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HISPANIA NOVA NÚMERO 1 (1998-2000)
[Link]
Algunas consideraciones epistemológicas para
una "HISTORIA DEL PRESENTE"
MARÍA INÉS MUDROVCIC, mmudrovc@[Link], Universidad Nacional del Comahue
(Argentina).
Resumen: El artículo aborda algunos aspectos de la discusión contemporánea acerca
de la nueva disciplina "Historia del Presente" desde una perspectiva epistemológica
atendiendo, especialmente, a los recientes debates historiográficos como el "caso Goldhagen".
Se analiza la tensión existente en la relación entre la historia y la memoria para caracterizar a
una Historia del Presente. En este sentido se argumenta que el concepto de generación
contribuye a un mejor análisis del problema. Asimismo y a partir de la concepción
habermasiana del "observador analítico" se concluye que el historiador del presente no sólo se
erige en observador sino también en sujeto involucrado en el proceso de conocimiento, sin
perder, por ello, una perspectiva crítica del análisis histórico.
Palabras clave: historia del presente, memoria, historia, generacion, goldhagen, epistemología
Abstract: Some aspects of contemporary discussion on History of Present are analized
from an epistemological perspective but with special consideration on recent historiographical
debats as Goldhagen´s. The existing tension between history and memory used to characterize
the concept of History of Present is exposed and analized. It is also argued that the concept of
generation contributes to a better analysis of the problem. Attending at the Habermas
´conception of "analytic observer" it is argued that the historian of the present is noy only an
observer but also an "involved subject" without losing a critical perspective in the historical
reconstruction.
Key Words: history of the present, memory, history, generation, goldhagen, epistemology
A partir del nacimiento de Clío, fruto de una noche de amor entre Mnemosyne y
Zeus, la relación entre memoria e historia sufre los avatares normales de cualquier relación de
crecimiento entre madre e hija: la identificación idílica de la niñez, la ruptura rebelde de la
adolescencia y la convivencia crítica de la madurez. En efecto, desde su origen en la Grecia
Clásica la filiación historia-memoria no es cuestionada hasta casi mediados del siglo XVIII. Es
en la Enciclopedia, presidida por el árbol del conocimiento en el que cada rama del saber
derivaba del tronco que representaba a las facultades humanas, en donde Voltaire cuestiona,
por primera vez, esta relación. Para el autor del Ensayo, la historia no es una cuestión de
memoria sino de razón, por lo que acuña el término filosofía de la historia. Esta relación no es
directamente tematizada ni por historiadores ni por filósofos durante el siglo XIX hasta que a
mediados de nuestro siglo, por razones de diversa índole, la memoria entra en la escena de la
discusión historiográfica contemporánea.
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En un primer momento, la memoria transformada en objeto de la historia da lugar a
lo que se denominó, luego de la Segunda Guerra Mundial, historia oral. La historia oral es el
registro y análisis de los testimonios orales acerca del pasado. Entre los 60 y los 70 recibe su
mayor impulso a partir de la creciente influencia de la nueva historia social o "historia desde
abajo". El recuerdo se transformó, entonces, en el principal medio para el registro de las
experiencias vividas por los sectores marginales de los que sólo se contaba con narraciones
producidas por las élites.
Un segundo momento lo podemos reconocer a partir de la década del 70 en el que
una nueva relación entre la historia y la memoria como su objeto comienza a suscitar interés.
Trabajos provenientes de distintas disciplinas comenzaron a ocuparse, desde perspectivas
diferentes no siempre convergentes, de cuestiones tales como el rol de la memoria colectiva en
la historia y en la constitución de identidades colectivas, la memoria y el olvido como
fenómenos políticos, la incidencia de la memoria en las reconstrucciones del pasado, etc. En
Francia, el historiador P. Nora lleva a cabo el ambicioso proyecto de reconstrucción de la
historia de la memoria colectiva francesa en Les Lieux de mémoire (1984-92)[1]. Trabajos
comparables son llevados a cabo, por sociólogos e historiadores, en Estados Unidos,
Alemania, Gran Bretaña, Israel, tanto en el estudio de la historia nacional como en el de grupos
sociales como tribus y sectas dentro de estas naciones[2]. Mucha de esta literatura enfatiza la
naturaleza socialmente construida de la memoria y sus usos políticos, históricos y culturales.
