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COLLAGE

El documento resume la reacción de Susana a la muerte de John F. Kennedy Jr. Susana estaba obsesionada con Kennedy Jr. desde su juventud y coleccionaba recortes sobre él. Cuando se enteró de su muerte en un accidente de avión, Susana fingió que su tía había muerto para tomarse el día libre en el trabajo y llorar su pérdida. Ella y su amiga Misteriosa visitan a la verdadera tía Claudia, quien ahora es muy anciana. Misteriosa comprende el dolor de Susana por la pérdida

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COLLAGE

El documento resume la reacción de Susana a la muerte de John F. Kennedy Jr. Susana estaba obsesionada con Kennedy Jr. desde su juventud y coleccionaba recortes sobre él. Cuando se enteró de su muerte en un accidente de avión, Susana fingió que su tía había muerto para tomarse el día libre en el trabajo y llorar su pérdida. Ella y su amiga Misteriosa visitan a la verdadera tía Claudia, quien ahora es muy anciana. Misteriosa comprende el dolor de Susana por la pérdida

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-I-

17 de julio de 1999.
“...John John Kennedy pilotaba una avioneta Piper Saratooga PA 32,
que cayó a las aguas del océano Atlántico cuando volaba a dos mil pies
de altitud. El avión despegó ayer del aeropuerto de Essex a las ocho y
cuarenta y cinco minutos, hora local, en Nueva Jersey y tenía previsto
llegar a Martha´s Vineyard a las diez de la noche. Allí iba a hacer escala
para dejar a Lauren, su cuñada y después continuar su viaje hasta la
mansión familiar de los Kennedy... ”
Los Kennedy han estado siempre marcados por la desgracia. Misteriosa
sabía que alguien, muy lejos de las costas de Nueva York, se sentiría con
el corazón tan hecho añicos como la familia de John Kennedy Junior.
Todas las televisiones habían dado la noticia. Durante varias horas,
imágenes retrospectivas inundaban las pantallas. Los equipos de rescate
buscaron durante mucho tiempo y a esas alturas ya los daban por muertos.
La información ya había dado la vuelta al mundo hacía horas, pero
Misteriosa se acababa de enterar porque había estado encerrada en su
pequeño laboratorio revelando hasta bien entrada la noche. Ahora
viéndolo, le resultaba difícil de creer y estaba sorprendida de que Susana
aún no hubiera pasado por su casa.
“...Toda la familia, que estaba reunida en Hyannisport para celebrar
la boda de Rory Kennedy, prima de John, está rota de dolor...”
En ese momento llamaron al timbre y a Misteriosa no le hizo falta
jugar a adivinar quién era: lo sabía perfectamente. Cuando abrió la puerta
le pareció estar mirando a la mismísima Carolyn Bessette, esposa de John
Kennedy Jr, como si la tele estuviera dando una información falsa y
realmente ella estuviera allí y no en las aguas del océano. Era Susana con
los ojos enrojecidos.
-¿Dónde estabas anoche? -dijo lánguidamente.
-Trabajando en el laboratorio, acabo de ver la noticia... ¿Cómo estás?-
Era impensable que una enfermera seria y responsable, con tres hijas y un
marido excepcional, llevara hasta el extremo una fantasía así, pero
Misteriosa creía que todos tenemos una piedra de toque que nos sustenta y
sobre la que edificamos todos nuestros sueños y en la que descansamos
cuando la realidad es demasiado difícil de soportar. John Kennedy junior,
el hijo de uno de los presidentes más famosos de la Historia había nacido
el veinticinco de noviembre de 1960. Como Susana. Habían nacido el
mismo día del mismo año y por alguna razón ella, su amiga, supo siempre
que eran almas gemelas. Susana había dedicado su vida, -aparte de
estudiar enfermería, encontrar un marido y tener tres hijas- a coleccionar
todos los recortes de revistas y grabaciones en las que se hablaba de John
John. Era un hombre estupendo y guapísimo y con razón la revista People
le nombró en 1988 “El hombre vivo más sexy del mundo”. Lo difícil de
comprender era la obsesión de Susana por ese amor imposible, hasta se
teñía de rubio como las novias del joven y ahora lloraba por su pérdida
como si realmente hubiera sido una de ellas.
-Pues estoy destrozada- suspiró- ¿cómo quieres que esté?
Misteriosa comprendía, siempre comprendía todas las pequeñas locuras
de las personas y más aún las de sus amigos, pero también sabía que al
marido de Susana aquellas escenitas le parecían ridículas y siempre
pensaba que su querida mujer tenía algún trastorno de la infancia no
resuelto y siempre le insistía para que acudiera a un psicólogo. Aunque en
su vida normal era eso, muy normal, estas chifladuras ocasionales le
hacían perder credibilidad en el mundo de los sensatos.
-Susi, sabes de sobra que las almas gemelas a veces viven incluso en
siglos diferentes y tú has tenido la suerte de saber quién era la tuya- A
Misteriosa le fascinaba esa imperante necesidad que tenemos los humanos
de aferrarnos a una fantasía para dar sentido a nuestra vida, de inventar
dioses propios y ficciones, más o menos absurdas.
Misteriosa hablaba e intentaba inventar argumentos convincentes para
que su amiga se sintiera mejor, pero se le iban acabando los recursos.
-¿Y no tienes guardia hoy?- preguntó intrigada.
-Me he tomado el día libre- respondió.
En el hospital donde trabajaba Susana eran bastante flexibles con los
cambios de turno, pero Misteriosa se preguntaba qué excusa habría dado.
¿Habría pedido un día de luto por su amor platónico? Dudaba que en el
hospital conocieran su fervor incondicional por John Kennedy Jr. así que
con toda seguridad había contado alguna otra mentira.
-¿Y qué has dicho en la clínica?
-Que se había muerto mi tía Claudia.
Misteriosa conocía muy bien a la tía de Susana, era la anciana que
hacía las mejores rosquillas del mundo y lo sabía porque hace tiempo hizo
una serie de retratos de personas mayores y la tía Claudia fue la más
fotografiada. Estuvo una buena temporada visitándola. Susana, como
enfermera, se encargaba de sus cuidados y Misteriosa le daba
conversación, o más bien al revés. Misteriosa se limitaba a escuchar las
divertidas historias de juventud de aquella viejecita, mientras la observaba
a través del visor de su cámara. Esas fotografías tuvieron una gran
aceptación en su entorno y un amigo suyo las expuso varios meses en su
bar, estaba muy orgullosa del resultado. Cuando Susana tuvo a sus hijas ya
no tenía tanto tiempo para cuidar de su tía y contrató a una chica, una
estudiante peruana de último año de enfermería, que se llamaba Javiera y
hablaba tanto o más que la propia tía. Con ella en casa, las visitas de
Misteriosa se redujeron y poco después dejó de ir. Ahora que Susana había
matado a su tía ficticiamente a Misteriosa le entró un agobiante cargo de
conciencia y convenció a su amiga para que fueran a verla esa misma
tarde. Susana accedió con desgana –parecía una verdadera alma en pena
con esas ojeras y esa foto de John Kennedy Jr a cuestas- y dijo que pasaría
a buscarla sobre las cinco. En ese momento tenía que ponerle la comida a
las niñas pero por la tarde su marido las llevaría a patinar y ella tendría
toda la tarde libre.
Susana se marchó con su foto entre los brazos, como si se hubiera
olvidado el motivo que la había llevado allí, y lacónicamente se despidió
de Misteriosa hasta la tarde.

***

Las horas pasaron soporíferas aquel sábado de julio y por fin a las
cinco de la tarde, como en el poema de Lorca, Susana pasaba a buscarla
bajo las imaginarias campanas de luto, y no de Miguel Hernández, sino de
John Kennedy Jr. Ambas, con cara de elegía, bajaron a la calle y apenas
sin hablar llegaron a casa de la tía Claudia, que debía de ser tan vieja
como la propia muerte.
Llamaron al timbre muchas veces, la pobre estaba sorda y tardaba una
eternidad en llegar a la puerta, los sábados Javier no iba a verla y tenía
que hacerlo todo ella. La puerta se abrió muy despacio y al otro lado
apareció una mujer menudita y encorvada. Afinó la vista y cuando logró
reconocer, sus ojos se iluminaron de alegría. Aquella casa olía a humedad
y a viejo, tenía un aire entre acogedor y terrorífico. Misteriosa lo
recordaba todo muy bien: esos muebles, esos mantelitos blancos de
ganchillo debajo de todas las cosas, el reloj que daba las horas
escandalosamente... Sólo una cosa había cambiado: tía Claudia. En ella se
apreciaba el paso del tiempo, todo ese tiempo que no había ido a visitarla.
Estaba visiblemente más vieja, con la piel más arrugada, más pequeña y
torpe. Pero al margen de los surcos de su piel y su deterioro físico, su voz
seguía siendo candorosa y su amabilidad apabullante. Misteriosa dudaba si
la anciana seguiría teniendo energías para hacer rosquillas o tejer
mantelitos de ganchillo, pero su mirada mantenía esa luminosidad
especial, igualito que cuando la fotografió.
Tenía la televisión encendida pero no le prestaba atención, sólo la tenía
puesta normalmente para no sentirse sola. Hacían un especial de los
Kennedy con motivo de la tragedia. Ante el ensimismamiento de su
sobrina ella miraba intentando comprender, pero no lo lograba.
-¿Y quién era ése que se ha muerto, hija?- preguntó.
-El hijo de John Kennedy, tía. -le respondió Susana sin apartar los ojos
de la pantalla.
-Pues el otro día se murió la Tere- Dijo indiferente. Misteriosa no
entendía esa afición que tienen las personas mayores de hablar de
muertos- le dije a Javiera que la tachara del cuadernillo... Ya vamos
quedando menos.
La anciana se echó a reír, no se había puesto la dentadura postiza y su
rostro era demasiado cómico como para aguantar la macabra idea de que
tachaba a sus amistades de una agenda de juventud roída por los años,
como si se tratara de una competición, de ver quién aguantaba más
aferrado a la vida antes de irse al otro barrio. Misteriosa pensaba que la
pobre estaba medio tarumba y por eso le encantaba. Era una mujer
realmente entrañable.
Susana permanecía al margen de la escena, escuchando con atención la
tele.
-¿En qué piensas, Susi?- le susurró Misteriosa con el propósito de que
se distrajera e hiciera un poco más caso a su tía.
-No lo sé muy bien- contestó, le cohibía un poco la presencia de su tía,
a pesar de que esta no se enteraba de mucho.
Misteriosa, como todos, sabía perfectamente el sabor amargo que tiene
el desencanto y comprendía que con la muerte de su ídolo, Susana perdía
los fragmentos de magia que salpicaban su vida esporádicamente, se venía
abajo el espectro de sueños inalcanzables que todos necesitamos. Su vida
era idílica, tenía un marido y unas hijas excepcionales, se podía decir que
era feliz, pero tenía la necesidad de vez en cuando de evadirse en
fantasías con el hijo del famoso presidente americano asesinado en 1963…
Qué tenía aquello de malo, qué tenía de desviado.
-Entiendo muy bien cómo te sientes- le dijo Misteriosa- No es justo
que las cosas que nos importan desaparezcan sin nuestro consentimiento.
-Las cosas que verdaderamente nos pertenecen no se desprenden nunca
de nosotros, cariño- dijo la tía Claudia haciendo una pausa en medio de
esta afirmación tan solemne- por muchas veces que las perdamos siempre
se recuperan.
La pobre vieja siempre tenía momentos de lucidez y contaba historias
llenas de sabios consejos. En aquel preciso momento de aquella tarde, la
anciana soltó aquella sentencia tan cargada de seguridad que Misteriosa
no tuvo más remedio que aceptarla y grabarla en su mente. Hay frases que
anidan en nuestro subconsciente sin darnos cuenta y saltan como un
resorte tiempo después. Eso le pasaría a Misteriosa con ese enunciado casi
proverbial de tía Claudia.
-Yo tenía un anillo… - continuó- me lo regaló mi difunto marido que
en paz descanse. ¿Te acuerdas Susa, de tu tío Felipe? La gente siempre
solía decirle que se parecía a Clark Gable... A mí no me parecía muy
guapo, y mucho menos como un actor de Hollywood pero me quería
mucho. Y yo a él, no te vayas a pensar...- Las dos amigas vieron el atisbo
de una lágrima en los ojos de la anciana.
“...Cuando ganó su primer sueldo, me compró un anillo de oro blanco
con un brillante engarzado, porque nosotros ya nos hablábamos y eso, y
era un chico muy formal. El anillo era valioso, porque se lo había hecho
un primo suyo que era joyero... Durante la guerra tuve que empeñarlo
porque nos hacía falta dinero y ya pensé en despedirme de él para
siempre, pero por cosas de la vida lo recuperé y de esta manera me pasó
dos veces más”
Misteriosa escuchaba fascinada y atónita al mismo tiempo, sorprendida
por la memoria que poseía aquella mujer. Susana aparentaba escuchar pero
no quitaba ojo a la televisión.
-Tres veces en total lo extravié, hija, y luego lo volví a encontrar- le
dijo a Misteriosa. Parecía que alguien había accionado la palanca de la
verborrea porque la tía Claudia aparentaba tener cartuchos para un buen
rato.
“La primera vez que lo perdí de verdad fue en la playa, que quién me
mandaría a mí ir a la playa con un anillo tan bonito... Estábamos en la
playa y jugueteando con él entre mis dedos se me cayó en la arena y no lo
vi. Menuda llantina, qué disgusto, hija... Al rato mi sobrino Julio,
enredando con la arena lo encontró...”
-Fui yo, tía- le interrumpió Susana- Mi hermano estaba todo el rato en
el agua porque quería aprender a bucear y yo me quedé a tu lado porque
me daban miedo las olas.
-Ay, cielo, ¡es verdad! Ahora me acuerdo... Tu hermano ya era un poco
loco de pequeño. Ahora estará pescando tiburones en Australia o vete tú a
saber...
Misteriosa conocía a Julio, le había conocido en una de sus visitas a
España y pensaba que era muy sensual. Llevaba el pelo largo, cogido en
una coleta, con mechones rubios a causa de su exposición continua al sol.
Tenía la piel bronceada y unos brazos fuertes. Su hermana Susana y ella
parecían doblarle la edad cuando en realidad no le sacaban más de cinco
años. Misteriosa se recreó en el recuerdo de aquella persona tan
aventurera, la antítesis de su hermana, que era tan seria y responsable.
-Ay, a ver si puedo verle otra vez antes de morirme...- sentenció la tía.
Definitivamente a la vejez se puede hablar de la muerte sin ningún tipo de
protocolo ni miedo. Tía Claudia parecía haberse sumergido en una burbuja
temporal cuarenta años atrás- Tú hermano jugaba con las olas y tú
recuperaste mi anillo. Susa, siempre has sido tan buena...
Susana parecía tensa y al mismo tiempo no quitaba la vista a la
televisión porque aquello que estaba viendo pasaba página a un aspecto de
su vida. Misteriosa disfrutaba de la narración de la tía y también miraba a
su amiga de reojo.
-¿Queréis un café, chicas?
Ambas negaron con la cabeza y rechazaron la invitación por no
molestar más a la anciana, pero la mujer ignoró su respuesta y se levantó
con dificultad.
-Si está hecho, Javiera me deja para todo el fin de semana- su voz se
perdió tras la puerta de la cocina y mientras cacharreaba, ellas escucharon
cómo seguía contando las veces que había perdido su anillo. “La tercera
vez que me separé del anillo fue cuando...”
-Me parece una historia preciosa- le susurró Misteriosa a Susana.
-¡Psé! Pero no puedes comparar un anillo con una persona, no es lo
mismo- contestó ella molesta.
-Claro que no, pero me gusta esa idea de que hay cosas de las que pase
lo que pase nunca te puedes separar, y aunque las pierdas, vuelven a ti.
“A mí, mi difunto marido, que en paz descanse, me llevó a cenar a un
hotel, un sitio muy caro en aquella época... y yo me fui a lavar las manos
al lavabo y me lo dejé, en la repisa del jabón...”
-Todo eso son chifladuras de vieja, lo que me extraña es que todas esas
veces lo encontrara con lo despistada que ha sido siempre mi tía.
-Pues eso quizá confirma su teoría.
-Buah, déjame en paz.
El programa especial de la televisión estaba acabando y como colofón
salían muchas imágenes de la vida de John John Kennedy. Susana miraba
fijamente y estaba a punto de llorar.
“...Y no os lo vais a creer pero muchos meses después ¡lo encontré en
El Rastro! Era mi anillo seguro porque era inconfundible, de un diseño
muy particular. Era tan lindo... ¡Y me costó lo suyo recuperarlo! Ya os
digo que era caro, pero mereció la pena pagar el dinero.”
Misteriosa compuso un gesto de asombro. Susana ya no estaba molesta
sino profundamente abatida.
-No te entiendo, Susi, te parece tonto pensar como tu tía y no te lo
parece haber estado enamorada de una persona que sale en la tele al que ni
siquiera has tenido el asomo de conocer... No lo comprendo, la verdad.
Susana, en un arrebato, al mismo tiempo que su tía salía con tres tazas
de café, miró a Misteriosa con los ojos vidriosos y le dijo con voz
quebrada: “A lo mejor es porque tú no sabes lo que es perder al amor de tu
vida”

***

17 de octubre de 1999. (Tres meses después).


-¿Por qué lloras?- Le dijo mientras acariciaba su pelo color de fuego.
-Porque soy vulgar...- contestó ella con la impasibilidad con la que se
dice la hora a un desconocido- porque soy vulgar...- murmuraba entre
sollozos como si hablara sola.
Al principio ella le desconcertaba, por respuestas como ésa, pero
después de tantos años conocía perfectamente sus debilidades; la agarró
con fuerza suficiente como para romperla en mil pedazos imaginarios.
Miró sus pies, sus delicadas manos, sus ojos transparentes y la abrazó
porque él sabía que lo que su mujer acababa de decir no era cierto. Nunca,
en dieciséis años, había conocido a nadie tan especial, alguien a quien
había aprendido a amar y a odiar, a cuidar y a abrazar como un niño
abraza a su oso de peluche. Enredados y en silencio, así estaban, y así
estuvieron al menos dos horas, hasta que amaneció. A veces en el silencio
se puede escuchar el paso del tiempo. A esas horas la ciudad empieza a
despertar y se escuchan los sonidos mucho más puros. El ruido de los
coches y los camiones de basura no son agradables, pero son tamizados
por ese aire anaranjado que tiene el amanecer.
Y entonces, en un periodo breve de tiempo, se cruza ese finísimo hilo
que separa la noche y el día, suavemente, despacio, pasando desapercibido
hasta que de repente la luz nos envuelve y todo vuelve a empezar. Los
grandes ventanales de la casa estaban abiertos y entraba bastante frío
porque era octubre, pero sin embargo ese viento limpio y renovador se
hacía placentero y limpiaba el cargado ambiente de la noche anterior.
Vivían en una buhardilla cerca del museo Reina Sofía. Quizá eligió ese
piso porque le atrajo el aire romántico que desprenden este tipo de casas,
o porque estaba más cerca del cielo, o porque no tuvo otro remedio. Desde
allí se veían todos los tejados de las casas vecinas y por la tarde cuando se
empieza a echar la noche había una vista maravillosa. Le gustaba sentarse
a contemplar esa especie de mar hecho de materiales artificiales;
cuadrados y rectángulos de pizarra, tejas… Había hecho realidad uno de
sus deseos encontrando ese lugar y aunque el espacio era reducido estaba
bien aprovechado. Era un microcosmos de libros, películas, discos y
fotografías, muchas fotografías. Recortaba fotos de revistas y las pegaba
sin ningún tipo de orden en cuadernos, carpetas, en armarios o en el techo.
El techo de la buhardilla estaba completamente cubierto de recortes.
Había fotos de todo tipo, de cualquier elemento que llamara su atención.
Las fotografías están en las revistas complementando la información, ahí,
esperando, pero de repente alguna de ellas, sin saber por qué, atrae
nuestro interés de una forma especial. Las imágenes tienen un poder
sorprendente, son fragmentos de nuestra vida y de la vida de los que nos
rodean, momentos congelados y atrapados en el espacio y en el tiempo.
Por eso precisamente le gustaban los collages: imágenes dispares de
instantes que sea por lo que sea no quieren permanecer en el olvido.
Compartía este universo fotográfico y la desordenada casa con Gabriel,
su compañero, su amor, y con Deseo, un gato sanchopancesco, bastante
simple, como esos miles de gatos que pululan por las basuras de la ciudad.
Pero ese gato tenía algo de excepcional, como Misteriosa. Ambos eran
alegremente tristes. Ella, como aquella noche, era capaz de llorar sin
ningún motivo aparente, y Gabriel, a su lado, sabía consolarla en silencio
aunque a veces no consiguiera entenderla. En muchas ocasiones se sentía
sola y tenía miedo a la oscuridad. Era frágil. Gabriel siempre le acariciaba
el pelo cuando estaba asustada y eso le hacía sentirse mucho mejor. Había
sido una noche divertida pero al final, como tantas veces, se entristeció de
pronto.
A Misteriosa le gustaban las veladas como aquella, en las que uno no
sabe dónde está el límite entre la noche y el día. Habían venido algunos
amigos a cenar a su casa y notaba que había tomado alguna copa de más.
Lógicamente, la casa era muy pequeña para organizar grandes fiestas, pero
de vez en cuando se juntaban con un pequeño grupo. Esa noche les habían
acompañado Rubén, el escritor con vocación de escritor fracasado, y su
mujer Verónica, de vocación hipocondriaca. A ella no la soportaba, pero él
era casi como un hermano. Era el ahijado de su madre y cuando eran
pequeños jugaban juntos todo el día. Cuando cumplió dieciocho años, él
se marchó a Roma a vivir con su familia y fue allí donde nació su
inclinación hacia la escritura. Era bueno, pero siempre se empeñaba en
negarlo y nunca había publicado ninguno de todos los libros que había
escrito sobre arte ni las novelas policíacas que tanto le gustaban. La falta
de fe en sí mismo le llevó a trabajar como funcionario y seguramente así
seguiría para siempre. Cuando se fue a Roma, su relación con Misteriosa
se enfrió, pero de vez en cuando ella recibía algún manuscrito suyo. Allí
se casó con Verónica, una piamontesa histérica que lo amargaba cada dos
por tres con sus neuras de salud. Una vez, incluso, le insistió para que la
llevara al hospital porque se le había dormido la nariz. Realmente
peculiar. Hacía un par de años que había regresado a Madrid porque a su
mujer se le ocurrió que el clima de la capital española sería mejor para sus
múltiples enfermedades imaginarias y en ese tiempo Misteriosa y su
hermana Marta habían aprovechado para recuperar el trato y ponerse al
día. Era como el hermano que nunca tuvieron.
La noche, poco a poco, copa a copa, fue pasando amena hasta que la
vulgaridad la golpeó y empezó a ahogarse en una pequeña pecera vacía.
Hacía un buen rato que sus amigos se habían ido y era hora de
levantarse. No quería despertar a Gabriel que se había quedado dormido
en el sillón, así que se vistió y se preparó en silencio. Le dolía mucho la
cabeza y lo que de verdad le apetecía era tumbarse a su lado y seguir
durmiendo, soñando juntos, pero debía acudir a su cita con una antigua
compañera del colegio a quien por casualidad se había encontrado y
habían quedado para tomar un café. Hacía muchos años que no se veían y
Misteriosa iba pensando de qué hablar con alguien con quien ya no sabes
qué cosas tienes en común. Se tomó, para desperezarse, un café
extremadamente fuerte y recordaba su relación con Irene. En el colegio se
llevaban bien, aunque nunca fueron íntimas. Al acabar el bachillerato,
como era de esperar, los compañeros se fueron distanciando, y el otro día
cuando se encontraron, le sorprendió que se hubieran reconocido
mutuamente después de tanto tiempo. Estaba, como también era de
esperar, considerablemente cambiada, pero conservaba esa carita de
monjita púdica que tenía en el colegio. La misma cara redonda, blanca –
mucho más pálida que la de Misteriosa- y cubierta de pecas. Tenía el pelo
color zanahoria y un aire de ingenuidad característico.
No tenía muchas ganas de ir al encuentro con Irene, y aún con
sensación de nocturnidad se dirigió al lugar donde se habían citado.
Quedaron en un café cercano a la puerta de Alcalá. Tapicería de terciopelo
color rojo. Madera y escaleras. Cuadros viejos. Música. Muy bonito.
Misteriosa disfrutaba de ese ambiente especial que tienen los viejos cafés,
mientras su amiga hablaba sobre casualidades y el destino (debía referirse
a su reencuentro). Recitaba los nombres de antiguos compañeros pero
Misteriosa no prestaba atención. Seguía mirando los cuadros y las
ventanas. Parecía que iba a llover. Sí, iba a llover…
Su ex compañera hablaba sin parar, y como en un sueño, empezaron a
aparecer imágenes a borbotones, sin relación unas con otras y Misteriosa
notaba como golpeaban brutalmente su mente. Esa chica que en otro
tiempo había compartido aulas con ella ahora era una perfecta
desconocida y de pronto se volvió una imagen borrosa. Sintió como se
mareaba. Esa nebulosa parlante no dejaba de nombrar profesores y
remotos alumnos del colegio, contaba anécdotas de las que ella apenas se
acordaba y soltaba de vez en cuando una carcajada estruendosa que
martilleaba su cabeza. Por alguna extraña razón, Misteriosa había dejado
esa faceta de su infancia aparcada en algún rincón y ahora las imágenes
bailaban sin control en su interior.
Este encontronazo implacable con su pasado le afectó mucho y,
después de un rato, tuvo que excusarse y, despidiéndose de su amiga, salió
del café. Amenazaba tormenta y le costaba respirar. Aún le parecía
escuchar la voz de Irene: “Y te acuerdas cuando... y te acuerdas cuando...
y te acuerdas cuando...” ¡NO! ¡NO SE ACORDABA! Pero, inevitable y te
fue cayendo sin control en un abismo de recuerdos. Y fue así, de esta
forma tan extraña, como Misteriosa se enredó de repente en un viaje
retrospectivo.
-II-

Estaba empapada. Él también lo estaba, pero su aspecto resultaba


menos patético. Ella tenía el pelo largo, y mojado le daba un aire mucho
más alargado a su rostro. El frío hacía blanquecer su cara, tenía ojeras y el
agua había organizado un auténtico desbarajuste con el rímel de sus ojos.
En cambio a él le parecía que estaba espléndida y ese toque descompuesto
le empujaba a desearla aún más. Suavemente le pasó la mano por detrás
del cuello y la besó. Misteriosa no recordaba que nunca nadie la hubiera
besado como lo hacía en aquel momento Gabriel. Notó en su espalda el
rugoso tacto del tronco de un árbol, no sabría decir que árbol era, no
entendía mucho de árboles y en El Retiro, donde les había sorprendido
aquella tormenta había gran variedad de clases. Sentir la aspereza del
áspero tronco le resultaba agradable, era curioso como en momentos así
estaba más susceptible a experiencias sensoriales: un reflejo innato de
buscar paralelismos entre lo mágico y lo cotidiano para poder reproducir
esa emoción en otro momento. Así, en un futuro, el roce de un tronco
rugoso y húmedo la transportaría de nuevo a ese lugar y a esos
sentimientos.
Tocaban música a lo lejos. Había parado de llover y una pareja de
músicos alegraban su alma y la de los demás con una melodía que
emborrachaba los sentidos. Él tocaba la guitarra y ella cantaba con una
voz lánguida y triste.
A Misteriosa le atraían mucho las pasiones humanas, pero sobre todo
las pasiones prohibidas, los vicios, los secretos. Esas cosas inconfesables
que hacen a la persona mucho más real, más vulgar. Y no en el sentido de
ordinario, de cotidiano, que era un concepto que detestaba, sino vulgar en
su aspecto más obsceno, como sinónimo de vida. Escuchando esa canción
sintió en el estómago todas las pasiones prohibidas del mundo y le
entraron ganas de bailar. La sensualidad de la música empezó a recorrerle
la piel y comenzó a dar vueltas ante el asombro de su acompañante.
No hay nada mejor que bailar después de la lluvia.
El olor a tierra mojada, aquella armonía... estaba en un estado de hora
bruja, es decir, en un momento en el que todo y nada puede pasar. Ocurre
cada cierto tiempo y lo recordamos siempre. Es más, la vida de una
persona está hecha a base de retales de estos recuerdos. Son instantes en
los que se despiertan los instintos y a Misteriosa le impulsaban a hacer
locuras.
De repente se dio cuenta de que estaba enamorándose de aquel chico
que acababa de conocer y empezó a besarle con urgencia. Él se dejaba
llevar por los arranques de esa extraña chica porque se sentía una parte de
aquel mundo increíble inventado por ella y porque en el fondo, sin saber
cómo y por extraño que pudiera parecer, él también la empezaba a amar.
Como ella, entendía la vida como un collage de momentos y aquel era uno
especial.
De pronto, la lluvia se presentó de nuevo en forma de tormenta. Los
jóvenes músicos salieron corriendo y en esa carrera precipitada varias
hojas se le cayeron a él de una vieja bolsa de cuero. Desgraciadamente, no
se dio cuenta de la pérdida y los papeles se quedaron desperdigados en
medio de un charco recién formado. Misteriosa veía alejarse a la pareja a
lo lejos, y buscando un lugar donde cobijarse con Gabriel, encontró las
maltrechas cuartillas que resultaron ser partituras. Olvidado lugar era el
título de la balada. Tenía algún conocimiento de solfeo e intentó cantarla.
Sonó un trueno. Ambos rompieron a reír, realmente cantaba fatal, pero era
una letra muy hermosa. Estaba absorta leyendo las palabras algo borradas
por el agua. -Cuando yo fui de hielo tú me derretiste. Fueron momentos
buenos, fueron momentos malos...-
Era una letra simple pero desgarrada. - Yo te odiaba- decía- pero te amé
infinitamente... Le gustó porque parecía muy sincera- en nuestro olvidado
lugar... Misteriosa se imaginó a la pareja de músicos haciendo el amor en
la olvidada habitación de un hostal. Ella también quería compartir una
habitación con Gabriel, pero para luego no poder olvidarla.
Miró a Gabriel y le sonrió. Dobló cuidadosamente la partitura y la
metió en el bolsillo de su pantalón. Inmediatamente se incluyó en la
colección de canciones que iban hilvanando la historia de su existencia.
Al salir del parque vio al dúo de músicos abrazándose en unos soportales.
Le propuso a Gabriel subir a su casa a tomar un café y así entonarse
después del chaparrón. Le explicó que vivía en una buhardilla cerca de
Atocha y estaban cerca. Gabriel aceptó encantado. Cuando llegaron, a
Gabriel le sorprendió el desorden barroco de aquella casa, algo
inquietante, pero al mismo tiempo seductor. Observó cómo Misteriosa
sacó el papel de su bolsillo y lo colocó en una estantería. Él tenía la
certeza de que ese papel había sido puesto allí espontáneamente, sin
ningún tipo de criterio, pero que automáticamente se integró dentro de ese
cuarto caótico y su esencia se diluyó con la de los demás objetos. En ese
instante Misteriosa dirigió la vista hacia él, intentaba seducirle, y no fue
difícil porque él ardía en deseos de abrazarla. En pocos minutos se
enredaron en el amor y en el descanso de un abrazo Gabriel miró de nuevo
el papel delicadamente doblado al tiempo que decía: “Veo que te has
traído la partitura para ensayar”. Intentaba ser amable recordando el
momento en el que Misteriosa cantó desafinando, pero ella se entristeció
de pronto.
Se le quedó mirando, con mirada de meditación, analizándole:
-¿Has comido alguna vez en verano un melocotón grande de esos que
están tan deliciosos?
-Claro- contestó sorprendido, asintiendo con la cabeza.
-¿Y a que cuando lo has acabado lo que más te apetecía en el mundo
era comerte otro?
-Sí, bueno...
-¿Y no has observado que siempre, siempre el segundo sabe peor?
-.........
Él la miraba con los ojos abiertos enormemente, como platos de sopa
fría (gracias, pirata, por cederme esta frase).
-¿Nunca has oído decir que segundas partes nunca fueron buenas? Pues
eso, que no podemos intentar imitar, para alargar la felicidad, la olvidada
habitación de nadie, ni aunque sean una pareja de músicos y él toque la
guitarra y ella cante, y todo a su alrededor sea tan jodidamente perfecto
como nosotros queremos... porque nuestra olvidada habitación no sería
más que un segundo melocotón, que siempre, siempre sabría peor...
Ella rompió a reír, se dio cuenta de el pobre chico debía pensar que
estaba loca. En parte, Gabriel sabía que ella, aquella chica que había
aparecido repentinamente en su vida y a la que empezaba a amar, era
diferente. Y era precisamente eso lo que le atraía tanto. Desde el primer
momento supo que sus respuestas enigmáticas y raras encerraban una
concepción tan particular de la vida que eran inclasificables y él, como
afectado por los efectos de un encantador de serpientes, quería
ardientemente ser arrastrado a ese mundo de anarquía e imaginación.
Aquella no era la olvidada habitación de un hostal o por lo menos no
era el lugar de esa partitura esparcida en los charcos, sin embargo, tenía
historia y todo lo que allí había estaba precisamente con algún sentido.
Misteriosa se había quitado las botas y estaba tumbada en el sofá con
una bata china que se había puesto. Miró a ese chico alto que ojeaba los
discos sin saber muy bien qué hacer y se dio cuenta de que él era lo único
que no pertenecía a la esencia de su íntimo refugio. Durante toda la tarde
se habían buscado, pero algo resultaba inquietante, una falsa timidez que
tapizaba el ambiente con una torpeza propia de adolescentes. Misteriosa
se levantó y se acercó a él con una improvisada coquetería. Le tomó la
mano y le arrastró con ella al sillón. Él se sentía desorientado. En el
parque y hacía un momento ya se habían besado pero ella había parado
para hablar de melocotones y ahora él no sabía cómo actuar. Ella le quitó
los zapatos (de los cuales no pudo evitar pensar que eran espantosos, de
una especie de piel anaranjada) y entendió que estaba destinada a dar su
vida por ese hombre por el que de pronto sintió una fulminante e infinita
ternura. Por lo pronto empezó regalándole una sonrisa y una vez descalzos
todo cambió. Se acordó de ese famoso poema de Borges (falsamente
atribuido -dicen- al escritor argentino): Si pudiera volver a vivir
comenzaría descalzo hasta concluir el otoño...
En el acto de descalzarse se instaló entre ellos la cotidianeidad y en
ese pequeño gesto encontró Misteriosa la excusa para incluir a Gabriel en
lo que era su hogar. Sus pies albergaban unas cosquillas de complicidad y,
sencillamente, se pusieron a dar saltos en el sillón como posesos, muertos
de la risa. Un mal salto hizo caer a Gabriel que arrastró con él a
Misteriosa y acabaron en el suelo riendo tan fuerte que parecía que les iba
la vida en ello. No podían parar. Se dieron un beso que supo a hierba
fresca y fue como el sello que certificaba, sin saberlo, el comienzo de una
vida juntos, una historia de retales cosidos con hilo de amaneceres.

***
INICIACIÓN

Aunque desconocidos, se besaron como verdaderos amantes.


Y luego descubrieron,
A golpe de piel,
Que tenían muchos poros en común.
Sudaron la noche
Y se enredaron en piernas y en sábanas blancas,
En arribas y en abajos.
Y descubriéndose,
Porque,
Aunque desconocidos, se quisieron como auténticos amigos.
Y se sorprendieron al mirarse
Porque se vieron mucho más dentro
Y todo era verdadero y nuevo.

***

En verano amanece pronto y aquel prometía ser un día muy caluroso.


Allí estaba, tendida en la cama, en una cama con las sábanas
extremadamente blancas. Era su cama y en el tiempo que llevaba viviendo
allí había conseguido desarrollar la manía de tener siempre las sábanas
blancas de forma impecable, a pesar de ser lo menos parecido a una
maniática del orden.
Entraba mucha luz por la ventana.
“¿Quieres unas tostadas?”. Era una voz ajena, y aunque aún estaba
medio dormida era consciente de que Deseo era un gato y que los gatos no
hablan.
Poco a poco fue recomponiendo la escena. Se estiró y dio media vuelta,
nunca tardaba menos de veinte minutos en desperezarse aunque ya sabía
quien era el chico que le había ofrecido tostadas. La tarde anterior había
estado en una sesión de fotos trabajando y ése era uno de los modelos. La
sesión fue en El Retiro y afortunadamente duró menos que de costumbre
porque el tiempo no acompañaba, enseguida empezó a llover.
Cuando todos ya se habían marchado ella siguió durante un rato
recogiendo el equipo. El chico volvió a pasar y saludó diciendo que se
había confundido de salida.
-Pretendía salir por la calle Alcalá, ¿es por allí, no?
-Si, por allí- contestó ella.
Titubeó un momento y en vez de irse le ofreció su ayuda.
-Te lo agradezco, estas cosas son muy delicadas y no me gustaría que
se mojaran- contestó ella mirando al cielo.
Era muy guapo. Ahora viéndole allí en su casa le parecía una persona
bastante diferente y en el fondo sabía que desde anoche algo los había
unido. Dos tostadas con mucha mantequilla y un poco de azúcar por
encima, por favor. Ayer en el parque ya se dio cuenta de que no era el
típico modelo. Recogiendo los focos observó que era un chico fuerte
aunque no demasiado corpulento. Se empezó a interesar por él. No, no hay
mermelada, no me gusta. Ella, como siempre, miraba analizando
minuciosamente, destripando en partículas todo lo imaginable sobre su
interlocutor. Él le contó que era biólogo, se había especializado en
botánica y que había empezado un curso de arquitectura paisajística muy
cerca de allí y que de vez en cuando hacía de modelo por recomendación
de una amiga para conseguir un dinero extra. A Misteriosa no le gustaba
dar explicaciones sobre sí misma, simplemente le dijo que había estudiado
fotografía y ahora trabajaba en una revista de moda. También le contó que
se había mudado a la buhardilla con la excusa de tener un espacio para
revelar –tenía una especie de cuarto oscuro- Su madre vivía con su
hermana en la calle Serrano y allí también hubiera podido hacerlo, pero su
padre murió y ella sintió que necesitaba salir de esa casa, tener otro
espacio para estar sola. A duras penas podía pagar el alquiler y por eso
trabajaba ayudando a un fotógrafo por las tardes. “Como has visto mi
trabajo consiste prácticamente en recoger el equipo...”. A pesar de los
esfuerzos económicos encontrar esa casa había sido una suerte y le
encantaba, esa buhardilla que Gabriel recorría esa mañana con toda
naturalidad. El exceso de confianza que se tomaban algunas personas en
determinadas ocasiones le molestaba mucho pero aquel día era diferente y
estaba segura de que él no lo haría si ella, de alguna manera, no le hubiera
dado permiso. El día anterior, sin saber cómo, se empezaron a besar bajo
la lluvia y ahora se habían despertado juntos.
Por fin Misteriosa consiguió levantarse y tropezó con uno de los
horrendos zapatos naranjas. Estuvo a punto de caer y ese resbalón
inesperado activó los sentidos de ambos. Se miraron con una mirada llena
de diferentes lecturas. Una sonrisa, una complicidad recién estrenada, una
mirada de qué pasa ahora y una mirada de aún no te conozco no sé qué
quieres. A ella, no le daba miedo empezar algo nuevo, y él, de forma
extraña, se dejaba llevar por el magnetismo de Misteriosa.
Desayunaron en la cama, con la parsimonia que tienen dos jóvenes, sin
un trabajo serio y con toda la vida por delante, y lo extraño de aquella
situación es que era sincera, natural. Ninguno de los dos tenía ganas de
levantarse, se quedaron allí simplemente mirándose, sin pronunciar
ninguna pregunta. En un descuido, Gabriel tiró al suelo la bandeja con las
tostadas y poco importó si cayeron o no por el lado de la mantequilla,
porque aquello no fue un desastre, sino un hecho que les devolvió al
mundo real. En algún momento debían volver a la actividad, aunque lo
hicieron sin prisa. Misteriosa recorrió desnuda su habitación, pisando con
seguridad sobre la moqueta roja, se apoyó en el quicio de la puerta con
una postura de estrella de cine. Su cuerpo, flaco y pálido, seguía la
verticalidad de la puerta con un movimiento cadencioso.
Gabriel pidió permiso para fumar, y una vez encendido el cigarrillo se
acercó a ella y se lo puso en los labios. Estaba feliz. Sin pudor de que
alguien pudiera verla desnuda, fue a descorrer las cortinas y recibió la luz
calurosa del sol con gratitud. Hacía mucho calor y encendió un pequeño
aparato ventilador que había en el suelo, su casera no le permitía quitar la
moqueta y en verano era un agobio. Se puso un vestido azul de tirantes y
fue al salón. De un armario cogió una cámara Polaroid y volvió a la cama.
Le pidió a Gabriel que se tumbara y le sacó varias fotografías que tiró por
el suelo, algunas al lado de las tostadas volcadas (por el lado de la
mantequilla o no, no importaba). El aire del ventilador las fue
amontonando al lado de una de las patas de la cama donde también había
varias pilas de libros, casi todos de fotografía y cine. Era una habitación
muy pequeña y el suelo era un gran recurso para dejar cosas. Misteriosa
tenía toda la ropa en una de esas estructuras metálicas de las tiendas y al
lado un perchero con gorros y bolsos. Junto a la ventana había un tocador
con un espejo rodeado de bombillas y parecía enteramente el camerino de
un teatro, un cuarto de atrezzo. La cama era muy vieja y enfrente, al lado
de la puerta, había colgado un cartel de la película Jules et Jim. La noche
anterior cuando Gabriel entró por primera vez miraba todo asombrado,
abrumado por tantas cosas en tan poco espacio, pero por la mañana estaba
tumbado en la cama, tranquilo y cómodo ante la situación.
La luz del día les había traído un nuevo despertar, un olor matinal, un
rostro nuevo. Misteriosa pensaba que los humanos crecemos por la noche,
y que por eso dormir con alguien es un acto muy importante, una sola
noche es más que varios días. Nunca entendía por qué tomamos como
medida los días y no las noches para contabilizar nuestra vida. ¿Por qué
no en noches? Gabriel y ella ya contaban una noche juntos y algo en el
alma de los dos les hacía presentir que no sería la única.
Sonó el teléfono, que también estaba en el suelo, y Deseo caminaba
alrededor como molesto porque alguien le había despertado de sus sueños
gatunos y porque alguien había estropeado el idílico y tranquilo momento
que vivía su dueña.
La que llamaba era, por supuesto, su madre (no la del gato, sino la de
Misteriosa), como cada mañana, para contarle cualquier banalidad y
comprobar que había dormido en casa, porque vete tú a saber, de su hija
mayor se esperaba cualquier cosa.
Desde aquel día que con seis años recién cumplidos se preparó una
mochila y se fue de casa dispuesta a recorrer el mundo, su madre supo que
iba a ser imposible retenerla. Menos mal que esa vez la encontraron unos
vecinos del pueblo, el panadero y su esposa, a las siete de la mañana, con
su mochilita y totalmente perdida. Desde que se mudó a la buhardilla, su
madre intentaba llamarla para comprobar al menos que estaba viva.
Misteriosa cogió el teléfono con fastidio y se sentó en la moqueta al
lado del gato, que jugueteaba con el cable. Gabriel la miraba desde la
cama y le guiñó un ojo. Su madre le hacía miles de preguntas que ella no
atendía. La última era una invitación para que comiera con ella y su
hermana pequeña, a la cual por cierto, nunca iba a ver, le reprochó su
madre. Los reproches de su madre sonaban a disco rallado. “Bueno, ¿qué?
¿vienes a comer o no?” Misteriosa miró fijamente a Gabriel, recordando
cada uno de sus besos primerizos, recordando el tacto de ese viejo árbol
rugoso bajo la lluvia: “No puedo, tengo planes”
-III-

