0% encontró este documento útil (0 votos)
224 vistas113 páginas

PSICOSIS

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
224 vistas113 páginas

PSICOSIS

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

ROBERT BLOCH

PSICOSIS

rrm
Título original: PSYCHO
Traducción: Carlos Paytuvi

© Robert Bloch, 1961.


Por la presente edición : Editorial La Montaña Mágica Ltda.,
y R. B. A. Proyectos Editoriales, S.A., 1985 .

Traducción cedida por: Plaza & Janés, S.A., Editores

ISBN 958-16-0201-1 (Obra completa)


ISBN 958-16-0102-1

e
CAf'IVAJAL S.A.
Impreso en Colombia
Printed in Colombia
CAPITULO PRIMERO

Norman Bates oyó el ruido y se estremeció.


Era como si alguien estuviera golpeando los cristales
de las ventanas.
Levantó la mirada, rápidamente, dispuesto casi a po-
nerse en pie, y el libro resbaló de sus manos para caer en
su amplio regazo. Entonces comprendió que aquel ruido
era tan sólo lluvia, la lluvia que caía al morir la tarde, cu-
yas gotas golpeaban la ventana de la salita.
No se había dado cuenta de la llegada de la lluvia, ni
de la penumbra. Pero la salita estaba ya bastante a os-
curas, y antes de proseguir su lectura alargó la mano para
encender la lámpara de sobremesa.
Era una lámpara anticuada, con una pantalla ador-
nada y lágrimas de cristal. Podía recordarla desde que
tenía uso de razón, y su madre se negaba a desprenderse
de ella. A Norman no le importaba; los cuarenta años de
su vida habían transcurrido en aquella casa y era agra-
dable y tranquilizador sentirse rodeado de cosas conoci-
das. Allí dentro todo estaba ordenado; los cambios sólo se
producían en el exterior. Y la mayor parte de ellos lleva-
ban en sí una amenaza en potencia. ¿Y si se le hubiera
ocurrido pasar la tarde paseando, por ejemplo? Tal vez se
hubiese encontrado en alguna solitaria carretera vecinal
o incluso en los pantanos, cuando empezó a llover. Se ha-
bría calado hasta los huesos, y se hubiera visto obligado
a regresar casi a ciegas a su casa, en la oscuridad. Y el
enfriamiento que seguramente hubiera cogido le habría
podido causar la muerte. Además, ¿a quién le gustaría es-
tar fuera de casa, después de oscurecer? Era mucho más
agradable encontrarse en la salita, leyendo un buen libro.
La luz alumbraba su cara regordeta, se reflejaba en
sus gafas de lentes al aire, y bañaba su rosado cuero ca-
belludo bajo el escaso cabello rufo, cuando se inclinó para
proseguir su lectura.
Era un libro realmente fascinante, y no debía extra-
ñarle que no hubiese observado el rápido transcurso del
tiempo. Norman jamás había encontrado parecida abun-
dancia de curiosa información como en The Realm of the
7
Incas, de Víctor W. von Hagen. Por ejemplo, aquella des-
cripción de la cachua, o danza de la victoria, en la que los
guerreros formaban un gran círculo, moviéndose y retor-
ciéndose como una culebra. Leyó:
«El redoble se efectuaba generalmente en lo que ha-
bía sido el cuerpo de un enemigo; había sido desollado, es-
tirándose el vientre para formar un tambor, y todo el
cuerpo actuaba a modo de caja de resonancia, mientras
los sonidos salían por la boca abierta; era algo grotesco,
pero efectivo» (1).
Norman sonrió permitiéndose después el lujo de un
tranquilizador estremecimiento. Grotesco pero efecti-
vo. . . Sí, debió haberlo sido. ¡Desollar un hombre -vivo,
probablemente- y luego estirarle el vientre para utili-
zarlo como tambor! ¿Cómo lo harían para conservar la
carne del cadáver, para evitar que se corrompiera? Y,
además, ¿qué mente habría concebido semejante idea?
No era un pensamiento agradable, pero cuando Nor-
man entornó los ojos casi pudo visualizar la escena: una
multitud de guerreros pintarrajeados y desnudos, retor-
ciéndose al unísono bajo un cielo salvaje y ardiente, y al
viejo, sentado en cuclillas ante ellos, arrancando un ina-
cabable ritmo del vientre hinchado y distendido de un
cadáver, cuya boca se mantendría probablemente abierta
fijándola con grapas de hueso, para que pudiera salir por
ella el sonido. Los golpes dados en el vientre repercutirían
en los encogidos orificios interiores y surgirían, amphados
y con toda su fuerza, por la muerta garganta.
Por un momento Norman casi oyó el redoble (y enton-
ces recordó que también la lluvia posee ritmo) y unos pa-
sos ..
En realidad, percibió los pasos antes de oírlos; un largo
hábito venía en ayuda de sus sentidos cuando su madre
entraba en la habitación. Ni siquiera tuvo que levantar
la mirada para saber que estaba allí.
No miró, sino que fingió seguir leyendo. Su madre ha-
bía estado durmiendo en su habitación, y Norman sabía
lo malhumorada que solía estar al levantarse. Por tanto,
lo mejor era no decir nada y confiar en que, por una vez,
no estuviera de mal humor.
-¿Sabes qué hora es, Norman?
Norman suspiró y cerró el libro. Sabía que tendría di-
ficultades con ella; aquella pregunta era un desafío. Ha-
bía tenido que pasar frente al reloj del vestíbulo para ir
a la salita y pudo ver fácilmente la hora.

(1) Reproducido con permiso del autor.

8
Pero no lograría nada discutiendo. Norman consultó
su reloj de pulsera y sonrió.
-Las cinco dadas -repuso-. No sabía que fuera tan
tarde. Estaba leyendo ..
-¿Crees que no tengo ojos? Ya veo lo que has estado
haciendo. -Se acercó a la ventana y miró afuera, a la llu-
via-. Y también veo lo que no has hecho. ¿Por qué no en-
cendiste el rótulo al oscurecer? ¿Y por qué no estás en el
despacho, como debieras?
- Empezó a llover muy fuerte y no creí que hubiera
tránsito con este tiempo.
-¡Bah! Con ese tiempo es más probable tener huéspe-
des. A mucha gente no le gusta viajar cuando llueve.
-¡Pero si nadie viaja ya por esta carretera ... ! Todo
el mundo utiliza la nueva.
Norman advirtió la amargura de su propia voz; le pare-
ció sentirla en la garganta e intentó contenerla, pero por
fin tuvo que librarse de ella.
-Ya te dije lo que sucedería, cuando nos dijeron con-
fidencialmente que cambiaban el trazado de la carretera
principal. Entonces hubiera podido vender el parador,
antes de que la noticia fuera de dominio público. Hubié-
semos podido comprar tierras a buen precio junto al nue-
vo trazado, y estaríamos también más cerca de Fairvale.
Ahora podríamos tener un nuevo parador, una casa nueva
y dinero. Pero no quisiste hacerme caso. Nunca prestas
atención a lo que te digo. Siempre ha de ser lo que tú quie-
res y lo que tú piensas. ¡Me enfermas!
-¿Sí, muchacho?
La voz de su madre era falsamente suave; Norman no
se dejó engañar. Tenía cuarenta años y le llamaba «mu-
chacho » ; y además le trataba como a tal y eso empeora-
ba las cosas. ¡Si al menos no tuviera que escucharla! Pero
tenía que hacerlo, sabía que no podía rebelarse, que siem-
pre tendría que escucharla.
-¿Sí, muchacho? -repitió aún con mayor dulzura-.
Te enfermo, ¿eh? No, muchacho, no soy yo quien te en-
ferma , sino tú mismo. Y ése es el verdadero motivo de que
estés aún aquí, junto a una carretera secundaria. Nunca
tuviste valor, ¿eh, muchacho? Nunca tuviste el valor de
marchar de casa, de buscarte un trabajo o alistarte en el
ejército o echarte novia ...
-¡No me hubieses dejado!
-Eso es, Norman. No te hubiese dejado. Pero si tú hu-
bieras sido un hombre de verdad, habrías hecho tu vo-
luntad.
Norman quería gritarle que estaba equivocada, pero
no pudo, porque las cosas que ella decía eran las mismas
9
que él se había dicho, una y otra vez, en el transcurso de
los años. Era cierto. Ella siempre le había dictado lo que
tenía que hacer, pero eso no significaba que tuviera siem-
pre que obedecer. Las madres son a veces demasiado do-
minantes, pero no todos los hijos aceptan ese dominio.
Había habido otras viudas, otros hijos únicos, pero entre
todos ellos no habían existido semejantes relaciones. En
realidad, también él tenía parte de culpa, porque carecía
de arrestos.
-Podías haber insistido -decía ella-. Pudiste haber
encontrado un nuevo lugar para nosotros y vender el pa-
rador. Pero te limitas a gemir. Y yo sé por qué. Nunca has
podido engañarme. No lo hiciste porque, en realidad, rio
querías moverte de aquí. No querías abandonar este lu-
gar, y nunca lo dejarás. No puedes hacerlo, del _mismo
modo que no puedes crecer.
No podía mirar a su madre, sobre todo cuando decía
cosas semejantes. Y tampoco podía mirar a ninguna otra
parte. De repente, la lámpara de sobremesa, todos los ob-
jetos de la habitación, tan familiares, le fueron odiosos,
simplemente debido a su larga familiaridad con ellos.
Eran como los muebles de un calabozo. Miró por la venta-
na, pero no le sirvió de nada, pues afuera sólo había vien-
to, lluvia y oscuridad.
Se aferró al libro e intentó fijar su mirada en él. Tal
vez si no le hacía caso y fingía calma __ .
Pero tampoco le sirvió de nada.
-¡Mírate! -decía su madre. (El tambor redoblaba,
¡bum, bum, bum! y los sonidos vibraban al salir de su re-
torcida boca.)- De sobra sé por qué no te molestaste en
encender el neón, y por qué no has abierto la oficina de
recepción esta noche. No es que te hayas olvidado de ha-
cerlo. Lo que ocurre es que no deseas que venga nadie,
ningún automovilista.
-¡Está bien! -murmuró él- . Admito que odio tener
que cuidarme de un parador; que siempre lo he odiado.
-No se trata simplemente de eso, muchacho. -(Ahí
estaba otra vez: ¡Muchacho, muchacho!, sonando sorda-
mente, como si saliera de la boca de la muerte.)-. Odias
a la gente; y la odias porque la temes, ¿no es cierto? Siem-
pre te ha asustado, desde que eras niño. Prefieres aco-
modarte en un sillón y leer. Ya lo hacías hace treinta años,
y lo sigues haciendo. Te escondes bajo las cubiertas de un
libro. ·
-Podría hacer cosas mucho peores. Tú misma me lo
has dicho siempre. Al menos, jamás me he metido en nin-
gún lío. ¿No es preferible que eduque mi mente?
10
-¿Que eduques tu mente? ¡Bah!
Norman sentía su presencia detrás de él, sabía que
le miraba fijamente.
-¿Y a eso llamas educar tu mente? -prosiguió ella-.
Es inútil que intentes engañarme. Nunca has podido ha-
cerlo. No es como si leyeras la Biblia. Sé lo que lees. Ba-
sura. ¡Algo peor que la basura!
- Es una historia de la civilización de los incas ...
-Y apuesto a que está llena de cosas maliciosas acer-
ca de esos sucios salvajes, como aquel libro que tenías
sobre los Mares del Sur. Creías que ignoraba la existencia
de ese libro, ¿eh? Lo escondías en tu habitación, como los
otros, como ocultas todas las porquerías que lees.
-La sicología no es ninguna porquería, madre.
-¡Lo llama sicología! ¡Mucho sabes tú de sicología!
Nunca olvidaré aquel día en que me hablaste tan sucia-
mente. ¡Pensar que un hijo puede acercarse a su madre
para decirle semejantes cosas!
-Sólo intentaba explicarte algo. Es lo que se Harria el
complejo de Edipo, y pensé que si tú y yo podíamos hablar
sensata y razonablemente de ese problema e intentábamos
comprenderlo, tal vez las cosas mejoraran.
-¿Mejorar, muchacho? Nada tiene que cambiar ni me-
jorar. Puedes leer todos los libros que quieras. Seguirás
siendo el mismo, a pesar de ello. No necesito escuchar una
sarta de obscenas sandeces para saber lo que eres. Inclu-
so un niño de ocho años podría comprenderlo. En realidad,
todos tus compañeros de juego lo comprendieron, cuando
eras niño. Eras un niño pegado siempre a las faldas de su
madre. Lo eras entonces, lo eres ahora y lo serás siempre.
Las palabras de su madre, secas como estampidos, le
ensordecían. Se le atragantaron las viles palabras que le
subían a la boca, y se dijo que un instante después llora-
ría. ¡Pensar que su propia madre pudiera estar haciéndole
aquello, incluso entonces! Pero podía, y lo haría una y otra
vez, a menos que.
-¿A menos qué?
¡Dios santo! ¿Era también capaz de leer sus pensa-
mientos?
-Sé lo que estas pensando, Norman. Te conozco muy
bien, muchacho; más de lo que imaginas. Estás pensando
que te gustaría matarme, ¿eh? Pero no puedes, porque no
tienes arrestos para hacerlo. Soy yo quien tiene la fuerza;
siempre he tenido bastante para ambos. Por eso no te des-
harás nunca de mí, aunque quisieras hacerlo de verdad.
» Naturalmente, en lo más profundo de ti mismo no
quieres hacerlo. Me necesitas, muchacho, ¿no es cierto?
11
Norman se puso en pie, lentamente. No estaba aún lo
bastante seguro de sí mismo para volverse hacia ella y mi-
rarla. Primero tenía que calmarse, y para ello no debía pen-
sar en lo que su madre decía. Había que enfrentarse con
aquella situación, y no olvidar. Es una vieja y su cabeza
no está muy equilibrada. Si sigo escuchándola cuando ha-
bla así, también yo acabaré mal de la cabeza. Le diré que
vuelva a su habitación y que no salga de allí.
Será preferible que se vaya rápidamente, pues, de lo
contrario, la estrangularé con su propio cordón de pla-
ta ..
Estaba volviéndose, abriendo la boca para dar forma a
las frases, cuando sonó el zumbador.
Alguien acababa de llegar en coche al parador y pedía
ser atendido.
Sin molestarse a mirar a su madre, Norman se dirigió
al vestíbulo, cogió el impermeable de la percha y salió a la
oscuridad.

12
CAPITULO 11

Hacía ya varios minutos que llovía antes de que Mary


lo advirtiera e hiciera funcionar los limpiaparabrisas. Al
mismo tiempo, encendió los faros; había oscurecido de re-
pente y la carretera era sólo una borrosa faja entre los al-
tos árboles.
¿Arboles? No recordaba haber visto ninguna hilera de
árboles la última vez que había recorrido aquella carrete-
ra en automóvil. Fue el verano anterior y había llegado a
Fairvale en pleno día, descansada y despierta. Pero en
aquellos momentos, después de dieciocho horas de condu-
cir, estaba fatigada, aunque todavía podía recordar y com-
prender que algo estaba mal.
Recordar . . . Esa era la palabra clave. Aún podía recor-
dar cómo había vacilado media hora antes, en la bifurca-
ción. Eso era; había tomado la carretera equivocada. Y allí
estaba entonces, sólo Dios sabía dónde, en medio de la
lluvia y de la oscuridad cada vez más densa.
Tranquilízate. No debes asustarte. Lo peor ha pasado
ya.
Era cierto, se dijo. Lo peor había pasado. Y lo peor ha-
bía sucedido el día anterior, cuando robó el dinero.
Estaba en el despacho particular de Mr. Lowery cuan-
do el viejo Tommy Cassidy sacó el abultado fajo de verdes
billetes y lo dejó encima del escritorio. Treinta y seis bi"
lletes de banco con el retrato del hombre gordo con aspecto
de tendero, y ocho más con la efigie del hombre que pare-
cía un empresario de pompas fúnebres. Pero el tendero era
Grover Cleveland y el enterrador Williarn McKinley. Y
treinta y seis billetes de mil y ocho de quinientos suma-
ban cuarenta mil dólares.
Tommy Cassidy los había colocado sobre el escritorio
con gesto displicente, mientras anunciaba que cerraba el
trato y compraba la casa como regalo de bodas para su
hija.
Míster Lowery fingió parecida indiferencia durante el
tiempo empleado en la rutina de la firma de los documen-
tos, pero se excitó un poco cuando d viejo Tornmy Cassidy·
salió. Mr. Lowery recogió el dinero y lo colocó en un sobre,
13
que cerró con goma. Mary observó que las manos le tem-
blaban .
-Tome -le dijo, haciéndole entrega del dinero-. Llé -
velo al banco. Son casi las cuatro, pero estoy seguro de que
Gilbert le permitirá ingresarlo. -Hizo una pausa y le mi-
ró fijament~ . ¿Qué le sucede, miss Crane? ¿No se en-
cuentra bien?
Es posible que él hubiera observado cómo le temblaban
las manos con que sostenía el sobre. Pero no importaba.
Sabía lo que iba a decir, aunque no dejó de sorprenderse
cuando lo hizo.
-Es una de mis jaquecas, Mr. Lowery. En realidad,
iba a pedirle que me permitiera salir ahora. Ya he despa-
chado mi correspondencia, y hasta el lunes no podremos
preparar los documentos de esta venta.
Mister Lowery le sonrió. Estaba de buen humor. El
cinco por ciento de cuarenta mil dólares eran dos mil. Po-
día permitirse ser generoso.
-Naturalmente, miss Crane. Haga el ingreso y luego
váyase a casa. ¿Quiere que la lleve en el coche?
-No, .gracias. No es tan grave que no pueda conducir
yo misma. Un poco de descanso . ..
-Es la mejor medicina .. Hasta el lunes, pues. Y tóme-
selo con calma. Es lo que siempre aconsejo.
Es lo que decía siempre a los demás, pero Lowery se
hubiera dejado matar para ganar un dólar más, y estaba
dispuesto a sacríficar a sus empleados, siempre que ello
le reportara cincuenta centavos de beneficio.
Pero Mary Crane le sonrió con mucha dulzura, y salió
de su oficina y de su vida . . . llevándose los cuarenta mil
dólares.
Semejante oportunidad no todos los días se presenta.
Y en realidad, parece ser que a mJicha gente no se le pre-
senta nunca.
Mary Crane había esperado la suya durante veinti-
siete años .
La oportunidad de ir al instituto se desvaneció a los
diecisiete años, cuando su padre fue atropellado por un
coche. Mary asistió entonces durante un año a una aca-
demia comercial, y luego se dispuso a sostener a su ma-
dre y a su hermana menor, Lila.
La oportunidad de casarse desapareció a los veintidós
años, cuando Dale Belter ingresó en el ejército, para pres-
tar el servicio m.i litar. Poco después fue destinado a Ha-
wai, y no transcurrió mucho tiempo antes de que empezara
a hablar de cierta muchacha en sus cartas, que algo más
tarde dejaron de recibirse. Y cuando Mary recibió por fin
la noticia de la boda no le importó demasiado.
14
Además, su madre se hallaba bastante enferma por
aquel entonces. Tardó tres años en morir, mientras Lila
permanecía interna en el colegio. Mary había insistido en
que su hermana menor estudiara, a pesar de todo, pero
eso significaba que toda la carga recaía sobre ella. Entre
su trabaja en la Lowery Agency durante el día y la mitad
de la noche sentada junto a su madre, no le quedaba
tiempo para nada más.
Ni siquiera para advertir el transcurso de los años.
Pero por fin su madre sufrió otro ataque; y tras el ajetreo
del entierro, el regreso de Lila y ayudarle a encontrar un
empleo, Mary Crane se dio cuenta de pronto de que volvía
a tener tiempo de mirarse al espejo en el que vio reflejada
una cara avejentada. Arrojó al espejo lo primero que en-
contró a mano, y se rompió en mil pedazos. Pero sabía en
lo más profundo de su ser que también su vida se había
roto.
Lila se portó maravillosamente e incluso Mr. Lowery la
ayudó, encargándose de que la casa fuera vendida sin pér-
dida de tiempo. Cuando todo estuvo arreglado, las dos her-
manas se hallaron en posesión de unos dos mil dólares en
efectivo. Lila encontró un empleo en una tienda de músi-
ca, y se trasladaron a un pequeño apartamiento.
-Ahoras debes tomarte unas vacaciones -le dijo Li-
la-; unas verdaderas vacaciones. ¡No discutas! Durante
ocho años has soportado sola toda la carga de la familia y
es hora de que descanses. Quiero que salgas de viaje; qui-
zás un crucero por mar te sentaría bien.
Mary embarcó en el S. S. Caledonia, y después de una
semana de navegar por el Caribe, el espejo de su camarote
dejó de reflejar una cara avejentada. Volvía a parecer jo-
ven (no más de veintidós años, se dijo a sí misma), y, lo
que era más importante, estaba enamorada.
No fue el amor apasionado que sintió por Dale Belter,
ni tampoco el enamoramiento romántico que suele relacio-
narse con un viaje por los mares tropicales.
Sam Loomis tenia unos diez años más que Dale Belter,
y era homt>re reposado, pero ella le amaba. Le pareció que
por fin volvía a ofrecérsele otra oportunidad, hasta que
Sam le explicó algunas cosas.
-Casi podría decirse que mis vacaciones son un en-
gaño -observó-. La ferretería . ..
Y entonces le contó la historia.
La ferretería se hallaba situada en una pequeña po-
blación llamada Fairvale, hacia el norte. Sam había tra-
bajado en ella con su padre, en el bien entendido de que
heredaría el negocio. Su padre murió un año antes.
15
Sam heredó el negocio, desde luego, pero también deu-
das por valor de veinte mil dólares. El edificio estaba hi-
potecado, así como las existencias e incluso la póliza de
seguros. Su padre jamás le había hablado de su afición por
las carreras de caballos. Y a Sam sólo le quedaban dos ca-
minos: declararse en quiebra o trabajar para pagar las
deudas.
Sam Loomis eligió trabajar y pagar.
-Es un buen negocio -explicó-. Nunca ganaré una
fortuna con él, pero puede darme muy bien de ocho a diez
mil dólares al año. Y si logro crédito para un buen surtido
de maquinaria agrícola, tal vez gane aún más. Ya he paga-
do cuatro mil dólares. Confío en que dentro de dos años
habré saldado todas las deudas.
- Pero lo que no comprendo es cómo puedes permitirte
un viaje así, si tienes esas deudas.
Sam le sonrió.
-Lo gané en un concurso. Una de las casas fabricantes
de maquinaria agrícola estableció un concurso de ventas.
Yo no intentaba ganarlo, sino vender para pagar a los
acreedores, cuando recibí la noticia de que había sido agra-
ciado con el primer premio en mi territorio.
»Intenté que me dieran el importe del premio en efec-
tivo, pero se negaron a ello. Los negocios son siempre flojos
durante este mes, y como tengo un empleado en quien
puedo confiar, pensé que bien podía tomarme unas vaca-
ciones. Y aquí estoy. Y, por lo que es más importante, aquí
estás tú. -Le sonrió, y suspirando-: ¡Ojalá fuera nues-
tra luna de miel!
-¿Y por qué no, Sam? Quiero decir ...
Pero él volvió a suspirar y movió la cabeza.
-Tendremos que esperar. Quizá deban transcurrir
todavía dos o tres años, hasta que todo esté pagado.
-¡No quiero esperar! No me importa el dinero. Podría
dejar mi empleo, trabajar en tu tienda .. ·
-¿Y dormir en ella, también como yo? -Su sonrisa ya
no era alegre--. Sí, en la tienda. Me he arreglado un dor-
mitorio en la trastienda. La mayor parte del tiempo, mi
comida consiste en habichuelas guisadas. La gente dice
que soy más avaro que el banquero de la localidad.
-¿Por qué vives así? -preguntó Mary-. Llevando una
vida más decente sólo tardarías quizá un año más en pa-
gar. Y entretanto ...
-Tengo que vivir en Fairvale. Es una población boni-
ta, pero pequeña, en la que todo el mundo conoce los asun-
tos de los demás. Mientras siga trabajando con ahínco,
contaré co:.1 el tespeto de mis convecinos, que se esfuerzan
16
por favorecerme y compran en mi ferretería, porque com-
prenden que hago cuanto está en mi mano para pagar las
deudas que heredé. Mi padre tenía buena reputación, y
yo quiero conservarla, no sólo para el negocio y para mí,
sino para nosotros dos, en el futuro. Y esto es muy impor-
tante.
-El futuro -suspiró Mary-. Has dicho dos o tres
años.
-Lo siento. Pero quiero que cuando nos casemos ten-
gamos un hogar decente y alegre. Y eso cuesta dinero; o
por lo menos, se precisa tener crédito. En la actualidad
voy pagando a mis proveedores, que seguirán ayudándome
mientras sepan que empleo cuanto gano en pagar lo que
les debo. No es fácil ni agradable, pero sé lo que quiero y
yo no me conformo con menos. Por lo tanto, tendrás que ser
paciente, querida.
Fue paciente, pero sólo cuando se convenció de que nin-
guna clase de persuasión, verbal o física, le haría desviar-
se de su camino.
Así estaba la situación cuando terminó el crucero, y
así había permanecido durante algo más de un año. Mary
había hecho un viaje en automóvil hasta Fairvale para
visitarle, el verano anterior; vio la ciudad, las tiendas, y
las cifras en los libros de contabilidad que indicaban que
Sam había pagado otros cinco mil dólares.
-Sólo quedan once mil -le dijo él con orgullo-. Otros
dos años, o menos quizá, y ...
Dos años. Dos años después Mary tendría veintinueve,
y ya no estaba en la edad en que puede hacerse una es-
cena, como una jovencita de veinte años, pues quizá no
hubiera otro Sam Loomis en su vida. Por tanto, sonrió y re-
gresó a su casa y a la Lowery Agency.
Regresó a la Lowery Agency, y vio cómo el viejo Lowery
se reservaba su cinco por ciento en todas las ventas que
hacía. Le vio comprar hipotecas y hacerlas ejecutivas a su
vencimiento; le vio hacer ofertas usureras a vendedores
desesperados, y obtener luego buenos beneficios al vender.
La agencia compraba y vendía, y Lowery se limitaba a es-
tar entre vendedores y compradores, obteniendo un tanto
por ciento por el simple hecho de poner en contacto a am-
bas partes. Era rico. No tardaría dos años en reunir pe-
nosamente once mil dólares para pagar una deuda. Muchas
veces ganaba esa cantidad tan sólo en dos meses.
Mary le odiaba, y odiaba también a muchos vendedo-
res y compradores con quienes él trataba, porque también
eran ricos. Tom Cassidy era uno de los peores; había ga-
nado una fortuna con concesiones petrolíferas. Parecía
17
tener un instinto especial para encontrar buenas oportu-
nidades, comprar barato y vender caro, y sacar un dólar
de cualquier parte.
Ni pestañeó al sacar cuarenta mil dólares en efectivo
para comprar una casa como regalo de bodas para su hija.
Tampoco había pestañeado cuando cierta tarde, hacía
de ello unos seis meses, había depositado un billete de
cien dólares en el escritorio de Mary Crane, sugiriéndole
que le acompañara en «Un pequeño viaje» a Dallas,
para pasar el fin de semana.
Lo hizo con tanta rapidez y naturalidad, que ni siquie-
ra tuvo tiempo de irritarse. Mr. Lowery entró en aquel
momento y el asunto terminó aquí. Pero Mary no olvidaba
el gesto de Cassidy, ni la húmeda sonrisa de sus gruesos
labios.
Y jamás olvidó tampoco que este mundo pertenece a
gentes como Tom Cassidy. Ellos fijan los precios. Cuaren-
ta mil dólares para el regalo de bodas para una hija; cien
dólares arrojados descuidadamente sobre un escritorio.
Por eso me llevé los cuarenta mil dólares ...
Tomó el dinero. Debía hacer mucho tiempo que, en su
subconsciente, esperaba una oportunidad como aquella,
pues de repente todo pareció encajar, como si formara par-
te de un plan establecido de antemano.
Era viernes por la tarde; los bancos permanecían ce-
rrados el sábado, por lo que Lowery sólo podría empezar a
hacer averiguaciones el lunes, cuando ella no apareciera
por su despacho.
Aquella mañana, temprano, Lila había salido para Da-
llas, con objeto de efectuar compras para la tienda de mú-
sica en que trabajaba, y no regresaría hasta el lunes, lo
cual era muy conveniente.
Mary se dirigió a su apartamiento para preparar el
equipaje; no se lo llevó todo, sino sólo sus mejores vestidos,
que colocó en una maleta y un maletín. Tenían trescientos
sesenta dólares escondidos en un tarro de crema vacío,
pero Mary no tocó aquel dinero, pues Lila lo necesitaría al
tener que correr ella sola con los gastos del apartamiento.
Quería dejarle una nota a su hermana, pero al fin no se
atrevió a hacerlo.
Marchó alrededor de las siete. Una hora más tarde se
detuvo en las afueras de un suburbio y cenó, y luego se
dirigió al establecimiento de un tratante en coches de se-
gunda mano, donde cambió su sedán por un cupé. Perdió
dinero en la transacción, pero aún perdió más la mañana
siguiente, cuando repitió la operación en una población
situada cuatrocientas millas más al norte. Hacia el medio-
18
día, cuando volvió a cambiar de coche, sólo se hallaba en
posesión de treinta dólares y un destartalado automóvil,
con el guardabarro izquierdo abollado, pero no se sentía
descontenta en modo alguno. Lo importante era ocultar sus
huellas, cambiando repetidamente de coche, hasta llegar
a Fairvale. Entonces podría seguir viajando más hacia el
norte, quizá hasta Springfield, donde vendería el último,
utilizando su propio nombre. ¿Cómo lo harían las autorida-
des para averiguar el paradero de cierta Mrs. Sam Loomis,
que viviría en una ciudad a cien millas de allí?
Pensaba convertirse rápidamente en la señora de Sam
Loomis. Comparecería ante Sam con la historia de una he-
rencia. No le hablaría de cuarenta mil dólares -la suma
era demasiado grande y tendría que dar muchas explica-
ciones-, pero quizá le diría que eran quince mil. Y aña-
diría que Lila también había heredado una cantidad igual,
por lo que había dejado su empleo de repente, y había em-
prendido un viaje a Europa. Así evitaría tener que invi-
tarla a la boda.
Quizá Sam se negara en principio a aceptar el dinero,
y, de eso estaba segura, le haría bastantes preguntas, pe-
ro ella le convencería. Tenía que lograrlo. Se casarían en
seguida; era lo más importante. Entonces llevaría su
nombre, sería Mrs. Sam Loomis, esposa del propietario de
una ferretería en una población a ochocientas millas de la
Lowery Agency .
En la Lowery Agency ni siquiera conocían la existencia
de Sam. Se pondrían en contacto con Lila, naturalmente,
y es posible que ella adivinara su paradero, pero no diría
nada sin haberse puesto primero en comunicación con
Mary.
Cuando llegara el momento, Mary tendría que estar
preparada para manejar a su hermana y hacerla callar
ante Sam y las autoridades. No le sería muy difícil. Lila
le debía aquello y mucho más, por todos los años que Mary
había trabajado para que ella pudiera proseguir sus es-
tudios. Podía darle, además, parte de los restantes vein-
ticinco mil dólares; aunque es posible que ella no quisiera
aceptarlos. Pero ya encontraría alguna solución. No había
hecho planes para el futuro; se limitaría a estar prepara-
da para todo cuando llegara el momento.
En aquellos instantes tenía que hacer las cosas orde-
nadamente. Lo primero era llegar a Fairvale. En el mapa
era tan sólo una distancia de cuatro pulgadas; cuatro pul-
gadas de líneas rojas de un punto a otro. Pero llevaba ya
dieciocho horas de viaje, dieciocho horas conduciendo sin
19
descanso, sintiendo que la fatiga se apoderaba de ella por
momentos.
Se había equivocado de carretera, y llovía; estaba per-
dida en una noche oscura, en una carretera extraña.
Se dio una rápida mirada en el espejo retrovisor y al-
canzó a ver el débil reflejo de su cara. El cabello oscuro y
las bonitas facciones seguían siendo los mismos de siem-
pre, pero la sonrisa había desaparecido y sus labios plenos
estaban comprimidos hasta formar una estrecha línea.
¿Dónde había ella visto aquella expresión cansada, ante-
riormente?
En el espejo, cuando mamá murió, cuando su vida se
rompió en mil pedazos . ..
Hasta entonces, se había creído tranquila, fría, repo-
sada, sin sentimiento alguno de temor, pena o culpabilidad.
Pero el espejo no mentía, y en aquellos momentos le esta-
ba diciendo la verdad.
Sin palabras, le decía que se detuviera. No puedes
caer en brazos de Sam Loomis con este aspecto, en plena
noche, con esta cara y estos vestidos que delatan tu apre-
surada huida. Sí, claro, le dirás que quisiste sorprender-
le con las buenas noticias, pero debes dar la impresión de
que eres tan feliz que no pudiste esperar.
Tenía que pasar la noche en alguna parte, dormir, y
llegar a Fairvale al día siguiente por la mañana fresca y
animada.
Si daba la vuelta y regresaba a la bifurcación, llegaría
otra vez a la carretera principal. Entonces podría encon-
trar un parador.
Resistiendo el impulso de cerrar los ojos, irguió brusca-
mente el cuerpo, intentando penetrar con la mirada la
lluviosa oscuridad.
En aquel momento vio el letrero luminoso colocado jun-
to al paso de coches que conducía a un pequeño edificio
situado a un lado.
PARADOR - Habitaciones.
El letrero no estaba alumbrado, pero tal vez habían ol-
vidado encenderlo, de la misma forma que ella había olvi-
dado encender los faros cuando la noche llegó de repente.
Mary entró en el recinto y observó que todo el parador
aparecía a oscuras, incluyendo el cubículo encristalado
situado a un extremo, que indudablemente debía servir de
despacho. Tal vez estuviera cerrado. Aminoró la velocidad
y pudo ver la casa en la ladera detrás del parador. Las
ventanas delanteras estaban alumbradas, y era posible
que el propietario se encontrara allí. No tardaría en llegar.
Mary cerró el contacto del motor y esperó. Fuera, oíase
el monótono tamborileo de la lluvia, y, como fondo, el sus-
piro del viento. Recordó el sonido, porque había llovido de
aquella manera el día que enterraron a su madre, el día
que la bajaron a aquel pequeño rectángulo negro. Las ti-
nieblas la rodeaban. Mary estaba sola en la oscuridad. El
dinero no la ayudaría, y Sam tampoco podía ayudarla, por-
que había equivocado el camino en la bifurcación, se en-
contraba en una carretera desconocida. Pero ·no podía re-
mediarlo: ella misma se había hecho la tumba y debía
yacer en ella.
¿Cómo se le había ocurrido este pensamiento? En el
dicho popular, la palabra era «Cama» y no dumba».
Estaba aún intentando explicárselo, cuando la som-
bra grande y oscura se destacó de las otras sombras, y,
silenciosamente, abrió la puerta del coche.

