JOSEPH BERNA
DESENFUNDA,
LENTORRO
Colecci€n BISONTE SERIE AZUL n.• 571
Publicaci€n semanal
EDITORIAL BRUGUERA, S. A.
BARCELONA - BOGOTA - BUENOS AIRES - CARACAS –
MEXICO
ISBN 84 02 02514 5 Dep€sito legal: B. 32.395-1981
Impreso en Espaƒa Printed in Spain
1.„ edici€n: diciembre, 1981
… Joseph Berna - 1981
texto
…Luis Almaz†n - 1981
cubierta
Concedidos derechos exclusivos a favor de EDITORIAL BRUGUERA,
S. A. Camps y Fabr‡s, 5. Barcelona (Espaƒa)
Impreso en los Talleres Gr†ficos de Editorial Bruguera, S. A.
Parets del Vall‡s (N-152, Km 21,650) Barcelona - 1981
CAPITULO PRIMERO
Phil Owens, capataz de Clifford Dobson, regresaba de Silverton, en
donde habˆa hecho algunos encargos por orden de su patr€n. Desmont€
frente a la casa, amplia y confortable, y at€ el caballo a la barra, su-
biendo seguidamente al porche.
Phil era un tipo alto y robusto, de pelo rubio, muy rizado, ojos
azules, y rostro curtido por el sol. Tenˆa treinta aƒos de edad y llevaba
casi ocho a las €rdenes de Clifford Dobson. Desde hacˆa algo m†s de
dos aƒos, realizaba las funciones de capataz, y su paga, l€gicamente,
era ahora m†s alta que cuando era un simple vaquero.
Clifford Dobson lo nombr€ capataz porque lo consider€ el hombre
m†s id€neo para ocupar el puesto de Charles Meeker, el antiguo
capataz, al fallecer ‡ste vˆctima de una desgraciada caˆda de caballo. Se
golpe€ en la cabeza, contra una piedra, y muri€ en el acto.
Phil Owens, al enterarse del nombramiento, se llev€ una gran
alegrˆa, y no s€lo porque iba a ver aumentada su paga, sino porque
siendo capataz, tendrˆa m†s posibilidades de casarse con Caroline
Dobson, la hija de su patr€n.
Caroline era una muchacha preciosa.
Y era hija ‰nica.
El magnˆfico rancho de su padre, serˆa para ella.
Para ella... y para el hombre que supiese conquistarla y hacerla su
esposa.
Muchos lo habˆan intentado, pero sin ning‰n resultado, hasta el
momento presente, porque Caroline no pensaba todavˆa en el
matrimonio, era muy joven, s€lo tenˆa veinte aƒos, y aunque algunas
amigas suyas ya se habˆan casado a esa edad, ella preferˆa seguir soltera
dos o tres aƒos m†s.
Phil Owens lo sabˆa, y por eso no insistˆa demasiado.
Por su condici€n de capataz del rancho, tenˆa m†s posibilidades que
nadie de ver y hablar con Caroline, de recordarle que estaba enamorado
de ella, y que lo estaba desde que ella dej€ de ser una niƒa y se
convirti€ en mujer.
Caroline coqueteaba con ‡l, al igual que con sus muchos otros
pretendientes, pero sin comprometerse en ning‰n momento.
Y Phil, como todos, esperaba.
No tenˆa m†s remedio.
Phil Owens entr€ en la casa.
Vio a Ethel Dobson, la esposa de su patr€n, una mujer menuda, pero
llena de vitalidad y energˆa. Contaba cuarenta y cuatro aƒos de edad.
El capataz se despoj€ del sombrero.
—Buenos dˆas, seƒora Dobson.
—Hola, Phil —le sonri€ ella, interrumpiendo la limpieza de los
muebles.
—‹Est† el patr€n?
—Sˆ, le encontrar†s en su despacho.
—En Silverton habˆa una carta para ‡l.
—‹Una carta?
—Sˆ, y viene de muy lejos.
—‹De d€nde. Phil?
—Del Este, seƒora Dobson —inform€ el capataz, llev†ndose la
mano al bolsillo de la camisa, porque allˆ portaba la carta, doblada. La
tom€, la desdobl€, y mir€ el remite—. De Boston, exactamente.
—ŒBoston! —repiti€ Ethel Dobson, respingando—. ŒSeguro que es
de Howard Birney!
—La manda un Birney, sˆ; pero no se llama Howard, sino Alec.
—‹Alec...?
—Eso pone aquˆ, seƒora Dobson.
—D‡jame ver, Phil.
El capataz le entreg€ la carta.
Ethel Dobson ley€ el remite.
—Sˆ, es cierto, la manda Alec Birney... —murmur€, extraƒada—. Es
el hijo de Howard Birney. ‹Por qu‡ escribir† ‡l, en vez de su padre?
—El patr€n se lo aclarar†, en cuanto lea la carta.
—‹Tienes que tratar alg‰n asunto con mi marido, Phil?
—Por el momento, no, seƒora Dobson. S€lo vine a traerle la carta.
—En ese caso, yo misma se la entregar‡.
—Como quiera, seƒora Dobson.
—Howard Birney es un gran amigo de mi esposo, ‹sabes?
—‹De veras?
—Sˆ, hace muchos aƒos que se conocen. Aunque tienen pocas
oportunidades de verse, debido a la enorme distancia que les separa.
Pero se escriben de vez en cuando. Y, el hecho de que, en esta ocasi€n,
sea su hijo, Alec, quien escriba, me llena de preocupaci€n...
—Quiz† el seƒor Birney se halle enfermo y por eso escriba su hijo.
—Es posible, Phil.
—Si es asˆ, espero que no sea nada grave.
Ethel Dobson sonri€ con suavidad.
—Gracias, Phil.
—Vuelvo a mi trabajo, seƒora Dobson —sonri€ tambi‡n el capataz
y sali€ de la casa.
Ethel Dobson camin€ con rapidez hacia el despacho de su marido, al
que encontr€ revisando unos documentos.
—Clifford...
Clifford Dobson, un hombre de estatura corriente, fornido y de
facciones agradables, alz€ la mirada.
—Hola, querida. Pareces preocupada.
—Y lo estoy.
—‹Por qu‡ motivo?
—Phil ha traˆdo esta carta para ti.
—‹Qui‡n la envˆa?
—Alec Birney.
El ranchero, tres aƒos mayor que su esposa, resping€.
—‹Alec Birney...?
—Sˆ, el hijo de Howard. ‹Comprendes ahora mi preocupaci€n,
Clifford?
—Dame esa carta, Ethel —pidi€ el ranchero, tan preocupado como
su mujer.
Ella se la tendi€.
Clifford Dobson la cogi€ y la abri€ nerviosamente.
Empez€ a leerla.
Ethel Dobson vio c€mo el rostro de su esposo acusaba las noticias,
evidentemente malas, que le daba Alec Birney en su carta.
—‹Le ha sucedido algo a Howard, Clifford? —pregunt€, temiendo
la respuesta.
El ranchero la mir€, los ojos h‰medos ya.
—Ha muerto, Ethel.
—Dios mˆo... —se estremeci€ ella, cerrando un instante los ojos.
—Sufri€ un repentino ataque al coraz€n, falleciendo casi en el acto.
—Pobre Howard. Su mujer ya muri€ muy joven. Y, ahora, ‡l.
—S€lo tenˆa cincuenta y un aƒos.
—Qu‡ desgracia, Seƒor —solloz€ Ethel Dobson.
—Ya no podr† venir a Colorado. Me prometi€ que vendrˆa este aƒo,
acompaƒado de su hijo. Seg‰n me contaba en su ‰ltima carta, Alec
sentˆa enormes deseos de venir al Oeste. Y debe ser cierto, pues me
anuncia su llegada.
-‹Alec?
—Sˆ, va a venir a visitarnos.
—Oh, cu†nto me alegra que el muchacho venga, Clifford.
—A mˆ tambi‡n, Ethel. Pero te recuerdo que ya no es un muchacho.
—‹Cu†ntos aƒos tiene?
—Veinticinco.
—Oh, entonces ya es un hombre.
—Asˆ es, Ethel. En hombre del Este... que quiere conocer el Oeste.
—Esperemos que le guste.
—Seguro que si —sonri€ ligeramente Clifford Dobson y abraz€ a su
esposa.
CAPITULO II
El tren se detuvo en la estaci€n de Silverton, no sin antes daƒar los
tˆmpanos de las personas que esperaban en el and‡n con los agudos
chirridos de sus ruedas.
Caroline Dobson se cubri€ sus pequeƒas orejas con las manos y
apret€ los ojos, componiendo una graciosa mueca, que no deshizo hasta
que cesaron totalmente los molestos chirridos.
—‹Es que nadie se preocupa de engrasar las ruedas? —rezong€,
ceƒuda.
Clifford Dobson rio.
—Es inevitable que las ruedas chirrˆen cuando los frenos entran en
acci€n, hija.
—‹Tan fuerte, querido? —dijo Ethel Dobson, masaje†ndose los
oˆdos, pues ella no se los habˆa protegido con las manos y ahora le
dolˆan.
—Siempre suelen chirriar asˆ, seƒora Dobson —intervino Phil
Owens, el capataz, que tambi‡n habˆa acudido a recibir a Alec Birney,
por indicaci€n de su patr€n.
—Los empleados del ferrocarril deben de estar todos sordos como
tapias, pues —gruƒ€ Ethel—. Yo tardar‡ un buen rato en volver a oˆr
con normalidad.
—Es la falta de costumbre, querida —repuso Clifford.
—La falta de narices —mascull€ su hija.
— ŒCaroline! —la recrimin€ el ranchero con la mirada.
—Lo siento, pap†. Se me escap€.
—Pues mucho ojo, Caroline. Alec es un joven muy bien educado y
como se te escape otra frasecita como ‡sa en su presencia, formar† un
mal concepto de ti.
—No temas, pap†. No dir‡ ninguna inconveniencia delante de Alec.
—Eso espero.
Phil Owens sonri€ disimuladamente.
Le hizo mucha gracia lo que dijo Caroline, y si en ese momento no
se ech€ a reˆr, fue porque vio que a Clifford Dobson no le habˆa hecho
ninguna.
Tampoco a Phil le hizo mucha gracia saber que el hijo del fallecido
Howard Birney iba a pasar una temporada en el rancho, como invitado.
Un tipo del Este, joven y sin duda distinguido, podˆa ser un serio
rival a la hora de conseguir la mano de Carolina.
‹Vendrˆa con ese prop€sito...?
‹Intentarˆa conquistar a Caroline...?
Phil temˆa que asˆ fuera, y aunque no ignoraba que Caroline no
deseaba comprometerse por el momento con ning‰n hombre, la llegada
de Alec Birney le tenˆa un tanto preocupado.
Los viajeros estaban descendiendo ya.
Del vag€n de primera clase, se ape€ un joven moreno,
elegantemente vestido. Era bastante alto, m†s bien delgado, pero ancho
de hombros.
Phil Owens adivin€ inmediatamente que se trataba de Alec Birney,
y torci€ el gesto, porque el hijo del difunto Howard Birney no s€lo era
un tipo muy distinguido, sino tambi‡n muy apuesto.
Lo m†s seguro era que a Caroline le gustase.
Phil observ€ a la muchacha.
Tambi‡n ella habˆa adivinado que el atractivo joven que vestˆa con
tanta elegancia era Alec Birney.
Y le gustaba.
Se notaba a la legua.
Phil Owens torci€ a‰n m†s el gesto.
La cosa se ponˆa mal.
Pero que muy mal.
—ŒEse debe ser! —exclam€ Clifford Dobson y corri€ hacia el vag€n
de primera clase.
El joven elegante le recibi€ con una agradable sonrisa.
—‹Qu‡ tal, seƒor Dobson? —dijo, al tiempo que le tendˆa la mano.
—‹Alec Birney...?
—El mismo.
Clifford Dobson le estrech€ la mano con fuerza y luego le dio un
abrazo, al que el joven correspondi€. Despu‡s, se separ€ un par de
palmos de ‡l y dijo:
—Deja que te mire, muchacho. ŒEst†s tan cambiado que no te
reconocˆ!
—Es natural, seƒor Dobson. Hace aƒos que no nos veˆamos. Aunque
no han pasado para usted, pues est† exactamente igual que la ‰ltima vez
que vino a Boston.
—ŒEso quisiera yo! --exclam€ el ranchero, riendo.
—Le aseguro que sˆ, seƒor Dobson, Prueba de ella, es que le
reconocˆ en seguida
—Eres rnuy amable, Alec. Tu padre tambi‡n lo era.
El semblante del joven se ensombreci€ ligeramente.
—Gracias, seƒor Dobson.
—No es necesario que te diga cu†nto sentˆ su muerte, ‹verdad?
—No. no es necesario. S‡ lo mucho que apreciaba usted a mi padre.
Y ese aprecio era recˆproco.
—Ya lo s‡ —sonri€ Clifford, visiblemente emocionado—. No he
tenido mejor amigo que tu padre, Alec. Y nunca lo tendr‡. Eramos casi
como hermanos. No importa que vivi‡ramos el uno tan lejos del otro, y
que nos vi‡semos tan de tarde en tarde. Nos tenˆamos mutuamente en el
pensamiento, continuamente. Yo nunca le olvidar‡, te lo prometo.
—Estoy seguro.
—Ven, te presentar‡ a mi familia. Mi esposa y mi hija jam†s me
acompaƒaron a Boston. No te conocen, pero lo est†n deseando, cr‡eme.
—Yo tambi‡n, seƒor Dobson.
El ranchero le cogi€ del brazo y le llev€ hacia donde aguardaban su
mujer, su hija y su capataz. Se los present€ a los tres, por este orden.
Cuando estrech€ la mano de Alec Birney, Phil Owens tuvo que
hacer un gran esfuerzo para mostrarse risueƒo y cordial, pero lo
consigui€, ocultando sus verdaderos sentimientos.
Caroline Dobson, en cambio, dio rienda suelta a los suyos.
Le agradaba Alec, le alegraba que pasara una temporada en el
rancho, y estaba dispuesta a que el apuesto joven se sintiese muy a
gusto y feliz en ‡l.
Alec Birney, por su parte, tambi‡n mir€ de una forma muy
particular a la muchacha, con lo cual dio a entender que le gustaba. Tal
vez por eso retuvo la mano de ella m†s tiempo que la de su madre o la
del capataz, e incluso la oprimi€ de una manera muy especial.
Phil Owens se dio cuenta de ello y sufri€ un ataque interno de celos,
que a duras penas consigui€ disimular.
El equipaje de Alec Birney habˆa sido descargado ya por un
empleado del ferrocarril, y depositado en el and‡n.
—Enc†rgate t‰ de llevarlo a la carreta, Phil —indic€ Clifford
Dobson.
—Sˆ, patr€n.
—Te ayudar‡, Phil —dijo Alec.
—No, deja que lo lleve ‡l —le retuvo Clifford—. Phil posee unos
m‰sculos de acero, no supondr† ning‰n esfuerzo para ‡l.
—Desde luego que no, patr€n —sonri€ el capataz, orgulloso de su
potencia fˆsica.
Y, como estaba deseando ponerla de manifiesto, carg€ sin ninguna
dificultad con las maletas de Alec, todas a la vez, y se encamin€
tranquilamente hacia don-de aguardaba la carreta.
—Qu‡ fuerza tiene... —murmur€ Alec, asombrado.
—Aquˆ, en el Oeste, los hombres se crˆan sanos y fuertes —dijo
Clifford Dobson, sonriendo.
—Pues Alec, para ser del Este, no tiene mal aspecto —observ€
Caroline.
—Ni mucho menos —dijo Ethel.
Alec Birney sonri€.
—Gracias a las dos, pero tengo que reconocer que Phil es mucho
m†s robusto y musculoso que yo. Le envidio, lo digo sinceramente.
—Qu‡date una larga temporada con nosotros, en el rancho, y
acabar†s pareci‡ndote a Phil, te lo garantizo —dijo Clifford, palmeando
la espalda del joven.
—Se lo agradezco mucho, seƒor Dobson, pero s€lo me quedar‡ dos
semanas —comunic€ Alec.
El ranchero resping€.
—‹Dos semanas nada m†s...?
—Eso es muy poco, Alec —dijo Ethel.
—No se puede conocer el Oeste en s€lo dos semanas —asegur€
Caroline, visiblemente desilusionada.
