PSICOSIS
PSICOSIS
PSICOSIS
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Título original: PSYCHO
Traducción: Carlos Paytuvi
e
CAf'IVAJAL S.A.
Impreso en Colombia
Printed in Colombia
CAPITULO PRIMERO
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Pero no lograría nada discutiendo. Norman consultó
su reloj de pulsera y sonrió.
-Las cinco dadas -repuso-. No sabía que fuera tan
tarde. Estaba leyendo ..
-¿Crees que no tengo ojos? Ya veo lo que has estado
haciendo. -Se acercó a la ventana y miró afuera, a la llu-
via-. Y también veo lo que no has hecho. ¿Por qué no en-
cendiste el rótulo al oscurecer? ¿Y por qué no estás en el
despacho, como debieras?
- Empezó a llover muy fuerte y no creí que hubiera
tránsito con este tiempo.
-¡Bah! Con ese tiempo es más probable tener huéspe-
des. A mucha gente no le gusta viajar cuando llueve.
-¡Pero si nadie viaja ya por esta carretera ... ! Todo
el mundo utiliza la nueva.
Norman advirtió la amargura de su propia voz; le pare-
ció sentirla en la garganta e intentó contenerla, pero por
fin tuvo que librarse de ella.
-Ya te dije lo que sucedería, cuando nos dijeron con-
fidencialmente que cambiaban el trazado de la carretera
principal. Entonces hubiera podido vender el parador,
antes de que la noticia fuera de dominio público. Hubié-
semos podido comprar tierras a buen precio junto al nue-
vo trazado, y estaríamos también más cerca de Fairvale.
Ahora podríamos tener un nuevo parador, una casa nueva
y dinero. Pero no quisiste hacerme caso. Nunca prestas
atención a lo que te digo. Siempre ha de ser lo que tú quie-
res y lo que tú piensas. ¡Me enfermas!
-¿Sí, muchacho?
La voz de su madre era falsamente suave; Norman no
se dejó engañar. Tenía cuarenta años y le llamaba «mu-
chacho » ; y además le trataba como a tal y eso empeora-
ba las cosas. ¡Si al menos no tuviera que escucharla! Pero
tenía que hacerlo, sabía que no podía rebelarse, que siem-
pre tendría que escucharla.
-¿Sí, muchacho? -repitió aún con mayor dulzura-.
Te enfermo, ¿eh? No, muchacho, no soy yo quien te en-
ferma , sino tú mismo. Y ése es el verdadero motivo de que
estés aún aquí, junto a una carretera secundaria. Nunca
tuviste valor, ¿eh, muchacho? Nunca tuviste el valor de
marchar de casa, de buscarte un trabajo o alistarte en el
ejército o echarte novia ...
-¡No me hubieses dejado!
-Eso es, Norman. No te hubiese dejado. Pero si tú hu-
bieras sido un hombre de verdad, habrías hecho tu vo-
luntad.
Norman quería gritarle que estaba equivocada, pero
no pudo, porque las cosas que ella decía eran las mismas
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que él se había dicho, una y otra vez, en el transcurso de
los años. Era cierto. Ella siempre le había dictado lo que
tenía que hacer, pero eso no significaba que tuviera siem-
pre que obedecer. Las madres son a veces demasiado do-
minantes, pero no todos los hijos aceptan ese dominio.
Había habido otras viudas, otros hijos únicos, pero entre
todos ellos no habían existido semejantes relaciones. En
realidad, también él tenía parte de culpa, porque carecía
de arrestos.
-Podías haber insistido -decía ella-. Pudiste haber
encontrado un nuevo lugar para nosotros y vender el pa-
rador. Pero te limitas a gemir. Y yo sé por qué. Nunca has
podido engañarme. No lo hiciste porque, en realidad, rio
querías moverte de aquí. No querías abandonar este lu-
gar, y nunca lo dejarás. No puedes hacerlo, del _mismo
modo que no puedes crecer.
No podía mirar a su madre, sobre todo cuando decía
cosas semejantes. Y tampoco podía mirar a ninguna otra
parte. De repente, la lámpara de sobremesa, todos los ob-
jetos de la habitación, tan familiares, le fueron odiosos,
simplemente debido a su larga familiaridad con ellos.
Eran como los muebles de un calabozo. Miró por la venta-
na, pero no le sirvió de nada, pues afuera sólo había vien-
to, lluvia y oscuridad.
Se aferró al libro e intentó fijar su mirada en él. Tal
vez si no le hacía caso y fingía calma __ .
Pero tampoco le sirvió de nada.
-¡Mírate! -decía su madre. (El tambor redoblaba,
¡bum, bum, bum! y los sonidos vibraban al salir de su re-
torcida boca.)- De sobra sé por qué no te molestaste en
encender el neón, y por qué no has abierto la oficina de
recepción esta noche. No es que te hayas olvidado de ha-
cerlo. Lo que ocurre es que no deseas que venga nadie,
ningún automovilista.
-¡Está bien! -murmuró él- . Admito que odio tener
que cuidarme de un parador; que siempre lo he odiado.
-No se trata simplemente de eso, muchacho. -(Ahí
estaba otra vez: ¡Muchacho, muchacho!, sonando sorda-
mente, como si saliera de la boca de la muerte.)-. Odias
a la gente; y la odias porque la temes, ¿no es cierto? Siem-
pre te ha asustado, desde que eras niño. Prefieres aco-
modarte en un sillón y leer. Ya lo hacías hace treinta años,
y lo sigues haciendo. Te escondes bajo las cubiertas de un
libro. ·
-Podría hacer cosas mucho peores. Tú misma me lo
has dicho siempre. Al menos, jamás me he metido en nin-
gún lío. ¿No es preferible que eduque mi mente?
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-¿Que eduques tu mente? ¡Bah!
Norman sentía su presencia detrás de él, sabía que
le miraba fijamente.
-¿Y a eso llamas educar tu mente? -prosiguió ella-.
Es inútil que intentes engañarme. Nunca has podido ha-
cerlo. No es como si leyeras la Biblia. Sé lo que lees. Ba-
sura. ¡Algo peor que la basura!
- Es una historia de la civilización de los incas ...
-Y apuesto a que está llena de cosas maliciosas acer-
ca de esos sucios salvajes, como aquel libro que tenías
sobre los Mares del Sur. Creías que ignoraba la existencia
de ese libro, ¿eh? Lo escondías en tu habitación, como los
otros, como ocultas todas las porquerías que lees.
-La sicología no es ninguna porquería, madre.
-¡Lo llama sicología! ¡Mucho sabes tú de sicología!
Nunca olvidaré aquel día en que me hablaste tan sucia-
mente. ¡Pensar que un hijo puede acercarse a su madre
para decirle semejantes cosas!
-Sólo intentaba explicarte algo. Es lo que se Harria el
complejo de Edipo, y pensé que si tú y yo podíamos hablar
sensata y razonablemente de ese problema e intentábamos
comprenderlo, tal vez las cosas mejoraran.
-¿Mejorar, muchacho? Nada tiene que cambiar ni me-
jorar. Puedes leer todos los libros que quieras. Seguirás
siendo el mismo, a pesar de ello. No necesito escuchar una
sarta de obscenas sandeces para saber lo que eres. Inclu-
so un niño de ocho años podría comprenderlo. En realidad,
todos tus compañeros de juego lo comprendieron, cuando
eras niño. Eras un niño pegado siempre a las faldas de su
madre. Lo eras entonces, lo eres ahora y lo serás siempre.
Las palabras de su madre, secas como estampidos, le
ensordecían. Se le atragantaron las viles palabras que le
subían a la boca, y se dijo que un instante después llora-
ría. ¡Pensar que su propia madre pudiera estar haciéndole
aquello, incluso entonces! Pero podía, y lo haría una y otra
vez, a menos que.
-¿A menos qué?
¡Dios santo! ¿Era también capaz de leer sus pensa-
mientos?
-Sé lo que estas pensando, Norman. Te conozco muy
bien, muchacho; más de lo que imaginas. Estás pensando
que te gustaría matarme, ¿eh? Pero no puedes, porque no
tienes arrestos para hacerlo. Soy yo quien tiene la fuerza;
siempre he tenido bastante para ambos. Por eso no te des-
harás nunca de mí, aunque quisieras hacerlo de verdad.
» Naturalmente, en lo más profundo de ti mismo no
quieres hacerlo. Me necesitas, muchacho, ¿no es cierto?
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Norman se puso en pie, lentamente. No estaba aún lo
bastante seguro de sí mismo para volverse hacia ella y mi-
rarla. Primero tenía que calmarse, y para ello no debía pen-
sar en lo que su madre decía. Había que enfrentarse con
aquella situación, y no olvidar. Es una vieja y su cabeza
no está muy equilibrada. Si sigo escuchándola cuando ha-
bla así, también yo acabaré mal de la cabeza. Le diré que
vuelva a su habitación y que no salga de allí.
Será preferible que se vaya rápidamente, pues, de lo
contrario, la estrangularé con su propio cordón de pla-
ta ..
Estaba volviéndose, abriendo la boca para dar forma a
las frases, cuando sonó el zumbador.
Alguien acababa de llegar en coche al parador y pedía
ser atendido.
Sin molestarse a mirar a su madre, Norman se dirigió
al vestíbulo, cogió el impermeable de la percha y salió a la
oscuridad.
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CAPITULO 11
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CAPITULO 111
-¿Busca habitación?
Al ver la cara gorda con gafas y oír la voz suave y va-
cilante, Mary tomó una rápida decisión.
Asintió y salió del coche. Sintió que le dolían las pan-
torrillas mientras seguía al hombre hasta la puerta del
despacho. La abrió, entró en el cubículo y encendió la luz.
- Lamento no haber estado aquí cuando usted llegó.
Me encontraba en la casa. Mi madre no se encuentra muy
bien.
El despacho no tenía nada de particular, pero era cáli-
do, seco y brillante. Mary experimentó un agradable es-
tremecimiento y sonrió al hombre gordo, que se inclinaba
sobre el libro de registro colocado encima del mostrador.
-Nuestras habitaciones cuestan siete dólares, ¿ Quie-
re verlas, primero?
-No es necesario -repuso Mary.
Abrió el bolso, sacó un billete de cinco dólares y dos de
uno, y los colocó encima del mostrador, al mismo tiempo
que él le ofrecía la pluma para que se inscribiese en el re-
gistro.
Vaciló un instante, y, por fin, escribió un nombre -Ja-
ne Wilson- y una dirección: San Antonio, Texas. Su co-
che llevaba matrícula de Texas.
-Traeré sus maletas -dijo el hombre, saliendo de de-
trás del mostrador.
Mary le siguió . El dinero estaba en el compartimiento
de los guantes, en el mismo sobre sujeto con una faja de
goma. Tal vez fuera lo mejor dejarlo allí; cerraría el coche
y nadie lo tocaría.
El hombre llevó las maletas hasta la puerta de la ha-
bitación contigua a la oficina. Era la más cercana, y a ella
no le importó; lo principal era resguardarse de la lluvia.
-Hace muy mal tiempo -observó él , haciéndose a un
lado para permitirle entrar en la habitación-. ¿Ha condu-
cido mucho tiempo?
-Todo el día.
El hombre encendió la lámpara de la mesilla de noche.
La habitación estaba amueblada de un modo sencillo pero
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confortable. Mary pudo ver una ducha en el cuarto de
baño contiguo. Hubiera preferido una bañera, pero se con-
formaría con la ducha.
-¿Le gusta?
Mary asintió; luego se acordó de una cosa.
-¿Hay algún lugar cerca de aquí, donde pueda cenar?
- Pues. . . Había un puesto de comida y refrescos en la
carretera, a unas tres millas de aquí, pero me temo que
lo hayan cerrado, desde que se desvió la carretera prin-
cipal. Lo mejor sería ir hasta Fairvale.
-¿Está muy lejos?
-A unas diecisiete o dieciocho millas. Siga la carre-
tera hasta que encuentre una secundaria a la derecha,
que la llevará otra vez I! la principal. Me sorprende que no
siguiera por esta última, puesto que, al parecer, se dirige
hacia el Norte.
- Me extravié.
El hombre asintió y suspiró.
-Es lo que pensé. No suele haber mucho tránsito en
esta carretera desde que se inauguró el nuevo ramal de
la principal.
Mary sonrió con aire ausente. El hombre permanecía
junto a la puerta, humedeciéndose los labios. Cuando Ma-
ry levantó los ojos, bajó la mirada y carraspeó.
-Ah ... yo... estaba pensando... Seguramente no
tendrá usted muchas ganas de ir hasta Fairvale y regre-
sar con esta lluvia. Quiero decir. . . Iba a preparar algo
que comer en casa. Me complacería mucho que quisiera
usted acompañarme.
-No puedo aceptar.
-¿Por qué no? No es ninguna molestia. Mi madre ya
está acostada. Pensaba preparar algo frío y café. ¿Qué le
parece?
-Pues ...
-¿Sabe qué? Voy hasta la casa y lo prepararé.
-Muchas gracias, Mr ...
-Bates,. Norman Bates. -Retrocedió de espaldas, y
golpeó la puerta con el hombro--. Le dejaré esta linterna
eléctrica para que pueda alumbrarse el camino. Querrá
usted cambiarse de ropa, primero, supongo.
Se volvió, pero no sin que ella tuviese tiempo de adver-
tir el súbito rubor que tiñó sus mejillas.
Por vez primera en veinticuatro horas, Mary Crane
sonrió espontáneamente. Esperó a que la puerta se cerra-
ra y se quitó la chaqueta. Sacó un vestido estampado del
maletín, confiando en que no estuviera muy arrugado. Se
lavaría un poco ahora, y se prometió una buena ducha pa-
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ra después de cenar. Eso era lo que necesitaba: una du-
cha caliente y dormir. Pero primero tenía que comer algo.
Quince minutos después llamaba a la puerta de la
casa.
A través de la ventana de la salita se veía el brillo de
una lámpara, pero del piso alto llegaba un reflejo mayor.
Si su madre se encontraba enferma, debía estar en su ha-
bitación, arriba.
Nadie contestaba. Es pcsible que también él estuviera
arriba. Volvió a llamar.
Mientras esperaba miró por la ventana de la salita. Al
principio, no pudo dar crédito a lo que veían sus ojos, le
costaba creer que aún existieran casas como aquélla.
Cuando se vende una casa suelen observarse señales
de mejoras y reformas en el interior; pero la sala que esta-
ba mirando no había sido jamás modernizada; el floreado
papel de la pared, los oscuros y labrados arrimaderos de
caoba, la roja alfombra, la sillería de alto respaldo y el re-
cargado hogar pertenecían al siglo XIX. Ni siquiera había
un televisor que rompiera la incongruencia de aquella ha-
bitación, pero pudo observar en cambio la presencia de un
viejo gramófono de cuerda encima de una mesita. Enton-
ces percibió un suave murmullo de voces, procedente de
la habitación alumbrada, en el piso alto.
