Cuando decimos que un acto comunicativo cumple una función determinada, no se
pretende con ello sugerir que estas funciones son excluyentes entre sí. Un acto
comunicativo puede cumplir más de una función, pero se considera predominante la que
corresponde a la intención comunicativa del emisor. Por ejemplo, si una publicidad
informa sobre las cualidades de un producto con el fin de que el público lo compre, la
función comunicativa predominante es la conativa o apelativa. Si alguien hace una
broma con el fin de romper el hielo en una situación socialmente tensa, la función
predominante es la función interpersonal. En el primer caso, la función informativa está
subordinada a la función apelativa; en el segundo la función lúdica se subordina a la
función interpersonal.
1. MODELOS TEÓRICOS DE LA COMUNICACIÓN
Tal como cuando un artefacto se pone en marcha, el acto comunicativo se ejecuta
llevando a cabo una serie de procesos y contando con algunos elementos indispensables.
Dos modelos teóricos importantes dan cuenta de los elementos y procesos involucrados
en la acción comunicativa.
El modelo clásico de la comunicación, inspirado en el modelo de Shannon y Weaver
(1949), contemplaba seis elementos de la comunicación que consideraba indispensables:
emisor, receptor, mensaje, canal, código y contexto. Este es un modelo centrado en el
código. Por ello, el emisor y el receptor también recibían las denominaciones de
codificador y decodificador, respectivamente, en la consideración de que su
participación en el proceso comunicativo consistía en codificar y emitir, en un caso, y
recibir y decodificar, en el otro. Este modelo no diseñado originariamente para
representar la comunicación humana, sino entre máquinas, ha mostrado una serie de
limitaciones para describir y explicar medianamente bien lo que ocurre entre dos seres
humanos cuando se comunican.
Por ello, desde la pragmática lingüística surge el modelo cognitivo propuesto por
Escandell Vidal (2005). Este modelo nos muestra que la comunicación es más compleja
de lo que hemos estado creyendo y nos ofrece nuevas categorías que permiten describir
y explicar de manera más adecuada qué es lo que hacemos cuando nos comunicamos.
Es importante recalcar que estos no son estilos o formas de comunicarse, sino modelos
teóricos que buscan dar cuenta de lo que hacen los seres humanos cuando se involucran
en un intercambio comunicativo.
El modelo clásico, centrado en el código, reducía este intercambio comunicativo a los
procesos de codificación y decodificación. En cambio, el modelo cognitivo, como su
nombre lo indica, centra su mirada en los procesos cognitivos involucrados en la
emisión de la señal y su interpretación. Para este modelo, la producción de una señal
manifiesta implícitamente su intención comunicativa. Corresponde al destinatario
deducir esa intención. Por ejemplo, solemos decir que algo nos gusta para sugerir que
nos lo regalen o decir que es tarde para insinuar que ya queremos irnos. Lo que aporta el
código con respecto a señales como “me gusta” o “es tarde” en estos casos es
insuficiente para comprender el propósito de la comunicación. Por ello, el modelo
cognitivo incorpora de manera formal al análisis los procesos de ostensión e inferencia
a través de los cuales el emisor de la señal implica la intención con que se comunica y el
destinatario infiere dicha intención comunicativa, respectivamente.
La comparación de estos dos modelos teóricos parece una manera adecuada de mostrar
las limitaciones del esquema tradicional y la necesidad de reemplazar en la conciencia
algunos conceptos o categorías obsoletos que podrían constituir un obstáculo para la
comprensión del proceso comunicativo
2. ELEMENTOS DE LA COMUNICACIÓN
A continuación, se enumeran algunas categorías fundamentales para analizar la
comunicación desde el modelo cognitivo.