—Lo siento, pero ‡se es el tiempo que le prometˆ a mi padre que
pasarˆa con ustedes, seƒor Dobson. No puedo quedarme m†s.
Clifford, Ethel y Caroline se miraron entre sˆ, sorprendidos.
El ranchero murmur€:
—‹Dices que le prometiste a tu padre que...?
—Asˆ es, seƒor Dobson. Mi padre estaba empeƒado en que yo
viniera al Oeste, para conocerlo. Discutˆamos a menudo sobre ello,
porque a mˆ me encanta el Este, y no tenˆa ganas de hacer el viaje.
Debo ser sincero y confesarlo. Y, por favor, no se molesten ustedes. Es
normal que a uno le guste el lugar en donde vive, y no desee
abandonarlo. Yo nacˆ y crecˆ en Boston. Soy un hombre del Este, no del
Oeste. Mi padre tambi‡n era un hombre del Este, pero, sin embargo, le
encantaba el Oeste, y se esforz€, aunque in‰tilmente, en inculcarme a
mˆ su cariƒo y su pasi€n por estas tierras.
—Pero, si en su ‰ltima carta me decˆa que...
—Que yo sentˆa unos enormes deseos de venir al Oeste, lo s‡. Pero
no era verdad, seƒor Dobson. •bamos a venir los dos este aƒo, pero yo,
en contra de mi voluntad. S€lo por satisfacer los deseos de mi padre.
Cuando sufri€ el ataque y comprendi€ que no podrˆa superarlo, me hizo
prometer que vendrˆa a Colorado. Žl querˆa que permaneciese un par de
meses, por lo menos, pero yo le dije que s€lo estarˆa dos semanas. No
puedo permanecer m†s tiempo alejado de Boston, de mis amigos, de mi
ambiente... Lo comprenden ustedes, ‹verdad?
—Sˆ, por supuesto —forz€ una sonrisa Clifford Dobson, tan
desilusionado como su esposa y su hija—. Bien, v†monos ya, Alec. Phil
ha cargado tu equipaje en la carreta y nos espera.
CAPITULO III
La carreta habˆa sido acondicionada para poder llevar gente en ella.
Clifford Dobson y su esposa ocupaban uno de los largos asientos,
pegado a uno de los laterales de la carreta. En el otro, colocado
enfrente, viajaban Alec Birney y Caroline Dobson.
Phil Owens guiaba la carreta, sentado en el pescante.
Por las expresiones de Clifford, Ethel y Caroline, el capataz
adivinaba que algo habˆa sucedido, mientras ‡l llevaba las maletas de
Alec Birney a la carreta y las cargaba en ella.
Phil sentˆa una enorme curiosidad por saberlo, pero los Dobson y
Alec Birney hablaban muy poco, apenas nada, y el capataz no pudo
averiguar lo sucedido.
Se lo preguntarˆa a Caroline, en cuanto tuviese oportunidad de
hablar a solas con ella, y la muchacha se lo aclararˆa.
La carreta habˆa salido ya de Silverton y se dirigˆa al rancho de los
Dobson, tirada por dos hermosos caballos.
Alec Birney lo observaba todo con curiosidad, aunque su rostro no
expresaba ninguna emoci€n. S€lo cuando sus ojos se posaban, con m†s
o menos disimulo, en el bello rostro de Caroline Dobson, brillaban m†s
de lo habitual.
Le gustaba su pelo, dorado como el oro, muy largo y sedoso, digno
de ser acariciado. Tambi‡n le gustaban sus ojos, grandes y luminosos,
de pupilas color violeta, y su nariz, pequeƒa y graciosa. Y su boca, de
labios finos, suaves, brillantes...
El vestido, rosa, muy bonito, realzaba sus formas juveniles y por su
escote, ligeramente atrevido, asomaban, incitantes, sus erectos y
puntiagudos senos. Un pequeƒo sombrero, igualmente rosa, adornaba
su cabeza.
Caroline Dobson, por su parte, tambi‡n miraba de vez en cuando al
hijo del desaparecido Howard Birney y se decˆa que era una pena que
no le gustase el Oeste, que estuviese en ‡l s€lo porque su padre, antes
de morir, le obligara a prometer que lo visitarˆa.
Y s€lo estarˆa en Colorado dos semanas.
Por puro compromiso.
Era un hombre del Este y ansiaba volver cuanto antes a Boston.
Caroline sentˆa hasta deseos de llorar.
Pero no lo hizo, claro.
Derramar unas cuantas l†grimas, no solucionarˆa nada.
Lo que tenˆa que hacer, era conquistar a Alec.
Si conseguˆa que se enamorara de ella, tal vez no tuviese tanta prisa
en volver a Boston.
Caroline Dobson sonri€ sin darse cuenta.
Y es que ya habˆa decidido engatusar a Alec Birney.
‹Lo lograrˆa...?
Ella estaba segura de que sˆ.
***
La carreta habˆa recorrido ya la mitad del camino,
aproximadamente.
De pronto, Phil Owens, que tenˆa una vista excelente, descubri€ una
serpiente entre las rocas que bordeaban el sendero.
Su primera intenci€n, fue extraer el rev€lver y volarle la cabeza al
peligroso reptil, para que no asustase a los caballos. Al instante, sin
embargo, cambi€ de opini€n.
Preferˆa que los caballos se espantasen.
Serˆa divertido ver la cara de susto que pondrˆa Alec Birney, cuando
los caballos se disparasen y la carreta pareciese volar en vez de correr,
amenazando con volcar y despedir por los aires a cuantos viajaban en
ella.
Tal cosa, sin embargo, no sucederˆa.
Phil Owens estaba seguro de poder controlar a los caballos en todo
momento, y los obligarˆa a detenerse en cuanto quisiera. Y eso no serˆa
antes de que el p†nico se hubiese metido hasta lo m†s profundo del
cuerpo de Alec Birney.
El seƒorito del Este lo iba a pasar mal.
Pero que muy mal.
Phil Owens, gozando ya de su fechorˆa, procur€ acercar m†s la
carreta a ese lado del sendero, para que los caballos descubriesen a la
serpiente y se espantasen.
La descubrieron, efectivamente.
Relincharon los dos a la vez, aterrorizados, alzaron sus patas, y
luego se dispararon, empezando a galopar sin freno.
Ethel Dobson y su hija chillaron a un tiempo, y si no se cayeron de
los asientos, fue porque Clifford Dobson sostuvo a su esposa y Alec
Birney hizo lo propio con Caroline.
Los cuatro saltaban sobre los asientos, porque la carreta tambi‡n
saltaba a cada bache o desnivel del sendero, y Clifford y Alec tuvieron
que agarrarse fuertemente a los laterales de la carreta, para no verse
derribados
Ethel se abraz€ con fuerza a su marido.
Tambi‡n Caroline se abraz€ apretadamente a Alec.
—‹Qu‡ diablos pasa, Phil? —rugi€ Clifford Dobson.
—ŒAlgo asust€ a los caballos, patr€n!
— ŒDet‡nlos, maldita sea, o nos romperemos todos la crisma!
-—ŒYa lo estoy intentando, patr€n!
No era cierto.
Phil Owens simulaba esforzarse por frenar la alocada carrera del par
de cuadr‰pedos, pero la verdad es que les permitˆa galopar
desenfrenadamente.
— ŒSoo, malditos! —gritaba, para disimular, mientras por el
rabillo del ojo observaba a Alec Birney.
Le contrari€ comprobar que el joven no parecˆa en absoluto
dominado por el p†nico. Su expresi€n era sorprendentemente serena,
como si estuviese acostumbrado a viajar en carretas tiradas por caballos
desbocados. Y no podˆa ser asˆ.
En el Este se vivˆa de otra manera.
Phil estaba seguro de que Alec Birney no habˆa subido jam†s en una
carreta, sino en c€modos y lujosos coches tirados por d€ciles caballos,
de esos que nunca corren, que solamente trotan.
‹C€mo se explicaba, entonces, que...?
Phil Owens no lograba entenderlo, pero de una cosa si estaba
seguro: empezaba a arrepentirse de haber permitido que la serpiente
espantara a los caballos.
En primer lugar, porque lejos de asustar a Alec Birney y ponerlo en
ridˆculo delante de Caroline, habˆa brindado al joven la ocasi€n de
demostrar su entereza y su sangre frˆa ante una situaci€n evidentemente
peligrosa y difˆcil, lo cual, sin duda, causarˆa la admiraci€n de la
muchacha.
Y, en segundo lugar, porque gracias al desbocamiento de los
caballos Alec tenˆa ahora en sus brazos a Caroline, y eso llenaba de
coraje al capataz.
—ŒPara los caballos de una condenada vez, Phil! —barbot€ Clifford
Dobson.
Phil Owens se emple€ ahora de verdad, y gracias a su extraordinaria
fuerza y a su experiencia en situaciones como la provocada por ‡l,
consigui€ frenar los caballos en menos de medio minuto.
***
La carreta llevaba ya un par de minutos detenida en el sendero, pero
Caroline Dobson seguˆa en brazos de Alec Birney, para desesperaci€n
de Phil Owens, cada vez m†s arrepentido de no haberle destrozado la
cabeza a la serpiente de un balazo.
—Tranquilˆzate, Caroline —dijo Alec, acariciando suavemente el
precioso cabello de la muchacha—. Ya pas€ el peligro.
—Lo s‡, pero yo sigo con el miedo metido en el cuerpo —respondi€
tr‡mulamente ella.
S€lo era verdad a medias.
El susto se le habˆa pasado ya en parte, pero como no quena
separarse de Alec, Caroline fingˆa seguir aterrorizada.
—‹Qu‡ crees que pas€, Phil? —mascull€ Clifford Dobson.
—‹C€mo? —murmur€ el capataz, que no habˆa oˆdo bien las
palabras del ranchero, por hallarse demasiado pendiente de Caroline y
Alec.
—‹Qu‡ fue lo que asust€ a los caballos?
—Lo ignoro, patr€n. Una serpiente, tal vez.
—Malditas serpientes... —rezong€ Clifford—, El pobre Charles
perdi€ la vida por culpa de una de ellas.
—‹Qui‡n era, seƒor Dobson? —pregunt€ Alec.
—‹Charles Meeker?
—Sˆ.
—El capataz de mi rancho.
—‹C€mo muri€?
—Se cay€ del caballo y se dio un fuerte golpe en la cabeza contra
una piedra, falleciendo instant†neamente. Dado que Charles era un
magnˆfico jinete, la ‰nica explicaci€n posible es que una serpiente
asust€ a su caballo, y ‡ste le derrib€. Hay muchas en esta regi€n, por
desgracia, y los caballos se llenan de p†nico cuando ven alguna.
—Entiendo.
Clifford Dobson sonri€.
—Te has portado magnˆficamente, Alec. No s€lo no te asustaste en
ning‰n momento, sino que protegiste a Caroline. Te doy las gracias por
ello.
—Yo tambi‡n te las doy. Alec —dijo Ethel.
—Y yo —dijo Caroline, mir†ndole a los ojos.
—Era mi deber —repuso Alec y solt€ a la muchacha.
Caroline no tuvo m†s remedio que separarse de ‡l.
—V†monos, Phil —indic€ Clifford Dobson—. Y mant‡n los ojos
bien abiertos, por si surge otra serpiente. No quiero que vuelva a pasar
lo de antes.
—Descuide, patr€n —respondi€ el capataz, y puso en marcha la
carreta, sintiendo que su odio hacia Alec Birney crecˆa por momentos.
CAPITULO IV
No surgieron m†s serpientes en el resto del recorrido y los caballos
no volvieron a espantarse, por lo que la carreta lleg€ al rancho sin
nuevos contratiempos.
—‹Te gusta la casa, Alec? —pregunt€ Clifford Dob-son, todavˆa
sobre la carreta.
—Es muy hermosa, seƒor Dobson —respondi€ el joven,
observ†ndola con detenimiento.
—Espero que tambi‡n te guste por dentro, Alec —dijo Ethel
Dobson.
—Estoy seguro, seƒora Dobson.
—Tu habitaci€n ya est† preparada, Alec —inform€ Caroline—.
Aunque no s‡ si te gustar† lo que hemos puesto en ella —aƒadi€
mirando a sus padres.
Clifford y Ethel intercambiaron una nerviosa mirada.
Alec Birney, extraƒado, pregunt€:
—‹Por qu‡ no habrˆa de gustarme, Caroline?
La muchacha se mordi€ los labios.
—Bueno, es que... —titube€.
Clifford Dobson tosi€ muy oportunamente y dijo:
—Bajemos de la carreta.
Fue el primero en apearse y ayud€ a bajar a su esposa.
Phil Owens ya habia saltado al suelo y se situ€ detr†s de la carreta,
con intenci€n de ayudar a descender de ella a Caroline Dobson.
Alec Birney salt€ †gilmente de la carreta y dijo:
—Yo ayudar‡ a Caroline, Phil.
—Gracias, Alec —sonri€ la muchacha y coloc€ sus manos sobre los
hombros de ‡l.
Alec la cogi€ por el talle y la baj€ sin apenas esfuerzo, mientras Phil
cortaba clavos con 1os dientes y los clavaba a golpes de tobillo
desnudo.
Es un decir, claro.
Una forma de expresar la furia que sentˆa el fornido capataz en
aquellos momentos, y que cada vez le resultaba m†s difˆcil disimular,
porque le brillaban mucho los ojos y la cara se le congestionaba sin que
‡l pudiera evitarlo.
Para acabarlo de arreglar, Clifford Dobson indic€:
—Descarga el equipaje de Alec y s‰belo a su habitaci€n, Phil.
—Sˆ, patr€n —respondi€ Owens, con voz ligeramente ronca.
Era otro de los sˆntomas de la c€lera que sentˆa y que tan a duras
penas contenˆa.
Alec Birney, que ya habˆa soltado la breve cintura de Caroline,
flexible como un junco, dijo:
—Creo que no debernos molestar m†s a Phil, seƒor Dobson. Entre
usted y yo subiremos las maletas.
—No es ninguna molestia para Phil, pero acepto tu sugerencia —
repuso el ranchero sonriente—. Nosotros subiremos las maletas.
—Vamos all†.
Alec y Clifford cargaron con el equipaje y subieron al porche,
acompaƒados de Ethel y Caroline. Entraron todos en la casa.
Phil Owens solt€ un rabioso salivazo y mascull€:
—Yo me ocupar‡ de ti, seƒoritingo del Este.
Despu‡s, con una cara de vinagre que invitaba a poner cebolletas en
su boca, para que absorbiesen todo el que pudiesen, llev€ el par de
caballos y la carreta al establo.
***
Clifford Dobson y Alec Birney subˆan ya las escaleras, cargados con
las maletas. Ethel y Caroline subˆan tras ellos, y de vez en cuando se
miraban, como pregunt†ndose qu‡ dirˆa Alec cuando le mostrasen su
habitaci€n y descubriese lo que habˆa sobre la cama.
Lo mismo se preguntaba el ranchero.
Pronto saldrˆan todos de dudas, pues ya habˆan alcanzado la planta
superior y se encaminaban hacia la habitaci€n destinada a Alec, que se
hallaba ubicada al fondo.
Como Clifford Dobson tenˆa las manos ocupadas, rog€:
—Abre t‰, querida.
Ethel, con mano nerviosa, atrap€ el pomo de la puerta y lo hizo
girar, empujando seguidamente la hoja de madera.
La abri€ de par en par, pero ella no entr€ en la habitaci€n.
Tampoco Clifford.
Ni Caroline.
Querˆan que fuese Alec el primero en entrar y viese lo que habˆan
puesto sobre su cama.
El joven, en vista de que ninguno de los Dobson se decidˆa a cruzar
la puerta, entr€ en la habitaci€n, picado por la curiosidad. No habˆa
olvidado las palabras de Caroline, referentes a la habitaci€n que le
habˆan preparado, y estaba deseando saber qu‡ era lo que los Dobson
pensaban que tal vez a ‡l no le gustase.
Lo descubri€ apenas entrar en ella.
Sobre la cama, habˆa una indumentaria completa de vaquero.
El azulado y resistente pantal€n tejano, una camisa grana, un
chaleco de piel, marr€n, un paƒuelo azul, un sombrero de alas dobladas,
un excelente par de botas, con preciosas espuelas doradas, un ancho
cintur€n, con adornos plateados y una artˆstica hebilla...
