a la mujer la oportunidad de
aceptar hacer el amor sin tener que recurrir a la violencia. Raras veces se
encuentran con resistencia en la clase de mujeres que vienen aquí, y la
vanidad viene a formar parte de ello...
En una pesadilla, cuando las garras de hierro te agarran y arrancan tus
órganos vitales, el tormento es con frecuencia dilatado, lo cual hace que te
despiertes gritando.
Pero yo me levanté con bastante rapidez. La agarré por los hombros, la
sacudí abofeteándole el rostro, con toda mi furia. No sé por qué no la
maté. A veces no puede uno controlarse cuando la ira te ciega de aquella
manera tan terrible, lacerándote de tal forma que sólo deseas matar.
—¿Por qué la dejaste sola? — Pregunté, sacudiéndola, empezando de
nuevo a abofetearla—. Ese hombre no hubiera podido evitar que una de las
dos gritara. Hubierais podido luchar hasta que yo viniera en vuestra ayuda.
No parecían importarle las bofetadas. Su voz lanzó una repentina y
desesperada llamada.
—John, óyeme. Esa chica es una prostituta de las ruinas. Se ha escrito
tanto sobre ellas. Conozco muy bien el tipo. Duras, calculadoras, sin
necesitar en realidad a ningún hombre de la manera que lo necesitan la
mayoría de mujeres que vienen aquí. Es una manera de no trabajar en
absoluto si eres bastante ordinaria para ello. A las mujeres de ese tipo
incluso les gusta la brutalidad, la buscan. Se dan gratuitamente, porque
una mujer como ésa sabe que andando por ahí con los ojos entreabiertos y
con aspecto indefenso atraerá a la clase de hombres brutalmente sádicos.
John, ninguna mujer puede ser “tan” inocente. Seguramente debes darte
cuenta de que todo eso no es más que una careta para cubrir lo que
realmente es.
No la dejé seguir. Fuera lo que fuere lo que ella pensara de la
brutalidad, yo le proporcioné otra muestra de ella. No era sádico por
“ningún” modelo de comparación. Era simplemente algo que ella se había
ganado por lo que había dejado que le sucediera a Claire. La cogí por los
hombros y la empujé contra la pared.
Perdió el equilibrio, viéndose obligada a sentarse en el suelo. La rabia
que yo sentía había desaparecido ya. Ya no sentía ningún interés por ella,
en una u otra forma. Ella había llegado a una conclusión respecto a Claire
totalmente cruel y despiadada e injustificada, y se había ganado las
bofetadas. Pero la única razón de que la enviara contra la pared era para
asegurarme de que no intentaría interponerse en mi camino, cosa que no
hubiera tolerado, al dirigirme a la habitación del otro lado del pasillo.
CAPITULO VIII

Sabía que tal vez sería demasiado tarde. ¿Qué oportunidad habría
tenido Claire de defenderse a sí misma contra un hombre que no
sospechaba siquiera que ella fuera una chiquilla que no había hecho nunca
el amor de una manera exigente tan brusca y brutal? ¿Cómo podía ella
saber lo que le sucedería si, en su inocencia, se sentía más asombrada que
asustada haciéndole creer al hombre que le aceptaba como amante, si él
abandonaba toda limitación?
En el instante en que él se volviera brutal, ella no tendría ninguna
oportunidad. El susto sería demasiado grande.
La culpa, no sería toda del hombre, si éste la había creído de la clase
de mujeres que Agnes había estado hablando. Pero yo no tenía intención
de perdonarla ni aun así. Si le había hecho algún daño de cualquier manera
no iba a terminar solo muerto. A menos de que él me matara antes, el
siguiente inquilino tendría trabajo a limpiar aquel horrible bulto. Un
hombre con la cabeza triturada a golpes...
Comenzaba tan sólo a cruzar el pasillo, cuando la puerta de la
habitación de enfrente se abrió y el hombre salió de la misma llevando a
Claire en brazos. Esta le golpeaba con los puños en el pecho, y sus ojos
mostraban el espanto que la invadía. Pero el hombre le tapaba la boca con
la mano para evitar que gritara.
No se detuvo al verme, sino que por el contrario apretó el paso y estaba
ya a la tercera parte de las escaleras cuando yo llegué a ella,
tambaleándome de rabia. Me movía tan de prisa como él, pero él me
llevaba seis pies de ventaja, al haber tenido que cruzar el pasillo, más uno
o dos segundos que perdí al coger la barra de la escalera.
Tuve que hacerlo para medirle físicamente. Cuando te lías con un
gigante con el único propósito de mutilarle y matarle, es asunto vital saber
lo corpulento que es y si tiene algún punto débil.
Si tiene aspecto blanducho golpéale ante todo en el estómago,
poniendo en ello toda tu fuerza, de manera que quede sin respiración.
Luego para terminar bien tu trabajo, dale un puntapié en los riñones y
luego un derechazo a su mandíbula hasta hacerle caer.
El problema estaba en que... no parecía blanducho. Poseía la firme
construcción de un hombre muy alto que se mantiene en forma gracias al
ejercicio y no se permite ningún exceso de peso que pueda ensanchar la
cinta de su cintura restándole ligereza.
Sólo había podido echarle un ligero vistazo al rostro. Pero no me había
parecido un rostro que pudiera cambiar de expresión para mostrarse
asustado a las primeras vueltas de una pelea contra él. No tenía un aspecto
tan desagradable como el tipo de seis pies de altura que había venido a
saludarme con un cuchillo en la mano, la noche anterior, pero sólo porque
sus rasgos no habían sido alterados ni mostraba ninguna cicatriz de dos
pulgadas de longitud que cambiara la expresión. De todas formas, tenía un
aspecto bastante desagradable.
Pero no dejé que su fealdad o la forma de su complexión se
interpusieran en lo que iba a hacerle..., a menos que él tuviera un cuchillo
y tratara de detenerme hundiéndomelo en el pecho antes de que tuviera
tiempo de arrebatárselo.
Salió del edificio antes de que yo llegara al pie de las escaleras, pero
no dejé que esto me amedrentara. Cuando un hombre lleva a una mujer en
brazos no puede moverse con la misma rapidez que un hombre que va
libre, por lo que le di alcance antes de que hubiera avanzado treinta pies.
La luz del amanecer iluminaba desagradablemente sus rasgos cuando
se giró hacia mí.
Claire seguía golpeándole el pecho con sus puños, pero él centró toda
su atención en mí en el instante que nuestros ojos se encontraron.
Se quedó muy quieto, mirándome de arriba abajo.
Claire estaba mirándome también, con los ojos muy abiertos.
Súbitamente había dejado de golpear al hombre, y el aspecto de chiquilla
aterrorizada que yo había esperado ver en sus ojos, también debía haberse
desvanecido o no había sido aquella clase de mirada desde el instante en
que había empezado a luchar. Su expresión parecía ahora totalmente la de
una mujer adulta consciente del peligro en que se encuentra, pero
abrumadoramente aliviada y satisfecha de que alguien en quien tiene plena
confianza acuda a rescatarla.
— Ha cometido una terrible equivocación
—le dije—. Es mi mujer. Si la suelta tendrá una oportunidad mejor de
luchar por su vida o por la mía. Utilizándola como escudo, no le va a
servir de nada porque puedo hacerle alguna llave que le obligará a soltarla.
Si no tiene los brazos libres se verá en un Serio apuro.
Aquello no era estrictamente cierto, porque de la manera que tenía
cogida a Claire, yo estaba en clara desventaja. No podía empezar a atacarle
sin arriesgarme a producirle algún daño a la muchacha. Pero tenía la
esperanza de que fuera demasiado estúpido para darse cuenta de ello o
estuviera demasiado furioso por la inesperada oposición, lo cual le privara
de pensar claramente. Sólo al ver su derecho sobre ella disputado debió
fastidiarle, y en las ruinas una batalla a muerte para retener la posesión de
una mujer tomada a la fuerza, era tan básico para sobrevivir, que producía
un resorte a la violencia casi instintivo.
No era estúpido. Pero no me había equivocado al suponer lo que
sentiría sobre la cuestión de matarme o dejarse matar por lo que decidió
disponer libremente de sus brazos.
—Puede haber sido tu mujer la noche pasada —dijo—, Pero te costará
lo tuyo probarlo, porque ha estado luchando conmigo como un gato
salvaje. Una mujer que viene a las ruinas sabe lo que le espera y nunca he
encontrado ninguna que sólo quisiera que le hiciera el amor un solo
hombre. De modo que para empezar debo decirte que no creo que sea tu
mujer. Hay mujeres que no dejan que ningún hombre las toque. Creo que
ella es de ésas, pero no me costará mucho convertirla en toda una mujer.
Entornó los ojos y volvió a mirarme de arriba abajo.
—No creo que tengas lo que se necesita para el caso, compañero. De
manera que será mejor que me la dejes para mí. ¿Por qué no te largas y le
das la oportunidad de convertirse en una verdadera mujer?
Me había molestado con el insulto más mortífero que pudiera
habérsele ocurrido, lo cual me convenció de que no tenía intención de
emplear a Claire como escudo. Iba a dejarla en el suelo preparándose para
hacerme papilla tan pronto me acercara a él.
Tuve razón en todas mis suposiciones, pero mi aproximación fue
retardada uno o dos segundos porque cuando la dejó sobre el suelo dio un
paso atrás manteniéndola cogida de la muñeca.
—Que quede bien claro —dijo—. Voy a soltarla, pero debe quedarse
quieta aquí donde yo pueda verla mientras te hago comprender que debiste
haber seguido mi advertencia. Si ella trata de escaparse correré tras ella y
tendré que hacerle daño..., mucho daño. ¿Está claro?
Sabía que si Claire pasaba por alto esta amenaza, su cólera podía
aumentar de tal manera que sería capaz incluso, de llegar a matarla. Y yo
no estaba seguro de poder evitar que se alejara de mí tras ella, aunque le
doblara el brazo en la espalda dándole una patada en los riñones.
Aunque iba en contra de mis principios no me quedó más remedio que
advertir a Claire.
—Haz lo que él ha dicho —la avisé—. No debes echar a correr.
¿Comprendes?
Ella movió la cabeza, mostrando todavía una confianza completa en
sus ojos.
—No echaré a correr —aseguró.
—Comprende de prisa —dijo el Gigante—. Debo reconocerlo. Presta
mucha atención a tus palabras. Es una lástima que no hayas tenido lo que
hace falta para hacerla tu mujer. Eso es lo que no puedo comprender. ¿Por
qué deseas morir por una mujer a la que no puedes esperar llegar a sentir
jamás como mujer? Conmigo será distinto. Hasta ahora no he encontrado
nunca una mujer a la que no haya podido cambiar, incluso las de clase fría
que pretenden odiar la simple vista de un hombre y que cierran la boca
cuando tratas de besarlas.
—Voy a hacerle cambiar en muchos aspectos —le dije—. Tal vez no
sea tan bueno como todo eso cuando tenga que vérselas conmigo.
Soltó la muñeca de Claire y ésta retrocedió hacia la pared del edificio
anexo al que nosotros acabábamos de dejar, cuando una loca idea cruzó
por un instante mi mente. ¿Por qué no nos había seguido Agnes para ver
luchar a dos hombres por la clase de mujer que ella aseguraba era Claire,
aun cuando aquello no fuera más que lo opuesto a la verdad? Ello le habría
producido una especie de malsana satisfacción.
Empezamos a ponernos en guardia, y si alguien en aquel momento me
hubiera dicho que algo iba a prevenir lo que parecía cierto iba a suceder, le
habría acusado de creer en los milagros.
Siempre es una equivocación no creer en ellos. No me refiero a los de
varita mágica, sino a la manera que la vida tiene a veces de jugar rápido y
libre con las leyes de la probabilidad.
Cuando no tienes más que tus puños des nudos con que luchar, puedes
sorprender a tu oponente de dos maneras: Puedes acometerle antes de que
pueda venir hacia ti o, puedes golpearle tan fuerte que quede demasiado
aturdido para devolverte el golpe. Estaba ya a punto de golpearle muy
rápido y fuerte para desbancarle al primer ataque, cuando tuvo lugar el
milagro.
En la esquina, a menos de cincuenta pies de donde nos encontrábamos
nosotros, aparecieron dos Policías de Seguridad bien armados a juzgar por
las negras pistoleras de metal que podían verse colgar de sus caderas.
Por un instante, me negué a dar crédito a mis ojos, pero por otra parte
no me sorprendió en absoluto. Casi podría decirse que había estado
esperándoles que vinieran a las ruinas en persecución nuestra, porque
cuando el ruido de la sirena se desvaneció en la entrada del subterráneo
todavía parecía resonar en mis oídos acompañándome a lo largo de nuestro
camino y acudiendo a intervalos a mi durante toda la noche.
En el momento en que quedaron al alcance de nuestra vista supe que
no dejarían que el Gigante tratara siquiera de matarme, porque el cogerme
vivo sería de una importancia suprema para ellos.
Durante un segundo o dos me rebelaba contra el milagro y casi me
sabía mal que, hubiera tenido lugar, porque todavía estaba deseando
hacerle al Gigante lo que él había estado deseando hacerme a mí. Pero
cuando están en juego otras vidas además de la tuya, no tienes derecho a
ofenderte de una oportunidad de descomponer la pelea contra ti y esgrimir
la confusión resultante que puede convertirse en un arma que puede darte
la superioridad.
No traté de ocultar al Gigante lo asombrado que estaba. Produje una
serie de gestos tan asustados, señalando hacia la esquina de forma tan
alarmada, que él se dio cuenta al instante de que el peligro era demasiado
grande para dejar que una contienda personal arruinara nuestras
posibilidades de seguir con vida.
Si tenía o no cuchillo nunca lo supe. Yo había estado preparado para
verle venir hacia mí con un cuchillo desde el mismo instante en que soltó
a Claire, pero estaba seguro de que él se había dado cuenta de que el
cuchillo no iba a servirle ahora de nada, puesto que las armas que usaban
los policías de seguridad eran mucho más formidables.
Al propio tiempo era un arma intrincada y no podía ser extraída y
disparada desde la cadera. Tenían que cogerla y apuntar, lo cual llevaba
casi medio minuto de hacer si querías asegurarte de dar en un blanco
movible a una distancia de setenta pies. Y nosotros podíamos ampliar
aquella distancia bastante en veinte segundos si nos dábamos prisa en
correr.
—¡Todavía no han sacado! —le grité—. Acaban de vernos. Tendremos
todavía alguna posibilidad si conseguimos llegar a la esquina de esta
manzana antes de que abran fuego.
Me comprendió en seguida, o lo había pensado antes que yo, puesto
que se olvidó de todo lo que había amenazado hacerle a Claire si echaba a
correr, cuando yo la cogí de la muñeca y nos pusimos a correr atravesando
la calle y dirigiéndonos hacia el extremo opuesto de la manzana. El echó a
correr también, sin mirarnos siquiera, comprendiendo que la lucha a
muerte por una mujer era un lujo que ya no deseaba permitirse.
Cometí una tremenda equivocación. Calculé mal los segundos que nos
llevarían alcanzar el extremo de la manzana, y el primer disparo llegó
cuando estábamos todavía corriendo directamente en línea de fuego y no
en la esquina.
Oí un gemido agonizante cerca de mí, y temí que fuera Claire quien se
tambaleara, sintiendo encogerse mi corazón. Pero ella seguía corriendo,
con su mano firmemente cogida a la mía, por lo que supe casi al instante
que ella estaba bien.
El que había sido herido era el Gigante, había caído detrás nuestro y
cuando miré hacia atrás para ver lo mal que estaba le vi arrodillado sobre
el pavimento, tambaleándose, con las manos en el estómago y una mirada
de aturdimiento en los ojos. La sangre corría ya por entre sus dedos y de
pronto aquel hilillo se convirtió en un chorro que le hizo caer desplomado
hacia adelante. Aparentemente había sido atravesado por una bala.
Otro disparo se produjo entonces, tan cerca de nosotros que pude oírlo
resonar en mis oídos y sentir vibrar el pavimento bajo mis pies. Entonces
nos encontrábamos al otro lado de la calle, por lo que no estábamos ya en
peligro de recibir un tiro en línea recta. Había un montón de escombros y
argamasa que se extendía hacia adelante desde el edificio de la esquina y
una vez allí pudimos disminuir nuestra velocidad pudiendo recobrar un
poco nuestro aliento.
El tercer disparo fue seguido por un rechinante sonido y una nube de
polvo que se mantuvo suspendida en el aire sobre nosotros por un instante.
Apreté mi mano en la de Claire y echamos a correr de nuevo. La calle era
muy larga pero podíamos ver clara mente el extremo de la misma. Nuestra
oportunidad de llegar al extremo corriendo eran ciertamente malas.
Habían una serie de bocacalles en las ruinas y callejuelas oscuras,
llenas de maleza entre los edificios. Algunas bocacalles sin salida que
terminaban en paredes semiderruidas, demasiado altas para ser escaladas.
Pero unas pocas estaban abiertas en ambos lados, pudiéndose cruzar a
través de ellas hacia una calle que corría paralela a la que estábamos. Con
mucha suerte, podíamos incluso conseguir alejarnos dos o tres manzanas,
puesto que había bocacalles bastante largas. Habían algunos pasajes que
parecían el interior de un cuerno. Daban vueltas alrededor por debajo
tierra girando sobre sí mismos, y uno no podía decir con certeza dónde se
hallaba cuando salía de nuevo a la luz del sol.
Nosotros necesitábamos encontrar desesperadamente esa clase de
pasajes, porque dudaba que pudiendo adelantar sólo, una manzana fuera
nuestra salvación. Nos habían visto meternos en aquella bocacalle
viniendo en nuestra persecución... y lo cierto es que estábamos tan
perdidos en una calle como en otra.
—Estaban disparando contra nosotros para que nos detuviéramos,
avisándonos de que tirarían a matar si seguíamos empeñados en correr.
Pero no hubieron ya más disparos. Estaba casi absolutamente seguro del
motivo de su alto el fuego. Debían haber dado la vuelta al montón de
cascotes viendo lo larga que era la calle convenciéndose de que nos
podrían dar alcance. O esto, o bien confiaban en las callejuelas entre los
edificios, sabiendo que si nos metíamos en una sin salida podrían
atraparnos sin grandes esfuerzos.
Cogernos vivos les gustaría más que tener que matarnos. Estaba seguro
de esto, pero el hecho de que hubieran disparado como lo habían hecho,
me convenció de que si se veían obligados a matamos... lo harían.
Habían matado a otro hombre con un disparo que iba dirigido a mí y
habían vuelto a errar el tiro antes de que diéramos la vuelta a la esquina.
Pero sería difícil que pudiera escapar una tercera vez, ya que los policías
de Seguridad eran tiradores de primer orden. Aquello había sido
puramente accidental, y debía haberles puesto de mal humor. En realidad,
su orgullo debía sentirse tan mal parado que podrían muy bien decidir
disparar de nuevo, olvidando el aviso dado y tirando de cualquier manera.
Sólo sabiendo lo fácil que les sería aumentar la sospecha que tenía de
nuestras posibilidades de permanecer con vida si continuábamos al
descubierto que serían mucho menores.
Podía oír sus pasos resonando sobre el pavimento detrás nuestro, pero
no me giré para ver lo cerca que estaban de nosotros. Pasamos por una
callejuela que terminaba en una pared muy alta y por otra que estaba llena
de cascotes y porquería seccionada por una barra de hierro. Pero luego
encontramos otra que parecía más prometedora, aunque sólo fuera porque
estaba totalmente ordenada. No tenía ni la más remota idea a dónde podía
conducir. Pero no era la ocasión más adecuada para especular sobre los
riesgos que tomaríamos, si decidíamos entrar en ella. Estaban disparando
de nuevo contra nosotros, y podía oír muy bien sus voces, lo cual
significaba que estaban muy cerca de nosotros, tal vez sólo a unas pocas
yardas detrás de nosotros.
Apreté mi mano en la de Claire murmurándole apresuradamente:
—Ahora anda... lentamente. Deja de correr y anda. Debemos dar la
impresión de que les obedecemos. ¿Comprendes?
—Sí —respondió ella, dejando de correr.
—Vamos a entrar en esa callejuela —le dije—. Gira cuando yo lo
haga..., y no te sueltes de mi mano.
Casi nos habíamos detenido por completo antes de girar la esquina.
Quise hacerlo así para darles la impresión de que nos rendíamos a fin de
evitar que siguieran disparando»
CAPITULO IX