Emisor
El modelo cognitivo identifica al emisor como aquel sujeto que envía una señal a un
destinatario con una intención comunicativa. Los seres humanos estamos dotados de
una facultad semiótica que nos permite comunicarnos a través de signos o señales. Las
señales nos permiten manifestar al exterior pensamientos, emociones o deseos propios
de un mundo interno que, sin ellas, sería inaccesible a cualquier otro ser humano. Estas
señales son fundamentales para la convivencia humana e incluso para la supervivencia
de la especie.
La intencionalidad de la señal es imprescindible para que un emisor sea considerado
como tal. Las señales que un individuo produce de manera inconsciente o
involuntariamente no constituyen actos de comunicación, aunque revelen en alguna
forma lo que sentimos o pensamos. Cuando alguien se sonroja producto de una
situación embarazosa, no es emisor del rubor que manifiesta, porque no lo produjo
voluntariamente.
En cambio, son emisores un narrador deportivo cuando relata un partido de fútbol, un
maestro cuando da instrucciones a sus alumnos y un artista que expone sus obras en una
galería.
Destinatario
El destinatario no es cualquier receptor, como en el modelo clásico. El destinatario en el
modelo cognitivo es el sujeto al que el emisor se dirige y a quien le envía la señal (sea
que esta le llegue o no, sea que la comprenda o no). El destinatario es para quien el
emisor diseña la señal, porque lo hace considerando el código que él domina, el canal
que este tiene disponible; para hacerlo contempla lo que él conoce y lo que ignora. El
emisor elige al destinatario contando con que la intención comunicativa se cumpla con
su participación y diseña la señal para él. Pongamos un ejemplo: imaginemos que
Cecilia y su esposo Javier han hecho una reunión en casa, en la que se encuentran
algunos familiares y amigos. Cecilia, de tanto en tanto, habla de Javier, pero no siempre
se refiere a él de la misma manera.
- Linda, llama a tu papá, por favor.
- Señora, su hijo quiere que usted haga el brindis.
- Humberto, Javier te está buscando.
- Disculpe, pero esta no es la pizza que mi esposo solicitó por teléfono.
- Jaime, tu hermano quiere que lo acompañes a comprar.
Como podemos ver, las señales refieren a Javier de manera diferente en función de su
relación con el destinatario.
Las señales se construyen siempre considerando al destinatario. Esto ocurre aun cuando
ese destinatario jamás llegue a recibir la señal. Si, por ejemplo, enviamos una carta a
una dirección equivocada y la persona que la lee no es a quien nos dirigimos, es obvio
que la carta no compromete al receptor ocasional del mismo modo como lo haría con el
destinatario; por lo tanto, no la leerán de la misma manera. Si la carta contiene una
invitación, el receptor ocasional no se sentirá invitado, y si hay un reproche, no se
sentirá culpable. Incluso la carta puede hacer referencias que el receptor ocasional esté
imposibilitado de comprender, porque no fue producida considerando sus posibilidades
de interpretarla.
Código
Un código es un sistema convencional de señales que se emplean para la comunicación.
Codificar y decodificar son acciones que consisten en hacer uso de un sistema
convencional de signos para elaborar una señal e interpretarla, respectivamente. Hay
códigos muy simples que constan de un inventario de señales reducido, como los
semáforos o el sistema de banderas de las playas. Algunos códigos inventados por el
hombre, sin embargo, son realmente complejos. Los códigos complejos son de
inventario potencialmente ilimitado. Estos responden a un principio conocido como el
principio de la infinitud discreta, que consiste en que a partir de un número limitado de
elementos es posible construir un número ilimitado de señales, gracias a patrones
recurrentes de combinación que permiten luego descomponer las señales e
interpretarlas. Este es el caso de las matemáticas y de los códigos lingüísticos, como el
quechua, el español, el inglés, etc.
