Cuento »
Una historia de amor
Allá en el norte de nuestro país, junto a las altas y escarpadas montañas,
y hace tantísimos años que ya nadie recuerda cuántos, vivía una
jovencita linda como una flor.
Tan linda y tan buena era, que todos los muchachos del lugar suspiraban
por ella, con unos suspiros que, de tan fuertes, hacían mover las copas
de los árboles.
Los más atrevidos, al verla pasar -con esas trenzas negras y brillantes y
esos ojos profundos- no podían dejar de decir, por lo bajo:
– Adiós mi florcita de la montaña…
Había uno, al que llamaban el Cóndor, que siempre se quedaba callado,
pero la miraba a la niña de una manera que ella tenía que bajar la
cabeza.
Y aunque el Cóndor era el joven más fuerte y bien plantado del pueblo,
Flor (como ya le decían todos) no quería saber nada con él. Porque era
un bravucón y un pendenciero, y porque siempre andaba por ahí,
alardeando de las muchas novias que tenía.
Además había otro motivo verdaderamente más importante; el corazón
de Flor ya tenía dueño (aunque eso, tan sólo ella lo sabía).
Kenti -que así se llamaba el afortunado- no era lo que se dice un buen
mozo. Más bien era -a qué negarlo- feo y debilucho. Un hombrecito gris e
insignificante, una poquita cosa.
Pero el amor -como decía mi abuela y la abuela de mi abuela- es ciego.
Y para Flor no había hombre más hermoso, más magnífico, más
deslumbrante que su Kenti.
El joven -y en esto no hay nada de extraordinario- también la quería a
Flor. Con una pasión loca la quería. Más que a su propia vida. Pero
nunca jamás se había animado a decírselo. Porque… ¿qué derecho
tenía él, que era menos que nadie, a que lo quisiera la muchacha más
hermosa y más buena del mundo? ¿Eh?
Hasta que un día, Flor y Kenti se encontraron de improviso en una vuelta
del camino. Y se miraron de frente, a los ojos…
Desde ese momento, el pequeño hombrecito gris y la esplendorosa Flor
de la montaña fueron lo que se dice el uno para el otro.
En el pueblo nadie lo podía creer.
-Miralo vos, el mosquita muerta ése.
Bien guardado que se lo tenía el muy falso -decían entre aspavientos los
chismosos que nunca faltan.
Pero otros, más entendidos en cosas de la vida, opinaban, moviendo la
cabeza:
-Algo le habrá visto la Flor a Kenti… ¡Uno nunca sabe!
El que estaba tan furioso que se lo llevaban los vientos era Cóndor.
-¡Hacerme esto a mí, justamente a mí! -decía entre gruñidos-. ¡Ese
mequetrefe esmirriado no tiene idea de con quién se metió! En cuanto a
ella -agregaba con ojos sombríos-, me la llevo… ¡Si no es por las buenas
va a tener que ser por las malas!
Tan seguro estaba de lo que decía, que empezó a preparar su casa, allá
en lo más alto de la montaña, para llevársela a Flor.
Y no dejaba de repetir una y otra vez con una voz que metía miedo:
-¡Ya le voy a bajar los humos a esa cocorita! ¡Faltaba más!
Claro que Flor y Kenti estaban más allá de chismorreos y amenazas.
Y Kenti ya no era el poquita cosa que todos habían conocido.
Ahora se sentía fuerte e invencible y hasta -¿por qué no decirlo?-
hermoso. (Dicen que es así como uno se siente cuando alguien lo quiere
de verdad.)
Pero un negro día todo cambió.
Fue el negro día que Cóndor, loco de celos, robó a la bella Flor.
Y con ella en brazos, desvanecida de dolor, empezó a trepar la
escarpada montaña, rumbo a su casa.
Cuentan los más viejos -y así te lo cuento yo- que a medida que iba
subiendo, el apuesto joven se transformaba en un ave de aspecto
temible, negro plumaje y pico encorvado.
Cuentan que el ave echó a volar, sosteniendo a Flor entre sus garras, y
que llegó hasta la cumbre más alta de la más alta montaña, donde, en
una grieta, depositó a la pobre niña.
Cuando Kenti se enteró de lo ocurrido creyó morir.
Desesperado, tomó una lanza, y aunque estaba lleno de rabia y de
coraje se dio cuenta de que era poco lo que podía hacer. Así que decidió
pedir ayuda.
¿Y a quién iba a pedir ayuda Kenti si no era a la Pachamama, la Gran
Madre que cuida los destinos de sus hijos?
A la Pachamama le gustó mucho el pequeño hombrecito valeroso y
enamorado. Y para ayudarlo lo transformó en ave: una avecita gris, de
pico largo y fino como minúscula lanza.
-Ahora a encontrar a tu Flor -le dijo la Gran Madre mientras lo sostenía
en su enorme mano extendida. Y después le dio un soplido, que quiso
ser suave, pero con semejante bocaza…
Kenti voló y voló hacia arriba, tan rápido que las alas apenas si se le
veían.
Cuando llegó a la cumbre más alta de la más alta montaña, encontró a la
niña, todavía sin sentido, en la grieta estrecha y tenebrosa.
Desesperado, Kenti volaba a su alrededor, abanicándola con sus
pequeñísimas alas, rozándole apenas los labios, acariciando sus
trenzas…
Flor finalmente despertó, y al hacerlo lanzó un grito de horror.
¿Cómo, de qué manera había llegado hasta allí?
Revoloteando, Kenti trataba de hacerse entender. Y Flor lo reconoció
(Porque parece ser que los enamorados siempre se reconocen, aun en
las más extrañas circunstancias.)