Asimismo la influencia de disciplinas tales como los estudios de la mujer, la nueva antropología
y la sociología interpretativa contribuyeron a cuestionar ciertos supuestos de la historia oral
reconstructiva, en especial, en lo atinente al objetivo de buscar en el recuerdo sólo el aspecto
representativo de la memoria, el "conocimiento exacto" del pasado.
Por último, la relación historia-memoria es puesta en discusión cuando a mediados
de nuestro siglo hace irrupción la historia del presente obligando a revisar el presupuesto de la
ruptura con el pasado como garantía de un conocimiento histórico objetivo. La creación del
Instituto de Historia del Tiempo Presente en 1978 bajo la dirección de F. Bédarida, los estudios
de la "Historia del Presente" de P. Nora en el EHESS o la publicación de la revista Ayer de la
Asociación de Historia Contemporánea ponen en cuestión el difícil maridaje entre el presente y
la reconstrucción historiográfica del pasado reciente en el que el historiador juega el rol de
sujeto y objeto en tanto portador, él mismo, de la memoria del fenómeno que pretende
reconstruir históricamente. Puestas así las cosas, la relación historia-memoria reabre
interesantes cuestiones en la redefinición de lo que debemos entender por conocimiento
histórico, que es el problema que hoy nos convoca en esta mesa.
En primer lugar, quiero distinguir dos posiciones en el tema que nos ocupa: una que
denominaré tesis ilustrada para hacer alusión a la ruptura propuesta por Voltaire en
la Enciclopedia y otra que llamaré tesis clásica con referencia a la relación mentada en el mito
griego. La tesis ilustrada representada, entre otros, por Halbwachs, Yerushalmi, Le Goff, P.
Nora, define la posición de la historia con respecto a la memoria como ruptura. En efecto, en la
constitución de un campo histórico prefigurado por una práctica científica subyace la idea de
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una delimitación clara entre memoria e historia. La afirmación de Halbwachs en el sentido de
que "la historia sólo comienza en el punto en el que acaba la tradición, momento en el que se
apaga o se descompone la memoria social. Mientras un recuerdo subsiste es inútil fijarlo por
escrito..." encuentra su eco en la convicción de Yerushalmi acerca de que el pasado que
recompone la historia "es apenas reconocible para lo que la memoria colectiva retuvo. El
pasado que esa historia restituye es en realidad un pasado perdido, pero no aquel de cuya
pérdida nos lamentamos"[3].
Por el contrario, autores como P. Hutton, G. Gadamer, H. Hirsh o P. Ricoeur,
representantes de lo que he denominado tesis clásica, defienden con diferentes matices la
continuidad de la memoria con la historia. Es inútil negar, en aras de una pretendida
objetividad, el peso del pasado reciente, objeto intencional de la memoria que porta la
generación que intenta reconstruirlo. La actitud crítica es la única posibilidad abierta a una
historia del presente consciente de la ligazón ineludible con la memoria del pasado reciente. Se
coloca directamente en cuestión la oposición tradicional entre una historia crítica colocada del
lado de la ciencia y una memoria que sólo ofrece fuentes fluctuantes. La problematización de la
memoria conduce a atribuirle una parte esencial en la construcción crítica del saber histórico
colocando al historiador en una mejor posición para "hacer una historia objetiva de la
subjetividad"[4].
En la tesis ilustrada subyace lo que podemos denominar una concepción standard
de lo que deba entenderse por conocimiento histórico, concepción que podemos encontrar bajo
distintas formulaciones en Walsh, E. Carr, Mandelbaum, G. Iggers, L. Gossman, P. Zagorín, etc.
y que en la siguiente cita de Iggers se encuentran manifiestas sus rasgos característicos: el
conocimiento histórico es el resultado de asumir que "el texto histórico debe ser entendido con
referencia al contexto al cual refiere y que este contexto contiene un elemento de objetividad no
totalmente idéntico con la subjetividad del historiador y un elemento de racionalidad que
presupone elementos de intersubjetividad en los métodos de la investigación histórica"[5]. La
investigación histórica afirma, de este modo, una realidad objetiva que puede ser entendida
racionalmente, aún en el caso de evidencias inciertas o intereses subjetivos de los
historiadores. En este sentido, el modo como el historiador presenta sus conclusiones o sus
preferencias ético-políticas no son pensadas como relevantes sino como subsidiarias de las
categorías de verdad, objetividad, evidencia factual y referencia. Que el conocimiento histórico
sea resultado de una práctica científica parece significar, entre otras cosas, compartir un criterio
común acerca del uso de la evidencia, considerarlo producto de una empresa colectiva y, por lo
tanto, sujeto a crítica por los miembros de dicha comunidad y observar el límite absoluto entre
sujeto cognoscente y objeto conocido. En conformidad con esta caracterización, Goldstein
específicamente excluye del conocimiento propiamente histórico el material de la memoria . Los
recuerdos de experiencias vividas, incluyendo los testimonios de los propios historiadores-
participantes, deben ser tratados como documentos y evidencias y estar "sujetos al mismo
examen crítico que un historiador entrenado aplica a toda su evidencia"[6]. La "presencia" no
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es de ningún modo, para Golstein, un ideal. Por el contrario: todo conocimiento implica
alienación.
