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Un Imperio Fallido

Este documento proporciona un resumen del libro "Un imperio fallido: La Unión Soviética durante la Guerra Fría de Stalin a Gorbachov" de Vladislav M. Zubok. El libro explora las motivaciones y perspectivas de los líderes soviéticos durante la Guerra Fría utilizando nuevas fuentes de archivos. El autor argumenta que la seguridad nacional y el poder geopolítico impulsaron la política exterior soviética y que la ideología y experiencia también influyeron en las decisiones de los líderes. El libro anal
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Un Imperio Fallido

Este documento proporciona un resumen del libro "Un imperio fallido: La Unión Soviética durante la Guerra Fría de Stalin a Gorbachov" de Vladislav M. Zubok. El libro explora las motivaciones y perspectivas de los líderes soviéticos durante la Guerra Fría utilizando nuevas fuentes de archivos. El autor argumenta que la seguridad nacional y el poder geopolítico impulsaron la política exterior soviética y que la ideología y experiencia también influyeron en las decisiones de los líderes. El libro anal
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Basándose en documentación hasta ahora desconocida —actas del

Politburó, diarios, telegramas cifrados y conversaciones grabadas—


Vladislav M. Zubok nos ofrece un panorama de la historia de la
Guerra Fría vista desde la perspectiva del Kremlin, que cambia por
completo la visión que hasta ahora nos ofrecían los historiadores
occidentales. Zubok nos permite comprender las aspiraciones, los
intereses y los errores de percepción de los dirigentes soviéticos: las
equivocaciones cometidas por Stalin, los arriesgados intentos de
Jrushchov por reforzar la paz, la apasionada búsqueda de la
distensión por Brezhnev y la forma en que Gorbachov, tratando de
reformar la Unión Soviética, acabó destruyéndola. Nos muestra
cuáles eran las preocupaciones reales de estos hombres y el error
de las estrategias norteamericanas de contención, que sólo
consiguieron reforzar su beligerancia. Este impresionante libro va a
cambiar por completo la imagen que hasta hoy teníamos de la
historia de la Guerra Fría.
Vladislav M. Zubok

Un imperio fallido
La Unión Soviética durante la Guerra Fría

ePub r1.0
Titivillus 24.09.2019
Título original: A Failed Empire. The Soviet Union in the Cold War from Stalin to
Gorbachev
Vladislav M. Zubok, 2007
Traducción: Teófilo de Lozoya & Juan Rabasseda

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1
A mis padres, Martin y Liudmila Zubok
Prólogo

El presente libro explora las razones que movieron y guiaron a la


Unión Soviética durante la Guerra Fría, una confrontación global con
Estados Unidos y sus aliados. La desclasificación de numerosos
archivos en Rusia y otros países del otrora bloque comunista ofrece
fascinantes oportunidades para escribir sobre el pasado soviético.
La abundancia de fuentes sobre política nacional y sobre el
desarrollo social y cultural que se produjo tras el antiguo telón de
acero es sorprendente. Actualmente podemos examinar
deliberaciones del Politburó, seguir hora a hora la correspondencia
telegráfica que mantuvieron los distintos líderes comunistas,
observar cómo los impulsos de los máximos responsables iban
filtrándose en el sistema burocrático, e incluso leer los diarios
privados de los apparatchiks comunistas. Una serie de proyectos de
historia oral de carácter crítico ha reunido a los veteranos del
proceso de toma de decisiones y ofrece el trasfondo emocional que
echamos a faltar en la documentación burocrática.
Con todas esas fuentes se ha hecho posible el estudio de la
Guerra Fría, entendida no sólo como un choque de grandes
potencias y una acumulación de armas letales. Ante todo, cualquier
historia no deja de ser el relato sobre unos individuos y sus
motivaciones, sus esperanzas, sus crímenes, sus ilusiones y sus
errores. La Guerra Fría soviética tuvo numerosos frentes y
dimensiones: desde el «Puesto de Control Charlie» en Berlín hasta
las cocinas moscovitas, donde los disidentes hablaban de un
comunismo «con rostro humano», desde el Politburó en el Kremlin
hasta las residencias estudiantiles. Fue una guerra de nervios y
recursos, pero principalmente se trató de una lucha de ideas y
valores.[1] Además se han podido llevar a cabo verdaderos estudios
comparativos internacionales, un avance intelectual que permite
situar la política y la actitud soviética en una perspectiva más
amplia: el contexto de imperio. Recientemente los especialistas han
realizado numerosas investigaciones que arrojan luz sobre la
influencia que ejercieron los aliados y los países satélites del
Kremlin sobre la postura internacional soviética. Algunos de los
descubrimientos más asombrosos llevados a cabo en la «nueva»
historiografía de la Guerra Fría ponen de manifiesto hasta qué punto
la República Popular de China, Corea del Norte, Alemania Oriental,
Cuba, Afganistán y otros países clientes afectaron las motivaciones,
los planes y los cálculos de Moscú.[2]
Esta expansión de los horizontes y los nuevos desafíos
metodológicos han servido para crear el presente libro. Aunque soy
un especialista ruso por mi nacionalidad y por mi escuela, he vivido
y trabajado en Estados Unidos desde comienzos de los años
noventa. Los meses dedicados a la investigación en los archivos
rusos y americanos entre otros, mi participación en numerosas
conferencias académicas internacionales y los intercambios
realizados con colegas, amigos y críticos han ejercido una
notabilísima influencia en los últimos quince años de mi vida. Mi
colaboración en el proyecto televisivo de la CNN de veinticuatro
capítulos dedicado a la historia de la Guerra Fría supuso una
experiencia totalmente nueva que sirvió para darme cuenta de la
importancia de las percepciones, las imágenes y la imaginación
colectiva. Por último, mi labor docente en la Temple University me
recuerda en todo momento que las enseñanzas y la experiencia del
pasado no se transmiten de manera automática a las nuevas
generaciones. Sin una investigación, un debate y una revisión
constantes, las lecciones y la experiencia de la Guerra Fría se
convierten en una serie de estadísticas sumamente aburridas.
Aunque suponga todo un desafío, es necesario abordar esta
confrontación del pasado entre las dos grandes superpotencias y
explicar cómo sirvió para condicionar el mundo moderno.
Este libro es una continuación de las investigaciones que
empecé junto con Constantine Pleshakov hace más de una década.
[3] Mi marco conceptual para explicar las motivaciones y el

comportamiento de la URSS sigue siendo el mismo. Es un


paradigma revolucionario-imperial. La seguridad y el poder fueron
los objetivos principales de Stalin y sus sucesores. Estos líderes
utilizaron todos los métodos disponibles de la política del poder y la
diplomacia para promover los intereses estatales soviéticos en un
mundo competitivo. Al mismo tiempo, las motivaciones de la política
exterior de Stalin y sus sucesores no pueden separarse de cómo
pensaban y quiénes eran. Los líderes de la Unión Soviética, al igual
que las élites soviéticas y que millones de ciudadanos soviéticos,
fueron los herederos de aquella gran revolución trágica y estuvieron
motivados por una ideología mesiánica. Resulta imposible explicar
las motivaciones de la URSS durante la Guerra Fría sin intentar
comprender al menos cómo los líderes, las élites y el pueblo de la
Unión Soviética entendían el mundo y se veían a sí mismos. Una
manera de abordar esta cuestión es observando la ideología
soviética. Otra manera de comprender las razones de la URSS es
observando la experiencia soviética, especialmente el impacto que
tuvo la Segunda Guerra Mundial en el país. Una tercera manera es
estudiar las vidas de los líderes y las élites de la Unión Soviética, así
como los factores culturales que los condicionaron.
El presente libro consta de diez capítulos, organizados alrededor
de los grandes desarrollos, las principales políticas y los máximos
líderes del bando soviético durante la Guerra Fría. El capítulo 1
analiza el enorme impacto que tuvo la Segunda Guerra Mundial en
la clase política soviética y el pueblo en general y explica cómo la
experiencia durante el conflicto bélico se tradujo en una búsqueda
no sólo de seguridad, sino también de predominio geopolítico y de
imperio externo. El capítulo 2 explica por qué la política de Stalin,
que tan notables resultados tuvo en la construcción del imperio
soviético, rompió la frágil cooperación de posguerra entre las
grandes potencias y contribuyó al nacimiento de la Guerra Fría. El
capítulo 3 utiliza el estudio específico de la política soviética en
Alemania para poner de relieve la confrontación entre los planes
geopolíticos del Kremlin y la realidad y la dinámica del imperio
soviético en Europa Central. El capítulo 4 analiza los cambios en la
política exterior soviética tras la muerte de Stalin, fruto no sólo de los
nuevos objetivos ideológicos y geopolíticos que tenían los nuevos
dirigentes, sino también de la política nacional soviética. El capítulo
5 estudia las repercusiones de la revolución termonuclear y de las
nuevas tecnologías de misiles balísticos en el modo en que los
soviéticos contemplaban su seguridad nacional, centrándome
especialmente en la singular contribución de Jrushchov a la crisis
más peligrosa de la Guerra Fría.
El capítulo 6 tiene una importancia capital, pues introduce el
tema de la transformación social y cultural que experimentaron la
sociedad y las élites soviéticas ya lejos del estalinismo. Analiza el
romanticismo y el optimismo del período de desestalinización, así
como las primeras fisuras que se produjeron en el frente nacional de
la Guerra Fría y la aparición de una nueva generación, los «hombres
y mujeres de los sesenta», fenómeno que se repetiría
vigorosamente veinticinco años más tarde bajo el liderazgo de Mijail
Gorbachov. El capítulo 7 fija su atención en las razones que
impulsaron a los soviéticos hacia la distensión, con especial énfasis
en la actuación y las motivaciones personales de Leonid Brezhnev.
El capítulo 8 describe las percepciones soviéticas del declive de la
distensión y el camino que llevó a los soldados soviéticos hasta
Afganistán. El capítulo 9 aborda la transición de poder desde la vieja
guardia del Kremlin hasta Mijail Gorbachov y la cohorte de
«hombres y mujeres de los sesenta». En el último capítulo, que trata
de las distintas interpretaciones que se han hecho del fin de la
Guerra Fría y la caída de la Unión Soviética, presento mi propia
explicación, haciendo hincapié en el extraordinario papel de la
personalidad de Gorbachov y su ideología romántica del «nuevo
pensamiento».
Es evidente que el estudio de un período de la historia tan lleno
de acontecimientos y sucesos no puede quedar completo en un solo
volumen. Para enmendar cualquier descuido por mi parte en el
estudio del tema que se trata en estas páginas, indico a los lectores
un buen número de magníficos libros y artículos que analizan en
profundidad la historia de la Guerra Fría desde una perspectiva
realmente internacional. Espero que esta obra, con su focalización y
su dedicación a las cuestiones más importantes, sirva para
compensar la omisión de determinados acontecimientos y el
enfoque superficial en los que otras hayan incurrido. La omisión que
más me preocupa, sin embargo, es la falta de un análisis
sistemático de la historia económica y financiera de la URSS. Los
últimos capítulos de este libro ponen claramente de manifiesto que
la naturaleza del malestar económico de los años setenta y ochenta
que caracterizó el mandato de Brezhnev y los años siguientes, así
como la incapacidad de la clase política a la hora de afrontarlo,
contribuyeron en gran medida al declive de la influencia global de la
Unión Soviética, y acabó siendo en último término una de las
principales razones de la caída de la URSS. Asimismo, no cabe
duda de que un profundo estudio del pensamiento militar soviético y
de su complejo industrial me habría permitido convertir numerosas
hipótesis inciertas, pero probables, sobre el comportamiento
internacional de la Unión Soviética en conclusiones sólidas. Así
pues, el mejor libro en la materia sigue siendo el que todavía está
por escribir.

Las presentes páginas no habrían sido posibles sin los constantes


ánimos, el firme apoyo y la vital inspiración de numerosos amigos y
colegas. Mi gran suerte es haber pertenecido durante muchos años
al círculo internacional de especialistas en la Guerra Fría. El Cold
War International History Project at the Woodrow Wilson Center for
International Scholars ha figurado en todo momento en el centro de
dicho círculo. Mi camiseta de «veterano» del CWIHP trae a la
memoria numerosas conferencias en las que presenté mis
investigaciones y las enriquecí con nuevas perspectivas y
aportaciones procedentes de ese círculo académico internacional.
James G. Hershberg, David Wolf y Christian Ostermann, grandes
exponentes los tres del CWIHP, me han ofrecido sus comentarios y
consejos, su colaboración en el ámbito editorial y un rápido acceso a
las fuentes de los archivos recientemente desclasificados. También
quiero expresar mi más sentida gratitud a Melvyn Leffler, Jeffrey
Brooks, William C. Wohlforth, James Blight, Philip Brenner, Archie
Brown, Jack Madock, Robert English, Raymond Garthoff, Leo
Gluchowsky, Mark Kxamer, Jacques Lévesque, Odd Arne Westad,
Norman Naimark, Víctor Zaslavski y Eric Shiraev por compartir
conmigo sus ideas, sus documentos y sus comentarios críticos. Mel
Leffler puso a mi alcance los resultados de su investigación más
reciente acerca de la política exterior americana. Chen Jian, uno de
los mejores especialistas en historia de China y Estados Unidos con
el que comparto un cumpleaños, me ayudó a entender numerosos
matices de las relaciones entre el «gran hermano» (la URSS) y la
República Popular China.
Comencé las investigaciones para este libro cuando estuve
trabajando en el Archivo de la Seguridad Nacional, una biblioteca y
un centro especializado no gubernamental absolutamente único,
establecido en la actualidad en la George Washington University.
Thomas S. Blanton, Malcolm Byrne, William Burr, Will Ferrogiaro,
Peter Kornbluh, Sue Bechtel y Svetlana Savranskaya me ayudaron
a combinar la investigación con la gran aventura de descubrir
nuevos testimonios sobre la Guerra Fría en distintos archivos del
mundo. Desde 2001, el departamento de historia de la Universidad
de Temple ha sido para mí un nuevo hogar académico y el lugar en
el que los profesores se relacionan con sus «clientes» más
naturales, los estudiantes. Richard Immerman me convenció de que
ciertos paralelismos entre la toma de decisiones y las acciones de
americanos y soviéticos, especialmente en el Tercer Mundo, no eran
meros retazos de mi imaginación. Otros colegas míos,
especialmente James Hilty, Howard Spodek, Jay B. Lockenour,
David Farber, Petra Goedde y Hill Hitchcock, me dieron ánimos en el
terreno tanto profesional como humano. Ralph Young ensanchó mis
horizontes con sus relatos sobre el modo en que los americanos
percibían la amenaza soviética en los años cincuenta y sesenta.
Este libro sería impensable sin el apoyo y los consejos de
numerosos especialistas y archiveros de Rusia, entre ellos Vladimir
Pechatnov, Sergei Mironenko, Oleg Naumov, Alexander Chubaryan,
Natalia Yegorova, Nataha G. Tomilina, Tatiana Goriaeva, Zoia
Vodopianova, Oleg Skvortsov, Yuri Smirnov, Leonid Gibianski, Elena
Zubkova y Rudolf Pijoia. Sergei Kudriashov, editor de Istocbnik,
expresó en todo momento su interés por mis investigaciones. El
presidente de Georgia, Eduard Shevardnadze, encontró tiempo para
concederme una entrevista y autorizó mi acceso al Archivo
Presidencia de Georgia. Me siento profundamente agradecido al
personal de la Fundación Gorbachov, el Archivo Estatal Ruso de
Historia Social y Política, el Ministerio de Asuntos Exteriores de la
Federación Rusa, el Archivo Estatal Ruso de Historia
Contemporánea, el Archivo Central de los Movimientos Públicos de
Moscú, el Archivo Presidencial de Georgia y los Archivos Estatales
de Armenia por la paciencia demostrada con mis interminables
peticiones. Los veteranos de la Guerra Fría en Rusia me enseñaron,
entre otras cosas, a evaluar los documentos en un contexto
personal e histórico. Deseo dar las gracias especialmente a Anatoli
Cherniaev, Anatoli Dobrinin, Georgi Shajnazarov, Karen Brutents,
Georgi Arbatov, Georgi Kornienko, Nikolai Detinov, Victor
Starodubov, Rostislav Sergeev, Yegor Ligachev, Sergo Mikoyan,
David Sturua, Oleg Troyanovski y Alexander N. Yakovlev. Oleg
Skvortsov me proporcionó las transcripciones de sus entrevistas con
algunos veteranos de la administración Gorbachov, realizadas en el
marco del Proyecto de Historia Oral sobre el Fin de la Guerra Fría,
con asistencia del Archivo de Seguridad Nacional y del Instituto de
Historia General, de la Academia Rusa de las Ciencias.
Las subvenciones de la Carnegie Corporation de Nueva York
financiaron mis trabajos de investigación en Rusia, Georgia y
Armenia. En varias etapas de mi trabajo, Jochen Laufer, Michael
Lemke, Michael Thumann, Geir Lundestad, Olav Njolstad, Csaba
Bekes, Alfred Rieber, Istvan Rev, Leopoldo Nuti, Victor Zaslavski,
Elena Aga-Rossi y Silvio Pons me proporcionaron medios de
investigación y financiación en Alemania, Noruega, Hungría e Italia.
Recientemente el Collegium Budapest, la Scuola di Alti Studi IMT de
Lucca, y la Libera Universitá Internazionale degli Studi Sociali
(LUISS) Guido Carli me ofrecieron un ambiente magnífico y su
generoso apoyo para la labor final de montaje del libro.
Mi gratitud más profunda la reservo a los que leyeron el
manuscrito en su totalidad o por partes. John Lewis Gaddis y
William Taubman leyeron varios borradores del manuscrito,
incitándome en todo momento a hacerlo más claro y más breve.
Ralph Young, Bob Wintermute y Uta Kresse-Raina realizaron una
labor inestimable siendo mis primeros lectores. Jeffrey Brooks,
William C. Wohlforth, David Farber, Richard Immerman, Petra
Goedde, Victor Zaslavski, Howard Spodek y David Zierler me
ofrecieron sus comentarios sobre distintas partes y capítulos de la
obra. Y en la University of North Carolina Press, Chuck Grench y
Paula Wald hicieron gala de su paciencia y me suministraron su
ayuda en todo momento.
La redacción de un libro y la investigación exigen soledad, pero
también el apoyo incansable de los seres queridos. Mi esposa,
Elena, mis hijos, Andrei y Misha, y mis padres, Liudmila y Martin
Zubok, constituyeron mi grupo de apoyo más importante. Mis padres
fueron en todo momento fuente de inspiración de este libro. Tardé
mucho tiempo en escribir algo sobre la Guerra Fría soviética. En
cambio mis padres tuvieron que vivirla desde el principio hasta el
final. A ellos va dedicado mi libro.
1

El pueblo soviético y Stalin entre la


guerra y la paz, 1945

Roosevelt pensaba que los rusos iban a llegar y


a inclinarse ante América pidiendo limosna, pues
Rusia es un país pobre, sin industria, sin pan. Pero
nosotros veíamos las cosas de manera distinta,
pues el pueblo estaba dispuesto a sacrificarse y a
luchar.

MOLOTOV,
junio de 1976

No nos guían las emociones, sino la razón, el


análisis y el cálculo.

STALIN,
9 de enero de 1945

La mañana del 24 de junio de 1945 la lluvia caía a raudales en la


Plaza Roja de Moscú, pero apenas era percibida por las decenas de
miles de soldados de élite soviéticos que allí se hallaban
congregados. Estaban en posición de firme, dispuestos a desfilar
por la plaza para celebrar su victoria sobre el Tercer Reich. A las
diez en punto el mariscal Georgi Zhukov apareció por las puertas del
Kremlin a lomos de un caballo blanco y dio la señal para que
comenzara el Desfile de la Victoria. En el momento cumbre de la
celebración, los oficiales, engalanados con sus condecoraciones,
arrojaron doscientos estandartes capturados a los alemanes ante el
pedestal del mausoleo de Lenin. El boato y la pompa del desfile
eran impresionantes, pero inducían a engaño. Pese a su victoria, la
Unión Soviética era una especie de gigante exhausto. «La
construcción del imperio de Stalin se consiguió a costa de ríos de
sangre soviética», afirma el historiador británico Richard Overy.[1]
Cuánta sangre se necesitó exactamente sigue siendo objeto de
debate entre los especialistas en historia militar y los expertos en
demografía. Al contrario de la percepción habitual en Occidente, las
reservas humanas soviéticas no eran ilimitadas; al finalizar la
Segunda Guerra Mundial, el ejército soviético necesitaba
desesperadamente tanto material humano como pudiera necesitarlo
el ejército alemán. No es de extrañar que los expertos y los
dirigentes soviéticos evaluaran con precisión los daños sufridos por
su país durante la invasión nazi, pero temieran revelar el verdadero
número de bajas humanas. En febrero de 1946 Stalin comunicó que
la URSS había perdido siete millones de almas. En 1961, Nikita
Jrushchov «elevó» ese número a veinte millones. Desde 1990, tras
una investigación oficial, el número de pérdidas humanas ha sido
elevado a 26,6 millones, incluidos 8 668 400 individuos de personal
uniformado. Pero hasta este número sigue siendo objeto de debate,
pues algunos especialistas rusos afirman que no refleja la cifra real
de muertos.[2] Vistas las cosas retrospectivamente, la Unión
Soviética consiguió una victoria pírrica sobre la Alemania nazi.
Las innumerables pérdidas sufridas en el curso de los combates
y entre la población civil fueron consecuencia tanto de la invasión y
las atrocidades de los nazis como de los métodos de guerra total
practicados por las autoridades militares y políticas de la URSS. La
sorprendente indiferencia por la vida humana fue una característica
de la conducta soviética durante la guerra desde su estallido hasta
su finalización. En cambio, el número total de pérdidas humanas
que tuvo Estados Unidos en los dos principales escenarios del
conflicto, Europa y el Pacífico, no pasó de 293 000.
Las pruebas que han salido a la luz tras la caída de la Unión
Soviética corroboran los antiguos informes de los servicios de
inteligencia norteamericanos que indicaban una debilidad
económica de los soviéticos.[3] Las estimaciones oficiales valoraban
la totalidad de los daños en seiscientos setenta y nueve mil millones
de rublos. Esta cifra, según dichas estimaciones, «supera la riqueza
nacional de Inglaterra o Alemania y constituye un tercio de toda la
riqueza nacional de Estados Unidos». Al igual que con el número de
pérdidas humanas, se calcula que los daños materiales fueron
ingentes. Más tarde la Unión Soviética cifraría el coste de la guerra
en 2,6 billones de rublos.[4]
Los nuevos testimonios ponen de manifiesto que la inmensa
mayoría de los funcionarios y del pueblo soviético no querían que se
desencadenaran conflictos con Occidente y que preferían
concentrarse en una reconstrucción pacífica. Pero, como bien
sabemos, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial el
comportamiento de los soviéticos en Europa del Este se caracterizó
por la brutalidad y la intransigencia. En Oriente Medio y en Extremo
Oriente la Unión Soviética ejerció una gran presión para instalar sus
bases, obtener concesiones petrolíferas y ganarse una esfera de
influencia. Todo ello, junto con una retórica ideológica, llevó
gradualmente a Moscú a una clara confrontación con Estados
Unidos y Gran Bretaña. ¿Cómo pudo un país tan exhausto y
arruinado levantarse contra Occidente? ¿Qué factores internos y
externos explican el comportamiento internacional que adoptó la
Unión Soviética? ¿Cuáles eran los objetivos y las estrategias de
Stalin?

TRIUNFO Y RESACA

La guerra contra los nazis tuvo un efecto liberador en la ciudadanía


soviética.[5] Durante los años treinta el terror indiscriminado
impuesto por el estado había borrado una y otra vez las fronteras
entre el bien y el mal: un individuo podía ser «un soviético como es
debido» hoy y, al día siguiente, un «enemigo del pueblo». La
parálisis social, fruto del gran terror de los años treinta, había
desaparecido en el crisol de la guerra, y mucha gente volvía a
pensar y a actuar de manera independiente. En las trincheras se
forjaron lazos de camaradería, y se confió de nuevo en el prójimo. Al
igual que ocurriera en los países europeos durante la Primera
Guerra Mundial, en la URSS de la Gran Guerra Patriótica apareció
una «generación del frente» o «generación de la victoria». Los que
pertenecieron a ese grupo satisficieron su necesidad de amistad,
solidaridad y cooperación, elementos que a menudo les faltaban en
casa. Para algunos esa etapa constituyó la experiencia más
importante de su vida.[6]
La guerra tuvo otros efectos muy profundos. La ineptitud, las
meteduras de pata, el egoísmo y las mentiras de las instancias
oficiales durante la gran retirada soviética de 1941-1943 socavaron
la autoridad del estado, de las instituciones del partido y de
numerosos dignatarios. La liberación de Europa Oriental permitió
que millones de personas escaparan del ambiente xenófobo
soviético y conocieran otros países por primera vez en su vida. Los
sacrificios de la guerra convalidaron el idealismo y el romanticismo
entre los mejores representantes de la joven intelligentsia soviética,
que se unieron al ejército como voluntarios. El espíritu de una guerra
justa contra el nazismo y sus experiencias en el extranjero llevaron a
esos individuos a soñar una liberalización política y cultural. La
alianza entre la Unión Soviética y las democracias occidentales
pareció crear un marco idóneo que posibilitaba la introducción de las
libertades civiles y los derechos humanos.[7] Incluso algunos
personajes destacados que se hacían muy pocas ilusiones
compartieron ese sueño. En una conversación con el periodista Ilya
Ehrenburg, el escritor Alexei Tolstoi se preguntaba: «¿Qué ocurrirá
después de la guerra? La gente ya no es la misma». En los años
sesenta, Anastas Mikoyan, miembro del círculo más íntimo de
Stalin, recordaría que millones de soviéticos que regresaron de
Occidente «habían experimentado un cambio radical; sus horizontes
se habían ampliado, y sus exigencias eran distintas». Había una
nueva idea omnipresente: todo el mundo merecía un trato mejor del
régimen.[8]
En 1945, algunos oficiales del ejército soviético, cultos y de alto
nivel intelectual, se sintieron como los decembristas. (Los mejores
oficiales jóvenes del ejército ruso, que habían regresado de la
guerra contra Napoleón empapados del liberalismo político, serían
más tarde los organizadores de la insurrección militar contra la
autocracia, los llamados «decembristas»). Uno de ellos, recordando
esos tiempos, haría la siguiente observación: «Me parecía que a la
Gran Guerra Patriótica le seguiría inevitablemente un vigoroso
resurgimiento social y literario, como sucedió tras la guerra de 1812,
y yo tenía prisa por participar en ese resurgimiento». Los jóvenes
veteranos de guerra esperaban que el estado les recompensara por
su sufrimiento y sus sacrificios «con una mayor confianza y más
derechos de participación, y no sólo con abonos de autobús
gratuitos». Entre ellos había futuros librepensadores que, tras la
muerte de Stalin, participarían en el deshielo social y cultural y que
al final apoyarían las reformas de Mijail Gorbachov.[9]
Ningún otro acontecimiento desde la Revolución rusa configuró
las identidades nacionales del pueblo soviético como la experiencia
de la guerra. Este fenómeno afectó especialmente a la etnia rusa,
cuya conciencia nacional había sido bastante débil en comparación
con otros grupos étnicos de la URSS.[10] A partir de mediados de los
años treinta, el partido y las burocracias del estado se nutrieron
principalmente de rusos, y la historia de Rusia se convirtió en la
espina dorsal de una nueva doctrina oficial del patriotismo. Las
películas, las obras de ficción y los libros de historia presentaban a
la URSS como la sucesora de la Rusia imperial. Príncipes y zares,
los «forjadores» del gran imperio, pasaron a ocupar el lugar del
«proletariado internacional» en el panteón de los héroes. Pero fue la
invasión alemana lo que proporcionó a los rusos un nuevo
sentimiento de unidad nacional.[11] Nikolai Inozemtsev, sargento de
los servicios de inteligencia de artillería y futuro director del Instituto
para la Economía Mundial y las Relaciones Internacionales, escribía
en su diario la siguiente observación en julio de 1944: «La rusa es la
nación con más talento y mejor dotada del mundo, con capacidades
ilimitadas. Rusia es el mejor país del mundo, pese a todas nuestras
deficiencias y desviaciones». Y el Día de la Victoria añadió: «Los
corazones de todos nosotros rebosan orgullo y alegría: “¡Nosotros,
los rusos, podemos hacer lo que nos propongamos!”. Ahora, todo el
mundo es consciente de ello. Y esta es la mejor garantía para
nuestra seguridad en el futuro».[12]
La guerra también puso de manifiesto las facetas más
desagradables y reprimidas del ejército soviético. El estalinismo
convirtió en víctima al pueblo soviético, pero también agotó sus
reservas de decencia. Muchos reclutas del ejército soviético habían
crecido como chusma callejera, como niños de los suburbios, y
nunca habían adquirido las costumbres propias de una vida urbana
civilizada.[13] Cuando millones de oficiales y soldados soviéticos
cruzaron las fronteras de Hungría, Rumanía y el Tercer Reich,
algunos de ellos perdieron su conciencia moral en medio del frenesí
del saqueo, del alcohol, de la destrucción del bien ajeno, del
asesinato de civiles y de la violación sexual. La población civil y la
propiedad privada de lo que quedó de Alemania y Austria sufrieron
repetidas y feroces oleadas de violencia por parte de los soldados
rusos.[14] Un periodista militar soviético, Gregori Pomerants, quedó
impactado al finalizar la guerra por «las atrocidades cometidas por
héroes que habían avanzado cruzando las líneas de fuego desde
Stalingrado hasta Berlín». ¡Qué lástima que el pueblo ruso no
hubiera mostrado esa misma energía para reclamar sus derechos
civiles![15]
Un nuevo patriotismo centrado en la identidad rusa generó un
sentido de superioridad que justificaba cualquier acto de brutalidad.
La batalla de Berlín se convertiría en la piedra angular de ese nuevo
sentimiento de grandeza y poder ruso.[16] La nueva mitología de la
victoria reprimió cualquier recuerdo de la reciente carnicería
(innecesaria desde el punto de vista militar) y la brutalidad empleada
contra los civiles. Y el culto a Stalin pasó a ser un fenómeno de
masas, admitido ampliamente por millones de rusos y no rusos. Un
veterano de guerra y escritor, Victor Nekrasov, recordaría: «Los
vencedores están por encima de cualquier juicio. ¡Habíamos
perdonado a Stalin todos sus crímenes!».[17] Durante décadas,
millones y millones de veteranos de guerra han celebrado el Día de
la Victoria como una fiesta nacional, y muchos de ellos brindan por
Stalin como su caudillo de la victoria.
En la vida real, las consecuencias positivas y negativas de la
guerra se entremezclaron y se difuminaron. Las chucherías, la ropa,
los relojes y otros trofeos europeos traídos a Rusia como botín
tuvieron el mismo efecto que los productos norteamericanos con los
que Estados Unidos ayudó a los aliados al término de la guerra:
hicieron que los soldados y los obreros rusos, y sus familiares,
fueran más conscientes de que no vivían en el mejor mundo posible,
a diferencia de lo que proclamaba la propaganda del estado.[18] Los
mismos veteranos de guerra que saquearon y hostigaron a la
población civil europea empezaron a desairar abiertamente a los
oficiales del NKVD y el SMERSH, los temibles departamentos de la
policía secreta. Algunos llegaron a desafiar públicamente a los
propagandistas oficiales, y no se les haría callar en las reuniones de
partido. Según numerosos informes, oficiales y soldados se
enfrentaron a las autoridades locales, e incluso distribuyeron
panfletos instando al «derrocamiento del poder de la injusticia». El
SMERSH informó de que varios oficiales murmuraban que «hay que
volar por los aires este burdel socialista y mandarlo al infierno». Esta
actitud se daba especialmente entre los soldados soviéticos
destacados en Austria, Alemania Oriental y Checoslovaquia.[19]
Pero la actitud rebelde nunca desembocó en una rebelión.
Cuando pasó el momento de los grandes esfuerzos extremos de la
guerra, la mayor parte de los veteranos cayó en un estupor social e
intentó adaptarse a la vida cotidiana. Pomerants recuerda que «en
el otoño de 1946 muchos soldados y oficiales desmovilizados
perdieron toda su fuerza de voluntad y se volvieron unos blandos».
En la vida de posguerra, añade, «todos nosotros, con nuestras
condecoraciones, medallas y menciones, nos convertimos en
nada». En las zonas rurales, en los pueblos y en los suburbios de
las ciudades, muchos acabaron alcoholizados, convertidos en
vagabundos o ladrones. En Moscú, Leningrado y otros grandes
centros urbanos, los jóvenes líderes en potencia que había entre los
veteranos fueron descubriendo que el único camino para culminar
sus aspiraciones sociales y políticas era emprender una carrera en
el partido. Algunos tomaron ese camino. Muchos más fueron los que
encontraron su vía de escape a través de un intenso aprendizaje,
aunque también en lo que más gusta a los jóvenes: las aventuras
amorosas y la diversión.[20]
En gran medida, aquella pasividad fue fruto del estado de
convulsión y del agotamiento que sufrieron muchos veteranos
cuando regresaron a casa. Poco después de su desmovilización,
Alexander Yakovlev, futuro apparatchik del partido y seguidor de
Gorbachov, mientras se encontraba en la estación de tren de su
ciudad observando los vagones que trasladaban a los prisioneros de
guerra soviéticos desde los campos de concentración alemanes
hasta los campos de trabajo soviéticos en Siberia, se dio cuenta
repentinamente de otras duras realidades de la vida de su país:
niños hambrientos, la confiscación de grano a los campesinos y las
condenas de reclusión por delitos menores. «Cada vez resultaba
más evidente que todo el mundo mentía», comenta a propósito del
triunfalismo público que se desató al finalizar la guerra.[21] Otro
veterano, el futuro filósofo Alexander Zinoviev, recordaría: «la
situación del país resultó mucho peor de lo que imaginábamos por
los rumores que corrían, viviendo [con el ejército de ocupación
soviético en el extranjero] en medio de un fabuloso bienestar. La
guerra agotó los recursos del país».[22] La guerra hizo estragos
principalmente en las zonas rurales de Rusia, Ucrania y Bielorrusia:
algunas regiones perdieron a más de la mitad de los «trabajadores
de sus granjas colectivas», en su mayoría varones.[23]
A diferencia de los soldados norteamericanos, que por lo general
encontraron una situación próspera cuando volvieron a su país y se
reincorporaron con facilidad a la vida familiar como civiles, a los
veteranos de guerra soviéticos les aguardaría a su regreso un sinfín
de tragedias de vidas arruinadas, el sufrimiento de los que habían
acabado mutilados o lisiados y las vidas rotas de millones de viudas
y huérfanos. Había unos dos millones de personas reconocidas
oficialmente como «inválidas» con minusvalías físicas o problemas
mentales. Incluso cayeron algunos veteranos aparentemente sanos,
víctimas de enfermedades inexplicables; los hospitales estaban
abarrotados de pacientes jóvenes.[24]
El pueblo soviético ansiaba paz y estabilidad después de la
guerra. Una sensación de cansancio de los conflictos bélicos y de
los valores militares se adueñó de la sociedad urbana y rural de la
URSS. Ya no quedaba nada de aquel patrioterismo y aquel
nacionalismo romántico que a finales de los años treinta habían
inspirado a la juventud, especialmente a la más culta, tanto a
hombres como a mujeres.[25] Por otro lado, la cultura de xenofobia y
el mito estalinista del asedio hostil permanecían arraigados en las
masas. El ciudadano medio solía creer la propaganda oficial que
culpaba a los aliados occidentales de la falta de mejoras inmediatas
y de los resultados tan poco satisfactorios de la guerra. Y lo que es
más importante, el pueblo soviético carecía del vigor y las
instituciones necesarias para seguir con la «progresiva
desestalinización» comenzada durante la Gran Guerra Patriótica.
Muchos veneraban más que nunca a Stalin como gran líder.[26] El
pueblo ruso en concreto no supo transformar su sorprendente
despertar nacional durante la guerra en una cultura de autoestima
del individuo ni en una acción civil autónoma. Para grandes sectores
de la sociedad rusa, el triunfo en la Segunda Guerra Mundial
quedaría vinculado para siempre a la idea de gran potencia, de
gloria colectiva y de luto ritual por los caídos.[27] Cuando empezara
la Guerra Fría, esos sentimientos de las masas serían de gran
utilidad para Stalin. Lo ayudarían a llevar a cabo su política exterior
y a acabar con cualquier forma de descontento y disensión que
pudiera surgir en el interior.

TENTACIONES DEL «IMPERIALISMO SOCIALISTA»

Las élites soviéticas opinaban que la victoria era fruto de su


esfuerzo colectivo, y no del liderazgo de Stalin exclusivamente. El
24 de mayo de 1945, en el curso de un suntuoso banquete
celebrado en el Kremlin en honor de los mandos del Ejército Rojo,
ese sentimiento se hizo prácticamente palpable, y dio la impresión
de que Stalin cedía ante él. Pavel Sudoplatov, agente del NKVD y
organizador del movimiento de guerrillas durante la guerra,
recordaría: «nos miró a todos, jóvenes generales y almirantes, como
si fuéramos la generación que él había criado, sus hijos y
herederos». ¿Estaba dispuesto Stalin a llevar las riendas del país
junto con la nueva clase dirigente (la nomenklatura) del mismo modo
que había aprendido a confiar en ella durante la guerra?[28]
Por otro lado, la victoria y el avance sin precedentes del poder
soviético hasta el corazón de Europa venían a estrechar los lazos
existentes entre las élites y Stalin. Mikoyan recordaría su
sentimiento de júbilo por la asociación de camaradería que volvió a
surgir alrededor de la persona de Stalin durante la guerra. Estaba
firmemente convencido de que las sangrientas purgas de los años
treinta no iban a repetirse. «Una vez más», comentaría, «los que
colaboraban con Stalin sentían afecto por él y confiaban en su
criterio». Ese mismo sentimiento de afecto y esa misma confianza
eran compartidos por miles de funcionarios y oficiales del ejército, la
política y la economía.[29] La mayoría rusa y rusificada que servía en
la burocracia civil y militar veneraba a Stalin no sólo como líder de la
guerra, sino también como líder nacional. Durante la guerra, el
término derzhava («gran potencia») pasó a formar parte del léxico
oficial. Las películas y las novelas glorificaban a los príncipes y
zares rusos que habían construido un estado ruso fuerte frente a la
amenaza que suponían los enemigos externos e internos. En el
mismo banquete del que habla Sudoplatov, Stalin alzó su copa para
brindar «por la salud del pueblo soviético». El dictador colmó de
elogios al pueblo ruso por su singular paciencia y su lealtad al
régimen: haciendo gala de «una mente clara, un carácter firme y un
gran tesón», había realizado heroicos sacrificios, convirtiéndose así
en «la fuerza decisiva que garantizó la histórica victoria».[30] De ese
modo, en vez de ensalzar a todos los oficiales soviéticos por igual,
Stalin puso por delante a los rusos.
Se emprendieron campañas de rusificación en las nuevas
regiones fronterizas de la URSS, principalmente en el Báltico y en
Ucrania. Ello supuso algo más que una simple presión cultural; en la
práctica comportó la deportación forzosa a Siberia y Kazajstán de
cientos de miles de letones, lituanos, estonios y ciudadanos de
Ucrania Occidental. En sus hogares se instalaron decenas de
millares de emigrantes procedentes de Rusia, la Rusia Blanca y del
sector oriental de Ucrania (de lengua rusa). La policía secreta y la
Iglesia ortodoxa restaurada, cuyo patriarcado se hallaba bajo control
estatal, tomaron las medidas pertinentes para apartar del control del
Vaticano a las iglesias católicas fronterizas, y también a las
parroquias de la Iglesia greco-católica ucraniana, que se sometían a
la autoridad papal.[31]
Los rusos fueron ascendidos a los sectores más importantes y
delicados del aparato estatal, sustituyendo a los no rusos,
especialmente a los judíos. El sistema burocrático de Stalin
descubrió durante la Segunda Guerra Mundial, en palabras de Yuri
Slezkine, que «los judíos, como nacionalidad soviética, eran en esos
momentos una diáspora étnica» con demasiados contactos en el
extranjero. Esto significaba también que la intelligentsia soviética, en
la que los judíos eran el grupo más numeroso, «no era
verdaderamente rusa, y por lo tanto tampoco era plenamente
soviética». Antes incluso de que las tropas soviéticas descubrieran
los campos de exterminio nazis de Polonia, el jefe de la propaganda
soviética, Alexander Scherbakov, siguiendo órdenes de Stalin, lanzó
una campaña secreta para «purificar» de judíos el partido y el
estado. Se decidió ocultar toda información relativa al heroísmo de
esa comunidad durante la guerra, así como los horribles testimonios
del holocausto. Muchos ciudadanos soviéticos empezaron a
contemplar a los judíos como los primeros en huir del enemigo,
buscando refugio en la retaguardia, y los últimos en marchar al
frente. Un sentimiento popular de antisemitismo se propagó como el
fuego, apoyado e incitado ahora por las autoridades. Cuando acabó
la guerra, la purga de judíos planificada en el aparato estatal se
extendió rápidamente a todas las instituciones soviéticas.[32]
La manipulación de los símbolos tradicionales y las instituciones
y la aparición del antisemitismo oficial conllevarían importantes
riesgos a largo plazo para el estado estalinista. Los rusos elogiaban
al gran líder, pero los ucranianos y otras nacionalidades se sentían
insultados e incluso ofendidos. Muchos oficiales y numerosos
personajes públicos, judíos y no judíos, vieron en el antisemitismo
estatal un duro golpe contra su fe en el «internacionalismo»
comunista. En el corazón de las burocracias soviéticas se abrieron
grietas y fisuras como consecuencia de la manipulación de los
sentimientos nacionalistas por parte de Stalin, pero esto sólo se
descubriría mucho más tarde.[33]
Otro lazo que unía al líder del Kremlin con las élites soviéticas
era su chovinismo de gran potencia y su afán expansionista. Tras la
victoria de Stalingrado, la Unión Soviética asumió un papel principal
en la coalición de las grandes potencias, y este hecho tendría un
efecto intoxicador en muchos miembros de la nomenklatura
soviética. Incluso algunos «viejos bolcheviques» como Ivan Maiski o
Maxim Litvinov comenzaron a hablar utilizando el lenguaje de la
expansión imperialista, planeando crear esferas soviéticas de
influencia y tener acceso a rutas marítimas estratégicas. En enero
de 1944 Maiski escribía a Stalin y a Viacheslav Molotov, comisario
de asuntos exteriores, diciéndoles que, después de la guerra, la
URSS debía posicionarse de manera que resultara «impensable»
para cualquier combinación de estados europeos o asiáticos
suponer una amenaza a la seguridad soviética. Sugería la anexión
del sur de Sajalín y el archipiélago de las Kuriles que se
encontraban bajo el dominio nipón. También proponía que la URSS
debía disponer de «un número suficiente de bases militares, aéreas
y navales» en Finlandia y Rumanía, así como de rutas estratégicas
de acceso al golfo Pérsico a través de Irán.[34] En noviembre de
1944 Litvinov remitió un memorándum a Stalin y a Molotov en el que
se especificaba que, una vez acabada la guerra, la esfera de
influencia soviética en Europa (sin concretar la naturaleza de dicha
«influencia») debía extenderse a Finlandia, Suecia, Polonia,
Hungría, Checoslovaquia, Rumanía, «los países eslavos de la
península balcánica e incluso Turquía». En los meses de junio y julio
del año siguiente afirmó que la URSS debía penetrar en zonas de
influencia británica tan tradicionales como el canal de Suez, Siria,
Libia y Palestina.[35]
El antiguo secretario general de la Komintern, por entonces jefe
del nuevo departamento del partido para información internacional,
Georgi Dimitrov, consideraba que el Ejército Rojo era un instrumento
de la historia más importante que los propios movimientos
revolucionarios. A finales de julio de 1945, mientras Stalin y Molotov
mantenían las negociaciones en Potsdam con los líderes
occidentales, Dimitrov y su lugarteniente, Alexander Paniushkin, les
escribieron en los siguientes términos: «En la situación internacional
actual, los países de Oriente Medio están adquiriendo cada vez más
relevancia, y es preciso que les prestemos nuestra mayor atención.
Debemos analizar activamente la situación de dichos países y tomar
ciertas medidas en interés de nuestro estado».[36]
Ese espíritu de «imperialismo socialista» reinante entre los
oficiales soviéticos se solapaba con los objetivos y las ambiciones
de Stalin. El líder del Kremlin sabría aprovecharse de ello pues, una
vez concluida la guerra, seguiría construyendo la Unión Soviética
como una superpotencia militar.
La retórica de Stalin en el sentido de que todos los eslavos
debían unirse frente al resurgimiento de una futura amenaza
alemana tendría una gran resonancia entre la mayor parte de los
oficiales soviéticos. Cuando en marzo de 1945 el ministro de la
producción de carros armados, Viacheslav Malishev, escuchó a
Stalin hablar de los «nuevos leninistas eslavófilos», escribió lleno de
entusiasmo en su diario acerca de «todo un programa a desarrollar
en los años venideros». No tardó en difundirse una nueva versión
del paneslavismo entre los burócratas de Moscú. El general ruso
Alexander Gundorov, jefe del Comité Paneslavo patrocinado por el
estado, programó la convocatoria de un primer Congreso Eslavo a
comienzos de 1946, tras asegurar al Politburó que ya había un
«nuevo movimiento de masas de países eslavos».
Leonid Baranov, supervisor de dicho comité en el aparato del
partido central, comenzó a definir al pueblo ruso como el hermano
mayor del polaco. Molotov, al final de sus días, consideraba al ruso
el único pueblo en posesión de una «aptitud interna» para llevar a
cabo empresas «de gran envergadura». Para muchos funcionarios y
oficiales rusos, la distinción entre la expansión de la influencia y las
fronteras soviéticas por razones ideológicas y de seguridad y el
tradicional chovinismo ruso de gran potencia se haría cada vez más
borrosa.[37]
Para muchos altos oficiales y jefes militares de la Unión Soviética
en la Europa ocupada, el imperialismo se convirtió en una cuestión
de interés personal. Dejaron a un lado el código bolchevique de
modestia y aversión a las propiedades y actuaron como
conquistadores españoles, dedicándose a acumular botín de guerra.
El mariscal Georgi Zhukov transformaría sus casas de Rusia en
verdaderos museos llenándolos de costosas piezas de porcelana y
pieles, cuadros, terciopelo, oro y seda. Alexander Govolanov,
mariscal de las fuerzas aéreas soviéticas, desmanteló la casa de
campo de Goebbels para trasladarla a Rusia. El general del
SMERSH Ivan Serov se apropió de los tesoros hallados en un
escondite, entre los cuales supuestamente figuraba la corona del rey
de los belgas.[38] Otros mariscales, generales y jefes de la policía
secreta soviéticos tampoco tuvieron reparos en llenar las bodegas
de los aviones con cargamentos de lencería, cuberterías y muebles,
así como de oro, antigüedades y cuadros que volaron hasta la
URSS. Durante los primeros meses de caos en Alemania, los
soviéticos, en su mayoría jefes militares y altos funcionarios,
enviaron a su país unos cien mil vagones de tren repletos de
«materiales de construcción» diversos y «artículos para el hogar».
Entre los objetos incautados había sesenta mil pianos, cuatrocientos
cincuenta y nueve mil aparatos de radio, ciento ochenta y ocho mil
alfombras, casi un millón de «piezas de mobiliario», doscientos
sesenta y cuatro mil relojes de pared y de pie tipo carillón, seis mil
vagones llenos de papel, quinientos ochenta y ocho llenos de vajillas
y artículos de porcelana, tres millones trescientos mil pares de
zapatos, un millón doscientos mil abrigos, un millón de sombreros y
siete millones cien mil prendas de confección entre abrigos,
vestidos, camisas y ropa interior. Alemania se convertiría para los
soviéticos en un gran centro comercial en el que todo les salía
gratis.[39]
Incluso a juicio de algunos oficiales menos rapaces, el gran
sufrimiento de la Unión Soviética durante la guerra y el ingente
número de caídos justificaban esas indemnizaciones de guerra en
Alemania y sus países satélites. En febrero de 1945 Ivan Maiski, jefe
del destacamento especial para indemnizaciones de guerra, escribía
las siguientes líneas en su diario mientras atravesaba Rusia y
Ucrania para dirigirse a la Conferencia de Yalta: «Las marcas de la
guerra salpican todo el camino: edificios destruidos a uno y otro lado
de la carretera, vías férreas cortadas, aldeas incendiadas, tuberías
rotas, escombros, puentes bombardeados». Maiski hacía referencia
al sufrimiento del pueblo soviético para defender el derecho a recibir
indemnizaciones más elevadas y para apoyar el envío a la Unión
Soviética de material industrial alemán.[40] También se podía oír el
argumento de que las pérdidas soviéticas justificaban el
imperialismo y el expansionismo de posguerra. En Leningrado los
confidentes de la policía secreta informaron de que un catedrático
de filosofía se había pronunciado en los siguientes términos: «No
soy chovinista, pero la cuestión del territorio polaco y la de nuestras
relaciones con países vecinos me preocupan muchísimo después
del gran número de bajas que hemos sufrido». Más tarde este
razonamiento se convertiría en una idea popular para justificar el
predominio de la URSS en Europa Oriental y sus pretensiones
territoriales en países vecinos.[41]
El historiador Yuri Slezkine comparaba la Unión Soviética de
Stalin con un «piso comunal» en el que todas las grandes
nacionalidades («con título») poseían «habitaciones»
independientes, pero «compartían servicios» comunes, como, por
ejemplo, el ejército, la seguridad y la política exterior.[42] No
obstante, los líderes de las repúblicas, como hacían los que vivían
en los verdaderos pisos comunales soviéticos, abrigaban intereses
particularistas tras la lealtad que expresaban al ethos colectivista.
En la práctica, vieron en la victoria obtenida en la Segunda Guerra
Mundial el momento idóneo para expandir sus fronteras a costa de
los vecinos. Los oficiales soviéticos de Ucrania, la Rusia Blanca,
Georgia, Armenia o Azerbaiyán también desarrollaron un afán
imperialista mezclado con aspiraciones nacionalistas. Los oficiales
del partido ucraniano formaban, después de los rusos, el grupo más
numeroso e importante de la nomenklatura. Se regocijaban de que
en 1939, tras la firma del pacto nazi-soviético, Ucrania Occidental
había pasado a formar parte de la URSS. En 1945 Stalin anexionó
los territorios de Rutenia y Bukovina pertenecientes a Hungría y
Eslovaquia, añadiéndolos a la Ucrania soviética. Pese a los
numerosos crímenes perpetrados por el régimen contra su pueblo,
los dirigentes comunistas ucranianos ahora adoraban a Stalin como
el unificador de los territorios de Ucrania. Stalin se dedicó a cultivar
ese sentimiento de manera deliberada. En una ocasión, mientras
observaba en presencia de oficiales rusos y no rusos cómo había
quedado el mapa soviético después de la guerra, el dictador dijo con
satisfacción que había «devuelto unos territorios históricos», otrora
bajo dominio extranjero, a Ucrania y Bielorrusia.[43]
Los líderes armenios, azeríes y georgianos no podían actuar
como lobbies nacionalistas. Pero lograrían desarrollar sus proyectos
como parte de la construcción de la gran potencia soviética. Cuando
las tropas soviéticas llegaron a las fronteras occidentales de la
URSS y llevaron a cabo la «reunificación» de Ucrania y Bielorrusia,
los líderes de Georgia, Armenia y Azerbaiyán empezaron a pensar
en voz alta acerca de la posibilidad de recuperar una serie de
«territorios ancestrales» que pertenecían a Turquía y a Irán y de
reincorporar a la URSS a sus hermanos de etnia residentes en esos
lugares. Molotov recordaría en los años setenta que en 1945 los
líderes del Azerbaiyán soviético «quisieron duplicar la extensión de
su república a expensas de Irán. También intentamos reclamar una
región situada al sur de Batum, pues otrora ese territorio turco
estuvo habitado por georgianos. Los azeríes quisieron anexionarse
la parte azerí, y los georgianos la georgiana. Y quisimos devolver el
Ararat a los armenios».[44] Los documentos de los archivos ponen
de manifiesto que hubo una sinergia entre los objetivos estratégicos
de Stalin y las aspiraciones nacionalistas de los apparatchiks
comunistas del sur del Cáucaso (véase el capítulo 2).
El hecho de que la adquisición de nuevos territorios y de nuevas
esferas de influencia evocara a los líderes soviéticos, fueran rusos o
no, los demonios del expansionismo y el nacionalismo proporcionó
la energía necesaria al proyecto de Pax Soviética de posguerra
concebido por Stalin. Mientras las élites del partido y del estado
ambicionaran la anexión de territorios pertenecientes a países
vecinos y participaran en el saqueo de Alemania, más fácil le
resultaría a Stalin controlarlas. El proyecto imperial empezó, pues, a
absorber unas fuerzas que, de lo contrario, habrían podido trabajar
contra el régimen estalinista.

