Andrés Sánchez Sánchez
Mártires
de nuestro tiempo
Pasión y gloria de la Iglesia abulense
2
Ávila, 2003
3
ANDRÉS SÁNCHEZ SÁNCHEZ (Carpio Medianero, Ávila, 1926) es
sacerdote diocesano de Ávila (1950). Se forma en
Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de
Ávila; en Historia de la Iglesia en la Universidad
Gregoriana de Roma, donde completa los cursos de
doctorado al tiempo que ejerce como capellán de la
Iglesia Nacional Española de Santiago y Montserrat
(1954); y en Filosofía y Letras, sección Historia, en la
Universidad Central de Madrid, donde obtiene la
licenciatura en 1967. En Ávila es profesor de Historia de la
Iglesia en el Seminario Mayor y de Historia en el Colegio
Diocesano, y en diversos institutos de enseñanza media de
la ciudad. Desarrolla su actividad pastoral en Cebreros y en
el Cabildo catedralicio abulense, especialmente como
canónigo archivero (desde 1962), arcediano (desde 1982) y
deán. Entre sus publicaciones destacan Pasión y gloria de la
Iglesia abulense. Datos para la historia de 1936
(1987), Resumen de actas del Cabildo catedralicio de
Ávila, 2 t. (1995- 1998), Antonio de Honcala y Gaspar
Daza. Dos abulenses ilustres del siglo cc, (1998), La
beneficencia en Ávila. Actividad hospitalaria del Cabildo
catedralicio. Siglos XVI-XVI (2000), y Cinco sacerdotes
abulenses mártires en el verano de 1936 hacia los altares
4
(2002). A ellas hay que unir una prolongada relación de
artículos en diversas revistas especializadas de ámbito
nacional. Es miembro de número de la Institución Gran
Duque de Alba desde 1980.
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Motivo de cubierta:
El Martirio de San Esteban, de Juan de
Carrión. En un cantoral de la catedral de Ávila.
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Al prelado y presbiterio actuales de la diócesis de Ávila. A los
seminaristas y fieles abulenses. Para todos nosotros los 29
sacerdotes mártires abulenses durante el verano de 1936
siguen siendo aleccionador ejemplo de virtudes. Su sangre
generosamente vertida sigue fertilizando nuestra tierra.
A los familiares de nuestros sacerdotes mártires. A quienes en
sucesivos momentos me han proporcionado valiosos informes
acerca de cada uno de los 29 presbíteros. A los habitantes de
los pueblos en los que nacieron nuestros mártires. Al seminario
y profesores que les formaron. A las parroquias, que fueron
escenario de su ministerio sacerdotal, especialmente al pueblo
en el que derramaron generosamente su sangre de abnegados
pastores.
7
«En este mismo año se cumple el cincuenta aniversario del
comienzo de la Guerra Civil […] La misión pacificadora de la Iglesia
nos mueve a decir una palabra de paz con ocasión de este
aniversario. Tanto más cuanto que las motivaciones religiosas
estuvieron presentes en la división y enfrentamiento de los
españoles […]
Los españoles necesitamos saber con serenidad lo que
verdaderamente ocurrió en aquellos años de amargo recuerdo [...].
Saber perdonar y saber olvidar son, además, de una obligación
cristiana, condición indispen sable para un futuro de reconciliación
y de paz.
Aunque la Iglesia no pretende estar libre de todo error, quienes le
reprochan el haberse alineado con una de las partes contendientes
deben tener en cuenta la dureza de la persecución religiosa
desatada en España desde 1931. Nada de esto, ni por una parte ni
por otra, se debe repetir. Que el perdón y la magnanimidad sean el
clima general de los nuevos tiempos.
Recojamos todos la herencia de los que murieron por su fe,
perdonando a quienes los mataban, y de cuantos ofrecieron sus
vidas por un futuro de paz y de justicia para todos los españoles,
CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
Constructores de la Paz (1986), Cap. 4 n.º 1.
8
«La Iglesia del primer milenio nació de la sangre de los mártires.
[...] En nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia
desconocidos, casi militi ignoti de la gran causa de Dios.
En la medida de lo posible no deben perderse en la Iglesia sus
testimonios. Como se ha sugerido en el Consistorio, es preciso que
las iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo
de quienes han sufrido el martirio, recogiendo para ello la
documentación necesaria».
JUAN PABLO II
Carta apostólica: Terttio Millennio Adveniente (1994), n.° 37
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Contenido
Nota del editor
Prólogo a la nueva edición
Presentación
I Introducción
II Actividades antirreligiosas previas al 18 de julio de 1936
III La diócesis de Ávila antes del día 18 de julio de 1936
IV En las estribaciones de Gredos (arciprestazgo de Arenas de
San Pedro)
V Por la zona alta del Alberche (arciprestazgo de Burgohondo)
VI En el valle del Tiétar (arciprestazgo de Casavieja)
VII Entre pinares y viñas (arciprestazgo de Cebreros)
VIII Por tierras de Oropesa (arciprestazgo de Oropesa)
IX Zona toledana del Tiétar (arciprestazgo de El Real de San
Vicente)
X Don José Máximo Moro Briz (párroco de Cebreros)
XI Principales testigos y sus declaraciones en referencia a don
José Máximo Moro Briz, párroco de Cebreros
XII Don Damián Gómez Jiménez (párroco de Mombeltrán)
XIII Principales testigos y sus declaraciones en referencia a don
Damián Gómez Jiménez, párroco de Mombeltrán
XIV Don Agustín Bermejo Miranda, párroco de Hoyo de Pinares
XV Principales testigos y sus declaraciones en referencia a don
Agustín Bermejo Miranda, párroco de Hoyo de Pinares
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XVI Don José García Librán (párroco de Gavilanes)
XVII Principales testigos y sus declaraciones en referencia a don
José García Librán, párroco de Gavilanes
XVII Don Juan Mesonero Huerta (párroco de El Hornillo)
XIX Principales testigos y sus declaraciones en referencia a don
Juan Mesonero Huerta, párroco de El Hornillo
La memoria del martirio de estos cinco sacerdotes abulenses sigue
muy viva aún
XXI Invitando a la reflexión XXII Signo de contradicción
XXIII Causa de beatificación de cinco sacerdotes abulenses XXIV
Sacerdotes abaleases martirizados en 1936 Bibliografía
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Nota del editor
En el año 1987 veía la luz la obra Pasión y gloria de la Iglesia
abulense. Datos para la historia de 1936, a cargo de la editorial Tau
de Ávila. En aquella ocasión, el autor del texto que ahora
recuperamos daba cuenta en certeros términos de cuanto acaeció
en los trágicos y fratricidas instantes de la Guerra Civil española en
la diócesis de Ávila. Reproducimos la presentación que redacta con
aquella ocasión el Emmo. señor cardenal don Marcelo González
Martín, entonces arzobispo de Toledo.
Transcurridos ahora más de quince años, se hace necesaria la
revisión de algunos planteamientos de fondo al tiempo que la
significativa aportación de nuevos datos que emergen como
resultado de la investigación sobre la fama de santidad de los
Siervos de Dios de que se trata, revitalizado el proceso de
canonización por el obispo diocesano monseñor don Adolfo
González Montes desde su llegada a la sede de San Segundo en
julio de 1997. El mismo prelado abulense prologa esta entrega
renovada en la que se han incorporado también algunos índices
que faciliten su lectura.
El cabildo catedralicio abulense, al costear esta nueva edición,
tributa sentido homenaje a los sacerdotes de esta tierra de santos,
mártires en la persecución religiosa española de 1936, como
servicio al clero y a la comunidad cristiana de Ávila.
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13
Prólogo a la nueva edición
El presente volumen es una edición revisada y ampliamente
aumentada del libro Pasión y gloria de la Iglesia abulense ,
publicado en 1987. Cuando su autor, a Andrés Sánchez, me habló
de reeditar ésta su obra de investigación de los hechos históricos
que jalonaron la persecución religiosa de 1936, no dudé un
momento en apoyar la idea. Agotada la primera edición del libro,
urgía poner manos a la obra por las razones que explicaré. El texto
escrito en 1987 cobraba ahora una especial relevancia después de
que como Obispo de la Iglesia de Ávila decidiera retomar, con el
apoyo del presbiterio diocesano, la causa de canonización de los
sacerdotes martirizados en odio a la fe en aquella terrible
persecución, la más cruel y extensa padecida por la Iglesia en
España y una de las más sangrientas de la historia del cristianismo.
La causa había sido iniciada con el edicto de recogida de
información dado e 1958 por mi venerado predecesor monseñor
don Santos Moro Briz. El proceso se instruyó de 1960 a 1963 en la
curia diocesana de Ávila, declarando en el mismo setenta y siete
testigos de los hechos o relacionados con los mismos. La primera
edición de este libro recogía justamente la investigación histórica
que dio soporte a este proceso.
El proceso había quedado parado, como otras muchas causas de
martirio de aquella persecución, esperando un momento más
oportuno en la vida de la Iglesia. Cambiada la situación y
desbloqueadas éstas por Su Santidad Juan Pablo II, apenas ocupé
la sede episcopal de Ávila decidí llevar adelante una causa iniciada
que, como en su lugar dice el autor en la nueva redacción del libro,
rezaba así: «Causa de beatificación o declaración de martirio de los
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Siervos de Dios José Máximo Moro Briz, Damián Gómez Jiménez,
Agustín Bermejo Miranda, José García Librán, Juan Mesonero
Huerta y otros sacerdotes mártires de esta diócesis de Ávila».
Desde el 26 de octubre de 1998, fecha en que firmé el decreto de
constitución de una Comisión de peritos en Historia y Archivística,
con el encargo de «investigar todos aquellos documentos que
puedan aportar nuevos elementos sobre la vida y el martirio de los
Siervos de Dios José Máximo Moro Briz y compañeros, es decir;
sólo los cinco antes mencionados, se ha abierto una nueva etapa en
la aproximación a los acontecimientos de 1936. Si en un primer
momento fue oportuno retomar la causa de los cinco sacerdotes
cuyo martirio había sido objeto de elaboración de una primera
información con el depósito de las actas en la Congregación para la
Causa de los Santos en 1963, una vez concluida la Positio el 5 de
julio del año jubilar de 2000, parecía ahora urgente la apertura de un
nuevo proceso, ahora en espera de ulteriores decisiones en la
Congregación de los Santos.
Con tal propósito comenzó la revisión de su libro don Andrés
Sánchez, deseando aportar datos complementarios y una redacción
revisada a la investigación histórica publicada en 1987.
Así, con la información obtenida por la Comisión antes mencionada
y nuevas informaciones de contraste o confirmación de los hechos,
el autor fue revisando las páginas de su obra y disponiendo, con los
materiales que obran en su haber, una monografía nueva, muy
aumentada, que contribuirá, sin duda alguna, a llenar de contenido
el nuevo proceso de los 24 sacerdotes abulenses mártires no
incluidos en el primer proceso.
Este nuevo proceso ha requerido asimismo algunos pasos de los
que dejo aquí constancia. Cabía la posibilidad de abrir el nuevo
15
proceso en la diócesis de Ávila o bien, siguiendo el parecer de la
Congregación para la Causa de los Santos y las orientaciones de la
Conferencia Episcopal Española, sumar la causa de los sacerdotes
abulenses a la causa de canonización abierta en la provincia
eclesiástica de Toledo. En Ávila hemos hecho opción por esta
última vía, con el propósito de contribuir así a la unificación de los
procesos y reducir con ello su número, dado que éstos han sido
abiertos en un buen número de diócesis y pro movidos por éstas o
por las distintas órdenes e institutos religiosos.
La nueva edición de este libro que hace de él un texto ampliamente
remozado es una buena prueba del interés que demanda la nueva
causa de los sacerdotes mártires, vencidas ya las reticencias de
otros momentos y despolitizada la memoria de su martirio,
verdadero testimonio del amor a Jesucristo por el que murieron
estos sacerdotes, sin que nada pudiera separarlos de él.
El lector podrá percatarse de la crueldad de la persecución vivida
en aquel verano de 1936 y asistirá sin duda aleccionado por el valor
de los mártires a la descripción de su martirio. Podrá constatar con
fe la asistencia de Cristo a sus mártires, ayer como hoy envueltos
en los avatares de un mundo que vuelve una y otra vez sobre sus
propios pasos para retomar un camino de esperanza después del
paso devastador del huracán. Cuantos aman a Cristo podrán sentir
cómo se fortalece su fe con la lectura de estas páginas de heroísmo
martirial que componen la persecución y muerte cruenta de los
ministros del Crucificado; pero si el lector es un sacerdote
encontrará en este texto un particular estímulo para afrontar en
tiempos de dificultad el ejercicio de un ministerio desasistido del
soporte social y cultural de otros tiempos, cuando ser ministro de
Cristo se ha convenido en motivo de arriesgo
16
testimonial de la causa de Cristo como certera causa del hombre,
necesitado de la obra redentora y de salvación del Hijo de Dios
humanado y sacrificado por él.
Porque son palabras de Cristo: «No está el discípulo por encima de
su maestro, ni el siervo par encima del Señor» (Mt 10,24; cf. Lc 6,40
y Jn 13,16), el martirio de estos sacerdotes fue vivido por ellos
como forma suprema de configuración con su Señor para, de esta
suene, alcanzar la inmolación de la existencia hasta revelar en su
propia pérdida que nadie tiene amor mayor que el que da la vida
por aquellos a quienes ama (cf. Jn 15,13) y que, por eso mismo,
«quien ama su vida la pierde; y el que odia su vida en este mundo,
la guardará para la vida eterna» (Jn 12,25).
Es la consumación de aquella sabiduría divina que sólo es
asequible a la fe y que tiene su piedra de toque en el martirio.
Porque es así, se han escrito desde la primera hora del cristianismo
exhortaciones al martirio, que han alentado en el corazón de los
mártires aquel valor capaz de estremecer la vida de los fieles y
acobardar a los enemigos de la cruz de Cristo.
Desearía vivamente que la lectura de este libro alentara ahora la
vida de los sacerdotes del presbiterio diocesano en forma tal que la
aspiración a la configuración existencial con Cristo fuera capaz de
remover los obstáculos con que tropieza el seguimiento del Señor al
que están llamados sus ministros. Como deseo con la misma
intensidad que los fieles cristianos todos encuentren en la
inmolación de los sacerdotes mártires, unidos en ella a la de tantos
testigos de la fe que dieron su vida por el Señor; hombres y mujeres
de vida consagrada y fieles laicos de coherencia testimonial
acreditada con los hechos, la expresión de la caridad pastoral con
la que se edifica la Iglesia.
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Ávila, 29 de junio de 2002.
† ADOLFO GONZÁLEZ MONTES
Obispo de Ávila
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Presentación
Escribo estas líneas movido por sentimientos de veneración y
respeto a la memoria de los sacerdotes de la diócesis de Ávila, que
murieron por amor a Jesucristo y a la Iglesia en los trágicos días de
1936. Quince de ellos regentaban parroquias que hoy pertenecen al
arzobispado de Toledo.
El autor del libro, don Andrés Sánchez, canónigo archivero de la
catedral de Ávila, ha realizado un benemérito trabajo que hemos de
agradecer todos, por lo que tiene de servicio a la historia y de
proclamación del heroísmo con que dieron testimonio de su fe los
que perdieron su vida por defenderla y propagarla. En su día
recorrió los lugares donde sucedieron los hechos que se narran,
habló con quienes conocieron a las víctimas y a veces a los
asesinos, captó los sentimientos de las gentes del pueblo que
fueron testigos impotentes de la persecución desatada, y redactó
después con pluma serena y dolorida la crónica conmovedora que
ahora sale a la luz.
Cuando estas parroquias de Ávila pasaron a pertenecer a la
diócesis de Toledo se sintieron unidas enseguida por los lazos de la
fraternidad cristiana con las de nuestro arzobispado, no sólo por la
fe común y las costumbres, sino también por la sangre de los
sacerdotes «mártires», que se incorporaba a la que habían
derramado más de trescientos ministros del Señor en tierras
toledanas. Humanamente hablando ¡qué espantosamente inútil
carnicería y qué barbarie! Pero a la luz del misterio de la Iglesia —
signo de contradicción, como Jesucristo, en el mundo—, ¡qué
torrente de energías del espíritu al servicio del evangelio! Este libro,
como los que en su día escribió don Juan Francisco Rivera sobre el
19
martirologio de Toledo, servirá también para que los sacerdotes que
hoy van destinados a aquellas o a estas parroquias alimenten su
capacidad de abnegación pastoral y sacrificio constante con el
recuerdo no lejano de esos otros que entones murieron, cuyas
firmas pueden encontrar en los libros parroquiales de aquellos
años, si es que el vandalismo destructor se detuvo a las puertas de
los modestos archivos que los guardaban.
La Guerra española tuvo mucho de cruzada en defensa de la fe,
tanto por lo menos como de enfrentamiento social y de odio político
entre hermanos llevado hasta la desesperación. Los historiadores y
sociólogos han escrito infinidad de páginas sobre el gran drama, y
se esfuerzan por explicar los acontecimientos según los criterios
que adopten como fruto de sus análisis personales. ¡Qué cómodo
es hacer esto años después, no obstante la dificultad que supone
un estudio riguroso y documentado! Me refiero sobre todo a los que
tratan de dar su versión inapelable, con sus enjuiciamientos e
interpretaciones en las que tantas veces se interfieren modos de
pensar de hoy con los hechos que sucedieron ayer. Seguirán
haciéndolo, sin duda, porque es vocación irreprimible de los
hombres cultos reflexionar sobre la historia de sí mismos y de sus
pueblos, y más de una vez, cuando se unen en el historiador la
rectitud de espíritu con la competencia científica, podrán ofrecernos
lecciones provechosas, extraídas de la amplia y fundada visión
general por ellos alcanzada.
Admitido esto de buen grado, pienso que es absolutamente
necesario acercarse a los hechos individualizados y concretos y
narrarlos tal como sucedieron para que no se pierda el valor de los
mismos entre la fronda de las reflexiones subjetivas. Cuando se
habla de los más de siete mil sacerdotes asesinados en nuestra
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guerra, surgen enseguida referencias a la inadaptación de la Iglesia
española a los tiempos, su beligerancia en el campo de la política,
su separación de la clase obrera, la alianza con los ricos, etc., con
lo cual se incurre en graves inexactitudes, en tópicos que impiden
un juicio sereno, en parcialismos apasionados. Y se pierde el valor
de los hechos que terminan por ser olvidados en fáciles
consideraciones a las que se inclina el gusto de quien escribe o
habla.
La muerte violenta de tantos sacerdotes españoles, y aun de
muchos seglares católicos, en aquellos días, tiene características
propias y singulares: el odio a la fe por parte de quienes mataron, y
el testimonio espléndido en favor de esa fe por parte de quienes
murieron. Aceptación humilde de la persecución, confian za en Dios,
fortaleza ejemplar; perdón y amor a sus mismos enemigos, fueron
actitudes que brillaron con singular esplendor en aquellos buenos
pastores del pueblo de Dios a la hora de ser arrancados de su grey
para condenarlos a muerte ignominiosa. Éste es el valor de los
hechos, que la Iglesia no puede olvidar porque son el obsequio que
ellos, hijos suyos, ofrecieron a Jesucristo, el primer mártir, a quien
quisieron imitar con amor innegable.
De ahí el interés de un libro como éste del archivero de la catedral
de Ávila. A lo largo de estas páginas el autor nos invita, con
frecuencia, al logro de una plena y sincera reconciliación entre todos
los españoles. Para conseguir este clima reconciliador sería tan
injurioso como vano sepultar en el olvido las lecciones de vida que
con su muerte nos dieron los sacerdotes de tantas diócesis de
España. El autor, en una admirable Introducción al libro, fija los
criterios que le han guiado: nada de polémicas, nada de
21
consideraciones políticas, ningún ataque o impugnación a nadie;
que hablen los hechos, esto basta.
Se podrá decir que no hubiera habido tantos «mártires», si antes
hubiera habido muchos más apóstoles de la doctrina social de la
Iglesia. Bien. ¡Se pueden decir tantas cosas, con posterioridad a los
hechos, y en relación con cualquier acontecimiento de la historia...!
Pero ¿quién no inclinará su frente y cerrará sus ojos, cegado por
tanta luz, cuando contempla la muerte de ese párroco de Almendral
de la Cañada, don José Sainz Rodríguez, de 35 años de edad, y
cuando vea el comportamiento de sus hermanas con el que le
asesinó? ¿O entre el sacrificio del coadjutor de Oropesa, don
Nicéforo Pérez Herráez, «lidiado» en el patio del castillo que
convirtieron en plaza de toros, y ultrajado en su cuerpo con saña
infernal y de la manera más inverecunda imaginable? ¿O cuando
don César Eusebio Martín, también de Oropesa, ordenado
sacerdote sólo cinco años antes, se vuelve hacia los milicianos que
iban a fusilarle y exclama: «Que Dios os perdone como yo os
perdono»? De él dijo después su madre: «Mi hijo se pasaba
aquellos días leyendo historias de mártires y rezando. Expresaba
muy anhelantes deseos de ser uno de ellos. Por eso, no opuso
resistencia alguna cuando llegaron los milicianos a buscarles.
Y así tantos otros, que nunca hicieron daño a nadie, que amaron a
todos, que predicaron el evangelio como mejor supieron y pudieron
hacerlo, que creyeron en Jesucristo hasta el final, que sirvieron a la
Iglesia y a la sociedad, a esta suya y nuestra patria española de
ayer y de hoy, tan fácil para olvidar, para cambiar, para acusar.
22
† MARCELO GONZÁLEZ MARTÍN
Cardenal-Arzobispo de Toledo
Primado de España
23
I
Introducción
Intentaré que las siguientes páginas sean una aportación al mejor
conocimiento de la historia abulense en alguno de sus aspectos. Me
refiero a los acontecimientos durante los meses del verano del año
1936. Fecha clave para la vida de los españoles en estos últimos
tiempos.
Todo lo referente a la Guerra Civil española está de actualidad. El
tema es interesante, aunque no exento de dificultades.
Debido a mi edad no tuve que tomar parte activa en la trágica
contienda fratricida. Algunos recuerdos sí conservo en mi memoria.
Y no son gratos. No obstante, me interesó siempre conocer todo
cuanto se relacionara con la historia vivida por los españoles en
aquellos años. Por eso he ido acumulando datos, al menos, en
algún aspecto. El darlos, ahora, a conocer puede resultar
interesante. Ésa es mi esperanza.
Se refieren a un aspecto muy concreto de la historia de la vida
abulense durante los primeros meses de la Guerra Civil. Al escribir
sobre este asunto, considero a Ávila como diócesis, no como
provincia. En aquel año 1936 no coincidían ambos conceptos. Me
interesa, ahora, el aspecto religioso.
Al producirse el Alzamiento nacional del 18 de julio, la diócesis
quedó dividida en dos sectores, bien delimitados. Me referiré, tan
sólo, a la parte dominada por las autoridades republicanas. Se trata
de la zona meridional.
24
Eclesiásticamente la diócesis estaba dividida en 20 arciprestazgos.
De ellos, tan sólo 6 quedaron bajo el dominio republicano. Las
parroquias pertenecientes a esos 6 arciprestazgos se extendían por
las provincias de Ávila, Toledo y Cáceres. En ninguno de ellos hay
grandes núcleos de población. La capital de la provincia, desde el
primer momento, queda bajo la dirección del llamado Ejército
Nacional.
Me voy a referir al aspecto religioso, durante unos meses del año
1936. Y en la zona abulense dominada por los comités marxistas,
republicanos. Queda, así, bien deslindado el espacio, el tiempo y el
aspecto del objeto de este libro.
En la recogida de datos he recorrido todos los pueblos. Lo hice, en
su mayor parte, a lo largo del año 1955. Considero importante
señalar la fecha. Ni muy cercana a 1936, ni excesivamente lejana a
los acontecimientos. Me pareció conveniente ir recogiendo cuantas
noticias fuera posible. Habían pasado casi veinte años desde
aquellos trágicos acontecimientos. Dejar transcurrir más tiempo
imposibilitaría hallar testigos fidedignos y de primera mano.
Todo fueron facilidades. Pude acumular toda la información posible.
Completé, así, la que ya poseía por otros conductos. La
confrontación de muchos pormenores me fue resultando muy útil e
iluminadora.
Se me permitió examinar detenidamente todos los archivos
parroquiales. Pude también leer las actas de los ayuntamientos o
comités rojos. Aparecen en ellas reflejadas las relaciones oficiales
entre el párroco y las autoridades civiles durante el año 1936. En los
libros de difuntos, al ser escrita la partida de defunción del
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sacerdote asesinado, aparecen consignados datos muy concretos y
valiosos, con la precisión propia de una inscripción oficial.
Aún vivían algunos testigos. Hablé con ellos. Sus sinceras
declaraciones me resultaron de inestimable valor. Testigos
conocedores de los hechos y a quienes razonablemente consideré
dignos de todo crédito. Cuantos datos llevaba ya recogidos en años
anteriores, y por otros medios, pudieron ser avalados o rechazados
escrupulosamente. Creo poder afirmar que todo fue confrontado
con rigurosidad histórica.
No en pocas ocasiones pude sentir la emoción de contemplar el
mismo escenario de los hechos, que iré narrando en las siguientes
páginas. Cierto que ya habían transcurrido algunos años. Casi
veinte. Es conveniente tener en cuenta esta circunstancia para
estimar en su justo valor las declaraciones de los testigos por mí
interrogados. Si bien es verdad que su testimonio no pudo ser muy
detallado, sin embargo los datos aportados tienen, en cierto sentido,
un valor más auténtico. Los ánimos se encontraban ya más
sosegados. Lo que hayan perdido en riqueza y minuciosidad de
pormenores, lo han ganado en serenidad y equilibrio. Había ido
desapareciendo la enorme carga pasional de años anteriores. Sin
deformaciones partidistas, su relato era más imparcial y aséptico. Si
se recorda ban tragedias, era para apagar rencores.
Previamente a esta visita por todos los pueblos de la zona roja en la
diócesis abulense, fui reuniendo muchos datos. Quizá la fuente más
valiosa y más deta llada sea la documentación existente en el
archivo diocesano. He leído todo cuanto se refiere a los
acontecimientos religiosos en las parroquias abulenses durante el
año 1936.
26
Esta información escrita corresponde a los datos enviados al
obispado por los respectivos párrocos, en la mayoría de los casos.
El especial interés demostrado por el señor obispo, don Santos
Moro Briz, en la colaboración de dichos informes merece todo
nuestro agradecimiento. Gracias a ellos podemos hoy conocer unas
páginas de nuestra reciente historia abulense.
Con fecha de 9 de noviembre de 1936 escribía el prelado una
circular a los sacerdotes, en estos términos:
Que aquellos señores párrocos, en cuyo territorio haya sido martirizado
algún sacerdote, religioso o seminarista, consideren como una honrosa
obligación el recoger con toda diligencia los datos más interesantes
relativos al martirio (aun los que sean desfavorables al paciente, si los
hubiere), por ejemplo: género de martirio que se le dio (sin omitir
circunstancias, por tristes y vergonzosas que sean), …si lo sufría con
paciencia, con valor, con alegría, o bien hizo lo posible por defenderse...
palabras exactas que pronunciara...
El señor obispo, doctor don Santos Moro Briz, pide a los párrocos
que, en la elaboración del informe, sean interrogados testigos
oculares. Y que se distinga escrupulosamente lo cierto de lo
dudoso.
Al año siguiente, en circular del 22 de febrero, nuevamente el
prelado diocesano pide a los párrocos un detallado informe acerca
de las devastaciones de iglesias en la diócesis de Ávila. Indica
varios puntos en los que ha de centrarse la contestación oficial. He
aquí algunos: relación minuciosa de los edificios destinados al culto
que hayan recibido deterioro, a partir del 18 de julio de 1936, a
causa de la persecución religiosa desencadenada por las
autoridades comunistas. Deben enviar cuantas noticias puedan
27
recabar. Relación de los retablos y demás objetos de culto; máxime
si son de algún valor artístico, histórico o de especial devoción.
Relación de altares destruidos, imágenes profanadas, ornamentos
sagrados quemados, etc.
La detenida lectura de estos informes y las declaraciones, que fui
recogiendo, son las principales fuentes documentales que me
permiten conocer aquellos hechos. Gracias a ello puedo escribir
estas páginas del presente libro.
Han pasado ya bastantes años. Considero, no obstante,
conveniente recordar aquellos acontecimientos de 1936, por muy
dolorosos que hayan sido. Ya van siendo menos las personas que
hicieron la Guerra Civil; la gran mayoría de los españoles en activo
no tomamos parte en tan cruel contienda. Algunos sí conservamos
imborrables recuerdos de aquellos aciagos años, aunque no
tuviéramos que intervenir en sucesos tan sangrientos. A otros
muchos españoles les suena todo ello a algo muy lejano. Nadie
desea que vuelvan tales enfrentamientos fratricidas. El conocer o
recordar aquellos tiempos puede y debe evitar las premisas de tan
funestas consecuencias.
En no pocas ocasiones, una campaña persistente, dirigida, a veces,
desde el extranjero, quizá, y orquestada desde aquí, pretende llevar
adelante el empeño de que se olvide, desfigure o desvirtúe todo lo
que en España sucedió, principalmen te lo que se refiere a la
persecución religiosa durante la Segunda República. La novela
tendenciosa y el cine simplista han venido secundando tales
propósitos, en no pocas ocasiones. Forzoso es reconocer que el
transcurso del tiempo y la proverbial falta de memoria de algunos
españoles van haciendo el juego a ciertos grupos de presión
política e ideológica.
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Creo que las generaciones que van tomando el relevo en la
multiforme actividad del país deben conocer o recordar la historia
reciente de nuestra patria. Continúa siendo verdad que quien olvida
el pasado está castigado a volverlo a vivir. A nadie le deseamos la
experiencia de aquel año 1936.
Cierto que no se puede vivir mirando permanentemente hacia el
pasado. Hay que volver la cara hacia el futuro. Es una actitud joven,
más creadora, más sin cera (dicen), más valiente, más arriesgada.
Pero, también es cierto que no podemos desligarnos de un pasado
tan cercano y tan aleccionador.
El verdadero historiador es un profeta vuelto de espaldas. Y con su
penetrante y escrutadora mirada hacia el pasado, puede ir viviendo
conscientemente el presente, a la vez que se va preparando para el
inquietante futuro.
Han sido pocos y muy aislados los esfuerzos serios y
documentados por mantener fiel y tenaz el recuerdo de tanto
heroísmo cristiano ante la cruenta persecución religiosa por parte
del comunismo en la España de 1936-1939 especialmente. La
conjuración enemiga encuentra, a veces, su cómplice en el silencio
de muchos y en la pasividad de un gran sector.
En cuanto al tema general de nuestra Guerra Civil del 36, se van
matizando algunos estudios serios y documentados. La bibliografía
va siendo numerosa, bastante intrincada y frecuentemente fruto de
actitudes muy partidistas y pasionales. Y eso no es escribir historia.
Quiero convencerme de que últimamente se va despejando el
camino al ir apareciendo estudios más ponderados, más
documentados, menos partidistas. Quizá esta visión mía sea un
29
sincero y ardiente deseo, más que una consoladora y auténtica
realidad.
Cierto que los ánimos pueden estar ya más serenos. Y van
accediendo a las tareas historiográficas una serie de hombres y
mujeres no implicados de una manera personal y directa, o
ideológica, en aquellos accidentados años de la década de los
treinta en el quehacer nacional.
Nos podemos referir a los acontecimientos aquellos de una manera
desapasionada. Ya no hay que juzgar a nadie. Nos debe preocupar
solamente describir unos hechos, indagar sus causas, analizar sus
consecuencias, aprender sus lecciones. Y todo ello sin pasión y sin
odio. Sin colocamos previamente en una determinada postura.
Por lo que a mí se refiere, al decidirme ahora a escribir estas
páginas, expreso mi sincero deseo de contribuir algo a esos
estudios serios y serenos de algún aspecto de la historia patria y en
este rincón del suelo nacional, correspondientes al lejano año 1936.
Deseo contribuir, así, a mantener fiel y tenaz el recuerdo de tantos
actos heroicos realizados en nuestras parroquias abulenses.
Será también un grano de arena en favor de la reconciliación
nacional, que es la suma de comprensivos y eficaces encuentros
entre particulares y entre pequeños grupos. Tenemos que
olvidarnos por completo de vencedores y vencidos, de perseguidos
y perseguidores. Aun recordando tragedias, deseo que estas
páginas sirvan para apagar rencores. Esto exige que todos
hagamos el difícil aprendizaje de la convivencia sincera, vigilando a
nosotros y apartándolos decididamente de cuantos brotes pudieran
devolvemos a las intransigencias, que en el pasado nos condujeron
a una experiencia tan dramática. Se trata de un renovado esfuerzo
30
diario de todos los españoles por integrarnos en unos grandes
objetivos comunes.
Es mi intención, al escribir las páginas de este libro, evitar todo
impulso de sentimientos pasionales. Es en las claras cumbres del
relato histórico donde quiero permanecer.
Ningún aspecto político, militar o económico de la diócesis abulense
será tratado en el libro. Es, tan sólo, tema religioso el que ahora me
preocupa. Y esto, muy lejos de toda finalidad polémica, y sí
adoptando una manifiesta posición de firme equilibrio y rigurosa
verdad histórica.
Al hacer referencia a las personas que sufrieron persecución
religiosa, tan sólo trataré de los sacerdotes diocesanos. No es que
pretenda, con ello, minimizar o cubrir con la tupida sombra del
olvido actitudes y muertes heroicas de algunos seglares. Forzoso
es, no obstante, circunscribir el tema para que lo que pierda en
extensión lo gane en profundidad y detallado estudio.
Aun moviéndome en un terreno meramente histórico, quiero
acercarme a los sacerdotes abulenses, asesinados por el
comunismo con una actitud de sentida reverencia. Espero que la
contemplación de los últimos momentos de su vida vaya destilando
un jugoso néctar y confortante aroma de espiritualidad viva y abne-
gada entrega.
Procuraré ahorrar la expresión verbal de piadosos sentimientos en
párrafos laudatorios y devotas frases. No deseo oscurecer con ese
ropaje literario la nítida, sólida y sencilla exposición histórica. No es
mi intención caer en el senti mentalismo fácil, ni en el frío y seco
relato de los hechos. Toleraría más gustosamente que se me
acusara de lo último.
31
La sangrante realidad de los hechos, sencilla y llanamente narrados,
aparecerá con toda su fuerza y emotiva riqueza para iluminar
nuestra inteligencia, refrescar nuestra memoria y mover el corazón.
Iré indicando también los violentos destrozos causados en las
iglesias, ermitas, imágenes, vasos sagrados, objetos de culto,
ornamentos religiosos, etc. En el recuento de estas destrucciones
podrá aparecer con mayor certeza la saña de quie nes las
perpetraron. Este «martirio de las cosas» no pudo ofrecer a los
perseguidores fútiles y particulares pretextos para su acción
profanadora y destructora.
La diócesis de Ávila supo sufrir su calvario y escribir su historia
religiosa con generoso derramamiento de sangre, incendio de
templos y destrucción de objetos sagrados en aquel año 1936.
La fama del martirio de los 29 sacerdotes abulenses, asesinados
durante los primeros meses de la Guerra Civil, fue y continúa siendo
opinión unánime entre todos los diocesanos y cuantos los
conocieron. Sólo se explica lo ocurrido por el odio contra la religión y
la fe católicas. No contra ellos, si excluimos su condición sacerdotal,
pues su vida estuvo siempre consagrada al amor a Dios y al
prójimo. No podían sus perseguidores esgrimir ninguna causa
política o de índole personal para matar a estos sacerdotes
abulenses.
A lo largo de las siguientes páginas, espero, quedará bien claro que:
a) la muerte violenta a cada uno de estos 29 sacerdotes fue
causada por sus asesinos en odio a la fe; b) que fue realizada por
enemigos de la fe católica; c) que tal muerte y los sufrimientos
previos fueron aceptados voluntariamente; d) que todos estos
sacerdotes derramaron su sangre generosa y conscientemente,
32
con gestos y palabras de amplio y sincero perdón hacia sus
perseguidores.
Los 29 sacerdotes abulenses, martirizados durante el verano de
1936, como aparece en las siguientes páginas, respondieron con su
adhesión inquebrantable a Jesucristo, el Testigo fiel, a cambio de lo
más preciado y precioso que poseían, la propia vida.
Todos ellos fueron «testigos». Todos murieron a causa de su fe en
Cristo. Ninguno apostató.
Algunos de ellos derramaron su sangre en plena juventud. Por
ejemplo, don Juan Mesonero Huerta, con 22 años de edad; y don
Fidelio González Navarro, con 25 años, tan sólo. Y con muy pocos
días de ministerio sacerdotal. Otros entregaron su vida, ya madura,
cargada de años en su actividad parroquial, gastada al servicio de
Dios y de los hombres. Por ejemplo, don Julián González Mateos
tenía 68 años de edad; y don Damián Gómez Jiménez, con 65
años. Recibieron y supieron responder a la gracia del martirio.
Por mi edad no pude conocer directamente a ninguno de estos 29
sacerdotes «martirizados» en la diócesis de Ávila durante el verano
de 1936. Pero sí he hablado con muchos testigos acerca de la
actuación pastoral de dichos sacerdotes. Y de su prendimiento y
martirio. Tales testigos, a quienes considero plenamente fidedignos,
sí los conocieron. Y convivieron con ellos. Su testimonio, por tanto,
fielmente recogido en las páginas de este libro, es de total solvencia
y validez.
Mi conversación con algunos de los declarantes ha venido
desarrollándose desde hace varios años. El tema viene
preocupándome largamente. Mi interés por ir recogiendo datos al
respecto se inició en 1936. Y aún perdura. Los datos se han ido
ampliando y depurando meticulosamente. En lo fundamental son
33
muy coincidentes en el fondo y en la forma, puesto que arrancan de
la misma realidad de los hechos. El paso del tiempo no ha
conseguido borrarlos. Su memoria sigue manteniéndose muy viva.
34
II
Actividades antirreligiosas previas al 18 de julio de
1936
El siglo XIX en España
No son frecuentes los cambios bruscos en la Historia. Cada período
tiene afianzadas sus raíces en el anterior y prepara al que le sigue.
La evolución histó rica es una constante y no permite ruptura tajante
entre el pasado y el presente del humano quehacer.
Refiriéndonos a la actividad antirreligiosa anterior al día 18 de julio
de 1936 en España, nadie podrá exigimos muchas y apretadas
páginas para demostrar que la explosión antirreligiosa del Frente
Popular español fue el capítulo final de un largo y devastador
proceso histórico en la descristianización de nuestra patria.
En estas páginas pretendo, tan sólo, indicar algunos antecedentes,
no con pretensiones exhaustivas del tema.
Solamente como telón de fondo, para comprender mejor lo referente
a la diócesis de Ávila. Todo ello muy brevemente. No se trata de
exponer las causas. Ni de ir describiendo los efectos.
Intento recordar las fechas más significativas en el desarrollo de la
persecución religiosa en épocas que últimamente nos han
precedido.
Sin el afán de ir a recoger aguas muy lejos, sí podernos descubrir en
el siglo XIX un poderoso punto de arranque en la progresiva
descristianización de nuestro suelo, aunque en algunos
35
momentos se produjera alguna meritoria reacción de las fuerzas
católicas.
Todo el siglo XIX fue para nosotros un conglomerado de fechas,
que van indicando el descenso del termómetro nacional en no
pocos aspectos. Tantas constituciones promulgadas, tantos
parlamentos disueltos, tan frecuentes pronunciamientos militares y
tan crueles guerras civiles son un síntoma de la inestabilidad
nacional.
Fútiles y peregrinos pretextos ocasionaron fuertes medidas
persecutorias contra la Iglesia en España, teniendo como desenlace
la consabida matanza de eclesiásticos. Sacerdotes, religiosos y
monjas conocieron, en el sobrecogedor ambiente de su sangre
vertida, torturas y brutalidades mil.
Turbia y agitada, en verdad, la historia eclesiástica de España en la
centuria decimonónica. Sucesión, apenas interrumpida, de
persecución religiosa en los múltiples cambios de gobierno. Toda
una serie de rupturas y reanudaciones diplomáticas con Roma.
Aquel anticlericalismo, abierto unas veces y solapado otras; las
tenebrosas maquinaciones de la influyente e importada masonería;
aquel obrerismo, con excesivo espíritu y actividad revolucionaria,
iban preparando los tiempos de la república española, con su
intensa y clara actuación persecutoria contra la Iglesia católica.
En aquel ambiente tan enrarecido, bastaba que alguien ideara una
calumnia, por muy peregrina y absurda que fuera, para que una
parte del pueblo, un tanto irresponsable, se lanzara, ávido de
sangre, contra todo lo que tuviera carácter religioso. Así sucedió
con la patraña burda del envenenamiento de las fuentes por los
frailes, a quienes se consideró causantes del cólera. El populacho
embravecido fue el material ejecutor del llamado «pecado de
36
sangre», aquel día negro del 17 de julio de 1834. Un centenar de
frailes fueron asesinados impunemente en la capital de la nación.
El devastador eco de tan espeluznante matanza fue repercutiendo
en otras capitales, originando parecidos atropellos contra la Iglesia.
España caminaba vertiginosamente por el sendero del mal,
salpicándose de sangre inocente de ministros del
Señor.
Llegaría, pocos años después, el «gran robo del siglo», iniciado en
1835. La catastrófica desamortización de los bienes eclesiásticos,
realizada principalmente por el ministro Mendizábal, causó un grave
daño a las benéficas actividades de la Iglesia en los campos de la
cultura y de la asistencia social. Ningún provecho económico sacó la
hacienda pública. Mediante precios irrisorios pasaron fructíferas
haciendas y valiosas obras de arte desde las llamadas «manos muer
tas», legítimas y caritativas, a manos
«demasiado vivas». El erario público no aumentó su riqueza y sí
tuvo que cargar el Estado con las muchas obras de beneficencia,
antes en manos de la eficiente y maternal iglesia de España.
Innumerables y valiosas obras de nuestro rico patrimonio histórico,
documental y artístico, creado con esfuerzo y custodiado con
diligente cuidado por la Iglesia católica, sufrieron irreparables
deterioros. En no pocas ocasiones fueron destruidas y en otras
muchas pasaron a manos de particulares, quienes no demostraron
la suficiente sensibilidad artística capaz de conservarlas hasta
nuestros días. Se unían, ahí, el anticlericalismo español y la pérdida
o deterioro de gran parte de nuestra anterior riqueza artística y
documental, como causa y efecto.
Disposiciones sectarias e intromisiones mil por parte del Gobierno
iban apareciendo ya con cara de abierta persecución
37
eclesiástica. El papa Gregorio XVI, en su especial encíclica,
sintetizó la universal repulsa del mundo católico contra tales
medidas gubernativas en España.
Con Bravo Murillo y, antes, con Narváez, reaparece la normalidad
religiosa durante algunos años. Fue un paréntesis de bonanza,
aprovechando para la firma del concordato de 1851, vigente hasta
el de 1953.
No duraría mucho la calma. El oleaje revolucionario, llevando en
sus entrañas una gran dosis antirreligiosa, crecía más y más,
especialmente cuando vuelve desde Inglaterra el general Espartero.
Vejámenes sin cuento y tétricos incendios de iglesias y conventos
iluminan con resplandores de barbarie la geografía española, al
amparo de radicales y extremistas disposiciones del Gobierno.
Cuando en 1873 queda instaurada la Primera República, se da un
paso en firme por el camino de la descristianización. Se amansarían
un poco las turbulentas aguas al ser restaurada la monarquía
borbónica en la persona de Alfonso XII, en el año 1874.
Llegado ya el siglo XX, el triste experimento de la Semana
Trágica de Barcelona (julio de 1909) produjo el incendio de unos
cincuenta templos y conventos.
Años después, el día 4 de julio de 1923, caía asesinado en
Zaragoza el cardenal Soldevila.
Alguna consistencia religiosa adquiere nuestra patria mientras
Alfonso XIII se sintió apoyado por el firme brazo de don Miguel
Primo de Rivera. La enérgica actitud y enraizado sentido católico
del marqués de Estella, fueron capaces de proporcionar a España
algunos años de consolidación religiosa y prestigio político, social y
38
económico. Fue un consolador paréntesis de bonanza, después de
atormentadas etapas.
La Guerra Civil española
Sabido es de todos que la cruel Guerra Civil española (1936-
1939) fue realmente una persecución religiosa contra la Iglesia
católica, aunque tuviera también otros aspectos. Y en elevado
grado. Por ejemplo, políticos y sociales, con toda la importancia que
tienen también los dos últimos. Hubo miles de sacerdo tes,
religiosos y monjas asesinados «en odio a la fe». Hubo también
miles de templos quemados, destrozados, profanados. Y el número
de imágenes religiosas destrozadas fue inmensamente más
elevado. Podemos hablar del martirio de personas eclesiásticas y
del «martirio de las cosas».
Es cierto que tan amplia e intensa persecución religiosa, extendida
por casi todo el territorio nacional, fue previamente preparada y
sostenida durante años por el más virulento marxismo ateo y
activamente eficiente contra todo lo sagrado. Socialismo,
sindicalismo, anarquismo y comunismo fueron preparando y cal-
deando el ambiente también en España contra toda manifestación
religiosa, especialmente contra la Iglesia católica, y muy en
concreto, contra sus sagrados ministros.
La propaganda atea, beligerante, cínica y calumniosa gozaba de
poderosos medios de difusión entre el pueblo español. No era fácil
resistir a su poderoso embate.
Ya Lerroux había dicho a sus «jóvenes bárbaros» de Barcelona que
había que destruir la Iglesia.
39
—Entrad a saco —les gritaba— en la civilización decadente y miserable
de este país sin ventura; destruid sus templos; acabad con sus dioses;
alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para
virilizar la especie. No os detengáis ni ante los sepulcros, ni ante los
altares. No hay nada sagrado en la tierra. El pueblo es esclavo de la
Iglesia. Hay que destruir la Iglesia. Luchad, matad, morid.
La Segunda República
Esta actividad antirreligiosa y anticlerical aumentó en España desde
el año 1931 con la constitución del Gobierno republicano, en el que
la extrema izquierda ocupó los puestos clave en la vida nacional.
Por todos los medios, el poder gubernativo excitaba a las masas
contra la Iglesia católica. Ya en marzo de 1931 fueron incendiadas
varias iglesias y casas de religiosos. En Madrid, en Valencia, en
Alicante, en Sevilla, en Málaga, en Córdoba y en otras ciudades.