Antes de salir, Misteriosa le prometió a su amiga que se volverían a


ver, promesa que, sinceramente, ella no contemplaba de verdad.
-Discúlpame, hoy no me encuentro muy bien- se excusó.
Decidió ir a dar un paseo por El Retiro. El día amenazaba tormenta y el
parque presentaba un aspecto otoñal precioso. Los domingos de otoño iba
bastante gente por allí a pasear. La noche anterior Misteriosa había
tomado mucho whisky y necesitaba despejarse. Aún se encontraba bastante
sorprendida por la reacción que había tenido minutos antes en el café
cuando su antigua compañera le hablaba y hablaba sin parar de los años
del colegio.
A veces una persona siente esos golpes que la trasladan a otro lugar
y otro tiempo. A Misteriosa le gustaba dejarse llevar por estas extrañas
situaciones. Se sentó en el césped, en un lugar seco. Miraba la gente pasar
e imaginaba las posibles conversaciones que podría tener con aquellas
personas desconocidas. Un grupo de quinceañeros atravesó
escandalosamente el paseo rompiendo el silencio del parque. Ahora esa
edad le parecía irreversiblemente lejana y aquél estaba condenado a ser un
día terriblemente melancólico. Justo en ese parque, hacía dieciséis años,
dos meses y once días que ella y Gabriel se besaban en aquella tarde de
tormenta en la que los jóvenes músicos cantaban. Lo recordaba como si
fuera ayer. Un escalofrío le recorrió la espalda y creyó notar aquel viejo
árbol acariciándole la piel. Ése era uno de esos fragmentos de los que está
hecha la vida. Hecha de trozos de película, de canciones, de frases y de
libros, de olores…
Permaneció un rato más sentada deseando que alguien la distrajera
de aquellos pensamientos, pero nadie la salvó de su posición de
observadora. Se dio cuenta de que se había hecho muy tarde, se apresuró y
en veinte minutos llegó a la buhardilla donde Gabriel la esperaba con la
comida en la mesa.
La vida, como las novelas, está hecha de recuerdos.
Aquella mañana Misteriosa la había pasado deambulando por su pasado
y se sentó a comer algo turbada, ante la posibilidad de tener señales de
indecente nostalgia. El reencuentro con su amiga la había trastornado.
Miró a Gabriel, le parecía que estaba especialmente guapo. Llevaba varios
días sin afeitarse, vestía el pantalón de un chándal gris y tenía el pecho
descubierto. Ese aspecto desaliñado le hacía más joven. No le dijo que
había estado en El Retiro, ni que había pensado en aquel día hace
dieciséis años, dos meses y once días que se conocieron.
Todos esos años llevaban amándose. Nada tenía que ver ese amor
maduro de ahora con aquel amor loco de entonces, pero todavía quedaban
muchos domingos como ése, el domingo es el día por excelencia para las
horas brujas. Es un día en el que el alma es diferente, tiene otra
disposición distinta ante la vida. Éste era un domingo especial, tenía esa
nostalgia turbia de las tardes de otoño.
Comieron casi sin mediar palabra porque los estragos de la noche
anterior pasaban factura. Los invitados se habían ido muy tarde y las
copas fueron demasiadas. Una ensalada era el mejor remedio para las
resacas. Gabriel era todo un maestro haciendo ensaladas porque siempre
les daba un toque especial. Por la ventana entraba una luz tibia que
iluminaba la casa y mientras fregaba los cacharros Misteriosa pensaba que
era un día raro. Al acabar, se alzó en una silla y alcanzó de la parte
superior del armario una cartulina. Observó a Gabriel tumbado en el sofá.
Se había quedado dormido después de comer y su imagen era como de un
niño que descansa a contracorriente del mundo. Un brote repentino de
ternura ahogó su pecho y suspiró. Su viejo gato, que parecía comprender,
la miró y se acercó a ella para rozar el lomo por su pierna a la altura del
tobillo.
-Tú también le quieres ¿verdad?- dijo dirigiéndose al gato y
propinándole una caricia.
Sacó de un desordenado cajón tijeras y pegamento y rescató unas
cuantas revistas de un viejo mueble. Dejó todo encima de la mesa y se
acercó a aquel cuerpo tan conocido. Con una agilidad felina que ni Deseo
poseía, se acomodó entre sus brazos y ambos encajaron como dos piezas.
La televisión sobraba y, con cuidado de no despertar a Gabriel, Misteriosa
la apagó quedando de repente un silencio enseguida interrumpido: Gabriel
respiraba muy fuerte. Misteriosa tenía la cabeza en su pecho y tuvo la
certeza de poder atrapar su aliento. Deseo se acomodó entre los pies de
ambos. Fue una tarde perfecta de siesta, pero sin embargo para Misteriosa
las tardes de siesta perfectas no significaban dormir profundamente,
porque ella tenía un sueño muy ligero y turbado. Se limitaba a permanecer
tumbada al lado de su hombre cambiando de postura e intentando cerrar
los ojos. En esas jornadas de medio ensoñación es cuando la vida se le
antojaba como un humo denso que había que respirar despacio.
Gabriel había pasado de los cuarenta hacía tres años y ella lo haría
en unos meses. Estaban en ese punto de la famosa crisis pero Misteriosa
aún era capaz de aspirar la espesura de la vida en las siestas de los
domingos. Lo cierto es que no sentía que su corazón latiera diferente a esa
edad y además sabía que era la misma persona, sólo que con algunas
extraordinarias erosiones causadas por el paso del tiempo. Las más
evidentes, las de su cuerpo. Al contrario que muchas mujeres, Misteriosa
se sentía fascinada con los cambios que sufría su persona. No le
atormentaba el hecho de que su cara se arrugara y que aquellas violáceas
manchas debajo de sus ojos fueran ahora más marcadas que cuando era
joven. Siempre había sido una chica atractiva, y ahora con casi cuarenta
años era más sólida, más auténtica.
No aguantó más tiempo tumbada. Se levantó y cogió un par de
cojines que colocó en el suelo al lado de la mesa pequeña. Se sentó en ella
y empezó a ojear revistas. Un ronquido de Gabriel la sobresaltó y tuvo que
girarse para comprobar que no se ahogaba. Sentada así, la mano de él caía
sobre su hombro. La tomó entre las suyas y besó sus dedos. Para él
también habían pasado los años pero sus manos aún seguían siendo fuertes
y no tenían esas manchas marrones que salían con los años aunque estaban
un poco ajadas de trabajar tanto con la tierra. Él ni se inmutó y siguió
durmiendo, teniendo algún sueño de domingo, casi seguro tan fantasioso
como cualquier película de sobremesa.
Misteriosa recortó de una revista de decoración un sillón y lo pegó
en su cartulina azul. Iba a empezar otro collage pero esta vez pegaría
imágenes que tuvieran que ver con su vida, nada de pegar arbitrariamente
cualquier foto. Ése iba a ser un collage de su vida. El sillón que había
recortado poco se parecía al suyo pero lo que importaba era el sentido de
la imagen, no la imagen misma. Su sillón era un viejo sofá que había
comprado en Galerías Piquer y que ella misma había restaurado y
tapizado. Encima del sillón pegó un árbol, quedando una composición de
lo más surrealista. Aquel árbol bien podía ser el que le raspaba la espalda
cuando antaño, hace dieciséis años, dos meses y once días, se besó con
Gabriel por primera vez.
Aún estaba un poco trastornada por su incursión involuntaria en el
pasado y se sentía inquieta, no sabía por qué, en ese preciso día, volvían a
su mente imágenes enterradas en los archivos de la memoria.
Gabriel se despertó desperezándose exageradamente.
-Misti, me voy a duchar que hemos quedado con tu madre. Ve
recogiendo los recortes ¿no? Salgo enseguida.
-Vale.- La verdad es que no le apetecía nada salir pero tenía que ver a
su madre porque en unos días se iba de viaje y tenía que recoger algunas
cosas de su casa.
En la calle estaba cayendo la noche y se dirigían a coger el autobús.
Misteriosa andaba sin ganas y abstraída hacia la parada. El pensamiento,
como el carné del polideportivo, es personal e intransferible. En esto creía
Misteriosa que efectivamente residía la libertad humana, en que cada uno
puede pensar lo que le plazca. Mirando por la ventana del autobús cuando
Gabriel y ella iban a casa de su madre se sorprendió a sí misma pensando
en otro hombre. Sus recuerdos de juventud seguían abofeteándola. Creyó
ruborizarse, aunque esto era poco probable porque pocas veces el
pensamiento propio nos avergüenza. Esta es la magia de la intimidad.
Ciertamente ella se sentiría muy violenta si Gabriel conociera sus
fantasías.
Misteriosa adoraba Madrid, esa urbe desmesurada y cambiante que
despierta todo tipo de afectos entre sus habitantes. Le encantaba viajar y
conocía ciudades de todo el mundo, pero a Madrid le unía un vínculo
especial de admiración. Había una cosa que a Misteriosa le gustaba hacer:
a veces cuando iba a trabajar, salía diez minutos antes de casa y se
permitía el lujo de andar muy, muy despacio. Paseaba lento, observando a
todas las personas que pasaban a su lado como hormiguitas laboriosas,
observaba las cosas de una manera en la que nadie se paraba a mirarlas
porque siempre iban deprisa. Qué absoluto placer le reportaba en esos
momentos el encontrarse con las auténticas dimensiones del tiempo.
Otra vez estaba divagando. Los pensamientos, aparte de ser
secretos, son rapidísimos y cuando uno se descuida se encuentra en
cualquier lugar imaginario. Gabriel observaba con absoluta devoción los
movimientos de un niño que intentaba sin éxito despegar una pegatina del
asiento.
El autobús paró. Misteriosa se embelesaba con los personajes que
montaban en las líneas de la EMT. La compañía pública de transportes
circulaba por las calles de Madrid, con sus autobuses rojos, como gotas de
sangre circulando por las arterias de la ciudad, recogiendo gente de todos
los barrios para llevarles a otro lugar. En la ciudad, sin darnos cuenta,
mantenemos los hombres una extraña relación con las máquinas. Gabriel y
ella se bajaron. Había bastante gente paseando. Eran las ocho y media
cuando tocaron al telefonillo de la calle Serrano, donde vivía su madre.
Gabriel se tornó divertido la primera vez que Misteriosa le presentó a su
madre. Blanca Paloma resultaba ciertamente un nombre cuanto menos
curioso. Pero no era solamente el nombre lo que fascinaba de aquella
dama. Era extravagante y parlanchina. Desde el primer momento Gabriel
supo cuál era el secreto de su vivacidad. Apenas unos minutos con aquella
loca encantadora para saber que bebía la vida con absoluta voracidad,
saboreándola, y oliendo y disfrutando todo intensamente. Ya hacía más de
quince años que Gabriel disfrutaba escuchando sus increíbles historias.
Nunca llegaría a saber hasta que punto eran ciertas. La excéntrica
embaucadora siempre conseguía atraer su atención como un chiquillo al
que le cuentan un cuento. En ocasiones tenía la certeza de que no eran
más que cuentos, pero otras su imaginación volaba tan alto que ni la
propia realidad era tan real. La primera vez que la vio le contó por qué se
llamaba Blanca Paloma. Su nombre verdadero era Angustias, pero como
tantos y tantos jóvenes en la posguerra le tocó ser veinteañera en los años
sesenta. Y uno no puede volver la espalda a los años que le han tocado
vivir. Sus padres eran analfabetos y por entonces aún vivían en un pueblo
de Extremadura, pero su tío Roberto, de ideas izquierdosas había estado
exiliado en Francia y por suerte fue su apertura al mundo, a esas
revoluciones juveniles del mundo que si bien en España estaban sometidas
por la mano de Franco en Europa estaban en total ebullición. Fue su tío
quién le habló del Mayo francés en el 68 y fue quién le salvó la vida, le
salvó de la ignorancia. Él le contó que Picasso había realizado una serie
de grabados de palomas, que desde la Antigüedad era el símbolo de la paz.
Angustias fue entonces cuando se cambió el nombre por el de Blanca
Paloma, muy rociero. Las ondas del hippismo que venían del otro lado del
Atlántico calaron hondo en ella y desde entonces se había prometido a sí
misma mantener ese carácter de libertad. En este país las cosas no eran
tan fáciles y finalmente tuvo que casarse por la Iglesia con un hombre del
que no estaba totalmente enamorada, pero al cual acabó amando a base de
convivencia. Y con él tuvo dos hijas maravillosas. Gabriel lo sabía porque
llevaba más de quince años viviendo con una de ellas.
Misteriosa y su madre eran totalmente diferentes. Ambas eran tan
especiales que si se hubieran parecido perderían esa singularidad que sólo
tienen los seres únicos e irrepetibles.
Llamaron al timbre. Una, dos... tres veces. Nadie contestaba. Cuando
estaban a punto de darse la vuelta se abrió la puerta y allí estaba Blanca
con una hidratante mascarilla color mostaza sobre la cara. Gabriel ahogó
una risita y Misteriosa puso cara de circunstancias.
-¡Oh, qué alegría! Pasad, pasad... Me iba a duchar... Me voy a quitar
este potingue y en seguida salgo. Misti, cariño, hay una bandeja de
sandwiches de Rodilla en la nevera. Id cenando algo.
Misteriosa siempre pensaba que esa casa era demasiado grande para
una mujer sola, para una mujer de provincia con un pasado tan humilde,
vivir en esa zona era un privilegio. Su marido y ella heredaron unos
terrenos que se vendieron muy bien. Los beneficios del campo les
permitieron vivir cómodamente en la ciudad y criar a sus hijas en un
ambiente urbano y cosmopolita. Sus vecinas la trataban un poco
altivamente, pero ella era una mujer inteligente y gracias a las enseñanzas
de su tío Roberto se convirtió en una mujer luchadora y válida.
Aparentaba mucha menos edad de la que realmente tenía. Le gustaba
cuidarse, era realmente libre, era una mujer viuda y sin prejuicios y hacía
lo que le daba la gana y poco le importaba lo que dijeran los demás de
ella.
Su madre tardó casi media hora en salir del baño, cuando Gabriel ya
había dado buena cuenta a los sandwiches y ella había tenido tiempo de
ojear varios libros de la estantería.
-Bueno, ya estoy aquí- miró a Gabriel que abría la boca para dar un
bocado al sándwich de salami- Ay, hijo, no tenía ganas de hacer la cena y
ya he limpiado la cocina. ¿Vas a venir a regarme las plantas estos días?
Gabriel, que tenía la boca llena, asintió. Él y su suegra se llevaban
estupendamente porque él siempre cuidaba con extremado cuidado sus
plantas. Blanca se iba unos días a Mallorca y estaba más habladora si cabe
que otros días. Empezó a contarles emocionada sus planes para visitar la
isla y sacó un montón de folletos que le habían dado en la agencia de
viajes. Misteriosa a cada folleto que sacaba su madre era golpeada de
nuevo por su pasado, pero esta vez no se dejó arrastrar por la melancolía y
siguió pendiente de la conversación el par de horas que estuvieron allí.
Misteriosa miraba los folletos con nostalgia, esas playas y calas le
traían recuerdos de un viaje muy especial. Mientras su madre hablaba,
Gabriel y ella intercambiaban miradas cómplices porque ambos estaban
pensando en esa escapada que hicieron a la isla balear muchos años atrás.
-IV-

Gabriel llamó a la puerta. Sólo podía ser él porque sólo él en el mundo


llamaba de esa forma tan insistente al timbre. Ya se le han vuelto a olvidar
las llaves. Voy. Voy. VOOOOY. Misteriosa abrió la puerta. No era Gabriel:
era una enorme planta. Detrás del enmarañado de grandes hojas asomó la
cabeza de Gabriel sonriente.
-Feliz aniversario, Misti.
El primer aniversario de una pareja es tan evidente, tan certero, tan
amorosísimo... Aquel seis de agosto de mil novecientos ochenta y tres, era
un gran día (con árbol incluido, como ése que le raspaba la espalda hacía
un año en El Retiro)
-Gracias Gabriel, es una planta realmente... grande.
Intentó coger a su nueva inquilina pero pesaba demasiado. Entre los
dos la llevaron al pequeño salón de la casa. Es preciosa, ¿en qué época del
año le salen las flores? El ficus no tiene flores, Misti, es de la familia de
las moráceas que. Ella le plantó un beso. No necesito saber eso, es tan
obsceno...
Se quedó unos segundos mirándolo. Al poco se levantó y fue
rápidamente a la habitación. Gabriel la oía trastear desde el salón.
-No pensé que ibas a llegar tan pronto- le gritó desde la habitación.
Volvió a salir corriendo.
-Cierra los ojos.
Cogió algo del armario del salón. Sonaba a papel.
-Estoy envolviendo tu regalo, un minuto.- Y se metió otra vez al
cuarto. A los diez minutos salió con un paquete envuelto con esmero en un
papel acharolado azul y con un bonito lazo rojo. Gabriel lo agitó y le dio
varias vueltas antes de abrirlo. Finalmente quitó con cuidado el papel.
Era un libro algo viejo, un gordo ejemplar de “ Las mil y una noches”.
Le maravillaban esos libros por los que ya ha pasado el tiempo, tenía el
encanto de las cosas desgastadas. Estaba cubierto con unas tapas en color
azul con letras en oro: Editorial El arco de Eros. Madrid 1970.
Misteriosa lo compró en El Rastro, a su lado había otro igual, y cuando
llegó a casa se dio cuenta de que el que había comprado era sólo el primer
volumen y que llegaba hasta la noche cuatrocientos sesenta y cinco, era
una lástima, aunque igualmente era un bonito regalo. En cuanto pudiera
iría a comprar el segundo tomo. Cuando lo vio, supo que era el regalo
perfecto para Gabriel porque tenía ese constante espíritu de las cosas que
pertenecen a otra época y porque recordó que Gabriel le había contado que
era un libro que leyó en la infancia con mucha voracidad y en secreto.
Gabriel sonrió, el regalo le gustaba mucho.
-Pero aún hay más... le dijo Misteriosa apagando el ventilador.
-¿Qué haces, loca?, ¿quieres que nos derritamos?- Gabriel hizo un
amago de volver a encenderlo y Misteriosa se lo impidió.
-Calla, que es parte del regalo... hace mucho calor...- Se empezó a
desabrochar lentamente la blusa- ¿Sabes qué he pensado para remediarlo?
-¿Apagar el ventilador y morir derretidos? - Bromeó Gabriel
-Calla, idiota- Misteriosa había llegado al último botón de la blusa.
Él miraba como se desvestía. Llevaba el sujetador verde, el de las
sorpresas. Él también se quitó la camiseta. Empezaba a sudar. Le pasó la
mano por el pecho y le dio un beso.
-He reservado un viaje esta mañana para irnos cinco días a Mallorca...
¿Qué te parece? ¿No es una idea genial de celebrar nuestro aniversario?
Era una gran idea. Ella era fantástica. Le quitó el sujetador verde, el de
las alegrías, y la besó y acarició. Se abrazaron porque eran felices como
cualquier pareja en su primer aniversario, ése que es tan evidente, tan
certero, tan amorosísimo... Hicieron el amor, los amores. Con y sin
sujetador verde, el de las circunstancias. Se descubrieron como si fuera la
primera vez durante horas, porque en un primer aniversario el tiempo no
importa, porque la vida entera se sienta en el sillón a contemplar los
cuerpos enredados, porque la vida entera no tiene prisa y observa a esa
pareja a la que poco a poco tendrá que ir puliendo. Es su trabajo.
Cuando pasa el tiempo del sudor y los jadeos, la vida se restituye
lentamente y sigue su curso. Los amantes se refrescan y se miran a los
ojos cristalinos. El ventilador, de nuevo encendido, da paso a la alegría.
La alegría de su primer aniversario.

***
Misteriosa leía una guía de la isla. El avión aterrizó puntual y nada
más salir de él les sorprendió una enorme claridad. Vino a recogerlos,
junto a los demás pasajeros, un autobús interno del aeropuerto. Misteriosa
suspiró, estaba inquieta y deseando irse a la playa. Gabriel, al contrario,
prefería echarse un rato a descansar en la habitación de la pensión.
Misteriosa tenía muchas expectativas puestas en ese viaje y aunque
sólo iban a estar cinco días tenían que aprovechar para disfrutar al
máximo de todas las posibilidades que la mayor isla balear les ofrecía:
hacer miles de fotos, visitar los incontables lugares culturales, ir a las
innumerables y paradisíacas playas...
Lo primero que hicieron fue dejar las maletas y ordenar un poco la
ropa, y tras un breve descanso y una ducha, salieron dispuestos a explorar
la isla. Fueron a ver a un primo de Gabriel que vivía allí y que estaba
forrado (gracias a unos no muy legales trapicheos). Lorenzo, que así se
llamaba, les prestó un moderno y pequeño R-5 en su reciente versión
Alpine Turbo. Ellos no hicieron preguntas y prometieron devolvérselo en
unos días sano y salvo.
-Es una pena que vayas a estar fuera de Mallorca justo estos días- dijo
Gabriel- hubiera estado bien pasar algo de tiempo juntos.
-Sí…- contestó el primo, evasivo.
Misteriosa sospechaba que no tenía ningún viaje, pero no quería o no
le convenía hacer de guía turístico para ellos. Bueno, casi mejor, pensó,
así tendremos las vacaciones para disfrutar uno del otro, sin atender a
nadie más.
Eran las dos y media y ella tenía un hambre atroz. Se despidieron de
Lorenzo y fueron a un supermercado a comprar comida para llevar a la
playa y pasar allí la tarde. Ya organizarían las salidas culturales al día
siguiente. Compraron pan de molde y embutido, unas patatas fritas y unos
refrescos. Era posiblemente el mejor plan del mundo. Las playas de
Mallorca son increíbles. La más cercana a donde ellos estaban era la cala
Millor. Un residente de la isla, Manuel, les contó leyendas sobre esa playa
y otras cercanas.
Sea como fuere estar tumbados allí en la arena era todo un lujo y
NADA más importaba al margen de ellos dos. Misteriosa tenía un vínculo
especial con la arena de la playa y una idea muy clara sobre su poder
relajante y purificador. Le encantaba meterse en el agua y luego tumbarse
sobre la arena. Sentía cada partícula, cada grano y podía oler el mar en su
piel, podía sentir la luz y el calor del sol en sus ojos y en su cuerpo. La
playa en su conjunto tenía un componente erótico irresistible. Gabriel la
miraba a través de los oscuros cristales de sus gafas de sol, la observaba
en sus rituales absurdos y divertidos y la deseaba. Ella lo sabía y le
provocaba. Jugaba con la arena como una niña. El sol acentuaba el color
rojizo de su pelo y avivaba sus ojos color aceite de oliva. Se quitó el
bañador con total naturalidad, en esas playas estaba casi todo permitido y
se fue corriendo al mar. El impacto con el agua la refrescó y despertó sus
sentidos, se sentía como una sirena y se adentró a una buena distancia de
la orilla. Allí de nuevo sintió el poder vigorizante del sol. Si alguien ha
sentido alguna vez la libertad absoluta sabe lo que es.
Llamó a Gabriel que fingía leer un libro de botánica. Le gritó, le
necesitaba a su lado, quería sentir con él esa sensación. Él se levantó,
perezoso, y poco a poco fue sumergiéndose. Se acercó hasta ella nadando
a crowl, golpeando con sus brazos fuertes el agua, y cuando llegó al punto
donde se encontraba, sin decir nada, la abrazó, la besó y ambos se
hundieron entrelazados. “Podría morirme ahora mismo” pensó Misteriosa.
Eran absolutamente felices. Y reían. Y la risa les salía del alma.
Desde allí, a lo lejos, divisaron a Manuel, aquel simpático lugareño
que les había contado las historias de esas playa y que se convirtió en un
improvisado guía turístico de la isla. Era rechoncho, de edad indefinible,
llevaba un sombrero de paja y al cuello, atado, un pañuelo rojo. Les
saludó con la mano y les hizo señas para que fueran a tomar algo a un
chiringuito que se veía desde allí. Ellos asintieron y él se fue alejando,
con una sonrisa, que a pesar de la distancia pudieron percibir. Se
abrazaron, iban a ser unas vacaciones maravillosas.
Al salir del agua, sus cuerpos mostraban reacciones al cambio de
temperatura, encogimientos y dilataciones, y sus poros respiraban como
una esponja. El sol les doraba la piel y las gotas les resbalaban como
diamantes por los brazos, la espalda, el pecho... Se dejaron caer en las
toallas, abatidos de luchar contra las olas, exhaustos de flotar.
Pronto el cansancio se vio sustituido por una nueva iniciativa. Se
secaron un poco y decidieron ir a buscar a Manuel, para invitarle a un
refresco, el chiringuito que él les había indicado estaba cerca. Se
vistieron. Misteriosa observaba a Gabriel. Evidentemente él, como
botánico, prefería la montaña a la playa y ni siquiera tenía chanclas.
Llevaba el bañador y unas botas Chirucas con calcetines marrones, todo
un esperpento. Misteriosa se divertía viéndole con esas pintas pero le
quería aún más, en la falta de sentido del ridículo creía ella que residía el
valor de las personas. Se acercó a unos señores y les pidió que les sacaran
una foto, había que inmortalizar ese gran momento. “Que salga la playa al
fondo, por favor...”. Gabriel se quitó las gafas, Misteriosa le abrazó y
ambos pusieron una de sus mejores sonrisas. Eran jóvenes y estaban
enamorados.
Manuel estaba sentado en una mesa, solo, mirando hacia el mar.
Cuando los vio llegar llamó gritando y de forma familiar a la camarera:
“Marina, Marina” y hacia aspavientos con los brazos. De la cocina salió
una niña que apuntaba a mujer, muy morena y con un pelo negro hasta la
cintura. Sonrió enseñando sus blanquísimos dientes y se acercó a él
limpiándose las manos en el delantal.
-Ya voy, Manuel- Su voz sonaba a flauta dulce- ¿Qué vais a querer?
Misteriosa y Gabriel ya se habían sentado con él y observaban. Él les
preguntó si tenían hambre y ellos afirmaron con la cabeza.
-Marina, reina, dile a tu padre que nos prepare unas tostas de pá amb
tomaquet- Mientras lo decía, sacaba de una especie de morral de cuero
unos collares hechos de conchas- y toma estos collares que he hecho esta
mañana para ti.
-Gracias, Manuel- la joven se alejó hacia la cocina y adentrándose en
ella le gritó la orden que le habían pedido.
-Marina es casi como mi hija- Comenzó a narrar Manuel- su padre y yo
somos de Barcelona y nos vinimos aquí juntos hace muchos años...
Se recostó sobre la silla suspirando y se embriagó por un segundo con
la vista, como si fuera la primera vez que la veía.
-Llevamos aquí quince años. Él vino con Milagros, su mujer, que aquí
dio a luz a esta preciosa hija, pero algunos años después les abandonó...
Bueno, nos abandonó, porque yo estaba perdidamente enamorado de ella
en secreto. Dicen que se volvió loca por el hecho de vivir en una isla,
rodeada de mar... no sé, como si fuera una cárcel...
De repente rompió a reír.
-Pero, ¿qué hago? Os voy a aburrir... Gabriel y Misteriosa... no deja de
sorprenderme tu nombre... ¿cuánto tiempo vais a estar aquí?
-Cinco días- contestó Gabriel. Misteriosa escuchaba, pero miraba hacia
el infinito, hacia el horizonte, donde se junta el cielo y el mar
-¡Sólo cinco días! En ese caso tenéis que aprovechar al máximo, esta
isla tiene muchos lugares mágicos y no os los podéis perder. Palma es
fabulosa pero os recomiendo que os perdáis y descubráis por vosotros
mismos los rincones especiales, vuestros rincones- Volvió a suspirar y
rebuscó de nuevo en la bolsa- Toma, hija, otro collar para ti.
Misteriosa pareció regresar de su ensoñación en los confines de la
tierra y se lo agradeció vivamente. Manuel le pareció cautivador, y la
hipnotizaba con sus historias de la isla, tanto las históricas y reales como
las inventadas. Era un maestro de las leyendas y poseía el don de la
palabra. Misteriosa le pidió permiso para hacerle unas fotografías y él
accedió encantado y divertido. Quería inmortalizar cada segundo de ese
viaje con Gabriel, cada persona, cada rincón, “sus rincones”, como había
dicho Manuel.
Al rato, el alegre hombrecillo se despidió de ellos, poniendo como
excusa unas gestiones en el centro de Palma. Misteriosa desconocía qué
tipo de asuntos tendría que resolver, pero sospechaba que no existían tales
y que había sido una forma elegantísima de dejarles, porque comprendió
que dos chicos tan jóvenes como ellos, posiblemente en uno de sus
primeros viajes juntos, querrían un poco de intimidad. Les dijo adiós
estrechándoles la mano y deseándoles buena estancia, aunque Misteriosa
intuía que no iba a ser la última vez que lo vieran.
Esa isla era fabulosa, Misteriosa, pensando en lo que les había contado
Manuel no comprendía que alguien quisiera huir de allí, era el lugar más
parecido al paraíso que había conocido, pero la madre de Marina se
marchó, dejándola allí, haciéndose mujer rodeada de mar. Y Manuel estaba
colado por su madre... un típico triángulo amoroso. Gabriel interrumpió
sus pensamientos para mostrarle una planta que había a la orilla del
camino por donde andaban.
-Es simpático Manuel, ¿verdad?- preguntó ella sin mirar ni siquiera lo
que le mostraba Gabriel.
-Mucho. Seguro que está contratado por alguna agencia turística para
engatusar a la gente, ya no quedan personas así, tan campechanas-
Gabriel, como siempre, tan descreído con las personas, pensó Misteriosa,
era increíble que luego fuera capaz de hablarle a las plantas.
-Seguro que era muy atractivo cuando era joven y seguro que Milagros
también estaba enamorada en secreto de él.
-¿Quién es Milagros?
-Gabriel, no te enteras de nada... Milagros es la madre de la niña del
bar, la que se fue de la isla...
-Pues me parece fatal
-El qué, ¿que se fuera?
-No, que Manuel se enamorara de ella.
-Sí, claro, como que esas cosas se pueden controlar- Gabriel en
ocasiones la sorprendía con algún comportamiento machista y ella se
molestaba. En ese momento demostraba su postura de la mujer como si
fuera una posesión y salía a relucir ese espíritu viril que ve como amenaza
otro macho alrededor- y ¿sabes qué? que en el amor y en la guerra no hay
reglas y todo está permitido y que si ella se fue seguro que fue porque su
marido no la trataba como merecía.
Esto último sonó un poco a reproche, pero Misteriosa no quería pasar
esos idílicos días discutiendo y se tranquilizó voluntariamente porque
Gabriel a veces la exasperaba y si empezaba no iba a poder parar,
intentando defender sus argumentos. Para romper totalmente la situación
dirigió los ojos, completamente recompuesta en otra mujer diferente,
hacia las plantas que hacia un momento le había señalado Gabriel.
Aunque en el fondo, seguía sintiendo un ligero resquemor ante la falta
de romanticismo de Gabriel, todo volvía a ser tan maravilloso como antes.
El mar tenía un color increíble, azul inmenso.
-V-

A veces, cuando no sabía que hacer y tenía un día tan raro como aquél,
emborronaba papeles con formas geométricas, sin pensar especialmente en
nada, sólo por el mero hecho de hacer algo físicamente mientras decidía o
recordaba alguna cosa importante. Así se encontraba aquella noche, en la
cocina, delante de un vaso de cola-cao, con el pijama y moviendo el lápiz
sin prestarle atención. Su mente vagabundeaba de pensamiento en
pensamiento como esos personajes de los cuentos que andan siempre de
flor en flor, sin centrarse en ninguno. Como esa misma mañana, los
recuerdos se agolpaban desordenadamente y la inquietaban. Pensaba que
pocas veces en su vida había terminado algo empezado con mucho
entusiasmo, y es que así era ella, increíblemente activa para forjar
proyectos nuevos y emprenderlos con avidez, pero muy perezosa para
llevarlos a buen puerto. Y no por falta de perseverancia, sólo que sus
impulsos saltaban como el personaje del cuento y una vez embarcada en
un plan aparecía otro igual de atrayente.
Con casi cuarenta años se sentía un poco cansada y desorientada, a
la deriva, igual que los troncos de árbol que se deslizan por los rápidos de
esos turbulentos ríos de las películas.
Estaba sola en la cocina. Eran las tres de la mañana e iba a intentar
combatir el insomnio y matar el aburrimiento escribiendo algunas cartas.
No tenía muy claro si Alfredo seguía viviendo o no en Londres. Haber
perdido el contacto de esa manera le hacía sentir una punzada en el pecho
y después un enorme vacío. No podía entender cómo alguien a quien había
querido tanto se había marchado sin explicación, sin ni siquiera un adiós.
Después, durante varios meses, se escribieron cartas febriles tan
envenenadas de necesidad que sólo la distancia podía amortiguar lo que de
otro modo sería una irremediable locura. Se dijeron lo que durante tanto
tiempo habían callado. Misteriosa aún conservaba esas cartas, aunque
hacía por lo menos diez años que no las leía... Se acercó al armario y
rescató una caja con un montón de cartas y otras cosas. Nada más abrirla
le embriagó un olor a rancio que le ponía en alerta.
Desde que se levantó esa mañana sabía que era un domingo en el que
todo y nada puede pasar, llevaba todo el día abstraída, deambulando por
una época de su vida bastante lejana, pero por alguna razón estaba
reviviendo todo aquello: cuando conoció a Gabriel, su viaje a Mallorca...
Alfredo estaba inexorablemente ligado a esos años. Empezó a sacar una a
una las cartas de Alfredo y a releerlas una vez más. Veinte años atrás,
cuando las recibía, temblaba como una hoja al abrirlas y cuando las leía
sentía que eran -quizá ni siquiera Alfredo, solamente las cartas- la horma
de su zapato porque decían lo que ella quería.
Poco a poco las cartas fueron pareciéndose al final de una película,
a una estación de esas que existen pero en las que los trenes no efectúan
parada. Hasta que una vez llegó un sobre que sería el último. Sin
acuerdos, sin despedidas de nuevo, pero ambos supieron que era el último.
Por la mañana, en el café, Misteriosa había sido sacudida de forma
impiadosa por su pasado y en El Retiro había revivido momentos que, si
bien no estaban olvidados, si estaban un poco empolvados en el desván de
la memoria. Ahora estaba rememorando todas esas cosas y se preguntaba
si cuando alguien revolvía sus propios recuerdos afectaría eso de alguna
manera cósmica quizá a las personas implicadas. Al parecer no, porque
Gabriel dormía plácidamente ajeno a su revolución interior. Hacía
dieciséis años, dos meses y once días que conoció a Gabriel en el Retiro,
pero hacía quince años, dos meses y once días, justo un año después, el
mismo día, conoció a Alfredo.
Hacía quince años, dos meses y once días en El Rastro. Misteriosa fue
a comprar un filtro polarizador para la cámara y también iba buscando un
regalo especial para Gabriel porque era su aniversario. Tal día como
aquél, un año atrás se habían conocido y se habían instalado uno en la
vida del otro. Buscaba algo mágico y sorprendente. Cinco días después de
haberse conocido, besado y enamorado en el parque él se instaló sin pudor
en su casa, con permiso de Misteriosa. No fue una decisión meditada, sino
espontánea, como todo lo que hacían juntos. Cinco días después él tuvo la
típica osadía de dejar su cepillo de dientes en el baño y allí permanecía.
Más de dieciséis años amándose y viviendo bajo el mismo techo
(abuhardillado claro, que caía en pendiente hacia arriba o hacia abajo
según lo miraras) Aunque había sido él el que se había instalado en su
casa siempre tenía la sensación de que era ella quien le había robado parte
de su intimidad. Quería comprarle algo muy especial y fue precisamente
Alfredo quien se lo vendió.
Desde ese día sintieron una ligera y aparentemente pasajera atracción
el uno por el otro, pero poco a poco fue convirtiéndose en una bonita
amistad. Ahora, después de tanto tiempo, iba a escribirle una carta.

***

Madrid, 17 de octubre de 1999.

Hoy, querido Alfredo, no sé si es demasiado tarde para confesarte


lo mucho que te he querido. Tú siempre lo has sabido y yo, ahora, no sé
por qué, necesito dejarlo escrito de alguna forma, volvértelo a decir. No
sé nada de ti hace mucho tiempo. Dudo si realmente te echo de menos.
Creo que fuiste mi excusa para no enloquecer. Aunque pensándolo mejor a
lo mejor es por ti por lo que estuve loca. Un poco tarde, lo sé, pero hasta
ahora no me he atrevido a manifestar mi pasión por el caos, por el
desequilibrio. Tú fuiste quien hacía tambalear mi vida, mi aburrimiento y
te lo agradezco. Cómo me gustaba que me dijeras que me querías. Era un
secreto, ya sabes que me encantan los secretos y aquél era mucho más
vital porque además era algo prohibido que sólo tú y yo sabíamos. Y su
grandiosidad, Alfredo, era eso, su misterio, una suma de complicidades
que pincelaban con un poco de ilusión nuestros lienzos grises. Por lo
menos el mío lo era. O no. A lo mejor no estaba a gusto porque no
acababa de decidirme entre la realidad y el deseo, o porque me empeñé
demasiado en afincarme en tu realidad y hoy sólo puedo acabar
escribiendo una carta a un destino incierto. Qué locura...
Siempre y nunca tuya.
Misteriosa.

***

Por qué había escrito esa carta. ¿Tenía deseos de enviarla? Sí, los
tenía. ¿La iba a mandar? Claro que sí que la iba a mandar. Toda su vida
había estado haciendo tonterías como ésa. Se quedó un rato allí, sentada,
en la cocina, delante de un vaso de cola-cao (vacío). Ya eran las cuatro y
no le apetecía irse aún a la cama. Tenía los ojos como platos de sopa fría
(gracias de nuevo, pirata, por la frase) y podría estar toda la noche sin
dormir. Sentada allí, contemplando la carta o mirando la nevera fijamente
sin hacer nada más. Tenía puesta la radio muy bajito y ponían uno de esos
programas de canciones melancólicas. Canciones de amor, desamor, celos,
desengaños y demás. Esas letras escritas para Misteriosa, letras
universales en realidad. ¿Cómo no se va a sentir una persona desgraciada
con canciones así? Seguramente la mayoría de la tristeza del mundo es
causa de los boleros y los tangos y de canciones como ésas. O tal vez sea
al revés. La razón de que Misteriosa escribiera esa carta es que quería una
historia patética de amor como la de las películas y canciones de ese
programa especial. Pero todas esas historias se han inspirado en algo.
¿Qué fue antes el huevo o la gallina? ¿Fueron antes las historias de amor
o las canciones tristes?

***

Alfredo podía, incluso, haber muerto. Era una locura pensar en él


ahora, pero aquel no había sido un día normal. Dejó la carta a un lado y
fue a buscar el collage que había empezado por la tarde. Un árbol encima
de un sillón. Su madre se iba a Mallorca. Ella había estado recordando su
primer viaje allí con Gabriel. Su primer aniversario, ese que no pesa...
Aunque era octubre seguro que guardaba en el revistero algún folleto
de alguna agencia de viajes. Caribe-Canarias-Baleares. Justo. Ojeó el
catálogo e hizo algunos recortes que pegó al lado del sillón con árbol.
Unas palmeras, mar... qué reconfortante para la vista. Se quedó unos
minutos mirándolo y volvía a pensar en Mallorca, en el R-5.
Apartada en la mesa se había quedado la carta de Alfredo. Misteriosa
movió la cabeza de un lado para el otro al verla y se quedó pensativa. El
flequillo le cayó suavemente y posó la cabeza en las manos. Apoyó los
ojos justo en la base de las manos y dejó caer todo el peso. Apretó, apretó.
Oprimirse los ojos cerrados con fuerza era algo que le gustaba hacer desde
siempre, unos segundos en negro hasta que empezaba a ver chiribitas.
A un lado la carta, al otro el collage.
Cogió la carta y la dobló con mucho cuidado, plegándola para que
coincidieran las esquinas de forma simétrica, una, dos veces. El resultado
fue impecable. La miró durante un segundo y luego la estrujó un poco
entre sus manos para que quedara elegantemente arrugado. La metió en un
sobre y escribió la dirección, que aún sabía de memoria después de tantos
años.
Durante el verano del ochenta y tres Alfredo la animaba para que fuera
a Londres y, a pesar de sus insistencias, no fue hasta hacía bien poco que
lo vio por primera vez. No hacía ni un año. Realmente él tenía razón, era
increíble, y eso que estaría muy diferente a como él le narraba años antes.
En aquella primera visita a la capital inglesa su relación epistolar con
Alfredo estaba más que enterrada y olvidada, pero como Misteriosa no
creía en el olvido, tuvo la tentación de dar un paseo por la que fue la calle
de Alfredo a ver qué pasaba. Resultó que esa calle estaba en un barrio
bastante alejado del centro y su idea fue descartada de inmediato por el
resto del grupo, que no entendía que atractivo podía tener esa calle.
Misteriosa creía en las señales, tanto externas como internas
(corazonadas, intuiciones) y en ese momento no sentía nada especial así
que lo dejó pasar.
Y ahora, sin saber muy bien por qué, escribía una carta al destinatario
que en otro tiempo había recibido tantas. Sólo que ahora no sabía si él
continuaba allí. Seguramente no, pero tenía la necesidad de hacer algo
arriesgado y vital, algo que le despertara de nuevo una ilusión aunque
fuera ficticia. Había sido un día muy raro y ella, con su problema de
anacronismo habitual, se encontraba desorientada. Nada ayudaba que
fuera domingo porque ya se sabe que los domingos el espíritu se encuentra
como si estuviera atolondrado, y ni que decir tiene un domingo al filo de
la madrugada, cuando ya casi se roza el fatídico lunes... Ese momento es
el más infame que puede tener una persona. Esa sensación de que somos
rutina, mezclada con las náuseas que da empezar de nuevo una semana,
esa sensación, era justo la que tenía Misteriosa y no podía soportarlo.
Ella, que de vez en cuando le daba por creerse especial tenía que hacer
algo con su vida, algo que le transmitiera ese hormigueo que tienen los
instantes que merecen la pena.
Miró al collage, esa nueva composición que había empezado de su vida
y se dio cuenta de que los momentos mágicos de la vida de una persona
cabían perfectamente en una cartulina. Todos los demás eran de relleno:
horas de comer, dormir, viajar en el metro... horas de tránsito entre una
hora bruja y otra. Dice la definición que una línea es la distancia más
corta entre dos puntos. Entre un momento especial y otro pasamos por una
larga lista de acontecimientos inocuos, se puede decir que nunca vamos
por el camino más corto, sino más bien por una espiral. La vida pues, es
una sucesión de puntos enlazados por espirales, como si alguien se
dedicara a colocar muelles en hilera hasta un punto final. A Misteriosa a
veces el camino se le hacía muy largo y quería acelerar el proceso
intentando provocar minutos de grandiosidad, recuerdos imborrables, pero
para eso había que estar en un estado especial de ensimismamiento y ella,
estando con su amiga tomando un café lo había tenido. Sus recuerdos la
golpeaban para avisarla y ponerla en alerta y de ella dependía reaccionar.
En apenas dos meses iba a cumplir cuarenta años y era un buen punto para
hacer balance de su vida.
¿Cuántas cosas había conseguido de las que se siempre había soñado?
Se acercaba peligrosamente el lunes y un amanecer como el que se
avecinaba, con casi toda la ciudad levantándose para prepararse el
desayuno y empezar la semana de mal humor no era el mejor momento de
contestar a la pregunta.
¿Cuántos de sus sueños había conseguido en su vida? ¿Había
conseguido si quiera alguno...? Pensar eso era un acto involuntario, ácido
y dolorosísimo que dejaba el corazón arrugado de desilusión, y al mismo
tiempo era una maniobra para espabilar, una llamada de atención ante el
reloj. Y ese envite había sido escribir la carta, esa carta tan impulsiva y
sin sentido, tan tonta y cursi, que había escrito de un tirón y luego había
pasado a limpio con la intención de enviarla.
Allí estaba el collage de su vida: un sillón, un árbol, unas playas... Y
una carta al lado. Su vida no había sido aburrida, y muchos de sus amigos
la envidiaban, lo sabía, porque a ojos de los demás todo lo que hacemos
resultaba más idílico. Ella también sabía que su vida no estaba mal, pero
era como tantas otras, con su vulgaridad apabullante, y ella quería mucho
más, una vida llena de aventuras. El conflicto es que siempre le había
faltado coraje. A veces hacer lo que quieres exige dejar atrás otras cosas y
no es fácil. Siempre nos encontramos en la disyuntiva entre el camino
fácil, el correcto y el otro, el arriesgado, pero al mismo tiempo más
atrayente... En esto pensaba Misteriosa, en cuáles habían sido los caminos
que ella había tenido que elegir y en cual había sido finalmente su
opción... En esto pensaba Misteriosa justo antes de quedarse dormida
sobre la mesa.

