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El Matrimonio en El Magisterio de La Iglesia

Este documento presenta la doctrina católica sobre el matrimonio. Explica que el matrimonio es una vocación natural entre un hombre y una mujer, pero que para los cristianos bautizados también es un sacramento. El matrimonio cristiano es un signo del amor entre Cristo y la Iglesia y confiere gracia a los esposos para amarse y educar a sus hijos. El documento también destaca que el matrimonio es indisoluble y que la sexualidad en el matrimonio debe ser abierta a la vida.

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El Matrimonio en El Magisterio de La Iglesia

Este documento presenta la doctrina católica sobre el matrimonio. Explica que el matrimonio es una vocación natural entre un hombre y una mujer, pero que para los cristianos bautizados también es un sacramento. El matrimonio cristiano es un signo del amor entre Cristo y la Iglesia y confiere gracia a los esposos para amarse y educar a sus hijos. El documento también destaca que el matrimonio es indisoluble y que la sexualidad en el matrimonio debe ser abierta a la vida.

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EL MATRIMONIO EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

Daniel Iglesias Grèzes


[Link]

La dignidad del matrimonio y de la familia se halla oscurecida hoy día por el concubinato, el
divorcio y otras deformaciones; además, con frecuencia el amor conyugal es profanado por el
egoísmo y el hedonismo, cosa que se manifiesta por ejemplo en la anticoncepción, la
esterilización y el aborto. Por lo tanto la Iglesia, a la par que denuncia en forma profética todo
lo que se opone al plan de Dios en esta materia, anuncia sin cesar la Buena Noticia del
matrimonio y la familia según la doctrina cristiana, para iluminar y fortalecer a los cristianos y a
todos los hombres que se esfuerzan por defender y promover el valor del matrimonio y de la
familia (cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el
mundo actual, n. 47).

En este capítulo presentaremos sintéticamente la doctrina católica sobre el matrimonio.

1. Datos fundamentales de la antropología cristiana

Dios ha creado al varón y a la fémina con igual dignidad personal y ha inscrito en ellos la
vocación al amor y a la comunión.

«Desde el principio [el hombre y la mujer] aparecen como “unidad de los dos”, y esto significa
la superación de la soledad original, en la que el hombre no encontraba “una ayuda que fuese
semejante a él” (Gn 2,20). […] Ciertamente se trata de la compañera de la vida con la que el
hombre se puede unir, como esposa, llegando a ser con ella “una sola carne”’ y abandonando
por esto a “su padre y a su madre” (cf. Gn 2,24).» (Juan Pablo II, carta apostólica Mulieris
dignitatem sobre la dignidad y la vocación de la mujer, n. 6).

El cuerpo humano es la expresión del espíritu y está llamado a existir en la comunión de las
personas a imagen de Dios. Este cuerpo, marcado por el sello de la masculinidad o la
femineidad, tiene un carácter nupcial; es capaz de expresar el amor con que la persona
humana se hace don, verificando así el sentido profundo del propio ser. Corresponde a cada
persona humana aceptar la propia identidad sexual.

El hombre y la mujer son llamados a existir no sólo uno junto al otro, sino también el uno para
el otro. Así expresan su semejanza con la comunión de amor que existe entre las Personas de
la Santísima Trinidad. El matrimonio es la dimensión primera y, en cierto sentido, fundamental
(pero no única) de esta llamada. Toda la historia del hombre sobre la tierra se realiza en el
ámbito de esta llamada. Basándose en el principio del ser recíproco para el otro en la
comunión interpersonal, se desarrolla en esta historia la integración en la humanidad misma,
querida por Dios, de lo masculino y lo femenino (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe,
Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la
Iglesia y el mundo, n. 6).

De la revelación bíblica emerge la verdad sobre el carácter personal del ser humano. El ser
humano -hombre o mujer- es persona; en efecto, ambos han sido creados a imagen y
semejanza del Dios personal. La igual dignidad del hombre y la mujer se realiza como
complementariedad física, psicológica y ontológica, dando lugar a una armónica «uni-
dualidad» relacional.
La diferencia de los sexos es una realidad profundamente inscrita en el ser del hombre y la
mujer, orientada a la comunión entre ambos. La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer
en los planos físico, psicológico y espiritual, con su impronta consiguiente en todas sus
manifestaciones. No puede ser reducida a un puro e insignificante dato biológico, sino que es
un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de
comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano. Esta capacidad de amar,
reflejo e imagen de Dios Amor, halla una de sus expresiones en el carácter esponsal del
cuerpo.

