Neuroeducación: nuevo paradigma basado en el funcionamiento cerebral
¿Qué es la Neuroeducación? ¿Se puede hablar de Neuroeducadores, una
nueva profesión? Estas son algunas de las preguntas que trata de responder
Francisco Mora, doctor en Medicina por la Universidad de Granada, doctor en
Neurociencia por la Universidad de Oxford, catedrático de Fisiología Humana
de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid y
catedrático Adscrito del Departamento de Fisiología Molecular y Biofísica de la
Universidad de Iowa en [Link], en su libro titulado NEUROEDUCACIÓN. Solo
se puede aprender aquello que se ama.
La Neuroeducación se define como la disciplina o transdisciplina que promueve
una mayor integración de las ciencias de la educación con aquellas que se
ocupan del desarrollo neurológico, y este autor nos explica que surge de la idea
de que la sociedad va a asistir a un dramático cambio cultural. Desde su punto
de vista, en breve emergerá una nueva cultura que estará fundamentada en la
obtención de respuestas a través del profundo estudio del cerebro.
Francisco Mora defiende que la Neuroeducación, como disciplina, pretende
obtener el máximo beneficio que nos pueda proporcionar el conocimiento sobre
el funcionamiento del cerebro, y aplicarlo en el ámbito de la enseñanza y el
aprendizaje. «El conocimiento del funcionamiento cerebral es la clave para
poder anclar sobre bases sólidas, y no sobre opiniones, lo que puede ser la
enseñanza en el futuro», afirma el autor.
Uno de los conocimientos claves que aporta esta nueva disciplina, es que por
encima de ser seres racionales, somos seres emocionales. Los estímulos del
entorno más próximo son captados por nuestros sentidos, pero es nuestro
«cerebro emocional» el que los etiqueta de buenos, malos, agradables,
desagradables,… antes de ser procesados por nuestro «cerebro racional». Por
este motivo solo se puede aprender aquello que nos causa sensaciones
gratificantes, o en otras palabras: aquello que amamos.
El doctor Mora hace especial hincapié en que en la Neuroeducación todavía no
existe una fórmula o guía que indique los pasos para educar correctamente,
pero se están llevando a cabo estudios de relevante importancia en la
Universidad de Cambridge que van en esta dirección. Con todo, parece
esencial que una de las premisas sea que el maestro consiga hacer emerger la
curiosidad de sus alumnos durante el proceso de enseñanza, ya que la
curiosidad es la herramienta que nos permite captar la atención de los
educandos.
Hoy en día, debido a la cantidad de estímulos que los niños perciben de su
entorno social, ya no vale con pedirle al niño que te preste atención sin más.
Ésta debe ser evocada, y precisamente la Neurociencia está investigando para
saber qué áreas del cerebro se activan cuando se despierta la curiosidad (que
no se activa de la misma forma en cada individuo), y cuánto puede durar el
foco atencional de un alumno, en función de las diferencias cronológicas,
madurativas e individuales.
¿Sirve la Neuroeducación para detectar déficits de aprendizaje en los
menores?
Francisco Mora opina que muchos de los casos de diagnósticos realizados a
niños que presentan déficits en el aprendizaje, se llevan a cabo sin un análisis
médico profundo. Además considera que la Neuroeducación podría suponer un
gran avance para tratar algunos de éstos como podrían ser el TDAH (Trastorno
por Déficit de Atención con Hiperactividad), Síndrome de Ásperger o
Discalculia.
Hay estadísticas que confirman que el 23% de los niños escolarizados
requieren asistencia. Esto puede tener su fundamento en que el estado
emocional del niño no sea el adecuado a la hora de aprender, debido a factores
como su situación familiar o social. Podrían realizarse programas de
intervención en edades tempranas, basadas en el conocimiento de la conducta
del cerebro, para obtener beneficios antes de tener que operar
farmacológicamente.
Los Neuromitos
El doctor Mora desmiente algunos de los mitos relacionados con el
funcionamiento del cerebro como son los siguientes:
1. Únicamente usamos el 10% de nuestro cerebro. Esto no es cierto.
Utilizamos todo el cerebro en su conjunto pero con eficiencia distinta según el
entrenamiento. Eso sí, empleamos el cerebro en su conjunto, activando las
zonas relacionadas con la función específica que vamos a trabajar. Es
importante desmentir este mito, ya que estudios recientes verifican que el 50%
de los maestros de nuestro país lo considera cierto, lo cual es una creencia que
limita las expectativas sobre las funciones cerebrales del alumnado.
2. A los 18 años el cerebro llega a su máximo desarrollo. Se considera que
a esta edad un individuo ya puede votar, emanciparse y tomar sus propias
decisiones porque ya ha desarrollado todas sus habilidades cerebrales. No
obstante, la Neurociencia nos ha desvelado que a esta edad todavía hay partes
del cerebro que no han madurado completamente, y algunas son tan
importantes como las relacionadas con los valores éticos y morales. La corteza
cerebral no finaliza su desarrollo hasta los 25 o 26 años, dependiendo de las
características individuales.
