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V VERITAS

Los diez Mandamientos

Arzobispo Donald Wuerl


La Serie Veritas está dedicada a Padre Michael J.
McGivney (1852-1890), sacerdote de Jesucristo y
fundador de los Caballeros de Colón.
Los Caballeros de Colón
orgullosamente presentamos

Las Series Veritas


“Llevando la Fe hacia el Tercer Milenio”

Los Diez
Mandamientos
por Su Excia. Donald Wuerl, S.T.D.
Arzobispo de Washington
CONTENIDO

El Significado de “Mandamiento” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
El Primer Mandamiento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 10
El Segundo Mandamiento. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 14
El Tercer Mandamiento. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 18
El Cuarto Mandamiento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 22
El Quinto Mandamiento. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 26
El Sexto Mandamiento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 30
El Séptimo Mandamiento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 34
El Octavo Mandamiento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 38
El Noveno Mandamiento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 43
El Décimo Mandamiento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 47
Conclusión . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51
Acerca del Autor. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 56
Nihil Obstat
Rvdo. Padre David Q. Liptak
Censor Liborum
Derechos de Autor © 1997-2019 del Consejo Supremo de
Caballeros de Colón
Todos los derechos reservados.
Traducido por: Mariana T. Pozo
Se ha seleccionado algunas partes de New American Bible (Nueva Biblia Americana), con
derechos de autor © 1986 de la Confraternity of Christian Doctrine (Confraternidad de la
Doctrina Cristiana), Washington, D.C. 20017. Uso con permiso. Todos los derechos
reservados.
Textos tomados del Catecismo de la Iglesia Católica para los Estados Unidos de América, con
derechos de autor © 1994 de la Conferencia Católica de los Estados Unidos Inc., Liberia
Editrice Vaticana. Todos los derechos reservados.
[Partes de los Documentos del Concilio Vaticano II: Documentos Conciliares y Post Conciliares,
Nueva Edición Revisada, editada por el Padre Austin Flannery, O.P., con derechos de autor ©
1992, Compañia Costello Publishing Inc., Northport, N.Y. Se usan con permiso de la casa
publicadora. Todos los derechos reservados. No se puede reproducir ninguna parte de las
citas, archivar en un sistema de reproducción o transmitir por ningún medio, electrónico o
mecánico, incluyendo fotocopias, grabaciones o cualquier otro medio, sin permiso expreso de
la Compañía Costello Publishing].
Textos de la Ley Canónica, Edición en Inglés y Latín, se usan con permiso, con derechos de autor
© 1983 de la Canon Law Society of America (Sociedad de la Ley Canónica de América),
Washington, D.C.
Cubierta: Raphael (1483-1520), La presentación de las tabletas de la ley a los hebreos. Logia del
palacio de Vatican, estado de la Ciudad del Vaticano. © Scala /Art Resource, New York.
Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida por ningún medio,
electrónico o mecánico, incluyendo fotocopias, grabaciones o archivada en un sistema de
reproducción, sin el permiso escrito del editor. Escribir a:
Catholic Information Service
Knights of Columbus Supreme Council
PO Box 1971
New Haven CT 06521-1971

[Link]/sic
cis@[Link]
203-752-4267
800-735-4605 Fax

Impreso en los Estados Unidos de América


Como Arzobispo de Hartford, me complace recomendar, a
todos los que están tratando de encontrar una más profunda
comprensión de la fe católica, las Series Veritas publicadas por el
Servicio de Información Católica del Consejo Supremo de
Caballeros de Colón, que se encuentra en la Arquidiócesis de
Hartford.

Elevo mis oraciones porque produzca abundantes frutos esta


obra de evangelización de los Caballeros de Colón, que es en
respuesta a la invitación del Papa Juan Pablo II, a enseñar y
transmitir de una manera completa el Evangelio a un mundo que
espera el advenimiento del tercer milenio.

Sinceramente en Cristo,

Daniel A. Cronin
Arzobispo de Hartford
El Significado de “Mandamiento”

Durante un retiro espiritual que hice hace varios años, el


director del retiro, un reconocido profesor de Sagradas Escrituras,
nos dijo que no podía seguir pensando en los Diez Mandamientos
como “mandatos”, ya que el término parece implicar que son
demandas que nos hacen. Más bien, pensó que mejor se les debe
considerar como las diez “sugerencias”.
Igualmente, en una clase universitaria que soy profesor, uno de
los estudiantes comentó que pensaba que los Diez Mandamientos
son demasiado arbitrarios para ser seguidos ciegamente por un libre
pensador y persona inteligente.
Con el debido respeto al profesor de Sagradas Escrituras y a mi
estudiante, los Diez Mandamientos no son sugerencias ni
imposiciones meramente arbitrarias de una deidad caprichosa.
Aunque puedo entender el sentido, con fines retóricos, de un
director de retiros espirituales para llamarlos “diez sugerencias”, el
Decálogo, como se les conoce a los Mandamientos, está
profundamente entrelazado con lo que somos como seres humanos
creados por Dios e íntimamente ligado con lo que es Dios, para
descartarlo simplemente como “sugerencias” o como “ideas
irracionales”.
Los mandatos fundamentales de moral o leyes dados por Dios a
Israel a través de Moisés se encuentran en dos lugares del Antiguo
Testamento: en el Exodo 20: 2-17 y en el Deuteronomio 5: 6-29.
Lo primero que se debe decir es que, aunque sin la revelación de
Dios de cómo debemos vivir y de cómo debemos comportarnos,
existiría la misma moral imperativa en nuestras vidas. Los Diez
Mandamientos salen de nuestra naturaleza humana; esto significa
que son expresiones de quienes somos como seres humanos y de
-7-
cómo debemos relacionarnos los unos con los otros. En otras
palabras, hacen una lista de nuestros derechos y obligaciones hacia
Dios y hacia los demás. Por ejemplo, los tres primeros hablan de
nuestra relación básica con Dios. Si hemos sido creados libre y por
amor de un Dios que se preocupa por nosotros, luego le debemos
reconocimiento, respeto y honor a la persona y al nombre de nuestro
creador. Esto no es ni una sugerencia que se puede ignorar ni una
imposición arbitraria que se debe rechazar. Es el simple
reconocimiento que, como seres humanos, creados a la imagen y
semejanza de Dios, le debemos nuestra existencia y todo lo que
somos y tenemos. El estar conscientes de esto debería movernos a
demostrarle nuestra gratitud. No hay nada arbitrario o diminizante
en el estar obligados a corresponder al amor de Dios por el don de la
vida y todas las bondades que nos ha dado Dios.
Los siete Mandamientos restantes se refieren a nuestra relación
entre nosotros mismos como hijos de un Dios amoroso, por lo tanto,
hermanos y hermanas. Estos Mandamientos hablan de la necesidad
de construir una sociedad humana, donde los seres humanos
podamos coexistir en justicia y paz. Ninguna persona es una isla en
el plan de Dios. Dios creó a una compañera para el hombre porque
no era bueno que esté solo. Por lo tanto, no puede existir una
verdadera sociedad humana si creemos que podemos matarnos unos
a otros sin sentido, destruir nuestras familias o minar con el engaño
a la verdad y a la confianza que son el fundamento de toda
comunicación humana.
Nuestro deseo de vivir en paz con nuestro prójimo, ser fieles a
nuestras familias y confiar con quienes compartimos, no es un
anhelo caprichoso o arbitrario, sino un deseo profundamente
arraigado que es el fruto de nuestra propia naturaleza de seres
humanos. Es normal reconocer el valor de la vida, la integridad de
nuestra familia y el valor de la verdad.
-8-
La respuesta a la pregunta, “¿Por qué tenemos los Diez
Mandamientos?, no es para expresar que Dios quiere interrumpir
nuestra paz, nuestra felicidad y nuestra vida fructífera con mandatos
arbitrarios, para hacer nuestra vida difícil. Dios sabe, con su infinita
sabiduría, que los Mandamientos pueden ayudarnos, en medio de
nuestras debilidades y de los defectos de aquellos que nos rodean, a
lograr nuestro total potencial humano en un mundo que no apoya
totalmente a la vida humana, a la libertad y a la responsabilidad.
Dios hizo eso fácil para nosotros al simplemente prohibirnos: “no
matarás”. Aquellos que no aceptan la revelación y las enseñanzas de
Dios que se expresan en esta simple forma, eventualmente llegarán
a la misma conclusión después de años e incluso de toda una vida de
intensos estudios filosóficos, sociológicos y psicológicos. Pero muy
pocas personas consagran su vida entera a ese estudio y por eso Dios
puso muy claro y muy simple: “No mataras”.
¿Qué nos enseña Dios en los Mandamientos? En primer lugar,
aprendemos la absoluta necesidad de primero amar a Dios. Después
de hacer una lista de los Diez Mandamientos, el autor del Libro del
Deuteronomio nos enseña: “El Señor es nuestro Dios, el único
Señor. Por lo tanto, amarás al Señor, nuestro Dios, con todo tu
corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:
4-5). Jesús lo denomina “el más grande y el primer mandamiento”
(Mateo 22: 38). En el mismo pasaje también aprendemos que el
servir a Dios requiere respeto con obras, pensamientos y palabras
para nuestro prójimo. Debemos honrar a nuestros padres que nos
han dado la vida. Debemos reverenciar la vida humana en nosotros
mismos y en los demás. Debemos respetar todas las relaciones
sexuales, porque es sólo dentro del matrimonio que se debe
transmitir la vida. Estamos llamados a respetar la propiedad, la cual
se debe usar en el servicio de las personas. Y siempre debemos decir
la verdad acerca de los demás.
-9-
El Decálogo nos revela que ciertas obras e incluso, como
expresan los dos últimos mandamientos, las disposiciones inherentes
a esa conducta, son incompatibles con el amor de Dios y el respeto
para nuestro prójimo. Esas obras están siempre equivocadas. Lo que
los Diez Mandamientos ponen muy claro y conciso, claro en un
lenguaje inequívoco es que quién dice que es amigo de Dios debe
actuar de acuerdo a esa creencia.

El Primer Mandamiento
“Yo soy el Señor tu Dios...
No tendrás otros dioses fuera de mi”.
(Éxodo 20: 2-3; Deuteronomio 5: 6-7)

