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Amigos por el viento: Cuento de Bodoc

1) Juanjo y la narradora descubren que ambos perdieron a sus madres de forma repentina e inesperada, de la misma manera que un viento poderoso que arrasa todo a su paso. 2) Al principio la narradora siente resentimiento hacia Juanjo, pero al compartir su dolorosa experiencia con la muerte de su madre, comienzan a entenderse el uno al otro. 3) Deciden dejar atrás sus diferencias iniciales y unirse en su dolor común, abriendo así la posibilidad de una amistad.
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Amigos por el viento: Cuento de Bodoc

1) Juanjo y la narradora descubren que ambos perdieron a sus madres de forma repentina e inesperada, de la misma manera que un viento poderoso que arrasa todo a su paso. 2) Al principio la narradora siente resentimiento hacia Juanjo, pero al compartir su dolorosa experiencia con la muerte de su madre, comienzan a entenderse el uno al otro. 3) Deciden dejar atrás sus diferencias iniciales y unirse en su dolor común, abriendo así la posibilidad de una amistad.
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Cuento: “Amigos por el viento”, de Liliana Bodoc

A veces, la vida se comporta como un viento: desordena y arrasa. Algo susurra pero no
se le entiende. A su paso todo peligra; hasta lo que tiene raíces. Los edificios, por
ejemplo. O las costumbres cotidianas.
Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojo con los que vemos.
Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que
creemos reconocer. El cielo se mueve mas rápido que las horas. Y lo peor es que
nadie sabe si, alguna vez, regresara la calma.

Así ocurrio el día que se papá se fue de casa. La vida se nos transformó en viento casi
sin dar aviso. Yo recuerdo la puerta que se cerró detras de su sombra y sus valijas.
También puedo recordar la ropa reseca sacudiéndose al sol mientras mamá cerraba
las ventanas para que, adentro y adentro, algo quedara en su sitio.

– Le dije a Ricardo que viniera con su hijo. ¿Qué te parece?


– Me parece bien – mentí.

Mamá dejó de pulir la bandeja, y me miró:

– No me lo estás deciendo muy convencida…


– Yo no tengo que estar convencida.
– ¿Y eso que significa? – preguntó la mujer que más preguntas me hizo en mi vida.

Me vi obligada a levantar los ojos del libro:

– Significa que es tu cumpleaños, y no el míó – respondí.

La gata salió de su canasto, y fue a enredarse entre las piernas de mamá.


Que mamá tuviera novio era casi insoportable. Pero que ese novio tuviera un hijo era
una verdadera amenaza. Otra vez, un peligro rondaba mi vida. Otra vez había viento en
el horizonte.

– Se van a entender bien – dijo mamá -. Juanjo tiene tu edad.

La gata, único ser que entendía mi desolación, salto sobre mis rodillas. Gracias, gatita
buena.
Habían pasado varios años desde aquel viento que se llevó a papá. En casa ya
estaban reparados los daños. Los huecos de la biblioteca fueron ocupados con nuevos
libros. Y hacía mucho que yo no encontraba gotas de llanto escondidas en los jarrones,
disimuladas como estalactitas en el congelador, disfrazadas de pedacitos de cristal. “Se
me acaba de romper una copa”, inventaba mamá, que, contal de ocultarme su tristeza,
era capaz de esas y otras asombrozas hechicerías.
Ya no había huellas de viento ni de llantos. Y justo cuando empezábamos a reírnos con
ganas y a pasear juntas en bicicleta, apareciá un tal Ricardo y todo volvía a peligrar.
Mamá sacó las cocadas del horno. Antes del viento, ella las hacía cada domingo.
Despues pareció tomarle rencor a la receta, porque se molestaba con la sola mención
del asunto. Ahora, el tal Ricardo y su Juanjo habían conseguido que volviera a
hacerlas. Algo que yo no pude conseguir.

– Me voy a arreglar un poco – dijo mamá mirandose las manos. – Lo u´nico que falta es
que lleguen y me encuentren hecha un desastre.
– ¿Qué te vas a poner? – le pergunté en un supremo esfuerzo de amor.
– El vestido azul.

Mamá salió de la cocina, la gata regresó a su canasto. Y yo me quedé sola para


imaginar lo que me esperaba.
Seguramente, ese horrible Juanjo iba a devorar las cocadas. Y los pedacitos de
merengue quedarián pegados en los costados de su boca. También era seguro que iba
a dejar sucio el jabón cuando se lavara las manos. Iba a hablar de su perro con tal de
desmerecer a mi gata.
Pude verlo por mi casa transitando con los cordones de las zapatillas desatados,
tratando de anticipar la manera de quedarse con mi dormitorio. Pero, aún más que
ninguna otra cosa, me aterró la certeza de que sería uno de esos chicos que en vez de
hablar, hacen ruidos: frenadas de autos, golpes en el estómago, sirenas de bomberos,
ametralladoras y explosiones.