Mary volvió a llamar con el extremo de la linterna.
Aquella vez debieron oírla, pues el sonido cesó de repente,
y distinguió el suave ruido de unos pies que bajaban las
escaleras. Un momento después, Mr. Bates abrió, invi-
tándola a entrar con un gesto.
-Siento haberla hecho esperar -se excusó-. Estaba
acostando a mi madre. Algunas veces tiene el carácter un
poco difícil.
- Me dijo que estaba enferma; no quisiera que mi pre-
sencia le causara ninguna molestia.
-No se preocupe. Ya debe estar dormida. -Mr Bates
miró hacia la escalera por encima del hombro. Después
bajó la voz-: En realidad, su enfermedad no es f'ISica, pe-
ro algunas veces ...
Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y luego
sonrió.
-Deme el impermeable. Lo colgaré aquí. Si quiere
venir ...
Le siguió por un pasillo.
- Espero que no le moleste cenar en la cocina -mur-
muró-. Todo está preparado. Siéntese y le serviré el café.
La cocina era un complemento de la salita: las paredes
aparecían cubiertas de alacenas, a ambos lados de una
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v1e1a fregadera, con el aditamento de una vieja bomba de
mano. El gran fogón de leña estaba en una esquina, y des-
pedía un agradable calor. Sobre el mantel a cuadros rojos
y blancos de la larga mesa de madera, M~ry vio un apeti-
toso surtido de salchichas, queso y encurtidos caseros,
servidos en platos de cristal.
Aquello era mucho mejor que permanecer sola en la ca-
fetería de una pequeña población.
Míster Bates la ayudó a llenars'e el plato.
-Coma. No me espere. Debe tener usted apetito.
Lo tenía, en efecto, y comió tan a gusto y tan absorta,
que casi no se fijó en lo poco que comía él. Cuando lo ad-
virtió, se sintió ligeramente embarazada.
-¡No ha probado nada! Seguro que había cenado
i;tntes.
- No. En realidad, tengo poco apetito. -Volvió a llenar
de café la taza de Mary-. Mi madre me pone nervioso al-
gunas veces. -Bajó la voz de nuevo-. Creo que yo tengo
la culpa. No sé cuidarla bien.
-¿Viven aquí los dos solos?
-Sí.
-Debe ser muy penoso para usted.
-No me quejo. -Se ajustó las gafas montadas al ai-
re-. Mi padre nos abandonó cuando yo era todavía un
niño. Mi madre tuvo que cuidar de mí, ella sola. Tenía su-
ficiente dinero para hacerlo, hasta que crecí. Entonces ·
hipotecó la casa, vendió las tierras y construyó este pa-
rador. Lo administrábamos juntos y las cosas iban bien ...
hasta que quedamos aislados, al construirse el nuevo ra-
mal de la carretera.
» Enfermó antes de que eso ocurriera, y entonces me
tocó a mí cuidar de ella. Algunas veces no resulta fácil
hacerlo.
-¿No tiene otros familiares?
-Ninguno.
-¿Y usted no se ha casado nunca?
La cara de Norman Bates enrojeció, y bajó la mirada.
Mary se mordió el labio.
-Lo siento. No quise inmiscuirme en su vida.
-No se preocupe. -La voz del hombre era débil-.
Nunca me he casado. Mi madre pensaba .. de forma ex-
traña acerca del matrimonio. Yo. . . nunca he estado sen-
tado en una mesa con una muchacha, como ahora.
-Pero . ..
-Parece extraño en estos tiempos, ¿no es cierto? Lo
comprendo. Pero no puede ser de otro modo. Me digo a mí
mismo que mi madre estaría perdida sin mí, ahora ... aun-
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que quizá sea verdad que también yo estaría perdido sin
ella.
Mary acabó de beber el café, buscó cigarrillos en el bol-
so y ofreció uno a Mr. Bates.
-No, gracias. No fumo.
-¿Le molesta que lo haga yo?
-Claro que no. -Vaciló-. Me hubiera gustado ofrecer-
le un poco de licor, pero ... mi madre no tolera alcohol en
la casa.
Mary se apoyó contra el respaldo de la silla, aspirando
profundamente el humo de su cigarrillo. Se sentía expan-
siva. Es curioso lo que pueden hacer un poco de calor, y
un poco de descanso y comida. Una hora antes se había
sentido sola, desgraciada, insegura. Y ahora, en un mo-
mento, todo había cambiado. Es posible que la conversa-
ción con Mr. Bates hubiera contribuido a cambiar su
humor de aquella forma. Porque ahora, el solitario, el des-
graciado, el temeroso, era él. Por contraste, Mary se sentía
muy por encima de su compañero de mesa. Y fue eso lo
que la impulsó a hablar.
- No le permiten fumar, ni beber, ni tener relaciones
con muchachas. . . ¿Qué hace, además de ocuparse del
parador y cuidar a su madre?
Al parecer, él no advirtió su tono de voz.
-Muchas cosas. Leo bastante, y tengo otras aficiones.
Levantó los ojos hasta la repisa. Mary siguió la direc-
ción de su mirada. Una ardilla disecada les miraba desde
lo alto.
-¿Caza?
- No. Diseco. George Blount me dio esta ardilla para
que la disecara. La cazó él. Mi madre no quiere que ma-
neje armas de fuego.
-Perdone mis palabras, Mr. Bates, pero, ¿cuánto tiem-
po piensa usted seguir así? Es usted un hombre hecho y
derecho. Usted mismo comprende que no pueden exigirle
que se porte toda su vida como un niño. No es que sea mi
propósito mostrarme inquisitiva, pero ...
-Comprendo. No se me oculta mi verdadera situa-
ción. Como ya le he dicho, leo bastante. Sé cómo opinan los
sicólogos acerca de estas cosas. Pero tengo un deber que
cumplir con mi madre.
-¿Y no ha pensado que quizá cumpliría mejor ese de-
ber para con ella, y para con usted también, si diera los
pasos necesarios para ingresarla en una. . . institución?
-i No está loca!
Su voz, que era suave, sonó de repente alta y aguda. Se
puso en pie, gesticulando, y derribó una taza que se es-
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trelló contra el suelo. Mary no podía apartar la mirada de
la extraña cara del hombre.
-No está loca -repitió-, y me tiene sin cuidado lo
que usted y los demás puedan pensar. Tampoco me impor-
ta lo que dijeron los médicos del hospital. Si pudieran,
certificarían su locura en un santiamén y la encerrarían
en un manicomio; sólo necesitan mi consentimiento. Pero
no lo tendrán. Y no lo tendrán porque yo sé ¿Lo compren-
de usted? Yo sé y ellos no saben. Ignoran cómo me cuidó,
cuando nadie se interesaba por mí; ignoran cómo trabajó
y sufrió por mí, y los sacrificios que hizo. Si su comporta-
miento resulta ahora un poco extraño, mía es la culpa.
Cuando me dijo que quería volver a casarse, yo se lo im-
pedí. ¡Sí, lo hice! No es necesario que me hable de celos,
de sentimientos dominantes. Yo era mil veces peor de lo
que ella haya podido ser jamás. Estaba diez veces más lo-
co que ella, si prefiere esa palabra. Me hubieran encerra-
do en un santiamén, si hubieran sabido las cosas que dije
e hice y la forma en que me porté. Por fin, logré sobrepo-
nerme. Pero ella, no. ¿Y quién es usted para decir que hay
que encerrar a alguien? Creo que todos nos volvemos un
poco locos, a veces.
Calló, no porque le faltaran las palabras, sino el alien-
to. Su cara estaba enrojecida y le temblaban los labios.
Mary se puso en pie.
-Lo siento -dijo suavemente-. Lo siento de verdad.
Ruego a usted que me perdone. No tenía ningún derecho
a decirle cuanto le dije.
-Lo sé, pero no importa, No estoy acostumbrado a ha-
blar de estas cosas. Cuando uno vive solo como yo, se vuel-
ve extraño.
Intentó sonreír. Ya no estaba tan sonrojado.
Mary cogió el bolso. ·
- Me voy. Se está haciendo tarde.
-No se vaya. Siento haberme portado de esa manera.
-No es por eso. En realidad, estoy muy cansada. Me
gustaría contarle mis aficiones. Tengo una especie de ta-
ller en el sótano ...
-Me encantaría escucharle, pero tengo que descansar.
-Entonces, la acompañaré. Tengo que cerrar el des-
pacho. Ya no creo que venga nadie esta noche.
Salieron del vestíbulo. Mr. Bates la ayudó a ponerse
el impermeable. Luego salieron al exterior. Había cesado
de llover, pero la noche era oscura y sin. estrellas. Des-
pués de andar unos pasos, Mary miró hacia la casa. En el
piso alto la luz seguía encendida, y Mary se preguntó si la
vieja estaría despierta y habría oído su conversación.
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Mister Bates se detuvo ante la puerta de su habita-
ción; esperó a que Mary pusiera la llave en la cerradura y
abriera.
-Buenas noches -dijo-. Que descanse .
-Gracias. Y gracias también por su hospitalidad.
Mister Bates abrió la boca como si se dispusiera a de-
cir algo; luego, se alejó en silencio. Le vio enrojecer por
tercera vez durante el transcurso de la noche.
Mary cerró la puerta con llave. Oyó los pasos de Mr.
Bates que se alejaba y el ruido de la puerta de la oficina.
No le oyó salir, pues se hallaba absorta sacando sus co-
sas del maletín: el pijama, las zapatillas, un tarro de
crema, un cepillo de dientes y el tubo de pasta. Luego bus-
có en la maleta el vestido que pensaba ponerse al día si-
guiente para ir a ver a Sam. Sería mejor sacarlo y colgarlo,
para que se desarrugara. Todo debía estar bien al día
siguiente.
Todo debía estar bien . ..
De pronto se sintió pequeña. ¿Tan súbito había sido
el cambio? ¿Habría empezado cuando Mr. Bates había ob-
servado una conducta tan histérica? ¿Qué era lo que ha-
bía dicho, que la había empequeñecido de tal manera?
Creo que a veces todos estamos un poco locos.
Se sentó en la cama.
Sí. Era cierto. Todos nos volvemos un poco locos, a ve-
ces. Es lo que le había sucedido a ella, el día anterior,
cuando vio el dinero sobre el escritorio.
Y había estado loca desde entonces; debía haberlo es-
tado para creer que podría salirle bien lo que había pla-
neado. Le había parecido la realización de un sueño. Un
sueño. Sí, eso era: un sueño loco. Ahora lo comprendió.
Es posible que pudiera despistar a la policía. Pero Sam
haría preguntas. ¿Quién era ese pariente que le había de-
jado la herencia? ¿Dónde había vivido? ¿Por qué no le ha-
bía hablado nunca de él? ¿Por qué llevaba el dinero en
efectivo? ¿No se había opuesto Mr. Lowery a que ella aban-
donara tan súbitamente su empleo?
Y estaba Lila además. Si reaccionaba como Mary es-
peraba ... si no hablaba con la policía, incluso si consentía
en guardar silencio en el futuro, por sentirse obligada a
ello ... Sin embargo, la verdad era que lo sabría. Y se pro-
ducirían complicaciones.
Tarde o temprano, Sam querría que ambos fueran a vi-
sitarla, o le pediría que pasara unos días con ellos. La si-
tuación sería insostenible. No podría seguir relacionándo-
se con su hermana, ni tampoco explicarle a Sam el porqué
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de su rompimiento; ni mucho menos explicarle por qué
motivo se negaba a ir a Texas, ni siquiera de visita.
No; todo aquello era una locura.
Y ya era demasiado tarde para remediarla.
¿Lo era, en realidad?
Si dormía diez horas, y salía el día siguiente, domingo,
hacia las nueve de la mañana, podría estar de ·regreso a
su casa el lunes, a primera hora, antes de que Lila regre-
sara de Dallas y el banco abriera. Depositaría el dinero
e iría a su trabajo.
Sí, estaría muy cansada. Pero no se moriría de aquello
y nadie lo sabría jamás;
Quedaba el asunto del coche, desde luego; tendría que
inventar alguna explicación para Lila. Le diría que había
salido hacia Fairvale para visitar a Sam, y que el coche
se averió en el camino; que el mecánico le había dicho que
habría que cambiar el motor, por lo que había decidio ven-
derlo y comprar aquel viejo trasto, para regresar a casa.
Sí; sería una explicación razonable.
Cuando lo hubo calculado todo, comprendió que. aquel
viaje le costaría unos setecientos dólares. Era el valor ael
coche.
Pero valía la pena pagar aquel precio. Setecientos dó-
lares no resulta un precio muy caro si se compra con ellos
la salud mental, la seguridad y el futuro.
Se puso en pie.
Lo haría.
Entró en el cuarto de aseo, se desembarazó de las za-
patillas con un gesto de los pies, y se agachó para soltarse
las medias. Luego levantó los brazos, se quitó el vestido y
lo arrojó a la habitación. No le importó que cayera al sue-
lo. Se soltó el sostén ...
Después entró en la ducha. El agua estaba muy calien-
te, y debió abrir un poco la otra llave. Por fin, abrió las dos
y dejó que la cálida lluvia cayera sobre ella. ·
El cuarto empezó a llenarse de vapor. El ruido de la ducha
no le permitió oír cómo se abría la puerta de la habitación,
ni los pasos que se acercaban. Y cuando las cortinas de
la ducha se abrieron el vapor oscureció aquel rostro.
Fue entonces cuando lo vio: un rostro que miraba ~ntre
las cortinas, colgando del aire, como una máscara. El ca-
bello aparecía cubierto por un pañuelo y los vidriosos ojos
la miraban inhumanamente; pero no era una máscara; no
podía serlo. La piel estaba cubierta de polvos blancos y
había dos rosetas rojas en las mejillas. No era una más-
cara. Era la cara de una vieja loca.
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Mary empezó a gritar. Entonces la abertura de las
cnrtinas se ensanchó y apareció una mano, armada con un
cuchillo de carnicero . Un cuchillo que cortó su grito.
Y su cuello.
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CAPITULO IV
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gresar a su madre en un manicomio. Se estaba volviendo
insoportable, y le ponía fuera de sí.
El whisky ardía. Estaba bebiendo ya el tercer trago,
pero lo necesitaba. Necesitaba muchas cosas. Aquella mu-
chacha tenía razón. No era forma de vivir. No podría re-
sistirla mucho tiempo.
La cena resultó muy angustiosa para él. Temía que su
madre hiciera una escena. Después de encerrarla en su
habitación, se preguntó si empezaría a gritar y aporrear
la puerta. Pero había permanecido silenciosa, como si es-
tuviera escuchando. Y es lo que había hecho con toda se-
guridad. Podía encerrar a su madre en su dormitorio, pero
no impedirle que escuchara.
