Resumen
sta novela es clave para entender el mundo metafísico del autor, está presentada bajo la
forma de diario intimo de Antoine Roquetin, soltero de 30 años con una renta de 15 mil
francos anuales, locuaz le permitió vivir independientemente.
Viaja por muchos países y por ultimo se establece en Beauville donde trabaja “para justificar su
existencia” en la redacción de la biografía del señor de Rosellón, por lo absorbente de la labor
decide abandonarla.
Cuenta además con Annie, una amiga lejana y se relacionó casualmente con el autodidacta
que alfabéticamente lee los libros de la biblioteca municipal.
Roquetin permanentemente anota con asco y desden las estupideces, las infamias y sobre
todo, la desilusión que experimenta mientras se siente existir, sin justificar las imposiciones y
los parámetros trazados por los seres y las cosas
“Todo es gratuito, este jardín, esta ciudad, incluso yo, cuando nos damos cuenta de ello nos
cae como una piedra sobre el corazón y todo se pone a flotar: He aquí la Nausea”
Las actividades de hombre, los recuerdos, el saber, las relaciones sociales, todas estas cosas
abandona por considerar con angustia su propio ser; Annie es su último soporte, envejecida e
indiferente regresa a París para llevar una vida anodina en compañía de los minerales.
La obra de Sartre no es una sugerencia de salvación por la estética, sorprende la intuición
metafísica que se convierte en el tema central de la novela.
OTRO RESUMEN
Por encima de su formato de diario íntimo, La náusea (1938) es sin duda una novela metafísica,
una novela de un innegable calado filosófico, pero también es el relato detallado de la
experiencia humana de una calamidad, de una calamidad de nuestro tiempo: el sentimiento y
la contemplación del absurdo de la existencia.
Después de haber pasado unos años viajando, Antoine Roquentin, hombre de treinta años que
disfruta de una modesta renta, se halla instalado en la ciudad portuaria de Bouville dedicado a
escribir un libro sobre un turbio aristócrata del siglo XVIII. Sin embargo, un día se ve asaltado
por una sensación desconocida, la Náusea, cuya revelación como el sentimiento radical de la
contingencia y la soledad del ser humano cambiará por completo su vida de sentido.
OTRO MAS
Antes de empezar es necesario manifestar que esta novela no se desarrolla con fines ni
narración literaria, si no que más bien utiliza la forma de la novela para mediante esta exponer
sus planteamientos filosóficos y concepciones existencialistas.
En su obra "La Náusea" Sartre expone su primera filosofía a través de su personaje central
Antoine Roquentin, quien mediante su papel de narrador protagonista, y por medio de un
diario, en el que junto a las actividades del personaje nos permite conocer el pensamiento del
autor y reflexionar sobre la verdadera existencia.
Roquentin, inicia su relato con el deseo de plasmar sus días en las hojas de un diario,
esperando y cuidando que las palabras no vayan a menospreciar o al contrario magnificar los
hechos al ser escritos.
Hombre de 30 años, dedicado a su trabajo y por esto a constantes viajes, se encontraba
realizando una investigación acerca de la vida de Monsieur Rollebon, aventurero del siglo XVIII,
razón que lo conduce de París hacia Bouville, lugar en cuya biblioteca se encontraba la más
completa información acerca de este histórico personaje, cuya biografía lo apasionaba
realmente.
Llega a hospedarse en la estancia Rendez-vous des Cheminots, donde vivía completamente
solo, no tenía amistad alguna y con la única persona con quien se relacionaba era con
Françoise, patrona de su posada, con quien solamente mantenía contacto sexual o físico.
Sus días transcurrían en la biblioteca de la ciudad, entregado por completo a la investigación
de Rollebon, y a paseos casuales por la misma, deteniéndose en algún parque o café para
inspirar su pensamiento y cuestionar su planteamiento sobre su existencia; su lugar de
preferencia era el Café Mably, sitio al que frecuentaba y donde se dedicaba al análisis de sus
propietarios, visitantes, objetos, etc.
Su tiempo de observación era infinito, toda pequeña figura u objeto servían para que este
pueda exponer sus sensaciones y afirmar que cada uno de estos existen a pesar de sí mismos;
cada hombre, actividad o falta de la misma y hasta la misma idea de la vida producían en el
hombre un sentimiento de profundo asco que perturbaba todo su cuerpo, lo que el autor lo
llama "la Náusea", describiendo esta impresión como una repulsión a la cotidaniedad,
vanalidad e hipocresía de la sociedad, causándole el deseo "dulcemente insidioso de
enfermarse".