En los últimos 20 años, las neurociencias han alcanzado gran importancia y su
popularización, ha permitido su interrelación con otras ramas del saber, por
ejemplo, la robótica, la computación, la psicología y la pedagogía.
La corteza cerebral es modificada por la experiencia y la educación (Punset,
2009) La educación influencia en la organización del cerebro, la educación
modifica la corteza cerebral, la educación desarrolla competencias en el
cerebro. Una vez desarrolladas estas competencias, éstas son estables y
afectan a casi todo lo que hacemos.
Educar es modificar al cerebro. Para influenciar en el cerebro, la educación
debe conocer las características y las competencias cerebrales. Es la
Neurodidáctica, una disciplina nueva, la que aportará para promover cambios
grandes y significativos, que podrían originar una verdadera revolución en el
arte de enseñar.
Neurodidáctica
La Neurodidáctica es una rama de la pedagogía basada en las neurociencias,
que otorga una nueva orientación a la educación. Es la unión de las ciencias
cognitivas y las neurociencias con la educación, que tiene como objetivo
diseñar estrategias didácticas y metodológicas más eficientes, que no solo
aseguren un marco teórico y filosófico, sino que promuevan un mayor
desarrollo cerebral, (mayor aprendizaje) en términos que los educadores
puedan interpretar.
Objetivo de la Neurodidáctica El objetivo de la Neurodidáctica es, otorgar
respuestas a la diversidad del alumnado, desde la educación, desde el aula, es
decir desde un sistema inclusivo, creando sinapsis, enriqueciendo el número de
conexiones neurales, su calidad y capacidades funcionales, mediante
interacciones, desde edades muy tempranas y durante toda la vida, que
determinen el cableado neuronal y promuevan la mayor cantidad de
interconexiones del cerebro
Alcances y límites de la Neurodidáctica
La neurodidáctica es una disciplina que promete grandes cambios, en todas las
áreas de la educación, incluyendo las estrategias de enseñanza, las políticas
de disciplina, las artes, la educación especial, el currículo, la tecnología, el
bilingüismo, la música, los entornos de aprendizaje, la formación y
perfeccionamiento del profesorado, la evaluación e incluso el cambio en la
organización pedagógica y curricular. Sin embargo, la neurodidáctica tiene
algunos límites, entre los cuales podemos citar que: debido al acceso a la
tecnología de imágenes, los estudios se han realizado, solamente con los
estudiantes, y no en los profesores, por lo tanto los principios que aborda la
neurodidáctica, para los educadores, son solamente inferencias.
Considerar que la conformación cerebral, es influenciada solamente por la
escolaridad, es otra limitación. Pues en la conformación cerebral, influyen otras
dimensiones como el sistema social, la alimentación y nutrición y el tiempo
histórico en que esta conformación se desarrolla. Otra limitación de la
neurodidáctica es que ésta, como disciplina, no incluye a la familia dentro de
sus estudios. En educación conocemos la influencia familiar en el estudiante, y
en su proceso de aprendizaje.
El Rol Del Educador: Modificador Cerebral
El desarrollo del cerebro y el aprendizaje están intrínsecamente unidos,
(Saavedra, Universidad de Chile, 2009). Toda experiencia de aprendizaje que
es significativa en la vida de las personas, literalmente conduce hacia nuevas
conexiones neuronales, y a la secreción de componentes químicos. Siendo el
aprendizaje un proceso que modifica el cerebro, la función del educador es
primordial, en esta nueva manera de abordarla educación.
Considerando los avances de las neurociencias podemos afirmar que todo
educador es modificador del cerebro, con posibilidades de cambiar la
estructura, la composición química y la actividad eléctrica del cerebro. El
educador, desde el enfoque de la Neurodidáctica se convierte en modificador
de la estructura cerebral, de la composición química del cerebro y de la
actividad eléctrica cerebral. La acción del educador puede modificar la
estructura del cerebro creando sinapsis, mediante la enseñanza de contenidos
novedosos, e interesantes.
Las acciones del educador también pueden cambiar, la actividad eléctrica del
cerebro por ejemplo, un debate en el aula la resolución de un problema, que
promueven una actividad eléctrica de entre 12.5. Y 25 ciclos por segundo, o por
el contrario, puede ocasionar cansancio o fatiga, mediante actividades
repetitivas, que cambian la actividad eléctrica del cerebro a 7 ciclos por
segundo, provocando somnolencia en los estudiantes.
La química cerebral, también puede ser modificada desde la acción del
educador pudiendo activar la liberación de componentes químicos en el
cerebro. Por ejemplo: Una actitud de burla, amenaza o sarcasmo activa la
liberación de cortisol y adrenalina, neurotransmisores relacionados con el
stress; y una actitud positiva en un entorno de aprendizaje significativo, activa
la liberación de serotonina, dopamina y endorfinas, neurotransmisores
encargados de los estados afectivos positivos.