Norman deseaba que estuviera dormida ya. Quizá al
día siguiente lo hubiera olvidado todo. Le ocurría a me-
nudo.
Oyó un ruido y se movió en la silla. ¿Sería su madre que
llegaba? No; no podía ser; la había dejado encerrada. Se-
guramente era la muchacha que se movía en la habitación
contigua. Sí, ahora la oía bien; al parecer, había abierto la
maleta y sacaba algunas cosas, preparándose para acos-
tarse.
Norman bebió otro trago para templar sus nervios. Lo
logró. Ya no le temblaba la mano. No tenía miedo. Desapa-
recía, cuando pensaba en la muchacha.
Era curioso. Cuando la vio, había experimentado aquel
terrible sentimiento de. . . ¿Cuál era la palabra? Im . ..
algo. Importancia. No; no era ésa. No se sentía importante
cuando estaba junto a una mujer. ¿Sería imposible? Tam-
poco. Sabía la palabra que buscaba; la había encontrado
cientos de veces en los libros, en aquellos libros que su
madre ignoraba que tenía.
No importaba. Cuando estaba con la muchacha, se sen-
tía de aquella manera; pero no entonces. Podía hacer cual-
quier cosa.
Y eran muchas las cosas que hubiera querido hacer
con una muchacha como aquélla; joven, bonita, inteligente
también. . . Se había puesto en ridículo al contestarle co-
mo lo hizo cuando ella hablaba de su madre; admitía que
había dicho la verdad. Ella sabía y podía comprender. De-
seó haber estado más rato con ella.
Quizá no volviera a verla jamás. Se marcharía al día
siguiente. Para siempre. Jane Wilson, de San Antonio,
Texas. Se preguntó quién era, adónde iba, cómo debía ser
en realidad en su interior. Podría enamorarse de una mu-
chacha como aquélla. Sí, podría enamorarse con sólo verla
una vez. No era una cosa risible. Pero quizá ella se reiría.
32
Las muchachas eran así. . . siempre reían. Porque eran
perras.
Mi madre tiene razón. Son perras. Pero no puedo conte-
nerme cuando una perra es tan hermosa como ésa, y sé
que no volveré a verla. Si hubiera sido hombre, se lo hubie-
se dicho cuando estaba en su habitación; habría sacado
la botella, le habría ofrecido un trago, bebido con ella y.
No; no lo hubiese hecho, porque soy impotente.
Esa era la palabra que no podía recordar. Impotente.
La palabra que emplean en el libro, la que usa mi madre,
la que significa que no volveré a verla, porque de nada me
serviría. La palabra que las perras sabían; deben saberla,
y por eso reían siempre.
Norman volvió a beber. Sentía cómo el licor le caía por
la barbilla. Debía de estar borracho. Sí, estaba borracho.
¿Y qué? Mientras su madre no se enterara.. Mientras
la muchacha no lo supiera. . . Sería un gran secreto. Impo-
tente, ¿eh? Bien; eso no significaba que no pudiese volver
a verla.
La vería, y a no tardar.
Norman se inclinó sobre el escritorio y casi tocó la pa-
red con la cabeza. Había percibido más sonidos, y la expe-
riencia le decía cómo debía interpretarlos. La muchacha
se había quitado los zapatos. Entraba en el cuarto de aseo.
Alargó la mano. Temblaba, pero no de miedo. Sabía. lo
que iba a hacer. Ladearía ligeramente la enmarcada li-
cencia por el agujerito que había hecho hacía ya mucho
tiempo. Nadie conocía la existencia de aquel agujero; ni su
madre. Era su secreto.
En realidad se trataba de una grieta en el revoque del
otro lado, pero podía ver a través de ella. Veía el interior
del cuarto de aseo. Podía ver mucho. ¡Las perras podían
reírse cuanto quisieran de él! Sabía más de ellas que cuan-
to ellas hubieran podido imaginar jamás.
Le fue difícil enfocar la mirada. Se sentía mareado.
Ello se debía en parte a la bebida, y en parte a la excita-
ción.
La muchacha no descubriría la grieta. Ninguna de ellas
la había descubierto jamás.
Entonces Norman oyó un ruido, un enorme ruido que
parecía sacudir las paredes y oscurecer sus pensamientos.
Un ruido que nacía dentro de su cabeza. Se dejó caer en
la silla. «Estoy borracho -se dijo--. Voy a perder el co-
nocimiento.»
Pero no lo perdió. El ruido continuaba, y en alguna par-
te dentro de él percibió otro sonido. Alguien estaba abrien-
do la puerta de la oficina. Pero, ¿cómo era posible? ¿No la
33
había cerrado con llave? ¿Y no tenía esa llave? La encon-
traría, con sólo abrir los ojos . Pero no podía abrirlos ; ni se
atrevía a hacerlo. Porque sabía.
Su madre también tenía una llave.
Tenía una llave de su habitación. Tenía una llave de
la casa. Tenía una llave de la oficina.
Y allí estaba ya, mirándole . Norman confió en que le
creyera dormido. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Le habría
oído salir con la muchacha, y le estaba espiando?
No osaba moverse; no quería hacerlo. A medida que los
segundos pasaban le resultaba más difícil hacerlo. El rui-
do continuaba y su vibración le inducía al sueño. Era agra-
dable.
Luego se marchó. Se volvió sin hablar, y salió. No había
de temer nada. Había venido para protegerle de las perras.
Sí, eso era; para protegerle . Siempre que la necesitaba,
su madre estaba a su lado. Ya podía dormir. Luego, todo
fue silencio. Dormir, sueño, s ilencio.
Norman volvió en sí sobresaltado, echando la cabeza
hacia atrás. ¡Cómo le dolía! Había perdido el sentido en
la silla. No era de extrañar que todo crujiera. Crujiera.
Había oído el mismo sonido antes. ¿Cuánto hacía? ¿Una
hora ? ¿Dos?
Lo reconoció. En la habitación contigua la du<:ha esta-
ba abierta. Eso era. La muchacha se estaba duchando.
Pero de eso hacía mucho ya. Era imposible que aún estu-
. viera allí.
Se inclinó hacia adelante, ladeando el cuadro con la li-
cencia. No sin dificultades logró enfocar la mirada en el
cuarto de baño brillantemente alumbrado. Estaba vacío .
No podía ver tras las cortinas de la ducha. Estaban ce-
rradas .
Quizá la muchacha hubiese olvidado cerrar el agua y
se hab:a dormido . Pero parecía extraño que pudiera con-
ciliar el sueño, con el ruido que producía el agua al salir
con tanta fuerza. Tal vez la fatiga resultara tan intoxi-
cante como el alcohol.
Todo parecía estar en orden. Norman volvió a mirar.
Y entonces observó el suelo.
Sobre las losetas, fuera del plato de la ducha. el agua
formaba un hilillo . No había mucha; la suficiente para que
él pudiera verla.
Pero. ¿era agua'? El agua no es rosada. El agua no for-
ma hilillos rojizos. hilillos ro1os como venas.
Debe haber resbalado V caido. hiriéndose. decidió Nor-
man. Empezaba a dominarle el panico. pero sabía lo que
debía hacer. Cogió las llaves y sa1ió de ia oficina. Encon -
:14
tró rápidamente la que abría la puerta de la habitación
contigua. Estaba vacía, pero la maleta abierta aún sobre
la cama. La muchacha no se había marchado. Por tanto,
sus suposiciones debían ser ciertas: le debió ocurrir un
accidente en la ducha.
Sólo cuando entró en el cuarto de aseo recordó algo más.
Pero ya era demasiado tarde.
Su madre tenía también las llaves del parador.
Y, cuando abrió las cortinas y miró el cuerpo caído y re-
torcido en el plato de la ducha, comprendió que su madre
había utilizado sus llaves.
35
CAPITULO V
36
Una cosa es el asesinato a sangre fría y otra muy dis -
tinta la enfermedad. No se es altamente asesino. cuando
la enfermedad ataca la cabeza. Todo el mundo lo sabe . Pe-
ro a veces los tribunales no están de acuerdo. Había leído
algunos casos relativos a este asunto. Aun en el caso que
comprendieran que estaba enferma. la encerrarían , no en
un sanatorio, sino en una de las terribles instituciones del
Estado.
Norman paseó la mirada por la ordenada habitación.
No podía sacar a su madre de allí y dejar que la encerra -
ran en una celda desnuda. En aquellos momentos estaba
a salvo; la policía ni siquiera conocía su existencia. Nadie
sabía que vivía en la casa. La policía no sabría nada de su
madre. Al margen de lo que había hecho, no merecía que
la encerraran para pudrirse en una celda.
Y no la encerrarían, porque nadie lo sabría.
Estaba seguro de que podría evitar que alguien se en-
terara de lo sucedido. Sólo tenía que pensar detenidamen-
te en cuanto había sucedido aquella noche.
La muchacha llegó sola y dijo que había estado condu-
ciendo todo el día. Eso significaba que no había visitado a
nadie por el camino. Tampoco parecía saber dónde se en-
contraba Fairvale, y no mencionó ningurra de las poblacio-
nes cercanas, lo cual parecía indicar que no tenía inten-
ción de ver a nadie por aquella parte de-1 país. La persona
que la esperara -si es que la esperaba alguien- debía
residir bastante más al norte.
Todo aquello eran suposiciones, claro está, pero pare-
cía lógico. Tendría que correr el riesgo.
Había firmado en el registro, pero eso no significaba
nada. Si alguien le preguntaba por ella, diría que había pa-
sado la noche allí y que se había marchado por la mañana.
Tenía que deshacerse del cadáver y del coche, y pro-
curar que todo quedara completamente limpio después.
Sabía cómo hacerlo. No sería difícil, aunque tampoco
agradable.
Y le evitaría tener que acudir a la policía, salvando así
a su madre.
A pesar de ello, pensaba hablar muy seriamente con
ella; pero eso podía esperar.
Lo importante era deshacerse del cuerpo del delito.
Tendría que quemar el vestido y el pañuelo de su madre,
así como las ropas que llevaba, en cuanto se hubiera des -
hecho del cadáver.
Norman cogió las manchadas ropas de .su madre y las
llevó abajo, donde cambió su vestido por una camisa y un
37
mono viejo. Se lavaría más tarde, cuando lo hubiera arre-
glado todo.
·· Su madre no había olvidado lavarse cuando regresó a
la casa. Norman vio manchas rosadas en la fregadera de
la cocina; y también delatoras huellas de carmín y polvos.
Mentalmente, tomó nota de que debía limpiarlo todo
cuando regresara. Luego se sentó, y pasó cuanto tenía en
los bolsillos de las ropas que se había quitado a los del mo-
no. Era una lástima tener que quemar ropas buenas; pero
no podía obrar de otro modo, si quería salvar a su madre.
Bajó a los sótanos, donde encontró lo que buscaba: un
viejo cuévano para la ropa, con tapa. Era lo bastante gran-
de para lo que necesitaba.
Metió las ropas en el cuévano. Cogió tranquilamente
una vieja tela embreada, volvió arriba, apagó la luz de la
cocina y la del vestíbulo, y salió de la casa, llevando el cué-
vano, cubierto por la tela embreada.
Anduvo a ciegas en la oscuridad de la medianoche sin
luna. El sendero estaba cubierto de grava, pero la lluvia
debía haber reblandecido el terreno detrás de la casa. Ha-
bría huellas. Era otro detalle que no debía olvidar. Dejaría
huellas que no podría ver. ¡Si la noche no fuera tan oscu-
ra! Y, de pronto, experimentó la urgente necesidad de sa-
lir de la oscuridad.
Norman se sintió mejor cuando, por fin, abrió la puerta ·
de la habitación de la muchacha, dejó el cuévano en el
suelo y encendió la luz. Durante unos segundos permane-
ció tranquilo. Después pensó en lo que la luz revelaría
cuando entrara en el cuarto de aseo.
Y permaneció temblando en el centro del dormitorio.
No puedo hacerlo. No puedo mirarla. No entraré. ¡No
entraré!
-Tienes que entrar. No hay otra salida. Y deja de ha-
blar contigo mismo.
Era lo más importante: dejar de hablar consigo mismo.
Debía recobrar la calma y enfrentarse con la realidad.
¿Qué era la realidad?
Una muchacha muerta. La muchacha que su madre
había matado.
No pudo contener las náuseas cuando entró en la du-
cha e hizo allí lo que debía hacer. Encontró el cuchillo en
seguida. Lo echó en el cuévano. En los bolsillos del mono
había un par de guantes viejos. Tuvo que ponérselos antes
de tocar el cadáver. La cabeza era lo peor. El resto del
cuerpo sólo presentaba cortes. Se vio obligado a doblar las
piernas y los brazos, para envolver el cuerpo en la tela ero-
38
breada y meterlo en el cuévano, sobre las ropas. Luego,
afirmó la tapa.
Cuando regresara, limpiaría el piso y el plato de la du-
cha.
Sacó el cuévano a la habitación, y lo dejó en el suelo
mientras buscaba en el bolso de la muchacha las llaves del
coche. Abrió la puerta despacio, oteando la carretera pa-
ra cerciorarse de que no se acercaba nadie.
Sudaba copiosamente cuando logró abrir el portaequi-
pajes del coche y meter el cuévano dentro; pero no era el
esfuerzo, sino el miedo, el- que le hacía sudar. Volvió a la
habitación, y recogió cuanto había en ella, guardándolo en
el maletín y la maleta. Encontró los zapatos, las medias.
el sostén, las bragas. Y las menudencias que las mujeres
dejan en las habitaciones. Y el bolso; contenía un poco de
dinero, pero no se detuvo a comprobar cuánto. No lo que-
ría. Sólo quería deshacerse de todo, lo más rápidamente
posible, contando con la ayuda de la suerte.
Colocó las dos maletas en el asiento delantero del co-
che. Después cerró con llave la puerta de la habitación.
Volvió a mirar la carretera en ambas direcciones. Nadie.
Puso el motor en marcha y encendió los faros. Esa era
la parte peligrosa: los faros. Pero necesitaba luz. Condujo
despacio hacia la casa, por el paso abierto de grava. Otro
paso parecido iba desde allí hasta el viejo cobertizo que
Norman utilizaba como garaje para su Chevrolet.
Cambió la marcha y llevó el coche por la hierba. Esta-
ba en el campo. Había un camino carretero, con profundas
roderas. Lo encontró. Periódicamente, Norman llevaba su
propio coche por aquel camino, uniéndole un remolque,
cuando se dirigía a los bosques situados junto al pantano
en busca de leña para la cocina.
Y es lo que haría también al día siguiente. Lo primero
que haría. Llevar el coche con el remolque por allí. Así, las
huellas de su coche ocultarían las del automóvil de la mu-
chacha. Y si dejaba pisadas en el barro, podría explicar
cómo se habían producido.