LOS SOVIÉTICOS Y ESTADOS UNIDOS


El ataque de Hitler a la URSS el 22 de junio de 1941, y el ataque
japonés a Estados Unidos el 7 de diciembre de ese mismo año,
llevó a la unión de las dos naciones por primera vez en la historia.
Los soviéticos se hicieron con un aliado poderoso y lleno de
recursos. Franklin Delano Roosevelt y los partidarios del New Deal
se convirtieron en socios estratégicos de Stalin en la Gran Alianza
contra las potencias del Eje, probablemente en los más generosos
que tendría nunca. Incluso cuando los nazis avanzaban hacia el
Volga, Roosevelt invitaría a los soviéticos a convertirse en
coorganizadores de la comunidad de seguridad de posguerra. A
finales de mayo de 1942, en el curso de unas negociaciones
celebradas en Washington, el presidente estadounidense advirtió a
Molotov de la «necesidad de crear una fuerza policial internacional»
con el fin de prevenir cualquier tipo de conflicto bélico «en los
siguientes veinticinco o treinta años». Después de la guerra, añadió
Roosevelt, «los ganadores, esto es, Estados Unidos, Inglaterra y la
URSS, deben conservar todo su armamento». Alemania y sus
satélites, esto es, Japón, Francia, Italia, Rumanía, Polonia y
Checoslovaquia, «deben ser desarmados». Los cuatro «policías de
Roosevelt» —Estados Unidos, Reino Unido, la URSS y China— «se
encargarán de mantener la paz incluso por la fuerza». Esta insólita
propuesta pilló a Molotov por sorpresa, pero al cabo de dos días
Stalin le ordenó «comunicar a Roosevelt sin demora» que tenía toda
la razón. En su resumen de las conversaciones americano-
soviéticas de 1942, Stalin hacía hincapié en «un acuerdo con
Roosevelt para la creación después de la guerra de una fuerza
militar internacional con la finalidad de prevenir agresiones».[45]
Para evitar que el sector conservador antisoviético se hiciera eco
de ese plan y mostrara su oposición, Roosevelt, su mano derecha
Harry Hopkins y otros partidarios del New Deal mantuvieron con el
Kremlin una serie de canales de información tanto formales como
extraoficiales. Más tarde, su insólita y franca actitud dio lugar a que
varios partidarios del New Deal (probablemente incluso Hopkins)
fueran acusados de ser, de facto, agentes de influencia de los
soviéticos.[46] Esa «transparencia» de la administración
norteamericana y la evidente simpatía que demostró Roosevelt
hacia los soviéticos durante la Conferencia de Teherán (28 de
noviembre-1 de diciembre de 1943), y más aún en el curso de la
Conferencia de Yalta (4-12 de febrero de 1945), parecían poner de
manifiesto los deseos del presidente de asegurar una colaboración
duradera con la URSS después de la guerra.
Los mandatarios soviéticos, representantes de diversas élites
burocráticas, desarrollaron posturas poco claras, y a menudo
contradictorias, hacia su aliado norteamericano. Desde hacía mucho
tiempo Estados Unidos había suscitado un sentimiento de respeto y
admiración entre las élites soviéticas partidarias del desarrollo
tecnológico, que a partir de los años veinte se habían comprometido
a convertir Rusia en «una nueva América más esplendorosa».
«Taylorismo» y «fordismo» (palabras derivadas de los nombres de
Frederick Taylor y Henry Ford, los mayores exponentes de la teoría
y la práctica de las tecnologías de producción organizada) eran
términos habituales entre los directivos y los ingenieros de la
industria soviética.[47] A mediados de los años veinte el mismísimo
Stalin instó a los cuadros soviéticos a combinar «el modelo
revolucionario ruso» con «el enfoque comercial americano».
Durante la campaña de industrialización de 1928-1936, centenares
de directivos y de ingenieros rojos, incluido el miembro del Politburó
Anastas Mikoyan, viajaron a Estados Unidos para adquirir
conocimientos de producción en serie y de administración de
industrias modernas, como, por ejemplo, fabricación de maquinaria,
metalurgia, tratamientos de productos o industria láctea, entre otras.
Los soviéticos importaron todo tipo de conocimientos
norteamericanos, incluida toda la tecnología relativa a la producción
y preparación de helados, perritos calientes y sodas, así como a la
organización de grandes almacenes (siguiendo el patrón de Macy’s).
[48]

Los contactos durante la guerra y especialmente los envíos de


ayuda norteamericanos vendrían a confirmar una percepción
generalizada de Estados Unidos como el país en posesión de un
poder económico-tecnológico excepcional.[49] En su círculo más
íntimo el propio Stalin reconocería que si los norteamericanos y los
británicos «no nos hubieran apoyado con sus ayudas, habríamos
sido incapaces de hacer frente a Alemania debido a las cuantiosas
pérdidas que habíamos sufrido» entre 1941 y 1942.[50] Buena parte
de la ropa y otros artículos de consumo destinados a la población
civil fueron incautados por los burócratas. Lo poco que quedó fue
repartido entre unos cuantos beneficiados que se sintieron
sumamente agradecidos. Los programas de propaganda de guerra y
los envíos de ayuda estadounidenses también permitieron que
penetraran influencias culturales norteamericanas en la sociedad
soviética. Diversas películas de Hollywood, como, por ejemplo,
Casablanca, estuvieron al alcance de las altas jerarquías y sus
familias. En la embajada de Estados Unidos, George Kennan,
escéptico respecto a la capacidad de Occidente de influir en Rusia,
manifestaría que la buena voluntad generada por las proyecciones
fílmicas «no debe ser valorada en exceso».[51] Entre 1941 y 1945
miles de oficiales del ejército soviético, de representantes
comerciales y de agentes de los servicios de inteligencia recorrieron
Estados Unidos de este a oeste y de norte a sur. El dinamismo y el
nivel del sistema de vida norteamericano provocó entre esos
visitantes una diversidad de sentimientos contradictorios: hostilidad
ideológica, fascinación, perplejidad y envidia. Estos soviéticos
recordarían posteriormente durante décadas sus viajes a lo largo y
ancho de Estados Unidos y compartirían sus impresiones con hijos y
parientes.[52]
Al mismo tiempo, la visión cultural e ideológica de las élites
soviéticas empezaba a modelar su percepción de Norteamérica y
los norteamericanos. Muy pocos funcionarios soviéticos, ni siquiera
los de mayor rango, eran capaces de comprender el funcionamiento
de Estados Unidos y su sociedad. El embajador de la URSS en
Washington, Alexander Troyanovski, que había desempeñado ese
mismo cargo en Tokio, llegaría a expresar su perplejidad ante el
hecho de que «mientras Japón podría compararse con un piano,
Estados Unidos constituía toda una orquesta sinfónica».[53] La
inmensa mayoría de los burócratas soviéticos crecieron en un
ambiente aislacionista y xenófobo. Hablaban una «neolengua»
soviética, por lo demás intraducible a cualquier otro idioma.[54]
Algunos funcionarios soviéticos consideraban que los
norteamericanos de clase alta los trataban, en el mejor de los casos,
con condescendencia, esto es, siempre desde una posición de
superioridad material y cultural. El mariscal Fedor Golikov, jefe del
servicio de inteligencia del ejército soviético (GRU), que presidió la
delegación militar enviada a Estados Unidos, se enfureció por la
actitud de Harry Hopkins, el ayudante de Roosevelt y uno de los
más firmes partidarios de la colaboración entre las dos potencias.
Golikov describiría a Hopkins en su diario como «un fariseo sin
reservas», «el lacayo del gran jefe», que decidió que «nosotros, el
pueblo del estado soviético, debemos comportarnos en su presencia
como mendigos, debemos aguardar pacientemente y expresar
gratitud por recibir las migajas de la mesa del gran señor». Mucho
tiempo después, Molotov expresaría unos sentimientos parecidos
hacia el propio Franklin Delano Roosevelt: «Roosevelt creía que los
rusos llegarían y se inclinarían ante América, que pedirían limosna
humildemente, porque [Rusia] es un país pobre, sin industria, sin
pan, y no les queda otro remedio. Pero nuestra percepción era bien
distinta. Nuestro pueblo estaba dispuesto a sacrificarse y a luchar».
[55]

Muchos militares y burócratas soviéticos seguían convencidos, a


pesar de la ayuda enviada a la URSS cruzando todo el Atlántico
Norte, de que Estados Unidos estaba retrasando deliberadamente
su ofensiva en Europa a la espera de que los rusos acabaran con
buena parte del ejército alemán, o quizá lo contrario.[56] Las élites
soviéticas consideraban que la ayuda norteamericana no era más
que un modo de compensar la enorme contribución de la URSS
durante la guerra; por esa razón nunca se molestaron en expresar
agradecimiento ni en mostrar una postura de reciprocidad a sus
aliados norteamericanos, provocando una enorme irritación entre los
estadounidenses que trataron con ellas. En enero de 1945 Molotov
sorprendió a algunos norteamericanos, y ofendió a otros, cuando
presentó a Estados Unidos una solicitud oficial de préstamos que
sonaba más a una exigencia que a la petición de un favor. Se trató,
por lo visto, de otro caso en el que Molotov se negaba a «mendigar
las migajas de la mesa del gran señor». En los altos círculos
soviéticos existía también la convicción de que a los
norteamericanos les interesaba la concesión de préstamos a Rusia
como medida paliativa ante la inevitable crisis económica de
posguerra. Los agentes de los servicios de inteligencia soviéticos
intentaron averiguar los secretos de la industria y la tecnología de
Estados Unidos, con la colaboración de un sinfín de simpatizantes
movidos por el idealismo. Los soviéticos actuaban como esos
huéspedes que, pese a recibir generosas muestras de ayuda y
hospitalidad, se apropian sin miramientos de los tesoros más
preciados de su anfitrión.[57]
La política de Roosevelt de tratar a la URSS como socio paritario
y gran potencia sólo sirvió para avivar los caprichos de las
autoridades soviéticas. A finales de 1944 Stalin solicitó a Roosevelt
que accediera al restablecimiento de los «antiguos derechos de
Rusia violados por el ataque traicionero de Japón en 1904».[58]
Roosevelt se mostró de acuerdo y ni siquiera insistió en la
necesidad de conocer mejor los detalles de esa petición. Stalin,
satisfecho, hizo la siguiente observación a Andrei Gromiko, su
embajador en Washington: «América ha adoptado la postura
correcta. Esto es sumamente importante para nuestras futuras
relaciones con Estados Unidos».[59] En Moscú eran muchos los que
esperaban una indulgencia similar con los planes soviéticos para
Europa Oriental. A finales de 1944 los jefes de los servicios secretos
soviéticos llegaban a la conclusión de que «ni los americanos ni los
británicos tienen una política clara y definida en lo referente al futuro
de los países [de Europa Oriental] después de la guerra».[60]
La mayor parte de las autoridades soviéticas creían que la
cooperación soviético-estadounidense, pese a los posibles
problemas, iba a seguir después de la guerra. Gromiko llegó en julio
de 1944 a la conclusión de que, «pese a todas las dificultades que
puedan surgir de vez en cuando en nuestra relación con Estados
Unidos, es evidente que se dan las condiciones necesarias para que
siga produciéndose una cooperación continuada entre nuestros dos
países después de la guerra».[61] Litvinov consideraba que
«prevenir la aparición de un bloque formado por Reino Unido y
Estados Unidos contra la Unión Soviética» constituía uno de los
principales objetivos de la política exterior soviética de posguerra.
Contemplaba la posibilidad de establecer un «pacto de amistad»
entre Londres y Moscú cuando Estados Unidos se retirara de
Europa. Y el mismísimo Molotov pensaba lo mismo por aquel
entonces: «Para nosotros resultaba beneficioso conservar nuestra
alianza con América. Era importante».[62]
Los datos sobre lo que pensaban y opinaban por aquel entonces
la minoría dirigente y los millones de ciudadanos soviéticos son muy
escasos. En 1945, sin embargo, los periódicos y las autoridades del
gobierno central de la URSS recibían mucha correspondencia con
una misma pregunta: «¿Nos ayudará Estados Unidos también
después de la guerra?».[63]
La Conferencia de Yalta se convirtió, con la colaboración de
Roosevelt, en una victoria suprema de la habilidad de Stalin como
estadista. Del primero al último, los despachos de los burócratas
soviéticos se inundaron de optimismo. En un memorándum sobre
los acuerdos de Yalta que hizo circular la Comisaría de Asuntos
Exteriores entre el cuerpo diplomático soviético destacado en el
extranjero se informaba de lo siguiente: «Hubo una voluntad
palpable de llegar a una solución de compromiso en los asuntos
espinosos. Valoramos la conferencia como un hecho sumamente
positivo, sobre todo en lo referente a las cuestiones de Polonia y
Yugoslavia, y a la cuestión de las indemnizaciones por daños de
guerra». Los norteamericanos se abstuvieron incluso de competir
con los soviéticos en abril de 1945 por Berlín. En privado, Stalin
elogió la «caballerosidad» del general Dwight Eisenhower,
comandante en jefe de los aliados en Europa, en ese sentido.[64]
De hecho, Roosevelt murió precisamente cuando sus sospechas
acerca de las verdaderas intenciones de los soviéticos empezaron a
confirmarse y a chocar con sus deseos de cooperación después de
la guerra. El presidente norteamericano montó en cólera cuando
tuvo noticia de los métodos de ocupación soviéticos en Europa
Oriental, y tuvo un agrio intercambio de palabras con Stalin por el
que se conoce como incidente de Berna.[65] El fallecimiento
repentino de Roosevelt el 12 de abril de 1945 pilló al Kremlin
completamente por sorpresa. Cuando acudió a la embajada
norteamericana, la Casa Spaso de Moscú, para firmar en el libro de
condolencias, Molotov «parecía sinceramente conmovido y
disgustado». Incluso Stalin, según indica uno de sus biógrafos, se
sintió turbado por la muerte de Roosevelt.[66] Aquel importante socio
en la guerra, y probablemente en la paz, con el que había alcanzado
un alto grado de familiaridad, había abandonado este mundo. El
nuevo presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman, era un
desconocido, y algunas palabras del político de Missouri herían los
oídos soviéticos. Esta preocupación explica la reacción que tuvo
Molotov en su primer encuentro tormentoso con Truman el 23 de
abril de 1945. El presidente norteamericano culpó a los soviéticos de
violar los acuerdos de Yalta en lo referente a Polonia, y dio por
terminada la reunión sin esperar siquiera a que Molotov pudiera
refutar aquella acusación. El ministro de Asuntos Exteriores,
aturdido y perplejo, pasó largas horas en la embajada soviética en
Washington redactando un cablegrama para Stalin con un informe
del encuentro. Gromiko, que también estuvo presente, llegaría a la
conclusión de que Molotov «temía que Stalin lo convirtiera en chivo
expiatorio en ese asunto». Al final, Molotov decidió obviar ese
episodio: su informe de las conversaciones con Truman no hace
mención alguna a la agresividad mostrada por el presidente
norteamericano, ni a la forma ignominiosa con la que Molotov se vio
obligado a abandonar la reunión.[67]
Los agentes secretos soviéticos que operaban en Estados
Unidos empezaron a remitir informes en los que se advertía del
peligroso cambio de postura de Washington respecto a la URSS.
Sabían perfectamente que muchos grupos, sobre todo
organizaciones católicas y sindicales, por no hablar del gran número
de organizaciones contrarias al New Deal existentes tanto en el
partido republicano como en el demócrata, habían seguido
manteniendo durante la Gran Alianza una postura visceralmente
anticomunista y antisoviética. Dichos grupos deseaban romper todo
tipo de lazos con la URSS. Algunos altos cargos del ejército (el
general de brigada Curtis Le May o el general George Patton, entre
otros) hablaban abiertamente de «acabar con los rojos» después de
derrotar a «los teutones» y a «los japos».[68]
La primera alarma sonó con fuerza en Moscú a finales de abril
de 1945, cuando la administración Truman cortó repentinamente, y
sin avisar, todos los envíos de ayuda a la URSS. La consecuente
pérdida de abastecimientos por un valor de trescientos ochenta y un
millones de dólares supuso un duro golpe para la maltrecha
economía soviética. El Comité de Defensa de Estado (GKO), el
órgano nacional que sustituyó al Politburó del partido durante la
guerra, decidió utilizar ciento trece millones de dólares de las
reservas de oro para cubrir el déficit de materiales y productos.[69]
Después de las protestas de Moscú, Estados Unidos reanudó los
envíos de ayuda, achacando aquella interrupción a un error
burocrático, pero esa explicación no disipó las sospechas de la
URSS. Los representantes soviéticos en Estados Unidos y muchos
altos cargos de Moscú reaccionaron con indignación reprimida;
consideraron unánimemente el episodio un intento de presionar
políticamente a la URSS. Las órdenes estrictas dadas por Molotov al
embajador soviético no ocultaban la cólera del ministro. «No te
metas a hacer peticiones lastimeras. Si Estados Unidos quiere
cortar los envíos, peor para ellos». En este caso, los sentimientos
venían a alimentar políticas unilaterales: la inclinación del Kremlin a
confiar exclusivamente en sus propias fuerzas.[70]
A finales de mayo, el jefe del centro de inteligencia de la
Comisaría del Pueblo para la Seguridad Nacional (el NKGB, sucesor
del NKVD) en Nueva York envió un telegrama a Moscú informando
de que ciertos «círculos económicos» que no habían tenido ninguna
influencia en la política exterior de Roosevelt estaban «intentando
de manera organizada producir un cambio en la política de [Estados
Unidos] hacia la URSS». A través de «amigos», comunistas y
simpatizantes norteamericanos, el NKGB tuvo conocimiento de que
Truman mantenía relaciones cordiales con «reaccionarios
extremistas» del Senado de Estados Unidos, entre otros con los
senadores Robert Taft, Burton K. Wheeler y Alben Barkley. El
telegrama revelaba que «los reaccionarios abrigan grandes
esperanzas de conseguir al final hacerse totalmente con las riendas
de la política exterior [de Estados Unidos], debido en parte al hecho
de que [Truman] carece claramente de experiencia y conocimientos
en esos asuntos». El mensaje terminaba diciendo: «Como
consecuencia de la ascensión al poder [de Truman], cabe esperar
un cambio realmente significativo en la política exterior de [Estados
Unidos]… sobre todo, y ante todo, en lo concerniente a la URSS».
[71]

Los agentes secretos y los diplomáticos soviéticos destacados


en Gran Bretaña advirtieron a Moscú de la nueva postura
beligerante de Winston Churchill en respuesta a las acciones
llevadas a cabo por los soviéticos en Europa Oriental,
especialmente en Polonia. El embajador de la URSS en Londres,
Fedor Gusev, informaba a Stalin en los siguientes términos:
«Churchill habló sobre Trieste y Polonia, con gran irritación y abierta
inquina. Nos encontramos ahora tratando con un aventurero sin
principios: se siente más cómodo en tiempos de guerra que en
tiempos de paz». Simultáneamente el GRU interceptaría la orden de
Churchill al mariscal de campo Bernard Montgomery de recoger y
almacenar el armamento capturado a los alemanes para un posible
rearme de los soldados de ese ejército que se rindieran a los aliados
occidentales. Según un alto cargo del GRU, Mijail Milstein, esta
noticia vino a envenenar con nuevas sospechas la postura del
Kremlin.[72]
En julio de 1945 parecía que las nubes amenazadoras estaban a
punto de descargar. Truman pretendía que la Unión Soviética
garantizara su participación en una guerra contra Japón, e intentó
que todos creyeran que seguía la política exterior de Roosevelt con
la URSS. Harry Hopkins realizó su último viaje a Moscú en calidad
de embajador itinerante de Truman, mantuvo con Stalin una larga
reunión y regresó a Washington con lo que suponía que era un
compromiso en lo referente a Polonia y otras cuestiones espinosas
que habían empezado a provocar una honda división entre las
potencias aliadas. De ese modo consiguió apagarse la alarma que
había saltado en el Kremlin, en los círculos diplomáticos y en los
servicios de inteligencia. Pero los primeros días de la Conferencia
de Potsdam (17 de julio-2 de agosto de 1945) se convertirían en los
últimos de esa breve etapa de satisfacción por parte de unos y
otros. La colaboración soviético-americana estaba a punto de llegar
a su fin: la tensión de posguerra entre las dos potencias aliadas
cada vez iba a más.

EL FACTOR STALIN

En cierta ocasión, el diplomático soviético Anatoli Dobrinin


recordaba con admiración que en 1943 Stalin, en el tren que lo
conducía de Moscú a Bakú (donde debía tomar el avión que habría
de trasladarlo a Teherán para celebrar la conferencia de los Tres
Grandes), ordenó que se le dejara solo en su compartimento. «No
se le mostró documento alguno y, por lo que se sabe, permaneció
allí sentado durante tres días, limitándose a mirar por la ventana,
caviloso y concentrado en sus pensamientos».[73] ¿En qué pensaría
mientras observaba aquel paisaje devastado desde el interior de su
vagón? Probablemente nunca lleguemos a saberlo. Los testimonios
que hablan de las opiniones de Stalin allá por 1945 son más bien
como piezas y pequeños fragmentos de un rompecabezas. Stalin
prefería discutir de palabra todos los asuntos con sus más estrechos
colaboradores. Unicamente reproducía lo que pensaba por escrito
cuando no le quedaba más remedio; por ejemplo, cuando dirigía
negociaciones diplomáticas desde la distancia. En consecuencia,
incluso sus lugartenientes desconocían o no entendían plenamente
sus objetivos y sus planes. Stalin impresionaba, pero también
confundía e inducía a error, hasta a los observadores y analistas
más experimentados.
Stalin era un hombre con muchas personalidades. El hecho de
haberse criado en una región multiétnica, inestable y vengativa
como el Cáucaso, le había proporcionado la soltura necesaria para
mostrar un sinfín de caras e interpretar muchos papeles.[74] Entre
las múltiples identidades de Stalin estaban la del «Kinto» georgiano
(un bandido honrado del estilo de Robin Hood), la del atracador de
bancos revolucionario, la del discípulo modesto y devoto de Lenin, la
del «hombre de acero» del partido bolchevique, la del gran señor de
la guerra y la de «corifeo de la ciencia». Tenía incluso una identidad
rusa que él mismo había elegido. Se consideraba, además, un
político «realista» en materia de asuntos exteriores, y consiguió
convencer a muchos observadores de su «realismo». Averell
Harriman, embajador de Estados Unidos en Moscú entre 1943 y
1945, recordaría que vio a Stalin «mejor informado que Roosevelt,
más realista que Churchill; en cierto sentido el líder de los aliados
más efectivo». Mucho tiempo después, Henry Kissinger escribiría
que las ideas que tenía Stalin sobre cómo debía llevarse la política
exterior eran «estrictamente las mismas de la Realpolitik del Viejo
Mundo», esto es, muy similares a la fórmula seguida por los
estadistas rusos durante siglos.[75]
¿Era Stalin verdaderamente «realista»? Encontramos una
curiosa manifestación del modo de pensar de Stalin en materia de
relaciones internacionales en un telegrama enviado a Moscú el mes
de septiembre de 1935 desde el mar Negro, donde pasaba unos
días de vacaciones. Hitler llevaba ya por aquel entonces dos años
en el poder en Alemania, y la Italia fascista había desafiado a la Liga
de las Naciones lanzando en África un ataque despiadado y bárbaro
contra Abisinia. Maxim Litvinov, comisario de asuntos exteriores,
creía que la seguridad soviética pasaba por el establecimiento de
una alianza con las democracias occidentales, esto es, con Gran
Bretaña y Francia, frente al tándem, cada vez más peligroso,
formado por la Italia fascista y la Alemania nazi. Viejo bolchevique
cosmopolita de ascendencia judía, Litvinov presentía que las futuras
potencias del Eje representarían una amenaza mortal para la Unión
Soviética y la paz en Europa. Durantes los peores años de las
purgas de Stalin, Litvinov consiguió muchos apoyos para la URSS
en la Liga de las Naciones por la postura de oposición soviética en
defensa de la seguridad colectiva de Europa frente a las agresiones
del fascismo y el nazismo.[76] A Stalin, como venían sospechando
desde hace tiempo numerosos especialistas,[77] le parecía útil la
labor llevada a cabo por Litvinov, aunque no coincidía con él en su
interpretación de las tendencias mundiales. Su carta a Molotov y a
Lazar Kaganovich, otro miembro del Politburó, revela un concepto
de seguridad radicalmente opuesto: «Se están creando dos
alianzas: el bloque formado por Italia y Francia, y el bloque formado
por Inglaterra y Alemania. Cuanta más pugna haya entre ellos,
mejor irán las cosas para la URSS. Podemos vender pan a los dos
bandos, para que puedan seguir peleándose. No nos conviene que
ahora un bando se imponga sobre el otro. Lo que más nos conviene
es que esas pugnas se extiendan durante el mayor tiempo posible,
pero sin que se produzca una rápida victoria de un bando sobre el
otro».[78]
Stalin esperaba que el conflicto entre los dos bloques
imperialistas se alargara en el tiempo, como una especie de
repetición de la Primera Guerra Mundial. El Tratado de Múnich de
1938 entre Gran Bretaña y Alemania vendría a confirmar las
percepciones de Stalin.[79] El pacto firmado por nazis y soviéticos en
1939 no fue más que un intento por su parte de prolongar la
«pugna» en Europa entre los dos bloques imperialistas, aunque la
composición de dichos bloques acabara siendo diametralmente
opuesta a la de sus predicciones. El estratega del Kremlin nunca
admitiría haber cometido un tremendo error en su valoración de las
intenciones de Hitler y que Litvinov se hallaba en lo cierto.
La ideología revolucionaria bolchevique había marcado las
primeras posturas de Stalin en materia de política internacional. A
diferencia de los estadistas europeos de la Realpolitik, los
bolcheviques contemplaban el equilibrio de poderes y el empleo de
la fuerza a través de un prisma de radicalismo ideológico. Utilizaban
el juego diplomático para preservar la Unión Soviética como base de
una revolución mundial.[80] Eran sumamente optimistas, pues creían
en la caída inminente del orden capitalista liberal. También creían
estar armados con la teoría científica de Marx, cuyo conocimiento
los hacía superiores a los estadistas y diplomáticos del capitalismo
liberal. Se reían de los intentos de Woodrow Wilson de ofrecer una
alternativa multilateral a la práctica tradicional de los juegos de
poder y la lucha por la obtención de esferas de influencia. Para ellos
el wilsonianismo era o bien hipocresía, o bien un idealismo estúpido.
Al Politburó le gustó siempre dar gato por liebre a los representantes
liberales de las democracias occidentales cada vez que tuvo trato
con ellos.[81] En 1925-1927, durante su lucha por el poder contra la
oposición, Stalin manifestó su propia postura optimista-
revolucionaria respecto a la perspectiva de convertir el gobierno
nacionalista de China, el Guomindang, en un régimen comunista.
Entre 1927 y 1933 Stalin y sus partidarios impusieron en el
movimiento comunista internacional la doctrina del «tercer período»:
la profecía de una nueva serie de revoluciones y guerras que «sin
duda sacudirán al mundo con mucha más virulencia que la oleada
de 1918-1919», con el resultado «de la victoria del proletariado en
numerosos países capitalistas».[82]
Sin embargo, la cosmovisión que tenía Stalin no era una simple
réplica de la bolchevique. Era una amalgama en continua evolución
que iba inspirándose en fuentes distintas. Una de esas fuentes era
la experiencia del propio Stalin en política interior. Después de
aquellos años de lucha por el poder en el Kremlin, tras la
destrucción de sus opositores y sus esfuerzos por construir un
estado, Stalin había aprendido a ser paciente, a reaccionar con
flexibilidad ante las oportunidades y a evitar unir su nombre a
cualquier postura en concreto. Según indica James Goldgeier,
«intentaba guardarse sus opciones a no ser que estuviera seguro de
ganar». Eterno oportunista del poder, supo salirse con la suya en su
país, aliándose con algunos rivales para ir contra otros, y en último
término eliminándolos a todos. Es presumible que tendiera a seguir
ese mismo guión en las cuestiones internacionales.[83]
La mentalidad oscura y desconfiada de Stalin, así como su
personalidad cruel y vengativa, dejaron una poderosa impronta en
su visión de los asuntos internacionales. A diferencia de muchos
bolcheviques optimistas y de mentalidad cosmopolita, el dictador era
un individuo movido por el poder y xenófobo, que fue volviéndose
cada vez más cínico.[84] Para él, el mundo, al igual que la política
del Partido Comunista, era un lugar hostil y peligroso. En el mundo
de Stalin no se podía confiar plenamente en nadie. Tarde o
temprano cualquier colaboración podía convertirse en un juego de
suma cero. La unilateralidad y la fuerza constituyeron siempre un
modo de enfocar la política exterior más fiable que los acuerdos y la
diplomacia. Molotov reconocería más tarde que Stalin y él no habían
«confiado en nadie; sólo en nuestras propias fuerzas».[85] En
octubre de 1947 Stalin expuso con crudeza su forma de ver las
cosas ante un grupo de diputados prosoviéticos del partido laborista
británico que le hicieron una visita en su residencia veraniega a
orillas del mar Negro. La situación internacional actual, dijo, no se
rige por «sentimientos de compasión», sino por un «sentimiento de
beneficio propio». Si un país se da cuenta de que puede apoderarse
de otro país y conquistarlo, lo hará. Si Estados Unidos, u otro país,
se dan cuenta de que Inglaterra depende totalmente de ellos, de
que no tiene otra salida, no dudarán en engullirla. «Nadie se apiada
del débil ni lo respeta. El respeto está reservado exclusivamente
para los fuertes».[86]
Durante los años treinta, el legado geopolítico de la Rusia
zarista, predecesora histórica de la URSS, se convirtió en otra
fuente primordial del modo que tenía Stalin de entender la política
exterior.[87] Lector voraz de literatura histórica, Stalin llegó a creer
que había heredado los problemas geopolíticos que tuvieron que
afrontar los zares. Le gustaba especialmente la lectura de obras
sobre la diplomacia y la política exterior de Rusia en los años
previos a la Primera Guerra Mundial y durante ella; también le
interesaban mucho los análisis de Evgeni Tarle, Arkadi Yerusalimski
y otros historiadores soviéticos, que abordaron la Realpolitik
europea, las alianzas entre las grandes potencias y las conquistas
territoriales y coloniales. Cuando la revista teórica del partido quiso
publicar el artículo en que Friedrich Engels calificaba la política
exterior de la Rusia zarista de expansionista y peligrosa, Stalin se
puso de parte de la política zarista, no de las opiniones del
cofundador del marxismo.[88] En 1937, con motivo de la celebración
del aniversario de la Revolución bolchevique, Stalin dijo que los
zares de Rusia «sí hicieron una cosa bien: unificaron un enorme
Estado que se extendía hasta Kamchatka. Nosotros hemos
heredado ese Estado». La cuestión de la Unión Soviética como
sucesora del gran imperio ruso se convirtió en uno de los principales
fundamentos de la política exterior y la propaganda nacional de
Stalin. El dictador incluso encontró tiempo para analizar y publicar
borradores de manuales escolares de historia de Rusia, haciendo
que siguieran la línea de su nueva forma de ver las cosas. En 1945,
Jrushchov recordaría este hecho en los siguientes términos: «Stalin
creía que se encontraba en la misma posición que Alejandro I tras
derrotar a Napoleón, y que podía dictar las reglas para toda
Europa».[89]
Desde los primeros meses después de la toma del poder en
Rusia, Lenin y los bolcheviques habían tenido que aprender a
guardar un equilibrio entre sus ambiciones revolucionarias y los
intereses del estado. Así nació el «paradigma revolucionario-
imperial» soviético. Stalin ofrecería una nueva interpretación,
probablemente más estable y efectiva, de ese paradigma. Durante
los años veinte los bolcheviques habían contemplado a la Unión
Soviética como una plataforma para la revolución mundial. Stalin
empezó a contemplarla como un «imperio socialista». Su visión del
mundo se centraba en la seguridad y engrandecimiento de la URSS.
Simultáneamente, según Stalin, esos objetivos fundamentales
exigían los cambios consiguientes de régimen y de orden
socioeconómico en las naciones que limitaban con la Unión
Soviética.[90]
Stalin estaba convencido de que los asuntos internacionales se
caracterizaban por una rivalidad capitalista y el desarrollo de crisis,
así como por la transición inevitable a un socialismo global. De esta
idea general surgían otras dos convicciones. La primera era que, a
juicio de Stalin, las potencias occidentales probablemente se
pusieran a conspirar a corto plazo contra la URSS. Y la segunda,
que estaba seguro de que la Unión Soviética, guiada por su
habilidad, cautela y paciencia como estadista, sería más astuta y
duradera que cualquier combinación de grandes potencias
capitalistas. Durante los años más difíciles de la invasión nazi, Stalin
supo dominar la diplomacia y sacar provecho de ella con los países
de la Gran Alianza. Como la Unión Soviética había pasado en poco
tiempo de una posición de atraso e inferioridad a ocupar un lugar de
fuerza y de reconocimiento mundial, Stalin prefirió no
comprometerse a poner límites a las ambiciones y fronteras
soviéticas en aras de la seguridad de la URSS. Mantuvo esas
ambiciones y esas fronteras abiertas, tal como habían estado
tradicionalmente cuando Rusia se había expandido en tiempos de
los zares. El «acuerdo del porcentaje», al que llegaron británicos y
soviéticos en octubre de 1944, constituye un ejemplo clásico del
conflicto existente entre el paradigma revolucionario-imperial de
Stalin y la Realpolitik de Churchill. El líder británico buscaba un
equilibrio de poder en Europa Oriental, y ofreció a Stalin un pacto
diplomático sobre la distribución de esferas de influencia en los
Balcanes. Stalin firmó el «acuerdo del porcentaje» de Churchill, pero
en el futuro su política pondría de manifiesto el deseo del dictador
de expulsar por completo a los británicos de Europa Oriental,
confiando en el poder del Ejército Rojo para establecer en la región
gobiernos comunistas amigos.[91]
En las conversaciones que mantenía con los comunistas de
Yugoslavia, Bulgaria y otros países, a Stalin le gustaba ponerse su
manto de «realista» y dar una o dos lecciones a sus inexpertos
socios novatos. En enero de 1945 el líder del Kremlin instruyó a un
grupo de comunistas yugoslavos en los siguientes términos: «En su
época Lenin no habría podido imaginar nunca una correlación de
fuerzas como la que hemos alcanzado en esta guerra. Lenin
pensaba siempre que cualquiera podía salir en contra de nosotros, y
que era positivo que algún país lejano, como, por ejemplo, Estados
Unidos, se mantuviera neutral. Y ahora nos encontramos con que un
grupo de burgueses ha salido en contra de nosotros, y que otro está
de nuestra parte».[92] Al cabo de unos días Stalin repitió esos
mismos pensamientos en presencia de los yugoslavos y del antiguo
líder de la Komintern, Georgi Dimitrov. En esta ocasión, sin
embargo, añadió una predicción: «Hoy combatimos en alianza con
una facción contra la otra, y en un futuro también combatiremos a
esa facción capitalista».[93]
Stalin, que representaba el papel de «realista» prudente en sus
relaciones con los países satélites de la URSS, pensaba que el
ejército soviético podía ayudar a los comunistas a hacerse con el
poder en cualquier región de Europa Central y en los Balcanes.
Cuando Vasil Kolarov, un comunista búlgaro que colaboró con
Dimitrov en la creación de una Bulgaria prosoviética, propuso la
anexión a Bulgaria de una franja del litoral griego, los soviéticos se
negaron. «Era impensable», comentaría más tarde Molotov. «Pedí
consejo [a Stalin], y se me dijo que no debía llevarse a cabo, que el
momento no lo aconsejaba. De modo que guardamos silencio,
aunque Kolarov no dejaba de presionarnos».[94] En una ocasión
Stalin hizo el siguiente comentario a propósito de los comunistas
griegos: «Creían, erróneamente, que el Ejército Rojo se presentaría
en el Egeo. Pero no podemos hacerlo. No podemos mandar
nuestras tropas a Grecia. Los griegos cometieron un error
estúpido».[95] En lo referente a Grecia, Stalin se adheriría al
«acuerdo del porcentaje» firmado con Churchill y cedería ese país a
los británicos. El líder del Kremlin pensó que sería un «error
estúpido» volverse contra los británicos en los Balcanes antes de
asegurar las ganancias obtenidas por los soviéticos en la guerra.
Había objetivos de carácter prioritario, que requerían la cooperación
de Gran Bretaña o, al menos, su neutralidad. No quería tener un
choque prematuro con una potencia de la «facción capitalista»
aliada. Su táctica dio los frutos esperados: Churchill correspondió y
durante varios meses se abstuvo de criticar públicamente las
violaciones de los compromisos de Yalta cometidas por los
soviéticos en Rumanía, Hungría y Bulgaria.
En la primavera de 1945 parecía que la capacidad de Stalin
como estadista era claramente superior a la de sus socios
occidentales. La Realpolitik de Churchill acabaría en fracaso,
mientras el ejército soviético, junto con los comunistas yugoslavos,
búlgaros y albaneses, se hacía con los Balcanes. Molotov recordaría
con satisfacción que los británicos sólo despertaron cuando «media
Europa» se había alejado de su esfera de influencia: «Se
equivocaron en sus cálculos. No eran marxistas como nosotros».[96]
Fue el momento en que probablemente Stalin se sintió más
orgulloso de sí mismo. Incluso antes de que el pueblo y las élites de
la Unión Soviética celebraran el fin de la Segunda Guerra Mundial,
Stalin estaba ya ocupado en la construcción de un «imperio
socialista».