Tampoco faltaba el otro cinto, el que servˆa para llevar la pistolera,
en la que descansaba un reluciente •Colt 45•. La pistolera disponˆa de
un par de delgados cordones, para sujetarla al muslo, y el cinto tenˆa
docena y media de balas en la parte de atr†s, la que quedaba a la
espalda, una vez colocado.
Alec Birney dej€ lentamente las maletas en el suelo y observ€ la
indumentaria de cow-boy pieza por pieza, aunque donde m†s tiempo se
posaron sus ojos fue en el •Colt 45•.
Despu‡s, se volvi€ hacia la puerta.
Los Dobson estaban asomados a ella, pero seguˆan sin decidirse a
entrar en la habitaci€n.
Clifford carraspe€ nerviosamente y dijo:
—No era nuestra intenci€n molestarte, Alec. Compramos todo eso
para ti porque pens†bamos que te en-cantaba el Oeste. Por lo que me
decˆa tu padre en su ‰ltima carta, ya sabes...
—Querˆamos darte una agradable sorpresa, y por eso se nos ocurri€
comprarte una indumentaria completa de vaquero —explic€ Ethel,
retorci‡ndose las manos—. De haber sabido que no te gustaba el
Oeste...
—No te enfades con nosotros, Alec —rog€ Caroline—. Lo hicimos
con la mejor intenci€n. Ahora mismo entro y me lo llevo todo, no te
preocupes. Ser† como si no hubieses visto nada, lo olvidar†s en
seguida.
Alec Birney sonri€.
—Por Dios, Caroline. No estoy enfadado. Ni siquiera molesto. Me
he llevado una sorpresa, es cierto, pero en absoluto desagradable. Ha
sido una sorpresa muy grata, puedes creerme.
—‹De veras...?
—Sˆ, te lo aseguro.
—‹No quieres que me lleve la indumentaria de cowboy, entonces...?
—Por supuesto que no.
—ŒMagnˆfico! —exclam€ la muchacha, y se puso a aplaudir.
Clifford y Ethel tambi‡n se llenaron de contento.
El ranchero entr€ en la habitaci€n, con las maletas que portaba, y
pregunt€:
—‹Te vestir†s de vaquero, Alec?
—Bueno, la verdad es que pensaba llevarme todo esto a Boston
como recuerdo de mi estancia en Colorado, sin haberme vestido de
cow-boy, pero como sospecho que ustedes quedarˆan muy
desilusionados, si no me lo pongo al menos una vez, prometo hacerlo.
—‹S€lo una vez, Alec...? —intervino Ethel, rog†ndole con los ojos
que reconsiderase el asunto.
—Bueno, puede que me vista de cow boy dos o tres veces —
respondi€ el joven—. ‹Satisfecha, seƒora Dobsorn...?
—Mucho, gracias —sonri€ ampliamente Ethel,
—Te sentir†s muy c€modo con esas ropas, ya ver†s —asegur€
Caroline—. Estamos en la ‡poca de calor, y si das un largo paseo a
caballo, con esas ropas que llevas puestas ahora, sudar†s a chorros.
Coger†s mucho polvo, tambi‡n, y es una pena que ensucies un traje tan
caro y tan elegante.
Caroline tiene raz€n. Alec —opin€ Clifford—. Para recorrer el
rancho, debes ponerte la indumentaria de vaquero.
Birney mir€ el •Colt 45•.
—‹La pistola, tambi‡n...?
—Sˆ, debes llevarla, Alec. Todos mis hombres van armados. Y los
de los otros ranchos tambi‡n. Entreoir†s cosas, porque puede surgir de
pronto una serpiente y...
—De acuerdo, me la pondr‡.
--‹Sabes disparar, Alec? —pregunt€ Caroline.
—Con un arma como ‡sta, me temo que no. Pero puedo aprender.
—Caroline te enseƒar† —dijo Clifford.
—‹Caroline...?
—Yo disparo bastante bien —asegur€ ella, con una graciosa sonrisa.
—‹De veras?
—ŒTiene una punterˆa fenomenal! —exclam€ Clifford Dobson.
—Es verdad, Alec —corrobor€ Ethel—. Caroline maneja
estupendamente el •Colt•. Y tampoco lo hace mal con el rifle. Ha
practicado mucho. Y con un buen maestro.
—‹Qui‡n?
—Phil Owens —respondi€ Clifford — Es un buen tirador, ‹eh?
—Excepcional. Y •saca• el rev€lver con una rapidez endiablada. No
hay quien le iguale en la regi€n —En el Oeste, desenfundar r†pido es
muy importante —asegur€ Caroline.
—Pues me temo que yo lo har‡ muy torpemente porque soy del
Este, y allˆ..
—No te preocupes por eso, Alec, le enseƒar‡ tambi‡n a •sacar• con
rapidez —prometi€ la muchacha.
—De acuerdo, Caroline —sonri€ Birney.
CAPITULO V
Los Dobson abandonaron la habitaci€n de Alec Birney, para que
‡ste pudiera cambiarse de ropa antes del almuerzo, que no tardarˆa en
ser servido.
Apenas cerrar la puerta, Clifford dijo:
—Bien. ‹Qu‡ os parece Alec?
—Es un joven muy simp†tico —opin€ Ethel.
—Es muy guapo —aƒadi€ Caroline, con pˆcara sonrisa.
—L†stima que no le guste el Oeste, ‹verdad? —suspir€ Clifford.
—Sˆ, es una pena —asinti€ su esposa.
—Bueno, tal vez acabe gust†ndole... —dijo su hija
—‹T‰ crees, Caroline? —pregunt€ Clifford.
—Por de pronto ha accedido a vestirse de vaquero. Ya es algo, ‹no?
—Desde luego —dijo Ethel.
—Alec es un tipo valiente, lo demostr€ cuando los caballos se
espantaron. Y a los hombres valientes suele encantarles el Oeste,
porque aquˆ tienen muchas oportunidades de demostrar su valor. Por
eso pienso que Alec acabar† sinti‡ndose a gusto en Colorado. Tan a
gusto, que a lo mejor ya no siente deseos de regresar Boston y se queda
para siempre en el Oeste.
—Eso serˆa magnˆfico, hija —sonri€ Clifford—, Pero no debemos
hacernos demasiadas ilusiones. A Alec le gusta tanto el Este...
—Es natural que le guste, porque siempre ha vivido allˆ, y allˆ tiene
sus amigos. No conoce el Oeste. Esperemos a que lo conozca, que trate
a sus gentes, que viva las emociones de estas tierras... Puede que
entonces cambie de opini€n.
—Ojal† sea asˆ, Caroline —dese€ Ethel.
—Esta tarde har‡ que se vista de vaquero y lo llevar‡ a recorrer al
rancho. Quiero que vea lo hermoso que es. Y que conozca a los
muchachos.
—Excelente idea, hija —aprob€ Clifford Dobson.
***
Phil Owens habˆa desenganchado ya los caballos que tiraran de la
carreta, pero seguˆa en el establo, junto a la puerta, los ojos fijos en la
casa.
Tenˆa la esperanza de que Caroline saliese al porche.
Y asˆ fue.
En cuanto la vio aparecer, el capataz la llam€:
—ŒCaroline!
La muchacha descendi€ del porche y se peg€ una carrerita hacia el
establo, entrando en ‡l.
-Hola, Phil.
—Te estaba esperando, Caroline.
—‹Para qu‡?
— Tengo que hablar contigo.
—Te escucho, Phil.
—Te gusta el seƒorito del Este, ‹verdad?
—Sˆ, me gusta.
—Lo suponˆa...
—‹Celoso, Phil...? —pregunt€ la muchacha, coqueta.
Owens la cogi€ por los hombros y se los apret€.
—Sabes lo que siento por ti, te lo he dicho muchas veces,
—Sˆ, muchas.
—‹Cu†ndo vas a tomarme en serio?
—Por ahora, no pienso tomar en serio a nadie.
—‹Tampoco a Alec Birney?
Caroline Dobson rio.
—Tranquilˆzate, Phil. Todos est†bamos equivocados con respecto a
Alec.
Owens entorn€ los ojos.
—‹Qu‡ quieres decir?
—No le gusta el Oeste, Phil. Ha venido porque su padre, antes de
morir, le hizo prometer que nos visitarˆa. S€lo estar† en el rancho un
par de semanas. Ansia regresar a Boston. Es un hombre del Este y no le
atraen en absoluto estas tierras —explic€ la muchacha.
El capataz se alegr€.
—‹Es eso cierto, Caroline?
—Sˆ, nos lo confes€ en el and‡n, mientras t‰ cargabas sus maletas
en la carreta.
—Por eso tenˆais todos aquellas caras tan raras y hablabais tan
poco...
—Exacto. Nos llevamos una gran desilusi€n. Especialmente, mi
padre.
—T‰, sin embargo, vuelves a estar contenta... —observ€ Owens.
—‹Y por qu‡ iba a seguir triste?
—Has admitido que Alec te gusta.
—Y es verdad. Es un joven muy apuesto. Y viste con mucha
elegancia. A cualquier mujer le gustarˆa.
—No coquetees con ‡l, Caroline.
—‹Por qu‡?
—Lo pas‡ muy mal cuando te vi en sus brazos.
—Yo, en cambio, lo pas‡ muy bien.
—ŒCaroline!
—Afloja la presi€n de tus manos, Phil. No tengo los hombros de
hierro.
—No quiero que te burles de mˆ, ‹sabes?
—‹Qui‡n se burla?
—Si te veo tontear con Alec...
—Yo tonteo con quien me da la gana, ‹est† claro?
—Caroline...
—Su‡ltame. Phil.
—No, espera un momento.
—No puedo, el almuerzo ya debe de estar servido. —Por favor,
Caroline...
La muchacha se solt€ con brusquedad y sali€ corriendo del establo.
—ŒCaroline! —grit€ Phil.
La joven no se detuvo.
Ni siquiera volvi€ la cabeza.
Alcanz€ el porche, subi€ los peldaƒos, y se introdujo en la casa.
***
Habˆan terminado ya de almorzar y estaban tomando caf‡ en el
sal€n, cuando Caroline Dobson sugiri€:
—‹Te apetece dar un paseo a caballo por las tierras del rancho,
Alec?
—Sˆ, creo que si —respondi€ Birney.
—Vamos a cambiarnos, pues.
—Quieres que me vista de vaquero, ‹eh?
—Sˆ, estoy deseando ver c€mo te sienta la indumentaria de cow-boy
—confes€ la muchacha riendo.
Clifford y Ethel tambi‡n rieron
—Estupendamente, estoy seguro —dijo el ranchero.
—Yo tambi‡n lo creo asˆ —dijo su esposa.
—De acuerdo, me vestir‡ de cow-boy —accedi€ Alec, poni‡ndose
en pie.
Caroline le imit€ y le cogi€ familiarmente del brazo, sac†ndolo del
sal€n. Se encaminaron hacia la escalera y subieron al piso alto.
La habitaci€n de Caroline estaba cerca de la de Alec.
—No te entretengas demasiado. Alec —rog€ la joven—. Quiero que
aprovechemos bien la tarde.
—No temas, Caroline. Antes de cinco minutos, me habr‡ convertido
en un hombre del Oeste.
—Te premiar‡ con un beso si lo consigues.
—Tendr†s que d†rmelo, no lo dudes.
Caroline rio y se meti€ en su habitaci€n.
Alec corri€ hacia la suya.
Caroline se desvisti€ con rapidez y se puso un pantal€n gris, una
blusa color crema, y se calz€ sus botas de montar. Despu‡s se coloc€ un
cinto, con su correspondiente •Colt• y luego se encasquet€ un
sombrero marr€n, de alas dobladas.
Tras contemplarse en el espejo del armario, tom€ su fusta y sali€ de
la habitaci€n. Como Alec seguˆa en la suya, fue hacia ella y dio unos
golpes en la puerta.
—ŒHan pasado ya cuatro minutos y medio, Alec!
—ŒEstoy listo, Caroline!
La muchacha abri€ la puerta, para ver si era verdad que Alec Birney
estaba listo.
Lo estaba, sˆ.
S€lo le faltaba encasquetarse el sombrero, lo cual estaba haciendo en
aquel preciso momento.
Caroline le observ€ de pies a cabeza.
—ŒPareces un vaquero aut‡ntico, Alec!
—‹T‰ crees?
—ŒLa indumentaria de cow-boy te sienta de maravilla, te lo
aseguro! ŒEst†s guapˆsimo!
Alec la observ€ a su vez.
—Tampoco a ti te sientan mal las ropas de amazona, Caroline.
—Se agradece la galanterˆa.
—‹Cu†ndo me vas a dar el beso que me prometiste?
—Ahora mismo, si quieres.
—Venga.
Como Alec se habˆa situado ya frente a ella, Caroline no tuvo m†s
que auparse sobre las puntas de sus pies, para alcanzar el rostro
masculino, en cuya mejilla izquierda deposit€ el beso.
El desencanto de Alec fue evidente.
—‹Te referˆas a esa clase de beso, Caroline...?
—Naturalmente. ‹Qu‡ clase de beso esperabas t‰?
—Bueno, algo asˆ... —dijo Alec, enlaz†ndola por la cintura y
bes†ndola en los labios.
Caroline no tuvo tiempo de evitarlo.
Ni ganas, tampoco.
En realidad, ella tambi‡n preferˆa aquella clase de beso.
Y Alec besaba tan bien...
Cuando el beso concluy€, se miraron a los ojos.
—‹Sabes que eres un tipo muy atrevido, Alec?
—Si de verdad piensas eso, dame una bofetada.
—‹Suelen d†rtelas las mujeres del Este?
—No.
—Entonces, tampoco yo te la dar‡. Pero no vuelvas a besarme sin
avisar antes, ‹de acuerdo?
—De acuerdo.
—Vamos, vaquero —rio Caroline, cogiendo de la mano a Alec y
tirando de ‡l.
***
Clifford Dobson y su esposa tambi‡n elogiaron el nuevo aspecto de
Alec Birney, asegurando que parecˆa un verdadero hombre del Oeste.
Despu‡s Caroline y Alec salieron de la casa y se encaminaron hacia
el establo, en donde, ensillados ya, aguardaban los caballos que iban a
montar.
—La yegua es para mˆ, Alec —dijo Caroline . Se llama
•Presumida•.
—‹Y lo es?
—M†s a‰n que su dueƒa que soy yo —bromeo la joven.
—Tiene gracia —rio Alec—. ‹C€mo se llama el caballo?
—•Lucifer•.
Alec fingi€ asustarse.
—ŒTiene nombre de demonio!
—Y lo es.
—Entonces, prefiero montar otro.
Caroline rompi€ a reˆr.
—Es una broma, Alec. El caballo no se llama •Lucifer•, sino
•Diamante•, y es el animal m†s noble y m†s d€cil que tenemos en el
rancho.
—‹No me engaƒas, Caroline?
—Te convencer†s en cuanto lo montes —respondi€ la joven, y
mont€ a •Presumida•.
Alec mont€ a •Diamante•, absolutamente confiado, pues de sobra
sabˆa que Caroline no le iba a proporcionar un caballo difˆcil de
dominar.
Desgraciadamente, pag€ cara su confianza, ya que tan pronto como
sus posaderas descansaron en la silla, el animal lanz€ un fuerte relincho
y realiz€, una cabriola increˆble, derribando aparatosamente a su jinete.
CAPITULO VI
—ŒDios mˆo, Alec! —exclam€ Caroline Dobson, saltando al suelo.
Alec Birney habˆa quedado tendido de espaldas sobre la paja, la
cual, afortunadamente, amortigu€ la violencia de la caˆda.
Caroline se arrodill€ junto a ‡l, le cogi€ la cabeza, y se la levant€.
—‹Te encuentras bien, Alec...?
—Creo que sˆ —gruƒ€ ‡l.
—‹No te duele nada?
—Dolerme, me duele todo. Pero no parece que tenga ning‰n hueso
roto.
—Oh, cu†nto lo siento, Alec...
—‹Que no tenga ning‰n hueso roto?
—ŒNo, por Dios! ŒQue •Diamante• te derribara!
—El otro nombre, •Lucifer•, le va mejor —rezong€ Birney,
incorporando el torso.
Qued€ sentado sobre la paja, agarr†ndose la espalda.