***

Los días quince y dieciséis de 1999 pasó por la Península Ibérica un


frente frío que generó un desarrollo ciclogenético secundario. El día
diecisiete se produjo un tornado de una rareza y espectacularidad inusual.
Es posible que este fenómeno fuese el culpable de provocar turbulencias
emocionales en nuestra protagonista.
-VI-

Le gustaba mucho ir al Rastro, y por eso fue a buscar el regalo de


Gabriel allí; entre los trastos antiguos que allí se venden a veces se
encuentran verdaderas maravillas. Lo cierto es que durante dos semanas
no había dejado de fantasear con el chico que le había vendido el libro de
Las mil y una noches. Ese domingo tenía que volver para comprar líquido
fijador en una tienda de fotografía que había por allí. Tenía que revelar
unas fotografías que le habían encargado unos amigos actores a quienes
había hecho unos retrato s. Agosto no era el mes ideal para ir al Rastro
porque hacía demasiado calor, había muchos turistas y faltaban muchos de
los puestos que habitualmente exponían sus mercancías. En otras épocas
del año era mucho mejor, le gustaba el bullicio, la locura del mercadeo en
estado puro. Misteriosa no valía para regatear, era nula total para los
negocios, pero le encantaba observar las transacciones que allí se hacían.
Aquel día la luz del sol atravesaba los toldos de los puestos e iluminaba la
escena de manera especial.
El chico que le había vendido el libro trabajaba en uno de esos puestos,
pero él era diferente, estaba como ausente, como si no perteneciera a ese
mundo... Quizá es un fantasma, pensó Misteriosa. ¡No! ¡Era un genio! Eso
es, era un Aladino del siglo XX y había perdido su lámpara entre todos los
cacharros viejos del Rastro y debía encontrarla. Seguro que llevaba
muchos años vagando por los puestos en busca del recipiente de su
eternidad, mirándolo todo con sumo detenimiento... esperando que alguien
frotara la lámpara.
Decidió pasarse por segunda vez por aquel tenderete donde compró el
libro para Gabriel. Allí estaba él, el genio, leyendo una revista. Se acercó
a ver los objetos.
-¿Le gustó el libro?- le preguntó el chico, que estaba sentado a la
sombra.
-¿Cómo?- respondió ella aturdida.
-El libro que compraste el otro día- repitió él.
Hablaba con ella, sin duda, no había nadie más, pero no apartaba la
vista de la revista. Al ver que no contestaba la miró fijamente. ¡Tenía los
ojos más verdes que ella había visto nunca!
-Eh... sí, sí, le gustó mucho.- vaciló.
-Ah bueno, me alegro- él volvió a clavar los ojos en la revista.
Su indiferencia parecía real, pero sin embargo, se acordaba de ella y se
había interesado por el regalo... Desconcertada, empezó a curiosear en una
caja de colores y le miraba de reojo pensando qué tres deseos le pediría a
un genio tan guapo. Le gustaban las cajas, era el lugar perfecto para
esconder secretos.
-Me llevo esto, ¿cuánto es?- le preguntó con voz insegura.
-¿Es para regalo también?- contestó.
-No, es para mí- afirmó Misteriosa con poca seguridad en la voz.
-Entonces te lo regalo, esa cajita es mía- sentenció él.
-Ah, pues... ¡Gracias!- Le devolvió el regalo con una sonrisa
espléndida- ¡Hasta luego!
-Hasta la semana que viene- dijo el genio y le guiñó un ojo. Ella giró
sobre sus pies y dio unos cuantos pasos dubitativos, no sabía si decirle o
no algo más. Se dio la vuelta un instante y vio que él había recuperado de
nuevo su lectura, de nuevo indiferente y abstraído. Leía un viejo ejemplar
de Fotogramas que sin duda había comprado en alguno de los numerosos
quioscos cercanos que vendían viejas revistas. Finalmente Misteriosa
decidió no interrumpirle y continuó andando con aplomo.
Subía por la calle Toledo pensando que un genio moderno quizá ya no
se valga de una lámpara maravillosa sino de una caja de colores. Qué
calor hacía, el sol era abrasador. Se puso sus oscuras gafas de sol. Creo
que lo primero que le pediría sería ser joven eternamente. Misteriosa iba a
guardar en su caja multicolor del GenioDeOjosVerdes su primer deseo,
que era ser joven siempre. Pedir tres deseos no era algo que resultara tan
sencillo. Todos los días estamos deseando cosas, pero poniéndonos en el
caso de que sólo pudiéramos elegir tres y que realmente se fueran a
cumplir ¿cuáles serían? Habría que pensarlo con mucho cuidado.
Misteriosa quiso como primer deseo ser eternamente joven. Guardó este
deseo en su cajita multicolor. Con veintitrés años ése era un deseo que a
veces crecía y crecía, crecía tanto que no cabía ni en el pecho (que es
donde se esconden los anhelos).
Dejaría la elección del segundo para otro momento, tampoco había que
precipitarse, porque si luego uno se equivoca ya no hay vuelta atrás. En
ese instante, cuando iba tan distraída en estos pensamientos, alguien la
agarró del hombro. Se giró violenta pensando que era un carterista pero
no. ¡Era Daniel Carrasco!
Se metieron en un bar a tomar una caña. Daniel había sido una especie
de novio de la escuela de fotografía. En otras circunstancias ella odiaba
esas conversaciones convencionales de preguntas y formulismos de
cortesía, pero realmente se alegraba de volver a ver a Dani. Al fin y al
cabo tuvieron una historia bonita hace tiempo, corta pero especial, y
aunque aquello acabó, siempre hay que cuidar a los viejos amigos y
conservar los recuerdos. Le contó que estaba saliendo con Isabel, también
de la escuela y que estaba muy contento. Ella fingió acordarse de aquella
chica y le habló de Gabriel. Hacía un año que vivían juntos con Deseo.
¡Deseo! Se había olvidado de que fue Daniel quien se lo había regalado.
Deseo... Qué bonito era, ¿lo cuidas? Claro que lo cuido y puedes venir a
visitarlo cuando quieras. Deseo... Era curioso, un día raro. Precisamente
cuando había estado pensando qué tres deseos pediría aparecía Daniel y
acababan hablando del nombre de su gato. Se acordó de la caja. Tuvo
tentaciones de contarle a Dani su secreto, pero finalmente no lo hizo
porque ya no tenían tanta confianza y seguro que si le decía que había
conocido a un genio. ¿Cuáles serían los tres deseos que pediría Daniel? Le
veía algo cambiado pero si no se equivocaba diría que él pediría en primer
lugar algo que le permitiera cambiar el mundo. Siempre había sido muy
activo en organizaciones voluntarias y eventos solidarios y demás.
También querría ganar un prestigioso premio de fotografía, porque, las
cosas como son, también era un poco vanidoso y realmente le encantaba
su profesión. Adoraba la fotografía mucho más que ella lo hacía. Aun
conservaba un collage que hizo con fotos que él le regaló. Era muy
creativo y eso le gustaba de él. Y el tercer deseo sería... ¿Misty, otra
caña? Si, bueno, mejor una clara. Agitó rápidamente su cabeza y se situó
de nuevo en ese bar y en ese momento. Cuando Misteriosa fantaseaba se le
iba la noción de todo lo que le rodeaba. Estuvo hablando un buen rato con
su antiguo compañero y se pusieron al día. Aunque la conversación fue
muy agradable y ella estaba muy a gusto, no se le iba de la mente su caja
mágica. Tenía la oportunidad de pedir lo que quisiera...
Se dio cuenta de que se había hecho tarde. Cuando uno se pone a
divagar el tiempo pasa volando.
-Dani, me tengo que ir, ya sabes que cuando quieras vienes a casa, me
encantaría.
-¿No te vas de vacaciones?- preguntó su amigo
-Estuve en Mallorca la semana pasada con Gabriel, pero tengo
vacaciones todo agosto. ¿Tú te vas?
-No, buscar laburo da mucho laburo- dijo con acento argentino
-Pues hecho, creo que la semana que viene mi hermana quiere dar una
fiesta en casa- le invitó Misteriosa
-¿Vive con vosotros?- preguntó Daniel sorprendido.
-No. Vive, o mejor dicho malvive con unos amigos y que van a
empezar también la universidad este año. Pero el próximo domingo se ha
empeñado en hacer una fiesta en mi casa y que las dos invitemos a mucha
gente... Te llamo y te vienes ¿vale? No hagas planes. ¡Ah, y vente con
Isabel!- le dijo cuando salía por la puerta.
Al salir del bar la luz del sol les deslumbró.
-Claro, me apetece un montón. Bueno... dos besos, me alegro de verte-
dijo él, sincero.
-Yo también. ¡Chao!

***

Al regresar a casa, Misteriosa se puso a rebuscar en carpetas y


encontró el collage que había hecho con las fotos de Dani y unos cuantos
retratos que había hecho de ella. Era un fotógrafo fabuloso y se dijo así
misma que no tardaría mucho en encontrar trabajo porque tenía talento.
Estaba sentada en el suelo, sobre un cojín, rodeada de recortes de años
anteriores y de recuerdos no muy lejanos. En ese momento entró Gabriel y
puso un efímero gesto de reproche ante el desorden, pero pasó de largo y
saludando apáticamente se dirigió al salón. Venía con algunos libros en la
mano. Misteriosa sabía que había ido a preparar unos proyectos e intuía
que no le había ido muy bien.
Sentía mucho cuando las cosas no le salían bien a Gabriel, pero era sin
embargo entonces cuando más le amaba. En su vulnerabilidad había
encontrado Misteriosa un filón para entregarle todo lo que ella podía
darle, que era mucho. Cuando su autoestima se desmoronaba como la
grava entre los dedos, era ella y sólo ella su heroína.
Se levantó sin recoger nada y se acercó a él sin mediar palabra.
Ninguna palabra reveladora. Le acogió en su pecho rodeándole con sus
brazos, le apretó con fuerza y aplicó la terapia del silencio. Él empezó a
llorar hipando como un niño. Sólo llevaban juntos un año pero no era la
primera vez que presenciaba cómo se desplomaba su integridad, su
virilidad. Alguien le había dicho alguna vez que cuando un hombre llora
ante una mujer es porque la ama de verdad, pero aquello era mucho más,
era una demanda implorante de ayuda, un deseo absoluto de comprensión.
Gabriel le apretó muy fuerte y dejó de sollozar, rendido totalmente.
Gabriel era fuerte, infranqueable, invencible. Esa escena que tenía
lugar ahora en su salón casi siempre era a la inversa, era Misteriosa la que
lloraba inconsolable y Gabriel le acariciaba el pelo como a una niña
pequeña, porque ella sí era frágil como un soldadito de cristal (aunque
soldadito al fin y al cabo). Siempre la cuidaba, y en las pocas ocasiones
en las que era él el que estaba hundido, a ella le tocaba, de justo
cumplimiento, reflotarlo, y lo hacía con amor infinito.
Efectivamente, el boceto que había diseñado para ese jardín no había
sido valorado justamente, y el adinerado matrimonio del barrio de La
Moraleja que le había contratado para hacerlo le despidió sin ningún tipo
de reparo. Estaba muy desilusionado y al mismo tiempo cabreado. No le
dolía el hecho de haber perdido la oportunidad de ganar mucho dinero
(que también, porque estaban bastante achuchados), sino el sentirse
despreciado, infravalorado. Odiaba cuando su trabajo no era reconocido.
Después el odio se transformaba en menosprecio por sí mismo, en
autocrítica negativa.
-Misti, mis bocetos para su jardín les han parecido horribles, palabras
textuales...
-Buah, no hagas caso, seguro que son unos snobs, yo vi los dibujos y si
tuviera un jardín me gustaría que fuera exactamente así. ¿Sabes qué?
Cuando seamos ricos nos vamos a comprar la casa de al lado de esos
imbéciles y vas a hacer tu maravilloso jardín y entonces se morirán de
envidia. Y lo llamaremos El Paraíso porque estoy segura de que el edén
era casi igual, y regaremos las plantas en pelotas y haremos el amor allí
mismo, para que nos vean y sepan lo que se han perdido.
Gabriel esbozó una sonrisa
-Pues si no soy capaz de hacer ni un proyecto no sé cómo nos vamos a
comprar una casa en La Moraleja- dijo él más calmado.
-No te preocupes, ya lo harás, y además eso no es lo importante, lo que
cuenta es que tienes una creatividad enorme y unas cualidades que sólo
los ignorantes pasarían por alto.- Misteriosa puso sus piernas por encima
de las de él y miró alrededor- A mí me encanta esta casa. Desde que se
murió mi padre ha sido como una fortaleza donde refugiarme. Al poco
tiempo de empezar a vivir aquí te conocí y desde entonces todo lo vivido
ha sido bueno. No quiero una casa en La Moraleja... ¡Decidido!
-Estás loca- dijo Gabriel riendo- no sabes lo que quieres.
-Claro que lo sé- le miró a los ojos y éstos llameaban como las velas-
Te quiero a ti. Se fundieron en un abrazo único, durante varios minutos,
sin decir nada.
Gabriel parecía haberse repuesto y le preguntó qué hacían todas esas
fotos por el suelo.
-Pues es que he ido a dar una vuelta al Rastro y me he encontrado con
Dani y al volver he sacado unas fotos que hizo cuando estábamos en la
escuela- le contestó ella sin darle importancia.
-¿Dani era tu novio ése de la escuela de foto?
-Sí, ahora sale con una tal Isabel, pero yo no me acuerdo de quién es.
Está un poco fastidiado porque no encuentra trabajo.
-Pues sus fotos parecen buenas ¿no?- dijo Gabriel mirando las
instantáneas que estaban por el salón.
-Sí, es muy creativo... como tú haciendo jardines- le sonrió- por cierto,
le he invitado a la fiesta.
-¿Sigue en pie?- exclamó Gabriel con fastidio.
-Sí, cuando a mi hermana se le mete algo en la cabeza, ya sabes-
contestó ella resignada.
-Lo que no entiendo es porque no hace la fiesta en el cuchitril ése en el
que viven...
-Psé- A misteriosa en realidad no le importaba mucho hacer la fiesta
allí, le gustaban las fiestas.
-Oye, ¿te has comprado algo en el Rastro?- le preguntó Gabriel
cambiando de tema.
-Sí, mira- Misteriosa fue a coger la cajita de colores y se la enseñó.
-Ah- Gabriel la miró decepcionado- ¿Has estado toda la mañana para
comprar eso?
El “eso” sonó un poco despectivo y con tono de burla. Gabriel nunca
entendería que ésa era una caja mágica y que dentro se podían meter todos
los deseos y secretos. De hecho el primero de los secretos era que se la
había regalado un genio moderno de increíbles ojos verdes que había
coqueteado con ella y que además le parecía muy atrayente y enigmático.
Estaba en su cabeza de forma obsesiva desde hacía dos semanas y su
imagen aparecía hipnótica cada dos por tres. Pero todo eso no se lo podía
contar a Gabriel.
Hay veces que las personas se instalan en nuestra imaginación y allí se
quedan, a todas horas, y nos impiden concentrarnos en cualquier otra
actividad. Eso le pasaba a Misteriosa desde unas semanas atrás, cuando
compró el libro. Hay personas, que sin conocerlas, se convierten en objeto
de fantasía inconscientemente. Esa mañana Misteriosa había vuelto a ver a
ese chico y cada vez que lo pensaba su cuerpo reaccionaba inquieto. Un
nerviosismo propio de una adolescente se apoderaba de sus piernas, sus
brazos, su estómago. Un brillo de ilusión se encendía en sus ojos y una
sonrisa pícara asomaba imperceptiblemente a sus labios, porque imaginaba
y se inventaba historias que despertaban en ella un prohibido interés y
deseo.
-VII-

Decidir la opción correcta cuando la que más te apetece es la otra, la


incómoda y peligrosa, la auténtica. La única y verdadera que te hubiese
hecho feliz. O no. Arriesgarse por el camino que serpentea haciendo
tambalear tu vida, es una respuesta muy valiente pudiendo ir por el
camino recto, el de la seguridad y las no complicaciones. Esa ruta, la que
lleva a la ciudad de Ya Es Demasiado Tarde cogió Misteriosa porque en el
fondo no se había atrevido a hacer lo que quería hacer. Se respaldó en la
cobardía de decir que eran los demás quienes. Disfrazar la falta de valor
de victimismo era su respuesta fácil. Y lo sabía. Y cada día que pasaba se
decía que sí, que mañana todo empezaría a ser diferente. Pero ya llevaba
casi cuarenta años de días siguientes. Pronto las palabras de su vida
fueron estabilidad, normalidad... y ahora se preguntaba si era demasiado
tarde para darse cuenta de que la vida no se comprende, simplemente se
vive, porque sólo hay una. Quizá no era demasiado tarde, ella nunca había
perdido ese destello de locura de su corazón, simplemente lo había
camuflado. Ahora sin saber muy bien la razón, reaparecía su espíritu
indomable y caótico de antaño. Fantasmas del pasado venían a
recordárselo.
La noche anterior finalmente se había acostado a las seis de la mañana,
pero apenas durmió dos horas y se levantó cuando Gabriel lo hizo. Ni
siquiera había recogido los papeles del escritorio, allí estaba la carta
expuesta con el riesgo de que él pudiera verla. Se encontraba inquieta y lo
metió todo en una carpeta. La medio escondió en el armarito de las recetas
hasta nuevo aviso y se dispuso a desayunar. Estaba con la cabeza en las
nubes y Gabriel se dio cuenta.
-¿Qué hacías anoche?- preguntó indiferente.
-Nada, no podía dormir y estuve escribiendo.
-Pues tienes una carita... ¿Hoy no tenías que trabajar?
¡El casting! Se había olvidado por completo. Tenía que hacer unas
fotografías para un anuncio de lencería y por la mañana iban las modelos
a hacer pruebas. El local estaba en Arturo Soria y debía llegar en media
hora. No era el primer día que le pasaba esto, últimamente estaba muy
descuidada en el trabajo. Siempre le gustaba ir arreglada a las sesiones,
aunque cómoda para hacer las fotos con facilidad. Aquella mañana le
hubiera gustado especialmente porque debía lidiar con una veintena de
esculturales modelos de ropa interior, pero le iba a ser imposible. Se puso
unos vaqueros y un jersey negro de cuello vuelto.
Salió pitando lanzándole un beso a Gabriel que la miraba con cara de
padre condescendiente. Había un atasco de cuidado. Hubiera sido mejor
coger el metro pero detestaba ir en el transporte público con todo el
equipo porque era muy aparatoso. El coche empezaba a hacer un ruido
extraño, sólo le faltaba que se estropeara, pero por suerte le permitió
llegar al trabajo. Ahora venía otro gran reto de la mañana: aparcar. Esta
actividad diaria, en Madrid, era un poema y a veces le llevaba casi media
hora. Era tardísimo. Por fin consiguió dejar el coche, bastante lejos de
donde debía ir. Empezó a correr con todos los bártulos: la cámara, el
trípode... La bufanda se le enredaba y el bolso le iba golpeando en la
cadera.
Por fin llegó al local. Se plantó frente a la puerta azul y llamó al
timbre. Llegaba veinte minutos tarde, pero con seguridad no era la última.
Efectivamente, el entrar había de todo menos ambiente de trabajo.
Estaba perfectamente iluminado, -los asistentes de iluminación sí habían
hecho su labor- pero faltaban las modelos y un supervisor. Ella traía parte
del equipo, pero eran los de la revista quienes traían el resto, y tampoco
habían llegado. De momento no podía hacer nada. Había una especie de
recibidor con una mesa de metacrilato y unos enormes sillones de cuero
negro. Se sentó en uno de ellos y cogió unas revistas. Empezó a pasar
páginas y a arrancar recortes con total impunidad. Cuando iba por ejemplo
al dentista y esperaba en la sala de espera, si veía alguna foto que le
gustara le daba vergüenza cortarla de la revista. Pero esa mañana estaba
de mal humor porque había venido tan deprisa para nada y no se había
podido arreglar, tenía sueño y las mujeres de esas revistas eran
asquerosamente perfectas, como las que se iban a desnudar dentro de un
rato delante de su objetivo. Odiaba a todo el mundo, incluso a ese joven y
amabilísimo joven que le acababa de traer un café. Mierda.
De repente se dio cuenta de que llevaba un zapato de cada. Eran
bastante parecidos en la forma y con las prisas era normal que se hubiera
equivocado. Sólo esperaba que nadie se diera cuenta. Este tipo de cosas le
hacía sentirse muy insegura. Se sentía observada y temía que alguien se
percatara de su despiste y pensara que era una estúpida. En esos
momentos pensaba en Melania y sus sabios consejos. Ella no tardaría en
llegar. Era la asesora de moda de la revista y la frivolidad hecha mujer.
Había una cosa que le importaba sobre todas las cosas: ella misma. Era
despampanante, escandalosa y presumida hasta decir basta, Misteriosa y
ella eran muy buenas amigas desde hacía varios años.
Melania solía decir que una persona que sabe reírse de sus defectos es
porque sabe perfectamente que sus virtudes son más. Era una reflexión
muy inteligente para casos como el de los zapatos dispares. Si Melania
estuviera allí, si fuera ella la que se hubiera puesto un zapato de su padre
y otro de su madre encontraría la manera de salir airosa de la situación.
No se dejaba amilanar por nada ni por nadie. Era ingeniosa y divertida.
Hace tiempo, por ejemplo, borró de una sola vez dos problemas de su
vida: su adicción al tabaco y su matrimonio infeliz. Decidió que iba a ser
infiel a su marido una vez por cada cigarrillo que hubiera en un paquete.
Y así lo hizo. Un chico del gimnasio (doce años menor), un compañero de
la revista, un desconocido del metro, un primo lejano... hasta un total de
veinticinco. Después de cada uno se fumó un cigarrillo y cuando acabó la
cajetilla acabó también con su matrimonio. Y nunca más volvió a llevarse
un pitillo a los labios. Así de radical y enérgica. Seguro que dentro de
unos momentos, cuando llegara iba a poner a todo el mundo las pilas. A
ella la cogería por los hombros, la miraría fijamente y haría ese gesto tan
particular: rascarse la barbilla con el dedo índice al mismo tiempo que se
mordía el labio inferior. La regañaría por tener esas ojeras y le
preguntaría a que se debían.
Se debían a que había estado toda la noche lidiando con viejos
fantasmas. Nunca le había contado a nadie lo que sentía (o había sentido)
por Alfredo, ni siquiera a Lucía, su mejor amiga.
Cogió el periódico que estaba sobre la mesa: “18 de octubre de 1999.
El poeta José Hierro, de setenta y siete años, gana el premio nacional de
literatura con el libro Cuaderno de Nueva York ...” Siempre que había leído
poesía tenía la misma impresión. Había algo en el arte poético que le
incomodaba. Ella, como fotógrafa estaba muy acostumbrada a ver el
mundo en imágenes, su comprensión del mundo era muy visual y las
abstracciones que hacía la poesía se le escapaban y la ponían nerviosa. Sin
embargo, opinaba que nunca hay que cerrarse a nada y siempre trataba de
interesarse por cosas heterogéneas; la pintura, el cine estaban más
relacionados con su profesión, pero también intentaba leer todo lo que
caía en sus manos, porque lo importante era aprender y saber de todo;
había, según ella, que formarse una opinión de cualquier tema. Por eso, y
en vista de que no venía nadie todavía a trabajar, empezó a leer por
encima algunos de los poemas escogidos que habían extraído de Cuaderno
de Nueva York. Hubo uno que le llamó la atención especialmente, porque
conectaba muy directamente con lo que ella estaba pasando.

***
La mano es la que recuerda
Viaja a través de los años
Desemboca en el presente
Siempre recordando.

Apunta, nerviosamente,
Lo que vivía olvidado
La mano de la memoria,
Siempre rescatándolo.

Los fantasmales imágenes


Se irán solidificando,
Irán diciendo quién eran
Por qué regresaron.

Por qué eran carne de sueño,


Puro material nostálgico.
La mano va rescatándolas
De su limbo mágico.

José Hierro
Cuaderno de Nueva York.
***

Lo releyó varias veces. Hay ocasiones que leemos algo y resulta que
parece que está escrito justamente para nosotros, es la magia de la
casualidad... Misteriosa no creía en las casualidades y pensaba que esas
coincidencias que nos ocurren en algunos momentos son señales que nos
asaltan para guiarnos, sólo hay que estar un poco atento.
Leyendo el poema ella se daba cuenta de que la mano de la memoria de
la que hablaba José Hierro era la mano que la había agarrado el día
anterior y la zarandeaba mostrándole lo que vivía olvidado. Las palabras
del poema la golpeaban y se entremezclaban ante sus ojos. “A través de
los años...”, “Siempre recordando...”, “fantasmales imágenes...” “ ¿Por
qué eran carne de sueño?” Ella también se lo preguntaba: ¿Por qué eran
carne de sueño?, ¿POR QUÉ ERAN CARNE DE SUEÑO?. “Rescatándolas
de su limbo mágico...” Limbo mágico, limbo magi...
-¡Misti!- le gritó alguien.
Misteriosa, que realmente estaba en un limbo, dio un respingo
asustada. Levantó la vista y vio a Melania, que como había predicho le
dijo que tenía una pinta horrible.
-Pero hija, ¿qué te pasa?- le preguntó su amiga con cara de
preocupación.
Misteriosa puso un gesto de resignación y se llevó las manos a los ojos.
-Nada, es que hoy he dormido muy mal...- contestó frotándoselos con
cuidado.
-Pues ya te estás espabilando...- le dijo cariñosamente dirigiéndose
hacia el fondo de la sala y casi gritando siguió: ¡y luego me explicas esa
nueva moda de ponerse un zapato de cada!
Misteriosa se levantó como si estuviera levantando al mismo tiempo el
globo terráqueo sobre sus hombros y casi arrastrándose se colgó la cámara
y se dispuso a hacer su trabajo. Melania iba de aquí para allá con
modelitos de lencería imposibles y le guiñaba el ojo si alguno era
especialmente atrevido. A todas aquellas chicas les quedaban
maravillosamente bien y estaba segura de que los hombres que allí se
encontraban, por muy profesionales que fueran, se estaban inventando
todo tipo de fantasías en esos momentos. Ella nunca había tenido un
conjunto así y tuvo un ligero soplo de envidia, se preguntaba qué clase de
noches pueden despertar cierto tipo de prendas. Noches que hacían
chispear los ojos como lo hacían los ojos de sus compañeros frente a ese
panel de mujeres inalcanzables.
Melania, como adivinando sus pensamientos, le metió algo en el bolso
con una sonrisa picarona.
-Cortesía de la revista- le dijo guiñándole un ojo- moda íntima para
que hoy tampoco duermas bien...
Y así fue como Misteriosa se encontró que tenía en el bolso la
frivolidad recortada en forma de bragas y le hizo tanta gracia que el
capítulo de los zapatos dispares ya no le resultaba desastroso, sino cómico
y alentador, porque la vida es para reírse de uno mismo, para no
dramatizar cosas así y poder poner el punto de mira en elementos
realmente importantes.
Al mediodía, durante el descanso, se metió en el baño a lavarse la cara
con agua fría y a darse un poco de color sobre sus mejillas apagadas. El
espejo te devuelve la imagen que tú quieres ver, se dijo, y era muy
gratificante mirar más allá de los propios ojos, como si el globo ocular
fuera un mar inmenso en el que se descubren nuevos horizontes. Y parece
que no, pero siempre hay algo que descubrir. Cuando uno se pone a nadar
sobre sus propias aguas averigua su verdadero yo y se siente una euforia
incontenible. Otras veces esa visión es demasiado dura, pero aquella
mañana Misteriosa pudo ver las olas que se agitaban dentro de ella y su
estado de desánimo se convirtió en energía. Al salir del baño era una
mujer renovada y dispuesta a cambiar todo lo que de su vida se había
quedado estancado, empezando por su ropa interior.
Las horas que siguieron fueron flashes y sonrisas, y el tiempo fluyó
rápidamente, sin prisas ni pesadumbres. Melania estaba radiante, pero ella
también, ya no le importaba que aquellas jovencitas que posaban
semidesnudas fueran más perfectas que ella, le gustaba su imperfección
porque era divertida, mucho más real. Incluso llevar un zapato negro y
otro marrón era divertido, era hermoso, porque el despiste es una forma de
caos vital que nos hace reaccionar para darnos cuenta de que en ocasiones
la vida no tiene tanto peso como sospechamos.
Sobre las ocho acabaron la sesión y la gente se fue marchando.
Melania se despidió dándole un beso y ella se sentó un momento a
organizar unas cosas. Estaba muy cansada, pero feliz.
Salió la última, satisfecha, y cerró la sala. Fue hacia el coche, sin
prisa, embriagándose del frío otoñal que empezaba a convertirse en
invernal, mirando a su alrededor con ojos renovados. Incluso ese cacharro
de coche que tenía era mucho más idílico ahora. Condujo también sin
prisa y veinte minutos después estaba aparcando en la calle Atocha.
Allí mismo, en una esquina, había un hombre tumbado en el suelo,
durmiendo entre cartones y de nuevo, como un mazazo, toda la frivolidad
que llevaba en el bolso se rompió en pedazos.
Mientras caminaba hacia su casa –despacio a pesar del frío porque el
mundo se le caía encima- pensaba de qué vale la frivolidad si siempre hay
alguien que duerme en la calle muy cerca de tu portal. La rabia y la
impotencia que generan las injusticias es abrumadora y cuando la máquina
de pensar se activa buscando soluciones aparece la desesperanza ante la
inmensidad del problema. Misteriosa caminaba cada vez más despacio
intentando que su instinto le hiciera parar, dar media vuelta y volver
donde se encontraba aquel hombre tirado. Pero ni su instinto ni su
voluntad le hicieron retroceder y subió las escaleras de su casa odiándose
por ser tan mezquina, por su indiferencia. Refugiándose en la excusa de
que nada podía hacer por ese pobre hombre llegaría a su casa, donde la
esperaba Gabriel y se olvidaría en seguida de lo que acababa de ver. Y no
era justo. No era justo, se dijo cuando pisaba el último peldaño que la
ascendía a su piso.
Ya en el rellano se detuvo y a modo de revelación pensó que cambiar el
mundo empieza por cambiar la vida de uno mismo, estaba convencida de
que una buena acción particular producía un efecto en cadena sobre una
secuencia de acciones, y que la desilusión no llegaba a buen puerto, el
desaliento no lograría cambiar nada. La premisa de que las cosas son así
porque tienen que ser así no entraba en sus apreciaciones y justo en el
momento de girar la llave para abrir la puerta fue invadida otra vez por
una especie de espíritu que le hacía pensar que el mundo puede ser mejor.
Basta con empezar por uno mismo, intentando hacer felices a los que nos
rodean. El desánimo de nuevo se convirtió en optimismo y estaba
dispuesta a contagiárselo a todo el planeta.
A todo el planeta menos a Gabriel.
Estaba tumbado en el sillón revisando unos dibujos y Misteriosa
adivinó una oleada de ‘mal humor en el ambiente. Cualquier intento de
aproximación eufórica iba a ser recibido con un gruñido, pero aún así lo
intentó.
-¿Has cenado?- le preguntó amablemente. Él no contestó- Estoy
muerta, hoy sólo hemos parado un ratito para comer...
Gabriel permanecía impasible mirando sus papeles y a los pocos
minutos dijo cortante. “No tengo ganas de cenar”
Con esta sentencia ella supuso que no sólo no tenía hambre, sino que
tampoco tenía ganas de estar con ella. Misteriosa se preparó un sándwich
y se fue a la habitación enfadada y frustrada ante la posibilidad de redimir
el planeta. En el cuarto tenían una televisión pequeñita y la encendió
dándose cuenta al instante que no le apetecía nada ver lo que apareciera
por la pantalla. No la apagó, bajó el volumen y pensativa se comió el
sándwich en la cama, hecho que exasperaba a Gabriel. Cuando acabó dejó
el plato en el suelo y cogió el teléfono. Un tono, dos tonos... Lucía no
parecía estar en casa, en su solitaria casa. Después de escuchar unos
cuantos tonos más, se acordó de que los lunes Lucía daba clases de piano
a un niño en el conservatorio y colgó el teléfono.
Volvió a marcar, esta vez al segundo tono contestaron
-Hola, Rubén- dijo apática.
-Hola Misti, ¿qué tal?- preguntó una voz cantarina.
-Bien- contestó ella sin mucha convicción
-Me alegro.
-..........
-Dime, ¿qué querías?
-Ah, nada... ¿lo pasasteis bien anoche en la cena?
-Claro, aunque algunos bebimos más de la cuenta ¿eh?- al otro lado de
la línea se oyó una risa- Bueno, Verónica está un poco mala, ya sabes
como es, dice que le sentaron mal los huevos rellenos que hiciste. Por la
mayonesa... se está preguntando si tendrá salmonelosis... bueno, yo diría
que el término correcto es empacho.
-Y tú de términos sabes mucho.- le inquirió Misteriosa.
-No te burles.
-No me burlo- dijo molesta- ya sabes que yo creo que eres un buen
escritor.
-Sí, claro, por eso nunca he publicado un libro- contestó marcando
deliberadamente la palabra nunca.
-Es porque te falta fe en ti mismo- le replicó cansada de decirle
siempre lo mismo. Le extrañaba que Rubén siempre estaba estimulando a
los demás para que cumplieran sus sueños y luego era él el primero en
echarse atrás. Era su amigo más fantasioso, soñador incansable, era su
sustento cuando perdía la fe en las personas, no entendía que hacía casado
con esa hipocondriaca italiana. Ella pensaba que en parte aquella loca era
quien le impedía llevar a cabo sus ilusiones.
-¿Sabes? Hoy he estado leyendo unos poemas de José Hierro que te
gustarían.
-¿Cuaderno de Nueva York?
-Sí
-Ojalá pudiera yo escribir alguna vez algo así...
-Seguro que ya lo has hecho. Me tienes que dejar las ultimas páginas
que hayas escrito.
-¿Por qué? ¿Se te ha acabado la leña para la chimenea?- preguntó él
haciendo una gracia.
-No, no... es que se me ha acabado el papel higiénico...- contestó ella
devolviéndole el chiste y riéndose.
Rubén celebró la ironía de su amiga con una enorme carcajada.
-Pero qué mala eres... -volvió a reír.
-Claro, soy tu crítica más implacable.
-Oye, te tengo que dejar, que me está llamando Verónica, a ver si
repetimos la cena más a menudo.
-Vale, vale. Un beso.
-Un beso. Y saluda a Gabriel.
Gabriel, el apesadumbrado botánico diseñador de jardines, seguía en el
salón, ausente y... no pensaba saludarle. Misteriosa colgó el teléfono y
subió el volumen de la tele dispuesta –ahora sí- a enfrentarse a los
telediarios y sus trágicas noticias, viendo la vida en imágenes, como un
collage de trozos del mundo con sus miserias y sus alegrías. Podría
soportarlo.
Unas cuantas guerras, elecciones, politiqueos, deportes y predicciones
meteorológicas después, Misteriosa se levantó a dejar el plato vacío en la
cocina. Gabriel la miró, pero lejos de pedirle disculpas por su mutismo,
siguió trabajando en unos planos.
Misteriosa sacó de su escondite el collage que había empezado el día
anterior y la carta que había escrito a Alfredo. Se sentó en la mesa de la
cocina a observar las fotos que había pegado. Un sillón y un árbol. Cogió
la carta y notó como su mano tembló levemente.
“Gabriel, voy a tirar la basura”
Sacó la bolsa de basura del cubo sin soltar la carta.
En la calle hacía frío. Tiró la basura y girando sobre si misma
emprendió el camino hacia el buzón. Metió por la ranura esa carta con
destino a Londres. Una carta para Alfredo, su lejano amigo y genio
vendedor ambulante de ojos verdes.
-VIII-

Dudaba si ir o no otra vez al Rastro. Ya no le valían excusas


fotográficas, lo único que le motivaba era volver a ver al chico de los ojos
verdes. La última vez se había despedido diciéndole “hasta la semana que
viene”, así que igual esperaba que ella apareciera otra vez por su puesto.
Además, la segunda vez que estuvo allí la recordaba, se acordaba de que
ella había comprado el libro viejo. Se había fijado en ella, era evidente y
aquello tenía toda la pinta de un incipiente coqueteo y a Misteriosa
correspondía lanzarse o no a la piscina. Se encontraba al borde de un
precipicio y debía decidir si jugaba a ser funambulista y pasar al otro lado
del abismo.
Decidió ir una vez más, la curiosidad podía con ella. Si él no le decía
nada olvidaría el asunto. No era más que una tontería, pero como siempre
que el corazón se voltea, el nerviosismo se hacía insufrible. Le parecía
ridículo arreglarse para ir a un mercadillo, pero sí necesitaba un aspecto
interesante. Estaba bastante morena, porque su viaje a Mallorca con
Gabriel le había tostado la piel. El color rojo de su pelo se había
acentuado y le favorecía mucho. El negro era su color preferido para
vestir, pero aquel día, veinte de agosto, treinta y cinco grados a la sombra,
quizá no era el más indicado para lucir ese color. Se puso un vestido
verde, era lo que necesitaba esa mañana, sentirse atractiva y,
efectivamente, con ese vestido no pasaba desapercibida, había aprendido a
hacerse notar con una elegancia impresionante. Aunque también sabía
permanecer absolutamente invisible en una escena, la coyuntura esa
mañana era, sin embargo, de lucimiento y disfrute. Tenía unas sandalias
que eran muy cómodas y le encantaban porque tenían una especie de
cuerdas que se ataban por toda la pantorrilla. Tenían bastantes años pero
no se quería desprender de ellas porque le parecían muy originales. Cogió
su enorme bolso rojo y como complemento se anudó un pañuelo del mismo
color en el pelo.
Gabriel casi todos los domingos aprovechaba para ir al campo con
algún amigo. Misteriosa adoraba la naturaleza, pero después de un año de
convivencia con él, se había dado cuenta de que no era el mejor
acompañante de excursión porque escudriñaba cada ramita y esqueje de
una forma tan obsesiva que se hacía aburridísimo. Así que ya iban pocas
veces juntos a la sierra Gabriel reclutaba a algún compañero tan obsesivo
como él.
Madrid estaba desértica. Al salir de casa vio un grupo de turistas
japoneses en la puerta del Reina Sofía. Los meses de vacaciones son la
peor época para conocer las ciudades porque no son ellas mismas. Madrid
no es Madrid en agosto. No hay apenas ruido y la poca gente que no está
en la playa se reparte entre las piscinas municipales o los locales con un
aire acondicionado potente. Seguramente era el peor día para hacer
turismo, pero seguramente también era el peor día para ir al Rastro. Eso
pensaba cuando subía al autobús.
No quería ir directamente al puesto del chico y dio una vuelta por
alguna otra tienda sin prestar interés. Por fin llegó al puesto y allí estaba
él. Le daba vergüenza acercarse directamente y se paró a ojear unos
relojes del puesto de al lado. Él la llamó. Fingió no oírle pero él insistió.
Ella sonrió y se acercó.
-Hola- la saludó amistosamente.
-Hola- le contestó ella con amabilidad.
-¿Vienes todos los domingos?- preguntó curioso.
-Casi todos- Mintió. Iba bastante a menudo pero no se podía
considerar una costumbre semanal- Vengo a una tienda de fotografía que...
-¿Eres fotógrafa?
-Sí, bueno, estoy estudiando. Y tú, ¿vienes todos los domingos?-
Bromeó.
-¡Qué remedio! Esto me gusta pero hay días como hoy que son
tediosos. Hace un calor horrible y no hay nadie.
-¿Y trabajas sólo los domingos?
-¡Ojalá!- se rió- Trabajar sólo un día a la semana y dedicar el resto
a hacer lo que te gusta.
-Sería una gozada. Aunque, a mí no me disgusta lo que hago.
-Sí, es interesante- opino él.
-¿A ti qué te gusta hacer?
-Pues me gusta mucho ir al cine. Y leer, oír música... lo que todo el
mundo, lo normal.
Llevaban sólo unos minutos hablando y Misteriosa pensaba que era
encantador. Hubo un breve instante de silencios.
-Bueno, al final no me has dicho en qué trabajas el resto de la
semana.
-Ya bueno, tampoco te he dicho mi nombre...
-¡Es verdad!- Ambos rieron.
-Soy Alfredo- dijo tendiéndole la mano.
-Yo Misteriosa- Ella le dio dos besos.
Sus ojos se agrandaron. Hizo un gesto entre incredulidad y
curiosidad y preguntó:
-¿Misteriosa? ¿Qué clase de nombre es ése?
-En realidad en el registro civil figuro como Margarita pero cuando yo
nací no era tan fácil poner nombres raros a las niñas. Mi madre, se
empeñó y aunque legalmente me llame de otra forma, desde el primer
momento ella y todo el mundo empezaron a llamarme Misteriosa.
Misteriosa hizo un amago de parar la narración, pero Alfredo la miraba
expectante.
“Nací el treinta y uno de diciembre y en el hospital no había mucha
gente. Eso dotó a mi nacimiento, según mi madre, de cierto halo de
misterio... Tendrías que oírle contar la historia... En el cole firmaba con
una simple eme. Una gran eme mayúscula que perfeccioné con los años.
Ahora ya casi nadie sabe mi verdadero nombre, así que ya sabes un
secreto mío”.
-Presiento que tienes muchos- dijo él.
-Psé- se hizo la interesante- Otro día te los seguiré contando.
-Me encantaría.- Él esbozó una sonrisa al puro estilo Mona Lisa, y
Misteriosa no sabía si la estaba analizando o qué. Se sentía un poco
incómoda con aquella media mueca, pero pronto los labios se extendieron
y mostraron en todo su resplandor la perfecta dentadura en una expresión
grandiosa y honesta- Voy a volver al puesto, Misteriosa...
Masticó cada sílaba de su nombre y ella notaba cada aliento
pronunciado escalando vértebra a vértebra por su médula espinal hasta
llegar al principio del cuello donde notó un leve escalofrío.
-Será un placer volver a verte, pásate por aquí otro día.
-El domingo que viene, a lo mejor...- dijo ella sin mucha seguridad.
-Adiós Mis-te-rio-sa- se dieron dos besos de despedida y se
apretaron las manos.
-La gente de confianza me llama Misti.
-¡Misti!- se rió- no sé si tengo el rango suficiente para esa
familiaridad, pero lo tendré en cuenta. Por cierto, antes me preguntaste,
yo soy músico.- Le guiñó un ojo.
-Ummmm, me gusta.
-Si me oyeras tocar no dirías lo mismo- rió.
-¿Y qué tocas?
-El saxo- contestó él
-Siempre me fío de los músicos, sois buen agente, transparentes
-¿Transparentes? ¿Así, en general?- preguntó Alfredo sorprendido.
-Sí, es como si tuvierais un deseo innato de transmitir. Os pasa con la
música y sin daros cuenta, creo, con todo lo demás.
-O sea, que con lo poco que hemos hablado ya has averiguado muchas
cosas de mí... - dijo intrigado.
-Exacto.- dijo ella divertida y enérgica.
-Pero eso te puede conducir a grandes decepciones.
-O grandes sorpresas... Aunque mi primera intuición sobre la gente
pocas veces es errónea.
-Supongo que no es muy elegante qué te pregunte cuál es la impresión
que te he dado. Bueno, espero que me concedas la oportunidad de afirmar
o rectificar tu primera impresión, y para eso tendrás que tener una
segunda... ¿Aceptas?
-Vale- contestó Misteriosa con cierta coquetería- ¡Adiós!
-Supongo que si no vuelves es que no ha sido demasiado buena- Ambos
rieron- ¡Chao!