El ser humano, en su unidad de cuerpo y alma, está por naturaleza orientado a la relación con
el otro. Esta relación se presenta siempre a la vez como buena y alterada. Es buena por su
bondad originaria, declarada por Dios desde el primer momento de la creación; es también
alterada por la desarmonía entre Dios y la humanidad, surgida con el pecado. Tal alteración no
corresponde, sin embargo, ni al proyecto inicial de Dios sobre el hombre y la mujer, ni a la
verdad sobre la relación de los sexos. Por lo tanto, esta relación, buena pero herida, necesita
ser sanada (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, o.c., n. 8).

La sexualidad está ordenada al amor conyugal. El acto conyugal tiene un doble significado: de
unión (la mutua donación de los cónyuges) y de procreación (la apertura a la transmisión de la
vida). Los dos significados del acto conyugal (unitivo y procreador) son indisociables (cf. Pablo
VI, encíclica Humanae vitae, n. 12). Nadie puede romper la conexión inseparable que Dios ha
querido entre estos dos significados, excluyendo de la relación sexual uno u otro.

2. Matrimonio natural y sacramental. Dignidad del matrimonio

El Matrimonio es un sacramento al servicio de la comunión y de la misión, un sacramento de la


fecundidad cristiana. Confiere una gracia especial para una misión particular al servicio de la
construcción de la Iglesia y contribuye especialmente a la comunión eclesial y a la santificación
y salvación de los esposos y de otras personas. Es necesario para perpetuar la familia cristiana
dentro de la Iglesia, al mismo tiempo que perpetúa la familia humana.

“Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la
mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, «de
manera que ya no son dos, sino una sola carne». Al bendecirlos, Dios les dijo: «Creced y
multiplicaos».” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 337).

El matrimonio es una comunidad íntima y estable de vida y de amor entre un hombre y una
mujer, una alianza de toda la vida entre ambos, ordenada por su propia naturaleza al bien y la
comunión de los cónyuges, y a la procreación y educación de los hijos (cf. Gaudium et Spes, n.
48; Código de Derecho Canónico, c. 1055,1). La unión matrimonial es una institución natural:
fue fundada por el Creador y fue dotada por Él de leyes propias, de bienes y fines varios (cf.
Génesis 1-2). En el caso del pacto conyugal entre bautizados, el matrimonio natural ha sido
elevado por Nuestro Señor Jesucristo a la dignidad de sacramento, como signo e instrumento
sobrenatural del amor fecundo y la unión indisoluble entre Cristo y la Iglesia. Mediante la
mutua entrega y aceptación de los novios se establece entre ellos en forma irrevocable el
vínculo matrimonial y se les confiere la gracia propia de un sacramento específico, gracia
destinada a la santificación por el amor mutuo y a la capacitación para desempeñar los
deberes propios del matrimonio. Jesús enseña que, según el designio original divino, la unión
matrimonial es indisoluble: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mateo 19,6).
El matrimonio sacramental da su pleno sentido al matrimonio natural, asumiendo y
perfeccionando el amor natural de los esposos y convirtiéndolo en fuente de gracias divinas
(cf. Efesios 5,25.32).
“La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del
pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no son ya dos, sino una sola carne» y están
llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la
promesa matrimonial de la recíproca donación total.

Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el
hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir
todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal comunión es el fruto y el
signo de una exigencia profundamente humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta
exigencia humana, la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección con el
sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a
los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la
singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor Jesús.

El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo
tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más rica
entre ellos, a todos los niveles -del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia y
voluntad, del alma-, revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada
por la gracia de Cristo.” (Juan Pablo II, exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio
sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual, n. 19).