De la misma forma una estrategia didáctica de aula, con competencias por un
tiempo determinado puede activar la producción de noradrenalina que es "el
acelerador" pero períodos largos de trabajos de aula con competencia pueden
elevar los niveles de noradrenalina y generar conductas violentas y agresivas
en el aula.
Si el educador tiene conocimiento de la química del cerebro, inmediatamente,
puede cambiar de estrategia y promover una actividad de aprendizaje
significativo que activa la producción de serotonina que actúa como freno, o
inhibidor de la conducta agresiva y violenta.
Los avances de las neurociencias, constantemente van aportando
conocimientos en relación al aprendizaje, que deben utilizarse para mejorar la
educación, en sus diferentes componentes.
A través de estos conocimientos, todo educador, revaloriza su rol y además se
compromete a actualizarse en el área de la neurociencias, consciente de los
cambios que su práctica educativa genera a nivel cerebral.
Neurodidáctica en el aula: transformando la educación Chema Lázaro
Navacerrada Profesor investigador - CEO Niuco, España. Susana Mateos
Sánchez Jefa de Estudios – Humanitas Bilingual School of Torrejón, España.
Los últimos avances en las Neurociencias, así como en los métodos de
exploración cerebral, nos han permitido conocer con mayor profundidad cómo
aprende el cerebro, para así desarrollar el máximo potencial. De este modo,
podremos mejorar los procesos de enseñanza y aprendizaje de nuestros
alumnos en el aula. Además, gracias a estos estudios, sabemos que el cerebro
aprende a través de la experiencia, de modo que es más plástico de lo que en
un principio se pensaba.
Esto es fundamental para poder mejorar los aprendizajes de nuestros alumnos,
potenciando sus capacidades y aprovechando al máximo sus posibilidades, ya
que pueden mejorar mucho si se lo proponen, lo que es fundamental para la
motivación. Porque uno de los principios de la neurodidáctica, según afirma
Francisco Mora, es que no se puede aprender sin emoción. Y es aquí donde
entra en juego nuestro cerebro emocional, en los mecanismos básicos para el
aprendizaje, así como los neurotransmisores implicados en el mismo, en
conexión con el área prefrontal del cerebro, sede de las funciones ejecutivas,
imprescindibles para un adecuado aprendizaje. Por tanto, el cerebro emocional
y el cognitivo son inseparables.
También sabemos hoy que nuestro cerebro aprende mejor en compañía de
otros y que, por tanto, nuestro cerebro es social; por ello, en la medida en la
que utilicemos metodologías activas y participativas, como el aprendizaje
cooperativo y el aprendizaje basado en proyectos, no sólo fomenta las
relaciones sociales, sino el nivel de atención en la tarea. Y si además lo
hacemos a través del juego, esto genera placer y bienestar, impactando
directamente en su nivel de motivación. Por tanto, cuando practicamos una
nueva tarea a través de diferentes canales multisensoriales permite que se
aloje en la memoria de trabajo, también imprescindible para que este
aprendizaje sea realmente significativo. En este sentido, hábitos saludables
como el ejercicio fisico y una buena alimentación influyen de manera
significativamente positiva en nuestro cerebro, predisponiéndolo en mejor
medida hacia los nuevos aprendizajes y a consolidar los que ya tienen.
Cada vez son más las fuentes literarias y los recursos didácticos para evaluar
todos estos procesos en el aula, fundamentales para conocer los progresos de
nuestros estudiantes. Para ello, es fundamental emplear diversas técnicas de
evaluación, igualmente activas y participativas, no sólo para que el docente las
conozca, sino también para que los alumnos, protagonistas de sus propios
aprendizajes, puedan tener conocimiento de aquello que saben y hasta dónde
pueden llegar y generemos en ellos una auténtica mentalidad de crecimiento.
Hoy sabemos que nuestros alumnos del siglo XXI ya aprenden de otra manera,
de modo que es necesario romper la brecha que caracteriza a profesores del
siglo XX, que enseñan con técnicas del siglo XIX a alumnos del siglo XXI.
Resulta por tanto imprescindible que los docentes y las instituciones educativas
se transformen hacia esta nueva y potente dirección. Es por esto, que este
número de RIE aborda de alguna manera esta nueva forma de enseñar y
aprender, a través de la Neurodidáctica.
5 principios de la neuroeducación que la familia debería saber y poner en
práctica David Bueno *; Anna Forés ** Resumen. Durante estas dos últimas
décadas, los estudios en neurociencia y neurociencia cognitiva han estado
aportando datos muy interesantes sobre cómo se construye y aprende el
cerebro. Aplicados a la educación, en lo que se viene en llamar
neuroeducación, deben dejar de ser una disciplina estudiada solo en contextos
neurocientíficos y pedagógicos para llegar a toda la sociedad, a todas aquellas
personas interesadas en los aprendizajes de sus hijos e hijas y en los suyos
propios.