Tales atropellos, si es que no eran provocados o instigados por las
autoridades gubernativas, al menos no eran reprimidos. Con su
cínica pasividad iba creciendo la agresión a todo lo religioso. No se
apagaban los incendios provocados. No se reparaban los destrozos
voluntariamente causados en los templos.
Una bien organizada propaganda por todos los medios posibles iba
atacando con insospechadas e inverosímiles calumnias a
sacerdotes y a religiosos.
En el año 1931, desde los primeros meses, el ambiente general en
España era fuertemente anticlerical y antirreligioso. El laicismo,
cada día más virulento, iba llegando al poder. Fue
40
tomando cuerpo una legislación laicista. Y se iba tolerando
cualquier manifestación callejera y violenta de armados grupos
revolucionarios.
Del sentimiento anticlerical y teórico de algunos intelectuales se
bajó al más burdo y simple de la masa popular. Y de aquí se pasó
al antirreligioso en no pocas ocasiones. Junto con los oradores y
demagogos, actuaron los tribunos de la plebe, responsables
directos de disturbios callejeros y de atentados a las personas.
También desde el mundo de las letras se iban fomentando esta
actitud contra la Iglesia, en periódicos, revistas, obras teatrales y
escritos diversos. Por este medio se hacía llegar a los ambientes
populares, entre obscenidades, blasfemias, chabacanadas y todo
género de libertinaje, imágenes estereotipadas y falsas de una
Iglesia española, presentada como única responsable de todos los
males de la sociedad y, consiguientemente, merecedora de los
mayores castigos.
Esta fobia anticristiana y anticlerical estalló, beligerante, a partir del
día 14 de abril de 1931, principio de la Segunda
República española.
Fueron surgiendo publicaciones y casas editoriales al servicio del
más furibundo ataque contra la religión y contra la Iglesia católica.
Libros y periódicos minaban e iban apagando la fe cristiana en el
pueblo sencillo, en cuya cabeza iban metiendo ideas anticatólicas.
Contra la religión, contra el Papa, contra los sacerdotes.
Cuando el día 14 de abril de 1931 empieza en España la Segunda
República, queda iniciada la etapa más agresiva, hasta entonces,
contra la católica nación.
41
No es mi intención hacer, ahora, detallada historia de aquellas
elecciones municipales. Ni de las que, entre no pocos atropellos,
serían celebradas, años después, en febrero de 1936. Bástenos
recordar que constituyeron dos nuevas escaladas en el desarrollo
de la persecución sangrienta contra la Iglesia en tierras españolas.
A finales de abril de ese año 1931, el entonces primado de
España, cardenal Segura, daba la voz de alerta, a los pocos días de
la etapa republicana. «El orden social está en peligro; los derechos
de la religión están amenazados. Es deber imprescindible de todos
unirnos para defenderla y salvarla».
La llamada «Biblioteca de los sin Dios» publicó títulos muy
significativos. Por ejemplo: Jesús no fue cristiano; Jesucristo, mala
persona; Los apóstoles y sus concubinas y Origen nefando de los
conventos. Todo un alarde de sinceridad.
Entre los periódicos más revolucionarios contra la Iglesia católica
sobresalieron los siguientes: La traca, El Frailazo, El diluvio, El ateo
y tantos otros. Estaban inspirados en el peor gusto, pero llegaban a
las masas populares; atacaban a Dios, a
Jesucristo, a la Iglesia; ridiculizaban al Papa y a los sacerdotes. La
autoridad civil no ponía control a tales invectivas. No en pocas
ocasiones, incluso, era el poder público quien inspiraba tales
publicaciones. La legislación laicista y beligerante, junto con los
tumultos de la calle, iban descristianizando el pueblo español.
Y esto, a pesar de que la Iglesia en España había adoptado, desde
el primer momento de la proclamación de la Segunda República,
una actitud de acatamiento sincero e, incluso, de abierta
colaboración en defensa de los intereses superiores de España. En
el periódico católico El Debate, pudo ser leído en aquellos días:
42
«La República es la forma de gobierno establecido en España; en
consecuencia, nuestro deber es acatarla».
La mayoría de los obispos recomendaron sensatez y cordura a los
sacerdotes, prohibiéndoles intervenir en asuntos políticos. Y en esta
misma línea actuó la Santa Sede. Por medio del nuncio Tedeschini
llegaron desde el Vaticano claras instrucciones a los obispos,
pidiéndoles que mostraran el máximo respeto hacia el Gobierno
republicano para asegurar el orden y el bien común.
A pesar de esto, poco después del día 14 de abril de 1931, fecha de
la proclamación de la Segunda República, fueron surgiendo
dificultades en las relaciones entre Gobierno y
Episcopado. Cierto que hubo algunos obispos que se mostraron un
tanto críticos ante los graves atropellos que iba sufriendo la Iglesia
en España. Dentro del Gobierno republicano no fue idéntica su
actitud ante el problema religioso. Junto a ministros moderados
había otros muy radicales y en extremo anticlericales. Y triunfaron
estos últimos.
Ya en el mismo mes de mayo de 1931, durante los primeros días de
la Segunda República, se constituyó la Liga Anticlerical
Revolucionaria. Llegan muy pronto la expropiación de bienes
religiosos, la expulsión de los jesuitas y de otras órdenes religiosas.
Crece la lucha anticlerical y la propaganda atea. Se van
organizando comités revolucionarios y antirreligiosos.
Durante los días 11, 12 y 13 de mayo del mismo año 1931 se
produjeron en varias capitales españolas violentas manifestaciones
de furibundo anticlericalismo con asaltos, saqueos e incendios de
iglesias, monasterios y conventos. Y no hubo reacción por parte de
las fuerzas del orden, ni de los bomberos. Más de un centenar de
43
edificios religiosos quedaron, en gran parte o completamente, des-
truidos. Tampoco intervino la autoridad judicial.
Parece ser que algún ministro dijo ante tales desmanes:
«Todos los conventos de España no valen la vida de un
republicano». Y, cuando en Málaga estaban ardiendo el palacio
episcopal y la residencia de los jesuitas, el gobernador militar
ordenó la retirada de la fuerza pública, que intentaba dominar el
incendio. La misma autoridad militar envió al ministro de la Guerra
el siguiente telegrama: «Hoy ha comenzado quema de conventos.
Mañana continuará».
El nuevo ministro de Gobernación, don Miguel Maura, recibió del
alcalde de un pueblo este telegrama: «Proclamada la república.
Diga qué hacemos con el cura».
Los violentos ataques a la Iglesia católica, iniciados a los pocos
días de la proclamación de la Segunda República, continuaron más
intensa y extensamente durante los meses siguientes. Todo ello iba
haciendo imposible la respetuosa relación entre Iglesia y República
españolas.
Una ola cruel de insensato vandalismo iba apoderándose del
territorio nacional. Nada consigue el enérgico escrito que el día 3 de
junio de 1931 elevó al Gobierno el cardenal Pedro Segura, en
nombre de todos los metropolitanos de España. Tan valiente actitud
ocasionaría al Primado el forzoso destierro y la renuncia a la sede
toledana, con el consiguiente canje de notas entre la nunciatura y el
Gobierno, cuyas relaciones iban siendo cada día más tirantes.
Mediante ley se suprimió el voto de obediencia al Papa. Todas las
órdenes religiosas quedaron sujetas a una ley especial, que
impedía su normal desarrollo y actividad. Sus bienes quedaron
44
nacionalizados. Con eficaces normas legales, emanadas del
Gobierno republicano, quedaba, de hecho, abolida la religión cató -
lica en España. No es necesario, ni hay tiempo ahora para concretar
muchos de estos pormenores.
La Gaceta se encargaba de ir promulgando frecuentes
disposiciones antirreligiosas. Secularización de cementerios;
establecimiento del divorcio y matrimonio civil; arranque de todo
signo religioso en las escuelas; limitación del culto católico y
sumisión a la autoridad civil; secularización de todos los bienes
eclesiásticos; inspección meticulosa y dura sobre las órdenes
religiosas, etc.
Cuando el Episcopado español dirige su carta colectiva a los
obispos de todo el mundo, ya «que el pensamiento de un gran
sector de opinión extranjera está disociado en la realidad de los
hechos ocurridos en nuestro país», habla del quinquenio que
precedió a la Guerra Civil. Esta carta colectiva tiene la fecha de 1 de
julio de 1937.
He aquí algunas frases en tal documento contenidas:
La constitución y las leyes laicas, que desarrollaron su espíritu, fueron un
ataque violento y continuado a la conciencia nacional. Anulados los
derechos de Dios y vejada la Iglesia, quedaba nuestra sociedad
enervada en el orden legal, en lo que tiene de más sustantivo la vida
social, que es la religión.
Sigue hablando de «los incendios de los templos en Madrid y
provincias», en mayo de 1931. Fue un «quinquenio de continuos
atropellos de los súbditos españoles en el orden religioso».
Muy bien conocía el papa Pío XI la situación, que se iba creando en
España en cuanto al aspecto religioso. En su
45
radiomensaje de Navidad, en 1932, dirigido a la Iglesia católica y al
mundo entero, hace especial y dolorida mención de las tristísimas e
inicuas condiciones en las que se encontraba España.
Hemos hablado de nuestras penas y no podemos menos de poner en
relieve aquellas que por su duración y gravedad han resultado más
dolorosas y se hacen todavía más acerbas por las tristísimas
condiciones que ponen a la santa religión, a sus fieles y a la jerarquía,
en España, Méjico y Rusia.
También el mismo pontífice Pío XI habló en su radiomensaje de
«los ejemplos de heroica fidelidad y constancia..., de parte de
obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y aun simples fieles, en
las naciones ya nombradas, página espléndida que la Iglesia de
Dios viene a juntar a las gloriosas y edificantes de su historia».
Muy bien conocían los obispos chilenos la situación de la
Iglesia en España durante aquel año 1932, cuando, en su mensaje
al Episcopado español, con fecha 15 de noviembre de ese mismo
año, expresaban su «más sentida protesta por los ultrajes inferidos
en estos últimos tiempos a la Iglesia española, de tan rancias y
gloriosas tradiciones».
Y, al enumerar las vejaciones contra la Iglesia en España, indican
los obispos chilenos, entre otras cosas, las siguientes:
...disolución violenta de la Compañía de Jesús, la abolición de la
enseñanza religiosa, secularización de cementerios, implantación del
divorcio, ...expulsión del crucifijo de las escuelas y demás leyes
atentatorias a los sagrados derechos de la Iglesia, ...vejaciones que han
repercutido más dolorosamente en el corazón de estas repúblicas, hijas
de España.
46
El cardenal Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona, en nombre
del Episcopado español, con fecha 22 de diciembre el mismo año
1932, agradecía a los obispos de Chile la:
condolencia por los graves males que afligen a nuestra Iglesia, haciendo
coro a las innumerables protestas de adhesión y solidaridad con
nuestros sufrimientos, que de todo el mundo cristiano hemos recibido,
empezando por el padre común, el romano Pontífice...
Ha sido dura la prueba para nosotros, nacidos en este país
eminentemente cristiano, amamantados y educados en el espíritu de la
Iglesia, cuya saludable y vivificadora savia penetraba y sostenía las
principales instituciones y ha informado los más grandes y
trascendentales acontecimientos de nuestra historia.
Podríamos recordar más testimonios y datos. Los hay en
abundancia. Y son muy expresivos. Muy claros y muy significativos.
Pero, no es necesario. No es el objeto de este trabajo. Por otra
parte, nos alargaríamos demasiado.
Los primeros meses de 1936
Con las elecciones del día 16 de febrero de 1936 se afianza en
España el Frente Popular. Y con ello se incrementa la prensa
antirreligiosa. Durante los cinco meses de Gobierno del Frente
Popular (16 de febrero al 18 de julio de 1936) varios centenares de
iglesias fueron incendiadas y saqueadas. Otros templos quedaron
incautados por las autoridades civiles. Varias decenas de
sacerdotes fueron amenazados y obligados a salir de sus
respectivas parroquias. Otros fueron expulsados de forma violenta.
47
Algunas casas parroquiales quedaron saqueadas. Otras pasaron a
manos de la autoridad civil del municipio.
Se obstaculizaba y, a veces, se impedía la celebración de actos de
culto católico. Algunos sacerdotes fueron encarcelados con el más
mínimo pretexto. Se iba, así, intensificando un clima de terror contra
la Iglesia católica en España. Para fomentar y acrecentar el odio
contra todo lo eclesiástico se propagaban intencionadamente falsas
acusaciones. Con ello provocaban el asalto e incendio de templos y
colegios religiosos.
La extrema izquierda y grupos revolucionarios afines iban, con
habilidad demagógica e insistencia constante, envenenando a la
masa. El futuro cardenal Enrique y Tarancón, entonces joven
sacerdote, refiriéndose a la situación de la Iglesia en España
durante el primer semestre de 1936, nos ha dejado escrito en sus
Recuerdos de juventud:
Se inventaban calumnias absurdas para atacar brutalmente a religiosas
indefensas, como un grupo numeroso de personas en Puente Vallecas,
que atacó a unas religiosas al salir de su convento. Se insultaba
fácilmente a los sacerdotes...; las izquierdas habían hecho imposible la
convivencia en paz.
Este clima antirreligioso, intensificado en España durante los
primeros meses de 1936, se convierte en cruel persecución
religiosa con toda su crueldad y eficacia en la zona republicana
desde el día 18 de julio, inicio de la Guerra Civil.
La consigna, que llegaba desde Moscú, era muy clara: «Hay que
matar a los sacerdotes». Y lo hacen exclusivamente por su
condición sacerdotal. El diseño ateo quedaba bien claro y preciso
en estas palabras:
48
La destrucción de la Iglesia es un acto de justicia. Matar a Dios, si es
que existiera, al calor de la revolución, cuando el pueblo inflamado de
odio se desahoga, es una medida muy natural, muy humana.
En las siguientes páginas de este libro veremos cómo, ya en los
primeros días siguientes al estallido bélico del 18 de julio de
1936, cuatro de nuestros sacerdotes abulenses sufrieron la muerte
violenta en sus parroquias. El día 23 de julio es martirizado don
Basilio Sánchez García, párroco de Navalperal de Pinares; al día
siguiente es asesinado en odio a la fe don José Máximo Moro Briz;
durante el mismo mes de julio, el día 27, sufre el martirio don César
Eusebio Martín, en Oropesa, entonces parroquia de la diócesis de
Ávila; y en la misma zona toleda na; también en aquellos años
perteneciente a la diócesis de Ávila, es martirizado don Carlos
Garzón Pérez en Calzada de Oropesa.
La gran mayoría de los 29 sacerdotes asesinados en la diócesis
abulense lo fueron durante el mes de agosto de 1936.
49
III
La diócesis de Ávila antes del día 18 de julio de 1936
Una la diócesis de Ávila
La superficie de la diócesis de Ávila en el año 1936 era de
9.760 km2, ocupando el vigésimo lugar en relación con las demás
diócesis españolas. Tal super ficie diocesana coincidía no con la de
la provincia. La extensión provincial es de 8.048 km2. Menor, pues,
que la de la diócesis en aquel año. Reformas eclesiásti cas
posteriores han hecho coincidir la superficie diocesana con la
provincial.
Si atendemos a la población, también hay en 1936 una notable
diferencia entre diócesis y provincia. Mientras los diocesanos
ascendían a 332.720, los habitantes de la provincia eran, tan sólo,
251.000. Había, pues, una diferencia de 81.720 a favor de la
diócesis.
A referirme en el presente libro a cada una de las parroquias,
sometidas al dominio rojo en aquel año 1936, iré indicando el
número de habitantes.
50
Los seis arciprestazgos aparecerán por orden alfabético, tanto ellos
entre sí, como los pueblos que cada uno de ellos comprendía.
Adelanto este resumen:
Nombre del arciprestazgo Nº de parroquias Habitantes
Arenas de San Pedro
13
28.848
Burgohondo
12
18.561
Casavieja
17
26.513
Cebreros
8
19.820
Oropesa
14
33.494
El Real de San Vicente
7
7.923
TOTAL
71
135.159
De estas parroquias abulenses, sometidas al dominio marxista
durante el verano de 1936, pertenecen a la provincia de Ávila 44; a
la de Toledo 25 y a la de Cáceres 2.
Como el tema al que se refiere este libro es eclesiástico y trata del
año 1936, las presentes páginas considerarán a todos los 71
pueblos, aunque no sean todos de la provincia de Ávila, ni
pertenezcan y a esta diócesis abulense.
51
Un tiempo: los aledaños de 1936
Por lo que se refiere, más en concreto, a esta diócesis de
Ávila, la situación de clara actividad antirreligiosa revestía, poco
más o menos, los mismos caracteres que en el resto de la nación. Y
ya están brevemente indicados en el Capítulo II. Por eso, procuraré
ser muy conciso al indicar ahora algunos datos referentes a esta
diócesis y en el tiempo inmediato anterior al 18 de julio de 1936,
fecha del inicio del conflicto bélico.
Para los actos de culto era necesario solicitar la autorización
gubernativa, siempre que tal celebración tuviera que manifestarse,
de alguna manera, fuera del templo.
Como en capítulos siguientes deseo referirme a las parroquias en
particular, ahora lo haré, tan sólo, en relación con la capital de la
52
provincia. Ello indica más fácilmente el sentir y el criterio
gubernativo.
El cabildo de la catedral, en sesión celebrada el día 19 de mayo de
1932, acordó «solicitar del Excmo. señor gobernador permiso para
hacer la procesión del Corpus, como en años anteriores». Y en el
cabildo celebrado el día 18 de agosto del mismo año 1932 aparece
escrito en el acta correspondiente:
Teniendo en cuenta la prohibición de hacer procesiones públicas,
que pesa sobre esta provincia, el Excmo. Cabildo solicitó con fecha
6 de los corrientes del señor Gobernador el permiso oportuno para
trasladarse procesionalmente a la iglesia de Las
Madres en el día de San Bartolomé y a la de los Santos mártires el
día de su fiesta, con objeto de hacer las fiestas, que
tradicionalmente y desde tiempo inmemorial viene en dichas
iglesias celebrando.
El día 9 se recibió un oficio del señor gobernador civil de la
provincia, concediendo la autorización solicitada. El día 11 se recibe
un nuevo oficio del señor Gobernador civil retirando el permiso
antes concedido. El día 13 se lee un Oficio de la priora de
Las Madres en que ruega al cabildo que la supresión de la misa
conventual en dicho convento el día de San Bartolomé no sea
definitiva, sino sólo para mientras duren las actuales circunstancias.
Como se ve la autoridad civil de la provincia iba poniendo cada día
más frecuentes y mayores dificultades para la celebración pública
de actos religiosos. No sólo exigía la previa petición de permiso.
Con frecuencia era denegado, incluso después de haberlo
concedido inicialmente.
53
El doctor Plá y Deniel (futuro cardenal primado y arzobispo de
Toledo), obispo de Ávila entonces, publicaba el día 5 de febrero de
1933 una exhortación pastoral, pocos días después de su llegada
desde Roma. En ella expone diversas consignas para todos los
diocesanos, habida cuenta de las circunstancias del momento.
Habla de «los males, que padece hoy España. Males religiosos, que
sufrimos hoy en España...; de la tristísima caída de la España
católica».
Seguidamente insiste en la descripción de las condiciones
lamentables, en que económicamente se desenvuelve la diócesis,
sin poder atender a las necesidades más perentorias.
La suerte futura —escribe el prelado—, por tanto, de la diócesis de Ávila
y de sus parroquias y de sus templos, como de su personal eclesiástico,
sin el cual no hay culto ni sacramentos, depende de si hay católicos que
tengan verdadera fe y se sientan hijos de la Iglesia... Si éstos fallasen,
sólo podría contemplar con dolor cómo uno tras otro fueren cerrándose
sus templos.
El prelado tiene confianza de conseguir «un fruto copioso, de suerte que
las adversidades y tribulaciones, que el Señor ha permitido sufra
actualmente la Iglesia de España sirvan para acrisolar más nuestra fe y
avivar nuestra piedad y fervor.
No obstante todas las dificultades económicas en que se
desenvuelve la diócesis, el obispo escribe así a los sacerdotes
abulenses el día 24 de abril de 1933.
Ofrezcamos al Señor las tribulaciones con que quiere purificamos y
entreguémonos con generosidad y espíritu sacerdotal al cumplimiento
de los arduos deberes del momento presente... Y estemos ciertos de
que, si buscamos el Reino de Dios y su justicia, a su tiempo lo demás se
nos dará por añadidura.
54
Como en el año anterior, resultaba necesario pedir autorización
gubernativa siempre que se deseara celebrar algún acto de culto
católico fuera del templo. Tal autorización era frecuentemente
denegada.
Al cabildo de la catedral no se le permitió realizar cuatro
procesiones durante el mes de mayo de 1933. Obra en el archivo
catedralicio un documento en el que el Gobierno civil de la provincia
comunica tal prohibición.
No queremos alargarnos mucho al recordar las condiciones en las
que se encontraba la Iglesia católica en la España anterior al 18 de
julio de 1936. Bastaríanos ir siguiendo, entre otros documentos, la
declaración del Episcopado español con motivo de la Ley de
Confesiones y Congregaciones Religiosas. Tiene la fecha el día 25
de mayo de 1933.
Permítasenos remitir a la carta encíclicaDilectisima Nobis de
Pío XI sobre la injusta situación creada a la Iglesia católica en
España. El día 3 de junio de 1933 es su fecha.
Como ya quedó indicado, al referirme al año 1932, la priora del
monasterio de San José (Las Madres) solicita del cabildo
catedralicio que nombre una comisión para que asista a la misa
solemne el día de San Bartolomé para conmemorar el aniversario
de la fundación de dicho monasterio por Santa Teresa de Jesús
aquel dichoso día 24 de agosto de 1562. Pide la priora que vaya
una representación del cabildo, aunque sea privado,
ya que persisten desgraciadamente las mismas
circunstancias que le impiden acudir procesionalmente, según lo
venía haciendo desde tiempo inmemorial.
55
Durante el año 1934, y en este caso concreto, hubo más
condescendencia por parte de la autoridad civil de la provincia.
Según consta en el archivo catedralicio, el gobernador civil concede
permiso para que el cabildo se traslade procesionalmente al
monasterio de San José para celebrar allí la misa solemne.
Otro tanto sucedería con relación a las procesiones del año
1935. Son tres las concesiones firmadas por el gobernador civil.
Igual benignidad gubernativa existió con motivo de la entrada
solemne del nuevo obispo diocesano, don Santos Moro Briz. Tuvo
lugar el día 22 de septiembre de 1935.
No obstante, no era muy tranquilizadora la situación religiosa en la
diócesis de Ávila. Continuaba, con más o menos altibajos. Así se
expresaba el nuevo prelado. Se refería al «estado lastimoso de
esclavitud y persecución en que se tiene aherrojada, desde hace
cuatro años, a la Iglesia».
Don Santos Moro Briz, en su primer saludo y exhortación pastoral a
toda la diócesis, escribía en el mes de noviembre de ese año 1935:
Pero la realidad es que la Iglesia... vive perseguida y en estado de
víctima, y que, al mismo tiempo que se dio una libertad absurda para
todo y para todos, se creó para la Iglesia (como sabiamente dijera el
Episcopado español) el privilegio de la excepción y del agravio.
Seguimos bajo el signo siniestro de una constitución sectaria y de una
Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas lesiva de los derechos
de la religión..., atentatoria de los principios del derecho público...,
contraria al bien general de la misma sociedad española.
No podemos menos de deplorar la muchísima cizaña y los enormes
estragos de impiedad y liviandad que en nuestra diócesis
56
ha logrado sembrar el «hombre enemigo», representado en este
caso principalmente por la peste del laicismo y por las sectas
marxistas.
Muy preocupado se sentía el obispo por el panorama real, presente
y futuro, de esta diócesis de Ávila. Su actividad religiosa iba
quedando cercada al recinto de los templos. Prohibición de
procesiones y otros actos de culto católico. La incautación de
cementerios se iba llevando a cabo en varias parroquias. No fal-
taban injurias de subido tono a sacerdotes y a símbolos religiosos.
La autoridad civil no intentaba evitarlas. Más bien, las amparaba. A
veces, las promovía directamente.
De todo ello tendremos ocasión de ir escribiendo algo en las
páginas siguientes, al tratar de cada una de las parroquias.
Como palpable y clara demostración de la profunda inquietud
sentida por el prelado, doctor Moro Briz, en aquellos meses,
recordamos algunas frases de una circular escrita a la diócesis
abulense con fecha del día 26 de enero del año 1936. Son muy
claras y muy reales:
Convocadas las elecciones para el futuro parlamento, exhortamos a
todos nuestros amadísimos fieles… a que insten con fervorosas
oraciones y penitencias imploren de la Divina Clemencia auxilio
eficacísimo en favor de la Santa Iglesia de España. La necesidad es en
extremo apremiante... Tenemos que lamentar... el recrudecimiento de la
persecución sistemática contra nuestra sacrosanta religión, por medio
de campañas de la prensa atea y pornográfica de toda clase de
espectáculos.
No hace falta insistir más en ello. Queda muy bien diagnosticada la
situación religiosa de la diócesis en las
57
precedentes palabras del prelado diocesano, don Santos Moro
Briz.
58
IV
En las estribaciones de Gredos
(arciprestazgo de arenas de San Pedro)
ARENAS DE SAN PEDRO
En la cabecera del arciprestazgo. En el año 1936 figuraba con un
censo de 6.589 habitantes. La bella ciudad de Arenas de San
Pedro se encuentra en un lugar privilegiado de la provincia
abulense. Dormida en una hondonada, reposa en la vertiente sur
de la imponente sierra de Gredos. Es la parte meridional del
impresionante macizo. Es la llamada «Andalucía de Ávila».
59
No le faltan títulos de nobleza. Su mole es el de «Ciudad de la
Triste Condesa». Allí está el majestuoso castillo medieval, donde se
retirara a pasar sus últimos días doña Juana de Pimentel, a llorar su
trágica viudedad. Su esposo, el hasta entonces poderoso condestable
don Álvaro de Luna, había caído en desgracia ante el ánimo del rey
castellano don Juan II. Todo ello terminó con su ajus - ticiamiento en
Valladolid. Su esposa encontró alivio para sus penas en la
reconfortante y agradable ciudad de Arenas de San Pedro.
A unos tres kilómetros, y en un paraje realmente encantador, se
halla emplazado el convento de los padres franciscanos, relicario de
las cenizas del gran reformador de la orden, el portento de la
penitencia San Pedro de Alcántara.
Desde el primer momento del estadillo de la Guerra Civil, Arenas
queda convertida en cuartel general de cuantos milicianos rojos
actuaban en la zona del puerto el Pico.
El comité local, manejado por elementos extremistas de la CNT, de
Madrid, era dueño por completo de la situación. Todo estaba en sus
manos. Por eso, desde el primer momento, crece el clima de abierta
persecución: incautación de edifi cios religiosos, supresión de toda
manifestación católica, burlas hacia las perso nas significadas por
su condición católica, etcétera.
Durante los cincuenta días, poco más o menos, en los que
dominaron los rojos, fueron cometidas toda clase de vejaciones
contra las personas de manifiesto significado religioso. Una burlesca
transgresión del calendario religioso tuvo lugar la víspera de la fiesta
de la Asunción de la Virgen. En aquellos años era de general
observancia para los católicos la ley de la abstinencia el día 14 de
agosto. Con la exclusiva finalidad de poner en ridículo los católicos
sentimientos, el comité rojo obligó a significadas personas
60
a desobedecer dicha ley de la Iglesia. Todo ello en medio de
insultos y burlas.
Iglesia parroquial
Don Julián González Mateos era el párroco-arcipreste de
Arenas de San Pedro. Ya en el mes de julio iba encontrando
frecuentes dificultades en el desarrollo de su ministerio sacerdotal.
A mediados de julio del 36, el comité rojo exige violentamente las
llaves de la iglesia. Tiene que entregárselas el párroco. Pudo antes
consumir las sagradas especies.
Prohibida la celebración de la misa. Ni tocar las campanas. Hubo
que realizar dos o tres entierros. Fue necesario prescindir de todo
signo religioso. Sin intervención ninguna del sacerdote. Lo
organizan los del comité rojo. Para mayor burla y sarcasmo contra
la religión, sin ser el paso obligado ni ordinario, aquella civil y
ridícula caravana fue discurriendo por delante de la casa del señor
cura.
La maravillosa iglesia queda convertida en almacén de víveres. Quizá
esta utilidad que les reportaba resultó poderosa razón para que no
fuera destruido el templo. Cierto que en algunas ocasiones estuvo en
peligro. La orden de destrucción estaba dada, según parece. Al fin,
como les resultaba muy útil, no fue incen diada la monumental iglesia.
Después serviría también como cárcel.
Cierto día unos miembros de la FAI se muestran decididos a
quemarla. El alcalde se opone, con la promesa de «hacerlo más
adelante». Tampoco fueron destruidas las imágenes. Menos suerte
tuvieron algunos objetos sagrados. Cuanto estimaron de valor, se lo
llevaron. Parte de ello pudo ser recuperado. Un cáliz sería
61
utilizado para beber café, en medio de risas y mofas. No faltaron
múltiples profanaciones.
En Arenas de San Pedro vivía el sacerdote don José Serrano
Cabo. Era su lugar de nacimiento. Fue testigo de excepción. Me fue
informando extensamente.
Con fecha de 4 de marzo de 1937 escribía al obispado:
En la parroquia se han llevado un copón grande de plata, la cruz
procesional, un portaviáticos, un crucifijo de madera de Jerusalén con
las catorce estaciones, un crucifijo pequeño de plata... una arquita de
plata repujada... los remates y adornos de la custodia... la escultura de
la Virgen de los Dolores del centro del porta-paz, un candelero... casi
todas las alhajas de la patrona....
La carta es amplia. Muchos pormenores me fue comunicando en
mis entrevistas con él. Y no solamente en relación con los objetos
sagrados.
La iglesia de las monjas agustinas, vulgarmente conocida con el
nombre de iglesia de la Plazuela, fue utilizada también como
almacén de víveres. Por esta razón, tampoco sufrió importantes
destrozos en su fábrica e imágenes.
Convento de San Pedro de Alcántara
Se encuentra a unos tres kilómetros de la ciudad arenense.
Delicioso su emplazamiento. Lugar muy venerado por todos
aquellos contornos. Allí reposan los restos mortales del «portento
de la penitencia» y reformador de la orden fran ciscana, San Pedro
de Alcántara.
«Hecho de raíces de árboles» le llamó, en frase lapidaria, Santa
Teresa de Jesús. Ella le conoció muy bien. De él recibió la
62
Santa eficacísima ayuda. En el convento se conserva la humilde y
diminuta cueva donde pasó gran parte de su vida, en penitente y
constante oración.
Forma parte del convento una magnífica capilla. De rica y variada
policromía en sus mármoles. Grandes y valiosos ángeles de bronce
en su interior. El renombrado Ventura Rodríguez fue su arquitecto.
Un modesto lego franciscano, fray Diego de Extremera, logró
interesar a Carlos III. Y, gracias al rey, pudo ser construida tan
monumental y bella capilla, destinada a contener los restos mortales
de San Pedro de Alcántara.
El tesón y la audacia santa de otro humilde lego, fray José Trinidad,
conseguirían restaurar en este siglo tan magnífico edificio.
Casi todos los datos referentes a este convento, durante el dominio
rojo, se los debo al indicado fray José Trinidad. Él fue el mejor
testigo directo de los hechos en cuestión.
Principalmente en el año 1955 mantuve con él prolongadas
entrevistas en los mismos lugares en los que se habían desarrollado
los acontecimientos. Los datos por él aportados son muy concretos,
muy fidedignos. Su relato siempre resultó muy vivo.
Nadie como él podía informarme.
Aun con el decidido empeño de resumir mucho, me esforzaré
también por ser muy fiel en la descripción. Quiero con ello ofrecer
un agradecido recuerdo a quien tantas veces me habló acerca de
hechos intensamente vividos por él en aquellos meses de 1936.
El día 20 de julio la comunidad de padres franciscanos —unos
catorce— tuvo que emprender la huida. Las circundantes montañas
les van prestando fácil escondite. Viajando al amparo de la
oscuridad, permanecen ocultos entre la maleza durante el día.
63
Pasando privaciones mil y siendo objeto de constante persecución
por los rojos, logran llegar hasta la ciudad de Ávila. La capital
permaneció siempre en zona nacional. Como es natural, en el
trayecto Arenas de San Pedro-Avila no les faltaron momentos de
grave peligro, ya que en alguna ocasión fueron considerados como
rojos camuflados.
El día 31 de julio, a las nueve de la mañana, precisa con exactitud al
informarme fray José Trinidad, se presentaron a las puertas del
convento un grupo de milicianos rojos. Preguntan por los frailes.
Únicamente habían quedado dos, fray José y otro lego postulante.
─A entregar todo... ¡y luego, a la cárcel!
Con pistola en mano, obligan a los dos frailes a ir abriendo todas las
celdas y dependencias conventuales. Hacen los milicianos un
minucioso registro. Esperaban encontrar armas escondidas. Si en
las celdas veían alguna imagen, la arrojaban con furor. Van robando
cuanto se les antoja.
Al llegar a la capilla, se acercan al sagrario. Aún permanecía el
santísimo sacramento en el tabernáculo. Fray José, días antes,
había conservado en su poder las sagradas especies. Pero, aquella
misma noche, las había colocado nuevamente en la capilla.
Los rojos abren el sagrario. Sacan el copón. Momentos de angustia
para el fraile. Se podía temer una sacrílega profanación.
¿Qué pensarían hacer? Discuten entre sí.
¿Será de plata el copón?
—No lo es —responde, rápido el lego.
64
─Y esto otro ¿qué es? preguntan refiriéndose a las sagradas
formas.
─No os preocupéis. Dejadlo ahí. A vosotros os interesa más ir a la
despensa. Los frailes han huido y no se han podido llevar cuanto en ella
hay.
Y se fueron todos al comedor. Los conduce fray José. Poco a poco,
con sus hábiles expresiones, se va haciendo dueño de la situación.
Allí les prepara unas raciones de jamón y buenos vasos de vino.
Comen y beben alegremente.
—Y tú... ¿por qué no comes? —le dice uno de los rojos.
─No os preocupéis. Ya comeré yo después. Ahora me voy a beber un
poco de agua. Como veis, aquí solamente hay vino.
Y se va fray José a la capilla. Allí continúa abierto el sagrario.
Consume las sagradas formas. Purifica y guarda el copón. Ya se
queda más tranquilo.
No había que infundir sospechas. Por eso, vuelve rápidamente al
comedor. Allí continúan los milicianos comiendo y bebiendo
alegremente. Fray José ya les acompaña. Las formas consagradas
estaban a salvo. No disimula su alegría. Come y bebe con ellos.
Terminado el improvisado festín, aquellos rojos, y en aquel 31 de
julio, se sienten con ganas de «predicar». En el comedor del
convento había un púlpito. Los frailes lo usaban para hacer la
lectura durante las comidas. Cada uno va lanzando cuantos
improperios se le ocurre contra la religión, contra los sacerdotes,
contra los frailes. Todo lo va escuchando fray José. ¿Para qué
transcribirlo ahora? Se alargaría el relato.
65
Salen del comedor. Hay que continuar revisando el convento.
Vuelven a la capilla. Aún se encontraban allí las imágenes. Alguien
intenta quemar la preciosa talla de San Pedro de Alcántara. Pero
uno de los milicianos se interpone enérgicamente.
─Al que toque el santo, lo mato.
Y nadie se atrevió a destruir la imagen. No debe sorprendernos tal
gesto. Fue frecuente encontrar mezclados sentimientos de especial
veneración hacia alguna imagen y rabiosos ataques a la religión o
cosas sagradas.
Otras imágenes, menos veneradas por el pueblo, estaban corriendo
peligro de ser profanadas y destruidas. Tuvo que intervenir el lego
franciscano.
—Dejad esas imágenes. ¿No habéis dicho que se ha terminado la
religión? ¿No es ya este convento para el pueblo? Lo podemos utilizar
como escuelas. Yo soy maestro y puedo encargarme de vuestros hijos.
Con las imágenes podrán jugar las niñas. No las rompáis vosotros. Si lo
hacen vuestras hijas, se divertirán más que haciéndolo vosotros.
Llegan a la hermosa y monumental capilla del Santo. Varios
ángeles de bronce adornan sus altares y las paredes de mármol.
Intentan descolgar alguno. No les resulta fácil. Tienen que desistir.
Lo harían más tarde.
Ya han recorrido el convento. Al salir, uno de los milicianos rojos
está decidido a quemar el edificio, porque «ya no volverán a existir
los frailes... Interviene fray José. Y logra convencerle. Ya lo harían
en otra ocasión. Les recuerda que podría servir para hospital,
escuelas, o... casa para ellos mismos.
66
En todo este grupo de milicianos había dos o tres forasteros que me
dieron mucho trabajo. Se resistían a salir sin hacer algo gordo.
Terminaba así, felizmente, la primera tormenta. Pero no duraría
mucho la calma. Pocos días después llega al convento el presidente
del comité. Pretendía, nada menos, que exigir la entrega del archivo.
¿Para qué lo querría? Apenas sabía leer. Sin embargo, se lleva
todos los documentos. Fray José pudo averiguar, después, la causa
de tal incautación. Consideraba a los frailes propietarios de
extensas fincas, cuyos títulos de propiedad podrían ser aquellos
papeles.
En días sucesivos robaron del convento varios objetos sagrados y
algunos ornamentos de culto.
Con humor admirable, singular viveza y atrayente ingenio me fue
relatando fray José las tres veces en que estuvo a punto de ser
fusilado por los milicianos comunistas.
Un día le llevan al comité de Arenas. Lo constituía una mujer y dos
hombres. Le declaran culpable. Es condenado a muerte. Pero…
retrasan el cumplimiento de la sentencia. No pudo conocer las
razones.
En otra ocasión, un miliciano y una mujer se empeñaron en
matarme. Se presentan en el mismo convento. Van firmemente
decididos a ello. A duras penas logré convencerles de que me
dejaran para el día siguiente. Les di mi palara de no huir. Me
creyeron. Se marcharon. Y yo seguí en el convento.
Por tercera vez, el lego franciscano estuvo a las puertas de la
muerte violenta. Fue el día 4 de septiembre del mismo año 1936.
Llegando al convento cuatro milicianos, le cogen preso y le
trasladan a Arenas de San Pedro. En el comité rojo se encontraban
67
ya con siete personas, en calidad de detenidos. Iban a ser juzgados.
Durante toda la mañana le obligan a permanecer de pie en un
pasillo. No se le permite hablar con nadie. Inesperadamente, al filo
del mediodía, recibe la orden de volver al convento. Nunca pudo
averiguar este cambio de actitud.
Los demás detenidos son trasladados a la cárcel. Desempeñaba ya
esta función la iglesia parroquial. Era la antesala de la muerte.
Faltaban ya pocas fechas para el día 8 de septiembre, fiesta de la
patrona en Arenas de San Pedro. Para mayor sarcasmo y crueldad,
los rojos tenían elegido ese día para realizar el asesinato de cuantos
permanecían encerrados.
No podrán llevarlo a cabo. En esa misma fecha entraron victoriosas
las llamadas tropas «nacionales» en Arenas de San
Pedro, impidiendo así la preparada matanza.
Colegio de la Divina Pastora
Pertenece a las monjas franciscanas. Una de las religiosas, quien
vivió muy cerca los tristes acontecimientos, me proporcionó todos
los datos referentes a la actuación de los milicianos rojos en el
colegio durante los meses del verano de 1936. Muy resumidos, son
éstos.
Usaron la capilla como residencia del comité durante algunos días
del mes de julio. Después fue destinada para enfermería. Debido a
estos dos destinos, se salvó de las llamas.
Todas las imágenes fueron quemadas en el mismo patio del colegio.
Algunas eran de especial devoción, aunque no de gran mérito
artístico. Por ejemplo: La Divina Pastora, San Francisco de
68
Asís, San Antonio, los Sagrados Corazones, la Inmaculada,
etcétera.
Al ir recorriendo las diversas dependencias del colegio-convento,
todo cuanto tenía alguna significación religiosa iba siendo
profanado, destruido o arrojado a las llamas por los milicianos.
El oratorio del palacio
Hay en Arenas de San Pedro un monumental edificio llamado «el
Palacio». Fue construido en tiempos del rey Carlos III. Y a sus
expensas. Su hermano el infante don Luis de Borbón había
contraído desigual matrimonio con la Vallabriga. Y fue, por ello,
alejado de la Corte, casi desterrado. La belleza del lugar de Arenas
de San Pedro y la magnificencia del palacio para él construido
compensarían en parte el forzoso alejamiento del infante don Luis.
Durante los días del dominio rojo, los milicianos se apoderan de
todos los ornamentos religiosos del oratorio. Con ellos organizan
sacrílegas procesiones y entierros burlescos. No faltó quien, vestido
con casullas, iba entonando cánticos religiosos por las calles. Y
todo esto, con la consiguiente mofa y algazara. Han sido varios los
testigos presenciales que me han confirmado la verdad de estas
profanaciones.
69
Don Julián González Mateos
Era el párroco-arcipreste de Arenas de San Pedro. Cebreros había
sido el lugar de su nacimiento. Con 68 años de edad, había pasado
42 desde su ordenación sacerdotal. Y llevaba 11 en Arenas.
Nacimiento: Cebreros, el 28 de enero de 1868.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 19 de diciembre de 1891.
Murió mártir: carretera de Arenas de San Pedro a Poyales del Hoyo,
el 20 de agosto de 1936.
Tenía: 68 años de edad.
Los padres de don Julián, el párroco de Arenas, fueron Basilio
Lope y Eugenia. Realizó sus estudios eclesiásticos en el seminario
conciliar de Ávila. En esta ciu dad recibió la tonsura, las órdenes
menores (ostariado, lector, exorcista y acólito). Igualmente el
subdiaconado, diaconado y presbiterado. La última de éstas, el día
19 de diciembre de 1891.
Antes de ejercer su ministerio en Arenas de San Pedro, estuvo en la
parroquia de Langa, desde el día 9 de enero de 1913. A la de
Arenas de San Pedro llegó en el año 1925. Su nombramiento fue
firmado el día 16 de noviembre. Y aquí, en
70
Arenas, permaneció hasta la fecha de su martirio, acaecido el día
20 de agosto de 1936.
Por su notable cultura y extraordinario prestigio, gozaba de gran
simpatía entre sus feligreses. Su reconocida bondad le hacía
acreedor de generales muestras de cariño y amor.
Todos los testigos, interrogados principalmente en mi visita del año
1955, coinciden en afirmar que don Julián había sabido granjearse
la veneración y el respeto de los mismos socialistas y rojos del
pueblo. Los múltiples favores, del párroco recibidos, eran la causa
de tal aprecio general.
Esto no obstante, se le fue complicando la situación. Todo obedecía
a la consigna recibida. Habría que olvidar las muestras de amor, tan
prolijamente demostradas por don Julián. Había que hacer
desaparecer todo cuanto oliera a religioso. Y ante esta consigna, de
nada valían razones de agradecimiento.
Revueltas y motines insistentes, suscitados por personas de
significada tendencia izquierdista, iban enrareciendo el ambiente.
Cada día con mayor frecuencia. El comité rojo dominaba por
completo la situación de la ciudad arenense. Tenía todas las riendas
del poder. Medios para amedrentar no le faltaban. Intención de
conseguirlo, tampoco.
Don Julián conocía la tormenta que se estaba avecinando. De nada
le sirve redoblar sus obras de caridad y su afable trato para con
todos. Él nunca creyó que aquellas muestras de amor,
pródigamente dadas por él, iban a tener tan inexpli cable e indigna
correspondencia. Se había formado la idea de que los tenía a todos
de su parte.
Le proporcionaron los mismos miembros del comité rojo un
salvoconducto. Esto le afianzó en su creencia de que nada malo le
71
iba a pasar. Se consideraba seguro. Y así se lo aseguraban los
rojos de Arenas. Quizá fueran sinceros al decírselo. Es probable
que no quisieran engañarle. Pero los acontecimientos posteriores
demostrarían la ineficacia de tal salvoconducto. Se dejaba sentir la
influencia antirreligiosa de izquierdistas más radicalizados.
Ya le habían obligado a quitarse la sotana, con todo lo que esto
significaba en aquellos tiempos y tratándose de un sacerdote casi
septuagenario. Se trataba de herir su sensibilidad religiosa.
La víspera de ir a prenderle, uno de los rojos más significativos
afirmó públi camente que irían a buscar al cura durante la próxima
noche.
Rápidamente llega la noticia a don Julián. Se resiste a creerlo.
Había ayudado con gran abnegación y amor a todos sus feligreses.
Sigue creyendo en la bondad de éstos. Cuando algunos le
proponen la inmediata huida, no accede a ello. No la considera
necesaria. Tampoco lo hubiera hecho, aun estando seguro del
peligro grave e inminente de su vida. No entraba en los cálculos del
párroco de Arenas abandonar a sus feligreses. Quizá, aunque lo
hubiera intentado, ya no hubiera sido posible. Faltan muy pocas
horas para el momento señalado por sus perseguidores.
Llegada la noche, se presenta un grupo de milicianos en casa del
cura. Van con la orden de prenderle. Don Julián presenta su
salvoconducto. Intenta hacerlo valer. Se lo habían dado los mismos
rojos del pueblo. Vano esfuerzo. De nada le sirve. Eran órdenes
superiores. Contra todo lo religioso.
Noche del día 20 de agosto de 1936. Con las declaraciones de
varios testigos, recibidas por mí en el año 1955, puedo reconstruir,
minuto a minuto, la escena del prendimiento. En varias
72
ocasiones escuché el vivo relato. Ahora resumo los datos. Tan sólo
indicaré los más importantes.
Sería la una y media de la madrugada. En la noche del 20 al
21 de agosto. Año 1936. He aquí el diálogo:
─¿A dónde me lleváis a estas horas?
─Al comité ─le responden los rojos.
─Pero... si yo he sido siempre bueno con todos vosotros. Siempre os he
defendido.
—Tú no te preocupes. No te pasará nada. Tú vienes ahora con
nosotros. Y... nada más.
—Decidme, ¿dónde me vais a llevar?
─Iremos a Candeleda. Debes prestar una declaración.
Le obligan a salir de la casa rectoral. Se lo llevan calle abajo. En
vano insiste nuevamente recordándoles el salvoconducto. De nada
servían los innumerables beneficios de él recibidos.
—Me habéis engañado. Me fie de vosotros.
—Para perderme yo, te pierdes tú ─le contestó el que actuaba de jefe.