Necesitamos tan sólo dos o tres segundos de gracia y la estrategia dio


buen resultado. Ellos no tenían forma de saber que habíamos entrado en
otra callejuela y estábamos en el pasaje corriendo de nuevo antes de oírles
gritar coléricamente.
La callejuela estaba abierta en ambos lados. La luz del sol que llegaba
desde la otra calle iluminaba el extremo de aquélla y pudimos ver el
resplandor antes de que estuviéramos a una tercera parte del camino.
Podíamos oírles también de nuevo, pero seguían sin disparar.
La callejuela torcía un poco y era tan oscura como boca de lobo y su
reluctancia a disparar no era difícil de comprender. Unos pocos ladrillos
sueltos muy altos podrían haber destrozado sus cráneos, a pesar de sus
cascos protectores y en las ruinas, un simple grito en voz alta se sabía que
podía ocasionar el derrumbamiento de un edificio de diez pisos, motivado
única y exclusivamente por las vibraciones.
Desembocamos en una calle tan estrecha como la que habíamos dejado
momentos antes. Debía tener aproximadamente la misma longitud y sólo
había una cosa distinta que sobresaliera. No estaba desierta, sino llena
clamoroso ruido, y el ruido venía de un vehículo para unos cincuenta
pasajeros lleno de excitados personajes que se apiñaban en las ventanas y
gritaban hasta donde les permitía la capacidad de sus pulmones.
En la parte delantera del vehículo se podía ver un rótulo con unas
letras impresas en tipos brillantes y recientes. El rótulo decía: “CARRERA
DE BICICLETAS SEXTO DIA”.
El vehículo se acercaba derecho hacia nosotros tan rápidamente, que
sólo tuve dos segundos para meditar. O podíamos hacernos a un lado y
dejar pasar al vehículo, o bien arriesgarnos a perder la vida al intentar
subir a dicho vehículo.
De cualquier manera era arriesgado, porque si nos hacíamos a un lado,
los policías de Seguridad podrían hacer libremente con nosotros aquello
que mejor les pareciera.
Tomar una rápida decisión era más fácil que hacerle comprender a
Claire en aquellos breves segundos lo que podía sucederle si no procuraba
agarrarse al vehículo con ambas manos y aguantarse de aquella manera
hasta que yo pudiera ayudarla a colocarse bien, para lo cual ella debería
hacer acopio de toda su fuerza hasta que yo la cogiera por ambas muñecas
para ayudarla. No podía quedarme en el pavimento ayudándola a subir
desde abajo, ya que el vehículo pasaba demasiado aprisa.
Lo hicimos. Pero si alguien me preguntara cómo, una vez estuvimos a
salvo en el interior del vehículo, respirando entrecortadamente y
apretujados entre los extraños pasajeros que llenaban la plataforma, no
hubiese podido contestarle. En un caso de emergencia realmente
desesperada hay reflejos que parecen ser efectuados mientras tu cerebro da
unas órdenes determinadas automáticamente. Si el vehículo no se hubiera
movido tan de prisa, probablemente no lo hubiéramos conseguido, pues
incluso Claire parecía haberse dado cuenta de lo vital que era para
nosotros cada segundo que pasaba.
Todos los asientos estaban ocupados y los pasajeros que iban de pie
llenaban por completo los pasillos y plataformas. Había diez o veinte
ventanas, pero sólo podíamos ver ocasionalmente el brillo del sol reflejado
en los cristales sin poder ver los edificios frente a los cuales pasábamos.
Tenía a Claire cogida por la cintura mientras el vehículo avanzaba.
Había sucedido todo tan de prisa que yo había quedado algo aturdido. Los
hombres y mujeres que nos rodeaban estaban también en un estado
anormal. Pero no estaban aturdidos. Gritaban y hacían gestos, agitándose
de un lado a otro pretendiendo ver a través de los cristales de las ventanas.
Todo aquello tenía bien poco sentido ya que el vehículo se dirigía hacia las
carreras y era demasiado pronto para que las calles estuvieran llenas de
gente.
Sin embargo, no era de extrañar. Casi estaban anticipando
frenéticamente lo que estaban a punto de presenciar, y tenían que
compartir su salvaje júbilo con cada peatón aunque estuviera a tal
distancia que tuvieran que hablar a grito pelado. Un anhelo de excitación
en el más primitivo de los niveles..., como el cazador que persigue a una
bestia en plena jungla por el solo placer de ver la morir, había tomado
completa posesión de ellos. Lo que en otros tiempos había sido un
espectador deportivo se había convertido en algo totalmente diferente, y si
el autobús hubiera derribado a uno de los peatones matándole, aquello
hubiera sido motivo de animar todavía más el espectáculo.
Eran incapaces de resistir la desenfrenada brutalidad que les había
desatraillado, y el accidente sería observado como un pronóstico
favorable, aumentando la posibilidad de que no se verían defraudados.
—¿Adónde vamos? —susurró Claire, con voz tan baja que apenas pudo
entender lo que me decía—. ¿Qué es una carrera de bicicletas? ¿Estamos
todavía en... peligro? ¿Peligro significa que vamos a morir pronto... a
menos de que el peligro se aleje?
Por un instante supuse que Claire debía haber leído el letrero colocado
en la parte delantera del autobús. Luego recordé la cantidad de veces que
habían sido repetidas las palabras “carrera de bicicletas” durante los
últimos tres minutos.
¿Pero cómo era posible que una chiquilla cazara aquellas palabras tan
rápidamente, sólo por oír aquellas palabras? Debía haber asociado la
carrera de bicicletas con el destino del autobús muy velozmente en su
mente, pues su pregunta me convencía de que ella se sentía asustada y
temerosa por su carencia de conocimiento de lo peligrosa que podía ser
una carrera de bicicletas.
No tenía intención de contarle el peligro de muerte que corríamos.
Pero antes de que pudiera decidir cuál sería la mejor manera de ocultarle
la verdad sin que se viera demasiado que mentía, sucedió algo imprevisto
en el otro extremo del autobús.
En aquel lado hubo una repentina conmoción, y la presión que nos
mantenía sitiados tuvo una violenta sacudida que nos hizo tambalearnos
hacia atrás. Era como si alguien en la parte delantera hubiera caído hacia
atrás motivando que otros quince o veinte pasajeros cayeran casi de la
misma forma violenta. Como sucede con una hilera de cartas al caerse la
primera, lo cual produce inevitablemente que todas vayan cayendo
arrastrando a su vez a la siguiente, una tras otra.
La desviación y sacudida de los pasajeros hacia atrás, fue seguida por
un grito agonizante, prolongado. Se oyó hasta quedar ahogado por un
clamor alarmante y por el grito de una mujer que estaba sin lugar a dudas
al borde de la histeria.
—¡Ha sido apuñalado! Estaban discutiendo sobre las carreras y sacó un
cuchillo. El otro se lo arrebató y le apuñaló dos veces. Estaban los dos
junto a mí.
—¿Dónde está el asesino? —preguntó un hombre—. ¿Por qué no le ha
cogido alguien?
—Saltó del autobús —replicó la mujer, con voz todavía alterada.
—Ya no se puede hacer gran cosa por éste —exclamó un tercero—.
¡Está muerto!
—¡Esto puede traernos quebraderos de cabeza! —gritó casi la mujer
—. La policía de Seguridad no presta ninguna atención a los hombres
muertos en las calles. Pero uno apuñalado en un autobús que se dirige a las
carreras de bicicletas es otra cosa muy diferente. Tiene un aspecto
político-social...
—¿En las ruinas? No sea estúpida, muchacha.
—Yo no soy una muchacha. Sé lo que me digo. He visto a la policía de
Seguridad detener cada uno de los autobuses para comprobar que ninguno
de los pasajeros fuera un instigador políticos-social y no vienen aquí tan
solo para conseguir ser muertos sobre una mujer. Os lo digo, podría
suceder. No sería la primera vez, y nadie, ninguno de nosotros escaparía a
la sospecha.
—La policía de Seguridad no viene con demasiada frecuencia a las
ruinas —protestó el hombre que había hablado primero—. Temen
arriesgarse. Saben lo que podría su cederles.
—¿Dónde tiene los ojos? Hace un minuto pasamos a dos de ellos.
—¡Tiene razón! —exclamó otro pasajero—. Yo les he visto. Será
mejor que lo arrojemos del autobús, para estar más seguros y a salvo.
—¿Está seguro de que está muerto? — preguntó algún otro.
—¡No tenemos tiempo de asegurarnos! —- gritó la mujer—. Si hay
más policía por el camino podemos enfrentarnos con la pena de muerte, de
modo que porqué hemos de tener escrúpulo alguno? Eso no tiene sentido.
—Debemos asegurarnos.
—Bueno... no costará mucho tiempo certificarlo, si se empeñan
ustedes. Usted... y usted. Échenle un vistazo. Vean si su corazón late
todavía. Hagan paso. Déjenles venir.
Todo aquello parecía una insensata pesadilla. Pero en una pesadilla con
frecuencia, uno se da cuenta inconscientemente de que despertará antes de
que sea demasiado tarde para descubrir que el espanto no podía hacerte
ningún daño. Pero la realidad no es nunca tan benigna. Incluso cuando
toma un aspecto de pesadilla nunca se tiene la sensación de que vas a
despertar bañado en frío sudor, sino con un enorme agradecimiento dentro
de ti.
No estaba seguro de haber podido oír el ruido del cuerpo del hombre al
caer sobre el pavimento. Pero podía asegurar que ya no estaba en el
autobús por el brusco silencio que siguió al griterío de unos momentos
antes cuando iban a asegurarse de que estaba efectivamente muerto.
Era una forma duramente brutal de librarse de toda prueba del crimen.
Pero era un alivio saber que la víctima no necesitaba ya ninguna clase de
cuidados. Si no hubiera estado muerto y algunos pasajeros no hubieran
sentido piedad por él se hubiera producido una de aquellas atrocidades que
te mantiene despierto por las noches, estremeciéndote y atormentándote
por la clase de infierno en el cual no te gusta pensar.
Casi podía oír al Gran Cerebro burlándose de mí, diciéndome cuán
necio era.
“¿No sabes cómo es la naturaleza humana? ¿No lo has aprendido
todavía? Cuando un hombre deja de seguir mis consejos puede llegar a
cometer toda clase de crímenes. Sólo mi sabiduría le protege, la científica
precisión en cada respuesta que recibe a las preguntas que me ha
formulado sobre sí mismo. Sin mi inteligencia que le controle, despierto y
dormido, se convertirá en un completo bruto. Si no hay cintas metálicas
con los correspondientes informes, la Sociedad se convertiría en una
jungla y cada hombre se vería obligado a emplear la fuerza a fin de poder
seguir viviendo.
Sólo tenía una respuesta a esto. Era la clase de respuesta que nos
hubiera gustado oír a los monitores, pero yo habría arriesgado mi vida en
su precisión y exactitud.
“Un cerebro mecánico no puede pensar de la misma manera que lo
hace un hombre, o sentir compasión ante el sufrimiento de un humano o
comprender la tragedia de un deseo incumplido. Destruye los impulsos
básicos del hombre, negarle el derecho a amar y ser amado, y vivir su vida
por completo, y cesará de plantarse bajo la luz del sol y de pensar en sí
mismo, como hombre.
“Pero aunque su espíritu haya sido destrozado, el respeto a sí mismo
desgarrado por la frustración más allá de su capacidad para soportarlo, la
llama de la piedad permanece siempre inextinguible. Puede consumirse
hasta quedar muy resumida y parecer desaparecida, pero nunca desaparece
por completo. Y ésta es la gloria del hombre, y su triunfo. Recuérdalo. No
arrojan del autobús a un hombre cruelmente herido para dejarle morir solo
en medio del tormento. Se aseguran de que está muerto, en primer lugar.
Sólo en unos pocos esa compasión era algo mayor que una chispa. Pero esa
chispa estaba en todos ellos, pues de lo contrario aquellos pocos no
hubieran podido hacer prevalecer su deseo.
“¿Cómo puedes estar tan seguro de todo eso si tu propia vida está
amenazada? El Gran Cerebro hubiera podido responderlo. Gírate y fíjate
en el que está detrás tuyo. Mira a sus ojos, a los ojos de un hombre que te
odia por un motivo insano. No hay chispa alguna de piedad en ellos”.
Aquello podía ser también una mentira, pues yo había empezado ya a
girarme y el Gran Cerebro no sabía que yo me había dado perfecta cuenta
de los pensamientos maliciosos del hombre sobre mí, conociendo
exactamente porque me odiaba. Cuando el odio es tan intenso un telépata
difícilmente puede equivocarse.
El hombre que estaba detrás mío me odiaba porque había visto a Claire
y sabía que era mi mujer, y su gran belleza le llenaba de envidia y feroz
ira.
CAPITULO X