“La familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una
mujer, signo del amor de Dios por la humanidad, y de la entrega de Cristo por su esposa, la
Iglesia. Desde esta alianza de amor se despliegan la paternidad y la maternidad, la filiación y la
fraternidad, y el compromiso de los dos por una sociedad mejor.” (V Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida, n. 433).

El matrimonio cristiano es un sacramento de la unión de Cristo con la Iglesia. Se trata de una


vocación personal, no de una obligación para todos. Dios llama a algunas personas a seguir a
Jesucristo por el camino del celibato. Estas personas renuncian al gran bien del matrimonio
para ocuparse exclusivamente de las cosas del Señor. Son un signo de la primacía del amor de
Dios y de la trascendencia de la esperanza cristiana.

Tanto en la Edad Antigua como en la Edad Media el Magisterio de la Iglesia defendió la


dignidad, la santidad y la licitud del matrimonio contra la doctrina de diversas sectas de
tendencia gnóstica o maniquea, las cuales, debido a su filosofía dualista, despreciaban la
materia y consideraban al matrimonio y a la procreación como algo malo. Estas tendencias
pueden apreciarse ya en el propio Nuevo Testamento: San Pablo condena como enseñanzas
diabólicas las de aquellos que prohíben el matrimonio (cf. 1 Timoteo 4,1-3).

Los reformadores protestantes negaron la sacramentalidad y el valor religioso del matrimonio.


De ahí que, según ellos, la jurisdicción sobre las causas matrimoniales pertenezca al Estado y
no a la Iglesia. También sostuvieron la licitud del divorcio, aunque no hubo acuerdo entre ellos
acerca de las causas que permiten la disolución del matrimonio. Contra estas doctrinas
protestantes, el Magisterio de la Iglesia defendió la sacramentalidad del matrimonio, la
identificación del contrato matrimonial con el sacramento del matrimonio, la competencia de
la Iglesia sobre las causas matrimoniales, la unidad e indisolubilidad del matrimonio, etc. Por
ser una realidad natural y sobrenatural a la vez, el matrimonio debe ser regulado por el Estado
y por la Iglesia.
3. Fines y bienes del matrimonio

La doctrina católica afirma la existencia de dos fines esenciales del matrimonio:


• el bien (material y espiritual) de los esposos, procurado mediante el amor y la ayuda mutuos
y la santificación personal;
• la transmisión de la vida humana y la educación de los hijos.

“En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su
propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios y como sus
intérpretes. […] Así, los esposos cristianos, confiados en la divina Providencia y cultivando el
espíritu de sacrificio, glorifican al Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando con
generosa, humana y cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. […]

Pero el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación, sino que la propia
naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y el bien de la prole requieren que
también el amor mutuo de los esposos mismos se manifieste, progrese y vaya madurando
ordenadamente.” (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia
en el mundo actual, n. 50).

Las propiedades esenciales del matrimonio, también llamadas bienes y exigencias del amor
conyugal, son: la unidad, la fidelidad, la indisolubilidad y la apertura a la fecundidad.

Los pecados graves contrarios a la dignidad del Matrimonio son los siguientes:
• la poligamia, que contradice la unidad y exclusividad del amor conyugal;
• el adulterio, que contradice la fidelidad conyugal;
• el divorcio, que contradice la indisolubilidad del matrimonio.
• el rechazo de la fecundidad, que priva a la vida conyugal del don de los hijos;
• la unión libre o concubinato;
• el acto sexual antes del matrimonio;
• el incesto;

Aunque procura su reconciliación, la Iglesia admite la separación física de los esposos cuando
la cohabitación entre ellos se ha hecho, por diversas razones, prácticamente imposible. Pero
éstos, mientras viva el otro cónyuge, no son libres para contraer una nueva unión, salvo que el
matrimonio entre ellos sea declarado nulo por la autoridad eclesiástica. El adulterio podría
justificar una separación, no un divorcio.

El mismo Cristo enseñó que: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio
contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Marcos
10,11-12). Fiel al Señor, la Iglesia no puede reconocer como matrimonio la unión de
divorciados vueltos a casar civilmente. Hacia ellos la Iglesia muestra una atenta solicitud,
invitándoles a una vida de fe, a la oración, a las obras de caridad y a la educación cristiana de
los hijos; pero no pueden recibir la absolución sacramental, acercarse a la comunión
eucarística ni ejercer ciertas responsabilidades eclesiales mientras dure tal situación, que
contrasta objetivamente con la ley de Dios.