Al principio, Flor se alegró muchísimo, pero después se puso a llorar a
los gritos.
¡Aunque ahora estaban juntos ella jamás sería capaz de bajar de esas
alturas! Sólo un ser alado podría ayudarla… ¡Y Kenti era tan pequeño…!
Pero el enamorado no se dio por vencido. Y dirigiéndose a las flores, a
las rocas, al viento, al río, a la tierra, clamó pidiendo ayuda:
-¡¡Por favor, por favor!! ¡Necesito ayuda para salvar a mi novia!
-¿Quién es esa avecita gris tan insignificante que anda metiendo
barullo?- preguntaron las flores- Si por lo menos llevara nuestros colores
podríamos hacer un esfuerzo y entender lo que pide… Pero con ese
horrible color seguramente que no tiene nada importante que decir.
-¿Qué es lo que le pasa a ese minúsculo pajarito gris? -preguntaron las
rocas al viento.
-No sé ni me importa -rugió el viento-. Siempre desconfié de las cosas
grises, de chiquito nomás.
-Yo sé lo que dice -gritó el río-. Es un enamorado que pide ayuda para
salvar a su novia…
-¿Enamorado? -la voz de la tierra sonó desconfiada-. No lo creo. Tengo
entendido que los enamorados llevan un arco iris en el lugar del corazón.
Y ese bichito gris -agregó desdeñosa-, evidentemente no tiene ningún
arco iris en ninguna parte.
-¡¡Por favor, ayúdenme!! -seguía gritando Kenti mientras volaba
enloquecido de un lado al otro.
-¡Que nos muestre los colores del arco iris y entonces lo ayudaremos!
-dijeron las flores que ya estaban empezando a ablandarse.
-Nosotras también -afirmaron las rocas después de consultarse con la
mirada (aunque parecían duras e inflexibles, también ellas tenían su
corazoncito.)
-Y nosotros, por supuesto -dijeron el río y la tierra, que nunca querían ser
menos.
El viento, que era un comedido, llevó el mensaje a Kenti.
De nuevo el avecita voló y voló en busca de la Pachamama.
-Gran Madre -le dijo-, vos que sos poderosa… ¡dame los colores del arco
iris y así podré salvar a mi novia!
-Sea -dijo la Pachamama, que en general era de pocas palabras.
Y con su manaza gigantesca cubrió el cuerpo tembloroso, que en ese
mismo momento se tiñó con los colores más espléndidos y brillantes del
arco iris.
Como una joya alada, Kenti ascendió por el aire, tan velozmente que sus
alitas multicolores apenas se distinguían. Y mientras subía iba gritando:
-¡Mírenme ahora! ¿Tengo o no tengo el color de los enamorados? ¿Eh?
-¿Quién lo duda? -dijo la tierra- Eso cualquiera lo puede ver…
-Hechos y no palabras -saltaron las rocas, mientras en medio de un
estruendo infernal se iban acomodando para formar una gigantesca
escalera.
-Para que no se lastimen los piecitos de la novia -susurraron las flores,
entretejiéndose en una alfombra perfumada y colorida que cubrió los
inmensos escalones.
-No tengas miedo de caerte, linda -rugió el viento que, sopla aquí, sopla
allá, había fabricado una apretada red de lianas y enredaderas.
Entonces Flor, conducida por Kenti, empezó a bajar la escalera.
Al llegar al río, que corría caudaloso y en cascadas, los dos se
detuvieron.
-Tranquila, Flor -dijo el río. Y se agachó, manso como un corderito.
-Un puente, aquí hace falta un puente -dijo la tierra.
Y en menos de lo que canta un gallo construyó uno, fuerte y seguro, que
atravesó el río.
Con paso cada vez más firma, Flor seguía adelante. ¡Dentro de poco
estaría junto a los suyos! Y eso gracias a Kenti…
De pronto la niña lanzó un grito.
Cóndor, el temible Cóndor, volaba hacia ella, rápido como una flecha,
con las garras preparadas para llevársela de nuevo a las alturas. Pero la
Pachamama, que había tenido un mal presentimiento mientras dormía la
siesta, se apareció de repente.
-Éste ya me cansó -pensó mirándolo al Cóndor de reojo. (Después de
todo la Pachamama también puede perder la paciencia.)
Y parece que el Cóndor le leyó los pensamientos a la Gran Madre,
porque calladito y con las plumas por el suelo, pegó media vuelta y se
fue como había venido.
Entonces la Pachamama la miró a Flor. Y después lo miró a Kenti, que
apenas tenía la altura del dedo meñique de su novia.
No se sabe bien qué fue lo que se le cruzó por la cabeza a la
Pachamama. Lo cierto es que con gesto preocupado lanzó aquella
famosa frase:
-¡Esto así no va!
Y tomando a la muchacha en su enorme manaza, la fue achicando de a
poquito (la verdad que la pobre chica no ganaba para sustos), hasta que
la dejó convertida en una Flor pequeña, colorida y fragante, justito justito
para alguien como Kenti, el picaflor.
-Ahora sí -se sonrió la Pachamama-. Nunca nadie los podrá separar.
Y se fue con paso cachaciento, a seguir durmiendo la siesta.
FIN
Cuentos de miedo, de amor y de risa
Graciela Beatriz Cabal
Ilustraciones de Alicia Charré, Catalina Chervin, Marcelo Elizalde, Nora
Hilb y Sanyú.
Buenos Aires, Aique Grupo Editor, 2001. (Desde los 8 años)