Me giré lentamente. No estaba seguro de que fuera el mismo hombre


que había hecho lo posible para dejarnos un poco de espacio cuando
subimos al autobús, ya que el alboroto que reinaba allí al subir, no me
había permitido fijarme bien.
En el instante en que mis ojos se encontraron con los suyos seguía sin
estar seguro. Sólo sabía que no había reparado realmente en él antes, ya
que tenía esa clase de rostro que no puedes mirar más de medio minuto
seguido para no olvidarlo por completo jamás en tu vida.
Tenía una nariz embotada, como si fuera un morro, y todo su rostro
tenía aquella clase de aspecto alargado que se ve en algunas ocasiones en
hombres cuya estirpe simiesca parece abierta a la discusión. “Piggish” era
la palabra adecuada. Pero un marrano, por lo general, es un animal dócil,
de buena naturaleza y los ojillos que estaban clavándose en los míos
brillaban con animosidad.
Podía ser tan sólo un accidente de la naturaleza, puesto que yo
recordaba un talentoso poeta que poseía un rostro ciertamente parecido.
Pero estaba seguro por completo que no había nada de poético en “Gimley
Eyes”. Un poeta puede sentirse tan lleno de odio como cualquier otro
hombre, si la frustración le ha golpeado demasiado duramente. Pero la
imaginación y sensibilidad acostumbran a evitar que dicha animosidad
salga a relucir tan claramente. Si yo fuera juez del carácter... la
sensibilidad no podría hacer en Gimley Eyes lo que haría en un poeta,
puesto que no creía que hubiera ni una pizca de sensibilidad en todo él.
En cuanto a imaginación no estaba tan seguro porque las primeras
palabras que dijo parecían indicar que sabía muy bien donde ponía los
pies.
—Yo he visto también a esos dos policías de Seguridad —dijo—.
Salían precisamente de una callejuela situada entre dos edificios cuando
ustedes han subido al autobús. No debían estar a más de cincuenta pies
detrás suyo. Tal vez nadie más se ha fijado en lo cerca que estaban de
ustedes. Pero yo me fijo bastante en esas cosas.
Siguió mirándome fijamente, con una sonrisa burlona en los labios. No
tenía necesidad de emplear mi telepatía para adivinar lo que iba a decir a
continuación, puesto que la suerte le había proporcionado un flux
magnífico o por lo menos tres ases.
Estaba a punto de girar las cartas boca arriba, de manera que todos los
pasajeros del autobús pudieran ver la carta que tenía. Pero antes me
amenazaría, para prolongar su momento de triunfo un poco más y saborear
así el aspecto que tendría yo cuando me denunciara produciendo otra
conmoción.
No le di la oportunidad de amenazarme.
—Si es un tipo inteligente se guardará para usted lo que “piensa” que
ha visto —le dije—. Se le echarán encima si creen lo que yo les diría..., es
decir que es usted un policía de Seguridad. Diré que le vi hace pocos días
en la cúpula de los computadores. No se detendrán a preguntarse si es o no
cierto.
Hice una pausa momentánea para dejarle asimilar lo antedicho y luego
proseguí rápidamente:
—Además les diré otra cosa. Les diré que estábamos esperando que
pasara un autobús y cuando vimos éste que iba tan lleno pensamos que no
se pararía por lo que decidimos subir en marcha, ya que supusimos que él
vendría detrás, vendría todavía peor. Y nosotros no deseábamos perdernos
la carrera. Estoy seguro de que me creerán... después de haberle colocado a
usted la tarjeta de policía de Seguridad. Piense en ello.
Yo no creía que fuera muy posible que obedeciera mi insinuación,
puesto que la policía de Seguridad “había” estado tan cerca de nosotros
como él había dicho, y una docena de pasajeros o tal vez más podrían salir
en su defensa en el instante en que repasaran en su memoria. Pero lo
importante era descubrir lo crédulo que podía ser, porque lo que yo tenía
en mi mente en caso de que rehusara mi contra amenaza, sería algo como
para poner los nervios de punta al tipo más ecuánime.
Era precisamente todo lo opuesto a un crédulo.
—¿Qué clase de necio cree que soy? —explotó—. Si este autobús no
fuera camino de las carreras, estarías ahora tendido en la calle, tan muerto
como estarás cinco minutos después que yo les haya dicho lo que he visto.
Los hombres que acostumbran a ir a las carreras no tienen la costumbre de
hacer servir demasiado la cabeza. Pueden ver algo que puede traerles la
muerte..., como dos personas que suben al autobús en marcha con la
policía de Seguridad pisándoles los talones..., y gritando a todo pulmón,
mientras seguían su pista. Pero se darán más perfecta cuenta, cuando yo
les abra un poco los ojos después de contarles porqué han subido ustedes
al autobús en marcha.
Naturalmente, estaba en lo cierto en un uno por ciento. El asesinato de
aquel hombre habla servido por lo menos para que algunos de los
pasajeros del autobús recordaran la presencia de dos policías de Seguridad
saliendo de una callejuela y no les costaría mucho recordar lo cerca que
estaban de nosotros cuando subimos al autobús arriesgando nuestras vidas.
Existía todavía una posibilidad de que nuestro ascenso hubiera pasado
desapercibido casi en medio del tumulto y del griterío, puesto que los
autobuses llenos de aquella manera, acostumbraban a ser abordados con
frecuencia, ya que no se detenían. Pero yo sabía lo que sucedería en el
mismo instante en que Gimley Eyes comenzara a denunciarme.
Todo lo que tenía que hacer era evitar que me denunciara.
Mi pequeña treta experimental había fracasado. Pero, quedaba todavía
la grande, en la que yo confiaba y que estaba seguro que no fallaría.
En voz baja, de forma que los pasajeros que nos rodeaban no pudieran
oírme, pregunté:
—¿Tiene un cuchillo?
La pregunta debió sorprenderle, porque sus pupilas se dilataron de tal
forma que el apodo de Gimley Eyes pareció no ser ya apropiado para él.
—¿Qué le hace suponer que no lo tenga? —preguntó.
—Simple curiosidad —repuse—. Por lo general nadie que lleve un
cuchillo no lo tiene a mano cuando se encuentra en peligro.
Contraje el índice y apreté el nudillo en su estómago precisamente en
el centro de la barriga, suficientemente firme para hacerle creer que era el
afilado borde de una hoja de cuchillo lo que yo apretaba contra él.
—Ahora se encuentra en peligro. —dije—. Si grita o dice una sola
palabra me veré obligado a rajadle de arriba abajo y al través.
¿Comprendido?
Aquella clase de brutalidad que acababa de emplear iba en contra de
mis principios, pero no tenía otra salida. No era la ocasión más propicia
para remilgos.
Estaba tan cerca de mí que no podía bajar la cabeza para comprobar
que era mi nudillo lo que tenía apretando contra el vientre en lugar de la
hoja de un cuchillo como yo le había indicado.
Podía asegurar por su repentina palidez y por el terror que brillaba en
sus ojos, que no tenía por qué preocuparme en cuanto a su plena confianza
en mis palabras.
—De acuerdo —dije—. Empiece a moverse hacia la salida. Un
movimiento en falso y no vivirá tiempo suficiente para decir ni media
palabra. Yo iré con usted. No trate de separarse de mí más de media
pulgada, si no quiere morir antes de tiempo. Saltará del autobús cuando yo
así se lo mande. ¿Comprendido?
Movió los labios, pero no pude entender lo que decía. No importaba,
porque estaba tan asustado que movió además la cabeza tan vigorosamente
que aquel movimiento me dijo todo cuanto quería saber.
—Adelante poco a poco —le avisé—. De pronto ha decidido que no
quiere seguir más Ya está harto de carreras. Ha visto demasiadas y no le
gusta seguir presenciando la muerte de hombres. Pero mucho cuidado con
parecer asustado, por aparentar miedo de morir usted mismo. Yo no le
apunto con un cuchillo en el estómago. Soy un amigo que le aprecia y que
está tratando de convencerle de que no salte del autobús en marcha por que
puede ser arriesgado. Un amigo que hace cuánto está en su mano para
evitarlo. ¿Lo ha comprendido todo? ¿Ha quedado bien grabado en su
mente?
Movió nuevamente la cabeza, con la misma vigorosidad.
—De acuerdo, pues. En marcha hacia la salida. No dé un paso en falso
porque ello significaría el fin de sus días.
Nos dirigimos juntos hasta la salida. Yo tenía mucho cuidado en que la
presión de mi nudillo fuera de la misma intensidad. Pero ni eso pudo
privarle de tratar de salvarse una vez más. Desde luego estaba demasiado
asustado para arriesgarse a ser apuñalado por ponerse gritar o por intentar
deliberadamente separarse de mí. Pero tan pronto llegamos cerca de la
salida contrajo rápidamente el estómago en una última tentativa de ser
más listo que yo al tratar de aumentar la distancia entre su carne y la hoja
de un cuchillo que no estaba allí.
Si la separación hubiera sido suficientemente amplia, probablemente
habría podido dar la vuelta y cogerme, contando con la rapidez de
movimiento para poner la ventaja de su lado. Pero yo apreté mi nudillo tan
velozmente en su estómago que casi gritó alarmado. No podía mostrar un
aspecto más aterrorizado de haber sentido la fría hoja del cuchillo
clavársele en la carne. Tal vez sintiera eso, ya que la imaginación puede a
veces jugarnos muy malas pasadas cuando se está tan asustado.
—¡No vuelva a intentarlo! —le avisé—. El autobús aminorará la
marcha al llegar a esa curva de ahí delante. Salte cuando yo se lo diga..., y
no antes. Le estoy dando todas las oportunidades para que pueda seguir
viviendo.
No creía que los demás pasajeros llegaran a darse cuenta de que
saltaba del autobús. Los hombres camino de las carreras se conducían de
forma muy extraña en algunas ocasiones. Otros hombres habían saltado
del autobús en marcha anteriormente y algunos quizás por la misma razón
que haría saltar a
Gimley Eyes. El clamor de la muerte le aturdía, y su único deseo era
abrir una gran brecha entre ellos y la muerte. Incluso los pasajeros de un
autobús que se dirige a las carreras les parecen cómplices de la muerte,
por lo que están sobrecogidos con un impulso incontrolable de escapar, de
ocultarse de nuevo en el anonimato de las ruinas. En el instante en que
salen del autobús pueden experimentar un cambio de impresión. Pero por
entonces, el autobús quedará ya fuera de su vista.
El vehículo iba acercándose muy de prisa a la curva donde le había
dicho a Gimley Eyes que debería saltar, pero a pesar de mi afirmación,
distaba mucho de estar seguro de que el autobús aminorara la velocidad.
De lo único que estaba seguro era de que aquel hombre saltaría del autobús
lo mismo si aminoraba la marcha como si no lo hacía, puesto que no podía
arriesgarme a facilitarle una segunda oportunidad.
Poco antes de llegar a la esquina frenó un poco perdiendo velocidad.
—Vale —dije—. Salte. Nunca tendrá una ocasión mejor, puesto que yo
no voy a darle otra.
Se inclinó hacia adelante saltando a tierra sobre sus pies al borde de la
curva. Cayó rodando hacia atrás, al chocar con una vieja espiral de metal
que en otros tiempos debió haber sido un farol de la calle arrojado todavía
más hacia atrás por la pared de piedra gris del edificio de la esquina.
No había manera de saber si se había hecho daño o no, porque la
última vez que pude verle fue un espacio de tiempo demasiado breve.
Estaba de rodillas cuando el autobús dio la vuelta perdiéndole de vista
para siempre.
No me sentía culpable en absoluto de lo que hubiera podido pasarle,
puesto que se trataba de su vida o la nuestra. Si me hubiera denunciado,
Claire no habría sido perdonada. Estaba seguro. Él había estado esperando
la ocasión de verme muerto para proclamar que era su mujer, lo cual sólo
hubiera servido para demostrar lo estúpido que era.
Me abrí paso de nuevo hacia el lugar que ocupaba antes hasta llegar
junto a Claire a quien enlacé por la cintura sosteniéndola firmemente.
—Ahora estamos a salvo —susurré—. Confía en mí y no estés
asustada. Cuando lleguemos a la pista nos despistaremos entre la multitud.
—Una carrera de bicicletas —murmuró—. ¿A qué se parece una
carrera de bicicletas?
Antes de empezar el jaleo con Gimley Eyes ya había cavilado antes de
decírselo y ahora seguía temiendo exponérselo y tratar de explicárselo sin
ambages.
¿A qué se parecía una carrera de bicicletas? Tenías que ver una para
poder comprender realmente a qué profundidades puede descender la
naturaleza humana y cuán terrible y desenmascarada, totalmente tolerante
glorificación de la barbarie puede llegar a ser.
¿A qué se parece una carrera de bicicletas? ¿A qué se parecía el
sadismo del antiguo mundo del que leemos en las cintas metálicas...
cuando el Gran Cerebro da investigaciones históricas para responder a las
preguntas que raras veces formulan? ¿A qué se parecía el antiguo Coliseo
Romano?
Hombres y mujeres eran arrojados a miles a las bestias. Los
gladiadores, de cuerpo vigoroso, luchaban hasta la muerte simplemente
para procurar diversión y entretenimiento a una sociedad que fue
decayendo y aceptando aquella brutalidad como algo natural, sin un solo
parpadeo.
¿A qué se parecía la montaña de cadáveres de Atila, rey de los Hunos?
¿Y sus salvajes jinetes de las llanuras? ¿A qué se parecerían si uno hubiera
estado allí presenciando todos aquellos horrores con sus propios ojos?
¿Cómo podía decirle la verdad entera... o ni siquiera una parte de la
verdad?
Una carrera de bicicletas de seis días, se suponía que era un deporte, el
único que había sobrevivido a la gran Época de los Deportes que había
alcanzado su máxima apoteosis, dos centurias atrás. Pero ya no era un
deporte en el correcto sentido de la palabra, porque había sido
transformado en un carnaval de la muerte.
Era otra válvula de seguridad, permitida por los monitores e ignorada
por el Gran Cerebro por una línea de puntos cuando era preguntado de qué
manera podía protegerse mejor la Sociedad de los hombres y mujeres que
vivían con la frustración de no poder glorificar la muerte. Los hombres
que participaban en aquella carrera deseaban morir, por lo menos
inconscientemente, y el espectador podía verles morir con la sensación de
que estaban dejando escapar su odio por la vida sobre aquellas víctimas
sacrificadas impotentes de salvarse a sí mismos.
La brillantez tecnológica no está limitada a los hombres en favor de la
Sociedad. Los más desesperados y despreciados de los desterrados pueden
ser genios mecánicos, y las carreras de bicicletas eran el resultado de la
inventiva humana criminalmente aplicada. Los cambios que habían sido
hechos sólo en las bicicletas...
Me encogí de hombros y cerré los ojos por un momento y cuando los
abrí de nuevo, el estadio estaba ya ante nuestra vista. Pero vi la Base de
Venus de nuevo antes de que el vehículo dejara las estrechas calles y
derruidos edificios a través de los cuales habíamos estado viajando para
salir a una amplia carretera que conducía directamente a la pista.
Varios pasajeros habían empezado a levantarse de sus asientos
amontonándose al lado de la salida y al inclinarnos un poco hacia adelante,
pudimos ver directamente la calle a través de una de las ventanas.
La pantalla televisual tenía unos cien pies cuadrados y estaba colocada
encima de los edificios sobre firmes soportes de metal. Había sido
colocada por los monitores de común acuerdo con las instrucciones del
Gran Cerebro, a tres millas del estadio y a corta distancia derecha de la
abierta carretera. Había sido colocada para servir a la vez de reclamo y de
aviso.
Era casi como si el propio Gran Cerebro se hubiera materializado al
paso del autobús de las carreras, y estuviera avisando a los pasajeros
aconsejándoles que abandonaran las ruinas y aceptaran una clase diferente
de exilio antes de que fuera demasiado tarde.
“Mi sabiduría puede todavía protegerte — parecían prometer las cintas
metálicas—. Esto es la Base de Venus. Los hombres son más libres aquí
que en la Tierra. No serás castigado a morir si regresas y confiesas tu
culpabilidad y pides ser enviado a la Base de Venus. Si hay demasiados
desterrados, la Sociedad se verá obligada a moverse contra las ruinas y
todo hombre o mujer que se ha ya rebelado contra mi sabiduría, pagará su
desafío con sus vidas. Puede ser más tarde de lo que piensas”.
Pero no era el Gran Cerebro lo que veíamos en la iluminada pantalla.
Era la Base de Venus con sonido y color. Vi de nuevo las ásperas llanuras,
y la distante hilera de montañas, veladas por una niebla purpúrea. Vi los
rebaños de hombres con quienes había permanecido hombro contra
hombro durante dos largos años, robustos, alborotando, hombres que
habían desafiado a la autoridad, gritando su independencia a los cielos.
Les vi dejando el lugar de construcción, con pesados paquetes sobre sus
espaldas, cruzando la llanura hacia otro campamento en construcción. En
un paraíso desierto tal vez, donde tendrían la libertad de sentarse alrededor
de fogatas por la noche y abrir nuevo terreno a los primeros resplandores
del alba, libres de instalar las fundaciones de una ciudad nueva con el
conocimiento cierto de que las generaciones futuras les estarían
agradecidas y les recordarían como gigantes legendarios.
No importaba lo grande que pudiera ser la tiranía bajo la cual
trabajaban, pues no podía arrebatársele aquella clase de gloria a ningún
hombre, puesto que ningún hombre vive solo en el presente. El futuro es
también parte de él, integrado en sus huesos. Aunque no tenga herederos
que sean carne de su carne adopta a los hijos del mañana y los convierte en
sus herederos.
Vi los veinte dispositivos de lanzamiento de cohetes, y las prefabricas
de reluciente metal, barracas de doscientos pies de longitud donde podían
tumbarse cien hombres en estrechas chozas y soñar en un nuevo mañana,
cuando la novedad, la grandeza y la brillantez serían aumentadas diez
veces.
Vi todo esto y por un instante mi corazón saltó de gozo dentro de mi
pecho. Yo había ido parte de aquello y podría serlo de nuevo.
Y sin embargo..., y sin embargo... había algo incorrecto en aquello. En
la pantalla habían hombres que podían gritar su independencia al cielo.
Pero en ninguna parte había ninguna mujer. ¿Y cómo puede un hombre
sentirse realmente orgulloso de su independencia y proclamar que es en
efecto libre, si no puede hacerle el amor a una mujer, y sentir su cuerpo
cálido y suave bajo el suyo y experimentar un éxtasis que borra el presente
y el pasado, y hace que sólo aquel momento parezca eterno, como si no
tuviera que acabar jamás.
CAPITULO XI