Caroline Dobson se mordisque€ los labios nerviosamente.
—No me explico lo sucedido, Alec.
—‹De veras?
—No pensar†s que te engaƒ‡, ‹verdad?
—Despu‡s de lo ocurrido, es natural que tenga mis dudas, ‹no?
—Te juro que •Diamante• es el caballo m†s d€cil que tenemos en el
rancho.
—Pues c€mo ser† el m†s fiero...
—Alec, por lo que m†s quieras, cr‡eme. ‹Por qu‡ iba yo a
proporcionarte un caballo salvaje? ‹Acaso piensas que deseo que te
rompas una pierna?
—Serˆa una manera de retenerme en el rancho dos o tres meses, en
vez de un par de semanas.
—Deberˆa darte una bofetada, por pensar eso.
—Prefiero que me des un masaje.
—‹D€nde?
—En la espalda.
—‹Te duele mucho?
—Bastante.
—Tendremos que suspender el paseo, pues.
—Ni hablar.
—‹De verdad insistes en darlo, despu‡s de...?
—Sˆ.
—Querr†s otro caballo, supongo.
—No, quiero ‡se. Ahora ya s‡ c€mo las gasta. No volver† a
derribarme, te lo aseguro.
—Jam†s habˆa derribado a nadie, puedes creerme. —Ser† que yo no
le caigo bien.
—A •Diamante• le cae todo el mundo bien. Es una rebanada de
pan.
—Tal vez por eso quiso hacerme migas.
Caroline rio.
—Todavˆa tienes humor para hacer chistes.
—Gracias por tu masaje, Carolina.
—‹Te ha aliviado?
—Sˆ, ahora me duele menos la espalda.
—Me alegro.
Se irguieron los dos.
Caroline recogi€ el sombrero de Alec y se lo entreg€.
—Gracias —sonri€ levemente ‡l, y se lo cal€ hasta casi las orejas,
para no perderlo de nuevo, aunque •Diamante• volviese a mostrarse
arisco con ‡l.
—‹Por qu‡ no montas a •Presumida•, Alec? —sugiri€ Carolina,
temiendo ver volar nuevamente por los aires al joven.
—No, voy a montar a •Diamante•. Aunque hoy est‡ de mal talante.
Es cuesti€n de amor propio. En Boston he montado bastante a caballo,
y no me tengo por un mal jinete. •Diamante• me ha humillado, y ahora
quiero humillarlo yo a ‡l.
—Como desees, Alec.
—Prep†rate, amiguito —sonri€ Birney, y mont€ de nuevo a
•Diamante•.
El animal reaccion€ con la misma violencia de antes, relinchando
con furia e iniciando una serie de terribles corcoveos.
—ŒCuidado, Alec! —chill€ Caroline, absolutamente perpleja por el
comportamiento de •Diamante•.
Parecˆa un caballo salvaje reci‡n cazado y sometido a la primera
sesi€n de doma.
De no ser porque Caroline lo estaba viendo con sus propios ojos, no
lo habrˆa creˆdo.
—ŒSalta, Alec! —aconsej€—. ŒSalta o ese loco te matar†!
—ŒVeremos qui‡n puede m†s, si ‡l o yo! —repuso Birney, luchando
admirablemente con el enfurecido animal.
Caroline tuvo que admitir que Alec era un buen jinete.
Un excelente jinete.
•Diamante• daba unos saltos tremendos y, a cada uno de ellos,
parecˆa que iba a despedir por los aires a su jinete, pero ‡ste resistˆa
bravamente sobre la silla, neg†ndose a ser derribado de nuevo.
Sin embargo, la furia del animal, lejos de remitir, se acentuaba a
medida que transcurrˆan los segundos y Alec Birney, muy a su pesar,
acab€ vi‡ndose catapultado por encima de la cabeza del cuadr‰pedo.
—ŒAlec...! —chill€ Caroline, horrorizada, porque el batacazo de
ahora podˆa ser incluso mortal.
Afortunadamente, result€ m†s espectacular que grave, ya que Alec
cay€ en buena posici€n para realizar un par de volteretas por el suelo
del establo, antes de quedar tendido sobre la paja.
Caroline corri€ hacia ‡l, se dej€ caer a su lado, y le cogi€ de nuevo
la cabeza.
—ŒAlec! —lo llam€, porque el joven tenˆa los ojos cerrados, en esta
ocasi€n
Parecˆa conmocionado, pero s€lo estaba ligeramente aturdido, por lo
que abri€ los ojos y mir€ a Caroline.
—Conque una rebanada de pan, ‹eh?
—ŒNo lo entiendo, Alec! Œ•Diamante• debe de haberse vuelto loco!
ŒNo cabe otra explicaci€n!
—La pr€xima vez que me invites a dar un paseo por el rancho,
prep†rame el caballo m†s salvaje que teng†is —pidi€ Birney—. No ser†
ni la mitad de fiero que •Diamante•. ‹Seguro que no se llama
•Lucifer•...?
Los ojos de Carolina Dobson se llenaron de l†grimas.
—‹Todavˆa dudas de mˆ, Alec?
Birney alz€ la mano y le acarici€ dulcemente el rostro.
—No, Caroline. S‡ que t‰ no tienes nada que ver en todo esto
—Nada, Alec, te lo juro. El comportamiento de •Diamante• me ha
sorprendido tanto como a ti.
—No llores, por favor. Las l†grimas no te favorecen.
—‹Te has roto alg‰n hueso, Alec?
—Espero que no. Los tengo bastante duros, aunque no sea un
hombre del Oeste.
Caroline sonri€.
—Dudo que alguno de los vaqueros de nuestro rancho hubiera
resistido tanto tiempo sobre el lomo de •Diamante•, con los brincos tan
terribles que daba. Eres un magnˆfico jinete, Alec.
—Muchas gracias. Pero no puedo sentirme satisfecho, •Diamante•
acab€ derrib†ndome de nuevo.
—Era inevitable. No se puede dominar a un caballo que se ha vuelto
loco.
—Habr† que llevarlo al manicomio.
—Y a ti a la cama.
—‹Por qu‡?
—Debes estar medio muerto.
—Eso es lo que dirˆa un pesimista. Un optimista, dirˆa que estoy
medio vivo.
Caroline volvi€ a sonreˆr.
—T‰ y tu sentido del humor.
—Me encuentro bien, de verdad.
—‹Te doy masaje?
—Prefiero que me des un beso. Y olvˆdate de las mejillas, ‹eh?
—‹Todos los hombres del Este son tan descarados como t‰, Alec?
—M†s o menos.
—Pues est†n apaƒadas las mujeres que viven allˆ.
—A ti no te disgustarˆa vivir en Boston, estoy seguro.
—Yo soy una mujer del Oeste, Alec.
—Que va a darle un beso a este hombre del Este.
—Sˆ, no soy capaz de negarme —repuso Caroline, y le bes€ en los
labios, como ‡l querˆa.
—Eres una chica estupenda, Caroline.
—Y t‰, un besuc€n de primera,
—‹Quieres decir que beso bien?
—Que tienes mucha cara, eso es lo que quiero decir.
—A ti acabar‡ yo llev†ndote al Este.
—O yo reteni‡ndote a ti en el Oeste.
—Eso es imposible, Caroline.
—Lo otro tambi‡n.
—Bueno, lo discutiremos en otro momento. Ay‰dame a ponerme en
pie, ‹quieres?
—Sˆ, ag†rrate de mˆ. Pero a ver de d€nde te coges, ‹eh? No vale
aprovecharse.
—Descuida.
Ayudado por Caroline, Alec se puso en pie y pudo comprobar que
no se habˆa fracturado ning‰n hueso.
—‹Ves como no hay necesidad de llevarme a la cama? Puedo
moverlo todo.
—De todos modos, no estarˆa de m†s que te examinase un doctor —
sugiri€ Caroline.
—No me gustan los m‡dicos.
—No te estoy pidiendo que te enamores de uno, s€lo que te dejes
examinar por ‡l.
Alec rio.
—Veo que t‰ tambi‡n sabes hacer chistes, Caroline.
—‹De verdad te encuentras bien, Alec?
—Sˆ, cr‡eme. Y, para demostr†rtelo, daremos el paseo por las tierras
del rancho.
Caroline resping€.
—ŒEst†s loco, Alec! ŒNo debes montar de nuevo!
—A •Diamante•, desde luego que no. Es un diamante en bruto.
Mientras siga sin pulir, que lo monte su padre. Yo montar‡ otro caballo
cualquier. Aqu‡l, por ejemplo —Birney seƒal€ un alaz†n, joven y
vigoroso.
—‹•Tormentoso•...? —exclam€ la joven.
—‹Se llama asˆ?
—ŒSˆ!
—Diablos, y yo sin paraguas —rezong€ Alec—. No importa, lo
montar‡ y aguantar‡ el chaparr€n —decidi€ y empez€ a desensillar a
•Diamante•, porque •Tormentoso• no estaba ensillado.
Y fue entonces, al quitarle la silla a •Diamante•, cuando descubri€
que el animal tenˆa el lomo baƒado en sangre.
Una sangre que brotaba de las heridas que le habˆan causado unos
largos, duros y afilados pinchos que alguien le habˆa puesto debajo de
la silla, para que, cuando fuese montado, se le clavasen en la carne
dolorosamente y le obligasen a brincar con furia.
—Observa esto, Caroline --dijo Alec, con voz ronca.
—ŒCielos! —exclam€ la muchacha, llev†ndose las manos a las
mejillas, horrorizada—. ŒAhora comprendo por qu‡ •Diamante• daba
esos terribles saltos!
—Sˆ, yo tambi‡n. Y me arrepiento de haberlo montado por segunda
vez. Debi hacerlo sufrir horrores.
Caroline le cogi€ el brazo y se lo oprimi€.
—No te culpes por ello, Alec. T‰ no sabˆas nada La culpa la tuvo la
persona que puso esos horribles pinchos bajo la silla de montar. Y yo
creo saber qui‡n fue.
Birney la mir€.
—‹De veras, Caroline?
—Sˆ, pondrˆa la mano en el fuego.
Birney la cogi€ por los hombros.
—‹Qui‡n fue? Dˆmelo, Caroline. Quiero saberlo para darle su
merecido.
La muchacha se mordi€ los labios.
—Me temo que no podr†s, Alec.
—‹Por qu‡?
—Fue Phil Owens.
CAPITULO VII
—‹Phil Owens...? —repiti€ Alec Bimey.
—Sˆ, estoy segura de que fue cosa suya insisti€ Caroline Dobson.
—‹Por qu‡ motivo...?
—Phil est† enamorado de mˆ. Alec. Y tiene celos de ti.
—‹Celos de mˆ? .
—Sˆ, teme que yo pueda enamorarme de ti. Te considera un rival.
Un peligroso rival.
—‹T‰ le quieres, Caroline9
—No, mi coraz€n no le pertenece. Ni a ‡l, ni a nadie. Phil lo sabe,
pero confˆa en que alg‰n dˆa me enamore de ‡l No creo que eso hubiera
sucedido nunca, pero, despu‡s de lo de hoy, estoy segura de que no
suceder† jam†s. Martirizar asˆ al bueno de •Diamante•, para que te
derribara y te partieras el espinazo... No se lo perdonar‡ nunca.
—‹Sabˆa Phil que yo iba a montar a •Diamante•?
—Claro. Le fue muy f†cil adivinarlo. Ninguno de nosotros pensaba
que t‰, un hombre del Este, fueras un consumado jinete. Por esa raz€n,
mi padre ordeno que te ensillaran a •Diamante•, el m†s manso de nues-
tros caballos como ya te he dicho varias veces. Yo siempre monto a
•Presumida•.
—Hablar‡ con Phil.
—Lo negar† todo.
—Seguro que sˆ. Pero yo le har‡ confesar la verdad.
—‹C€mo?
—A puƒetazos.
—No lo intentes, Alec. Phil es muy fuerte. Y muy diestro con los
puƒos. No podr†s vencerle.
—Veremos.
—Deja que sea mi padre quien se encargue de castigar su fechorˆa,
Alec.
—‹Tu padre?
—Sˆ, le contaremos lo que ha pasado y despedir† a Phil esta misma
tarde.
—‹Olvidas que no existen pruebas de que lo hiciera Phil? Si antes
no le obligo a confesar su cobarde acci€n, tu padre no podr† despedirle.
—Lo har†, Alec, no lo dudes.
—‹De qui‡n est†is hablando, Caroline? —pregunt€ alguien.
Alee y Caroline miraron hacia la puerta del establo.
Era Phil Owens.
* **
Un Phil Owens serio.
Visiblemente irritado, aunque ‡l tratase de disimularlo.
Y es que habˆa estado cerca del establo en todo momento, para
enterarse de los resultados que daba su plan.
No habˆan sido, ni mucho menos, los esperados, pues, a pesar de las
dos caˆdas sufridas, terriblemente aparatosas, Alec Birney no habˆa
sufrido apenas daƒo.
Y, encima, Caroline Dobson habˆa adivinado que fue ‡l quien
coloc€ los pinchos bajo la silla de •Diamante•.
Phil habˆa visto, adem†s, c€mo Alec le pedia a Caroline que le
besara y c€mo ella accedˆa, de buen grado, a complacerle.
Por si fuera poco, Caroline hablaba de despedirle.
Despedirle...
Despu‡s de lo que habˆa tenido que hacer para alcanzar el puesto de
capataz...
No, no permitirˆa que Clifford Dobson lo echara del rancho.
Un rancho que esperaba fuera suyo, cuando lograra convencer a
Caroline para que se casase con ‡l.
Matrimonio que, por culpa de Alec Birney, estaba ahora m†s difˆcil
que nunca.
Phil Owens lo sabˆa.
De ahˆ su furia, a malas penas contenida.
Alec y Caroline le miraban en silencio.
La muchacha parecˆa asustada, pero Alec permanecˆa sereno.
Phil avanz€ hacia ellos y, cuando estuvo s€lo a un par de yardas, se
detuvo y mir€ el ensangrentado lomo de •Diamante•, fingiendo
sorprenderse mucho.
—‹Qu‡ le ha pasado a •Diamante•, Caroline...?
La joven apret€ los labios.
—De sobra lo sabes, Phil.
—‹Yo?
—Sˆ, de nada te servir† fingir. Sabemos que •Diamante• est† asˆ por
tu culpa.
—No te entiendo, Caroline. ‹Qu‡ tengo yo que ver en todo esto?
—T‰ colocaste los pinchos bajo la silla de •Diamante• para que se
le clavaran en el lomo cuando Alec lo montase, y lo lanzase por los
aires.
—No sabes lo que dices, Caroline.
—Est†s celoso de Alec, porque sabes que me gusta, y querˆas que se
lastimara seriamente. ‹O tal vez que se matara...?
Phil Owens apret€ los puƒos.
—Basta ya, Caroline. Est†s diciendo muchas tonterˆas y mi
paciencia tiene un lˆmite.
—Pues yo tambi‡n tengo que decir algo, Phil —intervino Alec.
—‹De veras?
—Sˆ, que eres un cobarde.
El rostro del capataz empez€ a congestionarse, al tiempo que sus
ojos despedˆan aut‡nticas llamaradas.
—‹Te importarˆa repetir eso, caballerito del Este? —mascull€, con
oscura voz.
—Con mucho gusto. Te he llamado cobarde. Y ahora aƒadir‡ que no
tienes nada de hombre, que todo lo tienes de rata. Porque s€lo una
repugnante y asquerosa rata apestosa serˆa capaz de hacer lo que t‰
hiciste. Llenar de heridas el lomo de un pobre animal... Si tanto
deseabas que yo me rompiera la cabeza, ‹por qu‡ no intentaste
romp‡rmela t‰ personalmente?
La cara del capataz estaba ya amoratada, y sus ojos despedˆan ahora
pura lava volc†nica.
Caroline Dobson estaba aterrorizada.
Y no por ella, sino por Alec Birney.
Despu‡s de todo lo que le habˆa dicho a Phil, era l€gico pensar que
‡ste intentarˆa hacerlo trizas.
Asi fue, en efecto.
—ŒTe voy a hacer pedazos, figurˆn disfrazado de va quero! —rugi€
el capataz y se lanz€ como una fiera sobre Alec.
—ŒCuidado, Alec! —grit€ Caroline, apart†ndose.