4. Causa y efectos del matrimonio

La causa eficiente del sacramento del matrimonio es el consentimiento de los contrayentes. Es


decir que el consentimiento matrimonial hace el matrimonio. El matrimonio es consumado por
el acto conyugal de los esposos.
El consentimiento matrimonial es la voluntad expresa de un hombre y una mujer de darse
mutua y definitivamente para vivir una alianza matrimonial, de amor fiel y fecundo. Por lo
tanto, para que el Matrimonio sea válido es indispensable que exista un verdadero
consentimiento matrimonial, o sea un consentimiento que tenga como objeto el verdadero
matrimonio, con sus fines y propiedades esenciales. Además, el verdadero consentimiento
matrimonial es un acto consciente y libre, no determinado por la violencia o la coacción.

El derecho canónico regula los impedimentos dirimentes del matrimonio (cf. Código de
Derecho Canónico, cc. 1083-1094). Se llama “matrimonio mixto” al matrimonio entre un
católico y un bautizado no católico. Para ser lícitos, los matrimonios mixtos necesitan la
licencia de la autoridad eclesiástica. Se llama “matrimonio con disparidad de culto” al
matrimonio entre un católico y un no bautizado. Para ser válidos, los matrimonios con
disparidad de culto necesitan una dispensa. En ambos casos, es esencial que los cónyuges no
excluyan la aceptación de los fines y las propiedades esenciales del matrimonio y que el
cónyuge católico confirme el compromiso, conocido también por el otro cónyuge, de
conservar la fe y asegurar el bautismo y la educación católica de los hijos.

Los efectos del sacramento del matrimonio son dos:


• Crea entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo, el vínculo matrimonial. Dios mismo
ratifica el consentimiento de los esposos. Por tanto, el matrimonio rato y consumado entre
bautizados no podrá ser nunca disuelto. Todo verdadero matrimonio entre cristianos es
sacramento. El contrato matrimonial se identifica con el sacramento del matrimonio.
• Confiere a los esposos la gracia necesaria para vivir en el estado de vida matrimonial,
alcanzar la santidad en la vida conyugal y acoger y educar responsablemente a los hijos. La
gracia del sacramento del matrimonio no se limita al momento de la celebración del
sacramento, sino que se prolonga a lo largo de la vida. Esta gracia santifica a los esposos y los
hace capaces de impulsarse recíprocamente hacia la santidad.

5. Celebración del matrimonio

Para la validez del matrimonio la Iglesia exige normalmente la forma canónica (celebración
litúrgica pública). Dado que el matrimonio es un estado público de vida en la Iglesia, su
celebración litúrgica es pública, en presencia del sacerdote o de un testigo cualificado de la
Iglesia y de otros testigos. Según la teología de la Iglesia latina, los ministros del sacramento
del matrimonio son los propios contrayentes cristianos.

El rito del matrimonio expresa la gracia de este sacramento y enseña los deberes de los
esposos (cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada
liturgia, n. 77).

“Celébrese habitualmente el matrimonio dentro de la Misa, después de la lectura del Evangelio


y de la homilía, antes de la oración de los fieles. La oración por la esposa, oportunamente
revisada de modo que inculque la igualdad de ambos esposos en la obligación de mutua
fidelidad, puede recitarse en lengua vernácula. Si el sacramento del Matrimonio se celebra sin
Misa, léanse al principio del rito la epístola y el evangelio de la Misa por los esposos e
impártase siempre la bendición nupcial.” (Ídem, n. 78).

6. La regulación de la natalidad

La regulación de la natalidad representa uno de los aspectos de la paternidad y la maternidad


responsables. Dicha regulación es moralmente lícita cuando se lleva a cabo por los esposos sin
imposiciones externas; no por egoísmo, sino por motivos serios; y con métodos conformes a
los criterios objetivos de la moralidad, esto es, mediante la continencia periódica y el recurso a
los períodos de infecundidad.

