0% encontró este documento útil (0 votos)
144 vistas18 páginas

El Concepto de Riqueza - Ruben Zapata

Este documento explora el concepto de trabajo productivo y su importancia para entender la dinámica económica de las sociedades de mercado. Primero, define la riqueza capitalista y distingue entre trabajo productivo e improductivo. Luego, analiza cómo el trabajo productivo contribuye a la producción y reproducción de la riqueza social. Finalmente, discute el papel del trabajo improductivo y las finanzas especulativas en el proceso de acumulación capitalista y las crisis económicas.

Cargado por

Paola Betancur
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
144 vistas18 páginas

El Concepto de Riqueza - Ruben Zapata

Este documento explora el concepto de trabajo productivo y su importancia para entender la dinámica económica de las sociedades de mercado. Primero, define la riqueza capitalista y distingue entre trabajo productivo e improductivo. Luego, analiza cómo el trabajo productivo contribuye a la producción y reproducción de la riqueza social. Finalmente, discute el papel del trabajo improductivo y las finanzas especulativas en el proceso de acumulación capitalista y las crisis económicas.

Cargado por

Paola Betancur
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

EL TRABAJO PRODUCTIVO Y LA CREACION DE

RIQUEZA EN LAS ECONOMIAS DE MERCADO

RUBEN DARIO ZAPATA YEPES

ASESOR: LUIS GUILLERMO POSADA

UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA


SEDE MEDELLIN
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS Y
ECONOMICAS

1
INDICE

PAG.

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE: EL UNIVERSO ECONOMICO DEL TRABAJO


PRODUCTIVO.
I. APROXIMACION AL CONCEPTO DE RIQUEZA 7
Los dos niveles de análisis de la economía. 10
La riqueza capitalista y la paradoja de la escasez. 11
La evolución de las fuerzas económicas y la idea de riqueza. 13
II. EL CONCEPTO DE TRABAJO PRODUCTIVO. 19
El trabajo productivo en la producción de bienes materiales y
servicios. 22
La idea de trabajo productivo en Marx. 24
El trabajo productivo en el proceso de reproducción. 29
III. EL TRABAJO IMPRODUCTIVO Y LA ACUMULACION
CAPITALISTA 37
Productividad y trabajo productivo. 43
El trabajo productivo y la tasa de ganancia. 54
Los gastos del Estado y el proceso de acumulación. 56
IV. LA ESPECULACION FINANCIERA Y LAS CRISIS DE
ACUMULACION 61
El desarrollo internacional de los mercados financieros. 66
Ganancias financieras y explotación del trabajo. 70
Burbujas especulativas. 77
Algunos casos cercanos de burbujas. 80
Colombia. 81
España. 83
Aclaración necesaria. 88

2
SEGUNDA PARTE: EL HOMBRE Y LA NATURALEZA EN EL
TRABAJO.

V. REPLANTEAMIENTO DE LA TEORIA DEL VALOR TRABAJO 93


El utilitarismo y la sociedad de la abundancia. 94
La ecología y la economía política. 97
Valor y Entropía. 104
VI. LA UTOPIA DE EQUILIBRIO CON LA NATURALEZA 111
El trabajo productivo y el trabajo como expresión de libertad. 116
La superación de la ley del valor. 126
La nueva sociedad y su relación con la naturaleza. 134

COMENTARIOS FINALES. 140

3
INTRODUCCION

El concepto de Trabajo Productivo es fundamental en economía política, y fundamental


precisamente en el sentido de ser su base y su fundamento. Es a partir de la noción de
trabajo productivo que podemos penetrar en la comprensión de la dinámica social y
económica de las sociedades mercantiles; ella nos permite dilucidar los mecanismos que
median la producción y la distribución de la riqueza social, objetivo esencial de las
investigaciones de los economistas clásicos, fundadores de la ciencia económica.
Precisamente Marx se hace heredero de este objetivo en sus investigaciones económicas,
aunque con una diferencia esencial de propósito respecto a los clásicos: la lectura histórica
que hace Marx del modo de producción capitalista, que le da un carácter determinado a la
forma de producción y distribución de la riqueza en las economías de mercado, frente a la
lectura ahistórica de los clásicos que piensan estar develando la forma general de
producción y distribución propias de todas las formaciones sociales.1
Pero si bien el concepto de trabajo productivo está en la base de la economía política, es
también cierto que aparece como un concepto polémico incluso desde su definición. Pues la
teoría del valor-trabajo que exponen en sus diferentes versiones los economistas clásicos y
Marx sostiene que el trabajo y únicamente el trabajo es la fuente del valor y de la riqueza;
pero cuando introducimos la delimitación entre trabajo productivo y trabajo improductivo
lo que realmente se está sosteniendo es que no todo trabajo es fuente de valor y riqueza. Es
ahí donde precisamente se han dado los más acalorados debates en torno al trabajo
productivo, un debate que fue especialmente rico y prolífico en la década de los setenta y
comienzos de los ochenta, especialmente entre autores posmarxistas y neoriricardianos,
pero que hoy no parece revestir ningún interés para los economistas contemporáneos.
La ausencia del debate sobre este tópico precisamente es preocupante en la medida en que
con ello se renuncia a buscarle explicación a una serie de fenómenos que afectan a la
economía hoy y que encontrarían su base precisamente en la noción de trabajo productivo.
Y es que cuando hablamos de trabajo productivo tenemos que entender, en términos de
economía política, el trabajo como productor de riqueza; pero si hay un trabajo que no es
productivo, eso nos tiene que obligar a preguntarnos sobre la concepción de riqueza que
domina la economía de mercado y cuál es su característica fundamental hoy. ¿Cuál es
entonces la función del trabajo improductivo en el proceso de producción?, y si no produce
riqueza, entonces ¿qué produce?. Las respuestas a estas preguntas tienen que ayudarnos a
entender las actuales dinámicas de acumulación y reproducción de capital, y, por tanto, nos
deben dar una clave para entender las dificultades que actualmente afronta este proceso de
acumulación y cómo se refleja en las dinámicas de crecimiento de las economías. Ello

1
Cabe aquí recordar que la preocupación por delimitar el trabajo productivo ya no aparece en los economistas
neoclásicos, pues el propósito de sus investigaciones eluden precisamente las cuestiones de la producción de
la riqueza social y, en buena media se desentienden también de los mecanismos de distribución. Los
neoclásicos trasladan el análisis económico directamente a la esfera del mercado, y a esta esfera reducen todo
el objeto de estudio de la economía. Así, para ellos no tiene ningún sentido la pregunta por el trabajo
productivo, pues su respuesta es inmediata: el mercado es el único criterio válido para definir si un trabajo es
o no productivo, todo lo que se transa en el mercado es necesario y por tanto el trabajo que le dio origen
deberá ser productivo. De forma más contundente puede decirse, según la visión neoclásica, que todo trabajo
que sea demandado en el mercado será productivo.
también conduce, obviamente, a mirar el papel del Estado hoy a la luz del concepto de
trabajo productivo. Esta es una cuestión absolutamente importante, pues el Estado, por un
lado actúa como garante del orden social, es decir, como garante del proceso de
acumulación y reproducción de riqueza, pero a la vez es o bien un agente de la producción
o un agente del gasto. En esta medida es imprescindible preguntarse, teniendo en cuenta
que el Estado es uno de los mayores empleadores hoy, ¿cómo distribuye el trabajo que
emplea entre productivo e improductivo? ¿Cómo distribuye sus gastos? Esto tiene que
aportarnos una luz para entender el papel real del Estado en el proceso de acumulación
capitalista y su capacidad para conjurar las crisis de acumulación y las crisis sociales por
inequidad, todo ello implica el debate actual en torno a la reducción del Estado