Tal como señalé en un trabajo anterior[7], el historiador profesional ha logrado, se
argumenta, una actitud propiamente histórica: si bien el historiador no es el único que se
interesa por el pasado, es el único, sin embargo, que se interesa por el pasado en sí mismo,
independientemente de la relación que éste tenga con el mundo presente. La "actitud histórica"
se diferenciaría, entonces, de la "actitud práctica" -la actitud más común hacia el pasado- en la
que "interpretamos [los] sucesos pasados en relación a nosotros mismos y a nuestras
actividades corrientes". Cuando el pasado se reconstruye prácticamente, busca, desde el
presente, ""los orígenes" de lo que percibimos a nuestro alrededor [y] efectúa juicios morales
acerca de conductas pasadas". Para Oakeshott, el pasado histórico, por el contrario, es un
pasado "desasimilado de nosotros, es un pasado en sí mismo"[8]. El pasado histórico
emergería así,con independencia del interés práctico del historiador.
Lo que subyace bajo este tipo de argumentos es una concepción de la historia como
actividad esencialmente cognitiva que busca -a través de la prueba o testimonio- una
representación objetiva y, por lo tanto, desinteresada del pasado. La separación entre pasado y
presente se transforma en condición necesaria para la constitución de un objeto histórico no
contaminado de "intereses prácticos". Esta exclusión de la dimensión normativa de la función
representativa de la historia es consecuencia de la supuesta brecha entre "proposiciones de
hecho" y "proposiciones de valor". Podemos reconocer acá, de un lado, la resonancia del
"postulado de la neutralidad ética" de Weber: el hombre de ciencia, en cuanto tal, no debe
pronunciar juicio de valor alguno relacionado con su objeto de investigación y restringirse, sólo,
a juicios de hecho, y, de otro lado, el impacto de la filosofía analítica de la ciencia que, hasta la
década del 60 centró su atención en la estructura formal de la explicación científica y situó el
"problema de la neutralidad ética" en el contexto de la discusión acerca del objetivismo y
relativismo. La solución del problema fue dirigido, en términos generales, a la necesidad de
eliminar aquellos factores, ya fuesen llamados ideológicos, normativos o valorativos, que se
consideraban perturbadores de la adquisición de un conocimiento verdadero. Si bien el "giro
lingüístico" en historia, en el contexto del debate narrativista que se dio a partir de la década del
70, puso al descubierto las implicancias ideológicas (White, Barthes) de la narración en tanto
estructura discursiva, no tuvo, empero, mayor impacto en la reformulación de lo que debiera
entenderse por conocimiento histórico sino sólo en lo referido a acentuar la dicotomía razón-
imaginación, hecho-ficción.
Sin embargo, aún cuando esta concepción standard del conocimiento histórico siga
vigente en los debates historiográficos contemporáneos, no da cuenta adecuadamente, a mi
entender, de las bases epistemológicas sobre las que debiera asentarse un género
historiográfico que ha hecho eclosión en las últimas décadas: la historia del presente. Si
aceptamos que la dimensión textual del conocimiento histórico no importa diferencia alguna
entre un texto de historia y otro de ficción dado que ninguna propiedad sintáctica o semántica
puede dar cuenta de dicha diferencia[9], la discusión epistémica acerca de las condiciones de
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posibilidad de una historia del presente se centrará en reformular el alcance de sus
dimensiones cognitiva y pragmática. Dado que el pasado reciente se transforma en objeto de
una historia del presente, esto mismo debería revertir en una reconsideración del alcance
pragmático del conocimiento histórico atendiendo no sólo a sus implicancias ético-políticas sino
también a su cualidad de producto de una institución social. Estos aspectos quedan
particularmente al descubierto en las contribuciones que reúne un libro recientemente
publicado en nuestro medio acerca del debate Goldhagen, me refiero a Los Alemanes, el
Holocausto y la Culpa Colectiva. El debate Goldhagen[10] en cuyo prefacio D. LaCapra
expresa su estupor por la ocurrencia de una "extraña serie de eventos". Los eventos "extraños"
a los que alude LaCapra son:
1) la condena de la tesis de Goldhagen por la casi mayoría de los historiadores
profesionales
2) que el libro de Goldhagen haya tenido como base una tesis doctoral del autor defendida
en Harvard
3) el extraordinario impacto editorial que el libro tuvo en EEUU y en Europa
4) la recepción favorable que el libro tuvo por parte de algunos conocidos intelectuales,
entre ellos, Habermas.