Birney tambi‡n hubiera podido apartarse, de haber querido, pero
prefiri€ dejarse caer de espaldas, al tiempo que levantaba las piernas,
recibiendo con ellas a Phil Owens, espectacularmente, lanz†ndolo lejos.
— ŒBravo, Alec! —exclam€ Caroline, gratamente sorprendida por la
habilidad del joven para deshacerse de Phil.
Birney se puso en pie con rapidez.
Owens tambi‡n se incorpor€, rabioso por lo que acababa de suceder.
Alec lo esper€, con los puƒos en alto y las piernas ligeramente
flexionadas.
Phil fue hacia ‡l, pero sin atolondramientos en esta ocasi€n.
Habia comprendido que no le convenˆa lanzarse sobre Alec, porque
no era f†cil arrollarle. Antes habrˆa que restarle agilidad, con unos
cuantos puƒetazos, duros y certeros.
El capataz dispar€ su puƒo derecho, buscando la cara de Alec.
No la encontr€, porque el joven lade€ la cabeza a tiempo y esquiv€
limpiamente el poderoso puƒo de Phil.
Este trat€ de enmendar su fallo, pero tuvo que dejarlo para m†s
tarde, pues la r‡plica de Alec fue tan veloz como contundente y Phil
recibi€ un golpe en el hˆgado y otro en el rostro, que le obligaron a
trastabillar.
Alec quiso mandarlo al suelo de un tercer golpe, pero Phil burl€ el
puƒetazo y contraatac€, con m†s fortuna esta vez, ya que consigui€
colocar su puƒo diestro en el ment€n de su rival.
La cabeza de Alec se fue para atr†s, al recibir la coz, pero sus
piernas no flaquearon y mantuvo la verticalidad.
Phil solt€ su otro puƒo, pero Alec lo vio venir y apart€ la cara,
replicando con un nuevo golpe al hˆgado de su adversario.
Como ya llovˆa sobre mojado, el capataz lanz€ un bramido y se
encogi€, agarr†ndose lo que le dolˆa.
Alec Birney aprovech€ la ocasi€n para obsequiar a Phil Owens con
dos puƒetazos m†s, uno en cada p€mulo, concluyendo la serie de golpes
con un magnˆfico gancho de derecha, que oblig€ al capataz a dar con
sus huesos en el suelo.
Caroline Dobson se puso a aplaudir.
—ŒAsˆ se pelea. Alec! —grit€, euf€rica—. ŒPhil se ha encontrado
con la horma de su zapato!
Birney dedic€ una sonrisa a la muchacha y luego volvi€ a prestarle
atenci€n a Phil Owens, quien ya se estaba irguiendo de nuevo, mucho
m†s rabioso que antes.
—ŒTe voy a hacer pedazos, bastardo! —ladr€.
—Eso ya lo dijiste antes, y sigo entero —repuso Alec, ir€nico.
— ŒNo ser† por mucho tiempo! —relinch€ Phil, y volvi€ a la
carga.
Cambiaron algunos golpes, llevando el capataz la peor parte en el
reparto, pues, si bien Phil Owens era m†s fuerte y pegaba m†s duro que
Alec Birney, ‡ste se mostraba m†s †gil y burlaba mejor los golpes.
Cansado de recibir muchos m†s puƒetazos de los que daba, Phil
intent€ nuevamente arrollar a Alec, seguro de que, si lograba atraparle
entre sus musculosos brazos, la victoria seria suya.
El capataz embisti€ como un toro furioso, buscando el est€mago de
su rival con la cabeza.
Alec, en vez de dejarse caer de espaldas, corno hiciera en la ocasi€n
anterior, elev€ bruscamente la rodilla y la estrell€ contra la cara de Phil,
destroz†ndole mu-chas cosas.
El capataz se derrumb€ en el acto, aullando como un coyote.
Sangraba por la nariz y por la boca.
Y sangraba en cantidad.
Alec Birney decidido a poner fin a la pelea, dispar€ su bota derecha
y se la incrust€ a Phil Owens en la mandˆbula, antes de que ‡ste se
recuperara del tremen- do rodillazo.
El patad€n, no menos tremendo, dej€ inconsciente al capataz.
CAPITULO VIII
Caroline Dobson dio un grito de j‰bilo.
—ŒHas podido con ‡l, Alec! ŒHas vencido a Phil!
—Sˆ, le he vencido. Pero na ha sido f†cil, Caroline. Phil es duro
como una roca... —Birney se mir€ los despellejados nudillos y luego se
los humedeci€ con la lengua.
Caroline corri€ hacia ‡l y le abraz€.
—ŒQu‡ contenta estoy, Alec! ŒPens‡ que Phil iba a destrozarte con
sus puƒos de hierro!
—Te confesar‡ que yo tampoco estaba muy seguro de poder
derrotarle, dada su corpulencia. Phil es un rival de mucho cuidado.
—ŒVamos a avisar a mi padre, antes de que despierte y trate de
solucionar la cosa a tiros!
—‹T‰ crees?
—ŒSˆ, estoy segura de que Phil recurrirˆa al rev€lver! ŒY ya sabes lo
peligroso que es con el •Colt•!
—Est† bien, vamos. Aunque te recuerdo que Phil perdi€ el
conocimiento sin confesar que lo de •Diamante• fue cosa suya,
Caroline.
—ŒNo importa, Alec! ŒMi padre no necesita su confesi€n para
despedirle, porque no hay duda de que Phil es el autor de esa canallada!
—Yo no tengo ninguna, desde luego —repuso Birney, y ‡l y
Caroline Dobson abandonaron el establo, dejando a Phil Owens
desmadejado sobre la paja.
***
Phil Owens tard€ unos veinte minutos en recobrar el sentido.
Cuando abri€ los ojos, descubri€ que Alec y Caroline ya no estaban
solos en el establo. Clifford Dobson y su esposa se encontraban
tambi‡n presentes.
El ranchero tenˆa un rifle en las manos.
Phil se asust€, porque Clifford le apuntaba con ‡l.
—Ponte en pie, Phil —orden€ el ranchero, muy serio.
El capataz se incorpor€ con alguna dificultad.
—Afuera est† tu caballo —dijo Clifford—. Monta en ‡l y abandona
el rancho.
—‹Que abandone el rancho...?
—Sˆ, Phil. Y para siempre. No quiero que vuelvas a poner los pies
en mis tierras. Si lo haces, los muchachos disparar†n contra ti.
—ŒNo puede despedirme, patr€n!
—Puedo y lo hago.
—ŒUsted me necesita, seƒor Dobson! ŒSoy el mejor capataz que
puede encontrar!
—Es posible, Phil. Pero no tengo alternativa. Tu acci€n fue
demasiado cobarde. •Diamante• tardar† varios dˆas en curar de sus
heridas.
—ŒYo no tuve nada que ver en eso, patr€n!
—Mientes.
—ŒLo juro!
—Deseabas que Alec quedara gravemente lastimado. Y, como sali€
bastante bien librado de las dos caˆdas que sufri€, le atacaste como una
fiera rabiosa.
—ŒLe ataqu‡ porque me insult€!
—‹Qu‡ esperabas, que te diera las gracias, despu‡s de haber puesto
en peligro su vida?
—ŒLe repito que no fue cosa mˆa, patr€n! ŒDebi€ ser alguno de los
muchachos! ŒLes dije que a Alec no le gusta el Oeste, que est† aquˆ s€lo
porque su padre, antes de morir, le hizo prometer que vendrˆa! ŒY eso
les molest€, les molest€ mucho!
Clifford Dobson tuvo un momento de vacilaci€n.
Phil Owens se dio cuenta de ello y aprovech€ la circunstancia para
insistir:
—Tiene usted que creerme, seƒor Dobson. Soy inocente, lo juro de
nuevo por lo m†s sagrado. Admito que Alec no me cae bien, porque yo
amo estas tierras, y me sent€ mal saber que a ‡l no le gustan, pero yo no
puse esos pinchos bajo la silla de •Diamante•.
—ŒSˆ los pusiste, confi‡salo de una maldita vez! —grit€ Caroline,
captando las dudas de su padre.
—No lo hice, Caroline —neg€ una vez m†s Owens.
—ŒTienes celos de Alec, Phil!
—Los tenia, lo confieso. Pero dej‡ de tenerlos cuando me dijiste que
no le gusta el Oeste y que s€lo estar† un par de semanas en el rancho.
—ŒDespu‡s de saber eso, me prohibiste que coqueteara con ‡l!
—No recuerdo haberte prohibido nunca nada, Caroline.
—ŒMentiroso!
Alec Birney intervino.
—No discutas m†s, Caroline. No sirve de nada. T‰ y yo estamos
seguros de que Phil coloc€ los pinchos bajo la silla de •Diamante•,
pero como no tenemos pruebas, no podemos demostrarlo. Dejemos que
sea tu padre quien decida si debe abandonar el rancho o no.
Clifford Dobson vacil€ de nuevo.
—Por favor, patr€n, no me despida —suplic€ Phil, seguro ya de
poder convencer al ranchero—. D‡jeme seguir en el rancho y yo le
prometo que descubrir‡ al verdadero autor de la fechorˆa y le obligar‡ a
confesar.
—Ser† cˆnico... —mascull€ Caroline.
Clifford mir€ un instante a su mujer.
—‹Qu‡ decides t‰, Ethel?
Ella titube€.
—No s‡, Clifford... Phil lleva cerca de ocho aƒos en el rancho y
nunca hemos tenido problemas con ‡l. Hasta hoy, claro...
—S€lo soy culpable de haber atacado a Alec, seƒora Dobson —
asegur€ Owens—. Y ya he dicho antes que le ataqu‡ porque me insult€
gravemente. Me llam€ cobarde, dijo que no tenˆa nada de hombre, que
lo tenˆa todo de rata... Se me encendi€ la sangre y me lanc‡ sobre ‡l. Mi
reacci€n fue absolutamente normal. Y, para mi desgracia, Alec result€
ser muy bueno con los puƒos. Me derrot€. Y lo hizo limpiamente, tengo
que reconocerlo. Si no fuera porque no me cae simp†tico, le felicitarˆa
por ello.
Clifford Dobson, tras meditar el asunto unos segundos m†s, dijo:
—Est† bien, Phil. No es que crea en tu inocencia, porque yo tambi‡n
pienso que eres culpable, pero, puesto que no existen pruebas contra ti,
estimo que es de justicia concederte la oportunidad de demostrar tu
inocencia, por si todos estuvi‡ramos equivocados y no fueras t‰ el autor
de la fechorˆa. Te doy dos dˆas para descubrir al verdadero autor, caso
de que no seas t‰. Si no lo consigues, tendr†s que abandonar el rancho.
‹Est†s de acuerdo?
—Sˆ, patr€n. Aunque dos dˆas es muy poco tiempo... ‹Por qu‡ no
me da una semana de plazo?
Clifford movi€ negativamente la cabeza.
—Dos dˆas, Phil. Ni un minuto m†s.
—Est† bien. Me pondr‡ a trabajar ahora mismo.
—Sˆ, te conviene hacerlo.
Phil Owens recogi€ su sombrero, que seguˆa tirado sobre la paja, y
sali€ del establo, sin mirar a Alec ni a Caroline.
Esta rezong€:
—Has cometido un error, pap†.
—No lo creo, Caroline.
—Phil es culpable.
—Si lo es, no podr† demostrar su inocencia y lo echar‡ igualmente
del rancho. Y no podr† decir que no le di la oportunidad que me pidi€.
—Tu padre tiene raz€n, Caroline —opin€ Ethel—. Todo el mundo
merece la oportunidad de defenderse. Si Phil es inocente, que lo
demuestre, atrapando al verdadero culpable. Si no lo consigue, quedar†
claro que el culpable es ‡l, y tendr† que abandonar el rancho.
—Es justo, sˆ —dijo Alec.
Caroline no dijo nada.
Ella seguˆa pensando que su padre habˆa cometido un error,
permitiendo a Phil continuar en el rancho un par de dˆas m†s.
Y los acontecimientos le iban a dar la raz€n.
CAPITULO IX
Phil Owens necesitaba un culpable.
Y lo encontrarla.
Su permanencia en el rancho dependˆa de ello.
Phil iba en busca de los hombres que trabajaban en el rancho.
Uno de ellos cargarˆa con las culpas.
Al alcanzar el riachuelo que cruzaba las tierras de Clifford Dobson,
el capataz detuvo su caballo y ech€ pie a tierra. Mientras el caballo
bebˆa. Phil se arrodill€ y se limpi€ las heridas que los puƒos de Alec
Birney causaran en su rostro.
Los puƒos... y su rodilla.
Tenˆa los labios hinchados y tambi‡n la nariz.
Y c€mo le dolˆa el hˆgado...
—Maldito hijo de perra —mascull€ Phil—. No te gusta el Oeste,
pero vas a quedarte para siempre en ‡l. Enterrado en el cementerio de
Silverton.
Tras pronunciar estas palabras, el capataz se irgui€ y mont€ de
nuevo en su caballo, oblig†ndolo a cruzar el riachuelo.
Minutos despu‡s Phil Owens se reunˆa con los vaqueros del rancho,
atareados con la marca de reses.
Los hombres descubrieron inmediatamente las contusiones y los
cortes que presentaba el rostro de su capataz.
—‹Qu‡ te ha sucedido, Phil...?
—‹Te has peleado con alguien?
—‹Qui‡n te ha puesto la cara asˆ?
Owens solt€ un gruƒido.
—Las preguntas las hago yo. ‹Estamos?
Los vaqueros guardaron silencio.
Phil desmont€ y los abarc€ a todos con la mirada.
—‹Qui‡n de vosotros coloc€ los pinchos bajo la silla de montar de
•Diamante•?
—‹Pinchos...?
—‹Qu‡ pinchos?
Phil se acerc€ a los vaqueros que habˆan hablado y los tumb€ a
ambos, de sendos trallazos.
—ŒEh! —exclam€ un tercer vaquero—. ‹Qu‡ mosca te ha picado,
Phil...?
El capataz se volvi€ hacia el tipo que habˆa dicho lo de la mosca y le
incrust€ los nudillos en la mandˆbula, envi†ndolo tambi‡n al suelo.
Despu‡s, Phil Owens mir€ a los vaqueros que quedaban en pie.
—‹Alguno m†s quiere hacerse el despistado?
Los hombres se miraron entre sˆ, desconcertados, pe-ro ninguno se
atrevi€ a hablar.
—Quiero saber qui‡n fue —mascull€ Phil—. El que lo hiciera, que
lo confiese. El patr€n est† furioso, porque •Diamante• tiene todo el
lomo ensangrentado. El seƒorito del Este result€ ser mucho mejor jinete
de lo que todos pens†bamos, y resisti€ admirablemente sobre el lomo
de •Diamante•, caus†ndole numerosas heridas. El, naturalmente,
ignoraba que alguien habˆa puesto pinchos bajo la silla. Caroline me
acus€ a mˆ de la fechorˆa, y el tipo de Boston me insult€. Peleamos. Y
el caballerito pega duro, como pod‡is ver por las seƒales que tengo en
la cara. Pero esto es lo de menos. Lo que realmente me preocupa, es
que el patr€n tambi‡n sospecha de mˆ. Especialmente porque ataqu‡ a
Alec Birney, despu‡s de que ‡l me insultara. El patr€n quiere
despedirme. Y lo har† si no le demuestro, antes de dos dˆas, que no fui
yo quien coloc€ los pinchos bajo la silla de •Diamante•, sino uno de
vosotros.
Los vaqueros volvieron a mirarse.
Phil Owens aƒadi€:
—Prometo no pegar al autor de la fechorˆa, aunque me temo que no
podr‡ evitar que el patr€n lo despida. A menos que... Sˆ, es posible que
la cosa diese resultado.
—Habla, Phil —rog€ uno de los vaqueros.
El capataz clav€ sus ojos en ‡l.
—‹Fuiste t‰, Andy?
—ŒNo, lo juro!
—Est† bien, tranquilˆzate. Seg‰n la idea que se me acaba de ocurrir,
no es necesario que el culpable se delate. El patr€n sabe, porque se lo
he dicho yo, que el tipo del Este no os cae bien a ninguno de vosotros,
como tampoco me cae bien a mˆ. A Alec Birney no le gusta el Oeste, y
a nosotros no nos gusta ‡l. Puestas asˆ las cosas, nada tendrˆa de extraƒo
que lo de los pinchos fuese cosa de todos vosotros, en vez de uno solo.