Los seres humanos hemos hecho de estos últimos nuestro principal instrumento de
comunicación; pero esto no debe llevarnos a pensar que todas nuestras señales
corresponden a un código. No todas las señales que producimos pertenecen a un sistema
de signos. Por ejemplo, si en una cita a ciegas una joven decide colocarse un pañuelo
amarrado a la muñeca como un signo distintivo de que se trata de ella, no podemos
colocar a esta señal en un sistema. La señal funcionará en virtud del acuerdo establecido
con el destinatario de que ese pañuelo indicará que se trata de ella; pero es una señal no
conectada sistémicamente a ninguna otra.
Para el modelo clásico, el código es un elemento indispensable de la comunicación. El
modelo cognitivo no lo considera un elemento imprescindible, pero reconoce su
importancia para la comunicación, pues está claro que, si el emisor ha producido una
señal codificada, el destinatario tendría que conocer el código utilizado para descifrar el
mensaje que encierra.
Señal y mensaje
El modelo clásico fusionaba en el concepto de mensaje dos nociones que el modelo
cognitivo considera preciso distinguir: la señal y el mensaje. En una diferencia análoga
a la establecida por Hjemslev (1971) entre expresión y contenido, el modelo cognitivo
propone que la señal constituye el estímulo perceptible (expresión) que transita por el
canal y que representa el mensaje, el cual en este modelo es el pensamiento, deseo o
emoción (contenido) que el emisor desea transmitir. El mensaje constituye el contenido
mental representado en dicha señal. Un mismo contenido mental puede ser representado
por una diversidad de señales. Por ejemplo, la orden de detenerse puede ser expresada
con la representación icónica de la palma de una mano que evoca la mano levantada del
policía para señalar exactamente lo mismo. La misma orden puede ser expresada con el
color rojo del semáforo. En este ejemplo, la orden de detenerse es el mensaje y tenemos
tres señales para representarla: la palma de la mano extendida, su representación en la
imagen de esa palma y el color rojo del semáforo.
Lo comunicado a través de la señal suele ser mucho más de lo realmente expresado con
ella. Imaginemos algunos significados posibles de la señal “Sí”.
- ¿Te bañaste hoy día?
- -Sí (1)
- ¿Deseas una taza de café?
- Sí (2)
- ¿Te casarías conmigo?
- Sí (3)
Cada uno de estos “sí” lleva un mensaje diferente: sí me bañé (1), sí deseo la taza de
café que me ofreces (2) y acepto casarme contigo (3).
Intención comunicativa
El modelo cognitivo incorpora entre los elementos de la comunicación a la intención
comunicativa y le da un lugar privilegiado en el análisis, en la consideración de que esta
intención es la que da origen al proceso comunicativo y es su razón de ser.
La intención comunicativa no suele ser expresada explícitamente. Sin embargo, los
destinatarios suelen responder al reconocimiento de intenciones comunicativas.
Preguntas como ¿tienes algo de beber? se interpretan como peticiones; y afirmaciones
como “hace tiempo que no vamos al cine”, como invitaciones.
Señal, mensaje e intención comunicativa constituyen una trilogía esencial en el análisis
dentro del modelo cognitivo. Por ejemplo, ante una invitación insistente a salir, una
joven responde: ¿qué te dije ayer? En este caso, si el día anterior la respuesta fue
negativa, el mensaje es que no acepta la invitación. La intención comunicativa, en
cambio, es que el pretendiente deje de insistir.
Canal
El canal es el medio físico a través del cual transita la señal. Las nuevas tecnologías hoy
nos ofrecen una serie de posibilidades de comunicación que constituyen canales de
comunicación muy novedosos y productivos. Mensajes de texto y de voz han sustituido
actualmente a las llamadas telefónicas.
El canal aparecía ya en el modelo clásico; no obstante, el modelo cognitivo nos invita a
considerar las representaciones mentales que motivan en el emisor la elección de un
canal u otro. Si sabemos que una persona se encuentra dentro de su horario laboral,
evitaremos una llamada; y es posible que prefiramos enviarle un correo o un mensaje
que podrá leer cuando se desocupe.
Por otro lado, debemos considerar también las repercusiones cognitivas de esa elección.