LA CONSTRUCCIÓN DEL IMPERIO

Actualmente podemos asegurar sin temor a equivocarnos que Stalin


tenía la firme determinación de mantener Europa Oriental bajo las
garras de la Unión Soviética a cualquier precio. Para el líder del
Kremlin esa región, al igual que los Balcanes, era de vital estrategia,
pues la consideraba un potencial colchón de seguridad para la
URSS frente a Occidente. La geografía y la historia de Europa,
incluida la historia reciente de las dos guerras mundiales,
determinarían los dos caminos principales de la expansión soviética:
uno a través de Polonia hasta Alemania y el corazón de Europa, y
otro a través de Rumanía, Hungría y Bulgaria hasta los Balcanes y
Austria.[97] Al mismo tiempo, como revelan sus conversaciones con
comunistas de diversas nacionalidades, Stalin definía la seguridad
soviética en términos ideológicos. También daba por hecho que la
esfera de influencia de la URSS debía e iba a quedar garantizada en
Europa Oriental mediante la imposición en los países de la zona de
un nuevo orden político y social a imitación del de la Unión
Soviética.[98]
A juicio de Stalin, los dos aspectos de los objetivos soviéticos en
Europa Oriental, a saber, seguridad y construcción de un régimen
socialista, eran dos caras de la misma moneda. Lo realmente
importante, sin embargo, era cómo alcanzar ambos objetivos.
Algunos líderes soviéticos, como Nikita Jrushchov entre otros,
esperaban que toda Europa decidiera abrazar el comunismo
después de la guerra.[99] Stalin anhelaba lo mismo, pero sabía
perfectamente que el equilibrio de poder le impediría alcanzar ese
objetivo. Pensaba que los comunistas franceses o italianos no
tenían ninguna posibilidad de hacerse con el poder mientras las
tropas aliadas ocuparan Europa Occidental. Así pues, el «realista»
del Kremlin optó por operar en el marco de la Gran Alianza y
exprimir al máximo a sus transitorios socios capitalistas.
Molotov recordaría que durante la Conferencia de Yalta en
febrero de 1945, Stalin dio una gran importancia a la Declaración de
la Europa Liberada. Lo que pretendía principalmente Roosevelt con
la firma de este documento era callar a las posibles voces críticas de
su país que estaban dispuestas a arremeter contra él por colaborar
con los soviéticos. Roosevelt seguía creyendo que mantener a
Stalin como miembro del grupo era más importante que romper
relaciones con el dictador ruso por la represión llevada a cabo por la
URSS en Europa Oriental. Simultáneamente, el presidente
norteamericano esperaba que la firma del documento por parte de
Stalin sirviera para poner freno a las descaradas agresiones
soviéticas, especialmente en Polonia.[100] Sin embargo, Stalin
interpretaría la Declaración como un reconocimiento por parte de
Roosevelt al derecho de la Unión Soviética a poseer una zona de
influencia en Europa Oriental. Con anterioridad, el presidente
norteamericano había reconocido los intereses estratégicos
soviéticos en Extremo Oriente. A Molotov le preocupó el lenguaje
del boceto que le presentaron los estadounidenses, pero Stalin le
dijo: «No te preocupes. Más tarde lo ejecutaremos a nuestra
manera. La esencia está en la correlación de fuerzas».[101]
Los soviéticos y sus colaboradores comunistas llevaron a cabo
dos tipos de política en Europa Oriental. En primer lugar se
realizaron reformas sociales y políticas visibles: el
desmantelamiento de la antigua clase de propietarios (algunos de
los cuales ya habían quedado comprometidos por su colaboración
con los alemanes y habían huido de sus países), la distribución de la
tierra entre los campesinos, la nacionalización de la industria y la
creación de un sistema parlamentario multipartidista o «democracia
popular». En segundo lugar, se produjo la supresión despiadada de
cualquier forma de oposición nacionalista armada y la creación de
estructuras capaces de reemplazar posteriormente la «democracia
popular» multipartidista y ofrecer una base sólida para el régimen
comunista. Normalmente esta última comportaba la introducción de
agentes soviéticos en el control de los departamentos de seguridad,
de la policía y del ejército, la infiltración de camaradas soviéticos
itinerantes en otros ministerios y partidos políticos, y el desprestigio,
la incriminación y al final la eliminación de los activistas políticos y
los periodistas que no fueran comunistas.[102]
Stalin dio las directrices generales para esas dos políticas en las
reuniones personales y la correspondencia que mantuvo con los
comunistas de Europa del Este y a través de sus más estrechos
colaboradores. Confió a Andrei Zhdanov, Klement Voroshilov y
Andrei Vishinski la ejecución cotidiana de esas políticas en
Finlandia, Hungría y Rumanía respectivamente. En lo que cabe
considerar un reflejo del aspecto cuasi imperial de sus papeles,
estos tres lugartenientes de Stalin eran conocidos en los círculos de
poder de Moscú con el sobrenombre de «los procónsules».[103] En
los países de Europa del Este, el Kremlin confiaría en las
autoridades militares soviéticas, la policía secreta y los comunistas
expatriados oriundos de la región, muchos de ellos judíos, que
habían regresado a su patria desde Moscú con la retaguardia del
ejército soviético.[104]
El caos, la devastación producida por la guerra y las pasiones
nacionalistas del este de Europa ayudaron a Stalin y a los soviéticos
a ver cumplidos sus objetivos en la zona. En Hungría, Rumanía y
Bulgaria, antiguas aliadas a regañadientes de la Alemania nazi, la
llegada del ejército soviético abrió profundas divisiones sociales e
ideológicas. En todos los países se daba un virulento sentimiento
nacionalista y una acumulación de grandes rivalidades étnicas y
agravios históricos. Polonia y Checoslovaquia ardían en deseos de
librarse de minorías potencialmente subversivas, sobre todo de la
alemana.[105] Stalin solía invocar el espectro de Alemania como
«enemiga mortal del mundo eslavo» en sus conversaciones con los
líderes polacos, checoslovacos, búlgaros y yugoslavos. Tanto a
estos últimos como a los rumanos no dudó en hacerles creer que
apoyaba sus aspiraciones territoriales. Tampoco tuvo el menor
reparo en apoyar la política de limpieza étnica que se instauró en
Europa Oriental. Hasta diciembre de 1945, jugó con la idea de
utilizar esquemas paneslavos y organizar Europa Oriental y los
Balcanes en confederaciones multiétnicas. Más tarde, sin embargo,
el líder soviético abandonó semejante plan por razones que todavía
no tenemos claras. Tal vez creyera que era más fácil dividir y
gobernar naciones-estado de extensión más reducida que
confederaciones multinacionales de mayor envergadura.[106]
El ejército soviético y las actividades de la policía secreta
siguieron siendo un factor crucial para el establecimiento del control
soviético inicial en Europa del Este. En Polonia, el Ejército Nacional
(AK) se opuso tenazmente a los planes de Stalin para su país.[107]
Después de celebrarse la Conferencia de Yalta, e incluso en el
curso de ella, la controversia por el futuro de Polonia hizo que
saltaran las primeras chispas entre la URSS y los Aliados
occidentales. Churchill se quejó de que el poder del gobierno
prosoviético de Polonia «se basa en las bayonetas soviéticas».
Tenía toda la razón. En cuanto concluyó la Conferencia de Yalta, el
enviado del SMERSH en Polonia, Ivan Serov, comunicó a Stalin y a
Molotov que los comunistas polacos querían deshacerse de
Stanislaw Mikolajczyk, líder del gobierno polaco en el exilio. Stalin
autorizó la detención de dieciséis líderes del Ejército Nacional, pero
ordenó a Serov que no se tocara a Mikolajczyk. A pesar de esta
precaución, la mano dura empleada por los soviéticos terminó por
perjudicarlos. Churchill y Anthony Eden protestaron por las acciones
«abominables» que cometían los soviéticos. Stalin se disgustó
especialmente cuando Truman se unió a Churchill en la protesta por
las detenciones de los líderes del AK. En su respuesta pública,
habló de la necesidad de las detenciones «con el fin de proteger la
retaguardia del frente del Ejército Rojo». Las detenciones
continuaron. A finales de 1945, unos veinte mil individuos
pertenecientes a la clandestinidad polaca, restos de las élites de la
Polonia anterior a la guerra y su funcionariado, estaban presos en
campos de concentración soviéticos.[108]
Rumanía también causó quebraderos de cabeza a Moscú. Las
élites políticas de este país pidieron abiertamente ayuda a británicos
y norteamericanos. El primer ministro, Nicolae Radescu, y los
líderes de los «históricos» Partido Nacional de los Campesinos y
Partido Liberal Nacional no ocultaban el temor que sentían por la
amenaza soviética. Los comunistas rumanos, repatriados a
Bucarest desde Moscú, habían organizado el Frente Democrático
Nacional. Instigaron, con la colaboración clandestina de los
soviéticos, un golpe de estado contra el régimen de Radescu,
llevando al país al borde de una guerra civil a finales de febrero de
1945. Stalin envió a Andrei Vishinski, uno de sus sicarios más
aborrecibles y fiscal infame en los procesos de los años treinta, a
Bucarest con un ultimátum para el rey Miguel: Radescu debía ser
sustituido por Petru Grozu, político prosoviético. Para dar más
fuerza a su ultimátum, Stalin ordenó que dos divisiones del ejército
se situaran en las inmediaciones de Bucarest. Las potencias
occidentales no intervinieron, pero los delegados norteamericanos,
incluido el emisario del Departamento de Estado, Burton Berry, y el
jefe de la Misión Militar de Estados Unidos, Courtlandt van
Rensselaer Schuyler, se quedaron pasmados ante esa acción y
empezaron a compartir los mismos temores que tenían las élites
rumanas ante una posible dominación soviética. En vista del
descontento cada vez mayor que reinaba en Occidente, Stalin
decidió no tocar al rey Miguel ni a los líderes de los dos partidos
«históricos».[109]
Más al sur, en los Balcanes, Stalin construía una esfera de
influencia soviética con la colaboración de Yugoslavia, uno de sus
grandes aliados. En 1944-1945, pensó que la idea de una
confederación de pueblos eslavos, dirigida con la ayuda de los
comunistas yugoslavos, podía ser un buen movimiento táctico para
la construcción de una Europa Central socialista y podía servir para
apartar la atención de las potencias occidentales de los planes que
tenía la Unión Soviética de transformar los regímenes políticos y
socioeconómicos de la región. Pero el victorioso líder de las
guerrillas comunistas yugoslavas, Josip Broz Tito, era demasiado
ambicioso. En efecto, él y otros comunistas yugoslavos querían
concretamente que Stalin apoyara sus pretensiones territoriales
frente a Italia, Austria, Hungría y Rumanía. También pretendían la
ayuda de Moscú para su proyecto de una «Yugoslavia más grande»
que incluyera a Albania y Bulgaria. Durante un tiempo Stalin no
demostró sentirse contrariado por la idea, y en enero de 1945
propuso a los comunistas yugoslavos la creación de un estado dual
con los búlgaros, «como Austria-Hungría».[110]
En mayo de 1945, Trieste, la ciudad y su comarca, objeto de
disputa entre Yugoslavia e Italia desde 1919, amenazó con
convertirse en otro punto de fricción de las relaciones entre la Unión
Soviética y los Aliados occidentales. Stalin exhortó a los yugoslavos
a que rebajaran sus exigencias para llegar a un acuerdo con los
británicos y los norteamericanos. Los líderes yugoslavos
obedecieron a regañadientes, pero Tito no pudo contener su
frustración. En un discurso público dijo que los yugoslavos no
querían ser «calderilla» en «la política de las esferas de interés».
Para Stalin aquello fue un grave ultraje. Probablemente fuera a partir
de entonces cuando empezó a contemplar a Tito con recelo.[111] No
obstante, a lo largo de las difíciles negociaciones con las potencias
occidentales por los tratados de paz con los países satélites de
Alemania durante 1946, las autoridades del Kremlin defenderían las
pretensiones territoriales de Yugoslavia en Trieste.[112] Este
comportamiento puede explicarse por la pasión momentánea que
suscitaron las ideas paneslavas entre las autoridades rusas, así
como por la posición vital que ocupaba Yugoslavia en el flanco sur
del perímetro de seguridad soviético.
Así pues, vemos que en Europa Oriental y en los Balcanes Stalin
actuó de manera unilateral y con absoluta implacabilidad. Sin
embargo, también midió cautelosamente sus pasos, avanzando o
dando marcha atrás para evitar un choque prematuro con las
potencias occidentales que pudiera poner en peligro la consecución
de otras metas importantes de su política exterior. En particular,
Stalin tenía que equilibrar sus objetivos para el este de Europa y los
Balcanes con el de la creación de una Alemania prosoviética (véase
el capítulo 3). Otro de sus objetivos era una guerra con Japón en el
futuro.
Los meses que siguieron a la Conferencia de Yalta brindaron al
dictador una gran oportunidad para asegurarse un buen botín de
guerra en Extremo Oriente. En 1945 Stalin y los diplomáticos
soviéticos consideraban que China era un país cliente de Estados
Unidos, por lo que decidieron que los intereses de la URSS en el
Pacífico exigían una expansión territorial para impedir la sustitución
de la dominación japonesa en la zona por la norteamericana. Su
objetivo consistía en convertir Manchuria en parte del cinturón de
seguridad soviético en Extremo Oriente.[113] Durante el banquete de
la victoria celebrado con las autoridades militares el 24 de mayo,
Stalin dijo que a veces una «buena diplomacia» podía «tener más
peso que dos o tres ejércitos». Demostraría lo que quería decir con
esto durante sus conversaciones con el gobierno chino del
Guomindang en Moscú en julio y agosto de 1945.[114] Los acuerdos
de Yalta, reconocidos por Truman, otorgaban al líder del Kremlin una
posición de extraordinaria superioridad en lo referente al
Guomindang. Stalin ejerció una presión tremenda sobre los
nacionalistas, instándolos a aceptar a la Unión Soviética como la
protectora de China frente a Japón. Con ese fin, dijo al ministro de
Asuntos Exteriores chino, T. V. Soong, que las demandas soviéticas
referentes a Port Arthur, el Ferrocarril Oriental de China, el sur de la
isla de Sajalín y Mongolia Exterior estaban impulsadas «por
consideraciones relacionadas con el reforzamiento de nuestra
posición estratégica frente a Japón».[115]
Para sus negociaciones, Stalin contaba con algunos medios de
presión que podía utilizar en la propia China. Moscú era la única
intermediaria existente entre los nacionalistas y el Partido
Comunista Chino (PCCh) que controlaba las regiones
septentrionales de China próximas a Mongolia Exterior. Pero,
además, los soviéticos podían jugar todavía otra carta menos
conocida: financiaban y armaban en secreto un movimiento
separatista uigur en la región de Xinjiang que limitaba con la URSS.
Durante las conversaciones celebradas en Moscú, Stalin se ofreció
a garantizar la integridad de China a cambio de importantes
concesiones. «En cuanto a los comunistas de China», Stalin
comunicó al Dr. Soong, «no los apoyamos ni tenemos la intención
de hacerlo. Consideramos que China tiene un solo gobierno.
Deseamos ser honestos en nuestras relaciones con China y las
naciones aliadas».[116]
Las autoridades nacionalistas se mostraron muy reacias a
aceptar las demandas de los soviéticos, especialmente la
relacionada con Mongolia Exterior. Pero Jiang Jieshi, el líder chino, y
el Dr. Soong no tuvieron más remedio que doblegarse. Sabían que
tres meses después de que concluyera la guerra en Europa estaba
prevista la invasión de Manchuria por el Ejército Rojo. Temían que
los soviéticos pudieran entregar luego esa provincia al PCCh. De
modo que el 14 de agosto aceptaron firmar el Tratado de Alianza y
Amistad entre la China y la Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas. En un primer momento dio la impresión de que Stalin iba
a mantener sus promesas: el PCCh fue obligado a negociar una
tregua con el gobierno nacionalista. Los comunistas chinos
asegurarían posteriormente que Stalin los traicionó y que socavó su
estrategia revolucionaria. Por aquel entonces, sin embargo, Mao
Zedong tuvo que admitir la lógica de Stalin: Estados Unidos estaba
dando su apoyo al Guomindang, y una intervención soviética a favor
del PCCh habría puesto fin inmediatamente a la cooperación ruso-
americana.[117]
Al margen de la inminencia de la invasión de Manchuria por
parte de la URSS, la colaboración ruso-americana proporcionó a los
soviéticos fundamentos para esgrimir derechos especiales en esa
región china. Truman no podía oponerse públicamente al control
soviético de Mongolia Exterior, y se limitó a exigir que se respetara
la política de puertas abiertas. En privado, Harriman empujó a
Soong a no ceder a las presiones de Stalin, pero tuvo que admitir
que los chinos «nunca más tendrán la oportunidad de alcanzar un
compromiso con Stalin en unos términos tan favorables». En
consecuencia, Stalin obtuvo del Guomindang unas concesiones que
iban más allá de lo estipulado en Yalta.[118]
Stalin tenía unos planes igualmente ambiciosos en lo
concerniente a Japón. La noche del 26-27 de junio de 1945 mandó
llamar a los miembros del Politburó y al alto mando militar para
discutir un plan de guerra contra Japón. El mariscal Kirill Meretskov
y Nikita Jrushchov querían desembarcar tropas soviéticas en el
norte de Hokkaido. Molotov se manifestó contrario a esa idea,
haciendo hincapié en que semejante operación supondría el
incumplimiento de lo acordado con Roosevelt en Yalta. El mariscal
Georgi Zhukov la puso en entredicho, pues la consideraba una
aventura muy arriesgada desde el punto de vista militar. Stalin, sin
embargo, apoyó el plan. Creía que la acción podía ofrecer a la
Unión Soviética algún papel en la ocupación de Japón. Para Stalin
el control del Imperio del Sol Naciente y su posible resurgimiento
militar era tan importante como el control de Alemania.[119]
El 27 de junio de 1945, Pravda anunció que Stalin había asumido
el título de «Generalísimo». Fue la culminación del vozhd (caudillo)
del Kremlin como estadista. Tres semanas después, la Conferencia
de Potsdam confirmaba el marco de cooperación de las tres
grandes potencias que se había acordado en Yalta. Era un marco
extraordinariamente favorable para la diplomacia y la política
imperialista de Stalin. Al principio, la delegación británica, presidida
por Churchill y más tarde, tras su derrota en las elecciones, por el
nuevo primer ministro laborista, Clement Attlee, y el secretario del
Foreign Office, Ernest Bevin, puso reparos a la actuación de los
soviéticos fuera de sus fronteras. En particular, criticaron
ásperamente las acciones de la URSS en Polonia, y se opusieron a
sus intentos de obtener alguna indemnización de tipo industrial en la
cuenca del Rhur. Varios asesores de Truman, entre otros el
embajador norteamericano en Moscú, Averell Harriman, animaron al
presidente y a su nuevo secretario de estado, James Byrnes, a
apoyar la línea dura adoptada por los británicos. Truman, sin
embargo, necesitaba todavía la colaboración soviética en la guerra
contra Japón, e hizo oídos sordos a su consejo. El presidente y el
secretario de Estado norteamericanos también se mostraron
receptivos a la exigencia planteada por Stalin de obtener una
participación en las indemnizaciones de guerra de la zona occidental
alemana y acordaron la creación de una administración central en el
país ocupado. En respuesta a las voces críticas, Truman propuso el
nombramiento de una comisión aliada encargada de supervisar las
elecciones de Rumanía, Bulgaria, Hungría, Grecia y otras naciones.
Sin embargo, cuando Stalin se opuso a esta medida tras darse
cuenta de que los norteamericanos no invitaban a la Unión Soviética
a supervisar las elecciones en Italia, el presidente aparcó
inmediatamente su plan. Una vez concluida la Conferencia de
Potsdam, Molotov comunicó a Dimitrov que «los acuerdos
principales a los que se ha llegado nos benefician», añadiendo que
las potencias occidentales habían confirmado la integración de los
Balcanes en la esfera de influencia de la URSS.[120]

EL RAYO

El 6 de agosto de 1945 la primera bomba atómica destruía


Hiroshima; tres días después, el 9 de agosto, una segunda bomba
arrasaba la ciudad de Nagasaki. Uno de los principales físicos
nucleares de la época, el ruso Yuli Jariton, recordaría que en Moscú
los líderes soviéticos consideraron aquellos ataques «un chantaje
atómico a la URSS, la amenaza de desencadenar una nueva guerra
todavía más devastadora y terrible».[121] Entre las élites soviéticas,
la sensación de omnipotencia dio paso a un nuevo sentimiento de
inseguridad. Algunos oficiales rusos dijeron al periodista británico
Alexander Werth que la victoria, que tanto trabajo y esfuerzos les
había costado obtener sobre Alemania, ahora había sido
«prácticamente despilfarrada».[122]
El 20 de agosto de 1945, el Generalísimo del Kremlin creó un
comité especial para la construcción de armas atómicas y decidió
que el proyecto era cosa de «todo el partido», dando a entender que
debía ser considerado una prioridad por toda la nomenklatura del
partido del estado, como ocurriera con los planes de colectivización
e industrialización de los años treinta. El proyecto se convirtió en la
primera campaña de movilización de posguerra; un plan de alto
secreto y con un presupuesto altísimo. Los cabecillas de la industria
durante la guerra, incluidos Dmitri Ustinov, Viacheslav Malishev,
Boris Vannikov y centenares de individuos más, reanudaron aquella
vida de febril actividad e insomne que habían llevado durante la
guerra contra Alemania. Muchos de los que participaron en el
proyecto compararían la experiencia con la Gran Guerra Patriótica;
según un testigo, «los trabajos se desarrollaban a una escala
grandiosa, ¡todo era alucinante!» No tardarían en ponerse en
marcha otros dos proyectos colosales de rearme: el primero de
misiles, y el segundo de defensa antiaérea.[123]
Los historiadores norteamericanos todavía discuten sobre una
posible motivación soviética en la decisión de Truman de utilizar la
bomba atómica.[124] Sean fundadas o no esas sospechas, lo cierto
es que la bomba tuvo un gran impacto en los soviéticos. Todas las
señales de alarma que habían saltado hasta entonces encajaban de
repente con un modelo nuevo y peligroso. Estados Unidos seguía
siendo un país aliado, ¿pero podía convertirse de nuevo en
enemigo? El brusco amanecer de la era atómica en medio del
triunfalismo soviético vino a agudizar la incertidumbre que reinaba
en la Unión Soviética. Esa incertidumbre provocaría que las élites
del país se vieran obligadas a cooperar estrechamente con su líder.
El poder sin par de Stalin se basaba en la mitología y el miedo, pero
también en las élites, así como en el pueblo soviético, que miraba
hacia él en busca de una respuesta a las amenazas externas.
Después de lo de Hiroshima, las élites soviéticas se unieron para
intentar ocultar una vez más su sensación de debilidad tras una
fachada de bravuconería.[125]
Además, las élites esperaban que, bajo el liderazgo de Stalin, a
la URSS no le fueran negados los frutos de su gran victoria, incluido
el nuevo «imperio socialista». Y millones de soviéticos,
traumatizados todavía por el reciente baño de sangre que había
supuesto la Segunda Guerra Mundial, y desconcertados por las
penalidades de los tiempos de paz, esperaban fervientemente que
no estallara otra guerra, pero también confiaban en la sabiduría del
vozhd del Kremlin.
2

El camino de Stalin hacia la Guerra


Fría, 1945-1948

Es el colmo de la desfachatez de los


angloamericanos. No tienen ni el más mínimo
sentimiento de respeto hacia sus aliados.

STALIN A MOLOTOV,
septiembre de 1945

Creo que antes de diez años [las potencias


occidentales] nos zurrarán la badana. ¡Nuestro
prestigio ha ido decayendo de forma inexorable!
¡Nadie apoyará a la Unión Soviética!

Conversación entre unos generales


soviéticos,
diciembre de 1946

El 18 de junio de 1946 el corresponsal de la CBS Richard C. Hottelet


se hallaba en el piso del excomisario de asuntos exteriores de la
Unión Soviética, Maxim Litvinov, en Moscú. No podía dar crédito a lo
que oía. De nuevo en la seguridad de su despacho, el periodista
apuntó lo que había oído decir a aquel viejo bolchevique. El Kremlin,
había dicho Litvinov, había escogido para la Unión Soviética un
concepto de seguridad pasado de moda: «Cuanto más territorio
tengas, más seguro estarás». Semejante principio conducía
inexorablemente a una confrontación con las potencias
occidentales, y lo mejor que cabía esperar era «una tregua armada
prolongada».[1]
Las decisiones tomadas en Yalta y Potsdam legitimaban no sólo
la esfera de influencia de la Unión Soviética en Europa Central, sino
también la continuación de su presencia militar en Alemania y su
expansión territorial y política en el Extremo Oriente. En el otoño de
1945, el marco de las conversaciones entre las tres grandes
potencias, a pesar de la tensión creciente, ofrecía aún cierta
esperanza para los soviéticos, incluida la posibilidad de recibir
indemnizaciones de la parte occidental de Alemania. Tras los
primeros meses de paz, sin embargo, Stalin empezó a tomar una
serie de medidas que, una tras otra, ponían de manifiesto los límites
de la cooperación de los Aliados. Los temores y la desesperación de
Litvinov estaban justificados: el comportamiento del Kremlin fue uno
de los principales factores que provocaron la Guerra Fría. ¿Pero
cómo se llegó a la elección de ese «concepto de seguridad pasado
de moda» por parte de Stalin? ¿Qué cálculos, que motivaciones y
qué fuerzas internas impulsaron a la Unión Soviética hacia una
guerra fría con Estados Unidos?

CONTRA LA «DIPLOMACIA ATÓMICA»

El bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, seguido del inmediato e


inesperado hundimiento de Japón, hizo añicos los cálculos de Stalin,
que contaba con que la guerra en el Pacífico se prolongara aún
algunos meses.[2] El 19 de agosto de 1945, Stalin todavía planeaba
desembarcar tropas soviéticas en Hokkaido. Envió una carta a
Truman exigiendo la ocupación soviética de todo el archipiélago de
las Kuriles. Sostenía además que la opinión pública soviética «se
sentiría gravemente ofendida si las tropas rusas no disponían de
una región ocupada en algún sector del territorio japonés
propiamente dicho». Truman transigió con lo de las Kuriles, pero
rechazó de plano la exigencia de Stalin de participar en la ocupación
de Japón. El 22 de agosto, el señor de la guerra del Kremlin tuvo
que cancelar el desembarco en Hokkaido que tenía previsto.
Estados Unidos ocupó Japón y el general Douglas McArthur
empezó a gobernar el país de forma unilateral, sin ni siquiera
tomarse la molestia de pedir su parecer a los soviéticos.[3]
De repente salieron a la superficie todas las cuestiones
diplomáticas más o menos vagas y aún sin resolver que
permanecían ocultas en los planes que tenían norteamericanos y
soviéticos respecto al Extremo Oriente y a Europa Central. El 20-21
de agosto, los representantes de Estados Unidos y Gran Bretaña en
Rumanía y Bulgaria informaron al monarca rumano, al regente
búlgaro y a los comisarios soviéticos aliados en ambos países que
no estaban dispuestos a reconocer a los nuevos gobiernos de
Bucarest y Sofía mientras no incluyeran candidatos prooccidentales.
Los representantes estadounidenses en la zona fueron provistos de
instrucciones enviadas por el secretario de Estado norteamericano
James Byrnes en el sentido de que animaran a la oposición a
combatir las violaciones de la Declaración de la Europa Liberada,
«si fuera necesario, con la ayuda de los tres [gobiernos] aliados».
Este nuevo giro de los acontecimientos venía a demostrar que las
potencias occidentales no concedían a los soviéticos mano libre en
los Balcanes, y la noticia galvanizó las fuerzas anticomunistas de la
región y complicó seriamente los planes de los soviéticos en toda
Europa Central. Desde Letonia hasta Bulgaria, corrieron rumores de
que pronto iba a estallar una guerra entre Estados Unidos y la
URSS, y de que los norteamericanos iban a arrojar la bomba
atómica sobre Stalin e iban a obligarlo a retirarse. Poco después, el
ministro de Asuntos Exteriores búlgaro anunció, para desesperación
de los soviéticos, que las elecciones de su país iban a posponerse
hasta que pudieran ser verificadas por una Comisión de Control
Aliada, integrada por representantes de las tres grandes potencias.
«Una capitulación vergonzosa», escribía Georgi Dimitrov en su
diario. Fuentes soviéticas de Sofía informaban a Moscú de la «brutal
presión de los angloamericanos».[4]
Para intensificar la preocupación de los soviéticos, Byrnes y el
secretario de Estado de asuntos exteriores británico Ernest Bevin
actuaban ahora de manera conjunta, como habían hecho
anteriormente Truman y Churchill durante la crisis de Polonia. Stalin
envió instrucciones inmediatamente al general Sergei Biryuzov,
comandante en jefe de las fuerzas soviéticas en Bulgaria: «No
deben hacerse concesiones de ningún tipo. Ningún cambio en la
composición del gobierno».[5] A juicio de Stalin, los acontecimientos
de los Balcanes, lo mismo que los de Japón, formaban parte de una
ofensiva política occidental, constituían una consecuencia directa
del cambio del equilibrio de poderes que había acarreado el
bombardeo de Hiroshima. Muchos miembros del entorno de Stalin,
del ejército y de la comunidad científica eran más o menos de la
misma opinión. Esta idea era curiosamente similar a las
conclusiones a las que llegarían varias décadas más tarde Gar
Alperovitz y otros historiadores norteamericanos, quienes sostenían
que la diplomacia estadounidense después del bombardeo de
Hiroshima se convirtió en una «diplomacia atómica».[6]
El 11 de septiembre, Byrnes, Bevin y Molotov se reunieron en la
Conferencia de Ministros de Asuntos Exteriores de Londres. La
reunión se convirtió, como concluye el historiador Vladimir
Pechatnov, en «una demostración recíproca de dureza» entre
Estados Unidos y la Unión Soviética. Stalin ordenó a Molotov que
insistiera en la lógica de Yalta, que, en su opinión, confirmaba el
principio de no interferencia por parte de las grandes potencias en
sus respectivas esferas de influencia. El 12 de septiembre le
telegrafió diciendo: «Podría suceder que los Aliados firmaran un
tratado de paz con Italia sin nosotros. ¿Y qué? Ya tenemos un
precedente. Tendríamos a nuestra vez la posibilidad de alcanzar un
tratado de paz con [los países de Europa Central] sin los aliados».
Continuaba diciendo que si bien semejante conducta podía llevar la
conferencia a un callejón sin salida, «tampoco debe asustarnos que
eso suceda».[7]
Durante los primeros días de la reunión, Byrnes sugirió que
deberían invitar a Francia y a China a discutir los tratados de paz
con los países satélites de Alemania. Molotov se mostró de acuerdo
sin sondear primero a Stalin; en su opinión, los norteamericanos
sólo querían dar mayor importancia al papel de las Naciones
Unidas, el resto de cuyos miembros, insistía, asistirían a las
conferencias de paz sobre Finlandia, Hungría, y Rumanía. Pero
Stalin veía en todas las iniciativas de los políticos occidentales un
elemento de un proyecto más amplio destinado a minar el concepto
de exclusividad de las esferas de influencia acordado en Yalta y
Potsdam. Estaba furioso con Molotov y ordenó a su infortunado
lugarteniente que se retractara del acuerdo expresado en torno a la
participación de China y de Francia, jugada que hizo que la
conferencia quedara en punto muerto. Stalin escribía: «Los Aliados
te están presionando para que cedas. Pero debes aguantar hasta el
final». Molotov reconocía que había «tenido un grave despiste». A
partir de ese momento, a juicio de Stalin, Molotov se hizo
sospechoso de ser el «pacificador» de Occidente.[8]
Al margen de las intenciones que pudiera tener Byrnes de
desarrollar una «diplomacia atómica», el secretario de Estado no
quería ser visto como el causante de la ruina de las esperanzas
populares de cooperación durante la posguerra. El 20 de
septiembre, Byrnes intentó salvar la conferencia proponiendo a
Molotov un tratado de desmilitarización de Alemania de veinte o
veinticinco años de duración. En su comunicado a Stalin, Molotov
recomendaba aceptar la propuesta de Byrnes, «si los
norteamericanos se mueven más o menos en nuestra dirección en
lo tocante a los países de los Balcanes». Pero Stalin no estaba
dispuesto a sacar de Alemania a las tropas soviéticas a cambio de
un pedazo de papel que garantizaba la desmilitarización del país.[9]
El líder supremo del Kremlin ordenó a Molotov rechazar la idea de
Byrnes. Explicó a su ministro que la propuesta de Byrnes perseguía
cuatro objetivos distintos: «En primer lugar, distraer nuestra atención
del Extremo Oriente, donde los norteamericanos asumen el papel de
amigo de Japón para el día de mañana, y dar así la sensación de
que todo está bien por ahí; en segundo lugar, recibir de la URSS
una ratificación formal de que Estados Unidos desempeñe en los
asuntos europeos el mismo papel que la URSS, de modo que a
continuación puedan tomar en sus manos el futuro de Europa, en
alianza con Inglaterra; en tercer lugar, devaluar los tratados de
alianza que la URSS ha alcanzado ya con los estados europeos; y
en cuarto lugar, retirar el apoyo a cualquier otro tratado de alianza
que pudieran firmar en el futuro la URSS y Rumanía, Finlandia,
etc.».[10]
Estas palabras revelan que las ideas de Stalin eran una
combinación de inseguridad y de aspiraciones de largo alcance. En
respuesta a la nueva propuesta de Byrnes, el mandatario soviético
ordenó a Molotov proponer la creación de una Comisión de Control
Aliada sobre Japón, semejante a la establecida para Alemania. El
control exclusivo de Japón por los norteamericanos suponía una
amenaza para la visión del mundo de posguerra que tenía Stalin, lo
mismo que el monopolio norteamericano de la bomba atómica.
Byrnes, apoyado por los británicos, se negó a discutir la
contrapropuesta soviética. Stalin estaba furioso: «Es el colmo de la
desfachatez angloamericana», decía en un telegrama enviado a
Molotov. «No tienen el más mínimo sentimiento de respeto hacia sus
aliados».[11]
No obstante, Stalin seguía deseoso de hacer negocios con los
norteamericanos e intentó por todos los medios no dar muestras de
falta de respeto hacia Truman.[12] Al mismo tiempo, decidió mostrar
su repulsa hacia Byrnes, el supuesto arquitecto de la «diplomacia
atómica». El 27 de septiembre, Stalin ordenó a Molotov hacer
ostentación de «una inflexibilidad absoluta» y olvidar cualquier tipo
de componenda con Estados Unidos. «El fracaso de la conferencia
significaría el fracaso de Byrnes, y eso no debe preocuparnos».[13]
Molotov seguía abrigando esperanzas de que tras varios días de
duras negociaciones, los Aliados ofrecieran una solución de
compromiso aceptable.[14] Stalin, sin embargo, se mostró inflexible,
y la Conferencia de Londres concluyó el 2 de octubre sin llegar a
ningún resultado.
A corto plazo, la táctica de Stalin de oponerse a la Conferencia
de Londres produjo el efecto deseado. Byrnes se enfadó muchísimo
por no haber podido alcanzar ningún acuerdo con los soviéticos y
decidió abandonar su anterior política de intransigencia. La
determinación estadounidense de oponerse a la conducta seguida
por los soviéticos en Europa Central flaqueó notablemente. Byrnes
ordenó a Averell Harriman salir de aquel punto muerto celebrando
una entrevista personal con Stalin. El 24-25 de octubre, Stalin
representó el papel de encantador anfitrión de Harriman en la dacha
secreta que poseía en Gagri, a orillas del mar Negro. Durante la
reunión, Harriman se dio cuenta de que Stalin seguía «muy irritado
por nuestra negativa a permitir el desembarco de tropas soviéticas
en Hokkaido». El mandatario soviético se quejaba de que Douglas
McArthur tomaba decisiones sin molestarse ni siquiera en
comunicárselas a los rusos. Afirmaba que la Unión Soviética no iba
a aceptar el papel de «satélite de los americanos en el Pacífico».
Quizá, dijo Stalin, a la Unión Soviética le conviniera ceder en Japón
y dejar que los norteamericanos actuaran como les pareciera en ese
país. Él no había sido nunca partidario del aislacionismo, pero
«ahora la Unión Soviética tal vez deba adoptar esa actitud».[15]
Harriman encontró a Stalin «extraordinariamente suspicaz ante
cualquier movimiento nuestro», pero abandonó la reunión
convencido de que los intereses de seguridad de los soviéticos en
Europa Central podrían verse satisfechos sin cerrar la región al
comercio norteamericano ni a la influencia económica y cultural de
Estados Unidos.[16] No supo darse cuenta de que para el dictador
soviético los anglosajones no tenían cabida ni en Europa Central ni
en los Balcanes. El 14 de noviembre, en la misma dacha de Gagri,
Stalin dijo simple y llanamente a Ladislaw Gomulka y a otros
comunistas polacos que «rechazaran la política de puertas abiertas»
de los norteamericanos. Advirtió a sus huéspedes que los
angloamericanos pretendían «arrebatarnos a nuestros aliados:
Polonia, Rumanía, Yugoslavia y Bulgaria».[17]
La decisión de Stalin de cerrar la Europa Central a la influencia
de Occidente no significaba que abandonara los juegos
diplomáticos. De repente, Byrnes se convirtió en su socio preferido.
El factor decisivo fue la aceptación por parte de este último de la
exigencia soviética de excluir a Francia y a China del programa de
negociación de los tratados de paz. El 9 de diciembre, en el
telegrama que envió desde el mar Negro al «cuarteto» de política
exterior del Politburó en el Kremlin (Molotov, Lavrenti Beria, Georgi
Malenkov y Mikoyan), Stalin decía que «hemos ganado la pelea», y
que habían obligado a Estados Unidos y a Gran Bretaña a retirarse
de los Balcanes. Reprochaba de nuevo a Molotov haber cedido a las
presiones y la intimidación de Estados Unidos. «Es evidente»,
concluía, «que en nuestros tratos con socios como Estados Unidos
y Gran Bretaña no podemos conseguir nada serio si empezamos
cediendo a la intimidación y damos muestras de incertidumbre. Para
conseguir algo de este tipo de interlocutores, debemos armarnos
con la política de la tenacidad y la firmeza».[18] El máximo
mandatario demostraba a sus subordinados que necesitaban su
guía en los asuntos de posguerra tanto como la habían necesitado
durante la contienda.
Cuando en el mes de diciembre se reunió con Byrnes en Moscú,
Stalin lo trató como a un huésped de honor. Pero las concesiones
norteamericanas (la creación de la Comisión de Control Aliada en
Japón) no satisficieron sus demandas. No obstante, seguía
necesitando la cooperación de Byrnes para obtener resultados
favorables en lo tocante a las indemnizaciones de Alemania, así
como en lo relativo a la firma de tratados de paz con Alemania y sus
antiguos países satélites. Byrnes no intentó jugar la baza del
poderío atómico, no actuó en tándem con los británicos, y no
presionó a los soviéticos en lo tocante a sus aventuras separatistas
en el norte de Irán. En general, ambas partes negociaron con el
estilo de toma y daca que Stalin consideraba que era su fuerte,
empezando por la consolidación de sus respectivas áreas de
influencia y las concesiones mutuas.[19]
Byrnes dio además validez a las elecciones amañadas en
Bulgaria y Rumanía, a cambio de pequeñas modificaciones en sus
gobiernos y garantías públicas de que el Kremlin iba a respetar las
«libertades» políticas y los derechos de la oposición. Stalin llamó
inmediatamente a Sofía al líder comunista búlgaro, Georgi Dimitrov,
y le dijo que cogiera a «unos cuantos representantes de la
oposición» y les diera algunos «ministerios insignificantes».
Después de aquello, según Harriman, «la actitud de los rusos
cambió por completo y en adelante, la colaboración en muchos otros
problemas mundiales se consiguió con facilidad».[20]
La diplomacia de concatenación favorecida por Stalin triunfó en
los Balcanes. El 7 de enero de 1946, el dictador soviético hizo gala
de su euforia victoriosa ante los líderes comunistas búlgaros.
Exclamó alegremente: «¡Podéis mandar al diablo a vuestra
oposición! Aunque boicoteó las elecciones, éstas han sido
ratificadas ahora por tres grandes potencias». Por mucho que se
irritaran las potencias occidentales con el gobierno comunista
búlgaro por detener a los líderes de la oposición, concluía, «no se
atreverán» a echar la culpa a la Unión Soviética.[21] La táctica de
Stalin en los Balcanes no cambió después de que Churchill
pronunciara su famoso discurso en Fulton, Missouri, el 5 de marzo
de 1946, advirtiendo a Estados Unidos que toda Europa Oriental se
hallaba en esos momentos detrás de un «telón de acero» y bajo el
control cada vez más férreo de Moscú. El llamamiento de Churchill
en pro de la alianza angloamericana para equilibrar el poderío
soviético dio qué pensar a algunos líderes comunistas de la Europa
del Este, pero Stalin, consciente de sus vacilaciones, siguió
presionándolos. Criticó a Dimitrov por su cautela y le ordenó acabar
con la oposición inmediatamente.[22]
Stalin se mostró más prudente con otros países europeos
próximos a la Unión Soviética. Pese a su cercanía a la frontera rusa,
Finlandia logró salvarse de la sovietización por los pelos. En una
reunión con una delegación finlandesa en octubre de 1945, Stalin
calificó la política soviética hacia Finlandia de «generosidad
calculada». Dijo: «Cuando tratamos bien a los países vecinos, éstos
responden en consonancia». Esa «generosidad» tenía unos límites
estrictos: el lugarteniente de Stalin, Andrei Zhdanov, trabajó
denodadamente para arrancar a Finlandia hasta el último céntimo
en concepto de indemnizaciones de guerra (en materias primas).[23]
Con la misma actitud calculadora, Stalin prefirió fingir que la Unión
Soviética seguía teniendo en cuenta las sensibilidades
angloamericanas respecto a Polonia. Aconsejó repetidamente a sus
clientes comunistas polacos que «no rompieran» los acuerdos de
Yalta y Potsdam. Les dijo que toleraran a Stanislaw Mikolajczyk,
aunque no dudara en calificarlo de simple «títere de los británicos».
No obstante, cuando los polacos comentaron que el discurso de
Churchill en Fulton daba alas a la oposición y la incitaba a esperar la
«liberación» a manos de las potencias occidentales, Stalin replicó
con absoluto aplomo que ni Estados Unidos ni Gran Bretaña
estaban dispuestos a romper con la URSS. «Intentarán intimidarnos,
pero si no nos damos por aludidos, dejarán poco a poco de hacer
ruido».[24]
La lucha de Stalin contra la «diplomacia atómica»
norteamericana no se limitó a Europa Central, sino que se extendió
también al Extremo Oriente. En octubre, el Kremlin adoptó una línea
de inflexibilidad hacia el Guomindang y empezó a dar alas a las
fuerzas del PCCh en Manchuria. Los historiadores chinos relacionan
este cambio de actitud con la negativa manifestada por los
norteamericanos en la Conferencia de Londres a reconocer a los
soviéticos cualquier tipo de papel en los asuntos de Japón.[25] Pero
semejante actitud era sólo un elemento más de la reacción de Stalin
ante la «diplomacia atómica» practicada por Byrnes. Cuando Stalin
recibió a finales de septiembre los informes en los que se
comunicaba que los marines norteamericanos estaban
desembarcando en Manchuria para ayudar al Guomindang, montó
en cólera.[26] En su opinión, aquello suponía un cambio en el
equilibrio de fuerzas y una amenaza para la influencia a largo plazo
de la URSS en el nordeste de Asia. El Kremlin intentó una vez más
aprovechar la presencia de comunistas chinos en Manchuria para
contrarrestar el peso del gobierno nacionalista.
A finales de noviembre, Truman envió a un famoso líder militar,
George Marshall, en misión diplomática a China, con el fin de
reforzar a los nacionalistas contra los soviéticos y el PCCh. Cuando
Marshall llegó a China, sin embargo, Stalin ya había cambiado la
«política de firmeza» por la táctica de las componendas. Los
representantes soviéticos en Manchuria empezaron a cooperar con
los funcionarios del Guomindang. Lo mismo que en Europa, también
en el Extremo Oriente Stalin quería dejar claro a los
norteamericanos que estaba dispuesto a volver al marco de Yalta. El
dictador soviético sabía que sus tropas iban a tener que salir pronto
de Manchuria. Pero mientras tanto, continuó luchando por aquella
zona de vital importancia. Desde diciembre de 1945 hasta enero de
1946, Jiang Jieshi, líder de la República de China, intentó revisar el
acuerdo sobre Manchuria. En esta ocasión, en vez de recurrir a un
proamericano como el Dr. Soong, envió a Moscú a su propio hijo,
Jian Jingguo. Jian se había criado en la Unión Soviética y había
pertenecido al Partido Comunista soviético.[27]
Moscú recibió al enviado chino con escepticismo. Solomon
Lozovski, vicecomisario de Asuntos Exteriores, decía en su
memorándum a la presidencia que Jiang Jieshi intentaba «mantener
el equilibrio entre Estados Unidos y la URSS». Aquello iba en contra
del objetivo soviético de mantener a los norteamericanos fuera de
Manchuria. «Nos hemos quitado de encima a los japoneses como
vecinos en nuestras fronteras y no vamos a permitir que Manchuria
se convierta en un campo de influencia política y económica de otra
gran potencia». Lozovski sugería que debían tomarse fuertes
medidas para impedir la penetración económica de los
norteamericanos en el norte de China.[28] El propio Stalin no habría
podido expresarlo mejor.
Truman vino en ayuda de los soviéticos el 15 de diciembre
cuando anunció que Estados Unidos no pensaba intervenir
militarmente en la guerra civil china poniéndose del lado del
Guomindang. Esta noticia debilitó la posición de Jiang Jieshi poco
antes de que dieran comienzo las conversaciones de Moscú. Su hijo
informó confidencialmente a Stalin de que, a cambio de su ayuda en
la restauración del control de Manchuria y Xinjiang, el gobierno
nacionalista del Guomindang estaba dispuesto a desarrollar una
alianza «muy estrecha» con la URSS. Jiang prometió asimismo
desmilitarizar la frontera chino-soviética y conceder a la URSS «un
papel hegemónico en la economía manchú». Sin embargo, Jiang
Jieshi insistió en mantener la política de puertas abiertas en el norte
de China e hizo saber a Stalin que no estaba dispuesto a ponerse
exclusivamente del lado de la URSS.[29]
Stalin propuso un acuerdo sobre cooperación económica en el
nordeste de China que excluyera a los americanos. Su objetivo era
conseguir un control completo de Manchuria, y la forma más
cómoda de lograrlo era mediante una ocupación militar soviética y,
tras la retirada de las tropas, utilizando las fuerzas del PCCh como
contrapeso frente al gobierno nacionalista del Guomindang y los
norteamericanos. Por consiguiente, Stalin rechazó rotundamente la
pretensión de Jiang Jieshi de presionar a Mao Zedong; se limitó a
recomendar a los comunistas chinos que mantuvieran un perfil bajo
y se concentraran en ocupar ciudades pequeñas y las zonas rurales.
[30]

Estados Unidos respondió enérgicamente ante aquel aparente


acercamiento chino-soviético. En febrero de 1946, los
norteamericanos indujeron a Jiang Jieshi a poner fin a las
conversaciones económicas bilaterales con Moscú. Intentaron
asimismo complicar la firma del Tratado Chino-Soviético publicando
los acuerdos secretos sobre China alcanzados por Roosevelt y
Stalin. Como reacción, los representantes soviéticos rechazaron
rotundamente la política de puertas abiertas en el nordeste de
China. Aunque Moscú anunció la retirada de sus tropas de
Manchuria, el Kremlin permitió finalmente a las fuerzas del PCCh
ocupar las grandes ciudades del nordeste de China.[31]
Sin embargo, lo que empezó de forma tan halagüeña para
Moscú, dio lugar a grandes desajustes en el delicado equilibrio del
sistema de Yalta-Potsdam. Aunque Stalin intentó manipular el
calendario de la retirada militar de Manchuria para presionar al
Guomindang, obligándolo a hacer concesiones económicas a la
Unión Soviética y a no imponer la política de puertas abiertas en la
zona, no logró su propósito.[32] Y, pese a todas sus maquinaciones,
tampoco consiguió convertir Manchuria en un área de influencia
exclusiva de la Unión Soviética. Al final, tuvo que ceder la zona a los
flamantes comunistas chinos, a cambio de la promesa de Mao
Zedong de establecer una alianza estratégica con la URSS.