0
39
más imPortante en aquellos momentos. Lo primordial era
que el coche se hundiera del todo. Tenía que desaparecer
bajo el lodo: de lo contrario, jamás lograría sacarlo de allí.
Los guardabarros desaparecían lenta, muy lentamente.
¿Cuánto rato llevaba allí? Le parecía que habían transcu-
rrido varias horas, y el coche era aún visible. Pero el lodo
llegaba ya hasta las manijas de las puertas; subía por los
cristales y el parabrisas. Reinaba el silencio. El automóvil
seguía hundiéndose, silenciosamente, pulgada a pulgada.
Sólo la capota era ya visible. De pronto oyó un extraño rui-
do semejante a una aspiración, un desagradable y repen-
tino ¡plop! Y el coche desapareció por completo bajo la su-
perficie del pantano.
Norman ignoraba la profundidad de la ciénaga en aquel
lugar. Pero confiaba en que el coche continuara sumergién-
dose, hasta donde nadie pudiera encontrarlo jamás.
Se volvió, con una horrible expresión en el rostro. Aque-
lla parte había terminado. El coche reposaba en las pro-
fundidades del pantano. Y el cuévano estaba en el porta-
equipajes. Y el cadáver se encontraba en el cuévano. El
retorcido cuerpo y la cabeza ...
Pero no podía, no debía pensar en aquello. Había otras
cosas que hacer.
Las hizo casi mecánicamente. En la oficina había ja-
bón y detergente, un cepillo y un cubo. Limpió el cuarto de
aseo pulgada a pulgada, y luego el plato de la ducha.
Después, volvió a examínar la habitación. La suerte
seguía acompañándole; encontró un pendiente debajo de
la cama. No se había fijado en que la muchacha llevaba
pendientes, pero seguramente era así. Quizá se había sol-
tado cuando se atusaba el cabello. Es posible que el otro
también estuviera caído en algún lugar. Lo buscó afanosa-
mente, sin encontrarlo. No estaba en la habitación; por
tanto, debía encontrarse en el equipaje, o puesto todavía
en la oreja. No importaba. Al día siguiente lo arrojaría al
pantano.
Aún tenía que limpiar la cocina y la fregadera.
Eran casi las dos cuando regresó a la casa. Tuvo que es-
forzarse para conservar los ojos abiertos mientras limpia-
ba la fregadera. Después se quitó los zapatos, el mono, la
camisa y los calcetines y se lavó. El agua estaba fría como
el hielo, pero no le causó ninguna sensación.
Al día siguiente regresaría al pantano, con la misma
ropa, y no importaría que hubiera en ella manchas de lodo
y suciedad. Lo importante era que no hubiera sangre en
40
ninguna parte. Ni en sus ropas, ni en su cuerpo, ni en sus
manos.
Todo volvía a estar limpio. Y sus manos también. Pero
fue al encontrarse en su habitación cuando recordó que
faltaba algo.
Su madre no había regresado.
Dios sabe dónde estaría, sola, en plena noche. Tendría
que volver a vestirse y salir en su busca.
¿O no?
¿Por qué tenía que seguir preocupándose por su madre,
después de lo que había hecho? Tal vez la habían detenido-
quizá explicara barboteando lo que había hecho . Pero,
¿quién la creería? No quedaba ninguna prueba delatora. Y
tal vez ni siquiera eso. En cuanto vieran a su madre y la
oyeran hablar, comprenderían en el acto que estaba loca.
Y entonces la encerrarían en algún lugar del que no po-
seería la llave y del que no podría volver a salir. Y ése se-
ría su fin.
Si la detenían, él procuraría que la encerraran .
Pero no era probable que se acercara a la carretera. Lo
más probable es que se encontrara en algún lugar cercano
a la casa. Cabía incluso la posibilidad de que le hubiera
seguido hasta el pantano y hubiera visto cuanto había he-
cho. Desde luego, si es que estaba enferma de la cabeza,
podía haberle sucedido cualquier ·cosa. Y ·si había !Ído al
pantano, es posible que hubiera resbalado. Sobre todo, te-
niendo en cuenta la oscuridad. Recordó cómo se había des-
lizado el coche, hasta desaparecer en el cenagal.
Norman se dio cuenta de que ya no pensaba con clari-
dad. Tenía una ligera conciencia de que estaba acostado
en la cama, y de que llevaba mucho rato así. Y en realidad
su mente no estaba ocupada decidiendo lo que haría, ni
tampoco se preocupaba por el lugar donde pudiera encon-
trarse su madre. La estaba viendo. Podía verla, a pesar
de la presión que sentía en los ojos y de saber que sus pár-
pados se habían cerrado .
Veía a su madre; estaba en el pantano. Este era el lu-
gar donde estaba, en el pantano. Había bajado torpemente
por la pendiente en la oscuridad de la noche, hasta me-
terse en el cenagal. Y no podía salir. El lodo formaba bur-
bujas junto a sus rodillas; intentaba agarrarse a una ra-
ma o a algo sólido, para salir de allí, pero no lo lograba. Se
estaba hundiendo. No debía mirar.
Pero quería mirar, quería ver cómo se hundía en la pe-
gajosa oscuridad. Era lo que merecía: seguir hundiéndose
hasta reunirse con aquella pobre e inocente muchacha. Ya
41
no tardaría mucho en verse libre de ambas, de la víctima
y de su verdugo, de su madre y de la perra, de la perra y
de su madre, juntas ambas en el fondo del cenagal.
El lodo le llegaba ya al pecho. La veía abriendo la boca
para aspirar una bocanada de aire; y sintió que también
él boqueaba con ella. (¡Era un sueño, tenía que ser un sue-
ño!) De pronto, su madre se hallaba en tierra firme, al
borde del pantano, y él era ahora quien se hundía. La pe-
gajosa masa le llegaba ya hasta el cuello, y no había nada
que pudiera salvarle, nadie que pudiera ayudarle. Na-
die ... a menos que su madre le alargara una mano. ¡Ella
podía salvarle! No quería ahogarse en la ciénaga; no que-
ría hundirse hasta donde estaba aquella muchacha-perra.
Y entonces recordó por qué estaba allí. Porque la habían
matado. Y la habían matado porque era mala. Se había
mostrado desnuda ante él, tentándole con la perversión
de su cuerpo. El mismo había querido matarla por ello, por-
que su madre le había hablado del mal y de sus tentacio-
nes, y le había dicho que las perras no debían vivir.
Su madre, pues, no había hecho más que protegerle, y
no estaba bien que él contemplara cómo se moría. La nece-
sitaba. Y ella a él. Y aunque estuviera loca, no permitiría
que él se hundiera. No podía permitirlo.
Y a estaba hundido hasta la garganta; el lodo besaba ya
sus labios, y sabía que si abría la boca penetraría en ella;
pero tenía que abrirla para poder gritar. Y gritó:
«¡Madre! ¡Madre! ¡Sálvame!»
Y entonces se encontró ya fuera del pantano, en la ca-
ma. Y era sólo sudor el líquido que mojaba su cuerpo. Se
dio cuenta entonces de que todo había sido un sueño; lo
supo incluso antes de oír su voz junto a la cama.
-Sí, hijo. Estoy aquí. Todo está bien.
Sintió su mano en la frente; estaba fría, como el sudor.
Quería abrir los ojos, pero ella le dijo:
-No te preocupes, hijo. Vuelve a dormir.
- Pero tengo que decirte ...
-Lo sé. Lo vi todo. ¿O creíste acaso que sería capaz
de mancharme, dejándote abandonado? Hiciste bien, Nor-
man. Y, ahora, todo está como debe estar.
Sí; como debía estar. Estaba a su lado para protegerle;
y él la protegería también. Antes de sumirse nuevamente
en el sueño, Norman decidió que jamás volverían a hablar
de lo sucedido aquella noche. Y no volvería a pensar jamás
en recluirla. Hiciera lo que hiciera, debía continuar allí,
a su lado. Es posible que estuviera loca y fuera una asesi-
na. Pero era cuanto tenía en el mundo. Cuanto quería.
Cuanto necesitaba.
42
CAPITULO VI
46
-¿Contestar?
-Eso es.
El hombre avanzó, llevándose una mano al bolsillo de su
chaqueta gris. Sam levantó el brazo y luego lo dejó caer,
cuando la mano se adelantó, ofreciendo una cartera. El
hombre la abrió.
'-Me llamo Arbogast, Milton Arbogast. Soy investiga-
dor privado, y represento a la compañía Parity Mutual.
Tenemos una póliza con la Lowery Agency, donde trabaja-
ba su novia. Por eso estoy aquí, para averiguar qué han
hecho ustedes de los cuarenta mil dólares.
47
CAPITULO VII
·52
J>Qr qué no habría mejores palabras para contestar al mie-
do, al dolor y a la soledad-. Todo saldrá bien.
De pronto, Lila se separó de él y le miró fijamente con
sus ojos preñados de lágrimas. Su voz era baja y firme:
-¿Por qué he de creerte, Sam? -preguntó-. ¿Hay al-
guna razón para ello? Sam: ¿estuvo Mary aquí, contigo?
¿Sabías algo del dinero?
Sam meneó la cabeza.
- No, no lo sabía. Tendrás que creerme, como yo te creo
a ti.
Lila volvió la cara hacia la pared.
-Creo que dices la verdad -murmuró-. Mary hu-
biera podido acudir a cualquiera de nosotros durante esa
semana, ¿no te parece? Pero no lo hizo. Confío en ti, Sam.
Es muy duro creer cuando la propia hermana resulta ser
una ...
-Cálmate -la interrumpió Sam-. Ahora necesitas
comer y descansar. Las cosas no te parecerán tan negras
mañana.
-¿Lo crees de verdad, Sam?
-Sí, claro.
Era la primera vez que mentía a una mujer.
53
CAPITULO VIII
60
ella lo que quería. Sería agradable ser como él, y tener su
mismo aspecto.
¡No lo seda! Porque tío Joe estaba muerto.
Esta reflexión hizo parpadear a Norman mientras se
afeitaba. Era curioso que hubiera olvidado la muerte del
tío Joe. Debía hacer por lo menos veinte años de ello. El
tiempo es relativo, desde luego. Einstein lo había dicho,
pero no fue el primero en descubrirlo; los antiguos lo sabían
ya y también algunos místicos modernos, como Aleister
Crowley y Ouspensky. Norman los había leído a todos e in-
cluso poseía algunos de sus libros. A su madre no le gusta-
ba, pues decía que aquellas cosas eran contrarias a la re-
ligión. Pero la verdadera razón era que cuando él leía
aquellos libros ya no era un niño, sino un hombre hecho y
derecho, que estudiaba los misterios del tiempo y del es-
pacio y dominaba los secretos de la dimensión y de la exis-
tencia.
En realidad, era como ser dos personas a la vez: el ni-
ño y el adulto. Cuando pensaba en su madre, se volvía de
nuevo niño, con vocabulario y reacciones emocionales in-
fantiles. Pero cuando estaba a solas -'no precisamente a
solas, sino inmerso en un libro- era un hombre maduro,
lo bastante maduro para comprender que incluso podía
ser víctima de una leve forma de esquizofrenia.
Cierto que aquella situación no era muy saludable. Ser
el niño de mamá tenía sus inconvenientes. Por otra parte,
mientras reconociera los peligros podría enfrentarse con
ellos, y con su madre. Resultaba beneficioso para ella que
él supiera cuándo debía ser hombre, que reconociera al-
gunas cosas acerca de la sicología y la parasicología tam-
bién.
Fue afortunado cuando el tío Joe Considine murió, y
volvió a serlo la semana anterior, cuando llegó aquella mu-
chacha. Si no hubiera obrado como un adulto, su madre
correría un grave peligro en aquellos momentos.
Norman pasó suavemente el pulgar por el filo de su na-
vaja. Estaba muy afilada; debía ser cuidadoso para no
cortarse. Sí, y también tenía que guardarla después de
afeitarse, y encerrarla en algún lugar donde su madre no
pudiera cogerla. No podía ya confiar en su madre, con un
instrumento cortante en la mano. Por eso casi siempre co-
cinaba él y lavaba los platos. A su madre aún le gustaba
hacer la limpieza de la casa, pero Norman se encargaba
siempre de la cocina.
La situación había sido completamente normal duran-
te la última semana, y madre e hijo no habían hablado
para nada de la muchacha. Hubiera sido embarazoso para
ambos. Su madre debió haberlo comprendido así, pues
parec1a que le evitaba deliberadamente; pasaba la mayor
parte del tiempo descansando en su habitación y no ha-
blaba mucho. Es posible que le remordiera la conciencia.
Y así debía ser. El asesinato era una cosa terrible, que
pueden comprender incluso aquellos cuya salud mental
no es muy buena. Su madre debía sufrir mucho.
Tal vez un purgante le sentara bien, pero a Norman le
complacía que no hubiera hablado. Porque también él su-
fría, y no porque le remordiera la conciencia, sino por el
miedo.
Toda la semana había esperado que las cosas se com-
plicaran. Cada vez que se detenía un coche ante el para-
dor, el miedo le atenazaba.
El domingo pasado había acabado de borrar las huellas
junto al pantano. Fue allí con su propio coche, cargo el re-
molque de leña, y no quedó nada que pudiera parecer sos-
pechoso. El pendiente de la muchacha también fue arroja-
do a la ciénaga; el otro no había aparecido, Norman se
sentía bastante tranquilo.
Pero el jueves por la noche, cuando el coche de la pa-
trulla de policía de carreteras se detuvo ante el parador,
ca::;i se desmayó. El agente sólo quería utilizar el teléfono.
Más tarde, Norman se burló de sus temores. ·
Su madre había permanecido sentada junto a la ven-
tana de su habitación, y habría sido mejor que el agente
no la viera. Su madre había pasado muchos ratos mirando
por la ventana, durante la última semana. Es posible que
también le preocuparan las visitas.
Norman acabó de afeitarse y después se volvió a lavar
las manos. Había observado que durante la última semana
algo le obligaba a lavarse las manos con frecuencia. Senti-
miento de culpabilidad. Como lady Macbeth. Shakespeare
sabía mucho de sicología. Norman se preguntó si también
había sabido otras cosas. Estaba el fantasma del padre de
Hamlet, por ejemplo.
Pero no tenía tiempo de pensar en aquello entonces.
Debía abrir el parador.
Durante la última semana había habido cierto movi-
miento, aunque no mucho. Nunca tuvo más de tres o cua-
tro habitaciones ocupadas a la vez, lo cual significaba que
no tendría que alquilar la número 6, la habitación de la
muchacha.
Deseaba no tener que alquilarla nunca. Jamás volve-
ría a mirar por el agujerito de la pared. Aquello había te-
62
nido la culpa de todo. Si no hubiera mirado, no hubiera be-
bido . ..
Pero de nada servía lamentarse ahora.