El Primer Mandamiento nos obliga a reconocer la existencia de


Dios y a darle el lugar apropiado en nuestras vidas. Si Dios existe,
permanece como el único, y todo lo que ha creado es bueno, por lo
tanto, nosotros que somos su creación humana debemos reconocer su
majestad, su gloria y su transcendencia y tenemos la obligación de
rendirle culto y amarle porque es quien nos da la existencia y
sostiene la vida que nos da. No debemos poner en el lugar de Dios
a otras realidades que han sido creadas, como demostración de
nuestra total lealtad, devoción y obediencia.
En el libro del Exodo, leemos cómo Dios tomó a su propio
pueblo y le dio a Moisés la ley que debía mantenerle al pueblo cerca
de Dios. El Señor le dijo a Moises:
“Esto dirás a los israelitas: ya han visto cómo yo les he hablado
desde el cielo. No pondrán junto a mí dioses de plata ni de oro”
(Éxodo 20: 22-23).
La tentación de volver a fuentes de consuelo y apoyo más visible
e inmediatamente disponibles puede ser tan poderosa para nosotros
como lo fue para el pueblo hebreo. Se nos dijo en el libro del Exodo:
- 10 -
“...Moisés no bajaba del monte y al pueblo el tiempo le pareció
largo. Se reunieron en torno a Aarón, al que le dijeron: ‘Fabrícanos
un Dios que nos lleve adelante...’”. Así todos se sacaron sus
pendiente y le entregaron a Aarón. El los recibió y fabricó una
imagen de becerro de metal fundido. Entonces exclamaron: “Israel,
aquí está tu dios que te ha sacado de Egipto” (Éxodo 32: 1-4).
Incluso ahora algunas personas continúan aceptando
substituciones de Dios. Algunas veces toma la forma de un ateísmo
práctico que escoge concentrarse en los bienes de esta tierra y las
alegrías y satisfacciones de la riqueza y del poder, en lugar de aceptar
al Dios vivo.
Algunas personas rechazan la fe en Dios porque consideran
humillante tener que admitir la existencia de un Dios que es muy
superior a ellos. Otros niegan la realidad de un Dios bueno por causa
del mal que existe en el mundo.
Otros efectivamente han abandonado toda esperanza de conocer
a Dios porque sus prejuicios filosóficos les han convencido que sólo
las realidades materiales que la ciencia puede explorar se puede
verdaderamente conocer o porque simplemente niegan toda
posibilidad de la verdad absoluta. Muchos ponen sus corazones en
cualquier otra cosa y nunca consideran realmente la existencia de
Dios. Incluso otros son obligados a la incredulidad por la presión de
los gobiernos que están comprometidos por la política del ateísmo y
la despersonalización de sus ciudadanos. Esta condición también
puede ser el resultado de un rápido desarrollo tecnológico de la
sociedad. En la misma forma algunas personas perecen a la presión
de aquellos que ridiculizan el creer en Dios. Donde no es
políticamente correcto aceptar la realidad de que Dios realmente
está en nuestro mundo y en nuestras vidas, se desarrolla y se hace
pupular un cinismo que está al borde del ateísmo.
- 11 -
Como nos enseña el Concilio Vaticano Segundo en la Constitución
Pastoral de la Iglesia en el Mundo Moderno (Gaudium et Spes).
“Innegablemente, aquellos que intensionalmente excluyen a Dios de
sus corazones y tratan de evadir las preguntas religiosas, no siguen
los dictados de sus conciencias. Por esta razón no están libres de
reproche” (19). Por otra parte, el ateísmo puede ser una consecuencia
de la deficiencia en las palabras, actitudes y conducta de algunos
creyentes en dar el correcto testimonio de Dios:
“En la magnitud de que abandonan su propia instrucción de la
fe, enseñan doctrinas erróneas o son deficientes en su vida religiosa,
moral o social, a quienes se les debería decir que se oculten en vez de
revelar la auténtica faz de Dios y de la religión” (GS 19).
El Primer Mandamiento nos obliga a reconocer a un sólo Dios
verdadero y rendirle culto sólo a Dios. Le rendimos culto a Dios por
medio de la fe, la esperanza y el amor. Podemos expresar estas
virtudes de muchas maneras, sobre todo por medio de la
participación en el santo sacrificio de Cristo, renovado en la liturgia
de la Eucaristía. También le rendimos culto a Dios al expresarle
nuestras necesidades a través de la oración, al reconocer el poder y la
providencia de Dios. Al tratar de guardar todos los mandamientos
de Dios, reconocemos su divina autoridad.
Como lo declara el Catecismo Romano del siglo XVI y lo reafirma
el Catecismo de la Iglesia Católica:
“Quienquiera que dice ‘Dios’ habla de un ser, constante,
inmutable, siempre el mismo, siempre fiel y absolutamente justo. Y
continúa, que debemos aceptar necesariamente las palabras de Dios
y tener fe y completa confianza en Dios. Dios es omnipotente, manso
e infinitamente inclinado hacia lo bueno. ¿Quién no podría poner
toda su esperanza en Dios? ¿Quién no podría amar a Dios cuando
contemplamos los tesoros de bondad y ternura que Dios ha
derramado en nosotros? Dado que la fórmula que Dios emplea en las
- 12 -
Escrituras al principio y al final de sus mandamientos: ‘Yo soy el
Señor’” (Catecismo Romano, III).
Hay muchas formas con las cuales podemos violar este primero
y fundamental mandamiento. El pecado más simple contra el
Primer Mandamiento es el rechazo a Dios. En esencia, éste es un
pecado de orgullo que halla sus raíces en la misma lucha de la
humanidad por aceptar el dominio de Dios sobre nosotros. Estamos
tentados a menudo a ponernos en el lugar de Dios.
Los pecados de superstición y sacrilegio también están
directamente opuestos al culto de Dios. En la superstición uno
seriamente se atribuye el crear personas o cosas poderosas para
impulsar eventos o para preveer el futuro que es propiedad única de
Dios. El sacrilegio es un mal tratamiento de lo que es sagrado, de las
personas o de las cosas consagradas al culto divino. Un pecado
realmente serio es la recepción sacrílega de los sacramentos, en
relación a esos sacramentos que significan y requieren amar a Dios
en nuestros corazones, tales como la Eucaristía, la Confirmación, las
Ordenes Sagradas o el Matrimonio, cuando uno ha cometido un
pecado grave y no se arrepiente.
El Primer Mandamiento nos enseña que Dios no sólo es nuestro
principio sino también nuestro fin y nuestra meta final, porque Dios
mueve y transforma nuestros anhelos y aspiraciones más profundos.
Cuando vivimos de acuerdo a los mandamiento, retornamos nuestro
amor a Dios en una forma que manifestamos la sinceridad de
nuestros corazones. Como dijo Nuestro Señor: “Si ustedes me
aman...obedezcan los mandamiento que les doy” (Juan 14:15).
- 13 -
El Segundo Mandamiento
“No tomarás en vano el nombre del Señor, tu Dios”
(Éxodo 20: 7; Deuteronomio 5: 11)

Sin ninguna sensibilidad o respeto, a menudo pronunciamos el


nombre del Señor como un epíteto, una maldición o una descuidada
exclamación profana puesta en la televisión, en los cines y en mucho
de lo que ahora se llama la “industria del entretenimiento”. Esto es
como si asumiéramos que el nombre del Señor no tiene importancia.
Sin enbargo, se nos rencomienda honrar el nombre del Señor nuestro
Dios precisamente porque es el propio nombre de Dios y una refle-
xión de su ser.
Quizás nada nos indique mejor de cuanto hemos perdido como
personas, individualmente y como cultura, nuestro conocimiento de
la presencia de Dios en nuestras vidas, la facilidad con la que
tomamos el nombre del Señor en vano. Regularmente oímos el
santísimo nombre de Nuestro Salvador que se proclama con
desprecio, ridiculés o desdén. Cuando la “pizza” está demasiado
caliente, a menudo invocamos el nombre de Nuestro Señor. Algunos
cómicos han abusado del nombre de Jesucristo en una forma de arte.
La industria del entretenimiento parece incapaz de una articulación
humana sin acudir al nombre de la segunda persona de la Santísima
Trinidad. Pero la falta no es del todo suya. Es de los líderes de las
corporaciones multimillonarias de la industria del entretenimiento
de donde viene la respuesta: “sólo es el reflejo de lo que acontece en
la sociedad”. Quizás nuestra sociedad ha olvidado o ha escogido
ignorar el Segundo Mandamiento: “No tomarás en vano el nombre
del Señor, tu Dios “.
En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos que el Segundo
Mandamiento demanda respeto por el nombre del Señor. Porque
está en una sola posición, en todas las palabras de la revelación: la
- 14 -
revelación del santo nombre de Dios. Como nos recuerda el Libro de
los Salmos, estamos para “tributar gloria al nombre del Señor, el
santo se manifiesta ¡adórenle!” (Salmos 29:2).
El nombre de Dios es santo porque nos habla de quien es Dios.
Cuando Moisés encontró a Dios en el arbusto ardiente le preguntó,
¿Cómo te llamas? “Dios le contestó. “Yo soy quien soy”. Luego Dios
añadió, “así dirás al pueblo de Israel: Yo soy me ha enviado a
ustedes... éste es mi nombre para siempre, éste es mi título para
todas las generaciones” (Éxodo 3: 11-15).
Dios confía su nombre a aquellos que creen. Y haciendo esto,
Dios nos revela su misterio personal. El don de un nombre es parte
de una relación de confianza e intimidad. No se debe usar en forma
ridícula o irresponsable. El Señor es santo y el nombre por medio del
cual se identifica a Dios es santo y el nombre que Dios comparte con
nosotros para que podamos proclamar y saber también es santo.
Estamos llamados primero a respetarle y luego a no abusar de su
santo nombre.
Hay momentos cuando nos atrevemos a invocar el santo nombre
de Dios. En la oración, en el culto, sobre todo en la liturgia, no
vacilamos en pronunciar el santo nombre de Dios en alabanzas. Así
también en nuestro lenguaje diario debemos usar sólo el santo
nombre del Señor para bendecirle, alabarle y glorificarle. Por esto
existe la Sociedad del Santo Nombre en muchas de nuestras
parroquias para esforzarnos por las palabras, las obras y el ejemplo
de cumplir la petición de la Oración del Señor “bendito es su
nombre” y evitar una falta de respeto al nombre de Dios, de Jesús,
y de las cosas sagradas, y para abstenerse del lenguage impropio
como es la blasfemia, la maldición, el perjurio y las expresiones
obscenas e indecentes. Esta advertencia nos recuerda del respeto que
le debemos al nombre de Dios y al santo nombre de Jesús. Como nos
- 15 -
recuerda San Pablo: “Deben arrodillarse ante el nombre de Jesús”
(Filípenses 2: 10).
En el tiempo de la Antigua Alianza, el nombre de Dios se
consideró tan sagrado que incluso no se podía pronunciar. El invocar
el nombre de Dios fue para tener presente a Dios de una manera
especial en nuestras vidas. Hacerlo de una manera casual o
descuidada era mostrar una falta de respeto a Dios. En muchas
formas es igual al cariño que sentimos por los nombres de nuestros
padres y de otros seres queridos y nos recentimos de las personas que
los ridiculizan o insultan al hacer chiste o burla de sus nombres,
Dios espera que reaccionemos de la misma forma cuando se usa
irreverentemente su santo nombre.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda además que el
Segundo Mandamiento prohibe el abuso del nombre de Dios, e
incluye el uso impropio de los nombres de Dios, de Jesucristo, de la
Madre de Dios y de todos los santos (2148).
Se deshonra el nombre de Dios en forma grave a través del falso
juramento o perjurio, esto es cuando uno miente y después invoca el
nombre de Dios como una prueba de decir la verdad. Es un abuso
del nombre de Dios si uno está falseando los votos de uno, esto es, si
uno no cumple las promesas hechas a Dios y prometidas en su
nombre. Otro uso impropio del nombre de Dios es al maldecir o
inplorar a Dios, que es el salvador de todos para dañar a otros, y
sobre todo por la blasfemia, esto es, por cualquier palabras o
conducta intencional para insultar o expresar desprecio por Dios
omnipotente. La blasfemia se opone directamente al Segundo
Mandamiento. Consiste en proferir contra Dios, interior o
exteriormente, palabras de odio, de reproche o de desafío, en injuriar
a Dios, faltarle al respeto en las expresiones y abusar de su nombre.
Las Escrituras expresan frecuentemente la transcendencia de
Dios al proclamar que Dios es absolutamente santo. Dios es “el
- 16 -
único santo” (Isaiás 5: 24). La santidad de Dios está mucho más allá
de la libertad de la moral pervesa, porque él no puede pecar. Las
referencias de la santidad de Dios son a su absoluta perfección.
Porque Dios es infinitamente más grande que todo lo que ha creado,
no somos dignos incluso de mirarle fijamente o de decir su nombre.
Jesús expuso el Segundo Mandamiento en el Sermón de la
Montaña:
“Ustedes aprendieron también lo dicho a sus antepasados, No
perjurarás en falso, sino que cumplirás lo que has prometido al
Señor. Ahora yo les digo: No juren nunca, ni por el cielo, porque es
el trono de Dios; ni por la tierra, que es la tarima de sus pies; ni por
Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey; ni por tu cabeza, porque
no puedes hacer blanco o negro ni uno solo de tus cabellos. Digan,
sí cuando es sí y no cuando es no, porque lo que se añade lo dicta el
demonio”(Mateo 5: 33-37).
La santidad del nombre de Dios nos prohibe usarlo para causas
triviales. Cuando por ejemplo, si se requiere un juramento para la
autoridad civil legal, éste se debe tomar con gran seriedad.
La santidad de Dios atrae al corazón humano porque la bondad
es una parte integral, una bondad de tal intensidad que llena y
transforma al corazón pecador con temor y miedo reverencial. Se
deben tomar seriamente el esplendor y la santidad de Dios. Dios, a
quien todo el universo proclama como soberano, tiene derecho a
demandar nuestro respeto y ese temor que es el principio de la
sabiduría:
“Los que temen al Señor, esperen su misericordia y no se desvíen,
no sea que caigan. Los que temen al Señor, tengan confianza en él y
no les faltará su recompenza. Los que temen al Señor, esperen todo
lo bueno, esperen alegría eterna y misericordia... ¿Quién confió en
el Señor y fue defraudado?” (Eclesiástico 2: 7-10).
- 17 -
El Salmista declara: “¡Oh Señor, nuestro Dios, qué glorioso es tu
nombre por la tierra!” (Salmos 8:1). El simple reconocimiento de
que Dios es Dios y que nosotros somos sus criaturas debe llevarnos
a mostrar respeto y reverencia por su nombre. Nuestra actitud debe
ser como la de María cuando dijo: “Celebra todo mi ser la grandeza
del Señor y mi espíritu se alegra en el Dios que me salva...En verdad
el Todopoderoso hizo grandes cosas para mí, reconozcan que Santo
es su Nombre” (Lucas 1: 46-49).