Un determinado canal nos puede exigir un lenguaje más formal o una comunicación
más breve. En el texto escrito no se perdonan redundancias que en el lenguaje hablado
ni se perciben.
El canal adecuado para el receptor auditivo lo representan las ondas sonoras. Sin
embargo, su duración es limitada. Por ello, si esperamos que la información se conserve
con exactitud, un mensaje escrito puede ser una opción adecuada para contrarrestar la
condición efímera del habla.
Representaciones internas
Un elemento fundamental del modelo cognitivo es el concepto de representación
interna. Pretende sustituir al concepto de referente que se empleaba en algunas
versiones del modelo clásico. De acuerdo con Escandell Vidal (2005), una
representación interna es cualquier imagen mental o privada que un individuo posee
sobre cualquier aspecto de la realidad, sea de naturaleza externa o interna. Este es un
concepto fundamental del modelo cognitivo.
La intención comunicativa, el mensaje que la señal representa y el conocimiento de
poseemos del código constituyen representaciones internas. Tenemos representaciones
mentales de los canales disponibles, y de la funcionalidad y efectividad de algunos
códigos. Nuestras representaciones internas son determinantes en la estrategia de
comunicación que empleamos. Lo que sabemos de nuestro destinatario puede
sugerirnos la elección de un determinado código, un tono, un grado de formalidad o un
momento adecuado para dirigirnos a él.
Asimismo, las representaciones internas que el destinatario posee del emisor participan
igualmente en el proceso de interpretación de la señal. Imaginemos que se nos da la
orden de retirarnos de un lugar en contra de nuestra voluntad. Es posible que respetemos
la orden si consideramos que el emisor tiene autoridad para formularla (representación
interna del emisor); en otro caso, es improbable que la obedezcamos.
Contexto
Según Escandell Vidal, una parte importante de lo que comprendemos en una
comunicación depende de lo que sabemos con relación a las circunstancias de dicha
comunicación, es decir, al contexto. Lo que reconocemos del contexto situacional,
social o cultural en que se produce una señal es determinante de nuestra capacidad para
asignarle un significado. El reclamo frecuente que hacemos a que las personas “saquen
nuestras palabras de contexto” advierte de la facilidad con que se tergiversan nuestras
palabras cuando no se consideran las circunstancias en que se dijeron.
Como emisores, solemos omitir en nuestras señales información que se supone aportada
por el entorno. Si pedimos a alguien que cierre una puerta, la petición será menos
explícita cuando tal puerta está al alcance de la vista.
- Por favor, cierra la puerta.
En cambio, deberá precisar su ubicación si no se encuentra en el campo visual.
- Por favor cierra la puerta de mi dormitorio.
Como destinatarios, en cambio, interpretamos la información implícita apoyándonos en
el contexto. Por ejemplo, si encontramos al lado del interruptor de un salón un cartel
que dice: APAGUE LA LUZ ANTES DE SALIR, es muy claro que el cartel está
omitiendo decir algo que todos (o casi todos) sabemos: que debemos apagar la luz solo
si somos los últimos en salir del salón. O si alguien responde a una invitación a salir
con un “tengo mucho trabajo” o “tengo que cuidar a los niños”, consideraremos que
estamos ante una negativa porque socialmente estas son responsabilidades ineludibles.
3. EL PROCESO COMUNICATIVO
La comunicación constituye un proceso que reconocemos cuando advertimos que un
emisor ha enviado una señal a un destinatario con una intención que pretende lograr
gracias a ese acto comunicativo. Sin embargo, este proceso no se inicia en este acto ni
termina allí. En la comunicación es posible reconocer tres etapas: la estrategia, el acto
mismo y el resultado.
Estrategia comunicativa
Nuestras comunicaciones involucran acciones que están automatizadas, pero esto no
debe llevarnos a pensar que no tenemos idea de qué estamos haciendo cuando nos
comunicamos. Nuestros actos comunicativos responden a una estrategia. Para pedir un
permiso que frecuentemente no se le concede, un joven busca un momento propicio y
hasta puede crear las condiciones para que al solicitarlo el resultado sea el que espera.