***

Parecía un trovador medieval... uno de esos embaucadores de la corte


que engatusaban a todos con sus fábulas y sus frases largas y enrevesadas.
Era divertido. Y guapo.
Misteriosa llegó a la plaza de Cascorro y se dio cuenta de que estaba
nerviosa. Tuvo que parar un momento a recomponerse y a respirar. Se
sentía muy bien, con ilusiones renovadas, como una colegiala el primer
día de clase. De repente notó de golpe el calor del verano. Hablando con
Alfredo se había encontrado como sumida en una burbuja hermética, sin
circunstancias externas y era ahora cuando la realidad volvía a su cauce
intensificada: el calor, el seco y asfixiante calor, el ruido de la gente, de
los coches, el deslumbramiento del sol, el olor de su colonia mezclado con
sudor...
Como el oleaje cuando sube la marea, esas veces que se está distraído
al borde del mar y una ola traviesa moja los pies, las toallas, de esa
manera el azar a veces nos juega inoportunas pasadas y nos pone en
bandeja de plata situaciones incontrolables. Ahora, cuando el mar interior
de Misteriosa estaba como una balsa, llegaba Alfredo para agitarlo y
removerlo. Sabía que le iba a descolocar la vida y pensarlo así tan de
primeras parecía una insensatez, pero lo sabía –su intuición pocas veces
fallaba- y el tiempo acabaría por darle la razón.
Hay quien cree que no, que todo ocurre por una razón, y hay gente que
cree que estamos sumergidos en un magma de casualidades y en el
ejercicio de relacionar unas con otras radica nuestra naturaleza; tejiendo
todas las coincidencias como si la vida fuera una telaraña vamos
configurando una historia. Porque la vida es un collage de bromas del azar
¿o no? Nuestra mente es como una cartulina en blanco en la que vamos
pegando recortes de vida, instantes que nos hacen despertar del letargo.
Allí estaba Misteriosa, a punto de desmayarse del calor, en medio de
una plaza llena de gente. Miró hacia arriba y se embriagó las pupilas con
el azul cristalino del cielo. No había ni una sola nube. Extendió los brazos
en cruz, se puso de puntillas y estiró su cuerpo, sintiendo como cedía cada
músculo atrofiado y crujía cada hueso. Por un momento le pareció que la
ropa se le evaporaba y que dejaba al descubierto, ante los ojos de todos
esos desconocidos su cuerpo joven y bronceado. Notó los vapores que
emanaban del asfalto, le hacían elevarse y casi flotar. Seguía mirando
hacia el cielo, inmóvil, como un mimo en un parque, e ignoraba las
miradas extrañadas de los que estaban a su alrededor. Estaba sudando y el
cielo estaba completamente azul, prometiéndole el frescor. Se elevó un
poco más sobre sus propios pies con los brazos aún hacia arriba, con un
poco de esfuerzo lograría volar...
De repente la visión se le oscureció y no conseguía ver nada, todo
estaba negro. El mundo se le desmoronaba en imágenes y los brazos le
pesaban. Su cuerpo no era capaz de soportarlo y se desplomó sobre la
acera. Misteriosa perdió el sentido unos segundos y cuando volvió a abrir
los ojos un señor le sujetaba los pies en alto y una mujer rubia le
preguntaba con insistencia su nombre. Cuando ella le contestó le preguntó
su edad. “Veintitrés...” El objetivo era hacerla reaccionar. Una tercera
persona le trajo agua. “Hace mucho calor...” La señora rubia se identificó
ante los demás como enfermera y le tomaba el pulso. “¿Estás mejor,
cariño?” Estaba aturdida y algo avergonzada por la situación. “Las chicas
jóvenes suelen tener la tensión muy baja y con el calor...” La enfermera le
explicaba al resto. Entre todos la ayudaron a levantarse poco a poco. Tenía
el pelo lleno de suciedad y el vestido arrugado. Se recompuso y dio las
gracias despidiéndose y negando el ofrecimiento de llevarla a un centro de
salud. El grupo de curiosos que se había agolpado alrededor se disolvió y
el corrillo se despidió amablemente de ella mirando como se iba calle
abajo. Se encontraba floja, supongo que los humanos tenemos prohibido
volar como un pájaro y cuando alguien está a punto de conseguirlo todo se
desintegra y es castigado con la debilidad corporal. Se paró en el bar
donde la semana pasada había estado con Dani y pidió una Coca-cola. El
azúcar le sentaría bien y le subiría la tensión.
Estaba mareada, pero ya notaba como la sangre volvía a fluir con
normalidad y notó como el color y el calor volvía a sus mejillas. El
refresco le sentó bien, y como tenía hambre pidió un pincho de tortilla. El
dueño del bar, un señor andaluz muy amable le dijo que era muy agradable
ver a una chica tan joven con tan buen apetito y le puso un trocito de pan
con anchoas. Ella le dio las gracias y le sonrió. Estuvo un buen rato allí
sentada mirando la tele y cuando se repuso totalmente pagó la
consumición al simpático camarero. “Hasta otro día, bonita” le contestó él
limpiándose las manos en un delantal blanco bastante sucio.
Al salir del bar el calor la volvió a golpear. Rebuscó el monedero en su
bolso y vio que tenía algo de dinero para un taxi, un pequeño lujo que
normalmente no se podía permitir, prefería ir andando a todas partes y
ahorrar un poco para cualquier otro capricho. Por suerte no tardó en pasar
uno y en unos minutos llegó a casa. Gabriel aún no había llegado. La casa
estaba en penumbra porque las cortinas estaban corridas completamente
para que no hiciera demasiado calor. Encendió el ventilador y se sentó en
el sillón. Le gustaba estar sola en casa, le daba una sensación de paz y
tranquilidad, pronto llegaría Gabriel y el silencio se acabaría y hay veces
que uno lo necesita casi tanto como el aire. La preguntaría qué había
hecho y no le gustaba mucho dar explicaciones. Si le contaba que se había
desmayado en la calle se preocuparía y querría ir al médico, algo que no
podía soportar Misteriosa, que tenía repelía a los hombres con batas
blancas. Mejor no contar nada, tampoco había sido grave, simplemente
una bajada de tensión provocada por el calor, mejor no preocuparle. Qué
calma se siente en una casa vacía en pleno agosto. Eran las cuatro de la
tarde, hora de la siesta española y en la calle el único ruido que se
escuchaba era el paso del sopor veraniego. Así, medio a oscuras, le volvió
a la mente la imagen del joven vendedor del Rastro: Alfredo... era un
nombre que le suponía una cierta familiaridad, y no entendía por qué, por
que no conocía a nadie que se llamara así. Parecía una persona entrañable
y sus breves encuentros se habían convertido en el centro de sus
pensamientos las últimas semanas. Era una locura, pero no podía borrarlo
de su mente, se preguntaba si ella habría causado la misma impresión en
él, aunque intuía que sí porque sus últimas palabras la invitaban a volver.
Le encantaría saber más cosas de ese músico... ¿Qué años tendría?
Seguramente como ella, o alguno más.
Misteriosa se dio cuenta de que estaba mirando a la nada y llevaba más
de media hora construyendo todo tipo de conjeturas y se puso en alerta. Se
levantó rápido y dio un par de saltitos, como para sacudirse todo lo que
había estado cavilando, era la mejor manera de limpiar posibles deseos
desconocidos. Suspiró sonoramente y se puso a hacer cosas, la actividad
física es el mejor método de distraerse de las obsesiones. Se puso a
limpiar la cocina, pero entre los platos y la soledad, las imágenes de las
que intentaba huir volvían incansablemente.
-IX-

Gabriel eres fatal haciendo maletas. Misti, que voy a hacer si soy un
inutilito, estas cosas se te dan a ti mucho mejor. Bla, bla, bla. Estas y
otras muchas frases parecidas eran las que intercambiaban Misteriosa y
Gabriel cada vez que se iban de viaje. Sólo se iban unos días
aprovechando el puente de todos los santos pero siempre,
incomprensiblemente, había mil cosas que meter en el equipaje y eso les
hacía discutir mucho. Gabriel nunca ponía nada de su parte, admitía su
incapacidad total para la dura tarea de organizar las cosas y se sentaba en
el sillón sin ningún tipo de remordimiento de conciencia. Misteriosa ardía
de rabia y en su interior un choque de fluidos removía su estómago
haciéndola sentir cada vez más y más furiosa. Pero la cobardía de no
atreverse a mandar todo al carajo la ponía cada vez más y más triste.
Mientras doblaba los jerséis se imaginaba cogiendo la maleta y saliendo
por la puerta dando un portazo, dar un portazo es el símbolo inequívoco
de que no se va a volver. En estas ensoñaciones se veía esperando en el
portal y de repente un taxi venía a buscarla para llevarla al aeropuerto
donde cogía un avión a cualquier parte lejana, lejanísima del mundo.
En ese momento, cuando estaba a punto de despegar, algo la devolvió
al mundo real. Estaban llamando al teléfono. Era Lucía, y por su voz
Misteriosa reconoció uno de sus días inapetentes. Lucía era su mejor
amiga, era pianista y bastante buena pero tenía muy mala suerte. También
es cierto que ella misma se lo buscaba porque no era capaz de decir hoy
sí, hoy me van a ir bien las cosas. Se empeñaba en encerrarse en un
círculo de oscura autodestrucción.
Lucía quería tomar un café. A misteriosa no le apetecía nada
escuchar a la derrotista de su amiga pero tal y como estaban las cosas en
casa mejor salir un rato. Lucía vivía en un bajo que había sido el piso de
sus abuelos y ella se lo quedó después de que estos murieran. Su madre
también había muerto y su padre se marchó a Tahití bastantes años atrás.
Pretendía ser el nuevo Paul Gauguin o algo así, pero ya se sabe que uno
no llega demasiado lejos imitando a la gente, cada artista debe encontrar
su propio estilo. Al parecer el padre de Lucía sí tenía talento pero lo
malgastaba en excesos poco recomendables. Abandonó a su única hija
cuando se fue en busca del espíritu del pintor vanguardista, y lo único que
le había dejado era esa especie de don. Si bien Lucía no pintaba, había
heredado una terrible sensibilidad que expresaba al piano. No conocía a
nadie con tantas cualidades para la música y tampoco conocía a nadie que
estuviera tan solo. Lucía vivía sola en una casa vieja con vecinos viejos.
No tenía más amigos que Misteriosa y nunca había tenido un novio serio.
Por eso tocaba el piano. Cada uno necesitamos de algo que nos haga
escaparnos de la realidad para hacernos sentir que allí somos los más
importantes.
-¿Qué tal estás, Lucía?- Le preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
-Pues mal, porque vosotros os vais de puente y yo no sé qué voy a
hacer estos días, además la fiesta de todos los Santos no me gusta nada, ya
lo sabes.
Misteriosa entendía lo que quería decir porque ambas habían
perdido a uno de sus padres por la misma época, Misteriosa a su padre y
Lucía a su madre unos meses más tarde. Muchos años después de aquello
y pensando con cierta frivolidad, se divertía fantaseando con que su madre
se liaba con el padre de Lucía. Aunque serían una pareja de viudos
demasiado turbulenta. Ella y Lucía entonces serían hermanastras. Se
conocían desde pequeñas y eran inseparables, pero la verdad que
demasiada dosis de Lucía al día era agotador para la autoestima. Además,
ella ya tenía una hermana, Marta. Casi nunca hablaba de ella porque su
relación se había enfriado mucho en los últimos años, sin embargo la
echaba de menos. Hacía veinte años eran uña y carne. Hermanas, y de las
buenas. Se confiaban todo y se querían. Era una época feliz. Luego murió
su padre y llegó la movida madrileña. Los años del apogeo a ella la
sorprendieron de vuelta de muchas cosas, pero a Marta, cinco años menor
que ella la pillaron a tope y entró en una oscura encrucijada de la que aún
no había conseguido salir. Las hijas de Blanca eran especiales, pero
mientras Misteriosa canalizaba su energía en el arte, en la fotografía, su
vía de escape, su hermana Marta se desvió por unos caminos más
peligrosos.
Todos aquellos días los había vivido con Lucía, su confidente. A
ella le contaba su preocupación por su hermana y su vida con Gabriel. A
ella le contaba todo. Todo menos su pequeña pasión por Alfredo tantos
años atrás. Hacía diez días que le había escrito la carta y no había
recibido ningún tipo de respuesta. Igual se había mudado. ¡O se había
muerto! Todo aquello era una locura, y lo mejor era olvidarse, pero
Misteriosa no podía, no podía...
Cerró la maleta de mala gana y le dijo a Gabriel que se iba con Lucía,
ni siquiera se molestó en preguntarle si le apetecía acompañarlas porque
él estaba demasiado enfrascado en la lectura de un libro que hablaba de un
parque natural que había cerca de dónde iban a pasar el puente.
Finalmente bajó a la calle. Era uno de esos días en los que el otoño
daba una tregua. Hacía sol y no hacía mucho frío. La plaza estaba llena de
niños que jugaban al fútbol. Misteriosa los conocía, eran los hijos del
Madrid multicultural que ella adoraba. Mohammed y Rachid eran
saharahuis, Christian ecuatoriano, Marcio de Brasil y Jorge de Sevilla.
Éste era el más pequeño y el más travieso. Ceceaba al hablar y cuando
veía a Misteriosa siempre corría a darle cachetes en el culo. Sentada en un
banco, como siempre, estaba Dorita leyendo. Misteriosa se acercó a ella y
miró con el rabillo del ojo el título del libro: “Las flores del mal”. Qué
increíble sorpresa. Los padres de Dorita estaban divorciados y él era
francés. Su madre, Claudia, conocía a Misteriosa de verse por el barrio y
ambas hablaban muy a menudo. Ella, que era de allí de Madrid recibía
cada cierto tiempo la visita de su ex marido que siempre traía algo para su
pequeña. “Las flores del mal” era un regalo ciertamente chocante para una
niña de diez años.

***

MUJERES CONDENADAS

Como un rebaño pensativo sobre la arena acostadas,


entornan los ojos hacia el horizonte marino,
y sus pies que se buscan y sus manos enlazadas
tienen dulces languideces, amargos escalofríos.
Unas, corazones que aman las largas confidencias,
en el corazón de los bosques y junto a los arroyos,
deletrean el amor de las tímidas infancias
y marcan en el tronco los jóvenes arbolillos;

otras, como hermanas, andan lentas, graves,


a través de las rocas llenas de apariciones,
donde san Antonio vio surgir como lavas,
desnudo el seno, a sus purpúreas tentaciones.

Las hay que a la lumbre de resinas goteantes,


en el hueco mudo de los viejos antros paganos,
te llaman en socorro de sus fiebres aullantes,
¡oh Baco, adormecedor de viejos remordimientos!

Y otras, cuya garganta gusta de escapularios,


que, ocultando un látigo bajo sus largos vestidos,
mezclan en la noche oscura y los bosques solitarios
espuma del placer y lágrimas de la tortura.

¡Oh vírgenes, oh demonios, oh monstruos, oh mártires!,


grandes espíritus negadores de la realidad,
buscadores de lo infinito, devotos y sátiros,
ora llenos de furor, ora llenos de llanto,

vosotras, a las que en vuestro infierno mi alma os [ha seguido,


pobres hermanas, os amo tanto como os compadezco
por vuestras dolorosas tristezas, vuestra sed no saciada,
y las urnas de amor que llenan vuestro corazón.

Las flores del mal


Claude Baudelaire.

***
Dorita despegó un segundo la vista de la lectura y le dedicó a
Misteriosa una simpática sonrisa. Todos aquellos niños que jugaban en la
plaza bajo las cristaleras del Reina Sofía eran sus niños adoptivos, eran
como sus niños perdidos del cuento de Peter Pan y ella los había
fotografiado muchas veces. Sin embargo, Dorita, esa niña de mirada
profunda aguamarina era su preferida.
Miró el reloj y se dio cuenta de que era muy tarde y Lucía estaría
esperando. Dorita estaba de nuevo enfrascada en la lectura. Le acarició el
pelo a modo de despedida y fue deprisa hacia el centro. Por el camino,
mientras subía por la calle Atocha pensó en hablarle a Lucía de sus
sentimientos hacia Alfredo de hacía tanto tiempo, aunque es muy posible
que ella en aquel entonces lo hubiera sospechado porque ella era su mejor
amiga y hubo una temporada en que con él también tenía una buena
relación. Una pianista y un saxofonista tenían mucho de qué hablar.
Lucía se sorprendería si se enterara de que le había escrito una carta,
ahora, después de tantos años. Tuvo una ligera tentación de contárselo.
Sabía de sobra que ella no se lo iba a decir a nadie porque con la única
persona con la que compartía confidencias era con Misteriosa, pero luego
un arrebato de secretismo la alertó. Ése era su pequeño gran misterio,
auténticamente íntimo y no quería rebelárselo a nadie, ni siquiera a Lucía.
De todas formas, su amiga la hubiera mirado con esa cara de
estupefacción que le recordaba el gesto de una oveja y le daba tanta risa,
la miraría con aire condescendiente y la condenaría, con todo el cariño del
mundo, a un veredicto de locura transitoria. Por eso prefirió hablarle de
Marta. Había venido de Sevilla para irse el puente con ellos y con su
madre y ya se quedaría hasta pasada la Navidad.
-A final de mes es su cumpleaños, el día veintiocho, y me gustaría
hacerle algo especial.- Dijo Misteriosa una vez que se encontró con su
amiga, se saludaron y se sentaron en una cafetería.
-¿Cómo está?- preguntó Lucía que tenía cierta inclinación hacia las
personas que como ella eran débiles y vulnerables.
-Estable, aunque hace meses que no la veo. Antes temblaba cuando la
miraba a los ojos, estaban tan vacíos que daba miedo enfrentarse a ellos.
Ahora, aunque está desmejorada, ha recuperado la tranquilidad
-Pues será muy bonito hacerle una fiesta.
-Sí, eso he pensado, ¿querrás ayudarme?
-Por supuesto.
La exagerada sensibilidad de Lucía también se manifestaba en otros
aspectos al margen del piano. Era una auténtica maestra en hacer trabajos
artesanales. Misteriosa odiaba todas esas cosas, nunca había hecho punto
de cruz, ni pintar cacharritos, ni modelar arcilla... ella era demasiado
impaciente, desordenada y nada detallista. Lucía en cambio era
exasperantemente perfeccionista y hacía auténticas virguerías, cuidando al
milímetro cada detalle, por eso prometió encargarse de la decoración de la
fiesta.
Después de hablar un rato, Misteriosa empezó a notar que Lucía la
miraba de un modo raro, como analizándola pero intentando disimular, y
se puso tremendamente nerviosa. Su amiga era como un ratoncillo
asustadizo y nunca sostenía la mirada más de dos segundos, pero hoy sus
ojos se clavaban en ella de manera incisiva. Se preguntaba si ella intuía
que Misteriosa había hecho algo trascendental en su vida que no le había
contado. Tuvo, de nuevo, un leve impulso de contarle que había escrito
una carta a Alfredo, pero desechó la idea porque se sentía incómoda con
ese interrogatorio visual. Lucía adivinaba algo, pero no sabía qué, debía
de suponer que era algo de Marta, nunca se imaginaría la verdad y
Misteriosa acababa de decidir que tampoco se la diría, por lo menos de
momento, no quería ser juzgada. Lucía era compresiva, pero muy chapada
a la antigua y no iba a entender lo que había hecho, ella era de la opinión
de que las cosas son como son porque así tienen que ser y las personas no
podemos hacer nada para cambiarlas. No conocía a nadie más conformista.
A los pocos minutos de sondearla Lucía le preguntó directamente si le
ocurría algo, que la notaba como ausente y nerviosa. Una respuesta
negativa no la hubiera satisfecho así que Misteriosa se inventó una cierta
preocupación por la llegada de su hermana. Lucía se dio aparentemente
por complacida y el resto de la conversación discurrió sin más
intromisiones, pero se notaba cierta tensión amigable en el ambiente.
Estuvieron un par de horas hablando y prometieron llamarse a la vuelta.
Lucía dijo que pondría unas flores en la tumba de su padre (su madre
estaba enterrada en el mismo cementerio) y a Misteriosa le recorrió un
escalofrío por la espalda. Su viaje familiar era mucho más alentador, se
iban a Extremadura, al pueblo, ninguna de las tres había soportado volver
nunca más a aquella tumba.

***

Al volver a casa era casi de noche pero los niños seguían allí dando al
balón. Tenían la cara llena de churretes y la camiseta llena de polvo. Eran
felices. Luego llegarían a sus casas y sus madres los regañarían
cariñosamente por tanta suciedad pero los bañarían con amor antes de
prepararles la cena. A Misteriosa le entraba una ligera nostalgia maternal
cuando los veía, pero su decisión de no tener hijos había sido muy
meditada y era prácticamente irrevocable.
Dorita había cerrado el libro y con un bolígrafo Bic hacía dibujos
sobre la lona de sus zapatillas. Esa niña encerraba un verdadero universo
particular, una Alicia moderna en el País de las Maravillas y le tenía un
especial afecto porque era la personita que más le recordaba a ella misma.
Cuando tenía su edad ella también estaba sola casi siempre, no se
relacionaba con los demás niños del colegio, también leía libros de
mayores y sólo le contaba confidencias a su hermana, pero ésta era más
pequeña y no siempre entendía sus inquietudes ante el mundo. Prefería
escribir sus obsesiones en cartas a amigos ficticios. Siempre había
guardado esas cartas, celosa de su intimidad, pero unos años atrás Gabriel
las había tirado un día que hizo limpieza en la buhardilla. Aquella
catástrofe le provocó un disgusto mayúsculo y un gran enfado con Gabriel
que no entendía la importancia de aquellos papeles. Fue la drástica
separación de su infancia ideal, irrecuperable para siempre. Por eso le
gustaba Dorita, era como el reflejo de su niñez perdida.
Misteriosa miró hacia arriba, por las ventanas de la buhardilla salía
luz, Gabriel no había salido. Seguramente permanecía en la misma postura
que cuando ella le dejó, adoraba tanto a las plantas que a veces se
mimetizaba hasta el punto de imitar su vida vegetativa. En ocasiones ella
se preguntaba si no sería capaz de hacer la fotosíntesis…
Abrió la puerta del portal y subió las escaleras sin ganas de llegar
arriba porque no le apetecía insuflarle la vida a su estático compañero,
estaba cansada. Se limitaría a meter las cosas que le faltaban en la maleta,
cenaría y ambos se irían a la cama. En cada peldaño que subía notaba un
kilo de peso invisible más sobre su espalda, un año más. Llevaba más de
quince años subiendo, escalón a escalón las mismas escaleras y sentía que
no lo hacía con la misma ligereza que cuando tenía veinte. La casa, el
portal, la escalera no habían cambiado mucho, pero ella sí. Muchas cosas
habían cambiado y últimamente se estaba haciendo más consciente de ello.
Su incursión accidental en el pasado le hacían mirarse en el espejo de los
años para darse cuenta de cuánto había perdido el tiempo, de todo lo que
había dejado atrás, de todo lo que era mejor ahora, de lo joven y
vulnerable que era cuando invitó a Gabriel a vivir con ella, de cuando
soñaba con Alfredo, de cuando su hermana se perdió en un callejón sin
salida, de aquella maldita fiesta...
-X-

A Misteriosa no le gustaba ese sitio, se encontraba fuera de lugar,


había ido a buscar a su hermana y miraba la escena desde la barra.
Kelly le hizo una pregunta indiscreta a aquel chico. Qué cuántas veces,
con qué frecuencia... “Temporádicamente” contestó él alargando la letra e.
Ella rió escandalosamente y el movimiento de su cuerpo hizo bailar su
falda de tul, muy corta, tan escandalosamente como su risa. Llevaba unas
botas de tacón con una hebilla, y con un movimiento propio del lejano
oeste se sentó a horcajadas sobre él. Se balanceó de un lado a otro, se
sacó el chicle de la boca y lo pegó en la pared (totalmente negra, como las
demás del garito). “Me gusta cuando te inventas palabras” le dijo a ese
chico bastante más mayor que ella y le plantó un beso.
Kelly era la mejor amiga de Marta y a Misteriosa tampoco le
gustaba nada esa chica y sabía que era una mala influencia para su
hermana. Marta estaba sentada muy cerca de ellos y miraba a su amiga
con cierta envidia. Kelly no era demasiado guapa, ni lista, pero era la que
más ligaba. Evidentemente no se llamaba Kelly, pero eso era lo que ella
sabía hacer mejor: crearse una imagen. Con su mínima falda de tul, sus
medias de rejilla, sus botas y su top rosa ácido resultaba la más
despampanante del local. A Misteriosa le parecía que tenía un poco la
cabeza hueca, pero era popular y en eso consistía su filosofía de vida.
Marta estaba perdidamente enamorada de Arturo, el chico mod. En un
tiempo en el que la promiscuidad era la tónica aquello resultaría raro, así
que no se lo había contado a nadie, ni siquiera a Kelly. Arturo le gustaba
de verdad y además eran muy buenos amigos. Le gustaba porque era
diferente a los demás. En aquella época casi todos los jóvenes estaban
identificados con algún tipo de tribu urbana, era la forma que tenían de
marcar una identidad. Él estaba obsesionado con la ropa y con su Vespa.
Siempre iba con los walkman escuchando música. Arturo conocía a más
mods, pero no se relacionaba mucho con ellos, no se metía en líos. Iba
siempre abstraído y no hablaba con casi nadie, salvo con Marta de vez en
cuando. Todos le tachaban de bicho raro y por eso a Marta le encantaba y
sólo pensaba en él ese verano.
Era agosto y los jóvenes pensaban cómo divertirse en la capital. Todas
las familias se repartían por la costa y la ciudad prometía grandes hazañas
si se sabían organizar. Kelly sabía como aprovechar el tiempo y le había
propuesto una apretada agenda que a Marta parecía no seducirle
demasiado. Quería a su amiga pero estaba como una cabra y era una
inconsciente. Las palabras básicas de sus planes estivales eran chicos y
droga. A ella le hubiera gustado organizar un viaje a algún sitio, pero ese
año con los trabajos de la universidad no había tenido tiempo de
templearse de niñera como otros años y no tenía dinero.
Misteriosa no aguantaba más. Le hizo un gesto a Marta para que se
fueran a casa porque los invitados iban a llegar. Llevaba una semana
preparando la fiesta que su hermana le había propuesto pero realmente
ninguna de las dos tenía muchas ganas. Marta le dijo a Kelly que las
esperaban y se armó de valor para acercarse a Arturo e invitarle. Él
rechazó la oferta y Marta se desilusionó muchísimo. Era muy tímida y
siempre creía que era ella el problema en sus relaciones con los demás.
Kelly se dio cuenta de la escena y la arrastró hasta el baño. “No hagas
caso, ése es un idiota”. Marta estaba a punto de llorar. “Tengo una cosa
que hará que las dos nos lo pasemos muy bien en la fiesta de tu hermana”.
Sacó de un bolsillo un paquetito que tenía unas pastillas. Marta dudó y
cogió una temblando. Ambas se miraron y se las tragaron. El destino hizo
que Misteriosa estuviera dentro de un baño y fuera testigo accidental. No
le dio importancia. Su hermana era muy joven y era muy inocente, pero
también muy responsable –a veces demasiado- y se sorprendió, pero creía
que no llegaría a más.
Salieron del bar con toda normalidad, ella disimuló que había
escuchado lo que pasó en el baño y pretendía hacer como si nada, pero al
salir por la puerta, sin saberlo, todo había cambiado para siempre.

***

Al cabo de unas horas la fiesta se llenó de gente. Fue Dani con su


novia; ya la recordaba, era Isabel, una petarda rubia de bote, una aspirante
a fotógrafo sin talento ninguno. Kelly miraba celosa a Isabel porque era
más guapa, más mayor y más llamativa que ella y todos los hombres allí
presentes la miraban con descaro, incluido Gabriel.
Al rato Misteriosa se acercó a la cocina donde estaba Gabriel a pedirle
una copa y vio que Kelly estaba golpeando la puerta del baño. Su hermana
estaba dentro, con la puerta atrancada. Mandó a Kelly al salón y cogió una
horquilla de su habitación con la que había aprendido a abrir las puertas.
Su hermana estaba vomitando y temblaba con sudores fríos. A ella nunca
le gustó el papel de madre pero la abrazó repitiendo “mi niña, mi niña...”
Entre sollozos Marta soltaba palabras inconexas: “nunca más/por qué/
Arturo/nunca más/ Misti/dónde...” Así hasta que las palabras se le
ahogaban por el hipo.
Marta estaba sentada entre el bidé y el water con la cabeza apoyada en
las rodillas
-Me gusta esta canción- le dijo.
Misteriosa afinó el oído para escuchar la canción que sonaba al fondo,
en el salón. Asintió y le acarició el pelo. Ambas se abrazaron como dos
verdaderas hermanas. Misteriosa notó a Marta entre sus brazos como un
cachorrillo indefenso y sintió un instinto protector exagerado que nunca
había experimentado. Rápidamente ese sentimiento se fue transformando
en un incipiente estado de enfado que en breve le subía por las venas en
forma de ira. Ira hacia Kelly por haberle dado esas malditas pastillas,
hacia Gabriel no sabía muy bien por qué, a toda la gente estúpida que se
divertía en su casa y sobre todo hacia ella misma, tampoco sabía por qué.
Un arrebato de esa cólera que fluía por su cuerpo la llevó como un
polvorín hacia el salón. Un amigo de su hermana estaba poniendo en el
tocadiscos un Lp de un grupo llamado Charol. La canción era Imbécil y la
letra decía: imbécil, imbécil, imbécil... Todos cantaban como borregos
enloquecidos y cada vez que lo repetían esa palabra martilleaba a
Misteriosa en la sien “Imbécil, imbécil, imbécil....” No soportaba más a
toda esa gente. Quitó el disco enfrentándose a la protesta colectiva y
dando un grito que no se sabía muy bien de que parte de su cuerpo salió,
echó a todo el mundo, a Kelly con especial rabia. El barullo fue
disminuyendo y en poco tiempo la casa fue invadida por un silencio
apabullante.
El suelo estaba hecho un asco, se derrumbó en el sillón unos segundos
y comprendió que ella no estaba hecha para la explosión juvenil que sufría
su ciudad. Ella era anacrónica y estaba perdida en un espacio y un tiempo
que no era el suyo. Suspiró mirando al techo y de las miles de fotografías
que allí había pegadas le saltó a la vista una de un guerrero medieval, con
una reluciente armadura. Ojalá ella tuviera una coraza tan resistente en su
alma.
De pronto se dio cuenta de que había dejado a Marta en el baño y
tampoco había visto a Gabriel, y lo cierto es que tampoco le apetecía
verle. Justo cuando lo estaba pensando le vio salir del baño agarrando a
Marta para llevarla a la cama. Estaba medio desnuda, se había vomitado
encima y Gabriel sostenía su camiseta manchada en la otra mano. En
realidad no tenía nada que recriminarle, pero había veces que sin conocer
la razón no le apetecía estar con él. Él la miró interrogándola con los ojos.
Ella asintió en silencio y disipó de su mente todos los reproches absurdos
e infundados, no podía más. Gabriel llevó a Marta a la cama y después fue
al sillón donde estaba Misteriosa, totalmente derrotada, deshecha. Se
sentía hecha polvo, como si hubiera envejecido veinte años en unas horas,
cansada y desorientada. Toda esa gente que había estado en su casa, la
mayoría desconocidos, vivían a un ritmo desorbitado que ella no podía
soportar y habían arrastrado a su hermana, su hermanita, en su loco
frenesí. Los ojos de todas esas personas parecían de agua y no miraban
más allá de un mundo enclenque. Igual se equivocaba, pero tampoco tenía
fuerzas para concederles el beneficio de la duda, a ninguno, los miraba a
través de sus superficialidades y no veía nada más, no se merecían otra
oportunidad. El mundo real a veces era tan... real y tan cruel, tan diferente
de lo que ella esperaba...
Gabriel le hizo reaccionar y darse cuenta de que a lo mejor estaba
equivocada, sin palabras le hizo ver que hay cosas que sí merecen la pena.
Le quitó los zapatos y le hizo cosquillas, pero ella no tenía ganas de
reír. Él le masajeó la planta de sus pies, sus dedos con uñas de colores...
Ella no decía nada, estaba totalmente abatida, pero le hablaba en silencio,
le miraba solamente. Se incorporó y se enganchó a su cuello en un abrazo
mudo. Ella creía que él siempre entendía su mutismo, aunque no siempre
era así. Ese día, sin embargo, Gabriel supo descifrar, supo leer entre
líneas su desesperación ante la vida y su inquietud por su hermana. Él le
devolvió el abrazo y así estuvieron, como tantas otras veces, dejando que
el tiempo se escapara por los huecos del sillón, por la ventana. La casa
estaba hecha un desastre, como si un huracán hubiera pasado por el salón,
pero eso ahora poco importaba, porque el tiempo se dispersaba por los
rincones, despacio, dejándoles un olor de juventud difícil.
Misteriosa tragó saliva y sacó fuerzas de donde no las había para
renovarse y ver esperanza en ese triste amanecer. Se asomó a la ventana,
el amanecer en verano ofrecía unas tonalidades especiales que le
iluminaron la mirada y le hicieron recuperar una pizca de alegría. Arrastró
a Gabriel de la mano y retiró los estúpidos discos que habían estado
escuchando. Aunque el tocadiscos estaba apagado, de algún sitio venía
una música sosegada que los invitó a bailar, abrazados una vez más ante la
expectativa de un nuevo día.
Él la agarró de la cintura y paró en seco. La besó como si besara al
infinito, abarcando sus labios, sus dientes, su lengua, toda su alma y se
dio un baño en su saliva ilimitada que sabía a todos los sabores del
mundo. Misteriosa le correspondió con la misma intensidad y le quitó
lentamente la ropa y él le quitó la ropa a ella y se olvidaron de todo, hasta
de sus nombres, para dejarse llevar por el ritmo de sus cuerpos. La música
que venía de algún sitio se intensificó como en las películas y la vida
durante un rato volvió a ser mágica y de colores. Se bañaron en cada poro
del otro, recorrieron todos los rincones –conocidos e inéditos- y trazaron
en sus pieles el mapa de un futuro en común.
Marta se asomó por la puerta, pálida y despistada, como una Ofelia que
acabara de despertar de su sueño eterno. Les miró indiferente y se dirigió
a la cocina a beber agua. Cogió un gran vaso de cristal y lo llenó hasta el
borde. Bebió con avidez y lo volvió a llenar sin inmutarse ante la mirada
de su hermana y de su novio, que estaban medio desnudos y ni se habían
molestado en taparse. Ellos la miraban y ella ponía un extraño gesto,
como si estuviera siendo juzgada por la Santa Inquisición. Misteriosa
quería romper el hielo y echarle una buena reprimenda pero se contuvo
ante la visión de sí misma como una madre intolerante y represiva. Ella no
era su madre, era su hermana mayor y estaba muy dolida y decepcionada
pero no sabía qué tenía que hacer. Finalmente fue Gabriel el primero que
abrió la boca.
-¿Cómo te encuentras, Marta?
-Bien- contestó con tranquilidad, como si en realidad viniera de dar un
paseo por un parque o algo así.
Misteriosa notaba como se enfurecía por momentos pero no quería
aparentar su frustración.
-Bueno, pues vístete y vete a casa que nosotros tenemos que salir a
hacer muchas cosas.- Había pretendido hablarle con naturalidad, pero la
naturalidad fingida es muy difícil y su tono sonó seco y cortante. En
seguida se dio cuenta e intentó arreglarlo con palabras más suaves pero
Marta estaba dejando el vaso en el fregadero, medio temblando. Sus
movimientos eran lentos y con una vocecilla imperceptible contestó: “En
cuanto me vista me voy”. Seguro que sentía sobre sus hombros, como una
enorme losa, toda la incomprensión de su hermana y por un momento el
sentimiento de culpabilidad se hizo insoportable. De espaldas a ellos,
limpiaba el vaso. Misteriosa descubrió por el movimiento de su cuerpo y
por los leves hipos, que Marta estaba llorando y se acercó a la cocina –en
una casa diáfana es difícil ocultar los sentimientos- para cogerle la mano
como a una niña que se acaba de caer de un columpio y ella comprendió,
ambas comprendieron y se perdonaron sin palabras.
Gabriel observaba la imagen y de nuevo fue el único en hablar.
-Marta, ¿te quieres venir con nosotros? Vamos a un vivero a recoger
unas plantas y luego si quieres te quedas a comer, voy a hacer una de mis
riquísimas paellas...- Ése fue el punto para disipar por fin la tensión
porque Gabriel era un pésimo cocinero y sus famosas paellas eran una
especie de sopa amarilla con arroz crudo.
-No gracias, ya tomé anoche bastantes sustancias venenosas...- Cuando
uno se permite bromear sobre sus miserias los días empiezan con un
reflejo mucho más saludable y la vida parece menos pesada.
Misteriosa la miró entre divertida y desconcertada y le dio una
palmada en el culo: “Anda, corre a vestirte”
Entre unas cosas y otras ya eran las once de la mañana y tenían muchos
recados que hacer. El vivero estaba a unos cincuenta kilómetros y
tardarían bastante en llegar, luego tenían que cargar las plantas, volver y
dejar las plantas en casa de una señora que las había encargado e ir a
devolver la furgoneta a un amigo. Ése era el trabajo de Gabriel, pero ella
muchos fines de semana le acompañaba y de paso hacía algunas
fotografías por las afueras. Aquel día no tenía muchas ganas, la noche
anterior la había dejado baldada y además pensaba que no iba a poder
acercarse al Rastro. Le apetecía ir al Rastro para ver a Alfredo, el joven
músicor del que apenas sabía nada pero que aparecía intermitentemente en
sus sueños por las noches. No sabía casi nada de él pero le gustaba, le
gustaba el genio moderno de ojos verdes con lenguaje de trovador
medieval.
Del que sí sabía muchas cosas era de Gabriel, en un año le había
observado y estudiado y conocía al milímetro esas pequeñas cosas que
sólo se ven con ojos minuciosos. Sabía que Gabriel tenía una particular
forma de subir las escaleras, dando saltitos y cruzando para atrás el pie
que quedaba en el aire, sabía que cuando comía helado le daba la vuelta a
la cuchara y que el plátano no se lo comía en vertical como todo el
mundo, sino dando pequeños mordiscos en horizontal, como si tocara una
armónica.
Allí estaba, al volante de la furgoneta que le había prestado su amigo
Santiago. Marta estaba en el asiento del copiloto y ella en los asientos de
atrás, rodeada de plantas.
Gabriel y Marta charlaban animadamente y ella miraba abstraída por la
ventana, sumida en sus pensamientos. Era un día increíblemente caluroso,
pero no hacía el calor sofocante que había hecho en semanas anteriores.
Se imaginó toda esa luz canalizada en el puesto donde Alfredo leería
algún ejemplar de Fotogramas. Era un día fantástico para hacer fotos.
-Misti, ¿en qué piensas?- Las palabras de Gabriel la sobresaltaron y la
sacaron del ensimismamiento.
-En nada, miraba por la ventanilla- dijo medio ausente- Estaba
pensando que hay una luz genial hoy. Me gustaría ir al Rastro a hacer unas
fotos. ¿Os apetece? Luego podemos tomar unas tapas por allí.
No se creía haber dicho eso. Quería ir a ver a Alfredo, pero no quería
llevar a Gabriel ni a Marta. Deseaba que dijeran que no.
-Pues es un poco tarde y tengo que devolverle la furgoneta a Santi. Si
no hay mucho atasco en Plaza de Castilla y llegamos bien por mí vale.
Además es tarde para hacer la paella. ¿Tú qué dices, Marta?
-Me apunto- Después de la noche que había pasado, a Marta se le
notaba que no tenía ganas de ir al piso que compartía con sus amigos y
mucho menos a casa de su madre.
Tenía que evitar por todos los medios pasar por el puesto de Alfredo
porque ella sabía que aquel chico le fascinaba y se ruborizaría y Gabriel
adivinaría y... ¡Qué inquietantes y absurdas son las obsesiones secretas!
Misteriosa se encontraba en un mar de indecisiones.
El trayecto se dio sin incidentes y en veinte minutos estaban en casa de
Santiago, que les recibió eufórico y dio a Gabriel unas palmadas en el
pecho y a las chicas sendos besos efusivos. Santiago era parlanchín y
optimista, buena gente. Misteriosa pensó que sería una pareja ideal para
Lucía. No era demasiado guapo, pero era transparente como las gotas de
lluvia y en su interior había un enorme espacio -Misteriosa lo adivinaba-
un enorme espacio donde guardaba mucha bondad. Era alto y grande, no
gordo, y tenía unas enormes manos peludas. Eso era lo que más llamaba la
atención de Misteriosa, sus manos. Eran todo lo contrario a unas manos
cuidadas en un salón de manicura francesa, trabajaba duro con ellas -era
jardinero- pero lejos de dar la sensación de manos horrendas daban una
sensación sana, de manos que cuidan plantas, que aman la vida. Eran unas
manos fuertes capaces de coger tiestos enormes, pero a la vez mimosas,
válidas para acariciar de la manera más suave una orquídea, posiblemente
la flor más bonita y delicada del mundo. Esas eran precisamente las manos
que necesitaba Lucía.
Santi hablaba sin parar y sacaba las plantas de la furgoneta con una
vitalidad impresionantes. Él, acostumbrado a madrugar a horas
intempestivas entre semana, los domingos su biorritmo no era muy
diferente y se levantaba enérgico. Marta lo miraba apoyada sobre el capó,
mordiéndose las uñas, era su antítesis de la vitalidad, blancucha y
famélica aquella mañana. Misteriosa observó también a Gabriel, que
ayudaba a su gran amigo Santi, y le gustaba, le gustaba de verdad. Era
muy guapo, castaño de pelo y de ojos, no en vano poco más de un año
atrás él posaba delante de ella en El Retiro, en aquella sesión en la que se
conocieron. En aquel contexto cualquiera se hubiera podido imaginar que
Gabriel era un coqueto, un vanidoso, pero nada más lejos de la realidad
porque él no era nada presumido e incluso un poco descuidado con su
aspecto personal. Tenía un look desaliñado que a Misteriosa le parecía que
resaltaba su belleza natural. Pero es que además y por encima de todo
Gabriel era buena persona, era una de las mejores personas que había
conocido nunca y le amaba y admiraba.
No entendía cómo era posible que aquel otro chico se había metido en
su cabeza, algo tenía que estar fallando en aquella historia, no era posible,
se repetía una y otra vez, que su corazón latiera indistintamente por
Gabriel, -su amor, su compañero, su principio y todavía, su ahora con
mayúsculas y posiblemente todo el resto de su vida- y por Alfredo, su
misterioso GenioDeOjosVerdes y su lámpara mágica vacía, su incierto, su
cara oculta de la luna. A ella le parecía claramente que había sufrido sobre
sí misma el efecto de un encantador de serpientes que la había seducido
sin pretenderlo y tenía el mismo irrefrenable deseo que tiene una niña de
acercarse a tocar el fuego de una vela sin saber que en poco tiempo va a
quemarse.
Santi puso la última de las macetas en el suelo de la acera y se sacudió
las manos llenas de tierra, después con toda indelicadeza de las manos
sucias y a la vez naturalidad volvió a besar a Marta y a Misteriosa
despidiéndose de ellas y deseándoles un buen domingo. Marta compuso un
gesto raro y Misteriosa disfrutó del olor de ese hombre grandote y amable
que olía a tierra y a hierba fresca. Volvió a pensar en Lucía y en la
fantástica y dispar pareja que formarían el jardinero y la delicada pianista.
Gabriel le estrechó la mano a su amigo y ambos se sonrieron. Una vez que
Santi se dio la vuelta sobre si mismo Gabriel miró a Misteriosa:
-“¿Qué, vamos al Rastro?”
Una sacudida se apoderó de su estómago, como si fuera la enorme
mano del mismísimo Santi quien le apretara fuerte las entrañas. Ella
dirigió la mirada a su hermana, que seguía apoyada en la parte delantera
de la furgoneta ajena a casi todo lo que pasaba en el mundo.
-Marta, ¿a ti te apetece?- le preguntó Misteriosa a su hermana que
estaba concentrada en una de sus uñas pintadas de negro.- ¡Marta!
-¿Qué?- respondió ella dándose por fin por aludida.
-Que si vamos al Rastro- intervino otra vez Gabriel.
-Ah, claro- dijo por fin ella dejando a Misteriosa la última palabra.
-Misti, ¿pasamos por casa a coger la cámara?
-No, da igual- contestó dubitativa- Ya tengo muchas fotos del Rastro,
vamos a dar una vuelta y comemos algo por allí.

***

Allí estaba el Rastro, como todos los domingos.


Siglos antes, el rastro de sangre de los animales degollados en los
mataderos de la Ribera de Curtidores corría calle abajo. Los carniceros
empezaron vendiendo allí sus mercancías, y con el tiempo, la calle se
convirtió en el popular mercadillo de cosas antiguas, usadas y viejas por
el que merodean madrileños y turistas todos los domingos. El mercado
mantiene su nombre en recuerdo de ese rastro de sangre.

***

“Has vuelto” dijo Alfredo entre sorprendido y contento. Misteriosa no


contestó, se limitó a sonreír. Tenía ganas de preguntarle muchas cosas,
pero sólo podía mirarle. Él se incomodó un instante, pero luego mantuvo
la mirada fijamente. Gabriel y Marta estaban bastante más adelantados
mirando puestos, ella se había quedado rezagada intencionadamente.
Misteriosa echó una ojeada a los artículos expuestos en aquella mesa, era
un tesoro variopinto de objetos inservibles y por tanto maravillosos: cajas
de latón, muñecos, cámaras de fotos viejas, cacharros de cerámica,
zapatos, maletas, libros...
Alfredo le tendió la mano y ella, extrañada pero al mismo tiempo
obediente, le alargó la suya. Él la apretó con delicadeza y después pasó el
dedo índice por cada una de las líneas que configuraban la palma.
“¿Sabes leer la mano?”
Alfredo asistió con la cabeza y no dijo nada más. Ella le sonrió con
picardía y él le devolvió el gesto. Misteriosa sabía que no tenía que
preguntarle qué había leído en las líneas de su mano, se alegró pensando
que el genio moderno de ojos verdes había atrapado el futuro de su vida.
-XI-

Misteriosa recibió un paquete sin remitente. Venía de Londres. Una


nota breve escrita en un erróneo castellano explicaba que había recibido
su carta pero que Alfredo ya no vivía allí. La chica que firmaba se llamaba
Jayne y era la actual inquilina del piso. Le enviaba una serie de objetos
que había encontrado en su piso y que habían pertenecido a Alfredo.
Había tres cosas envueltas en papel de periódico.
Desenvolvió la primera y era un reloj de arena. Era un bloque de ámbar
en el que se insertaban los dos espacios del reloj. Se entretuvo en mirar la
arena pasar de un lado a otro unas cuantas veces. Un par de esquinas
estaban descascarilladas. Le gustó de inmediato ese reloj porque tenía la
corazonada de que había pertenecido a la infancia de Alfredo y tenerlo en
sus manos era como recuperar algo de tiempo del que se había escapado
entre los dos.
El segundo paquete era pequeño y venía cuidadosamente envuelto. Era
un muñeco de goma, un Batman algo perjudicado por el paso del tiempo.
Un superhéroe ajado por los años. Aquel objeto tan pop también la
encantó y de repente sentía que había recibido en aquel envío un gran
tesoro. En cuanto pudiera escribiría a la chica inglesa que se lo había
mandado, Jayne, para darle las gracias y para preguntarle si conocía algo
sobre el paradero de Alfredo, aunque si lo supiera seguramente lo habría
escrito en la carta y le hubiera enviado los objetos a él. Un reloj de arena,
un superhéroe desmejorado... si esas cosas la hubieran pertenecido a ella
le hubiera dado mucha pena perderlas, constituían un pequeño museo
freak del que desde ahora ya nunca se pensaba desprender. Se lo debía a
Alfredo, estuviera donde estuviera. Le debía guardar parte de sus
recuerdos y quién sabe si alguna vez se los podría regalar junto con una
fabulosa historia de cómo habían llegado a sus manos.
El tercer paquete era bastante más grande y cuadrado. Lo abrió. Era un
libro. ¡Era el segundo tomo de “Las mil y una noches” ! Editorial El Arco
de Eros. Noche cuatrocientas sesenta y seis y siguientes. Idéntico al que
ella había comprado para Gabriel en el Rastro. Aquel que le había vendido
Alfredo. Fue a la estantería y lo colocó al lado de su gemelo. Igualitos,
sólo que éste último contaba de la noche cuatrocientos sesenta y seis hasta
el final. Misteriosa apretó los labios y sintió un nudo en el estómago. La
pareja de libros viejos, de nuevo, estaba completa. Dos libros de tapas
verdosas, como los ojos de Alfredo, dos tomos que parecían mirarla
interrogándola. La respiración se le cortó como siempre que tenía una
emoción incontenible y una lágrima rodó por su mejilla. Un círculo
quedaba cerrado. El segundo volumen del libro. Alfredo lo tenía. Es como
si ahora, después de tantos años se completara una parte de algo que había
quedado incompleto mucho tiempo atrás. Los libros y posiblemente su
vida. Aún no lo sabía pero podía ser una señal.
En ese momento sonó el teléfono y Misteriosa lo dejó sonar. Una, dos,
tres veces. Se encontraba paralizada y no sabía muy bien qué sentido
encontrarle a aquello. Finalmente contestó al teléfono. Era Lucía. Como
era extraño a lo habitual, parecía contenta, había conocido a un hombre
que había quedado maravillado con su manera de tocar el piano y quería
contratarla para una serie de bla, bla, bla. Misteriosa no podía dejar de
pensar en el libro. Esa noche habían quedado para cenar, explicaba Lucía
que intuía que el susodicho tenía algún interés más allá del musical.
Alfredo podía haberse llevado aquel libro de su tienda como otro objeto
cualquiera. Yo creo que le gusto, seguía diciendo Lucía. O también podía
haberlo guardado porque fue el que le vendió a ella el día que se
conocieron, porque ella tenía el primer tomo. Porque él era un
sentimental, por eso había guardado el libro. Hemos quedado en el
conservatorio de música, podemos subir a tu casa a verte. Vale Lucía, ¿por
qué no le dices que cenáis aquí y preparo algo especial para los cuatro?
Hoy Gabriel viene pronto. Bueno, os espero sobre las diez. Adiós.
Misteriosa colgó el teléfono y se sentó en el sillón mirando fijamente los
dos libros de la estantería.

***

Era raro que llamaran a esa hora. Misteriosa abrió la puerta.