En cambio, es intrínsecamente inmoral toda acción –como, por ejemplo, la esterilización o la


anticoncepción–, que, en previsión del acto conyugal o en su realización o en el desarrollo de
sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, impedir la procreación.

La inseminación y la fecundación artificial son inmorales porque disocian la procreación del


acto conyugal con el que los esposos se entregan mutuamente, instaurando así un dominio de
la técnica sobre el origen y el destino de la persona humana. Además, la inseminación y la
fecundación heterólogas, mediante el recurso a técnicas que implican a una persona extraña a
la pareja conyugal, lesionan el derecho del hijo a nacer de un padre y de una madre conocidos
por él, ligados entre sí por matrimonio y poseedores exclusivos del derecho a llegar a ser padre
y madre solamente el uno a través del otro.

“La vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el
infanticidio son crímenes abominables.” (Gaudium et Spes, n. 51). En cierto sentido, el derecho
a la vida es el primero de los derechos humanos y el más fundamental, porque la vida es la
condición necesaria para gozar de los demás derechos. La “civilización del amor” que los
cristianos debemos edificar incluye como uno de sus rasgos característicos una “cultura de la
vida”. Es preciso combatir la anti-civilización o “cultura de la muerte”, que amenaza a la
sociedad contemporánea mediante la difusión de la eugenesia, la eutanasia, etc.

7. El don del hijo

El hijo es un don de Dios, el don más grande dentro del Matrimonio. No existe un derecho
absoluto a tener hijos, del modo que sea. Sí existe, en cambio, el derecho del hijo a ser fruto
del acto conyugal de sus padres, y también el derecho a ser respetado como persona desde el
momento de su concepción. Los niños tienen el derecho a ser amados, acogidos y educados en
una familia. Cuando el don del hijo no les es concedido, los esposos, después de haber agotado
todos los legítimos recursos de la medicina, pueden mostrar su generosidad mediante la tutela
o la adopción de niños huérfanos o abandonados, o bien realizando servicios significativos en
beneficio del prójimo. Así ejercen una preciosa fecundidad espiritual.

“En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una atención especialísima al niño,
desarrollando una profunda estima por su dignidad personal, así como un gran respeto y un
generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia
singular cuando el niño es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es
minusválido.

Procurando y teniendo un cuidado tierno y profundo para cada niño que viene a este mundo,
la Iglesia cumple una misión fundamental. En efecto, está llamada a revelar y a proponer en la
historia el ejemplo y el mandato de Cristo, que ha querido poner al niño en el centro del Reino
de Dios: «Dejad que los niños vengan a mí,… que de ellos es el reino de los cielos». […]

La acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y unitario -material, afectivo, educativo,


espiritual- a cada niño que viene a este mundo, deberá constituir siempre una nota distintiva e
irrenunciable de los cristianos, especialmente de las familias cristianas; así los niños, a la vez
que crecen «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres», serán una
preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar y para la misma santificación de los
padres.”(Juan Pablo II, exhortación apostólica postsinodal Familiaris Consortio sobre la misión
de la familia cristiana en el mundo actual, n. 26).
8. El matrimonio y la vida sacramental (cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática
Lumen gentium sobre la Iglesia, n. 11)

La vida cristiana de los fieles, cualquiera sea su condición y estado, es fortalecida y


perfeccionada por medio de la recepción de los sacramentos y el ejercicio de las virtudes.
Existe una relación del sacramento del matrimonio con los demás sacramentos.

El matrimonio es un sacramento sólo cuando se celebra entre dos bautizados, porque los fieles
son incorporados a Cristo y a la Iglesia por el bautismo y porque el matrimonio es un
sacramento de la unión entre Cristo y la Iglesia. Por el bautismo, regenerados como hijos de
Dios, los fieles quedan destinados al culto de la religión cristiana y tienen el deber de dar
testimonio delante de los hombres de la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia. El
sacramento del matrimonio corresponde a una vocación particular dentro de la vocación
universal a la santidad de todos los bautizados.