21
CAPITULO 111

-¿Busca habitación?
Al ver la cara gorda con gafas y oír la voz suave y va-
cilante, Mary tomó una rápida decisión.
Asintió y salió del coche. Sintió que le dolían las pan-
torrillas mientras seguía al hombre hasta la puerta del
despacho. La abrió, entró en el cubículo y encendió la luz.
- Lamento no haber estado aquí cuando usted llegó.
Me encontraba en la casa. Mi madre no se encuentra muy
bien.
El despacho no tenía nada de particular, pero era cáli-
do, seco y brillante. Mary experimentó un agradable es-
tremecimiento y sonrió al hombre gordo, que se inclinaba
sobre el libro de registro colocado encima del mostrador.
-Nuestras habitaciones cuestan siete dólares, ¿ Quie-
re verlas, primero?
-No es necesario -repuso Mary.
Abrió el bolso, sacó un billete de cinco dólares y dos de
uno, y los colocó encima del mostrador, al mismo tiempo
que él le ofrecía la pluma para que se inscribiese en el re-
gistro.
Vaciló un instante, y, por fin, escribió un nombre -Ja-
ne Wilson- y una dirección: San Antonio, Texas. Su co-
che llevaba matrícula de Texas.
-Traeré sus maletas -dijo el hombre, saliendo de de-
trás del mostrador.
Mary le siguió . El dinero estaba en el compartimiento
de los guantes, en el mismo sobre sujeto con una faja de
goma. Tal vez fuera lo mejor dejarlo allí; cerraría el coche
y nadie lo tocaría.
El hombre llevó las maletas hasta la puerta de la ha-
bitación contigua a la oficina. Era la más cercana, y a ella
no le importó; lo principal era resguardarse de la lluvia.
-Hace muy mal tiempo -observó él , haciéndose a un
lado para permitirle entrar en la habitación-. ¿Ha condu-
cido mucho tiempo?
-Todo el día.
El hombre encendió la lámpara de la mesilla de noche.
La habitación estaba amueblada de un modo sencillo pero
22
confortable. Mary pudo ver una ducha en el cuarto de
baño contiguo. Hubiera preferido una bañera, pero se con-
formaría con la ducha.
-¿Le gusta?
Mary asintió; luego se acordó de una cosa.
-¿Hay algún lugar cerca de aquí, donde pueda cenar?
- Pues. . . Había un puesto de comida y refrescos en la
carretera, a unas tres millas de aquí, pero me temo que
lo hayan cerrado, desde que se desvió la carretera prin-
cipal. Lo mejor sería ir hasta Fairvale.
-¿Está muy lejos?
-A unas diecisiete o dieciocho millas. Siga la carre-
tera hasta que encuentre una secundaria a la derecha,
que la llevará otra vez I! la principal. Me sorprende que no
siguiera por esta última, puesto que, al parecer, se dirige
hacia el Norte.
- Me extravié.
El hombre asintió y suspiró.
-Es lo que pensé. No suele haber mucho tránsito en
esta carretera desde que se inauguró el nuevo ramal de
la principal.
Mary sonrió con aire ausente. El hombre permanecía
junto a la puerta, humedeciéndose los labios. Cuando Ma-
ry levantó los ojos, bajó la mirada y carraspeó.
-Ah ... yo... estaba pensando... Seguramente no
tendrá usted muchas ganas de ir hasta Fairvale y regre-
sar con esta lluvia. Quiero decir. . . Iba a preparar algo
que comer en casa. Me complacería mucho que quisiera
usted acompañarme.
-No puedo aceptar.
-¿Por qué no? No es ninguna molestia. Mi madre ya
está acostada. Pensaba preparar algo frío y café. ¿Qué le
parece?
-Pues ...
-¿Sabe qué? Voy hasta la casa y lo prepararé.
-Muchas gracias, Mr ...
-Bates,. Norman Bates. -Retrocedió de espaldas, y
golpeó la puerta con el hombro--. Le dejaré esta linterna
eléctrica para que pueda alumbrarse el camino. Querrá
usted cambiarse de ropa, primero, supongo.
Se volvió, pero no sin que ella tuviese tiempo de adver-
tir el súbito rubor que tiñó sus mejillas.
Por vez primera en veinticuatro horas, Mary Crane
sonrió espontáneamente. Esperó a que la puerta se cerra-
ra y se quitó la chaqueta. Sacó un vestido estampado del
maletín, confiando en que no estuviera muy arrugado. Se
lavaría un poco ahora, y se prometió una buena ducha pa-

23
ra después de cenar. Eso era lo que necesitaba: una du-
cha caliente y dormir. Pero primero tenía que comer algo.
Quince minutos después llamaba a la puerta de la
casa.
A través de la ventana de la salita se veía el brillo de
una lámpara, pero del piso alto llegaba un reflejo mayor.
Si su madre se encontraba enferma, debía estar en su ha-
bitación, arriba.
Nadie contestaba. Es pcsible que también él estuviera
arriba. Volvió a llamar.
Mientras esperaba miró por la ventana de la salita. Al
principio, no pudo dar crédito a lo que veían sus ojos, le
costaba creer que aún existieran casas como aquélla.
Cuando se vende una casa suelen observarse señales
de mejoras y reformas en el interior; pero la sala que esta-
ba mirando no había sido jamás modernizada; el floreado
papel de la pared, los oscuros y labrados arrimaderos de
caoba, la roja alfombra, la sillería de alto respaldo y el re-
cargado hogar pertenecían al siglo XIX. Ni siquiera había
un televisor que rompiera la incongruencia de aquella ha-
bitación, pero pudo observar en cambio la presencia de un
viejo gramófono de cuerda encima de una mesita. Enton-
ces percibió un suave murmullo de voces, procedente de
la habitación alumbrada, en el piso alto.
Mary volvió a llamar con el extremo de la linterna.
Aquella vez debieron oírla, pues el sonido cesó de repente,
y distinguió el suave ruido de unos pies que bajaban las
escaleras. Un momento después, Mr. Bates abrió, invi-
tándola a entrar con un gesto.
-Siento haberla hecho esperar -se excusó-. Estaba
acostando a mi madre. Algunas veces tiene el carácter un
poco difícil.
- Me dijo que estaba enferma; no quisiera que mi pre-
sencia le causara ninguna molestia.
-No se preocupe. Ya debe estar dormida. -Mr Bates
miró hacia la escalera por encima del hombro. Después
bajó la voz-: En realidad, su enfermedad no es f'ISica, pe-
ro algunas veces ...
Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y luego
sonrió.
-Deme el impermeable. Lo colgaré aquí. Si quiere
venir ...
Le siguió por un pasillo.
- Espero que no le moleste cenar en la cocina -mur-
muró-. Todo está preparado. Siéntese y le serviré el café.
La cocina era un complemento de la salita: las paredes
aparecían cubiertas de alacenas, a ambos lados de una
24
v1e1a fregadera, con el aditamento de una vieja bomba de
mano. El gran fogón de leña estaba en una esquina, y des-
pedía un agradable calor. Sobre el mantel a cuadros rojos
y blancos de la larga mesa de madera, M~ry vio un apeti-
toso surtido de salchichas, queso y encurtidos caseros,
servidos en platos de cristal.
Aquello era mucho mejor que permanecer sola en la ca-
fetería de una pequeña población.
Míster Bates la ayudó a llenars'e el plato.
-Coma. No me espere. Debe tener usted apetito.
Lo tenía, en efecto, y comió tan a gusto y tan absorta,
que casi no se fijó en lo poco que comía él. Cuando lo ad-
virtió, se sintió ligeramente embarazada.
-¡No ha probado nada! Seguro que había cenado
i;tntes.
- No. En realidad, tengo poco apetito. -Volvió a llenar
de café la taza de Mary-. Mi madre me pone nervioso al-
gunas veces. -Bajó la voz de nuevo-. Creo que yo tengo
la culpa. No sé cuidarla bien.
-¿Viven aquí los dos solos?
-Sí.
-Debe ser muy penoso para usted.
-No me quejo. -Se ajustó las gafas montadas al ai-
re-. Mi padre nos abandonó cuando yo era todavía un
niño. Mi madre tuvo que cuidar de mí, ella sola. Tenía su-
ficiente dinero para hacerlo, hasta que crecí. Entonces ·
hipotecó la casa, vendió las tierras y construyó este pa-
rador. Lo administrábamos juntos y las cosas iban bien ...
hasta que quedamos aislados, al construirse el nuevo ra-
mal de la carretera.
» Enfermó antes de que eso ocurriera, y entonces me
tocó a mí cuidar de ella. Algunas veces no resulta fácil
hacerlo.
-¿No tiene otros familiares?
-Ninguno.
-¿Y usted no se ha casado nunca?
La cara de Norman Bates enrojeció, y bajó la mirada.
Mary se mordió el labio.
-Lo siento. No quise inmiscuirme en su vida.
-No se preocupe. -La voz del hombre era débil-.
Nunca me he casado. Mi madre pensaba .. de forma ex-
traña acerca del matrimonio. Yo. . . nunca he estado sen-
tado en una mesa con una muchacha, como ahora.
-Pero . ..
-Parece extraño en estos tiempos, ¿no es cierto? Lo
comprendo. Pero no puede ser de otro modo. Me digo a mí
mismo que mi madre estaría perdida sin mí, ahora ... aun-
25
que quizá sea verdad que también yo estaría perdido sin
ella.
Mary acabó de beber el café, buscó cigarrillos en el bol-
so y ofreció uno a Mr. Bates.
-No, gracias. No fumo.
-¿Le molesta que lo haga yo?
-Claro que no. -Vaciló-. Me hubiera gustado ofrecer-
le un poco de licor, pero ... mi madre no tolera alcohol en
la casa.
Mary se apoyó contra el respaldo de la silla, aspirando
profundamente el humo de su cigarrillo. Se sentía expan-
siva. Es curioso lo que pueden hacer un poco de calor, y
un poco de descanso y comida. Una hora antes se había
sentido sola, desgraciada, insegura. Y ahora, en un mo-
mento, todo había cambiado. Es posible que la conversa-
ción con Mr. Bates hubiera contribuido a cambiar su
humor de aquella forma. Porque ahora, el solitario, el des-
graciado, el temeroso, era él. Por contraste, Mary se sentía
muy por encima de su compañero de mesa. Y fue eso lo
que la impulsó a hablar.
- No le permiten fumar, ni beber, ni tener relaciones
con muchachas. . . ¿Qué hace, además de ocuparse del
parador y cuidar a su madre?
Al parecer, él no advirtió su tono de voz.
-Muchas cosas. Leo bastante, y tengo otras aficiones.
Levantó los ojos hasta la repisa. Mary siguió la direc-
ción de su mirada. Una ardilla disecada les miraba desde
lo alto.
-¿Caza?
- No. Diseco. George Blount me dio esta ardilla para
que la disecara. La cazó él. Mi madre no quiere que ma-
neje armas de fuego.
-Perdone mis palabras, Mr. Bates, pero, ¿cuánto tiem-
po piensa usted seguir así? Es usted un hombre hecho y
derecho. Usted mismo comprende que no pueden exigirle
que se porte toda su vida como un niño. No es que sea mi
propósito mostrarme inquisitiva, pero ...
-Comprendo. No se me oculta mi verdadera situa-
ción. Como ya le he dicho, leo bastante. Sé cómo opinan los
sicólogos acerca de estas cosas. Pero tengo un deber que
cumplir con mi madre.
-¿Y no ha pensado que quizá cumpliría mejor ese de-
ber para con ella, y para con usted también, si diera los
pasos necesarios para ingresarla en una. . . institución?
-i No está loca!
Su voz, que era suave, sonó de repente alta y aguda. Se
puso en pie, gesticulando, y derribó una taza que se es-
26
trelló contra el suelo. Mary no podía apartar la mirada de
la extraña cara del hombre.
-No está loca -repitió-, y me tiene sin cuidado lo
que usted y los demás puedan pensar. Tampoco me impor-
ta lo que dijeron los médicos del hospital. Si pudieran,
certificarían su locura en un santiamén y la encerrarían
en un manicomio; sólo necesitan mi consentimiento. Pero
no lo tendrán. Y no lo tendrán porque yo sé ¿Lo compren-
de usted? Yo sé y ellos no saben. Ignoran cómo me cuidó,
cuando nadie se interesaba por mí; ignoran cómo trabajó
y sufrió por mí, y los sacrificios que hizo. Si su comporta-
miento resulta ahora un poco extraño, mía es la culpa.
Cuando me dijo que quería volver a casarse, yo se lo im-
pedí. ¡Sí, lo hice! No es necesario que me hable de celos,
de sentimientos dominantes. Yo era mil veces peor de lo
que ella haya podido ser jamás. Estaba diez veces más lo-
co que ella, si prefiere esa palabra. Me hubieran encerra-
do en un santiamén, si hubieran sabido las cosas que dije
e hice y la forma en que me porté. Por fin, logré sobrepo-
nerme. Pero ella, no. ¿Y quién es usted para decir que hay
que encerrar a alguien? Creo que todos nos volvemos un
poco locos, a veces.
Calló, no porque le faltaran las palabras, sino el alien-
to. Su cara estaba enrojecida y le temblaban los labios.
Mary se puso en pie.
-Lo siento -dijo suavemente-. Lo siento de verdad.
Ruego a usted que me perdone. No tenía ningún derecho
a decirle cuanto le dije.
-Lo sé, pero no importa, No estoy acostumbrado a ha-
blar de estas cosas. Cuando uno vive solo como yo, se vuel-
ve extraño.
Intentó sonreír. Ya no estaba tan sonrojado.
Mary cogió el bolso. ·
- Me voy. Se está haciendo tarde.
-No se vaya. Siento haberme portado de esa manera.
-No es por eso. En realidad, estoy muy cansada. Me
gustaría contarle mis aficiones. Tengo una especie de ta-
ller en el sótano ...
-Me encantaría escucharle, pero tengo que descansar.
-Entonces, la acompañaré. Tengo que cerrar el des-
pacho. Ya no creo que venga nadie esta noche.
Salieron del vestíbulo. Mr. Bates la ayudó a ponerse
el impermeable. Luego salieron al exterior. Había cesado
de llover, pero la noche era oscura y sin. estrellas. Des-
pués de andar unos pasos, Mary miró hacia la casa. En el
piso alto la luz seguía encendida, y Mary se preguntó si la
vieja estaría despierta y habría oído su conversación.
27
Mister Bates se detuvo ante la puerta de su habita-
ción; esperó a que Mary pusiera la llave en la cerradura y
abriera.
-Buenas noches -dijo-. Que descanse .
-Gracias. Y gracias también por su hospitalidad.
Mister Bates abrió la boca como si se dispusiera a de-
cir algo; luego, se alejó en silencio. Le vio enrojecer por
tercera vez durante el transcurso de la noche.
Mary cerró la puerta con llave. Oyó los pasos de Mr.
Bates que se alejaba y el ruido de la puerta de la oficina.
No le oyó salir, pues se hallaba absorta sacando sus co-
sas del maletín: el pijama, las zapatillas, un tarro de
crema, un cepillo de dientes y el tubo de pasta. Luego bus-
có en la maleta el vestido que pensaba ponerse al día si-
guiente para ir a ver a Sam. Sería mejor sacarlo y colgarlo,
para que se desarrugara. Todo debía estar bien al día
siguiente.
Todo debía estar bien . ..
De pronto se sintió pequeña. ¿Tan súbito había sido
el cambio? ¿Habría empezado cuando Mr. Bates había ob-
servado una conducta tan histérica? ¿Qué era lo que ha-
bía dicho, que la había empequeñecido de tal manera?
Creo que a veces todos estamos un poco locos.
Se sentó en la cama.
Sí. Era cierto. Todos nos volvemos un poco locos, a ve-
ces. Es lo que le había sucedido a ella, el día anterior,
cuando vio el dinero sobre el escritorio.
Y había estado loca desde entonces; debía haberlo es-
tado para creer que podría salirle bien lo que había pla-
neado. Le había parecido la realización de un sueño. Un
sueño. Sí, eso era: un sueño loco. Ahora lo comprendió.
Es posible que pudiera despistar a la policía. Pero Sam
haría preguntas. ¿Quién era ese pariente que le había de-
jado la herencia? ¿Dónde había vivido? ¿Por qué no le ha-
bía hablado nunca de él? ¿Por qué llevaba el dinero en
efectivo? ¿No se había opuesto Mr. Lowery a que ella aban-
donara tan súbitamente su empleo?
Y estaba Lila además. Si reaccionaba como Mary es-
peraba ... si no hablaba con la policía, incluso si consentía
en guardar silencio en el futuro, por sentirse obligada a
ello ... Sin embargo, la verdad era que lo sabría. Y se pro-
ducirían complicaciones.
Tarde o temprano, Sam querría que ambos fueran a vi-
sitarla, o le pediría que pasara unos días con ellos. La si-
tuación sería insostenible. No podría seguir relacionándo-
se con su hermana, ni tampoco explicarle a Sam el porqué
28
de su rompimiento; ni mucho menos explicarle por qué
motivo se negaba a ir a Texas, ni siquiera de visita.
No; todo aquello era una locura.
Y ya era demasiado tarde para remediarla.
¿Lo era, en realidad?
Si dormía diez horas, y salía el día siguiente, domingo,
hacia las nueve de la mañana, podría estar de ·regreso a
su casa el lunes, a primera hora, antes de que Lila regre-
sara de Dallas y el banco abriera. Depositaría el dinero
e iría a su trabajo.
Sí, estaría muy cansada. Pero no se moriría de aquello
y nadie lo sabría jamás;
Quedaba el asunto del coche, desde luego; tendría que
inventar alguna explicación para Lila. Le diría que había
salido hacia Fairvale para visitar a Sam, y que el coche
se averió en el camino; que el mecánico le había dicho que
habría que cambiar el motor, por lo que había decidio ven-
derlo y comprar aquel viejo trasto, para regresar a casa.
Sí; sería una explicación razonable.
Cuando lo hubo calculado todo, comprendió que. aquel
viaje le costaría unos setecientos dólares. Era el valor ael
coche.
Pero valía la pena pagar aquel precio. Setecientos dó-
lares no resulta un precio muy caro si se compra con ellos
la salud mental, la seguridad y el futuro.
Se puso en pie.
Lo haría.
Entró en el cuarto de aseo, se desembarazó de las za-
patillas con un gesto de los pies, y se agachó para soltarse
las medias. Luego levantó los brazos, se quitó el vestido y
lo arrojó a la habitación. No le importó que cayera al sue-
lo. Se soltó el sostén ...
Después entró en la ducha. El agua estaba muy calien-
te, y debió abrir un poco la otra llave. Por fin, abrió las dos
y dejó que la cálida lluvia cayera sobre ella. ·
El cuarto empezó a llenarse de vapor. El ruido de la ducha
no le permitió oír cómo se abría la puerta de la habitación,
ni los pasos que se acercaban. Y cuando las cortinas de
la ducha se abrieron el vapor oscureció aquel rostro.
Fue entonces cuando lo vio: un rostro que miraba ~ntre
las cortinas, colgando del aire, como una máscara. El ca-
bello aparecía cubierto por un pañuelo y los vidriosos ojos
la miraban inhumanamente; pero no era una máscara; no
podía serlo. La piel estaba cubierta de polvos blancos y
había dos rosetas rojas en las mejillas. No era una más-
cara. Era la cara de una vieja loca.
29
Mary empezó a gritar. Entonces la abertura de las
cnrtinas se ensanchó y apareció una mano, armada con un
cuchillo de carnicero . Un cuchillo que cortó su grito.
Y su cuello.

30
CAPITULO IV

Cuando Norman entró en la oficina empezó a temblar.


Era la reacción. claro está. Habían sucedido demasiadas
cosas, y demasiado de prisa.
Necesitaba un trago. Había mentido a la muchacha. Es
cierto que su madre no quena licor en la casa. pero él be-
bía. Tema una botella en la oficina. Había ocasiones en
que se veía obligado a beber. aun a sabiendas de que su
estómago no toleraba bien el alcohol y de que unas pocas
copas senan suficientes para marearle. Había veces en
que deseaba sentirse mareado.
Norman recordó que debía apagar el neón y cerrar la'>
persianas. Lo hizo. Con las persianas cerradas nadie ve-
ría la luz de la oficina. ~adie le vería abrir un cajón del
escritorio y sacar la botella, con manos que temblaban co-
mo las de un niño.
Se llevó el gollete a la boca y bebió, cerrando los ojos. El
whisky le quemaba la garganta, y su calor estallaba en su
estómago.
Había sido un error llevar a la muchacha a la casa. Nor-
man se dio cuenta de ello en el mismo momento en que la
invitó, pero era muy bonita y parecía muy cansada. Y
cuanto pensaba hacer, cuanto hizo, fue hablarle. Además,
¿no estaba en su casa? Era tan suya como de su madre,
que no tenía ningún derecho para imponerle su voluntad
de aquella manera.
Pero había sido un error. Jamás se hubiera atrevido a
hacerlo. de no haber estado tan enfadado con su madre.
Quería desafiarla. Y eso estaba mal.
Pero había hecho algo mucho peor, además de invitar-
la. Se lo dijo a su madre.
E hizo mal en decírselo. Estaba muv excitada. v cuan-
do le dijo que cenaría con una mucha~ha. se puso- practi-
camente histérica.
-¡Si la traes aquí, la mataré! ¡Mataré a esa perra!
Perra. Su madre no hablaba jamas as1. pero eso era lo
que había dicho. Estaba enferma. muy enferma. Tal vez la
muchacha estuviera en 10 cierto. y fuera convernente m-

31
gresar a su madre en un manicomio. Se estaba volviendo
insoportable, y le ponía fuera de sí.
El whisky ardía. Estaba bebiendo ya el tercer trago,
pero lo necesitaba. Necesitaba muchas cosas. Aquella mu-
chacha tenía razón. No era forma de vivir. No podría re-
sistirla mucho tiempo.
La cena resultó muy angustiosa para él. Temía que su
madre hiciera una escena. Después de encerrarla en su
habitación, se preguntó si empezaría a gritar y aporrear
la puerta. Pero había permanecido silenciosa, como si es-
tuviera escuchando. Y es lo que había hecho con toda se-
guridad. Podía encerrar a su madre en su dormitorio, pero
no impedirle que escuchara.
Norman deseaba que estuviera dormida ya. Quizá al
día siguiente lo hubiera olvidado todo. Le ocurría a me-
nudo.
Oyó un ruido y se movió en la silla. ¿Sería su madre que
llegaba? No; no podía ser; la había dejado encerrada. Se-
guramente era la muchacha que se movía en la habitación
contigua. Sí, ahora la oía bien; al parecer, había abierto la
maleta y sacaba algunas cosas, preparándose para acos-
tarse.
Norman bebió otro trago para templar sus nervios. Lo
logró. Ya no le temblaba la mano. No tenía miedo. Desapa-
recía, cuando pensaba en la muchacha.
Era curioso. Cuando la vio, había experimentado aquel
terrible sentimiento de. . . ¿Cuál era la palabra? Im . ..
algo. Importancia. No; no era ésa. No se sentía importante
cuando estaba junto a una mujer. ¿Sería imposible? Tam-
poco. Sabía la palabra que buscaba; la había encontrado
cientos de veces en los libros, en aquellos libros que su
madre ignoraba que tenía.
No importaba. Cuando estaba con la muchacha, se sen-
tía de aquella manera; pero no entonces. Podía hacer cual-
quier cosa.
Y eran muchas las cosas que hubiera querido hacer
con una muchacha como aquélla; joven, bonita, inteligente
también. . . Se había puesto en ridículo al contestarle co-
mo lo hizo cuando ella hablaba de su madre; admitía que
había dicho la verdad. Ella sabía y podía comprender. De-
seó haber estado más rato con ella.
Quizá no volviera a verla jamás. Se marcharía al día
siguiente. Para siempre. Jane Wilson, de San Antonio,
Texas. Se preguntó quién era, adónde iba, cómo debía ser
en realidad en su interior. Podría enamorarse de una mu-
chacha como aquélla. Sí, podría enamorarse con sólo verla
una vez. No era una cosa risible. Pero quizá ella se reiría.
32
Las muchachas eran así. . . siempre reían. Porque eran
perras.
Mi madre tiene razón. Son perras. Pero no puedo conte-
nerme cuando una perra es tan hermosa como ésa, y sé
que no volveré a verla. Si hubiera sido hombre, se lo hubie-
se dicho cuando estaba en su habitación; habría sacado
la botella, le habría ofrecido un trago, bebido con ella y.
No; no lo hubiese hecho, porque soy impotente.
Esa era la palabra que no podía recordar. Impotente.
La palabra que emplean en el libro, la que usa mi madre,
la que significa que no volveré a verla, porque de nada me
serviría. La palabra que las perras sabían; deben saberla,
y por eso reían siempre.
Norman volvió a beber. Sentía cómo el licor le caía por
la barbilla. Debía de estar borracho. Sí, estaba borracho.
¿Y qué? Mientras su madre no se enterara.. Mientras
la muchacha no lo supiera. . . Sería un gran secreto. Impo-
tente, ¿eh? Bien; eso no significaba que no pudiese volver
a verla.
La vería, y a no tardar.
Norman se inclinó sobre el escritorio y casi tocó la pa-
red con la cabeza. Había percibido más sonidos, y la expe-
riencia le decía cómo debía interpretarlos. La muchacha
se había quitado los zapatos. Entraba en el cuarto de aseo.
Alargó la mano. Temblaba, pero no de miedo. Sabía. lo
que iba a hacer. Ladearía ligeramente la enmarcada li-
cencia por el agujerito que había hecho hacía ya mucho
tiempo. Nadie conocía la existencia de aquel agujero; ni su
madre. Era su secreto.
En realidad se trataba de una grieta en el revoque del
otro lado, pero podía ver a través de ella. Veía el interior
del cuarto de aseo. Podía ver mucho. ¡Las perras podían
reírse cuanto quisieran de él! Sabía más de ellas que cuan-
to ellas hubieran podido imaginar jamás.
Le fue difícil enfocar la mirada. Se sentía mareado.
Ello se debía en parte a la bebida, y en parte a la excita-
ción.
La muchacha no descubriría la grieta. Ninguna de ellas
la había descubierto jamás.
Entonces Norman oyó un ruido, un enorme ruido que
parecía sacudir las paredes y oscurecer sus pensamientos.
Un ruido que nacía dentro de su cabeza. Se dejó caer en
la silla. «Estoy borracho -se dijo--. Voy a perder el co-
nocimiento.»
Pero no lo perdió. El ruido continuaba, y en alguna par-
te dentro de él percibió otro sonido. Alguien estaba abrien-
do la puerta de la oficina. Pero, ¿cómo era posible? ¿No la
33
había cerrado con llave? ¿Y no tenía esa llave? La encon-
traría, con sólo abrir los ojos . Pero no podía abrirlos ; ni se
atrevía a hacerlo. Porque sabía.
Su madre también tenía una llave.
Tenía una llave de su habitación. Tenía una llave de
la casa. Tenía una llave de la oficina.
Y allí estaba ya, mirándole . Norman confió en que le
creyera dormido. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Le habría
oído salir con la muchacha, y le estaba espiando?
No osaba moverse; no quería hacerlo. A medida que los
segundos pasaban le resultaba más difícil hacerlo. El rui-
do continuaba y su vibración le inducía al sueño. Era agra-
dable.
Luego se marchó. Se volvió sin hablar, y salió. No había
de temer nada. Había venido para protegerle de las perras.
Sí, eso era; para protegerle . Siempre que la necesitaba,
su madre estaba a su lado. Ya podía dormir. Luego, todo
fue silencio. Dormir, sueño, s ilencio.
Norman volvió en sí sobresaltado, echando la cabeza
hacia atrás. ¡Cómo le dolía! Había perdido el sentido en
la silla. No era de extrañar que todo crujiera. Crujiera.
Había oído el mismo sonido antes. ¿Cuánto hacía? ¿Una
hora ? ¿Dos?
Lo reconoció. En la habitación contigua la du<:ha esta-
ba abierta. Eso era. La muchacha se estaba duchando.
Pero de eso hacía mucho ya. Era imposible que aún estu-
. viera allí.
Se inclinó hacia adelante, ladeando el cuadro con la li-
cencia. No sin dificultades logró enfocar la mirada en el
cuarto de baño brillantemente alumbrado. Estaba vacío .
No podía ver tras las cortinas de la ducha. Estaban ce-
rradas .
Quizá la muchacha hubiese olvidado cerrar el agua y
se hab:a dormido . Pero parecía extraño que pudiera con-
ciliar el sueño, con el ruido que producía el agua al salir
con tanta fuerza. Tal vez la fatiga resultara tan intoxi-
cante como el alcohol.
Todo parecía estar en orden. Norman volvió a mirar.
Y entonces observó el suelo.
Sobre las losetas, fuera del plato de la ducha. el agua
formaba un hilillo . No había mucha; la suficiente para que
él pudiera verla.
Pero. ¿era agua'? El agua no es rosada. El agua no for-
ma hilillos rojizos. hilillos ro1os como venas.
Debe haber resbalado V caido. hiriéndose. decidió Nor-
man. Empezaba a dominarle el panico. pero sabía lo que
debía hacer. Cogió las llaves y sa1ió de ia oficina. Encon -
:14
tró rápidamente la que abría la puerta de la habitación
contigua. Estaba vacía, pero la maleta abierta aún sobre
la cama. La muchacha no se había marchado. Por tanto,
sus suposiciones debían ser ciertas: le debió ocurrir un
accidente en la ducha.
Sólo cuando entró en el cuarto de aseo recordó algo más.
Pero ya era demasiado tarde.
Su madre tenía también las llaves del parador.
Y, cuando abrió las cortinas y miró el cuerpo caído y re-
torcido en el plato de la ducha, comprendió que su madre
había utilizado sus llaves.