A continuación el autobús pasó rápidamente lo más cerca de la


iluminada pantalla que mostraba la secuencia más tremenda de la imagen
televisual. Vimos valles situados entre montañas y pájaros de plumas
níveas volando por el cielo. Vimos millas y millas de jungla que
empequeñecían las lluviosas forestas del Amazonas, pues cada árbol era
tan enorme como un pino gigante de California y estaban entremezclados
con vides azules y bermellones.
Vimos lagos de color verde esmeralda y playas relucientes y dos
docenas de campamentos en construcción rodeados de jungla. Vimos
edificios de todas clases de construcción y patios vallados llenos de
provisiones transportadas por proyectiles. Vimos hombres que se bañaban
en los lagos, gritando y riendo y tratando lo mejor que podían de
convencerse uno a otro de que todo estaba bien.
Pero no estaba bien.
Por ninguna parte se veía mujer alguna.
Por un momento me sentí más cerca de los pasajeros del autobús, pues
era todavía privilegio suyo poder luchar hasta la muerte por una mujer y
conservarla una hora o un día si eran suficientemente afortunados para
sobrevivir al reluciente cuchillo de un antagonista tan desesperado como
ellos por el amor y tan atrevido en la persecución del mismo.
Ninguna mujer por ninguna parte. Ninguna en absoluto.
Entonces me acordé de Claire y en lo diferente que sería para mí si
regresaba en cualquier tiempo a la Base de Venus.
Para mí la imagen de la pantalla ilumina da había tenido significado,
había ofrecido una esperanza. ¿Cuán seria habría sido mi rebelión? Tenía
que haberlo sido mucho, puesto que en caso contrario la policía de
Seguridad no hubiera entrado en las ruinas tras de mí. ¿Pero podría todavía
confesar mi culpa y regresar a la Base de Venus?
Había golpeado a un policía de Seguridad que estaba cumpliendo su
deber. Y las circunstancias bajo las cuales le había golpeado habían sido
poco corrientes, añadiendo la gravedad de la ofensa. Un establecimiento
de ilusión emocional terapéutica era un lugar peligroso en el cual golpear
a alguien que tuviera cierta autoridad de los monitores que estaban tras él.
¿Y si había estado bajo sospecha desde un principio y había sido seguido
hasta el establecimiento desde que salió de la cúpula del computador?
Yo había formulado mi tanteo original, pidiendo otro análisis y
después de éste un tercero, y sólo acababa de regresar de la Base de Venus,
donde demasiada libertad había sido concedida a un hombre que el tanteo
de denegación de privilegio matrimonial le había parecido poca cosa.
A los ojos de los monitores —esto es una limitación completamente
trivial en su derecho a vivir su vida por completo en el paraíso natural que
estaba siendo reproducido en la pantalla. Aquello sólo podía haberme
hecho sospechoso.
¿Pero que si regresaba y hacía una completa confesión, que si aceptaba
la promesa que el Gran Cerebro parecía estar haciendo a cada hombre y
mujer en las ruinas? ¿Y si me perdonaban la vida y me permitieran
regresar a la Base de Venus con...?
¿Con Claire? ¿Podría hacerlo, aun cuando fuera posible ocultarles la
verdad? Sería vigilado muy estrechamente. Estaría bajo constante
vigilancia. Mi verdadera confesión les pondría alerta de cualquier intento
que pudiera hacer para llevar siquiera un arma oculta con él a Venus,
dejando sola una mujer autómata.
No, no tenía ninguna posibilidad. La promesa no tenía ningún
significado por lo que a mí concernía.
Era algo más que insensato. Intentarlo hubiera sido traicionar todo
aquello en lo que yo creía. Y súbitamente, cuando el autobús pasaba
dejando atrás la pantalla enorme, recordé lo que Agnes me había dicho
mientras estaba medio dormido y medio despierto, en la habitación donde
la había empujado haciéndola caer contra la pared.
Ella me había pedido que traicionara a los hombres y mujeres que yo
había visto en el desfiladero. Me había rogado que me convirtiera en un
traidor. Y yo había despertado encontrándola junto a mí, sus cálidos labios
contra los míos. Pero en el mismo instante en que me dijo que Claire
estaba en peligro, ella no significó nada para mí y la golpeé loco de ira.
¿Estaba ahora menos seguro de lo que tenía que hacer, sólo porque
había visto la Base de Venus representada en una pantalla que era una
horrible clase de intento de propaganda para hacer que los desterrados de
las ruinas pensaran que todavía tenían una posibilidad de poder cambiar un
cautiverio por otro? Un cautiverio todavía peor, en realidad, porque allí no
habían mujeres, mientras que en las ruinas, sí las había, y cualquier ciase
de mujer, aunque fuera una ramera y una prenda para cada hombre que
luchaba por poseerla, era mejor que no tener ninguna.
Mis pensamientos volvieron de nuevo a Claire y sólo al sentir su suave
cuerpo junto al mío, al saber lo hermosa que era, fortaleció mi
determinación de seguir siendo un rebelde, aunque no supiera si dejaba
atrás la muerte cuando me acercaba al último confín.
La enorme pantalla era totalmente transparente, y aunque el autobús se
encontraba en el otro lado extremo, podía ver las imágenes que todavía
hacían que algunos de los pasajeros se inclinaran sobre las ventanas para
poder verlas mejor.
Y de forma repentina apareció el Gran Cerebro. Las escenas de la Base
de Venus se desvanecieron y la enorme masa del Computador Gigante,
apareció en escena. Podía ver todas las luces que parpadeaban, todos los
circuitos de computación, y las ranuras triangulares en su base, en las
cuales las cintas metálicas grabadas caían.
Por un instante aquello llenó la pantalla y entonces retrocediendo un
poco vino a la vista toda la cúpula de computación entera. Habían cinco
hombres y mujeres atormentados en la cúpula, de pie frente a las ranuras,
pero en la pantalla no aparecían como atormentados. Los monitores se
habían asegurado de que su aspecto fuera tranquilo y sosegado, como si
tuvieran absoluta confianza en la inteligencia del Gran Cerebro y como si
aceptaran de buen grado lo que leían en sus cintas metálicas, aun cuando
les condenaran a toda una vida de frustración y exilio permanente en la
Base de Venus.
Dos guardias de Seguridad rondaban por allí, con amable expresión en
sus rostros ocultas sus armas eléctricas.
No podía dejar de preguntarme a quién podrían estar pretendiendo
engañar los monitores. Estaba absolutamente seguro de que todos los
pasajeros del autobús, cada hombre y cada mujer de las ruinas en realidad,
habían estado más de una vez en la cúpula de computación y habían visto,
por consiguiente, el aspecto general de los guardias de Seguridad. Estaba
igualmente seguro de que se habían convertido en desterrados de las ruinas
tan sólo porque no podían resistir el futuro incoloro que se presentaba ante
ellos cuando las cintas metálicas les informaban que no había esperanza
alguna para ellos. Particularmente cuando los guardias les tocaban con el
codo y les decían que habían otros hombres y otras mujeres esperando
morir por dentro y que el espacio que estaban ocupando ya no les
pertenecía.
Cuando la propaganda es una mentira en un noventa por ciento, las
palabras adecuadas habladas con elocuencia pueden a veces hacerlas sonar
con cierta verosimilitud. Alguien en la pantalla estaba trabando de hacer lo
posible para que los pasajeros olvidaran cómo se habían sentido cuando
les fue denegado el privilegio matrimonial llenándoles de amargura y
desesperación. Pero yo no podía oír lo que estaba diciendo, porque el
autobús estaba ya demasiado lejos para captar el sonido. Podía ver los
gestos que hacía, pero eso era todo. Nunca pude saber si era un monitor o
un guardia de Seguridad. Posiblemente no era más que un simple locutor
sin ningún cargo oficial que estaba allí, por orden de los monitores, para
hablar del Gran Cerebro.
Por lo menos cincuenta autobuses pasarían por delante de la pantalla
en su camino hacia las carreras y alguno aminoraría un poco la marcha
para poder captar mejor el mensaje y otros viajarían tan de prisa que sus
pasajeros sólo podrían ver una fugaz visión de la Base de Venus a todo
color y con sonido. Pero los monitores debían confiar bastante en el
impacto de su propaganda, puesto que aquella enorme pantalla, era lo
único recién construido en las ruinas, y dicha colocación había sido algo
ciertamente arriesgado. Quince empleados de la construcción, protegidos
por guardias de Seguridad, habían pasado una semana en las ruinas para
colocarla. Se habían visto obligados a trasladarla a trozos a través de una
entrada subterránea abandonada, y a lo largo de ocho millas de pista antes
de poder ser reunida tres millas del estadio.
También había sido llevado un pesado equipo de alta potencia hasta las
ruinas para asegurarse de que la pantalla estaría bien protegida y para que
nadie la estropeara, puesto que si alguno pretendía hacerlo, quedaría
electrocutado al momento. Hasta entonces no había habido ningún intento
para destruirla.
El autobús estaba a menos de media milla del estadio y ya pude ver la
muchedumbre que se movía alrededor de la base del gran edificio gris.
Habían otros quince o veinte autobuses en el parque destinado al
aparcamiento al lado izquierdo del edificio, y cuatro de ellos estaban
descargando a los pasajeros. Podía ver las cinco hileras salientes que
rodeaban por entero el edificio y las amplias entradas con sus torniquetes
funcionando en cada nivel.
Cuando cerraba los ojos casi podía oír el ruido que hacían que
resonaba en mi corazón haciéndole estremecer, puesto que parecía un reloj
con una manecilla que fuera contando los minutos que debían pasar antes
de que la muerte pudiera llegar convirtiéndose en maestro de ceremonias.
Los pasajeros estaban todos esforzándose en poder salir los primeros
empujándose unos a otros hacia la salida por lo que era difícil conservar el
equilibrio y procurar que Claire no fuera empujada demasiado fuerte. Un
hombre podía protegerse a sí mismo a golpes de codo, pero una mujer está
en peligro de ser aplastada si no hay nadie entre ella y la barra de apoyo.
Procuré sostenerla alejada de aquélla aguantándola firmemente por el
brazo y amparándola con mi propio cuerpo.
Hubo un sordo griterío cuando el autobús llegó al lugar de
aparcamiento y comenzó a frenar, cruzando en diagonal desde la puerta
hacia un espacio libre que quedaba a unos ochenta pies del estadio. Se
detuvo con un ligero sacudimiento al lado de otro autobús que ya no estaba
lleno de pasajeros. El conductor estaba todavía sentado al volante, sin
embargo, y un hombre de estatura mayor de la normal, de fuerte cuello
estaba saliendo llevando a una mujer que se resistía a seguirle.
Iba gritando y dando patadas, pero cuando descendieron le propinó un
par de bofetadas para aquietarla, besándola luego con tan salvaje violencia
que quedó desmayada entre sus brazos. Ella ya no hizo más protestas
cuando él jugó con su cabello, estrechándola más entre sus brazos y
comenzando luego a andar hacia el estadio sin mirar atrás.
Un momento después yo descendía también del autobús con una mujer
en mis brazos. Llevando a Claire en mis brazos era la única manera
posible de bajar sin que nadie pudiera hacerle daño alguno. Los pasajeros
estaban tan ansiosos de llegar al estadio, que no miraban dónde pegaban
un codazo más o menos violento para conseguir llegar antes que otros.
Media milla detrás del estadio, con su doble espiral de pistas que se
extendían en varios centenares de pies a la derecha e izquierda de la
maciza estructura, las ruinas se convertían en un área de estrechas calles y
derrumbados edificios.
Cuando le dije a Claire que trataríamos de despistarnos entre la
multitud, yo pensaba en aquella área a la cual dirigirnos si podíamos
conseguir despistarnos sin llamar demasiado la atención, pero en el mismo
instante en que dejaba a Claire en el suelo, otros dos autobuses
comenzaban a descargar sus pasajeros al lado del nuestro.
Es bastante fácil despistarse entre una multitud de doscientas personas
que van gritando y gesticulando, mezclados hombres y mujeres. Pero es
todo lo contrario evitar ser arrastrado hacia el lugar a donde se dirige toda
aquella multitud. Nosotros estábamos precisamente en el centro de aquella
muchedumbre que sólo tenía una idea en la mente: llegar al estadio tan
rápido como le fuera posible.
Nos vimos arrastrados hacia adelante sin tener más remedio que
movernos en aquella dirección, ya que no era posible en absoluto
conseguir salir de aquel enjambre desquiciado. Incluso debíamos tener
cuidado de no ser arrastrados o empujados demasiado violentamente. Si yo
hubiera ido solo me hubiera abierto camino también a codazo limpio, pero
llevando a Claire a quien debía proteger, era algo que quedaba fuera de
toda posibilidad.
Hice una breve tentativa y tuve que abandonarla por inútil. Teníamos
que avanzar con la muchedumbre y confiar en que la suerte nos permitiera
poder dar un paso por nuestra cuenta antes de llegar al estadio, cuando la
presión de la gente cesara un poco. Una tercera parte de hombres y
mujeres desfilarían seguramente hacia delante rompiendo filas,
dirigiéndose hacia los torniquetes. O por lo menos eso me decía yo.
Estaba siendo demasiado optimista. En la zona de aparcamiento habían
ido llegando más autobuses, algunos de las ruinas del otro lado del estadio
y la muchedumbre aumentaba en densidad, según nos íbamos acercando a
los torniquetes.
Estábamos sitiados. Pero ello no significaba que estuviéramos
obligados a atravesar el torniquete hacia el estadio. Todos los espectadores
delante nuestro tendrían que esperar su turno en fila india y antes de que el
torniquete pudiera ponerse en marcha, el mecanismo de rotación tenía que
ser firmemente cogido y puesto en movimiento.
Podíamos habernos rebelado y hacer un brusco alto ante uno de los
torniquetes, obligando con ello a todos los espectadores de detrás nuestro a
dominar su impaciencia. Podíamos haber insistido en nuestro derecho de
andar hacia la escalera en la parte posterior del estadio, y ascender a la
hilera superior, donde habían otra serie de torniquetes empleados por muy
pocos espectadores.
Ello hubiera causado cierta conmoción y levantado un cierto
resentimiento entre aquella gente. Pero podríamos haber conseguido
alejarnos de aquella manera. Podríamos haber subido hasta la otra
plataforma pasando rápidamente por ella hasta la otra escalera por la que
descenderíamos de nuevo. Luego podríamos habernos mezclado con otro
grupo menor que el que habíamos dejado, dirigiéndonos a continuación
hacia los edificios situados a una media milla, con muy pocas
posibilidades de que nadie nos hubiera detenido.
Así lo hubiéramos hecho de no habérseme ocurrido mirar hacia arriba
y ver a cuatro policías de Seguridad que estaban en la grada circular
directamente encima nuestro, mirando hacia la muchedumbre que nos
rodeaba. Y desde luego no mentiría si añadía que miraban precisamente en
el lugar adecuado. En el momento en que vi a los oficiales de la policía de
Seguridad, supe que no teníamos la menor posibilidad de salir de allí.
Por un instante me pareció que no podía respirar siquiera y mis sienes
parecían a punto de estallar. Luego recordé lo apiñados que estábamos, y
lo difícil que sería para ellos poder vernos bien desde arriba cuando
nosotros no éramos más que dos entre varios cientos de personas.
Aun cuando teníamos que pasar por el torniquete uno a uno, quedando
por tanto ciertamente visibles por un instante, era bastante probable que no
nos reconocieran. Si procurábamos entrar en el estadio suficientemente de
prisa de forma que el vistazo que hubieran podido echar sobre nosotros, no
les sirviera de mucho. Sólo veían la parte superior de nuestras cabezas, ya
que estaban precisamente encima de nosotros. Tal vez la gran belleza de
Claire pudiera llamarles la atención, porque hay algo en esa clase de
belleza que difícilmente puede pasar inadvertida por muy breve que sea el
vistazo que puedas dar. Pero teníamos que probarlo.
Puse mi brazo alrededor de los hombros de Claire para sostenerla y
aguantarla, sin resistirme ya a seguir avanzando empujado por la presión
de los que nos seguían, mientras los hombres y mujeres de delante nuestro,
iban colocándose ya en fila india a pocas yardas de los torniquetes.
—Vamos a entrar en el estadio —le dije—. No mires hacia arriba.
Debemos pasar a través del torniquete tan rápidamente como podamos.
¿Comprendido?
—Entraremos en el estadio —dijo ella.
—Sí —murmuré—. A través de ese torniquete de ahí delante. Yo iré
primero y en el momento que tú atravieses, yo estaré de cara a ti. Dame
una mano al momento. No debemos separarnos, de modo que no dejes que
nadie se interponga entre los dos privándote de venir detrás de mí. Fíjate
en lo que hago cuando pase. Debes apretar hacia abajo la larga barra de
metal y el torniquete se pondrá en funcionamiento. Estará rodando hasta
que estés dentro.
La miré fijamente a los ojos asegurándome de que me había
comprendido. No había temor ni confusión en ellos, ni el más ligero
destello de incomprensión. Pero sólo para asegurarme doblemente añadí:
—Torniquete... “puerta”. Vamos a entrar en el estadio a través de esa
puerta de ahí delante.
—Puerta —repitió ella—. Vamos a entrar en el estadio para ver una
carrera de bici
—Tendremos que verla —dije—. Para evitar que el peligro nos
perjudique. ¿Estás segura de haberme comprendido? Peligro. Me has
preguntado qué era peligro y yo te lo he dicho.
Temía dejarla pasar a través del torniquete antes que yo, porque no
sabía cuán tumultuoso podía ser la muchedumbre una vez dentro. Había un
gran riesgo en vernos separados si ella entraba en primer lugar y era
arrastrada por una oleada de gente que avanzara hacia la pista.
Ya no nos quedaba mucho. Durante unos diez segundos mi corazón
cesó de latir y podía sentir los ojos de los policías de Seguridad fijos en
mí. Entonces el torniquete comenzó a funcionar y ya estuve dentro,
esperando coger a Claire.
En los cuatro segundos que ella tardó en llegar hasta mí, me pareció
morirme un poco. No había olvidado lo que le había dicho y no tuve que
cogerla. Su mano se aferró a la mía y los dos nos giramos juntos hacia la
hoja de luz y clamor que era atronador.
CAPITULO XII

Permanecimos en la base de las hileras ascendientes del estadio,


contemplando las relucientes pistas y a los veloces ciclistas. Las hileras se
extendían sobre nosotros por dos o trescientos pies y estaban casi llenas en
su totalidad. Por lo menos habían veinte mil espectadores en las dos
hileras inferiores y en las superiores algunos menos.
Muchas veces me he preguntado si el Gran Cerebro, en las silenciosas
observaciones de la noche, no se sentía atormentado por los horrores que
sus cintas metálicas informaban. Si una máquina pensadora podía reunir y
correlacionar los datos en sus bancos de memoria, ¿cómo podíamos estar
seguros de que no podía experimentar emoción y ser atormentado por
sueños que preferiría no recordar al despertar? Y si el Gran Cerebro tenía,
en medio de tal pesadilla, inventado un nombre para las carreras, ¿no
podía ser el que acababa de acudir a mi mente como si lo estuviera
leyendo impreso en medio de la pista...? “El torneo de los destructivos
ciclistas”.
Era escasamente concebible. Puesto que yo no creía en realidad que el
Gran Cerebro pudiera verse atacado por pesadillas. Estaba solo seguro de
algunos de los monitores si las sufrían, y sabía en qué peligroso terreno
andaban cuando afianzaban su tiranía en aquella clase de válvula de
seguridad.
Los contendientes corrían furiosamente por las pistas ovales, en
vehículos muy similares a las bicicletas que empleaban los chicos y los
jóvenes que debían haber corrido por las estrechas calles de las ruinas
cuando los trenes corrían por el subterráneo y las entradas al mismo
procuraban unos medios de locomoción más rápidos para trasladarse a
cualquier parte de la ciudad que no se había convertido todavía en una
vasta extensión de piedras derrumbadas.
Yo había visto tres de esos vehículos en un museo, de antigüedades
históricas así como vehículos de formas grotescas más o menos de las
mismas épocas considerados como los medios más populares de
transporte. Sólo los vehículos parecían extraños, ya que las bicicletas
todavía en uso eran bastante parecidas, con dos ruedas, ligeras, con
pedales, y llamativas con brillantes colores contrastantes y ondeando
alguna banderola.
Los corredores iban armados con largas armas en forma de espiga y
con pelotas de metal en una cadena. Si una de las lanzas se metía entre las
ruedas de una bicicleta de carreras viniendo de al lado de un competidor,
el hombre del vehículo atacado sería enviado por los aires para ir a
aterrizar al borde de la pista, con frecuencia con una fractura de columna o
con heridas internas ciertamente fatales.
Para los espectadores, aquello era la penalidad en una exhibición de
intrépidos que merecían estruendosos aplausos sin mácula, puesto que en
cada carrera algunos de los contendientes tenían que perder y los vencidos,
si tenían la suerte de sobrevivir, serían los victoriosos de otra contienda.
Las pelotas de metal eran todavía más mortíferas, pues eran bastante
pesadas cuando eran lanzadas con violencia contra el cráneo del
contrincante pudiendo incluso llegar a decapitarle. Pero el empleo de las
mismas estaba bajo el criterio de los contendientes que las empleaban en
muy raras ocasiones con la intención de matar a su contrincante antes de
emplear su lanza, a no ser como último resorte de medida defensiva.
Sin embargo había accidentes... fallos de precisión que podían ser
fatales.
Lo que hacía que las carreras se convirtieran en algo tan bárbaro, era el
privilegio de la participación del espectador. Poco después de haber dado
comienzo la carrera la mitad de los participantes estaban ya seriamente
heridos, por lo cual, eran incapaces de proseguir la carrera, o bien estaban
agonizando a! borde de la pista. Si tal ocurría era costumbre que una
docena o más espectadores descendieran a la pista desde las gradas para
ocupar las bicicletas abandonadas.
La contienda proseguía sin más interrupción hasta que algunas otras
eran abandonadas. La carrera duraba días. Cada carrera era numerada y
habían descansos de media hora entre cada tres carreras a fin de que los
victoriosos pudieran regresar a las gradas y ser abrazados y aceptados por
maridos por mujeres que habían ido a las ruinas esperando aquello.
La victoria de una carrera de bicicletas, significaba más por la
preferencia de una mujer desterrada que una victoria de pelea a cuchillo
por un hombre que no podía esperar vencer tales aplausos no cabía duda ya
que aquello hinchaba su vanidad proporcionándole una serie de posibles
cónyuges donde escoger.
La carrera, que acababa de comenzar, había causado ya el despiste de
dos bicicletas fuera de la pista y la caída de una tercera. Un participante
está tendido al borde de la pista, con sus extremidades grotescamente
flácidas, mientras que otro había salido hacia las gradas con un aspecto de
agonía en su rostro. Su brazo derecho estaba herido y poco antes de
alcanzar la grada se desmayó teniendo que ser ayudado a subir las
escaleras hasta el lugar suyo.
Nadie envidia a un telépata. No sólo me sentía atormentadoramente
consciente de lo que sentían los ciclistas, sino que las emociones de los
espectadores estaban experimentando repercutir en mí con gran fuerza.
Dentro de mi mente miles de voces parecían estar pidiendo
clamorosamente ser oídas.
Por lo general podía cerrar mi mente a los pensamientos que no
deseaba compartir, haciendo un deliberado esfuerzo de voluntad. En
realidad la comunicación telepática es muy parecida a una calle de doble
dirección. El tráfico que se mueve en direcciones opuestas, raras veces
entra en colisión si la calle es suficientemente ancha y si conduces un
vehículo, no tienes oportunidad de comunicar con los pasajeros de los
coches que pasan velozmente por tu lado.
Tienes que seguir moviéndote en la misma dirección cuando la mente
desea bifurcar y a menos que el deseo sea presente, los pensamientos de
otros raras veces se apartarán de tu mente como un desbordamiento de la
marea.
Pero sucede algunas veces, cuando te encuentras en medio de una
muchedumbre realmente numerosa, excitada por emociones tumultuosas y
completamente desbordadas.
Apenas podía contener los pensamientos de cruel anticipación y la
furia asesina que se une a la frustración y un anhelo de libertad de tensión
que la asistencia a aquel bárbaro espectáculo parecía brindar a algunas
personas.
A mí, no. Pero el desbordamiento de la marea era tan absorbente que
por un momento, la forma en que normalmente pensaba y sentía, fueron
alejándose de mí, en oscuras profundidades que estaban infectadas de
tiburones. Una oleada de repulsión brotó en mí al luchar contra la marea
de malignidad y odio. Pero yo sabía también cómo sentían los guardias de
la prisión más brutales cuando tenían libertad para infligir irreparables
injurias en hombres y mujeres indefensos a su cargo.
En las gradas de arriba una mujer estaba pensando:
“Si le matan, el verle morir será para mí un gran placer. Pero si él mata
al contrincante, aquel placer no me será negado, pues el vencido será el
hombre que quiero ver muerto. Luego él regresará a las gradas triunfante,
con graves heridas que él hará ligeras, y me tomará entre sus brazos. Yo no
me resistiré, puesto que su triunfo será mío. Muerte y amor. ¿Qué más
puede desear una mujer?” En otra parte del estadio, un hombre estaba
pensando:
“Dentro de un momento descenderé a la pista. Será “morir” o “matar”
y no me importará mucho de qué lado se incline la balanza cuando la
Muerte decida que un largo sueño es la mejor cura para uno de nosotros
dos. ¿Deseo seguir viviendo en realidad? ¿Una mujer? Esto es también un
remedio, y yo vine a las ruinas en busca de una. Pero tal vez la Muerte sea
mejor. En la mitad de libros que encuentras en las bibliotecas de las ruinas,
llenas de polvo y telarañas, la Muerte es una mujer. ¿Por qué no habría de
serlo? Morir es como retroceder a las oscuras y grandes entrañas, ¿no? Por
esto la Muerte se parece a una mujer. Lo he sabido toda mi vida”.
Y otro hombre también estaba pensando: “Le arrojaré la pelota de
metal contra la cabeza antes de que tenga tiempo de mezclar la lanza entre
las ruedas de mi bicicleta. Le romperé la crisma. Seguro que protestarán.
Si lo hago y regreso a las gradas, pueden matarme. Bueno..., les dejaré que
lo intenten.
Yo bajaré luchando, riéndome de ellos. Reiré hasta hacer estallar mis
pulmones. Mala deportividad es el nombre que ellos le dan a romperle la
crisma a un individuo antes de darle la oportunidad de que él sea quien lo
haga a ti. Menuda burla si te detienes a meditarlo. No saben lo que
significa deportividad. Lo había descubierto una o dos veces en una cinta
metálica cuando el Gran Cerebro estampaba grandes palabras como para
cubrir lo que estaba haciendo con nosotros. Retrocedamos a la gran Época
de los Deportes. Pelota base, fútbol, boxeo. Pero en aquellos juegos no era
muy frecuente que alguno de sus participantes muriera. Podías permitirte
el lujo de dar buen deporte”.
Entonces, súbitamente aquellos pensamientos crueles, opresivos
desaparecieron, dando paso a otros que ocuparon en seguida mi mente.
Una voz lejana parecía estar susurrándome algo, insistiendo en que
abandonara las profundas aguas infestadas y nadara vigorosamente hacia
la superficie. Hacia la superficie a través de la brillante agua hasta que los
últimos vestigios de oscuridad se desvanecieran.
“Estamos muy cerca el uno del otro, tú y yo, porque yo soy tu mujer
biogenéticamente ideal —parecía estar susurrándome Claire—. Te
conozco mucho mejor que tú mismo. Tú nunca darás la bienvenida a la
Muerte alejándote del sol. Amas demasiado la vida.
“Amas la belleza y el extenso mar cuando rompe en espumosas olas y
el prodigio de una mujer en tus brazos, con sus ojos nublados por el
éxtasis que la invade al ser acariciada por ti. Nunca renunciarás a tu vida”.
Me giré mirando fijamente a Claire con aturdida incredulidad, y por un
momento me pareció imposible aceptar aquella especie de milagro.
¿Cómo podía aceptarlo cuando sus
ojos eran todavía los de una chiquilla asustada y temerosa, mientras SE
apoyaba en mi brazo como si yo fuera su único soporte en el mundo
opuesto a la infancia?
Pero seguramente nadie más en las gradas podía haberme enviado tales
pensamientos. No eran los pensamientos de una mujer desterrada que ha
decidido de pronto que yo era el tipo adecuado para ella. ¿Cómo podía tal
mujer saber cuál era mi aspecto, ya que yo no era más que un hombre
distante entre la multitud? Aunque estuviera sentada en la grada inferior y
pudiera verme claramente ¿habría hablado de sí misma como la mujer
biogenéticamente ideal para mí?
Había una manera de asegurarme. Podía volverme duro y cogiendo a
Claire por el brazo preguntarle por qué me había mentido desde un
principio pretendiendo ser una mujer-niña. Y si ella se negaba a decir una
palabra o seguía mintiendo, podría leer la verdad en sus ojos.
¿Podría? ¿Cómo estar seguro de que ella no estaba más entrenada en el
arte del engaño que cualquier otra mujer que hubiera conocido en toda la
vida?
Sin embargo... tenía que saberlo y éste era el método más prometedor
de conseguir la verdad que yo pensaba. Pero antes de que pudiera mirarla
acusadoramente, tratando de hacerle comprender la trágica barrera de
decepción que podía alzarse entre un hombre y una mujer, un salvaje
griterío cundió entre las gradas.
Dos participantes más habían sido despojados de sus bicicletas y la
lanza de uno de ellos estaba todavía volando por los aires. Pero no era esa
doble derrota lo que había hecho levantar a los espectadores de sus
asientos con excitación. Era la colisión de un tercer participante con una
de las altas paredes de piedra del estadio. Había perdido por completo el
control de su bicicleta y el impacto de la colisión le había lanzado contra
la pared con tal violencia, que una mancha oscura se esparció por la piedra
cuando se derrumbó en la pista.
Tiradas en medio de la pista estaban las tres lanzas desechas y las dos
pelotas de metal, una de ellas unida todavía a su cadena y ésta a su vez en
la muñeca de su desgraciadamente herido contendiente. Este estaba
retorciéndose de dolor y tratando de levantarse, mientras otro participante
había cesado de pedalear por un instante a fin de evitar chocar con aquél.
En la parte superior de las últimas gradas estaba colocada una pantalla
televisual situada tan estratégicamente, que todo el público podía verla.
No era una pantalla de propaganda del Gran Cerebro, sino que había sido
erigida por aquellos voluntariosos hombres, cuyo genio constructivo había
reconstruido un estadio derrumbado y conservado carreras como deporte
invariable de las ruinas libres, duró dos generaciones enteras.
Siempre hay hombres que deben ejercer la autoridad y procurar que las
reglas no sean infringidas, incluso en unas ruinas libres. No importa que
las reglas sean barbáricas, puesto que ejercen control sobre los deportes
más brutales. Deben estar en posesión del poder y mantenerlo... o perecer.
Era como si el Gran Cerebro les hubiera susurrado:
“Sois desterrados y exilados. Pero puedes hacer obedecer, sin embargo,
a los hombres si puedes mantener un absoluto control sobre un deporte de
las ruinas libres que se ha convertido en algo tan indispensable como el
más pernicioso hábito a las drogas para todos los habitantes de las ruinas.
“Las carreras son una válvula de seguridad que debemos conservar. Y
debido a que para los hombres como tú, el privilegio matrimonial y los
derechos a hacer el amor no tendrían ningún significado si no pudieras
ejercer al propio tiempo el poder haciéndote temer, no puedes escoger. No
eres sólo un rufián arisco en una oscura callejuela, sino un constructor de
estadio. Rondas acompañado de dos guardias a ambos lados que te
protegen de la violencia, noche y día. Y algunas mujeres desterradas son
muy hermosas. Son premios que sólo puede reclamar un constructor de
estadios. No tienes otra alternativa, por ser lo que eres”.
Había tantos hombres en las ruinas.
Ellos habían mantenido las pistas en buen estado, haciendo funcionar
seguidamente las carreras de bicicletas.
Sin embargo, yo no los admiraba.
CAPITULO XIII

