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Yves Raguin
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PLENITUD Y VACÍO
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Cristo y el camino zen
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NARCEA, S. A. DE EDICIONES
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ÍNDICE
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Prólogo de Benoît Vermander ....................... 7
ui
El vacío interior, camino hacia Dios
at
Cristo en la mismidad de mi ser .................
El camino del vacío interior .......................
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29
El camino en la plenitud del vacío .............. 37
gr
Más allá del vacío que es la Fuente ............. 45
Relato de Roucas
ra
Te necesito .............................................. 61
La puerta secreta de la naturaleza .............. 67
st
El perfecto amor ...................................... 77
El camino recorrido .................................. 83
ue
Epílogo........................................................ 85
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El autor y su obra ......................................... 89
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PRÓLOGO
ta
Los dos “relatos espirituales” reunidos en este
volumen no se habían publicado hasta ahora, aun-
ui
que constituyen lo mejor de la obra de Yves Ra-
guin.
at
Sin duda, el carácter personal de estos textos,
impulsó al autor a entregarlos sólo a un grupo re-
gr
ducido de algunos amigos. Estos textos que cons-
tituyen un testimonio de gran estilo, fueron escri-
tos entre 1976 y 1979 y no ofrecen solamente
ra
luz sobre la vida espiritual de un hombre que fue
un maestro y un guía para muchos, sino que ha-
st
blan con fuerza y exactitud de una cuestión cuya
importancia y actualidad no ha cesado de confir-
marse: ¿de qué manera la experiencia espiritual
ue
cristiana se encuentra con la experiencia espiri-
tual de otras tradiciones, sobretodo con el budis-
M
mo?
Yves Raguin es conocido por las obras que ha
publicado a lo largo de los años. Caminos de
contemplación, La profundidad de Dios, Espíri-
tu, hombre, mundo… son títulos que han marca-
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do etapas en la apertura de la espiritualidad cris-
tiana contemporánea a las tradiciones de otras
culturas.
A un gran conocimiento de la tradición espiritual
occidental, Yves Raguin unía todo lo que había
aprendido de las religiones y sabidurías orientales,
principalmente del budismo y taoísmo.
ta
Las obras que nacían de este encuentro no eran
sin embargo una mezcla. La unidad estaba asegura-
ui
da por la propia experiencia del autor. Los dos tex-
tos reunidos aquí aportan un testimonio mucho más
at
directo sobre esta experiencia.
Los libros no constituyen el único aspecto de la
gr
actividad de Yves Raguin. Aparte de numerosos fo-
lletos y artículos escritos en francés o en inglés y de
las traducciones en chino de sus textos, que él mis-
ra
mo seguía muy de cerca, continuó con la investiga-
ción y la enseñanza.
st
Se interesó por el pensamiento y el vocabulario
budista chino, se apoyó en numerosos textos de la
tradición taoísta y supervisó durante cuarenta años
ue
el proyecto del Diccionario Ricci de la lengua chi-
na, que no llegó a su fin hasta tres años después de
M
su muerte.
Hacia el final de su vida estudió con pasión el
primer encuentro del cristianismo y de la tradición
china en los siglos VII y VIII de nuestra era, e hizo
una relectura de los Evangelios a la luz de este en-
cuentro.
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Es necesario hablar también de su voluminosa
correspondencia como amigo y como director espi-
ritual.
En su día merecerán ser editados otros escritos
suyos.
Cuando se me pidió que le sucediera en la direc-
ta
ción de Instituto Ricci de Taipei, pude apreciar la
calidad de su presencia, su disponibilidad y su apo-
ui
yo. Durante los dos meses que duró la transición, su
principal preocupación fue dejarme los archivos lo
at
más ordenados posible. Compró grandes carpetas
en las cuales, él mismo, colocó con mucho cuidado
gr
los documentos relativos a la historia del Instituto.
A partir del momento en que dejó la dirección,
tuvo la delicadeza de no intervenir en los asuntos
ra
habituales aunque, cada vez que tuve el placer de
solicitarle un consejo o una ayuda, él respondió
st
siempre con gusto, deseoso de dar el consejo que
pudiera facilitar más la tarea y aligerar mis inquietu-
des. “¡No te preocupes demasiado!” era la forma
ue
habitual con la que concluía nuestras conversacio-
nes.
M
Casi todos los días, a última hora de la mañana,
llegaba a la biblioteca del Instituto, se sentaba silen-
ciosamente, y se enfrascaba en sus lecturas. Tres
días antes de morir me dio un texto sobre el diálogo
interreligioso solicitado por una revista de Roma. El
mismo día de su fallecimiento, encontramos sobre
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su mesa un último artículo pedido por un periódico
francés. El sobre estaba cerrado, la dirección escri-
ta, los sellos puestos…
El misterio de Dios le apasionó durante toda su
vida. El misterio de Dios en su eternidad.
Pero al mismo tiempo, estaba fascinado por el
ta
hecho de que este misterio se revela en la historia,
en las culturas; cada vez estaba más convencido de
ui
que era necesario hacer justicia a todo lo que las di-
ferentes culturas habían creado para expresar este
misterio. at
Su contribución era la aportación de la cultura
gr
oriental, de la cultura china en primer lugar. Iba
orientado al mismo tiempo hacia “la unidad”, hacia
la revelación del misterio en su última simplicidad, y
ra
hacia una apreciación cada vez más grande de
la “complejidad”, de la diversidad de las manifesta-
st
ciones del Absoluto en la historia y en las culturas.
Pero, a fin de cuentas, primaba claramente la unidad.