Aunque el no haber recibido la confirmación no es un impedimento para celebrar el


matrimonio cristiano, es muy conveniente que los contrayentes cristianos estén o sean
confirmados antes de casarse, porque la confirmación es uno de los tres sacramentos de la
iniciación cristiana y porque es lógico que los fieles completen su iniciación cristiana antes de
asumir una misión particular dentro de la Iglesia. Por el sacramento de la confirmación, los
fieles se vinculan más estrechamente a Cristo y a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza
especial del Espíritu Santo y así se comprometen más intensamente a difundir y defender la fe,
con su palabra y sus obras, como verdaderos testigos de Cristo. El matrimonio es una de las
formas esenciales de vivir esta vocación de testigos del Señor resucitado en medio del mundo.

El sacramento de la eucaristía es la fuente y la cumbre de toda vida cristiana, también la de los


esposos cristianos. En la liturgia eucarística pregustamos y tomamos parte de la liturgia
celestial, de las bodas de Jesucristo, el Cordero degollado que quita los pecados del mundo, y
de la Iglesia, la nueva Jerusalén, la Ciudad Santa que baja del cielo, llena del resplandor de la
gloria de Dios y vestida del lino –deslumbrante de blancura– de las buenas acciones de los
santos (cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia,
n. 8; Apocalipsis 19,7-9; 21).

El primer precepto de la Iglesia manda participar en la Santa Misa todos los domingos y fiestas
de guardar y no realizar trabajos y actividades que puedan impedir la santificación de estos
días. El tercer precepto de la Iglesia manda comulgar al menos una una vez al año, en tiempo
de Pascua. Sin embargo, es muy recomendable comulgar en cada Misa, siempre que se esté en
estado de gracia.

“La Eucaristía, sacramento de la caridad, muestra una relación particular con el amor entre el
hombre y la mujer unidos en matrimonio. Profundizar en esta relación es una necesidad propia
de nuestro tiempo. El Papa Juan Pablo II afirmó en numerosas ocasiones el carácter esponsal
de la Eucaristía y su relación peculiar con el sacramento del Matrimonio: «La Eucaristía es el
sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo, de la Esposa». Por otra parte,
«toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el
Bautismo, que introduce en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como
el baño de bodas que precede al banquete de bodas, la Eucaristía». La Eucaristía corrobora de
manera inagotable la unidad y el amor indisolubles de cada Matrimonio cristiano. En él, por
medio del sacramento, el vínculo conyugal se encuentra intrínsecamente ligado a la unidad
eucarística entre Cristo esposo y la Iglesia esposa (cf. Ef 5,31-32). El consentimiento recíproco
que marido y mujer se dan en Cristo, y que los constituye en comunidad de vida y amor, tiene
también una dimensión eucarística. En efecto, en la teología paulina, el amor esponsal es signo
sacramental del amor de Cristo a su Iglesia, un amor que alcanza su punto culminante en la
Cruz, expresión de sus «nupcias» con la humanidad y, al mismo tiempo, origen y centro de la
Eucaristía.” (Benedicto XVI, exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis sobre la
Eucaristía, fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, n. 27).

Los matrimonios cristianos encuentran continuamente en la Eucaristía la fuerza para


transformar la propia vida conyugal en un signo auténtico de la presencia del Señor resucitado.
El amor entre el hombre y la mujer, la acogida de la vida y la tarea educativa son ámbitos
privilegiados en los que la Eucaristía muestra su capacidad de transformar la existencia y
llenarla de sentido (cf. Sacramentum Caritatis, nn. 79.94).

En la Eucaristía, los fieles ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos juntamente con ella;
así, todos toman parte activa en la acción litúrgica, pero no confusamente, sino cada uno
según su condición. Además, una vez saciados con el cuerpo de Cristo en la sagrada comunión,
manifiestan la unidad del pueblo de Dios, significada y producida por el sacramento del amor.

Los esposos cristianos, aunque santificados por la gracia de Dios, no dejan de estar expuestos a
la tentación del pecado. El pecado siempre trae consigo desunión y conflicto, incluso en el
seno del matrimonio y de la familia. Por medio del sacramento de la penitencia, los esposos
obtienen, por la misericordia de Dios, el perdón de la ofensa hecha al mismo Dios, y al mismo
tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron pecando. La Iglesia les ayuda en su
conversión, con caridad, ejemplos y oraciones. La gracia del sacramento de la penitencia sana
también las heridas producidas por el pecado en la vida conyugal y familiar.