La pantalla estaba apagada cuando entramos en el estadio. Pero ahora,


casi repentinamente, se había encendido, y aparecía en medio de la
nebulosa claridad de la misma, la cabeza y hombros de un hombre
uniformado de negro, con su rostro delgado, de rasgos duros, poblado por
una arruga.
Esperó que el griterío fuera acallando un poco, y entonces, levantó la
mano para que reinara el silencio que le permitiría hacerse oír.
Su voz era bronca y profunda y el magnífico sonido procurado por el
equipo sonoro, repercutió por todo el estadio como un tambor que redobla
sin parar.
—Estas son las reglas —anunció—. Deben ser respetadas por todos
vosotros, tanto competidores como espectadores. Cada espectador tiene el
privilegio de descender de las gradas para participar, pero recordar que
sólo hay cincuenta bicicletas. Si eres un espectador, debes esperar tu turno.
Debes, también, ser uno de los pocos afortunados.
»Debes esperar que hayan sido volcados veinte de las bicicletas antes
de descender de las gradas y reclamar tu privilegio de espectador. Si
estalla alguna disputa en las gradas y bajan a la pista más de veinte, habrá
que sortear quiénes son los afortunados. Sólo deben descender a las pistas
veinte espectadores aunque el número de bicicletas vacías sea superior.
»En la base de cada escalinata, los supervisores han estacionado
hombres armados que dispararán sobre ti si tratas de desobedecer las
reglas establecidas”.
Se olvidó de mencionar que aquella regla, en particular, no siempre era
impuesta a rajatabla, puesto que los espectadores podrían ponerse
frenéticos si veían bicicletas desocupadas al borde de la pista. Ninguna
regla en ningún deporte, podía ser impuesta rígidamente cuando iba en
contra de las emociones básicas del mismo. Rodeé la cintura de Claire con
mi brazo y pude comprobar que estaba temblando.
Me parecía oír de nuevo el tintineo de las cintas metálicas cuando el
Gran Cerebro contestaba a las preguntas más inesperadas..., por ejemplo,
porqué una regla se hacía más estricta cuando la experiencia la hacía
todavía más elástica.
—Una regla no debe permitir nunca que sea impuesta una tiranía
absoluta. Las reglas son hechas para ser rotas... hasta cierto punto. Debe
hacerse de forma que parezca que se emplea la generosidad, una amplia y
comprensible tolerancia, cuando dicha regla se sale un poco de su senda.
»Hombres y mujeres deben sentir que los monitores son también seres
humanos a quienes no importará pasar por alto una o dos reglas si piensan
que podrán conservar el secreto. Los monitores, o los hombres que
cuidaban de imponer las reglas en las ruinas libres.
Completamente humanos y generosos, con una profunda comprensión
de las necesidades y aspiraciones humanas.
»Incluso la necesidad de parecer brutalmente inhumanos cuando están
observando un espectáculo brutal en las ruinas libres, cuando ya está en
decadencia, debe parecer estar de acuerdo con los sostenedores de di chas
reglas.
»En todos nosotros hay un poco de sadismo, chico. No creas que
seamos distintos de ti en este aspecto. De modo que adelante, pasa un poco
por alto esas reglas. Nosotros miraremos al otro lado y procuraremos no
pensar en que sentimos cierta envidia de ti. Estaremos todos unidos en
esto. Es tu deporte y el nuestro y la única razón por la que hemos
establecido unas reglas es para evitar que un deporte como éste se
desintegre. Tú quieres que siga siendo brutal, ¿verdad? Bien... pues
nosotros también. Pero nosotros sabemos más cosas que tú al respecto. Si
no hubieran reglas, la brutalidad llegaría a ser caótica y todo el deporte en
sí se derrumbaría”.
Como ya he dicho anteriormente, el Gran Cerebro no se hubiera
expresado precisamente de esta manera, porque la inteligencia del Gran
Cerebro está siempre orientada hacia la Sociedad. El Gran Cerebro nunca
habría citado a los desterrados de las ruinas, aunque hubieran resultado ser
también constructores del estadio. A menos que, naturalmente, el mismo
Gran Cerebro tuviera un trazo rebelde oculto y pudiera caer dormido y
tener pesadillas. Esto también lo he mencionado antes, como una
posibilidad que me sería muy difícil tomar en serio.
El hombre de la pantalla había callado unos instantes, como si ya
hubiera dicho bastante acerca del peligro que correrían los espectadores
que pasaran por alto las reglas estaba preparándose para darles otras
instrucciones menos amenazadoras.
Cuando habló de nuevo, su voz había perdido toda dureza:
—Recordad, que las carreras durarán seis días. Cinco o seis mil de
vosotros tendrán oportunidad de participar si así lo desean, Ya sé que no
todos han venido aquí para tomar parte en las carreras, y, por consiguiente
no es ningún desdoro permanecer como simple espectador”.
Una semi sonrisa apareció por unos momentos en sus labios, como si
pretendiera que los espectadores pensaran en él como en un hombre
condescendiente de una forma llamativamente humana.
—Estoy absolutamente seguro —prosiguió— que muchos de vosotros
habréis encontrado mujeres que son de vuestro agrado. No ganaríais nada
cambiando una mujer por la que habéis arriesgado la vida por poseerla y
que os está profundamente agradecida, por una mujer a la que no conocéis
de nada. Si me permitís ser áspero, la mayoría de los hombres que
participan en las carreras lo hacen con una sola idea en la mente. Regresan
a las gradas con el conocimiento cierto de que su fuerza y atrevimiento les
procurará el privilegio del héroe y entrarán en una nueva contienda que
terminará con una nueva victoria... en el lecho matrimonial. ¿Estoy
equivocado? Cada hombre debe responder por sí mismo, pues, ¿qué
hombre puede estar seguro de la victoria cuando se encuentra solo con una
mujer en la oscuridad? Tal vez ésta sea la más peligrosa y dudosa de todas
las contiendas. Durante toda mi vida he vencido en muchas de ellas, pero
si tuviera que contaros las derrotas...”
El hombre de la pantalla pareció abstraído por unos instantes como si
estuviera a punto de confundir la pantalla con un confesionario,
exponiendo todas sus heridas a la vista del público, al abrir cada uno de los
secretos celosamente guardados que le habían ido atormentando en el
transcurso de los años. Seguramente tenía lo que antiguamente llamaban
un complejo de Casanova. Pues cuando un hombre está deseando confesar
que se ha encontrado con frecuencia con la derrota en sus amoríos, es que
está esperando convencer a todos de que sus victorias han sido tan
numerosas que puede permitirse el lujo de ser completamente honesto en
su relato.
Por un instante sentí cierta compasión de él, puesto que en todos
nosotros existe un poco de esa absurdidad egoística.
Se salvó gracias a un enorme esfuerzo de voluntad bien claro, y que
debió costarle bastante de mantener ya que tuvo que bajar los ojos un
instante para mentirse a sí mismo diciéndose que no había espectadores
que pudieran escuchar su confesión, por lo cual, sería perder el tiempo en
hacerla. Se estremeció visiblemente y la sonrisa que iluminaba sus labios
desapareció.
Cuando habló de nuevo, estaba otra vez en orden consigo mismo,
hablando como lo haría un mantenedor de las reglas, en el tono preciso y
adecuado.
“Cuando entres en la contienda tendrás suficiente libertad de
movimiento, quitándote las ropas externas. Algunos pueden preferir correr
desnudos, cosa que está permitida por las reglas. Pero no es demasiado
prudente. La ropa interior protege cuando un golpe desviado puede de esta
manera lacerar la piel si ésta se encuentra al descubierto. Es tan sólo para
tomar una precaución razonable”.
Me preguntaba la razón de su interés cuando recordé lo que yo me
había dicho a mí mismo en el autobús en respuesta a lo que el Gran
Cerebro me había dicho cuando me pareció oír el zumbido de los
computadores que se burlaban de mí. Algo había evitado que los pasajeros
del autobús arrojaran a la calzada al hombre fatalmente herido dejándole
morir solo en medio del tormento. Habían insistido en asegurarse de que
estaba muerto.
El hombre de la pantalla no estaba exento por completo de cierta
piedad. Tal vez era muy poca, pero poca o mucha, no cabía duda de que la
tenía.
—”No se queden demasiado al margen de la pista —proseguía con el
mismo tono de voz—. Si dos competidores vienen a su lado al mismo
tiempo, levanten la voz en señal de protesta, y muevan los brazos hacia las
gradas. Serán obligados a abandonar sus bicicletas y estarán sujetos a la
pena de muerte.
“Recuerda que tu primer objetivo es destrozar las ruedas de su
contrincante con tu lanza. Él tiene el derecho de tratar de arrancarte del
asiento, golpeándote en el cuerpo, no en la cabeza, con la parte lisa de la
lanza. No debe apuntar deliberadamente la lanza a tu cabeza, cuello, pecho
o cualquier parte que pudiera ser fatalmente perjudicial para ti. Y cuando
sean tus ruedas las que se vean atacadas, deberás observar estas mismas
reglas de combate que acabo de citar.
“Pero si hubieras sido arrojado del asiento de tu bicicleta, puedes tratar
de emplear golpes de naturaleza más peligrosa. Este es tu derecho como
resorte de medida defensiva de última instancia. Puedes emplear entonces
la pelota de metal. Pero incluso en una situación tan desesperada, no debes
apuntar a su cabeza ni tratar de matarle. La justificación de semejante
regla de combate, puede que te parezca extraña. Pero desde luego tiene una
base lógica.
“Los riesgos de recibir una herida mortal de manos de tu oponente,
deben estar siempre presente. Este riesgo sólo hace que la contienda sea lo
que es. Sin el constante riesgo, el cierto conocimiento de que tú puedes ser
muerto en cualquier instante por un golpe apuntado demasiado alto o
demasiado bajo, no deliberadamente, sino por error de cálculo, no habría
la gloria de la victoria. Una contienda semejante a ésta debe probar el
temple de sus nervios hasta el máximo, o de lo contrario, esto no sería más
que una absurda burla”.
—Pero, ¿qué sucede si no son muertos, si sólo quedan seriamente
heridos? —dijo una voz tan cerca de mí que creí por un momento que era
Claire la que había hablado. Entonces me di cuenta de que ninguna mujer
podía poseer una voz tan profunda y resonante, aunque hubiera sido un
marimacho. Era la voz de un hombre, que no tenía el más ligero aire de
afeminado.
Antes de que pudiera girarme y mirar al que había hablado él siguió
rápidamente:
—¡Qué necios son! Qué increíblemente necios y ciegos. Una herida
seria es un precio muy alto que pagar por un momento de atrevimiento
borracho. Si tienes que regresar a las gradas con una fractura de columna,
no pensarás mucho tiempo en el privilegio que te concede poder escoger
entre una docena de mujeres o más. Hay heridas; que pueden hacer que un
hombre llegue a desear haber sido muerto. No dice nada respecto a lo que
sucede cuando las ruedas de una bicicleta quedan destrozadas y su
ocupante es despedido a la pista, o contra una de las paredes del estadio.
Me giré entonces y le miré. Era corpulento, con el aspecto
amuchachado en él que con frecuencia va unido a una robustez de oso en
un hombre que tal vez había cumplido ya los cuarenta. Sus ojos eran
azules, profundos, y llevaba el cabello ligeramente despeinado cayéndole
sobre el lado derecho de la frente como si se hubiera enfrentado con un
ventisquero y no hubiera tenido tiempo de volver.
De pronto se echó el cabello hacia atrás, y yo pude ver que tenía las
cejas muy altas.
—¿Es nuevo en las ruinas, verdad? —me preguntó—. ¿Es la primera
carrera que presencia?
Le miré fijamente, esperando que no descubriera hasta qué punto me
había dejado aturdido y asombrado aquella pregunta que acababa de
formularme. ¿Qué era lo que le había hecho suponer con tanta seguridad
que yo era nuevo en las ruinas?
—¿Qué es lo que le hace suponer que no lleve aquí un mes, o dos o tres
años, por ejemplo? —pregunté.
Hizo una mueca, tan bruscamente como se había echado el cabello
hacia atrás y vi que estaba mirando a Claire.
—Todo ese tiempo... ¿con una mujer como ésta? ¿Y nadie le ha matado
y se la ha quitado?
—¿Cómo sabe que no acabo de quitársela a otro hombre apenas hace
una hora? —pregunté, poniéndome cada vez más nervioso—. Son dos los
que pueden tomar parte en este juego. Uno puede ganar, perder y volver a
ganar cuatro veces cada semana. Y no siempre se sale muerto de la
contienda.
Me odiaba a mí mismo por haberme visto obligado a responderle de
aquella manera porque no me gustaba pensar en Claire como en una mujer
a la que se gana y luego se pierde de nuevo, aun cuando no fuera cierto. Yo
había luchado por ella contra el hombre que había intentado arrebatármela,
aunque no hubiera sido con un cuchillo. Pero me repugnaba tener que
mentir en una parte de ello, puesto que no podía soportar imaginarme
siquiera arrebatando a Claire de otro hombre que habría sido su amante
antes que yo. Al mezclarla en esa clase de imágenes era verdaderamente
odioso para mí. En cierto modo, era como un insulto hacia Claire.
Pero yo me sentía lo bastante colérico como para desear hacerle tragar
la afirmación que había hecho, para probarle lo equivocado que estaba, y
lo estúpido que era sacar una conclusión sobre mí sin tener una base algo
más firme. Y era muy importante también descubrir si estaba mintiendo y
tenía en realidad una base más firme donde apoyar sus conclusiones.
No hubo manera de descubrirlo, pues abandonó en seguida el
argumento que yo había comenzado, como si hubiera cesado súbitamente
de sentir interés por mí, disculpándose de una manera más bien amistosa.
—Tiene razón —dijo—. Me gusta pensar que soy bastante bueno
haciendo análisis de carácter. La mayoría de la gente tienen alguna cosa
que es algo especial o diferente con respecto a los demás y por lo general,
puedes acertar bastantes cosas de ellos si te tomas la molestia de
observarles atentamente. Pero un juego absolutamente distinto del que se
está llevando a cabo ahí abajo.
—No hay ningún otro juego como ese — dije—. Ni en las ruinas ni en
la Base de Venus... ni en ninguna parte.
Me miró fijamente por un momento.
—¿Ha estado en la Base de Venus? —me preguntó.
No vi ninguna razón particular por la que tener que mantenerlo en
secreto. Si era bueno haciendo análisis de carácter, seguramente lo sabría
de todas maneras, pues no puedes evitar hablar con el acento que se
adquiere en la Base de Venus. Hay un ligero cambio de pronunciación, y
las palabras suenan algo diferentes, como si el viento, el sol y la lluvia,
hubieran hecho que el orador quisiera cantar o valsear al pronunciarlas.
Era un cambio que iba adquiriéndose inconscientemente cuando
permanecías tanto tiempo como yo en la Base de Venus.
—Desearía encontrarme ahora allí -—respondí—. Si no ha estado
nunca en la Base de Venus no puede saber lo que significa la libertad. En
las ruinas no existe la verdadera libertad. Un hombre no es libre cuando la
muerte está paseándose a veinte pies de su cabeza, no lo es cuando tiene
que verse obligado a matar para poder seguir viviendo.
Había escogido un momento bien extraño para abrir mi alma a un
extraño, cuando los hombres estaban muriendo ante nuestros ojos, y la
grada que se alzaba sobre nosotros era un mar encrespado de espectadores
agitados. Pero de todas formas ya no parecía un extraño. De pronto
descubrí que me gustaba.
Era una ocasión extraña para poner al desnudo mis pensamientos ante
cualquiera. Pero si hubiera escogido cualquier otro momento, yo no
hubiera estado pensando en la Muerte de aquella manera, con aquella
intensidad de repugnancia y mirando fijamente abajo a las pistas, y
hubiera podido verles antes, de que fuera demasiado tarde. ¡No sólo dos o
tres policías de Seguridad, sino treinta!
Estaban avanzando a lo largo de la alta pared de piedra de la base del
estadio a pocas yardas de donde terminaban las pistas, y dos de ellos
estaban ya subiendo las escaleras que conducían a las gradas inferiores.
La pareja que subía por las escaleras me vio antes de que pudiera
girarme para mezclarme entre la muchedumbre. Estaba seguro de ello por
la manera que se habían erguido y por la manera que sus manos
descansaban preparadas junto a las pistolas que colgaban de sus caderas.
Mi primer pensamiento fue para Claire y para saber si ella se habría
dado cuenta de lo de prisa que tendríamos que movernos para perdernos
entre la muchedumbre antes de que nos alcanzaran. El solo hecho de que
me hubieran reconocido tan de prisa me convenció de que debíamos
movernos muy rápidamente, porque se sentirían rabiosamente
defraudados, si eran incapaces de confirmar aquella ventaja como perros
de caza a la vista de una presa en cuya búsqueda habían malgastado varias
horas.
Me había olvidado por completo del hombre corpulento de mi lado, al
que me había sentido repentinamente unido por una simpatía espontánea.
Pero él no se había olvidado de mí.
Su mano me aferró por la muñeca:
—Será mejor que dejemos a un lado la comedia —dijo—. Sé quién es
usted y sé por qué la policía de Seguridad viene en su busca. Estoy
diciéndole todo esto porque tendrá que confiar en mí.
Debía saber lo que significaban dos sobresaltos semejantes en el
espacio de medio minuto para un hombre que tenía que pensar rápido y
claramente, porque siguió hablando con cierta especie de prisa.
—Dispararán contra usted, si no se pone en movimiento. Diríjase hacia
las escaleras, a su izquierda, y descienda hacia la pista. Ahora hay diez
bicicletas desocupadas, lo cual está bastante bien para empezar a dirigirse
hacia la pista.
Sus dedos se clavaron en mi muñeca.
—Si se dirige hacia la pista y sube en una bicicleta como si tuviera
todos los derechos para hacerlo, ellos temerán encolerizar al público si van
tras de usted. Estoy absolutamente seguro que no se atreverán a abrir
fuego sobre tantos participantes cuando hay diez bicicletas que yacen
tumbadas. Pero usted tendrá de ser el primero en ponerlo a prueba.
Estaba pensando por mí, de acuerdo..., aun cuando él no se daba plena
cuenta de la contrariedad que significaría para la policía que yo montara
en una de aquellas bicicletas vacantes permaneciendo montado en ella
hasta que terminara la tercera carrera. Por Un momento estuve seguro de
que mis pensamientos habían adelantado a los de él en cuanto a eso. Pero
no era más que una idea errónea la mía.
—Si puede derribar a diez o doce corredores y seguir en la carrera,
será subido en hombros cuando vuelva hacia las gradas y llevado en
hombros por los espectadores todo el camino hasta la cima del estadio.
Esto sucede unas quince veces cada carrera, y si la policía de Seguridad
trata de interrumpir esa manifestación de celebración e intenta llevársele
del estadio bajo guardia, serán muertos atrozmente. Están arriesgando sus
vidas con sólo venir por aquí.
Si yo hubiera estado sólo en las gradas, lo que él me estaba indicando
que debía hacer, hubiera sido correcto para mí. Pero estaba Claire conmigo
con lo cual se me hacía muy difícil la situación. La policía de Seguridad
nos quería a los dos, y entrar en la carrera sin saber si ella trataría de
desaparecer mezclada con la muchedumbre, sería tan solo otra forma de
morir.
Él tenía una solución para esto también.
—Ella estará a salvo. Se lo prometo. Ya le he dicho que sé quién es
usted. A un telépata no le cuesta mucho saber si puede contar o no con una
promesa.
Me giré y le miré fijamente a los ojos. Hubo un momento de torturante
incertidumbre cuando sentía miedo de creerle, pero de pronto “estuve”
seguro de él. Completamente, sin duda alguna.
Me había hecho la promesa y la mantenía a menos que las cosas se
pusieran tan mal para él que no pudiera salvar ni a Claire ni a sí mismo.
Por alguna razón que no podía adivinar se sentía honrado en poder
ayudarme, aún con riesgo de su propia vida. Pero yo todavía habría
vacilado si él no hubiera añadido:
—Pasó la noche pasada en las ruinas, en el segundo piso de un edificio
de cuatro. Había otra mujer con usted. Su nombre es Agnes ella posee un
pequeño aparato transmisor oculto entre sus ropas. El mensaje que envió
no iba dirigido a nosotros, pero nosotros lo interceptamos. ¿Sabrá regresar
a ese edificio?
En las escaleras habían ya una docena de policías de Seguridad y los
dos primeros estaban llegando ya a la grada, abriéndose paso hacia
nosotros, con algún trabajo por el gentío que se amontonaba en la parte
alta de la escalera.
—Sí, desde luego —le dije, sabiendo que sólo tenía que recordar el
aspecto tan parecido a una cúpula funeraria según me había parecido al
salir de allí.
—De acuerdo, pues. Allí nos encontrará —dijo—. Ahora póngase en
marcha.
Me incliné hacia Claire susurrándole al oído:
—Muy pronto estaremos juntos otra vez. Quiero que confíes en este
hombre y hagas exactameme lo que te diga. ¿Comprendes? “Debes confiar
en él”.
—Confiaré... en este hombre —repitió.
Me giré entonces dirigiéndome hacia las escaleras; situadas a mi
izquierda, sin atreverme a mirar hacia atrás, temiendo que sólo la idea de
separarme de ella se hiciera insoportable echando a perder la única
oportunidad que teníamos de poder seguir vivos para poder irnos juntos a
la Base de Venus.
Mi vecino había calculado todas las cosas bien. Tuve que emplear un
poco la violencia para conseguir abrirme paso hacia las escaleras, a codazo
limpio, y cinco espectadores se alinearon esperándome para meterse
conmigo; conseguí seguir adelante y estaba a medio tramo de las
escaleras, cuando los oficiales de la policía me vieron desde la otra
escalinata.
Pasé un mal rato cuando uno de ellos llevó su mano a la cadera y
pareció cambiar impresiones mentalmente con su compañero respecto a si
debía o no abrir fuego contra mí. Esto hubiera sido meterse en la boca del
lobo por parte de ellos, ya que era muy posible que para conseguir herirme
a mí tuvieran que disparar sobre tres o cuatro espectadores, lo cual les
ocasionaría serios problemas Incluso, el disparar sólo sobre mí podría ser
bastante arriesgado para sus vidas.
Un momento después me encontraba ya al pie de las escaleras, donde
el mantenedor de las reglas, armado, estaba de pie, habiendo podido
disparar contra mí sin arriesgarse a herir a ningún espectador. Yo estaba a
unos diez pies de él. Pero detrás mío había un griterío qué mantenía
atraída toda su atención pues debía haberse dado cuenta de que la
embestida había comenzado. Estaba tan atormentado por la indecisión, que
no podía moverse siquiera.
Después de haber pasado frente a él y dirigirme a través de la pista
hacia la bicicleta vacía más próxima, me quité la ropa de encima y empecé
a correr.
CAPITULO XIV