De otro lado, en muchas ocasiones el debate en torno al carácter productivo e improductivo


del trabajo ha conducido a algunos autores a trasladar la polémica al campo de la
producción de valores de uso, guiados precisamente por una afirmación de Smith de que el
trabajo productivo debía expresarse en un valor de uso material. Esta idea, aunque fue
refutada enérgicamente por Marx en su momento, aparece constantemente en discusión sin
que logre dársele en el debate plena claridad. Lo interesante es que en la base de esta
discusión del trabajo productivo como productor de valores de uso, y por tanto de la riqueza
vinculada a estos valores de uso, puede encontrarse la clave para entender algunas
dinámicas particulares de la economía contemporánea.
Por ejemplo, el debate enfrentaría, en estos términos, a un sector creciente de la economía
de servicios como no productora de riqueza, con una economía productora de bienes
materiales que se constituiría directamente en la productora de la riqueza. Pero cuando esta
idea es atravesada por un debate más juicioso sobre el concepto de trabajo productivo y de
riqueza capitalista, la discusión adquiere unos matices interesantes. Y estos matices son los
que nos parece necesario explorar en el presente trabajo.
Por ejemplo, sería interesante mirar, si efectivamente el trabajo desempeñado en el sector
de los servicios no coincide plenamente con la noción de trabajo improductivo, entonces
cuál sería el aporte del trabajo productivo en los servicios a la riqueza social. Ello implica
abordar un debate propuesto por José Manuel Naredo en términos de la noción de
producción y de riqueza; pues estaríamos contraponiendo a la idea de riqueza material, es
decir, físico-material, que tiene su fuente en la naturaleza, con una idea de riqueza
inmaterial que se origina más que en la naturaleza en la esfera social. Eso implica estudiar
el proceso productivo que se lleva a cabo en las economías mercantiles en un doble sentido:
desde sus efectos sobre la naturaleza y desde su incidencia en la organización de la vida
social.
Al pensar en el auge del sector servicios, del sector comercial y, especialmente, en el sector
financiero y al pasar la comprensión de este auge por la discusión del trabajo productivo e
improductivo, surge de inmediato una cuestión relevante para entender las dinámicas
actuales de la economía, sobre todo en su fase de globalización. ¿Cómo se está
distribuyendo el trabajo social en términos de productivo e improductivo? Y sobre todo
¿Qué incidencia tiene esta distribución en las lógicas de acumulación y distribución de la
riqueza? ¿Cuáles son las lógicas de organización y explotación del trabajo actuales que
intentan garantizar la continuidad del proceso de creación, acumulación y reproducción de
la riqueza y qué efectos tiene sobre la vida social y el equilibrio ecológico? ¿Qué incidencia
tiene la distribución del trabajo social a nivel mundial en las relaciones económicas entre
las naciones? Todas estas cuestiones apuntan a realidades económicas tangibles que
evidencian la pertinencia del debate en torno al concepto de trabajo productivo como
elemento esencial en el análisis económico.
Pero el trabajo no es sólo una actividad económica del hombre. Prácticamente toda la vida
del hombre está atravesada por el trabajo y en él involucra tanto su actividad corporal como
su movimiento espiritual. Es decir, el trabajo es ante todo una actividad vital del hombre en
la que se enfrenta con la naturaleza, con el otro y consigo mismo. Es interesante entonces
mirar los efectos de esta división económica del trabajo entre productivo e improductivo en
la cotidianidad del individuo. Cómo tal delimitación tiene injerencia también en la
organización de su tiempo, en las relaciones sociales. Desde estas perspectivas, el análisis
tiene que abrirse a otras dimensiones en donde el estudio del proceso económico pueda ser
contextualizado a la luz de las cotidianidades individuales y de la construcción de un
mundo social. Ello implica no sólo intentar una comprensión del trabajo más allá de la
dimensión económica, sino ante todo intentar someter la lógica económica y todo el
universo de relaciones que construye a la cotidianidad de la vida, a la comprensión integral
del ser humano como objetivo fundamental de toda ciencia que se ocupa del hombre.
PRIMERA PARTE
EL UNIVERSO ECONOMICO DEL TRABAJO PRODUCTIVO

APROXIMACION AL CONCEPTO DE RIQUEZA

El problema fundamental que nos atañe aquí es el del carácter productivo del trabajo en una
sociedad capitalista. Sin embargo, cuando nos preguntamos por este carácter productivo
estamos mirando el trabajo obviamente desde sus posibilidades de crear e incrementar la
riqueza. ¿Qué es la riqueza, entonces?. Esta es una pregunta que no podemos pasar por alto,
pues en realidad es una cuestión que condiciona en buena medida el carácter productivo
que en un momento determinado pueda asumir el trabajo. Primero debemos aclarar que la
pregunta por la riqueza tiene que estar enmarcada en un modo de producción determinado.
No piensa en la misma cosa el señor feudal cuando piensa en sus riquezas que el burgués
cuando piensa en las suyas. Ligado al problema de la riqueza determinada de una forma
histórica está, entonces, su forma de producción, su reproducción y su acumulación.
En primera instancia nos encontramos con que el sistema de producción capitalista se
diferencia de los anteriores precisamente por su afán de acumulación continua de riqueza.
Consideremos, por ejemplo, lo que escribe al respecto Lewis Mundford, citado por José
Manuel Naredo en su libro Economía en Evolución: “... en otras culturas la producción
aunque pudiera crear amplios excedentes para obras públicas y para arte público, siguió
siendo una sencilla necesidad de la existencia, a menudo aceptada de mala gana, no un
centro de interés continuo e irresistible... Cuando su vida se hacía más fácil, la gente no iba
tras la adquisición abstracta: simplemente trabajaba menos. Y cuando la naturaleza les
favorecía, con frecuencia permanecían en el estado idílico de los polinesios o de los griegos
homéricos, entregando al arte, al rito y al sexo lo mejor de sus energías”. 2
Esta cita nos lleva a replantear la idea tan recurrida hoy de que las sociedades anteriores a
la capitalista eran sociedades que vivían en la penuria, pues el escaso desarrollo de los
medios de producción apenas sí les permitía subsistir malamente. Gracias a esta idea, el
sistema capitalista con su acelerado desarrollo tecnológico y el movimiento constante de
acumulación de riquezas cree garantizar efectivamente una sociedad de la abundancia. Sin
embargo, los niveles de pobreza en que viven hoy grandes masas de la población mundial
es una prueba suficiente para refutar esta promesa, o por lo menos la idea de que tal
abundancia sea accesible a todos. Esto es precisamente lo que nos obliga a preguntarnos
qué tipo de riqueza es la que se acumula en el sistema capitalista y bajo qué mecanismos se
acumula.
La evolución del concepto de riqueza es cuidadosamente estudiada por José Manuel Naredo
en su texto Economía en Evolución. La preocupación de Naredo es demostrar cómo en el