El Tercer Mandamiento
“Recuerda el día del sábado para santificarlo”.
(Éxodo 20:8-11; Deuteronomio 5:12-15)

Hubo un tiempo cuando fue generalmente aceptado que el


“Sabbath” cristiano (el domingo) era un día único y especial. Debía
ser un período de descanso y oración. Era un día en que la familia
debía pasar junta y en que se rompía la rutina de las actividades
cotidianas para que nuestra relación del uno con el otro como familia
y nuestra relación con Dios como su familia se pudiera fortalecer y
renovar. Hoy debemos considerar cuan lejos nos hemos desviado de
la verdadera observación del Día del Señor.
En imitación al plan de Dios que exigió un tiempo de descanso
después del agoviante trabajo de la cración, el pueblo Hebreo fue
exigido a guardar santo el “Día Sabbath”, o el séptimo día. Esta no
es una interferencia arbitraria en el mercado de los negocios y de la
industria, sino un reconocimiento de sentido común que en medio
de nuestras labores diarias necesitamos separar un tiempo para
reflexionar acerca de quiénes somos y renovar nuestra relación con
Dios por medio de actos de alabanza, adoración y culto.
La celebración del “Sabbath” para el mundo cristiano es el
domingo. La Iglesia celebra la resurrección de Jesús con gran alegría.
- 18 -
No sólo en la Pascua de Resurrección sino cada domingo del año es
una celebración de la resurrección del Señor. Como se nos dijo en la
Constitución de la Sagrada Liturgia (Sacrosanctum Concilium) del
Concilio Vaticano Segundo:
“Por una tradición apostólica que tiene sus orígenes desde el
mismo día de la resurrección de Cristo, la Iglesia celebra el
misterio pascual cada octavo día; con esta buena razón, entonces,
llevó el nombre del Día del Señor” (SC 106).
En este día los fieles seguidores de Jesús deben reunirse para
escuchar la palabra de Dios y tomar parte en la Eucaristía y se nos
pide pensar en la pasión, la resurrección y la glorificación de
Jesucristo y agradecer a Dios que “nos dio un nuevo nacimiento; un
nacimiento hacia la esperanza que redacta su vida desde la
resurrección hasta la muerte de Jesucristo” (1 Pedro 1:3).
Así el domingo, el Día del Señor, es un día festivo cristiano
único. Para todos los cristianos debe ser un tiempo de celebración
espiritual, un día de alegría y un período de libertad del trabajo.
Dado que la máxima celebración del pueblo de Dios es la gran
oración de acción de gracias llamada la Eucaristía, como una familia
en la fe debemos celebrar cada domingo públicamente nuestra
creencia en la resurrección del Señor y ofrecer adoración a Dios en y
a través de Cristo en la gran oración eucarística de la Iglesia. La
obligación del domingo para los católicos, por lo tanto, no es una
idea arbitraria de la Iglesia, sino por el contrario, un esfuerzo de
recordarnos de nuestra obligación de cumplir con la ley del Señor de
rendirle culto a Dios con justas alabanzas y adoración.
Los preceptos de la Iglesia en el Código de la Ley Canónica
especifican que los domingos y otro días festivos se obliga a los fieles
a participar en la Misa (1247). Esta obligación se cumple al asistir a
la Misa celebrada en un “rito católico en cualquier parte, que puede
ser en el mismo día o en la tarde del día anterior” (1248).
- 19 -
La Eucaristía del domingo es la base de toda la práctica cristiana.
Por lo tanto, los fieles deben participar en la Misa los días de
obligación, a menos que se excuse por razones serias o sean
dispensadas por el párroco o sacerdote de la parroquia. El Catecismo
de la Iglesia Católica nos recuerda que quienes deliberadamente faltan
a esta obligación pecan gravemente (2181).
El centro de toda vida cristiana es el mismo Cristo. Por su
encarnación y su obra de redención somos curados y llamados a
compartir una nueva vida, una vida que nos mantiene unidos como
hijos de Dios y que compartimos con la vida de la Santísima
Trinidad. Es por esta misma razón que la Eucaristía es el centro y la
corona de la vida cristiana. Por medio de la Eucaristía, Cristo mismo
se da a nosotros y poseemos su vida en nosotros. La Eucaristía no es
meramente un símbolo y una ceremonia, es un sacramento que pone
a nuestra disposición la obra salvífica de Jesús y los dones de Dios.
La existencia de la Iglesia local o de la Iglesia universal no sería
posible sin la Eucaristía. El Concilio Vaticano Segundo nos enseña
en su Decreto del Ministerio y Vida de los sacerdotes (Presbyterorum
Ordinis): “Ninguna comunidad cristiana, puede construirse, a menos
que tenga su base y centro en la celebración de la Santa Eucaristía”
(PO 6). Por esto, se nos pide en el Día del Señor, como familia y
comunidad cristiana, renovar nuestra vida espiritual personal y de la
Iglesia en el acto público de adoración que es la celebración de la
Misa.
Los demás sacramentos, así como también todo el ministerio de
la Iglesia en su obra apostólica, está ligada a la Santa Eucaristía.
Porque la Eucaristía contiene la completa riqueza espiritual de la
Iglesia, que es el mismo Cristo, nuestra Pascua y nuestro Pan de
Vida. En su misma carne Cristo nos ofrece una nueva vida a través
del poder del Espíritu Santo. Por esto se nos invita a ofrecernos
nosotros mismos a Dios, nuestras labores y todo lo que tenemos a
- 20 -
través de la unión con Cristo en la celebración de la Eucaristía. El
domingo viene a ser un momento de renovación espiritual y personal
para nosotros individualmente y también como comunidad, al
reunirnos para celebrar la Eucaristía en unión con toda la Iglesia de
todo el mundo.
Se nos dijo en el Libro del Génesis que Dios descansó el séptimo
día de todo el trabajo que había hecho (Génesis 2:2). Al igual que
Dios, también debemos seguir una secuencia de trabajo y de
descanso. Los domingos y otros días festivos los fieles tienen la
obligación de abstenerse de cualquier trabajo o esfuerzo que dificulte
la alabanza a Dios, la alegría propia del Día del Señor, el trabajo de
misericordia y de descanso de la mente y del cuerpo. El Catecismo
de la Iglesia Católica nos recuerda que las necesidades de la familia
o los servicio sociales importantes que se deben hacer son
legítimamente disculpados de la obligación de descanso del Día del
Señor, pero estas responsabilidades y deberes no se deben permitir
que lleguen a ser tan habituales que eventualmente sufra nuestra
práctica religiosa, nuestra vida familiar e igualmente nuestra salud
(2185).
Finalmente, se nos recuerda que mientras participamos en
actividades de descanso, los cristianos no debemos olvidar a nuestros
hermanos y hermanas que tienen las mismas necesidades y derechos
y que todavía no pueden disfrutar del descanso y de la renovación
por causa de la pobreza. El domingo es tradicionalmente consagrado
a obras de bien y al servicio de los enfermos, de los débiles y de los
ancianos. Por esta acción en nombre de aquellos que necesitan, nos
esforzamos activamente en santificar el Día del Señor y hacerlo un
tiempo de verdadera bendición para nosotros y para los demás.

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El Cuarto Mandamiento
“Honra a tu padre y tu madre”.
(Éxodo 20:12; Deuteronomio 5:16)

El Cuarto Mandamiento pone nuestra atención en aquellos


preceptos del Decálogo que principalmente tratan acerca de nuestras
relaciones con los demás.
Gracias a las bendiciones de la ciencia médica moderna y de la
tecnología humana, vivimos más tiempo. Con cada década que pasa
continúa extendiéndose la longevidad de los hombres y de las
mujeres, especialmente en los Estados Unidos. Los antibióticos, la
disponibilidad de nuevas medicinas, las nuevas técnicas quirúrgicas
e incluso los trasplantes de órganos se combinan con una forma de
vida que es menos exigente en el cuerpo humano, que ha participado
para proveer a cada uno de nosotros una mayor longevidad que
nuestros abuelos y que no se podía haber anticipado antes. Donde
una vez fue noticia nacional el que una persona alcanzara la edad de
100 años, ahora muchos conocemos a alguien en nuestra comunidad
que ha celebrado su 100 cumpleaños. Esta bendición, sin embargo,
viene con una muy buena porción de retos.
Rápidamente se multiplican en todas nuestras comunidades las
casas para ancianos, las casas de cuidados especiales y la creciente
necesidad de tratar con una población de ancianos. Los ancianos
fueron una respetable, pero muy pequeña parte de la población, pero
ahora vienen a ser una gran parte de nuestra sociedad. Y donde
anteriormente los miembros ancianos de la familia vivieron en la
casa y les cuidaron sus hijos o sus hijos y nietos, ahora estamos
enfrentando un fenómeno que describen algunos sociólogos como el
“almacenamiento” de nuestros mayores. No hay ninguna duda que
con el paso de los años y el debilitamiento del cuerpo humano y de
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la mente, los adultos más ancianos requieren de una parte mayor de
nuestros recursos, de nuestro tiempo y de nuestra atención.
El Cuarto Mandamiento nos enseña que tenemos obligaciones
para nuestros padres, no sólo porque son la fuente de nuestra vida
humana sino también porque nutrieron y cuidaron de nosotros, nos
ayudaron a crecer en sabiduría, en conocimiento y en edad hasta que
fuimos capaces de hacer nuestra propia vida. El Decálogo nos
recuerda que nuestros padres se merecen nuestro respeto. No hay
nada arbitrario acerca del mandato “Honra a tu padre y tu madre”.
Este no es el mandato de un Dios caprichoso. Es la simple
confirmación de algo que todos sabemos: Debemos amar y querer a
nuestros padres. Sea que seamos adolescentes en búsqueda de
independencia o si somos adultos que luchamos por encontrar un
equilibrio entre nuestras necesidades y las necesidades de aquellos
que amamos, nuestros padres permanecen como una parte integral y
esencial de nuestras vidas.
San Pablo nos recuerda: “Hijos, obedezcan a sus padres en el
Señor, porque esto es lo que se espera de ustedes”. “Honra a tu padre
y madre” es el primero de los mandamientos que lleva una promesa
con él ‘que puede ir bien con ustedes...’” (Epístola a los Efesios 6:
1-3). Igualmente, el mandamiento honrar a tus padres está en la
contestación que Jesús le dio al hombre que preguntó ¿qué debo
hacer para lograr la vida eterna? (Marcos 10: 17-19).
Los hijos deben hacer más que sólo obedecer las direcciones sus
padres. Los hijos tienen el deber de honrar a sus padres y de
preocuparse por ellos durante sus vidas. Como miembros vivos de la
familia, los hijos contribuyen de una forma a la santidad de sus
padres cuando responden a su bondad con gratitud, amor y
confianza. Los hijos deben mantenerse junto a sus padres cuando
tienen penas y sienten soledad.
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Las familias también deben participar generosamente sus
riquezas espirituales con otras familias. Por eso, la familia cristiana
que es fruto del matrimonio, como una reflexión del convenio
amoroso entre Cristo y la Iglesia, debe manifestar la presencia
amorosa del Salvador en el mundo y la verdadera naturaleza de la
Iglesia. La familia puede lograr esta importante tarea por el mutuo
amor, la generosidad, la fe y la forma en la que todos los miembros
de la familia trabajan juntos. “Si alguien no provee para sus propios
padres y sobre todo para los miembros inmediatos de su familia”,
dice San Pablo en su Carta a Timoteo, “ha negado la fe; que es peor
que un incrédulo (1 Timoteo 5:8).
El honor que estamos obligados a mostrar a nuestros padres debe
incluso madurar así como nosotros crecemos en edad. Se debe
motivar la obediencia de los hijos no por miedo sino por amor,
gratitud y humildad (Eclesiástico 7:28). Tales actitudes pueden
arraigarse más con el paso de los años y motivarnos a cuidar de
nuestros mayores cuando se hacen viejos.
El mismo mandamiento nos recuerda de la importancia de la
familia como la primera célula de la comunidad humana. El aspecto
social de toda la vida humana se ilustra primero en la familia. El
compañerismo matrimonial entre una mujer y un hombre es “la
forma primaria de la comunión interpersonal” (GS 12).
Las familias de hoy tienen una urgente necesidad. Como anotó
el Papa Juan Pablo II en su exhortación apostólica acerca de la
familia, Familiaris Consortio:
“La familia cristiana moderna se siente a menudo descorazonada
y se apena por el crecimiento de sus dificultades, ésta es una forma
eminente de amor de retornar sus razonamientos por la confianza en
síi mismo, en las riquezas que posee por la naturaleza y la gracia, y
en la misión que Dios le ha confiado” (FC 86).
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Las familias que son víctimas de cambios económicos o antiguas
injusticias sociales deben luchar a menudo por su propia existencia
en condiciones intolerables de vida en atestados centros urbanos.
Aquellos que pertenecen a las minorías raciales o a grupos de
inmigrantes a menudo encuentran difícil exigir principalmente sus
legítimos derechos sociales. Aún cuando los problemas son tan
grandes que urgentemente se requiere cambios sociales, políticos y
económicos, no se toman esas medidas a menos que las personas
interesadas presionen por una efectiva acción social. Los cristianos
debemos cooperar con los demás de buena vo-luntad para asegurar
que las políticas gubernamentales dirijan estas necesidades, incluso
en una forma especial a las necesidades de los ancianos, nuestros
“padres”.
El Cuarto Mandamiento también destaca las obligaciones que
todos tenemos para fortalecer la unión familiar que crece de nuestra
unión con nuestros padres. El regalo de la vida, nuestro crecimiento
hacia nuestra propia edad adulta, y el total apoyo espiritual,
emocional y moral de nuestros padres, son los hilos que tejen la
estructura de nuestras vidas a tal grado que si se debilitan, afectan a
nuestras propias vidas.
Este Mandamiento no es un mandato arbitrario de un Dios
caprichoso. “Honra a tu padre y tu madre” es una orden que habla
de la misma esencia de la sociedad humana. Como persona, como
comunidad y como nación sólo podemos ser tan fuertes, saludables
y vitales como nuestras familias. Y nuestras familias puede sólo ser
tan vibrantes y dadores de vida como el nivel de cuidado y respeto
que ofrecemos el uno al otro comenzando con el respeto que damos
a nuestros padres.

