REFORMA GREGORIANA
Es un tiempo de cambios y la geografía no permanece ajena mostrando
una puja entre la organización típica de la ciudad feudal y el surgimiento de una
tibia burguesía caracterizada por la novata ciudad de carácter urbano que se
enfrentaran por el dominio en materia económica y mostraran una clara diferencia
en su estructura social y su mentalidad.
En el punto intermedio de la disputa entre señores feudales y la burguesía
incipiente se encontraban los reyes, considerados por los señores como primus
inter pares por poseer autoridad sobre ellos en un doble sentido: Religioso, por
haber recibido su mando superior a través de la unción de la Iglesia que no solo
los colocaba como legítimos protectores de la misma sino que los convertía en
dueños del clero de su reino por los poderes públicos que poseían que les
permitía la libre elección del mismo; y el político que les ha sido otorgado por la
tradición grecorromana. Será por ello que mantendrán una ventaja sobre sus
adversarios pudiendo manejar a unos y otros con total arbitrariedad.
Este poder les permitía no solo arbitrar en los asuntos de las diferentes
clases sociales sino también otorgar a burgueses y campesinos distintas
franquicias.
Estos reyes eran jefes políticos de territorios cuya superficie era variable y
en la que las fronteras habían sido marcadas por la geografía o por la historia y
que durante toda la Alta Edad Media no estarán bien fijadas, pero que claramente
definirán distintas áreas económicas dentro de las que ellos serán calificados
como los más aptos por la naturaleza ideológica de su poder más que por el peso
de la fuerza material que poseían, aún vacilante para imponer la paz que en estos
tiempos aparecía como esencial para lograr el éxito económico y el desarrollo de
las clases sociales.
Imperio y Papado
El combate entre el imperio y el papado pondrá en juego fuerzas profundas
y complejas donde el papado aparecerá como institución fortalecida por la unión
de parte del sacerdocio, y un conjunto de cristianos fieles que seguirán las
decisiones del papa, frente a un Imperio desvastado por ambiciones individualistas
que atentarán contra su futura unidad.
En este marco, la reforma gregoriana desbordará el enfrentamiento y se
insertará en un tiempo de fermentación religiosa cuyos aspectos destacados no
solo serán la renovación eremítica, la reforma canónica, la aparición de ordenes
nuevas sino también la aparición de nuevas corrientes heréticas.
Si bien es una controversia que envuelve a la totalidad de la cristiandad,
sus escenarios centrales serán Alemania e Italia y sus propias realidades que
influirán y que al mismo tiempo serán transformadas.
En cuanto a Bizancio había resuelto el problema de la autoridad temporal y
espiritual mediante la reunión de ambos poderes en la figura del emperador,
quedando el patriarca subordinado al Basileus en una figura que se denominó
históricamente Cesaropapismo. En tanto occidente no definía por entonces, ni el
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tipo de relación que uniría al Papa y al emperador, ni los límites de poder entre
ambas instituciones.
Lo que sí estaba claramente definido eran los territorios geográficos.
Mientras los emperadores poseían como dominio propio la Germanía, el papado
desde el SVIII y por decisión de Carlomagno quien puso en vigencia la donación
de Constantino, poseían Roma y sus alrededores, territorios sometidos a su poder
temporal y que fueron denominados con el nombre de Patrimonium Petrum.
Para ambos, quedaba fuera de su autoridad una extensa parte cristiana
occidental que se encontraba dividida y fragmentada en reinos distintos.
La dinastía otoniana había colocado bajo su mando al papado en tiempos
de Enrique III, y era claramente visible una mayor sujeción de la Iglesia a este
poder, porque el mismo Enrique alentaba el movimiento de reforma eclesiástica.
Por entonces, era él quien concedía a los obispos alemanes la investidura
otorgándoles como símbolo el anillo y la cruz que les concedía poder temporal y
espiritual, de modo que así sustituía al desacreditado papa a quien no solo le
opuso otros 3 papas sino que solía reemplazarlo a su antojo.
Este sistema sería algo que no podía resistir demasiado tiempo.