2
Munford Lewis. Citado por José Manuel Naredo en La Economía en Evolución. Pág. 44
sistema capitalista el concepto de riqueza se ha separado ya de su contenido físico y ha
ganado autonomía como riqueza meramente pecuniaria, es decir, como riqueza en dinero
Esta escisión, según lo muestra Naredo, ha tenido consecuencias nefastas para el sistema
ecológico planetario. También muestra Naredo con nitidez las consecuencias de perseguir
una sociedad de la abundancia acuñando esta idea de riqueza. “Anticipemos- escribe
Naredo- que el afán de multiplicar las riquezas se extendió a la vez que se producía un
cambio en la noción misma de riqueza y en la valoración que se hacía de ella. Inicialmente
se daba un claro predominio de las riquezas inmobiliarias sobre el resto, mientras que hoy
es la riqueza mobiliaria la que ocupa una posición dominante siendo posible expresar en
ella, a través del dinero, cualquier tipo de riqueza inmobiliaria. De ahí que se pudiera
extender a todas las cosas la propiedad privada y exclusiva de tipo burgués y que pudiera
florecer la idea de una acumulación sin límites de riqueza, facilitada por el dominio de sus
formas mobiliarias y abstractas, que emergieron en correspondencia con la noción también
abstracta de “producción” en la que se integraron las actividades humanas más diversas...”.3
Aquí Naredo advierte que para entender la escisión que sufrió el concepto de riqueza de su
contenido físico, es necesario tener en cuenta antes cómo se transformó el concepto mismo
de producción. El autor nos deja ver que antes del siglo XVIII ni siquiera existían las ideas
de economía y producción tal como ahora las entendemos. El hombre no producía nada,
pues la generación de la riqueza se explicaba más bien en forma mitológica. Era la
naturaleza o la misma gracia divina, expresada en el maridaje entre el Cielo y la Tierra, la
que generaba toda la riqueza. El hombre, con su trabajo, se limitaba a apropiarse esta
riqueza, o a transformarla de tal forma que le resultara útil. Esta idea se trastoca sólo con el
desarrollo de la ciencia económica, en el mismo escenario de la modernidad. El hombre, tal
como lo ve la modernidad, no puede ser más un contemplador pasivo de la naturaleza sino
que tiene la facultad de intervenir en ella para lograr algunos beneficios, sin tenerse que
conformar con lo que ella espontáneamente le ofrece. Esto implica, además, que el mundo
no es visto ya como un organismo que tiene todas sus partes estrechamente relacionadas y
que responde a un orden natural sabiamente dispuesto por el creador. Las prácticas de
intervención sobre la naturaleza son entonces prácticas desacralizadas.
En este contexto emerge la escuela fisiocrática, sin haberse desprendido completamente de
las ideas anteriores. Es decir, de la idea de que la naturaleza es un organismo y que es ella
la que produce la riqueza y no el hombre. Lo que ocurre, según esta escuela, es que el
hombre tiene la capacidad de intervenir en la naturaleza para ampliar sus propios proceso
de generación y así multiplicar la riqueza. Es aquí, precisamente donde empieza a cobrar
sentido la idea de trabajo productivo y encontramos una relación directa entre el trabajo y la
producción de riqueza. Antes no; pues si sólo la naturaleza era responsable de generación
de riqueza, todos los trabajos se limitaban a apropiársela y por eso no tenían nada de
productivos. Es precisamente con la escuela fisiocrática que empieza a desplazarse el
centro de interés de la economía desde un proceso de adquisición hacia la producción
misma de la riqueza. Se piensa entonces que efectivamente el hombre tiene la capacidad de
incidir sobre el ritmo y la orientación de las riquezas generadas por la naturaleza: La Madre
Tierra.
Los fisiócratas, como bien se ha indicado, no rompen con la idea de que es la tierra la
generadora de riqueza; pero el maridaje ya no es entre la Tierra y el Cielo, sino entre la
Tierra y el Trabajo. Justo como lo expresara de forma lapidaria W. Petty. Obviamente,
3
Naredo, José Manuel. La Economía en Evolución: Historia y Perspectivas de las Categorías Básicas del
Pensamiento Económico. Siglo XXI: Madrid. 1187. Pag. 46
donde este matrimonio se hace definitivamente productivo es en la agricultura, ya que es en
donde la capacidad generadora de la tierra se pone de manifiesto. Por eso los fisiócratas
consideran que el trabajo agrícola es el único realmente productivo, ampliándolo inclusive
a todas las actividades que extraen directamente la riqueza de su fuente original: la tierra.
Pero, innegablemente, en los fisiócratas ya estaba la simiente para que el concepto de
riqueza abandonara su contenido físico al identificar hasta cierto punto el concepto de
producción con el de simple extracción. Por supuesto, esta identificación, que apenas
aparecía tímidamente en estos autores, fue asumida sin ambages por los fundadores de la
ciencia económica: los economistas clásicos. En la escuela fisiocrática el trabajo gana
terreno, sino como productor, al menos como colaborador de la naturaleza en la producción
de riqueza. Ya en Petty la ecuación de la riqueza aparece con claridad: toda riqueza
proviene de la unión de dos fuentes. “ La Tierra es la madre y el Trabajo el padre”. En los
autores clásicos esta ecuación ya se ha modificado definitivamente a favor del trabajo, que
aparece como la única fuente de la riqueza.
Sin embargo, Naredo hace notar insistentemente cómo la idea de producción en los
fisiócratas seguía amarrada a su contenido físico. Es el arrinconamiento que de estas ideas
hacen los economistas clásicos lo que constituye definitivamente esa independización de la
producción con respecto a su contenido físico, lo que a la vez representa la separación de la
idea de riqueza de los valores de uso en que antes se sostenía. “Los fisiócratas- escribe
Naredo- consideraban que la ciencia económica debía orientarse “a conseguir la mayor
reproducción posible, mediante el conocimiento de los resultados físicos que asegure la
recuperación de los recursos invertidos”. De ahí que construyeran sus análisis sobre
nociones de producción y producto neto más próximas a las que se aplican hoy en ecología
que a las que rigen en economía. Por eso prestan más atención al “valor de uso” que recoge
las características intrínsecas de los productos, que al “valor de cambio” que hace
abstracción de ellas”. 4
Todo lo contrario hacen, según Naredo, los economistas clásicos y Marx al circunscribir el
centro de interés a la esfera social, donde las relaciones entre las personas se objetivan. Lo
que estos autores investigan es la definición y distribución de los valores de cambio, en
tanto guían la formación de los precios. Así, la consideración del trabajo como sustancia
homogénea que dota de valor a las cosas es la vía por la que se opera el desplazamiento del
centro de interés. Todavía se conserva un cierto vínculo con el contexto físico-natural de la
riqueza, pero este vínculo, según Naredo, es meramente simbólico.
Esta ubicación de lo económico en una esfera social desvinculada del mundo físico va a
precipitar la producción en una carrera devastadora de los recursos naturales. “El criterio
distintivo establecido por Smith al señalar que el “trabajo productivo es aquel que toma
cuerpo en un objeto que deja huella de sus actividades y cuyo producto puede venderse o
cambiarse” mantuvo todavía un vínculo formal con el mundo físico. Es decir, que se seguía
hablando de una “producción material” en cuanto le exigía que tomara cuerpo en un objeto
material, pero no ya en un sentido originario de generación y acrecentamiento de la materia.
Así, al hacer abstracción de las entradas materiales o energéticas, distintas del trabajo, que
tenía lugar en el proceso, se abrió la posibilidad de denominar productivas actividades que
en realidad eran meramente elaboradoras, apropiadoras e incluso destructivas, como
podrían ser la tala esquilmante del bosque, la minería u otras prácticas que no permitían
reponer, como pretendían los fisiócratas, las condiciones de partida en términos físicos”.5
4
Ibid. pag 98
5
Ibid.
LOS DOS NIVELES DE ANALIS DE LA ECONOMIA