– ¡Mamá! – grité pegada a la puerta del baño.


– ¿Que pasa? – me respondió desde la ducha.
– ¿Cómo se llaman esas palabras que parecen ruidos?

El agua caía apenas tibia, mamá intentaba comprender mi pregunta, la gata dormía y
yo esperaba.

– ¿Palabras que parecen ruidos? – repitió.


– Sí. – Y aclaré -: Plum, Plaf, Ugg…

¡Ring!

– Por favor – dijo mamá -, estan llamando.

No tuve más remedio que abrir la puerta.

– ¡Hola! – dijeron las rosas que traía Ricardo.


– ¡Hola! – dijo Ricardo asomado detrás de las rosas.

Yo mira a su hijo sin piedad. Como lo había imaginado, traía puesta una remera ridícula
y un pantalón que le quedaba corto.
Enseguida, apareció mamá. Estaba tan linda como si no se hubiese arreglado. Así le
pasaba a ella. Y el azul les quedaba muy bien a sus cejas espesas.

– Podrían ir a escuchar música a tu habitación – sugirió la mujer que cumplía años,


deseperada por la falta de aire. Y es que yo me lo había tragado todo para matar por
afixia a los invitados.

Cumplí sin quejarme. El horrible chico me siguió en silencio. Me senté en una cama. Él
se sentó en la otra. Sin dudas, ya estaría decidiendo que el dormitorio pronto sería de
su propiedad. Y yo dormiría en el canasto, junto a la gata.
No puse música porque no tenía nada que festejar. Aquel era un día triste para mí. No
me pareció justo, y decidí que también él debía sufrir. Entonces, busqué una espina y
la puse entre signos de preguntas:

– ¿Cuánto hace que se murió tu mamá?

Juanjo abrió grandes los ojos para disimular algo.

– Cuatro años – contestó.

Pero mi rabia no se conformó con eso:


– ¿Y cómo fue? – volví a preguntar.

Esta vez, entrecerró los ojos.


Yo esperaba oír cualquier respuesta, menos la que llegó desde su voz cortada.

– Fue… fue como un viento – dijo.

Agaché la cabeza, y dejé salir el aire que tenía guardado. Juanjo estaba hablando del
viento, ¿sería el mismo que pasó por mi vida?

– ¿Es un viento que llega de repente y se mete en todos lados? – pregunté.


– Sí, es ese.
– ¿Y también susurra…?
– Mi viento susurraba – dijo Juanjo -. Pero no entendí lo que decía.
– Yo tampoco entendí. – Los dos vientos se mezclaron en mi cabeza.

Pasó un silencio.

– Un viento tan fuerte que movió los edificios – dijo él -. Y éso que los edificios tienen
raíces…

Pasó una respiración.

– A mí se me ensuciaron los ojos – dije.

Pasaron dos.

– A mí también.
– ¿Tu papá cerró las ventanas? – pregunté.
– Sí.
– Mi mamá también.
– ¿ Por qué lo habrán echo? – Juanjo parecía asustado.
– Debe de haber sido para que algo quedara en su sitio.

A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no
se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por
ejemplo. O las costumbres cotidianas.

– Si querés vamos a comer cocadas – le dije.

Porque Juanjo y yo teníamos un viento en común. Y quiza ya era tiempo de abrir las
ventanas.

Sobre Liliana Bodoc.


Nació en la ciudad de Santa Fé, el 21 de Juliop de 1958. Siendo muy pequeña se
trasladó´con su familia a la provincia de Mendoza. Cursó la Licenciatura en
Literaturas Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad
Nacinal de Cuyo. Ejercio la docencia durante algunos años. Su primera novela, Los
días del Venado (primera parte de la trilogía épica fantastica: La saga de los confines),
fue editada en el año 2000 y recibió los siguientes galardones: Primer premio de
narrativa 2001 de Fundación “Fantasía Infantil y Juvenil”; Distinción del
IBBY (International Board on Books for Young People), 2001; Distición White Ravens,
2002, otorgada por la Internationale Judgenbibliothek (Alemania); Premio
Calidoscopio (Venezuela), 2003.
En Octubre de 2002 se editó los Días de la Sombra, que recibió el
Premio Calidoscopio (Venezuela) en la categoría de Ganadores Juveniles 2003.
Su libro de cuentos Sucedió en colores recibió la recomendación del jurado del
concurso Fundalectura y Reyes y pajaros fue recomendado por el Banco del Libro de
Venezuela como uno de los mejores libros de 2008.
También ha publicado Diciembre Super Álbum (2003) y El mapa imposible (2008).

Por Cecilia Kornblit|abril 25th, 2012|Categorías: RECREO|Comentarios desactivadosen Cuento: “Amigos por el


viento”, de Liliana Bodoc

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