Aparecerá con más fuerza el ala reformista de la Iglesia que perseguía dos
objetivos inmediatos: la lucha contra la simonía y el nicolaísmo para lograr
convertir el orden eclesiástico en un orden independiente de la injerencia del poder
temporal representado por los laicos y arrancarles el poder de nombramiento de
los obispos, abades y curas, restringiendo de este modo el derecho de la
investidura al poder temporal. Este período histórico será conocido como “La
querella de las investiduras” y alcanzará su final recién en el año 1122 con la firma
del Concordato de Worms, pero la lucha había comenzado mucho tiempo atrás.
Es obvio, que el único laico que por entonces se inmiscuía en cuestiones de
la Iglesia era el emperador quien se apoyaba gran parte de su poder en el clero
germánico y por ello lo controlaba fuertemente siendo llamado en Roma “jefe de la
Iglesia”. De allí que el esfuerzo de independencia de la Iglesia se centrara contra
él, quien se convertirá en el fuerte adversario de la reforma emprendida por
Gregorio VII.
Gregorio VII
Nació hacia el año 1020 /1025 en Siena. Su nombre civil era Hildebrando.
Tomó el hábito benedictino. En el año 1046 acompañó a Gregorio VI en el
destierro y cuando murió se cree que se trasladó por un tiempo a Cluny. Más tarde
sería llamado por León IX a Roma quien lo nombró administrador del monasterio
de San Pablo Extramuros. Desempeñó varias legaciones pontificias en Alemania y
Francia durante los pontificados de Víctor II y Nicolás II. Fue nombrado
archidiacono de la Iglesia romana y gozaba de gran autoridad entre sus pares.
Durante el reinado de Alejandro II creció aún más su prestigio y se convertirá en el
principal consejero en asuntos vinculados a la reforma. Quienes simpatizaban con
él, resaltaban la justicia y la paz como ideas claves en todas sus declaraciones y
remarcaron la posición moderada que mantuvo al comienzo de su papado que
luego serían desbordadas por la magnitud alcanzada en la disputa con el
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emperador quien no escatimaba esfuerzos en lanzar improperios hacia la figura
papal.
A través de los documentos puede leerse claramente la posición de
Gregorio VII y es en dos cartas enviadas a Hernán de Metz donde Hildebrando
deja ver algunos de sus conceptos. Allí, hablaba de la unidad de los actos
humanos tanto espirituales como temporales y muestra la fuerte convicción de que
la salvación del género humano era un asunto exclusivo del papado. Por ello,
creía indispensable establecer una jurisdicción tanto sobre los laicos como sobre
los clérigos provenientes del titular de la sede romana, la que sería establecida en
virtud del Primado de Pedro.
En el año 1073 fue elevado al trono de Pedro, ya que mientras se daba
sepultura al cadáver de su antecesor Alejandro II, una multitud irrumpió en la
basílica de Letrán exigiendo su elección. Luego los cardenales reunidos en San
Pedro lo confirmarían como establecían los cánones del sínodo de 1059.
Fue uno de los papas más importantes de todos los tiempos porque con él
se empieza a hacer eficaz la reforma de la Iglesia mediante el nombramiento de
legados que recorren toda Europa corrigiendo y castigando los abusos. Sin su
presencia, la reforma hubiese quedado en un puro deseo sin eficacia.
Hay muchos historiadores que tratan de disminuir su importancia espiritual y
lo acusan diciendo que tras su afán de reforma solo se escondía un profundo
deseo de ser dueño político y espiritual del mundo. Por ello, cabe aclarar, que los
móviles de su acción fueron solamente espirituales y era llevado por el inmenso
amor que sentía por la salvación de las almas. La magnitud de su figura se sitúa
no en sus ideas sino en su personalidad religiosa y mística.
Los principios defendidos por Gregorio VII de los que muchos fueron
establecidos en el Dictatus Papae, serían a posteriori tomados y desarrollados por
una larga serie de escritores eclesiásticos de los que el más celebre fue Manegold
de Lautenbach quien expuso la posición gregoriana con total claridad en una
carta que le envió a Gebardo de Salzburgo en el año 1085.