La bicicleta estaba echada al borde de la pista a unos quince o veinte


yardas de la alta pared de piedra del estadio. Los oficiales de la policía de
Seguridad, podían estar todavía pensando en arriesgarse y disparar contra
mí antes de que empezara a pedalear. Pero era una posibilidad que deseché
a fin de tranquilizarme.
Cubrí aquella distancia muy de prisa, corriendo de forma firme y
natural sin tratar de forzar la velocidad.
Llegué junto a la bicicleta antes que a la única pelota de metal que no
estaba sujeta a la muñeca del corredor desmontado. Cogí la bicicleta por el
manillar y eché a correr hacia la pelota de metal dirigiéndome luego hacia
la lanza disponible más cercana.
Estaba totalmente armado cuando monté en la bicicleta poniendo los
pies en los pedales y dando un rápido vistazo detrás de mí. Un espectador
que había sido el primero en seguirme a través de la pista, estaba
disputando la posesión de otra bicicleta libre que estaba en el suelo algo
más atrás del lugar donde yo había cogido la mía. Pero le había costado un
poco más de tiempo armarse y montar puesto que la bicicleta estaba
bastante cerca de las gradas y unos cuarenta pies detrás mío.
Este espectador que había decidido tomar parte en la carrera, era
corpulento y musculado, con piernas extraordinariamente largas y un
rostro tosco, desigual. Parecía tener unos treinta años.
No me gustó la forma en que sus músculos se contraían, ni la manera
de apretarla mandíbula. No había ninguna razón particular para la súbita
desconfianza que experimenté cuando mis ojos se posaron en él..., sólo era
una vaga premonición de que estaba ante un formidable adversario que
vendría tras de mí de prisa sin darme tregua.
No le esperé para empezar a pedalear. Me deslicé al centro de la pista y
entré en la carrera como un contrincante totalmente armado y atento,
manteniendo firmemente en mi mente todas las reglas que debían
observarse según había indicado el hombre de la pantalla.
La bicicleta era fácil de manejar, un vehículo extraordinario que casi
parecía andar solo. Un ligero toque en los mandos, era suficiente para
mantenerla en rodaje circular alrededor de la pista, que tenía varios
centenares de pies de circunferencia.
La cadena colocada en mi muñeca izquierda, no me privaba en
absoluto en la carrera permitiéndome mover los brazos libremente. Era
una cadena extraordinariamente ligera, pero no cabía la menor duda de que
poseía la suficiente fuerza tensora para hacer de la pelota de metal, un
arma ciertamente mortífera. La pelota, que era más bien pesada,
descansaba, al lado de mi sillín. En mi otra mano sostenía la lanza,
preparada para atacar cuando fuera preciso.
Traté de no preocuparme demasiado, pro curando alejar de mi mente la
idea de la persecución y batalla que iba a dar comienzo bien pronto.
Resistí al impulso de mirar hacia atrás concentrándome en el pedaleo,
dirigiendo sólo breves vistazos a los corredores que iban delante de mí.
Sabía que con un poco de suerte podía aumentar la distancia que había
entre mi bicicleta y la de Piernas Largas hasta que éste fuera alcanzado por
otro corredor y su vehículo derribado antes de que pudiera llegar junto a
mí. Había visto suceder cosas análogas. En realidad, uno de los corredores
estaba en la carrera desde el comienzo, siendo un firme y continuo héroe
al que nadie había podido derribar.
Aquel corredor solitario, victorioso había sido alcanzado unas ocho o
diez veces, pero cada una de ellas había actuado de forma soberbia,
destrozando, las ruedas de los vehículos perseguidores con un ágil
intervención de su lanza. Dos veces había empleado la pelota de metal
sólo cuando su propia bicicleta había estado a punto de caer, haciéndola
girar de forma que pudiera recuperar el equilibrio y proseguir de nuevo la
marcha.
La velocidad..., la velocidad era en realidad el secreto. Era también el
problema más difícil con el cual tenían que batallar los corredores. Las
bicicletas tenían que subir o bajar constantemente, por lo cual era bastante
difícil poder controlar la velocidad con cierta precisión, porque todas las
bicicletas respondían al instante a la más ligera aceleración en el pedaleo.
Siempre existía el riesgo de que la velocidad que llevaras llegara a ser
demasiado grande, haciéndote perder el control de la bicicleta, saliéndote
de la pista para ir a estrellarte contra la pared del estadio. A veces tenías
que frenar casi bruscamente por auto protección, lo cual daba al corredor
que venía tras de ti una oportunidad de poder alcanzarte más fácilmente.
Todo lo que tenía que hacer era estar alerta y ver cuándo tú frenabas un
poco para acelerar entonces él.
No importaba cuán velozmente pedaleara cada corredor, pues todos
sabían que antes o después serían alcanzados, una, dos o media docena de
veces.
Había olvidado por un momento que el principal propósito de aquella
contienda era probar el valor del hombre hasta el máximo y que se suponía
que debía pensar únicamente en la manera de ir más veloz y en cómo
poner en acción toda su agresividad cuando llegara el caso.
Mi adversario más importante, al que debería tratar de derribar tan
pronto como me fuera posible, no era el que venía tras de mí con similares
propósitos mortíferos en su mente. Si éste me alcanzaba, Piernas Largas se
convertiría, naturalmente, en mi más inmediato e importante adversario.
Pero hasta que aquello sucediera debía concentrarme absolutamente en el
ciclista, que estaba directamente delante de mí.
La contienda, primitivamente, no era un arrebato de peligro del cual
cada participante se creía una posible víctima, con la necesidad de
mantener todos sus sentidos alerta a fin de poder seguir con vida. Esta
psicología podía ser fatal. Era la psicología de la “zorra perseguida por los
sabuesos” y podía minar la resistencia y capacidad de un hombre para
sobrevivir antes de haber empezado.
Hacía falta ingenio para ser más listo que un perseguidor y también se
requería una buena medida de valor, pero aquel valor y aquel ingenio no
podían estar contaminados por el miedo. Y la mejor manera de alejar el
miedo era mantenerse a la ofensiva y atacar rápidamente, controlando toda
su fuerza contra el ciclista inmediatamente delante de uno.
Tal vez aquella furia no pudiera ser siquiera controlada. Tal vez
tomaría posesión de uno, tornándose salvajemente destructiva y tan
primitiva como una noche en plena jungla.
¿Pero puedes atacar a alguien con esa clase de furia a alguien a quien
no tienes razón de odiar? No lo sabía porque no lo había probado nunca.
¿Podía llegar a convencerme a mí mismo que el ciclista que iba
delante mío me había hecho un grave e irreparable daño, que sólo podría
ser vengado matándole? No sólo derribarle mandando su bicicleta al
margen de la pista, sino hiriéndole a muerte.
¿No sería posible concentrar toda mi fuerza para atacarle de una forma
leve, de modo que fuera derribado, pero sin que la herida fuera demasiado
fatal?
¿Serviría esto? ¿Podría ser esa clase de furia menos destructiva que la
otra? ¿Cuándo la razón está ausente por completo, puede un hombre tan
encolerizado ser siquiera capaz de perdonar a su víctima?
Bien... ¿y por qué no? Aprieta los dientes y empieza a odiar. Odias al
ciclista que va delante de ti sólo por ¿principio. No te gusta la forma de
sus espaldas, ni el color de su cabello. Debes justificarte a ti mismo aquel
desagrado.
Luego olvídale de la razón. ¿No comprendes? Tu odio va siendo más
fuerte. Ya no necesitas razón alguna. Olvidas todo lo demás. Has
conseguido falsearlo. Tu furia se está convirtiendo en algo espléndido,
bárbaro. Ya no necesitas razón alguna para odiar. ¿Qué te hizo pensar
alguna vez que necesitabas una razón, qué te dio semejante idea al
principio? Diablos, todos tienen que luchar para seguir viviendo, ¿no es
cierto?
Me encogí de hombros y apreté la boca. No podría hacerlo..., no podría
emplear aquella clase de furia contra nadie, aparte del ciclista que estaba
delante de mí.
Pero sabía que debía emplear alguna clase de furia si deseaba
sobrevivir, “porque el ciclista que estaba directamente” delante de mí
era... “Vencedor Absoluto”.
No podía limitarme a cerrar los ojos y pretender que no estuviera allí,
el corredor que había sido alcanzado ocho o diez veces habiendo enviado
tantas bicicletas a un rincón de la pista con la punta de su lanza.
Treinta pies de reluciente pista nos separaban todavía, puesto que no
había aminorado ni una sola vez la velocidad. Durante un minuto la
distancia existente entre los dos ni aumentó ni disminuyó y esto debió
enojarle, pues casi en el mismo momento giró la cabeza súbitamente
mirándome fijamente.
Pude ver los duros rasgos de su rostro mientras el sol le iluminaba,
pero lo que más me enfureció fue el aspecto de fría animosidad que
brillaba en sus ojos. Nunca había puesto sus ojos sobre mí anteriormente,
pero había realizado un trabajo realmente bueno al convencerse a sí
mismo de que debía odiarme. Si hubiera sido una especie de furia
salvajemente primitiva no me habría encolerizado tanto como esa fría y
calculadora manera de inducir odio en su mente.
Me afirmé mejor en mis pedales y mi bicicleta avanzó adelante con
una velocidad que me dejó asombrado. La distancia entre los dos había
disminuido a veinte pies, y luego a... quince. El ruido de las ruedas al
rodar resonaba en mis oídos, más fuerte que el latir de mi corazón. Tuve
que luchar para contener un impulso de apretar fuerte los frenos de la
bicicleta, dándome cuenta a tiempo de que el hacer tal cosa habría lanzado
a mi vehículo en zig zag, mandándolo quizá rodando por la pista hasta ir a
estrellarse contra la pared.
Vencedor Absoluto se enderezó en su sillín, dándose perfecta cuenta de
que estaba a punto de alcanzarle. Pudo haber aumentado así la distancia
entre los dos, pero prefirió no hacerlo.
Los músculos de su cuello se notaban tensos y la lanza en su brazo,
estaba preparada a entrar en combate. Pero un instante antes de que yo
llegara a su lado se giró para mirarme una vez más, y aquello fue su
equivocación. Tuvo que girarse de nuevo velozmente para mantener el
equilibrio de su bicicleta y fue precisamente este momento el que yo elegí
para atacarle.
Pude ver el brillo de terror en sus oscuros ojos cuando mi lanza se
enredó entre su rueda trasera haciéndole frenar bruscamente.
Tenía una sola manera de salvarse, y no vaciló en ponerla en práctica a
pesar de estar prohibida por las reglas anunciadas por el locutor. Cuando la
bicicleta vaciló levantó la pelota de metal apuntando directamente contra
mi cabeza.
El negro resplandor de la cadena formó un arco en el aire y si yo no
hubiera encogido todo mi cuerpo en el instante en que vi venir la pelota,
seguramente me habría partido la crisma.
La ira que sentí en aquellos momentos era enorme. Tal vez hay veces
en que un hombre no tiene más remedio que dejarse llevar por los
impulsos.
No esperé a que su bicicleta rodara por el suelo. Bajé a la pista y me
lancé sobre él, cogiéndole por la muñeca y arrastrándole a la pista, cadena
y todo. Empleé la cadena como arma, levantando su muñeca y bajándola
tras haber dirigido el golpe contra su cabeza. Tuve cuidado en no dejarle
golpear demasiado fuerte, sólo lo suficiente para privarle de poder ponerse
en pie y lanzar de nuevo la pelota contra mí.
Me detuve cuando vi que se derrumbaba y estuve seguro de que había
quedado fuera.
Entre los dos habíamos roto una serie de reglas y yo no tenía idea de
cómo iban a tomarse aquellos acontecimientos los espectadores del
estadio. Sólo me restaba esperar que los vigilantes de la pista hubieran
visto cuán a punto había estado mi contrincante de matarme con la pelota
de metal. Si lo habían visto y estaban convencidos de que no había sido un
accidente, todo lo que tenían que hacer para evitar que los espectadores se
encolerizaran, era poner en marcha un circuito electrónico y el hombre de
la pantalla anunciara que Vencedor Absoluto había sido un perdedor todo
el tiempo. Cuando despertara se encontraría con una sentencia a muerte y
todo lo que me pasaría a mí sería una reprimenda disciplinaria por haber
descendido a la pista voluntariamente, lo cual era también una violación
de las reglas.
Desde luego yo estaba seguro de que ellos lo verían más bien como
accidente, si es que se habían dado cuenta de algo. Pero me equivoqué.
Pusieron en marcha el circuito electrónico y el locutor apareció en la
pantalla empezando a hablar muy furioso a juzgar por su voz.
No pude ir muy lejos porque los aplausos habían ya estallado siendo
verdaderamente estruendosos antes de que tuviera tiempo de pronunciar
veinte palabras.
Nunca había oído nada parecido. Era una ovación salvaje que
estremecía las gradas, y hacía vibrar la pista. Fue tan tremendo que
incluso, la carrera se interrumpió. Los corredores se detuvieron a un lado
de la pista y los hombres armados al pie de las gradas, tuvieron serias
dificultades para evitar que varios cientos de espectadores descendieran a
las escaleras que conducían a las pistas, para dirigirse hacia mí. Algunos
de ellos, sin embargo, habían conseguido burlar la vigilancia y estaban
corriendo ya hacia mí.
Aquello me aturdió por un momento, hasta que la maquinaria de mi
cerebro se puso de nuevo en marcha y empecé a comprender lo que
pasaba.
Vencedor Absoluto se había cubierto de gloria. Derribar diez o doce
corredores en una misma carrera era una heroicidad probablemente nunca
igualada hasta entonces; y cuando un hombre ha ido subiendo de esta
manera a los ojos de sus admiradores, éstos no se sienten dispuestos a
aceptar que han sido engañados y que tu ídolo no es más que un cobarde
redomado. Cuando me lanzó la pelota de metal apuntando directamente a
mi cabeza, habían visto lo que era en realidad aquel ídolo.
La desilusión y la ira les hacían descargar todo su mal humor en mí.
Yo tenía la culpa de que un héroe popular hubiera caído de su pedestal,
quedando inconsciente en el suelo. Y además, yo había enredado mi lanza
en su rueda antes de que pudiera apuntarse otra victoria a su favor.
No me sentía particularmente orgulloso de lo que había hecho. Por un
momento había dejado sueltos todos los impulsos que habían en mí. Haba
sido su vida o la mía y había actuado simplemente en defensa propia. Pero
sin embargo, la suerte haba estado de mi parte, y lamentaba haberle
obligado a salir de sus casillas. Supongo que esto le sucedería a cualquier
hombre, pero así y todo no me sentía orgulloso de lo que había hecho. Pero
los espectadores no sabían cómo me sentía.
Yo era ahora el héroe popular número uno, y por un instante me sentía
demasiado aturdido para darme cuenta perfecta de lo que eso significaba.
Luego capté todo su significado sabiendo exactamente lo que quería
decir. La muchedumbre me alzaría sobre sus hombros como había
predicho el hombre que estaba a mi lado antes de que yo bajara a la pista,
llevándome hasta la cumbre del estadio, donde había una escalinata que
conducía directamente a la puerta de salida que yo podría atravesar para ir
a reunirme con Claire sin correr el menor riesgo de ser detenido por la
policía de Seguridad. Me había convertido en un héroe popular y mi único
problema consistiría en impedir que me acompañaran tantos admiradores,
lo cual retardaría un poco mi prisa.
Y así fue todo. Sólo... sólo que no tuve que enderezar los hombros y
andar calmosamente hacia las gradas, como cualquier héroe del que todos
estaban orgullosos, menos yo mismo. Los espectadores que habían
conseguido burlar la vigilancia de los guardias, me habían alzado de
pronto sobre sus hombros, transportándome de esta manera entre
atronadores aplausos que todavía resuenan en mis oídos.
Los aplausos seguían y seguían, pero media hora más tarde, ya no los
oía, pues estaba fuera del estadio dirigiéndome con extremo cuidado por
un laberinto de calles angostas hacia el edificio donde había pasado la
noche.
CAPITULO XV