Llegan a la carretera. Es muy poca la distancia. Allí tienen
preparada una camioneta. Tiene que subir. Y emprenden la marcha
re dirección a Candeleda.
¿Qué pasó a partir de este momento? No han podido ser muchos
los pormenores seguros que me han podido comunicar.
Han sido varios los esfuerzos realizados para lograr referencias
ciertas. No ha sido mucho lo averiguado. Ni en mi recomido por
aquella zona, ni en el informe oficial existente en el archivo dioce-
73
sano. Quizá, tan sólo los ejecutores. Y éstos... no hablarían mucho
de ello.
Algunas versiones sí he podido escuchar. Nadie pudo
asegurármelas con certeza. Recojo algunas, que considero más
fiables.
Según versión que corrió por aquellos días no llegaron con él hasta
la cercana Candeleda. Le fusilaron unos dos kilómetros antes del
pueblo de Poyales del Hoyo.
Otros declarantes, sin embargo, me dijeron en 1955 que sí habían
llegado con el párroco hasta Candeleda. Desde luego, esto es lo
que le comunicaron al prenderlo. Se presentan con él ante el comité
rojo de Candeleda.
—Aquí os traemos este borrego.
—A ese borrego le esquiláis vosotros. Nada tenemos que ver con él.
Allá vosotros.
Al no hacerse cargo los del comité de Candelada, nuevamente le
montan en la camioneta y emprenden la vuelta hacia Arenas de
San Pedro.
Pero... antes de llegar, muy cerca de Poyales del Hoyo, entre este
pueblo y Arenas, le matan. ¿Cómo fue su muerte violenta? La
versión que me dieron afirma que le cortaron una oreja, que le
mutilaron algunos miembros de su cuerpo. Incluso, sus órganos
genitales. Cada miliciano se fue ingeniando en utilizar pro-
cedimientos dolorosos y soeces para hacerle sufrir y herir su más
fina sensibilidad. «Tú tienes que morir a fuerza de sufrimientos.»
Serían las tres de la madrugada. Unos pastores oyeron varios
disparos a esa hora y en aquel lugar.
74
Junto a la carretera apareció el cadáver. Un guarda de aquellos
contornos le descubre. Tenía un oído destrozado. Un escapulario y
un rosario permanecían junto a su cuerpo. Parte de los restos
mortales aparecían quemados.
Pocos días después del 8 de septiembre, fecha de la conquista de
Arenas por las tropas nacionales, se pudo proceder al traslado del
cadáver. Me contó la esce na, hace años, un testigo presencial.
Estaban los restos mortales del párroco un poco enterrados. A flor
de tierra fueron apareciendo algunos huesos calcinados. La tierra
circundante estaba como impregnada de grasa. Algún trozo de ropa
no estaba quemado por completo. Sí aparecía chamuscada.
Cuantos restos pudieron ser recogidos son trasladados al
cementerio.
En el libro de difuntos, existente en el archivo parroquial, he leído
una lista de personas asesinadas por los rojos en Arenas de
San Pedro. Aparecen 30, en total. Hay consignados algunos datos
referentes a cada una de ellas.
En dicho libro de difuntos, n° 8, folios 157 v., 158 y 159, entre otros
datos, puede leerse lo siguiente:
Don Julián González Mateos, presbítero cura párroco de ésta, natural de
Cebreros, hijo de Basilio y Eugenia, de edad de sesenta y nueve años:
llevaba once años de párroco de ésta; asesinado por las hordas
marxistas el 20 de agosto de 1936 en el camino y cerca de Candeleda;
fue identificado su cadáver e inspeccionado por Alvaro Rodríguez,
caminero y vecino de Candeleda, natural de Arenas de San Pedro; el
cadáver fue quemado después; y unos trocitos de huesos calcinados,
que quedaron, se trasladaron al cementerio de est villa en 19 de
75
noviembre del mismo año e inhumados cerca de la capilla, a lado
del sepulcro del señor párroco de Santa Cruz, don Manuel Suárez.
Unos años después, varios testigos, en sus declaraciones, me
fueron ampliando cuantos datos aparecen resumidos en el acta de
defunción.
En la iglesia parroquial hay dos inscripciones. La primera, de
cerámica, colocada en la pared, junto al altar de San Pedro de
Alcántara, dice así:
A la santa y gloriosa memoria de don Julián González Mateos y don
Fidelio González Navarro, párroco y coadjutor de esta iglesia, que
recibieron la palma del martirio inmolados por los marxistas en odio a la
fe el 20 de agosto y 4 de septiembre de 1936. Martyres Domini.
Dominum Benedicite in Aeternum.
Al indicar la fecha de la muerte del cura párroco, don Julián, en
algunos documentos aparece señalado el día 20, mientras que en
otros se indica el 21. No hay contradicción. Esta diferencia es
debida al hecho de haber sucedido precisamente durante la noche
entre los dos días.
La segunda inscripción, también de cerámica, colocada en una
pared de la iglesia, junto al altar de la Virgen del Pilar, dice así:
El día 8 de septiembre, fiesta de nuestra patrona, encontrándose esta
villa bajo el dominio del comunismo, fue liberada a las ocho de la noche
por el glorioso ejército nacional, sin tener orden de ocuparla. Para
perpetuar la memoria de tan insigne merced de nuestra patrona la
Virgen del Pilar, se colocó esta lápida conmemorativa costeada por su
asociación y por todo el pueblo.
76
En la parte superior de la lápida se encuentran representados la
Virgen del Pilar de Arenas, San Pedro de Alcántara y San Agustín.
Debajo de estas figuras; el escudo de la ciudad de Arenas y este
lema: «Siempre incendiada y siempre fiel». Sigue la fecha de la
colocación: 8 de septiembre de 1937.
Como queda indicado en la trascripción de la primera lápida,
aparece en ella también el nombre de don Fidelio González
Navarro. Era el coadjutor. También fue asesinado por los
comunistas. Más adelante me referiré a él. Cuando trate de su
pueblo natal, San Esteban del Valle. Allí se desarrollaron los últimos
acontecimientos de su vida.
Durante el año 2002 he intentado recoger algunos datos
complementarios entre algunos vecinos de Arenas de San Pedro.
No han podido ser muy concretos, dado el tiempo transcurrido. Don
Jesús Bermúdez Álvarez, de 87 años, y su hermano don José, de
85, han afirmado lo siguiente.
Don José fue monaguillo del párroco don Julián. Le acompañó
mucho en los actos religiosos en la parroquia. Le tiene aún un gran
cariño y veneración. Se ha preocupado de cuidar su sepultura hasta
hace unos años. Ya no puede hacerlo debido a su avanzada edad.
Sigue afirmando que «reza todos los días y le pide la perseverancia
final». Afirma esta declarante que estuvo con el párroco la víspera
de su prendimiento. Habiéndole aconsejado la huida, don Julián no
lo hizo. Dice que algunos testigos del prendimiento le contaron los
pormenores, que ya figuran en lo anteriormente escrito.
Los dos hermanos declarantes, don José y don Jesús, afirman en el
año 2002 que don Julián «era muy recto [...]; era muy bueno, muy
compasivo. Antes de celebrar la misa se pasaba un buen rato
77
de rodillas ante el sagrario; y después daba gracias por lo menos un
cuarto de hora. Era muy caritativo. Todos los días visitaba a los
enfermos. [...] Él fue siempre muy bueno, muy recto y amable con
todos».
«Se mostró muy valiente, dispuesto a lo que Dios quisiera. Por eso,
no quiso huir».
Esos dos declarantes corroboran lo que anteriormente he escrito,
en referencia al martirio del párroco de Arenas de San
Pedro.
Según ellos, «le cogieron, le llevaron primero a Candeleda. Luego
le trajeron hacia Arenas. Y le fusilaron en el camino.
Además, lo quemaron. Quedaron muy pocos restos. No hubo
testigos, más que los asesinos. Por eso, no se conoce el momento
preciso de su martirio».
Siguen afirmando, en el año 2002, que los rojos mataron a don
Julián «sólo por ser sacerdote». A la pregunta de si fue considerado
como verdadero mártir de Cristo, responden: «Sí, desde el primer
día». Se conserva la memoria viva de su martirio. Los pocos restos
que pudieron ser recogidos, ya que fue quemado su cadáver, se
encuentran enterrados en el cementerio. Estarían muy contentos si
este bondadoso sacerdote fuera elevado a los altares y declarado
verdadero mártir de Cristo.
Ramacastuñas
En aquel año 1936, figuraba como anejo de Arenas de San
Pedro el pequeño pueblo de Ramacastañas. Unas líneas, tan sólo,
acerca del dominio rojo en esta localidad.
Para ello he contado con detallados informes, proporcionados en el
año 1955.
78
El comité comunista se incauta, rápidamente, de la iglesia.
Queda instalado en ella. La sacristía, convertida en almacén de
cuanto iban robando.
Muy valioso el retablo del altar mayor. Había estado antes en la
parroquia de Arenas. Todo de madera tallada. Sobredorado. Con
juego de columnas y hornacinas. En éstas se encontraban las
imágenes de la Asunción de la Virgen, de San Pedro y de San
Pablo. En el centro del primer cuerpo del retablo, sobre la mesa del
altar, el tabernáculo. Muy valioso. A la derecha, la imagen de la
Virgen del Rosario, titular de la iglesia; y al otro lado la imagen de
San Sebastián. Era este santo el patrón del pueblo.
Todo el retablo fue derribado por los rojos. Demolido y hecho
astillas. Las imágenes destrozadas. Algunas de ellas, tiroteadas y
arrastradas por el suelo. Decapitadas, algunas. En mi visita
realizada en el año 1955, pude contemplar algunos trozos de las
artísticas imágenes.
Con el patrón, San Sebastián, se ensañaron especialmente. Horror
causa recordar y escribir la serie de soeces irreverencias y
burlescas profanaciones cometidas con la imagen. Tan sólo indico
algunas.
Colocan un fusil al hombro de la imagen. La emplazan en la
carretera «con la severísima orden de parar a cuantos coches
pasaran por allí». Los rojos vigilan, severos, la actuación del santo.
Pasa un coche..., otro..., y otro. San Sebastián no cumple las
órdenes recibidas. A ninguno manda parar... «¿Para qué sirve?»,
se preguntan los milicianos. Para nada. Furiosos, se acercan a la
imagen. Nuevas amonestaciones, terribles amenazas, irreverentes
insultos...
79
—¡A ver si ahora cumples con tu deber! Si no, te va a costar
muy caro.
Llegan más coches y... pasan. San Sebastián, con su fusil al
hombro, nada hace para detenerlos.
—¿Para qué te queremos? Para nada sirves. ¡Al río con él!
Y lo tiraron por el puente del río. Casi enfrente de la misma iglesia.
Algunas buenas personas se atrevieron a recoger los pedazos.
Burlescas procesiones recorren las calles del pequeño pueblo de
Ramacastañas. Una miliciana roja, vestida con diversos
ornamentos sagrados, iba presidiendo.
—¿Quién se quiere confesar? Nosotros lo confesamos.
Los vasos sagrados fueron objeto de múltiples profanaciones.
Varios testigos me lo declararon. ¿Para qué describirlas? Crucifijos,
incensarios, la lámpara de la iglesia, el cáliz, etcétera. Todo
apareció aplastado por los golpes recibidos.
Las crismeras, una caja porta-viáticos y algunos otros objetos de la
iglesia desaparecieron por completo.
EL ARENAL
Su población, en aquellos años de Guerra Civil, ascendía a 2.351
habitantes. Pintoresco pueblo, colgado de la sierra de
Gredos. Es la vertiente sur. Impresionante y bello su
emplazamiento. Muy atractiva su situación.
Fue en el año 1955 cuando, principalmente, llevé a cabo la recogida
de datos. Varios testigos interrogados.
80
En el archivo diocesano existe un informe con fecha del mes de
marzo de 1937. Se refiere a los meses del año anterior.
Ya en el año 1933 quedó constituido el comité rojo en El
Arenal. Y desde entonces van surgiendo trabas a toda
manifestación religiosa. Lentamente, al principio. Pero en notable
aumento cada día. Era la táctica premeditada.
No se podría enseñar el catecismo cristiano a los niños, a no ser
que expresamente lo pidieran los padres. Buenas y audaces
mujeres van recorriendo el pueblo, para recoger firmas de muchas
familias solicitándolo. Se presentan con ellas al comité rojo. Pero,
de nada sirvieron. Las autoridades comunistas impiden la
enseñanza de la doctrina cristiana.
Antes de 1936, siguiendo normas gubernativas, son arrancados los
crucifijos en todos los centros oficiales. Con todo lo que esto
significaba en aquellos tiempos. Al hacerlo en las escuelas, se
organiza una manifestación de protesta por parte de un elevado
número de señoras. Nada pudieron conseguir. Tampoco se podría
tocas las campanas.
A partir del 18 de julio de 1936 los rojos se incautan de la iglesia
parroquial. Ya no podría celebrarse ningún acto de culto.
Empieza rápidamente la destrucción de imágenes. Algunas
terminarían siendo quemadas.
Don Felipe Pérez Calvo, párroco de El Arenal, con fecha 13 de
marzo de 1937, enviaba al obispado una detallada relación de los
principales daños causados por los rojos en la iglesia parroquial y
ermitas.
Según el informe, el total de imágenes destrozadas asciende a 29.
También importantes desperfectos en los retablos. Entre las
imágenes merecen especial mención, habida cuenta de su valor
81
artístico o popular devoción, las siguientes: la Asunción de Nuestra
Señora, que era la titular de la parroquia; el Santo Cristo de la
Expiración, escultura antigua y muy venerada; otra talla el Sagrado
Corazón; San Antonio; San Sebastián, etcétera.
La ropa, destinada al culto católico, fue pasto de las llamas. Lo
mismo sucedió a parte de los retablos. Crismeras, candelabros,
cálices y otros objetos fueron robados.
La iglesia parroquial queda destinada para varios usos profanos.
Algunos de ellos, de refinada profanación Al sonido del órgano se
van celebrando fiestas populares, con baile incluido, en el lugar
sagrado. En aquel ambiente se suceden y multiplican las burlas y
profanaciones de todo género. Las vestiduras sagradas les sirven
para ello. Los cíngulos y estolas son aplicados para portafusiles. Se
trataba de ir contra todo lo religioso; de herir los sentimientos
cristianos de gran parte de los feligreses.
Una imagen, muy venerada y artística, la Virgen de los Remedios,
es fusilada. La misma suerte corre la magnífica talla del Santo
Cristo de la Expiración. Los del pueblo se resistían a tales
profanaciones. Tuvo que hacerlo un sargento forastero. La cabeza y
parte del cuerpo de tan valiosa talla religiosa cae rodando por el
suelo. La cara de la imagen de la Virgen de las Angustias, también
fusilada, fue después bárbaramente machacada.
La ermita, una vez desalojada de todo objeto religioso, pasa a ser
utilizada como establo. No por mucho tiempo. La entrada de las
tropas nacionales el día 12 de septiembre de 1936 impidió se
prolongara por mucho tiempo tal profanación.
Como es de suponer, todos estos actos, especialmente la quema
de imágenes, eran realizados en un ambiente de risotadas y
groseras burlas.
82
Cuando todo esto sucedía en El Arenal, se encontraba como
párroco don Felipe Pérez Calvo. Su edad pasaba de los setenta
años. Desde antes del verano de 1936 venía siendo objeto de
mofas y burlas por parte de los más socialistas. En varias ocasiones
se reunieron junto a las puertas de la iglesia parroquial, durante los
actos de culto, para producir ensordecedor ruido.
Trataban de impedir el normal desarrollo de los actos religiosos.
Uno de estos rabiosos socialistas de El Arenal, momentos antes de
morir, diría con toda sinceridad a don Felipe:
Cuide usted de mis hijos. Procure que sean buenos. Que vayan a misa.
Yo he ido algunas veces. Pero... para cumplir una misión especial. Me
enviaban a vigilarle a usted. Tenía que informar, posteriormente, de todo
cuanto usted predicara.
A finales del mes de julio de 1936 llegan al pueblo unos milicianos.
Vienen capitaneados por una mujer. Inmediatamente preguntan por
el cura. Le encuentran. Con atrevimiento y modales inauditos, la
miliciana roja va cacheando al septuagenario párroco. No faltan
injuriosas y burlescas frases durante la operación.
El día 18 de agosto le cogen preso. Le encierran en la iglesia
parroquial. Ya era utilizada como cárcel. Allí se encontraban
detenidas otras personas. Poco tardaría en llegar, también en
calidad de prisionero, el joven seminarista Juan Cano Solana. A don
Felipe le retienen pocos días como encarcelado, en la iglesia.
Le sacan «para declarar en el comité». Él y sus compañeros de
prisión temían lo peor. Pero, en esta ocasión, no sería así.
Con datos concretos, don Felipe les va recordando las obras de
caridad, realizadas por él para con ellos mismos. Quizá les
impresionara un poco. El hecho es que le conceden la libertad.
83
Pero ésta no se prolongaría por mucho tiempo. A los pocos días,
otro grupo de milicianos rojos se presenta en el pueblo. La
consabida pregunta:
—¿Dónde está el cura? No nos vamos de aquí mientras no
logremos cogerlo preso.
Don Felipe, a pesar de edad tan avanzada —más de setenta años
—, animado por algunos feligreses y con su eficaz colaboración, ha
salido del pueblo. Ha optado por la huida. Una puerta trasera de la
casa le hace posible la evasión. Como los recién llegados no eran
del pueblo, ignoraban la existencia de tal puerta.
Cuando entran en la casa, van destrozando todo. Libros del archivo,
ropas del sacerdote. Con ello forman una hoguera. Y en ella —
decían— «vamos a meter al cura, tan pronto como lo encontremos».
A sus setenta años de edad se ve obligado a vivir escondido en la
sierra. Entre el heno, unas veces. Entre peñascales y pinos, en otras
ocasiones. Así, en medio de sacrificios múltiples, durante unos
veinte días. El día 12 de septiembre puede abandonar la abrupta
sierra de Gredos. Y se reintegra a su parroquia. En ella
permanecería hasta el año 1948.
Lo menos veinticinco veces —ha escrito él mismo— me llevaron a
presencia del comité, encañonándome con sus pistolas. Querían que yo
declarara lo imposible
Juan Cano Solana era un joven seminarista de El Arenal en aquel
año 1936. Tan sólo es mi intención referirme a los sacerdotes. Lo he
afirmado ya en la Introducción. Sin embargo, a
84
título de excepción, voy a escribir unas líneas acerca de este
seminarista.
Contaba 19 años de edad. En el seminario de Ávila cursaba primero
de Filosofía. Por ser ya época de vacaciones, se halla en su pueblo
natal. Su acreditada piedad se vería obligada a soportar duras
pruebas. Pero, a pesar de su juventud, supo estar a la altura de su
arraigada y firme fe cristiana.
Han sido varios los testigos que me informaron. Todos coinciden en
resaltar la desbordante piedad, sencillez y alegría de Juan Cano.
No muy lejos de su casa vivía un señor propenso a la blasfemia.
Quizá sin malicia. Pero, tal costumbre hería la fina sensibilidad
espiritual del seminarista. Por eso, en no pocas ocasiones, se
atrevió Juan a rogarle cambiara de manera de hablar. Muy poco iba
consiguiendo. Constituía, más bien, una incitación.
—Déjale, Juan. ¿No ves que no tiene remedio? —le decía su
madre.
—Madre, ¡...y ...si puedo salvar su alma!
El 18 de agosto de 1936 es cogido preso. En calidad de tal, los
rojos le trasladan a la cárcel de Arenas de San Pedro. Otras seis o
siete personas, entre ella un hermano, son llevadas también al
mismo lugar y en idénticas condiciones. Le tienen varios días en la
cárcel. Su madre pudo visitarle en alguna ocasión.
—Mira, Juan, cuando te pregunten... debes declarar... debes
decir... Te mucho cuidado con lo que contestas.
85
—Madre, no te preocupes. Si importa muy poco mi
declaración. Si a mí me juzgan exclusivamente por ser
seminarista.
Y así era en verdad. Juan Cano, a sus 19 años, conoce muy bien
las verdaderas razones de su prisión. Los rojos no necesitan buscar
peregrinas razones. Es suficiente su condición de seminarista
piadoso.
Llega el día 25 de agosto. Serían las dos de la madrugada.
Sacan de la cárcel de Arenas a unos cuantos prisioneros. Entre
ellos va Juan Cano.
—Había un jovencito, que hacía exclamaciones al Sagrado Corazón.
Esta noche han sacado a un santo —se comentó por Arenas aquellos
días.
Alguien declaró, en mi visita informativa hace unos años, que, por
aquella fechas, había oído que los rojos se esforzaron repetidas
veces por colocar en peligro próximo la acrisolada honra y pureza
del joven seminarista. Resultaron vanos sus intentos. Nada
consiguió la mujer, que estuvo colaborando con tal misión.
Se le conocía por el nombre de «el curilla». Todo el grupo fue
asesinado. A él se le obligó a cavar su propia fosa. Mientras tuvo
vida, fue preparando espiritualmente a las otras víctimas. En total
fueron seis o siete.
Entre Lanzahíta y Ramacastañas, en el prado conocido por el
nombre de Yeguazas, en la finca La Higuerilla son asesinados.
Al pasar por Ramacastañas, ya de vuelta, dijeron los milicianos
asesinos:
86
—Id a enterrar a siete cerdos, que hemos dejado en La
Higuerilla.
Cuando fue recogido su cadáver, presentaba inequívocas señales
de haber recibido un tiro en los ojos. Así quedaba tronchada
violentamente una vida juvenil, por el delito de ser seminarista
piadoso. Tenía 19 años.
En El Diario de Ávila , con fecha 25 de septiembre de 1936, pág. 2,
apareció un artículo firmado por don Máximo Pérez. Lleva este
título: «Siete veces condenado a muerte».
Y en él, después de ir escribiendo pormenorizadamente los
destrozos causados por los rojos en la iglesia parroquial de El
Arenal, se puede leer lo siguiente:
En medio de esta furiosa tempestad de odio han sabido librarse, con la
ayuda de Dios, cinco ministros de Jesucristo. Éstos son los padres
escolapios, Manuel Galán, Santos Crespo y Santos Familiar, que habían
venido a pasar unos días con sus familiares.
Otro es don Gabino Nieto, encargado de la parroquia de Lanzahíta, que,
huyendo de su pueblo, ha estado en el campo más de treinta días oculto
entre retamas, jaras y pimpollos; y el quinto es don Felipe Pérez Calvo,
con 44 años de vida parroquial, y que lleva ya 23 al frente de ésta de El
Arenal.
Este señor, que se ha hecho popular en esta región con el mote del
«Cura del milagro», ha sido condenado a muerte por los rojos siete u
ocho veces.
Pocos días después, y en el mismo periódico abulense, bajo el
título «Desde El Arenal», relata don Máximo Pérez la honda
emoción en el acto solemne de la primera misa, después de ser
recuperada la parroquia del dominio comunista. Transcribo los
87
siguientes párrafos, habida cuenta de la detallada y emotiva des -
cripción:
Don Felipe Pérez Calvo, el cura del milagro, habló a los numerosos
fieles... haciendo derramar al pueblo cristiano abundantes lágrimas.
No necesitaba esforzarse mucho en pintar con vivos colores las
profanaciones que, en el santo lugar, se habían cometido. Bien
elocuentemente lo estaban diciendo aquellos retablos despojados de
sus imágenes; aquellos desnudos altares; aquellas desconchadas
paredes, desalojadas de su via-crucis, aquellos ornamentos sagrados
hechos jirones...
Donde se nota más su odio y su saña [de los comunistas] es en los
lugares, personas y cosas sagradas. El templo parroquial de El Arenal
ha sido durante meses... centro de escandalosas diversiones, tribunal de
injusticias, asamblea de locos, cuartel del odio más injusto y refinado.
Finalmente, en otro artículo referente a los destrozos causados por
los rojos en la parroquia, publicado en el mismo periódico de Ávila y
con fecha 9 de octu bre de 1936, se puede leer, entre otras cosas:
Las mujeres osaron engalanarse con los encajes de los altares y hasta
hubo quien se atrevió a poner los vestidos de la Virgen del Rosario...
La santa pila bautismal fue convertida, ¡qué vergüenza!, en
vertedero de las más asquerosas inmundicias....
¿Para qué seguir? No hacen falta tampoco comentarios. Tan sólo
quiero indicar que todos estos pormenores me fueron confirmados
por los diversos testigos a quienes interrogué. Aún lo
88
conservaban vivo en su recuerdo, cuando realicé mi visita
informativa, principalmente en el año 1955.
CANDELEDA
Era el pueblo de mayor número de habitantes en la diócesis de
Ávila. E censo, en aquellos años, ascendía a 6.742.
Miembros muy activos pertenecientes a la FAI, procedentes de
Madrid, venían controlando la situación. Su revolucionaria influencia
resultaba cada día más palpable en Candeleda.
Cuando realicé mi visita informativa, especialmente en 1955, pude
interrogar a varios testigos.
Hay en el archivo diocesano un detallado informe, enviado al
obispado por el sacerdote don Felipe Ninón, con fecha 14 de
noviembre de 1939. En él figura e nombre de cada una de las
imágenes destrozadas por los rojos en la parroquia de Candeleda.
Aun antes del 18 de julio de 1936, con frecuencia, fueron prohibidas
varias manifestaciones religiosas. El día 29 de marzo un grupo de
mozos del pueblo entra violentamente y produce deterioros en la
escuela dominical. Se encontraba en la planta baja de la casa
rectoral. En ella venían recibiendo enseñanza gratuita numerosos
jóvenes de la parroquia.
El día 30 de julio un crecido número de hombres armados, entre los
que figuraban algunos del pueblo, se apoderan de la casa del
párroco. Cierto que, en aquella ocasión, no causan en ella daños de
importancia. El día 2 de agosto repiten la misma operación. Queda
incautada la casa. Es arrestado el párroco. Se le obliga a prescindir
del uso de la sotana.
89
En los centros oficiales se produce el arranque de crucifijos, como
en otras localidades. Era la consigna general. Y, en aquellos años,
tal medida significaba mucho para la gran masa de católicos
españoles. Constituía grave lesión de sus religiosos sentimientos.
La iglesia parroquial queda convertida en cárcel. Tal destino
contribuyó a evitar la destrucción del edificio. Las imágenes
completamente destrozadas Previamente fueron profanadas.
Algunas de ellas, convertidas en ceniza. Unos ochenta presos,
encarcelados en la iglesia, tuvieron que presenciar no pocas pro-
fanaciones dentro del sacro recinto.
Según datos oficiales, enviados al obispado en 1939, las imágenes
destruidas en Candeleda, destrozadas a golpes o quemadas,
ascienden al número de 35. Todas pertenecían a la iglesia
parroquial. La fecha de su destrucción fue el día 27 de agosto de
1936.
De gran valor artístico, algunas. Indico las siguientes: imagen
antigua de San Pedro, otra de San Miguel, antigua talla de San
Sebastián, la de San Ramón, Santo Domingo, Virgen del Rosario,
Santo Cristo, gran talla de Jesús en el sepulcro, etcétera.
Desaparecieron varios objetos de culto. Fueron robados.
Quemadas algunas ropas sagradas. Irreverencias y profanaciones
no faltaron tampoco en Candeleda. Con un incensario en la mano y
vestido de capa pluvial, hubo quien realizó una burlesca procesión
por las calles. Se trataba de ridiculizar las prácticas religiosas y herir
la fina sensibilidad cristiana.
No fueron muchas las alhajas desaparecidas. Quizá, la más valiosa
sea un incensario de plata.
90
En las cercanías del pueblo se encuentra el santuario de la
Virgen de Chilla, muy venerado por aquellos contornos. La imagen
sufrió varios desperfectos. Pudo, no obstante, ser restaurada.
El día 30 de agosto, en la capilla del hospital, cometen los rojos los
consabidos actos de profanación de imágenes y ornamentos
sagrados. Hubo destrozos. Faltaron algunos objetos de plata.
Intentan bajar las campanas de la iglesia parroquial. Con una
imagen de San Pedro organizan una carnavalesca procesión.
Después, la arrastran por las calles. Terminaría, como otras, en la
hoguera. La cabeza de la imagen de San Blas fue rodada por las
calles. Múltiples profanaciones.
Don Felipe Ninón era el cura párroco de Candeleda en 1936.
Mucho tuvo que sufrir. Pudo, no obstante, salvar su vida. Cierto día,
hombres armados le llevan al calabozo. Son milicianos rojos.
Le permiten, después, volver a casa. Unas fechas después,
nuevamente a la cárcel. Es en la iglesia parroquial. Allí tienen ya a
unas ochenta personas. Están encarceladas. Casi veinte días
permanecerá prisionero el párroco.
Violentamente, y entre improperios mil, le habían obligado a
quitarse la sotana y cualquier otro distintivo religioso. Algunas
mujeres rojas pedían a gritos «las orejas del cura». Quieren
matarle. La intercesión de algunos feligreses logra evitarlo. Se hace
recuento de los favores que habían salido de su mano. Los mili-
cianos, no muy conformes con no matar al cura, se expresan en
términos: «Tenemos orden de quitar de en medio a toda esta
semilla».
Ésta era la consigna recibida. En todos los casos igual. Había que
hacer desaparecer todo lo religioso. Y el sacerdote les
91
estorbaba como el que más. Hasta el mismo nombre de Dios había
que borrar. Se llegó, a veces, a situaciones ridículas. Como la
siguiente.
Uno de los testigos interrogados me reconstruye el siguiente
diálogo:
—Iba yo por las afueras del pueblo. Allí se encontraban dos o tres
vecinos montando la guardia. Al pasar junto a ellos, les dije: «¿Qué
hay?».
—¡Adiós! —me contestó uno de ellos.
—Pero, ¡hombre! —le increpa uno de los otros—. ¿En qué hemos
quedado? Ya no hay que hablar de Dios. Ya no existe.
—Es verdad. Si es que... a cualquiera se le escapa.
En la iglesia parroquial seguían encarceladas unas ochenta
personas. Se podía temer lo peor. Entre ellas se encuentra el
párroco y el coadjutor, don Felipe y don Domicio, respectivamente.
Este último terminaría siendo asesinado por las rojo, A él me voy a
referir ahora.
Don Domicio Santos Martín
Nacimiento: Herreros de Suso, el 23 de marzo de 1889.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 19 de diciembre de 1914.
92
Murió mártir La Guaña, carretera de Candeleda a Poyales del
Hoyo, el 8 de agosto de 1936.
Tenía: 47 años de edad.
Los padres de don Domicio, coadjutor de Candeleda, fueron Manuel
y Eustasia. Sus estudios eclesiásticos los realizó en el seminario
conciliar de Ávila. Y en esta ciudad recibió la tonsura y las cuatro
órdenes menores (ostiariado, lector, exorcista y acólito).
También el subdiaconado, diaconado y presbiteriado. Todas ellas
durante el año 1914. Esta última, el día 19 de diciembre.
El 12 de abril de 1915 empieza don Domicio su actividad pastoral
como ecónomo de Santo Tomé de Zabarcos. Año y medio después,
el día 23 de noviembre, pasa a desempeñar el cargo de coadjutor en
Arenas de San Pedro. Aquí permanece durante un año, casi
completo. El 16 de octubre de 1917 es nombrado cura ecónomo de
Barajas. Y un año después, el 25 de noviembre de 1918, nombrado
auxiliar del párroco de Bóveda de Rioalmar. Casi dos años después,
13 de junio de 1921, pasa a ser coadjutor de El Tiemblo. Irá con el
mismo cargo a Cebreros el 1 de octubre de
1924. También como coadjutor, pero ahora de Valdeverdeja, desde
el día 6 de julio de 1927. Finalmente, desde el día 26 de mayo de
1930, don Domicio es coadjutor de Candeleda. Empieza el día 11 de
julio. Aquí recibirá el martirio el día 8 de agosto de 1936.
Vive en compañía de su hermana Carmen y de su cuñado Felipe
Montero, sargento retirado de la Guardia Civil. Este parentesco
serviría de disculpa para que los rojos cojan prisionero al sacerdote.
A don Felipe Montero se la tenían jurada algunos miembros del
comité rojo de Candeleda. La intachable conducta profesional
93
del sargento de la Guardia Civil había despertado no pocos
sentimientos de venganza. La falta de orden en aquellos días
favorece y facilita el cumplimiento de tan vengativos propósitos.
Algunos milicianos, creyendo llegada la oportunidad, y, con el fútil
pretexto de requisar armas, someten a riguroso registro la casa
donde vive el coadjutor con sus hermanos.
Es el día 31 de julio de 1936. Cogido prisionero, don Domicio es
llevado a la cárcel. Junto al coadjutor es trasladado su cuñado.
Los dos permanecen encerrados hasta el día 8 de agosto.
Don Felipe Ninón, el párroco, compañero también de prisión,
contaría después la fortaleza de ánimo y ejemplar disposición
demostrada por don Domicio en los momentos previos a su muerte
violenta.
El día 8 de agosto de 1936 le sacan de la iglesia. Van a matarle. Él
no tiene duda de ello. Sale también su cuñado. Los dos y quienes
quedaron aún en la cárcel tie nen la seguridad del próximo fatal
desenlace. No se equivocarían.
Fueron asesinados en un lugar conocido por el nombre de La
Guaña. A unos cuantos kilómetros de distancia. En la carretera
desde Candeleda a Poyales del Hoyo.
Muy pocos datos completamente seguros pude recopilar.
Permanecen muy en la penumbra los últimos momentos de la vida
del coadjutor. Con certeza no es mucho lo que puedo afirmar.
Sí se comentó, por aquellos días en Candeleda, la admirable
entereza de don Domicio ante la muerte. Algunas noticias llegaron
también hasta Arenas de San Pedro. Alguien me refirió haber oído,
en aquellas fechas, que el coadjutor de Candeleda, don Domicio,
juntamente con su cuñado sostuvieron con los milicianos rojos el
siguiente diálogo, momentos antes de ser asesinados:
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—¿Deseáis alguna cosa? — les preguntan.
─Armas como las vuestras. Para luchar en igualdad de condiciones
—contestó el sargento retirado de la Guardia Civil.
─Yo os perdono de todo corazón —fue la respuesta de don
Domicio.
Sus restos mortales fueron trasladados al cementerio de
Candeleda el día 26 de septiembre del mismo año 1936.
También en este pueblo muere asesinado por los comunistas otro
sacerdote abulense: don Catalino Elena-Hernández. Era el cura de
Ventas de San Julián. Este pueblo pertenece al arciprestazgo de
Oropesa. Por eso, prescindo ahora de este caso.
A su debido tiempo trataré de su muerte violenta. Baste, por ahora
consignar el hecho de haber tenido lugar en Candeleda.
Del casi centenar de presos en la iglesia parroquial, convertida en
cárcel por los rojos, lograron salvarse casi todos. La entrada de las
tropas nacionales impidió el asesinato de todos ellos.
Para el día 5 de septiembre estaba preparada una lista de 11
personas, a quienes había que matar. Pero juzgaron más oportuno
encomendar esta misión comité rojo de la vecina Arenas de San
Pedro. Tal lista negra fue entregada a un comisionado, para este
fin. Hubo retraso en el cumplimiento de tal misión. Las gestiones
quedan paralizadas. Era inminente la llegada del ejército nacional.
En el inestable y revuelto ambiente de aquellos días no era rápido
el cumplimiento de las órdenes recibidas del comité rojo. Quedó
evitada, así, la masiva matanza.
A las ocho de la mañana del día 8 de septiembre de 1936 llegan a
Candeleda las tropas nacionales. Quedaba liberado el pueblo.
Terminaba la dominación roja. Ese mismo día, al atardecer,
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llegan las mismas tropas nacionales a la ciudad d Arenas de San
Pedro, cabeza del arciprestazgo.
CUEVAS DEL VALLE
El censo de este pueblo ascendía a 1.016 habitantes.
El día 16 de febrero, al igual que en todos los demás pueblos
españoles, tienen lugar las elecciones en el año 1936. Antes de esa
fecha había sido creado el círculo comunista y el radical socialista.
Los dos, unidos, en la casa del pueblo.
Desde los primeros días del llamado Alzamiento nacional, queda en
poder de los rojos la iglesia parroquial de Cuevas del
Valle. Toda manifestación de culto católico es prohibida. Las
imágenes, objetos de culto, ornamentos sagrados son profanados,
destruidos.
La iglesia de las Cuevas profanada, sin ropas, sin imágenes,
sin nada...
Así de tajante y escueto es el informe enviado al obispado el día 12
de septiembre de 1936. Escribe el sacerdote don Jesús López,
desde Arenas de San Pedro.
Ya en tiempos de la República la situación entre el párroco y las
autoridades civiles iba resultando bastante violenta. A este respecto,
escribía al prelado el 28 de abril de 1932 el entonces cura de
Cuevas, don Pablo Tejedor:
Nuevamente acudo con malas noticias de esta pobre parroquia. Antes
de ayer recibí el adjunto oficio horas antes de tener que hacer el entierro
de una feligresa, que en vida y por escrito de manera expresa pedía
acompañamiento, etc. No puedo
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hacerle por prohibición del alcalde, quien me lo impide con amena-zas
de muerte. Esto se pone ya en una situación insostenible.
A pedradas han destrozado el soportal de la iglesia; y las dos veces que
he pedido con todo respeto auxilio contra estos desmanes, la callada por
respuesta...
Con esta situación tan prolongada se resiente ya hasta el organismo,
pues desde hace cuatro meses son muchas las noches que no he
podido dormir nada...
En el oficio del alcalde, al que se hace referencias por el párroco, se
le prohíbe al sacerdote «acompañar los entierros y llevar el sagrado
viático por las calles». Tiene fecha del 26 de abril de 1932.
Cada año que iba pasando, aumentaban las trabas y vejaciones
contra toda manifestación religiosa. En la segunda quincena de julio
del 36 la iglesia parroquial es incautada por los rojos. Pasa a servir
de cárcel. Quizá, por esto, pudo sal varse de la destrucción.
Tampoco sufrió grandes destrozos en su arquitectura.
Una vez liberado el pueblo, queda en calidad de párroco de Cuevas
del Valle el sacerdote don Tirso Cisneros. Él hace el informe
detallado con fecha 10 de marzo de 1937, enviándolo al obispado
pocos días después.
En la parroquia han quemado todos los santos, sin dejar uno; y entre
ellos la titular de la parroquia, que era la Natividad de Nuestra Señora;
no tenía valor artístico, ni histórico; nada más que la devoción particular.
Entre las imágenes quemadas, además de la anterior, merece ser
mencionada la de la Virgen del Carmen. Recordaban también, con
especial veneración, las de San Andrés, Santiago, la
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Inmaculada, el Sagrado Corazón, un Santo Cristo, etc. Los retablos
fueron igualmente destrozados.
La casa rectoral es transformada en casa del pueblo. Allí
celebraban sus reuniones los milicianos rojos. Quedó muy
deteriorada.
Don Diego González Beades
Nacimiento: Cuevas del Valle, el 17 de octubre de 1876.
Ordenación sacerdotal: el 31 de diciembre de 1890.
Murió mártir: Viña Esquinada, térmi no de Mombeltrán, el 19 de
agosto de 1936.
Tenía: 60 años de edad.
Don Diego González Beades tuvo por padres a Mariano y a
Felisa. Cinco días después de su nacimiento recibió el bautismo en
Cuevas del Valle. En la inscripción de esta partida figura con el
nombre de Diego Lucas, otras veces, tan sólo con el de Diego.
Perteneció a la orden franciscana. Como tal estuvo durante varios
años en América en plan de misionero. Pasó des pués al clero
secular.
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Enfermo ya, descansaba unos días en su pueblo natal. Allí le
sorprende la violenta persecución religiosa. Vive en compañía de un
hermano.
El día 9 de agosto de 1936 le cogen preso los milicianos rojos. Es
trasladado a la cárcel. Ya desempeña este papel la iglesia
parroquial. Son unas veinte personas las encarceladas en el templo.
Pocos días lo tienen prisionero. El 19 de ese mes de agosto,
durante la noche lo sacan junto con otros cuantos. Muy malos tratos
había recibido. Cansancio, privaciones, insultos, vejaciones. Todo
había ido minando su salud.
Los rojos aparentan compadecerse. Por eso le dicen— «van a
reanimarle un poco con el frescor de la noche». Resultaría terrible
para él aquella noche del 19 de agosto de 1936.
En una camioneta es llevado en dirección a Arenas de San
Pedro. Y, a muy pocos kilómetros de la villa de Mombeltrán, en el
lugar conocido con el nombre de Viña Esquinada, es asesinado don
Diego González Beades. De la misma manera, y en aquella noche,
fueron matadas otras diez personas en Cuevas del Valle.
Cuando en el año 1955 realicé mi visita al pueblo para recoger
datos, interrogué a varias personas. No fueron muy explícitas sus
declaraciones acerca de los últimos momentos de la vida de don
Diego. Nadie pudo asegurar muchos detalles con toda certeza.
Durante el tiempo en que permaneció encerrado en la cárcel, tuvo
que sufrir mucho. Y de todo tipo. Física y espiritualmente. Con
injuriosas expresiones iba hiriendo su sensibilidad religiosa.
Cuando sus restos mortales fueron recogidos, ningún indicio
apareció que delatara mutilación alguna de su cuerpo.
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GUISANDO
Impresionante emplazamiento el de este bello pueblo abulense. En
la misma falda del imponente macizo de Gredos. Con
1.188 habitantes en aquellos años de la Guerra Civil española.
También en él, cumpliendo órdenes del Gobierno republicano, se
habían retirado los crucifijos en los centros oficiales.
En el mes de julio de 1936, un grupo de radicalizados y violentos
socialistas llegan al cementerio y rompen en varios pedazos la cruz
de piedra. Ya no permitían el toque de campanas. Las trabas a toda
manifestación religiosa iban creciendo hasta ser totales. Exaltados
revolucionarios incendian la puerta de la ermita de San José. Todo
esto, antes del 18 de julio.
Y todo ello a pesar de que en las elecciones del 16 de febrero
pasado habían triunfado las derechas con un amplio margen. Sin
embargo, es constituido el comité rojo. Y se muestra muy activo,
desde el primer momento, en su acción antirreligiosa.
A mediados del mes de julio los rojos se incautan de la iglesia
parroquial. Don Antonio E. Lucena Soto, cura párroco de Guisando,
es obligado a entregar las llaves del templo. A partir de este
momento, nada de culto católico. Ni en la iglesia, ni fuera de ella.
Según informes escritos y declaraciones por mí recibidas, parece
ser que fue profanado el santísimo sacramento.
Dos cálices y otros tantos copones fueron utilizados para fines
profanos. Bebieron vino en ellos, en medio de risotadas e
irreverencias. Pudieron ser recuperados.
La cruz parroquial desapareció. La utilizaron como bastón para
andar por las empinadas calles. Risotadas y burlas. No fue
destrozada. Pudo recuperarse.
100
En aquel mes de julio de 1936 son dos los sacerdotes que se
encuentran en Guisando: el indicado don Antonio E. Lucena Soto y
el religioso escolapio padre Pablo Grande Pérez. Era su pueblo
natal. Y era época de vacaciones.
Algunos vecinos del pueblo aconsejan al párroco la huida. Al
principio se resiste. En no pocas ocasiones, cuando llegan
milicianos rojos de otras localidades, la pregunta de siempre:
«¿Dónde está el cura?».
Ante tan alarmante insistencia y creciente peligro, los dos
sacerdotes se deciden a emprender la huida. La cercana sierra de
Gredos, tan abrupta, tan infranqueable, les proporciona un fácil y
casi seguro cobijo.
Varios días anduvieron errantes por los montes, entre peñascales y
pinos, en hondonadas y picachos. Las privaciones de todo orden
abundaron sin medida. Podemos suponerlas en aquellas
circunstancias.
Cierto que contaron con el apoyo, más o menos declarado, de
algunos socialistas de la misma localidad. Pudieron, por ello,
salvarse.
EL HORNILLO
No llegaba al millar de habitantes en el año 1936. Tan sólo tenía
815. Se encuentra también en un bello paraje. Al abrigo de la sierra
de Gredos. Muy cero de Arenas de San Pedro, de Guisando y de El
Arenal.
Difícil la situación a partir de las elecciones de febrero del 36.
Imposible el libre desenvolvimiento de la vida religiosa. Las
izquierdas se mueven muy activamente contra la actividad católica.
101
En frecuentes ocasiones, atrevidos revolucionarios se burlan de
quienes desean exteriorizar su fe cristiana. En la noche del día
primero de marzo son robados lo badajos de las campanas. Era el
principio de un final sangriento en El Hornillo.
Llega, después, la incautación de la iglesia parroquial. Nada de
culto religioso. Durante dos meses permanecería en manos de los
comunistas.
La destrucción de imágenes no se hace esperar. Frecuentes burlas
y profanaciones. Al titular de la parroquia, San Juan Bautista, le
cortan la mano derecha. Sería la primera imagen profanada.
—Tiene la mano derecha alzada. Está diciendo: ¡Arriba
España!». ¡Hay que cortársela!
Otras profanaciones y burlas se van sucediendo con las demás
imágenes. Otro tanto sucede con los objetos de culto.
Don Juan Díaz Hernández, párroco de El Hornillo en 1938, enviaba
una relación al obispado. En ella aparecen indicadas las imágenes
destruidas por los rojos en la parroquia. Algunas fueron
decapitadas, quemadas otras, profanadas todas.
Casi todos los objetos de culto desaparecieron por completo.
No pocos fueron destrozados. Crucifijos, cuadros, ornamentos,
misales, etc. La casa rector queda en manos del comité rojo,
destinada para su residencia. Varios folios del libro 2.° de
matrimonios quedan destruidos. Algún libro parroquial desaparece
completamente.
102
Don Juan Mesonero Huerta
Como párroco de El Hornillo, don Juan Mesonero Huerta fue
martirizado y es uno de los cinco sacerdotes abulenses cuyo
proceso de beatificación o declaración de martirio está más
avanzado; por eso escribiré acerca de su martirio en páginas
posteriores de manera más extensa. Véanse los capítulos XVIII y
XIX de este libro.
MOMBELTRÁN
Villa famosa por su castillo. Perteneció al célebre don Beltrán de la
Cueva. El número de sus habitantes ascendía a 2.263.
Desde febrero de 1936, aunque en las elecciones habían triunfado
las derechas, van surgiendo frecuentes trabas al desenvolvimiento
de toda actividad religiosa. Todos los resortes del mando iban
quedando en manos de la izquierda revolucionaria y antirreligiosa.