5 principios básicos de la neuroeducación que deben conocer los padres y
madres para llevarlos a la práctica y fomentar el aprendizaje y una vida más
digna. El trabajo se basa en estudios y escritos previos realizados por ambos
autores desde la perspectiva más biológica y la perspectiva más educativa.
Esta mirada transdisciplinar favorece romper ciertas fronteras de saberes
cerrados para dar una visión más alineada con el funcionamiento integrado e
integrador del cerebro.
Es importante que las familias y la sociedad en general, incluidos los
organismos de toma de decisiones educativas, conozcan cómo podemos
favorecer la educación de las nuevas generaciones a partir del conocimiento de
cómo aprende el cerebro.
1. Somos seres únicos e irrepetibles.
Superpoderes y responsabilidades El cerebro es el órgano más complejo de
nuestro cuerpo. Dirige toda su actividad y marca nuestros patrones de
comportamiento. Gracias a él no solo respiramos, comemos y nos movemos;
también recordamos el pasado y planificamos el futuro, y en base a estos dos
parámetros establecemos nuestro presente.
¿O tal vez sea al revés, y recordamos el pasado y planificamos el futuro en
función de cómo percibimos y actuamos en cada momento de nuestro
presente?
Sea como fuere, no es poca cosa. Cuando amamos, odiamos, discutimos,
cuidamos y olvidamos, todo se gesta en nuestro cerebro, en la actividad de sus
86.000 millones de neuronas.
Aunque, de hecho, lo más importante no es este número, que puede variar
entre dos personas cualesquiera, sino las conexiones que se establecen entre
las neuronas, más de doscientos billones en cada cerebro. Porque tener 5.000
o 10.000 millones de neuronas más o menos a partir de esa media no confiere
ninguna capacidad extraordinaria ni implica ningún déficit significativo.
En cambio, incrementar el número de conexiones, lo que se produce a través
de las experiencias diarias, incluidos los procesos educativos, sí proporciona
una mayor plasticidad neuronal y reserva cognitiva. Tal complejidad hace que
cada cerebro sea único e irrepetible, y por consiguiente que cada mente
sea un universo en sí misma. Esto implica que cualquier experiencia y todo
proceso educativo influyan o puedan influir de manera ligeramente distinta en
en cada ser humano.
Pero no es solo irrepetible si lo comparamos con otros cerebros, sino incluso si
lo hacemos consigo mismo, puesto que cada día termina siendo ligeramente
diferente a cómo era el día anterior. Nuestro cerebro, como el de nuestros
hijos, cambia sin cesar. Sus conexiones van cambiando, influenciadas por las
experiencias diarias, por todo aquello que aprendemos y por el simple contacto
con el entorno, especialmente con el entorno social. Llevado al terreno de la
paternidad, todo lo que los padres y las madres ofrecemos a nuestros hijos,
desde la más sutil de las miradas hasta las cosquillas más alocadas, o desde el
juego más divertido a la conversación más profunda, influye en cómo se
construye y se reconstruye su cerebro, en cómo va a ser su mente. Sin
embargo, ¿cuándo empezamos a influir sobre el cerebro de nuestros hijos?
¿Cuándo nacen? ¿Cuándo empiezan a tener uso de razón? ¿O tal vez antes,
durante las semanas finales de la gestación? Sea como fuere (vamos a hablar
de ello a continuación), esta influencia no sólo contribuye a establecer su
presente, sino muy especialmente su futuro. Cómo suelen decir los
superhéroes de las novelas gráficas, “un gran poder conlleva una gran
responsabilidad”. La responsabilidad de ser padres para con el cerebro de
nuestros hijos. Esta es la historia de su cerebro (cómo también ha sido y
continúa siendo la del nuestro).
Principio 2. Influenciar no significa determinar
Para sorpresa de muchos, la influencia de los progenitores sobre la
construcción del cerebro de sus descendientes empieza antes de concebirlos,
durante su propia adolescencia y juventud, cuando muy probablemente ni tan
siquiera se han planteado si de mayores van a querer ser padres. El estilo de
vida de los futuros madres y padres, especialmente durante la adolescencia y
primera juventud, puede propiciar cambios en el Conjunto de genes de sus
células sexuales, los óvulos y los espermatozoides (Bueno, 2018). Y algunos
de estos cambios pueden influir en aspectos concretos de la construcción del
cerebro de sus futuros hijos e hijas, y por lo tanto pueden quedar reflejados en
sus mentes.
El conjunto de genes consiste en la adición de determinadas moléculas al
ADN que no alteran el mensaje que contiene (no son, por lo tanto, mutaciones),
pero que contribuyen a regular la manera cómo funcionan algunos genes.