35
CAPITULO V

Norman cerró la puerta y se dirigió a la casa. Sus ro-


pas estaban mojadas y ensangrentadas, y además mos-
traban huellas de haber vomitado en el piso del cuarto de
aseo.
Pero aquello carecía de importancia en aquellos mo-
mentos. Había otras cosas que limpiar primero.
Aquella vez tendría que tomar una decisión. Metería
a su madre donde debía estar. Estaba obligado a hacerlo.
Todo el pánico, todo el miedo, el horror y las náuseas y
la repulsión cedieron ante esa firme resolución. Lo suce-
dido era trágico, de un horror indescriptible, pero jamás
volvería a suceder. Se sentía nuevo, un hombre completa-
mente distinto.
Subió rápidamente las gradas de la casa. La puerta
de la habitación frontera no estaba cerrada con llave. La
luz del vestíbulo seguía encendida. Miró a su alrededor y
luego subió al piso alto. ·
La puerta de la habitación de su madre estaba abier-
ta, el reflejo de la luz llegaba hasta la escalera. Entró, sin
molestarse en llamar. No había necesidad de fingir.
La habitación estaba vacía.
Podía ver las huellas de su cuerpo en la cama, y las ro-
pas abiertas. Podía oler el débil perfume de la habitación.
El sillón estaba en el rincón. En la habitación de su ma-
dre todo continuaba ordenado. Pero ella no estaba.
Fue hasta el armario, y buscó entre las ropas. Entre el
acre perfume que emanaba de los vestidos percibió otro
distinto. Al bajar la mirada comprendió de dónde prove-
nía. Uno de los vestidos de su madre, junto con un pañue-
lo de cabeza, formaba una arrugada bola. Se agachó, pero
retrocedió al instante al observar las manchas de sangre
coagulada.
Había regresado a la habitación para cambiarse las ro-
pas y volver a salir.
No podía llamar a la policía.
Debía recordarlo. No podía llamar a la policía. Ni aun
entonces, sabiendo lo que había hecho. Porque no era res-
ponsable. Estaba enferma.

36
Una cosa es el asesinato a sangre fría y otra muy dis -
tinta la enfermedad. No se es altamente asesino. cuando
la enfermedad ataca la cabeza. Todo el mundo lo sabe . Pe-
ro a veces los tribunales no están de acuerdo. Había leído
algunos casos relativos a este asunto. Aun en el caso que
comprendieran que estaba enferma. la encerrarían , no en
un sanatorio, sino en una de las terribles instituciones del
Estado.
Norman paseó la mirada por la ordenada habitación.
No podía sacar a su madre de allí y dejar que la encerra -
ran en una celda desnuda. En aquellos momentos estaba
a salvo; la policía ni siquiera conocía su existencia. Nadie
sabía que vivía en la casa. La policía no sabría nada de su
madre. Al margen de lo que había hecho, no merecía que
la encerraran para pudrirse en una celda.
Y no la encerrarían, porque nadie lo sabría.
Estaba seguro de que podría evitar que alguien se en-
terara de lo sucedido. Sólo tenía que pensar detenidamen-
te en cuanto había sucedido aquella noche.
La muchacha llegó sola y dijo que había estado condu-
ciendo todo el día. Eso significaba que no había visitado a
nadie por el camino. Tampoco parecía saber dónde se en-
contraba Fairvale, y no mencionó ningurra de las poblacio-
nes cercanas, lo cual parecía indicar que no tenía inten-
ción de ver a nadie por aquella parte de-1 país. La persona
que la esperara -si es que la esperaba alguien- debía
residir bastante más al norte.
Todo aquello eran suposiciones, claro está, pero pare-
cía lógico. Tendría que correr el riesgo.
Había firmado en el registro, pero eso no significaba
nada. Si alguien le preguntaba por ella, diría que había pa-
sado la noche allí y que se había marchado por la mañana.
Tenía que deshacerse del cadáver y del coche, y pro-
curar que todo quedara completamente limpio después.
Sabía cómo hacerlo. No sería difícil, aunque tampoco
agradable.
Y le evitaría tener que acudir a la policía, salvando así
a su madre.
A pesar de ello, pensaba hablar muy seriamente con
ella; pero eso podía esperar.
Lo importante era deshacerse del cuerpo del delito.
Tendría que quemar el vestido y el pañuelo de su madre,
así como las ropas que llevaba, en cuanto se hubiera des -
hecho del cadáver.
Norman cogió las manchadas ropas de .su madre y las
llevó abajo, donde cambió su vestido por una camisa y un

37
mono viejo. Se lavaría más tarde, cuando lo hubiera arre-
glado todo.
·· Su madre no había olvidado lavarse cuando regresó a
la casa. Norman vio manchas rosadas en la fregadera de
la cocina; y también delatoras huellas de carmín y polvos.
Mentalmente, tomó nota de que debía limpiarlo todo
cuando regresara. Luego se sentó, y pasó cuanto tenía en
los bolsillos de las ropas que se había quitado a los del mo-
no. Era una lástima tener que quemar ropas buenas; pero
no podía obrar de otro modo, si quería salvar a su madre.
Bajó a los sótanos, donde encontró lo que buscaba: un
viejo cuévano para la ropa, con tapa. Era lo bastante gran-
de para lo que necesitaba.
Metió las ropas en el cuévano. Cogió tranquilamente
una vieja tela embreada, volvió arriba, apagó la luz de la
cocina y la del vestíbulo, y salió de la casa, llevando el cué-
vano, cubierto por la tela embreada.
Anduvo a ciegas en la oscuridad de la medianoche sin
luna. El sendero estaba cubierto de grava, pero la lluvia
debía haber reblandecido el terreno detrás de la casa. Ha-
bría huellas. Era otro detalle que no debía olvidar. Dejaría
huellas que no podría ver. ¡Si la noche no fuera tan oscu-
ra! Y, de pronto, experimentó la urgente necesidad de sa-
lir de la oscuridad.
Norman se sintió mejor cuando, por fin, abrió la puerta ·
de la habitación de la muchacha, dejó el cuévano en el
suelo y encendió la luz. Durante unos segundos permane-
ció tranquilo. Después pensó en lo que la luz revelaría
cuando entrara en el cuarto de aseo.
Y permaneció temblando en el centro del dormitorio.
No puedo hacerlo. No puedo mirarla. No entraré. ¡No
entraré!
-Tienes que entrar. No hay otra salida. Y deja de ha-
blar contigo mismo.
Era lo más importante: dejar de hablar consigo mismo.
Debía recobrar la calma y enfrentarse con la realidad.
¿Qué era la realidad?
Una muchacha muerta. La muchacha que su madre
había matado.
No pudo contener las náuseas cuando entró en la du-
cha e hizo allí lo que debía hacer. Encontró el cuchillo en
seguida. Lo echó en el cuévano. En los bolsillos del mono
había un par de guantes viejos. Tuvo que ponérselos antes
de tocar el cadáver. La cabeza era lo peor. El resto del
cuerpo sólo presentaba cortes. Se vio obligado a doblar las
piernas y los brazos, para envolver el cuerpo en la tela ero-

38
breada y meterlo en el cuévano, sobre las ropas. Luego,
afirmó la tapa.
Cuando regresara, limpiaría el piso y el plato de la du-
cha.
Sacó el cuévano a la habitación, y lo dejó en el suelo
mientras buscaba en el bolso de la muchacha las llaves del
coche. Abrió la puerta despacio, oteando la carretera pa-
ra cerciorarse de que no se acercaba nadie.
Sudaba copiosamente cuando logró abrir el portaequi-
pajes del coche y meter el cuévano dentro; pero no era el
esfuerzo, sino el miedo, el- que le hacía sudar. Volvió a la
habitación, y recogió cuanto había en ella, guardándolo en
el maletín y la maleta. Encontró los zapatos, las medias.
el sostén, las bragas. Y las menudencias que las mujeres
dejan en las habitaciones. Y el bolso; contenía un poco de
dinero, pero no se detuvo a comprobar cuánto. No lo que-
ría. Sólo quería deshacerse de todo, lo más rápidamente
posible, contando con la ayuda de la suerte.
Colocó las dos maletas en el asiento delantero del co-
che. Después cerró con llave la puerta de la habitación.
Volvió a mirar la carretera en ambas direcciones. Nadie.
Puso el motor en marcha y encendió los faros. Esa era
la parte peligrosa: los faros. Pero necesitaba luz. Condujo
despacio hacia la casa, por el paso abierto de grava. Otro
paso parecido iba desde allí hasta el viejo cobertizo que
Norman utilizaba como garaje para su Chevrolet.
Cambió la marcha y llevó el coche por la hierba. Esta-
ba en el campo. Había un camino carretero, con profundas
roderas. Lo encontró. Periódicamente, Norman llevaba su
propio coche por aquel camino, uniéndole un remolque,
cuando se dirigía a los bosques situados junto al pantano
en busca de leña para la cocina.
Y es lo que haría también al día siguiente. Lo primero
que haría. Llevar el coche con el remolque por allí. Así, las
huellas de su coche ocultarían las del automóvil de la mu-
chacha. Y si dejaba pisadas en el barro, podría explicar
cómo se habían producido.
0

Si es q ue necesitaba explicarlo. Porque es posible que


la suerte siguiera favoreciéndole.
Le ayudó al menos lo bastante para que pudiera llegar
al borde del pantano y hacer lo que tenía que hacer. En
cuanto llegó, apagó las luces y operó en la oscuridad. No le
resultaba fácil, y le llevó mucho tiempo, pero lo hizo. Puso
marcha atrás, y saltando del coche dejó que bajara la pen-
diente hasta el lodoso cenagal. Debía borrar las huellas
que se produjeran en la pendiente. Pero aquello no era lo

39
más imPortante en aquellos momentos. Lo primordial era
que el coche se hundiera del todo. Tenía que desaparecer
bajo el lodo: de lo contrario, jamás lograría sacarlo de allí.
Los guardabarros desaparecían lenta, muy lentamente.
¿Cuánto rato llevaba allí? Le parecía que habían transcu-
rrido varias horas, y el coche era aún visible. Pero el lodo
llegaba ya hasta las manijas de las puertas; subía por los
cristales y el parabrisas. Reinaba el silencio. El automóvil
seguía hundiéndose, silenciosamente, pulgada a pulgada.
Sólo la capota era ya visible. De pronto oyó un extraño rui-
do semejante a una aspiración, un desagradable y repen-
tino ¡plop! Y el coche desapareció por completo bajo la su-
perficie del pantano.
Norman ignoraba la profundidad de la ciénaga en aquel
lugar. Pero confiaba en que el coche continuara sumergién-
dose, hasta donde nadie pudiera encontrarlo jamás.
Se volvió, con una horrible expresión en el rostro. Aque-
lla parte había terminado. El coche reposaba en las pro-
fundidades del pantano. Y el cuévano estaba en el porta-
equipajes. Y el cadáver se encontraba en el cuévano. El
retorcido cuerpo y la cabeza ...
Pero no podía, no debía pensar en aquello. Había otras
cosas que hacer.
Las hizo casi mecánicamente. En la oficina había ja-
bón y detergente, un cepillo y un cubo. Limpió el cuarto de
aseo pulgada a pulgada, y luego el plato de la ducha.
Después, volvió a examínar la habitación. La suerte
seguía acompañándole; encontró un pendiente debajo de
la cama. No se había fijado en que la muchacha llevaba
pendientes, pero seguramente era así. Quizá se había sol-
tado cuando se atusaba el cabello. Es posible que el otro
también estuviera caído en algún lugar. Lo buscó afanosa-
mente, sin encontrarlo. No estaba en la habitación; por
tanto, debía encontrarse en el equipaje, o puesto todavía
en la oreja. No importaba. Al día siguiente lo arrojaría al
pantano.
Aún tenía que limpiar la cocina y la fregadera.
Eran casi las dos cuando regresó a la casa. Tuvo que es-
forzarse para conservar los ojos abiertos mientras limpia-
ba la fregadera. Después se quitó los zapatos, el mono, la
camisa y los calcetines y se lavó. El agua estaba fría como
el hielo, pero no le causó ninguna sensación.
Al día siguiente regresaría al pantano, con la misma
ropa, y no importaría que hubiera en ella manchas de lodo
y suciedad. Lo importante era que no hubiera sangre en

40
ninguna parte. Ni en sus ropas, ni en su cuerpo, ni en sus
manos.
Todo volvía a estar limpio. Y sus manos también. Pero
fue al encontrarse en su habitación cuando recordó que
faltaba algo.
Su madre no había regresado.
Dios sabe dónde estaría, sola, en plena noche. Tendría
que volver a vestirse y salir en su busca.
¿O no?
¿Por qué tenía que seguir preocupándose por su madre,
después de lo que había hecho? Tal vez la habían detenido-
quizá explicara barboteando lo que había hecho . Pero,
¿quién la creería? No quedaba ninguna prueba delatora. Y
tal vez ni siquiera eso. En cuanto vieran a su madre y la
oyeran hablar, comprenderían en el acto que estaba loca.
Y entonces la encerrarían en algún lugar del que no po-
seería la llave y del que no podría volver a salir. Y ése se-
ría su fin.
Si la detenían, él procuraría que la encerraran .
Pero no era probable que se acercara a la carretera. Lo
más probable es que se encontrara en algún lugar cercano
a la casa. Cabía incluso la posibilidad de que le hubiera
seguido hasta el pantano y hubiera visto cuanto había he-
cho. Desde luego, si es que estaba enferma de la cabeza,
podía haberle sucedido cualquier ·cosa. Y ·si había !Ído al
pantano, es posible que hubiera resbalado. Sobre todo, te-
niendo en cuenta la oscuridad. Recordó cómo se había des-
lizado el coche, hasta desaparecer en el cenagal.
Norman se dio cuenta de que ya no pensaba con clari-
dad. Tenía una ligera conciencia de que estaba acostado
en la cama, y de que llevaba mucho rato así. Y en realidad
su mente no estaba ocupada decidiendo lo que haría, ni
tampoco se preocupaba por el lugar donde pudiera encon-
trarse su madre. La estaba viendo. Podía verla, a pesar
de la presión que sentía en los ojos y de saber que sus pár-
pados se habían cerrado .
Veía a su madre; estaba en el pantano. Este era el lu-
gar donde estaba, en el pantano. Había bajado torpemente
por la pendiente en la oscuridad de la noche, hasta me-
terse en el cenagal. Y no podía salir. El lodo formaba bur-
bujas junto a sus rodillas; intentaba agarrarse a una ra-
ma o a algo sólido, para salir de allí, pero no lo lograba. Se
estaba hundiendo. No debía mirar.
Pero quería mirar, quería ver cómo se hundía en la pe-
gajosa oscuridad. Era lo que merecía: seguir hundiéndose
hasta reunirse con aquella pobre e inocente muchacha. Ya

41
no tardaría mucho en verse libre de ambas, de la víctima
y de su verdugo, de su madre y de la perra, de la perra y
de su madre, juntas ambas en el fondo del cenagal.
El lodo le llegaba ya al pecho. La veía abriendo la boca
para aspirar una bocanada de aire; y sintió que también
él boqueaba con ella. (¡Era un sueño, tenía que ser un sue-
ño!) De pronto, su madre se hallaba en tierra firme, al
borde del pantano, y él era ahora quien se hundía. La pe-
gajosa masa le llegaba ya hasta el cuello, y no había nada
que pudiera salvarle, nadie que pudiera ayudarle. Na-
die ... a menos que su madre le alargara una mano. ¡Ella
podía salvarle! No quería ahogarse en la ciénaga; no que-
ría hundirse hasta donde estaba aquella muchacha-perra.
Y entonces recordó por qué estaba allí. Porque la habían
matado. Y la habían matado porque era mala. Se había
mostrado desnuda ante él, tentándole con la perversión
de su cuerpo. El mismo había querido matarla por ello, por-
que su madre le había hablado del mal y de sus tentacio-
nes, y le había dicho que las perras no debían vivir.
Su madre, pues, no había hecho más que protegerle, y
no estaba bien que él contemplara cómo se moría. La nece-
sitaba. Y ella a él. Y aunque estuviera loca, no permitiría
que él se hundiera. No podía permitirlo.
Y a estaba hundido hasta la garganta; el lodo besaba ya
sus labios, y sabía que si abría la boca penetraría en ella;
pero tenía que abrirla para poder gritar. Y gritó:
«¡Madre! ¡Madre! ¡Sálvame!»
Y entonces se encontró ya fuera del pantano, en la ca-
ma. Y era sólo sudor el líquido que mojaba su cuerpo. Se
dio cuenta entonces de que todo había sido un sueño; lo
supo incluso antes de oír su voz junto a la cama.
-Sí, hijo. Estoy aquí. Todo está bien.
Sintió su mano en la frente; estaba fría, como el sudor.
Quería abrir los ojos, pero ella le dijo:
-No te preocupes, hijo. Vuelve a dormir.
- Pero tengo que decirte ...
-Lo sé. Lo vi todo. ¿O creíste acaso que sería capaz
de mancharme, dejándote abandonado? Hiciste bien, Nor-
man. Y, ahora, todo está como debe estar.
Sí; como debía estar. Estaba a su lado para protegerle;
y él la protegería también. Antes de sumirse nuevamente
en el sueño, Norman decidió que jamás volverían a hablar
de lo sucedido aquella noche. Y no volvería a pensar jamás
en recluirla. Hiciera lo que hiciera, debía continuar allí,
a su lado. Es posible que estuviera loca y fuera una asesi-
na. Pero era cuanto tenía en el mundo. Cuanto quería.
Cuanto necesitaba.
42
CAPITULO VI

A las seis de la tarde del siguiente viernes sucedió un


milagro.
Ottorino Respighi entró en la trastienda de la única
ferretería de Fairvale con su Brazilian lmpressions.
Hacía muchos años que Ottorino Respighi había muer-
to, y la orquesta -l'Orchestre des Concerts Colonne- eje-
cutaba aquella obra a muchísimas millas de distancia.
Pero cuando Sam Loomis alargó el brazo y conectó la
pequeña radio de frecuencia modulada, la música llegó ani-
quilando el espacio, el tiempo y hasta la misma muerte.
Era, en su opinión, un auténtico milagro.
Por un momento, Sam deseó estar a solas. Los milagros
han de ser compartidos. La música ha de ser compartida.
Pero en Fairvale no había nadie capaz de reconocer aque-
lla música ni el milagro de su llegada. La gente de Fair-
vale tenía sentido práctico. La música era -algo que se ob-
tenía por el simple procedimiento de echar cinco centavos
en un tocadiscos automático o conectando el televisor.
Sam Loomis sacó el libro mayor y lo llevó a la mesa de
cocina, que le servía de escritorio. Una rápida mirada a
las cifras pareció confirmar su optimismo. Aún tendría
que comprobar las existencias, pero le parecía que aquel
mes podría pagar otros mil dólares, que sumado a lo que ya
había pagado aquel semestre ascendería a tres mil qui-
nientos. Y era una temporada de pocas ventas. En otoño
el movimiento sería mayor.
Mary no parecía demasiado alegre, últimamente. Sus
cartas por lo menos acusaban cierta depresión. Es decir,
cuando escribía. Le debía ya contestación a varias cartas .
Le había vuelto a escribir el viernes pasado, sin obtener
contestación aún. Quizá estuviera enferma. Pero, en tal
caso, su hermana Lila se lo hubiera comunicado. Quizá es-
tuviera desanimada. No se lo reprochaba. Era difícil se-
guir de aquella manera.
Tal vez fuera conveniente que se tomara unos días de
descanso la semana próxima, dejara que Summerfield se
hiciera cargo de la tienda. y le hiciera una visita. Una
sorpresa, para animarla . ¿Por qué no?
4:3
Sam suspiró. La música bajaba, en espiral, a una clave
menor. Debía ser el tema del jardín de las serpientes.
Algunas veces se preguntaba si no habrían cometido
un error al trazar sus planes para el futuro. Después de
todo, ¿qué sabía realmente el uno del otro? Exceptuando
el crucero marítimo y los dos días que Mary había pasado
en Fairvale el año anterior, jamás habían estado juntos.
Había las cartas, es cierto, pero no podía decirse que hu-
bieran servido para mejorar las cosas. Porque a .través de
ellas Sam empezaba a descubrir una Mary distinta .. .
Una personalidad caprichosa, casi petulante, y enfática.
Se encogió de hombros. ¿Qué le pasaba? ¿Era la morbi-
dez de la música? De pronto, los músculos de su nuca en-
traron en tensión. Escuchó atentamente, intentando ais-
lar el instrumento, identificar la frase que había provocado
aquella reacción. Algo no estaba bien; algo que casi podía
oír.
Se puso en pie, empujando la silla hacia atrás.
Y entonces lo oyó. Unos débiles golpes en la puerta. Al-
guien llamaba.
La tienda ya estaba cerrada, pero quizá se tratara de
algún turista. El negocio era el negocio, fuera quien fuera
el cliente. Sam salió a la tienda. Alguien golpeaba la puer-
ta, como si tuviera prisa para que le abrieran.
Sam se llevó la mano al bolsillo, para sacar el llavero:
-Y a voy -dijo en voz alta-. En seguida abro.
Y lo hizo rápidamente, sin sacar la llave de la cerra-
dura.
Y ella estaba allí, de pie en la puerta, silueteada por el
resplandor de la farola del alumbrado. Por un momento, la
sorpresa le inmovilizó; luego, avanzó y la estrechó entre
sus brazos.
-¡Mary! -murmuró.
La besó con ansiedad, pero su cuerpo se puso rígido;
ella le rechazó primero y después golpeó su pecho con los
puños apretados. ¿Qué pasaba?
-¡No soy Mary! -exclamó ella-. Soy Lila.
-¿Lila? ¿La hermana de Mary?
La muchacha asintió. Al hacerlo, Sam vio su perfil y el
reflejo de la luz en su cabello. Era castaño, más oscuro que
el de Mary. Y también observó otras diferencias: la nariz
respingona, los pómulos más altos ... Era algo más baja tam-
bién, y parecía más delgada.
-Lo siento -murmuró-. La luz me engañó.
-Está bien -respondió ella, con más suavidad.
-¿Quieres entrar?
-Pues . ..
4.4
Lila vaciló, y miró al suelo. Fue entonces cuando Sam
vio la maleta.
-Deja que la lleve yo.
La cogió. Luego, encendió la luz de la tienda.
-Mi habitación está al fondo -añadió-. Sígueme.
Le siguió en silencio. Al entrar en la trastienda, Sam
se dispuso a cerrar la radio. Lila levantó la mano.
-No -dijo-. Estoy intentando reconocer esta músi-
ca. ¿ Villalobos?
-Respighi. Las Brazilian lmpressions. Me parece que
es un disco de la marca Urania.
-No tenemos nada de esa marca.
Sam recordó entonces que Lila trabajaba en una tien-
da de música.
-¿Quieres que deje la radio encendida o la apago, pa-
ra que podamos hablar mejor? -le preguntó.
-Apágala. Hablaremos.
Sam asintió. Después de desconectar la radio, se vol-
vió hacia ella.
:-Siéntate y quítate el abrigo.
-Gracias. No pienso estar mucho aquí. He de encon-
trar una habitación.
-¿Estás de visita?
-Sólo por esta noche. Seguramente marcharé mañana
por la mañana. Y no se trata de una visita. Estoy buscan-
do a Mary.
-¿Buscando a Mary? -repitió Sam, mirándola fija-
mente-. ¿Por qué había de estar aquí?
-Esperaba que tú pudieras decírmelo.
-¿Cómo quieres que lo sepa?
-¿No estuvo aquí, esta semana?
-No. No la he visto desde el verano pasado. -Sam se
sentó en el sofá-cama-. ¿Qué sucede, Lila?
-¡Ojalá lo supiera!
Lila evitó la mirada de Sam, y bajó los ojos a las manos,
que retorcía nerviosamente en el regazo. Sam observó en-
tonces que el cabello de Lila era casi rubio. Se parecía muy
poco a Mary. Era otra muchacha. Una muchacha nervio-
sa, desgraciada.
-Por favor -suplicó-. Dímelo.
La muchacha le miró fijamente con sus ojos del color
de la avellana.
-¿No mentiste al decir que Mary no ha estado aquí?
-No; dije la verdad. Ni siquiera he tenido noticias su-
yas durante las· últimas semanas. Estaba empezando a
preocuparme. Entonces llegas tú y. . . -Se le quebró la
voz-. ¡Dímelo!
45
-Está bien. Te creo. Pero no puedo decirte mucho.
Lila respiró profundamente y empezó a hablar de nue-
vo, sin dejar por un momento de mover nerviosamente las
manos.
-Ayer noche hizo una semana que vi a Mary por úl-
tima vez en el apartamiento. Fue la noche que salí hacia
Dallas, para visitar a algunos de nuestros proveedores.
Pasé el fin de semana allí y el domingo por la noche tomé
el tren de regreso. Llegué a casa el lunes por la mañana
temprano. Mary no estaba en el apartamiento. Al princi-
pio no me preocupé; pensé que estaría en la oficina. Pero
suele telefonearme durante el día, y cuando llegó el medio-
día sin que lo hubiera hecho llamé a su oficina. Me contes-
tó Mr. Lowery. Me dijo que se disponía a telefonearme pa-
ra averiguar qué sucedía. Mary no había comparecido en
toda la mañana. No la había visto ni tenido noticias de
eila, desde mediada la tarde del viernes.
-¿Intentas decirme que Mary falta desde hace una
semana?
-Creo que sí.
-¿Por qué no me lo notificaste antes? -preguntó, po-
niéndose en pie, y sintiendo que algo le oprimía la gargan-
ta-. ¿Por qué no me telefoneaste? ¿Y la policía?
-Sam, yo ...
- En lugar de hacerlo, dejas pasar el tiempo y ahora
vienes aquí para preguntarme si la he visto. ¡Eso no tiene
sentido!
-Nada lo tiene. La policía no sabe nada de esto. Y Mr.
Lowery no sabe nada de ti. Después de lo que me dijo,
consentí en no acudir a la policía. Pero estaba tan preocu-
pada y asustada que tenía que averiguarlo. Por eso he ve-
nido, para saber las cosas por mí misma. Pensé que tal vez
lo hubieseis planeado entre los dos.
-¿Qué es lo que teníamos que planear? -gritó Sam.
-Eso es lo que me gustaría saber.
La contestación fue dicha en tono suave. Pero la cara
del hombre que estaba en el umbral de la trastienda no
tenía nada de suave. Era alto, delgado y de rostro profun-
damente atezado. Un sombrero Stetson gfis le sombreaba
la frente, pero no los ojos. Y sus ojos eran azules y duros
como el hielo.
-¿Quién es usted? -murmuró Sam-. ¿Cómo ha en-
trado hasta aquí?
-La puerta de la tienda estaba abierta y entré. Vine
en busca de información, pero veo que miss Crane se me
ha anticipado. Tal vez qmera usted contestarnos a ambos.

46
-¿Contestar?
-Eso es.
El hombre avanzó, llevándose una mano al bolsillo de su
chaqueta gris. Sam levantó el brazo y luego lo dejó caer,
cuando la mano se adelantó, ofreciendo una cartera. El
hombre la abrió.
'-Me llamo Arbogast, Milton Arbogast. Soy investiga-
dor privado, y represento a la compañía Parity Mutual.
Tenemos una póliza con la Lowery Agency, donde trabaja-
ba su novia. Por eso estoy aquí, para averiguar qué han
hecho ustedes de los cuarenta mil dólares.