-Ay, Misti, ¡me quiero morir!
Lucrecia entró como un remolino sin ser invitada a pasar. Como un
torbellino dejó sentir su presencia hasta el salón. Su bufanda de plumas,
su peluca rubia platino, sus tacones abismales.
-Uy, perdón, no sabía que estabas acompañada.
-A Lucía ya la conoces y él es Marco. Ven, pasa a la cocina.
Aquella mole de casi dos metros apretó el paso más tiesa que una vela
hacia la cocina con un gracioso ademán esmeradamente teatral.
-Misty, cielo, estoy fatal. Por cierto, hija, cada vez te rodeas de gente
más rarita porque ya me dirás tú quién es el estirao ése...- dijo Lucrecia.
Aquel travesti aparecía y desaparecía de su vida como un relámpago,
entraba en breves episodios para contarle alguna aventura como hizo
aquella noche. Después de unos minutos se despidió- Bueno, cariño, te
dejo que no quiero aguar más la fiesta.
De nuevo como un latigazo salió al salón y dijo adiós alargando la o y
saludando con la mano. Miró a Marco y soltó una risita nerviosa.
Misteriosa tenía la cualidad de atraer a personajes extraños, peculiares,
desde muy pequeña. Lo curioso era que todas esas personas que le
rodeaban encarnaban lo que ella siempre había querido ser y nunca se
había atrevido. Hombres y mujeres viviendo en el límite de la locura,
haciéndose a sí mismos. Seres fascinantes fuera de lo común. Tenían
obsesiones que a los ojos de los demás parecían absurdas y a Misteriosa le
encantaban. Y Misteriosa era un reclamo para ellos porque sabía escuchar,
porque estaba ávida de historias trepidantes diferentes a la suya que por
viajar paralelas la hacía más interesante.
Afortunadamente en la profesión que tenía podía conocer mucha gente
y gente muy diferente. Lucrecia trabajaba como drag queen en un
espectáculo de despedidas de soltero muy cerca de Atocha y de vez en
cuando se dejaba caer por su casa.
Pero en el fondo Misteriosa sabía que ella también estaba hecha de ese
material especial de los personajes antológicos. Esa especie de resina de
colores chillones mezclada con el riguroso blanco y negro de las
fotografías antiguas. Aunque le dolía ese querer y no poder, esa vida
aparentemente sosa, lo sabía: que era una más y que tanto Lucrecia, como
Lucía, como todas aquellas personas enfermas de locura y de soledad,
estaban a su lado porque Misteriosa también era singular aunque no
siempre era consciente de ello. Era capaz de elevar a la categoría de
desastre mundial el hecho de no tener cereales para desayunar o de mirar a
un hombre con la naturalidad que impone el deseo, o podía arriesgarse a
ser despedida si de ello dependiera la vida de un gato. En fin, ella podía
cambiar el punto de vista de la vida sin darse cuenta del terremoto que
causaba a su alrededor.
El portazo que dio Lucrecia al salir dejó detrás de ella un halo de
silencio bastante incómodo. Las explicaciones sobraban y tampoco había
por qué darlas, pero no decir nada era mortal.
-Lucrecia participó en un reportaje fotográfico que hice y viene de vez
en cuando, pero sus visitas son siempre así, fugaces- explicó Misteriosa
dándose cuenta de que en realidad se estaba excusando. Rectificó en
seguida y miró a su amiga Lucía con toda la carga de honestidad del
mundo y ella comprendió lo que iba a ocurrir a continuación.
-Es una persona increíble y deliciosa- continuó Misteriosa diciéndole a
Lucía con la mirada que Marco era realmente un estirao como había dicho
Lucrecia y que si no era capaz de comprender su mundo de marginalidad y
fantasía no merecía la pena.- ¿Verdad, Lucía?
-Claro- contestó ella muy bajito, y armándose de valor, asintiendo con
los ojos a lo que Misteriosa le había insinuado con solo mirarla.
Ahora los tres, incluido Gabriel que no había abierto la boca esperaron
la reacción de Marco, que lejos de sentirse amenazado se metió otra
cucharada de sopa de tomate en la boca asintiendo divertido a lo que ellas
decían. Las chicas respiraron aliviadas y a Lucía se le iluminó el rostro
pensando que igual ése estirao del Real Conservatorio sí merecía la pena
y que por debajo de su apariencia de concertista serio que no habla más
que de Debussy había huesos y carne, y un fino rayito de grandiosidad, de
desesperación, de arrebato, de plastilina de colores con tonos de
fotografía antigua.
El resto de la cena transcurrió distendida y casi rozando la categoría de
hora bruja. A Lucía se la veía muy feliz y Marco había resultado ser un
tipo agradable. Gabriel apoyó su mano sobre la de Misteriosa, le dio un
beso cariñoso y ella le correspondió. Le miró y puso la cabeza sobre su
hombro, miró a su amiga. Lucía dio un sorbo al café y Marco fumaba
dejando sobre su cabeza unas figuras de humo muy extrañas. Café y
tabaco, dos vicios de sobremesa. La cena había sido abundante y la
conversación amena y dicharachera, ahora todos se habían relajado
ligeramente y dejaban más segundos de silencio entre unos y otros temas.
Era uno de esos momentos en los que el tiempo pasa más despacio, como
si las cortinas de humo de Marco no lo dejaran pasar, terminaba un día
largo y todo se ralentizaba y se volvía en sombras. Misteriosa notaba el
hueso del hombro de Gabriel sobre la sien y cuando respiraba su cabeza se
elevaba un poco, era el ritmo acompasado de dos personas compenetradas.
En ese instante Misteriosa, mirando de nuevo todo lo que la rodeaba,
se preguntó qué le faltaba a ella por hacer en la vida, qué tenía aún que
conquistar. Y para contestarse elevó esa pregunta a un nivel general: qué
cosas indispensables tiene que hacer un hombre en la vida. Tenía la suerte
de haberse enamorado perdidamente, de haber viajado bastante, de
encontrar una profesión y al mismo tiempo una afición que le llenaba,
tenía a su alrededor personas maravillosas que la querían... ¿qué le faltaba
entonces en la vida? Lo tenía todo y al mismo tiempo sentía que le faltaba
mucho.
De repente se volvió a acordar del libro. Miró hacia la estantería y allí
estaba, junto al otro, no había sido un sueño, su presencia era tan real y
turbadora que se puso nerviosa. Gabriel aún no había reparado en esa
nueva adquisición, luego le explicaría la historia, le parecería curiosa y se
alegraría por haber completado las mil y una noches. Pero nada más,
seguramente no buscaría dobles fondos ni le daría mayor importancia.
Pero para ella el hecho de que ese libro estuviera allí le hacía sospechar
que era muy posible que ocurriera alguna turbulencia en su vida, porque
como acababa de pensar hacía unos minutos, su vida desde muchos años
atrás era una balsa y precisamente lo que notaba que le faltaba era un
poco de agitación, de caos y desorden que la mantuviera alejada de
preguntas más profundas.
Lucía interrumpió sus pensamientos, había hecho un bizcocho y se les
había olvidado servirlo. Ambas fueron a la cocina y aprovecharon para
cuchichear sobre Marco. La primera impresión que le causó a Misteriosa
fue nefasta, parecía un imbécil, pero durante la cena tuvo la oportunidad
de demostrar que nos empeñamos en juzgar a las personas a priori y que
bajo su aspecto de pijo insoportable había un hombre sensible y bastante
simpático, lo que evitaría a Misteriosa tener que mentirle a su amiga.
Misteriosa era la franqueza en persona, pero con Lucía había comprobado
que el método de la sinceridad no era el más apropiado y a veces era
preferible mantenerla en el engaño, por suerte ahora podía decirle lo que
pensaba de verdad.
Su amiga tenía un brillo especial en los ojos que nunca antes le había
visto, parece que es verdad que cuando nos enamoramos la tierra gira de
forma diferente.
Partieron el bizcocho, que tenía un aspecto delicioso y Misteriosa
observaba como su amiga estaba sumergida en una burbuja, Misteriosa
recordaba esa sensación, de paz absoluta y al mismo tiempo inquietud
constante.
Los chicos celebraron la llegada del pastel y aplaudieron. Misteriosa se
preguntó si en ese ratito que ellas habían estado en la cocina los dos
habrían encontrado un tema de conversación, porque no se parecían
mucho, Gabriel no entendía absolutamente nada de música clásica y
Marco no tenía mucha pinta de haberse hecho callos transportando y
podando plantas. Aún así parecía que habían congeniado, es curioso como
las personas nos avenimos con otras totalmente opuestas a nosotros. El
bizcocho estaba suave y esponjoso como no podía ser menos viniendo de
las minuciosas manos de Lucía y al partirlo sonó como un tierno colchón,
como la magdalena de Proust en la que se instalaba el tiempo perdido. El
tiempo perdido estaba seguramente en todas y cada una de las hojas del
segundo tomo de Las mil y una noches y Misteriosa no quería casi ni
tocarlo porque algo casi brujo se escondía entre las líneas eróticas de
Schehrazada. Su pasado estaba allí oculto, y rescatarlo sería como abrir la
caja de Pandora. En parte la había abierto un poquito mandando esa carta
y ahora el destino le devolvía el envite.
Una canción le hizo volver al mundo real. Gabriel la agarró por la
cintura y bailaron... Bailaron muy abrazados y mirándose a los ojos, y
felices. Misteriosa se agarró fuerte a su baluarte porque el presente es lo
único que se puede abrazar físicamente, el pasado es imposible ni siquiera
recordarlo como fue, no es más que un salpicado de momentos aleatorios.
Siempre intentamos acordarnos de los momentos inolvidables pero los
malos también se quedan allí y los simplemente neutros también, ni
siquiera podemos elegir nuestros recuerdos. Misteriosa llevaba unas
semanas atrapada por su pasado y no hacía otra cosa que pensar en un
periodo muy concreto de su propia historia.
-XII-

Llevaba varios domingos yendo al Rastro y Alfredo se había convertido


en un buen amigo. En muy poco tiempo se habían hecho íntimos e
inalcanzables. Misteriosa era feliz con Gabriel, pero no podía negar que
había una fuerte atracción hacia Alfredo. Tenía unos increíbles ojos verdes
y una voz dulce. Era divertido, inteligente, cariñoso y un poco canalla en
el sentido amable de la palabra. Era el hombre perfecto que toda madre
quiere para su hija.
Y eso justo es lo que pensó la madre de Misteriosa cuando Alfredo y
Marta empezaron a salir.
Fue una noche en la discoteca Alcalá 20; Misteriosa les presentó y
Alfredo y Marta congeniaron a la primera. Marta, bastante más guapa que
Misteriosa, le cautivó. Hacían buena pareja, los dos tan guapos y
encantadores. A ambos los adoraba. A ella porque era su hermanita, su
inseparable hermana pequeña, frágil y buena. Y a él porque le deseaba, lo
deseaba más allá de las apariencias y lo quería y lo respetaba.
De todas formas, nada había cambiado, todo era igual. Ahora todo era
mejor, o peor, según se mire, porque el haberse convertido en “cuñados”
les permitía consentir licencias de cariño y más gestos afectuosos que
antes. Si a los ojos de los demás todo era normal, para ellos cualquier roce
resultaba eléctrico y ambos lo sabían. Era algo latente, oscuramente
sabido, paradójicamente carnal y místico, real. Era un sentimiento dulce y
al mismo tiempo doloroso.
La culpabilidad compartida es menos culpabilidad y cuando está
implícita porque el sentimiento que la provoca también es implícito todo
queda más o menos disimulado quedando a flote una falsa realidad. Había
bastado un mes para llegar a esa complicidad imaginaria y aunque a veces,
en tan poco tiempo, las cosas parecen mucho más idílicas de lo que en
verdad son, podía decirse que esa historia paralela iba a durar mucho
tiempo.
Se preguntaba qué conjeturas, si las había, pasarían por las mentes de
Gabriel y Marta. Aparentemente no había nada sospechoso pero con un
poco de intuición se podía adivinar. Marta era tan buena e inocente que
seguramente no comprendía el valor de los celos, pero Gabriel era más
mayor. Él y Misteriosa se amaron desde el primer momento en que se
conocieron en El Retiro pero el amor a veces también produce dudas y
desamores, un tira y afloja que compensa la vida. Gabriel no mostraba
desconfianza ante la presencia de Alfredo y de momento todo se mantenía
en un extraño equilibrio.
Los cuatro hacían muchas cosas juntos. El verano es un buen aliado
para compartir historias de amor. Según se iba acabando, la piel y los ojos
descansan de tanto sol y se acostumbran a una temporada ideal y a ese
estado de melancolía que produce el fin de la temporada estival. El mes de
septiembre es un mes precioso.

***

Eran las ocho de la mañana. “No entiendo porque tenemos que


madrugar tanto” Marta se quejaba tirada en el sillón. Gabriel preparaba
todo activamente. Para él ir a la sierra era el mejor plan del mundo y
llevaba todo tipo de utensilios. Misteriosa preparaba con asco una tortilla
de patatas, detestaba cualquier olor por la mañana que no fuera el del
café. Alfredo los esperaba a las nueve en Moncloa. Ahora Gabriel que se
había sentado en el salón donde estaba Marta daba grasa de caballo a sus
botas que le habían costado un dineral. “Joder, qué mal huele” dijo ella.
Gabriel le acercó amenazante la grasa a la cara y ella empezó a gritar:
“Misti, Mistiiiiii” intentando zafarse Gabriel se sentó encima y empezó a
hacerle cosquillas en los pies. “Oh, huelen casi peor que mi grasa para las
botas...” Marta se retorcía sin parar de reír. Misteriosa los miraba con
cierta envidia sana y con mucho cariño. “Vamos, chicos, dejad de hacer el
tonto que llegamos tarde”. Gabriel continuó con sus múltiples rituales
camperos: engrasar las botas, preparar el macuto...
Marta encendió la tele y no fue hasta que todo estaba preparado que se
levantó para vestirse. Tenía la ropa en la habitación y en el pasillo se
volvió a cruzar con Gabriel. “Pareces un explorador africano”. A
Misteriosa también le hizo gracia su indumentaria, era un exagerado
cuando iba al campo, pero no dijo nada y fue a cambiarse con su hermana.
Ambas se pusieron simplemente una deportivas, unos vaqueros cortos y
una camiseta.
Misteriosa cogió las bolsas de la comida y salieron.
El coche de Gabriel estaba fatal aparcado en la esquina y ya era hora
de moverlo, no lo había hecho prácticamente en todo el verano. Metieron
las cosas en el maletero y fueron a buscar a Alfredo, que como siempre,
llegaba tarde. Esperaron durante diez minutos y por fin le divisaron a lo
lejos. Mientras se acercaba, Misteriosa observaba la silueta de aquel chico
que la hacía vibrar en secreto y estaba contenta porque iban a pasar todos
un día juntos.

***

El mes de septiembre es un mes precioso. Estuvieron en la sierra de


Cotos y Alfredo le enseñó a inmutarse ante los horizontes, mientras que
Gabriel hacía vibrar sus sentidos mostrándole el olor de las jaras.
Septiembre fue pasando, ameno y peligroso, y los cuatro fueron a cenar, a
comer, de excursión, fueron al cine, y el color del verano fue abandonando
sus rostros. Septiembre es uno de los meses más bonitos del año, pero
también es uno de los más melancólicos. Es un mes para los corazones
agitados.

***

2 de octubre de 1983. Marta estaba hablando por teléfono y su cara se


descomponía por momentos. Misteriosa sólo podía escuchar las preguntas
que ella hacía a su interlocutor que ignoraba quién era, seguramente
Kelly. “¿En qué hospital está?”. Al oír la palabra hospital Misteriosa se
acercó preocupada y Marta le hizo un gesto con la mano para que se
apartara, no era mamá ni nadie conocido. Misteriosa se sentó en el sillón y
siguió escuchando. Marta estaba muy nerviosa y colgó temblando.
Atropelladamente le explicó a Misteriosa que Arturo, un compañero de la
facultad había estado la noche anterior en un concierto y que luego había
tenido un accidente con la moto y estaba en el hospital. Cogió su bolso y
salió corriendo por la puerta. “Luego te lo cuento todo” Cerró dando un
portazo y la casa se quedó en silencio, apaciguada, asimilando el
nerviosismo de Marta. Misteriosa se quedó inquieta, sabía que ese tal
Arturo, al que había visto unas semanas antes, el día de la fiesta, en ese
bar de paredes negras, era el chico del que su hermana estaba enamorada
aunque nunca había dicho nada. Misteriosa sabía muchas cosas de él,
todas averiguadas por azar; sabía que él rechazó -por timidez más que por
otra cosa- la invitación de Marta a la fiesta (odiosa fiesta) y que ella había
sufrido una terrible desilusión, y ahora ese pobre chico tan joven como
ella estaba en el hospital... Los hechos ese verano se habían ido
sucediendo de tal manera que no se esperaba otro final que no fuera
trágico. Misteriosa tenía miedo, tenía miedo de lo que pudiera pasar, y
como una premonición sentía que lo que estaba por venir no iba a ser
bueno para nadie.
Llamaron a la puerta. Misteriosa se había quedado sola en casa y
esperaba con toda su alma que fuera Gabriel, necesitaba a alguien a su
lado. Era Kelly que venía a buscar a Marta para ir juntas al hospital.
“Marta se acaba de marchar, Kelly”. Parecía un poco decepcionada porque
no la hubiera esperado, también estaba muy nerviosa. Giró sobre sí misma
despidiéndose para irse pero cambió de idea y le pidió a Misteriosa
permiso para ir al baño. Al salir le pidió un vaso de agua y se tomó una
pastilla. Era un ansiolítico, la relación de esa chica con las pastillas era
asombrosa. Misteriosa aprovechó para preguntarle cosas sobre Arturo.
Ella no le conocía muy bien, era muy introvertido y no se relacionaba con
nadie. Lo único que sabía es que era de Oviedo y que había venido a
Madrid a estudiar Bellas Artes y vivía con una tía abuela o algo así en una
casa cerca de la glorieta de Bilbao. A Marta le gusta y no entiendo muy
bien por qué -dijo-, es un chico bastante rarito...
“Gracias, Kelly, cuando veas a Marta dile que me llame por favor”
La amiga de su hermana salió por la puerta casi sin despedirse y
Misteriosa la miró bajar las escaleras dando pequeños saltos de un escalón
a otro. Llevaba unas medias de rayas y un abrigo de pelo azul. Cuando
estaba en el piso de abajo volvió a asomar su cabeza rubia para decirle a
Misteriosa que aún estaba en la puerta, sí quería ir con ella. Misteriosa no
creía oportuno presentarse allí sin más, no tenía ninguna relación con
Arturo y Marta seguro que se enfadaba. “No, me quedo, no pinto nada allí
y Gabriel estará a punto de llegar”. Kelly hizo un gesto indiferente y se
fue.
A los dos minutos volvieron a llamar a la puerta. Qué querría ahora la
pesada esa... Era Gabriel, se había olvidado las llaves.
-Estaba abajo la amiga loca de tu hermana- dijo extrañado.
-Ya, ha venido a buscar a Marta que se ha quedado a comer aquí.
-¿Y dónde está?
-Se ha ido al hospital, un amigo suyo ha tenido un accidente de moto.
-¿Ése tan delgado que lleva la moto llena de espejos?
-Sí
-¿Y cómo está?
-Pues no sé, la han llamado por teléfono para decírselo y ha salido
corriendo como una exhalación.
-¿Y tú como estás? No me puedo quedar, tengo que entregar unos
bocetos... si quieres algo llámame.
-Claro, no te preocupes, vete tranquilo.

***

Marta llegó a casa de Misteriosa destrozada y se desplomó en el sillón.


Últimamente pasaba mucho tiempo allí y prefirió ese lugar antes que el
malsano piso de estudiantes de la calle Gaztambide, allí todos estarían
contentos -no conocían a Arturo- y necesitaba un sitio tranquilo.
Arturo había muerto. Muerto, muerto, muerto... las palabras del doctor
se veían reflejadas en su rostro. Arturo había muerto y ella tenía un nudo
en el estómago que la ahogaba, era incapaz de llorar aunque sentía toda la
tristeza del mundo. TODA LA TRISTEZA DEL MUNDO. Misteriosa
cuando la vio entrar corrió hacia ella. En ese momento, cuando su
hermana le acarició el pelo fue cuando un torbellino de dolor se apoderó
de sus ojos y lloró todo el amor contenido, todo el maldito amor y la pena
más grande y la injusticia de que se muriera alguien con dieciocho años.
Lloró hasta que no le quedó ni una sola lágrima y gritó desesperada para
que alguien le devolviera a Arturo. Gritó hasta quedarse afónica y seca,
hasta desfallecer. Misteriosa sabía muy bien lo que sentía porque ambas
ya lo habían experimentado no hacía mucho, cuando se murió su padre. Un
vacío infinito y una desesperada necesidad de tener al menos una
despedida. Un vacío inmenso que se fue transformando en una añoranza
insoportable. Un desconsuelo que tuvieron que ir superando poco a poco
para sobrevivir. Pero Marta era frágil y Misteriosa no sabía como iba a
poder superar eso. Tenía que sobreponerse, ella haría todo lo posible por
ayudarla.
Sonó el teléfono. Era Blanca. Todo había pasado muy rápido y
Misteriosa había estado tan preocupada por Marta que no se había
acordado de llamarla. Procuró que su voz no vacilara, no iba a explicarle
nada por teléfono. Simplemente le dijo que Marta no se encontraba muy
bien y que estaba allí en su casa.
-Ya lo sé, he llamado a la casa de locos esa donde vive y me han dicho
que no sabían nada de ella, así que he supuesto que estaba contigo. ¿Qué
le pasa? ¿Está enferma?
-No, mamá... está un poco...- Marta le hacía gestos para que no le
dijera nada- está un poco resfriada- ya tendría tiempo de explicárselo ella
misma cuando hubieran pasado unos días
-Voy para allá
-No, mamá...- no le dio tiempo a replicar porque su madre ya había
colgado el teléfono. Se volvió hacia Marta que le pregunto:
-¿Qué te ha dicho?
-Que viene, he intentado impedirlo pero...- su hermana conocía tan
bien como ella el temperamento de su madre y sabía que era irrebatible.
-Mierda- Marta dejó caer la cara unos segundos sobre las manos- Misti,
por favor, explícaselo tú y dile que prefiero estar sola. Me voy que ahora
estarán todos en clase.
A Misteriosa no le apetecía ver a su madre ni explicarle nada, pero
tenía que hacerlo por su hermana. Marta se levantó con toda la pena del
mundo en sus párpados y se despidió casi sin voz. Misteriosa le dio un
abrazo inmenso y la besó en la frente.
-¿Y Alfredo?- le preguntó antes de que se marchara. En su mirada
vidriosa que casi ni reconocía ese nombre Misteriosa leyó un indiferencia
total
-Ya me ocupo yo, vete – le respondió.
***

-¿Y cómo ha sido?


-En un accidente de moto, mamá, ya te lo he dicho. (silencio) Y yo
creo que estaba enamorada de él...
-Pobrecilla..., primero tu padre y ahora esto. Dile que venga a casa
cuando quiera.
Su madre, sin saberlo, había lanzado un presagio al aire, dos de ellas
tres habían perdido en poco tiempo el amor de su vida.

***

Alfredo llamó a la puerta. Gracias por venir tan rápido. Qué ha pasado.
Misteriosa se lo contó todo y él parecía afectado sinceramente. Pobrecilla,
dijo. Justo lo mismo que había dicho su madre. Qué puedo hacer.
Misteriosa no contestó. Él rompió a llorar y se derrumbó sobre su hombro.
Misteriosa no comprendía, él ni siquiera conocía a Arturo, su pena estaba
más adentro. Lo siento, dijo. Su voz temblaba, sus ojos no. Gabriel aún no
había vuelto y temía por él, alertada por el inconsciente agüero de su
madre. De pronto intuyó. Alfredo la miraba con los ojos rotos. Algo se
estaba desmoronando como los castillos de arena olvidados en la playa; el
poder del destino, como el mar, iba erosionándolo todo poco a poco. Crees
que debería ir a buscar a Marta. (No, no te vayas de aquí...). Sí, creo que
sí, está en su piso. La garganta seca, las manos frías. Pues me voy, muchas
gracias. Un beso en la mejilla y la puerta que se cierra dejando a
Misteriosa sola de nuevo. Cuántas veces se cerró ese día.
-XIII-

Lucía era una pianista prodigiosa. A causa de su inseguridad nunca


llegaría a ser una pianista famosa, pero por esa misma razón tocaba como
tocaba: era su liberación y nada en el mundo le importaba cuando
acariciaba las teclas. Cuando hacía vibrar las cuerdas del interior de la
caja de ese piano ella era en esencia la vida en salvaje sin pulir con
impuesta timidez. Lucía era otra persona diferente. Era ella misma sin
caparazón, entregada y sumisa al desenfreno de la música.
Aquella noche era especial porque Lucía había superado su pánico
escénico y daba un recital en el círculo de Bellas Artes. Al final aquella
cita no resultó muy satisfactoria sentimentalmente, pero Marco se tragó su
orgullo viril y organizó el recital porque confiaba en el talento de Lucía.
El concierto fue soberbio. Gabriel seguro que se hubiera dormido,
pero la piel de Misteriosa se estremecía escuchando Debussy. Su amiga
era un portento. La mayoría de las veces era Misteriosa quien se sentía
admirada por Lucía que la idolatraba sintiéndose ella misma muy pequeña.
Pero así era su relación, establecida jerárquicamente sin más, sin ningún
tipo de maldad. Sin embargo ahora era Misteriosa quien tenía envidia de
Lucía, una envidia ácida y dolorosa porque de verdad extrañaba tener una
pasión tan poderosa como la de ella con la música.
Salieron del Círculo y era muy tarde. Misteriosa se abotonó hasta
arriba su abrigo negro y miró hacia el cielo embriagándose los poros de la
cara con el frío. El edificio Metrópolis iluminado le ofrecía una visión
maravillosa. Esa esquina entre la calle Alcalá y Gran Vía era uno de los
lugares preferidos de Misteriosa y lo había fotografiado miles de veces.
-Misti, vamos a tomar algo. Vamos al bar de un amigo de Marco, ¿te
vienes?
Lucía estaba radiante. Sus mejillas estaban sonrojadas mezcla del frío
y la excitación. No hay nada más excitante que el éxito.
-No cielo, me bajo a casa dando un paseo. Estoy cansada y seguro que
Gabriel ya ha vuelto. Pasadlo bien.
-Bueno, está bien, mañana te llamo.
Misteriosa alcanzó la glorieta de Cibeles donde había un gran alboroto
a pesar de ser martes y ser la una y media de la madrugada. Eso es lo que
le gustaba de Madrid, que era una ciudad viva, que nunca duerme. Tomó el
Paseo del Prado hacia abajo. Caminaba despacio. Por ahí si que había
menos gente pero no se sentía insegura. Le fascinaban las luces nocturnas.
Como fotógrafa no podía dejar de ver el mundo en imágenes y aquellas
luces y sombras de la noche, esos colores artificiales le hacían mirar con
mucha atención y sentirse invadida por una verdadera belleza visual.
Por fin llegó a su plaza. El museo Reina Sofía la saludaba como todas
las noches con sus magníficas cristaleras y su ascensor dormido. Estaba de
verdad muy a gusto. Se sentó un rato allí mismo, en un banco, a respirar
la soledad y la calma total.
Esa plaza era magnífica. Llevaba más de quince años viviendo en la
buhardilla y esa plaza había sido testigo de sus locuras. Hubo un tiempo
en el que a su piso subía y bajaba mucha gente, de paso, permanente, todo
tipo de gente. Le gustaba mirar desde la terraza para ver quién llegaba y
así, año tras año había observado el desarrollo de la plaza, su plaza. Todos
habían cambiado, ni siquiera el impresionante museo de arte moderno
Reina Sofía era tal. El histórico edificio pasó por todas las manos
monárquicas de los Austrias hasta llegar a ser Hospital General. En 1977
fue declarado monumento histórico artístico y tres años después, cuando
ella llegó a la buhardilla comenzó la restauración del mismo. Misteriosa
lo había visto crecer y vio cómo se construían las tres torres de ascensores
de vidrio y acero, en las que colaboró el arquitecto británico Ian Ritchie y
que ahora la observaban erguidas, orgullosas ante el paso del tiempo,
como tantas otras veces cuando las había fotografiado. Esa plaza tenía
magia, tenía prácticamente grabada entre sus piedras la historia de
Misteriosa. Ese espacio abierto había sido partícipe de sus pequeñas
aventuras de la vida. Le gustaba sentarse allí y recordar. Miraba a su
alrededor y todo le era familiar, las farolas, el pavimento de la calle, los
cubos de basura... Era agradable sentarse allí a ver la vida pasar.
En casa nadie la esperaba despierto. Deseo dormía cerca de la puerta y
ronroneaba y en el interior de la casa, en la habitación Gabriel roncaba.
Qué escena tan grotesca. Misteriosa pasó a la cocina y se preparó un cola-
cao para apaciguar el hambre y el frío. Se sentó tranquilamente y posó los
pies sobre una silla. Tenía las botas embarradas así que se las quitó. No
estaba acostumbrada a llevar tacones y le dolían los pies. Un rastro de
barro quedó en el cojín y en el suelo.
Gabriel apareció en la puerta con su pijama gris.
-¿Qué tal el recital?- dijo con voz cansada y propinándole un beso.
-Genial- Misteriosa observó cómo Gabriel pasó sin darse cuenta
arrastrando los calcetines por encima del barro.
Abrió una cerveza del frigorífico y se sentó enfrente de Misteriosa
justamente encima del cojín manchado. Se le quedó mirando fijamente y
no pudo menos que sonreír arqueando las cejas de forma interrogante. Al
mismo tiempo Gabriel miraba los imanes de la nevera mientras tomaba su
cerveza indiferente.
La casa por la noche resultaba bonita y a esas horas las escasas luces
de las farolas regalaban a las siluetas de los muebles unas sombras
azuladas entre mágicas y tenebrosas. Entró en el baño para el aseo
nocturno y se sentó unos minutos frente al espejo. Se sentía cansada. Su
cara parecía haberse vuelto cuadrada. Descubrió en su rostro líneas
angulares y unos pliegues desconocidos. No se reconocía. Ella que
siempre tenía un espejo a mano, que desde niña pasaba horas y horas
delante del mismo ensayando gestos y aprendiendo a mirarse. A mirarse de
verdad. Sabía que todo eso era un engaño, ahora que controlaba tan bien
los perfiles y la luz sabía que en realidad tenemos una imagen falsa de lo
que en verdad somos. En sus fotografías intentaba captar todo ese sentido
y la verdadera esencia de las cosas. Pero ahora, después de tanto tiempo,
descubría otra cara nueva. Seca y cuarteada.
Se echó un poco de crema hidratante intentando así cambiar algo y no
se volvió a mirar. Después de hacer pis se metió en la cama. El olor a
crema le gustaba, siempre le recordaba a su madre. Fue un pensamiento
reconfortante y la ayudó a acurrucarse bajo la manta y el edredón.
Gabriel respiraba a su lado, roncaba intermitentemente, y estaba ajeno
a su presencia. Había dado una trago –solamente un trago- de la cerveza
que había abierto un rato antes y allí la había dejado, encima de la
mesilla. Porque Gabriel era así, caprichoso, solía conseguir todo lo que
quería pero se cansaba en seguida. No era demasiado ambicioso, pero sí
consentido, y Misteriosa le consentía todo. En este último mes algo había
cambiado en ella. Desde que se encontró con Irene se habían despertado
unos anhelos difíciles de soportar. Hechos y personas del pasado la
asaltaban para saldar sus deudas y los cabos que habían quedado sin atar
por entonces eran los que le hacían oscilar ahora en una encrucijada de
opciones. Qué difícil es saber si uno es feliz. ¿Misteriosa era feliz? Sí, se
puede decir que lo era: tenía amor, una estupenda familia, éxito en el
trabajo... pero sufría una incomprensible insatisfacción. La misma
insatisfacción que te hace desear otra vida cuando la que tienes es
bastante aceptable. Hay gente que cuando es niño sueña con ser astronauta
y lo máximo que consigue es hacerse piloto de Iberia, hay niñas que
sueñan con ser grandes escritoras y lo consiguen y cuando la fama y el
respeto les sobra se dan cuenta de que querían haber sido bailarinas.
Misteriosa pensaba que se había perdido mucho por el camino, aunque no
sabía muy bien qué. Se dio la vuelta en la cama, por la noche los
pensamientos son tan demoledores que es mejor intentar dormir para
apaciguarlos. De repente se dio cuenta de que era veinticinco de
noviembre y que no había llamado a Susana para felicitarla. Se preguntó
por qué no habría ido al recital de Lucía. Aunque trabajaba y era madre de
tres preciosas niñas todos los años por su cumpleaños ella y su marido se
permitían el lujo de pagar a un canguro para salir a celebrarlo. Misteriosa
intuyó que era una especie de luto por John John Kennedy que, como ella,
hubiera cumplido treinta y nueve años si la desgracia no se hubiera
instalado en esa familia. Misteriosa se reprochaba no haberse acordado de
su cumpleaños y no podía dormir. Susana cumplía treinta y nueve y ella en
poco más de un mes alcanzaría los cuarenta. De nuevo las preguntas
asaltaban su mente. ¿Y si ella también había tenido un Kennedy y lo había
dejado ir? El sueño de Susana era utópico e inalcanzable, pero ella había
visto el suyo a su lado, riendo y llorando, lo había visto marcharse
cerrando la puerta para siempre. Se dio la vuelta de nuevo y se enganchó a
los brazos de Gabriel que siempre la calmaban cuando tenía pesadillas.
Qué incomprensible es querer unos brazos invisibles cuando se tienen
unos fuertes y reales todas las noches.
-XIV-

Marta y Alfredo llevaban alrededor de un mes saliendo y a Misteriosa


todo se le volvía ciertamente insostenible. Su hermana había cambiado, ya
no era esa niña grande, guapa e inocente. Se había vuelto altiva y andaba
todo el día arrastrando los pies sin ninguna motivación. Alfredo había
aceptado un taller extraescolar de música en un colegio y no podía venir a
buscarla hasta las nueve, hora en que ella se arreglaba (a veces demasiado
cuando sólo iban a dar una vuelta). Cada vez se parecía más a su amiga
Kelly.
Alfredo sufría. No estaba realmente enamorado de ella, apenas era una
cría, pero se sentía responsable de su seguridad. Desde que murió Arturo,
hacía apenas doce días, era tan vulnerable que otro golpe la destrozaría.
Ella tampoco estaba enamorada de él, y Alfredo lo sabía, ella sólo se
dedicaba a juguetear con las drogas. Pero él decidió sostenerla hasta que
todo aquello cayera por su propio peso.
Misteriosa sufría por ambos y se sentía muy culpable por sus
sentimientos hacia Alfredo. Por la noche, en la cama, temblaba
febrilmente pensando en él mientras Gabriel dormía ajeno a todo. Todo era
un caos. Cruces de sentimientos en múltiples direcciones. Todos eran muy
jóvenes y se mantenían en una cuerda floja muy peligrosa que aún iba a
complicarse aún más, unos meses más, hasta su explosión.

***

Ése día, el doce de octubre a Marta se le ocurrió la idea de irse a


compartir piso con su hermana y Gabriel. La buhardilla no era muy
grande, pero además de la habitación, en el salón había un enorme sofá
cama donde ella podía dormir perfectamente. A Misteriosa no le desagradó
la idea porque de esta forma podría controlar a su hermana que
últimamente estaba como si fuera un dibujo difuminado. Sin embargo, una
sorpresa más estaba por venir, porque la idea era que Alfredo se fuera con
ella. TODO ERA UN CAOS. De verdad era para volverse loco. Dos
hermanas, dos hombres y un gato. El pobre Deseo la miraba como si
entendiera todo lo que estaba pasando. Como no podía ser de otra forma,
los hechos se iban a precipitar y todo se solucionaría. Más o menos.
Mientras tanto Misteriosa tenía que asumir el enorme crecimiento de su
problema y no sabía muy bien como afrontarlo. Gabriel, como ella
suponía, no se opuso a que ambos se instalaran allí, es más, parecía
agradarle la noticia. Su buen carácter y amabilidad estaba por encima de
sospechas. Realmente se llevaba bien con ambos y la convivencia no
parecía que fuera a ser un problema.
Era fiesta nacional. Gabriel veía un horrible desfile por la tele y la
idea le pareció estupenda.
-Que vengas tú, vale, pero Alfredo...- Misteriosa intentaba disuadirla-
¿No crees que se lo tendrías que consultar? Seguramente no quiera.
-La verdad es que la idea se me ocurrió ayer y se lo dije en seguida.
Me dijo que hoy en el colegio iban a hacer una especie de fiesta de la
Hispanidad con los alumnos más pequeños y que cuando acabara se pasaba
por aquí para hablar- hizo una pausa para observar como por la tele
ondeaban unas banderas- Y no me dio otra respuesta, pero ¿sabes qué?
Creo que parecía ilusionado con la idea.
A Misteriosa le dio un brinco el estómago y no sabía muy bien como
interpretar su reacción, prefería no pensarlo ni hacerse ideas equivocadas.
Iba a intentar soportar toda esa situación con la mayor frialdad posible,
aunque sabía que no le iba a ser muy fácil.
-Bueno, veo que tú ya has tomado una decisión irrevocable- dijo
Gabriel cambiando de canal y observando que Marta había traído unas
bolsas de ropa y un montón de discos.
-Claro, porque sabía que me ibais a decir que sí- le guiñó un ojo a
Gabriel. Ambos tenían una relación estupenda, como hermanos, y a
Gabriel le encantaba ejercer de hermano mayor. Era incapaz de decirle que
no a nada.- El único problema va a ser Deseo, porque a Alfredo le da
alergia el pelo de gato.
Misteriosa soltó un oprobio por el comentario de Deseo, pero ninguno
de los dos descifró más que un gruñido porque en ese momento ella se
agachaba a coger la basura. Era la única que no parecía estar contenta
aunque en realidad sí lo estaba y mucho, sólo que la noticia le había caído
como un jarrazo de agua fría y no sabía como actuar. Sabía que se le iba a
complicar la vida. En un minuto se enredó en ensoñaciones y suspiró, pero
el olor de la bolsa que estaba recogiendo le hizo volver a la realidad.
-Voy a bajar la basura- Se puso el abrigo y ni se molestó en cambiarse
las zapatillas de andar por casa, como solía hacer su padre... Le echaba de
menos. Nunca tuvieron una relación brillante porque él siempre estuvo
enfermo e irritable, pero ahora le echaba de menos en detalles como aquél.
Antes de morir y ella trasladarse a la buhardilla tenían un perro, Robin, un
golden retriever maravilloso y él lo sacaba a pasear todos los días después
del telediario de la noche. Con sus zapatillas de cuadros y decía: “¡Vamos,
Robin!” Las suyas eran naranjas con una gran flor amarilla. Le gustaba
ese pequeño homenaje zapatillero a su padre, aunque ella ahora salía sola,
sin perro. Le apetecía. Le apetecía tomar el fresco y pensar.
Al salir a la calle vislumbró a lo lejos la sombra de Alfredo y su
estampa de músico bohemio, su abrigo negro, el estuche de su saxo y su
aire despistado.
Como un resorte se activaron sus reflejos y en un acto inconsciente se
escondió entre los cubos de basura, no quería enfrentarse a Alfredo sola y
tan directamente. De repente se sintió ridícula pero ya no podía salir
porque si la veía ahora sí que iba a quedar en evidencia, mejor inventar
una excusa alegando que se había encontrado a alguien, que se habrían
cruzado y por eso no se habían visto. Estaba temblando como un bloque
de gelatina deseando que aquella situación tan ridícula pasara en seguida.
Por fin intuyó la presencia de Alfredo y vio sus zapatillas doblar la
esquina. Allí estaba agazapada como un gato para no enfrentarse a la
realidad.
Se estiró y salió de entre los cubos. Aún esperó unos minutos más para
subir. Se imaginaba la conversación arriba: “¿No has visto a Misti?” “No”
“Qué raro, ha bajado a tirar la basura”
El tren de las excusas creíbles se puso a funcionar mientras subía por
las escaleras. Al entrar al piso no le hizo falta ninguna de ellas porque
ninguno le pidió motivos de su tardanza. Marta estaba pletórica y
nerviosa, Gabriel había dejado de ver la tele y Alfredo, prudente, esperaba
de pie al lado del sillón. Qué formalismo. Alfredo se había tirado en ese
sillón muchos días con toda naturalidad y ahora estaba allí esperando,
estirado como un espárrago.
-Dejaos de hacer el tonto- dijo intentando ponerse seria- Sabéis de
sobra que os podéis quedar aquí- esbozó una media sonrisa- eso sí,
mañana mismo estipulamos una serie de normas y lo que vais a pagar de
alquiler.
Según dijo esto último se aborreció a sí misma hablando de cosas que
en veintitrés años le habían importado: el dinero y la disciplina.
-...O no... no hace falta- vaciló
Acababa de firmar su sentencia, se acababa de meter en un túnel que
sabía podía ser peligroso pero a la vez resultaba enigmático y atrayente.
Si algo le caracterizaba era el actuar por impulsos y se acababa de topar
con una sensación de doble vertiente, dos sentimientos que no podían
despegarse, como el aceite y el vinagre en una ensalada. No se podía.
Con lo inestable que estaba Marta no podía negarle una cosa así. Todos
estaban muy contentos, ella también pero algo le inquietaba y bien sabía
lo que era, sólo esperaba conseguir ser prudente, algo prácticamente
imposible en ella. Marta en seguida llamó a su madre para contárselo y
ella también parecía contenta –aunque un poco dolida en su orgullo
materno porque ella no había sido la elegida- y en seguida se puso a
maquinar todo tipo de terapias que Misteriosa debía hacer para ayudar a
su hermana a superar la muerte de Arturo. Y eso que ella no sabía ni la
mitad de la historia, no sabía nada de sus escarceos con las drogas, no
sabía que entre ella y Alfredo no había nada más allá de las apariencias...
Para ser una madre sabía muy pocas cosas de sus hijas. Misteriosa no
podía ser la niñera de su hermana, no podía, ni siquiera era capaz de
cuidar apenas de sí misma. Era una loca inconsciente, siempre lo había
sido y su hermana pequeña la sensata, la buena. ¿Por qué se cambiaban
ahora los roles? A ella le gustaba ser una chiflada impulsiva, le gustaba
voltear los corazones pero sin hacer daño a nadie y últimamente, en ese
verano, todos los acontecimientos habían sido muy serios y todos a su
alrededor habían sufrido mucho... ¿Cuándo llegaría otra vez el tiempo de
reír durante horas sin motivo, de bailar medio desnudos en la terraza
escuchando a Aretha Franklin, de besarse eternamente en el Retiro al lado
de un árbol rugoso? Igual llega un momento en el que tienes que crecer
obligatoriamente, dejar tu alma de Peter Pan dentro de una maleta y hacer
frente a la dureza de la vida, con todas sus callosidades y deformidades.
Su hermana pequeña, la juiciosa, había dejado de serlo y a ella le tocaba
cuidarla y lo haría encantada, cómo no, pero no estaba segura de hacerlo
bien. El miedo al fracaso, a perderla, a odiarla, le recorría los huesos pero
lo tenía que afrontar, con madurez. Y para ello iba a contar con la
inestimable presencia de Gabriel y Alfredo, menudo panorama.
Marta le pasó el teléfono a Misteriosa que estaba a punto de
escuchar todos los estupendos planes que Blanca tenía para ellas.
Misteriosa presentía que iba a enloquecer aún más, notaba que el aire a su
alrededor empezaba a escasear y sintió un profundo mareo. Como no
quería representar una nueva escenita respiró fuerte para evitar
desmayarse y se sentó lentamente. Gabriel y Alfredo estaban sentados
enfrente y charlaban animosamente. Todo aquello era tan raro... ¿Por qué
se empeñaba el destino en jugarle esas bromas tan de mal gusto? Su
cabeza seguía dando vueltas y se tumbó mientras su madre continuaba
parloteando al otro lado de la línea. El techo de imágenes parecía caérsele
encima: animales, paisajes, personajes famosos, flores... y ojos, muchos
ojos. Cuando hizo aquel enorme collage en el techo le encantaba recortar
ojos y los pegó todos. Ahora parecían ojos inquisidores que la vigilaban y
la juzgaban, parecían decirle “Te estaremos observando, tienes una prueba
difícil y está en tus manos superarla o no...”. Los ojos se agolpaban para
mirarla,azules, marrones, verdes...verdes como los de Alfredo,
increíblemente verdes. Esos eran los ojos que más sentía en ese preciso
momento, ojos falsamente distraídos que la observaban en silencio.
Misteriosa por fin colgó el teléfono y miró a todos, uno por uno,
todos alegres, sabía cuales eran sus pensamientos pero estaba agotada, no
tenía ganas de seguir hablando. Se acurrucó en el sillón al lado de Gabriel
mirando la tele, el telediario, tenía mucho sueño a pesar de que era muy
temprano. Gabriel miró hacia las bolsas que había traído Marta y les dijo
que si querían podían quedarse esa misma noche a dormir. Marta dio un
respingo de alegría pero Alfredo le hizo una señal casi imperceptible, era
mejor dejarles que se hicieran a la idea poco a poco y dejarles disfrutar al
menos de su última noche completamente solos. Marta comprendió, ella
también tenía que pasar por el piso para decirles a sus compañeras que no
iba a vivir más allí, -sus amigas punkies habían bautizado el piso como El
olvido y lo habían pintado de negro a despecho de la casera que puso el
grito en el cielo- Le daba pena abandonarlo, pero prefería el nuevo plan.
Alfredo le propuso ir a cenar y luego pasar la noche en aquella, juntos,
para despedirse del negro refugio de estudiantes. Marta accedió encantada
y Misteriosa agradeció el detalle tan sutil de Alfredo de dejarle una noche
más de calma e inspiración, él también comprendía, íntimamente, lo que
se les venía encima.
Cuando se marcharon, Misteriosa respiró aliviada, quería ver la
verdadera reacción de Gabriel, pero él permanecía mirando las noticias,
exánime, como si fuera un perro muerto. Sólo en los anuncios se limitó a
opinar:
-Qué bien que se venga tu hermana aquí, ¿no?- Misteriosa no podía
creerlo, así encajaba últimamente las cosas, Gabriel se había convertido,
en un “inabsorvente”. Nada le calaba, las cosas le resbalaban como las
gotas de rocío a las hojas.
-Claro...- contestó ella vacilando- aunque no sé, supongo que me
llevará tiempo hacerme a la idea. Tú no has puesto ninguna pega, ¿no
sientes que es un poco una invasión de nuestra intimidad?
-Hombre, yo supongo que será algo provisional, no vamos a vivir
siempre aquí los cuatro como los tres mosqueteros y D’Artagnan, ni
siquiera el que tú y yo vivamos aquí para siempre es seguro, quién sabe lo
que pasará con nosotros dos.
Eso si que era gracioso; Gabriel, como siempre, con su problema de
incertidumbre crónica.
-Entonces te parece bien que se vengan ¿no?- Misteriosa estaba
dispuesta a dar crédito a cualquier cosa que oyeran sus oídos, después de
imaginarse a los cuatro vestidos como mosqueteros, su capacidad de
sorpresa se había atrofiado. La respuesta estaba clara.
-Que sí, si ya lo he dicho, no soy tan hipócrita como para decirles a
ellos una cosa y a ti otra. Marta estará muy arropada con nosotros y a ti
también te sentará bien. Te vendrá bien tener la responsabilidad de cuidar
de alguien, aprenderás.
¡Pero ella no tenía la obligación de cuidar a su hermana! ¿Por qué?
Claro que lo haría encantada pero no estaba segura de ser capaz, además
ella ya sabía cuidar las cosas, cuidaba a Deseo y nunca había recibido
ninguna queja por parte de él. ¿Por qué Gabriel le decía esas cosas? ¿Por
qué todos se empeñaban en hacerla una adulta prematura, una persona
mayor? Gabriel tenía la casa llena de plantas, -incluido el enorme ficus
que le había regalado a Misteriosa por su aniversario- y ella las regaba y
les hablaba porque dicen que eso las pone bonitas. Sabía cuidar de las
cosas y también sabría cuidar de su hermana, por qué todos se empeñaban
en hacérselo ver como un examen tan difícil.
-Misti...- la llamó, Gabriel la vio sumergida en sus habituales
divagaciones y muy seguramente por algo que había dicho él, como
siempre- Misti...¡Misti!
Ella reaccionó e intentaba borrar de su cabeza, de un plumazo, todas
las dudas y miedos que la asaltaban. Abrió la ventana para ver si por
casualidad entraba con el viento un soplo de frivolidad, que le hiciera ser
más superficial, más “inabsorvente” como Gabriel, que las inseguridades
le resbalaran y se alejaran de ella, pero lo único que percibió fue un
aliento de nocturnidad y un brillo de esperanza en las pocas estrellas que
veía. Parecían decirle que el camino no iba a ser fácil, que las cosas que
se resbalan de la piel no son las auténticas y que en la oscuridad de la
noche todo parece mucho más temible, pero que al día siguiente la vida
empezaría de nuevo ofreciéndole nuevas expectativas.
-XV-