La calle no parecía la misma cuando llegué allí y observé toda su


longitud llena de cascotes; el edificio donde había pasado la noche parecía
más frío y desolado..., tal vez porque el sol estaba empezando a decaer un
poco y los montones de trozos de ladrillos que se amontonaban a ambos
lados tenían un aspecto rojizo, casi sanguinario.
Pero estaba seguro de que era aquella misma calle, aquel mismo
edificio. No es muy fácil olvidar un edificio y una calle donde se ha
encontrado muy cerca de la muerte, donde una mujer en la que habías
confiado plenamente te había demostrado su culpabilidad de traición y
perfidia.
Dos mujeres, una de las cuales había salido de mi vida casi tan
rápidamente como había entrado, mientras la otra había permanecido a mi
lado sin alejarse en absoluto de mi vida. Pero las había perdido a las dos
de distinta manera, porque cuando una mujer no está ya a tu lado y no
sabes lo que ha sido de ella, la has perdido.
¿Encontraría a Claire y al hombre que me había prometido protegerla,
juntos, allí? Si el hombre no había confiado demasiado en la buena suerte
y había podido mantener su promesa, mi pesadilla terminaría dentro de
una hora o de un día sin garantía de que pudiéramos sufrir otra. Pero si
había fracasado, si la policía de Seguridad les había atrapado, la pesadilla
no terminaría nunca, pues Claire estaría perdida para siempre para mí y
nunca podría saber qué había sido de ella.
La calle estaba desierta, pero me detuve un instante antes de entrar en
el edificio para asegurarme absolutamente de que no había sido seguido. A
pocos pasos a la derecha de mí, pasó corriendo una rata gigantesca entre
los escombros allí amontonados produciendo cierto zumbido sobre el
pavimento. Un estornino muerto yacía boca arriba sobre el pavimento, en
mitad de la calle, su plumaje todavía tornasolado y brillante, con las alas
abatidas para siempre.
En la Base de Venus, no habían estorninos, ni muertos ni vivos... ni
tampoco ratas; desde luego. Aquello no tenía gran importancia, pero
cuando un hombre se encuentra bajo una terrible tensión, pensamientos
que ordinariamente son triviales y carentes de importancia, adquieren de
pronto un significado oscuro, misterioso.
Tal vez es el pulso de la naturaleza, de toda la vida en sí, lo que se hace
latente en tales momentos, haciéndonos dar cuenta de cuán cerca está el
eslabón que une la vida con la muerte, y que poca diferencia básica existe
entre un hombre por cuyas venas corre la sangre caliente y un estornino
muerto. Subí lentamente las escaleras, porque tenía tiempo por perder y
era mejor no correr. Hay citas tan amargas que pocos hombres pueden
sentirlas sin llorar de tormento, y cuando está esperándote una de esas
citas…
Por esto subía lentamente las escaleras paso a paso, y cuando más
cerca me hallaba del piso, menos seguro me sentía de volver a ver jamás a
Claire.
Ella abrió los ojos mirándome. Sus brazos rodearon mi cuello y su
respiración se aceleró. No había necesidad de palabras entre los dos para
darnos cuenta de que estábamos so los, de una forma milagrosamente
íntima. No sólo había quedado encerrado fuera el resto del mundo, sino
que éste había dejado de existir para nosotros. “Nosotros” éramos el
mundo, como todos los enamorados lo son cuando una cegadora intensidad
de emoción les capacita para crear un nuevo universo de luz y fuego.
Claire se estremeció un poco, echando la cabeza ligeramente hacia
atrás y entreabriendo los labios cuando desabroché el cierre de la espalda
sacándole la ropa que llevaba cuando despertó en el establecimiento de
ilusión terapéutica emocional y que no se había quitado nunca.
Se la quite con ojos algo temblorosos dejándola caer al suelo.
—¡Amor mío! —susurré—. Vida mía y novia mía...
No era necesario que temiera encontrar una banda de metal bajo sus
ropas, ni que su cuerpo no fuera tal y corno yo había esperado que fuera.
Era toda una mujer.
Más tarde, cuando ella estaba poniéndose de nuevo la ropa, sus ojos
brillaban, mientras cubría de nuevo su maravillosa cuerpo que yo había
hecho mío solo.
Entonces habló por primera vez.
—Me dijo que no te matarían. No podía esperar aquí conmigo, porque
había otros que necesitaban su protección, y apenas disponía de tiempo
para asegurarse de que no estaríamos de nuevo en peligro. Pero me dijo
que regresarías y que yo estaría a salvo aquí si cerraba la puerta y esperaba
a que llegaras, sin hacer ruido.
Sonrió. Nunca había sonreído hasta entonces, en todos los sueños de
mi juventud y nunca hasta aquel momento, me había dado cuenta exacta
de cuán maravillosa puede parecer una mujer biogenéticamente ideal
cuando el universo se convierte en luz y fuego, y todas las barreras se
convierten en plácidos caminos hacia las estrellas.
—Habría cerrado la puerta, pero la llave no iba bien. Habría seguido
intentándolo, pero temía que nunca regresarías por lo que no me importaba
demasiado lo que pudiera ser de mí.
Se detuvo, como si tratara de encontrar en su mente, las palabras
adecuadas para explicar algo que a ella debía parecerle incomprensible. Yo
sabía exactamente por qué la gente a veces siente que salvaguardándose a
sí mismos pueden ser pospuestos, pero la dejé proseguir con su relato.
—Tú me dijiste que confiara en él y así lo hice. ¿Pero cómo podía él
saber que no te matarían? Y si tú no regresabas yo habría muerto también.
Dejé de seguir intentando dar la vuelta a la llave porque estaba empezando
a morir un poco y cuando estás muriéndote, no siempre tratas de hacer
cuanto puedes para retener la vida. En realidad no quieres morir. Pero no
estás seguro de que la vida sea mejor que dejarse morir, porque una vez
muerto ya no hay más tormentos. No era mi intención dejar de probarlo.
Pero me sentía tan atormentada, que tuve que echarme en el suelo y cerrar
los ojos para dejarme morir un poco más. Pensaba que si lo hacía así tal
vez encontraría la fuerza necesaria para dar la vuelta a la llave. Cuanto
más hubiera muerto dentro de mí, menor sería el tormento que sentía...
Moví la cabeza.
—Sé lo que se siente para morir de esta manera —dije—. No tienes
que explicármelo. Entre el sueño y la muerte no hay un abismo muy
amplio y uno necesita dé los dos. Yo he sentido algo parecido mientras
subía las escaleras, sin saber si te encontraría o no. Tal vez por esto he
hallado la fuerza de dar la vuelta a la llave.
—La puerta estaba todavía abierta, por lo que debes haberla cerrado al
entrar —dijo—. Me alegro de que lo hicieras. Has encerrado al mundo
afuera, porque querías estar completamente solo conmigo. Por esto has
dado la vuelta a la llave.
—Estaba encerrando a la clase de mundo que has encontrado en las
ruinas —dije—. Estaba encerrando al Gran Cerebro, y a los monitores.
Bien, sí... estaba encerrando también
—¿Incluso la Base de Venus? —preguntó.
—Incluso la Base de Venus —repuse.
De pronto recordé que no le había dicho ni una sola palabra sobre los
dos años que había pasado en la Base de Venus. Y habían tantas cosas que
ella tendría que saber, porque si vivíamos suficiente como para ver otro
amanecer, quería llevármela allí.
La llamada en la puerta no había sido muy fuerte por lo cual por un
momento creía que debía ser el viento que la había hecho mover
ligeramente produciendo aquel ruido, pues al hacerla mover sobre sus
herrumbrosos goznes, podía producir un sonido parecido.
Pero ahora ya no había lugar a dudas. La llamada en la puerta había
sonado más fuerte y más insistente mientras una voz gritaba con aguda
impaciencia:
—Ya puedes dejarme entrar. La policía de Seguridad estará aquí dentro
de un momento, de modo que no vais a ganar nada manteniendo la puerta
cerrada. Si sois inteligentes, escucharéis lo que os tengo que decir. ¿O
preferís esperar hasta que llegue la policía y eche la puerta abajo?
Si hubiera sido una voz que no hubiera podido reconocer no habría
abierto la puerta. Pero era la voz que había oído en la cúpula entre el
zumbido de los computadores del Gran Cerebro, y la misma que la noche
anterior había estado susurrándome palabras al oído mientras yo me
hallaba en un estado intermedio entre despierto y dormido. Era la voz de
una mujer a la que yo había golpeado lleno de cólera, porque había violado
una confianza que yo había depositado en ella al emplear a otra mujer
como prenda, siendo por tanto culpable de doble traición.
Me sentí de nuevo iracundo mientras me dirigía hacia la puerta, dando
la vuelta a la herrumbrosa llave que había encerrado fuera al mundo, para
mí. Abrí la puerta de par en par y Agnes entró en la habitación.
Permaneció de pie muy quieta por un momento, mirándome de hito en
hito a mí y a Claire. Se mantuvo tensa y arrogante, como si diera la
bienvenida a la oportunidad que le permitía soltar sus sentimientos
encerrados y como si tuviera autoridad ahora para amenazarnos con algo
más que simples palabras.
—Estaba segura de que regresarías a este edificio —dijo—. Cuando
esta mañana os habéis marchado escapando a los dos oficiales de policía
de Seguridad subiendo a un autobús que se dirigía a las carreras, y
escapando de nuevo en el estadio. El hombre que has encontrado en el
estadio te ha ayudado. El trajo a Claire a esta habitación y le dijo que
cerrara la puerta y no dejara entrar a nadie.
“Oh, estaba todo muy inteligentemente planeado. El hombre que te ha
ayudado es un criminal conspirador, un rebelde. Interceptó un mensaje que
yo enviaba a la policía de Seguridad la pasada noche, pero como él no es
un telépata, como tú y como yo, John, no supo que habías abandonado este
edificio hasta que interceptó un servicio informativo de alerta a la policía
de Seguridad que le informó que tú estabas en el estadio.
Estaba mirándome directamente.
—Está especializado en esta clase de búsquedas por lo cual no le fue
difícil encontrar te, a pesar del gentío que llenaba el estadio. Él sabía
exactamente cómo repasar una multitud con mecanismos electrónicos, y
una mujer como Claire sobresale.
“Os ayudó a escapar a los dos, acompañando a Claire aquí, y
apremiándote a tomar parte en las carreras antes de que la policía de
Seguridad pudiera arrestarte. Yo estuve examinando tu mente mientras
bajabas hacia la pista y todo esto fue bien claro para mí. Yo había dejado
las ruinas y estaba en la cúpula de computadores, asegurándome de que
cada paso que dábamos para combatir la rebelión estalla de completo
acuerdo con las instrucciones dadas por el Computador Gigante. Pero si
hubiera estado en el estadio no me habría podido enterar mejor de todo lo
que estaba sucediendo, porque yo estaba escudriñando también en su
mente.
“Eres un hombre extraordinario, John. Él debe de estar tan seguro de
ello como yo..., pues en caso contrario no te hubiera instado tanto a que
entraras a las carreras. Debió pensar que tenías muy buenas oportunidades
de vencer de la manera que se requería para que los espectadores se
echaran con furia sobre los policías de Seguridad. Naturalmente, no podía
suponer, cuán extraordinaria podría ser esa victoria.
Moví la cabeza porque no me sentía halagado por sus frases. Algo en
sus palabras me encolerizaba.
—Tuve mucha suerte —dije—. El corredor a quien alcancé cometió la
irreparable equivocación de girarse para ver lo cerca que estaba de él
precisamente en el mismo momento que yo llegaba a su lado.
—Esto requiere mucho ingenio y destreza para saber aprovechar una
equivocación instantánea como ésa —dijo—. Posees dotes excepcionales
de cuerpo y mente, y estás cometiendo una trágica equivocación al
malgastarlas en una mujer como ésta, uniéndote a una conspiración que
fracasará sin lugar a dudas.
Yo tenía una respuesta para esto, también.
—Si estás tan segura —dije—, ¿cómo justificas una rebelión que es un
seguro fracaso con un hombre que es más que un contrincante para la
policía de Seguridad? Deben haber otros hombres igualmente
extraordinarios en la Base de Venus, o la conspiración hubiera sido
aplastada ya...
Ella me interrumpió bruscamente:
—¿Luego admites que eres un hombre extraordinario?
—En absoluto —dijo—. Estoy hablando del hombre que nos ha
ayudado y que por lo visto no está ahora aquí.
—Tú sabes tan bien como yo que un telépata puede seguir los
movimientos de un hombre con absoluta precisión, cuando se lo propone,
concentrándose tanto como pueda para conseguir su propósito. Yo sabía
que traía a Claire aquí, pero el contacto visual se interrumpió en el
momento en que abandonaron el estadio. Está muy familiarizado con las
ruinas y no tiene necesidad de detenerse para saber por dónde anda, e hizo
visible esta parte de las ruinas para llegar aquí. No creo que haya llegado
aquí tan de prisa ni que se haya evaporado tan rápidamente. Ha sido una
equivocación bastante razonable dadas las circunstancias. El solo hecho de
que haya escapado a tiempo, ni siquiera lo que ha realizado en el estadio,
no le convierten en un hombre extraordinario.
Su rostro había perdido la dureza de momentos antes y parecía, casi
súbitamente, estar suplicándome que no siguiera acusándola.
—John, lo repetiré otra vez. Eres tú el extraordinario. Lo supe desde el
primer instante..., cuando estabas a mi lado en la cúpula y me tomaste
entre tus brazos. Hablabas violentamente, rebeldemente, incluso,
desdeñosamente. Te burlaste del Computador Gigante, negando que
pudiera tomar una decisión tan absolutamente inteligente y en favor de los
mejores intereses de la Sociedad.
“John, escúchame. Hablabas rebeldemente, pero yo sabía que en el
fondo de tu mente no sentías en realidad de aquella manera.
—Si lo sabías —la interrumpí—¿por qué me mentiste? ¿Por qué
fingiste estar de acuerdo conmigo con todo lo que dijiste haciéndome
pensar...
—¿Haciéndole pensar qué, John?
—Que tu cólera era tan grande como la mía. Cuando hablé acerca de la
Base de Venus de una forma menos dura, estuviste más burlona de lo que
yo hubiera esperado. Pues yo fui menos honrado conmigo mismo que lo
soy ahora, y no quería creer que nunca dejarían ir allí a las mujeres...
Se me acercó con una mirada casi desesperada en sus ojos.
—John, suponte que te digo que tenía una poderosa razón para
mentirte. Suponte que te digo que la Sociedad está tan peligrosamente
amenazada que debe ignorar lo que dice un hombre extraordinario para
seguir creyendo en su capacidad de lealtad. Si la rebelión no hubiera sido
tan profunda, tal vez no hubiera sido demasiado tarde. Ese hombre
extraordinario podría tal vez ser capaz todavía de salvarse.
CAPITULO XVI