TANTEOS EN LA PERIFERIA

Durante varios meses, hasta agosto de 1945, el Kremlin respiró los


aires embriagadores de unos horizontes y unas aspiraciones sin
límites, y ni siquiera el bombardeo de Hiroshima consiguió disiparlos
de inmediato. Stalin estaba construyéndose un colchón de
seguridad en Europa Central y en el Extremo Oriente, y empezó
también a prestar especial atención a Turquía y a Irán.
Durante siglos, los gobernantes de Rusia habían ambicionado
los estrechos turcos del Bósforo y los Dardanelos, que unen el mar
Negro con el Mediterráneo. En 1915, en el momento culminante de
la Gran Guerra, durante la cual Turquía se puso del lado de
Alemania y el Imperio austrohúngaro, Gran Bretaña prometió incluso
apoyar las aspiraciones de Rusia a reclamar los estrechos y el litoral
de Turquía como su esfera de influencia particular. La victoria de los
bolcheviques, sin embargo, anuló y vació de contenido este acuerdo
secreto. Durante las conversaciones germano-soviéticas de Berlín
de noviembre de 1940, Molotov, siguiendo instrucciones de Stalin,
insistió en que Bulgaria, los estrechos de Turquía y la zona del mar
Negro debían convertirse en área de influencia soviética. Stalin
volvió a insistir con vehemencia sobre esta cuestión en las
conversaciones con sus socios occidentales de la Gran Alianza.
Pretendía «revisar» la Convención de Montreux de 1936, que
permitía a Turquía construir defensas militares en los estrechos y
cortar el paso a los buques de guerra de otros países que cruzaran
por ellos en tiempos de guerra.[33] Stalin quería que la marina
soviética tuviera acceso al Mediterráneo en cualquier momento. En
la Conferencia de Teherán de 1943, Churchill y Roosevelt acordaron
realizar algunas revisiones, y durante las conversaciones secretas
con Stalin en Moscú de octubre de 1944, dio la impresión de que
Churchill accedía a las demandas soviéticas.[34]
En 1944-1945, los diplomáticos, historiadores y expertos en
derecho internacional de la URSS afirmaron unánimemente que
aquella era una ocasión única para zanjar de una vez por todas «la
cuestión de los estrechos». Litvinov escribió a Stalin y a Molotov en
noviembre de 1944 diciendo que había que convencer a los
británicos de que cedieran a la Unión Soviética «la responsabilidad»
de la zona de los estrechos. Otro experto de la Comisaría de
Asuntos Exteriores indicaba que la mejor forma de garantizar los
intereses de seguridad soviéticos habría sido «un acuerdo bilateral
turco-soviético sobre la defensa conjunta de los estrechos».[35]
Todas estas propuestas, reflejo de las grandes expectativas del
Kremlin después de apoderarse de media Europa, se basaban en el
supuesto de que Gran Bretaña y Estados Unidos iban a reconocer el
predominio geopolítico («proximidad geográfica») de la Unión
Soviética sobre Turquía.[36]
La entrada del ejército soviético en Bulgaria fue un paseo militar
y algunos oficiales, animados por las victorias obtenidas, exhortaron
a Stalin a invadir Turquía.[37] El problema fundamental para los
soviéticos, sin embargo, seguía siendo el hecho de que Turquía, a
diferencia de lo que había hecho durante la Primera Guerra Mundial,
había mantenido una postura de estricta neutralidad. Por
consiguiente, el ejército soviético no podía respaldar con su fuerza a
la diplomacia de Moscú. No obstante, el gobierno del Kremlin
decidió actuar con energía y de forma unilateral, sin pactos
preliminares con sus aliados occidentales. El 7 de junio de 1945,
siguiendo instrucciones de Stalin, Molotov se reunió con el
embajador turco en Moscú, Selim Sarper, y rechazó la propuesta de
Turquía de firmar un nuevo tratado de alianza con la Unión
Soviética. Por el contrario, Moscú exigió a Turquía la derogación de
la Convención de Montreux y el establecimiento de una protección
conjunta de los estrechos en tiempos de paz. Los soviéticos
exigieron además el derecho a construir bases militares conjuntas
en los estrechos turcos. Molotov intentó asimismo amedrentar a los
turcos insistiendo en la devolución de todos los territorios del sur del
Cáucaso «en disputa», que la Rusia soviética había cedido a
Turquía en virtud del tratado de 1921.[38]
Los nuevos testimonios disponibles demuestran que, en su
locura, Stalin pretendía acabar con la capacidad de Turquía de
actuar como un interlocutor independiente entre el Imperio británico
y la Unión Soviética. El control de los estrechos constituía una
prioridad geopolítica, pues habría supuesto la conversión de la
Unión Soviética en una potencia mediterránea. Las exigencias
territoriales se convirtieron en un segundo objetivo sumamente
importante que, en opinión de Stalin, habría contribuido a conseguir
el primero.
Stalin planeaba utilizar la «carta armenia» para anexionarse las
provincias orientales de Turquía, Ardvin y Kars, próximas al lago
Van. En 1915, más de un millón de armenios que por aquel
entonces habitaban en aquellas provincias, a la sazón integradas en
el Imperio otomano, fueron víctimas de brutales matanzas y
deportaciones forzosas. En agosto de 1920, según el Tratado de
Sévres, por el que quedó dividido el Imperio otomano, estas
provincias fueron asignadas a un «estado armenio». Sin embargo,
los armenios perdieron la guerra contra el ejército turco, acaudillado
por Mustafá Kemal (Ataturk). Lenin y el gobierno bolchevique, del
que formaba parte Stalin, se aliaron con la Turquía kemalista, y en el
Tratado Turco-Soviético de 1921 le cedieron las provincias
«armenias». En la primavera de 1945, los armenios de la diáspora
cifraron todas sus esperanzas en la política preconizada por el
Kremlin. Las organizaciones armenias, entre ellas las ricas
asociaciones de Estados Unidos, apelaron a Stalin para llevar a
cabo repatriaciones masivas de armenios de nacimiento a la
Armenia soviética, con la esperanza de que la URSS les entregara
las tierras reclamadas a Turquía. En el mes de mayo, Stalin autorizó
a las autoridades de la Armenia soviética a explorar la posibilidad de
realizar repatriaciones masivas de los armenios de la diáspora.
Según sus cálculos, aquella medida habría contribuido a socavar el
posible apoyo de Occidente a Turquía y habría supuesto una
tapadera «humanitaria» a las exigencias planteadas por la URSS.
[39]

El gobierno turco respondió diciendo que estaba dispuesto a


llegar a un acuerdo bilateral, pero rechazó las reclamaciones
territoriales de la Unión Soviética y su exigencia de una defensa
«conjunta» de los estrechos. Sin embargo, como recordaría más
tarde Molotov, Stalin le ordenó que siguiera insistiendo en ellas.[40]
Poco antes de la Conferencia de Yalta, Stalin comentó al líder
comunista búlgaro Vasil Kolarov que «Turquía no tiene cabida en los
Balcanes».[41] Al mismo tiempo, el líder del Kremlin probablemente
esperara que los norteamericanos, interesados aún en que la URSS
se uniera a ellos en la guerra del Pacífico, permanecieran neutrales
ante la cuestión turca. En Potsdam, los británicos y los
estadounidenses confirmaron su predisposición general a introducir
modificaciones en el control de los estrechos. Sin embargo, Truman
presentó una propuesta que defendía la navegación libre y sin
restricciones de las vías marítimas internacionales y se oponía al
establecimiento de fortificaciones en los estrechos turcos. A pesar
de semejante propuesta, las evaluaciones internas de la
Conferencia de Potsdam llevadas a cabo por los soviéticos eran
optimistas. El 30 de agosto, poco antes de la reunión de ministros
de Asuntos Exteriores de Londres, Stalin dijo a los comunistas
búlgaros que el problema de las bases turcas en los Dardanelos
«quedaría resuelto en la conferencia». De lo contrario, añadió, la
Unión Soviética suscitaría la cuestión de una salida al Mediterráneo.
[42]

En Londres, Molotov presentó a los Aliados una propuesta para


conceder a la Unión Soviética un mandato sobre Tripolitania (Libia),
antigua colonia italiana. Aquel planteamiento era no sólo un recurso
táctico, sino también una expresión de los afanes expansionistas de
posguerra de la URSS. La correspondencia secreta Stalin-Molotov
revela que los mandatarios soviéticos confiaban en una vaga
promesa que les había hecho el secretario de Estado de Roosevelt,
Edward Stettinius, durante la Conferencia de San Francisco de abril
de 1945. Cuando Stalin se enteró de que los norteamericanos se
habían puesto del lado de los británicos para oponerse al
establecimiento de una base naval en aquel lugar, ordenó a Molotov
que exigiera por lo menos bases para la flota mercante. Al final, la
resistencia angloamericana impidió la ansiada presencia de los
soviéticos en el Mediterráneo.[43]
Turquía opuso también una feroz resistencia a las exigencias
soviéticas. Si en junio de 1945 Stalin hubiera propuesto al gobierno
turco una alianza de seguridad bilateral y derechos especiales sobre
los estrechos sin el establecimiento de bases, Turquía
probablemente habría accedido.[44] Sin embargo, el ultimátum de los
rusos dio lugar a una reacción nacionalista, y las autoridades turcas
se negaron a mantener cerrados los estrechos a todas las potencias
navales menos a la URSS. A la muerte de Stalin, Jrushchov hizo
públicas estas opiniones en un pleno del Comité Central: «Los
turcos no son tontos. Los Dardanelos no son sólo asunto de los
turcos. Son el punto en el que confluyen los intereses de muchos
estados».[45] El ultimátum presentado a Turquía ponía de manifiesto
los límites del poder de Stalin: su soberbia napoleónica prevaleció
sobre la cautela. Stalin, sin embargo, no estaba dispuesto a darse
por vencido. Fiel a su estilo de hacer política, continuó la «guerra de
nervios» contra Turquía, intensificando las presiones y luego
fingiendo dar marcha atrás.
A finales de 1945 y comienzos de 1946, el Kremlin prefirió, como
concluye el historiador Jamil Hasanli, hacer realidad los objetivos
soviéticos en Turquía a través de las autoridades de Georgia y
Armenia.[46] Stalin recurrió a las aspiraciones nacionalistas de estas
dos repúblicas soviéticas. A decir verdad, dichas aspiraciones
desencadenaron inesperadamente una considerable tensión entre
los comunistas armenios y georgianos. La repentina preeminencia
de Armenia en los planes de Stalin ofendió a las autoridades de
Georgia. Estas acariciaban su propio «proyecto nacional», según el
cual las provincias turcas en disputa formaban supuestamente parte
del territorio ancestral de Georgia. Jrushchov afirmó en 1955 que
Lavrenti Beria, jefe de la policía secreta soviética de Stalin y líder del
proyecto atómico de la URSS, junto con las autoridades georgianas,
persuadió a Stalin de que intentara anexionarse la zona sudoriental
de la costa del mar Negro, arrebatándosela a Turquía. En las
memorias que escribió acerca de su padre, el hijo de Beria confirma
este dato.[47] En mayo o junio de 1945, varios diplomáticos y
eruditos georgianos recibieron autorización de Moscú para llevar a
cabo una serie de investigaciones acerca de los «derechos» de
Georgia a reclamar los territorios turcos de la zona de Trebisonda,
poblados por los lazes, grupo étnico que supuestamente formaba
parte del antiguo pueblo georgiano. Davy Sturua, cuyo padre era el
presidente del Soviet Supremo de Georgia, recordaba que muchos
georgianos ansiaban la «liberación» de este territorio. Si Stalin se
hubiera apoderado de aquellas tierras, concluye Sturua, «se habría
convertido en Dios para Georgia». En septiembre de 1945, las
autoridades de Georgia y Armenia sometieron al arbitraje del
Kremlin sus contradictorias pretensiones sobre aquellas provincias
turcas: su lenguaje y sus argumentos no tenían nada que ver con el
«internacionalismo» comunista, sino con el nacionalismo más puro.
[48]

El 2 de diciembre de 1945, la prensa soviética publicó un decreto


del gobierno por el que se autorizaba la repatriación a la Armenia
soviética de numerosos armenios residentes en el extranjero. El 20
de ese mismo mes, los periódicos soviéticos publicaron un artículo
de dos autoridades académicas georgianas, «Sobre nuestras
legítimas reclamaciones a Turquía». Este artículo (basado en los
memorándums escritos previamente por ellos mismos y enviados a
Molotov y Beria) apelaba a la «opinión pública mundial» para que
ayudara a Georgia a recuperar las «tierras de sus antepasados»
que los turcos habían conquistado hacía varios siglos. Por aquel
entonces, corrían rumores por el sur del Cáucaso en torno a los
preparativos que estaba haciendo la Unión Soviética para
emprender una guerra contra Turquía. Había indicios de que los
rusos estaban tomando posiciones militares en Bulgaria y Georgia.
[49]

A comienzos de diciembre de 1945, los rumores de guerra con la


Unión Soviética dieron lugar a grandes manifestaciones
nacionalistas antisoviéticas en Estambul. En sus informes a Moscú
acerca de estos sucesos, el embajador ruso, S. A. Vinogradov,
proponía presentarlos ante Londres y Washington como prueba de
una «amenaza fascista». Sugería también que podía ser un buen
pretexto para cortar las relaciones diplomáticas con Turquía y para
«tomar medidas que garanticen nuestra seguridad», eufemismo
mediante el cual aludía a los preparativos militares. Para sorpresa
del embajador, el 7 de diciembre Stalin rechazó sus propuestas. «El
tableteo de las armas puede tener carácter de provocación», decía
en un telegrama, aludiendo a la idea planteada por Vinogradov de
utilizar la realización de maniobras militares para chantajear a
Turquía. Stalin instaba luego al embajador a «no perder la cabeza y
no hacer propuestas alocadas que pueden provocar un
agravamiento político perjudicial para nuestro estado».[50]
El vozhd del Kremlin esperaba aún poder neutralizar la
resistencia cada vez mayor de las potencias occidentales ante las
exigencias planteadas a Turquía por los soviéticos. La «carta
armenia» y la misiva de los académicos georgianos aparecieron
oportunamente con el fin de influir en las discusiones de la
conferencia de ministros de Asuntos Exteriores de las grandes
potencias celebrada en Moscú entre el 16 y el 26 de diciembre de
1945. En ella, el mandatario del Kremlin pretendía seducir a Byrnes,
no asustarlo. Por otra parte, el concepto de prioridad y de urgencia
que tenía Stalin lo llevó a retirar las energías que había dedicado a
Turquía para volcarlas sobre Irán, donde las posibilidades de éxito
de la expansión soviética parecían muy elevadas en aquellos
momentos.

La política de Stalin respecto a Irán fue otro intento de combinar


importantes objetivos estratégicos con la movilización del
nacionalismo regional e interno. Durante la Segunda Guerra
Mundial, Irán empezó a gravitar en la órbita de Alemania. En 1941,
tras el ataque de Hitler contra la Unión Soviética, las tropas rusas y
británicas ocuparon el país, dividiendo sus respectivas zonas de
ocupación más o menos a lo largo de la vieja línea de demarcación
que desde comienzos de siglo separaba los intereses imperiales
británicos y rusos. Según los acuerdos de Yalta y de Potsdam, esas
tropas debían retirarse de Irán a los seis meses del término de la
guerra. Sin embrago, el Politburó, mientras tanto, decidió acceder al
petróleo iraní y, cuando el gobierno de Teherán opuso resistencia,
no tuvo reparo en utilizar a la población del Azerbaiyán meridional
(región perteneciente a Irán) para presionar tanto a este país como
a Occidente. El presidente de la república soviética de Azerbaiyán,
Mir Jafar Bagirov, solicitó repetidamente a Stalin que aprovechara la
favorable ocasión que suponía la ocupación del norte de Irán por
parte de los soviéticos para lograr la «reunificación» del Azerbaiyán
soviético y el iraní. La historiadora Fernande Scheid llega a la
conclusión de que Stalin decidió utilizar el nacionalismo azerí, al
tiempo que intentaba jugar «un juego de política de poder bastante
anticuado, consistente en adueñarse de todos los territorios que
pudiera sin poner en peligro las relaciones con sus aliados».[51]
El petróleo era la consideración más importante para el Kremlin.
La precipitada marcha de los ejércitos mecanizados de Hitler hacia
las refinerías de petróleo de Grozny y Bakú en 1942 permitió a los
soviéticos concentrar su atención sobre la cuestión general de la
«lucha por el petróleo». El antiguo ministro soviético del petróleo
Nikolai Baibakov recordaba que en 1944 Stalin le preguntó de
repente si los aliados occidentales «nos aplastarían si tuvieran la
ocasión de hacerlo». Si las potencias occidentales hubieran sido
capaces de negar a la URSS el acceso a las reservas de petróleo,
comentó Stalin, todos los arsenales de guerra soviéticos habrían
resultado inútiles. Baibakov salió del despacho del dictador
pensando que la URSS necesitaba «mucho, muchísimo petróleo».
[52]

Durante toda la guerra y mientras se prolongó la ocupación de


Irán, los soviéticos intentaron legalizar su derecho a extraer petróleo
en el norte de este país. El gobierno anticomunista iraní y la mayoría
del Majüs (parlamento), que contaban con el respaldo de los
intereses británicos, lograron rechazar dichos intentos. El 16 de
agosto de 1944, Beria informó a Stalin y a Molotov de que «los
británicos y posiblemente los norteamericanos trabajan en secreto
contra el traslado de los campos de petróleo del norte de Irán a la
Unión Soviética». El informe subrayaba que «Estados Unidos han
empezado a buscar activamente contratos para las compañías
norteamericanas en el Beluchistán iraní», y concluía diciendo que
«los éxitos de la política petrolera estadounidense en Oriente Medio
han empezado a chocar con los intereses británicos y han
provocado el agravamiento de las contradicciones de los
angloamericanos». Beria recomendaba presionar para llegar a un
pacto soviético-iraní sobre las concesiones petrolíferas en el norte
de Irán y tomar «una decisión sobre la participación soviética en las
conversaciones angloamericanas sobre el petróleo». Esta última
sugerencia implicaba que la Unión Soviética debía unirse al club
petrolero de las tres grandes potencias en Irán.[53]
Stalin hizo caso omiso de este último punto, pero puso en
práctica el primero. El desarrollo de campos de petróleo en Irán se
convirtió en una prioridad para él, junto con el desarrollo de las
reservas de petróleo soviéticas más allá de los Urales, como parte
de los planes económicos de posguerra de la URSS. En septiembre
de 1944, el lugarteniente de Molotov y protegido de Stalin, Sergei
Kavtaradze, viajó a Teherán con la misión de solicitar concesiones
petrolíferas. A pesar de las enormes presiones recibidas, el primer
ministro Muhammad Sa’id se negó a negociar hasta que terminara
la guerra y se produjera la retirada completa de las tropas
extranjeras instaladas en territorio iraní. En junio de 1945, la política
soviética respecto a Irán inició una nueva fase más agresiva. Tras
consultar a la troika formada por Molotov, Kavtaradze y Bagirov,
Stalin ordenó la exploración de nuevos campos de petróleo en el
norte de Irán (en Bender-Shah y Shahi), con el fin de comenzar las
perforaciones a finales de septiembre.[54]
Al margen de la importancia del petróleo, los objetivos
estratégicos de Stalin en Irán eran mantener a las potencias
occidentales, y en particular a Estados Unidos, lejos de la frontera
soviética. George Kennan, el encargado de negocios de la
embajada norteamericana en Moscú, supo reconocer esta
motivación, lo mismo que el cónsul británico en Mashhad, quien
escribiría en sus memorias que fueron «sobre todo los esfuerzos de
la Standard y la Shell por asegurarse los derechos de prospección
de explotaciones petrolíferas los que hicieron que los rusos dejaran
de ser en Persia aliados en una guerra caliente para convertirse en
rivales en una guerra fría».[55] Los criterios de seguridad para el
norte de Irán que tenía Stalin eran los mismos que los que tenía
para Xinjiang y Manchuria: el control soviético de las
comunicaciones estratégicas y una prohibición total de cualquier
relación comercial con Occidente e incluso de la presencia de
extranjeros.
Podemos ver otros paralelismos entre la conducta de los
soviéticos en Manchuria y en Irán. El ejército soviético seguía siendo
el valor más importante con el que contaba Stalin mientras
continuara ocupando el norte de Irán. Tenía también aliados dentro
del país, a los que utilizó para manipular al gobierno iraní. El Partido
del Pueblo de Irán (Tudeh), organización marxista-leninista de los
tiempos de la Komintern, gozaba de cierto apoyo entre los
intelectuales iraníes de izquierdas y los nacionalistas. Sin embargo,
los acontecimientos de 1944-1945 demostraron que la utilidad del
Tudeh era muy limitada. Stalin decidió echar mano a la carta del
nacionalismo azerí para crear un movimiento separatista en el norte
de Irán. Entonces los soviéticos podrían chantajear al gobierno iraní,
lo mismo que habían hecho con el Guomindang utilizando a los
comunistas chinos.[56]
El 6 de julio de 1945, Stalin ratificó una serie de «medidas para
organizar un movimiento separatista en el Azerbaiyán meridional» y
otras provincias del norte de Irán. El objetivo de dicha decisión era
«crear dentro del estado iraní una región nacional azerbaiyana
autónoma con una amplia jurisdicción», instigar los movimientos
separatistas en Gilán, Mazenderán, Gorgán y Khorasán, y «animar»
a los kurdos iraníes a reafirmar su autonomía. La Unión Soviética
suministraría a los separatistas armamento, imprentas y dinero. El
ministro de Defensa, Nikolai Bulganin, y el líder azerbaiyano Bagirov
eran los encargados de llevar a cabo estas políticas. La ejecución
práctica del plan en el día a día era responsabilidad de Bagirov y del
grupo de consejeros soviéticos establecidos en Tabriz y Teherán, en
su mayoría de etnia azerí.[57] Stalin dijo a Bagirov que había llegado
la hora de reunificar Azerbaiyán y el norte de Irán. Durante los
meses sucesivos, Bagirov y toda la maquinaria del partido azerí
pusieron entusiásticamente en práctica las instrucciones de Stalin.
[58]

Incluso las autoridades británicas y estadounidenses se dieron


cuenta de que los ánimos estaban lo suficientemente caldeados
sobre el terreno como para que pudiera desencadenarse una
insurrección nacionalista en el norte de Irán: los soviéticos no
habrían tenido nada más que encender una cerilla para que
estallara el polvorín.[59] El único problema que tenía Stalin era la
falta de tiempo tras el repentino final de la guerra con Japón. Louise
L’Estrange Fawcett señalaba acertadamente: «No puede ser una
casualidad que la reacción del PDA [Partido Democrático de
Azerbaiyán] coincidiera casi exactamente con el fin de la guerra
contra Japón, momento que marcó el comienzo del período de seis
meses» tras el cual Moscú, Londres y Washington habían acordado
retirar sus tropas de Irán. En septiembre, el reloj empezó a correr a
toda velocidad y estaba a punto de avisar que había llegado la hora
de la retirada.[60]
Desde finales de septiembre hasta diciembre, el nuevo
movimiento autonomista, apoyado por Bagirov y el NKVD, creó
nuevas estructuras de poder en Azerbaiyán y desmanteló casi por
completo la administración de Teherán en la región. Las autoridades
de ocupación soviéticas proyectaron una fusión forzosa de las
ramas septentrionales del Tudeh con el nuevo PDA prosoviético.
Los líderes del Tudeh, en su mayoría revolucionarios veteranos de
los primeros años veinte, querían convertir Irán en el abanderado de
la lucha anticolonialista en Oriente Medio y en el sur de Asia. Pero
aquellos sueños fueron borrados de un plumazo por los soviéticos
porque no encajaban con los planes de Stalin. La embajada rusa en
Teherán ordenó al Tudeh que detuviera las actividades
revolucionarias en las principales ciudades del país. Mientras tanto,
la creación del movimiento autonomista azerí provocó una respuesta
entusiasta entre la población de esta etnia. Parecía que la carta
nacionalista había dado una victoria política inmediata a Moscú.[61]
En diciembre de 1945, poco antes de la reunión de Stalin con
Byrnes y Bevin en Moscú, los soviéticos sacaron a la palestra dos
regímenes secesionistas: uno en el Azerbaiyán iraní y otro en la
República del Kurdistán. Durante toda la crisis iraní, las
consideraciones primarias de todos los bandos, empezando por la
URSS, Gran Bretaña y Estados Unidos, fueron el petróleo y la
influencia que cada uno pudiera ejercer sobre Irán. De momento, sin
embargo, daba la impresión de que Stalin tenía todos los ases en la
mano, pero prefirió evitar poner las cartas boca arriba y no
mostrárselas directamente a Occidente. Quizá esperara que al final
los angloamericanos prefirieran resolver el futuro de Irán en una
conferencia trilateral (como habían hecho Rusia y Gran Bretaña en
1907).[62] De hecho, Byrnes se negó a sumarse a los británicos en
la protesta que éstos presentaron contra la instigación del
separatismo iraní por parte de los soviéticos. El secretario de Estado
estaba ansioso por alcanzar un acuerdo general con Stalin.[63]
Los métodos de Stalin revelan un modelo fácilmente reconocible.
En todo momento el líder soviético se puso de parte de aquellos de
sus subordinados que tenían una mentalidad expansionista y
movilizó eficazmente los sentimientos patrioteros en la burocracia
soviética. Los rusos actuaron de forma unilateral, bajo el disfraz del
secretismo y la negación de cualquier iniciativa. Explotaron la
presencia de los movimientos revolucionarios y nacionalistas
indígenas, pero prefirieron crear movimientos controlados por ellos
con el fin de alcanzar cuanto antes sus objetivos. Aunque Stalin
fingiera mantenerse dentro del marco de la diplomacia de una gran
potencia, intentaría constantemente tantear sus límites. Este
sistema le permitió obtener importantes victorias tácticas en Europa
Central y en el Extremo Oriente. El dictador del Kremlin, sin
embargo, no se daba cuenta de que cada victoria de ese tipo
suponía un despilfarro del capital político de posguerra del que
gozaba la URSS en Estados Unidos. En último término, semejante
actitud agotó el potencial diplomático de Stalin.

DE IRÁN A UNA GUERRA FRÍA

El gobierno iraní empezó a darse cuenta que iba a tener que


negociar un tratado directamente con Moscú. El 19 de febrero de
1946, el nuevo primer ministro iraní, Ahmad Qavam al-Saltana, llegó
a Moscú para entrevistarse con Stalin. Las conversaciones duraron
tres semanas. Durante la guerra, Qavam se había inclinado del lado
de los soviéticos y este factor probablemente influyera en la táctica
de los rusos. Stalin y Molotov jugaron la baza del «policía bueno-
policía malo»: por un lado, blandieron ante Qavam la promesa de
actuar como mediadores entre Teherán y los regímenes
separatistas; por otro, presionaron al primer ministro para que
hiciera concesiones petrolíferas a la Unión Soviética. Qavam aludió
a la prohibición explícita del Majlis de hacer concesiones petrolíferas
mientras siguiera habiendo tropas extranjeras en territorio iraní.
Stalin animó a Qavam a cambiar la constitución iraní y a gobernar
sin el Majlis. Las tropas soviéticas, le prometió, «garantizarían» su
gobierno. Para subrayar este último punto, varias formaciones de
tanques soviéticos iniciaron un movimiento hacia Teherán. El líder
iraní pasó por alto esta oferta, que era un verdadero regalo
envenenado; sin embargo, prometió a Stalin que conseguiría una
concesión petrolífera para la Unión Soviética después de las
elecciones del Majlis.[64]
Enseguida quedó patente que Qavam había sido más zorro que
Stalin. Jamil Hasanli llega a la conclusión de que el primer ministro
iraní «valoró correctamente el potencial de Estados Unidos en el
mundo de posguerra», y cambió su orientación, abandonando a la
Unión Soviética y poniéndose a favor de Estados Unidos. Mientras
las conversaciones se prolongaban en Moscú, el plazo internacional
de la retirada de las tropas extranjeras de Irán expiró el 2 de marzo
de 1946. La Unión Soviética se vio de pronto quebrantando a todas
luces el acuerdo. El gobierno iraní y el Majlis, respaldados por los
diplomáticos norteamericanos, decidieron llevar el caso a las
Naciones Unidas, jugada maestra que cambió por completo la
marcha del juego que estaba llevándose a cabo en Irán. De repente,
la opinión pública norteamericana se vio galvanizada por «la crisis
iraní»: lo que estaba en juego en aquellos momentos era no sólo el
futuro del petróleo de Irán, sino también la capacidad de las nuevas
Naciones Unidas de defender a sus miembros frente a los abusos
de las grandes potencias.[65]
El conflicto soviético-iraní se produjo en el momento del giro
antisoviético que dieron la política exterior y los círculos militares
estadounidenses: en el mes de marzo estos grupos empezaron a
ver cada movimiento que hacía el Kremlin como un elemento más
del sistema agresivo seguido por los comunistas. Truman decidió
enviar el buque de guerra Missouri a los estrechos de Turquía para
apoyar a este país frente al ultimátum de la URSS. El 28 de febrero,
Byrnes anunció públicamente una nueva política de «paciencia con
firmeza» frente a la Unión Soviética. George Kennan envió su
«telegrama largo» desde Moscú un día después de que se
produjera la primera entrevista de Stalin con Qavam. Explicaba en él
que Estados Unidos no podía convertir a la Unión Soviética en un
socio internacional fiable y aconsejaba poner freno al expansionismo
ruso. Al día siguiente del discurso de Churchill en Fulton, Missouri,
Estados Unidos hizo pública una nota de protesta, diciendo que no
podían «seguir indiferentes» ante el retraso de la retirada militar
soviética de Irán. El primer ministro iraní abandonó Moscú el día en
que Pravda publicó la airada respuesta de Stalin a Churchill. El
apoyo a Irán en la primavera de 1946, como señala un historiador,
«marcó el paso de una política de pasividad, a otra claramente
activa» para la Norteamérica de posguerra.[66]
La vista del caso iraní en las Naciones Unidas estaba previsto
que tuviera lugar el 25 de marzo. Cuando empezó a prepararse para
el acontecimiento, Molotov se dio cuenta de que la Unión Soviética
se enfrentaba a una situación de aislamiento diplomático.
«Empezamos a tantear [opiniones sobre lo de Irán]», recordaría más
tarde, «pero nadie nos apoyaba».[67] Stalin no supo prever el gran
impacto que iba a tener la crisis iraní. Consideraba el lío provocado
por lo de Irán un ejercicio más de guerra de nervios, un episodio
más de la rivalidad existente entre unos cuantos políticos. La
repentina intensidad de la implicación de los norteamericanos lo
dejó estupefacto. Un día antes de la vista del caso en la ONU, el
dictador del Kremlin ordenó la retirada inmediata de las tropas y dio
instrucciones al embajador soviético en Teherán para que llegara a
un trato con Qavam. Este modelo de conducta, presionar hasta el
último minuto antes de la colisión y luego dar marcha atrás, reflejaba
la concepción que tenía Stalin del modo en que funcionaban los
asuntos internacionales. El daño, sin embargo, ya estaba hecho: la
presión de Stalin sobre Irán, unida a su beligerancia respecto a
Turquía, puso a la Unión Soviética camino de la colisión no sólo con
la administración Truman, sino también con amplios sectores de la
opinión pública norteamericana.
En respuesta a los desesperados gritos de traición del líder del
PDA, Jafar Pishevari, Stalin le envió una carta de una hipocresía
asombrosa. Afirmaba que motivos «revolucionarios» de mayor
envergadura, que Pishevari era incapaz de discernir, obligaban a la
Unión Soviética a retirarse. Si las tropas soviéticas se hubieran
quedado en Irán, escribía Stalin, semejante situación «habría
minado la base de nuestra política de liberación en Europa y Asia».
La retirada de los soviéticos, seguía diciendo, iba a deslegitimar la
presencia militar angloamericana en otros países y a facilitar un
movimiento de liberación en ellos, haciendo que «nuestra política de
liberación esté más justificada y sea más eficaz».[68]
La derrota diplomática soviética no quedó patente en un
principio. Stalin se sintió resarcido durante algún tiempo en abril de
1946 cuando Qavam accedió a hacer ciertas concesiones
petrolíferas a los soviéticos, supeditadas a la aprobación del
parlamento iraní recién elegido. Hasta el mes de septiembre Stalin
no reconoció que el Majlis nunca iba a ratificar la concesión
efectuada por Qavam. Como de costumbre, culpó a sus
subordinados de «desatención», pero no castigó a nadie.[69] En
octubre, el primer ministro iraní organizó una represión derechista
de los separatistas. Los regímenes kurdo y azerí establecidos en el
norte de Irán, carentes de apoyo militar soviético, estaban
condenados. Cuando las tropas iraníes entraron en las provincias
del norte, Stalin abandonó a los rebeldes a su suerte. En respuesta
a los desesperados llamamientos de Bakú, abrió las fronteras
soviéticas a las élites del PDA y a unos cuantos refugiados, pero no
hizo nada más. A pesar de la catástrofe, Bagirov y muchos otros
como él en el Azerbaiyán soviético, siguieron abrigando la
esperanza de que «en caso de un conflicto militar» entre la Unión
Soviética e Irán, tendrían ocasión de anexionarse los territorios
iraníes y reunificar Azerbaiyán.[70] Sin embargo, las autoridades del
Kremlin nunca habían tenido intención de provocar una guerra por
Azerbaiyán.

Casi al mismo tiempo, Stalin sufrió otra derrota regional. El 7 de


agosto de 1946, los soviéticos enviaron una nota a los turcos
reiterando su «propuesta» de control «conjunto» de los estrechos.
En la nota no se hablaba para nada de exigencias territoriales y los
diplomáticos soviéticos indicaron que, si se quería alcanzar un
acuerdo sobre los estrechos, era preciso quitar de en medio este
tipo de demandas. Los turcos, respaldados ahora por Washington y
Londres, respondieron con una rotunda negativa. Una vez más, la
nueva jugada de Stalin en su guerra de nervios contra Turquía tuvo
unas repercusiones inesperadas al producir una verdadera «alarma
de guerra» entre los políticos y los militares estadounidenses.
Debido a ciertas señales poco claras de los servicios de inteligencia
y a los cálculos exagerados acerca de la concentración de tropas
soviéticas en las proximidades de la frontera turca, algunos
miembros de esos círculos empezaron a contemplar por primera vez
la conveniencia de un ataque nuclear contra la URSS, empezando
por las fábricas de los Urales y la industria petrolera del Cáucaso.
En esta ocasión, como dan a entender los testimonios disponibles,
Stalin probablemente se diera cuenta de lo cerca que estaba del
abismo y canceló la campaña. Públicamente, sin embargo, rechazó
el monopolio nuclear de los norteamericanos con sus habituales
bravatas.[71]
Una vez más, Stalin decidiría que no estaba dispuesto a
enfrentarse a Estados Unidos por Turquía (para desesperación de
las autoridades georgianas). Más o menos por esa misma época,
Akaki Mgeladze, máximo dirigente de Georgia, expresó su
frustración en una conversación privada con el mariscal Fedor
Tolbujin, capitán general del distrito militar del Transcáucaso. Los
ucranianos, dijo en tono quejumbroso Mgeladze, habían
«recuperado» todo su territorio, pero los georgianos seguían
esperando. Tolbujin expresó su más absoluta simpatía por las
aspiraciones del pueblo georgiano.[72]
El comportamiento de Estados Unidos fue otro factor crucial para
que Stalin se confundiera en sus cálculos. Desde febrero de 1946,
Estados Unidos adoptó una nueva estrategia consistente en
defender activamente Europa Occidental, así como Turquía e Irán,
al considerar a todas estas regiones y países víctimas potenciales
de la «expansión comunista». Desde el otoño de 1945, fue Estados
Unidos, y no la Unión Soviética, el que actuó como factor definitorio
de las relaciones internacionales a escala global. Y en 1946, la
administración Truman decidió frenar a la Unión Soviética
cambiando drásticamente las líneas maestras de las relaciones
internacionales. Los norteamericanos se dirigían ya hacia la
confrontación, y no hacia la cooperación, con la Unión Soviética. Las
posibilidades de éxito de los grandes juegos de poder de Stalin
empezaron a disminuir.
La Unión Soviética gozaba todavía de una autoridad enorme y
tenía millones de simpatizantes en Occidente.[73] Pero sus amigos
más influyentes habían desaparecido. La muerte de Roosevelt y la
consiguiente marcha de Harry Hopkins, Henry Morgenthau, Harold
Ickes, y los otros adalides del New Deal acabaron para siempre con
las «relaciones especiales» de la Unión Soviética con Estados
Unidos. El último aliado con el que contaba Stalin en el gobierno
norteamericano era el secretario de comercio Henry Wallace, que
seguía defendiendo audazmente la cooperación con Moscú
mantenida durante la guerra. A decir verdad, existía una
comunicación entre Wallace y el dictador del Kremlin. A finales de
octubre de 1945, Wallace utilizó al jefe de la oficina del NKGB en
Washington para transmitir el siguiente mensaje a Stalin: «Truman
era un político sin importancia que ha alcanzado el puesto que
ahora ocupa por casualidad. A menudo tiene “buenas” intenciones,
pero cae con demasiada facilidad bajo la influencia de las personas
que lo rodean». Wallace decía de sí mismo que «luchaba por el
alma de Truman» contra un poderoso grupo de personas entre las
cuales estaba Byrnes. Ese grupo, afirmaba, tenía una marcada
actitud antisoviética; «sostienen la idea de un bloque dominante
anglosajón formado principalmente por Estados Unidos e
Inglaterra», frente al «mundo eslavo, extremadamente hostil», que
encabezaba la Unión Soviética. Wallace se ofrecía a desempeñar el
papel de «agente de la influencia» soviética en Estados Unidos.
Rogaba a Stalin que lo ayudara a él y a sus partidarios.[74]
El NKGB se encargó de transmitir este extraordinario
llamamiento a Stalin. No se sabe cuál fue la reacción de éste. En
cualquier caso, el dictador no estaba dispuesto a modificar su
conducta en el plano internacional para ayudar a Wallace y los
izquierdistas norteamericanos. No obstante, esperaba utilizar a
Wallace y a sus amigos en su lucha por ganarse a la opinión pública
norteamericana frente a Byrnes y otros adversarios.
Tampoco sabemos cómo le sentó a Stalin la reacción de los
analistas y de los servicios de inteligencia ante las actitudes
norteamericanas hacia la Unión Soviética. En el otoño de 1945, Igor
Gouzenko, empleado de los servicios soviéticos de encriptación en
Ottawa, y Elizabeth Bentley, ciudadana estadounidense que dirigía
una red de espías soviéticos en su propio país, hicieron defección y
revelaron a la inteligencia canadiense y al FBI las actividades del
espionaje soviético en Norteamérica. Estas defecciones tuvieron un
efecto bola de nieve durante los meses sucesivos. Dieron lugar no
sólo a un rápido incremento de las actitudes antisoviéticas en
Canadá y en Estados Unidos, sino también al estancamiento de la
labor de los servicios de inteligencia rusos en estos dos países. Los
jerarcas del NKGB y del GRU tardaron lo más posible en informar a
Stalin, Molotov y Beria de estos fracasos de los servicios de
inteligencia, y no los pusieron en su conocimiento hasta finales de
noviembre. Mientras tanto, como han descubierto el historiador Alien
Weinstein y el periodista Alexander Vassiliev, la defección de
Bentley «supuso la congelación casi de la noche a la mañana de
todas las labores y actividades de inteligencia del NKGB en Estados
Unidos». Temeroso de lo que pudiera pasar con el resto de sus
servicios de información, el NKGB congeló todos sus contactos con
un valiosísimo agente británico establecido en Washington llamado
«Homer» (Donald Maclean). El GRU probablemente hizo lo mismo
con sus redes de agentes.[75] Así pues, los círculos encargados de
elaborar la política norteamericana se volvieron más impenetrables
para Stalin, justo en el momento en que se produjo el rápido giro
hacia la nueva política de contención.
A pesar de los efectos del caso Gouzenko, Stalin tuvo
conocimiento del rápido endurecimiento de la postura
estadounidense hacia la Unión Soviética. Según el historiador ruso
Vladimir Pechatnov, los servicios secretos soviéticos lograron
finalmente hacerse con una copia del «telegrama largo» de Kennan
a Washington. Stalin y Molotov se dieron cuenta también de las
implicaciones geoestratégicas de la afianza angloamericana: la
conjunción del potencial económico y del poder atómico
estadounidense y de las bases militares del Imperio británico
establecidas por todo el mundo habría dado lugar a un peligroso
cerco de la Unión Soviética. Sin embargo, el conocimiento de este
hecho no condujo en último término a modificar en absoluto las
decisiones de Stalin. Pechatnov se pregunta si Stalin era consciente
«de la relación existente entre sus propias acciones y la resistencia
cada vez mayor a ellas». La respuesta es que probablemente no lo
fuera.[76]
Stalin daba por supuesto que las demás potencias mantendrían
su actitud egoísta, calculadora y belicosa, según el concepto
leninista de imperialismo. Cuando valoraba a sus oponentes
occidentales, el dictador soviético lo hacía basándose en la idea que
tenía de su carácter y su lógica «imperialista». Cuando el gobierno
laborista de Londres no mostró coherencia alguna en este sentido,
Stalin lo colmó de injurias. Ernest Bevin y Clement Attlee, dijo en
1945, «son unos auténticos idiotas; tienen el poder en un gran país
y no saben qué hacer con él. Tienen una orientación empírica».[77]
El desprecio de Stalin por Bevin contrastaba con su actitud hacia
Churchill, que iba del respeto a una furia sorda.
Las influencias ideológicas, como ha señalado John Lewis
Gaddis, explican el expansionismo de Stalin y su convencimiento de
que la Unión Soviética iba a poder salir de rositas de todo aquello.
En particular, la esperanza que tenía de una inevitable crisis
económica de posguerra y su creencia en las «contradicciones
imperialistas» de los estados capitalistas lo llevaron a descartar la
posibilidad de la cooperación con Occidente.[78] Además, el
expansionismo de Stalin estaba relacionado con su política de
movilización en el interior, que incluía las actividades de propaganda
rusocéntricas y su llamamiento a otras formas de nacionalismo. Los
sentimientos y aspiraciones nacionalistas de las élites soviéticas y
de la opinión pública en general se tradujeron en un gran apoyo de
todo el país a la política de «imperialismo socialista» emprendida
por el Kremlin en 1945-1946.
No podemos determinar si Stalin esperaba o no que su rigidez
en los Balcanes y sus tanteos en Turquía e Irán provocaran la
ruptura con sus aliados de Occidente. Es evidente, sin embargo,
que las acciones del mandatario soviético contribuyeron a allanar el
camino hacia la Guerra Fría. Su táctica en Oriente Medio ayudó a
que se hiciera realidad la cooperación de posguerra entre Gran
Bretaña y Estados Unidos e hizo que las sucesivas administraciones
norteamericanas reaccionaran con dureza ante el «expansionismo
soviético». Las ideas preconcebidas de Stalin le jugaron una mala
pasada. Stalin fue de una eficacia brutal en la medida en que sus
objetivos territoriales y políticos contaron con el apoyo y la fuerza del
ejército soviético. Sin embargo, como ejercicio diplomático y de
relaciones públicas, esta actitud resultó desastrosa, tal como se
había temido Litvinov. Sin extraer lección alguna de sus fracasos,
perseveró en mantener el rumbo que había llevado a que las
tensiones entre la URSS y Estados Unidos desembocaran en una
confrontación en toda regla. Y más tarde, su visión del mundo en
blanco y negro, su fe en la fuerza bruta, y el bagaje ideológico
marxista-leninista lo dejarían sin alternativa a la Guerra Fría y a la
movilización unilateral del poder económico y militar de la URSS.
El nuevo poder global de los norteamericanos y la decisión de
utilizarlo mostrada por la administración Truman habrían sido un
factor distinto. Numerosos historiadores concuerdan en que Estados
Unidos empezó a actuar como potencia global no sólo en respuesta
al desafío soviético, sino también como consecuencia de su propia
concepción del mundo. El programa poswilsoniano de construir una
Europa «libre y democrática» y de poner coto al comunismo en el
resto del mundo supuso un nuevo factor revolucionario que
cambiaría de manera trascendental la política exterior. Y en los
círculos políticos y en la sociedad norteamericana había fuerzas
muy poderosas que siempre habían creído, como concluye W. R.
Smyser, que «sólo [Estados Unidos] podía tener intereses y fuerzas
en todo el mundo». A juicio de esos pensadores, la Unión Soviética
podía desempeñar un papel regional para la paz durante la
posguerra, pero no el de una verdadera gran potencia.[79] Al mismo
tiempo, cabe preguntarse si esas fuerzas habrían logrado imponerse
y si Estados Unidos habría alcanzado tan rápidamente el
protagonismo en la política mundial sin la «ayuda» de la amenaza
soviética y de las acciones de Stalin.
La extrapolación que hizo Stalin de las enseñanzas extraídas de
las relaciones internacionales europeas durante el siglo anterior hizo
que su mente permaneciera cerrada a los motivos que se ocultaban
tras el intervencionismo global norteamericano. Stalin habría podido
prever el fin del aislacionismo estadounidense, pero no supo dar
crédito al enorme impulso que se ocultaba tras las ideas del «siglo
de América», que, basadas en un lenguaje multilateral, llevaron a
Estados Unidos a quedarse en Europa. Hasta el otoño de 1945,
Stalin obtuvo muchos beneficios de su asociación con Washington.
Su experiencia del trato con los norteamericanos lo llevó a creer que
iba a poder sacar otras ganancias marginales sin encontrar
resistencia en los estadounidenses, siempre y cuando las acciones
soviéticas tuvieran por objetivo únicamente las esferas de influencia
británica. Pero para sorpresa de Stalin, la administración Truman
decidió que no había alternativa a la contención del expansionismo
soviético en todo el mundo, empezando por Europa Central. Esta
decisión marcaría la pauta de las sucesivas décadas de Guerra Fría.
Hubo, en cambio, un error que Stalin no cometió. Nunca se
presentó abiertamente como agresor y conservó cuidadosamente el
barniz de legitimidad internacional dado a su expansionismo. El líder
soviético dejó a Occidente el papel de responsable de la ruptura de
los acuerdos de Yalta y Potsdam y de iniciador de la confrontación.
Más tarde, Molotov afirmaría: «¿Qué significa eso de “Guerra Fría”?
Nosotros estábamos simplemente a la ofensiva. Se enfadaron con
nosotros, por supuesto, pero estábamos obligados a consolidar lo
que habíamos conquistado».[80] La mayoría de los ciudadanos
soviéticos compartían esa idea. Durante las décadas por venir,
seguirían creyendo que quien había desencadenado la Guerra Fría
había sido Estados Unidos, no Stalin.