El matrimonio, consorcio de toda la vida, une a los esposos en la salud y en la enfermedad,


hasta que la muerte los separe. Cuando uno de los esposos (o ambos) está en peligro de
muerte por enfermedad o vejez, puede recibir el sacramento de la unción de los enfermos. Por
medio de esta sagrada unción y de la oración de los presbíteros, la Iglesia encomienda al
Señor, paciente y glorificado, a los que sufren, para que los alivie y los salve (cf. Santiago 5,14-
16); más aún, los exhorta a que, uniéndose libremente a la pasión y la muerte de Cristo (cf.
Romanos 8,17; Colosenses 1,24; 2 Timoteo 2,11-12; 1 Pedro 4,13), contribuyan al bien del
Pueblo de Dios.

El varón casado que tenga la correspondiente vocación y sea encontrado apto puede ser
ordenado diácono permanente. Los diáconos están en el grado inferior de la jerarquía
eclesiástica y reciben la imposición de las manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al
ministerio (cf. Lumen Gentium, n. 29). Aquellos que entre los fieles se distinguen por el orden
sagrado, quedan destinados en el nombre de Cristo para apacentar la Iglesia con la palabra y la
gracia de Dios.

“Por fin, los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que
manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia
(Ef., 5,32), se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y
educación de los hijos, y, por tanto, tienen en su condición y estado de vida su propia gracia en
el Pueblo de Dios (cf. 1Cor., 7,7). Pues de esta unión conyugal procede la familia, en que nacen
los nuevos ciudadanos de la sociedad humana, que por la gracia del Espíritu Santo quedan
constituidos por el bautismo en hijos de Dios para perpetuar el Pueblo de Dios en el correr de
los tiempos. En esta como Iglesia doméstica, los padres han de ser para con sus hijos los
primeros predicadores de la fe, tanto con su palabra como con su ejemplo, y han de fomentar
la vocación propia de cada uno, y con especial cuidado la vocación sagrada.” (Lumen Gentium,
n. 11).
9. El matrimonio en el derecho canónico

El matrimonio natural es una alianza o consorcio de toda la vida entre un hombre y una mujer,
ordenada a los siguientes fines objetivos: el bien de los cónyuges y la generación y educación
de los hijos. Ambos fines son elementos esenciales del matrimonio y tienen la misma jerarquía.

Esta misma alianza matrimonial natural, cuando es celebrada entre dos bautizados, ha sido
elevada por Nuestro Señor Jesucristo a la dignidad de sacramento, incorporándola así al orden
sobrenatural de la gracia. En el matrimonio entre bautizados se da una inseparabilidad entre la
realidad natural (el contrato) y la realidad sobrenatural (el sacramento). Por lo tanto, todo
contrato matrimonial válido entre bautizados es sacramento del matrimonio; y,
recíprocamente, todo sacramento del matrimonio supone un contrato sui generis, que
establece un consorcio total en las vidas de un hombre y una mujer. La consecuencia práctica
principal de esta inseparabilidad entre contrato y sacramento es la obligatoriedad del
matrimonio canónico para todos los bautizados, independientemente de su situación personal
en cuanto a la fe (cf. Código de Derecho Canónico (=CDC), c. 1055).

“Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el


matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento.” (CDC, c.
1056). Estas dos propiedades dimanan de la misma naturaleza del matrimonio, por lo cual
corresponden a todo matrimonio, tanto cristiano como natural. La unidad del matrimonio
consiste en que no puede haber unión matrimonial excepto entre un solo hombre y una sola
mujer. La indisolubilidad intrínseca del matrimonio consiste en que el vínculo conyugal no
puede disolverse por la voluntad de los contrayentes. Siguiendo a San Agustín, se suele hablar
de los tres bienes del matrimonio: el bien de la prole (que implica la apertura a la procreación),
el bien de la fidelidad (relacionado con la unidad) y el bien del sacramento (relacionado con la
indisolubilidad). También estos tres bienes son elementos esenciales del matrimonio.