28 de noviembre de 1999.
Marta cumplía treinta y cinco años, pero aparentaba tener por lo menos
diez menos, parecía como si el reloj biológico se hubiera parado en su
metabolismo. Efectivamente se había anclado en un aspecto juvenil, pero
absolutamente nada saludable; estaba demasiado flaca, pálida y
desaliñada. Había conseguido, con mucho esfuerzo por parte de los que la
rodeaban, salir de las drogas y estaba medianamente estabilizada. Vivía
con Blanca en el piso de la calle Serrano. A su madre nunca le importó el
qué dirán ni los comentarios de sus vecinas pijas. Lo que más le importaba
era la salud de su niña, como la seguía llamando. Se llevaban bien y
Blanca la cuidaba en extremo. También podía seguir disfrutando de su
libertad porque Marta pasaba largas temporadas en un cortijo de Sevilla,
propiedad de su tía Amalia, hermana de su padre. Blanca había pasado
veranos muy bonitos en aquella finca con su marido y tenía confianza con
su cuñada.
A la niña le venían fenomenal esas estancias en Sevilla, apartada de la
gran ciudad y de las malas influencias. Cuando estaba en Madrid trabajaba
en la tienda que su madre abrió cuando murió su marido. Era una boutique
de moda que también estaba en la calle Serrano, lo cual le había supuesto
mucha voluntad y sacrificios a Blanca. Fueron años duros al principio,
pero ahora todo estaba sereno y estable.
Cuando Marta se iba a Sevilla, igual estaba tres o cuatro meses,
ayudaba a varias fincas en el cuidado de los caballos. Blanca recordaba a
su hija cuando era pequeña, le encantaban los animales. Era muy vital y
cuando iban al campo ella correteaba por todas partes en busca de bichos
a los que molestar, mientras Misteriosa siempre prefería quedarse a la
sombra de un árbol leyendo. Marta había sido muy buena siempre en los
estudios, pero también muy deportista y sana, era la hija perfecta.
Misteriosa era más especial, más “rarita”
Aparentemente Misteriosa era más frágil, sin embargo fue su hijita
pequeña la que se autodestruyó poco a poco. Si ella hubiera podido
evitarlo... nunca se perdonaría no haberse dado cuenta de lo que pasaba.
Ahora su pequeña ya cumplía treinta y cinco años.
Estaban en casa Misteriosa y Lucía, que finalmente había preparado la
fiesta y había comprado una tarta de San Marcos que era la que más le
gustaba, aunque Marta ya pocas veces mostraba entusiasmo o tristeza por
algo, su rostro se había vuelto inexpresivo y vacío. Sólo parecía realmente
feliz y tranquila cuando acariciaba a los caballos.
Llegaron unas amigas de Blanca y todo el mundo se esforzaba por dar
al ambiente un toque festivo y alegre, pero en realidad los cumpleaños,
desde hacía mucho tiempo, se habían convertido en un mero teatro.
En el momento en el que Marta soplaba las velas, Misteriosa se acordó
de Alfredo. Él y su hermana apenas habían salido unos meses. Al poco de
romper, él se fue a Londres y mucho tiempo después, cuando la situación
de Marta con las drogas se hizo evidente e insostenible todo el mundo le
culpó como causante, pero Marta ya estaba enganchada antes de conocerlo
y nada pudo remediarlo.
Pero Alfredo se fue a Londres por otra razón; o razones. Él era como
un pez, y en Madrid se empezaba a secar, porque Madrid, con toda su
grandiosidad, es una ciudad de la que hay que escapar de vez en cuando,
ahoga, y uno se siente como en una pecera sin agua. Él se fue a la capital
inglesa a respirar y allí se quedó, otra ciudad cosmopolita sedujo su
corazón. Durante mucho tiempo recibió cartas suyas cargadas de emoción,
que contaban lo que sus labios no habían podido pronunciar.
Alfredo era una persona excepcional, de una especie en peligro de
extinción. En Londres se encontraba a gusto, mejor que en Madrid. A
España le ataban pocas cosas, una familia de cuya relación no estaba muy
orgulloso y poco más, porque su trabajo no le satisfacía y sabía que algo
realmente bueno le estaba esperando en otro lugar... Sólo había una cosa
que le hubiera podido retener en Madrid y era Misteriosa. Todo esto se lo
había contado Alfredo en las cartas que le escribía, largos manuscritos que
relataban historias de la capital inglesa. Además, le decía, su amor por
ella se había vuelto doloroso. Hacía muchos años ellos eran muy jóvenes y
era casi inevitable sentir lo que sentían. Alfredo, por respeto a Misteriosa
y a Gabriel, y por cobardía dejó que esos sentimientos pasaran de largo...
Marta sopló con dificultad y todos aplaudieron en un desanimado vítor.
A Misteriosa no le gustaban nada las reuniones sociales forzadas y esa
desde luego lo era. A Marta le daba igual todo aquello, no era más que una
farsa para disimular y fingir que todo iba bien. De todas formas había que
reconocer el trabajo de Lucía en la decoración y los detalles, había
impregnado de buen gusto y elegancia la casa de Blanca y aunque sólo
fuera por eso había que hacer un esfuerzo para que la gente se sintiera a
gusto. Misteriosa llevó la cámara y estuvo tomando instantáneas de la
celebración, con las mejores sonrisas de los invitados. Lo más duro era
fotografiar los ojos vacíos de su hermana; mirándola Misteriosa notó
cómo las lágrimas intentaban salir y tuvo que ir rápidamente a refugiarse
al baño. Allí se miró en el espejo y se limpió el rímel. Su cara, como en
los últimos meses no era la misma, estaba avejentada, era la cara de una
mujer que está a punto de cumplir cuarenta años pero lleva el peso de
muchos más. Se lavó la cara con agua fría y de repente oyó muchas voces
alegres que provenían del salón.
Lucía había sacado una gran cesta de mimbre con unos detalles para
todas las invitadas, las cuales celebraron la sorpresa con todo tipo de
elogios. Misteriosa se acercó al canasto y comprobó con sus propios ojos
que Lucía era única, había preparado unos paquetitos con papel celofán de
colores y dentro había metido un señalador de libros, un pequeño marco
con la foto de Marta y unos caramelos. Las amigas de Blanca recogieron
su presente y se fueron despidiendo con una afectuosidad algo teatral. En
ese momento entró Gabriel que había intentado huir de la reunión de
féminas y saludó a Marta con un abrazo y a Misteriosa con un beso fresco
y cariñoso. “Así que cumples treinta y cinco” bromeó diciéndole a su
suegra. Blanca Paloma rió la gracia y le ofreció un poco de tarta. Cuando
se sentó a comerla reparó en la cesta de mimbre y le hizo a Misteriosa un
gesto divertido. “Qué horterada” dijo sólo moviendo los labios. Misteriosa
le entendió enseguida y le hizo un reproche sonriendo. “Lucía ha
preparado toda la decoración y los regalos” le dijo y él la felicitó con
cierta burla encubierta. Gracias contestó ella; era tan inocente, tan buena
persona...
Marta parecía no enterarse de nada y ni siquiera apreciaba todo
aquello. Cuando toda la gente se hubo ido ella se tiró en el sillón a ver la
tele. Misteriosa se sentó con ella. La mujer de ojos vacíos y cuerpo
cenceño que estaba a su lado era su hermana, su hermana pequeña y a
pesar de estar a menos de un metro, sentía que entre ellas había un abismo
insalvable. En ese salón estaba toda su familia: su madre, su hermana
perdida, su mejor amiga, su amor. Se sentía muy afortunada por tenerlos a
su lado porque además sabía que fuera de allí también tenía grandes
amigos y grandes personas a quien cuidar: Susana, Melania, Rubén...
Misteriosa sabía que si ella era lo que era se lo debía a toda la gente que
le rodeaba, porque no somos sino el reflejo de las personas que nos
afectan. Sabía que todas las cosas buenas que tenía eran porque llevaba
dieciséis años, tres meses y veintidós días viviendo para Gabriel y
esforzándose por ser la mejor persona que él pudiera tener.
Hubo un tiempo en el que también se reflejaba en Alfredo y en aquella
época era muy feliz, lo tenía todo, sentía que lo tenía todo. Toda una vida
por delante. Ahora buena parte de esa vida había pasado como un rayo
ante sus ojos y había perdido el reflejo de Alfredo, se había convertido en
un espejismo, casi toda su vida se había convertido en un espejismo.
Todos charlaban animosamente en el salón, pero Misteriosa tenía la
mente en otra parte. Marta comentaba sus regalos de cumpleaños y Lucía
tenía en las mejillas el rubor del éxito de la fiesta de puertas afuera. De
puertas adentro los ánimos hace mucho que dejaron de ser festivos. Blanca
mientras hablaba, daba buena cuenta de un trozo de tarta y Gabriel
observaba a las cuatro sin sentirse un extraño entre ejemplares femeninos
tan dispares, las conocía bien.
Misteriosa se levantó para ir otra vez al baño, últimamente se había
convertido en su refugio íntimo. Sacó del bolso el pequeño reloj de arena
que recibió en el paquete proveniente de Londres, no sabía por qué lo
había llevado con ella. Cerró la puerta con pestillo y se sentó frente al
lavabo. Ya no se miró en el espejo. Volteó el reloj y miró cómo caía la
arena. Tardaba más de un minuto en caer de un lado al otro. Misteriosa
clavó sus ojos en ese descenso una y otra vez. Cada grano de arena que
caía era un recuerdo. Llevaba algo más de un mes perdida en un desierto
de recuerdos. Muchas de esas partículas de arena pertenecían a su padre, a
quien perdió porque la vida a veces se escapa de los cuerpos demasiado
pronto, pero la mayoría correspondían a Alfredo a quien había perdido por
un problema de indecisiones. Antes de salir del baño vio pasar dos o tres
veces más la arena de un lado a otro del reloj, el reloj de Alfredo. De
Alfredo... Con la mano temblorosa lo metió en el bolsillo de su chaqueta.
Cuando entró de nuevo en el salón Lucía se estaba preparando para
marcharse y Gabriel aprovechó para decirle a Misteriosa con un gesto que
podían irse con ella, se le notaba que estaba cansado. Misteriosa se
despidió de su madre y de su hermana a la que dio un abrazo muy fuerte,
deseándole de nuevo muchas felicidades. Marta le devolvió el abrazo con
su cuerpo de espíritu de golosina, flaco y enjuto. Misteriosa notó en sus
huesos el paso de los años, ya no era una niña.
Aunque hubo una vez que su hermana cumplió dieciocho años.
-XVI-

Marta cumplía dieciocho y de verdad que parecía toda una mujer. 28 de


noviembre de 1983. Era y estaba guapísima y desde siempre había estado
muy desarrollada. Al lado de Misteriosa no se diferenciaba quién era la
mayor. Aquel día todo el mundo parecía feliz. Misteriosa fue por la
mañana con Alfredo a comprarle un regalo. Por entonces su hermana y él
ya llevaban dos meses juntos y su relación no había cambiado mucho,
seguía siendo tormentosa y medio absurda. Sin embargo aquella mañana
parecía que todos se habían propuesto disimular le realidad con guirnaldas
y confeti.
Misteriosa había comprado entradas para un concierto y Alfredo no
sabía muy bien qué buscaba. Quería algo especial, pero miraba sin mucho
entusiasmo. En realidad miraba a Misteriosa de reojo entre las estanterías
y percheros de las tiendas. Ella sentía esas miradas furtivas pero
disimulaba enseñándole jerséis o cualquier otra cosa. De repente encontró
algo que le llamó la atención: un bonito caleidoscopio. En seguida supo
que le iba a encantar porque ellas tenían uno cuando eran unas crías y les
fascinaba. Se lo ofreció a Alfredo convencida. Pasaron unos minutos
observando las figuritas de colores y hubo un momento en el que sus
cabezas se juntaron, en uno de esos breves instantes mágicos entre dos
personas en los que parece que se para el tiempo. Alfredo guardó la
compostura y se dirigió hacia la caja a pagar el caleidoscopio. Misteriosa
lo observaba y notaba un ligero temblor en las piernas. En un segundo
todo volvió a ser risas y camaradería, de colega a colega.
Salieron del Corte Inglés; Alfredo hurgó en uno de los bolsillos y sacó
un pintalabios rojo.
-Toma- le dijo- tú también puedes tener un regalo aunque no sea tu
cumpleaños
-Gabriel, ¡lo has robado!
Él se ruborizó y se quedó cortado. Misteriosa se rió y buscando en el
bolso sacó una estilográfica. Le guiñó el ojo y se la dio.
-Creo que nunca volveré a este Corte Inglés- dijo él divertido.
-No, si esos pequeños objetos están para que los robes, lo leí una vez
en una revista, son un reclamo para tontos como nosotros para que no
roben mercancías mejores.
-Sí, claro...
Ambos rompieron a reír y siguieron así toda la calle Preciados.
Llegaron a la Menorquina, allí tenían que recoger la tarta, de San
Marcos, la preferida de Marta. Era muy grande porque Marta iba a invitar
a todos sus amigos en aquel garito infernal, el de las paredes negras.
Últimamente las amistades de Marta se habían multiplicado y Misteriosa
no conocía ni a la mitad, pero estaba segura de que si se les invitaba a
unos calimochos la fiesta estaría asegurada.
Hacía mucho frío y estaba cansada, llevaban toda la mañana de un lado
para otro y tampoco se encontraba demasiado cómoda a solas con Alfredo
demasiado tiempo. Seguro que Gabriel ya estaba en casa y estaba
esperando para comer, así que cogieron un taxi y no tardaron ni diez
minutos en llegar.
Gabriel estaba viendo la tele y les dijo con un poco de indiferencia que
Marta no iba a comer porque estaba de celebración en la facul. Ése era su
primer año universitario –había empezado la carrera de Bellas Artes- y
apenas llevaba un mes de clase pero había congeniado muy bien con un
grupo de chicas.
Marta estaba radiante desde primeras horas de la mañana. Las semanas
antes unas horrendas ojeras afeaban su bello rostro, pero el día de su
cumpleaños ella estaba radiante. Era aparentemente muy feliz y estaría
tirada en el césped del paraninfo riendo sin parar y fumando con sus
compañeros.
Alfredo se entristeció un poco con la noticia y Misteriosa se dio
cuenta. Marta cumplía dieciocho. Ella tenía veintitrés, Gabriel veintiséis y
Alfredo veinticuatro. La diferencia de edad no era excesivamente grande
pero sí se apreciaba un salto en la mentalidad de Marta con ellos tres. A
ella se le abrían puertas que ellos ya habían abierto hacía tiempo y estaba
a punto de descubrir caminos por los que ellos estaban de vuelta. El trato,
a pesar de esta ligera diferencia era estupendo, los cuatro se entendían a la
perfección, sólo en algunos momentos –casi siempre relacionados con el
ocio- surgían las diferencias.
Marta llevaba unos meses muy desorientada y todos comprendían que
era razonable, nadie de su edad tenía la madurez para asimilar dos muertes
tan seguidas, primero su padre y luego Arturo, pero es que ya no parecía
la misma. Ese verano ella había cambiado y su cambio se radicalizó con el
paso a la universidad. Marta era extremadamente tímida y eso la llevó
desde muy pequeña a refugiarse en sus estudios, siempre había sido una
estudiante brillante, siempre de sobresaliente y era muy responsable y
madura. Pero todo eso antes de su transformación. Todos sospechaban la
causa de su desequilibrio pero no se atrevían a ver con claridad ese juego
peligroso y permanecerían con esa venda en los ojos durante bastante
tiempo.
Al principio, cuando Marta y Alfredo empezaron a salir juntos, ella
continuaba siendo en apariencia esa niña modosita y demasiado madura
para su edad y la diferencia de edad entre ambos no se notaba, pero poco
después sí. Marta empezó a actuar gradualmente como si fuera un
condenado en el corredor de la muerte, como si le quedara poco tiempo de
vida y tuviera que exprimirla al máximo. Pero quien vive demasiado
rápido corre un riesgo y ella no se había parado a sopesar las
consecuencias, ni siquiera es seguro de que supiera lo que estaba
haciendo. Nunca estaba en casa y salía casi todas las noches hasta muy
tarde, con o sin Alfredo. Conscientemente o no, comenzó una estrategia de
intentar herirle sin tener motivo alguno para hacerlo, sólo por el hecho de
lanzar su desasosiego interior contra alguien. Así dio pie a una campaña
de acoso y derribo unilateral, porque Alfredo nunca entró en esa guerra.
Él la quería, no se puede decir que la amaba, pero la quería y respetaba.
Le gustaba cuidar de ella y le dolía mucho verla así cuando en realidad
sabía que era una chica deliciosa.
A veces ella le necesitaba como un bebé necesita el pecho de su madre,
una dependencia absoluta, un vínculo en el que sentirse segura. Pero otros
días, como aquel de su cumpleaños, ella le ignoraba como si nunca le
hubiera conocido. Y se creía en el derecho de hacerlo. Alfredo esperaba
comer ese día con ella pero ella había desaparecido, se permitía el lujo de
entrar y salir de su vida según su antojo y Alfredo estaba triste, era obvio.
Misteriosa pensaba que no era justo.
Alfredo no sabía cómo actuar ante los continuos desplantes de Marta,
pero intentaba sobrellevarlo de la mejor manera posible, no podía
reprocharle nada porque ella se enfadaba o se echaba a llorar. Su relación
se había convertido en una farsa, pero no sería él quien pusiera fin, Marta
no soportaría ser rechazada, así que aguantaba hasta que el tiempo les
diera una solución.
Alfredo ayudó a Misteriosa a guardar la tarta en la cocina y le pidió
que envolviera sus regalos, él lo hacía muy mal. Además del caleidoscopio
compró algunas cosas más e hizo un regalo personal, una foto de los dos
en Alcalá 20, el día que se conocieron enmarcada en un bonito marco
artesanal hecho por él mismo. A Misteriosa le pareció divino y lo envolvió
con sumo cuidado, a ella le encantaría que le regalaran algo así. Le
gustaban los regalos personales, los regalos que no valen para nada,
absurdos. Odiaba la premisa de regalar prendas de vestir, aparatos
eléctricos para el hogar... cuanto más inútil y sin sentido era el regalo más
le gustaba, detestaba el pragmatismo.
Misteriosa se fue a la habitación a envolver los regalos y dejó a
Alfredo y a Gabriel viendo la tele. Se subió a la cama y alcanzó de encima
del armario el mismo papel acharolado azul que le había servido meses
antes para envolver el regalo de aniversario de Gabriel. Puso los regalos
encima de la cama, tan bonitos y se quedó observándolos un momento.
Cómo desearía que fueran para ella. De repente se acordó de que ella
también había recibido un regalo de Alfredo, el pintalabios que robó en el
Corte Inglés, pero no recordaba dónde lo había puesto... Ah sí, lo había
guardado en el bolsillo del pantalón. Metió la mano y junto a otros
objetos, -un caramelo, una canica verde y un papel arrugado- estaba el
pintalabios. Se acercó al espejo y se perfiló la boca en un gesto cotidiano.
Primero el labio de abajo y luego el de arriba, muy lentamente, repitiendo
en su cabeza la palabra deseo, en un gesto repetido desde tiempos
inmemoriales; dicen, que en el Antiguo Egipto las prostitutas que
practicaban la felación se coloreaban los labios de rojo para distinguirse
de las que no realizaba esta labor. Las mujeres llevan miles de años
pintarrajeándose la cara para parecer más hermosas y despertar la pasión.
Por muy feminista que se sea, hay en el acto de pintarse los labios una
esencia más allá del género. Había un antes y un después en ese
movimiento de juntar los labios para extender bien el color y humedecerlo
después con la lengua, toda una filosofía podría desprenderse de esa
práctica que daba brillo a las bocas apagadas. Misteriosa se miró al
terminar, la que había utilizado era una barra roja, rojísima, como la
sangre, y le daba a su rostro un parecido con una gran actriz del
Hollywood de los años cincuenta, un rojo como el que se le adivinaba a
Bette Davis en Eva al desnudo aunque la película sea en blanco y negro,
un rojo intenso en una cara sin color, como esas fotografías antiguas
coloreadas, con el aire que tienen esas cosas que pertenecen a otro tiempo.
El pintalabios que le había regalado Alfredo le hacía imaginarse tantas
cosas, tantas historias... Tiró de la colcha de la cama y se la colocó como
si fuera un magistral vestido, imaginándose como Sara Bernhardt entre
baúles con ese particular olor a rancio que tienen las cosa viejas. Era una
gran diva. Se subió a la cama de un salto y los regalos cayeron al suelo,
pero ella esperaba el aplauso de su público, la gran ovación, un enorme
ramo de rosas rojas, como sus labios...
De repente entró Gabriel, el botánico que nunca había regalado rosas
rojas, porque se mueren, porque son efímeras, y la miró con el
desabrimiento con el que miran los ojos que nunca han sido aplaudidos en
el gran teatro del mundo. Gabriel recogió unos papeles de la mesilla y
cerró la puerta con cuidado, sin decir nada, manteniéndose al margen de
heroicidades imaginarias. Misteriosa se bajó de la cama y se volvió a
mirar en el espejo, ahora sí que tenía pinta de gran estrella ajada y
maltratada por los años. Era una gran diosa olvidada a la edad de
veintitrés años.
Oyó la puerta y la voz de Marta saludando a los presentes. Eran las
siete y Alfredo llevaba esperándola más de tres horas. Misteriosa recogió
sus regalos del suelo y salió a recibirla.
-Hombre, ya era hora...- la riñó cariñosamente
-¡Vaya morros de puta!- contestó ella dirigiéndose a su hermana e
ignorando la regañina de Alfredo.
Misteriosa notó cómo se ruborizaba hasta alcanzar el mismo color del
carmín que llevaba en los labios y deseaba que la mismísima tierra se la
tragara; cuando sin darnos cuenta dejamos al descubierto nuestras
ilusiones más profundas la vergüenza puede ser de infarto. Gabriel la miró
condescendiente como si fuera una niña alocada y Alfredo dio un quiebro
también algo avergonzado, porque comprobar que ése era el pintalabios
que él le había regalado le alteró y no quería desenmascarar su arrebato.
Para disimular, le preguntó a Marta dónde había estado y ella le contestó
con total frialdad que había estado en la universidad con sus amigos y que
si ahora se dedicaba a ser su perrito guardián y a no confiar en ella,
porque para eso existían unos cinturones de castidad muy monos, pero que
ella no estaba dispuesta a llevarlos, que la Edad Media ya había quedado
atrás. Alfredo miró a Gabriel, Gabriel a Misteriosa, Misteriosa a Alfredo,
con Marta últimamente nunca se sabía por dónde iban a tirar las
conversaciones, y como ninguno estaba por la labor de entablar una
tertulia sobre métodos de abstinencia medievales que derivaran en
utensilios sadomasoquistas optaron por la opción mucho más sencilla –
pero no menos arriesgada- de darle los regalos.
Misteriosa le entregó a Alfredo los suyos perfectamente envueltos,
(labor que él agradeció con un apretón en la mano de ella) y aprovechó
para ir al baño a limpiarse la cara y los restos de su fingido debut teatral.
Ignoraba si Gabriel le habría comprado algo a su hermana. Al salir Marta
miraba ensimismada por el caleidoscopio, que sin duda le había
encantado. Pequeños cristales rojos, verdes, amarillos, azules... girando y
dando lugar a preciosas composiciones muy parecidas a las vidrieras de
una catedral. Una persona puede estar horas mirando a través del agujerito
de un caleidoscopio imaginando mundos irreales de color y felicidad.
Misteriosa se imaginó atrapada dentro de un caleidoscopio, atrapada
entre sus colores y golpeada por sus formas. Entre sus luces se veía
deslumbradora, con los labios rojísimos. Sonaba la música, en sus sueños
siempre sonaba la música. Alfredo aparecía entre los poliedros y la
tomaba de la mano para bailar. De pronto -cuando imaginamos todo es
posible-, empezaba a nevar y el pelo se le llenaba de figuras de nieve,
como las del caleidoscopio. Sintió frío, en su mente sintió frío, y abrió los
ojos al mundo verdadero. Marta, su hermana, cumplía dieciocho años y
estaba radiante. Alfredo estaba triste, Misteriosa confusa.
-XVII-

Misteriosa estaba apática, desencantada. Era una de esas personas


proclives a la desgana y a la fantasía, pero ahora con razón; llevaba cinco
días en la cama con gripe y el sopor físico le repercutía en un hastío vital
general. Sin embargo tenía tantas cosas por hacer... Gabriel iba y venía al
trabajo y a hacer los recados. La colmaba de todas las atenciones pero ni
de eso tenía ganas. Sólo le apetecía dormir y tener sueños apacibles y
dulces. Era consciente de que con la edad se le había agriado el carácter y
Gabriel lo notaba. Ella lo sabía pero no tenía energías para poner remedio.
Las fuerzas escaseaban y simplemente no podía ser la mujer alegre y
despreocupada que era normalmente. No deseaba ver a nadie ni que la
visitaran. Pero eso, claro, no vale para una madre. Blanca había estado en
casa los cinco días que ella llevaba convaleciente y hoy no iba a ser
menos. Hablaba de un meteorito que había caído en la Península. A
Misteriosa no le importaba en absoluto y notaba como la iba subiendo la
fiebre. Sentía escalofríos mientras su madre se empeñaba en hacerle caldo
caliente y contarle la actualidad del país. Ella ya tenía casi cuarenta años,
por favor. A Gabriel no parecía importarle la presencia de su madre
porque le ayudaba en las tareas de la casa durante un rato. ¡PERO ELLA
NO PODRÍA SOPORTARLO MÁS! Empezaba a delirar y en imágenes veía
grandes piedras que caían del cielo e intercaladas rápidamente como si se
tratase de una película cortada en fotogramas distinguía vagamente caras
conocidas. La de Gabriel se repetía, rubio y amenazante. Le daba miedo el
sueño y le angustiaba. Empezó a toser bruscamente y se despertó.
-Cariiiño, lo tienes agarrado al pecho, ¿quieres un vaso de leche con
miel?
-No, mamá, gracias, puedes marcharte, estoy bien, de verdad, sólo
quiero dormir un poco.
-Bueno, pues aquí te dejo con tu hombre.
Gabriel acababa de subir de comprar unas magdalenas para merendar.
Le ofreció una, pero Blanca se iba a clase de flamenco. Gabriel cogió a
Misteriosa de la muñeca midiendo su pulso y le dio un beso descuidado
pero infinitamente cariñoso. Por suerte, Gabriel no era el ogro onírico de
hace un momento, por lo general tenía muy buen humor. Qué querría decir
su subconsciente con aquella fantasía. Siempre le intrigaban estos temas
pero nunca se había detenido a estudiar en profundidad la interpretación
de los sueños.
Su amigo Rafa aseguraba que los sueños se pueden manipular y que él
era capaz de controlar los suyos. Cuando decía esto Misteriosa
manifestaba que ojalá se pudieran eliminar las pesadillas, a lo que Sebas,
el novio de Rafa, que era psicólogo, contestaba que las pesadillas son
buenas. “No sé para qué” pensaba ella, pero no decía nada. Al parecer es
un mecanismo de defensa que crea la mente, como una especie de
liberación de malos pensamientos que nos libera y nos relaja. Ella no
quería contradecir a Sebas pero ella nunca se quedaba relajada después de
una pesadilla, es más, le dejaba una especie de malestar que duraba
prácticamente todo el día. Cuando tenía una pesadilla todo lo que en ella
aparecía se le antojaba como si fuera de plastilina, muy raro. Sin embargo
le encantaba tener sueños idílicos. Al igual que sus pesadillas eran
horribles, sus sueños eran maravillosos y en ellos sí conocía una ligera
forma de control: cuando estaba soñando con algo realmente delicioso y
por alguna razón se despertaba, era capaz de reconducir el sueño y
continuar donde lo había dejado. Toda una suerte.
Sin embargo acababa de tener una pesadilla. No le gustaba cuando
Gabriel aparecía en sus sueños desagradable, le condicionaba el
comportamiento cuando se despertaba.
Vio a su madre salir por la puerta y sintió un gran alivio. Gabriel
seguía sentado al borde de la cama y doblaba unos jerséis. Estaba
canturreando como hacía siempre cuando se entregaba a algún tipo de
labor como aquella y no le prestaba atención a Misteriosa. Ella en parte se
alegró porque así descansaba un rato de monsergas de su madre.
Necesitaba un poco de silencio.
Sigilosamente entró Deseo y se tumbó en el suelo, en su rincón
habitual. Apenas podía moverse. Tenía casi veinte años. Todo un récord
para un gato.
-Pobre, Deseo... -dijo en voz casi inaudible, como si hablara para sí
misma- es tan viejecito...
-Casi como tú, que mira como estás... -bromeó Gabriel
Misteriosa intentó reírse y le salió una tos áspera
-Gabriel, ya casi tengo cuarenta años...- Fue una sentencia de las que
se dicen y de las que se desprenden, como si fuera el eco de una montaña,
cantidad de reflexiones- ¿Qué es lo que he conseguido en la vida?
-A mí- bromeó de nuevo Gabriel y se levantó a guardar los jerséis en el
armario. Después salió de la habitación. A veces era incapaz de reconocer
cuando las cosas se dicen en serio.
¿Qué había conseguido Misteriosa en la vida?
De niña tenía muchos sueños, pero tenía miedo, siempre había tenido
miedo del futuro. Pensaba que cuando cumpliera dieciséis años iba a
crecer de golpe, así de repente, como las setas en el bosque y todos esos
sueños se le iban a borrar, iba a ser una persona diferente. Cumplió
dieciséis, y diecisiete, dieciocho, diecinueve... y nada cambiaba, bueno sí,
todo cambiaba pero ella no se sentía diferente a pesar de todo. Cumplió
veintitrés. Pasó un año muy intenso y luego, siendo la misma persona,
todo parecía que se había ralentizado. Hasta entonces sólo se preocupaba
de vivir, sin pensar en las consecuencias y ahora en la reflexión y el
sosiego descubrió muchos preguntas sin responder. Como si hubiera
estado en coma y despertara pensando: ¿Qué ha pasado todos estos años?
No sabía muy bien la razón ni qué era exactamente lo que se había
roto, pero hubo un año en el que todo se rompió dejándola bastante
desamparada y confundida. Como si alguien de repente le hubiera
extirpado las ganas de vivir. Misteriosa sabía que a todo el mundo alguna
vez durante su biografía se le quiebra la vida por dentro, igual que un
niño se fractura un brazo jugando. Porque los brazos de los niños, como la
vida, son frágiles y están todavía sin desarrollar. Cuando uno tiene
veintitrés, veinticuatro, veinticinco años y la vida está en pleno
florecimiento, como aún es débil, se fisura en cualquier momento y
después queda astillada para siempre.
La tos la distrajo un segundo de sus pensamientos. No le gustaba estar
en la cama, pensar demasiado es malo a veces. Le dolía la espalda. Miró
al techo y contempló las fotos allí pegadas. Se pueden tener tantas vidas...
de hecho hay tantas vidas como personas, pero ¿cómo decide una persona
realmente cual va a ser su vida? ¿Somos voluntad o resultado de
voluntades ajenas?
Eternas cuestiones.
Gabriel estaba ordenando los calcetines, los enrollaba por pares y los
colocaba en hilera en el cajón, un montón de bolas multicolor
perfectamente alineadas. Misteriosa tenía el cajón de la ropa interior que
parecía una madriguera. Ningún calcetín ligaba con su pareja y andaban
desordenados entre bragas y sujetadores. ¿Cabe la filosofía de vida en un
cajón? Misteriosa se acordó de las bragas que Melania le regaló el día del
casting, Gabriel aún no las había visto porque ese día estaba enfadado. A
pesar de su buen talante habitual últimamente estaba más irascible, pero
ella no le podía reprochar nada porque ella sabía que tampoco había
estado en sus cabales en los últimos meses.
-Gabriel... -le llamó dulcemente.
Él no había oído.
-Gabriel- dijo más fuerte tosiendo inmediatamente después- ven,
siéntate.
Gabriel cerró el cajón y se sentó al borde de la cama tocándole la
frente para comprobar que no tenía fiebre.
Ella quería hablarle pero no tenía nada que decir, o por lo menos no
encontraba las palabras. Le cogió la mano para transmitirle físicamente
sus pensamientos. Misti, tienes el pulso acelerado. Gabriel, escúchame.
Ella se incorporó sobre la cama de rodillas, rodeó con sus brazos a
Gabriel y le besó el cuello. Le dio pequeños besos detrás de la oreja.
Quería susurrarle, pero no sabía qué. Gabriel le acarició el pelo, había
aprendido a comprender sin palabras.
Ella se levantó y fue al armario, sacó del cajón las bragas de la
frivolidad y sin que Gabriel las viera las metió debajo de la camiseta del
pijama, quería darle una sorpresa. Salió de la habitación hacia el baño y
notó un ligero mareo. Misteriosa sentía calor y frío y en el baño vio que
tenía los labios rojos, encendidos. Tenía fiebre. Se puso el termómetro
para confirmarlo pero hizo caso omiso a los casi treinta y nueve grados
que le marcaba el mercurio. Se metió en la ducha y abrió el grifo del agua
fría. Era gratificante. Salió con el vello erizado y se puso esa pieza de
lencería especial. Volvió corriendo a la habitación donde Gabriel la
esperaba, se había metido en la cama. Ella hizo lo propio pero sus
escalofríos de repente anulaban su capacidad de reacción. Él la estrechó lo
más fuerte que pudo y posó su mano sobre el ínfimo trazo de tela de seda
que cubría el cuerpo de Misteriosa. Era agradable al tacto, la miró, igual
que su cuerpo, su alma también estaba desnuda, menos una pequeña parte,
una fina pantalla de tela de seda que ocultaba sus secretos.
Misteriosa estaba medio sedada por los antibióticos y se quedó
dormida, debió de ser durante bastante tiempo porque cuando se despertó
Gabriel no estaba; se había ido a hacer unos encargos, según explicaba
una nota y volvería en unas horas.
Misteriosa se puso la bata, se sentía agotada y se sentó en el salón
delante del collage que llevaba un par de meses haciendo. Estaba a punto
de terminarlo, sólo le quedaba el cuadrante superior derecho. El resto
había quedado muy bonito y muy personal, era el primer collage que hacía
sobre ella misma: un sillón, un árbol, unos ojos, una cámara fotográfica,
plantas, las caras de sus amigos, su madre, su hermana, su padre, libros
abiertos y cerrados... Todo eso era ella. Se levantó a poner música, le
asustaba el vacío cuando estaba sola. Qué pronto anochece en invierno,
pensó, y admiró las sombras de su casa. Encendió varias luces, también le
asustaba la oscuridad cuando estaba sola.
Se sentó en el sillón agarrándose las piernas contra el pecho; hecha un
ovillo, temerosa y febril observaba el collage por encima de sus rodillas.
Había algo que le inquietaba. Era bonito pero al mismo tiempo
desgarrador. Era como tener el pasado encerrado y visible, y eso no debía
de ser del todo sano. La nostalgia hace que los recuerdos bonitos sean
insoportables porque nunca volverán y los malos son imposibles de borrar.
Misteriosa se tumbó y se tapó la cabeza con un cojín, aterrada. Oyó la
puerta abrirse, era Gabriel que volvía; oyó la puerta cerrarse de nuevo.
Tantas veces se había abierto y cerrado esa puerta...
-Misti, ¿qué te pasa?- preguntó él, acostumbrado ya a sus ataques de
melancolía. Esta vez su voz tenía un tono de cansancio.
Ella en lugar de contestar emitió un sonido que Gabriel no supo
traducir. Gabriel sabía perfectamente cómo se sentía porque él estaba en
una situación muy parecida. Se encontraba cansado, y aunque aún era
joven, a veces le pesaban demasiado los años. Básicamente estaba
aburrido y presentía que Misteriosa también.
XVIII

La tragedia de la discoteca Alcalá 20.


17 de diciembre de 1983. Tiene lugar un pavoroso incendio en una de
las discotecas de moda de la capital, llamada Alcalá 20 por el número de
la calle donde está ubicada.
El balance es de lo más trágico, pues mueren en el incendio setenta y
ocho personas, casi todas ella chicos jóvenes. Al parecer la afluencia de
público era superior a su aforo legal. La tragedia empezó poco después
de las cinco de la madrugada. Una chispa, emanada de uno de los
múltiples aparatos electrónicos de sus instalaciones musicales y
ambientales prendió fuego en materiales plásticos que empezaron a arder
y a producir una gran cantidad de humo. En efecto, la mayoría de las
muertes se producen por asfixia debida al aumento de monóxido de
carbono.
La actuación de los bomberos sólo consiguió que la tragedia no
aumentara todavía más. De momento, los propietarios de la discoteca han
pasado a disposición judicial. Este tipo de siniestros ocurre cada vez más
en diversos lugares, casi siempre por no cumplirse las normas de
seguridad, dictadas en las respectivas ordenanzas municipales.

Diario 16

***

El diecisiete de diciembre de 1983. Marta y Alfredo rompieron su


relación. La ciudad estaba convulsionada por el aparatoso incendio de la
discoteca Alcalá 20 y fue como una premonición de lo que iba a pasar esa
misma noche. Allí se conocieron Alfredo y Marta y el día que se quemaba
la discoteca lo que hubo entre ellos, fuera lo que fuera, también ardía.
Todo empezó a las diez de la noche. Marta y Alfredo hacían tres meses
como pareja (cuando dos personas empiezan a salir se cuentan los
primeros meses con la religiosidad de un reloj suizo) e iban a ir a cenar
fuera para celebrarlo. Marta pasaría a buscar a Alfredo a casa cuando
saliera de la facultad, tenía turno de tarde. Alfredo estaba guapísimo, o
eso por lo menos le parecía a Misteriosa. Llevaba un vaquero y una
camisa blanca.
Marta tardaba mucho y los dos se empezaban a impacientar y a
preocuparse por si le había pasado algo. No era un secreto que Marta
llevaba meses tonteando con las drogas, pero conociéndola seguro que se
trataba de un vicio pasajero, ella era muy responsable y seguramente se
tratara de esa búsqueda de identidad como la de tantos jóvenes que se
adaptaban a una nueva época con más libertades de las que nunca había
habido. Misteriosa, a pesar de ser mucho más loca que su hermana no
había caído en ese círculo desenfrenado ni en dependencias de la moda. A
cada uno le da por una cosa. Marta tampoco había sucumbido a la moda,
seguía manteniendo su look de niña buena pero se columpiaba en un
balancín resbaladizo. Misteriosa no encontraba su lugar dentro de aquello
que los medios de comunicación llamaban la movida y se evadía con otro
tipo de extravagancias.
Gabriel estaba fuera por unos días porque había ido a visitar el vivero
que un amigo estaba montando en su pueblo. Ella no había ido porque era
demasiado friolera y no le atraía nada ir y le dijo que se marchara todo el
fin de semana, que ella estaría bien. Así que estaba sola en casa. De vez
en cuando le encantaba poder deshacerse de Gabriel y de todas las demás
personas que vivían como satélites a su alrededor, simplemente para
olvidarse de todo y sentir durante unas horas el privilegio de la soledad
consentida. No esa soledad que es impuesta y te sobreviene de pronto,
sino esa otra que es tranquila y que todos necesitamos de vez en cuando
para disfrutar de nosotros mismos. Sin embargo sus planes de aislamiento
del mundo parecían verse truncados por momentos si Marta no venía
pronto, aunque evidentemente no se sentía disgustada teniendo allí a
Alfredo.

***

Alfredo se sentó en el sofá. Daba vueltas inconscientemente por todos


los canales de la tele. En muchas cadenas se hablaba del incendio de la
discoteca Alcalá 20 y Alfredo intuitivamente lo dejó en uno de esos
canales. Parecía horrorizado, toda la ciudad lo estaba. La discoteca
incumplía la normativa de seguridad. Ese terrible incendio bien podía
haber ocurrido la noche que ellos estuvieron allí, pero por suerte no fue
así. Sin embargo aquello era una señal, un indicio de otro tipo de
siniestro, un siniestro emocional. La vivacidad de las llamas advertía a
ambos de algo que iba a ocurrir pero, por supuesto, ellos no lo sabían.
Misteriosa se puso a cocer unos macarrones para hacer la cena, la
actividad física le hacía desconectar un poco. También inconscientemente
puso más de lo normal para una persona porque intuía que esos dos no
saldrían a cenar. Mientras cocinaba observaba a Alfredo que estaba
notablemente inquieto, quien sabe si sólo por la tardanza de su novia. Lo
cierto es que aquella escena, que debía de ser de lo más natural era algo
tensa. En el estudio, pequeño y diáfano, se veía prácticamente todo.
Mientras escurría los macarrones observaba con disimulo a Alfredo que no
paraba quieto en el sillón. Era un piso demasiado pequeño como para
poder evitarse.
Marta no solía ser impuntual aunque por entonces andaba más
descuidada. Misteriosa se preparó los macarrones con aceite y especias y
le ofreció un plato a Alfredo. Él lo rechazó con la esperanza de que aún
Marta llegara a tiempo para ir a cenar y pudiera escapar de una encerrona
del destino, pero ya era demasiado tarde porque se había puesto a rodar la
máquina hacía tiempo.
Misteriosa se sentó en el suelo, como era habitual cuando cenaba y
pidió a Alfredo si podía poner una película que había alquilado en el
videoclub, al fin y al cabo se suponía que iba a estar sola en casa y ése era
uno de sus mejores planes. Él accedió un poco ausente. Al rato se bajó del
sillón y se sentó al lado de Misteriosa rodeándole los hombros con su
brazo. Temblaba como un niño y ella creía que se iba a poner a llorar pero
se fue acercando lentamente. Le iba a dar un beso y ella no lo rechazó.
Fueron sólo unos segundos pero duró, como dicen esos versos de Salinas,
más que el silencio, que la luz. Fue un beso eterno. Se miraron con el
gozo y la pena que ofrece la culpabilidad y se quedaron como dos estatuas
de sal, inmóviles, esperando que el libro de las respuestas se abriera ante
sus ojos.
Y lo hizo en forma de portazo.
Entró Marta como una exhalación pero no se dio cuenta de nada de lo
que estaba pasando. Venía totalmente desencajada y sudorosa, con la
mirada perdida. Fue directamente a la cocina sin decir nada y se puso a
beber un vaso de agua. Sacó con dificultad un frasco del bolso y al abrirlo
un montón de píldoras cayeron por el suelo. Misteriosa no llegó a leer el
nombre del fármaco, pero estaba segura de haber visto el formato de ese
envase y se indignó ante la idea de que se lo hubieran despachado sin
receta médica. Los jóvenes tenían a sus expensas un abanico de medicinas
legales y hasta una aspirina podía convertirse en un arma de doble filo
bien combinada con otras sustancias. Marta estaba muy alterada. No había
visto nada de lo que había ocurrido segundos antes así que su nerviosismo
venía provocado por otra razón. Cuando se percató de la presencia de su
hermana y Alfredo arrojó el vaso al suelo gritándole a su novio
improperios indescifrables. Después se desplomó sobre los trozos de
cristal del vaso roto, agazapada como un cachorrillo y sollozando.
Rodeada de pastillas, golpeaba sin fuerza el suelo totalmente desarmada.
Ambos corrieron hacia ella. Alfredo la agarró de la axilas y la arrastró
hasta el baño donde la hizo vomitar. Tardó lo suyo pero consiguió que
expulsara hasta el último suspiro. Misteriosa preparaba café, manzanilla...
no sabía muy bien qué era lo mejor. Le gritó a Alfredo desde la cocina si
llamaba a un médico, si llamaba a un taxi para llevarla al hospital...
Estaba muy asustada y nunca había ejercido tantas veces de hermana
mayor como en ese año. Ya no sabía cómo actuar. Alfredo le dijo que no
hacía falta llamar a nadie.