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El Quinto Mandamiento
“No Matarás”
(Éxodo 20:13; Deuteronomio 5:17)

El instinto básico de cada criatura viva es preservar su vida. El


deseo natural de cada ser viviente es vivir. Esta verdad encuentra
expresión en la mutua comprensión entre todos los seres humanos,
la vida de un individuo no la debe tomar otro individuo. La
revelación de Dios de que la vida es fundamentalmente un don
divino destaca la naturaleza de la experiencia humana de que no
tenemos la libertad de tomar la vida de los demás.
Cuando la narración de la creación del mundo alcanza su climax
en el primer capítulo del Génesis, se describe que Dios creó al
hombre y a la mujer como la corona y la gloria de todo lo que había
creado. “Entonces Dios dijo: ‘hagamos al hombre a nuestra imagen,
y a nuestra semejanza... permitámosle que tenga dominio...’”
(Génesis 1:26). De las primeras páginas poéticas del Génesis que
revelan tantas verdades esenciales acerca de la existencia humana, a
los Evangelios en los que aprendemos más de Cristo que de ningún
otro, el misterio de quienes somos, las Escrituras nos ayudan a
apreciar el significado de la persona humana. Dado que cada persona
es creada a la imagen de Dios, lo que aprendemos acerca de Dios nos
ayuda a entender mejor quienes somos y cómo debemos actuar. Lo
que aprendemos de la humanidad, instruídos y con la ayuda de la fe,
nos enseña algo acerca de Dios.
La Iglesia siempre ha proclamado la dignidad de cada persona.
Porque somos imagen de nuestro creador y estamos llamados a
través de Cristo a compartir la vida de la Santísima Trinidad, cada
uno tenemos un valor trascendental. El Concilio Vaticano Segundo
se dirigió de muchas maneras a la necesidad especial de nuestra era,
cuando enfatizó una vez más en términos nuevos cómo se debe
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honrar y proteger, criar y respetar la vida humana. La Constitución
Pastoral de la Iglesia en el Mundo Moderno (Gaudium et Spes) enseña:
“Todo lo que se opone a la vida en sí, como cualquier tipo de
asesinato, genocidio, aborto, eutanasia y su propia destrucción
voluntaria...todas estas cosas y otras parecidas son verdaderas
infamias. Envenenan a la sociedad humana, pero hacen más daño a
aquellos que los practican, que aquellos que padecen del daño.
Además, son un supremo deshonor para el Creador” (GS 27).
Deduciendo de esta básica opción por la vida sale el
reconocimiento de que los derechos humanos y los deberes dados por
Dios son inviolables. Cada persona debería tener “todo lo necesario
para desarrollar una vida verdaderamente humana, tal como los
alimentos, la ropa y casa...” (GS 26).
Dios, el Señor de vida, ha dado a los seres humanos el ministerio
de salvaguardar la vida, un ministerio que se debe cumplir de una
manera que sea digna de nosotros. Desde el momento de su
concepción, por lo tanto, se debe resguardar la vida humana con la
preocupación y el cuidado más grandes. Se debe mirar el aborto y al
infanticidio como “los crímenes más despreciables” (GS 51).
Nuestra creencia en la santidad de la vida humana se basa en las
Escrituras, la palabra de Dios. El Libro del Génesis nos enseña que
los seres humanos fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios
(Génesis 1:27). “No matarás”, le dijo el Señor a Moisés al darle los
Mandamientos (Éxodo 20:13). Moisés le advirtió al pueblo escogido.
“Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia”
(Deuteronomio 30:19). Y, por supuesto, toda la vida, enseñanzas y
el ministerio de Jesús confirmó la dignidad de la vida humana y de
cada persona individualmente. Jesús dijo, “he venido para que
puedan tener vida y lo tengan en abundancia” (Juan 10:10). Esta
enseñanza de las Escrituras, junto con las claras y consistentes
enseñanzas de la Iglesia a través de todas las eras, sirven como firmes
- 27 -
bases de nuestro compromiso en pro de la vida humana. Es la viva
reflexión del mandamiento de Dios a su pueblo que resuena hoy:
“No matarás”. La transgresión primordial contra Dios, dador de
vida, por lo tanto es el acto de destruir la vida de los demás.
Hay muchas formas por medio de las cuales podemos fallar en
nuestras responsabilidades de respetar y mantener el valor de la vida.
En el caso de guerra, por ejemplo, la Iglesia afirma que “cada acto
de guerra que indiscriminadamente destruye ciudades enteras o
extensas áreas con su población es un crimen contra Dios y contra el
mismo hombre...” (GS 80).
Aquellos que son injustamente atacados tienen el derecho a
defenderse. Aquellos que son responsables de defender la justicia en
una comunidad tienen el derecho de defender a los que no pueden
defenderse cuando se los ataca. Bajo ciertas condiciones pueden
incluso ser llamados a defenderse a sí mismo y a los demás, de
manera que resultará incluso con la muerte del atacante. En el
pasado, cuando no había ninguna otra manera de contener y prevenir
la violencia injusta del criminal, la Iglesia apoyó la ejecución de
criminales de acuerdo a la ley promulgada por la propia autoridad
constituida. Pero hoy, con todos los medios disponibles para
controlar a la sociedad, incluyendo al criminal más violento, la
imposición de la pena de muerte es en su mayoría innecesaria.
Porque compromete la proclamación primaria de la Iglesia, de la
dignidad y valor de toda la vida humana. (Declaración de los Obispos
de los Estados Unidos acerca de la Pena Capital, noviembre 1980).
De todos los Mandamientos, el Quinto Mandamiento, “no
matarás”, parece el más evidente en sí. Y todavía hoy nuestra
sociedad habla en metáforas con súplicas emocionales y argumenta
que la vida humana es simplemente un artículo que se puede alterar
o destruir a voluntad.
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En los Estados Unidos sabemos que lo que comenzó con un
simple y temerario principio “si la vida humana es inconveniente
para ti, la puedes terminar”, ahora se comienza a aplicar en áreas más
allá del aborto. En su enseñanza social y política pública nuestro país
ha creado un estado de ánimo y una actitud que entusiásticamente
se está transfiriendo a nuestros jóvenes: “La vida, si es inconveniente
para ti, la puedes destruir”. Mientras esta generación haya escogido
esa línea en el nacimiento de un niño, la próxima generación ya está
indicando que esto se extenderá más allá, hacia otras personas.
Dado que muchos de nuestros políticos están de acuerdo con la
creencia de que se puede matar a un niño en el útero, hasta el
momento del nacimiento del niño, no hay ninguna razón para negar
que la presión pública puede influir en ellos en un futuro no muy
distante, a extender legislaciones contra la vida de la gente que
consideren, en las mentes de la mayoría, ser improductiva, no
deseada, no planeada, o simplemente, como en el caso del 95 por
ciento de todos los abortos, “inconveniente”.
En la constante lucha humana por reconocer y aceptar el plan de
Dios por la vida humana, hemos batallado contra el lado más oscuro
de la naturaleza humana tratando de articular leyes para nosotros
mismos y para la sociedad, que reflejen el valor de la vida humana.
Pero nunca antes ha habido en nuestra propia tierra tanta oposición
de las fuerzas de de la muerte. Se nos dice que la vida humana es
esencialmente una comodidad. Que pertenece a aquellos que tienen
el poder para mantenerla de acuerdo al principio de conveniencia
personal. Una nueva oscuridad, expresada en la creciente violencia
que encontramos alrededor de esta tierra, desciende rápidamente en
nosotros como una persona. El Señor pone ante nosotros los
Mandamientos: “¡no matarás,” y “Escoge la vida!” Estos
Mandamientos, tan básicos, simples, claros y evidentes por sí
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mismos, deben reafirmarse y proclamarse más que nunca por cada
uno de nosotros, para que todos entendan, acepten y vivan.

El Sexto Mandamiento
“No cometerás adulterio”
(Éxodo 20:14; Deuteronomio 5:18).

