TEMA 1: Romanización
La romanización es el proceso de integración de los pueblos indígenas en la Península
Ibérica dentro de las estructuras sociales, políticas, económicas, culturales y religiosas de
Roma, a partir de una ocupación militar en el siglo III a.C. y que culmina con la concesión de
la ciudadanía romana a todos los habitantes de la península en el siglo III d.C.
Este fenómeno tiene su origen en las Guerras Púnicas, en la que las potencias Roma y
Cartago competían por hacerse con el control del Mediterráneo. Roma es la vencedora de
la I Guerra Púnica (264-242 a.C.), desarrollada en Sicilia. Los cartagineses, descontentos
por su derrota, envían en el 237 a.C. una expedición a la Península Ibérica con el fin de
aumentar sus ejércitos. Esta expedición estaba dirigida por Amílcar Barca, quien es
sustituido por Asdrúbal, que establece en el 227 a.C. el centro de mando en la península:
Qart-Hadast. Roma, consciente de la amenaza que esto le supone, exige un reparto del
territorio y firman en el 226 a.C. el Tratado del Ebro. Los romanos no tardan en violar el
tratado aliándose con Sagunto, a lo que los cartagineses responden atacando esta
población. Por ello, roma declara la guerra en el 218 a.C.
Así comienza la II Guerra Púnica (218-206 a.C.) en la que Cartago toma la iniciativa y
ataca el frente de Italia con Aníbal al mando. Roma responde atacando Qart-Hadast,
liderados por Escipión. En el 209 a.C., Roma conquista Qart-Hadast, en el 206 a.C. elimina
la presencia cartaginesa y en el 202 a.C., tras derrotar a Aníbal, Roma finalmente gana a
los cartagineses, se apodera del Mediterráneo y comienza su conquista.
La expansión romana en la península es escalonada y se divide en fases: la fase 1 se
produce durante la II Guerra Púnica, en la que Roma se apodera de la costa mediterránea.
En la fase 2, la Bética es conquistada sin apenas resistencia, a excepción de la Batalla de
Gades (206 a.C.). En la fase 3 se toparon con un frente rebelde en la conquista de la
meseta. Se enfrentan a los celtíberos en el Valle del Duero y a los lusitanos en el Valle del
Tajo. En el 150 a.C., toda la meseta ha sido conquistada. En la fase 4 se apoderan sin
esfuerzo de las Islas Baleares (120 a.C.). Por último, en la fase 5 (conquista de Cantabria),
la orografía dificultaba el acceso de las tropas romanas. Eso, sumado a la resistencia de los
pueblos astures, cántabros y vascones, hizo que la presencia romana en estos territorios
fuera prácticamente simbólica, hasta el siglo I d.C.
Teniendo en cuenta que el interés de los romanos por la península era meramente
económico, la organización de Hispania (así la denominaron) durante la república fue la
siguiente: políticamente, se produce la primera división territorial y administrativa que divide
Hispania en 2 provincias (Hispania Citerior, con capital en Tarraco, e Hispania Ulterior,
con la suya en Córdoba). Cada una estaba dirigida por un funcionario senatorial. En la
organización económica, se aplica un sistema de explotación integral de la península en
todos sus ámbitos: minería, agricultura, comercio y fiscalidad, esta última con un sistema de
impuestos que recaen sobre los no romanos. La organización social era jerárquica y
desigual. Los romanos constituían la minoría privilegiada frente a los pueblos locales. La
riqueza estaba en manos de los romanos, y la desigualdad jurídica estaba marcada según:
el grado de libertad (ingenui, hombres libres, y servi, esclavos) y el grado de derechos
(iura privata y iura pública).
La situación de Hispania cambia drásticamente con la instauración del Imperio (siglos I-V)
tras la llegada del emperador Octavio Augusto, quien consideraba Hispania plenamente
romana, por lo que dictó las llamadas ‘reformas augusteas’ que consistían en: campañas
militares contra los pueblos cantábricos, con las que toda la península queda bajo dominio
romano; una nueva división provincial con la que Hispania se divide en tres provincias
(Bética, Lusitania y Tarraconensis), que a su vez se dividen en distritos menores
llamados Conventus iuridici; las ciudades se expanden, pues son el factor clave de la
romanización al difundir la vida romana. Los principales edificios públicos (teatro, anfiteatro,
termas…) tenían una gran función propagandística porque su grandeza y su poderío se
asociaban directamente al emperador.
Desde las ciudades se proyectaba el modelo cultural romano, que se conforma de
diferentes elementos. Por un lado está la lengua, el latín, que empuja y deja en desuso las
lenguas locales. Con la religión politeísta romana sucede lo mismo. Por otro lado está el
culto imperial que somete a la población y, por último, se extiende el modelo familiar
romano, que determinaba la posición social y la identidad de cada individuo. La conexión
entre ciudades y la expansión del modelo cultural romano fue posible gracias a las
calzadas. Las principales son la vía Augusta y la vía Argenta.
Tras la muerte de Augusto, sus sucesores adoptaron políticas continuistas, aunque
realizaron algunas reformas. Tiberio estableció los Concilium, que son asambleas
provinciales cuyo fin era expandir el culto imperial por toda la provincia para conseguir un
mayor sometimiento de la población. Vespasiano establece el Edicto de Latinidad, con el
que consigue la unificación jurídica de Hispania y la automática concesión de la ciudadanía
romana a quienes ejercieran una magistratura en una ciudad no romana. El emperador
Caracalla estableció una nueva organización territorial añadiendo una nueva provincia:
Gallaecia. Se considera que fue él quien cerró el ciclo de la romanización tras la publicación
del Edicto de Caracalla, que concede la ciudadanía romana a todo habitante del imperio.
Por último, el emperador Diocleciano divide el imperio en demarcaciones territoriales
llamadas diócesis. A su vez, dividió Hispania (Diocesis Hispaniarum) en 7 provincias:
Bética, Lusitania, Tarraconensis, Gallaecia, Carthaginiensis, Baleárica y Mauritania
Tingitana.
En definitiva, la romanización fue un largo y escalonado proceso que comenzó en el siglo III
a.C. y concluyó en el siglo III d.C. Tantos siglos de presencia romana sobre el suelo ibérico
han trascendido e influido directamente en la cultura actual que poseemos y han marcado la
historia de España.