Cuando preparábamos una edición revisada de sus
ue
lecciones en inglés sobre “la contemplación en Orien-
te y Occidente”, me dijo: “Si tuviera que escribirlo de
M
nuevo, lo diría todo de forma aún más sencilla”.
En febrero de 1999, el provincial de los jesuitas
de Francia, Jean-Noël Audras, resumía así la mezcla
bastante sorprendente de abandono y de firmeza
que caracterizó la vida de Yves Raguin.
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“Yves Raguin sabía adónde quería ir, y, por decirlo
de algún modo, las dificultades que encontraba se
transformaban en signos de confirmación…
Su vida estuvo jalonada por varios cambios de
destinos que fueron otros tantos desgarrones.
Cuando estaba estudiando chino, fue enviado a
Vietnam; iba allí para enseñar la cultura china en
ta
francés a los escolares vietnamitas. Esto sólo era
una nueva salida después de la expulsión de
ui
Shangai y después de marchar de Harvard, en
plena redacción de la tesis, para llegar a la Uni-
versidad Aurora antes de que las fuerzas comunis-
at
tas sitiaran la ciudad y le impidieran entrar…
Vivió las pruebas, los sufrimientos, los cam-
gr
bios de destino, las incomprensiones, como una
oportunidad para encaminarse hacia el sentido de
su vida: comprender la cultura china, sus diversas
ra
tradiciones espirituales, mostrar cómo la fe cristia-
na, el camino de seguimiento a Cristo, la revela-
ción del misterio de la Trinidad, podían encontrar
st
en esta cultura y en sus tradiciones espirituales las
palabras, las categorías de pensamiento por las
ue
cuales expresar el misterio; mostrar también
cómo nuestra percepción occidental de este mis-
terio y el camino que conduce a él se enriquece
M
con las percepciones y novedades que aporta el
anuncio de Cristo en Asia.
Allí estaba su corazón, su aspiración más pro-
funda… Ninguna dificultad, obstáculo o prueba
podía levantar una barrera infranqueable para
aquel cuyo corazón estaba habitado por ese deseo,
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taladrado por tan gran anhelo. Yves Raguin hubie-
ra podido detenerse ahí, seguir su camino solo.
Comprendió que, en una apertura a las culturas y
a los caminos espirituales del más lejano de los
países, es como se profundizaría en el misterio
de Dios que sobrepasa toda experiencia singular, del
Dios que no se posee ni se acapara incluso en las
ta
más altas tradiciones.
Si hoy se pudiera resumir la vida del padre
ui
Yves Raguin, una palabra que le diera el sentido
más profundo sería la de comunicación. Sabía
que su propio deseo encontraría en la comunica-
at
ción más profunda con otros, no una respuesta,
sino un camino, y que este camino era Cristo,
gr
comunicándose al hombre, comunicación que a
imagen de la de su Maestro, no fue sólo don de
sí mismo, de su escucha, de su comprensión,
ra
sino intercambio, porque si se comunicaba así
con las otras tradiciones, no era solamente para
aportarles desde él, sino también para recibir a
st
través de ellas su propia existencia a mayor pro-
fundidad.”
ue
Los escritos reunidos aquí nos iluminan sobre al-
M
gunas de las etapas de este camino.
Sin duda, el lector será sensible a la integración
espiritual que testimonian estos textos, integración
de la herencia cultural y religiosa de la infancia y de
la juventud, del descubrimiento que hace el autor de
pasajes enteros de la tradición oriental, de los inci-
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dentes que salpican su vida cotidiana, del eco susci-
tado por las personas encontradas.
Integración de estas herencias, descubrimientos y
experiencias en un todo, en una dinámica, la de la
vida divina, que fecunda el ser entero de aquel que
se abandona a Él. La palabra sencillez, que apare-
ce repetidas veces, expresa, sin duda alguna, la
ta
hondura de aquella experiencia.
Hemos elegido el título Plenitud y vacío porque
ui
los dos términos están en el centro de la reflexión
de Yves Raguin.
at
— ¿Qué es esta plenitud divina que sólo se deja
gr
encontrar en el vacío más completo?
— ¿Cuál es esta palabra que ilumina el silencio
más total?
ra
— ¿Qué es ese vacío que nos habita en lo más
profundo y que permite que se encienda la lla-
st
ma?
El camino abierto por la meditación zen, que
ue
Yves Raguin cuidaba de no reducirlo nunca a una
simple técnica, dirige la experiencia que poco a
M
poco se consolida y encuentra su lenguaje.
Yves Raguin, en una ocasión, me dijo que sus tex-
tos estaban “fechados”, y que podía jactarse de ello.
Es preferible un texto con fecha, enraizado en el
tiempo en que se ha producido, que un texto flotante
fuera del tiempo y que al fin no dice nada a nadie.
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Con el paso del tiempo, la calidad profunda de
los textos de Yves Raguin aparece con mayor clari-
dad y transcienden también los límites que ocultan
estos mismos textos.
Si se leen estos escritos como una repetición me-
ditada de la experiencia de alguien que se atreve,
pacientemente pero sin concesiones, a comprome-
ta
terse en el descubrimiento de su mundo interior,
esos textos tienen una palabra que decir al hombre
ui
de hoy.
Cumplen el objetivo que el autor se imponía a sí
at
mismo: sostener, alimentar, avivar en los que de-
sean comprometerse en el camino, la paciencia y el
gr
aliento necesarios para abrirse, un día, a los en-
cuentros que abrasan y renuevan todo el ser.
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BENOÎT VERMANDER
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