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Filosofía del Ser Humano: Antropología y Ética

La unidad explora las concepciones filosóficas del ser humano, analizando su esencia desde perspectivas religiosas, científicas y filosóficas a lo largo de la historia. Se discuten las visiones de filósofos como Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Descartes, Marx, Freud y Sartre, cada uno aportando su entendimiento sobre la naturaleza humana y su relación con el mundo. La unidad concluye que la antropología es fundamental para comprender al ser humano en su complejidad y diversidad.
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Filosofía del Ser Humano: Antropología y Ética

La unidad explora las concepciones filosóficas del ser humano, analizando su esencia desde perspectivas religiosas, científicas y filosóficas a lo largo de la historia. Se discuten las visiones de filósofos como Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Descartes, Marx, Freud y Sartre, cada uno aportando su entendimiento sobre la naturaleza humana y su relación con el mundo. La unidad concluye que la antropología es fundamental para comprender al ser humano en su complejidad y diversidad.
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UNIDAD 2: CONCEPCIONES FILOSÓFICAS DEL SER HUMANO.

1. Introducción.

Ya hemos visto en las unidades anteriores que el hombre es, por un lado, fruto de la
evolución, pero por otro es un ser influenciado por el medio cultural en el que habite, es decir,
que el hombre es un resultado de naturaleza y cultura.
En esta unidad ya no se persigue quedarnos en el análisis superficial del ser humano como
producto cultural y con ciertas características naturales, sino que se trata de profundizar en la
esencia del ser humano, en qué es el ser humano, en su dimensión espiritual, ética, animal, etc.
Los sofistas, concretamente Calicles y Trasímaco, se habían detenido en analizar la esencia del
hombre para terminar afirmando que se mueve, igual que los animales, por el principio del
placer y por el deseo de someter a los demás. Esta línea es la que vamos a continuar en esta
unidad, pues deseamos saber más sobre el hombre, deseamos saber qué es, por qué se comporta
como lo hace, saber si es tan importante como él mismo dice, conocer hasta que punto ocupa el
lugar más destacado en el universo, etc. Y es que quizá, la antropología, es la rama más
importante de la filosofía.
Por esto mismo, este tema debe ser tratado teniendo en cuenta las distintas consideraciones
que sobre el ser humano han tenido lugar a lo largo de la historia, pues, a lo largo de ésta, todas
las culturas han elaborado una manera propia de ver el mundo y de entender al ser humano.
En Occidente se han desarrollado tres tipos de explicaciones sobre la naturaleza humana: La
religiosa por un lado, la científica por otro, y la explicación filosófica por otro. Veamos, pues,
estos tres posicionamientos por separado.

2. La concepción religiosa del mundo: El antropocentrismo.

En el primer periodo de la historia el ser humano se considera a sí mismo como la


culminación de la naturaleza: se encuentra en el centro del universo, es hijo de Dios y, por tanto,
hecho a su imagen y semejanza. Esto le dota de dignidad, pero también de poder para someter a
la naturaleza bajo sus pies. El hombre es libre para desempeñar esa función, ese mandato
“multiplicaos y poblad la tierra”. Además el hombre y su casa (la tierra) están situados –como
no podía ser de otra manera- en el centro del universo. Por tanto la posición del hombre en el
mundo es privilegiada, es dueño y señor de todo y está en el centro del universo. Sin embargo,
eso va a ir cambiando como veremos.