Además, este joven posiblemente elegirá, para hablar con su padre, un lenguaje menos
informal que el que emplea con sus amigos, si piensa que las jergas harán que el padre
se muestre menos receptivo.
La estrategia comunicativa responde a la intención comunicativa del emisor.
Llamaremos así al conjunto de elecciones y decisiones tomadas por él con miras a la
realización del acto comunicativo, como puede ser: la elección del destinatario y del
medio o canal que utilizará, la determinación del contexto oportuno o idóneo, el código
elegido, lo que piensa que debe decir, etc. Todo ello con el fin de lograr su intención
comunicativa. Estas elecciones ponen en juego las representaciones mentales que el
sujeto tiene de todos esos elementos. Por ejemplo, las representaciones mentales que
tiene sobre su destinatario: si quiere presentar una queja, elegirá alguien con autoridad
para resolver su reclamo. Si un individuo quiere que le alcancen las servilletas que están
en la mesa, lo razonable podría ser pedírselo a quien las tiene más cerca; y si necesita
dinero, solicitarlo a quien tiene posibilidades reales de brindárselo.
La estrategia comunicativa constituye una proyección de cómo se ejecutará el acto
comunicativo y revela el grado de conciencia que posee el individuo sobre el acto que
realiza, a pesar de la rapidez con que lo lleva a cabo.
Acto comunicativo
El acto comunicativo consiste en la producción y emisión de la señal y atiende a la
estrategia comunicativa. Es ejecutado por el emisor y está dirigido a uno o varios
destinatarios.
En el acto comunicativo, los elementos mencionados dejan de constituir una
proyección, una realidad imaginada por el emisor. En esta etapa consideramos los
elementos que realmente intervienen en el proceso tal como se dan en el momento de la
ejecución del acto comunicativo. La realidad puede no corresponder totalmente con la
proyección. Puede que el emisor tenga dificultades para expresar finalmente su
pensamiento con la fluidez que pensaba, que no eleve la voz suficiente o que exista
interferencia en el canal, etc.
En la comunicación lingüística, el acto comunicativo corresponde a los actos de
codificación-ostensión y, finalmente, de fonación mediante los cuales el emisor produce
y exterioriza los sonidos del habla con los cuales representa el pensamiento que desea
transmitir al destinatario. La señal emitida a través del canal, estímulo perceptible a
través de los sentidos, constituye un fragmento del código, una combinación de
elementos de este que tiene posibilidades de representar el contenido que el emisor
desea comunicar; es decir, el mensaje. No obstante, por lo general, una parte del
contenido que se desea comunicar no es expresado por la señal, sino solamente sugerido
o implicado por ella. Este es el caso, por lo general, de la intención comunicativa, la
cual se implica en el acto mismo de comunicarse. El emisor construirá la señal en la
confianza de que el contexto contribuye con él suficientemente para que el destinatario,
que está al otro lado del canal, interprete no solo el mensaje, sino también la intención
con que se dirige a él. Por ejemplo, respuestas breves como: “ya”, “no”, “tal vez” o
“mañana” suelen representar un contenido que fuera de contexto sería imposible
descifrar.
Cuando hablamos producimos, en efecto, señales codificadas en el idioma que
manejamos. No obstante, el emisor puede eventualmente prescindir del código. Por
ejemplo, si marcamos algunas páginas de una revista doblándolas por la esquina para
indicar a un compañero que debe leerlas, no estamos ante una señal codificada. Si
alguien pierde su celular y lo encontramos, el emisor puede considerar que bastará con
mostrárselo para que se dé cuenta de ello. En estos dos casos el acto comunicativo no ha
necesitado la utilización de un código.