EMPIEZA LA «GUERRA FRÍA» INTERNA

Stalin temía que el efecto del bombardeo de Hiroshima, unido a la


sensación general de laxitud y cansancio reinante al término de la
guerra, hiciera que las élites soviéticas buscaran un acomodo con
Estados Unidos, o quizá incluso que se impusiera entre ellas una
aceptación de la superioridad norteamericana. La actitud «blanda»
de Molotov durante la Conferencia de Londres lo convirtió en blanco
de las iras y las sospechas de Stalin.[81] De regreso en Moscú a
primeros de octubre de 1945, Molotov tuvo que reconocer sus
errores ante sus propios subordinados de la Comisaría de Asuntos
Exteriores. Calificó la conferencia de campo de batalla en el que
«ciertos sectores norteamericanos y británicos» lanzaron el «primer
ataque diplomático contra las ganancias obtenidas por la Unión
Soviética en materia de política exterior».[82]
Aquél fue precisamente el comienzo de los problemas de
Molotov. A primeros de octubre, Stalin se marchó de vacaciones al
mar Negro, por primera vez en muchos años. La guerra había
envejecido mucho al líder del Kremlin, y los periodistas extranjeros
empezaron a especular acerca de su mala salud y de un posible
retiro. Hablaron incluso de Molotov y Zhukov como candidatos a la
sucesión. Al leer los informes de prensa, Stalin empezó a sospechar
que sus lugartenientes más próximos (Beria, Malenkov, Molotov y
Mikoyan) podían haber dejado de necesitar su liderazgo y que tal
vez no fueran contrarios a llegar a un arreglo con Estados Unidos y
Gran Bretaña a sus espaldas. Se puso hecho una furia cuando leyó
que Molotov, en una recepción a la prensa extranjera, había
apuntado a una próxima relajación de la censura estatal de los
medios de comunicación internacionales. En un telegrama cifrado,
Stalin arremetió contra el «liberalismo y los disparates» de Molotov.
Acusó a su lugarteniente de intentar llevar a cabo una política de
«concesiones a los angloamericanos», de «dar a los extranjeros una
impresión de que tenía una política distinta de la del gobierno y de la
de Stalin, la impresión de que con él [Molotov] [Occidente] podía
hacer negocios». De un plumazo excluyó a Molotov del estrecho
círculo de líderes del país y propuso a Beria, Malenkov y Mikoyan la
destitución de Molotov de su puesto de primer vicesecretario y
ministro de Asuntos Exteriores. Los intentos de defenderlo llevados
a cabo por otros lugartenientes enfurecieron a Stalin todavía más.
Poco tiempo después y tras diversas peticiones de clemencia por
parte del propio Molotov, el dictador accedió a poner a prueba a su
viejo amigo Viacheslav y lo autorizó a continuar las negociaciones
con Byrnes.[83]
Mientras Stalin se dedicaba a sembrar minas bajo los pies de
Molotov, hizo restallar el látigo sobre todos sus lugartenientes. Les
escribió diciendo: «Ahora hay muchos individuos ocupando puestos
de autoridad que se extasían al oír las alabanzas de gentes como
Churchill, Truman y Byrnes, y que, por el contrario, se molestan
cuando oyen comentarios desfavorables sobre estos señores. A mi
juicio, son actitudes muy peligrosas, pues siembran entre nosotros
el servilismo ante las personalidades extranjeras. Contra ese
servilismo hacia los extranjeros debemos luchar con uñas y
dientes».[84] Este telegrama contenía la esencia de la campaña
ideológica de aislacionismo xenófobo que se desencadenaría pocos
meses después. Dicha campaña obligaría a todos los subordinados
de Stalin a reafirmar su lealtad y su celo en el nuevo frente,
erradicando la actitud de «sumisión y reverencia ante Occidente»
que supuestamente existía en el aparato de gobierno y en la
sociedad soviética.
Si Stalin hubiera muerto en ese momento, es posible que sus
colegas hubieran optado por una postura más acomodaticia frente a
Estados Unidos. No tenían el singular talento que poseía él para
adaptarse a las situaciones trágicas; compartían además la
preferencia de la nomenklatura por la idea de que la vida después
de la guerra iba a ser menos dura. Como demostrarían sus acciones
después de 1953, no ignorarían, como había hecho Stalin, el
agotamiento y la miseria de su país. No obstante, los subordinados
de Stalin eran prisioneros del paradigma imperial-revolucionario.
Xenófobos y aislacionistas, se hallaban divididos entre el deseo de
reconstrucción pacífica y las tentaciones del «imperialismo
socialista». Deseaban la cooperación con las potencias
occidentales, pero en los términos planteados por la Unión
Soviética, con el mantenimiento de la autarquía económica y la
libertad de acción de la URSS.
En otoño de 1945, las autoridades rusas debatieron si la Unión
Soviética debía unirse a las instituciones económicas y financieras
internacionales de posguerra (el Fondo Monetario Internacional y el
Banco Mundial) creadas en Bretton Woods. Algunos altos
funcionarios responsables de los presupuestos, las finanzas, las
industrias y el comercio del estado se mostraron a favor de la
participación soviética en dichas instituciones por motivos
pragmáticos y económicos. El comisario de finanzas, Arseny Zverev,
insistió en que la presencia de la URSS en esas instituciones,
aunque sólo fuera en calidad de observadora, habría sido útil en las
futuras negociaciones comerciales y crediticias con Occidente. Esta
postura recibió el apoyo de Mikoyan y Lozovski. Todos ellos
consideraban que los préstamos y la tecnología de los
norteamericanos eran imprescindibles para la recuperación
económica de la URSS. Otros dirigentes, entre ellos Nikolai
Voznesenski, director del Gosplan, el Comité Estatal de
Planificación, sostenían que la deuda externa habría socavado la
independencia económica soviética. En un memorándum a Molotov
de octubre de 1945, Ivan Maiski alertaba de la eventualidad de que
los norteamericanos utilizaran sus préstamos a los británicos para
que éstos abrieran su imperio a los intereses económicos y
financieros estadounidenses. Particularmente belicosa, decía, era la
insistencia de los norteamericanos en que debía ponerse en sus
manos un dinero que ellos se encargarían de controlar y en que
Gran Bretaña desmantelara los mecanismos estatales que protegían
su monopolio comercial.[85]
En febrero de 1946, según Vladimir Pechatnov, las actitudes
aislacionistas se impusieron en el seno de la burocracia soviética.
Algunos políticos apelaron a «la renuencia de Stalin a hacer más
transparente la economía de la URSS y a depositar parte de las
reservas de oro soviéticas» en el Fondo Monetario Internacional.
Stalin decidió no unirse al sistema de Bretton Woods. En el mes de
marzo, la correspondencia oficial del Ministerio de Finanzas hacía
ya hincapié en esta nueva postura, según la cual las potencias
occidentales habrían interpretado la presencia soviética en las
instituciones internacionales como un signo de la debilidad y la
predisposición de la URSS a hacer concesiones unilaterales «bajo la
presión de Estados Unidos». Cuando le preguntaron por ello en los
años setenta, Molotov dijo que los norteamericanos «intentaron
arrastrarnos tras ellos, pero asignándonos un papel secundario. Nos
habríamos visto en una situación de dependencia y al final no
habríamos obtenido nada de ellos».[86]
El generalísimo aprovechó la ocasión de las primeras
«elecciones» de posguerra al Soviet Supremo para imponer una
serie de nuevas directrices al Partido Comunista y a los cuadros de
la política estatal en un acto celebrado el 9 de febrero de 1946 en el
Teatro Bolshoi. El discurso de Stalin, caracterizado por un lenguaje
marcadamente ideológico, anunciaba el rumbo de posguerra
decididamente unilateral que en adelante iba a seguir el país. Para
muchos observadores, aquello significaba la ruptura definitiva con el
espíritu de la Gran Alianza; el discurso no contenía ni una sola
palabra amistosa hacia las potencias occidentales. Exigía a las
autoridades presentes en el acto convertir a la Unión Soviética en
una superpotencia en el plazo de una década, «con el fin de superar
en un futuro próximo los logros alcanzados por la ciencia más allá
de las fronteras de nuestro país» (alusión a la futura carrera por la
hegemonía de los misiles atómicos), y de «incrementar los niveles
de nuestra industria, por ejemplo, triplicándolos en comparación con
los existentes antes de la guerra». Aquella, concluía el discurso,
sería la única condición que garantizaría a la Unión Soviética la
seguridad «frente a cualquier eventualidad». Stalin escribió
personalmente el discurso, lo corrigió en varias ocasiones, e incluso
indicó cuál debía ser la reacción del público intercalando en el
borrador las palabras: «Furiosos aplausos», «Aplausos y ovación
constante», etcétera, detrás de los pasajes más relevantes.[87] El
discurso fue retransmitido por radio y publicado en decenas de
millones de copias. Los lectores y oyentes más avispados se dieron
cuenta inmediatamente de que con él se daba por muerta toda
esperanza de mejora de las condiciones de vida y de cooperación
de posguerra con los aliados occidentales. Stalin ordenó a la
nomenklatura dar otro gran salto hacia delante.[88]
Ese nuevo rumbo convirtió, en efecto, el período de posguerra
en una época de movilización y preparación para futuras
«eventualidades» fatales. Las estadísticas oficiales muestran el
descenso experimentado por los gastos militares, que pasaron de
los 128 700 millones de rublos en 1945 a los 73 700 millones de
1946. Siguieron en ese nivel, superior en cualquier caso al existente
antes de la guerra, en 1947. En dicha cifra no se incluían los costes
del proyecto atómico, correspondientes a los fondos «especiales»
del estado. Los planes para 1946 incluían también la creación de
cuarenta nuevas bases navales. Los sectores de la economía
orientados a los consumidores, sobre todo la agricultura,
continuaron en unas condiciones desastrosas, como indican los
cálculos oficiales presentados por el ministro de Finanzas Zverev a
Stalin en octubre de 1946.[89]

Los niveles de vida del pueblo soviético, los vencedores, cayeron


en picado a unos niveles inferiores a los de los vencidos, el pueblo
alemán. Durante la guerra, el estado había requisado una gran parte
de la renta de la población a través de la compra obligatoria de
bonos de guerra, donaciones semivoluntarias, e impuestos
indirectos. La inflación causó daños adicionales.[90] Los niveles de
vida de antes de la guerra, ya bajísimos, parecían en 1946 un sueño
imposible de alcanzar.
El discurso de Churchill sobre el telón de acero proporcionó a
Stalin otra oportunidad excelente para preparar a los ciudadanos
soviéticos para la vida de miseria y hambre que los aguardaba. En
su respuesta publicada en Pravda el 14 de marzo de 1946,
redactada personalmente por el dictador y corregida con sumo
cuidado, Stalin calificaba a su antiguo aliado británico de «belicista»,
lo comparaba con Hitler, y contrastaba el «internacionalismo»
soviético con el afán de dominación «racista» del mundo anglosajón
que tenía Churchill. La dureza de esa respuesta estaba
perfectamente calculada: de ese modo, Stalin mostraba su actitud
absolutamente inflexible ante cualquier intento de desafiar la esfera
de influencia soviética en Europa Central por parte de los
occidentales. En adelante el deseo común de la opinión pública no
sería ya la cooperación con las potencias occidentales, sino la
evitación de la guerra con ellas. Este temor era exactamente lo que
Stalin necesitaba para promover su campaña de movilización.[91]
Stalin puso a Andrei Zhdanov al frente de la campaña de
movilización (llamada Zhdanovshchina). Zhdanov no se había
distinguido durante la guerra como jefe del partido en Leningrado,
pero sus antecedentes hacían de él un elemento lo suficientemente
bueno para encargarse de las labores de propaganda. Procedía de
una familia culta (su padre, como el de Lenin, era inspector de
enseñanza, y su madre pertenecía a la nobleza y se había graduado
en el conservatorio de Moscú). Era un hombre instruido y un buen
orador. En abril de 1946, Zhdanov transmitió «la orden del camarada
Stalin» al aparato central del partido y a sus propagandistas: refutar
resueltamente la idea de que «el pueblo debía tomarse un tiempo
para recuperarse después de la guerra, etc., etc., etc.».[92]
Otro objetivo de la campaña de Stalin eran los altos mandos del
ejército. El líder del Kremlin sospechaba que los conquistadores de
Europa tenían tendencias bonapartistas ocultas. Stalin deseaba
meterlos en cintura mientras continuaba la desmovilización de las
masas. En septiembre de 1946, las fuerzas del ejército soviético se
habían reducido, según los cálculos de los servicios de inteligencia
norteamericanos, de los 12,5 millones de hombres a los 4,5
millones.[93] Mientras tanto, la élite militar se dormía en sus laureles,
y su espíritu de combate se evaporaba en una verdadera orgía de
alcohol, líos de faldas e incautaciones. En marzo de 1946, se llevó a
cabo un primer intento de purga de los niveles más altos de «la
generación de los vencedores». Numerosos líderes militares,
directivos de empresas estatales e ingenieros se vieron envueltos
en el «asunto de la industria aeronáutica». El general Alexei
Shajurin, comisario de la industria aeronáutica, y el mariscal de
aviación Alexander Novikov, general en jefe de la fuerza aerea
soviética, fueron destituidos bruscamente y poco después detenidos
bajo la falsa acusación de suministrar al Ejército Rojo aviones
«defectuosos».[94]
Al mismo tiempo, los servicios de contrainteligencia de Stalin
«descubrieron» que el mariscal Georgi Zhukov se había traído de
Alemania cargamentos enteros de artículos valiosos y tesoros para
su uso personal y el de su familia. El héroe nacional soviético, que
había Presidido el Desfile de la Victoria montado en un caballo
blanco, tuvo que marchar a una especie de semidestierro como
capitán general de la región militar de Odesa.[95] Al mismo tiempo,
Georgi Malenkov, el fiel lugarteniente de Stalin, que había estado al
frente de la industria aeronáutica durante la guerra, perdió su puesto
en la secretaría del partido y en el Buró de Organización (aunque
Stalin no tardaría en perdonarlo). Lo que el dictador quería era
demostrar que los actos heroicos de guerra no suponían ninguna
protección frente a las purgas. Para mayor escarnio de los
veteranos de guerra y de millones y millones de personas, a finales
de 1946, Stalin abolió la celebración pública y el carácter de fiesta
nacional del Día de la Victoria; a cambio, se concedió como festivo
el día de Año Nuevo.
Algunos veteranos degradados despertaron a la horrible realidad
de la dictadura de Stalin. Fue entonces cuando el NKGB empezó a
vigilar a todos los mandos de las fuerzas armadas, y algunas de sus
conversaciones registradas han llegado recientemente a manos de
los historiadores. Entre esos expedientes se incluyen las
conversaciones privadas que mantuvieron el general del ejército
Vasili Gordov y su antiguo jefe de estado mayor, el general Fedor
Ribalchenko, el día de Fin de Año de 1946. Gordov, alto mando del
ejército que mostró una actitud despiadada en Stalingrado, Berlín y
Praga, era simpatizante de Zhukov y perdió su elevada posición. La
cólera y el alcohol hicieron que los dos generales se fueran de la
lengua. Reconocían que en Occidente la gente vivía
incomparablemente mejor que el pueblo soviético, y que la vida en
las zonas rurales era totalmente miserable. Ribalchenko dijo que «la
gente está harta de su vida y se queja abiertamente, en los trenes y
en todas partes. La hambruna está increíblemente extendida, pero
los periódicos se limitan a mentir. Sólo el gobierno vive bien,
mientras que el pueblo se muere de hambre». Gordov se
preguntaba en voz alta si había algún modo de irse a trabajar y a
vivir al extranjero («a Finlandia o a los países escandinavos»). Los
dos generales lamentaban la falta de ayuda de Occidente y temían
que la política de confrontación con el bloque angloamericano
propugnada por Stalin acabara en una guerra y en la derrota de la
Unión Soviética. Ribalchenko concluía: «Me parece que antes de
que pasen diez años nos habrán zurrado bien la badana. Todo el
mundo dice que va a haber guerra. ¡Nuestro prestigio ha ido
disminuyendo de un modo abominable! ¡Nadie apoyará a la Unión
Soviética!».[96]
Los militares descontentos conocían perfectamente el papel de
Stalin como instigador de nuevas purgas. Cuando Ribalchenko
propuso que Gordov pidiera perdón a Stalin, el aludido no pudo
menos que reírse de la ocurrencia. Exclamó con el orgullo
característico de las élites de posguerra: «¿Por qué iba a tener que
rebajarme?». Tres días después, a solas con su esposa, Gordov
confesaba que su viaje al campo (antes de su «elección» como
diputado del Soviet Supremo) lo había hecho «renacer por
completo». «Estoy convencido de que si hoy abolimos las granjas
colectivas, mañana mismo habrá orden, mercado y abundancia de
todo. Habría que dejar a la gente tranquila; tiene derecho a llevar
una vida mejor. ¡Se ha ganado esos derechos en el campo de
batalla!» Había llegado a la conclusión de que Stalin estaba
«arruinando Rusia».[97]
Críticas a Stalin como éstas seguían siendo raras entre las élites
soviéticas.[98] Pero el descontento había aumentado a finales de
1946, cuando una tremenda sequía se abatió sobre las tierras más
fértiles de Ucrania, Crimea, Moldavia, la región del Volga y la parte
central de Rusia, el Extremo Oriente, Siberia y Kazajstán. Aquella
catástrofe natural, unida a la falta de mano de obra y de recursos
existente después de la guerra, amenazó con producir una
hambruna generalizada.[99] Pero fueron Stalin y su política los que,
en vez de evitar el hambre, provocaron aquella calamidad causada
por la mano del hombre, semejante a la carestía de 1932-1933.
Como en los años treinta, Stalin se negó a admitir que estaba
produciéndose un desastre y prefirió denunciar a los «causantes de
la ruina» y a los «especuladores», supuestamente responsables de
la escasez de pan. El dictador del Kremlin poseía unas enormes
reservas «estratégicas» de grano que había acumulado para el caso
de emergencia de guerra. Pero se negó despiadadamente a poner
ese grano a disposición de los consumidores. Stalin tenía además
en las arcas del estado mil quinientas toneladas de oro con las
cuales habría podido comprar alimentos en el extranjero. Molotov y
Mikoyan recordarían más tarde que Stalin prohibió la venta del oro.
Rechazó incluso la ayuda alimentaria que pudiera prestar a Rusia la
Administración de Socorro y Rehabilitación de las Naciones Unidas
(aunque permitió la llegada de alguna ayuda a Ucrania y
Bielorrusia). Al mismo tiempo propuso enviar productos alimenticios
soviéticos a Polonia y Checoslovaquia, así como a los comunistas
franceses e italianos.[100]
Stalin volvió a la política de preguerra consistente en empobrecer
al pueblo ruso, especialmente a los campesinos y a los trabajadores
agrícolas, con el fin de obtener dinero para la reconstrucción
industrial y el rearme. Entre 1946 y 1948, los impuestos de los
campesinos aumentaron un 30 por 100, y en 1950 ese aumento
alcanzaba ya el 150 por 100. El estado se negó además a pagar los
bonos de guerra, es decir, los miles de millones de rublos que había
«tomado prestados», o mejor dicho que había confiscado al pueblo
soviético. Por el contrario, se impuso a la ciudadanía empobrecida la
compra de los nuevos bonos de reconstrucción.[101]
Stalin sabía indudablemente que mucha gente estaba resentida
contra las autoridades y contra él en particular. Pero también sabía
que sólo las élites representaban un verdadero peligro. Mikoyan
recordaría más tarde que el dictador «sabía que el rasgo más
destacado del muzhik ruso era su paciencia y su capacidad de
aguante».[102] Las purgas, cuya finalidad era socavar el orgullo y la
autonomía de las élites, se convirtieron paulatinamente en una
nueva ronda de terror contra sus integrantes. En 1945 y 1946 se
produjo un descenso del número de acusaciones de la Comisión
Especial del NKVD, que pasaron de 26 600 a 8000, pero en 1949 el
nivel de las denuncias se situaba en las 38 500.[103] En enero de
1947, el general Gordov, su mujer, y el general Ribalchenko fueron
detenidos y encarcelados, junto con otros militares y sus familias.
[104] Las purgas siguieron siendo limitadas y se llevaron a cabo de

manera sigilosa, sin denuncias públicas. Pero al cabo de unos años,


cuando la Guerra Fría había polarizado el mundo y la posición de
Stalin se hizo inconmovible, el dictador del Kremlin empezó a
derramar la sangre de los miembros de la élite a una escala cada
vez mayor.

STALIN «CONSOLIDA» LA SOCIEDAD SOVIÉTICA

Norman Naimark comenta que «la guerra proporciona a los


gobernantes una tapadera para llevar a cabo proyectos de limpieza
étnica» y les «brinda la oportunidad de hacer frente a las minorías
revoltosas suspendiendo los derechos civiles». A Stalin el
agravamiento de la confrontación con Occidente le dio la
oportunidad de restaurar el control absoluto de las élites. También le
proporcionó una justificación para la rusificación de las élites y de la
burocracia de la URSS y para la consolidación de la sociedad
soviética por medio de contundentes argumentos nacionalistas y
una rígida jerarquía étnica.[105]
La campaña contra el «cosmopolitismo», pretexto oficial de las
medidas antisemitas, constituyó un capítulo fundamental de esa
consolidación. Las sospechas de Stalin respecto a los judíos se
incrementaron cuando dio comienzo la Guerra Fría. El dictador
empezó imaginándose una conspiración de las élites judías
soviéticas, de las organizaciones hebreas de Estados Unidos, y de
los judíos de su entorno más inmediato. Desde los años veinte,
numerosos miembros del Politburó, entre otros Molotov, Voroshilov,
Mijail Kalinin, y Andrei Andreev, habían contraído matrimonio con
judías, y este hecho comenzó entonces a alimentar las sospechas
de Stalin.[106] En 1946, Zhdanov hizo correr entre sus subordinados
la orden de Stalin: había que acelerar la eliminación de los cuadros
«cosmopolitas», fundamentalmente de los de etnia judía, existentes
en la burocracia soviética, empezando por los cargos más
destacados de los sectores relacionados con la propaganda, la
ideología y la cultura. El primer golpe, reflejo de las nuevas
prioridades del régimen, se dirigió contra la Oficina Soviética de
Información (Sovinformburó), la voz, conocida en todo el mundo, de
la propaganda del Kremlin durante la guerra. Zhdanov tuvo la
audacia de decir a un funcionario, que no acababa de entender
exactamente quién era el enemigo cosmopolita en su departamento,
que «quitara de en medio a la sinagoga existente en él». Los judíos
soviéticos habían prestado grandes servicios al régimen comunista,
engrosando el número de la élite profesional y cultural durante dos
décadas. Había llegado el momento de depurarlos.[107]
En la primavera de 1948, algunos destacados sionistas apelaron
a las autoridades de Moscú para que enviaran a Palestina a
«cincuenta mil» judíos soviéticos, que debían ayudarles contra los
árabes, prometiendo a cambio una postura de simpatía hacia los
intereses soviéticos. Los dirigentes del partido y los expertos en
cuestiones relacionadas con Oriente Medio reaccionaron ante
semejante petición con gran escepticismo; la opinión predominante
era que el carácter clasista del sionismo habría acabado poniendo
definitivamente a los sionistas del lado de Estados Unidos, y no de
la URSS. Sorprendentemente, a pesar de su creciente
antisemitismo, Stalin desautorizó a los escépticos y permitió la
ayuda militar masiva a los sionistas a través de Checoslovaquia. En
mayo de 1948, antes incluso de que terminara la guerra en
Palestina, la Unión Soviética reconoció al estado de Israel de iure,
antes incluso de que lo hiciera Estados Unidos. Molotov afirmaba en
los años setenta que «todo el mundo, excepto Stalin y yo», se había
mostrado en contra de semejante decisión. Explicaba que no
reconocer a Israel habría permitido a los enemigos de la URSS decir
que este país era contrario a la autodeterminación nacional de los
judíos.[108] Pero lo más probable es que Stalin llegara a la
conclusión de que apoyar al movimiento sionista probablemente
fuera el único medio que tenía de debilitar la influencia de Gran
Bretaña en Oriente Medio. Además, puede que también esperara
exacerbar las tensiones existentes entre ingleses y norteamericanos
sobre la cuestión del sionismo, e incluso conseguir un acceso al
Mediterráneo.[109]
Sin embargo, como predecían los expertos, Israel empezó
enseguida a inclinarse del lado de Estados Unidos. Además, las
extraordinarias muestras de apoyo a Israel que se produjeron entre
los judíos de todo el mundo, empezando por los de la Unión
Soviética, alarmaron al líder del Kremlin. Incluso la mujer de
Voroshilov, Ekaterina (Golda Gorbman), dijo a sus parientes el día
de la proclamación del estado de Israel: «Ahora nosotros también
tenemos nuestro propio país». El Comité Judío Antifascista (CJAF)
se había convertido ya a ojos de Stalin en el vivero del nacionalismo
judío relacionado con los círculos sionistas de Estados Unidos e
Israel. El dictador sabía que muchos judíos soviéticos consideraban
oficiosamente al presidente del CJAF, el famoso actor Solomon
Mijoels, su líder nacional. Y al término de la guerra, apelaron a
Molotov, a su esposa, Polina Zhemchuzhina, a Voroshilov y a
Kaganovich para que les ayudaran a crear una república judía en
Crimea. Antes incluso del reconocimiento del estado de Israel, el
dictador empezó a tomar medidas para eliminar lo que él
consideraba una potencial conspiración sionista dentro de la Unión
Soviética. En enero de 1948, el MGB (el organismo sucesor del
NKGB) asesinó por orden de Stalin a Mijoels, presentando el caso
como un accidente de tráfico. A finales de 1948, fueron detenidos e
interrogados otros líderes del CJAF. Entre otras cosas, fueron
acusados de un supuesto complot para hacer de Crimea una
cabeza de playa americano-sionista dentro de la Unión Soviética. En
enero de 1949, fue detenido el lugarteniente de Molotov, Lozovski,
antiguo director del Sovinformburó y supervisor político del CJAF.
También fue detenida la mujer de Molotov. Este recordaría más
tarde que «empezaron a temblarme las rodillas» cuando Stalin leyó
al Politburó los cargos acumulados contra Polina Zhemchuzhina. La
misma suerte corrieron las esposas del «presidente» de la Unión
Soviética, Mijail Kalinin, y de Alexander Poskrebyshev, secretario
personal de Stalin.[110] Resultó que aquellos fueron sólo los
primeros pasos de una colosal campaña contra la «conspiración
sionista», que culminaría poco antes de la muerte de Stalin con las
detenciones del «caso de los médicos del Kremlin» y el anuncio de
que dichos médicos estaban preparando, supuestamente por orden
de un centro sionista norteamericano, el asesinato de los líderes
políticos y militares de la URSS. Los judíos soviéticos, entre ellos
numerosos miembros de las élites burocráticas y culturales del país,
esperaban su detención inminente y su deportación a Siberia.[111]
El destacado papel de Crimea en el caso del CJAF es un indicio
de la continua obsesión de Stalin con el flanco sur de la Unión
Soviética y las infructuosas presiones ejercidas sobre Turquía e Irán.
En 1947-1948, Turquía se hizo beneficiaria de la ayuda financiera y
militar de Estados Unidos y se convirtió en un aliado regional clave
de los norteamericanos. Irán se movía en la misma dirección.
Mientras tanto, las promesas incumplidas de Stalin a los pueblos del
sur del Cáucaso empezaron también a producir efectos no
deseados. Los dirigentes comunistas de Georgia, Armenia y
Azerbaiyán, nombrados todos por Stalin, empezaron a actuar como
comadres peleonas en una cocina colectiva. Al ver que no se
materializaba el sueño de la recuperación de las «tierras
ancestrales» de Turquía, los líderes de Georgia y Armenia
empezaron a confabularse contra Azerbaiyán. El secretario del
partido de Armenia, Grigory Arutynov, se lamentaba de que no tenía
sitio en el que establecer a los repatriados ni recursos para darles
de comer (aunque, en vez de los cuatrocientos mil armenios
previstos, sólo llegaron a la Armenia soviética noventa mil). Propuso
entonces desplazar a Azerbaiyán a los campesinos azeríes que
residían en territorio armenio. Propuso además transferir Nagorno
Karabaj, zona montañosa disputada históricamente por azeríes y
armenios, de la República Soviética de Azerbaiyán a la República
Soviética de Armenia. Bagirov respondió con argumentos y
reclamaciones en sentido contrario. Georgianos y armenios
advertían a Moscú del incremento del «nacionalismo armenio» en la
región.[112]
En diciembre de 1947 Stalin aceptó la propuesta de Arutynov de
desplazar de Armenia a los campesinos azeríes. Sin embargo, no
apoyó la redefinición de las fronteras de la república. Y en un
momento determinado, decidió reanudar la «limpieza étnica» del sur
del Cáucaso, eliminando de la zona todos los elementos
sospechosos y potencialmente desleales. En septiembre de 1948, el
incendio declarado en el vapor Pobeda («Victoria»), que trasladaba
repatriados armenios, desencadenó las sospechas de Stalin. Desde
su dacha del mar Negro envió el siguiente telegrama a Malenkov:
«Entre los repatriados hay agentes norteamericanos. Preparaban un
acto terrorista en el vapor “Pobeda”». Al día siguiente, Malenkov
contestó con otro telegrama: «Tienes razón, desde luego.
Tomaremos todas las medidas necesarias». El Politburó aprobó
inmediatamente la orden de detener las repatriaciones.[113] En abril
y mayo de 1949, el Politburó decretó que todos los «nacionalistas
armenios» (incluidos algunos repatriados de la diáspora), así como
todos los «antiguos ciudadanos turcos» de Armenia, Georgia y
Azerbaiyán fueran deportados a Kazajstán y Siberia. También fueron
deportados los griegos. Las deportaciones del sur del Cáucaso de
1944-1949 afectaron a 157 000 personas.[114] Esta «limpieza» no
acabó con las tensiones nacionalistas. No obstante, Stalin logró
controlar de nuevo la política regional, desestabilizada por su actitud
aventurera en materia de política exterior.
Al mismo tiempo, Stalin asestó un golpe mortal a los
«leningradenses», término con el que se designaba a los dirigentes
del partido y del estado pertenecientes a la Federación Rusa,
especialmente a los de Leningrado, de etnia rusa y que se habían
hecho populares entre el pueblo ruso durante la guerra. Estos
individuos esperaban que Stalin siguiera apoyándose en ellos para
la reconstrucción de posguerra. Dentro de este grupo estaban
Nikolai Voznesenski, director del Gosplan; el presidente del Consejo
de Ministros de la Federación Rusa y miembro del Orgburó del
partido, Mijail Rodionov; el secretario del Comité Central y miembro
del Orgburó, Alexei Kuznetsov; y el primer secretario de
organización del Partido Comunista de Leningrado, Petr Popkov.
Todos ellos eran protegidos de Andrei Zhdanov y habían estado al
frente de la heroica defensa de Leningrado durante los novecientos
días de asedio alemán. Beria y Malenkov, amenazados por la
influencia de este grupo, hicieron todo lo posible por comprometer a
los «leningradenses» a ojos de Stalin y no pararon hasta que lo
consiguieron. El Kremlin emprendió una investigación del «caso de
Leningrado» y del «caso del Gosplan» contra Voznesenski. En
febrero y marzo de 1949. Stalin destituyó de sus puestos a
Voznesenski, Rodionov, Kuznetsov y Popkov. Al cabo de varios
meses, el MGB los detuvo, junto con otros sesenta y cinco altos
cargos y ciento cuarenta y cinco parientes y familiares. La
«investigación» utilizó unos métodos de tortura espantosos. Stalin
hizo que los miembros del Politburó, empezando por Malenkov y el
ministro de Defensa Nikolai Bulganin, asistieran personalmente a los
interrogatorios. El 1 de octubre de 1950 fueron ejecutados veintitrés
altos cargos, entre ellos Voznesenski, Rodionov, Kuznetsov y
Popkov. Más o menos por esa misma época, también fueron
fusilados los generales detenidos, entre otros Gordov, Ribalchenko y
Grigori Kulik.[115]
Al cabo de pocos años, Stalin había logrado arrebatar la gloria
de la victoria y los frutos de la paz al pueblo soviético, verdadero
vencedor de la Segunda Guerra Mundial. Naturalmente, no habría
podido hacerlo sin el apoyo de millones y millones de colaboradores
voluntarios, empezando por las élites militares y civiles. Muchos
veteranos de guerra abandonaron su papel de héroes y recuperaron
su posición de «dientes» del engranaje de la maquinaria del estado.
Acogieron de buen grado y apoyaron la transformación de la URSS
en un imperio y una superpotencia mundial. La revitalización del
chauvinismo y el nacionalismo y la creencia ideológica en la
hostilidad agresiva del «imperialismo occidental» hacia la Unión
Soviética fueron factores que contribuyeron a crear la poderosa
amalgama que hizo que millones de ciudadanos soviéticos
suscribieran de buena fe los planes de posguerra de Stalin.[116]
Muchos veteranos llegaron a considerar el Imperio soviético y su
colchón de seguridad en Europa Central el sustitutivo necesario del
pan, la felicidad y la vida confortable después de la victoria.
Compensaron además la falta permanente de seguridad en el
interior proyectando sus temores hacia el exterior, resucitando el
culto al poderío militar soviético, mostrando una abierta hostilidad
hacia Occidente, y adoptando el nuevo antiamericanismo. Esta
actitud constituiría la esencia de la identidad colectiva soviética
durante las décadas por venir.[117]
Al tiempo que apelaban a los impulsos del chauvinismo ruso, la
propaganda y los medios de comunicación estatales arremetieron
de mala manera contra los «cosmopolitas» judíos. Durante la purga
de judíos que sufrió la Universidad Estatal de Moscú, Anatoli
Cherniaev llegó a oír a un amigo suyo, veterano de guerra, decirle lo
siguiente: «El partido ha venido luchando varios años contra la
dominación judía. Se está limpiando de judíos». Por esa misma
época, otro valiente joven veterano se manifestó en contra del
antisemitismo. Fue expulsado inmediatamente del partido y
desapareció de la universidad.[118] La purga de los judíos dio a los
que apoyaban la política antisemita una falsa sensación de
solidaridad y poder semejante a la que habían tenido muchos
alemanes en tiempos de Hitler. Otro testigo describe a esos
individuos en los siguientes términos: «La guerra les había dejado
probar a qué sabía el poder. Eran incapaces de tener un
pensamiento crítico. Estudiaban para convertirse en maestros de
vida».[119]
En una asamblea anticosmopolita en la Universidad Estatal de
Moscú, el profesor Sergei Dmitriev preguntó a un colega suyo cuál
podía ser el motivo de esa campaña. La respuesta que éste le dio
fue la siguiente: «La guerra. El pueblo debe estar preparado para
una nueva guerra. Y está a punto de sobrevenir».[120] La
intensificación de la Guerra Fría ayudó indudablemente a Stalin a
justificar su campaña antisemita, así como las deportaciones de
armenios y griegos, y también de ucranianos, letones y lituanos. Le
ayudó a consolidar el núcleo ruso de su «imperio socialista». Los
vientos de la nueva guerra ayudaron también a Stalin a erradicar
cualquier posible rastro de descontento o disidencia entre las élites.
La mayoría de las autoridades del estado y de los oficiales del
ejército de la Unión Soviética estaba convencida de que Occidente
se había puesto a la ofensiva y debía ser frenado.
Esta idea se intensificó cuando Estados Unidos realizó dos
ensayos de bomba atómica en el atolón de Bikini, en el océano
Pacífico, en julio de 1946. Dichas pruebas tuvieron lugar apenas dos
semanas después de que los norteamericanos presentaran su plan
de «control internacional» de la energía atómica y poco antes de la
Conferencia de Paz de París (29 de julio-15 de octubre de 1946),
convocada para negociar los tratados de paz con Alemania y sus
satélites. Dos observadores soviéticos asistieron a las pruebas y
comunicaron sus resultados a las autoridades del Kremlin. Uno de
ellos, el general de división Semen Alexandrov, geólogo e ingeniero
jefe de las investigaciones con uranio para el proyecto atómico ruso,
llevó a Moscú la filmación de las pruebas y la mostró en el Kremlin,
así como a sus amigos y colegas.[121]
Eran pocos los miembros de la clase política soviética que
dudaban de que el monopolio atómico de los norteamericanos se
había convertido en el instrumento de la diplomacia estadounidense
de posguerra y suponía una amenaza para la seguridad soviética. Ni
siquiera los militantes más inteligentes y refinados del partido
lograron sustraerse a la obligatoriedad de la visión niveladora que
tenía Stalin de la nueva situación de posguerra. El escritor
Konstantin Simonov había experimentado en su propia persona la
saga bélica soviética desde las trágicas derrotas de los veranos de
1941 y 1942 hasta el triunfo en Berlín, y se identificaba con la
«generación de los vencedores». A comienzos de 1946, el Politburó
lo envió a él y a un pequeño grupo de periodistas y escritores a
Estados Unidos en una misión propagandística. El contraste entre la
opulencia norteamericana y la ruina soviética le resultó casi
insoportable. Le molestaron también las primeras oleadas de resaca
antisoviética que se abatieron sobre el territorio norteamericano. A
su regreso a la URSS, Simonov escribió una obra de teatro, La
cuestión rusa, en la que los imperialistas, los políticos y los
magnates de la prensa estadounidense intentaban desencadenar
una guerra preventiva contra la Unión Soviética. El principal
personaje de la obra, un periodista norteamericano progresista, se
propone denunciar esta conspiración. Viaja a la Unión Soviética y ve
con sus propios ojos que los rusos no desean una nueva guerra. La
obra era una burda caricatura de la política y los medios de
comunicación norteamericanos, pero es indudable que Simonov
creía profundamente en lo que decía. ¿Cómo podía la Unión
Soviética suponer una amenaza para nadie cuando había sufrido
tantas pérdidas? Pero, al mismo tiempo, Simonov estaba
convencido de que sin la movilización y la reconstrucción de
posguerra la Unión Soviética podía ser intimidada y acaso incluso
aplastada por el temible poder de los norteamericanos. A Stalin le
gustó la obra de Simonov. La cuestión rusa fue publicada por
entregas en los periódicos, fue leída en la radio y estrenada en
innumerables teatros de toda la Unión Soviética, siendo vista por
millones de espectadores. Diez años más tarde, su autor seguía
suscribiendo la idea de que en 1946 la Unión Soviética estaba
abocada a una durísima elección: o fortalecerse rápidamente o
perecer.[122]
El objetivo de Stalin era conseguir un «imperio socialista»,
invencible y protegido por todos sus flancos. Pero este proyecto
tenía defectos inherentes a su propia naturaleza. Los imperios que
han salido adelante a lo largo de toda la historia de la humanidad,
entre ellos el romano, el chino o el británico, utilizaron otros factores,
aparte de la simple fuerza bruta, para hacerse con el control de
enormes territorios heterogéneos. Reclutaron a las élites indígenas,
a menudo toleraron la diversidad étnica, cultural y religiosa, y
fomentaron el libre comercio y las comunicaciones.[123] El imperio
socialista de Stalin utilizó una ideología potente, el nacionalismo, y
la manipulación social para remodelar la sociedad y las élites.
Introdujo la uniformidad de la industrialización estatal y del sistema
de partidos. Al mismo tiempo, eliminó las libertades civiles, la
riqueza, la cooperación y la dignidad humana, y ofreció en su lugar
una ilusión de justicia social.
El imperio socialista explotó la paciencia, las ilusiones y los
sufrimientos de millones de rusos y no rusos, el pueblo que habitaba
en su núcleo principal. Explotó también la fe de millones de
individuos que creían sinceramente en el comunismo en Europa y
Asia, donde el marxismo-leninismo desempeñaría el papel de una
religión secular. Esta pirámide de fe e ilusiones se vería coronada
por el culto al propio Stalin, el caudillo infalible. Ese caudillo, sin
embargo, era mortal: irremediablemente, la muerte de Stalin
provocaría una crisis de legitimidad y una lucha por la sucesión
entre sus herederos.
Lo más importante es que la Unión Soviética se enfrentó en
Occidente a un rival dinámico y seguro de sí mismo. Estados
Unidos, con su poder financiero, económico y militar, ayudó a la
reconstrucción de los países de Europa Occidental y de Japón como
economías de libre mercado y sociedades de consumo masivo. La
lucha contra Occidente no brindó a Stalin ocasión alguna de
prevalecer. Este hecho quedó patente de forma particularmente
dolorosa en Alemania, donde los soviéticos se enfrentarían a
problemas trascendentales cuando intentaran convertir su zona de
ocupación en la pieza clave de su imperio en Europa Central.
3

Punto muerto en Alemania,


1945-1953

Todo lo que necesitamos es una Alemania


burguesa, siempre que sea pacífica.

BERIA,
mayo de 1953

¿Cómo iba a creer un marxista serio, un


marxista situado en posiciones próximas al
socialismo o al poder soviético, en una Alemania
burguesa y pacífica… que estuviera bajo el control
de cuatro potencias?

MOLOTOV,
julio de 1953

La división de Alemania fue uno de los resultados más


sorprendentes del choque entre la Unión Soviética y las
democracias occidentales. Pero hasta hace poco no ha aparecido
una reconsideración crítica de la participación de Occidente en el
asunto.[1] Y la verdadera dimensión del papel desempeñado en él
por Stalin todavía no puede documentarse ni siquiera hoy día. Los
detalles de muchas decisiones de alcance menor y su puesta en
vigor continúan envueltos en brumas: los telegramas cifrados de
Stalin y las copias de numerosas conversaciones siguen siendo
documentación clasificada en los archivos rusos. No obstante, los
testimonios a los que tenemos acceso revelan que muchos de los
acontecimientos ocurridos en la Alemania Oriental llevaban el sello
singular de Stalin y que algunos no habrían tenido lugar sin su
autorización explícita. El máximo comisario político soviético en
Alemania Oriental, Vladimir Semenov, recordaba en los años
sesenta las «sutiles jugadas diplomáticas» que realizó Stalin para
desarrollar la política soviética en lo referente a la cuestión alemana.
[2]

Un examen de los archivos de la Alemania Oriental y de la Unión


Soviética ha convencido a algunos estudiosos de que Stalin habría
preferido construir una Alemania unida no comunista, en vez de
crear un estado satélite aparte en la Alemania Oriental.[3] Algunos
especialistas creen que los soviéticos no pretendieron nunca la
sovietización de la Alemania Oriental, sino que se vieron más bien
abocados a ella en un caótico proceso de improvisación.[4] Las
conclusiones a las que yo llego en este capítulo son justamente las
contrarias. La documentación demuestra que Stalin y las élites
soviéticas nunca abrigaron la idea de una Alemania neutral. Como
poco, los rusos intentaron neutralizar la parte de Alemania que
había quedado bajo el control de Occidente y crear su propia
Alemania socialista en la zona de ocupación que les había
correspondido. Desde el punto de vista ideológico, la construcción
del socialismo en la zona oriental combinaría los sueños
internacionalistas de los bolcheviques de los años veinte y la idea de
adquisición de un imperio desarrollada a lo largo de los años
cuarenta.
Desde el punto de vista económico, la zona en cuestión se
convirtió en fuente de un flujo enorme de indemnizaciones de
guerra, de enriquecimiento personal de las élites soviéticas, de alta
tecnología para los industriales y los científicos, y de casi todo el
suministro de uranio destinado al armamento, imprescindible para la
fabricación de armas nucleares en la Unión Soviética. La división de
Alemania fue también un pretexto excelente para la construcción de
un imperio socialista en Europa Central. La Segunda Guerra
Mundial permitió que las élites y la ciudadanía soviética se sintieran
con derecho a decir la última palabra sobre el futuro de Alemania.
Este sentimiento, justificado por el elevadísimo número de caídos en
la guerra, perduró durante décadas.
Por último, aunque no por ello sea menos importante, Stalin no
quiso nunca retirar las tropas soviéticas de Alemania Oriental. A
medida que fue agravándose la confrontación con Occidente,
Alemania Oriental se convirtió en el verdadero núcleo —desde el
punto de vista militar y geoestratégico— del poder soviético en
Europa. Cientos de miles de soldados soviéticos acabaron siendo
desplegados en su territorio, dispuestos a marchar
precipitadamente, en cuanto se les ordenara, hasta el canal de la
Mancha.
A la hora de la verdad, Alemania Oriental se convirtió en el
eslabón más turbulento del imperio soviético. Como el «experto en
nacionalidades» que era, Stalin tuvo mucho cuidado en no reavivar
las fuerzas del nacionalismo alemán, y pensó que era imprescindible
echar la culpa de la división de la nación alemana a las potencias
occidentales. De ese modo, los rusos disimularon la paulatina
integración de Alemania Oriental en el imperio soviético, dejando
abierta la frontera entre las dos Alemanias. Estas circunstancias
hicieron de Alemania un lugar de competencia relativamente abierta
entre el sistema de mercado libre y el sistema comunista. Durante
los primeros años de la ocupación, dio la impresión de que las
autoridades soviéticas habían logrado consolidar «su Alemania». Al
final de la vida de Stalin, sin embargo, era evidente que la lucha por
el país más trascendental de Europa no había hecho más que
empezar y que los soviéticos no iban a poder ganarla.