El Sexto Mandamiento habla de la relación de un hombre y una


mujer quienes escogen ser conyuges y los formadores de una familia.
En esta relación se basa no sólo su amor sino también el futuro de
sus vidas y el de la familia que desean formar. Un elemento único y
esencial en su relación es su sexualidad humana.
La Iglesia ha considerado siempre que el sexo es una realidad
preciosa y sagrada. El Génesis al relatar los orígenes de la
humanidad, junto con muchas revelaciones subsecuentes, proclama
el origen divino y lo sagrado de la sexualidad humana y sus
propósitos, que es la institución divina del matrimonio y la
dignidad y nobleza de las mujeres, quienes han sido degradadas en
muchas sociedades.
El Antiguo Testamento describe la creación del hombre y de la
mujer y habla del origen divino de nuestra sexualidad. Los relatos
enfatizan los propósitos del amor humano y de la sexualidad. El
Génesis da énfasis a la forma que la sexualidad debe servir paciente
y con un comprometido amor. Cuando se creó a la mujer, el hombre
dijo: “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”
(Génesis 2: 23). El escritor sagrado agrega: “Eso es porqué un
hombre deja a su padre y a su madre y se une a su esposa, y los dos
llegan a ser un solo cuerpo” (Génesis 2:24).
El amor es la norma viva de toda la moral cristiana. Y amor es
más que sexo. Jesús supo que el amor es el más grande de todos los
dones. La sexualidad es en sí misma un poderoso don de Dios, pero
- 30 -
necesita ser guiada por un sabio y fuerte amor. Las enseñanzas de
Jesús acerca del amor y de la sexualidad no son simplemente un
juego de estrictas reglas. Su propósito no es de ponernos nerviosos,
de apagar el amor con cautela o de ahogar la espontaneidad, sino más
bien ayudarnos a ser abiertos y libres. Jesús nos enseña a encauzar los
poderosos senderos de la sexualidad en un auténtico y honesto amor.
Cuando un hombre y una mujer se aman el uno al otro lo
suficientemente para dejar a su padre, a su madre y todas las cosas
familiares, no se unen para pasar un momento pasajero. Esta clase de
amor significa para toda la vida. El amor personal, tocado con la
energía de la sexualidad, dice el designio de Dios de fidelidad y
compromiso duradero, de las promesas que se deben cumplir.
El Génesis también subraya el aspecto creador de la sexualidad.
“Dios creó al hombre a su imagen, en la imagen divina que fue
creado; Dios creó varón y hembra. Dios les bendijo, diciéndoles:
‘Sean fecundos y multiplíquense y llenen la tierra y sométanla”
(Génesis 1:27-28).
La actividad sexual no sólo sirve para mantener el amor, pero a
través de este amor también se invita a las personas a formar un
nuevo ser. Una nueva vida nace de actos del amor humano, para
llegar a ser la felicidad de los padres y el enfoque de sus vidas. Toda
actividad sexual debe ser una expresión de un amor fiel y debe estar
abierto a una nueva vida. La vida se debe formar, nutrir y educar, lo
cual ocurre en la familia donde los conyuges trabajan juntos.
Esta visión de familia e hijos demanda un compromiso de amor
del uno al otro para toda la vida. Algunas formas de conducta caen
fuera de esta visión y violan la ley de Dios. El sexo prematrimonial
(antes del matrimonio) y extramatrimonial (fuera del matrimonio)
nublan esta visión y lo debilita. Esta actividad deja de ser
compromiso, responsablilidad y verdadero amor. El Sexto
- 31 -
Mandamiento condena tal acción precisamente porque ataca y hace
sórdido lo que Dios creó como bello y bueno.
Porque el sexo es un don precioso, la Iglesia condena su abuso y
su degradación. Fiel a las Escrituras, la Iglesia insiste que el amor de
Dios es incompatible con la fornicación, la promiscuidad sexual, la
degradación sexual y otras perversiones sexuales. Cristo advierte que
la fidelidad a Dios también se puede romper por nuestros deseos
(Mateo 5:28).
La Iglesia constantemente ha enseñado que están prohibidas por
Dios ciertas actividades sexuales específicas que obviamente se
alejan, o de la procreación o del amor matrimonial entre los
conyuges. Esto no es tan sólo porque tales actos están prohibidos en
las Escrituras. Dichas actividades son erróneas porque son un ataque
a los valores básicos humanos que persistentemente los defienden las
Escrituras y son opuestos a los principios que podemos discernir,
incluso sin la revelación. Tales actos como la fornicación, el
adulterio, los actos homosexuales y otros vicios sexuales similares
han sido condenados a través de los siglos por las enseñanzas
ordinarias de la Iglesia y por los juicios formales del magisterio
eclesiástico.
El Sexto Mandamiento nos llama a respetar el sexo por la seria
realidad que es. El sexo ocasional ha llevado a la tragedia personal y
social. La revolución sexual prometió un paraiso en la tierra, pero en
cambio creó un desierto de hogares destruídos, hijos abusados,
epidemias de enfermedades sexuales y un inmenso incremento de
embarazos entre los muy jóvenes. Bajo su estandarte, muchos niños
no nacieron seguros y en hogares amorosos, sino en familias
destruídas y en circunstancias que prometían poca esperanza. La
crueldad del aborto masivo por conveniencia personal es el fruto
mortal de la revolución moderna sexual. Los medios de
comunicación y la industria del entretenimiento, en lugar de servir
- 32 -
para buenos ideales, vino a defender el patético egoísmo de la lujuria
y el control sobre los demás.
Esta débil revolución ha destruído muchas esperanzas humanas
y ha causado tanto dolor. Lo que se ha olvidado es el simple hecho
de que no tan sólo la sexualidad es un regalo de Dios, sino que
también tiene como finalidad el apoyar el amor que durará por toda
una vida. Su propósito es fortalecer a las familias, hacerlas fuertes y
capaces de alimentar y proteger el espacio donde se puede aprender
acerca del amor generoso y altruista. La sexualidad se debe tratar
con reverente cuidado, de manera que nos libere de la soledad y
proteja la dignidad y el valor de cada persona.
El Catecismo de la Iglesia Católica en el contexto del Sexto
Mandamiento habla también de la vocación a la castidad, que se
define como la integración exitosa de la sexualidad en la persona
(2348-59). La virtud de la castidad y la virtud que le sirve la
modestia tratan de la integridad de la vida y del amor y requieren
maduro control en sí mismo y un crecimiento en la verdadera
libertad humana. Está dentro del contexto del Sexto Mandamiento
que el catecismo nos recuerda de las ofensas contra la castidad
incluyendo la lujuria, la pornografía, la prostitución y la violación.
Finalmente, la llamada de Dios que se hace eco en el Sexto
Mandamiento es la fidelidad matrimonial y la advertencia contra
cualquier cosa como el adulterio o el divorcio que debilitan el libre
contrato contraído por los conyuges. El Sexto Mandamiento
reafirma la escencia de la fidelidad del amor e impone a los conyuges
la obligación de guardar su matrimonio exclusivo e indisoluble.

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El Séptimo Mandamiento
“No robarás”
(Éxodo 20:15; Deuteronomio 5:19).

En el poder del Espíritu Santo, y con la alegría de la fe, los


seguidores de Jesús aprendieron a vivir como él les enseñó y
enseñaron lo que les ordenó. Hoy la Iglesia debe continuar
proclamando la revelación de Dios y las enseñanzas de Cristo acerca
del amor, del matrimonio y de la familia. Lo hacemos para mantener
la fe con el Señor y al mismo tiempo anunciar la profunda sabiduría
de esta simple prohibición moral que expresa el valor matrimonial
más básico: la fidelidad, la confianza y la integridad del compromiso
mutuo de un hombre y una mujer, para sus hijos y para su futuro
juntos.
En la puerta de una tienda que se especializa en juguetes para
jóvenes había un letrero de colores bien grande, que anunciaba a los
compradores: “¡Los ladrones de tiendas serán cortados en pedazos y
comidos!” Aunque el mensaje era exagerado, al parecer no había la
necesidad de este anuncio. El gerente de la tienda explicaba que
muchos jóvenes que frecuentan la tienda creen que pueden robar
siempre y cuando no les pesquen. Entonces continuó contándome
que un padre enojado amenazó con demandar a la tienda porque le
detuvieron a su hijo mientras salía de la tienda con un pequeño
juego de video. El razonamiento que motivó estas amenazas fue
porque el artículo robado no costaba mucho. “El juego no valía ni
$25 dólares”, declaró el padre. Con esta “irresponsable lógica” el
indignado padre defendió a su “inocente hijo”.
En otro nivel, probablemente todos hemos oído que es aceptable
el fraude en la declaración de Impuestos a la Renta. Dicen, “después
de todo, te estas robando a ti mismo”. La primera vez que compré
un carro nuevo aprendí una lección acerca de la honestidad y de la
- 34 -
justicia. El carro tenía menos de cien millas cuando demostró serios
problemas. Cuando mi queja llegó al fabricante, se me dijo
graciosamente, “usted compró el carro, ¿no es así?; si no funciona
bien, ése es su problema”. Lo dije en alta voz, si el fabricante hubiera
sentido lo mismo si el cheque con el que pagué el carro hubiera
estado sin fondos.
Se ha desarrollado toda una industria en los Estados Unidos
alrededor de la emisión de falsas etiquetas y engañosa publicidad
que ha llegado a ser normal de la forma de compra entre los
estadounidenses. Los anuncios parecen ser generados para hacernos
gastar el dinero por el que trabajamos tanto, por la ilusión de que
obtenemos algo más valioso de lo que estamos pagando.
El Séptimo Mandamiento se basa en la preocupación por la
justicia. Este prohibe tomar o quedarse injustamente con los bienes
de nuestro prójimos o dañar de cualquier forma las cosas agenas.
Este Mandamiento demanda justicia en cuidar de los bienes y los
frutos creados por la labor humana. Los seguidores de Cristo deben
vivir de tal manera que los bienes terrenales le sirvan para el amor
de Dios y del prójimo.
Sin justicia, no pueden existir las relaciones mantenidas y
establecidas entre las personas y dentro de la sociedad. La justicia es
una virtud que permite a una persona a “dar a cada uno lo que le
corresponde”. La forma de justicia que gobierna las relaciones entre
las personas se llama justicia conmutativa. Que requiere que cada
persona respete los derechos de sus prójimos. El Séptimo
Mandamiento habla de los deberes básicos que tenemos en justicia
hacia nuestros prójimos, y es, que cada persona está prohibida de
robar a los demás. Si una persona viola los derechos de otro, su deber
es hacer una restitución. Por lo cual, si uno ha tomado la propiedad
de otro debe devolverle o pagarle su equivalente, igual o como sea
- 35 -
posible; una persona que ha injuriado a su prójimo de otras maneras
debe hallar la forma satisfactoria para reparar la ofensa.
La forma de justicia que trata de la división justa de los bienes
y cargas de la vida en una sociedad, generalmente se refiere como la
justicia social. Como señala claramente el Catecismo de la Iglesia
Católica, cuando cita el documento de La Constitución Pastoral de la
Iglesia en el Mundo Moderno (Gaudium et Spes) del Concilio Vaticano
Segundo, la Iglesia hace juicios morales acerca de los problemas
económicos y sociales, cuando demanda por los derechos
fundamentales de las personas o de la salvación de las almas (2420).
Esta misión moral es distinta de aquella de los gobiernos civiles y
sus autoridades. La Iglesia cuida por los aspectos temporales del bien
común porque juegan un papel en el plan de Dios. Por esta razón, la
Iglesia hace todo esfuerzo para crear una correcta comprensión del
uso de los bienes terrenales y de nuestra relación con todos los demás
seres humanos en nuestras relaciones socio-económicas.
Las enseñanzas sociales de la Iglesia se basan en las Escrituras y
se han desarrollado a través de los siglos, pero algunas de sus más
articuladas enseñanzas se han formulado en los pasados 100 años,
desde la publicación de la encíclica Rerum Novarum en 1891 del Papa
León XIII. Las enseñanzas sociales de la Iglesia proponen principios
de reflexión, criterios de juicio y acciones concisas. Mientras no
todos los juicios prácticos se revelan directamente estos son parte de
la enseñanza moral de la Iglesia.
En las bases del Mandamiento “no robarás” está la comprensión
de que los bienes materiales de la tierra se entienden que son de
beneficio para todos, pero esos bienes específicos que pertenecen a
una persona están para ser respetados como la propiedad de esa
persona. Por esta razón, la Iglesia enseña que la propiedad privada es
un derecho y que el estado debe regular el ejercicio de ese derecho
para la causa del bien común.
- 36 -
El Séptimo Mandamiento prohibe robar, que es, apropiarse de
los bienes ajenos contra la voluntad razonable de sus dueños.
También demanda que se guarden las promesas y que se cumplan los
contratos. En el lado positivo, el mismo Mandamiento nos urge a
servir a aquellos que están en necesidad y a cuidar por y con amor a
los pobres.
Dos grandes valores humanos se han emitido al hablar del
Séptimo Mandamiento . El primer valor es el derecho de las personas
para guardar lo que es suyo. Como dice el antiguo adagio “A cada
uno lo suyo” que es protegido por el orden divino “no robarás”. El
segundo valor es el simple reconocimiento de que los bienes de la
tierra son para el uso de cada uno y así debe haber apropiadas
estructuras sociales para proveer la justa distribución de los bienes
de la tierra de una manera que llenen las necesidades básicas
humanas necesarias de cada persona.
De la misma manera como los demás Mandamientos tienen
implicaciones sociales, así también lo hace este. Cada persona tiene
derecho a la propiedad, dado que ese es el medio que provee para su
bienestar y el de su familia. Sin el reconocimiento de tal propiedad,
ciertamente ocurre el caos. Las estructuras de la sociedad que
sostiene la vida en comunidad se derrumba sin el reconocimiento de
la propiedad privada. El desorden económico, social, cultural y
moral en que la antigua Unión Soviética y sus satélites se encuentran
ahora es un testimonio elocuente de la base del Mandamiento “no
robarás” en nuestra misma naturaleza humana.
El Séptimo Mandamiento nos obliga a respetar la creación de
Dios. Como señala el Catecismo de la Iglesia Católica, los animales, las
plantas y los seres inanimados son destinados para el bien común
pasado, presente y futuro (2415). Nuestro uso de los minerales,
vegetales y recursos animales del mundo deben respetarse en su
dimensión moral. Nuestro dominio sobre los seres inanimados y
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vivos que vienen de Dios su creador no es un poder absoluto. Debe
ser controlado por la preocupación de la calidad de vida de nuestro
prójimo, incluyendo las generaciones venideras, y exigir un respeto
religioso por la integridad de la creación de Dios.
El mismo Mandamiento que demanda respeto por la propiedad
de los demás también nos desafía a respetar la dignidad del trabajo
humano, porque comparte el trabajo de la creación de Dios,
ejerciendo la responsabilidad a la tierra a través de la labor humana.
Todos tienen el derecho de usar sus talentos de una manera correcta
y así contribuir a su propio bien y al bien común. Este derecho lleva
consigo una obligación concomitante: Todos debemos contribuir
para el bien común. Los líderes de empresas son responsables por
conservar la economía y la ecología en sus compañías. Los obreros
tienen derecho a un sueldo justo y la sociedad debe trabajar para
proveer acceso a trabajos y al desarrollo de un sistema social que
provea una forma de seguridad social.
El Séptimo Mandamiento nos llama claramente a la práctica de
la justicia y del amor en cuidar por toda la creación de Dios y por un
profundo respeto por los frutos de la iniciativa y el trbajo humano.
Este es un mandamiento que nos recuerda de nuestra
interdependencia social, cultural y económica y nos anima a hacer
que se cumpla el plan de Dios de tal manera que la familia humana
viva unida en paz, justicia y armonía

El Octavo Mandamiento
“No levantarás falsos testimonios contra tu prójimo”
(Éxodo 20:16;Deuteronomio 5:20).