Algunas de estas modificaciones epigenéticas, como se las llama, vienen
genéticamente programadas y a menudo se producen de manera diferente en
función del sexo de cada persona, pero muchas de ellas dependen de la
interacción del genoma con el ambiente.
Por ejemplo, se ha visto que en los adolescentes que consumen sustancias
tóxicas, como marihuana o alcohol, el epigenoma de sus células sexuales
incorpora determinadas modificaciones epigenéticas que influirán
negativamente en la construcción del cerebro de sus futuros descendientes,
aparte de influir también en el funcionamiento del suyo propio.
Los genes, y las modificaciones epigenéticas, son ciertamente importantes
para la construcción del cerebro, pero no lo son todo, ni mucho menos. El
genoma humano, es decir, el conjunto de su material hereditario, está formado
por algo más de 20.000 genes, de los que unos 8.000 funcionan, en un
momento u otro de la vida, en el cerebro, ya sea para construirlo, gestionar su
consumo energético, comunicar las neuronas entre ellas, y un largo etcétera de
otras funciones.
Todo el mundo tiene estos genes, todos, pero no necesariamente las mismas
variantes génicas. Según las variantes que hayamos pasado a nuestros hijos,
su cerebro tendrá, de origen, unas características determinadas que influirán
en todos sus aspectos mentales, como por ejemplo en su sociabilidad,
inteligencia, creatividad, oído musical, capacidad artística, control muscular,
etcétera. Aquí la palabra clave, sin embargo, es “influenciar”, no “determinar”.
Porque en la construcción cerebral, los genes son solo la punta del iceberg. Se
ha visto, por ejemplo, que hay genes que condicionen, no determinan, el
coeficiente de inteligencia, la sociabilidad, e incluso el grado de empatía o de
creatividad de cada persona.
El cerebro se forma partiendo de este material biológico ineludible, que
condiciona la mente que va a surgir de su funcionamiento, pero lo hace en
constante interacción sinérgica con el ambiente, e incluso a través de los
azares e imponderables con que a menudo la vida nos sorprende.
Un ambiente entendido en sentido amplio, que incluye todos los aspectos
familiares, sociales y educativos. Así, una persona que tiene buena
predisposición genética hacía, pongamos por ejemplo, la creatividad
musical, pero que la vea mutilada familiar, social o educativamente,
terminará manifestando un grado mucho más bajo de esta característica
que otra persona que, con menos predisposición genética, se vea
agradablemente estimulada. Principio 3. Antes de nacer, preparamos el
cerebro El primer síntoma de que el embrión se prepara para formar el
cerebro lo vemos, curiosamente, en su “piel” –un tejido embrionario que
en propiedad se denomina ectodermo–, unos dieciocho días después de
la fecundación, aunque tardará diversos meses en convertirse en un
cerebro funcional.
Un grupito de células que hasta ese momento recubrían el embrión empieza a
cambiar de forma y se pliegan formando un surco, que se irá cerrando hasta
formar el denominado tubo neural, que recorre el embrión a todo lo largo. Poco
después, la parte anterior de este tubo, que se sitúa en lo que terminará siendo
la cabeza, se empieza a ensanchar.
Este ensanchamiento se irá rellenado de capas de células, y constituirá el
cerebro. El resto mantendrá la forma cilíndrica y terminará formando la medula
espinal (Bueno, 2016). Poco a poco, muchas de estas células se van
convirtiendo en neuronas, y a partir de ese momento empiezan a establecer
conexiones entre ellas. Las células GLIA (unos 60.000 millones), que
acompañan a las neuronas (16.000 millones en la corteza cerebral), son las
encargadas de alimentarlas, limpiar el cerebro de las sustancias de desecho,
evitar inflamaciones e impedir cortocircuitos, entre otras muchas funciones.
Algunas neuronas se conectan con “solo” una docena o unas pocas docenas
de otras neuronas, pero se sabe que algunas llegan a conectarse hasta con
otras diez mil neuronas más. Algunas de estas conexiones son locales y se
restringen a las neuronas vecinas, de pocas milésimas de milímetro, mientras
que otras cruzan distancias relativamente largas en el cerebro, de hasta
algunos centímetros. Lo hacen espoleadas por sus programas génicos, que les
indican cuando deben empezar a buscar a quien conectarse y qué dirección
aproximada deben tener sus conexiones. Pero no les indican con qué otras
neuronas concretas van a terminar conectadas, ni si sus conexiones van a ser
muy numerosas o no.
Esto depende en gran medida de la interacción con el ambiente, es decir, de
los estímulos que reciba el cerebro en construcción. La primera actividad
neural, las primeras señales fehacientes de que las neuronas se están
comunicando entre ellas de forma regular, se produce durante la semana 25 de
gestación (aproximadamente a los cinco meses y medio), y ya no se va a
detener jamás.