‹Fue asˆ, muchachos...?
Nadie respondi€.
—Bueno, no importa —sonri€ Phil—. Ir‡is todos juntos a hablar
con el patr€n, cuando acab‡is vuestro trabajo y le confesar‡is que lo de
los pinchos fue idea de todos y que, por lo tanto, todos sois culpables.
De esa manera, el autor de la fechorˆa no podr† ser despedido. El patr€n
puede echar a un hombre, pero no a toda la plantilla. Har‡is lo que os
digo, ‹verdad, muchachos?
Los vaqueros titubearon.
La expresi€n del capataz se torn€ amenazante.
—‹Lo har‡is, muchachos...?
Los hombres asintieron con la cabeza, todos a la vez.
—Sˆ, Phil, hablaremos con el patr€n —respondi€ uno—. No
queremos que te eche del rancho.
—Ni yo que os eche a ninguno de vosotros —sonri€ de nuevo
Owens—. Si lamento lo sucedido, es por lo que debi€ sufrir el pobre
•Diamante•, hasta que logr€ derribar al seƒorito del Este, pero en el
fondo apruebo el intento de darle su merecido a ese maldito. L†stima
que la cosa saliera mal, y no se rompiera unos cuantos huesos. Si
dese†is intentarlo de nuevo, os ruego que cont‡is conmigo. De esa
manera, nos evitaremos problemas. Y tendremos m†s posibilidades de
que la cosa salga bien. No lo olvid‡is, muchachos.
Tras sus cˆnicas palabras, Phil Owens mont€ en su caballo y se alej€
al galope.
***
Pese al par de aparatosas caˆdas de caballo y su dura pelea con Phil
Owens, Alec Birney insisti€ en dar un paseo por las tierras del rancho y
de nada sirvi€ que Caroline Dobson tratara de disuadirle.
Ya estaban dando el paseo.
Alec no habˆa tenido, hasta el momento, ning‰n problema con
•Tormentoso•, quien se dej€ ensillar y montar por ‡l sin la m†s leve
protesta.
Caroline, naturalmente, montaba a •Presumida•.
Cuando alcanzaron el riachuelo, la muchacha sugiri€ a Alec que
desmontaran allˆ.
—Es un buen lugar para practicar el tiro al blanco —dijo.
—‹Vas a empezar a darme lecciones, Caroline?
—Cuanto antes aprendas a manejar el •Colt•, mejor.
—‹Est†s pensando en Phil Owens?
—Sˆ.
—‹Temes que me desafˆe?
—No s‡ lo que har†, pero estoy segura de que har†; algo. Su odio
hacia ti es ahora mucho mayor. Le derrotaste con los puƒos, y eso no te
lo perdonar†. Querr† desquitarse. Y lo har† con el rev€lver. Asˆ, todas
las ventajas estar†n de su parte.
—Tendr‡ que aprender pronto, pues.
Echaron pie a tierra los dos y ataron los caballos a un †rbol.
—Saca tu rev€lver y dispara sobre algo, Alec —indic€ Caroline.
Birney extrajo el •Colt•, estir€ el brazo, cerr€ el ojo izquierdo y se
dispuso a disparar sobre la rama m†s alta de un arbusto situado a unos
diez pasos.
—Oh, no, Alec, asˆ no... —dijo Caroline, cogi‡ndole el brazo y
oblig†ndole a bajarlo.
—‹Por qu‡ no?
—Pierdes demasiado tiempo prepar†ndote. Que si el brazo estirado,
que si el ojo cerrado... En el Oeste no se dispara asˆ.
—‹C€mo se dispara, entonces?
—Fˆjate en mˆ.
Caroline dej€ colgar su brazo derecho a lo largo del cuerpo.
De pronto, su mano se movi€ con rapidez, tir€ del rev€lver, y
accion€ el gatillo, sin apuntar.
Pese a ello, la bala cort€ limpiamente la rama m†s alta del arbusto
que eligiera Alec como blanco.
—‹Te das cuenta, hombre del Este? —dijo la joven, sonriendo.
—Es fant†stico... —musit€ Alec asombrado.
—Es lo que se lleva en el Oeste. Mano r†pida, pulso firme, y
seguridad en el disparo. Los lentos est†n casi todos enterrados. Y los
que necesitan m†s de una bala para dar en el blanco, tambi‡n.
—En el Este se dispara de otra forma. Las pistolas que suelen usarse
en los desafˆos, no son como ‡stas. Son m†s estrechas y m†s alargadas.
Y los hombres se dan la espalda.
—‹Por qu‡? ‹Es que tienen miedo?
Alec rio.
—No, es que los duelos son asˆ. El desafiador y el desafiado cogen
una pistola cada uno, se colocan espalda contra espalda, avanzan diez
pasos, los dos al mismo tiempo, luego se vuelven y disparan el uno
contra el otro. Y el que tiene mejor punterˆa, sale triunfante del lance.
—‹Y si uno de los dos se vuelve antes de haber dado diez pasos y
dispara...? ŒEl otro no se enterar†, puesto que le est† dando la espalda!
Alec volvi€ a reˆr.
—Eso no se puede hacer, Caroline. En primer lugar, porque serˆa
una cobardˆa. Y, en segundo lugar, porque cada uno de los duelistas
lleva consigo a sus padrinos.
—‹De boda?
Alec lanz€ una carcajada.
—No, mujer. Se trata de un par de amigos, que los duelistas llevan
para que presencien el lance y se encarguen de que todo transcurra con
normalidad, sin faltar a las reglas.
—Lo encuentro muy complicado, ‹sabes? Aquˆ, en el Oeste, es todo
mucho m†s sencillo. Y m†s r†pido, tambi‡n. No hacen falta padrinos, ni
tˆos, ni primos, ni nada. Se ponen dos hombres frente a frente, porque
aquˆ, lo de dar la espalda, se considera una cobardˆa, y tiran a un tiempo
de sus rev€lveres. El que aprieta el gatillo antes, si no falla el disparo,
sale victorioso.
—Entiendo.
—Guarda el •Colt• y s†calo de nuevo. Pero, ahora, hazlo con toda
la rapidez de que seas capaz. ‹De acuerdo, Alec?
—Sˆ, lo intentar‡.
—A ver qu‡ tal te sale —sonri€ Caroline y se retir€ unos pasos, para
poder observar mejor al joven.
Alec, que ya habˆa enfundado el rev€lver, dej€ colgar el brazo
derecho, como antes viera hacer a Caroline, y luego, tras unos segundos
de concentraci€n, realiz€ un r†pido movimiento con la mano y
desenfund€ el arma.
Lo malo fue que, debido a las prisas, no pudo sujetar bien la culata
del Colt y ‡ste escap€ de su mano, cayendo al suelo.
Caroline no pudo contener la risa.
—Si esto te ocurre en un desafˆo, se habˆan acabado tus dˆas.
—Lo siento. No tengo pr†ctica y no puedo desenfundar tan r†pido.
Cojo mal la pistola y se me cae. Tiene una culata tan rara...
—Te parecer† rara a ti, que no est†s acostumbrado a este tipo de
arma. Pero ya te acostumbrar†s, ya. Yo me encargar‡ de ello. Te
obligar‡ a practicar varias horas cada dˆa.
—Me saldr†n callos en la mano...
—Pues te aguantas. Vale m†s tener callos en la mano que una bala
en el coraz€n o en la frente.
—Completamente de acuerdo —sonri€ Alec.
—A practicar, pues.
—Sˆ, profesora.
—Te voy a tener aquˆ hasta que se haga de noche.
—De acuerdo. Pero quiero que me des un beso cada treinta minutos.
—Un buen sopapo, eso es lo que te voy a dar cada media hora,
como vea que no mejoras.
—Estoy seguro de que muy pronto desenfundar‡ tan r†pido como
t‰, Caroline.
—Entonces hablaremos de besos. Ahora a trabajar.
—A la orden.
—ŒDesenfunda, lentorro!
Alec desenfund€.
Como lo hizo tan torpemente como antes, el •Colt• volvi€ a escapar
de sus manos.
—ŒMaldita sea! —mascull€ Alec, contrariado por su nuevo fallo.
Caroline ri€ divertida.
—ŒSe dirˆa que tu •Colt• est† vivo, Alec!
—Sˆ, eso parece —gruƒ€ el joven, recogiendo el arma.
Caroline esper€ a que devolviera el •Colt• a la pistolera y entonces
grit€ de nuevo:
—ŒDesenfunda, lentorro!
Alec tir€ del arma.
No lo hizo muy r†pido, pero, al menos, en esta ocasi€n no perdi€ el
rev€lver.
Empezaba a mejorar.
Apenas dej€ el •Colt• en la funda, Caroline lo pic€ nuevamente:
—ŒDesenfunda, lentorro!
—ŒNo me llames lentorro!
—ŒLo eres!
—ŒHago lo que puedo!
—ŒUna tortuga desenfundarˆa m†s r†pido que t‰! —Te has
propuesto enfadarme, ‹eh?
—No, me he propuesto que desenfundes r†pido.
—ŒPues dame tiempo!
—ŒDesenfunda, lentorro!
—ŒCaroline, que te la ganas!
—‹Qu‡ me gano?
—ŒUna serie de azotes en el trasero!
— ŒOlvˆdate de mˆ trasero y desenfunda! —rio Caroline.
Alec apret€ los dientes y tir€ nuevamente del arma. Lo hizo mejor
que antes.
Con m†s rapidez.
Con m†s seguridad.
Por eso sonri€, satisfecho.
—‹Qu‡ dices ahora, Caroline...?
—ŒMe sigues pareciendo una tortuga, Alec!
—ŒMaldita sea! —rugi€ Birney—. ‹Pero qu‡ diablos quieres t‰ de
mˆ?
—ŒQue desenfundes m†s r†pido, ya te lo he dicho!
Alec solt€ un gruƒido y guard€ el •Colt• con rabia.
—ŒDesenfunda, lentorro! —dijo Caroline, haciendo caso omiso de
la amenaza del joven.
—ŒMaldici€n, te la ganaste! —barbot€ Alec, dando un paso hacia la
muchacha.
No dio m†s.
Un jinete se acercaba.
Y Alec lo reconoci€.
Se trataba de Phil Owens.
CAPITULO X
—Mira qui‡n viene hacia aquˆ, Caroline —dijo Alec Birney.
Caroline Dobson se volvi€ y descubri€ a Phil Owens.
Preocupada por lo que pudiera suceder, aconsej€.
—No te dejes provocar por ‡l. Alec. Diga lo que diga, no le hagas
caso.
—Si se mete conmigo, dudo que sepa contenerme.
—Hazlo, Alec, te lo suplico.
No hablaron m†s.
Phil Owens estaba ya cruzando el riachuelo.
Sin bajar del caballo, pregunt€:
—‹Qu‡ sucede, Caroline?
—No sucede nada —respondi€ la muchacha, seria.
—Oˆ un disparo.
—Lo efectu‡ yo.
—‹Contra qui‡n disparaste?
—Contra un arbusto.
—Tiro al blanco, ‹eh?
—Eso es.
—‹Qu‡ tal disparas t‰, Alec?
—Regular —respondi€ Birney.
—‹Desenfundas r†pido?
—No demasiado.
—‹Por qu‡ no me haces una demostraci€n?
Alec vacil€.
Caroline, adivinando la intenci€n del capataz, sugiri€
—‹Por qu‡ no te largas, Phil?
—‹Sin saber c€mo desenfunda y c€mo dispara un caballero del
Este?
—Esf‰mate, hazme el favor.
—Lamento no poder complacerte, Caroline. Mi curiosidad es
demasiado grande —sonri€ cˆnicamente Owens y se ape€ del caballo,
trab†ndolo de un arbusto.
Caroline Dobson apret€ los maxilares.
—‹Qu‡ es lo que pretendes, Phil?
—Saciar mi curiosidad, ya te lo he dicho.
—Deja en paz a Alec o se lo dir‡ a mi padre.
—Cuando vuelvas a decirle algo a tu padre, procura que sea verdad.
—‹Qu‡ quieres decir?
—Est† muy feo acusar a alguien de un delito que no ha cometido.
—Si te refieres a lo de •Diamante•...
—Sˆ, a eso me refiero.
—Fuiste t‰, Phil.
—No, no fui yo, Caroline. Y ya puedo demostrarlo.
Caroline y Alec intercambiaron una mirada fugaz.
Despu‡s, ella dijo:
—No te creo, Phil.
—Te convencer†s esta misma tarde, cuando los muchachos acaben
su trabajo. Ir†n en grupo a ver a tu padre y le confesar†n que fue cosa
de ellos, tal y como yo sospechaba.
—Hasta que no lo vea, no lo creer‡.
—Muy bien. Pero cuando te hayas convencido, tendr†s que pedirme
perd€n, Caroline. Y t‰ tambi‡n, Alec, Me insultaste sin tener prueba
alguna.
Birney no respondi€.
Phil Owens se situ€ frente a ‡l, a unos cuantos pasos a distancia, e
indic€:
—Venga esa demostraci€n, caballerito del Este.
Alec mir€ a Caroline.
La muchacha suplic€:
—No, Alec. No saques tu rev€lver. Phil s€lo quiere humillarte.
—Te equivocas, Caroline —ri€ Owens—. Quiero saber c€mo
•saca• un seƒorito del Este, s€lo eso. Si no lo hace bien, con mucho
gusto corregir‡ sus defectos. Soy un buen maestro y t‰ lo sabes.
—Ya me encargar‡ yo de pulir sus defectos, no te preocupes.
El capataz desoy€ las palabras de Caroline.
—Vamos, Alec, desenfunda de una vez. ‹O es que tienes miedo...?
—sonri€ burlonamente.
Alec Birney, aguijoneado en su orgullo de hombre, tir€ del •Colt•.
Antes de que llegara a sacarlo totalmente de la pistolera, Phil Owens
ya tenˆa el suyo en la diestra y le apuntaba con ‡l a la cabeza.
Alec no pudo evitar que sus pupilas despidieran un destello de
admiraci€n, al ver con qu‡ asombrosa rapidez habˆa extraˆdo el capataz
su arma.
Era, sin lugar a dudas, mucho m†s veloz sacando el •Colt• que
Caroline, quien, por cierto, habˆa palidecido al ver que Phil apuntaba a
la frente de Alec.
‹Serˆa capaz de volarle la cabeza...?
Afortunadamente, no sucedi€ tal cosa.
Y no por falta de ganas, desde luego.
Phil Owens estaba deseando enviar a la tumba a Alec Birney, pero,
por el momento, se limit€ a dejarlo sin sombrero de un balazo.
Caroline dio un grito al oˆr tronar el arma de Phil.
Alec, por su parte, se encogi€.
Pero, para entonces, la bala ya se habˆa llevado su sombrero.
Phil Owens rompi€ a reˆr con ganas.
—ŒSi llegas a ser un poco m†s alto, no lo cuentas, Alec! —dijo,
burl€n.
Caroline apret€ los puƒos con rabia.
—ŒVete al infierno, Phil!
El capataz sin dejar de reˆr, realiz€ un espectacular malabarismo con
su •Colt• y luego lo devolvi€ a la funda.
—‹Quieres intentarlo otra vez, figurˆn del Este?
Alec, rabioso, movi€ de nuevo la mano.
—ŒNo, Alec! —chill€ Caroline.
Phil, como ya era de esperar, dado su extraordinario dominio del
•Colt•, se anticip€ con facilidad a Alec y efectu€ un nuevo disparo.
La bala, en esta ocasi€n, golpe€ el tambor del arma de Alec,
arrebat†ndosela limpiamente de la mano, sin causarle la m†s leve
herida.
El rev€lver cay€ al suelo.
—Rec€gelo, valiente —indic€ Phil, con gesto burl€n.
Birney se agach€.
—ŒNo lo hagas, Alec! —grit€ Caroline.
El joven no hizo caso y alarg€ su mano hacia el arma.
Phil accion€ de nuevo el gatillo y la bala desplaz€ el rev€lver unos
cuantos pasos, poni‡ndolo lejos del alcance de Alec.
—ŒMaldito! —rugi€ Caroline.
El capataz dej€ oˆr de nuevo su risa.
Evidentemente, estaba disfrutando de lo lindo.