En el mes de julio es incautada por los rojos la valiosa iglesia
parroquial. Otro tanto sucede con la ermita de la Virgen de la
Soledad. No hay que lamentar graves deterioros, aunque la ermita
fuera utilizada como almacén. Las imágenes y retablos pudieron ser
salvados de la destrucción.
Suprimido por completo el culto católico desde mediados de julio
hasta el día 8 de septiembre de 1936. No obstante, permaneció
intacto el santísimo sacramento en el sagrario parroquial. Nadie
intentó profanar las especies sacramentales. El capellán, que llegó
acompañando a las tropas nacionales, sumió las formas
consagradas.
103
Don Damián Gómez Jiménez
También el párroco de Mombeltrán, don Damián Gómez Jiménez,
sufrió el martirio. Como es uno de los cinco sacerdotes abulenses,
cuyo proceso de declaración de martirio está más avanzado
escribiré más extensamente acerca de su martirio. Véanse los
capítulos XII y XIII del presente libro.
MONTESCLAROS
Aunque pertenezca a la provincia de Toledo, en aquel año
1936 era parroquia abulense. Por eso, conviene escribir algo
referente a este pueblo. Tenía, entonces, 1.392 habitantes. No pude
recoger datos seguros.
Don Pablo Casares Sánchez, cura encargado de
Montesclaros, envió un informe al obispado. Tiene la fecha del 28
de julio de 1938. Otro sacerdote, don Marcelo Muñoz Rodríguez,
cura de este pueblo desde abril de 1935 hasta febrero de 1937, me
proporcionó personalmente algunos datos, completamente ciertos.
Se mostraban muy activas las izquierdas a partir de las elecciones
de febrero del 36. Y esto, a pesar de que el triunfo había sido para
las derechas. Todas las órdenes antirreligiosas, emanadas del
Gobierno republicano, iban siendo puestas en práctica con gran
meticulosidad.
El día de Sábado Santo, antes del 18 de julio del 36, el sacerdote
recibe un oficio del alcalde de Montesclaros. En él se le prohíbe
toda manifestación religiosa. Debería abandonar la casa rectora],
pues quedaba incautada, Su destino inmediato sería servir como
almacén de víveres.
104
La misma suerte corre la iglesia parroquial. Todos los cuadros y
símbolos religiosos fueron destrozados. Las sotanillas encamadas
de los monaguillos sirven como banderas comunistas.
Algunos misales y libros litúrgicos son quemados.
La imagen de Santa Águeda es acuchillada en el cuello. Con las
trompetas del órgano parroquial se organiza una burlesca fiesta por
las calles. Milicianos, vestidos con ornamentos litúrgicos, toman
parte activa. Es arrastrada, también, la imagen del Santo Cristo.
Siguen las mofas y burlas sacrílegas.
Desapareció el santísimo sacramento, profanándose
sacrílegamente, empleando el vaso sagrado del copón en usos
sórdidos.
En estos términos me informaba el párroco que fue de
Montesclaros en el año 1936.
El comité encarcela y somete a malos tratos al sacerdote.
Antes le había robado todo cuanto poseía. «No tengo medios
económicos para el viaje», pudo muy bien escribir don Marcelo al
señor obispo de la diócesis.
Cuando solicité el informe, me contestó escuetamente:
Me dieron dos tiros y apresaron el día 22 de julio de 1936, hasta que me
liberaron las tropas nacionales el 14 de septiembre del mismo año.
Diversas tentativas, antes de herirme, para que me pusiera al servicio
del comité rojo, y, después de apresarme, para hacerme apostatar.
En el anejo de Montesclaros, es decir, en Hontanares, los rojos
tuvieron osadía de profanar la pila bautismal. Entre otras burlas, la
utilizaron para guisar en ella.
105
LA PARRA
Es pequeña la localidad abulense. Muy cercana a Arenas de
San Pedro. Su censo ascendía, tan sólo, a 519 habitantes.
Desde el año 1931, aproximadamente, funcionaba la casa del
pueblo. Iban siendo frecuentes los ataques a la Iglesia católica. A
partir del 18 de julio del 36 crecen más y más.
Empiezan los saqueos en casas de personas significadas por su
condición religiosa. Y todo ello va siendo almacenado en la iglesia
parroquial. En su arquitectura no hay que lamentar grandes
desperfectos.
Los purificadores corporales, paños de lavabo, sabanillas y toda la ropa
blanca fueron llevados al comité; y empleados en la limpieza de vajilla,
etc. Otras cosas de menor importancia se las repartieron los vecinos de
izquierdas.
Así informaba al obispado un padre franciscano, encargado de La
Parra, ya que se encuentra muy cerca del convento de San Pedro
de Alcántara.
Dos cálices con sus respectivas patenas, y dos copones fueron a
parar a Arenas de San Pedro. Destrozadas varias imágenes. Pude
contemplar la fotografía de una escultura religiosa en la que se
notaban los desperfectos causados en ella por los rojos. Se trata de
la imagen de Santa Magdalena. Aparece quemada, en parte. Otras
imágenes corrieron la misma suerte. Entre ellas, los Sagrados
Corazones de Jesús y de María, juntamente con el Santo Cristo.
Todas ellas de gran tamaño.
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Las sagradas formas —dice el informe existente en el archivo diocesano
— fueron oportunamente sacadas del pueblo por dos niños que,
arrostrando lo delicado de la situación, el compromiso y peligro de su
vida, se fingieron pastorcitos lugareños que iban al campo a coger piñas
para sus respectivos hogares.
Y así se lo decían a cuantos encontraban al paso y les preguntaban a
dónde iban.
Se las trajeron a este oratorio del sanatorio de Gredos, para entregarlas
con la debida reverencia a su querido capellán y cura encargado de esta
parroquia.
El llamado sanatorio de Gredos se halla a un par de kilómetros de
La Parra.
Don José Serrano Cabo, residente de Arenas de San Pedro y cura
encargado, después, de La Parra, escribe al obispado con fecha 24
de septiembre de 1936:
Esta tarde estuve en el pueblo de La Parra viendo la iglesia. Es muy
triste entrar en ella, pues quemaron todo; ropas, cálices, misales,
destrozaron sacras, piedras de aras, imágenes; en una palabra, todo,
menos tres o cuatro candeleros que estaban colocados en el retablo, y
una imagen de la Virgen, a la que se le aprecia haber sido tiroteada y
puesta en medio de las llamas.
Con frecuencia fui informado acerca de varios pormenores
referentes a est parroquia.
Un padre franciscano la atendía durante aquellos años.
Encontrándose en el llamado sanatorio de Gredos, atendía también
la parroquia de La Parra. Se trata del padre Santiago Viezma.
Había nacido en Consuegra el 25 de julio de 1903. Era, por tanto,
muy joven. Ya se han preocupado de escribir sobre su muerte sus
107
hermanos de hábito. Especialmente lo ha hecho fray José Trinidad.
Fue asesinado por los rojos en el kilómetro 5 de la carretera de
Arenas de San Pedro a Ávila el día 30 de agosto de 1936.
No es mi intención escribir mucho sobre este caso. Lo han hecho
otros. Permítaseme, tan sólo, reproducir un documento existente en
el archivo diocesano.
Se trata de una declaración jurada, firmada en Valladolid, ante el
juzgado de la prisión, el día 20 de mayo de 1937 por María Luz
Mañueco, enfermera que fue de la Cruz Roja. Dice así:
Otro día llevaron al hospital a un señor, que habían sacado del sanatorio
de Gredos en el que estaba hospitalizado por enfermo del estómago; y
era religioso franciscano..., ofreciéndole yo cama en el hospital,
contestaron los dirigentes que no le hacía falta; le tomaron declaración,
y, a petición suya, le condujeron hasta la casa del señor cura para
confesarse.
Por la noche los dirigentes manifestaron a la que declara que le pondrían
en libertad; me dijeron que le diera de cenar, y le sentaron con ellos a la
mesa haciéndole ver que le pondrían en libertad.
Una vez que se retiraron, la que declara y otras enfermeras le llevaron,
por orden de Serafín Felipe, al campo; y cortándole la mano derecha y
otros martirios que no le relataron a la declarante, lo fusilaron a las tres
de la mañana habiéndole sacado del hospital a las doce.
Posteriormente; los milicianos llevaron la mano al pueblo y la enseñaban
haciendo mofa y relatando lo que había dicho antes de morir. Decían
que lo había hecho como un valiente, diciendo: «¡Viva Cristo Rey!». Y
que los perdonaba de todo corazón. Este religioso se llamaba P.
Santiago.
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A mediados de septiembre del mismo año sus restos mortales
fueron trasladados al cementerio de Arenas de San Pedro. Su
cadáver tenía fracturadas las piernas. La cabeza, horriblemente
aplastada y deformada.
Con toda la verdad se ha podido escribir en la Historia de la
Cruzada Española :
El padre Santiago Viezma... tuvo que sufrir un martirio atroz; se le arrojó
repetidas veces de la camioneta en que se le llevaba, rompiéndole los
brazos y piernas y sacándole las entrañas. La humanidad parecía haber
vuelto a las persecuciones de Diocleciano.
POYALES DEL HOYO
Eran 1.785 los habitantes de este pueblo en aquellos años.
Además del informe existente en el archivo diocesano, enviado por
el sacerdote don Pedro Rivera, conté con la información de varios
testigos. Ya en el mes de febrero de 1936, el párroco tiene que
presentarse en el ayuntamiento a recibir órdenes. Se le prohíbe
terminantemente realizar toda manifestación de culto religioso. No
podrá volver a tocar las campanas. De hecho, tal mandato no sería
rigurosamente exigido en cuanto a su cumplimiento. Trabas y
algunas violencias contra todo lo religioso sí iban siendo cada día
más frecuentes en Poyales del Hoyo.
El día 25 de julio del 36 la iglesia parroquial queda en poder de los
milicianos comunistas. Como otras muchas, es destinada para
cárcel. Sobre las losas del templo correría, pasados unos días,
sangre inocente de seis personas encarceladas. Durante
109
unos cincuenta días hubo que prescindir de todo culto católico.
Rigurosa prohibición. Lo mismo sucedió en la ermita de San
Sebastián.
La custodia es llevada al comité. Y un cáliz. Un miliciano, mientras
trasladaba la custodia, va «dando bendiciones». Ningún
desperfecto, de importancia, sufrieron las imágenes de la parroquia.
Don Ismael Santos Rodríguez
Nacimiento: Rubí de Bracamonte, el 21 de marzo de 1890.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 23 de diciembre de 1916. Murió
mártir: Puente Pelayo, carrete ra de Arenas de San
Pedro a Candeleda, el 8 de agosto de 1936.
Tenía: 46 años de edad.
Don Ismael fue hijo de Lucas y de Prudencia. Sus estudios
eclesiásticos fueron realizados en el seminario de Ávila. Y en esta
ciudad recibió la tonsura y las cuatro órdenes menores, al igual que
el subdiaconado, diaconado y presbiterado. Este último, el día 23
de diciembre de 1916.
Tres meses después de su ordenación sacerdotal, don Ismael, el
día 20 de marzo de 1917, es nombrado cura regente de San Martín
del Pimpollar, donde permanece un año tan sólo, ya que el día 9 de
marzo de 1918 fue nombrado ecónomo de El Real de San
110
Vicente. Aquí permanece durante siete años y medio, puesto que el
día 16 de noviembre de 1925 es nombrado párroco de Nuño
Gómez. Dos meses y medio después, el día 9 de febrero, es
nombrado encargado de Cardiel de los Montes. El día 22 de
diciembre de 1932, mediante concurso a parroquias, según el estilo
de aquellos años, pasa a ser párroco de Poyales del Hoyo. Aquí
recibirá la palma del martirio el día 8 de agosto de 1936.
«Un verdadero paladín de la fe»: así le califico don Pedro
Rivera, cuando informa oficialmente al prelado diocesano.
Desde los primeros momentos del dominio rojo es, con frecuencia,
injuriado. Una noche es apedreada la casa rectoral. El párroco se
halla dentro. No sale. Disparan cinco tiros contra la vivienda. No
forzaron la puerta.
El día 26 de julio de 1936 le cogen preso. Previamente habían
sometido la casa a un riguroso registro. Le conducen a la iglesia
parroquial. Desde el día anterior se hallaba convertido en cárcel.
Hay que someter a un minucioso registro el templo. Y todo ello,
entre palabras injuriosas y horribles blasfemias. Don Ismael tiene
que acompañarles. Tiene que oírlo todo. Sufrirlo todo.
Nada puede hacer por impedir tal profanación. Obligado a abrirles el
sagrario aprovecha la ocasión para sumir las formas consagradas.
No se lo impidieron.
Buscaban armas en la iglesia. Como es natural, no las había.
No las pudieron encontrar. No obstante, el párroco es llevado al
calabozo. Allí permanecerá hasta el día 5 de agosto del mismo año
1936. Es muy reducido el local. Y allí se encuentran ya otros
prisioneros. Tienen que permanecer hacinados. En condiciones
infrahumanas.
111
Le visten de máscara. Un sombrero. Una blusa, hecha jirones.
Y unas abarcas que «tendría que romper».
Así es paseado por las calles de su parroquia. En medio de una
algazara inmensa. En un ambiente de injuriosas frases. Burlas
soeces. Risotadas histéricas. Había que divertirse con él. Había que
hacerle sufrir.
Llegan con él hasta las afueras del pueblo. Hasta el Parador de
Nicolás Sánchez, sito en la carretera hacia Arenas de San
Pedro. Allí —me afirmaron— le obligan a beber vinagre, mezclada
con sal y algunas inmundicias. Quieren hacerle blasfemar. No lo
consiguen. Arrecian las injurias y los golpes.
—Antes me mataréis. No haré semejante cosa.
Crecen los golpes con frecuencia y en intensidad. Así molido, le
echan una soga al cuello. Le traen, nuevamente, al pueblo. Le
pasean por las calles, por la plaza. Le van azotando. Golpes de
fusil. Verdadera flagelación. Y en un clima de insultos, vejaciones,
humillaciones mil.
El calabozo es muy pequeño. En el ayuntamiento. Sin luz directa. Y
hay ya varios presos. Una testigo afirmará que vio allí al señor cura,
baldado, con su cuerpo destrozado, molido a palos y latigazos.
Como único respiradero tenía el calabozo una pequeña ventana
que daba a la escalera. Quienes suben y bajan dedican los más
horribles insultos a don Ismael.
No se tiene en pie. Tienen que ayudarle los otros presos. Ni comer
podía. Los dolores en todo su cuerpo son intensos.
112
—Ni comer podía de dolores. Debía de tener roto el espinazo
y echaba sangre por la espalda.
Intermitentemente se levanta su débil voz de pastor espiritual,
invitando a rezar. A los pocos días, los otros presos del calabozo
son trasladados a la iglesia parroquial, convertida en cárcel. Queda
sólo don Ismael. Y esta soledad en que queda el párroco dio lugar a
un triste episodio.
Los milicianos rojos obligan a entrar, a fuerza de empujones, a una
señora. Ella misma me informó de toda la escena, cuando pedí su
declaración en el año 1955. He aquí sus palabras:
—Estando solo en el calabozo el señor cura don Ismael, me metieron a
mí de un empujón. Y, pronunciando palabras groseras e injuriosas
contra la virtud de la santa pureza, los rojos me obligaron a entrar. En el
calabozo estaba don Ismael, solo, callado. Yo, al principio no le veía,
debido a la oscuridad. El me dirigió palabras de consuelo. «Tenga usted
paciencia —me dijo—. Será ésta la voluntad de Dios».
Yo estaba con mi hijito de pecho, en los brazos. Creí asfixiarme en aquel
lugar. Pude darme cuenta de la situación en que se encontraba. En la
espalda tenía don Ismael un boquete abierto, debido a los golpes
inhumanos. No sé ni cómo podía vivir en aquel estado. «Tenga usted
paciencia», me repetía una y otra vez. «Es voluntad de Dios». Más de
medio día nos tuvieron allí metidos a los dos. Después al señor cura, le
sacaron a declarar.
Atroces sufrimientos tuvo que padecer el párroco de Poyales del
Hoyo.
113
—El señor cura no podía ni siquiera incorporarse. Teníamos que darle la
mano, pues tenía roto el espinazo y echaba sangre por la espalda.
Con estas palabras me describió un testigo y compañero de prisión
el estado en que se encontraba don Ismael.
No escatimaron procedimientos de tortura. Se trataba de hacerle
sufrir ante de matarle. Las más absurdas calumnias herían
constantemente la reconocida honra del párroco de Poyales.
Como la iglesia había sido convertida en cárcel, a ella es trasladado
desde el calabozo don Ismael. Había ya unos setenta presos en el
templo. El párroco es encerrado en la sacristía. Le llaman con
insistencia. Apenas puede contestar. El cansancio y agotamiento se
lo impiden. Su debilidad es muy grande.
─Durante los días que estuvo preso con nosotros, no sólo
hacía sus rezos particulares de sacerdote, sino que nos invitaba a
rezar.
Así me declaró uno de los compañeros de prisión. Rezaban todos
juntos en la iglesia. El párroco, desde la sacristía, intentaba
infundirles ánimo, valor, confianza. Su admirable paciencia iba
despertando admiración y respeto en sus compañeros de prisión.
Llevadlo con paciencia. Que Dios nos ayudará. No piensen
ustedes en escaparse. Sea lo que Dios quiera.
Cierto día se presenta en la iglesia un miliciano. Al parecer, es
de los que manda. Habló a todos los presos. Les dijo:
─¡A ver si os libran ahora todos los Santos! Al cura le veréis
salir muy pronto. Pero, no le volveréis a ver entrar.
114
Y así sucedió. Le sacan de la cárcel. Casi no puede valerse por sí
mismo. Dicen que le llevan al comité, «para prestar declaración».
Varios vecinos, horrorizados, contemplan el lastimoso estado en que
se encuentra su párroco, don Ismael. Parecía más muerto que vivo.
Nada pueden hacer en su favor.
El final está ya muy cerca. En el llamado Puente Pelayo, entre
Poyales y Arenas de San Pedro, el día 8 de agosto de 1936 le
asesinan los rojos. Allí permanecería su cuerpo hasta mediados del
mes de septiembre. En esas fechas fue trasladado al cementerio.
Nada pude averiguar, con certeza, acerca de los últimos momentos
de su vida. Nada dice el informe elaborado pocos días después del
suceso. Al desenterrarle, vieron que don Ismael carecía de su pierna
derecha y de los dos brazos.
El día 24 de marzo de 1942, con toda solemnidad, son trasladados
sus restos desde el cementerio hasta la iglesia parroquial. El
periódico de la provincia, El Diario de Ávila , se hizo eco de la
ceremonia.
El martes, 24 del actual, en Poyales del Hoyo se verificó con solemnidad
y asistencia del clero comarcano el traslado de los restos mortales del
que fue su dignísimo párroco don Ismael Santos Rodríguez... cruelmente
martirizado en la persecución marxista, la que por su ensañamiento y
ferocidad en nada tuvo que envidiar a las espantosas de los primeros
siglos del cristianismo.
A la entrada del presbiterio, en la iglesia parroquial de Poyales del
Hoyo, fue colocada una lápida con la siguiente inscripción:
Aquí yacen los restos de don Ismael Santos Rodríguez, cura
párroco de Poyales del Hoyo (Ávila). Martyr Domini, Vivas in Pace
115
cum Christo. 8 agosto 36. A la edad de 46 años. R.I.P. Recuerdo
de sus hermanas y familia.
SANTA CRUZ DEL VALLE
Figuraba con un censo de 1.085 habitantes. Desde un principio son
retirados los crucifijos y cualquier otro signo religioso en todos los
centros oficiales.
La mayoría de los vecinos reaccionan en contra de tal medida,
ordenada por las autoridades del comité comunista. Las madres de
los niños, colocando sobre el pecho de sus hijos insignias
religiosas, compensan así la retirada de los crucifijos en los centros
oficiales. El sacerdote, don José Serrano Cabo, por medio del
sacristán, iba facilitando estas pequeñas cruces. Valiente, pero
peligrosa reacción la de aquellas madres.
Desde los primeros días de la guerra, la iglesia parroquial de
Santa Cruz del Valle pasa a manos del comité rojo. Como era
frecuente, una vez incautada, empieza el destrozo de las imágenes.
Tengo ante mí vista una relación enviada al obispado. Tiene la
fecha del día 16 de marzo de 1937. Está firmada por el cura
párroco, don Ramiro Bosque. Según aparece indicado en ella
ascienden a 22 las imágenes destrozadas a golpes o quemadas por
los rojos en la parroquia de Santa Cruz del Valle.
Este mismo sacerdote, con fecha 14 de noviembre de 1939 y en
oficio dirigido al señor secretario canciller del obispado, afirma que
una de las imágenes, un San Francisco de Asís, «según
manifestación de algunos anticuarios, tenía un valor incalculable».
116
Hubo, también, profanaciones. Antes de ser quemadas las
imágenes, son objeto de burlas sin cuento.
—Pero, hijo ¿qué habéis hecho? —pregunta la madre a su
hijo.
—Nada, madre. Ya se acabó todo. Ya no tenéis que rezar
más.
En aquel ambiente las sacrílegas profanaciones llegaron al máximo.
En medio de mofas y burlas, un individuo se comió las sagradas
formas, que se encontraban en el sagrario parroquial.
En carta dirigida al señor obispo, con fecha 24 de septiembre de
1936, dice el sacerdote don Benito Núñez,
El 13 del corriente fui a Santa Cruz del Valle a reconciliar la iglesia y
reponer el santo crucifijo, encontrándome la iglesia sin una imagen, ni un
santo copón, que contuviese las sagradas formas. Los altares, gracias
de Dios, han sido respetados y lo mismo las ropas y algunos objetos de
plata o metal. El santísimo, me aseguran, lo comieron sacrílegamente...
SAN ESTEBAN DEL VALLE
En aquellos años tenía 2.180 habitantes.
La mejor fuente de información es un informe escrito por el
sacerdote don Fortunato Gutiérrez. En conversaciones sostenidas
con él, he podido escuchar, en varias ocasiones, el relato más
detallado de aquellos acontecimientos. Le tocó vivir muy de cerca
todo lo sucedido en San Esteban del Valle. Era el cura párroco en el
año 1936.
117
Me sirvo también de los datos proporcionados por otros testigos.
Aunque no de sistemática oposición persecutoria contra la
Iglesia católica, si existía, durante el régimen republicano, una
actitud represiva de toda manifestación religiosa.
No se podía aclamar a Cristo Rey. Al quitar los crucifijos de las
escuelas, un grupo de valientes personas elevaron a las
autoridades del comité la más decidida protesta. Ello les acarrea
una multa por parte de las autoridades municipales. Ya lo era el
comité rojo.
Poco después se pasa a la incautación del cementerio. La
blasfemia, antes ni muy frecuente en San Esteban del Valle,
encuentra durante el período de la Segunda República campo muy
abonado y ambiente propicio.
Insultos, groserías contra las personas de significación católica iban
siendo cada día más frecuentes. Especialmente contra quienes
pertenecían a la Acción católica, muy activa en este pueblo.
Una noche estalla un petardo en las proximidades del lugar donde
varios jóvenes de Acción católica se encuentran reunidos con otros,
llegados de la capital. Al menos, había que intimidarles.
Durante el segundo bienio republicano, como es natural, se calman
un poco los elementos más revolucionarios. Pero, a raíz de las
célebres elecciones del 16 de febrero del 36, se inicia un
recrudecimiento en los ataques a la Iglesia católica. Más frecuentes
y más intensos. Aumentan las denuncias contra las personas
significadas por sus prácticas religiosas. Bastaba un fútil pretexto. Y
cuando no lo había, se inventaba.
118
En este período, comprendido entre el 16 de febrero y el 18 de julio
del año 1936, se van insolentando algunos izquierdistas en tal
forma que perdieron todo respeto a las creencias y prácticas
religiosas de otros vecinos. Insultos, amenazas, etc. Va cundiendo
el temor. Los atropellos se suceden. Y cada vez más violentos. Se
fraguaba ya la tormenta.
De nada sirvió que el triunfo electoral fuera para las derechas. La
situación del pueblo quedaba en manos de las más radicalizadas
izquierdas. Según rumor, se lanzan a confeccionar listas negras. Se
llegó a indicar el número de las perso nas inscritas. Unas cien.
Robos, saqueos, insultos, etc. El pueblo de San Esteban del Valle,
tradicionalmente muy piadoso, ante tales desmanes, se mostraba
indignado. Pero sólo los más valientes exteriorizaban la protesta. El
peligro que corrían no era pequeño. Las represalias iban siendo
muy fuertes. No todos tenían vocación de héroes.
Confidencialmente y de fuente roja, el día 30 de julio del 36, el
párroco es advertido del riesgo que corre su vida si continúa en el
pueblo. Le aconsejan la inmediata huida. Ellos se comprometen a
ayudarle. Conocedor del grave peligro, ante el requerimiento de
algunos feligreses, don Fortunato opta por la fuga.
Al día siguiente de su salida, empeora la situación. Grupos de
milicianos comunistas, procedentes de Toledo y Talavera de la
Reina en su mayoría, se hacen dueños absolutos del pueblo de San
Esteban del Valle.
Llega la incautación de la iglesia parroquial. En la torre colocan la
bandera comunista, con la hoz y el martillo. Es el día 2 de agosto de
1936.
119
En la arquitectura de la iglesia parroquial no hubo que lamentar
graves deterioros. Las autoridades comunistas prohíben la entrada.
Quizá, por esto, no se produjeran grandes daños en ella. Tan sólo
puede entrar un miliciano, a quien el Ayuntamiento había encargado
de dar cuerda al reloj de la torre. El sacristán le acompaña. Puede,
así, indicarle la manera de hacerlo más acertadamente.
Dos ermitas hay en San Esteban del Valle. Una de ellas, un tanto
alejada del casco municipal, dedicada al Santísimo Cristo de la
Salud. La otra situada en la misma villa, consagrada a San Pedro
Bautista, hijo preclaro del pueblo. Este fraile franciscano del siglo
XVI fue el primer embajador de España en el lejano Japón, y
protomártir de la Iglesia católica en aquellas tierras del sol naciente.
La primera ermita fue enteramente respetada. Dista un poco del
casco municipal. La segunda tuvo peor suerte. Se la conoce con el
nombre de ermita del Santo.
Los rojos se incautan de ella. Queda destinada para almacén de
víveres. Allí es venerada la cabeza de San Pedro Bautista.
Milicianos del mismo pueblo cogen la preciada reliquia. Juntamente
con las imágenes, la encierran bajo llave en la sacristía. Alguien,
forastero, intenta «fusilar» la imagen del Santo. Interponiéndose con
eficacia, varios vecinos del pueblo logran evitarlo.
La casa rectoral pasó, también, a poder de los rojos. No tuvieron
inconveniente en arrojar de ella, con violencia, a la anciana madre
del sacerdote, quien ya había tenido que huir. Sin ropas, sin
alimentos, se ve obligada a salir de casa. De nada sirvieron sus
lágrimas.
Queda en ella instalado el comité comunista. Una habitación de la
casa sirve para cárcel. Ningún daño de importancia en la
120
construcción de la casa. El archivo parroquia] quedaría revuelto;
pero no destruido.
Desde el día primero de agosto hasta el cinco de septiembre de
1936 no podría celebrarse ningún acto de culto religioso.
Don Fidelio González Navarro
Nacimiento: San Esteban del Valle, el 25 de noviembre de
1910.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 22 de diciembre de 1934.
Murió mártir: La Chorrera de Ponta, entre Mombeltrán y Cuevas del
Valle, el 4 de septiembre de 1936.
Tema: 25 años de edad.
Tuvo don Fidelio un nombramiento eclesiástico, tan sólo, habida
cuenta de su corta vida sacerdotal. Fue el día 4 de febrero de 1935
cuando se le hace el nombramiento de coadjutor de Arenas de San
Pedro. Empezó su actividad sacerdotal muy cerca de San Esteban
del Valle, lugar de su nacimiento. Podría des-empeñarlo durante
menos de dos años, ya que fue martirizado el día 4 de septiembre
de 1936.
Los padres de don Fidelio fueron Zacarías y Margarita. Realizó sus
estudios eclesiásticos en el seminario conciliar de Ávila. En esta
ciudad recibió la tonsura y las cuatro órdenes
121
menores (ostiariado, lector, exorcista y acólito). Fue durante el año
1930. El subdiaconado y diaconado durante el año 1934, siendo
ordenado sacerdote el día 22 de diciembre de ese mismo año.
En El Diario de Ávila aparece publicado un artículo con el siguiente
título «Un sacerdote mártir: don Fidelio González Navarro. Traslado
de sus restos a la iglesia parroquial». Se debe a la pluma de don
Fortunato Gutiérrez, testigo de excepción. Tiene la fecha el día 20
de abril de 1942.
Uno de los párrafos dice lo siguiente:
Porque... San Esteban del Valle es semillero de almas piadosas y
perfectas, había de aportar su tributo de sangre inocente a la gran obra
de la redención de España...
Un sacerdote, don Fidelio González Navarro, tres padres de familia:
Zacarías González, Justo Díaz y Avelino Fernández; un recién casado,
fundador de la Juventud de Acción católica y su primer presidente,
Ernesto Villacastín; y dos jóvenes: Helí González y José Villacastín,
secretario y socio respectivamente de la Juventud Masculina de Acción
católica, ofrendaron sus vidas en los altares de la religión y de la patria.
Tan sólo voy a preocuparme del sacerdote. No porque minusvalorar
la generosidad y entrega de los seglares, anteriormente indicados.
Es que, como dije en las primeras páginas, el tema de este libro
tiene sus límites muy concretos.
Desde el día 10 de febrero de 1935 se encontraba don Fidelio en
Arenas de San Pedro, cabeza del arciprestazgo, en calidad de
coadjutor. Y al estallar la Guerra Civil, habida cuenta de la
alarmante y peligrosa situación, creyó más convenien te irse con su
familia a San Esteban del Valle. Son pocos los kilómetros de dis-
tancia entre este pueblo y Arenas. En San Esteban viven los
122
padres de don Fidelio. También sus hermanos y otros familiares. Al
menos, compartiría los sufrimientos con los de su casa.
—Madre, vengo huyendo. Pero, si Dios quiere pedirme el
sacrificio de mi vida por la salvación de España, la ofrezco
generosamente.
Era el día 26 de julio de 1936. Aún vestía su sotana. Y con ella
continuó algunas fechas más. Se consideraba seguro entre los de
su pueblo.
El día primero de agosto va a la iglesia parroquial. Recoge el
santísimo sacramento. Ya se había decidido por la huida el cura
párroco, don Fortunato. Durante dos o tres días tuvo don Fidelio el
santísimo sacramento en una casa. Después, se decide por sumir
las sagradas especies.
Va creciendo la tensión revolucionaria. El ambiente se hace más
peligroso. El día 3 de agosto no se atreve a salir de casa.
Incluso, se esconde en un sótano. La puerta del escondite,
debidamente revocada, evita toda sospecha.
Bajo múltiples pretextos, individuos de poca confianza merodean
por los alrededores de la vivienda. Sospechaban algo.
No quieren que se les escape don Fidelio. Establecen una
vigilancia, más o menos disimulada. El cerco se va reduciendo. Se
hace más tenso, más peligroso.
Llega el día cuatro de septiembre. Y don Fidelio se ha confiado un
poco. Le asfixia continuar metido en el sótano. Y se decide a salir
momentáneamente. Abandona el escondrijo para desayunar.
Adopta cuantas precauciones puede. Ni serían las suficientes. Es
descubierto por quienes vigilan la vivienda.
123
Los nervios traicionan al sacerdote. Lleva muchos días perseguido.
Varia fechas en el sótano. Vive en permanente ansiedad. Al ser
descubierto, no sube cómo reaccionar. Quizá, ya nada fuera posible.
El cerco es muy cerrado e intenso. Intenta huir, subiéndose a un
tejado. No encontró apoyo en casa de un vecino.
—Ahí queda el pájaro. Yo dejo la jaula.
Y... empezó la búsqueda y caza del joven sacerdote don Fidelio.
Registran el edificio, una vez bien montada la guardia exterior. Había
que evitar la fuga. Una infernal algarabía acompaña la operación.
Por los huertos y las casas colindantes. Vocean sin cesar.
—Al cura, al cura. A buscar al cura.
No tardan muchos minutos en dar con él. Agazapado entre unos
matorrales de un huerto cercano. Le cogen preso. Le tratan
brutalmente. Le atan codo con codo. Es conducido al comité rojo.
Ya podían estar tranquilos. La presa había caído. Por eso, la alegría
de la chusma raya con el delirio. ¡Qué difícil resulta explicar nos y
comprender tan aviesas actitudes!
En el comité se encuentran detenidas otras personas. Cuando es
llevado do Fidelio serían las nueve de la mañana de aquel nefasto
día 4 de septiembre d 1936.
—Ahora, ya no te escapas. ¿Qué te creías? ¿Que no te
íbamos a coger? Aunque te hubieras escondido debajo de la
tierra.
124
Había que «juzgarlo» en el comité. Hacen la pantomima de un
proceso judicial. Como en otros muchos casos. La manera de
proceder en estos juicios resulta siempre ridícula.
En el comité apareció un papel escrito, del tamaño de una cuartilla.
En él se pudo leer: «Declaración del ciudadano Fidelio. Dice que
nadie puede haberle bueno que haya pertenecido a partido político y
que es sacerdote›».
Allí estaban, en calidad de presos, su padre, don Zacarías, su
hermano Helí y algunos otros vecinos de San Esteban del Valle.
Junto a la puerta del comité espera una camioneta. Ya le habían
asignado su destino. Pronto sería colocada en el la carga de
víctimas inocentes.
Es la una y media de la tarde. Día 4 de septiembre de 1936. Varios
milicianos y una abigarrada chusma, con ensordecedores gritos de
triunfo, contempla la salida de los presos. Se les obliga a subir a la
camioneta en un ambiente de insultos e improperios. Y empieza la
marcha en dirección a Mombeltrán.
Muy pocos detalles debidamente confirmados pude recoger
referentes a los malos tratos de que fuera objeto don Fidelio a partir
de este momento. Se comentó por aquellos días que se habían
entretenido en torearle, mientras sus oídos eran constantemente
heridos con injuriosas y repugnantes expresiones. Parece ser que,
antes de matarlos, les cantaron «el entierro». Burlas sacrílegas no
faltaron.
Don Fortunato Gutiérrez, párroco de San Esteban del Valle, en
aquellos años, escribió en el periódico El Diario de Ávila lo siguiente:
125
El sacerdote exhorta a los tres; los anima con la esperanza del cielo y
los absuelve. Estos caen atravesadas por las balas de los fusiles; los
perdona y después... Un sueño en la tierra y un despertar en el cielo...
El lugar donde fue asesinado por los rojos don Fidelio es conocido
con el nombre de La Chorrera. Junto a la carretera quedaron
tendidos e insepultos los cuatro cadáveres: el sacerdote, su padre,
su hermano y otro vecino de San Esteban del Valle. Era el día 4 de
septiembre de 1936.
Al día siguiente entran en el pueblo, victoriosas, las tropas llamadas
nacionales. Y el día 6 del mismo mes son trasladados los restos
mortales de don Fidelio y demás compañeros asesinados al
cementerio.
Años después, el 21 de abril de 1942, con inusitada solemnidad, el
cadáver del sacerdote es llevado a la iglesia parroquial. Colocado
en medio del presbiterio. Sobre la losa de mármol, colocada
encima, he podido leer la siguiente inscripción: don Fidelio
González Navarro (sacerdote). Martirizado el 4 de septiembre de
1936. Martyr Domini, Vivas in Pace cum Christo».
VILLAREJO DEL VALLE
Por aquellas fechas, su censo de habitantes ascendía a 923. Se
halla en el valle del Barranco.
También en este pueblo abulense, en el mes de febrero del 36, el
triunfo electoral fue para las derechas. Pero de nada sirvió.
Las izquierdas, más radicalizadas, actuaban con mayor eficacia.
126
Siguiendo la norma general, ya que había que obedecer
órdenes superiores, son arrancados los crucifijos en los centros
oficiales del municipio. La iglesia parroquial, a partir del 18 de julio,
pasa a depender del comité rojo. No sufriría desperfectos de
importancia. Los mismos rojos del pueblo tuvieron la ocurrencia de
encerrar en la sacristía todas las imágenes de la iglesia. Ninguna
fue destrozada. Feliz idea.
Hay dos ermitas en Villarejo del Valle. También fueron respetadas
por los comunistas. Tan sólo robaron los cepillos del culto y de las
ánimas. No sería elevada cantidad. El ajuar litúrgico quedó intacto.
Sin embargo, y a pesar de estas muestras de respeto para con las
imágenes y objetos de culto, hay que lamentar la sacrílega
profanación del santísimo sacramento. Las sagradas formas
aparecieron derramadas por el suelo. Este dato consta en el
informe escrito que me envió el párroco y en las diversas
declaraciones de personas a quienes interrogué.
Don David Viñas Clavo era el párroco de Villarejo del Valle en el
año 1936. En varias ocasiones se vio obligado a salir del pueblo y
esconderse en la cercana sierra de Gredos. Otras veces, lo tuvo
que hacer en casas particulares. Aunque no temía a los milicianos
del pueblo, consideraba muy peligrosa la presencia de otros rojos.
Del puerto del Pico bajan un día preguntando por el cura.
Debidamente avisado, puede salir con la necesaria antelación. Le
acompañó en la huida don Manuel Yustas. A este señor debo, en
gran parte, los datos brevemente consignados. Los dos tuvieron
que permanecer ocultos, entre matorrales y breñas; y hasta el día 6
de septiembre del año 1936.
127
V
Por la zona alta del Alberche
(arciprestazgo de Burgohondo)
EL BARRACO
Pertenece al arciprestazgo de Burgohondo. Y en aquellos años
tenía 2.648 habitantes.
Como en tantos otros pueblos, las elecciones celebradas el 16 de
febrero de 1936 iniciaron un progresivo enfriamiento en las
prácticas religiosas. Tal indiferencia se fue convirtiendo en abierta
oposición a la Iglesia católica. Las izquier das actuaban muy
radicalizadas.
Mirábase con desdén y creciente menosprecio a cuantas personas
exteriorizaban su fe católica. Desde mediados de julio,
128
los miembros del comité rojo actú an como verdaderos y únicos
dueños de la vida municipal de El Barraco.
La iglesia parroquial, muy valiosa en su arquitectura, empieza a ser
saqueada Destrozados sus retablos. Algunos, incluso, quemados.
Otro tanto hacen con las imágenes, algunas de ellas de elevado
valor ateístico. Lo mismo sucede con las tres ermitas del pueblo.
Conviene indicar más detalles en cuanto a los deterioros causados
en la iglesia parroquial. Pude conocer muchos pormenores.
Realmente magnífico el retablo del altar mayor. Sus bajorrelieves y
molduras constituían una obra de gran valor artístico. Lo mismo sus
imágenes. La titular de la parroquia, la Asunción de Nuestra
Señora, fue completamen te destrozada. Y lo hicieron con especial
ensañamiento, habiendo sido profanada anteriormente. Todas las
imágenes de las hornacinas fueron pasto de las llamas. Hay serios
desperfectos en diversas zonas del retablo.
Los llamados altares y retablos del Resucitado desaparecen casi en
su totalidad. Otro, de estilo churrigueresco, dedicado al
Santísimo Cristo de Gracia, queda destruido. Junto a él, las
imágenes y un arca de nogal con numerosas reliquias.
Don Damián Gallego, párroco de El Barraco en el año 1937,
enviaba un informe al obispado con fecha 10 de marzo, indicando el
número y nombre de las imá genes destrozadas por los milicianos
comunistas en la parroquia.
Posteriormente, el día 25 de enero de 1940, escribiendo al
secretario canciller del obispado, decía entre otras cosas:
129
...el cálculo global aproximado de los daños sufridos en la fábrica de la
iglesia parroquial, destruyendo sus retablos, imágenes de talla, vasos
sagrados, campanas y ornamentos, es de unas 600.000 pesetas.
Y el cálculo aproximado de los daños sufridos en las ermitas es el
siguiente: 10.000 pesetas en la ermita de la Soledad; 5.000 en la de la
Virgen de la Piedad; y 500 pesetas en la de San Marcos.
O sea, un total de 615.500 pesetas los daños sufridos en el templo
parroquial y ermitas de esta parroquia.
Tal valoración, téngase esto muy en cuenta, corresponde al año
1940. Compárese el valor adquisitivo de la peseta entonces y ahora.
La diferencia es muy notable.
Del archivo parroquial fueron, también, quemados varios libros.
Entre ellos, los boletines oficiales eclesiásticos de la diócesis.
Cuantos fondos poseían las diversas cofradías pasaron a poder de
los rojos.
Desde los primeros días de agosto hasta el 10 de octubre de 1936
la supresión de culto católico fue total. En una de las fechas de
agosto o septiembre llevaron a cabo una sacrílega imitación
burlesca de entierro religioso. Lo realizaron milicianos forasteros.
No tuvieron el más mínimo reparo en utilizar, para ello, los
ornamentos sagrados.
El párroco pudo huir a tiempo. La cercanía de la capital de la
provincia le facilitó la operación. Ávila ciudad no estuvo en poder de
los rojos. Viviendo oculto en El Barraca, podría salvarse un
sacerdote, oriundo de esta localidad.
Otro sacerdote abulense, don Agustín Bermejo Miranda, párroco de
Hoyo de Pinares, sería asesinado en la jurisdicción de
130
El Barraco. Acerca de este caso escribiré algunas líneas a su debido
tiempo.
BURGOHONDO
Es la cabeza del arciprestazgo. Su población ascendía a 2.348
habitantes.
En poder de los marxistas desde el primer momento. Ya antes del
18 de junio de 1936, durante el período republicano, hubo trabas
para el normal desarrollo de la vida religiosa. Hasta el 2 de octubre
del mismo año permaneció la localidad de Burgohondo en manos de
los rojos.
Entraron a saqueo en la rica iglesia parroquial, antigua y célebre
abadía de Burgohondo.
En el año 1937, con fecha 13 de marzo, enviaba el párroco una
relación de los daños causados por los comunistas. Tengo a la vista
tal informe. Lo firma don Zoilo Elices.
El valioso retablo, mezcla de estilos jónico y corintio, de gran mérito
artístico, queda muy deteriorado. Otro tanto sucede con los demás
altares y retablos. Las imágenes destrozadas ascienden a diez,
contando tan sólo las que tenían elevado valor artístico.
Todos los cuadros del via-crucis, crucifijos, etc., desaparecen por
completo. El púlpito, vasos y ornamentos sagrados. Especial
mención deseo hacer de un copón de plata dorada, con algunos
esmaltes de porcelana. El diámetro de su pie era de 15 centímetros,
midiendo unos 30 su altura. Había pertenecido al abad de
Burgohondo, don Francisco Antonio de Bonilla. Su peso era de 1
kilo y 300 gramos.
131
Una magnífica custodia pertenecía, también, a la parroquia.
Los rojos comprendieron el gran valor real y artístico de esta obra
de orfebrería religiosa.
Rápidamente se apoderan de ella. Nada se pudo recuperar.
La célebre abadía de Burgohondo poseía un rico archivo. Sus
fondos documentales eran de inestimable valor. Hay que lamentar
su pérdida. Nada pudo salvarse.
HOYOCASERO
Unos 1.000 habitantes en aquellos años.
No son muchas las noticias que pude recoger referentes a la
actuación de los rojos en este pueblo abulense. Aunque pocas, sí
muy lamentables. Las sagradas formas fueron sacrílegamente
profanadas. Aparecieron desparramadas en el suelo. El capellán de
las tropas nacionales las encontró de esta manera.
Habiendo reconocido la iglesia, don Constantino Lucas (capellán
castrense) ha hallado las sagradas formas en el suelo, habiéndolas
recogido convenientemente.
En la iglesia han sufrido desperfectos algunas imágenes. Lo que
ponemos en conocimiento de S.I. para los efectos oportunos.
En estos términos escribía al señor obispo el alcalde de
Hoyocasero con fecha 3 de septiembre de 1936. Solicitaba,
además, la rápida vuelta del sacerdote a la parroquia.
Algunos destrozos en la iglesia parroquial. Imágenes profanadas.
Apedreadas, por ejemplo, la de la Virgen del Carmen.
132
Completamente deshecha la del titular de la parroquia, San Juan
Bautista.
NAVALACRUZ
Sus habitantes ascendían a 1.191 en el año 1936. Y, aunque casi
todos ellos eran de derechas, se mostraron más activos los
revolucionarios izquierdistas. Como sacerdote de esta localidad, en
el año 1940, don Eutimio Tarilonte. Y en condición de tal, con fecha
26 de enero de ese año, envió un informe al obis pado, referente a
la actuación de los rojos en su parroquia. Según afirma en él, los
altares y retablos sufrieron grandes deterioros. Las imágenes
destrozadas. Profanadas, algunas.
Desaparecen cinco casullas, tres capas y algunos otros ornamentos
litúrgicos. Cinco crucifijos de los altares, varios candeleros y otros
objetos de culto.
Al parecer hubo también en este pueblo abulense la sacrílega
profanación del santísimo sacramento. En el viaje realizado en
1955 para la recogida de datos, no pude lograr noticias muy
precisas referentes a esta cuestión. Nadie me declaró haber visto
personalmente tal profanación. De hecho, sí desaparecieron las
sagradas formas.
NAVALMORAL DE LA SIERRA
En aquellos años, 1.569 habitantes.
Las elecciones del 16 de febrero de 1936 significaron un triunfo
para las derechas. En un 95%. Sin embargo, el Frente
133
Popular se adueña de la situación. Y, a partir del 18 de julio del
mismo año, de una manera completa. Los ataques a la religión
crecen en número y en intensidad.
Saqueado el templo parroquial. Su interior muy destrozado. Y una
bufonada del peor gusto. Las imágenes son vestidas de milicianos y
éstos se cubren con vestiduras sagradas. Todo ello en un ambiente
de burla y profanación.
La cabeza de la imagen del patrono, San Antonio de Padua, rodó
por los suelos. Como garitas para hacer guardia son utilizados los
confesionarios.
Eran siete los altares y retablos existentes en la iglesia parroquial.
Todos sufrieron serios desperfectos. Casi todas las imágenes,
destrozadas. Un armonio, varios crucifijos, el via-crucis, ornamentos
sagrados, etc. Nada quedó a salvo.
Según carta del párroco al obispado —lleva fecha de 8 de
noviembre de 1939—los daños «fueron incalculables, máxime
atendiendo al retablo del altar mayor».