47
CAPITULO VII

El sombrero estaba sobre la mesa, y la chaqueta apa-


recía colgada del respaldo de una de las sillas de Sam. Ar-
bogast aplastó la tercera colilla en el cenicero; luego en-
cendió otro cigarrillo.
-Está bien -dijo-. No salió usted de Fairvale la se-
mana pasada. Le creo, Loomis. Sé que no miente. Me sería
muy fácil averiguar todos sus movimientos en esta pobla-
ción. -Aspiró lentamente el humo de su cigarrillo-. Pero
eso no prueba que Mary Crane no le haya visitado. Pudo
haber venido de noche, cuando la tienda está ya cerrada,
como lo ha hecho hoy su hermana.
Sam suspiró.
- Pero no lo hizo. Ya ha oído lo que le ha dicho Lila. Ha-
ce semanas que no tengo noticias de Mary. El viernes pa-
sado le escribí una carta; el mismo día que se supone des-
apareció. ¿Por qué había de hacerlo, de haber sabido que
ella se dirigía hacia aquí?
- Para cubrir las apariencias, naturalmente.
Arbogast expelió una bocanada de humo.
Sam se frotó la nuca con la mano.
-No soy tan astuto. No, sabía nada del dinero. Por la
forma en que usted ha hablado, ni siquiera Mr. Lowery
sabía por anticipado que alguien le llevaría cuarenta mil
dólares en efectivo, el viernes por la tarde. Por supuesto,
Mary tampoco lo sabía. ¿Cómo podíamos planear, pues,
algo juntos?
- Pudo llamarle desde un teléfono público, después de
coger el dinero, el viernes por la noche. Y decirle, quizá,
que debía usted escribir una carta.
- Haga las averiguaciones necesarias en la central de
teléfonos local -repuso Sam, cansado-. Le dirán que du-
rante un mes no he recibido ninguna llamada interur-
bana.
Arbogast asintió.
-Por tanto, ella no le telefoneó. Vino directamente, le
contó lo sucedido y convino un encuentro con usted, más
adelante, cuando el asunto se hubiera enfriado.
Lila se mordió los labios.
48
-Mi hermana no es ninguna delincuente. No tiene us-
ted ningún derechc- para hablar así de ella. Ni siquiera
tiene pruebas de que se llevara el dinero. Quizá lo cogió el
propio Mr. Lowery. Acaso inventó él mismo esa historia,
para disculparse ...
-Lo siento -murmuró Arbogast-. Comprendo lo que
siente usted. A menos que se encuentre el ladrón y sea
juzgado y condenado, nuestra compañía no pagará. y Lo-
wery perderá el dinero. Además, pasa usted por alto algu-
nos hechos incontestables. Mary Crane ha desaparecido.
Falta desde la tarde en que recibió el dinero. No lo llevó al
banco, ni lo escondió en su apartamento; pero ha desapa-
recido. Y su coche también. Todo encaja.
Lila empezó a sollozar.
-¡No es cierto! Debió haberme hecho caso, cuando
quise avisar a la policía; pero me dejé convencer por usted
y Mr. Lowery para que no lo hiciera, con la excusa de que
no querían dar publicidad al asunto, pues cabía la proba-
bilidad de que Mary se arrepintiera y regresara con el di-
nero. No quisieron creerme, pero ahora sé que tenía razón.
Mary no se llevó el dinero. Alguien la habrá secuestrado;
alguien que sabía.
Arbogast se encogió de hombros; luego se puso en pie
pesadamente y se acercó a la muchacha. Le golpeó amisto-
samente en el hombro.
-Escúcheme, miss Crane, ya hemos discutido eso an-
tes, ¿recuerda? Nadie sabía nada del dinero. Su hermana
no fue secuestrada. Marchó a su casa, preparó sus male-
tas'- y partió en su propio coche, sola. ¿No sabe que su pa-
trona la vio salir? Sea razonable, miss Crane.
-¡Lo soy! ¡Es usted quien dice tonterías! Me sigue
hasta aquí para ver a Mr. Loomis ...
El investigador movió la cabeza.
-¿Qué le hace pensar que la seguí? -preguntó sin al-
terarse.
-¿Cómo, si no, ha venido aquí esta noche? Usted no
sabía que Mary y Sam Loomis eran novios. Sólo yo lo sa-
bía. Ni siquiera conocía usted la existencia de Sam Loo-
mis.
Arbogast meneó la cabeza.
-Sí, lo sabía. ¿Recuerda que registré el escritorio de
su hermana? Encontré este sobre -dijo, sacándolo del bol-
sillo.
- Está dirigido a mí -observó Sam Loomis, alargando
la mano para cogerlo.
Arbogast retiró la mano.
-No lo necesitará -afirmó-. No hay hada dentro.
49
Pero a mí me sirve, porque está escrito· de su propia mano.
-Hizo una pausa-. En realidad, lo he estado utilizando
desde el miércoles por la mañana, cuando empecé mi viaje
hacia aquí.
-¿Salió ... el miércoles? -preguntó Lila, secándose los
ojos con un minúsculo pañuelo.
-Eso es. Y no la seguí a usted, sino que le llevaba de-
lantera. La dirección del sobre me dio una pista. Sin con-
tar el retrato de Loomis enmarcado en la mesilla de noche
de su hermana. Con todo mi amor, Sam. Era muy fácil es -
tablecer la relación. Por tanto, decidí ponerme en el lugar
de su ·hermana. Acababa de apoderarme de cuarenta mil
dólares en efectivo. ¿Dónde iría? ¿Al Canadá, a Méjico o
a las Antillas? Demasiado arriesgado. Además, no habría
tenido tiempo de trazar planes . Mi primer impulso hubiera
sido acudir a mi novio.
Sam golpeó la mesa con tanta fuerza que las colillas sal-
taron del cenicero.
- ¡Basta~ -exclamó-. No tiene el menor derecho para
hacer semejantes acusaciones. Hasta ahora no ha ofreci-
do la menor prueba que apoye sus palabras.
Arbogast buscó otro cigarrillo .
-Quiere pruebas, ¿eh? ¿Qué supone que he estado ha-
ciendo desde el miércoles por la mañana? Entonces encon-
tró el coche. ·
-¿Encontró el coche de mi hermana? -preguntó Lila,
poniéndose en pie.
-Sí. Tuve la corazonada de que una de las primeras
cosas que haría sería deshacerse de él. Por tanto, visité a
todos los comerciantes en coches usados, y les di una des -
cripción del automóvil y el número de la matrícula. Lo en-
contré . Mostré mis credenciales al comerciante y habló
por los codos. Supongo que creía que el coche era robado .
Y yo no le contradije.
,, Resultó que había realizado una operación con Mary
Crane el viernes pasado por la noche. Perdió dinero en el
trato; mucho dinero. Obtuve la información que deseaba
y una descripción del automóvil con el que marchó hacia
el norte.
» Por tanto, me dirigí hacia el norte. Pero no podía via-
jar muy de prisa. Supuse que no se apartaría de la carre-
tera pfincipal, porque estaba convencido de que se dirigía
hacia aquí. Probablemente condujo toda la noche; yo hice
lo mismo. Luego, estuve bastante tiempo alrededor de
Oklahoma City, visitando paradores en la carretera y ne-
gocios de coches de segunda mano. [Link] perdido. El jue-
50
ves fui hasta Tulsa, donde seguí la misma rutina obte-
niendo idénticos resultados. Hasta esta mañana no
conseguí encontrar la aguja en el pajar. Otro negocio de
coches usados, al norte de aquí. El sábado, temprano, Ma-
ry Crane efectuó el segundo cambio haciéndose con un
Plymouth azul, modelo 1953, con un guardabarros delante-
ro abollado.
Arbogast sacó una libreta del bolsillo.
-Lo tengo todo anotado -dijo-. Título de propiedad,
número de motor. . . todo. Ambos comerciantes están sa-
cando copias fotográficas de los documentos de la tran-
sacción para mandarlas a mi oficina central. Pero eso no
importa ahora. Lo que importa es que Mary Crane salió de
Tulsa el sábado pasado por la mañana, por la carretera
principal, dirigiéndose hacia el norte, después de cambiar
dos veces de coche en dieciséis horas. Y, en mi opinión, se
dirigía hacia aquí. A menos que ocurriera algo inesperado
(un accidente o una avería del coche) debió haber llegado
el sábado pasado por la noche.
-Pero no llegó -observó Sam-. No la he visto. Puedo
presentar pruebas, si quiere. El sábado pasado estaba en
el Legion Hall, jugando a los naipes. Hay muchos testigos.
E~ domingo por la mañana fui a la iglesia; al mediodía co-
m1 en ...
Arbogast levantó una mano.
-Está bien; comprendo. No la vio. Por tanto, algo debe
haber sucedido. Volveré a mis investigaciones.
-¿Y la policía? -preguntó Lila-. Sigo creyendo que
debiera darse parte. -Se humedeció los labios-. Suponga
que ha sufrido un accidente; no se detendría usted en to-
dos los hospitales que hay desde aquí hasta Tulsa. Quizá
se encuentre inconsciente en alguna parte, en estos mis-
mos momentos. Tal vez incluso está ...
Esta vez, fue Sam quien le golpeó el hombro.
-No -murmuró-. Si fuera así, ya te lo habrían noti-
ficado. Mary está bien. -Miró al investigador, por encima
del hombro de Lila-. Usted no puede investigarlo todo.
Lila tiene razón. ¿Por qué no acudir a la policía? Dé parte
de la desaparición de Mary y le ayudarán a localizarla.
Arbogast cogió su sombrero.
-Admito que hasta ahora hemos trabajado en ia forma
más difícil, pues si hubiéramos podido encontrarla sin dar
parte a las autoridades, habríamos ahorrado esa desagra-
dable publicidad a mi compañía y a nuestros clientes.
También resultaba conveniente para Mary Crane, si la
hubiéramos encontrado y recuperado el dinero. Hasta ca-
51
bía la posibilidad de que no se presentara acusación algu-
na contra ella.
-Pero si está usted en lo cierto y Mary se dirigía ha-
cia aquí, ¿por qué no ha venido a verme? Esto es lo que yo
tengo tanto interés como usted en averiguar -dijo Sam-.
Y no esperaré mucho para saberlo.
-¿Le importa esperar otras veinticuatro horas? -in-
quirió Arbogast.
-¿Qué se propone?
-Hacer más averiguaciones, ya se lo he dicho. -Le-
vantó la mano para atajar las objeciones de· Sam-. No
volveré hasta Tulsa; admito que es imposible. Pero me gus-
taría husmear un poco por este territorio, visitar los res-
taurantes de la carretera, estaciones de servicio, comer-
ciantes de coches, paradores. . . Es posible que alguien la
haya visto. Sigo creyendo que mi suposición era cierta. Se
dirigía hacia aquí. Es posible que cambiara de idea al lle-
gar y decidiera seguir viajando. Pero me gustaría cercio-
rarme de ello.
-¿Y si no lo averigua en veinticuatro horas?
- Entonces estaré dispuesto a acudir a la policía y dar
parte de la desaparición de Mary Crane. ¿Conforme?
Sam miró a Lila.
-¿Qué te parece? -preguntó.
-No lo sé -repuso ella, suspirando-. Estoy tan preo-
cupada que no puedo pensar. Decídelo tú, Sam.
Sam asintió con la cabeza.
-Está bien, Arbogast. Pero le prevengo que si no ave-
rigua nada mañana y no lo notifica usted a la policía, lo
haré yo mismo.
Arbogast se puso la chaqueta.
-Buscaré una habitación en el hotel. ¿Y usted, miss
Crane?
Lila miró a Sam.
- La acompañaré dentro de unos momentos -observó
Sam-. Primero cenaremos. Yo me encargo de que consiga
habitación. Y mañana le esperaremos aquí. Los dos.
Por primera vez aquella noche, Arbogast sonrió.
-Le .creo -repuso-. Perdone mi insistencia, pero te-
nía que asegurarme. -Miró a Lila-. Encontraremos a su
hermana. No se preocupe.
Luego salió. La puerta de la tienda aún no se había ce-
rrado detrás del detective, cuando ya Lila sollozaba con la
cabeza apoyada en el pecho de Sam. Su voz era un gemido.
-Tengo miedo, Sam. Algo le ha sucedido a Mary.
-No llores -dijo él, preguntándose al mismo tiempo

·52
J>Qr qué no habría mejores palabras para contestar al mie-
do, al dolor y a la soledad-. Todo saldrá bien.
De pronto, Lila se separó de él y le miró fijamente con
sus ojos preñados de lágrimas. Su voz era baja y firme:
-¿Por qué he de creerte, Sam? -preguntó-. ¿Hay al-
guna razón para ello? Sam: ¿estuvo Mary aquí, contigo?
¿Sabías algo del dinero?
Sam meneó la cabeza.
- No, no lo sabía. Tendrás que creerme, como yo te creo
a ti.
Lila volvió la cara hacia la pared.
-Creo que dices la verdad -murmuró-. Mary hu-
biera podido acudir a cualquiera de nosotros durante esa
semana, ¿no te parece? Pero no lo hizo. Confío en ti, Sam.
Es muy duro creer cuando la propia hermana resulta ser
una ...
-Cálmate -la interrumpió Sam-. Ahora necesitas
comer y descansar. Las cosas no te parecerán tan negras
mañana.
-¿Lo crees de verdad, Sam?
-Sí, claro.
Era la primera vez que mentía a una mujer.

53
CAPITULO VIII

El mañana se convirtió en hoy, sábado, y fue para Sam


un tiempo de espera.
Hacia las diez telefoneó a Lila desde la tienda. Y a se
había levantado y estaba desayunando. Arbogast había
salido temprano, al parecer. Pero había dejado una nota
para Lila, en conserjería, diciéndole que telefonearía du-
rante el día.
-¿Por qué no vienes a la tienda y me haces compañía?
-sugirió Sam por teléfono-. De nada te serviría quedar-
te sentada en tu habitación. Podemos comer juntos. Le pe-
diré a la telefonista que pase aquí las llamadas que haya
para ti.
Lila asintió y Sam se sintió mejor. No quería que la mu-
chacha permaneciera sola todo el día.
Había luchado contra ello, pero al fin tuvo que admitir
que la teoría de Arbogast era sensata. Mary tenía que ha-
ber planeado ir a Fairvale después de coger el dinero. Si
es que lo había cogido, naturalmente.
Eso era lo peor: aceptar a Mary en el papel de ladrona.
Mary no era una mujer de esa clase; cuanto sabía de ella
contradecía aquella posibilidad.
Pero, ¿qué sabía en realidad, de Mary? La noche ante-
rior se había convencido de que compr~ndía muy poco a
su novia. Sabía tan poco de ella que incluso la había con-
fundido con otra, en la penumbra.
Sam se dijo que era curiosa la forma en que damos por
sentado que sabemos cuanto hay que saber de otras per-
sonas, por el simple hecho de verlas con frecuencia o estar
unidos a ellas por lazos emocionales. Había muchos ejem-
plos, en el propio Fairvale. Como en todas partes, natural-
mente. En un momento dado, nunca falta quien, por uno u
otro motivo, obrara del modo más opuesto a lo que de él cu-
piera esperar.
Era posible que Mary hubiera robado el dinero. Quizá
estuviera cansada de esperar a que él pagara sus deudas,
y la tentación fue demasiado grande. Acaso hubiera pen-
sado llevar el dinero allí y obligarle a aceptarlo, inventan-
do alguna historia. Hasta era posible que hubiera planea-
54
do la huida de ambos. Sam se dijo que debía ser sincero
acerca de la posibilidad, incluso la probabilidad, de que
hubiera sido así.
Y si aceptaba eso, tenía que enfrentarse con el siguien-
te interrogante. ¿Por qué no había llegado? ¿Adónde pudo
dirigirse cuando salió de Tulsa? Quizá había decidido
desaparecer de repente, y empezar otra vida con un nom-
bre supuesto. Si seguía por ese camino, tendría que admi-
tir mil y una alternativas: un accidente, como temía Lila;
o quizá había aceptado a alguien en el automóvil ...
Apartó esos pensamientos de su mente. Su tarea por el
momento consistía en animar a Lila. Siempre existía la
débil posibilidad de que Arbogast encontrara una huella.
De lo contrario, acudiría a la policía. Y entonces, y sólo en-
tonces, se permitiría pensar. que pudo haber sucedido lo
peor.
Lila parecía más animada aquella mañana. Llevaba un
vestido ligero, y entró en la tienda con paso firme.
Sam la presentó a Bob Summerfield y luego salió a co-
mer con ella. Como era inevitable, Lila se entretuvo en es-
peculaciones acerca de Mary y de lo que Arbogast podía
estar haciendo. Sam le contestó brevemente, intentando
que tanto sus contestaciones como el tono de su voz fue-
ran naturales. Después de comer, la aconwañó al hotel,
para encargar que pasaran a su tienda las llamadas que
llegaran para Lila durante el transcurso de la tarde.
Después, volvieron a la ferretería. A pesar de ser sába-
do hubo bastante calma, y Sam pudo pasar la mayor parte
del tiempo en la trastienda, hablando con la muchacha.
Summerfield atendía a los clientes y sólo en contadas oca-
siones tuvo que salir Sam para encargarse de algún asun-
to.
Lila parecía descansada y tranquila. Encendió la ra-
dio, y sintonizó un programa sinfónico, que escuchó con
aparente atención. Sam la encontró sentada allí cuando re-
gresó de una de sus salidas a la tienda.
-El Concierto para orquesta, de Bartok, ¿no es cierto?
-preguntó.
Ella le miró, sonriendo.
-Sí, eso es. Es curioso que sepas tanto de música.
-¿Qué hay de extraño en ello? El hecho de que una per-
sona viva en una población pequeña no significa que no
pueda interesarse por la música, el arte, los libros. Y yo
he tenido mucho tiempo libre.
Lila se alisó el cuello de la blusa.
-Quizá no me haya expresado bien -observó-. Lo que
55
yo quería decir es que resulta curioso que interesándote
por cosas como la música, te dediques a vender ferretería.
- No hay nada malo en ser ferretero.
-No quise decir eso. Pero parece ... bueno, trivial. ..
Sam se sentó ante la mesa. De pronto se agachó y reco-
gió un objeto del suelo. Era pequeño, puntiagudo y bri-
llante.
-Trivial -repitió-. Tal vez. Pero quizá sea según el
color del cristal con que se mire. Por ejemplo, ¿qué es lo
que tengo en la mano?
-Un clavo.
-Eso es: un clavo. Al cabo del año vendo muchos cien-
tos de libras de clavos. Y mi padre también los vendía. Los
hay de muchos tamaños, pero ninguno de ellos es trivial.
»Cada clavo sirve para un fin determinado, impor-
tante y duradero. Es posible que la mitad de las casas de
Fairvale hayan sido construidas con clavos salidos de es-
ta tienda. Tal vez sea un poco tonto, pero a veces me pare-
ce que he contribuido a construir esta ciudad. Las herra-
mientas que vendí sirvieron para dar forma a la madera.
He suministrado la pintura que cubre las casas, las bro-
chas con que fue aplicada, las puertas y la malla metáli-
ca y el cristal para las ventanas. -Se interrumpió, son-
riendo ampliamente-. En este negocio todo tiene sentido,
porque sirve a un fin específico, porque llena una necesi-
dad que es parte de la vida. Incluso un sencillo clavo co-
mo éste cumple un cometido. Lo clavan donde le correspon-
de, y permanece allí, sirviendo para aquello para lo que
fue fabricado. Y lo hará durante un tiempo ilimitado, has-
ta después que hayamos muerto los dos.
Tras pronunciar estas palabras se arrepintió de ellas .
Pero era demasiado tarde. Vio cómo la sonrisa se borraba
de los labios de Lila.
-Estoy preocupada, Sam. Son casi las cuatro y Arbo-
gast no ha llamado.
-Ya llamará. Ten paciencia; dale tiempo.
-Dijiste que le dabas veinticuatro horas de tiempo, y
que entonces acudirías a la policía, si era necesario.
-Lo dije y lo haré, pero no se cumplirán las veinticua-
tro horas hasta las ocho. Y quizá no tengamos necesidad
de recurrir a ella; acaso Arbogast esté en lo cierto.
-¡Acaso! ¡Quiero saber, Sam! -Volvió a alisarse la
blusa, y su ceño seguía fruncidcr-. No creas que me enga-
ñas con tu conversación sobre los clavos. Estás tan ner-
vioso como yo.
-Sí, me parece que sí. -Se puso en pie-. No sé por
qué Arbogast no habrá llamado aún. No hay muchos luga-
56
res en este sector en donde pueda llevar a cabo sus inves-
tigaciones. Si a la hora de cenar no ha comunicado con
nosotros, iré a ver a Jud Charnbers en persona.
-¿Quién?
-Jud Chambers. Es el sheriff del condado. Y Fairvale
es la capital.
-Yo, Sam ...
El timbre del teléfono sonó en la tienda. Sam salió sin
espera a que ella terminara la frase. Bob Summerfield,
estaba contestando ya a la llamada.
-Es para ti -dijo.
Sam cogió el audífono y miró por encima del hombro. Li-
la le había seguido.
-Sam Loomis al habla.
-Aquí Arbogast. Supuse que estarían preocupados por
mí.
-Lo estamos. Lila y yo hemos estado esperando su lla-
mada todo el día. ¿Qué ha averiguado?
Hubo una breve y casi imperceptible pausa.
-Hasta ahora, nada.
-¿Hasta ahora? ¿Qué ha estado haciendo todo el día?
-Sería mejor que me preguntara qué es lo que no he
hecho. En estos momentos estoy en Parnassus.
-Eso está al otro extremo del condad<?. ¿Y la carretera
principal?
-La he recorrido toda. Tengo entendido que puedo re-
gresar por otra.
-Sí, el ramal antiguo de la carretera principal. Pero
no encontrará nada ahí, ni siquiera una estación de ser-
vicio.
- El propietario del restaurante desde donde le estoy
llamando me ha dicho que hay un parador allí.
-¡Pues es verdad! El viejo parador Bates. Ignoraba
que siguiera abierto. No creo que averigüe nada allí.
-Es el último en la lista, y como ya regreso, me deten-
dré en él. ¿Qué tal la muchacha?
Sam bajó la voz. ·
-Quiere que lo notifique a las autoridades en seguida.
Y creo que tiene razón, sobre todo después de lo que usted
me ha dicho.
-¿Quiere esperar hasta que yo regrese?
-¿Cuánto tardará?
-Una hora, quizá, a menos que averigüe algo en ese
parador. -Arbogast vaciló-. Esperen hasta que yo llegue.
Les acompañaré a la policía, si no he conseguido averiguar
nada.
57
-Le daremos esa hora -repuso Sam-. Nos encontra-
rá en la tienda.
Colgó y se volvió.
-¿Qué ha dicho? -preguntó Lila- ¿Ha averiguado
algo?
- No, pero no ha terminado aún. Quiere detenerse en
un lugar ..
-¿Sólo uno más?
- No lo digas en ese tono. Tal vez se entere de algo ailí.
De lo contrario, llegará dentro de una hora, y entonces
iremos a ver al sheriff.
-Está bien. Esperaremos una hora.
No fue una hora agradable. Sam casi se sintió conten-
to cuando entraron los acostumbrados clientes del sábado
por la tarde y se vio obligado a atenderles. Ya no se sentía
con ánimo para seguir fingiendo. Estaba muy preocupado.
Algo había sucedido.
Algo le había sucedido a Mary.
Algo ...
-¡Sam!
Había terminado una venta y se volvió. Lila estaba jun-
to a él. Había salido de la trastienda, y señalaba la hora
en su reloj de pulsera.
- Ha ppasado la hora, Sam.
-Lo sé. Démole unos minutos más. Primero tengo que
cerrar la tienda, de todas formas.
-Está bien, pero sólo unos minutos. ¡Por favor! ¡Si su-
pieras cómo me encuentro!
-Lo sé -repuso, oprimiéndole un brazo y provocando
su sonrisa con aquel gesto- . Estará aquí dentro de un ins-
tante.
Pero no llegó.
Sam y Summerfield despacharon al último cliente a
las cin -~o y media.
Y Arbogast no aparecía.
Summerfield apagó las luces, disponiéndose a salir.
Sam sacó las llaves para cerrar la puerta.
Y Arbogast no llegaba.
-Vamos -dijo Lila-. Si no vienes, iré yo sola.
-¡El teléfono! -exclamó Sam.
Y al cabo de un instante!
-¡Diga!
-Soy Arbogast.
-¿Dónde está? Prometió ..
-No importa lo que prometí. -La voz del investigador
era baja y apresurada-. Estoy en el parador y sólo dis-
pongo de un minuto. Le llamo para decirle por qué no he
58
llegado aún. He encontrado una pista. Su novia estuvo
aquí, el sábado por la noche.
-¿Mary? ¿Está seguro?
-Segurísimo. Examiné el registro y tuve oportunidad
de comprobar su letra. Usó otro nombre (Jane Wilson) y
dio una dirección falsa. Necesitaré una orden del juzgado
para sacar una copia fotográfica del registro, si nos hace
falta como prueba.
-¿Ha averiguado algo más?
-La descripción del coche coincide, y la de la mucha-
cha también.
-¿Cómo ha obtenido esa información?
-Saqué mi credencial y empleé la acostumbrada ruti-
na del coche robado. El hombre se excitó bastante. Es un
tipo muy raro. Se llama Norman Bates. ¿Le conoce?
- Me parece que no.
- Dice que la muchacha llegó en el coche el sábado, ha-
cia las seis de la tarde. Pagó por anticipado. Estaba llo-
viendo, y era la única clienta. Dice que marchó a primera
hora del día siguiente, antes de que él se levantara. Vive
con su madre en una casa situada detrás del parador.
-¿Cree que dice la verdad?
-Aún lo lo sé.
-¿Qué quiere decir?
-Le he acorralado a preguntas, y se le escapó que ha-
bía invitado a cenar a la muchacha a su casa. Dijo qué
sólo a cenar, y que su madre podía asegurarlo.
-¿Ha hablado con ella?
-No; pero lo haré. Permanece encerrada en su habi-
tación. Su hijo intentó decirme que se encuentra dema-
siado enferma para recibir a nadie, pero cuando llegué
estaba sentada junto a su ventana, examinándome. Por
tanto, le dije que hablaría con su madre, tanto si le gusta-
ba como no.
- Pero usted no tiene autoridad ...
-Oiga: ¿quiere encontrar a su novia, sí o no? Ese tipo
no parece estar muy enterado de los formulismos legales.
Sea como fuere, se dirigió corriendo a la casa para decirle
a su madre que se vista. He aprovechado su ausencia pa-
ra telefonearle. Esperen ustedes a que yo llegue. ¡Ahí vie-
ne! Hasta luego.
Sam oyó el ruido del audífono al ser colgado. Luego se
volvió hacia Lila y le dio cuenta de la conversación.
-¿Te sientes mejor ahora?
-Sí. Pero quisiera saber ...
-Ya no tardaremos mucho. Sólo es cuestión de es-
perar.
59
CAPITULO IX

El sábado por la tarde Norman se afeitó. Sólo lo hacía


una vez por semana, el sábado precisamente.
No le gustaba afeitarse, a causa del espejo, que forma-
ba líneas onduladas. Todos los espejos parecían tenerlas,
y le herían la vista.
Aunque la verdad residiera quizá en que tenía los ojos
enfermos. Sí, eso era, porque recordaba cuando le gustaba
mucho permanecer ante el cristal bruñido, completamente
desnudo. En cierta ocasión su madre le sorprendió hacién-
dolo y le golpeó en la cabeza con el mango de un cepillo para
cabello. Le golpeó muy fuerte, haciéndole daño. Su madre
le dijo entonces que era pecaminoso mirarse al espejo de
aquella manera.
Podía recordar el escozor producido por el golpe y el
dolor de cabeza que tuvo después. Desde entonces, cuan-
do se miraba, le dolía casi siempre la cabeza. Por fin su
madre le llevó al médico, el cual dictaminó que necesitaba
gafas. Su uso le alivió un poco, pero a pesar de ellas le cos-
taba ver bien cuando se miraba al espejo. Por tanto, dejó
de hacerlo, excepto cuando era absolutamente imprescin-
dible. Su madre tenía razón. Era pecaminoso contemplar-
se a sí mismo completamente desnudo; mirar las gruesas
capas de grasa, los cortos brazos desprovistos de vello, el
grueso vientre ...
Al hacerlo, deseaba ser alguien distinto, alguien alto,
esbelto y apuesto, como el tío Joe Considine.
-¿Verdad que es el hombre más atractivo que jamás
has visto? -solía preguntar su madre.
Era cierto, y Norman se veía obligado a reconocerlo. Pe-
ro a pesar de ello continuaba odiando a su tío Joe Consi-
dine, aunque fuera guapo. Y deseaba que su madre no in-
sistiera en llamarle «tío Joe», porque en realidad no
era pariente suyo, sino un amigo que visitaba a su madre.
Fue él quien la hizo construir el parador, cuando vendió
las tierras.
¡Qué extraño era! Su madre hablaba siempre contra
los hombres, a pesar de lo cual tío Joe Cosidine hacía de