Ni bien hubo sido elegido papa, Hildebrando cambió su nombre civil por el
de Gregorio VII y buscará llevar adelante la reforma convirtiéndola en hechos fin
para el que desarrollara un fuerte programa que se detallara a continuación y que
marcará el inicio del conflicto con Enrique IV, y si bien el Papa sucumbirá en la
lucha, su legado sobrevivirá a su destierro y posterior muerte.
Programa de reformas
Este programa contiene dos puntos esenciales:
1. Lucha contra la simonía y el nicolaísmo.
El primer domingo de cuaresma de 1074, Gregorio VII celebró un sínodo en
Roma del que emanaron las siguientes disposiciones:
Quienes hayan conseguido simoníacamente un oficio eclesiástico quedan
suspendidos.
Nadie podrá en adelante comprar o vender oficios eclesiásticos.
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Los sacerdotes concubinarios no podrán decir misa, ni oficiar en las demás
ceremonias religiosas.
El pueblo fiel no asistirá a los oficios litúrgicos celebrados por sacerdotes
concubinarios o simoníacos.
Cartas y legados papales dieron a conocer las disposiciones mencionadas en
todo el ámbito de occidente. No será por entonces Enrique IV el principal
opositor ya que acompañaba las determinaciones, pero las mismas serán
rechazadas por obispos y sacerdotes alemanes que se oponen a los decretos
del Papa. La misma actitud tendrán los obispos y sacerdotes franceses.
2. Lucha contra la investidura laical.
Gregorio VII sabía que para implantar la reforma, primero tenía que
atacar la raíz del problema que no era otro que la investidura laical. Esto
significaba luchar para conseguir la independencia en la elección de los
eclesiásticos ya que solamente de este modo se podría elegir un cuadro de
obispos que colaborasen con las tareas de la reforma.
Esta sería una tarea difícil ya que la investidura laical era una institución
propia del medioevo occidental y derivaba del régimen de Iglesias privadas ya
que por influjo del derecho germánico, en la Europa medieval se hizo frecuente
el concebir a las iglesias como un beneficio que a semejanza de cualquier otro
podía ser instituido por un laico y concedido como feudo. Por ello si se recorren
las páginas de la historia será muy común leer que un señor feudal concede a
un clérigo una parroquia, una colegiata, etc., a modo de feudo, participando
luego de los frutos económicos de ellas.
Por su parte los reyes eran quienes otorgaban los obispados y las
abadías más importantes.
El rito de la investidura constaba del juramento de fidelidad del vasallo
quien luego recibía de su señor el báculo pastoral y el anillo, un gesto que
llevaba a la confusión puesto que parecía que era un laico quien tenía el poder
de conceder una jurisdicción eclesiástica y por ello la reforma de Gregorio VII
caerá con todo su peso sobre ello.
En el sínodo de la cuaresma del año1075 publicó un decreto contra la
investidura laical amenazando con la excomunión a los príncipes y reyes que
en adelante se atrevieran a conferir la investidura de los obispados o de
cualquier otro oficio eclesiástico.
3. Dictatus Papae.
En el mismo sínodo de cuaresma del año 1075 también se publicó un
resumen de los privilegios de la Santa Sede. Allí se expuso la concepción que
Gregorio VII tenía sobre el poder pontificio y la relación que debía mantener
con reyes y emperadores. Fueron incluidas en su registro bajo el titulo de Quid
valeant Pontifices Romani y se cree que estaban destinadas a servir como
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base de un futuro tratado entre las partes que hablase sobre la autoridad y las
atribuciones del Pontífice Romano y además demuestran la alta visión que el
Papa tenía de su propio ministerio pontificio.
Son 27 proposiciones que se transcriben a continuación:
1) Que la Iglesia Romana ha sido fundada solamente por Dios.
2) Que solamente el Pontífice Romano es llamado “universal” con pleno derecho.
3) Que el solo puede deponer y restablecer a los obispos.