Norman se secó las manos, y se apartó del espejo. Ol-
vidar el pasado, y que los muertos enterraran a los muer-
tos. Todo marchaba sobre ruedas. Su madre se portaba
bien, estaban juntos, como lo habían estado siempre. Ha-
bía transcurrido una semana entera sin que sucediera na-
da, y nada sucedería en adelante, sobre todo si se afirma-
ba en su resolución de portarse como un hombre, y no como
un niño, como el niño de mamá.
Se arregló el nudo de la corbata y salió del cuarto de
baño. Su madre estaba en su habitación, mirando de nue-
vo por la ventana. Norman se preguntó si debía decirle al-
go. No; sería mejor no hacerlo. Tal vez discutieran, y él no
estaba preparado aún para enfrentarse con ella. Que mi-
rara, si quería. ¡Pobre mujer, enferma y vieja, encerrada
en la casa!
Era el niño quien hablaba así, naturalmente. Pero Nor-
man estaba dispuesto a hacer tal concesión, siempre que
se portara como un adulto sensato. Y siempre que cerrara
las puertas de la planta baja cuando saliera.
El hecho de cerrar las puertas le dio un nuevo senti-
miento de seguridad. También le había quitado las llaves
a su madre. Las llaves de la casa y las de1 parador. Cuan-
do él saliera, ella no podría abandonar la casa, en la cual
estaba a salvo, como él estaba seguro en el parador. Lo su-
cedido la semana anterior no volvería a repetirse, mientras
observara aquella precaución. Después de todo, era por su
propio bien. Mejor estaba en la casa que en un manicomio.
Se acercaba a su despacho cuando el camión del ser-
vicio de lavandería llegó en su visita semanal. Lo tenía
todo preparado. Cogió la ropa limpia y entregó la sucia al
conductor del vehículo.
Cuando el camión marchó, Norman entró e hizo la lim-
pieza del número 4, que un agente viajero había ocupado
la noche anterior, partiendo a primera hora.
Norman regresó a su despacho y esperó. Ya es taba pre-
parado para el negocio del día.
Nada sucedió hasta alrededor de las cuatro de la tar-
de. Estaba sentado, mirando a la carretera, y se sentía
aburrido y nervioso. Estuvo a punto de tomar un trago,
pero recordó lo que se había prometido a sí mismo. No vol-
vería a beber. No podía permitirse beber, ni Lu11 sólo una
gota. La bebida había matado al tío Joe Considine. La be-
bida fue la causa indirecta de la muerte de aquella mu-
63
chacha. Por tanto, a partir de aquel momento sería abs-
temio. Sin embargo ...
Aún estaba vacilando, cuando un coche se detuvo fren-
te al parador. Una pareja de mediana edad se apeó del
vehículo y entró en el despacho. El hombre era calvo y
usaba gafas de gruesos cristales. La mujer era gorda y su-
daba. Norman les llevó al número 1, al otro extremo del
edificio, y les cobró diez dólares por el servicio. La mujer
se quejaba del bochorno arrastrando perezosamente las
palabras, aunque pareció conformarse cuando Norman
conectó el ventilador. El hombre transportó sus maletas y
firmó en el registro: Mr. y Mrs. Herman Pritzler, Birmin-
gham, Ala. Eran simple turistas y no ocasionarían mo-
lestias.
Volvió a sentarse, y se entretuvo hojeando las páginas
de una revista de ficción científica, que encontró en la
habitación ocupada por el agente viajero. Encendió la luz.
Ya debían ser cerca de las cinco.
Otro coche, ocupado por una sola persona, se detuvo
ante el parador. Probablemente otro viajero. Buick verde,
matrícula de Texas.
¡Matrícula de Texas! ¡Aquella muchacha, Jane Wil-
son, también era de Texas!
Norman se puso en pie. Vio cómo el hombre se apeaba
del coche, oyó sus pasos en la grava y acompasó su ritmo
con el de su propio co~azón.
«Es simple coincidencia -se dijo-. Todos los días pa-
san por aquí coches de Texas. Alabama incluso está más
lejos. »
El hombre entró. Era alto y delgado. Llevaba im som-
brero Stetson gris, de ala ancha que le sombreaba la parte
superior de la cara. Bajo la barba sin afeitar, se adivina-
ba una barbilla atezada.
-Buenas tardes -dijo, sin arrastrar las palabras.
-Buenas tardes -contestó Norman , conteniendo su
excitación.
-¿Es usted el propietario?
-Sí. ¿Quiere una habitación?
-No . es exl:!-ctamente eso lo que quiero. Busco infor-
mación.
- Tendré mucho gusto en ayudarle, si puedo. ¿Qué quie-
re saber?
-Estov intentando localizar a una muchacha.
El cor;.zón de Norman pareció detenerse. El silencio
era absoluto . Sería terrible que gritara.
-Se llama Crane -prosiguió el hombre-. Mary Cra-
ne. Y es de Fort Worth, Texas. Se me ocurrió pensar que
quizá se hubiera deten id0 aquí.
64
Norman ya no tenía ganas de gritar, sino de reír. Sin-
tió que el corazón le volvía a latir. Era fácil contestar.
-No -dijo-. No he tenido a nadie que se llame así.
-¿Está seguro?
-Completamente. No hay muchos viajeros en esta-épo-
ca, y tengo buena memoria para recordar a mis clientes.
- Esa muchacha habría pasado JX'r aquí hace cosa de
una semana; digamos el sábado por la noche o el domingo.
- No llegó nadie durante el fin de semana. Hacía mal
tiempo por aquí.
-¿Está seguro? Esa muchacha, mujer, debería decir,
tiene unos veintisiete años, mide cinco pies, cinco pulga-
das de estatura, pesa unas ciento veinte libras, tiene ca-
bello oscuro y ojos azules. Conduce un sedán Plymouth,
modelo 1953, azul, con el guardabarros delantero derecho
abollado. La matrícula es . ..
Norman dejó de escuchar. ¿Por qué había dicho que no
había llegado nadie? Aquel hombre estaba describiendo a
la muchacha; y lo hacía con todo detalle. Sin embargo, no
podría probar que hubiera estado allí, si Norman lo nega-
ba. Y tendría que seguir negando.
- No; no creo poder serle de utilidad.
-¿No conviene esta descripción a nadie que haya pa-
sado por aquí la semana pasada? Es probable que esa mu-
jer se inscribiera con nombre supuesto. Tal vez si me per-
mite examinar el registro de viajeros ...
Norman apoyó la mano sobre el libro y negó con la cabeza.
-Lo siento, señor -dijo-. No puedo permitírselo.
-Quizá eso le haga cambiar de opinión.
El hombre se llevó la mano al bolsillo, y por un momen-
to Norman se preguntó si iba a ofrecer dinero. Sacó una
cartera, pero no extrajo ningún billete de ella. Sin embar-
go, la abrió y la dejó sobre el mostrador, para que Norman
pudiera leer la credencial.
-Milton Arbogast -dijo el hombre-. Investigador de
la Parity Mutual
-¿Es usted detective?
El hombre asintió.
-Estoy aquí por asuntos de mi profesión, Mr ...
-Norman Bates.
-Míster Bates. Mi compañía quiere que localice a esa
muchacha, y le agradeceré su cooperación. Naturalmente,
si no me permite que examine su libro de registro puedo
ponerme en contacto con las autoridades locales. Supongo
que estará enterado de ello.
Norman no lo ignoraba, pero estaba seguro de una cosa:
las autoridades locales no debían husmear por allí. Vaciló,
sin levantar la mano del libro.
65
-¿De qué se trata? -preguntó-. ¿Qué ha hecho esa
muchacha?
-Coche robado -repuso Mr. Arbogast.
-¡Oh!
Norman se sintió algo aliviado. Por un momento había
temido que se tratara de algo grave, que la muchacha hu-
biera huido de su casa o la buscara la policía por algún de-
lito. Pero si sólo se trataba de un coche viejo como aquéL .
-Está bien -dijo-. Examínelo. Sólo quería asegurar-
me de que tenía motivo justificado para hacerlo -añadió,
levantando la mano del libro de registro.
-Ya ve que lo tengo.
Pero Mr. Arbogast no cogió el libro en seguida. Primero
sacó un sobre del bolsillo y lo dejó en el mostrador. Luego
abrió el registro y recorrió la lista de firmas.
Norman vio cómo el dedo del investigador se movía y se
detenía de repente.
-Si no recuerdo mal me dijo usted que no llegó nadie
el sábado o el domingo pasados.
-No recuerdo a nadie; es posible que vinieran una o
dos personas, pero no hubo mucha afluencia de viajeros.
-¿Y esta Jane Wilson, de San Antonio? Llegó el sába-
do por la noche.
-Pues. es cierto; tiene usted razón.
El corazón de Norman volvió a latir apresuradamente,
y comprendió que había cometido un error al fingir no re-
conocer la descripción de la muchacha, pero ya era dema-
siado tarde para remediarlo. ¿Cómo podría explicarlo, ~in
que el detective entrara en sospechas?
Arbogast no hablaba. Había colocado el sobre junto a la
hoja del libro y comparaba la letra. Por eso lo había saca-
do: era la letra de la muchacha.
-Es ella -dijo Arbogast por fin, mirándole fijamen- ·
te-. La letra es idéntica.
-¿Está seguro?
- Lo bastante para sacar una fotocopia de esta hoja
del libro, aunque necesite una orden judicial para ello. Y
no es lo único que puedo hacer, si no empieza usted a ha-
blar y me dice la verdad. ¿Por qué mintió al asegurar que
no había visto a esa muchacha?
- No mentí. Simplemente, olvidé.
- Dijo que tenía buena memoria.
- Pur regla general, pero ...
- Pruébelo -interrumpió le Arbogast, encendiendo un ci-
garrillo-. Por si no lo sabe, el robo de coches constituye
un delito federal. Supongo que no querrá verse complicado
como cómplice.
66
-¿Cómplice? ¿Cómo puedo serlo? La muchacha llega,
toma una habitación, pasa aquí la noche y después se mar-
cha. ¿Cómo puedo yo ser cómplice?
-Por no dar cuanta información posee. -Mr. Arbogast
aspiró el humo de su cigarrillo-. Vamos, hable. Usted vio
a la muchacha. ¿Qué aspecto tenía?
-Supongo que el mismo que ha descrito usted. Llovía
mucho cuando llegó. Yo estaba ocupado. En realidad, no
me fijé mucho en ella. Firmó en el registro, le di la llave y
asunto terminado.
-¿Dijo algo? ¿De qué hablaron?
-Supongo que del tiempo.
-¿Parecía inquieta? ¿Había algo en ella que la hiciera
sospechosa?
-No. nada en absoluto. Me pareció una turista más.
-No le causó ninguna impresión, ¿eh? -observó Arbo-
bogast, al tiempo que aplastaba el cigarrillo en el ceni-
cero-. Por una parte, no hubo nada que la hiciera sospe-
chosa a sus ojos; y por otra, tampoco le pareció muy
simpática. Quiero decir que su vista no le produjo ninguna
emoción.
- No, es cierto.
Míster Arbogast se inclinó hacia adelante, tranquila-
mente.
-Entonces, ¿por qué intentó protegerla, fingiendo no
recordar que había estado aquí?
-¡No fingí! Simplemente lo olvidé. -Norman sabía
que había caído en una trampa, pero no estaba dispuesto
a comprometerse más-. ¿Qué intenta insinuar? ¿Cree que
yo la ayudé a robar el coche?
-Nadie le acusa de nada, Mr. Bates. Pero necesito
cuanta información pueda obtener. ¿Dice que llegó sola?
-Llegó sola, tomó una habitación y marchó al día si-
guiente, por la mañana. Probablemente está a mil millas
de aquí.
-Probablemente -asintió Arbogast, sonriendo-. Pero
no vayamos tan de prisa. ¿Marchó sola? ¿A qué hora cree
usted que partió?
-No lo sé. El domingo por la mañana yo estaba dur-
miendo en la casa.
-Entonces no puede usted asegurar que estuviera so-
la cuando marchó.
- No puedo probarlo, si se refiere usted a eso.
-¿Y por la noche? ¿Recibió alguna visita?
-No.
-¿Está seguro?
-Sí.
67
-¿La vio alguien aquí, aquella noche?
-Era mi única clienta.
-¿Fue usted la única persona del parador que estuvo
aquí?
-Eso es.
-¿Permaneció en su habitación?
-Sí.
-¿Toda la noche? ¿No hizo ninguna llamada telefónica?
-No.
-Por tanto, usted es la única persona que sabía que
estaba aquí.
-Ya se lo he dicho.
-¿Y la señora anciana? ¿La vio ella?
-¿Qué señora anciana?
-La que está en la casa detrás del parador.
El corazón de Norman parecía querer salírsele del pe-
cho.
- No hay ninguna señora anciana -empezó a decir.
Pero Arbogast continuaba hablando:
-La vi mirar por la ventana, cuando llegué. ¿Quién es?
-Mi madre.
Tuvo que admitirlo. No había salida alguna.
-Está muy débil. Nunca viene aquí, ya.
-¿Entonces no vio a la muchacha?
-No. Está enferma. Permaneció en su habitación mien-
tras cenábamos.
Se dio cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.
Porque Arbogast había formulado sus preguntas demasia-
do de prisa, para confundirle, y cuando mencionó a su ma-
dre, pilló a Norman desprevenido. Sólo había pensado en
protegerla a ella, y entonces.
Arbogast no hablaba ya en tono indiferente.
-¿Cenó con Mary Crane, en la casa?
-Sólo café y bocadillos. Creí. . . creí habérselo dicho
antes. No fue nada. Me preguntó dónde podría cenar, y
yo le dije que en Fairvale, pero como está a casi veinte mi-
llas de aquí y llovía, la llevé a la casa conmigo. Eso es todo.
-¿De qué hablaron?
- De nada. Ya le he dicho que mi madre está enferma,
y no quería molestarla. Ha estado enferma toda la sema-
na. Supongo que la preocupación por su enfermedad me hi-
zo olvidar aígunas cosas. Como esta muchacha, por ejem-
plo, y la cena . Lo olvidé, sencillamente.
-¿Ha dY idado alguna otra cosa? Que usted y la mu-
chacha regresaran aquí y se divirtieran juntos, por ejem-
plo.
-¡No! ¡Le aseguro que no! ¿Cómo puede insinuar se-
68
mejante cosa? No ... No quiero hablar con usted. Le he
dicho ya cuanto quería saber. Ahora, lárguese.
-Está bien -repuso Arbogast, bajando el ala del som-
brero-. Me iré. Pero primero quiero hablar con su madre.
Es posible que ella viera algo que usted haya olvidado.
-Le repito que ni siquiera vio a la muchacha.
-Norman salió de detrás del mostrador-. Además, no
puede hablarle. Está muy enferma. -Su corazón parecía
a punto de estallar-. Se lo prohíbo.
