0% encontró este documento útil (0 votos)
63 vistas6 páginas

Ensayo

Cargado por

Rossemary Rivas
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
63 vistas6 páginas

Ensayo

Cargado por

Rossemary Rivas
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Introducción

El derecho a la tutela judicial y al debido proceso constituye uno de los más frecuentes
derechos fundamentales que impetran ante la justicia constitucional, tanto en volumen
como en alcance y profundidad de sus contenidos. La historia de los derechos
fundamentales ha tenido en la construcción de garantías procesales aplicables al proceso
penal uno de los hitos esenciales del desarrollo de las condiciones materiales básicas de
justicia.3 A través de los procedimientos se trataba de obtener "la garantía de la
seguridad jurídica del individuo frente al poder". 4 Incluso más, esta dimensión hoy día
se encuentra en plena faena de determinación de las reglas internacionales que
contribuyen a consagrar una jurisdicción universal. En torno a ella se desarrollan un
conjunto de principios éticos y jurídicos en materia de crímenes de guerra, delitos de
lesa humanidad y violaciones a los derechos humanos a través de la justiciabilidad de
estas conductas y su juzgamiento por parte de los Estados y del Tribunal Penal
Internacional en subsidio

Desarrollo

En la actualidad los individuos en esta sociedad global viven urgidos de que las ideas le
sean comunicadas con la mayor claridad y precisión posible para poder asimilarlas
rápidamente. En este contexto, la claridad o precisión del mensaje a recibir o transmitir,
dependerá de nuestras fortalezas y debilidades en el lenguaje como   herramienta para
comunicarnos entre sí. Por tal razón, es importante recordar que los problemas en
nuestro lenguaje pueden incidir directamente en nuestra capacidad para expresar
nuestros pensamientos. De ahí que nuestras limitaciones lingüísticas se constituyan a su
vez, siguiendo la línea de Wittgenstein, en dos limitaciones: a) para acceder al
conocimiento de uestro entorno; b) para desarrollar nuestras habilidades
comunicacionales para emitir o recibir un mensaje. Todo  esto en razón  de que  “el
lenguaje como lo han descrito muchos lingüistas, es un  código que  reposa sobre una
convención establecida y compartida por los miembros de un mismo grupo  social. En
este sentido, se puede considerar como un sistema que se compone de sustitutos
representativos que contienen una significación convencional. Este carácter
convencional garantiza la denotación, que en realidad es el aspecto representativo del
lenguaje.  Sin embargo, el lenguaje está impregnado de connotaciones fruto de la
interacción entre los miembros hablantes. En la interacción que tiene lugar a través del
lenguaje, sistema simbólico, hay una comunicación de los significados culturales que
son el producto acumulativo del pensar colectivo e individual”103. 

Debe señalarse que las reflexiones anteriores, aunque correspondan a la esfera del
lenguaje en sentido general, aplican al ámbito del derecho y de manera concreta, a
propósito del presente artículo a las decisiones que deben ser tomadas en el marco de un
proceso judicial. Al respecto conviene recodar lo que afirma el sociólogo  francés Pierre
Bourdieu “si, como  señala Austin104, hay enunciados que no solo tienen por función
describir un estado  de cosas o afirmar  un hecho cualquiera, sino  también ejecutar
una  acción, es porque  el poder  de las palabras reside en el hecho de que el portador
no las emite a título personal: el portavoz autorizado sólo puede actuar  a través de
las palabras  sobre  otros   agentes  y, por medio de su trabajo, sobre las cosas
mismas, porque  su palabra concentra el capital  simbólico acumulado por el grupo
que  le ha otorgado ese mandato y  de  cuyo poder  está investido”105.  Esto con la
finalidad de que no debe olvidarse que las sentencias judiciales entran dentro de la
esfera del género del discurso jurídico y como tal deben ser el resultado del pensar y
razonar del o los jueces que conocen de los procesos judiciales puestos a su cargo.

De inicio vale precisar, que la discusión respecto de la relación entre lenguaje y derecho
no gira en torno a si existe o no esta relación, pues al fin y al a cabo como refiere
Riccardo Guastini “independientemente de cuál sea el grado de sofisticación conceptual
con los que afrontamos el derecho-hay una cosa clara: el derecho-o al menos el derecho
moderno-es (esencialmente) un fenómeno lingüístico. Dicho de manera sencilla: el
derecho es un discurso”107. El ámbito de la dis- cusión versa sobre las preguntas acerca
de ¿cuál es la naturaleza del lenguaje en el derecho? y ¿cómo se da  la relación entre
lenguaje y derecho?