4) Que un legado suyo, aún de grado inferior, en un Concilio está por encima de todos
los obispos, y puede pronunciar contra estos la sentencia de deposición.
5) Que el Papa puede deponer a los ausentes.
6) Que no debemos tener comunión o permanecer en la misma casa con aquellos que
han sido excomulgados por él.
7) Solo él puede si es oportuno, establecer nuevas leyes, reunir nuevos pueblos,
transformar una colegial en abadía, dividir un obispado rico y agrupar los obispados
pobres.
8) Solo él puede usar las insignias imperiales.
9) El papa es el único hombre al que todos los príncipes besan en los pies.
10) Es el único cuyo nombre deber ser pronunciado en todas las iglesias.
11) Su nombre es único en el mundo.
12) Le está permitido deponer a los emperadores.1
13) Le está permitido trasladar a los obispos de una diócesis a otra, según la necesidad.
14) Tiene el derecho de ordenar a un clérigo de cualquier iglesia, donde él quiera.
15) El que ha sido ordenado por él puede dar órdenes a la iglesia de otro, pero no hacer
la guerra; no debe recibir un grado superior de otro obispo.
16) Ningún sido general puede ser convocado sin su orden.
17) Ningún texto ni ningún libro puede tomar un valor canónico al margen de su
autoridad.
18) Su sentencia no debe ser reformada por nadie y solo él puede reformar la sentencia
de todos los demás.
19) No debe ser juzgado por nadie.
20) Nadie puede condenar a aquel que apele a la sede apostólica.
21) Que las causas mayores de toda iglesia deben resolverse ante él.
22) Que la Iglesia Romana no ha errado y no errará jamás y esto de acuerdo al
testimonio de las Sagradas Escrituras.
23) El pontífice romano, canónicamente ordenado, se hace indudablemente santo,
gracias a los méritos del bienaventurado Pedro.
24) Por orden y consentimiento del papa, les está permitido a los individuos levantar
una acusación.
25) Puede, al margen de una asamblea sinodial, deponer y absolver a los obispos.
26) El que no está con la Iglesia Romana, no debe ser considerado católico.
27) El papa puede dispensar a los individuos del juramento de fidelidad hecho a los
injustos.
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Es un principio extremadamente duro que fue introducido después de los muchos atropellos por parte de
Enrique IV, y que luego llevaría a la excomunión del mismo.
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I. Lucha contra Enrique IV
Enrique IV heredó la corona cuando tenía tan solo 6 años y su madre Inés se
encargó de la regencia de la que sería suplantada por los nobles posteriormente.
En el año 1065, cuando contaba con 15 años fue declarado mayor de edad.
El modo en que llevaba adelante los temas de su país le causó serios disgustos al
papa Alejandro II quien no dudó en excomulgar a varios de sus asesores que
ejercían un pernicioso influjo sobre él.
Al asumir el Papado Gregorio VII, mantendrán inicialmente buenas relaciones ya
que Enrique IV se mostró favorable a la reforma prometiéndole al papa corregir no
sólo su mala conducta sino también la venta simoníaca de los cargos
eclesiásticos. Pero ni bien logró someter a los sajones, jamás volvió a acordarse e
sus promesas y continuó traficando los cargos eclesiásticos por lo que será
reprendido por el papa quien pasa abiertamente al ataque.
Esta actitud hostil tendrá un inicio en la disputa que mantendrán para cubrir el
obispado de Milán en el año 1075. Frente al candidato romano Atón, el monarca
alemán pretendía elevar al subdiácono Teobaldo. Las protestas del papa no
sirvieron de muchos ya que un sínodo de obispos simoníacos conformado por 24
obispos alemanes y dos italianos repudió la actitud de Gregorio VII, quien fue
depuesto por el mismo.
A continuación se transcribe la carta enviada por Enrique IV al Papa Gregorio VII
para comunicarle la decisión del sínodo de Worms y que por su tono altamente
hipócrita, y dado los términos poco respetuosos empleados para dirigirse al papa,
deja entrever el carácter del enfrentamiento mantenido. Se debe prestar especial
atención tanto a la frase inicial como a la frase final del texto.