NAVALUENGA
En 1936 sus habitantes eran 2.652.
Durante unos dos meses permaneció bajo el dominio rojo.
Desde los primeros meses del 36 venía resultando difícil el
desenvolvimiento del culto religioso.
En el mes de julio queda incautada la iglesia parroquial, al igual que
en todos los pueblos, bajo el dominio comunista. Y fue destinada
para varias finalidades. Para alojamiento de milicianos,
134
unas veces. Para depósito de víveres, otras. Encerradero de
ganado, en alguna ocasión.
Como consecuencia de los precedentes usos, los destrozos en su
interior fueron muy grandes. Altares, puertas, diversos objetos de
culto. Los confesionarios servían para garitas de guardia.
Hay en Navaluenga una ermita. Está dedicada a la Virgen de las
Mercedes. Corrió la misma suerte que la iglesia parroquial. La
imagen de la Virgen fue arrastrada por las calles del pueblo. Entre
burlas y frases injuriosas. Terminaría siendo pasto de las llamas.
Los seis altares y retablos, destrozados. No tenían gran mérito
artístico. El mayor, con la imagen de la patrona: la Virgen de los
Villares. Otro, en honor de la Virgen del Rosario. A la Purísima
Concepción, dedicado el tercero. A San Antonio, al Santo Cristo de
la Salud y a San Lorenzo, los otros tres. Nada de ellos pudo ser
salvado. Los rojos los destruyeron. Había que erradicar toda idea y
símbolo religioso.
NAVARREDONDILLA
Los habitantes ascendían a 1.077 en este pueblo abulense, en
1936.
Fue centro de actividades de los rojos en la comarca. Desde el
primer momento, incautada la iglesia parroquial, queda convertida
en matadero. Sometida a profanaciones mil. Una pequeña imagen
del Niño Jesús se le antoja a un mili ciano. La coge para que su hija
se divierta con ella. Podría servir de muñeca.
Nada respetaron en el interior del templo. Las imágenes, utilizadas
como leña para el fuego. A la de San Antonio le sacan los ojos.
Otras, destrozadas a hachazos. Previamente, profanadas.
135
Los comunistas tuvieron la osadía de «celebrar un solemnísimo
bautizo». Uno de los milicianos, vestido de sotana, es quien actúa
como ministro del sacramento. Utilizan, de cuantas maneras
pueden, la burla sacrílega y el sarcasmo.
A la misma puerta del templo parroquial el miliciano con
ornamentos sacerdotales y pronunciando ridículas fórmulas, a cual
más groseras e injuriosas, fue derramando varias clases de licores
sobre la inocente criatura. La concurrida asistencia iba coreando tan
zafia y grosera profanación del sacramento. En medio de infernal
algazara sería paseado por las calles el recién bautizado.
Con fecha de 22 de noviembre del año 1939 el sacerdote
comunicaba al obispado los nombres y tasación de las imágenes y
demás objetos religiosos, destruidos por los rojos, en
Navarredondilla.
NAVARREVISCA
En aquellos años eran 1.125 sus habitantes. Pueblo tranquilo.
Sin entorpecer nadie la actividad religiosa antes del mes de julio de
1936.
Cambia la situación a partir del día 18. La iglesia queda incautada.
Once imágenes, destruidas. El templo, convertido en
establecimiento de venta de carne. Para usos profanos.
Cuatro altares y retablos, aunque no de gran valor artístico, quedan
deshechos. Los ornamentos sagrados, otros objetos de culto y los
libros del archivo parroquial pudieron ser recogidos a tiempo.
Ocultos en lugar seguro, se salvaron de la destrucción.
136
No sucedió así con los libros pertenecientes al párroco. Todos
serían quemados.
El culto católico sí permanece suprimido durante los dos meses,
poco más o menos, en que estuvo Navarrevisca bajo el dominio
rojo.
Ente las imágenes destrozadas merece especial atención la del
Santo Cristo. Fue, antes, sacrílegamente profanada. Sus astillas,
convertidas en ceniza. Y, para herir más la sensibilidad religiosa,
fueron obligadas a hacerlo algunas piadosas mujeres del pueblo.
Hay que lamentar, también, la profanación del santísimo
sacramento. Al igual que los santos óleos, aparecieron las sagradas
formas arrojadas por el suelo.
NAVATALGORDO
Sus 1.185 habitantes en el año 1936 conocieron momentos difíciles
para la práctica externa de su fe religiosa.
El señor cura ecónomo informaba oficialmente al obispado en 1940.
La fecha es del día 2 de febrero. Es en el archivo diocesano donde
se encuentra tal documento. Distingue las imágenes destrozadas
por completo y las que, bastante deterioradas, han podido ser
restauradas.
Diez de ellas fueron pasto de las llamas. Otras cuatro y los cuadros
todos del via-crucis sufrieron daños de consideración. Varios
objetos y ornamentos sagrados desaparecieron.
Navaquesera es un anejo de Navatalgordo. También aquí dejaron
los comunistas sus huellas de destrucción y profanaciones.
137
Destrozadas varias de las imágenes. Quemadas algunas. Entre
ellas, la de San Miguel Arcángel, Asunción de Nuestra Señora, San
Sebastián, un Santo Cristo y la del Niño Jesús.
En cuanto a otros objetos de culto y ornamentos sagrados, no hay
que lamentar graves daños.
SAN JUAN DE LA NAVA
Pasaba del millar de habitantes en el año 1936. Su censo era de
1.204.
La iglesia parroquial está dedicada a San Juan Evangelista. El altar
mayor, con su sagrario y expositor; el retablo y altar de Nuestra
Señora del Rosario; el de la Virgen Milagrosa; el del Santísimo
Cristo; el del Sagrado Corazón y el altar de la Dolorosa fueron
todos saqueados, destrozados por los rojos.
Nueve imágenes desaparecieron. Hechas astillas, unas, quemadas,
otras. Casi todos los objetos de culto desaparecen. El cáliz, un
copón, la custodia, las sacras, etcétera.
La iglesia parroquial queda totalmente desmantelada. Alguien, para
evitar la posible profanación sacrílega, trasladó a su casa al
santísimo sacramento.
SAN JUAN DEL MOLINILLO
Sus habitantes eran 1.108 en aquellos años.
La iglesia parroquial, por completo saqueada. Según comunicó el
párroco, en oficio dirigido al obispado con fecha 31 de enero de
1940, el altar mayor, el del Santo Cristo y el de la Virgen
138
fueron gravemente deteriorados. Diez imágenes destrozadas.
Interrogué a varias personas. Todas ellas coincidieron en lo funda-
mental.
He podido contemplar una impresionante fotografía, realizada a
finales del año 1936 o principios del año siguiente. En ella aparece
un crucifijo de gran tamaño, completamente destrozado a golpes.
Lo mismo sucedió con otras imágenes. Entre ellas, la del titular,
San Juan Bautista.
SERRANILLOS
Siguiendo el orden alfabético, es el último del arciprestazgo de
Burgohondo. El total de sus habitantes ascendía a 1.354.
También aquí los rojos se deciden a destruir las imágenes, en la
iglesia parroquial y en las ermitas. La de la Inmaculada sería
fusilada, en un ambiente de injuriosas y sacrílegas expresiones.
Especial saña demostraron contra la imagen de Cristo Crucificado.
Desaparecen algunas hojas de los libros parroquiales. Hubo
imitaciones sacrílegas. Vestidos los milicianos con ornamentos
sagrados, van organizando procesiones. El manto de la Virgen es
utilizado como capa para torear. No escatiman actuación burlesca.
También en Serranillos hay que lamentar la sacrílega profanación
del santísimo sacramento. Las sagradas formas aparecieron
desparramadas por el suelo.
139
VI
En el valle del Tiétar
(arciprestazgo de Casavieja)
LA ADRADA
Es el primer pueblo perteneciente al arciprestazgo de
Casavieja. Por orden alfabético, ya se entiende. Y su censo era de
1.900 habitantes.
Situaciones violentas contra la práctica religiosa, desde bastante
antes del 18 de julio de 1936. Derribo de las cruces de piedra. En
las paredes y puerta de la casa rectoral, con frecuencia, iban
apareciendo letreros insultantes con la religión católica, contra el
sacerdote. Cada día en tono más subido e injurioso.
En las elecciones del 16 de febrero triunfan las derechas. Pero,
como en tantas ocasiones, tal triunfo serviría de muy poco. Crecen
más y más los ataques contra todo lo que significan algo
140
religioso. Insultos y vejámenes contra el párroco y personas de
reconocida piedad.
Se trataba de impedir la asistencia a los actos de culto. Se fueron
preparando algunas listas negras. En ellas figuraban las personas
más cualificadas por su religiosidad.
Así aparece indicado en dos informes, conservados en el archivo
diocesano. Corresponden a los años 1937 y 1938. Los firma don
Salustiano Nicomedes Vara, párroco de La Adrada en esos años.
Es realmente magnífica la iglesia parroquial. De estilo herreriano.
Tiene, también La Adrada una ermita, dedicada a
Nuestra Señora de la Yedra. Las dos fueros saqueadas por los
milicianos rojos.
La iglesia parroquial, tan pronto como se incautaron de ella los
comunistas, queda destinada a casa del pueblo y cárcel. Como
consecuencia desaparece el culto católico durante todo el período
de dominio rojo. Es decir, desde el día 20 de julio hasta el 6 de
octubre del año 1936.
En lo que se refiere a las imágenes destrozadas o quemadas,
comunicaba el sacerdote con fecha 14 de marzo de 1937 al
obispado:
Han sufrido deterioros: a) el retablo mayor de la iglesia parroquia], desde
luego, de bastante valor artístico, más que por su estilo churrigueresco,
por el dorado extraordinario que le cubre. Los deterioros no son
considerables. b) El retablo del Santísimo Cristo, de devoción particular
del pueblo. Además de haber sido destrozada por completo la mesa de
este altar, el retablo ha quedado muy deteriorado. c) Los tres retablos de
la ermita han sufrido deterioros, especialmente los dos laterales, que
han sido
141
tirados por el suelo. No son artísticos, ni de valor extraordinario,
sino corrientes.
Cuantas personas interrogué en mi visita a La Adrada me
confirmaron todos estos detalles. Pude recoger otros muchos
pormenores. Tan sólo indicaré algunos.
Las imágenes titulares de cada altar eran las siguientes: el
Salvador, San Blas, la Virgen del Rosario y San Antonio. En la
ermita la Virgen de la Yedra, Santa Ana y San Francisco de Asís.
Entre las de la iglesia parroquial y de la ermita ascienden a más de
veinte imá genes destrozadas.
Muchas de ellas, antes de ser destruidas, fueron groseramente
profanadas. Arrastradas por las calles del pueblo, unas, apedreadas
otras. Algunas, debidamente acondicionadas, sirvieron para
pesebres, para echar de comer a los cerdos. La más
sacrílegamente profanada fue la de Nuestra Señora de la Yedra.
Precisamente por tratarse de la patrona.
Pero, el afán destructor y antirreligioso de las hordas marxistas no
quedó satisfecho con haber desfogado sus iras contra las
imágenes. También hay que lamentar la desaparición de muchos
objetos de culto.
Un cáliz de plata, sobredorada, de gran mérito artístico, de estilo
gótico. Además, otros dos, aunque no de mucho valor. Un porta-paz
de plata, sobredorado, muy valioso artísticamente considerado.
Una custodia, también de plata, estilo renacimiento. Un incensario,
con su naveta de plata. Un juego de vinajeras con su bandeja,
también de plata. Seis candelabros. Crucifijo y sacras. Las
142
tres crismeras de plata maneses. La cruz parroquial. Otros crucifijos
más pequeños, etcétera.
Algunos de estos objetos, trasladados en un principio al comité rojo
de Cebreros, pudieron ser recuperados.
Del órgano de la iglesia parroquial destruyeron la trompetería y gran
parte de los tubos. La misma suerte corrió el armonio de la ermita.
La casa rectoral convertida en sede del comité rojo. No causaron en
ella grandes destrozos.
En aquel año 1936 era párroco de La Adrada don Juan Arrabal.
Habiendo sido detenido en su propio domicilio, permanece en
manos de los milicianos rojos hasta el día 6 de agosto. En esa
fecha, y por orden de la Dirección General de Seguridad, es
trasladado a Madrid. Tiene que ingresar en la cárcel. La orden fue
firmada el día 4 de agosto de 1936. Y dirigida al señor alcalde.
Parece ser que un hermano del sacerdote gestionó eficazmente el
traslado.
ALMENDRAL DE LA CAÑADA
Aunque de la diócesis de Ávila en aquel año de 1936, pertenece a
la provincia de Toledo. No llegaba al millar de habitantes. Tan sólo
810.
Don José Sainz, párroco de Almendral en aquel año, comunicaba al
prelado, con fecha dos de marzo de 1936, la insistencia del
Ayuntamiento en incautarse del cementerio católico.
A partir de las elecciones del 16 de febrero del 36 empeora la
situación religiosa. Porque las trabas impuestas por los rojos iban
143
en aumento, en cuanto al número y a la intensidad. Y esto, a pesar
de que el triunfo había sido para las derechas, con un considerable
margen de votos. Como en tantos otros pueblos la izquierda
revolucionaria actuaba más eficazmente. De nada sirvió el resultado
de las urnas.
Pasado el 18 de julio llevan a cabo frecuentes registros domiciliarios
y vejaciones mil contra los personas de alguna significación religiosa
en Almendral.
A primeros de agosto de ese año 1936 pasa a poder de los rojos la
iglesia parroquial. No sufriría graves desperfectos en su fábrica.
Sacan de ella las imá genes. Al menos diez de ellas fueron
quemadas en plena plaza del pueblo y en un ambiente de
irreverente algarabía.
Especial mención merece la imagen de la beata Ana de San
Bartolomé, infatigable y fidelísima compañera de Santa Teresa de
Jesús. Y esto, a pesar de haber nacido en Almendral.
Es cierto —así me lo aseguraron varias personas— que al principio
nadie se atrevía a echarla al fuego. Sentían hacia tal imagen
especial veneración. Por fin, un miliciano rojo de Talavera de la
Reina arroja la venerada imagen de la beata Ana de San
Bartolomé a la hoguera encendida en la plaza.
La imagen de San Antonio, atada por el cuello, es arrastrada por las
calles. Terminada la burlesca profanación, uno de los rojos toma la
decisión de llevár sela a su propia casa.
—¿Qué vas a hacer con esa imagen?
—Voy a preparar una pila para que coman los cerdos — contestó.
144
En la ermita se encontraba la imagen de San Sebastián.
Sienten hacia ella los milicianos especial delicadeza. No quisieron
«matarlo». Y daban la razón: «Porque es comunista». Tenía el
brazo levantado. Cuando, días más tarde, se vieron obligados los
rojos a emprender la huida del pueblo, tan sólo «lo hirieron».
Además de las imágenes iría a parar a la hoguera de la plaza
pública un hermoso y gran cuadro, en el que estaba representada la
muerte de Santa Teresa en Alba de Tormes. Sostenía su cuerpo
moribundo su fiel secretaria y enfermera, la beata Ana de San
Bartolomé.
Don José Sainz Rodríguez
Nacimiento: Bemúy de Zapardiel, el 28 de abril de 1901.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 29 de mayo de 1926.
Murió mártir: La Iglesuela, carretera de Talavera a Casavieja, el 21
de agosto de 1936.
Tenía: 35 años de edad.
Los padres de don José fueron Eulogio y Elvira. En el seminario
abulense realizó sus estudios eclesiásticos. Y en Ávila recibió la
tonsura y las cuatro órdenes menores durante el año 1924. Al año
siguiente se le confiere el subdiaconado. Ya en 1926
145
recibe el diaconado y el presbiterado. Esta última orden el día 29 de
mayo.
Pocos meses después de su ordenación sacerdotal es enviado don
José Sainz, como cura ecónomo, a Manjabálago, donde permanece
durante unos tres años. Era el 3 de julio de 1926. Después, el día
28 de junio de 1929, pasa, también como ecónomo, a Pradosegar.
Por unos días, tan sólo, ya que recibe otro nombramiento el día 17
de julio de ese mismo año 1929. Algo más de dos años después es
nombrado regente de Zapardiel de la Ribera. Era el día 17 de
diciembre de 1932. Pocos meses después, el día 27 de abril de
1933, es nombrado párroco de Almendral de la
Cañada. Y en esta parroquia permanecerá hasta el día 21 de
agosto de 1936, fecha en la que recibe la palma del martirio.
Tan pronto como los rojos se adueñan por completo de la situación,
intentan obligarle a prescindir de la sotana. Así —dicen— podrán
evitarse compromisos, si, de improviso, llegan milicianos forasteros.
Quizá fuera muy noble su intención. Don José siempre les contesta
lo mismo: «Con sotana o sin ella, si ustedes quieren, me matarán».
No obstante, pasados unos días, accede a ponerse de paisano.
Durante medio mes permanece escondido en un huerto.
En algunos momentos se atreve a salir por el campo. Le acompaña
el joven seminarista Demetrio Díaz. Los dos anduvieron errantes
por los montes. Al atardecer regresaban al pueblo.
Cada día que iba pasando, las preguntas que los milicianos hacen
interesándose por el paradero del cura van siendo más y más
insistentes, más y más ame nazadoras. En una ocasión ponen un
límite para descubrir al párroco. Deberá entregarse en el plazo de
24 horas.
146
De labios de una de sus hermanas conoce don José el ultimátum.
No considera factible la huida. Complicaría más las cosas. No
podría distanciarse mucho del pueblo. De hecho se hallaba
cercado. Opta por esconderse más. Pero, tampoco sería eficaz esta
solución. Pocos días después sería descubierto por los milicianos
comunistas.
Cogido preso, pretenden engañarle. Le aseguran que no le pasará
nada. Que no debe preocuparse.
—Sé que me van a matar. Solamente les pido a ustedes una
cosa: que lo hagan aquí mismo.
Le ordenan subir a una camioneta. Sus dos hermanas insisten
en acompañarle. Pero, resultan vanos sus intentos.
—Emprendió la marcha —me declararon algunos testigos— haciendo la
señal de la cruz.
Sube a la camioneta. Va con las manos juntas. Bien ostensible lleva un
crucifijo.
En la jurisdicción de La Iglesuela, en la dehesa llamada Arroyo
Milano, le asesinan. Era el día 21 de agosto de 1936.
Al día siguiente le cubren con un poco de tierra. No fue un
enterramiento profundo. Muy cerca de allí se encontraba ya el
cadáver de otro sacerdote abulense, don Valentín Moreno, párroco
de El Real de San Vicente. También le habían matado los rojos. A
él me referiré en páginas siguientes.
Los restos mortales de don José Sainz permanecen en el lugar del
suplicio hasta el día 3 de diciembre de ese mismo año
1936. En tal fecha fueron trasladados al cementerio. Ya se
147
encontraba como párroco de Almendral de la Cañada don Sergio
Rodríguez.
El mismo día del traslado envía un informe al obispado.
Aunque un poco extensa la carta de don Sergio, resulta interesante.
Ella, mejor que otras declaraciones, recoge los mejores datos
referentes al sacerdote asesinado. Coincide en todo con las varias
declaraciones por mí escuchadas en Almendral a los mejores
testigos.
Ilmo. y Rvdmo. Sr.:
En el día de la fecha ha recibido cristiana sepultura, en el cementerio
parroquial de Almendral de la Cañada, el que desde mayo de 1933 hasta
el 21 de agosto del año fue celosísimo párroco de dicha iglesia, al que
Dios premió su celo, concediéndole la gracia del martirio.
Su carácter animoso, su natural, nada tímido ni cobarde, y sobre todo su
conformidad con la voluntad de Dios y su amor a la parroquia, no le
permitieron abandonar su pequeño redil ante la tempestad del odio, que
contra la Iglesia de Dios se desataba.
Y cuando vio que su vida corría peligro inminente y que no le quedaba
más remedio que dejar a sus queridos feligreses, todo su carácter
animoso y todas las energías de su natural nada tímido ni cobarde se
concentraron en prepararse a morir, como cumple a un santo.
Supo que el odio a la Iglesia y a sus ministros le habían condenado a
morir. Se le dieron 48 horas de plazo para que abandonase el pueblo y,
pasadas éstas, se le dieron otras 24.
Pero como él sabía que estos plazos eran pura farsa y descarada
mentira, pues, mientras le decían que huyendo se salvaría, le espiaban a
fin de que no pudiera huir, él sólo se preocupó de prepararse para la
muerte, siendo de notar que el día
148
antes de ocurrir ésta al abrir el libro del Kempis, en el que él bus -
caba en aquellos días los puntos de su meditación, se le ofreció
como puntos de ella la consideración de la muerte.
Por eso, ésta no le sorprendió. Y así, cuando en la tarde del día 21
de agosto es apresado por sus asesinos, venidos de otros pueblos,
y cuando sus hermanas, al verlo conducido, le preguntan si sabe
dónde le llevan, no titubea en afirmar que sí lo sabe; que sabe le
llevan a morir.
Pero nada de indecisión y de temor, nada de patéticas palabras de
despedida a sus queridas hermanas. Y hace la señal de la cruz
sobre sí; y sube animosamente al coche, en que había de ser
llevado al lugar del suplicio. Y sale del pueblo camino del calvario,
sin que se le oyeran otras palabras que las que su caridad le
dictaba, para ver de apartar del crimen a sus verdugos.
Inútil fue la mansedumbre y caridad con que habló a sus
adversarios para evitar que consumaran el sacrilegio. Y así, en la
carretera de Talavera a Casavieja y en la jurisdicción ya de La
lglesuela, se le manda descender del coche, y sin que se le oyese
ni una palabra de indignación o de odio, se dispuso a entregar su
alma al buen Jesús, cuya imagen conservó siempre sobre su
pecho.
Inmediatamente fue objeto de una descarga de armas de fuego; y
recibió dos heridas: una en el costado izquierdo, producida con
bala dum-dum, según opinión de peritos; y otra en la región maxilar
izquierda.
Las dos mortales de necesidad. Serían las siete de la tarde del día
21 de agosto. A la mañana siguiente fue sepultado en las
proximidades del lugar de la muerte.
Días antes había pasado por la vejación de ser cacheado por si
llevaba consigo arma alguna; y a esta vejación sólo respondió con
estas edificantes palabras de sacerdote santo:
149
—Yo no tengo otras armas que éstas. Y enseñó el crucifijo, que
sobre su pecho llevaba.
También días antes había sido amenazado de muerte y
encañonado por los marxistas, quienes llegaron a meterle en la
boca el cañón de la escopeta y le hicieron subir a un coche, en el
que hicieron ademán de llevárselo, si bien luego dejaron sin efecto
sus amenazas.
Y tanto este día como el día de la ejecución, nadie pudo oírle
palabra alguna que no demostrase la santa resignación con que
recibía la muerte y la protestación de su inocencia; pero en forma tal
de mansedumbre y bondad, que bien a las claras daba a entender
que más que su vida le interesaba el bien de las almas de sus
verdugos, a los que no quisiera ver cargados con la responsabilidad
enorme del crimen que iban a cometer.
El día de la fecha, en que desde el lugar provisional de su
enterramiento fueron trasladados sus restos al cementerio
parroquial de Almendral, el pueblo entero quiso pagar la deuda de
gratitud que tenía contraída con las bondades de su difunto párroco.
Y los funcionarios públicos, los niños y niñas del pueblo, las
hermandades y asociaciones de la parroquia, la Falange local y los
feligreses en masa, acompañaron al cementerio los restos de su
párroco y asistieron al funeral, que a continuación hubo por el
eterno descanso de su alma.
Como testimonio de amor y gratitud del pueblo a su mártir párroco,
sobre la losa de su sepulcro (que el pueblo costea) figurará una
sencilla dedicatoria
«Así honró el pueblo de Almendral de la Cañada a su querido
párroco don José Sainz Rodríguez».
150
Así quiso Dios que fuese honrado el sacerdote ejemplar, que desde el
cielo no dejará nunca de mirar por los que fueron sus queridos
feligreses.
Lo que pongo en conocimiento de S.S. Ilma., cuya vida guarde Dios
muchos años.
Almendral de la Cañada, 3 de diciembre de 1936.
El sacerdote encargado de la parroquia.
Sergio Rodríguez [Rubricado] Ilmo. y Rvdmo. Sr. obispo de
Ávila.
Ha sido larga la carta. Creo que merecía la pena conocerla en su
integridad. Muy poco hay que añadir. De palabra me fueron
confirmados todos los detalles. Incluso los más concretos.
Los restos mortales del sacerdote don José Sainz Rodríguez
permanecieron en el cementerio de Almendral hasta el día 21 de
noviembre del año 1953. En esta fecha fueron trasladados
solemnemente a la iglesia parroquial y colocados en medio del
presbiterio.
Quisiera hacer constar el rasgo, verdaderamente admirable, que
tuvieron las dos hermanas del sacerdote asesinado.
Me lo han referido varios testigos. Al triunfar el Ejército
Nacional, se logró coger prisionero a uno de los principales
causantes de la muerte violenta de don José Sainz. Metido en la
cárcel, recibió la visita de las dos hermanas del sacerdote.
Tal visita la hacían, no para echar en cara del causante la muerte
del párroco, sino para perdonarlo públicamente, darle ánimos y
atenderlo bajo todos los aspectos.
En varias ocasiones demostraron para con él un especial amor y
completo perdón. El reo, conmovido ante tales muestras de
151
amor cristiano, no se atrevía a recibir los alimentos que las dos
hermanas del sacerdote le llevaban generosamente a la cárcel. «No
soy digno», repetía sin cesar.
Las dos hermanas solicitaron de las autoridades militares la más
amplia clemencia para el causante de la muerte violenta de su
hermano, el párroco de Almendral. Las dos terminaron ingresando
en el convento de Escalona del Alberche, provincia de Toledo.
El párroco de Almendral de la Cañada, don José Triviño
Fernández, me ha escrito en abril del 2002 lo siguiente:
«Encomiendo la misión a la beata Ana y a don José. Con su
ejemplo y celo sacerdotal espero que su proceso nos estimule a
mayor deseo de santidad en los umbrales del tercer milenio».
Importante la declaración escrita con fecha 27 de febrero del año
2002, hecha por don Antonio Sainz-Pardo Moreno, prelado de
honor de Su Santidad. Dice que él y sus padres conocieron y
trataron mucho a don José Sainz Rodríguez, cuando estuvo de
párroco en Zapardiel de la Ribera. «Siempre oí hablar muy bien de
don José y de sus hermanas. Su trato con la gente del pueblo fue
exquisito: catequesis parroquial, convivencia humana, ceremonias
cuidadas, celo religioso, música sencilla en el templo, etc. Siempre
oí hablar bien. Bueno, edificante, celoso, trabajador».
Otro declarante, durante el año 2002, don Julián Fernández
Sánchez, de 83 años de edad, ha escrito, refiriéndose a don José
Sainz Rodríguez, que «la gente le apreciaba». Cayó muy bien «en
su parroquia de Almendral de la Cañada». «Vivía con dos
hermanas: Celia y Úrsula».
Al ser martirizado don José, pasado un tiempo, ingresaron en un
convento de Escalona. «Ellas eran buenísimas. Cuando mataron a
don José, al apresar al autor del crimen; y estando
152
detenido en el Ayuntamiento, habilitado como cárcel, le llevaban de
comer».
A la casa del párroco «venían pobres pidiendo limosna. Y siempre
salían con aceite, con cosas de comer. En su misma casa sus
hermanas metían a pobres para atenderlos. Él vivía austeramente.
[...] Él y sus hermanas rezaban, incluso, por los que le mataron
después».
Afirma también el declarante que cree que a don José le mataron
«por ser sacerdote. Venían de fuera preguntando por el cura. [...]
Iban a por el sacerdote. Y sólo por serlo. Si no hubiera sido
sacerdote no le hubieran matado».
El lugar del martirio fue cerca de La Iglesuela. Su cadáver fue
llevado al cementerio. Y, «pasados los años, se trasladó al
presbiterio de la iglesia parroquial». Serviría de gran alegría su
canonización.
CASAVIEJA
Es la cabeza del arciprestazgo. Su población ascendía a 2.678
habitantes.
Aquí sí triunfa el Frente Popular en las elecciones del día 16 de
febrero de 1936. Por eso, fue más clara desde un principio la
oposición a las prácticas reli giosas.
A finales de febrero es organizada una revolucionaria manifestación,
en la que se dieron gritos contra la religión, contra el clero.
El día 20 de ese mes, con toda ostentación, es celebrado un
matrimonio civil. Con el afán, muy buscado, de herir los
153
sentimientos religiosos de los católicos. En las tertulias de aquellos
días frecuentemente el brindis era «por la clausura de la iglesia
parroquial, por el fin de la religión, por la muerte de los curas».
Durante la celebración de la Semana Santa, se le prohíbe al
párroco llevar a cabo la celebración de los cultos propios de esas
fechas, tan fundamentales en la Iglesia católica. Don Victoriano D.
Almarza no pudo celebrar la procesión del Resucitado. Así
informaba él al obispado. Como caso extraordinario, le fue per-
mitido hacer la procesión del Corpus Christi, en el año 1936.
Seguían aumentando las trabas. Pretextos para ello no faltaban.
Públicas irreverencias contra la religión. Obstaculizado el normal
desarrollo del culto católico en Casavieja.
Ya en los umbrales del Alzamiento nacional se produce en el
pueblo un intento de incautación de la iglesia parroquial por parte
de los rojos. No sería consumado tal propósito hasta el día 22 de
julio.
El párroco es conducido, fuertemente custodiado por un grupo de
milicianos, hasta la presencia del alcalde. Se le obliga a entregar las
llaves del templo. En vano intenta don Victoriano conseguir de la
autoridad civil un documento de entrega. Tampoco logra que le
firmen los rojos el inventario de los objetos de la parroquia.
Como cárcel, la iglesia. Muy pronto son encerradas varias
personas. Sometido el templo a un completo saqueo. Si al principio
sirvió como prisión, pasaría, después, a ser utilizada como almacén
de víveres.
Tres retablos fueron arrancados. El órgano, destrozado. Dieciocho
imágenes, quemadas. En algunas de ellas precede la
154
horrible y sacrílega profanación. La imagen de un Santo Cristo
yacente recibe varios tiros de fusil.
Desaparecen también dos cálices, dos copones, la cruz parroquial y
todos los ornamentos sagrados. Éstos fueron pasto de las llamas.
El párroco, emprendiendo la huida por la sierra, sufriendo
penalidades múltiples, pudo llegar hasta la capital de la provincia.
Ávila ciudad estuvo desde un principio en manos de los nacionales.
CASILLAS
Pueblo abulense muy metido en la sierra. Tenía entonces 1.455
habitantes. No resultaba fácil la comunicación, en aquellos años.
Quizá por esta razón no haya que lamentar muchos daños en la
iglesia parroquial. Milicianos de otros pueblos no podían, con
facilidad, llegar hasta Casillas. El día 16 de abril de 1936 comunica
el párroco al obispado la desaparición de los badajos de las
campanas. Posteriormente, ya en el mes de julio, llega la des-
trucción de las imágenes. En los retablos, algún pequeño deterioro.
Con fecha 12 de noviembre de 1939, el párroco de Sotillo de la
Adrada, pueblo muy cercano a Casillas, informaba al prelado
diocesano que en Casillas había sido destruida por los rojos una
campana, el cáliz, el copón y la custodia, junto a algunos
ornamentos sagrados.
155
CERVERA DE LOS MONTES
Pertenece a la provincia de Toledo, aunque, en aquel año 1936, era
parroquia abulense. Con un censo de 832 habitantes.
Muy lamentable la situación religiosa. Las medidas tomadas por las
autoridades comunistas impedían el normal desarrollo del culto
católico. Y esto, desde los primeros meses del año 1936. He podido
leer sucesivas cartas del párroco al obispado. Va dando cuenta de
la gravedad de la situación.
Los marxistas de Talavera de la Reina, debido a la proximidad
geográfica, iban ejerciendo una eficaz y malsana influencia en
Cervera de los Montes. Aun antes del 18 de julio quisieron
apoderarse de la casa rectoral. Para convertirla en casa del pueblo
Los insultos contra la religión, cada día más frecuentes y atrevidos.
Don Tarsicio Gómez era el cura párroco.
Yo me fui a Talavera —escribe al señor obispo con fecha 19 de abril de
1936— para decirles a mis sobrinos lo que ocurría: y no querían que
volviera. Pero eso me parece una cobardía y, por tanto, aquí estoy otra
vez en la brecha, preparado a lo que Dios disponga. Tal vez, a ser
víctima...
La marea de insultos y amenazas contra todo lo que tuviera algún
contenido religioso iba en aumento. El día 28 de junio de este
mismo año 1936 volvía a escribir don Tarsicio al prelado,
diciéndole:
Es imposible que V.E. se haga cargo de las horribles
blasfemias que vomitan. A mí me dan ganas de llorar.
156
Dos días después afirma en otra carta, dirigida también al
señor obispo de
Si V.E. no dispone de otra cosa, decido permanecer aquí hasta que Dios
quiera, y ofrecer mi vida, si fuera necesario, para la gloria de Dios, y no
abandonar a mis feligreses... Anoche estaba imponente la plaza... Yo
creo que alguna noche nos degüellan, si esto no cambia...
De la lectura de estas cartas —algunos fragmentos he reproducido
— fácil mente se deduce la efervescencia revolucionaria que existía
en Cervera de los Montes. También aparece bien manifiesta la
entereza de ánimo y abnegada disposición del señor cura, don
Tarsicio Gómez. Reflejan muy a las claras la situación. Quienes me
prestaron su declaración, durante mi recogida de datos en el
pueblo, coinciden por completo en el contenido de las cartas.
A partir del 18 de julio, la tormenta revolucionaria y antirreligiosa se
desencadena brutalmente. Ya no había diques que la contuvieran.
Las consecuencias no se harían esperar. Tanto en las cosas
sagradas como en lo referente a la persona del sacerdote.
La iglesia parroquial queda incautada por los rojos. Al principio,
ninguna profanación ni saqueo. Esperaron hasta la fiesta principal
del pueblo: San Roque, el 16 de agosto.
Es el día elegido para destrozar las imágenes, previamente
profanadas. A la imagen el Santo Cristo le colocan un puro en la
boca. Siguen groseras burlas en la plaza. Destrozada, aparecería
después su cabeza tirada en un pozo.
157
Sacada al campo una imagen de la Virgen, terminaría también
destrozada, me informó uno de los testigos. Guarda con veneración
unas astillas de la venerada talla religiosa.
El mismo día de San Roque, patrón de la parroquia de Cervera de
los Montes, tuvieron la ocurrencia de «fusilar» a la imagen del
santo. Otras varias fueron quemadas.
Cinco retablos había en la iglesia parroquial. Todos fueron
destruidos por los comunistas. El órgano, también destrozado. La
iglesia, convertida en cárcel. En alguna ocasión serviría también
como salón de baile. En un ambiente de sacrílega profanación.
Don Tarsicio Gómez Fuertes
Nacimiento: Pascualcobo, el 9 de junio de 1876.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 22 de diciembre de 1900.
Murió mártir: puerto de Mijares, el 12 de agosto de 1936.
Tenía: 60 años de edad.
Los padres de don Tarsicio fueron Manuel y Timotea. Realizados
sus estudios eclesiásticos en el seminario de Ávila, recibe todas las
órdenes menores en esta ciudad a lo largo del año 1899. Durante el
año siguiente, el subdiaconado y diaconado. Ya el día 22 de
diciembre de este año 1900 es ordenado sacerdote.
158
Con fecha 16 de marzo de 1901 es nombrado cura ecónomo de
Calabazas. Un año después, el 16 de marzo, es trasladado como
ecónomo a Santa Cruz del Valle. Casi dos años después, el día
primero de enero de 1906 es nombrado ecónomo de San Juan de la
Nava, donde permanecerá durante cuatro años, ya que el día 28 de
febrero de 1910 recibe el nombramiento de cura ecónomo de
La Horcajada. Aquí permanece durante casi tres años. El día 3 de
enero de 1913 se le da el nombramiento de párroco de San Miguel
de Corneja. En el mes de octubre de 1918 se encarga de atender
también a Mesegar de Corneja.
Por nombramiento del día 27 de octubre de 1923 pasa como cura
ecónomo de Sotillo de las Palomas. Pocos meses después, el día 8
de mayo de 1924, vuelve como ecónomo a San Miguel de Corneja.
Ya en enero de 1926, el día 8, es nombrado encargado de
Cervera de los Montes, de cuya feligresía se convertirá en párroco
desde el 25 de julio de 1926. Aquí podrá continuar durante algo más
de diez años. Hasta el día 12 de agosto de 1936, fecha en la que
sufrió el martirio.
Muy pocas de líneas puedo escribir acerca de su muerte. Al menos,
noticias completamente ciertas. Ni los informes del archivo
diocesano, ni las personas por mí interrogadas han aportado datos
muy concretos. Desconozco detalles acerca de los últimos días de
su vida y circunstancias de su muerte.
En páginas anteriores, al exponer la situación en la que se
encontraba el pueblo antes del 18 de julio del 36, hemos podido
conocer la admirable disposición de ánimo de don Tarsicio. Las
cartas, a las que hice referencia, reflejan muy bien su firme
entereza, su consciente y completa entrega a la voluntad de Dios,
su abnegada preocupación por no abandonar a sus feligreses.
159
Ya preveía el desenlace. Y, sin embargo, su resignación es
realmente edificante. Podemos, pues, suponer que su entrega a la
voluntad permisiva de Dios continuaría siendo total, en el momento
cumbre de su muerte violenta.
A falta de datos concretos y seguros, me contentaré con transcribir
una nota, según aparece en el libro noveno de difuntos en el
archivo parroquial de Cervera de los Montes:
El párroco de esta iglesia, don Tarsicio Gómez Fuertes, murió vilmente y
cobardemente asesinado por la chusma revolucionaria en el puerto de
Mijares, el día 12 de agosto de 1936.
En el año 2002 han declarado especialmente doña Josefina
Barroso González (80 años de edad), doña Demetria García (76
años), don Miguel González (77) y el actual párroco de Cervera de
los Montes, don Justo Romeral Ballesteros.
Los declarantes, excepto el párroco, conocieron a don Tarcisio
Gómez. Afirman que era virtuoso, amable, hombre de fe, celoso en
su quehacer sacerdotal. Vivió pobremente. Se mostraba paternal y
amable con todos, incluidos quienes le atacaban por su condición
de sacerdote.
Era caritativo con los pobres. Ante sus perseguidores se mostró
valiente, resignado, entregado a la voluntad permisiva de Dios.
Creen los declarantes que don Tarsicio murió perdonando a sus
asesinos. Los feligreses le vienen considerando como verdadero
mártir de Cristo. Afirman que murió perdonando a sus asesinos.
Afirman que murió como defensor de la religión cristiana. Quienes
le conocieron y quienes han oído hablar de él conservan
160
la memoria de su ejemplar vida y de su martirio. La parroquia se
alegraría mucho de su canonización.
Las precedentes afirmaciones de los declarantes coinciden con
todo lo indicado. Y el actual párroco de Cervera de los Montes
afirma lo siguiente: «Nos alegraríamos mucho de que don Tarsicio
fuera declarado santo por la Santa Madre Iglesia».
FRESNEDILLA
Muy pocos sus habitantes en aquellos años. Tan sólo, 580.
En la gran mayoría de los pueblos abulenses triunfaron las
derechas al celebrarse las elecciones del 16 de febrero de 1936.
Fresnedilla fue una excepción. El triunfo electoral cae del lado de
las izquierdas. Esto no obstante, ninguna situación sería creada en
el aspecto religioso hasta el mes de julio de ese mismo año
1936.
La festividad de Santiago Apóstol, día 25, pudo desarrollarse con
normalidad religiosa. Pasada esa fecha, se produce un rápido y
significativo cambio de actitud por parte de los rojos. Empezaba su
actividad antirreligiosa en Fresnedilla.
Milicianos revolucionarios, procedentes de Madrid, en su mayor
parte, pasan a incautarse de la iglesia parroquial. La convierten en
cuartel y comedor para las milicias rojas.
Totalmente saqueada. Destruidas las paredes del baptisterio.
Quemadas todas las maderas del coro. Retablos, altares e
imágenes corren la misma suerte. Única mente permanecieron en
pie, aunque deterioradas, las paredes y el techo de la iglesia.
161
Parte de los retablos va a parar a la hoguera. Eran cinco. El culto
católico permanece suprimido desde el día 26 de julio hasta el 9 de
octubre del mismo año 1936. En tal fecha entraron las tropas
nacionales. Quedaba así liberada Fresnedilla.
GAVILANES
Eran 1.412 los habitantes en este pueblo abulense, de bello
emplazamiento.
La iglesia parroquial está dedicada a Santa Ana. Incautada en el
mes de julio. Convertida en sede del comité rojo, en almacén de
víveres, etc. Muy saqueada. En algún momento, incluso, fue
utilizada como establo para el ganado.
Sirviendo para esos menesteres, no podemos sorprendernos de
que las imágenes fueran destruidas. Algunas, quemadas, previa
profanación.
Milicianos, vestidos con ornamentos sagrados, organizan burlescas
procesiones y ceremonias religiosas. Cíngulos y estolas servían
para sujetar los fusiles.
Entre las imágenes profanadas, especial y lamentable mención
merecen la del Santísimo Cristo de las Misericordias, la de
San Juan Bautista y la de San Sebastián. Particularmente contra la
primera desfogaron los rojos sus iras antirreligiosas.
La casa rectoral a veces era utilizada como residencia del comité.
Del archivo parroquial desapareció un libro de bautismos, que
comprendía desde el 30 de junio de 1929 hasta el 16 de julio del
año 1936.
162
Don José García Librán
Como párroco de Gavilanes, don José García Librán es uno de los
cinco sacerdotes abulenses cuyo proceso de beatificación está más
avanzado en Roma, trataré de él más extensamente en páginas
siguientes. En concreto, en los capítulos XVI y XVII del presente
libro.
HIGUERA DE LAS DUEÑAS
El número de sus habitantes, en aquellos años, ascendía a
748.
En los primeros días del mes de mayo de 1936 fue desencadenada
una huelga general en el pueblo. El párroco de
Fresnedilla, encargado accidentalmente de Higuera de las Dueñas,
cuando acude a celebrar la santa misa un domingo, es impedido
por los huelguistas. Ni el cura —le dicen— puede trabajar.
La iglesia parroquial queda completamente saqueada. Desde el 25
de julio en manos de los rojos.
El retablo del altar mayor, de estilo churrigueresco, dorado, de
valioso detalle ornamental, quedaría muy deteriorado. Algunos
fragmentos desaparecieron. Completamente destruidos otros dos
retablos, también de estilo churrigueresco uno de ellos.
Las imágenes, 13 en total, fueron destrozadas. Alguien pudo
aguardar la de la Virgen Milagrosa. La escondió en el campo. Las
destruidas eran de talla. Los confesionarios, el monumento de la
Semana Santa, el órgano, una esbelta cruz de piedra, etc.,
aparecieron destrozados.
163
La casa rectoral, convertida en cuartel. Casi nada pudo salvarse del
archivo parroquial. Hasta el día 9 de octubre permanece suprimido
el culto religioso.
LA IGLESUELA
Es de la provincia de Toledo, aunque en el año 1936 pertenecía a la
diócesis abulense. Su población ascendía a 1.300 habitantes.
Seis altares había en la iglesia parroquial de La Iglesuela. Tres de
ellos, de elevado valor artístico, de estilo churrigueresco.
Los seis quedaron destrozados por los rojos.
Otro tanto sucedió con las imágenes. Entre ellas, la de la misma
patrona: Nuestra Señora de la Oliva. De piedra eran las 4 cruces del
via-crucis, existente en el atrio de la iglesia. Muy bien labradas.
Todas fueron destrozadas. Y en cuanto al archivo parroquial hay
que lamentar su completa desaparición.
Con fecha 17 de noviembre de 1939 informaba al obispado el
sacerdote don Luciano Jiménez. Pude recoger también varias
declaraciones. Resumo algunas noticias.
Algunos de los vasos sagrados, aunque no tenían un gran valor
artístico, fueron sacrílegamente machacados. Antes habían sido
utilizados por los rojos para usos profanos. Pude contemplar una
fotografía de varios objetos sagrados, tal y como los dejaron,
después de la profanación. Un cáliz se encuentra aplastado a
golpes. Los ornamentos de culto desaparecieran en gran parte.
164
LANZAHITA
Con un censo de 1.450 habitantes en el año 1936.
Siete retablos había en la iglesia parroquial. Todos quedaron muy
deteriorados por la acción destructora de los milicianos rojos. Dichos
altares estaban dedicados a San Antonio, a los Sagrados
Corazones, a la Virgen Inmaculada, a San Blas, al Santísimo Cristo
y a San José. Además de estos seis hay que hacer espe cial
mención del retablo mayor. Por su mérito extraordinario.
Según comunicaba el sacerdote al obispado, con fecha 3 de
noviembre de 1939, 11 imágenes de los 6 altares laterales y otras
del mayor fueron destrozadas en Lanzahíta. La misma suerte
corrieron dos crucifijos.
Casullas, capas, manos de la Virgen, sabanillas y otros ornamentos
sagrados desaparecieron en pocos días. El órgano, destruido. Muy
valioso.
Hay en Lanzahíta una ermita dedicada a la Virgen del Prado.
También a ella llegó la acción destructora de los milicianos rojos.
Durante el dominio comunista se encontraba como párroco don
Gabino Nieto. Mucho le tocó sufrir. Él mismo publicó un artículo en
el Diario de Ávila con fecha 30 de septiembre del año
1936. Lleva este título: «Memorias de un condenado a muerte.
Providencias del Señor con un pobre cura».
Quiero entresacar unas cuantas líneas:
El día 23 de julio llegaron los rojos a Lanzahíta, donde me encontraba
como cura regente. A poco de su llegada fueron a buscarme y tuvieron
conmigo una entrevista bastante correcta...
En la noche del 25 oí desde mi habitación una voz autorizada y grosera,
que decía, refiriéndose a mí: «Cuando salgan los
165
camiones, le sacáis y le matáis». Y añadía: «Como vaya a Ávila, no dejo
cura ni obispo».
Mi casa estaba rodeada de rojos. A eso de las 11 mandaron a preguntar
si estaba en casa: y al volver y decir que estaba durmiendo, el jefe
repitió la orden: «Ahora dejadle: cuando salgan los camiones, le sacáis y
matáis.»
Providencialmente pudo emprender la huida. Y tuvo éxito. Don
Gabino se vio forzado a andar errante por la sierra durante varios
días. Acompañaba al anciano párroco de El Arenal, don Felipe
Pérez Calvo. He podido contemplar una impresionante fotografía,
en la que aparecen los dos sacerdotes.