-En ese caso, regresaré con un mandamiento judicial.
Intentaba asustarle; estaba seguro de ello.
-¡Es una ridiculez! Nadie se lo entregará. ¿Quién
creerá que yo quería robar un coche viejo?
Mister Arbogast encendió otro cigarrillo y arrojó el fós-
foro al cenicero.
-Me parece que no comprende usted -dijo suavemen-
te-. En realidad, no se trata del coche. Esa muchacha,
Mary Crane, robó cuarenta mil dólares en efectivo a una
empresa de compraventa de fincas, en Fort Worth.
-¿Cuarenta mil. .. ?
-Eso es. Y desapareció de la ciudad con el dinero. Su-
pongo que ahora comprenderá que el asunto es grave. Por
esto es importante cuanto pueda averiguar, y por esto in-
sisto también en hablar con su madre, tanto si me lo per-
mite como si me lo prohíbe.
-Ya le he dicho que no sabe nada; que está enferma y
que ni tan siquiera vio a la muchacha.
-Le prometo no decir nada que pueda inquietarla
-ofreció Arbogast-. Pero si prefiere usted que vuelva con
el sheriff y un mandamiento judicial ...
-No. -Norman meneó la cabeza apresuradamente.
No debe hacerlo.
Vaciló, aunque no podía hacerlo. Cuarenta mil dólares.
¡Claro que hacía preguntas! Claro que le sería fácil ob-
tener un mandamiento judicial. De nada serviría hacer
una escena. No había ninguna salida.
-Está bien -dijo Norman-. Puede hablarle. Pero de-
je que vaya yo primero a la casa, para prevenirla de su lle-
gaba. No quiero que su presencia pueda excitarla. -Se
dirigió hacia la puerta-. No se mueva de aquí, por si llega
alguien.
-Okay -asintió Arbogast.
Y Norman salió rápidamente.
Le pareció que nunca llegaría a la casa. Abrió la puer-
ta, subió las escaleras, se dirigió a la habitación de su
madre e intentó hablarle tranquilamente, pero cuando la
vio sentada junto a la ventana no pudo contenerse. Se es-
69
tremeció. los sollozos le sacudieron, y apoyando la cabeza
en su regazo, se lo contó.
-Está bien -dijo su madre, sin aparecer sorprendi-
da-. Nos ocuparemos de esto. Yo me encargo de la situa-
ción.
-Si hablaras con él tan sólo un minuto, madre, y le di-
jeras que no sabes nada, se iría.
-Pero volvería. Cuarenta mil dólares son muchos dóla-
res. ¿Por qué no me lo dijiste?
-No lo sabía. ¡Te juro que no lo sabía!
-Te creo, pero él no te creerá. Ni a ti ni a mí. Proba-
blemente piensa que estamos todos complicados en este
asunto. O que le hicimos algo a la muchacha, a causa del
dinero. ¿No lo comprendes?
-Madre .. . -Cerró los ojos; no podía mirarla-. ¿Qué
harás?
-Vestirme. Hemos de estar preparados para recibir-
le, ¿no te parece? Llevaré algunas cosas al cuarto de baño.
Vuelve y dile a ese Mr. Arbogast que venga.
- No puedo. No le traeré aquí si vas a ...
No podía moverse. Estaba como paralizado. Quería des-
mayarse, pero ni siquiera aquello impediría lo que iba a
suceder.
Míster Arbogast se cansaría pronto de esperar. Se di-
rigiría hacia la casa solo, llamaría a la puerta, abriría y
entraría, y entonces .. .
-¡Escúchame, madre, por favor!
Pero ella no le escuchó. Estaba en el cuarto de baño,
vistiéndose, maquillándose, preparándose. Preparándose.
E inmediatamente salió, ligera, llevando el bonito ves-
tido con los frunces. Su cara estaba recién empolvada y
pintada, estaba bonita y sonrió al empezar a bajar las es-
caleras.
Antes de que llegara abajo, se oyó una llamada a la
puerta.
Míster Arbogast estaba allí. Norman quería gritar y
prevenirle, pero algo pareció agarrotarle la garganta. Sólo
podía oír a su madre, mientras gritaba alegremente:
-¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Un momento!
Y fue sólo un momento.
Su madre abrió la puerta y Mr. Arbogast entró. La miró
y abrió la boca para decir algo. Y al hacerlo levantó la ca-
beza. En cuanto su madre estaba esperando. Alargó el bra-
zo y algo brillante se movió, una, dos veces ...
Un brillo que hirió la vista de Norman. No quería mi-
rar; no tenía necesidad de hacerlo. Sabía ya.
Su madre había encontrado la navaja ...
70
CAPITULO X
76
CAPITULO XI
-Ya veo. No, no; no es nada. Sólo quiero hablar con él.
Si llega antes de la medianoche, haga el favor de pedirle
que me llame a la tienda. No me moveré de aquí. Y muchas
gracias.
Sam colgó y volvió a la trastienda.
-¿Qué ha dicho?
-No estaba. -Sam le contó la conversación, sin dejar
de observar la cara de la muchacha-. Parece que han co-
metido un robo en el banco de Fulton, esta noche. Cham-
bers y la patrulla de carreteras han cortado todas las vías
de comunicación. Hablé con el viejo Petersen; no había na-
die más en la oficina del sheriff. Hay dos agentes patru-
llando por las calles, pero no nos servirían de nada.
--¿Qué piensas hacer ahora?
-Esperar, naturalmente. No creo que podamos hablar
al sheriff antes de mañana por la mañana.
-A ti no te importa lo que pueda sucederle a.
-Claro que me importa -la interrumpió Sam brusca-
mente-. ¿Te sentirías más tranquila si llamara al para-
dor, para averiguar qué retiene a Arbogast?
Ella asintió.
Sam volvió a la tienda. Esta vez Lila le siguió y esperó
mientras él pedía la información necesaria a la telefonis-
ta. Por fin la operaria consiguió localizar el nombre -Nor-
man Bates- y encontrar el número. Sam esperó mientras
la telefonista establecía la comunicación.
78
-Es curioso -observó al cabo de unos segundos-. No
contesta nadie.
-Entonces, voy a ir allí.
-No, no irás -dijo Sam con firmeza, poniéndole una
mano en el hombro-. Iré yo. Quédate aquí, por si aparece
Arbogast.
-¿Qué puede haber sucedido, Sam?
-Te lo diré cuando regrese. Ahora, tranquilízate. No
tardaré más de tres cuartos de hora en regresar.
Pero estuvo menos rato, porque condujo muy de prisa.
Exactamente cuarenta y dos minutos después abrió la
puerta de la tienda. Lila le estaba esperando.
-¿Qué has averiguado? -preguntó.
-Nada. El lugar estaba cerrado. No había ninguna luz
en el despacho, ni en la casa que hay detrás del parador.
Aporreé la puerta durante cinco minutos, pero no me con-
testó nadie. El garaje contiguo a la casa estaba abierto y
vacío. Parece que Bates pasa la noche fuera.
-¿Y Mr. Arbogast?
-Su coche no estaba allí. Sólo había dos: uno con ma-
trícula de Alabama y el otro de lllinois .
-¿Dónde puede . .. ?
-Supongo que Arbogast averiguó algo, importante tal
vez -repuso Sam-, es posible que él y Bates hayan mar-
chado juntos. Seguramente por eso no tenemos noticias.
-No puedo resistir más esta incertidumbre . ¡Tengo
que saber! ·
-También tienes que comer -dijo Sam, mostrándole
una abultada bolsa de papel-. He traído bocadillos y café.
Vayamos a la trastienda.
Habían dado ya las once cuando acabaron de cenar.
-¿Por qué no vas al hotel · a dormir? -observó Sam-.
Si hay alguna llamada o sé algo, te telefonearé en seguida.
De nada servirá que permanezcamos los dos en vela.
-Pero ...
-Hazme caso. Estoy seguro de que Arbogast ha locali-
zado a Mary y que por la mañana tendremos buenas noti-
cias.
Pero el domingo por la mañana no hubo buenas noticias.
A las nueve, Lila llamaba a la puerta de la ferretería.
-¿Alguna noticia? -preguntó . Y cuando Sam meneó la
cabeza, Lila frunció el ceño-. Pues yo he averiguado algo.
Arbogast dejó su habitación en el hotel, ayer por la maña-
na, antes de empezar sus investigaciones.
Sam no dijo nada. Cogió el sombrero y salieron de la
tienda.
Las calles de Fairvale estaban desiertas el domingo por
la mañana. El juzgado se hallaba situado en una plaza con-
79
tigua a Main Street, y estaba rodeado de césped. Frente
a una de sus fachadas laterales había un monumento con-
memorativo de la guerra civil, y ante los otros tres, un mor-
tero de la guerra hispanoamericana, un cañón de la
primera guerra mundial y un monolito de granito, respec-
tivamente, con los nombres de doce ciudadanos de Fair-
vale, muertos en la segunda guerra mundial. Los bancos
que bordeaban el césped estaban desiertos a aquella hora
de la mañana.
El juzgado aparecía cerrado. La oficina del sheriff se
hallaba situada en el anexo, y su puerta lateral estaba
abierta. Sam y Lila entraron, subieron las escaleras y re-
corrieron el pasillo hasta la oficina .
. El viejo Petersen estaba solo en el despacho exterior.
-Buenos días, Sam.
-Buenos días, Mr. Petersen. ¿Está el sheriff?
-No. ¿Te has enterado de lo sucedido? Los que asalta-
ron el banco se abrieron paso en el bloqueo establecido en
la carretera en Parnassus. El F .B.I. les persigue. Se ha da-
do la alerta.
-¿Dónde está el sheriff?
- Regresó muy tarde anoche. . . quiero dedr, esta ma-
drugada.
-¿Le dio mi recado?
El viejo vaciló.
-Pues . . olvidé hacerlo. Con toda aquella agitación ...
-Se secó la boca-. Claro que pensaba hacerlo hoy, cuan-
do venga aquí.
- ¿A qué hora será . . . ?
-Supongo que después de comer. El domingo por la ma-
ñana va a la iglesia.
-¿A cuál?
-A la Baptista.
-Gracias.
-No estarás pensando ...
Sam se volvió sin contestar. Lila caminaba rápidamen-
te a su lado.
-¿Qué clase de pueblo es éste? -preguntó la mucha-
cha-. Asaltan un banco y el sheriff está en la iglesia, qui-
zá rezando para que alguien detenga a los atracadores por
él.
Sam no contestó. Cuando llegaron a la calle, Lila se en-
caró de nuevo con él.
-¿Qué haremos ahora?
-Ir a la iglesia Baptista, naturalmente.
Pero no tuvieron necesidad de interrumpir los rezos
del sheriff Chambers. C-uando se acercaron al templo, la
80
gente ya empezaba a salir. El serv1c10 religioso había ter-
minado.
-Ahí está -murmuró Sarn-. Vamos.
Se aproximaron a una pareja, que se hallaba parada
cerca de la acera. La mujer era baja e insignificante; el
hombre, alto, de anchos hombros y vientre algo prominen-
te. Vestía traje de sarga azul y su cuello rojizo se movía,
corno si estuviera protestando por la opresión a que le te-
nía sometido el almidonado cuello de la camisa.
-Un momento, sheriff -dijo Sam-. Quisiera hablar
con usted.
-¡Hola, Sam! ¿Cómo estás? -El sheriff alargó una ma-
no rojiza-. Mamá, ya conoces a Sam Loomis.
-Quiero presentarles a Lila Crane. Mis Crane está
aquí de visita. Es de Fort Worth.
-Tengo mucho gusto en conocerla. ¿No es usted la mu-
chacha de quien siempre habla Sam? Jamás nos dijo que
fuera tan bonita.
-Está usted pensando en mi hermana -dijo Lila-.
Es precisamente de ella de quien queremos hablar con
usted.
-¿Podríamos ir a su oficina durante un momento? -pre-
guntó Sam-. Entonces podremos explicarle la situación.
-Naturalmente -repuso Jud Chambers. Se volvió ha-
cia su esposa-. ¿Por qué no coges el coche y vas a casa,
mamá? No tardaré en llegar.
Pero tardó. Cuando estuvieron en la oficina de Cham-
bers, Sam contó la historia. Incluso sin interrumpciones
hubiera tardado veinte minutos en relatarla. Y el sheriff
le interrumpió con frecuencia.
-Vamos a ver -observó, cuando Sam finalizó el rela-
to-. ¿Por qué no se presentó a mí ese tal Arbogast?
-Y a se lo he explicado. Esperaba no tener que recurrir
a las autoridades. Quería encontrar a miss Crane y reco-
brar el dinero, sin que se produjera ninguna clase de pu-
blicidad para la Lowery Agency.
-¿Y dices que os mostró sus credenciales?
-Sí -contestó Lila-. Tenía licencia de investigador
para una compañía de seguros. Y siguió las huellas de mi
hermana hasta ese parador. Estamos muy preocupados
porque no ha regresado. Y dijo que lo haría.
-¿Y no estaba en el parador cuando tú fuiste? -le pre-
guntó a Sam.
- No había nadie, sheriff.
-Es curioso, muy curioso. Conozco a ese Bates, el pro-
pietario. Está siempre allí. Muy de tarde en tarde lo aban-
dona una hora para venir a Fairvale. ¿Has intentado lla-
81
marle esta mañana? ¿Quieres que lo haga yo ahora? Quizá
estaba profundamente dormido cuando tú llegaste allí
anoche.
Cogió el teléfono.
-No mencione el dinero -sugirió Sam-. Pregúntele
por Arbogast, y a ver qué le dice.
El sheriff asintió.
-Déjamelo a mí -murmuró-. Sé cómo se hacen estas
cosas.
Efectuó la llamada y esperó.
-¡Hola! ¿Bates? Aquí el sheriff Chambers ... Eso es.
Necesito cierta información. Alguien está intentando lo-
calizar a un individuo llamado Arbogast, Milton Arbogast,
de Fort Worth. Es investigador o algo por el estilo, de una
compañía llamada Parity Mutual.
»¿Cómo? ¿Cuándo fue? Ya comprendo. ¿Qué dijo? No
tenia, puede contármelo. Ya estoy informado. Sí ...
»¿Cómo, cómo? Sí ... Sí. Y luego marchó, ¿eh? ¿Dijo
adónde iba? ¿Eso cree usted? ¡Ajá! No; eso es todo.
»No; no pasa nada. Pensé que podía haberse hospe-
dado ahí. Por cierto, ¿cree que pudo volver ahí, por la no-
che? ¿A qué hora se acuesta usted, generalmente? Ya veo.
Creo que eso es todo. Gracias por la información, Bates.
Colgó, y se volvió hacia Lila y Sam ...
-Parece que vuestro hombre marchó hacia Chicago
-dijo.
-¿Chicago?
El sheriff Chambers asintió.