***

Poco a poco fue recuperándose, aunque estaba atontada. Cuando


recobró algo más de fuerza miró a Alfredo allí a su lado y le dio una
sonora bofetada y rompió a llorar. Misteriosa que se había acercado al
baño no comprendía. Alfredo intentó levantarla y Marta le golpeaba con
los brazos insultándole. A la fuerza la arrastró a la cama donde se calmó
como un pájaro asustado que coge confianza en las manos que lo agarran.
Estaba muy mareada y convenía que se acostara aunque no debía dormirse.
Misteriosa le quitó la ropa y la cubrió con la sábana, blanca, impecable,
como siempre, mientras le ponía paños húmedos en la frente.
Alfredo le susurró al oído “te dejo sola” y ella le miró rogándole que
no se fuera, aunque comprendía que los tres habían cruzado un límite, una
fina barrera y que se había roto. Inevitable.
Alfredo se fue dejando un silencio insoportable.
Misteriosa estuvo toda la noche al borde de la cama acompañando a su
hermana mientras dormía.

***

Muchas horas después, cuando el día había despuntado, recibió dos


llamadas. La primera de Gabriel y la segunda de Alfredo. Gabriel le contó,
que como ella sospechaba, en el pueblo de su amigo hacía bastante frío
pero que el vivero de su amigo Pedro era fabuloso y que qué tal por
Madrid, que qué le pasaba que la notaba ausente. Misteriosa decidió dejar
a Gabriel al margen de la agitación emocional de la casa, por lo menos
hasta nuevo aviso y que no le pasaba nada, que estaba cansada y qué
cuando volvía. Regresaría en un par de días.
La segunda llamada fue más tremenda. Misteriosa al segundo toque ya
sabía quien estaba al otro lado de la línea. Cuando descolgó el teléfono
Alfredo le habló casi sin voz.
-¿Qué tal está Marta?
-Mejor, lleva toda la noche durmiendo- en sus palabras notó todo el
peso de la compasión y pena que le daba ese hombre que tenía infinita
paciencia con su hermana
-¿Crees que querrá hablar conmigo?
-Espera- Misteriosa estaba hablando desde el teléfono del salón y fue a
la habitación donde estaba su hermana que había encendido la televisión y
la miraba sin realmente verla. Misteriosa descolgó el otro teléfono y
apagó la televisión.
-Alfredo...- contestó Marta con una voz cavernosa que no se sabía muy
bien de que cavidad de su cuerpo salía- Alfredo...- repitió dándole a su
voz un tono más dulce
Misteriosa se acercó a la ventana. Los cristales estaban helados y puso
sus manos sobre ellos para sentir el frío. No podía escuchar la voz de
Alfredo pero se disponía a adivinar la conversación a través de lo que
dijera su hermana. En la calle no había ni un alma, sólo de vez en cuando
pasaba una persona enfundada en un largo abrigo de lana con guantes y
bufanda.
-Alfredo, no podemos seguir juntos.
Misteriosa se imaginaba la reacción de Alfredo, sinceramente aliviado
aunque también afligido. Misteriosa escuchaba las palabras de Marta que
parecía volver a ser la niña sensata y coherente que siempre había sido y a
cada sentencia de su hermana sentía resucitar sensaciones olvidadas. La
conversación parecía ser tan fría como la temperatura de la calle.
Navidades de 1983. La horrible desgracia de la discoteca Alcalá 20
marcaba un punto y aparte y en el calor de ese fatídico fuego encontró
Misteriosa una señal para calentarse ese frío invierno.
-Alfredo...- repetía Marta cada minuto, cada vez ensayando un matiz
distinto, de culpabilidad, de compasión, de tristeza, de venganza, de todo
y de nada a la vez.- Alfredo, perdóname... perdóname... no puedo más.
Misteriosa ignoraba si Alfredo decía algo o no, si ya estaba todo dicho,
si todo acababa con una súplica de perdón. Marta se quedó un minuto
callada y escuchaba. Alfredo le decía, qué le estaría diciendo, y ella
lloraba en silencio asintiendo. Después le dio un beso mudo al teléfono y
colgó. Miró a Misteriosa con los ojos bañados en lágrimas y no hizo falta
ninguna explicación. Todo había terminado, eso estaba claro. Pero, qué
iba a pasar ahora. Misteriosa no había oído las últimas palabras que
Alfredo le dijo a su hermana y una gran duda le obsesionaba. ¿Le volvería
a ver? En qué punto habían quedado las cosas. ¿Era un punto y final o un
principio a la vuelta de la esquina?
-XIX-

Era viernes y los viernes por la mañana los dedicaba a la casa. Poner la
lavadora, planchar y ordenar los libros eran sus tareas preferidas. Le
gustaba disfrutar de las mañanas del viernes porque gozaba de la
intimidad de toda la casa. Era un rato para estar a solas con ella misma.
Siempre se levantaba y preparaba unas tostadas para Gabriel y para ella y
cuando él se iba a trabajar solía relajarse haciendo la colada. No se
quitaba el pijama hasta las dos que volvía Gabriel y si le sobraba tiempo,
que casi siempre le sobraba, dedicaba un rato a alguna otra actividad que
le gustara como hacer collages.
Aquella mañana pegó en el nuevo collage de su vida un piano. Ojeó un
montón de revistas buscándolo para pegarlo y también pegó la imagen de
un ferroviario. Le era casi imposible encontrar la conexión de ese señor
con su vida pero no sabía por qué tenía la corazonada de pegar esa foto.
La verdad es que desde muy pequeña se había sentido atraída por los
trenes, esas enormes máquinas que llevan a la gente de un lugar a otro,
como si fueran gusanos veloces por montañas y túneles. Había en los
trenes, como en los collages, ese aire que pertenece a otro momento,
intemporal. El hombrecito que había recortado era curioso y también en su
rostro se notaba cierta dosis de neutralidad. El conductor impasible que
guía el tren del tiempo sin alteración ninguna en su persona. No se podía
decir ni que era viejo ni que era joven, simplemente tenía los rasgos del
que permanece allí, en la locomotora de ese tren.
Una llamada la sobresaltó y le hizo abandonar sus divagaciones. Era
Gabriel y parecía raro. Estaba excitado y hablaba incoherencias.
-Gabriel estás borracho.
-Si, bueno, Misti, hoy era la comida de Navidad de la empresa
¿recuerdas? Era para decirte que llegaré tarde, que hagas planes sin contar
conmigo.
Gabriel estaba raro. Él nunca había sido tan cortante ni había tenido
esa actitud. Gabriel colgó en seguida y Misteriosa se quedó escuchando el
interminable pitido proveniente del otro lado de la línea. Largo y molesto.
El sonido que normalmente marca el principio o el final de una
conversación ahora era el centro de la comunicación. Un largo y monótono
piiiiiii que se le metía por el oído para llegar al cerebro donde los
sentimientos estaban tan descolocados. Un largo, largo y molesto pitido
era la banda sonora de su caos cerebral.
Por fin se dio cuenta de lo laaaargo y molesto que era y colgó el
teléfono tardando aún unos segundos más en reaccionar. Unos segundos
casi interminables en los cuales le dio tiempo a pensar de todo. Estas
imaginaciones absurdas surgían tan rápido como una descarga eléctrica y
se iban agolpando en su mente. Decidió recoger todos los enseres que
estaban por la mesa y ponerse a hacer la comida. No debía darle más
vueltas al asunto porque ya se sabe que de un grano de arena se saca una
montaña. Tenía una sensación extraña de ansiedad y creyó oportuno llamar
a alguien para invitarlo a comer. Así tendría la mente ocupada. No tenía el
ánimo para soportar a la derrotista de Lucía y su madre estaba en Mallorca
con su grupo de baile flamenco. Eran un grupo de mujeres de su edad, la
mayoría viudas o separadas y se habían juntado para bailar aunque era la
excusa para relacionarse y hacer una escapada de vez en cuando. Cómo le
gustaría estar ahora en Mallorca. No había vuelto desde que era muy
joven, desde aquel primer maravilloso aniversario con Gabriel.
En fin, no le quedaba más opción que llamar a Rafa porque todos sus
demás amigos estaban trabajando: Rafa estaba comiendo en una fabulosa
escuela de cocina cerca de la puerta del Sol con Sebas y la invitó a
sumarse a ellos. Misteriosa no tenía ganas pero les propuso que subieran
después de la comida a tomar un café. Accedieron encantados.
Misteriosa comió rápido y preparó todo para la visita. Llevaba puesto
un pantalón bombacho azul con una camiseta de rayas verde, sus
calcetines amarillos de Snoopy y las zapatillas de andar por casa. La bata
rosa y horquillas en el pelo. Se miró al espejo y en un breve segundo
comprendió muchas cosas. Nada que no se pudiera arreglar. Se dio una
buena ducha y terminó con un baño de crema hidratante por todo el
cuerpo. En contra de lo habitual dedicó veinte minutos a secarse el pelo,
se dio colorete y se pintó los labios de un rosa intenso. Se puso un vestido
de lana verde oscuro con las mangas anchas que le favorecía, unas medias
de rayas y unas botas color hueso que se había comprado hacía poco en
Camper. Parecía otra, parecía más joven. No sabía por qué, pero
necesitaba sentirse bien.
Los chicos no tardarían en llegar. Bajó a comprar unas pastas de
almendra y chocolate y también compró unas flores. Le apetecía alegrar
un poco el salón. Gabriel la había enseñado tantas cosas sobre plantas y
flores... No conocía a nadie que tuviera una terraza mas bonita que la
suya. Gabriel mimaba cada planta con mero cuidado. Le cortaba las hojas
estropeadas, las regaba con la medida justa y cambiaba de tiesto al
cambiar de estación. E incluso les hablaba porque decían que era bueno.
Alguien tan sensible no era el mismo que había llamado horas antes.
Estaba deslumbradora pero en el fondo sabía que su aspecto no era más
que un disfraz que disimulaba su verdadero estado interior. Con
maquillaje era esa mujer madura y guapa a la que en unos minutos iban a
ver sus amigos pero con la cara lavada seguía siendo la niña indefensa e
insegura que siempre había sido. Llamaron al timbre. Eran Rafa y Sebas
que la colmaron de abrazos y besos.
“Creo que habéis tomado mas vino del lo normal en la comida” dijo
amablemente, divertida.
Ellos se rieron y se despanzurraron en el sillón cuan largos eran
ambos. Estaban alegres y se reían por todo. Misteriosa se alegró de
haberles invitado aunque en el fondo no compartía su euforia. Pasaron la
tarde tomando café y pastas y algunas botellas de sidra. Al anochecer
Misteriosa empezaba a estar ebria y reía tanto como ellos. Eran una pareja
entrañable y por unas horas se había divertido. Rafa era un buen amigo y
sabía que podía contar con él para lo que fuera. Él cuando empezó a salir
con Sebas y su familia lo recriminó, se refugió en el hombro de Misteriosa
y desde entonces se había instalado entre ellos una relación maravillosa.
Se entendían perfectamente.
A las once dejaban su casa totalmente beodos. Mientras Sebas llamaba
al ascensor (en su estado no podía ni bajar tres pisos andando) Rafa le
hizo un gesto a Misteriosa, fue una de esas miradas que lo dicen todo. Una
conversación entera condensada. Estás bien. Si. Sé lo que te pasa, aquí me
tienes. Lo sé.
No hacían falta palabras.
Cuando cerró la puerta la invadió un tremendo vacío y tuvo que
encender inmediatamente la tele. Como siempre, no había nada
interesante, pero necesitaba rellenar el silencio con voces irrelevantes. Se
quedó dormida hasta que a las cuatro de la mañana la despertó Gabriel:
-¿Qué haces aquí?
-Nada, me voy a la cama
-Pues sí, me lo he pasado bien... -gracias por preguntar- dijo él
irónicamente.
Ella no contestó.
-¿Estás enfadada?
Se oyó un portazo.
Ella no tenía ganas de ver a Gabriel. Tenía ganas de gritarle, de tirar
cosas contra la pared, de insultarle y escupirle, pero nunca se atrevería a
nada por el estilo y se limitó a permanecer recostada en la cama sobre un
almohadón, fingiendo leer, con el ceño fruncido y la mirada perdida.
Gabriel estaba bastante borracho, venía de cenar con la gente de la
empresa y ahora pretendía actuar como si nada pasara. Como siempre
hacía. Intentó acariciarla y ella le dio un manotazo porque cualquier roce
la calentaría más, estaba muy enfadada, aunque no sabía muy bien por
qué. Él se hizo el indignado, como siempre, y se acostó. Se durmió en
unos minutos, como siempre, dándole la espalda a los problemas. Ella
había cambiado mucho y lo sabía, pero Gabriel tampoco era el mismo.
Tenía cambios de humor repentinos y una indiferencia hacia ella que se le
hacía insoportable.
Ella conocía de sobra sus rachas de alejamiento y aunque sufría mucho
comprendía que todos necesitamos nuestro espacio y hay veces que no se
quiere compartir. Gabriel no siempre había estado al cien por cien en
aquella relación pero ella entendía siempre sus dudas y las respetaba.
Igual que ella había notado a veces flaquear su voluntad. Pero ahora el
distanciamiento de Gabriel era distinto, no sabía exactamente por qué,
pero era diferente. Ella se sentía culpable por haber estado removiendo las
cenizas del pasado y en unos sentimientos que habían quedado perdidos
entre esas cenizas. Hubo un tiempo en el que estaba segura de sentir un
sincero amor por ambos, por Gabriel y por Alfredo, pero ese
planteamiento chocaba con las condiciones básicas del amor, con la idea
de pareja... ¿no? Y aunque a su alrededor siempre veía corazones
debatiéndose entre dos o más personas, al final siempre triunfaba la
exclusividad en el amor. Todos estos dilemas los tenía con veintitrés años,
pero con casi cuarenta no habían cambiado mucho su quebraderos. ¿Y si
resulta que los pensamientos son más transparentes de lo que pensamos y
Gabriel había leído todas sus tribulaciones de las últimas semanas? ¿Y si
se sentía herido e infravalorado?
Le observó, ya estaba dormido. Cuando bebía roncaba mucho más.
Hacía unas horas le odiaba, y ese odio se había transformado en un
resentimiento que sabía que por la mañana le iba a dejar una amargura
terrible. Sólo era un niño grande. Ella se dio la vuelta y se tapó hasta las
orejas. No podía dormir, por su mente pasaban todos los desplantes que
Gabriel le había hecho en dieciséis años. Misteriosa se vio a si misma
como una rencorosa y se aborreció, se dio cuenta de que no era un
comportamiento noble ni sano, así que cerró los ojos e intentó pensar en
otra cosa.
-XX-

¿Le volvería a ver? Tres días preguntándoselo e intentando evitar la


opción de que la respuesta fuera negativa. Alfredo llevaba dos meses y
unos días viviendo en esa casa con Marta y tenía muchas cosas suyas allí,
en algún momento tendría que recogerlas si decidía salir de sus vidas. Esa
misma mañana, Misteriosa supo la respuesta. Alrededor del mediodía llegó
Alfredo. Estaba descompuesto y su cara se había tornado infranqueable,
estaba pálido como una estatua, distinto, enmudecido y serio. Venía con
una gran maleta que empezó a llenar en silencio, sin explicaciones.
Misteriosa no dijo nada, pero algo se rompió dentro de ella como ese vaso
que se rompe contra el suelo de la cocina, en mil pedazos, sin posibilidad
de reconstrucción. Ella entendía, entendía sin palabras y sólo miraba.
Alfredo no le dirigió ni una sola mirada, permanecía impasible, sólo
recogía sus cosas como un autómata. En algún momento tuvo ella la
tentación de preguntarle si le ayudaba pero no se atrevió. Entendía que no
debía hablar pero sí estar allí, como una sombra, aunque fuera ignorada.
Marta también había desaparecido. Desde la discusión y posterior
ruptura con Alfredo hacía tres días, no daba señales de vida, no volvió a
pisar la buhardilla, y seguramente había vuelto a la malsana casa de
estudiantes de Bellas Artes. Era una inconsciente y ahora Alfredo se iba
por su culpa. Él tenía muchos amigos y no le sería difícil encontrar piso
de nuevo, igual incluso más cerca de su trabajo. Todo eso pensaba
Misteriosa mientras le veía empaquetar sus pertenencias ignorando que se
iba más lejos. Estuvo más o menos media hora y en ese tiempo no
intercambiaron ninguna palabra, cuántas cosas por decir y qué poco valor.
A las dos, cuando era la hora de comer se marchó dejando todo apilado en
una esquina.
Gabriel estaba a punto de llegar a comer y le preguntaría que
significaban esas bolsas en el salón. El día anterior había regresado del
pueblo de Pedro y ella le había contado la colosal pelea que había tenido
su hermana con Alfredo, la posterior llamada telefónica, la ruptura y la
desaparición de ambos. Gabriel no se sorprendió demasiado, porque desde
el principio se sabía que era un desenlace bastante previsible, esa relación
era una mentira y lo único que sentía era no haber estado allí con ella para
ayudarla. Por qué no se lo había contado por teléfono le preguntó, porque
no quería preocuparte le contestó Misteriosa. Gabriel siempre mostraba
una increíble serenidad en casi todos los problemas y cuando se lo contó
todo, apenas daba crédito a su cara impertérrita. Estaba a punto de llegar
y seguramente actuaría con la misma entereza.
A la media hora llegó Gabriel, preguntó si Alfredo se marchaba, sin
ningún tipo de sorpresa en la voz. En realidad confesó que en parte se lo
esperaba y que su huída no tardaría en llegar, era evidente. A Misteriosa la
palabra huída le retumbó de tal manera que casi se marea. Gabriel
continuaba diciendo que era bastante lógico que si Marta ya no vivía allí,
Alfredo tampoco lo hiciera. Por un momento y por primera vez percibió
Misteriosa un ligero brote de celos, Gabriel fruncía los labios de esa
manera tan particular que tenía y ella vio las cosas un poco más claras,
esa era la solución más saludable para los cuatro, aunque no la más
auténtica.
Gabriel preparó la comida y ambos se sentaron a la mesa, pero
Misteriosa estuvo todo el tiempo sin quitar ojo del equipaje
preguntándose. Preguntas sin respuesta inmediata. Se encontraba inquieta
y Gabriel lo notó. “Anda, vamos a echarnos un rato”. Ella no asintió ni
rechazó la oferta, pero le siguió al dormitorio. Gabriel se quitó la corbata,
se desperezó y se tumbó emitiendo un suspiro de alivio, había tenido una
reunión importante en un centro comercial que les había contratado para
hacer una decoración floral navideña. Misteriosa permanecía sentada en
una esquina, inmóvil, impasible y atónita, era incapaz de restablecerse.
Gabriel se incorporó de nuevo y la agarró. El contacto de su mano contra
su hombro le hizo reaccionar y se abrazó a él como una niña pequeña.
Gabriel era su realidad. Se acurrucó entre su hombro y su pecho como
solía hacer y él la rodeó con su brazo, como siempre que ella tenía miedo.
Por la persiana entraba un leve rayo de luz y era cálido, algo muy
agradable en el mes de diciembre. Siempre se suele decir un rayito de
esperanza, porque la esperanza, cuando prácticamente se ha perdido
siempre vuelve en dosis pequeñas, y ella pensó que ése que entraba por la
ventana era su rayito de esperanza. Hubiera preferido un gran chorro de
luz, pero tal y como estaban las cosas había que agarrarse a lo que fuera.
Gabriel le había salvado del estado de inquietud que había padecido
todo el día, y ahora entre sus brazos estaba serena. Sin embargo, ella no
podía dormir. No se merecían unas navidades así. No era lo
suficientemente madura para afrontarlas. Todas las cosas malas de su vida
le habían sobrevenido demasiado pronto y aunque para los reveses de la
vida no hay edad, ella no se sentía preparada. Su padre se había muerto, él
no tenía la culpa evidentemente, pero las había dejado solas. Tres mujeres
solas eran muy vulnerables y por eso ella necesitaba la inestimable
presencia de Gabriel, a todas horas, era su seguridad y su amparo. En un
año y cuatro meses había descubierto el verdadero amor y había
descubierto cosas en él que le hacían realmente feliz. Por ejemplo las
siestas como aquella. Gabriel llevaba un año y cuatro meses viviendo con
ella y se había descubierto como un gran roncador en potencia, ahora sólo
respiraba muy fuerte, pero seguro que dentro de bastantes años ese sonido
nasal tan exasperante para el que lo sufre retumbaba en toda la habitación.
Su padre y su abuelo también habían sido grandes roncadores y su madre y
abuela respectivamente les habían aguantado calladamente noche tras
noche. Ella seguramente también tendría que soportar esos resuellos
estrepitosos, pero por el momento no era más que una respiración fuerte,
rítmica. Ése era el ritmo que necesitaba Misteriosa. Un poco de aliento
acompasado era casi todo lo que necesitaba. Porque nadie más lo
compartía, era sólo suyo. El grado máximo (o casi) de intimidad. Y él ni
siquiera lo sabía. Dormía plácidamente y le regalaba su hálito. Era el
grado máximo (o casi) de paz.
De pronto se oyó la puerta de la casa, suavemente, y Misteriosa dio un
respingo. Gabriel ni siquiera se inmutó, seguiría soñando seguramente con
una ideal selva amazónica o algo por el estilo, era increíble lo apacibles
que parecían ser siempre sus sueños.
Alfredo entraba con mucho cuidado y Misteriosa salió al salón. Le vio
agachado recogiendo sus cosas, y al incorporarse, sus miradas se cruzaron
diez, quince segundos. Se miraron inmóviles y finalmente él susurró: “me
voy”. Ella asintió con los ojos y le observó volver sobre sus propios
pasos. Al llegar a la puerta de la calle se volvió a girar y con otro tono
dijo: “despídeme de Gabriel”. Ella esbozó una media sonrisa a modo de
despedida definitiva y con voz ahogada le contestó: “claro”. De nuevo el
sonido de la puerta. Esta vez la golpeó en las sienes y le hizo eco durante
varios minutos. Se sentó enfrente de la televisión apagada y allí estuvo
escuchando de memoria, una y otra vez esa puerta –su puerta- que se
cerraba para siempre. Eso no podía haber sido una despedida. Una
despedida de verdad, una importante, era poco más o menos como en
Casablanca cuando Ingrid Bergman sube al avión y Bogart se queda en
tierra. Pero no, a Alfredo y a su insulso adiós ni siquiera le quedaría
nunca París ni ningún otro lugar porque él había cerrado la puerta
diciendo “Me Voy” y no “Este Es El Principio De Una Gran Amistad” y
era casi seguro que todos los mevoys del mundo cuando van seguidos de
una puerta que se cierra son prácticamente irreversibles. En todo esto
pensaba Misteriosa mirando la televisión apagada e imaginando que abría
la puerta y salía corriendo hacia cualquier sitio con despedidas de verdad.
Gabriel salió de la habitación al rato arrastrando los pies y, mirando a
Misteriosa, supo lo que había pasado. Gabriel, que no era tonto, intuía, y
aunque confiaba ciegamente en la lealtad de Misteriosa no podía negarse a
sí mismo que se alegraba con la partida de Alfredo, al que sin embargo
apreciaba. No podía negarse tampoco que era una buena persona y como
hombres tenían cosas en común, entre ellas Misteriosa, pero su presencia
era una continua amenaza para su relación. Esto no lo había manifestado
nunca en alto, lógicamente (era mucho más elegante), pero que lo pensaba
era un hecho y ahora se quedaba mucho más tranquilo. Desde que Marta y
Alfredo habían empezado a salir todos habían sufrido mucho, sobre todo
Misteriosa.
Gabriel se sentó a su lado, miró la tele apagada, cogió una revista y
empezó a pasar las hojas distraídamente. Misteriosa intentó excusar su
desasosiego explicando que estaba preocupada por su hermana. Gabriel
ignoró su explicación y le preguntó si Alfredo había estado allí.
-Sí- contestó intentando de nuevo aparentar indiferencia- ha recogido
sus cosas y se ha ido.
-Vaya, qué pena, no me he despedido de él- Gabriel también mostraba
un sentimiento diferente al que sentía- ¿Crees que le volveremos a ver?
¿Le seguirás llamando?
Gabriel esperaba que ella dijera que no y ella dijo que no, que ya y de
repente poco tenían en común, que qué opinaba él. Gabriel pensaba que
Alfredo era un tipo legal y no le guardaba ningún rencor en realidad, sólo
que lo veía como una amenaza y sufría ante la posibilidad de perder a
Misteriosa.
-Respeto profundamente a Alfredo, pero creo que no era la mejor
opción en este momento para tu hermana- intentó recalcar las últimas
palabras. El “para tu hermana” encerraba implícito un “ni para ti”.
-Ya, supongo, pero ahora no sé ni siquiera dónde está.
Gabriel no sabía a quien de los dos se refería, si a Alfredo o a Marta,
pero intuía que hablaba un poco de los dos. Marta pronto llamaría por lo
menos a su madre y Alfredo quien sabe si con el tiempo recuperarían su
amistad, Madrid es una ciudad muy grande pero tarde o temprano se
acabarían encontrando.
-Sí-asintió de nuevo Misteriosa sin demasiada seguridad.
-Además, volvemos a estar tú y yo solitos en nuestro castillo...- No se
puede decir que la buhardilla fuera exactamente un castillo, pero si bien
era cierto que con la partida de Marta, y sobre todo de Alfredo, ella
despejaría muchas dudas y recuperarían esa vida medio loca de amor que
tenían ella y Gabriel cuando éste último se mudó allí un año y cuatro
meses atrás, desde el día que se besaron y enamoraron en el Retiro.
-Claro- Misteriosa se abrazó a él dándole todo el calor de su cuerpo, la
vida volvía a su cauce.
Ya empezaba a anochecer, apenas hacía un rato que se habían levantado
de la siesta y ya era casi de noche, los días en invierno son tan cortos... Al
pensar en la hora se dio cuenta de que Lucía le dijo que se pasaría por allí
por la tarde cuando saliera del Conservatorio y seguramente estaría a
punto de llegar. Miró por la ventana, empañada y fría como los últimos
días, y vio como todas las personas caminaban deprisa, era la hora de salir
del trabajo y todos estaban deseando llegar a su casa. Ella había acabado
sus estudios en la escuela de fotografía cinco meses atrás y su estabilidad
laboral era prácticamente nula. Dentro de poco se le acabaría la beca en la
revista de moda donde trabajaba como ayudante y luego tendría que
buscar algo más duradero, como todas aquellas hormiguitas que volvían
ahora a su casa, ella necesitaría un empleo con un horario fijo que le
permitiera seguir pagando el alquiler. Gabriel contribuía en todos los
gastos pero sus trabajos tampoco eran excesivamente seguros y si las
cosas se ponían feas tendrían que abandonar la buhardilla, ella volvería a
casa de su madre y Gabriel posiblemente a Gijón con los suyos. Sólo de
sopesar esa posibilidad se le caía el mundo encima, aunque eran muy
jóvenes su convivencia en la buhardilla era lo mejor que les había pasado
a ambos y harían todo lo posible porque siguiera adelante.
Atravesando la plaza vio una figura famélica, larguirucha, una chica
que miraba al suelo con su pelo rubio ceniza lacio cubriéndole el rostro.
Era inconfundible, Lucía siempre andaba encogida, con ese largo y grande
abrigo negro, agachando la cabeza como si quisiera que nadie la
observara, como los avestruces que esconden la cabeza. Andaba siempre
muy deprisa como si alguien la persiguiera y pocas veces se paraba a
saludar a nadie. La vio entrar en el portal y al poco tocaba a la puerta.
-Vaya tiempo más asqueroso, hace un frío que pela...- Lucía nunca
estaba conforme con el tiempo tan variable y extremo en Madrid,
demasiado frío, demasiado calor, demasiada lluvia... En realidad Lucía
casi nunca estaba conforme con nada, era posiblemente la persona más
taciturna que conocía y conocería nunca, pero de alguna forma o de otra la
necesitaba a su lado y no podía estar muchos días sin verla. Supongo que
estar con alguien que siempre ve el mundo tan negro como la noche hace
que el tuyo parezca cuanto menos gris.
-Hola Gabriel- Lucía dejó un montón de partituras que traía en la mano
encima de la mesa y se quitó el abrigo. Debajo llevaba unos viejos
vaqueros negros y un jersey del mismo color que por lo menos había
pertenecido a su abuela.
-¡Hola! ¿Qué tal hoy en el conservatorio?- Gabriel, mientras Misteriosa
miraba por la ventana, había hecho café muy caliente y ahora veía la tele-
¿Quieres un café? Tienes pinta de estar congelada.
-Bueno, pero no me pongas mucho, el café me pone muy nerviosa.
Misteriosa miró a Gabriel con picardía y ambos pensaron que ni todo el
café de Colombia afectaría a aquel ser flemático que tiró su desgarbada y
rubia silueta en el sillón como si le pesara sobre los hombros toda la
desidia del mundo.
-¿Sabéis algo de Marta o de Alfredo?- preguntó el caballero de la triste
semblanza encarnado en mujer.
-De Marta no. Alfredo ha venido antes y se ha llevado todas sus cosas.-
le explicó Misteriosa notando como el vacío de las malas despedidas
empañaba sus ojos.
-¿Y dónde ha ido?
-No tengo ni idea, ha cogido sus cosas, las ha metido en una maleta y
ha dicho “me voy”, sin más. Después ha cerrado la puerta y no ha vuelto,
y creo que no lo hará nunca.
-Qué raro, resulta que al final nos ha salido orgulloso...
¿Se trataba de eso, de orgullo? ¿Alfredo desertaba como un vanidoso
herido? Imposible. Misteriosa podría afirmar que le conocía bien y que él
no era soberbio, si no más bien todo lo contrario. Se había marchado
porque no tenía más remedio, era lo más normal, Marta y él habían roto y
ya no tenía ningún sentido su presencia en esa casa. Lo que no entendía
Misteriosa era porque se había despedido de aquella manera tan fría, tan
impersonal.
-¿Y no tienes su teléfono?- Seguía insistiendo Lucía
-Tengo el teléfono de la casa donde vivía antes, pero sus compañeros
de piso no eran amigos, lo encontró a través de un anuncio y seguro que
ya lo han sustituido por otra persona, al fin y al cabo él y Marta llevaban
aquí ya dos meses... La única forma de verle ahora es ir al Rastro pero
tampoco sabría qué decirle después de la forma en que se ha ido. Igual es
cuestión de tiempo, pero ahora creo que por el momento es él el que
tendría que dar el primer paso si quiere que sigamos en contacto, y la
verdad, sinceramente creo que no le apetece. Misteriosa dijo esto
deseando que no fuera cierto. Sólo el tiempo le podría dar una respuesta.
-XXI-

24 de Diciembre de 1999.
“Estoy tan triste que creo que voy a vomitar” le había dicho unas horas
antes Lucía y ahora, pensándolo, ella también sentía una sensación
parecida. Cuando la tristeza se hace física y se mezcla con los fluidos
corporales es totalmente imposible de evitar.
Era Nochebuena, la peor noche del año para Misteriosa porque
hiciera lo que hiciera y sin razón aparente se sumía en una pena que no
era del todo normal. Para ella el espíritu navideño se traducía en nauseas.
Este año, por lo menos, tenía una causa para sentirse desdichada y es que
su relación con Gabriel, después de tantos años, se había convertido en lo
que precisamente había evitado siempre: el reflejo de la relación de sus
padres. ¿Quizá era así la historia de todas las parejas del mundo? ¿Con el
tiempo todo se volvía gris y vacío en las parejas? Ella se resistía a creer
que las cosas siempre son así y evitaba con todas sus energías resignarse.
Cuando su padre aún vivía, un año antes de que ella se mudara a la
buhardilla recuerda cómo era la convivencia con sus progenitores. Él,
siempre aquejado de sus dolores constantes, y ella enérgica y vivaz. Salía
y entraba con el grupo de flamenco y cuidaba a su marido con dedicación
pero sin pasión. Sus ojos ya no eran esos ojos encendidos que se miraban
con ardiente deseo aquel día que se conocieron en la verbena. Ella, tan
guapa con su vestido de rojo y una toquilla, enamoró al padre de
Misteriosa por su locuacidad y alegría. Él por entonces era un hombre
robusto y bronceado, de seductores ojos negros, andaluces. Era de Sevilla
aunque abandonó la ciudad cuando era aun un crío y se instaló con sus
padres en Madrid donde muchos años después y, por casualidad,
coincidiría con aquella madrileña vestida de encarnao en las fiestas de la
Paloma. Se casaron al poco tiempo, sin casi conocerse y cuando el primer
ardor se suavizó, se miraron con sinceridad y se dieron cuenta de que eran
casi unos desconocidos. Pero en aquella época la gente no se divorciaba,
aguantaba como una prueba de supervivencia. El roce hace el cariño y los
años y dos hijas les enseñaron a mirarse más adentro y a conocerse hasta
el punto de verse reflejados en el cristal interior del otro, hasta adivinarse
todos los reproches y tristezas. El desencanto fue el resultado de desgastar
la juventud, el resultado de limar la alegría de su madre y apagar los ojos
negros, andaluces de su padre.
Cómo le hubiera gustado a Misteriosa conocer a su padre de joven...
pero lo vio famélico y enfermizo toda su vida. Cuando Misteriosa empezó
con los preparativos para mudarse a la buhardilla apareció el cáncer. El
cáncer es una enfermedad terrible. Muchos tienen la fortuna de salir de él.
Otros no. Su padre sufrió mucho, ellas sufrieron mucho; y lucharon, pero
sin éxito. La vida se le extinguió poco a poco, desgastándosele primero la
alegría y luego la esperanza. Su madre traía flores todos los días y abría
las ventanas de par en par, pero cuando un alma no tiene ganas, el cuerpo
tampoco, y su padre se limitaba a sentarse en el sillón mirando al infinito.
Estaba totalmente resignado y sólo esperaba. Los días pasaban
invariables, monótonos. Sólo alguna noche su madre se deshacía en llanto
y súplica, comida por los nervios, pero su marido ya se había rendido. Fue
un proceso muy largo, y al final murió. Ellas, totalmente agotadas
tuvieron que rehacer sus vidas.
Su madre lo enterró según las recomendaciones de su fervorosa familia
política sevillana y cuando sus cuñadas devotísimas le lloraban, cuando
aquel cura con cara de gitano le rezaba, ella vio con claridad que el suyo
había sido un matrimonio de desgaste, con cariño infinito, mucho
aburrimiento y poco amor.
Misteriosa siempre había huido del acomodamiento en su relación
porque en el sosiego se forman telarañas y no quería recoger al final de su
vida un puñado de años vacíos como los de sus padres. Mantener la llama
es difícil porque la desidia se empeña en instalarse en casas ajenas pero
ella siempre había puesto todo su empeño en conseguirlo. Como todo,
habían tenido rachas mejores que otras pero ahora, como una revelación,
veía una verdadera crisis y no sabía como enfrentarse a ella, le flaqueaban
las fuerzas. Y encima era Nochebuena.
En Navidad siempre nos acordamos de los que no están. Su amiga
Lucía estaba tan triste que iba a vomitar había dicho, pero ella no se
sentía mucho mejor. Gabriel se había ido por la mañana y no le había
dicho a dónde de ni a qué hora llegaría. Hizo un par de llamadas, ella le
preguntó y él le contestó con evasivas. Le dio un beso a Misteriosa y se
despidió.
Misteriosa siempre se había creído afortunada en el amor. Gabriel y
ella se habían amado con locura, pero ahora su historia naufragaba. Nunca
es tarde para que a uno le partan el corazón, en realidad Gabriel llevaba
dieciséis años partiéndole el alma poco a poco. Desde aquel primer viaje a
Mallorca enamoradísimos, hasta hoy la había amado con locura, pero
ahora algo había cambiado para siempre.
Hay parejas que se mueren de aburrimiento y otras simplemente se
mueren. Misteriosa una vez le preguntó a un amigo cómo desearía que
fuera su muerte y él le contestó que quería morirse en la cama, abrazado a
su mujer. Abuelillos que viven toda la vida juntos. Eso es sublime. Ellos
hubieran pertenecido a esta categoría de vivir toda una vida sino fuera
porque a Misteriosa le iban a romper el corazón en mil pedazos, a estas
alturas, después de partirle el alma poco a poco durante dieciséis años y
de haberse querido infinitamente hasta la médula o más.
Lucía estaba allí sentada a su lado y se limaba las uñas, una pianista no
las puede tener muy largas. De vez en cuando levantaba la vista con cara
de circunstancias pero no decía nada. Misteriosa lo prefería, porque Lucía
no era precisamente un consuelo, allí, con su hastío vital sobre la espalda,
con sus miradas lánguidas y su tristeza ceniza.
Y ENCIMA ERA NOCHEBUENA.
“Estoy tan triste que creo que voy a vomitar”, le había dicho la
siempre abatida Lucía... Y por una vez parecía que iba a tener razón.
“Estoy tan triste que creo que voy a vomitar” repetía para sí misma
Misteriosa.
Misteriosa tuvo que ir al baño. Se encontraba fatal y sentía que incluso
tenía fiebre. La intuición de quien va a ser desamparado emocional nunca
falla. No tenía ni idea de a qué hora iba a venir Gabriel, sólo deseaba que
llegara ya de dónde estuviera porque tenían que preparar la cena. Marta y
su madre también vendrían a cenar. No tenía ganas, no quería malas caras
ni tensión en el ambiente, así que disimularía un falso entusiasmo
navideño y prepararía una cena suculenta, aunque lo que realmente le
apetecía era hacer unos sandwiches de mortadela con aceitunas. A la
mierda todos.
Misteriosa no aguantaba más, necesitaba actividad y le propuso a
Lucía, que también cenaría allí, ir preparando unos entrantes. Ella accedió
encantada, también necesitaba distraerse; había recibido una carta de su
padre y si bien se alegraba por él, que estaba estupendamente, se
entristecía por ella misma, por su soledad verdadera y su alma de
abandonada. Su padre la había invitado millones de veces, pero ella
siempre rehusaba la invitación, no sabía muy bien por qué. Este año, decía
en la carta, vendría a España para Nochevieja.
Misteriosa pensó que le encantaría estar ahora allí, en la Polinesia, la
vida allí tenía que ser mucho más ligera. Mientras preparaba los cogollos
de lechuga con queso se imaginó medio desnuda paseando por aquellas
playas paradisíacas con Gabriel; su verdadero Gabriel, el que la cautivó
con sus besos y su olor.
Justo cuando estaba pensando en él entró por la puerta, alegre, y
Misteriosa disipó por un segundo todas las dudas de su cabeza, pero
cuando él se acercó a darle un beso, las nubes volvieron a ser de tormenta
porque ella era demasiado intuitiva para saber que esa alegría era tan
fingida como la que sentía ella. El beso de Gabriel había sido tan efusivo
como el de Judas y supo que acababa de sentenciarla. Lo supo. Era
Nochebuena y todos estaban muy tristes. Sólo le quedaba esperar un poco
más.
-XXII-

24 de Diciembre de 1983.
Su madre estaba colocando en la mesa ese horrible mantel blanco con
motivos navideños. Una franja roja rodeaba la tela y en cada esquina
había una bola dorada. Misteriosa estaba tirada en el sillón con un chándal
viejo. Eran las primeras navidades sin su padre y presentía que iba a ser
una noche difícil. Gabriel estaba en Gijón donde iba a cenar con su
familia, habían acordado que la Nochebuena y la Navidad la pasarían
separados y Nochevieja en la buhardilla. Misteriosa odiaba la Navidad.
Iban a cenar las tres solas y seguramente sería muy deprimente. Su madre
se empeñaba en disimular el desencanto y ahora ponía unas velas rojas
sobre la mesa. De la cocina venía un nauseabundo olor a pavo, un pavo
gigante, como si fuera a venir a cenar un ejército, cuando en realidad
estaban ella, su madre y Marta que encima era vegetariana. La muy lista
de su hermana se había escaqueado para librarse de la visita a la plaza
Mayor, tradición a la que había que asistir con una falsa sonrisa para
hacer feliz a su madre, como si aún tuvieran ocho años. Blanca intentaba
negar la evidencia de que su marido había muerto y de que sus hijitas ya
eran mayores.
-Cariño, ¿no te vas a quitar el chándal para salir?
Misteriosa asintió sin apartar la vista de los idiotas que salían en la
tele. Todo el mundo se volvía medio bobo en esas fechas.
Su madre se metió en la habitación y en unos pocos minutos estaba
arreglada. Impecable y maravillosa. Aunque en su interior se moría por la
ausencia de su marido, al que aprendió a querer tarde, lucía una sonrisa
propia de una niña ensimismada con las luces de la ciudad, luces en forma
de campana, de estrella, de acebo...
Se acercó a la cocina para bajar el fuego del horno e instó a su hija
para que se diera prisa.
-Vamos, cielo – el pavo tenía un color dorado estupendo y seguro
que estaba delicioso.- ¿Dónde estará tu hermana? Nos vamos a tener que
ir sin ella. Le voy a escribir una nota para decirle que estamos en los
puestos de la plaza Mayor.
-Vale- Misteriosa seguía el juego de la simulada inocencia de su
madre.- Al dirigirse a la que antiguamente, antes de mudarse, era su
habitación, pasó al lado de la mesa donde iban a cenar y se dio cuenta de
que hacía juego con el mantel, ahora llevaba el pelo más rojo que nunca.
Pensó divertida en colgarse dos bolas doradas de las orejas... todo eso la
desbordaba y tenía que tomárselo con humor.
En su viejo armario todavía conservaba un montón de ropa que
decidió dejar allí para ocasiones como aquélla. Anduvo rebuscando un
buen rato y al final dio con la prenda adecuada, un vestido rojo larguísimo
y abismal, parecido a una túnica pero más ajustado y del color de su pelo.
Se calzó unas botas, el abrigo negro que trajo puesto de casa y un gorro de
lana también negro que había encontrado en un cajón. Se quitó el chándal,
ése que la lluvia torrencial le obligó a comprarse en un viaje con el
instituto a Santiago de Compostela en pleno verano en el que sólo llevaba
shorts. Ese chándal harapiento desteñido por las rodillas, ése, el mejor
chándal del mundo, que la había acompañado en las tardes desmotivadas
sin salir de casa, tardes enteras viendo la televisión.
La primera impresión de su madre fue de desaprobación, casi
parecía una pordiosera con esas prendas tan largas, pero luego se dio
cuenta de que su hija mayor tenía un particular estilo de vestir y en
realidad estaba muy guapa. En los últimos años los jóvenes se vestían con
vestimentas muy extrañas y aunque ella siempre tenía ideas muy abiertas
en torno a todos los temas, pensaba que la moda había perdido mucho del
glamour de aquellas actrices de los años cincuenta que ellas y sus amigas
del pueblo admiraban. Ella y sus amigas, ahorraban y una vez al mes más
o menos pedían a alguien que les llevara al pueblo vecino, más grande y
con más comercios, donde estaba la mercería Mari Loli, y allí compraban
medias de esas que tienen una raya vertical que atraviesa toda la
pantorrilla y que hay que llevar muy recta, como lo hacía Marylin
Monroe. Eso sí que era elegancia, no como ahora, con esos iconos del
rock que iban a pervertir el buen gusto. Igual que las amigas de Marta,
con esos colores chillones y esos pelos. Por suerte su hija pequeña
siempre había sido muy tradicional, demasiado para su edad, y no
entendía cómo podía ir con esas chicas. Seguro que ninguno de los dos
extremos era bueno. Misteriosa en cambio, dentro de su peculiar
extravagancia, era auténtica. Si algo había aprendido Blanca en la vida es
que no es legítimo cortarle las alas a alguien por la fuerza, tantos años de
represión le llevaron a hacerse esa promesa y a cumplirla con sus hijas.
Nunca les había prohibido nada porque sí y las había educado sobre una
base de responsabilidad que en mayor o menor medida habían aprendido.
Su marido, el pobre, siempre enfermo, no era partidario de tanta libertad,
pero casi nunca tenía fuerzas para contradecir a su mujer.
Todos estos pensamientos de su madre los adivinaba Misteriosa con su
poderosa intuición y pensaba que realmente era afortunada por tener una
madre así. Aunque les hiciera salir el día de Nochebuena a dar una vuelta
por la plaza Mayor, en el fondo las costumbres se apoderan de nosotros y
es muy difícil escapar de los cánones estipulados. Si todo el mundo va a la
plaza Mayor a comprar cacas de plástico en Navidad, ellas también.
Salieron de casa y tuvo tentaciones de abrazarla pero se contuvo por el
sentimentalismo del día, si hubiera sido agosto una madre y una hija se
hubieran demostrado su cariño en un afectivo y cálido apretón en el
portal, pero Misteriosa no podía con esa imagen de postal navideña y
simplemente la miró agradeciéndole. Su madre comprendió y asintió
bajando lentamente los párpados.
-¡Vamos!- exclamó eufórica- Esta noche es Nochebuena y mañana
Navidad...- canturreó arrastrándola del brazo camino del autobús. Estaba
claro que en esos días a todo el mundo se le transforma el cerebro en una
pandereta, pero ella no estaba allí para amargarle a nadie -y menos a su
madre- esa noche mágica.
-Saca la bota, María que me voy a emborrachar...- le contestó ella con
guasa
-¡El vino! No lo he comprado. A ver si encontramos una bodega o
algo parecido... Por cierto, ¿Alfredo vendrá a cenar? Como tú hermana
está desaparecida y no dice nada...
Misteriosa sintió el impulso de hablarle a su madre de la bronca que
tuvieron Marta y Alfredo hacía una semana, de su ruptura, de la doble
vida que llevaba su hija los últimos meses, de cómo habían cambiado las
cosas en el país y en su familia, de cómo echaba de menos a su padre y de
cómo sabía que ella también lo añoraba aunque hubiera aprendido a
quererlo tarde; y sobre todo de cómo sentía una irrefrenable atracción
hacía Alfredo, a pesar de que había desaparecido totalmente de su vida por
lo que no, no iba a ir a cenar esa noche, y de como a pesar de todo esto
estaba convencida de su amor infinito por Gabriel.
-No sé-contestó- Su madre jamás entendería todo aquello por muy
hippie que hubiera sido en los sesenta. Misteriosa tampoco sabía dónde
estaba Marta, llevaba una semana sin aparecer por la buhardilla, aunque la
había llamado un par de días para decirle que estaba bien y que no se
preocupara. Pero maldita sea, se preocupaba, porque era su hermana
pequeña y se comportaba como nunca lo había hecho, como una loca
irresponsable y sólo esperaba por favor, que acudiera a la cena, porque si
no a su madre le iba a dar un síncope y la pobre no estaba para que le
dieran patatuses, sino para que sus hijas cantaran con ellas los horrible
villancicos y ella pudiera olvidar un rato que estaba muy, muy sola. Su
madre y su hermana se morían de soledad, ella al fin y al cabo tenía a
Gabriel, y por eso era primordial que pasaran esa noche las tres juntas.
En la Plaza Mayor estaba la Navidad en plena ebullición y lo que
más le gustaba de ese lugar era la mirada iluminada de las personas: los
niños de ojos soñadores de regalos, los ojos codiciosos de los
comerciantes, la mirada censuradora y suplicante de los sin techo que
vagabundeaban por los alrededores, ojos de borrachos, de religiosos...
todos titilaban como las estrellas.
En uno de los extremos de la plaza había un espacio dedicado a los
árboles de Navidad, Gabriel el año anterior protestaba por el asesinato
indiscriminado de esos árboles, y cuando acabaron las fiestas fue casa por
casa en el barrio recogiendo los árboles naturales de las familias y los
replantó con su amigo Pedro, el del vivero. Ambos eran unos apasionados
de la naturaleza. Le echaba de menos, estos días lo había pasado muy mal
y lo necesitaba a su lado, pero él ya se había comprometido con su familia
y era comprensible. Habían hablado por la tarde y su voz sonaba dulce y
cariñosa en la distancia, cuando volvía con su familia se le pegaba un
poco su olvidado acento asturiano y a Misteriosa le parecía irresistible y
maravilloso. Le contaba las suculentas delicias de marisco que su madre
había preparado para cenar y a ella se le hacía la boca agua, sobre todo
pensando que ella tendría que digerir un pavo relleno que se quemaría si
no regresaban pronto a casa. La cena de Nochebuena de Gabriel prometía
ser mucho mejor, tenía dos hermanas y un montón de primos y siempre
organizaban unas buenas jaranas, donde la sidra, por supuesto, circulaba
en abundancia. Arturo también era asturiano, pero de Oviedo y Misteriosa
pensaba cómo estarían sus padres, cómo se debe pasar cuando se ha
muerto un hijo tan joven. Y en Marta, dónde estaría, Misteriosa deseaba
que estuviera en casa esperándolas, con una sonrisa puesta aunque se
sintiera tan mal como los padres de Arturo.
El paseo por el centro fue corto y ya regresaban, hacía mucho frío y no
apetecía seguir en la calle. Misteriosa durante la vuelta seguía pensando
en Gabriel y en los padres de Arturo, en Marta que maldita sea dónde
estaría, en su amiga Lucía que fiel a su apatía crónica ni siquiera iba a
cenar, en todos sus demás amigos y amigas y por supuesto en Alfredo y
sus despedidas incompletas. ¿Cómo celebraría Alfredo la Nochebuena? Se
daba cuenta que le conocía desde agosto y ni siquiera había compartido
una Nochebuena con él, qué esperaba, por qué tanta melancolía por un
hombre al que apenas conocía, por qué tanta amargura al despedirle. A
veces solamente nos hace falta un verano para embelesarnos con una
historia fascinante, perfecta, y nos agarramos al tiempo que nos queda
para recordarla, preguntándonos qué tuvo aquello de especial. En las
manos de cada persona está inventarse una respuesta. Misteriosa tenía la
sensación de que con Alfredo todas las cosas eran como sus despedidas,
incompletas, sentía esa desazón que dejan las cosas inacabadas y dudaba
si alguna vez habría un final sellado y definitivo, o si por el contrario esa
historia estaba condenada a entrar en la categoría de anécdota y se
deshilvanaría con el olvido.
Misteriosa tenía mucho frío, y no sólo porque en la calle había muy
pocos grados, sentía un frío interior, como si un ser con un aliento gélido
le estuviera soplando en los huesos. Era un frío premonitorio, una señal de
que algo iba mal. De repente le entraron unas ganas irrefrenables de llegar
en seguida a casa, de salir corriendo hacia algún sitio pero no sabía hacia
dónde.