En ella conservan, bien claras, las huellas de sus grandes
sufrimientos. Fueron días muy duros, y con privaciones múltiples,
huyendo de los milicianos rojos. Y con la permanente y angustiosa
intranquilidad de ser descubiertos, escondidos entre breñas y
matorrales de la sierra de Gredos. Los dos pudieron salvarse.
MARRUPE
Pertenecía este pueblo a la diócesis abulense en aquellos años,
aunque forma parte de la provincia de Toledo. Muy pocos
habitantes en el año 1936. Tan sólo eran 479.
El día 28 de julio se incautan los rojos de la iglesia parroquial. Lo
mismo hacen con la ermita dedicada a San Juan Bautista.
Pasados varios días, el 8 de septiembre, saquean y profanan la
parroquia. Destruyen o queman todos los objetos de culto.
Cuatro retablos, destrozados por completo. El de la Virgen
166
Dolorosa, el de Nuestra Señora del Rosario, el del Santísimo Cristo
y el de San Juan. También sus respectivas imágenes.
El altar mayor sufre graves desperfectos. Quemada la imagen del
patrono, San Bartolomé. La de San Roque y la de San Sebastián.
Quemadas también las estaciones del via-crucis.
Como cura encargado se encontraba en Marrupe en el año
1936 don Félix González Gómez. Según precisaba él mismo en
carta al obispado, con fecha 5 de octubre de ese mismo año, fue
detenido por los miembros de la FAI y de CNT. Durante poco
tiempo, pues tres días después, llegan al pueblo las tropas
nacionales. Y con la conquista de Marrupe es liberado el sacerdote.
MIJARES
Eran, entonces, 1.708 sus habitantes. Muy pronto empieza la
incautación de la iglesia parroquial, en el mes de julio de 1936. Otro
tanto sucede con la casa rectoral. Casi durante un mes respetan el
templo. Pero, desde mediados de agosto, someten al más riguroso
saqueo la parroquia. Al principio, utilizada como residencia de
milicianos, comían y se divertían a placer en el interior del templo.
Impresionante el lastimoso aspecto en el que lo dejaron. Profanado
por completo. De sus paredes colgaban las pieles de los animales
en el templo sacrificados.
Montes de escombros, consecuencia de los retablos destrozados,
completaban la impresionante y desagradable escena contemplada
en el templo parroquial de Mijares.
Había siete altares, con sus retablos, con sus imágenes. Seis de
ellos, completamente deshechos. El mayor sufriría graves
desperfectos.
167
Uno de ellos —escribía al obispado el señor cura ecónomo, don Manuel
Dalmau— era de mucho valor, de estilo churrigueresco. Imposible
calcular los daños sufridos.
Existe en Mijares una ermita, llamada de la Virgen de la Sangre.
Quedaría totalmente saqueada. La imagen terminó en la hoguera.
Algunos vasos sagrados, después de haber sido profanados,
aparecieron deshechos. Don Nicomedes Vara, párroco de Mijares
en 1939, informaba al obispado con fecha 20 de noviembre de ese
año. Indica los daños causados por los rojos de la parroquia.
Personalmente me dio muchos pormenores en mi visita al pueblo.
Lo hicieron también otros testigos.
En el sagrario de Mijares había quedado un copón, con unas quince
formas consagradas. Nada se pudo averiguar acerca de su
paradero. La puerta del tabernáculo apareció destrozada por un
hachazo. Y el copón, muy sucio, fue encontrado en una casa del
pueblo, utilizada por los rojos como almacén. Con estos datos
ciertos, ¿será aventurado suponer que fue profanado el santísimo
sacramento?
También aquí se vistieron los milicianos con los ornamentos
sagrados. En plan de burla, ya se entiende.
Todas las imágenes destrozadas a golpes o echadas al fuego.
Previamente profanadas. Un poco respetaron a la de San
Bartolomé por la sencilla razón de «ir vestido de rojo y tener un
cuchillo en la mano, indicio seguro de que era revolucionario
comunista». Eso es lo que afirmaron.
A este bello lugar de Mijares, escondido en la sierra, llegaron las
tropas nacionales el día 29 de septiembre de 1936.
168
NAVAMORCUENDE
Con 2.137 habitantes en aquellos años de la Guerra Civil.
Pueblo de la diócesis abulense, aunque es parte de la provincia de
Toledo.
A raíz de las elecciones de febrero aumenta la violencia
antirreligiosa. Queda prohibida toda manifestación católica. A los
niños se les impide cantar himnos religiosos. En el mes de julio de
1936 resulta ya irrespirable el ambiente.
Desde el día primero de agosto queda severamente prohibido abrir
la iglesia parroquial. Nada de culto católico. Así hasta el 11 de
septiembre del mismo año. Los desmanes y atropellos, cometidos
por los rojos en Navamorcuende, irían creciendo en número, en
intensidad y en refinamiento antirreligioso.
Con fecha 10 de marzo de 1937 comunicaba al obispado el párroco
don Sergio Rodríguez:
A excepción de la imagen de Jesús atado a la columna, que era la de
más valor artístico, todas las demás han sido destruidas por los
marxistas, mereciendo especial mención las imágenes de la titular,
Nuestra Señora de Guayerbas, la de la Inmaculada, la de Nuestra
Señora del Rosario, Dolorosa y Santísimo Cristo del Romero, o de los
Misereres.
Especialísima mención merece la imagen del Santísimo Cristo de la
Esperanza (vulgo del Piélago) de 1,95 metros de altura, obra del siglo
XI...
En la ermita de Navamorcuende quedó destrozada el ara. Otro tanto
sucedió con las seis imágenes allí existentes. En total,
169
en la parroquia fueron destruidas 37 imágenes y 3 altares y
retablos. Otros tres, muy deteriorados. También el magnífico
órgano. Y algunos ornamentos sagrados.
Hubo una sacrílega simulación de entierro o procesión, con
vestiduras sagradas. Y en cuanto a las imágenes no ahorraron
procedimientos de profanación; apedreándolas, siendo
abofeteadas, colocadas en medio de la carretera en plan de burla,
etcétera.
PEDRO BERNARDO
Era el pueblo más poblado del arciprestazgo de Casavieja. Con
3.600 habitantes en el año 1936.
Algunas muestras de oposición a la Iglesia desde antes del 16 de
febrero del 36. Por ejemplo: a principios de 1934, durante la
celebración de las Santas Misiones, la puerta de la iglesia
parroquial es frecuentemente apedreada. No faltaron insultos
públicos a los sacerdotes. En este ambiente, iban siendo supri-
midas las procesiones y otros actos de culto católico.
Al llegar las elecciones de febrero el triunfo fue para las izquierdas.
Así era de esperar, habida cuenta del ambiente antirreligioso en
Pedro Bernardo.
El mismo día 16 de febrero, por la noche, quisieron las izquierdas
apoderarse de la casa rectoral. Bajo fútiles pretextos se va
molestando repetidamente al párroco.
Y en el mes de julio, el día 24, llega un grupo de unos quince
hombres, armados hasta los dientes, a la casa rectoral. El
sacerdote es obligado a caminar delante de ellos. Tiene que ir con
170
los brazos en alto por las calles del pueblo. Le cachean
públicamente. El acto es acompañado de irreverencias mil. Se le
ordena proseguir, ya en calidad de prisionero, hasta la cárcel.
En ella se encuentran ya recluidos varios hombres, de acusada
significación católica.
—Ya tenemos al cura. ¿Qué hacemos con él? —pregunta
alguien.
—Cuatro tiros. Y... se terminó.
A estas palabras siguen los malos tratos. De palabra y de obra.
Blasfemias horribles van hiriendo sus oídos. Golpes de fusil van
quebrantando el cuerpo del sacerdote. Los milicianos rojos se
animan en la faena.
—Vosotros, los curas, tenéis la culpa de este movimiento. No vais a
quedar ninguno. ¡A ver si Dios te salva! Si es que hay Dios, como decís
vosotros.
Le hacen sufrir lo indecible. Después, le permiten salir de la cárcel.
Se trata del sacerdote don Emerenciano Esquilas Alonso. He
podido hablar con él. He recibido su declaración. He leído su
informe, tal y como lo envió al obispado.
—Unas veces me zarandeaban agarrándome del pecho de la sotana;
otras me daban con el caño del fusil; otras con la culata un pequeño
golpe sobre la oreja y el hombro, etc. Y (uno de los milicianos) terminó
con estas palabras: «Luego... ¡se lo vas a decir al Papa en Roma!».
Mientras permaneció metido en la cárcel, oyó, en cierta ocasión, a
uno de los rojos, quien, hablando fuera, decía: «Al cura le voy a
meter un cargador en el cuerpo».
171
En cierta ocasión, sin saber por qué, se les ocurre sacarle de la
prisión. Varias personas le convencen de la necesidad de
emprender la huida rápidamente. Don Emerenciano, guiado por uno
del pueblo, hacia media noche, sale de Pedro Bernardo en
dirección a Serranillos. La sierra iba cubriendo y facilitando su
retirada. En medio de peripecias mil, puede llegar a la ciudad de
Ávila. Pudo, así, salvarse.
Referente a las imágenes, forzoso es afirmar que desaparecieron
todas. Trece de ellas, según indica el informe oficial, existente en el
archivo diocesano, eran de gran valor artístico.
Lo mismo sucedió con el órgano y varios objetos de culto. No
faltaron burdas profanaciones, vistiéndose los milicianos con
ornamentos sagrados. Simulación de procesiones. Incluso con la
custodia.
El culto católico pudo ser reinstaurado el día 14 de septiembre del
mismo año 1936.
PIEDRALAVES
Su censo de habitantes ascendía a 2.200, en el año 1936.
Muy mal iban las cosas en esta parroquia desde el mes de febrero,
desde las elecciones. Al menos, para las prácticas religiosas.
Muchas trabas en su normal desarrollo.
Unas veces quedan prohibidas las procesiones. Otras es impuesta
multa a la Juventud católica masculina. Terminarían cerrándoles el
centro.
172
El día 14 de marzo del mismo año 1936, en la víspera del
Domingo de Ramos, valiéndose de palancas y sogas, derriban las
cruces de piedra de granito. Cada día se iba mostrando más activa
la izquierda revolucionaria en su ataque abierto a la vida religiosa de
Piedralaves.
Insultantes anónimos llegan con frecuencia al sacerdote. Una
insistente propaganda masónica minaba las creencias religiosas en
este pueblo abulense del valle del Tiétar.
Según informaba al prelado diocesano el cura párroco, don Agapito
Rodríguez, con fecha 24 de junio de 1938.
Probablemente existió en Piedralaves una logia masónica, a juzgar por
las noticias que ya teníamos de varios masones y de haberse
encontrado algunos documentos y mandiles...
Durante los meses de noviembre y diciembre del año 1936, en
varios artículos publicados en El Diario de Ávila , bajo el título: «La
voz de un sacerdote liberado. Más de dos meses en el infierno rojo
de Piedralaves», escribió también don Agapito Rodríguez:
La gran tragedia se mascaba. Estábamos entre el Madrid rojo y el
Toledo bolchevique; y hacía ya mucho que uno de los varios masones,
dirigentes de Piedralaves, había gritado públicamente: «¡Muera España!,
¡viva Rusia!».
Yo calculo que había en el pueblo de veinte a treinta masones.
¿Comunistas manifiestos o embozados? Muchísimos.
Se dio por verdadera la existencia de listas negras, formadas por los
rojos. En ellas figuraban el señor cura y el diputado de la
CEDA, don Dimas Madariaga, entre otras cuarenta o cincuenta
personas de Piedralaves.
173
La iglesia parroquial queda completamente saqueada. Sirvió como
cárcel. La ermita de San Roque sería habilitada para depósito de
víveres. El culto católico absolutamente suprimido desde el día 25
de julio hasta el 2 de octubre de 1936.
Pude recoger, con mucho detalle, completos datos acerca de los
destrozos causados por los rojos en la iglesia parroquial y en la
ermita.
El templo parroquial está dedicado a San Antonio de Padua.
Muchos desperfectos fueron causados en su interior. Campanas
derribadas. Alguna, hecha pedazos. El retablo del altar mayor,
grande y antiguo, muy deteriorado.
Un lienzo pintado, de regular tamaño, desaparece también. Varios
remates y molduras del retablo, arrancadas. Desaparece el
sagrario. Quizá le quemaran, juntamente con la cúpula y columnas
doradas del ostensorio. Lo mismo sucedió con la mesa del altar.
Todas sus imágenes, destrozadas a golpes o quemadas. En total,
nueve imágenes del altar mayor. Alguna de ellas, de talla.
En el altar lateral derecho también desaparece el retablo y sus
correspondientes imágenes. Del lateral izquierdo, además del
retablo, que sería completamente destrozado, hay que lamentar la
destrucción de la valiosa talla de Cristo Crucificado, de gran
tamaño, de la escuela de Saltillo. Lo mismo sucedió con el sagrario
de este altar, valioso por sus relieves.
Otro retablo, antiguo y dorado, con las imágenes de la Purísima y
de la Virgen del Carmen, corrieron la misma suerte. Una de estas
imágenes, la de la Purísima, merece especial mención y casi todos
los retablos. Aquéllas, en número de 25. Estos, 8 en total. Su valor,
incalculable.
174
Entre los objetos de culto, robados o destrozados por los rojos en
Piedralaves, indico algunos más significativos: una cadena de oro,
un corazón de plata con las siete espadas de la imagen de la
Virgen Dolorosa, una caja porta-viáticos, un rosario engarzado en
plata, las crismeras, un cáliz y una corona de la Virgen del Rosario.
Vatios candelabros, incensario, misales, todos los ornamentos
sagrados, etcétera.
Igual sucedió en la ermita de San Roque. Yen la de la
Concepción. El saqueo fue total. El cementerio católico quedó
profanado. Convertido en cerradero de ganados.
Miles de profanaciones con las imágenes. No hace falta insistir. Las
de Jesús Nazareno y de la Virgen Dolorosa, destrozadas a golpes
entre sí. Con una cadena al cuello, fue arrastrada por las calles la
imagen de San Roque, patrón del pue-blo. Bofetadas a la de la
Virgen del Carmen. Fusilada, en el campo, la del Niño Jesús. A
otras las iban mutilando, entre burlas y blasfemias. Terminaban,
después, en la hoguera.
He podido contemplar dos impresionantes fotografías. Hechas a
finales del año 1936. En ellas aparecen algunos trozos de imágenes
de Piedralaves, que pudieron ser salvadas de las llamas.
Don Agapito Rodríguez era el párroco de este pueblo abulense en
el año 1936. Se le persiguió de una manera especial por los rojos.
Pudo, no obstante, esconderse a tiempo. Lo hizo el día de la
festividad de Santiago Apóstol, 25 de julio. Otras personas de
Piedralaves sí fueron asesinadas, aunque, quizá no exclusiva-
mente por sus ideas religiosas.
Una de ellas fue don Dimas Madariaga, diputado de la CEDA. El
párroco envió al obispado un informe en el que he podido leer, entre
otras cosas:
175
Exclusivamente por sus ideas religiosas quizá no mataran a ninguno, si
bien he de decir que don Dimas Madariaga, de limpia conducta religiosa
y moral, a lo que en muchas ocasiones pude observar, cayó, a mi juicio,
exclusivamente por haber sostenido en todas partes con valentía y como
principal bandera el ideal católico.
Las precedentes palabras fueron escritas en el año 1938.
En el periódico abulense El Diario de Ávila , durante los meses de
noviembre y diciembre del año 1936, en varios artículos, fue
indicando don Agapito los incidentes de la muerte de don Dimas
Madariaga y las peripecias que él mismo tuvo que pasar para
conseguir librarse de una muerte segura. El título de los artículos es
revelador. Ya quedó indicado más arriba: «La voz de un sacerdote
liberado. Más de dos meses en el infierno de
Piedralaves».
El día 21 de julio el párroco se ve obligado a presentarse en el
Ayuntamiento. Conducido por milicianos armados, debe ir antes a la
iglesia parroquial. Y allí tiene que presenciar el minucioso registro en
el templo, en medio de burlas y profanaciones sacrílegas. Debe
entregar las llaves.
Unos días después, el 25, muy de mañana, se decide a emprender
la huida. No podía retrasarla más. Escondido entre pinares y sierras,
caminando entre la noche, pudo salvar su vida.
La vuelta a Piedralaves tuvo que retrasarse hasta el mes de octubre.
Hasta el día 2 por la noche. En esa misma fecha habían entrado en
el pueblo las tropas nacionales.
En páginas posteriores debo referirme a la parroquia de San Román
de los Montes. Y entonces escribiré algunas líneas acerca del
sacerdote don Mariano Timoneda, indicando su prolongada y
176
azarosa huida por los montes. Terminaría esta odisea en
Piedralaves, ya que era su pueblo natal. No le resultaron fáciles los
días que permaneció en este pueblo del valle del Tiétar. Ya lo diré
más adelante. Donde él pensaba encontrar la salvación de su vida,
estuvo en grave peligro de perderla.
SANTA MARIA DEL TIÉTAR
En el año 1936 no era éste su nombre. Se llamaba
Escarabajosa este pueblo abulense. Muy pequeño en aquellos
años. Tan sólo tenía 497 habitantes. Incautada desde el principio la
iglesia parroquial, ya desde mediados del mes de julio. Destruidos
sus cuatro altares: el mayor, el de San Marcos, el de San Antonio y
el de la Virgen.
El padre Ramón J. de Muñana, jesuita, cura ecónomo de
Sotillo de la Adrada y encargado de Santa María del Tiétar, resume
así los daños causados por los rojos en la parroquia:
Los daños causados por los marxistas en la parroquia de Escarabajosa:
fueron destruidos, el altar mayor, estilo churrigueresco; tres altares
laterales; diez imágenes de talla y cartón madera; dos confesionarios;
andas; catafalco; etc.; una campana; ornamentos, objetos de plata y
metal; y otros destrozos en el edificio.
El precedente informe lleva fecha del día 12 de noviembre de
1939. Y está dirigido al obispado de Ávila.
El templo quedó convertido en salón de baile. La sacristía sirvió
como cárcel. Las profanaciones fueron muchas.
177
Don Jerónimo García Jiménez
Nacimiento: La Serrada, el 1 de octubre de 1904.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 29 de junio de 1927.
Murió mártir: carretera de San Martín de Valdeiglesias, cerca de
Navahondilla, el 17 de agosto de 1936.
Tenía: 31 años de edad.
Don Jerónimo, párroco de Santa María del Tiétar (en aquellos años,
Escarabajo.), tuvo por padres a Pío y Ángela. Al igual que su
hermano sacerdote don Timoteo, realizó sus estudios eclesiásticos
en el seminario de Ávila. Y en esta ciudad recibió la tonsura, las
cuatro órdenes menores (ostiariado, lector, exorcista y acólito), el
subdiaconado, diaconado y presbiterado. Esta última, el día 29 de
junio de 1927.
Don Jerónimo fue nombrado cura ecónomo de Amavida el día 3 de
agosto de 1927, pocos días después de su ordenación sacerdotal.
Pasado año y medio, el día 2 de febrero de 1929, pasa a ser
ecónomo de Velayos, donde permanecerá duran te dos años y
medio. En el año 1932, mediante concurso a parroquias, recibe la
de Escarabajosa (actualmente Santa María del Tiétar).
178
Venía siendo objeto de ataques y burlas por parte de la izquierda
revolucionaria desde febrero de 1936. El ambiente antirreligioso iba
en aumento.
Al llegar el día primero de mayo, por ser el «día del obrero», se le
prohíbe abrir la iglesia parroquial. No le consienten celebrar la santa
misa. Y, antes del 18 de julio, intentaron los rojos, en varias
ocasiones, apoderarse de la casa rectoral. Ante tal insistencia, de
nada sirvió la protesta de don Jerónimo.
El comité comunista amenaza. Tiene que doblegarse a su mandato.
Se ve obligado a entregar las llaves.
Al irse poniendo la situación tan alarmante, decide el cura
marcharse a vivir con su hermano, también sacerdote. Se trata de
don Timoteo, el párroco del vecino pueblo de Sotillo de la Adrada.
Empieza el saqueo. La casa rectoral queda desvalijada por
completo. Se apoderan los rojos de cuanto en ella había.
Don Jerónimo siente ciertos remordimientos de conciencia por
haber abandonado a sus feligreses. Por eso, se decide a volver a
su parroquia de Santa María del Tiétar. Lo hace a mediados del
mes de julio de 1936. Cuando se produce el Alzamiento nacional ya
se encuentra entre sus feligreses. Y está dispuesto a todo.
Incautada la casa rectoral, no puede vivir en ella.
No desconocía el peligro grave que se le avecinaba. Consciente de
ello, sigue en la brecha.
—Si yo me voy, ¿qué será de mis feligreses? Si alguien me
necesita, ¿a quién van a acudir?
No quiso huir. Y llegó el prendimiento. Con el pretexto de prestar
unas declaraciones, es trasladado al comité comunista.
179
Inmediatamente, a la cárcel. Siempre la misma disculpa. Siempre el
mismo fin.
Ya hay otros prisioneros en la iglesia parroquial. Don Jerónimo es
metido en la sacristía. No puede comunicarse con los demás. No
puede darles ánimos.
Pasados unos días, le permiten los rojos salir a la iglesia.
Pudo, así, contemplar con dolor su desolado templo. Sin imágenes,
sin retablos, sin altares, sin objetos de culto, sin ornamentos. Dura
prueba para su fina sensibilidad religiosa.
De cuando en cuando los milicianos le sacan de la iglesia. Con un
fusil al hombro, es obligado a hacer guardia en la carretera.
En cierta ocasión intenta la huida. Pero, sorprendido en la fuga, le
someten a una rigurosa vigilancia. Quedaría recluido en un pajar.
En tales circunstancias, le llega una triste noticia. Su hermano, el
párroco de Sotillo de la Adrada, don Timoteo, ha sido ya asesinado
por los comunistas. Muy cerca de allí mismo. Esto constituye un
nuevo sufrimiento para don Jerónimo. Ya no podía tener la más
mínima duda acerca de la suerte que a él le esperaba.
El día 17 de agosto, durante la noche, llegan unos milicianos.
Vienen decididos a terminar de una vez por todas con la vida del
señor cura. Se lo llevan. Le conceden, antes, despedirse de sus
padres. ¡Qué momento!
—Sé que me van a fusilar. Iré a unirme con mi hermano.
Perdonad a mis enemigos, como yo también los perdono.
Un fuerte empellón de los milicianos le separó de los brazos
de sus atribulados padres.
180
Montado en una camioneta, en compañía de quienes iban a
matarle, emprende la marcha en dirección al pueblo madrileño de
San Martín de Valdeiglesias. A unos nueve kilómetros de Santa
María del Tiétar, y a dos o tres de Navahondilla, cae asesinado don
Jerónimo. Tenía las manos atadas.
En una pared de la iglesia parroquial he podido leer en la lápida de
mármol, la siguiente inscripción: «D. Jerónimo García Jiménez.
Párroco de Escarabajosa, fusilado por los marxistas in odium fidei
el 17 de agosto de 1936. Para perpetua memoria».
Las indagaciones realizadas durante el año 2002 coinciden por
completo con lo anteriormente escrito. Los principales declarantes
han sido de don Juan Sánchez (vicario general de la diócesis de
Alcalá), doña Cándida Peñafiel y doña Salvadora Hernández.
Todos conocieron a don Jerónimo. Según don Juan Sánchez, aún
le «queda el recuerdo de cómo acudía la gente a escuchar los
sermones, concretamente, el llamado de las "Siete palabras"».
Todos coinciden en que don Jerónimo fue virtuoso, pobre, amable,
caritativo, hombre de fe. Paternal y amable con todos, incluidos sus
perseguidores. Fue asesinado —afirman— por su condición de
sacerdote. Le siguen considerando como verdadero mártir. Se
conserva viva su memoria. Si es canonizado, continúa afirmando
don Juan Sánchez, «se converti ría para el pueblo en una explosión
de santa alegría».
Según declara doña Cándida Peñafiel, «cuando fueron a su casa a
detenerle llamó a sus padres, ancianitos, y les dijo: "Me van a
matar. Perdonadlos"». «Cuando trasladaron sus restos, al terminar
la guerra, mi maestra nos llevó a esperarlos. Y se le
181
enterró en el centro del cementerio, donde pusieron una cruz. Y
durante mucho tiempo he ido a rezar allí»,
Doña Salvadora Hernández dijo que don Jerónimo era «muy
caritativo y socorría a los pobres». Le expulsaron de la casa. Quedó
convertida en establecimiento del comité. Le pusieron un mono y un
fusil. Y estuvo haciendo guardia. [...] Cuando le sacaron para
fusilarle, dijo a sus padres: «Me van a matar. Perdonadlos como yo
también los perdono».
SOTILLO DE LA ADRADA
Sus habitantes, en el año 1936, eran 3.137.
También aquí es saqueada la iglesia parroquial. Los rojos
quemaron casi todas las imágenes, retablos, bancos, reclinatorios,
etcétera. En las inmediaciones del templo fue preparada la hoguera.
La misma fábrica del edificio religioso sufre algunos desperfectos.
Un gran boquete abierto en la pared izquierda facilitaría el acceso al
economato, que esperaban instalar en la iglesia. Cerrada a todo
culto católico. Y esto, desde los primeros días de la Guerra Civil.
La ermita de Nuestra Señora de los Remedios queda convertida en
prisión. Ya habían sido profanadas sus imágenes, especialmente la
de la Virgen.
Las de la iglesia parroquial fueron también objeto de múltiples
profanaciones. Algunas de ellas, atadas a los coches, habían sido
arrastradas por la carretera. Otras, «ahogadas» en pilones llenos de
agua. Varias de ellas colocadas a la entrada del pueblo, fusil al
182
hombro, para hacer la guardia. La imagen de la patrona sería
«toreada». Después «fusilada». Su mismo manto sirvió de capa.
Especialmente desfogaron su odio antirreligioso contra la imagen
del Padre Eterno. La parroquia está dedicada a la Santísima
Trinidad. La imagen del Padre Eterno tenía la mano en alto, con dos
dedos más levantados aún, en acti tud de bendecir. Se les antojó a
los rojos, en su irreverente ingenio, considerar como comunista al
Padre Eterno, ya que tenía la mano levantada.
Colócanle, por esta razón, de guardia durante cuatro días
consecutivos. Le llevan, después, a la puerta de la iglesia. Y... van
pasando por delante.
—Salud, camarada —es el grito que le dirigen como saludo.
Cuando se cansaron de divertirse con la imagen, y en vista de que
no contestaba al saludo, la echan a la hoguera.
No paró en esto su furia destructora. La casa rectoral y el
órgano de la iglesia también quedaron con graves desperfectos.
Dado su céntrico emplazamiento, intentan construir en ella un centro
comunista. No tuvieron tiempo de destruirla por completo.
El culto católico, suprimido desde el día 18 de julio hasta el 9 de
agosto del mismo año 1936.
Algunas imitaciones sacrílegas. Unos mozalbetes organizan una
procesión burlesca. Llevan un angelito de los del retablo. Llegan a
una fuente. Le introducen la cabeza. Y... «le bautizan».
183
Don Timoteo García Herráez
Nacimiento: La Serrada, el 24 de enero de 1889.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 18 de diciembre de 1915.
Murió mártir: Venta del Cojo de Rozas de Puerto Real, el 11 de
agosto de 1936.
Tenía: 47 años de edad.
Los padres de don Timoteo fueron Pío y Mauricia. Hermano de
padre de otro sacerdote, también mártir, don Jerónimo. Don Timoteo
realiza sus estudios eclesiásticos en el seminario conciliar de Ávila.
Y en esta ciudad recibe las órdenes menores y la tonsura.
Fue durante el año 1915. En este mismo año fue ordenado de
subdiácono, diácono y presbítero. Esta última, el día 18 de
diciembre. Unos meses antes, dada su muy buena preparación
científica, fue encargado de explicar latín en el mismo seminario.
Así continuó durante varios cursos, ya sacerdote.
A la vez actuaba como capellán de las monjas reparadoras en la
capital abulense. El día 17 de enero de 1921 es nombrado coadjutor
de la parroquia de San Pedro. Años después, el día 31 de diciembre
de 1925 fue nombrado párroco de Sotillo de la Adrada. Aquí
permanece durante algo más de once años, ya que sufrió el martirio
el día 11 de agosto de 1936.
184
Aun pasado el 18 de julio, y estando ya el pueblo bajo el dominio de
los milicianos comunistas, don Timoteo se consideraba muy seguro
entre sus feligreses. Incluso, le habían dado seguridades algunos de
los más significados.
Por momentos se iría dando cuenta de la poca confianza que podía
tener en aquellas promesas. Desde el día 24 de julio de
1936, fecha en que se vio obligado a abandonar la casa rectoral,
don Timoteo se traslada a una finca de recreo llamada El Venero
que se encuentra muy cerca del pueblo, en la falda de la sierra.
Estando en ese lugar, llega cierto día un miliciano, fusil al hombro.
Va en plan amenazador. Obliga al señor cura a seguirle.
Poco después, sin que haya explicación clara, le deja en libertad.
Tiene un hermano sacerdote. El párroco del vecino pueblo de Santa
María del Tiétar (Escarabajosa, en 1936). Los dos se han podido
reunir. Viven con ellos sus padres. Los dos sacerdotes se deciden a
emprender la huida. No lo consiguen. A un kilómetro del pueblo son
descubiertos. Bien custodiados, quedan en casa de una hermana.
El día 11 de agosto se presenta una patrulla a buscarle. Le llevan
detenido a la iglesia parroquial. A media noche, es trasladado al
mismo lugar su fiel sacristán, don Esteban Linares, quien ya estaba
preso en la ermita de la Virgen de los Remedios.
Los dos comprenden la proximidad del fatal desenlace. Es ya
irremisible su muerte violenta. Poco después son sacados los dos.
Con las manos atadas, son llevados —párroco y sacristán— en
dirección del pueblo Rozas de Puerto Real.
En la jurisdicción de esta localidad madrileña, a poca distancia de
Sotillo de la Adrada, y en el lugar denominado Alto de la Venta del
Cojo, fueron ambos fusilados por los comunistas. Lo hicieron en
185
la misma carretera. Los cadáveres irían a parar a un hoyo cercano.
Nadie los recoge, de momento. Es más, impiden los rojos que los
familiares se acerquen al lugar.
A los dos o tres días, unos milicianos de Madrid, con una pareja de
vacas y una cadena, arrastraron los cadáveres como unos
doscientos metros, en dirección de Sotillo de la Adrada.
Echándolos en una zanja, los cubren con algunas piedras.
En el libro 14 de difuntos, folio 121, del archivo parroquial de
Sotillo de la Adrada, he leído la partida de defunción del señor cura
párroco. En ella se afirma, entre otras cosas:
...después de haber hecho las averiguaciones correspondientes doy fe
que el Lic. D. Timoteo García Herráez, cura párroco de esta misma
parroquia, pereció asesinado por los revolucionarios marxistas in odium
fidei y según parece con prolongado y cruel martirio el día 11 de agosto
próximo pasado en el término municipal de Rozas de Puerto Real,
diócesis y provincia de Madrid, lugar llamado Venta del Cojo...
Está su sepultura en el extremo opuesto a la puerta, parte
izquierda entrando...
...Tenía cuarenta y siete años.
La partida de defunción lleva la fecha de 31 de diciembre del año
1936. La firma el señor cura ecónomo de Sotillo de la Adrada, padre
José Palacios, jesuita. Lo hacen también dos testigos.
186
VII
Entre pinares y viñas
(arciprestazgo de Cebreros)
CEBREROS
Es la cabeza del arciprestazgo. Y es el pueblo de mayor número de
habitantes en esta zona abulense. En aquellos años tenía 4.652.
En el archivo diocesano hay dos informes relativos a la acción de
los rojos en la parroquia de Cebreros. Los envió el párroco.
187
Dirigidos al obispado. Con fecha 8 de marzo de 1937, el primero. El
segundo corresponde al día 26 de junio de 1938.
Posteriormente el mismo sacerdote, don Áureo Estévez, me ha ido
informando minuciosamente. Él llegó a Cebreros pocos días
después de la conquista de la villa por las tropas nacionales. Pudo
recoger muchos datos. Fue testigo de la situación en la que se
encontraba la iglesia parroquial. De sus labios he escuchado no
pocos detalles acerca de la acción antirreligiosa de los milicianos
rojos en esta parroquia.
Mi estancia en Cebreros durante varios años me ha permitido
hablar con muchos testigos fidedignos. Sus informes, aunque
forzosamente muy resumidos, aparecerán en las siguientes
páginas.
Con la llegada de la Segunda República, el movimiento socialista-
marxista adquiere un extraordinario desarrollo. La casa del pueblo,
con un marcado sentido revolucionario, iba elaborando su eficaz
programa de abierta persecución a la Iglesia católica.
Un día son prohibidas las reuniones de carácter religioso. Otro,
quedan obstaculizadas las manifestaciones católicas por las calles
de la villa. De las escuelas hubo que retirar los crucifijos, suprimir
de los programas escolares la enseñanza de la religión, el rezo de
las oraciones, etcétera.
El cementerio tenía dos zonas. La católica y la civil, separadas por
un muro. Es derribado. En aquellos años, tal actuación revestía un
significado contrario a normas en vigor.
Van creciendo las trabas y dificultades para el normal desarrollo del
culto católico. Los sacerdotes de la parroquia son mirados con
manifiesto desprecio. Públicamente se les insulta con descaro. Sus
predicaciones son objeto de mofa.
188
Quienes exteriorizan su fe católica caen en una situación de burla
por parte de los más significados marxistas. Y todo ello, de una
manera pública y provocativa.
Cada día se iba cargando más el ambiente. Llega al máximo en el
mes de julio del año 1936. El último acto religioso solemne, que
pudo ser celebrado en la parroquia, fue el funeral por José
Calvo Sotelo. A partir del 18 de julio, todo el pueblo de Cebreros
queda bajo el completo dominio de los rojos. El comité local
aparece como único dueño de la situación.
Decretada la clausura del tempo parroquial. Pasan las llaves a
poder de los rojos. Inútiles resultan los esfuerzos del párroco por
evitarlo. Era don José Máximo Moro Briz. Después me tendré que
referir a este sacerdote.
La villa queda convertida en la capital roja de la provincia abulense.
Ávila ciudad se mantuvo siempre en zona nacional.
Cebreros, en constante comunicación con Madrid, veía llegar con
frecuencia grupos de furibundos milicianos. En esta villa colocó
también su cuartel general la columna roja de Mangada.
El comité socialista, en sesión permanente, decreta la detención del
cura párroco. Don José ve convertida su casa rectoral en sede de la
casa del pueblo. Previamente le queman sus libros. Le destruyen el
ajuar doméstico. Queda detenido.
Hacen otro tanto con el coadjutor. Otras personas, significadas por
sus ideas y prácticas religiosas, corren la misma suerte.
Conducidas al comité, en medio de burlas y denuestos sin fin.
Después, seguiría el saqueo de sus casas.
El edificio de la iglesia parroquial es realmente extraordinario.
Magnífico, bello, grandioso. Una maravilla de estilo herreriano.
189
Quizá, el templo más monu mental de la diócesis abulense. Queda
incautado por los rojos. Saqueado. Destruido gran parte del interior.
Derriban las imágenes del retablo mayor. Todas eran de talla.
Magníficas. Policromadas. Estofadas en oro. Del siglo XVI y XVII.
He podido contemplar, con honda pena, desde el punto de vista
religioso y artístico, algunas de ellas. En una situación
impresionante. Destrozadas a hachazos algunas. Alguna pudo ser
restaurada.
No faltaron las profanaciones. Las llevaron a las afueras de la
población. Allí fueron «fusiladas». Destruidas, también, las
imágenes de los otros retablos. De talla, policromadas, de gran
valor artístico.
Rompen el órgano. Era muy bueno. Desmontada la doble
trompetería, se llevan los tubos. Tiran y destruyen las campanas.
Su propósito era convertirlas en cañones. Se llevaron bastantes
kilos de bronce. En el año 1959, aprovechando algunos fragmentos
y comprando otros kilos de bronce, pude intervenir en la
construcción de cuatro nuevas campanas y su correspondiente
colocación en la esbelta torre del templo parroquial.
La iglesia, destinada para almacén de víveres. Todos los vasos
sagrados y alhajas son robados por los rojos. Algunos de estos
objetos metálicos eran de elevado valor artístico y real. Hay que
tener presente la gran importancia, que, en tiempos pasados, había
tenido la parroquia de Cebreros.
Entre lo robado merece especial mención: un estuche, a modo de
arca, que contenía cinco cálices de oro de ley. Uno, regalo de
Felipe II; otro de Carlos III; todos antiguos, valiosos, artísticos.
190
A manos de los rojos pasan también: un copón, con piedras
preciosas incrustadas; tres cajas de oro, también con piedras
preciosas incrustadas; otros dos cálices de plata.
La custodia, que era de plata repujada, en forma de castillo,
sobredorada a fuego, queda muy destrozada por los golpes
recibidos. De ella se llevaron la cruz y ocho campanitas de plata,
que pendían del templete. Obra de gran valor artístico.
Los presidentes de las diversas cofradías son citados al comité rojo.
Se les obliga a entregar cuantos objetos religiosos estuvieran bajo
su custodia. En la casa rectoral, convertida ya en casa del pueblo,
van siendo depositados. No sólo los objetos de culto robados en
Cebreros, también los procedentes de otras parro-quias de la
comarca. Recordemos que Cebreros fue considerado como capital
roja de la provincia abulense.
En el boletín oficial eclesiástico de la diócesis, n° 12 del año
1936, correspondiente al día 29 de diciembre, aparece una lista de
objetos, dejados por los rojos en la casa rectoral de Cebreros.
Quizá convenga transcribirla, en su totalidad.
Relación de los objetos dejados por los rojos en la casa rectoral de
Cebreros al huir:
Una custodia de plata sobredorada.
Una custodia de plata blanca.
Cinco cálices de plata en buen uso.
Un cáliz roto.
Cuatro copones
Una naveta de metal blanco.
Tres patenas de plata.
Tres cucharillas de cáliz.
191
Una concha de bautizar, metal.
Dos crismeras para el Santo O. y C.
Una crismera de enfermos.
Seis vinajeras y dos platillos.
Un lavabo con jarrón, ambos de metal.
Un jarrón pequeño con platillo de metal dorado.
Un viril y dos medias lunas de custodia.
Una cruz de altar de metal dorado.
Una cruz parroquial de metal.
Una cruz pequeña de metal.
Dos remates de cirial de metal.
Una corona de la Virgen, metal dorado.
Una copa de premios de concurso de ganados.
Dos cetros de San Antonio de Padua.
Dos cetros del Señor.
Una cruz de metal dorado de estandarte.
Dos broches de capa pluvial.
Tres adornos de corona con estrella.
Dos incensarios rotos.
Una esquila pequeña.
Estos objetos, al parecer, no son ninguno de la parroquia de
Cebreros.
En la huida, los rojos no tuvieron más remedio que abandonarlos.
Todos estos objetos de culto habían sido robados por ellos en las
iglesias de los pueblos cercanos a Cebreros. (No deja de
sorprender el hecho de que en la relación figure: una copa
192
de premio de concurso de ganados. No acierto a encontrar una
explicación convincente.)
Diez valiosos mantos de la imagen de la Virgen de Valsordo,
patrona del pueblo, fueron también confiscados por los rojos.
Trasladados a Madrid, ninguno pudo ser recuperado, una vez
terminada la guerra.
Desde el 18 de julio de 1936 hasta el día 10 de octubre del mismo
año, duró la dominación marxista en la villa de Cebreros.
Entre las imágenes destrozadas, especial recuerdo merece la de la
patrona, la Virgen de Valsordo. Era de talla. De estilo bizantino. El
santuario se encuentra a unos cuatro kilómetros de la población.
Fue saqueado. Se llevaron los mantos de la Virgen. Uno de ellos
bordado en oro, con piedras preciosas. De especial valor.
Don José Máximo Moro Briz
Como párroco de Cebreros, don José Máximo Moro Briz es otro de
los cinco sacerdotes abulenses cuyo proceso de beatificación se
encuentra en Roma más avanzado; me referiré a él en los capítulos
X y XI del presente libro.
Don Zacarías Cecilio Martín y Martín
193
Nacimiento: Collado de C+ontreras, el 5 de noviembre de
1889.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 18 de marzo de 1916.
Murió mártir: junto al puente de San Juan, Cebreros, el 3 de octubre
de 1936.
Tenía: 46 años de edad.
Los padres de don Zacarías fueron Saturio e Higinia. Realizó sus
estudios eclesiásticos en el seminario conciliar de Ávila. En el año
1915 recibió la tonsura y las cuatro órdenes menores (ostiario,
lector, exorcista y acólito). En este mismo año fue ordenado de
subdiácono. Al año siguiente recibió el diaconado y el presbiterado.
Este último, el día 18 de marzo.
Con fecha del 21 de agosto de 1916 don Zacarías Cecilio fue
nombrado cura regente de Cabezas del Villar. Pasa como ecónomo
a Donhierro el día 24 de noviembre de 1925, siendo párroco de este
mismo pueblo desde el día 19 de junio de 1926. Dos años después,
julio de 1928, es nombrado coadjutor de Cebreros, donde
permanecerá hasta su martirio, el día 3 de octubre de 1936.
Era el coadjutor de Cebreros. Varias veces es cogido preso.
Le llevan a la cárcel. Le vuelven a soltar. Se divertían con él.
Obligado a hacer guardia, en algunas ocasiones. Conviviendo con
los milicianos, otras. Siempre, siendo objeto de burlas. Frases
injuriantes y groseras constituyeron su diario tormento.
Durante el tiempo en que permanece en la cárcel, está en
compañía de más de sesenta personas. El párroco ya había sido
asesinado. Con razón podía el coadjutor esperar la misma suerte.
194
No tardaría muchos meses en llegar. El día 3 de octubre le sacan de
la cárcel. Van también otros prisioneros. A todos los matan los rojos
en la carretera que va desde Cebreros a San
Martín de Valdeiglesias. Su cadáver sería quemado.
En el ayuntamiento de Cebreros he leído la «relación de personas...
asesinadas por los rojos...».
Ascienden a 66. Entre ellas, los dos sacerdotes. Termina dicha
relación con estas palabras:
Todas estas personas... fueron bárbaramente muertas a tiros... Se hace
resaltar el ensañamiento de los verdugos, que, no contentos con
arrebatarles la vida, arrastraron y quemaron los cadáveres de las
víctimas... La iglesia fue profanada, destruyendo las imágenes y
ornamentos...
La fecha de esta relación es el 8 de noviembre del año 1936.
La firman el señor alcalde, Augusto Pérez, y varios testigos.
En el interior de la magnífica iglesia parroquial de Cebreros hay una
lápida, de cerámica, con esta inscripción:
A la santa y gloriosa memoria de los sacerdotes don José Moro Briz, don
Zacarías Martín y Martín, párroco y coadjutor de esta iglesia, y don
Cecilio González Díaz, natural de esta villa, que recibieron la palma del
martirio, inmolados por los marxistas en odio a la fe, el 24 de julio, 3 de
octubre y 19 de diciembre de 1936.
Don Cecilio, aunque no pertenecía a la diócesis de Ávila, por ser
natural de Cebreros figura en la inscripción conmemorativa.
En el año 2002 han sido varios los declarantes que han informado
acerca del martirio de don Zacarías Cecilio Martín y Martín,
coadjutor de Cebreros. Han sido 11, en concreto. Todos
195
ellos de avanzada edad. Todos ellos le conocieron. Éstos son sus
nombres: Teresa Carrera Díaz, Patricia González Recio. Francisca
González Bernaldo de Quirós, Hilario Andrino Cabrero, Mariano
López Muñoz, María Martín Martín, Teresa Sáez Navas, Juan
Muñoz Espinosa, Carmen Navas Sáez, Áurea Navas Sáez y
Encarnación Navas Sáez.
Todos estos declarantes conocieron bien a don Zacarías Cecilio.
Coinciden en afirmar que «era tratable con todos, amable, sencillo,
cariñoso con los niños [...] cumplidor de su deber de coadjutor. Muy
pobre. [...] Vivía al principio con su madre, muy anciana, que a
veces tenía que ir a pedir dinero prestado a vecinas para comer. [...]
Vivió extremadamente pobre».
Durante los días en que permaneció en la cárcel, «rezaba el rosario
con los presos, que eran todos de Iglesia». «Confesó a todos,
cuando presentían se les acercaba la muerte». «Se mostró ante sus
perseguidores valiente, resignado y entregado a voluntad de Dios,
como lo que era, buen sacerdote».
Ninguno de estos declarantes del año 2002 presenció la muerte
violenta de don Zacarías. Saben que le sacaron de la cárcel
(lo era la iglesia parroquial) en compañía de otros presos. «Los
montaron en los vehículos y emprendieron la dirección hacia
Madrid. En el puente de la presa de San Juan, cerca de Pelayos de
la Presa, mataron los milicianos a unos cincuenta. Entre ellos a don
Zacarías. Y los quemaron. Cuando hicieron el monumento para los
mártires trajeron sus restos al cementerio. Y aquí siguen. Solamente
reconocieron unos pocos. Al sacerdote, no. Trasladaron los restos el
día 23 de octubre de 1936».
Entre los feligreses de Cebreros se cree que don Zacarías Cecilio
Martín y Martín fue martirizado «en odio a la fe», por ser
196
sacerdote. «Es clarísimo. No hay duda. Es evidente». Una de las
declarantes en el año 2002 afirma «encomendarse a don Zacarías
todas las noches». Le recuerdan como verdadero mártir de Cristo.
Los restos mortales se conservan en el cementerio de Cebreros, en
un gran monumento. No han podido ser identificados con
seguridad, al hallarse mezclados con los de otras personas, casi
unas cincuenta, asesinadas también el día 3 de octubre del año
1936.
EL HERRADÓN DE PINARES
Sus habitantes en aquellos años eran 596.
Con fecha 6 de marzo de 1937 informaba al obispado el párroco.
Varios años después realicé las averiguaciones acerca de la
actuación de los rojos en esta parroquia. Las declaraciones
recibidas de testigos enterados y fidedignos, junto con el informe
existente en el archivo diocesano, me permiten hacer el siguiente
resumen.
Lo que más resalta es la profanación del santísimo sacramento,
llevada a cabo en la iglesia parroquial de El Herradón.