-Sí. Fue donde la muchacha dijo que se dirigía. Su
amigo Arbogast me parece un investigador muy hábil.
-¿Qué quiere decir? ¿Qué le ha contado Bates?
Lila se inclinó hacia adelante.
- Lo mismo que Arbogast, cuando os llamó desde el pa-
rador: su hermana estuvo allí el sábado pasado, pero no se
inscribió con su nombre verdadero, sino con el de Jane
Wilson, de San Antonio. Dijo que se dirigía hacia Chicago.
-Entonces, no era Mary. Mi hermana no conoce a na-
die en Chicago; ni siquiera ha estado nunca allí.
-Según dice Bates, Arbogast estaba seguro de que se
trataba de ella. Incluso comprobó la letra. Todo encajaba:
su descripción, el coche ... Además dice Bates que cuan-
do Arbogast oyó la palabra Chicago, partió como una exha-
lación.
-Eso es ridículo. Ella le lleva una semana de ventaja,
y eso en el supuesto de que fuera a Chicago. Además, Ar-
bogast nunca la encontraría allí.
-Quizá sabía dónde buscar. Acaso no os dijo todo cuan-
to averiguó de su hermana y sus planes.
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-¿Qué más podía saber, que no sup1eramos nosotros?
-Con esos investigadores nunca se sabe. Quizá tenía
alguna idea de lo que su hermana se proponía. En caso de
encontrarla y recobrar el dinero, tal vez no le interese mu-
cho volver a su empleo en la compañía.
-¿Está intentando decir que Arbogast es un ratero?
-Sólo digo que cuarenta mil dólares en efectivo repre-
sentan una bonita suma. Y el hecho de que Arbogast no
haya regresado, significa que había planeado algo. -El
sheriff asintió con la cabeza-. En mi opinión, lo tenía todo
calculado. De lo contrario, ¿por qué no acudió a mí, en bus-
ca de ayuda? ¿Dice que ayer por la mañana se había des-
pedido del hotel?
-Un momento, sheriff -dijo Sam-. Sus conclusiones
no tienen más fundamento que lo que Bates le ha dicho
por teléfono . ¿Y si Bates ha mentido?
-¿Por qué había de mentir? Habló francamente. Dijo
que la muchacha estuvo allí, y que también Arbogast estu-
vo en el parador.
-¿Dónde estaba, pues, anoche, cuando yo fui allí?
-Se hallaba profundamente dormido, como yo había su-
puesto -repuso el sheriff-. Oye, Sam; conozco a ese Ba-
tes. Es algo extraño, y no muy inteligente; por lo menos, es
lo que siempre me ha parecido. Pero no es hombre capaz de
hacer una trastada. ¿Por qué no habría de creerle, sobre
todo ahora que sé que Arbogast mentía?
-¿Que Arbogast mentía?
- Me has contado lo que te dijo cuando llamó anoche,
desde el parador. Intentaba ganar tiempo. Debía estar en-
terado de lo de Chicago, y quería tranquilizaros, para co-
ger la mayor ventaja posible. Por eso mintió.
-No comprendo, sheriff. ¿En que mintió?
-Cuando dijo que iba a hablar con la madre de Norman
Bates. Norman Bates no tiene madre.
-¿No tiene madre?
- Murió hace veinte años -dijo el sheriff Chambers-.
Fue un escándalo muy grande ; pero tú no debes recordar-
lo; eras muy joven, entonces. Ella construyó el parador con
un individuo llamado Joe Considine. Era viuda y se decía
que ella y Considine eran . -El sheriff hizo un gesto
ambiguo con la mano, mirando a Lila-. De todas formas ,
no se casaron. Algo debió ir mal; quizá ella esperaba algo,
o Considine tuviera esposa en otra parte. Lo cierto es que
una noche se envenenaron ambos con estricnina. Su hijo,
Norman Bates, los encontró. Supongo que debió causarle
una gran impresión. Recuerdo que tuvo que pasar dos me-
ses en el hospital. Ni siquiera fue al entierro; pero yo sí.
83
Por eso estoy seguro de que su madre está muerta. Ayudé
a llevar su ataúd.
84
CAPITULO XII
88
CAPITULO XIII
95
CAPITULO XIV
***
Aún era de noche, pero alguien le sacudía repentina-
mente; le sacudía para sacarle de la noche y llevarle a
aquella habitación en la que brillaba la luz, hiriéndole los
ojos y haciéndole parpadear. Pero podía sentir ya Sam y
sintió que los brazos de alguien le levantaba, pareciéndole,
de momento, que la cabeza iba a caérsele. Luego fue sólo un
dolor en las sienes, y pudo abrir los ojos y ver al sheriff
Chambers.
Sam estaba sentado en el suelo, junto al sofá y Cham-
bers le miraba. Sam abrió la boca.
-Gracias a Dios -dijo-. Por lo que veo, mentía acer-
ca de Lila, y fue en busca de usted.
El sheriff no parecía escucharle.
-Recibí una llamada del hotel, hace una media hora.
99
Estaban intentando localizar a su amigo Arbogast. Parece
que pagó su cuenta, pero no se llevó las maletas. Las dejó
abajo el sábado por la mañana, diciendo que regresaría a
buscarlas, pero no ha dado señales de vida. Eso me hizo
pensar y entonces intenté ponerme en contacto contigo.
Tuve la corazonada de que tal vez vinierais aquí, y tuvis-
teis suerte de que lo creyera así.
-¿ Entonces Lila no fue a buscarle?
Sam intentó ponerse en pie. La cabeza parecía a punto
de estallar.
- Vamos, cálmate. -El sheriff le obligó a permanecer
echado-. No; no la he visto . Espera.
Pero esa vez Sam logró ponerse en pie, tambaleándose.
- ¿Qué ha sucedido aquí? -preguntó el sheriff-. ¿Dón-
de está Bates?
- Debe h abe r ido a la casa, después de golpearme con
la botella -repuso Sam-. Allí están ahora, él y su madre.
-Pero ella murió.
-No, no murió -murmuró Sam- . Vive, y están en la
casa con Lila .
-Vamos.
Chambers salió rápidamente a la lluvia. Sam le siguió
por el resbaladizo paso, jadeando al empezar a subir la em-
pinada cuesta que llevaba a la casa.
-¿Estás seguro? -preguntó Chambers, por encima del
hombro- . No hay luz.
- Sí, estoy seguro -repuso.
El trueno rugió súbita y secamente. El otro sonido fue
más débil y mucho más agudo. Pero ambos lo oyeron, y tam-
bién lo reconocieron.
Lila estaba gritando.
100
CAPITULO XV
101
Estaba segura de que en el interior de la casa no había
nadie. Y ella quería entrar.
Buscó en el bolso. ¿La lima de las uñas? No. ¿Un pasa-
dor para el cabello? Tampoco. Recordaba que había de te-
ner una llave en alguna parte. Pero, ¿abriría aquella puer-
ta?
La introdujo en la cerradura y logró hacerle dar media
vuelta hacia un lado. Pero la cerradura resistía; entonces
giró hacia el otro lado. La llave casi servía, pero había al-
go ...
La irritación fue en su ayuda. Dio un rápido giro a la
llave y el vástago se rompió. Pero la cerradura cedió. Hizo
girar el tirador, sintió que la puerta cedía. . . Estaba
abierta.
Lila se detuvo en el vestíbulo. En el interior de la casa
la oscuridad era mayor que afuera. Pero en alguna parte
de la pared debía haber un conmutador de la luz.
La encontró. La desnuda bombilla que pendía del techo
alumbró débilmente el viejo y rasgado papel que cubría las
paredes. Dirigió la mirada hacia la sala, sin molestarse en
entrar en ella. Las habitaciones del piso bajo podían espe-
rar. Arbogast había dicho que vio a alguien mirando por
una ventana del piso alto. Debía empezar por ahí.
No había interruptor para la escalera, y Lila la subió
lentamente, agarrándose a la baranda. Al llegar al rellano
el trueno rugió. Toda la casa pareció estremecerse. Lila se
dijo que en una casa vacía como aquélla no podía haber
nada capaz de asustar a nadie. En el pasillo al final de la
escalera encontró un conmutador.
Tres puertas se ofrecían a su curiosidad. La primera
era la del cuarto de baño. Lila no había visto nada pareci-
do, excepto en un museo. . . Pero no, en los museos no se
exhiben cuartos de baño. Pero aquél era digno de figurar
en uno: una bañera montada sobre cuatro patas, cubos
bajo el lavabo y el asiento del común; un descascarrillado
espejo en la pared, pero ningún armarito detrás. También
había el armario de la ropa blanca, lleno de toallas y sába-
nas. Lila registró rápidamente los estantes, cuyo conteni-
do nada le reveló, excepto que Bates debía mandar a lavar
la ropa fuera de allí. Las sábanas estaban perfectamente
planchadas y dobladas.
Lila eligió la segunda puerta. Encendió la luz al abrir,
y su pobre brillo bastó para descubrirle lo que era: la ha-
bitación de Bates, muy pequeña y atestada, ·con un catre
más adecuado para un niño que para un adulto. Probable-
mente había siempre dormido allí, desde su niñez. La ca-
ma estaba deshecha y mostraba señales de haber sido re-
102
cientemente ocupada. En una esquina, junto al armario,
había un pequeño y antiguo escritorio.
El superior contenía corbatas y pañuelos, la mayor par-
te de ellos sucios. Las corbatas estaban pasadas de mo-
da. En una cajita encontró una aguja de corbata y un par
de gemelos. En el segundo había camisas, y en el tercero,
calcetines y ropa interior. El último contenía unas pren-
das blancas que finalmente, y casi con incredulidad, iden-
tificó como camisones de dormir. Es posible que se pusiera
gorro al acostarse.
Era curioso que no hubiera recuerdos personales, ni
papeles ni fotografías. Pero tal vez los guardaba en el es-
critorio, en el parador. Sí, eso debía ser.
Lila contempló las fotografías de la pared. Había dos.
En una de ellas aparecía un niño montado en una jaquita,
y en la segunda el mismo niño estaba frente a una escuela
rural, acompañado de cinco niñas. Lila tardó algunos mo-
mentos en identificar a Norman Bates en aquel niño.
Sólo quedaban el armario y las estanterías de libros.
Registró rápidamente el armario, en el que encontró dos
trajes, una chaqueta, un abrigo, y un par de pantalones,
viejos y manchados de pintura. No había nada en los bol-
sillos de aquellas prendas. En el suelo, junto al armario,
vio dos pares de zapatos y unas zapatillas.
Se volvió hacia las estanterías.
Desconcertada y perpleja, examinó el incongruente
contenido de la biblioteca de Norman Bates Nueva mode-
lo del universo, La extensión de la conciencia, La brujería
en Europa occidental, Dimensión y ser ... No eran los li-
bros propios de un muchacho, y también parecían despla-
zados en el hogar del propietario de un parador rural. Pasó
una rápida mirada, por los estantes: sicología anormal,
ocultismo, teosofía, traducciones de La Bas, Justine; y, en
la estantería inferior, un absurdo surtido de volúmenes
sin título, mal encuadernados. Lila cogió uno al azar y lo
abrió. La ilustración que se ofreció a sus ojos era casi pa-
tológicamente pornográfica.
Devolvió el libro a su lugar, y, al hacerlo, el choque ini-
cial de repulsión disminuyó, cediendo a una segunda y
más fuerte reacción. Allí había algo, debía de haberlo. Lo
que ella no podía leer en el rostro gordo y vulgar de Norman
Bates se revelaba claramente en su biblioteca.
Salió al pasillo frunciendo el ceño. La lluvia golpeaba el
tejado de la casa y el trueno rugió al abrir la puerta de la
tercera habitación. Por un momento permaneció en la pe-
numbra, aspirando un mohoso y heterogéneo olor de perfu-
me y de algo que no se alcanzaba a definir.
103
Dio la luz y se detuvo, boquiabierta.
Era sin duda el dormitorio que daba a la fachada de la
casa. El sheriff le había dicho que Bates lo conservaba
igual que cuando murió su madre. Pero Lila no estaba pre-
parada para lo que vio.
No estaba preparada para adentrarse en otra época. Y,
sin embargo, de repente se encontró en un mundo que ya
había sido, mucho antes de que ella naciera.
El decorado de aquella habitación estaba ya pasado de
moda mucho antes de que la madre de Bates muriera. No
existía un aposento semejante por lo menos desde hacía
cincuenta años. Pertenecía a un mundo de relojes dorados,
figuritas de Dresde, alfileteros perfumados, alfombras ro-
jo sangre, orlados cortinajes, camas con dosel, balancines,
gatos de porcelana, colchas bordadas a mano y sillas exa-
geradamente tapizadas con antimacasar.
Y vivía aún.
Eso fue lo que dio a Lila una mayor sensación de hallar-
se desplazada en el espacio y en el tiempo. Abajo había de-
teriorados restos del pasado, y en el piso alto todo era
suciedad y negligencia. Pero aquella habitación estaba
arreglada, era coherente, consistente, una entidad vital,
completa en sí misma. Estaba impecablemente limpia, in-
maculadamente libre de polvo y perfectamente ordenada.
Y sin embargo, dejando aparte el olor del moho, no se te-
nía la sensación de estar en un museo o una exposición.
La habitación parecía viva, como todas las habitaciones
en las que se vive durante mucho tiempo. Había sido amue-
blada hacía más de cincuenta años, y había permanecido
intacta desde la muerte de su ocupante, ocurrida veinte
años antes; pero, a pesar de ello, seguía siendo la habita-
ción de una persona viva, un aposento en el cual, el día
anterior, una mujer se había sentado junto a la venta-
na ...
No hay fantasmas, se dijo Lila y frunció el ceño al ob-
servar que le había sido necesario formular aquella nega-
ción. Y sin embargo, sentía una presencia viva en aquella
habitación.
Se aproximó al armario. Abrigos y vestidos colgaban
aún debidamente ordenados, aunque algunas de las pren-
das acusaban falta de plancha. Había dos faldas cortas
de un cuarto de siglo antes, y en el estante se veían los
sombreros llenos de adornos, los pañuelos y chales que una
mujer de cierta edad llevaría en una comunidad rural.
Lila empezó a examinar el tocador y luego se detuvo
junto a la cama. La colcha, bordada a mano, era muy her-
104
mosa; alargó la mano para tocarla, pero la retiró al instan-
te con un rápido movimiento.
La colcha estaba debidamente recogida a los pies de la
cama y colgaba a ambos lados, pero la parte superior apa-
recía un poco desarreglada, como si hubieran hecho la ca-
ma apresuradamente.
Bajó la colcha y la manta. Las sábanas eran de un gris
sucio y estaban moteadas de puntos de color castaño. Pero
el colchón y la almohada mostraban la depresión hecha por
alguien que se hubiera acostado recientemente.