3. La concepción científica y la crisis del antropocentrismo: Copérnico y Darwin.

1
Nicolás Copérnico (1473-1543) demuestra más que convincentemente en el Siglo XVI con
su obra “De revolutionibus orbium caelestium” que el planeta Tierra, en el que habita el
hombre y del que se siente dueño y señor, no está en el centro del universo, sino que ese lugar lo
ocupa el sol, y la Tierra no es, ni más ni menos, que un planeta más que gira, como los otros,
alrededor de aquél. Se trata por tanto del primer “palo de humildad” al hombre, a ese ser
engreído que olvidó pronto que sólo era un ser insignificante.
A pesar de la pérdida anterior, al hombre aún le seguía consolando el ser el rey de los seres
vivos, el dueño y señor de cuanto le rodeaba, hecho a imagen y semejanza del Creador. Esta
soberbia imagen que el hombre tiene de sí mismo, que incluso le llevó a renegar de Dios porque
él era Dios, la hará añicos Charles Darwin en el Siglo XIX al afirmar que el hombre procede
de un antepasado común a los monos. Es decir, que el hombre y el mono tienen un abuelo en
común, son parientes lejanos, pero les corre la misma sangre. Esto, que algunos no quisieron
aceptar por pura soberbia, supuso el segundo “palo de humildad” para ese hombre renacentista.

4. Las posiciones filosóficas.

4.1. La Edad Antigua: Platón y Aristóteles.

Las teorías y conceptos de estos dos filósofos griegos han pervivido durante siglos. Respecto
al ser humano sostuvieron concepciones diferentes, mientras que Platón era dualista a la teoría
Aristótelica se la conoce como hilemorfismo. Veamos en detalle sus posturas.
El dualismo de Platón viene a significar que el ser humano se compone de dos realidades
independientes, el alma y el cuerpo. Para Platón el cuerpo es una realidad material que es
sensible y, por tanto, mortal. La muerte del cuerpo se produce cuando el alma se separa de él. El
cuerpo es concebido como una carga pesada que impide al alma conocer la verdad y ser feliz. El
alma, por el contrario, es una realidad eterna que pertenece al mundo de las ideas y que, ha
conocido todas las ideas existentes, pero que al unirse a un cuerpo pierde la memoria y olvida
todo aquello que conocía (las ideas). La teoría del conocimiento de Platón se basa en la frase de
afirmar que “todo conocimiento es recuerdo”. En la alegoría del carro alado, Platón compara el
alma humana con el conjunto de dos caballos alados y su auriga. Un caballo es dócil y
simboliza la voluntad; el otro es arisco y rebelde, simboliza los apetitos y los deseos. El auriga
(el hombre que dirige el carro) es la razón y su función es conducir el carro manteniendo el
equilibrio entre las dos fuerzas contrarias. Si el caballo rebelde se desboca y el auriga no es
capaz de controlarlo, el alma cae a tierra y ha de vivir en el mundo material, unida a un cuerpo,
que se convierte en su cárcel.
Para Aristóteles, toda la realidad material está compuesta de materia y forma, pues no puede
haber materia sin forma ni forma sin materia. Según Aristóteles el ser humano está compuesto,

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como los demás seres materiales, de materia y de forma, siendo el alma la forma del ser
humano. Es decir que no puede existir el cuerpo sin el alma o el alma sin el cuerpo, pues, para
definir qué es el hombre, es necesario conocer tanto su cuerpo como su alma. Es más, lo que
permite definir al ser humano es la forma, es decir, el alma, pues esta es la que hace que el
hombre sea realmente hombre. Su teoría se diferencia de la de Platón en que para éste el alma y
el cuerpo son dos realidades independientes unidas de forma accidental, mientras que para
Aristóteles son dos realidades unidas esencialmente, y la desaparición de una implica la
destrucción de la otra (después considera que el alma sobrevive al cuerpo y que es inmortal). Es
necesario conocer que, para Aristóteles, la forma se consigue con el movimiento, que no es otra
cosa que el paso de la potencia al acto, es decir, de lo que está en posibilidad de ser (potencia) a
lo que ya es (acto).