La única causa eficiente del matrimonio es el consentimiento matrimonial. Éste es “el acto de
la voluntad por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza
irrevocable para constituir el matrimonio.” (CDC, c. 1057,2). Para ser jurídicamente eficaz, este
consentimiento debe ser manifestado por personas libres de impedimentos y en la forma
legítimamente establecida.

La Iglesia afirma el derecho de la persona a contraer matrimonio y establece una amplia


presunción a favor de la capacidad de actuar de los contrayentes (cf. CDC, c. 1059). Sin
embargo este derecho no es ilimitado, sino que puede y debe ser regulado por la autoridad
social. Las leyes que establecen prohibiciones para contraer matrimonio constituyen los
denominados “impedimentos”. El actual CDC trata sobre los impedimentos matrimoniales en
los cánones 1073-1094.

El matrimonio está sujeto al derecho natural o divino y a las leyes civiles del Estado. El
matrimonio de los católicos se rige también por el derecho canónico (cf. CDC, c. 1059). Se
pueden dar las siguientes situaciones:

• Matrimonio entre dos católicos o entre un católico y un no católico: La Iglesia reivindica el


derecho de regular jurídicamente el matrimonio de sus fieles. La potestad civil alcanza a los
efectos meramente civiles del matrimonio, separables de su propia constitución y esencia. Si
se trata de católicos de rito latino, se aplica el Código de Derecho Canónico. Si se trata de
católicos de rito oriental, se aplica el Cuerpo de Cánones de las Iglesias Orientales.
• Matrimonio entre dos bautizados no católicos: Los bautizados no católicos de rito oriental se
rigen por su propio derecho. El actual CDC no dice nada sobre el caso de los bautizados no
católicos occidentales, por razones de índole ecuménica.
• Matrimonio entre dos no bautizados: Se rige por lo que dispongan las leyes civiles del Estado,
siempre que no se opongan a la ley natural. En términos generales, el Estado tiene sobre estos
matrimonios la misma potestad que compete a la Iglesia sobre el matrimonio de sus fieles.

“El matrimonio goza del favor del derecho” (CDC, c. 1060). Este principio general se manifiesta
cuando dos personas creen de buena fe que viven unidas en matrimonio verdadero y legítimo
y también los demás los tienen por esposos. Su consecuencia principal es que el derecho debe
presumir la validez de este matrimonio, mientras no se demuestre su invalidez.

En el derecho canónico se definen varios tipos de matrimonio (cf. CDC, c. 1061):

• Matrimonio válido es el matrimonio en cuya celebración se cumplen simultáneamente


las siguientes tres condiciones: capacidad natural y canónica de los contrayentes para
el matrimonio, mutuo consentimiento y forma canónica de la celebración.
• Matrimonio inválido o nulo es el matrimonio en el que no se cumplen las tres
condiciones antedichas.
• Matrimonio sólo rato (o rato y no consumado) es el matrimonio válido que no ha sido
consumado mediante una relación sexual entre los cónyuges, realizada de modo
humano (es decir, de forma consciente y libre).
• Matrimonio rato y consumado es el matrimonio válido que ha sido consumado
mediante una relación sexual entre los cónyuges, realizada de modo humano.
• Matrimonio atentado es el matrimonio inválido celebrado con mala fe por parte de
ambos contrayentes.
• Matrimonio putativo es el matrimonio inválido celebrado de buena fe por parte de
ambos contrayentes o por uno solo de ellos.

Mientras no se demuestre lo contrario, el derecho presume que, si los cónyuges han


cohabitado, el matrimonio rato ha sido consumado. El matrimonio rato, intrínsecamente
indisoluble, se vuelve también extrínsecamente indisoluble cuando es consumado. El
matrimonio rato y consumado simboliza la plena unión de Cristo con la Iglesia.

La promesa de matrimonio no da (desde el punto de vista jurídico) derecho a pedir la


celebración del matrimonio, pero sí a exigir la indemnización de los daños y perjuicios
causados por la no celebración del matrimonio (cf. CDC, c. 1062).

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