60
ella lo que quería. Sería agradable ser como él, y tener su
mismo aspecto.
¡No lo seda! Porque tío Joe estaba muerto.
Esta reflexión hizo parpadear a Norman mientras se
afeitaba. Era curioso que hubiera olvidado la muerte del
tío Joe. Debía hacer por lo menos veinte años de ello. El
tiempo es relativo, desde luego. Einstein lo había dicho,
pero no fue el primero en descubrirlo; los antiguos lo sabían
ya y también algunos místicos modernos, como Aleister
Crowley y Ouspensky. Norman los había leído a todos e in-
cluso poseía algunos de sus libros. A su madre no le gusta-
ba, pues decía que aquellas cosas eran contrarias a la re-
ligión. Pero la verdadera razón era que cuando él leía
aquellos libros ya no era un niño, sino un hombre hecho y
derecho, que estudiaba los misterios del tiempo y del es-
pacio y dominaba los secretos de la dimensión y de la exis-
tencia.
En realidad, era como ser dos personas a la vez: el ni-
ño y el adulto. Cuando pensaba en su madre, se volvía de
nuevo niño, con vocabulario y reacciones emocionales in-
fantiles. Pero cuando estaba a solas -'no precisamente a
solas, sino inmerso en un libro- era un hombre maduro,
lo bastante maduro para comprender que incluso podía
ser víctima de una leve forma de esquizofrenia.
Cierto que aquella situación no era muy saludable. Ser
el niño de mamá tenía sus inconvenientes. Por otra parte,
mientras reconociera los peligros podría enfrentarse con
ellos, y con su madre. Resultaba beneficioso para ella que
él supiera cuándo debía ser hombre, que reconociera al-
gunas cosas acerca de la sicología y la parasicología tam-
bién.
Fue afortunado cuando el tío Joe Considine murió, y
volvió a serlo la semana anterior, cuando llegó aquella mu-
chacha. Si no hubiera obrado como un adulto, su madre
correría un grave peligro en aquellos momentos.
Norman pasó suavemente el pulgar por el filo de su na-
vaja. Estaba muy afilada; debía ser cuidadoso para no
cortarse. Sí, y también tenía que guardarla después de
afeitarse, y encerrarla en algún lugar donde su madre no
pudiera cogerla. No podía ya confiar en su madre, con un
instrumento cortante en la mano. Por eso casi siempre co-
cinaba él y lavaba los platos. A su madre aún le gustaba
hacer la limpieza de la casa, pero Norman se encargaba
siempre de la cocina.
La situación había sido completamente normal duran-
te la última semana, y madre e hijo no habían hablado
para nada de la muchacha. Hubiera sido embarazoso para
ambos. Su madre debió haberlo comprendido así, pues
parec1a que le evitaba deliberadamente; pasaba la mayor
parte del tiempo descansando en su habitación y no ha-
blaba mucho. Es posible que le remordiera la conciencia.
Y así debía ser. El asesinato era una cosa terrible, que
pueden comprender incluso aquellos cuya salud mental
no es muy buena. Su madre debía sufrir mucho.
Tal vez un purgante le sentara bien, pero a Norman le
complacía que no hubiera hablado. Porque también él su-
fría, y no porque le remordiera la conciencia, sino por el
miedo.
Toda la semana había esperado que las cosas se com-
plicaran. Cada vez que se detenía un coche ante el para-
dor, el miedo le atenazaba.
El domingo pasado había acabado de borrar las huellas
junto al pantano. Fue allí con su propio coche, cargo el re-
molque de leña, y no quedó nada que pudiera parecer sos-
pechoso. El pendiente de la muchacha también fue arroja-
do a la ciénaga; el otro no había aparecido, Norman se
sentía bastante tranquilo.
Pero el jueves por la noche, cuando el coche de la pa-
trulla de policía de carreteras se detuvo ante el parador,
ca::;i se desmayó. El agente sólo quería utilizar el teléfono.
Más tarde, Norman se burló de sus temores. ·
Su madre había permanecido sentada junto a la ven-
tana de su habitación, y habría sido mejor que el agente
no la viera. Su madre había pasado muchos ratos mirando
por la ventana, durante la última semana. Es posible que
también le preocuparan las visitas.
Norman acabó de afeitarse y después se volvió a lavar
las manos. Había observado que durante la última semana
algo le obligaba a lavarse las manos con frecuencia. Senti-
miento de culpabilidad. Como lady Macbeth. Shakespeare
sabía mucho de sicología. Norman se preguntó si también
había sabido otras cosas. Estaba el fantasma del padre de
Hamlet, por ejemplo.
Pero no tenía tiempo de pensar en aquello entonces.
Debía abrir el parador.
Durante la última semana había habido cierto movi-
miento, aunque no mucho. Nunca tuvo más de tres o cua-
tro habitaciones ocupadas a la vez, lo cual significaba que
no tendría que alquilar la número 6, la habitación de la
muchacha.
Deseaba no tener que alquilarla nunca. Jamás volve-
ría a mirar por el agujerito de la pared. Aquello había te-
62
nido la culpa de todo. Si no hubiera mirado, no hubiera be-
bido . ..
Pero de nada servía lamentarse ahora.
Norman se secó las manos, y se apartó del espejo. Ol-
vidar el pasado, y que los muertos enterraran a los muer-
tos. Todo marchaba sobre ruedas. Su madre se portaba
bien, estaban juntos, como lo habían estado siempre. Ha-
bía transcurrido una semana entera sin que sucediera na-
da, y nada sucedería en adelante, sobre todo si se afirma-
ba en su resolución de portarse como un hombre, y no como
un niño, como el niño de mamá.
Se arregló el nudo de la corbata y salió del cuarto de
baño. Su madre estaba en su habitación, mirando de nue-
vo por la ventana. Norman se preguntó si debía decirle al-
go. No; sería mejor no hacerlo. Tal vez discutieran, y él no
estaba preparado aún para enfrentarse con ella. Que mi-
rara, si quería. ¡Pobre mujer, enferma y vieja, encerrada
en la casa!
Era el niño quien hablaba así, naturalmente. Pero Nor-
man estaba dispuesto a hacer tal concesión, siempre que
se portara como un adulto sensato. Y siempre que cerrara
las puertas de la planta baja cuando saliera.
El hecho de cerrar las puertas le dio un nuevo senti-
miento de seguridad. También le había quitado las llaves
a su madre. Las llaves de la casa y las de1 parador. Cuan-
do él saliera, ella no podría abandonar la casa, en la cual
estaba a salvo, como él estaba seguro en el parador. Lo su-
cedido la semana anterior no volvería a repetirse, mientras
observara aquella precaución. Después de todo, era por su
propio bien. Mejor estaba en la casa que en un manicomio.
Se acercaba a su despacho cuando el camión del ser-
vicio de lavandería llegó en su visita semanal. Lo tenía
todo preparado. Cogió la ropa limpia y entregó la sucia al
conductor del vehículo.
Cuando el camión marchó, Norman entró e hizo la lim-
pieza del número 4, que un agente viajero había ocupado
la noche anterior, partiendo a primera hora.
Norman regresó a su despacho y esperó. Ya es taba pre-
parado para el negocio del día.
Nada sucedió hasta alrededor de las cuatro de la tar-
de. Estaba sentado, mirando a la carretera, y se sentía
aburrido y nervioso. Estuvo a punto de tomar un trago,
pero recordó lo que se había prometido a sí mismo. No vol-
vería a beber. No podía permitirse beber, ni Lu11 sólo una
gota. La bebida había matado al tío Joe Considine. La be-
bida fue la causa indirecta de la muerte de aquella mu-
63
chacha. Por tanto, a partir de aquel momento sería abs-
temio. Sin embargo ...
Aún estaba vacilando, cuando un coche se detuvo fren-
te al parador. Una pareja de mediana edad se apeó del
vehículo y entró en el despacho. El hombre era calvo y
usaba gafas de gruesos cristales. La mujer era gorda y su-
daba. Norman les llevó al número 1, al otro extremo del
edificio, y les cobró diez dólares por el servicio. La mujer
se quejaba del bochorno arrastrando perezosamente las
palabras, aunque pareció conformarse cuando Norman
conectó el ventilador. El hombre transportó sus maletas y
firmó en el registro: Mr. y Mrs. Herman Pritzler, Birmin-
gham, Ala. Eran simple turistas y no ocasionarían mo-
lestias.
Volvió a sentarse, y se entretuvo hojeando las páginas
de una revista de ficción científica, que encontró en la
habitación ocupada por el agente viajero. Encendió la luz.
Ya debían ser cerca de las cinco.
Otro coche, ocupado por una sola persona, se detuvo
ante el parador. Probablemente otro viajero. Buick verde,
matrícula de Texas.
¡Matrícula de Texas! ¡Aquella muchacha, Jane Wil-
son, también era de Texas!
Norman se puso en pie. Vio cómo el hombre se apeaba
del coche, oyó sus pasos en la grava y acompasó su ritmo
con el de su propio co~azón.
«Es simple coincidencia -se dijo-. Todos los días pa-
san por aquí coches de Texas. Alabama incluso está más
lejos. »
El hombre entró. Era alto y delgado. Llevaba im som-
brero Stetson gris, de ala ancha que le sombreaba la parte
superior de la cara. Bajo la barba sin afeitar, se adivina-
ba una barbilla atezada.
-Buenas tardes -dijo, sin arrastrar las palabras.
-Buenas tardes -contestó Norman , conteniendo su
excitación.
-¿Es usted el propietario?
-Sí. ¿Quiere una habitación?
-No . es exl:!-ctamente eso lo que quiero. Busco infor-
mación.
- Tendré mucho gusto en ayudarle, si puedo. ¿Qué quie-
re saber?
-Estov intentando localizar a una muchacha.
El cor;.zón de Norman pareció detenerse. El silencio
era absoluto . Sería terrible que gritara.
-Se llama Crane -prosiguió el hombre-. Mary Cra-
ne. Y es de Fort Worth, Texas. Se me ocurrió pensar que
quizá se hubiera deten id0 aquí.
64
Norman ya no tenía ganas de gritar, sino de reír. Sin-
tió que el corazón le volvía a latir. Era fácil contestar.
-No -dijo-. No he tenido a nadie que se llame así.
-¿Está seguro?
-Completamente. No hay muchos viajeros en esta-épo-
ca, y tengo buena memoria para recordar a mis clientes.
- Esa muchacha habría pasado JX'r aquí hace cosa de
una semana; digamos el sábado por la noche o el domingo.
- No llegó nadie durante el fin de semana. Hacía mal
tiempo por aquí.
-¿Está seguro? Esa muchacha, mujer, debería decir,
tiene unos veintisiete años, mide cinco pies, cinco pulga-
das de estatura, pesa unas ciento veinte libras, tiene ca-
bello oscuro y ojos azules. Conduce un sedán Plymouth,
modelo 1953, azul, con el guardabarros delantero derecho
abollado. La matrícula es . ..
Norman dejó de escuchar. ¿Por qué había dicho que no
había llegado nadie? Aquel hombre estaba describiendo a
la muchacha; y lo hacía con todo detalle. Sin embargo, no
podría probar que hubiera estado allí, si Norman lo nega-
ba. Y tendría que seguir negando.
- No; no creo poder serle de utilidad.
-¿No conviene esta descripción a nadie que haya pa-
sado por aquí la semana pasada? Es probable que esa mu-
jer se inscribiera con nombre supuesto. Tal vez si me per-
mite examinar el registro de viajeros ...
Norman apoyó la mano sobre el libro y negó con la cabeza.
-Lo siento, señor -dijo-. No puedo permitírselo.
-Quizá eso le haga cambiar de opinión.
El hombre se llevó la mano al bolsillo, y por un momen-
to Norman se preguntó si iba a ofrecer dinero. Sacó una
cartera, pero no extrajo ningún billete de ella. Sin embar-
go, la abrió y la dejó sobre el mostrador, para que Norman
pudiera leer la credencial.
-Milton Arbogast -dijo el hombre-. Investigador de
la Parity Mutual
-¿Es usted detective?
El hombre asintió.
-Estoy aquí por asuntos de mi profesión, Mr ...
-Norman Bates.
-Míster Bates. Mi compañía quiere que localice a esa
muchacha, y le agradeceré su cooperación. Naturalmente,
si no me permite que examine su libro de registro puedo
ponerme en contacto con las autoridades locales. Supongo
que estará enterado de ello.
Norman no lo ignoraba, pero estaba seguro de una cosa:
las autoridades locales no debían husmear por allí. Vaciló,
sin levantar la mano del libro.
65
-¿De qué se trata? -preguntó-. ¿Qué ha hecho esa
muchacha?
-Coche robado -repuso Mr. Arbogast.
-¡Oh!
Norman se sintió algo aliviado. Por un momento había
temido que se tratara de algo grave, que la muchacha hu-
biera huido de su casa o la buscara la policía por algún de-
lito. Pero si sólo se trataba de un coche viejo como aquéL .
-Está bien -dijo-. Examínelo. Sólo quería asegurar-
me de que tenía motivo justificado para hacerlo -añadió,
levantando la mano del libro de registro.
-Ya ve que lo tengo.
Pero Mr. Arbogast no cogió el libro en seguida. Primero
sacó un sobre del bolsillo y lo dejó en el mostrador. Luego
abrió el registro y recorrió la lista de firmas.
Norman vio cómo el dedo del investigador se movía y se
detenía de repente.
-Si no recuerdo mal me dijo usted que no llegó nadie
el sábado o el domingo pasados.
-No recuerdo a nadie; es posible que vinieran una o
dos personas, pero no hubo mucha afluencia de viajeros.
-¿Y esta Jane Wilson, de San Antonio? Llegó el sába-
do por la noche.
-Pues. es cierto; tiene usted razón.
El corazón de Norman volvió a latir apresuradamente,
y comprendió que había cometido un error al fingir no re-
conocer la descripción de la muchacha, pero ya era dema-
siado tarde para remediarlo. ¿Cómo podría explicarlo, ~in
que el detective entrara en sospechas?
Arbogast no hablaba. Había colocado el sobre junto a la
hoja del libro y comparaba la letra. Por eso lo había saca-
do: era la letra de la muchacha.
-Es ella -dijo Arbogast por fin, mirándole fijamen- ·
te-. La letra es idéntica.
-¿Está seguro?
- Lo bastante para sacar una fotocopia de esta hoja
del libro, aunque necesite una orden judicial para ello. Y
no es lo único que puedo hacer, si no empieza usted a ha-
blar y me dice la verdad. ¿Por qué mintió al asegurar que
no había visto a esa muchacha?
- No mentí. Simplemente, olvidé.
- Dijo que tenía buena memoria.
- Pur regla general, pero ...
- Pruébelo -interrumpió le Arbogast, encendiendo un ci-
garrillo-. Por si no lo sabe, el robo de coches constituye
un delito federal. Supongo que no querrá verse complicado
como cómplice.
66
-¿Cómplice? ¿Cómo puedo serlo? La muchacha llega,
toma una habitación, pasa aquí la noche y después se mar-
cha. ¿Cómo puedo yo ser cómplice?
-Por no dar cuanta información posee. -Mr. Arbogast
aspiró el humo de su cigarrillo-. Vamos, hable. Usted vio
a la muchacha. ¿Qué aspecto tenía?
-Supongo que el mismo que ha descrito usted. Llovía
mucho cuando llegó. Yo estaba ocupado. En realidad, no
me fijé mucho en ella. Firmó en el registro, le di la llave y
asunto terminado.
-¿Dijo algo? ¿De qué hablaron?
-Supongo que del tiempo.
-¿Parecía inquieta? ¿Había algo en ella que la hiciera
sospechosa?
-No. nada en absoluto. Me pareció una turista más.
-No le causó ninguna impresión, ¿eh? -observó Arbo-
bogast, al tiempo que aplastaba el cigarrillo en el ceni-
cero-. Por una parte, no hubo nada que la hiciera sospe-
chosa a sus ojos; y por otra, tampoco le pareció muy
simpática. Quiero decir que su vista no le produjo ninguna
emoción.
- No, es cierto.
Míster Arbogast se inclinó hacia adelante, tranquila-
mente.
-Entonces, ¿por qué intentó protegerla, fingiendo no
recordar que había estado aquí?
-¡No fingí! Simplemente lo olvidé. -Norman sabía
que había caído en una trampa, pero no estaba dispuesto
a comprometerse más-. ¿Qué intenta insinuar? ¿Cree que
yo la ayudé a robar el coche?
-Nadie le acusa de nada, Mr. Bates. Pero necesito
cuanta información pueda obtener. ¿Dice que llegó sola?
-Llegó sola, tomó una habitación y marchó al día si-
guiente, por la mañana. Probablemente está a mil millas
de aquí.
-Probablemente -asintió Arbogast, sonriendo-. Pero
no vayamos tan de prisa. ¿Marchó sola? ¿A qué hora cree
usted que partió?
-No lo sé. El domingo por la mañana yo estaba dur-
miendo en la casa.
-Entonces no puede usted asegurar que estuviera so-
la cuando marchó.
- No puedo probarlo, si se refiere usted a eso.
-¿Y por la noche? ¿Recibió alguna visita?
-No.
-¿Está seguro?
-Sí.
67
-¿La vio alguien aquí, aquella noche?
-Era mi única clienta.
-¿Fue usted la única persona del parador que estuvo
aquí?
-Eso es.
-¿Permaneció en su habitación?
-Sí.
-¿Toda la noche? ¿No hizo ninguna llamada telefónica?
-No.
-Por tanto, usted es la única persona que sabía que
estaba aquí.
-Ya se lo he dicho.
-¿Y la señora anciana? ¿La vio ella?
-¿Qué señora anciana?
-La que está en la casa detrás del parador.
El corazón de Norman parecía querer salírsele del pe-
cho.
- No hay ninguna señora anciana -empezó a decir.
Pero Arbogast continuaba hablando:
-La vi mirar por la ventana, cuando llegué. ¿Quién es?
-Mi madre.
Tuvo que admitirlo. No había salida alguna.
-Está muy débil. Nunca viene aquí, ya.
-¿Entonces no vio a la muchacha?
-No. Está enferma. Permaneció en su habitación mien-
tras cenábamos.
Se dio cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.
Porque Arbogast había formulado sus preguntas demasia-
do de prisa, para confundirle, y cuando mencionó a su ma-
dre, pilló a Norman desprevenido. Sólo había pensado en
protegerla a ella, y entonces.
Arbogast no hablaba ya en tono indiferente.
-¿Cenó con Mary Crane, en la casa?
-Sólo café y bocadillos. Creí. . . creí habérselo dicho
antes. No fue nada. Me preguntó dónde podría cenar, y
yo le dije que en Fairvale, pero como está a casi veinte mi-
llas de aquí y llovía, la llevé a la casa conmigo. Eso es todo.
-¿De qué hablaron?
- De nada. Ya le he dicho que mi madre está enferma,
y no quería molestarla. Ha estado enferma toda la sema-
na. Supongo que la preocupación por su enfermedad me hi-
zo olvidar aígunas cosas. Como esta muchacha, por ejem-
plo, y la cena . Lo olvidé, sencillamente.
-¿Ha dY idado alguna otra cosa? Que usted y la mu-
chacha regresaran aquí y se divirtieran juntos, por ejem-
plo.
-¡No! ¡Le aseguro que no! ¿Cómo puede insinuar se-
68
mejante cosa? No ... No quiero hablar con usted. Le he
dicho ya cuanto quería saber. Ahora, lárguese.
-Está bien -repuso Arbogast, bajando el ala del som-
brero-. Me iré. Pero primero quiero hablar con su madre.
Es posible que ella viera algo que usted haya olvidado.
-Le repito que ni siquiera vio a la muchacha.
-Norman salió de detrás del mostrador-. Además, no
puede hablarle. Está muy enferma. -Su corazón parecía
a punto de estallar-. Se lo prohíbo.
-En ese caso, regresaré con un mandamiento judicial.
Intentaba asustarle; estaba seguro de ello.
-¡Es una ridiculez! Nadie se lo entregará. ¿Quién
creerá que yo quería robar un coche viejo?
Mister Arbogast encendió otro cigarrillo y arrojó el fós-
foro al cenicero.
-Me parece que no comprende usted -dijo suavemen-
te-. En realidad, no se trata del coche. Esa muchacha,
Mary Crane, robó cuarenta mil dólares en efectivo a una
empresa de compraventa de fincas, en Fort Worth.
-¿Cuarenta mil. .. ?
-Eso es. Y desapareció de la ciudad con el dinero. Su-
pongo que ahora comprenderá que el asunto es grave. Por
esto es importante cuanto pueda averiguar, y por esto in-
sisto también en hablar con su madre, tanto si me lo per-
mite como si me lo prohíbe.
-Ya le he dicho que no sabe nada; que está enferma y
que ni tan siquiera vio a la muchacha.
-Le prometo no decir nada que pueda inquietarla
-ofreció Arbogast-. Pero si prefiere usted que vuelva con
el sheriff y un mandamiento judicial ...
-No. -Norman meneó la cabeza apresuradamente.
No debe hacerlo.
Vaciló, aunque no podía hacerlo. Cuarenta mil dólares.
¡Claro que hacía preguntas! Claro que le sería fácil ob-
tener un mandamiento judicial. De nada serviría hacer
una escena. No había ninguna salida.
-Está bien -dijo Norman-. Puede hablarle. Pero de-
je que vaya yo primero a la casa, para prevenirla de su lle-
gaba. No quiero que su presencia pueda excitarla. -Se
dirigió hacia la puerta-. No se mueva de aquí, por si llega
alguien.
-Okay -asintió Arbogast.
Y Norman salió rápidamente.
Le pareció que nunca llegaría a la casa. Abrió la puer-
ta, subió las escaleras, se dirigió a la habitación de su
madre e intentó hablarle tranquilamente, pero cuando la
vio sentada junto a la ventana no pudo contenerse. Se es-
69
tremeció. los sollozos le sacudieron, y apoyando la cabeza
en su regazo, se lo contó.
-Está bien -dijo su madre, sin aparecer sorprendi-
da-. Nos ocuparemos de esto. Yo me encargo de la situa-
ción.
-Si hablaras con él tan sólo un minuto, madre, y le di-
jeras que no sabes nada, se iría.
-Pero volvería. Cuarenta mil dólares son muchos dóla-
res. ¿Por qué no me lo dijiste?
-No lo sabía. ¡Te juro que no lo sabía!
-Te creo, pero él no te creerá. Ni a ti ni a mí. Proba-
blemente piensa que estamos todos complicados en este
asunto. O que le hicimos algo a la muchacha, a causa del
dinero. ¿No lo comprendes?
-Madre .. . -Cerró los ojos; no podía mirarla-. ¿Qué
harás?
-Vestirme. Hemos de estar preparados para recibir-
le, ¿no te parece? Llevaré algunas cosas al cuarto de baño.
Vuelve y dile a ese Mr. Arbogast que venga.
- No puedo. No le traeré aquí si vas a ...
No podía moverse. Estaba como paralizado. Quería des-
mayarse, pero ni siquiera aquello impediría lo que iba a
suceder.
Míster Arbogast se cansaría pronto de esperar. Se di-
rigiría hacia la casa solo, llamaría a la puerta, abriría y
entraría, y entonces .. .
-¡Escúchame, madre, por favor!
Pero ella no le escuchó. Estaba en el cuarto de baño,
vistiéndose, maquillándose, preparándose. Preparándose.
E inmediatamente salió, ligera, llevando el bonito ves-
tido con los frunces. Su cara estaba recién empolvada y
pintada, estaba bonita y sonrió al empezar a bajar las es-
caleras.
Antes de que llegara abajo, se oyó una llamada a la
puerta.
Míster Arbogast estaba allí. Norman quería gritar y
prevenirle, pero algo pareció agarrotarle la garganta. Sólo
podía oír a su madre, mientras gritaba alegremente:
-¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Un momento!
Y fue sólo un momento.
Su madre abrió la puerta y Mr. Arbogast entró. La miró
y abrió la boca para decir algo. Y al hacerlo levantó la ca-
beza. En cuanto su madre estaba esperando. Alargó el bra-
zo y algo brillante se movió, una, dos veces ...
Un brillo que hirió la vista de Norman. No quería mi-
rar; no tenía necesidad de hacerlo. Sabía ya.
Su madre había encontrado la navaja ...
70
CAPITULO X

Norman sonrió al hombre de avanzada edad y le dijo:


-Aquí tiene la llave. Son diez dólares por los dos, señor.
La esposa del hombre de edad avanzada abrió el bolso.
-Tengo el dinero aquí, Homer.
Colocó un billete en el mostrador. Luego miró a Norman,
entornando los ojos.
-¿Qué le pasa? ¿No se encuentra bien?
-Sí ... Estoy un poco cansado. No es nada . Ya voy a
cerrar.
-¿Tan pronto? Yo creí que los paradores permanecían
abiertos hasta altas horas de la noche, sobre todo los sá-
bados.
-Aquí no hay mucho movimiento. Además, ya van a
dar las diez.
Las diez. Casi cuatro horas. ¡Oh, Dios mío!
-Comprendo. Buenas noches.
-Buenas noches.
Se disponía a salir, y él podría abandonar el mostra-
dor, apagar el neón y cerrar la oficina. Pero primero iba a
tomar un trago, un gran trago, porque lo necesitaba. Ya no
importaba que bebiera o no; todo había pasado. O quizá to-
do empezaba.
Había tomado ya varios tragos. El primero apenas re-
gresó al parador, hacia las seis, y, luego, uno cada hora,
pues, de lo contrario, no hubiera podido dominarse, no con-
tenerse, recordando lo que había quedado oculto bajo la
alfombra del vestíbulo. Lo había dejado ahí, sin intentar
mover nada; se limitó a recoger los extremos de la alfom-
bra y a cubrirlo• con ellos. Había mucha sangre, pero no
atravesaría la alfombra. Además, fue lo único que podía
hacerse entonces, a la plena luz del día.
Ahora, naturalmente, tendría que regresar. Había da-
do órdenes estrictas a su madre para que no tocara nada,
y sabía que le obedecería. Fue extraño cómo su madre vol-
vió a derrumbarse, después de lo sucedido. Parecía como
si sólo adquiriera nuevo valor para hacer cualquier cosa
-¿no lo llamaban fase maníaca?-, pero luego se marchi-
taba, y era él quien había de tomar la iniciativa. Le dijo
71
que volviera a su habitación y que no se acercara a la ven-
tana, que se acostara, hasta que él llegara. Y luego había
cerrado la puerta con llave.
Pero ahora tendría que abrirla.
Cerró la oficina y salió. Allí estaba el Buick de Mr. Ar-
bogast, en el mismo lugar en que lo había dejado.
¿No sería maravilloso poder montar en aquel coche y
alejarse de allí, e ir lejos, muy lejos, para no regresar ja-
más al parador, junto a su madre, para no volver a ver lo
que se ocultaba bajo la alfombra del vestíbulo?
Por un momento la tentación se apoderó de él, pero lue-
go se debilitó. Norman se encogió de hombros. Sabía que no
marcharía, que nunca se encontraría bastante lejos para
sentirse a salvo. Además, le esperaba aquello ...
Miró a la carretera, en ambas direcciones, y luego al
número 1 y al número 3, para ver si las persianas estaban
cerradas. Luego montó en el coche de Mr. Arbogast y sacó
las llaves que había encontrado en un bolsillo del inves-
tigador. Después condujo el coche muy despacio hacia la
casa.
Todas las luces estaban apagadas. Su madre dormía
en su habitación, o tal vez fingía hacerlo. Pero a Norman
no le importaba, con tal de que no se interpusiera en su
camino mientras se encargaba de aquello. No quería a su
madre a su lado, para hacerle sentir que volvía de nuevo
a la niñez. Tenía que hacer el trabajo de un hombre, de un
hombre hecho y derecho.
Porque se necesitaba un hombre hecho y derecho para
enrollar la alfombra y levantar lo que ocultaba. Lo bajó por
las gradas de la casa, colocándolo en el asiento posterior
del coche. Estuvo en lo cierto al suponer que la sangre no
calaría. Aquellas alfombras viejas eran absorbentes.
Cuando hubo cruzado el campo y llegó al pantano, con-
dujo el coche por la orilla hasta un espacio ábierto. No le
parecía conveniente hundir el coche de Mr. Arbogast en el
mismo lugar que el de la muchacha. Aquel punto era sa-
tisfactorio, y Norman empleó el mismo método. En realidad,
resultó muy fácil. La práctica conduce a la perfección.
Pero no era divertido, por lo menos mientras permane-
cía sentado en aquel tocón y esperaba que el coche se hun-
diera. Fue peor que la otra vez. Había creído que el coche
se iría al fondo más de prisa, por ser muy pesado, pero le
pareció que transcurrían miles de años hasta que se pro-
dujo el último ¡plop!
Ya estaba. Había desaparecido para siempre, como aque-
lla muchacha y los cuarenta mil dólares. ¿Dónde estaría
el dinero? No en su bolso, ciertamente, ni tampoco en su
72
maleta. Debía haberlo registrado todo; eso era lo que tenía
que haber hecho. Pero entonces no estaba en condiciones
de buscar, aunque hubiera sabido que el dinero estaba
allí. ¡Quién sabe lo que hubiese sucedido, si lo hubiera
encontrado! Probablemente se hubiera delatado cuando
llegó el detective; quien tiene la conciencia sucia acaba
siempre por delatarse.
Regresó andando lentamente. Al día siguiente tendría
que volver allí con el coche, para borrar las huellas como
la otra vez. Pero tenía cosas más importantes en que ocu-
parse.
Tendría que vigilar a su madre, protegerla. Lo había
pensado bien.
No podía hacer otra cosa que enfrentarse con los he-
chos. Vendría alguien, preguntando por aquel detective.
Era razonable. La compañía -no sé qué Mutual- a cu-
yo servicio estaba no dejaría que desapareciera sin llevar
a cabo una investigación. Probablemente habían estado en
contacto con él toda la semana, o habían tenido noticias
suyas. Y también la agencia de compraventa de fincas
estaría interesada en averiguar su paradero. Cuarenta
mil dólares interesan a todo el mundo.
Por lo tanto, tarde o teniorano tendría que contestar a
algunas preguntas. Tal vez pasaran algunos días, incluso
una semana, pero era inevitable. Y esa vez estaría pre-
parado.
Lo había calculado todo. Su historia no presentaría
ningún fallo. Se la aprendería de memoria, la ensayaría,
para no cometer ningún desliz como el de aquella noche.
Nadie lograría excitarle o confundirle, porque sabía de
antemano lo que sucedería. Estaba planeando ya lo que di-
ría, cuando llegara el momento.
Sí, la muchacha había estado en ei parador. Lo admiti-
ría sin vacilar, pero, por supuesto, no había sospechado na-
da; sólo empezó a sospechar cuundo llegó Mr. Arbogast,
una semana más tarde. La muchacha había pasado la no-
che en el parador, marchando al día siguiente por la ma-
ñana. No habían conversado, ni por supuesto, habían ce-
nado en la casa .
. Sin embargo, diría que se lo había contado todo a Mr.
Arbogast y que sólo pareció interesarle la pregunta que la
muchacha le había hecho, acerca de la distancia desde
allí hasta Chicago, y si podría cubrirla en un solo día.
Eso había interesado a Mr. Arbogast, el cual le había
dado las gracias por sus informes, marchando acto segui-
do en el coche. No, no tenía la menor idea del lugar al que
73
se dirigía Mr. Arbogast; no se lo había dicho. ¿A qué hora
marchó? Poco después de la hora de la cena. El sábado.
Era una explicación muy sencilla, sin detalles, ni com-
plicaciones que pudieran excitar las sospechas de nadie.
Una muchacha fugitiva había pasado por allí, continuan-
do luego su camino. Al cabo de una semana, un detective
que seguía sus huellas, pidió información, la obtuvo, y lue-
go se marchó. Lo siento, señor. Es todo cuanto sé.
Norman sabía que esa vez sería capaz, de decirlo así,
tranquila y fácilmente, porque no tendría que preocuparse
por su madre.
Ella no miraría por la ventana. En realidad, ni siquie-
ra estaría en la casa. Y aunque se presentaran con man-
damientos judiciales, no la encontrarían.
Esa sería la mejor protección; protección para ella, in-
cluso más que para él. Estaba decidido, y procuraría lle-
varlo a cabo. No había necesidad de esperar hasta el día
siguiente.
Subió al piso alto, a oscuras, se dirigió directamente a
la habitación de su madre. Al entrar, encendió la luz. Es-
taba en cama, naturalmente, pero no dormía.
-¿D(>nde has estado, Norman? Estaba muy preocu-
pada.
-De sobras sabes dónde estuve, madre. No finjas.
-¿Está todo bien?
-Sí. -Suspiró-. Tengo que pedirte que no duermas
en tu habitación durante ocho o diez días.
-¿Qué dices?
-Que no duermas aquí durante algún tiempo.
-¿Te has vuelto loco? Esta es mi habitación.
-Ya lo sé. No te pido que no vuelvas a ocuparla más,
sino que la abandones durante unos días.
-Pero ...
-Por favor, madre; escúchame e intenta compren-
der. . . Hov hemos tenido una visita.
-¿ Tie~es que hablar de eso?
-Sí, aunque sólo sea un momento, porque tarde o tem-
prano llegará alguien haciendo averiguaciones sobre su pa-
radero. Y yo diré que estuvo aquí y luego marchó.
-Claro que lo dirás, hijo. Y eso será todo.
-[Link]á sí, pero no puedo arriesgarme. Tal vez quieran
registrar la casa.
-Que la registren. No le encontrarán.
-No le encontrarán a él, ni tampoco a ti. -Tragó sali-
va y siguió hablando rápidamente-. Lo hago por tu bien,
madre. No puedo dejar que nadie te vea, como ese detec-
tive. No quiero que nadie empiece a hacerte preguntas; y
74
tú sabes tan bien como yo por qué no lo quiero. Por tanto,
será lo mejor para ambos que no estés aquí.
-¿Qué vas a hacer? ¿Enterrarme en el pantano?
-Madre ...
La vieja empezó a reír. Era como un cacareo, y Norman
adivinó que no callaría fácilmente. La única manera de lo-
grarlo era gritar más que ella. Una semana antes Norman
no se hubiera atrevido a hacerlo, pero las cosas habían
cambiado, y tenía que enfrentarse con la verdad. Su ma-
dre estaba más que enferma. Estaba alienada, peligrosa-
mente alienada. Tenía que controlarla y lo haría.
-¡Calla! -dijo, y el cacareo cesó-. Lo siento -prosi-
guió suavemente-. Pero tienes que escucharme. Lo he
calculado todo. Te llevaré al sótano.
-¿Al sótano? No puedo ...
-Puedes; tienes que poder. Estarás bien cuidada; hay
luz y pondré un catre para ti y ...
-¡No quiero!
-No te lo pido, madre; te lo mando. Permanecerás en
el sótano hasta que yo crea conveniente que vuelvas arri-
ba. Y colgaré aquella vieja manta en la pared para disimu-
lar la puerta. Nadie se dará cuenta de nada. Es la única
forma de que estés a salvo.
-Me niego a seguir hablando de esto contigo, Norman.
¡No me moveré de esta habitación!
-Entonces, tendré que llevarte en brazos.
-¡No te atreverás a hacerlo!
Pero se atrevió. La levantó de la cama y la llevó en bra-
zos, y era ligera como una pluma, en comparación con Ar-
bogast, y olía a perfume en lugar de a tabaco. Estaba de-
masiado asombrada para intentar resistirse, y sólo gimió
un poco. Norman se sintió desconcertado por la facilidad
con que llevaba a cabo su decisión. Su madre era tan sólo
una mujer enferma, vieja, débil y frágil. Y le tenía miedo.
Sí, era verdad, porque ni una sola vez durante la escena,
le había llamado «hijo».
-Te prepararé un catre -le dijo-. Y aquí hay un va-
so de noche.
-¡No digas esas cosas, Norman!
Por un mamento se irritó, como solía hacerlo antes, pe-
ro no tardó en apaciguarse. Norman iba de una lado para
otro, buscando mantas, arreglando las -cortinas del venta-
nuco, para que hubiera la ventilación necesaria. . . Su ma-
dre volvió a gimotear.
-Es como la celda de una cárcel; intentas encerrarme.
Ya no me quieres, Norman. No, ya no me quieres. Si me
quisieras, no me tratarías así.
75
-¿Sabes dónde estarías, si no te quisiera? -No que-
ría decirlo, pero se sintió obligado a ello-. En el hospital
del Estado, para delincuentes enfermos. Ahí estarías.
Mientras apagaba la luz, se preguntaba si le habría oí-
do, si habría captado el sentido de sus palabras.
Pero al parecer comprendió, porque apenas Norman ce-
rró la puerta, contestó. Su voz resultaba engañosaipente
suave en la oscuridad, pero sus palabras le hirieron mucho
más profundamente que la navaja había herido la gargan-
ta de Arbogast.
-Sí, Norman. Supongo que tienes razón. Ahí estaría
yo, probablemente. Pero no estaría sola.
Cerró la puerta de golpe, giró la llave en la cerradura y
se volvió. No estaba muy seguro de ello, pero le pareció que
mientras subía las escaleras la oyó reír suavemente en la
oscuridad.