ESTABLECIMIENTO DEL RÉGIMEN DE OCUPACIÓN


Las autoridades soviéticas planearon la ocupación, según indican
los documentos disponibles, a partir de 1943, mucho antes de que el
primer soldado ruso entrara en Prusia Oriental. Sin embargo, como
cabe suponer, dichos planes eran muy vagos. Iván Maiski escribía
en su diario privado lo siguiente: «Nuestro objetivo es evitar que se
produzca una nueva agresión alemana». Si no podía alcanzarse por
medio de la «revolución proletaria» y la «creación de un régimen
soviético fuerte en Alemania», semejante objetivo sólo se lograría a
través de un «debilitamiento sustancial y duradero de Alemania, que
la haga físicamente incapaz de llevar a cabo cualquier agresión».[5]
Veinte años después, los mariscales Rodion Malinovski y Sergei
Biriuzov afirmaban que, a su juicio, la intención de Stalin era destruir
la economía alemana en 1945: «[Stalin] No creía que fuéramos a
quedamos en Alemania, y temía que todo se volviera una vez más
contra nosotros».[6]
El dictador soviético, siempre receloso de las intenciones de los
occidentales, quiso evitar una alianza de última hora entre éstos y
Alemania. En la Conferencia de Yalta, ni siquiera quiso revelar el
fortísimo interés de la Unión Soviética por las indemnizaciones de
guerra.[7] Según Maiski, Stalin «no quería asustar a los aliados con
nuestras exigencias y hacer que se interesaran por nuevas
oportunidades». Restó además importancia a los planes soviéticos
de utilizar prisioneros de guerra alemanes como mano de obra
forzosa para reconstruir las ciudades y la economía de la URSS.[8]
En realidad, el interés de los soviéticos por la explotación económica
de Alemania era enorme. El 11 de mayo de 1945, Stalin ordenó a
Malenkov, Molotov, al director del Posplan, Nikolai Voznesenski, a
Maiski, y a otros altos cargos que el traslado del potencial de la
industria militar alemana a la Unión Soviética se llevara a cabo con
la máxima celeridad para asegurar la recuperación económica de
las zonas industriales, «particularmente [las minas de carbón] de la
Cuenca del Donets». Durante la discusión, Molotov insistió en que
los soviéticos debían llevarse de Berlín Oeste todos sus recursos
industriales antes de entregárselos a las potencias occidentales.
«Berlín nos ha costado demasiado».[9]
Al término de la guerra, los planes del Kremlin para el futuro de
Alemania se centraban sobre todo en dos cuestiones, la de las
fronteras y la de la ocupación.[10] Stalin y sus lugartenientes
volvieron a dibujar el mapa de Alemania y borraron de él a Prusia,
«ese nido de víboras del militarismo alemán». Prusia Oriental, con la
ciudad de Königsberg, pasó a formar parte de la URSS. Prusia
Occidental y la ciudad de Danzig se integraron en la Polonia
reconstituida. Stalin decidió también entregar a Polonia los territorios
alemanes de Silesia y Pomerania, en compensación por las tierras
del este de Polonia que la Unión Soviética se había anexionado en
1939 y que retuvo al término de la contienda. Los rusos animaron a
polacos y checos a expulsar de su territorio a la población de etnia
germánica. Los aliados occidentales no pusieron ninguna objeción.
Entre unas cosas y otras, a finales de 1945, 3,6 millones de
refugiados alemanes se habían trasladado de Europa Oriental a la
zona de ocupación soviética; cientos de miles huyeron a las zonas
occidentales. Fue un terrible golpe geopolítico que cambió por
completo el mapa de Europa Central.[11]
A pesar de la postura inicial de cooperación de las potencias
occidentales, Stalin se preparó para librar una dura lucha por
Alemania. A finales de marzo de 1945, dijo a un grupo de oficiales
checoslovacos que habían ido a visitarlo que los aliados
occidentales iban a «conspirar» con los alemanes, iban a intentar
librarlos del castigo por sus crímenes, e iban a tratarlos «con mano
blanda».[12] En mayo de 1945, afirmó que «la batalla por el alma de
Alemania» sería «larga y difícil».[13] El 4 de junio de 1945, en una
entrevista con un grupo de comunistas alemanes, les advirtió que
los británicos y los norteamericanos proyectaban desmembrar
Alemania, pero que él, Stalin, estaba en contra. No obstante,
añadió, «habrá dos Alemanias a pesar de la unidad de los aliados».
Para obtener una posición de fuerza en la política alemana, Stalin
invitó a los comunistas germanos a unirse a los socialdemócratas y
convertirse en un «partido de la unidad alemana» que llegara a las
zonas ocupadas por los occidentales. El Partido Socialista de la
Unidad de Alemania (el SED) se creó en la zona soviética en febrero
de 1946.[14]
No serían los comunistas autóctonos, sino la Administración
Militar Soviética de Alemania (AMSA), la que se convertiría en el
principal organismo encargado de la consecución de los objetivos
soviéticos en Alemania. A comienzos de 1946, la AMSA ya
constituía una extensísima burocracia que rivalizaba cada vez más
con las autoridades de ocupación occidentales. El aparato de la
AMSA ascendía a cuatro mil funcionarios, que disfrutaban de unos
privilegios propios de la «administración imperial» de una colonia:
doble salario en rublos soviéticos y marcos alemanes; mejor nivel de
vida que los burócratas de rango más alto de la Unión Soviética; una
posición desde la cual podían dominar a la antigua «raza
dominante» de Europa; y acceso a las diversas influencias
provenientes de las zonas occidentales. El dictador del Kremlin hizo
que los dos cuerpos de policía rivales, el MVD y el MGB, ayudaran a
la AMSA y lo mantuvieran a él al corriente de sus actividades.[15]
El mariscal Georgi Zhukov, primer jefe de la AMSA, perdió
rápidamente el puesto: su inmensa popularidad y su terquedad
molestaban a Stalin. Su sucesor, el mariscal Vasili Sokolovski, era el
personaje más refinado, culto y al mismo tiempo modesto y
comedido del alto mando militar soviético.[16] Stalin instituyó también
el cargo de comisario político en Alemania. En febrero de 1946,
dicho puesto fue a parar a Vladimir Semenov, doctor en filosofía de
treinta y cuatro años y diplomático de rango intermedio; ningún
mérito en su vida pasada lo acreditaba para desempeñar una tarea
de tanta envergadura. Su primera reacción fue estudiar la
documentación conservada en los archivos acerca de la historia de
la ocupación de los estados alemanes por Napoleón a comienzos
del siglo XIX. Por desgracia para el joven funcionario, la historia no le
instruyó para el desarrollo de sus futuras actividades.[17]
La inseguridad de la situación política en Alemania y en las
relaciones con las potencias occidentales hizo que Stalin se
mostrara deliberadamente cauto y vago en las instrucciones dadas a
la AMSA y a Semenov. Aunque el dictador soviético no tenía duda
alguna de que iba a desencadenarse una lucha por Alemania, no
estaba seguro de hasta qué punto iban a intervenir en ella los
norteamericanos. En octubre de 1944, en conversación con Stalin,
Churchill dijo que «los norteamericanos probablemente no tengan
intención de participar en una ocupación [de Alemania] a largo
plazo».[18] Pero desde el otoño de 1945 numerosos acontecimientos
indicarían que, en efecto, tenían intención de quedarse en Alemania.
La nueva postura de firmeza de Estados Unidos tras el bombardeo
de Hiroshima dio a entender a Moscú que los norteamericanos
pretendían desafiar el control que ejercían los soviéticos sobre
Europa Central y los Balcanes. A partir de ese momento, la cuestión
para Stalin no sería tanto la presencia de una fuerza militar
norteamericana en Alemania, sino el mantenimiento de la presencia
militar soviética en Europa Central, sobre todo en la zona oriental de
Alemania.
En septiembre de 1945, Stalin rechazó la propuesta del
secretario de Estado norteamericano James Byrnes de firmar un
tratado de desmilitarización de Alemania de veinticinco años de
duración. Durante sus conversaciones con Byrnes en Moscú en
diciembre de 1945, Stalin, satisfecho con la decisión
estadounidense de mantener la fórmula de cooperación de Yalta-
Potsdam, decidió acceder «en principio» a discutir la idea de la
desmilitarización de Alemania. Se trataba de una jugada meramente
táctica. La fuerte oposición de Stalin a la idea de Byrnes seguía en
pie. Es más, llegó a ser compartida por la mayoría de los altos
dignatarios soviéticos. Y quedó patente en febrero de 1946, cuando
Byrnes presentó a los rusos un anteproyecto de acuerdo sobre
desmilitarización de Alemania. Stalin y los altos cargos soviéticos
debatieron la propuesta durante meses. En mayo de 1946, treinta y
ocho jerarcas, entre ellos algunos miembros del Politburó, militares y
diplomáticos, presentaron sus conclusiones al dictador.[19] Zhukov
escribía: «A los americanos les gustaría acabar con la ocupación de
Alemania lo antes posible y quitar de en medio las fuerzas armadas
de la URSS, y después exigir una retirada de nuestras tropas de
Polonia, y luego de los Balcanes». Querían además impedir la labor
de desmantelamiento de las industrias alemanas por parte de los
soviéticos y el cobro de indemnizaciones de guerra, así como
«mantener en Alemania un potencial militar como base
imprescindible para llevar a cabo sus fines agresivos en el futuro».
[20] El viceministro de Asuntos Exteriores Solomon Lozovski se

mostraba incluso más categórico en su memorándum. La


aceptación del proyecto norteamericano, decía, conduciría a la
liquidación de las zonas de ocupación, a la retirada de las tropas
soviéticas, y a la reunificación económica y política de Alemania
bajo el dominio de Estados Unidos. Esto, a su vez, daría lugar «en
unos cuantos años a una guerra germano-anglo-americana contra la
URSS». Un resumen elaborado por el Ministerio de Asuntos
Exteriores concluía que con la presentación de la propuesta de
desmilitarización de Alemania, el gobierno norteamericano
perseguía los siguientes objetivos: poner fin a la ocupación de
Alemania; acabar con las indemnizaciones soviéticas en Alemania;
desmantelar la fórmula de Yalta-Potsdam y reducir el control de la
URSS sobre Alemania y la influencia soviética en los asuntos
europeos; acelerar la restauración de la potencia económica
alemana; y volver a Alemania contra la Unión Soviética. Estas
conclusiones se convirtieron en los principios habituales de la
correspondencia diplomática en la que se evaluaba la política
exterior norteamericana.[21]
En ningún documento soviético sobre Alemania podemos ver
rastro alguno de replanteamiento fundamental de las
consideraciones de seguridad de la URSS en vista del potencial
atómico de Estados Unidos. Pero indudablemente, la sombra del
hongo atómico de Hiroshima estaba presente en la forma que tenían
los soviéticos de plantearse la cuestión alemana. En una
conversación con Byrnes el 5 de mayo de 1946, Molotov se
preguntaba por qué Estados Unidos «no deja ni un solo rincón del
mundo desatendido» y «construye sus bases aéreas en todas
partes», incluso en Islandia, Grecia, Italia, Turquía y China.[22]
Desde esas bases, en opinión de Stalin, Molotov y los militares
soviéticos, los aviones norteamericanos cargados con bombas
atómicas podían atacar fácilmente cualquier punto de la Unión
Soviética. Más tarde, a comienzos de los años cincuenta, este factor
provocaría un enorme aumento de la presencia militar soviética en
Europa Central con el fin de contrarrestar un posible ataque nuclear
estadounidense.
Stalin y las autoridades soviéticas de mayor rango estaban de
acuerdo en que una retirada militar de Alemania en fecha temprana
habría supuesto una negación del derecho de la Unión Soviética a
mantener sus tropas en Europa Central y los Balcanes. Después, la
Alemania devastada y otros países igualmente arruinados de
Europa Central habrían pasado inmediatamente a depender de la
ayuda económica y financiera norteamericana y habrían quedado
ligados a Estados Unidos por lazos políticos. La mejor opción que
les quedaba a los soviéticos era la continuación del régimen de
ocupación conjunta durante un plazo indefinido. Zhukov, Sokolovski
y Semenov pretendían «utilizar la iniciativa norteamericana de
cualquier forma para atar sus manos (y las de los británicos) en lo
tocante a la cuestión alemana en el futuro».[23] Por fin entonces
podrían esperar que se produjera la inevitable crisis económica de
posguerra y que Estados Unidos cejara en sus planes de
hegemonía europea y se retirara al aislacionismo.
Los norteamericanos, mientras tanto, pasaron al modo de
«contención» y desecharon la idea de cooperar con los soviéticos
en Alemania. Byrnes alcanzó un acuerdo con Bevin para unir las
zonas norteamericana y británica en un solo sector, la Bizona. En su
discurso del día 6 de septiembre en Stuttgart, el secretario de
Estado, acompañado del senador republicano Arthur H. Vandenberg
y del senador demócrata Tom Connally, dijo: «No nos retiramos. Nos
quedamos aquí». En resumen, Byrnes propuso que fuera Estados
Unidos, y no los soviéticos, el que se convirtiera en el principal
patrocinador de la soberanía y el futuro democrático de Alemania.
Además de asegurar la soberanía alemana en el Ruhr y Renania,
Byrnes indicó que Estados Unidos no consideraba irrevocable la
nueva frontera de Alemania con Polonia (la línea Oder-Neisse).[24]
El discurso de Byrnes contribuyó a reforzar el consenso oficial
soviético en torno a la idea de que la administración estadounidense
deseaba librarse de la presencia rusa en Alemania y negar a la
Unión Soviética una esfera de influencia en Europa Central. No
obstante, aún quedaba espacio para interpretaciones «duras» y
«blandas». En el bando correspondiente a la «línea dura», el
lugarteniente de Molotov, Sergei Kavtaradze, decía que Estados
Unidos era «potencialmente el estado más agresivo» del mundo y
que deseaba convertir Alemania en la base de su «posición
dictatorial en Europa». Según la valoración de la situación que hacía
Kavtaradze, el discurso de Byrnes formaba parte del plan
estratégico elaborado en contra de la Unión Soviética. Otros altos
cargos del Ministerio de Asuntos Exteriores decían que Byrnes
deseaba movilizar al nacionalismo «reaccionario» alemán contra la
Unión Soviética, pero no calificaban las acciones de los
norteamericanos de plan agresivo. Algunos iban aún más lejos y
sostenían que el compromiso político y diplomático sobre la cuestión
alemana era posible.[25] El discurso oficial, sin embargo, no daba
ninguna pista acerca del carácter de tal compromiso.
Sólo la guía de Stalin podía atenuar el problema. El potentado
del Kremlin discutió los asuntos de Alemania con Molotov, Vishinski,
Vladimir Dekanozov, Zhukov, Sokolovski, y otros altos dignatarios.
En sus instrucciones a los líderes comunistas alemanes Walter
Ulbricht y Wilhelm Pieck de febrero de 1946, Stalin utilizaba el
mismo lenguaje que habían empleado los bolcheviques para
planificar sus estrategias políticas durante las revoluciones rusas: el
«programa de mínimos» consistía en mantener una unidad
alemana; el «programa de máximos» estipulaba la construcción del
socialismo en Alemania por la «vía democrática».[26] Si se toma en
serio, esta jerga quería decir que Stalin estaba dispuesto a
contemporizar con la sovietización de la zona soviética con la
esperanza de que la influencia comunista se extendiera por el resto
de Alemania. El planteamiento en dos etapas de Stalin habría tenido
sentido si efectivamente se hubiera producido una crisis económica
de posguerra y Estados Unidos hubiera retirado sus tropas de
Alemania Occidental. Cosa que no sucedió ni en 1946 ni después.
Semenov recordaba en su diario que Stalin se había reunido con
él y con los comunistas alemanes al menos «una vez cada dos o
tres meses». Afirmaba asimismo que había recibido instrucciones
directamente de Stalin para que se centrara exclusivamente en las
cuestiones estratégicas de mayor importancia y construyera, paso a
paso, una nueva Alemania en la zona soviética. Según él, existen
actas de «más de cien» conversaciones con Stalin sobre las
cuestiones de estrategia política en la Alemania de posguerra. Pero
el diario de visitas de Stalin recoge sólo ocho entrevistas entre el
dictador soviético y dirigentes germanoorientales en el Kremlin, y las
investigaciones en los archivos no han logrado localizar las demás.
[27] Desde 1946, los problemas de salud de Stalin lo obligaron cada

vez con más frecuencia a delegar los asuntos de Alemania en sus


lugartenientes y en la burocracia.
La vaguedad de las instrucciones de Stalin o incluso la total
ausencia de ellas resultan difíciles de interpretar. Pueden explicarse
apelando a la constante incertidumbre de la cuestión alemana, pero
también por otros factores. Como hiciera a menudo con anterioridad
en otros momentos de su carrera, el líder del Kremlin fomentó las
peleas políticas entre sus subordinados y desempeñó un papel de
mediador en los conflictos burocráticos. Toleró e incluso fomentó
versiones distintas, a veces contradictorias, de la política soviética
respecto a Alemania. Como consecuencia de todo ello, la política de
la burocracia soviética complicaría a veces las actividades de la
AMSA. Las autoridades soviéticas de Alemania estaban
subordinadas a varios organismos de Moscú, entre otros al
Ministerio de Defensa y al Ministerio de Asuntos Exteriores; al
mismo tiempo, algunas disfrutaban de contacto directo con Stalin y
sus lugartenientes, y también con los jefes de los diversos
departamentos del Comité Central del partido. Los funcionarios de la
AMSA estaban adscritos a distintos sectores, según su cometido y
sus respectivas tareas, con responsabilidades cruzadas y a veces
en conflicto unas con otras. Sus relaciones de trabajo con distintos
grupos de alemanes y los lazos de patrocinio que los unían con los
distintos capitostes de Moscú, así como las luchas políticas internas
cada vez más enconadas en el entorno de Stalin, contribuirían a que
la imagen resultara aún más confusa.[28]
Los testimonios disponibles no indican que Semenov
desempeñara un papel exclusivo en la elaboración de la política
soviética en Alemania.[29] Hubo en la zona otros arquitectos de la
política soviética. Uno de ellos fue el director del departamento de
información política y propaganda de la AMSA, el coronel Sergei
Tiulpanov, intelectual adscrito al ejército con experiencia en
economía internacional y propaganda. Tiulpanov tenía, según
parece, poderosos patronos en Moscú, entre ellos los influyentes
lugartenientes de Stalin Lev Mejlis y Alexei Kuznetsov. Este último
era uno de los «leningradenses», los jerarcas del partido que habían
trabajado a las órdenes de Andrei Zhdanov. En consecuencia,
Tiulpanov trabajó con independencia de Semenov y de sus
superiores de la AMSA hasta 1948, manejando los medios de
comunicación y la censura, el cine, los partidos políticos y los
sindicatos, así como la ciencia y la cultura de la zona. Sobrevivió
incluso a las repetidas y severas críticas de diversos altos cargos
soviéticos, que lo culparon de los fracasos del SED y de la
propaganda comunista en la Alemania Occidental.[30]
Los intereses soviéticos en Alemania eran tan heterogéneos y
contradictorios que Sokolovski, Tiulpanov y otros funcionarios de la
AMSA constantemente se verían obligados a andar por la cuerda
floja. Por un lado, intentaron organizar Alemania Oriental de la única
forma que conocían, esto es, a la soviética. Por otro, tanto ellos
como sus protectores en la dirección del partido se daban cuenta de
que abusar de la población civil y desmantelar los recursos
industriales existentes en la zona soviética no serviría más que para
complicar la lucha por Alemania.[31] Como compensación parcial por
el desmantelamiento de su industria, Alemania Oriental recibió más
alimentos, en el momento culminante de la severa hambruna de
posguerra que se abatió sobre la URSS, Stalin no se cobró de los
alemanes indemnizaciones agrícolas, aunque de ese modo habría
salvado a muchos rusos y ucranianos de morir de hambre.[32] En
octubre de 1945, Stalin decidió poner coto al saqueo industrial de
Alemania del Este. En el mes de noviembre, dijo a una delegación
de comunistas polacos que fueron a visitarlo que los soviéticos
planeaban dejar algunas industrias en Alemania y que sólo se
quedarían con la producción final. Los rusos organizaron treinta y
una sociedades anónimas estatales (SAG), que operaban sobre la
base de ciento diecinueve fábricas y factorías alemanas cuya
eliminación estaba prevista en un principio. «A finales de 1946»,
escribe Norman Naimark, «los soviéticos poseían cerca del 30 por
100 del total de la producción de Alemania Oriental». Una sociedad
anónima de altísimo valor estratégico era el proyecto de uranio
Wismut, en Baja Sajonia, que produjo el combustible para las
primeras bombas atómicas soviéticas.[33]
Las contradicciones entre las distintas prioridades, el
desmantelamiento de la industria, la creación de una nueva
Alemania en la zona oriental, y la lucha por la conquista de toda
Alemania, siguieron sin resolverse. El traslado de los recursos
industriales a la Unión Soviética continuó, dictado por las
necesidades de la industria y por los gigantescos proyectos
armamentísticos de la URSS. Los aliados occidentales rechazaron
todas las peticiones de recursos y equipamientos procedentes de
sus zonas de ocupación en el oeste, lo que provocó más
desmantelamientos en la zona soviética.[34] Mientras tanto, la
intensificación de la Guerra Fría y la consolidación de las zonas
occidentales bajo la tutela de Estados Unidos y Gran Bretaña
permitieron a Stalin, a la AMSA y a los comunistas de Alemania
Oriental seguir adelante con su labor de transformación y
consolidación de Alemania del Este. Dicha tarea se convirtió en una
prioridad para los soviéticos.

INTEGRACIÓN DE ALEMANIA ORIENTAL EN EL BLOQUE


SOVIÉTICO

Las medidas unilaterales destinadas a transformar la zona soviética


de Alemania empezaron desde el primer día de la ocupación rusa. A
partir de 1945, los soviéticos y los comunistas alemanes llevaron a
cabo una reforma radical de las tierras, una parcelación de las
grandes fincas, y el reparto de la riqueza entre los pequeños y
medianos agricultores. Semenov recordaba que Stalin dedicó
mucha atención a la planificación y ejecución de las reformas
agrarias. Los bolcheviques creían que habían conservado el poder y
habían vencido en la guerra civil porque habían ratificado la
confiscación de las posesiones y los bienes de los terratenientes por
parte de los campesinos. Lo mismo habría sucedido con los
comunistas alemanes. A los Bauem, los agricultores alemanes, no
les importaba quedarse con las tierras de los Junker, los
terratenientes, mientras la cosa se hiciera legalmente. Las reformas
agrarias en Alemania del Este y en otros países de Europa Central
fueron un éxito político definitivo para los soviéticos y los
funcionarios comunistas que ellos mismos nombraron.[35]
En su reunión con Ulbricht y Pieck de febrero de 1946, Stalin
aprobó el concepto de «vía alemana hacia el socialismo». Esperaba
que el establecimiento del SED «creara un gran precedente para las
zonas de la Alemania Occidental».[36] Pero el «Partido Socialista de
Unidad» siguió vinculado, a ojos de muchos alemanes,
especialmente las mujeres, al desmantelamiento llevado a cabo por
los soviéticos, a la violencia y las violaciones que habían tenido
lugar en la zona. El partido sufrió una humillante derrota en las
primeras elecciones municipales de posguerra celebradas en la
zona, particularmente en el Gran Berlín, en octubre de 1946, cuando
el 49 por 100 de los electores votó por los partidos de centro y de
derechas. A partir de ese momento, los soviéticos simplemente no
dejaron las cosas al azar, y los especialistas de la AMSA ayudarían
al SED a falsificar los resultados de las futuras elecciones. El nuevo
partido se convirtió en el vehículo esencial para el establecimiento
de un régimen político basado en el sistema soviético en la zona
oriental. Cuando Stalin se reunió con la delegación del SED a finales
de enero de 1947, ordenó a los comunistas de la Alemania del Este
que crearan una policía secreta y una fuerza paramilitar en la zona
«sin hacer demasiado ruido». En junio de 1946, los soviéticos
crearon un organismo de coordinación de los cuerpos de seguridad
llamado Dirección Alemana del Interior.[37]
Otra carta que Stalin pretendía jugar en Alemania era la del
nacionalismo. Varias décadas de experiencia le habían enseñado
que el nacionalismo podía ser una fuerza más poderosa que el
romanticismo revolucionario y que el internacionalismo comunista.
Molotov recordaba: «Se dio cuenta de cómo Hitler había logrado
organizar al pueblo alemán. Hitler dirigía a su pueblo, y pudimos
darnos cuenta de ello por la forma en que los alemanes combatieron
durante la guerra».[38] En enero de 1947, Stalin preguntó a los
delegados del SED: «¿Hay muchos elementos nazis en Alemania?
¿Qué tipo de fuerza representan? En particular en las zonas del
Oeste». Los líderes del SED reconocieron su ignorancia al respecto.
Entonces Stalin les aconsejó que cambiaran la política de
eliminación de los colaboradores nazis «por otra distinta, destinada
a atraerlos, con el fin de evitar que todos los antiguos nazis se
vieran empujados al campo enemigo». Debía permitirse que los
antiguos activistas nazis, añadió, organizaran su propio partido, que
debía «operar en el mismo bloque que el SED». Wilhelm Pieck
manifestó sus dudas respecto a que la AMSA permitiera la
formación de semejante partido. Stalin se echó a reír y dijo que él se
encargaría de facilitarlo tanto como pudiera.[39]
Semenov redactó las actas de la reunión y recordaba que Stalin
dijo: «En total había diez millones de miembros del partido nazi, y
todos tenían familia, amigos y conocidos. Es un número muy
grande. ¿Durante cuánto tiempo vamos a ignorar sus intereses?».
El líder del Kremlin sugirió el nombre que había de darse a la nueva
organización: Partido Nacional Democrático de Alemania. Preguntó
a Semenov si la AMSA podría localizar en alguna cárcel a cualquier
exlíder regional nazi y ponerlo al frente de su partido. Cuando
Semenov respondió que probablemente hubieran sido ejecutados
todos, Stalin expresó su disgusto. Sugirió entonces que se
permitiera a los antiguos nazis disponer de su propio periódico,
«quizá incluso con el título de Völkischer Beobachter», el famoso
diario oficial del Tercer Reich.[40]
Esta nueva táctica del arsenal de Stalin estaba evidentemente en
conflicto con la manipulación que anteriormente había hecho de la
«amenaza alemana» en los países eslavos de Europa Central, pero
también con las creencias fundamentales de las élites comunistas y
con los sentimientos antigermanos de los rusos. La propuesta de
colaborar con los antiguos nazis desanimó a los comunistas
alemanes y a los funcionarios de la AMSA, que esperaron un año
para ponerla en práctica. Hasta mayo de 1948, tras la debida
campaña de preparación propagandística, la AMSA no disolvió las
comisiones de desnazificación. En el mes de junio, se inauguró en
Berlín el primer congreso del Partido Nacional Democrático de
Alemania (NDPD), acto al que asistió en secreto Semenov,
ocultando su rostro tras un periódico. Aquel fue, según recuerda
Semenov, «sólo el primer eslabón de la cadena de importantes
actos» que condujeron a la creación del nuevo equilibrio
prosoviético y antioccidental de la política alemana. La rehabilitación
completa de los antiguos nazis y de los oficiales de la Wehrmacht
coincidió con la formación de la RDA en 1949.[41]
Stalin debía de esperar que la idea de una Alemania
centralizada, reunificada y neutral resultara tan irresistible para los
nacionalistas alemanes que fuera superior a su animadversión hacia
los soviéticos y los comunistas. Y desde luego intentó dirigir el
nacionalismo alemán contra Occidente, al tiempo que Byrnes y los
norteamericanos empezaban a explotar los sentimientos nacionales
de los alemanes contra la URSS. Siguiendo órdenes de Stalin, la
diplomacia y la propaganda soviética insistieron incansablemente en
la idea de un estado alemán centralizado, contrastando la actitud de
los rusos con las propuestas occidentales de federación y
descentralización. Las potencias occidentales «en realidad desean
que haya cuatro Alemanias, pero lo disimulan por todos los
medios», dijo Stalin en enero de 1947, y reafirmó la línea adoptada
por la URSS: «Debe crearse un gobierno central, y podrá firmar el
tratado de paz». Como señala un especialista ruso, Stalin era reacio
«a respaldar la responsabilidad de la división de Alemania. Deseaba
que ese papel lo desempeñaran las potencias occidentales». Por
consiguiente, de manera deliberada «se mantuvo un paso por detrás
de las acciones de las potencias occidentales».[42] En efecto, todos
los pasos que dieron los soviéticos hacia la creación de unidades de
policía militar y de policía secreta dentro de su zona los dieron
después de que las potencias occidentales tomaran sus propias
medidas tendentes a la segregación de Alemania Occidental: el
establecimiento de la Bizona, la creación del Plan Marshall y la
formación de Alemania Occidental.
Hasta 1947, Stalin desempeñó un papel trascendental en el
frenazo dado a los comunistas germanoorientales y a ciertos
entusiastas de la AMSA que deseaban una rápida «construcción del
socialismo» en la zona. Quizá esperara que se produjeran cambios
drásticos en el entorno económico y político de Europa en
concomitancia con la crisis económica, las elecciones
norteamericanas, u otros hechos. Mientras tanto, la cuestión
alemana empezó a convertirse en un elemento acelerador de la
confrontación de las grandes potencias. La administración Truman
continuó abandonando la política de retirada de Alemania y
deslizándose hacia otra basada en la reconstrucción económica a
largo plazo de las zonas occidentales. Tras el fracaso de la segunda
conferencia de ministros de Asuntos Exteriores de Moscú (marzo-
abril de 1947), destinada a alcanzar un acuerdo sobre Alemania, el
secretario de Estado norteamericano, George Marshall, llegó a la
conclusión de que «el paciente estaba muriéndose mientras los
médicos deliberaban», y la administración Truman lanzó el Plan
Marshall para poner en marcha la recuperación económica europea.
[43]

Al principio, el Kremlin no tenía ninguna pista sobre qué era lo


que motivaba la iniciativa norteamericana. Quizá, sugirieron los
economistas soviéticos, Estados Unidos preveía una gran crisis
económica y deseaba dar paso a un nuevo Programa de Préstamo y
Arriendo (Lend-Lease) con el fin de crear nuevos mercados para sus
productos. Entre los gestores de la economía soviética renacieron
las esperanzas de que esta vez la URSS obtuviera de los
norteamericanos los préstamos que no se habían materializado en
1945-1946. Al principio, los soviéticos no relacionaron el Plan
Marshall con la cuestión alemana: Molotov sólo recibió la orden de
bloquear los intentos de reducir las indemnizaciones de guerra
alemanas a cambio de préstamos de los norteamericanos. Tras
consultar con los líderes comunistas yugoslavos, Stalin y Molotov
decidieron que las delegaciones de otros países centroeuropeos
fueran a París, donde iba a tener lugar una conferencia sobre ayuda
económica a Europa. Los gobiernos de Checoslovaquia, Polonia y
Rumanía anunciaron que participarían en la conferencia justo
cuando Stalin cambió de opinión.[44]
El 29 de junio de 1948, Molotov envió a Stalin desde París,
donde había podido consultar a los líderes británicos y franceses, el
siguiente comunicado: los norteamericanos «están deseando utilizar
esta oportunidad para irrumpir en las economías internas de los
países europeos y especialmente para reorientar el flujo del
comercio europeo según sus propios intereses». A primeros de julio,
los nuevos informes de inteligencia llegados de París y Londres,
especialmente sobre las conversaciones secretas angloamericanas
a espaldas de los soviéticos, revelaron al Kremlin que la
administración Truman tenía in mente un vasto plan de integración
económica y política de Europa: el Plan Marshall tenía por objeto
frenar la influencia soviética y reavivar la economía europea, y en
especial la alemana, según los criterios de los norteamericanos. El 7
de julio de 1947, Molotov envió una nueva directiva a los gobiernos
de la Europa Central: «aconsejándoles» cancelar su participación en
la Conferencia de París, porque «bajo el disfraz del plan de
recuperación europea», los organizadores del Plan Marshall «en
realidad quieren crear un bloque occidental que incluya a la
Alemania del Oeste».[45] Cuando el gobierno checoslovaco se negó
a obedecer, citando su dependencia económica de los mercados y
los préstamos occidentales, Stalin convocó a sus representantes a
Moscú y les planteó un ultimátum: su sola asistencia a la
Conferencia de París sería considerada un acto de hostilidad por los
soviéticos. La delegación checoslovaca se sintió amedrentada y no
tuvo más remedio que obedecer. En compensación, Stalin prometió
que ordenaría a los ministerios de Industria soviéticos comprar
productos checoslovacos y aseguró que les prestaría una ayuda
inmediata consistente en 200 000 toneladas de trigo, cebada y
avena.[46]
El cambio de actitud soviético respecto al Plan Marshall puso de
manifiesto un patrón en las reacciones de Stalin ante la intervención
cada vez mayor de los norteamericanos en Europa: el paso de la
sospecha y la contemporización al contraataque feroz. La lectura
que hacía Stalin del Plan Marshall no dejaba espacio para la
neutralidad alemana. Un informe del embajador soviético en
Washington, que reflejaba el nuevo modo de pensar del Kremlin,
presentaba los planes de Estados Unidos como la construcción de
un bloque destinado a rodear a la URSS, «y que cruzaba Occidente
pasando por Alemania del Oeste y más allá».[47] Las instrucciones
de Stalin a los comunistas extranjeros los obligaron a cambiar las
actividades parlamentarias por la violencia política y los preparativos
para la guerra. Durante el otoño de 1947, el Kremlin intentó
desestabilizar Europa Occidental por medio de las huelgas y las
manifestaciones organizadas por los partidos comunistas y los
sindicatos de Francia e Italia. El rapapolvo dado a los checos ponía
de manifiesto que Stalin se había percatado al fin de que debía
descartar su plan para Alemania y Europa Central consistente en
esperar y ver. Los partidos comunistas de Europa Central recibieron
la orden de marchar al son que tocara el Kremlin y de adherirse a la
Oficina de Información de los Partidos Comunistas (Cominform),
cuyo cuartel general se encontraba en Belgrado, Yugoslavia. No
obstante, las órdenes de Stalin a los comunistas centroeuropeos
tendrían que combinar la intrepidez con la prudencia. El dictador
esperaba presentar la aceleración de la «sovietización» como un
proceso paulatino y natural manteniendo oculta la mano de Moscú
en la medida de lo posible.[48]
Stalin había venido considerando la idea de reforzar su control
sobre los partidos comunistas europeos desde 1946, pero el
establecimiento de la Cominform se vio acelerado por el Plan
Marshall. Esta institución reflejaba la convicción que tenía Stalin de
que, en adelante, los soviéticos no podrían manejar Europa Central
si no era con una disciplina férrea tanto ideológica como de partido.
Los partidos comunistas debían renunciar a las «vías nacionales al
socialismo»; en efecto, no tardaron en estalinizarse y verse
rígidamente subordinados a la política del Kremlin. La imposición de
controles estalinistas dio lugar a la purga de la Yugoslavia de Tito.
Esta medida llevaría la profunda impronta de la personalidad de
Stalin. El estallido de odio del dictador soviético hacia Tito y los
dirigentes comunistas yugoslavos fue una sorpresa, incluso para sus
subordinados. No obstante, era un rasgo típico de la conducta de
Stalin mostrado ya en el terreno de la política soviética durante el
período de consolidación de su poder, cuando dio muestras
sucesivamente de afecto y odio hacia sus amigos y partidarios
políticos. El trato dispensado por Stalin a los líderes comunistas de
Europa Central no fue marcadamente distinto de la forma que tuvo
de tratar a sus lugartenientes más estrechos, Molotov y Zhdanov:
una mezcla de encanto falaz, sadismo gratuito, recelo y desprecio.
En el caso de los yugoslavos, a Stalin le salió el tiro por la culata y
su actitud provocó la rebelión del socio más valioso de la URSS en
Europa Central.[49]
De ese modo la consolidación de una Europa Central al estilo de
Stalin produjo un enemigo interno, además de otro externo. La feroz
campaña contra el «titismo» desempeñó en 1948-1949 la misma
función que tuviera la falsa campaña contra el «trotskismo» en
1935-1938. Contribuyó a consolidar el control absoluto de Stalin y a
impedir cualquier posibilidad, por remota que fuere, de oposición y
resistencia a su voluntad. Al mismo tiempo, Stalin se obsesionó con
la idea de asesinar a Tito, del mismo modo que se había
obsesionado unos años antes con el asesinato de Trotski.[50]
La rápida consolidación del bloque soviético en Europa Central
provocó grandes cambios en la política soviética sobre Alemania,
que dio un giro decisivo hacia la creación de una Alemania del Este
sovietizada a expensas de la campaña en pro de la unidad alemana.
Stalin no permitió que el SED se convirtiera en miembro de la
Cominform. Sin embargo, los dirigentes del SED, incluidos los
antiguos socialdemócratas, expresaron su inequívoca lealtad a la
Unión Soviética y se pronunciaron en contra del Plan Marshall. En
otoño de 1947, Stalin indujo a los dirigentes comunistas de
Alemania Oriental a organizar formaciones militares bajo los
auspicios de la Dirección Alemana de Interior, el aparato policial de
la zona soviética. En noviembre de 1947, se creó dentro de la
Dirección de Interior un Departamento de Inteligencia e Información,
con la misión de detectar y erradicar por medios ilegales cualquier
oposición al régimen germanooriental. En julio de 1948, cuando se
intensificó la crisis de Berlín, el líder soviético ratificó un plan
destinado a equipar y entrenar a diez mil soldados de Alemania del
Este, para hacer de ellos una «policía de emergencia» acuartelada.
[51] Todas estas medidas fueron formuladas y puestas en práctica

con el mayor secreto. Stalin era plenamente consciente de que


constituían una flagrante violación de las decisiones tomadas en
Yalta y Potsdam, y que su política estaba en abierta contradicción
con la propaganda y la diplomacia soviética, que fomentaban la
opción de una Alemania reunificada, neutral y desmilitarizada.
En septiembre de 1948, el SED proclamó que el concepto de vía
al socialismo especial para Alemania, concepto al que había
permanecido fiel desde su creación en 1946, era una idea «corrupta
y peligrosa», una senda que conducía a «desviaciones»
nacionalistas. En el ambiente de histeria antiyugoslava, los
comunistas germanoorientales prefirieron ponerse en el lado seguro,
intentando engrosar las filas de los estalinistas leales sin haber ni
siquiera recibido del Kremlin una invitación para hacerlo.[52]
Desde diciembre de 1947 a febrero de 1948, los dirigentes
occidentales, tras reunirse por separado en Londres sin la Unión
Soviética, empezaron a organizar un estado federal
germanooccidental. Dicho estado recibiría la ayuda de Norteamérica
a través del Plan Marshall, y se revisarían los planes de producción
del Ruhr para asegurar un rápido resurgimiento económico de las
zonas occidentales. Puede que Stalin siguiera esperando que se
produjera una crisis económica capitalista que arruinara los planes
de Occidente, pero ya no podría posponer su reacción ante la
aparición de una Alemania del Oeste. Su respuesta consistiría en
intentar alcanzar en Berlín la máxima superioridad de los soviéticos
sobre Occidente. En marzo de 1948, en respuesta a las quejas de
los dirigentes del SED por la presencia occidental en Berlín, Stalin
comentó: «Quizá logremos echarlos a patadas».[53] Decidió
bloquear Berlín Occidental en un intento de expulsar de la ciudad a
los aliados o, mejor aún, obligarlos a renegociar los acuerdos de
Londres.
Además de los acuerdos de Londres, la introducción de la nueva
moneda en Alemania y Berlín Occidental se convirtió en una
espoleta para la actuación de la URSS. La introducción de una
nueva moneda incrementaría notablemente los costes de la
ocupación soviética de Alemania (que ascendían a quince mil
millones de rublos en 1947). Hasta entonces, la AMSA había podido
imprimir los viejos marcos de ocupación que seguían circulando en
las zonas del oeste. La separación monetaria de la zona soviética
de Alemania Occidental amenazaba con poner fin a aquella
bonanza económica.[54]
Al convertir a Berlín Occidental en rehén de los planes
separatistas de Occidente, Stalin creyó tener unas posibilidades
razonables de matar dos pájaros de un tiro. Si las potencias
occidentales optaban por negociar, verían complicados sus planes
de crear un estado alemán en el oeste. Esas conversaciones darían
asimismo a la AMSA más tiempo para llevar a cabo sus propios
preparativos en la zona. Si las autoridades occidentales se negaban
a negociar, corrían el riesgo de perder su base en Berlín. El líder
soviético se sentía seguro de su capacidad de ajustar el uso de la
fuerza en torno a Berlín Occidental para no tener que provocar una
guerra y hacer que las potencias occidentales parecieran las
responsables de la crisis. Curiosamente, ordenó una demora en la
emisión de nuevos billetes para la zona soviética hasta que las
potencias occidentales introdujeran su marco alemán en Berlín.[55]
El bloqueo de Berlín fue un ejemplo más de la táctica de tanteo
de Stalin, en la que la cautela iba de la mano de una brutal
determinación de ir hasta el fondo siempre y cuando el equilibrio de
fuerzas fuera el que le conviniera. Otros acontecimientos ocurridos
en Europa nos ofrecen un contexto revelador de aquel acto de los
soviéticos contra Berlín Occidental. Al Kremlin le salió bien la táctica
en febrero de 1948, cuando los comunistas se hicieron con el poder
en Checoslovaquia y el gobierno liberal-democrático se rindió sin
luchar. Al mismo tiempo, Stalin llegó a la conclusión de que Estados
Unidos y Gran Bretaña nunca permitirían que las fuerzas
comunistas se alzaran con la victoria en Grecia. En su reunión con
los líderes yugoslavos y búlgaros del 10 de febrero, Stalin dijo que
«si no se dan las condiciones necesarias para la victoria» en Grecia,
«no hay por qué tener miedo de admitirlo». Sugirió que el
«movimiento guerrillero», apoyado en 1947 por el Kremlin y por los
yugoslavos, debía «acabarse». Fue el desacuerdo de Yugoslavia
con los cálculos de Stalin lo que precipitó, junto con otros factores,
la ruptura entre el dictador soviético y Tito.[56]
Mientras iba fermentando la crisis de Berlín, la inminente victoria
del Partido Comunista Italiano (PCI) en abril de 1948 amenazaba el
equilibrio de poder en Europa. El historiador Victor Zaslavski ha
encontrado numerosas pruebas de que los militantes del PCI
estaban dispuestos, si era necesario, a hacerse con el poder por
medio de una insurrección militar. El líder del PCI, Palmiro Togliatti,
educado en el «realismo» estalinista, tenía, sin embargo, serias
dudas respecto al resultado de semejante aventura. El 23 de marzo,
Togliatti utilizó ciertos canales secretos para enviar una carta a
Stalin pidiéndole consejo. Advertía al líder del Kremlin que la
confrontación militar del PCI con el bando político opuesto podía
«desembocar en una gran guerra». Togliatti informaba a Stalin de
que, en caso de guerra civil en Italia, Estados Unidos, Gran Bretaña
y Francia apoyarían al bando anticomunista; entonces el PCI habría
necesitado la ayuda del ejército yugoslavo y de las fuerzas de otros
países del este de Europa para mantener su control del norte de
Italia. La carta de Togliatti reclamaba una respuesta inmediata de
Stalin. El dictador soviético ordenó al PCI no utilizar «de ninguna
manera la insurrección armada» para hacerse con el poder en Italia.
[57] Fiel a sus prudentes cálculos de equilibrio de fuerzas, decidió

que Italia, situada dentro de la esfera de influencia angloamericana,


quedaba demasiado lejos. Berlín Occidental, en cambio, estaba
dentro de la zona de ocupación soviética, y la cuestión alemana era
lo bastante trascendental para justificar un riesgo calculado.
En mayo de 1948, como ha descubierto el historiador Vladimir
Pechatnov, Stalin planeó una «ofensiva de paz» indirecta contra la
administración Truman. Su objetivo era minar la política
estadounidense en Europa, presentándola como la única causa de
la incipiente división de Europa y de Alemania. Utilizó canales
secretos para comunicarse con Henry Wallace (que se presentaba a
las elecciones presidenciales contra Truman) para hacerle saber, y a
través de él a toda la opinión pública norteamericana, que los
soviéticos «no estamos haciendo ninguna Guerra Fría. El que está
haciéndola es Estados Unidos». Stalin quería dar la impresión de
que las contradicciones ruso-norteamericanas podían superarse por
medio de la negociación. El líder soviético siguió aludiendo a esta
perspectiva ilusoria en una «carta abierta» dirigida a Wallace, en la
que respaldaba por completo sus propuestas de paz.[58]
Inesperadamente, el bloqueo soviético de Berlín Occidental
resultó un fiasco propagandístico y todo un fracaso estratégico. El
invierno benigno, el genio de los angloamericanos a la hora de
organizar un puente aéreo, y el estoicismo de la población de la
ciudad derrotaron las pretensiones de los rusos. Occidente dio a
Stalin una costosa lección estableciendo duras sanciones
económicas contra la zona soviética y haciendo pagar a los rusos
los daños sufridos. Por último, la reforma monetaria de los
occidentales en Alemania y Berlín Oeste resultó un gran éxito,
gracias en buena parte al boicot soviético.[59] Los efectos
psicológicos y políticos del bloqueo de Berlín resultaron fatales para
la influencia rusa sobre Berlín y la Alemania Occidental. El bloqueo
contribuyó a forjar una nueva amistad y una alianza anticomunista
entre los alemanes occidentales y los aliados, particularmente los
norteamericanos. La presencia norteamericana y británica en
Alemania y Berlín Oeste consiguió una legitimidad popular de la que
había carecido hasta ese momento. La crisis de Berlín facilitó la
formación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)
por Estados Unidos, Canadá y diez naciones de Europa Occidental,
proclamada el 9 de abril de 1949. La OTAN legitimó formalmente y
con carácter permanente la presencia militar estadounidense en
Europa y en Alemania Occidental. El 11 de mayo de 1949, después
de unas breves conversaciones, la Unión Soviética levantó el
bloqueo y firmó un acuerdo con las tres potencias occidentales. Este
acuerdo reconocía de facto unos derechos políticos permanentes a
los occidentales en Berlín y, en un protocolo aparte, se accedía a la
división de la ciudad en dos sectores, el oriental y el occidental. El
23 de mayo de 1949, unos días después de que se levantara el
bloqueo, las zonas occidentales se convirtieron en la República
Federal Alemana (RFA).
Algunas de las ideas fundamentales de Stalin sobre Alemania,
basadas en la experiencia del período de entreguerras, resultaron
equivocadas. En primer lugar, la táctica de la alianza con los
nacionalistas pangermánicos no produjo los beneficios esperados.
Stalin no supo darse cuenta de que la caída del régimen nazi en la
primavera de 1945 hizo que casi toda Alemania quedara harta de
cualquier forma de nacionalismo. Como demostró el desarrollo
político de Alemania Occidental a partir de 1948, los factores más
poderosos no fueron el nacionalismo, sino el deseo de
normalización económica, el regionalismo tradicional, y la alienación
de los territorios de Alemania del Este, factores todos que se
remontaban a la reacción contra la dominación de Prusia durante el
Primer Reich. Dicha situación quedaría plasmada en el apoyo que
recibió Konrad Adenauer entre la clase media y alta de Renania, un
apoyo que le permitió convertirse en el primer canciller de la
República Federal de Alemania.[60]
En vez de tensiones nacionalistas en Alemania Occidental, lo
que se produjo fue una inesperada simbiosis entre las tropas
norteamericanas destacadas en su territorio y la población civil
alemana, especialmente las mujeres. Muchas alemanas veían con
buenos ojos a los soldados norteamericanos, que se convirtieron en
proveedores de los alimentos y otros productos de primera
necesidad que tanto escaseaban. Mientras que, según la opinión
pública, los soviéticos se dedicaban a «llevárselo todo», a saquear y
desmantelar el país, los norteamericanos lo «daban todo». Durante
el bloqueo de Berlín, la opinión alemana cambió de manera más
drástica aún a favor de Estados Unidos y en contra de los
soviéticos.[61]
En segundo lugar, los años cuarenta no terminaron con una
crisis del mundo capitalista. Stalin se había fiado demasiado de esta
idea. Había imaginado grandes rivalidades entre los países de
Europa Occidental y Estados Unidos, reflejo de la teoría leninista de
las contradicciones intrínsecas de la economía de mercado.[62] En
realidad, la recesión económica de posguerra que dio comienzo en
1948 no fue ni mucho menos tan grave como se esperaba. Los
sueños soviéticos de una nueva Gran Depresión que intensificara el
aislacionismo de Estados Unidos y que lo llevara a adoptar una
postura más conciliatoria hacia los deseos de Moscú no se hicieron
realidad.
Una vez más, Stalin se negó a admitir su error de cálculo. En
marzo de 1948, dijo a los dirigentes del SED que la unificación de
Alemania iba a ser un «proceso largo» y que llevaría «varios años».
Ese retraso, añadió, redundaría en beneficio del SED, pues los
comunistas podrían intensificar su labor propagandística y «preparar
a las masas para la reunificación de Alemania». Una vez «esté
preparada» la mentalidad de la gente, los norteamericanos «tendrán
que capitular».[63] En diciembre de 1948, en otra reunión con los
comunistas germanoorientales, Stalin mostró un falso optimismo.
Los dirigentes del SED reconocieron que tanto ellos como sus
aliados habían arruinado su reputación política en Alemania
Occidental; todo el mundo los consideraba «agentes soviéticos». El
dueño y señor del Kremlin respondió reprochando cínicamente a
Ulbricht y a sus camaradas haber renunciado a una vía al socialismo
especial para Alemania: ¿Por qué intentaron luchar «desnudos»,
como los antiguos germanos que habían combatido a las legiones
romanas? «Hay que utilizar un disfraz», dijo. Stalin sugirió que
«algunos buenos comunistas» de Alemania Occidental abandonaran
el partido y se infiltraran en el SPD, con el fin de subvertir a los
socialdemócratas desde dentro, como habían hecho los comunistas
polacos y húngaros con los partidos de la oposición en sus
respectivos países.[64]
Los líderes del SED aprovecharon el patinazo de los soviéticos y
la proclamación del estado germanooccidental para pedir más
autonomía respecto a las autoridades rusas de ocupación.
Presionado por los acontecimientos, Stalin permitió al SED
prepararse para el establecimiento formal de un nuevo estado, la
República Democrática Alemana. La RDA nació oficialmente el 7 de
octubre de 1949. Ese mismo año Stalin creó el Consejo de Ayuda
Económica Mutua (el COMECON o CMEA), respuesta soviética al
Plan Marshall y al bloque económico de los países occidentales. Su
tarea primordial era desarrollar los «tipos básicos de producción que
nos permitan [al bloque soviético] acabar con la importación de
equipos esenciales y materias primas de los países capitalistas». La
RDA no tardaría en recibir autorización para ingresar en dicho
Consejo.[65]
Algunos testimonios indican que el dictador del Kremlin se sintió
humillado por tener que dar marcha atrás en Alemania. Cuando el
bloqueo de Berlín se acercaba ya a su ignominioso final, Stalin
reanudó sus ataques contra Molotov y mandó detener a su mujer. La
semicaída del ministro de Asuntos Exteriores, como dicen los
historiadores Gorlizki y Jlevniuk, «fue en parte el precio que tuvo
que pagar Molotov por el fracaso de la política soviética en
Alemania». En marzo de 1949, Molotov perdió la cartera ministerial
de la que había sido titular durante tanto tiempo. Un año después,
Stalin todavía echaba sapos y culebras al hablar del
«comportamiento deshonesto, pérfido y arrogante de Estados
Unidos en Europa, los Balcanes, Oriente Medio, y especialmente
por su decisión de crear la OTAN». Su manera de vengarse de la
arrogancia de los norteamericanos fue apoyar los planes de Kim Il
Sung de anexionarse Corea del Sur.[66]