Retornando a la vida del solitario y analítico Roquentin falta expresar que su interés y
necesidad por su trabajo lo habían separado de Anny, su amor eterno, a quien a pesar de su
poca descripción permite conocer un profundo sentimiento y una relación y afecto que sin
considerar la distancia se mantenía presente.
En la biblioteca, conoce al Autodidacta, hombre de grandes conocimientos, entregado
pasionalmente a la lectura, con quien mantiene una relación no cercana a la amistad pero que
permitía de ciertos encuentros, un almuerzo fue la única ocasión en la que estos pudieron
hablar, compartir su ideología y discutir a causa de la misma.
Un día inesperadamente Roquentin recibe una carta de Anny, en la que expresaba en pocas
palabras su deseo de verlo, y adjunto la fecha y el lugar en el que se hospedaría.
Este, colmado de expectativas y esperanzas aguardaba el encuentro con su querida, buscando
inconscientemente en ella una salvación a sus náuseas.
Mientras transcurría su tiempo de espera, su interés por la biografía de Rollebon iba
agotándose, acabando por hartarlo, razón por la cual toma la decisión de aguardar unos día
hasta encontrarse con Anny y después retornar 3 años después, a París, ya no existía pretexto
alguno para quedarse.
Finalmente, llegó el sábado en el que 4 años después miraría a Anny, acudió al lugar señalado
y la observó cambiada, fría, cortante, orgullosa y distante, el tiempo la había separado,
irónicamente aprovechó para reclamarle hechos pasados y recordar discusiones que solo los
hacían más distantes. Después de algún tiempo de conversación, explicaciones, filosofías y
más, Anny le pide que se vaya, ya que esperaba a alguien. Antoine decepcionado en cierto
modo se aleja.
No la volvería a ver, apenas la había encontrado y la perdía nuevamente, con sus ilusiones
desvanecidas caminó forzando una nuevo casualidad, pero todo concluyó al mirarla partir a lo
lejos, acompañada de otro hombre.
Roquentin regresó hasta su hotel en Bouville, acudió a despedirse de todo lo que constituyó su
vida, sus rutinarios días; en la biblioteca tuvo la oportunidad de encontrarse con el autodidacta
pero frente a una situación que le hizo comprender que el humanismo de este no era más que
sensualidad y deseo por los hombres.
Finalmente recoge todas sus cosas y retorna a París.
LA NAUSEA: EL SER Y LA NADA
Las novelas de tesis no suelen tener buena fortuna en la literatura. Parece que la ficción
necesita de una libertad que el pensamiento oprime, como si el mensaje estuviera reñido con
la imaginación. En el siglo XX hay pocos ejemplos de novelas de tesis que sean obras maestras,
pero sin duda La náusea (1938) está en un lugar destacado entre las grandes obras. Quizás era
necesaria una mente privilegiada como la de Jean Paul Sartre (1905-1980) para aunar, sin que
chirriara, el pensamiento filosófico más profundo con la amenidad narrativa.
Jean Paul Sartre y La náusea, novela existencialista en la que se explora de forma milimétrica el
absurdo
También es cierto que si nos ceñimos estrictamente a la historia, La naúsea cuenta poco, pero
lo que cuenta es el vehículo idóneo para desplegar la ideología de Sartre, tan unida al
existencialismo. Y es que, propiamente hablando, La náusea es una novela existencialista, en la
que se explora de forma milimétrica el absurdo y la contingencia del ser, pero no por ello es
aburrida, sino todo lo contrario: sabe mantener el interés de la trama, ahondando en un viaje
interior dentro del protagonista.
Éste, Antoine Roquentin, es un hombre de mediana edad que después de haber viajado por
Europa Central, África del Norte y Extremo Oriente, se instala en una ciudad de provincias,
Bouville, para escribir una biografía sobre un tal marqués de Rollebon. Estos datos los sabemos
solo por una advertencia preliminar, de modo que el lector se encuentra de lleno con la
azarosa vida de Roquentin en Bouville. Y esa vida viene marcada por una sensación de vacío
absoluto, pero no un vacío que pueda provenir de una situación depresiva o de un
acontecimiento doloroso, sino que es un vacío existencial, puramente filosófico: Roquentin se
está enfrentando a la existencia, y no le encuentra argumentos.