No hay fantasmas, se repitió Lila. Aquella habitación
había sido utilizada. Bates no dormía allí; su cama lo pro-
baba claramente. Pero alguien se había acostado allí. Al-
guien había mirado por la ventana. Si ha sido Mary, ¿dón-
de está ahora?
Podía registrar el resto de la habitación, revolver los
cajones, buscar en la planta baja. Pero no era aquello lo
más importante. Primero tenía que hacer algo, pero no po-
día recordar qué. ¿Dónde está Mary ahora?
Entonces recordó.
¿No había dicho algo el sheriff, acerca de que había
encontrado a Norman Bates recogiendo leña en los bosques
situados detrás de la casa?
Leña para la caldera. Sí, eso era. La caldera en el só-
. tano.
Lila bajó las escaleras corriendo. La puerta delantera
estaba abierta y el viento silbaba al entrar. Entonces, sin
saber cómo, comprendió de repente por qué se había irrita-
do tanto cuando encontró el pendiente. Se irritó porque
estaba asustada, y la ira le ayudaba a ocultar el miedo, el
miedo que le producía lo que le había sucedido a Mary, a
lo que ella sabía que le había sucedido a Mary, abajo, en el
sótano. Estaba asustada por Mary, no por ella misma.
Bates la había mantenido encerrada allí toda la semana;
quizá incluso la había sometido a torturas, o le ·hizo lo que
hacía el hombre en aquel sucio libro; o la torturó hasta
averiguar lo del dinero, y entonces . . .
El sótano. Tenía que encontrar el sótano.
Lila se dirigió a tientas hacia la cocina. Encontró la luz,
y se sobresaltó al ver la diminuta criatura peluda agaza-
pada, dispuesta a saltar. Pero era sólo una ardilla diseca-
da. Sus ojos de cristal, al recibir el reflejo de la luz, pare-
cían llenos de vida.
Las escaleras del sótarto estaban delante de ella. Des-
lizó la mano por la pared, hasta encontrar otro conmutador.
La luz se encendió abajo, convertida en un débil y vaci-
105
lante brillo en la oscura profundidad. El trueno rugía co-
mo si quisiera acompañar el taconeo de sus zapatos.
La desnuda bombilla pendía delante de la caldera,
grande y provista de una pesada puerta de hierro. Lila per-
maneció mirándola. Estaba temblando. Se dijo que había
obrado tontamente al ir sola allí, al hacer lo que había he-
cho y lo que estaba haciendo. Pero tenía que hacerlo por
Mary. Tenía que abrir la puerta de la caldera y ver lo que
se escondía en su interior. ¿Y si el fuego estaba encendi-
do aún? ¿Y si . .. ?
Pero la puerta estaba fría; y no había calor en el oscuro
vacío detrás de la puerta. Se agachó y miró. No había ce-
nizas, ni olor a quemado ... A menos que la hubieran lim-
piado en fecha reciente, la caldera no había sido utilizada
desde hacía varios meses.
Se volvió. Vio los barreños viejos, y la silla y la mesa,
junto a la pared. En la mesa había botellas y herramientas
de carpintería, así como diversos cuchillos y agujas. Algu-
nos de los cuchillos aparecían extrañamente curvados, y
varias de las agujas estaban colocadas en jeringas. De-
trás de todo ello vio varios bloques de madera, alambre
grueso, e informes montones de una sustancia blanca que
no alcanzaba a identificar. Se acercó a la mesa y miró los
cuchillos completamente asombrada.
Entonces, percibió el sonido.
Al principio creyó que era un trueno. Pero casi al ins-
tante, oyó crujir las tablas arriba, y comprendió.
Alguien había entrado en la casa y andaba de puntillas
por el pasillo. ¿Sería Sam? ¿Había ido en su busca? Pero
entonces, ¿por qué no la llamaba?
¿Y por qué cerraba la puerta del sótano?
Porque acababa de cerrarse en aquel mismo instante.
Oyó el seco «Clic» de la cerradura y los pasos que retro-
cedían por el pasillo. El intruso debía dirigirse al piso alto.
Estaba encerrada en el sótano. Y no tenía salida algu-
na; ni salida, ni lugar donde esconderse. El sótano era
visible por completo para quien bajara por las escaleras.
Y alguien no tardaría en bajar por ellas.
Si pudiera ocultarse unos momentos, la persona que la
buscara se vería obligada a bajar hasta el sótano, y en-
tonces tendría una oportunidad de huir.
El mejor lugar sería debajo de las escaleras. Si pudiera
cubrirse con unos papeles viejos o con unos trapos . . .
Entonces vio la manta que colgaba de la pared. Era una
gran manta india, rota y vieja. Tiró de ella. La podrida
tela se soltó de los clavos que la sostenían y la manta ca-
yo de la pared. De la puerta.
106
La puerta. La manta la había ocultado por completo,
pero debía haber otra habitación, quizá para guardar fru-
tas. Sería el lugar ideal para esconderse y esperar.
Y no tendría que esperar mucho más, porque ya oía los
débiles y lejanos pasos en el corredor, dirigiéndose hacia
la cocina.
Lila abrió la puerta.
Y entonces, gritó.
Gritó cuando vio a la vieja, echada, a la anciana de ca-
bellos grises, cuya atezada y arrugada cara le sonría como
en una macabra bienvenida.
- Mistress Bates -susurró Lila.
-Sí.
Pero la voz no salía de las correosas mandíbulas. Pro-
cedía de algún otro lugar situado a su espalda, de la parte
alta de la escalera del sótano.
Lila se volvió y vio la gorda e informe figura, medio ocul-
ta por el ceñido vestido, con el que ocultaba incongruente-
mente las prendas que llevaba debajo. Vio el chal en la
cabeza y el rostro blanco y pintado. Miró con fijeza los en-
durecidos labios rojos, observando cómo se entreabrían en
una convulsa mueca.
-Soy Norman Bates -dijo la aguda voz.
Y entonces sacó la mano, la mano que sostenía el cu-
chillo, y los pies bajaron los escalones, y otros pies corrie-
ron. Y Lila volvió a gritar mientras Sam corría escaleras
abajo y el cuchillo se alzaba, rápido como la muerte. Sam
cogió y retorció la mano que lo sostenía, la retorció hasta
que el cuchillo cayó al suelo.
Lila cerró la boca, pero el grito continuaba sonando. Era
el frenético chillido de una mujer histérica, y salía de la
garganta de Norman Bates.
107
CAPITULO XVI
110
ses él y su madre lo dirigían juntos. Entonces su madre le
comunicó que iba a casarse con Considine.
-¿Fue ésa la causa de su excitación? -preguntó Lila.
-No e_xactamente -repuso Sam, aplastando el ciga-
rrillo en el cenicero-, según averiguó el Dr. Steiner. Pa-
rece que se lo anunciaron en circunstancias bastante em-
barazosas, cierto día en que Norman sorprendió a su madre
y a Considine en la habitación del piso alto. No podremos
saber si Norman experimentó inmediatamente el pleno
efecto del shock, o si la reacción tardó algún tiempo en
efectuarse. Pero sí sabemos en qué paró todo ello. Norman
envenenó a su madre y a Considine con estricnina, que
les sirvió con el café, en el cual, al parecer, había mezcla-
do previamente algún licor, para disfrazar el sabor del ve-
neno.
-¡Qué horror! -murmuró Lila.
-Sí, debió serlo -asintió Sam-. Según me han dicho,
el envenenamiento por estricnina produce convulsiones,
pero no la pérdida del conocimiento. Las víctimas suelen
morir por asfixia, cuando se agarrotan los músculos del
tórax. Norman debió contemplarlo, y seguramente fue de-
masiado, incluso para él.
»El Dr. Steiner opina que todo sucedió cuando estaba
escribiendo la nota del suicidio. Norman había planeado
escribirla, desde luego, e imitaba a la perfección la letra
de su madre. Incluso había inventado un motivo: algo acer-
ca de un embarazo y la imposibilidad de que Considine se
casara con ella, ya que lo estaba con otra mujer, en el Oes-
te. El Dr. Steiner afirma que la forma en que estaba re-
dactada la nota era suficiente para hacer entrar en sos-
pechas; pero nadie se dio cuenta de ello, ni de lo que le
había sucedido a Norman después de escribir la nota y
telefonear al. sheriff.
»Se sabía ya entonces que el shock y la excitación le
habían llevado al histerismo, pero se ignoraba el cambio
operado en él mientras escribía la nota. Al parecer, no po-
día soportar la pérdida de su madre. Y mientras redacta-
ba la nota, dirigida a sí mismo, cambió literalmente de
mente. Y Norman, o una parte de él, se convirtió en su
madre.
»El Dr. Steiner dice que estos casos son más frecuen-
tes de lo que se supone, sobre todo cuando la personalidad
del individuo es ya inestable, como la de Norman. Y el do-
lor le produjo una reacción tan fuerte, que a nadie se le
ocurrió ni tan siquiera dudar del pacto de suicidio. Hacía
ya tiempo que Considine y Mrs. Bates estaban enterra-
dos cuando Norman fue dado de alta en el hospital.
111
-'-¿La desenterró entonces? -preguntó Lila, fruncien-
do el ceño.
-Al parecer. Era aficionado a la taxidermia, y sabía lo
que tenía que hacer.
-Pero no comprendo -observó Lila-. Si pensaba que
él era su propia madre .. .
-No es tan sencillo como parece. Según Steiner, Bates
poseía entonces una personalidad múltiple, con tres fa-
cetas por lo menos. Era Norman, el niño que necesitaba a
su madre y odiaba a cuanto se interpusiera entre ambos.
Era Norma, la madre, cuya muerte no podía tolerar. Y el
tercer aspecto podría ser llamado Normal, el adulto Nor-
man Bates que debía llevar .a cabo la diaria rutina de vi-
vir, y ocultar al mundo la existencia de las otras persona-
lidades. No eran entes completamente distintos, claro
está. Cada uno de ellos contenía elementos del otro. El doc-
tor Steiner lo denominó una «trinidad non sancta».
»El adulto Norman Bates logró dominarse lo bastante
para ser dado de alta del hospital. Volvió al parador, y en-
tonces acusó la reacción. Lo que más pesaba en él, como
personalidad adulta, era el conocimiento culpable de la
muerte de su madre. No le bastaba con conservar intacta
su habitación. Tenía que conservarla también a ella, con-
servarla fISicamente, para que la ilusión de su presencia ·
viva sofocara los sentimientos de culpabilidad.
»Por eso la sacó de la tumba y le dio nueva vida. La
acostaba por la noc-he, y de día la vestía y la llevaba por
la casa. Naturalmente, ocultaba todo esto a los extraños.
Arbogast debió ver la figura colocada junto a la ventana
del piso alto, pero no tenemos prueba de que la viera nadie
más en el transcurso de los años.
-Entonces el horror no estaba en la casa -murmuró
Lila-, sino en su mente ..
-Steiner dice que las relaciones entre Norman y el
cadáver de su madre eran como las que existen entre el
ventrílocuo y su muñeco. Ella y Norman, niñ.o, debieron de
conversar corrientemente. Y es probable que el adulto
Norman Bates racionalizara la situación. Podía fingir cor-
dura, pero, ¿quién puede decir cuánto sabía en realidad?
Sentía interés por el ocultismo y la metafisica; y probable-
mente creía en el espiritismo tanto como en los poderes
conservadores de la taxidermia. Además, no podía recha-
zar ni destruir las otras partes de su personalidad sin re-
chazarse y destruirse a sí mismo. Vivía tres vidas a la
vez.
-Y entonces llegó Mary -murmuró Lila-. Sucedió
algo y él la Illató.
112
-Su madre la mató -repuso Sam-. Fue Norma quien
mató a tu hermana. Ignoramos cuál fue la verdadera si-
tuación, pero el Dr. Steiner afirma que cuando se produ-
cía una crisis, Norma se convertía en la personalidad do-
minante. Bates empezaba a beber, y entonces sufría una
fuga mientras su madre se imponía. Naturalmente, du-
rante esas fugas se vestía con ropas femeninas. Después
ocultaba la imagen de su madre, porque en su mente era
ella el verdadero criminal, y debía ser protegida.
-Entonces el Dr. Steiner debe estar seguro de la lo-
cura de Norman Bates.
-Me dijo que era un sicópata. Recomendará que Ba-
tes sea internado en el hospital del Estado, probablemen-
te para el resto de su vida.
-¿No habrá juicio?
-Eso quería decirte. No habrá juicio. -Sam suspi-
ró-. Lo siento. Supongo que tus sentimientos .. .
-Me alegro de ello -le interrumpió Lila lentamente-.
Es mejor así. Es curioso cómo suceden las cosas en la vida
real. Ninguno de nosotros sospechaba la verdad; andába-
mos a ciegas, hasta que hicimos lo que debíamos movidos
por motivos equivocados. Ni en este mismo instante pue-
do odiar a Bates por lo que hizo. Debe haber sufrido mucho
más que cualquiera de nosotros. Hasta cierto punto, in-
cluso creo comprenderle. No estamos tan cuerdos como
pretendemos estarlo.
Sam se puso en pie. Lila le acompañó hasta la puerta.
-De todas formas, ya todo ha pasado. Intentaré olvi-
dar. Procuraré olvidarlo todo.
-¿Todo? -murmuró Sam.
No la miró.
-Casi todo -repuso ella.
Y tampoco le miró.
Y ése fue el fin de todo ello.
O casi el fin.
113
CAPITULO XVII
114
Era el hombre malo quien había cometido los asesina-
tos. Y luego, intentó culparla a ella.
Mi madre los mató. Lo dijo, pero era mentira.
¿Cómo podía matarles, si sólo les contemplaba, y tenía
que fingir que era un cuerpo disecado, que no puede hacer
ningún daño y que se limita a existir para siempre?
Sabía que nadie creería al hombre malo; y el hombre
malo había muerto ya. El hombre malo y el muchacho ma-
lo estaban muertos, o de lo contrario sólo eran parte de la
pesadilla. Y la pesadilla se había desvanecido ya para
siempre.
Sólo quedaba ella, y ella era real.
¿Y acaso no es cierto que ser la única y saber que se es
real es prueba de cordura?
Pero para estar más segura sería mejor seguir fingien-
do que era sólo un cuerpo disecado. No debía moverse nun-
ca, sino permanecer sentada en aquella pequeña habita-
ción, sentada para siempre.
Si permanecía sentada sin moverse, no la castigarían.
Si permanecía sentada sin moverse, sabrían que esta-
ba cuerda, cuerda, cuerda.
Permaneció sentada durante mucho tiempo, y luego
entró una mosca zumbando entre las rejas.
Se posó en su mano.
Podía aplastarla, si hubiera querido.
Pero no la aplastó.
No la aplastó, y confió en que le estuvieran vigilando,
porque eso probaba la clase de persona que realmente era.
Incapaz de matar una mosca.
115