Más adelante volveré sobre la cuestión. Ahora y a los fines de los problemas ya
señalados quiero proponer una definición acerca de qué se debe entender por "historia del
presente". Entiendo por historia del presente aquella historiografía que tiene por objeto
acontecimientos o fenómenos sociales que constituyen recuerdos de al menos una de las tres
generaciones que comparten un mismo presente histórico.
Las ventajas que creo que posee una caracterización de la historia del presente
como la propuesta son las siguientes:
a) delimita un lapso temporal más o menos acotado
b) replantea la relación S-O al definir a éste último como recuerdo cuyo soporte biológico es
una generación contemporánea a la que puede o no pertenecer el historiador
c) discrimina con relación a la historia oral, i. e., no toda historia oral es historia del presente
sino sólo aquella en que el objeto (es decir, el recuerdo) y el S (en este caso, el historiador)
pertenecen al mismo presente histórico.
d) delimita como presente histórico a aquel marco temporal de sentido determinado por la
intersección de los espacios de experiencia de las generaciones que se solapan.
El recurso heurístico a las generaciones en la definición de historia del presente me
permite despojar al historiador de la asepsia epistémica del "observador analítico" -tal como lo
ha caracterizado Habermas- para reubicarlo en la inmediatez del tejido social histórico. En
efecto, en todo presente coexisten, articuladas, varias generaciones y las relaciones que entre
ellas se establecen constituye la realidad de ese presente histórico. Numerosos son los autores
que han destacado el valor del concepto de generación para la comprensión de la temporalidad
histórica. Ricoeur[11] rescata de Dilthey la noción de "pertenencia a una misma generación"
que añade al fenómeno biológico de la "misma edad" la dimensión cualitativa de haber sido, los
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individuos, expuestos a las mismas experiencias e influenciados por los mismos
acontecimientos. En este sentido, quiero señalar que es más apropiado hablar de solapamiento
sucesivo de generaciones que de sucesión de generaciones para indicar la especificidad de un
encadenamiento de transmisión de experiencias dado que siempre hay dos generaciones
actuando en el mismo presente. Ricoeur incorpora de Mannheim la noción de "agrupación por
localización" que le otorga al concepto de generación un soporte temporo-espacial concreto en
la dinámica social. Por último, ve en la idea de "reino de los contemporáneos, de los
predecesores y de los sucesores" de A. Schutz el "complemento sociológico de la sucesión de
generaciones" que proporciona la articulación última entre el tiempo privado y el tiempo
universal a través del concepto de lo anónimo. En esta triple mediación -solapamiento sucesivo
de generaciones localizadas temporalmente y orientadas anónimamente a través de la simple
contemporaneidad- se reconoce la articulación propia entre el tiempo privado del individuo y el
tiempo público de la historia.
Si el objeto de la historia del presente es el recuerdo cuyo soporte biológico lo
constituye una de las generaciones que comparten un mismo presente histórico el lapso
temporal retrospectivo abarca, aproximadamente, entre 80 y 90 años. Definido como recuerdo,
el fenómeno histórico se imbrica directamente en la trama social y permite reconocerlo como
factor de poder en la resignificación del pasado reciente de acuerdo al rol que desempeñe la
generación portadora. Como muy bien ha reconocido Hobsbawm, no existe ningún país en el
que al desaparecer la generación que tuvo experiencia directa en los fenómenos estudiados,
no se haya producido un cambio importante en la política y en la perspectiva histórica de los
mismos[12]. Asimismo, la definición propuesta ubica al recuerdo (experiencia vivida) como
parte de los intereses en pugna de los conflictos entre generaciones que actúan
contemporáneamente y rescata la profunda diferencia entre las personas -historiadores
algunos de ellos- que recuerdan la acción de Churchill de 1940 y las que lo saben a través del
relato de sus abuelos o padres, por ej. Unos y otros comparten el mismo presente histórico en
tanto sus espacios de experiencia -para usar la categoría metahistórica de Koselleck- se
intersectan pues no todo contemporáneo inserta su propia experiencia vital en un mismo marco
histórico. El presente histórico está constituido por aquellas generaciones que se solapan
sucesivamente generando una cadena de transmisión de acontecimientos que son reconocidos
como "su" pasado aún cuando no todos los hayan experimentado directamente. El grado de
anonimato en la apropiación de ese pasado está en relación directa a la localización
sociopolítica de las generaciones comprometidas: el Holocausto es el pasado reciente con el
que están directamente implicadas las generaciones actuales de alemanes, pero asimismo,
como "crimen contra la humanidad", involucra a todas las generaciones presentes que
comparten, al menos, la tradición occidental.