1) Carta de Enrique IV contra Gregorio VII2
Enrique, no por usurpación, sino por ordenación de Dios, Rey, a Hildebrando, que ya no es Papa sino
falso monje.
Este saludo es el que tú has merecido para tu confusión, porque no has honrado ningún orden en la Iglesia,
sino que has llevado la injuria en vez del honor; la maldición en vez de la bendición. Pues para no decir sino
pocas e importantes cosas de las muchas que has hecho, no sólo no has vacilado en avasallar a los rectores
de la Santa Iglesia, como son los arzobispos, los obispos, los presbíteros, ungidos del Señor, sino que los has
pisoteado como siervos que no saben lo que su señor haga de ellos. Al pisotearlos te has proporcionado el
aplauso del vulgo. Has creído que ninguno de esos sabe nada y que sólo tú lo sabes todo, pero has procurado
usar esa ciencia, no para edificación, sino para destrucción; de suerte que lo que dice aquel beato Gregorio,
cuyo nombre has usurpado, creemos lo profetizo sobre ti: “la afluencia de súbditos exalta el ánimo de los
prepuestos, que estiman saber más que todos, cuando ven que pueden más que todos”. Y nosotros hemos
aguantado todo esto intentando mantener el honor de la sede apostólica. Pero tu entendiste que nuestra
humildad era temor y no vacilaste en alzarte contra la misma potestad regia concedida por Dios a nosotros y
te has atrevido a amenazarnos con quitárnosla; como si nosotros hubiésemos recibido de ti el reino, como si
el reino y el imperio estuviesen en tu mano y no en la mano de Dios. El cual Señor nuestro Jesucristo nos ha
llamado al reino, pro no te ha llamado a ti al sacerdocio. Tú, en efecto, has ascendido por los grados
siguientes: por la astucia, aun cuando es contraria a la profesión monacal, has obtenido dinero; por dinero
has obtenido merced; por merced, hierro; por hierro la sede de la paz, y desde la sede de la paz has
perturbado la paz armando a los súbditos contra los prepuestos, enseñándoles a despreciar a los obispos
2
Documentos para el estudio de la Iglesia Medieval. Página de la UCA en Internet. Ver Bibliografía
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nuestros, llamados por Dios, tú que no has sido llamado por Dios; Tú que has arrebatado a los sacerdotes su
ministerio y lo has puesto en manos de los laicos para que depongan o condenen a aquellos que ellos mismos
habían recibido de la mano de Dios por imposición de manos episcopales para enseñarles. A mí mismo, que
aunque indigno he sido ungido entre los cristianos para reinar, me has acometido; a mí, que según la
tradición de los Santos Padres sólo puedo ser juzgado por Dios y no puedo ser depuesto por otro crimen que
por el de apartarme de la fe, lo que está muy lejos de mí. Pues ni a Juliano el apóstata la prudencia de los
Santos Padres se atrevió a deponerlo, sino que dejó a Dios sólo esta misión. El verdadero Papa, el beato
Pedro, exclama: “Temed a Dios y honrad al Rey” pero tú, que no temes a Dios, me deshonras a mí, que he
sido constituido por Dios. Por eso el beato Pablo, en donde no exceptúa el ángel del cielo si predicase otra
cosa, no te ha exceptuado a ti, que en la tierra predica otra cosa. Pues dice: “Si alguien, yo, o un ángel del
cielo, os predicase otra cosa de la que os ha sido predicada, sea anatema”. Pero tú, condenado por este
anatema y por el juicio de todos nuestros obispos y por el nuestro también, desciende y abandona la sede
apostólica que te has apropiado; Sólo debe ascender a la sede de San Pedro quien no oculte violencia de
guerra tras la religión y sólo enseñe la sana doctrina del beato Pedro. Yo, Enrique, por la gracia de Dios
rey, con todos nuestro obispos te decimos: desciende, desciende, tú que estás condenado por los siglos de
los siglos.
De este modo concluye la carta enviada por el monarca alemán, quien exhorta al
papa al abandono de la Santa Sede.