Cuando comencé a reflexionar en este mandamiento, un


recuerdo vivo vino a mi mente. Fue en el año de 1987 y el lugar fue
la Misión de San Fernando en el Sur de California. La ocasión fue la
- 38 -
reunión de nuestro Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, con los
obispos de los Estados Unidos. Fue un grandioso momento
espiritual con más de 300 obispos de todos los lugares de los Estados
Unidos reunidos con el jefe de su rebaño, Pedro entre nosotros. Los
medios de comunicación, sin embargo, habían predicho que ésta no
haría noticia. Que habría otra historia.
La predeterminada “historia” de la llegada del Papa a los Estados
Unidos era un desacuerdo de opiniones católicas. Cuando entraron
los autobuses con los obispos en el área de la Misión de San
Fernando, un manojo de protestadores (no más de 20) estuvieron a
la entrada. Lo que pareció fue que había una cantidad dos o quizás
tres veces más de gente de los medios de comunicación con cámaras,
luces, micrófonos y cuadernillos para tomar nota que se congregaron
al rededor de los que protestaban. Lo que permanece vivo en mi
mente es el ver la gente de las cámaras acostados en la tierra de
manera que podían tomar fotos desde un ángulo que haría aparecer
a la muchedumbre mucho más grande. El hecho de que
estuvieramos reunidos con el Papa en una sesión de oración y diálogo
maravilloso fue totalmente ignorado. En las noticias de las 11 p.m.
mostraron lo que pareció ser unas personas con carteles. Los
comentaristas y reporteros de las noticias jadeantemente
proclamaron “la contestación de protestas que plagaron al Papa
incluso cuando tiene una reunión con los obispos”.
Para aquellos de nosotros que estuvimos en Denver para la visita
del Papa, por el Día Mundial de la Juventud en 1993, se repitió el
mismo fenómeno. Podría pensarse que realmente fueron dos visitas
papales. La una era un momento de fe, alegría, afirmación y oración.
La otra era una ocasión para algunos miembros de los medios de
comunicación para promover su propia agenda y readaptar cualquier
cosa negativa que se pueda decir acerca de la Iglesia, por una
centésima vez.
- 39 -
Un grupo fue parte de una peregrinación de fe. El otro fue
creando “una historia”.
No hace mucho tiempo, lei algunos artículos de un par de
publicaciones católicas que proveen comida a diferentes grupos de
los bordes de la Iglesia. Por esta razón conocía acerca del material
que estaban escribiendo, supe que las historias estaban llenas de
inexactitudes, hechos insubstanciales y cargos falsos contra personas
y grupos de la Iglesia. Cuando me preparé para escribir este artículo
sobre el Octavo Mandamiento, “No levantarás falsos testimonios
contra tu prójimo”, esos periódicos y los eventos de los medios de
comunicación en Los Angeles vinieron a mi mente.
La verdad es una de los grandes fallos de la era de los medios de
comunicación moderna. Nos dicen que los medios de comunicación
dan el mensaje. Una vez que se acepta esto, la verdad permanece
subordinada. Por ejemplo, recuerdo estando en una reunión del
Partido Comunista en Roma en el año de 1970 y escuché al orador
anunciar que cualquier medio que lleve al partido al poder era
justificado y que cualquier palabra dicha para promover al partido
era verdad. Qué lamentable testimonio tan lejano de la simple
proclamación del Decálogo, “No levantarás falsos testimonios contra
tu prójimo”.
Una sociedad justa y funcionando apropiadamente es imposible
sin un nivel de confianza y comprensión formada en la verdad. El
intercambio humano, si es personal, económico, cultural o moral, no
es posible a menos que estemos de acuerdo que las palabras deben
decir la verdad, por lo menos la verdad objetiva disponible para
todos nosotros o la verdad como uno lo entiende. Es en este principio
que descansan nuestros esfuerzos humanos en la edificación de la
comunidad. Tenemos el deber de buscar la verdad y hablar la verdad.
Debemos ser honestos con nosotros mismos y con los demás.
- 40 -
La verdad de Dios se reveló completamente en Jesucristo quien
vino como la luz del mundo para que “todos quienes creen en mi no
permanezcan en la oscuridad” (Juan 12: 46). Cuando estuvo ante
Poncio Pilatos, Jesús proclamó que “vino al mundo para dar
testimonio de la verdad” (Juan 18: 37). Como seguidores de Cristo
nunca debemos tener vergüenza de dar testimonio de la verdad.
También reconocemos que las personas no pueden convivir si no
confían mutuamente y si no son fieles. La virtud de confiar requiere
que seamos honestos el uno con el otro.
La comunicación apropiada es esencial para vivir y toda
comunicación debe basarse en la verdad. La mentira contradice lo
que uno cree que es la verdad y, por lo tanto, permanece como un
pecado. Destruye los vínculos humanos creados en la confianza. San
Pablo nos recuerda: “revístanse del hombre nuevo. Este es al que
Dios creó a su semejanza, dándole la justicia y la santidad que
proceden de la verdad. Por eso, no más mentiras: que todos digan la
verdad a su prójimo” (Epístola a los Efesios 4: 24-25).
El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que la gravedad de
la mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma,
según las circunstancias, las intenciones del que la comete y los
daños padecidos por los que resultan perjudicados. Si la mentira en
sí sólo constituye un pecado venial, sin embargo, llega a ser mortal
cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y el amor
(2484).
La mentira es condenable por su misma naturaleza, porque es
una profanación de la palabra cuyo objeto es comunicar a otros la
verdad conocida. La intención deliberada de inducir al prójimo a
error, mediante palabras contrarias a la verdad constituyen una falta
contra la justicia y el amor. La culpabilidad es mayor cuando la
intención de engañar corre el riesgo de tener consecuencias serias y
dañinas para los que son desviados de la verdad.
- 41 -
Alguien describió una vez a la chismografía como una persona
que nunca dice una mentira, si una verdad a medias hace tanto más
daño. En todas las situaciones cristianas no debemos sólo ser sinceros
y auténticos en auto representarnos, sino también debemos ser
fidedignos y honrados en representar a los demás. Dado que la
demanda que usamos es la verdad al hablar de los demás. Una vez
más, San Pablo declara: “No se mientan unos a otros. Ustedes se
despojaron del hombre viejo y su manera de vivir para revestirse del
hombre nuevo, que el Creador va renovando conforme a su imagen
para llevarlo al conocimiento verdadero” (Colosenses 3: 9-10).
Mentira bajo juramento es un mal muy serio. Al dar un
juramento, uno invoca a Dios, la fuente de toda verdad, para
atestiguar la verdad de su propio testimonio, sus declaraciones o sus
intenciones. De acuerdo con el mandato del Levítico 19: 12, la
Iglesia ha enseñado fielmente que el perjurio deliberado es siempre
un pecado grave, no importa la razón o la ocasión.
Otras ofensas contra la verdad incluyen el juicio precipitado, la
denigración, la calumnia, cualquiera de esos actos que disminuyen o
destruyen la reputación y el honor del prójimo. El otro lado de la
moneda es la obligación de respetar la verdad. Debemos mantener la
verdad en alta estima y corregir todo lo que la deforme.
Precisamente porque la busqueda de la verdad es esencial para la
dignidad humana y porque un auténtico entendimiento y la
aceptación personal de la verdad, sobre todo la verdad acerca de
Dios, son tan preciosos; las personas humanas tienen derecho a una
verdad religiosa. Alguien que acepta la responsabilidad de enseñar la
fe acepta la obligación de enseñar toda la verdad presentada por la
Iglesia, a menos que de alguna forma se distorsione la misma
enseñanza de Cristo y llegue a ser menos que la verdad.
En una era masiva y de interminables comunicaciones, el siglo
XX es una era que necesita entender, aceptar y respetar el mandato
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divino en el tratamiento de unos a otros y cuando hablamos acerca
de los demás, lo hacemos sabiendo totalmente que “No levantarás
falso testimonio contra tu prójimo”.

El Noveno Mandamiento
“No desearás la mujer de tu prójimo”.
(Éxodo 20: 17; Deuteronomio 5: 21)