La historia del siglo XX de Hobwswam es un ejemplo de historia del presente en la
que el historiador es el sujeto portador del recuerdo y Los Verdugos Voluntarios de Hitler. Los
alemanes corrientes y el Holocausto de Goldhagen es una obra en la que el sujeto-historiador
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pertenece a una generación distinta de la que porta el recuerdo pero que, sin embargo,
comparten el mismo presente histórico.
Así definida la historia del presente da por tierra uno de los presupuestos
epistémicos que caracterizan la visión standard del conocimiento histórico: la separación entre
S y O para garantizar una reconstrucción expurgada de intereses prácticos. De esta separación
se han efectuado dos lecturas: 1) como distancia temporal real entre el historiador y su objeto
de estudio y 2) como distancia entendida como epojé de los intereses ético-políticos del
historiador si el fenómeno era muy próximo. Este último presupuesto queda claramente
ejemplificado con la caracterización habermasiana del historiador como "observador analítico"
en tanto "científico íntegro que insiste en la diferencia entre la perspectiva asumida por aquellos
que participan en un discurso de autocomprensión colectiva " y la ciencia histórica[13]. Aún
cuando Habermas está discutiendo las consecuencias públicas de una historia del presente, no
considera necesario repensar sus bases epistemológicas.
En lo que sigue argumentaré que el "observador analítico" de Habermas debiera
operar como principio ético que regula -a la manera de la idea kantiana- la práctica
historiográfica del presente como objeto histórico, pero en la medida en que se lo considere
condición de posibilidad del conocimiento histórico oscurece y soslaya las implicancias ético-
políticas del discurso historiográfico. A tal fin y a modo de ejemplo recurriré a la polémica en
torno al debate Goldhagen tal como es compilada en el libro que ha aparecido recientemente
en nuestro medio y al que me referí anteriormente.
Tanto Habermas como Hilberg en dicho texto, Goldhagen en Los verdugos
voluntarios de Hitler y Hobsbawm en Sobre la historia ubican correctamente, a mi entender, la
problemática de la historia del presente en torno a la cuestión de las generaciones. La diferente
distancia temporal de las distintas generaciones que actúan en un mismo presente histórico
condiciona la perspectiva desde la que se intenta resignificar el fenómeno del pasado reciente.
Sin bien Habermas, en el artículo "Goldhagen y el uso público de la historia", sitúa
acertadamente la cuestión de la resignificación de una herencia histórica como un conflicto
generacional de intereses en pugna; su historiador -caracterizado como "observador analítico"-
aparece in medias res entre "el interés público de quienes nacieron más tarde y no pueden
saber cómo se habrían comportado en aquellos tiempos" y "el afán moralizador de los
conciudadanos que vivieron en los años del nazismo". El historiador es así, nuevamente,
identificado con la figura de un científico despojado de cualquier interés que pudiera poseer a
partir de su inserción concreta en un medio socio-político. La imagen es reforzada a partir de la
contraposición de los objetivos que persiguen el juez y el historiador, imagen que Habermas
retoma de la profesión de fe del propio Goldhagen.