—‹Qu‡ le pasa a tu rev€lver, Alec...? ‹Acaso tiene patas, y por eso
camina solo?
Birney lo mir€ duramente, pero no dijo nada.
‹Qu‡ podˆa decir?
Phil Owens era un maestro del •Colt•, no tenˆa ninguna posibilidad
frente a ‡l. Si le hubiera hecho caso a Caroline, se habrˆa evitado todas
aquellas humillaciones.
De pronto, Caroline Dobson extrajo su rev€lver y apunt€ al capataz.
—ŒSe acab€ la diversi€n, Phil! ŒO te largas ahora mismo o te meto
un par de plomos en el cuerpo!
Las pupilas de Owens destellaron peligrosamente.
Pero s€lo fue un instante.
Despu‡s el capataz se ech€ a reˆr y enfund€ su arma.
—Tranquila, Caroline, ya me voy —dijo, alzando sus manos.
La muchacha no dej€ de apuntarle, por si acaso.
Pero Phil no intent€ nada.
Solt€ su caballo, mont€ en ‡l y se alej€, dejando oˆr de nuevo su
risa.
CAPITULO XI
Caroline Dobson guard€ su rev€lver.
—Se ha divertido a tu costa, Alec —rezong€.
—Sˆ, fui tan tonto que seguˆ su juego —mascull€ Birney,
recogiendo su •Colt• y su sombrero, ‡ste con un limpio agujero,
causado por la primera bala que disparara Phil Owens.
—‹Viste lo peligroso que es con el rev€lver?
—Peligrosˆsimo. No me extraƒa que nadie le iguale en la regi€n.
—Phil es el mejor. No tiene rival.
—Pronto tendr† uno —asegur€ Alec.
Caroline lo mir€.
—‹Qui‡n?
—Yo.
—‹De verdad piensas que...?
—Sˆ, voy a practicar de dˆa y de noche, tenazmente, sin apenas
descanso, hasta conseguir que mi mano vuele como la de Phil. Si ‡l
puede desenfundar asˆ de r†pido, yo tambi‡n. Lo que un hombre
consigue, lo puede conseguir otro. Aunque sea del Este.
Caroline sonri€.
—Me alegra que tengas tanta fe en ti mismo, Alec.
No ser† f†cil igualar a Phil pero empiezo a creer que lo conseguir†s.
Yo por mi parte, te ayudar‡ en lo que pueda.
—‹Llam†ndome lentorro?
—‹Estabas realmente enfadado, Alec?
—Desde luego que sˆ. De no haber aparecido Phil en ese preciso
momento, te habrˆa tumbado sobre mis rodillas y te habrˆa puesto las
nalgas coloradas como tomates.
Caroline rio.
—Sˆ, creo que lo habrˆas hecho. Pero hubieras sido un poco injusto
conmigo. Alec.
—‹Injusto?
—Sˆ, porque si trat‡ de picarte, fue para que pusieras m†s inter‡s y
aprendieras m†s r†pidamente. En ning‰n momento tuve intenci€n de
burlarme de ti, aunque diera esa impresi€n.
—No s‡ si creerte.
—‹Qu‡ puedo hacer para convencerte?
—Darme un beso.
—ŒQue me cuelguen si no sabˆa que me ibas a pedir eso!
Alec la abarc€ por la cintura y la atrajo hacia sˆ.
—Me gustas, chica del Oeste.
—Y t‰ a mˆ, tipo del Este.
—Sup€n que nos enamoramos el uno del otro.
—Podrˆa suceder, sˆ.
—‹Qu‡ pasarˆa, si eso ocurriera?
—No s‡.
—‹Te vendrˆas conmigo a Boston?
—‹Te quedarˆas t‰ en Colorado?
—Me temo que no, Caroline.
—Entonces, vale m†s que no nos enamoremos, porque creo que yo
tampoco me decidirˆa a acompaƒarte a Boston.
—Uno de los dos tendrˆa que ceder.
—Difˆcil papeleta, porque t‰ no est†s dispuesto a ceder, y yo
tampoco.
—Cuando un hombre y una mujer se aman de verdad...
—No existe nada que los separe, ya lo s‡. Pero si se trata de un par
de cabezotas, que no quieren dar su brazo a torcer...
—Bueno, hablaremos de ello si llegamos a enamorarnos, ‹de
acuerdo?
—Sˆ, no debemos precipitarnos.
—Venga ese beso, Caroline.
—Creˆ que te habˆas olvidado.
—No, tengo una memoria excelente —asegur€ Alec y la bes€, larga
y apasionadamente.
***
Cuando el sol se puso, Alec Birney y Caroline Dobson
emprendieron el regreso al rancho, visiblemente satisfechos los dos,
porque, a fuerza de practicar, Alec sacaba ya mucho mejor el rev€lver y
no tenˆa demasiadas dificultades para dar en el blanco sin perder tiempo
estirando el brazo, cerrando el ojo y todo lo dem†s.
Caroline le habˆa enseƒado a disparar manteniendo el •Colt• a la
altura de la cadera. Y Alec era un buen alumno. Aprendˆa r†pido.
Cuando llegaron al rancho, vieron a Phil Owens y a la totalidad de
los vaqueros detenidos frente a la casa, hablando con Clifford Dobson,
quien se encontraba en el porche, acompaƒado de su esposa.
La llegada de Alec y Carohne interrumpi€ la conversaci€n,
pos†ndose todas las miradas sobre ellos.
Alec pudo comprobar que, en efecto, los vaqueros del rancho no le
miraban con demasiada simpatˆa. Ello, sin embargo, no le hizo cambiar
de idea.
Tampoco a Caroline.
Los dos seguˆan pensando que fue Phil Owens quien coloc€ los
pinchos bajo la silla de •Diamante•.
Alec y Caroline desmontaron frente a la casa y subieron al porche.
Clifford Dobson habl€:
—Phil dice que est†is enterados.
—‹De qu‡? —pregunt€ Caroline.
—Lo de •Diamante• no fue cosa suya, sino de los muchachos.
Acaban de confes†rmelo. Phil no sabˆa nada.
—‹Y t‰ lo crees?
—Bueno, si ellos lo dicen...
—S€lo tratan de proteger a Phil. Les dijo que t‰ querˆas echarlo del
rancho y, para evitarlo, decidieron cargar con las culpas. ‹O se te
ocurri€ a ti la idea, Phil...?
El capataz apret€ las mandˆbulas.
—Eres injusta conmigo, Caroline.
—‹T‰ crees?
—Yo no he obligado a los muchachos a nada. Me limit‡ a contarles
lo que habˆa pasado. Les dije, tambi‡n, que todos sospechabais de mˆ, y
que tendrˆa que abandonar el rancho dentro de dos dˆas, si el verdadero
culpable no se delataba. Lo de venir a hablar con tu padre, lo decidieron
por sˆ mismos.
—Ya.
—Tenemos que creer a los muchachos, Caroline —dijo Clifford
Dobson.
La muchacha se cruz€ de brazos.
—Muy bien, pap†, lo creeremos. ‹Qu‡ va a pasar ahora?
—Bueno, puesto que fue cosa de todos, no puedo despedir a nadie.
Tendrˆa que despedirlos a todos y eso no puede ser, los necesito en el
rancho.
—Claro, Phil ya contaba con eso. Por eso le fue tan f†cil convencer
a los muchachos. Ellos no corrˆan ning‰n riesgo confes†ndose autores
de la fechorˆa. Eres muy listo, Phil, tengo que reconocerlo.
—Caroline, te repito que yo no...
—Ser† mejor que te calles. Estoy harta ya de mentiras.
—C†lmate, hija —rog€ Ethel.
—Estoy muy tranquila, mam†, no te preocupes. Pero no es justo que
Phil se salga de rositas, despu‡s de lo que hizo. Alec pudo haberse roto
la cabeza, en una de sus caˆdas. Y •Diamante• tiene un lomo que da
pena. Sin embargo, nadie va a pagar por ello.
Los vaqueros se miraron entre sˆ, visiblemente nerviosos.
Y es que todos ellos, sin excepci€n alguna, empezaban a
arrepentirse de haberse declarado autores de una acci€n tan cobarde,
pues ahora estaban seguros de que habˆa sido cometida por su capataz.
Sin embargo, ninguno se atrevi€ a contar la verdad.
Phil Owens era demasiado bueno con el •Colt•.
CAPITULO XII
Alec Birney llevaba ya tres dˆas en el rancho de los Dobson.
Incidentes como los del primer dˆa, no habˆan vuelto a producirse,
aunque Caroline Dobson los esperaba de un momento a otro, pues
estaba segura de que Phil Owens volverˆa a la carga.
Alec pensaba lo mismo y por eso empleaba casi todo su tiempo
practicando con el •Colt•. Sacaba ya el arma con notable rapidez y
disparaba con seguridad.
No estaba todavˆa, ni mucho menos, a la altura de Phil Owens
Pero no tardarˆa en estarlo, si seguˆa practicando con tanto af†n.
Para que Phil no viera los progresos que Alec hacˆa con el rev€lver,
Caroline se llevaba al joven fuera de las tierras del rancho, y allˆ lo
hacˆa practicar, cada vez en un lugar distinto, siempre solitario.
Aquella maƒana, se encontraban en una caƒada, en la que resonaban
con fuerza los disparos que efectuaba Alec con su •Colt•.
•Tormentoso• y •Presumida• permanecˆan atados a un matorral, y
de vez en cuando lanzaban alg‰n relincho de protesta, molestos por
tanto estampido.
Alec gast€ el ‰ltimo cartucho que quedaba en el tambor de su
•Colt• y se dispuso a recargar el arma.
— ‹Qu‡ tal lo hago, profesora? —pregunt€, sonriendo.
—Bien, muy bien —respondi€ Caroline, devolvi‡ndole la sonrisa—.
Has mejorado mucho, Alec.
—Ya no te parezco una tortuga desenfundando, ‹eh?
—Desde luego que no.
—Por eso no me llamas lentorro.
—Bueno si supiera que no te ibas a enfadar conmigo, a‰n te lo
llamarˆa alguna vez.
—Te lo prohˆbo. Si vuelves a llamarme lentorro, ya sabes lo que te
pasar†.
—Que me pondr†s las nalgas coloradas como tomates.
—Exacto.
Caroline ri€.
—Sinceramente, no creo que te atrevas a pegarme, Alec.
—Pues te aseguro que lo harˆa.
—Un caballero del Este no es capaz de ponerle el trasero maduro a
una mujer.
—Yo ya no soy un caballero del Este, soy un vaquero.
—S€lo por fuera.
—‹Qui‡n lo ha dicho?
—‹Pretendes hacerme creer que vestir esas ropas te ha hecho pensar
de manera distinta...?
—Bueno, la verdad es que les estoy tomando cariƒo. Y prueba de
ello, es que me las pongo todos los dˆas. Me siento muy a gusto con
ellas.
—ŒY yo que creˆa que te vestˆas de cow-boy s€lo por complacernos!
—Al principio, asˆ era. Pero ahora me las pongo porque me siento
c€modo. Y no pienso quit†rmelas hasta el dˆa de mi marcha.
Esto ‰ltimo, lo de la marcha, hizo que el semblante de Caroline se
entristeciera.
—Alec... —musit€.
—Suponiendo que me marche, claro —aƒadi€ Birney—. Porque a
lo mejor decido quedarme...
—ŒAlec! —resping€ la muchacha, cuyo bonito rostro se ilumin€ de
nuevo.
Birney la tom€ por la cintura.
—Todavˆa no lo he decidido, ‹eh?
—ŒOh, Alec, me sentirˆa tan feliz si t‰...!
—Trataremos el asunto cuando sepamos si estamos enamorados.
Porque no lo estaremos ya, ‹verdad?
—Bueno, yo...
—‹T‰?
—Yo...
—‹Sˆ, t‰...?
—ŒOh, Alec, b‡same, b‡same fuerte!
—Tus deseos son €rdenes para mˆ —sonri€ Birney y su boca busc€
la uni€n con la de Caroline.
Una uni€n que, sin embargo, no lleg€ a producirse.
La culpa Œa tuvo un disparo, efectuado con un rifle, desde lo alto de
la rocosa pared de la caƒada.
La bala, cuyo destino era la cabeza de Alec Birney, no dio en el
blanco, aunque pas€ roz†ndolo.
El fallo no se debi€ a la falta de punterˆa del tirador, sino a que, por
tratarse de un tipo alto, Alec tuvo que agachar la cabeza para poder
besar los labios de Caroline.
Eso fue lo que le salv€.
Al oˆr el estampido, Caroline Dobson grit€:
—ŒNos atacan, Alec!
—ŒAl suelo, r†pido! —repuso Birney, empujando a
la muchacha.
El rifle tron€ de nuevo, enviando varias balas seguidas, que
picotearon la tierra muy cerca de Alec y Caroline, quienes,
arrastr†ndose como serpientes, buscaron la protecci€n de una roca
cercana.
Tan pronto como la alcanzaron, desenfundaron sus rev€lveres y
respondieron al fuego del atacante, cuyo rostro no podˆan ver.
S€lo veˆan un rifle.
Y un sombrero.
De pronto, ambas cosas desaparecieron.
—ŒEl tipo huye! —adivin€ Alec.
—ŒCobarde! —ascull€ Caroline.
—ŒVamos por ‡l!
—Es in‰til, Alec. Mientras montamos en los caballos y salimos de
la caƒada, Phil Owens habr† puesto mucha tierra de por medio. Tiene
un buen caballo. Y es un excelente jinete.
Alec se qued€ mir†ndola.
—‹Era Phil...?
—Sˆ.
—‹Viste su cara?
—No.
—‹C€mo sabes que era ‡l, entonces?
—Porque es el ‰nico que desea tu muerte, Alec. Debi€ seguirnos
hasta aquˆ, con el prop€sito de acabar contigo. Lo raro es que fallara
su primer disparo. Phil, con un rifle en las manos, es tan bueno como
con el •Colt•. Tiene una punterˆa infalible.
—La bala me roz€ la cabeza, justo cuando la agachaba para besarte.
—ŒPor eso fall€, entonces! ŒTe estaba apuntando a la cabeza y al
bajarla, err€ el disparo!
—Sˆ, te debo la vida, Caroline.
—‹A mˆ...?
—La idea de besarnos fue tuya, ‹no?
—Sˆ, es cierto. Casi siempre suele ser tuya, pero, en esta ocasi€n,
fue mˆa —sonri€ la muchacha.
—‹Nos besamos ahora?
Caroline mir€ hacia lo alto de la pared.
Alec, adivinando lo que la joven estaba pensando, dijo:
—No temas, Phil se ha largado. Debe encontrarse ya muy lejos.
—Pero puede volver, Alec.
—En cuanto nos demos el beso, cambiaremos de lugar.
—Buena idea.
Se besaron.
Y no una vez, sino varias.
Sin pronunciar una sola palabra.
Despu‡s, mir†ndose dulcemente a los ojos, montaron en sus caballos
y abandonaron la caƒada.
***
Mientras se dirigˆan a otro lugar en donde Alec Birney pudiera
seguir practicando tranquilo, Caroline Dobson dijo:
—Phil me preocupa m†s que nunca, Alec. Estaba segura de que,
cuando intentara acabar contigo, lo harˆa frente a frente, dada su
extraordinaria habilidad con el •Colt•. Sin embargo, hoy intent€
matarte a traici€n.
—No quiere perder su empleo de capataz, y sabe que tu padre lo
despedirˆa si acabase conmigo. Aunque fuese cara a cara, y
concedi‡ndome alguna ventaja. Por eso me dispar€ sin dejarse ver. Si
no hubiera fallado, nadie podrˆa demostrar que fue ‡l quien me meti€
una bala en la cabeza. T‰ le hubieras acusado del crimen, pero sin
pruebas no se puede condenar a nadie.
—Qu‡ equivocados est†bamos todos con Phil. Es un tipo cobarde y
ruin, capaz de cualquier cosa con tal de conseguir lo que quiere.
—T‰ lo has dicho, Caroline. Y te quiere a ti.
—Nunca me tendr†.
—Entonces de poco le valdr† haber asesinado a Charles Meeker
Caroline Dobson detuvo su caballo en seco.
Alec Birney fren€ tambi‡n su montura.
—‹Qu‡ has dicho, Alec...? —exclam€ la muchacha, con los ojos
agrandados.