LA GUERRA DE COREA Y ALEMANIA ORIENTAL

El estallido de la guerra de Corea en junio de 1950 militarizó


radicalmente la Guerra Fría y redujo prácticamente a cero el espacio
para las conversaciones de paz y los acuerdos en Europa. Según
Molotov, la guerra «nos la impusieron los propios coreanos. Stalin
dijo que era imposible evitar la cuestión nacional de una Corea
unida».[67] No obstante, la decisión de meterse en la guerra fue de
Stalin; una vez tomada dicha decisión, se acabó con cualquier
posibilidad de reunificación pacifica de Alemania.
La nueva alianza entre Stalin y Mao Zedong allanó el camino
para la guerra de Corea y fue un factor trascendental en el cambio
de estrategia de Stalin, que pasó de centrar su interés en Europa y
Alemania a hacerlo en el Extremo Oriente. Hasta 1949, el Kremlin
prestó una ayuda mínima a los comunistas y revolucionarios
asiáticos, incluido Mao Zedong en China y Ho Chi Min en Vietnam.
[68] La victoria de los comunistas chinos obligó a Stalin a

reconsiderar sus prioridades. El triunfo del partido comunista en el


país más populoso del mundo contrastaba con la situación de punto
muerto existente en Alemania y con los fracasos de los comunistas
en Francia y en Italia. En julio de 1949, en la entrevista con la
delegación del PCCh en el Kremlin, Stalin reconoció sus pasados
errores al dudar de la victoria de los comunistas en China. No
obstante, en diciembre de 1949 el dictador soviético se mostró
reacio a hacer lo mismo cuando Mao Zedong acudió a Moscú para
participar en la celebración de su cumpleaños. Stalin sólo accedió a
dar su beneplácito a la nueva afianza entre China y la URSS y a una
nueva serie de pactos entre los dos países cuando Mao se negó a
abandonar Rusia sin haber alcanzado un acuerdo definitivo chino-
soviético. Mikoyan y Molotov contribuyeron a que el dictador
cambiara de opinión. Durante las conversaciones entre Stalin y Mao
que se desarrollaron después, el dictador del Kremlin prometió
olvidarse de todo lo relacionado con el «sistema de Yalta», los
acuerdos de Realpolitik entre las grandes potencias que habían
dado a la URSS legitimidad internacional y ventajas diplomáticas en
Europa y Asia. «¡Al diablo con Yalta!», dijo el caudillo del Kremlin a
Mao, accediendo a que los chinos llevaran la iniciativa en el
desarrollo del proceso revolucionario en Asia.[69] Sin embargo, las
negociaciones se caracterizaron hasta el final por un durísimo tira y
afloja y por una aspereza mutua. Inesperadamente, los chinos
pidieron que todas las posesiones soviéticas en Manchuria, incluido
el ferrocarril y la base de Port Arthur, fueran devueltas a China.
Semejante pretensión encolerizó a Stalin, que finalmente decidió
que la alianza con China era más importante que los intereses
soviéticos en Manchuria. El nuevo Tratado Chino-Soviético, firmado
en febrero de 1950, supuso durante muchos años el mayor éxito de
la política exterior rusa. Al mismo tiempo, sentó las bases de una
futura rivalidad entre China y la URSS, pues Mao se sintió humillado
por la actitud condescendiente de Stalin y su negativa a tratar a
China de igual a igual.[70]
Por primera vez desde los años veinte, Stalin tuvo que tratar a
unos comunistas extranjeros no simplemente como instrumentos
para conseguir los objetivos soviéticos en materia de política
exterior, sino como fuerzas independientes o incluso como socios.
Esta circunstancia condujo a una notable reaparición, aunque no del
todo sincera, del elemento revolucionario «romántico» en el discurso
y en la política internacional estalinista. En Indochina, chinos y
soviéticos acordaron suministrar ayuda al ejército del Viet Min. En
Corea, Stalin abandonó su anterior contención frente a los
comunistas coreanos, que suplicaron la ayuda de la URSS para
liberar la península de Corea del régimen proamericano de
Syngman Rhee. En enero de 1950, Stalin autorizó al líder
norcoreano, Kim Il Sung, a que se preparara para una guerra de
reunificación nacional y le prometió asistencia militar plena. El
historiador Evgeni Bajanov ha resumido atinadamente los nuevos
testimonios existentes sobre esta decisión. Stalin cambió de opinión
respecto a la guerra de Corea debido (1) a la victoria de los
comunistas en China; (2) a la obtención de la bomba atómica por la
URSS (las primeras pruebas se llevaron a cabo en agosto de 1949);
(3) al establecimiento de la OTAN y al empeoramiento general de
las relaciones de la URSS con Occidente; y (4) debido a la
sensación de debilitamiento de la posición de Washington y de su
voluntad de intervenir militarmente en Asia. Al mismo tiempo,
cuando Kim Il Sung y otro líder norcoreano, Pak Hong-young,
visitaron Moscú entre el 30 de marzo y el 25 de abril de 1950 con el
fin de preparar la guerra, Stam les dijo que la URSS no intervendría
directamente, sobre todo si los norteamericanos enviaban tropas en
ayuda de Corea del Sur.[71]
El estallido de la guerra de Corea provocó una nueva alarma de
guerra en Europa Occidental; muchos esperaban que los tanques
soviéticos entraran en cualquier momento en Alemania del Oeste.
Los responsables de la política norteamericana, sin embargo, daban
por supuesto que la guerra en Europa era muy improbable. Llegaron
a la conclusión de que la URSS seguiría tanteando las posibles
debilidades de los occidentales en el Viejo Continente y también en
Asia. Para desanimar ese tipo de tanteos, los norteamericanos
cuadruplicaron su presupuesto militar, incrementaron a toda prisa
sus reservas de bombas atómicas, y presionaron a Francia, que se
mostraba reacia, y a otros miembros de la OTAN a ratificar la
creación de unas fuerzas armadas germanooccidentales.[72] Los
observadores y los servicios de inteligencia soviéticos no tuvieron
ningún problema en seguir la pista a los constantes cambios
sufridos por el paisaje geopolítico de Europa Occidental:
concretamente, la integración de las industrias francesas y
alemanas del carbón y el acero, los preparativos para el
reconocimiento de la soberanía de la República Federal de
Alemania, y los planes para la creación de un «ejército europeo»
con divisiones germanooccidentales como elemento fundamental.
[73] Las valoraciones que hicieron los norteamericanos de las

intenciones de los soviéticos fueron en general correctas. Los


tanteos cautelosos seguían siendo la política típica de Stalin, a
pesar de su emulación retórica del romanticismo revolucionario de
Mao.
La intervención de Estados Unidos impidió que se hicieran
realidad los planes de los norcoreanos de una rápida victoria
«revolucionaria». No obstante, como demuestran los documentos de
los archivos soviéticos, Stalin había aprendido del pasado y estaba
preparado para dar una desagradable sorpresa. El 27 de agosto de
1950, en un telegrama al presidente de la Checoslovaquia
comunista, Klement Gottwald, el líder soviético explicaba su visión
de la guerra de Asia. La Unión Soviética, afirmaba, se abstendría
deliberadamente en la trascendental votación celebrada en las
Naciones Unidas para declarar a Corea del Norte estado agresor.
Se trataba de una acción calculada para que los norteamericanos se
vieran «enredados en una intervención militar en Corea», en la cual
«dilapidarían su prestigio militar y su autoridad moral». Si Corea del
Norte empezaba a perder la guerra, China acudiría en su ayuda. Y
«América, como cualquier otro estado, no puede enfrentarse a
China, que tiene a su disposición unas fuerzas armadas de grandes
proporciones». Una guerra larga y prolongada entre China y
Estados Unidos sería una buena cosa, en opinión de Stalin. Daría a
la Unión Soviética más tiempo para reforzarse y además, «distraería
la atención de Estados Unidos de Europa hacia el Extremo Oriente».
Y «la guerra del Tercer Mundo se pospondrá por un plazo
indeterminado, cosa que dará el tiempo necesario para consolidar el
socialismo en Europa».[74]
Durante los dos años siguientes, el dictador soviético llevó a la
práctica su programa. Logró convencer a Mao y a los comunistas
chinos de que combatieran contra Estados Unidos en Corea. Les
dijo que los norteamericanos no se atreverían a enzarzarse en la
guerra. Llegó a jactarse incluso de que la URSS no tenía miedo de
enfrentarse a los norteamericanos, pues «juntos seremos más
fuertes que Estados Unidos e Inglaterra, mientras que los otros
estados capitalistas de Europa (con la excepción de Alemania, que
de momento es incapaz de ofrecer ningún tipo de ayuda a Estados
Unidos) no suponen una amenaza militar seria».[75]
En realidad, el cauteloso intrigante estaba dispuesto a evitar
cualquier choque prematuro con Estados Unidos en Asia y en
Europa. Stalin había quedado fuertemente impresionado por la
potencia aérea estadounidense, lo mismo que cientos de pilotos
soviéticos que lucharon contra los norteamericanos en los cielos de
Corea. La industria aeronáutica soviética y el desarrollo del radar y
de las defensas aéreas recibieron un impulso enorme en 1951-1953,
pero seguían estando muy por detrás de la aviación norteamericana.
[76] El arsenal atómico soviético estaba formado sólo por unas
cuantas bombas, y no había forma de transportarlas hasta Estados
Unidos. Como el mariscal Sergei Ajromeyev dijo al diplomático
Anatoli Dobrinin veintitrés años después, Stalin tenía que basarse
todavía en una respuesta no nuclear de la URSS a cualquier ataque
nuclear norteamericano. En la práctica, ello significaba que el
ejército soviético tenía que mantener en Alemania Oriental unas
fuerzas armadas capaces de asestar un golpe fulminante a los
ejércitos de la OTAN y de ocupar toda Europa Occidental hasta el
canal de la Mancha. Según Ajromeyev, Stalin creía que una
amenaza armada habría permitido contrarrestar la amenaza nuclear
norteamericana. Además, en enero de 1951 Stalin dio a todos los
países satélites de Europa Central la orden de «crear unas fuerzas
armadas modernas y fuertes» en el plazo de dos o tres años.[77]
Esta fuerza auxiliar contribuiría a la credibilidad de la superioridad
de los soviéticos por tierra.
Estos planes militares soviéticos convertían Alemania en el
principal escenario de una posible guerra futura e incrementaban
enormemente la importancia estratégica de la RDA. Junto con el
colapso del orden internacional de Yalta y el radicalismo
revolucionario de Stalin y Mao en el Extremo Oriente, esta novedad
anunciaba la necesidad de cambio en la política soviética respecto a
Alemania. Al principio, la RDA quedó fuera de esta campaña de
choque de movilización y producción militar. Stalin seguía queriendo
utilizar la posibilidad de una reunificación pacífica de Alemania para
diversos objetivos políticos: para agravar la discordia en el seno de
la OTAN, para retrasar y hacer fracasar el proceso de rearme de
Alemania Occidental, y para encubrir los preparativos militares en el
este. Los propagandistas soviéticos explotaron al máximo el hecho
de que varios generales de la época nazi participaran en las labores
de creación de un ejército germanooccidental. En septiembre de
1951, Stalin y el Politburó ordenaron a los dirigentes del SED que
contestaran a las potencias occidentales presentando una propuesta
de «elecciones pangermánicas destinadas a crear una Alemania
unificada, democrática y pacífica».[78] Se trataba de un mero tanteo
de carácter propagandístico. El Kremlin no tuvo nunca intención de
celebrar tales elecciones, pues los comunistas las habrían perdido
con toda seguridad.
Las autoridades germanoorientales llevaron a cabo esta
campaña con su habitual torpeza. Como sostienen Norman Naimark
y Hope Harrison, los líderes de la RDA no eran meros peones y
transmisores de la voluntad de Moscú. Su objetivo tácito era crear la
RDA como un país «socialista», esto es, llevar a cabo las mismas
purgas y transformaciones que habían tenido lugar en otros países
de Europa Central. El papel de gobierno provisional a la espera de
las negociaciones con Occidente no tenía el menor atractivo para
ellos. Y los planes de la Comunidad Europea de Defensa (CED), en
la que participaban las fuerzas armadas germanooccidentales,
dieron a Ulbricht y sus colegas nuevos argumentos para exigir la
plena integración de la RDA en el bloque político-militar comunista.
En particular, a comienzos de 1952 los dirigentes de la Alemania del
Este intentaron aprovechar la inminente firma del acuerdo de las
potencias occidentales que incrementaba la soberanía de Alemania
Occidental (el «Tratado General») y el acuerdo de la CED como
pretexto para que Moscú entrara en acción.[79]
Las autoridades soviéticas de ocupación establecidas en
Alemania Oriental (en octubre de 1949 la AMSA fue rebautizada
Comisión de Control Soviética [CCS]), el general Vasili Chuikov y
Vladimir Semenov, consideraron que era importantísimo responder a
las innovaciones introducidas por los occidentales dando legitimidad
a la RDA y haciendo aparentar que sus dirigentes eran
independientes de la URSS. El ministro de Asuntos Exteriores,
Andrei Vishinski, que había sustituido a Molotov, no quería, sin
embargo, emprender ninguna acción demasiado drástica. Expresó
incluso sus dudas respecto a la autenticidad de una copia del
Tratado General obtenida por los alemanes del Este. Los
memorándums del ministerio al Politburó seguían tratando a la RDA
como una parte del «estado vencido» y se oponían a reconocerla
como agente del acuerdo de paz alcanzado en Alemania, y no como
objeto de él. Este último punto indica, curiosamente, que incluso
durante la guerra de Corea había entre los dirigentes soviéticos
quienes seguían pensando que el marco internacional de Yalta era
el que daba validez a la presencia soviética en Alemania. Ni la
comunidad diplomática ni los círculos militares de Moscú tenían
demasiados deseos de reconocer la soberanía de la RDA.[80]
Stalin continuó negando, incluso tal vez a sí mismo, que la Unión
Soviética había perdido la iniciativa estratégica en la cuestión
alemana. Animado por los informes de la CCS, decidió escenificar
un nuevo acto dramático en su campaña en pro de la reunificación
de Alemania. El 10 de marzo de 1952 envió una nota a las tres
potencias occidentales proponiéndoles nuevos términos para la
firma de un tratado de paz. La futura Alemania sería creada a través
de unas elecciones libres y sería un país neutral, pero tendría sus
propias fuerzas armadas. Por desgracia, no existen fuentes que nos
demuestren cuáles eran las ideas de Stalin en esos momentos. Su
anterior política, sin embargo, nos induce a pensar que todo aquello
no era más que un intentó de dar nueva vida a la ruidosa
propaganda soviética de la unidad de Alemania, socavar la alianza
de las potencias occidentales, y sembrar la discordia entre los
alemanes del Oeste. El análisis detallado de los planes soviéticos
para Austria, que durante largo tiempo había sido rehén de la
cuestión alemana y de los planes militares soviéticos, demuestra
también que por aquel entonces la diplomacia del Kremlin era
simplemente un camuflaje de los preparativos de guerra. Pero la
nueva estrategia no logró hacer fracasar el proyecto de creación de
un ejército europeo. Los gobiernos occidentales y la República
Federal de Alemania rechazaron rápidamente la nota calificándola
de mera jugada propagandística.[81]
Pocos días después de ese rechazo, el 7 de abril de 1952, Stalin
reveló sus verdaderos planes a los dirigentes comunistas de la
Alemania del Este. La RDA, respondió, podía ya unirse a las otras
«democracias populares» y empezar a hacer preparativos para la
guerra. Ahora era preciso enseñar a la juventud germanooriental,
sometida a la propaganda antibelicista, a disponerse a «defender»
su país frente a Occidente. «En cuanto tengáis cualquier tipo de
ejército», dijo a los alemanes del Este, las potencias occidentales
«hablarán con vosotros de un modo distinto. Obtendréis
reconocimiento y afecto, pues a todo el mundo le gusta la fuerza».
Stalin propuso crear un gran ejército germanooriental: treinta
divisiones de infantería e infantería de marina, una fuerza aérea y
una flota submarina, con centenares de tanques y millares de piezas
de artillería. Este ejército debía ser desplegado a lo largo de las
fronteras con Occidente. Por detrás de esas fuerzas, Stalin
planeaba desplegar el ejército soviético.[82]
Durante su segunda entrevista con los líderes de la RDA, Stalin
hizo algo más que dar la vuelta a su anterior política. Reveló que
nunca había dejado de pensar en el asunto desde el comienzo de la
ocupación. «Los norteamericanos», dijo, «necesitan su ejército en
Alemania del Oeste para que Europa Occidental siga en sus manos.
Dicen que tienen allí a su ejército para defenderse de nosotros. Pero
el verdadero objetivo de ese ejército es controlar Europa». Las
palabras de Stalin sonaron lúgubres y resignadas. «Los
norteamericanos arrastrarán a Alemania Occidental al Pacto
Atlántico. Crearán tropas germanooccidentales. Tienen a Adenauer
en el bolsillo. Lo mismo que a todos los antiguos fascistas y
generales». Por último el vozhd del Kremlin reconoció que se había
llegado a un punto muerto en Alemania. Dijo a los comunistas
germanoorientales lo que estaban deseando oír: «Debéis organizar
vuestro propio estado. La línea de demarcación entre la Alemania
Occidental y Oriental debe ser considerada una frontera, y no una
frontera sin más, sino una frontera peligrosa». En otras palabras,
Stalin empezó a ver la RDA no como una solución provisional, sino
como un valor estratégico permanente. Sin embargo, Stalin no dio el
último paso, cerrando la frontera de su sector de Berlín el sector
occidental. Decepcionado por el fracaso de su bloqueo de Berlín, se
limitó a «recomendar» que se restringiera el movimiento de las
personas por esa frontera. Los agentes occidentales, dijo, «se
mueven con demasiada libertad por la República Democrática
Alemana. Pueden llegar al extremo de asesinar a Ulbricht y al jefe
de la CCS, el general Vasili Chuikov».[83]
La avanzada edad de Stalin redujo su capacidad de trabajo, pero
su agilísima mente seguía funcionando con una energía atroz.
Durante años había venido planeando convertir Alemania Oriental
en el frente de una futura guerra con Occidente. Al mismo tiempo,
fiel a su visión del nacionalismo alemán, siguió insistiendo en apelar
a los socialdemócratas y a los sectores nacionalistas de la población
germanooccidental en su afán de impedir el apoyo a la presencia
militar norteamericana en la República Federal. «La campaña de
propaganda en pro de la unidad de Alemania debería continuar en
todo momento. Ahora tenéis en vuestras manos esta arma y no
deberíais soltarla nunca. Nosotros continuaremos presentando
propuestas sobre diversos aspectos de la unidad de Alemania con el
fin de poner en evidencia a los norteamericanos».[84]
Las decisiones de Stalin de abril de 1952, concluye el historiador
Ruud van Dijk, «resolvían la contradicción básica de su política
alemana» entre las realidades existentes en la zona y las políticas
sobre Alemania que habían venido proclamándose.[85] Al mismo
tiempo, crearon otro problema. Durante los meses siguientes,
debido a su acuerdo con Stalin, Ulbricht pasó de un método
moderado de sovietización de la RDA a una proclamación a gran
escala de «la dictadura del proletariado» y puso en marcha un curso
acelerado de construcción del socialismo. El 9 de julio de 1952, el
Kremlin aprobó la decisión del Politburó que ratificaba formalmente
el programa de «construcción del socialismo» en la RDA. Más tarde
Molotov afirmaría que Ulbricht interpretó erróneamente esta decisión
y que la tomó por una autorización para poner en marcha el curso
acelerado de construcción del socialismo. Stalin, sin embargo, no
puso nunca objeción alguna a las acciones de Ulbricht. En cualquier
caso, el líder del SED pensó que actuaba con el consentimiento de
Moscú y mostró un gran celo en sus acciones. La militarización total
de la RDA supuso confiscaciones y detenciones de saboteadores,
así como la denuncia de «defensores de la guerra» y de «enemigos
internos» occidentales. El régimen aplastó el comercio y la
producción del sector privado y se lanzó a una campaña de
colectivización en las zonas rurales.
Incluso una economía más saneada, que no hubiera sido
destruida por la guerra y el pillaje de los soviéticos, habría sido
incapaz de cumplir con los astronómicos planes de producción
dictados por Moscú. Los resultados de la nueva política Stalin-
Ulbricht fueron desastrosos: una inflación por las nubes, crisis
agrícola, y un desarrollo económico en gran medida distorsionado.
Para empeorar todavía más las cosas, Stalin no hizo nada para
reducir la carga que suponían las indemnizaciones de guerra y otros
pagos.
En 1953, la RDA había pagado más de cuatro mil millones de
dólares norteamericanos en concepto de indemnizaciones, pero
todavía debía a la URSS y a Polonia 2700 millones de dólares, o el
equivalente a unos gastos presupuestarios anuales de 211 millones
de dólares. Además, la RDA seguía pagando alrededor de 229
millones de dólares al año para sufragar los gastos de la ocupación
soviética de su territorio. Por último, Stalin, con la misma economía
despiadada mostrada en sus relaciones con los comunistas chinos y
coreanos (que pagaban en dólares norteamericanos el material de
guerra soviético que utilizaban para combatir contra los
estadounidenses en Corea), vendió al estado comunista
germanooriental sesenta y seis factorías y fábricas que previamente
habían sido confiscadas por los soviéticos. Estos las tasaron en
ciento ochenta millones de dólares, que deberían ser pagados en
metálico o en cargamentos de distintos productos.[86]
En realidad, la población de la RDA vivía mucho mejor que los
habitantes de la URSS. Dentro de la Unión Soviética, los costes de
los preparativos de guerra hicieron que los niveles de vida se
estancaran y se sumieran en unas cotas bajísimas.[87] Pero los
ciudadanos germanoorientales no sabían lo «afortunados» que eran
en comparación con sus camaradas soviéticos. Con quienes ellos
comparaban su nivel de vida era con sus paisanos de Alemania
Occidental. Antes del curso acelerado de militarización, los niveles
de vida de Alemania Oriental habían sido similares a los de la
Occidental. Tras el despegue del «milagro económico» en la
República Federal en 1950 y 1951, las condiciones de vida de los
germanooccidentales empezaron a mejorar, dejando muy atrás a los
ciudadanos de la RDA. Estados Unidos prestó una generosa ayuda
económica y financiera a Alemania Occidental a través del Plan
Marshall y otros programas. Pero lo más importante es que el
mercado norteamericano se abrió a los productos alemanes. La
existencia de unas oportunidades económicas mejores en Occidente
y el endurecimiento de la opresión y la rigidez en el sector oriental
empezaron a inducir a muchos jóvenes, a muchos profesionales y a
mucha gente culta a abandonar la RDA. Desde enero de 1951 a
abril de 1953, casi medio millón de personas salió de la RDA para
instalarse en Berlín Occidental y la República Federal. Entre ellos
había trabajadores especializados, agricultores, reclutas, e incluso
numerosos militantes del SED y del sindicato Juventudes Alemanas
Libres. Entre los que se quedaron, el descontento crecía. Walter
Ulbricht se hizo objeto del resentimiento, cuando no del odio del
pueblo.[88]
La política de Stalin en Alemania en 1952 sólo tenía sentido en
un único caso: el de la movilización para la guerra total. Los actos
de Stalin al final de su vida, así como las actividades documentadas
de su régimen, sugieren que el dictador creía en la inevitabilidad de
la guerra. En la primavera de 1952, junto con la modificación de la
política alemana, el dictador del Kremlin ordenó la creación de cien
divisiones aéreas de diez mil bombarderos a reacción de medio
alcance. Esta cantidad era casi el doble de la que los altos mandos
de las fuerzas aéreas soviéticas consideraban apropiada para sus
necesidades. Se llevaron a cabo preparativos militares a gran escala
en las zonas situadas más al este y más al norte de Siberia, incluido
el estudio de las posibilidades de una invasión a gran escala de
Alaska. Cabe preguntarse qué habría sucedido si Stalin hubiera
vivido más y hubiera intentado llevar a cabo esos planes fantásticos.
[89]

A Stalin estaban escapándosele de las manos los asuntos de


Alemania. Sencillamente se traía demasiadas cosas entre manos.
Aparte de los preparativos militares, estaba ocupado en una nueva
ronda de sangrientas intrigas políticas, entre otras una purga de los
servicios secretos, con la investigación del «caso de los médicos del
Kremlin», en la orquestación de una campaña pública contra los
judíos, y en una trama que condujo a la purga de la burocracia de
los cuerpos de seguridad del estado y quizá a la eliminación de
Beria. Stalin dedicó además algún tiempo a sus escritos teóricos
acerca de los «problemas económicos del socialismo» y a temas
lingüísticos.[90] Mientras tanto, los dirigentes de la RDA seguían
avanzando hacia una crisis política y económica.

ANGUSTIA POR LA RDA

La muerte de Stalin el 5 de marzo de 1953 hizo que la crisis de la


política alemana saliera a la superficie. Posibilitó también una
revisión de muchas políticas equivocadas y fracasadas del dictador.
[91] Los sucesores de Stalin en el Politburó (rebautizado Presidium

en octubre de 1952), en particular Molotov, Malenkov y Beria,


propusieron inmediatamente una nueva iniciativa de paz que
redujera el peligro de guerra. Junto con los dirigentes chinos,
abrieron unas conversaciones para un armisticio con Estados
Unidos respecto a Corea. Revocaron además la política de presión
sobre Turquía y permitieron abandonar la URSS a las rusas que
habían contraído matrimonio con extranjeros. Hubo también otras
cuestiones internacionales que la troika empezó a discutir, entre
ellas la opción de la neutralidad de Austria, la mejora de las
relaciones con Irán y el futuro de la RDA. En conjunto, estos
cambios eran mucho más que meros actos de propaganda.[92]
La nueva «iniciativa de paz» soviética fue fruto de la inseguridad
de los dirigentes del Kremlin. Jrushchov recordaría más tarde: «En
los días que precedieron a la muerte de Stalin creíamos que
América iba a invadir la Unión Soviética y que íbamos derechos a la
guerra».[93] El gigantesco incremento militar de Estados Unidos,
incluidas las primeras pruebas termonucleares de noviembre de
1952, hizo que la atención del Kremlin se centrara en la amenaza de
choque inminente con los norteamericanos. Los sucesores de Stalin
querían evitar ese choque y tener un respiro para levantar las
defensas soviéticas.
Otro gran impulso del cambio de la política exterior del Kremlin
vino de la RDA, en la que el establecimiento de las nuevas políticas
había producido una crisis social y económica. En marzo de 1953,
los dirigentes del SED pidieron permiso a los soviéticos para cerrar
las fronteras de su sector con el oeste, a fin de detener la huida de
sus ciudadanos hacia Occidente. Al mismo tiempo, apelaron a
Moscú pidiéndole una cuantiosa ayuda económica.[94] Más tarde, en
el pleno del partido de julio, Molotov resumiría las razones de la
crisis de Alemania Oriental en los siguientes términos: «Tomaron el
curso acelerado de industrialización y tenían un plan de
construcción excesivamente ambicioso. Además, están pagando los
costes de la ocupación de nuestro ejército, y tienen que pagar
también las indemnizaciones de guerra».[95] Por si fuera poco,
seguían llegando malos indicios de Alemania Occidental. El 18 de
abril, el Comité de Información del Ministerio de Asuntos Exteriores
soviético informaba que el gobierno Adenauer había «incrementado
significativamente la propaganda revanchista y amedrentaba a la
población germanooccidental con la amenaza del este». Los
expertos señalaban al Presidium que no existía ninguna política
específica destinada a impedir la ratificación de los tratados de Bonn
y París por el Bundestag y el Bundesrat, las dos cámaras del
parlamento de Alemania Occidental.[96]
Los dirigentes del Kremlin esperaron casi tres meses a actuar en
Alemania. Este retraso quizá se debiera a que los nuevos líderes
tuvieron que enfrentarse a otros problemas urgentes. La guerra de
Corea seguía causando la muerte de miles de norcoreanos y chinos
y representaba un peligro continuo de que las hostilidades fueran a
más. Nadie podía garantizar que el descontento generalizado de la
población soviética no diera lugar a protestas y tumultos tras la
muerte de Stalin. Según el nuevo jefe del gobierno soviético, Georgi
Malenkov, la principal tarea de las autoridades del Kremlin era
«evitar cualquier confusión entre la militancia de nuestro partido,
entre la clase trabajadora y en todo el país».[97]
Molotov, de nuevo en posesión de la cartera de Exteriores, tomó
la iniciativa y se puso a evaluar la cuestión alemana. Hizo regresar a
Vladimir Semenov, que se trasladó desde la RDA hasta Moscú para
intervenir en el análisis de la política alemana emprendido por el
Ministerio de Exteriores soviético. Semenov, Yakov Malik, Grigori
Pushkin y Mijail Gribanov elaboraron un borrador tras otro con
diversas propuestas. En un discurso de julio de 1953 Molotov decía
que «los hechos, de los que hemos tenido conocimiento
recientemente, hacen que resulte de todo punto indiscutible que la
situación política y económica de la República Democrática
Alemana es ahora desfavorable». Los archivos del Ministerio de
Asuntos Exteriores, sin embargo, revelan que tanto él como sus
expertos se enzarzaron en discusiones inútiles sobre cuestiones
totalmente secundarias.[98] Semenov, el experto mejor informado, se
atrevió a sugerir que los soviéticos pusieran fin a la ocupación de la
RDA y firmaran «un tratado de amistad, cooperación y ayuda
mutua» con Ulbricht.[99] Ninguno de los expertos se atrevió a
mencionar la política de «construcción acelerada del socialismo» en
Alemania Oriental emprendida por Ulbricht.
No existen testimonios de discusiones internas, pero según
todos los indicios, Molotov nunca se apeó de su idea de que las
conversaciones de paz sobre Alemania eran un «juego de suma
cero» entre el este y el oeste. Se mostraba de acuerdo con
Semenov, quien proponía crear «unas condiciones más favorables
para la construcción del socialismo» en la RDA reduciendo las
indemnizaciones de guerra y otras obligaciones económicas con la
URSS.[100] El 5 de mayo, Molotov propuso al Presidium que la RDA
dejara de pagar indemnizaciones a partir de 1954. Al mismo tiempo,
se mostraba categóricamente en contra de cerrar la frontera del
sector soviético de Berlín, como habían sugerido los líderes de la
RDA.[101]
Aparentemente, Molotov, Malenkov y Beria, la troika de
dirigentes que estaba al frente de las relaciones con el exterior,
tenían pocas discrepancias. En realidad, bajo ese barniz de unidad,
dentro del Kremlin estaba labrándose una gran rivalidad. A la muerte
de Stalin, Beria asumió la dirección del Ministerio de Interior, como
consecuencia de la fusión de los servicios de policía secreta y de
inteligencia. Organizó entre sus lugartenientes un grupo de
expertos, que lo ayudó a aparecer con una sorprendente cantidad
de iniciativas acerca de muchas cuestiones de política interior y
exterior. Desde el primer momento, Beria se distanció del sangriento
legado de Stalin y empezó a revelar los crímenes del difunto
dictador ante los incrédulos miembros del Comité Central. Dentro
del Presidium, buscó apoyos en Malenkov y Jrushchov, con la
esperanza de adelantarse a sus maniobras. En cambio, consideraba
una amenaza a Molotov, el hombre que mayor autoridad tenía entre
la élite del partido, e intentó socavar su prestigio y su política.[102]
Los testimonios acerca de las opiniones de Beria sobre Alemania
por aquella época son vagos. En su diario, escrito más de diez años
después, Semenov llega a la conclusión de que Beria y Stalin
trataron a la RDA como un instrumento en la lucha por Alemania.
Beria quiso únicamente «acelerar esta lucha durante el verano de
1953».[103] Anatoli Sudoplatov, un alto oficial de los servicios de
inteligencia soviéticos, recuerda que la víspera del 1.º de Mayo de
1953, Beria le ordenó comprobar hasta qué punto era factible la
unificación de Alemania. Le dijo que «la mejor manera de fortalecer
nuestra posición en el mundo sería crear una Alemania unificada
neutral con un gobierno de coalición. Alemania sería el factor de
equilibrio entre los intereses norteamericanos y soviéticos en Europa
Occidental». Según este proyecto, la RDA se convertiría en una
provincia autónoma de la nueva Alemania unificada. «Como pasos
inmediatos, Beria pretendía, sin informar al Ministerio de Asuntos
Exteriores de Molotov, utilizar sus contactos en los servicios de
inteligencia para hacer proposiciones de carácter no oficial a
destacados políticos de Europa Occidental».[104] No está claro si
Beria tenía también in mente establecer canales secretos de
comunicación con Estados Unidos.
El 6 de mayo, Beria envió un informe a Malenkov, Molotov,
Jrushchov, Bulganin, Kaganovich y Voroshilov acerca de la
catastrófica fuga de refugiados de la RDA: 220 000 personas habían
abandonado el país desde 1952, entre ellas más de 3000 militantes
del SED y del sindicato Juventudes Libres de Alemania. A diferencia
de otros informes, éste echaba la culpa del éxodo a la política de los
dirigentes de la RDA. Beria proponía pedir a la Comisión de Control
Soviética de la RDA que presentara una recomendación sobre cómo
reducir el éxodo «con el fin de hacer las recomendaciones
necesarias a nuestros amigos alemanes».[105]
En ese momento, Ulbricht cometió un tremendo error que supuso
el fin de sus apoyos en Moscú. El 5 de mayo, declaró que la RDA
había «entrado en un nuevo estadio de dictadura del proletariado».
Esta retórica socialista procedente de Berlín Oriental se produjo en
el momento en el que Winston Churchill proponía en la Cámara de
los Comunes celebrar una conferencia con los nuevos dirigentes
soviéticos. A juicio de Beria, Malenkov, Molotov y algunos otros
miembros del grupo dirigente del Kremlin, las nuevas oportunidades
de resquebrajar la unidad de la OTAN estaban en abierto conflicto
con el programa de Ulbricht.[106] Esta postura galvanizó las
discusiones del Presidium en torno a la RDA. El 14 de mayo, a
propuesta de Molotov, el Presidium ordenó a Ulbricht que
abandonara esa retórica provocativa.[107] Al mismo tiempo, Molotov
y los expertos del Ministerio de Asuntos Exteriores reconocían los
hechos expuestos en el informe de Beria.[108] En un memorándum
interno, Semenov admitía que había que poner fin a la
colectivización de la agricultura germanooriental y a la práctica de
las detenciones en masa y de la represión de grandes cantidades de
ciudadanos. Sugería incluso la concesión de una amnistía parcial. Al
mismo tiempo, el principal interés de los soviéticos era, en su
opinión, fortalecer y no socavar el poder de las autoridades
comunistas de la RDA.[109] En la reunión del Presidium de 20 de
mayo, Molotov se sumó a las críticas de los dirigentes de la RDA.
Parece que se tragó sus dudas y no quiso causar una escisión de la
dirección colegiada.[110] Daba la impresión de que Ulbricht tenía los
días contados. Actualmente los especialistas coinciden en afirmar
que el período mayo-junio de 1953 fue el único momento en el que
los dirigentes soviéticos consideraron la posibilidad de un cambio
radical de la política alemana.
De repente se desencadenó un debate en el seno de la dirección
colegiada. En el meollo de todo aquel revuelo estaba la siguiente
pregunta: ¿qué tipo de Alemania necesita la Unión Soviética? El 27
de mayo, en la reunión del Presidium, Molotov recomendó que el
SED «no llevara a cabo una construcción acelerada del socialismo».
No tenemos acceso a las actas de la reunión, pero tras la detención
de Beria, Molotov dijo al pleno del partido que Beria lo interrumpió
para hacer el siguiente comentario: «¿Para qué necesitamos ese
socialismo en Alemania? ¿Qué clase de socialismo es ése? Todo lo
que necesitamos es una Alemania burguesa, siempre que sea
pacífica». Según Molotov, otros miembros de la dirección mostraron
su asombro: no creían que una Alemania burguesa, el mismo país
que había desencadenado dos guerras mundiales, pudiera ser
pacífica. Molotov concluía: «¿Cómo podría un marxista en sus
cabales, un hombre que tiene una posición próxima al socialismo o
al poder soviético, creer en una especie de Alemania burguesa que
fuera supuestamente pacífica y estuviera bajo el control de cuatro
potencias?».[111] Jrushchov y Bulganin se pusieron del lado de
Molotov.
En sus memorias, Mikoyan recordaba que Beria y Malenkov
parecían estar de acuerdo sobre este asunto. «Pretendían hacerse
con el protagonismo en el Presidium, y de repente sufrieron
semejante derrota». Beria llamó supuestamente por teléfono a
Bulganin después de la reunión y le dijo que perdería su cargo de
ministro de Defensa si se alineaba con Jrushchov. Beria admitía en
una carta enviada desde la cárcel que en la reunión del 27 de mayo
trató a Jrushchov y a Bulganin con una «grosería y una insolencia
inaceptables».[112]
Una reconstrucción atenta de los testimonios dispersos y la
lógica de los acontecimientos indica que el 27 de mayo no sólo
Beria y Malenkov, sino también Molotov, Jrushchov y el resto de los
dirigentes del Kremlin, votaron a favor de una serie de cambios
radicales en la RDA. Más tarde, cuando la dirección colegiada se
deshizo de Beria, decidieron que a la lista de sus crímenes debía
sumarse también la traición a la «cuestión alemana».[113]
El resultado de las discusiones en el seno de la dirección
colegiada fue el decreto estatal de 2 de junio, «Sobre las medidas
para mejorar la salud de la situación política en la RDA». Este
documento se diferenciaba por su tono y por su contenido de todos
los anteproyectos presentados por el Ministerio de Asuntos
Exteriores, iba mucho más allá de las recomendaciones de la CCS
de 18 de mayo, e incorporaba casi literalmente la mayor parte del
memorándum de Beria.[114] Afirmaba que el principal motivo de la
crisis de la RDA era «el programa equivocado de construcción del
socialismo en Alemania Oriental sin que se den unas condiciones
internas y externas reales». El documento reconocía implícitamente
la responsabilidad de Stalin en dicha política y proponía un «nuevo
curso», que abogaba por el fin de la colectivización, la ralentización
del «ritmo extraordinariamente intenso del desarrollo de la industria
pesada», y un «claro incremento de la producción de artículos de
consumo». Decretaba asimismo un recorte de los «gastos
administrativos y especiales», la estabilización de la moneda de la
RDA, el cese de las detenciones y la liberación de los detenidos, y el
fin de la persecución de las comunidades religiosas y la devolución
de los bienes confiscados a la Iglesia.[115]
El nuevo curso supuso una inversión de la política de Stalin,
cuya finalidad era convertir Alemania Oriental en un baluarte para la
inminente guerra con Occidente. El futuro de la RDA se vinculaba
ahora a «la solución pacífica de problemas internacionales básicos».
Los dirigentes del Kremlin ordenaron a los líderes de la RDA «situar
las tareas de la lucha política por la restauración de la unidad
nacional de Alemania y por la conclusión de un tratado de paz en el
centro de mira de las grandes masas del pueblo alemán, tanto en la
RDA como en Alemania Occidental».[116]
El 24 de junio, llegó en secreto a Moscú una delegación del SED
para recibir instrucciones sobre el cambio de política. Dándose
cuenta de que estaba en peligro, Ulbricht intentó proponer una serie
de reformas cosméticas. Para entonces, sin embargo, ya habían
llegado al Presidium noticias de los tumultos en Bulgaria y del
descontento reinante en Checoslovaquia; parece que dichas noticias
hicieron que los dirigentes del Kremlin se inclinaran aún más a favor
de una inmediata revocación de la política de Stalin respecto a los
países satélites de Europa.[117] Según las anotaciones de Otto
Grotewohl, Beria dijo que «todos cometimos el error [en 1952]; no
hay acusaciones». Otro testigo de la delegación alemana, sin
embargo, señalaba el desprecio y la cólera de Beria hacia Ulbricht.
También está atestiguado que Malenkov dijo: «Si no corregimos la
situación ahora, sucederá una catástrofe». Los dirigentes del
Kremlin redujeron drásticamente los planes de rearme de la RDA
que había hecho Stalin. «Ni aviones ni tanques», garabateó
Grotewohl en las notas que tomó durante la reunión.[118]
Lo peor de todo fue que Moscú ordenó a los dirigentes del SED
que pusieran en marcha el nuevo curso inmediatamente. Los líderes
de la RDA enviaron un telegrama desde Moscú con la orden de
retirar de las bibliotecas y las librerías toda la literatura sobre la
«construcción del socialismo» en Alemania Oriental. El Presidium
nombró a Vladimir Semenov alto comisario para Alemania Oriental y
lo envió a la zona en el mismo avión que a la delegación del SED
para que hiciera efectivas las órdenes del Kremlin. Las nuevas
instrucciones colocaron a los líderes de la RDA en una situación
política insostenible. Después de un año de movilización total y de
propaganda estalinista extrema, tuvieron que batirse en retirada de
inmediato, sin tiempo ni siquiera de salvar la cara. Molotov
recomendó incluso que la prensa publicara una «crítica sin
paliativos» de la política seguida por el SED desde julio de 1952.[119]
Resulta sorprendente lo ciegos que estaban los líderes soviéticos
respecto al carácter provocativo de estas medidas.
Tras la detención de Beria, Jrushchov le echó a él la culpa del
intento de «liquidar» la RDA. Luego afirmaría incluso que Malenkov
se había confabulado con Beria. En su defensa, Malenkov hizo un
comentario muy significativo aclarando su posición: «Durante la
discusión de la cuestión alemana creí que, vista la situación
internacional existente cuando empezamos la gran campaña
política, en atención al tema de la reunificación de Alemania, no
debíamos proponer la labor de construcción del socialismo en la
Alemania Democrática».[120] El contexto histórico general ilustra
cuál era el potencial radical del nuevo curso. Los primeros meses
que siguieron a la muerte de Stalin fueron una época de gran
incertidumbre, pero también de nuevas oportunidades. El 3 de junio,
el primer ministro británico Winston Churchill indicó al embajador
soviético Yakov Malik que estaba dispuesto a emprender unas
conversaciones confidenciales con los nuevos dirigentes soviéticos
como las que había mantenido con Stalin. Comunicó a Malik que
estaba a punto de entrevistarse con Eisenhower para proponerle la
idea de una cumbre inmediata de las grandes Potencias destinada a
mejorar la situación internacional. Churchill dijo que creía que
«lograría mejorar las relaciones internacionales y crear un clima de
mayor confianza durante tres o cinco años por lo menos».[121]
Parece que Beria y Malenkov estaban intentando explorar las
posibilidades de relajación de la Guerra Fría. Beria en particular se
inclinaba por utilizar los canales de la policía secreta para alcanzar
objetivos de política exterior. Intentó establecer un canal secreto
informal para acceder al máximo dirigente yugoslavo, el mariscal
Tito, que seguía siendo denigrado por la propaganda soviética como
líder de la «pandilla fascista». En una nota desesperada desde la
cárcel, Beria recordaba a Malenkov que había «preparado la misión
de Yugoslavia» con su beneplácito y su asesoramiento. La nota
mencionaba también otra «misión» en Francia, dando a entender el
envío de una petición a Pierre Cot, agente soviético de gran
influencia, para que tanteara al primer ministro francés, Pierre
Mendès France, con la propuesta de iniciar unas conversaciones
secretas sobre la cuestión alemana. Por aquel entonces, la opinión
pública y las élites francesas estaban divididas respecto a la
cuestión del «ejército europeo» y al problema del rearme de
Alemania Occidental.[122]
Mientras tanto, explotó la crisis en la RDA y toda la situación
cambió. El 16 de junio, los trabajadores de Berlín Oriental se
manifestaron contra el régimen de la RDA. Las manifestaciones
masivas se convirtieron rápidamente en una sublevación política de
toda la RDA; una gran cantidad de personas del Berlín Oeste
cruzaron al sector oriental y se unieron a los manifestantes. El
régimen perdió el control de la situación. El empleo de las tropas
soviéticas el 17 de junio hizo que la multitud se dispersara
rápidamente y que se restaurara el orden en la capital; poco a poco
la situación de la RDA se estabilizó. Aquellos fueron los primeros
disturbios serios que hicieron tambalearse al bloque soviético tras la
muerte de Stalin.[123]
Al principio, no quedó claro cómo iban a afectar aquellos
acontecimientos a los dirigentes soviéticos y a su consenso en torno
al nuevo curso de la RDA. En sus memorias, Sudoplatov afirma que
incluso tras la rebelión de la RDA, Beria «no cejó en su idea de
reunificación de Alemania». La demostración del poderío soviético
«quizá no hiciera más que aumentar las oportunidades de la URSS
de alcanzar una solución de compromiso con las potencias
occidentales». Beria envió a sus agentes a Alemania Occidental
para establecer contactos confidenciales con políticos de la RFA.
[124] Al mismo tiempo, el mariscal Sokolovski, su vicecomisario jefe
Semenov y Pavel Yudin enviaron a los dirigentes soviéticos un
detallado informe sobre la sublevación con críticas demoledoras
contra Ulbricht. Los dirigentes de la CCS recomendaban relevarlo de
sus responsabilidades como viceprimer ministro de la RDA y
«permitir[le] concentrar su atención en las labores de partido». El
cargo de secretario general debía ser abolido y la secretaría del
partido debía reducir su volumen.[125]
La última propuesta casualmente tocaba la verdadera esencia de
la lucha por el poder que estaba a punto de estallar en el Kremlin. A
finales de mayo de 1953, Nikita Jrushchov, por entonces jefe de la
Secretaría del Comité Central, decidió que Beria era demasiado
peligroso. Empezó a sospechar que el director de la policía secreta
estaba dispuesto a darle una puñalada por la espalda y a socavar la
secretaría del partido, base del poder de Jrushchov. Había además
indicios de que Beria actuaba a espaldas de Jrushchov en materia
de política interior y de partido. Jrushchov se dio cuenta de que
debía actuar contra Beria. Esta convicción quizá se impusiera en él
tras la discusión del Presidium sobre la RDA celebrada el 27 de
mayo. Finalmente, el propio Malenkov reveló sus recelos sobre
Beria y se unió a la conjura contra él.[126]
La detención de Beria el 26 de junio durante la reunión del
Presidium del Consejo de Ministros cambió profundamente el
equilibrio de poder existente en el Kremlin. Jrushchov afirmaría que
él había sido el heroico organizador de la eliminación de Beria. Las
élites soviéticas, empezando por los militares, lo aclamaron como
salvador de los años de terror. En el pleno del partido del mes de
julio, reunido para denunciar a Beria, Jrushchov proclamó en tono
triunfal la primacía del aparato del partido sobre las burocracias del
estado, y especialmente sobre la policía secreta. Malenkov, que
continuó como jefe del estado, declaró solemnemente que nunca
había tenido la intención de ser el número uno y que siempre habría
una «dirección colegiada».[127]
Las autoridades soviéticas establecidas en Alemania siguieron
enviando informes en los que criticaban a Ulbricht y su aparato por
falta de coraje político y de iniciativa durante la sublevación.[128]
Estas críticas, sin embargo, ya no encontraron un público favorable
ni apoyo entre los dirigentes del Kremlin. Jrushchov respetaba a
Ulbricht y creía que era un buen camarada. Y lo que es más,
Jrushchov y Molotov denunciaron públicamente que la idea de una
«Alemania unificada y neutral» respondía a la conspiración de Beria.
Jrushchov declaró que Beria «demostró ser en lo tocante a la
cuestión alemana un agente provocador, no un comunista, cuando
propuso que debía renunciarse a la construcción del socialismo,
para hacer concesiones a Occidente. Entonces le preguntamos:
“¿Eso qué quiere decir?” Pues quiere decir que dieciocho millones
de alemanes pasarían a estar bajo la tutela de los norteamericanos.
¿Y cómo iba a haber una Alemania burguesa democrática y neutral
entre los norteamericanos y nosotros? Si un tratado no está
garantizado por la fuerza, no vale nada, y todo el mundo se reiría de
nosotros y de nuestra ingenuidad». La mayoría del partido soviético
y de las élites del estado presente en el pleno aplaudió a Jrushchov.
Casi todos ellos habían vivido la guerra y compartían la fuerte
convicción que tenía Jrushchov de que la reunificación de Alemania
sobre unas bases «burguesas» habría supuesto la anulación de la
victoria de 1945. Otros consideraban a Alemania Oriental la joya del
bloque soviético debido a su papel en el complejo de la industria
militar soviética. En defensa del proyecto atómico ruso, su director,
Avraami Zaveniagin, dijo al pleno que «se ha extraído mucho uranio
en la RDA, quizá tanto como el que los norteamericanos tienen a su
disposición». Habló de la dependencia soviética del uranio del
proyecto Wismut, en Baja Sajonia.[129]
Los nuevos vientos afectaron rápidamente a la política soviética
en la RDA. La influencia de Molotov sobre la política exterior
soviética fue en ascenso, y las iniciativas de Beria, no sólo en
Alemania, sino también en Yugoslavia y Austria, fueron
automáticamente desautorizadas y rebatidas.[130] El Politburó
rechazó formalmente la propuesta de las autoridades de la CCS de
sustituir a Ulbricht y separar la secretaría del partido de los asuntos
políticos, calificándola de «inoportuna». A juicio de Molotov,
«Semenov estaba derivando hacia la derecha». Dándose cuenta del
cambio, Ulbricht tomó severas medidas contra sus rivales en el
interior. Rudolf Herrnstadt y Wilhelm Zeissner, miembros del
Politburó del SED, habían cosechado los mayores elogios de la
Comisión de Control soviética durante la sublevación y, en opinión
de Hope Harrison, «de no haberse metido por medio el episodio de
Beria, tal vez habrían triunfado sus esfuerzos de echar del poder a
Ulbricht». En el nuevo clima reinante, sin embargo, los dirigentes
soviéticos apoyaron la decisión de Ulbricht de expulsarlos, alegando
que eran protegidos de Beria, especialmente Zeissner.[131]
El comportamiento de los norteamericanos durante la
sublevación de Alemania Oriental contribuyó al cambio
experimentado por la política del Kremlin. Por un lado, Estados
Unidos hizo un grandísimo uso propagandístico de la revuelta,
suministraron alimentos a los habitantes de Berlín Este, y
empezaron a reclamar unas «elecciones libres» como condición
previa para la reunificación de Alemania. Por otra parte, Estados
Unidos y las demás potencias occidentales no acudieron en ayuda
de los alemanes del Este con su fuerza militar. Aunque Occidente
hubiera preparado efectivamente el «Día X» de la RDA, como no
tardarían en sugerir algunos analistas soviéticos, los líderes
occidentales no se atrevieron a ir a por todas en su apoyo a los
rebeldes.[132]
La «iniciativa pacífica» que había justificado el nuevo curso de la
RDA se frenó totalmente tras la detención de Beria y la sublevación
de Alemania Oriental. De hecho, era imposible reducir las fuerzas
militares destacadas en Europa sin una solución negociada de la
cuestión alemana, el gran problema que los líderes soviéticos no
serían capaces de resolver durante los treinta y cinco años
siguientes. La ascensión de Jrushchov, la supervivencia de Ulbricht
y el abandono del nuevo curso acabaron con cualquier posibilidad
de modificación de la política soviética en Alemania Oriental.
Millones de alemanes tendrían que vivir varias décadas más de
Guerra Fría, esperando que se produjera otro milagro que les
permitiera obtener la soberanía, la libertad y la reunificación.
4