En el Prefacio, escrito expresamente para la edición alemana, Goldhagen distancia
el rol del historiador del que le compete al juez. El objetivo del historiador es "explicar un hecho
histórico", clarificar sus causas; el juez, por el contrario, se ocupa de la imputabilidad de las
acciones, es decir, sus intereses son distintos aún cuando "la historia y la justicia examinan los
mismos problemas de atribución"[14]. La contraposición así presentada parece no suscitar
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problemas cuando el fenómeno involucrado pertenece a un pasado desasimilado del presente
histórico: atribuir a tradiciones ancestrales la causa de la inmolación de jóvenes adolescentes
en las culturas precolombinas se diferencia claramente de la imputación de culpa a las
sociedades involucradas. Imputar culpabilidad a actores sociales de un pasado remoto
implicaría un retorno a un historicismo teleológico con estructura de sentido moralizante y la
metamorfosis instantánea del historiador en filósofo de la historia. El pasado no se juzga, se lo
conoce.
Sin embargo, dicha distribución de funciones, a mi entender, no se mantiene tan
clara cuando el fenómeno del que se debe dar cuenta pertenece al pasado reciente. Encontrar
las causas de un hecho histórico que el presente al que pertenece el historiador ha
denominado "crimen contra la humanidad" se transforma, ipso facto y en un sólo movimiento,
en atribución de culpa. Es ingenuo pretender neutralidad moral frente a un fenómeno que ha
recibido una caracterización jurídica. Sostener que encontrar las causas de un crimen no es
encontrar a los culpables es mantener una esquizofrenia semántica al sólo fin de salvaguardar
la dicotomía teórica entre S y O. Se pueden encontrar las causas de por qué los espartanos
arrojaban a sus niños minusválidos de la Roca Tarpeya o de por qué los esquimales
abandonaban a sus ancianos en medio de los hielos sin que los enunciados que se incorporen
en el explanans se transformen en imputaciones de culpa. Pero la muerte de esos niños o de
esos ancianos no fue rotulada como crimen por sus contemporáneos ni "atrocidad histórica" por
sus sucesores. Inversamente, se pueden encontrar las causas de un hecho remoto
conceptuado como crimen por sus contemporáneos pero que no lo es más dentro de nuestro
marco jurídico, en este caso se pierde la imputación de culpa que hubiese tenido en su
contexto histórico. Sin embargo, la pretendida neutralidad valorativa de la causa por sobre la
culpa se desdibuja cuando pesa sobre el fenómeno analizado del pasado reciente la categoría
jurídica de crimen: nadie entendería a un juez que nos diga que ha encontrado que ciertas
personas han causado un crimen pero que aún no ha hallado a los culpables. El mismo
argumento de Goldhagen se desliza, en más de una ocasión, hacia un abierto lenguaje jurídico-
moral como cuando afirma que "si los alemanes no hubieran perpetrado un genocidio,
entonces las privaciones y crueldades que causaron a los judíos habrían quedado en primer
lugar y las juzgaríamos como atrocidades históricas, hechos aberrantes, perversos, que
requieren explicación"[15].
El historiador como "observador analítico" debiera constituirse en idea que regula -a
la manera kantiana- la práctica historiográfica del pasado reciente, pero de ningún modo en un
presupuesto que garantice epistémicamente dicha práctica. La neutralidad valorativa que está a
la base de la intencionalidad de la ciencia histórica debiera servir como plataforma crítica para
la puesta en escena de los intereses y valores que operan como marcos de sentido de la
generación a la que pertenece el historiador y que funciona como locus socio-histórico de
autoentendimiento ético-político desde donde se reconstruye el fenómeno y no como garantía
incuestionada de una presunta reconstrucción objetiva.
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Las creencias compartidas por un grupo social contemporáneo poseen la misma
función de "mapas infalibles para orientarse en el mundo social" que Goldhagen atribuye a las
creencias sostenidas por una sociedad en el pasado y que en la actualidad, la mayoría de las
veces, son consideradas como absurdas. Las creencias constituyen -para decirlo en términos
de Ricoeur- proposiciones de sentido con pretensiones de verdad transmitidas por las
tradiciones, "modos de "tener-por-verdadero", según el carácter del término alemán Fürwahr-
halten, que significa creencia[16]. El conjunto de dichas creencias determina nuestra situación
hermenéutica en la comprensión de cualquier fenómeno histórico y es lo que Gadamer ha
denominado "los efectos de la historia de la eficiencia". Constituyen los preconceptos desde
donde se articula el horizonte histórico al que pertenecen tanto el historiador como sus
contemporáneos. Estos "prejuicios", como los denomina Gadamer, se esclarecen en la
situación dialógica con el pasado en la que el historiador aborda a otros grupos sociales con
sus creencias propias. Que las creencias, constituidas en tradiciones a través de la cadena de
transmisión de generaciones, constituyen el fundamento normativo de las acciones es una
cuestión que se ha venido discutiendo en el ámbito de la hermenéutica fenomenológica desde
mediados de siglo: cuestión que, en no pocas ocasiones, ha enfrentado a Gadamer y
Habermas.