4.2. La Edad Media: San Agustín y Sto Tomás.

Si tuviéramos que decir que personajes influyen en estos dos pensadores cristianos diríamos
que es Platón quién más influye en San Agustín, mientras que es Aristóteles quien lo hace con
Santo Tomás.
Para San Agustín, igual que para Platón, el ser humano está formado por la unión de dos
realidades distintas, cuerpo y alma. El cuerpo es finito y mortal, pero, a diferencia de Platón,
San Agustín no lo considera una prisión para el alma, sino como un instrumento que el alma
puede utilizar de modo correcto, para acercarse a Dios, o incorrecto, como instrumento de
pecado. La tesis fundamental que ayuda a entender el misterio del hombre es su creación a
imagen de Dios, que es propia del hombre interior, de la mente. Pero ha sido deformada por el
pecado y será la gracia la encargada de restaurarla. Es decir, el hombre puede llegar al
conocimiento de sí mismo mediante la iluminación, mediante una reflexión sobre su yo interior,
pero esto solo es posible con ayuda de la gracia, por tanto es necesario tener fe, para conseguir
la gracia, pues solo adhiriéndose al ser inmutable puede alcanzar su felicidad.
Además de esto, San Agustín nos habla de las dos ciudades, una formada por la ciudad
terrena (que simboliza todos los estados históricos) es fruto del pecado, el egoísmo, pues está
formada por aquellos hombres que son esclavos de las pasiones y solo persiguen bienes
materiales, “hombres que se aman a sí mismos hasta el desprecio de Dios”. Sin embargo, frente
a la ciudad terrenal se alza como un ideal la ciudad espiritual. Ésta fue fundada por Dios y en
ella reinan el amor, la paz, y la justicia. Está formada por aquellos que “aman a Dios hasta el
desprecio de sí mismos”.

Para San Agustín la ciudad terrena debe acercarse a esa ciudad ideal, lo que conseguirá de
forma definitiva y completa con el final de la historia y la llegada del Reino de Cristo.

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Santo Tomás de Aquino, igual que Aristóteles, sostiene que alma y cuerpo se unen en el
hombre de forma sustancial. El alma humana es racional e inmortal y, separada del cuerpo
mantiene sus funciones propias. Pero el hombre es capaz de conocer y actuar, conoce a través
del cuerpo y con la abstracción crea conceptos, pero no solo es capaz de conocer las cosas
sensibles sino que también es capaz de conocer a Dios, para ello utiliza cinco vías que
demuestran la existencia de Dios y su esencia. También el hombre actúa y lo debe hacer
teniendo en cuenta tres leyes: la ley eterna, que expresa el orden con el que Dios ha creado el
mundo; la ley natural, que es la ley que el ser humano debe conocer con el uso de su razón y
que coincide con la ley eterna, y la ley positiva, que son promulgadas por los hombres de
acuerdo con la ley natural para lograr el bien común.

4.3. La Edad Moderna: Descartes y Marx.

Descartes es, como San Agustín y Platón, dualista. El cuerpo es la res extensa que
funcionaría como una máquina, el alma, por el contrario, es de naturaleza espiritual y se
denomina res cogitans, porque es una cosa pensante, un yo que piensa, que duda, que entiende.
Descartes en “meditaciones metafísicas”, define el alma como una cosa que piensa, es una cosa
que duda, que afirma, que niega, que imagina también y que siente.
El dualismo cartesiano, a pesar de que defiende que el cuerpo y el alma son dos realidades
distintas e independientes entre sí, admite que entre ambas se produce una influencia mutua
muy intensa. Por ejemplo, cuando alguien siente tristeza o alegría es fácil que se convierta en
llanto o risas, y también cuando alguien ve llorar o reír a un amigo es fácil que sienta pena o
alegría. ¿Cómo puede un sentimiento que es propio del alma producir un hecho físico que es
propio del cuerpo? Y ¿Cómo puede la visión física producir un sentimiento? Descartes afirmó
este hecho afirmando que alma y cuerpo, aunque independientes, se comunican en un punto del
cerebro que denominó glándula pineal. Aquí es donde se produciría la interacción entre una y la
otra sustancia. El alma impulsaría la glándula pineal de tal modo que esta empujaría a los
corpúsculos muy sutiles que se encuentran en la sangre, “espíritus animales”, provocando los
movimientos del cuerpo.
Lo más importante de Descartes es su famoso aserto "Cógito ergo sum", que se traduce por
"pienso, luego existo" y es que Descartes afirma que no podemos estar seguros de nada,
podemos engañarnos sobre las informaciones que nos muestran los sentidos, es decir, podemos
estar equivocados sobre lo que vemos, olemos, sentimos, tocamos, etc. Pero existe una cosa de
la que no podemos tener duda ninguna y eso de lo que no podemos dudar es de que dudamos, de
que pensamos y si pensamos es que existimos, aunque lo que él afirma como evidente que

