El Juego
Quien supone que debe inculcársele al niño y a la niña materias de enseñanza
antes de la edad escolar no toma en serio que los niños y niñas, en sus primeros seis
años de vida, ya tienen bastante que aprender y son cosas mucho más importantes que
la intelectualidad que alcanzan a reflejarse en su conciencia. La evolución fisiológica y
psicológica en esta época de la vida marchan de común acuerdo por ello el contenido y
la índole del aprendizaje en la primera infancia son muy diferentes del aprendizaje
escolar.
Sólo a partir del séptimo año de vida, aproximadamente, es adecuado que los
niños y niñas aprendan por medio de instrucción. ¿Qué es, pues, lo que debe preceder
al aprendizaje de conceptos de la educación primaria?
En los primeros tres años, los niños y niñas consiguen los fundamentos para las
facultades principales de su vida posterior (caminar erguido, hablar y con ello la
posibilidad de pensar). Este aprendizaje salta inmediatamente a la vista del observador
adulto, en cambio, en los años sucesivos, ya se hace más precisa una observación más
penetrante, los pasos del niño o la niña después de su tercer año se aprecian mejor a
través del juego, pues el juego es la actividad por medio de la cual el niño y la niña
aprenden a “com – prender” el mundo pieza por pieza,
En el juego, los niños y niñas asimilan aquello que pueden imitar del trabajo de
los mayores y ligan su quehacer con lo que su propia fantasía les sugiere. Con el
transcurso de los primeros siete años, este juego lleno de fantasía recoge tres etapas
evolutivas distintas, etapas que la antropología de Rudolf Steiner describe desde
diferentes aspectos.
En ningún otro momento de su vida el hombre es capaz de desplegar así su
fantasía, infantil en un principio, reproduciendo en el juego sus abundantes experiencias
acerca del quehacer de los mayores, animando con aparente incoherencia los objetos a
su alrededor. A fin de lograr este derroche de fantasía con la mayor amplitud posible,
deben ser decididamente rechazados en esta etapa, todos los contenidos instructivos
que tienen como efecto una ruptura de la naciente fantasía creadora y que paralizan la
alegría y el inconsciente interés hacia las experiencias sensoriales específicas. Los niños
y niñas de esta edad viven mucho más profundamente entregados a la experiencia
sensoria que el adulto; no puede distanciarse de ellas, por lo cual ejercen una inmediata
influencia perfiladora sobre sus órganos en formación.
Los niños y niñas pasan por tres etapas en las cuales han de alcanzarse facultades
decisivas: de los tres a los cuatro años, de los cuatro a los cinco años y de los cinco años
y medio a los seis.
La antroposofía de Rudolf Steiner señala que las energías activas en los niños y
niñas, que posibilitan esos pasos del aprendizaje, pasan por distintas metamorfosis.
Cuando estas energías, en la construcción del organismo infantil, han llegado al punto
en que éste puede moverse libremente en el espacio y entra en una relación autónoma
con el medio, una parte de dichas energías se transforma, aproximadamente después
del tercer año, en energías de fantasía, después del quinto, en imaginación pictórica,
que hace posible la actividad orientada y alrededor del séptimo año de vida, en memoria
autónoma, que puede ser aprovechada para el aprendizaje escolar.
Así como los niños y niñas necesitan de todas sus fuerzas para el aprender a
andar erguido, a hablar y a empezar a pensar, también debería poder disponer de ellas
sin menoscabo para conformar su fantasía creadora y pasar luego a imágenes
representativas vivientes. De este modo, su organismo quedará dotado de órganos
sanos de pensamiento, con tal que no se le prive de una gran parte de estas energías
para dedicarlas a un aprendizaje intelectual prematuro.
Quien de una manera responsable se esfuerza por dirigir el juego de los niños y
niñas, notará la seriedad y el celo, la alegría y la profunda satisfacción que brotan del
significado de esta actividad infantil. El jugar mismo hay que aprenderlo primero (niños
y niñas necesitan una adecuada orientación para lograrlo) y nunca debería adelantarse
el aprendizaje juguetón si se toma en serio el concepto de “adecuado a la infancia”.
Así las educadoras del Jardines Waldorf nos esforzamos por estructurar el
espacio, el juguete y la actividad del adulto de tal forma que los niños y las niñas puedan
quedar inmersos en un medio que les permita apropiarse del mundo imitativamente
para, más tarde con similar seriedad, pueda entregarse a la tarea escolar.