En lo que sigue examinaré la tesis de Goldhagen, no en lo atinente a sus méritos
historiográficos (porque no es lo que corresponde en mi caso), sino en lo que compete a mi
argumento acerca del rol del historiador en una historia del presente. Lo que Goldhagen afirma
es que una tradición profundamente antisemítica enraizada en la cultura alemana proporcionó
la base normativa como para que la acción "eliminar a los judíos" no fuera considerada
moralmente mala, del mismo modo, podemos agregar, que una tradición religiosa diferente
legitimó la acción "inmolar a las doncellas" en la sociedad incaica.
Metodológicamente sugiere que el historiador debe abandonar las suposiciones que
han distorsionado a la "mayoría de los intérpretes de ese período": el presupuesto de que la
Alemania nazi "era una sociedad más o menos "normal" y se regía por unas reglas de "sentido
común" similares a las nuestras"[17]. Ya R. Darnton nos recordaba el precioso valor de dicha
regla heurística para un historiador de mentalidades: es necesario abandonar el sentimiento de
familiaridad con el pasado y es conveniente recibir electrochoques culturales[18]. El no poder
entender un libro de proverbios, el no poder comprender el miedo obsesivo al dolor de muelas
de los franceses del XVIII o la imposibilidad de traducir un conjunto de acciones del pasado a
nuestro propio sistema de significados nos enfrenta con lo que él denominó "otredad". Y el
Holocausto es tan "lo otro" de "nuestro" sentido común que bien vale la pena tomar dicho
recaudo metodológico y poner "entre paréntesis" el presupuesto de que la sociedad alemana
que le dio origen "se regía por una reglas de "sentido común" similares a las nuestras". Quizás
la razón de que la mayoría de los historiadores no lo haya hecho se deba a que el Holocausto
constituye un fenómeno del pasado reciente y la sociedad alemana que lo gestó es una
sociedad occidental contemporánea a las nuestras.
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En un segundo momento metodológico y librado de este presupuesto inicial,
Goldhagen sugiere abordar dicho período "con la mirada crítica de un antropólogo que
desembarca en una costa desconocida ... consciente de la posibilidad de que tal vez haya de
idear unas explicaciones que no concuerdan con sus propias nociones de sentido común"[19].
Llevado por su entusiasmo crítico termina afirmando la tesis mencionada
anteriormente para concluir que "los cambios evidentes en la cultura política alemana que han
tenido lugar en los cincuenta años transcurridos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial son
dignos de aplauso ... los alemanes individuales se han convertido en auténticos demócratas ...
[y] su componente antisemita ha variado, pues ha perdido los elementos centrales,
alucinantes..."[20].
Concuerdo con que las tradiciones constituyen marcos normativos de las acciones y
que todo historiador involucrado en el estudio de las mismas debe abandonar sus presupuestos
de sentido común; sin embargo me interesa analizar ahora los presupuestos ético-políticos que
subyacen en las reconstrucciones del pasado reciente y que quedan obscurecidos con
metáforas como la del "antropólogo crítico" o la del "observador analítico". Si Goldhagen se
desembarazó del presupuesto de familiaridad que erróneamente habría "contaminado" a la
mayoría de las interpretaciones del Holocausto; fue, sin embargo, totalmente "ciego" a los
presupuestos ético-políticos que subyacen a su locus social: un joven historiador doctorado en
una de las más prestigiosas universidades norteamericanas. Dicho presupuesto le lleva a
afirmar, apresurada y confiadamente, que una tradición -vigente durante siglos en una
sociedad- ha quedado revertida en sus rasgos esenciales luego de tan sólo cincuenta años de
democracia. Lo curioso es que afirma esto luego de haber reconocido que las transformaciones
políticas de la Europa del XIX lograron sólo convertir una tradición antisemítica de corte
religioso en un antisemitismo secular. Utilizando los términos de Goldhagen, podemos decir
que constituye un grueso error de interpretación creer que un sistema político que compartimos
"nosotros" eliminará automáticamente las creencias de "ellos" con las que "nosotros" no somos
afines. Es el mismo presupuesto que está a la base de la utopía rortyana de una sociedad
universal cosmopolita liberal o del declarado fin de la historia para las modernas sociedades
neoliberales de Fukuyama, para nombrar otros representantes del mismo locus social.