La réplica del Pontífice fue fulminante, quien excomulga a Enrique, y este acto se
convierte en la primera excomunión que se daba a un emperador luego de la de
Teodosio que fuera realizada por San Ambrosio en el año 394 y además se realizó
el consiguiente levantamiento del juramento de fidelidad a sus súbditos.
La deposición fue pronunciada en la cuaresma del año 1076 y fue concebida por
Gregorio VII como una larga oración a San Pedro en la que se manifiesta
claramente cual es la visión que el papa tiene de su relación con el apóstol y de su
misión como Pontífice Romano.
A partir de aquí, las expresiones utilizadas por Gregorio VII para excomulgar a
Enrique IV.
2) Sentencia3
Bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, préstame, te lo pido, oído favorable; escúchame que soy
tu servidor , a quien tu has alimentado desde la infancia y preservado hasta este día de la mano de los
malvados, que me han odiado y me odian porque soy fiel. Tú eres mi testigo, lo mismo que mi soberana, la
Madre de Dios, así como el bienaventurado Pablo, tu hermano entre todos los santos, tú eres mi testigo de
que la santa Iglesia Romana me ha llevado a pesar mío a su gobierno y que no he mirado como una
conquista el hecho de subir a tu sede. Hubiera preferido terminar mi vida como humilde peregrino mas
que tomar tu lugar por un sentimiento de gloria mundana y con la preocupación de un seglar. Si te ha
agradado y si te agrada todavía que el pueblo cristiano, especialmente confiado a tu cuidado me obedezca,
es, yo creo, un efecto de tu gracia y de ninguna manera el resultado de mis obras. Es porque soy tu
representante que tu gracia ha descendido sobre mí, y esta gracia es el poder dado por Dios de atar y
desatar en el cielo y en la tierra.
Fuerte por esta confianza, por el honor y la defensa de tu Iglesia, en nombre de Dios todopoderoso, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, en virtud de tu poder y de tu autoridad, pongo en entredicho al hijo del emperador
Enrique, que se ha levantado contra tu Iglesia con una insolencia inaudita en el gobierno de todo el reino
de los teutones y de Italia; y desligo a todos los cristianos del juramento que le han prestado o que le
prestan; prohibo a toda persona que le obedezca como a rey. Es justo, en efecto, que aquel que se esfuerza
por aminorar el honor de tu Iglesia pierda él mismo el honor que parece tener. Cómo él ha desdeñado de
obedecer como cristiano y no se ha vuelto al Señor, a quien ha abandonado comunicándose con los
excomulgados, volviéndose culpable de muchas iniquidades, despreciando los avisos que le he dado para
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Documentos para el estudio de la Historia de la Iglesia Medieval. Ibídem
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su salvación, tú lo sabes, y separándose de su Iglesia que ha querido desgarrar, yo lo ato, en tu nombre,
con la atadura del anatema. Yo lo ato sobre la fe de tu poder, para que las naciones sepan y constaten que
tú eres Pedro y que sobre esta piedra el Hijo de Dios vivo ha levantado su Iglesia, contra la cual las
puertas del infierno no prevalecerán jamás
Tras la condena papal, Enrique IV sufre un duro golpe en el frente interno cuando
sus adversarios políticos buscan debilitarlo, por lo que sintiéndose acosado se le
ocurre recurrir al Papa para obtener su perdón.
Será en el castillo de Canosa, una imponente fortaleza de los Apeninos donde
tendrá lugar la reconciliación auspiciada con la mediación de Hugo de Cluny y la
condesa Matilde de Canosa, aliados del Papa. En dicha oportunidad, Gregorio VII
levanta la excomunión al emperador surgiendo la duda de si era perdonado solo
como un cristiano más o si el perdón era recibido también como emperador. Dada
la duda que se planteaba, los príncipes alemanes se sintieron todavía desligados
del poder imperial y del juramento de fidelidad por lo que eligen a Rodolfo de
Suabia como nuevo rey en el año 1077. Es el momento en que la guerra civil entre
los aliados del rey y sus enemigos se apodera del Imperio alemán.