Smith no consideraba el trabajo como productor de materia sino como productor de valor
(valor de cambio) y esta es ya una categoría social que se concibe como relación entre
individuos. La producción como relación social toma relevancia contundente en Marx, que
asume precisamente como punto de partida en sus investigaciones económicas los trabajos
de Smith. De ahí que cuando Marx se refiere a la producción material o riqueza material-
utilizando este término “de forma machacona”, como dice Naredo, no alude a lo mismo que
aludían los fisiócratas. También a Marx lo tiene sin cuidado la producción de materia y se
preocupa ante todo de la producción de valor y de plusvalía; precisamente en ello funda su
distinción entre trabajo productivo e improductivo. Por eso se siente obligado a criticar con
dureza la idea de trabajo productivo que domina en los fisiócratas, porque ellos “... no
llegan a sobreponerse a la influencia de la concepción general que se forma acerca de la
naturaleza del valor. Para ellos el valor no es una expresión social determinada de la
actividad humana; es algo que se compone de materia y sigue las vicisitudes de ésta”. 6
Según Naredo, en esta afirmación hay una simplificación bastante sesgada, pues Marx no
alcanza a reconocer dos niveles de análisis en los fisiócratas: uno que considera la relación
del hombre con su entorno y otro que se preocupa por las relaciones de intercambio entre
los hombres, lo que se puede expresar en valores monetarios. Al igual que los clásicos,
Marx se concentra en el segundo nivel, como el único que tiene importancia para el análisis
económico: “La observación cada vez más ostensible de que podían originarse de forma
sostenida plusvalías monetarias sin necesidad de que estuvieran respaldadas por la creación
de un excedente físico, sirvió no sólo para echar por tierra ese punto débil de la
argumentación fisiocrática que establecía un paso simplista del nivel físico al nivel de los
valores monetarios, sino también para presentar como carente de interés para el análisis
económico las elaboraciones fisiocráticas que transcurrían en el primero de estos niveles.
Este fue el camino por el cual el análisis económico abandonó el enjuiciamiento de la
gestión de recursos desde un ángulo físico, para circunscribirse al terreno de los valores”.7
Naredo pretende demostrar que en las ideas de los fisiócratas sobre producción y riqueza
estaba la simiente para la concepción del sistema económico como un organismo vivo. Esta
es precisamente la idea que subyace al pensamiento ecológico hoy, y con la cual se
identifica Naredo. El abandono de las ideas fisiocráticas representa, pues, el despegue hacia
una actividad humana depredadora de la naturaleza, en aras de la acumulación de riqueza,
para, por medio de la abundancia, garantizar supuestamente el bienestar de la humanidad.
El primer nivel de análisis de los fisiócratas representa precisamente una perspectiva
opuesta a la acumulación capitalista, según Naredo. Lo que estos economistas pretendían
era acrecentar las riquezas mediante la gestión de los recursos desde una perspectiva física.
Como corolario de esta idea está la necesidad de atender a los resultados de la producción
según su valor vital o su utilidad concreta. Este nivel de análisis pudo haber llevado la
investigación económica al estudio de la producción en términos de gasto de materia y
energía. Dado que la producción capitalista se funda en la destrucción de unos stocks de
recursos limitados, llevando al agotamiento y la destrucción de ecosistemas, no puede
negarse la importancia de retomar y ampliar el enfoque fisiocrático. Es interesante mirar
cómo Naredo atribuye el salto al segundo nivel de análisis de los fisiócratas a una
6
Ibid. Pag. 101
7
Ibid. Pag. 102
insuficiencia del desarrollo científico de su época. “Desde esta perspectiva, el tableau
économique de Quesnay ofrece una palpitante actualidad. Si se expresaran en energía los
flujos en él representados su coherencia resulta incontestable, colocándose en línea con los
trabajos hoy en boga que enjuician la gestión de recursos desde una perspectiva energética.
Pero Quesnay no pudo expresar en energía su Tableau porque en su tiempo no existían los
conocimientos necesarios para ello, y el empleo del otro tipo de unidades físicas que
estaban a su alcance no le permitían superar la discontinuidad propia de la materia, cosa
necesaria para dar una expresión cifrada a sus enfoques globales satisfaciendo los afanes
cuantificadores de la aritmética política. En consecuencia, considera que “todos los avances
y todos los productos deben ser evaluados en dinero” y que “el valor venal en dinero es la
base de toda estimación y de toda imputación en economía política”. Al expresar en dinero
su Tableau économique, mezclando su enfoque físico originario con la expresión monetaria
de sus resultados, Quesnay introdujo el factor de ambigüedad que dio pie a las críticas antes
expuestas de los economistas clásicos y de Marx, que desautorizó la obra de aquél,
enjuiciando el Tableau desde el ángulo exclusivo de los valores de cambio y de la
formación de plusvalía”.8