En todo este período, y hasta el nacimiento, el estilo de vida de la madre, e
incluso la atención y las muestras de afecto que le dedique su pareja,
contribuirán a la formación del cerebro de su hijo. Por ejemplo, se ha
demostrado que las madres que practican deporte moderado durante el
embarazo, sus hijos tienden a hacer más deporte en la adolescencia y de
adultos, por la forma como la actividad materna influye en la construcción del
cerebro fetal.
Por la contra, madres fumadoras durante el embarazo incrementan hasta el
78% las probabilidades de que su hijo pueda terminar sufriendo un trastorno
mental, puesto que las sustancias tóxicas del tabaco dificultan el crecimiento
del cerebro y su conectividad funcional.
También se ha demostrado que las muestras de afecto hacia las personas
gestantes producen una liberación incrementada de la hormona oxitocina D.
que facilita la formación de conexiones neurales en el cerebro fetal en las
zonas encargadas de gestionar las emociones, lo que redundará en beneficio
de sus hijos e hijas.
Principio 4. Después de nacer, más y más conexiones Tras el nacimiento,
el cerebro continúa formándose. Nacemos con aproximadamente la mitad de
neuronas que tendrá el cerebro adulto, por lo que inicialmente se deben formar
muchas neuronas nuevas.
Sin embargo, sobre los tres a cuatro años de edad, el cerebro ya contiene
prácticamente todas las neuronas que precisa, y pocas más se añadirán en el
transcurso de la vida. Pero a pesar de ello, su formación jamás está concluida,
y continúa construyéndose y reconstruyéndose a lo largo de toda la vida.
¿Cómo se explica que se vaya construyendo y reconstruyendo
constantemente, si prácticamente no incorpora neuronas nuevas? Muy sencillo:
lo hace estableciendo nuevas conexiones, que en terminología científica se
denominan sinapsis.
Este fenómeno, que es crucial para comprender nuestras características
mentales y entender cómo van cambiando, se denomina plasticidad neural.
Consiste, precisamente, en la capacidad que tienen las neuronas para
establecer conexiones nuevas, y también para eliminar, en algunas ocasiones,
las que están en desuso –un proceso que se denomina podado sináptico, por
homología al podado de las ramas de los árboles–. El secreto de la vida mental
y de las capacidades psíquicas se encuentra precisamente en estos patrones
de conexiones neurales, en las redes neurales que conforman el cerebro. La
plasticidad neural es crucial en cualquier proceso de aprendizaje. Y un recién
nacido debe aprenderlo casi todo. Todo aquello que aprendemos, todo lo que
recordamos, e incluso lo que no recordamos conscientemente pero que no
obstante influye en nuestros comportamientos –a menudo más que las cosas
que recordaos conscientemente–, se mantiene en nuestro cerebro implantado
en unos patrones concretos de conexiones.
Si el cerebro humano no pudiese hacer conexiones nuevas, llegado ese
momento no podríamos aprender nada nuevo, solo usar lo que ya supiésemos
con anterioridad. Por eso cada día, cuando nos acostamos, nuestro cerebro es
necesariamente diferente a cómo era por la mañana al despertarnos, porque
no pasa ni un solo día sin que aprendamos algo nuevo o sin que hayamos
vivido alguna experiencia que merezca la pena ser recordada, al menos
durante algún tiempo. Y las niñas y los niños son unas auténticas esponjas de
asimilar novedades. De hecho, la característica más importante del cerebro
durante la niñez es ser una esponja capaz de absorber en sus conexiones todo
el ambiente que le rodea, para conocerlo y adaptarse a él. El cerebro infantil
cambia constantemente, y en buena parte lo hace influenciado por el ambiente
que les
La estimulación –que no la sobreestimulación– es un elemento crucial para la
formación del cerebro. Un cerebro estimulado va a tener más conexiones que
el mismo cerebro sin esa estimulación, lo que implica más capacidad para
organizar la vida mental y más reserva cognitiva para el resto de su vida.
• El enemigo número de nuestro cerebro es el estrés, concretamente el estrés
crónico. Y solo se le puede hacer frente con placer y motivación. La
estimulación da respuesta a nuestra curiosidad, pro la sobreestimulación nos
satura y nos estresa, y empezamos a generar cortisol.
• El 8% de los niños y el 20% de los adolescentes tienen estrés crónico
• Chicos y chicas entre 9 y 24 años sometidos a estrés crónico agudo, tienen
alteraciones permanentes en las conexiones neurales, especialmente en las
amígdalas (las regiones del cerebro encargadas de generar las emociones), y
eso hace que cuando sean más mayores tengan dificultades para gestionar las
emociones negativas tendiendo más a reacciones agresivas, y tengan menor
autoestima y autoconfianza.