Enrique IV, quien seguía vinculado a los enemigos del Papa y principalmente con
los obispos simonianos de Lombardia, será nuevamente excomulgado en el año
1080, reconociendo el papa a Rodolfo de Suabia como rey.
La respuesta de Enrique vendrá de la mano de un nuevo concilio de obispos
antigregorianos de Alemania y Lombardia que se realizó en Brixen y donde el
arzobispo Viberto de Ravenna será elegido Papa con el nombre de Clemente III.
Gregorio VII, excomulgará al antipapa.
Rodolfo de Suabia muere en el campo de batalla y Enrique IV, ya como vencedor
empeorará la situación con Roma marchando sobre la ciudad, siendo
acompañado en su viaje por Clemente III, antipapa, quien en las afueras de Roma
lo unge como emperador, gesto de escaso valor histórico ya que de inmediato
deberá regresar a Alemania para enfrentar a Hermman de Luxemburgo quien
había sido elevado al poder por una facción antienriquista.
Entretanto, la guerra de los panfletos cobra inusitada violencia en Italia.
Los partidarios del emperador alemán acusaban a Gregorio VII de los peores
crímenes tachándolo de cismático mientras ensalzaban los derechos del
emperador a quien consideraban como el Vicario de Cristo y como el único
provisto de todos los derechos para mediatizar la elección del Papa.
La defensa de Gregorio VII será llevada adelante con escritos de los gregorianos
como Bonizon de Sutri, Anselmo de Lucca y el Cardenal Deusdedit, quienes se
expresaron contra las pretensiones imperiales usando como base la legislación
eclesiástica sancionada en los últimos años por la reforma gregoriana.
El último choque entre ambos contrincantes, tendrá lugar en el año 1084, cuando
Enrique acompañado por el antipapa entre nuevamente en Roma liderando un
gran ejército.
Gregorio VII se refugiará en un castillo de Santangelo y recibirá la ayuda de los
normandos del sur de Italia quienes liderados por Roberto Guiscardo lograran
expulsar a los alemanes de la ciudad.
Cansado el Papa se retira a Montecassino, desde donde más tarde partirá a
Salerno donde seguirá luchando contra el emperador y el antipapa.
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El 25 de mayo de 1085, Gregorio VII moría pronunciando una frase inspirada en el
Salmo 44,8: “Delexi iustitiam et odivi iniquitatem, propterea morior in exilio”4
Enrique IV lo sobrevivió 20 años más pero sus años no fueron felices ya que sufrió
la rebelión de sus propios hijos quienes lo encerraron en un castillo de Maguncia
donde murió en el año 1106.
II. Fin de la lucha por las investiduras
A simple vista pareciera que Enrique IV había triunfado sobre Gregorio VII, pero
un análisis detallado ulterior permite observar que los ideales eclesiásticos
triunfaron.
Los sucesores de Gregorio VII continuaron sus postulados.
Habrá un corto período en que el antipapa Clemente III se hará dueño de la sede
romana, contando con el apoyo y reconocimiento de Enrique IV y de los ingleses
hasta ser depuesto en el año 1090.
La sede, oficialmente, estuvo vacante durante 11 meses para luego quedar en
manos de Desiderio de Montecassino quien fuera electo por los cardenales y
adoptara el nombre de Víctor II. Su sucesor Urbano II será el continuador más
férreo de la política de reforma gregoriana.
Recién en 1119 comenzará el principio del fin al quedar al frente de la Iglesia
Calixto II, papa de origen francés a quien se le atribuye el éxito en la tan anhelada
“querella de las investiduras”.
La fatiga por la prolongada lucha, o la imposición de la razón, llegó el 23 de
septiembre de 1122 cuando se firmó el Concordato de Worms, que será ratificado
un año después por el concilio ecuménico de Letrán, protocolo por el que se
establecía un acuerdo entre la Santa Sede y el Imperio, según el que
correspondía al poder eclesiástico la investidura clerical mediante la entrega del
anillo y el báculo y la consagración con las órdenes religiosas, mientras que al
estamento civil se le reservaba la investidura feudal con otorgamiento de los
derechos de regalía y demás atributos temporales. Los así investidos se debían al
Papa en lo religioso y al soberano laico en lo civil. Al emperador se le reconocía
además la potestad de asistir a la elección de los cargos eclesiásticos y de utilizar
su voto de calidad cuando no hubiese acuerdo entre los electores.