Respecto de la primera interrogante, si partimos que una de las acepciones consultadas


de la palabra discurso, refiere a que puede ser definido como una “serie de las palabras
y frases empleadas para manifestar lo que se piensa o se siente; esta acepción consultada
nos permite señalar que el derecho como  discurso está compuesto por una serie de
palabras que organizadas respetando las reglas de la sintáctica  y la cohesión del
lenguaje, manifiestan en forma de enunciados el contenido normativo que caracteriza en
sentido  general al derecho. Esto último coincide, con lo que expone Aulis
Aarnio,cuando al referirse sobre la relación entre  lenguaje  y derecho expresa: “quien
se relaciona con  los  sistemas jurídicos  se convierte, en cierto sentido, en un prisionero
del lenguaje. Las normas jurídicas se manifiestan a través del lenguaje. Las decisiones
de los tribunales que aplican  las normas en la práctica son lenguaje. Incluso si en
ocasiones es incierto lo que está escrito en la ley, todo el material interpretativo, como
los debates legislativos (trabajos preparatorios), se materializa también en el lenguaje
escrito109”.

Al  mismo  tiempo  lo  expuesto por Aarnio, si bien reafirma la relación entre lenguaje
y  derecho,  permite a  su vez  establecer dos aspectos. El primero consiste en que  la
naturaleza del lenguaje del derecho se desarrolla en un contexto normativo, tomando
sentido que hablemos en el marco del derecho, de un lenguaje  de  naturaleza
“normativa o prescriptiva”110. Y el segundo va en el sentido de que el lenguaje del
derecho,o más bien el lenguaje jurídico, se considere un tipo especial del lenguaje, en el
que los conceptos que describen el derecho deben ser expresados con apego a las reglas
del lenguaje, bien se considere a este último  como un instrumento usado por el derecho,
o bien se considere que el lenguaje constituye el derecho.

A partir de las percepciones iusfilosóficas expuestas, conviene ahora reflexionar sobre


el rol que  juega  la claridad en el marco del lenguaje jurídico. Puesto que el lenguaje
normativo o prescriptivo que hemos di- cho caracteriza el derecho debe ser lo
suficientemente claro para que los ciudadanos puedan comprender cuales son las
conductas autorizadas, prohibidas o permitidas  que por  medio de  las normas regula el
Derecho.

Consciente de lo anterior, resulta adecuado indicar que “el  celo por la claridad del
lenguaje jurídico es tan antiguo como el propio derecho”115. Un ejemplo de lo anterior
es reseñado por Jesús Prieto de Pedro, cuando señala que  en  la ley 8 de la primera
partida en la ley de las siete partidas de Alfonso X El Sabio, cuando establece: “Las
leyes han de ser cumplidas y cuidadas y miradas para que sean hechas con razón  y  las
cosas hechas según naturaleza; las palabras de las leyes han de ser claras   para  que
todo hombre la entienda y guarde en su memoria: Otro sí deben ser sin escasez y sin
punto para que los hombres del  derecho saquen razones torcidas por su maldad, y
muestren la mentira por verdad y la verdad  por mentira”.
En consonancia con lo anterior, Eduardo  García Enterría, en su discurso leído el 24 de
octubre del 1994, en  ocasión  a  su recepción  como académico de la Real Academia
Española, señala  que la intención por la claridad de las leyes también estuvo presente
en la Revolución Francesa cuando expresa: “En 1789 la lengua  jurídica  y
administrativa estaba muy lejos de ser  imagen de pureza o de cortesía; más bien estaba
completamente descalificada respecto de la lengua literaria o mundana, y se le
reprochaba su pesadez, su torpeza, su oscuridad, su estilo enredado y penoso, en el que
se habían enquistado arcaísmos no sólo jurídicos (los que la Revolución arrasó al
abrogar todo el complejo mundo de los «privilegios», justamente), sino también
arcaísmos tanto léxicos como sintácticos. Por ello, ha observado el mismo Brunot,los
revolucionarios, no obstante, el predominio que los hombres de leyes jugaron en sus
Asambleas y Comités, expresaron abiertamente su repudio de este viejo lenguaje, que
incluía «formas parásitas, extravagantes, legicidas»...según una Instrucción del Comité
de Salud Pública jacobina a sus agentes”116.

En el mismo orden  de ideas, el nu- meral 6 del título I del Libro Primero
correspondiente al Fuero Juzgo de Juan de la Reguera Valdelomar, en  España, de 1798,
en  el capítulo sobre las  cartas legales y el autor de  la ley establece: “Ha de hablar poco
y bueno, y juzgar clara y manifiestamente de modo que todos entiendan el contenido de
la ley, luego que lo oigan, y lo sepan sin duda ni dificultad alguna117”.