76
CAPITULO XI

Sam y Lila estaban sentados en la trastienda, espe-


rando la llegada de Arbogast. Pero sólo oían los sonidos de
la noche del sábado.
- En una población como ésta es fácil reconocer la no-
che del sábado -comentó Sam-. Los ruidos son distintos.
El tránsito, por ejemplo; hay más y es más rápido. Y eso
se debe a que esa noche los padres dejan el coche a sus
hijos.
»Llegan los campesinos con sus automóviles viejos,
para ir al cine, y los mozos de labranza se apresuran a ir a
la taberna. También la gente camina de forma distinta.
Los pasos son más rápidos, los niños corren. El sábado se
acuestan tarde; no tienen deberes escolares. -Se encogió
de hombros-. Naturalmente, supongo que cualquier noche
en Fort Worth es más ruidosa que ésta.
-Supongo que sí -repuso Lila-. ¿Por qué no llega Ar-
bogast, Sam? -preguntó seguidamente-. Ya son casi las
nueve de la noche.
-Debes tener apetito.
-No es eso. Pero, ¿por qué no llega?
-Tal vez haya averiguado algo importante.
-Por lo menos podría telefonear. Sabe lo preocupados
que estamos .
-Tengamos un poco de paciencia.
-¡Estoy cansada de esperar!
Lila se puso en pie y dio unos pasos por la estrecha ha-
bitación.
- No debí haber esperado ni un solo minuto -prosi-
guió-, sino haber ido directamente a la policía. « ¡ Espe-
re, espere, espere!» Sólo he oído esta palabra toda la
semana. Primero Mr. Lowery, después Arbogast y ahora
tú. Sólo piensas en el dinero y no en mi hermana. A nadie
le importa lo que pueda sucederle a Mary, a nadie, excep-
to a mí.
-Esto no es cierto. Ya conoces mis sentimientos por
ella.
-Entonces, ¿cómo puedes soportarlo? ¿Por qué no haces
algo? ¿Qué clase de hombre eres, que puedes permanecer
sentado aquí, tranquilamente, en estos momentos?
77
Lila cogió su bolso y pasó rápidamente junto a Sam.
-¿Dónde vas? -preguntó él.
--A ver al sheriff.
-Será más fácil telefonearle. Después de todo, hemos
de estar aquí cuando Arbogast llegue.
-Si llega. Quizá haya averiguado algo y no tenga in-
tención de volver aquí.
Se observaba cierto histerismo en la voz de Lila.
Sam la cogió del brazo.
-Siéntate -le dijo--. Telefonearé al sheriff.
La muchacha no intentó seguirle cuando salió a la tien-
da para telefonear.
Uno, seis, dos, por favor -pidió después de descolgar
el audífono-. ¿La oficina del sheriff? Aquí Sam Loomis, de
la ferretería. Quisiera hablar con el sheriff Chambers.

-¿Cómo 9 No, no me había enterado. ¿Dónde dice? ¿En


Ful ton?

-¿Cuándo supone que regresará?

-Ya veo. No, no; no es nada. Sólo quiero hablar con él.
Si llega antes de la medianoche, haga el favor de pedirle
que me llame a la tienda. No me moveré de aquí. Y muchas
gracias.
Sam colgó y volvió a la trastienda.
-¿Qué ha dicho?
-No estaba. -Sam le contó la conversación, sin dejar
de observar la cara de la muchacha-. Parece que han co-
metido un robo en el banco de Fulton, esta noche. Cham-
bers y la patrulla de carreteras han cortado todas las vías
de comunicación. Hablé con el viejo Petersen; no había na-
die más en la oficina del sheriff. Hay dos agentes patru-
llando por las calles, pero no nos servirían de nada.
--¿Qué piensas hacer ahora?
-Esperar, naturalmente. No creo que podamos hablar
al sheriff antes de mañana por la mañana.
-A ti no te importa lo que pueda sucederle a.
-Claro que me importa -la interrumpió Sam brusca-
mente-. ¿Te sentirías más tranquila si llamara al para-
dor, para averiguar qué retiene a Arbogast?
Ella asintió.
Sam volvió a la tienda. Esta vez Lila le siguió y esperó
mientras él pedía la información necesaria a la telefonis-
ta. Por fin la operaria consiguió localizar el nombre -Nor-
man Bates- y encontrar el número. Sam esperó mientras
la telefonista establecía la comunicación.
78
-Es curioso -observó al cabo de unos segundos-. No
contesta nadie.
-Entonces, voy a ir allí.
-No, no irás -dijo Sam con firmeza, poniéndole una
mano en el hombro-. Iré yo. Quédate aquí, por si aparece
Arbogast.
-¿Qué puede haber sucedido, Sam?
-Te lo diré cuando regrese. Ahora, tranquilízate. No
tardaré más de tres cuartos de hora en regresar.
Pero estuvo menos rato, porque condujo muy de prisa.
Exactamente cuarenta y dos minutos después abrió la
puerta de la tienda. Lila le estaba esperando.
-¿Qué has averiguado? -preguntó.
-Nada. El lugar estaba cerrado. No había ninguna luz
en el despacho, ni en la casa que hay detrás del parador.
Aporreé la puerta durante cinco minutos, pero no me con-
testó nadie. El garaje contiguo a la casa estaba abierto y
vacío. Parece que Bates pasa la noche fuera.
-¿Y Mr. Arbogast?
-Su coche no estaba allí. Sólo había dos: uno con ma-
trícula de Alabama y el otro de lllinois .
-¿Dónde puede . .. ?
-Supongo que Arbogast averiguó algo, importante tal
vez -repuso Sam-, es posible que él y Bates hayan mar-
chado juntos. Seguramente por eso no tenemos noticias.
-No puedo resistir más esta incertidumbre . ¡Tengo
que saber! ·
-También tienes que comer -dijo Sam, mostrándole
una abultada bolsa de papel-. He traído bocadillos y café.
Vayamos a la trastienda.
Habían dado ya las once cuando acabaron de cenar.
-¿Por qué no vas al hotel · a dormir? -observó Sam-.
Si hay alguna llamada o sé algo, te telefonearé en seguida.
De nada servirá que permanezcamos los dos en vela.
-Pero ...
-Hazme caso. Estoy seguro de que Arbogast ha locali-
zado a Mary y que por la mañana tendremos buenas noti-
cias.
Pero el domingo por la mañana no hubo buenas noticias.
A las nueve, Lila llamaba a la puerta de la ferretería.
-¿Alguna noticia? -preguntó . Y cuando Sam meneó la
cabeza, Lila frunció el ceño-. Pues yo he averiguado algo.
Arbogast dejó su habitación en el hotel, ayer por la maña-
na, antes de empezar sus investigaciones.
Sam no dijo nada. Cogió el sombrero y salieron de la
tienda.
Las calles de Fairvale estaban desiertas el domingo por
la mañana. El juzgado se hallaba situado en una plaza con-
79
tigua a Main Street, y estaba rodeado de césped. Frente
a una de sus fachadas laterales había un monumento con-
memorativo de la guerra civil, y ante los otros tres, un mor-
tero de la guerra hispanoamericana, un cañón de la
primera guerra mundial y un monolito de granito, respec-
tivamente, con los nombres de doce ciudadanos de Fair-
vale, muertos en la segunda guerra mundial. Los bancos
que bordeaban el césped estaban desiertos a aquella hora
de la mañana.
El juzgado aparecía cerrado. La oficina del sheriff se
hallaba situada en el anexo, y su puerta lateral estaba
abierta. Sam y Lila entraron, subieron las escaleras y re-
corrieron el pasillo hasta la oficina .
. El viejo Petersen estaba solo en el despacho exterior.
-Buenos días, Sam.
-Buenos días, Mr. Petersen. ¿Está el sheriff?
-No. ¿Te has enterado de lo sucedido? Los que asalta-
ron el banco se abrieron paso en el bloqueo establecido en
la carretera en Parnassus. El F .B.I. les persigue. Se ha da-
do la alerta.
-¿Dónde está el sheriff?
- Regresó muy tarde anoche. . . quiero dedr, esta ma-
drugada.
-¿Le dio mi recado?
El viejo vaciló.
-Pues . . olvidé hacerlo. Con toda aquella agitación ...
-Se secó la boca-. Claro que pensaba hacerlo hoy, cuan-
do venga aquí.
- ¿A qué hora será . . . ?
-Supongo que después de comer. El domingo por la ma-
ñana va a la iglesia.
-¿A cuál?
-A la Baptista.
-Gracias.
-No estarás pensando ...
Sam se volvió sin contestar. Lila caminaba rápidamen-
te a su lado.
-¿Qué clase de pueblo es éste? -preguntó la mucha-
cha-. Asaltan un banco y el sheriff está en la iglesia, qui-
zá rezando para que alguien detenga a los atracadores por
él.
Sam no contestó. Cuando llegaron a la calle, Lila se en-
caró de nuevo con él.
-¿Qué haremos ahora?
-Ir a la iglesia Baptista, naturalmente.
Pero no tuvieron necesidad de interrumpir los rezos
del sheriff Chambers. C-uando se acercaron al templo, la
80
gente ya empezaba a salir. El serv1c10 religioso había ter-
minado.
-Ahí está -murmuró Sarn-. Vamos.
Se aproximaron a una pareja, que se hallaba parada
cerca de la acera. La mujer era baja e insignificante; el
hombre, alto, de anchos hombros y vientre algo prominen-
te. Vestía traje de sarga azul y su cuello rojizo se movía,
corno si estuviera protestando por la opresión a que le te-
nía sometido el almidonado cuello de la camisa.
-Un momento, sheriff -dijo Sam-. Quisiera hablar
con usted.
-¡Hola, Sam! ¿Cómo estás? -El sheriff alargó una ma-
no rojiza-. Mamá, ya conoces a Sam Loomis.
-Quiero presentarles a Lila Crane. Mis Crane está
aquí de visita. Es de Fort Worth.
-Tengo mucho gusto en conocerla. ¿No es usted la mu-
chacha de quien siempre habla Sam? Jamás nos dijo que
fuera tan bonita.
-Está usted pensando en mi hermana -dijo Lila-.
Es precisamente de ella de quien queremos hablar con
usted.
-¿Podríamos ir a su oficina durante un momento? -pre-
guntó Sam-. Entonces podremos explicarle la situación.
-Naturalmente -repuso Jud Chambers. Se volvió ha-
cia su esposa-. ¿Por qué no coges el coche y vas a casa,
mamá? No tardaré en llegar.
Pero tardó. Cuando estuvieron en la oficina de Cham-
bers, Sam contó la historia. Incluso sin interrumpciones
hubiera tardado veinte minutos en relatarla. Y el sheriff
le interrumpió con frecuencia.
-Vamos a ver -observó, cuando Sam finalizó el rela-
to-. ¿Por qué no se presentó a mí ese tal Arbogast?
-Y a se lo he explicado. Esperaba no tener que recurrir
a las autoridades. Quería encontrar a miss Crane y reco-
brar el dinero, sin que se produjera ninguna clase de pu-
blicidad para la Lowery Agency.
-¿Y dices que os mostró sus credenciales?
-Sí -contestó Lila-. Tenía licencia de investigador
para una compañía de seguros. Y siguió las huellas de mi
hermana hasta ese parador. Estamos muy preocupados
porque no ha regresado. Y dijo que lo haría.
-¿Y no estaba en el parador cuando tú fuiste? -le pre-
guntó a Sam.
- No había nadie, sheriff.
-Es curioso, muy curioso. Conozco a ese Bates, el pro-
pietario. Está siempre allí. Muy de tarde en tarde lo aban-
dona una hora para venir a Fairvale. ¿Has intentado lla-
81
marle esta mañana? ¿Quieres que lo haga yo ahora? Quizá
estaba profundamente dormido cuando tú llegaste allí
anoche.
Cogió el teléfono.
-No mencione el dinero -sugirió Sam-. Pregúntele
por Arbogast, y a ver qué le dice.
El sheriff asintió.
-Déjamelo a mí -murmuró-. Sé cómo se hacen estas
cosas.
Efectuó la llamada y esperó.
-¡Hola! ¿Bates? Aquí el sheriff Chambers ... Eso es.
Necesito cierta información. Alguien está intentando lo-
calizar a un individuo llamado Arbogast, Milton Arbogast,
de Fort Worth. Es investigador o algo por el estilo, de una
compañía llamada Parity Mutual.
»¿Cómo? ¿Cuándo fue? Ya comprendo. ¿Qué dijo? No
tenia, puede contármelo. Ya estoy informado. Sí ...
»¿Cómo, cómo? Sí ... Sí. Y luego marchó, ¿eh? ¿Dijo
adónde iba? ¿Eso cree usted? ¡Ajá! No; eso es todo.
»No; no pasa nada. Pensé que podía haberse hospe-
dado ahí. Por cierto, ¿cree que pudo volver ahí, por la no-
che? ¿A qué hora se acuesta usted, generalmente? Ya veo.
Creo que eso es todo. Gracias por la información, Bates.
Colgó, y se volvió hacia Lila y Sam ...
-Parece que vuestro hombre marchó hacia Chicago
-dijo.
-¿Chicago?
El sheriff Chambers asintió.
-Sí. Fue donde la muchacha dijo que se dirigía. Su
amigo Arbogast me parece un investigador muy hábil.
-¿Qué quiere decir? ¿Qué le ha contado Bates?
Lila se inclinó hacia adelante.
- Lo mismo que Arbogast, cuando os llamó desde el pa-
rador: su hermana estuvo allí el sábado pasado, pero no se
inscribió con su nombre verdadero, sino con el de Jane
Wilson, de San Antonio. Dijo que se dirigía hacia Chicago.
-Entonces, no era Mary. Mi hermana no conoce a na-
die en Chicago; ni siquiera ha estado nunca allí.
-Según dice Bates, Arbogast estaba seguro de que se
trataba de ella. Incluso comprobó la letra. Todo encajaba:
su descripción, el coche ... Además dice Bates que cuan-
do Arbogast oyó la palabra Chicago, partió como una exha-
lación.
-Eso es ridículo. Ella le lleva una semana de ventaja,
y eso en el supuesto de que fuera a Chicago. Además, Ar-
bogast nunca la encontraría allí.
-Quizá sabía dónde buscar. Acaso no os dijo todo cuan-
to averiguó de su hermana y sus planes.
82
-¿Qué más podía saber, que no sup1eramos nosotros?
-Con esos investigadores nunca se sabe. Quizá tenía
alguna idea de lo que su hermana se proponía. En caso de
encontrarla y recobrar el dinero, tal vez no le interese mu-
cho volver a su empleo en la compañía.
-¿Está intentando decir que Arbogast es un ratero?
-Sólo digo que cuarenta mil dólares en efectivo repre-
sentan una bonita suma. Y el hecho de que Arbogast no
haya regresado, significa que había planeado algo. -El
sheriff asintió con la cabeza-. En mi opinión, lo tenía todo
calculado. De lo contrario, ¿por qué no acudió a mí, en bus-
ca de ayuda? ¿Dice que ayer por la mañana se había des-
pedido del hotel?
-Un momento, sheriff -dijo Sam-. Sus conclusiones
no tienen más fundamento que lo que Bates le ha dicho
por teléfono . ¿Y si Bates ha mentido?
-¿Por qué había de mentir? Habló francamente. Dijo
que la muchacha estuvo allí, y que también Arbogast estu-
vo en el parador.
-¿Dónde estaba, pues, anoche, cuando yo fui allí?
-Se hallaba profundamente dormido, como yo había su-
puesto -repuso el sheriff-. Oye, Sam; conozco a ese Ba-
tes. Es algo extraño, y no muy inteligente; por lo menos, es
lo que siempre me ha parecido. Pero no es hombre capaz de
hacer una trastada. ¿Por qué no habría de creerle, sobre
todo ahora que sé que Arbogast mentía?
-¿Que Arbogast mentía?
- Me has contado lo que te dijo cuando llamó anoche,
desde el parador. Intentaba ganar tiempo. Debía estar en-
terado de lo de Chicago, y quería tranquilizaros, para co-
ger la mayor ventaja posible. Por eso mintió.
-No comprendo, sheriff. ¿En que mintió?
-Cuando dijo que iba a hablar con la madre de Norman
Bates. Norman Bates no tiene madre.
-¿No tiene madre?
- Murió hace veinte años -dijo el sheriff Chambers-.
Fue un escándalo muy grande ; pero tú no debes recordar-
lo; eras muy joven, entonces. Ella construyó el parador con
un individuo llamado Joe Considine. Era viuda y se decía
que ella y Considine eran . -El sheriff hizo un gesto
ambiguo con la mano, mirando a Lila-. De todas formas ,
no se casaron. Algo debió ir mal; quizá ella esperaba algo,
o Considine tuviera esposa en otra parte. Lo cierto es que
una noche se envenenaron ambos con estricnina. Su hijo,
Norman Bates, los encontró. Supongo que debió causarle
una gran impresión. Recuerdo que tuvo que pasar dos me-
ses en el hospital. Ni siquiera fue al entierro; pero yo sí.
83
Por eso estoy seguro de que su madre está muerta. Ayudé
a llevar su ataúd.

84
CAPITULO XII

Sam y Lila comieron en el hotel.


No fue una comida agradable.
-Todavía no puedo creer que Arbogast marchara sin
decirnos nada -observó Lila, dejando su taza de café en
la mesa-. Y tampoco puedo creer que Mary fuera a Chi-
cago.
-El sheriff Chambers lo cree así. -Sam suspiró-. Y
hemos de admitir que Arbogast mintió cuando me dijo que
iba a hablar con la madre de Bates.
-Sí, ya lo sé. No tiene sentido. Y tampoco lo tiene esa
historia acerca de Chicago. Arbogast sólo sabía de Mary lo
que nosotros le dijimos.
Sam dejó la cucharita de postres.
-Empiezo a preguntarme qué sabemos nosotros en rea-
lidad de Mary -dijo-. Yo voy a casarme con ella. Tú vi-
ves con ella. Ninguno de nosotros puede creer que se lle-
vara ese dinero. Y, sin embargo, todo parece indicar que se
lo llevó.
-Sí -murmuró Lila-. Ahora lo creo. Se llevó el dine-
ro, pero no lo cogió para ella; tal vez quisiera ayudarte a
pagar tus deudas.
- Entonces, ¿por qué no vino a mí? Yo no hubiera acep-
tado nada de ella, aunque no hubiese sabido que el dinero
era robado. Pero si ella no lo creía así, ¿por qué no vino a
mí?
-¡Pero venía! Por lo menos, llegó hasta el parador.
-Lila formó nerviosamente una bola con su servilleta-.
Es lo que intentaba decir al sheriff. Sabemos, que llegó has-
ta el parador. Y er hecho de que Arbogast mintiera, no sig-
nifica que Bates no esté también mintiendo. ¿Por qué no
va el sheriff ·a echar una ojeada, en lugar de limitarse a
llamarle por teléfono?
- No le reprocho al sheriff que no lo haga -observó
Sam-. ¿Cómo podría justificar su actitud? ¿Qué pruebas
tiene? ¿Qué es lo que ha de buscar? No se puede caer so-
bre alguien, sin ninguna razón que lo justifique. Además,
en las poblaciones pequeñas las cosas no se hacen así. To-
do el mundo se conoce, y a nadie le gusta crear innecesa-
85
riamente malos sentimientos. Ya oíste lo que dijo. No hay
razón para sospechar de Bates. Le conoce de toda la vida.
-Sí, y yo también conozco a Mary de toda la vida. Pero
había cosas en ella que yo no sospechaba. El sheriff admi-
tió que ese individuo es algo extraño.
- No dijo tanto, sino que es una especie de recluso. Lo
cual es comprensible, si se tiene en cuenta la impresión
que recibió cuando murió su madre.
-Su [Link] ... -Lila frunció el ceño-. No puedo com-
prenderlo. Si Arbogast quería mentir, ¿por qué había de
hacerlo en una cosa así?
-No lo sé. Quizá fuera lo primero que ...
-¿Y por qué había de molestarse en llamar, si pensaba
desaparecer? ¿No hubiera sido más sencillo marchar, sin
que nosotros supiéramos siquiera que había estado en ese
parador? -Miró fijamente a Sam-. Estoy ... estoy empe-
zando a creer algo.
-¿Qué?
-¿Qué te dijo Arbogast cuando llamó, que hiciera refe-
rencia a la madre de Bates?
-Dijo que la había visto sentada junto a la ventana
de su habitación, cuando llegó.
-Quizá no mentía.
-Tenía que mentir. Mrs. Bates está muerta; ya oíste
lo que dijo el sheriff.
-Tal vez mintió Bates. Quizá Arbogast supuso que la
mujer era la madre de Bates, y cuando habló de ello, Ba-
tes, en lugar de sacarle de su error, se limitó a decirle que
estaba enferma y que no podía verla nadie. Y entonces
Arbogast insistió. ¿No fue eso lo que te dijo?
-Sí, pero sigo sin ver ...
-Tú, no; pero Arbogast comprendió.· Lo importante es
que vio a alguien sentado junto a la ventana cuando llegó.
Y ese alguien quizá era. . . Mary.
-¿No creerás que ... ?
-Ya no sé qué creer. Pero, ¿por qué no? La pista muere
en el parador. Dos personas han desaparecido. ¿No basta
eso? ¿No es eso suficiente para que yo, hermana de Mary,
me presente al sheriff e insista en que se haga una minu-
ciosa investigación?
-Vamos -dijo Sam-. Vamos.
Encontraron a Chambers en su casa, acabando de co-
mer. Mascaba un palillo mientras escuchaba a Lila.
-No sé ... -dijo-. Tendría usted que presentar una
denuncia formal.
-Presentaré lo que quiera, con tal de que vaya usted
allí e investigue.
86
-¿No podríamos aguardar hasta mañana? Estoy espe-
rando noticias, sobre los asaltantes del banco, y . ..
-Es un asunto muy serio, sheriff -le . interrumpió
Sam-. La hermana de esta muchacha hace más de una
semana que falta. No se trata ya del dinero. Quizá esté en
grave peligro. Tal vez incluso haya ...
-Está bien. ¡Está bien! No tienes que decirme lo que
debo hacer, Sam. Vamos al despacho a que presente la de-
nuncia en regla. Pero siguo creyendo que perderemos el
tiempo. Norman Bates no es ningún asesino.
La palabra fue pronunciada, como cualquier otra, y mu-
rió. Pero Sam la oyó. Y Lila también. Y no lo olvidaron mien-
tras iban a la oficina del sheriff. Cuando el sheriff partió
hacia el parador se había negado a llevarles consigo, di-
ciéndoles que esperaran su regreso. Y los dos esperaron en
su oficina. Los dos . .. y la palabra.
Regresó muy avanzada la tarde. Llegó solo y les miró
con disgusto y alivio a la vez.
-Ya os lo dije -anunció-. Ha sido una falsa alarma.
-¿Qué hizo usted ... ?
-Un momento, señorita. Deje que me siente, y se lo
contaré. Fui directamente allí. Bates estaba en el bosque,
detrás de la casa, recogiendo leña. Ni siquiera tuve que
mostrarle el mandamiento. Me dijo que registrara lo que
quisiera, e incluso me dio las llaves del parador.
-¿Y registró?
-Claro que sí. Registré el parador y también la casa,
de arriba abajo. Y no encontré un alma. Porque allí no hay
nadie. Bates vive solo en la casa, desde hace muchos años.
-¿Y el dormitorio?
-Hay uno en el piso alto, desde luego; era el que ocu-
paba su madre, cuando vivía. Lo ha conservado igual que
estaba. Dice que no lo necesita, pues tiene toda la casa
para él. Ese Bates es algo raro, pero ¿quién no lo sería, si
viviera solo como él?
-¿Le hizo alguna pregunta acerca de lo que Arbogast
me dijo? -preguntó Sam-. Me refiero a haber visto a su
madre cuando lregó.
-Lo hice sin pérdida de tiempo. Dice que es mentira.
Arbogast ni siquiera le dijo que había visto a nadie. Al
principio le hablé con un poco de rudeza, para ver cómo
reaccionaba, pero su historia no es absurda. Le volví a
preguntar sobre lo que dijo de Chicago, y sigo creyendo que
es verdad.
-No puedo creerlo -repuso Lila-. ¿Por qué había de
inventar Arbogast una excusa tan innecesaria como la de
haber visto a la madre de Bates?
87
-Tendrá que preguntárselo a él, la próxima vez que le
vea, señorita -contestó el sheriff-. Tal vez vio a su fan-
tasma sentado a la ventana.
-¿Está seguro de que su madre murió?
-Y a le dije que había asistido a su entierro. Además,
vi la nota que dejó para Bates, cuando ella y Considine se
suicidaron. ¿Qué más quiere? ¿Tendré que desenterrarla
y mostrársela para que me crea? -Chambers suspiró-.
Lo siento, señorita. No era mi intención ser rudo. Pero he
hecho cuanto he podido. Registré la casa. Ni su hermana
ni Arbogast están allí. No encontré rastro de sus automó-
viles. He hecho cuanto he podido.
-¿Qué me aconseja que haga, ahora? -preguntó Lila.
- Póngase en contacto con la oficina central de Arbo-
gast. Quizá allí tengan noticias suyas. Pero no creo que
pueda hacerlo hasta mañana por la mañana.
-Creo que tiene razón. -Lila se puso en pie-. Bien;
gracias por su ayuda. Siento haberle molestado.
-Para eso estoy aquí, ¿verdad, Sam?
-Así es -contestó Sam.
El sheriff se puso en pie.
-Comprendo muy bien lo que siente usted, señorita
-dijo--. Ojalá hubiera podido serle de mayor ayuda. Si
tan sólo tuviera alguna evidencia real ...
- Lo comprendemos -observó Sam-, y le agradecemos
su cooperación. -Se volvió hacia la muchacha-. ¿Vamos,
Lila?
-No olviden lo de Chicago -fue el último consejo del
sheriff-. Y buenas tardes.
Salieron a la calle. El sol poniente proyectaba sombras
alargadas. Mientras permanecían en la acera, la negra
punta de la bayoneta del soldado del monumento a los ve-
teranos de la guerra civil rozó la garganta de Lila.
-¿Vamos a la tienda? -sugirió Sam.
La muchacha meneó la cabeza.
-¿Al hotel?
-No.
-¿Dónde quieres ir, pues?
-No sé lo que tú piensas hacer -repuso Lila-, pero
yo voy al parador.
Levantó la cabeza en un gesto de desafío, y la aguda lí-
nea de la sombra pareció, por un momento, cortar la cabe-
za de Lila ...