—Sospecho que Phil mat€ al antiguo capataz, para conseguir su
puesto y tener m†s posibilidades de casarse contigo.
—ŒCharles Meeker se cay€ del caballo, Alec!
—No lo creo, Caroline. Era un magnˆfico jinete, tu padre me lo ha
dicho. Creo que hablamos de ello el dˆa de mi llegada, cuando
venˆamos hacia el rancho en la carreta, poco despu‡s de que los
caballos se desbocaran, asustados por una serpiente. Desde entonces, le
he estado dando vueltas al asunto. Me pareci€ muy raro que un
consumado jinete como Charles Meeker no pudiera sostenerse sobre la
silla, cuando su caballo se asust€.
—Confieso que a todos nos lo pareci€, pero como no cabˆa otra
explicaci€n...
—Entonces, tal vez no; pero, ahora, sˆ. Ya sabemos qu‡ clase de
individuo es Phil Owens. Es capaz de todo, incluso de matar a traici€n
con tal de conseguir lo que quiere. Querˆa ser capataz y asesin€ a
Charles Meeker. Ahora quiere eliminarme a mˆ, porque me considera
un rival. Quiere casarse contigo. Y ser el dueƒo del rancho, cuando tu
padre muera. Phil Owens es un tipo muy ambicioso, Caroline. No se
conform€ con ser un simple vaquero y ahora tampoco se conforma con
ser capataz. Quiere ser patr€n. El amo y el seƒor del rancho.
Caroline Dobson asinti€ la cabeza.
—Creo que tienes raz€n, Alec. Y pienso como t‰, que Phil asesin€ a
Charles Meeker. La pena es que no podamos demostrarlo. Como
tampoco podemos demostrar que intent€ asesinarte a ti.
—Existe un modo de demostrarlo, Caroline.
—‹Cu†l?
—Obligando a Phil a confesarlo todo.
—‹C€mo?
—Todavˆa no lo s‡, pero hallar‡ la manera, no te preocupes —
asegur€ Alec.
CAPITULO XIII
Al ser informados por Alec y Caroline de lo sucedido en la caƒada,
Clifford Dobson y su esposa palidecieron.
—Es terrible, Alec... —murmur€ el ranchero.
—Phil Owens est† decidido a acabar conmigo, seƒor Dobson.
—‹Est†is seguros de que fue ‡l, Alec? —pregunt€ Ethel.
—Absolutamente, seƒora Dobson.
—Tambi‡n estamos seguros de otra cosa —dijo Caroline.
—‹De qu‡, hija? —pregunt€ Clifford.
—Charles Meeker no se cay€ del caballo. Phil lo asesin€,
golpe†ndole en la cabeza con una piedra.
—‹Qu‡...? —exclam€ el ranchero, desorbitando los ojos.
—‹Sabes lo que dices, Caroline...? —exclam€ Ethel, no menos
perpleja que su marido.
Caroline les habl€ de las sospechas de Alec, que ahora ella tambi‡n
compartˆa, hasta el punto de no tener la menor duda de que Phil Owens
mat€ cobardemente a Charles Meeker.
Clifford y Ethel, tras meditar el asunto, llegaron asimismo a la
conclusi€n de que esa explicaci€n era mucho m†s l€gica que la otra, la
de la supuesta caˆda de caballo del antiguo capataz, debida a la
hipot‡tica aparici€n de una serpiente.
—Tenemos un asesino en el rancho... —murmur€ Clifford, m†s
p†lido a‰n que antes.
—Asˆ es, seƒor Dobson —asinti€ Alec—. Un peligroso asesino, al
que es preciso desenmascarar.
—‹C€mo, si no tenemos ninguna prueba contra ‡l? S€lo con
sospechas no podemos denunciarle al sheriff, Alec —repuso el
ranchero.
—Por supuesto que no, seƒor Dobson. Pero tengo un plan para hacer
confesar a Phil. Y creo que puede dar resultado.
—Habla, muchacho.
—Para llevarlo a cabo, precisamos la colaboraci€n de uno de los
vaqueros del rancho. Alguien en que se pueda confiar de verdad.
Los Dobson se miraron.
Clifford dijo:
—Andy es uno de los m†s fieles. ‹No opinas lo mismo, Caroline?
—Sin lugar a dudas, pap† —respondi€ la muchacha.
—‹Trabajaba ya en el rancho cuando Charles Meeker muri€? —
pregunt€ Alec.
—Sˆ, lleva unos cinco aƒos con nosotros —inform€ Cliford.
—Magnˆfico. Hay que hablar con ‡l, seƒor Dobson. Sin que Phil se
entere, porque eso le harˆa sospechar.
—‹Qu‡ es lo que Andy tiene que hacer, Alec? —pregunt€ Caroline.
Birney expuso su plan.
Tras sus palabras sobrevino un silencio.
Al joven le extraƒ€ que los Dobson no hicieran ning‰n comentario.
—‹Qu‡ sucede? —pregunt€—. ‹No les gusta la idea, seƒor
Dobson?
—Sˆ, no es mala, Alec. Pero...
—‹Pero?
—Me temo que Andy no querr† colaborar, Alec.
—‹Por miedo a Phil?
—Exacto.
—Ya le he dicho que de Phil me encargo yo.
—No podr†s con ‡l, Alec. Es demasiado veloz con el •Colt•.
—Yo he progresado mucho, seƒor Dobson. Caroline lo puede
confirmar. Y, dentro de dos dˆas, cuando llevemos a cabo el plan, mi
dominio del •Colt• a‰n ser† mayor.
—De todos modos...
—No fallar‡, seƒor Dobson. Aunque Phil sea m†s r†pido que yo, le
vencer‡, recurriendo a la astucia. Tambi‡n es m†s fuerte y musculoso
que yo y recuerde que le vencˆ con los puƒos. No me fue f†cil, pero lo
conseguˆ.
El ranchero esboz€ una sonrisa.
—De acuerdo, Alec. Hablaremos con Andy y trataremos de
convencerle. Con su colaboraci€n, tu valor, y la ayuda de Dios,
podemos dar su merecido a ese cobarde de Phil.
***
Para poder hablar con Andy, sin despertar las sospechas de Phil
Owens, Clifford Dobson envi€ al capataz a Silverton, con el encargo de
despachar un par de asuntos.
Phil tardarˆa algo m†s de dos horas en volver.
Tenˆan tiempo suficiente para pedirle a Andy su colaboraci€n.
No fue f†cil convencerle, porque el vaquero, efectivamente, temˆa
una furiosa reacci€n por parte de Phil. Pero, finalmente, se prest€ a
colaborar en el plan ideado por Alec.
Y no s€lo eso, sino que confes€ que ninguno de ellos coloc€ los
pinchos bajo la silla de montar de •Diamante•, y que todos pensaban
que fue cosa de Phil. Tambi‡n explic€ por qu‡ habˆan accedido a cargar
con las culpas de la fechorˆa cometida por el capataz.
-—No nos atrevimos a negarnos, patr€n. Phil tom€ una actitud tan
amenazante...
Clifford Dobson sonri€, comprensivo, y puso su mano sobre el
hombro del vaquero.
—No te preocupes, Andy. Phil tendr† lo que se merece.
—Asˆ lo espero, patr€n. A nosotros nos molest€ saber que a Alec no
le gusta el Oeste, pero a ninguno se le ocurri€ causarle daƒo por ello. Y,
mucho menos, atentar contra su vida. Lo de la caƒada fue cosa de Phil,
estoy seguro.
—Nosotros tambi‡n, Andy. Pero necesitamos que lo confiese. Eso,
y el asesinato de Charles Meeker. Luego...
—Ojal† todo salga bien, patr€n.
—Saldr† bien, no lo dudes. Y quiero confesarte una cosa, Andy.
Empieza a gustarme el Oeste.
El vaquero sonri€ con amplitud.
—No me extraƒa. Alec. Esta es una tierra de valientes y t‰ est†s
demostrando que lo eres. No puedes sentirte a disgusto en el Oeste.
—Agradezco tus palabras, Andy. ‹No te importa estrechar mi
mano? —Birney se la tendi€.
—Ser† un placer —respondi€ el vaquero y estrech€ la diestra de
Alec.
***
Pasaron los dos dˆas.
Y transcurrieron en calma, ya que Phil Owens no intent€ nada.
Su pacˆfica actitud no se debˆa, ni mucho menos, a que hubiese
remitido su odio hacia Alec Birney. Seguˆa deseando acabar con ‡l. Y
lo intentarˆa de nuevo, dentro de uno o dos dˆas.
El atentado de la caƒada, fallido, estaba demasiado reciente.
Por eso no lo habˆa repetido, todavˆa.
Alec Birney ya contaba con ello.
De ahˆ que hubiese dejado transcurrir un par de dˆas antes de poner
en pr†ctica su plan. Los necesitaba, adem†s, para lograr un mayor
dominio con el •Colt•.
ŒY c€mo los habˆa aprovechado!
Caroline Dobson estaba asombrada.
Ella, desde luego, se veˆa ya claramente superada por Alec.
Incluso la llamaba lentorra, para picarla.
Pero Caroline no se enfadaba, claro.
Se sentˆa muy orgullosa de los increˆbles progresos logrados por
Alec.
ŒY en s€lo cinco dˆas!
‹Serˆan suficientes dichos progresos...?
Pronto se verˆa, porque el plan de Alec ya se habˆa puesto en
marcha,
Phil Owens se encontraba en el establo.
De pronto vio entrar a Andy.
Un Andy visiblemente nervioso.
—Hola, Phil.
—‹Qu‡ diablos haces aquˆ, Andy? Deberˆas estar en...
—Tengo que hablar contigo. Phil.
—‹Tan urgente es, que no has podido esperar?
—Muy urgente, sˆ.
—Est† bien, di lo que sea y vuelve a tu trabajo.
—Te vi hacerlo, Phil.
El capataz entrecerr€ los ojos.
—‹Qu‡ es lo que me viste hacer?
—Crees que me refiero a lo de los pinchos, ‹verdad? Pues te
equivocas. S‡ que fue cosa tuya, pero no te vi ponerlos bajo la silla de
•Diamante•. Tambi‡n s‡ que fuiste t‰ quien dispar€ sobre Alec Birney,
en la caƒada, aunque tampoco te vi. Lo que sˆ te vi hacer, fue golpear a
Charles Meeker en la cabeza, con una piedra.
La cara de Phil Owens empez€ a ponerse roja.
Agarr€ a Andy de la camisa, con brusquedad, y mascull€:
—‹Qu‡ tonterˆas est†s diciendo?
El vaquero forz€ una sonrisa.
—No temas, Phil. No pienso decˆrselo a nadie. Si he venido a hablar
contigo es porque me gustarˆa conseguir un poco de dinero extra.
—‹Pretendes chantajearme...?
—ŒOh, no, te equivocas! No voy a pedirte un solo d€lar por mi
silencio. Pero sˆ por eliminar a Alec Birney. Estoy dispuesto a
carg†rmelo por s€lo cien d€lares.
—‹Qu‡ t‰...?
—Sˆ, Phil. Necesito ese dinero. Y t‰ quieres matar a Alec Birney. Te
conviene que yo haga el •trabajo•, porque asˆ t‰ quedar†s libre de toda
sospecha. Puedes arregl†rtelas para estar junto al patr€n, en el momento
en que yo liquide a ese seƒorito de Este. ‹Qu‡ me respondes, Phil...?
El capataz, tras unos segundos de meditaci€n, sonri€ y dijo:
—Acepto tu proposici€n, Andy. Mata a ese bastardo de Alec y
tendr†s los cien d€lares. De esa manera, adem†s, tu silencio quedar†
garantizado. Nunca podr†s acusarme de haber asesinado a Charles
Meeker, porque yo te acusarˆa a ti de haber asesinado a Alec Birney y
nos ahorcarˆan a los dos.
—Puedes estar tranquilo, Phil.
—Procura no fallar, ‹eh, Andy? Yo, en la caƒada... —empez€ a
explicar Owens, pero se interrumpi€ repentinamente, al ver entrar en el
establo a Clifford Dobson, Alec Birney, Caroline y Ethel.
El ranchero empuƒaba su rifle.
Andy se apart€ r†pidamente de Phil.
Alec dijo:
— Te hemos tendido una trampa, Phil. No es cierto que Andy te
viera asesinar a Charles Meeker. Lo dijo para hacerte confesar.
Nosotros est†bamos junto a la puerta, y lo hemos escuchado todo.
El rostro de Owens se crisp€ peligrosamente, asˆ como sus manos.
—Andy, gusano traidor, hijo de perra, te juro que... —empez€ a
barbotear, ronco de ira.
—Deja en paz a Andy, Phil. El plan para desenmascararte fue
ideado por mˆ —confes€ Bˆrney.
El capataz lo desintegr€ con los ojos.
—A ti tambi‡n te voy a matar, bastardo del Este.
—Int‡ntalo —invit€ Alec, dejando colgar los brazos y separando
ligeramente las piernas.
Owens solt€ una risotada burlona.
—‹Te atreves a desafiarme, est‰pido...?
—Eso parece.
—ŒEst†s loco! Si, ya s‡ que has mejorado bastante, te vi practicar en
la caƒada. Pero todavˆa eres inferior a mˆ, caballerito.
—No te confˆes demasiado, por si acaso —repuso Alec, sereno.
—ŒVoy a liquidaros a todos!
—Puedes empezar cuando quieras.
—ŒAhora mismo! —rugi€ Phil, y desenfund€ como un rayo.
Alec movi€ la mano tambi‡n con rapidez, al tiempo que se arrojaba
al suelo, consciente de que el primer disparo lo efectuarˆa el capataz.
Y asˆ fue.
Pero Phil fall€, porque no esperaba que Alec se ti rase al suelo.
Y ya no tuvo tiempo de enmendar su fallo.
Alec hizo funcionar su rev€lver, por dos veces, y ambos plomos se
alojaren en el pecho del capataz. Uno de ellos, en pleno coraz€n.
Phil Owens lanz€ un alarido de muerte y se derrumb€.
Casi al instante, qued€ inm€vil en el suelo.
Con la rigidez de un cad†ver.
Lo era, ya.
EPILOGO
Alec Birney gozaba ya de las simpatˆas de los vaqueros del rancho,
sin excepci€n alguna.
Y es que, despu‡s de saber que Phil Owens habˆa confesado haber
dado muerte a Charles Meeker, todos se alegraban de que Alec hubiese
salido victorioso de su duelo con Phil.
Andy no se cansaba de relatar el emocionante en-frentamiento de los
dos hombres, uno del Este y otro del Oeste, y c€mo Alec, gracias a su
astucia, supo vencer al rapidˆsimo Phil.
Alec confesaba ya abiertamente que le gustaba Colorado, aunque
todavˆa no habˆa dicho si se quedarˆa para siempre en ‡l o regresarˆa a
Boston.
Una tarde, hall†ndose con Caroline Dobson junto al riachuelo que
cruzaba las tierras del rancho, Alec se separ€ unos pasos de la
muchacha y exclam€:
—ŒDesenfunda, lentorra!
Caroline extrajo velozmente su rev€lver, pero Alec se le anticip€
con facilidad.
—No puedo contigo, maldito —admiti€ la joven, sonriendo.
Alec rio, enfund€ el arma y se acerc€ a la muchacha, a la que
abraz€.
—Te quiero, chica del Oeste.
—Y yo a ti, tipo del Este.
—No vuelvas a llamarme tipo del Este, porque ya he decidido
quedarme para siempre en el Oeste.
Caroline dio un respingo de alegrˆa.
—‹De veras, Alec?
—Sˆ, lo decidˆ anoche. Quiero casarme contigo, Caroline. Y quiero
casarme aquˆ, en Colorado. ‹Me aceptas como marido?
—Bueno, aunque mi intenci€n era seguir soltera dos o tres aƒos
m†s, porque me consideraba demasiado joven para el matrimonio,
acepto encantada tu proposici€n, Alec. Te quiero tanto, que me serˆa
imposible esperar m†s de una semana.
—Lo mismo digo, Caroline.
—B‡same, hombre del Es...
—Cuidado.
Caroline Dobson sonri€ maravillosamente.
—B‡same, hombre del Oeste.
—Eso est† mejor —sonri€ tambi‡n Alec Birney y uni€ su boca a la
de ella.
FIN