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existe es su alma, es decir, su pensamiento. Sobre el cuerpo sigue teniendo dudas y sólo
resolverá esa parte (que existe el cuerpo) con la ayuda de Dios.
Marx. La antropología de Marx desataca sobre todo la esencia práctica y social del hombre:
“La naturaleza real del hombre es la totalidad de las relaciones sociales”. Esto quiere decir que
el hombre es el resultado de la sociedad en la que le ha tocado vivir, es decir, el hombre tiene
unas ideas y una moral que dependen de la infraestructura económica, el hombre piensa de una
forma determinada porque las relaciones de producción entre proletarios y dueños de los medios
de producción (empresas, tierras, maquinaria) son como son.
Para Marx un “modo de producción” es una forma de producir propio de una época, que
según él ha habido cuatro, el esclavista, el feudal, el capitalista y el comunista, pues bien, estos
modos de producción generarían una forma determinada de pensar y de ser. Así, si queremos
definir qué es el hombre deberíamos saber cuál es el modo de producción en el que éste se
encuentra.
Según Marx, en la sociedad capitalista el hombre se encuentra alienado, es decir, esclavo de
una situación económica en la que es tratado como mercancía, como un recurso más del sistema
productivo e injustamente tratado. En el trabajo el hombre no desarrolla su ser sino al contrario
se siente alienado, esclavizado, deja de ser él mismo, deja de ser hombre.

4.4. La Edad Contemporánea: Freud y Sartre.

Freud interpreta al hombre como un ser con una estructura tripartita, a saber, está compuesto
del ello, que es la parte inconsciente del psiquismo humano, de naturaleza instintiva y que se
rige por el principio del placer, es decir, que es la parte que solo busca satisfacer sus deseos; del
yo, que es la parte racional y consciente de la mente humana y se rige por el principio de
realidad, es decir, que procura adaptarse al medio que le ha tocado vivir; y, por último, el super-
yo, que desempeña el papel de juez o censor moral, que se encuentra en el polo opuesto al ello,
en él están contenidos todos los valores, principios y normas en los que el individuo ha sido
educado o socializado desde su infancia.
De este modo el hombre se encuentra sometido a dos fuerzas enfrentadas, una absolutamente
desinhibida que solo busca el placer, y la otra manifiestamente represora. La salud física del
hombre dependerá de controlar el equilibrio, si este se rompe se produce la enfermedad, la
neurosis. Esto ocurre cuando el super-yo reprime y envía al inconsciente ciertos contenidos, los
cuales, desde el inconsciente, ejercerán una influencia negativa sobre el yo que se comporta, sin
saber porqué, de forma neurótica. La cura consistiría en hacer conscientes al yo aquellos
contenidos reprimidos por el super-yo que se encuentran en el inconsciente.
Sartre considera al hombre como un ser libre, que ha sido “arrojado al mundo” y en él se
encuentra desamparado, pues para Sartre Dios no existe. El hombre por tanto solo tiene libertad,

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es más, “está condenado a ser libre”, pues haga lo que haga todo depende de él. Además, como
Dios no existe, no tiene ningún criterio a seguir, ninguna norma que le obligue. De esta forma el
hombre tiene que labrarse su destino, tiene que hacerse, de ahí que “la existencia precede a la
esencia”, es decir, que el hombre no es de tal o de cual manera, sino que su ser va a depender de
las decisiones que tome. Pero esta situación de tener que tomar decisiones le genera al hombre
una situación de “angustia”, de angustia existencial, de náusea.
La antropología de Sartre es agobiante, afirma que el hombre es libre, pero con ello le carga
con la carga más pesada que pueda tener, esta es, la responsabilidad. Por ello Sartre afirma que
la libertad es una pesada carga, una condena, “el hombre está condenado a ser libre”.

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