88
CAPITULO XIII

Norman sabía que irían, incluso antes de verles llegar.


No sabía quiénes ni cuántos serían. Pero sabía que lle-
garían.
Lo había sabido desde la noche anterior, cuando estaba
acostado y oyó que llamaban fuertemente a la puerta. Ha-
bía permanecido muy quieto, sin ni siquiera levantarse
para mirar subrepticiamente desde la ventana del piso
alto. En realidad, había escondido la cabeza bajo la sába-
na, mientras esperaba que la persona que llamaba se ale-
jara. Por fin se fue. Afortunadamente, su madre estaba
encerrada en el sótano. Lo cual fue una suerte para él, pa-
ra ella y también para el que llamaba.
Pero entonces comprendió que aquel asunto no había
acabado. No había terminado. Aquella tarde, mientras es-
taba en el pantano borrando huellas, llegó el sheriff.
Norman se sintió algo sobresaltado al volver a ver al
sheriff, después de tantos años. Le recordaba muy bien,
desde el tiempo de la pesadilla. Norman pensaba siempre
en estos términos acerca del tío Joe Considine y el veneno
y todo aquello; había sido una larga, larguísima pesadilla
desde el momento en que telefoneó al sheriff hasta unos
meses después, cuando le permitieron salir del hospital y
regresar a la casa.
Ver al sheriff fue como revivir aquella pesadilla; pero la
gente tiene la misma pesadilla una y otra vez. Y lo que im-
portaba era recordar que había engañado al sheriff, en cir-
cunstancias mucho más difíciles. Esta segunda vez habría
de resultar más fácil, a condición de que no perdiera la
calma. Habría de serlo, y lo fue.
Contestó a todas las preguntas, dio las llaves al sheriff
y le dejó que registrara la casa, solo. En cierta forma, in-
cluso fue divertido dejar que el sheriff efectuara solo el
registro, mientras él permanecía junto al pantano, borran-
do las huellas. Es decir, lo sería si su madre guardaba si-
lencio. Porque si gritaba o hacía algún ruido, la situación
sería muy grave. Pero la había prevenido para que no lo
hiciera; además, el sheriff no buscaba a su madre, pues la
creía muerta y enterrada.
89
¡Cómo le había engañado ya en aquella ocasión! Y vol-
vió a engañarle con parecida facilidad. El sheriff le hizo al-
gunas preguntas más acerca de la muchacha y Arbogast
y Chicago. Norman sintió "la tentación de inventar algo
más, como por ejemplo decir que la muchacha había men-
cionado determinado hotel; pero comprendió que no sería
sensato. Era mejor atenerse a la historia que había idea-
do. El sheriff la creyó y casi se disculpó al marchar.
Esa parte había terminado, pero Norman sabía que ha-
bría otra. Chambers no había ido allí por propia iniciativa.
No podía tratarse de una corazonada, por el sencillo hecho
de que antes no sabía nada. Su llamada del día anterior le
había prevenido. Significaba que alguien más sabía lo re-
ferente a Arbogast y la muchacha. Y fue ese alguien quien
hizo telefonear al sheriff, y quien mandó a la persona que
llamó la noche anterior, para que fuera a espiar. Volvió a
mandar al sheriff al día siguiente. Después ese alguien
-quizá varios- vendría. Era inevitable.
Cuando lo pensaba, el corazón de Norman volvía a latir
con violencia. Y quería hacer una multitud de estupide-
ces : huir, bajar al sótano y ocultar la cara en el regazo de
su madre, meterse en cama y· esconderse bajo las sábanas.
No podía huir y abandonar a su madre, y tampoco podía
arriesgarse a llevarla consigo en aquel estado. Ni siquiera
podía acudir a ella en busca de consuelo o consejo.
Si volvían, tendría que enfrentarse con ellos. Era lo
único sensato que podía hacer. Y no sucedería nada, con
tal de que se atuviera a su historia.
Pero entretanto tenía que hacer algo para calmar los
latidos de su corazón.
Estaba sentado en el despacho, solo. El coche de Alaba-
ma había marchado a primera hora de la mañana, y el de
Illinois lo hizo al mediodía. No había otros clientes. El cie-
lo empezaba a nublarse de nuevo, y si la tempestad esta-
llaba ya no habría que esperar que llegara nadie. Por lo
tanto, un trago no podía hacerle daño; no se lo haría, si con-
seguía tranquilizar su corazón.
Norman sacó la botella del escondite bajo el mostrador.
Era la segunda de las tres que había puesto allí hacía más
de un mes. No estaba mal; sólo la segunda botella. Por be-
ber la primera sucedió todo aquello, pero no volvería a ocu-
rrir. Su madre no aparecería como la otra vez. En cuanto
oscureciera le prepararía la cena. Quizá pudieran hablar
por la noche, pero entonces necesitaba aquel trago; aque-
llos tragos. El primero no le produjo ningún efecto, pero el
segundo sí. Se sentía muy tranquilo, mucho. Incluso podía
tomar un tercer trago, si quería.
90
Y lo deseó vivamente, porque vio llegar el coche.
A primera vista, ningún detalle le hubiera distinguido
de cualquier otro coche. Ni su matrícula era de otro Esta-
do, pero Norman supo en el acto que eran ellos. Cuando se
es sicóticamente sensible se sienten las vibraciones. Y
también los fuertes latidos del corazón, por lo que se traga
rápidamente el licor mientras se les contempla salir del
coche. El hombre era de aspecto corriente y por un momen-
to Norman creyó haberse equivocado. Pero entonces vio a
la muchacha.
Vio a la muchacha y se llevó la botella a los labios,
echando la cabeza hacia atrás, no sólo para beber apresu-
radamente, sino también para no ver el rostro de la recién
llegada. Porque era la muchacha.
¡Había vuelto, saliendo del pantano!
No. No puede ser. Mírala otra vez; ahora, a la luz. Su
cabello no es del mismo color, y tampoco está tan llena. Pe-
ro se parece lo bastante a ella para ser su hermana.
Sí, claro. Debía ser su hermana. Y aquello lo explicaba
todo. Aquella Jane Wilson o como se llamara había huido
con el dinero. Primero la siguió el detective y después su
hermana.
Sabía lo que haría su madre en un caso como aquél. Pe-
ro, afortunadamente, él no tendría que volver a correr
aquel riesgo. Cuanto tenía que hacer era aferrarse a su
historia, y se irían. Nadie encontraría nada; nadie podía
probar nada. Y no había de qué preocuparse, ya que sabía
lo que se avecinaba.
El licor le ayudó a esperar pacientemente en pie, detrás
del mostrador, y eso no le preocupó. Veía acercarse las
grandes nubes por el oeste, pero tampoco eso le preocupó.
Vio oscurecerse el cielo, a medida que el sol rendía su es-
plandor. El sol rendía su esplendor . . . Aquello era poesía.
¡Era poeta! Norman sonrió. Era muchas cosas. Si ellos
sólo supieran . . .
Pero ni lo sabían, ni lo sabrían. En aquellos momentos
sólo era el gordo propietario de un parador que les miraba
parpadeando cuando entraron.
El hombre se acercó al mostrador. Norman se preparó
para la primera pregunta, y volvió a parpadear cuando el
hombre no se la hizo . .En lugar de ello, dijo:
-¿Tiene habitación para nosotros? _
Norman asintió, incapaz de contestar. ¿Se habría equi-
vocado? No; la muchacha se acercaba, y era la hermana.
No le cabía la menor duda.
-Sí. ¿Quieren ver . .. ?
91
-No es necesario. Tenemos ganas de cambiarnos de
ropa.
Era mentira. Su ropa no estaba ajada. Pero Norman
sonrió.
-Muy bien. Son diez dólares, por los dos. Si quieren
firmar aquí y pagarme ahora . ..
Empujó el registro de viajeros. El hombre vaciló un mo-
mento, y luego escribió. Norman tenía mucha práctica para
leer en sentido contrario. Mr. y Mrs. Sam Wright, Inde-
pendence, Mo.
Otra mentira. Wright no era su apellido. ¡Estúpidos
mentirosos! Se creían muy inteligentes, yendo allí para in-
tentar sus triquiñuelas en él. ¡Ya verían!
La muchacha miraba fijamente el libro, no el nombre
que el hombre había anotado, sino otro inscrito en la par-
te superior de la página. El nombre de su hermana, Jane
Wilson, o el que fuera.
Ella creyó que no la observaban cuando oprimió el bra-
zo del hombre, pero él no vio.
-Les daré la número 1 -dijo Norman.
-¿Dónde está? -preguntó la muchacha.
-Al otro extremo.
-¿Y la número 6?
La número 6. Norman recordó entonces. Como de cos-
tumbre, había anotado el número junto a la firma. La nú-
mero 6 había sido ocupada por la hermana, y ella se había
dado cuenta.
-La número 6 está a este extremo -contestó él-, pe-
ro no les interesará. El ventilador está estropeado.
-No necesitaremos ventilador. Se acerca la tormenta
y en seguida refrescará.
Mentira.
-Además, el seis es nuestro número de suerte. Nos
casamos el día seis de este mes.
Mentira, asquerosa mentira.
Norman se encogió de hombros.
-Bien -dijo.
Y estaba bien. Al pensar en ello, comprendía que esta-
ba más que bien, porque si ésa era la forma en que iban a
proceder aquellos mentirosos, si no iban a hacer preguntas,
la habitación número seis era la ideal. No tenía que preo-
cuparse de que encontraran algo. Y podría vigilarles. Sí,
podría vigilarles.
Cogió la llave y les acompañó hasta la primera puerta.
Eran sólo unos pasos, pero el viento soplaba ya y refresca-
ba en la penumbra. Abrió la puerta mientras el hombre
92
traía un maletín. ¡Un ridículo maletín para quienes venían
de tan lejos, de Independence! ¡Embusteros!
Entraron en la habitación.
-¿Desean algo más? -preguntó Norman.
- No, muchas gracias.
Norman cerró la puerta. Volvió al mostrador y tomó un
trago, un trago para felicitarse a sí mismo. Aquello sería
más fácil que lo que había imaginado.
Luego ladeó la licencia enmarcada y miró por el agujeri-
to al cuarto de aseo de la habitación número seis.
No estaban allí, naturalmente, sino en el dormitorio.
Pero les oía moverse y de vez en cuando llegaban hasta él
apagadas frases de su conversación . Estaban buscando
algo. No podía imaginar de qué se trataba. A juzgar por lo
que oía, ni ellos mismos lo sabían.
- . . . supiéramos qué buscamos.
La voz del hombre.
Y luego la de la muchacha·:
- . . . sucedió algo, algo habría pasado por alto. Estoy
segura. Los laboratorios de la policía . . . siempre pequeñas
huellas . ..
La voz del hombre otra vez:
-Pero nosotros no somos detectives. Sigo creyendo ...
mejor hablarle . . . de golpe, y asustarle ...
Norman sonrió. No iban a asustarle; y tampoco encon -
trarían nada. Había limpiado y revisado a conciencia aque-
lla habitación. No quedaban huellas delatoras de lo suce-
dido allí, ni la más diminuta mancha de sangre, ni un solo
cabello.
La voz de la muchacha, más cerca .
. . ¿comprendes? Si lográramos encontrar algo, po-
dríamos asustarle y obligarle a hablar.
La muchacha entró en el cuarto de aseo, seguida por el
hombre.
-Con una pequeña prueba obligaríamos al sheriff a ac-
tuar. La policía del Estado hace esos trabajos de laborato-
rio, ¿no es cierto?
El hombre estaba junto a la puerta del cuarto de aseo,
contemplando cómo ella examinaba el lavabo.
~¡Fíjate en lo limpio que está todo! Es mejor que le ha-
blemos. Es nuestra única oportunidad.
La muchacha salió del campo visual de Norman. Mira-
ba al interior de la ducha . Norman oyó el ruido de las cor-
tinas al ser corridas. Aquella perra entraba en la ducha,
como su hermana.
- ... nada ...
93
Norman hubiera querido reírse a carcajadas. ¡Claro
que no había nada! Esperó que la muchacha saliera de la
ducha, pero no reapareció. Al cabo de unos instantes, oyó
un sordo golpe.
-¿Qué haces?
Fue el hombre quien hizo la pregunta, y Norman la re-
pitió mentalmente. ¿Qué estaba haciendo?
- Estoy buscando detrás del plato de la ducha. Nunca
se sabe ... ¡Mira, Sam! ¡He encontrado algo!
Volvía a estar frente al espejo, sosteniendo algo en la
palma de la mano. ¿ Qué era? ¿Qué había encontrado la pe-
rra?
-Es un pendiente, Sam. ¡Un pendiente de Mary!
-¿Estás segura?
No podía ser el otro pendiente. ¡No podía ser!
-Claro que estoy segura. Yo misma se los regalé el año
pasado, para su cumpleaños. En Dallas hay un joyero que
tiene un pequeño establecimiento; está especializado en
joyas de encargo. No repite nunca los modelos. Le encar-
gué los pendientes para Mary. A mi hermana le pareció un
gesto bastante extravagante, pero le gustaron mucho.
El hombre examinaba el pendiente bajo la luz, mien-
tras hablaba.
-Debió caérsele al ducharse. A menos que sucediera
algo ...
-¿Qué ocurre, Sam?
-Me temo que sucedió algo, Lila. ¿Ves esto? Parece
sangre seca.
-¡Oh, no!
-Sí, Lila; tenías razón.
La perra. Todas eran perras.
-Tenemos que entrar en la casa, Sam.
- Es asunto del sheriff.
- No nos creería, ni siquiera mostrándole esto. Diría
que se cayó mientras se duchaba, golpeándose la cabeza,
o algo por el estilo.
-Tal vez fue eso lo que ocurrió.
-¿Lo crees de verdad, Sam?
-No. -Sam suspiró.:...... No lo creo. Sin embargo, eso no
significa que Bates tenga que ver con lo sucedido, fuere lo
que fuere. Incumbe al sheriff averiguar lo demás.
-Pero no lo hará. ¡Sé que no lo hará! Necesitaríamos
algo que le convenciese de verdad, algo de la casa. Estoy
segura de que podríamos encontrar algo allí.
-No. Es demasiado peligroso.
-Entonces, hablemos con Bates; mostrémosle esto. Tal
vez podamos hacerle hablar.
94
-Quizá sí, y quizá no. ¿Crees que si está complicado,
le asustaremos y hablará? Lo mejor es ir a buscar al she-
riff, ahora mismo.
-¿Y si Bates entra en sospechas? Quizá huya, si nos
ve salir.
- No sospecha de nosotros, Lila. Pero si estás preocu-
pada, podríamos telefonearle.
-El teléfono está en la oficina, y nos oiría. -Lila hizo
una pausa-. Escucha, Sam. Yo iré a buscar al sheriff.
Quédate aquí y háblale.
-¿Acusándole?
-No. Limítate a hablarle mientras salgo. Dile que voy
a comprar algo, para que no se asuste.
-Pues ..
-Dame el pendiente, Sam.
Las voces se desvanecieron, pero las palabras persis-
tían. El hombre se quedaba allí, mientras ella iba en bus-
ca del sheriff. Y él no podría impedirlo. Si su madre es-
tuviera allí, la detendría, los detendría a ambos. Pero no
estaba allí, permanecía encerrada en el sótano.
Y si aquella perra mostraba el ensangrentado pendien-
te al sheriff, éste regresaría y buscaría a su madre. Podría
entrar en graves sospechas, incluso si no la encontraba en
el sótano. Durante veinte años ni siquiera había soñado
la verdad, pero quizá la sospechara en aquellos momentos.
Y acaso hiciera lo que Norman siempre había temido: ave-
riguar lo que sucedió de verdad la noche en que murió el
tío Joe Considine.
Llegaron más sonidos de la puerta contigua. Norman
soltó apresuradamente el marco de la licencia y buscó la
botella. Pero no tuvo tiempo de tomar otro trago, porque
oyó cerrarse la puerta. Salían de la habitación número 6;
ella se dirigía hacia el coche y él se acercaba al mostrador.
Se volvió para mirar al hombre, y se preguntó qué iría
a decirle.
Pero le preocupaba más lo que diría el sheriff. Porque el
sheriff podía ir al cementerio de Fairvale y abrir la tumba
de su madre. Y cuando la abriera y viera el vacío ataúd,
conocería el secreto.
Sabría que su madre vivía.
Sintió unos sordos golpes en el pecho, que fueron apa-
gados por el primer trueno cuando el hombre abrió la puer-
ta y entró.

95
CAPITULO XIV

Por un momento Sam confió en que aquel súbito trueno


apagara el sonido del coche al ponerse en marcha. Enton-
ces observó que Norman estaba en pie al extremo del mos-
trador, desde donde alcanzaba a ver un amplio sector de
la carretera. Por lo tanto, no tenía por qué intentar ocultar
la partida de Lila.
-¿Le importa que le haga compañía unos minutos?
-preguntó-. Mi esposa va a la ciudad. Se le han acabado
los cigarrillos.
-Antes teníamos una máquina automática para ex-
penderlos -repuso Bates-, pero se vendía poco y la qui-
taron.
Miró hacia afuera, y Sam adivinó que estaba contem-
plando el coche al salir de la carretera.
-Lástima que tenga que ir tan lejos -prosiguió- .
Dentro de unos minutos lloverá a cántaros.
¿Suele llover mucho por aquí? -preguntó Sam, sentán-
dose en el brazo de un destartalado sofá.
-Bastante -repuso Bates-. Pasan muchas cosas por
aquí.
¿Qué significaba aquella observación? Sam le miró. Tras
las gafas, los ojos del hombre parecían vacíos. De pronto,
Sam percibió el delator aroma del licor y vio, al mismo tiem-
po, la botella en un extremo del mostrador. Bates estaba
algo bebido, lo suficiente para inmovilizar su expresión,
pero no lo bastante para afectar a su percepción. Vio cómo
Sam miraba la botella de whisky .
-¿Quiere un trago? -preguntó-. Iba a tomar uno
cuando usted entró.
Sam vaciló.
-Pues ...
- Le buscaré un vaso. Debe haber alguno por aquí.
-Miró bajo el mostrador y sacó uno-. Generalmente no
los utilizo, y tampoco suelo beber cuando estoy en el para-
dor. Pero con la lluvia y la humedad, un poco de licor siem-
pre sienta bien, especialmente cuando se sufre de reuma-
tismo, como yo.
Escanció whisky en el vaso y lo empujó hacia Sam, el
cual se levantó y lo cogió.
96
-Además, no vendrá nadie con esta lluvia. ¡Fíjese
cómo diluvia!
Sam se volvió . Llovía a cántaros. Y oscurecía también,
pero Bates no hizo ademán de encender ninguna luz.
-Beba y siéntese -dijo Bates-. No se preocupe por
mí. Me gusta estar de pie.
Sam volvió al sofá. Consultó el reloj. Hacía unos ocho
m inutos que Lila había partido. Incluso con aquella lluvia
podía llegar a Fairvale en menos de veinte; luego diez mi-
nutos para buscar al sheriff, y veinte más para regresar.
¿De qué hablaría con Bates durante todo ese tiempo?
Sam levantó el vaso. Bates bebía de la botella.
-Debe sentirse muy solo aquí. a veces -observó Sam.
-Sí -repuso Bates, dejando la botella en el mostra-
dor-. Muy solo.
-Aunque también debe ser interesante. Estoy seguro
de que en un sitio como éste se debe conocer a toda clase
de gente.
-Vienen y se van. No les presto mucha atención.
-¿Hace mucho tiempo que está aquí?
-Más de veinte años, y a cargo del parador. Siempre
he vivido en este lugar.
-¿Y cuida usted solo del negocio?
-Eso es. -Bates se apartó del mostrador, con la bo-
tella en la mano-. Permítame que le sirva más.
-No debiera beber.
-Uno más no le hará daño. No se lo diré a su esposa
-añadió, riendo-. Además, no me gusta beber solo.
Vertió licor en el vaso de Sam, y regresó después tras
el mostrador.
Sam se apoyó en el respaldo del sofá. La cara del hom-
bre sólo era una sombra gris en la creciente oscuridad.
Volvió a tronar, pero no hubo relámpago.
Tras un breve silencio, Sam recordó que tenía que se-
guir hablando.
-Tenía usted razón. Ahora llueve mucho.
-Me gusta el sonido de la lluvia -repuso Bates-, so-
bre todo cuando cae con tanta fuerza . Es excitante.
-Jamás pensé en ello de esa forma. Supongo que no le
vendrá mal un poco de excitación.
-¡Psé! A veces tenemos bastante.
-¿Tenemos? Creí haber entendido que v1v1a solo.
-Dije que llevaba el negocio solo. Pero nos pertenece a
ambos, a mi madre y a mí.
A Sam casi se le atragantó el whisky.
-No sabía . ..
-Claro que no. Nadie lo sabe, porque siempre está en
97
la casa. Tiene que permanecer allí. Mucha gente cree que
ha muerto, ¿sabe?
La voz era reposada. Sam no podía ver el rostro de Bates
en aquella penumbra, pero sabía que también su expresión
era reposada.
-En realidad, también aquí hay motivos de excita-
ción. Como la hubo hace veinte años, cuando mi madre y el
tío Joe Considine bebieron el veneno. Llamé al sheriff y él
les encontró. Mi madre dejó una nota, explicándolo todo .
Se celebró una encuesta, pero yo no asistí a ella; estaba
enfermo, muy enfermo. Me llevaron al hospital, donde per-
manecí mucho tiempo, casi demasiado para que me sirvie-
ra de algo al salir. Pero me las arreglé.
-¿Se las arregló?
Bates no contestó, pero Sam oyó el gorgoteo de la botella.
-Deje que le sirva otro trago -dijo Bates.
-Todavía no.
-Insisto en ello.
Bates salía ya de detrás del mostrador, y su cuerpo se
cernió sobre Sam. Intentó coger su vaso.
-Primero cuénteme el resto -dijo Sam, echándose ha-
cia atrás.
Bates &e detuvo.
-Sí. Traje a mi madre a casa. Fue muy excitante ir al
cementerio por la noche y abrir la tumba. Llevaba tanto
tiempo encerrada en aquel ataúd, que al principio creí que
estaba de verdad muerta. Pero no lo estaba, desde luego.
No podía estarlo, pues, de lo contrario, no hubiese comu-
nicado conmigo mientras yo me encontraba en el hospital.
Estaba en trance, lo que llamamos animación suspendida.
Sabía cómo revivirla. Hay formas de hacerlo, aunque algu-
nos lo llamen magia. No hace muchos años que la gente
decía que la electricidad era magia, cuando es una fuerza
que puede ser dominada, si se conoce su secreto. La vida
es una fuerza, también, y, como la electricidad, puede apa-
gársela y encendérsela. Yo la apagué y sabía cómo encen-
derla. ¿Me comprende?
-Sí. Es muy interesante.
-Pensé que se sentiría interesado. Usted y la joven.
En realidad, no es su esposa, ¿verdad?
-¿Cómo?
-Sé más de lo que usted imagina; en realidad, sé más
que usted mismo.
-¿Está seguro de que se siente bien, Mr. Bates? Quie-
ro decir ...
-Sé lo que quiere decir. Imagina que estoy borracho,
¿no? Pero no lo estaba cuando ustedes llegaron, ni tampoco
98
cuando encontraron el pendiente y usted:; le dijo a la joven
que fuera a buscar al sheriff.
-Yo ...
-No se mueva. Yo no estoy alarmado, y lo estaría si al-
go fuera mal. Pero todo está bien, ¿Le diría todo esto si al-
go fuera mal? -Bates hizo una' pausa-. No; esperé hasta
que usted entró; esperé hasta~ que la vi a ella tomar por
la carretera; esperé hasta que la vi detenerse.
-¿Detenerse? \\.
Sam intentó encontrar su cara en la oscuridad. Pero
sólo podía oír su voz. \
-:::ií. No creía usted que ella iba a detener el coche,
¿eh? Creía que iría directamente en busca del sheriff, co-
mo usted le encargó. Pero ella tiene opiniones propias. ¿Re-
cuerda lo que quería hacer? Registrar la casa. Y es allí
donde está ahora.
-¡Déjeme salir de aquí!
-Naturalmente. No se lo impido. Sólo pensé que quizá
le gustaría tomar otro trago, mientras le contaba lo demás
sobre mi madre. Pensé que le gustaría saberlo, a causa de
la muchacha. Ahora debe estar con ella.
-¡Apártese de mi camino!
Sam se puso en pie rápidamente y la borrosa sombra
retrocedió.
-Entonces, ¿no quiere otro trago? -La voz de Bates
sonó petulante sobre su hombro-. Muy bien. Como usted
quie ...
El resto de la frase se perdió en el trueno y el trueno se
perdió en la oscuridad, cuando Sam sintió que la botella
estallaba en su cráneo. Entonces, la voz, el trueno, la ex-
plosión y el propio Sam desaparecieron en la noche.

***
Aún era de noche, pero alguien le sacudía repentina-
mente; le sacudía para sacarle de la noche y llevarle a
aquella habitación en la que brillaba la luz, hiriéndole los
ojos y haciéndole parpadear. Pero podía sentir ya Sam y
sintió que los brazos de alguien le levantaba, pareciéndole,
de momento, que la cabeza iba a caérsele. Luego fue sólo un
dolor en las sienes, y pudo abrir los ojos y ver al sheriff
Chambers.
Sam estaba sentado en el suelo, junto al sofá y Cham-
bers le miraba. Sam abrió la boca.
-Gracias a Dios -dijo-. Por lo que veo, mentía acer-
ca de Lila, y fue en busca de usted.
El sheriff no parecía escucharle.
-Recibí una llamada del hotel, hace una media hora.
99
Estaban intentando localizar a su amigo Arbogast. Parece
que pagó su cuenta, pero no se llevó las maletas. Las dejó
abajo el sábado por la mañana, diciendo que regresaría a
buscarlas, pero no ha dado señales de vida. Eso me hizo
pensar y entonces intenté ponerme en contacto contigo.
Tuve la corazonada de que tal vez vinierais aquí, y tuvis-
teis suerte de que lo creyera así.
-¿ Entonces Lila no fue a buscarle?
Sam intentó ponerse en pie. La cabeza parecía a punto
de estallar.
- Vamos, cálmate. -El sheriff le obligó a permanecer
echado-. No; no la he visto . Espera.
Pero esa vez Sam logró ponerse en pie, tambaleándose.
- ¿Qué ha sucedido aquí? -preguntó el sheriff-. ¿Dón-
de está Bates?
- Debe h abe r ido a la casa, después de golpearme con
la botella -repuso Sam-. Allí están ahora, él y su madre.
-Pero ella murió.
-No, no murió -murmuró Sam- . Vive, y están en la
casa con Lila .
-Vamos.
Chambers salió rápidamente a la lluvia. Sam le siguió
por el resbaladizo paso, jadeando al empezar a subir la em-
pinada cuesta que llevaba a la casa.
-¿Estás seguro? -preguntó Chambers, por encima del
hombro- . No hay luz.
- Sí, estoy seguro -repuso.
El trueno rugió súbita y secamente. El otro sonido fue
más débil y mucho más agudo. Pero ambos lo oyeron, y tam-
bién lo reconocieron.
Lila estaba gritando.

100
CAPITULO XV

Lila llegó a la puerta antes de que empezara a llover.


La casa se destacaba, vieja, gris y fea, en la penumbra
de la tempestad que se avecinaba. Las tablas del porche
crujieron bajo sus pies, y percibió el ruido del viento al azo-
tar los contraventanas del piso alto.
Golpeó irritadamente la puerta, aunque no esperaba
que nadie contestara. No esperaba que nadie hiciera na-
da ya.
La verdad era que a nadie le importaba. Ninguno de
ellos sentía la menor preocupación por Mary. Míster Lo-
wery sólo quería recobrar el dinero, y Arbogast se limitaba
a cumplir con su obligación al intentar encontrarlo. En
cuanto el sheriff, su única preocupación era no cometer
ningún error. Pero fue la reacción de Sam la que realmente
la disgustó.
Lila volvió a llamar, y la casa gruñó con un sordo eco,
que el ruido de la lluvia apagó.
Sí, estaba irritada; lo admitía. ¿Y por qué no había de
estarlo? Toda una semana escuchando a alguien que de-
cía: Cálmese, tranquilícese, descanse, tenga paciencia. Si
les hubiera hecho caso, todavía estaría en Fort Worth.
Pero al menos, había contado con que Sam la ayudaría.
No debía haberse hecho ilusiones. ¡Oh, sí! Parecía bue-
na persona, y hasta no carecía de atractivo, pero sus opi-
niones y decisiones eran lentas, cautelosas, conservadoras,
como suelen serlo las de los habitantes de las ciudades pe-
queñas. El .sheriff y él hacían buena pareja. Su única idea
era: no arriesgarse.
Pero no era la suya, sobre todo ahora que había encon-
trado el pendiente. ¿Cómo había podido Sam encogerse de
hombros y decirle que fuera en busca del sheriff? ¿Por qué
no cogió a Bates y le obligó a hablar, aunque fuera molién-
dole a golpes? Eso era lo que debía haber hecho~ Pero es-
taba decidida a no depender de nadie, especialmente de
aquellos a quienes nada les importaba, que sólo querían no
meterse en líos. No confiaba en que Sam se arriesgara lo
más mínimo, y tampoco confiaba en el sheriff.