Entra en el templo un miliciano. Pistola en mano, se encara,
retador, con el sagrario. Quiere «fusilar a Cristo».
—Ríndete a los rojos. Hace tiempo que tenía ganas de
vengarme de ti....
Y... dispara su pistola contra el santísimo sacramento. Varios
declarantes me aseguraron que el atrevido y pobre profanador, al
disparar, sintió un fuerte mareo, que le obligó a caer en tierra.
197
—¿Qué te pasa? —le preguntan.
—Nada. Que me acuerdo de mi madre.
Nada se pudo averiguar acerca del paradero de las formas
consagradas.
El templo parroquial quedó convertido en matadero. De sus paredes
colgaban y sobre su pavimento pudieron ser vistas las pieles de las
reses sacrificadas. Su sangre, cubriendo las losas del santo lugar.
El retablo del altar mayor, del siglo XVI, perteneciente a la escuela
de Alonso Berruguete, sufrió los siguientes desperfectos:
desapareció un brazo de la imagen de la Virgen, colocada en el
centro del retablo. De los seis ángeles, que la rodeaban, uno quedó
destrozado. La imagen, arrojada con violencia al suelo, sufrió no
pocos desperfectos.
Deshicieron la Virgen de la Antigua —me comunicó el párroco en su
informe—, le cortaron la cabeza, arrojándola a un huerto, siendo
recogida posteriormente por una devota, aunque a costa de graves
amenazas.
Un relieve, del lado del Evangelio, que representaba la circuncisión,
desaparece también. La misma suerte corrió el sagrario.
Una escultura que representaba a San Pedro de Alcántara, muy
venerada en una ermita de El Herradón de Pinares, quedó con un
ojo saltado y con las manos cortadas. Era una magnífica talla. He
podido contemplar una fotografía de dicha imagen en tales
circunstancias.
En el retablo de Nuestra Señora del Rosario fueron destruidas por
los milicianos rojos tres imágenes; la de la Virgen, la del
198
Resucitado y la de San Ramón. En el retablo del Cristo del
Remedio, otras tres: además de la del titular, la de Santa Águeda y
la de San Roque. En el de San José: las imágenes del Santo
Patriarca, la de San Marcos y la de San Miguel.
A esta parroquia de El Herradón de Pinares pertenece la ermita,
dedicada a San Antonio de Padua, en la estación ferroviaria de La
Cañada. También en este lugar desapareció la imagen del santo.
Gran parte de las imágenes destrozadas fueron utilizadas como
astillas para atizar el fuego. Una señora me declaró haber recogido
ella misma la cabeza y una mano de la imagen de la
Virgen de la Antigua. Se hallaban arrojadas en un huerto.
Fueron muy frecuentes las profanaciones. A la magnífica talla de
San Pedro de Alcántara, ya mutilada de un ojo y de las manos, le
daban a comer higos.
Con los ornamentos sagrados eran organizadas por los rojos
burlescas procesiones por las calles del pueblo.
En la casa parroquial quedó instalado el comité comunista. Como
consecuencia, algunos libros del archivo parroquial terminarían en
la hoguera. Entre otros, el de bautismos, confirmaciones y difuntos,
correspondientes a los años 1903 y siguientes.
HOYO DE PINARES
Con un censo de 2.735 habitantes en aquellos años próximos a
1936.
199
Incautada la iglesia parroquial desde el día 19 de julio, queda
convenida por los rojos en almacén de víveres.
Tiene esta parroquia como patrono al arcángel San Miguel. Su
fiesta se celebra el 29 de septiembre. Precisamente en esa fecha
saquearon la iglesia. Al elegir ese día buscaban herir más y más los
sentimientos religiosos de los católicos practicantes.
El templo, en su arquitectura, no sufre importantes desperfectos.
Las imágenes de San Roque y de San Sebastián sí resultaron muy
deterioradas.
Desaparecen varios objetos de culto. Profanados los ornamentos
sagrados. El púlpito fue utilizado «para predicar» los milicianos.
Entre los objetos desaparecidos, merece especial mención la
custodia de plata, de gran valor artístico. Dos cálices. Uno de ellos,
de plata. Un copón, las crismeras, una corona de plata, etcétera.
Don Agustín Bermejo Miranda
El párroco de Hoyo de Pinares, don Agustín Bermejo Miranda, es
uno de los cinco sacerdotes abulenses martirizados en 1936 cuyo
proceso de beatificación se encuentra más avanzado en Roma. En
páginas siguientes del presente libro trataré de este sacerdote de
manera más extensa. Será en los capítulos XIV y XV.
NAVALPERAL DE PINARES
Su censo de población ascendía a 1.416 habitantes en el año
1936.
200
Desde el advenimiento de la Segunda República, las ideas
marxistas iban haciendo mucha y profunda mella en Navalperal de
Pinares.
Con esto, los atropellos contra la religión eran cada día más
frecuentes e intensos. Prohibición de procesiones y demás actos de
culto católico.
Un grupo de mujeres se decide a trasladar, en privado, la imagen
de San Antonio de Padua desde su ermita hasta la iglesia
parroquial. Desean hacer al santo una novena. Es el mes de junio
de 1936. Descubiertas por los rojos del pueblo, son procesadas.
Son llevadas a la cárcel del partido judicial, a Cebreros. Con una
elevada cantidad en concepto de multa pudieron conseguir su
liberación.
En el periódico provincial, El Diario de Ávila , fecha de 14 de enero
del año 1937, apareció un artículo. Lo firma Juan M. del Río, con
este título: «Antecedentes de una tragedia criminal».
Entre otras cosas, afirma lo siguiente:
Cierta mañana se me presentaron en la escuela seis individuos, que,
con ceñudo gesto, me dijeron: «Como usted sabe, somos los concejales
del nuevo Ayuntamiento y le pedimos nos entregue el crucifijo, que
había en la escuela...».
En el mes de agosto del año 1931 se reunió el consejo local de primera
enseñanza… Irrumpió en el local uno de los concejales socialistas, el
cual, encarándose conmigo, me dijo: «Señor maestro, es necesario que
se retiren de la escuela esos libros que ustedes tienen, y que hablan do
Dios, porque lo que dicen los carcas es mentira. Dios no existe. Todas
estas cosas, que no nos podemos explicar, son de la atmósfera. Y...
para terminar... si Dios
201
existe... ¡que haga ahora un milagro...!». El alcalde dio la orden:
«¡Los cristos, fuera!».
Así estaban las cosas en Navalperal, a partir del año 1931.
Éste era el ambien te antirreligioso varios años antes de la Guerra
Civil. Llegaron las elecciones de 16 de febrero de 1936. Como era
de esperar, reportan un rotundo triunfo para las izquierdas, para la
más radicalizada tendencia. Lo contrario había sucedido en la
mayor parte de los pueblos abulenses. Pero Navalperal de Pinares
era otra cosa. Se hallaba ya muy minado por el marxismo
revolucionario, anticatólico.
A partir del 18 de julio del año 1936 empieza a ser este pueblo una
avanzada fortaleza roja en las cercanías de la capital de Ávila.
Navalperal de Pinares fue el centro de la célebre columna del
general rojo Mangada. «Si Navalperal cae, Madrid caerá también
rápidamente». Con estas palabras se expresaban las autoridades
comunistas de la zona. Quisieron que este pueblo fuera
inexpugnable. Y lo consiguieron los rojos durante varios meses.
En Navalperal eran editados varios impresos revolucionarios por
parte de los marxistas, y el periódico rojo Avance, órgano del primer
regimiento de milicias populares, columna Mangada. He podido ver
el número 2. Tiene fecha del 10 de septiembre de 1936.
Largo Caballero ejerció, también, durante mucho tiempo, enorme
influencia en este pueblo abulense. Y esto, ya en el período
revolucionario de la Segunda República. Por eso, los rojos de
Navalperal actuaron a sus anchas desde el primer momento de la
Guerra Civil.
Tanto la iglesia parroquial como la sacristía quedan saqueadas por
completo. Altares, retablos, campanas, ornamentos, etcétera.
202
En el centro del retablo mayor se encontraba una valiosa talla,
representando a la Asunción de la Virgen, titular de la parroquia.
Fue destrozada. Lo mismo sucede con la imagen de Nuestra
Señora de las Angustias, la de San Juan de la Cruz, la de Santo
Domingo, y algunas otras.
Además del retablo mayor había otros ocho en el templo. Eran los
siguientes: Sagrado Corazón de Jesús, Santísimo Cristo, otro
dedicado al Cristo de la Salud, el de San José, el de la Purísima
Concepción, el de San Vicente Ferrer, el de Nuestra Señora del
Carmen y el de Nuestra Señora del Rosario.
Todo desapareció. Los rojos lo destrozaron. Parte del archivo
parroquial, vasos sagrados, ornamentos de culto, confesonarios,
etc. Nada pudo salvarse tampoco en la ermita, dedicada a San
Antonio de Padua.
Con fecha 20 de julio del año 1938 comunica al obispado el señor
cura de Navalperal los destrozos causados por los comunistas. Y
añade que varias de las imágenes, antes de ser quemadas, habían
sido bárbaramente profanadas.
La parte superior de la custodia pudo ser recuperada. Se
encontraba en un estercolero. La parte inferior de dicha custodia, en
un pajar. Los nudos y el viril no pudieron ser encontrados.
Don Felipe Gutiérrez, al hacerse cargo de la parroquia, escribe al
señor obispo afirmando que la encontró «sin archivo, altares,
imágenes ni utensilios alguno para celebrar los divinos oficios».
Hasta el día 8 de octubre del año 1936 no podría ser restaurado el
culto católico en Navalperal de Pinares.
203
Don Basilio Sánchez García
Nacimiento: Madrigal de las Altas Torres, el 30 de mayo de 1876.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 15 de marzo de 1902.
Murió mártir Navalperal de Pinares, el 23 de julio de 1936.
Tenía: 60 años de edad.
Don Basilio había nacido en Madrigal de las Altas Torres, siendo
sus padres Basilio y Benita. Realizó sus estudios eclesiásticos en el
seminario conciliar de Ávila. Los perfeccionó después alcanzando el
grado de licenciado en Teología.
En la ciudad de Ávila recibió la tonsura y las cuatro órdenes
menores (ostiario, lector, exorcista y acólito). También el
subdiaconado, diaconado y presbiterado. Esta última el día 15 de
marzo de 1902.
Pocos días después de su ordenación sacerdotal don Basilio
comienza su actividad pastoral. El día 26 de marzo de 1902 es
nombrado cura ecónomo de Calabazas. Al año siguiente, 3 de
febrero, recibe el nombramiento de cura ayudante del párroco de
Cespedosa. Pocos meses después, en julio de este año 1903, hace
oposición a una canonjía en la catedral abulense, aprobando los
ejercicios, aunque no se le asignara el oficio. Seguidamente
204
pasa a ser cura ecónomo de Narros de Saldueña, el 31 de julio de
1903. Permaneció pocos meses, ya que el día 14 de septiembre de
1903 es nombrado cura ecónomo de Collado de Contreras. Casi
diez años después, el día 11 de enero de 1913, recibe el nombra-
miento de párroco para dicho pueblo. Aquí permanecerá hasta el
día 7 de noviembre del año 1925, fecha en la que es trasladado a
Navalperal de Pinares, en calidad de párroco. Y aquí permanecerá
hasta el día de su martirio, 23 de julio de 1936.
Los más fidedignos detalles, referentes a la muerte de don Basilio,
los proporcionó doña Augusta López Crespo, sirvienta del párroco
durante muchos años. Aparecen en una declaración jurada hecha
en Ávila el día 10 de noviembre del año 1936.
Creo que conviene transcribirla, aunque sea un tanto larga.
Contiene mayor viveza de pormenores. Y son más directos. Todo
cuanto la declarante afirma quedó completamente avalado por otros
testigos fidedignos, a quienes tomé declaración en mi visita al
pueblo.
En Ávila, a 10 de noviembre de 1936, ante los testigos don Juan de la
Puente y Sánchez, mayor de edad, viudo, farmacéutico, y don Alfredo
Vegas y Pérez, mayor de edad, soltero, arquitecto. Doña Augusta López
Crespo:
Jura: Que es mayor de edad. Natural de Chaherrero (Ávila) y vecina
actualmente de Ávila, de estado soltera, sabe leer y firmar, aunque no
escribir.
Que llevaba con el sacerdote don Basilio Sánchez, cura párroco de
Navalperal, al iniciarse el movimiento nacional, 17 años, haciendo 12
que vivía en el precitado pueblo.
Que acerca de los hechos ocurridos recientemente en Navalperal,
causantes de la muerte del citado párroco don Basilio
205
Sánchez, recuerda que fue el día 23 de julio cuando, hacia las
cinco de la tarde, llegaron los grupos rojos delante de la casa en
que habitaban el señor cura y la dicente, y entonces, éstos se
ocultaron subiendo al sobrado, lugar donde se confesó aquélla, por
última vez, con don Basilio.
Que después de buscarle los rojos por todo el interior de la casa,
rompiendo puertas y demás enseres, hacia las nueve de la noche,
abrieron los marxistas las puertas del sobrado y divisando gracias a
las luces que llevaban, a los allí escondidos, dijeron: «Ahí están los
pájaros», mientras les apuntaban con diversas armas de fuego.
Inmediatamente procedieron a bajarles al portal, custodiando dos
marxistas al señor cura y otros dos a la dicente.
Que por aquéllos le fue arrancarla la sotana al sacerdote, diciendo
éste entonces: «Me matarán ustedes; pero yo no he hecho nunca
mal a nadie; bien, todo el que he podido».
Sacáronle, después, de la casa, y dirigiéronle hacia la derecha del
portal, en la primera bocacalle (según referencias, ya que la dicente
había sido metida en el portal a la viva fuerza) fue muerto a tiros.
Estos disparos, a pesar del estado de nerviosismo intenso en que
se encontraba, fueron oídos por la dicente.
Por referencia sabe que al siguiente día los rojos subieron el cuerpo
del sacerdote en el carro de la limpieza, burlándose del cadáver y
paseándolo por todo el pueblo.
Aunque cree que don Basilio no tenía enemigo político ni particular,
recuerda perfectamente que el pasado 13 de junio, día de San
Antonio, recibió el citado sacerdote un anónimo, en el que le decían
que iban a matarlo, tanto a él como a otro vecino del pueblo, de
nombre Máximo Yagüe. No se pudo averiguar por quién había sido
escrito dicho anónimo, a pesar de haberlo intentado.
206
Y siendo verdad todo lo dicho, en descargo del juramento prestado ante
los citados testigos don Juan de la Puente y don Alfredo Vegas, no
teniendo más que decir, firman todos los tres en Ávila en la fecha
indicada de 10 de noviem bre de 1936.
Antes de firmar, el testigo don Juan de la Puente indicó a la declarante
manifestase algunos detalles acerca de las cualidades especiales que
adornaban a señor tan honorable.
Y aquélla manifestó, que, durante el tiempo que ha estado a su servicio,
observó en dicho señor una vida ejemplarísima, austera, de gran celo
apostólico, buenas costumbres y grandísima caridad, pues con las
limosnas, que diariamente hacía, y cantidades que repartía sin interés
alguno, podían vivir más de dos o tres familias.
Y siendo igual cierro lo últimamente expuesto, firman la declarante y los
dos testigos en la fecha anteriormente indicada.
Juan de la Puente [Rubricado].
Augusta López [Rubricado].
Alfredo M. Vegas [Rubricado].
No necesita comentarios la precedente declaración jurada.
Doña Augusta conoció muy bien al señor cura párroco de
Navalperal de Pinares. Estuvo a su servicio durante 17 años.
Detalles fidedignos los que la declarante nos proporciona. Ella vivió
en compañía de don Basilio los momentos inmediatamente
anteriores a la captura. Ella sufrió con él los soeces y graves
insultos por parte de los rojos. Ella escuchó los disparos que
mataron al párroco.
En el archivo diocesano está un informe con fecha de 20 de julio del
año 1938. Aunque no tan detallado, coincide con la anterior
declaración. Cuando llevé a cabo mi visita a Navalperal y hablé con
207
testigos fidedignos y conocedores de los hechos, quedaron
avalados hasta los más mínimos pormenores.
El cadáver del señor cura párroco quedó tendido junto a la misma
casa rectoral. Con la sotana hecha jirones, boca abajo, y con un
brazo extendido.
El día 24 de julio, el día siguiente al de su muerte violenta, formaron
los rojos dos filas junto a los restos mortales. Y hacen pasar a todos
los detenidos, con el mandato de que le fueran pisando.
Por la tarde, echan en el carro de la basura los restos mortales de
don Basilio. Y le pasean por las calles del pueblo, expuesto a la
burla de todos. Le llevan con la cabeza colgando. Aún después de
asesinado, estaba siendo objeto de macabras burlas.
Acerca de don Basilio Sánchez García he podido recoger algunas
informaciones durante el año 2002. Han sido cuatro los declarantes.
Son de especial importancia, habida cuenta de que ya han
transcurrido muchos años. Como es natural, los cuatro son de
avanzada edad. No obstante, recuerdan muy bien a su párroco, don
Basilio.
Doña Carmen Fernández Segovia, nacida en 1911, afirma que
conoció muy bien a don Basilio. «Era generoso, muy sencillo.
Apenas si comía para poder dar su pan a los pobres. Se mostró
amable con todos, incluso con los que políticamente estaban en su
contra y le mostraban desprecio. Siempre estuvo valiente,
resignado, entregado a la voluntad de Dios. Fue martiriado en odio a
la fe y por ser sacerdote. Fue considerado mártir». Afirma la
declarante haberse encomendado a él.
Otro declarante en el año 2002 ha sido don Juan José Martín
208
Tejerizo. Fue el monaguillo de don Basilio. Recuerda muy bien al
párroco. Dice que «vio su cadáver, pero no su martirio». Con
frecuencia los vecinos regalaban al párroco productos de matanza y
de las huertas. Y don Basilio los repartía entre la gente más
necesitada. Era este declarante quien, por mandato del párroco,
hacía el reparto. Era muy amable. Le insultaban y él los perdonaba.
Consolaba y ayudaba a los enfermos. Le mataron por odio a la fe.
Se le aconsejó marcharse del pueblo. Pero él dijo que no
abandonaba a sus feligreses.
También ha declarado en el año 2002 don Jesús Verdugo Herranz,
nacido en 1911. Según este testigo, don Basilio «era un verdadero
santo». Le mataron por su condición de sacerdote.
Finalmente, ha sido otro declarante, don Segundo Herranz, nacido
en 1910. Para él «don Basilio era muy bueno. Era caritativo.
Daba limosna a los pobres. Se llevaba bien con todos, incluso con
quienes se mostraban como sus enemigos. La gente le quería».
Su memoria y agradecido recuerdo siguen vivos en los habitantes
de Navalperal de Pinares.
LAS NAVAS DEL MARQUÉS
Con 3.946 habitantes en los años de la Guerra Civil.
A partir del mes de febrero de 1936 aumentan los obstáculos para
el normal desarrollo de la vida religiosa.
A primeros de julio, durante la procesión del Santísimo Cristo de
Gracia, patrón del pueblo de Las Navas del Marqués, algunos rojos
provocan un gran escándalo. Lanzaron fuertes vivas al comunismo.
La provocación tuvo lugar durante la celebración de un
209
acto público de culto católico.
A partir del 18 de julio del 36 todo el pueblo queda en manos de los
milicianos rojos. La columna del jefe comunista, Mangada, ocupa
Las Navas del Marqués.
Se deciden a ir a buscar al señor cura. Los recibe, con paternales
palabras. En aquella ocasión, resultaron eficaces. La chusma
revolucionaria desiste en su primera idea de cogerle preso.
Llega el saqueo consabido en la iglesia parroquial y demás templos
de la villa. La ermita del Santísimo Cristo de Gracia, desde el
principio, es utilizada como lugar de reunión del comité local.
La iglesia parroquial tarda en ser saqueada. Hasta los primeros días
del mes de octubre del mismo año 1936. Desde estas fechas hasta
la entrada de las tropas nacionales serviría de almacén de víveres y
despacho de ultramarinos.
Don Jesús Martín, siendo párroco de Las Navas del Marqués, envía
al obispado un informe, con fecha 31 de enero de 1937.
Hace una relación de destrozos causados por los rojos en la
parroquia. Desaparecieron 33 imágenes, el órgano y armonio, 2
sagrarios, 53 casullas, 8 ternos, 9 capas, 1 campana grande y 3
pequeñas, 2 custodias, 7 cálices, 26 libros de bautizados, 16 de
difuntos, 9 de matrimonios, 1 cruz parroquial y otros muchos objetos
de culto.
En la ermita del Santísimo Cristo de Gracia destruyeron, también,
casi todo. Lo mismo hay que afirmar de las otras tres: la ermita de
la Concepción, la de San Antonio de Padua y la del Santo Cristo de
la Sangre.
Entre los objetos de culto desaparecidos en la iglesia del convento,
merece especial mención una hermosa laude de bronce,
210
estilo renacimiento. En bajo relieves aparecían las figuras de los
fundadores, primeros marqueses de Las Navas, Pedro Dávila y
María de Córdoba. De incalculable valor artístico. Era del año 1563.
Varios desperfectos, también en la casa rectoral. El culto católico
permaneció suprimido desde el día 26 de julio hasta el 22 de
octubre del mismo año 1936.
Realizaron procesiones sacrílegas. La imagen del Santo Cristo de
la Sangre fue arrastrada por las calles. Quemadas públicamente las
banderas y estandartes de la Adoración Nocturna y de la Acción
católica.
Hay la sospecha de que fue profanado sacrílegamente el sagrario y
las sagradas especies en la ermita del Cristo de Gracia. Nada pudo
ser averiguado acerca de este particular. En la iglesia parroquial
una señora sumió las formas consa gradas. Pudo así ser evitada la
profanación del santísimo.
Hay que lamentar la muerte de dos sacerdotes de la diócesis de
Madrid, acaecida en este pueblo abulense de Las Navas del
Marqués. Se trata de don Francisco Zorzo Aparicio y de don Pedro
Serrano Pastor.
El primero, asesinado por los rojos el día 5 de agosto de 1936, era
párroco del vecino pueblo madrileño de Santa María de la
Alameda. El segundo, asesinado el 17 de octubre del mismo año,
desempeñaba el cargo de coadjutor de la parroquia de Santa
Teresa y Santa Isabel, en Madrid. Como estas páginas se refieren
tan sólo a la diócesis abulense, prescindo de escribir algo acerca de
estos dos sacerdotes madrileños.
Baste indicar que don Francisco Zorzo estaba refugiado en casa de
unos parientes. El día 5 de agosto se presentaban en casa unos
milicianos rojos. Le obligan a montar en una ambulancia. Y a
211
la misma salida de Las Navas del Marqués es asesinado.
Don Pedro Serrano se encontraba pasando unos días de descanso
en Las Navas del Marqués. Es cogido por los rojos. A pesar de su
debilitada salud y avanzada edad, es obligado a realizar fuertes
trabajos físicos. Conducido a la cárcel, exhorta a sus compañeros
de prisión. Tuvo que soportar, con admirable edi - ficación, miles de
insultos e improperios, por parte de los rojos. Junto a la ermita de la
Concepción, el día 17 de octubre de 1936, es asesinado.
Fueron 20 los hombres y 2 las mujeres asesinadas por los rojos en
Las Navas del Marqués. Todos ellos, de alguna significación
religiosa. Entre ellos, varios miembros del consejo de la Adoración
Nocturna y de la Acción católica. Ambas organizaciones religiosas
conocieron en aquellos años un notable desarrollo en este pueblo
abulense.
SAN BARTOLOMÉ DE PINARES
Con 1.650 habitantes. Poco tiempo estuvo bajo el dominio rojo. El
27 de septiembre del año 1936 fue liberado este pueblo por las
tropas nacionales.
Días antes, el 8 de ese mismo mes, un grupo de milicianos rojos,
capitaneados por un vecino de Navalperal, llega a San
Bartolomé de Pinares. Saquean la iglesia parroquial. Casi todos los
altares, retablos e imágenes quedan destrozados. Pudo salvarse el
retablo mayor.
Con la cuerda de la lámpara del santísimo tiran al suelo la imagen
central. Era una valiosa talla, representando al santo titular, San
Bartolomé. Destrozado también el cuerpo del tabernáculo y del
sagrario.
212
Entre las otras tallas deshechas por los rojos, la de San Juan
Bautista y la de San Pedro de Alcántara. Destrozado el hermoso
órgano, de valioso paramento del siglo XVIII. Su sonora trompetería
sirvió para diversión de los chicos, por las calles del pueblo. Con un
hacha causan desperfectos notables al grandioso tornavoz del
púlpito.
Desaparecen los vasos sagrados. Un valioso copón, el incensario,
naveta, vinajeras de plata, la cruz parroquial, etcétera.
En el periódico provincial El Diario de Ávila , con fecha 2 de octubre
de 1936, fue publicado un artículo, dando noticias acerca de las
actividades antirreligiosas de los comunistas en los pueblos de El
Herradón, Santa Cruz y San Bartolomé de Pinares. Entre otras
cosas dice lo siguiente:
Causa horror contemplar en el interior de dichos templos tanta
desolación. En El Herradón el sagrario ha sido blanco de los fusiles de
los sacrílegos... En San Bartolomé, la imagen del patrón, de grandes
proporciones, colocada en el altar mayor, sirvió para juego de calva.
Las imágenes, antes de ser quemadas o destrozadas a hachazos,
sufrieron miles de profanaciones. He visto una fotografía de en la
que aparece un montón formado por más de diez imágenes de la
parroquia de San Bartolomé de Pinares. Es el momento en que
están ardiendo. A tres de ellas se les puede apreciar los hachazos
recibidos en su cabeza y otras partes del cuerpo.
213
SANTA CRUZ DE PINARES
Su censo ascendía a 723 habitantes. Han sido muy pocos los datos
que pude recoger de las declaraciones solicitadas de varias
personas del pueblo. En realidad, no causaron los rojos grandes
desperfectos en la parroquia.
Es convertida la casa rectoral en residencia del comité rojo,
destruido el via-crucis de piedra, que estaba emplazado alrededor
de la iglesia.
El templo parroquial queda incautado. Pude contemplar un busto de
alabastro, representando a la Magdalena. Es de gran tamaño.
Presenta la cara un tanto destrozada por la acción de los rojos.
Algunas imágenes quedan destruidas por completo. Entre ellas, la
de Nuestra Señora del Rosario, la de San Agustín, la de
Santo Domingo y la de San Antonio.
No era de gran valor artístico. Pero la sacrílega profanación es la
misma.
EL TIEMBLO
Según las estadísticas demográficas, eran 4.102 habitantes en el
año 1936.
No era muy tranquila su situación religiosa en ese año. Incluso, aún
antes de las elecciones de febrero de 1936. Durante la llamada
misa del gallo, en 1932, se presenta en la iglesia parroquial un
grupo de socialistas, enarbolando la bandera tricolor.
Van amenazadores. Y se mofan de cuantas personas habían
asistido a los divinos oficios.
214
El día 16 de febrero triunfan, por un abultado margen, las
izquierdas. Nada de extrañar. Desde el primer momento queda el
pueblo bajo el completo dominio de los marxistas.
A finales de abril del año 36 es llevado a cabo un detenido y
minucioso registro en el convento de monjas benedictinas.
Pretendían «encontrar armas». Al menos, eso decían los marxistas.
Se resiste uno a admitir tal disculpa.
Tal atropello sería rápidamente puesto en conocimiento del
obispado. Lo hacen el capellán y la abadesa, en oficios del día 30
de abril y del 1 de mayo de 1936, respectivamente.
Todas las iglesias de El Tiemblo sufren un minucioso y duro
saqueo. Tan sólo quedan en pie los edificios. Todo el interior es
destrozado. La profanación empieza en la iglesia parroquial.
El día 23 de julio presentan al párroco un oficio en el que se le exige
la inmediata entrega de las llaves del templo.
El comité del Frente Popular ordena que se le dé al portador las llaves
del edificio llamado eglesia [sic] para su mejor custodia. El Tiemblo a 23
de julio de 1936. El comité.
En tal documento aparecen impresos cuatro sellos con las
siguientes inscripciones: «Izquierda Republicana. El Tiemblo
(Ávila)», «Sociedad Obrera de Oficios Varios. El Tiemblo (Ávila)»,
«Agrupación Socialista. El Tiemblo (Ávila)», «Sindicato Único de
Oficios Varios CNT comité AIT. El Tiemblo (Ávila)».
El sacerdote se ve obligado a realizar la entrega de las llaves de la
iglesia. Pasaría a ser destinada, durante algún tiempo, a prisión. El
convento de las monjas benedictinas no sería incautado hasta los
primeros días del mes de agosto de 1936.
En el archivo del Ayuntamiento de El Tiemblo he podido leer el
215
acta de incautación. De ella transcribo los siguientes párrafos:
En la villa de El Tiemblo, a primero de agosto de mil novecientos treinta
y seis, siendo la hora de las diez, se personaron, presididos por el señor
alcalde... representantes de los partidos políticos UGT, Partido
Socialista, CNT, Partido Comunista e Izquierda Republicana, miembros
todos ellos que forman parte del comité del Frente Popular, en el edificio
convento de benedictinas... al objeto de proceder a la ocupación del
mismo, dispuesta por el decreto del ministerio de Instrucción Pública y
Bellas Artes, fecha veintisiete del próximo pasado mes de julio, toda vez
que dicho edificio se halla comprendido en el artículo primero de dicha
disposición entre los que «no dedicados aún a la enseñanza están
actualmente desocupados...».
El alcalde declaró, en nombre del Estado, la ocupación oficial de
expresado edificio convento y todo lo que en él existe, anexos al mismo
y fincas contiguas, también de la propiedad de expresada congregación
religiosa...
La iglesia de este convento quedó destinada para almacén de
granos. Posteriormente, serviría como hospital.
El día elegido para saquear los templos en El Tiemblo fue el
16 de agosto del año 1936. Tres retablos de la iglesia parroquial,
completamente destrozados. Otros tres sufrieron graves deterioros.
Otro tanto sucede con dos o tres sagrarios. Más de veinte imágenes
deshechas. Completa desaparición de los ornamentos sagrados.
En la ermita de San Antonio de Padua había 12 ó 13 imágenes. No
quedó nin guna. Los marxistas las destruyeron. Arrancaron el
retablo, destrozando también sus imágenes, en el convento.
216
No es fácil calcular el valor de los daños ocasionados, teniendo en
cuenta que destrozaron más de treinta imágenes, nueve campanas,
tres altares completamente y otros deteriorados...
Con las precedentes palabras informaba al obispado el señor cura
párroco de El Tiemblo.
Hasta el día 10 de octubre del año 1936 permanece suprimida toda
manifestación de culto católico en este pueblo abulense.
Muy cerca se encuentra el llamado Cerro de Guisando. Allí existe
una capilla. Todas sus imágenes y ornamentos sagrados quedaron
destrozados por los rojos. Dos de las imágenes eran de talla y de
notable valor artístico. Del siglo XVI.
En el archivo del Ayuntamiento de El Tiemblo encontré una relación
de objetos ocupados por los rojos en la finca Cerro de
Guisando, parroquia y ermita de San Antonio, depositados en la
casa consistorial.
Según esta relación, los rojos se apoderaron de:
Diez cálices con sus correspondientes patenas, dos custodias, cinco
coronas, un relicario, once bandejas de diferentes tamaños, un rosario,
un crucifijo, etcétera.
Con las astillas de las imágenes destrozadas atizaron la lumbre y
prepararon la comida. Y todo ello, en medio de la consabida sarta
de blasfemias y burlas. En pasto de las llamas terminaron algunas
valiosas imágenes policromadas.
A viva fuerza, las monjas benedictinas fueron expulsadas de su
convento. Algunas casas particulares las tuvieron acogidas durante
algunos días.
El capellán del convento y el de la compañía de Saltos de 217
Alberche permanecieron algunos días escondidos en una casa.
Junto con el párroco, a primeros del mes de agosto de 1936 se
deciden a emprender la huida. Y tuvieron éxito en su acción. Puede
llegar a la capital abulense. Miles de peripecias en la fuga.
218
VIII
Por tierras de Oropesa
(arciprestazgo de Oropesa)
ALCAÑIZO
Eran 14 las parroquias pertenecientes al arciprestazgo de Oropesa
en el año 1936. Ninguno de estos pueblos corresponde a la
provincia de Ávila. Doce son de Toledo y otros dos corresponden a
la provincia de Cáceres.
Alcañizo, con 1.053 habitantes, aunque de la diócesis abulense, es
pueblo toledano.
Frecuentes violencias contra la práctica del culto católico.
Especialmente a partir de las elecciones del 16 de febrero de 1936.
Prohibida la procesión del día del Corpus, a pesar de que el
219
resultado de dichas elecciones había sido muy favorable para las
derechas en Alcañizo.
Según se desprende del informe enviado por el párroco al obispo en
1937, hubo alguna lista negra confeccionada por los rojos en 1936.
Nadie pudo asegurármelo en mi visita informativa a esta parroquia.
El templo quedó completamente desvalijado. Sólo permanecieron
en pie las paredes y el techo.
Había sido incautado el día 25 de julio de 1936. En esta fecha pudo
ser celebrada la misa de Santiago Apóstol.
La iglesia serviría de almacén. Las imágenes y retablos,
destrozados en su mayoría: el del altar mayor, dedicado a Santiago;
el del Santísimo Cristo; el del Sagrado Corazón de Jesús; el de la
Virgen del Rosario y el de la Inmaculada.
Entre las imágenes destruidas, las titulares de los altares
anteriormente indicados. Casi nada quedó del órgano de la iglesia
parroquial.
Todo esto, en medio de parodias sacrílegas y burlas soeces.
Profanado también el púlpito. Vestidos con ornamentos sagrados,
predicaban desde él algunos milicianos rojos. Varios testigos me
confirmaron tales actos de burla profanación.
Don Salustiano Domínguez Sastre
220
Nacimiento: Mingorría, el 9 de junio de 1880.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 18 de diciembre de 1909.
Murió mártir: junto a las tapias del cemente rio de Oropesa, el
10 de agosto de 1936.
Tenía: 56 años de edad.
Don Salustiano fue hijo de Lope y de Petra. Cursó sus estudios
eclesiásticos en el seminario conciliar de Ávila, recibiendo en esta
ciudad la tonsura y las cuatro órdenes menores durante el año
1907. En este mismo año fue ordenado de subdiácono. En el año
1909 recibe el diaconado. Ya a finales de este año, el día 18 de
diciembre, es ordenado de presbítero.
A principios del año 1910, el día 28 de febrero, es nombrado cura
ecónomo de Espinosa. Pasó después, el 24 de enero de
1913, a ser párroco de Calabazas. Su último nombramiento
eclesiástico fue el de párro co de Alcañizo. Desde el día 19 de junio
de 1926 hasta el día 10 de agosto de 1936, fecha en la que recibió
el martirio.
Muy cruel resultó su muerte. Principalmente en el año 1955 hice el
recomido por esta zona, recogiendo datos, pidiendo declaraciones.
Al irse cargando el ambiente antirreligioso en Alcañizo, don
Salustiano opta por no salir de su casa. Cierto día llegan unos
milicianos rojos. Proceden de Oropesa. Y van en plan amenazador,
decididos a buscar al cura. Lo cogen preso. A empellones le sacan
de la vivienda. Le ordenan subir a una camioneta, preparada al
efecto. Y emprenden la marcha, en dirección hacia Oropesa.
En el trayecto va siendo objeto de toda clase de burlas, de
221
insultos, de golpes. Se divierten con él, de miles de maneras.
—Bájate. Entra en ese melonar. Y tráenos el mejor de los
melones.
Tiene que obedecerles. Tiene que soportar sus burlas. Va descalzo.
Entra en el melonar. Y viene con el melón para los milicianos rojos.
—Este es para ti —le dicen.
Y le restriegan la cara con él. Y van repitiendo la escena, una y otra
vez.
Al llegar a Torralba de Oropesa, se detienen en la plaza del pueblo.
No contentos con haberse divertido ellos, desean ahora que lo haga
también el pueblo. El sacerdote servirá para ello. Don Salustiano,
con admirable paciencia, tiene que continuar obedeciéndoles.
—Baja rápidamente. ¡Échanos un baile! Y... después, vuelve
a subir. Tienes que pagar todas las que debes.
De nuevo le ordenan subir a la camioneta. Y continúan la marcha.
Se va repitiendo la escena de obligarle a bajar, una y otra vez.
Tiene que traerles melones, según se lo van pidiendo. Frases
injuriosas de subido calibre van hiriendo sus oídos. Los golpes
violentos aumentan más y más. Sufrimiento lento y variado.
Ya han llegado a Oropesa. Tiene que comparecer ante el comité.
Se halla instalado en el castillo de los condes de Oropesa.
Hoy es un magnífico Parador de Turismo.
Acorralado por un crecido grupo de milicianos rojos, en el patio del
castillo tiene que escuchar soeces insultos. Tiene que
222
continuar soportando violentos y duros golpes. Su cuerpo va
perdiendo capacidad de resistencia física. No escatiman ocurrencia
alguna para divertirse a costa del sacerdote. Para hacerle sufrir más
y más.
Cansados de ello y, quizá temiendo que terminara su vida allí
mismo, le sacan del patio del castillo. Lo llevan a las cercanías del
cementerio. Allí terminaron de matarle. No fue mucho ya lo que
tuvieron que hacer para conseguirlo. Sus fuerzas físicas eran ya
muy pocas. Había sido muy prolongado e intenso el sufrimiento
moral y físico.
Sus restos mortales fueron colocados en el cementerio de
Oropesa, pocos metros de distancia. Después, han sido trasladados
a Alcañizo. Actualmente reposan en la iglesia parroquial. Allí pude
contemplar su sepultura.
La fecha de su muerte violenta, a manos de los rojos, fue el día 10
de agosto de 1936.
BERROCALEJO DE ABAJO
Pueblo de la provincia de Cáceres, aunque perteneciera a la
diócesis abulense en el año 1936. Sus habitantes ascendían a
1.081.
En los primeros meses del año 1936 iban apareciendo, cada vez
con más frecuencia, cada día con mayor intensidad, injuriosos
anónimos contra el sacerdote.
En la segunda quincena de julio queda la iglesia parroquial en
manos de los rojos del pueblo. La destinan para almacén de
víveres. La ermita de la Virgen de los Remedios serviría de cuartel.
223
Como garita para hacer la guardia, ¿qué cosa mejor que el
confesionario?
Uno de los retablos de la iglesia parroquial, destrozado por
completo. Sus imágenes, pasto de las llamas.
—Verás qué bien cuece la comida hoy —decían entre sí los rojos.
Usaron para ello las astillas de las varias imágenes quemadas.
En carta al señor obispo, con fecha 21 de septiembre de 1936,
decía don Marcos Santos, párroco de El Gordo, pueblo cercano a
Berrrocalejo de Abajo:
En la [iglesia] de Berrocalejo, ni imágenes ni ropas. Todo ha quedado
destrozado. Y de los vasos sagrados, hasta ahora, no he podido dar con
nada, por lo que supongo se los habrán llevado.
En otro informe del párroco, he leído la relación de los diversos
objetos de culto saqueados en la parroquia de Berrocalejo de
Abajo. Se encuentra tal informe en el archivo diocesano. Tiene la
fecha del día 15 de noviembre de 1939.
Se afirma que todas las imágenes fueron destrozadas. Así me lo
declararon también varios testigos. Un copón de metal, un
portaviáticos, la cruz parroquial, ánforas para los santos óleos, una
corona de plata meneses para la Virgen de los Remedios, etc.
Todo desapareció. Los rojos lo destrozaron o lo robaron.
Un cáliz de plata fue objeto de múltiples profanaciones. Lo mismo
sucedió con la magnífica imagen de San Juan Evangelista. Al
parecer, era una talla de Alonso Berruguete. Apareció con la mitad
de la cabeza cortada.
224
Don Marcelino Ramos Rincón
Nacimiento: Herreruela de Oropesa, el 4 de diciembre de 1901.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 15 de junio de 1924.
Murió mártir: término de Calzada de Oropesa, el 7 de agosto de
1936.
Tenía: 34 años de edad.
Eugenio y Áurea fueron los padres de don Marcelino. Sus estudios
sacerdotales en el seminario de Ávila. Durante el año 1922 recibe la
tonsura y las cuatro órdenes menores. Al año siguiente es ordenado
de subdiácono. Ya en 1924 recibe el diaconado. Y en este mismo
año, el día 15 de junio, recibe la ordenación de presbítero.
Pocos días después de su ordenación sacerdotal, el día 27 de junio,
es nombrado cura ecónomo de Manjabálago. En ese año 1924,
desde el 31 de diciembre, don Marcelino realiza el servicio militar.
Llegados al 19 de junio de 1926 es nombrado párroco de
Garciotún. Seis años después, desde el día 17 de diciembre de
1932, por concurso de parroquias, don Marcelino recibe el cargo de
párroco de Buenaventura. Ya en 1935, el día 20 de marzo, y
también por concurso, al estilo de entonces, recibe el
225
nombramiento de párroco de Berrocalejo de Abajo. Año y medio
después sería martirizado. El día 7 de agosto de 1936.
Se encontraba en la iglesia parroquial. Un grupo de milicianos rojos
entra en el templo. Van a buscar al cura. Lo cogen preso. Es
sacado a empellones. Una alborozada y vociferante turba le espera
fuera.
Previamente pudo sumir las sagradas formas. Ya no podría volver a
entrar en la iglesia. Ésa es la orden terminante de los rojos.
Pide autorización para poder trasladarse a su pueblo natal.
Herreruela de Oropesa. Petición concedida. Fue un gesto de
delicadeza por parte de los milicianos de Berrocalejo de Abajo.
En su pueblo natal pudo don Marcelino continuar ejerciendo su
ministerio sacerdotal. No por muchos días. Tan sólo hasta el 25 de
julio, festividad de Santiago Apóstol.
Durante mi visita al pueblo interrogué a varios testigos. Me
afirmaron que la predicación de don Marcelino, en esta fecha,
revistió un carácter muy especial. Fue una fervorosa arenga,
animando a todos a soportar cristianamente cuantos sufrimientos se
avecinaban sin lugar a dudas. Él los consideraba inminentes. Y así
sucedió.
Desde el 25 de julio de 1936, terminada la santa misa, permanece
recluido en su casa. Vive con una hermana. Algunos van a
buscarle. Lo cogen preso. Pero, lo vuelven a soltar. Así, una y otra
vez.
Hasta que llega el día de 7 de agosto del mismo año 1936. Se
presentan unos milicianos y le ordenan que los acompañe. Ya está
preparada la camioneta. Como en otros muchos casos, con otros
sacerdotes. Don Marcelino tiene que subir a ella. Y salen en
226
dirección a Calzada de Oropesa. Pero, antes de llegar a este pue-
blo, lo matan.
Sus restos mortales fueron trasladados, en un principio, al
cementerio de Berrocalejo de Abajo. Poco tiempo después, al de
Herreruela.
Y desde el año 1942 reposan en la iglesia parroquial de este
último pueblo, donde había nacido 34 años antes.
En el año 2002 una declarante, residente actualmente en
Madrid, de 83 años de edad, afirma que conoció mucho a don
Marcelino, por haber sido vecinos en Berrocalejo. Se llama Martina
Breña García. Según esta declarante don Marcelino «era trabajador,
amable y agradable. Visitaba a los enfermos. Se dis-tinguió siempre
por las limosnas que daba. [...] Se le mató por ser sacerdote».
CALZADA DE OROPESA
De la provincia de Toledo, aunque, entonces, pertenecía a la
diócesis de Ávila. Con un censo de 2.981 habitantes.
Manifestaciones de desprecio para quienes cumplían con los
deberes religiosos. De manera aplastante triunfan las izquierdas en
las elecciones del día 16 de febrero de 1936.
Existiendo ya la casa del pueblo, era manejada por los extremistas
de izquierdas. Socialistas de Talavera de la Reina iban influyendo
muy a las claras en Calzada de Oropesa.
Hasta unos días antes del Alzamiento nacional había permanecido
como párroco don Samuel López Aldea. Desde el 27 de diciembre
del año 1919 hasta el 14 de julio de 1936. A este
227
sacerdote solicité me informara. En carta, que me escribió, dice lo
siguiente:
Durante mi estancia en la Calzada (27 de diciembre de 1919 hasta el 14
de julio de 1936), quitaron los crucifijos de las escuelas, destruyeron las
cruces del calvario; las piedras las llevaron para cimientos de un pozo
grande que hicieron y que denominaron: «Pozo de la República».
La iglesia parroquial, saqueada. Destruidas y quemadas todas sus
imágenes. Con las astillas iban atizando la hoguera para hacer la
comida a los milicianos. Con fecha de 15 de marzo del año 1937
enviaba don Antonio E. Lucena un informe al obispado. Comunica
en él los destrozos causados por los rojos en la parroquia de
Calzada de Oropesa. Correspondiente al año siguiente existe otro
informe en el archivo diocesano.
Ni el edificio del templo parroquial, ni el del convento de monjas
recoletas sufrieron graves destrozos en sus paredes y techos. No
se puede afirmar lo mismo respecto a su interior.
Los retablos de la parroquia quedan mal parados. Desaparece un
gran lienzo del altar mayor, representando a la Asunción de
Nuestra Señora. Me dijeron que tenía valor artístico. Las imágenes
de San José y de San Roque quedan destrozadas. Eran de talla.
En altares laterales: las imágenes de San Pedro Apóstol, San
Ramón, San Sebastián, entre otras. Deteriorados otros dos
retablos. Churrigueresco, uno. Rococó, el otro.
Muchos ornamentos sagrados desaparecieron también. Y otro tanto
sucedió en la iglesia del convento.
Algunas profanaciones, con imágenes y ornamentos. He
contemplado una fotografía —quizá hecha en el año 1936— en la
228
que aparece una maravillosa talla de la Virgen, con los ojos
arrancados de sus órbitas. Junto a ella, aparece otra imagen
decapitada.
En el convento se encontraba una imagen de Jesucristo, con parte
de la vestimenta de color rojo. Nada hicieron los rojos contra ella.
«Es de los nuestros», decían.
El culto católico, suprimido desde el día 25 de julio hasta el 14 de
septiembre del mismo año.
El cementerio también pasó a poder de los marxistas. Dos
sepulturas existentes en la capilla de Santiago, en la iglesia
parroquial, y que contenían los restos mortales de los fundadores,
fueron profanadas. Otro tanto hicieron con los restos de la
fundadora del convento.
Nada pude averiguar acerca del paradero de las formas
consagradas, las que estaban en el sagrario de la iglesia parroquial.