A continuación y para terminar la presente monografía se transcribe el texto
correspondiente al Concordato de Worms firmado por Calixto II y Enrique V en el
año 1122
1. Concordato de Worms
PRIVILEGIUM IMPERATORIS
En el nombre de la santa e indivisible Trinidad. Yo Enrique, por la gracia de Dios augusto emperador de los
Romanos, por amor de Dios y de la Santa Iglesia Romana y de nuestro papa Calixto y por la salvación de mi
alma cedo a Dios y a sus santos apóstoles Pedro y Pablo y a la Santa Iglesia Católica toda investidura con
anillo y [báculo] pastoral, y concedo que en todas las iglesias existentes en mi reino y en mi imperio las
elecciones se hagan libre y canónicamente.
Restituyo a la misma Santa Iglesia Romana las posesiones y regalías del bienaventurado Pedro, que le fueron
quitadas desde el inicio de esta controversia hasta hoy, sea en tiempos de mi padre como en los míos, y que yo
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Amé la justicia y odie la iniquidad, por eso muero en el exilio.
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poseo; daré fielmente mi ayuda para que sean restituidas aquellas que no tengo. Del mismo modo entregaré,
con el consejo de los príncipes y conforme a justicia, las posesiones de todas las otras iglesias y de los
príncipes y de los otros clérigos o laicos perdidas en esta guerra y que se encuentran en mi mano; para
aquellas que no tengo, daré fielmente mi ayuda a fin de que sean restituidas.
Y aseguro una sincera paz a nuestro papa Calixto y a la Santa Iglesia Romana y todos aquellos que han estado
de su parte. Fielmente daré mi ayuda cuando la Santa Iglesia Romana me la pida, y le haré justicia si me
presentase quejas.
Todo esto ha sido redactado con el consentimiento y el consejo de los príncipes cuyos nombres siguen a
continuación: Adalberto, arzobispo de Maguncia, F. arzobispo de Colonia, H. obispo de Ratisbona, O. obispo
de Bamberg, B. obispo de Espira, H. obispo de Augsburgo, G. de Utrecht, O. de Constanza, E. abad de Fulda,
el duque Enrique, el duque Federico, el duque S., el duque Petrolfo, el marqués Teipoldo, el marqués
Engelberto, el conde palatino Gotifredo, el conde palatino Otón, el conde palatino Berengario.
Yo Federico, arzobispo de Colonia y gran canciller he revisado la presente.
PRIVILEGIUM PONTIFICIS
Yo Calixto obispo, siervo de los siervos de Dios, concedo a ti, dilecto hijo Enrique, por la gracia de Dios
augusto emperador de los Romanos, que las elecciones de obispos y abades de Alemania que toquen al reino
sean hechas en tu presencia, sin simonía y sin ninguna violencia; de modo tal que si surgiese cualquier motivo
de discordia entre las partes, según el consejo y el parecer del metropolitano y de los [obispos] coprovinciales,
tu des tu consentimiento y tu ayuda a la parte más sana.
El electo reciba de ti las regalías por medio del cetro y por ellas cumpla según la justicia sus deberes hacia ti.
En cambio, aquel que es consagrado en las otras regiones del Imperio reciba de ti las regalías dentro de los
seis meses [de la consagración] por medio del cetro, y por ellas cumpla según justicia sus deberes hacia ti,
quedando salvas todas las prerrogativas reconocidas a la Iglesia Romana.
Según el deber de mi oficio te prestaré ayuda en todo aquello sobre lo que me presentes quejas o me pidas
socorro.
Te aseguro una paz sincera, a ti y a todos aquellos que están o han estado de tu parte durante esta discordia.
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