LA RIQUEZA CAPITALISTA Y LA PARADOJA DE LA ESCASEZ

El enfoque fisiocrático se derrumbó por un desplazamiento en el objeto de estudio, es decir,


el desplazamiento en las nociones de producción y riqueza que dio paso al estudio del valor
de cambio. Ya en Smith es nítido su enfoque sobre una categoría unificada de riqueza
donde prima lo mobiliario. Poco esfuerzo necesitó, por ejemplo, Malthus, para pasar de allí
a una definición más sistemática de la riqueza en los siguientes términos: “los objetos
materiales, necesarios, útiles o agradables para el hombre y que le exigen ciertos esfuerzos
para producirlos o apropiarse de ello”.9 Aquí ya es evidente cómo se desdibuja y desaparece
la diferencia entre producción de un flujo renovable de riqueza y su mera apropiación.
Malthus impone a los bienes materiales varias condiciones para que pueda considerárseles
como riqueza. Primero deben ser necesarios y útiles, o por lo menos agradables. Estas son
categorías bastante complejas que desbordan las pretensiones de este trabajo. Lo importante
a resaltar aquí es la condición de que la producción o apropiación de dichos objetos debe
exigir cierto esfuerzo, es decir, costar trabajo. Indiscutiblemente esta idea del esfuerzo o el
trabajo que demanda la riqueza va ligada a una condición de escasez. Precisamente es este
postulado el que va a permitir un paso casi indoloro del sistema clásico al neoclásico. Así
se fija definitivamente una idea de riqueza y de producción ajena a su contenido físico.
Pues eso que Malthus llama objetos materiales pronto será superado al encontrarse que
también se pueden producir algunos objetos inmateriales o lo que hoy ya tiene pleno
sentido en el ámbito de la producción de servicios.
La riqueza, entendida según la definición anterior, puede incrementarse sin necesidad de
que se produzca un excedente físico. Realmente su incremento puede llevarse a cabo por
dos caminos: uno tiene que ver con la creación constante de necesidades al ampliar el
universo de cosas útiles. Ello es posible gracias a la indefinición que subyace al concepto
de necesidad. El otro camino es el de presentar en el mercado objetos que ya eran útiles
pero no estaban aún en el campo de la riqueza porque existían abundantemente y por tanto
8
Ibid. pag. 105
9
Malthus. Definitions in Political Economy. Citado por Naredo. Pag. 117
cualquiera podía obtenerlas gratuitamente. “Uno y otro camino- escribe Naredo- se
encuentran estrechamente vinculados. La creación de nuevas necesidades o la ampliación
de las antiguas empuja sistemáticamente a la escasez de los objetos que se exigen para
colmarlas y hace más trabajosa su obtención. Pues la escasez, lejos de ser una característica
intrínseca de los objetos, resulta de ponerlos en relación con la apetencia que de ellos se
tiene. El dominio del capitalismo construirá un medio fértil para que la escasez haga crecer
el subconjunto de las riquezas”.10
Este argumento es sencillamente impecable. Nos muestra en toda su magnitud la gran
paradoja a la que conduce la búsqueda de la acumulación de riqueza en el sistema
capitalista. Por un lado se empeña en construir una sociedad de la abundancia mediante la
acumulación persistente de riqueza, pero en la misma definición de riqueza está inmanente
la escasez: la producción de riqueza capitalista empuja inevitablemente a la escasez. Esta
definición dice que no todas las cosas útiles clasifican como riqueza, sino las que además
de ser útiles son escasas. Una forma importante de incrementar la riqueza, entonces, es
volver escaso un subconjunto cada vez mayor de cosas útiles, que existen en la naturaleza
de forma abundante. La idea de utilidad también juega un papel importante en la
ampliación del universo de la producción y, por tanto, de la riqueza. La utilidad siempre va
ligado al concepto de necesidad y por tanto es tan ambiguo como éste. Siempre es posible
manipular los gustos, de tal forma, que aquellos objetos que no eran apetecibles en
principio se tornen incluso de primera necesidad. Ambos mecanismos conducen a la
explotación esquilmante de los recursos naturales y reducen su capacidad de renovación.
Es de esta manera que la apropiación privada aparece en escena; la posibilidad de ampliar
el universo de la riqueza, por cualquiera de los mecanismos arriba mencionados, pasa por la
apropiación privada. Pero incluso va más allá. Para Mill, por ejemplo, que ni siquiera
introduce una modificación sustancial con respecto a las definiciones de Smith y Malthus,
la apropiación privada ya es una condición de la riqueza. Para este autor la riqueza es el
conjunto de cosas útiles o gradables (léase deseables) que tienen un valor de cambio. Pero
una cosa puede tener valor de cambio sólo si tiene un propietario capaz de venderla. Por
tanto, las cosas que no sean susceptibles de venta o de apropiación privada no pueden ser
consideradas como riqueza y, por tanto, no son objeto de estudio de la ciencia económica.
Podemos evidenciar otra desviación conceptual en esta definición. Ahora hablamos de
escasez o límite de los recursos en el sentido de las cantidades existentes en la naturaleza
atendiendo sólo al hecho de que los recursos hayan sido apropiados de forma privada o no.
Así, la idea que vincula la riqueza con la escasez aparece sujeta también a la idea de riqueza
como valor de cambio.
Así se configura, pues, la idea de riqueza que subyace a la producción que domina en la
producción capitalista. Tenemos entonces que ya no existe diferencia entre producción,
apropiación y reelaboración de riqueza, y que esto es lo que posibilita una desvinculación
de la riqueza de su contenido físico. Por tanto, para el sistema capitalista, producción de
riqueza equivale a producción de valores de cambio. La riqueza, más que de la producción
de objetos útiles, depende de la apropiación privada, de hacer del conjunto de objetos útiles
un subconjunto cada vez mayor de objetos escasos. El primer paso es el de la apropiación,
pero juegan también un papel esencial el mercado y la creación de nuevas necesidades,
vinculados precisamente a la apropiación privada como en un solo mecanismo.