Principio 5. Ventanas de oportunidad: Las tres grandes etapas El cerebro de
nuestros hijos es una esponja que absorbe todo lo que le rodea, por un motivo
muy simple, relacionado con las funciones de este órgano rector. Como ya se
ha dicho, la función cerebral dirige y armoniza todas nuestras actividades
corporales, y genera nuestra actividad mental. Esta actividad incluye, por
supuesto, todos los aspectos relativos al comportamiento. Pues bien, el cerebro
es el órgano que permite que adaptemos y readaptemos nuestro
comportamiento al ambiente en el cual nos formamos y nos encontramos, para
cumplir con la función biológica más elemental –y crucial– de todas: sobrevivir.
Adaptarse para sobrevivir, esta es la máxima de la biología. También, o muy
especialmente, a través del comportamiento. La infancia que damos a nuestros
hijos influirá de manera decisiva su carácter y el comportamiento que
manifestarán cuando sean adultos. Como se ha citado al inicio del artículo en
relación a los superhéroes de las novelas gráficas, “un gran poder conlleva una
gran responsabilidad”. Dicho de otro modo, el ambiente que proporcionemos a
nuestros hijos, entendiéndolo en sentido amplio –familiar, social y educativo–,
contribuirá a la forma física que tomarán sus conexiones cerebrales, lo que se
D. Bueno y A. Forés Revista Iberoamericana de Educación [(2018), vol. 78
núm. 1, pp. 13-25] 2121 traducirá no solo en conocimientos sino también, muy
especialmente, en todos los aspectos de su comportamiento, que se adaptará
a ese entorno. Sin embargo, de forma programada por los genes no se
potencian las mismas conexiones a una edad que a otra. En general se
distinguen tres grandes etapas desde el nacimiento hasta alcanzar la edad
adulta (Figura 1), como han distinguido diversos autores (Mora, 2013; Bueno,
2017).
TRES ETAPAS, IDEAS Y PROPUESTAS
0-3 años etapa esencial para imprimir el carácter y temperamento. Es muy importante ofrecer
un feedback de todo lo que va aprendiendo del mundo y de la percepción de sus experiencias.
Es de vital importancia el vínculo seguro con sus progenitores o sus cuidadores.
4-11 años Es la etapa más significativa para las tareas instrumentales y académicas
(especialmente, el razonamiento, la interrelación y la memoria), descubren la emoción para
aprender, podemos jugar con ellos aprendiendo de cada experiencia. El cerebro percibe como
máxima utilidad aquellos aprendizajes asociados a la aceptación, valoración y reconocimiento
social. Nuestro papel de padres no es hacerles los deberes, sino valorar su esfuerzo y
reconocer su trabajo.
Adolescencia Somos la única especie que tenemos adolescencia. El cerebro adolescente busca
situarse en el mundo. Como padres debemos ofrecerles elementos de reflexión y encontrar los
espacios para hacerlos.
La maduración del control emocional comparte en los adolescentes el deseo de romper los
límites y saltarse las normas, para ello es fundamental que tengan límites previos.
Resumen de las tres grandes etapas de desarrollo cerebral tras el nacimiento.
Autoría propia 5 principios de la neuroeducación que la familia debería saber y poner en
práctica
De los 0 a los 3 años De los 0 a los 3 años, el cerebro prioriza las conexiones entre neuronas
cercanas en la denominada corteza cerebral. La corteza constituye la capa más externa del
cerebro, y es donde se generan y gestionan los aspectos más complejos y típicamente
humanos del comportamiento: el lenguaje, la toma de decisiones, el control ejecutivo, la
empatía, el raciocinio y el control emocional, entre otros. A estas edades el cerebro absorbe el
ambiente para adaptarse a él, lo que hace que sea la etapa más importante e influyente para
la personalidad que mostraran nuestros hijos cuando sean adultos. Formarse en un ambiente
de alta conflictividad, por ejemplo, estimula conexiones neurales que favorecen una alta
impulsividad, como forma de respuesta a las posibles amenazas, lo que redunda en contra de
la reflexividad (como característica mental opuesta).
De los 4 a los 11 años En esta segunda etapa se favorecen las conexiones de media distancia,
entre la corteza cerebral y algunas zonas internas del cerebro, cómo las denominadas
amígdalas, que generan las emociones, y el hipocampo, que es el centro gestor de la memoria.
A este respecto cabe decir, sin embargo, que la memoria no reside en el hipocampo, sino en
redes neurales y en patrones de conexiones distribuidos por todo el cerebro. El hipocampo
vendría a ser como la lista de preferidos de un buscador de internet: contiene las direcciones
de las redes donde se almacena la información para recuperarla cuando sea menester, pero no
la información per se. El hecho de que hasta los 3 o 4 años no se empiecen a formar
conexiones entre la corteza y el hipocampo explica por qué casi nadie recuerda de forma
consciente las experiencias anteriores a los 3 años de edad –lo que no quita que estas
experiencias sean las más influyentes para la vida adulta, como ya se ha dicho–.