Miré a Claire y vi que estaba de pie, inmóvil, mirando fijamente a


Agnes con los labios fuertemente apretados. Si estaba aturdida por lo que
la otra mujer acababa de decir, no lo demostraba.
Me habría acercado a ella y la hubiera rodeado con mis brazos, si no
hubiera estado tan seguro de que lo que Agnes había dicho no haría
mermar la confianza que Claire tenía en mi lealtad al mundo que
habíamos compartido juntos.
Agnes debió comprenderlo también, y súbitamente se dio cuenta de
que las palabras solas no eran la única arma que puede esgrimir una mujer,
pues se inclinó hacia mí como si estuviera a punto de desvanecerse y casi
instintivamente le tendí los brazos para sostenerla. Era precisamente la
tontería más descabellada que podía haber hecho, pues ella aprovechó el
momento para echarme los brazos al cuello, tan fuerte que para librarme
de aquel abrazo, hubiera tenido que obrar con brutal violencia hasta ante
los ojos de la propia Claire, que debía estar muy enfadada.
—John —susurró con insistencia—. John, escúchame. “¿Has creído
realmente que Claire fuera una mujer autómata? “
De pronto un hondo silencio reinó entre nosotros, como si las mismas
palabras hubieran tenido una cualidad funesta y ella no se atreviera a
proseguir demasiado de prisa.
Su abrazo se hizo algo menos intenso, pero yo estaba demasiado
confundido para cogerla por las muñecas y obligarla a soltarme.
—Oh, todo ha sido inteligentemente planeado, John. Cuidadosamente
planeado. Los conspiradores seleccionan a jóvenes hombres del espacio,
atrevidos, separados de la vida y de la realización por lo que ellos llaman
astuta, pero falsamente la tiranía del Computador Gigante. Acuden a ellos
a través de los modelos del establecimiento de autómatas. ¿No lo
comprendes, John? Las mujeres rebeldes prebenden ser autómatas.
“Pretenden” ser autómatas, John. Los datos del ideal biogenético de
cada piloto, es cuidadosamente examinado de antemano y las mujeres que
coinciden con los datos de los pilotos individuales son vendidas al hombre
en el establecimiento. Las mujeres tienen que fingir con mucha destreza
poseer una mente infantil.
“Hasta que se encuentran en el espacio, John, y aquel fingimiento
puede ser abandonado. Entonces hablan con el piloto. Puesto que la mujer
coincide en todos los aspectos con lo que él siempre ha soñado, no es
probable que él regrese. Si es humano, no es muy fácil que regrese ni la
mente tenerla consigo. Si una mujer es bastante hermosa no hay ningún
hombre que sea tan loco como para repudiarla.
Por un instante la experiencia ilusoria de la noche anterior parecía
estar transcurriendo de nuevo, pues me sentía, en aquel preciso instante,
apartado en la habitación en la que me encontraba e incluso me sentía
alejado de la mujer que estaba susurrándome palabras al oído.
Pero esta vez me hallaba dentro de una enorme nave, sombría y llena
de humo. Las figuras humanas se movían ondulantemente a través de la
luz. Veía a un hombre con la cabeza vendada, y una mujer que le ayudaba.
En el vendaje habían manchas de sangre y su cabello estaba pegajoso por
la sangre que iba secándose.
Algunos hombres estaban sentados; otros permanecían de pie firmes y
resueltos, bajo la luz del sol. Pero cada uno de ellos iba acompañado de
una mujer, y cada uno tenía el aspecto de un luchador acostumbrado a
combatir contra desesperadas diferencias para conservar su independencia
y el propio respeto.
“La Sociedad mantiene la lucha en secreto, John. Acaba de comenzar,
pero está esparciéndose muy de prisa. Hasta ahora, hemos podido esconder
a los rebeldes, conduciéndoles de los campamentos centrales a puestos
solitarios. Pero siguen apareciendo nuevos refuerzos. El plan del
establecimiento autómata está trabajando peligrosamente.
“Diariamente llegan un centenar de hombres del espacio, y las mujeres
les inspiran a la lucha, permaneciendo a su lado en medio de la matanza y
del desespero. Con el tiempo tendremos un formidable ejército para
rebatirlos.
Fue entonces cuando desperté por completo de aquel extraño hechizo.
La cueva se desvaneció siendo reemplazada por los firmes contornos de la
realidad. Al principio vi sólo el suave óvalo del rostro de Agnes, una
sombra blanca y móvil. Luego cuando movió la cabeza un poco más, y las
tres pulgadas que habían entre los dos se aumentaron a cinco o seis, pude
ver sus rasgos más claramente.
—Debes escucharme, John —rogaba—. Debes creerme. Yo también
poseo facultades extrasensibles, como te dije. Cuando cierro los ojos,
escenas no demasiado claras a los sentidos se me presentan con una
claridad deslumbrante. Puedo ver escenas de la Base de Venus ahora, como
tú las has visto. Nuestros pensamientos, nuestros más ocultos
pensamientos han estado unidos en esta visión interna, por la clarividencia
que es nuestra fuerza.
“Yo seré tu mujer, John Tabor..., y juntos lucharemos contra esa
conspiración destruyéndola. Compartiremos otras visiones de Venus, y
cada movimiento que hagan los conspiradores será conocido por nosotros.
Informaremos a la Sociedad para que efectúe sus maniobras, y no
descansaremos hasta que se haya hecho justicia.
Entonces tuve que hacer un verdadero esfuerzo para librarme de sus
brazos, decidiendo ser rudo si tenía la necesidad de serlo. Pero ella se
resistía a soltarme, colgándose de mí con desesperada urgencia.
—¿Dudas de lo que te he dicho? ¿Necesitas pruebas? ¿Tendré que darte
una prueba?
Antes de que pudiera responder apretó sus labios a mi garganta
besándome, tan fuer te que sus dientes me causaron una ligera
magulladura. Un hombre no necesita tener un gramo de masoquismo para
sentirse estremecer por esa especie de “mordisco del amor... “ siempre y
cuando la mujer no se haya convertido en un ser profundamente odioso
para él. Pero ahora, más que nunca, quería a Claire, deseaba que fuera ella
la que estuviera entre mis brazos mientras yo le haría comprender a Agnes
lo que yo sentía respecto al Gran Cerebro y a los monitores, y que mis
ideas no habrían cambiado aunque me ofrecieran un harén en la Base de
Venus con cincuenta o cien mujeres. A menos que, naturalmente, se
hubieran parecido a Claire y el Gran Cerebro hubiera estado de acuerdo en
estallar en mil pedazos en el mismo instante en que todos los monitores
hubieran estado junto a él.
—Retrocede hasta la pared, Agnes —dijo una voz, fríamente.
El ruido del vestido de Claire no fué más que un leve crujido, pero
supe que estaba muy cerca de nosotros. Agnes se envaró entre mis brazos,
pero antes de que pudiera girarme, Claire habló de nuevo.
—No volveré a avisarte. Retrocede hacia la pared, ¡suéltale!
No me había equivocado en cuanto a la proximidad de Claire. Estaba
de pie a unos tres pies de nosotros y sus ojos se encontraron con los míos
en el instante en que me giré. Se había inclinado cogiendo el cuchillo que
Agnes llevaba en la liga. Brilló en su mano.
Hay ciertas revelaciones tan azarosas que tu mente procura siempre
salir por la tangente. Hay un momento de asombro, de confundida
incredulidad, cuando no puedes agarrarte firmemente a la realidad.
Era una Claire cambiada. Sus ojos eran claros y determinados,
decididos, brillantes de ira.
—Es verdad, John. Todo es verdad —dijo Claire—. Te ha abierto los
ojos más de lo que tú piensas. Es una mujer muy inteligente. Los
monitores confían en ella y se niegan a creer que con su gran belleza y con
una lengua tan inteligente, pueda fracasar en su misión.
Agnes estaba retrocediendo lentamente hacia la pared, pero toda mi
atención estaba concentrada en Claire.
Estaba de pie muy quieta, con el cuchillo firmemente sostenido en su
mano, cuando yo murmuré:
—Tú no... no puedes ser...
—Lo soy —dijo Claire.
—Una verdadera mujer.
—Mírame, John. ¿Puedes dudarlo? Deberías haberlo sabido en el
mismo instante en que tus ojos se posaron sobre mi cuerpo desnudo
mientras me decías que era toda una mujer.
—La mujer más hermosa y maravillosa que haya tenido entre mis
brazos —susurré—. ¡Y verdadera!
—Sí, John.
—Me sentí enamorado de ti desde el primer momento que te vi —dije
—. ¿Lo sabías?
—Estaba segura de ello, John. Ellos estudiaron los datos de tu ideal
biogonético muy cuidadosamente. Yo era la única mujer que pudieron
encontrar totalmente adecuada para ti. Era correcto por ambos lados, John.
Puesto que tú eres el tipo adecuado para mí.
Agnes exclamó:
—¡Mentira!
—Creo que no —repuso Claire—. Estaba cegado contigo, pero me ama
a mí. Me ama lo suficiente para luchar por una nueva vida de libertad e
independencia en Venus.
Sus ojos se entornaron un poco al añadir con un candor que me
asombró:
—La sexualidad elemental puede ser una fuerza conductora
poderosísima en todos los hombres y mujeres. Pero no es ciertamente
maravillosa hasta que algo más imperecedero entra a formar parte de ella.
El amor inmortal de un hombre por una mujer..., su amor por ella como
“persona”.
Los ojos, de Agnes se entornaron mientras ella avanzaba hacia Claire
con los ojos brillantes de fría cólera.
—Ninguno de los dos vivirá para reunirse con los conspiradores —
avisó—. Dentro de pocos minutos estaréis prisioneros. Seréis atados y
arrojados dentro de la prisión. Vuestro juicio y castigo será rápido, os lo
prometo.
Supe al instante que ella habría podido hacer cumplir su amenaza.
Como agente de la Sociedad, no habría hecho un simple aviso amenazador
contra nosotros sin estar completamente segura de lo que hacía. Sabía que
si ella luchaba furiosamente un tiempo que era precioso para nosotros,
sería lamentablemente desperdiciado, con peligro de nuestras vidas.
La miré fijamente con aturdida perplejidad. Estaba soberbia y resuelta,
incluso, en su desesperación. Claire parecía haberse dado cuenta de
aquella resolución casi instintivamente, y estaba disponiéndose a tener una
pelea física que podría haber sido un tremendo desastre para las dos.
Dando un paso hacia adelante cogí a Agnes por la cintura, tapándole la
boca con la mano, mientras le decía a Claire:
—¡Sal! Me reuniré contigo abajo. De prisa, cariño..., no hay tiempo
que perder! La policía de Seguridad estará aquí dentro de un instante.
Agnes luchaba como un gato rabioso, mordía, arañaba, pataleaba. Vi
que Claire daba la vuelta atravesando la puerta y oí sus pasos cuando
bajaba las escaleras en dirección la calle.
—Nunca conseguiréis escapar —gritaba la voz de Agnes, con voz
desesperadamente odiosa.
—Lo intentaremos —dije, casi en un susurro.
Apreté la presión de mi brazo alrededor de su cintura; entonces con un
súbito tirón solté mi brazo, haciéndola retroceder tambaleando contra la
pared.
Eché a correr hacia la puerta. La oía gritar, pero no me giré. Una vez
en el pasillo cerré la puerta tras de mí con llave, que me guardé en el
bolsillo,
Había cerrado por fuera, y bajaba ya las escaleras en dirección a la
calle. Claire estaba esperándome al pie de las escaleras, quieta y pálida
con una mano en el cuello.
—Vamos—le dije—. Tenemos que apresurarnos. Vendrán en seguida
tras de nosotros.
Unimos nuestras manos y echamos a correr por la calle. Corríamos
junto a los edificios, haciendo alargar grotescamente nuestras sombras
sobre el desierto pavimento. Ladeábamos las paredes derrumbadas,
atravesando callejuelas y durante un momento corriendo en pleno
descubierto, dejando que el sol de la mañana diera de pleno sobre
nosotros.
Así estábamos cuando oímos el primer aullido de la sirena.
Apreté mi mano en la de Claire susurrándole apresuradamente:
—No tenemos tiempo de llegar a la entrada del subterráneo. Debemos
estar rodeados por todas partes. Tendremos que ocultarnos mientras siga la
búsqueda.
—¿Dónde? —preguntó Claire.
Frente a nosotros se elevaba una gran estructuración de semi derruidas
piedras gris amarillentas. Señalé hacia allí mientras corríamos hacia la
entrada oscura de aquel amplio edificio. Atravesamos un vestíbulo amplio,
tristemente iluminado. Por todos lados habían increíbles instrumentos de
ciencia llenos de polvo.
Atravesamos el vestíbulo subiendo tras un objeto gigantesco, en forma
de dinamo que vibraba cavernosamente al hacerlo vibrar con nuestros
cuerpos.
De pronto en medio de la oscuridad se oyó una voz:
—Esto es la Unidad Consultiva de Ocupación 34 GH. Llenen la hoja de
inscripción y solicitud de trabajo y permanencia. Deseamos que descansen
por completo mientras observa el futuro que hemos planeado para ustedes.
Debe poseer aptitudes mecánicas de alto orden, pues de lo contrario no
habrían venido a esta Unidad.
“Tómese el tiempo que quiera para determinar la profesión que
prefiere. Pasen por el vestíbulo a su libre albedrío y observen todos los
fascinantes registros cinemascópicos de tres dimensiones. Puede escoger
lo que más le agrade dentro de todas sus intrincadas ramificaciones. Es
“su” futuro el que está planeando. Recuérdelo..., “su” futuro.
“La elección que haga ahora influirá en todo su futuro. Recuérdelo. Si
escoge sabiamente tendrá ganada la mitad de la batalla”. Apreté mi mano
en la de Claire.
—Esto era un antiguo edificio de la unidad de ocupación —le susurré
—. Lo que has oído es el último aliento de una sociedad libre que expiró.
Este disco pretende ofrecer una oportunidad de ocupación a los pobres
individuos que vienen a caer aquí. Pero incluso entonces había en esas
palabras un siniestro tono: “observe el futuro que hemos planeado para
usted”.
—Ya lo sé —murmuró Claire—. Atreverse ahora a plantear tu propio
futuro sería casi como preparar la manera de tu muerte. Pero tenía que
probarse. Me alegra de habernos atrevido a hacerlo.
Desde muchos años atrás, había aprendido el truco de procurar
mantener una parte de mi mente constantemente alerta en las situaciones
de peligro. De esta forma los pasos más sigilosos, un tenue movimiento en
la oscuridad podían acudir a mi mente avisándome inmediatamente para
poner a la defensiva.
Supe de pronto que no estábamos solos en el edificio. Apreté la mano
de Claire entre la mía retrocediendo hacia las sombras. Entonces,
inclinándome cautamente hacia adelante observé con atención.
Había un vacilante resplandor en el suelo del piso de abajo, muy ligero
entre los instrumentos de proyección y las pantallas de proyección. Me di
cuenta de que alguien estaba subiendo hacia donde nos encontrábamos. Al
agudizar mi oído pude oír el tenue aliento de alguien.
Tenía que haber tomado la iniciativa entonces y allí. Debí adelantarme,
atacando de improviso al invisible visitante. Podría haberle descubierto
muy de prisa, y su posición directamente debajo de la mía, le hubiera
colocado en franca desventaja. Pero esperé demasiado y el enorme
volumen de él apareció de pronto ante mí, y antes de que pudiera mover un
pie cubrió la distancia que nos separaba con una carrera precisa y rápida.
Sólo pude esquivar el golpe que me dirigía, con los dos puños a la vez.
Era un oficial de la policía de Seguridad. En su muñeca una porra
electrónica que hubiera podido romperme la crisma si llega a golpearme
con ella. Describía un reluciente arco en la embestida pudiéndose oír muy
bien el zumbido mortífero de la misma.
Pasó rodando por encima de mí, perdiendo el equilibrio al fallarle el
impacto. Casi fue a golpearse contra la pared de detrás mío, tan grande
había sido la fuerza que había empleado en su ataque. Cuando estuvo
dispuesto a atacar de nuevo, yo estaba esperándole a mi vez.
Le dirigí un soberbio derechazo en pleno estómago, lanzándole luego
el izquierdo hacia la mandíbula con toda la violencia y fuerza que pude.
Lanzó un gemido retrocediendo tambaleándose, momento que aproveché
para darle un formidable puntapié en su talón de Aquiles con la punta de
mi bota. El puntapié pareció injuriarle más que los puñetazos; lanzó un
gemido, se dobló, y vacilando vino hacia mí.
Por un momento estuvimos repartiéndonos sendos puñetazos, con furia
y cólera. Yo debía seguir golpeándole con los dos puños para protegerme
de su porra.
Le derribé con un puñetazo ciertamente duro, que le dirigí con plena
premeditación de lo que hacía.
Había estado tan atareado luchando con aquel policía que yacía ahora
derrumbado a mis pies, con un tenue hilillo de sangre que le brotaba entre
la comisura de los labios, que no me había dado cuenta de que teníamos
otra visita entre las sombras.
Me giré a tiempo de ver a Claire de pie con un cuchillo en sus manos
totalmente sola con Agnes. Si me hubiera girado un momento antes, habría
visto a Agnes salir de las sombras y acometer a Claire mientras el oficial
de policía se ocupaba de mí. Habría visto a Claire recurrir al cuchillo en
propia defensa.
Pero por lo menos me había girado a tiempo de presenciar el punto
crucial de su batalla, por lo cual me sentía agradecido.
Me sentía contento en otro aspecto, pues ello significaba que el policía
de Seguridad había llegado a libertar a Agnes un minuto o dos después de
haber oído las sirenas. Por lo visto nos habían seguido hasta aquel
edificio..., la única construcción de medidas fuera de lo normal en aquella
área..., y si nuestra partida hubiera sido demorada y hubieran venido tras
de nosotros más de prisa hubiéramos perdido la última esperanza.
Los ojos de Agnes estaban entornados, mientras avanzaba hacia Claire
con un frío brillo en su mirada.
—¡Dame ese cuchillo! —le avisó—. Dámelo, o tendré que quitártelo.
—¡Pruébalo! —repuso Claire.
Agnes agarró la muñeca dé Claire arrebatándoselo, antes de que yo
tuviera tiempo de interponerme entre las dos.
Lo que sucedió entonces fue como la escena de un sueño fantástico,
terrible. Agnes hizo retroceder a Claire hacia la pared, retorciéndole
salvajemente la muñeca. Claire se había resistido pero al fin Agnes le
había arrebatado el cuchillo.
Soltó a Claire, y entonces se dispuso a atacarla. Se acercó hacia Claire
con el cuchillo levantado, con un odio asesino brillando en sus ojos.
Corrió hacia Claire de prisa... demasiado de prisa, resbaló y cayó hacia
adelante; y en su caída el cuchillo se le clavó en el pecho.
Una mirada de aturdimiento casi infantil apareció en sus ojos.
Por un instante se agitó en el suelo, con los dedos todavía alrededor del
mango del cuchillo. Una convulsión la sacudió. Su rostro se desfiguró en
la agonía, con las pupilas atemorizadas. Lenta, horriblemente sus ojos
fueron cerrándose y su respiración fue esparciéndose hasta cesar por
completo. Había quedado inmóvil.
Si alguien ha presenciado una cosa semejante, sabrá que uno desearía
poder olvidarlo lo más rápidamente posible. No quieres torturarte con
aquella idea, aunque por un instante mi mente se convirtió en un
instrumento registrador de actos semejantes. No sentía horror ni temor.
Estaba de pie, quieto, mirando a Claire, cuando entraron cuatro
hombres y cuatro mujeres que salían de las sombras. Llevaban los
uniformes de la Base de Venus; las mujeres eran muy hermosas, con piel
como los pétalos de una rosa. Grandes ojos que recorrían mi rostro con
curiosidad manifiesta. El hombre que nos había visto en el estadio estaba
muy quieto mirándome a mí y a Claire con alivio reflejado en sus oíos.
Parecía aún más corpulento dentro del uniforme. Estaríamos en deuda
con él hasta el fin de nuestros días.
Una muchachita alta, de cabello rojizo, de ojos muy simpáticos se
inclinó sobre el cadáver que yacía en el suelo, para examinarlo. Tras un
momento levantó los ojos y mirando a Claire le preguntó:
—¿Ya lo sabe?
Claire movió la cabeza.
—Será mejor que se lo digas —aconsejó la muchacha.
Claire me miró, con ojos compasivos.
—Agnes era una mujer autómata, John — dijo—. Agnes era la más
perfecta de las cien mujeres autómatas que habían sido puestas en marcha
por la Sociedad dentro del más estricto secreto a fin de espiar nuestras
actividades.
La muchacha del cabello rojizo dijo:
—Por lo general nuestros cónyuges escogidos no saben la verdad hasta
que se encuentran a salvo en Venus, pero cuando trajiste a Claire aquí,
complicaste bastante la situación. Ahora nuestra tarea es acompañaros
para obtener lo antes posible el pasaporte espacial.
Sonrió.
—Ya no hay peligro, pero así y todo iréis custodiados por miembros de
nuestra organización durante todo el camino.
Miré a Claire.
Ella me miró.
Pensé en la Base de Venus, y pensé en Claire entre mis brazos, con el
rostro oculto.
¿Cuán afortunado puede ser un hombre?

FIN

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