Se fija especialmente en las pequeñas cosas, en los hechos más cotidianos, en los objetos más
nimios. Es un existente pensante, pero no una mera entelequia, porque Roquentin es un
verdadero personaje de ficción, cargado de carnalidad, aunque indudablemente conocemos
más lo que piensa que lo que hace. La novela está escrita en forma de diario, de modo que
pueda quedar fidedignamente reflejado cada uno de los pensamientos del protagonista, al que
seguimos con interés por los vericuetos de su mente.
El gran milagro que opera Sartre es conseguir no aburrir al lector con estos presupuestos
narrativos. Sabe insertar la historia con inteligencia dentro de esa aburrida provincia negra que
tan bien supo reflejar Flaubert. De alguna manera, al igual que Madame Bovary, Roquentin es
una persona que se aburre profundamente en el ambiente en el que ha elegido vivir (no por
casualidad la novela se iba a titular originariamente Melancolía), y esa historia es creíble a los
ojos del lector. Sus consecuencias serán las ideas filosóficas de Sartre, que pasan
necesariamente por la disquisición entre el ser y la nada.
Lo que siente Roquentin es la náusea, un concepto que es difícil de explicar y que el propio
personaje trata de describir en distintos fragmentos de la novela, sin que se pueda hablar
propiamente de un discurso filosófico, que evidentemente hubiera aburrido al lector. Como
contrapunto a Roquentin, Sartre inserta a otro personaje, éste optimista, ingenuo y vital,
llamado el Autodidacta, que se dedica a estudiar todos los días en la biblioteca acerca de los
más diversos conocimientos, de manera que comenzó a leer los libros por la letra A y en el
momento que conoce a Roquentin ya se encuentra en la letra L. Él simboliza el pragmatismo, la
búsqueda de la verdad a través de las cosas, de los libros, y no del mero pensamiento. Tiene
sed de aventuras, de conocer, de aprender, al contrario que Roquentin, que no parece
encontrar en nada un aliento de vida.
Sólo en un momento dado, Roquentin parece albergar una pequeña esperanza con el
encuentro que le espera con Anny, un viejo amor de juventud, como si con ese encuentro
pudiera rehacer su vida, encontrar el hilo que lo unía a ese pasado de aventuras del que no
parece haber quedado ni rastro. Sin embargo, Anny se le presenta a través del velo del
absurdo, y además ella colabora poco en la posible reconciliación, lo que supone un nuevo
punto de apoyo para el protagonista en su descenso a los infiernos.
¿Y qué es la náusea? Fundamentalmente, un sentimiento de contingencia, el saber que podrías
no existir y no pasaría nada. Roquentin se ve como un objeto más arrojado en el universo, sin
sentido, sin que aspecto alguno lo diferencie de la nada. Es la nada la que atrae a Roquentin, el
absurdo, el sentirse sin privilegios en la existencia. No es el absurdo un modo de encontrarse
en medio de todo lo que existe, sino la capacidad (o incapacidad) de darle orden a todo
aquello.
Él se siente finito, mortal, gratuito dentro del mundo, sin un objeto al que aspirar, angustiado
porque todas las posibilidades que le ofrece el ser lo aboquen a la nada. La náusea es la falta
de razón de la existencia, la conciencia de que el ser humano es una fuerza diminuta (e
innecesaria) que busca en vano organizar un mundo complejo e irreductible. La existencia se le
desvela de improviso, y dentro de esa existencia no ve nada. Como la magdalena de Proust,
Roquentin descubre en el simple gesto de coger un picaporte la nimiedad del ser. Podría haber
cogido el picaporte, o no haberlo hecho, o no haber existido el picaporte, o no existir él mismo,
y el mundo no habría variado nada.
Sin embargo, esa angustia vital no se traduce en una novela agobiante, llena de retórica
pesimista, sino que Sartre disecciona cada acto de su personaje con una acuciada finura, sin
dramatismos, sin que la desesperación asome en ningún momento en las páginas.
Toda la novela está escrita con una frialdad encomiable, aunque no la frialdad de un libelo
filosófico: para explicar sus ideas, Sartre sabe hacer moverse a su personaje para que vaya
descubriendo en distintas facetas de la vida aquello que el propio autor quiere encontrar, y lo
hace con una inteligencia tal que salimos de la lectura de la novela con satisfacción, como si
hubiéramos descubierto una nueva faceta de nuestra vida, una de las más ocultas e
inconfesables. Sólo un artista de la palabra, un hombre que sabe lo que quiere decir
exactamente, pudo hacer posible una novela así.