Obras de Aristóteles Moral a Nicómaco
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Moral a Nicómaco · libro sexto, capítulo IV
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De la prudencia
En cuanto a la prudencia, puede formarse de ella una idea, considerando cuáles son los
hombres a quienes se honra con el título de prudentes. El rasgo distintivo del hombre
prudente es al parecer el ser capaz de deliberar y de juzgar de una manera conveniente sobre
las cosas que pueden ser buenas y útiles para él, no bajo conceptos particulares, como la
salud y el vigor del cuerpo, sino las que deben contribuir en general a su virtud y a su
felicidad. La prueba es que decimos que son prudentes en tal negocio dado, cuando han
calculado bien para conseguir un objeto honroso, y siempre con relación a cosas que no
dependen del arte que acabamos de definir. Y así puede decirse en una sola palabra, que el
hombre prudente es en general el que sabe deliberar bien. Nadie delibera sobre las cosas que
no pueden ser distintas de como son, ni sobre las cosas que el hombre no puede hacer. Por
consiguiente, si la ciencia es susceptible de demostración, y si la demostración no se aplica a
cosas cuyos principios puedan ser de otra manera de como son, pudiendo ser todas las cosas
de que aquí se trata también distintas, y no siendo posible la deliberación sobre cosas cuya
existencia sea necesaria, se sigue do aquí que la prudencia no pertenece ni a la ciencia ni al
arte. No pertenece a la ciencia, porque la cosa que es objeto de la acción puede ser distinta de
lo que ella es. No pertenece al arte, porque el género a que pertenece la producción de las
cosas es diferente de aquel a que pertenece la acción propiamente dicha. Resta, pues, que la
prudencia sea una facultad que, descubriendo lo verdadero, obre con el auxilio de la razón en
todas las cosas que son buenas o malas para el hombre; porque el objeto de la producción es
siempre diferente de la cosa producida; y, por lo contrario, el objeto de la acción es siempre
la acción misma, puesto que el fin que ella se propone puede ser únicamente el obrar bien.
Esto nos hace ver, que si consideramos a Pericles y a los personajes de esta condición
como prudentes, es porque son capaces de ver lo que es bueno para ellos y para los hombres
que [158] ellos gobiernan; y esta es la cualidad precisamente que reconocemos en los que
llamamos jefes de familia y hombres de Estado. La etimología de la palabra sabiduría,
análoga a la de prudencia en la lengua griega, prueba claramente que entendemos por esta
palabra la prudencia, la cual salva en cierta manera a los hombres. Ella es en efecto la que
salva y sostiene nuestros juicios en este género. Y así, el placer y el dolor no destruyen ni
trastornan todas las concepciones de nuestra inteligencia; nada absolutamente nos impide
comprender, por ejemplo, que un triángulo tiene o no tiene sus ángulos iguales a dos rectos;
pero turban nuestros juicios en lo referente a la acción moral. El principio de la acción moral,
cualquiera que ella sea, es siempre la causa final en cuya vista nos determinamos a obrar.
Pero este principio no aparece inmediatamente al juicio, cuando el placer y el dolor lo han
alterado y corrompido; el espíritu no ve entonces que es un deber aplicar este principio, y
arreglar según él su conducta entera y todos sus deseos; porque el vicio destruye en nosotros
el principio moral activo. Es necesario reconocer, que la prudencia es esta cualidad que,
guiada por la verdad y por la razón, determina nuestra conducta con respecto a las cosas que
pueden ser buenas para el hombre. En el arte puede haber grados de virtud; pero no los hay
en la prudencia. En el arte, el que se engaña, queriéndolo, es preferible al que se engaña sin
quererlo; con la prudencia sucede todo lo contrario lo mismo que con las demás virtudes. Por
consiguiente, la prudencia es una virtud y no un arte. Como hay dos partes en el alma que
están dotadas de razón, la prudencia sólo corresponde a la que tiene por divisa la opinión;
porque la opinión, lo mismo que la prudencia, se aplica a todo lo que puede ser distinto de lo
que es, es decir, a todo lo que es contingente. No puede decirse, sin embargo, que la
prudencia sea una simple manera de ser que acompañe a la razón; y la prueba es que una
manera de ser podría perderse por el olvido, mientras que la prudencia no se pierde ni se
olvida jamás.