Ahora bien, qué debe entenderse como lenguaje claro, consideramos que la definición
expuesta la Asociación Internacional por un Lenguaje Claro,   en su página web, se
ajusta a los propósitos de este artículo. El referido organismo, señala que “una
comunicación está en lenguaje claro si la lengua, la estructura y el diseño son tan claros
que el público al que está destinada puede encontrar fácilmente lo que necesita,
comprende lo que encuentra y usa esa información. El lenguaje claro tiene que ver con
poner primero al lector: descubrir qué quiere saber, qué información necesita y ayudarlo
a alcanzar sus objetivos. La meta es que un lector pueda entender un documento escrito
en lenguaje claro la primera vez que lo lee.  Pero el lenguaje claro no solo tiene que ver
con la lengua: también incluye el diseño, la disposición y mucho más121”. Cada uno de
estos aspectos son de vital importancia para el derecho, pero sobre todo para los
operadores del sistema de justicia que a diario producen cientos de documentos escritos
al que acceden los ciudadanos, como  parte  de  un  proceso judicial, o bien como
ciudadano que tiene el derecho a saber cómo deciden los tribunales; esto último como
parte del control social que  puede ser evaluado en las motivaciones de las sentencias
judiciales.

Sobre la base de las ideas expuestas, cabe plantearnos una última interrogante ¿Dónde
entra finalmente la tutela judicial efectiva en todo este escenario? Hemos señalado que
la sentencia pertenecen al género del  discurso jurídico y como tal debe  ser comunicada
haciendo uso tanto del lenguaje en sentido general como de los elementos propios del
lenguaje jurídico, el que como  hemos visto no  está exento del elemento de la claridad
que debe tener todo lenguaje.

Aun así es necesario recordar, que independientemente del carácter complejo de  la
tutela  judicial efectiva,  las  doctrina  acepta que  para garantizar la misma, los Estados
deben respetar tres  contenidos básicos que son:) el derecho de acceso a la justicia, b) el
derecho a una resolución fundada en derecho; y c)  el  derecho a  la  ejecución  de las
sentencias.  Siendo   la  letra  b, es decir, en  el derecho a  una  resolución  fundada  el
contexto  en el que  tienen mayor  relevancia los aspectos iusfilósófico de la relación
lenguaje-derecho y por vía de con- secuencia la claridad del lenguaje jurídico.

Lo antes indicado, ha sido reconocido, en cierta medida por el Tribunal Constitucional


Dominicano, ejemplo de esto lo es la sentencia núm.TC/0503/15, de fecha 10 de
noviembre de  2015, cuando en dicha sentencia de manera expresa señala:“Toda  
decisión   judicial debe  estar precedida de  una  mo- tivación que  reúna  los  siguientes
elementos:  claridad,  congruencia y lógica, para que  constituya una garantía   al
ciudadano  de  que  el fallo que resuelve su causa no sea arbitrario y esté fundado en
dere- cho”;  precedente esté que  fue  reiterado por el tribunal constitucional en  la
sentencia núm.  TC/0530/17, de fecha 18 de octubre de 2017.

Lo afirmado por Gramsci, llevó a Nicolás Sartorius a dos conclusiones con relación al
lenguaje y sus efectos en la política. “La primera conclusión fue que, en política, las
palabras son hechos, tienen su propia densidad física y sus efectos pueden ser
beneficiosos o catastróficos…no es verdad por lo tanto que las palabras se las lleva el
viento. La segunda conclusión fue que, cuanto más se manipula el lenguaje, mayor es el
deterioro de la democracia, cuya fortaleza radica en la transparencia, en la claridad y en
la verdad. Sin una información veraz, sin una transparencia en la motivación de las
decisiones que afectan la cosa pública, la participación de la ciudadanía en la vida
política y en la elección de las mejores soluciones a los problemas comunes se deteriora
e incluso se hace Para concluir, si de forma analógica tomamos lo expuesto por
Sartoruis y lo llevamos al contexto de las reflexiones que  hemos venido haciendo  en
este artículo, podemos concluir sin duda alguna, que la falta de claridad del lenguaje en
la motivación de las decisiones judiciales afecta la garantía de la tutela judicial efectiva,
dejando espacio libre para incurrir en la arbitrariedad, que refiere el Tribunal
Constitucional en el precedente constitucional citado, lo que a su vez afecta los
principios de transparencia y de seguridad jurídica como elementos del principio
democrático que constituye el pilar de un Estado social y democrático de derecho.

Conclusión

La definición del sentido y alcance de dos derechos centrales -como son el debido
proceso y el derecho a la tutela judicial- ha sido una tarea en la que contribuyen los
órganos que interpretan la Constitución y el estudio que la doctrina jurídica hace de la
jurisprudencia. El carácter "implícito" de los derechos enfatiza, precisamente, la ardua
tarea de concretizar y explicitar los contenidos constitucionalmente protegidos de estos
derechos. La presente sistematización busca contribuir a los escasos esfuerzos
doctrinales que se inscriben en esta línea en relación a la jurisprudencia del TC. En este
ejercicio de síntesis, se ha intentado describir los elementos que configuran las garantías
mínimas de los derechos en cuestión y que son esenciales para la protección de otros
derechos fundamentales o intereses de relevancia jurídica.

También podría gustarte