Hoy en día quienes trabajamos con niños y niñas podemos observar que la
capacidad de jugar ha ido desvaneciéndose. Ya no saben jugar como antaño; el juego,
fenómeno primordial de toda evolución infantil, está en peligro; ya sea que degenere en
un enfoque salvaje y desenfrenado, o bien que el niño y la niña caigan en la apatía,
estado de enfado y pasividad.
Es una señal de alarma que debe ser tomada en serio ya que acusa un profundo
cambio negativo en la constitución de los niños y niñas.
El entusiasmo como energía vitalizadora
El entusiasmo es uno de los más importantes elementos para forjar un vigoroso
núcleo de la personalidad y así, más adelante, hallarse el hombre en condiciones de
enfrentarse con las influencias negativas de la vida. Si queremos lograr que nuestros
hijos sigan siempre abiertos a las energías renovantes y rejuvenecedoras de la Idea, en
vez de sucumbir prematuramente a los procesos de senescencia y endurecimiento,
hemos de depositar, incluso en su organización corpórea, una recia capacidad vivencial;
llevarles a sentir cómo pueden ser capaces de estar imbuidos, empapados de algo; esto
que no es algo difícil en su etapa de crecimiento, pues en el fondo todo niño y niña
normales están sedientos de vivir con la última fibra de cuerpo, aquello que siente e
intuye, sedientos de entusiasmo vital.
¿Por qué es necesaria la fantasía?
Todo lo que solemos llamar energías síquicas, se exterioriza con cierta cualidad
pictórica. Existe en el alma un mundo de imágenes, de cuya existencia los niños y niñas
poseen un vislumbre inconsciente. Conforme van creciendo, van cambiando día a día y
puede observarse al mismo tiempo, en lo hondo de su interior, el cual se manifiesta en
el interés que tienen hasta determinadas edades por los cuentos de hadas, luego por las
fábulas y después por las aventuras.
Por ello les presentamos a los niños y niñas en forma de imágenes, aquello que
inconscientemente sienten de manera similar lo cual despierta y florece interiormente
y entra en movimiento. No podemos pasar por alto y desestimar sus mundos de
imágenes. Algunas de ellas actúan en forma sumamente estimulante e inspiradora
sobre el ánimo infantil. Todo juego transcurre del interior hacia afuera. Primero hay que
estimular el alma del niño y la niña y motivar su proceso de transformación, lo que
encuentran precisamente con las figuras imaginativas que se le presentan.
Esto se puede llevar a cabo de manera maravillosa en el juego. La cocinera, el
oso, el zorro en el hoyo, el cocodrilo, los duendes, la princesa, en verdad todo un mundo
que podemos hacer accesible a los niños y niñas, y en el cual quieren y deben
sumergirse. Todas estas figuras viven en ellos mismos, como facultades anímicas y si se
les brinda la oportunidad de transformarse en todos ellos, aumenta su plenitud interna.
En este proceso perfilan los niños y niñas los rasgos de su propia personalidad, y
aprenden a manipular las energías que, de lo contrario, seguirán pululando en lo
inconsciente y se estancarán en lo corpóreo.
Armonización de la voluntad
En el juego imaginativo se da una catarsis, una purificación de la voluntad. Los
niños y niñas se enfrentan con las fuerzas motrices de su voluntad y logran así su
dominio. En el juego “El ladrón y la Princesa” por ejemplo, surgen en el interior dos
imágenes, dos polaridades que viven en toda alma infantil sana y durante el juego los
niños se transforman en uno u otro personaje y así aprenden a conocerse a sí mismos,
a adquirir conciencia de la envergadura de su alma, en forma de una especie de
confrontación moral. ¡Y esto es lo que importa!
La función del adulto
Una vez suscitada la sensibilidad del niño y la niña hacia el juego, una vez que
comienza su vida interna, se puede observar que, con gran perseverancia quieren
practicar una y otra vez sus juegos predilectos. No obstante, y por extraño que parezca,
la iniciativa ha de partir, en muchos casos del adulto, por la apatía que existe en muchos
niños y niñas para una energía ascendente. Sin embargo, si el adulto es capaz de
entusiasmarse por un juego, cultivado en virtud de consideraciones pedagógicas, los
niños y niñas terminan felices con él.
Juegos viejos y nuevos
Los antiguos juegos imaginativos son los más acertados. Podemos equipararlos
con los cuentos de hadas, puesto que los valores perennes del cuento, tan alimenticios
para el ánimo infantil, se hallan asimismo ocultos en el juego genuino. Esto no quiere
decir que no deben inventarse juegos nuevos; precisamente la inspiración creadora en
el quehacer mancomunado es un elemento altamente vivificante. Pero hay que
orientarse dentro de la calidad de los juegos antiguos, para encontrar algo que, de
manera correspondiente sea genuino, esto es perenne y arraigado en la imaginación.