En el Sermón de la Montaña, Jesús desafíó a cada uno de sus


seguidores a una vida que no se reduce meramente a acciones
externas, sino que refleja que está profundamente arraigada en
nuestros corazones:
“Ustedes han escuchado que se dijo a vuestros antepasados: “No
matarás y el que comete deberá responder ante la justicia”. Yo les
digo más: cualquiera que se enoje contra su hermano comete un
delito y será responsable de un juicio...” (Mateo 5: 21-22).
Jesús habla sobre la importancia de vivir nuestras vidas de
corazón. Esto es cierto, por ejemplo, en el compromiso de los
conyuges entre sí. “Ustedes han escuchado el mandamiento ‘No
cometerás adulterio’. Ahora yo les digo que: Quien mira con malos
deseos a una mujer, ya cometió adulterio en su interior” (Mateo 5:
27-28).
Al comentar este texto del Sermón de la Montaña, el Papa Juan
Pablo II, en los inicios de su pontificado, enseñó:
“Es significativo que Cristo habló del objeto de este acto, no
enfatiza que es la mujer de otro hombre, o una mujer que no es su
propia esposa, pero dice en general una mujer. El adulterio cometido
‘en el corazón’ no se circunscribe a los límites de la relación
interpersonal que hace posible determinar el adulterio cometido ‘en
el cuerpo...’ el adulterio ‘en el corazón’ se comete no sólo porque el
hombre mira de esa forma a una mujer que no es su esposa, sino
- 43 -
precisamente porque mira a una mujer en esa forma. Incluso si él
mira de esa forma a la mujer que es su esposa, cometería igualmente
adulterio en su corazón” [“Lust and Dignity” (“Lujuria y Dignidad”,
octubre de 1980)].
En una ocasión cuando los fariseos le preguntaron a Jesús acerca
de la adhesión externa a la ley, señaló significativamente:
“Lo que sale de la boca se origina en el corazón y eso es lo que
hace impuro al hombre...del corazón proceden los malos deseos,
asesinatos, adulterios, inmoralidad sexual, robos, mentiras, chismes,
blasfemias. Estas son las cosas que hacen impuro al hombre; pero
comer sin lavarse las manos, eso no hace impuro al hombre” (Mateo
15:17-20).
Una de las verdades que Cristo nos enseñó es que nuestro
corazón es la sede de nuestra moralidad personal. La lucha entre lo
bueno y lo malo, entre lo correcto y equivocado, envuelve la
purificación de nuestro corazón y controla nuestros deseos.
En el Sermón de la Montaña, como en la conversación con los
fariseos acerca de la indisolubilidad del matrimonio, Cristo habla de
la profundidad del misterio divino. Al mismo tiempo, entra en las
mismas profundidades del misterio humano. Por esa razón Jesús
menciona el corazón de ese “íntimo lugar” en el que se produce la
lucha del hombre entre lo bueno y lo malo, entre el pecado y la
justicia, entre la concupiscencia y la santidad. En todos existe el
misterio del pecado y de la redención y la dimensión interior de la
lucha del bien sobre el mal. Es esta batalla interior entre la
concupiscencia y la gracia que se puede referir como la condición de
nuestro corazón o de nuestra actitud.
Al describir nuestra actitud o condición del corazón, algunas
personas hablan acerca de una “nueva moralidad”, una frase que a
menudo describe una forma de vida con libertad total pero con poca
responsabilidad. Esta filosofía compromete las esperanzas y sueños al
- 44 -
poner en relieve nuestras debilidades. Esta filosofía cree que no son
necesarios los mandamientos que han revelado tradicionalmente la
profundidad del verdadero amor. En contraste con esta “moralidad”
es una condición del corazón o una verdadera moralidad digna del
“nuevo” nombre. Esta es la moralidad a la que Cristo nos llama, una
actitud interior o una disposición del corazón que es vibrante, fuerte
y hábil para transformar todo. Es la forma de vida que Jesús nos
enseñó y que nos ofrece con alegría. Es por eso que la moralidad es
realmente más que un juego de acciones, es una actitud y una
condición del corazón. La moralidad cristiana ofrece una respuesta
totalmente humana a la vida. En Jesús descubrimos que ese mismo
interrogante es parte del movimiento maravilloso de la gracia de
Dios en nosotros. La religión no es nada extraño ni una carga a
nuestro desarrollo y crecimiento. En la religión podemos encontrar
las respuestas a las preguntas más importantes con las que luchamos
cuando crecemos y tratamos de determinar quiénes somos, cómo
debemos vivir y cuáles son nuestras responsabilidades en esta vida.
Dios no es un “extra” en la vida sino la respuesta a la vida.
El Papa Juan Pablo II, en su encíclica Veritatis Splendor (El
Esplendor de la Verdad), nos enseña:
“Seguir a Cristo no es una imitación externa, puesto que toca al
hombre en la profundidad de su propio ser. Ser un seguidor de Cristo
significa obedecerle a él que incluso vino a ser un servidor para darse
a sí mismo en la cruz (Filipenses 2:5-8).
Cristo habita en el corazón del creyente por la fe (Efesios 3:17)
y de esta manera el discípulo está cumpliendo con el Señor. Este es
el efecto de la agracia de la presencia divina del Espíritu Santo en
nosotros” (VS 21).
En el Sermón de la Montaña, Jesús enseñó además:
“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios
(Mateo 5:8).” ¿Quiénes son aquellos limpios de corazón? El
- 45 -
Catecismo de la Iglesia Católica explica que son aquellos que han
ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad
de Dios, principalmente en tres dominios: el amor o caridad, la
castidad o rectitud sexual, el amor de la verdad y la ortodoxia de la
fe. Continua señalando que existe un vínculo entre la pureza del
corazón, la del cuerpo y la de la fe (2518). Si somos correctos ante
Dios, todo lo demás será bueno. “Si alguien me ama, guardará mis
palabras y mi Padre le amará y vendremos a él para hacer nuestra
morada en él” (Juan 14-23).
A los “limpios de corazón” se les promete que verán a Dios cara
a cara y que serán semejantes a El. El sacramento del bautismo es el
que provee la gracia de la purificación que habilita en las personas
bautizadas, para lograr esta limpieza de corazón que proporciona el
poder vivir una vida casta, modesta y pura.
El Noveno Mandamiento nos pide que proclamemos la pureza
de corazón por medio de la sexta Bienaventuranza. Esa pureza que
nos pone en una lucha contra la concupiscencia de la carne o
cualquier otro apetito humano desordenado. Por esta razón la Iglesia
nos desafía a aceptar a la castidad como una virtud y un don y nos
pide una pureza de mente, de corazón y de acción. La misma
sensibilidad cristiana nos pide una modestia que protege el misterio
de las personas y su amor e invita a la paciencia y a moderación en
la relación amorosa. El pudor es otro nombre para la modestia. Este
pudor básico humano nos libra de la preocupación aplastante de
nuestra sociedad y de su cultura erótica y de vicio hacia el
compañero de estímulo sexual. La pureza cristiana también exige
una purificación del clima social y obliga a los medios de
comunicación social a una información cuidadosa del respeto y de la
discreción.
El Noveno Mandamiento es un recuerdo que la redención de
Cristo y nuestra conversión trabajan de manera lenta en nuestras
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vidas. Muchos de nosotros todavía necesitamos ser redimidos y
lavados con la sangre del sacrificio de Cristo. No sólo nuestras
acciones, sino nuestras intenciones, nuestras motivaciones y nuestros
corazones necesitan ser lavados cada día en la sangre del sacrificio
amoroso de Cristo.

El Décimo Mandamiento
“No codiciarás nada que sea de tu prójimo”
(Éxodo 20:17; Deuteronomio 5:21)

El Décimo Mandamiento nos pone cara a cara con el mundo


total de nuestros deseos, intenciones y motivaciones. Este reino no
se identifica fácilmente por la observación casual. En el Decálogo
están los errores más comunes que escogemos hacer o dejar de hacer,
en vez de pensar o quizás planear y argumentar. Al igual que el
Noveno Mandamiento, el Décimo Mandamiento se refiere a las
intenciones del corazón. Los dos Mandamientos nos recuerdan que
somos formadores de nuestras vidas incluyendo nuestros deseos,
pensamientos, planes y aspiraciones para reflejar en nosotros la vida
de Cristo.
Cristo nos llama a cada uno a una nueva vida. Los cristianos
debemos vivir nuestras vidas como hijos de Dios y como
colaboradores de Cristo para hacer de este mundo un lugar mejor.
Somos llamados a vivir libres y con responsabilidad. Con nuestros
talentos naturales y con los dones de la gracia, estamos para vivir una
vida que agrade a Dios. Puesto que Dios interpreta lo más profundo
de nuestros corazones, de la vida que vivimos y del honor y gloria
que damos a Dios siguiendo sus mandatos, debemos incluir no sólo
el cumplimiento externo de la ley sino también una disposición
interior de seguir a Cristo en todo lo que decimos, hace y pensamos.
En cuanto empezamos a pensar acerca de lo que deberíamos
- 47 -
hacer, se originan usualmente varias preguntas. Hay muchas formas
del bien que uno puede seguir de la vida de los demás y muchas
maneras de lograrlas. Debemos también tener presente que nuestra
propia vida individual no es la única vida que se puede enriquecer,
como resultado de las opciones que hacemos. Nuestras opciones
pueden reforzar muchas vidas. ¿Soy guardián de mi prójimo?
¿Quién es mi prójimo? ¿Qué formas de bien debo buscar? ¿Cuánto?
¿Para quien? ¿Con quien? De todas las opciones que podría hacer,
¿cuáles son las que realmente debo hacer? ¿Qué criterio debo usar
para escoger? Las respuestas a estas innumerables preguntas se
revelan no sólo en el cumplimiento externo de la ley, que mide lo
que los demás pueden vernos hacer o escuchar lo que decimos, sino
también en las actitudes de nuestro corazón.
Debemos ajustarnos a la mente de Cristo. La segunda parte de la
encíclica de nuestro Santo Padre, The Splendor of Truth (El Esplendor
de la Verdad), toma su nombre de la amonestación de la carta de San
Pablo a los Romanos: “no se conformen con este mundo” (Romanos
12: 2). El Papa Juan Pablo II enseña: “La auténtica libertad es una
manifestación destacada en el hombre de la imagen divina...Aunque
cada persona tiene el derecho de ser respetado en su propia
búsqueda de la verdad, existe allí una obligación moral prioritaria y
una gravedad a eso, buscar la verdad y adherir al mismo tiempo es
saber” (VS 34).
En esa misma carta con respecto a ciertas preguntas
fundamentales de las enseñanzas morales de la Iglesia, leímos:
“Jesús nos da los mandamientos de Dios para que los
cumplamos, principalmente el mandamiento del amor al prójimo,
para interiorizar sus demandas y para dar su significado completo.
El amor al prójimo brota de un corazón amoroso que, precisamente
porque ama, está listo para vivir con los desafíos más grandes. Jesús
nos muestra que los mandamientos no se deben entender como el
- 48 -
límite mínimo que no van más allá, sino como un camino que
envuelve la jornada moral y espiritual hacia la perfección, en el
corazón de quien es amor” (Colosenses 3: 14), (VS 15).
El valor de la vida de Cristo y las consistentes enseñanzas en
conformidad de hacer la voluntad de Dios el Padre. “Así mi juicio
es recto, porque no busco mi voluntad sino la de Aquel que me
envió” (Juan 5: 30). La propia oración de Cristo al enfrentar el terror
de la muerte fue: “Padre...que no se haga mi voluntad sino la tuya”
(Lucas 22: 42). Cristo vivió y murió en el espíritu de la oración que
nos enseñó: “Padre nuestro...hágase tu voluntad así en la tierra como
en el cielo” (Mateo 6:9-10). Cristo da el verdadero significado de su
relación de hijo a través de la cual llegamos a ser hijos de Dios:
“porque el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los
Cielos ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mateo 12:50).
Ajustarse a la mente de Cristo es ajustarse a la voluntad del
Padre. Si preguntamos “¿qué tenemos que hacer y cuáles son las
obras que Dios nos encomienda?” Jesús respondió: “La obra es ésta:
Creer al Enviado de Dios” (Juan 6:28-29). Luego declara: “No es el
que dice: ¡Señor!, ¡Señor!, el que entrará en el Reino de los Cielos,
sino el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo” (Mateo 7:21).
Como San Pablo nos enseña, ¿Quién ha conocido “el
pensamiento del Señor” en la manera de aquellos que no son
“espirituales” no pueden, porque “tenemos el pensamiento de
Cristo” (1 Corintios 2:14-16). Esta comprensión permite a San
Pablo contestar la pregunta de qué debemos hacer. Su respuesta es
que debemos conducirnos en cierto modo agradando a Dios. Esto
expresa el pensamiento de Cristo, porque Cristo hace sólo lo que le
agrada al Padre (Juan 8: 29). Cuando Jesús rechazó el consejo de
Pedro se volvió y le dijo: “¡Apártate Satanás! Tú me harías tropezar.
“No piensas como Dios sino como los hombres” (Mateo 16: 23). El
consejo de Pedro era para evitar la cruz, pero Cristo fue a la cruz
- 49 -
“para que todos murieramos al pecado, y pudieramos vivir de
acuerdo con la volutad de Dios” (1 Pedro 2:24).
Podemos ver más claramente con los ojos de la fe. Cada parte de
las enseñanzas de la moral cristiana dependen de este principio. “No
codiciarás nada que sea de tu prójimo” depende de nuestra habilidad
el ver todo lo de la vida con ojos de fe y vivir una vida de fe que se
basa en la conversión de nuestro corazón.
El Décimo Mandamiento nos prohibe codiciar los bienes ajenos.
La “concupiscencia de los ojos” lleva a la violencia y la injusticia
prohibidas por el Quinto Mandamiento. Por esta razón, codiciar lo
que pertenece a otros es equivocado y entre su efectos se incluyen la
envidia y el resentimiento al éxito de los demás, enojo u odio a la
vista de su prosperidad. Al mismo tiempo, el Décimo Mandamiento
nos desafía a desarrollar un espíritu de pobreza que trae un sentido
de separación y equilibrio a nuestras vidas. El Décimo Mandamiento
prohibe la codicia incontrolable que crece de una inmoderada pasión
por las riquezas y el poder que la riqueza puede producir. Nos insta
a formar un espíritu de suparación que imita a Cristo a la magnitud
que crucificaríamos “la carne con sus vicios y sus deseos” (Gálatas 5:
24), y vivir una vida que nos habilite a entrar en el reino de
losccielos porque somos “pobres de espíritu” (Mateo 5: 3).
En la búsqueda de justicia y de bondad, la única manera de
satisfacer todas las demandas de nuestra propia naturaleza humana
es ver como Dios ve, juzgar como Dios juzga, amar como Dios ama.
El desafío de llegar a esta perspectiva divina y de propósito es una
lucha entre la mente y el corazón, que eventualmente envuelve todo
el carácter. Como San Pablo nos recuerda:
“No sigan la corriente del mundo en que vivimos más bien
transfórmense por la renovación de su mente, así sabran ver cuál es
la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es
perfecto” (Romanos 12: 2).
- 50 -
Los mandamientos de Dios que dirigen nuestras acciones y
pensamientos reflejan una lejana realidad más poderosa: la
conversión de nuestro mismo ser, de nuestra voluntad y de nuestro
pensamiento a Cristo. Y fue a través de su muerte y de su
resurrección que Cristo aseguró nuestra salvación, Cristo nos
recuerda que los mandamientos que rigen todas nuestras acciones,
externas e internas, se deben obedecer a pesar de todo. El significado
de los mandamientos se basa ahora en el amor de Cristo, un amor en
el cual compartimos. “Yo los he amado a ustedes como el Padre me
ama a mí. Permanezcan en mi amor. Mi mandamiento es éste:
Amense unos con otros” (Juan 15: 9,17). Cristo toma los
mandamientos y los eleva a los niveles más altos posibles: al nivel del
amor.
Hace algunos años había una canción que tenía como estribillo
“no puede ir a la cárcel por lo que piensa”. Quizás no, pero uno
puede ir fácilmente al infierno por lo que uno piensa, prefiriendo la
maldad en vez de la bondad. El Décimo Mandamiento nos desafía a
cambiar nuestras vidas tan completamente que manifestemos la
presencia de Cristo en nuestros corazones y en nuestros
pensamientos, tan satisfactoriamente como en nuestras vidas y en
nuestras acciones.