Los modelos teóricos intentan simplificar la descripción y el análisis de los fenómenos
que explican. En ocasiones, sin embargo, la realidad se muestra más compleja de lo que
parece y demanda nuevas categorías de análisis. Por ejemplo, un caso especial de acto
comunicativo es el que se conoce como comunicación referida o discurso referido, en el
cual el emisor reproduce con sus palabras o señales otro acto comunicativo en el que
puede o no haber participado. Algunos ejemplos son el narrador que da cuenta de los
diálogos de sus personajes, una persona que relata una conversación en la que participó
el día anterior, o una tira cómica de Mafalda donde Quino representa los diálogos entre
Mafalda y sus amigos.
El análisis de estos actos comunicativos exige distinguir dos niveles: el nivel del
macroacto comunicativo y el del microacto. En este último ejemplo, Quino es el emisor
de una viñeta humorística dirigida a sus lectores, quienes son sus destinatarios. En el
microacto, en cambio, nos encontramos en el mundo ficticio donde Mafalda es el
emisor de las palabras “¡Sonamos, muchachos! ¡Resulta que, si uno no se apura a
cambiar al mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!, las cuales dirige a sus
amigos, Felipe, Manolito y Miguelito, que son sus destinatarios. En casos como este,
estamos ante dos actos comunicativos diferentes, con emisores, destinatarios, códigos,
canales e intenciones comunicativas distintas, etc.
En ocasiones, la comunicación referida nos permite tomar las palabras de otros para que
estas digan lo que nosotros no nos atrevemos a decir. También podemos recurrir a las
palabras de alguien con más autoridad cuando no tenemos posibilidades de persuadir a
nuestro destinatario.
Resultado comunicativo
La última etapa del proceso corresponde al resultado, el cual puede coincidir o no con
las expectativas del emisor. Ciertas condiciones son necesarias para que el resultado sea
el que esperamos. Pedir a alguien que haga algo que está imposibilitado de hacer,
prohibir cuando no tenemos autoridad para hacerlo, regalar algo que no nos pertenece
son algunos ejemplos de actos comunicativos destinados al fracaso. El éxito depende
mucho del emisor y, sobre todo, de su capacidad para realizar el acto que ejecuta. Este
es el caso de la calificación que coloca un maestro sobre una prueba. Califica porque
tiene poder para hacerlo. Por el contrario, la misma nota puesta por un alumno no tiene
ningún efecto.
Si hemos sido cuidadosos de producir la señal en condiciones óptimas, el resto del
resultado está en manos de nuestro destinatario. El emisor elabora la señal presumiendo
contextos compartidos con el destinatario; sin embargo, su presunción puede estar
equivocada. Puede que el destinatario desconozca aquello a lo que se refiere o que no
haya estado atento cuando ocurrieron los hechos de los que está hablando, como un
profesor que al despedirse de sus alumnos dice: “estudien para la evaluación de
mañana”, presumiendo que ellos saben el tema que deben estudiar porque lo había
indicado previamente. Siempre es posible que algún alumno haya estado ausente o
desatento y que ese enunciado le caiga de sorpresa. En este caso, la representación del
contexto no es la misma en todos los alumnos de la clase, por lo que el resultado será
también diferente.
Los procesos cognitivos de codificación y ostensión que dieron lugar a la señal, tal y
como esta se presenta, desencadenarán en el destinatario los correspondientes procesos
cognitivos de decodificación e inferencia, que deben favorecer la comprensión del
mensaje y de la intención comunicativa. La pragmática destaca, como elemento
fundamental del proceso de interpretación, la existencia de un principio cooperativo que
dirige los procesos cognitivos hacia la búsqueda de relevancia. En la conciencia de que
las señales comunicativas son intencionales, la mente del destinatario identificará de las
interpretaciones posibles aquella que es más relevante dadas las condiciones del
intercambio comunicativo en el que se encuentra. Por ejemplo, la señal “sal, por favor”
es potencialmente ambigua, pero en la mesa de un restaurante solo parece relevante que
el comensal esté pidiendo un condimento. Este esfuerzo de búsqueda de relevancia
responde a una estrategia automatizada de nuestra mente que facilita la comunicación
entre las personas.