101
Estaba segura de que en el interior de la casa no había
nadie. Y ella quería entrar.
Buscó en el bolso. ¿La lima de las uñas? No. ¿Un pasa-
dor para el cabello? Tampoco. Recordaba que había de te-
ner una llave en alguna parte. Pero, ¿abriría aquella puer-
ta?
La introdujo en la cerradura y logró hacerle dar media
vuelta hacia un lado. Pero la cerradura resistía; entonces
giró hacia el otro lado. La llave casi servía, pero había al-
go ...
La irritación fue en su ayuda. Dio un rápido giro a la
llave y el vástago se rompió. Pero la cerradura cedió. Hizo
girar el tirador, sintió que la puerta cedía. . . Estaba
abierta.
Lila se detuvo en el vestíbulo. En el interior de la casa
la oscuridad era mayor que afuera. Pero en alguna parte
de la pared debía haber un conmutador de la luz.
La encontró. La desnuda bombilla que pendía del techo
alumbró débilmente el viejo y rasgado papel que cubría las
paredes. Dirigió la mirada hacia la sala, sin molestarse en
entrar en ella. Las habitaciones del piso bajo podían espe-
rar. Arbogast había dicho que vio a alguien mirando por
una ventana del piso alto. Debía empezar por ahí.
No había interruptor para la escalera, y Lila la subió
lentamente, agarrándose a la baranda. Al llegar al rellano
el trueno rugió. Toda la casa pareció estremecerse. Lila se
dijo que en una casa vacía como aquélla no podía haber
nada capaz de asustar a nadie. En el pasillo al final de la
escalera encontró un conmutador.
Tres puertas se ofrecían a su curiosidad. La primera
era la del cuarto de baño. Lila no había visto nada pareci-
do, excepto en un museo. . . Pero no, en los museos no se
exhiben cuartos de baño. Pero aquél era digno de figurar
en uno: una bañera montada sobre cuatro patas, cubos
bajo el lavabo y el asiento del común; un descascarrillado
espejo en la pared, pero ningún armarito detrás. También
había el armario de la ropa blanca, lleno de toallas y sába-
nas. Lila registró rápidamente los estantes, cuyo conteni-
do nada le reveló, excepto que Bates debía mandar a lavar
la ropa fuera de allí. Las sábanas estaban perfectamente
planchadas y dobladas.
Lila eligió la segunda puerta. Encendió la luz al abrir,
y su pobre brillo bastó para descubrirle lo que era: la ha-
bitación de Bates, muy pequeña y atestada, ·con un catre
más adecuado para un niño que para un adulto. Probable-
mente había siempre dormido allí, desde su niñez. La ca-
ma estaba deshecha y mostraba señales de haber sido re-

102
cientemente ocupada. En una esquina, junto al armario,
había un pequeño y antiguo escritorio.
El superior contenía corbatas y pañuelos, la mayor par-
te de ellos sucios. Las corbatas estaban pasadas de mo-
da. En una cajita encontró una aguja de corbata y un par
de gemelos. En el segundo había camisas, y en el tercero,
calcetines y ropa interior. El último contenía unas pren-
das blancas que finalmente, y casi con incredulidad, iden-
tificó como camisones de dormir. Es posible que se pusiera
gorro al acostarse.
Era curioso que no hubiera recuerdos personales, ni
papeles ni fotografías. Pero tal vez los guardaba en el es-
critorio, en el parador. Sí, eso debía ser.
Lila contempló las fotografías de la pared. Había dos.
En una de ellas aparecía un niño montado en una jaquita,
y en la segunda el mismo niño estaba frente a una escuela
rural, acompañado de cinco niñas. Lila tardó algunos mo-
mentos en identificar a Norman Bates en aquel niño.
Sólo quedaban el armario y las estanterías de libros.
Registró rápidamente el armario, en el que encontró dos
trajes, una chaqueta, un abrigo, y un par de pantalones,
viejos y manchados de pintura. No había nada en los bol-
sillos de aquellas prendas. En el suelo, junto al armario,
vio dos pares de zapatos y unas zapatillas.
Se volvió hacia las estanterías.
Desconcertada y perpleja, examinó el incongruente
contenido de la biblioteca de Norman Bates Nueva mode-
lo del universo, La extensión de la conciencia, La brujería
en Europa occidental, Dimensión y ser ... No eran los li-
bros propios de un muchacho, y también parecían despla-
zados en el hogar del propietario de un parador rural. Pasó
una rápida mirada, por los estantes: sicología anormal,
ocultismo, teosofía, traducciones de La Bas, Justine; y, en
la estantería inferior, un absurdo surtido de volúmenes
sin título, mal encuadernados. Lila cogió uno al azar y lo
abrió. La ilustración que se ofreció a sus ojos era casi pa-
tológicamente pornográfica.
Devolvió el libro a su lugar, y, al hacerlo, el choque ini-
cial de repulsión disminuyó, cediendo a una segunda y
más fuerte reacción. Allí había algo, debía de haberlo. Lo
que ella no podía leer en el rostro gordo y vulgar de Norman
Bates se revelaba claramente en su biblioteca.
Salió al pasillo frunciendo el ceño. La lluvia golpeaba el
tejado de la casa y el trueno rugió al abrir la puerta de la
tercera habitación. Por un momento permaneció en la pe-
numbra, aspirando un mohoso y heterogéneo olor de perfu-
me y de algo que no se alcanzaba a definir.

103
Dio la luz y se detuvo, boquiabierta.
Era sin duda el dormitorio que daba a la fachada de la
casa. El sheriff le había dicho que Bates lo conservaba
igual que cuando murió su madre. Pero Lila no estaba pre-
parada para lo que vio.
No estaba preparada para adentrarse en otra época. Y,
sin embargo, de repente se encontró en un mundo que ya
había sido, mucho antes de que ella naciera.
El decorado de aquella habitación estaba ya pasado de
moda mucho antes de que la madre de Bates muriera. No
existía un aposento semejante por lo menos desde hacía
cincuenta años. Pertenecía a un mundo de relojes dorados,
figuritas de Dresde, alfileteros perfumados, alfombras ro-
jo sangre, orlados cortinajes, camas con dosel, balancines,
gatos de porcelana, colchas bordadas a mano y sillas exa-
geradamente tapizadas con antimacasar.
Y vivía aún.
Eso fue lo que dio a Lila una mayor sensación de hallar-
se desplazada en el espacio y en el tiempo. Abajo había de-
teriorados restos del pasado, y en el piso alto todo era
suciedad y negligencia. Pero aquella habitación estaba
arreglada, era coherente, consistente, una entidad vital,
completa en sí misma. Estaba impecablemente limpia, in-
maculadamente libre de polvo y perfectamente ordenada.
Y sin embargo, dejando aparte el olor del moho, no se te-
nía la sensación de estar en un museo o una exposición.
La habitación parecía viva, como todas las habitaciones
en las que se vive durante mucho tiempo. Había sido amue-
blada hacía más de cincuenta años, y había permanecido
intacta desde la muerte de su ocupante, ocurrida veinte
años antes; pero, a pesar de ello, seguía siendo la habita-
ción de una persona viva, un aposento en el cual, el día
anterior, una mujer se había sentado junto a la venta-
na ...
No hay fantasmas, se dijo Lila y frunció el ceño al ob-
servar que le había sido necesario formular aquella nega-
ción. Y sin embargo, sentía una presencia viva en aquella
habitación.
Se aproximó al armario. Abrigos y vestidos colgaban
aún debidamente ordenados, aunque algunas de las pren-
das acusaban falta de plancha. Había dos faldas cortas
de un cuarto de siglo antes, y en el estante se veían los
sombreros llenos de adornos, los pañuelos y chales que una
mujer de cierta edad llevaría en una comunidad rural.
Lila empezó a examinar el tocador y luego se detuvo
junto a la cama. La colcha, bordada a mano, era muy her-
104
mosa; alargó la mano para tocarla, pero la retiró al instan-
te con un rápido movimiento.
La colcha estaba debidamente recogida a los pies de la
cama y colgaba a ambos lados, pero la parte superior apa-
recía un poco desarreglada, como si hubieran hecho la ca-
ma apresuradamente.
Bajó la colcha y la manta. Las sábanas eran de un gris
sucio y estaban moteadas de puntos de color castaño. Pero
el colchón y la almohada mostraban la depresión hecha por
alguien que se hubiera acostado recientemente.
No hay fantasmas, se repitió Lila. Aquella habitación
había sido utilizada. Bates no dormía allí; su cama lo pro-
baba claramente. Pero alguien se había acostado allí. Al-
guien había mirado por la ventana. Si ha sido Mary, ¿dón-
de está ahora?
Podía registrar el resto de la habitación, revolver los
cajones, buscar en la planta baja. Pero no era aquello lo
más importante. Primero tenía que hacer algo, pero no po-
día recordar qué. ¿Dónde está Mary ahora?
Entonces recordó.
¿No había dicho algo el sheriff, acerca de que había
encontrado a Norman Bates recogiendo leña en los bosques
situados detrás de la casa?
Leña para la caldera. Sí, eso era. La caldera en el só-
. tano.
Lila bajó las escaleras corriendo. La puerta delantera
estaba abierta y el viento silbaba al entrar. Entonces, sin
saber cómo, comprendió de repente por qué se había irrita-
do tanto cuando encontró el pendiente. Se irritó porque
estaba asustada, y la ira le ayudaba a ocultar el miedo, el
miedo que le producía lo que le había sucedido a Mary, a
lo que ella sabía que le había sucedido a Mary, abajo, en el
sótano. Estaba asustada por Mary, no por ella misma.
Bates la había mantenido encerrada allí toda la semana;
quizá incluso la había sometido a torturas, o le ·hizo lo que
hacía el hombre en aquel sucio libro; o la torturó hasta
averiguar lo del dinero, y entonces . . .
El sótano. Tenía que encontrar el sótano.
Lila se dirigió a tientas hacia la cocina. Encontró la luz,
y se sobresaltó al ver la diminuta criatura peluda agaza-
pada, dispuesta a saltar. Pero era sólo una ardilla diseca-
da. Sus ojos de cristal, al recibir el reflejo de la luz, pare-
cían llenos de vida.
Las escaleras del sótarto estaban delante de ella. Des-
lizó la mano por la pared, hasta encontrar otro conmutador.
La luz se encendió abajo, convertida en un débil y vaci-
105
lante brillo en la oscura profundidad. El trueno rugía co-
mo si quisiera acompañar el taconeo de sus zapatos.
La desnuda bombilla pendía delante de la caldera,
grande y provista de una pesada puerta de hierro. Lila per-
maneció mirándola. Estaba temblando. Se dijo que había
obrado tontamente al ir sola allí, al hacer lo que había he-
cho y lo que estaba haciendo. Pero tenía que hacerlo por
Mary. Tenía que abrir la puerta de la caldera y ver lo que
se escondía en su interior. ¿Y si el fuego estaba encendi-
do aún? ¿Y si . .. ?
Pero la puerta estaba fría; y no había calor en el oscuro
vacío detrás de la puerta. Se agachó y miró. No había ce-
nizas, ni olor a quemado ... A menos que la hubieran lim-
piado en fecha reciente, la caldera no había sido utilizada
desde hacía varios meses.
Se volvió. Vio los barreños viejos, y la silla y la mesa,
junto a la pared. En la mesa había botellas y herramientas
de carpintería, así como diversos cuchillos y agujas. Algu-
nos de los cuchillos aparecían extrañamente curvados, y
varias de las agujas estaban colocadas en jeringas. De-
trás de todo ello vio varios bloques de madera, alambre
grueso, e informes montones de una sustancia blanca que
no alcanzaba a identificar. Se acercó a la mesa y miró los
cuchillos completamente asombrada.
Entonces, percibió el sonido.
Al principio creyó que era un trueno. Pero casi al ins-
tante, oyó crujir las tablas arriba, y comprendió.
Alguien había entrado en la casa y andaba de puntillas
por el pasillo. ¿Sería Sam? ¿Había ido en su busca? Pero
entonces, ¿por qué no la llamaba?
¿Y por qué cerraba la puerta del sótano?
Porque acababa de cerrarse en aquel mismo instante.
Oyó el seco «Clic» de la cerradura y los pasos que retro-
cedían por el pasillo. El intruso debía dirigirse al piso alto.
Estaba encerrada en el sótano. Y no tenía salida algu-
na; ni salida, ni lugar donde esconderse. El sótano era
visible por completo para quien bajara por las escaleras.
Y alguien no tardaría en bajar por ellas.
Si pudiera ocultarse unos momentos, la persona que la
buscara se vería obligada a bajar hasta el sótano, y en-
tonces tendría una oportunidad de huir.
El mejor lugar sería debajo de las escaleras. Si pudiera
cubrirse con unos papeles viejos o con unos trapos . . .
Entonces vio la manta que colgaba de la pared. Era una
gran manta india, rota y vieja. Tiró de ella. La podrida
tela se soltó de los clavos que la sostenían y la manta ca-
yo de la pared. De la puerta.
106
La puerta. La manta la había ocultado por completo,
pero debía haber otra habitación, quizá para guardar fru-
tas. Sería el lugar ideal para esconderse y esperar.
Y no tendría que esperar mucho más, porque ya oía los
débiles y lejanos pasos en el corredor, dirigiéndose hacia
la cocina.
Lila abrió la puerta.
Y entonces, gritó.
Gritó cuando vio a la vieja, echada, a la anciana de ca-
bellos grises, cuya atezada y arrugada cara le sonría como
en una macabra bienvenida.
- Mistress Bates -susurró Lila.
-Sí.
Pero la voz no salía de las correosas mandíbulas. Pro-
cedía de algún otro lugar situado a su espalda, de la parte
alta de la escalera del sótano.
Lila se volvió y vio la gorda e informe figura, medio ocul-
ta por el ceñido vestido, con el que ocultaba incongruente-
mente las prendas que llevaba debajo. Vio el chal en la
cabeza y el rostro blanco y pintado. Miró con fijeza los en-
durecidos labios rojos, observando cómo se entreabrían en
una convulsa mueca.
-Soy Norman Bates -dijo la aguda voz.
Y entonces sacó la mano, la mano que sostenía el cu-
chillo, y los pies bajaron los escalones, y otros pies corrie-
ron. Y Lila volvió a gritar mientras Sam corría escaleras
abajo y el cuchillo se alzaba, rápido como la muerte. Sam
cogió y retorció la mano que lo sostenía, la retorció hasta
que el cuchillo cayó al suelo.
Lila cerró la boca, pero el grito continuaba sonando. Era
el frenético chillido de una mujer histérica, y salía de la
garganta de Norman Bates.

107
CAPITULO XVI

Se necesitó casi una semana para sacar los automóvi-


les y los cadáveres del pantano, utilizando una draga y
una grúa, pero por fin lo consiguieron. También se encon-
tró el dinero, en el compartimiento de los guantes. Era cu-
rioso que ni uno solo de los billetes presentara la más pe-
queña mancha de lodo.
Casi al mismo tiempo que las cuadrillas de obreros aca-
baban su trabajo en el pantano, los asaltantes del banco
de Fulton fueron capturados en Oklahoma, pero esa noticia
mereció menos de media columna en el Weekly Herald, de
Fairvale, cuya primera página estaba dedicada por entero
al caso Bates. Las agencias de noticias A.P. y U.P. se hi-
cieron eco de ella sin pérdida de tiempo, dedicándole tam-
bién algún espacio de televisión. Algunos periodistas lo
compararon con el caso Gein. apasionante suceso ocu-
rrido unos años antes. Y escribieron extensamente sobre
la «casa del horror» e intentaron probar que Norman
Bates había estado asesinando clientes en su parador du-
rante varios años. Exigieron una completa investigación
de todos los casos de personas desaparecidas en aquel sec-
tor durante los últimos veinte años, y pidieron, asimismo,
que el pantano fuera desecado, para averiguar si contenía
más cadáveres.
Pero, naturalmente, no eran los periodistas quienes
habían de sufragar los gastos de semejante proyecto.
El sheriff Chambers concedió diversas entrevistas a
los periodistas, algunas de las cuales fueron reproducidas
al pie de la letra, acompañadas de fotografías dos de ellas,
prometiendo la más completa investigación del caso. El
fiscal del distrito exigía un rápido juicio (las elecciones
debían celebrarse en octubre), y no hizo nada para contra-
decir los rumores orales y escritos que acusaban a Norman
Bates de canibalismo, satanismo, incesto y necrofilia.
En realidad, ni siquiera había interrogado a Bates,
temporalmente sometido a observación en el hospital del
Estado.
Tampoco habían hablado con él los propaladores de ru-
mores, aunque eso no les impedía murmurar. Y aún no ha-
108
bía transcurrido una semana cuando ya toda la población
de Fairvale, para no mencionar el resto del condado, pare-
cía haber conocido íntima y personalmente a Norman Ba-
tes. Algunos habían «ido a la escuela con él, cuando era
muchacho», e incluso entonces habían «observado algo
raro en su modo de comportarse». No faltaban quienes
recordaran a su madre y a Joe Considine, e intentaran
demostrar que «Sabían que había algo sospechoso cuan-
do se dijo que se habían suicidado de aquella manera»,
pero las murmuraciones de sucesos acaecidos veinte años
antes resultaban rancias en comparación con las recien-
tes revelaciones.
Naturalmente, el parador estaba cerrado, lo cual era
una lástima, pues eran muchos los que hubieran deseado
visitarlo. Y no es arriesgado suponer que un importante
tanto por ciento de esos morbosos curiosos hubiera toma-
do gustosamente habitación en él. Pero los agentes de la
policía estatal cerraban el paso a cuantos pretendían acer-
carse al edificio.
Incluso Bob Summerfield pudo informar a Sam de un
notable incremento en las ventas en la ferretería. Todos
querían hablar con Sam, pero éste pasó parte de la siguien-
te semana en Fort Worth, con Lila, y luego visitó el hospi-
tal del Estado, donde tres siquiatras examinaban a Nor-
man Bates.
Sólo al cabo de unos diez días pudo obtener por fin el
diagnóstico definitivo formulado por el Dr. Nicholas Stei-
ner, quien estaba oficialmente encargado de la observa-
ción médica. Y Sam transmitió los resultados de su entre-
vista con el médico a Lila, cuando llegó a Fort Worth el fin
de semana. Al principio, se mostraba reacio a hacerlo, pe-
ro ella insistió en conocer todos los detalles.
-Probablemente, jamás sabremos lo que sucedió -di-
jo Sam-. Y en cuanto a lo que impelió a Bates, el propio
Dr. Steiner me comunicó que sólo podía hacer suposiciones
más o menos fundadas. A pesar de que sometieron a Bates
a un fuerte tratamiento sedante, no pudieron conseguir
que hablara mucho. Parece que estos últimos días es víc-
tima de una fuerte confusión mental. El Dr. Steiner dijo
muchas cosas sobre fugas, catexia y trauma, pero no le
comprendí muy bien.
»En su opinión, todo empezó hace muchos años, du-
rante la niñez de Bates, muchos antes de la muerte de su
madre. El y su madre estaban muy unidos y, al parecer,
ella le dominaba. El Dr. Steiner ignora si había algo más
en sus relaciones, pero sospecha que Norman era traves-
109
tido en secreto, desde mucho antes de la muerte de Mrs.
Bates. Supongo que sabes lo que es un travestido.
Lila asintió.
-Una persona que viste ropas del sexo opuesto, ¿ver-
dad?
-Según Steiner explicó, es algo más que eso. Los tra-
vestidos no son necesariamente homosexuales, pero se
identifican poderosamente con personas del otro sexo. En
cierta forma, Norman quería ser como su madre, pero tam-
bién quería que su madre se convirtiera en parte de él.
Sam encendió un cigarrillo.
-Pasaré por alto lo que me ha contado de sus años es-
colares y de los motivos por los cuales el Ejército le declaró
inhábil para todo servicio. Debió ser por esos tiempos,
cuando contaba unos diecinueve años, que su madre de-
cidió que jamás saldría del mundo que la rodeaba. Y obran-
do tal vez de un modo deliberado le impidió que creciera
mentalmente. Jamás sabremos hasta qué punto es respon-
sable de aquello en lo que se ha convertido su hijo. Debió
ser entonces cuando Norman se interesó por el ocultismo
y otras teorías parecidas. Y fue entonces también cuan-
do apareció Joe Considine.
» Steiner no pudo lograr que Norman hablara mucho
de Joe Considine. Incluso hoy día, después de veinte años,
su odio es tan grande que no puede hablar de ese hombre
sin enfurecerse. Pero el médico habló con el sheriff y se
hizo con todos los recortes de periódico de aquellas fechas,
lo que le ha permitido formarse una idea muy aproximada
de lo que sucedió.
» Considine contaba unos cuarenta años, y Mrs. Ba-
tes, treinta y nueve, cuando se conocieron ._ Parece que no
era muy hermosa, sino bastante delgada y prematura-
mente envejecida. Poseía tierras de labor, que su marido
había puesto a su nombre antes de abandonarla. Sacaba
buen provecho de sus propiedades. Considine empezó a
cortejarla. No debió ser muy fácil. Es de suponer que Mrs.
Bates odiaba a los hombres, desde que su esposo la había
abandonado con su hijo, niño entonces, siendo ésta una de
las razones, según el Dr. Steiner, por las cuales trató a
Norman de la forma en que lo hizo. Pero te estaba hablan-
do de Considine . Este obtuvo por fin promesa de matrimo-
nio por parte de Mrs. Bates . Le había inculcado la idea de
vender las tierras y construir el parador, pues la carrete-
ra principal pasaba entonces por aquel lugar.
»Al parecer, Norman no opuso objeción alguna a la
construcción del parador, y durante los primeros tres me-

110
ses él y su madre lo dirigían juntos. Entonces su madre le
comunicó que iba a casarse con Considine.
-¿Fue ésa la causa de su excitación? -preguntó Lila.
-No e_xactamente -repuso Sam, aplastando el ciga-
rrillo en el cenicero-, según averiguó el Dr. Steiner. Pa-
rece que se lo anunciaron en circunstancias bastante em-
barazosas, cierto día en que Norman sorprendió a su madre
y a Considine en la habitación del piso alto. No podremos
saber si Norman experimentó inmediatamente el pleno
efecto del shock, o si la reacción tardó algún tiempo en
efectuarse. Pero sí sabemos en qué paró todo ello. Norman
envenenó a su madre y a Considine con estricnina, que
les sirvió con el café, en el cual, al parecer, había mezcla-
do previamente algún licor, para disfrazar el sabor del ve-
neno.
-¡Qué horror! -murmuró Lila.
-Sí, debió serlo -asintió Sam-. Según me han dicho,
el envenenamiento por estricnina produce convulsiones,
pero no la pérdida del conocimiento. Las víctimas suelen
morir por asfixia, cuando se agarrotan los músculos del
tórax. Norman debió contemplarlo, y seguramente fue de-
masiado, incluso para él.
»El Dr. Steiner opina que todo sucedió cuando estaba
escribiendo la nota del suicidio. Norman había planeado
escribirla, desde luego, e imitaba a la perfección la letra
de su madre. Incluso había inventado un motivo: algo acer-
ca de un embarazo y la imposibilidad de que Considine se
casara con ella, ya que lo estaba con otra mujer, en el Oes-
te. El Dr. Steiner afirma que la forma en que estaba re-
dactada la nota era suficiente para hacer entrar en sos-
pechas; pero nadie se dio cuenta de ello, ni de lo que le
había sucedido a Norman después de escribir la nota y
telefonear al. sheriff.
»Se sabía ya entonces que el shock y la excitación le
habían llevado al histerismo, pero se ignoraba el cambio
operado en él mientras escribía la nota. Al parecer, no po-
día soportar la pérdida de su madre. Y mientras redacta-
ba la nota, dirigida a sí mismo, cambió literalmente de
mente. Y Norman, o una parte de él, se convirtió en su
madre.
»El Dr. Steiner dice que estos casos son más frecuen-
tes de lo que se supone, sobre todo cuando la personalidad
del individuo es ya inestable, como la de Norman. Y el do-
lor le produjo una reacción tan fuerte, que a nadie se le
ocurrió ni tan siquiera dudar del pacto de suicidio. Hacía
ya tiempo que Considine y Mrs. Bates estaban enterra-
dos cuando Norman fue dado de alta en el hospital.
111
-'-¿La desenterró entonces? -preguntó Lila, fruncien-
do el ceño.
-Al parecer. Era aficionado a la taxidermia, y sabía lo
que tenía que hacer.
-Pero no comprendo -observó Lila-. Si pensaba que
él era su propia madre .. .
-No es tan sencillo como parece. Según Steiner, Bates
poseía entonces una personalidad múltiple, con tres fa-
cetas por lo menos. Era Norman, el niño que necesitaba a
su madre y odiaba a cuanto se interpusiera entre ambos.
Era Norma, la madre, cuya muerte no podía tolerar. Y el
tercer aspecto podría ser llamado Normal, el adulto Nor-
man Bates que debía llevar .a cabo la diaria rutina de vi-
vir, y ocultar al mundo la existencia de las otras persona-
lidades. No eran entes completamente distintos, claro
está. Cada uno de ellos contenía elementos del otro. El doc-
tor Steiner lo denominó una «trinidad non sancta».
»El adulto Norman Bates logró dominarse lo bastante
para ser dado de alta del hospital. Volvió al parador, y en-
tonces acusó la reacción. Lo que más pesaba en él, como
personalidad adulta, era el conocimiento culpable de la
muerte de su madre. No le bastaba con conservar intacta
su habitación. Tenía que conservarla también a ella, con-
servarla fISicamente, para que la ilusión de su presencia ·
viva sofocara los sentimientos de culpabilidad.
»Por eso la sacó de la tumba y le dio nueva vida. La
acostaba por la noc-he, y de día la vestía y la llevaba por
la casa. Naturalmente, ocultaba todo esto a los extraños.
Arbogast debió ver la figura colocada junto a la ventana
del piso alto, pero no tenemos prueba de que la viera nadie
más en el transcurso de los años.
-Entonces el horror no estaba en la casa -murmuró
Lila-, sino en su mente ..
-Steiner dice que las relaciones entre Norman y el
cadáver de su madre eran como las que existen entre el
ventrílocuo y su muñeco. Ella y Norman, niñ.o, debieron de
conversar corrientemente. Y es probable que el adulto
Norman Bates racionalizara la situación. Podía fingir cor-
dura, pero, ¿quién puede decir cuánto sabía en realidad?
Sentía interés por el ocultismo y la metafisica; y probable-
mente creía en el espiritismo tanto como en los poderes
conservadores de la taxidermia. Además, no podía recha-
zar ni destruir las otras partes de su personalidad sin re-
chazarse y destruirse a sí mismo. Vivía tres vidas a la
vez.
-Y entonces llegó Mary -murmuró Lila-. Sucedió
algo y él la Illató.
112
-Su madre la mató -repuso Sam-. Fue Norma quien
mató a tu hermana. Ignoramos cuál fue la verdadera si-
tuación, pero el Dr. Steiner afirma que cuando se produ-
cía una crisis, Norma se convertía en la personalidad do-
minante. Bates empezaba a beber, y entonces sufría una
fuga mientras su madre se imponía. Naturalmente, du-
rante esas fugas se vestía con ropas femeninas. Después
ocultaba la imagen de su madre, porque en su mente era
ella el verdadero criminal, y debía ser protegida.
-Entonces el Dr. Steiner debe estar seguro de la lo-
cura de Norman Bates.
-Me dijo que era un sicópata. Recomendará que Ba-
tes sea internado en el hospital del Estado, probablemen-
te para el resto de su vida.
-¿No habrá juicio?
-Eso quería decirte. No habrá juicio. -Sam suspi-
ró-. Lo siento. Supongo que tus sentimientos .. .
-Me alegro de ello -le interrumpió Lila lentamente-.
Es mejor así. Es curioso cómo suceden las cosas en la vida
real. Ninguno de nosotros sospechaba la verdad; andába-
mos a ciegas, hasta que hicimos lo que debíamos movidos
por motivos equivocados. Ni en este mismo instante pue-
do odiar a Bates por lo que hizo. Debe haber sufrido mucho
más que cualquiera de nosotros. Hasta cierto punto, in-
cluso creo comprenderle. No estamos tan cuerdos como
pretendemos estarlo.
Sam se puso en pie. Lila le acompañó hasta la puerta.
-De todas formas, ya todo ha pasado. Intentaré olvi-
dar. Procuraré olvidarlo todo.
-¿Todo? -murmuró Sam.
No la miró.
-Casi todo -repuso ella.
Y tampoco le miró.
Y ése fue el fin de todo ello.
O casi el fin.

113
CAPITULO XVII

El verdadero fin llegó silenciosamente.


Se produjo en la pequeña y desnuda habitación donde
las voces habían murmurado, y se habían mezclado du-
rante tanto tiempo: la voz del hombre, la voz de la mujer,
la voz del niño.
Las voces estallaron cuando se inició la fisión, pero
ahora, casi milagrosamente, se produjo una fusión.
Sólo quedaba una voz. Y era como debía ser, ya que
sólo había una persona en la habitación. Siempre había
habido una persona, sólo una.
Ella lo comprendió entonces.
Lo comprendió y se alegró.
Era mucho mejor que así fuera; tener total y plena con-
ciencia de una misma, como en realidad era. Ser serena -
mente fuerte, serenamente confiada, serenamente segura.
Podía mirar al pasado como si fuera una pesadilla; era
eso lo que había sido: una pesadilla poblada de ilusiones.
Había un muchacho malo en la pesadilla, un muchacho
malo que había matado a su amante e intentó envenenar-
la a ella. En alguna parte de la pesadilla estaban el ahogo
y los gemidos y los intentos de abrirse la garganta y las
caras amoratadas. En alguna parte de la pesadilla estaba
el cementerio por la noche y el muchacho que cavaba y ja-
deaba, y la rotura de la tapa del ataúd, y el momento del
descubrimiento, el momento de mirar lo que contenía. Pero
lo que allí yacía no estaba realmente muerto. El muerto
era el muchacho malo, y así debía ser.
En la pesadilla había habido un hombre malo también,
y era asimismo un asesino. Había mirado por un agujero
en la pared, y bebido y leído libros sucios, y había creído,
además, en muchas tonterías. Pero lo peor de todo era que
había dado muerte a dos personas inocentes: a una mu -
chacha de hermosos senos y a un hombre que se cubría
con un Stetson gris. Ella lo sabía todo, claro está, y por eso
podía recordar incluso los más pequeños detalles. Lo sabía
porque había estado allí, entonces, mirándolo. Pero sólo
había mirado.

114
Era el hombre malo quien había cometido los asesina-
tos. Y luego, intentó culparla a ella.
Mi madre los mató. Lo dijo, pero era mentira.
¿Cómo podía matarles, si sólo les contemplaba, y tenía
que fingir que era un cuerpo disecado, que no puede hacer
ningún daño y que se limita a existir para siempre?
Sabía que nadie creería al hombre malo; y el hombre
malo había muerto ya. El hombre malo y el muchacho ma-
lo estaban muertos, o de lo contrario sólo eran parte de la
pesadilla. Y la pesadilla se había desvanecido ya para
siempre.
Sólo quedaba ella, y ella era real.
¿Y acaso no es cierto que ser la única y saber que se es
real es prueba de cordura?
Pero para estar más segura sería mejor seguir fingien-
do que era sólo un cuerpo disecado. No debía moverse nun-
ca, sino permanecer sentada en aquella pequeña habita-
ción, sentada para siempre.
Si permanecía sentada sin moverse, no la castigarían.
Si permanecía sentada sin moverse, sabrían que esta-
ba cuerda, cuerda, cuerda.
Permaneció sentada durante mucho tiempo, y luego
entró una mosca zumbando entre las rejas.
Se posó en su mano.
Podía aplastarla, si hubiera querido.
Pero no la aplastó.
No la aplastó, y confió en que le estuvieran vigilando,
porque eso probaba la clase de persona que realmente era.
Incapaz de matar una mosca.

115

También podría gustarte