Es la etapa que más influye en las destrezas académicas –en las denominadas competencias
básicas–. Es cuando las niñas y los niños aprender a leer, a escribir, los primeros razonamientos
lógico-matemáticos, estrategias de memorización, etcétera. Cabe decir, sin embargo, que cada
cerebro va madurando a un ritmo ligeramente diferente a los demás, lo que implica que la
edad de aprender estas destrezas sea un poco variable. Esto implica que si queremos sacar el
máximo provecho al desarrollo del cerebro, se deben respetar los ritmos individuales, para
evitar el aburrimiento en las personas que madura más rápidamente y generar estrés en las
que madura con más lentitud.
La adolescencia Finalmente, la adolescencia es la etapa en que el cerebro y sus programas
génicos priorizan las conexiones a más larga distancia, lo que se relaciona con la gran
capacidad de aprender cosas nuevas de forma consciente que se manifiesta a estas edades. En
este sentido, cuantas más conexiones soporten un aprendizaje o un recuerdo, y muy
especialmente si además contienen componentes emocionales (conexiones con las amígdalas)
y sociales, y cuanto más extensas sean las redes neurales implicadas, mejor se recordará ese
aprendizaje o experiencia y con más eficiencia se podrá utilizar en el futuro.
Dicho de otro modo, y esto sirve para todas las etapas de desarrollo cerebral, para que un
aprendizaje se enraíce bien en las conexiones cerebrales debe contener elementos
emocionales y sociales, y debe encontrarse en un contexto cercano a las personas que lo
reciben, para potenciar al máximo estas redes neurales. En paralelo, el establecimiento de
estas conexiones permite que poco a poco, muy lentamente, vayan madurando capacidades
tan importantes como la capacidad de tomar decisiones, el control emocional, la capacidad de
retrasar las recompensas, la lógica y el raciocinio, etcétera.
El establecimiento de estas conexiones también se relaciona con la curiosidad y la búsqueda
de novedades típicos de este período vital, que a menudo se traducen en, o los interpretamos
como, rebeldía. Y lo que tal vez sea más importante. Una de las mejores formas que tiene el
cerebro de adquirir nuevos conocimientos, especialmente los sociales, y estimular su
plasticidad, es por imitación. Se decía justo al inicio del artículo que gracias a la actividad
cerebral recordamos el pasado y planificamos el futuro, y en base a estos dos parámetros
establecemos nuestro presente. Y se preguntaba retóricamente que a lo mejor es al revés, y
que recordamos el pasado y planificamos el futuro en función de cómo percibimos y actuamos
en cada momento de nuestro presente. Nuestros hijos e hijas viven su presente imitando lo
que ven a su alrededor, incluyéndonos a nosotros, nuestras actitudes y comportamientos –
aunque no siempre sea evidente–. Y con esta imitación aprenden a vivir su propia vida, una
vida que sin duda les llevará al futuro. Esta es la historia de su cerebro, que empieza en
nosotros pero que va mucho más allá, hacia su futuro.
Estos 5 principios constituyen los elementos básicos sobre los que se va construyendo esta
nueva educación.
1. Somos seres únicos e irrepetibles eso lo hemos visto y además con “superpoderes” y
responsabilidades. Por tanto debemos atender la diversidad y respetar los ritmos de
aprendizaje de cada chico o chica. Saber dotar a cada uno de ellos de lo que va
necesitando según su proceso evolutivo. Somos responsables de todo nuestro
potencial y de su relevancia para nuestra descendencia.
2. Influenciar no significa determinar, sentirse responsable como progenitores pero
también sabiendo del poder del contexto de aprendizaje que facilitemos a los más
pequeños es altamente significativo también. Tenemos mucho por aportar y por
decidir, a nivel familiar, pero también a nivel escolar y de políticas educativas.
3. Antes de nacer, preparamos el cerebro. Es necesario saber de la incidencia de las
decisiones de los adolescentes y jóvenes y su relevancia para los futuros hijos. Se debe
formar a los adolescentes, en el funcionamiento del cerebro y que conozcan realmente
como se aprende y la incidencia de sus decisiones en la vida. Después de nacer, más y
más conexiones.
4. Propiciar experiencias de aprendizaje, entornos, emociones que hagan las conexiones
neuronales más fuertes y de mayor volumen y calidad también requiere de nuestra
atención y aportación. Escuelas emocionantes, vivencias de aprendizaje en familia,
contextos ricos de retos y desafíos.
5. Ventanas de oportunidad: conocer las tres grandes etapas, y poder entender que está
pasando y en que podemos ayudar, es básico como adultos referentes. Maestros,
padres y madres y toda la comunidad educativa debería no sólo tener información
sobre las ventanas de oportunidad sino también de cómo potenciar sus beneficios en
la escuela y en casa. Evidentemente los 5 principios no recogen toda la labor por hacer
en este terreno pero si un inicio del trabajo pendiente que ya empieza a ser ineludible,
y la familia es clave.