10
Opcit. Pag. 118
LA EVOLUCION DE LAS FUERZAS ECONOMICAS Y LA IDEA DE RIQUEZA

Las deducciones que hace Naredo del desplazamiento en la idea de producción y de riqueza
son ciertamente inobjetables. Es claro que la acumulación de riqueza en el sistema
capitalista pone en serio riesgo el equilibrio ecológico, la subsistencia de la especie humana
y de la naturaleza toda. No obstante, la forma como concibe el proceso de este
desplazamiento es bastante polémica. Sobretodo es discutible su afirmación de que “fue
una vez ocurrida la ruptura epistemológica postfisiocrática e implantada una visión
unificada de la riqueza, cuando pudo afianzarse la relación entre riqueza y valor de cambio,
dado que la existencia de éste aparecía ligada a la escasez y al esfuerzo o el coste,
establecidos como condición para que las cosas útiles formaran parte del universo de las
riquezas”.11
Naredo se ha ocupado en este texto principalmente de la evolución del concepto de
producción y de riqueza en los grandes pensadores de la economía. Da la impresión, sin
embargo, que considerara esta evolución conceptual como motor exclusivo de la historia.
Es decir, parece considerar que el desarrollo de las fuerzas económicas y sociales estuviera
jalonado principalmente por la evolución de las ideas, y atribuye, por lo menos en este
texto, muy escaso valor al papel que el mismo desarrollo de las fuerzas económicas y
sociales tiene sobre la evolución de las ideas. Pero es imposible desconocer que en el
desarrollo histórico de una sociedad esta relación difícilmente podría ser unidireccional y
lineal como lo describe Naredo. Generalmente hay una relación recíproca entre el
desarrollo del pensamiento y el desarrollo de las fuerzas sociales. Es decir, un desarrollo en
las fuerzas sociales o económicas, como puede ser el de la revolución industrial, tiene que
estar acompañado también de un cambio en el pensamiento, en el modo de concebir el
mundo y en la forma de relacionarse con él. Pero también un desarrollo importante en las
ideas conduce a una reconfiguración de las fuerzas sociales; por ejemplo, la revolución que
significó la modernidad para el pensamiento, tiene mucho que ver con el desarrollo
tecnológico, con la transformación de las relaciones sociales en el campo político, y
también con las relaciones económicas.
Teniendo en cuenta esta reciprocidad entre el desarrollo del pensamiento y el desarrollo de
las fuerzas sociales, podemos decir que hay una posibilidad que se le escapa a Naredo
cuando hace una lectura de los economistas clásicos y de Marx. En estos autores existe,
sobre todo, un esfuerzo grande por racionalizar y explicar lo que efectivamente acontece en
su tiempo. Es cierto que en sus trabajos, como sucede con el trabajo de cada autor- incluido
el propio Naredo-, existe una buena dosis de ideología. Pero sería difícil aceptar que Marx
fue un ideólogo del capitalismo y que sus ideas tenían como propósito - o tuvieron como
resultado a pesar suyo- legitimar y fortalecer este modo de producción. Precisamente Marx
es uno de los críticos más agudos de este sistema y utiliza como una herramienta de su
crítica la radiografía más contundente del modo de producción capitalista. En buena medida
se puede decir lo mismo de los autores clásicos; también ellos radiografiaron el sistema
económico de su tiempo, aunque lo hayan hecho con el propósito de justificar el orden
existente y fortalecer las tendencias en él. No es pues extraño que Smith sea considerado
por un buen número de economistas prestigiosos como el primero que asumió de forma
sistemática y objetiva el estudio de la economía.

11
Ibid. Pag. 127
“A diferencia de los escritores anteriores- escribe Leo Huberman en los Bienes Terrenales
del Hombre- que afirmaron que un Estado debe seguir esta o aquella política para ser
poderoso, Adam Smith se dedicó más a estudiar las causas que influyen en la producción y
la distribución de la riqueza. Allí donde muchos de los mercantilistas tenían un fin
interesado, que disfrazaban sugiriendo que el país incrementaba su poderío, Smith,
interesado más en el análisis de las causas que en problemas particulares, abordó el tema
científicamente”.12
Y es precisamente Leo Huberman quien nos trae una investigación sobre la forma cómo se
movieron las fuerzas económicas, por lo menos desde la alta edad media, hasta dar origen a
un modo de producción capitalista. Nos cuenta que “... en los siglos feudales la tierra
producía prácticamente todos los productos que se necesitaban y por ello la tierra y sólo la
tierra, era la llave de la fortuna de un hombre. La medida de la riqueza de cualquiera estaba
determinada sólo por una cosa, la cantidad de tierra que poseía. Naturalmente había una
continua lucha por la tierra. Por ello no debe sorprendernos que el periodo feudal fuese un
periodo guerrero. Para ganar la guerra lo mejor era atraer al lado propio el mayor número
de combatientes que fuese posible y la manera de hacerlo era pagarlos, obteniendo una
promesa de ayuda cuando se los necesitase. Lo que se daba era una concesión de tierra”.13
Una de las características de la edad media era que se necesitaba muy poco del dinero; la
gente no tenía en qué gastarlo. La iglesia, por ejemplo, tenía una gran fortuna en metales
preciosos, pero era un capital ocioso. Como no había salidas para ese dinero, no se podía
invertir para obtener más dinero. Ni siquiera se necesitaba dinero para comprar porque
apenas se compraba casi nada. Era una economía en donde cada aldea se bastaba sola. El
siervo y su familia producían sus alimentos y con sus manos construían lo que necesitaban.
Pero este orden se rompió cuando empezó a aparecer el comercio, que dio origen a los
mercados. Y el comercio apareció precisamente con la dinámica de las guerras por tierras:
con las Cruzadas. “Decenas de miles de personas- escribe Huberman- cruzaron el
continente por tierra y mar, para arrebatarle la Tierra Santa a los musulmanes. Como
necesitaban abastecimiento a todo lo largo de la ruta, les acompañaban comerciantes para
proveer sus necesidades. Estos cruzados que regresaron de su jornada al Oriente trajeron de
allá un apetito por las ropas y las comidas extrañas y lujosas que habían conocido y
disfrutado. Su demanda creó un mercado para esas cosas”.14
Al final muchas ciudades se comprometieron en las Cruzadas menos por asuntos de fe y
por recuperar Tierra Santa que por obtener beneficios comerciales. Tal es el caso de las
ciudades italianas. “Desde el punto de vista de la religión, los resultados de las Cruzadas
tuvieron poca vida, pues los musulmanes recuperaron el reino de Jerusalén. Desde el punto
de vista comercial, sin embargo, los resultados de las cruzadas fueron de tremenda
importancia. Porque los cruzados ayudaron a despertar a la Europa Occidental de su sueño
feudal, desparramando clérigos, guerreros, trabajadores y una creciente clase de
comerciantes por todo el continente; aumentaron la demanda de artículos extranjeros;
arrebataron de manos musulmanas la ruta del Mediterráneo e hicieron de ella otra vez la
gran vía de tráfico entre el este y el Oeste que había sido en tiempos antiguos".15