Y la misma incertidumbre existe en relación con las del sagrario del
convento de Calzada de Oropesa.
Don Carlos Garzón Pérez
Nacimiento: Madrigal de las Altas Torres, el 21 de septiembre de
1872.
229
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 12 de junio de 1897.
Murió mártir: Calzada de Oropesa, el 29 de julio de 1936. Tenía: 63
años de edad.
Don Carlos fue hijo de Venancio y Carlota. Habiendo cursado sus
estudios eclesiásticos en el seminario conciliar de Ávila, recibe en
esta ciudad la tonsura y las cuatro órdenes menores (ostiario, lector,
exorcista y acólito). Era el año 1896. El subdiaconado, diaconado y
presbiterado durante el año 1897. Sacerdote desde el día 12 de
junio del mismo año. El día 21 de diciembre de 1899 es nombrado
cura ecónomo de Villanueva del Campillo, donde permanecerá
hasta su nombramiento como cura ecónomo de Vega de Santa
María el día 19 de mayo de 1905. Pasado algo más de un año, el
día 26 de octubre de 1906, pasa a ser cura ecónomo de
Navarrevista. Recibirá el nombramiento de párroco de Pajares el día
5 de enero de 1913. A partir del 16 de noviembre de 1925 actúa
como párroco de San Bartolomé de Pinares. Finalmente, recibe el
nombramiento de cura encargado de Calzada de Oropesa el día 10
de julio de 1936. Y aquí permanece muy pocos días. Fue
martirizado el día 29 de julio de 1936.
Poco más de un mes lleva don Carlos como cura encargado de la
parroquia. Tanto él como las religiosas agustinas fueron, desde los
primeros momentos, el blanco de insultos y burlas por parte de los
marxistas del pueblo.
Era el día 25 de julio de 1936. Ya habían tocado las campanas para
señalar la hora de la próxima celebración de la misa, en la festividad
de Santiago Apóstol.
Empieza a revestirse don Carlos con los ornamentos sagrados.
Entran, en aquel preciso momento, unos milicianos. Van
230
furiosos. Pistola en mano. Cogen preso al sacerdote. También al
sacristán. Los trasladan al comité comunista.
Poco después, concediendo la libertad al sacristán, queda
prisionero don Carlos. Aún sigue con la sotana. Le sacan del
comité. Es trasladado a la cárcel. El mismo edificio del convento
sirve de prisión. El mismo día de Santiago, por la noche, le ponen
en libertad. Varias personas le aconsejan la huida. Don Carlos no
accede a ello.
—¿Por qué voy a huir? ¿Qué me van hacer? No tengo enemistades.
Nadie se puede considerar ofendido por mí. Acabo de llegar al pueblo. A
nadie he hecho daño. Y, como llevo aquí solamente un mes ¿quién
puede considerarse ofendido por mí?
Pocas fechas después le ordenan que se quite la sotana.
Nuevamente le llevan a la cárcel. A las pocas horas, aquella misma
noche del 29 de julio del año 1936, es sacado de la prisión. Pero,
en calidad de detenido.
Y a un kilómetro de distancia, en dirección de El Gordo, es
asesinado por los rojos. Sería la media noche.
El cadáver de don Carlos queda abandonado en el mismo lugar del
suplicio. Trasladado, días después, al cementerio del pueblo. El
sacristán de la parroquia colocó sobre el cuerpo acribillado a
balazos un alba y una casulla. Sobre su pecho un crucifijo.
EL GORDO
Pueblo cacereño, aunque en el año 1936 perteneciera a la diócesis
de Ávila. Con 1.980 habitantes.
231
El templo parroquial sirvió de almacén, desde el primer momento de
su incautación por los rojos. Once imágenes de madera tallada,
algunas casullas y otros ornamentos sagrados quedarían
destrozados. Al menos, desaparecieron. Los vasos sagrados,
debido al diligente cuidado del sacristán, pudieron ser salvados. De
sus labios escuché el relato.
Cuando la iglesia parroquial pasó a poder de los rojos, aún se
encontraba en el sagrario el santísimo sacramento. Un miliciano se
acerca al tabernáculo. Da un fuerte golpe con su fusil. Ante tal
violencia, cede la puerta hacia dentro. El copón, con las formas
consagradas, queda detrás de la puerta. No pudo ser visto por el
miliciano. Así permaneció hasta la llegada de las tropas nacionales.
No hubo, pues, profanación de las especies sacramentales.
Antes de destrozar las imágenes, las arrastraron por las calles, en
medio de burlas e insultos. Al menos, en lo que se refiere a las
imágenes de San Juan y de San Ramón.
Ya estaban, desde el año 1931, en manos de los marxistas el
cementerio de El Gordo. La casa rectoral quedó también en manos
del comité rojo.
La noche del 26 de julio de 1936 un crecido grupo de hombres,
miembros de la FAI y de la CNT, van muy decididos a prender al
sacerdote. Intervienen en su favor algunas personas del pueblo. Y,
de momento, tiene éxito su gestión.
La mañana del día 2 de agosto del mismo año vuelven a buscarle.
Es cogido preso. Le llevan hacia el cementerio de Calzada de
Oropesa. Estuvo en grave peligro de ser fusilado. No resulta fácil
explicarse por qué no sucedió así. El hecho es que puede huir.
Hasta el pueblo de Navalcán.
232
HERRERUELA DE OROPESA
Sus habitantes: 2.610. De la provincia de Toledo, como casi todos
los pueblos de este arciprestazgo de Oropesa. En aquellos años
pertenecían a la diócesis abulense.
El día 20 de julio de 1936 fue la fecha de la incautación del templo
parroquial. Los rojos tienen la ocurrencia de encerrar en la sacristía
las imágenes. Buen acierto. Se salvaron de las llamas. Tan sólo
desapareció una imagen del Niño Jesús, el via-crucis y un cuadro
de las ánimas.
La casa rectoral, para residencia del comité comunista. Como
hospital de sangre, después.
En calidad de párroco se encontraba en Herreruelo de Oropesa don
Teófilo Nieto. Detenido durante algún tiempo en su casa, puede huir
después. Algunos rojos del mismo pueblo consintieron su fuga.
Escribiendo al obispado en el mes de septiembre de 1936, resume
con estas palabras la actuación de los marxistas en la parroquia,
Al llegar a ésta, encontré los libros del archivo en el ayuntamiento; faltan
algunos y otros están destrozados; la mayor parte los han respetado. La
iglesia ha sufrido pocos desperfectos. Ha sido destrozada una imagen
del Niño Jesús; el sagrario lo han arrancado de su lugar, pero no tiene
desperfecto; las demás imágenes estaban en la sacristía...
En este pueblo de Herreruela de Oropesa se encontraba el
sacerdote don Marcelino Ramos Rincón. Era su pueblo natal. Ya
han sido escritas algunas líneas acerca de su muerte violenta,
causada por los comunistas.
233
LAGARTERA
Pueblo toledano. Eclesiásticamente pertenecía a la diócesis de
Ávila. Con 2.936 habitantes.
Numerosa y activa la izquierda revolucionaria, desde hacía varios
años. La casa del pueblo lo absorbía todo en la vida local de
Lagartera. Organizadas también la Izquierda Republicana y la
Acción Popular.
Es comprensible que el párroco fuera encontrando numerosas
trabas en su actividad ministerial. Cada día más frecuentes e
intensas. Miles de obstáculos a la celebración de los actos
religiosos. Fútiles motivos.
Durante las pocas procesiones permitidas, la provocación por parte
de los rojos iba siendo alarmante. No faltaban canciones obscenas
y anticatólicas. Colocados en la misma puerta del templo parroquial,
algunos de los más significados socialistas amedrentaban, con
graves amenazas, a cuantas personas acudían a la iglesia.
En ese ambiente, el párroco era frecuentes veces insultado en
público. Manejando las más peregrinas calumnias, es llevado ante
las autoridades del comité rojo.
Y, ya en el mes de julio de 1936, queda Lagartera, por completo,
bajo el poder del grupo marxista. Tal tendencia era muy extrema,
muy activa.
Es saqueada la iglesia parroquial. Todas sus imágenes destruidas.
Unas cincuenta, en total. Un retablo, deshecho. Los otros, muy
deteriorados. El día 26 de julio fue domingo. El párroco
234
puede celebrar la primera misa. Es dado el primer toque de
campanas, anunciando la proximidad de la segunda misa. Pero no
pudo ser celebrada.
Aquella mañana el señor alcalde comunica al párroco que recoja de
la iglesia lo que más le interese. Deberá entregar inmediatamente
las llaves.
Van al templo. Con el alcalde entran el párroco y el celador. Sume
todas las sagradas formas. Traslada el copón a la casa rectora. Acto
seguido realiza la entrega de las llaves de la iglesia.
Queda destinada para cuartel de milicias. Todas las imágenes,
destrozadas. En el año 1937 el señor cura de Lagartera envió al
obispado una relación deta llada, referente a la actividad
antirreligiosa de los rojos en el pueblo. Se encuentra en el archivo
diocesano. Según aparece indicado, las imágenes destrozadas del
retablo mayor fueron 15, además del tabernáculo y mesa de altar.
Nueve las del retablo de la Virgen del Rosario. Las restantes, hasta
un número de 50, correspondían a otros retablos. Cuatro
confesionarios, varios libros litúrgicos y muchos ornamentos
sagrados.
Hubo simulacros sacrílegos. Se complacían los milicianos rojos en
descuartizar las imágenes con ensañamiento «para prolongar la
agonía», según afirmaban entre burlas sin cuento. En el interior del
templo sería organizado algún baile.
En mi visita al pueblo, varios testigos me refirieron, a este respecto,
sucesos sumamente desagradables. Baste indicar alguno.
Fue el día 5 de agosto de 1936. Elegida esta fecha para la
destrucción de las imágenes. Es la víspera de la fiesta titular de la
parroquia. Es la hora en la que habrían tenido lugar las vísperas
235
solemnes. Uno de los rojos se encara con la sagrada imagen.
Lanzándole improperios, la arroja al suelo. «¡Vaya unas vísperas
que te vamos a dar!».
Parodian la celebración de una boda entre diferentes imágenes.
Vestidos los rojos con ornamentos sagrados, organizan burlescas
procesiones. La imagen de Cristo en el sepulcro es sacada a las
afueras del pueblo, en un ambiente de histéricas risotadas. Sobre
su pecho habían colocado un visible letrero con esta inscripción:
«¡Viva el comunismo!».
Miembros descuartizados de valiosas tallas sirvieron para atizar el
fuego. Cuando llevé a cabo la recogida de datos, pude contemplar
cómo la pintura que representaba a Santo Domingo conservaba
aún la señal de haber recibido varios dis paros. Una miliciana fue
paseada sobre andas, por el interior del templo parroquial.
En la ermita de los mártires serían mutiladas las imágenes.
Don Antonio Tejerizo Aliseda
Nacimiento: Navaluenga, el 15 de diciembre de 1875.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 4 de junio de 1898.
Murió mártir carretera de Oropesa a Navalmoral, el 1 de agosto de
1936.
236
Tenía: 59 años de edad.
Los padres de don Antonio fueron Eduardo y Tomasa.
Habiendo realizado sus estudios eclesiásticos en el seminario
abulense, recibió en Ávila la tonsura y las cuatro órdenes menores
durante el año 1897. Al año siguiente es ordenado de subdiácono,
diácono y presbítero. Esta última orden el día 4 de junio.
Con fecha 1 de agosto de 1899 es nombrado cura regente de
Navacepeda de Corneja. Aquí permanece durante varios años.
Hasta que fue nombrado cura ecónomo de Santo Domingo de las
Posadas el día 7 de noviembre de 1908. Algo más de un año
después, el 14 de diciembre de 1909, pasa a ser ecónomo de
Fuente el Sauz. Tres años después es trasladado, como párroco, a
Narros de Saldueña. Era el día 19 de diciembre de 1912. Casi ocho
años después, el 19 de julio de 1920, va de párroco a San Martín
de la Vega. Aquí permanece hasta que reciba el nombramiento de
párroco de Lagartera el día 16 de noviembre de 1925. Unos once
años después, el día primero de agosto de 1936, recibe la palma
del martirio.
Tenía muy debilitada su salud, en 1936. Llevaba 11 años en la
parroquia de Lagartera.
Cuento con varias fuentes de información relativas a la muerte
violenta causada por los rojos al sacerdote don Antonio. Todas ellas
coinciden con las declaraciones, que me hicieron vanos testigos en
el pueblo.
El sacerdote don Pedro Martín comunicó al prelado abulense el día
20 de julio del año 1938:
En esta parroquia, por no haber más personas consagradas
a Dios que el párroco, de aquí que sólo hubo un mártir...
237
El día primero de agosto se presentaron a su puerta con un coche varios
milicianos, quienes penetraron en la casa y con violencia le sacaron de
su cama, pues la enfermedad que padecía se agravó hasta el extremo
de hallarse imposibilitado para sostenerse en pie.
Sostenido por dos esbirros, con un aspecto dolorido y lastimoso, por su
postración, abatimiento y agotamiento, le arrastraron entre el vocerío,
aplauso y delirio del populacho...
Con más extensión me habló de los últimos días de la vida del
párroco un testigo. Fue en el año 1955 cuando me informó en
Lagartera. Fue capaz de reconstruir con viveza aquellos tristes
acontecimientos.
He aquí algunos de los datos, por dicha señora proporcionados.
Van muy resumidos.
El mismo día 20 de julio de 1936, don Antonio Tejerizo es
públicamente insultado por los marxistas. Su casa es apedreada
violentamente. Siguen aumentando las injurias contra su persona y
contra la religión en fechas sucesivas.
—Ese cuervo, ¡que se marche a hacer el nido a otra parte!
Se le requiere para hacer un minucioso registro de la iglesia
parroquial. Tiene que presenciar su desarrollo.
—A ese cura hay que quitarle de en medio. Debemos hacerlo
ahora mismo.
El domingo 26 de julio, ya no le permitieron celebrar la segunda
misa. Tiene que entregar las llaves de la iglesia parroquial. Pudo,
antes, consumir las sagradas especies.
238
—He podido consumir —dijo a su hermana—. Ya no pueden
cometer un sacrilegio con el santísimo. Sea lo que Dios quiera.
Recluido en su misma casa desde el día 26 de julio hasta las diez
de la noche del día 28 del mismo mes.
En cierta ocasión se presentan, pistola en mano, unos milicianos.
Van en tono amenazador. Le someten allí mismo a un severo
interrogatorio.
—Para mí todos son iguales. Porque yo soy el padre
espiritual de todos.
Aquella vez le permiten continuar en su casa. El día 31 las
autoridades marxistas de Lagartera le comunican que debe
prepararse para salir, muy pronto, en dirección hacia Calzada de
Oropesa.
Don Antonio está seguro de que ha llegado el final de su vida.
Consuela, como puede, a su hermana. Él mismo se va preparando
espiritualmente para morir.
El día primero de agosto, ya entrada la noche, van los rojos a
buscarle. Se encontraba en la cama. Sus fuerzas físicas muy
debilitadas.
—Señor, Dios mío. Cualquiera que sea el género de muerte que quieras
darme, la acepto desde ahora mismo, como venida de tu mano.
A la puerta de la casa se encuentra ya un coche preparado.
Se ha ido formando un crecido grupo de feligreses. Colocado el
párroco en el coche, entre dos milicianos. Emprenden la marcha.
Detrás del coche, una camioneta repleta de soldados rojos. Se van
divirtiendo. Van cantando ya «el entierro del cura».
239
A muy pocos kilómetros de Lagartera, le matan. Era el día primero
del mes de agosto del año 1936.
El mismo conductor del coche en el que fue llevado al lugar del
suplicio declaró que, al llegar a Calzada de Oropesa, bajaron al
sacerdote, lo llevaron al ayuntamiento, lo insultaron e injuriaron
repetidas veces.
Vuelto al coche e iniciada de nuevo la marcha, cuando les parece,
le obligan a descender del vehículo. Le ordenan caminar unos
metros. Y una descarga de disparos terminó con su vida.
Desde el lugar de su muerte violenta serían trasladados sus restos
hasta el cementerio de Calzada de Oropesa. Unos años después, el
día 19 de junio de 1942, fueron llevados solemnemente a la iglesia
parroquial de Lagartera. Reposan en el presbiterio.
En este año 1942 ya se encontraba, como párroco de
Lagartera, don Pablo Jiménez. De sus labios he escuchado el relato
de la solemnidad que revistió dicho traslado. Él pronunció la oración
fúnebre. Posteriormente, sería publicada. Once páginas tiene.
En la página 10 se puede leer lo siguiente:
Al llegar a las proximidades de Navalmoral de la Mata hiciéronle bajar
del coche. Comprendió que era llegada su última hora. Pidió unos
momentos de silencio y en voz que todos oyeron pronunció esta
plegaria:
«¡Dios mío! Yo te ofrezco mi vida por la salvación de España y por la de
las almas de mis feligreses; y perdona a los que me van a dar muerte,
porque no saben lo que hacen».
Y vuelto a ellos continuó: «Yo también os perdono con todo mi corazón.
Tirad cuando queráis».
240
Luego sonó una descarga que le dejó desfigurada la cabeza y, como
aún se moviese, le remataron con otra descarga, arrastrando después el
cadáver a la próxima cuneta del camino.
Las últimas gestiones llevadas a cabo en orden a lograr más
información acerca de don Antonio Tejerizo Aliseda corresponden
al año 2002. Todos los declarantes corroboran lo anteriormente
escrito. Proceden del sucesor en la parroquia.
A mi requerimiento de nuevas informaciones me ha contestado el
actual párroco de Lagartera. Él ha interrogado, en los primeros días
de marzo del año 2002, a 11 personas. Todas ellas están
comprendidas entre los 77 y los 89 años de edad.
Todos los declarantes conocieron al párroco. Dicen que «era un
hombre muy virtuoso, muy espiritual, con una santidad al máximo.
[...] Paternal y amable con todos los que le insultaban y atacaban a
la religión católica. [...] Ante su martirio se mostró resignado,
aceptando la voluntad de Dios». Dicen que don Antonio, al morir,
pronunció: «¡Ay, Dios mío!». Y que perdonó a todos. [...] Que fue
martirizado por ser cura y por odio a la fe. [...] Que fue considerado
como mártir.
Siguen afirmando que «le consideran como santo. La gente que le
conoció [...] conserva su memoria y le rezan todos los días,
encomendándose a él». [...] Los restos se conservan en una
sepultura, colocada en el presbiterio de la iglesia parroquial. Las 11
personas declarantes en el año 2002 dicen que «se alegrarían de
su canonización».
241
NAVALCÁN
De la provincia de Toledo. Esta parroquia abulense tenía 4.240
habitantes. Muy cargado el ambiente revolucionario. Los ataques,
aún antes del mes de julio de 1936, iban siendo muy frecuentes y
manifiestos.
A principios de ese año escribía el párroco al obispado. Era don
Pedro Estrada. Comunicaba la incautación del cementerio católico,
en el mes de marzo.
En vano protesta contra tal arbitrariedad. No se le hace caso. Con
fecha 15 de junio de ese año 1936, el obispado le concede
autorización para litigar ante el juzgado de primera instrucción de
Talavera de la Reina.
El día del Corpus recibe un oficio de parte del alcalde de Navalcán.
Se le prohíbe hacer la procesión fuera de la iglesia.
Tampoco podrá anunciarla con el toque de campanas.
Sigue creciendo el clima anticatólico, a pesar de que en el mes de
febrero habían triunfado las derechas en las elecciones del día 16.
Más activas las izquierdas revolucionarias.
Como en tantos otros pueblos, el templo parroquial queda
incautado, sometido al más riguroso saqueo. Convertido en casa
del pueblo y almacén de subsistencias requisadas por los rojos.
Las imágenes, destrozadas. Varias de ellas, profanadas
previamente. Lenta mutilación de sus miembros. Arrojadas al fuego
sus astillas. Y todo ello, en un clima de mofas y burlas.
He visto tres fotografías en las que aparecen imágenes destrozadas
en Navalcán. En una de ellas se puede contemplar un montón de
unas quince imá genes, con su tronco y miembros hechos añicos.
En otra fotografía hay dos imágenes: una, sin
242
brazos; la otra, destrozada en medio cuerpo para arriba. La tercera
fotografía representa a un Cristo separado de la cruz y con un brazo
roto. Creo que tales fotografías fueron hechas a finales del año
1936.
Únicamente pudo salvarse la imagen de la Virgen del Monte. Es la
patrona de Navalcán. Parece ser que el alcalde rojo fue convencido
del valor artístico de la talla. Él mismo se encargó de esconderla.
Según me declararon varios testigos, en su afán de ridiculizar la
religión, los milicianos rojos se deciden a «celebrar matrimonios»
entre algunas imágenes. Para ello, se vistieron de ornamentos
sagrados.
¿Qué pasó con las sagradas formas? Nada se puede afirmar con
certeza. Al incautarse los rojos de la iglesia parroquial quedaron en
el sagrario. Cuando llegaron las tropas nacionales, tan sólo
aparecieron algunas partículas. Quizá fueran profanadas
sacrílegamente.
Don Pedro Rivera, párroco de Navalcán en el año 1955, tuvo a bien
comunicarme en su informe:
Ellos mismos ocultaron la imagen de la Santísima Virgen del Monte,
patrona de la parroquia, en un pajar, no por salvarla de ser quemada,
como las otras, sino para venderla después, y, como Judas, conseguir
por ese medio unas pesetas. Las demás imágenes y altares los
destruyeron todos.
243
Don Pedro Estraza Altozano
Nacimiento: Torralba de Oropesa, el 11 de noviembre de 1879.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 23 de septiembre de 1906.
Murió mártir: El Toril, término de Velada, el 10 de agosto de 1936.
Tenía: 56 años de edad.
Los padres de don Pedro Estrada fueron Ildefonso y Salustiana.
Realizados sus estudios eclesiásticos en el seminario de Ávila, fue
en esta ciudad donde reci bió la tonsura y las cuatro órdenes
menores (ostiario, lector, exorcista y acólito), el subdiaconado,
diaconado y presbiterado. Esta última el día 23 de septiembre de
1906.
En el mismo año de su ordenación sacerdotal, don Pedro empezó a
ejercer como cura ecónomo de Cardiel de los Montes.
Ya el día 19 de noviembre de 1909 desarrolla su actividad pastoral
como ecónomo de Almendral. Pocos meses después, el día 13 de
enero de 1910, ejerce como ecónomo de Poyales del Hoyo. Año y
medio después, también como cura ecónomo, en Gaviando. Era el
día 1 de junio de 1911. A la parroquia de Alcañizo pasa el 29 de
diciembre de 1912. Aquí permanece 11 años. Después es
nombrado para Torralba de Oropesa. Y desde el día 16 de
244
noviembre de 1925 empieza a desempeñar el cargo de párro co de
Navalcán. Lo será por poco tiempo, ya que fue martirizare el día 10
de agosto de 1936.
Varias veces se le aconsejó que intentara la huida. Se podía
sospechar el fatal desenlace.
—Jamás dejaré yo mi pueblo sin cura. No me iré de mi
parroquia, mientras alguno de mis feligreses pueda necesitar de
mí.
Y así lo hizo. Como buen pastor, creyó que no debía abandonar sus
ovejas, máxime cuando estaban en peligro.
Los datos acerca de la muerte violenta de este sacerdote se los
debo, en gran parte, a un pariente suyo. Me los proporcionó en el
año 1955. Lo hizo con gran serenidad. No había peligro de hacerlo
con emocionada pasión, ya que había transcurrido bastante tiempo.
Su ánimo se hallaba muy sereno.
Este familiar había acompañado a don Pedro durante todos los días
que precedieron inmediatamente a su muerte violenta. Resulta,
pues, testigo de excepción.
Desde mediados del mes de julio de 1936 tiene el párroco que vivir
recluido en la casa rectoral. El día 28 de ese mes le cogen preso los
milicianos. Es trasladado al calabozo del ayuntamiento.
Allí le maltratan a placer. Allí permanece hasta el día 10 de agosto
del mismo año. Hasta las primeras horas de la madrugada.
En todo momento dio muestras de gran entereza de ánimo.
—Los sacerdotes de Cristo —decía— siempre somos para los impíos
signo de contradicción. Por eso, sufro contento. En vano pretenderán
hacerme blasfemar. Jamás lo han de conseguir.
245
Durante los tres días que permanece en el calabozo es objeto de
insultos, soeces burlas y golpes. Bien se divertían con el párroco los
milicianos, encargados de su custodia.
Atados sus pies con una soga, y pasada después por una viga del
techo, tiraban cuando les parecía. Don Pedro, irremisiblemente, cae
de bruces.
Cuando recogen los restos mortales del sacerdote, pudieron
apreciar que tenía al descubierto los huesos de un tobillo.
—Pedrito: ¡échanos un sermón!
Y le hacen caer al suelo, tirando de la soga. Así, una y otra vez.
Utilizan ese mismo suplicio cuando lo trasladan a la camioneta.
Subido en ella, es atado por los pies. Uno de los rojos, quedando en
tierra, tira de la soga. Emprende la marcha la camioneta. Y el
párroco, inexorablemente, cae.
El día 9 de agosto un tropel de mujeres rojas entra en la cárcel.
Buscan al sacerdote. Satánicos improperios contra todo lo santo,
contra la virtud de la pureza, contra la misma persona de don
Pedro.
Al día siguiente es trasladado a una finca de la jurisdicción de
Velada. A unos diez kilómetros de distancia. Y allí le matan los
rojos. Terminaban, así, los prolongados sufrimientos del párroco de
Navalcán. Era el día 10 de agosto del año 1936.
Su cadáver, al ser recogido para darle sepultura, presentaba aún
una cuerda, atada al cuello. Y en la encina, inmediata al lugar del
asesinato, había un clavo. Quizá sirviera para sujetar a don
Pedro. Su cuerpo apareció muy destrozado.
Presentaba el vientre abierto por una gran brecha. Por la abertura le
metieron pasto. Según se informó, por aquellos días,
246
don Pedro murió pronunciando palabras de sincero y completo
perdón. No podría haber sido de otra manera. Éste fue el digno
remate de toda su actitud frente a los perseguidores.
Los restos mortales fueron llevados al cementerio de Torralba de
Oropesa, su pueblo natal. Y en el año 1942 trasladados a la iglesia
parroquial. Bajo una losa reposan en el presbiterio.
OROPESA
Cabeza del arciprestazgo. Con 4.466 habitantes. Pueblo de la
provincia de Toledo. Parroquia abulense, no obstante, en el año
1936.
Este pueblo se está poniendo incapaz; metiendo en la cárcel a
derechistas, sin más motivos que porque se les antoja a las izquierdas.
El día que se les antoje que a las monjas, nadie los podrá contener.
En estos términos escribió al obispado la abadesa del convento de
Oropesa, la madre Teresa Lázaro. La fecha de la carta, el 5 de
mayo de 1936.
Oropesa fue desde los primeros días un feudo de los más
revolucionarios socialistas. Era necesario contar con el beneplácito
de las autoridades civiles para la celebración de cualquier acto
religioso.
En cierta ocasión, un grupo de socialistas rodea el convento de las
religiosas concepcionistas. En tono amenazador, pretenden
obligarlas a salir. Esto sucede antes del mes de mayo de 1936. Las
monjas se niegan a abandonar el convento.
Inmediatamente llega una avalancha de mujeres. Van 247
furiosas. Conminan a las monjas. Escandalosos insultos contra
ellas. Amenazan quemarles el convento. No lo hicieron.
Según me afirmaron algunas religiosas —testigos que fueron de
aquellas amenazas— era seguro que, si hubieran salido, no las
hubieran permitido volver a entrar. Eso, en el mejor de los casos.
Este incidente es un reflejo fiel de la situación antirreligiosa en
Oropesa durante la primera mitad del año 1936. Podemos adivinar
los sucesos de los meses siguientes.
El comité rojo se hace cargo del templo parroquial. No causaron en
él graves desperfectos. A un kilómetro del pueblo se encuentra la
ermita de Nuestra Señora de las Peñitas. Es la patrona. Su imagen,
muy pequeña. De cerámica. La hicieron pedazos los rojos.
Después, a un estanque, próximo a la ermita; recogidos los
fragmentos, ha sido posible recomponerla.
Al principio me he referido al convento de las religiosas
concepcionistas. En mi visita a Oropesa me entrevisté con algunas
religiosas. Conocían muy bien los detalles de la acción antirreligiosa
de los comunistas en el pueblo. Al menos, en lo que a ellas se
refiere.
Oficialmente se les avisó de la necesidad de abandonar el
convento. Eran las cuatro de la tarde del día 21 de julio de 1936.
Había 14 monjas. Ahora se deciden a obedecer la orden de
abandonar el edificio. Salen del convento. Algunas bondadosas
familias las hospedan en sus casas. No sin grave peligro. Así
estuvieron hasta el día 5 de agosto. Don Nicéforo, su capellán,
traslada el santísimo al templo parroquial. Aquella misma noche se
adueñan del convento los milicianos de Oropesa.
Sacrílegas y múltiples profanaciones en la capilla. Una soga atada a
la imagen de la Virgen. La van arrastrando, después, por
248
las calles. Terminaría en la hoguera. En el retablo del altar mayor
de este convento he admirado un gran lienzo pintado. Representa
al Cristo de las Misericordias. Es de grandes proporciones. Cuatro
metros por dos y medio, aproximadamente. En el año 1955 se
apreciaban aún más de quince agujeros. Triste recuerdo de las
profanaciones cometidas contra él por los milicianos rojos.
La capilla tenía nueve retablos. De ellos, ocho fueron destrozados.
Destruidas sus imágenes. Previamente profanadas.
Siete en la iglesia. Seis en el coro alto de la comunidad. Entre ellas,
un Cristo Nazareno, con la cruz, de gran valor artístico. Obra de
Martínez Montañés. Destruidas también otras cinco imágenes en el
coro bajo.
Cualquier signo religioso, encontrado por los rojos en el convento,
era inexorablemente destrozado.
A toque de campana fue anunciado el momento de quema de la
imagen de la Virgen. La capilla, utilizada para salón de baile. Los
vasos sagrados fueron a parar al comité rojo. Podrían ser
recuperados. Los ornamentos sagrados, para hacer burlescas
procesiones por las calles.
En una hornacina del coro alto se hallaban los restos mortales de la
madre María Francisca Inés, primera abadesa del convento.
Los vieron los milicianos rojos. Y los destrozaron con saña.
Corrió mucha sangre en Oropesa. De las 125 personas
encarceladas por los marxistas, fueron asesinadas 25.
Tres sacerdotes había en Oropesa aquel año 1936. El señor cura
párroco, el coadjutor y el capellán del convento. Los tres serían
asesinados. Unas líneas acerca de cada uno de ellos.
249
Don Restituto Mediero Rodríguez
Nacimiento: Fontiveros, el 14 de junio de 1872.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 8 de junio de 1895.
Murió mártir: afueras de Oropesa, el 5 de agosto de 1936.
Tenía: 64 años de edad.
Los padres de don Restituto fueron Faustino y Teresa.
Terminó sus estudios eclesiásticos en el seminario abulense.
Recibió la tonsura y las cuatro órdenes menores en esta ciudad
durante el año 1894. En febrero de 1895 fue ordenado subdiácono.
Al mes siguiente recibe el diaconado. Y el día 8 de junio de ese
mismo año 1895 es ordenado sacerdote.
Don Restituto empezó su actividad sacerdotal como cura ecónomo de
San Miguel, en Arévalo. A finales del año 1899 es nombrado
ecónomo de Sotillo de la Adrada. El 27 de julio de 1906 ecónomo de
Arenas de San Pedro. Permaneció hasta el 1 de enero de 1913, fecha
en la que es nombrado ecónomo de El Barco de Ávila. Pasará como
ecónomo de Oropesa el día 4 de diciembre de
1913. Tres años después, el 9 de diciembre, es nombrado párroco
del mismo pueblo, Oropesa. Y aquí permanecerá hasta su martirio,
el día 5 de agosto de 1936.
Un sobrino suyo fue testigo de excepción durante los últimos
250
días de vida de don Restituto. A él debo, en gran parte, los datos
que voy a ir consignando. Me los proporcionó en el año 1955.
Don Resti —como cariñosa y respetuosamente le llamaban sus
feligreses— era el cura párroco de Oropesa en el año 1936. Ya
bastante viejo. Máxime, por encontrarse muy enfermo.
Está obligado a guardar cama. Muy grave. Desahuciado por los
médicos. Su muerte no podría tardar mucho en llegar por su cauce
normal. Ya se le había administrado la unción de los enfermos.
A pesar de esta situación de extrema gravedad, los milicianos
comunistas no permiten que el párroco muera a consecuencia de
su enfermedad natural. A media tarde del día 5 de agosto de 1936
se presenta un grupo de milicianos en la casa parroquial. Allí se
encontraba también el médico. Van decididos a coger preso al
anciano y enfermo sacerdote. A pesar de que se encuentra muy
grave.
—Dejadle a este hombre. Que se encuentra muy enfermo —
les dice el señor médico.
Se conmueven momentáneamente. Y abandonan la casa rectoral.
No sería por mucho tiempo. Quizá, ni un cuarto de hora dejan
pasar. Vuelven. Firmemente decididos a llevárselo, como sea.
Entran furiosos en la casa. Una imagen de la Virgen de
Lourdes, que había en la habitación, recibe un par de tiros. Don
Restituto sigue en su lecho de enfermo.
—Poco vale mi vida —les dice—. Pero, si es la voluntad de Dios, la doy
con mucho gusto por Dios y por el pueblo de Oropesa.
251
Doña Martina Mediero, sobrina del señor cura y testigo
presencial de toda la escena, me informa detalladamente.
—Mi pobre tío hacía muchos años que vivía muy delicado. El día 6 de
junio de 1936, después de confesar a los niños de la primera comunión,
que fue lo último que pudo hacer en su ministerio, tuvo que meterse en
cama, de donde ya no pudo salir.
El día 30 de ese mes de junio, encontrándose ya muy grave, se
reconcilia con don Nicéforo. A los dos sacerdotes les esperaba la
misma suerte.
Es el día 5 de agosto cuando se presentan en la vivienda casi un
centenar de milicianos. ¿Para qué tantos? Van armados con fusiles,
con cuchillos. Para coger preso a un sacerdote que no puede ya
moverse de su cama. Otros, en la casa. En la calle, muchos.
—Vengan los pantalones de este «tío» —ordena el jefe de
los que se encuentran en la habitación.
Le sacan de la cama, sin miramientos de ninguna clase. A
empellones, entre insultos repugnantes, le sacan de la casa.
La camioneta ya está preparada. Más que subirle, le echan como
una mercancía, como peso muerto. Casi no era ya otra cosa.
Va deshecho en sus fuerzas físicas. Muy firme su voluntad de
entrega a la voluntad de Dios.
Por las calles de Oropesa empiezan a «cantarle el entierro».
Gritos de júbilo e histéricas risotadas exteriorizan su incomprensible
alegría.
A unos dos kilómetros de Oropesa se detienen. Han decidido
matarle ya. Y lo van a hacer. Imposible que se sostenga en pie.
252
Unas estacas, clavadas en el suelo, sujetarán los cansados brazos
del bondadoso párroco de Oropesa.
Antes intentan hacerle blasfemar. Inútil de todo punto. Le castigan
por no hacerlo. Le cortan la lengua. Después... la descarga. Su
cuerpo cayó acribillado a balazos.
Según me informó en 1955 don Ramón Barroso, al desenterrar a
don Restituto, pudieron observar que su cabeza había sido
brutalmente machacada, los brazos destrozados, su lengua estaba
colgando.
El mismo día en que fue asesinado el párroco, un miliciano pedía
en el hospital un poco de alcohol para limpiarse las manos.
Las tenía llenas de sangre ajena. La enfermera le mira horrorizada.
—No me mire usted así. Que acabo de dar 18 tiros a un tío cura y no me
importaría darla a usted 25. Venga ese alcohol para desinfectarme.
Momentos después decía el mismo miliciano en otro lugar de
Oropesa:
—Más quisiera haber matado a medio pueblo que haber cometido el
crimen que acabo de hacer.
—¡Qué arraigado tendría a su Dios ese tío! —decía otro miliciano—. Se
puso a rezar precisamente cuando le estábamos matando por eso.
Sus restos mortales, desde el año 1942, reposan en el
presbiterio de la iglesia parroquial de Oropesa. Allí he contemplado
su tumba.
253
Don Eusebio Nicéforo Pérez Herráez
Era el coadjutor de la parroquia de Oropesa. También, capellán de
las religiosas franciscanas concepcionistas.
Nacimiento: Flores de Ávila, el 15 de diciembre de 1890.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 19 de diciembre de 1914.
Murió mártir: Oropesa, el 5 de agosto de 1936.
Tenía: 45 años de edad.
Don Eusebio Nicéforo tuvo como padres a Leandro y Serotina.
Realizó sus estudios eclesiásticos en el seminario de Ávila, y en
esta ciudad recibió la tonsura y las cuatro órdenes menores durante
el año 1914. En este mismo año es orde nado de subdiácono,
diácono y presbítero. Esta última orden la recibe el día
19 de diciembre.
En febrero de 1915 fue nombrado cura ecónomo de Gallegos de
Sobrinos. Durante 1916, el 13 de abril, empieza a ejercer como cura
regente en Grajos (hoy San Juan del Olmo), pasando a ser
ecónomo a finales de este mismo año.
Ya en 1926, el 13 de junio, recibe el nombramiento de coadjutor de
Candeleda. Cinco años después, el 5 de diciembre, pasa a ser
coadjutor de Valdeverdeja. Era el año 1930. Desde el día 27 de
marzo de 1931 desempeña el cargo de coadjutor de
254
Oropesa, actuando también como capellán de las religiosas
franciscanas concepcionistas. Así permanecería hasta el día 5 de
agosto de 1936, fecha en la que recibe la palma del martirio.
Los rojos le obligan a salir de la casa donde vivía, dentro del
convento. Se va a vivir con el párroco. Tuvo que ser testigo de la
escena del prendimiento de don Restituto, cuando se encontraba
casi agonizando.
Intenta huir don Nicéforo. Una mujer le descubre. Y le denuncia a los
milicianos rojos. Ese mismo día 5 de agosto le cogen preso. Le
cachean. Le visten de la manera más ridícula que se les ocurre.
Es trasladado al comité rojo. Ya se dijo anteriormente que se
encontraba instalado en el castillo. En medio de este castillo de los
condes de Oropesa hay un amplio patio. A veces serviría de plaza
de toros. ¿Por qué no ahora también?
Un griterío inmenso acoge la entrada del sacerdote, don Nicéforo.
Todos pensaron: «¡Ya tenemos toro!». Y... comienza la lidia.
Acorralado, teniendo que oír repugnantes insultos contra su
sacerdocio y contra su misma persona, entre blasfemias de la
descontrolada multitud. Tenía que permanecer en la plaza, en el
patio del castillo, en medio de ese ambiente tan impresionante,
durante más de media hora.
Cuando se cansan de divertirse con él, le obligan a subir a las
habitaciones, donde estaba emplazado el comité rojo. En el mismo
castillo de Oropesa. Sigue el griterío de los asistentes.
—Hay que colgarle del balcón, cabeza abajo —vociferaron
algunos.
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Los miembros del comité no lo consideran oportuno. No acceden a
ello. Le harían sufrir mucho más. Intentan herir más y más su
condición de sacerdote católico. Le obligan a entrar en los servicios.
Y allí... cometieron contra él las más diabólicas y repugnantes
atrocidades.
Sería mejor no tener que indicar algunas de ellas. Pero... el deseo
de referir hechos me impele a no dejar de señalarlas. Las paredes
de los servicios quedaron salpicadas de gotas de sangre del
sacerdote don Nicéforo. Le habían cortado sus partes.
Aquella misma tarde, ya casi anocheciendo, le asesinan. Una
persona me informó con algún detalle. Fue a recoger los restos
mortales del coadjutor. Cuando recibí su declaración en el año
1955, me pudo confirmar la amputación existente en el cuerpo de
don Nicéforo.
Su cadáver se encuentra enterrado en el presbiterio de la iglesia
parroquial de Oropesa. Junto al de su querido párroco. Los dos
conocieron la muerte violenta el mismo día. El 5 de agosto del año
1936.
Don César Eusebio Martín
Nacimiento: Navalcán, el 8 de julio de 1906.
Murió mártir: Oropesa, el 27 de junio de 1936.
Tenía: 30 años de edad.
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Los padres de don César fueron Eleuterio y Eugenia. Realizados
los estudios eclesiásticos en el seminario de Ávila, recibe en esta
ciudad la tonsura y las cuatro órdenes menores (ostiario, lector,
exorcista y acólito) durante el año 1928. Al año siguiente es
ordenado de subdiácono y diácono. El presbiterado lo recibe el día
14 de junio de 1930.
Al mes siguiente de su ordenación sacerdotal don César es
nombrado coadjutor de Burgohondo. Era el 14 de julio de 1930.
Pocos meses después, el 5 de diciembre, es nombrado cura
ecónomo de Honcaladas. Desde el día 13 de diciembre de 1932
empieza a ser capellán de las terciarias carmelitas del hospital de
Oropesa. Sin dejar de actuar como capellán fue también encargado
de Corchuela hasta su martirio el 27 de julio de 1936.
Era el capellán de las monjas terciarias carmelitas del hospital de
Oropesa. Y estaba en cargado de Corchuela.
—Mi hijo —decía la madre de don César— se pasaba aquellos días
leyendo historia de mártires y rezando. Expresaba sus anhelantes
deseos de ser uno de ellos. Por eso, no opuso resistencia ninguna
cuando llegaron los milicianos a buscarle.
En medio de un ensordecedor griterío, le trasladan al ayuntamiento.
Entre insultos y empellones. Llega a presencia de algunos
miembros del comité. Es sometido a un riguroso registro.
Ridículo interrogatorio. Como siempre. La sentencia de muerte no
se hizo esperar.
El populacho espera en la plaza. Cuando es bajado don
César, algunos quieren matarle allí mismo. No prevalece tal idea.
Haciéndole subir a un coche, en compañía de cinco o seis
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milicianos, es conducido en dirección hacia Calzada de Oropesa.
Cuando les parece conveniente, le ordenan que baje del vehículo.
Aún lleva puesta la sotana. Se la arrancan. Le mandan camine unos
pasos. Sabe lo que le van a hacer. Se vuelve hacia los milicianos
rojos. Con gran serenidad les dice: «Que Dios os perdone, como yo
os perdono».
Una descarga —más de diez tiros— termina con la vida de don
César, el capellán del hospital, en Oropesa. Era el día 27 de junio
de 1936.
—¡Vaya navalquero valiente! Cuando le queríamos obligar a que gritara:
«¡Viva Rusia! ¡Viva el comunismo!», él siempre respondía: «¡Viva Cristo
Rey!».
Así se expresaban posteriormente algunos de los que habían
intervenido directamente en la muerte del sacerdote.
Su cadáver fue trasladado al cementerio de Lagartera. Y desde el
año 1942 reposa en la iglesia parroquial de Navalcán, pueblo donde
había nacido 30 años antes.
PARRILLAS
Su censo ascendía a 1.668 habitantes. Parroquia abulense en el
año 1936, aunque pertenezca a la provincia de Toledo.
En el archivo diocesano hay varias cartas cruzadas entre el señor
secretario-canciller del obispado y el señor cura párroco de
Parrillas.
En una de ellas, correspondiente a los primeros días del mes de
mayo de 1936, el Ayuntamiento ordena la incautación del
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cementerio parroquial. Caen en el vacío las protestas del párroco.
En esa fecha pasa a poder de los rojos.
Ante el juzgado de instrucción de Talavera de la Reina tiene que
presentarse don Rafael, en su condición de párroco de Parrillas.
Se le impone una multa. Había cometido el delito de haber
realizado una procesión por el atrio en la iglesia. No por las calles.
Con fecha de 6 de mayo de ese año 1936 lo comunica al obispado.
La iglesia parroquial pasa a dominio de los marxistas en el mes de
julio. Don Juan Ayuso Gómez, secretario del Ayuntamiento, me
informó muy detalladamente en Parrillas.
El día 26 de julio, que fue domingo, pudo el señor cura celebrar la
santa misa. De manera excepcional. Los familiares de un difunto
consiguen la autorización de las autoridades rojas. A pesar de tal
licencia, unos cuantos marxistas, los más revolucionarios, se
colocan a la puerta del templo, en plan amenazador. Y van
cacheando a todas las personas que en él entran.
El 27 de ese mismo mes empieza el saqueo en la iglesia parroquial.
Destrozados sus retablos. Algunos han podido ser restaurados. Las
imágenes son destruidas todas, excepto la del
Cristo del Olvido. Es el patrón del pueblo. Según decían los rojos,
es el «primer socialista».
En dos fotografías aparecen algunas de las imágenes de Parrillas.
Destrozadas a hachazos. En una de las fotos hay más de diez
imágenes. En la otra, dos. Todas convertidas en astillas.
Dos crucifijos, de gran tamaño, aparecieron partidos en pedazos
por las calles del pueblo. La imagen de Jesús Nazareno y de la
Virgen Dolorosa fueron «fusi ladas» en el campo. Previas
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irreverencias y burlas.
Durante el mes de enero del año 1940, el señor cura de Parrillas,
don Jerónimo Muñoz, envió al obispado una relación de las
imágenes destrozadas por los rojos. En total fueron 18.
Entre los objetos religiosos, merece especial recuerdo un lienzo
pintado. El templo quedó utilizado como residencia del comité.
Como almacén de víveres.
Los ornamentos sagrados, para organizar burlescas procesiones. El
manto de la Virgen, para torear. Se hicieron algunos entierros
civiles, ridiculizando el culto católico.
Cierto día, en marzo o abril de 1936, algunos socialistas se
presentan ante el señor juez. Le piden que «bautice civilmente» a
un niño. Muy sorprendido queda ante tal petición. Les dice:
—Si es que ustedes quieren que el niño sea bautizado,
acudan al párroco. Bautizos civiles no se hacen.
No satisfizo a los socialistas esta respuesta del señor juez. Y
presentan una denuncia contra él, en el juzgado de instrucción.
Don Rafael Bueno Castaños
Nacimiento: Valdeverdeja, el 23 de abril de 1904.
Ordenación sacerdotal: Ávila, el 18 de diciembre de 1926.
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Murió mártir: término de Talavera, el 7 de agosto de 1936.
Tenía: 32 años de edad.
Don Rafael fue hijo de Juan y de Petra. Como este pueblo toledano
de Valdeverdeja pertenecía a la diócesis de Ávila vino a estudiar al