Habermas comparte con Goldhagen el mismo entusiasmo por el poder explicativo
que la base normativa de las tradiciones otorga a las acciones pero comete el mismo error al
creer que sólo con un fiat político pueden evadirlas. Las tradiciones evolucionan, cambian, se
transforman, pero sólo una sincera instancia crítica hacia ellas puede ayudar a poner de
manifiesto los diversos modos en que somos marcados-por-el-pasado, para decirlo en términos
de Ricoeur. Pretender que la actitud crítica se deriva sin más de la posición aséptica de un
"observador analítico" es negar la instancia ético-política desde la cual un historiador
reconstruye un fenómeno que constituye el recuerdo de alguna de las generaciones a él
contemporánea.
Quizás Goldhagen le haya hecho ver a Habermas lo que Gadamer nunca pudo: la
autoridad con que se presentan revestidos los contenidos transmitidos en forma de creencias
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por la tradición. El siguiente paso probablemente sea el reconocer que somos seres
históricamente situados y que ésta constituye nuestra ineludible situación finita desde la que
interpretamos y reinterpretamos el pasado.
Para concluir, acuerdo con Goldhagen en que las creencias transmitidas por la
tradición proporcionan bases normativas para "los marcos cognitivos que rigen las acciones"
sólo que sugiero que dicho plea sea incorporado como base cognitiva de las interpretaciones
del pasado que efectúa el historiador del presente.
NOTAS
[1] P. Nora, Les Lieux de Mémoire, Ed. Gallimard, 1997.
[2] Cfr. por ejemplo, M. Agulhon, Marianne into Battle. Republican Imagery and
Symbolism in France, 1789-1880. Trans, J. Lloyd, Cambridge University Press, 1981; Baram,
A., Culture, History and Ideology in the Formation of Ba'thist Iraq, 1968-80, New York, St.
Martin's Press, 1991, Bodnar, J., Remaking America: Public Memory, Commeration and
Patriotism in the Twewntieth Century, Princeton University Press, 1992, etc.
[3] Y. Yerushalmi, "Usos del Olvido" en Y. Yerushalmi y otros, Usos del Olvido,
Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1989, p. 23.
[4] R. Frank, "Enjeux épistémologiques de l´enseignement de l´histoire du temps
présent" , L´Histoire entre l'épistémologie et demande sociale, actes de l´université d´été de
Blois, septembre 1993, 1994, p 166.
[5] G. Iggers, "Rationality and History", en H. Kozicki (comp.), Developments in Modern
Historiography, Neva York, St. Martin´s Press, 1993, p. 19.
[6] L. Goldstein, Historical Knowing, Austin, Tex., and London, 1976, p. 147.
[7] "La función social del conocimiento histórico", VI Jornadas
Interescuelas/Departamentos de Historia, Sta. Rosa, La Pampa, septiembre de 1997.
[8] Oakeshott, "The activity of being an Historian" en Rationalism in Politics and other
essays, Methuen and Ltd., London, 1962, p. 155.
[9] Cfr. al respecto J. Searle, Expression and Meaning. Studies in the Theory of Speech
Acts, Cambridge University Press, 1979, p. 58-76.
[10] F. Finchelstein (ed.), Los Alemanes, el Holocausto y la Culpa Colectiva. El debate
Goldhagen, Eudeba, Buenos Aires, 1999.
[11] P. Ricoeur, "Hacia una hermenéutica del tiempo histórico" en Tiempo y Narración,
T. III, Siglo XXI, 1996.
[12] Cfr. E. Hobsbawm, Sobre la historia, Crítica, Barcelona, 1998, p. 235.
[13] J. Habermas, "Goldhagen y el uso público de la historia: ¿Por qué el Premio
democracia para Daniel Goldhagen?" en F. Finchelstein, op. cit., p. 209.
[14] D. Goldhagen, Los Verdugos Voluntarios de Hitler. Los Alemanes Corrientes y el
Holocausto, Madrid, Taurus, 1998, p. 209
[15] Goldhagen, op. cit., p. 37.
[16] Cfr. P. Ricoeur, op. cit., p. 963.
12
[17] Goldhagen, op. cit., p.35.
[18] R. Darnton, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura
francesa, FCE, México, 1987, p.17
[19] Goldhagen, op. cit., p. 35.
[20] Goldhagen, op. cit., p. 18.