12
Huberman, Leo. Los Bienes Terrenales del Hombre: Historia de la Riqueza de las Naciones. Oveja Negra:
Medellín. 1973. Pag 180
13
Ibid. Pag. 23
14
Ibid. Pag 31
15
Ibid. pag 35
Después de las Cruzadas los comerciantes sobrevivían haciendo ferias en distintas aldeas.
Obviamente, el comercio a esta escala demandaba ya la existencia de moneda y el flujo de
dinero empezaba a ser significativo. El cambio de dinero se iba convirtiendo en una
actividad tan importante como la misma venta de artículos. “En el centro de la feria, en la
corte del cambio de dinero, las diversas variedades de moneda eran pesadas, evaluadas y
canjeadas; se negociaban préstamos; se pagaban deudas antiguas; se honraban las cartas de
crédito; y circulaban libremente las letras de cambio. Aquí estaban los banqueros de la
época, realizando negociaciones financieras de tremendo alcance. Unidos todos, disponían
de vastos recursos. Sus operaciones cubrían negocios que se extendían por todo el
continente, de Londres a Levante. Entre sus clientes había papas y emperadores, reyes y
príncipes, repúblicas y ciudades. De tal consecuencia fueron sus actividades, que traficar
con dinero se hizo una profesión especializada”.16 Si hemos de atender a Hueberman,
aceptaremos que para después del siglo XII ya poco quedaba de la economía natural de
autosuficiencia propia del feudalismo. Era ya la economía del dinero en un mundo en
expansión. Y este siglo XII está todavía muy lejos del surgimiento de las ideas de los
economistas clásicos.
Huberman explica también cómo la expansión del comercio fue dando origen al
crecimiento de las ciudades con una dinámica distinta a la dinámica de las aldeas, y cómo
la especialización del comercio también dio origen al surgimiento de una clase con fuerza
para disputarle el poder a los feudales. Así como la posesión de tierras en la alta edad media
concedió al clero y a la nobleza el poder de gobernar, así la posesión de dinero, que
aparecía como nueva fuente de riqueza, trajo a la clase media, a los comerciantes, el
gobierno. “La posición de los comerciantes en las ciudades reflejaba la creciente
importancia de la riqueza medida en dinero contrapuesta a la riqueza valorada en tierras”.17
Es claro, pues, que la separación del concepto de riqueza de su contenido físico-material se
producía mucho antes de que los economistas clásicos y Marx hablaran de ello.
Precisamente la obsesión de los mercantilistas por acumular metales preciosos antes que
objetos útiles da cuenta de ello. Así no parece desacertado pensar que cuando los
economistas clásicos exponían su idea sobre la riqueza más bien se limitaban a una lectura
lo más ajustada posible de lo que ya era considerado como riqueza por la sociedad
capitalista en desarrollo. Y en buena medida es válido suponer que los fisiócratas
intentaban lo mismo, pero con algunas insuficiencias si su investigación se asumiera como
una lectura de la sociedad capitalista, dado que en su momento Francia aparecía como una
economía agraria, a caballo entre un feudalismo declinante y un capitalismo apenas
incipiente. Al contrario de lo que sucedía en la Inglaterra de los economistas clásicos,
donde el desarrollo industrial le abría camino decididamente al capitalismo.
También Naredo parece aceptar esto, aunque de forma tímida, cuando advierte: “...Porque
las nuevas definiciones y enfoques no llovieron del cielo, ni surgieron de una discusión
racional de la que resultaran rigurosamente formuladas, sino que respondieron a
expresiones del lenguaje común, cuyo carácter equívoco y ambiguo había criticado
Quesnay, y que no eran más que un reflejo de las ideas dominantes. El éxito de las nuevas
nociones de riqueza y de producción y de la nueva configuración del campo económico, se
derivó en gran parte de que se ajustaban a esas ideas vagas del lenguaje ordinario”. 18
Evidentemente estas razones son válidas. Las nuevas definiciones se ajustaban a lo que ya
16
Ibid. pag. 39-40
17
Ibid. pag. 52
18
Opcit. pag 114
subyacía al lenguaje ordinario. Pero sólo es válido como reproche en la medida en que los
autores pretendieran construir un concepto abstracto universalmente válido de riqueza y
producción. Por el contrario, el esfuerzo que se aprecia en los análisis de los clásicos y de
Marx es por darle forma clara a esas ideas que ya se expresaban de forma vaga en el
lenguaje ordinario y que permitían entender la dinámica de la sociedad en que vivían. Su
propósito fue el de una lectura lo más acertada posible de su época. Al contrario de lo que
piensan Naredo y Quesnay, en el lenguaje ordinario revolotea lo que ya se expresa en la
realidad cotidiana, pero aún no ha sido formalizado en un lenguaje científico. Una forma de
leer la realidad histórica es precisamente a través de lo que se dice y se calla en el lenguaje
común de una época.
Con igual timidez y ambigüedad parece aceptar Naredo esas otras situaciones distintas de la
evolución del pensamiento, y que aquí hemos llamado desarrollo de las fuerzas económicas
y sociales, que también determinaron el desplazamiento del concepto de riqueza desde un
contenido material a una riqueza netamente pecuniaria. Al exponer que los fisiócratas
hacían un esfuerzo por apuntalar la valoración de la riqueza en lo inmobiliario, agrega:
“Este esfuerzo transcurría cuando lo mobiliario había ganado ya amplio terreno en la
imagen popular de la riqueza, por motivos que no es el caso resaltar aquí”. 19 Y esos motivos
que Naredo considera irrelevantes para resaltar son precisamente los que atienden al
desarrollo de las fuerzas sociales. Apenas en un pie de página a la afirmación anterior las
menciona: “Entre ellos no sólo se cuenta- como es sabido- la importancia creciente de la
vida ciudadana, del comercio y la manufactura, sino también del estado que resurge con las
monarquías absolutas del renacimiento”. Y recurre a una cita del propio Marx: “la
monarquía absoluta necesita esa palanca material que es la fuerza del equivalente general;
tiene necesidad de la riqueza bajo la forma siempre movilizable, absolutamente
independiente de las relaciones particulares, locales, naturales, individuales: ella
corresponde al poder general, uniforme, que debe ser capaz de ejercer sobre todos los
puntos de su territorio. Tiene necesidad de la riqueza bajo la forma dinero”.20
Pero, por lo que nos ha mostrado Leo Huberman, no parece my acertado relegar estos
elementos a un plano insignificante en el desplazamiento de la noción de riqueza, máxime
cuando éste venía produciéndose casi cinco siglos antes de los fisiócratas y en buena
medida sin que el pensamiento pudiera captar certeramente lo que estaba sucediendo.
En igual medida parece controvertible el reproche que hace Naredo a los clásicos y a Marx
porque en lo que atañe a la producción su preocupación se centra más en la producción de
valores de cambio y no en la producción material. Nos enfrentamos al mismo problema:
Naredo reprocha a estos autores en no haber realizado una conceptualización abstracta de la
producción, por haberse centrado en la lectura de las formas que asumía la riqueza en una
economía capitalista y deducir de ahí las dinámicas de su producción. En este respecto
Naredo es sobre todo sesgado con la lectura que hace de Marx, pues lo ubica en el mismo
plano con los clásicos. Es cierto que también los clásicos hicieron una lectura de su tiempo,
pero una lectura ahistórica. Recordemos que los clásicos veían en el sistema de producción
capitalista una forma eterna, que siempre había sido y sería así; no era ese sistema que ellos
analizaban el resultado de un proceso histórico. Marx, por el contrario, concibe al