La política del Kremlin y la


«coexistencia pacífica», 1953-1957

A finales de 1955 aproximadamente, Molotov


ordenó a uno de sus ayudantes que buscara en los
escritos de Lenin alguna referencia a la idea de
que la ingenuidad en política exterior era
equivalente a un crimen. Evidentemente la
intención era utilizar esa cita contra Jrushchov.

Recuerdos de Oleg Troyanovski,


diplomático soviético

La postura de Molotov es errónea, está


profundamente equivocada, y no se corresponde
con los intereses de nuestro estado.

GROMIKO, a propósito de la diplomacia de


Molotov,
en el pleno del partido celebrado en julio de
1955

A la muerte de Stalin, apareció una «nueva» política exterior


soviética que pretendía reabrir el espacio diplomático del que Moscú
había disfrutado antes del comienzo de la Guerra Fría. En febrero
de 1956, durante el XX Congreso del Partido, los dirigentes
soviéticos renunciaron a las expectativas de una guerra inminente.
La teoría estalinista que hablaba de que era inevitable la llegada de
una época de guerras y revoluciones dio paso a una nueva tesis: la
de la coexistencia «pacífica» a largo plazo y la rivalidad no militar
entre los sistemas capitalista y comunista.
Sin embargo, no se produjo la esperada distensión en las
relaciones entre el este y el oeste. Y de hecho, la Guerra Fría cobró
de nuevo aliento. El sentimiento de temor y desconfianza siguió
imperando en los dos bloques antagónicos. En algunos libros de
memorias soviéticos se dice que la ausencia de una respuesta
flexible y positiva de los occidentales a la nueva política exterior de
la URSS supuso perder la oportunidad de reducir las tensiones
propias de la Guerra Fría.[1] En efecto, el presidente Dwight D.
Eisenhower, el secretario de Estado John Foster Dulles y la mayoría
de los observadores estadounidenses del Kremlin no vieron en el
cambio de actitud soviético y su nueva flexibilidad diplomática una
oportunidad, sino una amenaza. A los ideólogos políticos
norteamericanos les preocupaba que la retórica de la «coexistencia
pacífica» pudiera desbaratar sus planes de construir un centro de
poder en Europa, que, junto con Gran Bretaña, se encargara de
«contener» al bloque soviético. La política nacional y la cultura del
anticomunismo contribuyeron también a la reticencia de la
administración Eisenhower a negociar con la Unión Soviética.[2]
Un atento estudio del bando soviético revela, sin embargo, que
éste tampoco estaba preparado para entablar negociaciones y llegar
a soluciones de compromiso. Los documentos a los que tenemos
acceso actualmente ponen de manifiesto que muchos dirigentes del
Kremlin, pese al giro a favor de una coexistencia pacífica, seguían
inspirándose en elementos básicos del paradigma revolucionario-
imperial y en la continuidad de la política exterior impulsada por
Stalin. Las nuevas autoridades del Kremlin anhelaban reafirmar la
posición de su país como líder revolucionario global y deseaban
comenzar a construir alianzas con otros líderes y grupos
revolucionario-nacionalistas de Oriente Medio, el sur y el Sudeste
Asiático, África y Latinoamérica. Estos mismos documentos también
demuestran que las relaciones entre los sucesores de Stalin en
1953-1957 tuvieron un impacto significativo en la toma de
decisiones del Kremlin en lo referente a la política soviética dentro
de su propio bloque y en relación a Estados Unidos y sus aliados.
Tras la muerte de Stalin, la política soviética favoreció el discurso
revolucionario-imperialista: desde el punto de vista político era un
suicidio ser considerado tan blando con el imperialismo de
Occidente. Los miembros de la dirección colegiada compitieron unos
con otros para obtener el apoyo del partido y las élites del estado,
ofreciendo estrategias encaminadas a reforzar y expandir el poder
soviético y su influencia en el mundo.[3]

¿QUIÉN HABLARÁ CON OCCIDENTE?

Los oligarcas del Kremlin que asumieron el poder a la muerte de


Stalin en marzo de 1953 y proclamaron la dirección colegiada eran
los últimos supervivientes del régimen del dictador difunto.[4] Para
mantenerse en sus cargos, habían aprendido a librar constantes
batallas con el desconfiado tirano y un ejército de militantes del
partido y burócratas de rango inferior, la nomenklatura política que
los miraba desde abajo con respeto y envidia a la vez. A lo largo de
su gobierno, Stalin se aseguro de que ningún oligarca pudiera
sentirse nunca seguro. En el pleno del partido de octubre de 1952
acusó a Molotov y a Mikoyan de traidores y de probables espías de
Occidente. Simultáneamente, había aumentado exageradamente el
número de miembros del Politburó (llamado ahora Presidium),
incluyendo en él un nutrido grupo formado por jóvenes burócratas
del partido, tal vez una amenaza de que siempre podía sustituir a
sus viejos lugartenientes por otros más jóvenes cuando lo creyera
oportuno.[5]
Los oligarcas habían aprendido también a reaccionar a las
maquinaciones de Stalin y a gobernar en su ausencia. Tras el
sangriento «caso de Leningrado», su pacto de tolerancia mutua se
fortaleció.[6] Antes incluso de la muerte del dictador, los oligarcas
habían cortado todos los dogales que Stalin les había puesto
alrededor del cuello. Molotov y Mikoyan recuperaron su poder en
política exterior y comercio; el «caso de los mingrelianos», una
investigación por corrupción en Georgia puesta en marcha para
acabar con Beria, se dio por cerrado; y los miembros más jóvenes
de la nomenklatura fueron alejados del Presidium. En el momento
decisivo de transferencia de poderes, su interés común por la
supervivencia venció las rivalidades personales y las diferencias
políticas. Algunos oligarcas llegaron a temer realmente que
cualquier desunión habría provocado la pérdida del control y la
rendición a presiones externas.[7]
Los gobiernos oligárquicos, debido a su naturaleza consensual,
rara vez favorecen las innovaciones y los cambios. Pero, como
hemos visto en el capítulo anterior, la dirección colegiada actuó con
diligencia y adoptó una nueva política nacional e internacional. Los
oligarcas carecían de legitimidad y necesitaban demostrar su
iniciativa y determinación tanto en el interior como en el extranjero.
Al lado de las gigantescas imágenes y estatuas de Stalin, la
dirección colegiada no resultaba terriblemente impresionante. Un
catedrático moscovita, Sergei Dmitriev, escribiría en su diario sus
impresiones tras ver a los miembros de la dirección colegiada en un
programa televisivo en noviembre de 1955: «Todo el Presidium está
formado por personajes aburridos y grises. Al verlos, me viene a la
cabeza que la revolución ocurrió hace mucho, muchísimo tiempo,
que todos los cuadros revolucionarios fueron exterminados y que las
nulidades burocráticas triunfaron. No hay nada de vida, de
espontaneidad o de humanidad en lo que dicen, ni una sola palabra,
ni un solo gesto memorable. Todos parecen estereotipos, sin rostro,
sin facciones. Unicamente falta la inscripción de la entrada al
Infierno de Dante».[8]
Los sucesores de Stalin no podían gobernar por medio del terror,
y se vieron obligados a ganarse el apoyo de los burócratas del
partido, el ejército, la policía secreta y otros organismos estatales.
En la burocracia y en el partido todo el mundo sabía que la dirección
colegiada era una fase de transición en la política del Kremlin; al
final uno de los oligarcas se haría con la victoria en la futura lucha
por la sucesión. En su diario, el editor de la principal revista literaria
del país expresaría la situación que se vivía en aquellos momentos
en los siguientes términos: «¿Dirección colegiada? ¿Y quién dirigirá
la comparsa?».[9]
Cuando Beria fue detenido, Jrushchov pasó rápidamente a
ocupar el puesto de director. Malenkov, sin embargo, continuó
siendo presidente del consejo de ministros, cargo de gran vistosidad
y apariencia. Muchos seguían considerándolo el sucesor de Stalin.
El 8 de agosto de 1953, en un discurso ante el Soviet Supremo,
Malenkov anunció varias medidas sensacionalistas encaminadas a
mejorar radicalmente el nivel de vida del pueblo soviético en el plazo
de «dos o tres años». Por primera vez desde 1928, el estado se
comprometió a aumentar las inversiones en la agricultura y en la
economía de consumo a expensas del complejo de la industria
militar y la fabricación de maquinaria. Malenkov anunció también la
reducción a la mitad de los sofocantes impuestos agrícolas, así
como el incremento de las dimensiones de las explotaciones rurales
y las parcelas privadas. Estas medidas doblaron prácticamente la
renta disponible de los campesinos en menos de un año. Los
problemas con los productos alimenticios siguieron siendo graves en
la URSS, pero al menos los campesinos pudieron dejar de reducir
sus huertos y sacrificar sus reses para evitar el pago de unos
impuestos exorbitantes sobre la propiedad. Por el contrario,
empezaron de nuevo a vender carne y leche en los mercados.
Malenkov se convirtió en su líder favorito después de Lenin,
mientras los muzhiks de toda Rusia brindaban a su salud con vasos
llenos a rebosar de licor destilado ilegalmente en las aldeas.[10]
En su discurso, Malenkov también anunció pomposamente que
la URSS poseía su propia bomba de hidrógeno. Los físicos
nucleares soviéticos, incluido uno de los inventores de la bomba,
Andrei Sajarov, escucharon las palabras de Malenkov desde la base
de pruebas en Kazajstán con un sentimiento mixto de orgullo y
angustia. De hecho, la bomba sería probada con éxito una semana
después. Aquel anuncio tuvo el efecto deseado en la opinión
pública; Malenkov apareció como el líder de una superpotencia
nuclear, tanto a los ojos de los líderes extranjeros como del pueblo
soviético.[11] Jrushchov interpretó el discurso como un intento de
ganar popularidad personal a su costa. Sobre todo nunca podría
olvidar ni perdonar a Malenkov por usurpar su papel de portavoz
principal de los campesinos y el mundo de la agricultura. En
septiembre de 1953, recuperó su protagonismo en estas cuestiones
en el pleno del partido convocado para aprobar nuevas políticas
agrarias. Al cabo de cinco meses, convocó otro pleno y presentó su
plan para el cultivo de tierras vírgenes en Kazajstán, un gran
proyecto que prometía poner fin en poco tiempo a la crisis
alimentaria crónica. Al final, su programa resultó un desastre
ecológico sumamente costoso, pero, como observa William
Taubman, «mientras tanto pudo dedicarse a hacer alarde de unas
dotes de liderazgo de las que Malenkov carecía».[12]
En septiembre de 1953 Jrushchov se convertía en primer
secretario del Partido Comunista. Hombre con una escasa
instrucción, tosco, austero y volátil, y a la vez mundano, accesible,
ingenioso y enormemente enérgico, Jrushchov gustaba a la
burocracia soviética de origen campesino, que lo consideraba «uno
de los suyos». Mientras Malenkov criticaba el control que ejercía el
partido en cuestiones económicas y culturales e intentaba ampliar
sus bases con directivos del sector de la industria y miembros de la
élite científica y cultural, Jrushchov se hizo en poco tiempo con el
control absoluto de las estructuras del partido y la policía secreta,
que ahora recibía el nombre de Comité para la Seguridad del Estado
(KGB). Su compinche, Ivan Serov, antiguo emisario de la policía
secreta de Stalin en Polonia y Alemania Oriental, se convirtió en el
primer director del KGB. Jrushchov se dedicaría a utilizar esos
fundamentos del poder para hacer sombra a Malenkov, cortar su
acceso a la información e incluso chantajearlo con sacar a la luz su
papel en la puesta en escena del funesto «caso de Leningrado».
Hasta los secretarios personales de Malenkov entraron a formar
parte del aparato central del partido controlado por Jrushchov, que
pasó a presidir el Presidium y a protagonizar las apariciones
públicas de la dirección colegiada.[13]
La lucha por la sucesión en plena Guerra Fría comportaba la
cuestión del liderazgo internacional. La clase política soviética y un
amplio sector de la ciudadanía de la URSS consideraban que tener
dotes de estadista era una cualidad casi sobrenatural. ¿Qué
miembro de la dirección colegiada intentaría ponerse el manto de
estadista mundial de Stalin y hablar con los dirigentes de otras
superpotencias? ¿Cuál de ellos combinaría perspicacia, inteligencia
y comprensión de las tendencias mundiales a largo plazo para
defender satisfactoriamente los intereses soviéticos en el ruedo
político internacional? El vencedor de la partida en el Kremlin no
sólo se haría con el control absoluto del ingente partido y la
burocracia estatal, sino que también dirigiría el mundo comunista y a
la «humanidad progresista» en la feroz lucha contra el mundo
capitalista.
Una cumbre anterior, como la propuesta por Winston Churchill en
mayo de 1953, habría socavado la primacía de Molotov en política
exterior, y había puesto en candelero a Malenkov a nivel
internacional como jefe del estado. Sin embargo, a finales de 1954
se cerraron de golpe las oportunidades para este último. Jrushchov
comenzó a sostener ante otros miembros del Presidium que
Malenkov carecía de la dureza necesaria para triunfar en futuras
negociaciones con Occidente. Con este argumento se justificaría el
22 de enero de 1955 la destitución de Malenkov como presidente
del consejo de ministros. El pleno del partido se encargó de aprobar
esta decisión nueve días después.[14]
Durante el pleno, Jrushchov y Molotov revelaron por primera vez
ante la élite del partido que Malenkov había ayudado a Beria a
«vender» la RDA en mayo de 1953. Jrushchov informó al pleno de
que en la primavera de dicho año «solía decir a otros camaradas, en
particular al camarada Molotov, lo siguiente: ahora Churchill desea
vehementemente celebrar una reunión, y yo, para ser sincero, temo
que si se encuentra cara a cara con Malenkov, éste empiece a tener
dudas y se rinda». El mensaje era evidente: al premier le faltaban
agallas, y por lo tanto no podía representar a la Unión Soviética en
una cumbre con los líderes capitalistas. En sus memorias,
Jrushchov es rotundo: «Tuvimos que sustituir a Malenkov. Las
negociaciones de Ginebra requerían otro tipo de persona».[15] Y
resultaría que sólo el propio Jrushchov encajaba con ese otro tipo
de persona.
Asegurando que era leal al principio de dirección colegiada,
Jrushchov se negó a combinar los cargos de primer secretario y
presidente del consejo de ministros. En su lugar, propuso a un
amigo, el ministro de Defensa Nikolai Bulganin para la presidencia.
[16] Semejante elección ponía de manifiesto la hipocresía de las

anteriores críticas de Jrushchov a Malenkov: la debilidad era un


rasgo notorio del nuevo jefe del gobierno. Stalin lo había
considerado un individuo suficientemente inocuo como para
confiarle las fuerzas armadas (el vozhd prefería poner un poder tan
crucial en manos de un personaje débil por temor a un potencial
Bonaparte). Con semejante socio, el liderazgo de Jrushchov no
correría peligro. Al mismo tiempo, en febrero de 1955 Jrushchov
asumió otro cargo de gran relevancia al convertirse en jefe del
Consejo Supremo de Defensa, un organismo permanente
encargado de las cuestiones de defensa y de las fuerzas armadas.
Entre los miembros de dicho consejo figuraba el nuevo ministro de
Defensa, el mariscal Georgi Zhukov, firme aliado de Jrushchov, y
Viacheslav Malishev, por entonces al frente del ministerio para «la
industria de la construcción de máquinas de tamaño medio», un
nombre inventado con la finalidad de camuflar su verdadero objetivo
y con el que se designaba el complejo nuclear. En efecto, Jrushchov
pasó a ser el comandante en jefe de la Unión Soviética.[17] A partir
de ese momento, esta posición de poder sería heredada por los
posteriores secretarios generales del partido, desde Leonid
Brezhnev hasta Mijail Gorbachov.
Su nueva base de poder permitía a Jrushchov intervenir en las
cuestiones internacionales y en la política de seguridad, campos con
los que no estaba familiarizado. Con anterioridad se había opuesto a
algunos elementos de la «ofensiva de paz» porque llevaban la firma
de sus adversarios. Pero en política exterior ahora retomaría
determinadas iniciativas de Beria y Malenkov que hasta entonces
había calificado de traición. Ello supondría para la Unión Soviética la
inauguración de una de las etapas más reformistas, productivas y
moderadas de su política exterior. No obstante, durante algún
tiempo, los oligarcas del Kremlin siguieron actuando en el marco del
liderazgo compartido. Anastas Mikoyan, cuyas ambiciones como
líder eran más bien escasas, desempeñó un papel sumamente útil
como mentor leal y de confianza del primer secretario en las
cuestiones de política exterior. Además, como observa
acertadamente la historiadora Elena Zubkova, «Malenkov, un
hombre de compromiso, supo equilibrar la impulsividad y la
brusquedad de Jrushchov». Los nuevos miembros del Presidium, a
saber, Zhukov, Matvei Saburov y Mijail Pervukhin, participaron
activamente en el proceso de toma de decisiones en materia de
política exterior.[18]
Molotov, sin embargo, nunca dejaría de oponerse con sus
críticas conservadoras a las iniciativas en política exterior
impulsadas ahora por Jrushchov. Desde el otoño de 1954 los dos
dirigentes habían permanecido enfrentados prácticamente en todos
los temas, empezando por el de la agricultura y las tierras vírgenes,
y acabando por el relacionado con el control de la defensa nacional.
[19] La lucha de ambos por la supremacía empezó de forma evidente

en el curso de las conversaciones sobre la neutralidad de Austria


durante los meses de febrero-abril de 1955. El gobierno austríaco
temía correr la misma suerte de la Alemania dividida, y propuso al
Kremlin negociar un acuerdo separado para finalizar la ocupación
soviética.[20] Molotov se mostró contrario a esta propuesta. «No
podemos permitirnos la retirada de las tropas soviéticas de Austria»,
comunicaba un memorándum secreto redactado por altos cargos
diplomáticos en noviembre de 1953, «pues supondría literalmente
dejar a Austria en manos de los norteamericanos, así como el
debilitamiento de nuestras posiciones en Europa Central y el sur
centroeuropeo». Jrushchov, en cambio, sostenía que la neutralidad
de Austria serviría para debilitar a la OTAN, y la mayoría del
Presidium estuvo de acuerdo con él. Una vez alcanzado el acuerdo
entre soviéticos y austríacos, el primer secretario, victorioso,
aprovechó un momento de informalidad durante una recepción para
hacer con su dedo índice la señal de «no» a los asistentes de
Molotov en el Ministerio de Asuntos Exteriores. A partir de ahora,
dijo, las directrices las recibirían de «la jefatura del partido» y no de
su jefe.[21]
La visita de la delegación oficial soviética a Yugoslavia (26 de
mayo-2 de junio de 1955) supuso el golpe final al papel
desempeñado por Molotov en política internacional. Jrushchov,
Bulganin y Georgi Zhukov, por entonces ministro de defensa,
querían poner remedio a la crisis soviético-yugoslava y estaban
dispuestos a pedir disculpas por la campaña emprendida por Stalin
contra Tito entre 1948 y 1953. Creían que un acercamiento a
Yugoslavia conseguiría que este país volviera a la esfera de
influencia soviética y pondría de relieve la posición geopolítica de
Moscú en el sur de Europa y los Balcanes. En opinión de Molotov,
sin embargo, el régimen de Tito no iba a ser nunca un socio de la
URSS consecuente. Armado con citas de Lenin, Molotov afirmó que
todo aquel que elogiara al gobierno yugoslavo «no podía ser un
verdadero leninista». Se opuso tenazmente a la visita, y al final no
fue ni siquiera incluido en la legación.[22] Pero lo que se convirtió en
el meollo de la cuestión fue quién, entre Molotov y Jrushchov, debía
establecer el significado de «leninista» en política exterior. La
escisión que se abrió en el Presidium obligó a Jrushchov a buscar
en el pleno del Comité Central el apoyo necesario contra el
obstinado ministro de Asuntos Exteriores.
El pleno del partido tuvo lugar entre los días 4 y 12 de julio de
1955, poco antes de celebrarse la Conferencia de Ginebra con los
líderes de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia (la primera
cumbre de las grandes potencias en diez años). La reunión se
convirtió en una discusión curiosamente franca y honesta acerca de
la política exterior de la URSS y las razones que debían impulsarla.
Por primera vez los oligarcas del Presidium compartieron con todo el
partido y las élites del estado los detalles más íntimos de la política
del Kremlin. Jrushchov, consciente de que a los ojos de esas élites
Molotov era el hombre que había colaborado con Lenin y Stalin,
decidió, junto con sus seguidores, atacar la autoridad como
profesional y como bolchevique del ministro.
Jrushchov citó con sumo detalle lo debatido en el Presidium
sobre la cuestión de Austria. Dijo que Molotov afirmaba
absurdamente que podía producirse otro Anschluss de Austria por
parte de Alemania Occidental, y que insistía en que la Unión
Soviética debía reservarse el derecho de volver a mandar tropas a
Austria.[23] La cuestión de Yugoslavia tocaba de pleno en las bases
ideológicas que determinaban el punto de vista soviético en lo
referente a la Guerra Fría. La decisión del Kremlin de reconocer a
Yugoslavia como un país «verdaderamente socialista» significaba
que la política de Stalin había sido una equivocación y que era
discutible que Moscú tuviera plena autoridad para mandar sobre una
facción comunista. Por su parte, Molotov consideraba que, para el
comunismo mundial y la supremacía soviética, esas nuevas
posturas suponían adentrarse en un peligroso terreno resbaladizo.
Esgrimía principalmente que la versión yugoslava de «socialismo de
orientación nacional» podía extenderse a otros partidos comunistas,
y advertía de que ello podía conllevar la pérdida del control de
Moscú sobre Polonia y demás países de Europa Central.[24]
La oposición de Molotov a un acercamiento a Yugoslavia, según
afirmaban Jrushchov y sus aliados, ponía de manifiesto que el
ministro se había vuelto dogmático y no comprendía los intereses de
la seguridad soviética. Bulganin dijo a la asamblea que el regreso de
Yugoslavia al bloque soviético permitiría al ejército y a la armada de
la URSS ocupar unas posiciones excelentes en el mar Adriático.
Con ello las fuerzas soviéticas conseguirían suponer una amenaza
para «las líneas de comunicación más vitales de las fuerzas
militares angloamericanas», incluido el canal de Suez. Jrushchov
respaldó estos argumentos.[25]
Antes de celebrar este pleno los líderes soviéticos habían
culpado de la escisión entre la URSS y Yugoslavia de 1948 a «la
banda formada por Beria y Abakumov» (Victor Abakumov era el jefe
de la SMERSH y el MGB).[26] Pero de repente, durante el pleno,
Jrushchov puntualizó que los verdaderos responsables de la crisis
soviético-yugoslava no eran otros que «Stalin y Molotov». Acto
seguido se produjo un intercambio de reproches en el que,
curiosamente, ninguno de los dos dirigentes se mordió la lengua:

MOLOTOV: Esto sí que es nuevo. Firmamos la carta [dirigida a los


yugoslavos] en nombre del Comité Central.
JRUSHCHOV: Sin consultarlo con el Comité Central.
MOLOTOV: Eso no es cierto.
JRUSHCHOV: Es precisamente cierto.
MOLOTOV: Ahora puedes decir todo lo que se te ocurra.
JRUSHCHOV: Yo soy miembro del Presidium, y nadie pidió mi opinión.
[27]

La crisis con Yugoslavia, dijo Jrushchov a los delegados, era sólo


uno de los numerosos y caros errores que cometieron Stalin y
Molotov después de 1945. En una afirmación sorprendente, el
primer secretario sugirió que esos errores probablemente habían
contribuido al desencadenamiento de la Guerra Fría. «Nosotros
empezamos la guerra de Corea, y todavía ahora seguimos pagando
las consecuencias». «¿Quién necesitaba esa guerra?», preguntó
Jrushchov en un alarde de retorica. La improvisada y mordaz
observación fue tan provocadora que fue suprimida de la versión
impresa de la transcripción del pleno.[28]
En el pleno, Molotov perdió su autoridad en política internacional,
aunque siguió siendo el titular del Ministerio de Asuntos Exteriores
hasta junio de 1956. A partir de aquel momento la capa de gran
estadista pasaría a cubrir las espaldas de Jrushchov. Durante un
tiempo el nuevo líder seguiría sintiéndose inseguro en su nuevo
papel e intentaría compartir responsabilidades con otros. La
delegación enviada en julio de 1955 a la cumbre de Ginebra de las
cuatro grandes potencias estaba formada por Bulganin, como jefe
oficial, Jrushchov, Molotov y Zhukov. En público actuaron como un
grupo de iguales.
Sin embargo, tanto Eisenhower como otros políticos occidentales
enseguida supieron ver que Jrushchov era el que en realidad
mandaba. A partir de ese momento supieron perfectamente quién
iba a ser el interlocutor de Occidente en el Kremlin.

LA «NUEVA POLÍTICA EXTERIOR»

Los oligarcas del Kremlin observaban el mundo bajo el prisma


heredado de Stalin. Al igual que el dictador, se sentían inferiores e
inseguros en relación a Estados Unidos. Desde su situación de
ventaja, los norteamericanos se dedicaban a rodear la URSS con
bases militares y a instalar gobiernos proamericanos alrededor de la
potencia comunista (el golpe de estado en Irán en agosto de 1953
que acabó con el régimen de Mohammad Mossadeq es sólo un
ejemplo de esa política). Los soviéticos también eran conscientes de
que John Foster Dulles confiaba en que las constantes presiones a
la URSS tras la muerte de Stalin provocarían la «desintegración» de
la dominación rusa en los países de Europa Central.[29] Troyanovski
comentaría que «Jrushchov temía siempre que Estados Unidos
obligara a la Unión Soviética y a sus aliados a replegarse en una
parte del mundo».[30]
Por su lado, los nuevos líderes sacaban conclusiones distintas
de sus observaciones. Jrushchov, Molotov, Malenkov y otros
oligarcas se daban cuenta de lo que Stalin, con su orgullo
desmesurado, no había sabido ver. Desde la erección del muro de
Berlín hasta el estallido de la guerra de Corea, la política soviética
se había dedicado a difundir entre los europeos de Occidente el
temor de que la URSS emprendiera una guerra relámpago,
provocando así la creación de un organismo como la OTAN. Ahora
las autoridades soviéticas querían desmantelar esa teoría, mitigar el
temor a los soviéticos de las clases medias de Europa Occidental y
promover elementos pacifistas en los países miembros de la OTAN.
El fracaso de la diplomacia de Molotov en 1954 hizo que el
Kremlin se replanteara la actitud soviética en el ámbito internacional.
Después de que una mayoría de comunistas y gaullistas de la
Asamblea francesa abortara los planes para la creación de un
«ejército europeo» (Comunidad de Defensa de Europa), los
miembros de la OTAN acordaron en París el 23 de noviembre de
1954 aceptar que Alemania Occidental formara parte de su
organización. Con esta decisión Alemania Occidental quedaba
firmemente anclada en la alianza de Occidente. Para las
autoridades del Kremlin se hacía cada vez más necesario
emprender una nueva política internacional en Europa.[31] El hecho
de que falte parte de la documentación relativa a las deliberaciones
del Kremlin, recopilada por Vladimir Malin, jefe del Departamento
General del Comité Central, pone de manifiesto que la nueva
política exterior empezó como un esfuerzo ad hoc del colectivo de
líderes por corregir los errores cometidos por Stalin. Posteriormente,
sin embargo, esa política desarrollaría su propio impulso y sus
bases conceptuales. Andrei Alexandrov-Agentov, un veterano de la
diplomacia, recordaría que Jrushchov, Mikoyan y Malenkov fueron
«los iniciadores de la revisión de las tradiciones estalinistas en
política exterior y los primeros en dar un enfoque, hasta cierto punto
innovador, de los nuevos problemas del mundo».[32]
Según Alexandrov-Agentov, ese nuevo enfoque «se basaba
principalmente en tres pautas: impulsar al máximo las “democracias
populares” del este y el centro de Europa, y vincularlas a la Unión
Soviética; crear, donde fuera posible, una zona central de
amortiguación entre los dos bloques políticos y militares opuestos; y
establecer gradualmente sistemas económicos y otras medidas más
o menos normales de cooperación pacífica con los países de la
OTAN».[33] Jrushchov, como temían muchos líderes occidentales,
tenía por objetivo socavar el poder de la OTAN y en último término
forzar a Estados Unidos a retirarse de Europa. Posteriormente, en
febrero de 1960, durante una reunión del Presidium, reconocería
que ese era «su sueño más ansiado».[34] Para cumplir el primer
objetivo de su «nueva política exterior», en mayo de 1955 el Kremlin
creó la Organización del Pacto de Varsovia. Del mismo modo que la
OTAN daba legitimidad a la presencia de soldados norteamericanos
en Europa Occidental, la recién creada organización proporcionaba
a la URSS una razón más para estacionar tropas soviéticas en
Europa Oriental.[35] Como no tardaría en demostrar el desarrollo de
los acontecimientos en Hungría, el nuevo bloque representaba un
marco útil para justificar la invasión militar soviética de un país
«aliado» con el fin de «salvar» a cualquier régimen comunista que
se hallara en su radio de acción. Así pues, daba la impresión de que
los soviéticos actuaban no sólo en aras de su propio interés, sino
también en el de toda la alianza. Sin demora, en vista de la
inminente retirada de Austria de los soldados rusos, el tratado
aprobaba el despliegue de tropas soviéticas en Hungría y Rumanía.
El concepto de neutralidad apareció en marzo-abril de 1955
durante las conversaciones del Presidium sobre el tratado con
Austria, la primera empresa arriesgada de la nueva política exterior
del Kremlin que se coronó con éxito.[36] La reconciliación con
Yugoslavia, mientras se intentaba que este país volviera al bloque
soviético, también tenía como objetivo inmediato «prevenir una
mayor expansión territorial de la OTAN en Europa».[37]
Concretamente, esto significaba fomentar la condición de país
neutral de Suecia y Finlandia, así como desequilibrar los planes
norteamericanos de establecer el llamado «pacto de los Balcanes»
con Yugoslavia, Grecia y Turquía. De ahí, el Kremlin pasó a querer
fomentar una neutralidad generalizada, ofreciendo a Europa
Occidental un sustituto de la protección estadounidense y la idea de
un sistema paneuropeo de seguridad y cooperación.
Los objetivos de la nueva política exterior eran fruto del
paradigma revolucionario-imperial, pero se caracterizaban por una
mayor flexibilidad que los de la política estalinista. Aparte de la
nueva tolerancia a la neutralidad, apostaba por la cooperación
económica y el comercio. Stalin estaba obsesionado con mantener
aislada a la Unión Soviética de cualquier influencia de Occidente, y
prefería no estrechar ningún lazo comercial ni económico con países
occidentales.[38] El conjunto de líderes, principalmente Mikoyan,
responsable de comercio internacional, creía que Stalin había
cometido un error. Así pues, volvió a la idea inspirada por el arsenal
de la diplomacia bolchevique de los años veinte, época en la que los
líderes soviéticos habían considerado las operaciones comerciales
con países capitalistas la mejor manera tanto de obtener unas
inversiones y unas tecnologías fundamentales, como de adquirir el
apoyo de los grandes negocios para mejorar las relaciones políticas.
Muchos miembros del Presidium pensaron que los capitalistas
formarían colas a las puertas de las embajadas soviéticas en
Washington, París, Londres, Bonn y Tokio.[39]
Otros instrumentos predilectos de la nueva política exterior eran
la «diplomacia pública» y la propaganda de desarme. La diplomacia
pública comportaba los viajes autorizados de artistas, científicos,
escritores, músicos y periodistas soviéticos a países de Occidente,
con el objetivo de acabar con la idea anticomunista de que la Unión
Soviética era una sociedad totalitaria. Empezando por el viaje a
Yugoslavia en mayo de 1955, cuando Jrushchov y otros líderes
rusos comenzaron a salir al extranjero, lo hicieron —utilizando el
atinado comentario de David Caute— «como príncipes
renacentistas, acompañados de un séquito de artistas: con ellos
iban bailarinas, cantantes y pianistas». El Presidium decidió invitar a
la juventud del mundo a un festival en Moscú para que comprobara
cuán amistosa, pacífica y abierta era la sociedad rusa.[40]
El colectivo de líderes también fue mucho más lejos que las
medidas propagandísticas de Stalin en materia de desarme, y, a
diferencia del dictador, esperaba mucho más de sus nuevas
iniciativas. En mayo de 1955, para sorpresa de muchos, la Unión
Soviética accedió a reducir el número de fuerzas convencionales en
Europa y a establecer un sistema de inspección en los puntos de
control militares (líneas ferroviarias, aeropuertos, etc.) con el fin de
aplacar el miedo a un ataque sorpresa convencional.[41] A corto
plazo, estas iniciativas obligaban a Estados Unidos a revisar su
propia posición y a entrar en negociaciones con los soviéticos. A
largo plazo, el Presidium se fijaba un objetivo trascendental: cambiar
la imagen de la amenaza soviética en Occidente.
La transformación de la política exterior soviética en 1955 fue
parte del proceso de desestalinización. Pero sería caer en el
simplismo atribuir sus orígenes a una mera lucha entre partidarios y
enemigos del legado de Stalin. Los cambios de la política nacional e
internacional vinieron provocados, ante todo, por la nueva situación
nacional e internacional reinante a la muerte de Stalin.[42] Poco
antes del XX Congreso del Partido, el Presidium intentó coordinar
todos los elementos necesarios para fijar una nueva política exterior.
En lugar de la doctrina estalinista de la guerra inevitable, sus
miembros optaron por promover una nueva visión del mundo en la
que el capitalismo coexistiría y competiría pacíficamente con la
Unión Soviética y sus aliados. Su tesis principal consistía en que la
nueva política exterior ayudaría a convencer a los «pequeños
burgueses» de Occidente y demás «elementos vacilantes» de las
buenas intenciones de la Unión Soviética. Malenkov, uno de los
coautores de esa política, diría con satisfacción que «el sistema de
las fuerzas de paz se ha visto reforzado». El jefe del Comité de
Control del Partido, Nikolai Shvernik, resumiría ese período en los
siguientes términos: «Durante un año hicimos un gran trabajo.
Convencimos a las masas de que no queríamos la guerra».[43]
Las élites y los principales burócratas del partido aplaudieron la
nueva política exterior. Sin embargo, el colectivo de líderes no podía
contar con su apoyo automático. Como demostraría el pleno de julio
de 1955, los asuntos de política exterior se vieron una vez más, al
igual que ocurriera en las luchas políticas de los años veinte,
vinculados a cuestiones más amplias de legitimidad ideológica.
Jrushchov, Molotov, Malenkov y otros potentados se vieron
obligados a explicar y defender sus decisiones en materia de política
exterior en reuniones que mantuvieron con las élites del partido.
El tema de un «gran estado ruso» seguía siendo uno de los
mayores atractivos para los rusos étnicos del partido y el
funcionariado estatal. En cambio, los arquitectos de la nueva política
exterior empezaron a hacer hincapié de nuevo en los temas
internacionalistas de la «unidad de la clase obrera» y la «solidaridad
entre hermanos», tan populares en los tiempos de la Komintern, y
tan eclipsados durante el reinado de Stalin. El criterio de Jrushchov,
al igual que su personalidad, tenía mucho que ver con el
debilitamiento del exacerbado patriotismo rusocéntrico y la
reintroducción del romanticismo ideológico en la política exterior
soviética. A diferencia de la mente de Stalin, la de Jrushchov no era
negativa ni pérfida, ni estaba obsesionada con pronósticos del peor
de los casos. Jrushchov creía que el objetivo de la Revolución rusa
había sido llevar la felicidad y la igualdad a las masas trabajadoras,
y no la recreación de un imperio ruso-céntrico bajo un disfraz
distinto. Stalin había evocado las imágenes de los zares, los
grandes estadistas y los guerreros de Rusia como sus iguales. En
cambio, Jrushchov solía compararse con un niño judío, Pinia,
protagonista de su cuento favorito, un muchacho desvalido que
logró zafarse de los escollos y peligros de la vida para convertirse
en un gran líder.[44]
Jrushchov no había recibido una instrucción suficiente para ser,
como Molotov, un dogmático desde el punto de vista ideológico. Es
poco probable que llegara a leer las obras de Lenin sobre
imperialismo que tanto habían marcado las percepciones de su
adversario. Los argumentos que utilizaba en las discusiones sobre
política exterior carecían de estructura y de lógica: normalmente los
que redactaban los discursos de Jrushchov tenían que reescribir por
completo sus discursos y eliminar de ellos expresiones mundanas y
opiniones excéntricas. Por otro lado, Jrushchov confiaba apasionada
y verdaderamente en la victoria global del comunismo. Esperaba
que la combinación de poder estatal soviético y medios
revolucionarios contribuyeran a enterrar el capitalismo en el mundo.
Como buen romántico revolucionario, rechazaba el imperialismo
eurasiático de prevención impulsado por Stalin. A su juicio, todo el
mundo estaba maduro para el comunismo.
La diplomacia de Stalin se había aprovechado cínicamente de la
fe comunista y de los que la compartían para cumplir el objetivo de
expandir el poder y el imperio del dictador. Stalin había colmado de
elogios a la «solidaridad proletaria» y la «fraternidad comunista»,
pero sólo de boquilla. Jrushchov, en cambio, creía en la justicia
social y en un paraíso comunista en la tierra, en la solidaridad de los
trabajadores y campesinos de todo el mundo y en la obligación de la
URSS de apoyar a los pueblos colonizados en su lucha por la
independencia. Para él, el capital moral e ideológico que había
ganado la Unión Soviética en su lucha contra el nazismo era algo
muy serio. Y estaba consternado por la cruda política imperialista
adoptada por Stalin a partir de 1945, especialmente en lo referente a
Turquía, Irán y China. Aunque creía firmemente que la Unión
Soviética tenía derecho a mantener una presencia militar en Europa
Central, Jrushchov era de la opinión de que la brutal presión ejercida
por Stalin en Polonia, Hungría y otros países de la zona había ido en
detrimento de la causa comunista en esos países y había puesto en
entredicho a los partidos comunistas locales.[45]
Jrushchov ofrecía soluciones simples a complejas cuestiones de
política exterior, y las sabía expresar en el lenguaje del trabajador
bolchevizado, la sal del partido, que se elevó a su posición más
encumbrada. En un primer momento, todo esto hizo que su atractivo
aumentara a ojos de muchos miembros de la nomenklatura,
aquellos hijos de campesinos y trabajadores convertidos en
khoziaistvenniki (gestores económicos) del ingente aparato estatal.
No obstante, aquellas soluciones simples crearían un gran número
de problemas a la Unión Soviética cuando el nuevo y ampuloso líder
hiciera su aparición en el escenario internacional. Cuando llegara
este momento, a Jrushchov le costaría cada vez más vender al
escéptico y precavido partido y a las élites del estado su versión
global y romántica del paradigma revolucionario-imperial.

EL EXAMEN DE GINEBRA

Jrushchov había retomado siempre el discurso de Eisenhower de


abril de 1953 en el que el presidente norteamericano se dirigió a los
sucesores de Stalin pidiéndoles que se alejaran de los métodos
estalinistas. El Presidium presentaba el discurso como un ultimátum,
pero Jrushchov recordaba «cuatro condiciones» avanzadas por el
presidente Eisenhower: una tregua en Corea, solucionar el problema
austríaco, el regreso a sus hogares de los prisioneros de guerra
alemanes y japoneses encerrados en campos de concentración
soviéticos y empezar a dar pasos para desacelerar la carrera
armamentística.[46] Bajo su punto de vista, en verano de 1955 los
líderes soviéticos habían cumplido con esas condiciones en lo
referente a Corea y Austria y habían puesto en marcha una serie de
iniciativas para el desarme que iban mucho más allá que las de
Washington.
Curiosamente la solución de la cuestión alemana no figuraba
entre las condiciones norteamericanas. Las potencias occidentales
no esperaban llegar a ningún acuerdo en lo referente a la
reunificación de Alemania; su intención, sin embargo, era
aprovecharse de la cuestión alemana de una manera mucho más
e