La interpretación, a pesar de los maravillosos recursos cognitivos con que contamos,
tiene un margen de error. Si hay evidencias de que no hemos interpretado
correctamente, un esfuerzo metacognitivo y más consciente puede permitir al
destinatario reconocer los factores que lo condujeron a la interpretación errónea y
corregirla.
El resultado de un proceso comunicativo se puede medir desde dos puntos de vista
distintos: el éxito y la eficacia. Diremos que una comunicación es exitosa si el
destinatario logra interpretar adecuadamente la intención comunicativa del emisor.
Como hemos visto anteriormente, la coincidencia entre las representaciones internas de
emisor y destinatario con relación al contexto de la comunicación es un factor
determinante del éxito comunicativo. Por otro lado, una comunicación se considerará
eficaz si el emisor logra su propósito como consecuencia del acto comunicativo que
realiza. La eficacia depende no tanto de la comprensión de la señal y la intención que la
motiva, sino de la capacidad que esa señal tiene de mover la atención o la voluntad del
destinatario en la dirección deseada por el emisor.
La estrategia comunicativa debe contemplar la forma de lograr esa atención y
colaboración. El éxito de un acto comunicativo cuya función es apelativa, por ejemplo,
dependerá probablemente de que hayamos producido una señal, amable, convincente y
clara. Una petición descortés, en cambio, puede generar anticuerpos que provoquen que
el destinatario se rehúse a atenderla, lo que no significa que no la haya comprendido.
Un acto comunicativo puede tener un destinatario colectivo: un grupo de personas, un
público masivo, un salón de clases, etc. Un único acto comunicativo tiene, por tanto, la
posibilidad de generar múltiples resultados comunicativos. En este sentido, hablaremos
de un resultado diferente por cada destinatario o eventual receptor porque los procesos
cognitivos que tienen lugar en cada uno también son diferentes.
Por otro lado, el acto mismo de comunicación tiene un impacto en el entorno donde se
encuentra el destinatario, donde podrían encontrarse además receptores involuntarios.
Quien comunica debe contemplar los posibles efectos de un entorno con múltiples
receptores, pues ellos podrían interferir en la eficacia del acto comunicativo. Esto es lo
que ocurre en clase, por ejemplo, cuando un profesor formula una pregunta dirigida a un
alumno en particular con la intención de evaluar su comprensión del tema y los demás
alumnos se lo impiden respondiendo en voz alta a la pregunta.
La eficacia de la señal y la presencia de eventuales receptores diferentes al destinatario
son aspectos que no forman parte del modelo cognitivo de Escandell, pues podrían
considerarse en la periferia del proceso mismo de comunicación. No obstante, más allá
de su pertinencia para el estudio del proceso comunicativo, analizarlos reporta cierta
utilidad práctica que vale la pena considerar.
4. CONCLUSIÓN
La pragmática lingüística ofrece nuevas categorías y elementos que permiten
comprender y explicar la complejidad de la comunicación humana. Más allá del ámbito
científico de la disciplina lingüística, las conquistas que representa su estudio para el
conocimiento del lenguaje y de la comunicación son útiles para desarrollar en nosotros
una mayor conciencia de los comportamientos comunicativos, lingüísticos y no
lingüísticos, propios y ajenos. Una mayor conciencia de lo que ocurre y de lo que
hacemos cuando nos comunicamos nos permitirá relacionarnos de manera más asertiva
y exitosa.
Como toda propuesta teórica, el modelo cognitivo de la comunicación se construye
sobre las regularidades de nuestros actos comunicativos. Ello no debe impedirnos
reconocer que la realidad siempre se muestra diversa y que cada acto de comunicación
es único e irrepetible.