Diversos juegos y su significado para el niño y la niña
¿Cómo deben jugar nuestros niños y niñas? Siempre que en el juego participe el
hombre en su plenitud. Pero considerando que las diversas dotes y facultades de los
niños y niñas poco a poco se manifiestan el tipo de juego cambiará constantemente,
debido a los elementos nuevos que se le agreguen según la etapa evolutiva que se haya
alcanzado.
La caja de arena: estimula el despliegue de las energías plásticas que modelan el
cuerpo del niño y la niña en el primer septenio. A esta edad todo su ser es escultor y
tiene el deseo de expresarlo. Las manos solicitan movimiento, y es de gran beneficio que
las mismas energías que aún trabajan en su estructuración total pueden al mismo
tiempo, intensificarse con el propio quehacer del niño y la niña. Jugar con arena les
brinda a los niños y niñas oportunidades para su creatividad y originalidad. Así se
deposita el germen de algo que, más adelante, podrá madurar hacia la originalidad
creadora.
El juego libre: Durante esta temprana etapa, absorben el niño y la niña con gran
intensidad el contenido del espacio que los rodea. Experimenta las cosas
sustancialmente, quiere “prenderlo” no solo con las manos sino con todo su cuerpo.
Trepa, resbala, se arrastra, se zangolotea, se toma, se suelta. Tras todo ello palpita la
íntima necesidad de posesionarse del mundo, palpándolo, tentándolo, viviéndolo,
estando lo más cerca posible de él. Le tienen cariño al objeto sobre el que se arrastran
y trepan y este sentimiento lo profundiza con cada encuentro renovado. Un montículo
de tres metros de altura, por ejemplo, es “su monte”, es algo sustantivo. Los árboles,
arbustos, zanjas, un “monte” son oportunidades para escalar, atravesar algo, troncos de
árboles, grandes rocas entre las que pueden corretear, las que pueden trepar, volver a
trepar y brincar, etc. Todo ello ofrece miles de oportunidades para jugar. Los usuales
aparatos de recreo como las hamacas y toboganes no deben ser de hierro sino de
madera ya que los niños y niñas necesitan cierta calidad térmica de la cual carece el
hierro y que la madera si posee.
Juegos de ronda
La ronda y el juego libre se pertenecen como el sueño y la vigilia. En el juego
libre los niños y niñas siguen sus propios impulsos; en la ronda se supeditan al conjunto.
Los niños y niñas no buscan solamente un desahogo, sino también entregarse a una cosa
u ocupación. Su sed de los juegos en ronda asciende de honduras insondables. En
constante repetición, embeben sus sencillísimos contenidos, y podemos tener la
impresión de que esto les hace mucho bien y que tiene virtud terapéutica. Las rondas
tienen sabor a ritual, con palabras sencillas, versos sin sentido, a simple vista sin
significado, con una melodía sencilla, dan origen a una especie de recitado que ejerce
gran fascinación sobre el alma infantil. Es un acto de auténtica higiene psíquica si le
damos a los niños y niñas la oportunidad de sumergirse de vez en cuando en este juego,
y justamente en la actualidad es muy necesario por el excesivo estado de alerta. La
hipertrofia de estímulos que diariamente aumenta, hace que nuestros hijos sean super-
despiertos y nerviosos. Un juego en ronda, con sus repeticiones tranquilas, monótonas
y constantes, significa para ellos mucho más de lo que nosotros podemos sospechar. Las
repeticiones rítmicas vigorizan la voluntad.
Antiguos juegos: suscitan y disponen importantes energías como por ejemplo
rodar el aro, saltar a la cuerda, las bolitas, el trompo.
“El juego a su tiempo,
A su tiempo el trajín;
Crear y escuchar nos lleva a buen fin”.
Rudolf Steiner
Bibliografía:
El primer septenio. La educación escolar según Rudolf Steiner.
Capítulo: Aprender a jugar – aprender jugando. Del aprendizaje en las
distintas etapas del juego. Freya Jaffe
Capítulo: El juego. Su significado para el saludable desarrollo del niño.
Rudolf Kischnick.
Editorial Antroposófica 2015
Perlas sueltas. Versos, oraciones y pensamientos. Recopilación realizada
por madres Waldorf. 2015