Conclusión
Los Mandamientos, Ley y Conciencia

En los capítulos anteriores hemos explorado los Diez


Mandamientos y la aplicación de esos mandamientos a nuestro
diario vivir, como individuos y como comunidad. Los
mandamientos son la palabra de Dios que nos asegura y aclara la
dirección de cómo debemos vivir. Todavía hay otra voz de Dios que
nos habla, no en las páginas de la ley sino en los silenciosos recesos
- 51 -
de nuestro corazón. Esa es la voz de la conciencia. ¿Cuál es el rol de
la conciencia cuando intentamos vivir una vida moral? ¿En qué
sentido la revelación contenida en los mandamientos expresan la ley
de Dios escritos en nuestros corazones en la creación?
Para entender la relación de los mandamientos, la ley moral y
nuestra conciencia, necesitamos reflexionar en el hecho que Dios es
el autor y fuente de todo. Dios nos creó y nos dio una naturaleza
humana que corresponde a su plan. Lo que más entendemos es
nuestro yo y nuestra relación con Dios, lo que mejor entendemos son
las obligaciones a los planes de Dios, que llamamos la ley moral
natural. Al mismo tiempo, Dios nos dio los mandamientos para que
podamos saber clara y directamente la ley de Dios. Dios también
puso un profundo conocimiento en nuestro interior porque hay una
manera correcta e incorrecta de actuar. Este conocimiento es la voz
de la conciencia.
Primero, nos permitió que miráramos la ley moral natural
puesta dentro de nuestros corazones en la creación. Cuando la Iglesia
habla de “esos principios del orden moral que tienen su origen en la
misma naturaleza humana” (DH 2-3), como nos explica el Concilio
Vaticano Segundo en la Declaración de la Libertad Religiosa (Dignitatis
Humanae), habla de una ley natural universal y todos sus principios
que abarcan. El orden moral natural es el plan creador de Dios
entendido por la razón humana y ayudado con la presencia de su
Espíritu Santo.
La ley moral natural se deriva de nuestro entendimiento
intelectual de cómo deben ser las cosas según el plan de Dios. Es por
esta razón que las definiciones de ley natural en la filosofía
tradicional, aunque toman varias formas, siempre indican dos
factores: la realidad creada según el plan de Dios y nuestra habilidad
intelectual para reconocer ese orden. En esta comprensión del orden
moral natural, nuestra misma vida y nuestra habilidad intelectual
- 52 -
son los pilares de la ley natural. No pedimos aplicar algunos
objetivos del orden que existe fuera de nosotros. Venimos a entender
quienes somos y en que realización reconocemos lo que debemos
hacer. Esta es la gran diferencia entre la vida humana y todos los
otros tipos de vida de las plantas y de los animales. Como seres
humanos somos capaces de reflexionar en quienes somos y
determinar cómo debemos actuar.
Dios con su grandeza cristalizó los puntos principales de la ley
moral natural que se encuentran explícitos en el Decálogo, los Diez
Mandamientos del Antiguo Testamento y que Cristo nos dio
completa claridad en la nueva ley.
El Evangelio, que ha estado prometiendo “en tiempos anteriores
a los profetas” y que el mismo Cristo “cumplió y promulgó con sus
propios labios” y que comisionó a sus Apóstoles para que predicaran
a todos, es “la fuente de toda la verdad de la economía y toda la
enseñanza moral” (DV 7). Cristo, como dice San Pablo, “es el fin de
la ley” (Romanos 10: 4), y “fin” significa aquí no su terminación
sino su realización o perfección.
Por lo tanto, la ley de Dios escrita en nuestros corazones es
conocida por la razón humana sin el don de revelación, sino porque
a la luz de la fe se nos ha hecho todo más claro y explícito. Los
mandamientos no son externos a nosotros ni somos libres de
ignorarlos con la idea de que preferimos “siguir nuestra conciencia”.
La Conciencia, por definición, es un juicio práctico acerca de la
rectitud o de lo equivocado de los actos. Los juicios de conciencia son
el resultado del esfuerzo de una persona para evitar ser arbitrario y
buscar el conocimiento y seguir lo que es correcto. Podemos hablar
acerca de la conciencia siendo verdadera y correcta e implica que sea
implícita o explícita de una persona que debe conformar su
conciencia a los designios y voluntad de Dios. Esa es la razón por qué
San Pablo no sólo observa la universalidad y la naturalidad de la
- 53 -
conciencia humana en todos los momentos y lugares, sino también
insiste en el hecho que esa conciencia da testimonio a las demandas
de la ley de Dios (Romanos 2: 15).
El Papa Juan XXIII en su encíclica “Paz en la Tierra” (Pacem in
Terris) nos recuerda que: “El Creador del mundo ha grabado en lo
más profundo del hombre un orden que le revela su conciencia y que
le obliga fuertemente a obedecer” (PT 5). La Iglesia ha enseñado
constantemente que una conciencia es correcta cuando sus juicios
tienen razón y corresponden a los juicios de Dios. Cuando uno
“entra en su corazón” busca sinceramente la dirección verdadera y
normal por amor, luego “Dios, que sondea el corazón, lo espera allí”
(GS 14). Si uno quiere saber qué es verdadero y bueno, entonces, en
las silenciosas reflexiones de la conciencia, “está solo con Dios cuya
voz se hace eco en sus interior: (GS 16).
Finalmente, estamos obligados a seguir nuestra conciencia,
como también estamos obligamos a ver que nuestra conciencia esté
correctamente formada. La conciencia no viene formada de
antemano con su propia información de lo correcto e incorrecto. La
conciencia es una luz interna que nos permite examinar las
situaciones que enfrentamos y hacer juicios prácticos, morales. Pero
los principios en los cuales basamos esos juicios son el conocimiento
que hemos recibido y hemos hecho nuestros en la formación de
nuestras vidas.
Por esta razón la enseñanza y el aprendizaje de los
mandamientos de Dios permanecen como una parte integral del
esfuerzo de la Iglesia para seguir los caminos de Dios. Cada uno de
los católicos, principalmente los padres y los abuelos, enfrentan el
desafío de impartir la sabiduría de Dios y los caminos de Dios a las
próximas generaciones. ¿Para compartir este conocimiento y
ayudarnos a formar el corazón y la mente y ser receptivos a la
amorosa agracia de Dios, preparando las conciencias para responder
- 54 -
con juicios morales correctos que nos llevan a Dios. ¿Cómo están
relacionados los mandamientos, la ley moral natural y la conciencia?
La ley moral natural es la ley natural escrita por Dios mismo en
nuestros corazones en el mismo acto de la creación. Los
mandamientos son revelaciones divinas de Dios y obligaciones
explícitas recordándonos el orden natural moral junto con nuestra
obligación de reconocer y honrar a Dios el Creador. La conciencia es
el juicio moral práctico imediato que hacemos acerca del bien o del
mal, la rectitud o lo equivocado de una acción específica que estamos
por tomar. Si ese juicio fluye de la ley escrita en nuestros corazones
y que está explicita en el Decálogo, será la obra de una conciencia
correcta, derecha y verdadera y nuestra acción o pensamiento será
verdaderamente bueno.
No es fácil vivir siempre una vida buena. Los juicios morales no
son fáciles de hacer sin la gracia de Dios. Eso es porque además de
nuestro conocimiento adquirido y nuestros sinceros esfuerzos para
formar una conciencia correcta, necesitamos también orar.
Necesitamos orar diariamente por la gracia de Dios, una guía
derecha y amorosa así siempre tendremos el valor, no sólo para saber
sino también para vivir la sabiduría contenida en la palabra de Dios
y en el plan de Dios: los Diez Mandamientos en nuestras vidas.

- 55 -
Acerca del Autor
Arzobispo Donald W. Wuerl es arzobispo de la Archdiócesis de
Washington. Nació en Pittsburgh el 12 de noviembre de 1940.
Después de obtener su bachillerato y licenciatura en Filosofía de la
Universidad Católica de América en Washington, D.C., fue a Roma
a completar su entrenamiento en el seminario de la Universidad
de Norte América, en donde se ordenó como sacerdote el 17 de
diciembre de 1966.
Obtuvó su doctorado en Teología en la Universidad Pontificia
de Santo Tomás de Aquino, en Roma, generalmente conocida como
la “Angelicum”. Enseñó teología desde 1975 hasta 1979 y fue uno
de los principales editores de “Las Enseñanzas de Cristo”, un
proyecto de tres años formado por un equipo de teólogos para
producir un catecismo comprensivo para los adultos.
En 1985, el Papa Juan Pablo II, le nombró obispo auxiliar de
Seattle. En 1988 fue nombrado para su posición actual como obispo
de la Diócesis de Pittsburgh.

- 56 -
“La Fe es un regalo de Dios que nos permite conocerlo y
amarlo. La Fe es una forma de conocimiento, lo mismo que la
razón. Pero no es posible vivir en la fe a menos que lo
hagamos en forma activa. Por la ayuda del Espíritu Santo
somos capaces de tomar una decisión para responder a la
divina Revelación y seguirla viviendo nuestra respuesta”.
Catecismo Católico de los Estados Unidos para los Adultos, 38.

Acerca del Servicio de Información Católica


Los Caballeros de Colón, desde su fundación, han participado en
la evangelización. En 1948, los Caballeros iniciaron el Servicio de
Información Católica (SIC) para ofrecer publicaciones católicas
a bajo costo al público en general, lo mismo que a las
parroquias, escuelas, casas de retiro, instalaciones militares,
dependencias penales, legislaturas, a la comunidad médica, o a
personas particulares que las soliciten. Por más de 70 años, el
SIC ha impreso y distribuido millones de folletos y miles de
personas han tomado nuestros cursos de catequesis.

El SIC ofrece los siguientes servicios para ayudarle a conocer


mejor a Dios:

Folletos Individuales
Contacte al SIC para obtener una lista completa de todos los
folletos y para ordenar los que quiera.

Curso para Estudiar en Casa


El SIC ofrece un curso gratuito para estudiar en casa por correo.
En diez rigurosas lecciones obtendrá una visión general de la
enseñaza católica.

Cursos en Línea
El SIC ofrece dos cursos gratuitos en línea. Para inscribirse visite
el sitio [Link]/ciscourses.
SERVICIO DE INFORMACIÓN CATÓLICA
Verdadera información católica y no simples opiniones.

En relación con la nuevas generaciones, los fieles laicos deben ofrecer una
preciosa contribución, más necesaria que nunca, a una sistemática labor de
catequesis. Los Padres sinodales han acogido con gratitud el trabajo de los
catequistas, reconociendo que éstos “tienen una tarea de gran peso en la
animación de las comunidades eclesiales”. Los padres cristianos son, desde
luego, los primeros e insustituibles catequistas de sus hijos... pero, todos
debemos estar conscientes del “derecho” que todo bautizado tiene de ser
instruido, educado, acompañado en la fe y en la vida cristiana.
Papa Juan Pablo II, Christifideles Laici 34
Exhortación Apostólica sobre la Vocación y Misión
de los Laicos en la Iglesia y en el Mundo.

Acerca de los Caballeros de Colón


Los Caballeros de Colón, una sociedad de beneficios fraternales fundada en
1882 en New Haven, Connecticut por el Venerable Siervo de Dios el Padre
Michael J. McGivney, es la organización más grande de laicos católicos, con
más de 1.9 millones de miembros en América, Europa y Asia. Los Caballeros
ayudan a su comunidad y a las demás comunidades, y cada año contribuyen
con millones de horas de servicio voluntario a causas caritativas. Los
Caballeros fueron los primeros en brindar apoyo financiero a las familias de
los policías y del personal del departamento de bomberos que fallecieron en
los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y trabajan muy de cerca
con los obispos católicos para proteger la vida humana inocente y el
matrimonio tradicional. Para buscar más acerca de los Caballeros de Colón
visita el sitio [Link].

Si tiene preguntas especificas o desea obtener un conocimiento más amplio


y profundo de la fe católica, el SIC le puede ayudar. Póngase en contacto con
nosotros en:

Knights of Columbus, Catholic Information Service


Po Box 1971 New Haven, CT 06521-1971
Teléfono 203-752-4267 Fax 800-735-4605
cis@[Link]
[Link]/sic

Proclamando la Fe
300-S 6-19 En el Tercer Milenio

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