***
Ella con su hermana tenía esa especie de sexto sentido que se dice que
tienen los gemelos aunque no lo fueran y sabía que Marta estaba en
peligro. Agarró a su madre del antebrazo, en un gesto de encogimiento
para calentarse e inconscientemente aceleró el paso, estaban a unos cinco
minutos de Serrano. Blanca notó el cambio repentino de su hija y
enmudeció, no podía comprender pero se dejó llevar por esa mano que le
apremiaba. Ambas anduvieron varias calles en silencio hasta llegar al
portal. Blanca estaba exhausta e hizo un pequeño receso en el rellano para
coger aire.
-Misti, hija, me has traído casi corriendo...- dijo esa madre que
empezaba a impacientarse.
-Lo siento- Misteriosa intentó sonreír pero un nudo en el estómago se
lo impedía- Abre, por favor.
Blanca obedeció y vio que todo estaba tal y como lo habían dejado, a
oscuras y además con un rico olor a pavo. Entró en la cocina y se
embriagó un poco más con ese aroma, el pavo ya estaba listo y apagó el
horno. Cuando iba a llamar a su hija para que lo viera, ella se le adelantó
desde el baño con un espantoso grito. Corrió hacia allí y cuando llegó vio
a su otra hija, su pequeñina, totalmente inconsciente con un fino hilo de
sangre en la comisura de sus labios, tendida en un lecho de pastillas.
Blanca no pudo soportar el peso de su cuerpo sobre sus piernas
temblorosas y se lanzó al suelo abrazando a Marta llorando. Misteriosa
reaccionó y llamó al hospital.
La ambulancia tardó diez minutos.

***

Blanca estaba en una habitación tumbada y prácticamente sedada, le


habían dado un montón de calmantes y tranquilizantes de todo tipo.
Misteriosa estaba en una sala de espera, sentada en una de esas incómodas
sillas mirando fijamente las paredes asépticas del hospital hipnotizada por
ese verde indefinible. El médico tardó poco en salir, no hay muchas
urgencias en Nochebuena, y se sentó a su lado. Le explicó que le habían
hecho un lavado de estómago y que se había salvado, pero que era un
claro intento de suicidio. Le comentó con ese tono tan profesional y
asquerosamente neutro que tienen los médicos que en la clínica había un
servicio de psicólogos a su disposición y que si ella sospechaba de algún
motivo por el que su hermana quisiera quitarse la vida. Claro que lo sabía
pero él no entendería que a veces las personas mueren de tristeza. Su
hermana había perdido a su verdadero amor en un accidente de moto y
para ella la vida ya no tenía ningún sentido.
-No- se limitó a contestar levantando los brazos- las Navidades
deprimen a cualquiera...
-Ya, pero no tanto como para querer matarse- el doctor sabía por
experiencia que los familiares de casos como aquel solían reaccionar con
sarcasmo y se guardaban el dolor muy dentro. Aquel hombre de bata
blanca pareció humanizarse y apoyó la mano sobre la rodilla de
Misteriosa.- Tu madre estaba muy nerviosa y le hemos suministrado unos
calmantes, cuando esté más tranquila le diré a la psicóloga que vaya a
verla a su habitación.
Misteriosa miró la mano del doctor sobre su pierna, una mano grande
con una pelusilla de vello en las falanges, una mano que operaba y salvaba
vidas y le estuvo enormemente agradecida. No dijo nada pero le miró a los
ojos, azules como una pecera, y le sonrió, porque al fin y al cabo debajo
de esa bata impecable también había un hombre que seguramente tenía
hermanos y muy a su pesar era Nochebuena y le tocaba hacer guardia para
socorrer a adolescentes que morían de tristeza.
La Navidad en un hospital sin duda era peor que en casa con pavo
relleno, tenía ganas de llamar a Gabriel y oír de nuevo su voz cálida y
cariñosa en la distancia pero no lo hizo porque él se merecía disfrutar de
su Nochebuena bañada en sidra, así que esperaría allí sentada en esa
incómoda silla, mirando las asépticas paredes verdes y observando a los
demás familiares de esa sala que tampoco podrían disfrutar de los
horribles villancicos.
-XXIII –

Misteriosa abrió la puerta.


-¿Cómo puede ser tan hijo de puta de abandonarte el día de Fin de
Año?- Dijo Melania que se había dado unas visibles mechas azules en el
pelo.
-Y su cumpleaños- replicó Lucía.
-¿Quéeee?- Aunque llevaban mucho tiempo trabajando juntas Melania
nunca recordaba cuando era el cumpleaños de la gente. Su gesto entre
indignación y preocupación fue bastante gráfico- No me lo puedo creer.
Bueno, ¿sabes qué? ¿Cómo es eso que dicen? “Año nuevo, vida nueva”
¿no? Pues este año encima que estrenamos milenio el cambio deba ser más
radical todavía.
Melania siempre arreglaba las cosas así. Lucía quiso explicarle que en
realidad para los expertos el milenio comenzaba en el 2001 pero ese no
era el momento de aclarárselo.
Misteriosa se dirigió a la ventana
-Veo que no te convencen mucho mis argumentos- Melania intentaba
llenar el vacío de la habitación- es que de verdad, me cuesta tanto
creérmelo...
-Ningún hombre merece la pena- dijo Lucía tan positiva como siempre.
Misteriosa miró a través de los cristales, empañados por el frío. No
había nadie en la calle, sólo la desolación que acompaña siempre al último
día del año.
Gabriel se había ido sin dejar ni una nota, una explicación.
Simplemente se había llevado su ropa del armario y vaciado la parte de la
estantería del baño que le correspondía. Ya no había cremas de afeitar, ni
cuchillas, ni su colonia... El único aroma que ahora había era el de la
ausencia de su cuerpo.
“Ningún hombre merece la pena”. Las palabras de Lucía resonaban
en su cabeza como tambores africanos en medio de un cañón de montañas.
Ella cumplía cuarenta años. Dentro de unas horas entraba el año 2000 y
ella cumplía cuarenta años, unas coordenadas muy especiales. Cerraba los
ojos e intentaba recordar tantas Nocheviejas celebradas con Gabriel,
tantos cumpleaños. El escenario era el mismo pero esa noche no tenía más
remedio que brindar con la botella vacía. En la calle no había nadie.
Tampoco Gabriel que volvía con un regalo para ella. No, él se había
llevado toda su ropa y su colonia, su olor, la otra mitad de la fragancia
que había estado allí durante más de dieciséis años.
En el vacío de sus pensamientos sonó un timbre. Varias veces.
Misteriosa no volvió a la realidad hasta que Lucía le preguntó:
-Misti, ¿Abro yo?
¡Estaban llamando a la puerta! Le dio un vuelo el corazón y sintió un
breve instante de esperanza, y breve porque la persona que llamaba a la
puerta no era Gabriel, sino Lucrecia. Tenía la impresión de que esa noche
su casa se iba a convertir en un circo de personajes que intentarían
animarla pero ella lo que realmente necesitaba era una solución para la
soledad repentina y muy pocas personas en el mundo conocen esa fórmula.
Lucrecia, como siempre, llenó el espacio en seguida con su presencia.
Llevaba un abrigo de pelo color verde aguamarina a juego con la sombra
que llevaba en los ojos.
-Misti, cariño, no me puedo quedar mucho tiempo porque tengo una
gala de Nochevieja.
Lucrecia aparecía una vez más, esporádica y fugaz, pero fue como una
inestimable bocanada de aire fresco. Melania dirigió una mirada a ese
travesti de casi dos metros, una mirada entre sorprendida y lasciva.
Aunque Misteriosa conocía a ambos hacía muchos años nunca había
surgido la ocasión de que coincidieran en ningún lugar. Melania se
presentó con la seguridad y descaro que la caracterizaban.
-Yo soy Lucrecia, la reina de los saraos- le contestó dando un gritito-
Me encantan tus mechas, son divinas.
Notó enseguida la fascinación entre Lucrecia y Melania, eran de ese
tipo de personas que se atraen al margen de sexualidades y ambigüedades.
Lucía en cambio se encontraba muy incómoda con la presencia de
Lucrecia y aunque se conocían nunca habían acabado de encajar. De hecho
ella siempre le llamaba Antonio, su verdadero nombre, manteniendo la
compostura y hablándole con toda seriedad. Misteriosa lo había visto
pocas veces en su papel de Antonio y realmente lo prefería como
Lucrecia. Por el día era una persona más apagada, con un color terráqueo
en la cara, entre marrón y gris, y por la noche era vitalidad y
fosforescencia, era una explosión de color y chispa.
Era una escena ciertamente cómica ver allí reunidas a personas de
calaña tan diferente, y si no fuera porque Misteriosa tenía el corazón roto
resultaría una peculiar forma de pasar la Nochevieja y también su
cumpleaños.
Lo raro es que su madre aún no hubiera pasado por allí ni hubiera
telefoneado. No sabía nada de lo de Gabriel y lo normal es que fuera a su
casa a llevarle algún regalo y a desearle buena noche, porque ya hacía
muchos años que no la celebraban juntas. Marta siempre venía a pasar la
Nochebuena y la Navidad pero luego se volvía a Sevilla. La Nochevieja
era menos familiar y hace tiempo que cada una la pasaba por su lado. En
el cortijo de Sevilla su tía siempre montaba unas fiestas por todo lo alto
en la bodega e invitaba a mucha gente. Ella había ido un par de veces con
Gabriel y eran divertidas. Su tía era muy habilidosa y hacía unas
decoraciones temáticas que hacían el gusto de todos los invitados. Además
preparaba una suculenta cena para más de treinta personas entre familiares
y amigos y durante toda la noche organizaba juegos y concursos para
amenizar la fiesta. Misteriosa y Gabriel un año tuvieron que ir disfrazados
para la ocasión y eligieron Romeo y Julieta. Fue una gran noche y todo el
mundo disfrutó muchísimo. Aquel año, con la entrada del 2000, tenía
preparada una gran sorpresa y Marta estaba expectante. Si algo le gustaba
a Misteriosa de las fiestas de su tía era lo feliz que hacían a Marta. Sus
ojos vidriosos se volvían por una noche más llenos de luz y gozaba como
una más de los asistentes. Todo el mundo la cuidaba y la colmaba de
atenciones. Las drogas habían debilitado su alma y la habían convertido
en una niña, en una niña frágil e ingenua.
Su madre también había estado el año de los disfraces, vestida de una
Cleopatra algo avejentada pero espectacular, pero ése año había decidido
recibir al 2000 en una de esas fiestas de viudos y separados que solía
frecuentar. A Misteriosa le parecían deprimentes pero Blanca en varios
años había cosechado amistades entre esas personas y se lo pasaba en
grande. Siempre estaban organizando viajes y otras historias. Cualquier
excusa para relacionarse y no sentirse solo. Ese año además, iba a acudir
por primera vez a una reunión de ese tipo el padre de Lucía. Después de
quince años se había cansado de las Nocheviejas aborígenes y había
regresado de Tahití a recuperar el tiempo perdido con su hija. Ella estaba
recelosa pero contenta y Misteriosa recuperó como un flashazo las
ensoñaciones que tenía de joven emparentando a su madre con el padre de
Lucía. Era un hombre totalmente diferente, maduro y centrado y su
propuesta de empezar de nuevo, aunque tarde, parecía ser totalmente
sincera. En Tahití había pintado mucho y le regaló a Blanca un cuadro,
una marina anaranjada, una preciosa playa del sur con varias cabañas de
madera donde seguramente él había hecho realidad muchos de sus sueños.
Quizá esas antiguas locuras de Misteriosa ahora no eran tan inverosímiles
y podía surgir entre ellos un amor tardío.
¿Cuándo se hace demasiado tarde para recuperar un amor? ¿Podría el
hombre ideal regresar de Londres como ahora regresaba el padre de
Lucía? Misteriosa volvió a la realidad. Gabriel se había ido. No sabía qué
pérdida sentía más, si la del amor platónico en el pasado o la del amor
verdadero ahora. Supongo que una venía unida a la otra y la última, como
era más palpable, se hacía más dolorosa. Y para colmo su casa estaba
llena de personas que venían a recordarle, sin quererlo, su recién
estrenada soledad. Todo le parecía tan extraño... No era el estilo de
Gabriel irse así, sin avisar, sin dar ningún tipo de explicación. Él era
mucho más delicado y siempre había tenido la fortaleza de serle franco a
Misteriosa, no tenía dobleces, ni oscuridades, era transparente y directo.
Pero ahora en el último momento la traicionaba y la dejaba inmersa en un
mar de dudas, como se suele decir alegóricamente. Primera duda: ¿Qué o
quién le había arrancado de sus brazos? Misteriosa no tenía ninguna
sospecha, ni el más mínimo indicio de respuesta. ¿Habría otra mujer?
Gabriel siempre había merodeado por la zona de juego a tres bandas pero
nunca de forma peligrosa ni preocupante. Él siempre se había recreado en
darle celos, pero siempre como un juego de tira y afloja sin daños
perjudiciales. Quizá aquello era más serio de lo que parecía y ahora se
había materializado. La había dejado sola. ¿Con quién y a dónde se había
ido? Eran bastante remotas todas las hipótesis que se le ocurrían. ¿Había
sido infeliz durante dieciséis años, cuatro meses y veinticinco días? Se iba
a volver loca si seguía intentando encontrar la respuesta.
El teléfono le hizo desconectar al fin de estos pensamientos. Era su
madre. Ya era hora. Cuando estaba a punto de soltarle todo, de vomitar
como un volcán todas las cavilaciones que acababan de pasar por su
mente, decidió no decirle nada y actuar como si no pasara nada. Le fue
difícil pero no era justo arruinarle la noche y se merecía empezar bien el
milenio (dijeran lo que dijeran los expertos para Misteriosa si empezaba el
nuevo milenio, es más, empezaba una nueva vida). Le deseó una buena
noche a su madre y colgó el teléfono temblando. A los pocos minutos,
cuando ya se había repuesto volvió a sonar. No se imaginaba quién podía
ser y tuvo el temor de que fuera Gabriel para justificarse pero no estaba
muy segura de querer oírle.
Era Susana. No se acordaba que había prometido que llamaría. Estaba
pasando las vacaciones con su marido y sus tres niñas en Euro Disney. A
ella tampoco podía decirle nada, seguro que narraba su triste historia por
todo el parque temático, aunque no supiera francés. Así que de nuevo tuvo
que disimular una felicidad inexistente, ya se lo contaría todo a su vuelta.
Susana finalmente había tirado todos los vídeos y recortes que tenía de
John John Kennedy y había puesto los pies sobre la tierra, aunque con ello
su cara se había vuelto más apagada y cetrina. Misteriosa se preguntaba
cuánto puede influir en una persona la privación de las fantasías.
-XXIV-

31 de diciembre de 1983. Una carta sin remitente. Matasellos de


Inglaterra.

Querida y ahora lejana Misti:

Me fui tan rápidamente que no pude asimilar las cosas, te pido


disculpas infinitas por irme de esa manera, sin hablarte. No sé si habrás
intentado buscarme o si me guardas rencor. Estoy en Londres y he tardado
muy poco en instalarme. Aquí todo es diferente y me encuentro algo más
tranquilo. Todo es cuestión de tiempo y perspectivas. Cuando las cosas se
asienten y lo vea desde la distancia podré darte explicaciones más claras.
A ti y a Marta, aunque no sé si ella las necesita. Me he enterado de lo que
pasó en Nochebuena y no me lo podía creer. Hablé con tu madre antes de
venir, estuve en casa de unos amigos un par de semanas y no sé como
consiguió localizarme. Estaba muy afectada y enfadada y en el temblor de
su voz adiviné un odio comprensible. Por favor, no le expliques nada, no
le digas que fue Marta quien. Permítele que siga creyendo en su hija y
permítele el beneficio del rencor. Hacia mí será más fácil y ahora estoy
lejos. ¿Cómo está Marta? Me preocupa, ¿te ha preguntado por mí? Me
siento culpable y no sé qué podría hacer, aunque más bien creo que no
depende de mí. Sabes que no he huido, que haría cualquier cosa por ella
pero ella no me quería a su lado, no me necesita ¿Lo sabes, no? No te
puedes imaginar lo raro que se me hace todo. Dile de mi parte que es
maravillosa y que no deje que esas porquerías que toma la destruyan, que
la quiero. Y tú cuídala, sé que lo haces, como hermana mayor. Tú no me
odias ¿verdad? Dime que no por favor... Conociéndote seguro que no.
Londres es increíble, te encantaría. Debes hacer un viaje alguna vez. A
mí me gustaría volver a verte, ven cuando quieras. Me encuentro un poco
solo pero presiento que esta ciudad me va a ofrecer muchas posibilidades.
En cada esquina respiro una oportunidad (o eso me hago creer). Quiero y
necesito mirar hacia adelante y encontrar un nuevo camino. Lo único que
me pesa en esta ciudad lluviosa en la que anochece a las cinco es no
poder verte.

Siempre y nunca tuyo.

Alfredo.
P.D: Creo que esta carta llegará alrededor del día de tu cumpleaños,
así que muchas felicidades y que empieces el año con nuevos horizontes.

***

4 de enero de 1984. Matasellos de Inglaterra. En el remite una


pegatina de algo parecido a una bellota. Dentro, una recargada postal
navideña. (Los ingleses son tan melindrosos para esas pequeñas cosas...)
Un Papá Noël sonriente sostenía un saco con las palabras “Happy New
Year” escritas en letras doradas. Misteriosa no había contestado a la
anterior carta porque no sabía muy bien qué escribir y hasta mucho tiempo
después no lo sabría. Abrió la tarjeta:

Querida y cada vez un poquito más lejana Misti:

Pienso muchas veces en ese beso que nos dimos poco antes del diluvio.
Tus labios de seda fueron como un bálsamo que suavizó lo que estaba por
venir. Después no hubo tiempo de conclusiones, ni verdades, ni
confesiones, pero todo queda dicho y condensado en ese segundo. Y
sellado. Fue la despedida que no tuvimos. Ahora, no sé por qué –será por
soledad- necesito tus palabras. ¿Por qué no me escribes?
Londres sigue siendo increíblemente bonito y triste. Anochece
pronto.

Siempre y nunca tuyo


Alfredo
P.D: ¿Cómo está Marta? Me gustaría escribirla pero no me atrevo, si
te decides a escribirme pregúntale si le gustaría. Dale un abrazo de
invierno y dile que se cuide mucho.

***

15 de enero. Matasellos de Inglaterra. Una pegatina azul: “BY AIR


MAIL. Par avion”. Era un sobre más abultado de lo normal. Traía algunas
fotografías. Misteriosa al final había escrito a Alfredo una carta
descafeinada. Había una foto del Tower bridge, iluminado. El agua con
reflejos de luna. La carta que envió Misteriosa se parecía más a la
sensación de comer macarrones recalentados que a una carta de amor, ni
siquiera fue una carta con un mínimo de afecto. En otra foto estaba
Alfredo debajo mismo del Big Ben, con un abrigo muy grueso, una
bufanda y un gorro enfundado hasta las orejas. Apenas se le veían los
ojos, esos enormes e increíbles ojos verdes. “Marta está bien. Estuvo unos
días en el hospital le hicieron un lavado de estómago y a casa... Fue muy
duro...”. Una fotografía era de Hyde Park. Alfredo estaba haciendo el
tonto debajo de una estatua de Peter Pan. “Me ha preguntado por ti, dice
que fue un poco cruel contigo y que te hizo sufrir sin merecértelo. Sí le
gustaría que le escribieses...”. Por último una foto de Picadilly, esa mítica
plaza donde se erige una estatua de Eros. El resto de la carta de
Misteriosa era un despropósito, una intención de echar los balones fuera,
de desviar la cuestión. LA CUESTIÓN. A parte de las fotos había una
respuesta a esa carta insípida de ella:

Queridísima Misti:

No sabes la alegría que me dio recibir tu carta. Tienes razón diciendo


que cada acontecimiento tiene su momento. Con esta sentencia tan
verdadera, sin más aclaración, intuyo que me consideras agua pasada. Lo
entiendo, aunque me cuesta. Supongo que en algo nos equivocamos y me
consuelo pensando en lo bonito que pudo ser. Perdona mi sinceridad
descarada, pero supongo que la distancia da voz a los tímidos... Sólo me
gustaría saber si tú...
Ya me voy acostumbrando a esta magnífica ciudad. Me recuerda a
Madrid cuando quiero y me parece totalmente distinta cuando no quiero
acordarme, todo un lujo ¿No te parece? He encontrado trabajo de
profesor de español. No pagan mucho pero puedo mantenerme. Intentaré
buscar otro empleo, pero no me quedará ya tiempo para disfrutar. Me
encanta pasear por el río y pararme en cada puente cinco o seis
minutos…
¿Cómo está Marta? Estoy escribiéndole una carta pero desecho cada
hoja porque me parece patética. No sé qué decirle, bueno, sé muchas cosa
qué decirle pero no cómo decírselas. Busco la mejor manera y todas me
parecen absurdas. ¿Crees que querría venir aquí unos días?
Por favor, no me olvides. Un abrazo.

Siempre y más que nunca, nunca tuyo

Alfredo.

***

30 de enero de 1984. Matasellos de Inglaterra. En el sobre sólo había


una postal de Portobello y escritas unas pocas líneas.

Querida y amada todavía (si me lo permites) Misti:

¡Te indignaste! Te hablé de que yo era para ti agua pasada y tú te


indignaste porque estaba cuestionando tu amistad. No es eso, Misti, ya sé
que eres mi amiga y lo serás mientras el cuerpo aguante, lo que te
preguntaba era otra cosa (que yo ingenuamente veía muy clara pero creo
que me equivoqué). Igual te falta valor para contestarme...
Pero qué tonto soy, según escribo me doy cuenta y retiro todo lo
anterior. No importa que no me contestes, creo sinceramente que esto no
es justo para ti, no puedo ponerte en el compromiso de que me digas si
sientes o sentías algo especial por mí porque ambas respuestas son
demoledoras. No tengo derecho a complicarte la vida. Sólo me gustaría
que siguiéramos siendo amigos y nos escribiéramos si te apetece.
Hoy sólo te mando esta nota... Soy un loco... Otra vez he cambiado de
opinión. Yo creo que aunque sea un poquito... si no por qué me habrías
dado ese beso en el que no paro de pensar... contéstame la verdad, por
favor.

Siempre tu amigo...

Alfredo.

***

Misteriosa contestó a esta carta y lo hizo con el corazón. Le mandó una


carta llena de verdades y tan llena de incertidumbres como lo había sido la
suya. En ella le decía que sí había sentido algo por él, un sí con letras
mayúsculas, pero que no lo podía calificar ni definir. Le decía que
guardaba sus cartas debajo del colchón para que no las viera Gabriel y que
le parecía fatal hacer eso, que Gabriel sabía que le escribía y sospechaba
lo que ocurría pero la amaba demasiado como para pasar por alto sus
titubeos. Él no pedía explicaciones, simplemente la quería sin condición y
ella le quería, le respetaba, le cuidaba y le amaba en definitiva porque un
año, cinco meses y tres días antes de esa carta, una tarde de lluvia, él la
besaba como nadie en su corta vida la había besado y quizá se equivocaba,
pero tenía mucho tiempo por delante para rectificar. Si la distancia da voz
a los tímidos el tiempo cura todas las heridas, según dijo alguien alguna
vez, así que a lo mejor era cuestión de eso, de tiempo, el encontrar una
respuesta. De todas formas siempre gastamos nuestros esfuerzos en
redondear nuestras historias de vida, en que todo quede atado y bien
atado, por qué tener las cosas siempre claras, por qué no permitirnos el
lujo de dudar, experimentar, equivocarnos, aprender... Cuál es el sentido
de esa imperiosa necesidad de seguridad, la vida más bien son pegotes
salteados de felicidad, de tristeza, de indecisión... En esa carta, Misteriosa
dejaba las puertas abiertas a cualquier posibilidad, y una vez que se puso
a escribir, le transcribió como había sido todo el verano y como llegó a
sentirse medio perdidamente enamorada de él (que resultaba ser un
magnífico genio moderno de ojos increíblemente verdes con lámpara
mágica perdida en el Rastro) a pesar de estar no medio, sino totalmente
enamorada de otro chico. Alfredo no entendía nada pero esa locura era
precisamente lo que le gustaba de Misteriosa, esas reflexiones interiores
reflejo de un mundo propio, inventado a partir de recortes, porque la vida
está hecha a base de trozos de película, de canciones, de cartas como ésta.
Lo malo de esa carta es que incluía una mala noticia y era que
Marta no estaba bien, no había conseguido superar su adicción a las
pastillas y ahora tomaba incluso sustancias más fuertes. Seguía viviendo
con sus compañeras de la facultad, y muchas noches dormía en la
buhardilla o en casa de su madre que se moría de preocupación por ella.
Su vocación por la pintura se había transformado en una serie de cuadros
siniestros en los que el negro era la base principal y ya casi nunca iba a la
facultad. “Recibió tu carta, pero según me dijo la quemó sin ni siquiera
leerla... No se lo tengas en cuenta”
La carta, larguísima, terminaba con unas palabras cariñosas que no
se parecían en nada a una despedida, si no más bien a un abrazo. Las
despedidas incompletas habían terminado, se abría la puerta que se cerró
hacía poco en la buhardilla detrás del “me voy” y las letras sonaban a Este
Es El Principio De Una Bonita Amistad... Parecía que detrás de esa carta
iba a haber más.
Y las hubo. Muchísimas cartas, durante varios años. Cartas alegres,
tristes, melancólicas, lejanas...
-XXV-

Un vez Rubén le dijo que los sueños están para intentar hacerlos
realidad, si no, no valen de nada. O al menos, para mí, no valen de nada,
le dijo. Misteriosa lo recordaba perfectamente. Fue una noche en que los
dos amanecieron en la terraza de la buhardilla, estuvieron toda la noche
hablando y bebiendo vino. Antes hablaban mucho, antes de que Rubén se
fuera a Italia a casarse con la loca paranoica; eran como su hermano
mayor. Por entonces, cuando ella era mucho más joven, tenía la cabeza
llena de pájaros y quería viajar por todo el mundo y fotografiar los
lugares más hermosos de la tierra. Siempre tenía la mente puesta en esas
aspiraciones, era una idealista en esencia y creía firmemente que el mundo
podía ser mejor. Con el tiempo le empezó a flojear la voluntad, y la vida
le fue dando unos golpes que irremediablemente le cosieron los pies al
suelo, igual que Wendy le cosía la sombra a Peter Pan, a ella, la realidad
la amarraba a la desilusión. Fue también Rubén quien le dijo que un cínico
es un romántico desencantado. Ella se había convertido en una romántica
desencantada. Seguía soñando despierta, pero se daba cuenta de que su
forma de soñar no era más que una manera de sobrevivir; ante los
problemas de la vida diaria, la rutina, el aburrimiento, lo único que le
quedaba era evadirse. La imaginación era simplemente una forma de
supervivencia.
Estaba allí sentada en su sillón y no sabía el rumbo que iba a tomar
ahora su vida. Se tumbó y subió las piernas hacia arriba, era una buena
posición para mejorar la circulación, decían. Se miró sus pies. NO TENÍA
NI IDEA DE QUÉ DIRECCIÓN IBA A TOMAR AHORA SU VIDA.
Gabriel la había abandonado sin ninguna explicación. Movió los dedos de
los pies y bajó las rodillas hacia el pecho. Intentó recordar un cuento que
oyó una vez...

“Un niño le pregunta a su abuelo:


-Abuelo, ¿para qué sirve la utopía?
El abuelo le contestó:
-¿ves la luna? Pues intenta alcanzarla.
El niño corrió, saltó pero no llegó. Como veía que no llegaba cogió
carrerilla y saltó más fuerte, pero tampoco pudo coger la luna. Antes de
darse por vencido cogió más carrerilla aún y saltó mucho más fuerte. Así
muchas veces. Cuando estaba un poco fatigado fue donde se encontraba
el abuelo y éste le dijo:
-La utopía es como la luna, que aunque está lejos y parece
inalcanzable nos invita a seguir intentándolo, a seguir avanzando, a
seguir avanzando...”

Salió a la terraza. No veía la luna, había muchas nubes y sólo se


adivinaba su resplandor por detrás de una de ellas. Era un cielo extraño,
debía ser una noche parecida a la noche en que ella nació cuarenta años
atrás, llena de misterio. Cuarenta años y unos días. Se podía decir que no
había empezado el nuevo año con buen pie, aunque mirándolo desde otro
prisma tenía frente a ella una abanico de posibilidades que jamás había
sospechado. Estaba triste, muy triste. Gabriel la había abandonado sin
ninguna aclaración y sentía una tristeza aguda, física, le dolía el alma. Le
pesaba la soledad porque sabía, estaba completamente segura de que él no
iba a volver. Le pesaba la soledad.
Era la noche de Reyes, una noche singular, una noche para pedir
deseos. Miró hacia donde se adivinaba que estaba la luna y pidió un
deseo. De repente sintió un escalofrío, era una noche fría de enero, y fue
como una señal de que su petición se iba a cumplir. Y misteriosa creía en
las señales.
Llenó un cubo con agua, para que bebieran los camellos, como hacía de
niña y se sentó un rato a esperar a ver si veía la estrella de Oriente que
guiaba a los sus majestades los Reyes Magos. Sintió frío en los pies y se
dio cuenta de que no se había calzado, seguro que pillaba una pulmonía,
pero le daba igual. Esa sensación le hacía sentirse viva, y por el ligero
congelamiento de sus pies notaba como se iba borrando el cinismo de su
cuerpo. Ella siempre había creído en la magia.
Miró al cielo con la esperanza de ver alguna estrella titilando pero con
tantas nubes era difícil. El cielo, pudoroso, ocultaba todas sus maravillas.
Notaba en su espalda las ramas de la silla de mimbre donde estaba
sentada y el frío en los pies. Se tapó con una manta y se acurrucó mirando
hacia arriba con los ojos encendidos como farolas de medianoche. Deseo
apareció de detrás de la cortina, con sus achaques, estaba tan viejo que no
pudo ni subirse a la silla. Misteriosa le acarició varias veces el lomo. Los
ojos de los gatos por la noche son como dos luceros extraños. Ella quería
que Gabriel abriera la puerta y los besara, pero eso no iba a ocurrir y
Misteriosa se refugiaba en la compañía de su gato, silencioso y leal.
Deseo amortiguaba un poco el peso de la soledad.
No tenía sueño. Desde pequeñita se había acostado muy pronto la
noche de Reyes. Ella y su hermana Marta se acostaban juntas y
cuchicheaban y miraban por un agujerito que había en el techo para ver si
venían a los magos de Oriente. La excitación les impedía dormir pero al
poco tiempo caían rendidas hasta la mañana siguiente en la que se
levantaban con la mayor de las ilusiones dibujada en el rostro. Pero ya no
tenía ocho años, y tampoco tenía sueño. Quería pasarse toda la noche en
vela, la pasaría allí, en la terraza. Quería ver la magia deslizándose entre
los hogares.
Entró a ponerse unos calcetines y para evitar la tentación de dormir
cogería un libro; echó un vistazo a la estantería y sin ninguna duda se
dirigió hacia un ejemplar: el segundo tomo de Las mil y una noches. Lo
acarició entre sus manos y fue otra vez a la terraza, a la silla de mimbre, a
la misma posición de espera. Pasó la mano por la tapa del libro y lo abrió
al azar. Página mil ciento cincuenta y tres:
“Se cuenta que en la ciudad de Damasco, allá en el país de Scham,
había un joven mercader tan bello y atractivo, que ni una sola de las
compradoras que acudían a su tienda, en el mercado, pudo resistir a su
maravillosa belleza. Y en verdad que era un placer para los sentidos y la
condenación para el alma de quien lo contemplaba.”
¿Era una casualidad haber abierto el libro precisamente en ESE
párrafo? ¿No había en su corazón el recuerdo de un joven mercader? La
magia existe, y su querido y lejano GeniodeOjosVerdes aparecía de nuevo
en las páginas de ese libro.
Siguió leyendo toda la noche, y en la página quinientos setenta y siete
encontró un trébol de cuatro hojas, señal de que a partir de ese momento
le iba a ir bien. Y Misteriosa creía en las señales. Siguió leyendo con la
voracidad de una rapiña, siguió leyendo hasta el punto de la noche en que
empezaba a amanecer y entonces, en un periodo breve de tiempo, se cruza
ese finísimo hilo que separa la noche y el día, suavemente, despacio,
pasando desapercibido...
Empezaba a amanecer y no había visto a los Reyes Magos montados en
sus camellos, le hubiera gustado preguntarles si venían de Damasco y si
conocían al joven mercader... Empezaba a amanecer y ella había
recuperado la fe en los sueños y en la magia. Empezaba a amanecer y
Misteriosa se durmió.
En este momento de la narración, Schehrazada vio que amanecía y,
discreta, se calló.

***

Misteriosa pegó el trébol de cuatro hojas en su collage y le puso un


trozo de papel adhesivo por encima para que no se despegara ni se
rompiera. Había acabado el collage de su vida. Una gran cartulina con
fotos que por una razón u otra le pertenecían en su significado más
sentimental. Imágenes de sus recuerdos. Había acabado el collage. ¿Qué
más cosas habían acabado? Cogió un rotulador, un gran edding de color
negro y firmó el collage de su vida con una gran y perfecta M. Una M
seguida de un punto. Obviamente, un punto y aparte.

***

Misteriosa se alzó en la escalera y abrió la puerta del armario. El


altillo del mismo era un cajón de sastre en el que habían acumulado todo
tipo de cosas y lo limpiaban muy de vez en cuando, ni se acordaba de lo
que había allí. Sacó la maleta y al hacerlo cayeron varias cosas al suelo,
entre ellas una pelotita pequeña que rodó debajo de la cama y Deseo, a
pesar de sus dolencias, fue detrás; no había perdido la capacidad de jugar.
La maleta que tenía era más vieja que la tos y estaba llena de polvo pero
le tenía mucho cariño porque la había acompañado en los viajes más
especiales de su vida. La dejó encima de la cama y se subió otra vez en la
escalera a ver que otras cosas olvidadas había allí. Había unas pelotas de
tenis y una raqueta. Gabriel no se había molestado en mirar allí al irse, lo
hizo todo tan rápido... Había una caja grande de lata pero no se molestó en
abrirla porque ya sabía lo que había dentro y si lo veía se iba a revolver
mucho más de lo que ya estaba. Allí dentro había muchos recuerdos de su
infancia y adolescencia, nimiedades a los ojos de un extraño pero
guardadas con extremo cariño. También estaban las cartas de Alfredo... No
le hizo falta leerlas porque las conocía de memoria, letra a letra. En los
últimos días había recordado mentalmente esas cartas y la decisión ya
estaba tomada.
Alargó la mano y se sorprendió de lo que cogieron sus manos: eran los
zapatos naranjas de Gabriel, esos horteras que llevaba el día que se
conocieron. Ni siquiera sabía que todavía los tenía. En el fondo va a
resultar que era un sentimental, pensó Misteriosa. Los abrazó contra su
pecho y sintió una punzada muy dolorosa, rompió a llorar y se desmoronó.
Era lo único que le quedaba de él. De nuevo volvió a sentir su ausencia,
ahora de manera más real y casi no pudo soportar la oleada de nostalgia
que se le venía encima. Pero Gabriel había decidido por los dos. Ambos
sabían que estaban estancados y tenían que elegir una dirección por la que
ir, pero él tomó su propio rumbo sin consultárselo. Sin embargo,
Misteriosa, conociendo a Gabriel sabía que lo único que había hecho era
ponerle las cosas fáciles. Él era incapaz de irse de esa manera para hacerla
daño, lo hizo para obligarla a dar el paso que desde hace tiempo quería
dar y no se atrevía. En el fondo Gabriel era la persona más noble que
conocía y ahora le quería y añoraba más que nunca. Su relación se fue
enfriando con los años, no hubo culpables, y Misteriosa quería cambiar
eso, pero no tenía valor. Fue él, su adorado botánico, el que se quitó de en
medio, con la elegancia que caracteriza a los amores de juventud ajados
por la edad. Le iba a echar mucho de menos. Se calzó sus horribles
zapatos naranjas -apenas le sobraba un poco, ella tenía el pie muy grande-
y prometió llevarlos de vez en cuando como un homenaje a aquel chico
que la enamoró en el Retiro y se hizo hombre a su lado. Metió las botas
que se acababa de quitar en la maleta. Unos vaqueros, un vestido de
flores, unos cuantos jerséis gordos, el neceser, calcetines y bragas –
incluida la de la frivolidad- un par de libros, unos cuantos carretes, el
sujetador verde (el de las despedidas), el pijama...
Cerró la maleta, se colgó la cámara de fotos y se miró al espejo. Se
sentía rejuvenecida.
En el salón cogió el collage, el collage de su vida pasada y lo enrolló.
Llamó a Deseo y también le agarró entre sus manos con cuidado de no
estropear la cartulina. Echó un vistazo a la buhardilla y respiró fuerte. No
era tiempo de echarse atrás, la decisión estaba tomada. Cogió las llaves
como pudo y Deseo se acomodó en su axila, era tan viejecito que no tenía
ganas de escapar, adivinaba lo que estaba pasando y se aferraba a su
querida dueña. Misteriosa salió de la casa y detrás de ella la puerta sonó
con un golpe seco, sonó como un adiós.

***

Su madre puso mala cara, detestaba los animales. Sólo por un tiempo,
no te dará lata, es muy viejo, contestó Misteriosa. Blanca quería replicar,
pedirle explicaciones, preguntarle por qué, disuadirla de su empeño, pero
sabía que nada de eso funcionaría y prefirió callar y asentir. Nada haría
cambiar de opinión a su hija si ya había tomado una determinación, a ella
le parecía una osadía... Llama por lo menos a Marta a Sevilla y hablas un
rato con ella. Claro, mamá. Blanca le dio un abrazo inmenso, con todo el
amor de madre impregnado en los brazos, en el pecho, en las entrañas.
-¿Estarás bien?
Misteriosa no contestó, se limitó a sonreír durante unos segundos. Miró
por la ventana y supo que iba a estar bien.
- Sí, voy a estar perfectamente.

***

En el aeropuerto en esas fechas siempre hay mucha gente, la gente


viaja mucho en navidades. Misteriosa se acercó al mostrador de Air
Europa para facturar su maleta y se avergonzó un poco íntimamente
viendo las maletas del resto de pasajeros, todas exclusivas, de diseño,
preciosas. La suya le parecía maravillosa, pero viéndola al lado de las
demás parecía la hermana cutre de la maleta de Mary Poppins. Daba igual.
Lo importante de una maleta no es el exterior, es el interior y en ésa, a
parte de sus pertenencias había dentro mucha ilusión y muchas ganas de
empezar de nuevo.
La azafata del mostrador era muy amable. Ella se sentía feliz.
Aún tenía casi dos horas antes de embarcar y se dio una vuelta por la
terminal dos de Barajas. Le fascinaban los aeropuertos, había tantas
historias allí que contar y fotografiar... Según caminaba fue imaginando
fotografías que haría, no se atrevía a hacerlas de verdad porque no era la
primera vez que le llamaban la atención en un sitio con tanta seguridad
como aquél. Y no quería que nada enturbiara sus planes. Fotografió
mentalmente a una familia marroquí que hablaban a voces, a una chica
rubia guapa que era presentadora en un programa televisivo que no
recordaba, a unos jóvenes mochileros que tenían la aventura infiltrada en
el brillo de los ojos... y se fotografió a sí misma, una cuarentona
estupenda renacida, como el ave Fénix, de sus propias cenizas.
Se sentó a tomar un café y cuando hubo acabado telefoneó a Sevilla
para despedirse de su hermana. Le dijo que la quería mucho.
Por los altavoces anunciaron el vuelo a Londres.
“Seguro que Alfredo se alegra de volver a verte...”
Colgó el teléfono. ¿Era eso que acababa de decir verdad? ¿Cómo sabía
ella lo que sentía una persona que ni siquiera sabía donde estaba?
Pasó por el detector de metales y por primera vez asomó a su mente un
atisbo de miedo. Se lanzaba a un triple salto mortal sin red. Pasó un
segundo control del billete y por fin se sentó en su asiento de ventanilla.
El avión no tardó en despegar. Ya no había vuelta atrás. Intentó dormirse
pero estaba muy excitada pensando en su nueva vida. El trayecto dura más
o menos una hora y cuando estaba llegando a las costas inglesas vio por la
ventana que hacía un día espléndido. Un día soleado en el triste clima
inglés es una buena señal.
Y ya sabemos que Misteriosa creía en las señales.

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