capitalismo como un momento histórico en el desarrollo de la sociedad y por eso adquieren
mayor sentido sus lecturas históricas. Es sorprendente que Naredo no observe esas lecturas
que hace Marx de las formas que asume la producción, la riqueza, el trabajo en la sociedad
19
Ibid. pag 119
20
Ibid.
capitalista como contrapuestas a las formas que han asumido y pueden asumir en otros
modos de producción.
Para entender con más claridad este asunto es pertinente traer a colación lo que al respecto
escribe Homero Cuevas en su libro Valor y Sistema de Precios: “Por otra parte, entre las
deducciones de los clásicos y Marx media toda una diferencia de método... desde un punto
de vista práctico, esta diferencia implica que mientras para Smith y Ricardo el valor es el
punto de partida y el trabajo el punto de llegada, para Marx el trabajo es el punto de partida
y el valor una estación intermedia. Efectivamente, Smith y Ricardo parten de preguntarse
cuál podía ser una medida invariable del valor y, por caminos opuestos, llegan al trabajo.
Marx parte de preguntarse cómo se desarrolla el proceso de producción social, es decir, el
proceso de trabajo colectivo de la sociedad y encuentra que este cobra forma de valor en las
sociedades mercantiles, que para él constituye apenas una fase determinada del desarrollo
social”.21
Queda claro, pues, que Marx no está interesado en definir conceptos de producción y de
riqueza válidos para todas las sociedades, sino en descubrir cuál es la forma que asume la
producción y la riqueza en una sociedad capitalista. Y es por este camino que llega a la
conclusión de que en el sistema capitalista se busca ante todo la producción de valores
(valores de cambio) y que el valor es apenas la forma que asume el trabajo colectivo en esta
sociedad. O más claramente, recurriendo de nuevo a Homero Cuevas: “Bajo condiciones de
propiedad privada, el trabajo colectivo de la sociedad solamente puede revelarse como
valor. O, lo que es lo mismo, el valor es una mera expresión de dicho trabajo colectivo o
social”.22
Para llegar a este punto, sin embargo, es necesario que se desarrollen plenamente otros
procesos históricos, los mismos que Naredo considera impertinente resaltar. En la cita
anterior de Homero Cuevas, se destaca que es necesario una condición de propiedad
privada para que el trabajo colectivo de la sociedad aparezca bajo la forma de valor. Es
decir, se hace necesario que una gran masa de personas sea despojada de los medios de
producción y que estos sean apropiados privadamente por otros. Ese es un proceso arduo
que dura varios siglos y adquiere distintas dinámicas. Ya Huberman nos advertía cómo la
propiedad de la tierra era sagrada en la edad media y cómo las guerras incentivaban su
apropiación. Y Marx expone ampliamente en su capítulo de El Capital dedicado a la
acumulación originaria, las distintas formas como los campesinos fueron despojados de sus
tierras, dejándoles libres para ofrecer su fuerza de trabajo como mercancía a la naciente
industria. Precisamente una de las banderas que agitaban los fisiócratas era la del carácter
sagrado de la propiedad privada. Además, es imprescindible que antes se haya dado una
expansión significativa del comercio, como lo expone Huberman. Pues es la expansión del
comercio la que le da vida a la idea de un incremento constante de la producción y la
riqueza. No tiene sentido la producción de excedente sino existen mercados dónde
venderlo.
Las críticas a los conceptos de producción y riqueza elaborados por Naredo son de una
agudeza sorprendente. Pero deberían ir dirigidas al modo de producción capitalista y no a
los teóricos que alcanzaron a reconocer los resortes que movían este modo de producción.
Los mismos cuestionamientos de Naredo confirman que, como lecturas de la realidad de su
tiempo, esos trabajos de los clásicos y Marx fueron profundamente acertados. En ellos
21
Cuevas, Homero. Valor y Sistema de Precios. Centro de Investigaciones Para el Desarrollo: Universidad
Nacional de Colombia. Bogotá. 1986. Pag. 36
22
Ibid.
mismos se encarna ya una lectura del sistema depredador que deja también abierta esta
perspectiva.
Es cierto que los clásicos y Marx dejaron por fuera del estudio de la economía las
preocupaciones por el equilibrio ecológico, que tanto inquieta a Naredo. Pero aún como
lectura reflejan precisamente aquello que el sistema de producción deja por fuera. Por lo
menos en Marx, esto no puede leerse como una sugerencia para la gestión económica. Sólo
hay que tener en cuenta que la preocupación de la cual partía no era la misma que la
preocupación de los ecologistas hoy. Una prueba de que Marx hacía la lectura de la riqueza
capitalista contraponiéndola a la idea de riqueza en otras sociedades la encontramos en su
crítica del Programa de Gotha, que inicia precisamente cuestionando la idea de que el
trabajo es la fuente de toda riqueza: “El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La
naturaleza es la fuente de todos los valores de uso (¡que son los que verdaderamente
integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que una
manifestación de una fuerza natural, de la fuerza del trabajo del hombre. Esta frase se
encuentra en todos los silabarios y sólo es cierta si sobreentiende que el trabajo se efectúa
con los correspondientes objetos y medios. Pero un programa socialista no debe permitir
que tales tópicos burgueses silencien aquellas condiciones sin las cuales no tiene ningún
sentido. En la medida en que el hombre se sitúa de antemano como propietario frente a la
naturaleza, primera fuente de todos los medios y objetos de trabajo, y la trata como
posesión suya, su trabajo se convierte en fuente de valores de uso, y, por tanto, de riqueza.
Los burgueses tienen razones muy fundadas para atribuir al trabajo una fuerza creadora
sobrenatural; pues precisamente del hecho de que el trabajo está condicionado por la
naturaleza se deduce que el hombre que no dispone de más propiedad que su fuerza de
trabajo, tiene que ser, necesariamente, en todo estado social y de civilización, esclavo de
otros hombres, quienes se han adueñado de las condiciones materiales de trabajo. Y no
podrá trabajar, ni, por consiguiente, vivir, más que con su permiso”.23
Si vemos, como ve Naredo, en la evolución de las ideas de los padres de la ciencia
económica la fuente del ejercicio esquilmante que el capitalismo ha ejercido sobre la tierra,
en vez de la lectura que confirma los alcances de esta devastación, estaremos tentados a
menospreciar injustificadamente la teoría del valor trabajo como herramienta de análisis y
de crítica de la sociedad actual. En cambio aquí asumimos esta herramienta en su máxima
expresión como una lectura que se preocupa por desentrañar las relaciones que subyacen en
la producción y distribución de la riqueza en una economía capitalista y cómo se expresa la
dinámica de estas relaciones, en la medida en que evoluciona la dinámica de producción
misma. Asumimos aquí, pues como la riqueza capitalista tal como la ha mostrado Naredo,
es decir, divorciada de su contenido físico y expresada sobre todo en valores de cambio:
una riqueza que requiere de la escasez y el esfuerzo del trabajo para “superar” esta escasez.
Dado que precisamente nos interesa estudiar la forma capitalista de la riqueza y las
relaciones sociales que su producción entraña, nos dedicaremos en lo que sigue a dilucidar
qué es lo que convierte al trabajo humano en trabajo productivo en una sociedad capitalista,
y que dinámica asume en la sociedad actual.

23
Marx, Karl. Crítica del Programa de Gotha. Ediciones para Lengus Extranjeras: Pekín. Pag. 10

También podría gustarte